Czytaj książkę: «El ruso»
Sebastián Borensztein
El Ruso
Sebastián Borensztein
El Ruso
Capital Intelectual
Índice
ACTO I UN DESTINO ENIGMÁTICO
ACTO II NAZIS, DROGAS Y ROCK AND ROLL
ACTO III EL SHOJET
| Borensztein, SebastiánEl ruso / Sebastián Borensztein ; coordinación general de Creusa Muñoz ; editado por Jorge Consiglio. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-614-618-01. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. I. Muñoz, Creusa, coord. II. Consiglio, Jorge, ed. III. Título.CDD A863 |
© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2020.
Director: José Natanson.
Coordinadora de la Colección de libros de Capital Intelectual: Creusa Muñoz.
Editor: Jorge Consiglio.
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Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
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ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-618-0
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.
Jorge Luis Borges
A los amigos
del banquito de Toronto
ACTO I
UN DESTINO ENIGMÁTICO
1
Aquella noche de abril de 1939 hacía un frío inusual en Buenos Aires. Una bruma espesa cubría el cielo a la altura de las luminarias. Alberto Rosenberg caminaba hacia el bodegón de Carlusi con las manos tan heladas como su alma. Sabía que no había vuelta atrás: estaba decidido a comunicar su retirada. A los treinta y cinco años y con el mundo descreyendo de él como cantante, había llegado la hora de archivar definitivamente la cuestión del tango. Era momento de renunciar a los sueños y dedicarse de lleno a la sedería de su suegro Isaac. El hecho de cantar en antros marginales y de haber sido rechazado tanto por la Odeón como por la RCA Víctor, más las promesas incumplidas en algún caso y el rechazo en otros, por parte de la mayoría de los directores artísticos de las radios en las que se había probado, lo tenían definitivamente desanimado. Para colmo de males, su suegro no dejaba de presionarlo tratándolo como a su propio hijo o, a decir verdad, maltratándolo como a su propio hijo, Ernesto, un muchacho de pocas luces.
Alberto Rosenberg, al que le decían el Ruso –así lo habían bautizado en Mataderos, donde no había otra familia judía más que la suya, lugar al que habían llegado porque su padre era un shojet, un matarife kosher del que dependían casi todos los consumidores judíos de carne–, era un buen tipo, elegante, que cargaba con el peso de una gran frustración; sin embargo, no haber podido triunfar como cantante de tango no significaba que su vida fuera un evento fallido. Tenía suficientes aciertos como para ser catalogada de mucho más que digna, cómoda y bastante apacible, sobre todo si se tenían en cuenta las enormes dificultades que había tenido que atravesar desde la más tierna infancia.
Su matrimonio con Ester le había dado dos hijos: Jaime y Marcos, a quienes los viernes llevaba al templo de la calle Libertad, donde había conocido a su mujer. No era un judío practicante a pesar de sus orígenes, pero iba al templo todos los viernes, más que nada para no sumar conflictos con su suegro Isaac, de quien dependía su economía.
La presión familiar de poner más empeño en la sedería que en su propia pasión había conseguido, finalmente, quebrarle el ánimo. La calidad moral de los sitios en los que se presentaba y el hecho de trabajar de noche eran los reproches más frecuentes de Isaac. Y en la intimidad de su dormitorio, abundaban las opiniones de Ester, mucho más amables que las de su padre, pero igual de mordaces: “Simplemente, tu carrera no existe”, le decía ella. Y cuando el Ruso intentaba cualquier defensa en favor de su pasión, aparecía el lapidario “es mejor dedicarse de lleno a lo que realmente nos da de comer”.
Al Ruso no le quedaba más energía para seguir resistiendo el embate; por eso, al finalizar la presentación de esa noche, les iba a comunicar la decisión de abandonar su carrera a sus compañeros del cuarteto. Después, haría lo propio con su familia. Quería vivir con menos conflictos. La clave estaba en dar vuelta para siempre la página más frustrante de su vida.
2
William Wilcox tomaba el vino más duro que hubiera pasado por su paladar europeo. Era un hombre delgado y refinado, de no más de cuarenta años. Por su apariencia distinguida, resultaba sumamente extraño verlo en una mesa en el bodegón de Carlusi. Para llegar a aquel antro había que cruzar el Riachuelo, lo que significaba una suerte de expedición a tierras desconocidas, no solo para un extranjero sino para la mayoría de los porteños. Pero el tipo estaba ahí, acodado. Observaba con atención el escenario en que el Ruso y su cuarteto interpretaban el tango El choclo, de Ángel Villoldo.
Wilcox hablaba un castellano aceptable, lo que le permitía entender la letra de un tango cantado con el estilo gardeliano –cambiando eles por erres–; sin embargo, su atención se concentró en la voz y en los movimientos del Ruso. Confirmó lo que ya le habían advertido: el tipo era un cantante óptimo, de voz entonada y correcta, pero le faltaba ese ingrediente que hace a los grandes. Cantar bien es fundamental, pero hay que tener ángel, y algo de suerte también. Incluso, en algunos casos, la suerte puede ser una condición aun superior a la del ángel, pero el Ruso, a juzgar por los resultados que había tenido hasta ese momento, carecía de ambas. Lo cierto es que Wilcox estaba sentado ahí y tenía su mirada clavada en el Ruso. Ese hecho, en apariencia, era producto del azar. Y como consecuencia de esta cuestión fortuita, Alberto Rosenberg, sin saberlo, ocupaba el centro de una escena trascendental por primera vez en su vida.
3
A comienzos del siglo XX, el barrio de Mataderos se llamaba Nueva Chicago. El nombre provenía de la ciudad norteamericana en la que crecía, imparable, la industria de la carne. Recién unos años después, el barrio cambió de nombre. En esa época, el Ruso ya era un pibe que caminaba sus calles de tierra y se juntaba con otros de su edad, que no eran bien vistos por sus padres.
Su madre, Sara, quería mudarse al centro, a la zona del Abasto, donde otros inmigrantes de origen judío se habían instalado, pero el oficio de su padre impidió el movimiento. A Sara no le gustaba Mataderos, le recordaba a su aldea de origen en Polonia. En este barrio porteño no había persecución de judíos, pero la gente era áspera y, a menudo, de malas costumbres y difícil trato.
La infancia del Ruso transcurrió entre dos liturgias: la de los rituales judíos, que su padre le impuso, y la del barrio marginal. Puertas adentro, imperaba la ley del Talmud; puertas afuera, la da la calle. El Ruso, a pesar de ser hijo de la tradición, se sentía mucho más a gusto a la intemperie. Le encantaba andar suelto y parecerse a los demás chicos. Aprendió rápido los códigos: a diferencia de sus padres, que solo hablaban el ídish, él dominaba el español, y eso lo convirtió en el encargado oficial de vincular a la familia con el mundo. Eso funcionaba como un disparador de excusas para poder estar en la calle más allá del horario escolar y de los juegos. Era el encargado de todos los trámites y los mandados; de esta forma, accedió muy temprano al conocimiento de ese complejo universo que era el barrio de Mataderos. A los doce años tenía más calle que sus padres, que habían atravesado Europa y cruzado el Atlántico. Ellos conservaban el temor impreso en la carne, producto de las persecuciones que habían sufrido, pero Alberto Rosenberg era hijo de otra realidad y el miedo familiar parecía no prender en él.
A los diez años Alberto ya era el Ruso. Así lo había bautizado Marcial Gómez, un pibe morochito de ojos pícaros que, además de ser su compañero de escuela, jugaba al fútbol con él en el club Nueva Chicago, fundado en el barrio por aquellos años. A los padres del Ruso no les gustaba que él jugara al fútbol porque creían que traía malas juntas, pero el Ruso les decía que iba al club a tomar clases de ajedrez. Y, de hecho, así fue en un comienzo, hasta que cambió los alfiles por el potrero. Como era bastante malo jugando, si los postulantes eran muchos o número impar al armar los equipos, él era el primero en quedarse sin ningún puesto en la cancha.
Su casa era un mundo muy reducido y rígido, limitado a una humilde pieza en la que vivía con sus padres, y una pequeña cocina. El baño era compartido con otras familias. Pero apenas él ponía un pie en la vereda, el mundo se volvía infinito.
