Czytaj książkę: «Si la adelfa sobrevive al invierno»

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STEFAN POPA

Si la adelfa

sobrevive al invierno

Traducción de Catalina Ginard Féron

www.armaeniaeditorial.com

Título original: Of de oleander de winter overleeft (HarperCollins, Amsterdam, 2019)

Primera edición: Junio 2021

Primera edición ebook: Agosto 2021


This publication has been made possible with financial support from

the Dutch Foundation for Literature


Copyright © 2019 Stefan Popa.

Publicado bajo acuerdo con HarperCollins Holland.

Copyright de la traducción © Catalina Ginard Féron, 2021

Imagen de cubierta: Pastor arrumano en los años 1960-70. Copyright © Costas Balafas/Benaki Museum, 2008.

Copyright de la presente edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2021.

Armaenia Editorial, S.L.

www.armaeniaeditorial.com

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-29-6



Para mi esposa

El primer amor solo es peligroso si es el último

— Branislav Nušić, nacido como Alchiviadi al Nusha

PRIMERA PARTE

Montaña

Unu

El gallo rompió el sello de silencio impuesto por la noche al pueblo llamado Kruševo, pero al que llamaban Crushuva. Todas las mañanas cantaba una sola vez, y con eso tenían que contentarse los vecinos. Al gallo le traía sin cuidado su territorio. Él prefería buscar lombrices.

Tres horas más tarde, Pitu golpeó con el bastón el umbral que cada día parecía más alto y salió de casa. La vecina acababa de aparecer en el jardín delantero con dos huevos en la mano, el de la izquierda tenía una pluma. Eran huevos blancos. Su anterior gallina ponía huevos marrones. Apenas un día después de traérsela a casa ya se fue a por otra. Los huevos marrones estaban malditos y la vecina se negaba a comérselos. A la gallina inútil se la comió estofada en salsa de tomate. Eso no podía hacerle ningún daño.

Pitu la saludó con un leve movimiento de cabeza. Mordisqueó la boquilla de su pipa vacía y fue bajando a pie por las calles de Crushuva. No se olvidaba nunca de disfrutar de los escalones y de las pendientes, que le eran benévolas siempre que no decidiera volver a casa cuesta arriba. Este es mi pueblo, pensó Pitu. Con la punta de los dedos rozó el muro de una capilla que había sido restaurada con su beneplácito. Esas calles oscilantes y serpenteantes le habían modelado las pantorrillas. Ese era su pueblo, en efecto, pero, sobre todo, él era del pueblo.

—¿Café? —le gritó Anna tras haber colocado la última mesa en la terraza.

Desde que ella se había hecho cargo de la cafetería de su tío, que en paz descanse, Pitu acudía más a menudo al establecimiento.

—Más tarde —le contestó él dándole golpecitos a su reloj de pulsera.

Tenía una cita. Anna se despidió de él agitando el paño con el que limpiaba las mesas. En la plaza que había un poco más allá, Pitu vio al chico de Ilić defendiendo un balón. Era un balón amarillo y rojo. El niño adelantaba a contrincantes que solo él veía. Se reía de ellos, seguramente con razón. En cambio, no advertía a los hombres que últimamente asistían a sus partidos pertrechados con blocs de notas y auriculares, y a los que sí veía papá Ilić.

El niño lanzó la pelota a los pies de Pitu.

—Venga, pásemela.

Pitu dejó el bastón apoyado contra la pared y se guardó la pipa en el bolsillo. Hizo rodar el balón de un pie a otro, como si quisiera comprobar cuál de sus piernas era la buena, o la menos mala, según se mirara, y se abalanzó hacia el chico. En lugar de la finta que tenía pensado hacer, tropezó con la pelota. Logró agarrarse mal que bien a una farola. Enderezó la espalda y apuntó hacia abajo.

—No entiendo cómo hoy en día les ponen colores tan raros a los balones.

No había fuerza en sus palabras. Bastaban dos metros de deporte para dejarlo sin aliento.

—Es un balón de Adidas —le dijo el chico, poniéndoselo en la nuca—. Y no uno de Turquía.

—Entonces debe de ser culpa mía —dijo Pitu pasando la mano por la cabeza del niño.

Su peinado en punta se mantuvo indestructible. Llevaba los lados rapados, igual que los futbolistas de la televisión. Mamá Ilić sabía lo que se hacía. Le cortaba el pelo a medio pueblo. La otra mitad se las apañaba sola. Pitu recordó las palabras de su difunta esposa: para cortar el pelo no hacen falta diplomas, sino tijeras.

—¡Soy muy bueno! —gritó el niño, mientras se frotaba el brazo donde se había dibujado un tatuaje con un bolígrafo azul. Parecía una cabeza de lobo envuelta en un mar de fuego.

—Eres el mejor —reconoció Pitu, y pensó: es un auténtico Ilić.

El niño golpeó el balón lanzándolo a metros de altura y luego lo paró pisándolo.

—Después de Messi, tal vez —admitió él, casi recuperando la modestia.

Y acto seguido volvió a bailar por la plaza. La pelota giraba tan rápido junto a su pie que se volvía naranja.

Pitu se fue en dirección contraria, alejándose de la plaza y de la juventud que había dejado atrás definitivamente. Se secó la frente con el pañuelo. Era tal el calor que incluso podía olerlo. Melina, su mujer, siempre le planchaba los pañuelos, cosa que a él le parecía una estupidez. «Mi alcalde debe ser inarrugable», le decía ella entonces plegando el pañuelo en cinco y metiéndoselo en el bolsillo del pecho, para luego darle los últimos retoques. Entretanto, hacía ya diez años que él se sonaba la nariz entre arrugas.

Se metió el pañuelo en el bolsillo interior y contempló su pueblo, su Crushuva. Las casas tenían colores claros, en su mayoría eran blancas, el resto beis o amarillas, y todas estaban cubiertas por tejas rojas. O casi todas. La casa que se encontraba justo enfrente de Pitu apenas tenía ya tejado. Las vigas de madera ponían al descubierto la forma en que se habían construido las casas durante generaciones: piedra por piedra. A través de una grieta debajo de la chimenea se escaparon dos gatitos. Uno a rayas y otro con manchas. Una gata, negra como la muerte, echó a correr tras ellos. Agarró al atigrado por el pescuezo y se lo llevó de nuevo adentro. El abigarrado evitó recibir el mismo tratamiento siguiéndolos lo más rápido que pudo.

Pitu decidió que la próxima vez traería una rodaja de embutido. Se sacó la pipa del bolsillo y la chupó intentando probar el sabor del tabaco. No sabía a nada, como mucho a saliva seca. Cuando su hija tenía siete años, le había pedido que lo dejara. Con los ojos grandes y la voz aguda. ¿Cómo podría haber vuelto a encender él su pipa después de eso?

Poco antes del colmado se topó con mamá Ilić —¡qué casualidad!— y le dio los buenos días en macedonio «dobro utro!» y a Maria, que como cada día atendía en la caja, se los dio en arrumano «bunã dzuã!». Preguntó a la cajera cómo estaban ella y los niños, y ella le explicó que esperaba otro bebé, tras lo cual Pitu apretó sus labios secos sobre la palma de la mano de la cajera. Compró una botella de vino tinto de Povardarie y un trozo de halva.

—¿Algo que celebrar? —preguntó Maria.

—Aún no —contestó Pitu, apresurándose a dar unos golpecitos sobre la madera del mostrador para conjurar la mala suerte que traía la pregunta de Maria.

Pagó y se llevó la botella de vino debajo del brazo.

—¡Se olvida el halva!

—Es para ti. Recuerdo que mi mujer no paraba de comerlo cuando estaba embarazada de Samarina —Pitu sonrió—. Quizá sea por eso por lo que mi hija apenas soporta los dulces.

Después, salió de la tienda tomando precauciones para no tropezar con el umbral. El cielo era tan azul que se veía la luna, una uña de pie en el firmamento. Un asta descollaba sobre Crushuva, el punto más alto del país. El rojo y el amarillo de la República de Macedonia no hacían ningún esfuerzo por sobresalir. Pitu apretó con fuerza el vino entre su brazo y su costado y un poco más lejos llamó a la casa señorial del médico.

Antes de entrar, y sin saber por qué, Pitu se preguntó cuántos huevos marrones habría comido en su vida.

El griego le gritó desde su florido balcón que la puerta de la consulta estaba abierta. Mientras tanto perseguía un mosquito con las manos delante de sí, como un maestro de kárate. El golpe sonó justo cuando Pitu entraba por última vez en un edificio como una persona sana.

*

Samarina soñaba despierta entre las tomateras. Era incluso más guapa que la mujer que la había parido. Su madre había muerto hacía diez años, más o menos. Pitu no contaba los días, porque los días ya no eran días, sino momentos que unas veces pasaban deprisa, y mucho más a menudo, despacio. Samarina apretó un tomate con los dedos. Con cuidado. La parte superior e inferior eran de color naranja casi rojo, pero el resto era amarillo verdoso. Pitu vio a su hija olerse las uñas y bajar la mano para luego volvérsela a acercar a la nariz. Él sabía mejor que nadie lo que ella olía. El olor dulzón y adictivo de los pelillos del tomate, unas glándulas que ahuyentan a los insectos, pero la atraían a ella. Samarina cerró los ojos e inhaló profundamente. Los dedos verdes no se ven, los dedos verdes se huelen, pensó Pitu. Cuando ella volvió a abrir los ojos, sus miradas se cruzaron. Él estaba detrás de la ventana, apoyado en el alféizar para recuperar el aliento. Ella lo saludó con la mano.

Antes de aquella mañana, en su cabeza solo llevaba incertidumbre. Pensó que prefería esto. Ahora tenía certeza, una certeza de unos centímetros de grosor. Sin embargo, todo lo seguro merecía ser cuestionado. ¿Quién dice que voy a morir de verdad?, pensó mientras intentaba sonreírle a su hija. Sí, el griego, pero el griego es católico, y eso significa que se equivoca a menudo. Se santiguó rápidamente en el orden correcto, primero el hombro derecho y luego el izquierdo, y después fue a sentarse en la terraza a la sombra de la parra blanca.

—¿Qué te ha dicho el señor médico? —le preguntó Samarina.

—Que gracias por el vino —contestó Pitu—. Al griego le gusta beber, ya sabes.

Volvió a sacarse la pipa del bolsillo y limpió la boquilla con la camisa.

—¿Y qué más? —preguntó ella arrodillándose delante de él, como hacían ahora los camareros en la ciudad.

—¿Sabías que las gallinas con lóbulos rojos ponen huevos marrones y las gallinas con lóbulos blancos ponen huevos blancos?

Pitu dominaba cuatro idiomas a la perfección, por supuesto el arrumano y el macedonio, así como el serbio y el inglés, y podía pedir un café en griego, rumano y albanés. Sin embargo, no encontraba las palabras para decirle a su hija que tendría que enterrarlo dentro de medio año. Ni siquiera llegaría a la Navidad. En cuanto las hojas cayeran de los árboles, él también se desplomaría. Oliendo a incienso se reuniría con su mujer en la tumba. Se imaginaba cómo Ljuben, el sepulturero, se apoyaría en la pala y le diría a quien quisiera escucharlo: «Que Dios tenga al señor Pitu en su gloria, pero yo le agradezco que haya muerto antes de las heladas». Acto seguido, el sepulturero se santiguaría por el Reposo en general, empezando por el suyo.

Pitu cogió la mano de Samarina. Aunque no podía decirle nada, tampoco quería soltarla. Así que apretó las mejillas en el dorso de la mano de su hija. Una hija que le había sido denegada durante años hasta que Melina le dijo que estaba embarazada, el día en que él cumplía cuarenta y seis años.

—Espero poder darte por fin un hijo —le había dicho ella.

Pitu le había besado la frente y le había contestado:

—Todo el mundo prefiere un hijo, salvo cuando puedes tener una hija.

Samarina retiró la mano y la apoyó en la cadera. Pitu no sabía desde cuándo su hija tenía esas caderas. O simplemente caderas. La veinteañera le quitó la pipa de la boca.

—Venga, papá, puedes hacerte el loco, pero no lo estás. De lo contrario, el médico me habría pedido que te acompañara.

—Ya sabes cómo son los médicos. Primero me ordenó tomármelo con calma y después acabó diciendo que tenía que hacer ejercicio. En definitiva, no voy a caerme muerto ni hoy ni mañana.

Al menos, no mentía.

Samarina se quitó la blusa.

—Me derrito. Nunca había pasado un verano tan caluroso.

—El año que viene echarás de menos este verano —le dijo Pitu.

Su hija lo agarró por las sienes y le besó la frente detrás de la cual crecía su final. Agua, él quería agua. El agua es la solución, pensó. El agua apaga el fuego, el agua purifica.

—¿Tú también tienes tanta sed? —preguntó.

Samarina entró para servirle un vaso a su padre.

—¡Ya llamaré yo misma al médico! —gritó desde la cocina.

El griego no se tomaba demasiado en serio el secreto profesional, pero el hombre al que Pitu había considerado su amigo durante toda su vida respetaría siempre un último deseo.

*

—Inténtalo, doctor —le había dicho Pitu al griego mientras miraba el diploma que colgaba en la pared detrás del médico. Un trofeo.

El médico se cepilló las cejas con las uñas del dedo índice y corazón. Casi todos los macedonios del pueblo odiaban a los griegos, pero toleraban al médico porque solía mantenerlos del lado bueno del cementerio.

— Si tengo que decirlo, y debo hacerlo, creo que seis meses.

Cáncer.

Seis meses, pensó Pitu. Medio año suena incluso más corto.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

El griego se acercó la botella de vino de Povardarie, cogió un sacacorchos del cajón y despojó la ofrenda de su tapón. El plop sonó como una bala. El médico le anunciaba su muerte y ni el vino más caro podía proteger a Pitu del veredicto. El griego llenó dos vasos. Pitu vio que tenía un bonito color rubí claro.

—Bueno —empezó a decir el médico, tras lo cual hizo una breve pausa para sopesar sus palabras—, hay maneras de alargarte la vida. La cuestión es si esas semanas de más justifican la fuerte pérdida de calidad de vida.

—¿Así que, si quiero prolongar mi vida, me sentiré como si me muriera?

—Comprendo lo difícil que es para ti. A nosotros, los griegos, se nos conoce por nuestra sabiduría y como amigo te digo que es mejor vivir que intentar desesperadamente no morir.

—A vosotros los griegos se os conoce por vuestra corrupción y por el sexo anal —le contestó Pitu.

Cogió el vaso y lo alzó.

El griego reflexionó brevemente y dijo:

—Y a vosotros los arrumanos no os conoce ni Dios.

*

Puesto que Pitu no tenía nada que decirle a su hija, ella se fue. Salió de casa dando saltitos, porque él le permitía que los diera aún. Ahora estaba seguro de que su decisión era la correcta.

—Yeasu —le dijo ella para despedirse, el adiós griego que también era su adiós, literalmente salud, a lo que él le contestó que se divirtiera mucho.

Hacía lo que hacían las jóvenes de su edad con ese tiempo: ofrecer sus piernas al sol y a los ojos de los chicos que la examinaban con todo el descaro que les permitía la educación. Ella acababa de empezar a vivir. Samarina tenía el futuro, mientras que a él solo le quedaba el pasado.

Pitu llamó enseguida al sacerdote para pedirle que pasara a verlo.

Él accedió.

Constantine, el sacerdote, se secó la frente. Era una figura negra con su ropa de trabajo oficial. Se abrazaron. El sol le había calentado el hábito. El sacerdote hacía como si no le importara el calor, aunque no dejó pasar ni un segundo cuando Pitu le preguntó si quería beber algo. Constantine vació el vaso de agua de un trago y dejó gustoso que se lo llenara de nuevo. El sacerdote que, sin duda alguna, era dos veces más joven que Pitu, se sentó sin preguntar, a pesar de lo divino, o tal vez precisamente por ello. El joven, puesto que todavía era joven, chupaba y mordisqueaba un cubito de hielo. Tenía las mejillas lisas, y en la línea de la mandíbula se asomaban tímidamente unos pelos rizados y oscuros, que juntos formaban algo parecido a una barba lampiña. Solo encima del labio lucía un bigote densamente poblado, pero a Pitu no le parecía suficiente para un sacerdote de corte ortodoxo. Le gustaba chinchar a Constantine con eso, pero no ahora, ahora buscaba otro tipo de satisfacción.

—Me muero —dijo Pitu.

Constantine se removió en su asiento.

—¿Por qué? —preguntó. Se dio dos golpecitos en la barbilla y corrigió su pregunta—: ¿De qué?

—Dios me ha colocado un tumor en el cerebro.

El sacerdote se santiguó y dijo que no esperaba recibir una noticia tan terrible. Parecía sinceramente apenado.

Cuando Pitu vio a su invitado sentado en el sillón, con los ojos cerrados, tal vez en busca de algunas palabras reconfortantes, se sintió mal al pensar que quería desahogar su frustración en el sacerdote. La compasión rebotaba entre ambos, como un eco en una catedral.

Constantine se separó del respaldo. El cuero crujió. Parecía haber encontrado las Palabras.

—La vida casi nunca es justa —dijo—. La muerte es la prueba por excelencia. ¿Por qué nos hace dudar Dios de su existencia arrebatándonos a nuestros seres queridos y mostrándonos la terrible oscuridad de la nada eterna?

—Eso era lo que quería preguntarte yo —dijo Pitu golpeando la rodilla de su invitado.

—Aún no he llegado a la cuestión.

Pitu asintió; sabía que, como todos los jóvenes, el sacerdote reflexionaba mientras hablaba, por lo que la cuestión se le revelaría hablando. Nadie conocía mejor a las personas que Pitu. En cualquier caso, a las de Crushuva y alrededores. Por ello lo eligieron alcalde.

—Continúa —dijo finalmente.

Constantine prosiguió:

—Como sabes, procedo de una familia de sacerdotes.

—Tu padre me bautizó —dijo Pitu—. ¿Sabes cuántos años tenía yo entonces? Alrededor de cuarenta. Los comunistas acababan de irse, así que los sacerdotes, que brotaban como los crocos en febrero, no daban abasto. Tu padre lo hacía gratis. Incluso rechazaba los pedazos de carne, las botellas de bebida y las cestas de berenjenas, puerros y habas, porque sabía que también entonces, precisamente entonces, había una enorme carestía.

—Él era así. Era el hombre más sabio que he conocido. Un buen padre y un buen sacerdote —dijo el nuevo sacerdote—. Como todo el mundo hablaba en lugar de escuchar, casi nadie sabía que había nacido en Albania. A él no le gustaba hablar de eso. Cuando yo hacía alguna travesura, me llamaba su pequeño albanés. Llegó un momento en que dejé de hacer travesuras. —El sacerdote se sopló una mota del hábito—. Era de Moscopole.

Tanto el sacerdote como Pitu guardaron un minuto de silencio, como si no pudieran hacer otra cosa cuando se hablaba de la ciudad que se había convertido en pueblo que se había convertido en aldea. La capital de un país sin fronteras, de un pueblo sin país. Siglos atrás, la ciudad era el orgullo de los arrumanos, el centro de su cultura, en algún momento fue la segunda ciudad de la región, después de Estambul. Hoy, la capital dormía como un pueblecito en una colina del sur de Albania. La llamaban Voskopojë.

Moscopole ya solo conservaba su importancia en las cabezas de quienes se negaban a olvidarla.

