Czytaj książkę: «Un mal comienzo»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Stella Bagwell
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un mal comienzo, n.º 1506 - septiembre 2020
Título original: Millionaire on Her Doorstep
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin
Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-902-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
NO IRÁS a usar eso conmigo!
Horrorizado, Adam miró a su tía Justine como si estuviese seguro de que se había vuelto loca. Aunque ella llevaba años trabajando de enfermera diplomada en la clínica médica de Ruidoso, y era conocida por su dedicación y su delicado trato a los pacientes, Adam pensaba en ese momento que podría haber sido la encarnación de la ayudante del doctor Frankenstein.
Justine apretó el gatillo de la sierra eléctrica que tenía en la mano y la hoja comenzó a vibrar con un fuerte zumbido.
–Ya sé que parece que se la he robado a un carpintero, pero, créeme, si quieres que te quite esa escayola antes de la hora de comer, tendrás que confiar en mí. De lo contrario, habrá que recurrir a un serrucho.
–¿No hay nada con que ablandarla? ¿Agua? ¿Bourbon? ¿Ácido? –preguntó él con los ojos clavados en la hoja en forma de zigzag.
–Los hombretones como tú sois todos iguales –rio ella–. Os asustáis de una pequeña aguja. Os desmayáis al ver una gota de sangre. Si corriese de cuenta de los hombres tener los niños, la población mundial caería en picado.
Le agarró el pie y apoyó la escayola contra su muslo. Adam se aferró con las manos al borde de la camilla y se preparó para lo que se aproximaba.
–Si corriese de mi cuenta… –se interrumpió de golpe cuando Justine comenzó a cortar el yeso. Una nube blanca se levantó cuando la hoja se hundió en el material que le recubría el pie.
–¿Si qué corriese de tu cuenta? –preguntó su tía mientras dirigía la cuchilla hacia la zona del tobillo.
–La población mundial sería cero –dijo Adam, intentando no pensar que le serraba en dos el hueso recién soldado–. No tengo ninguna intención de tener niños.
Justine hizo un ruido de desaprobación.
–Tu madre te daría unos azotes si te oyera.
–Probablemente sí –asintió Adam–. Pero ya le he dicho que Anna e Ivy le pueden dar nietos. No es necesario que cuente conmigo para continuar con la estirpe de los Murdoch y los Sanders.
Una vez que cortó la escayola de un extremo al otro, Justine dejó la sierra eléctrica y separó las dos mitades con delicadeza. Adam sintió alivio al ver que su tobillo y pie estaban en perfectas condiciones después de semanas de inmovilización.
Ella le frotó el tobillo y el empeine sonriendo.
–¿Tienes algo en contra de los bebés y los niños? –preguntó.
–Lo cierto es que me gustan los niños. Pero no se los puede tener sin esposa y eso sí que no quiero tener. No quiero una mujer que me esté diciendo cuándo me tengo que levantar, cuándo comer, cuándo ir a la cama, cómo gastarme el dinero y pasar el tiempo.
Ella puso los brazos en jarras y se alejó un paso para clavarle una mirada recriminatoria.
–Nunca has tenido una esposa. ¿Qué te hace pensar que todas hacemos eso?
Él dejó escapar un gemido de cansancio. Justine y su madre, Chloe, eran hermanas. Con toda probabilidad, esa conversación se repetiría entre las dos. Realmente tendría que hacer un esfuerzo para elegir sus palabras con mayor sensatez. Pero, ¿por qué se preocupaba? Su madre ya sabía lo que sentía al respecto.
–Oh, oigo lo que dicen mis amigos casados. Y he tenido algunas novias que me han dado más de una pista de lo que sería tener a una mujer constantemente atado a mí –haciendo un gesto de disgusto, se pasó la mano por el pelo castaño y el mechón le volvió a caer sobre la frente–. No quiero decir con ello que crea que el matrimonio es algo malo. Después de todo, a Charlie parece encantarle ser esposo y padre. Y ahora Anna, mi melliza, parece caminar en una nube rosa. Pero estoy convencido de que eso no es para mí.
–Nunca me he entrometido en tu vida, Adam –le dijo Justine, dándose golpecitos en la barbilla con el índice mientras lo observaba detenidamente.
–Así que no arruines tu reputación comenzando a hacerlo ahora –le respondió él.
Justine simuló no reconocer su tono de advertencia.
–Los últimos años has cambiado de mujer como de camisa.
Adam lanzó un resoplido por la nariz.
–Es verdad. Y ninguna me quedaba bien.
–Sé que no lo crees así, Adam –suspiró Justine–, pero hay una mujer especial allí afuera para ti.
–No, tía Justine, en eso estás equivocada. Todas las especiales están ocupadas. De una forma u otra.
Ambos sabían que se refería a la muerte de Susan. Pero ella decidió que no era el momento de sacar a relucir la trágica pérdida de Adam.
–No te enfades conmigo –dijo Justine y le dio unos golpecitos en el hombro–. Es que tu tía vieja está más preocupada por tu salud mental que por el estado de ese pie flacucho.
–Mi salud mental está fenomenal ahora que he vuelto a Nuevo México –dijo Adam, echando una mirada irónica al pie. Y no compares mi pie con el de Charlie. Tu hijo tendría que haber sido jugador de fútbol en vez de Texas Ranger. La profesión habría sido mucho más segura, si quieres mi opinión.
–Muchísimo más –sonrió Justine y luego señaló su tobillo recién soldado–. Pero me da la impresión que trabajar en el petróleo no es tampoco demasiado seguro. No recuerdo haber visto nunca a Charlie con muletas durante seis semanas.
–Tienes toda la razón, tía Justine –dijo Adam, dando una fuerte palmada al vinilo acolchado de la camilla–. No ha sido el petróleo lo que ha causado la rotura de mi tobillo. ¡Me lo hizo una mujer!
Justine arqueó una ceja con divertida ironía.
–¿De veras? Creía que te lo habías hecho trabajando.
–Fue en el trabajo –dijo Adam, dirigiéndole una mirada cansada–. La mujer estaba chiflada…–se interrumpió, sacudiendo la cabeza y Justine se rio–. Vete a buscar al doctor, ¿quieres? Papá me espera dentro de veinte minutos.
–De acuerdo –rio ella suavemente y se dio vuelta para marcharse–. No te molesto más por ahora. Pero uno de estos días quiero oír cómo te rompiste ese tobillo.
Cuando Adam llegó a la oficina de Sanders Gas and Exploration treinta minutos más tarde, pasó junto a la recepcionista y tres secretarias, se dirigió directamente a la oficina de su padre y golpeó con los nudillos en la puerta de roble oscuro.
A través del panel de madera oía voces apagadas. Bien, pensó. El geólogo que su padre había contratado ya había llegado y con un poco de suerte estaba listo para ir a trabajar. Había un montón de proyectos que esperaban que se tomasen decisiones y ahora que se hallaba libre de la molestia de su escayola, estaba que ardía por ponerse manos a la obra.
Un segundo más tarde, la puerta se abrió. Su padre, Wyatt, que seguía teniendo el cabello oscuro y el mismo atractivo de siempre a los cincuenta y cinco años, lo agarró del hombro y lo hizo entrar a la amplia oficina.