Una tarde de 1916, atravesó el tinglado del club para volver a su casa y vio algo que lo hizo detenerse en seco: por primera vez en su vida, a los doce años, el Ruso se topaba con un grupo de músicos. Era un cuarteto de tres guitarras y un cantante que ensayaban tangos para tocar en una fiesta a beneficio de la cooperadora del club. En ese instante, sin saberlo, su destino cambió para siempre. Y la ficha clave tenía que ver con el compás de dos por cuatro.
4
El Ruso tenía una suerte caprichosa, pero no había terminado de consagrarse a esa idea hasta después de hablar con Wilcox aquella noche de abril del 39, entre el humo del tabaco y el olor acre del antro de Carlusi. Esa ventura planteaba una secuencia particular de acontecimientos desde su mismo nacimiento en Mataderos o, más precisamente, desde que sus padres se casaron en Polonia y huyeron a la Argentina. El Ruso sentía que había un designio particular en el solo hecho de ser hijo de un shojet y una costurera, que escapados del hambre y la persecución habían cruzado toda Europa para embarcarse en Lisboa en el vapor que los traería hasta el Río de la Plata.
Su padre le había dejado claro desde siempre que luego de cumplir los trece años y tras iniciar su vínculo con Dios a través del bar mitzvá, comenzaría su preparación para convertirse en un shojet.
El Ruso se resistía silenciosa y visceralmente a ese mandato; sabía que cumpliéndolo se terminaba la vida que había imaginado para sí. Pero el universo tenía reservado otro destino para él, que se manifestó a través de un repentino y doloroso viraje: una mañana de otoño de 1918, un tranvía de la compañía inglesa Tranvías del Puerto descarriló y se tumbó sobre la vereda. Varios pasajeros sufrieron heridas de gravedad y dos transeúntes resultaron muertos por aplastamiento. Eran los padres del Ruso. Poco después de la tragedia, el flamante huérfano fue a parar a un orfanato en el que vivió hasta los dieciocho años.
De los pibes que vivían ahí, el Ruso se pegó al Ñato Medina, un chico de aspecto aindiado, unos años mayor, que había nacido en algún lugar del interior que ni él mismo recordaba. El Ñato se atrevía a todo, y era vivo como el hambre. Había debutado sexualmente con prostitutas que trabajaban en las inmediaciones del puerto, y las historias que contaba sobre aquella experiencia lo tenían al Ruso tan curioso como excitado.
Así fue como, una noche, el Ñato decidió revelarle a su amigo su secreto mejor guardado. Al final del patio del orfanato existía una puerta que llevaba a un depósito de camas y mobiliario en desuso. En ese lugar, disimulado por un cúmulo de muebles y un gran chapón, había un agujero de apenas cuarenta centímetros de diámetro por el que el Ñato se escabullía ciertas noches para salir a vagar por la ciudad.
Medina sabía muy bien lo que hacía: se acercaba a lugares concurridos por gente de plata y se dedicaba a abrir las puertas de los coches en busca de algunas monedas que al final sumaran la cantidad necesaria para pagarle a alguna prostituta. La mayoría de las veces, reunir ese monto le demandaba varias escapadas. Otras, ni siquiera esperaba juntarlo y se gastaba las monedas en otras cosas pero, noble de corazón como era el Ñato, decidió compartir su secreto con el Ruso, quien rápidamente se convirtió en su compañero de diversión.
Los viernes por la noche, el mejor sitio para pedir dinero era la Iglesia del Pilar, donde se casaba la gente de clase alta y se amontonaban los coches que traían a los invitados. Los sábados, en cambio, “había mucho pique”, como decía el Ñato, en la puerta del Teatro Colón, cita obligada de la oligarquía porteña. El Ruso era blanco y de ojos claros: no daba el estereotipo del pibe vagabundo capaz de despertar la misericordia de las damas de la alta sociedad, pero de la mano del Ñato aprendió a hacer trampa pasando sus manos por las ruedas de algún coche y refregándoselas por la cara y la ropa, y en un instante se convertía en un chiquilín andrajoso digno de limosna. Con monedas en el bolsillo y puchos que levantaba de la calle, el Ruso hacía su vida o, mejor dicho, su doble vida, la que alternaba con la del orfanato, que era un lugar bastante digno, donde si además uno era discreto y no buscaba problemas las cosas transcurrían bastante bien.
En una de esas fugas nocturnas, el Ruso volvió a encontrarse con aquello que tanto lo cautivó esa tarde a la salida del Club Nueva Chicago: el tango. Aquel reencuentro terminó de sellar su pasión para siempre. Fue en el barrio de Barracas, en las Tres Esquinas, sitio al que, por supuesto, llegó de la mano del Ñato, que –dicho sea de paso– lo dejo ahí para irse con una prostituta y no volver jamás. Nunca se supo si se fue con la mujer, si se subió a algún tren de carga o si se ahogó en el Riachuelo. Lo cierto es que el Ruso le estaría por siempre agradecido, no solo por haber compartido con él la salida secreta, sino por haberlo llevado esa noche al tugurio de Barracas, donde funcionaba el bar Las Tres Esquinas, que recientemente había sido rebautizado con el nombre de Cabo Fels en homenaje a Pablo Teodoro Fels, un conscripto que el 1 de diciembre de 1912 se había robado un avión militar y resultó el primer hombre en cruzar el Río de la Plata en apenas dos horas y veinte minutos de vuelo.
Aquel boquete del orfanato se convirtió entonces en una especie de portal mágico que conectaba dos dimensiones. El Ruso lo encontraba parecido a la puerta de su casa de la infancia: de un lado, la rigidez de las normas y una vida impregnada de temores; del otro, la alegría y la aventura, y, sobre todo, la chance de descubrirse a sí mismo a través de la experiencia directa. Gracias a ese portal mágico, el Ruso se convirtió en habitué del Fels y, con el tiempo, en plomo de un cuarteto de tango que tocaba allí los viernes.
Fueron tres años consecutivos, viernes tras viernes, que después de mendigar en la puerta de la iglesia, y con las monedas suficientes para viajar en tranvía, el Ruso se lavaba la cara en la fuente de la plaza y corría hasta el Fels para ocuparse de los músicos, de sus instrumentos, de acomodar las partituras y, por supuesto, de la ginebra que no debía faltar debajo de cada atril. Si por él hubiese sido se hubiera escapado del orfanato todas las noches, pero su perspicacia lo preservó: de haberlo hecho, tarde o temprano, lo hubiesen descubierto, por eso se reservó el riesgo solo para los viernes.
En el Fels, el Ruso conoció el tango y la noche. Se sabía de memoria todo el repertorio del cuarteto y durante el día en el orfanato, mientras hacía sus tareas, cantaba bajito uno tras otro los tangos que cada viernes lo deleitaban. Ya con dieciséis años, siendo casi un hombre, su vida dio un nuevo e inesperado giro. Fue un viernes. Como siempre, el Ruso estaba en el Fels listo para asistir a los músicos, pero esa noche el cantante se presentó con una gran afonía que no le permitía emitir sonido. El Ruso no dudó un instante y les propuso a los músicos ser el reemplazo. La batuta del cuarteto, un tal Ernesto Villafañe, lo miró extrañado, pero el Ruso, rápido de reflejos, se le adelantó y entonó a capela El choclo, de Villoldo; tras unas estrofas saltó a El porteñito, también de Villoldo, y cuando pasó a La morocha, de Villoldo y Saborido, Villafañe lo paró con un ademán.
—Suficiente —dijo Villafañe sorprendido—. ¿Cuántos más te sabés?
—Todo el repertorio —le respondió el Ruso.
Villafañe hizo un largo silencio en el que pareció evaluar todas las posibilidades hasta que finalmente habló.
—Consíganle un pantalón largo —dijo.
Así empezó el Ruso su carrera de cantante de tango. Con dieciséis años y un pantalón prestado.
5
El último acorde que salió del bandoneón de Indalecio Flores, alias el Negro, estrujó el corazón del Ruso. Era el último acorde del último tango de su carrera profesional, si es que en esos términos pudiera hablarse de su pobre derrotero artístico. Luego vinieron algunos aplausos de la escasa concurrencia o, mejor dicho, de la mínima atención que le prestaba la escasa concurrencia.
—Muchachos, tengo algo que decirles —anunció firme el Ruso a Indalecio Flores y a los hermanos Juan y José Estrada, los guitarristas, apenas bajaron del escenario.
Muy intrigados, los músicos aceptaron el convite que con su brazo derecho les hizo el Ruso indicándoles el camino hacia la última mesa del salón. Mientras los guitarristas y el bandoneonista tomaban asiento, el Ruso fue interceptado por William Wilcox, que estaba ubicado un par de mesas antes del fondo.