La cabeza de Pitu no olvidaba:

—Después de que el terrible Ali Pãshelu destruyera definitivamente la ciudad, muchos arrumanos se refugiaron aquí para fundar el pueblo más hermoso de Europa en esta montaña. Entre ellos estaban mis antepasados por parte de madre.

—Y casi dos siglos más tarde les siguió mi padre —respondió el sacerdote—. El último refugiado de Moscopole. Los comunistas de Albania, como los de todas partes, estaban locos, pero su locura era aún más extrema, como sucede con todo en ese país. La prohibición de la religión era absoluta. La única fe permitida era la fe en el partido. Todos los cristianos tuvieron que entregar sus iconos para que los quemaran. Si no lo hacías y el Estado te pillaba en posesión de un icono, por pequeño que fuera, te ejecutaban. Es lo que sucedió con mi abuelo. Un vecino contó que tenía un icono de cobre debajo de una tabla del suelo de su dormitorio. Mi abuela y mi padre vieron cómo lo sacaban a rastras de casa y lo mataban de un tiro en el jardín trasero. Mi abuelo se resistió tanto que los comunistas olvidaron por completo por qué lo mataban y se fueron sin el icono. Mi padre enterró a su padre en el lugar donde había sido asesinado y después se fue al dormitorio. Allí vio, entre las dos tablas en la arena, el icono de san Telémaco. Besó al santo, se lo metió debajo de la camisa y caminó sin descanso durante un día y medio hasta llegar a nuestro pueblo.

Pitu preguntó:

—¿Y luego?

El sacerdote esbozó una sonrisa triste.

—Sin el asesinato de mi abuelo, mi padre nunca habría venido hasta aquí, donde ayudó a todas las personas que pudo. —Suspiró—: La muerte también puede ser un instrumento útil para ayudar a los hijos de Dios.

Satisfecho de su discurso, tomó el último sorbo de agua y con dos dedos sacó el cubito de hielo del vaso.

Tras una breve oración, el joven sacerdote se marchó prometiendo encender una vela para Pitu. Por lo pronto, su vela estaba clavada en la casilla de los vivos.

Todo transcurría de forma distinta y, no obstante, Pitu se sentía aliviado.

Abrió la ventana y mientras lo hacía, vio a Tito en su jardín trasero. Se miraron un instante, asombrados. Tito arrancó con los dientes unas briznas de hierba. En realidad, tendría que haber sido sacrificado el año anterior por Semana Santa, pero el vecino no logró cortarle el pescuezo al carnero. Entonces le pusieron un nombre y se convirtió en carnero doméstico. Pero con o sin nombre: Tito seguía siendo un bãcãtãrescu, una oveja o carnero al que se toleraba alrededor de la casa porque luego sería sacrificado. Aunque cabía preguntarse si llegarían a hacerlo. Tito solía escaparse y acababa en el césped ajeno. Y eso que el de Pitu ya tenía poca hierba debido a la sequía de este verano.

—Tito, muchacho —dijo mientras se acercaba lentamente al carnero—, comprendo que te guste venir aquí. Nosotros los arrumanos somos artesanos y comerciantes, pero sobre todo somos pastores. Esta hierba, mi hierba, es tu imán. Te comprendo, de verdad.

Tito estaba acostumbrado a que las personas le hablaran, así que, con el hocico abierto, seguía lo que le decía y lo que hacía Pitu. Entre hombre y animal apenas había ya un metro de distancia.

—Pero quisiera pedirte que volvieras a casa. Si por mí fuera, yo habría tenido unas felices Pascuas y tú no. Vete a pastar tranquilamente en tu propio prado. Porque sé que de todos modos no me escucharás…

Tito apenas se resistió cuando Pitu lo agarró por el vientre, apretó la lana y se llevó al carnero en brazos hasta la casa de los vecinos, intercalando algunas paradas para descansar. Ambos respiraban con igual dificultad. Cuando por fin estuvo al otro lado de la valla, Tito se dirigió sin mirar atrás hacia un trozo de césped en la sombra. Allí se dejó caer en la hierba. Tito prefería comer tumbado. Aún encorvado por el peso del carnero, Pitu se quedó un rato mirándolo.

—Que vaya bien —dijo finalmente.

El carnero tampoco se inmutó por la despedida de Pitu.

Por un instante Pitu no supo qué hacer.

Morir, eso es lo que tengo que hacer, pensó sin querer pensarlo.

Se apretó las sienes lo más fuerte que pudo, como si aplastara una lata de cerveza. ¿Qué hacían los hombres a los que uno de sus mejores amigos había inscrito en la lista de muertos?

*

Era como si todas las flores de Crushuva concentraran sus olores en torno a la casa de Pitu. De pronto, su olfato parecía más sensible, como el de una embarazada. Entusiasmado, se subió al coche, un viejo Mercedes que un primo lejano de su cuñado había importado de Alemania a través de Albania. Primero, la carretera serpenteaba hacia abajo, luego hacia arriba, debajo del telesilla que parecía detenido para la eternidad. Unos perros ladraban, otros les contestaban. Ciclista, calma, coche, calma. Las libélulas eludían los neumáticos finos y gruesos. Solo los coches rompían el silencio de la tarde, los que iban cuesta arriba más que los que bajaban y solo pisaban el embrague. Pitu avanzaba temblequeando sobre los guijarros y los adoquines. Empezaba a comprender por qué, una semana antes, su hija le había dicho que consideraba la posibilidad de mudarse. Quería vivir en una ciudad donde pudiera llevar tacones.

Torció a la derecha antes del Makedonium, el monumento que conmemoraba la sublevación de Ilinden contra el Imperio otomano y que parecía una nave espacial abandonada en el planeta Tierra por algún que otro ser superior, un erizo de mar arrojado por las olas. El cementerio. Dio dos bocinazos, breves pero fuertes. «Para mamá», como solía decir cuando su hija estaba sentada a su lado. Se convirtió en una costumbre y como suele suceder, la costumbre se convirtió en tradición.

Pitu apartó el coche a la sombra de un pino. Es la última vez que vengo aquí, decidió. Al menos vivo, pensó después. Sintió cómo se le movía el labio. En la entrada se detuvo unos instantes ante la tumba de Pitu Guli. El revolucionario a quién él le debía su nombre estaba representado en grande y con su indumentaria completa: sombrero, daga y pistola. El Che Guevara original. Nacido y fallecido en Crushuva. Guli luchó durante la misma sublevación de Ilinden en 1903 contra los otomanos por una Macedonia libre y gracias a ello llegó incluso a ser mencionado en el himno nacional de la República de Macedonia. Pitu Guli. Un arrumano. Los arrumanos existían; cantaban sobre ellos antes de cada partido que la selección nacional de fútbol perdía combativamente.

Paseó lentamente por las tumbas de personas a las que había conocido o a cuyos descendientes conocía. Al final de su ronda, se arrodilló delante de su mujer. A veces, cuando venía aquí con Samarina, le decían algo a la lápida. Pero ahora que estaba solo, aquello le parecía absurdo. ¿Qué debía decir? ¿Ya voy? ¿Empieza a hacerme sitio, porque dentro de seis meses estaré contigo? Negó con la cabeza. El nombre de su mujer no era el único cincelado en la lápida. El de Pitu ya aparecía bajo el de Melina. Solo faltaba su fecha de defunción. Comprendió que con esa lápida había desafiado a su propia muerte. ¿Por qué había pedido que incluyeran también su nombre? Pitu Vreta, acarició el apellido, que había recibido de su madre. Todas las madres son asesinas, pensó. El niño en sus brazos, su víctima. ¿Acaso existe algo más cruel que regalarle la muerte a alguien al que amas tan pronto lo tienes en tus brazos? La comadrona limpia la sangre del cuerpecillo, pero tu sangre no se puede quitar, pues ya está dentro.

Pitu empujó los dedos en la tierra. Sobre todo, para apoyarse. Sabía que los judíos colocaban una piedra sobre la lápida y los gitanos vertían a veces aguardiente sobre el jardín de sus seres queridos fallecidos, pero él no hizo nada, salvo arrodillarse y pensar hasta agotar todos los pensamientos. Él buscaba la nada. El vacío.

Lo que está lleno no puede permanecer mucho tiempo vacío, pensó finalmente. La vida era bella y por ello no debería acabar nunca, y puesto que eso era imposible, no debería empezar nunca.

Después se levantó con un gemido y se fue de vuelta a su Mercedes, pasando por delante de la tumba de su propia madre homicida, a la que envió un beso al aire porque no quería que se le apareciera.

El coche arrancó al tercer intento.

Al alejarse, Pitu volvió a tocar dos veces la bocina.

*

Mañana será otro día, un día menos. Desde su silla, Pitu veía medio Crushuva. Sobre su cabeza, los racimos de bolitas crecían para convertirse en uvas. Este pueblo era el único en todo el mundo que reconocía al arrumano como lengua oficial. Su lengua. Los Balcanes eran un desastre, siempre lo habían sido. Los turcos habían hecho una buena limpieza, así lo llamaban, pero hacía siglos que allí no había ni rastro de orden. Y, aun así… Su pueblo estaba tan alto en las montañas que sobresalía por encima de toda la miseria. En lo alto de Macedonia, su pueblo y su idioma eran aceptados, incluso honrados. Ahora sí. Pitu sabía que eso significaba algo, sobre todo por estos lares donde los griegos tenían que ser turcos, los croatas bosnios, los turcos búlgaros, los húngaros rumanos, los albaneses macedonios, los montenegrinos serbios y los arrumanos griegos, albaneses, macedonios o rumanos, o al revés. En la actualidad, los arrumanos habían quedado reducidos a una minoría. Pero antes era distinto. Pitu suspiró. Estaba seguro de que Crushuva se convertiría cada vez más en Kruševo.

—¿Estás aquí? —Aunque Pitu le ofreció la mejilla, Ecaterina lo besó en la boca. Su novia—. ¿Cómo va tu cabeza? ¿Qué te ha dicho el médico?

—Que tengo una hermosa cabeza —le contestó él—. Eso me ha dicho el griego. Que tenía buen aspecto.

—¿No te lo dije? —Ecaterina se llevó la compra a la cocina. Pitu olió los puerros. Le apetecía comer algo sabroso. Ella podía cocinar algo sabroso con los puerros, no le cabía la menor duda. Ella podía hacer cualquier cosa. Su hija opinaba que formaban una pareja encantadora. Encantadora, estupendo, pero ¿cuándo encontraría ella a un chico agradable con el que casarse? Cuando se lo preguntaba, ella lo tildaba de anticuado. «¿Anticuado? —le decía él entonces—. ¿Cuántos de mi edad se echan una novia?».

Ecaterina salió de la cocina:

—¿Qué dices?

¿Lo he dicho en voz alta?

Pitu masculló algo entre dientes.

—El griego opina que lo mío es puro cuento.

—Los hombres no aguantan nada, todo el mundo lo sabe.

—Todo el mundo lo sabe —repitió él.

—Y los griegos son como las mujeres.

Llevaban casi dos años juntos. Quizá Pitu llegara vivo a su aniversario. No vivían juntos, a ambos les parecía demasiado pronto para eso. Pero ahora, incluso demasiado pronto se había vuelto demasiado tarde.

Espoleado por su propia cortesía le diría a Ecaterina que todo había acabado. Esa despedida sería menos dolorosa que la despedida que llegaría después.

Pero se lo diría más tarde, después de la comida, pues los puerros lo llamaban. El grifo estaba abierto, el agua limpiaba. Ecaterina se esmeraba.

Doi

Cuando Costa por fin sintió tronar la Segunda Guerra Mundial en sus pelotas, supo que era la hora de volver a intentar dar a los arrumanos un Estado propio. No era su primera guerra. No es que eso importara en absoluto. No se trataba de la guerra en sí. Se trataba de sobrevivir.

Se lo contó diez años más tarde a la muchacha en la paja que le parecía demasiado guapa, demasiado joven y moderna. Se llamaba Aretia, y escuchaba sin obedecer. Ella era el fuego. Por eso la amó de inmediato. Sería la última a la que querría. Así que él debía contárselo todo.

—Maté a mi primer turco cuando tenía nueve años. Era el típico turco, un hombre apuesto, con un enorme mostacho. Un gendarme otomano. Esos siempre pedían una modesta contribución para dejarte pasar con seguridad. Unas cuantas monedas y uno de nuestros mejores quesos de oveja.

Pero aquel turco les había exigido más a Costa y a su padre.

—En lugar de protegernos contra las bandas, nos sacaba todos los cuartos. El dinero que habíamos ganado en Florina vendiendo nuestros quesos y nuestras alfombras de lana.

Aquello había sido una señal. Los otomanos perdían el control de la región, así que el turco agarraba lo que podía. Y la daga, cualquier daga, ofrecía resistencia. El gendarme la emprendió a patadas contra los sacos que cargaba el burro. Solo les quedaban algunas alfombras y una vasija de cobre que le habían comprado a un gitano para su madre.

—¡Conozco a los de vuestra calaña! —resopló el turco—. ¿Dónde habéis escondido las armas?

—¿Armas, para qué? —preguntó el padre de Costa en turco.

Hablaba todas las lenguas que aportaban dinero. El arrumano era la lengua de la libertad.

El soldado se agachó delante de Costa. Se miraron a los ojos.

—Para vuestra nueva rebelión. Hace casi diez años que no duermo. Este no es vuestro reino, sino el nuestro. Tendríamos que haber acabado con todos vosotros, búlgaros o no. Cuando un perro ha probado la sangre, debe ser sacrificado, pues de lo contrario, te hundirá los dientes en la garganta mientras duermes. —El turco pateó los sacos. El burro rebuznó—. ¿Dónde están las armas para matar turcos, perros?

Costa se dio cuenta entonces de que el turco era un hombre apuesto. Su bigote brillaba del aceite para barba. Era el turco quien debía morir.

—Mi padre sujetó al gendarme por los brazos. El turco no se resistió y rezó a su Dios como yo rezo al mío. «¡Hazlo!», gritaba mi padre una y otra vez. «¡Hazlo!». Le clavé al turco su propia bayoneta en el pecho. La primera vez, el filo rebotó contra una costilla. «¡Hazlo!» gritó entonces el turco. Lo hice. Sangre y hueso salieron del cuerpo, que no tardó en convertirse en cadáver. Seguí haciéndolo una y otra vez hasta que mi padre me dijo que ya bastaba y que el turco ya no volvería a decir nada nunca más. Le dejé intacta la cara. Era demasiado guapo para rajársela.

Hasta entonces, ni Costa ni el propio mundo habían oído hablar nunca de guerras mundiales. Entonces aún no.

Aretia le pidió que volviera a tumbarse con ella en la paja. Sin embargo, él se mantuvo impasible, mirando fuera a través de las rendijas del cobertizo.

—¿Y luego? —preguntó ella finalmente.

—Mi padre comprobó si el muerto llevaba algo de valor encima. Pistola, dinero, rakia. «Seguro que no somos las primeras víctimas», dijo mi padre. Yo me acerqué a nuestro burro y le acaricié el hocico.

Un escalofrío recorrió el torso desnudo de Costa. Aretia salió de entre la paja y se colocó de pie, a su lado. Lo besó en el hombro. De debajo de sus labios salió una profunda cicatriz, del tamaño de la punta de un pulgar.

—¿Eso es también de los turcos?

—Otra guerra, otra historia.

Tantas historias, tan poco tiempo. Aretia no estaba dispuesta a dejarlo. Quería saberlo todo de aquel forastero. Sin embargo, «todo» no era más que una palabra. Una palabra que no debería existir. Nada era nunca todo.

—¿Acaso no entran todas las guerras en la misma historia? —preguntó Aretia después de reflexionar largo rato. Se acordó del cabrero al que habían matado los búlgaros por no querer entregar su rebaño al invasor. Aquel cobertizo había sido suyo.

Costa se volvió hacia ella. Primero cerró la boca y finalmente esbozó una sonrisa.

—Tienes razón —dijo.

Aretia se sintió orgullosa.

Guardaron silencio hasta que el silencio empezó a pesarle demasiado a Aretia. Miró el diente de gitano que tenía en la palma de la mano, su talismán, y cerró el puño.

—¿Me quieres? —le preguntó ella de improviso.

—¿Por qué?

Aretia no tenía respuesta a esa pregunta, así que se guardó el diente y dijo:

—Eres mi primer hombre.

—Tú mi última mujer.

Entonces, él le hizo el amor como si eso fuera verdad.

*

El poco todo que Pitu sabía sobre su padre, se lo había contado su madre, Aretia, que había fallecido tres años antes. Ese mismo todo se lo había contado a ella el propio Costa a su vez. O, mejor dicho: después de su vez. Los padres de Pitu estuvieron apenas una semana juntos en el cobertizo abandonado, un montón de horas en las que copularon como animales y en las que solo hablaban cuando querían asegurarse de que hacían algo más que procrear lo que no debía perderse.

Su madre no era partidaria de los secretos. Era una persona sencilla, pero buena. La propia Aretia lo formulaba de una forma algo distinta: «Soy buena porque soy sencilla».

Pitu nunca conocería a su padre. No podía verificar en ninguna parte de quién había heredado la nariz, en cualquier caso, no tenía la nariz de botón de su madre. Ni siquiera le fue dado tener una foto suya. En aquella época, nadie tenía una cámara ante la cual posar. En aquel hermoso mes de marzo de 1949 cuando sus padres se conocieron, la guerra aún no se había asimilado como un recuerdo. Los comunistas habían prohibido todas las posesiones.

—Por eso nos embebimos todo lo posible el uno del otro. Él de mí y yo de él.

—¡Por favor, mamá! ¿Después no volviste a saber nada más de padre? —preguntó Pitu.

Siempre le había parecido extraño llamar padre a su progenitor. Extraño, pero no incorrecto. Aunque conocía la respuesta, tenía que formular la pregunta, incansablemente, como un niño capaz de oír el mismo cuento una y otra vez, esperando siempre otro final.

—Nunca —le dijo Aretia, y luego se encogió de hombros, unos hombros que se volvieron más y más huesudos hasta que Pitu no pudo volver a hacerle la misma pregunta—. La última mañana que pasamos juntos, mientras repicaban las campanas, regresó a su pueblo natal en Grecia.

Ese pueblo era Samarina, sabía Pitu, quien, en el momento mismo en que su madre se lo contó por primera vez, decidió que le pondría el nombre de ese pueblo a su hija, si algún día tenía una.

*

Con su violín en las manos, Samarina se había metamorfoseado en Leoš Janáček, el checo cuya composición estaba tocando. Detrás de ella se encontraba la puerta hacia el cuarto de invierno en el que no estaba permitido entrar. Al son de la música de su hija, Pitu se escapaba hacia tiempos perdidos. Ella mantenía los ojos cerrados y se balanceaba con los tonos que sacaba del violín. El arco descansó brevemente sobre las cuatro cuerdas, antes de que Samarina se lo llevara a la cadera. Lentamente fue volviendo a casa. Hizo una breve y juguetona reverencia.

—¿Qué te ha parecido?

—¿Qué puede parecerle a un padre? —preguntó Pitu—. Quisiera oírte tocar siempre.

Samarina estaba radiante de alegría. Sin embargo, no tenía intención de hacer un bis, por mucho que Pitu aplaudiera. Guardó su violín en la funda y se fue a la cocina. Las ollas estaban apiladas en el fregadero. Entre ellas, había también un plato partido en dos. Al menos, ya no haría falta fregarlo. Su hija no le preguntó nada al respecto.

