Czytaj książkę: «Cuentakilómetros»
© Saúl Cepeda Lezcano, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO138
ISBN: 9788490569016
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Mapa
Citas
000000. Veracruz (Veracruz)
000164. Catemaco (Veracruz)
000323. Coatzocoalcos (Veracruz)
000613. En algún lugar cerca de Nuevo Progreso (Campeche)
000736. Villahermosa (Tabasco)
000947. En algún lugar de camino a Tuxtla Gutiérrez (Chiapas)
001115. Cerca de San Pedro de Tapanatepec (Oaxaca)
001915. México D. F.
001965. México D. F.
002005. México D. F.
002416. Playa de Barra Vieja (Guerrero)
002460. La Quebrada de Acapulco (Guerrero)
Narración manuscrita de viajes y gastronomía...
003076. En la costa del Pacífico, cerca de Tecomán (Colima)
003096. En la costa del Pacífico, cerca de Tecomán (Colima)
003316. En algún lugar de Jalisco, próximo a la orilla noroeste del lago de Chapala
003426. Tapalpa (Jalisco)
003610. No demasiado lejos de Guadalajara (Jalisco)
003815. En el sur del estado de Aguascalientes
004115. En la frontera entre Zacatecas y Durango
004517. Población cercana a Mapimí (Durango)
004600. En algún punto en la reserva de Mapimí (Durango)
004862. Cerca de Cerro Grande (Chihuahua)
005405. En ruta entre Salamayuca (Chihuahua) y algún lugar de Sonora próximo a Cananea
006099. Mexicali (Baja California)
007771. En algún lugar próximo a San José del Cabo
Notas
A LA PRIMERA MUJER.
A AQUELLA RUBIA WAGNERIANA.
AL DOCTOR CALVO CORBELLA: MEJOR CURARSE EN SALUD.

[...] lo triste o lo alegre de una historia no depende de los hechos ocurridos, sino de la actitud que tenga el que los está registrando.
JORGE IBARGÜENGOITIA,
Instrucciones para vivir en México
Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y hecho jirones a tiros, por favor, entiende que lo veo como una manera bastante buena de abandonar esta vida. Vence a la vejez, a la enfermedad o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!
AMBROSE BIERCE,
(en una carta de despedida a su sobrina Lora, poco antes de desaparecer)
André Breton pasó la tercera parte de 1938 en México.
Aquel período de tiempo marcaría su percepción del mundo para siempre.
Para quienes dudan de la causalidad extrema en la que un número alto de acontecimientos insólitos se concatenan en un viaje de unos pocos meses, diré que Breton había sido invitado al país con el fin de dictar conferencias sobre la materia que más dominaba: el surrealismo.
Según Octavio Paz —promotor del viaje—, el barco llegó antes de tiempo y no fue a recibirlo.
Fue testigo de una reyerta mortal en una cantina mientras lo esperaba, se alojó sin querer en un prostíbulo y dibujó una silla colonial que le gustó, con su debida perspectiva.
Ya en México, encargó a un carpintero que se la fabricara y, días después, le entregó una silla con las dos patas de atrás más cortas que las de delante y el asiento en trapecio.
Llegado el momento de dar su primera conferencia, dijo: «¿Quieren que les hable de surrealismo? Vano empeño. Surrealista es esta silla. Surrealismo son ustedes».
En Cuentakilómetros, un viajero sin nombre llega a México.
Con un pasado desconocido y un futuro incierto, solo el presente funciona para él en una visita al país de lo inesperado.
El protagonista resulta ser cada lugar y la realidad, la más convincente de las ficciones.
Los números que encabezan cada capítulo, como es fácil notar, son el sumatorio de kilómetros recorridos entre un punto y otro.
No se trata, claro, de los kilómetros totales que el protagonista acumulará en todo su viaje, muy superiores por supuesto a la cifra final, sino solo la suma de las distancias por carretera entre los lugares donde tuvo experiencias reseñables

Veracruz ( Veracruz)
Pisé tierra al amanecer.
Los estibadores ya llevaban, al parecer, horas cargando un gran mercante y su aspecto era fatigado. No parecían tan recios como los trabajadores portuarios de países más septentrionales y, obviamente, a juzgar por su desidia, detestaban aquella faena. Era un día caluroso y una nube de mosquitos se había arremolinado, feroz, en torno a un cubo fétido, repleto de despojos de pesca. Jamás había estado en aquel país y solo llevaba un petate conmigo como equipaje.
Durante mi trayecto por la larga dársena del muelle, pude contemplar decenas de hombres adormilados que se apoyaban contra las paredes de algunos tinglados, cubiertas sus caras por las alas de grandes sombreros, quizás a la espera de que alguien les encargara algún cometido. Pensé en imitarlos, y tal vez así obtener tarea, no por la remuneración —que supuse miserable y no necesitaba—, sino interesado en entrar en contacto cuanto antes con aquella gente, en mezclarme con ellos y comenzar, en realidad, a desaparecer de nuevo. Toqué la bolsa que llevaba al cuello para darme seguridad y preferí, en cualquier caso, desayunar en la cantina del puerto.