—¿Es usted Rosenberg? —le preguntó Wilcox en su afectado español.
El Ruso no había escuchado nunca a nadie fuera de su casa y de la sedería que lo llamara por su apellido.
—Sí, soy yo —le respondió el Ruso.
—Me llamo William Wilcox —se presentó mientras le extendía la mano—. Pero todos me dicen Will, que es tanto el comienzo de mi nombre como el de mi apellido —completó en un intento por ablandar un poco su abordaje—. Vengo desde muy lejos —continuó Will— y estoy acá especialmente para hablar con usted.
El Ruso no entendía de qué se trataba la cosa. Se preguntó quién podría venir de lejos para hablar con él. Y de qué tan lejos se estaba hablando si a él no lo conocía nadie más allá de los límites del barrio.
—Soy un buscador de talentos, especialmente cantantes, y he sabido de usted a través de personas que lo han escuchado cantar y han quedado impactadas. Esta noche he podido comprobar la razón.
Era la primera vez en su vida que al Ruso le daban una muestra del valor de su arte y, además, quien se la ofrecía hacía referencia a otros que también lo habían valorado. Este hecho lo impresionó profundamente. Con un gesto, Will lo invitó a sentarse en su mesa para que escuche lo que había venido a decirle.
—Señor Rosenberg —dijo Will.
—Dígame Ruso, señor Will, porque cuando me dicen Rosenberg suele ser para cosas jodidas o poco interesantes.
Will soltó una risa.
—Muy bien, Ruso. Mire, es simple. Cuando lo vi cantar, mis expectativas se vieron superadas. Y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué hace un artista como usted, a su edad, cantando en un lugar como este cuando el mundo debería ser su gran escenario?
El Ruso pensó para sí: yo también me lo pregunté varias veces y no tuve respuesta, así que no entiendo por qué carajo se lo tengo que responder a este gringo minutos antes de comunicarles a mis músicos que, literalmente, la milonga llegó a su fin.
—Escuche— le dijo seriamente Will y se aclaró la voz con una tos breve—. Voy a ser directo: el tango está haciendo furor en Europa, especialmente en Francia y en Alemania, y por supuesto en Norteamérica, donde, como usted bien sabe, el fallecido Carlos Gardel se convirtió en un ícono de Hollywood—. Usted —continuó Will— tiene todo para triunfar: buena voz, presencia y una interpretación muy sentida. Así que la razón por la que no ha triunfado, yo creo, es que la suerte no ha estado de su lado.
Esa conclusión coincidía con la percepción que el Ruso tenía acerca de su fracaso y, aunque no necesitaba que un extraño se lo confirmara, le concedió a Will la chance de ver adónde iba con su planteo.
—Hace tres meses que estoy en Buenos Aires escuchando cantantes de tango —prosiguió Will— y puedo decirle, Ruso, que después de haber recorrido diferentes lugares, incluso mejores que este, usted ha llamado mi atención.
El Ruso lo miró incrédulo. Había desfilado por todas las compañías vinculadas al tango, desde discográficas hasta radios, además de haber golpeado todas las puertas detrás de las cuales pudiera haber existido una oportunidad para él, y justo esa noche, apenas a dos mesas de distancia de aquella en la que sus músicos esperaban sentados la noticia que tenía para darles, aparece un extranjero que le pregunta cómo puede ser que no haya triunfado.
Will notó la desconfianza en la mirada del Ruso, que apoyó su espalda en la silla y arrugó el entrecejo, así que continuó.
—Ruso, usted tiene talento de verdad, y como mi instinto en general no falla, sé que le sobra lo necesario para hacer carrera. Yo, humildemente, tengo para ofrecerle una serie de presentaciones en París, en el club Le Petit Carillon. Si bien soy inglés, por mi trabajo conozco mucho la noche parisina y sé que es el sitio ideal para que usted se presente.
El Ruso recibió esas palabras con un súbito golpe punzante que irradió un intenso calor desde el centro del pecho, algo que solo ocurre cuando uno recibe una noticia inesperada, producto de un desborde de adrenalina. Will notó inmediatamente los efectos de su propuesta en el Ruso y continuó desarrollándola.
—Mire, Ruso, el tango es un negocio fenomenal en el mundo entero. Y los cantantes provienen de un solo lugar: este país. Así que estamos hablando de una materia prima escasa para satisfacer una enorme demanda. Por esa razón, estoy decidido a ofrecerle un contrato, que quizás en un principio no represente adecuadamente lo que usted y su cuarteto valen, pero alcanzará para justificar su viaje y el de sus músicos a París. También habrá un dinero por adelantado. Si el éxito acompaña sus presentaciones, como imagino ocurrirá, ese dinero se incrementará y seguramente vendrá de la mano de nuevas ofertas, incluso de grabar discos y filmar películas en París, como lo hizo Gardel.
La sensación de calor irradiante en el pecho del Ruso se transformó en un hormigueo en brazos y piernas. Su boca se había secado al punto de que la lengua estaba pegada al paladar como si fuera una única pieza. Un latido insistente en sus sienes le indicaba que la presión arterial le había subido notablemente y, producto de semejante espasmo corporal, apareció, por si hiciera falta algo más, un tremendo retortijón de intestinos que hubiese terminado en una enorme flatulencia de no ser por la fuerza con la que el Ruso apretó toda su musculatura. Le estaban proponiendo presentarse en París, a él que no había ido más allá de los límites de la isla Maciel. No era el momento ni el lugar para que el Ruso se desgraciara, antes hubiese preferido explotar como un globo que pasar por grosero.
—Si está de acuerdo —cerró Will—, podemos firmar un contrato mañana mismo en el hotel donde me estoy alojando. ¿Qué me dice?
Tantas cosas pasaron por la mente del Ruso antes de dar una respuesta que Will llegó a preocuparse por la posible negativa de su futura estrella. Pero el Ruso, simplemente, estaba encandilado por el viraje que estaba por dar su destino. De repente, toda su vida desfiló ante él a gran velocidad, como dicen que ocurre cuando uno confronta con su propia muerte. Y eso era exactamente lo que le estaba pasando al Ruso. Se estaba enfrentando al posible deceso de su fracaso. Cuando la secuencia de imágenes de su vida terminó su tránsito —su infancia en Mataderos, la muerte de sus padres, el orfanato, el recuerdo del Ñato Medina, la Iglesia del Pilar, el Teatro Colón, Ester, sus hijos, la sedería, la RCA Víctor, la Odeón, su suegro Isaac, el cuchillo ritual de su padre shojet y cada uno de los rostros que le negaron una oportunidad—, entonces sí su mente se liberó de todo (menos de dejar de apretar las nalgas) y pudo ordenarle a la boca que emitiera las únicas tres palabras necesarias en ese momento:
—Por supuesto, Will.
6
La imagen era intrigante, tanto para el bandoneonista Indalecio “el Negro” Flores como para los guitarristas Juan y José Estrada. Estaban sentados en la mesa que el Ruso les había indicado. Observaban cómo un personaje extraño para la escena local le hablaba al Ruso, que se veía preocupado y que solo recién al final pareció modular unas palabras, luego de que el sujeto le entregara una tarjeta, que supo guardar con rapidez en un bolsillo. Dado el aspecto del tipo, los Estrada pensaron que era un viejo conocido, alguien relacionado al trabajo en la sedería. El Negro Flores lo descartó de inmediato. Para él se trataba de un policía que andaba indagando sobre algún asunto oscuro. Arrastrado por esa hipótesis, al Negro se le vino una historia a la cabeza. Según la mitología de Barracas, el tano Carlusi, dueño del local y anarquista hasta la médula, había participado en los sucesos trágicos de 1910, cuando anarquistas y nacionalistas se enfrentaron a los tiros a pocos días del festejo del centenario de la Revolución de Mayo. Se rumoreaba que Carlusi había matado a un par de nacionalistas de familias patricias. La conjetura de Flores tenía que ver con ese hecho: con seguridad, los aristócratas habían movido influencias para dar con el asesino. El Negro era un paranoico sofisticado y, como buen maníaco, podía plantear una teoría verosímil distorsionando datos de la realidad: los acontecimientos a los que se refería habían ocurrido hacía tres décadas.
