Czytaj książkę: «Triannual II»

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TRIANNUAL II

Sara Téllez


© Sara Téllez

© Triannual II

Julio de 2021

ISBN papel: 978-84-685-5928-5

ISBN ePub: 978-84-685-5927-8

Editado por Bubok Publishing S.L.

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Índice

Prólogo: Reiniciando en 2018

Primer comentario: Llegar ¿hasta dónde?

1. Sequía y vegetación

2. Buscando agua y campo

Segundo comentario: Pasado o futuro

1. Antes

2. Después

Tercer comentario: Tomorrowland

1. La robótica en el cine

Cuarto comentario: Rutinariamente disconformes

Quinto comentario: Incongruencia

1. Unión y senderos legales

2. Efemérides variadas

Sexto comentario: Nieve justiciera

1. La AP-6 y la DGT (Dirección General de Tráfico)

2. 3.500 vehículos atascados durante 18 horas

Séptimo comentario: La llegada

1. Incógnitas espaciales

2. A enormes velocidades

Octavo comentario: ¿Todos contentos con la energía?

1. Tierra devastada

2. Víctimas

3. Tecnología fallida

Testimonial-1: Acuciante pasado de forastero en tierra propia

Noveno comentario: Solo en unos días…

Décimo comentario: Un día de excepción…

Décimo primer comentario: Algo pasado, mal llevado

Décimo segundo comentario: Cándidos pero espabilados

1. Obras y autores

2. Historias y paradojas

3. Los efectos

Décimo tercer comentario: Y de viajes individuales en el tiempo

1. Una crónica de fuste y postín

2. Los sueños mandan menos que la Física

3. El pasado es el pasado

Décimo cuarto comentario: Difícil de entender

Testimonial-2: La Atlántida en un charco

Décimo quinto comentario: Entorno y responsabilidad

Décimo sexto comentario: Materias muy oscuras

Décimo séptimo comentario: Tormentas en el suelo

Décimo octavo comentario: Pasajeros somos todos (Passengers)

1. Tecnología y humanidad

2. Lo finito en lo infinito

Décimo noveno comentario: Inteligencia artificial

1. La robótica

2. La sociedad

Vigésimo comentario: La Hispana, La última legión

1. Traída y llevada, pero no nombrada

2. Debatiendo interpretaciones

3. Caos idiomático ¿o marginaciones voluntarias?

Vigésimo primer comentario: Otra burbuja y vuelta a empezar

Vigésimo segundo comentario: 2020, Historia e historias, pero no cuentos

Testimonial-3 : Jornada laboral

Vigésimo tercer comentario: Cambio de tercio, desde marzo de 2020

Vigésimo cuarto comentario: El año de la gran pandemia

Vigésimo quinto comentario: Sí o sí

1. Imponer el objetivo político, y «pasar» en todo lo demás

2. Improvisar a toda prisa

3. ¡Peluquerías!

Vigésimo sexto comentario: ¿En serio, les importan…?

1. Los niños, en silencio

2. Los mayores, inmovilizados

Vigésimo séptimo comentario: Cabeceras de prensa y situaciones

Vigésimo octavo comentario: La Cumbre del Clima de Chile… en Madrid

1. La ONU y la Conferencia de París

2. La cumbre de Chile… pero en Madrid

Vigésimo noveno comentario: De montañas y desescaladas fantasmas

Trigésimo comentario: In other words, I love you… Moon?

Trigésimo primer comentario: Pasado-presente

1. Del blog Triannual: «De la inmovilidad, a las prisas»

2. Comisiones, asesores y plantillas flotantes

Trigésimo segundo comentario: Cansino y aburrido

Trigésimo tercer comentario: Animales, hombres, dioses: planeta Tierra

1. ¡Qué difícil es ser Dios!

2. El valor de las palabras

Trigésimo cuarto comentario: Salir por la tangente

1. El cielo y más allá

2. Aprender de las anticipaciones

Trigésimo quinto comentario: El pulso de la Historia

Trigésimo sexto comentario: Y a ver cómo seguir

Comentario final: Añoranzas bien fundadas

Adiós, siglo xx, adiós

In memoriam

Índice de referencias

Prólogo: Reiniciando en 2018

Saludos de nuevo, al comenzar el primero de los tres años previstos para completar este texto, en continuidad con la línea del volumen anterior, Triannual I, publicado en 2018 y referente al período de 2015 a 2017. Aquí empieza este Triannual II, donde considerar, según mi criterio y durante los siguientes tres años, determinados acontecimientos de la vida diaria conocidos por la información de los medios, al paso de los días, sin olvidar nunca la vitalidad del entorno natural, primigenio y básico. También incluirá referencias subjetivas a creaciones literarias o audiovisuales de temática individual o colectiva, imaginaria o real y, en el caso de películas, según resulte de sus guiones respectivos, especialmente cuando el argumento esté basado en una obra literaria previa, adaptada, filmada y presentada en pantalla grande.

Claro está que todo acontecimiento, ya proceda de los medios de información, o que esté ofrecido por actuaciones artísticas, o venga sugerido por las experiencias personales, tendrá distinto impacto, positivo o no, en cada lector o espectador individual conforme sean sus conclusiones sobre el asunto de que se trate. De ahí que los comentarios de este libro puedan coexistir con múltiples y diversos enfoques y preferencias que han de presentarse pacíficamente en libertad, porque para gustos, están los colores y, sobre todo, sus muy diversos matices.

Y, como mero ejemplo, aunque el mundo tiene muchas, muchísimas cosas oscuras, sobre todo se caracteriza por la inmensa paleta de color, potencia y variedad creativa y evolutiva que ofrece y por cómo todo ello, con la maestría propia y única de la naturaleza, se acopla y relaciona entre sí, puliendo sus diferencias para crear la definición global de la vida como es. O como debería ser, quizá, si no hubiéramos irrumpido en ella de forma tempestuosa.

Para seleccionar un tema a comentar me ajusto a ese «chispazo» involuntario que actúa para impulsar el interés personal frente a una cuestión casual que —para el autor— estará dotada de un impulso preciso, propio y único entre otros varios. Y que luego se traslada, en su caso, a una entrada escrita que forma parte de un catálogo cuyos temas podrán estar, o no, interconectados entre sí pero compartiendo y administrando, aunque sea parcialmente, el «croma» básico del entorno en el que se originan, de un modo a la vez circunstanciado y plural. Entradas o textos ajustados a una sincronía de proximidad que, con una rotundidad a veces rebelde o redundante, no se ajusta a protocolo previo ni a medida temporal, salvo los límites cronológicos que el calendario o el alcance del asunto impongan en cada momento…

(Nota informativa, introducida en el prólogo en diciembre de 2020: El comentario vigésimo segundo, en el último tercio de este libro, se habrá redactado en enero de ese año, cuando aún no había referencias sobre la pandemia vírica que se extendía silenciosamente por el país, aunque algunos datos informativos, vistos posteriormente, indicaron que ya había datos esporádicos, o ignorados, de lo que luego iba a ser su posterior desarrollo epidémico. En febrero de 2020 incorporé el último Testimonial de este libro, también sin aún conocer lo que iba a comenzar unas semanas después. A partir del vigésimo tercer comentario, la mayor parte de todo el texto del último tercio anual de esta obra está centrado concretamente en la situación del país asolado por la pandemia, contemplado desde un punto de vista personal).

… El hecho de expresar la opinión individual requiere, en cualquier caso, tanto de un entorno de efectiva libertad, como de la ponderación ética en su desarrollo. De nuevo indicar que la elección de los temas tratados en este libro representa solamente un interés particular, una opinión parcial, un criterio individual de alguien sin significancia asociativa alguna, redactado por alguien sin militancia personal en superestructuras socio-políticas, emitido por alguien sin especialidad tecnológica ni científica, en un lugar cualquiera de la ciudadanía normalizada. Sin más pretensión que la de ampliar o expandir lo que, en principio, tan solo supone un monólogo privado, diría que basado sencillamente en el sentido común. Las circunstancias y sus conclusiones solo conseguirán eficacia con el valor añadido que cada uno les otorgue, desde el exterior.

Sin que el difundir una opinión redundando en la noticia o, en su caso, darle forma y entendimiento individual a una creación, realización, asunto o suceso externo difundido, cambie el hecho de que se trata esencialmente de una interpretación personal que procede de una mente autónoma, de una sistemática propia, de un criterio privado y que no ha pasado por el tamiz previo de la opinión o la crítica, ni siquiera por el debate de origen amistoso o allegado.

Con lo que el resultado estará, pues, en situación «estática» hasta que su posible difusión lo pueda diversificar para obtener así, en resumen, su vidilla independiente, cualquiera que la misma sea, positiva o negativa en su totalidad o en el ámbito de todos o algunos de sus cortes.

Esto es, la eficacia trascendental que solo puede dar el criterio paralelo del lector interesado.

Primer comentario: Llegar ¿hasta dónde?

Y empiezo con hasta dónde y, a la vez, hacia dónde, como unos profundos interrogantes que solo serán contestados según vaya apareciendo el porvenir, que será uno entre un puñado de cuerdas de posibles futuros, siempre en una peligrosa tensión de ruptura camino del presente. Sin embargo, al menos, desde dónde ya lo sé: desde aquellos años recordados, pero ya lejanos, en los que solía caer en España una lluvia constante, día y noche, durante semanas de cada mes de octubre, antes de finalizar el pasado siglo. De hecho se salía a la calle —como en una película británica clásica— con el paraguas no solo en la mano, sino casi permanentemente abierto para luego plegarlo, salpicando sobre el suelo al entrar en un establecimiento y depositarlo goteando en un rincón o embutirlo en un cubo, cuando lo había, repleto con otros cuantos más de variopintos tejidos y diversos mangos o tamaños.

Luego se recuperaba, a la salida, aún más húmedo de lo que lo estaba al entrar, en este caso por capilaridad entre las apretadas telas. Para después desplegarlo al llegar a la calle, otra vez bajo la incesante lluvia, y acceder a un transporte público de interior impregnado con una más que sutil y exhalada humedad en suelo, cristales y aire, dirigir la chorreante punta hacia algún lugar del piso evitando apuntar sobre el calzado propio o ajeno y sujetarlo bien rígido para facilitar la descarga del agua por los pliegues, mientras se iba formando un riachuelo entre las pisoteadas marcas del solado del vehículo, brillante por la humedad.

Aunque aquellas no eran lluvias violentas, sino más bien serenas y persistentes, resultaban ser un trascendental aporte hídrico que diluía el polvo exterior y limpiaba el ambiente y el asfalto durante días. A la vez, los campos y los jardines iban absorbiendo el agua sin agobios ni desperdicios, favoreciendo las siembras y filtrándose hasta abastecer a los manantiales subterráneos, como último recurso de las raíces cuando, ya en los calores veraniegos, apenas caería lluvia desde el cielo.

Se llenaban los embalses con tanta mojadura, aunque por aquel entonces no eran detalles que a uno le importara conocerlos pues, con esa continuidad pluvial periódica, se daba por sentado que habría agua suficiente para el consumo ordinario a lo largo de todo el año, incluso en los lugares de secano, dándose por sentado el beneficio más que la molestia. Luego seguirían otros caudales invernales y, en lo más crudo de la estación del frío, culminaría con la aparición de la nieve y su tardío deshielo en muchos sitios de las alturas, donde su descongelación sería paulatina. Pero, según iban pasando los años, en las tierras llanas la nieve ya empezaba a ser una situación cada vez más excepcional, hasta que, hoy por hoy, salvo en las cumbres más altas, la nieve apenas aparece, al menos en las llanuras mesetarias por debajo del Sistema Central, salvo por temporales pasajeros y esporádicos.

1. Sequía y vegetación

Al comenzar estos comentarios, cuando se inicia el período de tres años previsto para su conclusión, aún pulsa con fuerza el recuerdo de los últimos meses del finalizado año 2017, porque algunas situaciones de entonces no fueron comentadas a tiempo, o porque se le rinde el último homenaje de despedida o es que, simplemente, las recuerdo ahora. Y una cuestión muy característica de esos momentos pasados también se refiere al agua, por el escasísimo caudal caído durante ese año.

Vamos, en realidad es que en esa anualidad no llovió durante largos períodos de tiempo en gran parte del país, hasta el punto de que me he preguntado muchas veces de dónde y cómo se surten los servicios para abastecer el alto gasto doméstico y de regadío en muchos lugares. Por lo general el agua canalizada procede, lógicamente una vez higienizada, de los embalses que, sin duda, han rozado condiciones extremas y han dejado el lodo al descubierto en más de un caso.

Cuando transcurrió el pasado y seco verano de 2017 con sequía absoluta en mi entorno, el solitario par de tormentas caídas en proximidad aportó una lluvia tan violenta que lo que hacía era más destruir que conservar, llenar cada bache y recodo de imponentes lagunas sucias, cuando no aceitosas por arrastrar vertidos del tráfico. Y en alguna ocasión taladrando las hojas de los árboles con los disparos de un granizo imprevisto y repentino, cuajado en bolas de un tamaño considerable, de esas que perforan persianas domésticas o amenazan cabezas indefensas, además de destruir pequeñas plantaciones o, en las grandes, los incipientes brotes. Durante unos pocos minutos parecía imitar a una nevada sobre el terreno que, al menos, aportaría algo de líquido de deshielo, generalmente ensuciado por el polvo y los restos acumulados, pero agua que se filtraba al suelo donde aún quedase algo de tierra para, finalmente, humedecerla unos pocos milímetros hacia el interior.

No puedo olvidar los síntomas bruscos de trastorno climático, manifestado por la aparición de fenómenos meteorológicos extremos cada vez más repetitivos, como si la atmósfera quisiera compensar la escasez con el exceso, sin importar lo que se derrumbe en el intento. Tras la seca primavera, pasó un casi inexistente otoño cronológico que no compensó el agobiante verano de 2017. Luego fue el turno de un invierno soleado, y ya en el presente 2018, un día empezó a caer una mansa y prometedora lluvia en las planicies, de la que le gusta a la tierra productiva, de la que cala sin destruir, que siguió fluyendo otro día más, incluso en algunos momentos con mayor aporte de ruido y caudal pero sin destrozar cosa alguna. Bueno, salvo la paciencia de los conductores zonales que, desacostumbrados ya ante el «mal» tiempo, que es cada vez más raro, parece que no saben despertar de nuevo sus capacidades, mohínas por la sequía, y desparraman enormes atascos de tráfico por las vías principales, a las horas punta de la jornada.

Pero tampoco en este caso duró lo bueno en esas fechas: la lluvia terminó, en mi zona, con dos únicos días de aporte y, al iniciarse la tercera jornada, la mojadura del suelo solo conservó la gris humedad subsiguiente aunque, ya se sabe, mañana de niebla, tarde de paseo. Así que vuelta al reino del sol, a lo que dura normalmente en este clima, tan alterado como amenazado. Las avenidas de agua habrán diluido algo el limo de los pantanos, sin regenerarlos hasta la abundancia. Sí que habrán limpiado las calles, que falta les hacía, pero solo durante ese par de días. Al volcarse al alcantarillado, habrán filtrado un poco, por dilución, la acumulación de químicos de los productos de limpieza ordinarios, sin hablar de otros vertidos indebidos, esto es, los desechos diversos que confluyen en las redes sanitarias subterráneas. También ahí el agua, aun sucia, habrá dado un bañito a las ratas, que debían de tener ya el pelo pegado al cuero por nadar en cieno y alimentarse en la incesante porquería humana medio estancada, mientras que el caudal canalizado pudo haber arrastrado algunos puñados de cucarachas hasta más allá de sus dominios habituales en los núcleos habitados.

