Czytaj książkę: «Cuando atrapas un tigre»

Czcionka:


Para Halmoni:

Deseo un collar para ti


Puedo volverme invisible.

Es un súper poder, o al menos un poder secreto. Pero no es como en las películas y no soy una superhéroe, de modo que ni lo piensen. Los héroes son los protagonistas que realizan las grandes hazañas. Yo simplemente… desaparezco.

Verán, yo no sabía en un principio que poseía esa magia. Sólo sabía que los profesores olvidaban mi nombre, y que los otros niños no me invitaban a jugar. Y una vez, al final del cuarto grado, un chico de mi clase me miró con la cara arrugada y me dijo: ¿De dónde saliste? No me parece haberte visto aquí.

Antes odiaba ser invisible. Pero ahora lo comprendo: es porque soy mágica.

Sam, mi hermana mayor, dice que no es un verdadero poder súper secreto: que simplemente se llama timidez. Pero Sam suele ser muy dura.

Y la verdad es que mi poder puede ser muy útil. Por ejemplo, cuando mamá y Sam pelean. Por ejemplo, en este preciso momento.

Me envuelvo en una capa de invisibilidad y apoyo mi frente contra la ventana del asiento trasero, observando las gotas de lluvia que se deslizan por el costado de nuestra vieja camioneta.

—Deberías detener el auto —le dice Sam a mamá.

Aunque de hecho se lo dice a su teléfono, porque no ha levantado los ojos. Está sentada en el asiento del acompañante con los pies apoyados en la guantera, las rodillas contra el pecho, el cuerpo entero enfocado en la pantalla del celular.

Mamá suelta un suspiro.

—Ay, por favor, no es necesario que paremos. No es más que una llovizna —dice. Pero aumenta un poco la velocidad de los limpiaparabrisas y hunde el freno hasta que empezamos a rodar a velocidad de lombriz.

La lluvia comenzó en cuanto entramos al Estado de Washington y, de hecho, arrecia en el momento en que nuestro auto pasa muy lento frente a una señal pintada a mano que anuncia BIENVENIDO A SUNBEAM.

Bienvenido al pueblo de la abuela, un pueblo de lluvia incesante, su nombre como una burla.

Sam chasquea sus labios pintados de negro. “K”.

Eso es todo. Tan sólo una letra.

Pulsa una y otra vez la pantalla, enviando burbujas de palabras y emoticones a todos sus amigos en California.

Me pregunto qué dirá en esos mensajes. A veces, cuando me lo permito, imagino que me está escribiendo a mí.

—Sam, ¿al menos podrías tratar de tener una buena actitud? —mamá se ajusta las gafas con excesiva fuerza, como si acabaran de insultarla y se tratara de algo personal.

—¿Cómo puedes siquiera pedirme eso? —Sam levanta la vista de su celular, por fin, para lanzarle a mamá una mirada cargada de furia.

Así comienza siempre. Las peleas entre ellas son ruidosas y explosivas. Hasta que las dos terminan quemadas.

Es más seguro quedarme callada. Presiono la punta de mi dedo contra la ventana salpicada por la lluvia y trazo una línea entre las gotas, como si estuviera conectando los puntos. Los párpados me pesan. Estoy tan acostumbrada a las peleas que es casi como escuchar una canción de cuna.

—Pero, bueno, ¿te das cuenta de que básicamente eres la peor madre de todas, verdad? Y que esto no está nada, pero nada bien.

—Sam —dice mamá, todo su cuerpo rígido: la espalda tiesa, cada uno de sus músculos en tensión.

Contengo el aliento y pienso invisibleinvisibleinvisible.

—No, en serio —continúa Sam—. Tan sólo porque decides de buenas a primeras que quieres pasar más tiempo con Halmoni, no tenías por qué acabar con todo y obligarnos a cambiar de vida por completo. Yo tenía planes para este verano… Claro que eso a ti no te importa. Ni siquiera nos advertiste con tiempo que nos íbamos a mudar a casa de la abuela.

En eso tiene razón Sam. Mamá sólo nos dijo hace dos semanas que nos marchábamos de California, del todo. Yo también voy a extrañar nuestro lugar. Voy a echar de menos mi escuela, el sol y las playas de arena: tan diferentes de la costa de Sunbeam, llena de peñascos.

Pero estoy haciendo todo lo posible por no pensar en ello.

—Pensé que debían pasar más tiempo con la abuela. Pensé que era algo que disfrutaban —las palabras de mamá salen entrecortadas. La lluvia ha arreciado y eso le hace perder la concentración. Sus dedos aprietan con tanta fuerza el volante que se ponen pálidos. A ninguna de las tres nos gusta viajar en auto con este clima, menos aún desde la muerte de papá.

Centro toda mi atención en el volante y cierro los ojos un poquito, enviando vibraciones de protección con la mente, como me enseñó Halmoni.

—Vaya manera de esquivar el tema —dice Sam, tirando del único mechón blanco en su cabello negro. Todavía está enojada, pero ya con menos ímpetu—. Claro que me gusta pasar tiempo con Halmoni. Sólo que no aquí. No quiero estar aquí.

Halmoni siempre nos visitaba en California. No hemos estado en Sunbeam desde que yo tenía siete años.

Clavo la mirada en el parabrisas. El paisaje que pasa frente a nosotras es sereno. Casas de piedra gris, césped verde, restaurantes grises, bosque verde. Los colores de Sunbeam se mezclan unos con otros: gris, verde, gris, verde y luego naranja, negro.

Me enderezo un poco, tratando de encontrarle sentido a los nuevos colores.

Hay una criatura tendida en la carretera delante de nosotros.

Es un gato gigantesco, con la cabeza apoyada en las garras.

¡No! No es sólo un gato gigante. Es un tigre.

Cuando nos acercamos el tigre levanta la cabeza. Debe haber escapado de un circo o de un zoológico o algo así. Y debe estar herido. ¿Por qué otra razón estaría tirado aquí, en medio de la lluvia?

Una especie de miedo instintivo se retuerce en mi estómago y me siento mareada. Pero no importa. Si un animal está herido, tenemos que hacer algo.

—Mamá —digo, interrumpiendo su pelea con Sam e inclinándome hacia delante—. Me parece que… mmm… allí…

Ahora que estamos más cerca, veo que el tigre no parece herido. Bosteza, dejando al descubierto dientes afilados y demasiado blancos. Y luego se incorpora, una garra, una pata, una pierna a la vez.

—Chicas —dice mamá, con la voz tensa, cansada. Su molestia con Sam rara vez se extiende hasta mí, pero después de conducir durante ocho horas, ya no puede contenerse—. Ustedes dos. Por favor. Necesito concentrarme en la carretera por un rato.

Me muerdo el interior de la mejilla. Esto no tiene sentido. Mamá tiene que haber visto el gato gigante. Pero tal vez esté demasiado distraída con Sam.

—Mamá —murmuro, esperando que ella pise a fondo el freno. No lo hace.

A veces, el problema con mi invisibilidad es que tarda un poco en deshacerse. Lleva un poco de tiempo para que las personas me vean y me oigan y me escuchen.

Éste no es como ningún tigre que yo haya visto en un zoológico. Es enorme, tan grande como nuestro auto. El color naranja de su pelaje resplandece, y el negro es tan oscuro como una noche sin luna.

Este tigre pertenece a una de las historias de Halmoni.

Me inclino hacia delante hasta que el cinturón de seguridad me lastima la piel. Sam y mamá siguen discutiendo, por la razón que sea. Pero sus palabras se convierten en un zumbido lejano porque únicamente me concentro en…

El gato enorme levanta su enorme cabeza y me mira. Me ve.

El tigre alza una ceja, como si me desafiara a hacer algo.

Mi voz se atora en la garganta y las palabras se tropiezan unas con otras. Salen vacilantes.

—Mamá… para.

Mamá está ocupada hablando con Sam, de modo que grito más fuerte:

—PARA.

Finalmente mamá me presta atención. Con las cejas fruncidas, me mira por el espejo retrovisor.

—¿Lily? ¿Qué pasa?

No detiene el auto. Seguimos avanzando.

Más cerca…

Más cerca…

Y no puedo respirar porque estamos demasiado cerca del tigre.

Escucho un ruido sordo y cierro los ojos con fuerza. El interior de mi cabeza retumba como un martillo. Me zumban los oídos. Tuvimos que haber atropellado el tigre.

Pero seguimos avanzando.

Cuando abro los ojos, veo a Sam con los brazos cruzados sobre el pecho, el celular a sus pies.

—Murió —anuncia.

Mi pulso se siente como una bestia salvaje mientras examino la carretera, buscando los horrores que no quiero ver.

Nada.

Mamá aprieta la mandíbula.

—Sam, por favor, no tires tu teléfono caro al suelo.

Las miro fijamente, confundida. ¿Y si el ruido sordo fue sólo su celular al golpear el suelo?

Me doy la vuelta para buscar al tigre, pero lo único que veo es lluvia y carretera. El tigre desapareció.

—¿Lily? —dice mamá, reduciendo la velocidad un poco más—. ¿Te estás sintiendo indispuesta? ¿Necesitas que me detenga?

Reviso la carretera una vez más, pero nada.

—No, no te preocupes —le digo.

Sonríe, aliviada. No soy una persona difícil. Facilito las cosas.

—Aguanta un poquito más. Pronto estaremos en casa de Halmoni —me dice.

Asiento con la cabeza, tratando de actuar con normalidad. De actuar casualmente. Aunque mi corazón esté brincando desaforado, no puedo contarle a mamá sobre esto. Me preguntaría si estoy deshidratada, si tengo fiebre.

Y tal vez sí tengo fiebre. Presiono la palma de la mano contra la frente, pero no estoy segura. Supongo que es posible que me esté enfermando. O tal vez sólo me quedé dormida un momento.