Tras un apretón de manos con el Ruso, los tres músicos vieron al personaje en cuestión alejarse hacia la salida del local, mientras el Ruso, con la cara clausurada por un gesto indescifrable, se acercaba a la mesa en la que ellos lo esperaban. Se desplomó sobre una silla —sus piernas apenas podían sostenerlo por la emoción— y, como consecuencia del brusco movimiento, la ventosidad que lo acechaba logró escurrirse hacia el exterior, pero el aire del lugar estaba tan viciado que pasó completamente desapercibida.
Juan Estrada lo encaró primero:
—¿Qué era lo que nos querías decir?
Y el Negro Flores sumó con ansiedad:
—¿Ese tipo era cana, no?
El Ruso ordenó sus pensamientos, tragó saliva, y le respondió primero a Estrada.
—Lo que tenía para decirles ya no tiene importancia…
Esa reacción llamó la atención del Negro Flores. Ahora no tuvo ninguna duda de que había un problema serio en puertas. El Ruso lo miró de reojo, como desafiándolo. Después se acomodó en la silla, carraspeó y le contestó:
—No, Negro, no es cana. Es nuestro representante… Nos vamos de gira a París.
7
El lujosísimo Alvear Palace Hotel se había inaugurado siete años antes, en 1932, y era el albergue preferido de turistas adinerados, empresarios y nobles europeos. El Ruso no había estado nunca en un lugar así, y sus enormes salones, decorados con cortinados bordó y columnas blancas y doradas, eran el marco ideal para el encuentro con su representante inglés. El lujoso ámbito propiciaba las fantasías de éxito, prosperidad y glamour que sobrevendrían con la consagración artística.
Will, de impecable traje marrón, peinado a la gomina y luciendo su reloj pulsera Longines de oro, esperaba al Ruso en una mesa con cubertería de plata y vajilla de porcelana. Cuando Will lo vio venir, se puso de pie y, tras un apretón de manos, esperó a que el Ruso se sentara para hacerlo luego él.
El Ruso solo tomó café. Estaba muy ansioso y, como tenía el estómago cerrado, se negó a probar las delicadas petits fours que se lucían sobre una bandeja de plata de tres pisos. El suntuoso salón, con unas pocas mesas ocupadas dada la temprana hora de la tarde, sumado a la solemnidad en el trato que le dispensaba Will hicieron que el Ruso se sintiera importante, algo que nunca le había sucedido. “Un salón con olor a buena vida”, así se lo describió a sus músicos cuando repartió con ellos el adelanto que le entregó Will tras la firma del contrato. Eran doscientas libras esterlinas para cada uno de los Estrada y para el Negro Flores, y trescientas para él. Y habría más. Según lo firmado se repartirían trescientas libras semanales, más un plus de doscientas si la concurrencia llenaba el club Le Petit Carillon en el que se presentarían durante tres meses. Las cifras en cuestión eran enormes. Trescientas libras esterlinas equivalían a unos cuatro mil pesos, una verdadera fortuna, especialmente para un asalariado vendedor de telas que no ganaba más de cien pesos mensuales. Con esa plata se podía comprar, por ejemplo, una Coupe Chevrolet 39 cero kilómetro, uno de los autos más lindos de la época. Esta sería la primera vez que el Ruso podía esgrimir ante su familia razones de peso para no renunciar a su vida de cantante, aunque en este caso las cosas eran más complejas ya que el escenario estaba del otro lado del Atlántico.
El Negro Flores y los hermanos Estrada eran solteros, así que no tenían nada demasiado importante que resolver antes de la partida. Además, las libras esterlinas que habían recibido evitaron cualquier tipo de pregunta acerca de los detalles del viaje. Por otra parte, el Ruso tampoco podría haber respondido nada: su desconocimiento de la aventura europea era absoluto. Lo único que importaba era que en dos semanas tenían que estar en la dársena para subir al vapor que los llevaría a Francia. Pero había una cuestión compleja que el Ruso debía resolver: cómo contarles las novedades a sus familiares, que no tenían la menor idea de nada. Ni siquiera les había mencionado el primer encuentro con Will en el bodegón de Carlusi. Mantuvo el secreto por dos razones. La primera era porque no sabía si Will hablaba en serio; la segunda tenía que ver con su capacidad de expresión: no sabía cómo hacer para que resultara verosímil la propuesta que le acababan de hacer.
—Vos estás raro —acusó su suegro Isaac la mañana en la que el Ruso le avisó que se iría del negocio a media tarde. Le dio una excusa cualquiera para evitar contarle que se iba al Alvear Palace Hotel a encontrarse con Will.
—Yo te conozco bien a vos, y estás raro. Y Ester piensa lo mismo.
Eso fue lo último que escuchó de su suegro cuando se calzó el sombrero y traspuso la puerta de la sedería, sin contestarle.
8
A Ester la conoció cuando él ya tenía veinticuatro años y vivía solo en la pieza de un inquilinato en la zona del Mercado de Abasto. Como en el asilo se había recibido de bachiller, el Ruso no tuvo problemas para conseguir un trabajo y comenzar su vida adulta. Empezó como empleado del frigorífico La Blanca en Avellaneda. Allí conoció el rigor y el aburrimiento del trabajo administrativo. Su jefe era un gerente inglés de apellido Watts, que lo controlaba minuciosamente y de quien aprendió el oficio contable. Además, por su condición de cantante –era frecuente verlo amenizar cumpleaños durante la hora del almuerzo–. Esto era consentido por Watts que, como buen patrón, sabía que cuanto más contentos trabajaban los empleados, mejor funcionaba el negocio. Pero al Ruso no le gustaba mucho su actividad y, luego de tres años, consiguió pasarse a la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, con un puesto más jerarquizado y un sueldo mejor. En ese momento, tuvo la oportunidad de mudarse. Se fue de la pieza que alquilaba en Avellaneda a un inquilinato del Abasto. En su nuevo barrio, se enfrentaban habitualmente rufianes y malevos; a esas luchas, en ciertas ocasiones, se sumaban patotas de niños bien, conocidas como indiadas, que tenían varios integrantes célebres, entre ellos Jorge Newbery. Toda esa mitología, sumada al ingrediente del tango, hacía de la zona el sitio perfecto para que el Ruso se sintiera a gusto. Cada viernes por la noche, después de una ardua semana de trabajo contable, volvía, por fin, a ser él.
Se tomaba el tranvía hasta Barracas, donde la magia del Fels lo seguía fascinando como la primera vez. Fue en el mismo Fels donde se cruzó con el Negro Flores, y éste, a su vez, le presentó a dos guitarristas, que no eran los hermanos Estrada que integraban el cuarteto actual sino dos buenos músicos que duraron poco. Uno de ellos cayó preso por robo; el otro, se casó con una uruguaya y se fue a vivir a Montevideo.
Ese primer cuarteto, que integró con el Negro Flores, debutó en el Fels y rápidamente abrió su juego hacia otros tugurios, desde donde el Ruso se propuso saltar hacia un circuito mejor, pero la suerte no lo acompañó y no solo no pudo insertarse en el mundo del tango con más categoría, sino que tampoco pudo dejar su trabajo de empleado administrativo.
Los hermanos Estrada aparecieron años después, tras el paso de varios músicos que el Negro Flores iba consiguiendo. Para esos años el Ruso quería tener una mujer. No era que en el Fels, en particular, y en la noche, en general, no hubiera mujeres, sino que él quería una de otro tipo. Por esa razón, empezó a frecuentar la sinagoga de la calle Libertad, muy cercana al Teatro Colón, donde en su infancia había aprendido el arte de inspirar compasión para recibir limosna.
Al parecer, el mandato familiar no se esquiva con facilidad: si bien el Ruso, por propia voluntad o por las vueltas del destino, había logrado sortearlo, a la hora de buscar una esposa para iniciar una familia no dudó en regresar a la tradición. Así fue cómo, después de mucho tiempo, volvió a ponerse una kipá y a encontrarse con esas largas barbas rabínicas. Escuchó nuevamente los cantos litúrgicos que acompañan la lectura de la Torá, tan familiares para él en el pasado. Y fue en ese templo judío, un sábado de octubre de 1928, donde el Ruso conoció a Ester.
Ella estaba en la puerta acompañada por su padre. Había un casamiento y Ester estaba tan elegante que bien pudo haber sido ella la novia. Con dieciocho años, Ester era una mujer estilizada, de piel blanca y cabello rojizo ondulado. Tenía una boca roja y grande que se recortaba de la palidez de su rostro y del resto del universo. A partir de ese momento el Ruso no miró a ninguna otra, ni ese sábado ni en los siguientes diecisiete años.