¿Qué podía decirle Pitu? Había disfrutado de los puerros. Y él mismo había servido el postre.

—Hemos acabado —eso fue lo que le dijo a Ecaterina.

Era menos apetitoso que el plato principal, pero tenía que servirlo. Le contó que había ido al cementerio, lo cual era cierto, y que allí había llegado a la conclusión de que su amor, si es que podía llamarse así, se basaba puramente en la comodidad de tener pareja en la vejez. Cuanto más se trataban, mayor era la traición frente a sus difuntos cónyuges. ¿Cómo podrían mirarlos a los ojos cuando les llegara la hora?

Al mentir se sentía morir un poco.

—En la capital, el tiempo ha cambiado —se limitó a observar Ecaterina.

Primero se llevó las ollas al fregadero, luego lanzó su plato encima y se marchó. Sin llorar. Tal vez no fuera justo, pero Pitu había esperado más tristeza. Era un milagro que el romanticismo de las novelas que tanto le gustaba leer germinara de la seca realidad de la existencia cotidiana. Con el pomo de la puerta en la mano, Ecaterina prometió pasar al día siguiente. La puerta se cerró algo más fuerte de lo normal. Eso sí.

Mientras ella abría y después cerraba la verja, Pitu se había palpado la piel debajo de los ojos para ver si había una lágrima que secar. Tenía las mejillas tan secas como ese verano.

—¿Te friego las ollas? —preguntó Samarina.

—Ya lo haré más tarde —le contestó Pitu.

Sabía que podía quedarse sentado porque su hija ya se estaba poniendo el delantal. Chupó su pipa. Desde que el médico le había recordado su mortalidad, ya no le servía de nada fumar de mentira, como tampoco podía hacerle daño fumar de verdad. No realmente. Miró a su hija que cantaba algo sobre una triste novia, una canción de Toše Proeski a quien Pitu seguía llamando Todor, tal como lo habían bautizado sus padres. Nacido en Pãrleap, pero criado en Crushuva, su verdadero hogar. Era un chico listo. Cantaba sus canciones en todos los idiomas de la antigua Yugoslavia, salvo en el suyo propio. Cada vez que veía caminar a Todor, Pitu le preguntaba cuándo grabaría todo un disco en arrumano. Y luego añadía que, hasta entonces, su colección de música no estaría completa. «Cuando lo entiendan más personas», le contestaba Todor guiñándole el ojo. Lo llamaban el Elvis Presley de los Balcanes. Pitu siempre pensó que aquel disco acabaría llegando. El muchacho había empezado su carrera con una canción infantil en su lengua y así la acabaría. A la gente le gustan los círculos. Todo tiene que ser redondo o redondearse.

Samarina guardó silencio y colgó el delantal del gancho. Miró su móvil. La voz de Todor quedó sofocada en una autopista croata cuando tenía tan solo veintiséis años.

El timbre sonó y Samarina se plantó en el pasillo en un segundo. La buena gente entraba sin llamar, así que Pitu enderezó la espalda en la silla. Oyó a su hija hablar en tono más agudo. ¿Oyó un beso? Uno o dos, eso era una gran diferencia. Dejó la pipa en la mesita junto a su silla y se levantó a medias. Samarina entró, seguida de un joven de su misma edad. El pelo rapado por los costados, como todos los chicos de hoy en día. Arrastraba los pies algo encorvado, como si intentara esquivar las tallas del techo. Era la primera vez que Pitu veía a aquel muchacho. No es que fuera importante, pues a él le gustaba conocer a gente nueva. Acabó de ponerse en pie, esta vez con decisión, y antes de que el joven pudiera decir algo, preguntó:

—¿Quién es tu padre?

El chico alzó una ceja de la que la rasuradora se había llevado un trocito.

—Pregunta que quién es tu padre —dijo Samarina en macedonio.

Ella jugueteaba con los dedos y no miraba a su amigo, sino a su padre.

—De todas formas, no lo conoces —dijo el chico—, pero según mi madre era un borracho.

Como Pitu no sabía qué replicar a eso, dijo en macedonio:

—Soy Pitu, hijo de Costa y Aretia, y lo que es mucho más importante: padre de Samarina. Somos arrumanos.

—Gjoko —dijo Gjoko. Primero tuvo que sacarse la mano del bolsillo antes de que Pitu pudiera estrechársela—. Soy tu nuevo hijo macedonio.

Pitu intentó permanecer de pie, de verdad.

El chico no quería causarles molestias, de todas formas, no se quedarían mucho rato. Así que metió la lengua debajo del grifo. Como si hubiese escasez de vajilla. Antes de que Pitu fuera alcalde de Crushuva, lo más habitual era que no saliera agua del grifo. Durante su gobierno, la cosa mejoró, pero incluso entonces se interrumpía a veces el suministro. Gjoko no podía creerlo, él era de ciudad. Peor aún: de La Ciudad, Skopie. Pitu había estado allí pocas veces. En una ocasión vio a un hombre que llevaba tatuado un cráneo en el cráneo. Lo vio cuando el hombre se agachó para atarse los cordones de sus deportivas. ¿Les habría dado también su propio tatuaje a otras partes de su cuerpo? Pitu se alegró cuando se subió al coche y dejó atrás Skopie. Sí, se podían decir muchas cosas de la capital, así que se saltaron ese tema. Desde hacía poco, el chico vivía en Bituli, que él llamaba Bitola, a poco más de cincuenta kilómetros debajo de Crushuva, cerca de la frontera con Grecia. A Pitu le gustaba ir a Bituli. En la animada calle principal, comió por primera vez un taco. Con pollo y mucho cilantro. Había visitado el museo en honor a Atatürk, que había cursado sus estudios allí. En su época de estudiante, el «padre de los turcos» se enamoró de la encantadora Eleni Karinte, una muchacha arrumana de buena familia que no quería saber nada del joven turco. Su padre la desterró a Florina. Como se vio más tarde, Atatürk se las apañaría sin ella. Romeo y Julieta en los Balcanes. Pitu esperaba un guion parecido para su hija.

«Haz eso que sabes hacer tan bien, Bituli», rezó Pitu…

Samarina le explicó que se iban a tomar algo.

—Ha sido un placer conocerlo —dijo Gjoko.

—S-nã videm sãnãtosh —contestó Pitu.

Dejó que su hija se encargara de la traducción: que nos volvamos a ver sanos. Notó que Gjoko no sabía si debía besarlo en la mejilla. Quizá la próxima vez. Samarina sí le dio un beso. Uno grande, en plena mejilla. Hasta los quince años, los besos habían sido un medio de pago. Por un beso se podía quedar levantada media hora más.

Hacía calor y para los jóvenes la noche permanecía más tiempo joven. Se iban a picar y a beber algo en la terraza. Pitu quiso darle algo de dinero a su hija, para una cerveza o dos, pero Gjoko separó las manos, como si quisiera detener un penalti.

—Señor, a partir de ahora, yo cuido de su hija —dijo.

Samarina lo empujó hacia el pasillo.

A Pitu le gustaba ir a Bituli sobre todo porque sabía que, si no se detenía en la carretera, podía llegar a casa en una hora.

Samarina volvió y se inclinó hacia su padre.

—¿Qué te parece? —le susurró al oído.

Él sonrió y se encogió de hombros.

—Que os divirtáis —dijo—, y no vuelvas tarde.

Los jóvenes salían de marcha, él se iba a su dormitorio. Mientras se ponía el pantalón corto del pijama y elegía uno de los libros que había en el borde de la cama, pensó: ¿qué le puede parecer a un padre?

Ella es el futuro.

*

Costa tenía las uñas como las de un guitarrista, largas y limpias, los extremos blancos como sus dientes, no como los del pueblo que siempre llevaban consigo la tierra de Crushuva debajo de los bordes de las uñas. A Aretia le gustaba ser su instrumento. Había estado tan enamorada de aquel hombre, le decía siempre a todo el que dudara de su corazón. «Sigo alimentándome del amor que me dio».

Él le llevaba al menos veinte años. Ella no se había atrevido a preguntarle por su edad. Qué más daba. Lo vio y enseguida se quedó prendada. Y no, no fue un simple enamoramiento de jovencita. Había nacido en lo que ahora llamaban Grecia, le explicó él, y ahora iba camino a las montañas del Pindo, donde hablaban el mismo idioma que aquí en Crushuva.

—¿Eres de allí? —preguntó ella.

—Soy un exiliado y un pastor que ha renunciado al pastoreo —le contestó él apartando la vista.

Ahora regresaba del mar, pero su lugar no estaba en la costa, sino en lo alto de las montañas.

Tu lugar está junto a mí, pensó ella entonces. Enseguida amó al forastero. Y él a ella, de eso estaba segura. No como ella a él, por supuesto. Él era su primer amante. Y un primer amor llegaba más profundo. En cambio, él había tenido varias mujeres, ella lo había presentido y se alegraba de ello. Tantas mujeres, pero acababa en su cobertizo.

Allí le dijo que había viajado de Custantsa en el mar Negro hacia Crushuva. Antes de este retorno al sur de los Balcanes había vivido demasiados años en Rumanía. Un mes en Bucarest, la capital, el resto del tiempo en la costa. En ninguna de las ciudades se sentía en casa. Estaba allí cuando, después de 1945, los comunistas empezaron a quitarle el color a Bucarest. Costa se paseaba por los bares y las cafeterías, donde los taberneros defendían la libertad abriendo lo menos posible las ventanas y las puertas, y, en los rincones más oscuros, buscaba arrumanos que al igual que él hubiesen cruzado el Danubio durante la Segunda Guerra Mundial para eludir una bala griega como venganza por no haber optado por Grecia, la madre de todas las culturas, sino por los Otros, algunos dirían que por sí mismos.

—¿Volver allí, dices? —El hombre de la cafetería, que aún llevaba el mostacho rizado de periodo de entreguerras, se golpeó la frente—. Jamás voy a volver, y si eres listo, te quedarás conmigo, Costa. ¡Larga vida al socialismo! —gritó en voz alta y acto seguido se tomó un trago de cerveza amarga.

Apenas un año más tarde, aquel hombre había muerto. La bala lo había alcanzado, aunque no fueron los griegos, sino los rumanos rojos los que se la hundieron en la frente, encima de la ceja derecha. Había escrito una serie de artículos sobre los arrumanos que no encajaban con la posición nacional de los comunistas, que se apartaban de los Balcanes y de los supuestos hermanos que vivían allí, al fin y al cabo, habían encontrado un gran hermano en la Unión Soviética.

—Una muerte inútil —dijo Costa, mientras apartaba un mechón de pelo de los ojos profundamente marrones de Aretia. Ella se pegó a su pecho—. Aquel hombre habría podido morir en Grecia para exigir nuestra tierra, pero en lugar de ello escribía artículos sobre nuestra génesis. ¿Qué me importa a mí de dónde seamos? ¡Lo que me importa es que existimos!

—No te alteres tanto —le dijo Aretia, que acababa de encontrar un lugar cómodo entre la clavícula y el pezón de Costa. Había tardado siete días en descubrirlo.

—¿Y qué hice yo? Miré cómo pasaban los inviernos sobre el mar Negro. El frío apagó mi fuego.

—Así que no había para tanto —le contó Aretia a su hijo años más tarde—. Le agarré la…

—Créeme, madre, no quiero saberlo —dijo Pitu.

Ella volvió a encogerse de hombros.

—Él me acarició el vientre y parecía atravesarme el ombligo con la mirada.

Costa se incorporó apoyándose sobre los codos. Con su gran mano, levantó la cabeza de Aretia del suelo lleno de paja y apretó la nariz contra la de ella:

—Tú eres el futuro.

Al día siguiente, Costa se había ido. Aquello no fue lo último que se dijeron, pero Aretia había olvidado todo lo que vino después.

Ella era el futuro. Eso sí lo recordaba.

*

Pitu ya no soñaba. Echaba de menos los enredos que le presentaba por las noches su cerebro. El tumor bloqueaba su sueño rem. No necesitaba al griego para estar seguro de eso. También tenía sus ventajas. Con los sueños habían desaparecido también sus pesadillas. Solo le quedaba una, en su cabeza. De tres centímetros de diámetro.

Sin embargo, aceptaría las pesadillas con tal de recuperar sus sueños. Su cerebro siempre había demostrado ser un portentoso director de cine. Le gustaba el permanente asombro que le provocaban como espectador, a veces como figurante. Los sueños hacen comprensible la vida presentando a tu mayor enemigo como una hamburguesa voladora.

El gallo cantó.

El gallo nunca resultaba ser un sueño.

Pitu se dio media vuelta y volvió a sumergirse en la negrura.

Finalmente, el día se impuso. El sol había calentado de tal forma el cuarto, que Pitu no pudo hacer otra cosa más que ponerse las zapatillas e ir a la cocina arrastrando los pies.

Apoyó las nalgas contra el borde de la encimera. Una rebanada de pan chisporroteaba en la sartén. Pitu aún podía soñar despierto. A Samarina le daban un anillo, a Gjoko le daban un anillo. Constantine, el joven sacerdote, sostenía tres veces el cáliz con vino delante de ellos. De pronto su barba parecía más poblada. Declaraba que la pareja estaba oficialmente casada. En macedonio. Samarina estaba radiante de blanco, Gjoko de negro. ¿Qué es el matrimonio salvo una larga partida de ajedrez?

Pitu se estremeció. El dolor le llegó a la boca antes que la rebanada de pan duro. ¡Qué más le daba! Apartó el plato y abrió todos los cajones y armarios de la casa. Volvió a la cocina con las manos vacías. Se apoyó en el estrecho armario donde guardaba las especias. ¡Entonces se acordó! Se abrió paso con la mano entre los potes de albahaca, escaramujo, orégano, salvia, bayas de enebro, romero, tomillo y el gran tarro de perejil, que desde la muerte de su mujer había dejado de usarse y ahora olía a té demasiado fuerte. Por fin encontró el viejo pote que buscaba. En la etiqueta ponía que era pimienta en grano. Pitu lo sacudió.

—Ha llegado la hora, amigo mío.

Se fue a la terraza y se sentó en la silla sin cojín. Miró brevemente los tomates en su jardín. Durante días parecían no madurar, hasta que un día de agosto estaban rojos suplicando que los cosechara y se los comiera. Mis últimos tomates, pensó Pitu, que no tenía apetito pero quería tenerlo.

Humo blanco que se volvía azul. Pitu tosió al dar su primera calada. El humo le salió por la nariz y la boca, y él sintió que también se escabullía por sus globos oculares. Era el ataque de tos más delicioso que había tenido en años. Primero tomó una bocanada de aire matutino y luego otra calada. El humo azul revoloteó delante de sus ojos.

—¿Este pan es para mí? —preguntó Samarina desde la cocina. Tenía la voz ronca de la noche.

Pitu vació rápidamente su pipa y se atusó el pelo, como si así pudiera eliminar el olor a tabaco. Le dijo que podía comérselo.

—También queda queso en la nevera.

Puesto que un moribundo necesitaba algo que hacer, Pitu siguió el sendero entre las tomateras y se fue sin decir nada a la terraza del bar para sentarse ante un café turco, donde sin duda se encontraría con su cuñado, que empezaba invariablemente el día allí. Samarina no lo miró mientras se alejaba, Tito, el carnero doméstico, sí. Incluso dejó de masticar brevemente para saludar a Pitu con un balido.

*

Las guerras de los Balcanes no acababan nunca. De la primera surgió la segunda y de la segunda la tercera que pronto fue bautizada como Primera Guerra Mundial porque el resto también quería participar; de ahí salió la Segunda, y luego la Fría, que en los Balcanes era mucho más fría porque los comunistas cerraron el grifo del gas, y después de la caída de todos los muros y telones, los dioses de la guerra observaron satisfechos cómo los Balcanes seguían asesinando y violando. La paz provisional solo llegó con el nuevo milenio.

—Y luego, los occidentales se preguntan por qué en esta parte de Europa sigue habiendo coches de caballos…

Pitu le dio una palmada en el hombro a su cuñado.

—Piensa en tu corazón, pobre Aurel.

Después de que Anna sirviera el desayuno a dos turistas, se acercó a su mesita y él pidió otro café.

—Con porción adicional de azúcar, por favor.

—El azúcar te matará —le advirtió Anna.

—Yo le echo la culpa al Imperio otomano —dijo Pitu.

Los hombres vieron desfilar a medio pueblo. Todo el que quisiera subir o bajar la escalera tenía que pasar delante de ellos. Casi todos saludaban a Pitu. Esa era la ventaja que tenía un exalcalde frente a un excontratista. Pitu le había pedido excusas por ello, pero a Aurel le traía sin cuidado. La mayoría lo saludaban también a él con un gesto de la cabeza, que él les devolvía. A Pitu le estrechaban a menudo la mano, y a veces le daban un beso. Al menos, él no tenía que preocuparse de las bacterias, dijo Aurel. Todos le preguntaban a Pitu cómo se encontraba.

—Fantástico se queda corto —decía él cada vez, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

Cuando Ljuben pasó delante de ellos con una pala sobre el hombro, y le formuló la pregunta, Aurel se adelantó a su cuñado:

—Creo que fantástico se queda corto.

Pitu asintió y se encargó del tamborileo.

—Me toca cavar otra vez —respondió Ljuben—. La tía Tola se asfixió ayer con un trozo de solomillo de cerdo. —Señaló hacia arriba. Un homenaje a la mujer que había tricotado la ropita de bebé para muchos vecinos del pueblo—. Con este sol debo andarme con cuidado de no acabar en su tumba yo mismo —murmuró antes de seguir subiendo la escalera.

—Así es el ser humano hoy día —dijo Aurel—. Hemos tocado techo. A partir de ahora iremos a menos. Aún menos, quiero decir.

—Tu corazón, Aurel, tu corazón.

—No le pasa nada malo, te lo aseguro.

Después de que Anna le hubiera servido a Pitu el café turco con porción adicional de azúcar, Aurel le quitó la bandeja de las manos, se la colocó detrás de la espalda, le cogió la mano y le puso encima los labios. De repente parecía tener menos miedo de las bacterias.

—Eres el motivo por el que me levanto cada día —dijo.

—Tú eres el motivo por el que quiero quedarme en la cama cada día —le contestó Anna guiñándole el ojo a Pitu.

Después de recuperar su bandeja, se marchó. Justo antes de entrar en el bar, volvió la vista a los dos hombres de los cuales uno se sentía más viejo de lo que era y el otro mucho más joven.

Aurel se golpeteó el corazón con los dedos:

—Sigue funcionando.

—Anna me recuerda a tu hermana —dijo Pitu—. Mi Melina.

—Para este tema necesito algo más potente —dijo Aurel suspirando.

Acto seguido tomó un sorbo del café que no era el suyo. Pitu no dijo nada al respecto. En cambio, dijo:

—Todas las mujeres guapas me recuerdan a ella.

—Y con razón, tuviste suerte. En realidad, no deberías haberte casado nunca con ella.

Tiene razón, pensó Pitu avergonzado. Tanta suerte había tenido que había agotado la de ella. De no haber estado nunca juntos, ella todavía estaría viva, pensaba a veces, aunque sabía que eso era absurdo, pues no toda la culpa era de él.