De veras, no es posible que haya visto a un tigre gigante aparecer en medio de la carretera… y desaparecer así nada más.

Sacudo la cabeza. Ya sea que el tigre fuese real o que lo haya soñado o que me esté volviendo loca, necesito contarle a Halmoni. Ella me escuchará. Ella me ayudará.

Ella sabrá qué hacer.


Todas las historias de Halmoni comienzan de la misma manera, con la versión coreana de “érase una vez, hace mucho tiempo”:

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el tigre caminaba como un hombre…

En nuestra casa en California, en las semanas anteriores a las visitas de Halmoni, Sam y yo nos susurrábamos una a la otra esas palabras. Cada vez que yo las escuchaba, sentía un escalofrío.

Contábamos los días hasta la llegada de nuestra halmoni, hasta esa primera noche, cuando corríamos a la habitación de invitados y nos acurrucábamos en la cama con ella, una a cada lado, como un par de sujeta libros.

—Halmoni —le decía yo en un susurro—, ¿nos cuentas una historia?

Sonreía, atrayéndonos a sus brazos y a su imaginación.

—¿Cuál historia?

La respuesta era siempre la misma. Nuestra historia favorita.

—La de Unya —decía Sam. Hermana mayor.

—Y Eggi —agregaba yo—. Hermana menor. La historia del tigre.

Esa historia siempre se sentía especial, como si un secreto centelleara debajo de las palabras.

—Atrápenlo —nos decía, y entonces Sam y yo extendíamos las manos en el aire, apretando los puños como si estuviéramos agarrando las estrellas.

Es una de esas cosas de Halmoni, pretender que hay historias escondidas en las estrellas.

Esperaba unos instantes, dejando que los segundos se hincharan, y Sam y yo podíamos oír los latidos del corazón, ansiosas de que empezara la historia. Luego, la abuela tomaba un respiro hondo y nos contaba sobre el tigre.

El problema es que el tigre de sus historias era un depredador terrible y engañoso. Pero el tigre en la carretera no tenía ese aspecto. No creo que quisiera comerme, aunque sí creo que quería… algo.

No tengo tiempo de averiguarlo, porque ya pasó la zona de avistamiento de tigres y ahora atravesamos lentamente Sunbeam. Por fin llegamos a la casa de Halmoni. Es una cabaña pequeña, en las afueras del pueblo, en la cima de una colina, frente a la biblioteca, rodeada de bosques.

Mamá enfila el auto hacia el largo camino de entrada y avanzamos sobre la crujiente grava hasta llegar a lo alto.

Después de estacionar, apoya la cabeza en el volante y suelta un hondo suspiro; da la impresión que se fuera a quedar dormida allí mismo. Luego toma aire y se endereza.

—Bien —dice, enganchando su brazo alrededor del reposacabezas, girando para mirarnos a las dos a la vez. Se pone una sonrisa en el rostro, tratando de mostrarse alegre, de borrar todos los altercados y todo el estrés del viaje.

—Malas noticias: dejé los paraguas en California —sonríe, como si fuera algo muy gracioso, para echarse a reír a carcajadas—. Así que vamos a tener que hacer un sprint hasta la puerta de la casa.

Me quedo mirando la casa de Halmoni, asombrada. Es el tipo de lugar que simplemente parece mágico, encaramado en lo alto, con hiedra de color casi negro reptando a lo largo de las paredes de ladrillo descolorido, ventanas que parpadean con la luz y, por supuesto, para llegar a la puerta de entrada hay un millón de escaleras, poco más o menos.

Ni el menor parecido con nuestro apartamento en California, de color blanco vainilla, en un edificio nuevo. Con ascensor.

—¿Quieres que subamos corriendo todas esas escaleras en medio de la lluvia? —pregunta Sam, con un tono de espanto que uno podría pensar que mamá le pidió que se bañara en un pozo de baba de caracol.

Mamá finge otra sonrisa.

—¿Qué importa un poquito de lluvia? ¿Cierto, Lily?

Mi respuesta sería sencilla: Sí, cierto. Quiero entrar en la casa y preguntarle a Halmoni sobre el tigre. Pero en nuestra familia no existen las preguntas sencillas. Esto es una trampa. Me está pidiendo que tome partido entre ella y Sam.

Me encojo de hombros.

Mamá no me deja escapar tan fácilmente.

—¿Cierto, Lily? —su sonrisa vacila, como si estuviera en peligro de hacerse añicos. Hay bolsas debajo de sus ojos y un profundo pliegue entre las cejas.

Éste no es el aspecto normal de mamá. Por lo general, es tan esmerada, todo en el lugar correcto, todo en orden.

—Cierto —digo.

Sam hace una mueca como si yo le acabara de propinar una patada.

—Muy bien, esto zanja el asunto —dice mamá con alivio, colocando una mano en la manija de la puerta—. En sus marcas, listas…

Abre la puerta de golpe, sale de un brinco, cierra de un portazo y echa a correr. De inmediato, queda empapada. No está subiendo nada rápido, pero está haciendo un gran esfuerzo: los puños que suben y bajan, los hombros encorvados, la cabeza inclinada hacia delante como si fuera un toro a punto de embestir la casa de su madre.

—¡Qué ridícula se ve! —dice Sam.

Y no es sólo un comentario malvado de Sam. Es la verdad.

Sin ninguna razón aparente, mamá está moviendo los brazos como un molinillo, y en ese momento me echo a reír. Luego Sam también ríe y entonces nos miramos. Por un instante somos hermanas, burlándonos de las vergüenzas que nos hace pasar mamá.

Quisiera tomar este instante y estirarlo hasta el infinito

Pero Sam se da media vuelta, levanta su celular y su cargador, y los mete entre el sostén para protegerlos.

—No queda más remedio que correr —dice.

Quisiera decirle Quédate, pero en lugar de ello asiento y salimos a toda prisa del auto.

Nunca, jamás, había sentido una lluvia como ésta. Es insistente y fría, demasiado fría para julio; todavía no hemos salido del camino de entrada de la casa de la abuela y ya mis zapatos están calados de agua y los jeans se sienten cada vez más pesados.

Sam suelta aullidos mientras corre, y yo también aúllo. Porque esto es divertido y al mismo tiempo terrible. Me arden los ojos por el agua y a duras penas puedo ver; el golpe helado de la lluvia alcanza hasta mis entrañas.

Para cuando llegamos a lo alto de las escaleras —jadeando, chorreando— he exprimido todo el aire de mis pulmones y mi corazón está a punto de estallar.

Mamá nos espera en la puerta de la casa, lo cual es muy amable de su parte, supongo, pero un poco extraño también, porque debería abrirla y entrar.

Sacude la cabeza y frunce el ceño.

—Halmoni no responde —dice—. No está aquí.


—¿Qué quieres decir con que no está aquí? —susurro. Por un momento, siento pánico: el tigre se la comió. Pero me digo que debo guardar la calma.

Mamá suspira.

—No lo sé. No lo sé.

No puedo decir si está preocupada o molesta; la lluvia baja por sus ojos y sus labios, haciendo que sus emociones se vean borrosas. Ojalá supiera cómo se siente para así saber cómo debería sentirme yo.

Sam juguetea con el pomo de cobre de la puerta, tratando de que gire. Pero aquella puerta tozuda permanece cerrada.

—¿Y…? —Sam mira fijamente a mamá, luego a mí. Con su cabello liso y su espeso delineador de ojos que baja en rayas negras por sus mejillas, parece un tigre mojado—. Vamos a tener que esperar aquí. En la lluvia. ¿Por un tiempo indeterminado?

Mamá se limpia las gafas con su camiseta empapada, lo que no es de mucha ayuda.

—No. No lo creo. Esperen un momento —levanta un dedo y enseguida corre hacia un costado de la casa.

—¿Adónde se fue? —le pregunto a Sam. Ahueco las manos sobre la cabeza, tratando de formar un techo protector, pero no sirve de nada—. ¿Y dónde está Halmoni?

Sam no responde. Alcanzamos a ver que mamá se detiene debajo de la ventana de la sala. Le da un golpecito a una esquina del panel, pasa las manos sobre el alféizar, luego un golpe más fuerte justo debajo del cristal.

—Bueno, esto es algo completamente normal —dice Sam, con la voz plena de sarcasmo.

Mamá abre la ventana de un empujón. Nos mira antes de izarse a sí misma y caer cabeza abajo dentro de la casa.

—¡Cielos! —digo en voz muy baja—. Nunca había visto a mamá hacer algo así.

Sam menea la cabeza.

—Cielos es la palabra correcta. Apuesto a que ella hacía esto todo el tiempo cuando era adolescente —me mira como si no pudiera decidir si fruncir el ceño o echarse a reír, y yo sé exactamente cómo se siente, porque imaginar a mamá como una adolescente es ridículo, pero también da un poco de miedo. Es muy extraño pensar en mamá antes de que nosotras existiéramos.

Pero Sam sonríe y mi corazón se relaja.

—Probablemente se escapaba para ir de fiesta con sus amigos.

Asiento. Cuando Sam está contenta, su cara de luna se ilumina y de nuevo parece mi hermana. Me acerco un poco más a ella, pero sólo un poquito, para que no se dé cuenta.

Arruga la nariz y pregunta:

—¿Tú crees que se escapaba para encontrarse con chicos?

—No creo que haya salido con nadie antes de papá —no puedo imaginar a mamá con ningún otro hombre que no sea papá. O, la verdad, no puedo imaginarla con nadie, porque no me quedan recuerdos de mamá y papá juntos.

Me doy cuenta al instante de que fue un error decir eso, porque el brillo en el rostro de Sam se apaga en el acto. Aprieta la mandíbula y mira hacia otro lado.

—Qué ingenua eres —murmura.

Pensar en papá es diferente para Sam que para mí. Ella es lo suficientemente mayor para recordarlo. Sam tenía siete años cuando papá murió en un accidente de automóvil. Yo tenía sólo cuatro.