Ciertamente, incluso siendo tan leve la humedad, consiguió aliviar en buena parte a mis pequeños árboles, perennes o no, siempre dependientes del tenor del clima, constantemente decaídos en sus hojas por la falta de alimento en continuidad por más que reciban, rutinariamente, las aguas domésticas de limpieza de verdura y del simple enjuague de manos, que no aportan más química que la del agua del grifo (que ya debe de ser bastante). Y además la resultante de dejar filtrando, en un recipiente de recogida, las bolsitas de infusiones diarias, una vez cumplida su primera obligación y retiradas de la taza antes de tomarse la bebida, para que aporten sus últimas sustancias para mísero beneficio de la vegetación suburbana.

Con tan solo esos dos días de lluvia, ramas y hojas relucían ya vivaces, apuntando al cielo, al viento y al sol, mostrando su alegría. Estaban anémicas y habían recibido un par de banquetes naturales. Claro que iniciaron el camino del decaimiento otra vez, en poco más de tres jornadas, al depender solo del escuálido riego doméstico ordinario que, a mi parecer, apenas alcanzaría a humedecer el terreno superficial, de nuevo reseco, por estar en arriates o en alcorques donde sus jóvenes raíces todavía no han podido penetrar con suficiente profundidad para resistir por sí mismas en la tierra, que ejerce de madre endurecida y caduca. Tras los dos días remojados, un raro sol, que no se sabía si era de otoño caluroso o de adelantada primavera esplendente, ya dentro de un invierno que realmente ni siquiera parecía serlo, lucía en una incalificable confusión estacional, y volvía a desecar todo.

2. Buscando agua y campo

Pero ¿qué hacer? ¿Prescindir de árboles y arbolitos, compañeros desde el amanecer de la historia? ¿Contemplarlos morir o abandonarlos, voluntariamente? ¿Dejar la tierra expuesta y estéril para que la próxima tormenta la arrastre y la diluya camino de las asfaltadas calles, en modo barro? Claro, en muchos lugares, hablando de jardines urbanos, está el césped que sujeta el terreno y retiene el riego en su zona pero ¿a qué coste? Pues en agua canalizada, muchísimo gasto para el dueño del regadío o de la casa ajardinada, que es quien lo paga. También un enorme uso del agua en los municipios, que se empeñan en adornar con céspedes vivos grandes rotondas y paseos bien irrigados artificialmente (agua salpicada que en parte se pierde al formar grandes charcos en el cercano asfalto), asumiendo el precio sin plantearse mejor destino, por aquello de que el dinero de todos es dinero de nadie, a la hora de gastarlo.

Por su parte, la empresa de abastecimiento de agua —al ser usada para el riego intensivo en estos casos— desperdicia (pero la repercute en la factura, a buen precio) la inversión realizada para su tratamiento y depuración, ventaja que al jardín o al sembrado los tiene sin cuidado pero que se «sustrae» así del consumo humano para dedicarla a usos que no necesitarían de la higienización. Esto es, aún menos agua tratada disponible para las necesidades y requerimientos domésticos habituales y masivos. Aunque está claro que el gasto beneficia económicamente a los concesionarios empresariales del servicio para consumo básico, en el hoy-por-hoy del lucro inmediato.

Entiendo que es muy cierto, como he leído en la prensa que manifestaba un científico extranjero —y me excuso porque no recuerdo su nombre ni tampoco el medio que lo presentaba—, que en muchos sectores territoriales, de esos roturados o adoptados por muchos ciudadanos como la forma de residir denominada «vivir en el campo», repito que dicho científico afirmaba que esta es en realidad una definición incongruente. Y coincido en su apreciación, aunque todavía permanecen como entorno natural en nuestro país los bosques de la cornisa cantábrica y los Pirineos, así como las sierras y cimas peninsulares o insulares húmedas y los parques regionales o las zonas marítimas lluviosas.

Continuaba el científico considerando que, de hecho, en pueblos y terrenos urbanizados o urbanizables no hay campo sino más bien vegetación forzada en torno a los edificios. En cuanto a las zonas rurales, por su lado, aglutinan explotaciones con maquinaria compleja que, por sus efectos, de campo natural ya tienen poco (quizá lo es, pobremente, en las estáticas dehesas), salvo porque el suelo sustentador es el manto de una tierra tratada, modificada y mixtificada.

Aunque aún permanezca esa tierra primitiva bajo los solados de ciudades y pueblos o bajo los surcos o explotaciones rurales, el resultado es una colonización urbanita o una imitación artificial que rechaza u oculta lo que pudiera quedar aún de naturaleza, siempre domeñada en todas partes. En conclusión resumida, que acosamos y destruimos la vida natural para luego intentar reproducir sectores esperpénticos, repetitivos, artificiosos, que la imiten.

Pero lo que hay es lo que hay, mientras algo no cambie. Así que vuelvo a la sequía del pasado año, que parece alargarse sin tregua ya iniciado el 2018. La verdad, distintas veces me he planteado instalar un par de depósitos para aguas pluviales, esas que provienen exclusivamente del chorrear del tejado de la casa, pero —además de que no sabría dónde situarlos para que no estorben el paso— es que van a servir de poquísimo: no pueden ser muy grandes porque no tengo terreno para ello, pero además estarían infinidad de días vacíos y secos, ya que en este secarral de mi entorno apenas llueve. Y, cuando lo hace, se llenarán tan rápido que solo un ínfimo porcentaje del agua captada será retenida en los modestos contenedores mientras que todo el excedente, que no podrá embalsar en su interior repleto, rebosará con violencia erosionando los alrededores y se perderá por los aliviaderos de desagüe. Luego no habrá más lluvia y los depósitos (hablo de dos, en mi imaginación) se vaciarán con el riego durante otro par de días, o tres, o incluso cuatro. Pero no más.

Total, que la vegetación no sabrá qué hacer consigo misma con tan corto regalo y tal vez sea mejor que siga acoplada a la anemia hídrica natural del entorno llano, acompasándose a la sequía, con mejor o peor fortuna y, según las apariencias, para siempre.

Solo que ahora y más efectivamente que antes ¿será para «siempre»? Solo que ahora y aún más concretamente mañana ¿hasta dónde llegaremos?…

¿Ustedes lo saben? ¿Lo sé yo? Pues no, pero lo adivino.

Segundo comentario: Pasado o futuro

No iba a poder eludir por mucho tiempo, mientras transcurre mi presente, lo que es un componente básico de mis preocupaciones, llámese obsesión (aunque no lo es) o fijación (que a lo mejor sí que resulta serlo) pero, vamos, reiterativo sí que es en cualquier caso y así lo reconozco. Y desde luego no es por placer en ningún caso porque, si se puede elegir, como ente humano prefiero idealmente el ocio al esfuerzo, el descanso a la obligación, la comodidad a la molestia, así que no me interesaría calentarme la cabeza con preocupaciones salvo que, a mi parecer, tengan trascendencia o cumplan una función porque me aclaren algo que ignoro, o que me sugieran posibilidades varias.

Pero, como también prefiero la seguridad a la inseguridad, no puedo obviar algunas que se me aparecen, concretamente a nivel social y universal, como perjudiciales o, en algún caso, directamente amenazadoras o potencialmente destructivas. En consecuencia, cuando reitero los temas es porque siguen sin resolverse y enconados o aún más complicados, abandonados a su suerte o calladamente olvidados sus aspectos peligrosos, yaciendo nada más que en el silencio de los archivos de las hemerotecas y, en algunos casos, solo en pensamientos marginales.

No soy técnico, ingeniero ni físico y, lamentablemente, no puedo convocar al equipo que interpreta la serie The Big Bang Theory para que me ilustre o me sustituya en el área de la energía nuclear, así que tengo que ir tirando con mis modestas capacidades personales hasta donde lleguen, cuando me enfrento sucesivas veces a las consecuencias de la tecnología. Que es una de las áreas más influyentes en el catastrofismo, siendo en muchas ocasiones un componente básico de creaciones imaginarias pero consistentes, esto es, películas, aunque muchas veces la realidad pueda superar a la ficción.

1. Antes

Y esto no es una ficción creativa sino la cruda realidad: he podido ver una retrospectiva del desastre que sucedió en el reactor nuclear de Chernobil. Encontré hace unos días, a finales de enero, un programa televisivo sobre el suceso, y creí que era el aniversario del accidente de 1986, pero comprobé que el pase audiovisual ha tenido lugar a finales del primer mes del décimo octavo año del siglo xxi. Por resituarlo en concreto, luego he comprobado que el suceso real no ocurrió en enero sino en el cuarto mes del octogésimo sexto año del siglo xx, todo lo cual suena la mar de rimbombante —dicho así por mi tendencia a cierta irónica complejidad— cuando en realidad quería decir, resumiendo: el programa retrospectivo ha sido programado a finales de enero de 2018 (y no he retenido datos del nombre del programa ni de la cadena que lo emitió), pero la fecha del desastre real correspondió a finales del mes de abril de 1986. Lo cual implica que han transcurrido unos treinta y dos años hasta hoy.

Dejando de lado la parafernalia temporal, el caso es que he tenido ocasión de contemplar en la televisión básica una presentación del accidente nuclear ocurrido en su día, recogido en tres documentales enlazados durante un extenso tramo del horario nocturno, sin adecuarse exactamente al aniversario, porque pude comprobar la fecha, una vez más, gracias a la accesibilidad de la información electrónica.

Como el suceso permanece siempre en mi recuerdo, no diré que lo he sacado del olvido solo al ver la programación de enero de este 2018, porque no es así: como ejemplo tremebundo, lo he mencionado en el comentario octavo del primer volumen de Triannual (cuya redacción finalizó en el pasado 2017) pero no había tenido ocasión de ver información actualizada, hasta ahora, aunque que sí que me he referido en distintas ocasiones, y con amplitud, al catastrofismo cinematográfico como un indicio de futuro, contemplado como anticipación posible o incluso probable.

Con esta nueva visión actualizada y real de lo sucedido en época contemporánea, he conseguido entender algunas cuestiones que ignoraba previamente sobre el suceso al que me refiero. Y sobre todo, he podido ver al catastrofismo tangible tomar cuerpo y manifestarse crudamente: como me suele suceder, ya estaba comenzado el programa cuando entré al primero de los tres episodios de la noche de visionado. Informaba sobre el accidente fatal en el reactor cuatro del establecimiento nuclear Vladimir Ilich Lenin, alias Chernobil, sito en el este de Ucrania, que reventó en abril de 1986. Momento en el que todavía era un territorio soviético, pues dejaría de formar parte de la URSS en 1991.

La reacción inmediata a la explosión se centró, en medio de los secretismos habituales (los reactores habían sido de construcción y explotación soviéticas), en sellar apresuradamente el requemado agujero radiactivo resultante mediante los aluviones de arena y cemento que se usaban como protocolo para sepultar y contener tales desastres. Aunque los efectos de un escape nuclear son relativamente conocidos, solo después de estos episodios documentales he obtenido con relativa claridad, en lo posible, una visión amplia del alcance del grave accidente.

La radiactividad producida por la explosión lanzó una nube contaminada que también alcanzó a tres cuartas partes de Europa, como secuela de la explosión. La amenaza radiactiva no solo sigue palpitando en el fondo del enorme agujero taponado (porque conserva más del noventa por ciento del combustible nuclear original), sino que había empezado a abrirse paso de nuevo en años recientes: el cemento con el que enterraron el horno radiactivo se había cuarteado con el paso del tiempo. Con el riesgo de que la potencia mortal que contiene abajo se expanda por el aire, fuera de su ataúd cuarteado, en lugar de permanecer en su encierro durante toda su vida radiactiva previsible, que habría de ser de 23.000 años futuros desde el accidente, de los que han transcurrido aproximadamente 32 cuando ofrecieron esta línea documental.

El problema actual es que el inmenso «tapón» que le pusieron tras el suceso ha durado solo unos treinta años y agrietándose. Menuda solución fiable para un suceso destructivo que, además, ha dejado a un importante sector del país aislado, desolado, abandonado, destruido en amplias zonas y prácticamente inaccesible, a pesar de que aún existían otros tres reactores en servicio en el complejo nuclear.

Claro, en base al programa televisivo, actualmente los sectores técnicos de vigilancia y mantenimiento del ataúd del reactor han tenido que intervenir y planificar una solución actualizada mediante otro sistema de contención, ante los numerosos desperfectos sufridos por la primitiva cubierta del reactor reventado, con el fin de que la radiactividad no vuelva a escapar a la atmósfera. Pero resulta que los países de aquella zona (que hoy son algunos de los que, en tiempos pasados, permanecían tras el «telón de acero» ideológico, político y militar), no estaban ni están para gastos, además de que, total, ya les invadió el bestial golpe radiactivo desde el principio, dejando en el lugar originario un enorme territorio abandonado, contaminado y prohibido, como seguirá estando en futuros milenios. Pero la degradación de la cubierta original amenazaba con un nuevo escape que no solo sería de graves consecuencias para los países inmediatos sino que, nuevamente, y según por donde discurriera la nube radiactiva, es probable que alcanzase rápidamente a Europa e incluso a distintos sectores del mundo.

El reactor dañado se encontraba, y se encuentra, en un territorio que, a la fecha de construirse la central nuclear, formaba parte de la URSS, como indiqué más arriba: el reactor reventado quedó después situado en un país independiente (Ucrania para nosotros, aunque en su propio idioma se le denomina realmente Ucraína), que comparte fronteras con otros.

El efecto de la «descarga» de radiactividad que produjo el accidente nuclear golpeó de inmediato tanto a esa zona fronteriza de la misma Ucrania, como a sus camaradas de entonces, y luego y ahora vecinos por el este, Bielorrusia (Nota añadida en 2020: país generalmente muy poco conocido y que ha saltado brevemente a la actualidad durante este último año, en razón de problemas políticos internos y unas elecciones gravemente puestas en duda) y Rusia, todos ellos países resultantes de la fragmentación de la vieja URSS. Por tanto, el establecimiento nuclear se entiende que era soviético, por su construcción, gestión e influencia técnica rusa, y asimismo la dirección científica estaba relacionada con el gran vecino.

Para resolver la situación del degradado revestimiento y siendo la seguridad actual del reactor reventado una cuestión de alcance y amenaza universal, los gastos de miles de millones, de euros o de dólares, para reponer la cubierta y contenerlo en momentos más actuales, los han asumido los EE. UU. y la UE. Aquellos supongo que, dada su lejanía territorial, más que por ayudar a minorar un nuevo desastre, que les pillaría algo lejos, habrá sido por perfeccionar y comprobar técnicas válidas frente a posibles problemas de contención y aprender de las soluciones, dado que en su mismo país ya han tenido algún «aviso» desde sus propias centrales.

En cuanto a la UE, lógicamente, preocupa la proximidad territorial del reactor sepultado, porque está claro lo que puede pasar si los escapes se repiten en la misma dirección. También, en parte, porque con Ucrania la UE mantenía negociaciones que habrían desembocado, el 21 de marzo de 2014, en la firma de un acuerdo de asociación (que según otras informaciones, no comprobadas, habría de renovarse o actualizarse durante el año 2017), de cara al ingreso de ese país como miembro de pleno derecho… (Nota añadida tiempo después: Su incorporación a la UE creo que no ha culminado finalmente en esas fechas, por causa de conflictos político-militares sucesivos en el país).

