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El despertar de la bruja de hielo
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Sara Maher 2020
© Editorial LxL 2020
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: abril 2020
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-17763-59-6
el despertar
de la
Bruja de hielo
cazadores de leyenda
vol.1
Sara Maher
Para Anabel, durante muchos años cazamos a nuestros
particulares monstruos del armario.
Indice
Agradecimientos
1
Niebla
2
Sombra
3
Huida
4
Cazadores
5
Iris
6
Espiritus
7
Simbolo
8
Demonio
9
Pureza
10
Astral
11
Sangre
12
Feromonas
13
Trampa
14
Rescate
15
Serpientes
16
Enemigo
17
Colores
18
Maldicion
19
Plan
20
Chiave
21
Cuatro
22
Bestia
23
Despedida
Continuara...
Biografia de la autora
Agradecimientos
Son tantas las personas a las que me gustaría agradecer su apoyo constante e incondicional, que me faltarían palabras para poder expresar todo lo que siento.
Pero en este momento, en el día en que escribo estas frases, en mi pensamiento están todos esos trabajadores que salen a la calle para librar una batalla, una guerra contra un enemigo invisible que jamás imaginamos que nos golpearía tan fuerte. Confinada, y desde mi ventana, observo la lluvia caer deseando que sea una señal de tregua, y que tras esta aparezca un brillante arcoíris para indicarnos que todo ha acabado.
Gracias a todos los sanitarios del mundo, quienes se han convertido en nuestros ángeles de blanco, por ser valientes, por no renunciar a pesar de terminar exhaustos cada jornada, en especial a mis compis de la promoción XVI de enfermería, con los que compartí nervios, experiencias inolvidables y muchas alegrías. Gracias Mariluz, Nuria y Mili.
Mi gran aplauso a quienes se encuentran detrás de los teléfonos, gestionando el torrente de llamadas en esta crisis, entre ellos, el personal del 112 de Canarias. Antes de salir de casa, mi hermana Anabel, siempre nos dice «Me voy a salvar el mundo», hoy más que nunca esas palabras cobran sentido para mí. Gracias Verónica, Bety y Nacho.
También mi agradecimiento va para todos esos psicólogos que de manera gratuita, han ofrecido sus servicios, dedicando frases de aliento y ahuyentando esas emociones negativas que nos invaden con crueldad, y llegan a quebrar nuestra esencia. Gracias Luca, Ana y Lorena.
No me olvido de mis compañeros del aire, quienes con entrega e ilusión, han facilitado el regreso a casa de miles de turistas atrapados. Gracias Elsa, y a todo mi equipo de Tenerife Norte.
En mis pensamientos también están todo el cuerpo y las fuerzas de seguridad, quienes velan por nosotros en estos meses de incertidumbre. Agricultores, ganaderos, repartidores, dependientes, y a todos los que no han cesado de trabajar para que a los demás no nos falte de nada en casa. Gracias Carolina.
Gracias a mi familia y amigos, nos mantenemos distantes en el confinamiento, pero cerca en nuestros corazones. Después de esto, todos mis cafés pendientes tienen que celebrarse más que nunca.
Gracias a todos los niños, que se están portando como campeones, y dibujan grandes arcoíris iluminando nuestros días grises. Gracias Sam, Ariadne, Daniela, Hugo y Eric.
Y a todos aquellos que con responsabilidad y sensatez han decidido quedarse en casa.
Este enemigo no conoce fronteras, ni lenguas ni razas. Nos ataca a todos por igual. Nos ha mostrado lo débiles que somos, pero también lo fuertes que podemos llegar a ser. Ya es hora de que reflexionemos y entendamos que no necesitamos armas biológicas, ni de ningún tipo. No se trata de combatir a nuestros hermanos, quienes poseen iguales derechos porque todos hemos nacido en el mismo mundo, bajo el mismo sol. Se trata de salvar juntos nuestro hogar, un lugar llamado Tierra.
«Y aunque el miedo tenga más argumentos, elige siempre la esperanza», Séneca.
Finalmente, gracias a toda mi familia de Lxl por hacer posible la edición de este libro, y a todos los lectores que cada día me brindan sus muestras de afecto. Espero que esta trilogía cale tan hondo como lo ha hecho el mundo mágico de Silbriar.
1
Niebla
El calor era sofocante, casi abrasador, tanto que percibía cómo la sangre borboteaba bajo su piel. Además, la nauseabunda mezcla de un asfalto interminable, con el inconfundible olor a carburante, no ayudaba a aligerar el ambiente cargado dentro del vehículo. Sofía bajó aún más la ventanilla trasera, esperando recibir una bocanada de aire fresco. En lugar de ello, el intenso perfume a romero la hizo marearse ligeramente y apoyarse en el respaldar. Odiaba ese viaje. Pasar unas «increíbles» vacaciones de verano en un castillo medieval junto a sus padres y su hermano pequeño no entraba en su concepto de diversión. Habría preferido tumbarse al sol en la espléndida playa de San Juan con sus inseparables amigas. ¡Tenía diecisiete años! ¡Derecho a decidir! Y por eso había protestado, vociferado y amenazado a sus padres con no volver a hablarles en la vida. Sin embargo, allí estaba, en esa carretera desértica, camino a Dios sabía qué lugar inhóspito de La Mancha.
Trató de distraerse contando los innumerables arbustos que adornaban la carretera. Pensaba que así podría calmarse, olvidar el creciente malestar que bullía en su interior y que impedía que se adormentase durante el trayecto, pero incluso ese juego estúpido la aburría. El paisaje era árido y endiabladamente tedioso. De vez en cuando, alguna encina solitaria trataba de rellenar una estampa seca y poco coloreada, en la que únicamente el violeta pálido de unas flores casi moribundas se atrevía a desafiar al dorado de las pequeñas colinas. Sofía contempló de nuevo el azul inmaculado de un cielo desértico, sin nubes, y volvió a sumirse en un profundo desasosiego.
Con los párpados entornados, observó los cabellos morenos de su madre que asomaban tras el respaldo. Ella, siempre tan seria, tan protectora… Se aferró al talismán que le pendía del cuello y recordó las palabras con las que la había agredido antes de salir: «¡Tú no eres mi madre!». Ella no le había respondido. Se había limitado a encajar el golpe y a continuar doblando las camisetas de su hermano.
Sofía era consciente de que había sido injusta con ella y de que la había herido con crueldad. Sus padres nunca le habían ocultado la verdad: la habían adoptado cuando apenas contaba con un año, desconociendo su verdadera procedencia. El único vestigio que poseía de sus padres biológicos era aquel talismán, una especie de cruz con dos brazos horizontales, el primero más corto que el segundo, grabada a fuego en una esfera metálica. Su padre, intuyendo la importancia que este albergaría para ella, había estado alargando el sencillo cordón marrón del que pendía al mismo tiempo que crecía.
—Papá, ¿falta mucho? Tengo ganas de ir al baño.
—Ya estamos llegando, Cris.
—Más vale que sea pronto, si no, vas a tener que parar el coche —le contestó, arrugando la nariz—. No creo que aguante tanto.
La impertinencia de su hermano hizo que esbozara una sonrisa de medio lado, y él la obsequió con una mirada cómplice. Entonces, reflexionó con lo irónico que podía resultar el destino a veces. Ocho años después de su adopción, su madre había descubierto que estaba embarazada. Después de tantos abortos y de someterse a numerosos tratamientos de fertilidad, había aceptado con amargura que nunca podría engendrar un hijo. Estuvo años sumida en una profunda depresión, la tristeza había llenado su alma vacía y la culpa revoloteaba incesante sobre sus pensamientos, hasta que su padre le propuso la adopción. Al principio, ella descartó esa descabellada idea; no podría querer a un hijo que no naciera de su vientre. Pero hablaba la rabia y el resentimiento, porque en cuanto tuvo a Sofía en sus brazos, supo que iba a amarla toda la vida sin ningún tipo de condición. Y así, cuando menos lo esperaba, sucedió el milagro y llegó su hermano. «Un angelito caído del cielo», había dicho.
El parecido de Cris con su madre era innegable: labios finos, pómulos resaltados y ojos almendrados. Ella, en cambio, ignoraba el origen de sus particulares ojos añiles y de los graciosos bucles que adornaban sus cabellos ondulados.
—Ahí está el hotel —les anunció su padre con satisfacción.
El grandioso castillo se erguía solemne sobre una colina. Sus muros homogéneos le donaban el aspecto de una fortaleza impenetrable, recia, que lo obligaba a adoptar la firmeza de un guardián custodio oteando el horizonte con soberbia e interés. Desde la lejanía, Sofía pudo distinguir los seis torreones que coronaban el fuerte: seis imponentes estructuras con coloridos estandartes que desafiaban al mismísimo cielo. A medida que se acercaban al castillo, el pueblo que descendía dispar sobre una de sus laderas se hacía más visible. Los tejados eran rojizos, a dos aguas, rematados con anchas chimeneas de piedra caliza, y las gruesas paredes presumían de un blanco casi impoluto, roto únicamente por el inescrutable paso del tiempo. Parecía una villa arrebatada de un cuento infantil y ubicada en aquellas tierras solitarias con el único propósito de embellecer el paisaje.
El vehículo inició por fin el ascenso por el serpenteado camino de tierra. Al primer bache, Sofía no pudo evitar refunfuñar. Se lamentó de que las torpes ruedas no supieran esquivar las piedras. Su madre la recriminó con una mirada de soslayo, y ella, resignada, apoyó la cabeza sobre el brazo que volaba libre en el exterior de la ventanilla. Contempló entristecida la desoladora estampa, y sintió lástima de un pequeño bosque de encinas que luchaba por sobrevivir en aquel tosco paraje.
Alzó la vista al llegar, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. La monumental fachada proyectaba su sombra tenebrosa sobre ellos como si quisiera atraparlos, engullirlos hasta hacerlos desaparecer de la faz de la Tierra. Tras un suspiro de resignación, subió la escalinata del hotel y, siguiendo a sus padres, se adentró en él. Esperaba encontrarse con muros grises y con fotografías tétricas colgadas sin ningún orden en sus toscas estancias. En cambio, se llevó una sorpresa grata al descubrir un espacioso y luminoso vestíbulo. Los amplios ventanales permitían la entrada a un torrente de luz que desbordaba hasta a los más recónditos rincones. Las ligeras cortinas verdes nada podían hacer para contener los rayos de un sol estival. Sofía recibió el aire acondicionado del hotel como una brizna fresca y relajante después de tantas horas de bochorno pegajoso.
Mientras su padre charlaba animosamente con el recepcionista, ella observaba a una pareja de turistas situados bajo un grandioso arco de medio punto que daba acceso al restaurante. Vestían ropa y calzado cómodos. A su lado se encontraba un chico de unos quince años, con los cabellos despeinados y cara de pocos amigos, que se limitaba a vagar con la mirada, aferrado a unos auriculares. Era evidente que tampoco quería estar allí. Como si adivinara que ella lo examinaba, posó sus ojos en Sofía. Ella le sonrió con solidaridad; al fin y al cabo, se encontraban en la misma situación. Pero él le respondió con un gesto obsceno: alzando su dedo corazón. Apartó la mirada, molesta, y atendió a las aburridas indicaciones del recepcionista.
Una vez en la tercera planta, abrió la puerta de la habitación. Debía quedarse con Cris, y por eso se sorprendió al descubrir una única cama de matrimonio con un ridículo dosel que le otorgaba un porte señorial a la estancia. El tul blanco caía a los lados del lecho como el agua fresca en un delicado manantial. Los cojines, también inmaculados, adornaban el fino edredón azul turquesa. A ambos lados había una mesa de noche con una lámpara original: la pantalla de tela era un paraguas de encajes abierto que sujetaba la figura de una dama. Volvió la vista hacia la cama, mostrando su desagrado.
—¿Y se supone que yo tengo que dormir aquí con Cris? —preguntó a regañadientes.
—¿Cuándo vas a dejar de quejarte por todo? —le reprochó su madre—. Ya nos has dejado claro que no quieres estar aquí. En esta cama pueden dormir tres personas. No creo que tu hermano ocupe tanto espacio.
Sofía no quiso seguir discutiendo. Su madre era como un muro de acero inaccesible, y siempre tenía la última palabra. Comenzó a deshacer la maleta y a colocar varios vestidos en el armario sin ningún entusiasmo. Sí, aquellas iban a ser unas vacaciones de ensueño, en medio de la nada y compartiendo cama con su hermano. Soltó una larga exhalación. Al menos había una tele de pantalla plana con la que podría distraerse si el enano comenzaba a darle la lata.
—Ahora, mejor que todos nos demos una ducha y bajemos a cenar —les ordenó su madre—. Y vigila a tu hermano. Voy a deshacer el equipaje.
Cris entró en el baño y ella se dejó caer sobre el cómodo colchón. El viaje por carretera había sido interminable, estaba agotada y sudada, y si fuera por ella, pasaría de la cena y se metería directamente bajo las sábanas. Pero arrastró los pies hasta el tocador y observó su rostro en el pomposo espejo ovalado. Su piel blanca parecía más seca que nunca, y su larga melena castaña clara había perdido su brillo, ambas reflejo del estado de ánimo en el que estaba sumida. Se recogió el cabello ondulado en una improvisada castaña, liberando su nuca del constante sofoco. El sudor se había adueñado de todo su cuerpo. ¡Necesitaba esa ducha ya!
—Cris, ¿ya has terminado? —Atisbó el flequillo alborotado de su hermano asomar por la puerta del baño—. Ponte la ropa que te ha dejado preparada mamá sobre la cama. ¡Y después vas a dar con ellos!
—¿Puedo jugar luego a la consola?
—Después de cenar, puedes jugar todo lo que quieras. Estamos solos tú y yo en el cuarto —dijo riendo mientras le secaba la cabeza—, así que nadie va a regañarnos por no acostarnos temprano.
Cuando bajó al restaurante, sus padres ya se habían encargado de escoger mesa. Cris jugaba a los soldados con los cubiertos mientras su madre, ensimismada, leía una guía de viajes. Fue su padre quien la vio llegar a través de sus gafas de pasta, y le hizo señas con la mano. Ella se acercó y tomó asiento. Echó un vistazo a su alrededor y comprobó encantada que el restaurante era un bufé. Muchos clientes caminaban de un lado para otro con los platos a rebosar, haciendo equilibrios para llegar a sus respectivas mesas, y otros se agolpaban en la sección de cocina caliente. Sin embargo, ella, inevitablemente, clavó la mirada en la extensa selección de postres. No sabía cómo hacer hueco en el estómago para tanto dulce. Entonces observó a una curiosa camarera que contaba los trozos de tarta con detenimiento. Llevaba un sencillo vestido negro con cuello blanco y un discreto delantal, y en la cabeza portaba una cofia impoluta que le ocultaba parte de su cabello negro. Sofía permaneció atenta a sus movimientos. Iba de un lado para otro, haciendo recuento de platos y cubiertos e ignorando a los clientes, hasta que desapareció tras la puerta que llevaba a la cocina.
—¿Ya has pensado qué quieres comer? —Su padre se levantó con el plato en la mano—. Yo voy a echar un vistazo.
—Creo que empezaré por un poco de ensalada. Hace mucho calor.