—Sam… —comienzo a decir, pero no sé cómo terminar la frase.

Antes yo podía hablar con ella. Podía contarle todo. Si esto hubiera sucedido hace un par de años, le habría dicho, ACABO DE VER UN TIGRE EN MEDIO DE LA CARRETERA. Se lo habría gritado porque ya no habría sido capaz de guardarlo sólo para mí.

—Acabo de ver… —lo intento de nuevo. Pero las cerraduras de la puerta me interrumpen desde el otro lado de la casa. Sueltan un cántico mientras mamá las hace girar, las desliza y abre.

—De prisa, de prisa —nos dice a Sam y a mí, como si fuera posible mojarnos más de lo que ya estamos.

Sam y yo entramos, dejando huellas de agua en el vestíbulo, charcos del tamaño de un lago sobre el piso de madera.

La casa de Halmoni parece un recuerdo. La sala y la cocina se aprietan alrededor de una mesa de comedor color púrpura y una chimenea que no funciona. Un viejo reloj de pared repite su tic tac en el rincón más alejado de la sala.

Sobre la repisa de la chimenea, dos leones de piedra abrazan una fotografía de mamá, invitando a que la riqueza entre en su vida. En el otro extremo, una rana cuida una foto en la que estamos Sam y yo, la rana encargada de proteger nuestra felicidad. Y por todas partes —en cestas colgadas del techo, posados en la barra de la cocina, metidos en tazones— hay manojos de hierbas y varillas de incienso, para expulsar la mala energía.

Cuando aspiro con fuerza el olor de la casa, aquella fragancia a trigo negro, fideos, salvia y detergente de lavar ropa, siento un aroma a hogar.

Sam no está tan contenta. Cruza los brazos sobre el pecho y frunce el ceño.

—Mmm —dice—. ¿Y eso qué es?

Sigo la dirección de su mirada. Al otro lado de la sala se encuentran el dormitorio de Halmoni, el baño y dos escaleras: una que sube al dormitorio del ático y otra que baja al sótano. Pero ahora, frente a la puerta que da al sótano, apilados como una barricada, se interponen una torre de cofres coreanos tallados y un montón de cajas de cartón.

Mamá sacude la cabeza.

—Es muy extraño, ¿verdad? ¿Por qué habrá hecho eso? —se muerde la uña y pasea la mirada por el recinto. Por un segundo, alcanzo a detectar en sus ojos una mirada de preocupación.

Mi entusiasmo inicial se desvanece. Aquello es muy raro. Esas cosas no deberían estar allí. Y Halmoni no está en casa.

Algo frío y oscuro se asienta en mi estómago.

—¿Dónde está Halmoni? —pregunto.

Mamá me mira y me habla con suavidad.

—Ah, no te preocupes. Estoy segura de que simplemente está de compras o visitando a sus amigas. Ya sabes cómo es ella —su sonrisa es a la vez triste y esperanzadora—. ¿Te alegras de estar aquí, Lily?

Algo está pasando, algo que mamá no nos dice. Quisiera preguntarle de qué se trata, pero no quiero borrarle la sonrisa, de manera que asiento y guardo silencio.

Mamá está a punto de decir algo más, pero en ese momento un escalofrío me agarra por los hombros y me sacude.

Ella se da cuenta y pestañea un par de veces, como si acabara de acordarse de lo empapadas que estamos todas.

—Ah, claro. Voy a buscar ropa para cambiarnos.

Todas las maletas están en el auto, y ninguna de las tres quiere enfrentarse de nuevo a la lluvia, así que mamá recorre el pasillo y entra en la habitación de Halmoni.

Cuando sale, sus manos están llenas de toallas y camisones de seda, y Sam y yo tomamos los dos que están más arriba. El camisón naranja pálido reluce y entre mis manos cambia de tono como una puesta de sol. Hasta las pijamas de Halmoni son hermosas.

—Voy a subirle a la calefacción —dice mamá—. Espérenme aquí.

Pero por supuesto, Sam no espera. En cuanto mamá vuelve a entrar a la habitación de la abuela, Sam esquiva cajas y muebles, y sube corriendo a nuestro dormitorio, dejando a su paso charcos de agua.

Salgo detrás de ella, pero me detengo. No quiero ser la Pequeña Eggi que sigue a su unya a todas partes. Pero al final, por supuesto, de todos modos sigo sus pasos.

Arriba, la habitación del ático es crujiente y acogedora, con un techo puntiagudo, un espejo de cuerpo entero con marco de madera y dos camas cubiertas por colchas descoloridas. Cuando Sam y yo vivimos aquí, juntábamos las camas y nos acurrucábamos juntas, intercambiando historias en medio de la oscuridad.

Ahora las camas están en lados opuestos de la habitación, separadas por la amplia ventana.

Sam tira al suelo la ropa mojada, se limpia en la toalla los restos de su maquillaje oscuro y se pone el camisón con lentejuelas negras que eligió. Luego se deja caer en su cama. El colchón la saluda con un gemido, y entonces extiende la mano detrás del marco de la cama para enchufar su celular antes de volverse hacia mí.

—¿Qué estás haciendo aquí? Se suponía que debías esperar abajo.

Sam siempre actúa como si las órdenes de mamá sólo aplicaran para mí, lo cual es molesto, pero ya estoy acostumbrada.

Suspiro y me seco con una toalla antes de ponerme mi propio camisón. La tela suave y cálida me produce un escalofrío que recorre toda la piel, liberando el frío instalado en mis huesos. Aspiro con fuerza, esperando encontrar el aroma a leche que siempre tiene Halmoni, pero sólo me llega un vago olor a jabón.

Sam frunce el ceño, todavía esperando a que yo salga de la habitación, pero en lugar de hacerlo me siento en mi cama.

—¿No te parece que este sitio se siente extraño? —le digo. Paso la mano por la colcha de la cama mientras hablo, teniendo cuidado de no mirarla a la cara—. Con Halmoni desaparecida y todas esas cosas bloqueando el sótano y la vibración del sitio. ¿Como si pasara algo malo?

—En primer lugar, Halmoni no está desaparecida. Simplemente está fuera de casa. No seas tan dramática. En segundo lugar, sí. La vibra es extraña. Pero la casa de Halmoni siempre se siente así —a un costado de Sam su celular se ilumina y comienza a cargarse, como si estuviera desperezándose al despertar de una siesta. Lo levanta y observa cómo empieza a iluminarse, y me presta atención sólo a medias—. ¿Te acuerdas de la última vez que nos mudamos aquí? —me pregunta.

—Más o menos —contesto. Después de la muerte de papá vivimos aquí durante tres años. Yo nací en California, pero mis primeros recuerdos tomaron forma en esta casa.

Sam está examinado velozmente en su celular los remitentes de los mensajes, de manera que no espero que me responda, pero de repente suelta el aparato y levanta la mirada para hablarme.

—Al principio me gustaba estar aquí porque Halmoni nos cuidaba cuando estábamos tristes y ayudó a que mamá saliera adelante. Pero siempre estaba haciendo cosas raras sin explicarle nada a nadie. Halmoni está llena de secretos. Esta casa está llena de secretos.

Me muerdo el labio.

—¿Como cuáles?

Sam pone los ojos en blanco.

—No lo sé. Ése no es el punto. El punto es que estamos aquí en lugar de estar en California y odio este sitio. Odio estar aquí.

Las palabras de Sam son tan hirientes que me lastiman.

—No digas eso.

Tal como lo recuerdo, a Sam y a mí nos encantaba vivir aquí. Estábamos tristes por lo de papá, por supuesto, pero no todo era malo. Las dos nos contábamos historias en la habitación del ático, comíamos pasteles de arroz en la cocina, creábamos mundos imaginarios en el sótano. Estábamos juntas.

Quisiera preguntarle: ¿Te acuerdas?

Pero ella sigue hablando.

—Simplemente no es justo, Lily. Mamá quería vivir cerca de Halmoni, lo cual está muy bien y todo lo que quieras, pero ni siquiera nos preguntó qué pensábamos nosotras. Ni siquiera tuvimos tiempo de despedirnos de la gente. ¿No estás al menos un poquito enfadada?

Para ser sincera sí estoy, quizás, un poquito enfadada. Pero también me siento contenta de estar aquí.

Me aclaro la garganta. Respiro profundamente. Trago saliva.

—Creo que quizá… deberías ser un poco más amable con mamá —las palmas de mis manos empiezan a sudar. Estoy entrando en un terreno peligroso. Por lo general, no confronto a Sam. Somos hermanas, y se supone que las hermanas siempre están del mismo lado.

Sam pone los ojos en blanco.

—¿Lo dices en serio, Lily? No puedo creer que la estés defendiendo.

—Yo solamente… —empiezo a decir y me interrumpo. No puedo quitarme de la cabeza la expresión en el rostro de mamá. Cuando estaba abajo, buscando a Halmoni, parecía tan frágil. No como se supone que deben verse las mamás. No entiendo cómo Sam no se dio cuenta.

—¿Tú solamente qué? —pregunta Sam y me clava la mirada. Al ver que no contesto suelta un suspiro y dice—. Escúpelo de una vez, Lily. No tienes que ser tan misteriosa y tan calladita todo el tiempo. Te estás comportando como una CATYC.

CATYC es la palabra que usa Sam para Chica Asiática Tímida y Callada. Un estereotipo, claro. Sam se esfuerza tanto por no serlo que usa lápiz labial negro y se tiñe un mechón de cabello y dice en voz alta hasta el más pequeño pensamiento que le viene a la mente.

Le digo: Solamente estoy tratando de ayudar. Le pregunto: ¿No te das cuenta de lo mucho que mamá lo está intentando? Le digo: No sé por qué estás tan enojada conmigo.