Así pues, queda claro que, al menos los países afectados por la radiación nuclear extensa que se produjo no pueden ignorar lo sucedido. La Unión Europea porque, a consecuencia del suceso, los europeos ya fuimos alcanzados —únicamente los países mediterráneos más cercanos al Atlántico escaparon, en aquel momento— extensamente por la nube radiactiva y es importante controlar la amenaza. O dicho de otro modo, más que importante, es simplemente vital.

2. Después

El documental presentaba la nueva fórmula tecnológica desarrollada para sellar otra vez el cuarteado tapón del reactor: a tal efecto, se ha diseñado y posteriormente construido un enorme semicírculo móvil, en acero y cemento. Fue fabricado en una zona cercana pero apartada del horno nuclear sepultado, para después ser desplazado hacia delante, por el exterior, rodando mediante mecanismos laterales hasta encajarlo sobre la vieja cubierta deteriorada y sellarlo a su alrededor, evitando —hasta donde sea posible— desplazar personal humano a las cercanías de la resquebrajada y radiactiva zona donde se produjo el suceso.

Estupendo. Parece que la técnica avanza que es una barbaridad (nunca mejor dicho). Pero, juzguen ustedes: la validez máxima prevista, estimada en el tiempo de servicio útil, de la carísima cubierta supermoderna que se ha construido (que ya debería de estar definitivamente instalada desde algún tiempo antes de este comentario) es de… cien años. Y la reparación técnica efectuada habrá taponado unos productos nucleares «vivos» de un peligro incalificable, muy agravado porque no se sacó el combustible nuclear antes de sellar el horno que reventó (Nota posterior: como sí que se ha hecho en Fukushima en momentos más cercanos, con un salto tecnológico que incluye una contención mucho más segura y una recuperación del entorno tremendamente efectiva). Por lo tanto, la población europea, e incluso la global, tendremos una expectativa de seguridad relativa (ya se verá lo que aguanta sin grietas otra vez) de 100 años, sobre unos materiales cuya gravísima peligrosidad abarcará unos 22.870 años más, descontados unos 30 de la primera cubierta y, en su caso, los 100 de la segunda, desde que la misma haya quedado instalada.

Así que, en base a esa tecnología moderna, a lo mejor debería, aunque no lo consigo, olvidarme del asunto, dándolo por resuelto… Para reanudar una sencilla e irresponsable vida cómoda, organizada, evolucionada y cronológicamente bastante menor de esos cien años. Claro, siempre que, durante ese plazo y el que tengan los que me sigan en el tiempo, no debamos enfrentarnos a lo mismo una y otra vez, o quizá solo por una y definitiva vez. Menudo legado para que después tengan que volver a enfrentarse con ello otros, que vendrán detrás pero que hoy ya han nacido…

Volviendo a cómo ocurrió el incalificable desastre, dado que no fue por causas naturales, atmosféricas o climáticas (como ocurrió en Fukushima, arrollada por un tsunami y, por cierto, Japón tiene una gran cantidad de reactores nucleares en funcionamiento, a pesar de ser un país siempre amenazado por terremotos, volcanes y, como se ha visto, temporales). Resumiendo, y sin poder definirlo de una manera más científica, el equipo de la central rusa hizo una prueba técnica experimental, consistente en el simulacro de una eventual situación del establecimiento nuclear si se produjera una bajada imprevista del rendimiento eléctrico. Y, o no habían previsto la eventual reacción indeseada o ignorada a nivel tecnológico, o bien tocaron la tecla equivocada pero aquello reventó. No puedo explicarlo con más detalles, sino con la simple idea que me ha quedado de los episodios vistos en el documental, que no he revisado a continuación porque no los tengo en archivo. Por cierto, en una rápida búsqueda de datos complementarios, he visto que Ucrania tiene una enorme cantidad de centrales nucleares (de las mayores en número de Europa), aunque no he aclarado si son antiguas o más modernas.

(Nota añadida algún tiempo después: En el comentario octavo posterior vuelve a tratarse esta cuestión con más información, casi dos años después de este comentario).

Es verdad, todos nos equivocamos. Certeza absoluta, todos somos humanos y errar es de humanos. Entre humanos.

Pero cuando se trata de estos colosos catastróficos, por favor, benditos robots industriales ¿dónde están ellos, tan infalibles, cuando se les necesita?

Tercer comentario: Tomorrowland

Después de mucho tiempo repasando películas ofrecidas una y otra vez en la pantalla de televisión, dadas como programas de relleno, pasan una interesante para mí y que no conocía de antes. Es verdad que el nombrecito del film, Tomorrowland (La tierra del mañana), si lo analizamos desde nuestro punto de vista puede parecer retumbante o rechinante, no sé cómo definirlo, diría que tanto escrito como pronunciado pero así son las cosas al verse desde idiomas dispares. Su historia versa sobre una Tierra del futuro, aunque en relación directa, mediante saltos temporales, con el presente futurista que presenta la historia filmada. La dirigió en 2015 Brad Bird (también realizador, entre otras, de Misión Imposible: Protocolo Fantasma y de Ratatouille) y es de la factoría Disney, cosa que en determinados momentos se nota.

Teniendo en cuenta la realización eran de esperar, y se consiguen, unos efectos especiales muy creíbles y algunos bastante destacables. También son convincentes los actores principales, acreditados por sus muchas interpretaciones fílmicas, como son Georges Clooney y Hugh Laurie. Aunque, para mí, Clooney se me aparece aquí como algo forzado a cumplir con su papel, a veces, y quizá ocasionalmente sobreactuando. En cuanto al otro actor, conocido como el Doctor House por antonomasia, cumple con el suyo, más estático y definido.

Pero realmente los personajes dinámicos, verdaderos impulsores de la acción y con actuaciones francamente bien interpretadas, son las dos jóvenes coprotagonistas quienes —de hecho— concitan toda la atención, al dotar a sus interpretaciones de dinamismo y de calidad realista y creíble. El papel del personaje «humano», asumido por la mayor de las chicas por su apariencia, lo interpreta Britt Robertson, actriz norteamericana nacida en 1990, lo que significaría que durante el rodaje tenía unos veinticinco años, aunque en la filmación pueda parecer más joven.

La otra muchacha resulta ser, en la película, un androide muy evolucionado, autosuficiente, autónomo, imaginativo, dinámico, «femenino», con altas capacidades de acción y reacción, con voluntad propia y con apariencia de niña. De hecho es una avanzada inteligencia artificial (más lo primero que lo segundo) que sobrepasa con mucho el ser definida, nada más, como una variante extrema de la capacidad robótica en un cuerpo símil humano, dado que la interpretación exultante y creativa, impulsiva y simpática de la joven actriz, la británica Raffey Cassidy, nacida en 2001 (con catorce añitos nada más al rodarse la película) consigue centralizar, desde mi punto de vista, el mayor atractivo en el desarrollo del argumento y que habla y convence con el rostro y con unos ojos y mirada tremendamente expresivos.

Una historia de ciencia-ficción, sí, pero nada clásica —aunque los componentes marginales, los saltos en el tiempo y la posible destrucción de la humanidad, etcétera, sí que lo sean— y donde la eventual situación de amenaza contemplada en ella parecería ofrecer uno de los futuros posibles que, en este caso, convierte el clásico «érase una vez…» en un rotundo «y será una vez…». Y la situación —un tanto amenazadora realmente— se remacha en la última parte del film cuando el personaje de Hugh Laurie, convertido en jerarca megalómano, alega, como razón para sus dudosas andanzas, su creencia en que las cosas se habrían degradado tanto en la Tierra, camino de su final, como para requerir de su totalitarismo activo. O de la pura y simple política del «bisturí» demográfico… manejado por un dictador.

Desde luego, la filmación encaja en lo que actualmente se considera cool, en su sentido amplio para definir algo actual, joven, «fresco», dinámico, acelerado, hiperactivo. Me parece que se ve con gusto y sin sobrecargarse en exceso con la acción, abriendo la mente hacia un posible futuro alejado del martillo de Thor, los superhéroes y las agencias despiadadas, tanto si defienden a la población como si pretenden destruirla. Aunque en esta película también hay algo de eso, se concreta de un modo muy distinto que parece más meditado y creíble a pesar de que, especialmente al final, orbita sobre toda la acción algo que puede definirse como el «dulzor» (que no dulzura) o un toque «juguetón» de la sistemática Disney. Además de que, en otro orden de cosas, el título del film coincide con el de las atracciones de algunos parques Disneyland que ofrecen espectáculos de anticipación futurista, idea que fue promovida por el interés personal de su creador, Walt Disney, pocos años antes de su muerte, ocurrida a finales de los años sesenta del siglo pasado.

De vuelta a la película, incluso tras la paliza de carreras sucesivas que se dan los tres protagonistas, el hombre, la chica humana y la chica androide, para evitar los desastres que el «malo» tiene programados, a veces sudando con profusión y con constantes huidas y enfrentamientos, la acción se va contemplando como si estuviéramos convencidos a priori de que son «tropiezos» que finalmente van a desaparecer. Como si el género humano (no sé si también la Tierra, que no me queda claro) nunca estuviera corriendo un verdadero peligro, sino que se trata de simples episodios sectoriales que «algunos» se encargarán de resolver positivamente en la historia, por el bien de la humanidad. O puede inducirnos a pensar que, de darse tales conflictos en la realidad y no en una ficción, lo resolveríamos nosotros mismos, tal vez con el simple desarrollo de nuestras vidas ordinarias, muy alejadas de heroísmos, con la eventual ayuda de personalidades excepcionales, de las que siempre hay alguna. O, de no haberlas, al ignorar voluntariamente el humano común hasta la simple idea de que esos trastornos globales puedan producirse.

Y el film me deja el regusto de que, realmente, por actual, por cool, por fresco y dinámico que parezca… no deja de ser un cuento de la factoría Disney. Repito, un cuento.

Esto es que en este caso —al revés de lo que me sugieren muchos otros— al final sonríes, no te calientas el «coco», no le das más vueltas a la película y su desarrollo, no sacas conclusiones rotundas, ni analizas anticipaciones, ni desastres, ni perspectivas, ni soluciones paralelas porque aquí, aunque haya pasado mucho, finalmente no pasa nada… Y se recupera la rutina, aunque sea habiendo visto un cuento de aventuras realmente anticipador.

1. La robótica en el cine

En un orden de cosas cinéfilo, el personaje de la androide Athena, que es el que interpreta Raffey Cassidy, me ha recordado al protagonista en la obra El hombre bicentenario (The Bicentennial Man), novela de Isaac Asimov, maestro en diseñar literariamente la robótica avanzada y evolutiva y que la escribió en 1976, esto es, con notable anticipación a la realidad actual. La trama gira alrededor de otro androide, en este caso «masculino», con un aspecto más robótico pero igualmente humanizado. Es tratado, de hecho, como un miembro más de la familia con la que convive y, a la vez, interactúa con el entorno y la sociedad como un ente pensante y ético que, por tecnología, sobrevive a las personas inmediatas durante varias generaciones. Llevada al cine en 1999 por Chris Columbus, con el mismo título, la interpretó muy adecuadamente Robin Williams como el robot Andrew, mientras va desarrollando progresivamente todas sus capacidades y actitudes.

En relación con el film la novela original es muy consistente, dado que refleja la sucesiva evolución «humanizada» del robot protagonista a lo largo de muchos años de historia, pasando a resaltar su lógica —y pacífica— pretensión de ser reconocido como ente humano en atención a sus valores básicos, sus emociones adquiridas y su personalidad privativa y única, lo que logra finalmente. Para ello, el autor lo hace recorrer un denso periplo de relaciones familiares, profesionales, sociales, en las que va desarrollando una «mente» única, evolutiva, responsable y autoasumida, mientras interactúa con las personas de su entorno, durante lo que resulta ser una dilatada historia. La edición original de la obra la publicó Random House Inc. en 1976, como consta en la publicación española a la que he tenido acceso, Ediciones Orbis, S.A., de 1985.

En cuanto a la película que adapta la narración citada, se enfrenta con la dificultad de resumir en el metraje tan larga e intensa evolución como la contemplada en la novela, conservando la idoneidad robótica a la vez que la humanidad de su intérprete. Creo que lo consigue de una forma muy lograda aunque pueda parecer que falta el dinamismo «modernista», esto es, de acción violenta, o al menos acelerada, dado que el robot se caracteriza, precisamente, por su lógica, serenidad y pacifismo, en buena armonía con la sociedad en la que transcurre, durante largo tiempo, su periplo en la narrativa.

¡Vaya!, en este momento me sobresalta, en alguna habitación de la casa, un ruido repetitivo e insistente que no reconozco… Ah, es el pequeño robot doméstico autorrodante, limpiador del pavimento y recién estrenado, que ha tropezado en su camino con una cortina larga que hay delante de un ventanal, y la va retorciendo hacia sus tripas, impasible y empecinado en su función, convirtiéndola sucesivamente en un largo y tenso tirabuzón de tela, de techo a suelo… Y eso que se supone que sus «sentidos» lo advierten de que eso no es polvo…

Así que me pregunto cómo habría acabado la cortina o, por su lado, el robotito, si el humano correspondiente no hubiera aparecido para resolverlo.

¿Qué decir? Pues que robots, androides, animatronics, transformers y vete a saber qué más sobre inteligencia artificial, veredes, Sancho…

Y concluyo: como para quitarle (¿quitarles?) la vista de encima. Menudo estropicio.

Cuarto comentario:

Rutinariamente disconformes

Hace tiempo que me vengo preguntando sobre la disconformidad como sentimiento frente a muchas circunstancias, pero que en este caso es aplicable a una determinada «parcelita» (esto es, a un país del ancho mundo) donde sus ciudadanos la manifiestan con frecuencia en múltiples sectores de su vida social. Tal vez así expresan simple descontento porque una hosca cadena montañosa interrumpa el paso hacia su continente natural, que sería su acceso hacia un territorio con mayores oportunidades y más ordenado y evolucionado. O, posiblemente, por estar lejos del próspero (al menos en parte) gran continente paralelo, con sus consiguientes oportunidades, pero separado por un extenso y profundo océano donde la distancia ya implica un difícil y extenso salto a las imponentes aguas colombinas.

Tales razones, a falta de otras o además de otras, pueden haber contribuido a la disconformidad generalizada frente a casi todo, en el territorio referido, de modo que propongo al lector que proceda a adivinar cuál es la situación geográfica concreta de la parcelita citada.

Pero sean cuales sean las razones de otros para estar disconformes, la mía, con categoría global y en un aspecto dado, además ha ido coyunturalmente en aumento: porque, como una secuela del año anterior, el 2017, compruebo la posibilidad tangible —fundamentada en el agobiante verano de entonces, la inexistencia del otoño, y la casi constante omnipresencia del sol en los meses del invierno—, de los efectos de la sequía a caballo entre dos años, además de las esporádicas pero brutales alteraciones nevadas o heladas durante días aislados. Así que me enfrento a la agobiante situación climática que, primero, me ha hecho sudar en el curso del citado año pasado (como posiblemente ocurra también en el actual) durante interminables meses y mantenerme bajo la sombra de techados varios; y segundo, vuelvo a señalarlo, que ha complicado mi cotidiana preocupación de entonces y ahora por mis plantas y arbolillos, casi hasta el agotamiento. Mío pero también de ellos, que ni prosperan ni se lucen con los chorros del agua doméstica reutilizada y siempre escasa, que apenas les permite superar la sequía, además de que ni «reconocen» la estación que debería corresponderles, por causa del lío climático.

