Czytaj książkę: «Asja»

Czcionka:

ASJA

Roser Amills

ASJA

Amor de dirección única


Primera edición: octubre de 2017

© Roser Amills

Autora representada por Vega & Sevilla Literary and Film Agency

© Editorial Comanegra

Consell de Cent, 159

08015 Barcelona

www.comanegra.com

Primera corrección: Lucía Giordano

Segunda corrección: Nuria Ochoa

Diseño de cubierta: Virgínia Pol

La editorial no ha podido conocer el nombre del autor o propietario de la imagen de cubierta, pero reconoce su titularidad de los derechos de reproducción y su derecho a percibir las compensaciones que correspondan.

Diseño y maquetación: Eduard Vila

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-18857-31-7

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Berlín, 1955

Lo que había en ella que había sido él

Berlín, 1900

Hacia Watt

Intuición filosófica

De la paz a la guerra

¿Héroe o culpable?

La primera encrucijada

La decisión de Dora

Una ilusión y un desengaño

Juntos y separados

Muchas formas de perderse

El camino de la improvisación

La isla de la sirena: Capri (1924-1925)

Equipaje ligero

Encuentro en Capri

Visita de cortesía

Jaque mate

Tu séptimo día

Conversaciones con Reich

Viaje a Nápoles

Perder el norte

Por el camino del descuido

Escala en Barcelona

La gran decepción

Funeral en Berlín

Del imposible encuentro al imposible adiós

Viaje a Moscú (1926-1927)

Asja y el sanatorio Rott

Tránsitos espirituales

Berlín, París, Montecarlo, Córcega…

Asja reaparece

El divorcio

Encefalitis

Una absurda barbaridad

Odesa

Como volutas de humo

La última llamada

Casarse o suicidarse

Caparazón de tortuga

Epílogo: el juego final (Moscú, 1956-1979)

El pasado nos mira

Las respuestas de Asja

Razones para esta novela

Cronología

A mi abuela Catalina, a mi tío Juan, a mis hermanos y a mis padres, por apoyarme desde la distancia. A mis hijos, Marcel y Joan, por hacerlo a pesar de la proximidad. Y a mi abuelo Miquel, in memoriam.

Eso que son derivas para otros, para mí son los datos que marcan el rumbo.

WALTER BENJAMIN

Berlín, 1955

Lo que había en ella que había sido él

Cuanto más se sabe, más se sufre.

(Ecl 1-18)

El amor, lo mismo que el dolor, tiene la cualidad de ser difícil de cuantificar. Paradójicamente, esa dificultad ayuda a dar la medida justa de ambos. Juntos, dolor y amor adquieren una consistencia que se puede tocar —y medir— con una precisión que da escalofríos.

Esto sucede sobre todo cuando te das cuenta de lo mucho que has amado porque sientes una lástima inmensa al tratar de rescatar ese amor de un olvido de exactamente el mismo tamaño, y es justo lo que le ocurrió a Anna Ernestowna Liepina aquella tarde de octubre de 1955. Aturdida tras un viaje largo y pesado de Moscú al Berlín comunista para visitar a su amigo Bertolt Brecht, tuvo aún que dar vueltas durante una hora para encontrar la dirección.

La capital no se parecía en nada a la ciudad que había visitado tiempo atrás, estaba ahora irreconocible: una amalgama de ensueño y catástrofes aquí y allá, de edificios bombardeados a medio reparar; y no habían recolocado aún las placas de las calles. En su lugar, como gritos, grafitis del final de la guerra, de familias que advertían a sus hijos de nuevos domicilios para que aquellos que regresaran del frente con vida supieran dónde encontrarlos.

Eran casi las cinco de la tarde cuando subió la escalerilla de madera y llamó al 125 sin haber parado siquiera a comer. Justo un bloque del barrio de Mitte al fondo de un patio empedrado, tal y como Brecht lo había descrito. Quieta ante el portal, oyó ruido de muebles arrastrados o algo parecido dentro; por encima de ella, a un piso de altura, un pájaro de color acero sacó la cabeza de un nido en un hueco de la fachada y graznó hacia abajo.

Era, sin duda, el ave conveniente para una casa tan próxima al cementerio, pero traía consigo un escalofrío que venía de Siberia, la tierra de la muerte blanca, y ella tragó saliva, repugnada ante la visión. El cuervo le guiñaba un ojo que la conectaba con desagradables recuerdos, pero, por suerte, la puerta del 125 se abrió a tiempo para evitar la arcada.

Helene Weigel, tan tiesa como la recordaba, vestida de color oscuro pero más maquillada. Esta vez sonreía. Le gustó el ramo: flores pequeñas, blancas, modestas. Dio las gracias con una amable caída de ojos. Quizás la segunda esposa de Bertolt ya no sentía celos, aunque era imposible adivinarlo.

—Me alegra verte, pasa… Bert está reunido, para variar.

—No quiero molestar, si no es buen momento…

—¡En absoluto, Asja, por favor!

Asja era el nombre de guerra de Anna. Pocas personas quedaban que conocieran su nombre de pila y la llamaran así. Ya había impuesto el de Asja en la universidad, que luego juntó con el apellido de su primer marido, del que se había divorciado hacía mil años.

—Dame tu abrigo... Oh, cuidado: luchamos contra un ataque de termitas y apenas se puede cruzar este laberinto. Estoy a punto de hacer las maletas y marcharme… Te ruego que disculpes el desorden.

