Czytaj książkę: «Clinica de la identidad»

edición
Lucas Sánchez Anwandter
Camila Soto Illanes
diseño
Simón Jara Correa
producción
Olivia Guasch Antúnez
dirección
Jaime Sánchez Villaseca
Título original: CLINIQUE DE L’IDENTITE
Stéphane Thibierge
© PRESSES UNIVERSITAIRES DE FRANCE
CLINICA DE LA IDENTIDAD
Stéphane Thibierge
© SOCIEDAD EDITORIAL LA POLVORA LIMITADA
ISBN: 978-956-9441-01-1
ISBN digital: 978-956-9441-48-6
© Edición
PÓLVORA EDITORIAL
Av. Antonio Varas 1973, Providencia, Santiago.
E-mail: polvoraeditorial@gmail.com
FUNDACIÓN PSICOANALÍTICA GRUPO PLUS
Valenzuela Castillo 929. Providencia, Santiago.
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Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.
AGRADECIMIENTOS
Este libro retoma, con ciertas modificaciones, el texto de la “habilitación” (segunda tesis para Tesis Profesoral) defendida en la Universidad de Poitiers el 11 de diciembre de 2004, con un jurado compuesto por los señores profesores Christian Hoffmann, Paul Laurent Assoun y Roland Gori que fue presidido por Alain Vanier y el Dr. Marcel Czermak.
Esta obra lleva la impronta de los intercambios establecidos durante varios años con los miembros del comité de redacción de la revista La Célibataire, fundada y dirigida por el Dr. Charles Melman, junto con la Dra. Catherine Morin. Espero que encuentren aquí una expresión de gratitud.
PROLOGO
Clínica de la identidad es la tercera publicación de Stéphane Thibierge. En sus libros, el autor expone su trabajo sobre la constitución de la imagen del cuerpo, sus coordenadas y sus efectos estructurales de orden patológico. El recorrido que hace por la psiquiatría y la psicopatología a través de los síndromes del falso reconocimiento, ilustra la descomposición espectral de algo que comúnmente aparece como una sola cosa: imagen y nominación pueden presentarse de manera disyunta pues remiten a distintos órdenes.
Esta obra muestra con rigurosidad, la estructura y función de la imagen especular, evidenciando su incidencia en la formación del sujeto, el yo y la realidad. El interés de este trabajo, radica especialmente en la contingencia de las cuestiones que aborda. Para el autor, la identidad ha pasado a ser una consigna que cada quien está llamado a sostener y reivindicar. Sin embargo, de manera paradojal esta preocupación devela su fragilidad.
La inquietud actual por la identidad es un síntoma de nuestra relación al semejante y la alteridad. Se hace patente en nuestra vida conyugal, política, en la relación entre países, etnias y religiones. El otro se ha vuelto nuestro enemigo, aquel a quien debemos destruir para conseguir nuestra propia afirmación individual, grupal o colectiva. El texto permite reflexionar sobre las razones que mantienen en crisis las problemáticas de la identidad, sus dificultades y conflictos.
La identidad como pasión moderna, no se aborda como pregunta, como algo que podamos transitar a lo largo del tiempo –con tiempo– y en la relación al otro (al semejante). En nuestra época, la identidad se valida a través de la búsqueda de imágenes y consignas colectivas que pueden darnos un “ser” y una supuesta pertenencia. El logro de la identidad actual implica devoción y creencia en ideales que profesan inmediatez, eficacia, eficiencia y consumo.
Respecto a su recorrido teórico clínico, el autor sigue el trazado de la enseñanza de Lacan, haciendo de ésta, una reflexión accesible y clara. Aborda de manera simple –sin por ello restar complejidad– conceptos difíciles que implican el cruce de registros diversos y no evidentes.
Sus hallazgos permiten interrogar, replantear y diferenciar ciertos conceptos pivotes y certezas compartidas clásicamente por el psicoanálisis. Despeja confusiones mantenidas históricamente por la teoría analítica respecto a ciertos criterios que ponen al yo y la realidad como ejes de la clínica psicoanalítica.
Es así que Stéphane Thibierge expone de manera rigurosa a lo largo de su obra la estructura y función de la imagen especular. La imagen especular determina tanto la forma de la realidad como la del yo. Ambos son efecto de una estructura ficcional que viene a cuestionar criterios como la adaptación a la realidad y la integración del yo.
Esta imagen tiene un estatuto particular: es una representación y como tal, es subsidiaria de la incidencia simbólica que permite su conformación o descomposición. El yo depende de coordenadas que en tanto simbólicas, implican y nos reenvían al Otro, lugar del lenguaje que como alteridad radical es al mismo tiempo constituyente y ajeno, desconocemos lo otro en nosotros.
Vivimos en la ilusión de tener un cuerpo y una identidad que podemos dominar. Es en la fractura de nuestra supuesta totalidad que lo desconocido fundante y ajeno en cada uno nos aparece de manera extraña, sintomática, y angustiante. Aquello en lo que no podemos reconocernos se constituye de manera paradojal, como referencia ignorada de nuestra subjetividad.
Finalmente, queremos agradecer como representantes de la Fundación Psicoanalítico Grupo Plus a Maya Schlenker y Marcella Chiarappa, psicoanalistas que tradujeron el texto pudiendo resolver sus dudas en contacto directo con el autor y a Pólvora editorial que ha hecho posible esta publicación al español.
Valeria Fliman
Directorio de la fundación psicoanalítica Grupo Plus
Jorge Restovic
Presidente de la fundación psicoanalítica Grupo Plus
SUMARIO
Introducción
PRIMERA PARTE INICIO CLÍNICO Y TEÓRICO: LA DESCOMPOSICIÓN DEL CAMPO DEL RECONOCIMIENTO EN LAS PSICOSIS
Capítulo 1. ¬ La descomposición de las coordenadas del reconocimiento: estructura y valor elemental del síndrome de ilusión de Frégoli
Capítulo 2. ¬ Verificación clínica de una descomposición elemental del reconocimiento en las psicosis: el ejemplo del transexualismo
SEGUNDA PARTE LO QUE NOS ENSEÑA LA CLÍNICA SOBRE LAS CONDICIONES DEL RECONOCIMIENTO Y DE LA IDENTIDAD: ESTRUCTURA Y FUNCION DE LA IMAGEN ESPECULAR
Capítulo 3. ¬ Estructura y función de la imagen especular en el emplazamiento de las coordenadas del reconocimiento y de la identidad subjetiva
Capítulo 4. ¬ Los trastornos de la imagen especular en neurología; incidencias clínicas que conciernen el reconocimiento y la identidad
TERCERA PARTE LAS CONDICIONES DE EMPLAZAMIENTO DE UNA IDENTIDAD SUBJETIVA
Capítulo 5. ¬ Observaciones sobre la función paterna y la familia moderna
Capítulo 6. ¬ El deseo y el lugar del Otro
CUARTA PARTE PREGUNTAS ACTUALES SOBRE LA IDENTIDAD
Capítulo 7. ¬ Las mutaciones contemporáneas del goce y sus consecuencias
Capítulo 8. ¬ El nombre propio y su función
Capítulo 9. ¬ Observaciones actuales sobre una “concepción del mundo”
CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN
¿Por qué la pregunta por la identidad es asumida hoy como una pasión, y sin duda, nuestra pasión más moderna? Si nos afecta de la manera en que lo constatamos, a la vez simple e imperiosa, a menudo urgente al punto de volverse asesina, es porque esta pregunta se nos presenta de forma totalmente diferente a las modalidades que solían caracterizarla, es decir: la búsqueda, la iniciación o también la cuestión particular de las formas y objetos de la cultura. Esos abordajes de la identidad supuestamente debían dar acceso a un sujeto, a un lugar asumido en el lazo social y en una filiación –de la forma en que esta última fuera concebida.