9
La sopa de kneidalaj es un típico plato de la cocina judía askenazí. Se trata de un caldo con albóndigas hechas de harina de matzá, huevo, aceite, sal y pimienta. Si se la prueba de adulto, es difícil que el gusto deslumbre; en verdad, el sabor de ese plato se relaciona con la propia historia familiar. El Ruso la había comido diariamente mientras vivían sus padres; con la tragedia del tranvía esa costumbre se suspendió hasta que, años después, la recuperó en la mesa de la familia de Ester. La noche en que el Ruso tenía decidido hablarle del viaje a París, había comido dos platos abundantes de kneidalaj en forma mecánica y sin interrupción. Durante la cena, ella lo observó con desconcierto.
El Ruso le debía franqueza a Ester: la relación que habían construido así lo exigía. Tenía que contarle del viaje de una buena vez, pero estaba trabado. No sabía cómo abordar el tema, aunque tenía claro que no lo haría en la mesa delante de sus hijos, ni de su cuñado y compañero de mostrador en la sedería; muchísimo menos frente a su suegro. Ester merecía enterarse a solas, de noche, para que las tareas diarias no interfiriesen con la necesidad que tendría de digerir la primicia en soledad. Esta cuestión de no hablar de sus cosas durante la cena era una constante para ellos. Vivían todos en la misma casa de dos plantas, lindera con la sedería. Isaac y su hijo ocupaban la planta baja; el Ruso con Ester y los chicos, la planta alta, que tenía entrada independiente. Pero, a la hora de la cena, la familia completa se reunía en el comedor del suegro.
Esa vez, el Ruso se levantó de la mesa ante la mirada contrariada de su mujer. Saludó y se alejó hacia el piso superior. Una vez que estuvo entre las cuatro paredes del dormitorio, se sentó a esperar a que ella llegara. Después de pocos minutos, se abrió la puerta del dormitorio y Ester, frontal como siempre, puso las cosas en su lugar.
—¿Me vas a decir de una vez por todas que te anda pasando? —preguntó desafiante.
10
Apoyado en la baranda de babor del Commerce de Marseille que lo llevaba a Francia, el Ruso observaba en silencio cómo Buenos Aires se hundía en el horizonte. El olor a río iba dando paso a una suave brisa salada que, de a poco, le secaba la boca. Muchas cosas pasaban por su cabeza en ese momento. Una de ellas era la imagen de Carlos Gardel en la película Volver, cantando en la misma pose en la que él se encontraba ahora, solo que para el Ruso no se trataba de volver, sino de partir. Se sentía raro por estar cruzando el Atlántico en el sentido inverso al que lo habían hecho sus padres, pero igual que ellos, en busca de un sueño. En un momento, comenzó a recapitular los acontecimientos de su vida y, saltando de un recuerdo a otro, inesperadamente, lo embistió una epifanía: sintió que estaba predestinado a algo grande, muy grande.
En aquel horizonte que poco a poco se fundía con el cielo quedaban la frustración y lo más importante que tenía en la vida: su mujer y sus hijos. Ester había sido mucho más dócil de lo que el Ruso esperaba al recibir la noticia del viaje. Le había dejado la deslumbrante suma de trescientas libras y el compromiso de mandarle el resto del dinero a medida que lo fuese ganando. Con el adelanto ya tenían para pagar las fiestas de bar mitzvá de sus hijos, y viajar los cuatro a las sierras de Córdoba primero y a la playa de Piriápolis después, y además ahorrar. Eso para empezar. Seguramente habría mucho más si el éxito lo acompañaba, como él le había asegurado. Ester se había convencido de que así sería, sobre todo después de conocer a Will en el puerto antes de que el buque zarpara.
A medida que pasaban los días, el entusiasmo del Ruso crecía. No solo porque París estaba cada vez más cerca, sino por la consideración que le dispensaban, digna de una estrella. El capitán del barco, un francés de apellido Poulet, veterano de la Primera Guerra Mundial, estaba fascinado con el tango. Cierta vez, mientras caminaba por un pasillo, escuchó al cuarteto ensayando en el camarote del Ruso. El marino se quedó parado junto a la puerta hasta que irrumpió con un aplauso y los invitó a compartir su mesa en la cena de esa noche. Además, les propuso interpretar algo del repertorio para los pasajeros. Ese pequeño concierto dio lugar a una serie de recitales a cambio de los cuales el Ruso, Will y sus músicos fueron invitados a alojarse en camarotes de primera clase que estaban sin ocupar. El cuarteto no era gran cosa, pero los pasajeros, todos extranjeros, no tenían un criterio tanguero desarrollado. Por otra parte, si bien el barco era muy cómodo, no ofrecía ningún entretenimiento más allá del baile nocturno en el salón principal. Por esta razón, y porque los días en altamar se hacían muy monótonos, el cuarteto fue la gran atracción. Antes de llegar a tierra firme, el Ruso empezó a saborear de qué se trataba, finalmente, el reconocimiento.
La travesía tuvo algunos días bastante malos, especialmente en la mitad del cruce del Atlántico, cuando los sorprendió una gran tormenta que duró tres interminables días. Caminaban agarrados de los pasamanos aún para recorrer unos pocos pasos. Comer se hacía difícil: todo iba al piso, incluso aquellos bocados que conseguían llevarse a la boca terminaban vomitados poco después. El primer día se prohibió salir a cubierta, pero después del mediodía el temporal empeoró tanto que el Capitán se vio obligado a ordenar a los pasajeros que se pusieran sus chalecos salvavidas y no salieran de sus camarotes. Fueron tres días de terror, con los pisos sucios, resbaladizos y malolientes. La gente estaba descompuesta y aterrada por la furia del océano. Los vidrios estallaban y los objetos rodaban de proa a popa, de babor a estribor. Los alimentos eran entregados en los camarotes, pero si bien el personal de a bordo estaba entrenado, también a ellos se les complicaba. La mayoría de las veces, las bandejas se estrellaban contra el suelo antes de ser entregadas a los pasajeros y las pocas que llegaban, lo hacían en condiciones muy poco presentables.
El Ruso temió seriamente que el barco naufragara. A lo mejor toda su vida llena de extraños giros no era más que una broma del destino, o de Dios. Era la primera vez que traía a Dios con el pensamiento en mucho tiempo, quizás porque de verdad estaba aterrado. ¿Y si era Dios el que se estaba divirtiendo con él paseándolo a su antojo de acontecimiento absurdo en acontecimiento absurdo, sin ningún objetivo más que su propia diversión? ¿No sería una broma divina el haberlo hecho nacer en Mataderos, convertirlo en huérfano, hacerlo fracasar sistemáticamente y, a la vez, darle el tesón para verlo insistir y al final arrojarlo al fondo del océano? Por asociación, este pensamiento le trajo a la memoria el gato gris que vivía en el orfanato. Ese animal jugaba a su antojo con las polillas que volaban alrededor del farol que iluminaba el patio. Al Ruso le encantaba ver cómo, con una estocada veloz, el gato derribaba una polilla y jugaba con ella: la soltaba para generarle esperanzas y la atrapaba de nuevo. Repetía ese juego una y otra vez hasta que, al final, se metía la polilla en la boca y la masticaba. ¿No seré yo la polilla de Dios?, se preguntó el Ruso mientras una ola enorme ladeaba el barco de manera temeraria. ¿No estará Dios jugando conmigo como juega el gato maula con el mísero ratón?
Finalmente, la tempestad empezó a ceder y, poco a poco, la normalidad se restableció a bordo. De todas formas, el Negro Flores tardó dos días en desprenderse del chaleco salvavidas. Si bien el sol brillaba y el mar estaba en relativa calma, Flores, como buen paranoico, necesitaba un poco más de tiempo para amigarse nuevamente, y con ciertos reparos, con la navegación.
La alegría finalmente volvió al salón del barco y el cuarteto continuó desplegando lo mejor de su repertorio. Los guitarristas, Juan y José Estrada, no podían dejar de comparar este salón con aquellos tugurios en los que solían actuar, en los que no llegaban a tocar un tango completo sin ser interrumpidos por una pelea, que en más de una oportunidad terminaba en batalla campal y, en ciertas ocasiones, con una muerte. Eran antros siniestros, frecuentados por rufianes de todo tipo. Juan Estrada recordaba siempre la noche en que dejó su guitarra parada contra la pared y se la usaron de mingitorio. En comparación, el Commerce de Marseille, al mando del capitán Poulet, era el mismísimo Teatro Colón. Y así, entre tangos, aplausos, champán y guiños cómplices con Will, que parecía muy complacido con la reacción del público a bordo, llegaron al puerto de Nantes.
