Czytaj książkę: «Tres flores de invierno»

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28001 Madrid
© 2018 Sarah Morgan
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tres flores de invierno, n.º 268 - octubre 2020
Título original: The Christmas Sisters
Publicada originalmente por HQN™ Books
Traducido por Ángeles Aragón
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-657-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A la maravillosa Lisa Milton, con cariño y agradecimiento.
La vida está tan estructurada que un suceso solo no puede cumplir todas las expectativas, y no lo hace.
Charlotte Brontë
Capítulo 1
Suzanne
Hay aniversarios buenos y aniversarios malos. Aquel era uno malo y Suzanne eligió marcar el momento con una pesadilla.
Como siempre, estaba enterrada, con el cuerpo inmóvil, y atrapada bajo un peso tan fuerte como el cemento. Tenía nieve en la boca, en la nariz y en los oídos. La fuerza y la presión la aplastaban. ¿A qué profundidad estaba? ¿Dónde era arriba y dónde abajo? ¿Iría alguien a buscarla?
Intentó gritar, pero no le salió nada, nada…
—Suzanne…
La llamaban. No podía contestar. No podía moverse. No podía respirar. Tenía una opresión fuerte en el pecho.
—¡Suzanne!
La voz le llegó a través del pánico y la oscuridad.
—Estás soñando.
Suzanne sintió un contacto en el hombro y el gesto la sacó de la tumba congelada y la devolvió a la realidad. Se incorporó sentada con la mano en la garganta, luchando por respirar.
—Todo va bien —dijo la voz—. Tranquila, no pasa nada.
—Estaba soñando. Lo de siempre —repuso ella. Y era tan real que esperaba encontrarse rodeada por cristales de hielo, no por ropa de cama arrugada.
—Lo sé —la voz pertenecía a Stewart, quien le frotaba la espalda con gentileza—. Estabas gritando.
Entonces ella se dio cuenta de que estaba pálido y arrugas de ansiedad enmarcaban su boca.
Tenían una rutina para aquello, pero hacía tiempo que no habían tenido que usarla.
—¡Era tan real! Yo estaba allí.
Stewart encendió la luz. Un resplandor suave se extendió por el dormitorio, iluminando los rincones oscuros y apartando las últimas volutas de la pesadilla.
—Estás a salvo. Mira a tu alrededor.
Con la imaginación atrapada todavía bajo el peso de la nieve, Suzanne miró.
No había nieve. No había alud. Estaba en su cálido y cómodo dormitorio de Glensay Lodge, donde bailaban restos de un fuego en la chimenea y la oscuridad de la noche interminable de invierno se asomaba por un hueco en las cortinas. Ella había hecho personalmente aquellas cortinas, con una lujosa tela de cuadros escoceses que había comprado en su primera visita a Escocia. La madre de Stewart le había dicho que era el tartán de su clan, pero lo que le importaba a Suzanne era que las cortinas dejaran fuera el frío en las noches de invierno e hicieran acogedora la estancia. También había hecho ella la colcha de retazos colocada a los pies de la cama.
En la mesa cerca de la ventana había una botella de whisky puro de malta de la destilería de la zona, y al lado, el vaso vacío de Stewart.
Allí estaba el sillón favorito de ella, con los cojines suaves y ahuecados. Su libro, una novela que no le había llamado la atención, yacía abierto al lado de la labor de tejer. El día anterior había llegado un envío nuevo de lana y los colores la habían entusiasmado. Morados y azules intensos descansaban al lado de tonos más suaves de brezo y crema, listos para animar la paleta de blanco y gris que dominaba más allá de las ventanas. La lana le recordaba al brezo silvestre escocés que crecía en el valle a principios y finales del verano. La animaba pensar en eso. Cuando se calmaba el frío, le gustaba caminar por la mañana temprano y ver el brezo con el sol quemando a través de la bruma.
Y allí estaba Stewart, con sus ojos amables y su paciencia infinita. Stewart, que llevaba más de tres décadas a su lado.
Ella estaba en las Highlands escocesas, a decenas de miles de kilómetros del monte Rainier. Y, sin embargo, el sueño la envolvía todavía como una niebla helada, infectando sus pensamientos.
—Hacía más de un año que no soñaba eso —murmuró. Tenía la frente húmeda de sudor y el camisón pegado al cuerpo. Tomó el vaso de agua que le ofreció Stewart.
Tenía la garganta seca y el agua la calmó y la refrescó, pero la mano le temblaba tanto, que derramó una parte en el edredón.
—¿Cómo se pueden seguir teniendo pesadillas después de veinticinco años? —preguntó. Ella quería olvidar, pero su cuerpo no se lo permitía.
Stewart tomó el vaso, lo dejó en la mesilla y la abrazó.
—Falta poco para Navidad, y esta siempre es una época estresante del año.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de él, reconfortada por su calor humano. Carne y hueso en lugar de nieve y hielo.
Carne viva.
—Me encanta esta época del año porque las chicas vienen a casa —Suzanne abrazó la cintura de él, ansiosa por dejar de temblar—. El año pasado no tuve ni una sola vez la pesadilla.
—Probablemente la haya desencadenado la llamada de Hannah.
—Ha sido una llamada buena. Va a venir a casa por Navidad. Es la mejor de las noticias. No algo que pueda desencadenar una pesadilla —pero sí suficiente para despertar recuerdos y pensamientos.
Suzanne sospechaba que la pobre Hannah tendría también sus propios pensamientos y recuerdos.
Stewart tenía razón. Esa época del año nunca era fácil.
—Va a hacer dos años que Hannah, Beth y Posy no están aquí juntas —comentó Stewart.
—Y estoy muy contenta —repuso ella, con franqueza—. Será todavía más especial porque Hannah no pudo venir el año pasado.
—Lo cual incrementa tus expectativas —Stewart parecía cansado—. No la presiones. Es duro para ella y tú acabas sufriendo.
—No sufriré —contestó Suzanne. Ambos sabían que mentía. Sufría siempre que Hannah se distanciaba de la familia—. Solo quiero que sea feliz, nada más.
—La única persona que puede hacer feliz a Hannah es ella misma.
—Eso no impide que quiera ayudar. Soy su madre —miró a su marido a los ojos—. Soy su madre —repitió.
—Lo sé. Y, si quieres saber mi opinión, tiene mucha suerte de que lo seas.
¿Suerte? Las chicas habían tenido muy poca suerte en sus primeros años de vida. Al principio, a Suzanne le asustaba mucho que los sucesos de su infancia le destrozaran la vida a Hannah, pero después había comprendido que tenía la responsabilidad de no permitir que ocurriera eso.
Había hecho todo lo que había podido para compensar aquello e influenciar el futuro. Solo quería el bien para sus hijas y su carga era tremenda. El peso de esa carga la hundía y en ocasiones casi la aplastaba. Y ella había obligado a Stewart a acarrear también esa carga.
«La culpa del superviviente», pensó.
—Me preocupa no haber hecho lo suficiente. O no haberlo hecho bien.
—Estoy seguro de que todos los padres piensan eso de vez en cuando.
Suzanne sacó las piernas de la cama, aliviada de poder levantarse. Caminar. Respirar. Ver levantarse el sol. Giró los hombros y descubrió que le dolían. Había cumplido cincuenta y ocho años el verano anterior y en ese momento sentía todos y cada uno de esos años. ¿Era un dolor real o un recuerdo?
—La pesadilla ha sido horrible. Estaba de vuelta allí.
Asfixiándose en una tumba de nieve sin aire.
Stewart se levantó a su vez.
—Se pasará —extendió el brazo para tomar su bata—. No te voy a preguntar si quieres hablar de ello, porque nunca quieres.
Y esa vez no era diferente.
Suzanne no podía parar las pesadillas, pero podía impedir que la envolviera la oscuridad cuando estaba despierta. Era su modo de recuperar el control.
—Deberías seguir durmiendo —dijo.
—Ambos sabemos que es imposible volver a dormir después de unas de tus pesadillas —contestó él—. Y, de todos modos, tenemos que estar en pie dentro de una hora —tenía el cabello de punta y ojeras de cansancio—. Esta mañana llega un grupo de veinte al Adventure Centre. Habrá bastante ajetreo. Me vendrá bien empezar temprano.
—¿Tienen experiencia?
—No. Es un grupo escolar en una semana de aventura al aire libre.
A Suzanne la invadió la ansiedad. Su instinto la impulsaba a pedirle que no fuera, pero eso habría sido ceder al miedo. También habría significado pedirle a Stewart que dejara de hacer algo que amaba, y ella no haría eso.
—Ten cuidado.
—Siempre lo tengo —Stewart la besó y se dirigió a la puerta—. ¿Café?
—Por favor —la idea de seguir en la cama no seducía nada a Suzanne—. Me ducho y empiezo a planear.
—¿A planear qué?
—Eso solo lo preguntaría un hombre. ¿Tú crees que la Navidad se prepara sola? —ella se ató el cinturón de la bata. Sabía por experiencia que la actividad era el mejor modo de expulsar las sombras de su cabeza—. Faltan solo unas semanas. Quiero hacer todos los preparativos por adelantado para luego pasar el máximo tiempo posible con nuestras nietas. He pensado comprar algunos juegos más por si hace mal tiempo. No quiero que se aburran. ¡Llevan una vida tan ajetreada en Manhattan!
—Si se aburren, pueden ayudar con los animales. Dar de comer a las gallinas con Posy o reunir a las ovejas. Y pueden montar a Socks.
Socks era el poni de Posy. Con dieciocho años cumplidos, disfrutaba de una semijubilación bien ganada en los campos que rodeaban la casa.
—Beth se pone nerviosa cuando montan a caballo.
Stewart movió la cabeza.
—Hay muchas cosas que ponen nerviosa a Beth. Los dos sabemos que es sobreprotectora. Los niños no se rompen tan fácilmente.
—Como si tú no fueras el padre más sobreprotector del mundo. Especialmente con ella.
Él sonrió con timidez.
—Posy era fuerte como una pelota. Rebotaba. Beth era una cosita delicada.
—Siempre ha sido una niña de papá. Y, si ahora es una madre sobreprotectora, los dos sabemos por qué.
—No he dicho que no lo entienda, pero tienes que dejar que los chicos se diviertan. Que exploren. Que cometan errores. Que vivan.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —Suzanne sabía que ella también era sobreprotectora—. Hablaré con Beth. Intentaré persuadirla de que las chicas monten. Y, si hace mal tiempo, pueden ayudar en la cocina. Haremos repostería.
—Se me ocurre una idea —Stewart tomó su vaso de whisky vacío de la noche anterior—. En vez de planearlo todo y volverte loca de estrés, ¿por qué este año no te relajas? Deja de esforzarte tanto.
Suzanne lo miró con desmayo.
—¿Tú crees que la comida aparece por arte de magia? ¿Crees que Santa Claus reparte los regalos ya envueltos? —preguntó.
Pero el comentario era tan típico de él, que le dio risa. Para alguien de fuera, seguramente resultarían ridículamente tradicionales, pero su vida era exactamente como quería que fuera.
—Debes saber que la clave de la relajación es la planificación. Quiero que sea especial.
El hecho de que fuera el único momento del año en el que estaban las tres chicas juntas incrementaba la presión para que todo resultara perfecto. Se acercó a la ventana, apartó las cortinas y apoyó la frente en el cristal frío. Desde la ventana de su dormitorio, podía ver hasta el valle. La nieve, luminosa, reflejaba el brillo apagado de la luna y lanzaba parpadeos de luz por la superficie inmóvil del lago. El lago estaba rodeado de árboles nevados y, más allá de este, se alzaban las montañas, dominándolo todo con su belleza letal.
Aun sabiendo el peligro que acechaba en esas cumbres nevadas, se sentía atraída por ellas. Nunca podía vivir en lugares que no tuvieran montañas, pero ya no escalaba en invierno. Stewart y ella hacían algo de senderismo en invierno, y marchas más ambiciosas en primavera y verano, cuando hacía más calor y se retiraba la nieve.
—¿Fue egoísta por nuestra parte mudarnos aquí? ¿Tendríamos que haber vivido en una ciudad? —preguntó ella.
—No. Y tienes que dejar de pensar así —repuso él con cierta dureza—. Es por el sueño. Tú sabes que es la pesadilla.
Suzanne lo sabía. Adoraba vivir allí, en aquella tierra de niebla y montañas, de lagos y leyendas.
—Me preocupa Hannah —se volvió—. Cómo le pueda afectar estar aquí.
—A mí me preocupa más cómo te afecte a ti que esté aquí. O puede que me atormenten los fantasmas de las Navidades pasadas —Stewart dejó el vaso vacío en la mesa y se frotó la frente con los dedos—. Tienes que dejarla en paz. No puedes arreglarlo todo, aunque sé que nunca dejarás de intentarlo —la luz suavizaba los ángulos duros de su rostro y le hacía parecer más joven.
Su trabajo lo mantenía en forma y había días en los que casi no aparentaba cincuenta años, y mucho menos sesenta. La única pista de su edad eran los mechones plateados en su pelo, los mismos que habría mostrado el cabello de ella, de no haber optado por algo de ayuda artificial.
Se habían enamorado trabajando juntos como guías de montaña, cuando la vida les parecía una gran aventura. Entonces solo les importaba la siguiente escalada. La siguiente cima. Habían estado juntos desde entonces y, en su mayor parte, su vida seguía un ritmo cómodo. Ritmo que se alteraba en esa época del año.
Suzanne pensó que el pasado no desaparecía nunca. Se desdibujaba y a veces era poco más que una sombra, pero siempre estaba allí.
—Haré que la hospedería resulte lo más acogedora posible. ¡Hannah trabaja tanto!
—Tú también. Tu vida no son solo tus hijas, Suzanne. Diriges un negocio y este es uno de los períodos más ajetreados del año en el café.
La ansiedad de ella cambió de dirección.
—Y ahora me has recordado que todavía tengo que tejer cuarenta calcetines para recaudar fondos para el equipo de rescate de montaña. Gracias por estresarme.
Stewart sonrió y tomó su ropa de la silla donde la había dejado la noche anterior.
—Eso me gustaría verlo. A los chicos llevando esos calcetines. Les haré una foto y la colgaré en la página del equipo en Facebook.
Suzanne hizo una mueca.
—No son para que se los pongan, idiota. Son para llenarlos de regalos. Los venderemos a buen precio. Y antes de que te burles, te recordaré que, con los beneficios de los calcetines del año pasado, el equipo compró un transmisor-receptor para avalanchas y pagó parte de esa camilla tan chula que usáis ahora.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué…?
—Me gusta gastarte bromas. Me gusta cómo te pones cuando te enfadas. Haces mohínes con la boca y frunces el ceño y… ¡Ay! —Stewart se agachó cuando ella le arrojó una almohada—. ¿Tú has hecho eso? ¿Cuántos años crees que tienes?
—Los bastantes para haber desarrollado una puntería perfecta.
Él arrojó de nuevo la almohada sobre la cama, volvió a dejar su ropa en el respaldo de la silla y empujó a Suzanne hacia la cama.
Ella cayó con un respingo.
—¡Stewart!
—¿Qué?
—Tenemos cosas que hacer.
—Eso es cierto —él bajó la cabeza y lo último que vio ella antes de que la besara, fueron sus ojos azules riendo cerca de los de ella.
Cuando salieron por segunda vez de la cama, los primeros dedos de luz débil asomaban entre las cortinas.
—Y ahora llego tarde —Stewart se dirigió al baño—. Es culpa tuya.
—¿Y por qué es culpa mía? —preguntó ella.
Pero él estaba ya en la ducha, tarareando desafinadamente debajo del agua.
Suzanne siguió un momento tumbada, con la mente confusa, satisfecha, olvidada ya la pesadilla.
Sabía que tenía que empezar la tarea de los calcetines.
Tejer era un modo perfecto de relajarse, aunque ella había tardado años en descubrirlo.
No había empezado a hacerlo hasta bien entrada ya la treintena.
Al principio había sido un modo de mostrar su amor por las chicas. Las vestía y las abrigaba. Cuando tomaba las agujas y el ovillo, no tejía solo un jersey, unía con la lana su familia fracturada y dañada, tomando hilos separados y convirtiéndolos en algo completo.
