Czytaj książkę: «Este ser el día del Gran Dios y otros relatos Impresionantes sobre el sábado»
Este ser el día del Gran Dios
Y otros relatos impresionantes sobre el sábado
Stanley M. Maxwell

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Dedicado
Detrás de las historias
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Este ser el día del Gran Dios
Stanley M. Maxwell
Título del original: Him Big God Day. And Other Remarkable Sabbath Stories, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 2011.
Dirección: Jael Jerez
Traducción: Doris Samojluk
Diseño de tapa: Romina Genski
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Ilustración de tapa: Shutterstock
Ilustración del interior: Leandro Blasco
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2011 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.
Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright. © 2013, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-357-9
| Maxwell, Stanley M.Este ser el día del Gran Dios : y otros relatos impresionantes sobre el sábado / Stanley M. Maxwell / Dirigido por Jael Jerez. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Doris Samojluk.ISBN 978-987-798-357-91. Literatura testimonial. 2. Vida cristiana. I. Jerez, Jael, dir. II. Samojluk, Doris, trad. III. Título.CDD 242.2 |
Publicado el 25 de febrero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Dedicado
A mi esposa, Phemie; a mi madre; y a mis hijos, Roxy y Nigel.
Detrás de las historias

El camino que recorrió este libro hasta llegar a sus manos ha sido realmente largo y sinuoso.
Comienza con un niño de cinco años que tenía el deseo de escribir relatos para niños. Escribió muchos, pero tuvo que esperar seis años para que uno de ellos llegara a la página impresa de la revista Junior Guide1.
La recopilación de relatos comenzó inicialmente en la mesa del comedor de su casa. Al padre de Stan, el Dr. C. Mervyn Maxwell, autor y también director del Departamento de Historia de la Universidad de Andrews, le encantaba tener invitados en el almuerzo del sábado. Por lo general, en la mesa contaba relatos sobre la historia del adventismo, la iglesia primitiva o la Reforma. Cuando terminaba de contar relatos sobre la historia de la iglesia, solía preguntar a sus invitados si habían tenido experiencias en las que habían afrontado dificultades para guardar el sábado y Dios había salido en su rescate. Los invitados compartían entonces sus relatos, y el Sr. Stan escuchaba.
La gran oportunidad del Sr. Stan llegó cuando David Gemmell le pidió que se uniera a él en su nuevo programa de radio Pic-nic Familiar, en la estación de radio WAUS2. Él quería un relato para niños de cinco minutos, para que la familia escuchara mientras retozaba en el césped y comía su almuerzo durante un día de campo. Y así, con el programa de radio, nació el Sr. Stan narrador.
Con la idea de que una vida de aventuras haría sus relatos más interesantes, el Sr. Stan desempeñó trabajos en Tailandia, China, Hong Kong, Kirguistán, Macao, Jordania y Austria, donde recopiló relatos. Reunió aún más relatos en sus viajes a África, Asia, Europa, el Oriente Medio, las Américas, el Caribe y las Islas Galápagos.
El Sr. Stan comenzó a escribir libros con la intención de compartir sus historias con un público mundial: El Hombre que no podía ser asesinado [The Man Who Couldn’t Be Killed], El Hombre que vivió dos veces [The Man Who Lived Twice] y Prisionero por Cristo [Prisoner for Christ]. Luego de leer Prisionero por Cristo, un relato chino que recogió mientras trabajaba en Hong Kong, la señorita Brenda, una de las hermanas Micheff, hizo los arreglos para que el Sr. Stan contara relatos navideños en los estudios de 3ABN3. También enseñó la especialidad de Narración Cristiana del Club de Conquistadores en el estand de narración de los nietos del Tío Arturo4 durante el camporí de Conquistadores que tuvo lugar en Oshkosh. Es un narrador regular en los encuentros campestres de Michigan.
Los relatos de Este ser el día del Gran Dios están incluidos en alguna de las siguientes cuatro categorías: (1) relatos de personas que tuvieron dificultades para guardar el sábado y Dios honró su fe, incluso en tiempos recientes; (2) relatos en los cuales algo notorio ocurrió en sábado; (3) relatos de hechos que cambiaron la vida de personas que fueron testigos de cómo alguien honró el sábado; y (4) relatos diseñados para ayudar a los lectores a entender cómo guardan el sábado otras personas. Con frecuencia, los nombres y a veces también los lugares han sido cambiados, para proteger a los protagonistas reales. Estas historias son relatos orales basados en la memoria. El Sr. Stan los narra tal como le fueron relatados a él.
Estas historias poderosas sobre el sábado y sobre Dios lo beneficiarán espiritualmente.
Stanley M. Maxwell
25 de mayo de 2011
Notas: Si usted tiene algún relato que le gustaría compartir con el Sr. Stan, por favor, envíelo a través de Pacific Press. Él siempre está recopilando buenos relatos.
1 Nombre anterior de la actual revista Guide, una revista de relatos para niños en inglés, publicada por la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Dato bibliográfico: Stanley Maxwell, “The man who rode to California on a potato”, Junior Guide (Oct. 14, 1970), pp. 15, 18.
2 Estación de radio de la Universidad de Andrews de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Berrien Springs, Michigan.
3 Three Angels Broadcasting Network [Red de Difusión de los Tres Ángeles], de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
4 Nombre con que se conoció al prolífico autor adventista Arturo S. Maxwell.
Capítulo 1
“Este ser el día del Gran Dios”

Un capataz australiano observó cómo un pequeño leñador salía de la selva de Papúa Nueva Guinea y entraba en su aserradero colonial. Le preguntó su nombre y qué deseaba.
–Tú llamarme Umie. Mí querer gran jefe hombre darme buen trabajo aquí –dijo el leñador.
El capataz llevó al leñador de piel oscura a su oficina y le explicó:
–Te pagaremos. Cortarás árboles, los acopiarás y los apilarás aquí.
Señaló hacia el aserradero a través de la ventana de su oficina.
–Primero, pon la impresión de tu pulgar en esta página.
El capataz abrió una almohadilla y la puso sobre el escritorio.
Umie no sabía leer ni escribir, pero confiando en el hombre blanco presionó su pulgar en la almohadilla y luego lo presionó en la parte inferior del papel. No sabía que el contrato requería que trabajara seis días a la semana, de lunes a sábado, durante tres meses consecutivos, y que si faltaba un solo día al trabajo sería arrojado a la cárcel. Pero, aunque hubiera podido leer el contrato, la palabra cárcel no significaría nada para este hijo de la selva.
Cuando Umie terminó, el supervisor sonrió.
–Bien, compañero, ahora trabajas para nosotros.
Guio a Umie hacia las barracas.
–Descansa hoy, trabaja mañana. ¡Buen día, compañero!
A la mañana siguiente, Umie se internó en la selva con los otros trabajadores. Disfrutó cortando árboles y apilando troncos.
Todo anduvo bien hasta que se despertó una mañana y supo que era el séptimo día de la semana. En ese día, él pensaría en Dios y no trabajaría. Mientras los trabajadores se vestían, Umie se quedó acostado en su cama pensando en Dios.
El capataz irrumpió en la habitación y se encaminó rápidamente a la cama de Umie.
–¡Eh, compañero, levántate y empieza tu día! ¡Hay trabajo que hacer!
Umie miró al capataz.
–Mí no trabajar este día.