La dificultad actual es que estamos ante una crisis de la que nada nos dice que se encuentre una solución, por lo menos en los términos en los que estamos habituados a formularla. Si la identidad hace síntoma hoy, en efecto, no es porque ella se busque como una pregunta en el sentido que acabamos de decirlo. Es más bien porque los elementos y los términos mismos de la pregunta se nos han vuelto opacos y a veces hasta inalcanzables. Es la razón por la cual las respuestas que reenviamos y que la actualidad nos reenvía, aparecen completamente desorientadas y cada vez más automáticas, cosas que a menudo van a la par. No hay evidentemente ninguna razón para que esta situación, por sí sola, no tenga sino una salida brutalmente automática, como sucede en tales casos: es la lógica que Freud mostraba, desde 1921, bajo el nombre de la psicología de las masas.
Si un psicoanalista puede tomar posición respecto de esta pregunta, es porque el psicoanálisis nos da los medios para plantearla de una manera completamente inédita, tanto en la forma como en el fondo. Además el psicoanálisis puede esclarecer las razones del impasse en el que nos encierran las problemáticas identitarias.
El descubrimiento de Freud de eso que llama inconsciente, interviene justamente en un momento histórico en que las referencias tradicionales de la identidad se diluyen. Es debido a aquello que en ese momento el psicoanálisis pudo aislarlas, al tiempo que renovaba nuestro abordaje de dicha pregunta. Siguiendo a Freud, Lacan precisa lo que modificará completamente nuestra relación con la identidad: él aísla un objeto, jamás identificado de esa manera hasta ahora, aunque Freud ya señalaba su incidencia en las formaciones del inconsciente (sueños, síntomas, actos fallidos, etc.). Este objeto es lo que nos afecta más radicalmente, nos hace hablar y desear –en una palabra, nos determina. Lacan escribe objeto a, precisando que si hay que buscar autonomía en el hombre, es del lado de este objeto que ella puede encontrarse y no del sujeto.
Este libro quisiera mostrar de qué manera los descubrimientos del análisis esclarecen lo que está en juego en nuestra relación con la identidad, por qué esta relación se nos ha vuelto tan difícil y cómo podemos eventualmente volver menos imperativos y con menos deflagración los efectos individuales y los efectos sociales.
Partamos de los hechos de la psicosis, donde se libran mejor los fenómenos automáticos y pasionales de esta relación con la identidad, cuando esta no encuentra ya otra modalidad que una imaginaria en forma de un cara a cara especular. Esto nos permite aislar los primeros elementos simbólicos e imaginarios de esta relación, a partir de estructuras clínicas donde esos elementos faltan: evocamos aquí, en particular, el síndrome de Frégoli y el transexualismo.
La forma de la imagen del cuerpo –la imagen especular– juega un rol importante en el emplazamiento y en los síntomas de la identidad. La segunda parte de esta obra está consagrada a tocar este tema, deteniéndonos igualmente en las lesiones neurológicas de esta imagen, así como en el sentido de la distinción entre esquema corporal e imagen especular.
Precisamos enseguida lo que podemos designar como condiciones mínimas de un emplazamiento subjetivo de la identidad. Entendemos por esto una relación con la identidad que no sea solamente automática, sino que admita algo del orden de una subjetividad y de una responsabilidad del sujeto. Esto nos lleva a evocar dos preguntas en el primer plano de la neurosis moderna. La primera es la pregunta por el padre y el rol de la función paterna en la ubicación de esa relación con la identidad. Investigamos especialmente por qué el padre es recibido como un síntoma en el lazo social –en el sentido en que el psicoanálisis lo representa e identifica con el término de la castración– y por qué aparece hoy más como una dificultad que como una función propiamente dicha. Evocamos después la pregunta correlativa de la precedente, por la alteridad, que alude necesariamente a la identidad y sus condiciones. Mostramos de qué forma ella está ligada a la diferencia sexual y por qué la aprehensión posible de una alteridad pasa necesariamente por el lugar reconocido a una mujer en la cultura. Al final abordaremos las mutaciones rápidas e importantes que afectan las condiciones de la identidad subjetiva. Aquellas corresponden, en primer lugar a las transformaciones contemporáneas del goce y sus consecuencias, que conciernen a las reivindicaciones identitarias o comunitarias del sujeto moderno. Es también esto lo que podemos evocar respecto al nombre propio y a su función en un contexto marcado por el carácter más difícil y precario de las condiciones del reconocimiento. En última instancia, es la imposibilidad contemporánea, resultante de lo que precede de no asegurar ninguna concepción del mundo (en el sentido clásico de una Weltanschauung), y las consecuencias que resultan de ello en clínica y en la teoría, concerniente a la identidad como pregunta y como síntoma.
En conclusión, indicamos lo que parece ser la consideración, práctica y política, de las proposiciones avanzadas y puestas a prueba aquí. 21
Primera parte
INICIO CLÍNICO Y TEÓRICO:
LA DESCOMPOSICIÓN DEL CAMPO DEL RECONOCIMIENTO EN LAS PSICOSIS
CAPÍTULO 1
La descomposición de las coordenadas del reconocimiento: estructura y valor elemental del síndrome de ilusión de Frégoli
La escuela francesa de psiquiatría aisló en 1927 un síndrome de gran alcance clínico y teórico, concerniente a la cuestión de la identidad. Se trata del síndrome de ilusión de Frégoli, cuyos rasgos principales y valor analítico1 hemos mostrado en otra parte. Recordaremos al respecto solamente lo que es útil para nuestra exposición, para dar a la pregunta por la identidad su inicio y sus primeros elementos. Digamos entonces que ese síndrome permite despejar algunos rasgos fundamentales de lo que Jacques Lacan pudo llamar el conocimiento especular, debido al estado elemental en que su descomposición los libra en la psicosis: designando con esto una estructura formal de reduplicación de la que el psicoanálisis mostró su incidencia y función matricial en el orden de la representación humana2. Esos rasgos elementales de la descomposición especular, netamente aislados en el síndrome de Frégoli, no aparecen sino de una manera mucho más contorneada y latente en la clínica simple y pueden, por esta razón, ser fácilmente desconocidos o ignorados.
Este síndrome denomina un disturbio del reconocimiento y de la identificación de las personas, es decir, de lo que está en juego cuando reconocemos la imagen de alguien y lo llamamos por su nombre. Uno de sus rasgos esenciales es que el enfermo evoca el nombre y la imagen separadamente, como si estuvieran desunidos.
