Czytaj książkę: «La ciudad de Dios. Libros XVI-XXII»

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Según las normas de la B.C.G., la traducción de este volumen ha sido revisada por Alberto Medina González.

© de la traducción y las notas: Rosa Mª Marina Sáez, 2020.

© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2020.

Diagonal, 189 – 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

Primera edición: mayo de 2020.

RBA • GREDOS

REF.: GEBO545

ISBN: 978-84-249-3976-2

Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.

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Todos los derechos reservados.

LIBRO XVI

SUMARIO

1  Si después del diluvio, desde Noé hasta Abraham, se encuentran algunas familias de aquellos que viven conforme a Dios.

2  ¿Qué había sido representado proféticamente en los hijos de Noé?

3  Sobre las generaciones de los tres hijos de Noé.

4  Sobre la diversidad de las lenguas y el comienzo de Babilonia.

5  Sobre el descenso del Señor para confundir la lengua de los que construían la torre.

6  Cómo debe entenderse el lenguaje con el que Dios se dirige a los ángeles.

7  ¿Acaso incluso las islas más alejadas de las tierras han recibido todas las especies de bestias a partir de ese número que fue preservado en el arca de la inundación del diluvio?

8  ¿Acaso de la descendencia de Adán o de los hijos de Noé ciertos linajes de seres humanos han dado lugar a los monstruos?

9  ¿Ha de creerse que la parte inferior de la tierra, que es la opuesta a la que habitamos, tiene antípodas?

10  Sobre la generación de Sem, en cuya descendencia se encarrila la línea de la ciudad de Dios dirigiéndose hacia Abraham.

11  La primera lengua en uso de los seres humanos fue aquella que después fue llamada hebrea por el nombre de Heber, en cuya familia se conservó tras producirse la dispersión de las lenguas.

12  Sobre la época de Abraham, a partir de la cual se forma un nuevo orden de la línea sucesoria santa.

13  Cuál parece que fue el motivo de que en la migración de Taré, por la que abandonando a los caldeos pasó a Mesopotamia, no se hace ninguna mención de su hijo Nacor.

14  Sobre los años de Taré, que completó el tiempo de su vida en Jarán.

15  Sobre el tiempo de la marcha de Abraham en el que, siguiendo el mandato de Dios, salió de Jarán.

16  Sobre el orden y la naturaleza de las promesas de Dios, que le fueron hechas a Abraham.

17  Sobre los tres imperios más renombrados de los gentiles, uno de los cuales, el de los asirios, ostentaba la más alta preeminencia ya engendrado Abraham.

18  Sobre la segunda alocución de Dios a Abraham, por la que se le promete a él y a su descendencia la tierra de Canaán.

19  Sobre la castidad de Sarra, protegida por Dios en Egipto, de la que Abraham había dicho que era no su esposa, sino su hermana.

20  Sobre la separación de Lot y Abraham, que satisfizo a ambos al quedar salvaguardado su afecto.

21  Sobre la tercera promesa de Dios, por la que se garantiza la tierra de Canaán a Abraham y su estirpe.

22  Sobre los enemigos de Sodoma, vencidos por Abraham, cuando también liberó a Lot del cautiverio y fue bendecido por el sacerdote Melquisedec.

23  Sobre la palabra del Señor a Abraham, por la que se le prometió una posteridad que había de multiplicarse como la multitud de las estrellas. Creyendo en ella fue justificado cuando todavía conservaba su prepucio.

24  Sobre el simbolismo del sacrificio que se le ordenó ofrecer a Abraham después de haber solicitado que se le instruyera acerca de lo que había creído.

25  Sobre Agar, la esclava de Sarra, quien la misma Sarra quiso que fuese concubina de Abraham.

26  Sobre el testimonio de Dios a Abraham, por el que le promete en su vejez un hijo de la estéril Sarra y le instituye como padre de pueblos y refrenda la garantía de la promesa mediante el rito de la circuncisión.

27  Sobre el varón, que si al octavo día no hubiese sido circuncidado, su alma perece, porque rompió la alianza de Dios.

28  Sobre el cambio de los nombres de Abraham y Sarra que, no pudiendo engendrar a causa de la esterilidad de la una y de la avanzada edad de ambos, alcanzaron el don de la fecundidad.

29  Sobre los tres varones, o ángeles, bajo cuya forma se revela que Dios se apareció a Abraham junto a la encina de Mambre.

30  Sobre Lot, liberado de los sodomitas, consumidos ellos mismos por el fuego celeste, y sobre Abimelec, cuya concupiscencia no pudo ultrajar la castidad de Sarra.

31  Sobre Isaac, nacido según la promesa, al que se le dio nombre por la risa de sus padres.

32  Sobre la obediencia y fe de Abraham, en la que fue probado mediante la ofrenda de la inmolación de su hijo, y sobre la muerte de Sarra.

33  Sobre Rebeca, nieta de Nacor, a la que Isaac tomó por esposa.

34  ¿Qué debe entenderse en el hecho de que Abraham después de la muerte de Sarra tomó como esposa a Cetura?

35  ¿Cuál era el significado de la respuesta divina sobre los gemelos todavía encerrados en el útero de su madre Rebeca?

36  Sobre el oráculo y la bendición que Isaac recibió no de distinto modo que su padre, amado por su mérito.

37  Sobre lo que se prefiguraba místicamente en Esaú y Jacob.

38  Sobre Jacob, enviado a Mesopotamia para tomar esposa, la visión que tuvo en el camino y sus cuatro esposas, aunque había pedido una sola.

39  Cuál fue la razón de que Jacob recibiera también el sobrenombre de Israel.

40  De qué modo se cuenta que Jacob entró en Egipto con setenta y cinco almas, cuando la mayoría de aquellos que se mencionan fueron engendrados con posterioridad.

41  Sobre la bendición que Jacob prometió a su hijo Judá.

42  Sobre los hijos de José, a los que Jacob bendijo con el cambio profético de sus manos.

43  Sobre los tiempos de Moisés, de Jesús Nave, de los jueces y de los reyes, de los cuales ciertamente el primero es Saúl, pero David es considerado el más importante, tanto por el símbolo como por sus méritos.

1

Resulta difícil descubrir con claridad a partir de lo que dicen las escrituras si después del diluvio han continuado las huellas de la ciudad santa en su avance o si se han visto interrumpidas por el transcurrir de los tiempos de impiedad, de tal manera que no existiera entre los seres humanos ningún adorador del único Dios verdadero, porque después de Noé, que con su esposa y sus tres hijos y sus otras tantas nueras mereció librarse de la devastación del diluvio por medio del arca, no encontramos en los libros canónicos proclamada de forma evidente la piedad de nadie por testimonio divino hasta Abraham, excepto en el hecho de que Noé hace valer a sus dos hijos, Sem y Jafet, con su bendición profética, intuyendo y previendo lo que había de suceder mucho después.

De ahí resultó también que a su hijo mediano, es decir, más joven que el primogénito y mayor que el último, que había pecado contra su padre, lo maldijo, no en su persona, sino en la de su hijo, nieto suyo, con estas palabras: Maldito sea el niño Canaán, será esclavo de sus hermanos1. Canaán, por su parte, había nacido de Cam, que no había cubierto la desnudez de su padre mientras dormía, sino que, por el contrario, la había puesto en evidencia. De ahí también que a continuación añadió una bendición de los dos hijos, el mayor y el menor, diciendo: Bendito sea el Señor Dios de Sem, y Canaán será su esclavo; engrandezca Dios a Jafet, y habite en las moradas de Sem2, así como también la plantación misma de la viña de Noé, la ebriedad causada por su fruto, la desnudez de este mientras dormía, y todo lo demás que allí sucedió y fue puesto por escrito está cargado de significados proféticos y oculto por un velo3.

2

Pero ahora, ya alcanzado el cumplimiento de los hechos en sus descendientes, ha quedado suficientemente manifiesto lo que había estado oculto. En efecto, ¿quién prestando atención a ello con rigor e inteligencia no lo reconocería en Cristo? Lo cierto es que Sem, de cuya descendencia Cristo nació en carne, significa «renombrado»4. Pero ¿qué hay más renombrado que Cristo, cuyo nombre ya exhala su aroma por todas partes, así como en el Cantar de los Cantares, anticipándolo también la propia profecía, se le compara con ungüento derramado, en cuyas moradas, es decir, en las iglesias, habita la extensión de las naciones5? Pues Jafet significa «extensión»6. Finalmente Cam, que significa «cálido»7, hijo mediano de Noé, como si se separase de uno y otro y permaneciese en medio de ambos, ni en las primicias de los israelitas, ni en la plenitud de los gentiles, ¿qué otra cosa simboliza sino el linaje de los heréticos, caldeado no por el espíritu de la sabiduría, sino por el de la impaciencia, que suele poner en ebullición las entrañas de los herejes y perturbar la paz de los santos? Pero esto redunda en beneficio de los que progresan, según aquellas palabras del apóstol: Es conveniente también que existan herejías, para que aquellos de probada virtud se hagan visibles entre vosotros8. De donde también está escrito: el hijo instruido será sabio, y utilizará al necio como su sirviente9. Lo cierto es que muchas premisas relativas a la fe católica, mientras son hostigadas por la ardiente agitación de los heréticos, a fin de que puedan ser defendidas frente a ellos, son examinadas con mayor rigor, comprendidas con mayor claridad y proclamadas de manera más apremiante, y la discusión suscitada por el adversario se presenta como una oportunidad de aprender. Aunque no solo quienes están escindidos de manera totalmente abierta, sino todos los que se glorían del nombre cristiano y viven en medio de la perdición, no sin razón pueden parecer representados por el hijo mediano de Noé. Lo cierto es que la pasión de Cristo, que es simbolizada por la desnudez de aquel hombre, por un lado, la proclaman profesándola y, por otro, la deshonran obrando mal. Por consiguiente, acerca de tales personas se ha dicho: Por sus frutos los conoceréis10. Por dicho motivo, Cam fue maldecido en su hijo, como si de su fruto, es decir, de su obra, se tratara. Por ello, también su propio hijo Canaán significa propiamente «sus movimientos»11. ¿Qué otra cosa es más que su obra? Pero Sem y Jafet, como la circuncisión y el prepucio, o como el apóstol los llama de otro modo, judíos y griegos12, pero llamados y justificados, conocida en cierto modo la desnudez del padre, que simbolizaba la pasión del Salvador, tomando un vestido lo colocaron sobre sus espaldas, entraron de espaldas y cubrieron la desnudez de su padre, y no vieron lo que cubrieron por respeto. En efecto, de algún modo en la pasión de Cristo honramos lo que se hizo por nosotros y despreciamos el crimen de los judíos. El vestido simboliza el sacramento, las espaldas el recuerdo de los tiempos pasados13, ya que, sin duda, ya en aquel tiempo en el que Jafet habita en las moradas de Sem y el mal hermano en medio de ellos, la iglesia celebra la pasión de Cristo como cumplida, no la prevé todavía como futura.

Pero el mal hermano se convierte en siervo, es decir, en esclavo de sus hermanos buenos en su hijo, es decir, en su obra, dado que para el ejercicio de la paciencia o para la progresión de la sabiduría los buenos se sirven sabiamente de los malos. Hay, en efecto, según el testimonio del apóstol, quienes proclaman a Cristo no de manera honesta, pero dice, que Cristo sea proclamado, ya bajo pretexto ya sinceramente14. Lo cierto es que él mismo plantó la viña de la que dice el profeta: la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel15, y bebe de su vino (ya se entienda aquí aquel cáliz, del que dice: ¿podéis beber el cáliz que yo habré de beber16? Y Padre, si es posible, pase de mí este cáliz17, con el que, sin duda, simboliza su pasión; ya, dado que el vino es el fruto de la viña, con ello se significa más bien que tomó de la propia viña, es decir, del linaje de los israelitas, la carne y la sangre por nosotros, para poder padecer), y se embriagó, es decir, padeció, y se quedó desnudo18. Pues allí quedó desnuda, es decir, se manifestó, su debilidad, de la cual dice el apóstol: Aunque fue crucificado en su debilidad19. Por ello, el mismo dice: la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres y la necedad de Dios es más sabia que los hombres20. Y tras haberse dicho: y quedó desnudo, lo que añade la escritura: en su casa21, muestra con discernimiento que habría de sufrir la cruz y la muerte a manos del pueblo de su carne y de los de su casa de su sangre, es decir, de los judíos. Esta pasión de Cristo los réprobos la proclaman externamente, solo con el sonido de su voz, pues no comprenden lo que proclaman. Los honestos, en cambio, guardan tan gran misterio en el hombre interior y honran dentro de su corazón la debilidad y la necedad de Dios, ya que es más fuerte y más sabia que los hombres. Símbolo de ello es el hecho de que Cam saliendo anunció esto en el exterior, pero Sem y Jafet, para cubrirlo con un velo, es decir, para honrarlo, entraron, es decir, obraron en el interior.

Indagamos estos secretos de la escritura divina, según nuestras posibilidades, unos de forma más o menos coherente que otros, sin embargo, reteniendo como cierto, según la fe, que estos no se llevaron a cabo ni se pusieron por escrito sin alguna prefiguración de lo que habría de suceder, y que no deben ser referidos sino a Cristo y su iglesia, que es la ciudad de Dios. Desde el origen del género humano no cesó su anuncio profético, que vemos cumplirse por todas partes. Así pues, bendecidos dos de los hijos de Noé y maldecido uno en medio de estos, durante más de mil años22 hasta Abraham se hizo el silencio en la conmemoración de algunos justos que adoraron a Dios piadosamente. Y no podría creer que no los hubiera, sino que, si se recordasen todos, resultaría demasiado extenso, y respondería más al rigor histórico que a la providencia profética. Por consiguiente, el autor de estos textos sagrados o, mejor dicho, el Espíritu de Dios a través de él, expone aquellos relatos en los que no solo se narren hechos pasados, sino también se predigan acontecimientos futuros que, no obstante, atañen a la ciudad de Dios, ya que también cualquier cuestión que aquí se expone acerca de personas que no son ciudadanas suyas se incluye con el propósito de que aquella progrese o destaque por comparación con el contrario. No debe considerarse necesariamente que todos los hechos que se narran poseen además un sentido simbólico; pero a causa de aquellos que lo poseen se insertaron también los que no simbolizan nada. Efectivamente, la tierra es hendida únicamente por la reja; pero para que esto pueda hacerse, también son necesarias las otras partes del arado; y en las cítaras y en otros instrumentos musicales semejantes solo las cuerdas son aptas para la emisión de sonidos; pero para que puedan serlo, existen también las restantes piezas en el ensamblaje de los instrumentos, que no son pulsadas por los músicos, pero estas están conectadas a aquellas, que las hacen resonar al ser pulsadas. Así, en la historia profética se cuentan algunos hechos que no poseen simbología alguna, pero a las cuales se añaden aquellos que la poseen, y en cierto modo se vinculan.

3

En consecuencia, a continuación deben examinarse las generaciones de los hijos de Noé y debe añadirse lo que parece que se ha de decir acerca de ellas a la presente obra, en la que se muestra el recorrido a través de los tiempos de una y otra ciudad, a saber, la terrena y la celeste. En efecto, comenzaron a ser recordadas a partir de su hijo menor, llamado Jafet, del cual se mencionaron ocho hijos23 y siete nietos de dos de sus hijos, tres de uno, cuatro del otro, por lo que hacen quince en total. Por su parte, los hijos de Cam, es decir, del hijo mediano de Noé, son cuatro, y sus nietos cinco, de uno solo de sus hijos, sus bisnietos dos, de uno de sus nietos. Su suma da once. Enumerados estos, se vuelve al principio, por decirlo de algún modo, y se dice: Cus, por su parte, engendró a Nebrot; este comenzó a ser un gigante sobre la tierra. Este era un gigante cazador contra el Señor Dios24. Por esto dicen: Como Nebrot, gigante cazador contra el Señor. Y se produjo el comienzo de su reino sobre Babilonia, Orec, Arcad y Calane, en la tierra de Senaar. De aquella tierra salió Asur y construyó Nínive, la ciudad de Roboot y Calac y Dasem, entre Nínive y Calac: esta es la ciudad grande25. Más adelante ese Cus, padre del gigante Nebrot, fue mencionado en primer lugar entre los hijos de Cam, del que ya se habían contado cinco hijos y dos nietos. Pero engendró a ese gigante o bien después de que hubieran nacido sus nietos, o bien, cosa que resulta más creíble, la escritura habló de él por separado a causa de su preeminencia, puesto que también se recordó su reino, cuyo comienzo era aquella nobilísima ciudad de Babilonia, y las ciudades o regiones que se mencionan junto a ella. Pero lo que se ha contado de que Asur salió de aquella tierra, es decir, de la tierra de Senaar, que pertenecía al reino de Nebrot, y construyó Nínive y otras ciudades que ha enumerado, sucedió mucho después, cuestión que tocó aprovechando la ocasión con la excusa del prestigio del imperio de los asirios, que admirablemente expandió Nino, el hijo de Belo, fundador de la gran ciudad de Níníve, ciudad cuyo nombre deriva del suyo, de manera que era llamada Nínive a partir de Nino26. Asur, por su parte, de donde proceden los asirios, no estuvo entre los hijos de Cam, el hijo mediano de Noé, sino que se encuentra entre los hijos de Sem, que fue el hijo mayor de Noé27. De ahí se hace patente que de la estirpe de Sem surgieron los que después conquistaron el reino de aquel gigante y desde allí se extendieron y fundaron otras ciudades, la primera de las cuales fue llamada Nínive por Nino. De aquí se vuelve a otro hijo de Cam, que se llamaba Mesraim, y se recuerda a los que engendró, no como individuos, sino como siete naciones. Y de la sexta, como de un sexto hijo, se recuerda que surgió la nación que recibe el nombre de filistea, de donde hacen ocho. De ahí se vuelve de nuevo a Canaán, el hijo en el cual fue maldito Cam, y son mencionados los once que engendró. Después se indica hasta qué fronteras llegaron, mencionándose algunas ciudades. Y por esto, si se cuentan los hijos y nietos, se citan treinta y uno nacidos de la estirpe de Cam.

Resta por mencionar a los hijos de Sem, el hijo mayor de Noé, pues el relato de esas generaciones, comenzado por el menor, llega gradualmente hasta él. Pero la relación desde donde comienzan los hijos de Sem presenta cierta oscuridad que debe ser aclarada en la exposición, porque atañe, y mucho, a la cuestión que investigamos. En efecto, se lee así: Y Sem, el padre mismo de todos los hijos y hermano mayor de Jafet, tuvo como descendencia a Heber28. El orden de las palabras es el siguiente: y Sem tuvo como descendencia a Heber, también él mismo, es decir, el propio Sem, tuvo a Heber, y este Sem es el padre de todos los hijos. Así pues, quiere darse a entender que Sem es el patriarca de todos aquellos que han nacido de su estirpe, a los que había de mencionar, ya sean sus hijos, ya sus nietos y bisnietos y otros descendientes suyos. En realidad, Sem no engendró directamente a ese Heber, sino que se encuentra en quinto lugar a partir de él en la línea de sus descendientes. Lo cierto es que Sem entre otros hijos engendró a Arfaxat, Arfaxat engendró a Cainán, Cainán engendró a Sala, Sala engendró a Heber. Consecuentemente, este mismo fue mencionado no sin motivo en primer lugar en la descendencia procedente de Sem y antepuesto incluso a sus hijos, aun perteneciendo a la quinta generación, dado que es verdad lo que transmite la tradición, que los hebreos reciben su nombre de aquel, como hebereos. Aunque también podría darse otra interpretación, que parezca que reciben su nombre de Abraham, como Abraeos; pero, evidentemente, la verdad es que se llaman hebereos a partir de Heber y después, debilitada una letra, hebreos29, cuya lengua solo pudo conservar el pueblo de Israel, en el cual la ciudad de Dios fue peregrina en los santos y proyectada en todos como símbolo. Así pues, en primer lugar se nombran seis hijos de Sem, después de uno de ellos nacieron sus cuatro nietos y, del mismo modo, otro de los hijos de Sem engendró a su nieto, y de aquel igualmente nació un bisnieto y de allí un tataranieto que es Heber. Heber, por su parte, engendró dos hijos, a uno de los cuales llamó Falec, que significa «el que divide»30. Después la escritura, añadiendo y dando explicación de este nombre, dice: Porque en sus días fue dividida la tierra31. Más adelante se mostrará qué sentido tienen estas palabras32. Por otra parte, el otro que nació de Heber engendró doce hijos; y por esto todos los descendientes de Sem hacen veintisiete. Por tanto, en total todos los descendientes de los tres hijos de Noé, a saber, los quince de Jafet, los treinta y uno de Cam y los veintisiete de Sem, hacen setenta y tres. Después la escritura continúa diciendo: Estos son los hijos de Sem en sus tribus, según sus lenguas, en sus territorios y en sus naciones33; y, asimismo, dice de todos: estas son las tribus de los hijos de Noé según sus generaciones, según sus naciones. De ellas se dispersaron las islas de las naciones sobre la tierra tras el diluvio34. De donde se concluye que hubo entonces setenta y tres o, más bien (cosa que se demostrará más adelante), setenta y dos naciones, no individuos. Pues incluso antes, tras mencionarse a los hijos de Jafet, se concluyó así: De ellas se dispersaron las islas de las naciones sobre la tierra, cada uno según su lengua en sus tribus y en sus naciones35.

Por otra parte, entre los hijos de Cam en cierto pasaje se mencionan más claramente las naciones, como mostré más arriba. Mesraim engendró a los que son llamados Ludiim36; y de este mismo modo las restantes naciones hasta siete. Y una vez mencionados todos, más adelante concluye diciendo: Estos son los hijos de Cam en sus tribus, según sus lenguas, en sus territorios y naciones37. Por consiguiente, los hijos de muchos no son mencionados por el siguiente motivo, porque al nacer se agregaron a otras naciones, pero ellos mismos no fueron capaces de formar una nación. Pues ¿por qué otra razón, siendo mencionados ocho hijos de Jafet, solamente se nombran los hijos nacidos de dos de ellos, y siendo citados cuatro hijos de Cam, tan solo se añaden los nacidos de tres, y siendo nombrados seis hijos de Sem, se incluye la descendencia de dos? ¿Acaso los restantes se quedaron sin hijos? Lejos se esté de creerlo. En lugar de ello, no formaron naciones por las cuales mereciesen ser recordados porque, conforme iban naciendo, se agregaban a otras naciones.

4

Por consiguiente, una vez consignado que estas naciones hablaban en sus lenguas, no obstante vuelve el narrador a aquel tiempo en el que la lengua de todos fue una sola, y a partir de ahí ya expone qué sucedió para que surgiera la diversidad de las lenguas. Y toda la tierra era, dice, un solo labio y una sola voz para todos. Y sucedió que, al desplazarse estos mismos desde oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar, y habitaron allí. Y dijo cada hombre a su vecino: venid, fabriquemos ladrillos y cozámoslos al fuego. Y se sirvieron de ladrillos a modo de piedra y de alquitrán a modo de arcilla, y dijeron: venid, construyámonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, y hagámonos un nombre antes que nos dispersemos por la faz de toda la tierra. Y el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que habían construido los hijos de los hombres. Y dijo el Señor Dios: He aquí un único linaje y un único labio para todos; y han comenzado a construir este edificio y ahora no desistirán de hacer todo lo que hayan emprendido; venid, y al bajar confundamos allí sus lenguas para que ninguno entienda la palabra del vecino. Y el señor los dispersó de allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad y la torre. Por causa de ello se le llama con el nombre de confusión, porque allí Dios confundió los labios de toda la tierra. Y de allí el señor los dispersó sobre la faz de toda la tierra38. Esa ciudad, que fue llamada confusión, es Babilonia, cuya admirable construcción celebra también la historia de los gentiles. Lo cierto es que Babilonia significa «confusión»39. De ahí se sigue que aquel gigante Nebrot fue su fundador, lo cual anteriormente se había sugerido de pasada, cuando, al hablar la escritura sobre él, dice que el comienzo de su reino fue Babilonia, es decir, la que ostentaba la primacía sobre las restantes ciudades, donde se hallaba la sede del reino como en una metrópolis; aunque no había alcanzado tan altas cotas de esplendor como imaginaba su soberbia impiedad40. Pues se proyectaba una altura desmesurada, se ha dicho que hasta el cielo, ya de aquella única torre que edificaban como la principal entre las restantes, ya de todas las torres que fueron designadas en número singular, así como se dice «el soldado» y se entiende «un millar de soldados»; como la rana y la langosta41; pues así fue denominada la multitud de ranas y de langostas en las plagas con las que los egipcios fueron golpeados por medio de Moisés42. Pero ¿qué iba a conseguir la presunción humana y vana, comoquiera y cuanto quiera que elevase la altura de la mole hasta el cielo contra Dios, cuando superase todos los montes, cuando escapase del espacio de esta atmósfera nebulosa? En definitiva, ¿qué daño podría causar a Dios la elevación, ya espiritual, ya corporal, por grande que fuese? La humildad construye un camino seguro y verdadero hasta el cielo, levantando el corazón hacia el Señor, no contra el Señor, así como se dice de ese gigante cazador contra el Señor43. Algunos, engañados por la ambigüedad del griego, no lo entendieron, de manera que no tradujeron contra el Señor, sino ante el Señor; ]ναντíoν ciertamente significa «contra» y «ante». Esta palabra, en efecto, aparece en el salmo: Y lloremos ante el Señor que nos creó44; y esta palabra se halla también en el libro de Job, donde está escrito: estallaste en furor contra el Señor45. Así, en efecto, debe entenderse ese gigante cazador contra el Señor. Por otra parte, ¿qué se expresa aquí con este término, que es venator (cazador), sino el burlador, opresor y exterminador de los animales terrestres? Pues erigía con sus pueblos una torre contra Dios, con la que se simboliza la soberbia impía. Y merecidamente se castiga la mala intención, incluso si no logra su propósito. Pero ¿cuál fue la índole misma del castigo? Puesto que el poder del que manda reside en la lengua, allí fue condenada la soberbia, de manera que no fuera entendido el que mandaba al hombre, que no quiso entender que debía obedecer a Dios cuando le mandaba. Así quedó desbaratada aquella conspiración, al separarse cada cual de aquel al que no entendía y al no unirse sino a aquel con el que podía comunicarse. Y las naciones se dividieron por lenguas y se dispersaron por las tierras, así como a Dios plugo, que lo hizo de forma oculta e incomprensible para nosotros.

5

Y respecto a lo que está escrito: Y el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que habían construido los hijos de los hombres46, esto es, no los hijos de Dios, sino aquella sociedad que vive conforme al hombre, a la que llamamos ciudad terrena, Dios no se mueve de su lugar, quien siempre está en su totalidad en todas partes, sino que se dice que desciende cuando realiza alguna acción en la tierra, que, realizada de forma admirable al margen del curso habitual de la naturaleza, muestra en cierto modo su presencia. Y no aprende viendo en un determinado momento quien nunca puede ignorar nada, sino que se dice que ve y conoce en ese momento lo que hace que sea visto y conocido. Por consiguiente, aquella ciudad no se veía así, de la manera en que Dios hizo que se viera cuando mostró cuánto le disgustaba. Aunque podría entenderse que Dios descendió a aquella ciudad porque descendieron sus ángeles, en los cuales habita, como si lo que se añade: Y dijo el Señor Dios: he aquí un solo pueblo y un solo labio para todos, y lo demás, y después se añade: venid, y al bajar confundamos allí sus lenguas47, fuese una recapitulación48, mostrando cómo se hizo lo que se había dicho: Descendió el Señor. Pues si ya había descendido, ¿qué quiere decir: venid, y al bajar confundamos (lo que se entiende como dirigido a los ángeles), a no ser porque descendía por medio de los ángeles quien se hallaba en los ángeles que descendían? Y no dice propiamente «venid, y al bajar confundid», sino confundamos allí sus lenguas, mostrando así que él actúa por medio de sus ministros, para que también sean ellos mismos cooperadores de Dios, como dice el apóstol: pues somos cooperadores de Dios49.

6

Podía entenderse también de los ángeles aquello que se dijo en el momento en que fue creado el hombre50: hagamos al hombre, porque no dijo «haga»; pero, dado que sigue a nuestra imagen, ni es lícito creer que el hombre fue creado a imagen de los ángeles, ni que la imagen de los ángeles y la de Dios es la misma. Allí propiamente se entiende la pluralidad de la Trinidad. Sin embargo, ya que esta Trinidad es un solo Dios, aun habiendo dicho «hagamos», añade: «Y dios hizo al hombre a imagen de Dios»51, no dijo «lo hicieron los dioses» o «a imagen de los dioses». Podía también aquí entenderse la misma Trinidad, como si el Padre hubiera dicho al Hijo y al Espíritu Santo: venid, y al bajar confundamos allí sus lenguas, si hubiese algún obstáculo que impidiera que se entendieran los ángeles, a los que más bien conviene ir hacia Dios con movimientos santos, es decir, con los pensamientos piadosos a partir de los cuales consultan ellos la Verdad inconmutable, como ley eterna en aquella curia celeste suya. En efecto, ellos mismos no son su propia verdad, sino que, como partícipes de la Verdad creadora, se mueven hacia ella como hacia una fuente de vida, para tomar de ella lo que no tienen por sí mismos. Y el suyo es ese movimiento estable mediante el cual van sin alejarse. Y Dios no habla a los ángeles como nosotros lo hacemos entre nosotros o a Dios o a los ángeles o como los propios ángeles a nosotros o como Dios a través de ellos a nosotros, sino a su manera inefable; pero a nosotros aquello se nos comunica a nuestra manera. Lo cierto es que el lenguaje de Dios, más sublime antes de su acción, es la razón inmutable de su misma acción. Este no tiene un sonido estridente y pasajero, sino una fuerza que permanece eternamente y que actúa a lo largo del tiempo. Con ella se dirige a los ángeles santos, pero a nosotros, que estamos situados lejos, lo hace de otra manera. Y cuando nosotros también captamos algo de tal lenguaje con los oídos interiores, nos acercamos a los ángeles. Por tanto, no debo dar razón constantemente en esta obra sobre las formas de expresión de Dios. En efecto, o bien la Verdad inconmutable habla por sí misma de forma inefable a las mentes de la criatura racional, o bien habla a través de la criatura mutable, ya mediante imágenes espirituales a nuestro espíritu, ya mediante voces corporales al sentido del cuerpo.

Sin duda, aquello que se dijo: y ahora no desistirán de hacer todo lo que hayan emprendido52, no se dijo a modo de afirmación, sino de interrogación, tal y como suelen hablar los que lanzan amenazas, como dice cierto poeta:

¿No prepararán las armas y seguirán desde toda la ciudad53?

Por consiguiente, debe entenderse así, como si hubiese dicho: «¿acaso no desistirán de hacer todo lo que hayan emprendido?» En cambio, si se dice así, no denota a alguien lanzando una amenaza. Pero por causa de algunos más lentos de entendimiento añadimos una partícula, esto es «ne» (acaso), para decir «nonne» (acaso no), puesto que no podemos poner por escrito la entonación del que habla.

Por tanto, de aquellos tres hombres, hijos de Noé, setenta y tres o más bien, según el cálculo va a demostrar, comenzaron a existir setenta y dos naciones y otras tantas lenguas sobre la tierra, las cuales al crecer llenaron también las islas. Por su parte, el número de naciones creció mucho más que el de las lenguas. Pues incluso en África hemos conocido muchos pueblos bárbaros con una sola lengua54.

7

¿Y quién puede poner en duda que los hombres, tras la multiplicación del género humano, pudieron cruzar hasta islas deshabitadas con una embarcación? Pero la cuestión se plantea acerca de todas las especies de animales que no están bajo el cuidado de los seres humanos y no nacen de la tierra como las ranas55, sino que se propagan únicamente mediante el cruce del macho y la hembra, así como los lobos y las restantes similares, cómo después del diluvio por el que aquellas que no estaban en el arca fueron todas destruidas, pudieron también hallarse en las islas, si no fueron reintroducidas salvo a partir de aquellas cuyas especies conservó el arca en uno y otro sexo. Puede ciertamente creerse que cruzaron a las islas a nado, pero a las cercanas. En cambio, hay algunas situadas a tan gran distancia de las tierras continentales que no parece que hubiese podido nadar hasta ellas bestia alguna. Y si los seres humanos las llevaron consigo tras haberlas capturado, y de ese modo introdujeron las especies de aquellas allí donde habitaban por su afición a la caza, no resulta increíble que hubiese podido suceder; aunque no debe negarse que fueran trasladadas incluso por obra de los ángeles por mandato o permiso de Dios. Pero si nacieron de la tierra según el primer origen, cuando Dios dijo: Produzca la tierra alma viva56, se muestra con mucha más claridad que todas las especies estuvieron en el arca, no tanto para reintroducir los animales como para simbolizar las diversas naciones por causa del misterio de la iglesia, si la tierra produjo muchos animales en las islas, adonde no podrían cruzar.