En efecto, la casa de los Brecht era un caos en toda regla: había pilas de libros por todas partes y carpetas llenas de papeles. Las habitaciones tenían los techos muy altos y aquí y allá había daguerrotipos, un rollo desplegado con un poema de Mao, varias mesas de escritorio cubiertas de papeles y sillas de diferentes diseños y colores que daban al conjunto un aspecto sumamente acogedor. ¡Qué suerte para Brecht y su esposa haber podido conservar esa biblioteca! A Asja no le quedaba nada. Libros, apuntes, cartas… fotos, incluso: todo destruido o requisado.

—¿Oyes los insectos? —exclamó Helene, como desde otra habitación.

—Disculpa, ¿qué has dicho, Heli? —titubeó.

—Te hablaba de las termitas.

—¿Dónde?

—Aquí, a nuestro alrededor. Se comen los muebles y los libros. De noche y de día… ¿Las oyes?

Asja aguzó el oído, tratando de situar esa vibración. Solo veía aceites desinfectantes y trapos desperdigados por los estantes vacíos. Su mirada se hacía febril por momentos. ¿Tenían los Brecht dos o tres mil volúmenes?

—¿Estás bien, querida? No tienes buen aspecto.

—Sí, bien, Heli…

—Estás pálida. Siéntate, por favor.

—¡Oh, no te preocupes, Helene! Estoy bien, el desinfectante me habrá mareado y apenas he descansado durante el viaje… ¿Te importa que fume?

Asja llevaba años sin dormir más de tres o cuatro horas, pero no podía pasar ni media sin un cigarrillo.

—Por supuesto que no. Ahí tienes un cenicero de los buenos tiempos.

Le señalaba uno con el cartel de una película que habían rodado años atrás Brecht y ella.

—Veo que no lo has dejado. Esos cigarrillos van a acabar contigo, Asja… ¿Teníais tabaco en el campo?

—Oh, sí —se encogió de hombros, evasiva. Temía el inicio de un interrogatorio—. Este mismo, a veces. El más barato. ¿Quieres uno, Heli?

Helene no daba crédito. Asja todavía fumaba majorka, ese tabaco de tan mala calidad que desde quién sabía cuándo los campesinos plantaban, recogían, secaban y cortaban en trocitos con molinillos artesanales. Lo rechazó: prefería mil veces los suyos a aquel tabaco pestilente de rusa comunista.

—¿Cómo puedes fumar eso?

—¡Ya me conoces! Soy una mujer de costumbres...

Asja no fumaba otra cosa desde jovencita. Poco más quedaba ya de aquella muchacha; quizás solo el carácter. Una cana en la ceja, un día tras otro en las arrugas de la cara, el cuello lleno de surcos y los hombros desequilibrados como una silla rota y esa verruga como una mosca doméstica sobre la barbilla. Y no tenía ganas de conversar, aun a sabiendas de que los espíritus curiosos como Helene no dejan de ser espíritus furiosos si no reciben respuestas… Pero peor lo había llevado con los espíritus supuestamente indiferentes: esos, bien lo sabía, podían resultar mucho más furiosos.

—En fin, Asja, disculpa mi curiosidad —y la miró con expresión trágica—. Me ha contado Bert lo de Siberia y… Supongo que habrá sido duro.

Quería saber más. En vano, trataba de dominar ese tipo de codicia. Como todos a cuantos había visitado ya Asja, Helene ansiaba conocer detalles sobre la vida en el campo de trabajo, las relaciones entre presos y mandos, lo que hablaban, qué se comía…, pero Asja albergaba demasiados malos recuerdos como para compartir todo aquello y cambiaba de tema sin parecer maleducada. ¿Cómo confesar que estaba contenta, en el fondo, de haber sido detenida, porque así se había salvado de horrores como la hambruna del sitio de Leningrado que se produjo entre el cuarenta y uno y el cuarenta y cuatro? La hija de Asja le había contado con lágrimas en los ojos que, en su ausencia, las autoridades soviéticas obligaron a los civiles a cavar trincheras, construir refugios, reforzar fortalezas, colocar alambres de púas… Cientos de miles de familias murieron de frío y hambre en sus hogares. Fueron casi novecientos días, durante los cuales empezaron a comerse a los caballos, después a los perros, a los gatos… Cuando estos se acabaron, se formaron bandas organizadas, como aquel grupo de una veintena de caníbales que —se decía— se dedicaban a interceptar los correos militares para comérselos. Los cadáveres de los niños desaparecían de las calles y en un lugar de Zelenaya donde se vendían patatas le pedían al comprador que mirara dónde se las guardaba y, cuando este se agachaba, lo golpeaban con el hacha en la nuca… Unas caladas más y a Helene no le pasó ya inadvertido el temblor de la mano, mientras Asja, una y otra vez, volvía a encender ese cigarrillo que se apagaba, que cargaba tanto en su interior. Sí, dijo con un guiño, era un tabaco terrible al que se había acostumbrado; y menos mal, porque no había otro en Siberia, aunque calló que aquellos cigarrillos del frío fueron maravillosos porque se fumaban en común. Una presa encendía uno, daba tres chupadas y se lo pasaba a otra, y así circulaba en la oscuridad del barracón. Si alguien daba una calada demasiado larga, enseguida se oía un reproche: «¡No te pases!». No iba a contarle nada de todo aquello a cualquiera. Asja era, bajo su discreto disfraz, una piel dura difícil de rasgar.

