Czytaj książkę: «Te veo»
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TE VEO
Teresa Driscoll
Traducción de Víctor Ruiz Aldana
para Principal Noir

CONTENIDOS
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Julio de 2015
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Julio de 2016
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Te veo
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Te veo
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Te veo
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Te veo
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Epílogo
Nota de la autora
Agradecimientos
Sobre la autora
TE VEO
V.1: febrero, 2019
Título original: I Am Watching You
© Teresa Driscoll, 2019
© de la traducción, Víctor Ruiz Aldana, 2019
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2019
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción parcial o total de la obra en cualquier forma.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: Media Whalestock / Shutterstock
Corrección: Cristina Riera Carro
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17333-59-1
IBIC: FH
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
TE VEO
«Soy la mujer del tren que no hizo nada. Pero ¿y tú, qué habrías hecho?»
Cuando Ella Longfield oye a dos jóvenes atractivos flirtear con dos adolescentes en un tren, no le parece nada raro, hasta que escucha que ellos acaban de salir de la cárcel. Su instinto le dice que tiene que intervenir, pero finalmente no lo hace. Al día siguiente, las noticias anuncian la desaparición de Anna Ballard, una de las jóvenes del tren.
Un año después, Anna sigue desaparecida. Ella, que todavía se siente culpable por no haber hecho nada, empieza a recibir postales con amenazas que le hacen temer por su vida.
Entonces, en el aniversario de la desaparición, se descubre que los amigos y la familia de Anna ocultan algo. Además, Sarah, la amiga con la que Anna viajaba en el tren, confiesa que no dijo toda la verdad acerca de lo que sucedió aquella noche en Londres.
¿Dónde está Anna Ballard?
Una chica desaparecida.
La pesadilla de una testigo que no hizo nada.
Una telaraña de mentiras.
Número 1 en Estados Unidos, Reino Unido y Australia
Más de medio millón de ejemplares vendidos
Capítulo 1
La testigo
Me equivoqué. Ahora lo sé.
La única razón por la que actué como lo hice fue por lo que oí en aquel tren. Y te pregunto: ¿cómo te lo habrías tomado tú?
Hasta aquel momento, nunca había creído que yo fuera una mojigata o una ingenua. A ver, de acuerdo, recibí una educación bastante convencional —para algunos incluso podría decirse que sobreprotegida—, pero bueno, la gente crece y madura. He vivido un poquito, he aprendido un montón. También debo decir que he llevado una vida normal y corriente, en lo que a la escala de Richter del comportamiento moral se refiere, y por eso me afectó tanto lo que oí.
La cuestión es que me habían parecido buenas chicas.
Claro que yo tampoco debería aguzar el oído para escuchar conversaciones ajenas. ¿Pero no te parece que es inevitable cuando vas en transporte público? Hay montones de personas que gritan con el móvil pegado a la oreja mientras otros pasajeros suben el volumen para rivalizar con ellas, para que también se los escuche.
Pensándolo mejor, puede que no me hubiera centrado tanto en su diálogo si el libro que llevaba hubiera sido mejor, pero, muy a mi pesar, había comprado la novela por la misma razón por la que había adquirido la revista que tenía los aerogeneradores en la portada.
Una vez leí en alguna parte que cuando llegas a los cuarenta, en principio, te importa más lo que tú opinas de los demás que lo que ellos opinan de ti. Si así fuera, ¿por qué diantres a mí todavía no me ha ocurrido y sigo esperando?
«Si te quieres comprar la revista ¡Hola!, cómpratela, Ella». ¿Qué más dará lo que piense el estudiante aburrido que atiende en la caja?
Con todo, soy incapaz. Finalmente opto por una críptica revista sobre ecología y medio ambiente y una biografía decente, de modo que, para cuando los dos chicos se suben en la estación de Exeter, cada uno cargando con una bolsa de basura negra, yo ya estoy aburrida como una ostra.
Y ahora voy a hacerte una pregunta: ¿qué pensarías al ver a dos jóvenes que suben al tren con una bolsa de basura negra cada uno? Yo, que no sé qué contienen las bolsas y que soy madre de un adolescente cuya habitación incumple todas las leyes de seguridad e higiene, solo pienso: «¡Cómo no! Porque no habéis podido encontrar ni una bolsa de deporte, ¿verdad, chicos?».
Son unos escandalosos y se dedican a hacer el payaso, como tantos veinteañeros. Suben al tren por los pelos, mientras el orondo jefe de estación les dedica silbidos furiosos de desaprobación.
Después de pasarse un rato jugueteando con la puerta automática —abre, cierra, abre, cierra—, algo que, por supuesto, les parece de lo más gracioso, se acomodan en los asientos más cercanos a la rejilla del portaequipajes. Sin embargo, por lo visto, divisan a dos chicas de Cornualles y, tras intercambiar una mirada de complicidad, continúan por el vagón hasta los asientos que hay justo detrás de ellas.
Sonrío para mis adentros. ¿Ves? No soy una aguafiestas, yo también he sido joven.
Observo cómo las muchachas se callan, tímidas de repente, y una contempla a la otra con los ojos muy abiertos: sí, uno de los jóvenes es sumamente atractivo, parece un modelo o un miembro de una banda de chicos. Y toda la situación me hace recordar esa sensación tan especial en la barriga.
Seguro que sabes a qué me refiero.
Por eso, ni me sorprende ni desapruebo en absoluto que los dos muchachos se levanten y el guapo se incline por encima de los asientos para preguntar a las chicas si quieren algo de la cafetería, «aprovechando que voy para allá».
A continuación, se presentan y, tras unas cuantas risitas, empieza el espectáculo.
Después de dos cafés y cuatro cervezas, los chicos ya se han sentado con ellas; el grupo está lo bastante cerca para que pueda seguir la conversación con todo detalle.
Sí, ya lo sé: no debería aguzar el oído, pero de eso ya hemos hablado. Recuerda que estoy aburrida y que son unos escandalosos.
Pero volvamos al tema. Las chicas confirman lo que yo ya había intuido mientras ellas charlaban. Esta es la primera vez que viajan solas a Londres para visitar la capital: es un regalo de sus padres para celebrar que han terminado el bachillerato. Se alojarán en un hotel barato, tienen entradas para Los miserables y les hacía muchísima ilusión.
—Es coña, ¿no? ¿En serio nunca habéis estado en Londres solas? —Karl, el muchacho que parece haber salido de una boy band, se ha quedado pasmado—. Sabéis que puede ser un sitio peligroso, Londres, ¿eh? Tenéis que ir con cuidado. Cuando salgáis del teatro, pillad un taxi, no el metro. ¿Vale?
Karl me empieza a caer bien. Les recomienda tiendas y ciertos tenderetes del mercado y también una discoteca donde, según él, no correrán ningún peligro si les apetece bailar al son de música decente después de haber visto el musical. Les apunta el nombre en un trocito de papel. Se ve que conoce al portero.
—Decidle que vais de mi parte, ¿vale?
Y, entonces, Anna, la más alta de las dos amigas de Cornualles, les pregunta por las bolsas negras, algo que agradezco, porque a mí también me pica la curiosidad. Esbozo una sonrisa al imaginarme como ellas les tomarán el pelo.
«Ay, hombres, siempre tan desorganizados. Cómo sois, ¿eh?».
Nada más lejos de la realidad.
Los chicos acaban de salir de la cárcel. Las bolsas negras contienen sus efectos personales.
En ese momento, oigo con claridad el ruido que hago al tragar: una bocanada de saliva me inunda la parte de atrás de la garganta. Se me acelera el pulso y me retumba, desagradable, en el oído.
La conversación se detiene durante unos segundos, pero no los suficientes. Con demasiada presteza, las chicas vuelven a la carga:
—Es broma, ¿no?
No, no es broma. Se ve que han decidido ser francos con todo el mundo. Han cometido errores y han pagado por ello, pero no van a avergonzarse.
Bueno, chicas, terminemos de mostrar sus cartas. Karl ha cumplido condena en la cárcel de Exeter por agresión; Antony, por robo. Karl solo defendió a un amigo, tío, y —jura y perjura que— volvería a hacerlo. Estaban en un bar y se empezaron a meter con su colega, y Karl no soporta a los matones.
Mientras, yo trato de comprender la paradoja de agredir a los matones para detenerlos, y dudo sobre si de verdad meten en la cárcel a gente por pequeños altercados. Sin embargo, parece que las chicas están fascinadas y, llenas de una inocencia dulce y generosa, les responden que ser leal es bueno y que una vez un tipo había ido a su instituto para explicarles cómo le había cambiado la vida después de cumplir condena por temas relacionados con las drogas. Se ve que tenía el cuerpo entero lleno de tatuajes. «Pero todo entero, ¿eh?».
—Bua, la cárcel. ¿Cómo es?
Entonces, decido plantearme mi papel es esta situación.
Me imagino a la madre de Anna de espaldas a su cocina tradicional, calentándose ante los hornos Aga, mientras le pregunta a su marido, preocupada, si su pequeñina estará bien, y él le contesta que se tranquilice: «Crecen muy rápido. Son sensatas. No les va a pasar nada, cariño».
No obstante, yo creo que sí les va a pasar algo, ya que ahora Karl sugiere que lo mejor sería que alguien que conozca bien Londres las acompañe durante el viaje por la capital.
Karl y Antony se quedarán en casa de unos amigos en Vauxhall y les apetece montar una fiesta en condiciones para celebrar la puesta en libertad. ¿Por qué no quedan cuando ellas salgan del musical y van todos juntos a la discoteca?
Llegados a este punto, decido que tengo que llamar a los padres de las chicas. Han nombrado el pueblo del que son y resulta que Anna vive en una granja. Vamos, que no hay que ser un genio. Podría llamar a la oficina de correos o al pub de la localidad: ¿cuántas granjas puede haber?
Con todo, ahora Anna ya no lo tiene tan claro. Al contrario. Les dice que deberían acostarse pronto para poder ir de compras temprano al día siguiente. Es que, claro, ya lo han planeado y primero tienen que ir a Liberty porque Sarah está empeñada en probarse algo de Stella McCartney y hacerse una foto con el móvil.
«Qué buena chica», pienso. «Qué sensata. Ahórrame el tener que intervenir, Anna». Pero la cosa se complica, porque, al parecer, Sarah le ha echado el ojo a Antony. Vuelven a ir a la cafetería y, cuando regresan, se intercambian los asientos: ahora Anna está sentada junto a Karl, y Sarah, junto a Antony, que le está contando a esta última lo mucho que se arrepiente de haberse jodido la vida. Según él, había recurrido a la delincuencia por pura desesperación, porque no encontraba trabajo y no podía mantener a su hijo.
«¿Hijo?».
Ahora sí que estoy consternada. Al amparo del cobijo que me ofrece mi vida de color de rosa, me achico cada vez más al oír cómo Antony le cuenta a Sarah que está luchando con su ex para que se le conceda el derecho de visita, y que de ninguna manera va a permitir que su hijo crezca sin conocer a su padre:
—¿No te parece que sería horrible, Sarah? ¿Que mi hijo crezca sin siquiera conocer a su padre?
Esta vez es Sarah quien me sorprende: tiene la voz entrecortada y responde que cree que es muy guay que se preocupe tanto, porque no todos los padres jóvenes harían lo mismo, sino que rehuirían su responsabilidad.
—Y nosotras dando la lata sobre Stella McCartney; me siento fatal.
La verdad es que ahora ya no sé qué pensar. ¿Qué sabré yo, que soy madre de un hijo y que solo trato de evitar que no vea películas para mayores de dieciocho?
Comienza entonces una hora de susurros durante la que hago lo posible por ponerme a leer de nuevo, por intentar comprender las ventajas de la generación más silenciosa de aerogeneradores del mercado, pero, en ese momento, Antony y Sarah vuelven a la cafetería. «Más cerveza», pienso. «Muy mal, Sarah». Y, en este instante, tomo una decisión.
Sí. Yo también voy a ir a la cafetería con el pretexto de que necesito café, y en la cola o por el pasillo voy a fingir que tengo problemas con el móvil. Le pediré ayuda a Sarah, con la esperanza de alejarla de Antony y poder hablar con ella en privado, y la avisaré de que o se deja ya de tonterías o llamaré a sus padres. «Ahora mismo, ¿te queda claro, Sarah? Puedo averiguar su número de teléfono».
Tres vagones nos separan de la cafetería. Voy topando con los asientos al pasar por el segundo vagón, me doy golpes en los muslos y, cuando atravieso las puertas automáticas hacia la zona del acople, busco el móvil que llevo en el bolsillo de la chaqueta.
Justo en ese momento los oigo.
No tienen ni una pizca de vergüenza. Ni siquiera intentan ser discretos. Escandalosos y arrogantes, se están enrollando encerrados en el baño, como un par de animales en celo.
Sé que son ellos por lo que dice él: que hace mucho de la última vez, que está muy agradecido.
—Sarah, madre mía, Sarah…
Sí, lo admito: me he quedado muda de la impresión. La humillación que me embarga me enciende las mejillas. Estoy furiosa, con la respiración entrecortada. Me desespero: quiero huir de esos ruiditos a toda costa.
Qué vergüenza, qué inocente soy. Qué suposiciones tan ridículas he alimentado.
Sigo chocando con los asientos al recorrer el pasillo hasta el siguiente par de puertas automáticas y entro en el otro vagón, sin resuello y aturullada, mientras trato de poner tierra entre la evidencia de mi error de juicio y yo.
«¿Cómo que buenas chicas?».
En la cola de la cafetería, me vuelve a retumbar el pulso en el oído mientras me pregunto si los habrá descubierto otra persona. O si incluso ese alguien habrá dado parte.
Aunque yo misma me rebato: «¿Dar parte? ¿A quién van a dar parte, Ella? ¿Pero tú te estás escuchando? La gente hará lo que tendrías que haber hecho tú desde el principio: no meter las narices donde no te llaman».
A partir de aquí, lo que siento se transforma, y comienzo a preguntarme cómo he podido llegar a perder el contacto con la realidad, a ser tan estirada. Cómo he podido convertirme en una mujer que evidentemente no tiene ni idea de la realidad de los jóvenes. O de cualquier otra cosa.
De pronto, la cabeza se me llena de un caleidoscopio de recuerdos. De imágenes con las puntas ajadas. De las revistas que habíamos encontrado en la habitación de nuestro hijo. De aquella noche, al volver pronto del cine, cuando descubrimos a Luke intentando anular la seguridad de Sky para ver porno.
Así que en este tren del demonio me doy cuenta de que necesito hablar con mi marido con urgencia. Con mi Tony. Él me ayudará a reencontrar el norte.
Necesito que me diga si el problema no lo tienen ellos, sino yo. «¿Estoy haciendo un ridículo espantoso, Tony? No, en serio, necesito que me digas la verdad. Recuerda cuando tuvimos aquella discusión por los canales de Sky y las revistas de Luke».