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También se plantea la cuestión de si debe creerse que de los hijos de Noé o, mejor dicho, de aquel único hombre de donde también nacieron estos mismos, se propagaron ciertas especies monstruosas de seres humanos que describe la historia de los gentiles57. Por ejemplo, se cuenta que algunos poseen un solo ojo en mitad de la frente, que otros tienen las plantas de los pies vueltas hacia la parte posterior de las piernas, que otros están dotados de los rasgos de ambos sexos: la mama derecha masculina y la izquierda femenina, y que ayuntándose entre sí engendran y paren alternativamente; que unos no tienen boca y estos viven respirando solamente por la nariz, que otros son de la estatura de un codo, a los cuales los griegos llaman pigmeos a partir de codo58; que en otros lugares las mujeres conciben con cinco años y no sobrepasan el octavo año de vida. Afirman, asimismo, que existe un pueblo donde tienen una sola pierna en los pies y no doblan la rodilla, y son de una velocidad asombrosa. A estos los llaman esciápodos, porque en verano se cubren con la sombra de sus pies tumbándose en el suelo boca arriba59. Existen algunos sin cabeza que tienen los ojos en los hombros, y otras especies de seres humanos o cuasi humanos que están representados en mosaicos en el puerto de Cartago, tomados de libros de relatos muy curiosos, por llamarlos de algún modo. ¿Qué podría decir de los cinocéfalos60, cuyas cabezas caninas y su propio ladrido delatan a bestias antes que a seres humanos? Pero no es necesario creer en todas estas clases de seres humanos que dicen que existen. En cambio, cualquier ser humano es decir, animal racional mortal61, que nace en algún lugar, por más que presente una forma del cuerpo extraña para nuestros sentidos, o un color, movimiento o sonido, o una naturaleza a causa de alguna facultad, parte o cualidad, nadie entre los fieles podría poner en duda que tiene su origen en aquel único creado en primer lugar. No obstante, se pone de manifiesto qué conserva la naturaleza en la mayoría y qué resulta digno de admiración por su propia rareza.

Por otra parte, idéntica explicación a la que se da entre nosotros acerca de los nacimientos monstruosos de seres humanos puede darse igualmente respecto a algunos pueblos monstruosos. Efectivamente, Dios mismo es el creador de todos los seres, que sabe dónde y cuándo conviene o ha sido conveniente que sea creado algún ser, conociendo de qué partes, según su semejanza o diversidad, ha de entretejer la belleza del universo en su conjunto. Pero quien no es capaz de contemplar la totalidad se disgusta ante la supuesta deformidad de la parte, puesto que ignora a qué se adecúa y con qué se relaciona. Sabemos que nacen individuos con más de cinco dedos en las manos y en los pies, y esta es una diferencia más leve que otras62. Pero que nadie, sin embargo, llegue a tal grado de ignorancia que considere que el Creador se equivocó en el número de dedos de los seres humanos, aun sin saber por qué lo hizo. Así, aunque se origine una diferencia mayor, Él, cuyas obras nadie reprueba justamente, sabe qué hizo. En Hipona-Zarito63 hay un hombre que tiene las plantas de los pies en forma de luna y en cada uno de ellos solamente dos dedos, y las manos idénticas. Si existiese un pueblo semejante, se añadiría a la historia de las curiosidades y prodigios. ¿Acaso, pues, por este motivo negaremos que ese procede de aquel único que fue creado en primer lugar? Los andróginos, a los que también denominan hermafroditos, aunque son especialmente raros, con todo resulta difícil que falten a través de los tiempos. En ellos aparecen ambos sexos, de tal manera que resulta dudoso a partir de cuál deben recibir su nombre. No obstante, ha prevalecido la costumbre de denominarlos a partir del mejor, es decir, del masculino. Pues nadie jamás los llamó andróginas o hermafroditas64. Algunos años atrás, dentro de nuestro recuerdo sin embargo, nació en oriente un hombre doble en lo que respecta a los miembros superiores y simple en los inferiores. Efectivamente, tenía dos cabezas, dos pechos, cuatro manos, pero un solo vientre y dos pies, como un solo individuo65. Y vivió tanto tiempo que su fama atraía a muchos a visitarlo. Pero ¿quién podría recordar todos los vástagos humanos tan diferentes a aquellos de quienes resulta completamente seguro que han nacido? Por consiguiente, como no puede negarse que estas diferencias tienen su origen en aquel únicamente, de igual modo ha de reconocerse que todos los pueblos de los que se dice que se han desviado de algún modo en la diversidad de sus cuerpos del curso habitual de la naturaleza, que la mayoría y prácticamente todos mantienen, si se incluyen en aquella definición por la que son animales racionales y mortales, derivan su estirpe de ese mismo único primer padre de todos, si acaso son ciertos los relatos que se transmiten sobre la diversidad de aquellas naciones y de tan gran diferencia entre ellos y nosotros. En efecto, si no supiéramos que las monas, los cercopitecos y las esfinges66 no son humanos, sino bestias, aquellos historiadores, vanagloriándose de su afán de saber, podrían hacernos creer con su impune vanidad que son razas humanas. Pero si son humanos aquellos seres sobre los cuales se han escrito aquellos relatos maravillosos, ¿qué impide que Dios quisiera también crear algunas razas semejantes, para que no creyésemos que en tales monstruos, que conviene que nazcan de seres humanos entre nosotros, erró su inteligencia, con la que modela la naturaleza humana, como la técnica de un artesano menos experto? Por tanto, no debe parecernos absurdo que, del mismo modo que en cada uno de los pueblos existen algunos seres humanos monstruosos, así en el conjunto del género humano existen algunos pueblos monstruosos. Por lo cual, para concluir esta cuestión paso a paso y con cautela, o tales seres que se han descrito de algunos pueblos no existen en absoluto, o si existen no son seres humanos; o proceden de Adán si son seres humanos.

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Pero en lo que respecta a los relatos fabulosos sobre la existencia de antípodas, es decir, que los seres humanos de la parte opuesta de la tierra, donde sale el sol cuando se pone para nosotros, marcan sus huellas opuestas a las nuestras, estos no deben creerse bajo ningún concepto. Y no afirman haberlo aprendido a través de ningún conocimiento histórico, sino que lo deducen como por medio de un razonamiento, porque la tierra se halla suspendida dentro de la bóveda celeste, y el mundo tiene idénticos el lugar ínfimo y el intermedio67; y de ello opinan que la otra parte de la tierra, que está abajo, no puede carecer de población humana. No se dan cuenta de que, aunque se crea que el mundo es una figura esférica y redonda, aun si se demuestra mediante algún argumento, sin embargo no resulta consecuente que la tierra además por esta parte esté libre de la masa de las aguas; luego, aunque esté libre, tampoco resulta al punto necesario que albergue seres humanos. Puesto que no miente en absoluto la escritura, que con la narración de los hechos pasados da fe de que se cumplen sus predicciones, y resulta totalmente absurdo afirmar que algunos seres humanos pudieron navegar y llegar desde esta a aquella parte, tras cruzar la inmensidad del Océano, para que también allí se estableciera el género humano a partir de aquel único primer hombre68. Por lo cual, entre aquellos pueblos humanos de entonces, que se concluye que fueron divididos en setenta y dos naciones y otras tantas lenguas, busquemos, si podemos encontrarla, aquella ciudad de Dios que peregrina en la tierra, que fue conducida hasta el diluvio y el arca, y se muestra que perduró en los hijos de Noé gracias a sus bendiciones, sobre todo en el más grande, que fue llamado Sem, puesto que Jafet había sido bendecido de manera que habitase en las moradas de este, su hermano.

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Consecuentemente, la sucesión de generaciones debe trazarse desde el propio Sem, para que ella misma muestre la ciudad de Dios después del diluvio, como antes del diluvio la mostraba la sucesión de generaciones desde aquel que fue llamado Set. Así pues, por este motivo la escritura divina, tras haber mostrado la ciudad terrena en Babilonia, es decir, en la confusión, retorna a modo de recapitulación al patriarca Sem y comienza a partir de ahí las generaciones hasta Abraham, recordando también la edad en que cada uno había engendrado al hijo que pertenecía a esta línea y cuánto había vivido. En este punto ciertamente debe reconocerse la explicación que había prometido anteriormente69, para que quede claro por qué se dijo de los hijos de Heber: El nombre de uno es Falec, porque en sus días fue dividida la tierra70. En efecto, ¿qué otra cosa debe entenderse con que la tierra fue dividida sino que lo fue por la diversidad de lenguas? Por consiguiente, omitidos los restantes hijos de Sem que no guardaban relación con este asunto, se concatenan en la sucesión de las generaciones aquellos a través de los cuales se pueda llegar hasta Abraham; así como antes del diluvio se concatenaban aquellos a través de los cuales se llegaba hasta las generaciones de Noé, que se propagaron desde aquel hijo de Adán que fue llamado Set. Por tanto, así comienza esta serie de generaciones: Y estas son las generaciones de Sem. Sem contaba cien años cuando engendró a Arfaxad, el segundo año después del diluvio. Y Sem vivió quinientos años después de que engendró a Arfaxad, y engendró hijos e hijas y murió71. Así continúa nombrando a los demás, en qué año de su vida engendró cada uno al hijo perteneciente a esta sucesión de generaciones que se dirige a Abraham y cuántos años vivió a continuación, añadiendo que engendró hijos e hijas, a fin de que comprendamos a partir de dónde pudieron crecer los pueblos, no sea que, ofuscados en los pocos hombres que se mencionan, dudemos puerilmente de dónde pudieron llenarse tan grandes espacios de tierras y de regiones a partir del linaje de Sem, especialmente a causa del imperio de los asirios, de donde el famoso Nino72, dominador de los pueblos orientales por doquier, reinó con gran prosperidad y dejó a sus sucesores un imperio extensísimo y sólidamente establecido, que había de prolongarse largo tiempo.

Pero nosotros, para no demorarnos más de lo necesario, no indicamos cuántos años vivió cada uno en esa sucesión de generaciones, sino solamente en qué año de su vida engendró al hijo que ha de ser recordado en esta línea, a fin de, por un lado, recoger el número de años desde que pasó el diluvio hasta Abraham y, por otro, tocar otras cuestiones brevemente y de pasada, aparte de aquellas en las cuales la necesidad nos obliga a demorarnos. Así pues, el segundo año después del diluvio Sem engendró a Arfaxat. Arfaxat, por su parte, a la edad de ciento treinta y cinco <años> engendró a Cainán73. Este engendró a Sala cuando tenía ciento treinta. Más adelante, también el mencionado Sala tenía los mismos años cuando engendró a Heber. Heber contaba ciento treinta y cuatro años cuando engendró a Falec, en cuyos días fue dividida la tierra. Este mismo Falec, por su parte, vivió ciento treinta y engendró a Ragau. Y Ragau ciento treinta y dos, y engendró a Seruc. Y Seruc ciento treinta, y engendró a Nacor. Y Nacor setenta y nueve, y engendró a Taré. Taré, por su parte, setenta, y engendró a Abrán, al que después Dios, tras cambiar su nombre, llamó Abraham74. Así pues, desde el diluvio hasta Abraham hacen mil setenta y dos años según la versión más divulgada, es decir, la de los setenta traductores. En los códices hebreos, en cambio, se dice que se hallan muchos menos años75, sobre los cuales, o bien no dan razón alguna, o bien muy difícil de admitir.

Por consiguiente, cuando buscamos la ciudad de Dios en aquellas setenta y dos naciones no podemos afirmar que en aquel tiempo, en el que tenían un solo labio, es decir, una sola lengua, ya entonces el género humano se había apartado del culto al Dios verdadero, de tal manera que la piedad verdadera permaneciera únicamente en estas generaciones que descienden de la estirpe de Sem a través de Arfaxat y se dirigen a Abraham. Pero de aquella soberbia de edificar la torre hasta el cielo, por la que se significa la arrogancia impía, se hizo visible la ciudad, es decir, la sociedad, de los impíos. Por ello, no resulta sencillo dilucidar si no había existido antes o había permanecido oculta, o más bien perduraron ambas, la piadosa, evidentemente, en los dos hijos de Noé, que han sido bendecidos, y en sus descendientes, pero la impía en aquel que fue maldecido y en su estirpe, donde también nació el gigante cazador contra el Señor. En efecto, tal vez, lo que ciertamente resulta más verosímil, en los hijos de aquellos dos ya entonces, antes de que Babilonia empezase a ser construida, se hallaron los despreciadores de Dios, y en los hijos de Cam los adoradores de Dios. Ha de creerse, no obstante, que no faltó nunca sobre la tierra una y otra clase de hombres. Porque además cuando se ha dicho: Todos se han descarriado, al mismo tiempo se han vuelto perniciosos, no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo76, en uno y otro salmo, donde aparecen estas palabras, también se lee lo siguiente: ¿acaso son unos ignorantes todos los que cometen iniquidad, que devoran a mi pueblo como pan77? Por consiguiente, también existía entonces el pueblo de Dios. De ahí que aquello que se dijo: no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo, se dijo de los hijos de los hombres, no de los hijos de Dios. Pues se dijo previamente: Dios ha mirado desde el cielo por encima de los hijos de los hombres, para ver si hay quien entienda o busque a Dios78, y después fueron añadidas aquellas palabras que ponen de manifiesto que todos los hijos de los hombres, es decir, pertenecientes a la ciudad que vive conforme al ser humano, no conforme a Dios, son réprobos.

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Por lo cual, como cuando la lengua de todos era una sola no por ello faltaron los hijos de la corrupción (pues también antes del diluvio existía una sola lengua y, sin embargo, todos excepto únicamente la casa del justo Noé merecieron ser aniquilados por el diluvio), de igual modo, cuando en merecimiento de su muy soberbia impiedad las naciones fueron castigadas y divididas con la dispersión de las lenguas y la ciudad de los impíos recibió el nombre de «confusión», es decir, fue llamada Babilonia, no dejó de existir la casa de Heber, donde se conservase aquella lengua que antes fue la de todos. De ahí, como he recordado anteriormente79, al comenzar a enumerar los hijos de Sem, cada uno de los cuales engendró su propia nación, el primero en ser recordado es Heber, aunque era su tataranieto, es decir, que se sitúa en la quinta generación a partir de él. Por consiguiente, ya que tras la división de las restantes naciones por otras lenguas en su familia se conservó esta lengua, que no sin razón se cree que en el pasado fue la lengua común para el género humano, por dicho motivo fue llamada hebrea en lo sucesivo. En efecto, entonces resultaba necesario distinguirla del resto de las lenguas por su propio nombre, del mismo modo que las demás fueron también designadas por los suyos. Pero cuando había una sola, no se llamaba de otra forma sino lengua humana, o lenguaje humano, la única en la que hablaba toda la humanidad.

Alguien podría decir: si en los días de Falec, hijo de Heber, fue dividida la tierra por las lenguas, es decir, los seres humanos que entonces habitaban la tierra, más bien debió denominarse a partir del nombre de aquel la lengua que antes fue común para todos. Pero debe entenderse que el propio Heber impuso a su hijo un nombre tal que se le llamaba Falec, que significa «división», porque le había nacido cuando la tierra quedó dividida por las lenguas, es decir, en el mismo tiempo en que se cumple lo que fue dicho: En sus días fue dividida la tierra80. Pues si Heber no hubiera vivido hasta el momento en que se creó la multiplicidad de las lenguas, no hubiera recibido el nombre a partir del suyo la lengua que pudo perdurar en aquel81. Y, por ello, debe creerse que esta precisamente fue la primera común, puesto que aquella multiplicación y transformación de las lenguas provino de un castigo, y el pueblo de Dios sin duda debió quedar al margen de dicho castigo. Y no en vano esta es la lengua que conservó Abraham y no pudo transmitir a todos sus hijos, sino solamente a aquellos que propagados por Jacob y convergiendo de forma más destacada y relevante en el pueblo de Dios pudieron ser depositarios de las alianzas de Dios y la estirpe de Cristo. Ni el propio Heber transmitió la misma lengua a toda su progenie, sino solamente a aquella cuyas generaciones conducen a Abraham. Por lo cual, aunque no se expresó de forma evidente que hubiera alguna estirpe humana piadosa, cuando Babilonia era fundada por los impíos, esta oscuridad no tuvo poder para confundir el esfuerzo del investigador, sino para ponerlo a prueba. En efecto, cuando se lee que originariamente la lengua de todos fue una sola, por un lado, se hace valer a Heber por delante de todos los hijos de Sem, aunque nació de él en la quinta generación y, por otro, se llama lengua hebrea a aquella que preservó la autoridad de los patriarcas y profetas no solo en sus conversaciones, sino también en sus escritos sagrados, ciertamente cuando se plantea respecto a la división de las lenguas dónde pudo permanecer aquella que fue antes común (que sin ninguna duda allí donde ha perdurado no se produjo aquel castigo que se infligió mediante la transformación de las lenguas), ¿qué otra cosa viene a la mente sino que perduró en el pueblo de aquel de cuyo nombre recibe el suyo, y que representa un no pequeño vestigio de la justicia de aquel pueblo el hecho de que, mientras otras naciones fueron golpeadas por la transformación de las lenguas, a este no alcanzó semejante suplicio?

Pero todavía produce desasosiego lo siguiente: cómo pudieron formar Heber y su hijo Falec dos naciones distintas, si ambos conservaron una sola lengua. Y, ciertamente, una es la nación hebrea, propagada desde Heber hasta Abraham, y posteriormente a través de este hasta que Israel se convirtió en un gran pueblo. ¿Cómo, pues, todos los hijos que son mencionados de los tres hijos de Noé formaron distintas naciones, si Heber y Falec no lo hicieron? Ciertamente, lo más probable es que el famoso gigante Nebrot crease también él mismo su propia nación, pero fue mencionado aparte de forma más destacada a causa de la magnitud de su dominio y de su cuerpo, para que se mantenga la cifra de setenta y dos naciones y lenguas. Falec, por su parte, fue mencionado no porque crease una nación (pues la suya es precisamente la misma nación hebrea e idéntica su lengua), sino por la relevancia de su época, porque la tierra fue dividida en sus días. No debe desasosegarnos cómo pudo el gigante Nebrot aparecer hacia aquella época en la que Babilonia fue fundada y se produjo la confusión de las lenguas y de ahí la división de las naciones. En efecto, no porque Heber sea el sexto a partir de Noé, y aquel en cambio el cuarto, deja de ser posible que coincidieran viviendo en el mismo periodo. Pues esto sucedió al vivir más tiempo cuando las generaciones son pocas, menos cuando son muchas; o al haber nacido más tarde cuando son pocas y más pronto cuando son muchas. Sin duda, debe entenderse que cuando la tierra fue dividida, no solo ya habían nacido los restantes hijos de los hijos de Noé, que son recordados como padres de las naciones, sino que también fueron de una edad tal que tenían familias numerosas que fueran merecedoras del nombre de naciones. De ahí que no deba pensarse en absoluto que fueron engendrados en aquel orden en que aparecen mencionados. Por otro lado, los doce hijos de Jectán, que era otro hijo de Heber, hermano de Falec, ¿cómo pudieron formar ya naciones si Jectán nació después de su hermano Falec, tal y como es mencionado después de él, puesto que la tierra fue dividida en el tiempo en que nació Falec? Por consiguiente, debe entenderse que fue nombrado en primer lugar, pero que nació mucho después que su hermano Jectán, cuyos doce hijos ya tenían familias tan numerosas que podían dividirse en sus propias lenguas. En efecto, así pudo ser mencionado el primero el que era posterior por edad, de modo que de los tres hijos de Noé fueron nombrados en primer lugar los hijos nacidos de Jafet, que era el menor de ellos, después los hijos de Cam, que era el mediano, y finalmente los hijos de Sem que era el primero y el mayor. Por otro lado, los nombres de aquellas naciones en parte perduraron, de manera que hoy incluso es evidente de dónde fueron derivados, como los asirios de Asur y los hebreos de Heber, y en parte fueron transformados por la antigüedad del tiempo, de manera que apenas los hombres más eruditos que investigan las historias antiquísimas pudieran descubrir los orígenes de las naciones y no de todas, sino de algunas de ellas. Pues en lo que respecta a la afirmación de que los egipcios tienen su origen en el hijo de Cam llamado Mesraim, aquí el origen del nombre no se percibe en absoluto. Como tampoco el nombre de los etíopes, que se dice que deriva de aquel hijo de Cam que se llamaba Cus82. Y si se examinasen todos, aparecerían más nombres modificados que conservados.

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Ahora veamos ya el recorrido de la ciudad de Dios también desde aquel periodo de tiempo que se inició en el padre Abraham83, a partir del cual comienza a ser más evidente su conocimiento y donde se leen con mayor claridad las promesas divinas que ahora vemos cumplirse en Cristo. Tal y como aprendemos a través de las indicaciones de la escritura santa, Abraham nació en la región de los caldeos, territorio que pertenecía al imperio de los asirios84. Entre los caldeos, ya incluso entonces, prevalecían las supersticiones impías, como entre las restantes naciones. Había una sola familia, la de Taré, del cual nació Abraham, en la que se mantenía el culto al único Dios verdadero, y, en la medida en que resulta creíble, única en la que por aquel entonces aún se conservaba la lengua hebrea (aunque también se cuenta, según el relato de Jesús Nave85, que este mismo, como ya el pueblo más manifiestamente de Dios en Egipto, de igual modo en Mesopotamia sirvió a dioses extranjeros), mientras que los restantes miembros de la estirpe de aquel Heber iban derivando paulatinamente hacia otras lenguas y otras naciones. Por ello, del mismo modo que en medio del diluvio de las aguas había perdurado únicamente la familia de Noé para restaurar el género humano, así también en el diluvio de las innumerables supersticiones únicamente había perdurado en todo el mundo la familia de Taré, en la cual fue preservado el germen de la ciudad de Dios. Finalmente, como allí, después de haber sido enumeradas previamente las generaciones hasta Noé junto con el número de años y después de haber sido expuesta la causa del diluvio, antes de que Dios comenzase a hablar a Noé de la fabricación del arca, se dice: Estas son las generaciones de Noé86, así también aquí, una vez enumeradas las generaciones desde aquel llamado Sem, hijo de Noé, hasta Abraham, a continuación se introduce igualmente un pasaje relevante, de forma que se dice: Estas son las generaciones de Taré. Taré engendró a Abram, a Nacor y a Arán, y Arán engendró a Lot. Y Arán murió antes que su padre Taré en la tierra en que nació, en la región de los caldeos. Abram y Nacor tomaron esposas. El nombre de la mujer de Abram es Sara y el nombre de la mujer de Nacor Melca, hija de Arán87. Ese Arán fue padre de Melca y padre de Jescá, que se cree que es también la misma Sarra, esposa de Abraham88.

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Después se narra cómo Taré abandonó con los suyos la región de los caldeos y llegó a Mesopotamia y habitó en Jarán. Pero no se hace mención de un hijo suyo, llamado Nacor, como si no lo hubiese llevado consigo. Pues se cuenta así: Y tomó Taré a Abram, su hijo, y a Lot, hijo de Arán, hijo de su hijo, y a Sara, su nuera, esposa de Abram, su hijo, y los sacó de la región de Caldea para dirigirse a la tierra de Canaán; y vino a Jarán y habitó allí89. En ningún momento se menciona aquí a Nacor ni a su esposa Melca. Pero después encontramos que cuando Abraham envía a su siervo a buscar esposa para su hijo Isaac, así dice la escritura: Y el siervo tomó consigo diez camellos de los camellos de su amo y una parte de todos los bienes de su amo, y levantándose partió a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor90. Con este y otros testimonios de esta historia sagrada se muestra que también Nacor, hermano de Abraham, salió de la región de Caldea y estableció su residencia en Mesopotamia, donde había habitado Abraham con su padre. ¿Por qué, entonces, la escritura no lo mencionó cuando Taré partió de la nación caldea con los suyos y habitó en Mesopotamia, donde no solo se menciona a Abraham, su hijo, sino también a su nuera Sarra y a su nieto Lot, porque los llevó consigo? ¿Por qué, en nuestra opinión, sino tal vez porque se había apartado de la religión paterna y fraterna y se había adherido a la superstición de los caldeos, y después de ello, ya por arrepentimiento, ya después de haber sufrido persecución porque se le consideraba sospechoso, emigró también él mismo de allí? En efecto, en el libro que se titula Judit, al preguntar Holofernes, enemigo de los israelitas, cuál era aquella nación, si se debía combatir contra ella, así le respondió Aquior, jefe de los amonitas: Escuche mi señor la palabra de boca de su siervo, y te contaré la verdad sobre el pueblo que habita cerca de ti esta región montañosa, y no saldrá mentira de boca de tu siervo. En efecto, este linaje desciende del pueblo de los caldeos, y anteriormente habitaron Mesopotamia, ya que no quisieron seguir a los dioses de sus padres, que fueron ilustres en la tierra de los caldeos, pero se desviaron del camino de sus padres y adoraron al Dios del cielo, al que habían conocido, y los expulsaron de la presencia de sus dioses y huyeron a Mesopotamia y habitaron allí durante muchos días. Y les dijo su Dios que salieran de su residencia y se dirigiesen a la tierra de Canaán, y allí habitaron91, y lo demás que relata Aquior el amonita. De ahí queda de manifiesto que la casa de Taré había sufrido persecución a manos de los caldeos por su verdadera religión, por la que ellos rendían culto al Dios único y verdadero.

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Por otra parte, tras la muerte de Taré en Mesopotamia, donde, según se transmite, había vivido doscientos quince años, ya comienzan a revelarse las promesas de Dios hechas a Abraham, hecho que está escrito así: Y los días de Taré en Jarán se prolongaron doscientos cinco años, y Taré murió en Jarán92. Pero no debe entenderse como si hubiese pasado allí todos estos días, sino que completó allí todos los días de su vida, que fueron doscientos cinco. De otro modo no se sabría cuántos años vivió Taré, porque no está escrito en qué año de su vida vino a Jarán. Y resulta absurdo considerar que en esta serie de generaciones, donde se recuerda rigurosamente cuántos años vivió cada cual, no haya sido confiado a la memoria el número de años de vida de este solamente. En efecto, el hecho de que se omiten los años de algunos a los que menciona la misma escritura, se debe a que no se hallan en esta línea en la cual el cómputo de los tiempos se sustenta en la muerte de los progenitores y la sucesión de los nacidos. Y esa línea que va desde Adán hasta Noé y de allí hasta Abraham no incluye a nadie sin el número de años de su vida93.

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Por otra parte, respecto al hecho de que, tras ser mencionada la muerte de Taré, padre de Abraham, se lee después: Y dijo el Señor a Abraham: sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre94, y lo demás, no debe pensarse que este suceso, porque aparece a continuación en el relato del libro, sigue también en el transcurso de los hechos. Lo cierto es que, si es así, la cuestión será irresoluble. En efecto, tras estas palabras de Dios, que le fueron dirigidas a Abraham, la escritura habla del modo siguiente: Y salió Abram conforme le había dicho el Señor, y Lot partió con él. Y Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán95. ¿Cómo puede ser esto verdad si salió de Jarán después de la muerte de su padre? Pues, como se ha indicado anteriormente, Taré engendró a Abraham cuando tenía setenta años. Si a esta cifra se le añaden los setenta y cinco años que contaba Abraham cuando salió de Jarán, hacen ciento cuarenta y cinco años. Así pues, tantos eran los años de Taré cuando Abraham salió de aquella ciudad de Mesopotamia. Efectivamente, contaba el septuagésimo quinto año de su vida y por esto su padre, que le había engendrado en su septuagésimo año, contaba, como se ha dicho, el ciento cuarenta y cinco. Por consiguiente, no salió de allí después de la muerte de su padre, es decir, después de los doscientos cinco años, durante los cuales vivió su padre, sino que el año de su marcha de aquel lugar, puesto que era su septuagésimo quinto, se infiere sin lugar a dudas que fue el ciento cuarenta y cinco de su padre, que lo engendró en su septuagésimo quinto año. Y, por ello, debe entenderse que la escritura, según su costumbre, retornó a un tiempo que ya había sobrepasado la narración, como más arriba, después de haber mencionado a los hijos de los hijos de Noé, dijo que ellos permanecieron en sus lenguas y sus naciones96, y sin embargo después, como si esto también siguiera en el orden cronológico, dice: Y toda la tierra era un solo labio y una sola voz para todos97. Por consiguiente, ¿cómo se situaban según sus naciones y según sus lenguas, si era una sola para todos, a no ser porque el relato volvió a modo de recapitulación98 a aquello que ya había acontecido? Por tanto, así también después de que se hubo dicho: Y los días de Taré en Jarán fueron doscientos cinco y Taré murió en Jarán99, a continuación la escritura, volviendo a aquello que había omitido a fin de completar lo que había empezado anteriormente sobre Taré, sigue: Y dijo el Señor a Abram: sal de tu tierra, y lo demás100. Después de estas palabras del Señor, se añade: Y salió Abram conforme le había dicho el Señor, y Lot partió con él. Y Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán101. Así pues, aconteció cuando su padre contaba ciento cuarenta y cinco años de edad y entonces, en efecto, él se hallaba en su septuagésimo quinto. Y esta cuestión también queda resuelta de otra forma, de modo que los setenta y cinco años de Abraham cuando salió de Jarán se computen desde aquel en el que fue liberado del fuego de los caldeos, no desde el que nació, como si se debiera considerar más bien que había nacido en ese momento102.

Pero el beato Esteban en los Hechos de los Apóstoles al narrar estos sucesos dice: El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se estableciera en Jarán y le dijo: sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré103. Según estas palabras de Esteban, Dios no le habló después de la muerte de su padre, que ciertamente murió en Jarán, donde también habitó con él su propio hijo, sino antes de que habitase en la misma ciudad, estando ya, sin embargo, en Mesopotamia. Por tanto, ya había salido de Caldea. Por consiguiente, lo que añade Esteban: Abraham salió de la tierra de los caldeos y habitó en Jarán104, no tiene relación con qué había sucedido después de que le habló Dios (pues no había salido de la tierra de los caldeos después de aquellas palabras de Dios, porque dice que Dios le habló estando en Mesopotamia), sino que cuando dice: «Entonces, es decir, desde que salió de Caldea y habitó en Jarán», se refiere a todo aquel tiempo. Igualmente, lo que sigue: Y desde allí después que murió su padre lo asentó en esta tierra en la que ahora habitáis vosotros y vuestros padres105, no dice: «Después que murió su padre salió de Jarán», sino: «Y desde allí después que murió su padre lo asentó». Por tanto, debe entenderse que Dios hablo a Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que habitase en Jarán, pero este había llegado a Jarán con su padre, conservado en él el mandato de Dios, y de ahí marchó en su septuagésimo quinto año y en el ciento cuarenta y cinco de su padre. En cambio, dice que su asentamiento en la tierra de Canaán, no su marcha de Jarán, se produjo después de la muerte de su padre, porque ya había muerto su padre cuando compró la tierra de la cual comenzó a ser allí dueño por derecho propio. En cambio, lo que dice el Señor una vez establecido en Mesopotamia, es decir, después de haber salido de la tierra de los caldeos: sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre, no se dice para que saque de allí su cuerpo, cosa que ya había hecho, sino para que desligue su espíritu. En efecto, no había salido de allí de espíritu, si mantenía la esperanza y el deseo de volver, esperanza y deseo que debían ser amputados con el mandato y la ayuda de Dios y la obediencia de aquel. Ciertamente, no se considera increíble que después que Nacor hubiera seguido a su padre106, entonces Abraham cumpliera el mandato de Dios de salir de Jarán con su esposa Sarra y con Lot, el hijo de su hermano.

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En este punto deben ser examinadas las promesas que Dios hizo a Abraham. En efecto, en estas comenzaron a hacerse más patentes los oráculos de nuestro Dios, es decir, del Dios verdadero, sobre el pueblo de los piadosos, que predijo la autoridad profética. La primera de ellas se lee así: Y dijo el Señor a Abram: sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré; y haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendecido, y bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y serán bendecidas en ti todas las tribus de la tierra107. En consecuencia, debe advertirse que son dos las promesas hechas a Abraham: una, evidentemente, que su descendencia iba a poseer la tierra de Canaán, lo que se señala donde se dice: a la tierra que te mostraré; y haré de ti un gran pueblo; y la otra, con mucho, más importante, no sobre la descendencia carnal, sino sobre la espiritual, en virtud de la cual es el padre no solamente del pueblo de Israel, sino de todos los pueblos que siguen las huellas de su fe, y que empezó a ser enunciada con estas palabras: y serán bendecidas en ti todas las tribus de la tierra. Piensa Eusebio que esta promesa fue realizada en el año septuagésimo quinto de la vida de Abraham, como si Abraham hubiera salido de Jarán tan pronto como le fue hecha108. Porque la escritura no puede ser rebatida donde se lee: Abraham tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán109. Pero si dicha promesa se le hizo aquel año, sin duda Abraham ya moraba en Jarán con su padre. Y, en efecto, no hubiera podido salir de allí si no hubiese habitado antes allí. Por consiguiente, ¿acaso ciertamente se contradice en algo a Esteban cuando dice: El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se estableciera en Jarán110? Más bien debe entenderse que aquel mismo año se produjeron todos los acontecimientos: la promesa de Dios antes que Abraham habitase en Jarán, su residencia en Jarán y su partida de allí, no solo porque Eusebio en las crónicas computa desde el año de esta promesa y demuestra que salió de Egipto después de cuatrocientos treinta años cuando la ley fue promulgada111 sino también porque lo menciona el apóstol Pablo112.

