Czytaj książkę: «La prodigiosa trama»

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Sonia Abadi

LA PRODIGIOSA

Trama

VARIACIONES EN

CLAVE DE RED



Variaciones en Clave de Red

Tenía que contarlo. ¡No puedo dejar de ver la red en todo! Me obsesiona, me convoca, me interpela. En cada acontecimiento se me aparece en toda su desnudez. Y me lleva a comprender con mayor claridad lo que me pasa, lo que les sucede a otros y lo que está pasando a mi alrededor.

Creo que esta insistente visión inaugura un modo de decodificar nuestras experiencias. Por eso, los invito a detectar y explorar sus propias redes. Quizá se encuentren en algunos de los personajes, actitudes y situaciones que irán apareciendo en estas páginas.

Este es un texto en el que las historias se entrelazan, creando un tejido singular y colorido. ¡Cómo olvidar que texto y textil tienen el mismo origen!

Recorriendo las anécdotas, podrán descubrir la red invisible que nos define y nos condiciona. También, revisar las conexiones mentales que son la base de nuestro potencial creativo. Y examinar los modos en que nos relacionamos cuando generamos vínculos vitales y expansivos.

A la vez podrán ver con nitidez los nudos del pensamiento, hechos de miedos, prejuicios e ideas dogmáticas. Y las restricciones para crear vínculos, ancladas en los círculos cerrados, la discriminación y el desconocimiento de la diversidad que nos rodea.

El Pensamiento en Red. Antes de seguir, quiero contarles de dónde venimos. Hace algunos años, tratando de desentrañar los hilos de la creatividad, la co-creación y la innovación, me encontré con la ciencia de las redes vivas, las redes humanas. A partir de allí, comencé a investigar los efectos de red que aparecían en el modo en que pensamos y trabajamos. En la vida cotidiana, las organizaciones, las instituciones educativas, las comunidades.

Empecé a contar y compartir las conclusiones reveladoras que iba encontrando. Aún estaba en plena investigación cuando ya me pedían que enseñara creatividad e innovación, a partir de estas nuevas teorías que estaba descubriendo y desarrollando.

Así fue que inicié el camino de la capacitación, brindando cursos, workshops, conferencias. Al comienzo no tenía material escrito, salvo la bibliografía multidisciplinaria que me había inspirado. Armaba apuntes para cada clase, los imprimía y fotocopiaba, y los repartía entre los asistentes.

Después de un tiempo de trabajo, un participante habitual se me acercó con su carpeta, en la que prolijamente había archivado todos los apuntes, y me dijo: “Aquí tenés un libro”. Y tenía razón.

Ordené el material, llené los espacios que requerían más y mejores explicaciones. Al poco tiempo, publiqué el libro Pensamiento en Red, Conectando Ideas, Personas y Proyectos. Después vinieron el ebook y el audiolibro.

Ese libro me llevó de viaje, como suelen hacer los libros. Y anduve por ciudades y países, predicando y practicando el trabajo en red, y compartiendo los fundamentos del Paradigma Colaborativo. El encuentro con la ciencia de las redes me había abierto un mundo fascinante e inagotable.

En cada lugar detecté situaciones divertidas, otras conmovedoras y algunas hasta dramáticas. Gente enredada, gente tejiendo redes, gente que se anuda con cualquier cosa y gente con la habilidad de desatar los nudos. Descubrí que muchos actuamos de un modo lineal, vertical, y otros somos más conectivos y asociativos.

Y lo mismo observé en familias, empresas y comunidades. Algunas jerárquicas, robustas, pero pesadas y con poca cintura. Otras ágiles, livianas, interactivas y abiertas.

Publiqué ideas sueltas y textos en diversos medios, grabé podcast y videos contando ejemplos de las formas en que las redes se expresan. Y llegó el momento de juntarlo todo. Esta vez no había nadie que me dijese: “Aquí tenés un libro”, pero entendí que lo tenía.

Son anécdotas breves, algunas en primera persona, que nos muestran nuestras luces y sombras. Y en cada una asoman el humor, la ternura, el ingenio, y también la colaboración y la solidaridad. Todos instrumentos que nos asisten en la vocación de vitalizar las redes que nos unen.

Me gustaría que algunos textos les provoquen esa particular experiencia de sentir sorpresa y reconocimiento a la vez. “No lo había pensado, pero es exactamente lo que me pasa”. O bien, “Siempre lo pensé, pero no sabía que hay una ciencia que lo explica”.

Hay relatos muy variados, aunque todos se entrelazan desde algún lugar. Por eso son “variaciones en clave de red”, que muestran la trama prodigiosa en su extraordinario potencial.

El Infiltrado. Me encontraba en un ritmo febril, escribiendo, corrigiendo, compartiendo ideas, entre el desasosiego y el entusiasmo. Venía tejiendo mi libro red, cada nodo estaba ya en su lugar, y de pronto, se fragmentó la trama, causando un quiebre en la continuidad de nuestras vidas. Nos atravesó el nefasto virus y con él el encierro, la reclusión. Y se me cayó el sistema. Me desconfiguré.

Mi proyecto se detuvo, no sabía cómo seguir. Sentí la necesidad de calmar la angustia, de refugiarme en otras cosas, leer, bailar, cocinar. Hablar con mi gente. Y mirar todo de nuevo.

Con las redes al rojo vivo, más calientes que nunca, en un instante el mundo tomó conciencia del poder descomunal de las redes humanas y su capacidad exponencial de contaminarlo todo.