Pero en realidad no digo nada de eso. Las palabras se me atascan en la garganta. Sam está enojada todo el tiempo, y todo lo que yo digo la hace estallar.

Vuelve a poner los ojos en blanco.

—Da igual. Para ti siempre soy la mala de la película sólo porque digo lo que pienso. No deberías tener tanto miedo de mecer un poco el bote, ¿sabes?

Lo que Sam no se da cuenta es que ya está zarandeando el bote. Si lo hago yo también, se va a volcar. Nos ahogaríamos todas.

Escucho la lluvia que golpea sobre el techo, y paso una mano por la colcha.

—Deberías estar contenta. Te gusta estar con Halmoni —le digo. Al menos creo que eso es verdad. A Sam ya no parece gustarle nada. Excepto su celular, quizá.

Se encoge de hombros.

—Ése no es el punto. El punto es: ¿voy a tener que vivir aquí, sin ningún amigo, sólo con mi madre y mi abuela? Es demasiado.

—Y con tu hermana —le digo, en voz tan baja que a duras penas puedo escucharme a mí misma. Tan tímida como una CATYC—. Yo también estoy aquí.

Sam tiene lista una respuesta hiriente, me doy cuenta. Pero mis palabras la detienen. Sus hombros se relajan.

—Sí —dice.

Es sólo una palabra muy pequeña, pero la pronuncia con delicadeza y entonces mi corazón se despeja y una calidez se extiende por todo mi cuerpo, hasta llegar a los dedos de los pies y las yemas de los dedos de las manos.

—Sí —respondo. En ese momento casi me parece que podría contarle a mi hermana sobre el sueño-espejismo-espíritu del tigre.

Pero en ese instante, en la planta baja, la puerta se abre de golpe. Halmoni está en casa.


Halmoni abre de sopetón la puerta principal y grita:

—¡Hola, mis niñas! ¡Mis niñas han venido a visitarme!

Su voz asciende hasta nuestro dormitorio, y yo bajo corriendo para verla; con cada paso, mis pies retumban sobre las viejas y ruidosas escaleras.

La abuela está más delgada que la última vez que la vi. Su colorida túnica de seda y sus pantalones blancos se ven más sueltos que de costumbre. Su collar de perla descansa en la hendidura en forma de U entre sus clavículas, más honda que antes.

Pero sigue siendo tan glamorosa como siempre, con sus labios de un rojo brillante, su cabello con permanente y teñido del más negro de los negros. En los brazos lleva cuatro grandes bolsas de compra, llenas hasta rebosar.

Mamá ya está en la puerta, vestida con el pijama de Halmoni y la saluda con preguntas:

—¿Por qué no estabas aquí? ¿Por qué no contestabas tu celular? ¿Recuerdas que te dije que estaríamos aquí a las seis? ¡Tuvimos que quedarnos afuera! ¿Y por qué compraste tanta comida? ¡Es demasiada comida!

Halmoni se echa a reír.

—¡Ay, hija mía… qué entrometida eres! —dice antes de depositar las bolsas y su cartera imitación Louis Vuitton en manos de mamá, como si fuese su mayordomo.

Mamá hace un gesto de contrariedad, pero antes de que pueda protestar, Halmoni me ve y abre los brazos para envolverme entre ellos.

—¡Lily Bean! —dice. Todo su rostro se ilumina y yo ni siquiera sabía que alguien pudiera sentirse tan feliz por algo. Corro por el pasillo y me deslizo entre sus brazos absorbiendo su amor.

—Ten cuidado —me dice mamá. Coloca las bolsas de Halmoni sobre la mesa de la cocina y se cruza de brazos—. No vayas a tumbar a tu abuela.

Halmoni me envuelve con fuerza y reprende a mamá por encima de mi cabeza.

—No hablar, jovencita. Al menos, Lily sí me ama.

Mamá suspira.

—Por supuesto que te amo. Por eso estamos aquí.

Halmoni ignora sus palabras. Coloca las manos sobre mis hombros y se inclina hacia atrás para poder mirarme bien, sonriendo cuando repara en que tengo puesto su camisón.

—¡Ah, qué cosita! Tú ser una pequeña mini-mí. ¡Tan linda! ¡Tan resplandeciente!

Río.

—¿Resplandeciente? —Sam fue la que eligió el camisón de lentejuelas, no yo.

—Igual que sol —dice Halmoni, guiñando un ojo. Ella es la única persona en el mundo con quien nunca funciona mi invisibilidad. Siempre puede ver directamente mi corazón.

—Halmoni —le digo, y mi pulso se acelera al pensar en el tigre—. Tengo que decirte algo.

Pero en ese momento aparece Sam, que baja tratando de no hacer ruido por la crujiente escalera y se detiene en la puerta de la cocina.

—Y mi luna —dice Halmoni, acercándose a Sam para abrazarla.

Sam se pone rígida cuando Halmoni la envuelve entre sus brazos, pero después de un momento se relaja, se inclina hacia la abuela, inhala su fragancia. Nadie puede resistirse a Halmoni. Es como la gravedad.

Halmoni retrocede y pasa sus dedos por el mechón blanco de Sam.

—Qué lindo el tu cabello —dice.

—No, por favor, no la animes a hacer eso —le pide mamá—. No es natural.

Sam le clava la mirada a mamá, mientras Halmoni juguetea entre sus dedos con el mechón de cabello.

—Es de familia nuestra. Tuve así cuando pequeñita—dice, guiñándonos el ojo a Sam y a mí.

La voz de mamá es ahora tensa.

—Un mechón teñido no es un rasgo genético.

Halmoni ni siquiera la mira.

—Y tanto a la moda. Sam parecer una estrella de rock.

Sam sonríe. Mamá respira hondo.

Detesta el mechón blanco, pero Sam se niega a hacer cualquier cosa al respecto. Afirma que no es su culpa, que el mechón crece de ese color de manera natural.

La historia de nunca acabar.

Halmoni se vuelve hacia mamá y frunce el ceño.

—¿Por qué pelo de chicas tan mojado?

Mamá se aclara la garganta mientras pone a un lado los comestibles de Halmoni.

—Como estaba diciéndote, tienen el cabello mojado porque tuvimos que esperar afuera bajo la lluvia. Habría sido muy amable de tu parte estar aquí cuando dijiste que ibas a estar. Tuve que recurrir al viejo truco de la ventana y colarme… ¡delante de mis hijas!

—Siempre por las ventanas —Halmoni nos mira a Sam y a mí y chasquea la lengua—. Ella sale, ella entra, sale, entra. Incluso ventana del ático, por allí sale. La madre de ustedes muy buena para escapar. Tanto problema.

Mamá balbucea, intenta decir algo, mientras Sam y yo intercambiamos una mirada. No tengo idea de cómo mamá podía escaparse por la ventana del ático —es imposiblemente alta—, pero Halmoni siempre está contando exageraciones como ésta, y es divertido imaginar a mamá escabulléndose desde ese lugar.

Sam reprime una sonrisa y yo me trago una carcajada.

—Y en realidad, ya no deberías estar conduciendo el auto—le dice mamá—. Mucho menos si está lloviendo. Si necesitabas comprar comestibles, deberías haber esperado a que yo llegara. Es preciso que tengas cuidado. Es preciso que…

—Tsst —sisea Halmoni, levantando un dedo. Sam y yo solíamos ver un programa de televisión sobre un adiestrador de perros que para domesticar perros usaba un sonido de siseo enojado. Éste es el mismo sonido.

Mamá aprieta la mandíbula e intenta otra línea de cuestionamiento.

—¿Y todas esas cosas amontonadas? ¿Por qué estás viviendo así? —con un gesto señala la pila de cajas y muebles frente a la puerta del sótano.

Halmoni encoge un hombro.

—Inundación del sótano, entonces las cosas hay que subir.

Sam alza una ceja.

—¿Subiste todo eso tú sola?

Halmoni se vuelve hacia Sam y le guiña un ojo, lo cual es típico de ella. No siente la necesidad de responder preguntas, lo cual a mí no me molesta.

A mamá, por el contrario, sí que le molesta.

—No, en serio. ¿Subiste sola todas esas cosas por las escaleras? Sabes bien que podrías lastimarte. Tú… —mamá hace una pausa—. ¿Y dónde se supone que voy a dormir yo?

Cuando vivimos aquí, mamá dormía en el sótano, embutida entre todas las cosas de Halmoni.

—Tú dormir en sala, en el sofá —responde Halmoni, como si esto no tuviera importancia alguna.

Supongo que mamá va a objetar algo, pero en lugar de ello camina hasta donde están las cajas.

—De acuerdo, bueno, al menos déjame mover estas cosas. Podemos apartarlas de la puerta del sótano, y así puedo bajar a inspeccionar los daños por las inundaciones. Sam, ¿me ayudas?

Sam se queda mirándola con cara de palo.

Mamá suelta un suspiro.

—¿Lily?

Empiezo a acercarme, pero Halmoni me agarra de la muñeca y me jala hacia atrás.

—No, no. No moverlas.

Mamá parpadea.

—Están estorbando el camino.

Halmoni agita los brazos frente a ella, como si estuviera protegiéndose de la interferencia de mamá.

—No, no. Hoy no un día auspicioso. Cuando yo sacar cajas de abajo, un día de suerte. Pero hoy es día peligroso para espíritus. Las movemos otro día.

Un día peligroso para los espíritus. Trago saliva. Tengo que hablar a solas con Halmoni para preguntarle sobre posibles espíritus de tigre.

—Mover cosas en días de mala suerte… muy peligroso. Y romper cosas… —Halmoni cierra los ojos y se estremece, como si ni siquiera fuese capaz de imaginarlo—. Si romper algo, ay, eso es muy, muy malo.

La expresión de mamá es como si literalmente estuviera a punto de jalarse el cabello.

Sam levanta las cejas como diciendo, Lo mismo de siempre, y retrocede en el pasillo.