17

Por aquella misma época eran florecientes los imperios de los gentiles, en los cuales la ciudad de los hijos de la tierra, es decir, la sociedad de los seres humanos que viven conforme al hombre, bajo el dominio de los ángeles desertores, brillaba extraordinariamente y, en concreto, eran tres imperios: el de los sicionios113, el de los egipcios y el de los asirios114. Pero el de los asirios era mucho más poderoso y excelente. Pues aquel famoso rey Nino, hijo de Belo, había subyugado a los pueblos de toda Asia a excepción de la India. Y en este punto, con Asia me refiero no a la parte que es una provincia de aquella Asia mayor, sino a aquella que se denomina Asia completa, que algunos situaron en una parte de dos, pero la mayoría en la tercera parte de todo el orbe115, de modo que en total son Asia, Europa y África, cosa que no hicieron mediante una división equilibrada. Pues la que se denomina Asia alcanza desde el mediodía por oriente hasta el septentrión; Europa, por su parte, desde el septentrión hasta occidente, y de allí África desde occidente hasta el mediodía. De ahí que dos, Europa y África, parecen ocupar la mitad del orbe, y Asia sola la otra mitad. Pero aquellas dos partes se crearon porque entre una y otra entran desde el océano todas las aguas que bañan las tierras, y nos forman este gran mar. Por lo cual, si dividieras el orbe en dos partes, oriente y occidente, Asia estará en una, pero en la otra Europa y África. Por ello, de los tres imperios que descollaban en aquella época, el de los sicionios no estaba bajo los asirios, porque están en Europa. Pero el de los egipcios, ¿cómo no estaba sometido a ellos, bajo cuyo dominio se hallaba toda Asia, exceptuados los indios, según se dice? Por tanto, en Asiria había prevalecido el señorío de la ciudad impía; su capital era aquella Babilonia, cuyo nombre, a saber, confusión, era especialmente apropiado para la ciudad terrena. Allí ya reinaba Nino después de la muerte de su padre Belo, que había reinado allí en primer lugar durante sesenta y cinco años. Pero su hijo Nino, que sucedió en el trono a su difunto padre, reinó durante cincuenta y dos años, y llevaba cuarenta y tres en el poder cuando nació Abraham, que era en torno a mil doscientos años antes de la fundación de Roma, como una segunda Babilonia en occidente.

18

Por consiguiente, tras salir Abraham de Jarán el septuagésimo quinto año de su vida, y el ciento cuarenta y cinco de la de su padre, se dirigió con el hijo de su hermano, Lot, y con su esposa Sarra a la tierra de Canaán, y llegó hasta Siquén, donde de nuevo escuchó el oráculo divino, del cual así está escrito: Y se apareció el Señor a Abram y le dijo: daré esta tierra a tu descendencia116. Aquí nada se dice de aquella descendencia en la que fue convertido en padre de todos los pueblos, sino únicamente de aquella por la que es padre de todo el pueblo de Israel. Pues aquella tierra fue poseída por esta estirpe.

19

Después, tras edificar allí un altar e invocar a Dios, Abraham marchó de allí y habitó en el desierto, y de allí se vio obligado por el apremio del hambre a ir a Egipto. Cuando dijo que su esposa era su hermana no mentía en absoluto117, pues lo era también por ser pariente de sangre, como también Lot por el mismo parentesco, al ser hijo de su hermano, fue llamado hermano suyo. Por tanto, dejó de mencionar su calidad de esposa, no la negó, encomendando a Dios la protección de la castidad de su cónyuge, y cuidándose como hombre de las asechanzas humanas. Porque si no se hubiera cuidado del peligro cuanto había podido cuidarse, más bien hubiera tentado a Dios en lugar de haber esperado en Dios. De esta cuestión ya hablamos suficientemente contra las calumnias de Fausto el maniqueo118. En definitiva, sucedió lo que Abraham presupuso del Señor. Pues el faraón, rey de Egipto, que había tomado a esta como esposa, después de haber sido severamente castigado, se la devolvió a su marido. En este punto, lejos estemos de creer que fue mancillada por una unión adulterina, ya que resulta mucho más creíble que al faraón no le fue permitido hacerlo por sus graves sufrimientos.

20

Por consiguiente, tras regresar Abraham desde Egipto al lugar de donde había venido, en ese momento Lot, el hijo de su hermano, se separó de él a la tierra de los sodomitas, quedando salvaguardado su afecto. Lo cierto es que se habían hecho ricos y empezaron a tener muchos pastores de sus rebaños y, al pelearse estos entre sí, evitaron de ese modo una encarnizada discordia entre sus familias. De ahí ciertamente, tal como son las relaciones humanas, podía haber surgido incluso entre ellos mismos alguna disputa. Por ello, estas son las palabras que dirige Abraham a Lot tratando de evitar ese mal: Que no haya disputa entre tú y yo, ni entre mis pastores y los tuyos, porque nosotros somos hermanos. ¿Acaso no tienes toda la tierra ante ti? Sepárate de mí, si tú vas a la izquierda yo a la derecha, o bien si tú a la derecha yo a la izquierda119. De ahí se origina tal vez la pacífica costumbre entre los seres humanos de que cuando se ha de repartir algún terreno, el mayor divida, el menor elija120.

21

Por consiguiente, una vez que se hubieron apartado y vivieron por separado Abraham y Lot por la necesidad de mantener a su familia, no por la ruindad de la discordia, y hallándose Abraham en la tierra de Canaán y Lot por su parte en Sodoma, el Señor anunció en un tercer oráculo a Abraham: Mira con tus ojos y contempla desde el lugar en el que estás ahora hasta el Aquilón, el Ábrego, el oriente y el mar, porque toda la tierra que tú ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre, y haré tu descendencia como la arena de la tierra. Si alguien puede contar la arena de la tierra, también contará tu descendencia. Poniéndote en pie recorre la tierra a lo largo y ancho, porque te la daré121. En esta promesa no queda claro si se incluye también aquella por la que fue convertido en padre de todos los pueblos. En efecto, puede parecer que se refiere a ello y haré tu descendencia como la arena de la tierra, lo que se enuncia mediante ese modo de expresión que los griegos denominan hipérbole, la cual ciertamente es figurada, no propia. No obstante, nadie que conozca la escritura pone en duda que esta suele servirse de este recurso como de los demás tropos. Pero ese tropo, es decir, este modo de expresión, se produce cuando lo que se dice es de mayor envergadura que lo que se quiere significar con dicha expresión. Pues ¿quién no es capaz de ver cuán incomparablemente mayor es el número de granos de arena de lo que puede ser el de todos los seres humanos desde el mismo Adán hasta el fin de los siglos? Por tanto, ¡cuanto mayor que la descendencia de Abraham, no solo en lo que respecta al pueblo de Israel, sino también lo que es y será siguiendo el ejemplo de la fe por todo el orbe terrestre en todos los pueblos! Esta descendencia en comparación con la multitud de impíos se halla sin duda en minoría, aunque esos mismos pocos hagan innumerable su multitud, que es representada mediante hipérbole por la arena de la tierra122. Indudablemente, esta multitud que se promete a Abraham no es innumerable para Dios, sino para los seres humanos; pero para Dios tampoco lo es la arena de la tierra. Por ello, porque no solo el pueblo de Israel, sino toda la descendencia de Abraham, donde reside la promesa de los muchos hijos no según la carne, sino según el espíritu, se compara muy apropiadamente con la multitud de los granos de arena, puede entenderse que aquí la promesa ha sido hecha en ambos sentidos123.

Pero dijimos que no queda claro porque también la multitud de aquel único pueblo, que nació de Abraham según la carne a través de su nieto Jacob, creció hasta tal punto que prácticamente llenó todas las partes del orbe. Y pudo también ser comparada esta mediante la hipérbole de la multitud de los granos de arena porque también esta sola es imposible de contar para el ser humano. Nadie discute que se representa únicamente aquella tierra que es llamada Canaán. Pero lo que dice: te la daré a ti y a tu descendencia para siempre124, puede inquietar a algunos, si entienden para siempre en el sentido de «para la eternidad». Y si en este pasaje interpretan así para siempre, según sostenemos por la fe que se inicia el principio del tiempo futuro a partir del final del presente, no les inquietará en absoluto. Porque, aunque los israelitas fueron expulsados de Jerusalén, permanecen sin embargo en otras ciudades de la tierra de Canaán y permanecerán hasta el final125. Y toda aquella tierra, cuando está habitada por los cristianos, también es la misma descendencia de Abraham.

22

Una vez recibida como respuesta esta promesa, emigró Abraham y permaneció en otro lugar de la misma tierra, junto a la encina de Mambré, que estaba en Hebrón126. Más adelante, al entablar una guerra cinco reyes contra cuatro, y al ser capturado también Lot tras la derrota de los sodomitas, Abraham, llevando consigo al combate trescientos dieciocho esclavos suyos, lo liberó de los enemigos que habían invadido Sodoma. Este les dio la victoria a los reyes de Sodoma y no quiso quedarse nada del botín, a pesar de habérselo ofrecido el rey al que había obtenido la victoria. Pero, ciertamente, entonces fue bendecido por Melquisedec, que era sacerdote del Dios excelso127, del cual en la epístola que se titula «A los hebreos»128, que muchos atribuyen al apóstol Pablo, pero otros lo rechazan, están escritas muchas y grandes cosas. Lo cierto es que allí aparece por primera vez el sacrificio que ahora es ofrecido por los cristianos a Dios por todo el orbe de la tierra, y se cumple aquello que mucho después de este hecho se le dice por medio de una profecía a Cristo, que todavía habría de venir en carne: Tú eres sacerdote para la eternidad según el orden de Melquisedec129; no ciertamente según el orden de Aarón, orden que debía ser eliminado al iluminarse las verdades que eran anunciadas por aquellas sombras.

23

Entonces también le fue dirigida a Abraham la palabra de Dios en una visión130. Prometiéndole este su protección y una gran recompensa, preocupado él por la posteridad nombró como su futuro heredero a un tal Eliecer, siervo suyo, y al instante le fue prometido un heredero, no aquel siervo, sino el que habría de nacer del propio Abraham, y a su vez una descendencia innumerable, no como la arena de la tierra, sino como las estrellas del cielo; donde, a mi modo de ver, más bien parece que le fue prometida la posteridad sublime por la felicidad celeste. Pues en lo que respecta a la cantidad, ¿qué son las estrellas del cielo frente a la arena de la tierra? a no ser que alguien diga que esta comparación es similar en tanto en cuanto las estrellas tampoco pueden contarse, ya que debe creerse que ni siquiera pueden verse todas. En efecto, con cuanta mayor agudeza visual se las contemple tantas más se ven. De ahí que también con razón se piensa que algunas están ocultas incluso a quienes las escudriñan con vista más penetrante, sin contar aquellas estrellas que se dice que salen y se ponen en otra parte del orbe alejadísima de nosotros. Finalmente, cualesquiera que se jacten de haber abarcado y puesto por escrito todo el número de estrellas, como Arato131 o Eudoxo132 o si existen otros, la autoridad de este libro los desdeña. Aquí ciertamente se sitúa el pensamiento que recuerda el apóstol a fin de hacer valer la gracia de Dios: Abraham creyó en Dios y le fue computado a justicia133; para que no se gloriase la circuncisión y no se quisiera admitir en la fe de Cristo a los pueblos incircuncisos. Pues cuando se hizo esto: reconocérsele la fe para justificación a Abraham que creía, todavía no había sido circuncidado.

24

Mientras Dios le hablaba en la misma visión, le dijo también lo siguiente: Yo soy Dios, quien te sacó de la región de los caldeos para darte esta tierra, para que seas su heredero134. Y habiéndole preguntado Abraham bajo qué signo sabría que iba a ser su heredero, le dijo Dios: toma para mí una novilla de tres años, una cabra de tres años y un carnero de tres años, una tórtola y una paloma. Por su parte, tomó para él todas estas ofrendas, las partió por la mitad y colocó estas mitades una frente a otra; pero no partió las aves. Y descendieron, como está escrito, las aves sobre los cuerpos que estaban divididos, y Abram permaneció sentado ante ellas. Pero hacia la puesta del sol el miedo se apoderó de Abram y he aquí que un oscuro e intenso temor lo invadió, y le fue dicho a Abram: has de saber que tu descendencia será peregrina en tierra ajena, y los reducirán a la esclavitud y los oprimirán durante cuatrocientos años; pero a la nación a la que hayan de servir yo la juzgaré. Pero después de esto saldrán de allí con muchas riquezas. Tú, por tu parte, irás en paz junto a tus padres satisfecho en una buena vejez. Pero a la cuarta generación retornarán aquí. Pues todavía no se han consumado los pecados de los amorreos. Y cuando ya el sol estaba a punto de ponerse, surgió una llama y he aquí que un horno humeante y antorchas de fuego pasaron en medio de las víctimas divididas. Aquel día el Señor Dios selló una alianza con Abram diciendo: daré a tu descendencia esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río Eufrates, los territorios quenitas, quenicitas, cadmonitas, hititas, fereceos, refaítas, amorreos, cananeos, eveos, guirgaseos y jebuseos135.

Todas estas predicciones se realizaron y se anunciaron en una visión por intervención divina. Discutir acerca de cada una de ellas en detalle resulta largo y excede el propósito de esta obra. Por tanto, debemos saber lo que es suficiente: después de que se dijo que Abraham creyó en Dios y le fue computado a justicia, no fue por falta de fe el que dijese: Señor Dios, bajo qué signo sabré que voy a ser tu heredero136 (sin duda se le había prometido la herencia de aquella tierra) —no dice, en efecto: ¿cómo lo sabré? Como si aún no lo creyese, sino que dice: ¿bajo qué signo lo sabré?, a fin de obtener alguna señal de aquello con la que reconocer su carácter. De igual modo, no son falta de fe de la virgen María las palabras: ¿cómo se hará eso, puesto que no conozco varón137? Pues estaba segura de que iba a suceder; preguntaba el modo en que sucedería, y lo escuchó después de haberlo preguntado—: finalmente la señal también se dio aquí a través de los animales, la novilla, la cabra, el carnero y las dos aves, la tórtola y la paloma, para que bajo dicho signo supiera que iba a suceder lo que ya no dudaba que iba a suceder. Por consiguiente, ya mediante la novilla sea simbolizada la población puesta bajo el yugo de la ley, mediante la cabra la propia población que habrá de ser pecadora, mediante el carnero también la misma población que habrá de reinar (se dice que estos animales eran de tres años porque, como eran tres los periodos de tiempo reseñables desde Adán hasta Noé, de ahí hasta Abraham y de ahí hasta David, quien, tras la reprobación de Saúl, fue el primero en ser establecido en el trono del pueblo de Israel por la voluntad de Dios, aquel pueblo, alcanzando su tercera edad, por así decirlo, se desarrolló en este tercer periodo que se extiende desde Abraham hasta David), ya estos elementos representen un significado más conveniente, de ninguna manera, sin embargo, pondría en duda que en esta están prefigurados los hombres espirituales, con el añadido de la tórtola y la paloma. Y por esto se dice: pero no partió las aves, porque los carnales se dividen entre sí, los hombres espirituales, en cambio, de ninguna manera, ya se aparten del fatigoso trato humano como la tórtola, ya pasen su vida en medio de él como la paloma. Ambas aves, sin embargo, son simples e inofensivas, simbolizando también en el propio pueblo de Israel, al que había de entregarse aquella tierra, que iban a ser hijos indivisibles de la promesa e iban a permanecer como herederos del reino en una felicidad eterna. Por su parte, las aves que descendían sobre los cuerpos que habían sido divididos no significan nada bueno, sino los espíritus de ese aire que buscan algún alimento suyo en la división de los hombres carnales. Y el hecho de que Abraham permaneció sentado ante ellas simboliza también que entre aquellas divisiones de los hombres carnales los verdaderos fieles perseverarán hasta el final. Y el que hacia la puesta del sol el miedo se apoderó de Abraham y un oscuro e intenso temor lo invadió simboliza que hacia el final de este tiempo se producirá una gran perturbación y tribulación de los fieles, de la cual dice el Señor en el Evangelio: Pues habrá entonces una gran tribulación como no la hubo desde el principio.

Por otra parte, lo que se le dice a Abraham: has de saber que tu descendencia será peregrina en tierra no propia, y los reducirán a la esclavitud y los oprimirán durante cuatrocientos años, es profetizado con total claridad respecto al pueblo de Israel, que habría de ser esclavizado en Egipto. Y no porque aquel pueblo hubiera de pasar cuatrocientos años en la misma esclavitud bajo la opresión de los egipcios, sino que se anunció de antemano que esto sucedería en los mismos cuatrocientos años. Pues como está escrito sobre Taré, el padre de Abraham: Y los días de Taré en Jarán fueron doscientos cinco138, no porque los pasó todos allí, sino porque los terminó allí, así también se introduce lo siguiente, y los reducirán a la esclavitud y los oprimirán durante cuatrocientos años, porque ese número es completado en la misma opresión, no porque transcurrió todo allí. Se dice sin duda cuatrocientos años a causa de la perfección del número, aunque sean algunos más, ya se computen desde aquel tiempo en el que se le hacían estas promesas a Abraham, ya desde el que nació Isaac, a causa de la descendencia de Abraham, respecto a la cual se realizaron dichas promesas. En efecto, se computan, como ya dijimos más arriba, desde el año septuagésimo quinto de Abraham, cuando se le hizo la primera promesa, hasta la salida de Israel de Egipto cuatrocientos treinta años. El apóstol los recuerda del modo siguiente: Dice: Y esto digo: una ley promulgada después de cuatrocientos treinta años no invalida el testamento otorgado por Dios para anular la promesa139. Por consiguiente, esos cuatrocientos treinta años bien podían citarse como cuatrocientos, porque no son muchos más, y aún más después de haber pasado ya algunos de esta cifra cuando aquellas cosas se le mostraron visualmente y se le dijeron a Abraham, o cuando Isaac le nació a su padre centenario, veinticinco años después de la primera promesa, quedando ya cuarenta y cinco de estos cuatrocientos treinta a los que Dios quiso llamar cuatrocientos. Y las restantes profecías que siguen en las palabras de la predicción de Dios, nadie pondría en duda que se refieren al pueblo de Israel140.

Por otra parte, lo que se añade: Y cuando ya el sol estaba a punto de ponerse, surgió una llama y he aquí un horno humeante y antorchas de fuego que pasaron en medio de las víctimas divididas141, significa que ya al final de los tiempos los hombres carnales deberán ser juzgados por el fuego. En efecto, como la aflicción de la ciudad de Dios cual no se dio antes jamás, que se espera que tendrá lugar bajo el Anticristo, es representada mediante el oscuro temor de Abraham a la puesta del sol, es decir, aproximándose ya el fin de los tiempos: así a la puesta del sol, es decir, ya hacia el final mismo, es representado mediante ese fuego el día del juicio que separará a los carnales que deben ser salvados por medio del fuego y a los que deben ser condenados en el fuego142. Después el testamento otorgado a Abraham designa propiamente la tierra de Canaán y menciona en ella once pueblos desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates. Por tanto, no desde el gran río de Egipto, es decir, el Nilo, sino desde el pequeño que fija la frontera entre Egipto y Palestina, donde se ubica la ciudad de Rinocorura143.

25

Ya a continuación siguen los tiempos de los hijos de Abraham, el uno de la esclava Agar, el otro de la libre Sara, de los cuales ya hablamos en el libro anterior144. Por lo que atañe al hecho, en modo alguno se debe marcar a fuego a Abraham la culpa relativa a esta concubina145. Lo cierto es que se sirvió de ella para engendrar descendencia, no para satisfacer su libido, y no burlando, sino más bien obedeciendo a su esposa, que creyó que sería un consuelo para su esterilidad si por voluntad, ya que por naturaleza no podía, hacía suyo el útero fecundo de una esclava, y la mujer se serviría de ese derecho del que habla el apóstol: igualmente tampoco el varón tiene la potestad sobre su cuerpo, sino la mujer146, para dar a luz por medio de otra porque por sí misma no podía. Aquí no hay ningún deseo de lascivia ni desvergüenza de doble intención. Es entregada una esclava al marido por parte de la esposa en busca de descendencia, es recibida por el marido en busca de descendencia. Ambos buscan no el desenfreno de la culpa, sino el fruto de la naturaleza. Además, al ensoberbecerse la esclava encinta sobre su ama estéril, y al achacarle esto Sarra más bien a su esposo por suspicacia femenina, incluso ahí Abraham demostró que no había sido un amante esclavizado, sino un progenitor libre, y que en Agar había guardado fidelidad a su esposa Sarra y no había satisfecho su deseo, sino la voluntad de ella; que había recibido y no buscado; que se había acercado y no se había vinculado; que había fecundado, pero no amado. Pues dice: Ahí tienes a tu esclava en tus manos, sírvete de ella como te plazca147. He aquí un varón que se sirve de las mujeres como un hombre, de la esposa con templanza, de la esclava por obediencia, de ninguna sin moderación.

26

Después de estos acontecimientos nació de Agar Ismael, en el cual podría pensar que se había cumplido lo que se le había prometido al haber deseado adoptar a su sirviente, cuando Dios le dijo: No será este tu heredero, sino que el que salga de ti, aquel será tu heredero148. Así pues, para que no pensase que esta promesa se había cumplido en el hijo de la esclava, ya cuando contaba noventa y nueve años se le apareció el Señor y le dijo: Yo soy Dios, complace a mis ojos y vive sin queja, y yo estableceré mi alianza entre mí y entre ti y te colmaré en gran manera. Y Abram cayó de cara. Y Dios le habló diciendo: Y aquí estoy, mi alianza es contigo, y serás padre de una multitud de pueblos; y ya no recibirás el nombre de Abrán, sino que tu nombre será Abraham, porque te hice padre de una multitud de pueblos, te engrandeceré extraordinariamente y te pondré al frente de los pueblos y de ti saldrán reyes; y sellaré mi alianza entre mí y <entre> ti y entre tu descendencia en sus generaciones después de ti en una alianza eterna para que sea tu dios y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti y a tu descendencia después de ti la tierra en la que habitas, toda la tierra de Canaán en posesión eterna, y seré su Dios. Y dijo Dios a Abraham: tú por tu parte guardarás la alianza conmigo, tú y tu descendencia después de ti en sus generaciones. Y este es el compromiso que guardarás entre mí y vosotros y entre tu descendencia después de ti en sus generaciones: que todo varón vuestro sea circuncidado, y vosotros os circuncidaréis la carne de vuestro prepucio y será en señal de la alianza entre mí y los tuyos. Y el niño de ocho días será circuncidado, todo varón vuestro en vuestras generaciones. El esclavo nacido en casa y el comprado de cualquier hijo ajeno, que no es de tu descendencia, será circuncidado mediante la circuncisión, el nacido en casa y el comprado. Y estará mi alianza en vuestra carne en alianza eterna. Y el varón que no fuera circuncidado, que no se circuncide la carne de su prepucio al octavo día, aquella alma se perderá de su linaje, porque rompió mi alianza. Y dijo Dios a Abraham: Sara, tu esposa, ya no será llamada por el nombre de Sara, sino que su nombre será Sarra. La bendeciré y te daré un hijo de ella, y lo bendeciré, y gobernará sobre naciones y los reyes de los pueblos saldrán de él. Y Abraham cayó de cara y rió y se dijo en su mente: ¿voy a tener <un hijo> yo, que tengo cien años, y va a dar a luz Sarra a los noventa? Dijo entonces Abraham a Dios: Que Ismael viva aquí ante tu mirada. Dijo por su parte Dios a Abraham: Así es, tu esposa te dará un hijo, y lo llamarás por el nombre de Isaac; y sellaré mi alianza con él en alianza eterna: que yo sea su Dios y el de su descendencia después de él. Pero he aquí que te he escuchado acerca de Ismael; he aquí que le he bendecido y le engrandeceré y multiplicaré extraordinariamente. Engendrará doce pueblos y lo pondré al frente de un gran pueblo. Pero mi alianza la sellaré respecto a Isaac, el que Sara te dará en este tiempo para el próximo año149.

Aquí quedan más claras las promesas respecto de la llamada de los gentiles en Isaac, es decir, en el hijo de la promesa, por el que se simboliza la gracia, no la naturaleza, porque es prometido el hijo de un anciano y una anciana estéril. En efecto, aunque Dios se ocupe del curso natural de la procreación, sin embargo, donde es evidente la obra de Dios al hallarse la naturaleza deteriorada y en decadencia, allí se entiende más claramente la gracia. Y ya que esto no había de suceder por la generación, sino por la regeneración, por ello en ese momento fue impuesta la circuncisión, cuando le fue prometido un hijo de Sarra. Y el hecho de que ordene que sean circuncidados todos, no solo los hijos, sino también los esclavos de casa y los comprados es testimonio de que esa gracia alcanza a todos. En efecto, ¿qué otra cosa simboliza la circuncisión sino la renovación de la naturaleza por desprenderse de lo viejo150? ¿Y qué otra cosa simboliza el octavo día sino a Cristo, que completada la semana, es decir, después del sábado, resucitó151? Se cambian también los nombres de los padres. Todo suena a novedad, y en el Antiguo Testamento se oculta el Nuevo. Pues ¿qué es lo que significa la antigua alianza sino la ocultación de la nueva? ¿Y qué otra cosa significa la nueva, sino la revelación de la antigua? La risa de Abraham es el júbilo del que manifiesta agradecimiento, no la irrisión del que desconfía. Asimismo, aquellas palabras en su mente, ¿voy a tener <un hijo> yo, que tengo cien años, y va a dar a luz Sarra a los noventa? no son propias del que duda, sino del que siente admiración. Pero si a alguien le inquietan las palabras, Y te daré a ti y a tu descendencia después de ti la tierra en la que habitas, toda la tierra de Canaán en posesión eterna, respecto a cómo puede entenderse que se ha cumplido, o bien se espera que haya de cumplirse todavía, si ninguna posesión terrena puede ser eterna para ningún pueblo, sepa que nuestros autores traducen por eterno lo que los griegos llaman α{Úνioν, que deriva de siglo; precisamente α{Úν en griego significa «siglo». Pero los latinos no se atrevieron a llamar a esto secular para no derivar su sentido a otro concepto. Lo cierto es que se llaman seculares a muchos acontecimientos que se desarrollan en este siglo, aunque transcurren incluso en un breve intervalo de tiempo; sin embargo, lo que recibe el calificativo de α{Úνιoν o bien no tiene final o bien se extiende hasta el final de estos tiempos.

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Asimismo, puede producir inquietud cómo conviene que se interprete lo que aquí se ha dicho: Y el varón que no se circuncide la carne de su prepucio al octavo día, aquella alma se perderá de su linaje, porque rompió mi alianza152, porque no tiene ninguna culpa el niño, cuya alma dijo que perecería, y él mismo no rompería la alianza de Dios, sino los adultos, que no se preocuparon de circuncidarlo. A no ser porque también los niños pequeños, no por su particular forma de vida, sino por el origen común del género humano, rompieron todos la alianza de Dios en aquel único en el que todos pecaron153. Lo cierto es que muchas alianzas se llaman de Dios, aparte de aquellas dos grandes, la antigua y la nueva, que es lícito a cualquiera conocer mediante su lectura. Pero la primera alianza que se realizó con el primer hombre, es, efectivamente, aquella: el día en que comas, morirás por la muerte154. De donde está escrito en el libro que se titula Eclesiástico: toda carne envejece como un vestido. Y esta es la alianza desde el comienzo de los tiempos: morirás por la muerte155. En efecto, dado que después fue promulgada una ley más clara y el apóstol dice: donde no hay ley no hay transgresión156, ¿cómo puede ser verdad lo que se dice en el salmo: he juzgado transgresores a todos los pecadores de la tierra157, a no ser porque todos los que están encadenados a algún pecado son reos de transgredir alguna ley? Por lo cual, si incluso los niños pequeños, como sostiene la verdadera fe, nacen pecadores, no por ellos mismos, sino por su origen, de donde proclamamos que les es necesaria la gracia de la remisión de los pecados, ciertamente, del mismo modo en que son pecadores, también se les reconoce transgresores de aquella ley que fue promulgada en el paraíso. De ese modo, son ciertas ambas afirmaciones de las escrituras: he juzgado transgresores a todos los pecadores de la tierra, y donde no hay ley no hay transgresión. Y por esto, porque la circuncisión fue signo de regeneración y merecidamente al niño pequeño, a causa del pecado original por el que fue rota la primera alianza de Dios, lo habrá de destruir la generación si no lo libera la regeneración, así deben entenderse estas palabras divinas, como si dijera: «aquel que no haya sido regenerado, su alma desaparecerá de su linaje», porque rompió la alianza de Dios, cuando él mismo también pecó en Adán con todos. Pues si hubiese dicho: «porque rompió esta alianza mía» obligaría a que se entendiera exclusivamente respecto a esa circuncisión. Pero en realidad, puesto que no expresó que clase de alianza rompió el niño pequeño, se es libre de pensar qué se dijo respecto a aquella alianza cuya ruptura puede corresponder a un niño pequeño. Pero si alguien sostiene que esto se ha dicho exclusivamente respecto a esa circuncisión, porque el niño pequeño ha roto en esta la alianza de Dios, dado que no ha sido circuncidado, busque algún modo de expresión por el que pueda entenderse razonablemente que había roto la alianza, porque, aunque no fue rota por él, sin embargo fue rota en él. Pero así también debe advertirse que el alma de un niño pequeño no circuncidado no perece injustamente por ninguna falta suya propia, sino por la sujeción al pecado original.

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Consecuentemente, una vez hecha una promesa tan grande y tan clara a Abraham, al que se le dijo muy abiertamente: te hice padre de una multitud de pueblos; te engrandeceré extraordinariamente y te pondré al frente de los pueblos y de ti saldrán reyes. Y te daré un hijo de Sarra, y lo bendeciré, y gobernará sobre naciones y los reyes de los pueblos saldrán de él158 (esta promesa vemos que ahora se ha cumplido en Cristo), desde entonces en lo sucesivo aquellos cónyuges no se llaman en las escrituras como se llamaban antes, Abram y Sara, sino como nosotros los hemos llamado desde el principio, puesto que así ya son llamados por todos, Abraham y Sarra. Por otra parte, se da la siguiente razón de por qué se cambió el nombre de Abraham. Dice: porque te hice padre de una multitud de pueblos159. Por consiguiente, debe entenderse que este es el significado de Abraham; pero Abram, nombre que recibía anteriormente, se interpreta como padre excelso160. Sin embargo, sobre el cambio de nombre de Sarra no se da explicación. Pero, según dicen quienes escribieron las interpretaciones de los nombres hebreos, que se contienen en estas letras sagradas, Sara se entiende como «princesa mía», Sarra en cambio como «vigor»161. Por ello, está escrito en la Epístola a los hebreos: por la fe también la propia Sarra recibió el vigor para dar a luz descendencia162. Pues ambos eran de edad avanzada, según atestigua la escritura. Pero ella además era estéril y ya privada del flujo menstrual, por lo cual no hubiera podido dar a luz incluso si no hubiera sido estéril. En definitiva, si una mujer es de edad avanzada, de manera que todavía conserva el flujo propio de las mujeres, puede dar a luz de un hombre joven, pero no puede de un anciano; aunque aquel anciano pueda todavía engendrar, pero de una mujer joven, como pudo Abraham de Cetura después de la muerte de Sarra, porque la encontró en una edad plena de vitalidad163. Por consiguiente, esto es lo que el apóstol destaca como admirable164, y a ese propósito dice que el cuerpo de Abraham ya estaba muerto, porque él mismo ya no podía engendrar en aquella edad de ninguna mujer que se hallase ya en el límite final de su edad fértil. En efecto, debemos entender que el cuerpo estaba muerto para algo concreto, no para todo. Pues si lo estuviese para todo, no es ya la vejez de un vivo, sino el cadáver de un difunto. Aunque también se suela resolver esta cuestión de este modo: que después Abraham engendró de Cetura porque el don de procrear que recibió del Señor continuó incluso después de la muerte de su esposa. Sin embargo, a mi modo de ver, debe preferirse la solución del problema que hemos seguido, porque un varón ciertamente centenario, pero de nuestro tiempo, no puede engendrar de ninguna mujer; no sucedía lo mismo entonces, cuando vivían tanto tiempo que los cien años no convertían a un hombre en un anciano decrépito.

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Asimismo, Dios se apareció a Abraham junto a la encina de Mambre en forma de tres varones que, sin lugar a dudas, eran ángeles165; aunque algunos consideren que uno de ellos era Cristo, el Señor166, afirmando que él había sido visible también antes de revestirse de carne. Ciertamente, es propio del poder divino e invisible, de la naturaleza incorpórea e inmutable, aparecer incluso ante la mirada de los mortales sin ningún cambio en su ser, no por lo que es, sino por algo que está sometido a él. Pero ¿qué no está sometido a él? Sin embargo, si afirman que uno de esos tres era Cristo porque, habiendo visto tres, se dirigió al Señor en singular (pues así está escrito: Y he aquí que tres varones estaban en pie ante él, y al verlos corrió a su encuentro desde la puerta de su tienda, y se prosternó sobre la tierra y dijo: Señor: si he encontrado la gracia ante ti167, y lo demás) ¿por qué no advierten que dos de ellos vinieron para destruir a los habitantes de Sodoma, mientras que Abraham se dirigía entonces a uno solo llamándole Señor e intercediendo para que en Sodoma no perdiera al mismo tiempo al justo con el impío? Por su parte, Lot recibió a aquellos dos de tal manera que incluso él mismo en su conversación con ellos se dirige al Señor en singular. En efecto, después de haberles dicho a ellos en plural: Señores, desviaos a la casa de vuestro siervo168, y lo demás que se dice allí, sin embargo, a continuación se lee así: y los ángeles asieron su mano, y la mano de su esposa y la mano de sus dos hijas porque el Señor le perdonaba. Y se hizo, tan pronto como lo llevaron fuera, y dijeron: pon a salvo tu vida, no mires atrás y no te detengas en toda la región, ponte a salvo en el monte para que no seas alcanzado. Por su parte, Lot les dijo a aquellos: te ruego, Señor, porque tu siervo halló la misericordia ante ti169, y lo que sigue. A continuación, tras estas palabras también el Señor le responde en singular, aunque estaba en forma de dos ángeles, diciendo: He aquí que he admirado tu rostro, y lo demás. Por ello, es mucho más creíble que Abraham en los tres hombres y Lot en los dos reconocían al Señor, al que se dirigían en número singular, aunque juzgasen que estos eran hombres. Y no por otro motivo los recibieron de tal manera que les sirvieron como a mortales y necesitados de alimento humano. Pero, indudablemente, había algo por lo que destacaban, aun en su humanidad, hasta el punto que aquellos que les mostraban hospitalidad no pudieran poner en duda que el Señor estaba en ellos, como suele estarlo en los profetas. Y, por ello, también unas veces se dirigían a ellos mismos en plural y otras al Señor en ellos en singular. Por otra parte, la escritura atestigua que fueron ángeles, no solo en este libro del Génesis, donde se relatan estos hechos, sino también en la Epístola a los hebreos, donde, alabando la hospitalidad dice: Gracias a esta incluso algunos sin saberlo recibieron en hospitalidad a ángeles170. Por consiguiente, por medio de aquellos tres hombres, cuando de nuevo se le prometió a Abraham un hijo de Sarra, Isaac, también le fue dada una respuesta divina que se expresaba así: Abraham se convertirá en un pueblo grande y numeroso, y serán bendecidos en él todos los pueblos de la tierra171. Y aquí se han realizado aquellas dos promesas de manera muy concisa y completa: el pueblo de Israel según la carne y todos los pueblos según la fe.