Y sí, sabían mirarme con enfado —no a la cara sino a los pies— con sus hojas mortecinas y decaídas, creo que acusándome más por intentar mantenerlos en esas condiciones que si les hubiera dejado a la ventura de su seca continuidad. De modo que mi vegetación ha estado también doblemente disconforme, por un lado con el clima trastornado y, por el otro, conmigo por incapaz de resolverlo. Y eso me ha llevado, entonces y ahora, a estar también absolutamente disconforme con un clima regional que amenaza de esta manera a criaturas tradicionalmente adaptadas a su terreno, camino ya de no estarlo nunca más, salvo artificialmente y solo en algunos casos.

Pero el clima no entiende de protestas ni de reclamos, se limita a ser una justiciera causa-efecto ya que al tiempo atmosférico el ser gélido o tórrido, o cualquiera de sus variantes, le da igual. Ajustado a las leyes naturales, que tal vez nunca fueron las nuestras, responde de un modo coyuntural a situaciones provocadas por nuestros malos modos de gestión habituales y tiene en cuenta los privilegios, emociones y turbaciones de los humanos tanto como le importan las pretensiones imperiales de las hormigas o la agostada situación de mis sedientos árboles.

Así que, dándole muchas vueltas a un asunto tal que escapa a mi capacidad para resolverlo, ¿qué quedaba? Pues tener que contradecirme y forzarme a la conformidad estratégica para vigilar, día tras día, el estado del tiempo climático, teniendo en cuenta que no apareció el que pudo haber sido un otoño compasivo y húmedo, sino que desapareció en el año 2017 sin haber llegado a serlo.

También contemplaba a diario a los que sí que son enormes árboles situados en la acera de la calle urbanita, por fuera de las casas. Situados en un municipio que los plantó años atrás, resultaron ser de los que crecen constantemente pero a los que nunca se atiende. Así que desarrollan un follaje anárquico, desatado en su crecimiento e invasivo de propiedades vecinas con sus ramas acumuladas y enredadas entre sí, antes de que sus hojas caducas caigan cuando ya perciben el invierno. Pero como aparecía tardíamente, entretanto resonaba la caída de alguna rama camino del suelo, tronchada por el viento y dejando al azar de la estadística su posible alcance de alguna cabeza, cosa que no ha ocurrido por el momento, por casualidad.

El caso era que ni esas hojas de plantíos ajenos caían, resistentes a su cronología, ni habían revoloteado por mi jardín para arremolinarse en grandes montones que exigían llenar personalmente una gran cantidad de bolsas para luego retirarlas hasta los contenedores, como siempre había sucedido en los años anteriores. Ni lluvia alguna advenía, ni el sol amainaba su potencia, ni las aves migraban. Con frecuencia miraba al cielo intentando verlas, hasta que me cansé y volví a mirar al suelo, otra vez conforme por fuerza: tal vez un otoño barnizado de extemporáneo verano cambiaría en algún momento a un invierno crudo y natural.

Pero el tiempo se mantenía estable y, por lo tanto, hube de apreciar la bondad de un sol permanente, sin mantas, ni calefacciones, ni calditos reparadores, sino alegría de camiseta y pantalón corto en el soleado ambiente mesetario, mal imitador de islas tropicales de ocio y descanso, olvidada la obligación rutinaria de la cansina recogida diaria de las hojas otoñales que no habían caído.

Claro que, al mirar hacia abajo, veía la tierra polvorienta, cuarteada y blanca, moteada por algunos restos vegetales quemados por la insolación incesante. Así que, contra costumbre, hube de aceptar finalmente la situación de solanas y sudores, compensando lo que la lógica predice del futuro climático global con lo que la comodidad conforta en el presente personal: esto es, apartando la disconformidad respecto de la situación general del planeta, para vivir la vida como viene en lo que tiene de adaptación egoísta a lo que un humano entiende por buena vida natural, confortable sol y seco aire, para descansar largamente a la sombrita, cuando se puede… Y, tras algún par de días esporádicos y pasajeros de temperatura heladora, procedente de algún sector nórdico ignorado, seguimos por días y días con un sol que brilla sin nubes y se filtra por cada resquicio.

Pero, al acomodarme así, voy a resultar, en este caso, culpable con culpa (cambiando un poco el que fue título del segundo comentario en el primer Triannual), porque no me libero de la disconformidad cuando recuerdo la agenda que estableció la Conferencia de París sobre el Clima, en 2015. Ya han transcurrido sus dos primeros años, sin verse claras las previsiones futuras sobre la eficacia de los acuerdos pactados, porque la situación es la misma o aun peor.

Así que, en un tercer o cuarto plano de conciencia, algo me amarga el brillante sol, el cálido aire, la falsa identificación con un paraíso tropical, la circulación sin atascos en ausencia de lluvia, la ropa que no pesa, el paraguas olvidado, los desplazamientos sin mojaduras, la ausencia de aire helador cortando las mejillas, el no tener que atender a resbalones matinales por las heladas que no han caído…

Y sigo recordando cómo, poco antes de entrar en el nuevo año 2018 de este siglo xxi, estando ya en el invierno cronológico, que no real… un buen día pude percibir un ruido conocido en las alturas del cielo y lo rememoro ahora, solo un par de meses después, y lo recreo: buscando la procedencia, mirando hacia arriba por todas partes, en cierto momento alcanzo a distinguir su causa: sí, por el cielo se aproxima una bandada de grullas huyendo del frío norteuropeo y chillando sin parar en su migración tardía al sur, como para no perderse unas de otras mientras mantienen sus dos filas unidas por el frente. Van muy altas, mucho, hasta parecer, en contra de su considerable tamaño real, pequeños puntos móviles lanzando su agudo pregón en la atmósfera sin nubes.

Y me llama la atención que se detienen casi sobre mí, seguramente a cientos de metros por arriba, deshacen la formación y empiezan a dar vueltas en círculo sobre sí mismas, como un carrusel de feria y sin amainar sus gritos. Nunca lo había visto antes, giran y giran, tanto que estoy a punto de abandonar la forzada postura de atención pero aguanto. Creo que el descontrol climático podría ser la causa del despiste avícola, pero no lo sé, a lo mejor es que algunas veces necesitan reordenar su camino para no perderse, para descansar un poco o para cambiar el turno de la que ejerce de guía, y retomar la corriente de aire en la que navegan. Hasta que, después de un tiempo que se me antoja infinito, una estira el pelotón y las demás la siguen: un poco más adelante ya se ha recompuesto la punta de flecha alada que forman al migrar y, en efecto, van hacia el sur tras modificar la primera dirección en que parecían apuntar hacia el oeste, antes de detenerse. Y ellas, por fin, advierten de la llegada real del tardío invierno con su presencia y sus agudos trompeteos de tropa interconectada, hasta perderse en la distancia.

No fue la única vez que pude verlas, pues en días sucesivos hubo (los chillidos siempre preceden a su paso, desde antes de ponerse a la vista) dos migraciones más, una de ellas pasó sobre mi cabeza sin alteración alguna en su camino con la formación de punta de flecha y el otro grupo volvió a pararse, girando igualmente unas aves en torno a otras para recuperar su ruta, corregida poco después como si la localización de mi modesto jardín fuera un semáforo. Tomada nota para comparar, si todo sigue así, el próximo invierno, si es que lo hay. O habrán aprendido ya, a su costa, el camino correcto… Y, terminado el año 2017, no me he olvidado de que hace tiempo que no he visto migrar a los patos, ¿dónde estarán?

Así que, volviendo al presente e imitando el despiste aviar en tales condiciones, también yo decido hacer un círculo de reordenación, girar unos cuantos segundos absurdos en torno a mis árboles, que ahora ya pierden sus hojas, para su descanso y el mío, mientras pienso en el lío climático del año agotado, y doy unas cuantas vueltas más meditando en qué cambiará las cosas —en uno u otro sentido— el año comenzado. Y, aún más, para decidir si retomo o no mi abandonada disconformidad al pasar al olvido el año 2017 y seguir avanzando por el 2018…

(Nota posterior añadida en 2020: No tuve ocasión de ver la migración hacia el sur en 2018 —en el que tampoco ha habido invierno real— ni la del 2019, aunque tuvieron que viajar previamente al sur ya que pude oír y ver a las grullas, pero ya de regreso hacia el norte español y europeo. Me pareció un retorno muy temprano porque ocurría a mediados de febrero, ya en 2020, formando un pelotón de varios cientos, totalmente desordenado en lentos giros, mezclándose entre ellas mismas. Pasaron tanto tiempo en el aire sin avanzar que no parecían saber qué hacer. La posterior llegada de un pequeño grupo, en correcta punta de flecha, les indicó la dirección cuando pasó por su revuelto lado hacia adelante, y entonces reiniciaron el avance al norte pero no se ordenaron, seguían revoloteando como una deslavazada peonza, en lento desplazamiento giratorio. Puedo suponer que son signos de un clima alterado, aunque no me conste por falta de prueba suficiente, pero —una vez más— tengo que atenerme a lo que veo.)

… Y resulta que sí que reasumo una profunda disconformidad aunque hacerlo signifique que no, no voy a conformarme más con el cambio climático.

Así que decidme, decidme bien alto qué hacer… No me basta con leer sobre la Conferencia de París, ni con contemplar el secarral de mi entorno, ni con prever la desertificación del territorio, o que el agua anegue regiones de contrario, ni con esperar que el mar colonice la tierra, ni con obviar un dudoso futuro, tenéis que gritarme qué hacer, informarme minuciosamente de qué hacéis, alentarme la esperanza en el futuro o, en otro caso, minorarla. Pero no acallarla.

No importa cómo sea porque el caso es conseguir saber lo que no sé: la verdad…

Quinto comentario: Incongruencia

Empiezo aquí meditando sobre esa palabra porque, en un primer momento, he creído encontrar un tema que parecería bien definido con ella. Pero, enseguida, me he preguntado —antes de entrar al desarrollo— si el significado de la palabra se ajusta o no adecuadamente a lo que quiero calificar. Como para estos casos inconcretos o inseguros están los diccionarios, tratados enciclopédicos que aprecio en lo más alto de mi estima, en formato libro, he buscado la confirmación: no para buscar la palabra incongruencia porque, al ser la simple negación de la palabra afirmativa (la cual es congruencia), el diccionario, ahorrador de explicaciones redundantes cuando son palabras derivadas de otras, simplemente remite al lector a la palabra positiva que, como dije, es congruencia. Claro, eso implica que quien consulta tenga que movilizar páginas atrás o adelante, entre la negativa y la afirmativa, hasta dar con la congruente, esto es, la que presenta «conexión» o «relación» con el asunto a tratar que permanece a la espera del resultado, hasta que se aclara.

Por lo que, volviendo al principio, congruencia = conveniencia, oportunidad, conexión, coherencia… Luego, su negativa, incongruencia = inconveniencia, inoportunidad, desconexión, incoherencia… lo que desemboca, pura y simplemente en el título de esta entrada, Incongruencia, que luego se verá si realmente es adecuado para el tema a comentar.

Es cierto que lo he presentado como si fuera un puzle (o su versión como rompecabezas) aunque, si se siguen los pasos, el final de toda la operación resulta ser de nuevo el principio, después de seguir las pistas que llevan al resultado y haciendo trabajar a la vez cuerpo y mente, que es para lo que estamos genéticamente dotados.

Otra cosa es que se pueda considerar una pérdida de tiempo —ya sea el mismo de trabajo o de ocio—, especialmente cuando la tecnología actual permite hacer la consulta en la pantalla electrónica. Así se encuentra un resultado similar pero más rápido, y tan recortado o extenso como se pretenda, sin necesidad de incorporarse del asiento, desplazarse a una estantería, extraer volúmenes, evitar que se escapen de las manos por su peso, trasladarlos por la habitación, situarlos sobre la mesa debido a su tamaño, pasar y repasar páginas y tener que forzar la visión porque, también por ahorro en su paginación, la letra en los diccionarios suele ser pequeña y apretada. Aunque, haciendo comparación de «daños» físicos entre la letra pequeña impresa y el brillo constante de las pantallas, no sé yo con cuál quedarme. O sí que lo sé.

Porque algo hay en los libros que a mí me parece como si formaran parte de mi esencia, como si la larga historia evolutiva hubiera marcado sucesivamente en tantos de nosotros el conseguirlos y apreciarlos como maestros y amigos, fundamentos de la cultura y del progreso, siendo a la vez sumamente fieles y fiables en las diversas áreas del lenguaje, el pensamiento y la información. Ofreciendo incluso una mayor intensidad que otros instrumentos porque los hemos elegido personalmente, valorado, utilizado, evaluado y, los retomemos o no, seguirán ahí puntualmente a la espera, sin perjudicarnos ni dañarnos ni escapar de nuestra compañía nunca y sin aspirar más que a un sitio en nuestra proximidad, sin exigencias, en disponibilidad permanente y perviviendo por generaciones. Y además, cumplen su cometido sin energía eléctrica. Pero, como cada uno es cada uno y su patrimonio personal —excepto las mascotas, que ya no son «cosas» patrimoniales, como puede verse más abajo— es privado y privativo, cada persona resolverá sus requerimientos respecto de ellos. Y ahora sí me dispongo a pasar al propio asunto.

Incongruencia. Repito, inconveniencia, inoportunidad, desconexión, incoherencia, con pequeños matices interpretativos en cada caso, son todos conceptos aplicables al tema del asunto a tratar, ahora sí.

1. Unión y senderos legales

El 11-10-2017, y me disculpo por haber tardado unos cinco meses en tratarlo, se procedió a recepcionar legalmente en España, con su publicación en el BOE, el Convenio Europeo de 1987 sobre protección de animales de compañía. Les ofrezco algunas lindezas del texto publicado: «El día 9 de octubre de 2015 el Plenipotenciario de España firmó en Estrasburgo el Convenio sobre protección de animales de compañía, hecho en Estrasburgo el 13 de noviembre de 1987» (texto original de la página). Lo primero que me sugiere la redacción, es ¿«hecho en Estrasburgo»…? ¿Tenían prisa en publicarlo y no se pararon a buscar una palabra más acorde con una tipología legal, como «redactado, o acordado, o convenido en…» por ejemplo? Porque tal parece que el citado convenio lo sacaran de una plantilla informática básica sin revisar, donde se cambian los nombres y las fechas y ya está.

Continúo con el texto del BOE, que se publica con el marchamo de la autoridad del rey, y que dice: «Manifiesto el consentimiento de España en obligarse por este Convenio y expido el presente instrumento de ratificación firmado…» A lo que añado: pues ya era sobradamente la hora de ratificarlo y firmarlo, después de pasar treinta años desde que el convenio fue «hecho».

Luego me voy al cuadro de firmas, consentimientos y entradas en vigor: España firma el 9-10-2015, que es cuando «consiente» (esto es, expresa la simple conformidad con el contenido de la norma, pero aún sin incorporarla a la legislación nacional, después de transcurridos 28 años en ese momento). Y tras de «consentir» (sin efectos legales), todavía pasan dos años hasta su publicación, ocurrida el 19-7-2017. Y, por si había pasado poco tiempo, esperarían a dotarla de efectos legales hasta que entrara en vigor, lo que llevaría aún seis meses más, hasta llegar el 1-2-2018.