En el bar había pocos hombres, muchos de ellos marineros, casi todos taciturnos, aburridos. Aun de buena mañana, bebían destilados blancos. Cruzaban, de vez en cuando, alguna palabra esquiva, más por justificar el encontrarse en compañía de otros que por un interés genuino en mantener conversación. Tomé un taburete y me senté a la barra. Pedí cerveza. El camarero, hombre chaparro de mirada escurridiza, advirtió de inmediato mi origen extranjero, pero no dijo nada. Me sirvió una botella helada que extrajo de un cubo de metal lleno de hielo, donde introdujo el brazo hasta el codo para pescarla, manifestando un breve instante de placer al hacerlo, como si aquel depósito fuera un pequeño refugio eventual en el que escapar del calor. Los ventiladores de aspas, no obstante, estaban apagados. Noté también que las únicas fuentes de luz —apenas si un fulgor solar anaranjado lamía ya el horizonte— eran cirios y velas dispuestos de forma irregular. Las paredes del local revelaban las oscuras siluetas de peces disecados de gran tamaño, un siniestro ejército taxidérmico.
Pregunté al camarero por aquella rudimentaria iluminación. Dijo que el dueño del bar había caído al agua el día anterior y su cuerpo no había aparecido. En la cantina rezaban a la Virgen por su espíritu.
—Puede que lo encuentren —dije.
—A veces el mar los retorna —replicó—, pero casi siempre se los queda.
Quise saber más. Invité a una cerveza al camarero, pero no aceptó, posiblemente suponiendo alguna proposición, de forma que pedí otra para mí. Traté a continuación de indagar sobre el suceso, pero el hombre se negaba a contar la historia, repitiendo solo que su patrón había caído al agua, mientras mostraba un duelo deferente. Así, decidí hacer las cosas como solía hacerlas en mi país: le ofrecí dinero.
Su actitud cambió en el acto.
No estaba familiarizado todavía con la moneda local y, desde luego, debí de excederme en mi estimación: el hombre ni siquiera simuló ofenderse. Se acercó a mí y comenzó a hablar.
—El propietario de esta cantina —empezó— fue, hace ya años, un gran pescador, imbatible en la pesca del sábalo1 —aseguró, señalando a uno de los grandes animales de un muro—: jamás dejó escapar una captura.
—Pero él seguía pescando, ¿no es así?
—Sí, señor, pero ya no como antes.
—¿Qué quiere decir?
—El patrón llevaba años impedido, en silla de ruedas...
—¿Un accidente?
—Sí, mientras pescaba en altura. Un pez vela enorme. Luchó contra él dos días y dos noches enteras hasta dominarlo. Cuando lo subió por la borda, se revolvió y, tan mala suerte tuvo el patrón, que se le quebró el espinazo. Con todo, consiguió volver a puerto él solo.
—¿Y cómo pescaba desde entonces? —pregunté.
—Encargó al ferretero un bastidor para fijar la caña a su silla de ruedas. Iba allá, al final del espigón, y echaba el sedal. Su silla tenía un freno, y él mucha fuerza en los brazos. —Vi cómo sus ojos contemplaban, con angustia, ya de cerca, el momento de la desaparición de su jefe, un cariño falaz tantas veces visto que solo representaba el propio miedo a morir.
—¿Qué le sucedió?
—Los que lo vieron dicen que estaba, como era su costumbre, lanzando en la escollera, donde llegaba a sacar algún róbalo o un pámpano de buen tamaño, aunque allí los peces no son nunca muy grandes...
—Pero no siempre es así, ¿verdad? —dije intuyendo lo que había pasado.
—Las piezas importantes no bajan a puerto... aunque alguna vez se vieron aletas de tiburón. Pero ese día le picó algo grande al patrón. Desde una de las dársenas vieron cómo luchó durante un buen rato, sin pedir ayuda..., moviendo su silla hacia atrás, frenando, liberando sedal... y dicen que cuando mi patrón vio que el sedal iba a romperse, zafó los frenos de su silla de ruedas y se dejó llevar. Cayó al mar y no se lo volvió a ver.
Vacía mi cerveza, agradecí la historia y me marché.
Me hospedé en una pequeña pensión de la villa costera los días siguientes, poniendo en orden mis propósitos. Antes de irme de aquella población, volví a visitar el muelle.
Los marineros de un barco estaban enfrascados en la tarea de liberar un amasijo de hierro de su red de arrastre.

Catemaco ( Veracruz)
Viajé hacia el sur siguiendo la antigua carretera de la costa.
Había comprado una motocicleta de segunda mano, algo ruidosa, que me permitía disfrutar del sol y del viento cálido mientras me desplazaba. Era una ruta poco transitada, sin estaciones de servicio y con escasas poblaciones.
Al llegar a una de ellas, decidí pasar unos días allí y entretener mi mente en el olvido deliberado. Me hospedé a cambio de una módica cantidad de dinero en la casa de un anciano viudo que vendía las verduras de su huerto en el mercado del pueblo. Tenía una gran biblioteca y pasaba mucho tiempo leyendo a la luz de las velas. A pesar de ser de origen campesino, supe enseguida que se trataba de un hombre culto. Su mujer había muerto muchos años atrás en el parto de su hijo, me explicó una noche mientras cenábamos, y él había entregado el bebé a un hospicio. Llevaba lustros viviendo solo.
Le pregunté si existía algún lugar en la zona que valiese la pena visitar. Señaló con el dedo en mi mapa una laguna. Dijo que allí había una isla habitada por monos.
—Son primates del Lejano Oriente2 —dijo—. Fueron traídos por universitarios para una investigación. Al fracasar su estudio, los abandonaron allá.
Me hizo saber que algunos habitantes de la región encontraron un filón turístico en aquella improvisada colonia animal y ofrecían, desde entonces, visitas en barca a los forasteros.
Decidí ir allí al día siguiente.
Antes de partir, mi anfitrión me regaló un libro.
