Czytaj książkę: «Épsilon»

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Dedicatoria

A Laura, porque sé que sonreirá cada vez que lea esto,

y su sonrisa es lo mejor de cada uno de mis días.

Nuestro destino ejerce su influencia sobre nosotros incluso cuando todavía no hemos aprendido su naturaleza; nuestro futuro dicta las leyes de nuestra actualidad.

Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Filósofo alemán

En octubre de 2019, los astrónomos del observatorio de Mauna Kea (Hawái) descubrieron un intenso destello luminoso en la constelación de Sagitario que tuvo lugar a 15.000 años luz de la Tierra. Tras los estudios que siguieron al hallazgo dictaminaron que la titánica explosión cósmica correspondía a una antigua supernova del tipo Ia, las más poderosas del universo. El brillo que alcanzó aquel punto del espacio profundo fue equivalente al de mil millones de soles. Un año más tarde, el observatorio astronómico de Arecibo (Puerto Rico), advirtió algo más, la supernova había expulsado un remanente estelar, un objeto singular y peligroso que llevaba milenios viajando por la galaxia, absorbiendo toda clase de materia a su paso. Tan pronto se tuvo certeza de su trayectoria se emitió un comunicado a escala global. Fuera lo que fuese aquel cuerpo extraño a la deriva, estaba en ruta con nuestro sistema solar… Llegaría en noventa y dos años.

Parte I Superficie

1

AÑO 2111

Bienvenido, ciudadano, se encuentra usted en la Nube. Sintonice esta emisora y no aparte su oreja de ella si quiere estar al corriente de los acontecimientos que ocurran en la ciudad durante una jornada en la que más de uno acabará empapado. Si sale a la calle recuerde llevar consigo su paraguas térmico, y si no dispone de uno, cómprelo, o mejor aún, cambie de idea y quédese en su vivienda, cobijado bajo el peso de una buena manta, y forme parte de nuestra gran audiencia. Porque sabemos que lo sabe: nosotros poseemos la fórmula para conseguir día a día que su vida no resulte un infierno.

Llovía.

El estruendo de los disparos rompió el silencio de las calles, también el de las personas que transitaban de un lado a otro por la oscuridad del suburbio, a la sombra de edificios decadentes y de un cielo gris y denso. Algunos se sobresaltaron y giraron la cabeza en dirección al ruido, aunque la mayoría hizo caso omiso del incidente, desentendidos, acostumbrados, entregados a una vida de conciencia abandonada.

A Jacob le gustaba salir a la calle los días de tormenta, eran días frescos, simples, sin apenas negocios abiertos ni peleas entre bandas, pero, sobre todo, sin las asfixiantes oleadas de calor llegadas de los bordes exteriores. Eso era importante. A veces, el calor mataba casi tanto como el hambre. Aquella mañana no tenía prisa, tampoco ningún plan en concreto, salvo el de andar sin rumbo fijo, reflexionar sobre el pasado, ya que hacerlo sobre el futuro no tendría demasiado sentido, y tal vez celebrar él solo, con una ración prudente de Licor 7 en la taberna de las ruinas de la estación del Búfalo, que seguía vivo tras su último trabajo.

Ciertamente, aquel tiroteo esporádico no cambió demasiado sus propósitos. Apenas se encontraba a una decena de metros de la víctima cuando ocurrió; se acercó casi por inercia y se detuvo justo al lado, con las manos en los bolsillos de su chaleco y la cabeza oculta bajo su sombrero empapado. Observó el cadáver en el suelo: un hombre de mediana edad, delgado, desaliñado, ¿y quién no lo estaba? En el momento de desplomarse, llevaba aferrada una bolsa de tela entre los brazos que con la caída dejó esparcidos por la acera un puñado de créditos teñidos de rojo. El agua no tardó en diluir la sangre de aquel pobre diablo. Los créditos eran fichas de veinte, de eso se dio cuenta antes de que su ejecutor se acercara jadeante, aún con la pistola en la mano, y le asestara al cadáver un último tiro en la cabeza. Otra nueva y fugaz explosión de luz. Eso no era necesario, por supuesto, pero ningún vigilante, humano o sintético, de haber estado presente lo habría detenido por reaccionar de esa manera. Un saqueador había intentado robar a alguien y, en la ciudad, robar tenía sus consecuencias.

Después de recoger la bolsa y los créditos y comprobar que no faltara nada, el hombre que había disparado, de pelo largo aunque con entradas y con un abrigo de piel viejo y roto que le cubría hasta las rodillas, miró directamente a Jacob, como si acabara de percatarse de su presencia: una sombra silenciosa, casi desapercibida, en un cuadro melodramático, y señaló a la víctima con la pistola.

—Esta escoria me ha obligado a correr por medio distrito —masculló asqueado, justificándose—. Con la que está cayendo, maldita sea —negó con la cabeza mientras terminaba de recuperar el aliento—. Que tengas un gran día —murmuró, y se dispuso a marcharse por donde había venido—. Estúpido cotilla… —Se escuchó cómo decía a los pocos pasos.

Jacob no le respondió, esperó a que se hubiera alejado un buen trecho, echó un último vistazo al cadáver, que le devolvía una mirada vacía a algún horizonte indefinido, y siguió andando calle arriba, mezclándose entre el goteo de personas que andaban ajenas a lo ocurrido.

Llevaba veinte minutos transitando entre la inmundicia de las calles cuando estuvo decidido a llevar a cabo la opción de la taberna. Fue a tomar un atajo y saltó una valla para cruzar por un parque infantil abandonado, con columpios rotos y oxidados y juguetes medio enterrados en el barro. Al hacerlo, las personas que se encontraban más cerca lo miraron de forma extraña. A la gente no le gustaba pisar esa clase de lugares, eran considerados una especie de santuarios que no debían ser profanados. Había hasta quienes depositaban en sus perímetros cartas escritas con tinta y lágrimas y algo parecido a flores hechas con cualquier material. Hacía muchos años que las risas de los niños dejaron de escucharse en la ciudad. Ya nadie quería tener hijos, no tenía sentido traer un bebé al mundo. Incluso el gobierno repartía píldoras para abortar de forma gratuita en todos los distritos. Jacob ni siquiera pensó en si habría ofendido a alguien cuando salió del parque y fue a adentrarse en un callejón estrecho, hogar de algunas ratas. Había un respiradero en la pared que emitía un vapor maloliente salido de la cocina de alguna vivienda baja. Trató de sortearlo.

El callejón terminó ensanchándose y no tardó en llegar ante el umbral de un túnel mohoso y lleno de goteras, sobre este se alzaba a duras penas un edificio deshabitado. Era el túnel que descendía hasta la estación del Búfalo. Respiró hondo antes de penetrar en aquella oscuridad, como si quisiera aprovechar y contener el oxígeno en sus pulmones durante al menos un par de minutos más. En la superficie, el aire cada vez era más artificial, cargado, y rezumaba por todas partes como una nube tóxica. Pero bajo tierra, la sensación de pesadez en la garganta se volvía casi asfixiante. El eco de sus pisadas retumbó entre las paredes deterioradas del paso subterráneo. Como de costumbre, allí solo había yonkis y enfermos resguardados de la intemperie y la lluvia. Toses y lamentos por todas partes.

Una prostituta delgada como el hambre, cuyo rostro había sido masacrado por la fiebre roja, aguardaba cerca de un cilindro metálico que ardía a modo de hoguera. Al verle pasar se le acercó contoneando sus inexistentes curvas. Bajo la penumbra parecía poco más que un esqueleto forrado de piel y llagas supurantes, una parodia triste de lo que un día fue una chica atractiva.

—¿Quieres un revolcón? Cinco créditos y soy tuya —la mujer sonrió con falsedad y fue a rozarle el hombro, pero Jacob se apartó, cauteloso.

—No me toques —la advirtió, severo, deteniéndose un segundo para asegurarse de que nadie se le aproximaba por la espalda. Todo parecía estar en orden. Siguió andando por el túnel en dirección a las escaleras que bajaban a la taberna.

—¡Que te den! ¿¡Me oyes!? —Gritó la prostituta mientras se alejaba. Y, tambaleante, le dedicó un gesto obsceno con el dedo corazón—. ¡Nenaza!

A Jacob, nada de aquello le afectaba ya. Ni a él ni a nadie. Conductas de ese estilo eran lo habitual. Así era la ciudad, al menos la mayoría de sus distritos. Una burbuja superpoblada de corrupción, barrios infernales y desolación urbanística. Sus habitantes, de algún modo se habían acostumbrado a vivir entre la decadencia social y energética, entre el miedo ejercido por las bandas y la esclavitud de trabajos cuya única remuneración consistía en unos pocos créditos, comida o sexo de alto riesgo. Paradise Route, curioso nombre para el último lugar habitable del planeta, hogar de los Olvidados; aquellos cuyos nombres, año tras año, jamás aparecieron en ninguna lista de evacuación. Pero Jacob tenía muy presente que aún quedaba una última oportunidad para unos pocos… la condena definitiva para el resto.

A medio recorrido del pasadizo, a un lado, bajó por unas escaleras en forma de caracol. Había antorchas ancladas a la pared que iluminaban algunos tramos como si se tratara de una cueva cuyas profundidades escondieran un secreto ancestral. Una puerta de acero permanecía cerrada al final. Llamó con el puño y una fina rendija se deslizó a un lado. Los ojos de un hombre lo observaron.

—Caramba. Pasa, Jacob. Qué sorpresa. —Ruido de cerradura. Matthew, el dueño, le abrió y le permitió el acceso; un sesentón de pelo canoso y expresión afable cuya barriga propia de un alcohólico abultaba bajo una camisa manchada de licores.

La taberna era pequeña, adaptada de manera precaria en el espacio de una vieja sala de mantenimiento de la estación, provista de un par de mesas y sillas herrumbradas y paredes forradas con madera tan antigua que ya se estaba pudriendo. La iluminación resultaba escasa, a base de lumbre, como siempre, y olía a cerveza derramada. No había ni un solo cliente, puesto que a esas alturas casi nadie se podía permitir un trago. Una rata hacía ruiditos agudos mientras devoraba en una esquina un pedacito de materia inapreciable a la vista. En el estante de las bebidas, encajada entre las pocas botellas polvorientas que quedaban, una radio antigua emitía la Nube, el único programa que todavía seguía en el aire, el cual solía bombardear a los ciudadanos con una publicidad agresiva y constante.

Jacob tomó asiento frente a la plancha de latón que hacía las veces de barra. El revólver de doble cañón con calibrador de potencia que llevaba enfundado en su cinturón le molestaba, así que lo extrajo y lo dejó encima, a un lado.

—¿Lo mismo que solías tomar? —preguntó Matthew.

—Por favor —afirmó, y ladeó un poco la cabeza para oír lo que decía la interlocutora de las noticias.

Hoy se cumplen tres años desde que la penúltima nave Arca abandonó la órbita de la Tierra para dirigirse al sistema planetario Gliese 581, donde se encuentra Épsilon, el nuevo hogar de la raza humana. Se espera que este mediodía se originen disturbios múltiples en el distrito de la Dama Blanca, alrededor de la sede del gobierno local, por lo que se han desplegado numerosos dispositivos de seguridad por todo el recinto. Aunque el Ministro D’Ángelo ha tratado de hacer un llamamiento a la calma a todos los ciudadanos, alegando que aún queda un Arca en la exosfera y una última lista de evacuación que hacerse pública, parece que los habitantes de Paradise Route han hecho caso omiso a dichas recomendaciones y se están aglomerando para iniciar una manifestación masiva en las afueras del Capitolio…

Matthew le sirvió un vaso con Licor 7 a Jacob. Este lo tomó entre las manos y le dio un par de vueltas para observar su color ocre.

—Hoy habrá problemas —mencionó el tabernero, que se sentó frente a él, sin nada mejor que hacer que iniciar una conversación, y efectuó un trago corto directo de la botella.

—¿Y cuándo no los hay? —Jacob se quitó el sombrero y su rostro curtido en peleas, a juzgar por las cicatrices que le cruzaban la mejilla y el mentón, quedó al descubierto. La sombra de una barba de cuatro días las disimulaba un poco. Era alto y atlético, bien entrenado. Treinta y tantos. Igual que los demás habitantes, también había perdido esa luz de esperanza en la mirada. Ojos negros como la noche. Ceño fruncido, seguramente atormentado por las cosas que se había visto obligado a hacer para sobrevivir. Callado, como era habitual en todo mercenario.

Bebió un pequeño trago y siseó con la lengua. El sabor era fuerte, seco, pero reconfortaba por dentro. En ese momento hubo una parada en las noticias y por la radio empezó a sonar la canción Sweet Home Alabama.

—¿Cómo te va? —Se interesó el tabernero—. He oído que ya te has recuperado de lo que te pasó en tu último encargo.

—He tenido días mejores —dijo, sin apartar la vista del líquido ambarino del vaso—. Aún me lamo las heridas.

Matthew alargó el brazo para dejar la botella en su sitio.

—A propósito, qué ocurrencia… —pronunció—. Depositar por la noche el cadáver crucificado de aquel arrogante que se hacía llamar El Nuevo Mesías en medio de la plaza del Fénix.

—No fue idea mía. Es lo que me pidieron.

—En ese caso, los devotos de la Ilumonología se han vuelto cada vez más sádicos.

—Eso a mí no me concierne, mientras me sigan pagando bien —repuso indiferente.

—Seguro que te lo agradecen con toda el alma —se rascó la mejilla—. Como ellos mismos dicen, lo importante es mandar un mensaje. Y en parte estoy de acuerdo, créeme. Ese tipo era como un grano en el culo, ¿no te parece? No hacía más que envenenar las calles con su verborrea y su molesto intento de desquiciar a la gente.

—Para mí solo era otro chiflado más.

—Un chiflado que hablaba mucho y escuchaba poco —dijo—. ¿Probaste primero a avisarlo para que desistiera?

Jacob asintió.

—Lo hice. Y hablar antes de actuar me costó un balazo y varios meses en coma. Lección aprendida. —Se acercó el vaso a la boca y bebió otro sorbo—. Coño, esta mierda es fuerte.

El tabernero soltó una risa saturada que pareció más bien el ruido de un motor moribundo al apagarse.

—Jacky, Jacky… —negó con la cabeza—. Vigila los asuntos en los que te metes o terminarás muerto antes de hora.

—El noventa y nueve por ciento de la población mundial ha muerto en las últimas dos décadas por culpa de la radiación o de la fiebre roja. Y todos los sanos que quedamos moriremos muy pronto de todos modos. —Hizo una mueca de indiferencia—. El dinero me viene bien para no pudrirme de asco o de hambre el tiempo que nos queda.

—No… Apenas falta un año para el fin. Y apuesto a que ya tienes suficientes créditos como para vivir bien los próximos once meses. Podrías incluso costearte un buen apartamento en los Barrios Altos. Así que esa respuesta no me vale —se pasó una lengua áspera por los labios—. ¿Cuánto hace que te conozco? ¿Seis años? ¿Siete? Vamos, sé sincero: ¿por qué buscas morir antes de hora?

Jacob terminó de beberse el Licor 7 de un trago y miró al tabernero, serio, algo mareado, como si esperara una respuesta ajena a la realidad reflejada en el rostro de aquel hombre. De algún modo la encontró.

—Por lo mismo que tú sigues abriendo este antro de mala muerte cada día, a pesar de que ya no viene nadie. La gente ni siquiera se atreve a adentrarse dos pasos en la estación por miedo a los enfermos o a la compuerta de los niveles inferiores que conduce al submundo. Pero tú sigues levantándote por las mañanas y viniendo aquí, para ver pasar las horas. Porque necesitas mantener la puñetera mente ocupada en algo: ese es el motivo por el que hago lo que hago.

—Un momento… —hundió las cejas a modo de inciso—. La puerta que daba paso al submundo lleva sellada años. Ya no presenta ningún peligro —alegó, como si fuera lo único que pudiera rebatir.

—No me estás escuchando. Olvídalo.

—Sí… Te entiendo, te entiendo —hizo un gesto de calma con las manos—. Tan solo bromeaba, hombre… aunque creo que tiene que haber algo más que no me cuentas. —Fue a coger otra vez la botella—. A esta invito yo.

Jacob retiró el vaso fuera de su alcance.

—Anciano… —lo llamó en confianza—, serías capaz de dejar que me bebiera todo tu alcohol con tal de poder mantener una conversación con alguien durante un par de horas. —Se levantó, rechazó con un ademán que le volviera a servir y sacó tres créditos de su billetera para dejarlos caer sobre la barra—. Te lo agradezco, pero otro día será. Con todo lo que está ocurriendo en el centro de la ciudad imagino que pronto llamarán a mi puerta para un nuevo encargo —cogió su revólver y volvió a enfundárselo en el cinturón.

—Como quieras. —Matthew, algo decepcionado, dejó la botella en su sitio y recogió el dinero. Había sido una conversación corta—. ¿Volverás mañana? —sonó casi como una súplica.

—Me gustaría. —Jacob se colocó el sombrero y se dirigió hasta la puerta. Sin embargo, cuando tenía la mano apoyada en el pomo se detuvo un segundo para oír lo que decía la interlocutora, que volvía a estar en el aire:

Recordemos que dentro de once meses y siete días, la estrella de neutrones popularmente conocida como «El Ángel» llegará a nuestro sistema solar y absorberá toda la materia que encuentre a su paso, incluido nuestro planeta y el Sol. La última de las naves Arca tiene prevista su partida hacia Épsilon en el plazo de dos meses. El Ministro D’Angelo ha asegurado en sus últimas declaraciones que todos aquellos ciudadanos que a partir de ahora estén involucrados en cualquier revuelta contra el Gobierno se les negará la oportunidad de participar en el proceso de selección de la lista de evacuación final. Vicky Benett, en directo desde el Capitolio.

Jacob observó de reojo al tabernero, que escuchaba las noticias de la Nube con rostro inexpresivo. Ahora hablaban de que ya se estaban originando los primeros altercados. De pronto, parecía prestar atención solo a ello.

—Cuídate, Matthew —le dijo.

—Sí, sí… —le hizo un gesto con la mano para despedirse, sin mirarle—. Lo mismo te digo.

Jacob salió de la taberna y cerró la puerta tras de sí.

De vuelta al exterior vio a dos vagabundos enfermos pegándole una paliza a la prostituta que lo había abordado antes. Esta les insultaba y escupía, lo único que podía hacer por defenderse, mientras le tiraban de los pelos y se reían de ella. Jacob, asqueado aunque imperturbable, pasó de largo por el extremo opuesto del pasaje. Precaución ante todo. Si lo salpicaba una sola gota de sangre o sudor de un infectado moriría en dos semanas.

Fue al salir del túnel, de vuelta al exterior, cuando la tierra tembló de repente. En alguna parte de Paradise Route una ensordecedora explosión se elevó hasta los cielos. Jacob se llevó las manos a la cabeza en un gesto instintivo. Incluso los vagabundos cesaron de golpe su actitud hostil contra la mujer. El rastro del humo en suspensión se hizo visible en seguida por encima de las ruinas de los edificios más cercanos. Los cristales de algunas ventanas cayeron a la calle hechos añicos y una marabunta de gritos se hizo audible en la distancia. Aquello no podía significar otra cosa que un nuevo atentado de bomba. Miró en dirección al origen. Venía del Capitolio, estaba seguro.

Jacob no esperó: echó un vistazo rápido a la pantalla rallada de su reloj y arrancó a correr hacia su apartamento, sin molestarse a cubrirse de la lluvia. Volvía a estar en activo; calculó que tenía unos quince minutos antes de que alguno de sus antiguos clientes llamara a su puerta.

2

Mercenario, porque en la Nube sabemos tan bien como tú que solo puedes confiar en tu buen pulso y puntería, adquiere ya tu revólver Skyscreamer, de potencia regulable y con doble cañón de acero. De líneas tan elegantes que querrás darle un beso antes de disparar.

El hecho de que hubieran pasado ya dos horas sin recibir una sola visita empezó a preocuparle. Jacob se apoyó sobre el marco de la ventana con rejas de su apartamento y observó con incertidumbre las calles. Había dejado de llover, pero las sirenas de los vehículos antidisturbios seguían sonando aquí y allá y los vigilantes humanos, custodiados por drones cibernéticos, patrullaban los distritos con ira en la mirada, en busca de posibles culpables. El atentado tenía que haber sido gordo. Todas las fuerzas militares que aún quedaban en la ciudad, que no eran muchas, parecían haberse desplegado en un abanico de gritos y malas maneras, cargando contra la gente a la mínima provocación. Jacob no disponía de receptor de radio, el que tenía se estropeó antes del incidente que lo dejó en coma y aún no había tenido tiempo de adquirir otro, así que no podía saber a ciencia cierta lo que había pasado, aunque era de suponer que habrían muerto muchas personas, algunas tal vez importantes. Se enteraría tarde o temprano.

Al final desistió de esperar y se tumbó sobre la cama, donde exhaló el aire despacio. Su apartamento consistía en un único y reducido habitáculo, al igual que el resto de viviendas de aquel sector de edificios apretados unos con otros, conocido como La colmena. La bombilla que colgaba del techo parpadeaba, aunque aún funcionaba gracias a su conexión con una arcaica batería que hacía un ruido espantoso; iluminaba a duras penas una cama desmullida, una mesa plegable con dos sillas, una pequeña cocina a gas, un arcón medio roto, cuatro paredes desprovistas de pintura y un viejo poster de los Texas Rangers del siglo veintiuno colgado en una de ellas. Jacob no sabía quiénes eran. La imagen simplemente estaba allí cuando firmó el contrato de alquiler. Los lavabos eran comunitarios, igual que la única ducha que había en el edificio, en el piso inferior. Y aun así, aquello era un lujo. Podía considerarse afortunado de tener un techo para él solo —dada su ocupación no podía ser de otra manera—, la mayoría de familias debían compartir su escaso espacio con otras.