De este modo puede verse cómo España ha dilatado sucesivamente una norma acordada por la común Unión Europea, desde 1987 hasta el año 2018, en que se procede a su incorporación legal como norma interna. Si tenemos en cuenta que algunos estados ya firmaron de inmediato al acuerdo en 1987 y que el citado acuerdo europeo se perfeccionó «de forma general» en 1992, al haber ya entonces suficiente porcentaje de países conformes, la irresoluta España esperaría a firmarlo en 2015 y a ratificarlo en 2017… teniendo el más que dudoso «honor» de ser además el último de todos los países del convenio en hacerlo, curiosamente. Y aun así, su validez real, que es la entrada en vigor en el país, todavía quedaba pendiente para seis meses después, por si la tardanza previa había sido pequeña. Así que ¡el último! Vamos como un reflejo de la vida sociopolítica interna y externa, como país.

A mí todo este asunto me ha parecido que semejante dilación puede entenderse de dos formas: o a la UE no se la toma en serio realmente en nuestro país, salvo en materia económica, o lo que no se toma en serio es la norma jurídica, dándole infinitas largas antes de recepcionarla. No sé cuál de las dos posibilidades es la más lamentable ante los socios europeos y también ante nosotros, como nacionales.

Retomando lo referido más arriba, así finaliza el documento publicado en el mencionado Boletín Oficial del Estado: «El presente Convenio entró en vigor de forma general el 1 de mayo de 1992 y entrará en vigor en España el 1 de febrero de 2018…». Cuidado, no se dejen llevar: que «de forma general» entró en vigor para los que para entonces habían ratificado, no para los que se mantenían en el limbo del consentimiento, como España que, por su lado, después de dejar pasar cinco años desde 1987 hasta esa «forma general» de 1992, que además no le obligaba, a continuación dejó pasar otros veintiséis años más, hasta «adornarse» con el poco presentable título de ser el último de la lista.

El total de estados que habían concurrido a este convenio (no todos miembros de pleno derecho de la UE, porque participaron otros estados exteriores, que fueron invitados a la adhesión) fue de veinticuatro (24). De ellos, ratificaron hasta 1992, siete. Antes del año 2000 habían ratificado otros diez. Todas las firmas restantes del convenio también fueron anteriores a la de España, cuando «consintió» en 2015, lo que es como indicar «bueno, vale»… Igualmente, todas las ratificaciones fueron anteriores a la de España en 2017. Si lo desean, pueden buscar la lista en internet y comprobar el listado en persona.

Qué decir: pues diré incongruencia por no expresar lo que verdaderamente estoy pensando, pero sí diré parte de lo que estoy sintiendo: vergüenza. Y esto, y lo que siento pero no digo, respecto a semejante incongruencia… que no está en ustedes ni en mí, al menos de forma directa. Diré simplemente que la culpa está en las urnas.

Dejo aquí lo lamentable del asunto y paso al convenio: en el volumen anterior, Triannual (comentario 28, pág. 293), dediqué un comentario específico al hecho de que el Congreso hubiera votado en 2017 (se ve que abriendo camino ya a la elástica recepción del convenio europeo sobre las mascotas) un proyecto legislativo por el cual los animales domésticos dejarían de ser considerados como «cosas» del patrimonio personal individual, tal como se les había venido considerando a nivel legal hasta ese momento. Pues antes de la sesión del Congreso, en la normativa española no eran distintos de un sillón, una aspiradora, una mesa, una sartén, un lavabo o una papelera, objetos todos que forman parte del citado patrimonio como una posesión particular de un titular humano y a los que su propietario podía «administrar» libremente y otorgarles, a su voluntad, el cuidado y atención —o descuido y desatención— con que tratara a sus «cosas» privativas.

Es verdad que, diría que por disimular ante Europa o simplemente por «parchear» situaciones de especial crueldad, antes de esa sesión del Congreso, donde se dejó de considerarles «cosas» —norma irrelevante en cuanto a otros resultados— se habían ido dictando paquetes legislativos, variados y desiguales según la zona, para —al menos— tratar de contrarrestar situaciones extremas de abuso, tortura y maltrato en animales, principalmente de tenencia doméstica, dado que cuando sucedían estas crueldades ya no pasaban desapercibidas para el gran público. Y, gracias al alcance y rapidez de la información, impactaban crudamente en la ética de la generalidad de los ciudadanos. Sin olvidar la posible repercusión a nivel europeo de tales sucesos espantosos y cruentos contra animales, ocurridos en distintos lugares de España y repetidos múltiples veces, debido a las carencias o insuficiencias legales existentes.

Así que, finalmente, antes de la tan mencionada sesión del Congreso de 2017, hasta se había llegado a delimitar el «maltrato» de animales, primero como una falta penal y después como un delito. No obstante, y todo hay que decirlo, con penas tan ridículas e ineficaces que ni valen como escarmiento ni previenen la repetición de los hechos, cuando ocurren. Pero la votación (¡unánime!) del Congreso de descosificar a los animales lo único que logró es una unanimidad que no repercutió en nada práctico a nivel social ni a nivel penal.

Ahora, al incorporarse la nueva norma europea al sistema legal español con el Convenio europeo sobre protección de animales de compañía con el que he iniciado el comentario, es cuando me he dado de frente con la evidente incongruencia del país europeo que es España en relación con su sistema de recepción de medidas legales: formamos parte de la Unión Europea desde 1986, de modo que cuando se acordó el citado convenio ya éramos miembros de pleno derecho, aunque de pleno parece tener bien poco.

(Nota posterior añadida, referida concretamente al área de las relaciones con la UE, durante el último año de estos comentarios, el 2020, como reflejo de la casi absoluta falta de «unidad» europea: anticipo aquí un episodio trascendental para la población española, cual es la pandemia sanitaria: véase la indiferencia y el despego que, dentro de los organismos de la UE, determinados países del norte del continente han manifestado sobre la epidemia de 2020, respecto de sus enormes consecuencias en España e Italia. Incluso el menosprecio manifestado por mandatarios holandeses respecto a los ancianos españoles —ver comentarios finales— y daneses negando una eventual ayuda sanitaria a nuestro país en los peores momentos de la plaga. Me gustaría saber qué pensarían esos ciudadanos norteuropeos si miles de inmigrantes ilegales desembarcaran masivamente en su país, como hacen en el nuestro, que no tiene —y aún menos tendrá— posibilidad de atenderlos económica ni sanitariamente, y mantener el nivel de atención, con falta de medios, de personal y según resulte de la pandemia. Pero claro, también los «colegas» europeos nos usan gratis de frontera de freno para sus propios países, pues la presión de esta masiva inmigración la ven muy de lejos desde sus feudos norteños… y seguro que también consideran que es culpa nuestra, nunca de esa Unión tambaleante. Así que…)

2. Efemérides variadas

Volviendo, como muestra de indiferencia e irresponsabilidad de sucesivos gobiernos españoles, al tema del convenio de protección a los animales, me permito incidir otra vez en el desfase de la norma: el convenio ha sido recepcionado en España en 2017. El convenio se dictó en la Unión Europea… ¡En 1987! Nada menos que treinta años separan ambos cuerpos legales, entre el acuerdo europeo y la recepción española. Al retrasar la incorporación de la norma durante tanto tiempo, hasta ser llamativamente los últimos en hacerlo, han dejado treinta años de vacío legal comunitario y de alejamiento de la conexión jurídica con la UE. ¿Habrá sido por algo? Avancen su propia opinión al respecto. Treinta años que han transcurrido con los avatares, positivos o negativos, supuestamente propios de una evolución civilizada. Señalo ahora algunos de ellos.

En esos treinta años han campado, tan ricamente, por el territorio español unos cuantos gobiernos de «pito pito colorito» variado, bien pagado, poco trabajado y nada exigido, todos jaleando la política e ignorando otras cosas importantes, mientras dormía para ellos el convenio emanado de nuestra ¿Unión? Europea. Que han sido, salvo error involuntario:

Desde 1982 el PSOE por cuatro legislaturas sucesivas; desde 1996, el PP, por dos legislaturas; en 2004 el PSOE por dos legislaturas; en 2011 el PP por una y en 2016 el PP por otra, y arrastrando un gobierno en funciones durante diez meses. Por tanto, aquí se ha mantenido el convenio en un «limbo» legal, desde que se activó en la UE en 1987, dejando transcurrir cómoda y sucesivamente esos treinta añitos de sustancioso bipartidismo alterno y de indiferencia social compartida con carácter continuado.

En esos treinta años también hemos pasado del siglo xx al siglo xxi. Con todo lo que eso comporta, (Nota posterior añadida: o hubiera debido comportar), de evolución social, conocimientos actualizados, ética personal y nacional, sistemática legislativa común y fortalecimiento de la unidad europea. Y también, a la vista está, que lo que ha producido son enormes ejemplos de pasotismo oficial claro y contundente.

En esos treinta años hemos sido miembros de pleno derecho (y de cada vez menor «lucimiento», perdiendo categoría y participación por la incompetencia e indiferencia de los partidos de gobierno en España) de la Unión Europea. Estrenados en 1986, en treinta años no hemos tenido ningún interés real en sus normas y contenido, salvo el económico, ni cuando éramos «nuevos» ni en los años siguientes, con insensata indiferencia ni siquiera «por cumplir» con las apariencias de ciudadanos europeos. Y que, como puede comprobarse por el «olvido» de la norma de la UE, ha demostrado la indiferencia y dejadez a las que se han acostumbrado nuestras instituciones políticas, tanto por unos como por otros detentadores del poder. ¿O por la presión de intereses partidarios o parciales?

En esos treinta años se ha cuarteado el cemento en Chernobil, con lo que esa situación ha debido exigir sobre conocimiento del medio en el que estamos afincados y la existencia de situaciones potencialmente peligrosas para la supervivencia, tanto fuera como dentro del país. Razones sobradas que nos tendrían que impulsar a apreciar, tanto más, las condiciones éticas medioambientales de todo lo viviente, en sentido amplio y también nacional, apreciando la validez de las normas legales que se refieren a la vida global y al entorno, como el convenio de referencia.

En esos treinta años el «salto» tecnológico ha sido imponente, en razón de la evolución y empuje de la ciencia, y esas ventajas y su influencia sí que han sido oficialmente recepcionadas en el país. Pero una norma de sentido común, como la citada, se ha ignorado durante largos años, con una inaplicación voluntaria o por una dejación que raya en el desprecio.

En esos treinta años también hemos pasado de un alegre boom social a una crisis económica y vuelta a empezar. Pero, respecto de la incalificable demora en la recepción legislativa de una norma europea de carácter marcadamente ético, sin más razón aparente que el desinterés político generalizado en los sectores que se reparten el gobierno del país, tengo que expresar, con vergüenza propia por las incompetencias ajenas (oficiales, claro), que ni siquiera me basta con definir esa omisión como indiferencia, dejadez, ineficacia, incapacidad de los bipartidistas políticos que se han alternado en el mando durante treinta años… Y sin que ni siquiera me baste definirla rotundamente como una impresentable: inconveniencia. Inoportunidad. Desconexión. Incoherencia…

… Incongruencia. Pero ¿para qué les pago?

La verdad, cómo añoro al que fue progresivo y evolutivo siglo xx.

Sexto comentario: Nieve justiciera

He evitado tratar de este asunto cuando sucedió, un día del primer mes de este año 2018, para intentar atenuar con el paso del tiempo la indignación que me produjo lo que pudo contemplarse en su momento. Voy a considerarlo ahora, porque han transcurrido casi tres meses después del suceso. Me refiero a los trastornos de tráfico producidos por la nevada de la primera semana de enero, cuyo resultado más conocido —sin ser el único conflicto que se originó en distintos lugares— fue el caos en la AP-6 (Segovia-Madrid). Este vial es totalmente desconocido para mí porque nunca he viajado por ese trayecto, pero lo recordaré por las muchas informaciones que se estuvieron sucediendo en los medios. Especialmente por las grabaciones de televisión que filmaron, de un modo visible y real, lo que representó aquella situación increíble, por sus efectos.

Era época de festividades muy señaladas y tradicionales, con desplazamientos familiares masivos, esto es, Navidad y Reyes, así que cualquiera hubiera podido encontrarse afectado por el suceso. Por mi parte, el día 6 de enero, como tantos otros, también me desplazaba por carretera hacia mi casa, de vuelta de una visita por la fiesta correspondiente, pero no me alcanzó nieve alguna porque no circulaba por la mitad norte del país, de modo que tan solo aprecié una lluvia tranquila, que en ningún momento aumentó de caudal, hasta arribar a «mi» meseta, en la que no he visto nieve consistente durante, tal vez, más de una decena de años.

En ningún momento pude suponer que en otros lugares se iba a producir un descoloque de tal categoría como ocurrió. En cierto modo ya estamos acostumbrados a que las pocas nevadas que se producen en la península dejen pueblos incomunicados y a que en las carreteras se discurra lentamente. Cuando, excepcionalmente, se producen fenómenos extremos (que tampoco tienen el alcance y duración de los que suelen darse más al norte de los Pirineos), son informados en la televisión con entrevistas rápidas a afectados en zonas de la mitad superior de la península, donde siempre pueden producirse incidentes, debido a su climatología de mayor intensidad. Pero en este caso, la situación era distinta.

1. La AP-6 y la DGT (Dirección General de Tráfico)

Al comparar nuestras nevadas nacionales con el discurrir norteuropeo del tiempo nevado, me admira cómo allí la vida ordinaria parece transcurrir de una manera bien asumida y ordenada, tanto a nivel oficial como individual, a pesar de la gran incidencia y duración de los temporales, mientras que aquí se suelen organizar dificultades importantes y atascos imponentes por intensidades de nevada o de borrasca mucho menores y considerablemente más breves en el tiempo. Y así empecé a darme cuenta, con asombro y preocupación, de que las dificultades en la AP-6 eran más graves que los episodios habituales en este país, desacostumbrado —salvo en las cimas— a la nieve.

Y, estando en ello, de pronto presentan en la televisión unas manifestaciones verbales de un orondo caballero, con el correspondiente cargo oficial, «regañando» y culpando con cierto tono airado —así me pareció— a los ciudadanos que se encontraron afectados y sepultados en el atasco inmovilizador que se dilataría durante dieciocho horas sucesivas cercados por la nieve, alegando que antes de esos momentos, ya se sabían las previsiones meteorológicas adversas.

Vamos a ver, señor responsable de la DGT (Nota añadida posteriormente: me refiero aquí al que lo era «en aquellos momentos» bajo el color de su partido), como Vd. mismo alegó que había viajado, libre y voluntariamente, a sus celebraciones en dirección sur, sin nieve, ¿eso le lleva a desdeñar a los ciudadanos por los que Vd. debía velar imperativamente por mandato de su cargo y de su sueldo, como si ellos no tuvieran derecho a hacer sus visitas y viajes al ir hacia el norte entre la Sierra Central y la línea del Cantábrico y los Pirineos? ¿Se autoexculpa de responsabilidad en un área que es precisamente propia de su cargo? ¿No se llamaba su organismo Dirección General de Tráfico?