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Hecha la promesa, una vez liberado Lot de Sodoma y tras la caída de una lluvia de fuego desde el cielo, fue reducida a cenizas toda aquella región de la impía ciudad, donde las relaciones deshonestas entre varones habían llegado a convertirse en una costumbre tan arraigada como otras acciones a las que las leyes suelen conceder autorización172. Pero también este suplicio suyo fue un ensayo del futuro juicio divino. Pues ¿qué sentido tiene que se prohibiera mirar atrás a quienes eran liberados por los ángeles, sino que no debe volverse con la mente a la antigua vida de la que se sale regenerado por la gracia, si pensamos escapar al juicio final173? En definitiva, la mujer de Lot se quedó donde se volvió a mirar, y convertida en sal proporcionó a los fieles una especie de condimento por el que tuvieran algo de juicio con que evitar aquel ejemplo.

Después Abraham hizo de nuevo en Gerar ante el rey de aquella ciudad, Abimelec, lo que había hecho en Egipto con su esposa, e igualmente le fue devuelta intacta. Allí, ciertamente, al reprocharle el rey por qué había ocultado que era su esposa y afirmado que era su hermana, Abraham desvelándole qué temor había sentido añadió también lo siguiente: En realidad es mi hermana por parte de padre, pero no de madre174, porque era hermana de Abraham por parte de padre, por cuyo lado era pariente suya. Y fue de tan gran belleza que incluso a su edad podía enamorar.

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Después de estos hechos le nació a Abraham, según la promesa de Dios, un hijo de Sarra y lo llamó Isaac, que significa «risa»175. De hecho, había reído su padre cuando le fue prometido, asombrándose en el gozo; había reído también su madre, cuando le fue prometido de nuevo por medio de aquellos tres varones, dudando en el gozo; aunque el ángel le había reprochado que aquella risa, a pesar de que fue de gozo, sin embargo no estuvo llena de fe, después también fue reafirmada en la fe por el mismo ángel. Por consiguiente, de ello recibió el nombre el niño. En realidad, que aquella risa no correspondía a la burla de un oprobio, sino a la celebración del gozo, lo demostró Sarra una vez nacido Isaac y llamado por dicho nombre. Lo cierto es que dice: Dios me hizo reír; en efecto, cualquiera que me oyera, compartirá mi alegría176. Pero poco tiempo después la esclava es expulsada de la casa con su hijo, y aquellas dos mujeres significan según el apóstol los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, donde Sarra representa la imagen de la Jerusalén celeste, es decir, la ciudad de Dios177.

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Entre estos sucesos que resulta excesivamente largo recordarlos en su totalidad, Abraham es tentado a inmolar a su queridísimo hijo, el propio Isaac, a fin de poner a prueba su piadosa obediencia, que había de llevarse al conocimiento de los siglos, no de Dios178. En efecto, no toda tentación es condenable, ya que incluso hay que felicitarse por aquella con la que se realiza una prueba. Y muchas veces el espíritu humano no puede conocerse a si mismo de otro modo a menos que dé una respuesta, no de palabra, sino mediante la experiencia, frente a la tentación que en cierto modo interroga sus fuerzas. Si allí reconociera un don de Dios, entonces es piadoso, entonces se afianza por la firmeza de la gracia, no se hincha por la vanidad de la jactancia. Sin duda, Abraham jamás podría creer que Dios se deleitaba con víctimas humanas, aunque, al resonar el precepto divino, había que obedecer, no discutir. Sin embargo, Abraham merece ser alabado por haber creído que su hijo iba a resucitar inmediatamente después de ser inmolado. Pues Dios le había dicho, al no querer cumplir la voluntad de su esposa de expulsar a la esclava y al hijo de esta: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia. Y ciertamente allí sigue diciendo: Pero también al hijo de esta esclava lo convertiré en un gran pueblo porque es tu descendencia179. Por consiguiente, ¿cómo se dijo: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia, si Dios también llamó a Ismael descendencia de este? Y el apóstol, explicando qué significa: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia, afirma: es decir, no quienes son hijos de la carne son considerados hijos de Dios, sino los hijos de la promesa como descendencia180. Y por esto los hijos de la promesa, para ser descendencia de Abraham, son llamados en Isaac, es decir, se reúnen en Cristo por la llamada de la gracia. Por consiguiente, el padre piadoso, manteniendo fielmente esta promesa, porque convenía que fuera cumplida por medio de aquel al que Dios ordenaba que se diera muerte, no dudó de que podía devolvérsele tras ser inmolado quien pudo serle dado sin ser esperado. Así debe entenderse también en la Epístola a los hebreos, y así está expuesto. Dice: Por su fe Abraham ofreció a Isaac tras ser puesto a prueba y dio en ofrenda a su único hijo, quien recibió las promesas, a quien se dijo: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia, pensando también que Dios puede hacer resucitar de entre los muertos. Por ello añade: Por esto también a este lo puso como símbolo181. ¿Símbolo de quién, sino de aquel del que dice el apóstol: el que no preservó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros182? Por ello, también Isaac, como Dios llevó su cruz, así él mismo llevó al lugar del sacrificio los leños en los que también había de ser colocado. Finalmente, ya que no convenía que se diera muerte a Isaac, después que se le impidió a su padre herirle, ¿quién era aquel carnero con cuya inmolación se cumplía el sacrificio con sangre simbólica? Ciertamente, cuando lo vio Abraham, estaba retenido por los cuernos en un arbusto. ¿Qué simbolizaba aquello sino a Jesús, antes de ser inmolado, coronado de espinas judías?

Pero mejor escuchemos las palabras divinas a través del ángel. Dice ciertamente la escritura: Y Abraham extendió su mano para tomar el cuchillo para matar a su hijo. Y le llamó un ángel del Señor desde el cielo y le dijo: ¡Abraham! Y él le contestó: Aquí estoy. Y le dijo: No pongas tu mano sobre el niño, ni le hagas ningún daño; pues ahora sé que temes a tu Dios, y por mi causa no preservaste a tu hijo querido183. Ahora sé significa «ahora he hecho que se sepa», pues Dios ya lo sabía184. Después, tras ser inmolado aquel carnero en lugar de su hijo Isaac, según se lee, Abraham dio por nombre a aquel lugar «el Señor ha visto», de manera que hoy dicen: el Señor se apareció en la montaña. Como se ha dicho ahora sé en lugar de «ahora he hecho que se sepa», así aquí el señor ha visto en lugar de «el Señor apareció», es decir, se hizo ver. Y el ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo diciendo: he jurado por mí mismo, dice el Señor, porque cumpliste mi palabra y por mi causa no preservaste a tu hijo querido, te bendeciré inmensamente y multiplicaré extraordinariamente tu descendencia como las estrellas del cielo y la arena que hay a la orilla del mar. Y tu descendencia poseerá en herencia las ciudades de los enemigos y serán bendecidos en tu descendencia todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste mi palabra185. De este modo fue confirmada, incluso con el juramento de Dios, aquella promesa sobre la llamada de los pueblos en la descendencia de Abraham después del holocausto con el que Cristo fue simbolizado. Pues a menudo había prometido, pero nunca había jurado. ¿Y qué es el juramento del Dios verdadero y veraz sino la confirmación de la promesa y un cierto reproche a los incrédulos?

Después de estos sucesos murió Sarra, en el centésimo vigésimo séptimo año de su vida, y en el centésimo trigésimo séptimo de la de su esposo186. Lo cierto es que la superaba en diez años de edad, como él mismo, cuando le fue prometido un hijo de ella, afirma: ¿voy a tener <un hijo> yo, que tengo cien años, y va a dar a luz Sarra a los noventa187? Entonces Abraham compró un campo en el que dio sepultura a su esposa. En consecuencia, entonces, según el relato de Esteban188, se estableció en aquella tierra, puesto que allí empezó a ser propietario, precisamente después de la muerte de su padre, que se deduce que murió dos años antes.

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Después Isaac tomó por esposa a Rebeca, nieta de Nacor, su tío paterno, cuando contaba cuarenta años, es decir, a los ciento cuarenta años de vida de su padre, tres años después de la muerte de su madre. Y cuando su padre envió un esclavo a Mesopotamia a fin de que la tomara por esposa, ¿qué otra cosa se demuestra cuando Abraham le dijo al mismo esclavo: pon tu mano bajo mi muslo y te haré jurar por el Señor Dios del cielo y Señor de la tierra que no tomarás esposa para mi hijo entre las hijas de los cananeos189, sino que el Señor Dios del cielo y Señor de la tierra habría de venir en la carne que era tomada de aquel muslo? ¿Son acaso pequeños estos indicios de la verdad anunciada que vemos cumplirse en Cristo?

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¿Qué significado tiene el hecho de que Abraham después de la muerte de Sarra tomó a Cetura como esposa? Lejos esté de nosotros en este punto sospechar incontinencia, especialmente en aquella edad y en aquella santidad de su fe. ¿Acaso buscaba todavía engendrar hijos, si ya por la promesa de Dios se sostenía con probadísima fe una proliferación de sus descendientes por medio de Isaac tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena de la tierra? Pero, ciertamente, si Agar e Ismael, según las enseñanzas del apóstol190, simbolizaron los hombres carnales de la antigua alianza, ¿por qué Cetura y sus hijos no iban también a simbolizar los hombres carnales que creen pertenecer a la nueva alianza? Ambas ciertamente son llamadas tanto esposas como concubinas de Abraham. En cambio, Sarra nunca fue llamada concubina. Pues incluso cuando le fue entregada Agar a Abraham, así está escrito: Y Sara, la esposa de Abram tomó a Agar, su esclava egipcia, diez años después de que Abram habitara en la tierra de Canaán y se la entregó como esposa a Abram, su propio esposo191. Sobre Cetura, por su parte, a la que tomó tras la muerte de Sarra, así se lee: Abraham tomó de nuevo esposa, cuyo nombre era Cetura192. He aquí que ambas son llamadas esposas; pero también se halla que ambas fueron concubinas, al decir a continuación la escritura: Y Abraham entregó toda su herencia a su hijo Isaac, y a los hijos de sus concubinas les dio Abraham legados y, todavía en vida, los envió lejos de su hijo Isaac hacia oriente, a la tierra de oriente193. Por consiguiente, los hijos de las concubinas gozan de algunas prerrogativas, pero no llegan al reino prometido, ni los herejes, ni los judíos carnales, porque a excepción de Isaac ninguno es heredero, y no quienes son hijos de la carne son considerados hijos de Dios, sino los hijos de la promesa en la descendencia194, sobre lo cual se ha dicho: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia195. Y no veo por qué también Cetura, a la que tomó tras la muerte de su esposa, es llamada concubina sino a causa de este misterio. Pero no calumnie a Abraham quien no quiera interpretar estos hechos en este sentido. ¿Y si esto, efectivamente, se dio en previsión frente a los herejes que habrían de ser contrarios a las segundas nupcias, para demostrar en el propio padre de muchos pueblos que no es pecado casarse por segunda vez tras la muerte de la esposa196? Y Abraham murió cuando contaba ciento setenta [y cinco] años197. Por consiguiente, dejó a su hijo Isaac de setenta [y cinco], al que engendró siendo centenario.

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Ya a partir de este momento veamos cómo transcurren los tiempos de la ciudad de Dios a través de los descendientes de Abraham. Así pues, desde el primer año de vida de Isaac hasta el sexagésimo, en el que nacieron sus hijos, resulta digno de recordar que, habiéndole concedido el Señor su petición cuando suplicaba a Dios que diera a luz su esposa, que era estéril, y habiendo ella concebido, unos gemelos se agitaban todavía encerrados en su útero. Al sentir angustia por esta molestia, consultó al Señor y recibió respuesta: Hay dos naciones en tu útero y dos pueblos se separarán en tu vientre, y un pueblo superará al otro pueblo y el mayor se someterá al menor198. Esto el apóstol Pablo quiere que se interprete como una prueba sólida de la gracia, porque no habiendo nacido aquellos todavía y no habiendo hecho nada, ni bueno ni malo, sin ningún mérito positivo, se elige al menor después de ser rechazado el mayor; cuando fuera de duda, en lo que atañe al pecado original, ambos eran iguales; y en cuanto al propio, no existía en ninguno de ellos199. Pero ahora el plan de la obra no permite hablar más extensamente sobre esta cuestión, de la que ya hemos expuesto multitud de aspectos en otros lugares200. Pero lo que se ha dicho: el mayor se someterá al menor, prácticamente ninguno de nosotros lo entiende en otro sentido sino que el pueblo más antiguo de los judíos habrá de servir al más joven de los cristianos. Y, ciertamente, aunque en el pueblo de los idumeos que nació de uno mayor, el cual recibía dos nombres (pues era llamado Esaú y Edón, de donde Idumeos), pudiera parecer que esto se ha cumplido, porque después había de ser aventajado por el pueblo que nació del menor, es decir, del israelita, y habría de someterse a él201, sin embargo se cree más oportuno que esta profecía en la que se dice un pueblo superará al otro pueblo y el mayor se someterá al menor esté referida a algo más importante. ¿Y qué es eso sino lo que se cumple claramente en los judíos y los cristianos?

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También Isaac recibió un oráculo semejante al que su padre había recibido en algunas ocasiones. Sobre dicho oráculo así se ha escrito: Y hubo una hambruna sobre la tierra aparte de aquella que se produjo anteriormente en época de Abraham. E Isaac marchó ante Abimelec, rey de los filisteos, a Gerar. Entonces se le apareció el Señor y le dijo: No bajes a Egipto. Habita en cambio en la tierra que te indicaré y establécete en esa tierra; y estaré contigo y te bendeciré. Pues te daré a ti y a tu descendencia toda esta tierra, y cumpliré el juramento que le hice a tu padre Abraham; y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y le daré a tu descendencia toda esta tierra, y serán bendecidos en tu descendencia todos los pueblos de la tierra, porque tu padre Abraham obedeció mi voz y guardó mis preceptos, mis mandatos, mis normas y mis leyes202. Este patriarca ni tuvo otra esposa ni concubina alguna, sino que se contentó con dos gemelos engendrados en una sola unión como descendencia. (Este mismo temió ciertamente también el peligro de la belleza de su esposa mientras habitaba entre extranjeros, e hizo como su padre, decir que era su hermana y negar que era su esposa. En realidad, era también pariente suya por parte de padre y madre, pero también esta misma, aun sabiéndose que era su esposa, permaneció intacta entre los extranjeros.) Y, sin embargo, no debemos anteponerlo a su padre porque este no había conocido ninguna mujer excepto a su única esposa. Pues, sin lugar a dudas, eran más relevantes los méritos de la fe y obediencia paternas, hasta el punto que Dios dice que le concede los bienes que le concede por su causa. Dice: serán bendecidos en tu descendencia todas los pueblos de la tierra porque tu padre Abraham obedeció mi voz y guardó mis preceptos, mis mandatos, mis normas y mis leyes; y a su vez en otro oráculo dice: Yo soy el Dios de Abraham, tu padre, no temas; pues estoy contigo y te he bendecido y multiplicaré tu descendencia por causa de Abraham, tu padre203, para que comprendamos cuán castamente hizo Abraham lo que a los impúdicos y que buscan una justificación de su maldad en las escrituras santas les parece que hizo con lujuria; después para que aprendamos a no comparar a los seres humanos entre sí a partir de virtudes individuales, sino que las tengamos en cuenta todas en cada uno. En efecto, puede suceder que alguien tenga en su vida y costumbres algo en lo que supere a otro, y esto sea mucho más excelente que lo es aquello en lo que es superado por el otro. Y por este juicio sano y verdadero, aunque la continencia se prefiera al matrimonio, es mejor, sin embargo, el creyente casado que el incrédulo continente. Pero el hombre incrédulo no solo debe ser menos alabado, sino también absolutamente despreciado. Imaginemos a ambos buenos, incluso así ciertamente es mejor el casado fidelísimo y obedientísimo a Dios que el continente de menor fe y menor obediencia. Pero si las restantes cualidades son parejas, ¿quién duda en anteponer el continente al casado?

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Así pues, los dos hijos de Isaac, Esaú y Jacob, crecen a la par. La primacía del mayor es transferida al menor por un pacto y un acuerdo entre ellos, porque al mayor le habían apetecido desmedidamente las lentejas que había preparado el menor para comer, y por semejante precio vendió su primogenitura a su hermano bajo juramento204. De donde aprendemos que respecto a la comida no debe censurarse a nadie por el tipo de alimento sino por la avidez desmedida. Envejeció Isaac y sus ojos perdieron la vista a causa de la vejez. Quiere bendecir al hijo mayor y en su lugar, sin saberlo, bendice al menor, que se había colocado bajo las manos paternas en lugar de su hermano mayor, que era velludo, habiéndose ajustado unas pieles de cabrito como si portara los pecados ajenos205. Para que este engaño de Jacob no se considerase un engaño fraudulento, y sí se buscase en él el misterio de algo grande, la escritura había explicado anteriormente: Era Esaú un hombre que sabía cazar y agreste, Jacob por su parte era un hombre sencillo, amante del hogar206. Algunos de nuestros autores han traducido esto como «sin engaño». Pero ya se diga «sin engaño», «sin doblez» ya más bien «sin fingimiento», que en griego se dice ¢πλαστoς, ¿cuál es el engaño de un hombre sin engaño en recibir esa bendición? ¿Cuál es el engaño sin doblez, cuál el fingimiento del que no miente, sino el profundo misterio de la verdad207? ¿Y de qué índole es la propia bendición? Dice: he aquí el aroma de mi hijo, semejante al aroma de un campo en su plenitud que bendijo el Señor. Y que el Señor te dé del rocío del cielo y de la fertilidad de la tierra abundancia de trigo y de vino, y que te sirvan los pueblos y te adoren los príncipes y te convertirás en el señor de tu hermano y te adorarán los hijos de tu padre. Y quien te maldijera será maldito, y quien te bendijera bendito208. Por consiguiente, la bendición de Jacob es la predicación de Cristo en todas las naciones. Esto sucede, esto se lleva a cabo. Isaac es la ley y la profecía; incluso por boca de los judíos Cristo es bendecido por ella como si no le conociera, ya que ella misma no lo conoce. El mundo, como un campo, se llena del aroma del nombre de Cristo. Suya es la bendición procedente del rocío del cielo, es decir, de la lluvia de palabras divinas y de la fertilidad de la tierra, esto es, de la congregación de los pueblos; suya es la abundancia de trigo y de vino, es decir, la multitud que recoge el trigo y el vino en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. A él le sirven las naciones y a él mismo adoran los príncipes. Él mismo es el señor de su hermano, porque su pueblo domina a los judíos. A él mismo le adoran los hijos de su padre, es decir, los hijos de Abraham según la fe, ya que también él mismo es hijo de Abraham según la carne. Quien le maldijera, es maldito, y quien le bendijera, bendito. Nuestro Cristo, digo, también es bendecido por boca de los judíos, aunque equivocados, pero que sin embargo proclaman la ley y los profetas, es decir, es nombrado verazmente. Creen bendecir a otro, al que esperan en medio de su error. He aquí que, exigiendo el mayor la bendición prometida, Isaac se aterrorizó y supo que había bendecido al uno en lugar del otro. Se admira y pregunta quién es aquel. Y sin embargo no se queja por haber sido engañado. Lo cierto es que al punto de serle revelado dentro de su corazón el gran misterio, evita la indignación, confirma la bendición. Dice: ¿Quién, pues, ha cazado para mí y me ha traído la pieza, y la he comido entera antes de que tú vinieses? Le he bendecido, y bendito sea209. ¿Quién no esperaría aquí más bien la maldición de un hombre encolerizado, si estos hechos se hubieran llevado a cabo no por inspiración divina, sino según la costumbre terrenal? ¡Qué acciones realizadas, pero realizadas proféticamente, en la tierra, pero a la manera celeste, por seres humanos, pero a la manera divina! Si se examinara cada una de ellas, fecunda en tan grandes misterios, habría que llenar muchos volúmenes; pero el justo límite que debe imponerse a esta obra nos obliga a apresurarnos a otras cuestiones.

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Jacob es enviado por sus padres a Mesopotamia para que tome allí esposa. Estas son las palabras de su padre al enviarle: No tomarás esposa entre las hijas de los cananeos; levántate y huye a Mesopotamia, a casa de Batuel, el padre de tu madre. Y toma para ti de allí una esposa entre las hijas de Labán, hermano de tu madre. Y que mi Dios te bendiga, te haga prosperar y multiplicarte, y darás lugar a una asociación de naciones; y allí te dé la bendición de Abraham, tu padre, a ti y a tu descendencia después de ti, para que te conviertas en heredero de la tierra que habitas, que Dios entregó a Abraham210. Aquí ya entendemos que la descendencia de Abraham se disgregó de la otra descendencia de Isaac, que se originó a partir de Esaú. En efecto, cuando se dijo: En Isaac recibirá su nombre tu descendencia211, perteneciendo ciertamente la descendencia a la ciudad de Dios, de ahí se separó otra descendencia de Abraham, que se hallaba en el hijo de la esclava y que iba a encontrarse en los hijos de Cetura. Pero hasta el momento resultaba incierto respecto a los dos hijos gemelos de Isaac si aquella bendición pertenecía a ambos o a uno solo de ellos, y si a uno solo, cuál era de los dos. Esto fue declarado ahora cuando Jacob es bendecido proféticamente por su padre y se le dice: y darás lugar a una asociación de naciones; y allí te dé la bendición de Abraham, tu padre.

Por tanto, mientras se dirigía a Mesopotamia, Jacob recibió un oráculo en sueños, del que ha sido escrito así: Y Jacob salió del pozo del juramento y marchó a Jarán y llegó a un lugar y durmió allí, pues se había puesto el sol. Cogió una de las piedras del lugar, la colocó bajo su cabeza, se quedó dormido en aquel lugar y tuvo un sueño. Y he aquí una escalera fijada sobre la tierra cuya cima llegaba al cielo, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella, y el Señor se apoyaba sobre ella y dijo: Yo soy el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac, no temas; la tierra sobre la que estás durmiendo te la daré a ti y a tu descendencia; y tu descendencia será como la arena de la tierra, y se extenderá más allá del mar, hacia el Ábrego, hacia el Aquilón y hacia oriente. Y serán bendecidas en ti y en tu descendencia todas las tribus de la tierra. Y he aquí que yo estoy contigo, protegiéndote en todos los caminos por donde vayas, y te haré volver a esta tierra porque no te abandonaré hasta que haga todo lo que he hablado contigo. Y Jacob se despertó de su sueño y dijo: el Señor estaba aquí pero yo no lo sabía. Y sintió temor y dijo:¡qué terrible es este lugar! Pues no es sino la casa de Dios y esta es la puerta del cielo. Y Jacob se levantó y cogió la piedra que había colocado allí bajo su cabeza, la dispuso como monumento y derramó aceite sobre su cúspide; y Jacob dio como nombre a aquel lugar casa de Dios212. Esto pertenece a una profecía; y Jacob no derramó aceite sobre la piedra según la costumbre de la idolatría, como si la convirtiera en Dios; ni adoró aquella piedra ni le ofreció sacrificios, sino que, puesto que el nombre de Cristo procede de crisma, es decir, de unción, sin duda aquí está simbolizado algo tal que concierne a un gran misterio213. La escalera, por su parte, se entiende que el propio Salvador nos la trae a la memoria en el Evangelio, donde, tras haber dicho de Natanael: he aquí en verdad un israelita, en el que no hay engaño214, porque Israel había visto esta misma visión (pues él mismo es Jacob), en el mismo lugar dice: en verdad, en verdad os digo, veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el hijo del hombre215.

En consecuencia, Jacob se dirigió a Mesopotamia para tomar allí esposa. Y por qué motivo le aconteció tener allí cuatro mujeres, de las cuales procreó doce hijos y una hija, no habiendo deseado a ninguna de ellas ilícitamente, lo indica la escritura divina. Lo cierto es que había venido con la intención de tomar una sola216. Pero como le fue sustituida una <por otra>, y no abandonó a esa misma, de la que había disfrutado por la noche sin saberlo, para que no pareciera que la había poseído con la intención de ultrajarla, y en aquella época, en la que ninguna ley impedía tener muchas esposas por causa de la multiplicación de la descendencia, tomó también a aquella, única a la cual ya había dado su palabra de un futuro matrimonio. Y al ser esta estéril, le entregó su esclava a su esposo para que él pudiera tener hijos de ella misma. Y esto también lo hizo imitándola su hermana mayor aunque había dado a luz, puesto que deseaba multiplicar su prole. Se lee que Jacob no pidió más que una sola, y que no disfrutó de muchas excepto por el deber de engendrar descendencia, respetando el derecho conyugal hasta el punto de que no lo hubiera hecho si sus esposas no le hubieran reclamado que lo hiciera, las cuales tenían legítima potestad sobre el cuerpo de su marido217. Así pues, engendró doce hijos y una hija de cuatro mujeres. Después entró en Egipto por su hijo José, que fue llevado allí después que hubo sido vendido por sus hermanos envidiosos y allí elevado a lo más alto.

39

Por otra parte, Jacob, como he dicho poco antes, era llamado también Israel, nombre que recibió más bien el pueblo nacido de él218. Y este nombre le fue impuesto por el ángel que había luchado con él en el camino cuando regresaba de Mesopotamia219, representando clarísimamente la figura de Cristo. Pues el hecho de que Jacob le superase, queriéndolo este sin duda para dar forma a un misterio, significa la pasión de Cristo, donde pareció que los judíos prevalecían sobre él. Y, sin embargo, consiguió la bendición del mismo ángel al que había derrotado. Y así la imposición de ese nombre fue la bendición. Pues Israel se traduce como «el que ve a Dios»220, que al final será el premio de todos los santos. Finalmente, el mismo ángel tocó la parte ancha del muslo al que aparentemente había vencido y de este modo lo dejó cojo. En consecuencia, el único y el mismo Jacob quedaba bendecido y cojo: bendecido en aquellos del mismo pueblo que creyeron en Cristo y cojo en los incrédulos221. Pues la parte ancha del muslo representa la abundancia de su linaje. Lo cierto es que son muchos en esta estirpe, de los que se ha dicho a modo de profecía: Y cojearon lejos de sus sendas222.

40

Se cuenta que entraron en Egipto al mismo tiempo con el propio Jacob setenta y cinco personas, contado él mismo con sus hijos223. En dicho número se mencionan solamente dos mujeres, una hija y una nieta. Pero el hecho, considerado con rigor, no indica que hubiera un número tan grande en la descendencia de Jacob el día o el año en que entró en Egipto. Lo cierto es que entre ellos se nombran también a los biznietos de José, que de ningún modo pudieron estar ya entonces, puesto que en aquel momento Jacob contaba ciento treinta años, pero su hijo José treinta y nueve. Dado que se tiene constancia de que este tomó esposa a sus treinta años o más, ¿cómo pudo en nueve años tener biznietos de los hijos que engendró de la misma esposa? Por tanto, al no tener hijos Efraín y Manasés, hijos de José, sino que Jacob los encontró aún niños de menos de nueve años al entrar en Egipto ¿cómo se cuentan entre aquellos setenta y cinco que entonces entraron en Egipto con Jacob no solo los hijos de estos, sino también los nietos224? Pues allí se menciona a Maquir, hijo de Manasés, nieto de José, y al hijo del mismo Maquir, es decir, a Galaad, nieto de Manasés, biznieto de José; allí se cuenta también el que engendró Efraín, el otro hijo de José, a saber, Utalaán, nieto de José, y el hijo del propio Utalaán, Edén, nieto de Efraín, biznieto de José. Estos en ningún modo pudieron estar cuando Jacob vino a Egipto y encontró a los hijos de José, nietos suyos, abuelos de estos, como niños menores de nueve años. Pero en realidad la entrada de Jacob en Egipto, cuando la escritura lo menciona entre las setenta y cinco personas, no corresponde a un día o un año, sino a todo aquel tiempo durante el que vivió José, por medio del cual se produjo su entrada. En efecto, del propio José la misma escritura dice así: Y habitó José en Egipto, él y sus hermanos y toda la familia de su padre, y vivió ciento diez años, y vio José a los hijos de Efraín hasta la tercera generación225. Este mismo es aquel bisnieto suyo, el tercero a partir de Efraín. Lo cierto es que llama tercera generación al hijo, al nieto y al bisnieto. Después continúa: Y los hijos de Maquir, hijos de Manasés, nacieron sobre el regazo de José226. Y este mismo es el nieto de Manasés, bisnieto de José. Pero son nombrados en plural, como es costumbre de la escritura, que ha llamado hijas a una sola hija de Jacob227, así como en el uso de la lengua latina los hijos se llaman liberi en plural, aunque no sean más de uno. Por consiguiente, al proclamarse la felicidad del propio José porque pudo ver a sus biznietos, en modo alguno se debe pensar que existieron ya en el año treinta y nueve de su bisabuelo José, cuando su padre Jacob llegó junto a él a Egipto. Y eso es lo que lleva a engaño a quienes consideran estas cuestiones menos atentamente, porque la escritura indica: Y estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto junto con Jacob, su padre228. En efecto, esto se dijo porque junto con aquel se computan setenta y cinco, no porque estaban ya todos al mismo tiempo cuando este mismo entró en Egipto; pero como he dicho, se considera su entrada todo el tiempo que vivió José, por medio del cual parece que se produjo la misma.

41

Por consiguiente, en razón del pueblo cristiano, en el que la ciudad de Dios peregrina en la tierra, si buscamos la carne de Cristo en la descendencia de Abraham, dejando a un lado los hijos de las concubinas, aparece Isaac; si en la descendencia de Isaac, excluido Esaú, que es también Edón, aparece Jacob, que también es Israel; si en la descendencia del propio Israel, descartados los demás, aparece Judá, porque Cristo nació de la tribu de Judá. Y por este motivo escuchamos cómo Israel, al bendecir a sus hijos cuando iba a morir en Egipto, bendijo proféticamente a Judá: A ti Judá, dijo, te alabarán tus hermanos. Tus manos estarán sobre la espalda de tus enemigos. Te adorarán los hijos de tu padre. Judá, cachorro de león; de un retoño, hijo mío, te alzaste, recostándote dormiste como un león y como un cachorro de león, ¿quién lo despertará? No faltará un príncipe de Judá y un jefe de sus muslos hasta que llegue lo que se le ha reservado; y él mismo será la esperanza de las naciones; atando a la vid a su pollino y a la tienda al pollino de su burra lavará en vino su túnica y en la sangre de la uva su manto. Sus ojos están enrojecidos por el vino, y sus dientes más blancos que la leche229. He explicado estas cuestiones polemizando contra Fausto el maniqueo230 y considero que es suficiente, en la medida en que se manifiesta la verdad de esta profecía. Allí también ha sido predicha la muerte de Cristo mediante el término «sueño», y no la necesidad, sino el poder sobre la muerte, mediante el nombre del león. Dicho poder él mismo lo profetiza en el Evangelio cuando dice: Tengo el poder de desprenderme de mi alma y el poder de recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, pero yo me desprendo de ella y la recobro de nuevo231. Así rugió el león, así cumplió lo que dijo. En efecto, pertenece a este poder lo que se añadió acerca de su resurrección: ¿quién lo despertará? Es decir, ningún ser humano, excepto él mismo, que también dijo de su cuerpo: Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré232. Y el propio género de muerte, es decir, la sublimidad de la cruz, se entiende en una sola palabra que dijo: Te levantaste. Y lo que añade: recostándote dormiste, el evangelista lo explica cuando dice: E inclinada la cabeza entregó su espíritu233. O, sin lugar a dudas, se reconoce su sepultura en la que se recostó quedándose dormido, y de donde ningún ser humano lo hizo levantarse, como los profetas a algunos o como él mismo a otros, sino que él mismo se levantó como de un sueño. Por otra parte, su túnica, que lava en vino, es decir, que purifica de los pecados en su sangre, sangre cuyo sacramento conocen los bautizados, donde también añade: y en la sangre de la uva su manto, ¿qué es sino la iglesia? Y Sus ojos están enrojecidos por el vino, alude a sus hombres espirituales embriagados por su copa, de la que canta el salmo: ¡Y qué excelente es tu cáliz embriagador! Y sus dientes más blancos que la leche, lo que según el apóstol beben los niños pequeños, aún no preparados para el alimento sólido, es decir, las palabras nutricias. Por consiguiente, él mismo es en quien habían sido restauradas las promesas de Judá que, hasta que se cumpliesen, nunca faltaron príncipes de aquella estirpe, es decir, reyes de Israel. Y él mismo será la esperanza de las naciones, lo que resulta más claro cuando se ve que cuando se explica.