—Pues yo voy a comerme un plato lleno de patatas fritas. —Cris corrió hacia su padre—. ¿Puedo, mamá?
—Sí, pero no comas mucho, que luego tienes pesadillas.
Después de una cena ligera, Sofía regresó a la habitación. Al entrar, una brisa gélida la sobresaltó, y un repentino escalofrío volvió a adueñarse de su espina dorsal.
—Cris, ¿has estado jugando con el aire acondicionado? ¡Esto parece un congelador! —Su hermano negó con la cabeza mientras ella manipulaba la ruedecilla del aire, sin ningún éxito—. Vamos a tener que esperar a mañana para que nos resuelvan el problema.
Los dos estaban tan agotados que resistieron con los ojos abiertos pocos minutos. Ella soñó que caminaba descalza, con un largo camisón, por la orilla de un lago cristalino. Se acercó al agua e introdujo los pies; estaba fría, casi congelada. Reparó entonces en una figura enigmática que la espiaba desde el otro lado del lago. Era una mujer rubia, con el cabello largo y ondulado y unos profundos ojos azules. La disuadía de jugar con el agua y la advertía de que era muy peligroso acercarse demasiado. De improviso, su inseparable talismán comenzó a emitir destellos azulados. Sofía lo observó perpleja, ya que nunca había hecho nada parecido. Extrañada, comenzó a tiritar. Tenía mucho frío, todo su cuerpo temblaba, y por mucho que se frotara los brazos con las palmas de las manos, no conseguía entrar en calor.
Se despertó, y descubrió sorprendida que tenía la piel de gallina. Se aferró al edredón y se cubrió hasta la barbilla. «Maldito aire acondicionado», pensó. Trató de conciliar el sueño de nuevo, pero el improvisado invierno que reinaba en la estancia se lo impedía. De repente, el edredón empezó a retirarse de su cuerpo, plegándose hacia atrás sin que nadie lo tocara. Lo agarró con fuerza y tiró de él, maldiciendo a la camarera de piso que había preparado la cama. Pese a sus esfuerzos, Sofía no logró que se mantuviese quieto. Desconcertada, se sentó cruzando las piernas. La colcha continuó retirándose sola, y esa vez, al llegar al final, cayó lentamente y rodó por el suelo. Miró a su izquierda y comprobó que su hermano seguía durmiendo. Se levantó y, molesta, la recogió. Cubrió a Cris y volvió a meterse bajo las sábanas. No había pasado ni un minuto cuando el edredón repitió la misma operación. Observó esa vez cómo las sábanas lo acompañaban en una extraña maniobra de complicidad para dejarla sin cobijo.
De pronto, divisó perpleja cómo una densa neblina comenzaba a formarse alrededor de la lámpara del techo. Aquello ya era demasiado. ¿Qué demonios estaba pasando? La insólita bruma descendía caprichosa inundando la estancia, y ella, visiblemente inquieta, ahogó un grito cubriendo su boca con la mano.
—¡Cris, despierta! —Sacudió el hombro de su hermano incesantemente—. ¡Por favor, Cris, levanta!
Estaba aterrada. Bajó de la cama sin apartar la mirada de la inquietante niebla, y entonces, tal y como había sucedido en su sueño, la esfera del colgante comenzó a girar alocadamente y a emitir destellos inauditos. Se aferró a la bola metálica, intentando frenarla, y al comprobar que era una tarea imposible, trató de recordar los rezos con los que su madre solía arroparla cuando era pequeña. Aunque no sirvieran de nada, al menos conseguirían tranquilizarla, pero a duras penas balbuceaba frases inconexas. De repente, la neblina se abalanzó sobre ella. Saltó de nuevo a la cama y retrocedió hasta que su espinilla chocó contra el espaldar. Gritó.
Desesperada, llamó a Cris una y otra vez, pero él no respondía. No comprendía cómo podía seguir durmiendo en tales circunstancias; algo estaba atacándola y él parecía ajeno a todo lo que estaba sucediendo. Tenía que salir de allí. Buscar ayuda. Divisó la puerta a pocos metros. El corazón le bombeaba tan rápido que pensó que se le saldría por la boca. Insufló aire hasta hinchar sus pulmones, cogió impulso para llegar hasta ella y corrió como si le fuera la vida. Sujetó el pomo con fuerza y lo giró varias veces, pero descubrió atemorizada que no conseguía abrirla. Estaba atascada. De reojo, comprobó cómo la neblina se precipitaba de nuevo hacia ella. Con las dos manos, manipuló una y otra vez el tirador de la puerta, sin éxito. En ese momento, la bruma llegó, rozándole la cara, y por un instante, los segundos se alargaron hasta parecer días enteros. La gélida nube acarició lentamente su piel, y percibió estupefacta cómo sus labios se tornaban violáceos casi al mismo tiempo que observaba paralizada cómo el aliento que salía de su boca entreabierta quedaba suspendido en el aire. No podía chillar, ni siquiera moverse, y cuando pensó que la extraña niebla penetraría en sus huesos hasta congelar sus órganos, la puerta se abrió.
Corrió frenética hasta la habitación de sus padres y aporreó la robusta madera con saña a la vez que pedía ayuda. Finalmente, su padre la abrió. Ella atisbó su rostro confuso mientras terminaba de colocarse las gafas. Sus ojos marrones parecieron agrandarse al verla pálida y temblando de frío en el pasillo.
—Sofía, ¿qué pasa? —le preguntó, todavía adormilado—. ¿Qué hora es? ¿Qué estás haciendo aquí?
Oyó a su madre murmurar algo desde la cama.
—No lo sé, Elena… Sofía está aquí… —le contestó él.
—Hay algo en mi habitación… —dijo por fin.
—¡¿Qué?! ¡¿Quién ha entrado?! —Su rostro sonrosado perdió el color de un plumazo.
Antes de que pudiera contestar, su madre ya abandonaba la habitación y se dirigía desesperada hacia la de ella.
—¡¿Dónde está Cris?! ¡¿Lo has dejado solo?! —gritó histérica.
Ambos se precipitaron en la estancia llamando angustiados a su hermano. Sofía entró tras ellos, sollozando. Cris continuaba durmiendo a pierna suelta, y se despertó al escuchar la voz de su madre.
—¿Qué pasa? ¿Ya es de día? —Se restregó los ojos y miró a sus padres, buscando una respuesta.
Ninguno dijo nada. Reprimiendo las lágrimas, Elena lo abrazó mientras su padre inspeccionaba el baño y las dos ventanas del cuarto. Recorrió hasta el último milímetro de la estancia sin pronunciar palabra alguna. Finalmente, rompió el silencio:
—Aquí no hay nadie —dijo, y se encogió de hombros—. ¿Qué es lo que has visto exactamente?
—No estoy segura… Había algo…, y quería atacarme —logró musitar.
Su madre se incorporó de un salto y se encaró con la chica:
—¡¿No será otra de tus tretas para fastidiarnos las vacaciones?! ¡Porque estoy empezando a cansarme! ¡Nos has dado un susto de muerte! Pensé que a tu hermano…
—¡Déjalo, Elena! Lo importante es que no ha pasado nada grave y que los chicos están bien. —La sujetó con ternura por los hombros—. Ahora, será mejor que todos volvamos a la cama.
—No pienso dormir aquí, papá… Estoy asustada… —Sofía seguía temblando.
Antes de que su madre interviniera, su padre contestó:
—Bien, entonces yo dormiré aquí con Cris. Y tú puedes ir a nuestra habitación.
Le costó conciliar el sueño de nuevo. No podía apartar de su mente la imagen de aquella misteriosa niebla, tan repentina y aterradora, mientras intentaba elaborar una explicación razonable a todo lo sucedido. El frío, las sábanas, la nube densa… ¡Era todo tan irreal! ¿Habría sido una pesadilla? ¿La habría traicionado su imaginación? Cris no se había inmutado; ni siquiera cuando ella gritó desgañitada llegó a percatarse de lo que estaba ocurriendo. ¡¿Por qué?! ¿Acaso no la habría escuchado? ¿O es que todo había sucedido en un sueño?
Le dolía la cabeza. Su madre ya dormía, mientras que ella se revolvía en la cama, incapaz de mantener los ojos cerrados dos segundos seguidos. Finalmente, tras varias horas de lucha consigo misma, el sueño la venció.
Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para despegar los párpados. Le pesaban como dos yunques de hierro depositados a propósito sobre la cuenca de los ojos, y sentía un martilleo continuo en las sienes que le impedía pensar con claridad. Atisbó a su madre sentada junto a ella. Tenía sus lacios cabellos morenos recogidos en una larga coleta.
—¿Qué tal estás? ¿Te encuentras mejor? —Sonreía mientras posaba la mano en su frente—. Anoche tuviste algo de fiebre.
—Solo estoy algo cansada —murmuró, incorporándose.
—Sofía, perdona… Fui algo brusca contigo. Estaba enfadada porque sabía que no querías venir aquí —le confesó consternada—. Y, en parte, tenía miedo de que ya no quisieras pasar tiempo con nosotros… Has crecido tan rápido que me parece increíble que te hayas convertido ya en una mujercita.
Su madre se levantó y continuó hablando mientras descorría las cortinas. La luz de la mañana inundó la habitación. Sofía parpadeó varias veces para adaptarse a la incómoda claridad.
—¿Tienes hambre? Nosotros hemos desayunado ya. No he querido despertarte tan temprano. Has pasado mala noche y prefería que descansaras. Pero puedes bajar a la cafetería y pedirte algo.
—Vale, me doy una ducha y bajo.
—¿Necesitas ayuda? —Ella le contestó negando con la cabeza—. De acuerdo… Tu padre y tu hermano van a bajar al pueblo y visitar la catedral. Imagino que no tienes ganas de acompañarlos. Yo me quedaré aquí contigo. Ya iremos a la catedral otro día. Voy a buscar algo de ropa a tu habitación. ¿Tienes alguna preferencia?
—Lo primero que encuentres estará bien.
—Vale, te la dejo en la cama. Estaré esperándote en la cafetería. ¡No tardes mucho!
Cuando estuvo lista, Sofía prefirió bajar los escalones anchos de piedra del castillo antes que usar el ascensor. Su madre le había preparado un vestido ligero azul celeste y unas sandalias marrones. Volvía a hacer un calor espantoso, y ni siquiera el aire acondicionado lograba mitigar esa constante sensación de asfixia. La divisó cerca de la cafetería, sentada en uno de los lujosos sofás de cuero y leyendo un libro. Al contrario que ella, Elena era una gran aficionada a la lectura. Podía pasarse horas y horas leyendo, abstraída de todo lo que sucedía a su alrededor. Sofía debía admitir que no era una gran apasionada de las letras. Prefería la música y cantar, aunque desafinase a pleno pulmón bajo la ducha.
—¿Ya estás aquí? —le preguntó, colocando cuidadosamente el marcador por la página que leía—. Será mejor que comas algo.
Pidió un café con leche y unas tostadas. Mientras escuchaba los planes de su madre para los próximos diez días, divisó a la curiosa camarera del día anterior al fondo de la sala. Pasaba el plumero por un impresionante piano de cola. La mujer reparó en que la joven la observaba y le dedicó una sonrisa amable. Sofía seguía preguntándose por qué insistía en llevar esa cofia tan ridícula en la cabeza cuando era evidente que las demás pasaban de ella.
Devoró el desayuno y acompañó a su madre hasta el patio interior del castillo. Era enorme. Había un pozo colosal en el centro, engarzado con hierro negro y ladrillo rojo. Alrededor de él, setos de metro y medio de altura cuidadosamente podados formaban figuras concéntricas. Se abrían en los laterales, creando varios senderos estrechos. Así, todos los caminos conducían hasta el asombroso epicentro. A lo largo de aquel laberinto artificial, podías disfrutar de sus bancos de madera y sumergirte en el bello jardín que habían creado.
La joven paseaba junto a su madre, quien continuaba enumerándole los increíbles parajes naturales de la zona, impresionada por su riqueza ambiental. Sofía alzó la barbilla y observó el cielo inmaculado. El brillo del sol la cegó por un instante. A pesar del grueso muro medieval que rodeaba el patio, pudo divisar la cadena de colinas a su izquierda. Mientras, a su derecha, asomaba el esbelto campanario de la catedral.
Continuaba ensimismada en el camino hacia el pozo sin prestar mucha atención al discurso de su madre. Reparó entonces en una mujer de mediana edad que estaba sentada en el banco más próximo al pozo. Sollozaba. Vestía un largo traje blanco de mangas estrechas, con un cuello excesivamente alto y sobrecargado de encajes. Una pamela de enormes dimensiones con adornos florales violetas cubría parte de su rostro afilado. La señora secaba sus lágrimas con un delicado pañuelo de seda.
Sofía llegó al pozo sin apartar la vista de aquella mujer singular.
—¿Hay una fiesta de disfraces o algo parecido en el hotel? —le preguntó a su madre, que continuaba absorta ideando sus nuevos planes de viaje.
—No que yo sepa. ¿Por qué lo preguntas?
—Esa mujer del banco viste como si fuera del siglo pasado.
—¿Qué mujer, cariño? —Arrugó el rostro a la vez que dirigía la mirada al lugar que le señalaba su hija.
—La señora de blanco…, la que está llorando.
Elena examinó el banco que le indicó. Estaba vacío. No había nadie sentado en él. De inmediato y alarmada, posó su mano sobre la frente de Sofía para comprobar si volvía a tener fiebre. Ella la apartó con brusquedad y la miró de forma interrogante.
—Sofía, en ese banco no hay ninguna mujer… No sé qué es lo que estás viendo, pero tu mente te está jugando una mala pasada. —Se aclaró la voz, dejando entrever su preocupación—. Cariño, ahí no hay nadie.
Sofía depositó de nuevo la mirada sobre él, y allí continuaba la mujer, sujetando el pañuelo con sus largos y finos dedos. De repente, alzó elegantemente la cabeza y la miró. Sofía sintió que se mareaba. Esa mujer le suplicaba con ojos compasivos, como si quisiera que la ayudara. ¡Existía! ¡Ella la veía! ¿Qué demonios estaba pasando?
Corrió hacia el interior del castillo sin volver la vista atrás. Podía escuchar el ritmo acelerado de su corazón. Bum, bum, bum… Apenas podía respirar; la laringe se le estrechaba y el pecho la oprimía. Escuchaba a su madre llamarla con insistencia, pero no se detuvo. Entró en el salón y buscó la salida. Tenía que escapar del castillo. Ese sitio estaba volviéndola loca.
De repente, una figura apareció ante ella y Sofía frenó su carrera. Era la misteriosa camarera de la cofia blanca. Al examinarla de cerca, reparó en su extrema palidez. Sus labios apenas tenían color y sus ojos eran opacos, como dos piedras negras carentes de brillo colocadas en su rostro a la fuerza.
La camarera acercó su boca a la oreja de la chica y le susurró:
—¡Algo oscuro se acerca! ¡Vete de aquí!
2
Sombra
Sofía abrió lentamente sus ojos índigos y, para su sorpresa, descubrió que se encontraba en la habitación. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Trató de incorporarse y se presionó las sienes con las yemas de los dedos. Le dolía de nuevo la cabeza y le costaba mantener los párpados abiertos. Ignoraba cuánto tiempo llevaba acostada en la cama, pero imaginó que debía ser demasiado, ya que tenía el cuerpo molido y la espalda entumecida. Divisó a su padre caminando de un lado a otro mientras hablaba por el móvil. En cuanto la vio incorporarse, corrió hacia ella.