Mientras los humos no se calmaran, y a no ser que tuviera un buen motivo, sabía que no resultaba aconsejable salir a la calle en busca de respuestas. El único problema era que permanecer en un sitio cerrado muchas horas, aunque fuera en su propio apartamento, lo ponía de mal humor.

La espera le dio hambre. Coció en el fogón un trozo de carne, se suponía, de liebre, que guardaba envuelto en telas y troceó una cebolla ajada. Esa sería su comida del día. Más tarde mató el tiempo con flexiones y abdominales y se acostó un buen rato. Al despertar se dedicó a engrasar su revólver con esmero y a afilar su cuchillo, que tenía tantas muescas en su filo como asesinos y forajidos de la ley había cazado con él. Algunos vecinos, en su mayoría refugiados de la desolada Europa, discutían a gritos y a golpes en los pisos de arriba, eso era normal. Pero al mínimo ruido de pasos que se oía por los pasillos Jacob alzaba la cabeza y escuchaba con atención. Por último retiró la cama a un lado y apartó una baldosa suelta que había debajo, oculta a simple vista. Contó los créditos en el interior de una bolsa negra que guardaba en el hueco; solía hacerlo cada día. Un millón doscientos mil. Ni uno más ni uno menos que la vez anterior. Volvió a dejar todo como estaba.

Habían transcurrido diez horas desde el atentado y ahí afuera ya reinaba la noche. Era del todo insólito que aún no le hubieran contactado. Hasta que de pronto, sucedió.

Golpearon tres veces a su puerta sin mirilla y Jacob, siguiendo sus propias medidas de seguridad, empuñó el revólver, apoyó la espalda en la pared, a un lado, y esperó en silencio.

—Soy Fergus. Abre —sonó una voz conocida. De todos sus clientes era justo el que esperaba. Fergus era un alto profeta de la Ilumonología, una de las personas más ricas e influyentes de Paradise Route. Jacob había trabajado varias veces para él, entre ellas su primer encargo, cuando empezó su oscuro oficio, y también el último, varios meses atrás, el cual casi le costó la vida.

Jacob le permitió el paso y cerró la puerta tan pronto el hombre entró; era calvo y al límite de considerarse obeso, aunque su apariencia intimidaba a muchos. Se sabía que rondaba los cincuenta años, pese a que aparentaba bastantes más.

Fergus observó a desgana el apartamento y luego increpó a Jacob con la mirada.

—¿Te estarás preguntando qué carajo ha ocurrido? —fue lo primero que dijo. Su tono sonó brusco, casi desquiciado.

—No te negaré que llevo algunas horas formulándome preguntas —contestó Jacob, que fue hasta la mesa, donde depositó su revolver.

Fergus se quitó y dejó a un lado una manta harapienta que cubría sus verdaderas vestimentas: un traje oscuro a rayas bien acicalado de cuyas mangas sobresalían ribetes blancos. Del cuello le colgaba una cadena de oro macizo con la insignia de un sol como péndulo. Sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y se secó el sudor de la frente.

—Que me reviente un rayo gamma, ha sido horrible —dijo con voz cansada. Sus pómulos permanecían manchados por el hollín de las calles.

—Siéntate —Jacob le ofreció una silla y fue a sentarse frente a él. Fergus hizo una mueca de molestia cuando se dejó caer sobre ella.

El mercenario esperó a que su cliente se pronunciara.

—Una bomba ha destruido medio Capitolio —soltó de golpe—. Los manifestantes se han rebelado contra los vigilantes de la zona mientras las bandas aparecían en escena y se colaban en los cascotes. Luego han colgado al Ministro D’Angelo en medio de la plaza —tragó saliva—. Lo han hecho mal, de forma salvaje, y durante cinco minutos no ha dejado de gritar como un cerdo, retorciéndose en su soga.

—¿Qué bandas?

—Los Espectros, los Capas Negras… —dejó ir un suspiro desganado—, algunos Jinetes de la Ceniza. Jamás habían actuado juntos de este modo. Esos malnacidos siempre se han llevado a matar.

Jacob se quedó pensativo. Que las bandas pactaran entre ellas para actuar juntas era muy mala señal.

—¿Cuál es la situación ahora?

—Parece ser que está bajo control. Aunque vete a saber hasta cuándo. Apenas quedan vigilantes para hacer frente a esta crisis y con los pocos que hay solo podemos reforzar la seguridad en los Barrios Altos. La tensión ahí fuera es máxima. Las calles se han llenado de muertos. Por todos los astros, han secuestrado a una periodista.

Por algún motivo, Jacob se acordó de la interlocutora de las noticias. Vicky Benett, se llamaba.

—Siento decir que todo irá a peor —aportó el mercenario—. Si las cosas están así ahora, en cuanto la última de las naves Arca parta hacia Épsilon ya no habrá esperanza para nadie. Aquí solo permanecerá el caos.

—Cierto… —admitió Fergus—. Pero todavía queda una lista de evacuación que hacerse pública. No sé cómo diantres se han atrevido a hacer algo así en un momento como este.

—Esas listas están amañadas desde que el movimiento para evacuar la Tierra empezó a mediados del siglo pasado. Todas las plazas de las once naves que han abandonado el planeta en los últimos cincuenta años han tenido nombre y apellidos; en su mayoría destinadas para gente de tu nivel adquisitivo, Fergus. Los ciudadanos lo saben.

—No… solo lo sospechan. Hay una gran diferencia. Es por eso que siempre se incluyen unos pocos ciudadanos sanos de los suburbios de entre toda la gente importante que embarca.

—Diferencia… —Jacob soltó un bufido de risa. Por alguna razón aquel comentario le molestó—. Sin duda, un término de lo más relativo.

—¿Y eso te resulta gracioso?

—Solo el despotismo con el que lo utilizas. ¿Qué te hace diferente a ti de ellos?

Fergus levantó de forma casi imperceptible una ceja, preguntándose cómo un insecto como Jacob tenía la osadía de hablarle en aquel tono.

—¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por mi carga genética, por mi don de la teatralidad o por mi estatus económico y social?

—Por los tres.

—Entonces trataré de resumirlo —repuso Fergus, ligeramente crispado—. Una de las mayores ventajas de poseer un coeficiente intelectual elevado y ser capaz de expandir y dirigir con eficacia una nueva religión cuando todo está a punto de irse al cuerno, es que te ves con la libertad de soltar en público todas las memeces que quieras mientras se sostengan dentro del dogma establecido, y la gente te escucha y te paga por ello. —Presionó el dedo índice contra la mesa—. Porque nos necesitan; necesitan una rama a la que aferrarse para que la idea de una dantesca y cada vez más cercana muerte sea menos aterradora. Estamos hablando de una estrella de neutrones del tamaño de la Luna que gira mil veces por segundo sobre sí misma y cuya gravedad equivale a un millón de veces la de nuestro Sol, que se acerca al noventa y siete por ciento de la velocidad de la luz hacia la Tierra despedida por una antigua supernova cabreada y que cuando llegue dentro de once meses lo desintegrará todo en una millonésima de segundo. ¡Joder!, no es que sea precisamente una gripe común. La gente está desquiciada. Nosotros solo hemos tratado de otorgarles luz en estos días oscuros.

—Vaya, qué bonito —mencionó Jacob con cierta desfachatez.

Fergus se respaldó sobre su silla y lo miró con aire de superioridad.

—¿Me he equivocado esta vez al arrastrarme hasta aquí para tratar de contratar tus servicios antes que los de otros, Jacob? —sonó como una amenaza—. Puede que se te haya echado de menos, pero yo no me caso con nadie.

Sus miradas analíticas se cruzaron en silencio durante un par de segundos.

—Mis disculpas… —las palabras del mercenario no sonaron demasiado veraces—. Soy un poco bocazas, ya me conoces.

—Bocazas… Y rebelde —masticó las palabras—. Esa es tu naturaleza. Vienes de una infancia difícil y de una juventud infame. Te saqué de la miseria de la vieja Detroit cuando aquello ya era solo una ciudad fantasma y tú poco más que un animal. Te ayudé porque demostraste tener unas cualidades extraordinarias para tu trabajo. Pero la próxima vez que te dirijas a mí de ese modo, aunque solo sea un gesto que no me guste lo más mínimo, me encargaré de que te quedes solo.

Jacob calló y apartó un segundo la mirada. Los recuerdos que conservaba de esa época traumática de su pasado no eran del todo claros, como si su cerebro se hubiera esforzado por desterrarlos al olvido. Era mejor así. Por otro lado, le gustara o no, lo cierto es que le debía un respeto a aquel hombre, si no fuera por Fergus habría muerto de hambre o de cualquier enfermedad mucho tiempo atrás en aquella ciudad maldita, sin importarle a nadie. Con suerte, el personal de limpieza urbanística habría dado con su cuerpo pudriéndose entre las ruinas y lo habrían arrastrado hasta la fosa común más cercana.

—¿Qué necesitáis que haga? —dijo al fin, colaborador.

Fergus, satisfecho, dejó entrever un par de dientes de platino en medio de las teclas amarillentas que formaban su dentadura. Luego adoptó un porte mucho más serio y acercó el pecho a la mesa.

—El atentado de hoy ha sido una simple tapadera. El verdadero atentado ha tenido lugar en el límite exterior de la ciudad, en el CENT, minutos después de estallar la bomba del Capitolio.

Jacob frunció el ceño. El CENT era el complejo termo-nuclear cercano a la ciudad. Durante más de una década vivió su época dorada con la construcción de las últimas naves Arca, pero ahora solo era otro complejo gubernamental más a punto de ser clausurado. ¿Qué interés podría tener para nadie?

—Explícate.

Fergus se tomó su tiempo. Apartó con la mano unas migajas de comida de la mesa.

—Dime, ¿recuerdas cómo consiguen las naves Arca alcanzar la velocidad de curvatura?

La pregunta lo cogió por sorpresa.

—Claro… —dudó. Aunque apenas se hablara ya de ello era algo que todo el mundo conocía—. Tiene que ver con la antimateria. Su producción en masa ha agotado todos los recursos del planeta, por eso ahora es un mundo estéril. El precio que se ha pagado para salvar la raza humana.

—En efecto —dijo—. La antimateria: la fuente de energía más poderosa que existe. Tan solo diez miligramos serían suficientes para propulsar una nave de aquí hasta Marte. Un kilo aporta la energía necesaria como para llegar a Épsilon en cuatro años en vez de en cuarenta.

—O para proveer de electricidad diez ciudades como esta durante siglos… —puntualizó—. ¿A dónde quieres ir a parar?

Fergus se ajustó el doble nudo de su corbata mientras escogía bien las palabras.

—Hoy, alguien ha burlado los sistemas de seguridad del complejo aprovechando que todas las fuerzas de control civil se dirigían al distrito de la Dama Blanca —dijo—. Sea quien sea es bueno; sin disparos, sin alarmas, sin víctimas mortales. Ha accedido a los laboratorios bajo tierra, ha robado el último contenedor de antimateria y se ha marchado como un fantasma, no ha dejado ningún rastro. La única pista que tenemos es que existen muy pocas personas que sepan dónde se encontraba el dispositivo... —se detuvo un instante antes de seguir hablando—. No hace falta que te diga que sin ese artefacto, la nave Arca que aguarda en la exosfera ni siquiera dispondrá de energía para abandonar la órbita terrestre.

Jacob se cruzó de brazos, calculando la gravedad del asunto, y dejó ir un murmullo pensativo.

—Pues tenéis un buen problema… Uno de narices —matizó—. Si no fuera porque es del todo imposible diría que parece obra de César.

—Déjate de fantasmas —le increpó Fergus—. Centrémonos en lo que importa.

—Como quieras —musitó, y añadió—. ¿Imagino que esperas que yo lo recupere?

Fergus hizo un gesto de evidencia con la cabeza para reafirmar sus palabras.

—Ya no queda tiempo ni recursos suficientes en el planeta para producir más antimateria. Como bien has dicho, lo hemos consumido todo. Fuera de esta ciudad solo quedan cadáveres y dunas sepultando el antiguo mundo —entrelazó los dedos—. Te seré franco: no habrá créditos esta vez. Pero da con ese artefacto y con el responsable o responsables del robo y a cambio te garantizo lo que siempre has deseado pero nunca has confesado, aquello por lo que has ahorrado durante tanto tiempo para poder costearte: un pasaje personal en la última nave Arca. La certeza absoluta de que salvarás tu pellejo. —A Jacob se le aceleró el pulso, aunque no permitió que se le notara—. He de admitir que me encantaría encontrarte a bordo. Me vendrían muy bien tus servicios en el futuro. Épsilon… dicen que parece verde en la distancia, sin océanos pero lleno de lagos. Su tamaño es ligeramente superior al de la Tierra. Y también posee ciertos peligros.

Jacob se llevó una mano al mentón. En todos esos años Fergus nunca había incumplido un trato, no tenía motivo para pensar que ahora iba a actuar de forma distinta. Además, tenía que llegar al fondo del asunto, al parecer era una buena oportunidad. El profeta tenía razón con respecto a sus ambiciones. No dispondría de una ocasión mejor para escapar de la cárcel en la que se había convertido el planeta Tierra.

—Admito que tu propuesta es buena —dijo tras pensarlo.

—¿Qué admites qué? —Torció el gesto, como si no pudiera creer lo que acababa de oír—. ¡Coño, es espectacular!

Jacob tamborileó con los dedos sobre la mesa, se levantó de la silla y le ofreció la mano.

—Acepto. Encontraré ese artefacto y a quien lo ha robado.

Fergus se la estrechó, aunque más bien para ayudarse a levantar.

—Escucha, me es indiferente si te ves obligado a cargarte a diez adinerados de los Barrios Altos o si tienes que arrastrarte por las cloacas y túneles del submundo. Más nos vale que lo resuelvas antes de que se sepa lo que ha pasado. Si esto se hace público…

Ya nada contendrá a los ciudadanos… pensó Jacob. Era la primera vez que advertía en los ojos del profeta un atisbo de preocupación.

—¿Quién será mi competencia esta vez? —Quiso saber.

—No te voy a mentir, el caso es grave. Habrá otros: asesinos, cazadores de recompensas… aunque no contratados por mí. Comienza por acercarte mañana temprano al CENT. Pregunta por uno de los vigilantes, Orly, Orland o algo así. Ahora mismo, mientras hablamos, se encuentra recopilando las grabaciones de seguridad para buscar pistas. Me encargaré de que le avisen de que vas a ir y de que solo las reproduzca ante tu presencia. Toma esto…

Sacó de su traje un pase de seguridad de máximo nivel, en otras palabras; un salvoconducto que permitiría a quien lo llevara pisar cualquier distrito, inmueble o parte de la ciudad. Los mecenas solían prestárselos a sus mercenarios cuando les encargaban una misión. Y se lo entregó. Jacob lo miró, era el pase de más alto rango que había tenido nunca entre sus manos. Se lo guardó en el bolsillo.

—¿Necesitas que te acompañe a algún sitio?

Fergus cogió de nuevo su manta y se la colocó por encima, de manera que sus caros ropajes quedaron bien disimulados.

—No… mi escolta aguarda cerca de tu edificio. Resulta anecdótico, pero hoy hace una noche particularmente hermosa, se aprecia bien la Luna y la estación espacial. Aprovecha y date una vuelta. No tiene desperdicio.

Jacob no respondió. Le abrió la puerta.

—Contacta conmigo tan pronto averigües algo…

—Cuenta con ello —le aseguró el mercenario.

Fergus se giró y lo miró una última vez, como si pudiera ver en el interior de su alma. Un alma tal vez negra y corrompida a esas alturas.

—Tú fuiste… —empezó a decir, pero se detuvo—. No importa. Haz lo que mejor sabes hacer. —Le tocó el brazo a modo de despedida, se alejó y desapareció por la penumbra del pasillo.

Jacob, meditabundo, cerró la puerta y apagó la luz. La habitación quedó sumida en una penumbra parcial. Se acercó a la ventana y observó la noche. Infinidad de estrellas salpicaban el firmamento. Carente de contaminación lumínica, el cosmos ofrecía su cara más espectacular. La esfera plateada de la Luna bañaba los restos de los edificios más cercanos; tras unas pocas ventanas se apreciaba el tintineo anaranjado de alguna llama. El resto solo ofrecían oscuridad tras sus cristales y sombras extrañas. Debido al ángulo y posición de su propia ventana no alcanzaba a ver los reflejos de la última nave Arca ni de la estación espacial, pero estaban ahí arriba, en alguna parte. En esos momentos, Fergus salió del edificio y se le acercaron tres hombres que salieron de las sombras: su escolta. Juntos se acercaron a un vehículo destartalado, aunque debió de ser lujoso tiempo atrás, aparcado en la acera, y se metieron en su interior. Los faros se encendieron y el ruido del motor quebró el silencio de la calle.

Jacob esperó a que se alejaran un trecho, entonces fue hasta el arcón donde guardaba su ropa. Se puso el chaleco antibalas, su gastado juego de hombreras de cuero y se ajustó el cinturón de las armas alrededor de la cintura. Al hacerlo dejó al descubierto un instante dos cicatrices de bala en el abdomen. Salió por la puerta de su apartamento, colocándose el sombrero, y la cerró tras de sí.

Tenía trabajo que hacer. No esperaría hasta mañana.

3

Un gato famélico que apenas podía moverse se retorció entre aullidos cuando fue alcanzado por una pedrada. La mujer que se la había lanzado se acercó, lo observó bien para dictaminar si valía la pena arriesgarse y finalmente lo cogió de las patas traseras y se lo llevó hasta la hoguera cercana de un portal, donde varias personas esperaban con el hambre reflejada en sus ojos. Jacob dejó de mirar mucho antes de que despellejaran al animal para echarlo al fuego, y siguió andando como un fantasma en dirección al distrito de la Dama Blanca. Lo primero que debía averiguar era quién más había sido contratado para el trabajo. Sin importar tanto el mecenas. Y el lugar donde había estallado la bomba de la mañana era el punto más lógico donde cualquier cazador de recompensas empezaría una búsqueda. El plan inicial de Jacob era moverse entre las sombras y observar los alrededores del Capitolio a la espera de ver aparecer rostros conocidos.

Desde distintos lugares lejanos de la ciudad llegaba el sonido de las bandas con sus motocicletas quemando ruedas, gritos de alguna de sus desafortunadas víctimas y el repicar de los tambores propios de sus fiestas salvajes. Celebraban la gran muerte del día.

A unos cien metros de distancia de la zona afectada, Jacob se preparó para el sigilo. Podía apreciarse el rastro todavía humeante de los fuegos recortando el cielo nocturno. Trató de no perderlos demasiado de vista cuando caminó al cobijo de calles secundarias para rodear la plaza. Mientras lo hacía estudió los edificios. Se detuvo en la parte trasera de uno que conservaba unas escaleras anti incendios medio desancladas; empezaban a unos pocos metros del suelo. Le valdría. Escaló un pequeño tramo, ayudándose con las grietas y surcos de la fachada, para poder alcanzarlas. Procuró no hacer ruido al subir hasta la azotea. Por su aspecto sucio y descuidado, lleno de extractores de humo obturados, se diría que hacía años que nadie la pisaba. Se agachó en el límite de la superficie para poder observar en su plenitud los estragos causados por el atentado.

El Capitolio se erguía como una construcción victoriana de paredes originalmente blancas; con el tiempo se habían puesto feas, como todo lo demás, aunque aún conservaba cierta elegancia, al menos hasta hacía veinticuatro horas. Su prominente cúpula central estaba ahora hecha añicos, y numerosos boquetes en su perímetro permitían apreciar un interior destrozado y quemado. Frente al palacio, por toda la plaza, había escombros de ladrillos, metal y carne. Los escasos equipos de limpieza, hombres entregados a la causa, con máscaras de filtro de aire y trajes usados hasta la saciedad, se afanaban en apagar los pequeños incendios que aún ardían entre los cascotes de la zona; también en sacar los cuerpos, enteros o por partes, que seguían enterrados entre las ruinas para depositarlos en la puerta trasera de un furgón con el chasis golpeado por todos lados. Sin los recursos adecuados todo se hacía mucho más difícil y costoso.

En el centro de la plaza se alzaba el poste y la soga oscilante al viento en la que había sido colgado el ministro. Justo debajo, en el suelo, un charco reseco de sangre indicaba que a los alborotadores no les bastó con dejar que su antiguo líder muriera de asfixia. Hasta que el remanente del Gobierno no se pronunciara al respecto, hasta que no moviera ficha, Paradise Route se había convertido en una ciudad sin ley, sin capitán, en un barco a la deriva hacia una muerte infranqueable. Sí… Aquello era un escenario dantesco, sin duda, pero nada que Jacob no hubiera visto mil veces con anterioridad. Entre todo el caos regente, sin embargo, solo hubo un detalle que llamó de manera poderosa su atención, algo que vio por casualidad entre sus estudiadas ojeadas hacia todos los rincones. No fue una pancarta tirada en la plaza, ni una de las pintadas furiosas escritas con sangre en los muros mancillados del Capitolio, sino un discreto epígrafe de tinta blanca y húmeda en la pared de un callejón cercano al lugar. Desde su posición elevada podía leerse a duras penas. Solo tres palabras, suficientes para hacer que los ojos de Jacob brillaran de sorpresa en mitad de la noche.

César sigue vivo. Ponía el epígrafe.