Me desplacé con mi moto hasta la aldea y entré en contacto con uno de los barqueros, un sujeto amable que apestaba a alcohol a primera hora de la mañana. Le dije que, si bien estaba interesado en pasar por la isla de los monos, quería conocer algún paraje que estuviese fuera de la ruta habitual. Deseaba hacerlo sin compartir la embarcación y estaba dispuesto a pagarle bien por ello. Me hizo saber que existía otra isla en la que también habitaban simios, pero de otro tipo. Coincidiendo con la llegada de los animales asiáticos, el Gobierno del país había trasladado una colonia de monos aulladores, nativos de la zona y en peligro de extinción, a un cayo más separado de la orilla para evitar que desaparecieran. La visita a este lugar estaba prohibida por las autoridades, pero él aseguró que me llevaría con su barca e incluso, si lo deseaba, podía pasar el día allí.
Me pareció una buena idea.
Compré unas tortas, tal y como denominaban allí a los bocadillos, una botella grande de agua de guanábana y otra de ron, observada esta última con interés por el barquero en varias ocasiones. No parecía mal plan pasar el día en una isla acompañado, en el presente, por un buen número de primos lejanos que me recordasen cuál era nuestro pasado.
Iniciamos el viaje. Al llegar a la isla de los monos encontramos allí media docena de embarcaciones cargadas de turistas, disparando sus máquinas de fotos hacia un margen frondoso. En las ramas más elevadas, los macacos se columpiaban expectantes. Ocasionalmente, algún botero lanzaba algo de fruta al agua y los monos se arrojaban a la laguna desde lo alto, y nadaban luego en busca de los alimentos flotantes. Tras este alarde volvían a tierra con no poca agilidad. Los extranjeros parecían disfrutar del espectáculo y aplaudían.
—Nunca había visto nadar a un mono —dije.
—Estos changos no sabían, pero al final les enseñamos —respondió mi guía, riendo.
No pregunté cómo.
En realidad no se trataba de una sola isla, sino de un compacto conjunto de islotes que los monos habían colonizado poco a poco. A pesar de la exuberancia de la flora, no parecía haber muchos árboles productivos. A las preguntas al respecto mi eventual empleado respondió que, con frecuencia, los barqueros debían llevar cierta cantidad de fruta allí para que los animales no muriesen de inanición3 y, de la misma forma, no lo hiciera su negocio.
Aburrido de clics maquinales y sonoras cacofonías en otras lenguas, le dije al hombre que me llevase al lugar que me había prometido.
Las lanchas que empleaban para desplazarse por las oscuras aguas de la laguna eran de fondo plano y escaso calado, impulsadas por un pequeño motor de gasolina que mantenía la hélice apenas unos centímetros por debajo de la superficie y era a la vez impulso y timón.
Conforme nos íbamos alejando de la costa y nos aproximábamos a un lugar indeterminado de la laguna, pude observar movimientos en el agua. Pregunté por el tipo de peces que había allí y el barquero citó un buen número de nombres que me eran por completo desconocidos.
—Y también tenemos un monstruo —dijo—. Ha devorado a más de un gringo.
—¿Cómo es?
—Nadie que lo haya visto vivió para contarlo.
—¿Y cómo saben entonces que hay un monstruo?
No dijo nada. Solo rio entre dientes. Le faltaban algunos.
La luz era engañosa y su rebote sobre las aguas densas inventaba perspectivas inexistentes. Después de un buen rato de lento trayecto abofeteando mi cuerpo para matar mosquitos, comencé a escuchar unos sonidos cortos, secos, de origen indeterminado. Me fijé entonces en una pequeña masa de tierra que, sin duda, había estado a la vista en todo momento, pero cuyos árboles de hojas oscuras se mimetizaban con la propia laguna. El barquero comenzó a rodearla y pude determinar que los gritos procedían de allí, proferidos, lógicamente, en sincrónica sinfonía por los denominados monos aulladores de los que me había hablado.
—En la aldea solo se los escucha cuando hay mucho viento... y, cuando pasa, a veces, muere alguien.
No me dejé impresionar por su fatalismo espurio y le señalé un banco de arena que conformaba una pequeña playa. Los monos, curiosos, asomaron de entre la maleza, pendientes de nuestra aproximación. Eran pequeños y de pelaje negro, con rostros enjutos que se hinchaban como un balón al aullar, momento en el que sus bocas formaban una circunferencia casi perfecta. Se desplazaban como cuadrúpedos y no se privaban de usar su cola prensil para colgarse de las ramas.
El hombre me acercó a la orilla y me ayudó a bajar mis cosas.
—Volveré al anochecer —dijo—. ¡Pásela bien!
Mientras la lancha se alejaba, me senté en la arena dejando que los aullidos platirrinos se convirtiesen en una letanía primitiva e inescrutable. Eché un trago al ron y pensé que, por fin, había llegado a alguna parte. Me dediqué a arrojar piedras al agua, a observar las vibraciones de la superficie quizá con la esperanza de que realmente existiera aquel monstruo del que mi guía había hablado. Miré las aves pasar y, cuando tuve hambre, comí y bebí, compartiendo parte de mis vituallas con los monos que, poco a poco, iban adquiriendo confianza y se acercaban más y más a mí. Al atardecer, comenzó a soplar un fuerte viento y los simios ya jugaban entretenidos, a mi lado, con las bolas de papel de aluminio que habían envuelto las tortas. Me dedicaban chillidos más breves e intensos. Los interpreté como una señal de simpatía.