—Hola, dormilona, ¿cómo te encuentras? —Su tono cariñoso la hizo sentir todavía más vulnerable—. Te has desmayado.
—No recuerdo mucho… —contestó, todavía confusa.
—He hablado con un médico del pueblo y lo he convencido para que venga a verte al hotel. Me ha dicho que la fiebre puede haberte causado el desmayo.
—Papá, no me gusta este sitio —le confesó con apenas un hilo de voz—. ¡Quiero irme! ¡Pasan cosas raras!
Él le lanzó una mirada compasiva que la hizo sumirse aún más en un profundo pesar. A continuación, apretó los labios y aguantó la respiración unos segundos. Tras un largo suspiro, habló con un nudo que le oprimía la garganta:
—Tu madre me ha contado que has tenido alguna que otra alucinación. No debemos preocuparnos por ello. —Hizo una pausa mientras meditaba sus palabras—. Puede que se deba al mismo estado febril de las últimas horas o algún tipo de estrés. Si tenemos en cuenta que tú no querías venir con nosotros…
—¡No, no, no! —Trató de ponerse de pie; tenía que convencerlo—. Papá, había una mujer de blanco en el patio. Y la camarera me dijo que algo maligno se acercaba.
—¿Qué camarera? ¿De qué estás hablando?
—Tienes que creerme. —Comenzaba a alterarse—. Tenemos que irnos de aquí. ¡Quiero irme!
—Tranquila, no va a pasar nada. El médico vendrá a verte. —La devolvió a la cama y la arropó de nuevo—. Seguro que no es nada grave. Si nos dice cualquier cosa a tener en consideración, volveremos a casa. —Arqueó las cejas, esperando a que respondiera, pero ella guardó silencio; no le quedaban fuerzas para discutir—. Volveremos. Te lo prometo. Ahora tienes que descansar.
Lo miró con ojos suplicantes, pero él se limitó a regalarle un beso en la frente, acariciar sus mejillas y jurarle que regresaría enseguida. En cuanto su padre salió, apoyó los pies en el suelo. Llevaba el mismo vestido azul con el que había bajado a la cafetería. Se acercó a la puerta y escuchó la voz de su madre en el pasillo. Giró entonces con mucho cuidado el pomo y la abrió unos pocos centímetros. No podía ver el rostro de su padre, que se encontraba de espaldas a ella, pero su madre sacudía la cabeza mientras contenía las lágrimas.
—Puede que esté fingiendo, intentando llamar nuestra atención… —se lamentaba con voz entrecortada—. No me malinterpretes, Roberto. Prefiero que sea eso a que tenga una enfermedad rara. ¡Dice que ve cosas!
—No vale la pena pensar en esto ahora; no hasta que le hagan las pruebas oportunas.
Sofía cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, percibiendo el amargo frío de la madera que la separaba de sus padres. No podía evitar sentirse culpable, ni siquiera ella misma sabía lo que le estaba pasando. La niebla, la mujer de blanco, la camarera… ¿Podría ser todo producto de la fiebre? Tenía que ser eso, porque no estaba loca. Contuvo las lágrimas que querían escapar furiosas al considerar semejante insinuación. ¡Estaba cuerda! Quizá fuese el castillo, que estaba embrujado. Debía ser eso. Lo había visto en las películas. Esas cosas podían ser reales. ¡Porque a ella no le sucedía nada malo! Apretó los puños con decisión, convencida de que, si volvía a casa, toda esa pesadilla acabaría.
Su madre irrumpió en la habitación visiblemente nerviosa. Se había secado las lágrimas, pero sus ojos continuaban enrojecidos.
—¿Qué haces levantada y caminando descalza? —la increpó, dejando escapar una cansina exhalación—. Anda, vuelve a la cama. —Obedeció sin rechistar—. ¿Quieres ponerte algo más cómodo? ¿Algo más abrigado?
Elena había abierto el armario y rebuscaba entre su ropa con las manos temblorosas mientras procuraba mantener un semblante firme. Sofía había olvidado lo enérgica y protectora que se volvía su madre ante una situación estresante.
—No te preocupes, mamá, ya buscaré yo algo que ponerme —le dijo al comprobar que prácticamente había desmantelado todo el armario—. ¿Dónde está Cris?
—Jugando a ese chisme en nuestra habitación. —Ella sonrió para sus adentros. Su madre seguía siendo incapaz de usar la palabra «consola»—. Tu padre ha ido a buscarte algo de comer. Le he dicho que fuera algo ligero. Así tu estómago no se resentirá.
—No tengo mucho apetito —le confesó, a sabiendas de que ignoraría su petición.
—Son ya las tres de la tarde. Tienes que intentar probar algo, aunque sea una sopa caliente —insistió—. Si no estás fuerte, no podrás recuperarte, ¿lo entiendes? —Ella asintió varias veces—. Ahora voy a echarle un vistazo a tu hermano.
Se encaminó hacia la puerta, bajo la atenta mirada de Sofía.
—Mamá, yo no quería arruinar las vacaciones…
Ella se volvió y le sonrió con dulzura.
—Lo sé, cariño, lo sé…
En cuanto desapareció, Sofía volvió a levantarse e investigó en el armario. Buscaba algo cómodo que ponerse, y al final se decidió por unos pantalones piratas marrones y una camiseta verde. Continuaba el calor, y se encontraba mejor, ni mareada ni extremadamente cansada. Aun así, no quería disgustar más a su madre, por lo que volvió a la cama. Se cubrió las piernas con una manta ligera, dejando libre las caderas, y encendió la televisión, decidida a entretenerse con cualquier programa que estuvieran emitiendo en ese momento.
Estaba jugando con el mando a distancia cuando notó una pequeña quemazón en el pecho. Curioseó por debajo de la camiseta y descubrió alarmada que el talismán centelleaba alterado. Brincando, intentaba desprenderse del cordón que lo mantenía sujeto. Sofía se situó rápidamente delante del espejo del tocador. Se quitó la camisa y confirmó que tenía toda la zona del tórax enrojecida. Tanto el cordón como la esfera ardían, y el brillo del metal era cada vez más intenso. Entonces, examinó espantada su rostro en el espejo. Una aureola comenzaba a perfilarse alrededor de sus cabellos, y sus ojos añiles parecieron aclararse tanto que pensó que llegaría a perderse en ellos. De repente, atisbó por encima del hombro derecho una silueta tan oscura como el carbón más puro. Tragó saliva varias veces. Luego entornó los párpados, repitiéndose a sí misma que aquello no era real. «Eres una alucinación… Nada más que una alucinación». Después se giró y, desconcertada, comprobó que la sombra inquietante había desaparecido. Debería sentirse aliviada, pero no lo estaba. ¿Y si no se trataba de una visión? ¿Y si el castillo estaba poblado de fantasmas?
Recelosa, decidió abandonar la habitación; no quería estar sola por si esa cosa regresaba. Porque algo en su interior le repetía que lo haría y que no se desvanecería la próxima vez únicamente cerrando los ojos. Sin embargo, al cruzar el umbral, volvió a sentir un ligero mareo. «Otra vez no —se dijo—. No puede estar ocurriendo de nuevo». Luchó por mantenerse erguida. La cabeza le daba vueltas y comenzaba a tener la visión borrosa. El pasillo se le antojó más largo y estrecho que nunca; no llegaría a cruzarlo en el estado en el que se encontraba. Así que se dirigió hacia la habitación de sus padres y aporreó la puerta, esperando que alguien respondiera, pero nadie contestó. Se apoyó en el muro y aferró sus manos a la pared. No podía desmayarse, no podía desplomarse en ese pasillo, sin nadie a su lado, por lo que intentó controlar la respiración realizando inspiraciones y exhalaciones profundas y pausadas.
Caminó arrastrando la espalda por el muro. Tenía que llegar hasta los ascensores. Allí siempre había huéspedes que se aglomeraban, ansiosos por llegar antes al restaurante renegando de las escaleras, y entonces podría pedir auxilio. Solo tenía que hacer un pequeño esfuerzo: alcanzar el fondo del pasillo y doblar a la izquierda.
La alfombra roja que decoraba el pavimento le resultó molesta; brillaba con una intensidad que empequeñecía todo lo que se encontraba a su alrededor. Aun así, divisó a un niño con una impoluta camisa blanca y unos pantalones marinos hasta la rodilla saltando a la pata coja en mitad del corredor. «Quizá él pueda pedir ayuda», pensó. Abandonó la pared y, tambaleándose, llegó hasta él, quien continuaba jugando de espaldas a ella sin ni siquiera percatarse de su presencia. Sofía intentó hablar, pero entonces descubrió aterrada que su voz estaba apagada, no conseguía pronunciar ningún sonido. Se llevó la mano a la garganta en un desafortunado intento por despejar las palabras que se agolpaban en su laringe, provocándole un inoportuno embudo. De repente, el niño se dio la vuelta y ella retrocedió espantada. Su rostro acusaba la misma palidez extrema que la camarera. Tenía los labios violáceos, y sus ojos marrones eran dos rocas inertes carentes de brillo.
—¿Puedes verme? ¿Quieres jugar conmigo?
Ella quiso gritar, pero no pudo. Corrió hacia atrás sin apartar la vista del niño, y entonces alguien la frenó. Giró la cabeza lentamente mientras tragaba saliva, y descubrió a su espalda el rostro de una anciana desdentada, con los cabellos revueltos y los ojos en blanco. La vieja sonreía mientras sus dedos huesudos trataban de acariciar su larga melena.
Se retiró aterrada. Desesperada, no sabía hacia dónde huir. Estaba atrapada en un interminable pasillo con seres fantasmales. Pensó en volver a su habitación y refugiarse allí, pero desechó esa idea de inmediato. No quería recluirse sola dentro de aquellas espeluznantes cuatro paredes. Tenía que salir, volver a la realidad, porque todo aquello debía ser un mal sueño, no había otra explicación posible. Y si fuera cierto y ese castillo estaba encantado, tenía que alejarse de él, donde ninguno de sus espectros lograra alcanzarla.
Se hinchó de coraje y continuó su camino. Pero le costaba despegar los pies del suelo, parecían de plomo, y la anclaban al corredor, que ahora comenzaba a fluctuar ante ella impidiéndole avanzar. ¡Ya no tenía ni idea de cuántos metros la separaban de los ascensores! Estaba perdiendo visión, las piernas le flaqueaban y las manos le sudaban. ¿Tendría fiebre de nuevo?
De pronto, percibió un susurro gélido que consiguió estremecerla hasta desear morir en ese instante. Se extendía invisible como el eco de las montañas, ligero y veloz. Viajaba enérgico, con un itinerario presumiblemente marcado y cuyo destino final era ella. No pudo comprender el mensaje que portaba, ya que las palabras, que resonaban lejanas, solo lograron acariciar sus oídos envueltas en un engañoso terciopelo. Asustada, apretó los ojos. Alguien la buscaba. Permaneció anclada al suelo unos segundos que se le antojaron eternos mientras escuchaba esa voz espeluznante recorrer incesante los pasillos. Cogió aire. Se atrevió a abrir un ojo y luego el otro. Entonces, espantada, atisbó la silueta de una mujer a su derecha que pronto reconoció. La camarera se aproximó a ella como si flotara; sus pies no llegaban a rozar el pavimento. Sofía observó las profundas ojeras que marcaban su rostro. Le pareció más lívida que nunca. Tenía las mejillas agrietadas, y los labios eran dos tabiques mortecinos que no dejaban pasar el aire.
—¡Ya viene! ¡Tienes que salir de aquí! —le advirtió—. ¡Corre! ¡Corre!
Un miedo descomunal recorrió todas las venas y arterias de su cuerpo, obligándola a avanzar. Desconocía quién se acercaba, pero percibía una oscuridad glacial que se propagaba como un enemigo sigiloso por todo el hotel. Corrió, deseando que sus fuerzas no volvieran a traicionarla, sin mirar atrás, con la certeza de que la enigmática camarera la acompañaba en su huida. De improviso, justo cuando estaba a punto de girar para tomar el pasillo de los ascensores, una neblina negra surgió súbita ante ella. Sofía frenó en seco, pero perdió el equilibrio y terminó cayendo al suelo. A cuatro patas, alzó la barbilla y contempló horrorizada cómo ese humo negruzco se retorcía en el aire componiendo figuras que no lograba descifrar. Poco a poco, comenzó a definirse frente a ella una silueta alargada y esbelta, con extremidades desproporcionadas y una cabeza ovalada. Buscó desesperada ayuda en la camarera, que había permanecido junto a ella, pero se desvaneció sin más.
—Sofía, ¿qué te ha pasado? ¿Qué haces aquí? —La inconfundible voz de su padre alivió de inmediato su pavor. ¡Por fin alguien aparecía para rescatarla!
Se dio la vuelta y trató de alertarlo al comprobar que él no se había percatado de la extraña presencia, pero fue demasiado tarde. La sombra se abalanzó sobre ella, le agarró las muñecas y la arrastró sin compasión. Perplejo, Roberto contempló cómo su hija se deslizaba sobre la alfombra del pasillo a gran velocidad. Dejó caer al suelo la bandeja que portaba la comida y corrió detrás. Logró sujetarla por las piernas, frenando su avance. Tiraba de ella con el corazón agitado y sin comprender qué estaba sucediendo.
—¡Sofía, aguanta! ¡Aguanta, cariño!
—¡Papá! —Ella se sorprendió al constatar que había recuperado la voz—. ¡Papá, ayúdame! ¡No me sueltes! ¡Por favor, papá!
—¡No voy a soltarte! ¡Aguanta! —gritó desesperado.
—¡No puedo más! ¡Me tiene agarrada!
—¡¿El qué?! ¡¿Qué demonios está arrastrándote?! —le preguntó sin comprender lo que ocurría.
Atónito, inspeccionó el entorno, pero no consiguió discernir nada que pudiera estar provocando aquella situación. Algo invisible quería llevarse a su hija, y él no podría sujetarla mucho más. Esa cosa tenía una fuerza descomunal, imparable. Decidido, mantenía los labios apretados y el ceño fruncido mientras se percataba de que tenía las manos enrojecidas por el esfuerzo. Las piernas comenzaron a flaquearle sin que pudiera controlarlas. No era un hombre atlético; era un tipo alto, pero más bien delgado. Aun así, no podía rendirse, no podía abandonar a su hija, y no desistió en la lucha.