—Fue duro, Helene, sí. Digamos que ha sido el invierno más largo de mi vida… —inhaló cuanto humo pudo, pues aligeraba así el peso en el estómago—. Pero cuéntame tú: ¿qué tal os va en Berlín a Bert y a ti?

—Bien, bien, no podemos quejarnos… —suspiró la anfitriona—. No quería incomodarte. Deja que te ayude a quitarte el abrigo y la bufanda, por favor.

Sin el largo gabán, Asja parecía aún más delgada: cualquier corriente de aire se la podría llevar fácilmente, pensó Helene.

—Acompáñame, Asja…

Helene miraba sin parar el reloj de pared, con disgusto.

—¿Y qué te parece si vamos a la cocina y preparamos un té mientras esperamos que Bert termine con su visita? Tengo un buen contacto en el mercado negro… Te encantará este té verde.

Helene la trataba como a una niña o, peor, como a una enferma. Pasaron al lado de otro escritorio con un pequeño asno de madera de cuyo cuello colgaba un letrero: «También yo debo entenderlo». La cocina olía a col hervida y recibía una luz muy blanca por el ventanal. Helene llenó la tetera de agua en silencio y se dispuso a rebuscar tazas y té en los armarios.

—En cambio tú, Helene, tienes mejor aspecto que nunca. ¡Ya me contarás cómo lo haces! —trató Asja de halagarla para romper el hielo.

No era así, se dijo Helene. Lo decía para ser amable. La última vez que se habían visto, Helene la había echado de casa; pero las cosas podían haber cambiado, quizás.

—Me temo que el mérito no es de Bert —murmuró entre dientes, con un guiño—. Aún corretea como un gato en celo. Me ha dado poca paz.

—Recuerdo que era incorregible y ya imaginaba que no iba a cambiar con la edad, pero siempre ha sido honesto.

Bert era un hermano para Asja, un amigo, y no podía evitar defenderle.

—Tú sigue así, Asja, fiel a tus principios, del lado de los espíritus libres…, pero ya verás que sí ha envejecido. ¡Por fin!

—…

—Y aun así mantiene amigas aquí y allá. ¡Créeme, logra sacarme de quicio! Aunque cada vez menos y...

Una puerta se abrió a sus espaldas, cerca del comedor, y desde aquel rincón de la cocina vieron a Bertolt con una mujer veinte años más joven.

—Precisamente eso es lo que te decía. Ahí tienes a la visita de Bert —comentó Helene vuelta hacia la ventana como si hablara sola—. Se llama Ruth y es una de las actrices de nuestro Berliner Ensemble, la muchacha más bella de la compañía. Bert aún colecciona amantes jóvenes, como si así pudiera detener el tiempo.

—¿Berliner Ensemble?

—Sí, la compañía de teatro que fundamos hace unos meses. Yo contraté a Ruth y esta semana ya me la trae a casa. ¡El muy sinvergüenza…!

Asja retiró el hervidor. El agua borboteaba y la cocina se llenó del sutil olor especiado de las hojas de té quemadas, rizadas en formas caprichosas. Mientras, Helene, abstraída, no acababa de encontrar tazas.

—¡Parece mentira, Asja! —refunfuñó, mientras abría y cerraba armarios—. Todas caen como salmones que se tragan cebo y anzuelo con gusto. Ya sabes lo mucho que atraen los hombres aparentemente inofensivos con perilla y gafas de intelectual que miran con las pupilas húmedas de no haber roto un plato y dicen «tú sí, tú eres, tú vas a entender mi alma y podría amarte para siempre».

—…

—Pero son terribles… «Fíjate en el condicional», les intento hacer ver a todas. —Juntó las palmas, llevó los dedos a los labios—: «Podría». Pero no.

Seguro que Bertolt y la muchacha podían escuchar perfectamente el discurso, pero aquello no parecía importarle a Helene, que hablaba cada vez más alto.

—¿Has visto? —añadió al oír que Brecht cerraba la puerta de la calle.

A juzgar por el rubor de la muchacha que iba con él, Helene sospechaba que Bertolt sería todo lo honesto y fiel que Asja quisiera, sí, pero… Le dio un codazo a su confidente para llamar su atención, pues Bertolt ya estaba casi a su lado, y le susurró:

—Asja, me temo que Bert es fiel… ¡pero con demasiadas mujeres!

La simetría del tres. La necesidad de compartirlo todo de Brecht, de Asja, de tantos que se tragaron esas primeras ideas comunistas sobre el amor libre. «¿Acaso ella no lo entiende? ¿Por qué se quejará Helene a estas alturas?», se preguntaba Asja sin decir una palabra. Al fin y al cabo, Helene llegó a Bertolt también como amante y en similares circunstancias. Como todas. En lo único en que podía estar de acuerdo era en que había envejecido. En fin: tal vez Helene solo tuviera un mal día. Llevaba las uñas largas y pintadas y tamborileó con ellas sobre el marco de la puerta antes de retomar la palabra, esta vez para dirigirse al padre de sus dos hijos.

—Bert, tienes visita —gritó casi, con tres tazas en una mano como un ramillete, el mentón levantado. Agria.

Entonces él se volvió y escrutó a Asja con la cabeza ladeada y una sonrisa enorme. Se alegraba de verla tan altiva y bella como siempre. La había perseguido durante años, había recurrido a todas las tácticas que conocía para llevársela a la cama. Brecht era bueno en el arte de seducir mujeres: utilizaba la poesía, sus influencias, su astucia, de muchas y originales maneras.