Stewart salió de la ducha, secándose el pelo con una toalla.
—¿Quieres que elija un árbol de Navidad de camino a casa?
—Posy dijo que lo haría ella. Podemos esperar unos días más. No quiero que se caigan las agujas antes de Navidad. ¿Cuántos árboles ponemos este año? He pensado uno en la sala de estar, uno en la entrada, uno en el cuarto de la tele y quizá uno en la habitación de Hannah.
—¿Y no quieres poner uno en el armario de los zapatos? ¿O en el baño de abajo?
Ella lo observó.
—Puedo tirarte otra almohada, si quieres —dijo.
Pero él la había distraído de su pesadilla. Suzanne sabía que esa había sido su intención y lo amaba por ello.
—Solo digo que quizá debas dejar alguno en el bosque —Stewart arrojó la tolla húmeda sobre la silla, pero, cuando captó la mirada de ella, la recuperó y la llevó al cuarto de baño—. Todos los años te matas convirtiendo este sitio en un cruce entre un país de las maravillas invernal y el taller de Santa Claus —empezó a vestirse rápidamente, poniéndose todas las capas necesarias para su trabajo—. Tienes grandes expectativas, Suzanne. No es fácil cumplirlas.
—Es verdad que las cosas pueden ser un poco estresantes cuando las chicas están juntas…
—Son mujeres, no chicas. Y «un poco estresantes» es decir muy poco.
—Quizá este año sea diferente —Suzanne quitó las sábanas de la cama—. Beth y Jason son felices. Estoy deseando tener a mis nietas aquí. Colgaré calcetines encima de la chimenea y prepararé bandejas de dulces. Y Hannah no tendrá que hacer nada, porque pienso tenerlo todo hecho cuando llegue para poder pasar tiempo con ella. Quiero que me ponga al día de lo que hace —sujetó las sábanas contra su pecho—. ¡Ojalá encontrara a alguien especial para…!
—¿Para qué? ¿Para comérselo con patatas? —Stewart movió la cabeza—. Te suplico que no le digas eso a ella. Las relaciones de Hannah son asunto suyo. Y no me parece que tenga mucho interés.
—No digas eso —repuso ella.
Se negaba a creer que pudiera ser verdad. Hannah necesitaba una relación íntima. Una familia propia. Un círculo protector. Todo el mundo necesitaba eso.
Era algo que ella, Suzanne, siempre había deseado. Con seis años había soñado ya con eso. Había pasado sus primeros años con una madre demasiado borracha para ser consciente de su existencia. Más tarde, cuando los órganos internos de su madre habían dejado de luchar contra el maltrato constante que sufrían, Suzanne había entrado en una casa de acogida. Todas las historias que escribía en el colegio tenían que ver con ella formando parte de una familia cariñosa. En sus sueños tenía padres y hermanos. Cuando cumplió los diez años, se había resignado ya a que eso nunca iba a ocurrir.
Al final había acabado en una residencia y allí había conocido a. Esta se había convertido en la hermana que Suzanne tanto había anhelado y había volcado en esa amistad todo el amor que le sobraba. Estaban tan unidas, que la gente asumía que eran familia.
El amor de Cheryl había llenado todas las grietas y huecos en el alma de Suzanne, como pegamento que juntara fragmentos rotos. Dejó de sentirse sola y perdida. Ya no quería que la adoptaran porque tendría que irse de la residencia y eso implicaba dejar a Cheryl.
Compartían habitación, compartían ropa y compartían risas. Compartían también esperanzas y sueños.
El recuerdo era tan vívido y la necesidad de oír la risa contagiosa de Cheryl tan fuerte, que Suzanne estuvo a punto de alcanzar el teléfono.
Hacía veinticinco años que no hablaban y, sin embargo, el impulso de llamarla no había desaparecido.
La parte de ella que echaba de menos a su amiga no se había curado nunca.
La voz de Stewart la arrastró de vuelta al presente.
—¿Suzanne? ¿En qué piensas?
Él creía que Cheryl era una mala influencia.
Lo irónico de eso era que Suzanne no habría conocido a Stewart de no ser por Cheryl. No habría sido guía de montaña de no ser por Cheryl.
—Estaba pensando en Hannah —contestó.
—Si le hablas de su vida amorosa, te garantizo que subirá al primer avión que salga de aquí y no tendremos una Navidad feliz.
—No le diré ni una palabra. Le pediré a Beth que me ponga al día. Me alegro de que vivan las dos en Nueva York. A Hannah le viene bien tener a su hermana cerca. Y Beth está casada y feliz y le encanta ser madre. Puede que eso inspire a Hannah.
Pronto volverían a estar juntas las tres hermanas y Suzanne sabía que ese año la Navidad sería perfecta.
Estaba segura.
Capítulo 2
Beth
La maternidad la estaba matando.
Beth intentaba en vano sacar a sus hijas de su juguetería favorita cuando llegó la llamada. Por un momento se sintió culpable, como si la hubieran pillado haciendo algo que no debía.
Le había prometido a Jason que no compraría más juguetes, pero no se le daba bien negarles nada a las niñas. Su marido subestimaba continuamente la insistencia de las niñas. Nadie podía acabar con la determinación de una persona tan fácilmente como un niño decidido. «Por favor, mamá. Por favor, por favor…».
A ella le resultaba especialmente difícil porque quería a toda costa ser una buena madre y tenía la desagradable sospecha de que no lo era. Había descubierto que había una gran brecha entre la intención y la realidad.
Sacó el teléfono y apartó a Ruby de otro camión de bomberos gigante, ese con luces parpadeantes y una sirena ruidosa, que sin duda lo habría diseñado un hombre joven, soltero y sin hijos.
No reconoció el número, pero contestó de todos modos, reacia a perder lo que podía ser la oportunidad de una conversación con un ser adulto. Desde que tenía hijos, su mundo se había encogido, y tenía la sensación de haberse encogido con él.
Esos días estaba dispuesta a hacer amistad con cualquiera que no quisiera hablar de problemas para comer, dormir o de comportamiento. La semana anterior se había descubierto prolongando una conversación con alguien que quería venderle un seguro del coche, aunque no tenía coche. Al final había colgado el vendedor, lo cual debía de ser todo un hito en la historia de las llamadas de ventas.
—Hola —dijo.
El teléfono estaba pegajoso e intentó no pensar en la procedencia de la sustancia pegada a él. ¿La golosina favorita de Melly? Cuando Beth estaba embarazada, había decidido no dar jamás azúcar a sus vástagos, pero esa, al igual que tantas otras resoluciones, se había evaporado ante el fuego feroz de la realidad.
—¡Quiero el camión de los bomberos, mamá!
Como siempre, a las niñas les daba igual que estuviera hablando por teléfono y seguían hablando con ella. Ni descansos para publicidad, ni para ir al baño y, desde luego, no para llamadas telefónicas.
Sus necesidades eran las últimas de la fila.
Beth siempre había sabido que quería tener hijos. Lo que no sabía antes de ser madre era a cuánto de sí misma tendría que renunciar en el proceso.
Se volvió ligeramente para poder oír a la persona que llamaba.
—¿Beth McBride? —era una voz vigorosa y formal. Una mujer con un objetivo, que tachaba esa llamada de su lista de cosas que hacer.
En otro tiempo, Beth había sido como esa mujer. Había disfrutado del glamour y el brillo de Manhattan. Del ritmo frenético de la ciudad. Había sido como probarse un vestido y descubrir que te sienta perfectamente y que no quieres quitártelo nunca. Quieres comprarte dos por si se estropea uno y altera de algún modo esa imagen perfecta.
Y luego, un día, te despiertas y descubres que el vestido ya no es tuyo. Lo has echado de menos. Has visto a otras personas con él y has querido arrancárselo.
—Beth McBride al habla.
McBride.
Hacía años que nadie la llamaba así. Años que era Bethany Butler.
—Beth, soy Kelly Porter, de KP Recruiting.
Beth habría soltado el teléfono, de no ser por la sustancia pegajosa que lo mantenía soldado a su palma.
Antes de tener hijos, había trabajado en relaciones públicas para distintas empresas de estética. Había empezado por abajo, pero había subido rápidamente, y Kelly le había buscado al menos dos de aquellos trabajos.
—Hola, Kelly. Me alegro de oírte —Beth se alisó el pelo y se puso un poco más recta, aunque no era una videollamada.
Ella era Beth McBride, una persona que recibía llamadas de agencias de contratación.
—Tengo algo que podría interesarte.
A Beth le interesaba cualquier cosa que no gritara, mojara nada ni dejara marcas en el suelo, pero no conseguía entender por qué la llamaba Kelly.
Jason y ella habían hablado de que volvería a trabajar en algún momento, cuando las niñas fueran más mayores. Con Ruby ya en preescolar, había llegado el momento de volver a tener esa conversación, pero Beth solía estar demasiado agotada para defender su caso.
Por no hablar de la parte de ella que se sentía culpable por querer dejar a las niñas.
—Te escucho.
—Tengo entendido que has tenido un paréntesis profesional —el tono de Kelly daba a entender que catalogaba eso en el mismo grupo de sucesos desafortunados que el tifus o la fiebre amarilla.
—Llevo un tiempo concentrándome en mi familia, sí —repuso Beth.
Le quitó a Melly un disfraz de princesa de la mano y negó con la cabeza. Melly tenía ya un armario lleno de vestidos de princesa. Jason se pondría como loco si le compraba otro, y más estando tan cerca la Navidad.
—¿Has oído hablar de Glow PR? —preguntó Kelly, ignorando la mención a la familia—. Es un equipo joven y dinámico que empieza a hacerse un nombre. Buscan a alguien de tu perfil.
¿Cuál era exactamente su perfil?
Beth era esposa, madre, cocinera, taxista, limpiadora, líder de juegos y ayudante personal. Podía limpiar salsa de espaguetis de las paredes y recitar todos los libros ilustrados de Ruby sin sacarlos de la estantería.
A su lado, en la pared, había un espejo rodeado de tanta cantidad de rosa y purpurina como para satisfacer a la aspirante a princesa más exigente. Podía parecer un objeto sacado de un cuento de hadas, pero la imagen que le devolvía la mirada a Beth no tenía nada de cuento de hadas.
Tenía el pelo moreno, y sus pocos intentos de tiempo atrás por teñirse de un tono un poco más claro la habían convencido de que algunas personas habían nacido para ser morenas. En ese momento tenía ojeras oscuras, como si la naturaleza estuviera decidida a mostrar lo cansada que estaba.
En otro tiempo había creído que sabía todo lo que había que saber sobre belleza y cómo conseguir una cierta imagen, pero después había aprendido que el mejor producto de belleza no era una crema para la cara ni una sombra de ojos, sino una noche seguida de sueño y, desgraciadamente, eso no se vendía en frascos.
—Mamá —Ruby le tiró del abrigo—. ¿Puedo jugar con tu teléfono?
Ruby siempre quería todo lo que tenía Beth.
Esta negó con la cabeza y señaló el camión de bomberos, con la esperanza de distraer a su hija pequeña.
Ruby quería ser bombera, pero Beth opinaba que estaba más dotaba para trabajar en ventas. Solo tenía cuatro años, pero podía convencer a cualquier persona de lo que fuera en cuestión de minutos.
—¿Beth?
—Estoy aquí —contestó la interpelada.
Sabía que debía decir que en ese momento era madre y ama de casa y que no le interesaba ninguna oferta.
Pero sí le interesaba.
—La empresa está aquí mismo, en la Sexta Avenida, pero tienen una red amplia y presencia en ambas costas.
Presencia en ambas costas.
La imaginación de Beth voló hasta la costa oeste en primera clase. Ese día, una juguetería. Al siguiente, Beverly Hills. Hollywood. Champán. Un mundo de almuerzos largos y reuniones de negocios, donde la gente escuchaba lo que ella decía. De fiestas glamurosas y de la posibilidad de usar el cuarto de baño sin compañía.
—¿Mamá? Quiero el camión de los bomberos.
El cerebro de Beth seguía disfrutando en Beverly Hills.
—Cuéntame más —pidió.
—Crecen deprisa y están listos para ampliar su equipo. Quieren hablar contigo.
—¿Conmigo? —Beth se mordió la lengua. No debería haber dicho eso. Debería proyectar confianza en sí misma, pero la confianza en sí misma había resultado ser un recurso no renovable. Sus hijas le habían quitado la suya con dedos pegajosos.
—Tú tienes experiencia —dijo Kelly—. Contactos con los medios y creatividad.
«Ja», pensó Beth.
—Llevo tiempo fuera del mundillo —siete años para ser exacta.
—Corinna Ladbrooke ha preguntado específicamente por ti.
—¿Corinna? —el nombre de su antigua jefa removió una maraña de sentimientos en el interior de Beth—. ¿Se ha cambiado de empresa?
—Ella es la que está detrás de Glow. Dime cuándo tienes un hueco y puedo organizarte un encuentro con todos ellos.
¿Corinna la quería a ella? Habían trabajado juntas, pero no había sabido nada de ella desde que se marchara para tener hijos.
A Corinna no le interesaban los niños. Ella no tenía, no quería tenerlos y, si alguna de sus empleadas elegía descarriarse por la esfera de la maternidad, optaba por ignorarla.
Ruby empezó a gimotear y Beth se agachó a tomarla en brazos con una mano, comprobando automáticamente que todavía tenía a Bugsy. Nada podía separar a Ruby de su peluche favorito y Beth tenía cuidado de no perderlo.
¿Se preocuparía menos por las niñas si tuviera un trabajo?
Se inquietaba demasiado y lo sabía. Le aterrorizaba que pudiera pasarles algo malo.
—Kelly, te llamaré cuando eche un vistazo a mi agenda —dijo, consciente de que aquello sonaba más impresionante de lo que era. Su «agenda» incluía llevar a las niñas a clases de ballet, clases de arte y de inmersión en mandarín.
—Hazlo pronto.
El teléfono quedó en silencio y Beth permaneció un momento inmóvil, con la cabeza todavía en el país de las fantasías y el brazo dormido. ¿Por qué parecía que el peso de las niñas aumentaba según el tiempo que las tuviera en brazos? Dejó a Ruby en el suelo.
—Nos vamos a casa.
—¡Camión de bomberos! —el grito de Ruby era más penetrante que ninguna sirena—. Lo has prometido.
Melly seguía mirando disfraces.
—Si no puedo ser una princesa, quiero ser un superhéroe —declaró.
«Yo también quiero ser un superhéroe», pensó Beth.
Una buena madre se negaría y explicaría claramente su decisión. Las niñas saldrían de la tienda disciplinadamente y entendiendo mejor el valor del dinero y el concepto de la gratificación diferida, así como la asociación de comportamiento y recompensa.
Beth no era esa madre. Cedió y compró el camión de bomberos y un disfraz más.
Salió de la tienda cargada con dos niñas felices, un montón de paquetes y la irritante sensación de ser un fracaso como madre.
Ver Manhattan en diciembre era verlo en su mejor época ventosa. El resplandor de las luces en los escaparates y la mordedura del aire de invierno se combinaban para crear una atmósfera que atraía a gente de todo el mundo. Las aceras estaban atestadas y la población de la zona se veía tragada por los visitantes que no podían resistirse a la atracción de la Quinta Avenida en esas fiestas.
Beth adoraba Manhattan. Después de graduarse, había trabajado para una empresa de Relaciones Públicas en Londres. Cuando la habían trasladado a la oficina de Nueva York, había tenido la sensación de que había triunfado, como si el simple hecho de estar en Manhattan confiriera cierto estatus. A su llegada, se había visto dividida entre la euforia y el terror. Caminaba a buen paso por calles con nombres familiares. Quinta Avenida, calle Cuarenta y dos, Broadway, intentando fingir que aquel era su hábitat natural. Por suerte, había vivido y trabajado en Londres antes, porque, si no, el contraste entre el nivel de ruido de Nueva York y el de su casa familiar en las Highlands de Escocia, habría sido demasiado para su mente y para sus tímpanos.
Caminaba todos los días por la Quinta Avenida de camino al trabajo, con la sensación de estar en un plató de cine. La alegría y la ilusión habían compensado de sobra por cualquier añoranza que hubiera podido sentir. ¿Y qué si solo podía permitirse una habitación pequeña, donde podía tocar ambas paredes sin salir de la cama? Estaba en Nueva York, la ciudad más emocionante del mundo.