–¿Cuál es el problema? –el australiano parecía preocupado–. ¿Estás enfermo?
–Este ser el día del Gran Dios –explicó Umie–. Mí descansar de mí trabajar y mí pensar en Gran Dios.
El capataz se rio pensando que el leñador, que jamás había visto un almanaque, había cometido un error.
–Estás equivocado. Mañana es el día del Señor. Hoy trabajas, el domingo descansas. Ahora, ¡ve a trabajar, compañero!
–Este día mí no trabajar –contestó Umie–. Predicador enseña mí de Gran Libro Negro. Enseña mí día siete es día de descanso del Gran Dios. Este día mí no trabajar.
Enojado, el capataz tomó a Umie y lo arrastró fuera de su cama, lo paró sobre sus pies y le golpeó el hombro izquierdo.
–¡Alístate para trabajar! –gritó.
Temeroso de que el capataz le volviera a pegar, Umie se cubrió la cara con el codo. Malinterpretando el gesto y pensando que Umie quería pelear, el capataz sacó su cuchillo y cortó el brazo de Umie. La herida sangró tanto que el leñador no habría podido trabajar ese día aunque hubiera querido. Entonces, el capataz lo dejó permanecer acostado pensando en Dios.
La herida sanó rápidamente. El lunes Umie estaba cortando y apilando troncos otra vez. El viernes, el capataz dijo:
–Te hago un trato, compañero. El inspector colonial de agricultura, el Dr. Spencer, llega mañana. No quiero que haya ningún problema. Si trabajas mañana, te prometo que no tendrás que trabajar nunca más los sábados.
Umie no dijo nada, pero cuando se despertó a la mañana siguiente permaneció en la cama pensando en Dios. El capataz irrumpió en la habitación como lo había hecho la semana anterior y se encaminó hacia Umie.
–Levántate, compañero. ¡El inspector está aquí! Ayer hicimos un trato, debes cumplir.
–Perdón, mí no trabajar este día.
Umie permaneció en la cama.
–Dile que trabaje, hombre –dijeron los otros trabajadores a coro, ansiosos por presenciar otra pelea entre el capataz y el leñador.
El capataz levantó a Umie de la cama justo en el momento en que el Dr. Spencer, el inspector, entraba y preguntó:
–¿Cuál es el problema?
–Este leñador –el capataz señaló a Umie– se niega a trabajar. Su rebelión está causando insurrección entre los otros trabajadores.
–Yo manejaré este asunto –dijo el Dr. Spencer–. ¿Por qué no trabajas?
–Mí no trabajar. Este ser el día del Gran Dios –explicó el leñador–. Mí descansar y mí pensar en el Gran Dios.
–Debes trabajar hoy. Mañana es tu día libre.
Como Umie siguió negándose a trabajar, el Dr. Spencer dio un puñetazo en el hombro izquierdo del leñador. Para protegerse, Umie inmediatamente levantó su codo derecho sobre su cara, lo cual sorprendió al inspector. Temiendo un ataque, el Dr. Spencer golpeó al pequeño leñador hasta que se desplomó en el suelo como muerto. Luego pateó a Umie en las costillas una y otra vez hasta que su ira disminuyó.
Umie tampoco pudo trabajar ese día. Otra vez permaneció acostado en su cama pensando en Dios.
El lunes, las heridas de Umie habían sanado lo suficiente como para trabajar. Pero el Dr. Spencer llamó a un oficial de policía local, quien esposó a Umie, lo cargó junto con todas las herramientas del inspector y le ordenó caminar varios kilómetros hasta la cárcel más cercana. El oficial de policía escoltó a Umie con un rifle, para que no escapara. El Dr. Spencer, quien había terminado su inspección, caminaba con ellos.
Ir a la cárcel no era fácil. Significaba caminar a través de la selva desde el aserradero hasta la ciudad. Sin embargo, todo marchó bien hasta que los tres hombres llegaron hasta un tronco caído sobre un río caudaloso. Umie y el oficial de policía, que eran hijos de la selva, estaban acostumbrados a viajar por ella, y pasaron el obstáculo fácilmente a pesar de las cargas sobre sus hombros.
Luego fue el turno del Dr. Spencer. Aventuró un par de pasos cautelosos en el tronco cubierto de musgo, se resbaló levemente y recuperó el equilibrio.
Temeroso de que el siguiente paso del Dr. Spencer fuera desastroso, el oficial de policía apoyó su rifle en el suelo y corrió a través del tronco para ayudar al hombre blanco.
–¿Qué estás haciendo? –gritó el Dr. Spencer–. ¡Vigila al prisionero! ¡Puede escaparse o tomar el arma y dispararnos!
Obediente, el oficial de policía volvió rápidamente y continuó vigilando al prisionero.
El Dr. Spencer llegó bien a la mitad del tronco, pero cuando miró hacia abajo y vio hocicos de cocodrilos en el río entró en pánico y saltó el resto del tronco. Aterrizó en la orilla, pero uno de sus pies se metió en la cueva de un animal, se le torció y se fracturó la pierna. El dolor creció y se hizo intenso.
–¿Tú querer que yo correr a gran ciudad y traer dos hombres para ayudar? –ofreció el oficial de policía luego de examinar la pierna del inspector.
–¿Qué? ¿Y dejarme con este criminal? Puede escaparse y matarme.
El Dr. Spencer apretó sus dientes y atendió su pierna quebrada.
–¿Tú querer que Umie buscar dos hombres para ayudar? –preguntó el oficial de policía.
–¿Qué? ¿Enviar a un criminal a la selva para buscar ayuda? ¡Escapará!
En ese momento, el pequeño leñador se agachó y, a pesar de las esposas que le habían puesto, recogió algunas hojas, se arrodilló al lado del Dr. Spencer y frotó las hojas contra la pierna herida.
–Él usar hojas para calmar tu dolor grande –explicó el oficial de policía.
El Dr. Spencer notó que efectivamente el dolor había disminuido un poco.
–¡Sácale las esposas! –ordenó.
El oficial obedeció.
Con sus manos libres, Umie cosechó más hojas y masajeó las piernas del hombre blanco hasta que este sintió alivio. Luego, aunque estaba muy cargado, Umie levantó al inspector sobre sus hombros y lo cargó durante dos horas hasta la ciudad, donde recibió ayuda médica.
*****
Años más tarde, meciéndose en su hamaca, el Dr. Spencer le contó esta historia a un colega alemán.
–En ese momento, yo no era cristiano –concluyó el Dr. Spencer–, aunque había sido criado como tal. Pensé que ese leñador que no trabajaba en el día del Señor y que masajeó mi pierna dos días después de que yo lo golpeara hasta dejarlo sin conocimiento era un cristiano verdadero, si es que alguna vez había visto alguno. Dios puso a ese pequeño leñador en mi camino por una razón. Su ejempló habló más fuerte que un montón de sermones. ¡Ahora atesoro su calidad de cristianismo para mí!
Capítulo 2
Alimentado por un gato

En tiempo de guerra, un joven adventista del séptimo día llamado Pieter fue reclutado para realizar el servicio militar. Dedicado en su deber, cada mañana, se levantaba temprano antes de que cantara el primer gallo, corría alrededor del campamento, lustraba zapatos y hebillas, y hacía distintas flexiones. Durante el resto del día aprendió a marchar y a obedecer órdenes sin pensar. Si el oficial gritaba: “¡Salten, señoritas!”, en lugar de sentirse insultado respondía al instante: “¿A qué altura, señor?” Entonces saltaba vigorosamente en el aire hacia un punto imaginario. Si los hombres luchaban, él luchaba; y si cocinaban, él cocinaba. Las raciones diarias de alimentos desaparecían en instantes y, si era necesario, fregaba los pisos con un cepillo de dientes.