–¡Adam! Entra. Me preguntaba si llegarías a tiempo –exclamó afectuosamente–. Ya veo que te han quitado la maldita escayola. ¿Qué tal sientes el tobillo?
Adam miró hacia su izquierda, donde una mesa y varios sillones de cuero se agrupaban cerca de una pared de cristal. La puntera reforzada de una bota de trabajo y parte de una pierna enfundada en vaqueros se asomaban por detrás de una silla, pero el alto respaldo le impedía tener una visión clara de la persona sentada frente al escritorio de Wyatt.
–En este momento lo tengo tan rígido e hinchado como el extremo de un bate de béisbol –respondió Adam, volviendo su atención a su padre–. Tuve que cortar la bota para poder meter el pie dentro. Pero el doctor dice que está curado y que pronto se pondrá bien. Espero que sepa lo que dice.
–Ya podrás correr una carrera en un par de semanas –le dijo su padre, dándole una cariñosa palmada en la espalda–. Y las botas son menos valiosas que tu cuello.
Adam lanzó una ahogada carcajada sin alegría mientras su padre lo llevaba hacia el escritorio rodeado de sillas.
–Ven –le dijo–, quiero que conozcas a nuestro nuevo geólogo. Estoy seguro de que los dos podréis hacer maravillas juntos.
La silla se giró lentamente hacia ellos y Adam instantáneamente se detuvo.
–¡Usted!
La mujer se puso de pie. Estaba igual que la recordaba. Alta, de piernas largas y curvas rellenas y sensuales. Tenía el largo y castaño pelo espeso y desteñido por el sol. En ese momento lo llevaba trenzado.
–¿Os conocéis? –preguntó Wyatt. Con el ceño fruncido, su mirada se dirigió de su hijo a la mujer que acababa de contratar para la compañía.
–¿Es este su hijo? –le preguntó ella a Wyatt con su ronca voz.
Adam la recorrió con la mirada desde la gruesa trenza que le caía sobre un pecho hasta la expresión de incredulidad de su rostro.
–¡Como si no lo supiese! –dijo con sorna.
Ella lo ignoró y dirigió su mirada castaña a Wyatt.
–Pensé que su nombre era Sanders.
–Sí, lo es.
Ella miró a Adam y luego sintió como si le hubiesen dado un puntapié en medio del vientre.
–En Sudamérica me lo presentaron como Adam Murdoch –dijo ella, con la voz teñida de confusión.
–Soy Adam Murdock –rugió él–. Adam Murdock Sanders. No intente convencerme de que no lo sabía.
–¡Adam! –exclamó Wyatt– ¿Qué te sucede? La señorita York no te ha hecho ningún daño.
–¡Claro que sí! ¡Casi me mató! ¡Por su culpa fui a parar al hospital y llevé una escayola seis semanas!
Maureen York echó chispas por los ojos cuando le lanzó una mirada que habría paralizado a un hombre menos fuerte.
–¡Yo no le hice nada! ¡Usted se lo hizo a sí mismo!
–Desde luego. Yo soy quien dio el viraje para esquivar a aquel perro.
–¿Qué quería que hiciera? –preguntó ella indignada– ¿Que lo matara?
–Habría estado mucho mejor que matarme a mí.
Los altos pómulos se ruborizaron.
–Nada habría sucedido si hubiese tenido puesto el cinturón de seguridad. Ya se lo dije en ese momento. Pero no. Tenía que hacerse el macho y…
–Yo no habría…
–¡Epa, epa! –gritó Wyatt por encima de sus voces–. Creo que ha habido algún error aquí y…
–Por supuesto que lo ha habido –interrumpió Adam acaloradamente–. Y el error fue contratarla –hizo un gesto señalando a Maureen.
–Lo siento, señor Sanders –dijo Maureen–. Yo no sabía que este –señaló a Adam con la cabeza– hombre era su hijo. De lo contrario, nos habría ahorrado a los dos tiempo y molestias y le habría dicho que no podía aceptar el puesto en su empresa.
Al ver que la situación se estaba yendo de madre, Wyatt sacudió la cabeza.
–Por favor, tome asiento, Maureen, mientras cruzo unas palabras con Adam. Solo me llevará unos momentos, se lo prometo.
Agarró a Adam del brazo y se lo llevó por el corredor hasta un almacén.
–¿Se puede saber qué diablos te pasa? –le espetó en cuanto cerraron la puerta– ¡Nunca en mi vida te había visto actuar de forma tan ruda y grosera! La señorita York es un excelente geólogo. De los mejores. Tenemos suerte de tenerla con nosotros. Si se queda. Gracias a ti.
Adam respetaba a su padre profundamente y lo amaba todavía más. Desde que era pequeño quería crecer y ser exactamente como él. Quería ser un petrolero de los mejores. Quería que lo conocieran en el ramo de la misma forma que conocían a su padre. Pero había veces en que chocaba con su padre, y aquella era una de ellas.
–Papá, Maureen York es la mujer que conducía cuando salíamos del campamento en Sudamérica. Ella es la mujer que me accidentó. ¿Necesito decir más?
Wyatt hizo un gesto de exasperación con los ojos.
–Adam, sabes que la mujer no chocó con el Jeep a propósito para hacerte daño. ¡Y yo no tenía ni idea que la Maureen que mencionaste en el hospital era esta! Sólo dijiste que ella te ofreció llevarte un día hasta el campamento. No sabía que fuese geólogo ni que trabajase para una compañía petrolera. Pensé que era una novia que te habías echado por allá.
–Mira, papá, aunque ella no lo hubiese hecho intencionalmente, tiene un montón de otros problemas –al ver la impaciencia en el rostro de su padre, lanzó un profundo suspiro–. No creo que pueda trabajar con ella ni dos días, ni siquiera dos horas.
Wyatt se cruzó de brazos y le lanzó una seria mirada.
–Pues bien, dime el tipo de problemas que tiene.
–Es imprudente. Siempre cree tener la razón. Obcecada. Irrespetuosa.
–Es decir que es muy parecida a ti.
–Papá, ya sabes lo que quiero decir. Es… bueno, es una mujer en un mundo de hombres. No encaja.
–Es más que todos los hombres que he entrevistado. Será una buena baza para la empresa.
–Si me encuentras a alguien más con quien trabajar, puedes reducir mi salario a la mitad.
Wyatt arqueó las cejas.
–¡Lo dices en serio!
–Completamente –le respondió Adam.
Wyatt le escrutó el rostro largo rato. Ya conocía esa expresión en el rostro de su hijo. Obcecado, desafiante, incluso un poco temerario. Y sintió que el tiempo volvía atrás treinta años y se estaba mirando al espejo.
–Pues yo también hablo en serio –le dijo a su hijo–. Veo que permites que tus emociones personales interfieran con el verdadero propósito aquí. Sacar petróleo y gas, y hacérselo llegar al consumidor.