Tales hechos interesan especialmente al campo de lo que llamamos el reconocimiento. El reconocimiento reenvía a todo lo que puede presentarse, en nombre de la realidad. La realidad puede estar definida de manera general, condición suficiente para nuestro propósito por el simple hecho de que es reconocida sin más. Si ella cesa de serlo, si algo se desprende, esto ya no será reconocido, entonces encontramos un orden de hechos que la realidad desconocería: se trata de esos fenómenos que la clínica clásica aisló bajo el nombre de sentimiento de extrañeza, donde estaban reagrupados disturbios muy diversos, yendo desde una molestia fugaz apenas colorida de angustia –como el hecho de ya no reconocer exactamente, al leer, una palabra banal– hasta un borrado completo de la realidad3.
El síndrome de Frégoli nos introduce de entrada en lo más vivo de la clínica de los disturbios del reconocimiento y nos lleva a interrogar muy especialmente las condiciones de la identificación subjetiva. Esta clínica, que el campo de las psicosis ilustra bajo numerosas otras formas, detenta su valor en tanto obliga a tomar en cuenta los fenómenos cuyo abordaje comportan cierta dificultad por el hecho de que ellos interrogan el marco mismo de lo que constituye –para nosotros– el reconocimiento. Estamos aquí en lucha con un tipo de preguntas que nuestras referencias habituales impiden articular: esto es lo que crea el interés, la dificultad, pero también el valor de enseñanza de este campo para el abordaje de la clínica en general –más allá de la clínica de las psicosis. Como se sabe, el riesgo más común que encontramos en este campo, es no reconocer en éste nada más que lo que ya sabemos –en otras palabras, no distinguir nada ahí4. Ahora bien, la clínica que evocamos aquí no se deja articular en el orden de este reconocimiento, no se encuentra sino a sí misma en lo que aprehende.
Para ilustrar lo que pone en primer plano el síndrome de Frégoli, tomemos el ejemplo del primer caso que encontramos en una presentación de enfermos del Dr. Czermak en el hospital Henri Rousselle en 1994. Se trataba de una mujer que comenzó a desarrollar un delirio en una coyuntura en la que, habiéndose divorciado, ella ya no podía llevar el apellido de su marido. Después de ese acontecimiento se instalaron los elementos del delirio: ella identificaba a las mujeres con las que se encontraba como siendo su propia hija, y a los hombres, como siendo, en realidad, su marido.
Se trata aquí de una forma muy caracterizada de lo que se llama la ilusión de Frégoli, y es también una forma muy pura de pasión de la identidad: el sujeto tiende efectivamente a identificar siempre al mismo en los diversos otros que encuentra. Es en esto que el apellido y la imagen están disjuntos. La imagen puede cambiar, el sujeto afirma: “Yo sé bien que la apariencia no es la misma, pero en realidad es Fulano, es él, siempre el mismo, quien me persigue”.
A partir de este material, reducido y relativamente simple, disponemos de un hilo que permite abordar la pregunta por la identidad y precisar los primeros elementos, apoyándonos en una clínica donde esos elementos fundamentales son los más legibles y los observamos de mejor manera. Se trata de la clínica de las psicosis, como vamos a mostrarlo.
Para descubrir y seguir ese hilo hay que recordar muy brevemente en qué condiciones ha sido aislado el síndrome de Frégoli y lo que le confiere su valor clínico y doctrinal. En el campo de las psicosis es más bien escaso, pero esto se debe, pareciera que sobretodo, a que generalmente no es identificado. Los hechos que aísla fueron catalogados por los psiquiatras franceses en los años 1920 bajo la denominación genérica de “ilusión de falso reconocimiento de los alienados” para distinguirlos del falso reconocimiento simple –tomar por equivocación o distracción a alguien por otro– y de los disturbios de orden deficitario, especialmente de la memoria. Joseph Capgras, a quien debemos las primeras observaciones que han despejado los elementos de esta clínica, los nombró también “desconocimientos sistemáticos”, aunque la expresión que prevaleció fue la de “falso reconocimiento”. Es probable que esta no fuera la manera más apropiada de llamarle, puesto que el reconocimiento es justamente lo que, en este tipo de disturbios, se encuentra profundamente alterado, al punto que ya no se puede hablar de reconocimiento, aún si se agregara el adjetivo “falso”. Se trata entonces de otra cosa y este es precisamente el mérito de los primeros clínicos que prestaron atención a estos hechos, el de haber comenzado a distinguir que se trataba de otra cosa.
Hemos mostrado cómo esta clínica de los falsos reconocimientos en las psicosis ha sido elaborada por la escuela francesa de psiquiatría en los años 1920 y 1930 con el descubrimiento de tres síndromes suficientemente bien delimitados como para adquirir valor de referencias nosográficas: el síndrome de ilusión de sosias (Capgras y Reboul-Lachaux, 1923), el síndrome de ilusión de Frégoli (Courbon y Fail, 1927), y finalmente el síndrome de Inter-metamorfosis (Courbon y Tusques, 1932)5.
Aunque los fenómenos descritos en esos síndromes no eran, hablando con propiedad, ignorados anteriormente. En las Memorias de un neurópata del presidente Schreber, se encuentran ejemplos decidores, muy próximos al síndrome de Frégoli y al síndrome de Inter-metamorfosis, especialmente en el capítulo VIII. En la obra, se da también cuenta de una descripción de hechos del mismo orden que en Fragmentos psicológicos sobre la locura de François Leuret (1834). La enferma de la que trata la obra ataca a un médico, y otras veces a Leuret –“Usted se transforma”, le dice ella– y éste le pregunta a cual de los dos se refiere con sus reproches. “A usted”, responde ella, eso no hace sino uno, es la misma persona. “Ella confundía a todas las personas que veía”, escribe Leuret, “aunque esas personas le parecieran diferentes las unas de las otras”. “Cuando le hacía mis observaciones sobre esto, ella me respondía: “ustedes se cambian como quieren […] Ustedes no hacen sino uno”6.
No obstante, hasta en los trabajos de la escuela francesa que acabamos de señalar, esos fenómenos no fueron descritos y aislados con la preocupación de indicar los rasgos distintivos y el valor significativo de ello.
Hoy en día, esos síndromes ya no son muy conocidos en Francia, a pesar de que el síndrome de Capgras suscita y genera interés desde hace algún tiempo, aunque desde una perspectiva casi exclusivamente neurobiológica. En los países de tradición anglosajona son regularmente citados, es decir, continúan refiriéndose a ellos por lo menos nominalmente. Pero se hace en contextos donde dominan las referencias comportamentales y neurobiológicas que dejan de lado, en este caso, lo que por otra parte es el valor de esos síndromes y que preocupaba principalmente a sus inventores –quienes, antes que nada, tomaban en cuenta el lenguaje de sus enfermos. Este apoyo tomado en el discurso de los pacientes ha desaparecido prácticamente de la literatura contemporánea, excepto por algunas escasas excepciones7.