42

Por otra parte, así como los dos hijos de Isaac, Esaú y Jacob, ofrecieron la imagen de los dos pueblos en los judíos y los cristianos (aunque, en lo que se refiere a la propagación de la carne, ni los judíos procedían de la estirpe de Esaú, sino los Idumeos, ni las naciones cristianas de Jacob, sino más bien los judíos. En realidad, respecto a esta cuestión la figura solo ha tenido valor en lo que se dijo: el mayor servirá al menor)234. Así ha sucedido también en los dos hijos de José; pues el mayor representó la figura de los judíos y el menor la de los cristianos. Al bendecirlos Jacob, colocando la mano derecha sobre el menor, al que tenía a su izquierda, la izquierda sobre el mayor, al que tenía a su derecha, a su padre le pareció inaceptable, y avisó al padre como corrigiendo su error y mostrando cuál de ellos era el mayor. Pero él no quiso cambiar sus manos, sino que dijo: Lo sé, hijo, lo sé. También este se convertirá en un pueblo y será ensalzado; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia dará lugar a una multitud de pueblos235. Aquí también muestra las dos promesas. Aquel, en efecto, en un pueblo, este en una multitud de pueblos. ¿Qué es más evidente que en estas dos promesas está contenido el pueblo de los israelitas y el orbe de la tierra en la descendencia de Abraham, aquel según la carne, este según la fe?

43

Tras la muerte de Jacob, muerto también José, durante los restantes ciento cuarenta y cuatro años hasta la salida de la tierra de Egipto, aquel pueblo creció de manera increíble, aun siendo debilitado por persecuciones de tal envergadura que en cierto tiempo los nacidos varones eran asesinados a causa del terror que infundía a los asombrados egipcios el excesivo aumento de su población236. Entonces Moisés, sustraído furtivamente de los asesinos de los niños, llegó al palacio real, preparando Dios grandes cosas para él, fue criado y adoptado por la hija del faraón237 (dicha denominación fue la propia de todos los reyes en Egipto), y llegó a ser un hombre de tal valía que él mismo liberó a aquel pueblo asombrosamente multiplicado del durísimo y pesadísimo yugo de la esclavitud que allí soportaba —en realidad Dios a través de él, que se lo había prometido a Abraham—. Lo cierto es que primero huyendo de allí porque había matado a un egipcio por defender a un israelita238 y se sintió aterrorizado, enviado después por voluntad divina239, gracias al poder del Espíritu de Dios, venció a los magos del faraón que se le enfrentaban. Entonces por medio de él les fueron infligidas a los egipcios las diez famosas plagas, por no querer dejar marchar al pueblo de Dios: el agua transformada en sangre, las ranas y mosquitos, los tábanos, la muerte del ganado, las úlceras, el granizo, las langostas, las tinieblas, la muerte de los primogénitos240. Al final los egipcios fueron aniquilados mientras perseguían en el mar Rojo a los israelitas, a los que, al verse quebrantados por tantas y tan grandes plagas, habían dejado marchar. Lo cierto es que a los que se marchaban el mar dividido les proporcionó una vía; en cambio, a los que les perseguían los sumergió la ola que volvía sobre sí misma241. Después, durante cuarenta años, con Moisés como su guía, el pueblo de Dios fue conducido por el desierto, momento en que recibió su nombre el tabernáculo del testimonio242, donde se rendía culto a Dios mediante sacrificios que prefiguraban los hechos futuros, una vez promulgada ya la ley en el monte de manera totalmente terrorífica; en efecto, la divinidad la ratificaba de forma absolutamente evidente con señales y sonidos dignos de admiración. Esto sucedió después que se salió de Egipto y el pueblo empezó a hallarse en el desierto, el quincuagésimo día después de la celebración de la pascua mediante la inmolación de un cordero243. Este es figura de Cristo pronosticando que él había de pasar de este mundo al Padre por la víctima de la pasión (ciertamente pascua en lengua hebrea se traduce como tránsito)244, de tal manera que ya al revelarse el Nuevo Testamento, cincuenta días después de que fue inmolado Cristo, nuestra pascua245, vino del cielo el Espíritu Santo246, que fue llamado en el Evangelio el dedo de Dios247, para que trajera a nuestra memoria el recuerdo del primer hecho prefigurado, ya que, según se dice, también aquellas tablas de la ley fueron escritas por el dedo de Dios248.

A la muerte de Moisés, Jesús Nave gobernó al pueblo, lo introdujo en la tierra de la promesa y la repartió entre el pueblo. Estos dos admirables caudillos también dirigieron guerras con gran éxito y de forma digna de admiración, dando Dios testimonio de que aquellas victorias procedían no tanto de los méritos del pueblo hebreo como de los pecados de aquellas naciones que eran derrotadas. Después de estos caudillos vinieron los jueces, ya establecido el pueblo en la tierra prometida, de manera que comenzase entretanto a cumplirse la primera promesa a Abraham de una sola nación, es decir, la hebrea, y de la tierra de Canaán249, pero todavía no la relativa a todos los pueblos y todo el orbe de la tierra. Esto lo había de cumplir la venida de Cristo en carne y no las observancias de las antiguas leyes, sino la fe del Evangelio. De ello se convirtió en símbolo no el hecho de que Moisés, que había recibido la ley para el pueblo en el monte Sinaí, introdujo al pueblo en la tierra prometida, sino Jesús, a quien también se le cambió el nombre por prescripción divina para que se llamase así250. Por otra parte, en la época de los jueces alternaron los éxitos y los fracasos en las guerras conforme se sucedían los pecados del pueblo y la misericordia de Dios251.

De ahí se llegó al tiempo de los reyes, de los cuales Saúl reinó en primer lugar. A este, reprobado y abatido en un desastre bélico252, y relegada su estirpe para que no surgieran reyes de ella, le sucedió David en el trono, del que Cristo fue llamado hijo especialmente. Con este se inició una época y, en cierto modo, el comienzo de la juventud del pueblo de Dios, linaje cuya adolescencia, por decirlo de algún modo, abarca desde el propio Abraham hasta este David. En efecto, no en vano el evangelista Mateo rememoró las generaciones de manera que asignó este primer intervalo a catorce desde Abraham hasta David253. Lo cierto es que el ser humano empieza a poder engendrar a partir de la adolescencia; por ello el comienzo de las generaciones se inicia a partir de Abraham, que también fue instituido padre de las naciones cuando recibió su nuevo nombre254. Por consiguiente, antes de este tuvo lugar la infancia, por llamarla de algún modo, de ese linaje del pueblo de Dios, desde Noé hasta Abraham, y, por ello, se descubrió en posesión de la lengua, es decir, de la hebrea255. Pues el ser humano comienza a hablar desde la niñez, después de la infancia, que es llamada así porque no posee la capacidad de hablar256. Ciertamente, el olvido engulló esta primera edad, así como la primera edad del género humano fue destruida por el diluvio. Pues ¿cuántos hay que se acuerden de su infancia257? Por lo cual, en este recorrido de la ciudad de Dios, como el libro anterior trataba la primera y única, así este contiene dos edades, la segunda y la tercera. En esta tercera fue impuesto el yugo de la ley por la novilla de tres años, la cabra de tres años y el carnero de tres años, y se hizo visible la abundancia de pecadores y surgió el comienzo del reino terreno, donde no faltaron los hombres espirituales, cuyo símbolo fue representado en la tórtola y la paloma258.

1 Gen. 9, 25.

2 Gen. 9, 27.

3 E. MATTHEWS SANDFORD y W. MCALLEN GREEN, Saint Augustine. The city of God against the pagans V, Cambridge (Mass.)-Londres, 1965 (reimp. 1988), pág. 4, n. 4, señalan que la idea de que la ebriedad de Noé simboliza la pasión de Cristo está tomada de CIPRIANO, Epist. LXII. Cf. AGUSTÍN, Doctr. Christ. IV, 21, 45 y C. Faust. XII 23, donde utiliza este argumento en la controversia contra los maniqueos.

4 Cf. JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 71, 10. 13-14, da los significados de «nombre» o «nombrado».

5 Cant. Cantic. 1, 3.

6 Cf. JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 67, 7. 11-12. Según G. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII, Introduction générale et notes par G. BARDY. Traduction française de G. COMBÈS, París, 1960, pág. 179, n. 6, la profecía de Jafet es oscura en su sentido histórico y los Padres de la iglesia la explican como expresión de la continuidad del pueblo de los creyentes, que remplaza a Set, es decir, el pueblo de Israel, en la posesión e interpretación de las escrituras.

7 Cf. JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 63, 4. 11-12.

8 I Cor. 11, 19.

9 Prov. 10, 5 (4), según la versión de los Setenta.

10 Mt. 7, 20.

11 JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 64, 4. 14-15; 80, 17. 11; 110, 41. 17, da este significado además de «comerciante», «humilde» y «que se sonroja».

12 Cf. I Cor. I 22.

13 Cf. AGUSTÍN, C. Faust. XII 23.

14 Philip. 1, 18.

15 Esai. 5, 7.

16 Mt. 20, 22

17 Mt. 26, 39.

18 Gen. 9, 21.

19 II Cor. 13, 4.

20 I Cor. 1, 25.

21 Gen. 9, 21.

22 MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., págs. 12-13, n. 2, señalan que este cálculo está basado en el texto de la versión de los Setenta, según el cual entre el diluvio y el nacimiento de Abraham median 1.170 años, mientras que el texto hebreo y la Vulgata dan 290 años.

23 Como señala BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 186, n. 1, en el texto hebreo del Génesis solo se mencionan siete hijos, tal y como comenta JERÓNIMO, Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, pág. 11, 14, 6-7, frente a la versión de los Setenta, utilizada por Agustín, que añade un octavo. L. ALICI, La città di Dio, 2001, pág. 749, n. 3, destaca las grandes divergencias existentes en las citas agustinianas que siguen, tomadas de la mencionada versión, frente al texto hebreo.

24 Sobre la expresión contra dominum, MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. ١٦, n. 1, señalan que se trata de una mala traducción tomada de la Vetus Latina, ya que hubiera sido más correcto utilizar ante dominum. Vid. infra XVI 4, donde Agustín basa toda su exégesis en dicha traducción.

25 Gen. 10, 8-12.

26 Sobre el rey Nino vid. supra IV 6.

27 Gen. 10, 22, donde aparece citado entre los hijos de Sem.

28 Gen. 10, 21.

29 Esta misma interpretación aparece en JERÓNIMO, Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, págs. 14, 18. 18-19. Sobre la discusión en Agustín en torno al origen del nombre de los hebreos vid. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII, pág. 708, n. compl. 13, donde se señala que el autor en Cons. euang. I 14, 21, obra datada en torno al 400 d. C. relacionaba el nombre con Abraham. No obstante, en Retract. II 16, aunque vuelve a retomar esta interpretación, prefiere aquella según la cual el nombre procede de Heber. Cf. Quaest. Hept. I 24. Vid. infra XVI 11.

30 JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, pág. 66, 6, 14.

31 Gen. 10, 25.

32 Vid. infra XVI 10.

33 Gen. 10, 31.

34 Gen. 10, 32.

35 Gen. 10, 5.

36 Gen. 10, 13.

37 Gen. 10, 20.

38 Gen. 11, 1-9.

39 MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 26 n. señalan que en el texto hebreo de Gen. 11, 9, el nombre Babel se pone en relación con el verbo balal «confundir», y que en la versión de los Setenta y la Vetus latina también se traduce el nombre por «confusión». JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, pág. 66, 6. 14. Vid. además JERÓNIMO, Nom., Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 62, 3. 18; 90, 25. 6; 119, 48. 11; 150, 70. 21-22, 159, 80. 15.

40 Cf. Gen. 10, 8.

41 Agustín introduce aquí diversos ejemplos del tipo de sinécdoque consistente en el uso de singular por plural, mostrando sus conocimientos de retórica. Sobre su uso y definición vid. H. LAUSBERG, Manual de retórica literaria, Madrid, 1967, §§ 572-577, Retórica a Herenio IV 33, 45, CICERÓN, Sobre el orador II 42, 168, QUINTILIANO, Inst., VIII 6, 20.

42 Exod. 10, 4.

43 Gen. 10, 9; 11, 4.

44 Psalm. 94, 6.

45 Iob 15, 13 según la versión de los Setenta.

46 Gen. 11, 5.

47 Gen. 11, 7. Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 22.

48 MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., págs. 32-33, n. 1, señalan que recapitulatio aquí se utiliza como término especializado de la exégesis bíblica, concretamente la sexta regla de las siete de Ticonio, que se utiliza para resolver ciertas contradicciones, como el hecho de que en Gen. 10, 32 se diga que la humanidad se dispersó en distintas lenguas y en 11, 1 que solo existía una lengua sobre la tierra. La cuestión se resuelve indicando que los hechos narrados después son anteriores y que sirven como recapitulación para explicar cómo se llegó a la situación narrada en primer lugar. Sobre este recurso vid. además Agustín, Doctr. Christ. III 36, 52, BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 719-720, n. compl. 22, M. DULAEY, «La sixième règle de Tyconius et son résumé dans le De doctrina christiana», REAug 35 (1989), págs. 83-103.

49 I Cor. 3, 9.

50 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 22.

51 Gen. 1, 26.

52 Gen. 11, 6.

53 VIRGILIO, Eneida IV 592. Como señala HAGENDAHL, Augustine..., vol. II, pág. 429, QUINTILIANO, Inst. IX 2, 11, cita este mismo verso de Virgilio para ejemplificar una interrogación de carácter imperativo.

54 Como señalan MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 38, n. 1, Agustín en este punto se refiere a los dialectos africanos anteriores a la introducción del púnico y el latín, que todavía se empleaban en su época y que en la actualidad sobreviven bajo el nombre de bereber, término que deriva precisamente de barbarus.

55 Sobre la teoría de la generación espontánea vid. supra VIII 5, n. 42.

56 Gen. 1, 24.

57 El elenco de seres asombrosos que aparece a continuación se inspira esencialmente en PLINIO EL VIEJO, Historia natural VII 2, 9-30. Vid. además GELIO, Noches áticas IX 4, 6-10. Cf. Civ. XXI 5. Sobre los conocimientos de historia natural de Agustín y su dependencia de Plinio y Solino vid. además H. I. MARROU, Saint Augustin et la fin de la culture Antique, París, 1958, 4.a ed., págs. 135-148.

58 Según Chantraine, s. v. πúx, πúγμη el gentilicio Πυγμαïoς deriva del término griego πúγμη, «puño», es decir, que su significado es «del tamaño de un puño», «de baja estatura». De la misma raíz deriva también πúγων, «codo», medida de longitud. Los pigmeos aparecen ya mencionados en HOMERO, Ilíada III 3-9 y HERÓDOTO, Historias II 32, III 116, IV 27. Vid. además VIRGILIO, Eneida X 264-266, FILÓSTRATO, Vida de Apolonio III 47.

59 Σκιåπoδες significa en griego «los de pies que dan sombra». Según PLINIO EL VIEJO, Historia natural VII 2, 23, que sigue a Ctesias de Cnido, eran originarios de la India. Sobre los esciápodos vid. además FILÓSTRATO, Vida de Apolonio III 47, GELIO, Noches áticas IX 4, 9, TERTULIANO, Apol. 8, 5.

60 El gentilicio de este legendario pueblo de Etiopía, Κυνoκéφαλoι, en griego significa literalmente «cabeza de perro». Vid. además HERÓDOTO, Historias IV 191.

61 Sobre la definición de ser humano, en la que Agustín hace hincapié en el término «mortal» para establecer la distinción con los ángeles, BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 208-209, n. 3, donde cita además a AGUSTÍN, Civ. IX 13, Mor. Eccl. I XXVII 52, etc.

62 PLINIO, Historia natural VII 2, 22-23, XI 99, 244, ARISTÓTELES, Generación de los animales IV 4, 770, 30. HAGENDAHL, Augustine..., vol. II, pág. 671, señala que para estas cuestiones Agustín probablemente solo manejó de forma directa el libro VII de Plinio el Viejo y que el resto de los paralelismos que señalan los editores proceden en realidad de Solino, idea ya expresada por TH. MOMMSEN en su edición de dicho autor (C. Iulii Solini Collectanea rerum memorabilium, Berlín, 1864, 2.a ed. 1895, págs. XXXI-XXXII y 255).

63 BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 210, n. 3, señala que se trata de una ciudad distinta de Hippo Regius o Hipona, que también se denominaba Hipona-Diarrito, que Agustín predicó allí y se identifica con Bicerta. Vid. Agustín, Epist. 143, 4.

64 PLINIO, Historia natural VII, 3, 34, XI 109, 262.

65 Como señala ALICI, La città..., pág. 759, n. 9, se trata probablemente de un caso de hermanos siameses.

66 Como señala C. MACÍAS VILLALOBOS, «Algunas consideraciones sobre el simbolismo de la Esfinge», en E. MALLORQUÍ-RUSCALLEDA (coord.), As Emoções no Mediterrâneo Antigo e do início da era moderna, Mirabilia 15 (2012/2), https://www.revistamirabilia.com/sites/default/files/pdfs/2012_02_12.pdf, consultado el 15/06/2018, el término esfinge denominaba a dos tipos de seres fantásticos, la esfinge de Egipto, con cuerpo de león y cabeza de hombre y la esfinge de Tebas, conocida por su intervención en el mito de Edipo, con cuerpo de león, alas de ave y cabeza y pechos de mujer. Asimismo, también servía para designar a una especie de simio descrito en PLINIO EL VIEJO, Historia natural VIII 72 e ISIDORO DE SEVILLA, Etimologías XII 2, 32, que es la acepción que aparece en este pasaje. Por otra parte, Sphinx mandrillus es el nombre científico del mandril.

67 Sobre la imagen del mundo conocido en época de Agustín vid. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 712-715, n. compl. 17: la tierra era concebida como una extensión plana dividida en tres partes: Europa, Asia y África en torno a un mar interior, el Mediterráneo, y rodeada por el Océano, concepción que contaba con el apoyo de los textos bíblicos. No obstante, la observación de fenómenos astronómicos da pronto lugar a una concepción esférica de la tierra, que a su vez estaba rodeada de otros astros, sistema que fue propuesto por Eudoxo de Cnido, seguido por Aristóteles, aunque su formulación más importante es la de Ptolomeo. Sin embargo, el auge de las tendencias neoplatónicas y de las religiones orientales significó un menor interés por ciencias como la astronomía, tendencia en la que se inserta Agustín.

68 Sobre los habitantes de las antípodas vid. PLATÓN, Timeo 62, c d, CICERÓN, Académicas II 123, frente a LUCRECIO, I 1052-1067, contrario a su existencia. Sobre la cuestión vid. además BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 715, n. compl. 18.

69 Cf. Civ. XVI 3.

70 Gen. 10, 25.

71 Gen. 11, 10.

72 Sobre el rey Nino vid. supra IV 6.

73 Como señala BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 218, n. 2, Cainan no aparece en el texto hebreo y en los Setenta le atribuyen las mismas cifras que a Sala.

74 Gen. 17, 5.

75 BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 717, n. compl. 19, indica que según el texto hebreo entre el diluvio y Abraham existe un intervalo de 292 años.

76 Psalm. 14 (13), 3; 53 (52), 4.

77 Psalm. 14 (13), 4; 53 (52), 5.

78 Psalm. 14 (13), 2; 53 (52), 3.

79 Vid. supra XVI 3.

80 Gen. 10, 25.

81 Cf. supra XVIII 30.

82 Como señalan MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 68, n. 1, Mizraim y Cush son términos que aparecían en la versión hebrea del Génesis para denominar a egipcios y etíopes respectivamente, denominación que deriva de los nombres griegos de estos pueblos y que son los que aparecen en la versión de los Setenta en sustitución de los anteriores.

83 Vid. infra XVI 43; XXII 30. Se refiere a la tercera de las edades en que Agustín divida la historia.

84 Cf. Gen. 11, 28.

85 Cf. Ios. 24, 2. MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 71, n. 3, indican que el nombre de Jesús Nave es la forma latina de la traducción que hacen los Setenta del hebreo Josué, hijo de Nun. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 332-333, n. 2, por su parte, señala que Josué se llamaba anteriormente Oseas y Moisés le cambió el nombre, aunque en realidad Oseas parece una abreviatura de Josué.

86 Gen. 6, 9.

87 Gen. 11, 27-29.

88 Como señala BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 725-726, n. compl. 28, el nombre de Sarra se toma de la traducción latina de los Setenta, en la cual la esposa de Abraham se llamaba originariamente Sara, que posteriormente Dios cambió en Sarra, mientras que en el texto hebreo el nombre original era Sarai y el nuevo Sara.

89 Gen. 11, 31. SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 71, n. 3, comentan que la ciudad de Jarán se hallaba en la parte norte de Mesopotamia y corresponde a Carras, famosa por la derrota de Craso frente a los partos en 53 a. C.

90 Gen. 24, 10.

91 Iudith 5, 5-9.

92 Gen. 11, 32.

93 BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 237 n. 2, señala que en el texto hebreo del Génesis solo aparece la cifra total de años en el caso de Taré, pero en la traducción latina de los Setenta que manejó Agustín se especifica para el resto.

94 Gen. 12, 1.

95 Gen. 12, 4.

96 Cf. Gen. 10, 31.

97 Gen. 11, 1.

98 Sobre la recapitulatio vid. supra XVI 5.

99 Gen. 11, 32.

100 Gen. 12, 1.

101 Gen. 12, 4.

102 Respecto a la cronología, MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., págs. 82-84, n. 6, señalan que AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 25, propuso tres explicaciones: el argumento de la recapitulatio que aquí se ofrece, la leyenda sobre el fuego de los caldeos, que toma de Jerónimo, Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, pág. 15, 19, 1-13, basada en la traducción del hebreo «fuego de los caldeos» y no Ur de Caldea, en relación con el hecho de que Abraham rechazó adorar al dios del fuego y fue arrojado a las llamas, de las que fue liberado con la ayuda de Dios, momento a partir del cual se cuenta su edad, y, finalmente, la idea de que Taré no habría engendrado sus tres hijos hasta los setenta años y Abraham podía haber sido el más joven. Sobre la cuestión vid. además BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 720-721, n. compl. 23.

103 Act. 7, 2-3.

104 Act. 7, 4.

105 Act. 7, 4.

106 Sigo la lectura patrem de la 4.a edición de Teubner de DOMBART-KALB (Stuttgart, 1982) en lugar del patrum del Corpus Christianorum. Como señala ALICI, La città..., pág. 770, n. 13, la posibilidad de que Nacor hubiera seguido a Taré se contradice con lo dicho en Civ. XVI 13, según la cual Nacor había caído en las supersticiones de los caldeos.

107 Gen. 12, 1-4.

108 EUSEBIO, Chron., Anno 23 Assyriorum Helm, Berlín, 1956, pág. 23. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 244-245 n. 2, señala que Agustín utiliza la traducción de la Cronica realizada por Jerónimo. En 394 a petición de Alipio, Paulino de Nola pidió prestado al amigo de Jerónimo Domnión un ejemplar de la Crónica de Eusebio para obtener una copia que pudiera utilizar Agustín, quien ya la emplea en la redacción de La doctrina cristiana en 396-397.

109 Gen. 12, 4.

110 Act. 7, 2.

111 Eusebio, Chron., pág. 23b Helm.

112 Gal. 3, 17.

113 La historia del reino de los sicionios, situado en el Peloponeso, en el Golfo de Corinto, y fundado según los relatos míticos por Egialeo, su primer habitante y rey, aparece relatada en detalle en PAUSANIAS, Descripción de Grecia II 5-7. Aunque en ningún momento tuvo la relevancia de los imperios mencionados a continuación, y no fue polis independiente hasta el siglo VI, en que se liberó del poder corintio, los antiguos consideraban que fue uno de los primeros reinos en constituirse en Grecia. Sobre su historia vid. infra XVIII 2-19.

114 SEGÚN MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., págs. 90-91, n. 3, aquí se anticipa el relato de la historia de estos tres reinos que se narra en el libro XVIII. La correspondencia cronológica de Abraham con los mismos es tomada de Eusebio, Chron., pág. 24, 20 Helm, que a su vez depende de Cástor de Rodas.

115 M. MARIN, «L’ uttilizzazione di Sallustio nel De civitate Dei», en E. CAVALCANTI (ed.), Il De civitate Dei. L’opera, le interpretazioni, l’influsso, Roma, 1996, pág. 42 señala la coincidencia de este texto con SALUSTIO, Guerra de Jugurta 17, 3, donde se dice que la mayoría de los autores consideraba a África la tercera parte del mundo, pero que según unos pocos debía incluirse en Europa, por lo que las partes de la tierra eran dos. Sin embargo, indica que dicha coincidencia no tiene por qué deberse a una lectura directa por parte de Agustín del texto de Salustio, sino a una formación escolar común.

116 Gen. 12, 7.

117 Cf. Gen. 12, 10-20. Sara y Abraham eran hermanos por parte de padre.

118 AGUSTÍN, C. Faust. XXII 36, cf. Quaest. Hept. I 26, pasaje que según BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 250-251, n. 3, depende de Jerónimo, Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, págs. 16, 21, 17-32, donde explica que el faraón no tuvo relaciones con Sara porque según el libro de Ester una mujer solo era aceptada por este tras ser perfumada durante seis meses con aceite de mirto y durante otros seis recibir otros cuidados, y Sara debió ser devuelta antes de este periodo.

119 Gen. 13, 8-9.

120 Cf. SÉNECA EL VIEJO, Controversias VI 3.

121 Gen. 13, 14-17.

122 Sobre la definición de hipérbole en la teoría retórica antigua vid. LAUSBERG, Manual..., §§ ٥٧٩, ٩٠٩-٩١٠. El ejemplo de los granos de arena aparece también en la literatura clásica, como en CATULO 7.

123 Cf. AGUSTÍN, C. Faust. XXII 89.

124 Gen. 13, 15.

125 Como señala ALICI, La città..., pág. ٧٧٥, n. ٣, se refiere a la destrucción de Jerusalén y de su templo llevada a cabo por Tito, hijo del emperador Vespasiano, en el año 70 d. C. tras un largo asedio de la ciudad. Una nueva sublevación de los judíos en 132 d. C., sofocada por el emperador Adriano en 135 d. C., fue la causa de la interdicción a los judíos de entrar en la ciudad. Los acontecimientos relativos a la sublevación judía en época de Vespasiano son contados en detalle, en esta misma colección, por FLAVIO JOSEFO, Guerra de los judíos, introducción, traducción y notas por Jesús Ma Nieto Ibáñez, Madrid, 1999. Vid. además SUETONIO, Vida de Tito 5, TÁCITO, Historias V 1-13, DION CASIO, Historia romana LXVI. Sobre la rebelión de Bar Kojba en época de Adriano vid. DION CASIO, Historia romana LXIX 13-14.

126 Cf. Gen. 13, 18.

127 Cf. Gen. 14, 18-24.

128 Cf. Hebr. 7, 1-10.

129 Psalm. 110 (109), 4. El sacrificio al que se refiere es el de la eucaristía, que es prefigurado por el pan y el vino ofrecido a Abraham por Melquisedec. Vid. MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., págs. 106-107, n. 1.

130 Cf. Gen. 15, 1-5.

131 Arato nació en Solos, Cilicia, en 310 a. C. y murió en 240 a. C. Estudió en Atenas con el filósofo Perseo, a quien pudo acompañar a la corte macedonia, donde halló la protección del monarca Antígono II Gónatas. Es autor del poema didáctico-Astronómico titulado Fenómenos, de 1154 hexámetros dactílicos, en el que puso en verso la obra de Eudoxo de Cnido. Además compuso otros poemas, hoy perdidos, sobre tema médico o astronómico, como los Pronósticos, una colección titulada Catalepton, un Himno a Pan, epicedios a sus amigos, etc. En cuanto a su labor erudita, editó la Ilíada y la Odisea y estudió la obra de Hesiodo. Los Fenómenos despertaron el interés de los romanos, y fueron traducidos por Cicerón, Germánico y Avieno entre otros. Sobre el autor vid. en esta colección ARATO, Fenómenos. GÉMINO, Introducción a los Fenómenos, introducciones, traducciones y notas de E. Calderón Dorda, Madrid, 1993, págs. 9-62.

132 Eudoxo de Cnido (ca. 408-355 a. C.) fue un filósofo perteneciente a la Academia platónica, aunque Diógenes Laercio, VIII 86-91, lo incluye entre los pitagóricos. Fue muy crítico con la metafísica platónica, y su relación con Platón es objeto de controversia. Se interesó además por la astronomía, las matemáticas, la geometría y la medicina. Su principal logro en cuanto a astronomía se refiere fue la creación de un sistema basado en cálculos matemáticos para explicar los movimientos de los astros. La tierra se situaba en el centro y permanecía inmóvil, mientras que los astros se hallaban fijados a veintisiete esferas que a su vez se reunían siete grupos, siendo el creador de la esfera celeste. Fragmentos en F. LASSERRE, Die Fragmente des Eudoxos von Knidos, Berlín, 1966. Sobre su teoría astronómica E. MAULA, «Eudoxus encyrcled», Ajatus 33 (1971), págs. 201-253, E. MAULA, E. KASANEN, J. MATTILA, «The spider in the Sphere, Eudoxus’ Arachne», Philosophia 5-6 (1975-1976), págs. 225-259. Sobre su vida y obra vid. Diógenes Laercio, VIII 86-91, F. HULTSCH, RE VI COL. 953, FERRATER MORA, Diccionario..., vol. II, pág. 1154, s. v.

133 Rom. 4, 3; Iac. 2, 23, cf. Gal. 3, 6; Gen. 15, 6.

134 Gen. 15, 7.

135 Gen. 15, 8-19.

136 Gen. 15, 8.

137 Lc. 1, 34-35. Cf. AMBROSIO, Abr. II 8, 49.

138 Gen. 11, 32.

139 Gal. 3, 17.

140 Vid. AGUSTÍN, Quaest. Hept. II 47 sobre la cronología de la esclavitud en Egipto.

141 Gen. 15, 17. Cf. Exod. 3, 2; 13, 21; 19, 9; 18-20.

142 Según MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 118, n. 1, aquí se alude a I Cor. 3, 12-15, que será comentado en Civ. XXI 26. Asimismo Agustín plantea la existencia del fuego del purgatorio.

143 Según BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 269, n. 3, el río al que alude Agustín es en realidad el Nilo. La ciudad de Rinocorura corresponde a la actual El Arish, situada en la Península del Sinaí.

144 Vid. supra XV 3.

145 Vid. AGUSTÍN, C. Faust. 22, 30, donde responde a los maniqueos respecto a esta acusación.

146 I Cor. 7, 4.

147 Gen. 16, 6.

148 Gen. 15, 4.

149 Gen. 17, 1-21.

150 Cf. AGUSTÍN, C. Faust. 22, 29.

151 Cf. AGUSTÍN, Pec. Orig. 30, AMBROSIO, Abr. II 11, 79.

152 Gen. 17, 14.

153 Cf. Rom. 5, 12.

154 Gen. 2, 17.

155 Eccl. 14, 18, según la versión de los Setenta.

156 Rom. 4, 15.

157 Psalm. 118, 119.

158 Gen. 17, 5; 16.

159 Gen. 17, 5.

160 JERÓNIMO, Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, págs. 21, 26, 29-30.

161 Jerónimo da la misma interpretación para Sarai en Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, págs. 71, 10, 22; 109, 40, 7, mientras que para Sara da «princesa» (ibid. pág. 150, 72, 25; pág. 151, 73, 7, etc.).

162 Hebr. 11, 11.

163 Cf. Gen. 25, 1.

164 Cf. Rom. IV 19. Sobre los hijos de Abraham y Cetura vid. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 35.

165 Cf. Gen. 18, 1-2.

166 BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 726 n. compl. 29, cita entre otros autores que defienden que Dios Padre no se manifestaba a los seres humanos sino a través de su hijo a SAN JUSTINO, Dialog. LXXVII 2, 4, TERTULIANO, Carn. VI, Ad. Marc. II 27; III 9, EUSEBIO, Hist. Eccl. I 2.

167 Gen. 18, 2-3.

168 Gen. 19, 2.

169 Gen. 19, 16-19. Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 41.

170 Hebr. 13, 2.

171 Gen. 18, 18.

172 Cf. supra XIV 18.

173 Cf. Lc. 17, 32.

174 Gen. 20, 12.

175 JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, pág. 67, 7, 16, da el significado de «risa» o «alegría».

176 Gen. 21, 6.

177 Cf. Gal. 4, 24.

178 Cf. Gen. 22, 1-13.

179 Gen. 21, 12-13.

180 Rom. 9, 8.

181 Hebr. 11, 17-19.

182 Rom. 8, 32.

183 Gen. 22, 10-12.

184 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 58.

185 Gen. 22, 15-18.

186 Gen. 23, 1.

187 Gen. 17, 17.

188 Act. 7, 4. Vid. supra XVI 15.

189 Gen. 24, 2-3.

190 Gal. 4, 24.

191 Gen. 16, 3.

192 Gen. 25, 1.

193 Gen. 25, 5-6.

194 Rom. 9, 8.

195 Gen. 21, 12.

196 Como señala BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 301-302, n. 7, la condena de las segundas nupcias era habitual, incluso entre los cristianos ortodoxos, pero era absoluta solo en algunas herejías y especialmente entre los montanistas. Agustín las admite en Bon. viduit. 4, 6, aunque considera que tiene menos mérito quien se casa por segunda vez, al igual que la virginidad es preferible al matrimonio. Sobre la cuestión vid. además MATTHEWS SANDFORD-MCALLEN GREEN, Saint Augustine..., pág. 161, n. 4.