Inclinando la cabeza, Adam metió las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros y se miró las puntas de las botas. ¡Las botas que había tenido que cortar! Intentó no pensar en ello en ese momento. Probablemente también podía perdonar que Maureen lo hiciese salir disparado del Jeep sin capota. Pero, ¿podría estar cerca de ella un día sí y otro también? Esa mujer lo alteraba de formas que no quería pensar.
–No tengo sentimientos personales hacia Maureen York –dijo abruptamente.
–No dabas esa impresión hace unos momentos cuando casi le arrancas la cabeza a mordiscos –señaló Wyatt–. Vosotros… ¿pasó algo entre vosotros en Sudamérica?
Adam pareció ofendido por el comentario de su padre.
–¡Papá, la señorita York debe tener cerca de treinta años!
La expresión de Wyatt se tornó irónica.
–¿Desde cuando te han detenido unos años de diferencia?
Adam tuvo la elegancia de ruborizarse.
–Bueno, quizás ella no sea mayor que yo. Pero te puedo decir con certeza que no es mi tipo en absoluto.
–Fenomenal –dijo Wyatt y le dio una palmada de aliento en el hombro–. Entonces no será un problema para ti volver a mi oficina y asegurarle que te causará mucha ilusión trabajar con ella.
–Haré lo posible por mentir.
–Créeme, Adam –rio Wyatt–, dentro de unos meses me agradecerás que la haya contratado.
Maureen ya casi había decidido no esperar más cuando la puerta de la oficina se abrió y Adam Murdock Sanders entró en la habitación. Ella inmediatamente se puso de pie y entrelazó las manos tras la espalda.
–¿Dónde está el señor Sanders? –preguntó sin preámbulos.
–Yo soy el señor Sanders con quien trabajará. Mi padre se ha ido a casa a nuestro rancho.
Maureen se humedeció los labios e hizo un esfuerzo por permanecer calmada. Nunca había sido una persona que se dejase llevar por los sentimientos. Ese era uno de los motivos por los que tenía éxito a pesar de su sexo. Pero ese joven tenía algo que la hacía alterarse como nunca.
–Mire señor San… señor Murdock Sanders –se corrigió intencionadamente–, creo que usted y yo sabemos que nunca podremos trabajar juntos.
Adam estaba totalmente de acuerdo. Pero según su padre había dicho hacía unos minutos, en esta ocasión tendría que dejar sus sentimientos de lado. Esa mujer con aspecto sensual era una científica muy inteligente. Había estado con ella menos de un día, pero ese poco tiempo había sido lo suficiente para llegar a la conclusión de que ella conocía su profesión.
Se dirigió hacia el escritorio y apoyó la cadera en él.
–Estoy dispuesto a probar.
–¿Porque su padre se lo ha impuesto?
Adam intentó no irritarse ante la pregunta.
–Wyatt no me fuerza a hacer nada. No es ese tipo de padre. Y yo no soy ese tipo de hijo.
Bastaba mirarlo para darse cuenta de que no era un hombre al que se pudiera mangonear. A pesar de ser joven, ya tenía una enorme presencia. Y no era solo su aspecto físico, aunque el cielo sabía cómo la visión de sus anchos hombros y delgado cuerpo la sacudían hasta el tuétano.
–Sí. Lo creo. No me lo imagino cediendo ante nadie.
Adam la miró para descubrir a qué se refería, pero al recorrerle con la vista los altos pómulos, la dorada piel, los ojos color chocolate y los labios maquillados color cereza, se olvidó para qué la miraba. El contraste de esos labios contra el resto de su cara era lo más erótico que Adam recordaba haber visto en una mujer.
–Mire, señorita York, me doy cuenta de que no nos conocemos demasiado y…
–Cuatro horas como máximo –lo interrumpió ella.
Adam asintió y se dirigió a una mesita donde había una cafetera con tazas. Sentía que se ahogaba.
–¿Café? –ofreció.
–Gracias, solo, por favor.
Él sirvió dos tazas y le llevó una. Aunque su intención era dársela y alejarse inmediatamente, pero como había descubierto en el poco tiempo que habían compartido, cuando se acercaba a ella no era dueño de sus actos. Se quedó a un paso de ella y volvió a mirarle los rojos labios.
–Me doy cuenta de que no quería matarme. Solo lo pareció.
–Créame, señor Sanders, si hubiera intentado matarlo, habría encontrado una forma más fácil y sencilla que hacer que saliese disparado de un Jeep.
Tomó un trago del café, hizo un gesto de disgusto ante el amargo sabor y luego lo miró. Tenía facciones fuertes y huesudas, la piel morena por el sol y los ojos verdes como esmeraldas húmedas. Su pelo era del color de la caoba brillante y le caía sobre la frente en una onda. Si tuviera que describir su aspecto con una sola palabra, diría que tenía un atractivo sexual.
–¿Cree en realidad que podremos trabajar juntos? –le preguntó.
Adam no podía imaginarse haciendo ningún tipo de trabajo junto a esa mujer, pero se cuidó bien de decirlo. Sanders Gas and Exploration necesitaba un buen geólogo desesperadamente. Si iba a ser Maureen York, entonces tendría que hacer un esfuerzo y concentrarse en ser profesional.
–Si usted puede olvidar la primera vez que nos vimos, yo también puedo –dijo.
Ella olía a lilas y antes de poder controlarse, un montón de preguntas lo asaltaron.
–Muy generoso de su parte –respondió ella.
Adam dejó escapar el aire que estaba conteniendo. Si la memoria no le fallaba, lo único que ella le había dicho era que estaba divorciada y que llevaba diez años trabajando de geólogo. Aparte de eso, no tenía ni idea de dónde provenía o de cómo su padre la había logrado seleccionar de una larga lista de potenciales candidatos para el puesto.
Maureen tomó otro trago de café.
–Yo, ejem… , al día siguiente del accidente me dirigía al hospital a ver cómo se encontraba cuando una llamada urgente me obligó a tomar un avión de vuelta a los Estados Unidos. Llamé al hospital más tarde y una enfermera me aseguró que estaba bien. Me alegré de ello.
Adam se había convencido de que no le importaba si Maureen York tenía la cortesía de ir al hospital a ver si se había muerto o no. Pero ahora, sentía que tenía quince años en vez de veinticinco. Su explicación lo hacía sentir ridículamente bien.
–Solo tuve la molestia de una escayola –dijo, forzándose a separarse de ella.
Tomó su taza y se acercó a la pared de cristal. Las montañas cubiertas de coníferas se extendían ante sus ojos hacia el sur. Hizo el esfuerzo de mantener su atención fija en su belleza en vez de la de Maureen York.
–¿Qué la ha traído a Sanders Gas and Exploration? –le preguntó–. Hace seis semanas tenía un trabajo con una buena empresa.
Maureen se preguntaba lo mismo. Se hallaba satisfecha con sus anteriores jefes. Sus oficinas centrales se hallaban en Houston, el centro de la industria petrolera. Le pagaban un salario excelente y la gente con quien trabajaba era de lo más agradable. Pero se había sentido ahogada en la ciudad. Y aunque no le gustase reconocerlo, se había enfrentado al hecho de que su vida se había estancado. Quería y necesitaba un cambio. Sin embargo, si hubiese sospechado que ese hombre era parte de Sanders Exploration, nunca habría aceptado el trabajo.