¿Soy la mujer más mojigata del mundo? Lo soy, ¿verdad?
De hecho, trato de llamarlo esa misma noche desde el hotel, después de la conferencia. Quiero contarle que he hecho lo más razonable y me he ido a la otra punta del tren, que he dejado de meterme donde no me llamaban. Que es evidente que las chicas eran lo suficientemente espabiladas para apañárselas solas.
Sin embargo, parece que ha salido y no se ha llevado el móvil; es una de las pocas personas que todavía cree que el aparato provoca tumores cerebrales, así que al final termino hablando solo con Luke y me tranquiliza oír cómo describe la cena que ha preparado: un tayín gracias a una receta que se ha bajado de una aplicación nueva. Le encanta cocinar, a mi Luke, y bromeo sobre cómo habrá quedado la cocina, porque seguro que ha utilizado todos los cacharros y las sartenes habidas y por haber.
Pronto amanece en el hotel.
Detesto esta sensación: el aturdimiento provocado por la mezcla del aire acondicionado, levantarse en una cama ajena y falta de disciplina con el minibar. Es el regalo que me hago al llegar al hotel: uno o dos brandis al final de un largo día de trabajo.
Apenas son las seis y media, quiero dormir más. Tras diez minutos intentándolo en vano, me doy por vencida y echo un vistazo a las tristes bolsitas del tazón que hay junto al hervidor de agua. Siempre hago lo mismo en las habitaciones de hotel: me engaño a mí misma y me digo que voy a beber café instantáneo solo esta vez, para después tirarlo por el lavamanos.
Observo la fila de botellitas vacías y me estremezco cuando me asalta un pensamiento espantoso. Echo un vistazo al teléfono que tengo junto a la cama y me atenaza una oleada de temor: es el escalofrío que siento al haber hecho algo que me avergüenza, algo de lo que sé que me arrepentiré.
Me giro de nuevo hacia la hilera de botellitas y recuerdo que, tras tomar el segundo brandi anoche, decidí llamar al servicio de directorio telefónico para dar con el número de los padres de las chicas. Al recordarlo, me quedo helada; todavía no estoy muy segura de lo que ocurrió después. «¿Llegaste a llamar? Recuerda, Ella, venga».
Vuelvo a mirar el teléfono y hago un esfuerzo para concentrarme. Ah, vale, ya me acuerdo. Los hombros se me relajan en cuanto me viene a la memoria: tenía el móvil en la mano y, justo cuando iba a marcar, concluí que no pensaba con claridad, y no solo por el brandi. Mi motivación era otra: no quería llamarlos porque en realidad estuviera preocupada por las chicas, sino para castigarlas, porque me daba mucha rabia cómo me había hecho sentir Sarah.
Así pues, hice lo más sensato: dejé el móvil, apagué la luz y me fui a dormir.
Qué bien. Ay, sí, qué bien. El alivio que siento es tan sobrecogedor que, para celebrarlo, decido que, al final, voy a darle una oportunidad al café instantáneo.
Primero enciendo el hervidor y, acto seguido, pongo la televisión. Y justo en ese momento, aparece. El tiempo se detiene en un instante único, suspendido al principio, pero que luego se alarga y se extiende más allá de la habitación, más allá de la ciudad. Es un segundo en el que comprendo que mi vida no volverá a ser la misma.
Jamás.
El televisor no emite sonido porque anoche, de madrugada, vi la película en silencio y con subtítulos para no molestar a los vecinos.
Con todo, la imagen no se presta a confusión. Qué guapa. Es una fotografía de su perfil de Facebook. Le brillan los ojos verdes y el cabello, rubio y largo, le cae por la espalda. Está en la playa; reconozco el Monte Saint-Michel de fondo.
No sé cómo, pero tengo la sensación de que me alejo, de que atravieso la almohada, el armazón de la cama y la pared hasta que veo la pantalla desde una distancia mucho mayor. Una pantalla que muestra unos titulares horribles y espantosos: «Anna… Desaparecida… Anna… Desaparecida…». El hervidor silba con fiereza entre nubes de vapor que empañan el espejo mientras organizo mentalmente las llamadas que tengo que hacer.
Me asalta una maraña de excusas oscura y terrible. No hay ninguna que sea lo bastante buena.
Tengo que hablar con la policía. Con Tony.
«Tienes que creerme, iba a llamar…».
Capítulo 2
El padre
Henry Ballard está sentado en la terraza interior mientras trata de ignorar, con todas sus fuerzas, el repiqueteo que surge de la cocina.
Es consciente de que debería ir a hacer compañía a su mujer, a ayudarla, a consolarla, pero también sabe que no servirá de nada, de modo que lo está posponiendo. ¿La verdad? Lo único que quiere es quedarse un rato más observando el césped al otro lado del cristal. En ese extraño espacio cerrado, ese anexo a la casa que apenas ha servido de algo —siempre hace demasiado frío o demasiado calor, a pesar de las persianas y el gran ventilador antipolvo que les habían instalado por un precio exorbitante—, se las ha apañado para entrar en un estado de semiconsciencia, para llegar a un lugar donde su mente puede deambular más allá de los límites corporales y temporales, y adentrarse en el jardín donde, en este preciso momento, con la primera luz del día, oye cómo cuchichean en el escondrijo que tienen entre los arbustos. Anna y Jenny.
Había sido su sitio favorito durante un año, quizá dos, cuando pasaron por aquella espantosa etapa del color rosa. Edredones rosas. Barbies rosas. Una tienda de campaña rosa que habían comprado por catálogo y que ellas habían llenado con todo tipo de parafernalia de niñas. Él siempre había evitado acercarse a aquella cosa. En cambio, lo que más quería en el mundo ahora mismo era olvidarse de ordeñar y del heno, de las declaraciones del IVA y del banco, y salir a hacer una hoguerita y ponerse a cocinar las salchichas para el desayuno de las niñas. Organizar una acampada en condiciones, algo que, a pesar de habérselo prometido cientos de veces, jamás había hecho.
De pronto, se produce un estrépito en la cocina que lo obliga a entrar. Se la encuentra recogiendo moldes del suelo: un montón de moldes para hacer magdalenas y pasteles de todas las formas y tamaños imaginables.
—¿Qué demonios haces?
—Pastelitos de ciruela.
—Joder, Barbara.
Es el dulce favorito de Anna. Son una especie de barritas de avena con compota de ciruelas especiadas en el centro. Lo asalta el olor a canela: el acre contenido del tarro, que está volcado sobre la encimera, forma una montañita perfecta.
«Ay, Barbara».
Ser testigo de cómo ella recoge los moldes mientras, con manos temblorosas, se le antoja insoportable.
Así que, en vez de ayudarla e intentar demostrar algo de amabilidad o de decencia, se va al estudio y se sienta junto al teléfono, de modo que al cabo de unos cinco o quizá diez minutos, Henry es el primero en ver cómo un coche de policía vuelve a enfilar el camino que lleva hasta la casa.
Se le encoge el estómago, una sensación espantosa, y por un momento se plantea atrancar la puerta —se imagina todos los muebles del recibidor apilados contra la puerta para que no puedan entrar; qué ridículo—. Esta vez han venido dos agentes, un hombre y una mujer. El hombre lleva traje y la mujer, uniforme.
Cuando llega a la entrada, su esposa está en la puerta de la cocina y se seca las manos en el delantal una y otra vez. Henry se vuelve para observarla tan solo un segundo, y en su mirada ve súplicas dirigidas a él, a Dios y a la justicia.
Henry abre la puerta; Anna y Jenny entran corriendo, cada una con su mochila y su raqueta de tenis, y, al cruzar el umbral, lo echan todo al suelo. Qué alivio. Qué alivio. Qué alivio.
Pero la realidad interrumpe el recuerdo.
Sus expresiones lo dicen todo.
—¿La han encontrado?
El hombre, que viste un traje arrugado y comprado en una tienda al por menor, niega con la cabeza.
—Les presento a la agente de enlace con la familia, Cathy Bright. Les hablé de ella por teléfono.
No es capaz de articular palabra. Silencio.
—¿Le importa si pasamos, señor Ballard?
Asiente con la cabeza. Es lo máximo que puede hacer.
Se acomodan todos en el estudio y lo único que se oye es un ruido extraño y apagado, el del contacto de piel contra piel; es su mujer, que se está frotando las manos. De ahí que Henry alargue el brazo para agarrarle la mano. Para detener ese ruido.
—Como les decíamos antes, la policía de Londres está haciendo todo lo posible. Han priorizado el caso, teniendo en cuenta la edad de Anna y las circunstancias de la desaparición. Estamos en contacto con ellos permanentemente.
—Quiero ir a Londres, así puedo echarles una mano…
—Señor Ballard, ya hemos tratado ese tema. Debe quedarse aquí, su mujer lo necesita, y nosotros también necesitamos que nos eche una mano. Por ahora, lo mejor es que nos concentremos en recabar toda la información necesaria. Si hay alguna novedad, la que sea, le prometo que les informaremos y organizaremos el traslado de inmediato.
—¿Sarah ha recordado algo? ¿Les ha dicho algo más? Nos gustaría hablar con ella, por favor.
—Sarah todavía está conmocionada, como comprenderán. La atiende un equipo de especialistas y sus padres ya están con ella. Estamos intentando conseguir toda la información posible. La policía londinense está examinando todas las grabaciones de las cámaras de seguridad. Las de la discoteca.
—Es que todavía no me entra en la cabeza. ¿Cómo que la discoteca? ¿Qué hacían en una discoteca? No habían planeado ir a ninguna. Tenían entradas para ir a ver Los miserables. Les dijimos explícitamente…
—Señor Ballard, hay una investigación en curso que puede que arroje algo de luz sobre esta cuestión.
Henry trata de aclararse la garganta y el sonido le parece demasiado fuerte. Gutural. Asqueroso.
—Una testigo ha contactado con la policía; estaba en el tren.
Tiene flema. En la garganta.
—Una testigo. ¿Cómo que «testigo»? ¿Testigo de qué? No lo entiendo.
Los dos agentes de policía se miran, y la mujer se sienta en la silla que hay junto a Barbara.
El inspector les ofrece una explicación:
—Una mujer que estaba sentada cerca de Anna y Sarah durante el viaje nos ha llamado al oír que la policía pedía colaboración ciudadana. Nos ha dicho que oyó a las dos chicas entablando cierta relación con dos hombres que iban en el tren.
—¿Qué quiere decir con «relación»? ¿Qué hombres? Me he perdido. —Ahora Barbara le agarra la mano con más fuerza.
—Por lo que la testigo oyó, señor y señora Ballard, parece que Anna y Sarah se hicieron amigas de dos hombres de los que ya teníamos constancia.
—¿Hombres? ¿Quiénes?
—Unos tipos que acababan de salir de la cárcel, señor Ballard.
—No, no. Seguro que se equivocó… Es imposible. De verdad que es imposible.
—La policía de Londres intentará interrogar a Sarah sobre esta cuestión. Con carácter de urgencia. Y también a la testigo. Como les digo, necesitamos obtener tanta información como sea posible acerca de lo que ocurrió antes de que Anna desapareciera.
—Ya han pasado muchas horas.
—Sí.
—Son unas chicas sensatas, inspector. ¿Lo entiende? Son buenas, sensatas. Están bien educadas. Nunca, nunca les habríamos permitido hacer este viaje si no fueran…
—Sí, sí, por supuesto. Y deben hacer todo lo posible por ser optimistas. Como ya les he dicho, estamos haciendo cuanto está en nuestra mano para encontrar a Anna, y les informaremos de cómo progresa la investigación. Cathy puede quedarse con ustedes y responder a todas las preguntas que tengan. Me gustaría echar otro vistazo a la habitación de Anna, si es posible. Tenemos la esperanza de encontrar algún tipo de diario; y me gustaría examinar el ordenador. Es un procedimiento habitual. ¿Podría acompañarme al dormitorio, señor Ballard? Mientras tanto, Cathy podría prepararle una taza de té a su mujer. ¿Qué les parece?
Sin embargo, Henry ya no está escuchando. Está recordando que su mujer no quería que fueran. Decía que eran demasiado jóvenes, que la capital estaba demasiado lejos. Que era demasiado pronto. Él era partidario del viaje. «Por el amor de Dios, Barbara. No puedes mimarlas siempre». ¿La verdad? Él creía que Anna necesitaba despegarse de las faldas de su madre.
Alejarse de los pastelitos de ciruela.
Pero ese no era el único motivo. Madre mía.
¿Y si descubrían que esa no era la única razón?
Capítulo 3
La amiga
En una habitación doble y sofocante del hotel Paradise en Londres, cuyo nombre es manifiestamente inadecuado, Sarah oye la voz de su madre que susurra su nombre, así que ha decidido que no abrirá los ojos todavía.
Ahora está en una habitación diferente. Es idéntica, pero se encuentra en otra planta. Han acordonado la habitación en la que Anna y ella habían vaciado las maletas, pero Sarah no entiende por qué. Anna no había vuelto al hotel. ¿Es que no se la creen? «Que no volvió a la habitación. ¿Vale?».
En esta habitación huele a algo indefinido y horrible. Es un olor que le recuerda a la parte trasera de un armario. A cuando jugaba al escondite de pequeña. Todavía con los ojos cerrados, Sarah piensa que ojalá pudiera volver a jugar. Ojalá pudiera ignorar esa peste y la temperatura, su madre y la policía, y jugar al escondite. Sí. Se imagina que, en otra línea temporal, Anna está secándose el pelo ahora —la plancha ya está caliente para alisárselo después—, mientras charla por encima del ruido del secador sobre qué harían hoy. ¿A qué tienda deberían ir primero? ¿Seguro que Sarah decía en serio lo de probarse algo de Stella McCartney? Porque, por cómo iban vestidas, el dependiente sabría que no comprarían nada.
Anna. Qué dulce e irritante. Demasiado delgada. Demasiado guapa. Demasiado…
—¿Estás despierta, cariño? ¿Me oyes?
Sarah, con la cara girada en dirección contraria a su madre, abre los ojos y hace una mueca al ver la luz que lucha por abrirse paso por la ranura que hay entre las cortinas y forma un triángulo en la pared. Se ha tumbado vestida en la cama, sin querer deshacerla, porque estaba segura de que, a estas alturas, ya debería haber novedades. De un momento a otro. La encontrarán en cualquier momento.
—Me alegro de que hayas podido dormir, cariño. Aunque solo haya sido una hora. He hecho un poco de té para las dos.
—No quiero nada.
—Dale un sorbo, te lo he preparado con dos azucarillos. Tienes que meterte algo en el cuerpo, un poco de azúcar…
—Ya te he dicho antes que no me entra nada, ¿vale?