197 Cf. Gen. 25, 7.

198 Gen. 25, 23.

199 Cf. Rom. 9, 11-13.

200 Entre dichas obras destacan Sobre la gracia y el libre arbitrio, Sobre la gracia de Cristo y el pecado original y Sobre la corrección y la gracia.

201 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 73.

202 Gen. 26, 1-5.

203 Gen. 26, 24.

204 Cf. Gen. 25, 33.

205 Esta interpretación de las pieles de cabra como los pecados puede verse además en AGUSTÍN, C. mend. X 24.

206 Gen. 25, 27.

207 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 74.

208 Gen. 27, 27-30.

209 Gen. 27, 33.

210 Gen. 28, 1-4.

211 Gen. 21, 12.

212 Gen. 28, 10-19.

213 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 84.

214 Ioh. 1, 47.

215 Ioh. 1, 51.

216 Cf. Gen. 29, 1-30, 24.

217 Cf. I Cor. 7, 4.

218 Vid. supra XVI 38.

219 Cf. Gen. 32, 25-33.

220 Vid. infra XVII 13. Sobre la etimología de Israel vid. JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, pág. 75, 13, 21: «Israel es ver a Dios o al hombre o la mente que ve a Dios». En Quaest. Hebr. in Gen., Corpus Christianorum LXXII, págs. 40-41, 50-51, 3, lo interpreta como princeps Dei o directus Dei, aunque no es la etimología más habitual. Sobre la cuestión vid. BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 729, n. compl. 33.

221 Cf. AGUSTÍN, Quaest. Hept. I 104.

222 Psalm. 17, 46.

223 Cf. Gen. 46, 27. Vid. además BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., pág. 730, n. compl. 34, que señala la discrepancia entre el texto del Génesis de los Setenta, que sigue Agustín, según el cual son 75 personas las que acompañaron a Jacob, lo cual coincide con el relato de Act. 7, 14, y el texto hebreo, donde aparecen setenta.

224 Gen. 50, 23.

225 Gen. 50, 22-23.

226 Gen. 50, 23.

227 BARDY, La cité de Dieu. Livres XV-XVIII..., págs. 322-323, n. 3, señala que en el Génesis solo se menciona a una hija de Jacob, Dina, hija de Lía.

228 Gen. 46, 8.

229 Gen. 49, 8-12.

230 AGUSTÍN, C. Faust. XII, 42.

231 Ioh. 10, 18; 17.

232 Ioh. 2, 19.

233 Ioh. 19, 30.

234 Gen. 25, 23.

235 Gen. 48, 19.

236 Cf. Exod. 1, 15-22.

237 Cf. Exod. 2, 5-10.

238 Cf. Exod. 2, 11-15.

239 Cf. Exod. 3, 7-10; 4, 19-23.

240 Cf. Exod. 7-11.

241 Cf. Exod. 14, 5-31.

242 Exod. 27, 21.

243 Exod. 12, 1-11.

244 JERÓNIMO, Nom. Hebr., Corpus Christianorum LXXII, pág. 140, 64, 22.

245 Cf. I Cor. 5, 7.

246 Act. 2, 1-4.

247 Lc. 11, 20.

248 Exod. 31, 18.

249 Cf. Iudic. 2, 6-9.

250 Num. 13, 16.

251 Cf. Iudic. 2, 16-19.

252 Cf. I Sam. 31 (Vulgata I Reg.).

253 Mt. 1, 1-17.

254 Vid. supra XVI 28.

255 Vid. supra XVI 11.

256 Como puede verse en ERNOUT-MEILLET, s. v. for, infantia deriva de un compuesto del prefijo in- y el participio de presente activo fans, del verbo for, que significa «decir», «hablar», por lo que infans sería «el que no habla».

257 Sobre la división de la historia en seis edades en relación con las etapas de la vida y los seis días de la creación cf. AGUSTÍN, Gen. c. Manich. I 23, 35-41, Divers. quaest. LXXXIII 58. Vid. además E. A. SCHMIDT, Zeit und Geschichte bei Augustin, Heidelberg, 1985, CHR. LIGOTA, «La foi historienne: histoire et conaissance de l’histoire chez. S. Augustin», Revue des études augustiniennes 43 (1997), págs. 111-171, esp. 115-119.

258 Cf. Gen. 15, 9.

LIBRO XVII

SUMARIO

1  Sobre los tiempos de los profetas.

2  En qué tiempo se cumplió la promesa de Dios de la tierra de Canaán que recibió en propiedad también el Israel carnal.

3  Sobre el triple significado de los profetas, que ora se refieren a la Jerusalén terrena, ora a la celeste, ora a una y otra.

4  Sobre la transformación prefigurada del reino y el sacerdocio de Israel, y sobre la profecía de Ana, madre de Samuel, representando la figura de la iglesia.

5  Sobre las palabras que pronunció el hombre de Dios al sacerdote Elí con espíritu profético, significando que debía eliminarse el sacerdocio que había sido instituido según Aarón.

6  Sobre el sacerdocio y el reino de los judíos, que, aunque se diga que fueron instituidos para la eternidad, no perduran, para dar a entender otros cuya eternidad es prometida.

7  Sobre la disgregación del reino de Israel, por la que es prefigurada la división perpetua del Israel espiritual respecto al Israel carnal.

8  Sobre las promesas a David en su hijo, que no se hallan de ninguna manera en Salomón, sino en Cristo en toda su plenitud.

9  Cuán semejante es la profecía de Cristo en el salmo octogésimo octavo a aquellas promesas que se realizan en el libro de los reyes mediante la profecía de Natán.

10  Cuán diversos son los acontecimientos en el reino de la Jerusalén terrena de aquellos que Dios había prometido, para que se entendiera que la verdad de la promesa pertenecía a la gloria de otro rey y de otro reino.

11  Sobre la sustancia del pueblo de Dios, que existe por la adopción de la carne en Cristo, único que tuvo el poder de arrebatar su alma de los infiernos.

12  A la persona de quiénes debe entenderse que pertenece la insistente súplica de las promesas de las cuales se dice en el salmo «¿Dónde está tu antigua misericordia, Señor?», y lo demás.

13  ¿Acaso la verdad de la paz prometida puede adscribirse a aquellos tiempos que transcurrieron bajo Salomón?

14  Sobre el empeño de David en la disposición y misterio de los salmos.

15  Si todo lo que es profetizado en los salmos sobre Cristo y la iglesia debe incluirse en el plan de esta obra.

16  Sobre aquellas realidades concernientes a Cristo y a la iglesia que o bien se dicen literalmente o bien metafóricamente.

17  Sobre aquellas que en el salmo 109 se refieren al sacerdocio de Cristo y en el salmo vigésimo primero a su pasión.

18  Sobre los salmos tercero, cuadragésimo, décimo quinto y sexagésimo séptimo, en los cuales se profetiza la muerte y resurrección del Señor.

19  Sobre el salmo sexagésimo octavo, en el que se declara la pertinaz impiedad de los judíos.

20  Sobre el reinado y los méritos de David y sobre su hijo Salomón y sobre aquella profecía perteneciente a Cristo que se encuentra ya en aquellos libros que se unen a sus escritos o en aquellos que no hay duda de que son suyos.

21  Sobre los reyes después de Salomón, ya en Judá, ya en Israel.

22  Sobre Jeroboán, que mancilló al pueblo sometido a él con la impiedad de la idolatría, en el cual sin embargo no dejó Dios no solo de inspirar a los profetas, sino también de preservar a muchos del crimen de la idolatría.

23  Sobre la diversa situación de uno y otro reino de los hebreos hasta que ambos pueblos fueron llevados en cautividad en distinto tiempo, restituido después Judá a su reino, que recientemente pasó al poder de los romanos.

24  Sobre los profetas que, o bien fueron los últimos entre los judíos, o bien la historia evangélica sitúa en torno a los tiempos del nacimiento de Cristo.

1

Cómo se cumplen las promesas de Dios que se le hicieron a Abraham, a cuya estirpe hemos aprendido que pertenecen tanto el pueblo de Israel según la carne como todos los pueblos según la fe, conforme a la promesa de Dios, lo señalará la ciudad de Dios en su transcurrir por la sucesión de los tiempos. Por tanto, puesto que el libro anterior tuvo su final en el reinado de David, ahora abordamos los restantes acontecimientos que siguen a partir de dicho reinado, en la medida en que parece suficiente para la obra emprendida. Consecuentemente, este tiempo, desde el que santo Samuel empezó a profetizar, e inmediatamente después, mientras el pueblo de Israel era llevado cautivo a Babilonia, después de regresar de allí los israelitas pasados setenta años, según la profecía del santo Jeremías1, fue reconstruida la casa de Dios, todo ese tiempo es el de los profetas. Aunque, efectivamente, también al propio patriarca Noé, en cuyos días toda la tierra fue devastada por el diluvio, y a otros antes y después hasta aquel tiempo en el que empezaron a gobernar los reyes en el pueblo de Dios, debido a ciertos acontecimientos futuros concernientes a la ciudad de Dios y al reino de los cielos, ya significados de algún modo, ya predichos a través de ellos, no sin razón podemos llamarlos profetas, principalmente porque leemos que algunos de ellos son llamados así de forma explícita, como Abraham2 y como Moisés3. No obstante, reciben el nombre de días de los profetas especialmente y sobre todo aquellos a partir del momento en que empezó a profetizar Samuel4, que por mandato divino ungió como rey en primer lugar a Saúl5 y, reprobado este, al propio David6, a cuya estirpe pertenecerían los restantes sucesores, mientras resultase conveniente que se diera este tipo de sucesión. Así pues, si quisiera recordar todas las predicciones que han sido realizadas por los profetas sobre Cristo, mientras la ciudad de Dios seguía su curso a través de estos tiempos con la desaparición de sus miembros al morir y la sucesión de otros al nacer, sería continuar hasta el infinito, en primer lugar porque la misma escritura, que, al disponer ordenadamente los reyes y sus hechos y acontecimientos, parece que está centrada en la narración de los acontecimientos con rigor histórico, por decirlo de algún modo, si se abordase mediante su examen con la ayuda del Espíritu de Dios, se descubrirá que está más atenta, o no menos sin duda, a pronosticar los hechos futuros que a relatar los pasados (¿y quién que reflexione sobre estas cuestiones, incluso con poca profundidad, ignora cuán laborioso y prolijo resulta, y cuán ingente cantidad de volúmenes requiere indagarlo mediante la investigación y exponerlo mediante la discusión?); después porque esos mismos acontecimientos, que no se discute que presentan un carácter profético, son en tal cuantía acerca de Cristo y el reino de los Cielos, que es la ciudad de Dios, que la discusión necesaria para explicarlo resulta más extensa de lo que exigen las dimensiones de esta obra. Por tanto, si me es posible, pondré límite a mi pluma, de manera que para la conclusión de esta obra, conforme a la voluntad de Dios, no exponga lo que es superfluo ni omita lo que es suficiente.

2

En el libro anterior afirmamos que Dios desde el principio le hizo dos promesas a Abraham, una en el sentido de que su descendencia había de poseer la tierra de Canaán (lo que se significa donde se dijo: Ve a la tierra que te mostraré y haré de ti un gran pueblo)7, la otra, por su parte, mucho más importante, acerca no de la descendencia carnal, sino de la espiritual, a través de la cual es padre no únicamente del pueblo de Israel, sino de todos los pueblos que siguen las huellas de su fe, promesa que comenzó a formularse con estas palabras: Y serán bendecidas en ti todas las tribus de la tierra8; y a continuación hemos mostrado que ambas promesas precisamente fueron realizadas mediante multitud de testimonios. Por consiguiente, ya se hallaba en la tierra de la promesa la descendencia de Abraham según la carne, es decir, el pueblo de Israel, y allí había empezado ya a reinar no solo mediante la ocupación y dominación de las ciudades de los enemigos, sino también mediante la institución de una monarquía, cumplidas las promesas de Dios relativas al propio pueblo ya en gran parte, no solo las que se les hicieron a aquellos tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, y todas las demás en sus tiempos, sino también aquellas que fueron realizadas a través del propio Moisés, por medio del cual el mismo pueblo fue liberado de la esclavitud egipcia y fueron revelados todos los hechos pasados en su tiempo, mientras el pueblo era conducido por el desierto. Por otra parte, tampoco se había cumplido la promesa de Dios relativa a la tierra de Canaán, desde cierto río de Egipto hasta el gran río Éufrates9, a través del ilustre caudillo Jesús Nave, por medio del cual aquel pueblo fue conducido a la tierra de la promesa, y, una vez vencidos los pueblos, la dividió entre las doce tribus que Dios le había ordenado y murió, ni después de aquel, durante todo el tiempo de los jueces; y, sin embargo, ya no se profetizaba que fuera a suceder, sino que se esperaba su cumplimiento. Y se cumplió por medio de David y su hijo Salomón, cuyo reinado se dilató en una dimensión tal cual se había prometido. Lo cierto es que sometieron a todos aquellos pueblos y los convirtieron en tributarios. En consecuencia, bajo aquellos reyes la descendencia de Abraham se estableció en la tierra de la promesa según la carne, es decir, en la tierra de Canaán, de tal manera que no faltase nada después para que se cumpliera aquella promesa terrena de Dios, excepto que el pueblo hebreo permaneciera en la misma tierra, en cuanto atañe a la prosperidad temporal, en una situación estable por la descendencia de su linaje hasta el final de este siglo mortal, si obedecía las leyes del Señor, su Dios. Pero, puesto que Dios sabía que este no iba a cumplirlo, se sirvió también de sus castigos temporales para poner a prueba a sus pocos fieles en él y para advertir lo que convenía advertir a quienes lo iban a ser después en todos los pueblos en los cuales había de cumplir la segunda promesa con la revelación del Nuevo Testamento por la encarnación de Cristo.

3

En consecuencia, como aquellos oráculos divinos a Abraham, Isaac y Jacob y cualesquiera otras señales o palabras proféticas que fueran realizadas en los escritos proféticos precedentes, así también las restantes profecías a partir de ese tiempo de los reyes en parte atañen al pueblo de la carne de Abraham, y en parte a aquella descendencia suya en la cual son bendecidas todas las naciones coherederas de Cristo por el Nuevo Testamento para la posesión de la vida eterna y del reino de los cielos; por consiguiente, en parte a aquella esclava que engendra en la servidumbre, es decir, la Jerusalén terrena que sirve con sus hijos, y en parte a la ciudad de Dios libre, es decir, la verdadera Jerusalén eterna en los cielos, cuyos hijos, los seres humanos que viven conforme a Dios, peregrinan en la tierra10; pero hay entre ellas profecías que se interpreta que pertenecen a una y otra, a la esclava literalmente, a la libre en sentido figurado.

Por tanto, se hallan tres clases de expresiones en los profetas, ya que unas son relativas a la Jerusalén terrena, otras a la celeste, y otras a ambas. Veo que esta afirmación debe ser demostrada con ejemplos. Fue enviado el profeta Natán para reprobar al rey David por un pecado grave, y para predecirle los males venideros que resultarían como consecuencia de ello11. ¿Quién podría poner en duda que estas profecías y otras semejantes se refieren a la ciudad terrena, ya fueran pronunciadas públicamente, es decir, por la salvación y utilidad del pueblo, ya en privado, al ser alguien merecedor en su propio beneficio de las palabras divinas con las cuales se diera a conocer algún suceso futuro para utilidad de la vida temporal? Sin embargo, donde se lee: He aquí que llegan los días, dice el Señor, y consumaré para la casa de Israel y la casa de Judá una nueva alianza, no según la alianza que establecí para sus padres en el día en que tomé sus manos para sacarlos de la tierra de Egipto, puesto que ellos mismos no permanecieron en mi alianza, y yo los desprecié, dice el Señor. Porque esta es la alianza que establecí para la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor, poniendo mis leyes en su mente, y las escribiré en su corazón y los veré y me convertiré en su Dios y ellos mismos se convertirán en mi pueblo12, sin duda profetiza la Jerusalén celeste, cuya recompensa es el propio Dios, poseerlo y pertenecerle es allí el bien supremo y absoluto. En cambio, atañe a ambas el mismo hecho de que Jerusalén es llamada ciudad de Dios y en esta se profetiza la futura casa de Dios, y dicha profecía parece cumplirse cuando el rey Salomón edifica aquel famosísimo templo13. En efecto, estos acontecimientos tuvieron lugar en la Jerusalén terrena según la historia, y fueron símbolos de la Jerusalén celeste. Este género de profecía, combinado y compuesto de uno y otro, por así decirlo, presenta una enorme relevancia en los antiguos libros canónicos, en los que se contienen las narraciones de los hechos, y ha puesto y sigue poniendo a prueba las inteligencias de quienes escudriñan las escrituras sagradas, para que se investigue cuál es el sentido alegórico de que lo que se lee que ha sido predicho y cumplido históricamente en la descendencia de Abraham según la carne también ha de cumplirse en la descendencia de Abraham según la fe, hasta tal punto que, en opinión de algunos, en los mismos libros no hay nada o profetizado y cumplido, o cumplido, aunque no profetizado, que no sugiera algo referido en sentido figurado a la ciudad de Dios celeste y sus hijos peregrinos en esta vida. Pero si esto es así, ya serán de dos clases, y no de tres, las expresiones de los profetas, o más bien las de todas aquellas escrituras que se registran mediante la denominación de Antiguo Testamento. En efecto, no habrá allí nada que ataña solamente a la Jerusalén terrena si cualquier cosa que se dice allí de ella o por ella y se cumple presenta algún significado que también se refiera a la Jerusalén celeste mediante un símbolo alegórico; pero habrá únicamente dos tipos, uno que ataña a la Jerusalén libre, otro que lo haga a una y otra. Sin embargo, al igual que, a mi modo de ver, cometen un grave error quienes consideran que ninguna acción recogida en este género de escritos presenta algún otro significado, aparte de que ha acontecido de ese modo, de la misma manera muestran una inmensa osadía quienes defienden que allí todo está impregnado de significados alegóricos. Por eso dije que son de tres tipos y no de dos. En efecto, así pienso, pero sin censurar a aquellos que hubieran podido moldear a partir de un hecho cualquiera una interpretación de sentido espiritual, si al menos se respeta originariamente la verdad histórica. Por lo demás, qué fiel podría dudar que no se ha dicho de forma vana lo que se ha dicho de forma que no pueda convenir a los hechos que, o bien se han realizado, o bien han de realizarse conforme a la naturaleza humana o divina? ¿Quién no los referiría a un sentido espiritual, si pudiera, o admitiría que deben ser reinterpretados por quien esté cualificado?

4

Así pues, el desarrollo de la ciudad de Dios cuando llega al tiempo de los reyes, en que David, una vez reprobado Saúl, fue el primero en obtener el trono, de tal manera que a partir de ese momento sus descendientes reinasen en la Jerusalén terrena en prolongada sucesión14, proporcionó un símbolo, significando y anunciando con sus acciones, cosa que no debe dejarse en silencio, sobre el cambio de las circunstancias futuras, en lo que atañe a las dos alianzas, la vieja y la nueva, donde el sacerdocio y el reino son transformados por medio del sacerdote y al mismo tiempo rey nuevo y sempiterno que es Cristo Jesús. Pues después que hubo sido reprobado el sacerdote Elí, Samuel, nombrado como sustituto en el servicio de Dios, desempeñando al mismo tiempo el cargo de sacerdote y juez15, y el rey David, establecido en el trono al ser destituido Saúl16, simbolizaron lo que acabo de explicar. También la propia madre de Samuel, Ana, que antes fue estéril y gozó de una fecundidad tardía, no parece profetizar nada diferente cuando, exultante de alegría, expresa su agradecimiento al Señor en el momento en que consagra a Dios al mismo niño, una vez nacido y destetado, con idéntica piedad con la que lo había ofrecido. Dice, en efecto: Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi fuerza se ha alzado en mi Señor. Mi boca se ha abierto contra mis enemigos, me regocijo en tu salvación. Puesto que no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios; no hay santo excepto tú. No os vanagloriéis ni pronunciéis palabras altisonantes, ni salga la jactancia de vuestra boca. Porque Dios es el Señor del conocimiento, y Dios el que dispone sus designios. Hizo débil el arco de los poderosos y los débiles se ciñeron de valor; los que estaban hartos de pan quedaron disminuidos y los hambrientos cruzaron la tierra. Porque la estéril parió a siete y la abundante en hijos quedó yerma. El señor da la muerte y da la vida, hace descender a los infiernos y regresar de ellos. El señor hace pobres y da riqueza, humilla y eleva. Levanta del suelo al pobre y eleva del estiércol al indigente para colocarlo con los poderosos del pueblo, dándoles también en herencia el trono de la gloria, presentando una ofrenda al que se la ofrece, y bendijo los años del justo porque el hombre no es poderoso en su vigor. El Señor hará débil a su adversario, el Señor es santo. No se vanaglorie el prudente en su prudencia, ni se vanaglorie el poderoso en su poder, ni se vanaglorie el rico en sus riquezas; pero gloríese en esto quien se gloría, en conocer y comprender al Señor y en ejercer el derecho y la justicia en medio de la tierra. El señor ascendió a los cielos y tronó; él en persona juzgará los confines de la tierra, porque es justo; y concede el valor a nuestros reyes, y exaltará el poder de su cristo17.

¿Y acaso se pensará que estas palabras son realmente las de una simple mujer que se felicita por el hijo que le ha nacido? ¿Acaso la mente humana se halla tan apartada de la luz de la verdad que no se da cuenta de que las palabras pronunciadas superan la capacidad de esta mujer? En definitiva, quien se conmueve convenientemente con estos hechos que ya empezaron a cumplirse incluso en esta peregrinación terrena ¿acaso no entiende, ni ve, ni reconoce que a través de esta mujer, cuyo nombre, a saber, Ana, también se traduce como gracia18, ha hablado así con espíritu profético la propia religión cristiana, la propia ciudad de Dios, cuyo rey es también Cristo, su fundador, y, finalmente, la propia gracia de Dios, de la que se apartan los soberbios para caer y de la que se llenan los humildes para levantarse, hecho que sobre todo hizo resonar este himno? A no ser que alguien acaso vaya a alegar que esa mujer no ha realizado ninguna profecía, sino que se limitó a alabar a Dios con jubiloso encomio a causa del hijo que consiguió con sus súplicas. Por consiguiente, ¿qué quieren decir las palabras: Hizo débil el arco de los poderosos y los débiles se ciñeron de valor; los que estaban hartos de pan quedaron disminuidos y los hambrientos cruzaron la tierra. Porque la estéril parió a siete y la abundante en hijos quedó yerma19? ¿Acaso ella misma parió siete aunque hubiese sido estéril? Tenía un único hijo cuando pronunciaba estas palabras; pero tampoco parió siete después, ni seis, de los que el propio Samuel fuese el séptimo, sino tres varones y dos mujeres20. Después, si en aquel pueblo todavía no gobernaba ningún rey, ¿por qué decía lo que dispuso al final: y concede el valor a nuestros reyes, y exaltará el poder de su cristo21, si no estaba profetizando?

Diga, por consiguiente, la iglesia de Cristo, la ciudad del gran rey22, llena de gracia, fecunda en su prole, diga aquello que reconoce profetizado sobre ella tanto tiempo atrás por la boca de esta madre piadosa: Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi fuerza se ha alzado en mi Señor23. En verdad su corazón se ha fortalecido y su fuerza se ha alzado, porque no lo fue en sí sino en el Señor su Dios. Mi boca se ha abierto contra mis enemigos24, porque la palabra de Dios no está encadenada25, ni en las angustias de las persecuciones, ni en los predicadores encadenados. Me regocijo, dice, en tu salvación.

Cristo es ese Jesús al que Simeón26, como se lee en el Evangelio, cuando era un anciano, abrazándolo pequeño, reconociéndolo grande, dice: Ahora, Señor, dejas marchar a tu siervo en paz, porque mis ojos vieron tu salvación27. Diga, pues, la iglesia: Me regocijo en tu salvación; puesto que no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios28, como santo que santifica, justo que justifica. No hay santo excepto tú, porque nadie se hace santo sino por ti. Finalmente sigue: No os vanagloriéis ni pronunciéis palabras altisonantes, ni salga la jactancia de vuestra boca; porque Dios es el Señor del conocimiento29. Él mismo os conoce, incluso cuando nadie os conoce, porque quien cree que es algo sin ser nada, se engaña a sí mismo30.

Estas palabras se dirigen a los adversarios de la ciudad de Dios que pertenecen a Babilonia, que presumen de su virtud, que se glorían en sí mismos, no en el Señor. Entre estos se hallan también los israelitas carnales, ciudadanos terrenales de la Jerusalén terrena, que, como dice el apóstol, ignoran la justicia de Dios (es decir, la que da al ser humano Dios, que es el único justo y que justifica) y que desean establecer la suya (es decir, como si hubiese sido alcanzada por ellos para sí, no dada por él), no están sometidos a la justicia de Dios31, sobre todo porque son soberbios, que piensan que pueden complacer a Dios por lo que les pertenece, no por lo que reciben de Dios, que es el Dios del conocimiento y, por ello, también árbitro de las conciencias, viendo allí los pensamientos de los seres humanos, porque son vanos32, si son propios de seres humanos y no proceden de él. Y que dispone, dice, sus designios33. ¿Qué designios pensamos, sino que caigan los soberbios y se alcen los humildes? Lo cierto es que realiza estos designios cuando dice: El arco de los poderosos fue debilitado y los débiles se ciñeron de valor34. Se debilitó el arco, es decir, la voluntad de aquellos que se consideran poderosos hasta el punto de poder cumplir los mandatos divinos por la suficiencia humana, sin el favor y la ayuda de Dios, y se ciñen de valor aquellos en quienes habita una voz interior: Compadécete de mí, Señor, porque soy débil35.

Los que estaban hartos de pan, dice, quedaron disminuidos y los hambrientos cruzaron la tierra36. ¿Quiénes debe entenderse que están hartos de pan sino precisamente aquellos mismos, supuestamente poderosos, a saber, los israelitas, a quienes fueron confiadas las palabras de Dios? Pero en aquel pueblo los hijos de las esclavas fueron disminuidos (con este término, poco correcto en latín, sin embargo se expresa con propiedad que de superiores se convierten en inferiores)37, ya que también en los propios panes, es decir, en las palabras divinas que recibieron entonces únicamente los israelitas entre todos los pueblos, saborean las realidades terrenas. Pero los pueblos a quienes no les fue otorgada aquella ley, después de que alcanzaron aquellas palabras por medio del Nuevo Testamento, cruzaron la tierra pasando mucha hambre, porque en ellas saborearon no las realidades terrenas sino las celestes. Y, como si se preguntase la causa por la que sucedió esto, dice: Porque la estéril parió a siete y la abundante en hijos quedó yerma38. Aquí todo lo que se había profetizado se revela a aquellos que conocen el número septenario, con el que se halla simbolizada la perfección de la iglesia universal. A causa de esto, también el apóstol Juan escribe a las siete iglesias39, mostrando de ese modo que escribe a la plenitud de la única. Y anteriormente la Sabiduría, prefigurando esto en los proverbios de Salomón, se construyó una casa y erigió siete columnas40. Efectivamente, la ciudad de Dios era estéril en todos los pueblos, antes que surgiera esta descendencia que vemos. Observamos también que la Jerusalén terrena, que era abundante en hijos, ahora se ha debilitado, puesto que todos los hijos de la libre que habitaban en ella constituían su vigor. Pero ahora, dado que en ella reside la letra y no el espíritu41, se ha debilitado por la pérdida de su vigor.

El señor da la muerte y da la vida42. Mortificó a aquella que era abundante en hijos, y vivificó a esta estéril que parió siete. Aunque pudiera entenderse más propiamente que da la vida a aquellos a los que ha dado la muerte43. En efecto, en cierto modo repitió esta idea añadiendo hace descender a los infiernos y regresar de ellos44. Pues a quienes dice el apóstol: si habéis muerto con Cristo, buscad lo que está arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios45, sin duda la muerte les ha sido dada por el Señor de forma salutífera. Para estos añade: saboread lo que está arriba, no lo que se halla sobre la tierra46, para que ellos mismos sean los que hambrientos cruzaron la tierra. Pues estáis muertos, dice. He aquí cómo Dios da la muerte de forma salutífera. Después sigue: Y vuestra vida está escondida en Dios con Cristo47. He aquí cómo Dios les da la vida a estos mismos. Pero ¿acaso les hace descender a los infiernos y regresar de ellos a estos mismos? Vemos más bien, sin polémica de los fieles, que ambas cosas se han cumplido en él, sin duda nuestra cabeza, con el que dijo el Apóstol que nuestra vida está escondida en Dios. Pues el que no preservó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros48, de ese modo sin duda le dio la muerte. Y ya que resucitó de entre los muertos, a este de nuevo le dio la vida.

Y ya que en la profecía se reconoce su voz: no abandonarás mi alma en el infierno49, a este mismo lo hizo descender a los infiernos y regresar de ellos. Por esta pobreza suya somos enriquecidos50. El señor hace pobres y da la riqueza. Y para que sepamos qué significa esto, escuchemos lo que sigue: humilla y eleva51. Ciertamente, humilla a los soberbios y eleva a los humildes. Esto, en efecto, se lee en otro pasaje: Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes les da la gracia52. Este es el contenido de todo el discurso de aquel cuyo nombre significa «gracia».

Y, por otra parte, lo que añade, levanta del suelo al pobre53, no lo entiendo de ningún otro sino de aquel que por nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que por su pobreza, como se ha dicho un poco antes, nos hiciéramos ricos54. En efecto, lo levantó del suelo con tal presteza que su carne no vio la corrupción. Y no desvincularé de aquel lo que fue añadido: eleva del estiércol al indigente55. Lo cierto es que indigente es lo mismo que pobre. Por su parte, el estiércol, de donde es alzado, se entiende de forma absolutamente correcta como los judíos perseguidores, en el número de los cuales se ha puesto el apóstol, al haber afirmado que había perseguido a la iglesia: lo que para mí fue beneficio, dice, por causa de Cristo lo consideré un perjuicio, y no solo consideré que era pérdida, sino también estiércol, a fin de ganar a Cristo56. Por consiguiente, aquel pobre fue levantado del suelo por encima de todos los ricos y aquel indigente fue alzado de aquel estiércol por encima de todos los opulentos para que se siente con los poderosos del pueblo57, a los que dice: os sentaréis sobre doce tronos58. —Y dándoles en herencia el trono de la gloria59; en efecto, los poderosos le habían dicho: he aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido60. Esta ofrenda la habían realizado con gran fuerza. ¿Pero de dónde les venía a aquellos sino de aquel del que se dice a continuación: presentando una ofrenda al que se la ofrece61? De otro modo, serían de aquellos poderosos cuyo arco se debilitó. Presentando, dice, una ofrenda al que se la ofrece. En efecto, nadie ofrece nada recto al Señor salvo quien recibe de él lo que le ha ofrecido. Sigue: Y bendijo los años del justo62, para que ciertamente viva sin fin con aquel al que se ha dicho: Y tus años no tendrán fin63. Efectivamente, allí los años perduran, aquí en cambio transcurren, mejor aún, perecen; pues antes de llegar no existen; pero cuando hayan llegado no existirán, porque llegan con su final. Y de estas dos expresiones: presentando una ofrenda al que se la ofrece, y bendijo los años del justo, una es lo que hacemos, la otra lo que recibimos. Pero lo segundo no se recibe por la largueza de Dios, sino cuando con su ayuda se cumple lo primero: porque el hombre no es poderoso en su vigor. El Señor hará débil a su adversario64, es decir, a aquel que envidia al hombre que hace la ofrenda y le pone obstáculos para que no pueda cumplir lo que ofreció. Puede entenderse también por la ambigüedad del griego al adversario suyo. En efecto, cuando el Señor empieza a poseernos, ciertamente el adversario que había sido nuestro se hace suyo y es vencido por nosotros, pero no con nuestras fuerzas, porque el hombre no es poderoso en su vigor. El señor hará débil a su adversario, el Señor santo; para que sea vencido por los santos, a los que el Señor, santo de los santos, hace santos.

Y, por ello, no se vanaglorie el prudente en su prudencia, ni se vanaglorie el poderoso en su poder, ni se vanaglorie el rico en sus riquezas; pero gloríese en esto quien se gloría, en conocer y comprender al Señor y en ejercer el derecho y la justicia en medio de la tierra65. No comprende y conoce al Señor de forma insuficiente quien comprende y conoce también que el comprender y conocer al Señor le será dado por el Señor. Dice el apóstol: en efecto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te vanaglorias, como si no lo hubieras recibido66? Es decir, como si tuvieras algo por ti mismo de lo que vanagloriarte. Por otra parte, ejerce el derecho y la justicia aquel que vive rectamente. Y vive rectamente quien obedece los preceptos de Dios; y el fin del precepto, es decir, aquello a lo que el precepto está orientado, es la caridad que nace de un corazón puro, de la buena conciencia y de la fe no fingida67. En definitiva, esta caridad, como el apóstol Juan atestigua, procede de Dios68. Por consiguiente, ejercer el derecho y la justicia procede de Dios. Pero ¿qué significa en medio de la tierra69? En efecto, no deben dejar de ejercer el derecho y la justicia quienes habitan en los confines de la tierra. ¿Quién podría decir tal cosa? ¿Por qué se añade entonces en medio de la tierra? Porque si no se añadiese y se dijese simplemente ejercer el derecho y la justicia, este precepto afectaría en mayor medida a dos tipos de seres humanos, los habitantes del interior y los de las costas. Pero para que nadie pensara que después del fin de esta vida que se pasa en este cuerpo quedaría tiempo de ejercer el derecho y la justicia que no ejerció mientras estaba en carne, y así poderse eludir el juicio divino, me parece que se dijo en medio de la tierra en el sentido de «cuando cada uno vive en el cuerpo». Lo cierto es que en esta vida cada cual mueve en torno a sí su propia tierra que, al morir la persona, recibe la tierra común, para restituírsela ciertamente al resucitar. Por ello, en medio de la tierra, es decir, cuando nuestra alma está encerrada en ese cuerpo terreno, se debe ejercer el derecho y la justicia, a fin de que nos resulte provechoso en el futuro, cuando cada cual recibe, según aquello que hizo por medio de su cuerpo, ya el bien ya el mal70. En a través del cuerpo el apóstol quiso decir allí en realidad «a través del tiempo en el que vive en el cuerpo». Y, en efecto, si alguien con mente malvada y pensamiento impío blasfema y no lo hace con ningún miembro de su cuerpo, no por ello dejará de ser reo por no haberlo llevado a cabo mediante la acción de su cuerpo, habiéndolo realizado durante este tiempo en el que obró también el cuerpo. De este modo, puede entenderse coherentemente también aquello que se lee en el salmo: Y Dios, nuestro rey, ha obrado la salvación antes de los siglos en medio de la tierra71, de manera que el Señor Jesús sea interpretado como nuestro Dios, que existe antes de los siglos, porque por él fueron creados los siglos, ha obrado nuestra salvación en medio de la tierra, cuando el Verbo se hizo carne72 y habitó en cuerpo terreno.