Lo que aparece en primer plano en esos síndromes es una descomposición de las coordenadas del reconocimiento de las personas y también, a veces, una de los objetos y lugares. Esta descomposición se efectúa de tal modo que podemos dar cuenta ahí, de manera precisa, de las diferentes coordenadas del reconocimiento en estado separado: se trata del nombre, de la imagen y de algo, de una x que el sujeto designa como siempre el mismo, y como estando a la base de lo que desune el nombre y la imagen. La primera evidencia de esta suerte de menoscabo del reconocimiento ha sido el descubrimiento que hace Capgras de un síntoma en una enferma perseguida-megalómana. Confrontada a algún personaje próximo, su hija por ejemplo, ella declaraba: “no es ella, ella se le parece, pero hay pequeñas diferencias”; lo que es en realidad un sosias. Capgras caracterizó esto con una expresión nueva, que no fue utilizada fuera del contexto donde había sido inventada: agnosia de identificación. El sujeto reconoce la forma, la imagen, pero no puede decidirse a identificarla en el sentido simple del término, dándole el nombre que la individualiza: su nombre, o lo que sería un nombre propio (“mi hija”, por ejemplo). Este síntoma, discutido en 1920, ha sido considerado bastante importante por los hechos que pone de relieve y las preguntas que esos hechos permiten plantear para tomar valor de síndrome. Es en referencia a este acontecimiento que han sido descubiertos primero el síndrome de ilusión de Frégoli, y luego el de ilusión de Inter metamorfosis.
El nombre del síndrome de Frégoli le ha sido dado en referencia a las palabras de la paciente del caso princeps. Ésta decía que su perseguidora, la actriz Robine, era capaz de encarnar ella sola –como el actor italiano Frégoli–, una multiplicidad de personajes diferentes. Se trata aquí del cuadro de un delirio que se puede considerar como una variación lógica de la ilusión de sosias. Digamos que en la ilusión de sosias, lo mismo es siempre otro. El sujeto reconoce a alguien, pero no puede concluir sobre su identidad: en realidad no es exactamente él, es un sosias. A la inversa, en la ilusión de Frégoli, el otro es siempre el mismo. La paciente de la observación princeps identifica a su perseguidora en las personas que ella encuentra, de las que recibe “influjos” y diversos fenómenos sensoriales impuestos. Esas personas con las que ella se cruza son Robine disfrazada, transformada, bajo la variedad de los oropeles. Ella los reconoce por cierto como de apariencia diferente, pero los identifica como siempre el mismo.
Se ve aquí que, en efecto, es una problemática en la cual la imagen y el nombre están desunidos. El nombre nombra algo que la imagen fracasa en vestir, en representar en una palabra que la imagen no permite reconocer: es otra cosa. Es por esto que los psiquiatras después de Capgras se complicaron para dar cuenta de ese hecho según las coordenadas del reconocimiento: el objeto privilegiado del reconocimiento es una imagen –ahora bien, de lo que se trataba en estos casos no era manifiestamente de este orden. Es por ello que llegaron a intentar asir esos fenómenos bajo el término de identificación –Capgras: agnosia de identificación (1923), Courbon y Tusques: identificación delirante (1932)– buscando así calificar lo que estaba en juego en toda la serie de estos síndromes. Poco importa en definitiva el sentido, mal afirmado, que ellos daban a ese término. Lo esencial es que hacían de eso un apoyo útil. Lo que supieron descubrir muy bien, y que se expresa mejor en el síndrome de ilusión de Frégoli, es que esos fenómenos no podían ser elucidados solamente como falta en el orden del reconocimiento, ni tampoco como falta en el orden del reconocimiento del cuerpo. En efecto, si el reconocimiento y especialmente el reconocimiento de la imagen del cuerpo, estaba fragmentado, descompuesto, era en beneficio de algo que el paciente identificaba positivamente, en el sentido en que él lo nombraba.
Es este rasgo propiamente gramatical –a saber, el hecho de que lo que estaba nombrado ahí era bajo un nombre propio y regularmente el mismo. Esto llevó a Courbon y Fail a concluir en la primera observación del síndrome que Frégoli era un solo ser, proponiendo entonces formular la problemática de la siguiente manera: ese nombre en Frégoli designa en las palabras de la paciente un objeto, lo que hemos llamado una x, siempre la misma, cuya llegada al primer plano revela una inconsistencia, incluso el derrumbe de la imagen y del imaginario en el campo del reconocimiento.
Agreguemos, a propósito de este aspecto gramatical de la cuestión, que los psiquiatras a quienes debemos el descubrimiento y el primer esbozo de análisis de estos síndromes nos han dejado observaciones escritas de casos, lo que escribieron a partir de lo que escucharon, como era la costumbre de los psiquiatras hasta un periodo bastante reciente. Ellos escribieron lo que sus pacientes decían, este punto nos parece de primera importancia, puesto que en ese cambio de registro, en ese recurso escritural, observamos una forma de pasar del reconocimiento –de lo que se cree escuchar o comprender– a lo que se escucha a algo diferente y que precisamente es del orden de una identificación absolutamente distinta del reconocimiento. Es probable que dado a que escribían sus observaciones, haya podido identificar los rasgos distintivos de esos síndromes. Ya que llevando a cabo ese ejercicio, estos psiquiatras mostraban también –y este recordatorio interesa con seguridad a la clínica contemporánea– que el abordaje de los hechos clínicos encuentra su soporte y sus referencias efectivas en otra parte que en las premisas del reconocimiento, que lo cognitivo-conductual tiende hoy a traer lo esencial de la observación, reduciendo la clínica a diversos modos de la imagen (scanner, IRM y rayos x) y/o a formas de comportamiento escritas en un repertorio. Los hechos, tanto en clínica como en toda práctica de espíritu y de método científico, se ordenan más bien a través de una seriación de rasgos distintivos de los que no es en absoluto requisito que sean reconocibles para el observador –es decir, homogéneos a su campo de conciencia– para poder dar cuenta de ellos. Por el contrario, serán mejor identificados mientras el soporte de su distinción sea materialmente tributario de coordenadas independientes del reconocimiento, como podía serlo en este caso, el apoyo encontrado por esos psiquiatras en el lenguaje de sus pacientes, su lógica gramatical y la lectura articulada que permitía su trascripción. Es en esto que la clínica que evocamos aquí, tal como ella ha sido progresivamente elucidada e ilustrada en la escuela francesa –por Cotard, Séglas, Clérambault y Capgras, entre otros, merece volverse a ver por lo que ella vale, como habiendo contribuido a dar a la psicopatología un alcance auténticamente científico en su destino y siempre atento, en cada caso, a la problemática y al lenguaje singular del sujeto.
Volvamos ahora al síndrome de Frégoli y precisemos lo que la paciente princeps designa con el nombre de Robine. Ella admite que hay una diversidad de imágenes: son los otros, con los que se cruza, con los que se encuentra en la calle. Pero estas imágenes se le imponen por todo tipo de fenómenos: influjos, crisis delirantes, órdenes obscenas, etc. Y todos esos fenómenos son para ella, Robine. Dicho de otra forma, ella identifica ahí cada vez una x que ella nombra diciendo: “Es Robine”. Por otra parte, ella menciona que percibe su propio cuerpo como fragmentado entre su propia imagen descompuesta y lo que llama Robine. También existen otros actos que le son impuestos, ella debe masturbarse, mientras que son los ojos de Robine los que tienen armoniosas ojeras. Así la belleza de lo que ella llama Robine y que la persigue, está ligada a la destrucción y a la fragmentación de su propio cuerpo.
A partir de estos elementos, podemos precisar a qué reenvía la x que evocábamos más arriba. Aparece como un objeto autónomo, obedeciendo solo a sus propias determinaciones; xenopático, imponiendo diversos fenómenos sensoriales a la paciente; causante de una desintegración de la imagen del cuerpo; en fin, que este objeto es Uno en esto, que es siempre el mismo, es siempre Robine la que persigue a la paciente.