Todo funcionó razonablemente bien durante los primeros seis días. Pero el viernes, el soldado comenzó a pensar sobre el día siguiente.
Por lo tanto, fue a visitar a su oficial comandante, quien lo hizo pasar a su oficina amablemente. Lo saludó y, hablando en forma respetuosa, Pieter le dijo:
–Solicito permiso para hablar, señor.
Levantando la mirada de su escritorio, el oficial comandante se quitó con cansancio los lentes para leer, los apoyó en la mesa sobre los papeles que estaba leyendo y suspiró.
–Permiso concedido, soldado. ¿Qué desea?
Esbozando su mejor sonrisa, Pieter fue directo al grano.
–¡Señor, solicito tener el día libre mañana, señor!
La cara del oficial enrojeció.
–Usted está allí y yo estoy aquí, y cada cosa está en su lugar. Y así es como sabemos lo que hay allí y lo que hay aquí. Cada cosa tiene su lugar. Y cada uno sabe su lugar. Usted ¿sabe su lugar, soldado?
–¡Sí, señor! –respondió Pieter.
–¿Seguro lo sabe, soldado?
El oficial comandante movió su cabeza y se rascó la oreja con su dedo meñique. Luego, exclamó:
–¿A quién cree que le está pidiendo para tener el día libre mañana?
–¡Con su permiso, señor! –dijo el soldado a la vez que hacía un breve saludo y entrechocaba sus talones–. Mañana es el día en el que adoro a Dios. Necesito el día libre para estudiar mi Biblia y para orar a Dios.
Una vena sobresalía en el cuello del oficial mientras miraba al soldado a los ojos y preguntaba:
–¿Qué quiere decir con “estudiar la Biblia mañana”? ¿Sabe lo que pienso, soldado raso?
–¡No, señor! ¡No lo sé!
–Bien, le contaré lo que pienso, soldado Pieter.
–¿Qué es, señor?
–Está muy confundido, soldado. ¡Mañana es sábado, no domingo! –entrecerró los ojos–. ¿Piensa que es tan fácil engañarme?
–¡Oh, no, señor! –exclamó el soldado, todavía parado en posición de firme.
Saludó, entrechocó los talones y añadió suavemente:
–Discúlpeme, señor, pero yo creo que Dios quiere que lo adoremos en sábado. La palabra viene del vocablo shabbat, porque eso es lo que dijo Dios en la Biblia cuando escribió el cuarto Mandamiento con su propio dedo.
–¿Qué, es judío?
El oficial se inclinó mientras tomaba una taza de café.
El soldado no quería ser llamado judío y se paralizó involuntariamente mientras un escalofrío corría por su columna vertebral. Era peligroso ser llamado judío, pues su oficial odiaba a los judíos y a menudo los enviaba a la cárcel cuando solicitaban consideraciones especiales, tales como comida kosher.
–No –dijo el soldado en voz alta–. No soy judío: soy un cristiano adventista del séptimo día.
El oficial casi se atragantó con el café.
–¿Es un qué?
–Un cristiano adventista del séptimo día, señor –respondió el soldado.
–¿Qué diablos es un adventista del séptimo día?
–Los adventistas del séptimo día asistimos a la iglesia los sábados en vez de los domingos, porque seguimos las enseñanzas de la Biblia –explicó el soldado.
–Nunca escuché un disparate como ese –explotó el oficial–. ¿Acaba de inventar esa tontería sin sentido?
–No, señor. –el soldado hizo el saludo nuevamente–. Es la verdad, señor.
–No sé si debería reírme o llorar.
–¡No, señor! Quiero decir: ¡Sí, señor! –la cabeza del soldado giró tratando de no hacer enojar a su oficial comandante.
–¡Permiso denegado!
Tomando los lentes de arriba del escritorio, el oficial se los puso con violencia, se irguió cuan largo era y miró despectivamente a Pieter.
–Hay que mantener la autoridad, ¿verdad? ¡Sí, por supuesto! Está en el ejército ahora, soldado. Haga como le digo. Ahora los dos sabemos cuál es el lugar del otro. ¡Debe reportarse a sus tareas, muchacho! Y si no se reporta mañana, lo enviaré a la cárcel y estará aislado sin comida, el mismo castigo que les damos a esos infames judíos que tienen las agallas de pedir una dieta especial. Permanecerá en la cárcel hasta que decida obedecer órdenes. ¿Lo entendió, soldado?
–¡Entendido, señor! –Pieter saludó y entrechocó sus talones otra vez.
–Debe mantenerse la autoridad.
–¡Sí, señor!
–Cada cosa tiene su lugar. Y cada uno conoce su lugar. ¡Espero que esté en su lugar!
–¡Sí, señor!
–¡Puede retirarse!
Obedientemente, Pieter giró sobre sus tacones y marchó fuera de la habitación.
Al día siguiente, Pieter no se presentó a sus tareas. Su oficial comandante lo encontró en su barraca leyendo la Biblia.
–No estaba en su lugar esta mañana y parece que ha olvidado su lugar. ¡Y no respeta mi autoridad!
Levantando su vista de la Biblia, Pieter respondió:
–Yo respeto su autoridad, señor.
–¿Qué le dije sobre presentarse a sus tareas hoy? ¿Pensó que no hablaba en serio?
–¡Oh, no, señor!
–Entonces, ¿por qué desobedeció una orden directa? –preguntó el oficial comandante.
–Porque yo creo que Dios quiere que lo adoremos en su santo día. Como dijo el apóstol Pedro a los sacerdotes: “Debo obedecer a Dios antes que a los hombres”.
–¡Arréstenlo! –gritó el oficial comandante.
Inmediatamente, Pieter fue esposado, lo llevaron al otro lado del regimiento y lo echaron ceremoniosamente en una celda de la cárcel. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Pieter descubrió que su celda era realmente pequeña y tenía una sola ventana con rejas ubicada inconvenientemente cerca del techo. Había sido ubicada a propósito allí, para que nadie pudiera escalar hasta ella. La pequeña cantidad de luz que caía sobre el piso de piedra se veía a rayas por la sombra de las rejas. La ventana era tan pequeña que nadie podría pasar por ella. Solo un pequeño animal podría pasar entre las rejas.
Pieter permaneció en la celda durante una semana sin comida. Una vez al día, el carcelero le pasaba una pequeña cantidad de agua a través de una puertita. Naturalmente, el estómago del soldado chillaba y se quejaba, pero él no podía hacer nada.
Luego de una semana, el oficial comandante entró a la celda.
–Bien, veo que ha perdido algo de peso. ¿Tiene hambre?
El soldado admitió que tenía hambre y solicitó comida.
Con frialdad, el oficial comandante contestó:
–¿Va a obedecer mis órdenes?
–Señor, si lo que quiere decir es si voy a quebrantar el sábado, la respuesta es: ¡No, señor! Esa es una orden que no puedo obedecer.
La cara del comandante enrojeció de ira.
–Entonces, seguirá sin comida.