Su madre viste los mismos pantalones que ayer, pero se ha cambiado la blusa. Sarah piensa que es tan típico de ella como inapropiado —en cierto modo— que se le haya ocurrido traerse una blusa limpia.
—Ha llegado tu padre, está abajo. Lleva casi todo el rato con la policía. Quieren hablar contigo otra vez. Cuando estés…
—Ya les he contado todo lo que recuerdo. Durante horas y horas. Y no quiero ver a papá, no tendrías que haberlo llamado.
Sarah se encuentra con la mirada de su madre.
—Cariño, sé que tú y papá tenéis una relación complicada. Pero es que sí que le importas. Además, la policía quiere hablar contigo sobre una llamada que ha recibido. Después de que el caso haya salido en las noticias.
—¿Una llamada?
—Sí, de una mujer que iba en el tren.
—¿Una mujer? ¿Pero qué dices? ¿Qué mujer?
Sarah siente un vacío enorme en el estómago, el mismo que ha tenido durante las primeras horas espantosas, mientras esperaba con la policía a que llegara su madre. Mientras seguía atontada por lo mucho que había bebido. Desorientada. «¿Dónde te has metido, Anna? Joder, ¿dónde estás?».
Ha tratado de proporcionar a los agentes la información necesaria para que se la tomen en serio, pero no la suficiente como para que…
De pronto, se levanta a toda prisa. Nota las arrugas de la blusa de lino en la cintura mientras se mueve y toquetea los cepillos, los neceseres llenos de maquillaje y el resto de cosas que hay en el tocador.
—¿Tienes tú el mando? Quiero ver las noticias, saber qué dicen. Dime, ¿qué dicen?
—No te lo recomiendo, Sarah. Tómate el té. Le diré a papá que te has despertado, y que pueden subir ya.
—No pienso volver a hablar con ellos. Todavía no.
—Ay, cariño, sé que esto es una pesadilla. Tanto para ti como para todos nosotros. —Su madre se ha puesto a dar vueltas por la habitación—. Pero la encontrarán, mi vida, estoy segura. Lo más probable es que se fuera por ahí a otra fiesta y ahora esté preocupada porque ha metido la pata.
Rodea a su hija con el brazo —ha colocado las tazas de té entre el caos del tocador—, pero Sarah se lo aparta.
—¿Los padres de Anna están aquí?
—Todavía no, no lo sé. No sé qué van a hacer. La policía quería comprobar algunas cosas con ellos en Cornualles.
—¿El qué?
—Creo que los ordenadores o algo así. No lo sé, no me acuerdo exactamente, Sarah. Todo es muy confuso. Quieren recabar toda la información posible que sea de ayuda… Con la búsqueda.
—¿Y crees que yo no? ¿Crees que no me siento suficientemente mal?
—Pero si nadie te culpa, cariño.
—¿Perdón? Y ¿por qué usas el verbo «culpar» si no me culpa nadie?
—Sarah… mi vida. No te pongas así. La encontrarán. Estoy segura. Voy a llamar a la planta baja.
—No, quiero que me dejes en paz. Tú y todos. Es lo único que necesito.
La madre de Sarah se saca el móvil del bolsillo y, justo cuando se pone a buscar las gafas, llaman a la puerta.
—Seguro que son ellos.
Es el mismo inspector de antes, pero lo acompaña una agente de policía diferente, además del padre de Sarah.
—¿Hay alguna novedad?
La madre de Sarah empieza a levantarse de la silla, pero se deja caer al ver que todos niegan con la cabeza.
—¿Has podido descansar algo, Sarah? ¿Podemos charlar un poco más? —pregunta la agente de policía.
—No estaba borracha. Cuando hemos hablado antes. No estaba borracha.
—Claro que no.
Los adultos se miran los unos a los otros.
—Hemos echado un vistazo a las grabaciones de las cámaras de seguridad de la discoteca, Sarah. —Ahora le habla el inspector, con más firmeza—. Por desgracia, algunas de las cámaras no funcionaban. Pero hay ciertas cosas que no acabamos de entender, Sarah. Además, nos ha llamado una testigo.
—¿Una testigo?
—Sí, una mujer que iba en el tren.
Lo nota al instante. Cómo se estremece. Cómo se delata. Cómo baja la temperatura cuando la sangre se desplaza.
Y abandona su rostro.
Capítulo 4
La testigo
No me he hecho ilusiones.
Ya sabía lo que iba a pasar esta semana. Una parte de mí lo estaba deseando: la que alberga la tenue esperanza de que el reportaje con motivo del primer aniversario pueda darle un empujón a la investigación. Sin embargo, otra parte de mí está muerta de miedo. La gente volverá a dirigirme las mismas miradas. «Es esa mujer. ¿Te acuerdas? La que no dijo nada, la del tren. ¿No lo recuerdas? De cuando desapareció aquella chica… Madre mía, ¿ya ha pasado un año?».
Con todo, no me importa, prefiero que hagan la reconstrucción de lo que ocurrió en el programa sobre crímenes Crimecatchers. Sobre todo por la familia. Por la pobre madre. Lo único que yo quiero es quedar al margen.
Me entiendes, ¿verdad? A ver, no me importó que me hicieran preguntas. Aunque Tony se puso hecho una furia cuando la policía nos llamó; estaba sorprendido por que hubieran tenido el descaro de hacerlo.
«Filtrasteis su nombre. Habéis dejado que la juzgue todo el mundo y ahora creéis que querrá salir en el programa…».
Él insiste en que la filtración fue deliberada, que alguien hizo algo para que la prensa supiera mi nombre. Seguimos sin tener pruebas, y, sinceramente, he llegado al punto en que ya no tengo claro si me importa. Lo único que sé es que no soporto imaginarme a la gente volviendo a hablar del tema, volviendo a removerlo todo. Que me juzguen. Que me odien.
Incluso los clientes más habituales de la tienda me miran un poco raro, aunque no dicen ni mu sobre el tema.
La versión oficial del gabinete de prensa de la policía es que no hubo filtración alguna; tan solo mencionaron a un puñado de periodistas que la testigo del tren «se dirigía a un congreso». Pero deben de haberles dicho de qué era el congreso, porque, si no, ¿cómo ha podido averiguar la prensa que yo era florista? Bueno, qué más da. Algún periodista debió de consultar los diferentes eventos relacionados con la floristería, buscó con atención en las listas de asistentes de Devon y Cornualles y, al final, se plantaron en nuestra puerta.
Recordarlo me sigue provocando escalofríos.
De todas formas, si yo hubiese sido más lista, no habrían podido confirmarlo. Si se me hubiese ocurrido decir «no tengo ni idea de a qué os referís», lo habrían dejado ahí. Pero no respondí eso.
Soy consciente de que esto sonará muy estúpido, pero lo que les contesté desde el umbral de mi casa, desorientada por completo, fue: «¿Quién os ha dicho quién soy?».
«Joder, ¿por qué les has dicho eso?», fue lo primero que me preguntó Tony. «Madre mía, Ella. Es que se lo has puesto en bandeja».
Pero eso no era verdad, al menos, no del todo. No había dejado entrar a ningún reportero. No había hecho declaraciones, lo juro, pero me habían sacado una foto, y nos llamaban, y venga a llamar, hasta que cambiamos el número.
—Esto es acoso —había saltado Tony. «¿Acaso no ha sufrido suficiente?». Es tan bueno. Qué bonachón es mi marido.
Después de eso, las cosas se pusieron muy feas. La gente me empezó a decir cosas horribles por las redes sociales. Al final, tuvimos que cerrar la tienda un tiempo.
Sin embargo, lo cierto es que, por muy espantoso que haya sido, creo que no he sufrido lo bastante. Esa chica preciosa sigue desaparecida. Lo más probable es que esté muerta —es casi seguro—, aunque, por lo que he oído, su pobre madre sigue aferrándose a la esperanza de que sigue viva.
Y ¿acaso se la puede culpar? Yo, seguramente, haría lo mismo.
El agente de policía de Crimecatchers me ha dicho que la señora Ballard ha ofrecido una entrevista dura y desgarradora. No creo que sea capaz de verla. La madre de Anna se ha pasado este último año recopilando información sobre casos de chicas desaparecidas que aparecieron años más tarde. Lo típico: algún lunático las había secuestrado, les había lavado el cerebro, pero, al final, habían escapado. Se ve que han tenido que cortar todo eso de la entrevista, porque la policía no quiere enfocarlo así. Es evidente que creen que, lo más probable, es que Anna esté muerta. Emitirán el programa con el objetivo de encontrar al asesino, no a un loco que retiene a una chica en el sótano.
Por pura delicadeza, han dejado todo lo que cuenta la señora Ballard de cuando Anna era pequeña. Sobre sus esperanzas y sueños. Al parecer, eso es lo que hace que la gente llame y aporte nueva información. Pero el objetivo principal es encontrar a los dos muchachos. Y encontrar el cuerpo, supongo. Se me pone la piel de gallina solo de pensarlo…
Por eso, Tony se cabrea. Cree que, si la policía no hubiera tardado tanto en lanzar la orden de búsqueda de Karl y Antony después de que yo les hubiera puesto sobre aviso, quizá los habrían detenido justo antes de largarse. Seguramente, los habrían pillado en el extranjero.
Por lo que sé, habían tardado tanto por Sarah. La policía suele actuar con diplomacia, pero, si sumas dos más dos, llegas a la conclusión de que ella, al principio, debió de negar que los hubiera conocido. A los muchachos del tren. Debió de decir que yo me lo había inventado. Hasta que no hubieron revisado las grabaciones de seguridad y encontraron también un par de imágenes de ellos mientras bajaban del tren y fuera de la estación, los policías no difundieron sus fotos. Demasiado tarde.
Aunque, claro, eso era lo que había torcido las cosas y el foco se centró en mí.
Si hubiera llamado para avisar desde el principio… Si hubiera dado un paso al frente… Si me hubiera involucrado…
«No pienses eso. No puedes culparte de todo. No hiciste nada malo. Nada, Ella. Fueron esos tipos. No tú. No puedes seguir culpándote».
«¿Tú crees, Tony?».
Y ya no soy la única.
Recibí la primera postal hace unos días.
Al principio, me afectó tanto cuando la leí que tuve que salir corriendo al baño. Vomité.
Soy incapaz de explicar por qué me asusté tanto. Supongo que me conmocionó, porque a primera vista parecía muy amenazadora, muy repugnante. Cuando al fin fui capaz de calmarme y pensar con claridad, de pronto caí en quién me la había enviado. Y eso me infundió una mezcla de alivio y de culpa abrumadora. Si te soy sincera, puede que me lo merezca.
Me la había mandado en un arrebato de furia, no era una amenaza real; solo era para desfogarse.
La primera postal estaba metida en un sobre. Era una tarjeta negra con letras recortadas de alguna revista. ¿por qué no la ayudaste? Era clavada a la típica nota que sale en las películas, pero estaba bastante mal hecha: se me pegaban los dedos al tocarla.
Fui una estúpida: la rompí y la tiré a la basura, porque no quería que Tony la viera. Sabía que él llamaría a la policía, y quería evitarlo. Quería evitar que volvieran a venir. Tanto ellos como la prensa. No quería revivir esa locura.
Tardé un poco en asimilarlo del todo. Al principio había pensado que se trataba de cualquier tarado, pero después caí en la cuenta: «Espera, todavía no han echado el programa del aniversario por la tele».
Lo cierto es que la gente se había olvidado del caso. Hasta que no se emita el programa esta noche, nadie habría vuelto a pensar en la historia. Así es como va siempre, por eso a la policía le cuesta tanto. Todo el mundo habla de eso durante un minuto, y, casi al instante, ya lo han olvidado.
Sin embargo, hoy ha llegado otra tarjeta. También es negra, con un mensaje aún peor: puta… ¿cómo puedes dormir por la noche?
De modo que ahora lo tengo incluso más claro: sí que es culpa mía. Se trata de una venganza, y no solo por lo que no hice por Anna, sino por haber ido hasta allí en verano.
Ahora tengo clarísimo de quién son estas postales…
Capítulo 5
El padre
Henry Ballard mira el reloj y llama a Sammy con un silbido.
A lo lejos ve el humo de uno de los edificios que alquilan a turistas. Antes había sido un establo y, en esa época, era adonde su padre se dirigía siempre a esa misma hora del atardecer: un último vistazo al ganado antes de ir a cenar.
Henry sigue dando el mismo paseo todas las noches, pero ahora lo hace con un dolor sordo.
La voz de Anna lo persigue mientras camina:
«Me das asco, papá…».
Henry cierra los ojos y espera a que la voz desaparezca. Cuando los vuelve a abrir, la columna de humo que emana de la chimenea que tiene delante es más densa.
Había sido lo más lógico «desde el punto de vista económico», por supuesto. Transformarlo. Se había convertido en la frase favorita de Barbara, y también de los banqueros. «Es lo más lógico desde el punto de vista económico, Henry».
El éxito agrícola de la granja Ladbrook se había fraguado a lo largo de cuatro generaciones. Había sobrevivido al auge y la caída de la minería de la zona. Había sobrevivido a los cambios que se producían en los gustos de los consumidores. Les habían dado premios por criar a razas excepcionales. E incluso una vez se había diversificado y habían empezado a comerciar con narcisos. Sin embargo, la granja había tardado un abrir y cerrar de ojos en pasar de estar totalmente operativa a convertirse en lo que sus amigos ahora despreciaban con la frase: «¿Todavía juegas a los granjeros, Henry?».
Ahora ha cambiado de sector y ya no se dedica a la agricultura, sino al turismo. Y sí, desde el punto de vista económico, tiene toda la lógica del mundo. Habían transformado un grupo de establos y lo habían vendido para pagar todas las deudas pendientes que la granja tenía desde hacía más de una década. Un segundo grupo de establos ahora son propiedades de alquiler, lo que les proporciona unos ingresos más que suficientes, que se suman a los de la tetería y la zona de camping y, sin duda, son unos beneficios mucho más regulares que los que su padre o su abuelo se habrían imaginado jamás.
¿La verdad? Sus antepasados habían sido quienes se habían dejado la piel. Ellos habían pagado la mayor parte de las deudas bancarias con sangre, sudor y lágrimas. Pero ¿él? ¿Qué había hecho él?
Solo había recogido los frutos. No hay tarde en la que Henry Ballard no se sienta un miserable por eso.
Así que, sí, sigue jugando a los granjeros. Sigue perdiendo el tiempo por los márgenes de los campos con las ovejas —que apenas valen lo que cuesta mantenerlas— y el rebañito vacuno de raza excepcional.
Hace años que da el mismo paseo con gran pesar. Y, ahora, ¿desde lo de Anna?
Henry hace una mueca al recordar a su hija a su lado en el coche.
«Me das asco…».