A pesar del aire y de la altura del sol, el calor seguía siendo intenso. Hice un hueco en la arena y enterré en él la bolsa que llevaba al cuello, protegiendo con una pesada piedra el punto exacto, tras haber dejado también mi ropa debajo, consciente del carácter curioso de aquellos animales. Desnudo, entré en la laguna. Como quiera que avanzara varios metros sin que el agua me cubriera más allá de la cintura, empecé a chapotear en cuclillas, levantando una gran cantidad de fango. Los aulladores tardaron poco tiempo en hacerse con las botellas de ron y de agua de guanábana, casi vacía esta última, y tiraban de ellas hacia la espesura. Lo intentaron con la ropa, pero el peso de la piedra era demasiado grande para ellos. Cuando aprecié que comenzaban a volverse colaborativos, salí del agua.
Al anochecer, el barquero no había aparecido.
Por contra de lo que supuse en un principio, los monos se volvieron más activos al caer la noche y a sus aúllos se sumaron los sonidos de aves e insectos. La temperatura había descendido de forma drástica y la humedad se condensaba en mi piel, molesta. Saqué mi mechero —una reminiscencia de los años en los que fumaba dos cajetillas diarias— y pensé hacer un fuego mientras esperaba, si bien no había nada lo suficientemente seco para ser prendido.
Intenté abrigarme. Me abroché la camisa hasta el cuello y me subí los pantalones cortos por encima de la cintura. Crucé los brazos y enterré los pies en la arena. Mientras los aullidos cobraban ahora un tono de burla. Comencé entonces a imaginar los motivos de mi abandono. Lo más probable era que el barquero, con la mitad de lo convenido ya en su bolsillo, hubiese corrido a la primera taberna con intención de calmar la sed, justo tras volver al pueblo. En su entusiasmo etílico y posterior somnolencia, habría olvidado sus responsabilidades. Otra posibilidad más siniestra, al fin y al cabo yo había dejado atrás un mundo bien escaso de valores, era que el olvido fuese deliberado. Mi guía habría hablado con sus compañeros de mi dinero y ahora estarían de camino para matarme y robar mis pertenencias, o puede que solo fuera cuestión de dejarme en una isla a la que nadie podía acercarse hasta que muriera de sed. Tal vez ese, y no otro, fuese el origen del monstruo de la laguna.
Si de eso se trataba, habían elegido mal a su víctima. Y aunque tal vez tuvieran éxito en su plan, no les iba a resultar sencillo.
Recuperé mi bolsa y me la volví a atar al cuello, cubriéndola con la camisa. Con el mechero encendido me acerqué a la maleza: los ojos brillantes de los monos que ululaban componían una misteriosa audiencia nocturna. Me arremoliné entre unas hojas bajas y cogí algunas piedras por si era necesario defenderme. Si venían armados, podría refugiarme en la frondosidad de la isla. La noche fue pasando sin que escuchase ningún sonido de motor, si bien colegí que, de venir, lo harían sigilosos, a remo. No me resultó difícil mantenerme despierto con la sinfonía que me brindaba la naturaleza: ruidos animales, borboteos acuáticos y el viento llenaban cualquier silencio. La luna estaba casi llena y podía ver con claridad las nubes en el cielo y unas cuantas estrellas. Aquellas aguas, densas y brillantes como el petróleo, reflectaban una luz vibrante. Los monos fueron y vinieron durante el transcurso de mi vigilia, sin llegar a confiar del todo en mí, puesto que tenía ya poca cosa que ofrecerles. Pronto intuí juegos y cópulas nocturnas, que debían de ser la norma entre aquellos animales a los que, al parecer, mi visita apenas si les había producido un breve interés. Intenté entonces encontrar alguna de las botellas que me habían robado, pero resultaba tarea casi imposible en esas condiciones.
Al amanecer me dolía la garganta y tenía sed. No se me habría ocurrido probar el agua turbia de la laguna en circunstancias normales, pero no pocas veces se me pasó por la cabeza en aquel momento. Solo, me decía a mí mismo, un pequeño trago para refrescarme. Siempre podía escupirla. Unos cuantos mosquitos me habían picado y dejaron dolorosas ronchas como huella de su apetito.
Con el sol en todo lo alto, sin que hubiese visto ninguna embarcación por los alrededores, consciente de mi paulatina deshidratación a través del sudor, miré a lo lejos, preguntándome si sería capaz de llegar a nado a la orilla. Supuse que en aquella isla habría alguna clase de frutal y me dispuse a investigarlo. La vegetación era tupida, casi impracticable sin ayuda de un machete. Encontré las botellas: los monos se las habían arreglado para quitarle los tapones y vaciarlas. Una de ellas, la del agua de guanábana, se había convertido en hogar de unos cuantos insectos.
Me propuse entonces echarme a la laguna. No me preocupaban ya mis posibilidades o los peligros que pudiera tener aquella extensión anegada. Si permanecía solo en aquella isla un día más, era seguro que moriría de sed.
Arranqué unas cuantas ramas para que me ayudaran en la flotación y, sin mirar atrás, eché a andar. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que, recorridos más de cien metros, aún seguía haciendo pie.
Anduve durante más de una hora, trabajosamente, hundiendo mis zapatos en el limo del fondo sin que el agua llegase a mojarme siquiera el pecho, precavido e inseguro, en cualquier caso, pendiente de los movimientos del agua, puede que con la idea atávica instalada en la cabeza de toparme con algún feroz depredador oculto bajo la superficie, más temeroso de lo desconocido que de lo obvio.