Agitado, caminó por la celda gritando:
–La autoridad debe respetarse. Un lugar para todo y todo en su lugar. ¿Verdad? ¡Verdad!
Inclinándose, levantó el mentón de Pieter y lo miró a los ojos.
–Cuando tenga suficiente hambre, aprenderá que estoy hablando en serio. Entonces obedecerá mis órdenes.
Irguiéndose cuan largo era, el oficial salió apresuradamente de la celda, golpeando la puerta detrás de sí. Las llaves chocaron con estrépito mientras el comandante encerraba a Pieter.
Sintiéndose solo en su celda, el tiempo parecía no transcurrir más. Cerca de las cuatro y media o cinco de la tarde, se sintió débil por el hambre. Se arrodilló en el piso, juntó sus manos, cerró sus ojos y oró:
–Oh, Señor, tú prometiste que mi pan y mi agua estarían asegurados. La semana pasada, cada día, me diste agua. Gracias. Lo único que falta es el pan. Hoy reclamo el resto de tu promesa. Por favor, que mi pan y mi agua estén asegurados.
Mientras oraba, algo se apretujó contra su pierna. Terminando su oración, el soldado abrió sus ojos y vio en el piso frente a él un trozo de pan.
Lo recogió y lo comió con hambre, y luego oró nuevamente, agradeciendo a Dios por contestar su oración en forma tan rápida y milagrosa.
Al día siguiente tenía hambre nuevamente más o menos a la misma hora. Otra vez se arrodilló, cerró sus ojos, cruzó sus manos y oró por comida. Otra vez sintió algo que se apretujó contra él. Cuando abrió sus ojos, otra vez vio un trozo de pan en el piso, que devoró con hambre.
Esto sucedió una y otra vez, día tras día, durante dos semanas.
Entonces, la puerta de la celda se abrió y el oficial comandante entró.
–Veo que no está demacrado por perder peso –dijo el oficial–. ¿Cómo puede ser?
–He comido todos los días, señor –respondió Pieter respetuosamente.
–¿Quién ha estado alimentándolo? –demandó el oficial.
–¡Yo pensé que era usted, señor!
–¡Yo no fui! –gritó el comandante y la vena de su cuello comenzó a abultarse otra vez–. ¡Con seguridad que no fui yo!
– Si usted no fue, señor, entonces seguro que fue Dios, señor. Cada día, señor, más o menos a la misma hora, encontré un trozo de pan en el piso.
–¿Un trozo de pan en el piso? –la voz del comandante mostraba incredulidad.
–Correcto, señor.
–¿Quién lo está alimentando con ese pan?
–No lo sé, señor.
–¿Cómo que no lo sabe?
–Pensé que usted me estaba alimentando, pero estaba equivocado, señor. Ahora no sé quién fue, pero alguien me alimentó.
–Diga lo que sabe.
–¿Me promete no enojarse, señor?
–No me enojaré.
El comandante le regaló su mejor sonrisa, aunque un extremo de su boca se alzaba más que el otro. En un tono contenido y paciente, añadió:
–Necesito saber quién es el que lo alimenta.
–Bien, señor. Cada día oro por comida, y mientras estoy orando algo se apretuja contra mi pierna y, cuando termino mi oración, encuentro un trozo de pan en el piso.
–Pero ¿no sabe quién le está dando pan?
–Honestamente, señor, no lo sé.
–Y ¿por qué no?
El oficial sonaba un poco irritado, pero apretó sus dientes para contenerse.
–Porque, señor, cuando oro cierro mis ojos. Y no los abro otra vez hasta que termino de orar.
El oficial asintió con su cabeza como si entendiera, y terminó el pensamiento:
–Entonces, no puede ver qué sucede mientras ora.
–Correcto, señor. Porque mis ojos están cerrados.
–Bien, ¡descubra quién es! –dijo el comandante–. ¡Es una orden!
–¡Haré lo mejor que pueda!
–¿Cree que puede orar con los ojos abiertos?
–Creo que haré una excepción en este caso, señor.
–Hágalo.
–¡Sí, señor!
–Es una orden. Ore con los ojos abiertos. Volveré mañana. Quiero saber quién lo está alimentando.
–Haré lo mejor que pueda, señor, pero no puedo prometer nada. ¿Y si es mi ángel guardián? En ese caso, no vería nada. Espero que entienda, señor.
–Quiero saber quién está alimentándolo; ¿entiende lo que quiero decir?
–Entiendo, señor.
No habló con tanta confianza como sintió que debería tener. Temía que fuera su ángel guardián, y en ese caso realmente no lo vería.
Al día siguiente, más o menos a las cuatro y media o cinco, su estómago comenzó a hacer ruidos. Pieter se arrodilló en el piso de piedra como era su costumbre. Pero, esta vez hizo algo diferente: no cerró sus ojos para orar.
Mientras estaba orando, vio, por el rabillo del ojo, un gato que llegaba hasta la ventana, se escabullía entre las rejas y saltaba hasta el piso. Se acercaba a él sigilosamente y se apretujaba contra su pierna. En ese momento, Pieter se dio cuenta de que el gato llevaba algo en su boca. No pudo creer lo que vio. Parpadeando, sacudió su cabeza y volvió a mirar para asegurarse de no estar imaginando cosas. Con toda seguridad, sus ojos no lo estaban engañando. ¡Era un trozo de pan!
Paralizado por la sorpresa, Pieter observó cómo el gato dejaba el pan en el piso, daba la vuelta, saltaba hacia la ventana, se escurría entre las rejas y desaparecía.
Maravillado, Pieter oró nuevamente:
–¡Gracias, Señor, por realizar un milagro tan impresionante solamente para mí!
Luego, levantó el pan y se lo comió con ansias.
Al día siguiente vinieron guardias hasta la celda de Pieter y lo llevaron a la oficina del comandante. Una vez allí, Pieter se paró firme, entrechocó sus talones y saludó al oficial.
–¡Descanse, soldado! –ordenó el comandante luego de devolver el saludo.
Pieter obedeció. Yendo directo al grano, el oficial le preguntó:
–¿Sabe quién ha estado alimentándolo?
–¡Sí, señor!
–¡Dígame quién se atreve a hacer una cosa así!
Pieter cambió de pie y miró a un punto detrás de la cabeza del comandante.
–Usted no va a creerme, señor.
–¿Quién es?
–Creo que le resultará difícil creerlo, señor.
–Simplemente, responda.
–Bien, señor.
Pieter respiró profundo.
–Es un gato.
–Explíquese, soldado. Espero que lo haga bien.
–Sí, señor.
Pieter pasó su lengua por su boca, pues estaba seca.
–Cuando ayer me arrodillé a orar, mantuve mis ojos abiertos, aunque no es mi costumbre.
Al hablar, su corazón latía más fuerte de lo normal.
–Mientras estaba orando, un gato llegó hasta la ventana... ¡No podrá creer esto!
–Estoy escuchando, soldado.
–¿Me promete que no se reirá, señor?
–¡Lo prometo! Cuénteme qué sucedió.
–Bien, señor. Mientras estaba orando, un gato llegó a la ventana trayendo un trozo de pan en su boca. Luego de saltar desde la ventana, dejó el trozo de pan a mis pies, luego subió hasta la venta, se escabulló y desapareció, señor.