Éste no es un desacuerdo nuevo. Mamá siempre se irrita con las tradiciones de Halmoni. Aprieta los dientes y dice:

—Eso es ridículo. Qué cosas se…

Pero Halmoni señala a mamá con el dedo, interrumpiéndola.

—Tú no eres aquí la madre. Yo soy la madre. Tú no haciendo más preguntas. Ve cambiarte de ropa. ¿Por qué tú en pijama, por cierto?

Mamá abre los labios para empezar a defenderse, pero Halmoni palmotea exigiendo atención.

—Voy a servir cena ahora. Con ayuda de Lily.

Yo no me había ofrecido como voluntaria, pero Halmoni tiene una manera de crear su propia realidad. De todos modos, no me importa ayudar.

La sigo hasta la barra de la cocina y mamá se da por vencida con lo de las cajas. Agarra el impermeable de Halmoni y sale de la casa para traer las maletas del auto.

Desde la puerta, Sam me mira, carraspea y yo le devuelvo la mirada. Vacila un momento, como si estuviera esperando algo, y entonces le indico sin palabras, No te preocupes. Vete arriba.

Me siento mal por decirle que se vaya, pero a ella no le gusta cocinar, poner la mesa o, de hecho, ninguna de las tareas del hogar; además, necesito estar a solas con Halmoni.

Sam frunce el ceño y se marcha, rezongando algo sobre sus amigos en California mientras se dirige a la habitación del ático.

Una vez que se ha ido, le digo a la abuela en un susurro:

—Halmoni, pasó algo.

Me acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja y me da un beso en la frente.

—Sí, pequeña, voy escuchar eso, pero primero, hora del kosa.

—Sí, pero…

—No, no, esto primero —caminando de un lado a otro de la cocina, saca cuencos y cestas de los armarios y los coloca frente a mí.

No recuerdo la primera vez que me enseñó cómo hacer un kosa. Es simplemente algo que siempre hemos hecho juntas. Colocamos comida para los espíritus y los antepasados, y dejamos que ellos disfruten antes que nosotros. Para los que marchar antes de nosotros, dice siempre Halmoni.

Cuando era más pequeña, yo solía pretender que papá vendría por el kosa, para comer con nosotras. Una vez cometí el error de contarle a Sam que la comida era para él.

Retorció el rostro en cuanto lo dije y escupió con enfado, Él está muerto. Esto no es un juego.

Desde ese día, nunca le volvió a gustar el kosa.

Después de que Halmoni calienta un plato de tortas de arroz con frijoles rojos, me los entrega y los dispongo en una canasta de bambú, de la manera en que ella me enseñó. Con cuidado, con amor. Las tortas me calientan los dedos.

—Esto muy importante hacer en días en que hay gran cambio —me dice Halmoni mientras vierte vino en pequeños tazones de cerámica—. Cuando llegar personas. Cuando salir personas. Esto hacemos para tener felices a los espíritus.

Se inclina tan cerca de mí, que su aliento me hace cosquillas en la oreja.

—Cuándo espíritus tener hambre… casi tan aterrador como cuando tu madre tener hambre.

Sonrío.

—¿Y cuándo Sam tiene hambre?

Los ojos ajados de Halmoni se agrandan.

—Eso es más aterrador de todo.

Me río a costa de Sam, aunque me siento un poco culpable. Luego, coloco calamares secos y anchoas en un plato pequeño. Halmoni prepara la comida y yo escucho las melodías del kosa.

Halmoni tararea una canción que no conozco, probablemente una canción de cuna coreana, y la casa parece cantar con ella. Los armarios susurran cuando ella los abre y cierra, y el agua silba mientras lava las verduras.

Lo que ocurre con el kosa, lo que ocurre con todas las creencias y rituales de Halmoni, es que se trata de algo que siempre he dado por sentado. Tienen sentido para Halmoni, y con eso me basta. Su magia nunca necesitó una explicación. Pero ahora, con la aparición del tigre, me parece importante entender el significado.

—Vi algo en la carretera —le digo.

—¿Qué cosa ver? —pregunta mientras rebana un pepino.

Trago saliva.

—Mmm, creo que podría haber visto uno de los… de los espíritus hambrientos.

Deja el cuchillo sobre la mesa y se vuelve hacia mí. Sus ojos brillan con intensidad.

—¿Qué estás diciendo, Lily? ¿Qué cosa ver?

De repente, me siento nerviosa.

—No sé… supongo que podría haber sido un sueño…

Halmoni se inclina más cerca de mí.

—Sueños muy importantes, Lily. ¿Qué cosa ver en sueño?

Mamá solía decirme que no le diera alas a la abuela con sus historias. Por su parte, Sam me reprochaba que me estaba comportando de forma extraña. Pero con Halmoni, estoy a salvo de ser juzgada.

—Un tigre —digo.

—¿Qué estaba haciendo tigre? —pregunta Halmoni entre dientes.

Sé que no está molesta conmigo, pero esto es algo que le molesta, y no puedo evitar la idea de que he dicho algo incorrecto.

—Mmm, tan sólo… estaba allí quieto. Luego desa­pareció —una ola de pánico total y abrumador me invade, y pregunto en un susurro—: ¿Me estoy volviendo loca?

Halmoni envuelve los dedos alrededor de su pendiente y se inclina para que su cara quede casi pegada a la mía, tanto que puedo sentir el olor a leche de su aliento.

—Lily, loca no ser una buena palabra. No un buen pensamiento. Tú viendo la verdad porque eres especial, y eso no te hace loca, ¿de acuerdo?

Asiento, sin saber qué pensar. El tigre parecía real, pero no es posible que lo fuera. ¿Y qué se puede hacer con las cosas que se sienten reales pero no lo son, al menos no del todo?

—Tu mamá no creer en nada de esto. Su mundo es pequeño. Pero tú sabes: el mundo es más grande de lo que nosotros ver —Halmoni presiona la palma de su mano contra mi mejilla—. Pero ten cuidado y quédate lejos de tigres. Tigres muy malos.

—Lo sé. Me mantendré alejada. Los tigres comen personas y hacen cosas malas. Era sólo un…

Sacude la cabeza.

—No confiando en ellos, ¿de acuerdo? Ellos engañosos, pero tú no escuchas sus mentiras. ¿Recordar eso?

—Sí, recuerdo tus historias.

—Sí, sí, historias. Pero tal vez… —da un paso atrás e inclina la cabeza, como si estuviera tratando de tomar una decisión. Hay algo en su tono que suena distinto, no como la Halmoni que conozco—. Tal vez hay más historias que las que les he contado.

Alejo los platos y el tablón que tengo frente a mí y me subo al mostrador de la cocina, de modo que quedo sentada frente a ella, lista para escuchar. No puedo recordar la última vez que nos contó una historia nueva.

—¿Cómo cuáles? —le pregunto intrigada.

—Los tigres buscándome —dice, y me pasa una mano por el brazo, sumergida en sus pensamientos—. Robé algo que pertenece a ellos, hace mucho, mucho tiempo, cuando tan pequeña como tú, y ahora lo quieren de vuelta.

—Espera un momento, ¿cómo? ¿Esta historia es acerca de ti?

—Esta historia verdadera. Tigres verdaderos.

Me echo un poco hacia atrás. Nunca antes nos había contado una historia sobre sí misma, y robar a los tigres no tiene sentido. Ayer probablemente no habría creído sus palabras. Podría haber pensado que se estaba inventando esto, porque por supuesto no puede ser real.

Al igual que no puede ser real un tigre que desaparece.

Sin embargo…

Aprieto una de mis trenzas.

—¿Qué les robaste?

Si esta historia es real, tal vez el tigre también lo sea. Y tal vez ésa es la razón por la que apareció. Pero ¿qué podría ser tan importante como para que los tigres la buscaran por todo el mundo? ¿Y cómo se sentirá robar a los tigres, hacer algo tan poderoso y tan peligroso?

Halmoni frunce el ceño.

—No importante, pequeña. No es cosa segura preguntar demasiado.

—Pero…

En ese instante, de nuevo la puerta se abre y mamá entra a la cocina, jadeando y resoplando, y deja caer dos maletas en el piso.

—Ningún pero, pero, pero —me responde Halmoni—. Sobre eso no se habla.

Mamá se acomoda las gafas y recupera el aliento.

—¿Sobre qué no se habla?

Halmoni me mira con ojos de que guarde silencio y entonces no digo nada.

Mamá abre y cierra los ojos.

—¿Alguna de las dos quiere decírmelo?

Halmoni contesta, con una voz demasiado dulce e inocente:

—No, yo paso.

Mamá ladea la cabeza.

—Tú… ¿pasas? ¿Pasas de qué? ¿Pasas de decírmelo?

Halmoni sonríe y asiente.

—Paso.

Mamá nos mira por turnos a Halmoni y a mí un par de veces, y entonces me encojo de hombros para indicar que no sé nada.

Parece que mamá quisiera hacernos más preguntas, pero se limita a soltar un hondo suspiro.

—Está bien, bueno, iré a traer el resto de nuestras cosas. Lily, no te debes sentar sobre la barra de la cocina —dice antes de dirigirse de nuevo escaleras abajo.

Me deslizo para bajarme de la barra, pero en cuanto mamá se marcha, me vuelvo hacia Halmoni.

—¿Qué cosa te llevaste? ¿Y por qué? ¿Y qué pasó después?

Halmoni me entrega una pila de platos.

—Suficiente del tema. Pones la mesa ahora. Kosa ayuda a ti a mantenerte a salvo. Hacer que tigres permanezcan lejos —me da la espalda para terminar de picar las verduras.

Normalmente, cuando preparamos el kosa, la abuela me permite que pruebe algo antes de servir, al tiempo que me guiña el ojo y susurra: Comer rápido, para que espíritus no se den cuenta.