Cada uno de nosotros sintió en carne propia los efectos de la conectividad, lo cerca que estamos. Pero a la vez descubrimos que las mismas conexiones que difundían la siniestra epidemia podían ser vectores para viralizar empatía y solidaridad, y asumir nuestra pertenencia al mundo.

Éramos todos parte de ese entramado, aunque cada uno lo vivía a su manera, transitando su propia historia y circunstancias, desde lo íntimo hasta lo épico.

Entonces, mientras releía las historias ya terminadas, comencé a escribir acerca de este inquietante escenario. Lo que vivía, escuchaba y percibía se fue infiltrando en el libro.

Tuve que abrir un espacio para alojar los reflejos de este nuevo momento que nos tocó vivir. Así nació el Intervalo, hijo natural de la pandemia y el confinamiento. Día a día, noche a noche, lo cotidiano se llenó de situaciones y emociones inesperadas. Y otra vez me pasaron cosas que no podía dejar de contar.

¡Bienvenidos a La Prodigiosa Trama!

Sonia Abadi


PARTE 1

Somos red

¿Cómo definir en pocas palabras qué son las redes vivas? En los últimos años se publicaron diversos libros y artículos que explican los modos en que se organizan los grupos y las comunidades. Los investigadores de las redes sociales descubrieron que hay patrones que se replican en la forma en que las personas se conectan entre sí.

La ciencia de las redes, heredera de la física y la sociología, nos enseña que existen dinámicas que las definen y estrategias para crearlas y gestionarlas.

A su vez, la neurociencia viene revelando la manera en que se ensamblan las redes neuronales. Se habla de plasticidad neuronal y de cómo, a partir de cada nueva experiencia o acontecimiento, se activan diferentes circuitos en el cerebro.

En ambos casos se trata de la dinámica de las redes vivas.

Por su lado, el psicoanálisis ya conocía el modelo que explicaba cómo el pensamiento se construía en forma de redes. Formales y predecibles del pensamiento lógico, ordenado y secuencial. Azarosas e informales las que dan lugar a la intuición, la empatía, la creatividad y el sentido del humor.

Lo asombroso resultó ser que las neuronas, las ideas, las personas y las organizaciones se conectan y activan de modos muy similares. Hoy se sabe que todos los sistemas vivos se comportan como redes, con dos tipos de conexiones llamadas lazos fuertes y lazos débiles. Los lazos fuertes son formales y previsibles, y los débiles, informales y azarosos.

Albert Laszlo Barabasi, el físico de las redes, afirma en su libro Linked, que el descubrimiento de que tanto los sistemas vivos como las personas en una sociedad funcionan como redes complejas, que incluyen el orden y lo aleatorio, no es una revolución sino una revelación. Esto siempre fue así pero no lo sabíamos.

Pero hay más. Hoy sabemos que las interacciones con otras personas cablean el cerebro diseñando nuevos circuitos neuronales. A la vez, las conexiones múltiples y variadas entre ideas nos hacen más aptos para generar nuevos vínculos y relacionarnos asociativamente. Casi se podría decir que esta doble vía es la base de la co-creación y la innovación abierta.

Cuando incorporamos una idea original, la mente activa nuevas conexiones. Y lo mismo sucede con las relaciones entre las personas. Al interactuar con alguien nuevo, no sólo se ampliará la red de nuestros contactos, sino también la trama de nuestras ideas.

Imaginemos un grupo de cuatro o cinco parejas que se reúnen habitualmente a cenar en casa de una de ellas. Tienen mucho en común, se conocen hace tiempo, comparten varios temas de conversación. Esa tarde, un miembro del grupo llama al anfitrión: “Ayer llegó mi hermano, el ingeniero hidráulico que vive en Ámsterdam, ¿lo puedo invitar a la cena?”. El invitado resulta ser alguien interesante, que ha vivido experiencias desconocidas para los integrantes del grupo.

Esa noche se hablará de otros temas, y algunos contarán experiencias o mostrarán conocimientos que los otros desconocían. Surgirán nombres e historias de amigos en común. La dinámica del evento cambiará y cada uno volverá a su casa pensando cosas nuevas.

¿Cómo explica esto la ciencia de las redes? Con un teorema. Cada vez que a una red de lazos predecibles se le agrega un lazo azaroso, aumenta la conectividad de toda la red. Y esto sucede en la mente y también en los vínculos.

Imaginemos ahora que un equipo de profesionales decide crear una red que los integre y pueda convocar a otros de la misma especialidad. O que una empresa se proponga crear la red de clientes con el objetivo de ampliar su presencia en el mercado.

En este caso se están eligiendo los nodos que van a ser parte de esa red y también el eje que los conecta. Lo que van a obtener es un círculo de lazos predeterminados que representan los objetivos compartidos y fortalecen la red. Pero para ser una genuina red viva, se necesita detectar otras afinidades imprevistas, por fuera del denominador común. Un deporte, un hobby, algún interés que promueva otras interacciones. Esos lazos informales agregan valor, ya que aportarán a la red dinamismo, diversidad y, lo más interesante, expansión.

Otro elemento clave de las redes vivas son los hubs o grandes conectores. Nodos que atraen y distribuyen gran cantidad de conexiones. Aquellos que en la vida social o laboral convocan a otros y los conectan entre sí. Y aquí otro teorema. Los hubs acortan la distancia entre todos los otros nodos. Esto quiere decir que facilitan que personas que no se conocían puedan encontrarse e interactuar.