Pieter estaba tan seguro de que el oficial lo acusaría de mentir que sus manos temblaban. Para su sorpresa, los ojos del oficial se iluminaron y una media sonrisa se dibujó en su rostro. ¿Comenzaría a reírse del soldado?
–Usted ¿me cree? –preguntó Pieter con duda.
–Muchacho, me ha ayudado a aclarar un misterio –respondió el comandante.
–¿Qué misterio, señor?
–¿A qué hora dijo que oraba por comida? ¿Cerca de las cuatro y media o cinco?
–¡Sí, a esa hora, señor! ¿Cómo lo sabe?
–El gato de mi hija se ha comportado en forma muy extraña este mes todos los días a eso de las cuatro y media o cinco de la tarde.
–¿Qué es lo que hace, señor?
–Comienza a maullar de la peor manera y no se detiene hasta que no le damos un trozo de pan. Pero nunca lo come enfrente de nosotros. Toma el pan y desaparece. Supusimos que tenía más hambre de lo habitual o que tenía un lugar secreto en alguna parte. Ahora entiendo: ¡el gato de mi hija ha estado dándole mi pan!
Pieter estaba maravillado y alababa a Dios en su corazón.
–Si el gato de mi hija lo seguirá alimentando todos los días con mi pan –continuó el comandante–, supongo que nunca podré hacerle pasar hambre para lograr que cumpla mis órdenes.
–¡Sí, señor! –estuvo de acuerdo Pieter.
–Es decir que es en vano que lo ponga en confinamiento solitario o que trate de matarlo de hambre hasta que sea sumiso.
–¡Sí, señor!
–No funcionará.
–¡No, señor! Quiero decir: ¡sí, señor!
–Su Dios está tratando de decirme algo. Y eso es que, usted soldado, necesita el sábado libre para adorarlo. ¡Bien, lo tendrá!
–¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! –Pieter saludó nuevamente.
–Es libre. ¡Puede retirarse!
Pieter saludó, entrechocó sus talones y regresó a las barracas.
El comandante cumplió su promesa. Permitió que Pieter adorara a Dios cada sábado mientras estuvo bajo sus órdenes. Y todo sucedió gracias a un Dios poderoso que le pidió a un gato que llevara un trozo de pan a través de la ventana de una celda para alimentar a un soldado fiel que tuvo la valentía de obedecer a Dios en lugar de a un oficial obstinado, sin importar las consecuencias.
Pieter todavía asegura: “Las promesas de Dios son verdaderas. Si crees y actúas por fe, tendrás asegurados tu pan y tu agua. ¡Hasta un gato puede ayudar a proveer para ti!”
Capítulo 3
Salvados por un cuadro en la pared

En Ruanda, un país que se hizo famoso gracias a Dian Fossey y su estudio de los gorilas de montaña, viven dos grupos de personas: los tutsis y los hutus. Es bastante difícil distinguir estos dos grupos. Algunos dicen que el tutsi promedio es más alto que el hutu promedio, pero esto no siempre es cierto. Cierta vez, cuando Bélgica gobernaba el país, los belgas daban los mejores empleos a los tutsis, probablemente porque tenían más educación que los hutus. No hace falta decir que los hutus no estaban muy contentos al respecto. En la década de 1990, muchos hutus y un buen número de tutsis sintieron que tenían razones para molestarse los unos con los otros.
Hacia 1994, el odio entre los tutsis y los hutus se salió de control. Los hutus comenzaron a atacar a los tutsis con machetes hasta matarlos. Pronto, prácticamente todos se involucraron en la matanza, incluso los cristianos. Y –lamento decirlo– hasta adventistas del séptimo día participaron en el caos, matando a hermanos adventistas por la simple razón de que eran tutsis.
Dado que los hutus iban casa por casa buscando tutsis para atacarlos, cierto miembro de iglesia (llamémoslo Salomón) tenía miedo por su vida. Comprensiblemente, temía salir de su casa y también tenía miedo de estar en ella. Salomón y su esposa, embarazada, decidieron esconderse en el ático, que no era más que un lugar entre el cielo raso y el techo, con espacio apenas suficiente para que ellos se acostaran y esperaran. Estuvieron allí durante cuatro días y nadie llegó. Entonces, se dieron cuenta de que era sábado y ansiaban celebrarlo con su tradicional baño sabático.
Planeando volver a su escondite tan pronto como se hubieran bañado, la esposa de Salomón fue primero, gateando hacia la entrada del ático. Pero el cielo raso no era muy firme, y ella estaba más pesada por su embarazo. En un instante, cayó desde el cielo raso hasta el piso.
Al escuchar el ruido, Salomón gateó para ver qué había pasado, y también se cayó, y lo hizo sobre su esposa.
Justo en ese momento, escucharon un ruido afuera. Era el sonido de piedras que golpeaban contra la casa. Para su consternación, la pareja se dio cuenta de que habían abandonado su escondite justo cuando pasaban los hutus. Al mirarse asustados, los dos tuvieron el mismo pensamiento: ¡Si tan solo nos hubiéramos quedado en el ático y olvidado del baño sabático! Quizá debimos tomar el baño el viernes en preparación para el sábado, pero ahora es demasiado tarde.
No podían regresar al ático, porque le faltaba un pedazo al cielo raso y sería el primer lugar donde buscaría la turba. Tenían que pensar en algo, y rápido. Susurrando con rapidez y terror oraciones en las que solicitaban la ayuda de Dios, corrieron al dormitorio. Salomón ayudó a su esposa, embarazada, a esconderse debajo de la cama y luego él también se escondió en ese lugar.
Allí permanecieron escuchando a los hutus que saqueaban su casa, tomando todo lo que podían llevar y rompiendo todo lo que no podían llevar. Resistiendo el impulso de salvar su querida casa y sus preciosas pertenencias, los esposos permanecieron inmóviles debajo de la cama, temerosos por sus vidas, deseando no ser descubiertos a medida que los saqueadores se acercaban a ellos. Finalmente los hutus, enfurecidos, entraron en la habitación.
Lamentablemente, en su apuro por esconderse debajo de la cama, Salomón había perdido un zapato, que quedó en el piso al lado de la cama. Uno de los hutus recogió el zapato, lo levantó en alto y gritó:
–¡Miren lo que encontré! ¡Un zapato!
Se produjo un silencio incómodo hasta que alguien del otro lado de la habitación exclamó:
–¡Tonto! ¿Qué vas a hacer con un solo zapato? Tienes dos pies, ¿verdad? ¡Olvídalo!
–Tenía dos pies la última vez que me fijé. En eso tienes razón –estuvo de acuerdo el primer hombre–. Apuesto a que el dueño de este zapato también tiene dos pies. Así que, si encontré uno debe haber otro en alguna parte. ¡Lo voy a buscar!
–¡Buena suerte! –se rio el otro hombre–. Probablemente escapó con el otro zapato puesto.
Debajo de la cama, el corazón de Salomón latía con fuerza. Esperaba que no lo descubrieran, pero temía lo peor.
El saqueador que tenía el zapato miró debajo de la cama y exclamó:
–¡Encontré el otro zapato!
Tiró del zapato, pero no salía con facilidad.
–Está pegado... ¡a un pie!
Este anunció llamó la atención de todos y se apresuraron a ir hasta la cama. Le gritaron a la pareja:
–¡Salgan!