Sofía observó amedrentada cómo lianas de humo negro la sujetaban por las manos e iniciaban un ascenso vertiginoso por ambos brazos. Era consciente de que su padre no resistiría mucho, y por eso, cuando advirtió que su arrastre la abandonaba, se dejó llevar. De improviso, recuperó una verticalidad prodigiosa, y pronto cayó en la cuenta de que sus pies no tocaban el suelo, sino que levitaba a varios centímetros de él. La sombra la envolvió en su halo oscuro y el pasillo entero se ensombreció. Las tinieblas invadieron el lugar, impidiendo que pudiera distinguir a su padre. No obstante, descubrió impresionada a decenas de almas que gritaban suplicando auxilio. ¿Dónde estaba? No había abandonado el hotel, ni siquiera la planta donde se encontraba. Y, sin embargo, aquel lugar era diferente. Lúgubre. Sombrío. Había surgido de la nada como un espejismo gris de la realidad. Las paredes, las puertas de las habitaciones, incluso la alfombra, habían perdido su color. Todo poseía un aspecto plomizo. A pesar de encontrarse paralizada, desafió con la mirada a su agresor. No podía mover ningún músculo del cuerpo, estaba a merced de su sobrenatural enemigo, aun así, quiso descubrir quién iba a poner fin a su corta vida.
Vestía una túnica oscura que ocultaba la forma de su cuerpo. Era etéreo y a la vez espeso, era hielo y al mismo tiempo fuego. Quiso examinar su rostro, lo escudriñó con ojos temblorosos, y quedó horrorizada al comprobar que carecía de él, sin nariz ni boca apreciable; únicamente, un humo negruzco que deformaba sus facciones. No obstante, bajo la capucha divisó dos guijarros negros como un pozo sin fin que parecían ser sus ojos. No había vida en ellos. Solo muerte. Así que era ella, la propia Muerte había estado atemorizándola y ahora la reclamaba.
La sombra estiró uno de los dedos, que pronto tomó la forma de una aguja alargada, y acarició su frente. El dolor que experimentó fue tan intenso que pensó que le estaba arrebatando el alma. Se retorció como pudo, intentando escapar de las garras de la Muerte, pero todo lo que hacía resultaba inútil. Y, en ese preciso momento, sin saber cómo, el talismán comenzó a brillar de nuevo, saltando enérgico sobre su pecho, hasta que una ingravidez total pareció asaltarlo, para luego detenerse y colocarse en posición horizontal. Ondeaba vigoroso mientras emitía sus inconfundibles destellos azulados. Sofía se percató de que una energía misteriosa se apoderaba de todo su cuerpo: sus ojos se tornaron más claros y su larga melena castaña clara parecía más dorada. Entornó los párpados, empujada por las decenas de palabras que se agolpaban en su mente. Y de sus labios, como un susurro melodioso, nacieron frases dinámicas y resueltas, aunque incoherentes para ella:
—Polvo al polvo, tierra a la tierra, ceniza a la ceniza… —se escuchaba a sí misma, perpleja—, te expulso de este lugar y te prohíbo regresar.
Repitió metódica, sin entender el porqué, tres veces los vocablos que florecían en su cabeza y cobraban vida en su boca. Dibujó una sonrisa instintiva en su rostro al descubrir que la sombra, poco a poco, iba retirándose y se desvanecía en el aire, sorprendida, hasta que se transformó de nuevo en una neblina indefensa.
Sofía levitaba a medio metro sobre el suelo. Tenía los brazos extendidos y la cabeza hacia atrás. En cuanto cesaron de brotar las frases de sus labios, se precipitó al suelo como una muñeca de trapo, frágil y desvalida.
—¡Sofía, Sofía! —Su padre la sostenía, abrazándola—. Despierta, mi niña… ¡Despierta!
Ella abrió con lentitud los ojos y observó su rostro angustiado.
—¿Qué ha pasado?
Roberto retiró la sangre que emanaba de su frente y, consternado, descubrió una herida en forma de triángulo que resaltaba sobre su piel con inquina.
—No lo sé, hija… —confesó acongojado—. ¡Pero nos vamos de aquí ya!
3
Huida
Elena examinaba el rostro de su marido con cierta incredulidad. Sus ojos almendrados buscaban un atisbo de cordura en su mirada, pero él continuaba introduciendo toda la ropa sin ningún orden en las maletas. «Sofía no está enferma —había dicho—. Hay algo que la persigue». Ella había creído que él se había contagiado de los desvaríos de su hija, y esperó pacientemente una explicación coherente a esa afirmación. En cambio, Roberto comenzó a correr de un lado a otro de la habitación recogiendo los zapatos, los cepillos de dientes y buscando las llaves del coche como un paranoico. Elena había permanecido impasible. Pasmada, analizaba las gotas de sudor que se deslizaban por su frente. Él nunca se había comportado de esa manera tan irracional, no era un hombre histérico, ni siquiera nervioso; es más, a veces, su excesiva pasividad conseguía exasperarla. Pero su mandíbula rígida y ese ceño fruncido confirmaban su alarmante inquietud.
Elena, tras un profundo suspiro, intentó calmarlo:
—No sé qué te ha contado Sofía…, pero no es real. —Apoyó la mano sobre el brazo de Roberto con la esperanza de que detuviese toda esa sinrazón—. El médico viene en dos horas…
—¡No tenemos dos horas! —exclamó convincente, manteniendo los dientes apretados. Ella dio un respingo al verlo tan alterado y tragó saliva—. ¡Lo he visto! Al principio no conseguía ver nada, pero después…, cuando la levantó por los aires… ¡Estaba allí! ¡Una especie de neblina negra! ¡Sujetó a Sofía, y yo no pude hacer nada! ¡Nada!
Se acercó a ella, quien continuaba negando con la cabeza mientras se mordía las uñas de una forma infantil, la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios.
—Confías en mí, ¿verdad? —Ella asintió levemente—. Entonces, ayúdame a recoger todo esto. Tenemos que salir de aquí lo antes posible.
Ya en el vehículo, Sofía se despidió aliviada de la inquietante estampa del castillo. Por fin dejaban atrás ese maldito lugar. Reclinó la cabeza sobre el asiento y se distrajo examinando el monótono y árido paisaje. El perfume hipnótico del romero la sumergió en un estado de sopor. Se acurrucó y entornó los párpados, ansiando caer en un reconfortante sueño. Observó a su padre, quien no apartaba la vista del espejo retrovisor, como si temiera que en cualquier momento saltara sobre ellos un grupo hambriento de zombis dispuestos a despedazarlos. En cambio, su madre, todavía reticente a creer en la historia espectral que él le había contado, se esforzaba en distraer a Cris de la atmósfera agitada que había invadido a todos los miembros de la familia.
—Estoy bien, mamá —repetía el crío—. Cuando vea a mis amigos y les cuente que he estado en un castillo encantado, no van a creérselo… Aunque yo no he visto nada.
—¡No está encantado! —le replicó tajante ella.
—Sí que lo está… Te he oído hablar con papá. ¿Verdad, papá, que está embrujado? ¿Verdad que has visto un fantasma?
Roberto evitó pronunciarse. Aferraba las manos al volante con la esperanza de alejarse con celeridad de la zona. Ignoraba cuántos kilómetros debía recorrer para distanciarse del influjo del castillo endemoniado. Él no creía en espíritus ni en el más allá. Siempre había considerado unos chalados a los que relataban sus experiencias en casas embrujadas o a los que aseguraban haber visto a su difunto tío mientras dormían. No, él no era de esas personas crédulas, ansiosas por obtener más información sobre la muerte acudiendo a médiums poco fiables. Pero debía admitir que había vivido una pesadilla nada racional. Su cerebro no lograba asimilar todavía lo que sus ojos habían presenciado: su hija flotando en mitad del pasillo y él luchando para devolverla al suelo. Y, entonces, aquella nube negra que los rodeó a ambos…
Intentó concentrarse en la larga y estrecha carretera. No podía permitirse rememorar lo acontecido. Debía mantenerse firme y seguro ante su familia. Él era el que debía protegerlos y sacarlos a todos de allí.
—Deja de fantasear, Cris —continuó Elena—. No era un fantasma. Los fantasmas no existen. Ves demasiadas películas de miedo.
—Sofi, ¿verdad que sí existen?
Cris la escudriñaba con sus pequeños ojos marrones, los cuales brillaban anhelando una respuesta afirmativa. Todo era una gran aventura a su edad. Ella acarició con desenfado sus cabellos, apartando por un instante la cascada de rizos que cubría su frente. Con una sonrisa cómplice, volvió la vista hacia la ventanilla y se regocijó contemplando el lánguido ocaso. Un suave tono rosado invadía a duras penas el cielo estivo mientras las solitarias nubes que acompañaban a la luna creciente se teñían con los últimos rayos de sol. Ese paraje desamparado, casi taciturno, se cubría inusitado con un manto seductor. Hasta los quejigos vagabundos resultaban más fascinantes bajo el tímido atardecer. De vez en cuando, los faros de otro vehículo la devolvían a la funesta realidad, recordándole que estaba escapando de un lugar embaucador, donde nada era lo que parecía, donde las neblinas tomaban formas fantasmagóricas y las almas eran visiones terroríficas que la atormentaban.
Roberto mantenía la vista en la carretera. Estaba tan absorto en ella que apenas atendía a los consejos de su mujer. Elena le repetía una y otra vez que no corriera tanto, que podrían tener un accidente y que no había motivo para que no despegara el pie del acelerador. Había advertido que el habitual rostro dulce y afable de su marido era ahora amargo y serio. Pero él solo pensaba en abandonar la carretera secundaria y adentrarse en la autopista de una vez por todas. Allí habría más vehículos, más viajeros que iniciaban felices las vacaciones o que regresaban a casa después de un intenso día de trabajo. Daba igual, en la autopista recuperaría la normalidad.
De repente, divisó una incipiente silueta frente a ellos. Se encontraba a unos trescientos metros del vehículo, en medio de la carretera.
—¡Hay un hombre cruzando! ¡Para! ¡Para! —gritó su mujer.
Él, confuso, se dispuso a pisar el freno. Había algo inmóvil sobre el asfalto, pero no lograba distinguir el qué. ¿Podría ser un ciervo?, ¿un borracho? ¿Qué demonios era aquello?
—¡No frenes, papá! ¡No es un hombre! —Sofía, aterrada, agarró el brazo de su padre—. ¡Nos ha encontrado! ¡Acelera, acelera! ¡No pares!
Roberto distinguió entonces una silueta algo difuminada que permanecía estática en medio de la carretera. Era más oscura que una noche sin luna. Siniestra. Abominable. Sintió cómo el miedo invadía cada milímetro de su ser mientras su cerebro buscaba desesperado una respuesta. Observó de reojo a su mujer, que se aferraba al asiento mientras clavaba su atónita mirada en la sombra.
Todo sucedió en milésimas de segundos: la confusión, el miedo, la duda. No sabía cómo proceder. Y aceleró.
Temió el impacto con la sombra. Ignoraba si se trataba de un ser corpóreo, si terminaría empotrado contra el capó o, por el contrario, lo atravesaría sin más como un espectro sin esqueleto. Escuchó los gritos angustiosos de su familia mientras él mantenía los dientes apretados conteniendo un chillido que le rasgaba la garganta. No quiso cerrar los ojos, quería comprobar por sí mismo cómo acababa con esa figura negruzca. Pero al embestirla no desapareció al instante, sino que se desintegró en millones de partículas oscuras que envolvieron al coche durante un eterno segundo mientras escuchaban un alarido sobrecogedor. Clavó la mirada en el espejo retrovisor para asegurarse de que la sombra se había desvanecido. Temía que esa cosa infernal volviera a recomponerse y continuara con su acoso.
Sofía, con el corazón desbocado, vigilaba la ventana trasera, temerosa de encontrar algún rastro del ser maligno. Impotente, escuchaba el llanto desconsolado de su hermano mientras su madre trataba en vano de calmarlo. Esta, después de unos segundos, hundió el rostro en sus manos y, angustiada, comenzó a rezar a pesar de llevar años sin pisar una iglesia.
—¡Estamos todos bien! ¡Y vamos a salir de esta! —Roberto alentaba a la familia pese a que él mismo estaba acongojado—. No nos ha pasado nada. ¡No puede tocarnos!
—¿Cómo estás tan seguro? —le replicó su mujer—. ¡Ni siquiera sabemos qué es o qué quiere de nosotros!
—Me quiere a mí —intervino Sofía, asustada—. Lo siento, mamá… Todo es culpa mía…
—No, Sofía, no es culpa de nadie. —Roberto negaba con la cabeza—. Ya nos falta poco para llegar a la autopista. Llegaremos a casa y esta pesadilla habrá acabado.
Ella esquivó la mirada incisiva de su padre, agachó la cabeza y observó el exterior. El día parecía haber nacido de nuevo. La claridad de un atardecer moribundo les devolvía el brillo a las flores, a las rocas inertes… La temprana noche en la que los había sumido la sombra se había esfumado. Aun así, se preguntaba si su padre tendría razón, si todo les parecería un mal sueño cuando llegaran a casa o si, por el contrario, aquello no era más que el principio.
Un silencio fúnebre se había instalado en el vehículo; un silencio interrumpido únicamente por los sollozos de su hermano, que había buscado refugio en sus brazos mientras ella lo acariciaba de forma instintiva y se escondía tras sus propias reflexiones.
El viaje por esa carretera sombría parecía no tener fin. Los segundos parecían minutos, y los minutos, horas interminables. Escuchaba la respiración inconstante de su madre y los repiqueteos de su padre sobre el volante mientras Cris finalmente sucumbía a un sueño profundo. Su rostro inocente descansaba sobre sus piernas. Ella lo contemplaba con ternura, envidiando la facilidad que tenía de abstraerse. ¡Cuánto habría deseado dormir! ¡Abandonarse hasta acallar sus pensamientos! Entornó los párpados en un intento desesperado por invocar a un sueño imposible. Se repetía a sí misma que debía relajarse y confiar en las palabras de su padre. Pero, entonces, oyó un crujido.
—Creo que hemos pinchado —le escuchó decir.
Alarmada, abrió los ojos.
—No pares, papá —le suplicó.
—Tranquila, no voy a bajarme. —Una mueca de desconfianza se perfiló en su rostro—. Pero tengo que reducir la velocidad. —Ella lanzó una exhalación angustiada—. Es solo un pinchazo.
—Pero así no podemos coger la autopista. —El labio inferior de Elena temblaba como si fuese gelatina—. ¿Qué vamos a hacer?
—Hay un pueblo a diez minutos. Cogeremos el desvío —sugirió, no muy convencido—. Allí pediremos ayuda y cambiaremos la rueda. No voy a detenerme aquí.
Prosiguió el camino con mucha precaución sin levantar las manos del volante. A pesar de que había disminuido la velocidad, el vehículo continuaba dando tumbos que lo obligaban a permanecer concentrado en las líneas continuas de la carretera. Sofía escuchaba el sonido abombado de la goma al chocar contra el asfalto mientras permanecía agarrotada en el asiento trasero. Sus facciones dulces se habían endurecido. Tenía la mandíbula tan tensa que le dolían los dientes, y sus manos bañadas en un sudor frío las limpiaba continuamente frotándolas en el vestido.
El velo de la noche por fin había caído sobre ellos, silencioso, casi inapreciable, como la calma aparente antes de una gran tormenta. Su padre, al fin, anunció que estaban llegando al desvío, y Sofía respiró aliviada. Entonces, volvió a sentir un intenso calor en el pecho. Apartó ligeramente la camiseta de su cuerpo y contempló petrificada cómo su colgante comenzaba de nuevo a emitir destellos azulados.
—Algo va mal, papá… —musitó con un tenue hilo de voz.
—¿Qué pasa? —La observaba desde el espejo interior.