Más adelante, después de que en estas palabras de Ana fue profetizado cómo debe gloriarse quien se gloría, no en sí mismo ciertamente, sino en el Señor, a causa de la recompensa que habrá de venir en el día del juicio: El Señor, dice, ascendió a los cielos y tronó; él en persona juzgará los confines de la tierra, porque es justo73. Mantuvo exactamente el orden de la profesión de fe de los creyentes. En efecto, ascendió al cielo el Señor Cristo, y de ahí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Pues, como dice el apóstol, ¿quién ascendió sino el que también descendió a las regiones inferiores de la tierra? El que descendió, él mismo también es el que ascendió sobre todos los cielos para llenarlo todo74. Por consiguiente, tronó en medio de sus nubes, que llenó de Espíritu Santo cuando hubo ascendido. En relación con estas amenazó a la Jerusalén esclava, es decir a la viña ingrata, a través del profeta Isaías, con que no harían caer la lluvia sobre ella. Pues así se dijo: él en persona juzgará los confines de la tierra75, como si se dijera «también los confines de la tierra». En efecto, no podrá dejar de juzgar las otras partes quien sin lugar a dudas juzgará a todos los seres humanos. Pero los confines de la tierra se entienden mejor como los confines del ser humano, puesto que no serán juzgadas las acciones que cambian a mejor o a peor en el tiempo intermedio, sino en los confines en que se encuentre quien será juzgado. Por causa de ello se ha dicho: Quien haya perseverado hasta el final, este será salvado76. Por consiguiente, quien con perseverancia ejerce el derecho y la justicia en el medio de la tierra, no será condenado cuando sean juzgados los confines de la tierra. Y concede, dice, el valor a nuestros reyes77, para no condenarlos en el juicio. Les concede el valor para que gobiernen la carne como reyes78 y venzan el mundo en aquel que derramó su sangre por ellos. Y exaltará el poder de su cristo79. ¿De qué modo Cristo exaltará el poder de su cristo? Pues aquel del que se ha dicho más arriba: El Señor ascendió a los cielos, y se ha entendido también el Señor Cristo, él mismo, como se dice aquí, exaltará el poder de su cristo. En consecuencia, ¿quién es el cristo de Cristo? Acaso exaltará el poder de cada uno de sus fieles, como dice aquella misma al comienzo de este himno: mi fuerza es exaltada en mi Dios80? Lo cierto es que a todos los ungidos con su crisma podemos llamarlos justamente cristos; cuerpo que, sin embargo, todo entero con su cabeza es un solo Cristo. Estas profecías realizó Ana, la madre de Samuel, santo varón y muy alabado, en el que ciertamente fue simbolizada la transformación del antiguo sacerdocio también cumplida ahora, cuando quedó estéril la que era abundante en hijos, para que la estéril, que parió a siete, tuviera en Cristo el nuevo sacerdocio.

5

Pero esto lo expresa más claramente un hombre de Dios enviado al propio sacerdote Elí, cuyo nombre ciertamente se omite, pero que por su oficio y ministerio se entiende sin duda que se trata de un profeta81. En efecto, así está escrito: Y vino un hombre de Dios a Elí y dijo: Esto dice el Señor: Revelado, me he revelado a la casa de tu padre, siendo esclavos en la tierra de Egipto en casa del Faraón; y escogí la casa de tu padre entre todos los cetros de Israel para que ejerciera el sacerdocio para mí, para que subieran hasta mi altar y quemaran incienso y llevaran el efod82; y a la casa de tu padre le di como alimento todas las ofrendas que pertenecen al fuego de los hijos de Israel. ¿Y por qué mirasteis mi pira y mi sacrificio con ojos insolentes y glorificaste a tus hijos por encima de mí en la bendición de las primicias de todo sacrificio en Israel en mi presencia? Por esto dice estas palabras el Señor Dios de Israel: He dicho. Tu casa y la casa de tu padre caminarán delante de mí hasta la eternidad. Y ahora dice el señor: De ningún modo, pero glorificaré a los que me glorifiquen, y quien me desprecia será despreciado. He aquí que llegan los días, y exterminaré tu descendencia y la descendencia de la casa de tu padre, y no tendrás un anciano en mi casa por siempre jamás, y erradicaré a tu hombre de mi altar para que sus ojos desfallezcan y su alma se desvanezca; y a todo el que sobreviviera de tu casa lo matarán con la espada de los hombres. Y esa será para ti la señal, que vendrá sobre tus dos hijos, Ofní y Fineés: ambos morirán en un solo día. Y me dispondré un sacerdote fiel que haga todo lo que esté en mi corazón y en mi alma. Y edificaré para él una casa fiel, y caminará delante de mi cristo todos los días. Y así será, quien sobreviva en tu casa vendrá a adorarle con un óbolo de plata diciendo: encomiéndame una parte de tu sacerdocio para comer pan83.

No puede decirse que esta profecía, donde se ha anunciado con tanta claridad el relevo del antiguo sacerdocio, fue cumplida en Samuel. (En efecto, aunque Samuel no fuese de otra tribu que la que había sido establecida por el Señor, para que sirviese al altar, sin embargo no pertenecía a los hijos de Aarón, cuya estirpe había sido señalada para que se hiciesen sacerdotes84. Y, por este motivo, también en aquella acción está bosquejada la misma transformación que había de suceder por medio de Cristo Jesús, y la propia profecía del hecho, no de la palabra, pertenecía al Antiguo Testamento propiamente, pero al Nuevo de forma figurada, significando evidentemente mediante el hecho lo que le fue dicho de palabra al Sacerdote Elí por medio del profeta). Pues hubo después sacerdotes del linaje de Aarón, como Sadoc y Abiatar, durante el reinado de David85, y otros en lo sucesivo, antes que llegara el tiempo en el que convenía que estas profecías sobre la transformación del sacerdocio, que fueron predichas con tanta antelación, fueran cumplidas por Cristo. ¿Y quién contemplando ahora estas realidades con la mirada de la fe no ve que se han cumplido? Porque ningún tabernáculo, ningún templo, ningún altar, ningún sacrificio y, por ello, ningún sacerdote les quedó a los judíos, a quienes se les había encomendado en la ley de Dios que fueran ordenados siguiendo la estirpe de Aarón. Y esto también es recordado aquí cuando añade el profeta lo siguiente: dice estas palabras el Señor Dios de Israel: He dicho. Tu casa y la casa de tu padre caminarán delante de mí hasta la eternidad. Y ahora dice el señor: De ningún modo, pero glorificaré a los que me glorifiquen, y quien me desprecia será despreciado86. En efecto, en lo que respecta al hecho de que nombra la casa de su padre, que este no habla del padre inmediato, sino de aquel Aarón que fue el primero en ser nombrado sacerdote, de cuyo linaje descienden los restantes, lo demuestran las anteriores palabras, cuando dice: me he revelado a la casa de tu padre, siendo esclavos en la tierra de Egipto en casa del Faraón; y escogí la casa de tu padre entre todos los cetros de Israel para que ejerciera el sacerdocio para mí. ¿Quién de sus padres vivió en aquella esclavitud egipcia, de donde, tras haber sido liberados, fue elegido para el sacerdocio, sino Aarón? Por consiguiente, sobre su estirpe dijo en ese lugar que sucedería que no habría más sacerdotes, profecía que ahora vemos cumplida. Esté vigilante la fe, los hechos son evidentes, se ven, se tocan y se imponen a los ojos que no quieren verlos. Dice: He aquí que llegarán los días en que exterminaré tu descendencia y la descendencia de la casa de tu padre, y no tendrás un anciano en mi casa por siempre jamás, y erradicaré a tu hombre de mi altar para que sus ojos desfallezcan y su alma se desvanezca87. He aquí que los días que fueron profetizados ya han llegado. No hay ningún sacerdote según el orden de Aarón. Y cualquier individuo que sea de su linaje, cuando ve que el sacrificio de los cristianos tiene pujanza en todo el orbe, pero que a él se le ha sustraído aquel gran honor, sus ojos desfallecen y su alma se desvanece por la pesadumbre de la tristeza.

Por otra parte, lo que sigue atañe propiamente a la casa de aquel Elí, al que se dirigían aquellas palabras: y a todo el que sobreviviera de tu casa lo matarán con la espada de los hombres. Y esa será para ti la señal, que vendrá sobre tus dos hijos, Ofní y Fineés: ambos morirán en un solo día88. Por consiguiente, esto se convirtió en signo de la transformación del sacerdocio de la casa de este, mediante el cual se significa que el sacerdocio de la casa de Aarón debía ser sustituido. Lo cierto es que la muerte de sus hijos simbolizó la muerte, no de los hombres, sino del mismo sacerdocio de los hijos de Aarón. Por otra parte, lo que sigue atañe ya a aquel sacerdote cuya figura representó Samuel sucediendo a este. Por tanto, las palabras que siguen se dicen de Cristo Jesús, verdadero sacerdote de la nueva alianza: Y me dispondré un sacerdote fiel que haga todo lo que esté en mi corazón y en mi alma. Y edificaré para él una casa fiel89. Esta misma es la Jerusalén eterna y celeste. Y caminará, dice, delante de mi Cristo todos los días. Caminará delante quiere decir «frecuentará», así como anteriormente había dicho acerca de la casa de Aarón: He dicho. Tu casa y la casa de tu padre caminarán delante de mí hasta la eternidad90. Y lo que dice: caminará delante de mi Cristo, debe entenderse sin duda de la propia casa, no de aquel sacerdote que es el mismo Cristo, mediador y salvador. Por consiguiente, su casa pasará delante de aquel. Puede también entenderse pasará de la muerte hacia la vida, durante todos los días, por aquellos por los que transcurre esta vida mortal hasta el final de este tiempo. Por otra parte, respecto a lo que Dios dice: que haga todo lo que esté en mi corazón y en mi alma91, no pensemos que Dios tiene un alma, dado que es creador del alma, sino que esto se ha dicho de Dios metafóricamente, no en sentido propio, como la mano, el pie y otros miembros del cuerpo. Y para que no se crea que según esto el hombre fue creado a imagen de Dios según el modelo de su carne, se añaden también las alas, que ciertamente no posee el ser humano, y se dice a Dios: Bajo la sombra de tus alas me protegerás92, para que entiendan los seres humanos que esto se dice sobre aquella naturaleza inefable, no con términos propios, sino figurados.

Y lo que se añade: Y así será, quien sobreviva en tu casa vendrá a adorarle93, no se dice propiamente de la casa de este Elí, sino de la de aquel Aarón, de la cual han sobrevivido seres humanos hasta la venida de Jesucristo, linaje del cual incluso ahora no faltan. Pues de aquella casa de este Elí ya se dijo anteriormente: Y a todo el que sobreviviera de tu casa, lo matarán con la espada de los hombres94. Por consiguiente, ¿cómo pudo decirse aquí de acuerdo con la verdad: Y sucederá, quien sobreviva en tu casa vendrá a adorarle, si es cierto que nadie de ahí sobrevivirá a la espada vengadora? A no ser porque quiso que se entendiera los que pertenecen a la estirpe, pero de todo aquel sacerdocio según el orden de Aarón. Por consiguiente, si procede de aquellos restantes predestinados, de los cuales dijo otro profeta: los restos se salvarán95 (de donde también el apóstol dijo: por consiguiente, así también en este tiempo han surgido restos por elección de la gracia)96, porque se entiende bien que es sobre aquellos restos sobre lo que se dice: el que sobreviviera en tu casa, ciertamente cree en Cristo; como en tiempos de los apóstoles muchos de ese mismo pueblo creyeron, y ahora no faltan quienes, aunque muy raramente, creen sin embargo. Y se cumple en aquello que ese hombre de Dios continúa aquí añadiendo al instante: vendrá a adorarle con un óbolo de plata97. ¿A adorar a quién sino a aquel sumo sacerdote que también es Dios? Y, en efecto, en aquel sacerdocio según el orden de Aarón las personas no acudían al templo o al altar de Dios para adorar al sacerdote. ¿Y qué significa la expresión con un óbolo de plata sino la brevedad de la palabra de la fe, sobre lo cual el apóstol recuerda lo dicho: el Señor producirá sobre la tierra una palabra perfecta y breve98? Por otra parte, el salmo es testigo de que se pone plata en lugar de palabra donde canta: palabras del señor, palabras castas, plata probada por el fuego99.

Por consiguiente, ¿qué dice este que viene a adorar al sacerdote de Dios y al sacerdote Dios? encomiéndame una parte de tu sacerdocio para comer pan100. No quiero ser colocado en el puesto de honor de mis padres, que no es nada; encomiéndame una parte de tu sacerdocio. En efecto, he elegido ser despreciable en la casa de Dios101. Deseo ser un miembro cualquiera y todo lo pequeño que sea de tu sacerdocio. Lo cierto es que aquí llama sacerdocio a todo el pueblo, pueblo cuyo sacerdote es el mediador entre Dios y los seres humanos, el hombre Cristo Jesús102. A este pueblo le dice el apóstol Pedro: Pueblo santo, sacerdocio real103. Aunque algunos hayan traducido «de tu sacrificio», no «de tu sacerdocio»104; lo cual no obstante significa igualmente el pueblo cristiano. De ahí que dice el apóstol Pablo: un solo pan, un solo cuerpo somos muchos105. Y lo que añade: para comer pan, también expresa elegantemente el mismo género de sacrificio, del que dice el propio sacerdote: el pan que os daré es mi carne por la vida del mundo106. Este precisamente es el sacrificio, no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec. Entiéndalo quien lo lea. Así pues, es breve y salvíficamente humilde esta confesión por la que se dice: encomiéndame una parte de tu sacerdocio para comer pan. Este mismo es el óbolo de plata, porque la palabra de Dios que habita en el corazón del creyente es breve. En efecto, porque había dicho anteriormente que él había dado alimentos a la casa de Aarón de las víctimas de la antigua alianza, cuando dice: a la casa de tu padre le di como alimento todas las ofrendas que pertenecen al fuego de los hijos de Israel 107 (estos fueron ciertamente los sacrificios de los judíos), por ello dijo aquí: comer pan, lo que constituye en la nueva alianza el sacrificio de los cristianos.

6

Por consiguiente, aunque estos hechos fueran anunciados entonces con tan gran profundidad y ahora brillen tan manifiestamente, no obstante, no en vano alguien podría albergar dudas y preguntar: ¿cómo confiamos en que va a suceder todo lo que se predijo en aquellos libros que había de suceder, si esto mismo que se dijo allí por inspiración divina: tu casa y la casa de tu padre caminarán delante de mí hasta la eternidad108, pudo no tener cumplimiento? Porque vemos que aquel sacerdocio fue transformado y que lo que se le prometió a aquella casa no se espera que vaya a cumplirse en algún momento, porque lo que le sucedió cuando fue reprobado y sustituido fue proclamado más bien para la eternidad. Quien realiza esta afirmación todavía no entiende o no recuerda tampoco que el propio sacerdocio según el orden de Aarón había sido instituido como una sombra del futuro sacerdocio eterno. Y por esto, cuando se le prometió la eternidad, no se le prometió a la misma sombra y figura, sino a aquello que era iluminado y representado por medio de ella. Pero para que no se piense que la misma sombra habrá de perdurar, por dicho motivo también su transformación debió ser profetizada.

También de ese modo el reinado del propio Saúl, quien ciertamente fue reprobado y rechazado, era la sombra del reino futuro que había de perdurar en la eternidad. Lo cierto es que aquel óleo, por el que fue ungido y fue llamado cristo a partir de la propia unción, debe tomarse en sentido místico y entendido como un gran sacramento. Y hasta tal punto lo veneró el propio David que sintió un terror en su corazón conmocionado cuando, escondido en una cueva tenebrosa en la que también Saúl había entrado acuciado por una necesidad de la naturaleza, le cortó a escondidas por detrás una pequeña parte de su vestido para tener de dónde mostrar cómo le había respetado cuando podría haberle matado, y así apartar de su mente la sospecha por la que teniendo al santo David como enemigo suyo lo perseguía con ímpetu. Por tanto, sintió temor de convertirse en culpable de haber transgredido un sacramento tan grande en Saúl simplemente por haber tocado así su vestido. Efectivamente, así está escrito: Y el corazón de David comenzó a dar golpes sobre él porque le quitó el borde de su manto109. Por otra parte, a los hombres que estaban con él y trataban de persuadirle de que matase a Saúl, que había caído en sus manos, les dice: No me permita el Señor cometer esta ofensa contra mi señor ungido del Señor, extender mi mano sobre él, porque este es el ungido del Señor110. Por consiguiente, se mostraba tan gran veneración a esta sombra del futuro no por ella misma, sino por lo que prefiguraba. De ahí también aquello que dice Samuel a Saúl: Porque tú no cumpliste el mandato que te dio el Señor, como ahora había dispuesto el Señor tu reino sobre Israel para la eternidad: y ahora tu reino no se te mantendrá en pie y el Señor se buscará un hombre conforme a su corazón, y el Señor le encomendará convertirse en gobernante de su pueblo; porque no observaste lo que te encomendó el Señor111, no debe ser interpretado como si Dios hubiera dispuesto que el propio Saúl fuera a reinar para la eternidad, y después no hubiera querido conservárselo por haber pecado (pues no ignoraba que este iba a pecar); sino que había dispuesto su reino para que fuera símbolo del reino eterno. Por ello añadió: y ahora tu reino no se te mantendrá en pie. En efecto, se mantuvo y se mantendrá en pie lo que fue simbolizado en ello, pero no permanecerá en pie para este, porque él mismo no había de reinar eternamente ni su descendencia, de manera que al menos en la sucesión de los unos a los otros pareciera que se cumple lo que se ha dicho: para la eternidad. Y el Señor, dice, se buscará un hombre; ya simbolizando a David, ya al mismo mediador de la nueva alianza, que era representado también en el óleo con el que fue ungido el propio David y su descendencia. Pero Dios no busca un hombre para sí como si no supiera dónde está, sino que habla a través de un hombre según la costumbre de los hombres, ya que también nos busca hablando así. En efecto, no solo ya éramos conocidos para Dios Padre, sino también para su propio Unigénito, que viene a buscar lo que se había perdido112, hasta el punto de que habíamos sido elegidos en él mismo antes de la creación del mundo113. Por consiguiente, se buscará quiere decir «tendrá como suyo». De ahí que en la lengua latina este verbo recibe prefijo y se dice adquirit (adquiere), cuyo significado está suficientemente claro. Aunque también sin añadir el prefijo quaerere (buscar), se entiende como adquirere (adquirir), por lo cual los beneficios se llaman también adquisiciones114.

7

De nuevo pecó Saúl por desobediencia, y de nuevo Samuel en nombre de Dios le dijo: Porque despreciaste la palabra de Dios el Señor te despreció, para que no seas rey de Israel115. Y de nuevo por el mismo pecado, tras confesarlo, pedir el perdón y suplicar Saúl a Samuel que volviera con él para aplacar a Dios, le contestó: No volveré contigo, porque despreciaste la palabra de Dios; y Dios te despreciará para que no seas rey de Israel. Y Samuel volvió su rostro para marcharse; y Saúl agarró el borde de su manto y lo rasgó. Y le dijo Samuel: el Señor ha arrancado hoy el reino de Israel de tu mano y se lo entregará a alguien cercano a ti superior a ti en bondad, e Israel se dividirá en dos; y no regresará ni se arrepentirá; porque no es como un ser humano para arrepentirse; este amenaza y no persevera116. Ese, al que se dice: te despreciará, para que no seas rey de Israel, y el Señor arrancará hoy el reino de Israel de tu mano, reinó durante cuarenta años sobre Israel, precisamente durante un espacio de tiempo tan dilatado como también lo hizo el propio David117, y escuchó esto en el primer instante de su reino, para que entandamos que se dijo por el siguiente motivo, porque ninguno de su estirpe había de reinar, y volviéramos la vista a la estirpe de David, de donde nació el mediador según la carne entre Dios y los seres humanos, el hombre Cristo Jesús118.

Sin embargo, la escritura no contiene lo que se lee en muchos códices latinos: el Señor arrancará hoy el reino de Israel de tu mano; sino que se encuentra en los griegos tal como ha sido incluido por nosotros: el Señor le arrancará hoy el reino a Israel de tu mano119, para que se entienda de tu mano, lo que significa a Israel. Por consiguiente, ese hombre representaba figuradamente la imagen del pueblo de Israel, pueblo que había de perder el reino, cuando hubiera de reinar no carnalmente, sino espiritualmente, conforme a la nueva alianza, Jesucristo nuestro Señor. Cuando se dice de este: y se lo dará a alguien cercano a ti, se refiere al parentesco carnal. Efectivamente, Cristo procede de Israel según la carne, como también Saúl. Y lo que se añade: superior a ti en bondad, puede entenderse perfectamente como «mejor que tu», pues también algunos lo han traducido así. Pero mejor se entiende así, superior a ti en bondad, de manera que ya que él es bueno, por ello está por encima de ti, junto con aquella otra profecía: hasta que ponga a todos tus enemigos a tus pies120, entre los cuales se halla también Israel, al que, como a su perseguidor, Cristo arrebató el reino; aunque había también allí un Israel en el cual no había engaño, como una especie de trigo entre aquella paja. Pues de allí ciertamente procedían los apóstoles, de allí también tantos mártires, el primero de los cuales fue Esteban. De allí tantas iglesias a las cuales el apóstol Pablo recuerda glorificando a Dios por su conversión121.

De esta cuestión no dudo que deba entenderse lo que sigue: E Israel se dividirá en dos, evidentemente en el Israel enemigo de Cristo y en el Israel que se adhiere a Cristo; en el Israel perteneciente a la esclava y en el Israel perteneciente a la libre122. Pues estos dos linajes estaban unidos al principio, como Israel se había unido a la esclava hasta que la estéril, fecundada por la gracia de Cristo, clamó: Expulsa a la esclava y a su hijo123. Ciertamente, sabemos que a causa del pecado de Salomón, durante el reinado de su hijo Roboam, Israel fue dividida en dos y que así permaneció, teniendo cada parte sus reyes, hasta que todo aquel pueblo fue destruido con gran devastación y deportado por los caldeos. Pero ¿qué relación tiene esto con Saúl, puesto que, si debía lanzarse una amenaza semejante, debía haberse amenazado más bien al propio David, del cual era hijo Salomón? Finalmente, ahora el pueblo hebreo no está dividido en dos, sino disperso por la tierra indistintamente en la asociación en un mismo error. Pero aquella división con la que Dios amenazó al mismo pueblo y reino en la persona de Saúl, que representaba la figura de aquel reino y pueblo, se interpretó como eterna e inmutable, por lo que se añade: y no regresará ni se arrepentirá; porque no es como un ser humano para arrepentirse; este amenaza y no persevera124, es decir, el hombre amenaza y no persevera; pero no Dios, que no se arrepiente como un ser humano. Pues donde se lee que se arrepiente se significa un cambio de las cosas, permaneciendo inmutable la presciencia divina. Por consiguiente, donde se dice que no se arrepiente, se entiende que no cambia.

En suma, vemos que mediante estas palabras ha sido pronunciada una sentencia irrevocable y absolutamente inalterable por inspiración divina acerca de esa división del pueblo de Israel. En efecto, cualesquiera que han pasado, pasan o pasarán de allí a Cristo no procedían de allí ni conforme a la presciencia de Dios ni conforme a la única e idéntica naturaleza del género humano. En definitiva, cualesquiera de los israelitas que adhiriéndose a Cristo perseveran en él nunca estarán con aquellos israelitas que perseveran en ser enemigos suyos hasta el final de esta vida, pero permanecerán para siempre en la división que ha sido pronosticada. En efecto, nada ayuda la antigua alianza del monte Sinaí, que engendra para la esclavitud125, salvo porque proporciona un testimonio para la nueva alianza. Por otra parte, mientras se lee a Moisés se pone un velo sobre sus corazones, y cuando cada cual pase a Cristo se retirará el velo126. Lo cierto es que cambia la propia intención de los que pasan de la antigua a la nueva, de manera que ya nadie entiende que recibe una felicidad carnal, sino espiritual. A causa de ello, el propio gran profeta Samuel, antes de ungir al rey Saúl, cuando clamó a Dios por Israel y le escuchó, y al ofrecerle un sacrificio mientras los extranjeros acudían al combate contra el pueblo de Dios127 tronó el Señor sobre ellos, quedaron sumidos en la confusión, se enfrentaron a Israel y fueron derrotados. Tomó una piedra y la colocó entre la nueva y la vieja Masefat y la llamó con el nombre de Abenezer, que en latín significa «piedra del que ayuda», y dijo: Hasta este punto nos ayudó el Señor128. Masefat se traduce como intención129. Aquella piedra del que ayuda es la mediación del Salvador, mediante el cual ha de pasarse de la vieja a la nueva Masefat, es decir, de la intención con la que se contemplaba en el reino carnal la falsa felicidad carnal a la intención con la que se espera por la nueva alianza en el reino de los cielos la felicidad espiritual absolutamente verdadera; puesto que no existe nada mejor que ella, Dios nos ayuda a llegar hasta allí.

8

En este momento veo que ya debe mostrarse, cuestión que atañe al asunto sobre el que tratamos, qué prometió Dios al propio David, que sucedió a Saúl en el trono, por cuya transformación fue simbolizada aquella transformación final en relación con la cual por voluntad divina se ha dicho y se ha puesto por escrito todo. Habiéndole tocado en suerte al rey David una gran prosperidad, pensó construir una morada para Dios, a saber, aquel templo magníficamente afamado, que posteriormente fue edificado por su hijo, el rey Salomón. Mientras pensaba en ello, la palabra de Dios le fue dirigida al profeta Natán, para que la transmitiera al rey. Una vez que Dios dijo que la morada no le sería edificada por David personalmente, y que durante tan largo tiempo él no había encomendado a nadie entre su pueblo que le construyera una morada de cedro, dijo: Y ahora transmitirás esto a mi siervo David. Esto dice el Señor omnipotente: te tomé del aprisco de las ovejas para que te convirtieras en el jefe sobre mi pueblo, sobre Israel, y estaba contigo en todas las empresas que realizabas, y exterminé a todos tus enemigos ante tus ojos, e hice que fueras nombrado por el nombre de los grandes que habitan sobre la tierra; y dispondré un lugar para mi pueblo, Israel, y lo plantaré y habitará independiente y no estará angustiado nunca más, y el hijo de la iniquidad no se dispondrá a humillarlo como al comienzo de los tiempos en los cuales establecí jueces sobre mi pueblo, Israel; y te concederé el descanso de todos tus enemigos, y el Señor te anunciará que edificarás una morada para él. Y así será, cuando se hayan cumplido tus días, y dormirás con tus antepasados, y haré surgir tu descendencia después de ti, que procederá de tus entrañas, y prepararé su reino. Este me edificará una morada a mi nombre, y yo dispondré su trono para la eternidad. Yo seré para él como un padre, y él será para mí como un hijo. Y si su maldad le alcanzase, le castigaría con la vara de los hombres y los golpes de los hijos de los hombres. Pero no apartaré mi misericordia de él, como la aparté de quienes aparté de mi vista; y su casa y su reino serán fieles para la eternidad ante mí, y su trono se erigirá para la eternidad130.

Quien piensa que esta promesa tan grande fue cumplida en Salomón se equivoca enormemente. En efecto, presta atención a las palabras: Este edificará una morada para mí, puesto que Salomón edificó aquel famosísimo templo, y no tiene en cuenta lo siguiente: y su casa y su reino serán fieles para la eternidad ante mí. Por consiguiente, preste atención y contemple la casa de Salomón llena de mujeres extranjeras adorando dioses falsos, y al propio rey, sabio en otro tiempo, seducido y arrojado por ellas a la misma idolatría131; y no se atreva a considerar que Dios le prometió esto en falso o que no pudo prever que Salomón y su casa habían de resultar de tal índole. Y de ahí no deberíamos discutir, ni aunque no viéramos, ya que eso se cumple en Cristo Nuestro Señor, que fue creado de la estirpe de David según la carne132, para que no busquemos aquí de forma vana y sin fundamento a algún otro, como los judíos carnales. Pues incluso ellos mismos entienden que no fue Salomón el hijo que, según leen en este pasaje, le fue prometido al rey David, hasta el punto que, aun después de ser revelado el que fue prometido ya con tan gran evidencia, afirman con asombrosa ceguera que ellos todavía están esperando a otro. Ciertamente se creó en Salomón una imagen de un acontecimiento futuro, en el hecho de que edificó un templo y mantuvo la paz en consonancia con su nombre (lo cierto es que Salomón significa «pacífico» en latín)133 y al comienzo de su reinado fue admirablemente digno de alabanza; pero en su propia persona por medio de la sombra de lo que había de suceder él mismo profetizaba a Cristo, el Señor, pero no lo mostraba. De ahí que ciertas palabras acerca de él han sido escritas así, como si hubiesen sido predichas sobre él mismo, mientras la escritura santa, profetizando también mediante los hechos acontecidos, en cierto modo traza en él la figura de los hechos futuros. Pues aparte de los libros de historia sagrada, donde se cuenta que había reinado, también el salmo septuagésimo primero está inscrito bajo el título de su nombre. En este se dicen tantas cosas que no pueden convenirle en absoluto y, en cambio, convienen al Señor Cristo con evidentísima claridad, que queda manifiesto que en aquel fue bosquejada una figura cualquiera, pero en este fue presentada la misma verdad. Efectivamente, es conocido por qué fronteras estaba limitado el reino de Salomón; y, sin embargo, en el mismo salmo se lee, para omitir otras cuestiones: dominará desde un mar hasta el otro mar y desde el río hasta los confines del orbe terrestre134, cosa que vemos que se cumple en Cristo. Lo cierto es que emprendió el comienzo de su dominio desde el río, donde, bautizado por Juan, quien lo presentó, empezó a ser reconocido por sus discípulos, que no solo lo llamaron maestro, sino también Señor135.

Y no por otro motivo comenzó David su reinado todavía en vida de su padre, cosa que no le había sucedido a ninguno de aquellos reyes, sino para que de ello quedase suficientemente claro que él no era precisamente a quien señala esa profecía que se dirige a su padre diciendo136: Y sucederá cuando se hayan cumplido tus días, y dormirás con tus antepasados, y haré surgir tu descendencia después de ti, que procederá de tus entrañas, y prepararé su reino. Por consiguiente, ¿cómo de lo que sigue: este edificará una morada para mí, va a pensarse que ha sido profetizado ese Salomón y en cambio más bien de aquello que lo precede: Y cuando se hayan cumplido tus días, y dormirás con tus antepasados, y haré surgir tu descendencia después de ti137, no se entiende que ha sido prometido otro pacífico que, según se ha profetizado, habrá de levantarse no antes, como ese, sino después de la muerte de David. Por mucho que Jesucristo viniese transcurrido un largo intervalo de tiempo, lejos de toda duda convenía que viniese después de la muerte del rey David, a quién así se le prometió, aquel que edificase la morada para Dios, no de maderos y piedras, sino de seres humanos, cual nos regocijamos de la que aquel edifica. Por tanto, a esta morada es decir, a los fieles de Cristo, dice el apóstol: en efecto, el templo de Dios es santo, porque sois vosotros138.