Todos conocemos a aquellos que, por intuición, vocación, talento y oportunidades, viven y trabajan naturalmente en red. Desarrollan intereses y experiencias en múltiples áreas, y les interesa participar y colaborar.

¿Y existen hubs también en el plano mental? Sí, allí los hubs son los conocimientos y experiencias de calidad que sirven de articulador para conectar y procesar las nuevas ideas.

Por definición, las redes vivas son sistemas abiertos que se caracterizan por el contagio, la autoorganización y la viralización.

Pero el rasgo más notable de la dinámica de las redes es el llamado tipping point o punto de inflexión. Un sistema viene creciendo de manera lineal, y parece que nada está ocurriendo. Y en un momento inesperado, se dispara la propagación acelerada y expansiva, el crecimiento exponencial.

Estamos rodeados de fenómenos exponenciales, y es esencial conocer la dinámica de las redes vivas para poder intervenir en ellas. A veces con el objetivo de hacerlas colapsar y otras para facilitar su expansión.

En una epidemia, por ejemplo, el contagio sucede al comienzo de modo gradual, pero a medida que aumentan los casos la transmisión se multiplica. Debido al nivel de conectividad que existe entre las personas y las comunidades, más allá de estudiar las características de un virus, los expertos necesitarán investigar las redes de contactos.

Por eso, el modo de desarticular la red de contagios es aislar el núcleo, el primer círculo, impidiendo que se incorporen nuevos contactos. También detectar a los hubs, los nodos más activos que difunden el virus o bacteria en cuestión. Y lo mismo aplica a las redes terroristas o a las redes de tráfico. Habrá que investigar cuáles lazos y nodos hay que desactivar para hacerlas colapsar.

Al contrario, cuando se necesita difundir una idea, un producto, un proyecto, o promover un candidato político, se busca generar el efecto exponencial. Y aquí entran a jugar las nuevas herramientas virtuales. Lo digital ya no es sólo un modelo tecnológico sino un nuevo paradigma acelerador de todos los fenómenos. Hoy las redes sociales se viralizan a una velocidad que antes no conocíamos, con una dinámica de boca a boca en una dimensión descomunal. Y esto se puede replicar en cada persona y su propósito.

¿Si soy un joven emprendedor que quiere tener éxito, un vintage millennial que necesita seguir vigente, un ciudadano de a pie que cree que tiene algo valioso para compartir y difundir?

Tendré que evolucionar en mi modo de pensar, y aprender a generar conexiones inéditas entre personas, proyectos y recursos. Y abrirme a crear nuevas relaciones por fuera de mis círculos cercanos, activando la diversidad y los encuentros inesperados. Convocar a los conectores, esos que saben contagiar ideas y conectar personas. Desplegar la intuición para leer entre líneas el contexto y la empatía para sintonizar con los que me rodean.

Así, cuando pensamos y trabajamos en red nos abrimos a la posibilidad de que el tipping point nos sorprenda, y nos invite a participar del prodigio de lo exponencial.


Del círculo a la red
¿acaparar o compartir?

Finalmente entendimos que el futuro es asociativo, conectivo y colaborativo. En los negocios, las artes, la ciencia y la tecnología. Y que nuestras redes humanas trascienden los círculos de poder y nos abren infinitas posibilidades.

Sin embargo, cuando iniciamos un nuevo proyecto solemos aspirar a ser parte de un grupo influyente, esperando recibir favores, ventajas o beneficios. Y si queremos hacer crecer nuestro emprendimiento o empresa, tratamos de encontrar el respaldo de ese capital de contactos importantes. Ésos se cuidan, se reservan, se trata de no agotarlos, ya que una vez que se los utiliza, no es fácil volver a recurrir a ellos.

Entonces, si estamos en la primera etapa y necesitamos ayuda, no los vamos a convocar hasta que el proyecto tome forma definitiva, para no incomodarlos. Tampoco compartimos ni prestamos nuestros contactos a otras personas, ya que nos los podrían gastar o quemar. El efecto Bala de Plata se reserva para un solo impacto.

Algo bien diferente sucede con las conexiones informales, amigos, compañeros de deportes, conocidos de un viaje, amigos de mis amigos. Toda gente diversa, con intereses en ámbitos alejados de mi trabajo, con quienes tenemos afinidades y complementariedades de vida.

Estas conexiones, siempre interesantes, tienen la cualidad de que cuanto más las convocamos, más vitales y activas se mantienen. Por eso, nos conviene compartirlas y hasta prestarlas, ya que es así como se fortalecen.

Podemos hacer de puente, de facilitadores, de celestinos, entre dos o varias personas. También podemos contarles un proyecto que recién comienza y aprovechar sus propuestas y sugerencias para mejorarlo, así como colaborar desinteresadamente en el proyecto de otro aportando nuestras ideas, recursos y conexiones.

Esta disponibilidad es gratificante, pero además nos brinda una pertenencia y un prestigio que resultará atractivo para otros que podrían interesarse en colaborar con nuestros proyectos. ¿Qué ganamos? Que nos conozcan, recuerden y nos tengan en cuenta. Y el hacer de intermediarios nos posiciona como conectores, como nodos que conectan a los demás entre sí.