Antes de que pudiera responder, un golpe seco provocó que su padre perdiera el control del coche. Su madre emitió un grito agudo y Cris se despertó sobresaltado. Sofía distinguió las numerosas gotas de sudor que se adueñaban de la frente de su padre. Él manejaba el volante con destreza, evitando salirse de la carretera, y tras varios bandazos, por fin pudo detener el vehículo.
—Creo que otra rueda ha reventado —dijo con incredulidad—. Tengo que ir y mirar.
—No te bajes, Roberto, por favor —le suplicó Elena con ojos cristalinos—. Esto no tiene sentido. ¿Otra rueda? Alguien no quiere que salgamos de aquí. ¡No bajes!
Él desoyó los consejos de su mujer y se dirigió a la parte trasera del vehículo, dispuesto a abrir el maletero bajo la atenta mirada de Sofía. Ella escuchó el ruido de las herramientas y su resuello fatigado al extraer la rueda de recambio. Sin previo aviso, su hermano abrió la puerta y corrió hacia él. Sofía no tuvo tiempo de detenerlo. Su madre, desquiciada, le gritaba que volviera al coche mientras se quitaba el cinturón de seguridad. En ese momento, las ventanillas se cerraron de golpe y las puertas se bloquearon. Intercambió una mirada de desconcierto con su madre, pero esta no pudo transmitirle la calma que en ese instante necesitaba. Entonces, Sofía, sin dudarlo, aporreó el cristal para advertir a su padre; tenía que ayudarlas a salir de allí. Él la miraba de forma interrogante, con el ceño fruncido y la nariz arrugada, sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo. Ella le señaló la puerta sujetando el manillar e indicándole que no conseguía abrirla. Su madre, alarmada, repitió la acción, saltando de un asiento a otro y rezando para que alguna no estuviese bloqueada.
—¡Tampoco puedo abrir la mía! ¡Ninguna! —se lamentó confundida.
Sofía observó a su padre introducir la llave en la cerradura y luchar en vano contra la puerta.
—¡Sofía, ayúdame! —Prestó entonces atención a su madre—. ¡He vuelto a colocarme el cinturón de seguridad! ¡Y ahora no consigo desabrocharlo!
—¡¿Por qué has hecho eso?! —le espetó.
—No lo sé… Estaba asustada, volví a mi asiento y lo he hecho como un acto reflejo —confesó desesperada—. ¡No puedo quitármelo! ¡Estoy atrapada!
—Mamá, tranquila —dijo ella sin saber muy bien qué hacer—. No tendrás unas tijeras en el bolso, ¿verdad?
—¡Voy a reventar el cristal trasero! —oyó gritar a su padre—. ¡Sofía, aléjate!
Ella saltó a la parte delantera y se refugió en el asiento del conductor, mientras ayudaba a su madre a liberarla del cinturón presionando una y otra vez con fuerza el maldito botón rojo, que parecía haberse atascado. Un estremecedor alarido obligó a ambas a volver la vista al frente, y descubrieron que una densa niebla avanzaba con rapidez hacia ellas.
No tuvo tiempo de gritar, ni siquiera de volver a mirar a su madre. En un suspiro, el coche había quedado sumergido en la bruma fantasmal. Buscó alarmada a su padre y a Cris, pero ya no lograba ver el exterior. De pronto, el coche comenzó a dar tumbos, y ella se aferró al volante. Luchaba para que su cuerpo no bailara de un lado a otro y por mantenerse inmóvil, pero las sacudidas eran cada vez más violentas. Su madre le ordenó que se agachara y que mantuviera la cabeza pegada a las rodillas, y ella obedeció, asintiendo varias veces. Cerraba los ojos cada vez que sentía un zarandeo, y al abrirlos, siempre comprobaba que su madre permanecía allí, agarrada al cinturón de seguridad. De repente, una cruenta sacudida provocó el estallido de las ventanillas del coche y una lluvia de cristales cayó sobre ella. Escuchó los gritos desesperados de su madre. Voces. Un chillido ensordecedor. Y, al fin, silencio. Sofía entreabrió los párpados, temerosa. Había hierros retorcidos y un tremendo olor a gasolina. En ese instante, vio dos ojos llameantes que se acercaban a ella.
4
Cazadores
Un intenso aroma a café reavivó todos sus sentidos, obligándola a abrir los ojos y a desperezarse sin ninguna apetencia. Se despertó en una pequeña habitación de gruesas paredes de roca gris. Tendida sobre unas mantas desgastadas, descubrió una diminuta bombilla que hacía enormes esfuerzos por alumbrar el lugar. Era la única decoración de un empobrecido techo. La estancia no era más acogedora: un camastro con soportes de hierro y un escritorio de madera destartalado. Debajo de la cama, halló estupefacta una escupidera. Desorientada y todavía dolorida, se dirigió a la puerta y trató de abrirla. Estaba cerrada con llave. Se encaminó entonces hacia la única ventana de aquel cuartucho, pero los gruesos barrotes impedían que lograse averiguar dónde se encontraba. Sin embargo, no albergaba duda alguna: aquello no era un hospital.
El sonido creciente de unos pasos decididos la alertaron. Instintivamente, agarró la escupidera y se situó detrás de la puerta. Al abrirse, atisbó unas botas militares. Asustada, asió la escupidera con fuerza, para luego abalanzarse sobre el individuo que entraba en la estancia. Su secuestrador esquivó el golpe con suma destreza y estampó su maltrecho cuerpo contra la pared. Ahogó un grito de dolor mientras escudriñaba al tipo que la mantenía retenida. A pesar de que su mirada no parecía tan fiera, tenía una expresión dura. Sus ojos rasgados eran castaños, y poseían una misteriosa aureola dorada alrededor de las pupilas. Su cabello, también castaño, parecía sedoso y recién lavado, olía a miel con toques de limón y cubría sus orejas hasta acariciar su nuca. Presionaba su cuello sin ninguna dificultad mientras en la otra mano sujetaba la escupidera que le había arrebatado.
—¿Pensabas matarme con esto? Es un arma interesante… —señaló con aire burlón—. Pero creo que solo conseguirías provocarme arcadas. —Por fin, relajó el brazo y lo apartó de su garganta. Ella respiró aliviada—. ¿Vas a seguir pegada a la pared sin decir nada o prefieres acompañarme? —Le guiñó un ojo con descaro y abandonó la estancia. Sofía lo miró reticente—. Como quieras…
Dudó unos instantes. Ignoraba quién era y por qué había decidido retenerla bajo llave, pero si quería descubrir dónde se encontraba y qué le había sucedido a su familia, debía seguirlo.
Avanzó insegura por un ancho pasillo poco iluminado, tratando de imitar las enormes zancadas que él marcaba. Analizó mejor al secuestrador. No era mucho mayor que ella, rondaría los dieciocho o diecinueve años. Llevaba unos vaqueros desgastados y una sencilla camiseta negra. Se ruborizó al comprobar cómo esta marcaba su ancha espalda, y sonrojada desvió la mirada al suelo. Él giró a la derecha y bajó unos gruesos peldaños de piedra, adentrándose de nuevo en otro pasillo, hasta que por fin tocó con los nudillos una puerta rojiza. Sofía accedió detrás y, al hacerlo, descubrió sorprendida una amplia biblioteca iluminada. El centro de la sala estaba despejado, únicamente decorado con una alfombra en la que pudo distinguir la figura de la diosa Diana sobre un bosque oscuro. Dos estanterías repletas de libros ocupaban los laterales, y tres estrechos peldaños situados a la izquierda la invitaban a subir a un falso piso superior, también embellecido con estantes antiguos que custodiaban con vehemencia pergaminos, manuscritos y otros libros que se le antojaron arcaicos. Al fondo de la estancia, tres hombres mantenían la mirada clavada en ella. Incómoda ante tal escrutinio, no pudo evitar tragar saliva cuando se detuvo frente a ellos.
El mayor estaba sentado tras una enorme mesa repleta de papeles. Debía rondar los cincuenta, aunque su piel curtida por el sol hacía que aparentase más edad. Decenas de arrugas se arremolinaban alrededor de unos ojos desolados y llenos de hastío. A su derecha, un hombre corpulento y con una barba descuidada descansaba sus manos sobre su cinturón de munición. Detrás de estos, apoyado en una de las repisas, un chico moreno de intensos ojos verdes mostraba sin ningún reparo su desagrado ante su presencia.
—Bienvenida. Soy Rafael Álvarez. —El violento silencio fue roto por la voz profunda del hombre mayor.
—¡¿Dónde están mis padres?! ¡Quiero verlos ahora! —exigió con una tímida valentía.
—Tu familia está bien. No debes preocuparte por ellos ahora —le confirmó él con una tranquilidad pasmosa.
Lo miró de forma interrogante. No era la respuesta que esperaba. Necesitaba abrazarlos, comprobar que no habían resultado heridos y que esa sombra oscura se había alejado de ellos finalmente.
El joven de los ojos verdes abandonó la posición de reposo y, acercándose a la mesa, la fulminó con su intensa mirada.
—¡Deberías estarnos agradecida, mocosa! —exclamó mientras golpeaba la madera con el puño.
Rafael, con un pequeño gesto, hizo callar a aquel joven, que se le antojaba un presuntuoso, y se retiró unos centímetros del escritorio. Sorprendida, Sofía comprobó que se encontraba anclado en una silla de ruedas.
—Estás en un viejo monasterio, a unos veinte kilómetros del pueblo más cercano. Todos los aquí presentes somos cazadores. A Oriol ya lo conoces… —Sofía observó de reojo al chico que casi había golpeado con la escupidera—. Este gigantón de mi derecha es León. Y el que no para de refunfuñar es Hugo. Anoche, ellos te salvaron.
Todavía perpleja, los examinaba uno por uno. ¿Unos cazadores la habían ayudado? ¿Y por qué no la habían llevado a un hospital? ¿Por qué la retenían? Buscaba en sus miradas poco transparentes respuestas que aclarasen su confusión.
—Creo, papá, que es un poco cortita. —Hugo avanzó hacia ella y tiró de su colgante con fuerza—. Cazamos bestias. Tú nos llamaste. Mejor dicho, tu talismán.
—¡Estáis todos locos! —exclamó enojada mientras apartaba la mano del atrevido cazador de la esfera metálica—. ¡Yo me voy de aquí!
—¡¿Locos nosotros?! —le espetó, visiblemente irritado—. A ver, listilla, ¿qué fue lo que te atacó anoche?
Ella ignoró el comentario, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta, pero Oriol la detuvo sujetándola por el brazo.
—¿Y adónde vas a ir? —le susurró con voz dulce y calmada—. Nosotros podemos protegerte. Esa sombra no parará hasta que te encuentre.
Un profundo aguijón le perforó las entrañas al escuchar cómo dejaba escapar de sus labios carnosos la palabra «sombra». Lo había hecho con convicción, con absoluto conocimiento de que su existencia era innegable y la insólita certeza de que solo ellos podrían destruirla. Dejó de resistirse y volvió la mirada hacia el hombre de la silla de ruedas. Continuaba ignorando cómo unos cazadores furtivos conocían la existencia de ese ser oscuro y cómo podrían ayudarla, pero pensó en darles una oportunidad para explicarse.
—Mi abuelo, mi bisabuelo y…, bueno, todos mis antepasados fueron grandes cazadores. Desde que nacemos, somos entrenados para la caza, aunque la tradición ha comenzado a mermarse. —Dibujó una sonrisa apática en su rostro—. Las nuevas generaciones se resisten a creer que existen entidades sobrehumanas que nos acechan.
—¿Os dedicáis a cazar… sombras? —les preguntó con cierta incredulidad, temiendo descubrir la respuesta.
—Sombras, espíritus oscuros, demonios… —Escuchó por primera vez la voz grave de León—. Una lista interminable.
—Esperad, antes habéis dicho que mi talismán os había llamado.
Hugo le dedicó una sonrisa socarrona, pero fue Oriol quien intervino:
—Tu colgante te alerta cuando algo maligno está cerca. A ti y a todos los que estamos por los alrededores. Y nos ocupamos de esas cosas. —Escogía las palabras con sumo cuidado, evitando abrumarla con detalles innecesarios—. Los destellos de tu talismán eran tan potentes que pensamos que alguien muy poderoso estaba pidiendo ayuda.
—¡Sí, imagina nuestra sorpresa cuando nos encontramos con una chiquilla llorona!
Hugo se dejó caer sobre una silla como si la conversación lo aburriera. Sofía deseó que se partiera en dos y ese estúpido estirado se diera un buen golpe. Todo aquel torbellino de información le estaba provocando dolor de cabeza. ¿Qué era lo que pretendían decirle?
—Al principio, pensamos que habías robado el colgante —continuó Oriol—. Es evidente que no tienes ningún tipo de entrenamiento.
—Pero eso es imposible —prosiguió Rafael—. Un talismán solo se activa con su legítimo dueño. Lo llevas en la sangre.
—Entonces…, ¿soy cazadora? —preguntó con timidez.
—¡¿Tú?! —Hugo soltó una exasperante carcajada—. ¡No nos ofendas! ¡Tú eres una bruja!
Ese insulto terminó por encenderla. Una intensa llama cargada de rabia recorría las venas y arterias de su cuerpo. ¡Estaba harta de ese cretino! Sin pensarlo dos veces, se aproximó a él, dispuesta a darle un guantazo. Pero, de nuevo, Oriol la retuvo.
—¡Eres un mal bicho! —le gritó airada.
—Tiene la mano muy ligera. Antes casi me golpea con una escupidera.
—¿En serio? ¡Querría matarte con los malos olores! —Hugo reía sin piedad—. Y ya has visto que también tiene la lengua muy suelta.
Lo desafió con la mirada. Estaba mucho más que enfadada. Ya no era rabia lo que hervía bajo su piel, sino cólera. ¡Puro fuego! No podía apartar la vista de su rostro insolente ni soportar más su mortificante risa. Focalizó su creciente furia en él. Para ella, todo en la habitación se redujo a su mísera presencia.
De improviso, sus enigmáticos ojos añiles cambiaron, tornándose tan azules como un cielo transparente liberado de las ataduras de las nubes. Su cabello irradiaba un brillo inusual, semejante al reflejo de las piedras preciosas al impactar sobre ellas la luz del sol. Entonces, sucedió. La silla donde Hugo permanecía sentado vanagloriándose de su jocosidad salió despedida y terminó estrellándose contra la pared. Él, con acusada perplejidad, se incorporó y, encrespado, sacó un cuchillo de su cazadora de cuero.
—¡Basta ya! —Escuchó al jefe del grupo intervenir como si se encontrara en la lejanía. Todavía fuera de sí, entornó los párpados tratando de calmarse. Realizó varias respiraciones profundas, y al abrir los ojos de nuevo, ahogó un grito de espanto al descubrir la silla despedazada. —Será mejor que te sientes, Sofía. —Ella obedeció, aún conmocionada—. Cuando Hugo te ha llamado bruja, lo ha hecho en un sentido literal. Y por lo que acabamos de comprobar, eres bastante buena. —Hizo una pausa, ocultando una sonrisa fugaz—. No solo los cazadores luchan contra los demonios.