—¿Qué nos queda ahora? —dice en voz alta mientras Sammy le roza la mano con el hocico y alza los ojos ámbar para cruzarse con los de su amo. El perro todavía se sienta bajo la silla de Anna cada noche durante la cena. Es insoportable.
Henry le acaricia la cabeza a Sammy y luego vuelve hacia la casa. Le aterra la noche que le espera, pero le ha prometido a Barbara que verán el programa del aniversario juntos, así que no debe llegar tarde. Han hablado largo y tendido sobre cómo gestionar el asunto: están preocupados por lo que es mejor para Jenny, quien puede que tenga que hacer frente a la peor parte. Es la hermana que se ha quedado sin hermana.
Las tuvieron con dieciocho meses de diferencia; eran muy dulces y estaban muy unidas, sobre todo cuando eran pequeñas. Se peleaban, claro, había la típica rivalidad entre hermanas, pero a la hora de dormir ya habían hecho las paces, y a menudo querían dormir juntas, a pesar de que hubiera habitaciones de sobra. Henry se acuerda por un instante de que lo último que solía hacer todas las noches era asomar la cabeza por la puerta de la habitación y las veía dormir, con los brazos y las piernas enroscados, acurrucadas con los pijamas rosas en una cama de matrimonio.
Se le encoge el estómago otra vez. Jenny todavía sufre insomnio. Barbara también. No tiene ni idea de cómo deben afrontar este programa. Que vuelvan a poner el foco sobre ellos.
Habían rechazado de plano la invitación de acudir a los estudios de Londres. Barbara no habría podido soportar una entrevista en directo. No. Henry se había negado en rotundo, en parte porque el tiempo que pasaba cerca de la policía lo ponía de los nervios. Por tanto, se había grabado todo de antemano en su casa. También habían rescatado un vídeo antiguo, de cuando Anna era pequeña.
Se detiene y aprieta los puños al recordar ese momento, él, cámara en mano, mientras Barbara le daba órdenes desde atrás. Ante él había un grupo de amigos reunidos alrededor de la merienda de cumpleaños, todos disfrazados: vaqueros y hadas. En el centro, un pastel enorme de chocolate con unas cuantas velas. «Hazle fotos mientras las sople, Henry. Por favor, que no se te pase…». Piensa en cómo era su mujer entonces: Barbara rebosaba alegría y siempre iba de aquí para allá, era muy feliz cuando la casa estaba llena de niños, ruido y desorden.
Henry se aclara la garganta y se inclina para volver a acariciar a Sammy, y así siente ese lazo que le es tan familiar: entre el hombre y el perro, entre el hombre, el perro y la tierra.
En definitiva, sí. Habían aceptado que se emitiera parte del vídeo del cumpleaños, porque la policía les había dicho que grabaciones tan emotivas como esa solían atraer más llamadas, lo cual era, sin duda, el objetivo de todo aquello: hacer un llamamiento a la colaboración ciudadana. El primer aniversario de la desaparición era un momento clave, les habían dicho, para hacer resurgir el interés en el caso y conseguir pistas nuevas. Para intentar encontrar a los hombres del tren. No obstante, él y Barbara están preocupadísimos por la presión que todo aquello ejerce sobre Jenny. Ella también aparece en el fragmento que han elegido los productores del programa, sale sonriendo junto a su hermana, por eso Barbara y Henry se habían sentado y habían acordado que, si Jenny se sentía incómoda, por poco que fuera, no permitirían que se emitiera y buscarían otra opción, o quizá pedirían que su imagen se tapara de alguna manera. Sin embargo, la reacción de su hija mayor había destrozado a Henry.
Era como si, de repente, hubiera visto el cielo abierto, como si en aquella terrible mezcla de culpa e impotencia se le brindara una oportunidad. Le brillaban los ojos cuando les dijo que no le importaba en absoluto que la gente la viera embutida en un vestido de hada con alas. «Lo que sea necesario, si eso ayuda a encontrar a Anna».
Después, se había ido a la habitación y le había dicho que la siguiera. Tenía montones de fotos antiguas guardadas en cajas metidas en uno de los armarios. Las había sacado. ¿Por qué no llamaba a la policía? «Ahora mismo, papá». Había muchísimas fotos que eran muy buenas. «¿Te acuerdas? Son de cuando hacíamos el tonto en los fotomatones. Todo el grupito. Yo, Sarah y Anna, y Paul, y Tim». Encontró un ejemplo —los cinco haciendo muecas— y se la dio.
Henry inspira el aire frío mientras evoca la imagen de Anna en el centro de sus amigos, y cierra los ojos.
«Me das asco…».
Henry dedujo que la policía no querría las fotos, y así fue. Solo querían el vídeo. Cuando le dijo a Jenny que la policía le quería dar las gracias —y también papá y mamá— por el tiempo que había dedicado a buscarlas, a encontrarlas, sus ojos volvieron al que era su estado habitual desde hacía un tiempo: distantes.
—Vamos, Sammy, ha llegado el momento.
Mientras se quita las botas de agua en el cuarto de los zapatos, Henry oye que su mujer está gritando para que se la oiga desde el piso de arriba.
—¿Estás segura de que no quieres verlo con nosotros, Jen? ¿Aquí abajo? A papá y a mí no nos convence que… Ay, espera, creo que… Papá ha vuelto.
Este entra en la cocina en calcetines.
—Bueno, Henry. He puesto el canal y lo he preparado todo para grabarlo. El productor está en el estudio, y me ha dicho que se pondrá en contacto con nosotros para informarnos de las llamadas que reciban.
—Perfecto, muy bien.
—Jennifer sigue diciendo que quiere verlo en su habitación, pero no me hace ni pizca de gracia, Henry. ¿Puedes hablar otra vez con ella?
—Como quieras. Pero ya he hablado con ella esta mañana, cielo, y…
—Es que no tiene ni por qué verlo, si no quiere. Ya se lo he dicho. Pero si se anima, no quiero que esté sola. No entiendo por qué no quiere verlo con nosotros. Deberíamos estar todos juntos. ¿No crees? Deberíamos verlo juntos, como una familia.
Henry se pregunta si debería expresar lo obvio: que ya no son una familia. Examina el rostro de su mujer con atención y baja la voz hasta que es casi un murmullo.
—Jenny no quiere tener que vernos la cara, cariño. —La suya. La de Barbara.
—¿La cara? —La expresión de Barbara cambia mientras da vueltas a las palabras durante unos segundos. Se contempla en el espejo del salón y se vuelve enseguida hacia él—. ¿Es eso lo que te ha dicho?
—No hace falta que me lo diga, cielo.
Henry continúa observando a su mujer con mucha atención, mientras espera a que termine de asimilarlo del todo. Se obliga a mirarla de hito en hito. Sabe exactamente por qué es tan complicado para Jenny: a él le ocurre lo mismo. No es fácil ser testigo de la profundidad de lo que han vivido, oscura y espantosa, escrita en los ojos de Barbara. Todo el día. Día tras día. No importa lo mucho que se esfuerce por maquillarlo con esperanza y sonrisas para Jenny. Ni con los recortes de las personas desaparecidas que al final han encontrado. Ni con el sinfín de pasteles.
—Aun así, ¿hablarás con ella? ¿Antes de que lo emitan?
Tiene los ojos clavados en el suelo.
Henry da un paso hacia su mujer y le da un beso en la frente. Lo hace porque debe, pero no la toca: es consciente de las normas, de los límites. Han dejado el contacto físico en suspenso, de momento, pero quizá no lo retomen jamás.
—Bueno, primero voy a lavarme las manos. Y sí, después hablo con ella.
Jenny está sentada en el suelo de la habitación, rodeada de trocitos de papel, revistas y álbumes de fotos antiguas.
—Mamá me ha pedido que hable contigo. —Henry observa los álbumes. Hay muchas fotografías de las dos hermanas mientras crecían. En una llevaban vestidos idénticos de damas de honor. En otra, salían el primer día de instituto. Por supuesto, la mayor parte de las fotos más recientes ya son digitales, pero Jenny había impreso un montón de sus favoritas cuando un año se le había estropeado el portátil y había perdido las fotos de todo un verano. Ya las había borrado de la cámara. No pudo recuperarlas.
—No pasa nada. Les he pedido a Paul, a Sarah y a Tim que vengan. ¿Os importa? A ver, que mamá tiene razón. Sería demasiado duro tener que verlo sola. Pero no puedo verlo con mamá, es que no puedo.
—Ah, vale. Hablaré con ella ahora. Ostras. —Consulta el reloj—. Lo que pasa es que precisamente esta noche quizá tu madre no se sienta cómoda con tanta gente en casa.
—Jo, venga, papá. No son gente cualquiera. Son mis amigos.
Henry aprieta los labios. Todavía falta una hora y media para que empiece el programa. Inspira hondo mientras trata de plantearse su reacción antes de lidiar con la de su mujer.
Barbara se pondrá a preparar comida. Sándwiches, pastelitos… Ese tipo de cosas. No se quedará quieta.
Sin darse cuenta, vuelve a mirar el reloj. Quién sabe, tal vez estar ocupada pueda ayudar a Barbara, así se distrae.
Le sorprende que Margaret, la madre de Sarah, no quiera que su hija se quede en casa para protegerla. Sarah ha sufrido mucho. Hay muchas preguntas sin respuesta. Todavía nadie acaba de entender la historia de cómo las dos amigas se habían separado en Londres, y hay quienes la culpan a ella.
En el fondo, a Henry no le parece tan mal. Es mejor que la gente se centre en Sarah…
En el piso de abajo, Barbara coloca los últimos platos en el lavavajillas mientras él le explica el nuevo plan para esta noche.
—Ah, bueno, vale…
—Dime, ¿qué opinas? ¿Te parece bien? El hecho de tener la casa llena, quiero decir. Supongo que Jenny tendría que habérnoslo consultado antes, pero no he querido reprochárselo. Hoy no.
Barbara se seca las manos en el delantal y se deshace el lazo de la espalda.
—No creo que sea una buena idea, Henry. Tengo un presentimiento. Es decir, sé que están muy unidos… o lo estaban. —Se yergue mientras respira hondo.
Henry espera y el silencio se alarga. Ninguno de los dos ya no sabe qué tiempo verbal utilizar.
—Pero es que últimamente todos hemos tenido los nervios a flor de piel —dice, mientras se saca el delantal por la cabeza—. Jenny también. No sé si esto va a ser de ayuda. Al menos, no para Jenny. Y no quiero que haya problemas, esta noche no.
—Pues parece que es lo que Jenny quiere. —Henry no aparta la mirada de su mujer.
—No tengo claro que ni ella misma sepa lo que quiere, no más que nosotros. —Suspira—. Va, es igual. Dile que sí. —De repente, Barbara lanza el delantal sobre la encimera—. Será horrible, haya quien haya en casa.
La conversación se ve interrumpida por un golpe sordo en el piso de arriba. Jenny está pateando el suelo de la habitación, que está justo encima de la cocina, mientras grita por el móvil. No entienden qué dice hasta que oyen: «Ay, madre, no. Por favor… no».
A continuación, oyen un estrépito de cristales y objetos que se rompen, al parecer porque los ha arrojado por la habitación.
Capítulo 6
La testigo
—Tiene que comunicárselo a la policía de inmediato.
—Ah, no, eso ni pensarlo.
—¿Perdone?
Estoy desconcertada.
Recupero la última tarjeta que he recibido mientras examino a Matthew Hill con atención. No me esperaba esa reacción. He metido esta nueva postal en un portafolio de plástico que he cogido de la carpeta de Luke. Es uno de esos portafolios que ya tiene los agujeros hechos, que resbalan muchísimo. Son muy peligrosos. Una vez resbalé al pisar uno y me di un porrazo en el hombro.
Este último mensaje había llegado como los demás: dentro de un sobre oscuro sencillo con una etiqueta con la dirección impresa. Sin embargo, este es todavía más extraño, y un poco más amenazador. El reverso es negro y tiene las letras enganchadas: es el karma. lo vas a pagar. Esta vez, al leerlo me había parecido raro que hubiera una referencia al budismo, al yoga o a algo de eso. ¿No se basan precisamente en la simpatía, la amabilidad y el perdón? Pero luego lo había buscado por Internet y encontré que hay quien lo interpreta como un tipo de justicia natural o como llevarte tu merecido —recibir consecuencias negativas por una mala acción—. Me entraron escalofríos…
Tenía que ponerle punto final.
—Creía que se dedicaba a investigar este tipo de cosas. ¿No es eso lo que hacen los detectives privados? —Me arrepiento de usar un tono sarcástico, pero estoy tensa mientras miro a Matthew Hill a los ojos y también me siento un poco desorientada. El anuncio me había parecido bastante directo. «Detective privado en Exeter. Expolicía». Breve. Simple. Creía que podía pedirle lo que fuera y que él lo haría. Que así se ganaba la vida. Como cualquier cliente que entra en mi tienda. «Un ramo para un cumpleaños, por favor». «Por supuesto».
—Mire, he estado siguiendo el caso y esto son pruebas nuevas. La chica sigue desaparecida, y tengo una norma según la cual, si hay una investigación en curso, trato de…
—Confíe en mí, señor Hill: esto no es una prueba.
—Y ¿está tan segura porque…?
Me detengo un segundo, sin tener claro hasta qué punto debería contar.
—Mire, sé quién me las envía: la madre de la chica, Barbara Ballard. Está muy enfadada conmigo. Bueno, no, eso es quedarse corta. Está furiosa y resentida, pero ¿a quién no le parece normal? A mí sí. Además, yo me lo he buscado. Cuando recibí la primera postal, tengo que admitir que me planteé acudir a la policía. Al principio, me impresionó y me asusté. Tuvimos muchos problemas después de que se filtrara mi nombre, y pensé que era más de lo mismo. Pero ahora ya sé por qué las recibo. Me han llegado tres, así que lo único que necesito es que le dé un toque de atención, por favor. Que pare. De lo contrario, mi marido se acabará enterando e insistirá en que vayamos a la policía, y quiero evitarle ese mal trago. Ya tiene suficiente.
—Pues me temo que estoy de acuerdo con su marido. Podría estar equivocada.
—Verá, es que ella ha venido a mi tienda. Ya van dos veces. Pero lo único que hace es observarme a través de la ventana. Aunque no sabe que yo me he dado cuenta.
—Bien. Entonces, ¿cuándo comenzó? —Al detective le ha cambiado la expresión.
—Esto no saldrá de aquí, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
—Perfecto, porque tampoco quiero denunciar lo que le voy a contar. De hecho, es culpa mía. Y no me refiero solo a lo que ocurrió en el tren. A ver, un día decidí ir hasta allí. A Cornualles, el verano pasado. A ver a la madre. Mi marido intentó disuadirme, y tendría que haberle hecho caso. Fue una estupidez, lo comprendí luego. Una más, que se añade al cúmulo de errores que llevo cometiendo desde que empezó todo. El peor, como sin duda sabe, es no haber llamado, no haber avisado a esa pobre familia antes de que pasara nada.