Pitu no habría podido tener otra vida, una vida con otra. Aunque casi estuvo a punto de suceder. A los dieciséis años se había quedado prendado de otra mujer. Marija, con sus pómulos y sus ojos de hielo. Era una macedonia de pura cepa. Su padre era un alto mando del ejército. Eso traía sin cuidado a Pitu, él quería estar con ella. Ir con ella a la iglesia y luego al llegar a casa quitarle el velo, y después el resto de la ropa. Dios, estaba enfermo de amor. Cuando el padre se llevó a su familia por una semana a Ohrid, él lloró hasta quedarse dormido. Cuando no le apasionaban las clases, escribía «Marija» en un papel y miraba lo bien que encajaba su apellido con el nombre de ella. Marija Vreta. Ningún otro apellido le quedaba mejor que el suyo. Su madre encontró una de esas hojas, lo besó en la coronilla y le dijo que debía sentarse. Aquella tarde después de la escuela le habló de su padre, que también había sido una especie de soldado.

Ahora, Marija vivía en Alemania y se llamaba Marija Ristovski. Tres años más tarde, Pitu dio su apellido a una arrumana de igual belleza.

Inmerecidamente, según el hermano de ella:

—No eras más que un pobre diablo —recordó Aurel—. Y de tu madre, una mujer encantadora, por cierto, decían que era una vieja solterona y que le faltaban un tornillo o dos.

—Fue la primera feminista del pueblo, porque no tenía ningún marido que pudiera degradarla a mujer —respondió Pitu.

Miró por encima de las gafas a su cuñado y se notó la papada apretada como una roulade contra la nuez de Adán.

—Dicho sea de paso, no es que a mi padre le importaran mis objeciones —observó Aurel—. Aquel hombre era demasiado bueno para este mundo. Solo hablaba del verdadero amor. En ese sentido, mi padre y tu madre habrían hecho buena pareja. Así al menos habríamos sido hermanos de verdad. —Volvió a tomar un sorbo del café de Pitu—. Aún recuerdo que estrellé un jarrón contra la pared porque mi hermana no quería escucharme.

—Me lo contó, sí.

—Si hubiese sido albanés, seguramente te habría matado.

Pitu se rio.

—Si hubieseis sido albaneses, seguramente no me habría casado nunca con tu hermana.

—Y aquí nos tienes.

—Y aquí nos tienes —repitió Pitu, que tampoco podría haberse imaginado esto. Hasta la muerte de su mujer, Aurel solo había sido su cuñado de nombre. Cuando se encontraban, siempre lo miraba como si en cualquier momento pudiera volver a lanzar jarrones. Para todos era mejor que se evitaran. Si eso fallaba y tenían que estrecharse la mano, entonces la ruda mano de su cuñado siempre estrujaba la pequeña mano de alcalde de Pitu. Así fue durante años, hasta que el invierno se hizo primavera y la mujer y hermana se negó a despertarse. Sin motivo, sin cáncer, sin solomillo de cerdo. Entonces, Pitu y Aurel se abrazaron llorando y no volvieron a soltarse.

—Tengo que pensar en mi corazón —dijo Aurel dando con el puño en la mesa.

Entretanto, había vaciado la taza y encendió una colilla. Pitu hizo una seña a Anna para que les trajera algo más fuerte. Entre un parpadeo y otro vio brevemente a su mujer sonriéndole. Sin embargo, esta desapareció en la pregunta de Anna de si también querían un poco de agua. Pitu recordó la gorra naranja que le había tricotado la tía Tola a Samarina para protegerle la cabecita calva en invierno. En realidad, era más bien marrón, pero lo llamaban naranja. El marrón y el gris cemento formaban parte de la herencia de los comunistas. Una herencia sin herederos.

Pitu dio unas caladas a su pipa y probó el tabaco de aquí y ahora.

Trei

Torna, torna, fratre, vuelve, vuelve, hermano. Así aparecieron nuestras primeras palabras en la historia del mundo, escritas por Teofilacto. A la sazón provocaron un gran alboroto.

El ejército bizantino cruzaba un estrecho puerto de montaña cuando un burro perdió un gran bulto. Ya no se sabe lo que cargaba el burro, quizá tiendas de campaña, quizá armas, quizá víveres, pero el caso es que arrastraba la carga por el suelo detrás de él. En aquel momento decisivo, esas palabras se fueron transmitiendo hacia delante, como en una carrera de relevos, hasta llegar al arriero y más allá: «Torna, torna, fratre!». Las palabras avanzaban como un ejército, boca en boca sin que las correspondientes orejas las entendieran. ¿Retornar? ¡Regresar, el enemigo se acerca! Todos gritaban las palabras, que ya no se decían para ser entendidas. Cundió el pánico y el ejército se dispersó.

Corría el año 587, entonces ya nos entendían mal.

El único que debía regresar para calmar al animal y trincar la carga era el arriero. Solo él, el hermano.

¿Que quién demonios somos? Simplemente somos, estamos aquí: existimos. Lo que sabemos lo sabemos de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros bisabuelos. Lo que somos es nuestra lengua, que hemos aprendido sobre las rodillas de nuestras madres.

Los demás nos llaman valacos. Vlachoi en un idioma, Vlasi en otro, traducido: extranjeros. Muy extraño, puesto que somos de aquí. Se nos puede encontrar en todos los países de los Balcanes. Estábamos antes que los eslavos, ellos que tienen nada menos que siete naciones propias. En definitiva: somos los Balcanes. No tenemos ningún Estado, pero sí una patria histórica: el corazón del sureste de Europa. Surgimos en los Balcanes, en el espíritu de los Balcanes, y somos el punto de partida de una Europa cosmopolita. Fundamos muchos de sus pueblos. No al revés, no a menudo, y cuando sí, fuimos nosotros los que convertimos sus pueblos en ciudades. Allí apenas se nos encuentra ya, pero sí quienes éramos. En Budapest admiran nuestros palacios, en Belgrado nuestras casas señoriales. Construidas por familias con un nombre, nombres que pueden olvidarse porque de todas formas ya se han olvidado.

Nuestra naturaleza es, y en eso estamos todos de acuerdo, que estamos en desacuerdo, salvo sobre dos asuntos: pertenecemos a la Iglesia ortodoxa oriental y nuestra lengua desciende de los romanos. Somos dos grandes imperios en uno.

Para saber quiénes somos es fundamental saber quiénes no somos: no somos rumanos, no somos griegos, no somos macedonios ni búlgaros, no somos albaneses y no somos serbios. Pero queremos a los que no somos. Nos sentimos a gusto en sus naciones. Llamadnos patriotas, porque hemos muerto por su independencia. Somos combatientes, aunque luchemos por otros. Y por ellos nos extinguimos. Sin prisas. Dicen que hablamos lentamente, que somos lentos, y si les damos la razón, nos extinguiremos también de forma lenta y mansa.

A la larga, el fuego siempre nos alcanza. El fuego del demonio, de Ali Pãshelu, el déspota albano-otomano que reinaba sobre nuestros pueblos, fue el principio del fin. En el siglo xviii quemó nuestra Moscopole, centro y cima de nuestra cultura. El fuego nos disgregó y nos dispersó por la región, por lo que no nos convertimos en el Luxemburgo de los Balcanes, sino en la Atlántida del sudeste de Europa. El fuego regresó, una y otra vez, igual que regresó en Clisura, en Samarina, y en todos los demás pueblos que amamos.

Hemos logrado sobrevivir tanto tiempo gracias a la ubicación de nuestras comunidades. En lo alto de las montañas del Pindo, en la sierra de Gramos, en el Pelister. Allí, nadie se entrometía con nosotros. Los griegos dicen que la locura se va a las montañas y por ello, las montañas pertenecen a los arrumanos. Vivíamos en las alturas, como los dioses. Por eso tenemos un idioma y una cultura propios. Todavía. Ahora estamos en América, Australia, Alemania, Francia, en las capitales donde los quesos se venden preenvasados y las personas no saben quiénes son, por no hablar de saber quién es el otro. Lugares demasiado lejanos para regresar de ahí. Necesitamos dinero, dinero y Netflix. Ni siquiera queremos volver. Un hogar lejos de casa también es un hogar. Además, no cambiaría nada. La asimilación viaja más rápido ahora que han asfaltado nuestras montañas. Sobrevivimos a las invasiones de los eslavos, godos, bizantinos, hunos, ávaros, turcos, nazis y comunistas, pero la modernidad es la invasión que acabará con nosotros.

Ayudamos a todo el mundo, desde los romanos hasta los griegos antiguos y nuevos, a todos los Estados de los Balcanes que aún no eran Estados. Pero ¿quién nos ayuda a nosotros? Ni siquiera nos ayudamos a nosotros mismos. No queremos que nos presten atención. La atención atrae al fuego. La atención es oxígeno y preferimos contener la respiración. Así desapareceremos, pues es lo que hacemos. Pero con orgullo: hablemos mientras podamos, que nos oigan. Nos negamos a ser extranjeros en traducción. No somos valacos, sino armãn, eso somos.

Somos arrumanos.

Ved nuestro legado.

Torna, torna, fratre. Nadie osará decirnos esto, porque la muerte impide cualquier regreso.

Extrañadnos.

*

El miedo a la burla hizo que el niño se olvidara de enfadarse y le entregara su móvil a Pitu. Era ya el segundo que se incautaba este.

—No puede hacerlo —le dijo el niño después de haber apagado el videojuego. Los sonidos de tanques y balas enmudecieron—. Ni siquiera es un maestro normal.

—Soy tu madre —respondió Pitu—, porque os enseño la lengua de vuestras madres.

Señaló a los niños, que lo miraban fijamente. Se reían.

—En esta clase podéis llamarme maestro, señor o mamá.

—Mi madre es una puta —murmuró alguien lo suficientemente alto. Pitu no vio quién era, aunque oyó que la voz pertenecía a uno de los chicos que estaban al fondo del aula. Sabía que no debía reírse, pero no pudo contenerse y le hizo ese cumplido.

—¿Puedes decir eso en nuestra lengua? —preguntó mirando a la última fila.

Los niños se rieron. Alguno de ellos preguntó si Pitu, su mamá, podía ser el primero en recitarlo, tal como mucho tiempo antes habían aprendido a recitar el alfabeto y a contar hasta diez. Unu, uno, doi, dos, trei, tres, patru, cuatro, tsintsi, cinco, shasi, shapti, optu, noauã, dzatsi. Diez. Cómo sumar y restar los números, lo aprendían en macedonio, en un aula no lejos de allí.

—Va, venga, que así aprenderemos —insistió una niña de la primera fila.

Era de esas que lo decían en serio. Su madre le había enseñado la vieja lengua y seguramente la palabra puta era de las pocas que no conocía.

Pitu negó con la cabeza. Les daba a los niños no solo su lengua en custodia.

—Más importante que nuestro idioma es nuestra actitud. Nosotros éramos alguien y por ello debemos intentar ser siempre alguien, por difícil que resulte en estos tiempos. Nuestras madres no son putas. Porque cuidan de nosotros, nosotros cuidamos de ellas. Las queremos, como queremos a nuestra limbã di dadã, nuestra lengua materna.

—También la queremos a usted, mamá —dijo uno de los chicos de detrás.

Dios, cuánto se había encariñado Pitu con esas clases. Su propia madre solo hablaba arrumano. Ahora había niños que solo sabían hablar eslavo-macedonio. Él no pedía nada a cambio de impartir clase, contento de poder hacer algo por la comunidad enseñándoles a sus descendientes la lengua que habían mamado del pecho materno. A veces, Pitu permitía que los padres le hicieran algún regalo, como a un sacerdote o como al alcalde que ya no era. Un pan, una tarta de calabaza, una botella de rakia. Aquella mañana había considerado durante un minuto entero llamar al director para decirle que no iría. Tenía motivos de sobra. Los niños ya se las apañarían solos. De todas formas, faltaba poco para las vacaciones de verano y así podrían ir acostumbrándose a las lánguidas mañanas que estaban por venir. Pitu ya no tenía ninguna obligación, nunca más. Su cuñado sí, Samarina sí, y también a los niños de su clase les esperaba una vida entera de obligaciones, pero él solo debía morir. En aquel minuto de duda, le pidió otro café a Anna y volvió a llenar la pipa. Cuando Anna le hubo dejado el café delante y se trabó la lengua con un tsi fats, un simple «qué tal», Pitu decidió que iría. Vació deprisa la taza y se levantó para dejarles el sitio a dos turistas pesados. La pareja se abalanzó sobre las sillas como si hubiesen trepado desde el valle hasta Crushuva, no, como si hubiesen llegado a rastras desde occidente. La mujer pidió agua a gritos. Anna ni siquiera estaba por ahí. Si no le hubiese costado demasiado correr, Pitu habría hecho un esprint hasta la vieja escuela.

No todos los niños veían la utilidad de aquellas horas de clase. Ni siquiera cuando él les contó que así aprenderían más fácilmente el italiano o el español. Y puesto que también hablaban el eslavo-macedonio, ¡tendrían acceso a dos familias lingüísticas! Casi nadie tenía ese lujo en este país, ni siquiera los albaneses, que tenían una familia para ellos solos. En cualquier caso, Pitu no tenía que venirles con nostalgia. Eran demasiado jóvenes para eso. Vivían para el futuro. Solo después de la pubertad empezarían a añorar los tiempos que nunca más revivirían. Algunos de estos alumnos se maldecirían algún día por haber preferido capitanear un ejército virtual que aprender a conjugar un verbo cantando.

—Cã-cã-cã! Cãntã cucotlu, cã-cã-cã! —el gallo cantarín de Pitu causó impresión, pero no tanta como la campana que liberó a los niños de sus pupitres y, quizás lo más importante, a los dos móviles del cajón del maestro.

El chico se pasó la mano por la camisa y dijo hábilmente:

—Haristo multu.

Apenas había pronunciado su agradecimiento cuando su móvil empezó a emitir sonidos. Su ejército lo había echado de menos.

Pitu hizo el saludo militar. Ya no era una madre.

Volvía a ser el moribundo.

Decidió ir a casa dando un rodeo. El pueblo florecía. Salvo durante su luna de miel, Pitu no había pasado una sola noche fuera de Crushuva. Melina, su flamante esposa, dijo que quería ir al mar, pues de lo contrario no se casaría con él. Pitu no pudo convencerla de que se quedaran en el pueblo y sellaran su matrimonio en el hotel de montaña un poco más lejos. Con el dinero que se ahorrarían en el viaje podrían haber arreglado su casa. ¿Acaso no quería pintar las paredes de amarillo claro? ¿Y no quería una bañera, y una cocina con un horno moderno? Melina se mantuvo inflexible: no quería ver ningún amarillo claro, sino azul marino. Así que partieron hacia la costa de Yugoslavia, la federación que les había impuesto a todos arresto domiciliario. Pitu quería seguir hasta Istria, en la actual Croacia, porque sabía que allí vivía gente que hablaba un dialecto de su idioma, tan lejos de todos los demás valacos. La etnia más pequeña de Europa, dicen. Pero nunca llegaría a hablar con ellos, y no porque fueran difíciles de encontrar. Después de pasar por Kotor y la marmórea Dubrovnik, Melina decidió que el matrimonio ya era de por sí un viaje. El mar le dolía. Tenía miedo. Al otro lado de aquel azul profundo estaba la libertad. El agua, que parecía tranquila, la retaba a robar una barca y navegar hasta Italia, donde todas las mañanas practicarían el deporte de maldecir a los comunistas. Tenía que alejarse de la costa, antes de zambullirse en el mar y ahogarse sedienta de libertad absoluta. Todo eso le había susurrado a Pitu en el oído, antes de preguntarle si no le parecía mal volver a casa.

—Si tú lo quieres, tesoro.

Desde entonces, él dormía cada noche en su propia cama en su propia casa y en su propio pueblo. Había rechazado cualquier otro lugar. Bien era cierto que su pueblo era un pueblo de pastores, comerciantes y guías —personas que pasaban los veranos y los inviernos en otro lugar— pero Pitu permanecía en Crushuva porque el pueblo lo necesitaba. Igual que sus antepasados habían conducido a extranjeros, ejércitos y viajeros por las montañas, así guiaba él a los pueblerinos que tanto quería.

¿Por qué iba a dejar de hacerlo? Mi muerte no puede ser una excusa para abandonar nuestro Crushuva, pensó.

Volvía a estar delante de la casa con el tejado desmoronado. Uno de los gatitos se le acercó maullando. Era una gatita atigrada con legañas en la comisura de los ojos. La cabeza parecía demasiado ancha para su cuerpo enflaquecido por el hambre. Las costillas eran rayas adicionales en su pelaje. Pitu había olvidado meterse una rodaja de embutido en el bolsillo. Lo único que podía ofrecerle era tabaco. Mientras el animalito se deslizaba por sus tobillos repartiendo de vez en cuando algún cabezazo, Pitu buscaba a la madre. Le dio una patada a una piedra. El animal la siguió corriendo y volvió porque la piedra se hacía la muerta. Después de un cuarto de hora, Pitu cogió a la gatita y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. Cabía justo.

—Cariño, ya nos preguntábamos cuándo volverías a casa —dijo Ecaterina cuando Pitu cerró la puerta tras de sí.

¿Es que no le había dicho que habían acabado? Samarina estaba sentada a la mesa con su ex. Ecaterina había traído bizcocho. Bebían café de tazas que su mujer se había traído de su casa paterna después de la boda. Pitu colgó la chaqueta en el respaldo de la silla mientras miraba a las mujeres con extrañeza. El bolsillo de su chaqueta se movió violentamente. Su ex incluso se olvidó de decirle que había un perchero en el pasillo. A Pitu, la escena le recordaba demasiado a una emboscada. ¿Se habrá ido de la lengua el médico?, se preguntó. Ecaterina tiró los posos del café de la taza. Había buscado el futuro, vio Pitu. Bobadas, pensó, aunque no las tenía todas consigo.

—Siéntate ya, papá —dijo Samarina.

Pitu echó la silla hacia atrás y se dejó caer en ella. Como de costumbre, no le podía negar nada a su hija. Ni siquiera logró rechazarle el café. Ella le dio la taza que llevaba pintada una delicada flor rosa. Su mujer le había dicho cien veces qué tipo de flor era y, sin embargo, él lo había olvidado, igual que habían quedado olvidados muchos recuerdos que en otro tiempo parecían menudencias. ¿Empezó a caminar Samarina al año o a los dos años? ¿A la carne picada se le echa solo tomillo o también romero? ¿Hay que meter dentro la adelfa antes de que llegue el invierno, o no?

Pitu se sobresaltó por los chillidos de las dos mujeres. La gata había salido del bolsillo de su chaqueta y con sus patas inestables había saltado sobre la mesa. La nariz la guiaba hacia el bizcocho. Del susto, Ecaterina había derramado los posos del café. Los ánimos se calmaron apenas cuando vieron que no era un ratón.

—Pero ¿qué tenemos aquí? —exclamó Samarina dando una palmada. Cogió a la gatita por la barriga y se la puso en el regazo. La gatita maulló. Ella le dio unas migajas de bizcocho. El animalito parecía guiñarle de agradecimiento.

—¡Qué monada!

—Es para ti —dijo Pitu.

Se había metido al animal en el bolsillo sin pensárselo y solo ahora comprendía lo importante que iba ser esa bola de pelo. La gatita no solo había sido salvada, era la salvación de su hija. Cuando él estuviera muerto, la gata la consolaría. Ronronearía sobre su certificado de defunción y amasaría el aire hasta que Samarina pudiera volver a sonreír. Pitu tomó un sorbo de café para reabrir su tráquea. Prosiguió:

—Su madre se perdió y ya he dicho otras veces que va siendo hora de que tú hagas de madre, así que aquí tienes. Así seré un poco abuelo.