–Por empezar, quería salir de Houston. No me disgustaba la ciudad, pero estaba cansada de vivir en un apartamento y llevar esa vida agitada. Quiero una casa con jardín y árboles.
No pudo evitar mirarla por encima del hombro.
–Parece que quiere establecerse, más que avanzar en el trabajo.
Ella cuadró los hombros y dio la vuelta al escritorio para colocarse a su lado frente a la ventana.
–Supongo que se puede decir que me gustaría bajar el ritmo, pero no de la forma que usted supone.
Los verdes ojos se cruzaron con los castaños.
–No sabía que hubiera otra forma para… una mujer.
¿Por qué permitía que la irritara? Era tonto, considerando que había tenido que lidiar con hombres mucho peores.
–Quizás le interese saber que no todas las mujeres estamos desesperadas por casarnos. Podemos llevar nuestra vida sin un hombre.
–¿Ah, sí? Mi madre cree que una mujer tiene que encontrar a un hombre y un hombre a una mujer antes de que puedan ser totalmente felices.
–Su madre ha de ser una romántica redomada –murmuró. Luego se dio la vuelta y concentró su atención en las montañas que se extendían varios kilómetros de distancia.
Y Maureen York no era una romántica. No lo había dicho, pero Adam lo había leído en su rostro antes de que ella se diese vuelta. Era un alivio saber que ella no buscaba romance. Ello haría que trabajar juntos resultase mucho más fácil.
–Este trabajo hará que tenga que viajar a un montón de sitios, particularmente aquí, en Nuevo México. No es probable que tenga demasiado tiempo para disfrutar de su casa con jardín.
–No quiere que acepte el trabajo, ¿verdad? –le preguntó ella, mirándolo por el rabillo del ojo.
Él se forzó a mantener la mirada fija en los hermosos bosques donde se podían ver ardillas y pájaros alimentarse a todas horas del día.
–Yo no soy quien toma la decisión final. Mi padre es quien tiene ese derecho –le dijo.
–Eso no es lo que yo he dicho –señaló ella.
–Creo que ha venido aquí buscando algo que no podía encontrar en Houston. No creo que lo encuentre aquí tampoco.
¿Cómo podía saber lo que ella buscaba? Maureen acabó el amargo café y tiró el vasito a una papelera.
–¿Es usted una autoridad en geólogos, o mujeres, o ambos?
–No me considero una autoridad en nada –respondió él.
Ella sonrió, pero la expresión no le alcanzó los ojos.
–Entonces no intente comprenderme. Muchos hombres lo han intentado y fallado.
–Mire, señorita York, no intento analizarla. Solo quiero asegurarme de que usted está aquí para trabajar. Puede que esta no sea la gran empresa para la que usted trabajaba en Houston, pero tenemos muchos pozos petrolíferos. Si usted ha venido aquí pensando que sería fácil, será mejor que se vuelva a Texas.
Ella se acercó hasta estar solo a un paso, se cruzó de brazos y levantó la vista hacia él.
–¿Qué edad tiene, señor Sanders?
Él frunció el ceño como si no pudiera creer lo que le preguntaba.
–Veinticinco. Pero no creo que mi edad tenga nada que ver con esta conversación.
–Ajá. Bien, me sorprende que haya logrado aprender tanto en un período tan corto de tiempo. A la mayoría de los hombres les lleva muchos años más de los que usted tiene.
Adam podía decir sin una gota de pedantería que tenía el don de la palabra, especialmente con el sexo opuesto. Algo que, según le habían dicho, había heredado de su padre de nacimiento, Tomas Murdock, quien había muerto poco tiempo después de que él llegase al mundo. Pero aquella mujer no se parecía a ninguna de las que había conocido hasta ese momento. Quería besarla y estrangularla. Quería hacer que la altiva confianza se borrara de su rostro.
Ella dejó caer los brazos y la mirada de él descendió a la generosa curva de sus senos. Bajo la camisa de algodón color verde menta se podía distinguir el ligero borde de su sujetador de encaje. Intentó no pensar en el aspecto que tendría sin esa prenda.
–Supongo que se puede decir que soy… un alumno adelantado –dijo.
Al notar que sus ojos se detenían más abajo de su rostro, Maureen cruzó nuevamente los brazos sobre el busto y le lanzó una mirada relampagueante.
–Se lo digo ahora mismo. El único motivo por el que me quedaré con Sanders Exploration es su padre. Es un hombre respetado en el medio y ahora que lo he conocido, me doy cuenta del motivo. Me siento honrada de poder trabajar para él. Y he decidido que resultaría tonto desaprovechar esta oportunidad por el orgulloso y sabelotodo de su hijo.
–¿Significa esto que trabajaremos juntos, entonces? –preguntó él con una sonrisa maliciosa.
–En contra de toda sensatez.
También era en contra de lo que Adam consideraba sensato, pero no era un hombre que se arredrara ante un desafío.
–Mi padre se alegrará de oírlo.
Ella sonrió también, y el movimiento de sus labios tuvo suficiente poder para hacer que a Adam se le encogiesen los dedos de los pies.
–No se moleste en decir que usted también se alegra –dijo ella.
Como si considerase su conversación acabada, ella se dirigió a la silla en la que se había sentado antes y agarró un bolso de cuero. Se colgó la correa del hombro y se encaminó a la puerta. La mirada de Adam siguió el elegante movimiento de sus caderas.
–¿Necesita ayuda para encontrar un sitio por aquí? –se le ocurrió preguntar a él.
Ella miró su reloj y luego abrió la puerta.
–Dentro de treinta minutos tengo una cita con un agente inmobiliario.
–¡Un agente inmobiliario! ¿Quiere decir que piensa comprar más que alquilar?
–Tengo intención de plantar raíces –sonrió ella nuevamente.
–¿Sin período de prueba?
–En cuanto vi esta zona, me enamoré de ella. Acabo de decidir que lo que tenga que soportar en el trabajo será un pequeño precio a pagar para establecer mi hogar aquí.
Mi hogar. Le había dicho a Adam que no buscaba un hogar en el sentido tradicional de la palabra. Entonces, ¿qué era lo que estaba buscando? ¿Y por qué se la imaginaba todo el tiempo como madre y esposa? Era una científica. Una mujer que había estudiado rocas, estratos, períodos geológicos y cartas sismográficas.
–Entonces, espero que no se desilusione, señorita York.
–Lo único que me desilusionará es que me siga llamando señorita York. Mi nombre es Maureen –dijo ella con una sonrisa irónica y luego salió.
Adam se pasó la mano por el pelo y lanzó un ronco gemido. Esa mujer era un trozo de dinamita ambulante. Solo mirarla era peligroso. ¿Trabajar con ella? Ya podía ver la explosión aproximándose.
Capítulo 2
EL CIELO estaba lleno de estrellas y la cálida brisa olía a pino y a salvia. El dulce perfume de las petunias que florecían cerca se mezclaba con el olor más penetrante del desierto. Era una noche agradable para comer fuera y por primera vez en mucho tiempo sus padres habían hecho un hueco en sus ocupadas vidas para reunirse con Adam en su restaurante favorito. Frente a él, Chloe terminaba su mousse de chocolate mientras él y su padre tomaban café.