En otras palabras, en el lugar y sitio de la imagen, el sujeto identifica siempre lo mismo. Si nos preguntamos de qué “mismo” se trata, no podemos sino constatar nuestra dificultad para intentar especificarlo más precisamente, de hecho es fácil percibir cómo es que pensar ese “mismo” como la misma persona, el mismo nombre, la misma imagen, la misma cosa, etc. es inadecuado o por lo menos está retocado en su valor y sus sentidos simples.
Pero también es esto lo que constituye el interés y alcance de esta clínica, en tanto lo que ella nos permite interrogar e incluso esclarecer respecto a la pregunta por la identidad. Ella vuelve especialmente sensible de qué manera la incidencia y los efectos más puros de la identidad, como nos lo revela la clínica de las psicosis, deben buscarse del lado del objeto –de ese objeto autónomo y xenopático que acabamos de mencionar– y no, como toda nuestra tradición nos acostumbra a pensarlo, del lado del sujeto. Se distingue también aquí, que la pregunta por la identidad para un sujeto puede conducir a respuestas que jamás serán más adecuadas a las que se producen bajo el modo persecutorio –entiéndase, cuando es el otro el que viene a dar respuesta, como en el síndrome de Frégoli, siempre el mismo, a esta pregunta del ser– al precio de la propia exclusión del sujeto puesto que no hay ahí lugar sino para el Uno, siendo por esta razón, que la identidad más pura y simple es absolutamente persecutoria8.
La dificultad que opone la clínica de la que hablamos, a toda reflexión en términos del reconocimiento –“reflexión” que tiende cada vez más a ser el único criterio de admisibilidad de los hechos, y como ya mencioné, propia de un círculo que aprende lo que ya se sabe– explica sin duda que esos trabajos, después de haber sido desarrollados por los psiquiatras más o menos hasta los años 50`s, hayan sido abandonados, o peor, retomados de una manera degradada: la precisión de las descripciones, la importancia dada al lenguaje de los pacientes, la preocupación del análisis y del aislamiento de los rasgos elementales fue desapareciendo progresivamente, y cedió lugar a otros abordajes –especialmente a la presunción de una causalidad de carácter neurobiológica.
Hemos mostrado en otra parte cómo ellos han sido continuados, en algunos de sus aspectos, en el campo de la neurología9. Sin embargo, es sobre todo el psicoanálisis el que retomó el hilo de estas investigaciones, aportándoles importantes desarrollos y una elaboración propia, renovando de esta manera profundamente su abordaje. Pensamos principalmente en las concepciones de Schilder, quien mostró que la imagen del cuerpo da cuenta de una complejidad que liga registros muy diferentes –por ejemplo, él distingue al lado del esquema corporal de los neurólogos, la incidencia de una estructura libidinal inspirada en la doctrina de Freud, una imagen que se encontraría determinada por las relaciones sociales– así como también contribuyó a demostrar la crucial importancia de esto.
En lo que se refiere más específicamente a la clínica que nos interesa, anotemos que en esta, x siempre es la misma aún en la diversidad de los envoltorios, de los que brevemente hemos resumido los rasgos, podemos considerar una articulación precisa en Jacques Lacan a partir de lo que designaba como objeto a. Lacan hacía observar que si la palabra autonomía tiene algún sentido cuando se le relaciona con la realidad humana, no es del lado del sujeto, sino más bien del lado de este objeto en tanto éste determina fundamentalmente todo lo que para el sujeto toma valor de realidad10. Esta autonomía del objeto es particularmente reconocible en el campo de las psicosis, lo vimos, detenidamente bajo la forma del objeto persecutorio. Sin embargo ella se observa igualmente en otras modalidades, según las diversas estructuras clínicas.
El objeto a, como se sabe, no es por eso algo que se pueda indicar en la realidad. Es este objeto que Freud llama objeto de la represión, y que a ese título determina el deseo del sujeto, sin poder jamás ser directamente identificado. El objeto orienta lo que busca y apuntala al sujeto a través de sus demandas, sus actos, sueños, síntomas, lapsus, chistes, etc. Pero este objeto no es nunca asible como tal. Es definido como objeto perdido en la doctrina del psicoanálisis, puesto que está directamente ligado a la represión que emplaza, para un sujeto, el acceso al lenguaje. Si Lacan lo designa simplemente con una letra “a”, es para subrayar que éste resulta de la pérdida que supone el lenguaje, de toda relación “directa” a lo que apuntala el deseo. Este objeto no es entonces objetivamente definible: no tiene más sentido reconocible que una letra del alfabeto.
Después de su análisis del “estadio del espejo”, Lacan pudo demostrar de manera muy articulada cómo la imagen del cuerpo –la imagen especular– para cada cual, no podía tomar una forma y una consistencia reconocibles, sino a condición de representar la pérdida, la ausencia en la realidad del objeto a. Estos análisis nos parecen constituir un preámbulo necesario al abordaje de la cuestión de la identidad en psicopatología. Consideremos su resultado: para que un sujeto pueda reconocer su propia imagen o la de otro, debe poder recibirla como un símbolo, es decir, como indicando la pérdida, la ausencia de algo. Un símbolo no vale efectivamente sino porque este indica la ausencia de algún objeto. Es en este sentido, para indicar brevemente de qué se trata todo esto, que no podemos reconocer nuestra imagen sino según esta condición previa de la represión del objeto a.
Lacan subrayaba esto escribiendo la fórmula de la imagen del cuerpo: i(a). Ésta fórmula designa la imagen i en tanto obtiene su consistencia de un objeto, anotado a, del que viste su ausencia. Para ilustrar de manera inmediata posible lo que indica esta noción, basta dar cuenta cómo, para cada cual, la imagen del cuerpo y la apariencia pueden ser el objeto de una atención inquieta y nunca satisfecha: como si faltara siempre algo. Esto que se observa fácilmente tanto en la clínica como en la vida cotidiana. Es porque la imagen del cuerpo representa una falta, falta que puede ser vivida de forma insatisfactoria, incompleta, o incluso como extrañeza.
Esta estructura de la imagen del cuerpo se revela de manera muy pura, y separada en sus elementos, en el síndrome de ilusión de Frégoli. Los elementos aparecen claramente disjuntos: la imagen, por un lado, deshecha y desarticulada mientras que por el otro lado, el retorno recurrente de un objeto que no está reprimido o “perdido”, no falta, sino que se encuentra identificado y nombrado por el sujeto como siempre lo mismo.
Es en esto que podemos observar como esta fórmula anotada i(a) reenvía concretamente a la ligazón de elementos que los trabajos que evocábamos más arriba habían revelado en la psicosis como en estado aislado. Esta fórmula indica cómo Lacan pudo retomar –insistiendo en ello mucho antes de la formalización– el estudio de estos fenómenos de descomposición especular y de desdoblamiento bajo sus diversas modalidades. La escuela francesa por otra parte había comenzado a señalar estos fenómenos de reduplicación de la clínica de las psicosis, primero aislado bajo la forma del “eco del pensamiento” por Séglas, y después situado por Clérambault como principio del síndrome de automatismo mental11.