Pero no se trata sólo de acumular conexiones informales y variadas en el trabajo, en el gimnasio o en un viaje, sino de la disposición a integrar lo diverso de un modo creativo y original. De entender por dónde pasan los lazos posibles entre las ideas, las personas y los proyectos, y hacerlos jugar.

Si vamos a todos los after office de networking, ¿estamos creando redes? No necesariamente, ya que puede que vayamos sólo en busca de contactos útiles y poco dispuestos a abrirnos a lo imprevisto, a aquello que nos pueda sorprender, motivar o inspirar.

Si tenemos un millón de amigos en Facebook, ¿pensamos en red? No necesariamente. Para eso hace falta crear una trama, tejer vínculos, conectar a nuestra gente y sus ideas, no sólo con nosotros sino también entre ellos.

Este modo de estar en el mundo, ¿nos hace mejores? ¿Más generosos? ¿Más solidarios? Sin duda. Pero más aún, nos hace ser parte del nuevo paradigma en el que el más valioso no es el que más tiene sino el que más aporta al espacio común. Nos posiciona en nuestro mundo social y laboral como nodos atractivos, convocantes y prestigiosos.

Atesorar los contactos o las ideas responde a la vieja lógica de fronteras, lo que es mío debo vigilarlo y cuidar que no me lo roben. Compartir las conexiones y co-crear, responde a la lógica de las redes, lo que se comparte se multiplica, revitaliza y crece.

La red promueve y facilita un modelo de pensamiento conectivo, trabajo colaborativo y hasta una economía colaborativa. Esta lógica está presente también en la web, no sólo como espacio compartido de información, sino como lugar de encuentro de las inteligencias y de creación conjunta de oportunidades.

Hoy sabemos que este modo de moverse y pensar no sólo es interesante como experiencia, también lo es en la forma en que se genera la innovación en nuestras vidas, profesiones o empresas.

Las personas en red no buscan contactos, sino que tejen conexiones formales e informales. Así encuentran, ofrecen, intercambian, capitalizan, generan recursos a mediano y largo plazo, tanto para fines puntuales como para fines diversos.

Y lo más sorprendente de esta modalidad es que vamos encontrando ideas y personas que no son consecuencia de lo que estamos buscando ahora, sino que terminan siendo el origen de un proyecto en el que aún no habíamos pensado.


La web y la memoria
¿aliadas o enemigas?

Cuando alguien necesita información o no se acuerda de algo, el primer reflejo es ir a googlearlo. Sin embargo, se ha instalado un mito, sin ningún fundamento científico, que sostiene que, con los nuevos medios, vamos a ir perdiendo cada vez más memoria.

Este polémico punto de vista no es nuevo. En su Diálogo Fedro, Platón le hace decir a Sócrates que la escritura es la mayor amenaza para la memoria: “La escritura no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu(...)”. “Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida”.

Del mismo modo que siglos atrás, así lo hacen los que hoy denuestan a la web en nombre de la preservación de la memoria. Y toman como ejemplo que ya no nos acordamos los números de teléfono de nuestra familia ni de amigos cercanos porque de todos modos están en el celular. Pero ¿cuánto importa acordarse de un número?

Es mucho más interesante recordar historias, palabras, conceptos, y esos no se pierden por el uso de la web, sino todo lo contrario.

Cuando no encuentro una palabra, quiero averiguar algo o necesito información, recurro a la web, y lo más maravilloso es que cuando lo encuentro ya está conectado con múltiples ideas y conocimientos.

Entonces, empiezo a curiosear y a descubrir temas que no imaginé, me voy por las ramas, navego la capilaridad de ese delta infinito de ríos, canales y arroyos.

Un día estoy leyendo una novela histórica y, en un momento, decido buscar la biografía del personaje original, saber más de su vida, cotejar si el libro relata los hechos tal cual ocurrieron. O el modo en que ese historiador imagina que ocurrieron.

Otro día es un film clásico que descubro por azar una noche de zapping. “¿Quién era ese grandote que siempre hace el papel de malo?”. Busco la película, miro el reparto, veo la foto. Alivio…, ya sé quién es, y además me acuerdo de tantas otras películas de esa época, a qué cine iba cuando vivía en Belgrano, con quiénes fuimos a verla. “Hace tiempo que no sé nada de Mariana y Jorge…”.

Eso que encuentro, genera en mí una nueva red de conexiones o bien reactiva circuitos que estaban dormidos. Así tendré más conocimientos, más conectados entre sí y más capacidad de recordarlos por asociación de ideas.

Las redes neuronales, las redes de ideas y las conexiones con otras mentes interesantes no se pierden, sino que se potencian, alimentando nuestra memoria. Y aquí, a diferencia de la preocupación de Platón, la interacción, los diálogos, los debates y la co-creación entre personas mantienen vivos los contenidos, expandiendo el pensamiento y la memoria.

Pero no son sólo ideas. Junto a ese entramado aparecen también emociones, recuerdos de experiencias y la evocación de vínculos perdidos hace tiempo.

Tampoco es sólo memoria, no es quedarse en los recuerdos. Con frecuencia lo que encuentro me impulsa a seguir buscando, a estudiar algo que abandoné hace años, a recuperar el interés por lo que siempre me gustó, a reencontrarme con quienes compartí parte de mi vida personal o profesional, a conectarme con personas interesantes.