Ella trataba de humedecer sus labios, desesperada. Tenía la boca seca y los ojos le escocían a rabiar. Parecía que la hidratación que los irrigaba se hubiera evaporado. Rafael se acercó y posó la mano sobre su hombro.
—Es evidente que tú misma desconoces tu procedencia. Creo que tus capacidades brotaron cuando te expusiste a la sombra —dedujo mientras analizaba la misteriosa candidez que de nuevo había envuelto su rostro—. Ahora solo tienes que aprender a controlarlas.
—Yo no sé qué decir… Lo siento… —Mantenía la cabeza gacha; no se atrevía a mirar a Hugo.
—¡Puedes guardarte tus disculpas! —Con pasos agigantados, el chico abandonó la biblioteca.
—Vamos, deberías descansar. —Alzó la barbilla y se perdió en las líneas cautivadoras del rostro de Oriol. Algo en su interior la instaba a confiar en él—. Te aseguro que tus padres están bien.
Él la acompañó a su habitación mientras observaba su figura esbelta. Carecía de una complexión atlética y de tono muscular fortalecido. Sin embargo, había conseguido sobrevivir al ataque de la sombra. Parecía tan frágil… Sus facciones eran dulces; su cabello, ondulado. Ni él mismo habría adivinado que esa chica era una bruja. Solo sus ojos la delataban. Se tornaban tan gélidos cuando conectaba con su poder que conseguía helar el aire que la circundaba. Había conocido a algunos brujos en su corta pero intensa vida. La mayoría solían ser narcisistas y bastantes desalmados. Pero esos no eran calificativos que pudiera asociar a ella.
—¿Siempre es tan desagradable? —le preguntó Sofía, intentando romper el incómodo silencio.
—¿Quién? ¿Hugo? —Él enarcó las cejas—. Mi hermano nació así, no lo tomes muy en serio.
Sofía dio un respingo. ¿Su hermano? Eran como la noche y el día, como el aceite y el vinagre. Hugo había resultado ser un grosero petulante. En cambio, Oriol era tan amable, le mostraba siempre una expresión tan tierna, y era tan… atractivo… Sacudió la cabeza varias veces para alejar ese último pensamiento. No podía distraerse con aventuras fantasiosas que emergieran de su mente. Debía centrarse en lo que apenas había descubierto: era una bruja. ¿Cómo podía ser eso posible? Nunca se sintió diferente ni especial. Ella era una chica del montón, ni la empollona ni la que suspendía todo, ni la más guapa ni la más fea, ni excesivamente tímida ni tremendamente extrovertida. Ella era ella, sin más.
Por fin llegaron a la puerta. Oriol asió un manojo de llaves y Sofía apartó la vista con una mueca de disgusto.
—¿Sigo siendo prisionera? —le preguntó resignada.
Dubitativo, él jugaba pasando las llaves de una mano a la otra.
—No —dijo al fin, guardándolas—. Espero que entiendas que nosotros somos los únicos que podemos ayudarte… Hay muchas cosas que desconoces, y ahora mismo eres el cordero que más desea el lobo.
Observó desde el umbral cómo él se alejaba sin más aclaraciones. No, no era una prisionera, pero estaba recluida en un monasterio alejada de toda civilización, ignorando dónde se encontraba su familia, si estaban a salvo o también corrían peligro. Lanzó un prolongado suspiro. En el fondo, y aunque quisiera ignorarlo, tenía el convencimiento de que la sombra la buscaba solo a ella y que tanto sus padres como Cris estarían fuera de peligro cuanto más lejos. No tenía adónde ir ni tampoco a quién acudir. Únicamente, estaban esos extraños cazadores que decían perseguir bestias.
5
Iris
Se recostó sobre la dura almohada, buscando una posición que silenciara sus pensamientos; aunque sabía que, por mucho que lo intentara, era imposible. Y así, poco a poco, un profundo desasosiego comenzó a apoderarse de ella. Echaba tanto de menos a su familia… Deseaba que estuviesen allí, y se culpaba por lo mal que se había comportado con sus padres. Les había hecho la vida imposible, y todo porque quería ir de vacaciones con sus amigas. Ya no era una niña pequeña, ya podía tomar sus propias decisiones. Tenía diecisiete años, pronto cumpliría dieciocho. Ansiaba algo de libertad, y no entendía por qué la obligaban a pasar parte del verano en un castillo en medio de la nada. Pero todo había cambiado ahora.
Una fuerte opresión en el pecho la torturaba, apenas la dejaba respirar. Todo aquello era una locura sin sentido. Tenía que haber una explicación coherente a lo acontecido, lejos de criaturas demoníacas y espíritus. ¿Ella?, ¿una bruja? Sin embargo, y pese a todo, no podía ignorar lo que había experimentado en el hotel y después en la carretera. Algo la seguía. Y aunque no era corpóreo, era real. Sus magulladuras lo certificaban. Pero ¡¿una bruja?! La silla había volado sin llegar a tocarla. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Por qué ahora? Su mundo, tal y como lo conocía, empezaba a desmoronarse. Y aquello era solo el comienzo.
Sujetó el colgante, y por primera vez lo observó como si se tratase de un objeto desconocido. Era evidente que esa esfera metálica no era tan solo un recuerdo familiar. El símbolo que parecía una cruz doble debía ocultar otro significado, pero ¿cuál? Lanzó un suspiro repleto de impotencia que se perdió en la habitación. Entonces, el sonido de unas leves pisadas la puso de nuevo alerta. Tocaron a la puerta, y antes de que pudiera responder, una chica de rostro afable entró con una bandeja en la mano.
—Traigo algo de comer —le dijo con una carismática sonrisa—. Te la dejo en la mesa.
Observó con cierto recelo a la delgaducha muchacha, que se movía con gracia y rebosante de energía a la vez. No era alta, más bien de mediana estatura. Su cabello era corto, pero no demasiado, y un amplio fleco azabache le cubría casi toda la frente. Al darse la vuelta, Sofía advirtió que estaba decorado con varios mechones azulados. Cuando pudo apreciar mejor su rostro, lo que más le llamó la atención fueron sus curiosos ojos grises, los cuales, resaltados con unas largas pestañas, le otorgaban un aspecto felino. Tenía una boca diminuta, aunque unos labios perfectamente delineados, y una simpática nariz algo chata que arrugaba constantemente.
—He dejado toallas limpias en el baño que hay al final del pasillo, por si quieres darte una ducha… Ah, por cierto, soy Iris. —Hablaba de manera atropellada, sin apenas coger aliento para enlazar la siguiente frase—. También tenemos tu equipaje, por si necesitas cambiarte. Lo recuperamos del maletero. O, bueno, de lo que queda de él…
Sofía frunció el ceño, desconcertada. La mitad de las palabras se desvanecían en el aire sin llegar a sus oídos. Aun así, abrió la boca para presentarse, pero Iris se le adelantó:
—Sí, lo sé. Eres Sofía. Todos abajo hablan de ti. La bruja que lanzó a Hugo por los aires… ¡La bruja de hielo! Bueno, así te llaman… Ya sabes, por tus ojos. —Hizo un fugaz movimiento con el dedo índice, señalando sus pupilas. Sofía, atónita, trataba de seguir su discurso—. No quiero agobiarte. Ya lo entenderás… Es normal, todo es nuevo para ti.
Esa chica de grandes ojos felinos la apabullaba. Hablaba con desparpajo, y Sofía no sabía cómo intervenir en aquella extraña conversación. Tenía muchos interrogantes que deambulaban por su mente, como si fueran seres errantes en busca de una respuesta, pero Iris continuaba gesticulando mientras expresaba la enorme emoción que había sentido al encontrarla. Ella se limitaba a sonreírle con timidez. Apenas hacía unas horas que le habían revelado la existencia de seres demoníacos y sombras, y ahora descubría que ya le habían puesto un mote: ¿La bruja de hielo?
Por fin hizo una pausa. Sofía aprovechó para preguntarle lo primero que en ese momento se le pasó por la cabeza:
—¿Y tú eres cazadora o bruja? —soltó sin más.
—¡No! ¡No, qué va! —Sacudió la mano con desdén mientras ella la escudriñaba confusa—. ¡Yo soy vidente! Fui yo quien detectó tu energía a varios kilómetros de aquí. Bueno, después, tu descomunal energía se hizo perceptible para el resto… —dijo riendo—. Pero, aquí, una de mis misiones es localizar a personas.
—¿Es eso lo que hace una vidente? —le preguntó, aún más perpleja.
—También tengo sueños, premoniciones o intuiciones sobre lo que puede estar ocurriendo, y a veces hago astrales. —Se encogió de hombros—. Pero es una técnica muy difícil que requiere un largo entrenamiento y mucha concentración.
No pudo evitar pensar en lo surrealista que estaba siendo aquel día: primero, cazadores, y ahora, videntes. ¿Qué vendría después? ¿Duendes mágicos?
Iris se acomodó junto a ella, en el borde de la cama, y Sofía admiró sus facciones dulces, nada agresivas.
—Conozco a Rafael desde que era pequeña. Nos trasladamos al monasterio con él hace unos meses, cuando empezaron las desapariciones —continuó con voz afectada—. Rafael dijo que teníamos que escondernos y reagruparnos. Y desde que estamos aquí, han llegado personas de todos los rincones de España. Ahora somos unos cincuenta, pero esperamos que acudan muchas más.
¿Meses ocultos? ¿Se escondían todos de la sombra? Sofía quería comprender qué estaba sucediendo allí y por qué ese lugar era seguro. Se acarició una de sus sienes, intentando aliviar el incipiente dolor de cabeza que comenzaba a brotar de nuevo. Recordó entonces que tenía hematomas por todo el cuerpo y que, de milagro, no se había roto ningún hueso. Soltó un suspiro trágico y decidió continuar con la conversación. Iris era la única hasta ahora que no respondía con evasivas, y tenía que aprovecharlo.
—¿Todos los que han venido son cazadores?
—No, no todos. Muchos son cazadores, pero hay también algún que otro vidente y un brujo. Y, claro, familiares de estos sin ningún tipo de don —prosiguió con una amplia sonrisa—. ¡Yo soy una cruzada! Para que lo entiendas: mi madre es vidente y mi padre…, un borracho. Nos abandonó cuando era pequeña. Bueno, en realidad, lo echamos. Le dimos un buen susto, por lo que decidió hacer las maletas. Así que Rafael ha cuidado siempre de nosotras. —Se incorporó de un salto—. Será mejor que me vaya, o se te va a enfriar la comida. Cuando termines, baja a la biblioteca, por favor.
Sofía contempló nada convencida el plato que tenía sobre el escritorio. Apenas había comido nada desde que enfermó en el hotel, sin embargo, no tenía hambre. Despuntó el insípido arroz y miró a su alrededor. Se encontraba de nuevo sola en la desapacible estancia, y reprimió las lágrimas de un llanto repentino. Todo aquello la superaba. Quería volver a casa. Recorrió el pasillo hasta el pequeño baño compartido, se despojó de la ropa ensangrentada que le recordaba una y otra vez el calvario que había vivido y, bajo la ducha caliente, se perdió en los delirios de su mente. Intentó alejar en vano la ingrata soledad que se aposentaba en su alma. Y por primera vez desde que había despertado de ese mal sueño, y atrapada por una infranqueable impotencia, Sofía se permitió llorar.
Insegura y apretando los puños repetidas veces, recordó el camino que la conducía hasta la biblioteca. Se había cambiado de ropa y secado los cabellos. Se había atrevido a examinar su rostro en el espejo, y sus labios dibujaron una mueca de disgusto al comprobar lo demacrada que estaba. Su piel blanca había adquirido un tono amarillento, quizá por la fiebre que había padecido, y además de las profundas ojeras, tenía dos hematomas en la frente. En la boca lucía una espectacular herida que le había hundido el labio inferior. Enterró la cara entre las manos y negó con la cabeza. Tenía que coger fuerzas y llegar a la biblioteca.
Avanzaba cabizbaja, temiendo tropezarse con algunos de los extraños inquilinos que habitaban el monasterio. Titubeaba a cada paso que daba; no quería que nadie la molestase, que se dirigieran a ella dándole la bienvenida. No era una invitada ni pertenecía a la gran familia de raros cazadores. Ella estaba cautiva.
Cuando por fin llegó al umbral, vaciló unos segundos, inspiró y luego tocó la madera con prudencia. Iris la recibió con una sonrisa cómplice. Luego divisó a Rafael, que desde la mesa la invitó a pasar. Había dos personas más con él: una mujer menuda, de largos cabellos negros salpicados por algunas canas rebeldes, y un anciano algo encorvado y con gafas redondas que la examinaba sin ningún reparo.
—Así que tú eres Sofía… —La mujer se apresuró a saludarla ofreciéndole la mano—. Rafael tenía razón. Eres una chica especial. Soy Edith, la madre de Iris.
Sofía posó la mirada primero en la mujer y después en la chica. Sí, tenían un parecido asombroso: ambas eran delgadas, con sonrisas electrizantes, además de ser tremendamente efusivas. Quizá Edith fuese más menuda, pero contenía la misma energía arrolladora que su hija.
—Deberías sentarte —le indicó Rafael—. Harry, ¿tú qué opinas?
—Sin duda alguna, su linaje es puro —pronunció con un marcado acento inglés—. Es muy raro en estos tiempos. Los brujos nos diseminamos por todo el planeta. Algunos incluso rechazaron su condición y prefirieron llevar una vida más pacífica. Nunca fuimos como los cazadores, tan conscientes de nuestra misión en el mundo.
El hombre se acercó a ella y la analizó como si fuera un ratón de laboratorio a través de sus gafas. Ella se revolvió en la silla y buscó refugio en la mirada de Iris.
—Desde que puso un pie en la biblioteca, capté su energía descontrolada y abrasadora —continuó el anciano—. No, no tengo ninguna duda. Ambos progenitores eran brujos.
—¿Mis padres biológicos? ¿Sabe quiénes son? —le preguntó con los ojos abiertos de par en par.
—Querida niña, no tengo ni la más remota idea —le contestó con una excesiva elegancia—. Aunque cuento con muchos años a mis espaldas, no conozco a todos los brujos existentes.
—Harry era hasta ahora el único brujo del monasterio —le aclaró Rafael—. Es nuestro experto en conjuros, maldiciones y poderes sobrenaturales.
—Pero mi linaje no es puro —añadió este con una sonrisa pícara—. Mi madre era bruja, y mi padre, profesor de Literatura. Digamos que soy un brujo de letras. Ahora que soy viejo me dedico a labores de investigación a través de los libros y a resucitar conjuros perdidos en el tiempo.
Ella lo miraba intrigada. Así que a eso se dedicaba un brujo: a pasar horas inmerso entre libros buscando respuestas. Arrugó el rostro, contrariada. No recordaba haber terminado en su vida un libro.
—Pensamos —continuó Rafael— que Harry podría enseñarte algunas técnicas para controlar tu energía, y Edith podría intentar descubrir tus orígenes. Ellos te ayudarán a estar preparada por si la sombra vuelve a… por ti.
—¿No es esto un lugar seguro? ¿Por qué iba a volver a por mí? —preguntó con acusado nerviosismo.
—Sofía, a esa sombra nunca se le ha escapado una presa.