–Ya sé que estás listo para irte, querido, pero dame un segundo para que me termine esta delicia. Es raro para mí comer un postre que no haya hecho yo misma.
–Ya lo sé –lanzó Wyatt una breve carcajada y le dio a su mujer unas palmaditas en la mano–, eres una esclava. Uno de estos días te quitaré las cadenas.
Una leve sonrisa iluminó la cara de Adam mientras observaba las bromas de sus padres. Después de veintitantos años casados, seguían tan enamorados como siempre. La solidez de su familia siempre le había dado una gran seguridad. A veces incluso lo hacía sentirse un poco triste porque sentía que él nunca sentiría la bendición de una relación como la de ellos.
Chloe dejó la cuchara y se limpió los labios con la servilleta.
–De acuerdo, pide la cuenta al camarero y nos vamos –le dijo a su marido–. De todas formas tengo que volver a casa para ver a la yegua. Si no da a luz esta noche, lo hará mañana.
Wyatt sacó la cartera y comenzó a contar los billetes. Frente a él, Adam negó con la cabeza.
–Olvídate de la cuenta –les dijo a los dos–. Yo invito.
–Adam, esto es una celebración porque te han quitado la escayola –dijo Chloe–. Tu padre y yo queríamos invitarte.
–Contar con vuestra compañía es suficiente celebración para mí.
Wyatt guardó la billetera y retiró la silla mientras se daba unas palmaditas en la inexistente barriga.
–Bien, tengo que reconocer que hoy ha sido un buen día. Mi hijo ha recuperado el uso de su pie, la empresa acaba de contratar al mejor geólogo en el negocio del petróleo y para terminar, me invitan a comer.
–Y si Miss Mighty Dash me da el potrillo pinto que quiero, será el día perfecto –añadió Chloe mientras agarraba su bolso.
–Por cierto –le dijo Wyatt a Adam–, ¿sabes si la señorita York tiene alojamiento?
–Dijo algo sobre una reunión con una inmobiliaria esta tarde –dijo Adam–. Supongo que por ahora se alojará en un motel.
Wyatt se frotó la barbilla pensativamente.
–Tendríamos que invitarla a quedarse en el rancho hasta que encuentre algo más permanente y le lleguen las cosas de su mudanza desde Houston, ¿no te parece? –dijo, mirando interrogante a su esposa.
–Ya hemos tenido a otros empleados de la empresa antes –sonrió su aprobación Chloe–. Me encantará recibir a la señorita York también.
Adam se los quedó mirando consternado. Normalmente le daba igual quién se quedaba en el Bar M. El rancho era de sus padres y él tenía su propia casa. Pero el mes anterior se había mudado temporalmente a casa de sus padres mientras un par de carpinteros le renovaban el interior de la casa. ¡Si Maureen se instalaba en el Bar M, eso significaba que él tendría que vivir con ella también!
–¡No lo diréis en serio! ¡No es necesario que la invitéis al Bar M! ¡De ninguna manera! ¡Mirad, puede que tenga que trabajar con ella, pero eso no significa que tenga que estar con ella las veinticuatro horas del día!
–Pero, Adam –regañó Chloe, sorprendida ante la súbita explosión de Adam–, la señorita York no será necesariamente tu invitada. Será la invitada de tu padre y mía. ¿A qué se debe esa pataleta? No va contigo que seas tan infantil y egoísta.
El sentimiento que Maureen York despertaba en él no tenía nada de infantil y se alegró de que estuviese bajando el sol. De lo contrario, sus padres habrían visto el rubor que se extendía por su cara.
–Mamá, no soy infantil. Esa mujer… bueno, el caso es que ella y yo no nos llevamos demasiado bien. Créeme, no querrás tener esa fricción en la casa.
Ella lo observó pensativa un rato y justo cuando Adam estaba seguro de que lo acusaría de comportarse como un niño otra vez, lo sorprendió.
–De acuerdo, Adam. Estoy segura de que tu padre coincide conmigo en que no queremos obligarte a estar con esa mujer. Si es así como te sientes, dejaremos que se quede en un motel y la empresa le puede reembolsar el dinero de sus gastos.
–Lo prefiero así –dijo él.
Chloe y Wyatt se pusieron de pie, le agradecieron la comida y le desearon buenas noches. No habían hecho más que alejarse unos pasos cuando Adam se comenzó a sentir como un insecto asqueroso.
–¡Esperad! –los llamó.
Sus padres se detuvieron y lo miraron.
–¿Querías decir algo más de la señorita York? –preguntó Wyatt con una inocencia sospechosa.
–¡Diablos, sí! La invitaré al rancho yo mismo. Pero no os sorprendáis si rechaza mi invitación. Estoy seguro de que esa mujer disfrutaría mucho si pudiese matarme.
Chloe le dirigió una dulce sonrisa.
–¿Sabes, cariño? Estoy segura de que no será la primera mujer que ha querido matarte.
Maureen odiaba los moteles. En los últimos diez años había pasado muchas noches en esos horribles sitios. Algunos habían sido lujosos, otros baratos. Pero daba igual el precio o la cantidad de objetos personales que desperdigase en la habitación, esta siempre parecía estéril. Un sitio para dormir, ducharse y vestirse.
Pensándolo bien, su apartamento en Houston también había sido solo un sitio para colgar la ropa y descansar. ¿Qué le hacía pensar que en Nuevo México sería diferente?
Sentada en medio de la cama de matrimonio, Maureen apuntó con el control remoto al televisor y apretó el botón para apagarlo. Llevaba una hora mirando la titilante pantalla sin tener ni idea de lo que estaban poniendo en la tele. Tenía la mente ocupada con el sitio que había dejado y el sitio al que llegaba. Y el hombre con quien tendría que enfrentarse a la mañana siguiente.
Adam Murdock Sanders. ¿Quién iba a pensar que se encontraría con él nuevamente? Esa mañana, en Sudamérica, se habían conocido por casualidad. Él estaba tomando café en el restaurante con un peón de boca de pozo que trabajaba para la misma compañía que Maureen y este último los había presentado. Mientras tomaban café los tres, Adam había mencionado que su vehículo estaba descompuesto y que necesitaba llegar al pozo antes del mediodía y el otro muchacho le había rogado a Maureen que fuese una buena samaritana y se ofreciera a llevar a Adam. De ahí en adelante todo había ido de mal en peor.
Adam se había negado a llevar cinturón de seguridad, se había quejado de su forma de conducir rápida e imprudente y luego había insinuado que le haría al mundo un gran favor quedándose en casa para educar a sus hijos en lugar de andar por ahí con una banda de petroleros bocasucias.
Él también era un bocasucia y a ella le dieron ganas de volarle la cabeza de un puñetazo, pero no había sido su intención herirlo. El perro se había cruzado en el estrecho camino de ripio y Maureen había virado de golpe instintivamente para esquivarlo. Adam había salido despedido por la puerta abierta y caído al arcén antes de rodar hasta el fondo de una profunda zanja
Al principio le había dado terror haberlo matado, pero la había sorprendido al lograr, con su ayuda, subir hasta el arcén y luego al Jeep. Maureen lo había llevado hasta el hospital más cercano a más de cincuenta millas y luego esperado hasta que una enfermera le había dicho que él se hallaba bien y que un doctor ya le había escayolado el tobillo roto.