La articulación de estos hechos da los medios para despejar en términos estructurales las coordenadas de la clínica de los falsos reconocimientos psicóticos y mostrar que –el nombre, el objeto y la imagen– son aislables en el síndrome de ilusión de Frégoli. A continuación nosotros lo señalaremos brevemente.
En este síndrome el nombre propio está reducido a la función de un nombre común y único. Es el nombre del perseguidor, identificado en los “otros” que el sujeto se encuentra y en los elementos desunidos de su propio cuerpo. Lo que nombra el nombre único que comanda y prevalece sobre la función simple del nombre propio tiene por propiedad volver al sujeto bajo la forma de una identidad real y unívoca, aquella de una significación impuesta. Esta x designa así, en la psicosis, lo que es anotado como a en la fórmula de la imagen i(a), es decir el objeto. Pero, si bien este objeto no es en principio nunca identificado por el sujeto en la neurosis, está identificado y hasta constituye el pivote de una sistematización articulada en el delirio.
La reducción del nombre propio a un estatuto de nombre común se duplica entonces de una reducción del nombre común al objeto. Al hacerse esto, el nombre pierde lo que está en el fundamento de su operación –a saber, una identificación, pero en tanto esta identificación es siempre diferencial, en el orden del lenguaje. Un nombre solo identifica por diferencia de otros nombres. No se junta al real que nombra –salvo eventualmente en la psicosis, como es el caso aquí. Esto también es, desde un punto de vista clínico, uno de los rasgos más observables de este síndrome, a saber, que el nombre se junte con el objeto, identificándolo.
El síndrome de ilusión de Frégoli ilustra de manera precisa los efectos que derivan en la psicosis del fracaso de la operación de nominación, en tanto que ésta no permite designar bajo un símbolo, sino que identifica igualmente al propio sujeto de un modo simbólico, es decir, diferencial. La nominación se encuentra entonces comandada por un nombre único que identifica al objeto, el cual se reduce a un solo nombre subsistente: un nombre que es siempre el mismo.
Señalemos final y brevemente, a lo que de la imagen este síndrome nos revela. La imagen con la que tenemos que vérnosla está desligada de su consistencia y de su identidad de forma, para ser referida a determinaciones que son las del objeto, según modalidades que van de la conjunción unificadora con el Uno (el perseguidor), a la disyunción de este Uno en un desmembramiento del cuerpo del que solo las palabras de esos pacientes pueden permitirnos seguir las líneas de división.
La imagen no consiste aquí en una forma determinada por la puesta entre paréntesis del objeto: ella no es i(a). Se trata más bien de una estructura en la cual, habiendo fracasado el nombre en sostener su función de símbolo y de metáfora, deja a la imagen, ya sea junto al objeto, lo que se observa en los momentos de sistematización delirante, o separada de este, en el desmembramiento.
Bajo una u otra de estas dos modalidades, es el objeto quien toma todas las determinaciones de la imagen.
Se ve así como este pequeño síndrome, que le debemos al último periodo de la psiquiatría clásica francesa, prueba tener un gran valor clínico y doctrinal, no solamente en el campo de las psicosis. Ya que nos presenta en estado separado, como si se tratase de un análisis químico, dos elementos, i y a, elementos que nunca encontramos aislados de manera tan clara en la clínica de las neurosis.
Este síndrome saca también a la luz, exponiéndolo de manera muy pura, un hecho que testimonia igualmente la neurosis, pero de forma más oscura y difícil de cernir, debido a la represión: a saber, que es siempre el mismo objeto el que conduce, de manera repetitiva, la búsqueda del neurótico. Pero él, en principio, no puede nunca identificarlo, fuera de la angustia que le indica eventualmente su incidencia. Es a ese precio –no poder identificar el objeto de su deseo– que se mantiene corrientemente el campo del reconocimiento para un neurótico, es decir, lo que llamamos la “realidad” y nuestra propia imagen en la realidad.
CAPITULO 2
Verificación clínica de una descomposición elemental del reconocimiento en las psicosis: el ejemplo del transexualismo.
Acabamos de exponer de qué manera el síndrome de Frégoli permite descomponer en sus elementos el campo que designamos como del reconocimiento. Se trata tanto del registro de la imagen, entendido como eso que se deja reconocer y toma habitualmente sentido para el sujeto a título de la “realidad”. Esta dimensión del reconocimiento o de la imagen se encuentra, como se sabe, radicalmente insuficiente en la psicosis, de manera tal que la presentación de una imagen o de un sentido resulta ser ahí siempre precaria y amenazada. La falta no es aquí del orden del más o del menos, ella es estructural. Es por esto que en una psicosis –cualquiera sea la solidez aparente de ciertos edificios delirantes donde intenta suturarse esa falta– puede producirse siempre un derrumbe completo de las coordenadas imaginarias del sujeto, es decir, de lo que llamamos el reconocimiento12.
Nos proponemos indicar ahora cómo es posible reencontrar la descomposición elemental que permite el análisis del síndrome de Frégoli en otro síndrome psicótico. Tomaremos el ejemplo del transexualismo, que nos parece prestarse particularmente bien a esta prueba. Podemos efectuar la misma verificación apoyándola en otros síndromes psicóticos en los cuales una identificación del objeto viene en primer plano de modo suficientemente articulado, entiéndase sistematizado. Pensamos en el síndrome de sosias y en el síndrome de Inter.-metamorfosis ya mencionados13, pero también en el síndrome de Cotard, el síndrome de automatismo mental, o aún en la erotomanía, para no dar sino así algunos ejemplos en una dirección de investigaciones que todavía quedan, en gran parte, por explorar14.
El síndrome de Frégoli se presenta, lo hemos visto, como un disturbio del reconocimiento de las personas: el sujeto ya no identifica por su nombre propio, a los otros con los que se encuentra, sin tratarse en este caso, de un déficit de la memoria o de un falso reconocimiento en el sentido clásico. A estos nombres propios, él les sustituye siempre, idénticamente, un mismo nombre, el de un perseguidor al que atribuye los fenómenos de desmembramiento y xenopatía del que su cuerpo es objeto. En el caso princeps, la paciente indica que ese perseguidor, como el actor Frégoli, puede revestir el aspecto de cualquiera, sustituyéndose a los otros y actuando así sobre ella con apariencias prestadas.
Así, en el lugar de la imagen, de la apariencia o de la ropa de esos otros con los que él se encuentra, el sujeto es llevado a identificar siempre el mismo. El mismo objeto x, dijimos, recurrente bajo la diversidad de envolturas y que el sujeto va a designar por un solo y mismo nombre propio. En el caso princeps es casi siempre la actriz Robine, que a menudo la paciente fue a ver actuar, que toma prestado esas imágenes que vienen a atormentarla.
Agreguemos que la imagen de su propio cuerpo, según las palabras de la paciente, está modificada por ese x e identificada a él: los fenómenos sensoriales que afectan a ese cuerpo, se encuentran en relación con ciertas modificaciones del cuerpo de la actriz, modificaciones en los ojos y sus párpados. Dicho de otra manera, el nombre de Robine designa algo cuyos efectos actúan sobre un cuerpo que no es exactamente un cuerpo propio, individualizado y particular, puesto que está parcialmente distribuido entre el de la paciente y el de Robine.