Pero esta noche el ambiente es distinto. No me ofrece nada de comer y yo no le pido nada. Hago lo que me indica y dispongo la mesa, pensando en tigres y ladrones y en las historias de Halmoni.

Porque Halmoni siempre nos había contado historias de cosas imposibles, y ahora me pregunto: ¿Y si fueran posibles?


Déjenme contarles una historia. La historia. La historia del tigre. En caso de que se estén preguntando. En caso de que estén sentados, esperando, deseando escucharla.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el tigre caminaba como un hombre, dos niñas vivían con su halmoni en una pequeña cabaña cubierta de enredaderas, en las afueras del pueblo, en la cima de una colina. Las niñas eran hermanas, con largas trenzas negras, y lo compartían todo, incluyendo el gusto por los pasteles de arroz.

Un día, la halmoni fue al pueblo a comprar pasteles de arroz para sus nietas, pero un tigre la detuvo cuando volvía a casa. Salió de la nada, como si hubiera saltado del cielo. Y se paró justo frente a ella, bloqueando el camino.

Tú tienes algo que yo quiero, dijo el tigre.

Ahora bien, cuando un tigre quiere algo que tú tienes, es muy difícil de escapar. ¿Lo mejor que puedes hacer? Correr. No hables con el tigre. Y definitivamente no lo escuches.

Así que la halmoni le arrojó los pasteles de arroz para distraerlo, y mientras el tigre se los tragaba enteros, ella salió corriendo.

¡Delicioso!, gritó el tigre. Pero si le das un pastel de arroz a un tigre, va a querer algo para acompañarlo. ¡Más!, gritó.

Halmoni no llegó muy lejos. El tigre la alcanzó y brincó frente a ella. Pero Halmoni se había quedado sin golosinas, así que el tigre la engulló a ella, se la tragó entera como si fuera un pastel de arroz. La única cosa que quedó fue su pañoleta, que flotó lentamente hasta caer al suelo.

No obstante, el tigre quería más. No estaba satisfecho, los tigres nunca lo están, pero era astuto.

Tomó la pañoleta de Halmoni y cuando llegó hasta la pequeña cabaña algunos días después, la usó como disfraz.

Mientras llamaba a la puerta, dijo el tigre: Niñas, soy su halmoni. Estoy aquí afuera bajo la lluvia y tengo frío. Ábranme la puerta. Pasó sus garras sobre las paredes de la casa.

Skritch, skritch, skritch.

Las pequeñas sabían que allí había algo raro. Las uñas de su halmoni nunca habían sido tan largas y nunca habían estado tan sucias. Halmoni siempre se esmeraba en el cuidado de sus uñas.

Pero las chicas echaban mucho de menos a su halmoni. El tigre dijo: Niñas, tengo pasteles de arroz para darles. Regalitos para Unya y para Eggi.

La hermana pequeña tenía muchos deseos de ver a su halmoni. Y el tigre se dirigió a ella, Confía en mí, Pequeña Eggi. Confía.

De modo que la hermana pequeña corrió hacia la puerta de entrada y la abrió.

Eggi contuvo la respiración, a la espera. Y el tigre rugió.

He aquí una lección: nunca confíes en un tigre.

Eggi rápidamente se dio cuenta de que el tigre no era su halmoni. (Su halmoni no era nada propensa a rugir).

Así que las chicas corrieron y el tigre las persiguió a través de desiertos y océanos, montañas repletas de nieve y bosques muy lluviosos. Corrieron y corrieron hasta que la tierra simplemente se acabó. Un profundo pozo de nada se extendía frente a ellas: fin del mundo, final de la historia.

Se acabó todo, gritó Unya.

El tigre se acercó a ellas. ¡Tenía tanta hambre!

¡Auxilio!, pensó Eggi. Cerró los ojos y le suplicó al dios del cielo: ¡Sálvanos! Por favor, por favor, por favor.

Para su sorpresa, el dios del cielo le habló. Mmmm, dijo. Bien, de acuerdo. Pero a cambio cuéntame una historia.

Ni siquiera los dioses del cielo pueden resistirse a una historia.

Así que Eggi y Unya pensaron rápido y le contaron una historia.

No creo que te sorprenda escuchar que el dios del cielo salvó a las niñas. Historias como éstas tienen un final feliz. Justo en el instante en que el tigre dio un brinco para tragárselas, una soga mágica cayó de un extremo del cielo y una escalera mágica del otro extremo.

Unya agarró la soga y Eggi asió la escalera, y las dos subieron… más y más arriba, hasta que por fin se encontraron a salvo en el reino del cielo.

Allí, el dios del cielo les dijo que podían quedarse con él para siempre, pero debían tener un trabajo. ¿Vivir en el reino del cielo? Eso es costoso.

Entonces, la hermana mayor se convirtió en el sol, y la hermana menor se convirtió en la luna.

Unya estaba feliz, pero Eggi lloraba. Todo el mundo estaba siempre mirando fijamente la luna, y eso no le gustaba. Quería esconderse.

Entonces, la hermana mayor se ofreció a que cambiaran de trabajos. No te preocupes. Tú puedes entonces ser el sol. Nadie puede mirar fijamente al sol.

¡Problema resuelto! Volvieron a ser felices y se ubicaron en sus respectivos lugares, en extremos opuestos del cielo, a salvo para siempre.

¿Y el tigre? Seguía allá abajo en la tierra, pidiendo que lo dejaran subir. Pero el dios del cielo no le prestaba atención. No quería escuchar la historia de un tigre, de modo que el tigre quedó proscrito del cielo.

Cuando yo era pequeña, cuando Halmoni nos contaba esta historia año tras año, siempre me sentía satisfecha con el final. Nunca me preguntaba acerca del tigre.

Nunca se me ocurrió preguntar: ¿Cuál era la historia del tigre?

Nunca se me ocurrió pensar: ¿Qué pasaría si el tigre regresara?


Me despierto sudando. Sábanas retorcidas, almohada húmeda, la cama crujiente. Mi estómago gruñe y me doy cuenta de que estoy desesperadamente hambrienta por un kimchi de medianoche, así que desenredo mis mantas y me deslizo fuera de la cama. Mientras atravieso de puntillas la habitación, y paso junto a la cama de mi hermana, les ruego a los ruidosos tablones del piso que guarden silencio. No me hacen caso. Se quejan bajo mis pies.

Sin embargo, Sam sigue inmóvil.

Salgo del cuarto y bajo las escaleras, agarrando la barandilla, aguzando los ojos en la oscuridad, tratando de ver algo entre las sombras.

Hay algo extraño en esas sombras.

Parecen danzar y doblarse frente a mí, como si fuesen proyectadas por algo que no alcanzo a ver.

Me froto los ojos y me sacudo el sueño de la cabeza, y las sombras vuelven a la normalidad. Llego lentamente al pie de las escaleras, dejo atrás la habitación de Halmoni, dejo atrás a mamá, que duerme en el sofá.

Camino de puntillas hacia la cocina…

Y me detengo de repente.

Las cajas que estaban apretadas contra la puerta del sótano han sido empujadas a un lado, dejando un camino despejado.

Sé que mamá quería mover las cajas, pero no pensé que le importara lo suficiente como para moverlas y hacer enojar a Halmoni. Y de todas formas, lo que mamá quería hacer era mover las cajas hasta la pared, no sólo desplazarlas unos centímetros al costado.

Todavía más extraño: la puerta está entreabierta.

Un peso invisible presiona mi pecho, dificultándome la respiración.

Afuera, las ramas de los árboles se mueven con el viento, rasguñando las ventanas, y la puerta del sótano parece mecerse hacia delante y hacia atrás, tan sólo un poco.

Me acerco sigilosamente a la puerta.

No me entiendan mal: he visto películas de terror. Sam y yo solíamos verlas juntas, y aunque yo pasaba todo el tiempo con la cabeza enterrada en su hombro, conozco las reglas:

1. No entrar en el sótano.

2. Y definitivamente, no entrar sola.

Pero esto es diferente. Éste no es uno de aquellos sótanos aterradores.

Sam y yo pasábamos mucho tiempo jugando en este sótano cada vez que mamá salía de casa. Actuábamos las historias que Halmoni nos contaba e inventábamos nuestros propios cuentos de hadas. Con todas esas cosas viejas que tiene Halmoni, siempre había algo nuevo por descubrir.

Ese sótano era mi lugar favorito.

Y ahora, me está llamando. Está tirando de mi pecho, y es una sensación en algún lugar profundo de mi interior, justo detrás del estómago.

La puerta de madera se siente tibia al contacto de mi mano, y cruje cuando la abro.

Aguanto la respiración, esperando, sin saber si tengo miedo o estoy emocionada.

No pasa nada.

Busco a tientas el interruptor de la luz, que aparentemente no funciona, así que me guío por la luz de la luna que se derrama desde una estrecha ventana en la parte superior de la pared. Al bajar los escalones, la madera astillada me pincha los pies descalzos, y después de unos segundos ya estoy abajo.

En un primer momento, me siento aliviada porque el sótano está vacío.

Enseguida, me siento contrariada porque está vacío.

El sótano es pequeño, me doy cuenta. Se sentía más grande cuando yo era menor. El sitio solía ser un rompecabezas: ¿cómo ir de un extremo al otro? ¿Sobre qué cajas te subes? ¿Qué camino tomas?

Ahora: nada.

Nada en absoluto, ni siquiera agua, aunque Halmoni dijo que el sótano se había inundado. Me arrodillo y paso mi mano por la alfombra. Está completamente seca.

¿No debería estar húmeda? Y no debería oler, no lo sé, ¿a mojado? ¿A moho?

El sótano huele igual que siempre: lleno de polvo y de recuerdos, como las páginas de un libro viejo.

Muerdo el interior de mi mejilla. Quizás estoy siendo paranoica, pero nada de esto parece comprensible. Si el sótano nunca se inundó, ¿por qué Halmoni movió todas sus cosas?