Maureen había solicitado verlo, pero la enfermera le había informado que estaba sedado y que dormiría varias horas. No había tenido más remedio que irse. Al día siguiente se dirigía en su coche al hospital a verlo cuando había recibido una llamada de su jefe ordenándole que volviese a Houston inmediatamente.
Al volver a Texas, había dado parte del accidente a su compañía aseguradora para que se hiciese cargo de las cuentas del hospital y trató de olvidarse del asunto. Pero no le había resultado fácil olvidarse del joven. Desde entonces, había pensado en él todos los días. Quizás ese fuese uno de los motivos por los que se sorprendió tanto esa mañana cuando se lo encontró en la oficina de Wyatt Sanders.
Dando un profundo suspiro, agarró las llaves de la mesilla y salió. Sin pensar en lo tarde que era, se subió a su camioneta y se dirigió a la autopista. Durante varios minutos se dirigió hacia el Oeste, subiendo las montañas, hasta que finalmente se detuvo en un camino de ripio.
El cartel de la inmobiliaria rezaba: «Vendida». Maureen se había comprometido solo de palabra a comprar la casa, pero ahora se preguntaba si no habría sido un poco precipitada. O, incluso peor, si no se estaría volviendo loca.
¡Un poco precipitada! ¿A quién quería engañar? Una persona normal no iba y compraba la primera casa que veía. En cuanto a lo de volverse loca, tenía que estar totalmente chiflada para pensar que alguna vez podría llegar a tener un verdadero hogar en el sur de Nuevo México o en cualquier otro sitio. Cuando su marido la había abandonado, sintió que sus sueños y esperanzas se esfumaban. Desde entonces, ella había llegado a la conclusión de que era tonto de su parte hacer planes para tener un verdadero hogar con una familia.
El sendero de grava hizo una curva antes de que la casa apareciera. La estructura en dos niveles había sido construida en un saliente de la montaña. Apenas si se podía hablar de jardín, a menos que se contase las rocas y las plantas de salvia que se aferraban tenazmente al suelo que descendía hacia el camino.
Maureen aparcó la camioneta y se bajó. Aquello no era Houston en absoluto. De ahora en adelante tendría que recordar que estaba a siete mil pies o más por encima del nivel del mar y necesitaba llevar chaqueta consigo cuando bajase el sol. En comparación con la húmeda y ruidosa ciudad, el silencio allí en la cima de la montaña era casi atronador. No había más sonido que el del viento susurrando en las ramas de pino y sacudiendo los álamos temblones.
Maureen sonrió al pensar que ninguna de sus amigas de Houston habría comprado un sitio tan aislado. Pero ella no tenía miedo.
Hacía casi diez años que estaba sola. Se enfrentaba al mundo sin su esposo ni su hija. Ya no había nada que le pudiese hacer más daño que cuando ambos habían desaparecido de su vida.
Maureen caminó alrededor de la casa y miró las fuertes paredes y ventanas de graciosos arcos. Era una estructura muy bonita, pero no había sido la casa lo que la había atraído cuando vio el sitio por primera vez, ni tampoco la hermosa zona de bosque circundante. Con o sin trabajo, con o sin familia, había sentido el presentimiento muy fuerte de que había encontrado su lugar en el mundo. Y a pesar de Adam Sanders, allí era donde se quedaría.
A la mañana siguiente Maureen ya se hallaba trabajando cuando Adam llegó a Sanders Gas and Exploration. La encontró en el pequeño laboratorio tras su oficina. Ella se hallaba de pie ante un mostrador y tenía las mangas de su camisa rayada enrolladas por encima del codo. Llevaba gafas de montura dorada. Nuevamente, el cabello trenzado le colgaba por la espalda a la cinturilla de los vaqueros. Se preguntó qué longitud tendría su pelo si se lo soltase.
Al oír sus pasos, Maureen levantó la vista de la gráfica que miraba y lo miró.
–Buen día –dijo con entusiasmo.
Alentado por su saludo, se acercó a ella. Si ella podía ser cívica y educada, también lo podía ser él.
–Buenos días –respondió y se inclinó sobre los gráficos–. Ya veo que ha encontrado algo con lo que comenzar a trabajar.
–Estas son las primeras pruebas de varias secciones de tierra en Oklahoma del este –golpeó unos papeles con el índice y luego agarró otra pila que había cerca–. Estas son de una zona al norte de Nuevo México. Apostaría que ambas producirán gas, aunque aún no sé qué cantidad.
–¿Apostaría? –curvó un extremo de sus labios irónicamente–. No está aquí para hacer apuestas, señorita York. Ha venido a mostrarnos evidencias científicas.
Maureen echó una mirada al pequeño reloj de pulsera.
–Llevo cuarenta y cinco minutos trabajando. ¿Con qué rapidez pretende que consiga las pruebas científicas? ¿En una hora? ¿O va a ser considerado y darme plazo hasta que acabe el día?
–No soy un hombre paciente –sonrió él, malicioso–. Me gusta que todo esté para ayer. Pero ya que este es su primer día en Sanders, seré generoso.
Maureen lo miró con detenimiento y se dio cuenta de que él bromeaba, lo que la sorprendió. La única forma en que lo había visto siempre era serio y concentrado. Había supuesto que la actitud mordaz del día anterior era su forma de ser habitual y no estaba segura de que aquel Adam cálido y amistoso fuese más fácil de tratar que el irritante hombre con quien se había enfrentado en la oficina de Wyatt.
Se quitó las gafas y las apoyó con suavidad sobre las gráficas.
–Su padre me ha dicho que esta semana se van a hacer varios pozos de prospección en Oklahoma. Quiere que lea esos informes antes de que volemos allá a echar una mirada.
El plural solo podía significar Adam y Maureen. Adam no sabía cómo resolvería la cuestión de viajar con ella. Pero tenía que hacerlo. Una gran parte de su trabajo consistía en ir de un posible pozo a otro. Con un poco de suerte, la potente forma en que reaccionaba su cuerpo en cuanto la veía se calmaría con el tiempo. Quizás al día siguiente o al otro sería capaz de mirarla sin preguntarse cómo sería tenerla entre sus brazos.
–Será un terreno quebrado y montañoso. ¿Ha estado alguna vez allí?
Ella negó con la cabeza y se alejó de él.
–He estado trabajando en el extranjero y en exploraciones en el mar.
Adam la miró alejarse hacia una mesa y tomar una taza con café. De una bolsa de papel sacó un bollo de frambuesa.
–Queda una rosquilla, si le apetece –le ofreció, mientras tomaba asiento en una silla plegable.
–No, gracias, ya he desayunado.
Sin ninguna duda, pensó Maureen. Probablemente había tomado una buena comida sentado en una cocina o en un comedor.
–Me imagino que no se rebajará a meterse algo como esto en el cuerpo.