¿Hasta qué punto debía tomarse en serio esas palabras? No era la clase de mensaje que uno pudiera dejar para cometer una chiquillada, a no ser que quien lo hubiera escrito fuera un completo insensato. César… el hombre públicamente apodado como «El Gran Mercenario». Y por méritos propios. Amado por unos, temido por otros. El eterno rebelde que durante años puso patas arriba el sistema: robó al gobierno grandes cantidades de recursos, asesinó a cientos sin dejar huella, provocó innumerables apagones en la ciudad, logró una tregua entre las bandas para que actuaran bajo su mando, y siempre salió impune de todos sus actos de libertad o terrorismo, según el prisma con el que se mire. Vivió y actuó como un fantasma, aparecía y desaparecía a su voluntad, hasta que, de forma misteriosa, un buen día, fue capturado y ejecutado en público con un saco ensangrentado cubriéndole la cabeza. Una vez muerto se lo extrajeron y hubo desmayos, gritos y rumores cuando la plebe vio el modo en que le habían desollado el rostro. El Ministro ordenó que así fuera para dejar claro que ninguna clase de crimen quedaría impune de un castigo justo y proporcionado. De eso hacía ya seis meses. Y poco a poco el nombre de César dejó de estar en boca de todos para convertirse en el susurro de unos pocos, para acabar siendo una sombra olvidada del pasado…

César sigue vivo.

Jacob leyó de nuevo el epígrafe, absorto. Maldita sea, tendría sentido si no fuera porque la ciudad entera le vio morir; él mismo había repasado las imágenes de su muerte decenas de veces.

Una cosa era cierta, si él había visto ese mensaje, cualquier cazador de recompensas que se dejara caer por la zona también lo vería. Puede que incluso fuera uno de ellos el autor y lo escribiera para despistar, para mostrar una pista falsa, para ganar tiempo en la búsqueda del verdadero responsable.

Hubo un breve chasquido a su espalda, tan insignificante que hubiera pasado del todo desapercibido para cualquier persona con un oído menos entrenado. Jacob escuchó, sin moverse.

—Sé que estás allí, Lobo Mordedor —dijo al cabo de un segundo—. Que te me acerques así por la espalda solo puede significar dos cosas: o pretendes matarme o buscas impresionarme. Lo primero no lo conseguirías y lo segundo casi lo lograste una vez en el pasado. No tientes a la suerte.

Silencio…

—Se olvida de una tercera… —se escuchó desde algún lugar de la azotea. Era una voz joven, a la vez que grave, aunque el tono fue más bien el de un susurro.

Jacob se giró de cuclillas y observó. Apoyó la mano en su revólver de la cintura e hizo girar con los dedos la ruedecita que calibraba la potencia del arma para ajustarla al máximo. Le pareció ver una sombra moverse rápido entre los extractores de humo. Se levantó y dio unos pasos cautelosos, con el arma ya en ristre. De pronto, una ligera oscilación en el aire que le hizo notar una presencia a su espalda. Con un movimiento rápido y certero se volvió y llevó el doble cañón de su revólver a la frente del tipo que encontró justo detrás. Este alzó las manos y sonrió. Una sonrisa engreída.

—Puede que el lobo tan solo quisiera darle un pequeño susto al cazador —dijo con sarcasmo—. Usted ya sabe lo mucho que me gustan los juegos. —Sus ojos del todo blancos, propios de las nuevas operaciones oculares en el mercado negro, contrastaron con su juventud y su piel morena. ¿Veinte años, tal vez? El muchacho, de mediana estatura, buena musculatura y con el pelo a rastas, le hizo entender con su posterior calma que venía en son de paz—. ¿Aparta su pistola de mi cara, por favor?

Jacob lo liberó.

—¿Por qué no me sorprende ver a un cachorro como tú en un lugar como este…? —gruñó, y volvió al límite de la azotea para recuperar su posición de espía.

—El ingenioso, intrépido y envidiablemente popular Señor Jacob dos Balas… —exclamó el joven—. Hacía mucho que no le veía. ¿Ha perdido peso o me lo parece a mí?

A Jacob no le hizo gracia tener a Lobo Mordedor de competencia, ni tampoco que este le hubiera descubierto antes. Pese a su corta edad era un buen cazador de recompensas, eficaz como pocos; ambos habían cooperado en algunas misiones del pasado. No lo consideraba un amigo, ni mucho menos, pero existía cierta camaradería, o una rivalidad sana, entre ellos dos; podría decirse que habían llegado a respetarse mutuamente, algo del todo insólito en su profesión. Se conocieron años atrás de un modo brusco, mientras daban caza al mismo hombre, un asesino caníbal del borde exterior. Sus sendas de investigación se cruzaron y se vieron comprometidas, pelearon y Jacob lo dejó sin sentido; el joven cazador siempre insistió después en que aquello solo fue fruto de la suerte… y tal vez tuviera razón. Se desconocía su verdadero nombre, uno de los motivos por el que lo llamaban Lobo Mordedor era porque tenía la fama de poder acercarse a cualquiera sin que la presa tuviera tiempo de percatarse hasta que ya le fuera demasiado tarde. Igual que un lobo que no aúlla, que no avisa, tan solo muerde cuando uno menos se lo espera.

—Me dispararon y terminé desangrándome —explicó Jacob, atento a lo suyo—. Cuando a uno lo dejan en coma durante meses, por norma general tiende a perder peso.

—Eso escuché —admitió con aire distraído, y deslizó el dedo índice por la superficie polvorienta de un extractor—. ¿Es que aquí nunca sube nadie a limpiar?

—Imagino que tienes un trabajo entre manos —se dejó de tonterías—. ¿No deberías aprovechar tu tiempo?

—Lo estoy haciendo —rebatió—. Le he encontrado husmeando, lo que significa que muy probablemente en algún punto de la búsqueda del artefacto nuestros caminos se cruzarán como lo hicieron en el pasado, así que tendré que enfrentarme a usted y con cierto pesar me veré obligado a matarlo.

Jacob hizo una mueca con la boca.

—Lo intentarás —le corrigió.

—Bueno, la recompensa es demasiado suculenta como para tan solo intentarlo. Ya fracasé una vez, cierto, y me aconsejó que madurara. Pero que no sirva de precedente. Un fracaso es tan solo la niebla que no deja ver el triunfo que espera detrás.

—¿Y tú pretendes atravesarla?

—Si le soy sincero prefiero esperar a que se disipe sola.

—Yo no acostumbro a cometer errores.

—En nuestra profesión, los que seguimos vivos es porque cometemos pocos errores, aunque no nos engañemos; tarde o temprano ocurren.

—No te sientas demasiado orgulloso por tu falta de ellos. Apuesto un millón de créditos a que no llegarás a mi edad.

Lobo Mordedor soltó una pequeña carcajada.

—Ningún Olvidado que tenga un solo año menos que usted la alcanzará. Admito que siempre me ha gustado su cinismo.

—¿Así que ese es tu plan? ¿Espiarme y esperar a que la pifie?

—Tiene su lógica, Señor Jacob, al menos en cuanto a ética se refiere, ya que me desagradaría en gran medida tener que arrebatarle la vida. Lo encontraría… de mal gusto. —Torció el gesto—. Pero tampoco puedo permitirme compartir la recompensa con nadie. El pasaje es unipersonal, ¿se lo han comentado?

En esos momentos, dos tipos del equipo de limpieza encontraron otro cadáver entre las ruinas. Tras quitarle los ladrillos y hierros de encima le registraron los bolsillos, le extrajeron los zapatos y la ropa y lo echaron, desnudo, al furgón de los muertos.

—¿Quién te ha contratado, Lobo? La curiosidad me está matando. Puede que sea eso lo que acabe disipando mi niebla.

—¿Me va a pagar con la misma moneda a cambio? —Jacob no contestó—. Lo suponía… —esperó unos segundos y añadió—. ¿No es excitante? Esta parece ser la reina del baile, la misión definitiva de todo cazador de recompensas. Aquello por lo que nos hemos dedicado y esforzado durante toda nuestra vida.

—En tu caso un periodo muy breve —puntualizó Jacob.

—No sea grosero —si le ofendió su comentario, no lo exteriorizó—. La experiencia no lo es todo, ni siquiera tiene un valor moral, es tan solo el nombre que le damos a nuestros errores. Creía que ya habíamos dejado claro que la gente como nosotros no acostumbraba a cometerlos.

A Jacob, las conversaciones que a veces tenía con el joven cazador acostumbraban a parecerle interesantes, sin duda era mucho más culto e inteligente que la mayoría de los hombres más mayores, pero las razones por las que se encontraba allí eran muy serias; no podía permitirse distracciones. Lo hiciera expresamente o no, Lobo Mordedor lo estaba distrayendo, así que cambió de tema y fue al grano.

—A ti que te gusta analizarlo todo. ¿Qué opinas de eso? —señaló con la cabeza hacia el escrito en la pared del callejón. Lobo Mordedor lo leyó con un ligero interés.

—Poco, salvo que hace una hora ese mensaje no estaba. Aunque apostaría mis carísimas retinas a que es una falsa pista. He visto a mutantes del submundo con inexplicables capacidades telepáticas. A hombres con un poder de convicción tan grande que pueden controlar a las masas. Pero todavía no he conocido a nadie que sea capaz de devolverle la vida a un muerto. ¿Le asusta la idea de que ese mensaje sea cierto?

—Yo no tengo miedo, hago que ciertas personas lo tengan.

—Pues qué suerte la suya… —repuso—. Si le soy sincero no me preocupa quién lo haya escrito ni por qué, cada vez que estalla una bomba surgen decenas de fanáticos alabando el fantasma de César. Un garabato en una pared no es relevante, pero el tipo que ahora mismo se acerca por el norte de la plaza ya es otro cantar… Fíjese —sus ojos blancos y opacos centellearon de excitación bajo la oscuridad de la azotea. Con un movimiento pausado decidió agacharse al lado de Jacob.

—Cyborg… —este masticó aquel nombre.

Un musculoso titán de dos metros de estatura, con el rostro y el cuerpo esculpido a base de implantes cibernéticos, hizo acto de presencia. Vestía con una chaqueta de cuero y unos pantalones militares oscuros; botas gruesas que hacían crujir los escombros a cada uno de sus pasos. Parecía más bien una máquina que un hombre; un aniquilador que un mercenario. Callado, concentrado en estudiar el escenario, se dejó ver sin ningún tipo de temor. No había motivo para tenerlo. Pasó de largo las ruinas del Capitolio y caminó con total impunidad entre los cascotes de la plaza, como si buscara una provocación a los ojos de la posible competencia que le estuviera observando. Quería que supieran que él también entraba en el juego. Poco se sabía acerca de Cyborg salvo que detestaba su sobrenombre, las órdenes y a las personas. Y no precisamente en ese orden. Huelga decir que era un cazador de recompensas peligroso, sus servicios solo eran requeridos cuando se debía atrapar a otro cazador. Jacob estudió sus movimientos con respeto, atento. A Lobo mordedor, sin embargo, aquello pareció divertirle:

—Se dice que fue criado por animales más allá de la frontera exterior, y que es incapaz de sentir el dolor. De lo segundo hay constancia. —No pudo borrar la expresión de fascinación en su rostro—. Esto se pone cada vez mejor, ¿no le parece?

Es joven, temerario, se repitió Jacob en una mirada que le echó de reojo. Inexperto…

—Lo primero tampoco me extrañaría. Ese tipo es un animal —pronunció—. Es lógico que varios mecenas hayan pensado en él para el trabajo.

—Admito que tenía mis dudas —contrastó Lobo Mordedor—. Le insertaron la personalidad de un psicópata. Sus métodos descabellados acostumbran a destrozar más de lo que repara, ya me entiende. Últimamente ni siquiera le contratan para cazar a tipos como nosotros. Aunque ya sabe el dicho: en situaciones desesperadas, medidas desesperadas…

Cyborg se acercó al lugar donde habían ahorcado al ministro y examinó la escena. Luego apartó con inusitada facilidad un pedrusco enorme que había al lado y se agachó para recoger algo del suelo. Desde su posición elevada, ninguno de los dos pudo distinguir qué era.

—¿Qué está haciendo…? —se preguntó Jacob.

—A saber… —respondió Lobo Mordedor—. Cualquiera diría que Cyborg sabe algo que nosotros no. Ha ido directo a ese lugar, a ese escombro en forma de roca, como si alguien le hubiera dejado un mensaje. Pero yo soy un eterno desconfiado y ese matiz de mi personalidad me sugiere que allí no hay nada y que el grandullón tan solo quiere que así lo creamos.

—No sabe que estamos aquí.

—¿Está seguro de eso? —rebatió con una sonrisa.

Cyborg se guardó en el bolsillo de su pantalón lo que quiera que fuese que había recogido y siguió deambulando sin prisa por la plaza.

—De lo contrario ahora mismo habría un tiroteo.

—Nosotros somos dos, y de los buenos. Sabe que estaría en desventaja. No obstante, pronto saldremos de dudas.

—¿Qué quieres decir? —le increpó Jacob, suspicaz.

—Que ya he tenido suficientes emociones fuertes por un día —exclamó el muchacho con expresión satisfecha—. Creo que lo dejo solo. Debo retirarme a mi guarida a descansar y a prepararme —se levantó—. Le deseo la mejor de las suertes, Señor Jacob. Volveremos a vernos… siempre y cuando estuviera usted en lo cierto y Cyborg no se haya percatado de su presencia —dio media vuelta y se alejó unos pasos del límite de la azotea.

—Puede que ocurra alguna muerte más hoy aquí, pero no será la mía —aseguró—. De todas formas, me sorprende que no quieras esperar a que aparezcan los demás cazadores de recompensas —le tentó.

—¿Para qué? Ya sé cuanto quería saber —respondió mientras se iba—. He confirmado que los dos únicos que merecerían mi atención forman parte de esto. Buenas noches.

—Lo mismo digo… Cachorro, una cosa más... —Iba a decirle que para él también sería desagradable tener que matarle si una futura ocasión lo requería, pero cuando se giró, este ya no se encontraba en la azotea.

Muy típico de él.

Hizo un movimiento de cejas, restándole importancia, y volvió la vista al frente. Nada que le hiciera sospechar que había sido descubierto ocurrió. En ese momento, Cyborg se sentó en medio de la plaza, inexpresivo, y así se quedó, sin mover un músculo ni trozo de metal de su cuerpo, durante minutos que dieron paso a horas. Jacob esperó paciente desde su posición, sin quitarle el ojo de encima, hasta que la Luna tocó la cúspide del cielo. Para cuando se dio cuenta de lo tarde que se estaba haciendo echó la vista al firmamento. Había pocas nubes y los reflejos de la estación espacial en la exosfera se apreciaban a la perfección, así como las luces blancas por todo el gigantesco casco de la última Arca, salpicada a su vez por destellos intermitentes de un azul tecnológico. Siempre le había parecido sobrecogedora la imagen de una nave casi acabada coronando la bóveda celeste. Tan cercana y tan lejana al mismo tiempo.

Ya era bien entrada la medianoche y Cyborg todavía permanecía sentado, estático, desafiante… ahuyentando con su presencia incluso a los del servicio de limpieza, que se habían marchado de allí hacía rato con el trabajo a medio hacer. Un ente solitario rodeado de destrucción. Jacob maldijo por dentro y no le quedó más remedio que darse por vencido. Finalmente abandonó su posición y, con cuidado de que nadie lo viera, bajó de la azotea y tomó los callejones colindantes en dirección a su apartamento. Seguir allí arriba le habría constituido una pérdida de tiempo. Ningún cazador de recompensas más osaría dejarse ver por la plaza aquella noche.

Recuperar la antimateria no iba a ser una misión fácil, después de todo. No con esa competencia.

4

Usa el transporte público para moverte por la ciudad. Sabes tan bien como nosotros que no puedes permitirte un vehículo propio. Pero en el caso de que puedas, hazte con un Spider autopropulsado de última generación. Serás la envidia de todos tus vecinos y te señalarán al verte pasar veloz por los suburbios. (Desaconsejamos aparcar en ellos).

A medida que se aproximaba el Día de la Luz, como era conocido el Fin por los más creyentes, las ceremonias y reuniones de los seguidores de la Ilumonología surgían con más frecuencia. En las calles oscuras, en los sótanos de las casas, en los edificios en ruinas… Cualquier lugar era bueno para los devotos con tal de agruparse y dar rienda suelta a sus extraños rituales y plegarias.

Tan solo quedaban operativas dos líneas de monorrailes en Paradise Route, la que cruzaba la ciudad de norte a sur y la que lo hacía de este a oeste. A primera hora de la mañana, cuando aún despuntaba el alba, Jacob era el único viajero que aguardaba en la estación del este a que llegara el momento en que el moribundo vagón arrancara motores para poder subirse. Su destino: el límite oeste de la metrópoli; el punto más cercano al complejo termo-nuclear. Allí esperaba encontrar pistas útiles con las que iniciar la búsqueda. Justo al lado del apeadero, una hilera de fieles vestidos con túnicas manchadas caminaban en procesión, con pasitos cortos, unos detrás de otros, como si fueran presos con cadenas en los pies; atravesaron la vía en dirección a alguna parte. Solo el que iba en cabeza, un tipo de barba poblada, ojos de felino y tatuajes por todo el rostro, murmuraba palabras de ovación dedicadas a los astros. Jacob, apoyado en un panel publicitario de la estación, los miró con curiosidad. En teoría, aquella gente debería infundir respeto y armonía, pero no era así. Por norma general solían ser incluso más peligrosos que algunas bandas. Cualquier persona no creyente sabía que si se encontraba con algún grupo de fanáticos como aquel, lo mejor era apartarse de su camino y no mostrar interés alguno. No todos los seguidores de la Ilumonología llegaban a tal extremo, había personas que simplemente tenían la necesidad de entender a base de la fe la situación en la que se había visto expuesto el planeta y la raza humana, y rezar a las estrellas, desde sus casas, como consecuencia.

Diez minutos después, los fanáticos ya se habían perdido de vista en el confín urbanístico y el vagón despertó con un runrún agónico, como un monstruo de metal viejo y cansado. La electricidad en esa parte de la ciudad era casi inexistente, así que el servicio del monorraíl funcionaba gracias a unas antiguas, y cada vez más sucias, placas solares acopladas cada tantos metros a ambos lados de la vía.

En cuanto se abrieron las puertas, Jacob se subió y tomó asiento, el menos destrozado que encontró. El interior del vagón estaba repleto de pintadas y grafitis y olía a vómito reseco. La cabina no tenía conductor, funcionaba en modo de piloto automático, pero un vigilante de seguridad armado no tardó en subirse y se le acercó con rostro inexpresivo. Jacob le mostró de lejos el pase de máxima seguridad que le dio Fergus el día anterior; este, al verlo, asintió conforme y se dirigió a un extremo del habitáculo, donde se quedó de pie, con las manos cruzadas por delante de la cintura. Las puertas se cerraron y, con una algarabía de chasquidos latosos, el trayecto dio comienzo.

El servicio del monorraíl, pese a que era la única forma segura de cruzar la ciudad, no era demasiado rápido; el recorrido de punta a punta duraba poco más de una hora. Durante gran parte de ese tiempo, Jacob se dedicó a pensar en los sucesos de la noche previa. En los últimos dos años, era frecuente que a él y a Lobo Mordedor los contratara la misma persona para hacer algunos trabajos juntos. Funcionaban bien como equipo. Si Fergus le aseguró que no había apostado por nadie más para la misión, ¿quién era entonces el mecenas del cachorro? Por otro lado, ¿qué sería aquel objeto que cogió Cyborg del suelo? ¿Alguna clave o mensaje? ¿Un engaño? Mientras estuvo espiando no pudo ver a más cazadores de recompensas merodeando por los alrededores del Capitolio, pero eso no significaba que no los hubiera persiguiendo lo mismo que él. ¿Con cuánta competencia más debería medirse durante la búsqueda del artefacto? Esas y más preguntas turbaron su mente mientras, a través de la ventanilla, el reflejo de la decadencia de Paradise Route se deslizaba ante sus ojos.

Superada la mitad del trayecto, el vagón empezó a ascender y penetró de repente por un túnel oscuro que atravesaba un muro grueso de hormigón. Al otro extremo de este, el paisaje cambió de forma radical; Jacob circulaba ahora por vías elevadas a decenas de metros por encima del suelo. Era el punto del recorrido en que se cruzaba por los ostentosos Barrios Altos. Un extenso distrito circular y amurallado donde abundaban los jardines verdes con espectaculares fuentes iluminadas, los hologramas publicitarios en tres dimensiones y los rascacielos de cristal con interiores de lujo y piscinas descubiertas en las terrazas de varios de sus niveles. La mayoría de esos carísimos apartamentos, sin embargo, se encontraban abandonados ya por sus propietarios, que embarcaron tiempo atrás en las anteriores Arcas. Todos esos hogares libres podían ser suficientes para dar cobijo, como mínimo, a la mitad de residentes de los suburbios, pero los adinerados que quedaban aún allí no aceptaban, de ninguna manera, convivir con la plebe el tiempo que les quedaba antes del éxodo masivo final. Así que las pesadas compuertas del distrito permanecían siempre cerradas bajo estricta custodia de vigilantes armados y drones cibernéticos.