¿Y por qué mintió?

Un ruido me sobresalta y me pongo en pie de un salto. Es un gemido profundo, una especie de ruido animal, y camino de vuelta hacia los escalones, tambaleante, tropezándome con mis propios pies. El miedo me pellizca los dedos de los pies mientras subo corriendo las escaleras: trepando de dos en dos, a duras penas respirando, hasta que me encuentro fuera del sótano, con la puerta firmemente cerrada a mis espaldas.

Me apoyo contra la puerta cerrada e intento tranquilizar la respiración y las piernas temblorosas.

Debería irme a la cama ahora mismo. Todo lo que ha pasado es suficiente para una noche y he perdido por completo el apetito.

Escucho de nuevo el ruido, y ahora me doy cuenta de que proviene del baño. La puerta está entreabierta y me quedo en la oscuridad, tratando de ver en el interior.

Y dentro del baño, veo una bestia, un desorden de escamas negras, una bestia de sombra, encorvada y jadeante. Gruñe y se agita como si todos sus huesos estuvieran rotos.

Mi corazón se queda congelado, pero un instante después las sombras se disipan.

Y no se trata para nada una bestia. Es Halmoni. Y le pasa algo.


Intento procesar lo que estoy viendo, pero no tiene sentido. No es un monstruo, sino Halmoni.

Halmoni, enferma.

Halmoni vomitando.

Los niños se enferman todo el tiempo. Sam siempre me dice: Ustedes, los niños, están hechos de gérmenes. (Como si ella fuera tan adulta.) Pero tiene razón. Porque se supone que los adultos no vomitan. Y mucho menos se supone que Halmoni vomite. Ella es tan glamorosa, y esto es tan… asqueroso.

Halmoni siempre ha sido la reina del sueño. Se va a la cama a las ocho y media de la noche, se pone rulos y envuelve su cabello en una pañoleta, se coloca una mascarilla y duerme doce horas seguidas.

Nada se interpone en su sueño embellecedor. Excepto, supongo, esto.

Una buena nieta la ayudaría. Una buena chica le llevaría galletas y agua y le sostendría la cabeza.

Pero por alguna razón, no me muevo. Por mucho que lo intento, no consigo obligar a mis piernas a funcionar, no puedo hacer que mi mano abra la puerta.

No soy una buena nieta.

Tengo la sensación de que he visto algo que no debería haber visto. Halmoni mira a través de la puerta entreabierta y me descubre. Es demasiado tarde; trato de activar mi invisibilidad, pero Halmoni puede verme. Siempre puede verme.

—Lily —grazna la abuela. Los rulos en su cabello negro se ven como escamas—. Me pareció escucharte allí.

Su rostro está envuelto en oscuridad y no puedo saber qué está pensando. ¿Está molesta conmigo? ¿Enfadada de que ande por allí a escondidas? ¿Quiere que me vaya? Cuando hablo, sólo me sale un susurro:

—¿Estás bien?

Deja correr el agua del inodoro y se pone de pie, dando un paso adelante, a la luz de la luna. Las arrugas alrededor de sus ojos y labios son más profundas que de costumbre, pero se ve suficientemente sana. Si no la hubiera escuchado vomitar, no habría pensado que algo andaba mal.

—Por supuesto, estoy bien. Toda mi familia estar aquí. Entonces mucho mejor que bien.

—Pero… —mi voz se quiebra. Me aclaro la garganta—. ¿Estás… estás enferma?

—Ah, sí, Lily. Sólo poquito. ¿Cómo se dice? ¿Un pequeño tribus?

A veces pienso que equivoca las palabras a propósito para hacernos reír, para distraernos.

—¿Un virus? —le pregunto.

Asiente.

—Sí, eso, pequeño virus. Pero estoy bien.

Respiro hondo para tratar de calmarme. Todo el mundo puede enfermarse del estómago, incluida Halmoni.

Nada más que un pequeño tribus-virus.

—¿Por qué levantada? —pregunta.

—No podía dormir. Estaba pensando en… el tigre.

Se queda mirándome durante tres largos segundos, luego extiende la mano.

—Ven a acostar conmigo —dice—. Te cuento ahora. Te cuento lo que robé.


Halmoni me lleva a su dormitorio y me acurruco debajo de las mantas con ella. En medio de la oscuridad, examino la habitación.

En su mesita de noche, como siempre: fotos enmarcadas de mamá, de Sam y mías.

Y ahora, algo nuevo: una fila de diminutas botellas con pastillas de color naranja en el interior. Toda una familia de botellas.

Antes de que pueda preguntarle al respecto, dice:

—Robé historias.

Aspiro una bocanada de aire, tratando de entender, pero no es fácil. Mi abuela. Robó historias. A unos tigres mágicos.

No le encuentro mucho sentido a todo aquello.

—¿Cómo se roba una historia? —pregunto.

Halmoni permanece callada durante un rato tan largo que pienso que tal vez cambió de parecer sobre contarme la historia. Pero tan sólo está esperando, creando suspenso; después de unos segundos, toma mi mano y sigue mi línea de la vida con la yema de su dedo. Solía hacer esto cuando yo era pequeña, para calmarme durante las partes espeluznantes de sus historias.

—Estas historias vienen de una época atrás. Largo, largo tiempo atrás. Cuando tigre caminaba como un hombre.

Me aprieto más a ella, con el corazón ronroneando ante aquellas palabras mágicas.

—Estas historias vienen de una época cuando noche era negra. Sólo oscuridad. Y en la oscuridad, una princesa vive en un castillo en el cielo. La princesa muy sola, entonces ella susurra historias a la noche. Y esas historias volverse estrellas.

Cuando Halmoni nos decía que estiráramos las manos y agarráramos una historia del cielo, siempre pensé que era sólo un juego divertido. Nunca pensé que lo estuviera diciendo literalmente.

—¿Las estrellas están hechas de historias? —le pregunto.

—Sí, sí. Ahora escucha —la abuela me hace callar y continúa hablando—: La princesa del cielo cuenta tantas historias que cielo se llena de luz. ¡No más oscuridad en ningún lado! Y la gente en tierra, allá abajo en las aldeas, tan felices. No más noche.

Miro por la ventana un firmamento negro como la tinta y me estremezco. No más noche.

—Magia de historias tan brillante y poderosa que por supuesto tigres quieren quedarse con ellas. Tigres van a cima de montaña más alta, se rodean de estrellas y protegen el cielo.

Halmoni continúa:

—Y a los humanos encantan esas historias, también. Pero a mí no me gustan algunas de las historias que cuentan las estrellas. Algunas de esas historias… peligrosas. Algunas historias demasiado peligrosas para contar.

Lo pienso un par de segundos.

—¿Pero cómo puede ser peligrosa una historia? —pregunto.

Halmoni me abraza con fuerza.

—Algunas veces hacen que gente se sienta mal y actúe mal. Algunas de esas historias hacer que yo me sienta triste y pequeña.

Me muerdo el labio. Las historias que Halmoni nos contaba siempre tenían finales felices. Eran sobre chicas inteligentes y familias amorosas y princesas guerreras que realizaban hazañas para salvar a los demás.

—Escuché llorar a mi propia halmoni cuando me contaba historias tristes, del pasado de nuestra Corea —dice la abuela—. Veía que mis vecinos se asustan. Veía que mis amigos ponen furiosos. Y pensé: ¿por qué tenemos que escuchar malas historias? ¿No es mejor si malas historias desaparecen?

Trago un poco de saliva. Eso tiene sentido, pienso.

—Así que una noche tranquila, saco frascos de mi casa y los llevo arriba de la montaña, rastreando a esos tigres hasta sus propias cuevas. Soy la niña más pequeña del pueblo más pequeño, y soy astuta. Me escondo fuera de cuevas y espero hasta que tigres están dormidos, hasta que ronquidos retumban. Y luego empiezo a trabajar, agarrando estrellas con los dedos, las malas historias, metiéndolas en frascos.

Es otra cosa que parece imposible, pero tal vez el mundo es más inmenso de lo que yo pensaba. Tal vez hay sitio en el mundo para tigres que desaparecen y para estrellas capturadas.

—Te robaste las estrellas —le digo.

—No todas. Pero… sí.

Me pregunto cómo se sentiría tener estrellas entre mis manos, si se desmoronarían como polvo o se harían añicos como el cristal, si causarían una quemadura ardiente y feroz, o fría y acerada.

Halmoni sigue contando:

—Sello los frascos. Luego me alejo de puntillas de cueva, muy suave, sh. Antes de irme, pienso Voy a ser extra cuidadosa. Asegurarme de que no me sigan. Entonces traigo rocas del bosque, una por una, y las apilo en montón en entrada de cueva, hasta que forman un muro. Un muro grande y pesado. Hasta que tigres atrapados adentro.

Siento un escalofrío al imaginar a los tigres arañando el otro lado del muro.

—Pienso: no más malas historias. No más. Yo nunca quiero escucharlas de nuevo, así que escapo lejos, lejos de mi pequeña aldea, al otro lado del océano, atravieso el mundo entero, a un nuevo lugar. Donde estoy a salvo de la tristeza —la voz de Halmoni comienza a desvanecerse a medida que la invade el sueño—. Robo las estrellas y las encierro.

—¿Cómo sabías…? —le pregunto, mientras presiono mis dedos cálidos contra los suyos, fríos—. ¿Cómo sabías que no te iba a pasar nada?

—No lo sabía. Pero creo en mí. Cuando crees, entonces te comportas valiente. A veces, creer es lo más valiente de todo.

—¿Así que todo salió bien? —Halmoni nunca decía mayor cosa sobre cómo había llegado a Estados Unidos desde Corea, y nunca se me había ocurrido preguntarle.