La red tecnológica y la red viva se entraman como en una película de ciencia ficción. Nos llevan a navegar los espacios descubriendo nuevos mundos y nos trasladan también a través del tiempo, viajando tanto hacia el pasado como hacia el futuro, ampliando nuestra memoria y tejiéndola con nuevas experiencias.


Nómades en la red
¿traidores o embajadores?

Un ingeniero ya retirado me contó su experiencia. Acababa de recibirse, con veintitrés años, y se presentó con su brevísimo CV en una empresa del Estado. Lo reclutó el que iba a ser su jefe —en aquellos años casi no existían los departamentos de Recursos Humanos—. Después de un breve relato acerca de cuáles iban a ser sus funciones, el futuro jefe le dijo con orgullosa satisfacción, como quien otorgase un premio: “De aquí en más, usted vele por la compañía, que la compañía lo va a velar a usted”.

Contado hoy parece una broma de mal gusto, pero así se trabajaba antes de que el mundo comenzara a transitar la era digital. Permanecer en una misma empresa toda la vida era una aspiración y un honor. Ahora el desafío es abrirse a la colaboración global que atraviesa fronteras físicas y humanas tejiendo una inagotable red de oportunidades.

Sabemos que los Millennials y los Centennials tienen expectativas, estilos y objetivos diferentes a los que están acostumbradas las compañías. Sin duda por el cambio de época, pero también porque muchos son aún muy jóvenes y no tienen todavía responsabilidades familiares. Quieren horarios flexibles, buena relación entre vida profesional y personal, trabajar por proyectos, sentirse vitales y únicos dentro de un equipo. Y ser parte de algo más grande que no es la empresa sino la comunidad y el mundo.

Estos jóvenes aspiran también a participar de un propósito social y ambiental, no sólo económico. Como parte de esta apertura, pretenden trabajar algunos días desde su casa, licencias para viajar, interactuar en las redes sociales y encontrar nuevos desafíos.

Y, para peor, dirán sus jefes, se sienten libres de dejar stand by un proyecto en el que están involucrados porque “pintó Tailandia” y piden quince días de licencia para vivir una nueva experiencia. Irritante cuando hay una deadline y estos irresponsables se toman su tiempo. Pero es también el reflejo de una actitud que nos está diciendo, “no me pierdo ninguna oportunidad”. Habrá que trabajar con ellos el equilibrio necesario entre autonomía y compromiso, entre talento, creatividad y responsabilidad.

Para sorpresa de las generaciones mayores, sus aspiraciones materiales son diferentes y prefieren usar antes que poseer. Se sienten beneficiarios de lo que está disponible a su alrededor para disfrutar, aprender o experimentar.

Hoy se habla del Movimiento Share, en el que se crean espacios donde se acopian objetos diversos que se pueden compartir, prestar y tomar prestados. Habrá que reconocer que este uso cooperativo resulta práctico, económico y sustentable, ya que disminuye el consumo de bienes.

Las nuevas generaciones son originales y disruptivas, pero nómades e irreverentes, no aspiran a permanecer en un mismo lugar por varios años. Las empresas tratan de domesticarlas ofreciéndoles capacitación, un plan de carrera, beneficios extraordinarios. Sin embargo, se van a otras compañías o detrás de un sueño emprendedor.

Los de la Generación X y los Baby Boomers se impacientan e irritan. ¿Darles a estos chicos privilegios a los que ellos tuvieron que renunciar? ¿Bancarse saber que se van a ir?

El enojo por la pérdida de tiempo, recursos y energía que se invirtió en capacitarlos es grande. La decepción emocional y el sentimiento de ingratitud, también. Y encima se llevan las herramientas y hasta los contactos que la empresa les brindó.

Preocupados y frustrados, los mayores se preguntan, ¿qué hacemos con ellos? No contratar a ninguno más no es una opción. Son la fuerza laboral del presente y del futuro y, como si esto fuese poco, algunos pueden darse el lujo de elegir dónde y con quién trabajar.

¿Habrá que aceptarlos y cambiar algunas dinámicas de la empresa? Sin duda, porque estas generaciones que parecen amenazarnos con su estilo descarado son más independientes, pero también están más disponibles para la conectividad y la colaboración. Tienen alma de emprendedores dentro de las empresas, son intrapreneurs. Y esto es lo que está haciendo falta, gente con pasión y disposición a innovar.

Las compañías de hoy y las del mañana necesitan aceptar e incluir a diferentes generaciones, géneros y modelos mentales. Para crecer y sobrevivir deben hacer jugar en armonía los valores de siempre con los nuevos paradigmas: identidad con diversidad, pertenencia con apertura, experiencia con audacia, tradición con innovación.

A su vez necesitan reconocer que los conocimientos especializados y las habilidades soft, lo técnico y lo humano, se entraman de una nueva manera. Así como antes las empresas se ocupaban de capacitar a la gente que iba a permanecer, ahora lo que no permanece es el conocimiento, que se vuelve obsoleto a gran velocidad.

Es por eso que cada vez más se requerirán menos archivos mentales de información y mejores programas de procesamiento de las ideas. Y en esto habrá que reconocer el valor de las experiencias variadas en diversos ámbitos, que son las que forman a las personas con un pensamiento más rico y flexible, con inteligencia emocional y social.

Sabemos que cada experiencia desarrolla nuevos circuitos neuronales y mentales, enriqueciendo el pensamiento y extrapolando conocimientos de un área a otra. Y más aún, esas personas comparten redes humanas con otras en cada uno de los mundos en los que se mueven.