Sin embargo, para su consternación, nada había funcionado. Encantadora y divertida, Asja lo había detenido siempre a kilómetros de cualquier puerta de dormitorio. Así habían logrado cultivar una confianza franca e infinita que Helene no había podido comprender ni soportar, por mucho que hubieran conversado a lo largo de los años para tranquilizarla.

—Querida Asja, ¡qué alegría verte! —dijo Bertolt, casi a la carrera hacia ellas, esquivando jarrones y alfombras enrolladas—. ¡Hermosa, ven a mis brazos!

Ahí estaba, con los brazos abiertos, los hombros cargados y menos pelo, tras sus gafas de montura de alambre, con el rostro más enjuto y huesudo.

Tras estrujarla con fuerza, con una mano sobre el hombro y otra en la cintura, la llevó a un rincón del salón casi en volandas, hacia una amplia ventana con vistas al cementerio de Drotheenstadt. Helene los siguió. En el lado opuesto, como centinelas, dos estelas chinas y el retrato de un Marx rechoncho y coloreado como las estampas de los santos.

—Hacía muchísimo que no sabíamos de ti: fue una alegría que anunciaras que por fin venías a visitarnos. ¿Tan bien te han tratado en Siberia?

Bromeaba mientras le ofrecía una butaca de las cuatro que había alrededor de la mesita redonda. Asja apagó el cigarrillo en un pesado cenicero de mármol blanco que tenía una cajita de fósforos al lado, con la que pensaba encenderse otro de inmediato.

Rebuscó en su bolso como si no lograra encontrar el paquete de tabaco: era su manera de sacudirse la inmensa pereza de responder. Desde que había salido, cada vez que visitaba a un amigo se sentía como si le revisaran las heridas.

—Bien, bien, no puedo quejarme. Conservo la vida: no es poco —arqueó una ceja pícara y esbozó una sonrisa forzada—; pero reconozco que me ha pasado factura el clima.

Brecht le dio una palmadita en el hombro y le rogó que se pusiera cómoda. Lo que le había sucedido a Asja no podía compararse a nada de lo que habían vivido él y su esposa, se dijo, mientras la miraba a los ojos. Cuando Asja bromeaba parecía más joven, pero si sonreía era una anciana desdentada. Con sesenta y cuatro años, había encanecido casi por completo y su piel estaba arrugada y pálida, pero sus pómulos y el brillo de sus ojos eran cautivadores. Sin embargo, las hinchadas piernas denunciaban que el escorbuto había pasado una buena factura a su salud, así que volvió a su rostro: brillaba a pesar de los trabajos forzados en el campo en Kazajistán.

—Algo nos contaron de que un tribunal militar te había sentenciado, de modo inesperado y expeditivo, a años de trabajos forzados por haber actuado como espía para los alemanes. ¡No podíamos creerlo! Como cuando nos dijeron que habían asesinado a Trotsky en México, o que la bella Tsvetáyeva se había suicidado colgándose de una viga…

—Sí, así es, Bert.

—¿Por qué te arrestaron?

—¡Qué más dan los detalles! Tuve una visita de la NKVD en Riga y me arrestaron con vaguedades como que mi amistad con intelectuales alemanes me hacía sospechosa.

—Es un milagro que hayas sobrevivido. Diez años en esas condiciones… ¿Cómo lo hiciste?

—Si no te importa, prefiero no hablar más de todo aquello.

—Vaya, no tiene buena pinta… ¿Te han soltado para que nos espíes?

La taza de Asja vibró ligeramente y la dejó en el platillo.

—¿Tú qué crees, Bert?

Bertolt se echó a reír, a sabiendas de que no era el primero que le hacía esa pregunta, pero veinte años de marxismo militante juntos le daban derecho a poner sobre la mesa sus sospechas. No iba a rendirse. Bien sabían ambos que en el socialismo real la palabra voluntario significaba que, si no hacías lo que se te pedía, el Estado caía sobre ti y tu familia. No era tan descabellado pedirle cuentas a su amiga…

—No te rías, Asja; me harás bajar la guardia. Veamos, no serías la primera que sale con vida de un campo de trabajo con una misión turbia que luego se descubre, o no… ¡En fin, no me lo cuentes, si no quieres! Así podré pensar lo que me plazca. Se dice que Reich y tú...

Se miraron. Bert trataba temas delicados. Muchos camaradas habían desaparecido en las fauces insaciables de los gulags en pocos años. Pero había que alegrarse de que Asja hubiera logrado salir con vida.

—Resulta gracioso constatar que, aunque en todo ese tiempo no pude siquiera avisar de que seguía viva, los rumores han recorrido miles de kilómetros.

—Y eso que las mentes curiosas no tienen buena prensa en la República Democrática Alemana, Asja… Pero, querida, los rumores han sido nuestra fuente de información durante toda la guerra y no hay manera: no nos recuperamos de tan vergonzosa costumbre. —Bertolt soltó una carcajada.

Asja admiraba la agudeza de Brecht y recordó lo placentero que era conversar con él; y él, lo tozuda que era ella. Pero a Asja no había nada que le apeteciera menos que evocar esos diez años de vacaciones forzosas. Así llamaba a su reclusión en la estepa del hambre.