Se queda en silencio tanto tiempo que creo que tal vez se ha dormido. Pero de repente dice:

—Nada dura para siempre, Lily. Los tigres se liberaron. Los tigres muy enojados. Ahora vienen por mí.

Desde la sala escucho un crujido y mi cuerpo se tensa, pero probablemente sea sólo mamá cambiando de posición mientras duerme.

Halmoni aprieta sus labios contra mi cabeza y sus palabras se van haciendo más confusas mientras va entrando en el mundo de los sueños.

—Persiguiéndome ahora. No paran de buscarme.


Mis sueños están llenos de tigres. Cuando despierto a la mañana siguiente, me quedo acostada junto a mi halmoni, que aún duerme, pensando acerca de la historia que me contó. Son muchas las preguntas que se agolpan en mi mente.

¿Qué historias robó? Tengo curiosidad y una parte de mí quiere escucharlas, incluso si son peligrosas.

Pero tengo preguntas más importantes, como: ¿en verdad vi un tigre? Porque si es así, estoy bastante segura de que se trata del tigre que está persiguiendo a Halmoni.

Tenemos que hacer algo al respecto. No podemos simplemente esperar. Necesitamos un plan para protegernos.

No hay manera de que vuelva a quedarme dormida, así que me deslizo lentamente de la cama y salgo de su dormitorio hacia la sala.

Las nubes bloquean el sol y pintan la casa de un tono gris; la sala se encuentra tan silenciosa que me sorprende encontrar a mamá sentada en el sofá.

Está casi de espaldas a mí, con el cuerpo encogido alrededor de una taza de café medio llena. El vapor danza antes de subir flotando a besarle el rostro, pero ella no se entera.

Caigo en cuenta de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a mamá tan quieta. Ella siempre se está moviendo. Experimento la sensación de haber capturado un momento valioso. Quiero guardarlo y sostenerlo cerca de mi corazón.

Mamá tiene la mirada clavada en la ventana de la sala, pero afuera no hay nada que ver excepto los vagos contornos de algunos árboles y un par de casas a lo lejos.

Doy un paso hacia ella y, en ese momento, una tabla del piso aúlla.

Se sobresalta. El café se remueve en la taza y está a punto de derramarse.

—¡Lily, me asustaste! Eres tan silenciosa. Y siempre me estás espiando.

—Ah —digo. No es como si hubiera querido espiarla—. Lo siento.

Sonríe tenuemente.

—¿Cómo estás? ¿Qué tal dormiste?

Es algo demasiado complicado de responder, así que asiento con la cabeza a manera de respuesta.

Y supongo que un asentimiento es suficiente para mamá, porque no insiste en el tema. Deja su taza de café sobre la mesa mientras se pone de pie y, en cuanto lo hace, me doy cuenta de que está muy bien vestida, con una camisa formal de botones y pantalones de trabajo.

—¿Tienes hambre? —me pregunta.

—No —digo—. ¿Por qué estás vestida así?

—Tengo una entrevista de trabajo hoy en la mañana —explica, mientras da vueltas por la cocina.

Sólo hemos estado aquí una noche. La mayoría de las madres quisieran instalarse en el nuevo sitio y deshacer las maletas, pero, por supuesto, mi madre ya tiene programada una entrevista. Trabajaba como contadora en California y trabajaba mucho.

—Pero tengo tiempo para prepararte algo —añade—. De verdad, deberías comer algo. ¿Qué tal los pasteles de arroz de ayer?

—No, gracias —digo—. En realidad, me estaba preguntando acerca de…

—¿Segura? —insiste—. Recalentados son muy ricos. ¿Te conté alguna vez que Halmoni solía vender sus pasteles de arroz cuando nos mudamos aquí? A todo el mundo le encantaban.

Doy un paso adelante.

—¿De verdad? —mamá rara vez habla de cuándo era niña.

—¿Y una taza de té? ¿Te gustaría un té? Puedo prepararte una taza ahora mismo —mamá abre un gabinete, luego se detiene, con una mano flotando en el aire—. Ah, es verdad, Halmoni movió las tazas al otro lado. Antes estaba diferente.

Agarra una taza de su nuevo lugar y pone a hervir agua para el té, aunque en realidad no me apetece. No me gusta el té.

—Mamá… —digo, vacilando, tratando de sonar tan casual como sea posible—. ¿Cuando eras pequeña, alguna vez Halmoni te contó historias? ¿Historias que parecían imposibles?

Mamá hace un gesto de contrariedad.

—Ah, no lo sé. Quizá. Pero yo nunca fui tan buena lectora como tú. Me gustaba salir y jugar en la calle, así que no tenía paciencia para escuchar historias.

—Ah —tengo la impresión, como me ocurre a veces, de que algo anda mal conmigo, pero aparto esa idea de mi mente—. Pero ¿te contó historias sobre su niñez y esas cosas?

Los ojos de mamá se vuelven lejanos, como cuando estaba mirando por la ventana.

—Nunca hablaba mucho de la época en que vivía en Corea. Sé que creció muy pobre, en una aldea rural a muchos kilómetros de Seúl. También sé que vivía sola con su propia halmoni, porque cuando todavía era muy pequeña, su madre se había mudado a Estados Unidos. Halmoni trató de encontrar a su madre cuando se mudó aquí, cuando yo era sólo una bebé, pero no creo que la haya encontrado nunca.

—Más bien lo que yo quería preguntar era… —me freno. ¿Cómo le empiezo a explicar esto? ¿Alguna vez encontraste estrellas ocultas en frascos? ¿Alguna vez te persiguieron los tigres?—. No importa.

Mamá toma aire y logra dibujar una sonrisa en su rostro.

—De todos modos, deberías conocer a algunos niños en el vecindario. Aún viven aquí algunos amigos de cuando asistí a la preparatoria que tienen niños de tu edad. Puedo programar una cita para jugar —mamá hace esto cuando quiere cambiar la conversación, sólo cambia abruptamente de tema y actúa como si hubiéramos estado hablando de eso todo el tiempo.

No me molesto en explicarle que las “citas para jugar” expiraron hace unos seis años. Y no le explico lo difícil que es hacer amistades.

Algunas personas parecen atraer nuevas amistades todo el tiempo. Como Sam. Aunque a veces es brusca y ofensiva con los demás, siempre tiene una nube de gente a su alrededor. Y siempre tiene un número infinito de mensajes de texto que responder. Yo, en cambio, nunca he sido una de esas personas que atrae amistades.

He tenido un par de amigas y en una época me encontraba con un grupo de chicas. Sam decía que ellas también eran CATYC —chicas asiáticas tímidas y calladas como yo—, pero después de un tiempo se desvanecieron. Nunca fueron desagradables conmigo ni nada, tan sólo se olvidaron de invitarme a los encuentros. Como si se hubieran olvidado de que yo existía.

Las amistades no me duran mucho.

Y supongo que no importa. Que es sólo a causa de mi invisibilidad.

—Ahora tengo que irme a la entrevista —dice mamá—. Pero tú deberías salir de la casa. Tomar un poco de aire fresco. ¿Quizás ir a la biblioteca? Podrías conocer a otros chicos lectores. Y a ti te encantan las bibliotecas.

Me gustan las bibliotecas, supongo. Pero no sé de dónde sacó la idea de que me encantan, en especial porque solía odiar la que queda al otro lado de esta calle.

Cuando era pequeña, me negaba a entrar al sitio. Me sentaba en los escalones mientras mamá y Sam entraban, y me quedaba esperándolas a que me trajeran libros ilustrados.

Mamá no entendía por qué le tenía tanto miedo, ya que la biblioteca parecía una linda cabaña, ubicada justo en frente del bosque. Los marcos de puertas y ventanas estaban pintados en tonos brillantes y coloridos.

Pero le expliqué: Se parece a la casa de pan de jengibre de “Hansel y Gretel”.

Supongo que lo olvidó.

Un destello de irritación se enciende en mí, pero lo reprimo.

—Sí, de acuerdo —le digo.

Mamá parece aliviada.

—Eso es genial, Lily. Eres la mejor. ¿Te he dicho que eres la mejor? —me sirve el té y pasea sus manos por mi cabello—. Diviértete en la biblioteca, ¿de acuerdo?

Se marcha, cerrando con vigor la puerta a sus espaldas, y sorbo el té aunque realmente no quiero tomarlo. Me quema la lengua y sabe a tierra, pero envía fuego por mi garganta y me despierta.

Y estoy enojada. Porque a veces es como si mamá tuviera otra Lily en su cabeza. Una Casi Yo que no coincide con la Yo Real.

No me gusta el té. No me encantan las bibliotecas. ¿Y si no soy la mejor? ¿Cómo lo sabría ella? No es como si estuviera prestando atención.

Me levanto para verter el té en el fregadero, y siento un curioso deleite a la vista del remolino de agua marrón. Es algo imprudente y derrochador, pero de una buena manera.

Una vez que termino de verter el té, dejo caer la taza, sólo que con demasiada fuerza. Se agrieta.

Por un momento contemplo la grieta y algo se abre dentro de mí, algo grande y vacío, un agujero negro que es demasiado aterrador para contemplar.

Así de veloz como llegó, se evapora mi rabia. No sé qué me pasó. Tomo la taza y la entierro en la basura, en el fondo del bote, donde nadie la va a encontrar.

Luego me pongo unos jeans y una camiseta a rayas, y me hago una trenza, sin molestarme en cepillarme. Me coloco mi impermeable y me dirijo a la biblioteca al otro lado de la calle.

Ya no soy una niña. No le tengo miedo a “Hansel y Gretel”. No le tengo miedo a los cuentos de hadas.

Y no creo que vaya a conocer allí “chicos lectores”, pero tal vez haga algo de investigación.

Si un tigre está tratando de cazar a mi abuela, encontraré una manera de protegernos.

Darmowy fragment się skończył.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
02 marca 2026
Objętość:
252 str. 55 ilustracji
ISBN:
9786075574264
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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