Tenemos que vérnoslas entonces con un cuadro clínico en el cual la imagen, aquella que es del otro, la de Robine, la del sujeto –se encuentra parcialmente o totalmente desprendida del nombre propio, para ser remitida a un mismo nombre cada vez. Ese nombre, por ese hecho, ya no es un nombre propio, sino que está proyectado sobre un estatuto de nombre común: ya no tiene la función de excepción individualizante del nombre propio.
En cuanto a la imagen, ella, en este caso, reenvía completamente a otra cosa de lo que caracteriza en principio su función y noción. Cuando hablamos, por ejemplo, de la imagen de nuestro cuerpo, –incluso cuando el estatuto de esta imagen no está determinado como unidad formal de un cuerpo, sino que desarticulado en diversos soportes. La imagen, tampoco admite la dimensión del “semblant”, es decir, de posibles variaciones o de una diferenciación de sí en los límites que permite esta unidad formal15. Esta imagen, al contrario, reenvía siempre al principio real de los fenómenos que padece la paciente: xenopatía, desmembramiento. Como lo hemos señalado, no es entonces a la imagen como tal que se refiere el nombre que designa a las imágenes de semejantes para la paciente16, sino, remite a ese x con modalidades reales, actuantes y esparcidas a través de los otros con los que ella se encuentra también en su propio cuerpo.
Vayamos ahora del síndrome de ilusión de Frégoli al transexualismo y a la clínica que este representa.
Se sabe de la importancia de la imagen para los sujetos transexuales. Pero, contrariamente a la dimensión de apariencia o de “semblant” que en principio comporta y que mencionamos más arriba, la imagen es para ellos el modo electivo según el cual intentan asegurar un ser que sea absoluto, es decir: libre de toda división y específicamente de aquella ligada a la diferencia de los sexos. Esta división encuentra en este síndrome la angustia de un desmembramiento del cuerpo emplazado en la clínica, que es tanto más radical y difícil de soportar, ya que en principio no puede ser designado en el registro simbólico, a saber, nombrado. Es por esto que estos sujetos están atados sin recurso al goce de una imagen de la que hablan con gusto, como de un envoltorio, de una vestimenta o de cualquier otro tipo de completitud. Esta completitud, buscada encarnizadamente corresponde muy exactamente a lo que llaman frecuentemente “la mujer”. No son las mujeres las que les interesan, tampoco los hombres, sino el designio de una imagen por fin asegurada en una identidad sin diferencia, fuera del sexo.
Tomemos como ejemplo una observación de Krafft-Ebbing, donde encontramos descrito de manera muy fina y precisa, por el propio sujeto, uno de los primeros casos confirmado de lo que llamaríamos hoy un síndrome transexual17: “pudiese ser sin sexo”, dice ese sujeto. Es patente que cuando él menciona la apariencia femenina que logra revestir, los vestidos o esa piel “femenina” de la que habla como de un doblez que lo envuelve no designa para nada una apariencia o una imagen en el sentido corriente, a saber, en el sentido en que la imagen participa de un cierto “semblant”. Él apuntala más bien a un ser que estaría fuera de la contingencia. La feminidad es así el nombre que él da a una substancia absolutamente real y no sexuada. Es en lo que no puede apaciguar el aislamiento y el desamparo que él describe, sino llevando sobre sí un pedazo material de esta substancia, ein Stück Weiblichkeit18, según sus términos, “un pedazo de feminidad” –como una joya o una prenda íntima–, que se preocupa de poder llevar permanentemente.
Esta función de la imagen para los transexuales esclarece lo que ellos buscan cuando piden –es muy a menudo el caso– ser declarados como mujer, en el registro civil. Cuando el transexual quiere ser dicho mujer, o nombrado mujer, su demanda no tiene, evidentemente, ninguna relación con la manera en que una mujer puede anhelar, en algún momento, ser tranquilizada a través del deseo de su pareja. Si ella solicita que le digan “mujer”, es porque ella sabe que ninguna imagen, ningún semblant, va a dar en este caso una identidad perfectamente segura, como lo avocábamos más arriba. Mientras que cuando un transexual lo pide, es en nombre de un ser que no participa, él, de ninguna manera del “semblant”, y que reenvía a lo imposible de una imagen a la cual realmente nada le faltaría. Es justamente por esto que puede parecer imprudente o poco informado de la investigación clínica dejar creer a alguien que esta demanda es sostenible –léase autorizar o realizar la operación reclamada.
Si el transexual pide que se le modifique su estado civil y el nombre que lleva –sea que se trate del apellido o solamente del nombre, siendo en todos los casos el nombre el que se apuntala en su principio y su función–, lo hace en referencia a algo del orden de una identidad absoluta, que él designa por el nombre de la mujer, y que encarna generalmente, según él, de manera incluso más real que las mujeres. Aunque reclama de una imagen femenina y a menudo la reivindica, a lo que apuntala el transexual es más bien a lo que él identifica en esta imagen, y que menciona regularmente cuando se lo interroga: es el real de un goce que llama y que siente a veces, un goce cutáneo de envoltura, de matriz, de completitud19.
El transexual aspira a un ser real, al cual junta la imagen. Este estatus de la imagen, como en el síndrome de Frégoli, nos reenvía a otra cosa de la que escuchamos en principio en ese registro. La imagen está identificada en los dos casos a una x de la que recibe sus determinaciones reales, al mismo tiempo que la destrucción de su consistencia de imagen. En el síndrome de Frégoli, lo que viene a ese lugar es un cuerpo xenopático y desmembrado, debido al perseguidor, donde el nombre, es la única isla identificable de ese desmoronamiento del registro imaginario. Mientras que en el síndrome transexual se trata de un cuerpo desmembrado, a menudo xenopático, que encuentra en el real del goce del envoltorio, el soporte de una identificación reivindicada a este goce.
Es este soporte el que el transexual invoca con el nombre de la mujer: nombre común al que viene a reducir su propio nombre, pero también sustancia real, por decirlo así, de la prueba a la cual se deshace toda imagen como tal. Es por esto, lo dijimos, que la demanda de estos sujetos de ser transformados en mujer –para referirnos a los casos más frecuentes de los transexuales masculinos– no estaría apaciguada por lo que se cree a veces poder proponerles, una rectificación de su cuerpo “que corresponda” a la imagen que se hacen de ese cuerpo, puesto que esta imagen, no es tal. En vez de representar, como lo hace una imagen, otra cosa, es decir, tener un valor diferencial, inscribirse en una escala de posibles variaciones y en fin, no terminarse en una significación que la volvería idéntica a sí misma, ella está tomada aquí en un valor de identidad no diferencial, exactamente como en el síndrome de ilusión de Frégoli. Esto lleva a decir de nuevo, que ella da cuenta de otro registro, y no del de la imagen.
Hemos recordado que Lacan da de la imagen del cuerpo, tal como ella se constituye en la dialéctica especular, en relación a la del semejante, una fórmula que escribe: i(a). Esta fórmula indica que la imagen i se produce de la puesta entre paréntesis de algo, anotado a, que es sustraído de su campo, y que el psicoanálisis aisló bajo el concepto de objeto. La “belleza” de la imagen, principalmente de la imagen del cuerpo, su poder intrínsecamente cautivante, al mismo tiempo que su variabilidad y su diferenciación en los límites de una forma, lo obtiene de ese objeto al cual se refiere, pero porque representa así la ausencia.