—He decidido recuperar el contacto con lo que era y, sobre todo, volver a trabajar: dejar aquello en un vago recuerdo y mirar adelante.

—¿Olvidar el gulag?

—Sí, olvidar.

—¿Te lo han pedido los del Ejército Rojo? No será una tarea sencilla. Tal y como van las cosas, los que estamos tentados de olvidar enseguida comprobamos que no se puede.

—¿Sigues en el Partido, Bert?

—El Partido pronto ya solo seremos nosotros, Asja. Tú y yo. Así que si tú no me hablas de Siberia, no hablemos tampoco del Partido… Cuéntame qué haces en Letonia: será mucho más agradable.

—He retomado los talleres de teatro. Mientras no hable de política ni me meta donde no me llaman, me dejarán vivir de ello en paz.

Ganaba poco y pasaba hambre y frío, pero mantenía su mente activa. Eso sería bueno para no pensar, reconoció Bertolt, y en esa coincidencia empezaron a relajarse. Hablar de trabajo era cómodo y la conversación fluyó en esa dirección: la exdirectora del teatro letón Skatuve y el fracasado dramaturgo convinieron lo amargados que estaban tras esos años de guerra y penurias. ¡Pero vivos! Y con puestos de trabajo bastante decentes.

—¿Y cómo está el bueno de Reich? —se acordó de pronto Bertolt—. Me comentaron que buscaba actores en Berlín no hace mucho, que prepara muchas obras de teatro, pero no he logrado comunicarme con él.

—Estuvimos separados durante un tiempo… —manifestó, críptica, como siempre que hablaba de sus amantes—. Ahora vive conmigo en Letonia.

—¿Os van bien las cosas por ahí?

—El viento tumba a las vacas porque no hay grano con que alimentarlas y pronto nos tumbará a nosotros, pero siempre hay soluciones para todo. Tenemos nuestros contactos y salen los contratos... Va, cuéntame algo de ti, Bert; esto parece un interrogatorio.

—¡Con lo que fuimos tú y yo, Asja, y míranos…! Poco tengo que contar, aparte de este proyecto que ahora lo es todo para mí.

Su paz, el descanso del guerrero.

Señaló con una sonrisa el cartel de un metro de alto que tenía a su derecha, uno que el pintor Pablo Picasso acababa de dibujar para su compañía de teatro, ese Berliner Ensemble del que había hablado antes Helene. En el cartel, cuatro rostros rodeaban una paloma blanca con una ramita de olivo en el pico, dibujada de un solo y ágil trazo.

—Es mi enésima compañía y, como puedes suponer, hago lo de siempre, así que no voy a aburrirte. No hay mucho más que jóvenes que quieren interpretar mis obras y vetustos críticos que buscan defenestrarme... Estoy cada vez más desilusionado con todo esto.

—¿Por qué? —se volvió Asja, asombrada por el pesimismo de su amigo.

—La rebeldía envejece más deprisa que la piel o el pelo y no estoy satisfecho ya con nada de lo que emprendo. El miedo nos gobierna y en este Berlín de posguerra nadie parece tener opinión directa sobre nada: tampoco sobre mis obras. Me gustaba más cuando discutían conmigo, de frente...

Parecía cansado. Con el exilio, Brecht había sufrido su penitencia y también tenía mucho que olvidar.

—Mi hijo mayor murió en el frente y, el verano del cuarenta y uno, tuvimos que marcharnos Helene y yo a toda prisa de Moscú en el expreso transiberiano a Vladivostok, y de ahí en barco a California.

Habían vivido en Santa Monica, en los Estados Unidos, aislados durante seis largos años, y los americanos no se interesaron en su trabajo, así que malvivió de arreglar los guiones de otros en Hollywood.

—Como puedes imaginar, mis textos no eran aceptados por ninguna de las compañías cinematográficas y…

—Un completo fracaso —corroboró Helene, que acababa de sentarse al lado de su marido—. Hemos vivido muchos desengaños. Y los que nos quedan...

—Pero no debemos quejarnos, Helene. Piensa: mientras Asja tiritaba de hambre y frío en Siberia, nosotros hemos tratado con mentes privilegiadas en ese continente. Fritz Lang, Charles Chaplin… ¡Eso sí mereció la pena!

—Hasta que te enfrentaste al macartismo y dejaron ellos también de dirigirnos la palabra —añadió Helene.

—Y qué otra cosa podía hacer en esa sociedad antisocial —alegó, incómodo ante esas bruscas intervenciones de Helene—. Iban a por mí, Asja. No tuve siquiera que hacer nada: esos locos americanos y sus funcionarios se encargaron de todo. Orquestaron una caza de brujas y nos invitaron a marcharnos. Y, fíjate, Helene —volvió a dirigirse a su esposa, con tono burlón—: aquí ya no tenemos enemigos y puedes pasear con tus rechonchas amigas berlinesas.

—Date tiempo.

Bertolt cerró los ojos y asintió con la cabeza. Su mujer daba sorbitos al té, satisfecha de sus reflejos para fastidiarlo de vez en cuando con apenas dos palabras, y Asja encendió otro cigarrillo para incordiarla a ella.

—Como te decía, Asja, nadie confía mucho en mí ya. Soy un hombre de edad, derrotado. Me tengo que sentar para ponerme los calcetines, pero, no sé cómo, aún me meto en líos. Hace un par de años me detuvieron e interrogaron como a ti los sóviets. Exactamente igual. Todos nos temen, de todos los bandos: ¡algo habremos conseguido con nuestra revolución!