Él negó con la cabeza mientras una leve sonrisa se le dibujaba en los labios.
–Le falta bastante grasa para mi gusto. A mí que me den un buen chorizo o panceta con huevos.
–Seguro que sabe que eso no es bueno –dijo ella, siguiéndolo con la vista mientras él se dirigía a la pequeña cafetera en un rincón. No vestía como alguien que se dedicaba al petróleo, sino como un ranchero, con ajustados vaqueros y botas. Una camisa color verde oscuro le cubría el musculoso torso. La ropa informal resaltaba su delgadez, burlándose de que no comiese comida sana. También se burló del voto que Maureen había hecho de nunca más mirar a un hombre por su físico.
–Mi madre me lo dice todas las mañanas –dijo Adam–, pero de todos modos me hace el desayuno.
La taza que ella se llevaba a los labios se quedó a medio camino.
–¿Todavía vive con sus padres?
Él hizo un gesto de disgusto mientras se servía café.
–Parecería que es un crimen.
Ella no supo a qué atribuir el que él se pusiese a la defensiva. Ella no lo había acusado de ser un cachorrillo al que aún no habían destetado.
–En absoluto –dijo ella y lo miró con detenimiento mientras él tomaba una silla y se sentaba frente a ella–. Solo que pensé que… usted no parece un hombre al que le guste tener a sus padres encima.
La noción de que ella creyese que él era un playboy que necesitaba su vida privada le causó gracia y le quitó la acritud que había creído ver en la pregunta.
–Lo cierto es que no vivo normalmente con mis padres. Tengo mi propia casa en el Hondo Valley. Pero en este momento le estoy haciendo unos arreglos. El rancho de mis padres es enorme y me insistieron que me quedara con ellos mientras acababan el trabajo. Y es agradable pasar una temporadita en casa.
–Estoy segura que sí –murmuró ella, preguntándose si Adam sabía lo hermoso que era tener un verdadero hogar. ¿Habría sabido alguna vez lo que era estar totalmente solo en el mundo? No. Estaba segura que no. Se imaginaba que la preocupación más grande que Adam Sanders había tenido en su vida era dónde hacerse lavar las caras camisas o qué color de coche comprar.
No es que Maureen le envidiara el dinero. Desde que ella se sacara el título de geóloga había ganado un salario más que considerable y se podía comprar casi todo lo que deseaba en esta vida. Sin embargo, no se podía comprar lo que tenía Adam. Nadie podía comprarlo.
–¿Tienes hermanos? –le preguntó.
–Tengo una hermana melliza, Anna –asintió él–. Se ha casado hace unas semanas con el capataz de nuestro rancho. Ella y Miguel viven en la propiedad también. Además tenemos una hermana menor, Ivy, que estudia Medicina en la universidad de Nuevo México –añadió, tomando un trago de café y mirándola por encima del borde de la taza–. ¿Y usted, señorita York? ¿Tiene familia?
Maureen miró el bollo a medio comer. Le habían hecho esa pregunta muchas veces, pero esa mañana, con los verdes ojos de Adam clavados en ella, hubiera preferido que le cortaran una mano.
–Primero, le dije que no me llamara señorita York.
Él tamborileó los dedos sobre la mesa inconscientemente y el movimiento le hizo prestarle atención a sus manos. Eran fuertes y cuadradas y tenían en dorso cubierto de vello oscuro. Débiles cicatrices le marcaban los nudillos de tres dedos y los demás estaban encallecidos. Era un hombre que trabajaba con la cabeza, pero era obvio que no lo asustaba usar sus manos también. Le gustaba ese aspecto de él. Le gustaba demasiado.
–Muy bien, Maureen, háblame de tu familia.
–No tengo familia –le dijo ella abruptamente y luego le dio un mordisco al bollo, como si no hubiera más que decir.
Él arqueó las cejas con expresión de asombro.
–Seguro que tendrás un tío o una tía, o alguien por algún sitio. ¿Qué le sucedió a tus padres?
–Murieron en una tormenta. Vivíamos en una zona rural de Texas y la clínica más cercana estaba a treinta millas. Mi madre estaba a punto de dar a luz y como creyeron que había comenzado con los dolores de parto decidieron que lo único que podían hacer era ir al doctor. Llovía a cántaros y parte del camino estaba inundado. Como no veían por donde iban, se metieron dentro del agua y la corriente los arrastró. En ese entonces yo tenía cuatro años.
Contó la historia con voz inexpresiva, como si estuviese hablando de alguien a quien no conocía.
–¿Eras su única hija?
–Me fui a vivir con la abuela de mi madre después de aquello –asintió ella–. Era el único pariente que estaba dispuesto a hacerse cargo de mí. Pero ya era mayor y murió cuando yo tenía ocho años.
–¿Y entonces, qué sucedió?
Ella lo miró con los labios comprimidos en una línea delgada y burlona.
–Hogares adoptivos.
–Lo siento –dijo él, porque no se le ocurrió nada más que decir.
–No te preocupes. Logré crecer a pesar de todo ello –se puso de pie y cruzó la habitación hasta un pequeño cubo de basura. Después de tirar lo que quedaba del bollo y el resto del café, se dio la vuelta hacia él.
–Bien, no sé que piensas hacer el resto del día, pero yo tendré que ponerme a trabajar con esas gráficas.
Había perdido a su familia, y si le quedaba algún pariente, obviamente no eran de los que se pudiese contar. Era difícil imaginar lo que habría significado para ella crecer en esas circunstancias. Él había tenido dos padres cariñosos, tíos y tías que lo adoraban y dos hermanas que siempre lo habían colocado en un pedestal. No se podía imaginar su vida sin ninguno de ellos. Y aunque ella tratase de darle la impresión de que nada de ello la había afectado tanto, él sabía lo que ella estaría sintiendo.
–Tengo un montón de cosas que hacer –dijo él, y se puso de pie para seguirla hasta el armario de donde ella agarró las gráficas sismográficas–, pero hay algo que querría discutir contigo antes volver a mi despacho.
Ella hizo un esfuerzo por tranquilizar el temblor de sus manos. No sabía por qué la había alterado tanto hablar con Adam sobre su pasado. Después de todo, mucha gente había perdido a sus padres de niños. Mucha gente había crecido en casas de adopción. No era nada del otro mundo, ni nada de lo que avergonzarse. Pero por algún motivo tenía la garganta agarrotada y no podía tragar.
–¿De qué me querías hablar? –preguntó, haciendo un esfuerzo por levantar la mirada hacia él y sintió un indescriptible alivio cuando no vio ni pena ni disgusto reflejado en sus ojos. Deseaba por encima de todo que Adam Sanders la considerase una mujer fuerte y con éxito. Una mujer que había llegado donde estaba por sus propios méritos y se hallaba contenta con sus logros.
–¿Dónde te alojas? ¿Aquí en la ciudad?
Ella asintió y nombró el motel.
–¿Por qué me lo preguntas?
Adam le miró los labios. Era una boca llena y húmeda, del color de una fresa cuando está madura y jugosa, lista para comer. Le molestó estar pensando en ello.