Un matrimonio y dos niñas después, seguía sintiendo lo mismo.
Su apartamento era más grande y tenían más ingresos, pero, aparte de eso, lo demás no había cambiado mucho.
Sujetó con fuerza la mano de Ruby y llamó a Jason para contarle lo de Kelly, pero su ayudante le dijo que estaba en una reunión.
Beth recordó entonces que él tenía una presentación muy importante ese día y una semana ajetreada por delante. ¿Podría sacar tiempo para quedarse con las niñas si ella iba a ver a Corinna y el equipo?
—Mamá —Ruby se colgaba de su mano y la presión hacía que a Beth le doliera el hombro—. Estoy cansada.
«Yo también», pensó Beth.
—Si andas más deprisa, llegaremos pronto a casa. Sujeta a Bugsy con fuerza. No queremos que se caiga aquí. Y no te acerques mucho al bordillo —dijo.
Veía accidentes por todas partes. Y no ayudaba que Ruby fuera una niña aventurera y temeraria, que carecía al parecer del instinto de autopreservación y no era nada cautelosa. Melly andaba prácticamente pegada a su costado, pero Ruby quería explorar el mundo desde todos los ángulos.
Resultaba agotador.
Beth quería trabajar para Glow PR. Quería caminar por la Quinta Avenida sin tener que estar alerta ante un posible desastre. No era la primera madre que quería trabajar y tener una familia. Tenía que haber un modo de conseguirlo.
La madre de Jason vivía cerca, y Beth confiaba en que, si encontraba un empleo, Alison estuviera dispuesta a ayudar con las niñas. Melly y Ruby la adoraban. Beth también la adoraba. Alison era la negación personificada de todos los tópicos relativos a las suegras. En lugar de estar molesta con Beth por ser la mujer que se había llevado a su único hijo, la había recibido como si fuera la hija que nunca había tenido.
Beth estaba segura de que Alison estaría encantada de ayudar, lo cual dejaba solo el pequeño problema de conseguir el empleo.
¿Tenía lo que hacía falta para impresionar a Corinna después de siete años fuera de juego?
Se sentía muy mal preparada para volver al mundo laboral. No estaba segura de ser capaz de participar en una conversación entre adultos normales, y mucho menos si eran personas deslumbrantes con ideas creativas.
Quizá debería llamar a su hermana. Hannah entendería la tentación de una carrera. Trabajaba como consultora de gestión y daba la impresión de que se pasaba la vida viajando por el mundo para arreglar empresas que no eran capaces de arreglarse solas.
Tenían una cita al día siguiente y Beth quería llamarla de todos modos para confirmarla.
Hannah contestó con su tono serio y práctico de voz.
—¿Es algo urgente, Beth? Estoy embarcando. Te llamaré cuando aterrice, si tengo tiempo antes de la reunión.
Nada de «¿Cómo estás, Beth? Me alegro de oírte. ¿Cómo están Ruby y Melly?». No.
Beth siempre había querido estar más unida a su hermana y no sabía quién tenía la culpa de que no fuera así. Y la situación había empeorado últimamente. Las cenas habituales se habían vuelto menos habituales. ¿Era culpa suya porque casi solo hablaba con las niñas? ¿Su propia hermana la encontraba aburrida?
—No te preocupes —Beth apretó más la mano de Ruby, que caminaba retorciéndose. Era como intentar darle la mano a un pez, pero no se atrevía a soltarla por si acababa debajo de las ruedas de un coche—. Hablaremos mañana durante la cena. No es urgente.
—Pensaba llamarte sobre eso. Nada de champán, gracias. Estoy trabajando. Agua con gas, por favor —Hannah apartó el teléfono para hablar con la azafata y Beth intentó reprimir una punzada de envidia.
Quería estar en posición de rechazar champán.
«No, gracias, tengo que mantener la cabeza despejada para la reunión, donde diré algo importante que la gente quiere oír».
—¿La vas a anular otra vez? —preguntó.
—Tengo un trabajo, Beth.
—Lo sé —contestó esta.
Y no necesitaba que se lo recordaran. Y ella estaba en casa, cuidando de sus niñas y con un complejo cada vez mayor, alimentado por los triunfos de su hermana. Intentó no pensar en el cordero que se marinaba en el frigorífico ni en el postre extravagante que había planeado. Hannah comía en los mejores restaurantes. ¿Le iban a impresionar los intentos de su hermana por hacer una tarta Pavlova? Las claras de huevo batidas difícilmente cambiarían el mundo, ¿verdad? ¿Y tan desesperada estaba ella que necesitaba esa aprobación?
—¿Adónde te vas ahora? —preguntó.
—A San Francisco. Ha sido un viaje de última hora. Te iba a poner un mensaje en cuanto terminara el email que estoy escribiendo.
Con Hannah, siempre había muchas cosas de última hora.
—¿Cuándo volverás?
—El viernes por la noche, y el domingo por la noche me voy a Frankfurt. ¿Podemos aplazarlo?
—Esto era un aplazamiento —respondió Beth—. Mejor dicho, es un aplazamiento de un aplazamiento de un aplazamiento.
Un susurro de papeles sugería que Hannah hacía algo más al mismo tiempo que hablaba con ella.
—Fijaremos otra fecha. Sabes que me encantaría verte —dijo su hermana.
Beth no lo sabía.
Sí sabía que era ella la que ponía todo el esfuerzo en la relación. A menudo se preguntaba si Hannah se molestaría en ponerse en contacto si ella dejaba de intentarlo. Pero nunca lo dejaría, aunque su hermana la volvía loca y hería sus sentimientos. Beth sabía lo valioso que era tener familia y pensaba aferrarse a la suya aunque eso implicara dejar la marca de sus uñas en la carne de Hannah.
—¿Te he ofendido de algún modo? —preguntó—. Siempre tienes alguna excusa para no vernos.
Hubo una pausa.
—Tengo una reunión, Beth. No te lo tomes como algo personal.
Beth tenía la horrible impresión de que era muy personal.
Hannah, como Corinna, no quería tener hijos. Pero era algo más que eso. Beth empezaba a pensar que a su hermana no le gustaban Ruby y Melly, y ese pensamiento era como una puñalada en el corazón.
—No estoy exagerando. Tú te has apartado —dijo.
Corinna era su jefa y no tenía ninguna obligación de que le gustaran sus hijas, pero Hannah era tía de las niñas.
—Las dos estamos ocupadas. Es difícil encontrar un momento.
—Vivimos en la misma ciudad y no nos vemos nunca. No tengo ni idea de lo que pasa en tu vida. ¿Eres feliz? ¿Sales con alguien? —dijo Beth.
Sabía que su madre le preguntaría, así que consideraba su deber estar al tanto de ese tipo de información. Además, era una romántica. Y también estaba el hecho de que, si Hannah tuviera pareja, tal vez se verían más. Podrían salir a cenar los cuatro juntos.
Pero, al parecer, eso no iba a ocurrir.
—Vivo en Manhattan. Está atestado. Veo a mucha gente.
Beth renunció a intentar sacarle información.
—Ruby y Melly te echan de menos —dijo—. Eres la única familia mía que vive cerca. Les encanta que vengas a casa —decidió probar su teoría—. Pásate el fin de semana.
—¿Quieres decir por tu apartamento?
Beth estaba segura de no haber imaginado el tono de pánico en la voz de su hermana.
—Sí —dijo—. Vente a almorzar. O a cenar. Quédate todo el día y una noche.
Hubo una pausa corta.
—Tengo que trabajar todo el fin de semana. Será mejor que tú y yo cenemos juntas un día fuera.
Un restaurante. En la ciudad. Una velada sin niños.
Beth alzó a Ruby con un brazo. Se sentía protectora de pronto.
Aquellas eran sus hijas. Su vida. Eran lo más importante que había en su mundo. ¿A su hermana no deberían importarle aunque solo fuera por eso?
La ironía era que, como Hannah las veía tan poco, las niñas la veían como a una figura llena de glamour.
La última vez que había estado en su apartamento, Ruby había intentado subirse a sus rodillas para abrazarla y Hannah se había quedado petrificada. Beth medio esperaba que le gritara a la niña que se apartara. Al final, había sido ella la que había retirado a la sorprendida Ruby y la había distraído, pero el incidente la había dejado herida y molesta. Había permanecido en un estado de tensión hasta la marcha de su hermana.
Jason le había recordado que Hannah era así y no cambiaría nunca.
—De acuerdo. Cenaremos algún día. Trabajas demasiado —dijo Beth.
—Empiezas a hablar como Suzanne.
—Quieres decir mamá —Beth soltó los dedo de Ruby de su pendiente—. ¿Por qué nunca la llamas «mamá»?
—Prefiero «Suzanne» —respondió Hannah con voz más fría—. Siento anular la cita, pero tendremos tiempo de sobra de charlar en Navidad.
—¿Navidad? —Beth se quedó tan sorprendida, que casi soltó a Ruby—. ¿Vas a ir a casa por Navidad?
—Si por «casa» te refieres a Escocia, sí —Hannah volvió a hablar con la azafata—: Tomaré el salmón ahumado y la ternera.
En otro momento, Beth se habría preguntado por qué se molestaba en pedir salmón y ternera si las dos sabían que tomaría dos bocados y dejaría el resto, pero ese día estaba demasiado sorprendida por la revelación de que su hermana iría a casa en Navidad.
—El año pasado no fuiste.
—Tenía muchas cosas pendientes —Hannah hizo una pausa—. Y ya sabes cómo es la Navidad en nuestra casa. Solo estamos todos juntos esos días y la casa es una olla a presión llena de expectativas. Suzanne se preocupa por pequeñeces y necesita que todo esté perfecto y, si no ocurre así, Posy siempre me echa la culpa a mí.
Era tan poco habitual que dijera lo que pensaba, que eso pilló desprevenida a Beth. Antes de que se le ocurriera una respuesta apropiada, su hermana ya había cambiado de tema.
—¿A las niñas les apetece algo en particular por Navidad? —preguntó.
«Las niñas. Las chicas». Hannah siempre las juntaba y, al hacerlo, de algún modo las deshumanizaba.
Beth sabía que su hermana delegaría la compra de regalos en su ayudante. Elegiría algo caro, con lo que las niñas olvidarían jugar después de una semana y ella, su madre, se quedaría con la sensación de que su hermana intentaba compensar con eso lo que no les daba por otro lado.
Pensó en el camión de bomberos que le golpeaba la pierna al andar y se dijo que ella no era quién para criticar a nadie por comprar regalos caros.
—No les compres nada que chille ni que emita sirenas en plena noche. Y gasta la misma cantidad en las dos.
Llevaba un cálculo mental y se vigilaba continuamente para no mostrar preferencias, para no regañar a una más que a la otra ni demostrar más interés por una que por la otra.
Sus hijas nunca tendrían la sensación de que sus padres tenían una favorita.
—Soy la última persona a la que necesitas decirle eso —comentó Hannah.
Por un breve momento, Beth y ella conectaron. Un único hilo invisible del pasado las unía.
Beth quería agarrar ese hilo y tirar de su hermana hacia sí, pero el estrépito de los cláxones y el ruido general de la calle hacían que aquel fuera un lugar poco apropiado para una conversación personal profunda. Y estaban también los oídos de las niñas, que no se perdían nada.
—Hannah, quizá podríamos…
—¿Qué les gusta ahora? —preguntó Hannah., cortando la conexión y retirándose al lugar seguro en el que nadie podía alcanzarla.
Beth sintió la pérdida como un pinchazo.
—Melly quiere ser bailarina de ballet o princesa y Ruby quiere ser bombera.
—¿Princesa?
Beth captó la crítica en el tono de su hermana.
—Le compro juguetes neutrales y le digo que puede ser ingeniera y trabajar en la NASA, pero de momento prefiere vivir en un castillo con un príncipe, a ser posible, vestida como el Hada de Azúcar.
«Espera a tener hijos y entonces sabrás de lo que hablo», pensó. Pero no lo dijo.
Por mucho que su madre anhelara que Hannah se enamorara y se asentara, cualquiera que fuera un poco realista podía ver que eso no iba a pasar.
Capítulo 3
Hannah
Embarazada.
Hannah cerró los ojos e intentó controlar el pánico.
Todavía había una posibilidad de que no estuviera embarazada. Llevaba cinco días de retraso, pero eso se podía deber a otras causas. Estrés, por ejemplo. Definitivamente, estaba estresada.
Guardó el teléfono en el bolso, sintiéndose culpable por Beth.
No había olvidado la cena. La había anulado porque sabía que no podría soportar una velada en el caos centrado en las niñas que era el apartamento de su hermana.
¿Era una locura ir ese año a casa por Navidad? El año anterior se había rajado en el último momento alegando que tenía que trabajar. Había desconectado el teléfono y pasado el tiempo en su apartamento, adormeciendo sus sentimientos con varias botellas de vino bueno y un maratón de lectura. Cuando había cerrado el último libro, se habían acabado las fiestas.
Ese año, eso no era una opción.
Temía la unión forzada de la Navidad y la presión que eso conllevaba.
Su familia creía que era una mujer centrada en su vida profesional, sin tiempo para relaciones.
Iba a ser una conversación interesante si resultaba estar embarazada.
Debería hacerse un test. Averiguar si lo estaba o no. Pero entonces lo sabría y, por el momento, prefería aferrarse a la vaga esperanza de que su vida, perfectamente organizada, no se fuera a complicar de pronto.
—¿Va todo bien, Hannah?
Ella abrió los ojos. Adam estaba de pie en el pasillo de primera clase, colocando su bolsa.
—Sí, todo bien —Hannah había guardado ya su pequeña maleta y tenía el portátil al lado del asiento. Vivía con la sensación de que las cosas estaban a punto de torcerse mucho y hacía lo que podía para impedirlo planeando y controlando hasta el último detalle de su vida.
—¿Estás segura? Esa conversación sonaba tensa —él se sentó a su lado. Era alto y larguirucho. Sus largas piernas llenaban el abundante espacio delante de su asiento—. ¿Problemas?
Normalmente, cuando viajaba, Hannah prefería hacerlo consigo misma. Si hubiera existido un cartel de No Molesten para pasajeros, se lo habría colgado.
Ese día, sin embargo, viajaba con Adam. Este era su colega y, en los últimos meses, su amante.
Y tal vez fuera también el padre de su hijo, cosa que seguramente sería un shock tan grande para él como para ella.
—Hablaba con Beth.
Sintió una punzada de culpa. Su hermana tenía razón en que hacía tiempo que no veía a las niñas. Estas eran adorables, pero, con ellas, Hannah se sentía inepta e incompetente. Le resultaba imposible leer cuentos de hadas en los que todos eran felices y comían perdices. No era capaz de perpetuar esa mentira. Santa Claus no existía. El Ratoncito Pérez tampoco. El amor no se podía garantizar.
En una ocasión había intentado explicarle eso a Beth, pero su hermana había pensado que decía tonterías.
«Puede que la vida no siempre acabe de un modo feliz, Hannah, pero prefiero ocultarles eso a mis niñas de momento, si no te importa».
Hannah pensaba que era más sano que las expectativas de la gente tuvieran una base en la realidad. Si no esperabas mucho, no era tan grande la caída cuando al fin te dabas cuenta de que ninguna planificación podía evitar que sucedieran cosas malas.
Unos años antes, después de una tormenta de nieve inesperada, se había visto obligada a pasar la noche en el apartamento de Beth. En mitad de la noche, Ruby se había subido a su cama. Hannah había sentido el cosquilleo de los rizos suaves en la piel y el calor del cuerpecito infantil a través del algodón del pijama cuando la niña se había pegado a ella buscando seguridad. Eso le había recordado tanto la fatídica noche en la que Posy se había subido a su cama, que los recuerdos casi la habían asfixiado.
El hecho de que su hermana no lo entendiera la hacía sentirse todavía más aislada.
Se había marchado sin desayunar, prefiriendo lidiar con los montones de nieve y la ventisca antes que con los recuerdos. Y había tenido mucho cuidado de no volver a colocarse en esa posición. Hasta ese momento.