—No sé ni cómo te atreves a bromear sobre todo eso… Asja, créeme: fue una pesadilla. Menos mal que nos avisaron a tiempo y tomamos el primer barco a Europa —refunfuñó Helene—. ¡Siempre igual, Bert! Voy a por más té y algo para merendar… ¡Me ponéis de los nervios!

Bertolt acercó su butaca a Asja y se dispuso a completar sus batallitas. Manoseaba uno de sus puros mientras Asja observaba alrededor, distraída. Había una estufa de cerámica blanca, más estanterías bajas medio vacías, algunas máscaras en la pared. Junto a ellos, sobre un taburete, reparó en los tomos apilados de las obras completas de Lenin. ¡Cuántos recuerdos! Encuadernadas en cuero rojo. Al lado, otra pila con volúmenes más finos de poesía, Spinoza, Leibniz, su amigo Bloch. Y un ejemplar de Calle de dirección única. Aquel librito tenía muchos años, pero la portada, de su amigo Sasha Stone, se había conservado bien. Admiró el brillo de esas señales de tráfico rojas en forma de flechas y superpuestas, con el título dentro: seguían preciosas, apenas un poco descoloridas por el polvo, se dijo tras separarlo de la pila, con cuidado de no tirar los otros libros. Lo había abierto con la respiración contenida. Sí. En efecto. Tal y como lo recordaba. Ahí estaba la dedicatoria para ella en ese extraño librito publicado en Berlín en 1928: «Esta es la calle de Asja Lacis, la ingeniera que la ha abierto en el autor».

Ese libro sobre las rodillas era un viaje, un mapa de las sendas múltiples por las cuales dos destinos se habían empeñado en avanzar, sin éxito. Ella y Walter. Su mente se anegó de recuerdos, impresiones sin relación entre sí que borboteaban como un rato antes el agua de la tetera, y Asja no hubiera podido explicar nada de aquel torrente… Sin embargo, no le había pasado inadvertido a Bertolt que ella había demudado la expresión, que hablaba por sí sola.

—Los viejos tiempos, Asja, los viejos tiempos... ¡Pobre Walter!

—¿Sabes por dónde anda? —preguntó, sin apartar los ojos de las páginas que pasaba, ceremoniosa—. Tampoco he logrado localizarle aún... Eres mi primera visita de esos viejos tiempos. De momento he escrito a una amiga de su hermana Dora, y a la universidad, para que le cuenten que me concedieron la libertad hace unos meses y que estoy en Walmiera...

—Asja… ¿Nadie te lo ha dicho? Walter se quitó la vida.

—…

—Fue en otoño de 1940.

De esta manera le había correspondido a Brecht informar a Asja de que ya no hacía falta que tratara de localizar a Walter. Un escalofrío con quince años de retraso.

Fue como si Brecht hubiera tomado el cerebro de Asja con sus finos dedos y se lo hubiera sacudido. Le costó reaccionar. Conmocionada, su rostro palideció. El sol brillaba exactamente con la misma claridad que un instante antes a través de la ventana, pero, con los ojos empañados, no lo veía. Ambos callaron durante unos segundos que parecieron horas hasta que, al cabo de nadie podía precisar cuánto tiempo, Bertolt carraspeó y trató de dar detalles. Como si eso sirviera de algo. Los detalles, esos avales de veracidad, podían quizás ser un buen escudo para esconderse de las emociones, para evitar que los subyugaran, pensó él. Lo pequeño contra lo diminuto como veladura.

—… Walter trataba de escapar desde junio de ese año. Francia se había rendido ante Hitler y ya estaba a punto de cruzar los Pirineos hacia Estados Unidos… Pero no llegó ni a salir de Portbou. La versión oficial es que se suicidó, acosado por la policía franquista. También se habla de asesinato… Pensaba que a estas alturas alguien te lo habría dicho.

Helene había vuelto. Colocó la tetera sobre la mesa y apartó el cenicero y las tazas con mucho estruendo.

—Pobre Walter. Tu amado erudito… —entró en la conversación.

Ni siquiera la miraron.

—Mira que suicidarse… Me han contado que puso en peligro a quienes lo acompañaban. Su manía de no querer separarse de sus libros y papeles acabó con él. ¡Qué muerte tan estúpida…!

El parloteo de Helene, la brevedad desdeñosa de sus afirmaciones, esa manera de repetir como un eco «pobre, pobrecito Walter, qué cobarde, qué muerte tan estúpida…» fue el sonido de fondo del más grande, el más pródigo en consecuencias, el más definitivo hallazgo de la vida sentimental de Asja. Ella, la fría bolchevique, descubría, a medida que recuperaba el aliento, que tenía corazón, que había amado. ¡Había amado tanto a Walter…! Lo había amado durante casi treinta años; tanto, que sentía vértigo de pronto por no poder recordar ni el color de sus ojos; tanto, que se le cayó el libro de las manos.

Le temblaba la barbilla y tenía los ojos humedecidos. Asja siempre había sabido qué hacer con el espacio. Marcharse lejos. Escapar. Pero ahora no sabía qué hacer con todo ese tiempo que acababa de calcular ni con la grosera actitud de Helene. Aquella noticia y el modo en que la había recibido eran un sarcasmo del destino, un monstruo astuto y traicionero con fauces, un horno que acababa de incinerar las fuerzas de Asja.