Debido a que esa parte de la ciudad sí estaba provista de electricidad, el vagón circulaba a mayor velocidad, así que el tramo del trayecto que cruzaba los Barrios Altos apenas duraba un minuto y medio antes de volver a adentrarse en el túnel del extremo opuesto del muro. Y como si se tratara de un tren de los horrores que de vez en cuando muestra un escenario de ensueño, una vez fuera del distrito la cruda realidad de los suburbios volvió a hacer acto de presencia:

Viviendas quemadas, saqueadas o, en el mejor de los casos, antiguas y sin restaurar. Suciedad orgánica y sintética diseminada por las calles, meciéndose al compás del viento. Personas de mirada triste; enfermas o hambrientas completaban aquel cuadro regido por el color del óxido y la opresión. Jacob sintió una punzada de rabia hacia todas las injusticias cometidas durante los últimos años, aunque él solo era un mercenario, si hacía falta mataba por encargo, no estaba muy seguro de si podía permitirse el lujo de poseer esa clase de moral. Apartó la vista, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y, sumido en el movimiento bamboleante del vagón, cerró los ojos con la intención de relajarse hasta que terminara el viaje.

Se le hizo un suspiro cuando, tras una serie de estridencias y sacudidas que parecieron que fueran a partir el vagón en dos, este se detuvo al final de la vía y se silenció poco a poco. El vigilante, que no se había movido de su sitio en todo el trayecto, ni tampoco le había quitado el ojo de encima a Jacob, abrió la puerta y esperó a que el mercenario se desperezara con un crujir de espalda y se apeara.

—Que tengas un gran día —le dijo Jacob de pasada al bajarse, pero el hombre, de mirada hosca y mandíbula sobresalida, le respondió con un breve gruñido.

En el exterior ya era de día y el calor del sol empezaba a apretar. Jacob miró a un lado y a otro para orientarse. Había estado muy pocas veces en el límite oeste de la ciudad. Aquello era prácticamente un desierto estéril. Las últimas edificaciones de Paradise Route quedaban a unos ochenta metros de distancia, y la línea del monorraíl se prolongaba más allá de ellas como una serpiente solitaria saliendo de su nido. Ante él, tras las rejas del puesto de control que ejercían como verdadera frontera, se extendía un páramo muerto e inacabable abrazando los vestigios del antiguo mundo. Aunque no todo era silencio; la Zona de Lanzaderas y el complejo termo-nuclear también se ubicaban fuera de la frontera, a medio kilómetro de allí. Jacob pudo ver su perfil industrial recortando el horizonte. Debido a los altos niveles de contaminación del recinto, este había sido construido a una distancia prudencial de la ciudad.

Caminó en dirección a la barricada de la frontera, compuesta por rejas desarmables con alambres y restos de diversos vehículos cruzados. Se detuvo para mostrar el pase de seguridad a uno de los tres vigilantes armados que la custodiaban, que tras echarle un exhaustivo vistazo asintió y le preguntó:

—¿Quiere tomar un vehículo para llegar al complejo?

—No lo sé. ¿Qué coste tiene? —quiso saber.

—Con ese nivel de autorización ninguno, Señor.

Jacob esbozó una sonrisa maliciosa.

—Será un placer —aceptó.

Mientras recorría con un quad medio averiado la carretera exterior que llevaba al complejo, sin nadie en aquellos áridos alrededores que pudiera verle, Jacob no pudo evitar sentirse eufórico bajo el casco de seguridad. El placer de conducir esa chatarra a toda velocidad era una sensación única como pocas veces había experimentado. En un punto de una curva pronunciada, el quad casi se le salió del camino y tuvo que rectificar con brusquedad y aminorar la marcha. Aun así, su satisfacción no disminuyó y volvió a acelerar al máximo cuando pasó cerca de las altas estructuras de las lanzaderas espaciales, cuyas cúspides de indestructible aleación se perdían de vista en el cielo, hasta que, medio kilómetro más adelante, pudo ver las puertas del CENT: un gigante, en su mayor parte, subterráneo. La punta del iceberg la formaban el búnker de acceso, una cantera de roca usada como vertedero radioactivo y cuatro cúpulas de hormigón de varios metros de altura puestas en fila. Allí detuvo el vehículo con una frenada larga que dejó un rastro de polvo en suspensión, se quitó el casco y exhaló el aire de golpe.

—¡Menuda maravilla…! —exclamó con una breve risotada. Acarició el chasis descolorido y volvió a colocarse el sombrero que se había atado a la espalda. Fue en ese momento cuando se percató de que alguien más joven que él, de rostro serio, mirada profesional y vestido con uniforme militar, le estaba esperando junto a la puerta de acero del búnker. Jacob carraspeó, bajó del quad y, adoptando un porte más formal, se acercó hasta el soldado y le tendió la mano—. ¿Orly? —preguntó.

Este se la estrechó.

—Orlando —le rectificó—. Me avisaron de su llegada.

—Y a mí que estarías esperándome.

Se hizo un breve silencio que no podría catalogarse de otra forma más que de incómodo. Quizá, el imperturbable y entregado Orlando esperaba no haber visto una actitud tan desenfrenada en el mercenario, dada la gravedad del asunto que les concernía.

—Sígame, por favor —dijo al fin—. Si le parece le llevaré primero a la sala donde se produjo el robo. Luego podremos revisar las grabaciones de seguridad.

—Seré como tu sombra —respondió Jacob ocurrente.

Orlando le dedicó una última y recelosa ojeada de arriba abajo. Se giró y tecleó un complejo código de seguridad en el panel digital que había a un lado. Jacob había sido entrenado para este tipo de cosas y se percató de la combinación: 744U-H96P-001K-5348L-A. Era un código dinámico que se cambiaba cada dos horas, pero tenía buena memoria, tardaría en olvidarlo. Acto seguido, un piloto luminoso que colgaba del marco de la entrada empezó a emitir destellos naranjas y la pesada compuerta de acceso se abrió. Nada más entrar ambos, volvió a cerrarse y culminó con un ruidoso eco que se perdió por la vastedad del paraje.

Aparecieron en una sala cuadrada, bien iluminada, que más bien parecía un garaje desordenado, sin puertas ni ventanas. Un dron les estaba esperando; su aspecto era tan amenazador como cómico. Dos extremidades combadas hacia dentro a modo de piernas, compuestas de hierros y cables, sujetaban una esfera pesada que tenía una rotación de trescientos sesenta grados.

—Iniciando protocolo de análisis. Deténganse, por favor —pronunció su voz electrónica. Jacob se fijó en Orlando, que se quedó inmóvil, con los pies juntos y los brazos estirados, y le imitó.

A aquel modelo se le llamaba Cíclope, porque tan solo poseía un ojo cibernético en medio de su enorme cabeza, cuya lente ahora oscilaba y les analizaba de hombro a hombro prolongando un escáner holográfico. A ambos lados de la cabeza llevaba adheridos dos fusiles rotatorios de fuego rápido, preparados para reaccionar a la mínima necesidad. Una puntería perfecta. Por lo que era aconsejable no tratar de huir de ellos cuando a uno le hacían un chequeo de identidad. Existían distintos modelos de drones, pero los más comunes eran los prototipos de hacía tres décadas, como aquel: los TK-IV. Sus ingenieros japoneses siempre habían asegurado que eran los mejores. Por muchos ajustes y modificaciones posteriores que se les hicieran, jamás pudo superarse su elevado porcentaje de efectividad, fiabilidad y resistencia. Miles de unidades de este modelo habían sido transportadas durante las primeras migraciones a Épsilon como medida de seguridad contra las posibles formas de vida hostiles que habitaran en el nuevo planeta. Se rumoreaba que hubo cierta resistencia por parte de algunas especies primitivas, pero que gracias a los TK-IV las primeras colonizaciones resultaron un éxito.

—Sargento Orlando: identificación positiva. Acceso permanente autorizado. Varón de clase mercenario, pase de seguridad de nivel alfa: acceso temporal autorizado. Que tengan un gran día. —La voz robótica retumbó por la estancia cuando su análisis terminó. Su único ojo parpadeó y la esfera de su cabeza rotó hacia arriba ciento ochenta grados, dándoles la espalda. A continuación, una súbita sacudida hizo que el suelo bajo sus pies se moviera y empezara a descender con ellos tres. Jacob se fijó en la parte trasera de la esfera del dron: se le veía una pequeña placa cuadrada, bien disimulada, tal vez por ahí era desde donde se accedía a sus circuitos si se le tenía que realizar alguna reparación. La plataforma elevadora tardó dos minutos en descender varios niveles antes de volver a detenerse. El mercenario echó la vista arriba, el habitáculo que le había parecido un garaje, ahora sin suelo; quedaba por lo menos a doscientos metros por encima de ellos.

—Por aquí —le indicó Orlando, que dio un paso al frente.

Jacob miró con desconfianza al dron cuando pasó por su lado, que permaneció en su sitio, inmóvil como una estatua —nunca le habían gustado aquellos trastos, nada podía ser tan fiable como el propio razonamiento humano—, y siguió al soldado por una sucesión de pasadizos oscuros con tuberías en el techo y micropaneles de iluminación tenue en el suelo.

—No me pierda de vista. En estos pasillos tratamos de ahorrar en electricidad.

—Descuida —masculló—. Pasaron de largo una puerta de cristal seguida de varios ventanales que mostraban al otro lado una sala de pruebas totalmente a oscuras—. Esto está muy vacío —observó—. ¿No se supone que debería haber ratas de laboratorio yendo de un lugar a otro?

—El personal científico no ha venido hoy, solo los del mantenimiento del reactor nuclear, en los niveles inferiores. Tampoco se encuentran la mayoría de vigilantes. Se decidió que así fuera para no contaminar la escena del robo hasta después de su visita.

Bien, Fergus, todo un detalle, pensó Jacob.

—Una gran idea… —murmuró, y añadió—. ¿Quién más sabe que estoy aquí?

—Su estancia en el CENT es confidencial. Solo yo conocía su identidad; me ordenaron que no hablara con nadie más al respecto.

—Que siga así —a continuación preguntó—. ¿Es por donde hemos venido la única forma de acceder al complejo subterráneo?

—De una pieza sí —respondió el soldado.

—¿Y de muchas?

—¿A qué se refiere?

—Supongamos que alguien con la suficiente habilidad y destreza decidiera evitar pasarse cientos de horas ahí arriba, intentando piratear el código dinámico de la entrada mientras le llueven las balas de los vigilantes, para luego tener que enfrentarse a ese dron del demonio —dijo mientras andaban—. ¿Hasta qué punto se jugaría la vida si probara a entrar por un acceso alternativo?

—Existen los canales de expulsión térmica, pero es imposible que ningún humano pueda colarse por allí.

—Bueno, eso es porque, tal vez, quien lo hizo, no fuera un humano normal y corriente. Chaval, a partir de ahora déjame a mí las suposiciones. Quisiera ver esos canales que mencionas.

—¿No prefiere que le muestre primero la cámara donde se guardaba la antimateria?

—¿Acaso sigue allí el artefacto?

—No, claro que no. Aunque su módulo de estabilización permanece intacto.

—Si permanece intacto no me sirve. Quien cometió el robo traía el suyo propio. ¿Encontrasteis manchas de sangre, tejido o pelo alrededor de ese módulo? ¿Algo que podamos contrastar en la base de datos?

—No, Señor.

—Entonces ir a esa cámara me es tan interesante como bailar un tango con vuestro dron.

Orlando tragó saliva y su rostro enrojeció, aunque no pudo apreciarse bajo la penumbra del pasillo.

—Claro, Señor. Le llevaré primero a la plataforma de los conductos de expulsión —obedeció, y giró a la derecha en la siguiente bifurcación.

Tras subir unas escaleras y andar por un pasillo más ancho y caluroso que el anterior, se toparon al final del recorrido con una puerta hermética que Orlando abrió girando su cerradura de reloj. Entraron en una antesala que olía a metal quemado. A Jacob le llamaron la atención los trajes aislantes de aluminio con máscara polarizada que había colgados en unas vitrinas puestas en fila. Otra compuerta con el símbolo de peligro térmico permanecía cerrada al otro lado de la estancia, desde donde llegaba un zumbido constante y aturdidor.

—¿Tenemos que meternos en estos trajes? —señaló Jacob con tono incómodo.

—Así es. Escoja uno y póngaselo, por favor —solicitó Orlando, elevando la voz para que pudiera oírle, al tiempo que descolgaba otro traje para él.

A Jacob no le gustó la idea, pero lo hizo. Aún no había pisado la plataforma de los conductos de expulsión, pero nada más sellar su traje empezó a intuir por qué el joven soldado aseguraba que era imposible que cualquier humano hubiese podido acceder por allí.

—¿Puede oírme? —la voz del muchacho sonó a través del intercomunicador de su máscara. Jacob presionó con el dedo el lateral de la capucha integral, justo en la zona del oído.

—Alto y claro.

—Ahí adentro, el aire radiactivo es expulsado de forma violenta a través de los túneles, por lo que va a hacer mucho calor. No es aconsejable que nos quedemos más de cinco minutos. Ni siquiera con la protección del traje.

Jacob levantó el pulgar para indicarle que estaba conforme. Orlando asintió, abrió la segunda compuerta y una súbita oleada de viento cálido les golpeó. Le hizo un gesto con la mano para que pasara rápido y así poder cerrarla de nuevo. Una vez cruzó al otro lado, el mercenario se detuvo de golpe, sorprendido, jamás había visto nada similar. No se podía ir más allá de la reducida plataforma elevada en la que estaban. Se acercó a paso lento hasta la barandilla y apoyó instintivamente las manos en ella, sobrecogido. La cámara era alargada, cilíndrica e inmensa, cruzaba frente a ellos de izquierda a derecha como un túnel de metro a gran escala. Ante sus ojos, nacido de la gigantesca hélice que giraba a toda velocidad en el extremo izquierdo, corría un chorro imponente de viento rojizo y amarillo que iba a parar al punto opuesto de la sala y se repartía a través de las bocas de cuatro conductos de menor tamaño. Miró arriba. Esparcidos por el techo, y protegidos de las fuertes ráfagas, había armazones de tungsteno con sensores de calor que emitían corrientes fotovoltaicas debido a las espontaneas sobrecargas eléctricas. El ruido de los motores y el viento era total, lo inundaba todo como el rugido colosal de un tsunami. Jacob apenas pudo oír las explicaciones del soldado a través del intercomunicador, pese a que este se colocó a su lado.

—Para generar la antimateria de las naves Arca aprovechábamos la energía térmica proveniente del núcleo externo de la Tierra, gracias a su campo geomagnético la producción en masa era posible. Luego utilizábamos energía nuclear para ocasionar reacciones de impulso y mantener estable todo el sistema de estructuras. El problema actual es que, pese a que la producción de antimateria ha terminado, no podemos apagar el reactor nuclear sin más, así que los residuos atómicos y térmicos siguen siendo expulsados al exterior en forma de plasma y gas hipercaliente.

—No he entendido una sola palabra de lo que me has dicho —exclamó Jacob bajo su máscara, y señaló los cuatro conductos más pequeños por donde se repartían los gases, en el extremo derecho de la estancia—. ¿A dónde llevan esas canalizaciones?

—Es una obra de ingeniería sin precedentes creada hace veinte años, los conductos atraviesan el submundo y van a parar a distintos puntos del continente, el más cercano se encuentra en los extrarradios de la abandonada Detroit.

—¡Repite eso! —volvió a presionarse el oído. No estaba seguro de haberle entendido bien.

—Digo que la zona de fuga más cercana se encuentra en las afueras de la antigua ciudad de Detroit, a cuarenta kilómetros de aquí. Por eso es imposible que nadie haya podido atravesar tanta distancia por estos túneles. Son cien por cien mortales.

Detroit… la sombría metrópoli en la que él creció. Ahora convertida en un cementerio de hormigón y huesos. Jamás había tenido constancia de esas extracciones, aunque sus recuerdos de esa época eran difusos. La gente moría sin más, sí: algunos se desplomaban sobre la acera de repente, como si algo les hubiera quemado por dentro, pero siempre decían que era debido a la fiebre roja. Ahora aquellas muertes cobraban un renovado sentido… Jacob devolvió la vista al poderoso chorro de energía, cuyos destellos bailaban frenéticos frente al panel reflectante de su visera. Ciertamente, era un espectáculo estremecedor.

—¿Nunca se ha detenido la emisión de residuos? ¿Aunque sean minutos? —preguntó.

Orlando negó con la cabeza.

—De ninguna manera. Como le digo, el reactor fue diseñado para aprovechar y canalizar la energía directa que proviene del interior de la Tierra, si lo parásemos ahora podrían desencadenarse consecuencias devastadoras.

—¿Cómo de devastadoras?

—Digamos que Paradise Route no tendría que esperar a la llegada de la estrella de neutrones para desaparecer del mapa. Toda esta cantidad de energía seguiría saliendo por algún lado, pero ya no sería de manera controlada, ¿entiende?

Jacob asintió. En ese momento se fijó en que la entrada de uno de los cuatro sub-conductos dejó de absorber gas de repente. El volumen que le tocaría extraer se repartió de forma automática entre los otros tres.

—¿Qué demonios ha sido eso? —señaló.

—No se preocupe, es algo normal —aseguró—. También quería hablarle de ello. Cada quince minutos, de forma rotativa uno de los cuatro canales de distribución deja de aspirar residuos durante ciento setenta segundos. De esta forma se evita que se sobrecalienten, lo que podría provocar daños irreparables a lo largo de su recorrido.

—Ciento setenta segundos es mucho tiempo —apuntó Jacob.

—Pero no el suficiente como para cruzar cuarenta kilómetros.

El mercenario se quedó pensativo. Pronto se dio cuenta de que estaba empezando a sudar en el interior del traje. No llevaban más de cuatro minutos en aquella plataforma y la tela revestida de aluminio ya se había calentado hasta el punto de adherírsele en la piel.

—Está bien —voceó—. Necesitaría tener acceso a los planos completos de esos conductos, por dónde pasan y en qué punto exacto desembocan. También quiero un informe de la actividad de este chisme durante la última semana: cada segundo de los ciento setenta que esos canales paran la extracción es importante. Así como cualquier suceso poco habitual que haya podido tener lugar aquí. Si se le ha caído a algún operario de mantenimiento una simple llave inglesa en el fondo de esta sala quiero saberlo, ¿entendido?

—Cuente con ello. Aunque me llevará como mínimo veinticuatro horas conseguírselo todo.

—Que sean doce —objetó. Su competencia, aunque siguiera sendas distintas de investigación, no iba a perder tanto tiempo—. Y ahora salgamos de aquí y veamos esas grabaciones de seguridad. Se me está friendo el culo aquí adentro.

—Con el debido respeto, señor, pero ya se lo avisé.

Dieron media vuelta y, con pesados movimientos propios del traje aislante, cruzaron de nuevo la puerta hermética y abandonaron la plataforma.

5

La sala de control del CENT se encontraba en el ala sur de la misma planta. Liberados ya de sus trajes, se dirigieron hacia allí. Jacob se preguntó cuál sería el motivo de que hubieran construido un complejo subterráneo con pasillos tan largos y con tantos cruces. A ambos lados de las paredes había varios laboratorios a oscuras con interiores de siluetas extrañas; a saber qué clase de experimentos se llevaban a cabo en ellos. Cuando entraron en la sala de control encontraron a otro vigilante armado haciendo la guardia. Permanecía sentado frente a un panel de mandos central con múltiples monitores, terminando de comerse un muslo de carne de apariencia inclasificable que rezumaba grasa por todas partes. Al verles alzó la vista, se chupó los dedos índice y pulgar y eructó.

—Rob, necesito que nos dejes la sala y hagas ruta en los pasillos —le pidió Orlando.

—¿Por qué? —lo desafió este, que dio otro mordisco a su desayuno, sin prisa alguna—. ¿Y quién es el tipo duro?

Orlando miró al mercenario, que reflejaba la viva imagen de la calma antes de la tormenta.

—No puedo decírtelo. Es confidencial.

—Pues a mí nadie me ha informado de nada —al hablar expulsó pedacitos minúsculos de comida—. Así que me quedo aquí.

Jacob acostumbraba a perder la paciencia muy rápido en ese tipo de situaciones. Taladró con la mirada a Rob.

—Ahora lo entiendo… —comentó.

—¿Entiendes el qué? —soltó Rob con una mueca apática, sin dejar de masticar.

—Con holgazanes como tú vigilando no me extraña que os hayan robado… —dijo.

Rob, ofendido, dejó con un movimiento pausado el muslo de pollo sobre la mesa y se levantó sacando pecho.

—¿Cómo has dicho? —pronunció con chulería.

Jacob no permitió que la cosa fuera a más y le mostró su pase de máximo nivel.

—¿Ves esto? —masculló serio—. Pone: Largo.

Rob lo leyó, tragó saliva y apretó la mandíbula. Miró a Orlando, tal vez en busca de ayuda o de un simple gesto cómplice, pero su compañero permaneció impasible, aprobando por completo la actitud del mercenario.

Jacob se reafirmó con un breve gesto de cabeza señalando la puerta.

—De acuerdo… —terminó aceptando Rob con un ademán de calma con las manos—. De acuerdo. Ya me voy.

Recogió sus cosas en silencio y los dejó a solas en la estancia.

—Pensé que iba a dispararle si seguía negándose —bromeó Orlando cuando su compañero se hubo marchado.

Jacob se colocó frente al cuadro de monitores y estudió las quince pantallas enumeradas que emitían imágenes oscilantes de distintas partes del CENT.

—Probablemente lo habría hecho —musitó indiferente, y luego dijo—. ¿Cómo accedo a las grabaciones de ayer durante los minutos en los que se produjo el robo?

Orlando respiró hondo. Parecía deseoso de terminar con todo eso.

—Las tengo aquí —sacó del bolsillo de su pecho un holodisco que introdujo en una rendija superior del panel de control—. Solo recopilé las grabaciones. No las he visto. Me ordenaron que fuera usted el primero en echarles un vistazo. Si lo prefiere puedo marcharme y dejarlo a solas.