Pasó los dedos por el cuello del suéter, aunque no le quedaba apretado.
La Navidad iba a ser dura, pero ni siquiera ella podía encontrar el modo de evitarla por segundo año. La familia McBride siempre se reunía en Navidad. Era la tradición. Se había resignado al hecho de que era algo que iba a tener que soportar, como un ataque malo de gripe. Pero ahora tenía además aquella complicación añadida.
—¿Se ha enfadado porque has anulado la cita? —preguntó Adam.
La observaba con preocupación y ella se apresuró a apartar la vista. Él era observador. Captaba cosas que a otras personas les pasaban desapercibidas. Era uno de los atributos que lo hacían tan bueno en su trabajo. También era parte de la perturbadora atracción que había sentido por él desde el primer día que llegó a la empresa. Hannah no estaba preparada para la química que parecía haber entre ellos. Se le daba tan bien controlar sus sentimientos, que había sido un gran shock descubrir que eran capaces de rebelarse.
—Le ha dolido —contestó.
Él sacó su teléfono del bolsillo y tendió el abrigo a la azafata.
—¿Por qué no le dices la verdad? Dile que te resulta difícil estar cerca de niños.
¡Menuda ironía!
«Si estoy embarazada, tendré que encontrar el modo de soportar a los niños».
Todavía le sorprendía haber hablado con él de su familia, pero Adam era una persona con la que resultaba increíblemente fácil hablar.
No se lo había contado todo, por supuesto, pero sí le había dicho más que a ninguna otra persona en toda su vida.
—Es… complicado —musitó.
Se dio cuenta de que, al otro lado del pasillo, había una pareja con un bebé. No habían despegado todavía y el bebé ya se mostraba inquieto. Hannah esperaba que no se pasara todo el viaje llorando. Oír llorar a un niño le producía dolor de estómago.
—Preséntamela y lo haré yo.
—¿Qué? —Hannah se volvió hacia él, confusa.
—Quiero conocer a tu hermana.
—¿Por qué?
—Porque eso es lo que hace la gente en nuestra posición.
—¿Nuestra posición?
—Estoy enamorado de ti —dijo él con sencillez, como si el amor no fuera lo más terrorífico que le podía pasar a una persona—. ¿O vamos a ignorar eso?
—Vamos a ignorarlo —contestó ella.
Al menos de momento. Controlaba sus sentimientos con la misma firmeza que su agenda. Había aprendido a reprimirlos. Si había una cosa que odiaba en la vida, era el caos emocional.
—Debería ofenderme que trates tan a la ligera mi sentida declaración de amor.
—Estabas borracho, Kirkman.
—No es cierto. Estaba en pleno uso de mis facultades.
—Si no recuerdo mal, habías bebido varios vasos de bourbon.
—Es cierto que necesité algo de apoyo líquido para darme valor —él se encogió de hombros—, pero declararte mi amor era un gran paso para un hombre que lleva tanto tiempo solo como yo.
Hannah no se había permitido creer que él hablara en serio.
Para ella, el amor era una forma emocional de ruleta rusa. Un juego al que ella no jugaba.
Su seguridad sentimental era lo más importante del mundo para ella.
No quería ni pensar cómo se complicaría todo si había además un bebé.
—¿Te preocupa que te vaya a quitar tus bienes? —Adam se inclinó hacia ella—. Firmaremos un acuerdo prematrimonial, pero tengo que advertirte de que, en caso de ruptura irrevocable de nuestro matrimonio, quiero tomar posesión de tus libros. Con tiempo y medicación, probablemente pueda aprender a vivir sin ti, pero no puedo aprender a vivir sin tu biblioteca. ¿Sabes lo excitante que es saber que tienes una primera edición de Grandes esperanzas en tus estanterías?
Hannah casi no podía concentrarse en la conversación.
«Tienes que hacerte la prueba», pensó.
—No necesitaremos un acuerdo prematrimonial —dijo.
—Estoy de acuerdo. Un amor como el nuestro durará eternamente. Podríamos decir que tengo grandes esperanzas —Adam le guiñó un ojo, pero ella no sonrió.
El amor era voluble y poco fiable, y definitivamente, no era algo que se pudiera controlar. Si alguien no te quería, no podías obligarle a hacerlo. Prefería construir su vida sobre bases más seguras.
Adam rechazó la oferta de champán de la azafata y pidió bourbon en su lugar. Enarcó las cejas cuando Hannah también lo rechazó.
—¿Desde cuándo rehúsas tú el champán?
«Desde que puedo estar embarazada».
—Necesito tener la mente despejada para la presentación.
—Tú puedes llevar a cabo esta presentación con los ojos cerrados. No entiendo por qué te estresas. ¿Dónde está la mujer que bailaba descalza en la oficina alrededor de una caja de pizza vacía?
Ella se quitó los zapatos de tacón.
—¿Podemos olvidar que pasó eso?
—No. Tengo pruebas fotográficas, por si alguna vez intentas negarlo. Y pienso mostrárselas a tu hermana para probarle lo incomprendida que eres —sacó el teléfono y fue pasando fotos con el pulgar—. Mira. Esta es mi favorita.
Hannah apenas se reconocía. El pelo se había salido del moño que llevaba a trabajar y estaba descalza y riendo. Lo que más destacaba era la expresión de su cara. ¿De verdad había transmitido tanto?
—¡Dame eso! —exclamó. Intentó quitarle el teléfono, pero él lo sujetó fuera de su alcance.
—Jamás olvidaré aquella noche.
—¿Porque me quité los zapatos y bailé?
—Yo lo decía por la pizza. Estaba muy buena. Ha habido otras noches, y otras pizzas, pero aquella fue la mejor. Creo que eran las aceitunas —Adam se inclinó sonriente y la besó—. Me encanta que te rías. ¡Estás siempre tan seria en la oficina!
—Soy una persona seria.
Adam se apartó.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi padre.
«¡Eres tan seria, Hannah! Levanta la cabeza del libro cinco minutos y diviértete un poco».
Todavía había días en los que se sentía culpable por coger un libro, incapaz de apartar de sí la sensación de que había algo más valioso en lo que debería emplear su tiempo.
—Tengo noticias para tu padre. Se equivoca.
Adam había ido retirando poco a poco sus defensas, y lo había hecho de un modo tan sutil, que ella ni siquiera se había dado cuenta de que necesitaba defenderse.
Su trabajo a menudo exigía que se quedara hasta tarde, y eso no había tenido nada de especial hasta la primera vez que él había entrado en su despacho con una caja de pizza en la mano.
Hannah había enarcado las cejas.
—Yo no como pizza.
—Hay una primera vez para todo, McBride.
Y habían acabado sentados en el suelo del despacho, comienzo pizza de la caja mucho después de que todos los demás se hubieran ido a casa.
Era la primera vez en su vida que Hannah comía pizza directamente de la caja.
También era la primera vez que se había quitado los zapatos o se había sentado en el suelo del despacho.
No estaba segura de que hubiera sabido relajarse antes de que él llegara a la empresa, pero aquellas sesiones de trabajo tardías se habían convertido enseguida en su parte favorita del día. Estaba deseando tener mucho trabajo para que existiera una excusa para quedarse cuando todos los demás se habían ido.
Trabajaban, compartían comida y hablaban. Allí, en la quietud nocturna de la oficina, envueltos por el resplandor de la ciudad, resultaba fácil decir cosas que ella jamás habría dicho en otras circunstancias.
Una noche, él le había confesado que su tía había insistido en que diera clases de baile de salón porque pensaba que era una habilidad esencial en la vida.
Y él se había empeñado en enseñar a Hannah.
—Todo el mundo debería saber bailar el tango, McBride.
—Yo no bailo, Kirkman.
Pero con él sí había bailado descalza alrededor de las cajas de pizza vacías.
Era ridículo, pero había acabado riéndose tanto, que no podía respirar.
«Y así fue como llegamos a la intimidad», pensó, mirando a Adam tomar un sorbo de su vaso. No con una zancada de gigante, sino paso a paso, con cada movimiento hacia delante tan furtivo como la marea que sube. En un momento dado, estaba de pie sola en tierra seca y al momento siguiente la cubría el agua y se ahogaba.
Alas ligeras de pánico aleteaban en su piel. Si hubiera podido atárselas a la espalda, habría salido volando. Para algunas personas, el miedo era un callejón oscuro de noche, o un perro gruñendo con dientes afilados. Para ella, el miedo era la intimidad.
Quizá él creyera que la quería, pero Hannah sabía que lo que ella podía ofrecer no sería suficiente.
Un golpe y una maldición la sacaron de sus pensamientos y vio que una mujer intentaba guardar su maleta en el compartimento de arriba.
Adam se levantó a ayudarla, y con su estatura, no tuvo ningún problema en colocar la maleta.
Hannah vio que los ojos de la mujer se detenían en el perfil de él y bajaban después a sus hombros. Una débil sonrisa rendía tributo a aquel ejemplar viril, hasta que se volvió y notó la presencia de Hannah. Su sonrisa pasó de interesada a resignada. Hannah la imaginó pensando: «Todos los buenos están pillados».
Adam volvió a sentarse.
—¿Cuándo le vas a hablar a Beth de nosotros? —preguntó—. No es que me importe ser tu sucio secreto, pero sería más fácil si se lo dijeras. Podría ir a cenar contigo. Se me dan muy bien los niños.
Hannah confió en que siguiera pensando igual si resultaba estar embarazada.
Él volvió a estirar las piernas.
—Llevamos seis meses viviendo prácticamente juntos. No puedes esconderme eternamente.
«¿Seis meses?».
—Yo no te escondo.
Antes de Adam, su relación más larga habían sido dos meses. Ocho semanas. Era un periodo de tiempo que le iba bien. Hannah prefería concentrar sus esfuerzos en cosas que se le daban bien. Las relaciones no entraban en esa categoría.
Con Adam había sido diferente.
La conexión había sido tan potente, que no había sabido cómo lidiar con ella. Al principio, su única interacción se daba en el trabajo. No recordaba quién había hecho el primer movimiento.
La primera vez que habían tenido relaciones sexuales había sido en el apartamento de él. No habían llegado hasta el dormitorio. La segunda vez, había sido en el de ella y esa vez habían llegado hasta el suelo de la sala de estar. Ella creía que esas prisas irían desapareciendo, pero algunos días ni siquiera se paraban a hablar. Era como si todo lo que reprimían en público durante la jornada laboral exigiera verse liberado en cuanto estaban en privado. En la última semana habían hecho el amor dos veces en el vestíbulo con las luces todavía encendidas. Una parte de ella se había preguntado por qué el sexo con Adam parecía tan desesperado. Tal vez porque en su mente creía que aquello terminaría pronto.
Hannah sabía que todo terminaba. Y, sin embargo, allí estaban seis meses después.
Se reacomodó en el asiento.
Si estaba embarazada, lo sabría, ¿no? ¿Las mujeres no sentían náuseas y cosas así?
Ella no tenía náuseas.
Cuando los motores del avión gritaban ya, listos para despegar, Adam terminó su bebida.
—Si vas a ir a casa a pasar la Navidad con tu familia, yo debería acompañarte —dijo.
—¿Para causar problemas?
—Para protegerte —esa vez él no sonreía—. Odio verte así. Quiero que vuelva mi Hannah.
«Mi Hannah».
Ella sabía que su familia no reconocería a la Hannah que conocía Adam. Casi no la reconocía ella misma.
—No necesito que vengas conmigo, pero eres muy amable ofreciéndote —dijo.
Podía imaginar la reacción de Suzanne si aparecía con él. Reservaría la iglesia y compraría un sombrero antes de que ella tuviera tiempo de deshacer el equipaje.
La luz de los cinturones se apagó encima de sus cabezas y Adam se recostó en su asiento.
—Si la Navidad te estresa, ¿por qué vas?
—No quiero decepcionar a Suzanne —y la sensación de que lo hacía, de que no daba lo suficiente le traía recuerdos incómodos.
—¿Suzanne? ¿No la llamas «mamá»?
—No es mi madre. Mi madre murió —contestó ella.
Vio la sorpresa en los ojos de él y se preguntó qué la había impulsado a contar eso en aquel entorno crudo e impersonal. Ella nunca hablaba de sus verdaderos padres, pero había algo en Adam que desarmaba la parte de ella que solía mantener bien atada.
—No lo sabía —musitó él—. Lo siento mucho.
—Fue hace mucho tiempo. Yo tenía ocho años.
—¡Maldita sea, Hannah! Es una edad difícil para perder a tu madre. ¿Por qué no me lo has contado antes? —Adam tendió la mano, con la palma hacia arriba, y ella dudó un momento y luego puso la suya encima. Él se la estrechó con un gesto protector y ella sintió las sogas de la intimidad apretándose a su alrededor.
«Te quiero, Hannah».
—No es algo que surja en la conversación general. Perdimos a nuestro padre y a nuestra madre, Murieron en el mismo accidente.
—¿Automóvil?
—Avalancha de nieve. Los dos eran escaladores.
Él enarcó una ceja.
—¿O sea que no has sido siempre una chica de ciudad?
Hannah tenía la sensación de que había sido siempre una chica de ciudad.
—¿Y quién es Suzanne? —preguntó él con tono neutro, como si reconociera la necesidad de ella de no sentirse abrumada por la compasión.
—Suzanne y Stewart nos adoptaron. Suzanne es estadounidense y Stewart es escocés. Después del… accidente… nos mudamos a Escocia para estar cerca de la familia de Stewart —a Hannah le latía con fuerza el corazón—. ¿Podemos trabajar ya?
Él vaciló.
—Claro —tomó su portátil y lo abrió—. A menos que quieras terminar la partida de ajedrez que tenemos a medias.
—Te comí el caballo.
—Lo recuerdo —la sonrisa de él era casi infantil—. Todavía puedo comerte el rey. Dame la oportunidad de intentarlo. Tú ganaste las dos últimas partidas y mi autoestima ha sufrido un duro golpe.
A Hannah siempre le había parecido que la autoestima de él era indestructible.
—Creo que deberíamos terminar la propuesta —dijo.
—Tienes miedo de perder —él se inclinó y la besó en la boca—. He visto tu presentación. Es brillante. Vamos a conseguir ese negocio.
Ella se relajó un poco y observó la hoja de cálculo que había en la pantalla de él.
—Tienes que cambiar eso —puso el dedo en una de las cifras—. ¿No viste mi email?
—¿El que enviaste a las tres de la mañana? Sí, lo he visto esta mañana de camino al aeropuerto, pero no todos somos tan rápidos como tú —él cambió el número—. Tienes un gran cerebro, McBride. Pero ¿por qué no estabas durmiendo?
—Me gusta trabajar —contestó ella.
Más concretamente, le gustaban los números. Adoraba los datos y los códigos informáticos. Los números eran fiables y se comportaban como ella quería. Los números no se agarraban al corazón y apretaban hasta que dejaba de fluir la sangre.
—Quería terminar este proyecto.
—¿Y no pudiste hacerlo en las dieciocho horas que trabajas al día?
—Tenía cosas en la cabeza —declaró ella.
Y no solo el retraso en la menstruación. También los dos mensajes de voz que llevaban un mes en el buzón de su teléfono.
Había tenido llamadas parecidas a lo largo de los años, sobre todo en esa época, cuando se acercaba la fecha del accidente. En esa ocasión no reconocía el nombre. Había aprendido a no contestar, pero el mensaje seguía presente como un peso de plomo en la boca del estómago, recordándole cosas en las que no quería pensar.
Había estado a punto de preguntarle a Beth si a ella también la llamaban, pero entonces habría tenido que hablar de ello y no quería hacerlo.
Eso era algo que Suzanne y ella tenían en común. Las dos preferían ignorar el pasado.
Adam guardó el archivo en el que estaban trabajando.
—¿Suzanne y Stewart eran parientes? —preguntó.
—Amigos de mis padres. Nos adoptaron a las tres —repuso Hannah. Lo cual intensificaba su culpa por no ser la persona que ellos querían que fuera.
—Y por eso sientes que tienes que estar allí en Navidad. Porque estás en deuda con ellos —dijo él.
Era una declaración de hechos, no una pregunta, y ella no se lo discutió.