Con muchas menos dificultades de las esperadas, alcancé una orilla de la laguna. Encontré allí a unas mujeres que pescaban con algún tipo de nasas4 en el cieno. Les pedí ayuda. No parecieron entenderme muy bien, pero me ofrecieron agua fresca que bebí ávido. Me señalaron el camino hacia el pueblo cuando pregunté por él y me miraron con extrañeza mientras me marchaba.
Al llegar a la aldea, apenas vi gente en ella, si bien mi moto continuaba en el mismo lugar donde la había dejado. Fui entonces hacia la plaza y advertí una música tenue. Procedía de la iglesia de adobe. En ella parecían estar congregados los vecinos de la localidad. Las caras eran largas. Supuse tragedia. Cuando entré, pude ver allí, de cuerpo presente, a mi barquero, vestido de blanco y rodeado de velas, mientras el cura daba una homilía.
Pregunté a un hombre por lo sucedido.
—Anoche sopló viento, señor —dijo—, y aquí el viento siempre se lleva a alguien.

Coatzocoalcos ( Veracruz)
Visité un municipio importante a fin de vender una piedra, aunque todavía tenía suficiente dinero en efectivo para cubrir con holgura mis gastos cotidianos. La ciudad respiraba prosperidad. Al parecer tenía una industria petroquímica activa.
Mientras me movía en los bajos fondos en busca de un perista, conocí a un anciano parlanchín al que invité a comer. Ya a media tarde, bebiendo en una pulquería, me contó la leyenda del sacerdote indígena en cuyo nombre5 estaba el origen del topónimo de aquella ciudad.
—El sacerdote, hombre alto de tez blanca, ojos azules y barba roja, huyó de la aldea cuando su hermano y enemigo, un poderoso hechicero, lo hizo caer en vergüenza, obligándolo a yacer con la hermana de ambos, ebrios los dos de pulque, la bebida sagrada, a través de engaños —dijo—. Partió con su séquito en una barca hecha con pieles de serpientes, que se perdió en el mar —señaló con su dedo hacia el puerto, repleto de buques cisterna—, no sin antes anunciar que, a su retorno, tras purificarse y encontrar un lugar de tierra roja y negra, dictaría el destino del pueblo.
Yo había bebido ya dos vasos de pulque y aunque no veía lo sacramental por ningún lado, la voz del anciano era agradable y su mesiánica historia me producía una somnolencia placentera a la luz del sol crepuscular.
—El sacerdote era hijo de un gran guerrero. Cuando este se hallaba conquistando la región junto a su ejército, una mujer armada salió a su paso, pero ella no lo atacó: dejó sus armas y ropas en el suelo, y se mostró ante él, desnuda. El guerrero, arquero diestro, le disparó cuatro flechas, sin acertar ninguna de ellas. Suponiendo una señal, el hombre se marchó con su ejército. Más tarde, en solitario, buscaría de nuevo a la mujer, y la encontró en las proximidades de una cueva. Ella volvió a desnudarse y él la atacó de nuevo, sin ser capaz, otra vez, de acertar. Seguro entonces de un acto divino, tomó a la mujer y la dejó preñada. Ella dio a luz tres criaturas: dos bellas y luminosas, niño y niña, y otra, niño, oscuro y sucio.
La madre, me explicó el hombre, murió al alumbrar, pero los tres bebés fueron criados con ayuda de una diosa. La mujer se volvería una asceta; el niño hermoso se convertiría en el líder y sacerdote de su pueblo, y el niño feo, en el malvado hechicero que conspiró contra sus hermanos. Llegados a aquel punto eugenésico, con incesto incluido, yo debía decidir si deseaba quedarme dormido en aquel bar o si intentaba encontrar a un receptador.
Pregunté a mi acompañante si conocía a alguien que adquiriese joyas. Me dijo que fuese a las calles de los alrededores de la plaza del mercado, donde había más de una casa de empeños. La recomendación dio sus frutos. Con apenas un par de preguntas y antes de la noche, un tasador local de origen europeo, propietario de una relojería, estaba valorando una de las piedras. Mientras él observaba la pieza con su ojo de joyero, me reí para mis adentros pensando que, a fin de cuentas, nuestra transacción no era sino un intercambio de valiosas inutilidades: un objeto cuyo único uso era su valor6 a cambio de papeles sin otra función que su provecho para el intercambio. Tras pensarlo, me extrañé de vivir en un mundo así, extravagante e insondable, al cual, sin embargo, me había acostumbrado muy bien.
La tienda aparentaba honestidad, pero el sujeto era un chanchullero en toda regla. Estaba —su actitud segura y metódica lo decía todo— acostumbrado a hacerse cargo de material caliente, incluso manchado de sangre, pero no era mi caso. Yo conocía el precio de cada una de las gemas y, dadas las circunstancias, también era consciente de la merma que habría en la tasación.
Me hizo una oferta. Regateamos y hubo acuerdo. Dijo que podría darme el dinero en el plazo de un día y que mientras debía esperar. Acordamos vernos a una hora concreta, hacia el final de la próxima jornada, para llevar a cabo el intercambio.
Dormí y tuve sueños extraños, posiblemente influido por el pulque y las historias que había escuchado ese día.
A la mañana siguiente, acudí a desayunar al puerto, en un pequeño ambigú en el que uno podía servirse platillos de entre diferentes ollas a un precio fijo.