Pero reaccionó. Agarró a Helene del brazo.

—Heli, no te permito… ¿Cómo te atreves? ¡Qué sabes tú! ¿Y si no fue cobarde? ¿Y si nada fue como lo imaginas entre nosotros?

—Querida, no te pongas así conmigo. —Helene tenía miedo, y por eso atacó—: Tú fuiste la que peor lo trató. ¡No sé a qué viene esta reacción!

Bertolt negó con la cabeza, se ajustó las gafas con el índice manchado de nicotina y se incorporó de su butaca para tomar las manos de Asja y apartarla de su esposa. Estaban heladas.

—Déjalo ya, Heli, ¡no es el momento!

Helene tenía información para humillarla. Eso era lo malo de haber tenido esa amistad extraña con ella, esas eran las consecuencias de tantas confidencias. Era como haberle entregado una pistola y haberse sentado a esperar a ver si apretaba el gatillo. Y sí: Asja le había dado munición de sobra.

—Bertolt, ¡no me grites! Sinceramente, os excedéis conmigo. Solo decía que Walter gozaba, efectivamente, de gran prestigio entre quienes le frecuentamos, pero era un perdedor... —Le ardían las mejillas—. ¡Anda, esto me pasa por ser sincera! ¡Calmaos y no me miréis así!

—¡Cálmate tú, Helene! —la reprendió Asja, con una mirada fulminante y la voz quebrada—, y no pretendas darme lecciones de sinceridad. ¿Qué tal si dejas tú de criticar a tu marido a sus espaldas, por ejemplo?

Un golpe bajo.

Bertolt miraba al frente y seguía con las manos de Asja entre las suyas. Ambos tomaron conciencia de la música que había sonado todo el tiempo: era jazz. Helene, en cambio, se colocó las manos sobre la boca, se levantó y escapó abochornada a la cocina. Había dado un portazo.

Los detalles no estaban sirviendo de mucho. Brecht prendió un fósforo para su cigarro, sin llegar a hacer tampoco nada con él.

—Disculpa, Asja. No pensaba que...

—Yo tampoco, Bert.

El frío que trepaba por las delgadas piernas de Asja se detuvo en el estómago. Recogió el libro del suelo y lo dejó sobre la mesa, sin mirarlo. Otra arcada. Cruzó los brazos con la cabeza gacha y no dijo nada.

—Lamento que te lo hayamos dicho así —se compadeció Bertolt— y tienes razón: Heli y yo hemos sido un par de idiotas. Poco sabe nadie de por qué se quitó la vida en Portbou, qué pasó... Sus hermanos, Georg y Dora, fueron hechos prisioneros y también están muertos, y la última vez que vi a Walter fue en mi casa, en Dinamarca, y discutimos. De eso hace ya casi veinte años…

Había invitado a Walter a casa y este se presentó al cabo de un año, muy mal vestido, más delgado. Según Bertolt, se había convertido en un hombre viejo con camisa ajada, corbata arrugada, pantalones de dos tallas menos, pero con la cadena del reloj de oro de su padre: casi lo único de valor que había logrado conservar a pesar de las penurias. «Walter, tendrías que hacer algo para ganar dinero; no sigas así», le dijo; pero él tenía una opinión diferente. «La solución no es trabajar más, Bert, sino dejar de trabajar para el capitalismo.»

—Estaba irascible y paranoico. —Como bien sabía Asja, ambos eran expertos en buscar querella por motivos de poca envergadura—. Dijo que mi obra ayudaba a los fascistas, imagínate, y se empeñó en llevarse a París los centenares de libros que Helene y yo le habíamos guardado durante años. Después apenas mantuvimos contacto. Esas reseñas y revisiones de piezas mías… Me enteré de su muerte por una absurda necrológica que publicaron en un periódico yidis. Ni que la hubiera escrito el gran Kafka: «Trágico suicidio del profesor Walter Benjamin, el famoso psicólogo universitario».

De camino a la estación, tras despedirse de Helene y Bert con todas las disculpas de que fue capaz por la desagradable escena que había protagonizado en su salón, y para escapar de la ansiedad, del sincero dolor de quien sabe que ha fallado de un modo irremediable, Asja respiró hondo, se secó los ojos y se sonó la nariz, la cara vuelta como un ávido girasol hacia los cuervos que giraban y giraban como esa impresión en la boca de su estómago. Ese caldo macabro, ese hedor de las plumas de los pequeños carroñeros que cazaban las compañeras de barracón menos remilgadas, y luego ¡a ver quién roía más aprisa los huesecillos! Junto a los cadáveres apilados del campo de internamiento, los cuervos habían llegado a ser casi tan abundantes como las ratas; nunca escaseaban. Los prisioneros se desmoronaban de hambre, la gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el cartón y los cinturones, ¡y los libros!…