Sus manifestaciones parecían una enfadada pretensión de atrincherarse cómodamente en su empleo, en su faceta de coordinador administrativo del producto de multas y sanciones y olvida que está, prioritariamente, al servicio del bienestar público del ciudadano, que es quien le paga para eso, antes de cualquier otra consideración. Y aún mucho más cuando se trata de una situación de urgencia y peligro, donde no ha lugar a calificar ni buscar culpables sino a reaccionar deprisa y con medios resolutivos. Y la primera exigencia de ese servicio no es hacer crítica ácida de ciudadanos en apuros, sino compartir la situación de la población, de palabra y de obra, cuando las cosas vienen mal dadas y, precisamente, cuando entran —de pleno— dentro de sus competencias y de su sueldo.

Porque yo sí que pasé a imaginarme el enclaustramiento de los viajeros afectados, rodeados por la nevada en un atasco de ¡3.500 vehículos! parados e inmovilizados durante ¡18 horas! en la carretera. Si yo hubiera estado en el suceso por ese u otro acontecimiento climático, ni por un momento pasaría a considerarme culpable como ciudadano afectado, ni por exceso ni por defecto, ni si llevo cadenas o no, o porque he omitido cargar con litros y litros de combustible en previsión de una situación sobrevenida en un atasco de más de dos tercios de un día e imposible de prever con tal duración. Claro que tampoco habría incluido cinco linternas y un montón de paquetes de pilas, ni habría viajado con media despensa en frío y diez termos con bebidas calientes, tres garrafas de agua o más, ocho mantas y triples calcetines por cada persona del coche, más mudas de adecentamiento, más sistemas higiénicos interiores, más un botiquín mucho más que básico para un trayecto por una vía territorial principal… porque tendría que haber llevado un remolque para disponer de todo ello y estar saliendo del coche todo el tiempo del atasco, para surtirme malamente, en parado y pateando nieve mientras pillo una neumonía.

Con las mismas, los afectados no habían imaginado la posibilidad extrema de verse inmersos en un caos circulatorio imponente, inmovilizados en una vía principal y de peaje no expedita de la nieve caída durante una impensable cantidad de horas nocturnas, cercados por la nevada, con equipaje básico para las personas de cada vehículo. La previsión para desplazarse por ese sector podía haber sido de un par de horas si hubiera estado atascado, y no de dieciocho en situación de inmovilidad completa. Al tratarse de una vía de pago, nadie hubiera esperado semejante contingencia para reforzar su equipaje como si fuera a dormir en una cumbre nevada, igual que no aprestamos parasoles blindados sobre nuestra cabeza al pasear por las calles, por si a uno le cae un meteorito encima, a pesar de que caer, caen… excepcionalmente y acercarse, se acercan, además de pasearse como bolas de fuego por la propia atmósfera.

Los conductores no podían haber previsto técnica, profesional y minuciosamente semejante situación de carácter excepcional. Pero, inmerso en el accidente sobrevenido, si encima de que no me auxilian, además me culpan debo remitirme al axioma clásico y claro por el que «lo que no está prohibido, está permitido». Por eso la gente viajó, porque prohibido desplazarse no lo estaba, como el propio «mandatario» demostró con su viaje festivo personal, que lo mantuvo lejos del suceso y, también, alejado de su selecto puesto de trabajo. Y, sin lugar a dudas, ningún conductor pudo adivinar, como ciudadano común, ni el resultado de quedar masivamente atascados en un bloqueo no atendido por ningún servicio, ni que los iban a dejar allí durante dieciocho horas, en buena parte nocturnas y con la nieve amontonada y sin retirar en la vía pública por la que circulaban. Es normal ver cómo las televisiones filman a las quitanieves en las rutas, cuando hay nevada, pero allí no estaban. Lógicamente, los viajeros confiaban en que los medios de protección profesionales estaban activos en tales momentos. ¿Lo estaban? Claro y demostrado está que no.

Tampoco creo recordar que el citado caballero dirigente y portavoz oficial de Tráfico hubiera salido en pantalla antes de la fecha del suceso (como sí, en cambio, se apresuró a salir después de estar en vías de solución el atasco… cuando finalizaba la enorme demora por la actuación de unidades militares de auxilio), repito que no se personó para dictar una esperpéntica prohibición de que la gente se desplazara a sus tradicionales momentos de ocio, del estilo —inventado— de «en previsión de nevadas, queda absolutamente prohibido viajar hacia el norte, o viajar hacia el sur desde el norte porque, si se meten en un conflicto por el temporal, luego no se quejen que de vacaciones estaremos todos, los sistemas de apoyo al mínimo y no garantizamos la seguridad y mucho menos la ayuda».

O, pura y simplemente, dictar un —también inventado— completo cierre de carreteras y mandar a todo el mundo confinado en sus casas, por decreto absolutista, paradas las actividades que, con nevadas mucho más intensas y profundas, se puede ver cómo en otros países de Europa se actúa con medios correctos, tanto a nivel oficial como individual. Allí sus administraciones saben intervenir con medios de solución cuando corresponde y sus nacionales toman precauciones porque están bien acoplados a los resultados climáticos habituales en su zona, y suficientemente formados, de manera sistemática, para cumplir directrices eficaces…

(Nota añadida en 2020: lo expresado en los anteriores párrafos, y en los que siguen abajo, fue escrito exactamente así cuando lo redacté en abril de 2018. El parecido que —guardando las distancias con el confinamiento— pueda tener con la situación de la pandemia del año final de este libro es una coincidencia llamativa, en ambos casos lamentables. Además, ¿no les parece muy parecida la «gestión» de aquel asunto, aun en menor alcance cronológico y social, con la deplorable gestión de la pandemia, en 2020? Pues eran gobiernos de distintos colores y pretensiones. Por algo serán los parecidos.)

… Claro, esas prohibiciones previas que me he inventado arriba, concernientes a vías principales, no podían dictarlas —ignorantes o indiferentes a lo que pudiera pasar— los excelsos dirigentes de la maraña asfáltica, no tanto por respetar el poco derecho democrático que aún puede existir en defensa de la libertad individual y colectiva, sino más bien en razón de los variados e interesados componentes mercantiles y comerciales anejos al desplazamiento masivo por carretera. Por ejemplo, como los interesantes ingresos oficiales por el mayor nivel de tráfico en navidades, el producto económico del turismo en fiestas y vacaciones, el rendimiento de los impuestos del combustible, enormemente crecidos por viajes en la época navideña y, cómo no, los ingresos por el IVA correspondiente a tanto movimiento y consumo. Y para qué hablar de las multas de tráfico, que aportan un buen surtido dinerario a las arcas oficiales…

Así que, estando dedicado el destacado señor —como cualquiera— a su propio asueto y viéndose estorbado en sus vacaciones ociosas por la situación de miles de personas atrapadas en la «lejanía», el empleado público se permite, en su intervención televisiva, culpar presuntamente (y evito decir «abiertamente») a los afectados por haber pecado de imprevisión individual, en base a su opinión de que los medios informativos ya habían «avisado» de que nevaría y, dando por hecho que eso debía haber bastado para quedarse en casa, claro que todos menos él. En unas fechas tan señaladas y tradicionalmente «viajeras», alegaba los datos de los informativos de TV como si debieran de acatarse al nivel de edictos municipales, obligatorios y perentorios. Le faltó culpar a los afectados por no viajar en helicóptero (que tampoco habría resultado, por el temporal), para dejarle a él tranquilo con sus asuntos, en el cálido sur…

(Nota añadida, de nuevo en abril de 2020: En cambio cuando introduzco esta nota, dos años después del suceso y último de estos comentarios, otro temporal gravísimo acechando como resultado de la pandemia, cual es el desplome económico, aluvión de regulaciones de empleo, y consiguiente aumento —aún más, por si fuera poco— de personas arrojadas al paro. ¡Y los igualmente ineficaces «gerentes» políticos ahora son del color ideológico contrario al susodicho de «la nieve»! Una vez más, parece que tanto parecido habla por sí mismo de dónde procede y se desborda el problema básico del país.)

… Pero claro, era evidente que el Gran Hermano de Tráfico no podía pretender que los conductores hubieran vulnerado una prohibición que no existía, así que consideró, en base a su simple criterio, que información y recomendación debieron bastar por sí mismas para establecer una prohibición de hecho, vulnerada por incompetentes o irresponsables conductores —que, por otro lado, eran también los que le estaban pagando fiscalmente su nutrido sueldo—, y sacudiéndose sus responsabilidades oficiales. Así parecía convertir verbalmente a los afectados en culpables con culpa… Y ni siquiera se trata de negar que pudiera haber un porcentaje de afectados por la situación que fueran mal pertrechados, por imprevisión, olvido o indiferencia pero… que fueron dieciocho horas de inmovilización… y tres mil quinientos coches… En una vía principal de desplazamiento.

2. 3.500 vehículos atascados durante 18 horas

Vamos a ver. ¿Acaso hizo una investigación personal, coche por coche, de cuántos llevaban cadenas, puestas o no, combustible, agua, víveres, medicinas, mantas, ropa o de cuál era la causa o la urgencia de su viaje? Pues no, porque pasaba sus vacaciones a muchos kilómetros de distancia calentita y no se dignó personarse en el lugar del caótico conflicto durante las, tantas veces referidas, horas transcurridas, excusándose a sí mismo con la alegación de que se puede trabajar por internet, aunque no tengo muy claro en qué trabajo se ocupaba en aquel momento porque en rescatar a los atascados, como era su obligación, no parecía ser. Su dedicación a su trabajo, por otro lado, resultaba cosa tan poco probada como la culpabilidad de todos los conductores, metidos en el mismo saco de reproches.

¿Y se permitió prejuzgar sin pruebas las razones individuales por las que cada uno se desplazó, en el ejercicio de un derecho de asueto, tan respetable como el suyo propio o por otras razones legítimas? Pues sí, porque tal parecía que había entrado en modo defensivo con su actitud respecto de la población afectada, poniéndoles como irresponsables amantes del peligro y del riesgo de muerte en esas fechas invernales. Parecía definirles como culpables de voluntaria exposición a la intemperie, en lugar de víctimas de los elementos climáticos no compensados por los imprescindibles medios técnicos que debieron despejar la vía y que brillaban por su ausencia. Resultando así que parecía actuar como juez y parte contra sus mismos conciudadanos quienes, además de ser los perjudicados por la omisión de los organismos oficiales y privados (y tal vez víctimas de la indiferencia general), repito que son los mismos que le pagan su sustancioso salario, y no para que les ponga multas sino para que les facilite la vida ordinaria.

En su intervención televisada se manifestaba en modo autodefensa según aparecía en las grabaciones de las distintas cadenas de televisión. El «gerente» de Tráfico manifestaba en realidad la postura de los cargos públicos cuando pretenden eludir la dimisión en distintas situaciones comprometidas. En este caso, además, el mandatario se irritaba por haber sido molestado en su respetable y, al parecer, prioritarias necesidades personales de desplazamiento y descanso. Pero sin respetar a su vez el mismo derecho para sus conciudadanos afectados por la nevada: ¿cuántos?, porque 3.500 por una modesta ocupación por vehículo de 3 personas significan, como mínimo, 10.500 ciudadanos inmovilizados, de los que solo 3.500 eran conductores y el resto acompañantes.

Mientras tanto, se ha demostrado que ni habían actuado previamente ni aparecían después los vehículos quitanieves, ni salieron a trabajar los equipos de atención vial, ni la empresa responsable reaccionaba, ni cualquier tipo de servicio oficial apareció hasta entenderse que «la cosa» tenía muy mal cariz y que no iba a resolverse por sí misma con el paso del tiempo, después de dieciocho horas de inmovilización, y empeorando hasta que hubieron de recurrir, con enorme retraso y con urgencia, a los institutos militares.

Me he preguntado sucesivas veces cuántos de los ocupantes de coches afectados eran niños, supongo que muchos, quizá la mitad del total o más y, poniéndome en su lugar, cómo pasaron las criaturas el trago, emparedados en una cápsula metálica de la que no podían salir, donde confío en que por lo menos les funcionara la calefacción en cada caso, y percibiendo la preocupación de sus padres. Estos, a su vez, estremecidos por la posible situación de sus hijos, viendo transcurrir, párense a pensarlo, dieciocho terribles horas gélidas, en buena parte con oscuridad, una tras otra, empantanados en la nieve sin salida, sin luz, sin información, sin atención inmediata, en unas filas inmóviles, atascados por la nieve unos tras otros, posiblemente sin suficientes víveres o agua para tan enorme cantidad de tiempo y personas, o con requerimientos particulares en el caso de los bebés, que los habría, sin servicios higiénicos, sin vías de escape mientras aumentaba la nieve en su entorno y compartiendo entre sí ayudas básicas mutuas, en lo que alcanzaban, hasta que los equipos de ejército y guardia civil despejaron la vía lentamente. ¿Más de 5.000 niños en esa tesitura?

Igualmente me pregunto cuántos de los afectados por el atasco se han llevado de allí tremendos enfriamientos, gripes quincenales, agravamientos varios de su salud. Cuestiones de las que tampoco se compadecen la DGT y su titular. Que, claro, ha preferido la facilidad coyuntural de derivar después los hechos, tratando de minorar el efecto de su primera intervención, al acusar —y lo tenía fácil— a la empresa explotadora de la autopista de peaje porque, no lo olvidemos, que esa es otra para colmo, los conductores habrían creído que el hecho de pagar por un servicio (la autopista de peaje) iba a facilitarles un camino que, por el contrario, les ha complicado indignamente.

Pero ¿algo de eso libera a la DGT de responsabilidad, en la persona de su titular, pagado él y su administración con dinero público, parte porcentual del cual procede de los bolsillos de los atascados? Pues, o mucho me equivoco, o a ese organismo oficial correspondía haber aparejado —además de la inmediata presencia de su titular en el lugar del episodio— medios de asistencia rápida, operativos y eficaces. Y movilizar tanto los instrumentos oficiales de intervención como aquellos otros exigibles contractualmente a la empresa mercantil a la que el Gobierno, que también le ha nombrado a él para su cargo dirigente, había otorgado la concesión de explotación de la ruta, en la que la contraprestación debida al cliente pagador de la tarifa de peaje —que es el conductor del vehículo— consiste en ofrecerle una vía garantizada, controlada y atendida, como requerimiento legal. Y humanitario, principalmente, a la vista del suceso. Y que, a la vez que demuestra claramente la responsabilidad directa de la empresa concesionaria en lo sucedido (y me pregunto cómo y por qué razones la seleccionaron), también resalta la falta de control y la responsabilidad subsidiaria de la Administración que debía vigilar el cumplimiento del servicio contratado.

Ni que decir tiene que ahora, a hecho pasado, se ha impulsado y se ha publicitado una actuación acelerada, en el sentido de redundar en que las empresas concesionarias cumplan con su obligación de desplegar los servicios requeridos ante una nevada, para mantener la vía expedita. Como suele ocurrir aquí, solo cuando se produce un desastre, se soluciona la causa —al menos hasta que los hechos se olvidan, para después posiblemente volver a disminuir las soluciones—, pero «al que le toca, le ha tocado». Como en este caso los servicios del concesionario no actuaron, y así se ha comprobado y probado, se le sanciona pero ¿en serio un par de multas es una sanción equivalente al perjuicio producido? Las horas y los agobios pasados por las personas inmovilizadas no los enmiendan dos multas a la concesionaria que, además, van a parar a las arcas oficiales, no a los perjudicados, que han sido los ciudadanos afectados.