Samarina lo oía solo a medias mientras besaba las orejas prácticamente peladas de la gata.

—Como eres una mierdecilla, te llamaré Cãcat.

Sin duda es una caca, pensó Pitu, mientras contemplaba a su hija, que se dejaba lamer la nariz por Cãcat. Si no hubiese sido mayor de edad, él le habría dicho algo al respecto. Samarina se reía. Ecaterina parecía incluso más feliz que su hija. Dado que la cabeza de la gata estaba ocupada, ella le hacía cosquillas en la espalda y dejaba que la cola se deslizara entre sus puños.

—Vamos a cuidar bien de ti —dijo Ecaterina. Mirando primero a Pitu y luego a la gata.

Pitu removía su café, que no llevaba azúcar porque Ecaterina lo consideraba poco saludable, y deseó allí mismo poder desaparecer en el remolino. Un volcán en negativo. He tenido suerte de no conocer nunca a mi padre, pensó de repente. No se puede perder a un padre que no se tiene.

Cãcat saltó al suelo. Se estiró brevemente, se lamió el hocico y se fue a explorar la casa que debía convertirse en la suya por el resto de su vida. Las borlas de la alfombra turca no le gustaron nada. Les bufó, les dio un zarpazo y luego se fue a la cesta de periódicos como si no hubiese pasado nada. Allí se tumbó, volvió a mirar la mesa donde los tres humanos vigilaban el bizcocho y cerró los ojos.

*

La madre de Pitu volvió a hablarle una vez más del principio y del final, que para él tal vez era más importante porque ese final había significado su principio.

Costa ya no reconocía el camino que atravesaba este lado de las montañas. Todo era distinto desde que Europa volvía a estar dividida. Incluso los postes de dirección habían sufrido debido a la guerra. Algunos apuntaban adrede hacia el lado equivocado. Los ordenados alemanes no estaban acostumbrados a eso. Gasear a judíos, perfecto, pero la señalización era sagrada.

Cuando los otomanos todavía recaudaban impuestos, el padre de Costa se lo había llevado en más de una ocasión a Manastır, como llamaban los turcos a la ciudad, por Monastíri, el nombre que los griegos le habían dado. Su padre llamaba a la misma ciudad Bituli, y Costa seguía su ejemplo. En aquella época viajaban en burro. Es decir: el burro transportaba el queso y las alfombras de lana en grandes sacos, que se balanceaban sobre su tupido pelaje. Recorrieron todo el trayecto a pie, por muy vergonzoso que fuera, pues caminar era para burros y mujeres. Costa no estaba de acuerdo con eso. A él le gustaba la cadencia de la marcha. Además, les habían robado el caballo y antes de poder comprar otro, tenían que vender el queso y las alfombras. El año anterior, Costa aún había podido viajar a lomos del burro. «Pero tu madre te dio demasiado de comer».

Costa llevaba en la sangre aquel tipo de viajes. Y seguía disfrutando de ellos.

Ascendía y ascendía, y cuando no notaba la altitud en las piernas, la notaba en los pulmones. Reconocía el aire que era igual de puro en su pueblo natal. Un hombre achaparrado se quitó el fez ante él y le deseó las buenas tardes en dos idiomas. Costa respondió al saludo en arrumano y supo que aquí le darían pan, suave y sabroso como podía serlo el sudor de la mujer adecuada. Y queso, por supuesto, cãshcãval como no tenían en ningún otro lugar.

Había un pequeño mercado. Cinco valacos hacen un mercado, pensó Costa recordando un refrán griego. El mercado que justo después de la guerra empezó a llenarse cada vez más y después, por precepto socialista, se fue tornando cada vez más magro. Le compró dos pares de calcetines usados a un hombre que había perdido las piernas por culpa de una banda de malhechores. Podía llevarse un tercer par por la mitad del precio.

—Pero tiene un agujero en el dedo pequeño —observó Costa.

Al principio, el hombre se rio, luego lo miró con gesto grave.

—Dentro de un tiempo, nadie podrá permitirse llevar calcetines. ¡Te lo juro! —Entonces dejó de lado la seriedad y volvió a reírse más que antes—: Afortunadamente, yo no lo notaré.

Se golpeó con fuerza en los muñones que dejaba al aire. Costa miró las rodillas zurcidas y creyó oler la carne cauterizada. Pagó y se llevó también el tercer par.

Se dirigió hacia un muro contra el cual se apoyó cuando se descalzó. Se quitó los calcetines viejos, movió los dedos de los pies y se enfundó los calcetines nuevos. Una pizca de felicidad. Siguió paseando por el mercado y pasó delante de ristras de ajos y cestas llenas de pimientos verdes. Cuando se disponía a comprar un trozo de queso de oveja a una mujer que había expuesto sus quesos sobre una puerta tumbada, vio a Aretia. Ella también lo había visto, pero él aún no lo sabía. Aretia no le quitó el ojo de encima desde el momento en que la vieja Dina empezó a reírse del extranjero que se había parado delante de su puesto. La joven no bajaba los ojos, ¿por qué iba a hacerlo?

Costa había cambiado su hambre de alimentos por una de otro tipo, y se alejó de la mujer que vendía los quesos de su marido. Ni siquiera saludó a la joven antes de acercársele. Se plantó de pronto delante de ella. Aretia se apartó un mechón de los ojos; en aquella época, su cabello todavía no era gris, sino de un castaño que casi parecía caoba. Más tarde, en la paja, ella se daría cuenta de que, en las patillas, él ya tenía algunas canas. No era raro después de todo lo que había vivido.

Puesto que Costa hablaba mal el macedonio —que él aún llamaba búlgaro—, la abordó en arrumano.

—Tú no estás en venta —le dijo—. Pero yo quiero tenerte.

Le besó la mano, como consideraba que debía hacerlo, y le pidió que le perdonara su franqueza. Tenía prisa, le explicó sin explicarse.

—Me llamo Costa. ¿Y tú?

—Me llamo Aretia.

—Aretia, tengo hambre —dijo.

—¿Qué te apetece?

Después se llevó a Costa de la mano. No a su casa, por supuesto que no. Allí no llegaría a ir nunca. Sus padres no sabían nada. Al menos, su padre estaba fuera y dejaba la familia a su mujer, que se alegraba de que su hija hubiese perdido por un instante su malhumor. Tampoco le importó que de repente desapareciera medio pan y un pedazo de queso. Ni siquiera la ausencia de su hija parecía preocuparla. Se contentaba con que pasara de vez en cuando por la casa para demostrar que no la habían secuestrado. Había presenciado cosas peores. Aretia gozaba de la confianza de su madre.

Injustificadamente.

Siete días más tarde, apenas unas horas después de que Costa emprendiera el camino al sur y abandonara para siempre Crushuva seguido por su propia nube de polvo, Aretia vomitó ensuciando la pared exterior del cobertizo. El ácido siguió las grietas de la madera y penetró en la tierra. Ella jadeó en busca de aire. Qué pronto siento la ausencia, pensó. Le venía de su madre. El amor las enfermaba. Siempre que su marido abandonaba el pueblo para vender sus cuchillos y cucharas en Bituli, Pãrleap, o incluso más lejos, su madre parecía pegada a la cama el primer día. Entonces, Aretia tenía que llevarle pan seco y dos cubos. Al día siguiente, la madre vaciaba los cubos detrás de la casa y retomaba su vida cotidiana.

Ahora era su madre la que le llevaba cubos y pan. No se dijeron nada. Los días siguientes, Aretia apenas se sentía mejor. Comía cada vez menos, y sin embargo se llenaba cada vez más. Un día, su madre la miró fijamente y le apretó los pechos. Con fuerza. Aretia chilló. Apartó de un golpe los brazos de su madre.

—¿Cómo se te ocurre? —gritó.

Su madre no le contestó. Sin decir nada, se fue a la habitación trasera y regresó con una cuna de madera en cinco piezas. Cantando, armó la cunita de fabricación casera.

—Y aquí está lo que no estaba —dijo después de deslizar el fondo en la cuna y dar un paso atrás para observar el resultado. La cuna estaba en medio de la habitación, para que Aretia no pudiera pasarla por alto.

—Si le pones al niño el nombre del padre, te lo quitaré y lo entregaré al convento —le advirtió su madre—. El niño es solo tuyo, tuyo y de Dios.

—Le pondré el nombre de Pitu Guli —respondió Aretia sin pensar.

Su madre la abrazó. No estaba claro cuál de las dos empezó a llorar.

—¿Y si es una niña?

—No lo será —le prometió Aretia.

—¿No querías una niña? —preguntó Pitu cuando su madre hubo acabado de contar.

—Te quería a ti —le contestó ella, después de haberle acariciado la suave mano de niño.

—¿Qué opinaba el abuelo?

—Ya sabes que las mujeres como nosotras no permitimos que nadie nos dé órdenes. Él no dijo nada. Mi barriga que iba creciendo era para él la prueba de lo divino —dijo—. No es que fuera un idiota. Tú has heredado su cerebro.

El abuelo de Pitu dio vida a dos hijas y cuatro hijos, dos de los cuales volvieron del campo de batalla con los pies por delante. Perdió a uno por los alemanes y a otro por los búlgaros, y no estaba dispuesto a perder a su hija menor por un arrumano griego que no le sembró una bala, sino una pequeña alegría.

—Recuerdo que te cogió en brazos y dijo: «Este no conocerá la guerra». Después se fue a su taller y me hizo este colgante.

Aretia acarició el sol de metal que su padre llamaba plata, pero no porque no supiera que no era plata, sino porque su hija se merecía más que un pedazo de hierro.

Aretia no sabía qué había sido de Costa, no quería saberlo. Una semana más tarde, cuando volvió al cobertizo abandonado para oler su encuentro amoroso, vio un saco cerrado tirado en un rincón. Hasta entonces no le había llamado la atención. Su interior contenía algunas monedas y la pipa tallada a mano que habían compartido después de correrse.

Aretia fue a sentarse en una paca de paja y machacó carbón con una piedra, metió el polvo en un cuenco y le añadió un poco de rakia. Con la brizna de paja más inflexible que pudo encontrar empezó a mezclar el brebaje. No podía convertirlo en oro, pero se parecía mucho al aceite. Apretó el cuenco entre las rodillas y se arremangó. Puesto que no tenía a ninguna amiga aquí, lo hizo ella misma: se apretó la punta de la paja en el brazo y se dibujó muy lentamente un sol en la piel. Dejó el cuenco en el suelo y se quitó el pendiente. Si pincho fuerte, podré hacerlo con esto, pensó. Empezó con el primer rayo de sol. Lágrimas sobre las mejillas, sangre en el antebrazo.

Tras la muerte de Aretia, Samarina heredó el sol de falsa plata. En realidad, era demasiado joven para llevar la joya, pero Aretia opinaba que podía hacerlo. La nieta lo perdió en la escuela. Por supuesto, nadie volvió a encontrarlo jamás.

El sol tatuado en el antebrazo de Aretia nunca se perdió.

*

Cãcat ya no cabía en la palma de Pitu. Los gatitos crecían rápido. Come demasiado, pensó Pitu, y con las uñas arrancó un trozo de queso y se lo lanzó a la gata, que lo cogió al vuelo haciendo una pirueta. El animal emitió un agudo maullido antes de empezar a saborearlo. Ecaterina, que seguía pasando por allí todos los días, pero ya no lo besaba en la boca, siempre le daba a la gata un montón de pienso en el que mezclaba restos de su propia comida. Cuando Cãcat se sentaba en el alféizar de la ventana, Pitu sabía que su exnovia estaba cerca.

Ahora, Cãcat se fue a tumbar en la franja de sol que partía la habitación en dos. Aprendía a lavarse. Su cola la distraía constantemente de su labor.

Pitu volvía a tener una cita con el médico. Decidió no acudir. ¿Por qué iba a hacerlo? Le quedaba demasiado poco tiempo para dejar que le escucharan el corazón. Su corazón todavía funcionaba, pues de lo contrario no estaría aquí, de lo contrario, no seguiría enterneciéndolo ver a Cãcat intentando en vano cazar a una mosca.

—¿Has visto mi chaqueta?

Samarina estaba delante de él con las mejillas pálidas.

—Blanca con flores lilas —añadió—. No la encuentro por ningún lado.

Aquello conmovió a Pitu. La joven mujer se convertía a veces en una niña.

—Sé a qué chaqueta te refieres —le contestó—, te queda divina con ese viejo vaquero mío.

Samarina negó con la cabeza.

—Eres imposible…

Quería marcharse.

Pitu se levantó rápido y la retuvo agarrándola con cuidado por la muñeca.

—Tengo que decirte algo —dijo sin querer decirlo.

—¿Sabes dónde he dejado mi chaqueta?

—No, me refiero a que tengo que preguntarte algo, más bien eso. ¿Quieres pasear conmigo por las montañas? Solos tú y yo. Como antes. Solo que ahora tendrás que esperarme más a menudo, y no al revés, y yo ya no podré llevarte en hombros cuando estés cansada.

Samarina titubeó, Pitu lo vio, ya le había soltado la muñeca. La niña volvía a ser mujer.

—Estás muy ajetreada, lo entiendo. ¿Otra vez, quizá?

—He quedado para ir a ver una película en la ciudad —dijo.

A una hija mía no se le ha perdido nada en la ciudad, pensó Pitu, una hija tiene que estar en las montañas. Asintió con la cabeza para darle a entender que le parecía bien.

Samarina se fue corriendo descalza a la otra habitación. Cãcat inició la persecución y fue a cazar los dedos de sus pies. A juzgar por las risas, la había pillado.

Ella sí.

Después de que su hija se hubiese marchado y de que él hubiese saludado a Gjoko desde el umbral, encendió rápidamente su pipa.

—¿Pitu?

El médico llamó a la puerta. Su voz traspasó el fino vidrio. Que si todo iba bien. El tono delataba el pánico profesional. Pitu se fue al vestíbulo para dejar entrar al griego. Delante de él no solo estaba el médico, sino también el sacerdote Constantine. Uno vestido de blanco, el otro de negro. Esto era una partida de ajedrez. Pitu no tenía ni idea de cuál sería la siguiente jugada. Solo sabía esto: cuando un médico y un sacerdote se presentan juntos en tu casa, algo sucede.

—Estás vivo —suspiró el médico.

—Gracias a Dios —dijo el sacerdote Constantine, santiguándose.

—Me diste seis meses, no seis días. ¿O es que en Grecia se desdicen sobre ese tipo de cosas?

—Es el mismo de siempre —le dijo el griego al sacerdote, que se reía, pero parecía algo incómodo.

Pitu volvió a la cocina y preparó café en su cezve, la cafetera de cobre que le había comprado a un mercader turco.

—Cerrad rápido la puerta, de lo contrario se escapará la gata. Mi ex dice que todavía tiene que crecer.

El médico, el sacerdote y el exalcalde tomaron asiento detrás de la casa. En la sombra de la parra, las molestias del calor eran soportables, aunque las molestias de la visita sorpresa no se dejaban aplacar. Pitu preguntó a sus invitados cómo estaban. Respondieron que estaban bien.

—Es que vosotros no os vais a morir —dijo.

—Voy a ser padre —dijo el sacerdote.

—Eso viene a ser más o menos lo mismo —dijo el médico.

—Dicen que serán gemelos.

—En tal caso es exactamente lo mismo —dijo el médico, que con sus cinco hijos se encargaba él solito de aumentar la población griega de Crushuva. El sacerdote se levantó y se paseó por las tomateras hacia el peral.

—Tu árbol tiene roya —observó—. Eso es porque el mes pasado llovió tanto. —Constantine cogió una hoja, masculló algo y se santiguó—. Es mejor podar y quemar todo lo que tenga roya —dijo después.

—Por desgracia, en toda mi carrera solo he tenido que amputar algo una vez —dijo el médico, quien después de probar su café le puso una cucharada más de azúcar—. Aunque apenas cuenta porque era un dedo de pie congelado. Se caía de solo mirarlo. —Acto seguido encendió un cigarrillo y volvió a preguntar cómo estaba Pitu, pero ahora en serio. Antes de que este pudiera responder, el médico prosiguió—: Tú nunca te olvidas de una cita. Nunca. Por muy innecesaria que parezca. En ese sentido no encajas aquí en el sur.

Eso pensaba también Pitu a veces. ¿No debería estar viajando, como habían hecho sus antepasados, como su padre que había visitado media Europa —la mejor mitad por supuesto—, como sus dos abuelos que, cada cual por su lado, habían ofrecido sus productos en casi las mismas ciudades, que quizá se habían visto, incluso hablado, y que siempre habían vuelto a su pueblo en lo alto de las montañas, a Samarina y a Crushuva?

El sacerdote se sentó, se sentó a escucharlo.

—Anoche no podía dormir, pese a que no deseaba otra cosa —dijo Pitu—. No lo conseguía. ¿Qué pasa si no me despierto? No estoy listo para eso. Aún no he terminado aquí.

—¿Cómo está tu hija con la situación?

Pitu miró al sacerdote y dijo:

—Se alegró de que el médico no encontrara nada grave.

Los tres señores, pues eso eran, callaron y se tomaron al mismo tiempo el último sorbo de café, para que llegara antes la hora de tomar algo más fuerte. Puesto que estaban juntos, Pitu preguntó si podía coger la baraja.

Una partida de cartas no podía hacerles ningún daño.

Desde el otro lado de la ventana, Cãcat observaba al trío.

Patru

Aún estoy vivo, pensó Pitu. Se despertó de la siesta porque su tumbona crujía, o su tumbona crujía porque Pitu fue arrojado tan repentinamente de vuelta a la vida. Delante de sus pies saltaba un mirlo. No una corneja, que podía esperarse aquí, ni siquiera una grajilla. De todos los pájaros oscuros, le habían enviado al más amable. Su cabeza se movía mecánicamente. Por un breve instante, el pájaro miró a Pitu, gorjeó, como si deseara buenos días al humano. Después giró el ojo hacia la hierba pajiza y hundió el pico en la tierra que había debajo. Se volvió a erguir y se acercó saltando al peral que, cuando el sol se hallaba en la posición correcta, se convertía en una sombrilla. Una lombriz se contorneaba en su pico. Pitu se alegraba por el mirlo y se preguntó por qué no se entristecía por la lombriz. Las lombrices no eran importantes.

Se levantó de la tumbona, se quedó de pie unos instantes, sacudió la cabeza para espabilarse y se dirigió al cuarto de baño. Antes, hacía su aseo en el cagadero que había detrás de la casa, que llamaban así porque olía y tenía el aspecto de uno. Una palabra mejor era impensable. En aquella época, todavía no tenían cuarto de baño. Recordó las veces en que tuvo que ir a por agua porque su madre quería lavarse en una tina de madera. Una vez que ella había acabado, le tocaba el turno a Pitu. Entonces, con su cuerpo, él teñía de negro el agua gris. A Pitu le gustaba cagar y mear dentro de casa, pero a veces añoraba el agua que sabía a su madre.