—No… —desestimó— No, quédate. Soy un verdadero desastre con este tipo de aparatos.

—Como quiera —aceptó mientras se cargaban los datos—. En este holodisco se encuentran las grabaciones de todos los lugares vigilados del complejo durante los diez minutos anteriores y posteriores a que la cámara móvil de la sala donde se ubicaba la antimateria enfocara su módulo vacío.

Jacob no dijo nada. Tan solo esperó concentrado, con una mano tocándose el mentón, a que las reproducciones empezaran.

Las imágenes en alta definición fueron apareciendo una a una; de la entrada exterior del complejo, del elevador con el dron vigilando, de los pasillos, de algunos laboratorios, de la zona del reactor con los operarios trabajando, y también de la habitación aislada donde se guardaba la antimateria. En un principio no se apreciaba nada anormal. Todo seguía su curso, salvo una cosa.

—No veo imágenes de la sala de ventilación térmica.

—No tenemos cámaras allí, se chamuscarían en cuestión de minutos.

El mercenario le dedicó una mirada de incredulidad. No podía creer lo que acababa de oír.

—¿Fuisteis capaces de construir un conducto que comunicara con el centro de la Tierra y no pudisteis diseñar un sistema de vigilancia resistente al calor? ¿Me tomas el pelo?

Orlando se encogió de hombros.

—Esa sala está llena de sensores de tungsteno que nos indican todo lo que necesitamos saber. Nunca consideramos necesario instalar una cámara tan especial allí.

Jacob negó con la cabeza.

—Sin duda, un craso error —dictaminó. Luego se fijó en la imagen móvil de la sala del artefacto, tenía el número nueve en una esquina. Su recorrido iba desde la puerta del habitáculo hasta el módulo con el brillante artefacto de antimateria dentro, en la otra punta. Se detenía un tiempo en cada lado—. ¿Cuánto tarda en hacer el circuito entero la cámara nueve? —señaló.

—Unos cincuenta segundos.

Únicamente cincuenta segundos… Jacob frunció el ceño. ¿Quién sería capaz de entrar en esa sala, sortear con precisión el ángulo de la filmación, extraer de forma segura el artefacto de su módulo y volver a las sombras en tan solo cincuenta segundos? Como mínimo, daba respeto pensar en alguien con ese grado de habilidad.

Los minutos pasaron sin cambios, pero la expectación de ambos incrementó. Hasta que, de pronto, y como por arte de magia, la cámara nueve regresó de su recorrido y enfocó el módulo del artefacto vacío.

—¡Ahí! —señaló Jacob.

Orlando también acercó el rostro a la pantalla. La antimateria había desaparecido sin más.

—Sí… —se asombró el joven—. ¿Cómo lo hizo?

—Se lo preguntaré al responsable cuando lo coja... Las doce y seis minutos —mencionó a continuación—: media hora más tarde de la explosión en el Capitolio. El momento exacto del robo. Es necesario saber cuál fue el primer subconducto en detenerse después de ese intervalo de tiempo.

—Sí, Señor.

A Jacob le pareció entonces apreciar una sombra que se movía en una de las cámaras de los pasillos, al otro lado del panel. Puso en seguida su atención en ella, pero ya se había esfumado.

—¡Espera! —saltó— La cámara catorce. Retrocédela.

—¿Cuánto tiempo?

—Diez segundos.

El soldado hizo lo que le pedía a través de los comandos. Por fin se le veía ansioso por ayudar.

—¡Congela la imagen! —Jacob le dio la instrucción en el instante preciso en que se vio brevemente a una persona correr delante de la cámara. El mercenario ladeó la cabeza para tratar de reconocerle, pero el ladrón, de complexión fuerte, llevaba puesta una capucha oscura y no se le veía bien el rostro—. ¿Puedes aumentar el plano de su cara y añadirle definición? Sube también el brillo y ajusta el contraste.

Orlando asintió y maniobró los controles a toda velocidad. A medida que la imagen se agrandaba y se hacía más nítida, el fulgor en los ojos de Jacob fue en aumento.

Pronto serás mío… pensó, mordiéndose el labio hasta el punto de notar un ligero dolor. Siempre experimentaba esa clase de excitación en el verdadero momento en que daba inicio la caza, cuando estaba a punto de conocer la identidad de su futura presa.

La cara del ladrón terminó de cobrar nitidez. Lo que sucedió a continuación fue algo tan extraño que durante unos segundos, ninguno de los dos supo cómo reaccionar.

El soldado giró la cabeza, pálido, y lo miró como si no entendiera nada.

—¿Señor? —pronunció casi con miedo. Necesitaba una respuesta.

—Pero qué cojones… —Jacob contrajo la expresión, enfatizando su sensación de absoluto desconcierto. El rostro del hombre que corría por ese pasillo con el artefacto en las manos era, sin lugar a dudas, el suyo.

6

Orlando retrocedió un paso de manera instintiva al tiempo que desenfundaba su pistola y apuntaba a Jacob.

—¡Deja tu arma en el suelo y pon las manos sobre la cabeza, mercenario! —masticó esa última palabra. El respeto ya no era necesario.

—Oye… —Jacob solicitó calma con una mano—. No sé qué ha pasado aquí, pero está claro que tiene que haber una explicación. Ese de la imagen no soy yo.

—¡Y una mierda! —gritó. El pulso le temblaba—. ¡Yo lo he visto bastante claro! Haz lo que te digo o tendré que disparar. Que-quedas arrestado por un delito de alta traición… —tartamudeó.

Jacob apretó la mandíbula, dio un paso al frente, lo que provocó que el soldado retrocediera otro.

—Te sugiero que no hagas nada de lo que te vayas a arrepentir. Dime, ¿quién más ha tenido acceso a esas grabaciones…? —pronunció serio. No sabía qué clase de farsa era esa, ni quién andaba detrás, pero pensaba averiguarlo.

—¡Cállate! —Orlando sudaba, hecho un amasijo de nervios—. ¡Pon las manos por encima de la cabeza! ¡No lo repetiré!

—Deja de apuntarme, muchacho…

—¡He dicho que te calles, traidor! —quitó el seguro del arma, pero no le dio tiempo a hacer nada más.

Con un movimiento estudiado, Jacob apartó la pistola de un manotazo, que se disparó sin querer y la bala se incrustó en una pared. Empezó un severo forcejeó de agarres en el que el soldado intentó propinar varios puñetazos al estómago de Jacob, pero este los encajó bien y en cuanto tuvo oportunidad lo separó un poco y le dio un cabezazo en plena frente. Orlando sangró y se tambaleó, se palpó la herida y quiso arremeter de nuevo contra él.

—Valiente necio… —masculló Jacob, que no tuvo más remedio que usar su destreza para bloquearlo, agarrarle por el brazo y torcérselo con brusquedad. El joven soldado lanzó un alarido de dolor cuando un fuerte crujido indicó rotura, y acto seguido fue reducido al suelo. Jacob le extrajo una bota y un calcetín y le taponó la boca con él. Sacó una brida para esposar que siempre llevaba en su cinturón y le ató la otra mano al tobillo. Gruñó y maldijo por dentro cuando se apartó y lo dejó retorciéndose en el suelo, más por lo que soldado le había obligado a hacer que por haber visto de forma inexplicable su propio rostro en la pantalla.

Se quitó un segundo el sombrero y se pasó una mano nerviosa por el pelo. Necesitaba pensar. Apoyó ambos puños sobre el panel de control y observó de nuevo la imagen de aquel farsante, tratando de encontrar una explicación. Pero no la había. Y él debía moverse. Extrajo de la ranura del cuadro de mandos el holodisco que contenía las grabaciones. Se lo guardó en el bolsillo y acercó la boca a la oreja del dolorido Orlando, que tenía los ojos inyectados en sangre—. Sé que piensas que te van a llevar en la última Arca si haces bien tu trabajo, pero créeme, no lo harán. No les debes nada… —se calló un instante y dijo—. Soy inocente…

Se alejó de él y salió por la puerta.

De vuelta a los pasillos trató de hacer memoria del recorrido. Le iba a resultar difícil porque en esos momentos no era capaz de razonar con claridad. Todo él se encontraba en un estado cercano al shock. No terminaba de creerse lo que había visto allí adentro. Mientras nadie descubriera al joven soldado contrayéndose sobre el suelo de la sala de control tendría una oportunidad de salir de una pieza del complejo. Torció por varias esquinas al azar hasta que reconoció un laboratorio oscuro por el que habían pasado antes. Iba por buen camino. Siguió recto, a paso rápido, pero tuvo que aminorar cuando vio una linterna y escuchó unas pisadas acercándose en la oscuridad. Era Rob, que hacía su ruta a desgana por los pasillos. Al verle solo, el vigilante se extrañó.

—¿Y Orlando? —le preguntó.

Jacob intentó aparentar que todo iba bien.

—Se ha ofrecido a acompañarme hasta la salida, pero le ha entrado una llamada urgente a su busca y le han ordenado que mirara unos informes. Le he dicho que no hacía falta que viniera conmigo —chasqueó los dedos, como si de pronto se acordara de algo—. Y otra cosa… Me ha comentado que si te veía te pidiera que fueras a echar un vistazo a la zona del reactor. Hemos estado repasando las imágenes de las cámaras y parece ser que un operario no está en su puesto de trabajo.

A Rob no acabó de cuadrarle todo aquello.

—Vengo de allí. Todo está orden —dudó.

Jacob hizo una mueca de circunstancias y se le acercó para hablarle más flojo.

—Eh… —le susurró—. Yo te cuento lo que hemos visto, tú haz lo que quieras. Lo mío tan solo fue un papel, pero Orlando se molestó mucho contigo antes. Dice que va a dar parte de tu comportamiento a vuestros supervisores.

—¿Eso ha dicho? —aquello pareció preocuparle.

—Me temo que sí —asintió, fingiendo empatía—.Yo de ti no le provocaría más. Es mejor que vuelvas ahí abajo, eches un vistazo para asegurarte de que todo está bien y luego regreses y le informes.

Rob achinó los ojos. No terminaba de fiarse.

—¿Cómo sé que no me mientes? Orlando y yo no nos llevamos mal. Dudo que hiciera nada que pudiera perjudicarme. Tampoco es lógico que no te haya acompañado hasta la salida.

Jacob respiró hondo, paciente.

—Mira, allá tú si prefieres jugártela. Has visto mi pase. Ahora mismo represento la ley, ¿por qué te iba a mentir? Ni que le hubiera dado una paliza y lo hubiera amordazado en el suelo, hombre.

Rob lanzó una sonrisilla nerviosa solo de imaginarse lo absurdo de la escena, que terminó en una pequeña carcajada de ambos. Una más fingida que otra.

—Está bien —aceptó—. Volveré al reactor y echaré otro vistazo.

—Eso es —le guiñó un ojo, le dio una palmada en el hombro y se alejó de él—. Que tengas un gran día.

—Eh, lo mismo le digo —respondió agradecido mientras el mercenario se iba.

En la siguiente esquina, la falsa sonrisa se le esfumó de la cara y Jacob volvió a acelerar el paso. Como no encontrara ese ascensor rápido iba a tener que utilizar algo más afilado que su ingenio para salir de allí. Le resultó difícil quitarse de la cabeza la imagen de su rostro en la pantalla número catorce, aunque se obligó a hacerlo. Pensó que ya tendría tiempo para sacar conclusiones una vez escapara del CENT, llamara a Fergus y le contara lo ocurrido. El profeta le creería y le ayudaría a demostrar que todo aquello solo se trataba de una farsa muy bien elaborada. Jacob se encontraba en su apartamento cuando tuvo lugar el robo. Fergus podría dar fe de ello. A partir de ahí, daría con el impostor, o con los verdaderos responsables, y todo se solucionaría.

El tiempo que tardó en encontrar el elevador se le hizo eterno. Y como no podía ser de otra manera, sobre la espaciosa plataforma de ascenso aguardaba el dron, eterno vigilante del acceso al complejo.

—Iniciando protocolo de análisis. Deténgase, por favor —el robot se despertó de golpe a su llegada.

Jacob soltó un exabrupto en voz baja, pero no tuvo más remedio que acceder y colocarse en posición.

Todo pareció suceder con una terrible lentitud a su alrededor. Aquel condenado escáner que brillaba de lado a lado estaba tardando demasiado en finalizar. ¿Cuánto tiempo faltaría para que Rob se diera cuenta del engaño, volviera corriendo a la sala de control, encontrara al desquiciado Orlando en el suelo y pulsara el botón de alarma? No mucho más.

El ojo artificial del dron parpadeó de color verde.

—Varón de clase mercenario, pase de seguridad de nivel alfa: acceso temporal autorizado —el chequeo terminó. Sin embargo, el TK-IV se quedó quieto y nada significativo ocurrió después. ¿Algún problema? Cuando Jacob ya empezaba a prepararse para lo peor la voz electrónica volvió a activarse—. Su respiración y ritmo cardíaco denotan un estado de desasosiego. Le sugiero que trate de bajar sus pulsaciones y se tranquilice. Que tenga un gran día.

El dron rotó la esfera de su cabeza hacia arriba ciento ochenta grados y el elevador empezó a ascender con lentitud; hombre y máquina separados por un metro. Jacob expulsó el aire por la nariz. Lo había estado conteniendo en sus pulmones; notaba las palpitaciones de sus sienes… Echó la vista arriba. Ese ruidoso chisme tardaría en llegar a la superficie, se dijo. Volvió a mirar al dron. Cualquier enfrentamiento fortuito que tuviera de ahora en adelante no haría más que complicarle las cosas de cara a su futura defensa. Y eso en el mejor de los casos…

El elevador acabó su recorrido sin complicaciones y se transformó de nuevo en el suelo del búnker, una grata sorpresa que no duró demasiado. Fue al dar un paso en dirección a la salida cuando ocurrió lo que más temía: una potente sirena de alarma retumbó por las paredes y ya no dejó de hacerlo.

—Joder… —se desesperó. Rob era rápido.

Como toda acción que conlleva una reacción, el dron, todavía de espaldas a él, activó sus fusiles. Jacob decidió anticiparse y jugársela al todo o nada: dio una voltereta al tiempo que la mortífera máquina en modo de ataque rotaba para encarársele. Pudo esquivar por los pelos la ráfaga letal de disparos que agujerearon la pared, no sin que uno le rasgara el muslo derecho y le hiciera sangrar. No obstante, al rodar por el suelo se quedó en una posición ventajosa, detrás de la esfera del robot. No tendría otra oportunidad como aquella. Desenfundó veloz su revólver, que ya estaba ajustado al máximo de su potencia, y apuntó con certeza a la placa cuadrada que se disimulaba en el extremo inferior de la cabeza. El tremendo cañonazo hizo saltar algunas piezas y crujir los circuitos del TK-IV, que pareció enojarse y comenzó a disparar sin control y a emitir sonidos ininteligibles. Jacob, sin saber bien qué demonios se hacía, se abalanzó sobre el dron y metió el brazo en la cavidad resultante, entre sacudidas y disparos aleatorios; agarró tantos cables, hierros y chips cibernéticos como le cupieron en la mano y tiró hacia afuera con todas sus fuerzas, acompañándose de un grito desgarrador. Un chorro aceitoso de color negro le salpicó en todo el rostro.

Algo crucial debió de estropearse en el interior de la máquina. Su ojo rojo empezó a parpadear y sus piernas robóticas flaquearon. Jacob se apartó de él como un cangrejo y se frotó la sustancia viscosa de los ojos para poder ver.

—Que tenga… —balbuceó el dron—. Que tenga… un gran... un gran… día —su voz electrónica se apagó al tiempo que su alma artificial moría entre chispazos y espasmos. Se desplomó sobre el suelo con un gran impacto sonoro y ya no se movió. Un objeto inútil, chatarra de desguace.

La alarma siguió sonando, pero Jacob se tomó un breve instante para recuperar el aliento. Aquello le había cabreado de verdad. Exhausto, se puso en pie, introdujo la combinación que había memorizado a su llegada y abrió la puerta que daba al exterior de un empujón. El sol le dio en la cara manchada por el líquido negro. Caminó cojeando hacia el quad.

—¿Que tenga un gran día …? —escupió al suelo los restos del aceite que aún le quedaba en la boca. La pierna le estaba empezando a doler bastante—. Será cabrón.

Se puso el casco, se montó en el vehículo y tomó rumbo a Paradise Route.

Menudo primer encargo después de un tiempo retirado. Desde ese preciso instante, se dijo, el tiempo de las formalidades y de los buenos modales acababa de irse al maldito infierno.

7

Querido ciudadano, ¿te sientes solo? ¿Todos tus parientes y conocidos te esperan ya en Épsilon? Encuentra ese amigo especial que necesitas en el robot social Poli-bot. El único que es capaz de mantener una conversación fluida y real gracias a su vocabulario almacenado de más de quince mil palabras. Pide tu robot social Poli-bot y te lo entregaremos en menos de cuarenta y ocho horas. A partir de ahora, podrás beber acompañado”.

Detuvo el vehículo antes de llegar a la barricada de la frontera, a la sombra de una pequeña colina de arena y escombros. La pierna ya le sangraba de forma escandalosa, así que se bajó del quad y se la examinó con cuidado. A su juicio, la herida no resultó ser demasiado severa. El tajo en el muslo era poco más que superficial, de unos diez centímetros de largo. Nada que no pudiera solucionar con unos cuantos puntos y desinfectante… siempre que no tardara demasiado. Por el momento, y aunque le fastidió tener que estropear su ropa, se rasgó con el cuchillo una tira de tela de su chaleco y se aplicó un torniquete por encima de la rodilla. El verdadero problema era que tenía gran parte del pantalón manchado de rojo y eso llamaría la atención a los guardias de la frontera. Pensó que ya se le ocurriría algo. Lo primero que debía hacer a continuación era llamar a Fergus. Cogió un discreto transmisor de su cinturón, cuya onda de alcance solo cubría el perímetro de Paradise Route, y marcó el botón de comunicación directa con el profeta.

Tan solo hizo falta un tono.

—¿Jacob? —Este se apresuró a contestar—. Jacob, ¿dónde estás?

—Fergus, ha surgido un problema —fue lo primero que se le ocurrió decir.

—¡¿Un problema?! —se exaltó—. Me acaban de informar de que has agredido a un vigilante de seguridad y de que te has cargado al maldito dron que custodia el acceso al complejo. ¡¿A eso lo llamas un problema?! ¡Yo diría que más bien es una jodida declaración de guerra! He escuchado cosas que, por mi madre, prefiero no creer; prefiero… —buscó la palabra adecuada— prefiero pensar que dentro de poco despertaré de una de esas pesadillas surrealistas que me atormentan cuando tomo demasiados somníferos. Así que dime que no es cierto, Jacob. Dime que lo que nos están contando desde el CENT es una especie de broma de mal gusto o algo así, porque si no estamos acabados, ¿vale? Tú y yo.

—Tienes que creerme, yo no fui —aseguró, más sereno de lo que esperaba—. No pude convencer al vigilante, como tampoco puedo demostrártelo ahora mismo, pero consígueme tiempo… —se calló un instante—. Necesito desaparecer unos días. Encontraré al verdadero responsable.

—Que me partan los nervios de un porrazo, Jacob. ¡Todo el mundo va a creer que has sido tú!

—¿Y tú qué crees? —dijo serio.

—¿Qué más da lo que yo crea? ¿Piensas que tengo la suficiente influencia como para frenar y encubrir todo esto? —habló más flojito, como si temiera que alguien de su alrededor lo oyera—. ¿Pero acaso eres consciente de hasta qué punto la has cagado? En una hora saldrás en la puñetera Nube como el hombre más buscado de Paradise Route. Van a mostrar la imagen de tu cara en todos los holopaneles de la ciudad. ¡El resto de cazadores de recompensas se van a frotar las manos en cuanto pongan precio a tu cabeza!

—Me conoces desde hace años. Sabes que soy de fiar. Nunca te he dado motivos para que sospeches nada. Me han tendido una trampa: alguien se ha hecho pasar por mí para cometer este robo y pienso encontrarle.

—Mira, te aprecio, Jacob, de verdad. Pero está claro que no podré ayudarte si no me dices dónde demonios estás. Necesito que me expliques con todo detalle lo que ha ocurrido allí adentro y después, ya veremos. Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano… —se le escuchó suspirar—, aunque no sé si eso será suficiente.

Ambos enmudecieron unos segundos.

—Podemos vernos frente a la fuente del Goliat, cerca de la estación este —sugirió el mercenario.

—Sé dónde está. ¿Cuándo?

—En una hora, quizá un poco más. Consígueme al menos ese tiempo antes de que se haga público. Es lo único que te pido.

—Veré qué puedo hacer. ¿Dónde estás ahora? —insistió.

—¿Acaso eso importa?

—Jacob, no puedo fiarme de ti si tú no confías en mí. ¿Pero qué te pasa, eh?

—Me encuentro cerca de la frontera —dijo tras pensarlo—. Cogeré el monorraíl de la estación oeste.

—Está bien. ¿Prefieres que mande a alguien de confianza a buscarte?

—No —repuso rotundo—. Nos vemos en la fuente del Goliat en una hora. Ven solo. Hasta entonces, Fergus —colgó el transmisor y se lo guardó en el cinturón.

Volvió a palparse la herida. Mierda, cómo escocía; imaginó que tenía una venda impregnada de alcohol y ardiendo en llamas de un rojo intenso alrededor de ella.