11
Al bajar del barco, luego de tres semanas de navegación, el Ruso sentía que el piso seguía moviéndose bajo sus pies. Nadie les había advertido ni a él ni a los muchachos acerca del mareo de tierra, algo que afectó particularmente al Negro Flores. Los hermanos Estrada eran a prueba de todo, estaban adaptados a comer lo que hubiese y a dormir donde fuese, pero el Negro era delicado y, además, hipocondríaco: pensó que nunca más recobraría el equilibrio. Como la llegada a Nantes fue al amanecer, tuvieron que esperar tres horas en la estación para abordar el tren que los llevaría a París. Will anotaba cosas en un pequeño cuaderno, mientras el Ruso recorría el andén de punta a punta admirando todo lo que veía. Estaba en Europa y eso le parecía mágico. Solo se escuchaba hablar francés, pero le llamó la atención oír de tanto en tanto alguna voz en español castizo. Eran refugiados españoles que llegaron a Nantes escapando de la guerra en su país, explicó Will.
—Todo el mundo escapa de algo en algún momento de su vida. O por lo menos, lo intenta —fue el comentario que le devolvió el Ruso, y no pudo dejar de asociarlo a la imagen de sus padres. Unos instantes después, un guarda de uniforme azul y dorado empezó a recorrer el andén invitando a los pasajeros a abordar el tren con destino a París.
12
París no había sido jamás un objetivo en la vida del Ruso; sin embargo, ahí estaba, admirado ante la imponencia de la Torre Eiffel, que se dejó ver apenas se alejaron de la puerta del hotel Copernic donde se hospedaron, situado en la calle del mismo nombre.
Will les había dicho que pasaría al día siguiente para llevarlos a conocer Le Petit Carillon, donde se presentarían apenas dos días después. Era un miércoles y debutaban el viernes. Les dejó unos francos y los animó para que salieran a comer.
—Negro, ¿alguna vez te imaginaste que ibas a estar acá? —preguntó el Ruso con cierta nostalgia.
Flores estaba tan emocionado que su primera respuesta fue un suspiro lanzado sin sacar la vista del imponente monumento.
—Nunca, Ruso. Nunca en la puta vida, hermano…
Y lo mismo les pasaba a los Estrada.
Caminaron maravillados por la avenida de los Campos Elíseos en dirección al Arco del Triunfo y, a juzgar por sus rostros, los cuatro debían estar pensando lo mismo: que alguien estaría soñando que ellos caminaban por París y que, ni bien esa persona despertara, ellos desaparecerían. La noche los agarró cruzando el Campo de Marte y decidieron terminar el paseo en un bar que se veía interesante. El ambiente les resultó mágico: risas, gente elegante, humo. Se quedaron en ese lugar casi cuatro horas imaginándose el futuro mucho más allá de lo razonable. Fantasearon, incluso, con la idea de que ellos eran los responsables de continuar la carrera que el incendio del avión en Medellín le había truncado a Gardel. Bien entrada la noche y habiendo comido un suculento cassoulet, el Ruso, el Negro y los Estrada regresaron al hotel exhaustos. Se acostaron a dormir en una cama que, por primera vez en veintiún días, no se movía, aunque a ellos les parecía que sí.
13
Por la mañana, muy temprano, llegaron con Will a Le Petit Carillon. En el interior del local en penumbras aún persistía el aroma del tabaco y del champán de la noche anterior. Las sillas estaban sobre las mesas y un joven limpiaba el piso de madera, para luego encerarlo y dejarlo nuevamente reluciente. En el techo había una enorme garganta circular y del centro colgaba una gran araña con caireles. Las paredes estaban decoradas con boiseries de madera hasta media altura y, de la mitad hacia arriba, las revestía un terciopelo rojo con vivos dorados y tulipas de cristal. Al fondo del salón había un escenario amplio con un piano de un cuarto de cola que aún tenía algunas copas sobre la tapa.
Will le presentó el cuarteto al dueño, un hombre alto y canoso de sonrisa muy amable llamado Pierre, quien los recibió vociferando efusivos elogios.
—Es un honor tenerlos aquí, señores —sentenció Pierre en francés. Y mirando al Ruso dijo—: Mi amigo Will habla maravillas de usted. Estoy ansioso. Quiero que llegue el viernes. Ya están todas las mesas reservadas para esa noche, y para la siguiente también.
Cuando Will les tradujo, el Ruso sintió que todas sus fantasías eran posibles. Había gente que, sin saber de ellos, ya había reservado toda la capacidad del lugar para el primer fin de semana. Recorrieron el local, les convidaron café, hicieron bromas en español entre ellos comparando todo lo que veían con el bodegón de Carlusi, y se fueron al hotel a terminar de definir el repertorio. Pasaron dos días caminando por París. Vieron a mucha gente sin entender lo que decían. En un momento, entraron a un bar. Pidieron sus copas y el Negro Flores salió del lugar para pararse en la vereda y contemplar París. Mientras, los hermanos Estrada intentaban seducir a la camarera, que los miraba sonriente, pero con un gesto de incomprensión en el fondo de sus ojos. El Ruso, en cambio, estaba pendiente de otra cosa: escuchaba a un hombre que hablaba en castellano del general Franco, de la locura de Hitler y de los tambores de guerra que sonaban cada vez más fuerte en toda Europa. La frase que más lo impactó fue: “Si yo fuese judío, no solamente estaría tratando de huir de Alemania sino de Europa en general”. El Ruso sabía de qué hablaba ese hombre: conocía las historias de sus padres. Sabía de Hitler porque leía los diarios en Buenos Aires todas las mañanas y porque su suegro Isaac hablaba permanentemente de su preocupación por los parientes que aún vivían en Polonia. Ese pensamiento le generó un escalofrío que lo recorrió de punta a punta como un relámpago, pero enseguida se dijo que él estaba allí para cantar y seducir al público francés, y que nada de eso tenía que ver con Hitler ni con los nazis, que tanto temor inspiraban en su suegro y en él mismo. Entonces, para dar por terminado ese pensamiento oscuro, salió a la calle y se paró junto al Negro; en el bar quedaron los Estrada con sus intentos de seducción.
Llegó el viernes. Le Petit Carillon desbordaba de gente. El Ruso cantó como nunca antes en su vida; de hecho, lo que sintió fue que todas las actuaciones anteriores no habían sido otra cosa más que ensayos para alcanzar el nivel de aquella noche. Y era más que una apreciación subjetiva porque de verdad lo había hecho mejor que nunca. Tenía la luminosa sensación de estar en su mejor momento, como si el sentimiento de decadencia que lo había perseguido durante años se hubiera esfumado por arte de magia.
Lo que el público veía sobre el escenario eran cuatro exponentes auténticos del arrabal porteño. El rostro curtido del Negro Flores, sus gestos, la forma en que abría y cerraba el fuelle sobre su rodilla; la coordinación de los Estrada, que rasgueaban al unísono marcando el compás con un pie; el entusiasmo que había en la voz del Ruso. Todo eso era auténtico y novedoso para la concurrencia de Le Petit Carillon y, por eso, el cuarteto valía mucho más en París que en el Abasto. Después del quinto tango, el Ruso observó que Will ya no estaba parado junto a la puerta vaivén de la cocina. Se había sentado en una mesa con otros dos hombres, que estaban casi de espaldas al escenario. Cuando el Ruso empezó a entonar Volver, notó que los tipos le daban la mano a Will y se retiraban del lugar. Le pareció extraño y no supo qué significado darle, así que prefirió regresar a lo suyo y no distraerse en medio de su interpretación.
Cantaron diez tangos seguidos, cerraron con dos bises y se bajaron del escenario en medio del caluroso aplauso de unas cien personas que ocupaban las mesas del local y parecían encantadas con estos cuatro argentinos, que según la presentación de Pierre eran lo más encumbrado del tango porteño.
Por supuesto ahí estaba Will, que observaba cómo todo iba sobre ruedas. No podía ser de otra manera. Lo que tenía entre manos era extremadamente audaz, pero dependía, y mucho, de que el Ruso se sintiera en la gloria. Esa misma noche reportó a Londres que el plan que se había puesto en marcha en Buenos Aires continuaba con éxito en París.