Me senté a la misma mesa de un cura,7 cuya vocación advertí en su discreto alzacuello. Enseguida lo identifiqué como mi paisano. Era un hombre alto de rasgos aristocráticos, tez muy blanca, ojos azules y barba y pelo rojizo. Me contó que acababa de llegar al país con la intención de reclamar unas tierras que pertenecían a su hermano mellizo, fallecido hacía poco tiempo, y cedérselas a la Iglesia para crear una nueva diócesis de cuyo pastoreo él se encargaría. Afirmó tener una ardua tarea por delante para reunir el dinero necesario en la construcción de un nuevo templo. Habló de su hermano, hombre al parecer impío, quien se habría retractado de su maldad en el lecho de muerte, solicitando en plena extremaunción que su legado latifundista —sus riquezas bien las había malgastado en toda clase de vicios antes de su tránsito—, conseguido en buena medida con argucias y pecados, sirviera a mejores fines que durante su vida.
Le pregunté si tenía más hermanos.
—Sí: fuimos trillizos... —dijo con cierta pena—, pero mi hermana decidió reunirse con el Señor hace ya años.
Le entregué la piedra que pensaba vender y anoté la dirección del perista al que debía visitar en un trozo de papel, indicando al cura la cantidad pactada que recibiría por la gema, que supuse más que suficiente para levantar el santuario que se proponía. Agradecido, el hombre no manifestó, por contra, sorpresa.
Recogí mis cosas en el hotel y me fui de allí. Ya en plena carretera, habiéndome detenido para orinar en unos matorrales, pude ver una serpiente que se arrastraba sobre la arena cobriza.
En su cabeza parecía tener una pluma.

En algún lugar cerca de Nuevo Progreso (Campeche)
Crucé un estado entero sin darme cuenta.
Tras unos días conviviendo con los habitantes de la zona, dedicados en su mayoría al cultivo del jitomate,8 un hombre con el que me había emborrachado un par de veces me invitó a la boda de su hija. Acepté.
La ceremonia se celebró un sábado, muy temprano.
Dentro de las posibilidades de aquella gente, todos estaban engalanados. La hija de aquel hombre era poco más que una niña e indudablemente virgen, a juzgar por la tensión de su mirada, avecinando la noche. El novio era un hombre ya adulto, al parecer con más tierras que la familia de la chica, suficientes para marcar una diferencia en esa humilde región. Compré todos los muebles que vi en el taller del ebanista de la localidad, a modo de regalo para la pareja, un gesto tan opulento como práctico, que apenas me supuso un pequeño gasto. Encargué a unos muchachos que los transportaran hasta el lugar del enlace. El padre de la chica me dio un fuerte abrazo de agradecimiento, mientras el marido solo concedió un frío apretón de manos y una ligera reverencia de su cuello.
El convite comenzó tras la celebración del sacramento. Como la iglesia se encontraba cerca de la playa, todos fuimos caminando hasta allí. La novia anduvo descalza en todo momento.
En la arena había una gran parrilla de hierro —probablemente el ala de una enorme puerta de metal— soportada por numerosos ladrillos refractarios que permitían mantenerla suspendida sobre las ascuas. Varias mujeres preparaban platillos en grandes ollas y sartenes de hierro, inundando la playa con un agradable aroma a humo y especias. Algunos hombres llegaron al rato con las tortugas. Estaban vivas y eran de tamaño considerable, con poco menos de un metro de largo. Fueron colocadas por los aldeanos en la parrilla, apoyadas sobre sus caparazones. Los quelonios se agitaban molestos.
—¿El plato fuerte? —pregunté.
—Las caguamas son para la cena —respondió un hombre, mirándome con extrañeza.
Se bebió y se comió en abundancia. Animados por la música de una banda local que no perdía jamás el aliento, era como si hubiésemos sido advertidos del Apocalipsis y, por fin, las cosas tuvieran sentido. Sin embargo, aunque hubo quien se dejó llevar por la somnolencia a la sombra de algún árbol, la mayor parte de la concurrencia continuó animada, sin perder energía. No fui yo una excepción. Mi regalo de bodas me había hecho muy popular entre las mujeres casamenteras y no me faltó pareja con la que bailar.
Cuando el sol se empezaba a ocultar en el horizonte, me acerqué a las ascuas para comprobar el estado de la cena. ¡Los animales estaban vivos! Después de horas sobre aquella parrilla que despedía un calor de mil infiernos, los reptiles se movían, retorciendo sus cuellos y aletas de forma estertórea, en lo que parecía un sufrimiento inimaginable.
—¡Estas pinches gachas le quitan a uno un dedo si no se está buzo! —dijo un muchacho que llevaba un rato observando la parrilla con cierta fascinación—. Vea, vea...
El joven tomó un gran trozo de cartón. Con tiento, lo llevó hasta la alargada cabeza de una de las tortugas. La criatura capturó el extremo con su pico córneo y arrancó un pedazo con el brusco movimiento del cuello.
Pasé un rato hipnotizado por el espectáculo brutal. Algunos niños estaban a mi lado y apostaban golosinas de tamarindo a cuál de todas moriría primero.
Mi convidante me llevó un plato de pecho de tortuga cuando la cena estuvo a punto. Me dijo que, de madrugada, con lo que sobrase, se prepararía una sopa, que desayunaríamos para curar la resaca.
—¡Ándele, aproveche y coma, compadre, que de estas9 casi ya no las hay! —dijo.

Villahermosa ( Tabasco)
En la ciudad más importante del estado me hospedé en casa de una familia pudiente que se consideraba a sí misma europea, a pesar de su mestizaje obvio.