Tendría que ser muy cauto en cada uno de sus próximos movimientos. En Paradise Route, la clave del éxito no residía en rodearte de la gente poderosa, si no en confiar en la gente adecuada. Con los años, afinar la intuición para ese tipo de cosas resultaba cada vez más complicado. Dio una vuelta alrededor del quad para estudiarlo, taciturno. Si estropear su chaleco le supo mal, lo que pensaba hacer a continuación lo encontró de mal gusto. Extrajo la llave del vehículo y agarró el manillar con ambas manos. Pesaba una barbaridad, pero tiró de él con todas sus fuerzas hasta lograr que se inclinara y cayera de lado. El chasis lateral se abolló bajo su propio peso y el salpicadero y guardabarros delantero se quebraron con un fuerte chasquido y quedaron gravemente aplastados.

Jacob se quedó de pie, observando el vehículo volcado, y chasqueó el paladar.

—Una lástima… —dijo para sí mismo.

Echó a andar en dirección a la frontera. Tras rodear la pequeña colina de escombros llegó cojeando a la barricada, donde los guardias observaron desconcertados cómo se acercaba.

Si supieran algo ya le estarían apuntando, se dijo. Le lanzó al vuelo la llave del quad a uno de los vigilantes cuando pasó por su lado.

—Ese condenado vehículo casi me cuesta la vida; el manillar no estaba bien calibrado —dijo, sin dejar de andar—. He volcado a doscientos metros carretera abajo.

—¿Necesita que le llevemos hasta algún médico, Señor? —el vigilante tragó saliva al ver cómo le sangraba la pierna. Le caería una buena bronca por haberle ofrecido un quad estropeado a alguien con ese nivel de autorización.

—No os molestéis —rechazó Jacob con un movimiento de mano, mientras se alejaba en dirección a la estación oeste—. Sobreviviré.

Cuando llegó al apeadero el vagón ya estaba activo, a punto de partir; como en la anterior ocasión vacío de pasajeros. Entró y escogió un asiento cualquiera. Tras un par de minutos, una anciana con un bastón de madera y la cabeza cubierta por un fular negro también entró; con pasitos lentos lo pasó de largo y se sentó unas filas más atrás, donde se dispuso a mirar por la ventanilla, y así se quedó. Luego, el transporte arrancó con un chirrido pesado. Fue curioso, pero aquella vez ningún vigilante se subió en él. Jacob se extrañó y echó la vista atrás. Observó un instante a la mujer, que parecía no haberse percatado de ese hecho, absorta en lo suyo, y volvió a respaldarse en su asiento. El personal cada vez escaseaba más. Sería algo normal, supuso.

Ya debía de ser mediodía cuando el monorraíl pasó de vuelta por los Barrios Altos. El sol brillaba inclemente en el cielo y dentro del vagón empezó a hacer mucho calor. Jacob sudaba bajo la ropa, aunque no hizo nada para remediarlo; estaba acostumbrado a las altas temperaturas. Era extraño ver a alguien por la ciudad vistiendo con ropa ligera. Solo los enfermos lo hacían. Por culpa de la fiebre roja, la gente prefería pasar calor en virtud de tener la piel bien cubierta y protegida. Al mínimo contacto de una persona sana con el virus, tal como la salpicadura de una gota de sangre o el simple estornudo de un enfermo, resultaba mortal de necesidad.

Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando una voz senil le sacó de ellos:

—Disculpa —giró la cabeza y vio a la anciana de pie, junto a él. Con una mano sostenía una mascarilla con filtro de aire que de vez en cuando se acercaba a la boca para respirar mejor. Sus ojos llenos de cataratas le imploraron—. ¿Tendrías un crédito o dos? Me muero de hambre. Llevo días queriendo ir al este. Me he subido al monorraíl porque he visto que no había ningún vigilante… —quebró la voz por la desesperación hasta casi perder el habla—. Ni siquiera puedo costearme el trayecto.

Jacob se la quedó mirando, parecía muy desesperada, y asintió. Sacó de un bolsillo una ficha de cinco créditos y se la dio. No iba a volverse pobre por eso, y dada su situación actual era lo que menos le preocupaba. La anciana, agradecida, la tomó y se la guardó entre sus prendas de ropa. El mercenario volvió su atención a la ventanilla, sin decir nada; no quería compañía durante el viaje, aunque para su sorpresa, la mujer sí.

—Eres un buen hombre. Un caballero como quedan pocos. ¿Te importa si me siento a tu lado? —dijo al tiempo que lo hacía.

Jacob puso cara de circunstancias.

—Oiga, anciana, no pretendo ofenderla, pero no es un buen momento para mantener una conversación —trató de ser educado.

La mujer no le dio la suficiente importancia a su negativa.

—Sí que lo es, ¿acaso tienes algo mejor que hacer durante el resto del trayecto?

—Tengo demasiadas cosas en las que pensar…

—Por la forma en la que mirabas más allá de esa ventana juraría que pensabas en tus problemas —sugirió—. Y que no son pocos.

Jacob apretó los labios en una sonrisa desganada.

—¿Y quién no los tiene?

—El que no los busca —afirmó.

No le faltaba razón. Pero su oficio era el que era. No podía cambiar eso. Al igual que tampoco podía cambiar el hecho de que aquella pobre vagabunda quisiera hablar un rato. Podría hacer el esfuerzo. Después de todo, no había motivo para ser descortés.

—¿Por qué quiere ir al este? —preguntó, tras pensarlo un instante—. Es donde están los peores distritos. Su fortuna allí no va a mejorar.

A la mujer pareció iluminársele el semblante, encantada por el rumbo que estaba tomando la conversación. Se removió sobre su asiento y apoyó ambas manos en el cabezal de su bastón. Carraspeó.

—Bueno, verás… tengo una sobrina que podría acogerme en su apartamento. No es muy grande, pero cabemos las dos y eso es mucho mejor que dormir entre varios contenedores. Es la única familia que me queda en la Tierra.

—Usted no huele como si durmiera entre la basura.

—Joven… —lo miró levantando una ceja—. Que sea pobre y vieja no significa que no disponga de unos recursos mínimos. Sé dónde puedo ir a lavarme.

—Entiendo… —volvió la vista a la ventana—. No quería ser grosero. Siento si le ha molestado mi observación.

—Oh, en absoluto —rio de forma apagada, como un pajarito débil. A continuación se fijó en su herida de la pierna y, preocupada, exclamó—. Pero hombre, estás sangrando. Deberías ir a un médico en seguida para que te echara un vistazo.

—Estoy bien —repuso Jacob, que trató de taparse la zona con la mano—. Es solo un arañazo.

La mujer hundió las cejas.

—Pues es un arañazo muy grande.

—He dicho que estoy bien —este endureció el tono y clavó los ojos en ella.

—De acuerdo… vale… —bajó la cabeza—. Veo que ahora soy yo la que te he ofendido.

Jacob sintió una punzada de remordimiento… a decir verdad, muy leve. Pero tampoco había pretendido sonar tan rudo.

—No es culpa suya —se disculpó—, padezco de mal humor crónico.

—Bueno, es peor el reuma crónico, te lo aseguro —dijo, obviamente divertida, pero al ver que Jacob no decía nada más quiso llevar la conversación por otra senda—. Quizá… —prosiguió nerviosa—. Quizá te estarás preguntando dónde se encuentra el resto de mi familia…

—Lo cierto es que no —repuso el mercenario, a lo suyo.

¿Es que no iba a irse nunca?

—Me va bien hablar de ello, ¿sabes? Ya no recuerdo el tiempo que hace que no hablo con nadie… —su tono se volvió triste.

Pobre mujer, pesada lo era un rato. Jacob entornó los ojos hacia ella.

—Está bien… —aceptó al fin. ¿Por qué sentía lástima por una completa desconocida? Lo normal hubiese sido que no le importara un pimiento. Pero había algo en ella…—. Como ha dicho, el trayecto es largo —se cruzó de brazos—. Cuéntemelo si se va a sentir mejor.

La anciana se llevó la mascarilla filtrante a la boca y respiró profundo un par de veces al tiempo que asentía. Luego pareció que le costara arrancar, como si sus recuerdos fueran demasiado dolorosos y tuviera que reunir fuerzas para rescatarlos de algún lugar remoto de su memoria.

—Yo tenía marido y tres hijos —pronunció, nostálgica—. Partieron en la nave Arca número ocho, hace ya diecisiete años, cinco meses y veintitrés días. El más pequeño tendrá ahora tu edad —trató de sonreír—. Suponiendo que se haya adaptado bien a la vida en Épsilon...

—¿La dejaron aquí? —Jacob se extrañó—. ¿No se suponía que la familia directa tenía que embarcar siempre junta?

Ella negó con la cabeza.

—El nuestro fue uno de esos extraños casos de familia numerosa. Los módulos de cabina familiar de las primeras Arcas solo disponían de capacidad para cuatro personas, si íbamos cinco tenían que asignarnos dos cabinas, y las plazas eran muy limitadas. Cada palmo de la nave era importante. Así que cuando estábamos a punto de subir a las lanzaderas con nuestro equipaje, nos pararon y nos llevaron a una sala aparte, donde nos dieron a elegir: o bien uno de nosotros se quedaba en la Tierra, o bien los cinco lo haríamos. —Se encogió de hombros—. Amaba a mi familia más que a nada en el mundo, así que, sin pensarlo, di un paso al frente y les ofrecí ser yo.

—Es raro que no le dieran más solución que aquella —observó su pesadumbre—. En aquellos tiempos aún se hacían las cosas con cierta moralidad.

—Me tomaron los datos y me aseguraron que harían todo lo posible para que pudiera partir en la siguiente Arca —respondió, con la mirada perdida—. ¿De qué me sirvió?

—Pero… ¿cómo se lo tomó su esposo y sus tres hijos? —sin darse cuenta, empezó a interesarse.

—¿Que cómo se lo tomaron? —sus ojos se humedecieron—. No me dieron ni las gracias. Mientras me identificaban y me quitaban el pase, mi marido bajó la cabeza. No se despidió. Ni siquiera tuvo el valor de mirarme a los ojos cuando se subió a la cabina de la lanzadera por miedo a que yo cambiara de opinión en el último momento. Si lo desean, las madres tienen preferencia en casos así.

—¿Y por qué no lo hizo? ¿Por qué no ejerció el derecho preferente de ir usted?

La anciana cerró los párpados y exhaló el aire con pesar.

—Si ahora pudiera volver atrás sé que habría actuado de un modo muy distinto. No hay ni un solo día en que no me arrepienta de lo que hice: abandoné a mis hijos… Pero estaba tan enamorada de mi marido… Aunque no fue hasta después de ese día que me di cuenta de que él no lo estaba de mí.

Jacob se quedó meditabundo. Después de una historia así, cualquiera hubiese dicho que sus propios problemas carecían de importancia. Cualquiera menos él.

—Siento lo que le pasó. Es algo triste —eso sí lo admitió—. Es evidente que no pudo partir en las siguientes naves...

—Bueno, cuando mi familia se fue se llevaron con ellos todo el dinero que teníamos. Y yo me convertí en una sintecho, enfermé varias veces, así que mis posibilidades de futuro se desvanecieron. —Con una mano volvió a llevarse la mascarilla a la boca. La otra la mantuvo sobre el cabezal del bastón.

—Su sobrina… —comentó—. ¿Sabe que irá usted a visitarla?

—No… —contestó casi con miedo—. Y espero que me acepte en su apartamento. Hace años que no nos vemos, pero antes nos llevábamos bien.

Jacob echó un vistazo pausado al exterior para reconocer dónde estaban. No faltaba mucho para el fin del trayecto.

—Ya casi hemos llegado —dijo—. Si no tuviera asuntos importantes que no puedo posponer la acompañaría yo mismo a verla. Las calles del distrito este pueden ser muy peligrosas.

La mujer puso una expresión afable.

—No te preocupes, querido, aunque no lo parezca sé defenderme sola. Y ya has hecho mucho escuchando y ayudando a esta pobre vieja parlanchina —se mostró agradecida. Tenía la extraña fijación de deslizar constantemente la mano por el puño del bastón. Jacob se fijó en ese detalle: aunque en un principio le pareció de madera, no lo era, si no de alguna especie de metal pintado para simular dicho aspecto.

—Ya no se ven bastones como este —cambió de tema de pronto—. Apenas queda madera con la que hacerlos —la puso a prueba.

La anciana no esperaba esa súbita observación, aunque tampoco pareció importarle.

—Oh, sí… sin duda es el objeto de más valor que conservo. Sin él estaría perdida. Me lo fabricó un ebanista amigo mío antes de la caída de los últimos árboles. No sé qué habrá sido de ese hombre. Tenía buenas manos… robustas y expertas —rio. Estaba mintiendo. Puso los dedos sobre el cabezal en una determinada posición—. ¿Quieres verlo de cerca?

Fue en ese instante cuando Jacob, de manera disimulada, se llevó una mano al cuchillo que colgaba de su cinturón y se dispuso a desenfundarlo poco a poco.

—¿Por qué querría hacer eso?

—Pues porque siempre resulta interesante contemplar una buena reliquia del pasado —insistió y se lo acercó un poco más.

—Bueno, yo… —dijo Jacob, que de pronto se puso tenso al caer en la cuenta de quién era realmente aquella mujer—. Dime… ¿a cuántos has matado con él, Cuentacuentos?

Al oír ese apodo, la anciana cambió por completo la expresión. Una sonrisa perversa, sin apenas dientes, se dibujó en su rostro vil y arrugado, que ya nada tenía que ver con el de la vagabunda frágil e indefensa de hacía escasos segundos.

—A más de los que te imaginas, Jacob dos Balas —masculló. Rápida, se colocó la mascarilla, apretó el cabezal del bastón y una nube de gas salió disparada por un pequeño orificio en dirección al mercenario.

Este contuvo la respiración y trató de apartarse de la trayectoria del compuesto químico, aunque eso no evitó que una pequeña parte le entrara por las fosas nasales y la boca. La vista se le nubló al instante. La anciana vociferó desde su asiento y blandió de nuevo el bastón humeante para acercárselo más a la cara, pero él ya tenía su cuchillo preparado en la mano, así que, al tiempo que volvía a esquivar la vara, lanzó una estocada y se lo clavó en el pecho, en pleno corazón, dejando a la mujer anclada en el respaldo. Muerte fulminante. Jacob cayó de rodillas y se llevó una mano al cuello enrojecido, cuyas venas se le empezaron a hinchar como cables de acero. No pudo evitar toser de forma virulenta. En un santiamén, todo a su alrededor había quedado envuelto por una espesa nube mortal. No era capaz de pensar, solo de actuar por instinto. Buscó y agarró con una mano temblorosa la mascarilla de la asesina, que se la llevó como pudo a la boca, y aspiró hondo. La cabeza le dio vueltas y tuvo que alejarse de allí a rastras hasta llegar a la otra punta del vagón, donde apoyó la espalda en la pared y se quedó sentado en el suelo, respirando de forma profunda a través del sistema de filtrado. Había estado a punto de sufrir un shock anafiláctico. Fijó la vista en el cadáver cabizbajo de la mujer; su silueta se difuminaba bajo una bruma verdosa y compacta. Un rio de sangre le manchaba la ropa desde el cuchillo clavado en el pecho hasta la falda harapienta. La escena era una estampa de mal gusto, casi surrealista.

Celine Cuentacuentos… pensó jadeante. Los pulmones le ardían. Debí imaginarlo.

Reconocida en el oficio como una de las asesinas más antiguas y mortíferas de todos los tiempos. A lo largo de los años había encandilado a todas sus víctimas con multitud de historias cuya puesta en escena las convertía en tan creíbles como exquisitas. Teatralidad y engaño elevados al máximo nivel. Se había hecho pasar, entre otros roles, por maestra, doctora, vigilante, mutante, amante y prostituta de lujo en su juventud. Nadie sabía a ciencia cierta qué aspecto tenía dada la innumerable cantidad de veces que se había colocado injertos y operado el rostro. Se contaba que nunca buscó la recompensa del dinero, sino que disfrutaba tanto con lo que hacía que jamás quiso retirarse. Una sociópata en toda regla. Debió de encargarse también del vigilante antes de subirse al monorraíl.

Pero este, pedazo de arpía, se dijo Jacob mientras recobraba el aliento, ha sido el último capítulo de tu cuento.

Se levantó tambaleante, sin soltar la máscara, y se acercó hasta el cuerpo de Celine para recuperar el cuchillo, que extrajo sin miramientos de su esternón. Luego caminó hasta la puerta del vagón, donde aporreó con pesadez el interruptor de la parada de emergencia. En el exterior, un jardín de chispas brotó de los raíles, en fricción con la forzosa frenada de aquel tubo de metal de veinte toneladas. Cuando se detuvo por completo tan solo quedaban dos kilómetros de trayecto para llegar a la estación este. Jacob separó la doble puerta con las manos y bajó a la calle de un salto. Se encontraba frente a un paseo marginal con bazares de comida maloliente y tenduchas decrépitas.

Al fin aire libre.

Tiró de mala manera la máscara al suelo. Los transeúntes y comerciantes que deambulaban por la zona dejaron momentáneamente lo que estaban haciendo y lo observaron como si fuera un soldado que volviera de una guerra de la que no habían tenido constancia. Él los desafío a todos con la mirada, pero no vio a nadie conocido o que intuyera que pudiese acarrearle problemas. Echó a andar hacia el este, sucio, sangrando, malhumorado; la gente se apartó a su paso. Se acercaría con cuidado a la estación este a través de callejones y tejados. Supuso que le estarían esperando pero había algo que necesitaba comprobar con urgencia. Alguien había contratado a la Cuentacuentos para matarle, eso era evidente. Y solo una persona sabía dónde iba a estar él.

Su rostro se endureció a medida que la ira empezó a cabalgar con fuerza por sus venas.

Fergus… maldijo ese nombre en sus adentros.

8

La fuente del Goliat Minero se construyó décadas atrás en una plaza originalmente ajardinada en el límite oriental de la ciudad, en honor a los gloriosos tiempos en que los robots destinados a la obra extraían los recursos de la tierra con los que construir las Arcas. Sus servicios fueron muy reconocidos durante el siglo veintiuno. Por eso, tanto los civiles como el ejército, los adoraban. Se hizo publicidad de ellos en todas las ciudades para que las personas se concienciaran de la importantísima labor que realizaban. Allí donde el ser humano era incapaz de llegar; ya fuera a las sofocantes excavaciones en el manto de la Tierra, o a los abismos más fríos y oscuros del océano, lo hacían ellos. Incluso había algunos ciudadanos ricos que, dada la versatilidad de dichas máquinas, las adquirieron para tareas de índole más doméstica. El Goliat era el humanoide sintético de clase obrera perfecto; no necesitaba comer, no necesitaba descansar y por supuesto no necesitaba revisiones de mantenimiento al llevarse a cabo todas sus actualizaciones desde un mismo servidor central. Pero su red de microchips neurales, y eso es algo de lo que se dieron cuenta tarde, resultó ser muy fácil de piratear.

Un buen día, algo se vio modificado en el software interno de esos simpáticos y entregados robots, como si una consciencia colectiva les hubiera ordenado a todos a la vez que se volvieran homicidas. Como consecuencia tuvo lugar una única jornada teñida de sangre, conocida como «Día del Acero», donde las balas llovieron, las personas corrieron y el caos reinó en las zonas de extracción y en las calles de las metrópolis más importantes. Nunca se supo quién o quiénes fueron los hackers responsables de las miles de muertes de ciudadanos inocentes que se produjeron bajo el peso de aquellos robustos puños de hierro. Pero la reacción de las autoridades no se hizo esperar; tomaron la decisión drástica de lanzar un misil a la estratosfera y destruir el satélite que coordinaba y mantenía activos a todos los Goliats. Estos cayeron de repente como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos. Una vez convertidos en chatarra inmóvil, fueron retirados de la vía pública, desmontados por piezas y sus materiales fundidos y reaprovechados para otro tipo de tareas. Se rumoreaba que aún quedaban algunos Goliats inactivos e intactos repartidos por el mundo. Había testigos que aseguraban haber visto cuerpos enteros, dormidos, en los oscuros interiores de cuevas lejanas o en ciertos rincones del submundo.

La estatua del Goliat Minero era tan solo el exoesqueleto de dos metros y medio de altura, vacío de entrañas artificiales, de uno de ellos; con un brazo señalaba al cielo y con el otro a la tierra, recordando el verdadero motivo por el que fueron creados. Se erguía con orgullo sobre una fuente circular hecha de cemento que hacía años que ya no funcionaba. El agua que llenaba su base era la de la lluvia que cayó el día anterior, de tono mohoso y estancado.

Jacob la observó desde un callejón cercano, a la sombra de un portal de viviendas húmedo y con cucarachas en el suelo que tuvo que apartar más de una vez con el pie. No había nadie alrededor de la estatua. Tan solo dos cuervos que acostumbraban a posarse siempre sobre ella. No era la primera vez que los veía allí. Cabizbajo, se arriesgó y anduvo hasta la siguiente esquina, donde terminaba el callejón; se detuvo en el último palmo de sombra. Había perdido su sombrero en algún momento de todo aquel ajetreo… y lo peor era que no recordaba dónde. Unos pasos más adelante el calor del sol bañaba la pequeña plaza y la fuente. Aunque pareciera desierta, no debía arriesgarse a exponerse a plena luz. Sabía que podía haber tiradores apuntando desde cualquier ventana oscura y, en apariencia, deshabitada de los edificios colindantes. Asomó la cabeza con cuidado desde el saliente e intentó mirar a lo lejos. Más allá de la plaza quedaban los restos de unas casas bajas calcinadas. Inmediatamente después, se encontraba el apeadero de la estación del este. Y en efecto, allí estaban: Fergus y su séquito de matones, esperando la llegada del monorraíl. El profeta caminaba de un lado para otro del andén, nervioso. Con total seguridad se estaba preguntando por qué el transporte tardaba tanto en llegar; por qué no recibía ninguna noticia de Celine Cuentacuentos… Porque pronto descubrirás que le he dado el pasaporte, maldito traidor. Jacob no se dio cuenta de la fuerza con la que estaba apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas y le dolieron.