–Esto… ejem, quería decirte que no hay necesidad de que te quedes en un motel. Hay sitio más que suficiente en el rancho.
Ella inspiró profundamente y luego lanzó el aire con lentitud.
–¿La invitación es tuya o de tus padres?
Estuvo a punto de reconocer que la idea no le había gustado al principio, pero se contuvo. Quizás Maureen no era la mujer fría y controlada que había creído en un principio. Quizás había permitido que su éxito como científica influyera en la idea que se había hecho de ella. A lo mejor ella necesitaba algún ser humano de vez en cuando. Y a él no le molestaría ayudarla si ella lo apreciaba.
–Lo cierto es que la invitación es de todos y les dije a mis padres que te lo diría hoy.
Ella se dio vuelta y se alejó de él sin responder.
Adam se metió las manos en los bolsillos de atrás de los vaqueros e intentó no quedarse mirando su figura alta y torneada. No podía comprender su reacción ante aquella mujer. Siempre le habían gustado las mujeres menudas y delicadas, esas que parece que se van a romper si se las aprieta demasiado. Le encantaba el cabello rubio y los ojos azules. Suaves, delicadas e indefensas.
Pero Maureen York no era nada por el estilo. Era alta, con una figura llena y madura que no tenía nada de delicado. Ni siquiera era delgada, sino curvilínea. Tenía el cabello y los ojos oscuros. Y era por lo menos tres o cuatro años mayor que él. Nunca se había fijado antes en una mujer mayor que él. Pero que Dios lo perdonara, era la mujer más atractiva que se había encontrado en la vida.
–Mira, Maureen, no es una pregunta difícil. O te quieres quedar en una aburrida habitación de hotel o quieres venirte al rancho. ¿Qué prefieres?
Ella lo miró por encima del hombro.
–No quiero ser una molestia para nadie.
Él se encogió de hombros, como si su presencia en el rancho fuese insignificante.
–El Bar M tiene cientos de cabezas de ganado y dos caballerizas. Una boca más que alimentar no nos causará ninguna molestia.
–Sabes realmente… como hacer que una mujer se sienta deseada.
Una sonrisa de autocomplacencia le marcó un hoyuelo en la mejilla.
–Ya me lo han dicho antes.
–Estoy segura que sí –comentó ella secamente y luego se acercó a él–. Dile a tus padres que aprecio su consideración, pero…
–¿Y mi consideración?
Ella le lanzó una mirada de duda.
–Me da la impresión de que no quieres que vaya a tu casa.
–Es la casa de mis padres. Se da la coincidencia que estoy alojado allí por el momento. Además, te he invitado, ¿o no?
Ella se encogió de hombros.
–Sí, pero también me has acusado de querer matarte.
–Puedo olvidarme de ello si tú lo haces.
Maureen no era una persona rencorosa. Nunca le había gustado guardarse cosas desagradables y aunque Adam había dicho muchas cosas para enfadarla, ella no quería guardarle rencor. No, olvidarse de aquella discusión sería fácil. Las otras cosas que ese hombre le hacía sentir eran lo que la preocupaba. Pasar más tiempo del estrictamente necesario a su lado sería complicarse la vida.
–Por mí, nuestro primer encuentro está olvidado. Siento mucho que sufrieras heridas y comprendo y perdono que te enfadaras –dijo ella con la cabeza inclinada.
Adam sintió el impulso de inclinarse y besarle la nariz y las mejillas, pero se controló.
–Ya no estoy enfadado.
Su voz ahogada hizo que ella levantase la vista, y en ese momento se dio cuenta de que la miraba no como una colaboradora, sino como a una mujer. La idea era a la vez aterradora y excitante.
Ella se humedeció nerviosamente los labios con la punta de la lengua.
–Me alegro. Pero todavía no estoy segura…
–¿Cómo vas a traerte las cosas de Houston? ¿O ya lo has hecho?
–He vendido parte de los muebles –respondió ella negando con la cabeza–. Lo que queda vendrá con mi ropa, enseres y otras cosas en un camión de mudanzas. En cuanto termine con el papeleo de la casa.
Una expresión de incredulidad se le reflejó en la cara.
–¡La casa! ¿Quieres decir que ya has comprado una casa?
–Sí –dijo Maureen sin arredrarse. Encontré una ayer. Por supuesto que pasarán un par de semanas hasta que el abogado haga los documentos y firmemos.
–Lo único que te puedo decir es que no pierdes el tiempo, señorita.
Había perdido diez años de su vida. Pero las cosas iban a cambiar a partir de ahora. La noche anterior había decidido dejar a su ex marido y a su bebé muerto atrás de una vez por todas. Se iba a mudar a su casa nueva, concentrarse en iniciar una vida distinta y olvidarse de todo lo que había perdido.
–No me puedo permitir perder el tiempo.
–¿Tienes alguna cita a la que llegas tarde? –preguntó, él arqueando una ceja con curiosidad.
–No tengo citas –dijo ella, y en su cara no se reflejaba ninguna emoción.
Adam la miró con detenimiento y aunque ella enrojeció, no se detuvo.
–Pensarás que soy un impertinente, pero igual te preguntaré por qué.
Ella miró hacia otro lado, no sin que Adam notase el ligero temblor en la comisura de su boca.
–Eres un impertinente y mi vida privada o, mejor dicho mi carencia de vida privada no te concierne.
Las cortantes palabras le hubiesen hecho sonreírse satisfecho el día anterior, se habría sentido contento de haberla hecho sufrir, pero en ese momento lo único que sentía era un deseo irrefrenable de alargar la mano y acariciarla.
–Tienes razón –dijo él en voz baja y luego carraspeó, volviéndose a meter las manos en los bolsillos traseros del los pantalones–. No me concierne. Así que volvamos a la pregunta inicial. ¿Te gustaría venir a quedarte al rancho?
Ella lo miró y durante una fracción de segundo le pareció a él ver un relámpago de hambre desnudo en sus ojos. Fue como si le clavase un puñal en el esternón.
–La oferta es tentadora. Odio las habitaciones de los moteles.
–El Bar M es hermoso –dijo él, aprovechando que su voz comenzaba a sonar dudosa–. Tenemos piscina, la comida es abundante y deliciosa, y tendrás tu propia habitación. Y no necesitarías ver a nadie más si no quisieses.
Quería verlo a él. Ese era el problema. Pero no iba a echarse a sus brazos. Desde que David la abandonó, había desarrollado una fuerza de voluntad fuerte como el acero. Podía resistir cualquier hombre.
–Suena muy apetecible –dijo, mirándolo con súbita resolución–. Creo que aceptaré tu invitación, Adam.
–Bien. Después del trabajo esta noche te ayudaré a recoger tus cosas del motel y luego puedes seguirme a casa –dijo él, conteniéndose para no agarrarle la mano y llenársela de besos.
Puedes seguirme a casa.
Mientras lo miraba irse, Maureen intentó no tomar sus palabras al pie de la letra. Su breve estancia en el Bar M con Adam y su familia solo sería una muestra de lo que nunca podría tener.
Cuanto más intentara recordarlo, más seguro estaría su corazón.
Darmowy fragment się skończył.