6
Espiritus
Caminaba junto a Iris, quien la conducía a través de los extensos pasillos mientras le narraba cómo se habían instalado en el monasterio y todo el trabajo que habían hecho para reformarlo. A pesar de poseer una arquitectura cisterciense que databa del siglo xii, sus instalaciones en el interior eran relativamente modernas. Estuvo activo hasta los años setenta, pero la despoblación sufrida en las décadas anteriores en las aldeas de los alrededores hizo que las monjas, sus últimas inquilinas, terminaran abandonándolo para integrarse en otros conventos. Había pocos feligreses, y aún menos donativos. Con el auge de los retiros espirituales, fue utilizado para recibir a muchos viajeros que buscaban relajación y una vida más austera; así, durante su alojamiento, se dedicaban a cultivar en el huerto, meditar, practicar yoga, senderismo y estar en contacto con la madre naturaleza. Casi mantenía su estructura original intacta a pesar de que las estancias habían necesitado una auténtica remodelación. La explotación hotelera finalizó cuando la crisis azotó todo el país, y los gerentes, incapaces de pagar a los acreedores, se proclamaron insolventes; así, de nuevo, el monasterio cayó en el olvido, al igual que todas sus infraestructuras.
Rafael había conseguido transformar aquella inhóspita construcción en un hogar gracias a la ayuda inestimada del padre Carlos, quien había solicitado al obispado y a la comunidad autónoma los permisos pertinentes para su habitabilidad. Ella ignoraba cómo les habían otorgado la autorización; después de todo, no eran un grupo de monjes, como tampoco un puñado de ambiciosos empresarios ansiosos por atraer a personas de todo el mundo. Al expresar sus dudas por el motivo oficial de la reapertura, Iris le respondió con un guiño de ojo. Imaginó entonces que tendría que haber alguien poderoso al tanto de sus sobrenaturales aventuras.
Tenía tantas preguntas… Cada vez que conseguía obtener alguna respuesta, le surgían diez más. ¿Cuándo iba a acabar esa pesadilla? ¿Cuánto tiempo debía permanecer allí? ¿Cuándo volvería a casa con sus padres? ¿Por qué la perseguía esa sombra? Solo existía una gran certeza: mientras ese ente oscuro siguiese allí fuera, ella estaría en peligro.
—Vamos al pueblo —la informó Iris—. Te vendrá bien coger aire fresco y despejar las ideas.
Con una sonrisa forzada, aceleró el paso y se dispuso a salir. La intensa claridad del día la deslumbró por unos segundos, y tuvo la extraña sensación de llevar semanas recluida. Iris le señaló un jeep negro, y ella fue fustigada por decenas de agujas que le atravesaron el estómago cuando distinguió a sus dos ocupantes. Sentados en la parte delantera, estaban los dos hermanos cazadores, ambos con gafas de sol oscuras, como si se tratase de dos matones mafiosos. Hugo, que estaba al volante, la ignoró descaradamente, mientras que Oriol le mostró una sonrisa poco convincente.
Sofía, con una incomodidad que superaba su debilitada templanza, subió al vehículo. Durante el trayecto, fingió distraerse contemplando el paisaje a través de la ventanilla. Hugo mantenía una postura rígida, apenas hablaba, y se limitaba a contestar a las preguntas de Iris con monosílabos; en cambio, Oriol reía con desenfado y conversaba sin ningún tipo de censura. Examinó a sus obligados compañeros de viaje, y en ese instante suspiró resignada. Ella no encajaba en aquel grupo. Hugo, con su aspecto chulesco, no se desprendía de su chaqueta de cuero a pesar del calor sofocante. Oriol, de mirada enigmática, no parecía un campesino de la zona, ni siquiera se asemejaba a alguno de sus compañeros de instituto. Parecía más bien un rebelde osado que desprendía grandes dosis de picardía; aunque, claro, ella nunca había conocido a un cazador de fuerzas oscuras, y podría equivocarse. Y, por último, Iris, con sus cabellos azulados y esa energía tan desbordante como arrolladora. ¿Qué pintaba ella con aquellos chicos?
Cuando el jeep por fin cogió el desvío de la derecha, descubrió un pueblo pintoresco asentado a la orilla de un río. Las fachadas blancas de las casas le donaban un halo inmaculado, mientras que sus tejados, a dos aguas, rompían su simetría con las gruesas chimeneas. Un centenar de casas se agolpaban en el centro junto a la iglesia, y otras tantas se dispersaban en la lejanía hasta desaparecer tras las colinas.
—Bien, recordad las reglas —aclaró Hugo mientras aparcaba—: no confraternizar con la gente del pueblo, responder con evasivas si alguien pregunta, compramos lo que necesitamos y nos piramos. ¿Entendido? —Le dirigió una mirada inquisitiva a Sofía—. Oriol, tú te encargas de ella. Yo voy a la farmacia con Iris.
Atravesó la calle casi persiguiendo al chico, quien corría más que andaba. Se adentraron en el empedrado de unas callejuelas estrechas y empinadas. Al llegar a la plaza, se sorprendió al ver una pequeña fuente atestada de ancianos que remojaban sus pies en ella. Las señoras más remilgadas combatían el calor con sus abanicos coloridos.
—No nos tropezaremos con mucha gente hoy —le comunicó—. La mayoría están en el río disfrutando de esta tarde tan calurosa.
—¿Adónde vamos? —se atrevió a preguntar tras largos minutos de silencio.
—A una tienda no muy lejos de aquí —le respondió sin demostrarle ningún interés—. Tenemos que comprar alimentos, productos de limpieza, de aseo… Hugo se encarga de las medicinas.
Doblaron la esquina y accedieron a una venta de pocos metros cuadrados. Los artículos estaban apilados sin demasiado orden, las escasas estanterías se encontraban atiborradas de productos hasta casi alcanzar el techo, y los que no encontraban su hueco, estaban desperdigados por el pavimento. Una joven pecosa se acercó a ellos con una sonrisa de oreja a oreja.
—Puntual, como siempre —soltó mientras se mordía el labio inferior—. Una vez al mes tenemos el placer de verte por aquí, y con un poco de suerte, como hoy, hasta dos veces.
—Hola, Laura, ¿qué tal todo? —la saludó con rostro más que amable.
—Podría ir mejor si te dejaras ver con más frecuencia. —La joven pelirroja se le insinuaba con descaro: le mostraba su dentadura casi perfecta y jugaba a enroscar un mechón de pelo con su dedo índice.
Oriol le hizo una seña para que desapareciera, y ella obedeció de mal agrado. La estaba tratando como una mojigata, y eso la irritó hasta mostrar su desacuerdo con un sonoro bufido. Que no tuviera idea de sombras oscuras no implicaba que desconociera el significado de la palabra «ligar». Si eso era lo que Hugo llamaba «no confraternizar», es que ella se había perdido muchas clases de Lengua en el instituto.
Se encaminó hacia el fondo y se entretuvo observando a la clientela: todas mujeres de mediana edad que charlaban animadas comentando el extremado calor de aquel verano. Una de ellas le llamó especialmente la atención. Deambulaba con la mirada perdida y sin intercambiar una palabra con el resto, ni siquiera un escueto saludo. Andaba con las manos temblorosas. De vez en cuando, se llevaba el puño al pecho con el rostro compungido. A Sofía se le antojó que tenía una palidez extrema. Quizá estuviera enferma. De repente, la vio soltar la cesta de la compra y apoyarse en una de las estanterías. No se lo pensó dos veces y corrió a auxiliarla:
—¿Se encuentra bien?
—Sí, hija, sí… Es este endemoniado calor.
—¿Quiere que le traiga agua o azúcar? Si es una bajada de tensión, debería…
—No, no, estoy bien —la interrumpió mientras intentaba enderezarse.
Entonces, advirtió la presencia de una figura que fluctuaba junto a la mujer. Nunca había visto nada igual. Aunque le recordaba vagamente a los seres errantes que había descubierto en el castillo, este parecía estar difuminado en una especie de halo plúmbeo. Retrocedió espantada. Tal vez debería salir corriendo de allí. No quería entremeterse en más problemas sobrenaturales, sobre todo si no le incumbían a ella. Sin embargo, esa silueta la atraía de una manera casi hipnotizadora, no podía apartar la mirada de su insólito rostro. Se trataba de un hombre con una barba desaliñada y ojeras acusadas. Su piel poseía tonos grisáceos y marcaba de forma abrupta todas las líneas de su cara. Era evidente que la mujer no era consciente de la presencia de la aparición. ¿Podría ser posible que aquella figura fuera la causa de su desvanecimiento? Sofía ignoraba cómo proceder en una situación semejante. Debía llamar a Oriol. Él era un experto cazador, y ella era incapaz de dilucidar si ese espectro era amistoso o un ser hostil, aunque en su corta experiencia se atrevería a decantarse por la segunda opción. Entonces, escuchó un susurro que se dispersaba en el aire como un retintín fastidioso.
—¡Estúpida mujer! ¡Ser inútil y fracasado! ¡No vales nada! —oyó decir con una voz grave y algo metálica.
—¡Déjala en…!
No pudo terminar la frase. El brazo de Oriol había caído sobre ella con furia divina y la arrastraba hacia la salida.
—¡Quédate aquí y no te muevas! —le ordenó, visiblemente enfadado.
Se limitó a pagar mientras le lanzaba miradas furtivas, casi podría decir que cargadas de inquina. Recogió las pesadas bolsas de la compra sin ningún tipo de esfuerzo y después le indicó que saliera sin más. Una vez que se alejaron de la calle principal, estalló en cólera:
—¡¿En qué estabas pensando?!
—¿Tú también has visto eso? ¿Qué demonios era?
—¡Te dijimos que nada de hablar con la gente! ¡Y de meterte en líos, menos! — Furioso, se encaminó hacia el vehículo dando grandes zancadas—. ¡¿Qué parte no has entendido?!
—Pero esa mujer… Había algo que la acosaba… —Ella intentaba justificarse mientras hacía esfuerzos por seguirlo—. Quería ayudarla…
—¡No es nuestro problema! ¡No nos ocupamos de eso! —zanjó tajante.
—¡¿Y puede saberse de qué nos ocupamos?! ¡Porque a mí nadie me ha explicado nada! —alzó el tono de voz, esperando que él la tomara en serio—. Todos me dicen «Ya lo comprenderás». ¡Pero no entiendo nada! ¡Estoy harta! ¡¿Por qué nadie me cuenta qué es lo que está pasando?!
—¡Porque no es el momento ni el lugar! —Frenó la marcha y se encaró con ella.
—Pues no pienso moverme de aquí hasta que me expliques qué era eso. —Se plantó en medio de la calle, determinante.
Él reanudó la marcha sin prestarle mucha atención.
—Créeme, te conviene moverte. —Oriol comprobó de reojo que ella lo seguía de mala gana y se situaba a su lado—. Es un carroñero —le soltó por fin—, un espíritu de bajo nivel. Se alimentan de energía viva. El mundo está plagado de ellos. ¡Y no son nuestro problema!
—¿Quieres decir que andan por ahí sin que nadie los vea? —Frunció el ceño, contrariada.
—Nosotros podemos verlos, pero no les prestamos atención —la corrigió.
—¿Por qué? ¿No sois cazadores? —Cada vez entendía menos.
Oriol se detuvo por segunda vez y se aseguró de que no hubiese nadie husmeando por los alrededores.
—¡Escúchame bien, brujita! Los carroñeros fueron humanos una vez, eran asesinos o personas odiosas… ¡Hay millones! Sus almas son tan oscuras que no avanzan a un plano superior, y se quedan aquí estancados, vagando por el mundo. Para subsistir, buscan a personas frágiles y se alimentan de su luz absorbiendo su vitalidad, desgraciadamente. Y es así como terminan arrojándolas a una depresión o incluso al suicidio. —Oriol, todavía molesto, exhaló resignado—. Si estás perdida, viajas sin rumbo, totalmente a ciegas, y en tu camino te tropiezas con una linterna pero al otro lado vislumbras la luz de un faro, ¿hacia dónde te dirigirías?
—Seguiría la luz del faro —le respondió, encogiéndose de hombros.
—Bien, ahora entiende esto. Esa mujer es la linterna; tú, el faro. Ese carroñero no dudará un segundo en seguirte en busca de tu energía. —Su tono gélido hizo que Sofía se estremeciera—. ¡Así que mueve tu lindo trasero lo más rápido que puedas!
La joven inició una carrera y dejó atrás al cazador. No quería enfrentarse con ningún espíritu, aunque fuera de bajo nivel. Oriol no pudo evitar sonreír al verla correr espantada.
—Solo quería ayudar… No tenía ni idea… —se disculpó.
—Pues haznos un favor y no nos ayudes tanto. —Otra vez, sus palabras tajantes la sumieron en un terrible arrepentimiento.
Sin embargo, a pesar de los continuos reproches del chico, Sofía persistió en sus preguntas; quería estar preparada por si ese carroñero conseguía alcanzarla:
—¿Es peligroso?
—Es de bajo nivel. No me preocupa el combate, sino una lucha en medio de este pueblo. —Frunció el ceño mientras volvía la vista atrás—. Quedaríamos expuestos delante de mucha gente, y eso nunca es bueno.
Al doblar la esquina, Sofía comprobó que tanto Hugo como Iris los estaban esperando en el jeep. Parecían relajados. Iris descansaba sentada sobre el capó mientras Hugo permanecía apoyado en la puerta del conductor. Ambos fueron a su encuentro en cuanto los vieron llegar.
—¿Qué pasa? —Hugo le dirigió una mirada incisiva a su hermano.
—Nada. Metamos esto en el maletero y larguémonos de aquí.
Hugo los escudriñaba sin censura. Quería buscar respuestas a esa premura en los rostros de los recién llegados. Con desconfianza, ayudó a su hermano a introducir las bolsas en el vehículo. Oriol evitaba mirarlo. Todavía estaba visiblemente irritado por la intromisión de Sofía en la pequeña tienda, pero no quería empeorar las cosas, ya que sabía que Hugo pondría el grito en el cielo.
—¿Todo bien en el pueblo?
La insistencia de su hermano lo ponía de los nervios. Tenía esa exasperante manía de controlarlo todo.
—Como siempre…, jodidamente aburrido —le respondió, dando un portazo al introducirse en el vehículo.
Iris se encogió de hombros y le indicó a Sofía que subiera. Ella, antes de hacerlo, examinó el camino por el que habían llegado. No había nadie. Ni un alma. Ni viva ni muerta. Aliviada, suspiró y tomó asiento en el jeep.
Un silencio sepulcral reinaba dentro del vehículo; ninguno hablaba, nadie se movía. Hugo controlaba cada gesto de su hermano. Este último era tan tozudo como transparente, y él era capaz de apostar su vida a que había algo que lo inquietaba. Pero si había decidido ocultárselo, no se lo desvelaría tan fácilmente.
De repente, Iris dio un respingo en el asiento. Entornó los párpados unos segundos y, al abrirlos, expresó su sorpresa con una mueca de desconcierto.
—¿Por qué nos sigue un carroñero? —preguntó estupefacta.
A Sofía se le encogió el estómago. Examinó el horizonte por el cristal trasero. No había nada ni nadie en la carretera.
—¡Así que es eso! —Hugo golpeó el volante repetidas veces—. ¡¿Qué demonios ha pasado en el pueblo?!