Controlar y estar en alerta oficial con tiempo de antelación, y con capacidad de reacción inmediata, vigilancia e intervención, eso sí que habría sido previsión, la que no tuvieron en su momento oportuno los mecanismos oficiales, aunque el director de la DGT al parecer considerase que ya había sido un instrumento suficiente la información del tiempo en los medios. Desde luego la información no pareció ser bastante pues no la ignoró, o no la entendió, o no la apreció, por lo visto, la propia empresa concesionaria, responsable de la prestación del servicio y a la que los mecanismos oficiales le habían otorgado el negocio privado que implica hacerse cargo de la vía de peaje.

Qué decir —de contrario— sino que el impávido e ineficaz director del tráfico y sus oficinas (¿funcionaba algo ese día?) sí que habrían dispuesto de la información climática con mucha mayor amplitud, puntualidad, intensidad, conocimiento y eficacia que los ciudadanos comunes. Y por tanto de todos los medios para organizar y vigilar el uso de los vehículos de respuesta a temporales, incluso reforzados para evitar que se complicara la situación hasta el punto en que lo hizo y para reaccionar con presteza para resolverla… Visto lo cual, si en su momento se permitió considerar a los conductores afectados como imprudentes, ¿ha revisado la viga en el ojo propio?

Ni excusas «tácticas», ni dos sanciones a la empresa concesionaria van a servir de nada a la población que estuvo afectada, por más que reclamen y que les den ridículas devoluciones, como ha ocurrido en otras áreas, en una situación parecida, como tiempo antes había sucedido en Burgos, con cien euros que dieron a los afectados para sacudirse la responsabilidad, supongo que por vehículo. Incluso aunque fueran doscientos, el caso es que les estarían dando como compensación… ¿algo más de diez euros/vehículo por cada hora agónica pasada? ¿Lo que resultaría a dos o tres euros/hora por persona afectada viajando en el vehículo? Ni en mucha mayor cantidad, ni siendo la «indemnización» por persona en lugar de por coche sería, en modo alguno, compensación de lo sucedido para los que sufrieron semejante abandono, así que, de haberla, habrá resultado miserable.

Por todo eso, como he comentado en otras ocasiones anteriores, me sigue quedando la impresión de que se nos considera… mercancía muy barata.

Mercancía barata, culpables sin culpa, rostros anónimos, población ignorada, ciudadanos para recaudar, votantes a ciegas, electores sin rumbo, consumidores para mantener la economía empresarial… cargados con las secuelas y los perjuicios de no haber sido dignamente instruidos, concienciados, bien tratados, alentados, tutelados.

Pues, eso sí, mejor ignorantes que exigentes para… seguir pagando y pagando. Por obligación, que no por razón.

Séptimo comentario: La llegada

He visionado, ya entrando en la primavera de este 2018, la difícil y densa película titulada La llegada (Arrival, dirigida en 2016 por el canadiense Denis Villeneuve, quien por este film fue nominado a mejor director y que dirigió en 2017 Blade Runner 2049). El film me ha resultado de gran interés por varias razones aunque creo que, sin desdeñar en absoluto cuestiones como la realización o la interpretación, lo que me atrae es la idea anticipadora, el contenido creativo, el desarrollo de sus efectos y las sugerencias que aporta la historia, positivas y negativas, en la misma línea imaginativa y de anticipación que apunté en Triannual I (comentarios: 3, págs. 34 y 35; 18, págs. 183 y ss. y 32, págs. 335 y ss.).

En distintas ocasiones, me he planteado en profundidad la situación y consecuencias derivadas de un eventual y sorpresivo primer contacto real con entes espaciales, por improbable que el mismo pueda parecer a unos o amenazador a otros. Sobre todo, teniendo en cuenta que las opiniones civilizadas —en uno u otro sentido— son libres y respetables, especialmente en un caso como este, que es una anticipación con los fundamentos de probabilidad —o no— que cada uno prefiera según su criterio, pero sin pretensiones de veracidad absoluta, en cualquier caso.

Además considero difícil este film por el entrecruzamiento, con la narración principal, de episodios que parecerían ser flashbacks (y no digo que lo sean exactamente). También porque presenta el desarrollo minucioso de una larga y compleja sugerencia sobre cómo podría transcurrir y desembocar un primer contacto, plagado de dudas e indecisiones, frente a una contingencia inesperada y repentina en la que el problema —incluso cuando el encuentro parece pacífico— reside en que el entendimiento mutuo es algo casi imposible de conseguir entre dos grupos de entes (los recién llegados y los humanos) que no tienen en común el planeta, la fisiología, el tamaño, la cultura, el desarrollo científico ni, especialmente, el lenguaje o el sistema de comunicación. Por lo tanto, no comparten líneas de razonamiento y aún menos de entendimiento, con la incógnita añadida de tener lugar tal encuentro precisamente en la Tierra, por su aparición simultánea en varios territorios del planeta.

Desarrolla el film una narración densa que presenta las dos exigentes razones de la acción indisolublemente unidas: el hecho trascendental y repentino de un primer contacto en suelo propio (por tanto, sugerente de una invasión) y la aplastante dificultad de encontrar la forma de entenderse. Aunque los recién llegados no parecen hostiles, siempre planea la amenaza de que pudieran acabar siéndolo, por causa de los equívocos y las diferencias entre unos y otros, con la probable influencia de la impaciencia humana. Y también tiene en cuenta el constante entremetimiento de la política en la espera, pues los oficialismos militares no aceptarán mantenerse por mucho tiempo inactivos, dado que los extraterrestres «han llegado» sorpresivamente y su disponibilidad tecnológica y su reacción serían inmensas en caso de un eventual conflicto, al menos si se tiene en cuenta el enorme tamaño de sus naves, situadas sobre lugares estratégicos de la Tierra.

La película desarrolla un guion complejo, que puede parecer incluso enmarañado pero sin llegar a serlo, porque las derivas en el continuo de la acción (supuestos flashbacks) ofrecen datos comprensibles de inmediato por el espectador, total o parcialmente. Se trata de referencias y sentimientos propios de la vida ordinaria y que no dificultan el desarrollo de la premisa principal, que es la dificultad o imposibilidad de comunicación entre dos especies ajenas entre sí. Y esas introspecciones, en el transcurso de la acción, aclaran los sucesos posteriores e influyen de forma determinante en la comprensión de la historia filmada, en los momentos finales.

Añado que con una maravillosa y exigente interpretación de la protagonista principal, la versátil Amy Adams (vista en Noche en el Museo 2, en La historia de Giselle o en El hombre de acero, entre muchas otras), que tiene en su historial bastantes premios como nominada o ganadora, en el epígrafe de «mejor actriz de reparto». Aquí, y en otros casos, es la protagonista absoluta y también fue candidata para distintos premios cinematográficos por este film. Es el coprotagonista Jeremy Renner, en un personaje a la vez principal y secundario, como «arropando» a Adams y cumpliendo con su papel con la eficacia y credibilidad que suele ser su tónica de actuación, salvo algunas excepciones.

Por cierto, precisamente Amy Adams, Jeremy Renner y la protagonista de Passengers (film del que trataré en otro comentario, más adelante), Jennifer Lawrence, habían coincidido los tres como actores, entre otros, en una película anterior titulada American Hustle (La gran estafa americana, dirigida por David O. Russell en 2013), film que solo he visto de pasada, y que refleja el mundillo de fraude, engaño, corrupción y montaje económico que desemboca, de diversos modos, en el poder del dinero, la mentira y la ambición.

1. Incógnitas espaciales

Volviendo a La llegada, parece que el guion procede de alguien que se plantea, al elaborarlo y darle virtualidad, la importancia e incluso la trascendencia de lo que en la acción irá sucediendo, que es la repercusión de una aparición alienígena repentina y masiva en el planeta humano —aunque en este caso sea una anticipación creativa, situada en el plano de las adivinaciones— y cómo hacer para entenderse con ellos, como fórmula conciliadora.

Cierto que esta posibilidad de contacto se ha tratado muchas veces: unas, la mayoría, centrándola en el peligro, la invasión, la dominación, la destrucción desatada por extraterrestres de distintos pelajes, formas y actitudes. Otras anhelando, si no defendiendo, el que su aparición sea lúcidamente respetuosa o salvadora del posible o probable resultado autodestructivo derivado de las incongruencias propias de la humanidad frente a sí misma y frente al planeta en el que vivimos. Incluso en ocasiones anticipando que «mejor que nos ayuden a evolucionar o sin comprender el universo y sus leyes, nos reventaremos a nosotros mismos o trataremos de reventar a otros», frase que es una simple cita propia.

Cierto que, en este caso, estamos sumergidos en el área de la adivinación posibilista porque ninguno de los eventuales extraterrestres, ya sean invasores, amigos o salvadores, tiene eficacia real aquí y ahora. Porque no existen o porque no sabemos que existen, si fuera el caso. Quizá por eso, apostando en el vacío, se ha mantenido en áreas científicas el empecinamiento en despachar y repetir el envío de mensajes de efecto llamada por el espacio profundo, invitando a posibles «otros» a visitarnos, como si fuéramos huerfanitos buscando a una dulce y amorosa madre extraterrestre o a un complaciente y resolutivo padre alienígena. Aunque la posible y dudosa consecuencia de una visita así inducida no se verá hasta que se vea, si es que ocurre.

Ya he dicho antes (en el primer Triannual, de 2018, comentario seis, págs. 53 y ss.) que no entiendo el que mentes poderosas, siguiendo la tendencia que inició Carl Sagan en el siglo pasado, hayan apostado por abrir voluntariamente el camino extraterrestre para la llegada de otros a nuestro mundo, solo por suponer que el resultado en un primer contacto será necesariamente favorable y amistoso porque nosotros nos mostremos encantadores en las misivas lanzadas al espacio profundo «en abierto», con todo tipo de información no clasificada y buscándolos empecinadamente. Aunque se diera el caso de que algún grupo de entes encontrara los mensajes y lograsen adivinar lo que difunden, si existen otros sistemas de vida en el universo podrían ser tan, tan distintos que no conseguirían aclarar nunca el contenido de los envíos por la disparidad de comprensión, muy en la línea de la película a la que me refiero.

Pero, como los discos informativos enviados al espacio parten de la base de que habría lenguajes universales, como el matemático, los científicos confían en que los extraños los acaben entendiendo para situarnos en el universo y viajar al planeta que les llama, inocentemente. Y que está muy bien definido en la información que ofrecen los discos, con nuestras figuras en sus dos géneros respectivos, para quedar completamente identificados. Siempre me pregunto, a este respecto, cuál sería la consecuencia final de esta llamada pues la ignoraríamos totalmente hasta que se manifestara a un palmo de nuestra indefensa nariz, de ocurrir.

De cualquier modo los mensajes ya son irrecuperables, lanzados en distintos momentos temporales del siglo xx y en diferentes direcciones espaciales, sin posible vuelta atrás. La causa probable de las sucesivas mensajerías hacia el universo será la duda en su recepción: el espacio es tan profundo que le cabe el calificativo de «infinito», lo sea finalmente o poco menos, y los científicos habrán jugado con que los «contactos nómadas» tienen poquísimas, ínfimas posibilidades de llegar a algún destino: bien porque los receptores (los extraterrestres, cualquiera que fuera su número y medida) no existan. O porque, de existir, el mensaje tendría que toparse con alguno en algún punto… de un espacio inabarcable. O que, dadas las inmensas distancias en años luz, después de transcurridos tantísimos años desde el envío hasta la eventual recepción, es posible que ni existamos por entonces, aunque nos busquen.

Por ello, teniendo en cuenta que los correos enviados (digamos que son como una variante espacial de mensajería móvil, aun cuando vuelen tan alto) proceden de este ínfimo rincón de la última esquinita de una galaxia periférica entre cien o incluso doscientos mil millones de galaxias en movimiento, formada cada una por otros tantos miles de millones de estrellas, orbitadas por una incalculable cantidad de planetas de distintos tipos, su recepción y entendimiento sería una increíble casualidad. Pero me inquieta esa posible casualidad y que exista tal contingencia en esos insondables espacios exteriores, porque, en este lugar terrestre, el azar adopta múltiples formas que se manifiestan e influyen en los destinos particulares y colectivos. Igual que la casualidad que trajo al meteoro que acabó con los dinosaurios y con casi toda vida en la tierra. O la que en algún momento cronológico hace nacer a alguien que después se convierte en un tirano desolador.

2. A enormes velocidades

Como prueba efectiva de movimiento espacial, simplemente en el área de los asteroides, el 9 de febrero a las 23:30 pasó uno de ellos, el 2018 CB, tan, tan cerca como a una quinta parte de la distancia que separa a la Tierra de la Luna. Primero leí la noticia de su aparición prevista en esa fecha y luego he buscado alguna mención posterior sobre el mismo, sin encontrar más datos porque ha pasado sin molestar. Fue descubierto el día 4 anterior y se nos ha acercado a 64.000 kilómetros, lo que parece mucha distancia vista desde nuestra rutina habitual, pero que es muy, muy poca en un espacio en el que todo se mide en miles de millones de kilómetros o, dicho de otro modo, en años luz.

Es verdad que, del tenor de la noticia, se sabe que rocas de parecida envergadura pueden pasar en nuestras cercanías una o dos veces al año. Por su menor tamaño (entre quince y cuarenta metros) no se pueden descubrir con antelación, pero comportan el gran peligro de sus inmensas velocidades al impactar, si tal cosa ocurriera. Igualmente según la noticia, este pedrusco CB parecería ser más grande que el que reventó en Rusia en 2013, en la atmósfera de Chelyabinsk (Siberia) donde originó importantes daños personales y materiales. Así que hay que alegrarse del paso del CB sin consecuencias pero, también, habrá que pensar sobre lo que pueda suceder si algún «colega» suyo, viajero inesperado, decide aterrizar en algún sitio terrestre con una velocidad de inconcebibles miles de kilómetros, tan solo unos pocos días después de ser descubierto y sin ningún medio de contención.

Tuviera relación, o no, con ese roquedal viajero, al CB le había precedido unos días antes el paso de algunas bolas de fuego, cruzando por la mitad sur de España, detectadas por el complejo astronómico de La Hita (Toledo) y por distintos observatorios y espectadores de Andalucía y algunos otros lugares, que las vieron mientras se consumían en su violento paso por la atmósfera, que actúa a menudo como eficaz salvadora.

También, en fechas próximas al paso del 2018 CB, citado arriba, hubo otro acercamiento, relativamente próximo, del asteroide rotulado como 2018 CC, que no tuvo repercusión porque pasó a unos 180.000 kilómetros de la Tierra, lo que ya es una proximidad algo apartada. Pero que pasar por el vecindario, pasan y a velocidades increíbles. Y si, como una noticia añadía, los de este tamaño suelen acercarse por aquí «una o dos veces al año» pues resulta que ya habrían agotado la previsión anual… a principios del año.

Así que, volviendo a la eventualidad de posibles viajeros espaciales desconocidos que, como en el film, pudieran aparecer por los abismos celestiales y recoger por casualidad la invitación humana para visitarnos, francamente confío en que: o bien el oro o los otros metales «nobles», en los que se han impreso los mensajes, se encuentren en su viaje con algún material mucho más potente y denso que los destruya en la colisión, o que su viaje termine en una piscina sideral, esto es, que un sol los acoja cálidamente y para siempre entre el nunca más de sus fauces inflamadas.