Pero, aunque trataban de salir, no podían hacerlo. Además de estar paralizados por el temor, el espacio que había debajo de la cama era demasiado pequeño y estaban atascados. Muy a pesar de la pareja, la turba estaba ansiosa por ayudarlos, y sacó el colchón, el soporte y finalmente la estructura de la cama. Expuestos como cervatillos iluminados por reflectores, Salomón y su esposa yacían petrificados en el piso.
–¡Párense! –gritaron los saqueadores.
Los tomaron y los obligaron a pararse.
–¡Dennos su dinero! –pidió la turba.
–No tenemos nada de dinero –contestó Salomón–. Somos empleados de la iglesia.
Como no les gustó lo que habían escuchado, los saqueadores levantaron sus machetes. Salomón y su esposa cerraron sus ojos, preparándose mentalmente para morir.
En ese instante, seis miembros de la milicia irrumpieron en la casa y ordenaron a la turba que se retirara. Viendo las ametralladoras de los militares, la turba se dio cuenta de que sus machetes no les servían de nada. Obedecieron al instante, corriendo hacia la puerta con lo que pudieron llevarse.
Si bien estaban agradecidos de haberse librado de la turba, Salomón y su esposa no se sentían seguros. Muchos de los miembros de la milicia también odian a los tutsis. Estos soldados ¿habrián venido a traer paz o a causar más problemas?
Uno de los soldados, que parecía ser el líder, miró a su alrededor en la casa saqueada y vio un cuadro todavía colgado en su lugar en la pared. Quizás era lo único que quedaba en la casa luego de haber pasado la turba. Era un cuadro de Jesús. Sobre la cara de Cristo estaban escritas las palabras “Adventista del Séptimo Día”. Volviéndose a Salomón, el soldado preguntó:
–¿Eres cristiano?
De alguna manera Salomón se sintió impulsado a contestar, y mirando al soldado a los ojos le dijo:
–Sí.
–Entonces, no te preocupes –dijo el soldado–. No te mataremos. No queremos la sangre de un cristiano en nuestras manos, ¿verdad?
Se volvió a los otros cinco, quienes asintieron inmediatamente.
El sudor se deslizaba por las espaldas de la pareja de tutsis a medida que el alivio inundaba sus almas.
–¿Hay algo que podamos hacer por ustedes? –preguntó el líder de los soldados–. No es seguro aquí.
La pareja asintió.
–¿Dónde les gustaría que los llevemos?
–Hay una iglesia adventista a unos quinientos metros de nuestra casa –dijo Salomón–. ¿Pueden llevarnos hasta allí? Es sábado, así que deben estar teniendo el culto.
–¿Con tanta violencia alrededor? –preguntó el soldado dudando–. ¿Piensan que alguien estará en la iglesia?
–Quizá no –Salomón se mordió los labios–. Es difícil decirlo teniendo en cuenta las circunstancias actuales. Pero el pastor estará allí.
–¿Están seguros de que estarán a salvo?
–El pastor es hutu –admitió Salomón–, pero es un buen hombre. Sé que quiere ayudar a los tutsis. Confío en él.
Los militares estuvieron de acuerdo. Los seis rodearon a la pareja como guardaespaldas y los escoltaron hasta la iglesia. Cuando llegaron, los soldados llamaron a la puerta. El pastor hutu abrió una rendija cautelosamente, reconoció a la pareja tutsi en medio de los guardias y abrió la puerta de par en par.
–¡Bienvenido y feliz sábado, Salomón! ¿En qué te puedo ayudar? Tu esposa ¿está bien?
Salomón le contó acerca de la turba que había saqueado su casa y había amenazado sus vidas.
–No creo que estemos seguros en casa –dijo–. ¿Podemos quedarnos en la iglesia?
–Por supuesto, pasen.
El pastor sonrió mientras entraban. Salomón se volvió y agradeció a los soldados, que luego de haberlos dejado a salvo se marcharon.
–Estamos escondiendo tutsis detrás del bautisterio –dijo el pastor hutu en un susurro mientras guiaba a la pareja por el pasillo–. El lugar está un poquito abarrotado, como pueden imaginarse, pero pueden quedarse mientras estén a salvo.
Salomón y su esposa se escondieron junto con los otros tutsis por un tiempo. El pastor hutu nunca los delató.
Un día, el pastor se dirigió al escondite y anunció sombríamente:
–Me temo que el santuario de la iglesia ya no es seguro... Tendrán que irse. Pero no se preocupen –sonrió con gracia–. Hice arreglos para ustedes.
El pastor hutu transfirió a los tutsis en secreto a un hotel. Salomón y su esposa fueron ubicados en la habitación 109, donde permanecieron durante varios días mientras había violencia afuera. Entonces, para su consternación, escucharon el temible sonido de una turba hutu que ingresaba al hotel. Los hutus entraron a la fuerza en cada habitación buscando tutsis. Mientras se acercaban, la pareja permanecía en su habitación con la puerta trabada; sabían que si abrían la puerta y corrían tratando de escapar llamarían la atención. Sería peor para ellos afuera.
El caos llegó a la habitación 105, aterrorizando a los tutsis que estaban adentro. Salomón y su esposa resistieron el impulso de contestar a los pedidos de auxilio y los gritos de sus vecinos. Se acurrucaron en una esquina, sabiendo que pronto, luego de que se forzaran cuatro puertas más, sería su turno de morir.
Repentinamente, llegó la milicia y ordenó a la turba que se retirara. La turba obedeció. Otra vez Salomón y su esposa habían salvado su vida.
Finalmente, luego de la intervención externa de los franceses, cesaron las hostilidades, y Salomón y su esposa volvieron a su hogar y a asistir al templo. En una reunión de la iglesia, se enteraron de que los hutus, algunos de ellos adventistas, habían matado a 56 pastores adventistas tutsis. Cada uno de esos pastores había pastoreado a doscientos miembros de Ruanda. En ese momento, Salomón sintió que debía ser un ministro. Si tan solo pudiera ir a los Estados Unidos a estudiar en el seminario teológico y luego regresar a Ruanda... Entonces podía ayudar a reemplazar a alguno de los pastores asesinados en la matanza.
Al pasar el tiempo, se vio que Dios había sido bueno con Salomón y su familia. A pesar de la caída desde el ático, el embarazo de su esposa llegó a término y dio a luz a un hermoso varoncito. Luego Salomón y su familia fueron aceptados como estudiantes en la Universidad de Andrews, y Estados Unidos les concedió asilo político. Esto les permitió conseguir visas de trabajo y así pudieron enviar a su hijo a la Escuela Primaria Ruth Murdoch.
Mirando hacia atrás, Salomón está seguro de que Dios salvó a su familia por lo menos tres veces en Ruanda. Cada mañana Salomón recuerda que él, su esposa y su hijo son milagros vivientes... y todo comenzó con un cuadro de Jesús en la pared de su dormitorio.
Capítulo 4
El examen en sábado de Shahine

Shahine nació en Estambul más o menos en la época en la que Turquía se convirtió en un país. Su madre fue una de las primeras adventistas del séptimo día en lo que una vez fue el Imperio Otomano. Su padre no era adventista: era un cristiano armenio. Los armenios son una minoría cristiana en una región musulmana del mundo. Su padre apoyaba las creencias de su esposa y permitía que Shahine fuera educada como una cristiana adventista.