Los conocí, por casualidad, en un parque en el que me hallaba contemplando unas descomunales cabezas esculpidas en basalto por las tribus precolombinas de la región, al parecer representaciones de deportistas populares de un ancestral juego de pelota o, tal vez, guerreros. Mientras lo hacía, vi a un niño pequeño hostigado por varios coatíes, que parecían haber superpoblado aquel coto, donde reclamaban, ansiosos, comida a los visitantes. La banda de animales había rodeado al chico, no mucho más alto que ellos cuando estos se erguían a dos patas, y lo azoraban con sus alargados hocicos, mientras él lloraba a moco tendido.
Me acerqué haciendo violentos gestos con las manos. Los animales retrocedieron. Pude, así, acercarme al niño —muy moreno, de pelo negro y lacio—, a fin de tranquilizarlo. Le pregunté dónde estaban sus padres y señaló con el dedo en una dirección. Lo llevé de la mano, cuidando de que los coatíes no volvieran a aproximarse a él y, de esta forma, mantuviera la calma. Tras un rato de búsqueda infructuosa, pasé cerca de una pareja que estaba sentada en un banco, desde el cual observaban los movimientos de un jaguar enjaulado. Reconocieron al niño, sorprendidos de verlo en mi compañía. Les expliqué la historia del encuentro y parecieron conformes, en particular cuando se dieron cuenta, debido al acento, de mi país de origen.
—¿Dónde está tu hermano? —le preguntó el padre a su hijo, para luego mirarme a mí—. El muy... siempre lo deja solo, ¿sabe usted?
Nos pusimos en busca del hermano mayor y, mientras, conversamos. Mentí respecto a los motivos de mi viaje. Ellos me hablaron con orgullo de sus orígenes europeos, que, según sus palabras, se remontaban a varios siglos atrás y, visto su fenotipo, se habían manifestado en sus cuerpos con no poca reserva. Les conté, a pregunta de ellos, dónde me hallaba hospedado y dijeron que, después de mi auxilio a su hijo menor, no podían permitir que un «casi paisano suyo» durmiera en cualquier lugar, y que podía quedarme en su —tal y como la denominaron— maison.
Finalmente, encontramos al otro hijo, un adolescente, que se hallaba tendido en un claro del parque junto a otros muchachos de su edad. Tampoco encontré huella de sus ancestros en él. La ropa le olía a tabaco, pero no dije nada. El padre lo abroncó por dejar solo a su hermano y el joven miró con desprecio al niño. Después fuimos a su casa. Ellos poseían un coche imponente de gran caballaje, conducido por un chófer moreno de rostro felino, con caja torácica inmensa y piernas delgadas, lo cual le confería el aspecto de una pantera erguida. Los seguí en mi moto hasta un barrio residencial. Ocupaba una orilla del caudaloso río que —como en otros muchos lugares— dividía la ciudad entre ricos y pobres. La maison era una casa masiva de varias plantas, construida en terraza, desde la ribera hasta varios metros por encima de esta. En la zona más próxima al río estaban la piscina y un embarcadero, encima del cual vi un caimán.
Llamé la atención de la familia sobre este hecho.
—Siempre toma el sol ahí... menos cuando está el manatí. Entonces se marcha: le tiene miedo, ¿sabe? —dijo el padre de familia—. Venga. Le enseñaré su recámara.
La habitación que me asignaron era en extremo espaciosa y se encontraba situada en la parte más alta del inmueble, constituyendo un apartamento independiente. Tenía una gran cama con dosel y las paredes estaban cubiertas de tablas medievales y cuadros religiosos que coexistían, en extraña sintonía estética, con las mosquiteras y los ventiladores.
La cena fue servida por el ama de llaves de la casa, una india vestida de doncella francesa. Los platos fueron soupe de poisson y sauté de cochon aux épices y una gourmandine au chocolat para terminar. Bebimos vinos de Burdeos y Borgoña, uno de ellos con bastante corcho en nariz. El sabor del caldo de pescado era peculiar, diferente a lo que estaba acostumbrado, aunque no me era del todo desconocido. El pequeño cerdo era también distinto a los lechones de mi país, menos graso pero igualmente suave. Lleno, apenas si toqué el postre de chocolate.
Quise saber quién preparaba la comida en la casa y me indicaron que se trataba de una anciana cocinera que llevaba años con la familia, que había empezado muy joven al servicio del abuelo de mi anfitrión, unos años después de la Revolución que había mordido al país y tras la cual se repartieron nuevamente los latifundios; situación en la que, según llegué a entender, su familia había sido afortunada. La guisandera, me explicaron, se levantaba temprano todas las mañanas para recibir a los proveedores de alimentos y comprar los productos del día. Siendo gran conocedora de los platos tradicionales de la región, se había adaptado muy bien a la forma francesa de cocinar cuando su patrón se empeñó en recuperar las raíces familiares.
—No le gusta —dijo la esposa— que la molesten cuando trabaja. Pero como yo odio cocinar... —Y rio con afectadas carcajadas.
Los siguientes días comimos raclette, soupe au pistou, boullabaise, ratatouille, andouillettes, Kig ha farz, Carbonadeiilig, Waterzooi, Spätzle, Coq au Riesling, potée lorraine, confit de canard... platos algunos que ni siquiera había probado antes y en los que encontraba gustos nuevos que distaban de cuanto conocía mi paladar, lo cual atribuí a las especias locales. Los propietarios de la casa eran amigos de celebrar fiestas casi a diario, manifestando ante sus conocidos, sin pudor, con toda clase de derroches, la boyante situación de la cual disfrutaban. Estas veladas se veían prolongadas hasta altas horas de la madrugada y muchos invitados terminaban durmiendo allí, e incluso pasando el resto del día en la casa, de forma que los hijos parecían acostumbrados a toparse con desconocidos que pululaban por las zonas comunes de su hogar. En dichas fiestas, la comida tenía gran importancia y no dejaban de brotar platillos procedentes de las dependencias del servicio.