Estaba en deuda con ellos y sabía que nunca podría pagarles.
—Eso es parte del tema.
—Llévame contigo.
—Mi familia vive en Escocia, en las Highlands. No te imagino con un WiFi que falla mucho y una cobertura de teléfono que va y viene —ella miró los zapatos brillantes de piel de él—. Lo odiarías.
—No lo odiaría. Para empezar, soy amante del whisky puro de malta. ¿Tu familia vive cerca de una destilería?
Hannah suspiró.
—La verdad es que sí, pero…
—Pues ahí lo tienes. Ya me has convencido. Además, me encantan los paisajes hermosos. Unos cuantos paseos románticos por un valle brumoso serían un modo perfecto de relajarse.
—¿Un valle brumoso? Has visto Bravehart demasiadas veces. En esta época del año, el valle está normalmente enterrado bajo treinta centímetros de nieve y, si hay bruma, te perderás y morirás de hipotermia.
Adam se estremeció de un modo exagerado.
—Sabía que había una razón para que hubiera elegido vivir en Manhattan. Pero, en serio, piénsalo. Si voy contigo, podremos preparar la presentación. Lo creas o no, puedo vivir sin Internet. No tener Internet puede ser el mejor regalo navideño de todos.
Una cosa era hablarle a Adam de su familia y otra muy distinta presentársela.
Se abrirían botellas de champán.
Hannah se vería envuelta por una marea incontrolable de expectativas.
—Tú vas a ir al Caribe y, créeme, eso es mil veces mejor que Navidad en las Highlands escocesas. Es probable que nos quedemos encerrados por la nieve —ella se ponía enferma solo de pensarlo. Atrapados. Incapaces de respirar. Enterrados.
Oyó la voz de Suzanne, espesa por las lágrimas.
«Han muerto, Hannah. Están muertos».
Quizá debería haberse inventado un viaje de negocios a algún lugar recóndito del globo y haberse escaqueado un año más. Si iba a ver a un cliente en Sídney, podía pasarse en un avión casi todas las fiestas.
El año anterior se había acobardado en el último momento y sabía que Posy no se había creído su pobre excusa.
«¿Quién demonios decide reformar su empresa en Nochebuena, Hannah? Hasta Santa Claus pospone su evaluación institucional hasta Año Nuevo».
En otro tiempo, Posy la había adorado y la seguía como una sombra. Se metía en su cama y se negaba a que la sacaran. Le tomaba la mano, se sentaba en su regazo y se pegaba a ella como una lapa, toda suavidad y vulnerabilidad.
Hannah sintió que la opresión en su pecho aumentaba al pensar en eso.
Decir que se habían distanciado sería decir muy poco, y sabía que había sido por su culpa.
La relación con su hermana pequeña era una prueba más que apoyaba su creencia de que sería una madre terrible.
¿Y qué iba a hacer si estaba embarazada?
Capítulo 4
Posy
En un valle remoto de las Highlands escocesas, Posy McBride estaba de pie en el lugar donde había habido una avalancha. La azotaba un viento helado, que congelaba la piel no cubierta y se colaba por los huecos de la ropa. El aire olía fuertemente a invierno y el aliento surgía en forma de nube de vapor.
Esa zona de las Highlands atraía a escaladores de todo el mundo. Era conocida por sus barrancos empinados, sus rutas desafiantes y su tendencia a sufrir avalanchas en los meses de invierno.
La perra, que esperaba a su lado, estaba tensa por la anticipación y la excitación nerviosa.
—¡Busca!
Posy dio la orden y el animal saltó al campo de escombros, corriendo adelante y atrás con el hocico metido en la nieve.
Otros miembros del equipo de rescate habían formado una línea de rastreo y registraban despacio y metódicamente.
—Es una campeona —murmuró Posy.
Para alcanzar a Bonnie, subió por las enormes rocas de nieve. La perra era una mancha dorada en un mar de blanco en el que buscaba un olor humano.
Rory, el entrenador del equipo, se acercó a ella con una radio en la mano.
—Phil se ha caído unas cuantas veces. Su olor estará por toda la nieve. Eso la confundirá.
—Eso no la confundirá. Está entrenada en el olor del aire y en rastrear —repuso Posy sin apartar la vista de Bonnie—. ¿Lo ves? Muestra interés en aquel punto. Es un as.
—Phil habrá dejado olor humano en la superficie.
En aquel momento, Bonnie empezó a ladrar y volvió corriendo por la nieve hasta Posy.
—¡Enséñamelo! —dijo esta. La siguió hasta el lugar que le había llamado la atención.
Rory las siguió más despacio, maldiciendo cuando tropezaba.
—He apostado diez libras con Luke a que la perra no lo encontraría.
—Y por esa falta de fe, vas a tener que pagar —Posy alcanzó a Bonnie, que tiraba de un jersey—. Eres una maravilla. Buena chica, buena chica.
Por suerte, aquello era un ejercicio de entrenamiento, lo que no impidió que alabara mucho a la perra y le diera su juguete favorito como recompensa. Después sonrió al hombre que yacía medio enterrado en la nieve.
—Hola, tú. ¿Cómo te encuentras hoy?
Él le devolvió la sonrisa, aunque ella sabía que debía de estar congelado e incómodo. La nieve se pegaba a su anorak, su mandíbula y sus pestañas.
—No lo sé bien. Puede que necesite reanimación boca a boca.
—No tendrás esa suerte —Posy acarició la piel suave de Bonnie. Trabajar con el perro la estimulaba y admiraba profundamente la destreza del animal. Podía hacer mucho más que un humano—. Eres la mejor perra de búsqueda y rescate que ha paseado jamás por este mundo.
La «víctima» carraspeó.
—Disculpa. Yo sigo en este agujero. ¿No vais a sacarme? ¿Así es como tratáis a las víctimas de una avalancha?
—No seas quejica. Puedes salir tú solo.
—¿Quejica? —él se enderezó e hizo una mueca cuando se coló nieve por el cuello de su anorak—. ¡Menuda cita, Posy McBride! Cuando dijiste que querías mi cuerpo, no fue esto lo que me imaginé.
—¿No?
—No —él se quitó una masa de nieve del cuello—. Dijiste: «Quiero tu cuerpo el sábado». Y a mí me pareció bien. Me gustan las mujeres que saben lo que quieren. Pensé para mí en una cena y después una película. O una velada acogedora en el Glensay Inn, seguida de un paseo romántico. Preparando la escena antes de desnudarnos juntos —salió del hoyo y ella se echó a reír.
—Pareces el abominable hombre de las nieves.
—Tu preocupación me calienta el corazón, lo cual no está mal, porque puede que tenga hipotermia.
Ella sonrió.
—¿Tú crees?
—Es lo que suele ocurrir cuando una persona pasa un par de horas enterrada en la nieve esperando que la encuentre un perro —él se sacudió las capas de nieve de la manga—. Tengo nieve en lugares en los que no sabía que podía llegar la nieve. ¿Hay alguna posibilidad de conseguir un trago que me haga entrar en calor?
—No sé por qué, pero esa frase no suena igual dicha con acento de Nueva York.
—Usaré cualquier acento que quieras siempre que me sirvas un whisky.
—El alcohol y la hipotermia no son una buena combinación —contestó Posy.
Le gustaba charlar con él. Probablemente más de lo que sería aconsejable.
La llegada de Luke a Glensay había calmado el desasosiego que parecía invadirla siempre últimamente. Era como si él hubiera llevado consigo parte del mundo exterior, calmando un poco la sed de aventura de ella.
Bonnie corría alegremente en círculos, moviendo la cola.
—Tienes suerte de que sea una superestrella o habrías estado mucho más tiempo ahí —comentó Posy.
—¿Tengo que estar agradecido por estar frío y mojado?
—Si esto fuera una avalancha de verdad, estarías de rodillas delante de ella jurándole amor y libertad eternos.
Luke pateó para sacudirse la nieve de las botas.
—Si esto fuera una avalancha de verdad, yo habría llevado un transmisor, una pala y una sonda.
—Eso suponiendo que estuvieras escalando o esquiando con gente que supiera qué hacer con un transmisor, una pala y una sonda.
—¿La gente se ofrece voluntaria para esto más de una vez?
Sí. Tenemos un equipo de voluntarios que se ofrecen a hacer el trabajo sucio en nuestros ejercicios de entrenamiento.
—¿Y siguen con vida?
—La mayoría sí. No siempre hacemos entrenamiento de avalanchas. A veces solo tienes que estar tumbado en un charco en la hierba en la ladera de la montaña.
—Calla o no podré superar la terrible decepción de saber que me he perdido esa experiencia —comentó él.
Tenía el cuerpo fuerte y atlético de un escalador y el aire todoterreno de un hombre que pasaba la vida expuesto a los elementos.
La fuerza de la atracción por él había sido una sorpresa para Posy.
Recelaba de las relaciones. En una comunidad pequeña, como la que ella vivía, uno no podía alejarse cuando terminaba una aventura. Era muy probable que siguiera viendo a esa persona todos los días. Le había ocurrido ya, y no tenía ninguna prisa por repetir la experiencia.
—¿Todo bien por allí? —les gritó Rory.
Posy volvió la cabeza.
—Creo que la víctima tiene hipotermia.
—¿Víctima? —Luke enarcó una ceja—. Nada de «víctima», por favor. Yo no me veo así —se agachó a acariciar a Bonnie—. Tú eres mi chica favorita. Si hubiera estado de verdad enterrado en esa avalancha y me hubieras rescatado, habría tenido que casarme contigo.
—Señor y señora Golden Retriever. Os vaticino muchos años de felicidad —comentó Posy.
Antes de que pudiera esquivarlo, Luke le metió un puñado de nieve por el cuello del anorak.
El hielo le cosquilleó la piel y ella lanzó un gritito.
—Eso es de críos.
—Pero muy placentero. Y ahora tú también tienes frío, lo cual nivela un poco el campo de juego. Deberíamos calentarnos mutuamente. Una ducha caliente. Un fuego de troncos. Una botella de vino tinto…
Sería muy fácil hacerlo porque, técnicamente, vivían bajo el mismo techo.
En el terreno de Glensay Lodge había un granero, que contenía un pajar. Los padres de Posy habían tenido la buena idea de convertirlo en dos propiedades. Posy vivía en el loft, el antiguo pajar, que tenía techos inclinados y vistas de las estrellas. El granero se alquilaba. Estaba a setecientos cincuenta metros de la casa, donde vivían sus padres, y rodeado de bosques de pinos y abedules. Un corto paseo llevaba hasta un lago profundo, alimentado por arroyos y habitado por truchas marrones.
Esa soledad no era para todo el mundo y, en verano, los ocupantes eran mayoritariamente parejas que buscaban una semana romántica en las salvajes Highlands. Era un sitio ideal para montar en bici, observar pájaros, hacer senderismo y nadar en el lago. Pero su mayor atractivo era su proximidad a las grandes montañas. En invierno, el granero a menudo lo reservaban a escaladores.
Las estancias cortas implicaban más trabajo para Posy. Tenía que cambiar la ropa de cama y toallas más a menudo y lavar más. Así que se había alegrado cuando Luke Whittaker lo había alquilado por cuatro meses con opción a ampliar la estancia.
Era escalador y escritor. Necesitaba paz y tranquilidad para terminar un libro y una base que le permitiera escalar. El granero ofrecía la posibilidad de hacer ambas cosas.
De vez en cuando, cuando ella volví a casa tarde de una sesión de entrenamiento, veía las luces de él encendidas todavía, así que sabía que Luke era un ave nocturna.
Sabía también que se le daban bien los animales. En aquel momento, por ejemplo, llevaba a Bonnie al éxtasis acariciándole el estómago.
Luke alzó la vista hacia ella.
—¿Asumo que Bonnie ha pasado la prueba?
—Sí. Ha captado tu olor inmediatamente.
Él se enderezó.
—¿Me estás diciendo que huelo?
—Da gracias a eso. Así es como te ha encontrado. Está entrenada para buscar el olor humano. Si tienes miedo y estás sudando, emites un olor más fuerte.
—Estaba enterrado en la nieve. Te puedo asegurar que de mis poros congelados no ha emanado ni una sola gota de sudor.
—En eso te equivocas. Ella ha captado tu miedo —a Posy le gustaba bromear con él—. Y probablemente podía sentir las vibraciones de tus temblores en la nieve. Pero, en serio, gracias. Has hecho algo bueno y todos te estamos agradecidos.
—A mí me parece que es una perra de rescate muy buena.
—Ir a buscar cosas es su juego favorito, lo cual ayuda. Necesitas un perro que tenga un instinto fuerte de recuperar algo. Y, además, el olfato es su superpoder.
Se abrieron paso por entre los montones de nieve hasta el camino en el que Posy había aparcado su coche. Una capa nueva de polvo blanco suave cubría la superficie de la nieve y el aire frío le adormecía las mejillas a ella.
—¿Habéis rescatado a muchos senderistas y escaladores atrapados en la nieve? —preguntó él.
—Sí, y a veces me llama la policía para que ayudemos a buscar a una persona desaparecida. Hace un par de semanas, Bonnie ayudó a encontrar a un anciano con demencia senil que se había perdido. Su familia estaba desesperada. Al parecer, había conseguido abrir la puerta principal, que estaba cerrada con llave, y se había ido a andar. Les alivió mucho que lo encontráramos.
—Espera —él dejó de andar—. Pensaba que un perro rastreador y uno de rescate eran dos cosas distintas.
—A menudo lo son. Normalmente, los perros, u olfatean el aire y siguen el olor humano, o siguen el rastro de un olor concreto. Es raro que un perro esté entrenado para ambas cosas.
—¿Y ella lo está?
—¿Qué quieres que diga? Es una superestrella.
Siguieron andando.
—¿El hombre al que encontrasteis estaba bien?
—Con mucho frío. Bonnie lo encontró cuando se había refugiado detrás de un seto. Pasó unas cuantas noches en el hospital, pero ahora está bien. Bonnie y yo hemos ido a verlo.
—¿Hay algo que ella no pueda hacer?
—No le gusta ir en helicóptero —Posy hizo una mueca—. Y hemos tenido que hacerlo unas cuantas veces.
Bonnie saltó a la parte de atrás del coche y movió la cola expectante mientras Posy se cambiaba las botas y se quitaba las capas externas de ropa.
Tendió la mano.
—Que tengas un buen día.
Luke miró la mano.
—¿Yo te doy todo mi cuerpo y tú, a cambio, solo me das tu mano? Lo menos que puedes hacer es invitarme a una taza de chocolate caliente en ese café tan acogedor que llevas con tu madre.
—No puedo. Hoy soy empleada, no clienta —ella se sentó al volante—. Pero te llevaré a casa un trozo de tarta de chocolate.
—Pues entonces cena conmigo. Te llevaré al Glensay Inn. Fuego de chimenea, cerveza local, buena comida y compañía fantástica.
«Y todos los cotilleos que puedas soportar».
—He vivido aquí casi toda mi vida, Luke. No tienes que venderme los encantos de mi pueblo. Y esta noche estoy ocupada.
—Tú, Posy McBride, siempre estás ocupada. Cuando no estás rastreando almas perdidas con tu perro o guiando a alguien por una pared de hielo, estás trabajando en el café, cuidando de las ovejas o recogiendo los huevos de tus gallinas. Que, por cierto, son los mejores que he probado en mi vida.
—Aquí todo sabe mejor. Es el aire. Tengo que irme —Posy sabía que su madre estaría hasta arriba de trabajo—. Es nuestra época de más ajetreo y mi madre está sola porque Vicky no se encuentra bien.
Él separó las piernas, con las manos en las caderas.
—Te portas muy bien con tu madre.
A Posy le resultó extraño oír eso.
—Es mi madre. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—¿Siempre habéis estado tan unidas?
El primer recuerdo de Posy era de Suzanne abrazándola para dormirla. Recordaba el calor, la presión de sus brazos, la sensación de comodidad y de seguridad.
—Sí.
—¿Y algún día heredarás tú el café?
—Ese es el plan.
Él la observó pensativo.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso? ¿Nunca has sentido la tentación de viajar, de hacer algo diferente?
Para Posy, fue como si él apretara una herida no curada del todo.