Cuando Shahine fue a la escuela, debía asistir a clases seis días a la semana: de lunes a sábados. Pero los sábados Shahine quería adorar a Dios como él había enseñado a hacer a su pueblo en la Biblia. Por lo tanto, no asistía a clases los sábados, sino que iba a la iglesia y celebraba las maravillas que Dios había hecho por su pueblo.
Cada lunes, cuando volvía a la escuela, había una nota esperándola en su escritorio diciendo que el director quería hablar con ella.
Como ella tenía una idea bastante clara de por qué quería verla el director, no tenía muchos deseos de hablar con él. Pero, por respeto a su cargo, iba a su oficina de todas maneras. Luego de llamar a la puerta, el director le abría y la hacía pasar. Se sentaba en su escritorio mientras Shahine permanecía de pie cortésmente esperando que él hablara, temiendo lo que escucharía.
–¿Por qué no viniste a la escuela el sábado? –preguntaba el director.
Ella le explicaba sus creencias como adventista del séptimo día, diciéndole que su religión cumplía las enseñanzas tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
–Esto significa que reposo el sábado y me uno a los otros creyentes para adorar como Dios instruyó en el cuarto Mandamiento y a través del ejemplo de Jesús. Soy una adventista del séptimo día, así que adoro en sábado, no en domingo como la mayoría de los otros cristianos. El sábado es un día sagrado. Esto significa que el sábado asisto a la iglesia y no realizó ningún trabajo ni estudio –sonreía Shahine.
–¡No te creo! –gritó el director–. ¡Creo que tu ausencia no se debe a un asunto de religión sino a la pereza! Recuerda: es tu responsabilidad asistir a clases. No seas perezosa. Puedes retirarte.
Shahine inclinaba su cabeza respetuosamente y volvía a la clase.
El lunes siguiente, había otra nota en su escritorio y era llamada a la oficina del director otra vez. Esto sucedía semana tras semana hasta que se convirtió en una especie de ritual. Shahine explicaba que había estado en la iglesia, y el director la llamaba perezosa, estúpida y tonta por no asistir a clases.
Un lunes, el director le preguntó:
–¿Puedo escribirte una nota para que tu pastor la firme, absolviéndote de asistir a la iglesia para que puedas asistir a clases?
Shahine contestó:
–Usted no entiende. No se trata de que el pastor me obligue a asistir a la iglesia. Es la enseñanza de la Biblia. Dios quiere que santifiquemos ese día y lo pasemos con él. El pastor no puede eximirme de asistir a la iglesia.
Otro lunes, cuando Shahine entró en la oficina del director, lo encontró sentado detrás de su escritorio con una gran sonrisa en su rostro.
–Nunca adivinarás lo que descubrí esta semana: ¡Me enteré de que el hijo del anciano de tu iglesia asiste a clases los sábados! ¿Por qué tú no puedes hacerlo?
Sorprendida por esta pregunta, Shahine suspiró profundamente. ¿Qué podía decir? Las elecciones del anciano y su hijo le dificultaban las cosas. Inspirando profundamente, contestó:
–No puedo hablar por el anciano de iglesia o por su hijo, por lo que hagan o dejen de hacer. Lo que puedo decir es que tengo que seguir a mi propia conciencia y hacer lo que dice la Biblia. No puedo seguir a otras personas.
El director explotó.
–¡Eres una niña muy tonta!
Durante el resto de la semana, Shahine no se sintió muy feliz, pero el exabrupto del director no alteró sus creencias.
Cuando llegó el siguiente lunes, el director pidió hablar con sus padres. Luego de clases, Shahine le contó a su padre sobre el problema y le preguntó:
–¿Le pido a mamá que vaya?
–No –contestó su padre–. Yo iré a hablar con el director en tu favor.
–¡Gracias! –exclamó Shahine, pensando que sería bueno que su padre armenio explicara sus creencias adventistas.
Al día siguiente, el padre de Shahine fue a la escuela con ella y visitó la oficina del director, y le explicó lo que su esposa y su hija creían.
Finalmente, se aproximaba el día de la graduación. En Turquía, los oficiales de Gobierno redactan el examen final y determinan la fecha en que será administrado. Todos los alumnos deben aprobar el examen del Gobierno para graduarse de la escuela secundaria. Sabiendo que el examen podía administrarse en cualquier día de la semana, Shahine estaba embargada por el temor. Examinaba cuidadosamente el tablero de anuncios donde se exhibiría la información sobre el examen del Gobierno, con la esperanza de que no fuera programado para un sábado.
Para su desilusión, descubrió que el examen estaba programado para un sábado.
Eso significaba que no podría graduarse ese año. Se sentía descorazonada, y se consolaba repitiéndose a sí misma que siempre era posible repetir su último año y esperar que los exámenes fueran programados para otro día de la semana al año siguiente. Pero esto era de poco consuelo, así que trató de no pensar más en ello.
El viernes anterior a su examen final, el director la llamó a su oficina y le dijo:
–Tu examen está programado para mañana.
–Lo sé –contestó Shahine.
–Tú sabes que si quieres graduarte debes dar el examen.
–Lo sé –contestó Shahine.
Tenía un nudo en la garganta mientras pensaba en lo que diría el director a continuación.
–Shahine, ¡definitivamente tienes que realizar este examen! ¡Te lo ordeno!
–No asistiré al examen –logró contestar Shahine–. Estaré en la iglesia.
–Sabía que dirías eso –contestó el director–. Dime, Shahine –la miró a los ojos–, ¿quieres graduarte?
–Significa mucho para mí. ¡Quiero tanto graduarme! –ella exclamó.
–Eso es lo que pensé –dijo el director–. Puedo hacer un arreglo contigo. Sería un arreglo secreto permitiéndote tomar el examen, y nadie necesita saber al respecto.
–No quiero hacer compromisos –explicó Shahine–. No tomaré el examen. Ni siquiera en secreto.
–Tú sabes que eso significa que no te graduarás.
El director no podía creerlo.
–Aun así no tomaré el examen, aunque signifique que no pueda graduarme.
Por fuera Shahine sonaba audaz, pero por dentro estaba descorazonada.
Esa noche fue a su casa sintiéndose muy mal. No pudo comer o tomar parte en ninguna de las actividades familiares normales. Mientras la familia celebraba el culto del viernes de noche, ella estaba sentada allí pero no estuvo muy concentrada. Solamente se sintió un poco mejor cuando fue a su habitación a fin de alistarse para ir a la cama. Mientras trataba de dormir, un texto bíblico vino a su mente: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rom. 8:28).
Ella pensó: no puedo entender cómo puede aplicarse a mí esta promesa de la Biblia. ¡Perderé mi examen mañana y no me graduaré! ¿Cómo me puede ayudar esto para bien porque amo a Dios?
Al día siguiente asistió a la iglesia, pero apenas escuchó lo que se dijo.
–Oye –alguien susurró tocándole el hombro.
Con una expresión distante en su rostro, Shahine se dio vuelta para ver qué querían y asintió levemente.
–Hay alguien allí atrás que quiere hablar contigo –susurró el miembro de iglesia.
Estirando su cuello, Shahine miró a los miembros de iglesia sentados detrás de él y advirtió a una niña con el uniforme de la escuela.
–¿Por qué no vas a ver qué quiere? –susurró el miembro de iglesia, mirando a la niña.