—Pero usted no hizo daño a la chica, señora Longfield. ¿No estaban involucrados un par de chavales? ¿Los sospechosos principales, que venían de Exeter?
—Sí, pero eso todavía hace que me sienta peor, señor Hill.
—Matthew. Llámeme Matthew.
—Pues Matthew. Mi marido no deja de repetirme lo mismo, que no es culpa mía. Pero siento decirle que eso no me hace sentir mejor. Y no soporto que todavía no la hayan encontrado.
De repente, oímos un silbido que procede de la habitación contigua. Miro hacia la puerta en la otra punta del despacho, que está entreabierta, y Matthew Hill se levanta de golpe y suaviza la expresión.
—¿Le apetece un café, señora Longfield? Hago unos capuchinos bastante buenos.
—Llámame Ella. Y sí, por favor. Por el olor, parece que sabe lo que se hace. —Noto que se me dibuja una sonrisa y relajo los hombros—. No puedo decir que no a un buen café.
—Es una cafetera exprés. Uso granos importados, una mezcla propia. Es mi punto débil.
—El mío también. —Inspiro hondo—. Perdona por estar tan a la defensiva, es que me he puesto muy nerviosa al venir.
—Le pasa a mucha gente. —Su voz se va apagando cuando desaparece hacia lo que deduzco que es un piso contiguo a la oficina. Tarda un poco, pero al final vuelve a aparecer con una bandeja, dos cafés y una jarrita de leche humeante. Asiento para indicarle que lo tomaré con leche.
—Por dónde íbamos… Ah, sí, cuéntame algo más sobre la madre, sobre cuando la visitaste en Cornualles. Cuéntamelo todo, no omitas nada.
—De acuerdo. No sé si has seguido el caso muy de cerca, pero tuve un jaleo espantoso con la prensa cuando descubrieron que yo era la testigo del tren. Los periódicos nacionales se volvieron locos. Enviaron a sus mejores redactores a la puerta de casa. Se dedicaron a escribir titulares con el gran dilema moral: «¿Qué habrías hecho tú?», y otros por el estilo.
—Sí, vi los reportajes. —Matthew se inclina hacia adelante y da un sorbo al café.
—Fue muy desagradable. Tengo una floristería, y llegó un punto en que tuvimos que cerrarla un mes entero, y también tuvimos que cerrar nuestras cuentas en redes sociales. Era incapaz de mirar a la gente a la cara. Los amigos fueron muy comprensivos, pero algunas personas se comportaban de forma extraña. Incluso los clientes habituales. Lo notaba por cómo me miraban.
—Lo siento. Se subestiman mucho las secuelas que conllevan casos como este. La gente puede ser muy cruel.
—Bueno, sí. Tony, mi marido, se puso hecho una furia. Es que es muy protector. Es muy bueno, pero se enfadó mucho cuando se filtró mi nombre.
—Y ¿cómo se filtró exactamente?
—Nunca lo hemos tenido del todo claro. Yo había ido a un congreso para floristas en el sur de Londres, sobre la creación y mejora de negocios. La versión oficial de la policía es que la prensa tuvo suerte y consiguió resolver el rompecabezas tras descubrir que yo era una de las dos personas de Devon que habían asistido. Pero Tony sospecha que fue una filtración deliberada para darle un empujón al interés de la prensa en el caso.
Matthew esboza una mueca.
—¿Crees que es posible? —pregunto.
—No me gustaría arriesgarme, pero me parece muy improbable. La policía no te pondría en peligro.
—¿Qué? ¿Crees que estoy en peligro?
—Disculpa, no quiero alarmarte. Tampoco es que seas la única que puede identificar a esos hombres. No. Pero estoy convencido de que es casi seguro que no fue una filtración deliberada. Ahora bien, una accidental… eso ya es harina de otro costal.
—Bueno, sea como sea, ahora ya lo sabe todo el mundo. Soy la mujer del tren que no hizo nada.
—Está siendo duro, ¿verdad?
—Sí, pero no es nada comparado con lo que ha sufrido la familia.
—Pero dime, ¿por qué diantres fuiste allí? ¿A Cornualles?
Se me corta la respiración y dejo la taza de café en la mesa; me tapo la cara con las manos.
—Soy consciente de que fue una estupidez como una casa. Pero es que, cuando vi a la señora Ballard fuera de la tienda, mirándome, la reconocí gracias a la prensa; salía muchísimo en los periódicos locales. Bueno, al grano. Verla me puso los pelos de punta y, después de reflexionarlo, decidí que lo mejor sería hablar con ella. Se me metió en la cabeza que, si le decía en persona lo mucho que lo sentía, y que aceptaba que estuviera enfadada… Que si supiera que yo también era madre y lo mal que me sentía por lo que estaba sufriendo…
La expresión de Matthew lo delata.
—Sí, ya lo sé. Fue una estupidez.
—¿Y ella se lo tomó mal?
—Eso es quedarse corto. Se puso hecha una furia. Aunque, claro, ahora lo entiendo: fui una egoísta. Me había imaginado que si ella veía que yo era una persona decente y lo mucho que me arrepentía…
—¿Había alguien más?
—No, solo nosotras. Le llevé flores. Un ramo de prímulas, porque había leído que eran las flores favoritas de Anna… Pero ahora creo que seguramente la provocaron. Solo conseguí empeorarlo. Se puso histérica. Me dijo que estaba harta de flores y que yo no tenía que estar allí, que no tenía derecho. Que le llevaba flores como si su hija hubiera muerto. Algo que, por cierto, ella no creía.
Matthew se echa un poco más de espuma en el café y me ofrece, pero cubro la taza con las manos.
—¿Crees que es posible que la chica siga viva?
Matthew aprieta los labios.
—Es posible, aunque por estadística, es improbable.
—Eso mismo pensamos nosotros, Tony y yo. —Se me rompe la voz un instante. Ojalá pudiera ser más optimista. Me acuerdo de una película que vimos en televisión en la que encontraban a unas chicas desaparecidas al cabo de unos años. Intento imaginarme a Anna saliendo de un sótano o de algún escondite con una manta policial sobre los hombros, pero soy incapaz de figurármela. Toso, observo la pared llena de archivadores y vuelvo a centrar la mirada en Matthew y agarro la taza de café—. Pero bueno, no importa. Lo de Cornualles fue horrible. Traté de irme y disculparme por haberla molestado. Y lo único que conseguí es que perdiera los papeles.
—¿Llegó a las manos?
—No estaba en sus cabales.
—Pero ¿te agredió, Ella? Porque si te agredió, si es imprevisible, entonces sí que deberías llevarle esto a la policía. Deberían saberlo.
—No era su intención. Un pequeño altercado en los escalones de la entrada. Fue un accidente más que otra cosa. Solo me llevé un moretón en el brazo.
Matthew sacude la cabeza.
—Ay venga, por el amor de Dios, ¡si me lo había buscado yo sola! No es violenta. No fue algo deliberado, y yo no debería haberme presentado en su casa. La provoqué. El problema es que aquello me afectó mucho. A ver, sabía que me culpaba de lo que había pasado y eso era lo que quería arreglar. Pero la profundidad del odio que me profesa… Lo que transmitían sus ojos…
—Y por eso crees que es ella quien te envía las postales.
—¿Tú no?
El detective se encoge de hombros, ladea la cabeza a un lado y a otro.
—Lo ideal sería que las hubieras guardado todas.
—Lo siento, es que no quería que mi marido se preocupara. Opta a un ascenso en el trabajo, así que ya tiene suficiente con lo suyo. Señor Hill… Disculpa, Matthew. Si no aceptas el caso, las quemaré. No voy a entregárselas a la policía, eso te lo aseguro.
Matthew me examina con atención y cambia de postura.
—Me gustaría que le hicieras una visita, Matthew. Eres una persona neutral, y tienes experiencia en estas cosas. Espero que consigas que deje de mandar más tarjetas sin que se enfade más. Que la convenzas de dejarlo con amabilidad, sin involucrar a la policía ni complicarle más la vida.
—Y ¿qué pasa si te has equivocado y las postales no te las manda ella? Parece que tiene bastante temperamento.
—Bueno, entonces me lo replantearé y haré caso de tu consejo.
—Bien. Entonces, ¿trato hecho, Ella? Intento hacerle una visita a la señora Ballard para ver qué puedo hacer con esta situación, pero, si sigo sin tenerlo claro, ¿te plantearás comunicárselo a la policía?
—¿Realmente crees que esto está relacionado con la investigación?
—Si te soy sincero, puede que no. Si no es la madre, lo más probable es que sea algún pobre desgraciado. Pero el equipo de investigación debería saberlo.
—Pero ¿y lo que te he pedido?
—Está bien. Volveremos a vernos cuando regrese de Cornualles. —Frunce el ceño y entrecierra los ojos mientras se levanta—. Supongo que has oído las novedades, ¿verdad, Ella? Las de esta mañana.
—¿Cómo?
—Lo que han dicho en la radio local esta mañana, después del programa del aniversario.
—No, ¿qué novedades? ¿Alguien ha contactado con la policía? Me lo he perdido. ¿Qué ha pasado?
Matthew hace una mueca.
—No han revelado el nombre, claro, pero supongo que se trataba de la otra chica, la del tren. La amiga.
—Sarah. Se llama Sarah. ¿A qué te refieres? ¿Qué le ha pasado?
Capítulo 7
La amiga
Esta vez, Sarah también finge que está dormida, pero le está costando. Ahora no solo tiene que vérselas con su madre, sino también con las enfermeras.
—Venga, Sarah. Tienes que beber algo, por favor.
La enfermera le da golpecitos en la mano con suavidad.
«Vete. Vete».
—¿Por qué no pueden dejarle el suero? —Su madre ha pasado toda la noche junto a la cama, chasqueando la lengua, toqueteándola y llorando—. Tiene muy mala cara y no puede incorporarse.
—Confíe en mí. Lo mejor para Sarah es que consigamos que esté despierta y que beba un poco por sí misma.
Están en una UAD, unas siglas que Sarah ha descubierto que corresponden a «Unidad de Alta Dependencia». Ha sido consciente de lo que ocurría a su alrededor desde hace horas, pero está atontada y se ha estado haciendo la sorda.
Quieren saber exactamente cuántas pastillas se ha tomado. No paran de preguntárselo. Ha oído las conversaciones que ha mantenido el personal médico con su madre. Al parecer, le están haciendo pruebas para determinar la cantidad de pastillas, pero los resultados tardan en llegar, así que todos dicen que sería mucho más fácil si Sarah respondiera.
Las enfermeras han intentado que su madre duerma un poco en la sala para familiares, y a Sarah le encantaría que les hiciera caso.
Está demasiado cansada, aturdida e indispuesta como para sentirse culpable. Está hasta las narices de sentirse culpable; lo único que quiere es que la dejen en paz.
Su madre les dice ahora a las enfermeras que la última vez que estuvieron en un hospital fue porque Sarah sufrió un ataque de asma cuando todavía iba a primaria. Los padres podían acostarse en la sala de juegos situada justo al lado del ala de pediatría. Dormían en colchones que había en el suelo, aunque algunos tenían la suerte de disfrutar de camas plegables en condiciones.
Pero esta vez no hay ni colchones ni camas. Margaret se ha pasado la noche como un fantasma, ha ido de aquí para allá para estirar las piernas cada pocas horas y ha estado entre el sillón de plástico verde que hay junto a la cama de Sarah en la unidad y la cafetería cerrada donde hay unas máquinas que ofrecen un café asqueroso y tentempiés variados.
Sarah ya vomita menos. Pero sigue decidida a no decir ni mu.
«¿Cuántas pastillas, Sarah? Necesitamos saberlo».
—No tengo muchas en casa. Solo paracetamol; dos cajas como mucho.
La madre de Sarah le repite eso al personal médico por enésima vez.
¿La verdad? Sarah no se acuerda de cuántas pastillas se ha tomado. Compró unas cuantas en la tienda de la esquina, y otras tantas en el supermercado. Una ley absurda impone un límite para que no se pueda comprar más de la cuenta en cada sitio.
Lo había hecho al pensar en la emisión del programa de televisión sobre el caso. En que pedirían la colaboración de nuevos testigos. En la puta imbécil del tren.
Le había dicho a la policía y a sus padres una y otra vez que todo era una sarta de mentiras. ¿Cómo que había tenido relaciones sexuales en el lavabo? ¿Con un completo desconocido? Pero ¿quién se habían creído que era? Cómo se atrevían…
Sin embargo, poco después le había entrado el pánico: ¿y si gracias al programa de televisión aparecían más testigos? El caso había perdido repercusión poco después de la desaparición de Anna. Claro que Sarah quería que la gente ayudara a la policía; quería que encontraran a Anna. El problema es que no quería que se supiera la verdad sobre lo que ella había hecho. Eso no. Por favor, eso no…
—¿No cree que quizá sería mejor que volviéramos a llamar al doctor? ¿Al especialista, quizá? ¿A ver qué opina?
—Estoy siguiendo las instrucciones específicas del doctor. Por favor, trate de no preocuparse. Sarah ha dejado de vomitar, y lo mejor será que intentemos que ingiera fluidos por sí misma. Confíe en mí, es lo mejor. Después tendremos una idea más clara del punto en el que estamos.
—Y ¿qué significa eso? —La madre de Sarah está hecha un manojo de nervios.
—Cállate. —Sarah no ha podido contenerse. Apenas un susurro—. Silencio, ¿vale? Todos.
—Vaya. Muy bien, Sarah. Venga, vamos. Intenta abrir los ojos y a ver si podemos incorporarte un poco, ¿vale? Pronto tendremos los resultados de las pruebas. Así sabremos cómo estás. Aunque sería de gran ayuda…
—No sé cuántas me tomé. ¿Vale? Es que no lo sé.
—Creo que deberíamos dejarla tranquila. Por favor. —La madre de Sarah comienza a llorar, y Sarah siente que se le forman lágrimas en los ojos. Ojalá Lily estuviera allí, pero eso no puede decírselo a su madre. Otro tema tabú.
—Lo siento…
—No tienes que pedir perdón por nada, cariño. Todo saldrá bien. Todo saldrá bien. Te lo prometo. Todo el mundo te envía recuerdos. Los padres de Anna. Jenny, Paul, Tim, todos. Quieren que te pongas bien.
Sarah cierra los ojos. Eso no es verdad, ¿a que no? Porque la verdad es que le echan la culpa a ella. Se lo han dejado bien claro.
La noche anterior a la emisión del puñetero programa habían quedado todos, en teoría para ofrecerse apoyo emocional, pero las cosas se habían torcido. El ambiente se había ido caldeando hasta que habían terminado enzarzados en una discusión a gritos. Los dos chicos estaban enfadadísimos. Jenny lloraba.