Cogió su transmisor y llamó…

Oyó cómo Fergus descolgaba y desde lejos lo vio llevarse el aparato a la oreja, pero durante unos segundos ninguno de los dos pronunció una sola palabra.

—Tu respiración es profunda, acelerada… —rompió el silencio Jacob—. Y desde aquí casi puedo ver cómo sudas. ¿Estás nervioso o simplemente demasiado obeso?

—¿A qué juegas, Jacob…? —el profeta miró en todas direcciones y les chasqueó los dedos a sus matones para que se dispersaran y buscaran al mercenario en las inmediaciones. Los hombres asintieron en silencio y se abrieron en abanico—. ¿Dónde estás?

—No te molestes en enviar a tus gorilas a por mí. Esta llamada será muy breve y voy a desaparecer con la misma rapidez. Solo tengo una pregunta que hacerte, y dependiendo de tu respuesta sabré si aún queda algo de sinceridad en esa lengua viperina que tienes… ¿Me estás cazando, Fergus? —increpó con una extraña calma.

Vio cómo el profeta sacaba su pañuelo y se limpiaba de forma inquieta el sudor de la frente.

—Será mejor que te entregues, mercenario. Ya es imparable: se va a hacer público. Yo… —Siguió haciendo señas a sus hombres, indicándoles la plaza. Trataba de ganar tiempo—. Todavía puedo ayudarte. Pero si te encuentra cualquier otro no se lo pensará dos veces antes de pegarte un tiro entre ceja y ceja.

—Si me encuentra cualquier otro, reza para que no sea de los tuyos —le advirtió—. Y Fergus… como descubra que estás detrás de todo este engaño, no habrá lugar, persona o dios que pueda protegerte de mí. Te buscaré, te encontraré y entonces te mataré. Aunque sea lo último que haga.

—Jacob… —pronunció el profeta intranquilo, pero este colgó el comunicador y lo dejó con la palabra en la boca.

Los matones ya se estaban acercando a la estatua. Si no se movía pronto descubrirían su posición. Efectuó un paso atrás, dio media vuelta y desapareció entre las sombras del callejón.

La pierna ya no le sangraba, pero la herida, esa venda de fuego palpitante, le quemaba en la piel. Si corría demasiado rápido existía el riesgo de que se le abriese más y dejara un rastro rojo a seguir. Recorrió las calles a un ligero trote, incluso tambaleándose y chocándose de vez en cuando con los muros y esquinas, hasta alejarse lo suficiente de los arrabales del este. Hubiese deseado más que nunca poder volver a su apartamento, aplicarse las curas pertinentes y descansar unas horas. Pero era el último sitio que su sentido común le aconsejaba pisar en aquellos momentos. Lo más seguro era que ya estuviera vigilado por varios cazadores de recompensas, y en breve enviarían a un dron cibernético para que no se moviera de allí hasta el fin de los tiempos si fuera necesario. Maldición, todo su dinero se encontraba en ese lugar. Sin embargo, decidió que no estaba de más asegurarse. Las sirenas de los vigilantes aún no retumbaban por las calles. Su rostro todavía no aparecía en los holopaneles informativos de las fachadas… pese a que no tardaría en hacerlo. Tenía que hacer algo al respecto.

Ya en el distrito central, cruzó una avenida diáfana por la que circulaban algunos vehículos y se metió por una callejuela en la acera opuesta. Había manchas de orina y sangre en el suelo. Un apuñalamiento reciente. Siguió recto hasta llegar a una casa de empeños que tenía carteles de neón centelleando a ambos lados: El Dirigible de Jev, rezaba el nombre del local. Conocía al dueño, se hacía llamar el Jodido Especulador Violento: Jev, para abreviar. Un tipo poco higiénico que perdía los nervios con facilidad y que cada vez que negociaba efectuaba un extraño tic con la nariz.

Tres moteros fumaban alguna clase de hierba tratada químicamente y custodiaban la entrada del establecimiento; pertenecían a la banda de los Espectros. Estos se reconocían con facilidad. Llevaban ropajes desgarrados y el rostro entero tatuado simulando una calavera. Jacob prefirió no prestarles atención al pasar por su lado para acceder al local, aunque ellos se lo quedaron mirando; uno incluso escupió al suelo, a pocos centímetros de su bota derecha. No les tenía miedo; no le infundían respeto, pero la mayoría de esa gente estaba mal de la cabeza, cualquier gesto que no les gustara se lo podían tomar como una provocación y lo último que necesitaba en esos momentos era enfrascarse en una nueva pelea o tiroteo.

—¡Jacob! —Jev, el dueño, extendió los brazos al verle entrar, como si tuviera la intención de abrazarle, pese a que se encontraba tras un mostrador protegido con rejas que dividía la tienda en dos. Llevaba una camisa hawaiana y varias cadenas de plata colgadas del cuello. Arrugó la nariz—. La hostia, estás hecho un verdadero asco.

—Yo también te quiero, Jev —el mercenario se detuvo frente a la reja, tamborileó con los dedos sobre el mostrador y ojeó con brevedad la tienda. Había todo tipo de mercancía: armas, joyas, aparatos electrónicos, la mayoría inservibles, herramientas de mil clases, objetos insólitos, libros y discos de música polvorientos. En una esquina de la repisa, en el lado de la clientela, una pantalla antigua permanecía apagada sobre una especie de teclado. Jacob señaló atrás con el pulgar por encima del hombro—. ¿No crees que tener a esos tres tipos frente a tu puerta puede ser contraproducente para el negocio?

—¿Por qué? —el dueño se extrañó—. ¿No te gustan?

Solo se le veía una mano sobre el tablón. La otra la tenía debajo, agarrando una recortada que apuntaba, a través de un pequeño orificio oculto, a las partes bajas de todo cliente. Por precaución, claro. Desde su ángulo, Jacob no podía verla pero siempre que iba allí se sentía incómodo al imaginarlo. Por lo visto, Jev era bastante resuelto a utilizarla. Los detergentes caseros no habían conseguido eliminar por completo algunas manchas rojas del suelo y las paredes del local.

—¿Acaso les gustan a alguien? —respondió.

Jev se encogió de hombros, restándole importancia.

—Son buenos chicos, les pago para que estén ahí; te diría que casi los tengo como un adorno. Así si alguien quiere venir a joderme se lo pensará diez veces… no, veinte —se corrigió— antes de hacerlo.

—Entonces diles que la próxima vez que uno escupa tan cerca de mí le cortaré la lengua.

Jev extendió la comisura de los labios y terminó soltando una sonora carcajada.

—¿Eso han hecho?

—Solo uno de ellos. Sin duda tiene que ser el más corto de miras.

—La mierda esa que fuman les espesa la saliva, seguro que no ha sido con mala intención; una mera necesidad fisiológica —les excusó y luego le obsequió con su mejor sonrisa—. Bueno, ¿qué puedo hacer por ti, viejo rockero? —De nuevo el tic con la nariz. A Jacob siempre le entraban ganas de estrujársela al verlo.

—Necesito acceder a la cámara espía de mi apartamento en la colmena —hizo un ligero movimiento de cabeza, señalando la pantalla—. ¿Puedes conectarme?

—Por descontado —respondió, como si fuera la cosa más fácil del mundo—. Cuatro créditos y te puenteo dos minutos de imagen en directo.

—Bien… —Jacob fue a meterse la mano en el bolsillo, pero descubrió que lo tenía vacío. Gruñó de mala gana. Le había dado la única ficha de cinco que llevaba encima a esa arpía asesina en el vagón. Tuvo una idea. Se desabrochó el reloj de la muñeca y se lo ofreció—. Acepta esto como pago. Vale más de lo que pides. Me llevo también seis balas de calibre cinético para mi revolver.

Jev se lo quedó mirando primero con desconfianza, pero después agarró el reloj a través de los barrotes, se colocó unas gafas lupa que tenía al lado y estudió el objeto con riguroso interés.

—Veamos… Correa de caucho, marcador de agujas automático, la maquinaria es buena pero la pantalla de plexiglas está muy rayada. Es un modelo muy antiguo. Suizo… —Alzó la vista y volvió arrugar la nariz—. Puedo darte dos minutos de imagen y tres balas cinéticas por él.

—Quiero seis.

—Lo siento, no puedo hacer eso. Cuatro sería una oferta justa. Dudo que pueda revenderlo antes de que todo se vaya al carajo.

—Cinco... O se termina aquí el trato. Sé que el reloj te ha gustado. Y tú eres todo un nostálgico.

Una sucesión de tics, tanto en la nariz como en el ojo izquierdo, indicaron que el Jodido Especulador Violento se lo estaba pensando, o tal vez se empezaba a enojar.

—Eres un puñetero cabronazo sin escrúpulos, ¿lo sabías? —exclamó al fin—. ¿Cómo voy a dar de comer a mis hijos así?

Jacob se lo quedó mirando como si lo tratara de ingenuo.

—Tú no tienes hijos, Jev. Nadie los tiene.

—Está bien —gruñó—. Dos minutos de imagen y cinco balas de calibre cinético. Pero solo porque veo que has tenido un mal día —alzó el dedo índice—. Y siempre, siempre me preocupo por mis clientes.

Se dieron la mano entre los barrotes para sellar el acuerdo.

Tras sacar de unos estantes de la trastienda cinco balas centelleantes con forma oval y dárselas a Jacob, Jev activó con el mando a distancia la pantalla, que se iluminó primero con niebla y luego reflejó un sistema operativo básico.

—Dos minutos —recalcó.

—No necesitaré tanto —el mercenario terminó de guardar las balas en las cavidades de su cinturón y se colocó frente al teclado. Introdujo un código de enlace personal con la micro-cámara de vigilancia de su apartamento. La había instalado tiempo atrás en una brecha del techo, donde quedaba bien disimulada.

Lo que vio cuando finalizó la barra de carga y apareció la imagen isométrica de su vivienda le endureció el rostro.

Todo estaba revuelto: el arcón tumbado y su ropa esparcida por el suelo, los cajones de la pequeña cocina abiertos, el póster de los Texas Rangers roto para comprobar que no había nada oculto detrás; su cama retirada de mala manera y la cavidad donde guardaba la bolsa del dinero, bajo la baldosa falsa… vacía.

—No… —Jacob cerró los ojos y suspiró con fastidio.

No obstante, lo peor aún estaba por llegar. Hizo virar con la consola de mandos la cámara y enfocó la puerta reventada y abierta del apartamento. Vio las siluetas de dos hombres, uno mucho más voluminoso que el otro, que hablaban en la penumbra del pasillo. Jacob achinó los ojos. Tardó unos segundos en reconocerles: eran Cyborg y Lobo Mordedor. El primero no decía nada, con la bolsa de un millón doscientos mil créditos sujeta en la mano, tan solo escuchaba al cachorro, que parecía proponerle algo con su habitual entusiasmo.

En ese instante la pantalla se apagó de golpe.

—Se acabó el tiempo —irrumpió Jev desde el mostrador—. Espero que hayas visto cosas muy interesantes y reveladoras.

Jacob se quedó mirando el reflejo de su propia cara frente a la pantalla apagada. Se topó con una expresión de furia y decepción a partes iguales.

—No te haces a la idea —contestó, frío.

Necesitaba mantener la templanza. Aunque supo que le iba a resultar difícil; en una sola mañana, todo lo que para él tenía algún valor: su trabajo, sus contactos, su dinero… se estaba esfumando igual que la vida en ese apestoso y condenado planeta llamado Tierra.

Fue entonces cuando, desde alguna calle lejana, las primeras sirenas de los vehículos de vigilancia empezaron a sonar.

Jev aguzó el oído:

—Fíjate, parece que alguien ha sido un chico muy malo… —comentó, divertido.

9

—Que tengas un gran día —se despidió Jacob.

—Y tú mucha suerte —rio Jev mientras este se iba apresuradamente de la tienda.

Jacob pasó junto a los tres Espectros, que, drogados hasta la médula, esta vez le ignoraron, y trató de alejarse lo máximo posible del ruido producido por las sirenas de alarma. Pensó en cuál tendría que ser su próximo movimiento y llegó a la rápida conclusión de que solo existía un lugar del cual podía fiarse de ir. Si ese fallaba… bueno, estaría bien jodido. De todas formas no tenía alternativa: la taberna de la estación del Búfalo parecía ser la mejor opción para esconderse durante al menos unas horas. El viejo Matthew era un amigo leal, le ayudaría… o eso quiso creer. Hacia allí dirigió sus pasos.

Anduvo un buen trecho por calles secundarias y entró en el umbral de algunos edificios abandonados que sabía que atajaban por algún patio trasero, hasta que llegó al corazón del suburbio este. Allí no había vigilantes. Los vapores blanquecinos humeaban por las salidas de las alcantarillas; la basura desparramada crujía bajo sus botas y los vagabundos y enfermos le miraban en silencio, condenados, algunos desde sus literas a la intemperie, llenas de piojos y excrementos, o en el interior de sus chabolas desestructuradas. Oyó llantos y lamentos desde algunas de esas barracas; suplicas de limosna… incluso vio a una chica joven que sangraba por el bajo vientre y bramaba como un animal, tumbada sobre un colchón sucio en el suelo, mientras dos mujeres más y un hombre la sujetaban e intervenían para ayudarla a abortar. Se les veía más interesados que compasivos. A saber lo que harían luego con el embrión, pensó Jacob con desagrado, pero en ningún momento se detuvo. No podía permitirse el lujo de preocuparse por toda esa gente. Ya estaban muertos. Todos los ciudadanos lo estaban.

Mientras se alejaba de la parte más marginal del distrito, en un cruce repentino, se encontró casi de frente con una patrulla de dos vigilantes y un dron que peinaban la zona. Tuvo que reaccionar rápido y esconderse tras una furgoneta oxidada y sin ruedas, aparcada de mala manera en la acera. Cuando la patrulla pasó de largo y Jacob pudo comprobar entre los hierros torcidos del vehículo que ya se habían alejado lo suficiente, se puso en pie y sintió un fuerte y súbito mareo. La visión se le nubló. Se miró la mano; parecía tener doce dedos. Tuvo que apoyar el hombro en el chasis calcinado de la furgoneta para no caer al suelo. La herida de la pierna, que le estaba empezando a supurar, el calor extremo y los efectos del gas químico de la Cuentacuentos, que aún no había eliminado por completo de su organismo, eran una mala combinación. Necesitaba asistencia médica de inmediato. El aire de la ciudad era demasiado impuro, portador de infinidad de bacterias. Un simple corte podía ser mortal si se lo dejaba demasiado tiempo sin curar. Y él ya había tentado su suerte más de lo que podría catalogarse como prudente.

Siguió su camino, tambaleante. Trató de saltar una valla para adentrarse en un cementerio de coches abandonado. Escalarla le costó más de lo habitual y aterrizó rodando por el suelo. Se levantó con una mueca de dolor. El desguace era extenso; ocupaba una isla urbana entera, pero allí era fácil ocultarse y sabía que una vez al otro lado tan solo tendría que cruzar una o dos calles más y llegaría al callejón que conducía a la estación del Búfalo. Montañas de automóviles aplastados y retorcidos, casi inclasificables, se alzaron a su paso como oscuros acantilados erosionados por el viento. El aspecto del lugar era laberíntico, triste y todo olía a metal en corrosión. Incluso, a veces tuvo que subirse a los capós de los coches para seguir avanzando. A medio tramo, sentado entre unas pilas de neumáticos podridos y porquería industrial, se encontró con un hombre de barba mugrienta que llevaba puesta una gorra negra; cocía una alimaña chamuscada en una hoguera hecha con plásticos. El tipo se lo quedó mirando con extraña fijación. Algo hizo que Jacob se detuviera un instante y se preguntara por qué. Pronto lo entendió. Siguió la mirada del hombre, giró la cabeza y echó la vista arriba. Por encima de los montículos de herrumbre, en uno de los edificios cercanos, uno lo bastante alto como para contener un holopanel retroiluminado en sus pisos superiores, su rostro y su perfil aparecían en primer plano con una orden de busca y captura y el emblema esférico del Gobierno.

—No les diré que te he visto, amigo —le juró el vagabundo, tal vez por miedo.

El mareo casi no permitía hablar a Jacob. Sudaba de forma copiosa. Trató de respirar.

—No voy a hacerte daño, tranquilo. Ya me iba.

—Ese holopanel lleva semanas apagado. Lo han encendido ahora, por ti… —Para sorpresa de Jacob, el hombre se quitó la gorra y se la ofreció con pulso tembloroso. Este, extrañado, la tomó entre sus manos—. El Gobierno… —masculló con desdén—. Los muy malnacidos me han destrozado tanto la vida que... Sea lo que sea lo que les has hecho, espero que les haya dolido de verdad.

Jacob no esperaba aquella actitud altruista de un sintecho. Se puso la gorra en la cabeza, apestaba, e intentó cubrirse lo máximo posible el rostro con su visera.

—Gracias —murmuró, y fue a seguir la senda.

—Tal vez no lo veas como la mejor opción, pero en realidad lo es —lo detuvo el hombre.

Jacob se giró.

—¿De qué me hablas? —No estaba para acertijos.

—Del submundo, claro —repuso el sintecho—. Allí no te buscarán.

—Allí me buscarán cosas peores —dijo.

—Es un lugar peligroso, sin duda. Pero si aprendieras a moverte bien por la red de túneles y cavernas te sorprenderías de lo que podrías llegar a encontrar ahí abajo.

—Mutantes, caníbales y toda clase de enfermos mentales.

—No todo es tan malo.

—Lo dices como si hubieras estado allí…

El hombre lo miró con pesadumbre, como si en realidad no quisiera hablar de ello. Las sirenas se oían ya por todo el distrito.

—Será mejor que te des prisa. Registrarán esta zona, me haré el dormido y me despertarán con una patada para preguntarme. Pero yo no he visto a nadie.

—¿Por qué me ayudas? No me conoces de nada —quiso saber antes de irse.

—Porque puede que mi cuerpo se haya corrompido durante todos estos años… pero no mis valores —contestó—. Todavía sé distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Y alguien que se enfrenta al Gobierno corrupto de esta ciudad no puede ser un mal tipo—. El brillo de sus ojos delataba nobleza, en contraste con su aspecto cochambroso.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Antes se me conocía como el Bardo —contestó, con un orgullo ya perdido—. Ahora ya nadie me llama de ningún modo.

—El Bardo… —repitió Jacob, como si quisiera registrarlo en su memoria—. No lo olvidaré —asintió en un gesto de gratitud y echó a andar sin perderle de vista, reflexivo, hasta que la propia senda entre los restos de los vehículos lo ocultó.

Le había parecido un individuo interesante. En otras circunstancias no le hubiese importado mantener una conversación larga con él, tampoco llevar encima algunos créditos que darle…

Tras abandonar el cementerio de coches, avanzó por la acera de una nueva avenida en la que la mala hierba empezaba a crecer por sus grietas y ranuras, sin que los de mantenimiento urbanístico se hubieran preocupado por cortarla. A esas alturas del fin del mundo, ya nadie lo haría. Las personas con las que se cruzó lo miraron, más bien por su ya pronunciada cojera que por su rostro pálido y cabizbajo. Algunos susurraron al verle pasar, puede que alguien incluso le reconociese, pero aunque así fuera, habría resultado extraño que un ciudadano de a pie lo delatara, tampoco ganaban nada. Además, eso era tarea de los cazadores de recompensas, simple y llanamente. No obstante, fueron momentos de especial tensión. Un par de vehículos vigilante aéreos, con sus sirenas y sus luces rotatorias, pasaron a toda prisa en dirección opuesta, barriendo el asfalto de la calzada. Puede que se dirigieran a otros distritos donde buscarle. Por suerte, su lugar de destino ya no estaba lejos. Fue un alivio cuando pudo torcer al fin por el callejón que conducía a la estación del Búfalo y llegar a la entrada de su túnel lúgubre. Se detuvo un instante para recobrar el aire, con las manos sobre las rodillas, su respiración se había vuelto profunda y dificultosa, y se decidió a adentrarse.

Sus pasos retumbaron en la oscuridad, solitarios, con un eco decreciente. La prostituta que había visto el día anterior yacía ahora muerta en el suelo, con la cara cerúlea, llena de llagas y un reguero de espuma blanca y reseca cayéndole por la comisura de la boca. La fiebre roja debió de darle una muerte horrible y agónica durante horas. Jacob trató de pasar lo más alejado de ella posible, tapándose el fuego de la herida con la mano, aunque sabía que ese era un gesto inútil, solo placebo. Si se tenía que infectar lo haría igual, con una mano cubriéndose o sin ella.

Para cuando bajó las escaleras de caracol y aporreó la puerta de la taberna sintió que las piernas le flaqueaban.

La fina rendija superior se deslizó.

—Jacob, ¡cielo santo! —Los ojos de Matthew se abrieron de par en par. Ruido de cerradura. Le abrió la puerta y tuvo que sostenerlo por las axilas para que no cayera al suelo. De fondo se oía el runrún de la radio—. En la Nube no dejan de hablar de ti. No pude creerlo cuando escuché tu nombre, todo el mundo te busca. —Le pasó un brazo por encima del hombro; con la mano libre juntó las dos mesas rudimentarias de su pequeño local y lo ayudó a tumbarse encima. Le palpó la frente—. Jesús, estás ardiendo…

—Ayuda… —Consiguió balbucear Jacob. El fuego de su herida se había extendido ahora por todo su cuerpo; le quemaba por dentro y le hacía tiritar—. Ayúdame.