Un buen día, aburrido de aquella vida ociosa, cuando ya me planteaba emprender nuevamente mi camino, el hijo mayor de la pareja llamó mi atención.
—¿Quiere ver algo, señor? —dijo.
Lo seguí, curioso.
Me condujo hasta unas escaleras estrechas, que intuí que llevaban a la cocina cuando empezaron a llegarme a nariz y oídos intensos efluvios aromáticos y borboteos. Tras una puerta batiente, penetramos en una amplia sala en la que se disponían quemadores y hornos, trabajando a pleno rendimiento, soportando cazuelas y guisos. Los aparadores estaban ocupados por botes de especias y hierbas, mientras en las alacenas asomaban toda clase de ingredientes insólitos.
El muchacho levantó una tela de mimbre y pude ver unos horrendos pescados de aspecto híbrido, eslabones perdidos, dotados de una larga boca dentada similar a la de un cocodrilo.
—Pejelagartos10 —identificó el muchacho ante mi perplejidad—, para la sopa... y los pochitoques —dijo señalando a un perolo.
Este se encontraba lleno hasta la mitad de tortugas verdes del tamaño de mi mano que se retorcían incómodas. Entonces imaginé por qué la sopa de pescado me había resultado extraña y familiar al tiempo. Levantando paños y tapas, el muchacho, con desparpajo de mago, me descubría iguanas, armadillos, culebras, ranas y su consecuente casquería.
Reparé en un animal de corto pelaje anaranjado y blanco (aparentemente un roedor) que no alcanzaba el metro de longitud, colgado por los cuartos traseros en un gancho. Tenía la cabeza grande, de carrillos abombados, orejas menudas y ojos enormes, saltones y asustados (aunque muertos), de herbívoro, distantes el uno del otro.
—¿Qué es? —pregunté.
—Lo comió la primera noche, señor: sauté de tepezcuintle aux épices —respondió con una excelente pronunciación del francés.
Invertí un buen rato oliendo especias e interesándome por los nombres de los alimentos que allí había. El muchacho los conocía todos sin excepción, así como los platillos en los que se habían utilizado o se utilizarían cada uno de ellos. Me intrigaba su sapiencia culinaria.
—¿Cómo aprendiste?
—Cuando estoy enchilado con mis padres, bajo acá y la ayudo.
Apenas si advertí que una vieja mujer entraba en la cocina por otra puerta. Se movía con lentitud y seguridad, con la tranquilidad de quien ya ha estado en todas partes. Me fijé en sus ojos: un velo blanco los cubría. Aunque no parecía estar ciega, sí eran obvios sus problemas de visión, mas se desenvolvía sin tropezar con los objetos, consciente en todo momento de las fuentes de calor y de los sonidos.
—¡Ándele, escuincle! —dijo la mujer señalando el lugar donde se encontraban las pequeñas tortugas—. Tráigame esos coquitos. Y usted, joven, lléneme esa olla de agua.
Tomé un caldero.
—¡No, la pavera no! La otra —me corrigió.
Le hice caso y la llené. Luego, a su orden, la puse sobre un fuego. Al rato también apareció el ama de llaves y comenzó a recibir instrucciones. Nos pidió al chico y a mí que echásemos las pequeñas tortugas al agua hirviendo. Así lo hicimos.
—¡Ándele, mi hijito! —le dijo la mujer al muchacho—. Dele, pues..., y usted, joven, ayúdelo.
El muchacho tomó nueve plátanos verdes, seis tubérculos cuyo nombre yo ignoraba y que ya estaban cocidos, tres tomates (rojos, de los que ellos llamaban jitomates, tomates con ombligo), una cebolla, dos chiles, un manojo de cilantro, epazote,11 un poco de orégano seco, manteca de cerdo —quién sabe si manteca de tepezcuintle— y un polvo que antes él había identificado como achiote. Ya muertas, sacamos las tortugas del perolo, las despiezamos y las aliñamos con las especias, para luego comenzar a cocerlas con manteca en una sartén honda. Una vez salteada su carne, añadimos los tubérculos y los plátanos, que habíamos cortado en rodajas y lavado con agua salada. Luego añadimos achiote de forma generosa. Preparamos después una salsa de tomate con la cebolla picada y el chile, bastante dulce, que añadimos al conjunto. Al final coronamos con la manteca de cerdo sofrita, el epazote, el cilantro y el orégano.
El chico disfrutaba de aquello.
Esa visita a la cocina fue muy instructiva. Aprendí qué era la carne de Chinameca. Me deleité con el pejelagarto ahumado y la torta de iguana. Bebí atole y taxcalate. Supe que los bobitos, peces gato, se llamaban así porque siempre picaban el anzuelo. Aprendí a hacer la taminilla, el tamal relleno de minilla, el mondongo en verde y los tamales de chipilín. Probé el zaraguato y los chahuis.
Al día siguiente, durante la comida, mientras elogiaba un platillo, les dije a mis anfitriones que nada había más europeo que los grandes chefs.
Su hijo mayor se sonrió.
Darmowy fragment się skończył.