No me olvido de algún reciente documental en la TV, de los que tratan y dan supuestas pruebas de la existencia de ovnis y las idas y vueltas de los mismos en torno a las construcciones que hemos puesto en órbita pues, según dicen, incluso han sido vistos artefactos móviles desde la Estación Espacial Internacional (de la que de nuevo mi querido Howard Wolowitz, insigne ingeniero interpretado en The Big Bang Theory, nos recordaría en la serie, con presunción, que él estuvo allí…), vaya, al menos a nivel cinematográfico lo ponen todo tan vívido y fundamentado que tengo que referirme a lo que muchos sugieren, si es que no me lo he planteado previamente: que ya estén aquí, de acá para allá, por ejemplo en la cara oculta de la Luna o al fondo de los océanos y… que no solo estén en misión secreta sino que en nuestro planeta ya lo sepan algunos a nivel gubernamental o que, de ser así, incluso existan contactos confidenciales desde hace tiempo, cosa aparentemente indemostrable.

Pues si eso fuera así, más de lo mismo y sigo especulando simplemente en base a creaciones fílmicas: o los políticos «enterados» no informan (o no informarían si se diera el caso) a la población civil, sin duda para guardar para grupos o camarillas las ventajas elitistas que puedan obtener (y si el engaño se descubriera, alegar que era una forma de introducir, prudente y paulatinamente, la situación), o es que tratan de manejar en su provecho a verdes hombrecitos o a pulpoides renegridos, sin informar a la gente común. O lo mantienen clasificado para que, desesperados por el pasmo o por el miedo, no entremos al saqueo y la algarada (que parece desembocar absurdamente en vaciar tiendas de electrodomésticos y cajeros, cuando lo probable en una situación extrema es que no haya electricidad o tiempo para disponer de tanto desparrame) porque seamos —o es que en buena parte lo somos, cediendo al pánico— una panda de salvajes.

De darse un caso como el comentado, cabrían dos situaciones: que hubiera un protocolo rígido de reacción rápida, normalmente defensivo, cuyos resultados sin duda habrían sido estudiados en simulaciones de ordenador previas, pero más bien inútiles por ignorancia absoluta sobre los eventuales visitantes. Serían desconocidas sus intenciones y también su potencial agresivo, sin hablar de una ineficaz reacción ante ellos debida a la multiplicidad de países en la Tierra, cada uno de ellos a su bola cuando no enemistado con los demás que comparten el planeta.

O bien podía ser una llegada pacífica, igualmente probada en simulaciones pero que implicaría tantas incógnitas, tantas variables, que no podría concretarse si los eventuales extraterrestres involucrados en la supuesta «visita» estarían interesados en civilizar y alentar al conjunto de la población. O si, más bien, carecerían de interés en comprender o conocer el mundo humano global, sin relacionarse abiertamente. Con el evidente peligro de reacciones adversas, por ambos lados, o porque tan solo vengan a surtirse en el planeta de materiales o materias primas, lo cual ni siquiera suena nada bien. No digo que tales contingencias sucedan, claro está, pero el aura de posibilidad anticipatoria siempre apunta. Así que, de aparecer en condiciones reales esta circunstancia sobrevenida, ¿pues en qué producto o mercancía de esta Tierra estarían interesados los aliens involucrados? Apuesten por alguna, por si el caso se da y a ver qué concluyen.

Pero, volviendo a lo probado respecto de las convocatorias espaciales, plasmadas en discos voladores que viajan por el espacio con su efecto llamada desde la Tierra, mientras no me cuenten una razón fundamentada para defender su utilidad, sigo esperando que se volatilicen aunque ni eso, ni lo contrario, está en mis manos. Además de que, si una eventual colisión sucediera, son varios los mensajes viajeros que van en distintas direcciones, y seguramente también se emiten otras llamadas por radiofrecuencias, de las que no sabemos nada.

Así que confío en que no existan ovnis zumbadores en la cercanía, ni entidades vitales viviendo en exoplanetas expansivos con capacidad para viajar por el espacio profundo y espero que no encuentren los mensajes, al menos mientras exista vida propia en el planeta Tierra.

Y, claro, deseando que algún meteoro indiferente y macizo no aparezca para estamparse por aquí, en algún momento imprevisto. ¿O alguien tiene otra cosa que contarnos?

Octavo comentario:

¿Todos contentos con la energía?

Varios meses después de haber tratado sobre Chernobil en el comentario segundo de este libro, me he enfrentado de nuevo al suceso catastrófico que visioné cierta noche de finales de enero, ahora en una posterior reposición. En los documentales de entonces ya percibí las consecuencias —a través del área audiovisual— del mayor cataclismo nuclear habido en el mundo, superior en varias veces al mucho más reciente de Fukushima. A diferencia de otras catástrofes naturales de gravísima magnitud inmediata, pero que admiten recuperación a cierto plazo, la del reactor no solo ha producido secuelas de gran alcance en el entorno, la población y la sociedad, en este caso europea, sino que —específicamente— se ha convertido en una amenaza potente, latente, imborrable, presente y futura, posiblemente a nivel mundial. Esto es, Chernobil.

De nuevo ha sido tratado en la televisión el accidente nuclear, con los documentales informativos a los que me referí en el pasado enero del año actual (comentario segundo de este texto), pero ahora coincidiendo con la conmemoración —mejor diría yo, recordatorio— de los treinta y dos años transcurridos desde la explosión, sucedida el 26 de abril de 1986. Los documentos audiovisuales citados se han ofrecido en la programación presentada entre la noche del día 25 y la madrugada del día 26 de abril, de forma aproximada con el mismo horario en el que se produjo el suceso nefasto en su momento, de madrugada.

Sin embargo, esta vez han dado cuatro documentales, aunque quizá la vez anterior también eran cuatro, pero entonces solo vi tres. Así, en esta nueva ocasión me despistó encontrarme, de entrada, con una filmación que no coincidía con las que yo había visto antes. Fue solo después de terminar la emisión, ya entrada la madrugada y bajo el impacto de lo visionado, cuando puse un orden teórico por el que realmente, para mí, el que dieron en primer lugar en esta programación actualizada debió de ser realizado en algún momento posterior a los otros, según su contenido.

La diferencia, según deduje, provenía de que la enorme cubierta moderna, en acero y cemento, a la que me referí en el comentario segundo, en aquellas filmaciones de enero pasado aparecía en construcción (con una valoración económica, ahora confirmada, de nada menos que de dos mil millones de euros), mientras que en el documental ofrecido ahora en primer lugar aparecía, al fondo de algunos fotogramas, perfectamente encajada ya sobre el monolito agrietado que fue el primitivo sistema de contención, indistinguible ahora bajo la cubierta nueva e imponente. La cual, según información actualizada, fue situada en su lugar definitivo a finales del año 2016, cosa que no había aclarado previamente.

Como cada documental era autónomo, no importaba el orden en sí mismo, así que paso a comentar ahora este documento filmado que no conocía de antes: se trata de un ingeniero americano, no sé si científico, documentalista, divulgador o aventurero o mezcla de todo ello, que acude —y al parecer ha ido allí en otras ocasiones— a visitar los restos y el contaminado entorno. El acceso solo se autoriza al personal técnico y científico, y se refiere a la zona de exclusión, esto es, la arrasada y permanentemente radiactiva región prohibida, vigilada y aislada, que abarca una distancia de treinta kilómetros de terreno en todas direcciones en torno al reactor reventado y que incluye distintos depósitos de vehículos y material radioactivo, además de restos de todas clases.

1. Tierra devastada

El ingeniero deambula por el territorio del suceso de un modo muy independiente, aunque es de suponer que no le habrán dejado moverse a su aire sin vigilancia, sin asistencia o, pura y simplemente, sin control. Sin embargo, la presentación de sus andanzas sigue pareciendo personal, voluntaria e intensa. Al principio recorre las oficinas técnicas actualmente en funcionamiento, que controlan y administran la zona del suceso (donde había además otros tres reactores nucleares funcionando, aunque creo haber leído en alguna información que ya no están en uso) y se entrevista con el personal científico que controla la zona.

Además se somete a controles físicos para tenerlos de referencia para los posteriores a los que se someterá cuando ya habrá acumulado radiación en el cuerpo, y recibe la información protocolizada sobre uso de trajes, máscaras, límites máximos de exposición personal, el manejo constante del contador de emisiones, que no es ya el famoso Geiger, aparatoso y chillón, sino que se trata de aparatos manuales digitalizados parecidos a un teléfono móvil de tamaño pequeño.

Luego visita la sala de mando antigua, abandonada, oxidada, despintada y desordenada, donde se produjo el desfase técnico que reventó el reactor número cuatro de la central y que no es más que una lamentable ruina de lo que fue cuando estaba en uso, como se comprueba en referencias retrospectivas también ofrecidas por los documentales. En ellas se nos presenta en momentos anteriores al desastre y todavía funcional, aunque con un aspecto estético a la soviética, esto es, sin ninguna estética. Ya sé que son años de por medio pero todo ello contrasta con la limpieza, el brillo, la pulcritud y el orden que se puede ver en otras filmaciones sobre el episodio destructivo sucedido en Fukushima en tiempos más recientes, y sobre la contención de los efectos del reactor afectado, las reordenaciones y previsiones de la manipulación, y eso sin detallar la retirada de restos, reposición de entornos, recuperación de ciudades y población, bien definida y estructurada en la ciudad japonesa que fue la más afectada por el accidente nuclear ocurrido en Japón, en su día.

Volviendo a Chernobil, en las referencias retrospectivas de la época me he fijado, por ejemplo, en la ropa oficial de los técnicos de la central, con el diseño soviético —igualitario a la baja— de las batas blancas de los empleados en activo en los años ochenta, que parecen prendas demasiado básicas para actuar en el corazón de un establecimiento nuclear. No es, por mi parte, una falta de respeto a una época pasada y mucho menos hacia las personas que los vestían y que se enfrentaron en primera línea a los acontecimientos, dado que su ropa de trabajo, sin duda, no la eligieron ellos ni en principio afectaría a la calidad de su labor. Además de ser un simple comentario superficial, de lo visto en esa filmación no se distinguía ningún elemento de seguridad individual visible, tal vez porque no se habrían planteado que ocurriera un suceso tan destructivo. Por supuesto, me estoy refiriendo a imágenes de un suceso muy anterior en el tiempo y una situación social geográfica y también territorialmente lejana.

Pero volviendo al periplo del ingeniero visitante, el mismo nos plantea durante su «paseo» determinadas dudas (antes no precisadas) sobre la causa del suceso: no nos explica cuáles sean sobre cómo pudo ocurrir un fallo de tal categoría destructiva consiguiente, si fue un eventual fallo de manipulación, o incluso el resultado de eventuales defectos funcionales en el protocolo técnico de construcción de la central, ya fueran referidos al diseño del tablero de comando o bien por la propia formulación del horno nuclear.

2. Víctimas

Mientras especula acerca de la causa del suceso, alcanza los sótanos inundados en las cercanías del reactor, siempre midiendo la radiactividad que constantemente produce avisos y, al aumentar, se enfunda un traje de faena liviano. Explica que el nivel de radiactividad puede transmitirse directamente a los pulmones y llegar a causar la muerte, en ocasiones incluso con poca exposición. Ahí se requiere el elemento protector que es la máscara y que, en estos momentos más actuales, presenta un aspecto profesional muy diferente de las rígidas de faena que ni siquiera se ajustan bien al rostro. Que eran las que llevaban, según las antiguas filmaciones, los trabajadores, técnicos y auxiliares en los momentos inmediatos a la explosión.

Evaluando este riesgo que corrieron, y sufrieron, cientos y luego miles de personas, el ingeniero visita el interior del abandonado hospital de la ciudad inmediata, Pripyat, en Ucrania, abandonada y solitaria. El hospital sin servicio es una pura ruina por fuera y un caos asqueroso por dentro. Deambula por salas, eludiendo restos, escombros y enseres destrozados, midiendo siempre las emisiones y, a veces, actuando con prudencia ante determinadas subidas en las mismas.

Mirando a los sótanos desde un piso superior, distingue algo que le impulsa a descender para revisarlo y consigue penetrar al interior a través de un agujero en el muro, con las dificultades consiguientes. En esa zona había percibido desde arriba un extraño vertido de arena que parecía ocultar algo y, como las alarmas del contador arreciaban, decidió comprobarlo en el propio subsuelo. Una vez abajo, tiene minutos contados para salir del lugar después de descubrir que hay restos de viejas ropas amontonadas y, sobre todo, botas por allí tiradas y semiocultas en fango y agua y que son las que producen un nivel desaforado de radiación.

Se da cuenta de que son los desechados ropajes de los bomberos que acudieron a sofocar el fuego de modo inmediato después de la explosión, y cuyas ropas fueron retiradas a toda prisa tras su ingreso en el hospital, y desechadas hacia los sótanos para minimizar la radiación que tuvieran acumulada y que allí continuaban, después de tantos años. Los bomberos fueron de las primeras víctimas por causa de la exposición radiactiva que sufrieron durante su intervención inmediata.

Y después de ellos, también recibirían radiactividad una parte de las brigadas de limpieza (a los que se les llamó «liquidadores») que trabajaron en la estructura entre escombros con ropa ordinaria, sin más precaución que las mascarillas blancas y durante los minutos máximos que les indicaban para retirar restos. Esta acción de las brigadas era especialmente importante para despejar de escombros la cubierta superior del reactor tres, anexo al cuatro (que es el que estalló) por los restos que volaron de una a otra cúpula con la explosión y que eran recogidos con palas y retirados de la zona con medios básicos.

También afectó la radiactividad de forma directa a los pilotos y tripulación de los helicópteros que, para intentar sofocar la columna de emisiones que se distribuía por la atmósfera, fueron enviados con cargas de arena hasta soltarlas situándose encima del agujero nuclear, tratando de colmatar el hoyo que dejó el reactor, y que recibieron la radiación directa en sus personas y aparatos. He leído algunas estimaciones del número de personas que resultaron radiadas, considerado entre quinientas y seiscientas mil víctimas, pero no he aclarado si también se incluyen, o no, a los afectados por las secuelas y enfermedades de desarrollo posterior que habrán aumentado el número de afectados.

Debido a una apresurada solución inmediata, sepultaron también, al cubrirlo con arena y luego con la primitiva cubierta cementada, el combustible nuclear que, por lo tanto, no fue retirado sino que sigue allí, cociéndose en su macabro «caldero». He leído en una publicación que ese reactor cuatro almacenaba 189 toneladas de combustible nuclear, de ellas representando algo más de 3.500 kilos el uranio en estado puro. Y en otra lectura, que el combustible dejado allí representa el 90 % del que había en los momentos anteriores a la explosión.

Incluso días después de la catástrofe, se llegó a considerar que la potencia de esa combustión permanente acabaría horadando el basamento inferior aislante del propio horno, y entonces el magma nuclear podía acabar filtrándose hasta la capa freática y por mayores extensiones de terreno, trasladando la contaminación a sectores aún más lejanos. Por eso, a continuación del suceso, se procedió a realizar una excavación subterránea, que intentaba reforzar la zona inferior del horno nuclear, acercándose al mismo abriendo un túnel bajo tierra. Supongo que entonces no existían las tuneladoras, o no se recurrió a ellas, o no era factible técnicamente, porque se ven filmaciones de los operarios en su actividad subterránea, dudosamente ventilada, semidesnudos por el calor, trabajando con palas a enormes velocidades para sacar la arena y construir el túnel, relevándose unos a otros constantemente durante veces sucesivas.

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391 str. 2 ilustracji
ISBN:
9788468559278
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Bookwire
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