¿Podía confesar que sí, que sentía tentaciones? ¿Debía admitir que era algo en lo que pensaba mucho por la noche y descartaba de día cuando trabajaba al lado de su madre, que había estado siempre a su lado en las buenas y en las malas? ¿Cómo explicar la responsabilidad que sentía? Era un ancla que la mantenía atrapada en el mismo lugar. Agradecía esa ancla, pero a veces quería soltarla y lanzarse a navegar. En el mundo había montañas grandes y hermosas esperándola. Un mundo entero de aventura.
Durante el día, sonreía a los clientes, cocinaba y preparaba cafés capuchinos perfectos, pero de noche, en la intimidad de su loft, estudiaba cumbres difíciles, paredes de hielo y roca, planeaba rutas y veía un vídeo tras otro en Internet hasta que tenía la sensación de haber escalado esas montañas personalmente.
—Este es mi hogar. Mi familia y mi trabajo están aquí. Adiós, Luke, y gracias por lo de hoy —«gracias por provocarme pensamientos que no quería tener»—. Rick te llevará de vuelta a Glensay Lodge —puso el motor en marcha—. ¿No tienes que escribir?
—Sí, pero, generalmente, necesito no tener las manos congeladas para eso.
—Esta mañana he dejado troncos nuevos en el granero antes de salir para el entrenamiento. ¿Puedo suponer que sabes encender fuego?
No lo preguntaba en serio. Luke Whittaker había escrito un libro sobre supervivencia en la naturaleza y, aunque ella no hubiera tenido ese libro en su estantería, habría adivinado que era el tipo de hombre que podía sobrevivir en las condiciones más difíciles, el tipo de hombre que podía sacar chispas frotando dos palos antes de que ella tuviera tiempo de decir «fuego».
—Puedes venir tú a encenderme la chimenea.
—Es el intento de ligar más patético que he oído nunca. Espero que se te dé mejor hacer fuego que conquistar mujeres, o acabarás congelado —respondió ella.
Pisó el acelerador y lo último que vio antes de alejarse fue la sonrisa en el rostro de él.
Los días de invierno en las Highlands eran a menudo grises y plomizos, pero ese día había un cielo azul perfecto. El paisaje estaba cubierto de blanco, liso e inalterado, como el glaseado de un pastel de Navidad. La superficie reflejaba el sol y brillaba como un millón de cristales.
¿Por qué iba a querer dejar aquel hermoso lugar, lleno de personas que la querían y se preocupaban por ella? Estar allí no era un sacrificio, era su elección. Tenía cuatro años cuando Suzanne y Stewart habían empaquetado sus vidas y se habían trasladado desde su casa, en el estado de Washington, hasta Escocia para estar cerca de la familia de Stewart.
A diferencia de sus hermanas, Posy no recordaba otra casa.
Pasó delante de la iglesia parroquial y saludó con la mano a Celia Monroe, que salía de una cita con el doctor.
En un impulso, frenó de golpe delante de la pequeña biblioteca y tomó el bolso, que estaba en el asiento de atrás.
Había una tarea que llevaba semanas posponiendo.
—Me van a reñir como a una niña de seis años —confesó. Y Bonnie, comprensiva, movió la cola.
Posy entró en la biblioteca. Esta había estado muchas veces amenazada de cierre, pero la gente del lugar la había defendido con la misma fiereza con la que un clan defendería sus tierras.
La mujer que estaba detrás del mostrador chasqueó la lengua con desaprobación.
—No sé cómo tienes valor para venir aquí, Posy McBride. Te has retrasado más de un mes en la devolución de los libros.
Posy se inclinó por encima del mostrador y le dio un beso.
—Estaba atrapada en la montaña salvando vidas, señora Dannon.
—¡Ah! No digas tonterías. Hacías lo mismo con los deberes. Siempre tarde y siempre con una excusa —Eugenia Dannon había sido profesora de Lengua y Literatura en el colegio, donde se desesperaba con Posy, quien se pasaba el día mirando las montañas por la ventana.
—Seguro que le debo un montón de dinero en multas.
La mujer agitó una mano en el aire.
—Si te multara cada vez que te retrasas con los libros, estarías en la ruina.
—La quiero, señora Dannon, y sé que en el fondo usted me quiere a mí.
—¡Sí!, tonta que soy. Ahora corre a ayudar a tu madre, pequeña.
Posy sonrió. Para la bibliotecaria era «pequeña» aunque tuviera casi treinta años.
—La próxima vez que venga al café, le daré un trozo extra de brownie —dijo. Estaba a mitad de camino de la puerta cuando le detuvo la voz de la señora Dannon.
—¿Has leído alguno de los libros?
—Todos. De principio a fin —contestó Posy. Salió deprisa de la biblioteca.
No había leído los libros y la señora Dannon lo sabía. Posy estaba dispuesta a apostar a que la mitad de la gente del pueblo que usaba la biblioteca no leía los libros. Pero sacar libros implicaba que Eugenia Dannon conservara su trabajo y, desde la muerte de su esposo dos años atrás, necesitaba tanto el dinero como la compañía que ofrecía la biblioteca. Todos en el pueblo habían desarrollado de pronto el hábito de la lectura.
Si algún funcionario veía las estadísticas, seguramente se sorprendería de lo mucho que leían los habitantes de Glensay.
Posy sabía de cierto que Ted Morton utilizaba las obras completas de Shakespeare para evitar que se cerrara de golpe la puerta de su cocina los días ventosos.
Sonriendo todavía, entró en la pequeña tienda al lado de la biblioteca. Glensay tenía una tienda para todo que vendía las cosas fundamentales.
—Hola, Posy —la chica que estaba detrás del mostrador le sonrió—. Tu inquilino estuvo aquí ayer. Compró un paquete de cuchillas y desodorante.
—Bien —Posy tomó pasta de dientes y jabón y los dejó en el mostrador. A menudo se preguntaba si Amy y su madre llevaban una lista de lo que compraba la gente y la usaban para trazar perfiles de ellos—. A lo mejor me quiere ayudar a esquilar las ovejas.
—¿De verdad?
—No, claro que no. Es broma —Posy había ido al colegio con Amy y esta tampoco había pillado sus bromas entonces. Obviamente, el sentido del humor no era lo suyo—. No me hagas caso.
—Personalmente, me gustan los hombres con barba de varios días —Amy marcó las compras de Posy en la caja—. Es sexi. Tienes suerte de que viva contigo.
—No vive conmigo, Amy. Está en una parte distinta del edificio. Son propiedades separadas. Hay un piso y una puerta entre nosotros —a Posy le parecía importante aclarar eso, teniendo en cuenta la tendencia de Amy a sacar conclusiones interesantes y después difundirlas a los cuatro vientos.
—Aun así… Podría ser romántico.
Podría ser, pero, si lo era, Amy no se enteraría.
Posy guardó la pasta de dientes y el jabón en los bolsillos, mientras intentaba pensar un modo de mantener en privado su vida privada.
—Gracias, Amy. Que tengas un buen día.
Se detuvo en la puerta a leer el tablón de anuncios. Ofrecía una instantánea fascinante de la vida del pueblo. Mascotas perdidas y encontradas, un tractor que se vendía, las actas de dos reuniones y una petición para que se uniera más gente al coro. A Posy le gustaba cantar. Y quizá habría intentado entrar en el coro, si la gente no le hubiera dicho que su voz sonaba como la de un gato torturado. Su familia la alentaba a buscar otros modos de expresar su alegría, así que esos días cantaba en el baño y le cantaba a la perra, quien a menudo aullaba con ella, las dos en perfecta armonía.
Posy vio que se acercaba un minibús y corrió de regreso a su coche.
Los miembros más ancianos de la comunidad que no podían ir a la tienda por otros medios, usaban el servicio del minibús. Posy intentaba esquivar su llegada siempre que podía porque saludarlos a todos requería medio día.
Cinco minutos después, entraba como una tromba en el Café Craft, un lugar agradable y caliente. Se quitó el anorak de camino a la barra, donde su madre charlaba con dos mujeres del pueblo. En los altavoces sonaban villancicos con poco volumen y las luces navideñas que su padre y ella habían colocado alrededor de las ventanas brillaban como estrellas minúsculas. Los ladrillos vistos de las paredes estaban parcialmente cubiertos por cuadros de artistas de la zona. Posy los rotaba regularmente. Ese mes había elegido unos con temas invernales.
Además de cuadros, vendían cerámica hecha en la zona, prendas tejidas exclusivamente, miel de brezo del pueblo y una variedad de artesanía seleccionada por su madre, que tenía buen ojo para saber lo que se vendería bien.
—Siento llegar tarde.
—No importa —repuso su madre. Tenía las mejillas sonrojadas por el calor de la cocina y aparentaba al menos diez años menos de los cincuenta y ocho que tenía—. ¿Cómo os ha ido?
—De maravilla. Bonnie se ha portado como una campeona —dijo Posy.
Estaba a punto de entrar en detalles, pero se contuvo. Sabía que su madre no quería detalles. Había un acuerdo no escrito en su familia de no mencionar nada relacionado con nieve y avalanchas.
Posy sabía por su padre que su madre había tenido otra de sus pesadillas unas noches atrás.
Le habría gustado poder ayudar a eliminar esas pesadillas, pero no sabía cómo. No entendía cómo alguien podía seguir teniendo pesadillas veinticinco años después de un suceso, por muy terrible que hubiera sido.
Entró en la pequeña oficina y frunció el ceño al ver el creciente montón de papeles que cubría el escritorio, también pequeño. En opinión de Posy, dedicar tiempo a papeleos era desperdiciar la vida. Alguien tenía que revisar aquello, o podían perderse algo importante, pero no iba a ser ella.
Se quitó las capas exteriores hasta que llegó a la camiseta azul con el logotipo de Café Craft. A continuación cambió los pantalones impermeables por vaqueros y se puso deportivas.
Si iba a estar de pie todo el día, no tenía la menor intención de llevar tacón.
Se puso un delantal por la cabeza, lo ató a la cintura y salió al calor con olor a canela del café.
Su madre tenía una habilidad casi mágica para crear una atmósfera acogedora dondequiera que iba. En el Café Craft, una se sentía arropada y protegida, no solo del viento helado de las Highlands, sino también de los vientos de la vida. La realidad se veía obligada a esperar en la puerta hasta que quisieran dejarla entrar.
—Déjame terminar este pedido y me cuentas lo de Bonnie. Dos capuchinos y un brownie de chocolate para compartir —Suzanne giró hacia la máquina con expresión decidida y Posy la apartó.
—Ya lo hago yo.
—¿Puedes encargarte luego del papeleo, si esto está tranquilo?
Posy buscó excusas desesperadamente.
—A ti se te da mejor que a mí.
—Por eso, precisamente, creo que debes hacerlo —contestó Suzanne—. Este sitio será tuyo algún día y tienes que saber todo lo que hay que saber sobre él.
«¡Ah! ¡Qué alegría!». Ante ella se extendía una vida entera de papeleos.
—Hay tiempo de sobra para eso. Falta mucho para que te jubiles —«por favor, no te jubiles»—. Esta mañana he llevado un trozo de tu pastel de frutas al equipo. Casi me han mordido la mano para hacerse con él. Cualquiera diría que esos tipos no comen nunca.
Posy apartó de su mente el pensamiento de llevar algún día el café y se concentró en moler el café y cronometrar el agua. El aroma a café recién hecho impregnó la atmósfera y tuvo que reprimir el impulso de tomarse ella la primera taza. Después de estar en el frío y la nieve, no había nada en el mundo como un buen café.
Calentó la leche y creó un dibujo de una hoja en la superficie del café para satisfacer su instinto artístico.
—Siéntate, Jean —dijo—. Yo os lo llevo a la mesa.
El local empezaba a llenarse. Había un reconfortante rumor de conversaciones, una sensación de camaradería e integración. En verano, el café estaba siempre lleno de turistas deseosos de empaparse al máximo de la «experiencia escocesa». Eran una comunidad que apoyaba a todos sus miembros durante los duros meses de invierno. Todos se conocían y se cuidaban unos a otros.
Glensay era el último pueblo del valle y, como tal, a veces se quedaba bloqueado durante el invierno. Durante décadas, el Glensay Inn había sido el único lugar donde salir a comer y a los padres de Stewart se les había ocurrido la idea de abrir un café. Suzanne, que se había hecho cargo del negocio después de ellos, había ampliado el espacio y añadido la artesanía. Además de un lugar para vender lo que tejían sus amigas y ella, era también un sitio donde los habitantes del pueblo podían encontrarse en los días fríos de invierno.
Suzanne había creado un lugar sobre el que algunos escribían cuando llegaban a casa. En consecuencia, tenían visitantes de todo el mundo. Pero el corazón del Café Craft eran los habitantes de allí.
Tres tardes por semana, Suzanne abría para distintos grupos, como un modo de combatir las noches oscuras. El lunes iba el grupo de lectura, el miércoles se reunía el club de arte y el viernes le tocaba el turno al club de hacer punto.
Posy se preguntaba cómo iba a mantener todo eso cuando se hiciera cargo ella. A pesar de sus frecuentes viajes a la biblioteca, no tenía tiempo de leer, lo único que había pintado en su vida era el gallinero y no sabía tejer.
Estaba cualificada para dirigir un club de aire libre, pero no tendría mucho sentido que se reunieran en un lugar cerrado.
Miró a su madre y se fijó por primera vez en su jersey azul. La lana tenía un toque plateado que brillaba bajo la luz.
—¡Qué bonito! —exclamó—. ¿Es nuevo?
—Lo terminé anoche. Seguramente debería llevar una camiseta del café, pero he pensado que, como soy la jefa, puedo ponerme lo que quiera.
—Te queda bien.
—Estoy tejiendo algunos más para venderlos aquí. Ayer me trajeron otra caja de lana. Estoy deseando empezar, pero antes tengo que terminar los calcetines navideños. Si alguna vez quieres que te enseñe…
—No, gracias. Me dan miedo las agujas. Y eso incluye también las de tejer.
Estaban ocupadas todas las mesas menos dos y Posy sabía que, cuando cerraran a las cinco, las piernas le dolerían más que cuando escalaba en hielo.
Puso las tazas en una bandeja, añadió una porción de brownie empalagoso, con tanto chocolate y tan delicioso que seguramente deberían venderlo con una advertencia para la salud. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no comérselo ella antes de llegar a la mesa.
—Aquí tienen, señoras.
Jean tomó uno de los cafés.
—¿Esta mañana has ido a entrenar con el equipo?
—Sí. Ha venido gente de un equipo de rescate de montaña de Canadá a entrenarnos sobre avalanchas —Posy se puso la bandeja vacía debajo del brazo—. A la comunidad le alegrará saber que no hemos quedado mal.
—Me han dicho que tu inquilino se ha ofrecido voluntario a hacer de cuerpo.
—Sí. Y a Bonnie no le ha costado nada encontrarlo —repuso Posy.
No se molestó en preguntarle quién se lo había dicho. Jean estaba casada con el jefe del equipo de rescate, pero, aunque no hubiera sido así, de todos modos se habría corrido la voz. Esa era la razón por la que Posy se mostraba reacia a salir con alguien del pueblo. Lo había hecho una vez y había sido un desastre. Callum y ella ya se hablaban de nuevo, pero durante años no habían hecho otra cosa que mirarse de hito en hito cada vez que se encontraban, lo cual en un pueblo del tamaño de Glensay, ocurría a menudo.
—A mí tampoco me habría costado mucho encontrarlo. Hay gente a la que dejaría encantada debajo de la nieve, pero ese hombre no es uno de ellos. A él lo sacaría solo con mis manos —Moira soltó una risita y Posy sonrió mientras recogía los platos de una mesa libre próxima.
—Moira Dodds, esa es la risa más perversa que he oído jamás. Debería darte vergüenza.
Moira tomó una cucharadita de brownie.
—¿Este año vendrán todas tus hijas por Navidad, Suzanne?
—Así es —Suzanne escribió una etiqueta para la tarta San Clemente que había hecho esa mañana—. Es genial que Hannah pueda venir.
Sí, Posy pensó que era fantástico que su hermana hubiera encontrado tiempo en su ajetreada vida para recordar que tenía una familia.