La cuestión es que se suponía que todos irían a Londres. Los cinco. Anna y Sarah celebraban que habían terminado los exámenes de secundaria y no tendrían que volver a ponerse el uniforme de la escuela, y los mayores iban por pura diversión. Pero les había ocurrido lo mismo de siempre: no se podía confiar en ellos.
Cuando eran pequeños, era muy distinto. La diferencia de edad no parecía importar. Jenny y los dos chicos iban dos cursos por delante de ellas, pero ¿y qué? En el instituto, cuando los mayores empezaron a trabajar a media jornada, todo cambió. De pronto, comenzaron a tener más dinero. Querían hacer otras cosas. Y empezaron a echarse atrás de los planes que tenían.
Sarah detestaba que hubiera habido tanto cambio, pero lo que más le asqueaba era que la gente la dejara colgada, y así se lo había soltado, enfadada, mientras discutían:
«¡Si no hubieseis sido tan egoístas, si no hubieseis hecho otros planes, quizá no habría tenido que cuidar de Anna en Londres yo sola!».
Paul había sido el primero en desdecirse. Sus padres le habían ofrecido pasar una semana en Grecia con ellos, en una casa con piscina. Tim había sido el siguiente en fallar. Le encanta el senderismo, así que no había dudado cuando le plantearon pasar una semana caminando por Escocia; además, quería ir al museo del monstruo del lago Ness. Y tampoco le hacía mucha gracia ser el único tío en un viaje de chicas.
Y, luego, el novio que Jenny tenía por aquel entonces le había ofrecido ir a un concierto, de modo que Sarah y Anna se habían quedado solas.
«Tendrías que haberla cuidado igualmente…». Los dos chicos estaban furiosos. «Es que no entendemos cómo llegasteis a separaros…».
Después, Jenny le había preguntado por qué no habían hecho el pacto de siempre, el de cuidar la una de la otra. «Hostia, es que estabais en Londres…».
Y lo único que Sarah quería es que se callaran de una puñetera vez. De todas formas, ¿por qué suponían que era ella la que tenía que cuidar de Anna? ¿Por qué no al revés, eh? ¿Era porque Sarah vivía en una urbanización y tenía más experiencia en callejear? ¿Era porque Anna era un poco princesita? ¿Era por eso?
Por supuesto que habían hecho un pacto.
«¡Pero si fue Anna quien lo rompió!», les había espetado. A todos ellos. A Tim, por su egoísmo y las vacaciones para ir a hacer senderismo. A Paul, por el chalé de lujo. A Jenny, por ir al concierto. Les había escupido aquella mentira, igual que se la había soltado una y otra vez a la policía.
«Habíamos quedado en que nos veríamos en el bar a las dos de la madrugada para tomar un taxi y volver al hotel. Pero no apareció…».
«Anna rompió el pacto, ¿vale? No dio señales de vida…».
«Ya os lo he dicho. Ya os lo he dicho. Ya os lo he dicho…».
Su madre había intentado tranquilizarla por lo del programa de televisión. La mujer del tren no podría hacer falsas acusaciones. En televisión no: serían difamaciones. «Está claro que es un bicho raro…».
Pero Sarah estaba muerta de miedo. ¿Y si aparecían nuevos testigos? Que estuvieran en el tren o en la discoteca.
Sarah evoca la reacción de su padre en el hotel Paradise de Londres. Al principio, ella se había negado a hablar con él. Habían pasado muchos años desde que sus padres se habían separado, y Sarah no había querido mantener ningún tipo de contacto con él. Sin embargo, con todo lo que había ocurrido, su madre le había pedido que fuera, y él se había puesto como una fiera cuando el inspector les había comunicado lo que había declarado la testigo.
«¿Me está diciendo que mi hija es una guarra?».
Así que Sarah se había quedado sentada antes de que empezara el programa, aterrorizada por lo que este pudiera revelar. En teoría, debería haber salido ya, porque iba a la granja a verlo con todos sus amigos. Pero, entonces, la habían asaltado los recuerdos:
La discoteca. El vacío en el estómago cuando había mirado la hora…
La discusión con Anna. «No me seas cría…».
El problema de no haberle contado a la policía toda la verdad era que, un año más tarde, a veces no era capaz de recordar con exactitud qué había dicho y qué no. Tenía mucho miedo de que removerlo todo de nuevo le hiciera meter la pata… y decir lo que no debía.
Así que se había metido en el baño con las pastillas y había avisado de que iba a darse un baño. No es que hubiera tomado la decisión de suicidarse. No quería hacer algo tan drástico, no todo era blanco o negro.
Solo quería disipar el pánico que le provocaba la espera hasta que se emitiera el programa de televisión, el no saber qué descubrirían. Solo quería que todo aquello desapareciera…
Ahora, mientras la enfermera la ayuda a incorporarse y le coloca almohadas en la espalda, aparece alguien nuevo junto a la cama. Es otra enfermera, que lleva un uniforme de un color distinto. Es mayor, parece tener un cargo superior y está hablando con su madre. Ese susurro no augura nada bueno. Dicen algo sobre los análisis…
—No quiero asustarla, pero el doctor quiere hablar con usted.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Lo mejor es que venga conmigo, señora Headley.
Capítulo 8
El detective privado
De camino a Cornualles, Matthew llama dos veces a casa.
—Solo son contracciones de Braxton Hicks, Matt, nada más. Te llamaré si hay alguna novedad. Estoy bien.
—Puedo volver. ¿Prefieres que me quede en casa? ¿Por si te preocupan, aunque sea un poco?
—Estoy bien.
Sally está de ocho meses e insiste en que no hay que alarmarse por las contracciones preparto. Que son completamente normales. Con todo, a Matthew ya nada le parece normal. Todo se le antoja anormal de forma alarmante desde que vivió la experiencia surrealista de las clases de preparto. Madre mía. ¿Por qué sus amigos no lo habían avisado?
«¿Estás segura de que no prefieres una cesárea, Sal? Hay quien dice que es más seguro, ¿eh? Y hoy día no hay nada de malo en decirlo, no es algo de lo que avergonzarse».
«¿Estás asustado, Matt? Lo siento. No se me caen los anillos por tener que empujar. Además, ya es un poco tarde para echarse atrás».
Habían mantenido esta conversación entre susurros mientras Sal estaba sentada en una esterilla de yoga y embutida en unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra y Matt seguía las instrucciones para darle un masaje en la espalda y pensaba en lo mona y, a la vez, un pelín ridícula que estaba allí. Por detrás, seguía teniendo la misma silueta esbelta… excepto por el enorme globo que le henchía la camiseta.
Sal era la envidia de la clase. «¿Cómo es posible que no estés toda hinchada?». Las otras le enseñaban cómo se les habían inflado los tobillos y las piernas, y se pellizcaban la grasa que se les acumulaba en la espalda y los brazos.
«Pues no tengo ni idea; como más que una lima».
Y no mentía. Matthew nunca había visto a su mujer comer como si tuviera que hibernar. A medianoche se preparaba sándwiches de palitos de pescado con mayonesa y pepinillos picados. Últimamente, el hedor de los pedos que se tiraba lo dejaba patidifuso.
«Vete al cuerno, Matt. Yo no me tiro pedos. Soy una diosa embarazada».
Matthew vuelve a echarle un ojo al teléfono y sonríe. Lo cierto es que, ahora, Sal incluso se tira pedos durmiendo.
Ve que tiene buena cobertura, pero no ha recibido ningún mensaje. ¿Quizá podría llamarla otra vez?
No. «Tranquilízate, tío». La segunda llamada la había irritado un poco. No va a pasar nada. Ya falta poco.
Matthew mira el GPS —le falta menos de medio kilómetro para llegar a la granja de los Ballard— y toma un desvío hacia una zona de descanso. A estas horas, Mel ya debe de estar en el despacho. Perfecto.
La sargento Melanie Sanders —quien, con un poco de suerte, pronto será la inspectora Melanie Sanders— es la mejor colega que Matthew conserva de cuando formaba parte del cuerpo de policía. Hubo una época, hace un millón de años, en la que él estaba colgado de Melanie y le hubiese gustado que hubiera algo más entre ellos. Pero aquello había pasado a la historia. Matthew se lo había contado todo a Sal antes de empezar a salir con ella.
No. Eso no era del todo cierto. No le había dicho que todavía tenía una sensación extraña en el estómago cuando hablaba con Mel. No era deseo. Ya no sentía esas cosas por ella. Solo era una emoción que le recordaba a otra época, a otra versión de sí mismo.
Lleva tres años fuera del cuerpo y Matthew no soporta tener que admitir que todavía le está costando acostumbrarse.
Pulsa el botón que conecta el panel de control con el móvil y escucha cómo marca el número y suena.
—Sargento Melanie Sanders.
—¿Cuántos cafés llevas?
—¿Matt?
—Si todavía no te has tomado el segundo, cuelgo y vuelvo a llamar.
Ella se ríe.
—Espero que esto no sea para pedirme otro favor.
—Por supuesto que sí. Pero nos beneficia a los dos, te lo prometo.
—Sí, como siempre, Matt. Yo te ayudo y luego me beneficio de volverte a ayudar.
Ahora es él quien se echa a reír.
—No, en serio. ¿Estás al día sobre el caso de desaparición de la hija de los Ballard?
—Solo con el tema del enlace con la familia. Les han asignado a una de nuestro equipo, a Cathy. Los londinenses nos ponen al día cuando les da por tomarse la molestia, algo que no pasa muy a menudo. Que esto quede entre nosotros, pero el inspector que lleva el caso es un señorito de cuidado. ¿Por qué lo dices?
—¿Sabes si alguien de la familia tiene antecedentes? ¿La madre y el padre están limpios?
—¿Por qué quieres saberlo?
—Por nada en particular.
—Espero que no estés metiendo las narices en un caso abierto otra vez, Matt, que ya sabemos cómo…
—No te preocupes. Si tengo algo que decirte, te juro que…
—Sí, claro, con la boca pequeña.
—Pero si ya me conoces.
Se quedan callados un momento.
Siempre que colaboran de esa manera, Melanie intenta convencerlo de que se lo vuelva a pensar. De que vuelva al cuerpo. Ella cree que todavía puede, a pesar de todo lo que ha pasado, y le promete que cuando la asciendan, intentará solucionarlo y convencerlo. Pero Matt siempre se lo toma a broma y terminan llegando a ese silencio, a ese punto muerto. A un acuerdo tácito. Ella cree que está malgastando su talento. Y a él le asusta darle demasiadas vueltas.
—Vale, esto que no salga de aquí, Matt, pero parece que el matrimonio de los padres no pasa por su mejor momento. No me sorprende. Pero todos tienen coartadas. Solo tenemos órdenes de echarles un ojo solo. El inspector que lleva el caso, quien, por cierto, es un imbécil que va de superior, está centrado en encontrar a los chavales del tren. No lo cuentes, pero hemos tenido el follón de siempre al contactar con nuestros colegas europeos.
—Así que… ¿han salido del país?
—Es lo más probable, porque aquí no hemos encontrado nada, ni una sola pista. Los informes forenses no nos sirven ni hay nada que pueda ser de utilidad en las grabaciones de las cámaras de seguridad. Los londinenses están un poco susceptibles. Han tardado demasiado en controlar las fronteras. Pero parece que el programa del aniversario ha conseguido algunas llamadas. No nos han dicho casi nada, pero intentaré enterarme de algo, espero que pronto. ¿Por qué?
—Por nada. A ver si quedamos para tomar un café pronto. Te enviaré un mensaje.
—O sea, que vuelves a estar metido en un caso abierto.
—¿Moi?
Melanie se ríe.
—Entendido. Por cierto, antes de que cuelgues, ¿cómo está Sal?
—Se tira unos pedos que apestan a pepinillo. Te lo digo en serio: el embarazo no huele nada bien. Ahora en serio, está genial. Está igual de preciosa y tranquila que siempre, pero lo de los pepinillos es jodido. Pronto te mandaré un mensaje para lo del café.
Ella sigue riéndose cuando él cuelga, y vuelve a comprobar la hora en el GPS.
* * *
La granja de los Ballard se erige al final de una carretera de un solo carril y de casi un kilómetro de largo. Es como seguir el camino de las baldosas amarillas: la extraña superficie de cemento de color arenoso se alza sobre la tierra, que asoma por cada lado, lo que hace pensar a Matthew en cómo se las va a apañar si se encuentra con un vehículo de cara. Solo hay dos apartaderos en todo el recorrido. Matthew le tiene bastante cariño al coche, y se imagina los daños que recibiría su vehículo si una rueda se saliera por uno de los lados de la plataforma de cemento. Podría ser catastrófico.
Así que es a esto a lo que se refiere la gente cuando dice que vive apartada.
Al llegar al final de la calzada, por fin, encuentra la casa. Es impresionante: la fachada es enorme, la entrada principal se alza sobre unos escalones justo en el centro, hay ventanas a cada lado y está decorada por una enredadera espléndida —sin duda, debe de ser un ejemplar magnífico en época de floración, aunque el detective no es jardinero y no reconoce qué especie es—. La carretera de acceso, tan deficiente, se ensancha hasta convertirse en una entrada en condiciones, con una pequeña rotonda, un jardín increíble en uno de los lados y un segundo camino que conduce a los establos que hay a lo lejos. Matthew aparca bajo un árbol que se yergue frente la puerta principal y se mete las llaves en el bolsillo. Aquí no hace falta cerrar el coche.
La señora Ballard abre la puerta, qué alivio. Para no romper con el cliché, lleva puesto un delantal de flores. Matthew se siente culpable al instante: se ve obligado a mirarla a los ojos.
—Si es usted periodista, no tenemos nada más que decirles hasta que se celebre la vigilia.
—No soy periodista, señora Ballard. ¿Le importa si hablamos dentro?
A veces funciona. Usar un tono autoritario y con confianza, como si tuviera derecho a estar allí.
—¿Quién es usted?
Aunque no siempre.
—Soy detective privado, señora Ballard, y estoy investigando algunos asuntos relacionados con la desaparición de su hija.
Su expresión cambia de inmediato. De la cautela pasa por la sorpresa y termina con una nueva esperanza tan infundada que provoca que Matthew vuelva a sentirse culpable.
—No lo entiendo. Un detective privado… ¿Por qué está involucrado?
—Sería mejor que habláramos dentro, si es posible.
Se quedan de pie en el vestíbulo, nerviosos, mientras Matthew observa los jarrones con flores, hay al menos cuatro amontonados sobre una mesa estrecha situada bajo un espejo grande.
—Ojalá la gente no enviara más. Flores, digo. Pero sé que lo hacen con buena intención. Se ha organizado una vigilia con velas para señalar el aniversario… —Se aclara la garganta. Se recompone—. Bien, usted dirá, señor…
—Hill. Me llamo Matthew Hill.