Los archivos de información se guardarán, se actualizarán y estarán disponibles en las computadoras. Entonces, ¿por qué no ayudar a estos nuevos jugadores del tablero organizacional a potenciar su capacidad conectiva y colaborativa, y habilitarlos a trabajar en red? Se irán de todos modos, pero en ese caso en vez de traidores tendremos embajadores.

Estos nómades oxigenan y polinizan las redes humanas, creando nuevos vínculos, contagiando los valores y saberes que aprendieron, trayendo propuestas como proveedores o potenciales clientes. Y quizá puedan promover alianzas estratégicas desde sus nuevos lugares de trabajo.

Además, si en vez de sentirnos traicionados, los tratamos como posibles aliados, seguirán siendo parte de nuestra red. Aunque nos siga molestando su estilo de ver la vida, con tatuajes imborrables para siempre, pero con trabajos y vínculos afectivos que durarán hasta que “pinte” algo más interesante.


Vintage Millennials, inquietos, curiosos e innovadores

“Ahora me toca a mí, ya aprobé todos los exámenes, no tengo más nada que demostrar”, dicen algunos en la madurez, cuando sienten que su carrera profesional ha llegado a la cima e intuyen que es el momento de enfocarse en otras pasiones.

Pero, casi al mismo tiempo, les aparece la inquietud: “¿Y todo lo que aprendí? ¿Y todos los recursos que tengo?”. Y no sólo en lo profesional, sino en la vida y en el trato con la gente.

En esta etapa, gracias al reconocimiento y prestigio adquiridos, con frecuencia les llegan naturalmente nuevas oportunidades. Ahora es el momento de resignificar todo lo aprendido para usarlo a su favor y aportar a los otros y a la comunidad. Se trata de pensar en cómo capitalizar, difundir y multiplicar saberes, experiencias y hasta conexiones valiosas.

La autoestima está firme, los logros también. Se han superado muchos desafíos y experimentado varios cambios a lo largo de la vida. Algunos no sólo se han dedicado a su carrera, sino que formaron alumnos y aprendices que les permiten seguir desplegando la satisfacción de acompañar a otros a crecer.

Hoy exploran la posibilidad de cultivar un nuevo hobby o de aprender algo diferente. Quizá llegó el momento de disfrutar de la vida. Contrapunto delicado y fascinante. Ganas de brindarse a sí mismo, deseo y compromiso de no desechar toda la experiencia adquirida.

Son muchos los que tienen hijos, algunos hasta nietos. Pero estos jóvenes abuelos ya no vienen como los de antes, cuidan chicos, a veces, juegan con ellos, sólo a lo que les divierte. Ayudan a los hijos, hasta dónde pueden.

Para ellos el legado familiar está garantizado. Ahora se plantean otro legado, el de los saberes y las habilidades profesionales. Tienen la convicción de que vale la pena capitalizar lo adquirido para compartirlo con la comunidad. Este es el momento en que tantos deciden reinventarse.

Conozco a quienes escriben libros o publican artículos en diarios y revistas. Otros, dirigen esas mismas revistas, producen sus propios programas de radio o crean un nuevo proyecto en un ámbito que nunca habían explorado. Están los que lideran o participan activamente en una ONG o se rediseñan como consultores en su especialidad.

¿Un nuevo esfuerzo o una gran oportunidad? Quizás una manera de conciliar ese prodigioso conflicto que acompaña a la madurez. Disfrutar más de la vida y dejar un legado al mundo.

A este perfil, claramente identificable, me gusta llamarlos Vintage Millennials. Son una generación creativa, innovadora y entusiasta. Inquietos que buscan seguir creciendo y aprendiendo.

Están los que, como el economista Sebastián Campanario, hablan de la Revolución Senior. Otros, como el doctor Diego Bernardini, describen la Nueva Longevidad. En tanto, la periodista madrileña Raquel Roca denomina a esta generación como Silver Surfers, profesionales seniors de talento plateado, generadores y receptores de una nueva economía, la Silver Economy. Se los reconoce como surfers porque quieren seguir estando en la cresta de la ola y no aceptan un presente ni un futuro invisible o inactivo.

Los seres humanos estamos llegando saludables hasta los cien años, biológicamente somos diez años más jóvenes. Entramos en una nueva era de longevidad que afecta a todo y en particular al trabajo.

En la Silver Economy, a los de esta generación no sólo se los considera nuevos consumidores sino también, nuevos productores. Al igual que a los jóvenes, se los llama prosumers, ya que no solamente consumen productos pensados para la edad madura, sino que siguen produciendo bienes y servicios. Con gran actividad también en las redes sociales, opinando, generando tendencias, activando cambios culturales.

Nuestra larga vida nos invita a desarrollarnos como trabajadores ágiles, en continuo aprendizaje y a explorar nuevas alternativas con las que hacer frente a una longevidad profesional con la que casi nadie contaba.

Sin embargo, aún sobreviven prejuicios y barreras invisibles que sostienen formas de discriminación laboral. A veces activadas por las empresas, pero otras, por aquellos que no se atreven aún a reconocerse y posicionarse como Vintage Millennials.

El futuro será para las empresas que implementen una buena estrategia de age management, porque contar con el talento silver marcará la diferencia.

Pero no alcanza con la expertise y la experiencia para ser un genuino Vintage Millennial. Los profesionales senior necesitan adueñarse de los nuevos recursos de comunicación y las nuevas formas de compartir sus ideas.