14
El contrato inicial de tres meses se extendió un mes más; es decir, que la vuelta a Buenos Aires se posponía para finales de septiembre. Su mujer no tuvo reparos al enterarse a través de la correspondencia que mantenía periódicamente con su marido. Como la gente llenaba Le Petit Carillon y el Ruso cumplía enviándole mucho dinero, esa postergación significaba una cifra extra que no se podía despreciar. Ester le contó en una carta que la suma que había recibido hasta ahora casi alcanzaba para comprar otra casa en el mismo barrio al que le gustaría mudarse, así que un mes extra significaría la diferencia faltante para concretar ese sueño.
El Ruso le escribía a su esposa todas las semanas. Sabía que eso la mantenía tranquila y contenida. En cada carta, le describía una nueva zona de París, ciudad que día tras día conocía un poco más, ya que al presentarse solo los fines de semana en Le Petit Carillon tenía mucho tiempo libre para recorrerla. “Te digo más, Ester. Tenés que ir pensando en comprarte un buen par de valijas. Will dijo que el año que viene tenemos que venir otra vez y yo te traigo conmigo. Jaime y Marcos ya son grandecitos y no creo que haya problema en que se queden una temporada con tu papá”. El Ruso pensó: cuando Ester lea esto se va a poner loca de contenta. Su marido, el ahora aplaudido cantante que le manda abultadas remesas de dinero, le ofrece lo que nadie le pudo prometer jamás: conocer París. Todas esas noches de mesas llenas y aplausos le permitieron fantasear hasta el infinito. Sentía que todo fluía en su vida, como si alguien hubiese sacado el pie de un freno que lo había mantenido tanto tiempo detenido en el fracaso.
15
En 1939, Francia tuvo una de las peores cosechas de uva de su historia. Esa situación generó escasez de champán y elevó el precio del stock a cifras récord. De todas formas, este hecho no impidió que la baronesa Anna von Peuhenn disfrutara de una costosísima botella de Veuve Clicquot mientras escuchaba cantar al Ruso con especial atención.
La baronesa era una mujer recién entrada en los cuarenta, elegante como pocas. No era muy atractiva, pero sí era dueña de una enorme fortuna que había heredado de su difunto esposo, el barón Conrad von Peuhenn, un poderoso industrial alemán dueño de un imperio metalúrgico. Era la tercera esposa de Von Peuhenn, y la más afortunada de todas: fue quien lo heredó todo, ya que el barón no tuvo hijos. No era aristócrata de cuna y, quizás por esa razón, se aburría con la frivolidad de la clase alta. Durante la Gran Guerra, cuando era solamente Anna, había trabajado como telegrafista, pero su vocación solidaria la había hecho sumarse al cuerpo de enfermeras que atendían a los heridos que peleaban en las trincheras.
Pasó tres años cubierta con la sangre de los jóvenes soldados alemanes, apretando heridas con sus propias manos y respirando el dolor de la muerte. A sus pocos años, Anna sabía de la vida bastante más que aquellas mujeres de su actual clase social. Su solidaridad se multiplicó con su condición de millonaria: ayudó a instituciones de veteranos de guerra, orfanatos y viudas de soldados. Las secuelas de aquellas heridas que había intentado contener con sus manos, ahora las aliviaba con su obra benéfica. Eso le valió la estima y el respeto del que tanto gozaba en su país: Alemania.
El Ruso la registró desde arriba del escenario y, promediando el repertorio, vio cómo Will se sentaba junto a ella. Supo enseguida que algo se estaba gestando. Cuando terminó de actuar, Will lo llamó con un gesto. El Ruso se acercó a la mesa solo. Los Estrada, que a esta altura ya tenían una novia francesa –la camarera de aquel bar, que alternaba con los dos–, se habían ido presurosos del local al encuentro de la susodicha, y el Negro Flores se dirigió, como era su costumbre, a la cocina –donde ya había establecido amistades– para reponer calorías.
—Quiero presentarle a una mujer encantadora que ha venido desde Alemania a escucharlo cantar— le dijo Will.
Así le introdujo a la baronesa, quien luego de elogiarlo le explicó el motivo de su presencia esa noche: contratarlo para cantar en una gran fiesta que se llevaría a cabo la noche del 31 de agosto en su mansión, en las afueras de Berlín, y cuyo objetivo era recaudar fondos destinados a su obra solidaria.
—Mi amigo Franz Hovenhaver, que lo escuchó en este mismo club, tiene razón. Usted tiene que cantar en la fiesta.
La baronesa le hizo una propuesta irresistible: dos mil libras esterlinas por una presentación de media hora con todos los gastos pagos alojándose en el mejor hotel de Berlín.
El Ruso soñaba con el éxito y el destino parecía estar ofreciéndole todos los boletos para conseguirlo. Alemania también era una plaza importante para el tango, pero le inspiraba mucho temor. Siendo judío, no era precisamente el mejor momento para visitar ese país. La prudencia aconsejaba desestimar la propuesta; de hecho, el mismo Will fue quien, delante del Ruso, puso el reparo:
—Señora. Nos honra profundamente su oferta, pero existe un problema: mi representado es judío y me parece que el momento actual no es el más propicio para que se presente en Berlín.
La baronesa le clavó la mirada al Ruso durante un largo instante y finalmente, mirando a Will, dijo:
—La verdad, no parece judío.
Will no tradujo esa frase sino hasta que el Ruso se lo pidió. Quiso evitar que el comentario lo ofendiera, especialmente porque la intención de la baronesa no había sido esa. La expresión traducía, más bien, cierto asombro. Había un estereotipo muy fuertemente instalado por los nazis acerca del aspecto de un judío y el Ruso no entraba en esa descripción.
—Bueno… Dígale que ella no parece una baronesa —dijo el Ruso despertando una sonora carcajada en ella. Anna von Peuhenn tenía un gran sentido del humor.
—Por favor, señor Rosenberg, me disculpo si mi comentario le pareció inapropiado. Créame que no soy antisemita.
Will tradujo y el Ruso pensó que ahora le iba a decir que ella tenía un amigo judío, pero evitó el comentario irónico porque no quería mostrarse hostil.
—De todas formas —continuó la baronesa—, usted no tendría que preocuparse de nada por varias razones. Primero, porque tiene pasaporte argentino, país del que Alemania es muy buen amigo. Segundo, porque su apellido es muy común en Alemania y no está asociado con el judaísmo sino todo lo contrario, puesto que el ideólogo del nazismo, consejero y amigo personal de Hitler, se llama Alfred Rosenberg. Y, como si eso fuera poco, usted viajaría contratado por mí. Le aseguro que nadie lo va a molestar. La única precaución sería no andar pregonando su origen judío, pero eso es todo.
El Ruso escuchaba atento mirando a los ojos de la baronesa. Ella hizo una pausa para beber y continuó exponiendo la propuesta.
—Usted llegaría a Berlín el día 30 de agosto y el 1 de septiembre se tomaría el tren de regreso a París, luego de haber cantado ante las quinientas personas más ricas e importantes de Europa.
El Ruso sintió que podía confiar en lo que le decía la baronesa, pero aun así seguía siendo un judío al que estaban invitando a cantar en la Alemania nazi, donde el odio racial había infectado el alma de una inmensa mayoría.
—Señora —dijo Will—, déjenos pensarlo y mañana por la tarde le daremos nuestra respuesta. Sepa que, sea cual fuere, le estamos eternamente agradecidos por haber venido en persona a vernos.
—Por supuesto —dijo la baronesa—, medítenlo con tranquilidad.
La baronesa bebió el final de su copa de champán y, al finalizar, Will y el Ruso la acompañaron hasta la salida. Ella subió a un moderno Mercedes-Benz negro conducido por un chofer, que no tardó en perderse en la noche parisina.
16
Tanto el Negro Flores como los Estrada eran parte de esa enorme mayoría de gente que desconocía la profunda gravedad de lo que pasaba en Alemania. Pero el Ruso estaba bien informado. Ningún judío en ningún lugar del planeta era ajeno a la persecución que los nazis estaban llevando adelante. La decisión que le debían comunicar a la baronesa se cocinó entre él y Will en la habitación en la que se hospedaba este último, en el mismo hotel en el que se alojaba el cuarteto.
—¿Ruso, qué opina usted de los argumentos que dio la baronesa en favor del viaje?