Se dio cuenta de que apretaba los dientes e hizo un esfuerzo consciente por relajar la mandíbula. Si apretaba los dientes cada vez que pensaba en su hermana, tendría que masticar la comida de Navidad con las encías.
Jean le sonrió.
—Seguro que estás deseando ver a tu hermana mayor.
Posy le devolvió la sonrisa, aunque le costó algo de esfuerzo.
Sabía que, al final, lo que desearía sería llevar a su hermana al aeropuerto antes de tiempo.
Beth llegaría llena de regalos y buena voluntad. Estaría dispuesta a ayudar a todos y con todo.
Hannah les llevaría una tormenta emocional.
En la mente de Posy, se agolpaban recuerdos de Navidades anteriores.
Un año, Hannah casi no había salido de su habitación excepto para comer la comida de Navidad que otros habían preparado. Y en otra ocasión había pasado casi todo el tiempo en el café, no ayudando, como hacía Beth, sino aprovechando el WiFi gratuito, que era más fiable allí que en la hospedería.
Posy no comprendía bien qué era lo que hacía su hermana. Las conversaciones que le había oído parecían estar en otro idioma. Ella no sabía nada de estrategia, de economía ni de planes de cinco años, pero, obviamente, su hermana sí, y la gente estaba dispuesta a pagarle muy bien por su experiencia.
Posy la encontraba un poco amedrentadora, pero la raíz del problema era que su hermana hería sus sentimientos. Ella era espontáneamente cariñosa y Hannah se mostraba distante.
Jean y Moira volvieron a su café y su charla y Posy se dirigió a la pequeña cocina y empezó a preparar cosas para el almuerzo con Duncan, el chef.
—Hoy tocan nabos con curry y verduras de invierno —Duncan señaló la tabla y ella asintió.
—Entendido.
Todos los días ofrecían dos sopas distintas en el café, y las cambiaban a diario para que los clientes habituales no acabaran comiendo siempre lo mismo.
A Posy le gustaba cortar verduras. Para soltar agresividad, no había nada como atacar algo con un cuchillo afilado.
«Maldición, Hannah», pensó, cuando cortaba una cebolla indefensa. Ese año no iba a permitir que le hiciera daño la actitud de su hermana. No se mostraría nada susceptible.
Los nabos sufrieron el mismo destino que la cebolla, y lo mismo pasó con las patatas.
Duncan la miró.
—Prométeme que, si alguna vez te enfadas conmigo, me lo dirás antes de agarrar el cuchillo —dijo.
—Tienes mi palabra —repuso ella. Había sido canguro de él cuando era adolescente y verlo trabajar en la cocina siempre la hacía sentirse mayor.
La vida se le iba entre los dedos. A ese paso, a los noventa años seguiría allí, tomando el minibús hasta la tienda.
Echó las verduras en la cazuela con un suspiro.
Prefería escalar una pared de roca a cocinar, pero su trabajo como guía de montaña era esporádico, y trabajar en el café suponía un ingreso fijo, además de ayudar a su madre. Era un negocio familiar y la familia lo era todo para Posy. Era una manta cálida en un día frío, una red de seguridad en caso de caída, una fuente de apoyos a la hora de intentar algo difícil.
Suzanne entró en la cocina cuando las verduras y las especias empezaban a hervir.
—He escrito los especiales de hoy en la pizarra —removió las sopas—. Deberías haber traído a Luke al café para ofrecerle un tazón de sopa caliente. ¡Pobre hombre!
—No tiene nada de pobre —Posy empezó a lavar tomates—. Tiene una buena chimenea, un congelador bien provisto y es capaz de calentarse un tazón de sopa si le apetece —y aparte de eso, sus sentimientos por él eran complicados.
Sin embargo, la presencia de Luke allí era temporal, así que, si ocurría algo entre ellos, al menos no tendría que preocuparse de tropezarse con él el resto de su vida.
Posy cortó hierbas y tomates mientras su madre ayudaba a Duncan con las empanadas de apio y jamón.
Suzanne extendió la masa de la empanada.
—Luke y tú parece que os lleváis bien.
Posy echó hierbas en la ensalada de tomate. Sabía que su madre estaba indagando y lo único que tenía en común con Hannah era que no estaba dispuesta a comentar su vida amorosa con su madre.
—Nos paga un buen dinero por alquilar el granero. Por supuesto, procuro estar en buenos términos con él.
Y sí, él le gustaba.
Esa mañana, por ejemplo. ¿Cuántos hombres se ofrecerían voluntarios para yacer enterrados en la nieve esperando con paciencia a que los encontrara un perro? Y adoraba las montañas, cosa que, en opinión de ella, le añadía mucho interés.
En ese momento estaba escribiendo un libro sobre las grandes escaladas de Norteamérica.
Posy nunca había escalado en Norteamérica.
Una vez, cuando hacía la limpieza semanal y cambiaba las sábanas en el granero, Luke había vuelto antes de lo previsto y ella le había pedido que le hablara del monte Rainier.
—¿Por qué quieres que te hable de esa montaña?
Ella no estaba preparada para decírselo.
—¿Sale en tu libro?
—¿El Rainier? Sí —él abrió su ordenador y tocó un par de teclas.
En la pantalla, apareció la imagen de una montaña con nieve en la cumbre.
Por supuesto, Posy había visto antes esa foto, o una parecida, pero, de algún modo, el hecho de que procediera de la colección de fotos de él la volvía más real.
Se acercó más y estudió las laderas cubiertas de hielo. Tenía muchas preguntas, pero sabía que él no podría responder ninguna de ellas.
—¿Tú lo has escalado? —preguntó, con una voz que le sonó distinta a la suya.
—Muchas veces.
—Y es un volcán. Aunque inactivo.
—Nosotros lo llamamos episódicamente activo.
Posy lo miró sorprendida.
—Cuando me gradué, trabajé para el Servicio Geológico de los Estados Unidos —explicó él—. Vivía justo en las afueras de Seattle. Veía el Rainier desde la ventana de mi dormitorio.
Ella estuvo a punto de contárselo en ese momento, pero algo la detuvo. No quería arriesgarse a que él sacara el tema con Suzanne.
—¿Qué ruta has escalado tú?
—Las he escalado todas, en distintas épocas del año. En el verano hay prados con flores silvestres. En invierno la nieve te llega hasta la cintura. ¿Nunca has escalado en Estados Unidos?
—No. Solo en Escocia y en Los Alpes.
—Deberías venir a Estados Unidos.
«Algún día», pensó ella. Aunque no estaba segura de estar preparada para el monte Rainier. Quizá no lo estaría nunca. A su madre la alteraría mucho que fuera allí.
Recordó aquella conversación mientras preparaba cuencos grandes de ensalada.
—Hannah me escribió un email anoche —anunció Suzanne—. Me envió una lista de las comidas que no toma en estos momentos.
Posy se concentró en la ensalada. Si alzaba los ojos al cielo, había una posibilidad de que se le quedaran clavados allí.
—Claro. Pues reenvíamelo para que adapte mi lista. ¿Qué pidió la última vez? ¿Huevos de codorniz? Encontré una charcutería en Edimburgo que los enviaba por mensajero —y gastó de paso la mitad del presupuesto navideño en eso—. Si se me hubiera ocurrido, habría explorado la posibilidad de criar codornices.
—Leí en alguna parte que se estresan con facilidad.
—Y eso antes de conocer a Hannah —Posy vio la mirada de su madre y se apresuró a cambiar de tema—. Hablando de amigas con plumas, Martha ha dejado de poner huevos.
—Es diciembre —Suzanne recortó la masa con un cuchillo—. No hay bastante luz.
—Estoy usando luz artificial. No creo que sea eso —quizá Martha sabía que Hannah llegaría pronto. Quizá no veía el punto de poner huevos enteros cuando Hannah solo comía la clara—. Tengo que llamar a Gareth. Con la casa llena de gente, necesitaremos huevos. Huevos normales —añadió. «Huevos normales para personas normales».
Su madre se limpió las manos.
—Me gustaría que Hannah y tú estuvierais más unidas.
—A mí también —contestó Posy. Eso no era mentira—. Pero ella vive muy lejos.
Y eso, por supuesto, solo era parte del problema.
Si su hermana hubiera sido un ordenador, Posy le habría pasado un programa antivirus, porque había veces en las que estaba convencida de que a su hermana la había atacado un programa maligno.
Posy se consideraba una mujer fuerte y no le gustaba nada saber que podían herir sus sentimientos.
Por suerte, no tendría que lidiar con Hannah sola. Beth, Jason y las niñas también estarían allí.
Posy y Beth seguían estando unidas.
En la vida de Beth no había dramas.
Capítulo 5
Beth
Cuando Jason llegó a casa, Beth había acostado a las niñas y estaba recogiendo los juguetes del baño. Ese era su momento favorito del día, cuando casi había dejado atrás el caos y tenía ante sí la posibilidad de una velada tranquila. A veces se servía una copa de vino y se permitía leer unas cuantas páginas de una revista antes de empezar con la cena.
Esa noche estaba demasiado nerviosa para pensar en leer, pero sabía que tenía que esperar al menos a que Jason se quitara el abrigo antes de contarle sus noticias. Cuando recogía unas toallitas húmedas, lo oyó hablar por teléfono.
—Lo hemos bordado. Les han encantado las ideas. Por la mañana hablaré con Steve para que envíe las cifras. La oficina de Londres está cerrada ahora, pero llamaré mañana a primera hora. Estaré en el despacho a las seis.
Beth apagó la luz. Las seis implicaba poner el despertador a las cinco, lo que significaba que, si las niñas se despertaban por la noche, cosa que Ruby hacía con frecuencia frustrante, luego la volvería a despertar su marido antes de amanecer.
Intentando no pensar en su hermana volando en primera clase con una copa de champán, tiró las toallitas a la basura y fue a la sala de estar, donde Jason terminaba su llamada.
Una luz suave bañaba la estancia con un brillo cálido. Beth incluso había recogido todos los juguetes, tiaras y tutús que llenaban la habitación unas horas antes. Las revistas de moda que le gustaban estaban apiladas ordenadamente sobre la mesa. Un jarrón con lirios añadía un toque de elegancia, mancillado solo ligeramente por los dos ladrillos de Lego que asomaban por debajo del sofá.
Beth adoraba las flores. Le encantaba su fragilidad, su feminidad. Le gustaba que transformaban una estancia y levantaban el ánimo. Las asociaba con felicidad y también con Jason.
Al principio de su relación, él le regalaba flores todas las semanas. Después de nacer las niñas, andaban más escasos de dinero y eso había empezado a ocurrir con menos frecuencia, y, en consecuencia, las ocasiones en las que llegaba a casa con un ramo de flores se habían vuelto más especiales.
En ese breve periodo del día, el apartamento parecía una zona sin niños, un espacio solo para adultos, donde estos podían conversar sobre temas de actualidad, viajes y experiencias en restaurantes de Manhattan en lugar de debatir si el próximo juego iba a ser sobre bailarinas de ballet o bomberos. Un apartamento ordenado le daba a Beth la sensación de estar en control, aunque sabía que no era así. En lo relativo al desorden de los niños, había muchos días en los que tenía la sensación de estar achicando agua en un barco que se hundía.
Jason dejó el teléfono y le sonrió. Su rostro cambió de serio a sexi.
Ese día llevaba un traje a medida con una camisa negra abierta en el cuello. Ella notó de pasada que necesitaba un corte de pelo.
Solían bromear juntos con que, como director creativo de la agencia, su apreciación del diseño tenía que empezar por él mismo. «Este es un negocio creativo, cariño, y antes de vender una marca, tengo que venderme a mí».
Se habían conocido cuando Jason trabajaba en la campaña de una de las marcas de belleza para las que trabajaba también ella.
La estrella de él había seguido subiendo, mientras que la de ella había caído a tierra con tal contundencia, que seguía todavía esquivando los fragmentos rotos.
Por un momento, vio al hombre de negocios en lugar de al marido.
Pensó que así era como lo veía la gente en el trabajo. No lo veían tumbado con los periódicos del domingo y el pelo enmarañado. Veían al dinámico director creativo de una agencia multimedia de Manhattan.
Jason trabajaba bien. Gustaba a sus jefes y pronto tendría otro ascenso, con un buen aumento de sueldo.
Beth habría renunciado gustosa al dinero extra a cambio de tenerlo más tiempo en casa. No solo porque le gustaría que hicieran más vida familiar, también porque, en algún momento del camino, había perdido la sensación de que eran un equipo, pero estaba a punto de arreglar eso.
Había pensado toda la tarde cuál sería el mejor modo de llevar aquella conversación, pero al final había decidido ser directa.
Jason la atrajo hacia sí y la besó.
—¿Qué tal el día?
Beth le rodeó el cuello con los brazos. Le gustaba que él le sacara solo diez centímetros. Encajaban perfectamente el uno con el otro.
—Hannah ha cancelado la cena de mañana. Un viaje de negocios.
—¿Eso significa que no tengo que venir corriendo a casa del trabajo para una cena temprana? —él le soltó la mano y se quitó la chaqueta—. ¿Qué te pasa? ¿Te ha molestado? Es Hannah, ¿recuerdas? No es ninguna sorpresa que cancele, ¿verdad?
No era una sorpresa, pero eso no significaba que Beth no se llevara una decepción.
Se disponía a decírselo así, pero se lo impidió un coro de gritos infantiles, seguidos del ruido sordo de pies descalzos cuando las niñas salieron de su dormitorio.
—Papá, papá…
Estaban tan contentas, que era difícil enfadarse, aunque Beth sabía que tendría que volver a calmarlas y eso implicaba al menos una hora más hasta que pudiera tener la conversación que tanto deseaba.
—¡Hola! —Jason alzó a Ruby en sus brazos y giró con ella hasta que la niña gritó de contento—. ¿Cómo está mi niña?
—Mamá me ha comprado un camión de bomberos.
—¿Ah, sí? ¿Otro más? Pues supongo que ya tienes una flota completa —Jason miró a Beth, que se ruborizó.
Ruby lo abrazó con fuerza.
—Quiero ser bombera.
—Serás una bombera fantástica. Ningún fuego se atreverá a arder cerca de ti.
—¿Puedes jugar conmigo? ¿Puedo salvarte de un edificio en llamas?
—Ahora no, porque es hora de dormir. Quizá mañana —contestó su padre.
Melly se apretó contra su pierna, más reservada que su hermana. Jason dejó a Ruby en el suelo y alzó a su hija mayor.
—¿Cómo está mi otra chica?
Melly apoyó la cabeza en su hombro.
—Ruby siempre me dice lo que tengo que hacer.
Jason se echó a reír.
—Tiene grandes cualidades de liderazgo, ¿verdad, Ruby? Y tú también.
—A mí no me gusta gritar.
—El liderazgo no tiene nada que ver con gritar, cariño —él le acarició el pelo—. Un día tendrás un trabajo muy importante y todo el mundo te escuchará. No hará falta que grites.
A Beth le gustaba mucho que él jamás favorecía a una niña más que a otra. Le gustaba cómo trataba a las niñas, aunque sabía que él lo tenía más fácil. Comparando la crianza de las niñas con una comida, se podía decir que Jason iba directo al postre, saltándose todos los demás platos, incluidas las verduras. Se saltaba las pataletas, las peleas por no comer y las discusiones interminables. También desconocía el tipo de soledad que se producía por estar solo en casa con niños pequeños. Aunque ella no estaba sola, claro que no. Con dos niñas, casi nunca lo estaba. Pero eso no le impedía sentirse sola. Había descubierto que era un concepto imposible de explicar a la gente que no se encontraba en la misma situación.
—Si quieres acostarlas, yo terminaré la cena —dijo.
—Papá. ¿Nos lees un cuento?
—Sí —Jason captó la mirada de Beth—. ¿Por qué me miras así? ¿Qué he hecho?
—Ya les he leído dos cuentos antes y las he acostado. Necesitan dormir —contestó su esposa.
Además, había estado todo el día con ellas y estaba lista para sentarse con una copa de vino. Se sentía idiotizada, lo cual probablemente tenía sentido porque su cerebro últimamente hacía poco ejercicio.
Jason frunció el ceño.
—Un cuento no hará daño, ¿no crees? No las he visto en todo el día.