—¿Está investigando la desaparición de mi hija por su cuenta? ¿Se puede saber por qué lo hace? Hay un equipo entero en Londres que trabaja en el caso. ¿Lo ha contratado mi marido?
—No, señora Ballard. Contactó conmigo otra persona a quien también afecta esta investigación, alguien que está recibiendo cartas desagradables. Estoy intentando que eso no vuelva a pasar, con el fin de que los recursos puedan destinarse a lo que realmente hay que dedicarlos: a encontrar a su hija.
—¿Cartas desagradables?
—¿Le importa si nos sentamos un momento?
La señora Ballard se queda quieta: le está dando vueltas. Finalmente, lo conduce a la cocina. La estancia es otro cliché: tienen una enorme Aga azul, la típica cocina inglesa de hornos, cubierta con calcetines que se están secando. La señora Ballard parece más nerviosa ahora y se da golpecitos en el regazo con las manos. No le ofrece nada de beber.
—Entiendo que usted no ha recibido cartas desagradables, ¿verdad?
—No, ninguna. De hecho, solo me han llegado cartas amables de desconocidos. Algunas sí que eran raras, la verdad, pero no hemos recibido nada que haya sido una molestia o un problema. Se las enseñamos todas a la agente de enlace, Cathy. Todavía estamos en contacto con ella con regularidad. Dígame, ¿quién está recibiendo estas cartas desagradables? Espero que no sea Sarah. ¿Sabe que está en el hospital?
—¿La amiga que viajaba con su hija?
—Sí, he ido a verla esta mañana. Al hospital. Están esperando los resultados de las pruebas. Es horroroso, ¡horroroso! Su madre está destrozada. Bueno, todos. Como si no fuera suficiente todo lo que ha pasado. Entonces, ¿es eso? ¿Le están enviando cartas desagradables a Sarah?
—No, a ella no. —Matthew clava los ojos en los de Barbara Ballard: busca algún ápice de inquietud, pero no encuentra nada. La señora Ballard no aparta la mirada, que tan solo refleja el dolor de su tormento.
—Sé que esto será difícil para usted, señora Ballard. Pero las cartas… se las están mandando a la testigo del tren. A Ella Longfield.
—Ah. —Su actitud cambia enseguida, igual que el tono—. A esa.
—Sí. La señora Longfield me ha puesto al tanto de la opinión que le merece, y le aseguro que no es mi intención causarle más sufrimiento al haber venido. Pero Ella quiere dejar de recibir esas cartas sin tener que involucrar a la policía. No quiere distraerlos del objetivo principal, que es encontrar a Anna.
—Ya es un poco tarde para eso.
—Lo siento.
Ella se encoge de hombros y lo mira de hito en hito con actitud desafiante.
—Entiendo que esto debe de ser durísimo para usted, señora Ballard. Pero yo mismo fui agente de policía. Tienen personal muy capaz que está haciendo todo lo posible, se lo aseguro. Además, luego está el programa del aniversario. La cobertura televisiva de un caso suele ayudar…
No pica el anzuelo.
—Mire, sobre lo de las cartas… sean como sean, lo mejor es que hable con mi marido —dice, mientras se levanta—. A veces no oye el móvil y la cobertura aquí es regular, pero, si quiere, puedo intentar llamarlo.
—No es necesario que lo moleste. ¿Seguro que no sabe quién podría estar enviando esas cartas a la señora Longfield? Quizá alguien del círculo familiar haya estado alterado en especial… O haya hablado mal de ella… Sobre lo que…
—Todo el mundo está alterado, señor Hill. Mi hija sigue desaparecida. La vigilia es mañana. Y, ahora, si me disculpa… —Ha recobrado, aunque tarde, la compostura, pero se ha olvidado de la buena educación cuando, al parecer, se ha dado cuenta de que nada la obliga a seguir hablando con él.
Matthew sabe por experiencia que llegar a esa conclusión normalmente acaba dando paso al enfado.
El detective le ofrece su tarjeta y ella la acepta, aunque duda un segundo antes de metérsela en el bolsillo del delantal.
—¿Ha comunicado al equipo policial lo de estas cartas desagradables? —La señora Ballard sigue sin apartar la mirada.
—¿Por qué lo pregunta?
No le responde.
—Bueno, si se entera de algo que pueda ser relevante, llámeme. ¿Lo hará?
Ella asiente con la cabeza.
—El problema es que la señora Longfield tendrá que hablar con la policía si no deja de recibir estas cartas. Y no es lo que ella quiere. Está convencida de que su familia ya tiene suficiente de lo que preocuparse, señora Ballard.
—Ah, ¿sí? Vaya.
Matthew aprieta los labios y se despide.
Fuera, nota los ojos de la señora Ballard clavados en él mientras arranca el coche y hace un cambio de sentido antes de volver a meterse en esa carretera estrechísima.
Comprueba la pantalla del manos libres. Sal no le ha mandado nada. Se dice a sí mismo que no puede mirar atrás, que tiene que seguir dominando la situación.
Y, después, conduce con sumo cuidado y trata, con todas sus fuerzas, de olvidar los ojos de Barbara Ballard.
Capítulo 9
El padre
Henry divisa el coche que se acerca a la casa mientras está vigilando a las ovejas en el campo más elevado y desprotegido de la granja. El viento aquí arriba es virulento, por eso Henry se sube la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla sin dejar de observar la casa ahí abajo.
Esta parte de la granja siempre ha supuesto un problema logístico. Es complicado acceder a ella sin la ayuda de un quad, y la relación de Henry con este tipo de vehículos por las colinas siempre ha sido complicada. Ha estado a punto de volcar muchas más veces de las que le ha contado a Barbara. En una ocasión, cuando iba por una de las pendientes más empinadas, pensó que, con la velocidad, el dichoso cacharro iba a dar una vuelta de campana. Se le levantaron dos ruedas del suelo y notó cómo cambiaba el peso. Es tal y como lo cuentan: en un momento fugaz se había imaginado cómo se las iban a apañar cuando él ya no estuviera.
El eco vuelve a resonarle en la cabeza.
La voz de Anna.
«Me das asco…».
Aquel día con el quad se había asustado tanto que había vuelto corriendo a casa y se había metido directo en el despacho, justo al lado del cuarto de los zapatos, y había contratado por internet un aumento de la cobertura de su seguro de vida. Poco más tarde, aquello había provocado que Barbara y él tuvieran una discusión muy acalorada.
«No podemos permitirnos aumentar el seguro de vida, Henry. Y, de todas formas, ¿por qué lo has hecho? No seas tan morboso».
Le había prometido que cancelaría el aumento de la cobertura, pero en el fondo estaba reflexionando sobre si debía reconsiderar la oferta de una granja vecina para comprarle aquellos campos impracticables, ya que a ellos les iba mejor para el ganado. Sin embargo, era una cuestión de orgullo. Todavía hacía ver que era un granjero como Dios manda y no un administrador de alquileres turísticos.
Ahora observa el coche mientras se aleja; está claro que la carretera de acceso pone nervioso al conductor: se lo está tomando con calma. No, Henry ha decidido que no venderá ni dará en usufructo ninguna otra parcela de la tierra que su padre y su abuelo se esforzaron tanto por conseguir. ¿Qué más da si la parte turística tiene más sentido sobre el papel? Los alquileres de vacaciones. El camping. En el fondo de su corazón, él sigue siendo un granjero. Por eso no deja de pensar en las pocas ovejas y el ganado que tiene y también en el aumento del seguro de vida, que sigue vigente.
No ha reconocido al hombre que acaba de salir de casa. Era alto y delgado, pero estaba demasiado lejos como para verle la cara. Durante un momento, Henry se plantea si será alguien de la policía, y nota la descarga de adrenalina que ya le es tan familiar.
Ha pasado un año y, al contrario que su mujer, Henry no cree que su hija siga viva.
Henry ve que Barbara sale al umbral para comprobar que el visitante se ha ido.
Está pensando que debería bajar y descubrir qué demonios pasa cuando oye balidos a su espalda. Se gira y ve a dos hembras que resbalan por el barro en el extremo más alejado del campo y se acercan peligrosamente al arroyo. Mierda. Tendrá que ir hasta allí y guiarlas hasta la zona más elevada y segura.
La humedad de la tierra provoca que el cometido le lleve más de lo esperado.
Ovejas de las narices. Son tontas de remate.
Llama a Sammy, que se le acerca con el rabo entre las piernas. Incluso el perro detesta ese campo, y mira al amo como si estuviera loco. «¿Qué hacemos aquí? Normalmente te traes el quad».
Al final, con la ayuda de Sammy, Henry logra que las dos hembras extraviadas y el resto del rebaño avancen hasta la zona más elevada del terreno. Desde allí, las conduce todavía más lejos: atraviesan la puerta que lleva hasta el campo colindante, que, a pesar de que ahora tiene poco pasto, es una opción mucho más segura para pasar la noche. Cierra la puerta y echa el pestillo, llama a Sammy y perro y amo enfilan el sendero adyacente que lleva a la granja.
Se llama Primrose Lane, el camino de las prímulas. A Anna le encantaba pasar por allí cuando era pequeña, porque había setos muy altos. Y siempre quería recoger ramilletes de flores silvestres.
«Vamos a echar una carrera, papá».
Henry cierra los ojos al evocar ese eco más amable y se queda quieto unos segundos. Se la imagina vestida con la chaqueta rosa de plumas, la goma rosa en el pelo y los guantes rosas. «Venga, papá. Te echo una carrera hasta casa». Con el ramillete de prímulas en la mano.
Hasta que no nota a Sammy rozándole las piernas, Henry no abre los ojos de nuevo.
«Tranquilo, chico. No pasa nada».
Le acaricia la cabeza al perro, inspira profundamente y retoma el camino hasta casa. Cuando llegan al jardín, Barbara ya ha vuelto adentro.
En el cuarto de los zapatos, se quita las botas de agua y le ordena al pastor escocés, cubierto de barro, que espere.
—¿Quién era?
Barbara sale de la cocina pálida, mientras se seca las manos en el delantal.
—Un detective privado.
—Y ¿se puede saber qué hace aquí un detective privado?
—Dice que Ella, la florista, está recibiendo mensajes desagradables.
—Pero eso no es ninguna novedad.
—No, pero no solo por las redes sociales. Se ve que le están llegando cartas de verdad, o algo así. A su casa. La cosa se ha puesto fea.
—Y ¿esto debería importarnos porque…?
—Creo que el detective privado sospecha que se las he enviado yo.
—¿Te ha acusado de haberlo hecho?
—No explícitamente, pero lo ha insinuado. Como si me estuviera haciendo un favor. Como si me avisara.
Henry se detiene y entorna los ojos.
—Y antes de que preguntes: no, no se las he enviado yo. Aunque tampoco puedo fingir: me importa una mierda quién se lo manda.
—Bueno, espero que le hayas dicho que ni se le ocurra volver a aparecer por aquí. ¿Crees que deberíamos llamar a Cathy o al equipo de Londres y explicárselo?
—No, no ganamos nada. Ya le he dicho que no vuelva. Y él mismo ha dicho que va a informar a la policía.
—Y ¿no le has dicho nada más? Ninguna tontería, Barbara… ¿sobre mí?
Su mujer lo mira con frialdad, muy seria, sin pestañear.
Henry nota cómo se le acelera el pulso.
—No, Henry. No le he dicho ninguna tontería… sobre ti.
Henry se sienta en el viejo banco de iglesia que les sirve como banqueta en el cuarto de los zapatos.
—¿Jenny está en casa?
—Todavía no, se ha ido a la ciudad. Quiere un abrigo nuevo para la vigilia que sea calentito y elegante.
Henry ha dejado clarísima su opinión sobre la vigilia desde el principio. Él no es muy religioso. Había sido idea del párroco: señalar el primer aniversario de la desaparición con plegarias y velas. La habían fijado para el jueves… el día que se cumplía el año. Sin embargo, al confirmarse la emisión del programa, decidieron aplazarla hasta el sábado. Al ser fin de semana, también les iría mejor a los asistentes.
Barbara alza la barbilla.
—La madre de Sarah me ha dicho que ojalá pudiésemos postergar la vigilia hasta que Sarah tenga suficientes fuerzas para asistir, pero le he dicho que no era buena idea, que lo más importante es que Sarah se centre en recuperarse. Creo que deberíamos seguir con lo que habíamos planeado.
—Pero ¿sigues pensando que la vigilia es una buena idea?
—No lo sé, Henry. Pero la gente está siendo amable y parece que quieren hacer algo. Además, la prensa hará fotos, y eso ayuda a que se siga hablando del caso. Cathy dice que es positivo. Que se siga hablando del caso.
—¿Cómo está Sarah? ¿Sigue diciendo que fue un accidente? Lo de las pastillas…
«Nadie sufre una sobredosis sin querer», piensa Henry. Trata de sentir cierta compasión por Sarah, pero es incapaz.
Capítulo 10
La testigo
—Cariño, ¿por qué no dejas que haga yo el té? Date un respiro para variar.
Oigo la voz de mi marido, pero no me doy la vuelta. Desde el rellano superior de las escaleras, no aparto los ojos de las cartas que están tiradas sobre el felpudo. Lo diviso entre el abanico de facturas y sobres blancos; me llama a gritos. El sobre negro que ya me es tan familiar. Esta vez, la dirección está impresa en una etiqueta de color crema.
—Estoy bien, no te preocupes. Ya me conoces, prefiero ponerme ya en marcha.
Bajo deprisa para recoger las cartas del suelo y amontonarlas; noto la postal dura dentro del sobre y la meto en el centro justo cuando Tony comienza a bajar las escaleras.
—¿De verdad que estás bien, Ella?
—¿Te apetecen unos sandwichitos de beicon? Dile a Luke que en quince minutos están listos, por favor.
El corazón me va a mil por hora y evito mirarme en el espejo con tal de no ver lo evidente. Tengo la cara roja.
De verdad que creía que al llamar a Matthew todo esto se solucionaría; creía sinceramente que podía evitar que Tony tuviera que preocuparse por esto también, porque ya ha aguantado suficiente.
En la cocina, rebusco entre el correo para pasarle a Tony las circulares del club vinícola y las del banco. Sé que tendría que decírselo, y me he prometido que lo haré, pronto. Muy pronto. Pero primero quiero hablar con Matthew. Además, sé que volverá a disgustarse, y está agobiado con todo el tema del ascenso. Me siento culpable, porque me había repetido una y otra vez que no fuera a Cornualles. ¡Ay, no! De verdad que tenía todas mis esperanzas puestas en que Matthew lo solucionara.
—¿Hay algo que valga la pena? —Tony está mirando las cartas que tengo en las manos.
—Una de la aseguradora, con una oferta para varios coches.