—No sé qué decirle, Will. Me da temor, pero a la vez me parecieron razonables, aunque pienso que, llegado el caso, también usted y los muchachos se pueden ver en problemas por mí.
Will se quedó en silencio, pensando con actitud comprensiva y condescendiente, pero si el Ruso lo hubiera conocido en profundidad se habría dado cuenta de que tras esa expresión se escondía otro propósito: seguir acrecentando la confianza que el Ruso le tenía. Ese era el objetivo primero: sobre la base de esa confianza, el plan iba a poder dar el paso fundamental que significaba llegar a Berlín.
—Mire, Ruso. A mí las palabras de la baronesa me dieron tranquilidad. La explicación acerca de por qué usted no correría riesgos me pareció lógica. Y la oferta económica es insuperable, tanto como los quinientos invitados ante los cuales nos presentaríamos. Como representante suyo creo que eso nos dará un impulso muy grande, pero la decisión de viajar o no a Berlín es suya.
Esta última frase fue la carta más arriesgada que jugó Will. Al dejar la decisión en manos del Ruso, éste podría decidirse por el no. Will, en ese caso, tendría que buscar la manera de revertirlo sin parecer forzado. El plan maestro no debía derrumbarse por nada en el mundo.
El Ruso le agradeció la confianza y se fue a su habitación a meditar el tema, pero antes de cerrar la puerta lanzó una última mirada a Will, que estaba parado junto a la ventana, con una sonrisa calma. Sin embargo, cuando el Ruso cerró la puerta, esa sonrisa rápidamente se convirtió en una mueca que denotaba la preocupación de alguien que especulaba al límite arriesgando todo en cada paso.
El Ruso razonó con los datos que los últimos meses le proporcionaron. París era una realidad, aunque de momento circunscripta a Le Petit Carillon. Lo cierto era que en un par de semanas podría estar cantando en Berlín ante personajes célebres y poderosos; eso volvía más tangible el sueño de la consagración. La especulación lo encandilaba, como los faros de un tren que se acercaba y al que no se podía dejar pasar. Pero la realidad era otra, y si la metáfora era la del tren, en este caso se trataba de uno que venía en silencio, con las luces apagadas y por detrás.
17
Se habían hecho habitués del pintoresco bar en el que trabajaba la camarera con la que noviaban los Estrada. A media tarde y después de comunicarle su decisión a Will, el Ruso invitó a sus compañeros de cuarteto a tomar un rico vino en aquel lugar. Ni bien llegaron, José Estrada se encerró en el baño con la camarera, así que en la mesa quedaron el Ruso, el Negro y Juan. A juzgar por la demora, José estaba muy entretenido. El Ruso decidió no esperarlo y lanzar ahí mismo la noticia.
—Muchachos, la semana que viene nos vamos por dos días a Berlín. Nos contrataron para presentarnos en una gran fiesta que da la baronesa de no sé qué carajo, y nos pagan una fortuna para cantar media hora ante unos millonarios que vienen de todas partes.
Inmediatamente, el Negro Flores levantó su copa y propuso un brindis por un nuevo viaje. Cuando Juan Estrada volvió a la mesa, vio la euforia de sus compañeros, que rápidamente lo pusieron al tanto de las novedades, no sin antes llenarle la copa de vino y pedirle que se subiera el cierre de la bragueta. Hicieron bromas, pidieron otra botella, quesos varios, y se quedaron hasta que el bar cerró y la camarera partió, esta vez con el otro Estrada, como habían acordado entre los hermanos. El Ruso, el Negro y José caminaron por la ciudad para despejarse y ventear un poco el alcohol que habían bebido.
Se sentían en la plenitud total, la suerte se había dado vuelta para todos y la vida les regalaba un sueño impensado, que sin duda se acrecentaba con este viaje a Berlín. Cantaron a capela algunos tangos, a los que les iban cambiando la letra como payadores para hacer referencia a las anécdotas que venían viviendo. Los tres se alejaron por Montmartre hasta que la oscuridad de la calle solo permitió que se los escuchara reír y cantar estrofas apócrifas, que se volvían cada vez más soeces, pero entonadas con gran dedicación.
ACTO II
NAZIS, DROGAS Y ROCK AND ROLL
18
Después de atravesar Francia y Bélgica durante la noche, el tren se detuvo en Monschau, el primer pueblo alemán ubicado a dos kilómetros de la frontera belga. El Ruso había dormido plácidamente durante todo el trayecto, arrullado por el traqueteo del tren, hasta que el silbido de las válvulas de freno y el fin del movimiento lo despertaron. Al abrir los ojos, miró por la ventana y vio una enorme bandera roja con un círculo blanco central y una esvástica negra. La imponente bandera nazi, desproporcionadamente grande respecto del mástil que la ostentaba, flameaba majestuosa por encima del techo de la estación. Su ondular constante transmitía la sensación de un poder destinado a ser eterno.
El Ruso viajaba en la cucheta superior, en la de abajo iba el Negro Flores y en las cuchetas enfrentadas, los Estrada. Will, por su parte, compartía el camarote contiguo con tres sacerdotes franceses que le tocaron en suerte. Los ojos del Ruso se clavaron en el rojo fulgurante de la bandera, y observó cómo la esvástica negra aparecía y desaparecía en el ciclo constante de la ondulación. Y antes de superar el escalofrío que lo invadió, sus oídos comenzaron a recibir estímulos tan poderosos como los que provenían de sus ojos: eran las voces contundentes de dos oficiales de migraciones. Se acercaban por el pasillo y golpeaban las puertas de los camarotes. Exigían pasaportes. Al escuchar estas voces, el Ruso bajó de un salto de la cucheta y se metió la camisa adentro del pantalón, pero la situación lo tensó tanto que no pudo evitar que los nervios le jugaran una mala pasada igual a la que había sufrido en el antro de Carlusi: un retortijón lo atravesó como un rayo y lo obligó a usar todas sus fuerzas para retener una ventosidad de proporciones inimaginables. Con ese malestar punzante en su vientre, el Ruso abrió la puerta del camarote y se encontró con dos ejemplares arios de máxima pureza. Altos, corpulentos, de mandíbula cuadrada, ojos azules y brazaletes nazis. Sus uniformes estaban a medio camino entre las fuerzas armadas y los acomodadores de cine.
Uno de ellos echaba miradas furtivas por todo el camarote, mientras que el otro tenía en sus manos los pasaportes de los cuatro. Ojeando el del Negro Flores, preguntó en alemán cuál era el motivo del viaje. En ese momento Will irrumpió en el camarote y, demostrando un absoluto dominio del idioma, les explicó que los muchachos eran músicos y él su representante. Agregó que viajaban para presentarse en la gala de la baronesa Anna von Peuhenn.
El Ruso entendió perfectamente esa breve conversación. Si bien no hablaba alemán, sabía ídish, la lengua de sus padres y de todos los judíos de Europa Oriental, cuya sintaxis y léxico provienen en gran parte del alemán.
El nazi que sostenía los pasaportes cotejó las fotos con los rostros de sus dueños, y al dirigir la mirada hacia el Ruso, éste sintió que sus tripas levantaban más presión que la que había juntado la caldera de la locomotora durante todo el viaje. El momento fue tan ominoso para él que no pudo contener la flatulencia. No hizo ruido porque salió de manera controlada, pero instantáneamente el olor pútrido inundó el pequeño camarote. En las caras de los dos nazis se notó de inmediato el gesto producido por el golpe demoledor de un vaho tan denso que podía pesarse en una balanza. Este hecho decretó el fin de la inspección. Luego de devolver los pasaportes, los dos ejemplares de la raza superior se retiraron del camarote conteniendo la respiración y haciendo el saludo nazi. A fin de cuentas, lo más importante había quedado demostrado: tal como la baronesa había asegurado, el apellido Rosenberg efectivamente no llamó la atención ni generó sospechas.
El Ruso se sintió relajado y secretamente satisfecho: los nazis lo habían recibido con la imagen de una bandera con esvástica, pero él les devolvió la gentileza con un venteo letal, macerado durante horas por un intestino judío, que impactó hasta la saturación las fosas nasales de aquellos burócratas de una manera que nunca olvidarían.
—¿Quién fue, muchachos? —preguntó el Negro Flores mientras Juan Estrada abría la ventana para ventilar el camarote.
—Fui yo, Negro. Perdón, pero me cago en los nazis —ironizó el Ruso, y estallaron las carcajadas.
Darmowy fragment się skończył.