Intrigada, Shahine se preguntó quién querría hablar con ella en ese momento. Educadamente, Shahine se levantó de su asiento y silenciosamente salió en puntas de pie.
Para su sorpresa, era una de sus compañeras de clase. Shahine le preguntó:
–¿Qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar rindiendo el examen?
–Sí –contestó la niña–. ¿Qué estás haciendo tú aquí? También deberías estar dando el examen.
Shahine le dijo:
–No rendiré el examen porque es sábado.
–¿Te olvidaste de que el director hizo un arreglo secreto? Puedes venir conmigo y yo te llevaré al lugar donde puedes hacer el examen en secreto. Cuando termines, te traeré de vuelta antes de que termine el culto. Nadie lo sabrá.
Shahine pensó para sí: Conque nadie lo sabrá, ¿eh? ¿Es cierto? Veamos –caviló para sí–. El director lo sabrá y tú lo sabrás. ¿A cuántas personas se lo dirás? Yo lo sabré y Dios lo sabrá. Esto significa que cuatro personas lo sabremos como mínimo.
Mirando a su compañera a los ojos le dijo:
–No deberías haber venido. No rendiré el examen hoy. Soy consciente de que esto me hará perder el año. Pero no rendiré un examen en sábado. Parafraseando a la reina Ester: si esto significa que no puedo graduarme, ¡entonces no me graduaré!
Con esto, su compañera se fue y Shahine volvió a su asiento en la iglesia.
Si antes de que viniera su compañera era difícil escuchar lo que se decía, ahora era absolutamente imposible. Solo lograba preocuparse porque no se graduaría. Un versículo vino a su encuentro: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”, pero trató de sacárselo de su mente. Mientras el pastor predicaba, Shahine razonaba para sí misma: Todas las cosas incluyen los exámenes, y esto no está funcionando con esta persona que ama a Dios (si no lo amara, no estaría intentando pasar tiempo con él en su santo templo). ¡Estoy reprobando un examen! Ciertamente no todas las cosas me ayudan a bien a mí, que amo a Dios. ¿Por qué no puedo sacarme este texto de la cabeza? ¿Hay uno mejor?
El culto terminó. Aturdida y confundida, Shahine pronto estuvo en su casa comiendo con su familia. El resto del día pasó, y pronto fue lunes y asistió a la escuela.
Como siempre, cuando llegó a su escritorio, encontró una nota del director diciendo que quería verla. Por supuesto, ella no quería ver al director. No será nada bueno, pensó. Todo lo que hará será retarme y llamarme tonta por no aprovechar su plan de ayudarme a tomar el examen. Entonces se mofará de mí porque no podré graduarme. ¿No es ya suficiente castigo tener que pasar un año más en la escuela con este director? Cuando estuvo más calmada, se recordó a sí misma que él era el director y que ella debía respetarlo, aun cuando no quisiera verlo. Lentamente y con renuencia, se dirigió a la oficina del director.
Cuando entró, el director dijo:
–Es mejor que te sientes. No sé si puedas tomar de pie lo que voy a decirte. Por favor, siéntate.
Shahine obedeció.
–¡El Dios que adoras simplemente hizo un milagro! ¡No puedo creer lo que sucedió! –exclamó.
Shahine estaba intrigada. No era lo que ella pensaba que oiría.
El director continuó:
–Yo estaba bastante seguro de que no vendrías a tomar el examen el sábado, así que traté algo imposible en tu favor. Solicité al Gobierno que pudieras tomar el examen en otro momento... Y sucedió un milagro.
El director estaba tan contento como un niño de primaria.
–¡No puedo creerlo! La carta del Gobierno llegó esta mañana. Dice que puedes dar el examen en otro momento. Shahine, ¿estás lista para tu examen?
–¡Sí! –exclamó Shahine.
–¡Bien! El Gobierno dice que puedes rendirlo el lunes por la tarde. ¡Es hoy!
El director hizo una pausa y luego preguntó con preocupación:
–¿Crees que puedes rendir el examen esta tarde?
–Seguro que sí –exclamó Shahine–. ¡Oh, gracias por todo!
Reprimió su deseo de levantarse y saltar de alegría.
Shahine rindió el examen esa tarde y lo aprobó con una muy buena calificación. Qué orgullosa que estaba de poder graduarse con sus compañeros.
*****
Luego de recibir su diploma, Shahine decidió que no quería estudiar en Turquía. La Universidad del Medio Este de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en el Líbano acababa de convertirse en una institución mixta, y así Shahine se convirtió en una de las primeras jóvenes mujeres que estudiaron allí.
Poco tiempo después de haber comenzado su nueva vida como alumna de primer año de la universidad, recibió una carta de su madre diciendo:
“Te hubiera encantado estar en la iglesia este sábado. Tuvimos un bautismo. Era una viuda que dio su testimonio antes de ser bautizada. Te interesará su historia. Ella le contó a la congregación que su esposo había sido director de un colegio:
“ ‘Con frecuencia volvía del colegio y nos contaba sobre una niña muy testaruda que faltaba a clases todos los sábados. Primero mi esposo pensó que era perezosa. La describía como terca y tonta, y me contaba cuán difícil era.
“ ‘Luego las cosas cambiaron. Él comenzó a compartir conmigo las creencias de la niña. Se maravillaba de que, a diferencia de otros cristianos, ella parecía practicar lo que creía’ ”.
La carta continuaba:
“ ‘Luego vino la gran prueba. El Gobierno había programado el examen final para un sábado y mi esposo se preguntaba cuántos deseos tenía ella de graduarse. ¿Guardaría el sábado si eso significaba desaprobar su examen final? Entonces, compartió su plan. Estaba tan seguro de que el Gobierno no haría nada para ayudarla que pensó que era la oportunidad perfecta para arreglar un examen secreto, para saber con seguridad si ella guardaría realmente el sábado. Al aproximarse el día del examen, mi esposo estaba seguro de que ella aceptaría su arreglo, aun cuando ella había asegurado que asistiría a la iglesia el día del examen.
“ ‘Llegó el día del examen, y él me contó que había enviado a una compañera de ella para que trajera a la alumna al lugar que él había preparado para que tomara el examen en secreto, pero ella se mantuvo firme en observar el sábado de Dios aunque esto la perjudicaba’ ”.
Las lágrimas corrían por el rostro de Shahine mientras leía que cuando este hombre le contó a su esposa cómo el Dios de esta alumna había realizado un milagro para ella, su esposa quiso conocer más acerca de este Dios. Comenzó a tomar estudios bíblicos, y terminó su testimonio diciendo:
“ ‘Debido a que Shahine, aquella alumna, guardó fielmente el sábado, es que yo estoy aquí para ser bautizada hoy’ ”.
Cuando terminó de leer la carta, Shahine no pudo evitar pensar: ¿Qué habría pasado si hubiera fallado ese sábado del examen? Si hubiera tomado el examen en secreto, habría fallado en la prueba de integridad del director. Al permanecer firme ese día, permitió que Dios revelara su poder para resolver lo imposible. ¡Juntos habían pasado dos exámenes!
Agradeció a Dios por haberle dado las fuerzas para mantenerse firme en lo que creía, sin importar cuánto había sido ridiculizada. Si le preguntaras hoy, ella te diría que está segura de que, sin importar cuán sombría se vea la situación en el momento... “a los que aman a Dios, ¡todas las cosas les ayudan a bien!”
Darmowy fragment się skończył.