—¡Para el coche! Ya estamos lo suficientemente lejos —le ordenó Oriol sin más explicaciones—. Nos encargaremos de él y nos iremos a casa.
—No voy a parar hasta que me digas qué está pasando.
—Es culpa mía —intervino Sofía—. He sido yo la que ha atraído al espíritu. Oriol solo intentaba que nos alejásemos del pueblo.
Hugo dio un brusco frenazo y, sin mediar palabra, bajó del vehículo con cara de pocos amigos. Oriol lo siguió. Sofía buscó auxilio en el rostro de la vidente; esperaba que esta le diese algún tipo de indicación. Iris la tranquilizó cogiéndole la mano.
—Pase lo que pase, no te separes de mí.
Ambas se situaron al lado de los cazadores. Se armaban con escopetas, cinturones de munición, cuchillos y unas extrañas bolas metálicas.
—Iris, ¿en cuánto lo tendremos encima? —le preguntó Hugo, ansioso.
—¡En menos de un minuto!
—¡Démosle una buena paliza!
7
Simbolo
Los dos muchachos, con semblante aguerrido, se colocaron en primera línea de combate. Iris, a escasos centímetros por detrás de ellos, blandía una daga con una destreza pasmosa. Entretanto, Sofía buscaba algo con lo que pudiera defenderse, aunque la realidad era que no tenía ni la más remota idea sobre cómo manejar un arma. Revolvió entre las sacas y encontró un espray. Ignoraba si le sería de utilidad, pero al menos la hacía sentir más segura. Con un poco de suerte, deseó que el bote contuviese algún tipo de repelente contra espíritus.
Examinó el terreno con una creciente agitación. La estampa le resultaba de lo más absurda: el jeep atravesado en medio de la carretera, dos cazadores y una vidente preparados para el ataque de un ser invisible para el resto, y ella, una chica corriente que hacía apenas unas semanas se había despedido de sus compañeros para continuar su periplo en la universidad, trataba ahora de defenderse de un espíritu con un bote de pintura roja en una carretera perdida de a saber qué pueblo del interior.
Se permitió observar el cielo, que tan vasto como cristalino los acompañaba en la interminable espera. El sol se afanaba en calentar unos árboles secos que clamaban lluvia desesperados, y las hojas secas brillaban aturdidas por unos rayos gualdos que insistían en arroparlas. Volvió a comprobar la carretera. Nada. Entonces, dirigió la mirada hacia la parte delantera del vehículo y descubrió acongojada una nube gris que había aparecido de improviso sobre el asfalto. Comenzaba poco a poco a retorcerse, a tomar forma, como si se hubiera roto el cascarón que la contenía y se desperezase en su interior, agitada. Y ahí lo vio. El hombre del supermercado emergía glorioso de la espeluznante neblina. No era corpóreo. Fluctuaba. En ese momento, pensó que para qué servirían unas balas y un cuchillo; no podían ejecutar a alguien que ya estaba muerto.
—Chicos, está aquí delante —les anunció con voz temblorosa.
—¡Mierda! —Hugo avanzó hacia la parte delantera, deslizándose sobre el capó.
—¡Quédate aquí!
La orden de Oriol resonó en la atmósfera como un anhelado alivio para ella. Él corrió tras su hermano mientras Iris retrocedía acercándose a su posición. Incluso desde la distancia, pudo distinguir el impávido rostro del espíritu. Sus ojos eran profundos y cóncavos, en los que era imposible imaginar que una vez estuvieron llenos de vida, mientras que en sus labios amoratados se dibujaba una pérfida sonrisa. Los cazadores comenzaron a disparar, y ella, perpleja, pudo constatar que no había balas en sus escopetas. Todavía estupefacta, observó cómo decenas de esferas metálicas impactaban contra el ente, abriéndose en ese momento como si se tratara de esplendorosas flores en primavera y desparramando una especie de granos blancos sobre él. ¿Qué demonios era eso? Achicó los ojos, curiosa, y de repente distinguió la lluvia blanca que caía inocua sobre el asfalto. ¡Las esferas estaban llenas de sal! ¿Cómo podía ser eso posible? ¿Sal? ¿Es que ese condimento ordinario utilizado para sazonar alimentos era en realidad una herramienta infalible contra monstruos? Fijó de nuevo la atención sobre el carroñero, quien se desplazaba a gran velocidad, esquivando las bolas con facilidad.
—¡Debe ser un espíritu muy antiguo! —gritó Oriol—. Ha tenido muchos siglos para aprender.
—¿Aprender qué? —preguntó con la habitual impaciencia de los novatos al verse desbordados por un insólito cometido.
De repente, escuchó una voz siseante dentro de su cabeza. Sonaba como un taladro perforando un muro compacto:
—No puedes huir de mí. Eres mía.
Paralizada, alzó la barbilla y clavó su intensa mirada en él, logrando atravesar sus pupilas y escudriñar así en su interior. Estaba oscuro, no había brillo ni esperanza. Era una profunda negrura que la hacía ahondar más en su vacío. Todo apestaba a muerte.
—¡Sofía, resiste! ¡Intenta manipularte!
Escuchaba la voz de Iris como un leve susurro en la lejanía, el cual no podía alcanzar porque ella no se encontraba allí, sino perdida en las imágenes de desolación y hastío que le transmitía el carroñero.
—¡Chicos, el carroñero se ha metido en la mente de Sofía!
—¡Mierda! —soltó Oriol sin volver la vista atrás. Mantenía la mirada clavada en los movimientos del espíritu—. ¡Intenta que salga del trance!
—¡No consigo un buen blanco! —maldijo Hugo—. ¡Te juro que voy a freírte y enviarte de una vez por todas al jodido purgatorio! —lo amenazó con rabia.
Iris tomó la mano de Sofía e intentó desesperada introducirse en sus pensamientos. Las voces de los espíritus eran audibles para ella como las de cualquier ser vivo. Era capaz de interceptarlas, pero muy pocas veces había logrado detenerlas. Así que lo único a lo que podía apelar era que la joven se apartara del carroñero y la escuchara a ella. Cerró los ojos e intentó canalizar toda su energía en las frases que surgían de su mente, tratando así de conectar con ella:
—Sofía, soy Iris. Estoy aquí, a tu lado. Concéntrate en mi voz y no en la de él. Quiere destruirte… Escucha mi voz, Sofía.
Pero ella había caído en un mar negro y espeso. Luchaba por no ahogarse e intentaba mantenerse a flote. La risa burlona del espíritu resonaba en cada átomo de su cuerpo y la hundía poco a poco en un océano ilusorio. A pesar de que se encontraba extenuada, no desistía. No quería morir en un recóndito lugar a manos de un ser que prácticamente nadie podía ver. Pero, de pronto, sus piernas dejaron de moverse y su boca ya no escupía el agua que tragaba. Le dolían los músculos, como si todos los nervios de su cuerpo hubieran decidido activarse a la vez. Era una tortura insoportable. Ya apenas le quedaba aliento. El ritmo de su corazón se enlentecía a cada latido que daba. Y abandonó la lucha.
—Fui pirata —escuchaba—, navegué por estos mares que hice míos. Ningún barco se me resistió. Ningún puerto pudo esquivar mis cañones. Ven y navega conmigo.
Sofía se hundía en el lóbrego océano carente de vida. No había peces ni algas, ni siquiera la luz intermitente de un faro que le indicara que se encontraba a pocos kilómetros de tierra, donde pescadores y marineros realizaban sus faenas. De improviso, atisbó el osado resplandor de una pequeña candela. Había alguien más con ella. Se atrevió a seguirla con la esperanza de hallar una abertura que la apartara de esa pesadilla sombría. Entonces, distinguió con cierto alivio a la mujer de largos cabellos rubios que la había advertido en el hotel de la presencia de la niebla. Poseía una incandescencia tan deslumbrante que tuvo que entornar los párpados para no ser cegada por ella.
—Eres una guerrera, lo llevas en la sangre —le susurraba.
Cientos de símbolos comenzaron a perfilarse en su mente. Eran tan fugaces que apenas contaba con un segundo para admirarlos. Se desplegaban ante ella como un abanico colorido, mostrándole su auténtico esplendor. Ignoraba qué estaba sucediendo, pero cada vez se sentía más fuerte, hinchada de un vigor insólito que la empujaba a sobrevivir, a combatir hasta el final. Y por fin, bruscamente, abrió los ojos.
Iris percibió sobresaltada el fulgor de una chispa en la palma de su mano. Pronto, la corriente fue tan fuerte que la vidente salió despedida varios metros hacia atrás. Sofía estaba envuelta en un halo de energía inaudita. Avanzó hacia la parte delantera del vehículo y se centró en los cazadores. Estos descargaban una y otra vez sal sobre el carroñero, sin mucho éxito. El hombre gris desaparecía antes de que alguna de las extrañas bolas lograse impactar sobre él. Fluctuaba a gran velocidad, de aquí para allá, evitando ser golpeado. Hugo extrajo una navaja con una hoja repleta de dientes afilados, pero si quería utilizarla, era consciente de que debía acercarse mucho más al espíritu. Oriol, con un gesto cómplice, asintió repetidas veces. Se dispuso a cubrir a su hermano.
—¡Estúpido carroñero! —Oriol se plantó ante él, desafiante—. ¡Vas a tener que enseñarnos un truquito mejor! ¡Está ya muy pasado el «Ahora me ves, ahora no»! ¡Ya es hora de que luches!
Consiguió atraer la atención del espíritu, que ahora enfocaba con saña sus dos guijarros negros sobre él. Oriol percibió cómo estos se dilataban hasta dibujarse en ellos dos intensas lenguas de fuego. El carroñero permanecía estático, apuntándolo con su mirada despiadada. Pero a él no lograría intimidarlo. Había eliminado a muchos de su especie, a esos que se dedicaban a vagar por el mundo alimentándose de los seres humanos. Con el paso del tiempo, había comprendido que esa clase de espíritus eran más frecuentes de lo que pensaba y que era imposible erradicarlos de la Tierra. ¡Al menos no a todos! Pero a este lo tenía ahora a tiro y no iba a desaprovechar esa oportunidad.
Con la escopeta en posición, se dispuso a disparar. Quiso apretar el gatillo, pero algo se lo impidió. De repente, cayó en la cuenta de que tenía los brazos paralizados. Con el ceño fruncido y los labios apretados, hacía esfuerzos en vano por recobrar el control, pero inexplicablemente el ente lo había inmovilizado. Ni siquiera lograba bajar el arma, lo mantenía encañonado sin poder descargar la munición. Entonces, advirtió un calor repentino en las manos; era abrasador. Sus dedos comenzaban a enrojecerse, le ardían, y no podía hacer nada para evitarlo. Se estaba quemando. Gritó de dolor. La temperatura de la escopeta se había elevado hasta sentir cómo hervía entre sus manos.
El espíritu sonreía maliciosamente. La soberbia era uno de los pecados más comunes de los carroñeros, pero también su punto débil. Hugo avanzaba con sigilo hacia él, empuñando la navaja ungida en santos óleos, cuando escuchó el quejido descomunal de su hermano. Había llegado el momento de actuar. Se acercó por detrás y laceró al espíritu de derecha a izquierda. Este desapareció al instante, profiriendo un alarido atronador.
Sofía luchaba por recobrar el aliento y dominar la descomunal energía que se había apoderado de ella. El espíritu había intentado arrastrarla a su oscuridad, pero había logrado escapar. Y ahora percibía el florecimiento de un arrebatador impulso que nacía de sus vísceras y se propagaba con premura por todas las venas de su cuerpo. Tenía que hacer algo, y ya. Por fin, avanzó determinante y alcanzó la posición de los cazadores.
—¡Sofía, ¿qué estás haciendo?! ¡Vuelve con Iris! —Oriol había caído al suelo y hacía grandes esfuerzos por incorporarse. Tenía las manos repletas de llagas, y evitaba apoyarlas sobre el asfalto—. Todavía no se ha ido… Hugo solo lo ha herido. ¡Volverá con más fuerza!
Ella ignoró las advertencias del cazador y examinó el pavimento con detalle. Las líneas continuas de la carretera se tornaron difusas; bailaban entrelazándose como inciertos espejismos para engañarla, para confundir su mente. Pero era consciente de que todo era producto de su cerebro, el cual la instaba a hallar la solución. Entonces, asió el bote de espray y comenzó a dibujar un círculo rojo. Furioso, Hugo llegó hasta ella.
—Pero ¡¿qué demonios haces?! ¡¿Estás loca?! ¡Oriol tiene razón! ¡Lárgate de aquí! ¡Ese carroñero se mueve muy rápido!
—¡Estoy construyendo una trampa! —afirmó enérgica, como si se encontrara en una especie de trance que solo ella conocía.
Hugo reparó en sus ojos casi transparentes. Eran de un azul glacial, capaces de sumergirte en un crudo invierno. Atónito, contempló entonces el triángulo invertido que dibujaba en el centro del círculo y que posteriormente atravesó con una línea vertical y otra horizontal. A continuación, pintó cuatro puntos voluminosos en los segmentos fragmentados por las líneas. Hugo había ojeado ese ancestral círculo en los libros antiguos de la biblioteca. Su significado se había perdido con el tiempo y también su uso. ¿Cómo es que ella lo conocía?
—¡¿Qué es eso?! —Oriol había llegado hasta ellos y examinaba estupefacto el inquietante dibujo.
—¡Corre y coge tu arma! —le ordenó Hugo—. ¡Ya!
Sofía se retiró de inmediato y observó cómo los cazadores volvían a armarse. Oriol lo hacía a pesar de las heridas que cubrían sus manos. Entonces, sobre el círculo comenzó a aparecer de nuevo el espíritu. Al principio no era más que una bruma insustancial, pero después se transformó en el ente malvado que ansiaba poseerla. En el momento en el que completó su forma fantasmal, cayó en la cuenta de que estaba atrapado. El círculo que ella había pintado era una antigua prisión que brujas ancestrales habían ideado para capturar espíritus errantes. Colérico, se contorsionaba con brusquedad buscando una salida. Y ese fue el instante que aprovecharon los dos cazadores para descargar decenas de esferas de sal sobre él. El espíritu se retorcía desesperado mientras todos contemplaban impávidos cómo tras una larga lucha estallaba finalmente en miles de fragmentos oscuros.
—¿Está muerto? —preguntó ella con cierto alivio.
—No se puede matar lo que ya está muerto —le contestó Oriol, conteniendo una mueca de dolor—, pero lo hemos mandado muy lejos de aquí, y espero que se pudra donde quiera que esté.
Iris se aproximó acusando una ligera cojera. Había recibido un fuerte golpe en la cadera al caer sobre el asfalto.
—¿Podemos irnos ya? Creo que tengo que pasar por la enfermería.
Todos excepto Hugo se dirigieron al jeep. Él se entretuvo creando garabatos sin sentido sobre el círculo. Era uno de los deberes de un cazador: borrar toda huella de lucha sobrenatural. Contrariado, subió al vehículo y observó de reojo a su hermano mientras arrancaba.
—Conque no pasaba nada… —le espetó, visiblemente irritado—. La próxima vez que te pregunte, espero que no olvides decirme que… ¡un estúpido carroñero nos persigue!
Darmowy fragment się skończył.