Tenía la piel caliente por fuera. Se humedeció la cara con una manopla mojada y se blanqueó las mejillas con jabón y brocha de afeitar. Cuando era alcalde, se afeitaba mañana y tarde. Exactamente a la una, todos sabían que los aseos de caballeros eran suyos. A Pitu le gustaba tomarse su tiempo. Incluso ahora. Con prisas solo se conseguía un cuello ensangrentado. Con hombres que se cortaban al afeitarse le gustaba aún menos hacer negocios que con hombres con barba.

Ahora ya llevaba tres días sin afeitarse. Se tensó la piel y se rasuró los pelillos de la cara. Con cada pasada, se sentía más fuerte. Era como si cortara el tumor con sus propias manos. La operación que no podía hacerse. La hacía él. En el remolino de agua encima del desagüe flotaban los pelos oscuros. Primero tensó el hoyuelo de la barbilla, para que la cuchilla pillara los pelos que se escondían en la hendidura. Se miró en el espejo. Con el dedo se acarició los pelos debajo de la nariz. Si miraba bien, no se parecía a sí mismo, sino al hombre al que él llamaba padre con los ojos cerrados, a falta de una imagen mejor.

El bigote se quedaba.

Pitu cogió la manopla y se quitó los restos de jabón de afeitar de las mejillas. Se puso loción para después del afeitado en la cara. Lavanda, cedro, pino, quizá también musgo. No picaba, así debía ser. En la encimera cortó una rebanada de pan que se llevó fuera, donde volvió a sentarse en la tumbona. Tomó un bocado. El mirlo seguía allí. Volvió a mirar a Pitu, después al suelo sobre el que saltaba. Bajó la cabeza y su pico desapareció entre las briznas de hierba. Nada. Con las uñas, Pitu sacó un poco de pan de la rebanada y formó una bolita entre los dedos. La lanzó a la hierba. El mirlo se abalanzó sobre el pan, como si jugara a atraparlo. Pero no se lo devolvió. El ojo enmarcado en amarillo miró de nuevo a Pitu. Se oyó un gorjeo. Era casi una amenaza. Pitu obedeció gustoso.

Pensó en soñar y volvió a quedarse dormido.

Las maldiciones del mirlo lo despertaron. Ahora que Cãcat ya daba sus primeros pasos precavidos por el jardín, el pájaro se había encaramado a los arbustos. Samarina también salió con un frasco de esmalte de uñas y una hoja de papel de cocina, y acarició la cabeza de Pitu, la cabeza que poco a poco le costaba a él la vida.

—Es como si Cãcat nunca hubiese visto la hierba —le dijo.

El mirlo no parecía dispuesto a callarse o a salir volando, y advirtió a otros pájaros que había un depredador en el suelo. El propio depredador masticaba una mariquita. Después se concentró en las briznas de hierba que se le habían metido entre las almohadillas. Las olió y las probó. No estaban hechas para eso. Cãcat se tumbó y rodó unas cuantas veces hacia uno y otro lado.

El mirlo, decepcionado por la furia de su nuevo enemigo mortal, emprendió el vuelo.

Samarina ya no pudo aguantarse más y cambió la cabeza de su padre por la barriga de su mascota. Pitu solo quería mirar a su hija. Estaba agachada sobre la gatita: si intentaba huir, ella atacaría. Respondió a las miradas de su padre. Sus mejillas se llenaron, por enésima vez, con una sonrisa contenida.

—¿Qué? —preguntó Pitu.

Se inclinó hacia delante e intentó atraer a Cãcat con una ramita seca de adelfa que hacía bailar entre sus dedos.

—Es ese bigote —respondió su hija. Se echó a reír y arrancó unas briznas de hierba, que sostuvo bajo la nariz—. Ni siquiera te pareces a mi padre.

Pitu guardó en su memoria la risa de su hija. Durante los siguientes segundos, este momento fue aquel momento. Un tierno recuerdo. ¿Para él? ¿Para ella?

—Me parezco a mi padre —dijo Pitu.

*

En realidad, Costa era demasiado joven para la Primera Guerra Mundial. Aunque eso no le importó en absoluto a la Primera Guerra Mundial. El gobierno griego consideraba que Costa era lo bastante mayor para matar. Casi cuatro años después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, Grecia movilizó sus tropas. Austria-Hungría, Alemania, los otomanos y Bulgaria contra Serbia, Francia, el Reino Unido, y ahora también Grecia. Una pequeña guerra que debido a los tratados se fue haciendo grande. Gracias a la leche y el queso de su infancia, Costa había crecido un metro ochenta, una estatura que los griegos reclamaron para su lucha contra los búlgaros, que a su vez vinieron para exigir su porción de Macedonia en nombre de las potencias centrales. Era la lucha de los griegos. Costa no quería saber nada de ella. El partido griego del pueblo lo había marcado como militar en potencia. Solo entonces se enteró de que las madres también podían maldecir. Cortaron de un tajo su juventud. El que podía matar, también podía morir.

—Dumnidzã easti Sãmãrnjatu —le dijo Costa al búlgaro que le apuntaba ni más ni menos que con el cañón de su propio fusil. Ya no recordaba cómo había perdido su arma. Tenía el ojo derecho cerrado, y el izquierdo se llenaba de sangre que le goteaba de la ceja. Las detonaciones y los silbidos alrededor de Costa y del búlgaro parecían haber disminuido. Lo único que importaba era ese último disparo.

—¡Cierra el pico, niño! —gritó el soldado en su propia lengua, que Costa entendía.

Entre la anterior y la actual guerra contra los búlgaros, su padre había hecho muchos negocios con el antiguo enemigo, que poco antes había sido un aliado: esas cosas pasaban en los Balcanes.

¿Por qué iba a callarse? Ya tendría todo el tiempo del mundo para hacerlo después del último tiro.

—Significa «Dios es samarino» —le explicó.

Cerró los ojos y supo que se había acabado. Nunca follaría. Había sido demasiado joven para eso.

Ojalá se hubiese negado, pensó en sus últimos minutos. No, ojalá hubiese huido, puesto que negarse era imposible si quería seguir vivo. Lo habrían ejecutado allí mismo si hubiese dicho que tenía algo mejor que hacer y que se lo volvieran a preguntar en cuanto amenazara la siguiente guerra. Así que fue a por un uniforme, que encima le quedaba corto de piernas y brazos. Con eso solo había conseguido un mes más. El búlgaro lo obligó a arrodillarse.

—¿Y qué? —preguntó el soldado.

Cuanto más esperaba, más pensaba Costa que era también la primera guerra del búlgaro. Tenía las patillas de pelusilla.

—Que yo también soy de Samarina. Dios es mi vecino.

—Si eso es cierto, vete rápido a casa —respondió el búlgaro.

Apuntó. La punta de la nariz de Costa desapareció en el cañón del fusil.

¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Hazlo! Costa oía el eterno eco. Ahora le tocaba a él decirlo.

—Hazlo…

Habría podido ser un bonito día de mayo.

El disparo. Costa cayó de bruces.

¿Estaba en casa?

Ojalá estuviera en casa. Abrió los ojos y no probó la tierra de Samarina. Entre sus dientes crujía el sabor del hierro, de la sangre. La tierra mancillada del campo de batalla de Liumnitsa. Costa contempló los ojos sin vida del soldado búlgaro. Ambos estaban tendidos nariz contra nariz. La sangre del otro salía del cráter que tenía encima de su oreja. La tierra reseca la chupaba, ansiosa de convertirse en barro.

Aquel país seguiría siendo griego, se ratificaba con la muerte.

—¡Levántate, muchacho! —le gritó el comandante. Costa, que sabía tantos idiomas, parecía haber olvidado el griego que se impartía de mala gana en la escuela rumana de Samarina. El comandante izó al joven agarrándolo por los dos brazos—. Aquí ya hemos acabado.

Costa apenas se tenía en pie. A lo lejos, los soldados franceses —que habían venido desde Salónica para prestar ayuda— arrastraban una pieza de artillería móvil y blindada que habían arrebatado a los búlgaros. Uno de ellos se había encaramado a ella, se había sentado a horcajadas con el cañón saliéndole de la entrepierna, y gritaba como un niño subido a las espaldas de su padre.

Los muertos no tardaron en arder. O tal vez, los que lo merecían fueran enterrados. Aparte de los franceses, todos eran ortodoxos, tanto las víctimas como los asesinos victimizados. Costa no sabía muy bien cómo funcionaban esas cosas. Era su primer campo de batalla. Y esperaba que fuera el último, pero se equivocaba.

Dejó tras de sí las trincheras. El comandante lo envió al pueblo cercano, cuyos habitantes hablaban una lengua que Costa entendía sin hablarla. Al menos, los que no habían huido por el olor de los muertos. Los lingüistas y los historiadores los llamaban meglenorrumanos, por la zona en la que vivían, pero ellos se llamaban a sí mismos valacos, como los griegos y los eslavos llamaban valaco a Costa. El que se llamaba a sí mismo extranjero, era también un extraño. Costa se negaba a dirigirse de esa manera a ellos, ese otro pueblo, ese pueblo hermano. A los extranjeros los engendra el desinterés del otro.

Dumitru y su familia cultivaban verduras y frutas. Para consumo propio, pero sobre todo para los turcos, que los explotaban. Los nuestros no aprecian mucho a la gente de campo, pensó Costa. Se quedó tres noches con ellos en aquel mísero pueblo y aprendió que algunos horticultores sí eran de fiar. El hijo mayor tenía su misma edad. El muchacho no tenía que luchar. Había tomado demasiada poca leche y queso y demasiado pimiento y melón. Era todavía un niño, él sí.

No, Costa no quería darle patadas a una pelota.

El primer día se limitó a escuchar, el segundo día dijo «sí» y «no» y «gracias», y el tercer día habló en su dialecto y ellos en el suyo, hablaron en una lengua sobre la lengua, y él se reía de Dumitru que imitaba el agrío sonido de los turcos. Y había música. O algo parecido. Cuando Dumitru tocaba la gaita que él mismo había fabricado, una cabra vaciada con cabeza y cuernos, Costa casi deseaba volver al campo de batalla.

Costa se dejó caer en la hierba del valle coronado por las montañas. A su alrededor se alzaban ondulantes las colinas e imponían la paz a las personas que las habitaban. Las nubes, ¡ah, las nubes!, esas flotaban en dirección este y pasaban rápido delante del sol que no parecía admitir obstáculos, no aquel día. Dumitru se sentó a su lado. Puso una cesta con cerezas entre ellos.

—Así que somos griegos —dijo.

—Por lo pronto sí —le contestó Costa.

—Cuando mis cerezos florecen y yo inhalo profundamente, siempre pienso: qué lástima que estas flores se conviertan en cerezas. —Dumitru cogió una cereza por el tallo y la arrancó con los dientes. La masticó con los ojos cerrados y escupió el hueso lo más lejos que pudo—. Ahora que han madurado las primeras frutas, he olvidado mi tristeza, hasta que llegue la siguiente primavera con el olor de mis árboles en flor y todo vuelva a empezar de nuevo. Todos somos flores, frutos, huesos, y nada más.

Probó un trozo de cereza aplastada y la tiró.

—¿Necesitamos historias? —preguntó.

—No lo sé, ¿las necesitamos?

—Somos historias —dijo Dumitru.

Costa respondió:

—Este parece un sitio tranquilo.

El hombre esbozó una sonrisa triste. Volvió a escupir un hueso de cereza hacia el valle.

—Puede ser un sitio muy tranquilo. Llega un momento en que todas las guerras acaban. Quizá no ahora, quizá mis árboles me den aún cerezas durante años, antes de que se haga la paz eterna, pero en cuanto se fijen las fronteras, mi pueblo de valacos perderá su lengua. Somos demasiado pequeños, así que somos griegos, ¿no es cierto?

Yo no, pensó Costa, yo nunca.

—Soy arrumano.

—Tú sí.

Dumitru le retó a escupir un hueso más allá de un joven arce. Costa evitó el reto. Con su pulgar hundió el hueso de cereza en la tierra. Él sembraría. Un hueso no es el final, un hueso es el principio. Algún día volvería aquí y reconocería el lugar por los cerezos en flor. Le dio una palmadita en la espalda a su anfitrión y volvió a darle las gracias.

—Que te vaya bien —dijo Dumitru en griego.

Le guiñó el ojo a Costa y le escupió el hueso que le dio en un lado de la nariz.

La bala se había convertido en un hueso de cereza.

Costa partió en dirección contraria a las nubes de vuelta a Samarina. Tardó exactamente diez días, en los que el sol le quemaba la coronilla y la lluvia cargaba su capa de pastor.

Durante el mes de su ausencia, su pueblo había cambiado hasta resultar irreconocible. Y con el pueblo, la vida de Costa.

*

Pitu buscó en vano un árbol detrás del cual esconderse. Precisamente había sido él quien ordenó talar los tilos de esta avenida durante su último año en el cargo. Los arbolitos que se plantaron en su lugar eran todavía tan delgados como piernas infantiles. Pitu enderezó la espalda. Era inútil esconderse. No había forma de escapar a Emanuil. Vaya, vaya, ¿cuánto tiempo hacía que no se veían? No lo suficiente, pensó Pitu. El hombre ni siquiera se tomó la molestia de quitarse el auricular inalámbrico. Cualquier conversación podía ser más importante que esta.

Emanuil amenazaba con joder también su cuarto matrimonio, literalmente. No era un hombre que se divorciara de su esposa, era un hombre que se separaba de la mitad de su patrimonio.

—Pero no me quejo, aunque solo sea porque ella afirma que siempre me estoy quejando.

Como comunista se había nutrido desde las sombras, como capitalista había regresado a la luz y aprovechó sus contactos del reino de las sombras para cebarse hasta convertirse en un arrumano de ciento cincuenta kilos. El populacho que lo había odiado en secreto empezó a idolatrarlo. Su Bentley también podía ser de ellos. En una ocasión, había llevado a Pitu en su coche. Entonces, él ya era el alcalde. Sin duda alguna, le seguiría una propuesta, un hipotético supón que… Pitu intentó adelantársele: opinaba que Crushuva no estaba hecha para coches de lujo, le dijo. Así que Emanuil se fue a Skopie, se metió en la política nacional, para poco después desaparecer en la cárcel. Por un asuntillo sobre un trozo de tierra y un promotor, nada especial, contó. Se divorció de su tercera y se casó con la cuarta, una rusa, eso le pareció más fácil.

Pero no:

—Si ella puede tener todos los zapatos del mundo, ¿no puedo tener yo algunas chicas más?

—Así que has vuelto —le dijo Pitu sin preguntarlo.

La bolsa de la compra crujía al rozarle el muslo.

La risa de Emanuil resonó al salir de su papada.

—Este pueblo tuyo es demasiado pequeño para mí. Las mujeres tienen los tobillos gruesos, las pocas excepciones podrían ser familia mía, y de lo contrario insisten en que son mi prima lejana o mi hermana bastarda en cuanto ven mi reloj —dijo dando unos golpecitos al oro suizo que llevaba en la muñeca.

Pitu pensó en Samarina. Mi hija tiene unos tobillos preciosos. Se estremeció cuando vio la lengua roja de vino de Emanuil deslizarse sobre su labio superior.

—Tengo que irme —dijo Pitu.

Señaló hacia delante, hacia la nada que representaba su cita inexistente con el médico.

—Quédate, bebe algo conmigo, viejo amigo.

—Procuro pensar en mi salud.

—En tal caso te doy la mano —dijo Emanuil, extendiendo los cinco dedos de una mano rechoncha.

Pitu estrechó la mano y prosiguió su camino. No hacia el griego, que era una mentira. No tenía ningún destino. Nada lo empujaba. Él se limitaba a seguir. Seguía porque vivía.

—¡Deshazte de ese bigote —le gritó Emanuil mientras se alejaba—, pareces un político corrupto!

Los amigos de juventud tienen que seguir siendo amigos de juventud, pensó Pitu. Amistades perdidas que se recuperan treinta o cuarenta años más tarde para que los dos vuelvan a sentirse jóvenes en medio de su inminente vejez. Él ya no iría en busca de la juventud. Volvió a ver a su madre. De ella no lograba deshacerse ni queriendo. Los hombres moribundos desean volver con su madre, pensó.

—Créeme, ese Emanuil llegará lejos —le dijo ella en una ocasión.

Su madre estaba lavando sobre un gran cubo lleno de espuma. En aquella época todavía no tenían lavadora. Cada pompa que reventaba desprendía olor a limón. Así hacía la colada, algo que aborrecía, pero odiaba aún más intensamente el olor a sudor seco.

—Haz lo que hace él y serás feliz.

Seguro que su madre confundía la felicidad con el dinero, como era habitual en los Balcanes. Por cada persona a la que le va bien, tienen que sufrir dos, pensó Pitu.

Él lo había hecho todo justo al revés y conducía un viejo Mercedes que cabía mejor en las calles torcidas de Crushuva que el Bentley de Emanuil. Si olvidara por un instante que iba a morir pronto, incluso sería feliz. Pero ¿cómo podía olvidar una persona su muerte anunciada? No, nunca. Aunque, cuanto más grande se hiciera el tumor, mayor sería la probabilidad de tener problemas de memoria. Lo dijo el griego. Así que aún había esperanzas de que Pitu incluso se olvidara de su inminente muerte.

Pitu se detuvo en el lugar donde su padre se había acercado a su madre. Los tenderetes los tuvo que poner de su imaginación, pues el mercado había desaparecido y no volvería nunca más, como tampoco sus padres, pero el recuerdo se había conservado. Antes, este lugar lo alegraba. Aquí estaba su origen. El inicio más puro. Un muerto en periodo de pruebas no necesita un origen, solo un final abierto.

Pitu alzó la vista al cielo. Donde esperaba ver a un pájaro, volaba una persona. Incluso dos, en un parapente. Igor, el instructor, y una turista. Oyó a la turista gritar. Agitaba los brazos que no eran alas. El parapente multicolor la mantenía en lo alto. Sobre su espalda llevaba a Igor como si fuera una mochila. Él realizaba el enésimo vuelo del día, de la semana, de la temporada. Pitu solo lo oía gritar cuando su club de fútbol, el fk Pelister, marcaba un tanto. Igor guiaba la enorme cometa desatada. La gravedad los hacía bajar en círculos.

Parapente, Crushuva tenía una nueva atracción turística en las alturas.

Pitu se preguntó cuándo caería el primer muerto. O, mejor dicho: cuando se estrellaría el primero contra las rocas. Con Igor encima. Él sobreviviría, él sí, gracias al airbag británico o alemán de carne y hueso que llevaba delante.

Pobre desgraciado, pensó Pitu. El padre de Igor se había reventado el hígado justo antes de Pascua. El médico había certificado su muerte dos veces, la segunda a petición de Igor, que quería cerciorarse de que el muy cabrón no volvería a levantarse nunca más. Lo habían izado sobre la mesa, las patas crujían. Puesto que desvestirlo era demasiado trabajo, le cortaron la camiseta. El ombligo era una raya en una barriga por lo demás perfectamente redonda. Demasiado redonda, demasiado perfecta. No era la primera vez que veía eso, dijo la nueva viuda. Sacó el cuchillo del pan del cajón de la cocina, lo clavó en el hígado y lo sacó. El líquido mojó la barriga, la mesa, el suelo y los zapatos.

—Si lo hubiésemos bebido, estaríamos borrachos perdidos —le dijo el médico más tarde a Pitu.

La viuda invitó al médico para celebrar la Pascua. Iba a organizar un gran banquete y señaló la mesa donde se estaba vaciando su marido. El griego le prometió que se lo pensaría.