Si queremos que nos escuchen, no podemos seguir comunicándonos con los antiguos formatos, tenemos que adquirir modos de comunicación alternativos e incorporar nuevos lenguajes.

Los profesionales y expertos seguiremos escribiendo papers y libros, dando conferencias y charlas. Pero para ser parte de esta exquisita y diversa generación, necesitamos difundir nuestro trabajo en otros formatos de expresión: tweets, textos breves, podcast, videos, posteos en Linkedin, reuniones on line, Webinars y otras herramientas que aún se están gestando. El desafío es descubrirlas, explorarlas y encontrar modos de capitalizarlas.

Para los Vintage Millennials estas herramientas no son exigencias sino oportunidades de mayor alcance, expansión y viralización de sus ideas.

En estas plataformas de comunicación, la imagen junto a la palabra, la voz y sus matices, el humor como una de las formas de la inteligencia, facilitan el encuentro entre las ideas y las personas. También la música, como telón de fondo que invita a la emoción a encontrarse con el intelecto, son parte de la riqueza expresiva con la que se puede llegar mejor a más personas.

El exceso de contenidos y la velocidad de los acontecimientos pueden resultar inquietantes e irritantes, pero también aportan riqueza, diversidad, multiplicidad y la posibilidad de contar con un inagotable capital de conocimientos. Y la alternativa fascinante de encontrarnos en las redes con otras mentes expertas y curiosas.

Hoy los Vintage Millennials se dan el lujo de hacerles un guiño cómplice a los Millennials y Centennials, con los que comparten espacios de trabajo e innovación. Pero también les divierte inspirar a otros seniors para que no se pierdan la oportunidad de participar en la aventura de ser parte activa del presente y diseñar el futuro.


Pioneros del
Coworking

Ahora están de moda los lugares de coworking, donde se puede compartir el espacio para trabajar y quizá, si hay vocación, también colaborar. Sin embargo, algunos cafés de Buenos Aires ya funcionaban de ese modo en otras épocas. Uno de ellos era La Perla del Once, en la esquina de Rivadavia y Jujuy.

En la década del 20, Jorge Luis Borges, todavía muy joven, se encontraba allí cada sábado con otros escritores para escuchar a Macedonio Fernández. Luego, en la década del 60, los primeros grupos de rock nacional se juntaban a componer y tocar. Cuenta la leyenda que, en el baño de La Perla, Tanguito y Litto Nebbia compusieron “La Balsa”. También León Gieco menciona ese bar en su canción “Los salieris de Charly”. Y hace pocos años, La Perla del Once fue declarada Sitio de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero en la época en que yo estudiaba medicina, cuando llegaba fin de año, con los tremendos finales de diciembre, La Perla era el reducto donde nos encontrábamos muchos estudiantes de medicina y de ciencias económicas para preparar los exámenes. Era un enorme local y, en el gran salón del costado, alrededor de cada mesa cuadrada de madera oscura, se sentaban cuatro estudiantes. Cada una tenía sus okupas fijos, y si la perdías era imposible conseguir otra.

Nos repartíamos en tres turnos de ocho horas: los madrugadores, que estudiaban de seis de la mañana hasta las dos de la tarde, los de la tarde, que entraban a las dos y se iban a las diez de la noche, y los nocheros, desde las diez hasta las seis de la mañana. Ese era mi grupo, el de la noche.

A las seis de la mañana, muertos de sueño, no nos entraba un concepto más ni un café más. Pero había que aguantar la mesa hasta que llegaran los de las seis, frescos y dispuestos a encarar las siguientes ocho horas. Dejar libre la mesa hubiera sido una traición imperdonable.

El problema eran los libros, pesados y de tapa dura. El de cada materia, los de consulta y la pila de apuntes. La mudanza se hacía cada vez más pesada. En la mesa no cabían y, además, había que dejar el espacio libre para el grupo siguiente. Hasta que un día, uno de los mozos, un señor gallego mayor, siempre sonriente, capaz de servirnos un café o dos por noche y dejarnos ocupar la mesa durante las ocho horas, nos ofreció guardarlos detrás del mostrador. Así, cuando nos retirábamos a las seis, le dejábamos a él todos los libros. Los escondía hasta que volvíamos a las diez de la noche, cuando los recuperábamos para seguir estudiando.

Mi grupo en ese momento era de segundo año de medicina, pero en la mesa de al lado estudiaban los de tercero y en otra, los de cuarto. Cuando teníamos una duda íbamos, libro en mano, a preguntarles, y los expertos nos asesoraban y aclaraban las dificultades.

Era así todo diciembre, hasta el día veintiocho, cuando se rendían los últimos finales, siempre entre Navidad y Año Nuevo.

A veces, al sonar las doce, en alguna mesa amiga se celebraba un cumpleaños. Allí cerrábamos los libros, juntábamos tres o cuatro mesas en una que se convertía en larga y, con un par de cervezas y unos platitos con maníes, nos regalábamos un recreo de media hora. Enseguida, las mesas volvían a sus respectivos lugares y ¡A seguir estudiando!

El evento más importante, y loco sin duda, era la Nochebuena. Tan esencial para las familias y tan secundario para nosotros que sólo podíamos pensar en el examen final. Pero había que cumplir. A las once de la noche dejábamos los libros sobre la mesa y cada uno se iba a su casa a brindar con la familia. A la una de la mañana estábamos todos de vuelta en el bar, con alguna copa encima y un pedazo de pan dulce para compartir. ¡A estudiar, que solo faltan tres días!