Provistos de esta escritura lógica mínima, i(a), volvamos a la comparación del síndrome de Frégoli y del transexualismo.
Observamos en estos un reparto homólogo entre el nombre y la imagen, sus funciones respectivas se encuentran retocadas por el efecto que hemos designado como una x identificada por el sujeto, causa del desmoronamiento de la imagen. El nombre propio es proyectado en los dos casos al nivel de un nombre, que es al mismo tiempo común y único. En el síndrome de Frégoli, como hemos visto, es el nombre del perseguidor, identificado a través de las imágenes de los otros con los que el sujeto se encuentra y también a través de las manifestaciones xenopáticas de su propio cuerpo20. En cambio en el transexualismo, es el nombre “la mujer” el que viene a designar una identidad ante la cual la del nombre propio se borra y no se sostiene más, puesto que ella debe ser modificada en el sentido comandado por ese: “la mujer”.
Lo que nombra el nombre –único– que comanda la función del nombre propio en los dos síndromes y la vuelve inoperante, tiene por propiedad volver al sujeto en forma de una identidad real y unívoca, la de una significación impuesta. Esta x designa lo que está anotado a en la fórmula de la imagen i(a), es decir el objeto, en tanto que este objeto, siempre el mismo, no es, en principio en la neurosis, identificado jamás por el sujeto, como lo señaláramos más arriba. Aquí este está identificado en los dos casos y constituye el pivote de una sistematización articulada del delirio.
Destaquemos sin embargo, a modo de diferencia que en el síndrome de Frégoli el sujeto concluye modificaciones de su cuerpo sólo a nombre del objeto que las causa, mientras que en el transexualismo, las cosas son en parte invertidas desde ese punto de vista: el sujeto concluye sólo a nombre del objeto que él identifica (la mujer) y con el cual él está identificado (como goce de envoltorio) a las modificaciones de su cuerpo, que él llama, en el sentido de una identificación a este objeto.
En los dos casos el nombre propio se reduce a un nombre común y ese nombre común, al objeto, el nombre revelando en sus equivalencias el carácter en este caso inoperante de la función simbólica que se supone debe inscribirse y representar. Él está adjunto al real que él nombra, es decir, que este identifica –puesto que es aparente, según las palabras de esos pacientes, que “Robine” en Frégoli o “la mujer” en el transexualismo, identifican alguna cosa.
De esta manera, la demanda del transexual de ser “nombrado mujer” encuentra en esta nominación el último término de su significación, en una tentativa de realización del sujeto. Esta realización debe entenderse literalmente, como una conjunción acabada del objeto: modalidad pura de la identidad, ya hemos tenido ocasión de destacarlo, que causa regularmente la desaparición del sujeto, en el sentido de su muerte subjetiva –en la medida misma en que la identificación del objeto ocupa, a partir de ahí, todo el campo.
Este retoque de la función del nombre, en el síndrome de Frégoli como en el transexualismo, pone entonces en primer plano una invalidación del registro del nombre propio. En el Frégoli, la imagen ya no le es articulada, puesto que ella ya no es nombrada aunque tome cualquier forma, sino con un único nombre, referido directamente al objeto. Y en el transexualismo, el nombre propio está igualmente expulsado fuera del campo, no representando ya al sujeto. No es poco común que este intente reparar esta carencia viniendo a poner el enigma que lo atormenta en manos de los tribunales, es decir, de la potencia nominadora, confundida aquí con la ley real, la que expresa el juez. El sujeto transexual identifica de una manera que quisiera perfecta y completa, el nombre de un objeto, donde quisiera encontrar una identidad estable, en otras palabras, sanar de la sexuación: este objeto es el que llama la mujer. Y si a menudo su demanda toma la forma de una reivindicación, lo que él espera de la ley es que ella simplemente tome acto de lo que implica, según él, este objeto –en tanto que este comanda el nombre.
En ambos casos y de manera más inmediatamente sensible en el transexualismo, es el nombre en tanto nombre propio que es recusado, es decir, que pierde su función de nominación. Ahora bien, el nombre propio, en cuanto este es sin significación, es lo que permite precisamente a un sujeto estar representado en el orden del lenguaje, siendo primero identificado a un lugar vacío, pero nombrado, a saber, comprometido en la operación y el intercambio de la palabra. Este lugar vacío, ese simple rasgo nominal recibido de sus padres donde un niño viene a ser representado primero, es la metáfora inicial que hace posible a las que seguirán –la palabra del sujeto.
El transexualismo, así como el síndrome de ilusión de Frégoli, ilustran de manera muy precisa los efectos resultantes en la psicosis, del fracaso de esta primera metáfora del sujeto, que simboliza el nombre propio. Este es comandado en los dos casos por un único nombre que identifica el objeto, objeto que deviene de vuelta pivote o principio de la nominación: único nombre subsistente, identidad –imperativo y persecutorio.
Respecto a la imagen, en fin, ella es puesta en evidencia, de manera prevalente en los dos casos, como forma persecutoria en el síndrome de Frégoli, y como ideal de “completitud” en el transexualismo. De todas maneras estas dos modalidades son bastante próximas, en primer lugar porque ambas están asidas como modalidades de lo Uno y, segundo, porque es habitual en la clínica ver invertirse los valores de lo ideal y de lo persecutorio.
Constatamos de la misma forma cómo la imagen con la cual tenemos que vérnosla en uno y en otro caso, está desligada de su consistencia y de su identidad de forma para ser referida a las determinaciones que son las del objeto, según una serie que va de la conjunción unificadora con el Uno (el perseguidor en el síndrome de Frégoli, “la mujer” en el transexualismo) a la disyunción de este Uno, en un desmembramiento del cuerpo donde las palabras de esos pacientes nos permiten seguir las líneas de la división21 según modalidades del espacio ciertamente muy diferentes a las que estamos acostumbrados a desplazarnos.
Dicho en otras palabras, si hay en verdad una prevalencia de la imagen, es según modalidades donde esta no es identificable con una forma determinada por la puesta entre paréntesis del objeto, es decir i(a). Se trata más bien de una estructura en la cual el nombre, habiendo fracasado en venir a colocarse en el primer lugar de representación del sujeto –que es propiamente la operación metafórica que coloca aquí los paréntesis, permitiendo a la imagen constituirse también como representación distinta del objeto–, la imagen va a ser de alguna manera volteada sobre su vertiente del objeto: ya sea conjunta a él, lo que se observa principalmente en los momentos de sistematización delirante, ya sea separada de él, en el desmembramiento
Bajo una u otra de estas dos modalidades, conjunción o disyunción, el objeto comanda, en lo que nos presentan esos dos síndromes, todas las determinaciones de la imagen. Esto nos conduce a hacer la hipótesis que en ambos casos habría una posible equivalencia de la imagen y del objeto, así como de su intervención recíproca: i (flecha para ambos lados) a. (Habría que dibujarlo, no escribirlo). Agreguemos que en el transexualismo, es a título de lo que hay de imposible en juntar i y a, a la vez que conjuntivo y disyuntivo, que puede escucharse la demanda de ablación del pene. En efecto este, como puro objeto real, pero esta vez bajo el modo de la presencia intolerable, persecutoria y de desecho en la imagen, es que los transexuales solicitan se les libere de él.
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