Esboza una mueca y gira sobre los talones, mientras yo enciendo el horno y me mantengo ocupada preparando el pan y el beicon; justo en ese momento, suena el teléfono.
—Ya lo cojo yo —le digo: quizá es Matthew. Aunque creo que le pedí que me llamara a la tienda.
—Pasa algo, Ella, ¿verdad? Algo que no me has dicho.
—Ahora no, Tony, por favor. Estoy bien. —Joder. Si al final resulta que no es la madre de Cornualles, tendremos que entregar las cartas a la policía. Bueno. En ese caso, se lo tendré que contar a Tony igualmente.
Mientras con una mano abro el paquete de beicon, con la otra descuelgo el teléfono, y me preparo para decirle a Matthew que me llame más tarde, a la tienda.
—¿Está la madre de Luke?
—Sí, soy yo, Ella Longfield. ¿Quién es?
—Rebecca Hillier, la madre de Emily. Solo quería confirmar la hora de la reunión.
—¿Qué reunión? Creo que me he perdido.
Se produce una pausa larga.
—¿Luke no le ha dicho nada?
—No, ¿ha ocurrido algo?
—Mire, no voy a hablar de esto por teléfono. Se lo he dicho claramente a Luke. Al grano: ¿están libres mañana o no?
Tony me está haciendo preguntas en silencio: «¿Quién es? ¿Qué pasa?».
—Bueno, la cosa es que mi marido ha quedado con unos amigos para jugar a póquer, así que…
—Pues a las 19:30, en nuestra casa. Luke tiene la dirección.
Y me cuelga.
—Qué rara… Y qué mala educación. Dile a Luke que baje, por favor.
—Pero ¿qué pasa?
—Ojalá lo supiera.
Coloco media docena de lonchas de beicon en una bandeja, un poco montadas entre sí para que quepan todas. Al oír los pasos de Tony subiendo por las escaleras, abro con rapidez el temido sobre.
vigila lo que haces. yo no te pierdo de vista…
—¡Ella! Será mejor que subas.
«Madre de Dios…».
En la habitación de Luke, enseguida me doy cuenta de que algo va mal, y al instante dejo de sentir miedo por la postal y lo tengo por mi hijo. En estas últimas dos semanas ha llegado cada vez más tarde, tanto a trabajar en la tienda como al instituto. Hemos recibido una carta en la que se nos notificaba que también se ha saltado clases. El tutor nos ha pedido hacer una reunión. Mi intención era tratar de aclarar qué ocurría, pero con todo lo que ha sucedido últimamente…
—¿Se puede saber qué pasa, Luke? —Tony está más enfadado que preocupado.
Luke está hecho un ovillo bajo las sábanas, vestido con la ropa de ayer. Unos tejanos y una sudadera gruesa turquesa. Está sudado y huele mal.
—¿Tienes frío? ¿Te encuentras mal? —le pregunto, intentando mantener la calma. Me siento culpable por haber estado tan ciega.
—Contesta, Luke. ¿Qué ocurre? —Tony descorre las cortinas.
Luke, con la mirada sombría y la capucha puesta, no responde.
—Acabo de hablar con la madre de Emily. Me ha dicho no sé qué de una reunión. Ha sido un poco maleducada y, al parecer, creía que yo sabía de qué me hablaba. ¿Qué reunión, Luke? —intento no sonar enfadada.
Luke sigue sin abrir la boca.
—¿Qué ocurre, Luke?
En ese momento, el pánico se adueña de mí. Empiezo a pensar en qué puede ser: ¿drogas?, ¿robo?, ¿algún altercado con la policía? No, mi pequeño no sería capaz de algo así. Mi niño, que saca dieces en todo, que se supone que tenía posibilidades de entrar en Oxford o en Cambridge hasta que hemos llegado a esta época en la que le ha entrado la tontería. Es una fase, según Tony. Solo se ha rebelado un poco porque el año de los exámenes finales de bachillerato ha sido mucho más duro de lo que nadie esperaba. A lo mejor solo está hasta las narices de los exámenes. ¿Será eso?
—Por favor, Luke. Dinos qué pasa. Quizá podemos ayudarte. —Tony ha suavizado el tono.
En ese momento, Luke nos sorprende a ambos y se echa a llorar. Berrea como un bebé, algo incongruente e histriónico y, al mismo tiempo, es aterrador que ese llanto lo emita un chaval de metro ochenta vestido de pies a cabeza y cubierto con un edredón de rayas azules de Marks and Spencer.
Al instante reparo en dos cosas: sea lo que sea lo que haya ocurrido, es muy serio; y he estado tan trastornada con el caso de Anna Ballard que no me he dado ni cuenta de esto.
Capítulo 11
El padre
Henry está dando marcha atrás con el tractor cuando Barbara asoma la cabeza por la puerta.
—¿Qué demonios haces, Henry?
—Estoy preparándolo todo para tu querida vigilia.
—Anda, ahora resulta que es mi vigilia.
—Bueno, está claro que no fue idea mía.
Durante unos minutos, ella observa cómo maniobra con el tractor. Hace movimientos furiosos y erráticos de un lado para otro. Henry solo quiere que su esposa vuelva adentro, que lo deje en paz. Pero no.
—Sigo sin entender qué haces.
—Voy a colocar unas cuantas balas de paja para que la gente pueda sentarse.
—La gente no querrá sentarse. Ya te digo yo que estarán poco rato.
—La gente siempre quiere sentarse. Además, vendrán personas mayores que necesitan sentarse, Barb. Y no podemos sacar sillas. No quiero que se acomoden demasiado, porque, si no, no nos los sacaremos nunca de encima.
—Mira que eres ridículo.
A Henry le parece que es el momento perfecto para que lo acuse de ser ridículo. Desde el principio había dicho que no quería celebrar la dichosa vigilia. Anoche, ya en la cama, tuvieron una discusión al respecto entre susurros.
«Podríamos hacerlo enfrente de casa», había dicho Barbara cuando el párroco llamó. Henry había dejado muy claro que no quería que se hiciera ningún acto religioso, nada que se pareciera a unas exequias.
Sin embargo, el párroco les había dicho que la idea de la vigilia era exactamente la opuesta: la comunidad quería demostrar que no habían tirado la toalla, que continuaban apoyando a la familia. Que rezaban para que Anna volviera a casa sana y salva.
A Barbara le había encantado y aceptaron realizarla. Sería una celebración con poca gente. Vendrían a pie desde el pueblo o aparcarían en el polígono y vendrían caminando por la carretera.
—Pero si ha sido idea tuya, Barbara.
—Sabes que fue idea del párroco. La gente simplemente quiere mostrarnos su apoyo.
—Es puro morbo, Barbara. Eso es lo que es.
Vuelve a maniobrar con el tractor por el jardín y deposita dos balas de paja más al lado del resto.
—Ya está, no creo que hagan falta más.
Henry mira a su esposa y lo asalta esa sensación de contradicción tan extraña y a la vez tan familiar. No sabe cómo han llegado a este punto. La cosa ha ido degenerando no desde que desapareció Anna, sino a lo largo de los veintidós años de matrimonio. Se pregunta si todos los matrimonios acaban así. O si, sencillamente, es un mal hombre.
Cuando Barbara se coloca el cabello detrás de las orejas y levanta la barbilla, Henry contempla los labios carnosos, los dientes perfectos y los pómulos marcados que un día lo hicieron sentir de una forma muy diferente. Es un péndulo que sigue confundiéndolo, que le hace desear que pudiera dar marcha atrás. Volver al baile de los jóvenes granjeros, cuando ella olía a gloria y todo parecía sencillo y prometedor.
Y sí, también desearía volver atrás e intentarlo de nuevo. Hacerlo mejor. Todo.
Entonces, cierra los ojos. Vuelve a oír el eco de la voz de Anna junto a él en el coche.
«Me das asco, papá».
Quiere dejar de oír esa voz. Que se calle. Desea volver atrás por enésima vez. Regresar a la época en que Anna era pequeña y lo quería, y recogía ramilletes al recorrer el Primrose Lane. A la época en que él era su héroe y ella quería echarle carreras hasta casa para merendar.
Barbara dirige la mirada hacia el brasero.
—¿Vas a hacer fuego, Henry?
—Sí, hará frío.
—Gracias. También estoy preparando tazas de sopa. —Una pausa—. ¿De verdad crees que es un error, Henry? No me había dado cuenta de que te disgustaba tanto. Lo siento.
—No pasa nada, Barbara. A la fuerza ahorcan. Vamos a aprovecharlo al máximo.
Comienza a dar marcha atrás con el tractor y sale del jardín para volver a guardarlo en el granero. Ahí, en la penumbra, por fin el pulso le vuelve a la normalidad y se queda sentado en silencio en el tractor: necesita este silencio, esta tranquilidad.
Si hubiese hecho mal tiempo, el plan B era celebrar la vigilia en el granero. Pero ha hecho buen día, un poco frío, eso sí, pero el cielo está claro y despejado, así que se quedarán afuera. Henry tiene la esperanza de que el frío haga que la gente vuelva antes a casa, haya sopa o no.
Acaba de decidir que se quedará allí sentado un rato más. Sí. Está a gusto solo, en el granero. Llega a la conclusión de que no piensa moverse.
* * *
Una hora más tarde, Jenny aparece en la cocina para ver cómo está su madre justo cuando Henry se está quitando las botas en el cuarto de los zapatos.
—¿Seguro que estarás bien, mamá?
Barbara está removiendo la sopa que tiene en dos ollas grandes.
—Sí, no te preocupes. Lo que pasa es que es muy difícil saber cuánta gente va a venir.
Henry clava los ojos en la espalda de su mujer.
—Siento lo que ha pasado antes, cariño. Estoy un poco alterado.
—No pasa nada.
Ella no se vuelve para mirarlo, pero alarga un brazo y le toca el hombro a Jenny para reconfortarla.
—¿Cómo está Sarah?
Jenny respira hondo.
—Le encantaría venir. Su madre dice que le sabe muy mal perdérselo. Y ella jura y perjura que lo de las pastillas fue un accidente. Pero nosotros nos sentimos fatal.
Hay algo en su tono que desconcierta a Henry.
—¿A qué te refieres? Lo que ha pasado es muy triste, pero no es culpa vuestra.
Jenny se vuelve hacia su padre.
—Bueno, o sí.
—Pero ¿por qué dices eso?
—Discutimos con ella, antes del programa de la tele.
—¿Quiénes?
—Todos. Yo, Tim y Paul. —Se le rompe la voz—. Hemos estado tan agobiados últimamente, con lo del aniversario… Y encima vosotros os pasáis el día discutiendo… No sé. Fuimos a ver a Sarah para proponerle que viéramos el programa juntos, pero perdimos los estribos. Se nos fue de las manos.
—Ajá, sigue…
—Supongo que todos nos sentíamos culpables por no haber ido a Londres. Si hubiéramos ido, habríamos sido más personas cuidando de Anna.
—No debes pensar eso —contesta Henry.
—Ya, pero el problema es que no puedo evitarlo. Los chicos se pusieron a interrogar a Sarah otra vez sobre por qué se habían alejado en la discoteca. Sobre qué pasó exactamente para que se separaran y por qué es tan poco explícita cuando le preguntamos.
En ese momento, Jenny comienza a llorar a lágrima viva.
—No queríamos hacer que Sarah se sintiera tan mal. Nos dejamos llevar por la situación, nada más. O sea, yo me rajé del viaje por John y el concierto, y ahora ya no estoy ni con él. No sé cómo fui capaz de anteponer un capullo a mi hermana. Es que nos sentimos tan culpables… Por no haber estado allí, en Londres. Pero no tendríamos que haberlo pagado con Sarah…
—Y ¿cuándo discutisteis?
—La noche anterior a la emisión del programa.
«Y por eso se tomó las pastillas», piensa Henry. «Madre de Dios».
Barbara abraza a Jenny.
—Bueno, es un lío, cielo —responde—, pero a todos nos está costando y es duro. No tienes que culparte de nada. Lo que tienes que hacer es hablar con Sarah y aclararlo, dile que no la culpas de lo que pasó.
—No, de verdad que no la culpamos. Pero es que estamos…
—Afectados, como todos. Hablaré con la madre de Sarah para ver cuándo puedes ir a verla y resolverlo. Venga, tranquila. Sécate las lágrimas y ponte el abrigo nuevo. La gente empezará a llegar pronto. Te ayudaré a solucionarlo, te lo prometo. Arreglarás las cosas con Sarah, ¿vale? Todo irá bien. Pero esta noche tenemos que ser fuertes, por Anna. ¿De acuerdo, cariño?
Henry observa a su mujer y se pregunta dónde habrá aprendido ese truco: saber siempre qué decirles a las niñas.
«¿Niñas?». Hace una mueca al darse cuenta de que ha usado el plural.
—Lo hacemos por Anna, no lo olvides. Para recibir a Anna con una sonrisa cuando vuelva.
Barbara le está secando la cara a Jenny con un pañuelo cuando suena el timbre.
Henry va a abrir arrastrando los pies, tapados con calcetines, y se encuentra al párroco con una chaqueta encerada y unas botas de agua.
—No voy a entrar, estoy lleno de barro —empieza, sonriendo—. Qué buena idea poner algo para sentarse, Henry. Os quería enseñar la lectura que he preparado. No es demasiado religiosa, tal como acordamos. Solo son unas palabras positivas e inspiradoras. Después, he pensado que quizá quieras decir algo tú misma, Barbara. Más que nada para agradecer el apoyo a los asistentes y animar a la prensa local que siga pidiendo la colaboración ciudadana en el caso, a ver si aparecen nuevos testigos. Que sepan que cualquier cosa, por pequeña que sea, es útil.
Barbara sonríe y Henry observa cómo Jenny desaparece escaleras arriba para ponerse el abrigo nuevo, pero, entonces, los llama de golpe desde la ventana del descansillo:
—¡Mirad! Mirad por la ventana, no os lo podéis perder… Venid.
El párroco, animado por ese entusiasmo repentino, se quita las botas de agua y sigue a Henry y Barbara escaleras arriba, desde donde se divisa con claridad la estrecha carretera que lleva hasta la granja. Con la última luz del ocaso, la imagen es fascinante: una delgada fila de todo tipo de luces serpentea por el camino, linternas, velas e incluso antorchas, que forman un sendero iluminado entre las sombras.
Henry se sorprende de su propia reacción. Le tiembla el labio.
Mientras contempla las luces titilantes, evoca a Anna corriendo ante él, vestida con el uniforme rosa a cuadros de la escuela debajo del abrigo, con un ramillete de flores en la mano.
Cathy, la agente de enlace de la familia, no tardará en llegar. Entonces, Henry se da cuenta de que lo ha hecho durar demasiado.
Tendrá que hablar con la policía.
Tendrá que contar la verdad a todo el mundo.
Darmowy fragment się skończył.