Los bares de Buenos Aires se prestaban para eso y más, ya que es una costumbre muy nuestra sentarnos a charlar en los cafés, compartiendo discusiones, proyectos y confidencias.

Además, a muchos de los estudiantes nos gustaba reunirnos en los bares, básicamente porque no era fácil estudiar solos ni juntar demasiada gente en una casa. Pero también porque habíamos descubierto las ventajas de tener cerca a otros estudiantes, que terminaban siendo una consultoría informal para chequear lo que no entendíamos de los textos.

La Perla del Once fue uno de esos lugares realmente genuinos donde se instaló la modalidad del coworking cuando esa palabra ni siquiera existía.

Éramos apenas un grupo de jóvenes colaborando, participando, interactuando con los otros, prestando libros, contestando preguntas, generando una comunidad de aprendizaje compartido.


Mirar a los ojos

Tuve la oportunidad de viajar a Israel y de conocer el Taglit Innovation Center, en la ciudad de Tel Aviv. Los avances tecnológicos de ese país son impactantes, pero entre las múltiples novedades, me sorprendieron las que aplican a la superación de personas con algún tipo de discapacidad. Es cautivante y ejemplar la visión de esta cultura enfocada en la salud y, especialmente, en la inclusión.

Una mujer joven muy profesional y entusiasta nos recibió, e iniciamos el recorrido por varios espacios en los que nos mostró los dispositivos de avanzada. En la esquina de uno de los salones nos encontramos con una silla de ruedas de desplazamiento vertical, en la que la estructura podía sostener a una persona como si estuviera de pie.

Nuestra guía nos enumeró las ventajas del invento: mayor facilidad para trasladarse en espacios reducidos, circulación entre la gente en una reunión. Y había más. Argumentos médicos y fisiológicos, como la mejora de la circulación sanguínea, del funcionamiento cardíaco y de los procesos digestivos, al no estar con el cuerpo plegado tantas horas por día.

Hasta ahí fascinante, claro y criterioso. No necesitaba más para convencerme de los beneficios del mecanismo. Pero el impacto emocional llegó con el cierre de la explicación: “Lo más importante es que en este tipo de dispositivo, la persona, en vez de mirar a los otros desde abajo, puede mirarlos a los ojos, de igual a igual”.

Esas últimas palabras me develaron el verdadero sentido de ese invento. El cuidado de la salud física estaba previsto y era clave, pero la autonomía y la posibilidad de interactuar de igual a igual también estaban contempladas, brindando una oportunidad de superación basada en la autoestima.

Hasta hace algunos años se empleaba el término integración para hablar de personas con “capacidades diferentes”, y el objetivo era adaptarlas al sistema. Hoy ese concepto fue reemplazado por el de inclusión. Según la UNESCO, “la inclusión es un enfoque que responde positivamente a la diversidad de las personas y a las diferencias individuales, entendiendo que la diversidad no es un problema, sino una oportunidad para el enriquecimiento de la sociedad”.

Me di cuenta que el modelo innovador que estaba viendo dejaba atrás el concepto de integración para dar lugar a una genuina inclusión. Con esta silla, no se le exige a la persona encajar en la sociedad, sino que se la invita a participar activamente y de un modo flexible en un contexto dinámico en el que la adaptación es recíproca.

Si la integración era un concepto lineal, con el fin de adaptar al diferente a lo pre-existente, la inclusión, al desafiar a todo el sistema, es un concepto de red. El pensamiento complejo y asociativo implica también cuestionar y desactivar preconceptos y prejuicios.

Además, la construcción de una sociedad inclusiva requiere entramar actores de variados campos: la investigación científica, el desarrollo tecnológico, la economía, el modelo de pensamiento y la cultura. Y a mayor diversidad, serán necesarios más creatividad, ingenio y soluciones innovadoras.

Hoy las personas con discapacidad se plantean un futuro profesional, rompiendo la anacrónica tradición que los relacionaba con la inactividad y la dependencia. A su vez, las nuevas tecnologías les permiten desempeñarse en puestos de trabajo de los que hace años estaban prácticamente excluidas. Estas adaptaciones disminuyen las dificultades derivadas de la movilidad, la audición o la visión reducidas, posibilitándoles utilizar gran parte de su potencial.

Pero si bien las personas pueden necesitar apoyo para participar plenamente en sus comunidades, éstas deben facilitar la autonomía en vez de sostener la dependencia. Y a la vez, respetar los deseos, habilidades y elecciones de cada uno.

Sin duda, la inclusión es necesaria para quienes presentan alguna discapacidad, pero también abarca a los que podrían ser excluidos por género, edad, diversidad racial, sexual, intelectual…

El verdadero desafío de la sociedad será la disposición para facilitar la inclusión de personas muy diversas, reconociendo sus capacidades y la verdadera vocación de superación y resiliencia de cada uno.

Allí donde se conectan las aptitudes de adaptación de cada sociedad con las habilidades únicas de cada persona, se genera un espacio de encuentro e intercambio cada vez más amplio y expansivo.

Tenemos la oportunidad de incluirnos mutuamente y de crear una red conectiva y vital con potencial para crecer. Podemos ser diferentes y diversos, y mirarnos a los ojos de igual a igual.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
129 str. 16 ilustracji
ISBN:
9789878659602
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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