—Calma, hijo —trató de tranquilizarle. Buscó la posible causa de su mal y dio con el tajo en la pierna. Presentaba mal aspecto.

—Ayúda… me —volvió a articular, demasiado débil como para mantener la cabeza erguida.

—¿Pero qué has hecho, Jacob…? —Preguntó Matthew con cara de preocupación—. ¿Qué ha pasado?

La venda… la venda de fuego, ¡quítamela! Quiso contestarle pero no pudo. Sus ojos se entornaron hasta terminar cerrándose.

Luego, todo se volvió oscuro.

10

Lo sabemos, Olvidado, lamentas que tu nombre no figure en ninguna lista de evacuación. Pero no por eso tienes que esperar a la llegada del Ángel. Es un destino funesto que, evidentemente, no te mereces. Compra ya las pastillas de moral relajada de la marca Bioending, toma dos antes de acostarte y ya no volverás a despertar en un mundo que no te convence. Sé libre: entrégate al fin relajante que te ofrece Bioending.

En el cielo rugían destellos de la última nave Arca al resquebrajarse entre múltiples explosiones consumidas de forma fugaz por el vacío del espacio. Algunos fragmentos pequeños de metal caían a la atmósfera y dejaban un rastro ardiente de fricción en la capa de ozono, pero las partes más espectaculares de su armazón quedaban ahí, rotas y suspendidas por la gravedad casi nula de la órbita terrestre. Abajo, en la superficie, Paradise Route se había convertido en un escenario en guerra donde corría la sangre. Drones cibernéticos y vigilantes se enfrentaban por toda la ciudad contra las bandas y los rebeldes. La avalancha de artillería, gritos y ejecuciones reinaba en las calles pasto de los incendios y las bombas.

Alejado de todo aquello, en la cima de un gran monte situado en los bordes exteriores, Jacob observaba el panorama bélico. Los sonidos de la batalla le llegaban amortiguados y se perdían más allá de las llanuras silenciosas que dominaban el resto del mundo. Por eso pudo oír con claridad las palabras del hombre que le susurró con voz grave a sus espaldas.

—Dime qué ves, Jacob…

El fulgor del conflicto se reflejó en las retinas del mercenario.

—Veo el fin de nuestro planeta. El último día de la raza humana en la Tierra.

—Es una interpretación bastante lógica de los hechos que transcurren ante ti. Pero, ¿y si te dijera que te equivocas… que esto no es el fin, sino el principio?

—¿El principio…? —protestó—. Los Olvidados se están matando entre ellos antes de la llegada del Ángel. Pronto no quedará nadie en la ciudad para contemplar el momento de la extinción.

—Mira al cielo, ¿acaso ves alguna estrella de neutrones acercándose?

Lo hizo. La Luna servía como telón de fondo de la titánica silueta quebrada de la nave. Más allá de eso, el inmenso y detallado cosmos estelar.

—No… Pero siempre dijeron que solo se vería su resplandor unos segundos antes de la desintegración total de nuestro sistema solar.

—Dijeron muchas cosas en el pasado. Los seres humanos tenemos esa asombrosa capacidad para especular. Aún estamos muy lejos de ser perfectos, pero si se nos diera una segunda oportunidad podríamos enmendar algunos errores.

—Ya existe una segunda oportunidad para algunos. Se llama Épsilon.

Se escuchó una risa entre dientes.

—Épsilon tan solo es una quimera. Un paraíso ocupado por los verdaderos demonios. Pero este es nuestro mundo. Cuatro mil quinientos millones de años de historia no se deberían subestimar tan a ligera, y en este preciso día verán un punto de inflexión: el día en que todo va a cambiar.

—Dirás el día en el que todo va a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos —Jacob ladeó un poco la cabeza, pero no lo suficiente como para ver el rostro de aquel misterioso individuo que seguía de pie tras él.

—Piensa lo que quieras. Pero yo soy un hombre de fe, Jacob, solo que a mí nadie me dice aquello en lo que tengo que creer.

—¿Y en qué crees?

—En ti —soltó de golpe.

—Tonterías —desestimó—. Solo soy alguien que lo ha perdido todo.

—Al contrario… eres alguien que posee todo lo necesario.

—¿Lo necesario para qué?

—Para encontrar la verdad —contestó—. Pero primero deberás encontrarte a ti mismo.

—Dices cosas muy extrañas. Solo eres un perfecto desconocido en un sueño. Mi sueño. Por qué sigues aquí es algo que aún no me explico.

—Pero aquí estoy al fin y al cabo. Contigo. Tú lo has elegido así. ¿Eso tiene que significar algo, verdad?

—Tss… —chasqueó el paladar—. Ni siquiera sé tu nombre.

—Como bien has dicho, es tu visión; tu sueño. Es evidente que lo sabes, aunque te da cierto reparo pronunciarlo.

—César… —masculló, tras pensarlo—. ¿Ahora resulta que sueño con fantasmas?

—¿Por qué das por sentado que estoy muerto?

—Porque toda la ciudad te vio morir.

—Vieron morir a un hombre con el rostro desollado —le rectificó—. Que luego el pueblo no tuviera constancia de más acciones por mi parte no significa que mi cuerpo se esté pudriendo en una fosa común.

Jacob dedicó unos segundos a imaginar aquello. Tenía cierto sentido dentro de su reino onírico. Vivía en una sociedad de mentiras. Si el propio Gobierno o los altos cargos de la Ilumonología eran capaces de inculparle de manera tan eficaz un crimen que no había cometido, también podían falsear la muerte de alguien tan importante como César. La pregunta era: ¿por qué?

—¿Eres quien se hizo pasar por mí en el CENT? —Quiso saber.

—¿Qué te dice tu instinto? —le retó—. Desde luego es el arma más poderosa que posees, incluso dentro de tu subconsciente. Hasta ahora te ha ido bien haciéndole caso.

Jacob se hartó de aquel juego, se giró y encontró a sus espaldas a un hombre más o menos de su estatura y complexión. Llevaba un saco ensangrentado cubriéndole la cabeza. Adelantó una mano y se lo extrajo de un tirón. El rostro que apareció debajo era el del encapuchado que vio en la pantalla catorce de la sala de control del complejo: el mismo rostro que el suyo.

El hombre dibujó una sonrisa:

—Huye, dirígete al submundo y encuéntrate a ti mismo —volvió a aconsejarle—. Sabes que debes hacerlo; es el único paso que puedes dar a continuación.

—¿Por qué debería hacerte caso? —preguntó desconcertado.

—Porque tú opinas igual. En el fondo, esta no deja de ser una conversación contigo mismo.

De pronto, todo se detuvo a su alrededor: Jacob ya no oyó las balas, ni los gritos en la distancia, ni tampoco los pequeños meteoritos de metal cayendo del cielo. Sintió cómo su corazón latía con fuerza y su pulso se aceleraba. Se llevó las manos a las sienes. Un dolor punzante le hizo caer de rodillas.

Y despertó…

[…] Respiró hondo. Reconoció el olor dulzón a bodega sin ventilación. Cuando entreabrió los párpados vio luces tenues, borrosas, danzando ante sus ojos. Eran las llamas de las velas, que conferían a la taberna el aspecto de un pequeño santuario. Su cabeza daba vueltas ajena a su voluntad. Miró hacia todos los ángulos del habitáculo. Estaba solo, tumbado sobre las dos mesas. Tardó unos instantes en recordar por qué se encontraba allí. ¿Dónde se había metido Matthew? Por otro lado, hacía años que él no soñaba y ese había sido un sueño demasiado extraño. ¿Qué podía significar que una confusa representación de César apareciera en él y le hablara de ese modo? «Haz caso a tu instinto, huye al submundo y rencuéntrate a ti mismo», le dijo. Era tan real que parecía que se hubiese metido en su mente.

Se medio incorporó sobre sus codos y observó la herida de su pierna. Alguien inexperto se la había desinfectado y cosido de la mejor manera que supo. Aquella temible venda ardiente había desaparecido y en su lugar quedaba un picor constante y rebelde. En ese momento escuchó el ruido de unas llaves al otro lado de la puerta. Quiso mover una mano instintiva a su revólver, pero no lo llevaba encima, ni tampoco su cinturón multiusos.

Una gota de sudor le recorrió la espalda. Intranquilo, observó cómo la puerta se abría y una silueta aparecía en la penumbra. Era Matthew, que pasó dentro y la cerró tras de sí. Supuso que podía relajarse, aunque no lo hizo.

—Jacob… Ya has despertado —el tabernero lo miró de forma breve, cansado, antes de dirigir sus pasos al interior de la barra. Llevaba una bolsa agujereada en la mano con algo de peso dentro.

—Por favor, agua… —las palabras salieron casi sin permiso de su boca, que la sentía tan seca como el caluroso desierto del borde exterior.

Era de esperar aquella necesidad por su parte y Matthew ya se encontraba agarrando una de las latas de hojalata vacías que utilizaba como vasos para llenarla con un poco de agua del surtidor. Se la acercó. Jacob la tomó entre sus manos trémulas y quiso beber más rápido de lo que podía.

—Despacio… —le aconsejó el hombre, que tuvo que ayudarlo para que no se le derramara el líquido por encima. Cuando se lo terminó, el mercenario suspiró, aliviado, y volvió a recostarse sobre las mesas—. No parece que te hayas infectado de fiebre roja, pero estuviste a punto de morir, ¿lo sabes? Y yo no soy médico, Jacob. Curarte no me resultó fácil. No vuelvas a hacerme esto nunca más durante el tiempo que nos queda.

—Lo siento —se disculpó—. No tenía otro sitio adonde ir…

—Lo sé. Llevan dos días peinando las calles, buscándote. Han doblado los efectivos.

—¿Tanto tiempo he permanecido inconsciente?

—Así es —asintió—. Delirabas en sueños… —Jacob no se pronunció al respecto, así que Matthew fue directo al grano—. Dicen que has sido tú el responsable del atentado en el Capitolio.

—Pues es falso —aseguró.

—También lo sé —repuso—. Si te he ayudado, a costa de poner en riesgo mi propia seguridad, es porque sé perfectamente que tú no fuiste. Estabas conmigo cuando se produjeron los hechos.

—Por desgracia, tu testimonio no serviría de nada. Hay mucho más detrás de ese atentado. Noticias que no se hacen públicas por miedo a la reacción de los ciudadanos. Todo forma parte de una gran mentira muy bien elaborada. Y a mí me ha tocado ser un simple cabeza de turco.

—Hijo —negó con la cabeza, como si aquello no fuera con él—, no me importa de qué va todo este sinsentido. Por los años que hace que te conozco no podía dejarte morir sin más. Pero entiende que en algún momento mi hospitalidad tiene que acabar. Me he arriesgado a salir a la calle para ir a buscarte medicinas y me han parado ya dos veces. Me han hecho toda clase de preguntas. Un maldito dron ha determinado un cuarenta y ocho por ciento de probabilidades de que estuviera mintiendo porque, joder, estaba tan nervioso que casi sacaba espuma por la boca. Habrán tomado constancia. Tan solo es cuestión de tiempo que quieran registrar mi taberna y te encuentren. Y si eso sucede, nos colgarán a los dos en un juicio público.

—Te entiendo, anciano —intentó levantarse, le costó horrores. Matthew le puso una mano en el pecho.

—No —lo obligó a mantenerse en reposo—. Cielos, no. Así no. ¿A dónde narices vas a ir? A la que pongas un pie ahí fuera te ejecutarán como a un perro —volvió a la barra, sobre la cual había dejado la bolsa agujereada, y sacó un bote cilíndrico de ella.

—Tal vez es lo que merezca por la clase de vida que he llevado —dijo Jacob, autocrítico.

—Eres un mercenario. Tan solo hacías tu trabajo —el interior del frasco contenía una especie de ungüento verde que extrajo con los dedos; se acercó y empezó a aplicárselo sobre la herida.

La pierna de Jacob produjo un pequeño espasmo incontrolado al contacto con aquel gel viscoso. Escocía.

—Mi trabajo me ha convertido en un monstruo. He mentido, he cazado y he matado en nombre de una secta y de un gobierno en los que no creo, y todo por el dinero… Como si fuese a acompañarme a la tumba.

—Lo cierto es que… —terminó de aplicarle el ungüento y se quedó mirando el resultado como si contemplara una obra de arte extraña—. Es curioso cómo los valores que les damos a las cosas van cambiando a medida que el fin se acerca. No te tortures por eso. Lo hecho, hecho está.

—¿Crees que un simple hombre podría cambiar el futuro; erigir un destino diferente para todos nosotros? —preguntó de repente.

—Antes tal vez… si ese hombre hubiese sido el adecuado. Ahora ya es demasiado tarde.

—César lo era.

Matthew dejó el bote a un lado, se cruzó de brazos e hizo una mueca de conformidad.

—Soy de los que opina que hizo cosas buenas, sí… Encabezó multitud de robos de suministros destinados a los Barrios Altos para luego repartirlos por los suburbios, entre muchas otras cosas altruistas y disparatadas. Como una especie de Robin Hood moderno. Pero su propia reputación fue su perdición. Ahora tan solo es una leyenda del pasado que desaparecerá en la oscuridad del cosmos, como tantas otras.

—¿Quién era Robin Hood? —preguntó.

Matthew lo increpó con la mirada.

—No puedo creer que no sepas quién era Robin Hood —dijo.

Jacob negó con la cabeza, ¿acaso suponía un crimen?

—Pues fue uno de los primeros cazadores de recompensas del siglo veintiuno, muy diestro con los revólveres. Al principio ejerció de policía, político y limpiabotas, pero luego se convirtió en todo un rebelde antisistema. Demonios, ¿cómo hemos podido olvidar y deteriorar tanto nuestra historia? —se quejó—. Y hablo en términos generales, no te lo tomes como algo personal.

El mercenario enmudeció un instante.

—Creo que César sigue vivo —volvió a ese tema—. Y que tiene algo que ver con la persona que se ha hecho pasar por mí. Tal vez estén cooperando o incluso puede que... —tragó saliva para aclararse la garganta—. Puede que se trate de él mismo.

—¿De veras? —rio como si aquel comentario le hubiera hecho la misma gracia que un chiste malo—. ¿Y qué te hace pensar eso?

—Es difícil de explicar… Intuición, supongo. Señales que pasan casi desapercibidas… —dijo taciturno—. Estoy decidido a ir a buscarle.

—Mira… —Matthew agarró una silla, se sentó junto a él y se frotó los ojos, paciente. Parecía que llevara días sin dormir—. Jacob, siempre te he considerado un hombre inteligente. Pero por todos los astros que esa es la mayor estupidez que oído en la vida. La fiebre común tiene que haberte frito el cerebro. Tu rostro es el más buscado de la ciudad, has estado a punto de morir, ni siquiera puedes poner un pie en la calle sin que te disparen y ya quieres iniciar la búsqueda más absurda e inútil de la historia. César está muerto. ¡Muerto! ¿Es que te has vuelto loco?

El mercenario hizo un movimiento de cejas.

—Quizá sea eso —reconoció—. Pero estoy atascado. Y tampoco tengo muchas más opciones para tratar de limpiar mi nombre. Por cierto —añadió—, voy a volver a necesitar tu ayuda.

—Y un cuerno —exclamó—. He cuidado de ti para que no murieras y que luego mi conciencia no me diera por el culo por las noches, pero de ahí a que acceda a participar en tus particulares fantasías hay un mundo, amigo. No estoy lo suficientemente aburrido. Me quedan once meses de vida. Once —alzó los dos dedos índice en paralelo—, y pienso pasar en paz cada instante de ellos.

—Lo que necesito de ti tan solo te llevará unos minutos —rebatió.

Matthew iba a seguir sulfurándose, pero se detuvo al oír eso.

—Oh… —frunció el ceño—. ¿De qué se trata?

Jacob se incorporó con lentitud, esbozando una ligera mueca de dolor. Se quedó sentado en la mesa, con las manos apoyadas en ella, y miró con fijación a los ojos del tabernero.

—Quiero que me ayudes a abrir el acceso al submundo que hay en los niveles inferiores de esta estación —dejó caer.

—¡¿Qué?! —Matthew arrugó el rostro. Se levantó de la silla casi por impulso y le dedicó una mirada desorbitada—. Dios, estás peor de lo que pensaba. Estás… —negó con la cabeza de forma ida—. Estás como una puñetera cabra, joder. O eso o tu sentido del humor solo lo puedes entender tú.

—Hablo completamente en serio —su expresión y tono de voz lo reafirmaron.

—Que me aspen… —el tabernero empalideció de golpe. Conocía bien aquella mirada: no se trataba de ninguna broma. Sin que pudieran salirle las palabras, se precipitó hasta la barra, cogió la primera botella de licor que encontró y dio un largo trago. Siseó con la lengua al terminar, pero al parecer no fue suficiente—. Que me aspen, me descuelguen y me vuelvan a aspar —repitió, atónito, y siguió bebiendo. Cuando se bebió la mitad del líquido del interior se secó la boca con el puño de la camisa y lo miró con ojos desencajados.

—Jacob, no lo hagas… —instó—. Estoy seguro de que hay otro modo de salir de Paradise Route. Muévete de noche por los suburbios marginales, escapa por alguna brecha de la frontera sur y constrúyete un refugio aislado más allá de los campos yermos, en las ruinas inhabitadas de alguna antigua ciudad. Vive el resto de tus días en paz y encomiéndate al destino que nos aguarda. Vamos… —parecía más bien una súplica—. Pónmelo fácil. Ni siquiera puedo acercarme a doscientos metros de ese portón sin cagarme de miedo.

—Todo irá bien —le aseguró—. Además, no pretendo escapar de esta ciudad.

—¿Entonces para qué quieres ir a un lugar así? Si existe el infierno, es ese.

—Porque necesito respuestas, y sé que suena extraño, pero mi instinto me aconseja que empiece por allí —fue su explicación.

—¿Tú instinto? —soltó una sonrisa exasperada—. Hay que joderse. Pues ¿sabes qué? Yo te aconsejo que te lo quites de la cabeza de inmediato y que busques un plan B, C, D y así con todo el puto abecedario entero si hace falta.

Jacob respiró hondo y cerró los ojos un instante para escoger bien sus siguientes palabras.

—Ahora tienes que confiar en mí, anciano. Y debes hacerlo porque pienso abrir esa puerta y descender hasta el submundo, ya sea con tu ayuda o sin ella. Pero sin ella, el acceso no podrá volver a cerrarse desde fuera.

Matthew asintió, incrédulo, no era exactamente un gesto de aprobación.

—Tu juego siempre ha sido muy peligroso, pero no sé si en algún momento has llegado a ser consciente de las consecuencias que podías desencadenar para ti o para los demás. Te ayudaré —terminó aceptando—. Pero ten clara una cosa, y es más bien una petición que una premonición: esta será la última vez que nos veamos.

—Es justo… —aceptó sin objeciones—. Gracias… Por todo.

—Sí, ya… —soltó, como si de nada le sirviera su gratitud. Volvió a agarrar la botella y, mirando a otro lado, dio un nuevo trago.

Aguardaron en la taberna hasta el anochecer, lo que le dio tiempo a Jacob para beber un poco de Licor 7 y poder recuperarse mejor. Durante ese tiempo, Matthew intentó disuadirle varias veces para que se olvidara de lo que pensaba hacer, todas ellas sin éxito. Antes de acompañarlo a las profundidades de la estación, ya resignado con su inquebrantable tozudez, le devolvió su cinturón con las armas y le preparó una mochila con unos suministros básicos: dos emparedados con crema de cacahuetes industrial, bebida, el ungüento para su herida, un cubre-bocas con filtro químico y unos planos de la antigua red del metro y cloacas de la ciudad. Aunque era de esperar que a esas alturas el submundo habría sido modificado de tal manera que ese mapa sería el objeto más inútil que llevara encima.

—No es mucho, pero espero que te sirva —dijo al darle la mochila.

—Ya has hecho más de lo que te tocaba —le reconoció, sincero. Se la colocó sobre la espalda y juntos abandonaron la taberna.

Los niveles inferiores de la estación del Búfalo llevaban años sin ser pisados por el ser humano. A medida que descendían, el haz de luz de sus linternas dio forma a las escaleras mecánicas de antaño, a menudo obstaculizadas con carritos de la compra amontonados que tuvieron que ir apartando a su paso con incómodos estruendos. Una humedad maloliente impregnaba los cruces y pasillos por los que avanzaron luego, repletos de carteles devorados por el moho y de azulejos desprendidos. Nada habitaba allí abajo, ni siquiera los enfermos, ni siquiera las ratas… El lugar donde millares de personas transitaban a diario en el pasado, quedaba ahora engullido por un silencio tan absoluto que ni la propia respiración de uno mismo se hacía audible. Tras descender más de lo que Matthew hubiese deseado, llegaron al andén de un túnel tan negro como una noche sin estrellas; uno de sus extremos había sido sellado con cemento. A medio tramo, un vagón de metro se deshacía consumido por el óxido y las telarañas. Jacob enfocó con la linterna las ventanillas rotas al pasar por al lado; en el interior, sobre algo que recordaba de forma vaga a los asientos de los pasajeros, permanecía retorcido un esqueleto humano momificado, tan antiguo como la propia estación. También vio manchas de sangre solidificada por el suelo, muchos cristales y un colchón con tres centímetros de polvo. Nada más de interés. Pasaron de largo el vagón, bajaron a las vías podridas y se adentraron en la oscuridad del otro extremo del túnel. La luz de las linternas no alcanzaba, ni por asomo, a barrer el final.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
430 str.
ISBN:
9788412130799
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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