Los padres solían ser dominantes, pensó Pitu mientras distribuía las compras sobre la encimera, así debía ser. Él no lo era, pero algunos padres lo llevaban en las manos, las tenían largas, otros detrás de la nuez de Adán, allí donde tronaban las cuerdas vocales. Las madres regalan la vida a sus hijos, los padres la marcan.

El padre de Pitu dominaba por su ausencia. Al hijo no le quedó más remedio que convertirse en un hombre. Un hombre importante, además. Siendo padre de sus conciudadanos, Pitu había dado las órdenes a gritos cuando era necesario. Así funcionaban las cosas en este país, este maldito país degradado por sus vecinos a la categoría de región, este país minusválido al que él tanto quería. Tras una buena sesión en el edificio del parlamento en Skopie, los representantes del pueblo como Emanuil se iban a casa con mechones de pelo de otros diputados, después de debatir como luchadores en una jaula. Al día siguiente tenían los ojos morados y los labios hinchados, y las controversias estaban resueltas. O no. Entonces, los eslavos, o el pueblo albanés, que se alimentaba de adrenalina, asaltaban el parlamento y, como buenos padres, les recordaban a sus señorías trajeadas que la democracia era joven, pero sagrada.

El caos es nuestro abono, pensó Pitu, mientras metía la mano en el bolsillo de la chaqueta y buscaba a tientas su pipa. Acarició la boquilla sin sacarla del bolsillo. Gjoko y Samarina estaban cuchicheando en la cocina. Parecían estar en desacuerdo sobre algo. Eso le gustó a Pitu.

—Come algo —le dijo al chico.

Gjoko se tamborileó la barriga y rehusó cortésmente.

—He comido shawarma en el bazar.

Pitu insistió. No, Gjoko no quería nada, de verdad. Un joven arrumano nunca rechaza un trozo de pitã, pensó Pitu. Quería decir algo al respecto, pero cuando vio que Samarina acercaba la mano a la parrilla, decidió que era mejor callar.

Gjoko y Samarina se iluminaron por sus respectivas pantallas de teléfono. Movían rápido los pulgares. Cuando ambos sonreían, Pitu sabía que se habían enviado un mensaje. Cuando Gjoko se reía a carcajadas, los burros del vecino de enfrente rebuznaban.

Pitu soltó la pipa y se cruzó de brazos. No podía prohibirle nada a su hija. Hacía de padre a su manera y antes que nada le preguntaba a Samarina qué opinaba ella, en lugar de decirle lo que debía pensar. Así era él y así se convirtió ella en la persona que debía ser. En cuanto el joven se marchara por fin a la ciudad, Pitu se lo preguntaría: «¿Qué hace feliz a una persona?».

*

Todo giraba siempre en torno a una featã mushatã, una chica guapa. Así era la vida.

—Las chicas guapas como tú hacen que el mundo sea soportable —le dijo Costa a Aretia.

Ella le preguntó por qué no se había casado nunca. ¿Había estado enamorado alguna vez?

Él suspiró y empezó a contarle su historia. Tanto Costa como aquel año eran jóvenes cuando su familia y su ganado se retiraron hacia Samarina desde las tierras bajas cerca de Sãrunã. Como siempre, todos esperaban con ilusión regresar a casa después de pasar el invierno en las zonas bajas, pero nadie tanto como Costa. Él se había pasado todo el invierno pensando en la misma chica. Se llamaba Stavrula y durante ese tiempo permanecía con su familia en Aminciu, donde alquilaban una vivienda. Durante el viaje de vuelta a casa, Costa alzaba la vista cada vez que oía hablar su idioma. Escuchaba lo que decían en todas las tiendas de campaña. Su padre saludaba a los hombres como si el invierno hubiese durado siete años, y su madre se unía a sus amigas que comentaban la moda de las mujeres griegas. Las montañas se abrían para el pueblo que volvía a casa. Cientos de tiendas de campaña rompían el espacio del campo donde se congregaban. Ovejas y burros probaban la mejor hierba de los Balcanes. Las cuerdas colgaban sueltas de las patas de los caballos. Porque no eran humanos, sabían cuánto debían apreciar el paraíso. El campo estaba dividido tal como el macizo de Pindo había separado los pueblos: Macrinu abajo a la izquierda, Bãieasa en el centro, Turia apartado en un rincón, Breaza en la parte superior, y por encima de todo y de todos, Samarina. Allí debía de estar Stavrula.

Pero Stavrula no estaba allí.

A la madre de Pitu no le importó que Costa le hablara de aquella chica. Eso solo demostraba lo grande que era el corazón de su amado.

La familia de Stavrula no había regresado antes a su pueblo para comprobar los daños del invierno, ni volverían más tarde. Tal vez se salten una primavera, pensó Costa. Tal vez se salten el verano, pensó los meses siguientes. Cada día, pasaba por delante de la casa con la esperanza de que se abrieran las cortinas y ella captara la mirada de él antes de apartar la suya. Se casaría con ella. No porque la familia de ella produjera más lana que todas las demás, sino porque su sonrisa era más hermosa que la casa en la que vivía. Un día, vio entrar en la casa al primo de ella, que acababa de casarse, llevando sobre el hombro una alfombra. Su mujer de piernas largas sacaba fuera toda la arena.

—Se han ido a Estados Unidos —le dijo a Costa, que volvía a estar de guardia.

—¿Cuándo vuelven?

El joven soltó una risa tan contagiosa que su mujer asomó la cabeza por la ventana y se unió a él sin saber por qué.

—América no es una casa de verano —dijo, y con la mano libre quitó el polvo del pelo de Costa.

Fue la primera vez que Costa maldijo. Nunca más volvería a ver a Stavrula.

El primo miró brevemente a su mujer y asintió, como si lo comprendiera todo, como si sintiera lo pesado que era el corazón con el que Costa cargaba contra su voluntad todos los días. El hombre se metió en la casa y poco después volvió a salir. Entre sus dedos agitaba una foto. Stavrula tenía la mirada seria, casi asustada, como si el fotógrafo no la apuntara con una cámara sino con una pistola. Aunque la foto no revelaba los colores de su chaleco, Costa vio el rojo con hilado de oro, el verde de la hierba que hostigaba su corazón de pastor, el azul de su Macedonia. Se concentró en su rostro, en las comisuras de sus labios que, si las miraba suficiente rato, parecían curvarse un poco hacia arriba. Cuando él parpadeaba, la mirada de ella se tensaba y él tenía que empezar desde el principio.

—Que mi prima cuide de ti —le dijo el joven—. Y ayúdame a mover un armario.

Como muestra de agradecimiento, Costa le ayudó todo el día a cargar los trastos de una casa a la otra. En los años siguientes, llevaba la foto siempre encima. La joven se había convertido en su ángel de la guarda. Era un icono, una santa viviente. Se la llevó consigo a la guerra, y ella lo había protegido. Era la única razón por la que él había sobrevivido a la batalla de Liumnitsa. La besó, y por un instante ella no parecía tener miedo del fotógrafo, igual que él no parecía tener miedo de los soldados con el uniforme equivocado.

Costa se imaginaba que sus padres deseaban que volviese del campo de batalla tanto como él había deseado en otro tiempo el regreso de Stavrula. Los niños, entre los cuales ya no se encontraba, lo vieron llegar de lejos. Lo llamaron por su nombre, se le acercaron corriendo, le tiraron de la manga y le quitaron la mochila. Los alumnos de las escuelas griega y rumana jamás habían estado tan unidos.

—¿Cuántos búlgaros has matado? —preguntó uno.

—Olvídate de los búlgaros —dijo otro—, ¿a cuántos turcos les has atravesado sus negros corazones?

—No sabéis de lo que habláis —les dijo Costa agitando las manos como si espantara un enjambre de mosquitos.

—¿Te vienes a jugar con nosotros?

Costa ya no jugaba. Entró en el pueblo y encontró a su madre a la sombra del plátano. Estaba sentada en el tablero de madera que los mayores habían clavado un día alrededor del árbol. Por un instante se volvió a sentir como un niño.

—¡Mamá! —gritó.

Todas las demás palabras se le estancaban en la garganta. Ella le ofreció a su hijo sus mejillas mojadas.

—Te he echado de menos —susurró.

—¿Y padre?

—A él también lo echo de menos —dijo ella, y empezó de nuevo a llorar.

Costa retrocedió un paso y miró los ojos grises de su madre. Entonces lloró con ella. La madre había recuperado a su hijo, el hijo había perdido a su padre.

*

—¿Cómo te atreves a preguntar algo así?

En casa de Pitu volvió a romperse otro plato. A los griegos, eso les traía suerte, pero él vivía en la parte desafortunada de la región de Macedonia.

—Es una pregunta muy normal —respondió él.

—¡Tú eres incapaz de hacer preguntas normales! —le gritó Samarina.

Quería irse a su cuarto, pero se detuvo en la puerta que separaba la cocina de la sala de estar.

—Pues yo creo que siempre hago buenas preguntas.

—¿Ves? Realmente estás mal de la cabeza.

Pitu tomó un sorbo de agua. El agua es sana, pensó. El agua se encarga de que estés alerta, el agua elimina las toxinas, el agua ayuda contra el cansancio, el agua mantiene el cuerpo, el agua te hace pensar. Él solo quería ayudar. Lo único que le importaba era la felicidad de su hija. No le prohibía nada. Ni siquiera le negaba la desdicha.

—Solo digo que Gjoko me parece un chico muy majo, pero…

—¿Entonces Gjoko no te parece un buen chico? —A Samarina le temblaba el párpado, igual que le sucedía a su madre cuando intentaba frenar su cólera. Eso ablandaba a Pitu—. ¿Solo porque es distinto de nosotros?

—Él no es distinto, nosotros somos distintos.

Samarina señaló a su padre. La uña de su dedo índice era una pequeña obra de arte, lisa e irisada, y al mismo tiempo peligrosamente afilada.

—Tú eres distinto, papá.

Tsintsi

Su padre estaba con el Padre. La madre de Costa se lo había contado todo a su hijo. Su hermana pequeña solo podía quedarse sentada y negar con la cabeza. Durante la guerra, Samarina había quedado aún más dividida. La situación estaba fuera de control. La escuela rumana había cerrado por un tiempo porque el director había sido despedido, por así decirlo, por un grupo de progriegos que consideraban que la enseñanza en griego era la única que debía haber en su pueblo. Por supuesto, eso era una reacción a unos cuantos prorrumanos que habían instado al alcalde a cerrar todas las escuelas griegas de la región y salir en defensa de su verdadera identidad. Además, habían bañado con pintura roja al sacerdote, que había protestado en nombre del Dios único y verdadero, para demostrar que solo era un demonio disfrazado de cura. El alcalde llegó a casa y se encontró la puerta bloqueada con tablones de madera clavados a ella y una bandera de Grecia. Su madre y su suegra aporreaban la puerta desde el interior. Esto no era por la guerra, sino por quienes eran. Y por tanto a favor de quiénes estaban. Incluso los ancianos del pueblo, a los que siempre les gustaba sentarse juntos para hablar de la vida de otros, tomaban asiento en bancos enfrentados. Despotricaban a voz en grito contra los que tenían delante. En las casas señoriales se celebraban reuniones casi todas las noches con la menor luz posible. La situación se recrudeció cuando a las afueras del pueblo encontraron a un campesino que tenía cosas mejores que hacer que elegir un bando. Muerto, con el cráneo roto. Sus hijos iban a la escuela rumana, pero él asistía a la iglesia de los progriegos. ¿Quién lo había hecho? Solo existía una respuesta posible: ¡el otro! Alguien del bando griego afirmó que poco antes había visto cómo el padre de Costa se iba caminando hacia allí, y todo el mundo en Samarina sabía de qué lado estaba aquel judas, ¿no?

La tierra aún estaba revuelta cuando Costa se inclinó sobre la tumba de su padre. No había ninguna lápida. Él se apoyó en los flexibles hombros de su madre, que le había indicado el lugar. Le dijo que había esperado al regreso de su hijo para llorar. Si no lo volvió loco la tristeza que sentía, lo hizo la que salía de los pulmones de su madre en oleadas histéricas. Ella le dijo que era una mujer abandonada, y luego tragó. Costa arañó la tierra, hundió las manos en ella y dijo que no creía que su padre estuviera enterrado allí. Era imposible que yaciera allí. No era más que un pastor. Era Costa el que había retado a la muerte como soldado.

—Créeme —le suplicó su madre, que cerraba pateando con los pies todos los orificios en los que su hijo enterraba su dolor, como si tuviera miedo de que fuera a desenterrar a su marido. El sol quemaba sobre el luto que la viuda nunca quiso llevar—. Lo vi, no me quedó más remedio. Incluso su hermoso rostro estaba roto. Mi marido yace aquí, tu padre ha muerto. No me obligues a jurar.

Costa se limpió las rodillas, pero no así las uñas. Lo que debía ser blanco, era negro. Eso le quedaba bien como hijo de pastor y soldado retirado.

Lo que afirmaban los progriegos era cierto. Su padre había dado varias veces pan, queso y dinero a los prorrumanos. No porque se sintiera rumano, sino porque no era de ningún modo griego y porque todavía recordaba cómo, a principios de siglo, una banda de hombres de Creta había incendiado varias viviendas para difundir la idea griega.

Costa apretó a su madre contra sí y decidió acabar el trabajo de su padre.

—¿Cómo están nuestras ovejas? —preguntó.

—Ya no tenemos ovejas.

—Entonces no tenemos nada —dijo Costa en voz baja.

Volvió la vista, porque creía haber oído a alguien. Sin embargo, el cementerio estaba vacío. Más allá descansaba Gherasim, al que habían matado por accidente, porque los puños de los progriegos eran más duros de lo que pudo soportar el director de la escuela rumana.

Los mismos hombres habían atado al padre de Costa con la cara pegada a un árbol y habían vaciado tres rifles sobre él. Su delito era comparable al del maestro: prefería ser arrumano a griego y en tiempos de guerra, la identidad era un arma peligrosa.

Pero ¿un asesino? Impensable.

—Todavía tenemos un hogar —dijo la madre de Costa.

—Lo dudo —replicó Costa.

Más tarde declaró que no se avergonzaba de ninguno de sus actos, salvo de cómo había dejado aquel día a su madre, encorvada bajo el peso de su viudedad prematura.

Empujado por el deseo de venganza, saltó por encima de la valla que separaba el cementerio de la carretera. Con cada paso disminuía el gimoteo de su madre.

Cuando se acercó a la plaza, empezó a caminar más despacio sin proponérselo. Vio que el árbol también sangraba. Costa arrancó trozos de corteza sueltos. A su alrededor había niños. Cantaban. Algunos de ellos se le encaramaron a la espalda. Uno recibió entonces un golpe de otro, que le gritó en griego que debía perderse o que de lo contrario se lo diría a su padre. Otro niño lo insultó. La plaza se fue llenando cada vez más. Estaban unos frente a otros gritándose y acusándose, igual que se gritaban y se acusaban sus padres y abuelos.

Costa solo tuvo que dar media vuelta y todos los niños salieron corriendo. Luego volvió a girarse hacia el árbol. Acarició los hoyos con los dedos. En uno de ellos se escondía el sol. Cogió su cuchillo y sonsacó el resplandor del hoyo. Una bala achatada cayó en la palma de su mano. Apretó el metal en el puño.

Cuando abandonó la plaza, los dedos que se ceñían a la empuñadura estaban rojos de la tensión. La tumba de su padre no necesitaba ninguna lápida ni ninguna cruz, decidió Costa. Se merecía una corona.

El perro lamía la sangre de la mano de Costa. Con cada lametazo, enroscaba la lengua alrededor del pulgar, mientras las ovejas huían colina arriba, temerosas de la furia asesina. Sus pezuñas aplastaban la hierba que poco antes habían comido pacíficamente. Costa le dio unas palmaditas al perro. Antes del asesinato de su padre, el animal había cuidado de sus ovejas. Ahora, el perro cuidaba de las mismas ovejas, que ya no pertenecían a la familia porque la madre de Costa las había vendido al primero que le enseñó una bolsa de dinero, y obedecía a una voz desconocida que acompañaba a un olor corporal desconocido. Era robo pagado con dinero, ni más ni menos.

Costa secó el cuchillo con la lana. Se vio reflejado en el acero.

—Ahora vete—dijo.

El perro obedeció. Olisqueó un poco su fracaso: la oveja que yacía inmóvil a los pies de Costa. La lana estaba empapada de rojo. Donde debía estar la cabeza, solo había un charco de sangre. El perro volvió a mirar atrás cuando oyó el crujido. Su lealtad venció a su curiosidad, y se fue a tumbar unos metros más allá debajo de un nogal, con el hocico hundido entre las patas delanteras.

Costa maldijo el sonido mientras separaba los cuernos del cráneo. Pateó la cabeza del animal y se odió al pensar en el amor por su familia, pues el rebaño era en cierto modo su familia. Pero debía seguir adelante. Había elegido a la oveja con los cuernos en espiral más grandes. Eran las favoritas de su padre. Las que no tenían sesos, tenían cuernos que apuntaban al cielo.

Costa regresó al cementerio bajo un cielo púrpura. Su madre lo estaría esperando en casa. Él no quería pensar en ella.

El cementerio parecía abandonado, como era habitual a una hora en que podía haber fantasmas. Sin embargo, Costa solo parecía estar a solas, ya que aún no se había percatado de la presencia del otro.

Los cuernos que se había atado al cinturón le golpeaban la cadera a cada paso. Allí estaba la tumba anónima que consumía a su padre. Volvió a arrodillarse. Golpeó la tierra, como si quisiera reanimar el corazón enterrado allá abajo, y se preguntó cuántas personas habrían llorado por su padre, y durante cuánto tiempo y con qué intensidad, y esperaba que fueran muchas porque a él se le habían acabado las lágrimas.

Costa enroscó un cuerno tras otro en la cabecera de la tumba. Después se levantó.

—Solo era un pastor —dijo, a modo de oración.

—Jesús también era un pastor.

Costa agarró el cuchillo y se volvió. No se veía a nadie. Por un instante pensó en los fantasmas. Escrutó la oscuridad. Era como si la voz viniera de arriba.

—Los pastores pueden convertirse en dioses. O al revés. —De detrás de un árbol salió un hombre que parecía más alto que él. Costa lo reconoció enseguida—. Jesús era un pastor, eso lo sabe todo el mundo. Ser profeta era para él un pasatiempo.

Costa no sabía si le estaba permitido reírse.

—Creía que ya no podías dejarte ver por aquí.

El fantasma se llamaba Alcibiades y en aquella época todavía no se hacía llamar príncipe. Aquel hombre y su familia se encontraban entre los notables de Samarina, y él era amado y odiado por partes iguales por los vecinos. Se encogió de hombros.

—Aquí en casa tengo tantos amigos importantes como enemigos peligrosos. Tu padre era un amigo, y por ello ha muerto. Quería honrarlo por todo lo que hizo por nosotros.

—¿Por nosotros?

—Por nuestro pueblo al que nuestros prójimos no dejan ser pueblo.

Costa miró la tumba cornuda de su padre y dijo:

—No quiero quedarme aquí.

—Entonces ven conmigo.

—¿Puedo despedirme de mi madre y de mi hermana?

Cuando Costa alzó la vista, Alcibiades ya había desaparecido. Costa lo siguió rápidamente hacia las sombras.