Tres pares de ojos la miraron esperanzados. Ella sabía que debía decir que no.
—Necesitan una rutina, Jason.
—Lo sé, pero solo por esta vez —él se adelantó a besarla, lo que básicamente significaba que ella ya no tenía nada más que decir, y luego extendió los brazos a las niñas y las llevó de vuelta a la cama.
En el dormitorio se oyó la voz de Ruby.
—Papá, ¿puedo dormir con mi camión de bomberos nuevo?
Beth entró en la cocina e inspeccionó la cazuela que tenía al horno. Removió, añadió sal e inhaló el olor a canela y especias que salía del plato de invierno. Era una de las recetas de su madre y le recordaba a su casa.
Adoraba esa época del año. Los días previos a las Navidades le resultaban casi tan seductores como las fiestas en sí. Le encantaba mirar los escaparates brillantemente iluminados, patinar sobre hielo en Central Park e ir a ver encender las luces en el árbol de Navidad del Rockefeller Center. El año anterior habían llevado a las niñas a ver El cascanueces, interpretado por el Ballet de la Ciudad de Nueva York. Por una vez, Ruby había dejado de retorcerse en el asiento, hipnotizada por los giros de los bailarines en el escenario. Melly se había mostrado encantada, inmersa en el mundo de las Hadas de Azúcar y los copos de nieve brillantes, con todas sus fantasías de princesa haciéndose realidad al son de la música romántica de Tchaikovsky.
Hasta Jason, que antes había declarado que prefería estar desnudo en Times Square a ir al ballet, había acabado por confesar que había sido una velada mágica. Lo que quería decir, claro, era que había sido mágico ver las caras de sus hijas.
—Me encantan estos momentos —había dicho, cuando caminaban por las calles nevadas hasta un pequeño bistró con ventanas brumosas y guirnaldas de luces, bañado en una atmósfera tan navideña que Ruby había preguntado si Santa Claus llegaría pronto.
Beth adoraba también esos momentos, pero la diferencia era que Jason «solo» tenía esos momentos.
Tenía la versión animada, limpia y de fantasía de la crianza de las niñas.
Ella tenía la realidad.
¿Hacía mal en querer más?
Cuando volvió Jason, ella había puesto la mesa y calentado los platos.
—Crecen muy deprisa —él se había duchado y cambiado de ropa. Con vaqueros y un suéter negro, parecía más joven. Menos el creativo ambicioso y más el hombre con el que ella se había casado—. Huele muy bien. ¿Qué vamos a cenar?
—Cordero. Lo iba a preparar mañana para Hannah, pero como no va a venir… —Beth se encogió de hombros y tomó uno de los platos.
—Hannah se lo pierde y yo lo gano —dijo él.
Beth sirvió arroz en el plato, añadió una porción generosa de la cazuela y se lo pasó. No quería pensar en Hannah.
—¿Qué tal tu día? —preguntó—. ¿Cómo ha ido la presentación? —reprimió sus noticias, aguardando el momento oportuno.
—Muy bien —él espero a que ella terminara de servirse y tomó el tenedor—. Hoy me ha llamado Sam a su despacho.
Sam era su jefe.
—¿Y qué quería?
—Conrad Bennett se marcha.
—¿Se marcha? —Beth jugueteaba con su tenedor. No porque no le interesara hablar del trabajo de él, sino porque solo podía pensar en la llamada de teléfono que había tenido ese día—. Pero es el director jefe de creativos. ¿Por qué se marcha?
—Va a montar su propia agencia, y ya sabes lo que significa eso.
—¿Te va a llevar con él?
—No. Mejor que eso —Jason alzó su copa de vino a modo de brindis—. Me han ofrecido su puesto.
Beth soltó un gritito.
—¿Te han ascendido?
Ignoró la vocecita que gritaba en su interior que esa conversación tenía que versar sobre la carrera de ella, no la de Jason.
—En el último año, he conseguido más clientes que ningún otro miembro de la agencia.
Beth se preguntó qué implicaría ese ascenso para ella y se sintió culpable por ser egoísta.
—Director jefe de creativos. Estoy orgullosa de ti —dijo.
Y lo estaba. ¿Tenía algo de malo que también sintiera un poco de envidia?
Los ojos de él brillaban de excitación.
—Sí. Es el mejor regalo de Navidad que podía esperar. Y hablando de regalos de Navidad, dime qué quieres y será tuyo. ¿Un vestido? ¿Un abrigo? ¿Botas sexis? Piénsalo y escríbele una carta a Santa Claus.
«Quiero volver a trabajar», pensó ella.
Había contado con que Jason adaptara su agenda y pudiera salir de trabajar antes un par de días a la semana. Había contado con que estuviera allí con las niñas. Pero parecía que él había planeado su futuro y olvidado el de ella.
—Para mí ha sido una sorpresa, aunque buena, evidentemente —él hundió el tenedor en el arroz—, y me ha hecho pensar en ti. En nosotros, en nuestro futuro.
La vaga sensación de resentimiento de Beth desapareció, reemplazada por algo mucho más cálido.
—Yo también he pensado en nosotros —dijo. Tomó un sorbo de vino—. Hay algo que tengo que decirte y quiero que me escuches antes de hablar. Lo hablamos hace tiempo, pero no últimamente —Beth sentía nervios aleteando en el estómago. No sabía cómo iba a reaccionar él.
—Alto ahí —Jason extendió el brazo y le tomó una mano—. Sé lo que vas a decir.
—¿Lo sabes?
—Sí. No me pareció que valiera la pena mencionarlo antes porque las niñas eran pequeñas y daban mucho trabajo, pero ahora son más mayores y tú tienes más tiempo.
A ella no se le había ocurrido que fuera a ser tan fácil.
—¿Tú también has pensado en ello? —preguntó.
—Es el momento perfecto para nuestra familia —él volvió a su comida—. Por cierto, esto está delicioso. Eres una gran cocinera. La verdad es que eres fantástica en casi todo.
Beth lo miró. ¿Se daba cuenta de lo que entrañaría eso?
—Si lo hacemos, yo tendría mucha más presión —dijo—. He pensado que tu madre podría ayudarnos. Y tú tendrías que contribuir más. ¿No te importa?
—Somos un equipo, Beth. Y por supuesto que mi madre ayudará. No podrías impedírselo aunque quisieras. Estará tan encantada como yo —él se sirvió más arroz—. Nunca hay un momento perfecto para estas cosas, pero este es tan bueno como cualquier otro. Vamos a hacerlo.
Ella sintió una oleada de euforia.
Tendría que haber hablado con él antes. Tendría que haberle dicho que se sentía sola y que temía estar perdiendo lentamente la habilidad y la autoestima. La conmovía que él se hubiera dado cuenta de que necesitaba algo más.
—¿Cómo encajará esto en tu ascenso? —preguntó.
—Sam sabe lo que hay. Soy padre. A veces tengo que estar con mi familia. Puedo hacer malabares entre el trabajo y el hogar. Llevo años haciéndolo. Es una de las razones por las que no me iría de esta empresa. Tiene en cuenta eso.
¿«Hacer malabares» era la expresión correcta? Beth sabía que, si ella trabajaba también, tendrían que hacer más malabarismo que un artista de circo.
—Será un gran cambio para nuestra familia, pero sé que podemos hacer que funcione. Estoy ilusionada.
—Yo también. Te quiero, preciosa.
—Yo también te quiero —los ojos de ella se llenaron de lágrimas. ¡Qué suerte tenía de estar casada con él!—. ¿Crees que las niñas lo aceptarán bien? Me siento culpable —estaba desesperada por oír que no era una mala madre—. Me preocupa que piensen que no son bastante para mí.
—A las niñas les vendrá genial. Tendrán que compartirte un poco más —él tomó la copa de vino y se encogió de hombros—. Importa la calidad, no la cantidad, ¿no?
Beth se movió en su asiento.
¿Las niñas tenían calidad?
Había días en los que le parecía que lo máximo que conseguía era que no se descontrolara todo, pero en ese momento estaba demasiado eufórica para embarcarse en una sesión de autoflagelación maternal.
Jason se levantó y recogió los platos. Ella lo siguió a la cocina y tomó el postre.
¿Sería demasiado tarde para llamar a Kelly esa noche?
—Tengo que organizar una hora para ir a verlos. ¿Hay un día de esta semana en el que puedas trabajar desde casa?
Él amontonó los platos en la encimera, al lado del lavavajillas.
—¿Ir a ver a quién?
—Al equipo —Beth llevó el postre a la mesa.
En lugar de la tarta calórica que había planeado hacer para Hannah, había asado ciruelas con ron y azúcar marrón. Normalmente tenía cuidado con los postres, pero había conseguido convencerse de que aquello era fruta.
—¿Quieres ver a alguien antes de quedarte embarazada? —Jason volvió a sentarse—. ¿Eso es normal?
Beth lo miró fijamente.
—¿Qué?
Jason sirvió ciruelas en los cuencos blancos que les había regalado su madre la Navidad anterior.
—Supongo que no viene mal que te revise un médico. Pareces bastante cansada. Quizá tengas algo de anemia. Pero, si vas a ver a alguien, quiero acompañarte. Quiero estar a tu lado —empujó uno de los cuencos hacia ella—. ¿No vas a comer tú? ¿O has dejado ya el alcohol?
Beth tenía la sensación de que se hubiera precipitado al vacío. Su estómago caía en picado y le daba vueltas la cabeza.
—¿Embarazada? ¿De qué estás hablando tú?
Jason se quedó inmóvil, con la cuchara suspendida en el aire.
—De tener otro hijo. ¿De qué hablabas tú?
—De trabajar —repuso ella.
Tenía la garganta seca. La situación podría haber sido cómica, pero nunca había tenido menos ganas de reír. ¿Otro bebé? Solo de pensarlo sentía pánico.
Hubo un silencio largo y pesado.
—¿Trabajar? —preguntó él.
Beth se sentó en el borde de la silla.
—Sí. De eso quería hablarte. De hecho, pensaba que estábamos hablando de eso.
La cuchara cayó sobre el plato con las ciruelas y salpicó ron y zumo. Ninguno de los dos se dio cuenta.
—Creía que estábamos hablando de aumentar la familia. De tener más hijos.
—Jason, lo último que quiero en la vida son más niños. ¿Cómo has podido pensar que sería una buena idea? —Beth estaba casi hiperventilando, y Jason parecía tan atónito como se sentía ella, aunque seguramente por distintas razones.
—Pero adoramos a las niñas —dijo. Parecía desconcertado.
—Pues claro que sí. No digo que no quiera a las niñas. Digo que no puedo con más.
—No te subestimes. Tú eres increíble. Mira esto —él señaló la mesa y la cocina—. Has estado todo el día con ellas y has conseguido también preparar esto. Eres una superestrella.
—Déjame cambiar la frase, Jason. No quiero tener más bebés. Quiero volver a trabajar. Quiero tener algo más en la vida que el trajín doméstico.
Él la miró con expresión dolida.
—No sabía que las niñas y yo entrábamos en la categoría de «trajín doméstico».
Beth no sabía cómo se había estropeado aquella conversación tan deprisa.
Era como ver deshacerse un carrete de hilo, sabiendo que no se podía hacer nada por pararlo.
—Es duro estar en casa con las niñas todo el tiempo, Jason.
—Sé que trabajas mucho —él tenía la mandíbula apretada. Rígida. Como hacía siempre que tenían conversaciones difíciles—. Los dos trabajamos duro.
—Esto no es una competición. No se trata de ver quién trabaja más. La diferencia es que tú haces lo que te gusta mientras que yo estoy perdiendo todas las facultades que tenía.
Él se levantó con tanta brusquedad, que la silla cayó al suelo.
Beth se incorporó al instante.
—Vas a despertar a las niñas y llevará siglos volver a calmarlas.
—Y eso sería muy malo, ¿verdad? —dijo él—. ¿Porque ya te has cansado bastante de ellas por hoy?
La injusticia de sus palabras molestó a Beth. Sabía que no conseguía explicar bien lo que sentía, pero también sabía que él no la escuchaba. Pensaba en sus sentimientos, no en los de ella.
—Quiero a las niñas y lo sabes —dijo.
—Hablamos de tener tres niños. Quizá incluso cuatro —replicó él.
—Eso fue antes de que tuviéramos ninguno. Entonces no sabía cuánta parte de mí se tragarían.
—¿Se tragarían? Hablas como si fueran monstruos.
—¡No! —¿cómo podía hacérselo entender? Aunque cambiara las frases, él no parecía oírla. O quizá no quería oírla. No quería que su mundo cambiara—. Me encanta estar con ellas, pero he estado con ellas todos los días de los últimos siete años y ahora estoy lista para algo más. No puedo ser solo un apéndice de todos los demás de esta familia.
Jason levantó la silla y volvió a sentarse.
—Dijiste que era eso lo que querías.
—Cuando me quedé embarazada la primera vez sí —Beth pensó en los primeros pasos de Melly y en la primera vez que Ruby le había sonreído—. No me lo habría perdido por nada en el mundo. Sé que tengo suerte de haber podido quedarme en casa los primeros años, pero las cosas cambian.
—La familia siempre ha sido tu prioridad —él se frotó la frente con los dedos—. ¡Eras tan pequeña cuando perdiste a tus padres!
—No quiero hablar de eso.
—Lo sé. Nadie de tu familia habla de ello, pero es relevante, Beth.
—Lo que ocurrió hace veinticinco años no tiene ninguna relevancia en mi vida actual —contestó ella.
Intentó no pensar en el mensaje que había borrado en su teléfono. ¿Habría tenido Hannah la misma llamada? Podría habérselo preguntado, pero no era capaz de abordar ese tema con su hermana. Ni Hannah si Suzanne querían hablar del accidente y eso era algo que ella entendía.
Había echado un vistazo a los recortes de noticias de la época y había sido como si viviera el trauma por primera vez.
Había una noticia especialmente perturbadora, de Suzanne acosada por la prensa.
Había alterado tanto a Beth, que no había sido capaz de volver a leerla.
Sin duda, Hannah tenía recuerdos propios de entonces, pero, a la hora de arrancar cosas del pasado que no le gustaban, era como un cirujano con bisturí. Cortaba y suturaba la herida.
Beth la enterraba y soportaba algún dolor ocasional, pero ella había sido más joven que Hannah.
—Soy aburrida, Jason. Soy una persona aburrida. La última vez que vi a mi hermana y hablaba de volar aquí, allá y a todas partes, ¿qué contribuí yo a la conversación?
—Espera… ¿Esto es por Hannah? ¿Puedo saber qué te ha dicho?
—Nada —Beth volvió a sentarse—. Esto no tiene nada que ver con Hannah.
—Si te ha hecho sentirte inferior…
—No me ha hecho sentirme inferior. Eso lo hago perfectamente yo sola.
—¿Quieres la vida de Hannah? —en la mejilla de él se movió un músculo—. ¿Quieres su vida libre de niños y de compromisos? Una vida, por cierto, que tú has dicho que te parece fría y solitaria.
—No quiero su vida —contestó Beth.
Aunque era cierto que había cosas de la vida de su hermana que le gustaban. Los viajes en primera clase y la interacción con los adultos, el respeto de sus colegas y el hecho de poder ir y venir sin tener que pensar en canguros.
Pero no envidiaba el aislamiento de la vida de Hannah.
Su hermana se había encerrado en sí misma. No quería contactos íntimos.
No siempre había sido así, claro.
En otro tiempo, las tres hermanas habían estado muy unidas. Tanto, que su madre no se molestaba en invitar amigas a jugar porque las tres se bastaban de sobra.
Hacía tantos años de eso, que Beth casi no podía recordar aquellos días. Alguna que otra vez, su mente se trasladaba allí y, junto con los pensamientos, llegaban recuerdos de risas y cariño, de juegos, de peleas sin consecuencias y reconciliaciones. De infancia.
Sintió una punzada de culpa por haberse mostrado cortante con su hermana ese día.
En cuanto volviera de su viaje, la llamaría y enmendaría eso. Compraría un regalo a su madre de parte de las dos. Quedarían en un restaurante, o donde Hannah quisiera. Beth no quería perder la pequeña conexión que tenía con ella. La familia contaba.
Darmowy fragment się skończył.