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Por esto también en el salmo octogésimo octavo, cuyo título es Instrucción para el propio Etán el israelita, se recuerdan las promesas de Dios hechas al rey David, y se expresan algunas ideas semejantes a las que aparecen expuestas en el Libro de los reyes, como es: juré a David mi siervo: dispondré tu linaje hasta la eternidad139; y, por otra parte: entonces hablaste en una visión a tus hijos y dijiste: he prestado mi ayuda al poderoso, exalté al elegido de mi pueblo. Encontré a David, mi siervo, lo ungí en mi óleo santo. En efecto, mi mano lo auxiliará, y mi brazo lo fortalecerá. El enemigo no obtendrá ventaja sobre él y el hijo de la iniquidad no se aprestará a perjudicarle. Y destruiré a sus enemigos ante su vista, y pondré en fuga a quienes le odian. Y mi verdad y mi misericordia estarán con él, y su poder será exaltado en mi nombre. Y pondré su mano en el mar y su diestra en los ríos. Él mismo me invocará: tú eres mi padre, mi Dios, y garante de mi salvación. Y yo lo haré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra. Le guardaré mi misericordia para la eternidad y mi alianza fiel a él. Y dispondré su linaje por los siglos de los siglos y su trono como los días del cielo140. Todo esto se entiende, cuando se interpreta correctamente, en relación con el Señor Jesús bajo el nombre de David a causa de la forma de siervo que tomó el mismo Mediador perteneciente a la estirpe de David a partir de una virgen. A continuación, se dice también sobre los pecados de sus hijos algo semejante a lo que es expuesto en el Libro de los reyes y se entiende un tanto precipitadamente como en relación con Salomón. En efecto, allí, es decir, en el Libro de los reyes, señala: Y si su maldad se manifestase, le castigaría con la vara de los hombres y los golpes de los hijos de los hombres. Pero no apartaré mi misericordia de él141, significando con los golpes las heridas de la corrección. De ahí procede el no toquéis a mis ungidos142. ¿Qué otra cosa significa sino «no los lastiméis»? Pero en el salmo, como si tratara de David, para decir también allí algo similar, afirma: si sus hijos abandonasen mi ley y no siguieran el camino de mis preceptos; si profanasen mis justos preceptos y no guardasen mis mandatos, pondré a prueba sus iniquidades con la vara y sus pecados con los azotes; pero no apartaré mi misericordia de él143. No dijo «de ellos» al hablar de sus hijos, no de él mismo; sino que dijo de él, que, si se entiende correctamente, significa lo mismo. Efectivamente, del mismísimo Cristo, que es la cabeza de la iglesia, no se puede encontrar pecado alguno que fuera necesario castigar mediante correctivos humanos, guardada la misericordia por la voluntad divina, sino en su cuerpo y sus miembros, que constituyen su pueblo. Por ello, en el Libro de los reyes se dice: su iniquidad, en el salmo, en cambio, de sus hijos, a fin de que entendamos que se dice del mismo en cierto modo lo que se dice de su cuerpo144. A causa de ello, también él mismo desde el cielo, como persiguiera Saulo su cuerpo, que son sus fieles, dice: Saulo, Saulo ¿por qué me persigues145? Después, en la continuación del salmo, dice: en mi verdad no causaré perjuicio, ni profanaré mi alianza, y no reprobaré las palabras que salgan de mis labios. Una vez juré por mi santidad, si mentiría a David146. Es decir, en ningún momento mentiré a David. En efecto, así suele expresarse la escritura. Por otra parte, respecto a qué no mentirá añade diciendo: Su linaje perdurará para la eternidad; y su trono como el sol ante mi vista, y como la luna fijada para la eternidad, testigo fiel en el cielo147.

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Después de esta solidísima confirmación de una promesa tan importante, para que no se pensase que se había cumplido en Salomón, como si esto se esperase y no se hallase, dice: Pero tú lo has rechazado y lo has reducido a la nada, Señor148. Lo cierto es que esto sucedió respecto al reino de Salomón en sus descendientes hasta la destrucción de la propia Jerusalén terrena, que fue la sede del mismo reino y, sobre todo, la ruina del propio templo que había sido edificado por Salomón149. Pero para que por ello no se pensase que Dios había actuado en contra de sus promesas, al punto añade: has diferido tu cristo150. Por consiguiente, no es aquel Salomón, ni tampoco el propio David, si fue diferido el cristo del Señor. En efecto, eran llamados sus cristos todos los reyes consagrados por aquel crisma místico, no solo a partir del rey David y en lo sucesivo, sino también desde aquel Saúl, que fue ungido como el primer rey para este mismo pueblo (lo cierto es que el propio David lo llama cristo del Señor)151. Sin embargo, únicamente uno era el verdadero Cristo, cuya figura aquellos representaban mediante la unción profética. Este, según la opinión de los hombres que pensaban que él debía entenderse en David o en Salomón, era diferido para un tiempo lejano, pero, según la disposición de Dios, se establecía que había de venir en su tiempo. Entretanto, mientras aquel se difiere, ese mismo salmo añade a continuación qué sucede en relación con el reino de la Jerusalén terrena, donde se esperaba ciertamente que iba a reinar, y dice: subvertiste la alianza de tu siervo, profanaste en la tierra su santidad, destruiste todos sus muros, llenaste de terror sus fortificaciones, todos los que recorrían el camino le expoliaron, y fue convertido en objeto de oprobio para sus vecinos, alzaste la diestra de sus enemigos, llevaste la alegría a todos sus enemigos, le sustrajiste la ayuda de su espada y no le socorriste en la guerra. En efecto, lo despojaste de su brillo, arrojaste por tierra su trono, acortaste los días de su trono, lo cubriste de confusión152. Todos estos desastres sobrevinieron a la Jerusalén esclava, en la cual reinaron también algunos hijos de la libre, ocupando aquel reino en administración temporal, pero guardando en la verdadera fe y esperando en el cristo verdadero el reino de la Jerusalén celeste, de la cual eran hijos. Pero de cómo llegarían estas desgracias sobre aquel reino, la historia, si se lee, es testigo de los acontecimientos.

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Por otra parte, después de esas profecías, el profeta se vuelve para rogar a Dios; pero la plegaria misma constituye una profecía: ¿Hasta cuándo, Señor, apartas para siempre153? Se sobrentiende «tu rostro», como se dice en otro pasaje: ¿Hasta cuándo apartas tu rostro de mí154? Por ello, en efecto, algunos códices no dicen aquí «apartas», sino «te apartas», aunque podría entenderse «apartas tu misericordia, que prometiste a David». Y la expresión al fin, ¿qué significa sino «hasta el final»? Y este fin debe entenderse como el tiempo último, cuando incluso aquella nación habrá de creer en Cristo Jesús, final antes del cual convenía que sucedieran aquellas calamidades que deploró anteriormente. A causa de ellas también sigue aquí: arderá tu ira como el fuego: recuerda cuál es mi sustancia155. Nada se entiende mejor aquí que el propio Jesús, sustancia de su pueblo, del que surge la naturaleza de su carne. No en vano, dice, creaste a todos los hijos de los hombres156. En efecto, a no ser que un solo hijo del hombre fuese la sustancia de Israel, hijo del hombre por medio del cual fueran liberados muchos hijos de los hombres, sin duda hubiesen sido creados en vano todos los hijos de los hombres. Pero ahora ciertamente toda la naturaleza humana se ha precipitado desde la verdad a la vanidad a causa del pecado del primer hombre, respecto a lo cual dice otro salmo: El ser humano se ha hecho semejante a la vanidad, sus días pasan como una sombra157; pero Dios no creó en vano a todos los hijos de los hombres, porque, por un lado, libera a muchos de la vanidad a través del mediador Jesús, y, por otro, a aquellos que supo de antemano que no habían de ser liberados los creó para utilidad de los que habían de ser liberados y para comparación por contraste de las dos ciudades entre sí, no ciertamente en vano, en la ordenación hermosísima y justísima del conjunto de las criaturas racionales. Después sigue: ¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte, que arrancará su alma de la mano del infierno158? ¿Quién es ese, sino aquella sustancia de Israel de la estirpe de David, Cristo Jesús? De este dice el apóstol que resucitando de entre los muertos ya no muere, <y> la muerte ya no tendrá dominio sobre él159. Así, en efecto, vivirá y no verá la muerte, a pesar de que sin embargo haya muerto, pero arrancará su alma de la mano del infierno, adonde había descendido para soltar las cadenas infernales de algunos; por otra parte, la arrancó en virtud de aquel poder del que dice en el Evangelio: tengo el poder de desprenderme de mi alma y tengo el poder de tomarla de nuevo160.

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Pero las restantes palabras de este salmo, que son las siguientes: ¿Dónde está tu antigua misericordia, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que he guardado en mi seno de muchas naciones, de lo que tus enemigos, Señor, te reprocharon; de lo que te reprocharon, la transformación de tu cristo161, con razón puede preguntarse si se dijeron de la persona de los israelitas, que deseaban que les fuera cumplida la promesa que se hizo a David, o más bien de los cristianos, que son israelitas no según la carne, sino según el espíritu. Lo cierto es que estas palabras fueron pronunciadas o escritas en el tiempo en el que vivió Etán162, de cuyo nombre recibe el título ese salmo; y este mismo tiempo fue el del reinado de David. Y por esto no se podría decir: ¿Dónde está tu antigua misericordia, Señor, que juraste a David en tu verdad? A no ser que la profecía transfigurase en sí la persona de aquellos que habían de vivir mucho después, para quienes este tiempo sería el de los antiguos, cuando se le hicieron estas promesas al rey David. Por otra parte, puede entenderse que muchas naciones, cuando los cristianos eran perseguidos, les reprocharan la pasión de Cristo, que la escritura llama transformación, puesto que muriendo se hizo inmortal. Puede entenderse también la transformación de Cristo como un reproche a los israelitas conforme a lo siguiente, porque, esperando que les iba a suceder a ellos, les sucedió a los gentiles, y esto ahora se lo reprochan a ellos muchas naciones, que creyeron en él por la nueva alianza, mientras ellos permanecían en su vetustez, para que se diga: Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, porque no olvidándose de ellos el Señor, sino más bien compadeciéndose, también ellos mismos van a creer después de este oprobio. Pero aquel sentido que propuse al principio me parece más apropiado. En efecto, la expresión Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos no se ajusta con propiedad a los enemigos del Cristo, a los que se reprocha que Cristo los hubiera abandonado al pasarse a los gentiles; efectivamente, tales judíos no deben ser llamados siervos de Dios, sino que esta denominación corresponde a aquellos que, habiendo soportado las graves humillaciones de las persecuciones por el nombre de Cristo, pudieron recordar que a la estirpe de David le fue prometido un reino excelso y por anhelo del mismo hablaron no desesperando, sino pidiendo, buscando, llamando: ¿Dónde está tu antigua misericordia, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate también del oprobio de tus siervos, que he guardado en mi seno de muchas naciones (es decir, que soporté pacientemente en mi interior); de lo que tus enemigos, Señor, te reprocharon; de lo que te reprocharon, la transformación de tu cristo163; no considerando que era una transformación, sino una consunción. ¿Qué significa, pues, Acuérdate, Señor, sino «compadécete y a cambio de mi humillación, soportada con paciencia, devuélveme la elevación que juraste a David en tu verdad»? Si, en cambio, atribuyésemos estas palabras a los judíos, tales pudieron pronunciarlas aquellos siervos de Dios que, tras ser conquistada la Jerusalén terrena, antes de que Jesucristo naciera con naturaleza humana, fueron llevados al cautiverio, comprendiendo la transformación de Cristo, ya que evidentemente por medio de él no debería esperarse la felicidad terrena y carnal, tal y como se presentó durante unos pocos años la del rey Salomón, sino la celeste y espiritual. Al ignorarla entonces las naciones infieles cuando se regocijaban y se burlaban de que el pueblo de Dios estuviese cautivo ¿qué otra cosa les echaban en cara, sin conocerla en cambio a los que la conocían, sino la transformación de Cristo? Y, por ello, lo que sigue cuando concluye ese salmo: Bendito el Señor por siempre: sea, sea164, es suficientemente apropiado para todo el pueblo de Dios que pertenece a la ciudad celeste, ya en aquellos que se ocultaban en la antigua alianza, antes de que la nueva fuera revelada, ya en estos, que ya revelada la nueva alianza se discierne claramente que pertenecen a Cristo. Lo cierto es que la bendición de Dios en la estirpe de David no debe esperarse para un tiempo concreto, como se manifestó en los días de Salomón, sino para la eternidad, y en esta certísima esperanza se dice: sea, sea. En efecto, la confirmación de dicha esperanza se halla en la repetición de esta palabra. Por consiguiente, David al comprenderlo dice en el Segundo libro de los reyes, a partir de donde nos hemos desviado a ese salmo: Y hablaste a favor de la casa de tu siervo para un largo tiempo165. Y, por ello, poco después dice: Empieza ahora y bendice la casa de tu siervo para la eternidad166, y lo restante, ya que entonces iba a engendrar un hijo a partir del cual su descendencia se prolongase hasta Cristo, por medio del cual su casa había de ser eterna y al mismo tiempo casa de Dios. En efecto, casa de David por el linaje de David y casa de Dios esta misma también por el templo de Dios construido de seres humanos, no de piedras, donde habite para la eternidad el pueblo con Dios y en su Dios, y Dios con el pueblo y en su pueblo; de modo que Dios llene a su pueblo, y el pueblo esté lleno de su Dios, cuando Dios sea todo en todos, él mismo, que es valor en la guerra, recompensa en la paz. Por ello, como se dijo en palabras de Natán: Y te anunciará el Señor que edificarás una casa para él167, después se dijo en palabras de David: Porque tú, Señor omnipotente, Dios de Israel, abriste el oído de tu siervo diciendo: te construiré una casa168. Esta casa, en efecto, también nosotros la construimos viviendo rectamente y con la ayuda de Dios para que vivamos rectamente, porque si Dios no construyese la casa, en vano se esforzaron los que la construyeron169. Cuando llegue la inauguración final de esta casa, entonces sucederá lo que Dios mencionó aquí por medio de Natán diciendo: y dispondré un lugar para mi pueblo, Israel, y lo plantaré y habitará independiente y no estará angustiado nunca más, y el hijo de la iniquidad no se dispondrá a humillarlo como al comienzo de los tiempos en los cuales establecí jueces sobre mi pueblo, Israel170.

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Cualquiera que espera este bien tan grande en este siglo y en esta tierra, es un insensato. ¿Acaso alguien va a pensar que esto se cumplió en la paz del reino de Salomón? Lo cierto es que la escritura pone de relieve con excelente alabanza aquella paz como sombra de lo que ha de venir. Pero a esta suposición cautelosamente se le ponen objeciones cuando, después de que se dice y el hijo de la iniquidad no se dispondrá a humillarlo, se añade a continuación: como desde el comienzo de los tiempos en los cuales establecí jueces sobre mi pueblo, Israel171. Pues los jueces, antes de que empezasen a existir reyes allí, habían sido instituidos sobre aquel pueblo a partir del cual recibió la tierra de promisión. Y, ciertamente, lo humillaba el hijo de la iniquidad, es decir, el enemigo extranjero, durante los periodos de tiempo en los que se lee que la paz alternó con las guerras; y a partir de ahí se encuentran tiempos de paz más prolongados que los que disfrutó Salomón, que reinó durante cuarenta años172. Pues bajo aquel juez llamado Aod hubo ochenta años de paz173. Por consiguiente, lejos se esté de creer que en esta promesa fueron pronosticados los tiempos de Salomón, y mucho menos igualmente los de cualquier otro rey. En efecto, ninguno de ellos reinó en una paz tan prolongada como aquel. Ni en absoluto aquel pueblo mantuvo jamás el reino de tal modo que no sintiese la preocupación de verse sometido a los enemigos. Porque, en tan gran mutabilidad de las circunstancias humanas, jamás le fue concedida a ningún pueblo una seguridad tan firme que no temiera los ataques que amenazan esta vida. Por consiguiente, ese lugar que es prometido, de morada pacífica y segura, es eterno y está destinado a los eternos en la madre Jerusalén libre, donde se hallará en verdad el pueblo de Israel. En efecto, este nombre se traduce por «el que ve a Dios»174. Por el anhelo de este premio debe llevarse una vida piadosa por la fe en esta ardua peregrinación.

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Así pues, mientras la ciudad de Dios seguía su curso a través de los tiempos, reinó David en primer lugar en la sombra de lo que había de suceder, es decir, en la Jerusalén terrena. David era un hombre experto en el canto, que amaba la armonía musical, no por vulgar placer, sino con voluntad religiosa y para servir mediante ella a su Dios, que es el Dios verdadero, como representación mística de una importante realidad. En efecto, la armonía proporcionada y mesurada de diversos sonidos pone de manifiesto con su melodiosa variedad la unidad compacta de una ciudad bien organizada. Además, casi toda su profecía se halla en los salmos, que en número de ciento cincuenta contiene el libro que denominamos De los salmos. Entre ellos algunos pretenden que únicamente fueron compuestos por David aquellos en los que aparece inscrito su nombre. Asimismo, hay quienes piensan que no han sido compuestos por él excepto los que reciben como encabezamiento del mismo David, pero los que tienen en sus títulos al mismo David, tras haber sido compuestos por otros, fueron adaptados a su personalidad175. Esta opinión es refutada por la voz evangélica del mismísimo Salvador, donde dice que el propio David había proclamado bajo inspiración que Cristo era su Señor176. Porque el salmo centésimo noveno comienza así: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos como escabel de tus pies177. Y este mismo salmo no contiene en el título ciertamente Del mismo David, sino Al mismo David, así como muchísimos. Por mi parte, a mí me parece que defienden una opinión más verosímil aquellos que atribuyen todos aquellos ciento cincuenta salmos a su mano, y que él también tituló algunos con los nombres de otros que representaban algo que atañía al argumento, pero no quiso que los restantes tuvieran en sus títulos el nombre de ningún hombre, tal y como le inspiró el Señor la disposición de su variedad, aunque oscura, sin embargo, no sin sentido. Y no debe impulsar a no creerlo el que los nombres de algunos profetas, que vivieron mucho después de los tiempos del rey David, se leen adscritos a algunos salmos en este libro y que lo que allí se dice parece ser expresado supuestamente por ellos. Y en efecto, el espíritu profético pudo revelar al rey David en sus predicciones también estos nombres de futuros profetas, para que se cantase proféticamente algo que conviniera a sus personalidades. Como el rey Josías, que había de nacer y de reinar después de más de trescientos años, le fue revelado por su nombre a cierto profeta que también predijo sus acciones futuras.

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Me parece que ahora ya se espera de mí que explique en este punto de este libro qué profetizó David en los salmos acerca del Señor Jesucristo o de su iglesia. Yo, por mi parte, para hacerlo tal y como parece exigir la misma expectación (aunque ya lo hice en uno), hallo más obstáculos en la abundancia que en la escasez. En efecto, me reprimo de incluirlo todo para evitar la prolijidad, pero temo que, al elegir algunos textos, parezca a muchos que los conocen que dejo al margen otros más necesarios. Después (ya que el testimonio que se aduce sobre la interrelación de todos los salmos debe gozar de aprobación, a fin de que sin lugar a dudas no exista nada que se le pueda objetar, si no se aprueba su totalidad), no debe parecer que a la manera de un centón178 vamos arrancando versículos en función del asunto que nos interesa, como de un gran poema que descubre que ha sido escrito no sobre aquel asunto, sino sobre otro y muy diverso. Y para que esto pueda mostrarse en cualquier salmo, ha de exponerse la totalidad. Cuánto esfuerzo requiere esto lo ponen de manifiesto tanto nuestros volúmenes, en los que lo llevamos a cabo, como los de otros179. Por consiguiente, léalos quien quiera y pueda. Hallará cuántas y cuán grandes profecías realizó el rey y también profeta David acerca de Cristo y su iglesia, es decir, sobre el rey y la ciudad que fundó.

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Por consiguiente, sean del tipo que sean las expresiones propias y manifiestamente proféticas sobre cualquier asunto, es necesario que con ellas se mezclen también otras con sentido figurado, que, a causa de los más lentos de entendimiento, exigen a los más doctos una laboriosa tarea de discusión y de exégesis. Algunas, no obstante, muestran a Cristo y a la iglesia a primera vista, en el preciso momento en que se pronuncian. Aunque quedan algunas, que se entienden menos en sí mismas, que deben ser explicadas con tranquilidad, como aquello que aparece en el mismo libro de los Salmos: exhaló mi corazón una buena palabra, yo cuento mis obras al rey. Mi lengua, cálamo de escriba que escribe veloz. Hermoso eres por tu belleza sobre los hijos de los hombres. La gracia está vertida en tus labios, por ello Dios te bendijo para la eternidad. Cíñete tu espada al muslo, poderosísimo por tu apariencia y tu hermosura, expándete, avanza en la prosperidad y reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia, y tu diestra te conducirá admirablemente. Tus flechas serán agudas, oh poderosísimo (los pueblos caerán a tus pies), contra los corazones de los enemigos del rey. Tu trono, Dios, por los siglos de los siglos, un cetro de rectitud el cetro de tu reino. Amaste la justicia y sentiste odio por la iniquidad. Por ello Dios, tu Dios, te ungió con el óleo del júbilo entre tus compañeros. La mirra, el áloe y la casia exhalan de tus vestidos, de tus moradas ebúrneas. Con ellas te deleitaron las hijas de los reyes en tu honor180. ¿Quién no reconocería aquí a Cristo, al que predicamos y en el que creemos, por muy lento de entendimiento que sea, al escuchar que Dios, cuyo trono existe por los siglos de los siglos181, también fue ungido por Dios, ciertamente del modo en que unge Dios, no con un crisma182 visible sino espiritual e inteligible? ¿Quién es, en efecto, tan ignorante en esta religión o tan sordo contra su fama, difundida a lo largo y a lo ancho, que no sepa que Cristo recibió su nombre de crisma, es decir, de unción? Pero, una vez reconocido Cristo como rey, quien se haya sometido ya al que reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia, indague con tranquilidad lo restante que se ha dicho aquí metafóricamente: cómo es hermoso por su belleza sobre los hijos de los hombres, con una hermosura tanto más digna de ser amada y admirada cuanto menos corpórea, cuál es su espada, cuáles las flechas, y las restantes expresiones similares que se han dispuesto no de forma literal sino metafóricamente.

Contemple después su iglesia unida a su esposo tan excelente mediante un matrimonio espiritual y el amor divino, de la cual se dice en estos versículos que siguen: La reina está en pie a tu derecha con vestido dorado, cubierta de adornos variados. Escucha, hija, mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa de tu padre; puesto que el rey deseó tu belleza, porque él mismo es tu Dios. Y lo adorarán las hijas de Tiro con sus presentes, los ricos del pueblo buscarán tu rostro. Toda la gloria de la hija del rey está en el interior rodeada de adornos variados en orlas doradas. Las vírgenes serán llevadas al rey tras ella, las más allegadas a ella te serán llevadas a ti. Serán llevadas en medio de la alegría y el regocijo, serán introducidas en el templo del rey. Tus hijos nacen en sustitución de tus padres; los nombrarás príncipes sobre toda la tierra. Recordarán tu nombre de generación en generación. Por ello, los pueblos te proclamarán para la eternidad y por los siglos de los siglos183. No creo que haya nadie tan necio que piense que aquí se alaba y describe a alguna mujer sin importancia; sin duda es la esposa de aquel a quien se dice: Tu trono, Dios, por los siglos de los siglos, un cetro de rectitud el cetro de tu reino. Amaste la justicia y sentiste odio por la iniquidad. Por ello Dios te ungió, tu Dios con el óleo del júbilo entre tus compañeros184; evidentemente Cristo ante los cristianos. En efecto, aquí están sus compañeros, por cuya unidad y concordia en todas las naciones surge esta reina, así como se dice de ella en otro salmo: Ciudad del gran rey185. Esta misma es Sión espiritualmente. Dicho nombre en latín se traduce como «contemplación»186. Pues se contempla el gran bien de los siglos futuros, puesto que allí se dirige su atención. Esta misma es también Jerusalén espiritualmente de igual modo, respecto a la cual ya hablamos con profusión. Su enemiga es la ciudad del Diablo, Babilonia, que se traduce como «confusión»187. De dicha Babilonia, sin embargo, esa reina es liberada en todas las naciones por medio de la regeneración, y pasa del peor rey al mejor rey, es decir, del Diablo a Cristo. Por causa de ello, se le dice: Olvida tu pueblo y la casa de tu padre188. De esta ciudad impía son también una porción los israelitas solo por la carne, no por la fe. También son ellos mismos enemigos de este gran rey y de esta reina. Pues Cristo, al venir a estos mismos y ser muerto por ellos, se hizo más Cristo de otros a los que no vio en carne. De donde, por la profecía de cierto salmo, dice nuestro mismísimo rey: Me apartarás de las réplicas de mi pueblo, me pondrás a la cabeza de las naciones. Un pueblo al que no conocí me ha servido; atento a sus oídos me obedeció189.

Por consiguiente, ese pueblo de los gentiles, al que Cristo no conoció en su presencia corporal, Cristo en el que sin embargo creyó cuando le fue anunciado, de manera que de él justamente se dijese: atento a sus oídos me obedeció190, ya que la fe procede del oído191 —ese pueblo, digo, sumado a los verdaderos israelitas por la carne y por la fe, constituye la ciudad de Dios, que engendró también al mismísimo Cristo según la carne cuando existió en aquellos israelitas solamente. Lo cierto es que de allí procedía la virgen María, en la cual Cristo tomó la carne para ser hombre. De esta ciudad dice otro salmo: Madre Sión, dirá el hombre y el hombre nació en ella, y el Altísimo en persona la fundó192. ¿Quién sino Dios es ese Altísimo? Y por esto Cristo Dios, antes que se hiciera hombre en aquella ciudad a través de María, él mismo la fundó en los patriarcas y profetas. Por tanto, al habérsele anunciado por medio de la profecía a esta reina la ciudad de Dios, lo que ya vemos cumplido, en el lugar de tus padres te han nacido hijos, los nombrarás príncipes sobre toda la tierra193 (lo cierto es que de sus hijos surgen príncipes y patriarcas por toda la tierra, al proclamarla los pueblos que acuden a esta confesión de alabanza eterna por los siglos de los siglos), lejos de toda duda cualquier cosa que se ha dicho aquí veladamente mediante expresiones metafóricas, de cualquier modo que se interprete, debe adecuarse a estas realidades evidentísimas.

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Así como también en aquel salmo donde se proclama con absoluta claridad a Cristo sacerdote, del mismo modo se lo proclama aquí rey: dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos como escabel de tus pies194, se cree que Cristo está sentado a la derecha del Padre, no se ve. Asimismo, todavía no se ha hecho visible que sus enemigos hayan sido puestos bajo sus pies. Esto está sucediendo, se hará visible al final. Asimismo, esto ahora se cree, después se verá. Pero lo que sigue: el Señor extenderá el cetro de tu valor desde Sión, domina en medio de tus enemigos195, está tan claro que negarlo no solo denota falta de fe e infelicidad, sino también imprudencia. Y lo cierto es que los propios enemigos196 confiesan que la ley de Cristo fue promulgada desde Sión, lo que nosotros llamamos Evangelio, y reconocemos este cetro de su valor. Y que este domina en medio de sus enemigos, esos mismos entre los cuales domina lo atestiguan rechinando los dientes y consumiéndose, y no teniendo ningún poder frente a él. Después, respecto a lo que dice poco más adelante: el Señor ha jurado, y no se arrepentirá, con estas palabras señala que va a ser inmutable lo que añade: tu eres sacerdote para la eternidad según el orden de Melquisedec197, porque ya no existe en ninguna parte el sacerdocio y el sacrificio según el orden de Aarón, y por todas partes se presenta bajo el sacerdote Cristo el que ofreció Melquisedec cuando bendijo a Abraham198, ¿quién se permite dudar a qué se refieren estas palabras? Por consiguiente, a estas realidades manifiestas se refieren aquellas que están dispuestas de manera un tanto más oscura en el mismo salmo, cuando se interpretan correctamente, cosa que ya hicimos en nuestros sermones dirigidos al pueblo. Así también en aquello, donde Cristo explica la humillación de su pasión por medio de una profecía diciendo: atravesaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; ellos mismos ciertamente me examinaron y me observaron199 (con estas palabras sin duda simbolizó el cuerpo extendido en la cruz con los pies y las manos fijados y atravesados por la perforación de los clavos, y que de este modo él ofreció un espectáculo para quienes le examinasen y contemplasen), añadiendo también: Se repartieron mis ropas y echaron a suertes mi túnica200. Cómo se cumplió esta profecía lo cuenta el relato evangélico201. Entonces ciertamente también se interpretan correctamente otras que se pronuncian allí con menor claridad, cuando concuerdan con aquellas que brillaron de forma tan manifiesta, principalmente porque también aquellas que no creemos por haber pasado, sino que contemplamos como presentes, como se leen en el mismo salmo, predichas tanto tiempo atrás, así ahora se contemplan mostradas en todo el orbe. Efectivamente, allí, poco después se dice: recordarán y se tornarán al Señor todos los confines de la tierra y le adorarán ante su vista todas las patrias de las naciones; puesto que el reino es del Señor, y él mismo dominará a las naciones202.

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Tampoco los oráculos de los salmos callaron en absoluto sobre su resurrección. Pues qué otra cosa significa lo que se canta por boca de este en el salmo tercero: Yo dormí y cogí el sueño; ¿me levanté porque el Señor me acogió203? ¿Acaso tal vez hay alguien tan necio que crea que el profeta quiso mostrarnos como algo importante que durmió y se levantó, a no ser que ese sueño fuese la muerte y el despertar la resurrección, que así convino profetizar de Cristo? Pues esto se muestra mucho más claramente incluso en el cuadragésimo, donde por boca del mismo mediador, según la costumbre habitual, se cuentan como pasados los hechos que se profetizaban como futuros; porque los que habían de suceder ya en la predestinación y presciencia de Dios se presentaban como sucedidos <porque eran ciertos>. Dice: mis enemigos pronunciaron malas palabras contra mí. ¿Cuándo morirá y perecerá su nombre? Y si entraba para visitarle, su corazón dijo falsedades y acumuló maldad contra mí mismo. Salía afuera y hablaba al mismo tiempo contra uno solo. Contra mí murmuraban todos mis enemigos, contra mí maquinaban males. Establecieron un discurso malévolo contra mí. ¿Acaso el que duerme no terminará por levantarse204? Aquí, sin duda, han sido dispuestas estas palabras de manera que se entienda que no se ha dicho nada distinto que si se dijese: ¿Acaso el que muere no terminará por revivir? Lo cierto es que las palabras anteriores demuestran que sus enemigos habían maquinado y preparado su muerte, y que esto había sido llevado a cabo por aquel que entraba a visitarle y salía para traicionarle. ¿A quién no le viene aquí a la mente Judas, que de discípulo suyo se convirtió en traidor? Por consiguiente, ya que habían de hacer lo que tramaban, es decir, que iban a matarle, mostrando que ellos por su vana maldad iban a matar en vano al que había de resucitar, así añade este versículo, como si dijese: ¿Qué hacéis, necios? Lo que es vuestro crimen, será mi sueño: ¿Acaso el que duerme no terminará por levantarse? Y, sin embargo, que estos no iban a cometer tan terrible crimen impunemente lo indica en los versos siguientes afirmando: E incluso el hombre de mi confianza, en el que deposité mis esperanzas, que comía mi pan, levantó su talón contra mí, es decir, me pisoteó. Pero tú, Señor, dice, compadécete de mí y resucítame, y yo se lo retribuiré205. ¿Quién que ve a los judíos después de la pasión y la resurrección de Cristo, exterminados de raíz de sus asentamientos por la devastación y ruina de la guerra, podrá negar esto? En efecto, tras morir a manos de estos resucitó y les aplicó entretanto un correctivo temporal, aparte del que reserva a los que no se hayan corregido, cuando juzgará a vivos y muertos. Pues el mismo Señor Jesús, al señalar a los apóstoles a ese mismo traidor suyo por el pan que le ofreció206, recordó también este verso de aquel salmo y dijo que se había cumplido en él: Quien comía mis panes levantó el talón contra mí. Y lo que dice: en el que deposité mis esperanzas, no tiene relación con la cabeza, sino con el cuerpo. Y el mismo Salvador conocía a quien del que antes ya había dicho: Uno de vosotros me traicionará y uno de vosotros es el Diablo207. Pero suele transferir a sí mismo el carácter de sus miembros y atribuirse lo que pertenece a aquellos, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo. De ahí aquello del Evangelio: Tuve hambre y me disteis de comer208, que explica diciendo: cada vez que lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos a mí me lo hicisteis209. Así pues, dijo que él había esperado lo que entonces habían esperado de Judas sus discípulos cuando fue sumado a los apóstoles.

Por otra parte, los judíos no esperan que el Cristo al que esperan vaya a morir210. Por ello, no creen que el nuestro sea el que anunciaron la ley y los profetas, pero no sé cuál es el suyo, que se figuran ajeno al trance de la muerte. Por ello, sostienen con admirable vanidad y ceguera que las palabras que citamos no significaban la muerte y la resurrección, sino el sueño y la vigilia. Pero también se lo anuncia en voz alta el salmo décimo quinto: Por este motivo mi corazón se ha regocijado y mi lengua ha exultado de alegría, y mi carne también descansará en la esperanza; porque no abandonarás mi alma en el infierno, ni permitirás a tu santo ver la corrupción211. ¿Quién podría decir que su carne descansó en la esperanza de que su alma no se viese abandonada en el infierno, sino que reviviese rápidamente al volver a ella para no corromperse, como suelen corromperse los cadáveres, sino aquel que resucitó al tercer día? Cosa que, por cierto, no pueden decir del profeta y rey David. Lo dice en alto también el sexagésimo séptimo: Nuestro Dios es un Dios que salva, y del señor es la salida de la muerte212. ¿Puede decirse algo más claro? En efecto, el Dios que salva es el Señor Jesús, que se traduce como «salvador» o «salutífero»213. Pues se dio la siguiente razón de este nombre cuando antes de que naciera de la Virgen se dijo: dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Jesús. Pues él mismo salvará a su pueblo de sus pecados214. Puesto que para la remisión de estos pecados fue derramada su sangre, no convino ciertamente que tuviera otra salida de esta vida sino la muerte. Por ello, tras decirse: Nuestro Dios es un Dios que salva, se añade a continuación y del señor es la salida de la muerte, para que se mostrase que había de dar la salvación muriendo215. Pero se dice con admiración y del Señor, como si se dijese: «Esta vida de los mortales es tal que ni el Señor mismo podría salir de ella de otro modo sino por la muerte».

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