*

Aretia nunca olvidaba nada, y eso era una maldición, su memoria como azote.

—Querría olvidar tantas cosas.

Pero recordar era importante. Pitu era el último que recordaba cómo recordaba su madre Aretia. Recordar mientras se pudiera, hasta el final, hasta que el propio Pitu fuera un recuerdo.

—Costa quería olvidar —le dijo Aretia una vez mientras miraba a su nieta saltar a la comba en el jardín.

Acababan de plantar el peral, y todavía no había tomateras. Samarina había aprendido a hacer la voltereta, a gatear, caminar, ir a la pata coja y saltar a la comba. Aretia le dio un golpecito a Pitu y dijo:

—Esa es tu hija.

Como si le contara un secreto.

Entonces, el peral era pequeño y su mujer vivía. Pitu debería haber sido más feliz. Samarina tropezó. Llevaba briznas de hierba pegadas a su cola de caballo.

—Tuya y de tu novia —le dijo Aretia a Melina.

Se echó a reír e intentó tocar a su nuera con el paño de cocina, su látigo. En toda su vida no había llamado a Melina ni una sola vez por su nombre de pila. Su nombre era simplemente nveastã, novia. Era la costumbre. Así se hacía cuando una mujer se iba a vivir a casa de los suegros.

Aretia dijo:

—Sí, creo que quería olvidar muchas cosas. Costa y yo yacíamos debajo de una bóveda de telarañas y cadáveres de arañas. Yo siempre dormía sobre su pecho y amanecía con la espalda apretada contra la suya. Casi siempre nos despertábamos a la vez. La sexta mañana no, aquella mañana no era mañana, todavía era madrugada. Costa gritaba. Estaba de pie junto a la paja, golpeando dormido una cuerda como si fuera una culebra. «¡Has muerto!» gritaba cada vez. «¡Has muerto!». Yo dije: «La cuerda está muerta, ven conmigo».

—¿Y entonces? —preguntó Melina.

—Entonces, puede que concibiéramos a tu marido —respondió Aretia, haciéndole cosquillas a Pitu en la nuca.

Él le apartó la mano con el hombro izquierdo.

Samarina dejó de saltar a la comba y se tumbó en la hierba. Acarició las briznas, apartó una mariquita de un soplido y volvió a mirar bien. Durante todo ese rato, la cuerda permanecía inactiva a su lado. Murmuró, justo igual que hacía su padre cuando estaba delante de su colección de música y buscaba una determinada cinta o CD, entonces cogió algo de entre la hierba y se acercó dando brincos a los adultos; también sabía hacer eso: brincar. Se detuvo delante de Aretia. Lentamente abrió el puño, como una flor de dedos infantiles que se despierta.

—He encontrado una lombriz, omã —dijo Samarina.

Era una lombriz larga. Se caía por los dos bordes de su mano. Buscaba la tierra con la cabeza y el ano.

—Si no te la comes, debes dejarla ir —le dijo Aretia.

Melina se levantó y recogió la cuerda tirada en la hierba.

—A ver si mamá todavía puede hacerlo —dijo.

—Tú lo puedes todo, mamá, y si no, te enseño —dijo Samarina.

Pitu y Aretia las miraban. Samarina no se comió la lombriz. Melina no llegó ni a dar veinte saltos seguidos. Le guiñó a Pitu.

Él no olvidaba.

*

Pitu soñaba con los ojos abiertos e intentaba no seguir ordenando sus ideas. Apenas se había movido. El sol había desaparecido y con él también el calor que era tan inusual en Crushuva. Se le había secado la espalda. La hoja de la tomatera se preparaba para la noche y empezaba a enderezarse. El mirlo había vuelto a cantar para Pitu, y cuando llegó la oscuridad, el mirlo guardó silencio para él. Pero Pitu no dormiría. Removía con el dedo el tabaco seco que llenaba la caja de metal. Escuchaba el crepitar de su tabaco, lo que no lo tranquilizaba, aunque tampoco lo ponía nervioso.

Samarina había salido. Otra vez. Además, se había ido sin reconciliarse con su padre. Eso no estaba bien. ¿Y qué pasaría si su cuerpo se anticipaba a la muerte?

Sin embargo, él la vio. No en el jardín que sería el de ella. La vio en la cuarta ciudad del país, en realidad un pueblo grande, pero con todos los peligros de la ciudad. Su hija estaba en medio del bazar de Pãrleap, su cabeza descansaba contra el viejo campanario. O no, en la mezquita que quince años antes se había convertido en ruina cuando amenazaba con declararse una nueva guerra civil debido a las tensiones entre cristianos y musulmanes. Yacía allí, Pitu estaba casi seguro. Escondida detrás de las filas de contenedores donde unos gitanos y otros que parecían gitanos separaban la basura. ¡Oh, Samarina! ¿Estaba seguro de verla? Solo los gatos callejeros lloran por ella. Su pelo como la paja, el rímel que llueve sobre sus mejillas. Desgarrones en el pantalón donde no debería haber desgarrones. La veía de verdad. Y ella a él. Lo mira con el odio que ha mantenido oculto para él, que ha conservado para él hasta este momento. Él le pide perdón, pero ella no reacciona, su barbilla se desliza hacia su pecho y se queda allí.

Con un movimiento brusco, Pitu apartó el ron barato. La boquilla de la botella regó el jardín con alcohol. La botella cayó en la tierra sin romperse y con un sonido sordo. Ya había demasiadas cosas hechas añicos durante el día. Él llenó su pipa con unas hebras de tabaco. Con el dedo corazón amoratado fue añadiendo más y más para poder espantar fumando sus pesadillas nocturnas durante los siguientes tres cuartos de hora. Si apretaba el mostacho contra los orificios de la nariz, podía oler las anteriores pipas. Pero eso no era suficiente, nunca lo había sido. No habría tenido que dejarlo nunca, puede que entonces el cáncer hubiese llegado antes. En sus pulmones en lugar de en su cerebro. Entonces se habría ahorrado todo esto. Dejó la cajita de metal sobre las baldosas y se metió la pipa entre los labios. Puesto que su encendedor estaba vacío y no tenía ganas de rellenarlo, encendió una cerilla. El tabaco parecía suspirar por la llama. Lo que era marrón, se iluminó de rojo. Pitu soltó el humo azul por la comisura de la boca. Había heredado la pipa de su padre, pero este había olvidado dejarle también un pisón en el cobertizo. Por ello, Pitu compactaba el tabaco con la punta del dedo. Apenas notaba ya que se quemaba. Volvió a encender una cerilla y repitió el ritual hasta que su cabeza desapareció en el humo azul y con ella también su hija. Fumó y fumó, bebió y bebió, fumó y bebió, y…

—Papá, despiértate.

Pitu apartó las mantas y se incorporó. Su camisa colgaba de la silla. Las cortinas estaban ya abiertas o todavía abiertas, no tenía ni idea. Por cierto, ¿cortinas? ¿Cómo había llegado hasta la cama? Se chupó el dolor de la punta del dedo corazón. Samarina estaba sentada al pie de la cama. Dejó la pipa de su padre sobre la mesilla de noche y le dijo que no quería haber dicho lo que dijo.

—Oi-lele, ¡Dios mío!, cuánto me pesa la cabeza —contestó Pitu sin contestar.

—Tienes resaca.

—Ni siquiera me gusta el ron.

—A lo largo de toda la historia del hombre moderno, eso no ha sido nunca impedimento para ningún bebedor.

Pitu quería decirle que apenas había bebido, de verdad, no más de un sorbito, pero la resaca afectaba a su lenguaje y decidió que prefería que la cabeza le pesara por la bebida que por otra cosa.

—¿Has pasado al menos una noche divertida? —le preguntó por fin a su hija.

Su voz sonaba ronca de tanto fumar. Un tenor con toda una vida a sus espaldas, en realidad, la idea le gustaba. Reprimió el deseo de ponerse a canturrear una canción italoamericana.

—Creo que no tanto como la tuya. — Samarina lo besó en la sien—. Ha venido alguien a verte.

—¿El médico? —se le escapó a Pitu.

—No, ¿a qué iba a venir aquí? ¿A curar la cabeza resacosa de mi padre? —Se echó a reír y entonces dijo—: Es Emanuil. Un tipo encantador. En persona es más grande que en la tele. No sabía que os conocierais.

¿Qué demonios hacía allí ese corrupto de Emanuil? Mientras iniciaba la cuenta atrás para levantarse, se enrolló un mechón de pelo del pecho alrededor del dedo. Samarina volvió con el inesperado invitado. Pitu se desperezó. Oyó crujir algo. Pensó que le molestaba más la resaca que el tumor y se levantó. Se fue hacia el vestíbulo arrastrando los pies lo más rápido que podía.

—Simplemente hazlo, una persona como tú puede hacer todo lo que se proponga —oyó que le decía Emanuil a Samarina.

—¿Qué tiene que hacer? —preguntó Pitu.

La resaca lo molestaba menos que este hombre.

—Nada —dijo Samarina.

Besó a su padre en la mejilla y salió del pasillo saltando sobre sus pies descalzos.

—Vengo a despedirme —dijo Emanuil.

Cuando hablaba solo se le veían los dientes inferiores. Grises, amarillos y superpuestos. Las palabras que pasaban de largo olían a café negro.

—¿De mí? —Pitu tragó saliva.

¿Lo sabía Emanuil? No, eso quedaba descartado, ¿verdad que sí?

—Me voy a una isla y no es Chipre. No te digo más. Sé que ya no te caigo bien. A veces, ni yo mismo me caigo bien. Tu madre siempre me trató con respeto y de vez en cuando me daba galletas. Me gustan las galletas. —Se golpeó en la barriga—. Y me gusta el respeto. Me acordé de ello cuando me topé contigo. Te pareces a tu madre, aunque tienes los pechos más grandes que ella. —Emanuil se rio—. Solo quería decirte que, si necesitas algo, puedes llamarme.

—Tengo la sensación de que eres tú el que necesita algo —dijo Pitu, ya más cómodo.

—Solo quiero desahogar mi nostalgia. Por una vez, quiero volver a sentirme bien en este pueblo, que también es mi pueblo.

En un momento de debilidad, Pitu lo invitó a entrar y a beber un vaso de leche de oveja. Emanuil le dijo que no le gustaba mucho la leche. La leche era para los niños.

—Me vuelvo infantil —respondió Pitu, sin ofrecerle otra cosa al hombre, salvo su mano, que Emanuil estrechó con fuerza, y con el entusiasmo de un niño.

Pitu se dirigió a la cocina. A él sí le gustaba la leche de oveja.

—Siéntate —le dijo Samarina a su padre, señalando la mesa de la cocina con una espátula—. He aprendido muchas cosas durante mis años de estudiante, y la principal es que ahora sé cómo quitarse de encima una resaca.

—Sin ti no soy nada —le dijo Pitu agradecido.

Samarina se volvió rápido. Los huevos no debían quemarse, salvo que eso acelerara la eliminación del alcohol, por supuesto.

*

Costa creía que había visto mucho mundo, pero cuando llegó a Roma en el invierno de 1918, se dio cuenta de que su mundo no era más grande que el corazón de los Balcanes. Tuvo que apretar los dientes para no quedarse boquiabierto al ver pasar a la gente de la ciudad. El idioma cantaba a su alrededor. Se maravilló de poder entender a aquellas personas que eran igual de bajas que las de su pueblo, aunque algo menos anchas de hombros. Se avergonzó de su robusta nariz y de la capa negra de pelo de cabra que se había puesto. Una dama le dio un codazo a otra. Se rieron cuando Costa pasó de largo. Él quería decirles algo, pero que entendiera la lengua de los romanos no significaba que también la hablara. Cuando las abordó en arrumano, no reaccionaron. Así que les deseó buenos días, como le había enseñado Alcibiades en el barco: buongiorno. Ellas le devolvieron un beso en el aire. De lo más insólito. Se apresuró a seguir su camino. En la escuela le habían dicho que los arrumanos eran un pueblo de Roma, pero ahora que estaba en su supuesto suelo natal, dudaba que aquello fuera cierto.

Alcibiades le rodeó los hombros con el brazo:

—Mi padre solo concibió hijos que morían. Salvo uno. Estoy vivo. Seguro que es por alguna razón.

Había estado otras veces en Roma, eso era evidente, incluso sus manos hablaban italiano. Costa olía a cabra, Alcibiades a flores.

En aquella época, Costa lo aprendió todo del Señor de los Arrumanos, tal como llegaría a ser conocido más tarde Alcibiades. Su espalda se enderezó, sus ropas se refinaron y, al final, también él olía a flores.

—Su sudor también olía a flores —le dijo más tarde Aretia a Pitu hablándole de su padre—, y créeme: tu padre y yo sudamos mucho en aquel cobertizo.

Pitu volvió a apretarse las manos contra las orejas. Demasiado tarde. Le pareció ver la paja empapada:

—Mamá, solo quiero que me des los detalles justos.

Él quería ver a su padre con ropa, la más hermosa que podía ofrecer Roma.

Aretia no lo narraba bien. Fragmentaba el pasado y lo presentaba como una viajera en el tiempo. Se movía en zigzag por su historia. Ahora iba demasiado rápido, pese a lo importante que era aquel verano para Costa, y también para ella, pues sin Roma, Costa nunca le habría dado a Pitu para que lo criara. Sin Roma, él mismo no habría llegado nunca a Crushuva.

Pitu le pidió que se concentrara. Como casi todos los viejos del pueblo, Aretia apenas sabía leer ni escribir, lo que suponía un triunfo para su memoria y capacidad narrativa. Su voz fue durante mucho tiempo tan popular, que incluso era bienvenida en el bar, donde normalmente los ancianos solo reconocían la utilidad corporal de la mujer. Sí, Aretia sabía contar historias…

Pitu le volvió a pedir que le hablara de su padre. Vale, otra vez, quizá la última. Él sabía muy poco y quería saberlo todo.

¿Todo?

En los viejos ojos de Aretia apareció un destello. No hizo falta que Pitu se corrigiera, pues su madre dejó de lado las consabidas insinuaciones y observó que su hijo, por muy leído que fuera, comprendía bien poco de la vida:

—Ninguna historia tiene un principio y un final. No existe ningún ahora sin un entonces y no habrá un después que solo sea después.

—Debes de tener razón en eso —suspiró Pitu.

—A tu edad, tienes que saber ya que tu madrecita siempre tiene razón.

Pitu alisó las arrugas del dorso de la mano de su madre y besó la piel. Su madre era en todo una diosa griega que se alimentaba de sacrificios, besos en la mano como corderos. Salvo que no era griega.

—Durante las guerras hay poco de bueno —dijo.

Pitu vio cómo su madre espantaba primero un recuerdo propio, antes de poder seguir con el recuerdo de su amante.

—Pero 1917 podría ser un principio para la historia de tu padre —dijo.

Cuando empezó el principio, Costa no estaba en Roma, el centro del mundo italiano, sino que los italianos estaban en el centro del mundo de Costa. Quedaba poco del mes de agosto cuando los soldados italianos entraron cantando en Samarina.

En aquella época, allí solo había un hombre que supiera cómo se decía «bienvenido» en italiano.

Costa jugaba al yoyo con una araña cuando Alcibiades llamó jadeando a su puerta. Su hermana se había apretado contra una pared. La araña separaba las patas mientras parecía flotar en el aire.

—Ve a ver quién es —le dijo su madre, que amasaba la harina con las manos.

Costa dejó que la araña aterrizara sobre el suelo de madera y se preparó para recibir al recién llegado. Oyó cómo su hermana golpeaba el suelo con el pie envuelto en cuero de cerdo. Delante de su casa había un hombre que todavía iba por la vida sin apodos. Nadie lo llamaba aún el Señor o el Príncipe. Ni el Idiota o el Fascista.

—¿Está tu padre en casa? —preguntó Alcibiades.

—Llegará enseguida —contestó Costa.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé, pero sé que ya no tardará mucho en volver.

Alcibiades lo besó en la frente y dijo:

—Por eso quiero tanto a los pastores como vosotros. Tenéis un sexto sentido, que Dios me lleve si no es cierto.

—A Él no lo mezcle en esto, señor Diamandi —dijo la madre de Costa.

Después de secarse las manos, dejó sobre la mesa un plato de queso, el último trozo de pan que les quedaba y aguardiente casero. Su hermano, que estaba allí de visita, salió de la casa sin decir una palabra. No quería tener nada que ver con los Diamandi. Ni ahora ni nunca. Siempre había dicho que no le traería nada de bueno.

Costa hizo caso omiso a su tío e intentó acabar con aquella situación incómoda haciéndole una pregunta a Alcibiades:

—¿En qué trabaja usted?

Alcibiades sonrió por la curiosidad del muchacho y meditó su respuesta largo rato.

—También yo soy una especie de pastor —dijo por fin.

Costa no respondió y se tomó su tiempo para observar bien al hombre. Para la ocasión se había puesto una capa de pastor, pero la había acortado tanto que poco podría hacer contra el frío. La capa negra apenas olía ya a oveja o cabra. Ambos lados estaban unidos por una cadena de eslabones dorados. En el bolsillo del chaleco llevaba colgado de un mismo collar un reloj que fue abriendo a cada minuto hasta que su padre entró. Él sí olía a oveja.

Los hombres se dieron la mano y dos besos en la mejilla, uno de ellos tocó unos pelos más largos que milímetros, el otro un rostro liso como el de una mujer. Más tarde, sus saludos se convirtieron en abrazos.

—Quiero hablar —susurró Alcibiades, y luego miró a la mujer, al hijo y a la hija.

—¡Fuera hace buen tiempo! —gritó el padre de Costa hacia atrás.

—Entonces salid a pasear —propuso la madre de Costa.

Cuando su esposo alzó las cejas, cedió y se llevó a sus hijos al jardín, donde su suegra pelaba patatas.

—Busco hombres con un buen corazón —le oyó decir Costa a Alcibiades cuando cerró la puerta—. He oído que los italianos están de camino y que de nosotros depende que sean ocupantes o liberadores.

—¿Vienes? —preguntó su madre, porque Costa se quedaba junto a la puerta.

Costa siguió la mano de su madre.

—Mi hermano tiene razón, ese señor Diamandi solo trae problemas —le dijo ella—. Es como una araña.

—Sé lo que hay que hacer con las arañas —dijo la hermana de Costa.

Para no tener que contestar, Costa contó los puntos blancos en los prados de las montañas circundantes. A la sazón, Samarina tenía todavía decenas de miles de ovejas. Las rayas negras entre ellas eran los pastores.

Pastores de verdad.

*

Tito llevaba un botón de oro en el hocico, la flor de Pitu. El frescor del verano había vuelto por fin a Crushuva, por lo que el animal se había desprendido de su letargia y conseguía escapar de las garras de Pitu.

—En el rincón contra la valla todavía quedan algunos botones de oro —le dijo a Tito, después de abandonar la persecución.

Los ojos saltones de Tito parecían seguir realmente el dedo. La cosa no fue a más. El animal se agachó hacia la hierba, que todavía tenía que cortarse.

Desde la mano tendida de Emanuil, los días de Pitu se llenaban de reflexiones mientras fumaba en pipa. Pero con mayor frecuencia no pensaba en nada. Entonces intentaba mirar todas las cosas que habían perdido su importancia a través de la niebla que él mismo había levantado.

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404 str. 7 ilustracji
ISBN:
9788418994296
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Bookwire
Format pobierania:

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