Un libro había propiciado el descubrimiento de la prematura muerte de Walter: un libro visto, vivido y soñado, un libro amontonado entre muchos otros, como la miseria de esa ciudad que había conocido luminosa y ahora estaba embrutecida, miserable. Todo, todo se resumía en esos graznidos acusadores y patéticos que le hacían sentir que cualquier movimiento, incluso el de los mechones sueltos sobre su frente, mecidos por la brisa, estaba saturado de infinito deber de redención. Ruinas por todas partes y así estaba ella: demolida. Y no, se dijo: no había sido en absoluto una muerte inadecuada, la de Walter, si consideraba convenientemente esa frase suya que recordaba tan bien: «¡Sobre un muerto nadie tiene poder!». Preferiría estar muerta. Había vivido equivocada aquella relación: no habían sido amigos. No. ¡O sí! ¿Por qué se sentía tan mezquina? Por supuesto, Asja tenía defectos, desde siempre: a veces era demasiado dura. Pero él la eligió y… Asja había estado sola toda la vida y, ahora que ya no podía, quería con todas sus fuerzas volver a él para dejar de estarlo. Ahora: justo cuando ya era imposible y los recuerdos eran un tornado que la arrastraba en completo desorden; uno en el que por fin cobraría sentido también esa palabra alemana —sucedía: la palabra se encendía en su mente como las bombillas tras los bombardeos—que él había explicado con extrema paciencia y simpatía, tan irresistible durante aquellas vacaciones que pasaron en Nápoles; esa que ella había dicho que sí, que la entendía, pero no. Sehnsucht. Cobraba sentido, parpadeaba, le hacía guiños. Ahora. Sehnsucht. Podía verlo. Significaba a la vez soledad y carencia, dijo Walter, añoranza y desamparo, y le recordó la cabeza repleta de alfileres. Dolía buscar a Walter en los recuerdos. Ahora, por fin, ese dolor de recordar la invadía, más feroz que el viento que agitaba las ramas semidesnudas de los árboles. Qué insistencia: sí, sí, Walter se había suicidado, sí, pero lo peor era que quizás Helene tenía razón. Por mucho que le rechinaran los dientes de rabia por haber tenido que escucharla, la evidencia tiraba de sus reflexiones para levantar el velo y poner al descubierto todo el amor y la angustia que se agitaban en su interior como una blasfemia: Asja lo había traicionado. Pese a su profundo afecto por Walter —tan parecido al afecto que había sentido en su vida por otras personas a las que juzgaba excepcionales y a las que también había perdido—, en definitiva, lo había tratado mal.

Walter y Asja. Durante décadas se habían cruzado para tocarse a veces, para hacerse cosquillas y arañazos, y ahora llevaba en el bolso el liviano libro de Walter que era ya lo único que había conservado Brecht de él en su biblioteca: eso y un pesado sentimiento de culpa que no le permitía andar sin encorvarse. Aquel libro… Era un guiño que escondía otros, y olores específicos, y el tacto, y las risas y las señales; a ratos cómplices y a ratos compartiendo solo unas anécdotas y no otras, un camino que nunca fue seguido por ambos de la mano, dos caminos, dos despropósitos... En momentos así, las posesiones se transforman en símbolos de nuestro júbilo, nuestras represiones o frustraciones. Bert le había dado el libro en el portal como si le entregara con él un último reproche infinito, y tan afectada se quedó Asja que había olvidado darle las gracias. ¿Cómo hablar? Apenas había podido pellizcarse con disimulo el labio con los dientes para no llorar, ansiosa por marcharse. Calle de dirección única, como sus pensamientos: una calle de dirección única que ya solo podía llevarla hacia Walter. Quizás era eso lo que él había querido expresar con ese título. Walter era ahora el único camino del que Asja lamentaba haberse desviado. «Tengo que hacerlo», susurró, como si decirlo en voz alta la ayudara.

Le esperaba un largo viaje para reconstruir todo aquello tras ese silencio consagrado a la acción que había sido su vida desde que había hablado con Walter por última vez: un largo viaje en ese mismo tren que, de haberlo tomado juntos veinte años atrás, podría haber salvado a Walter. ¡No era posible! ¡Lo que daría por otra tarde en sus ojos! Desde que lo conoció en Capri, en 1924, y mientras aún no sabía que lo amaba —que fue prácticamente todo el tiempo—, había sentido una oleada de calor, pero, ajena a las señales, apenas había intuido que el verano en Capri sería menos aburrido de lo previsto. Sin embargo… Walter le cambió la vida. Y a ella le había parecido de una enorme futilidad aquella relación, y había actuado en consecuencia. Había creído saber lo suficiente de él y de sus sentimientos, sin prestarles atención ni a él ni a lo que sentía: ahora acababa de comprenderlo. ¡Se había equivocado tanto…! Tantos años... Intercambiaron centenares de cartas. Se habían hecho todo tipo de confidencias. Misivas perdidas para siempre en Rusia, en Berlín, en París. Confidencias que no había valorado.

Hasta esa tarde, Walter había sido un hombrecito en ocasiones molesto que señalaba con el dedo las taras tanto del futuro revolucionario que ella y Brecht perseguían como de la vida aventurera que Asja defendía. Y en un instante todos esos años de arrogancia se habían diluido y ahora, por fin, tomaba conciencia de las gafitas redondas detrás del dedo de Walter y, detrás de ellas, de esos ojos melancólicos que habían parpadeado frente a los suyos unos cuantos miles de veces. Todo en ella era arrepentimiento. Recordaba sus efusiones un tanto angustiadas cuando ella lo había desairado, pero no podía recordar su mirada. Habían viajado juntos, habían reído y llorado, la había abrazado desnudo durante horas tantas noches y, sin embargo, a Asja le costaba evocar el color de sus ojos. No podía haber nada más desgarrador que aquella sensación de que Walter había pasado por su vida para dejar apenas el rastro plateado de un caracol.

Ahora que ya no podría verlo más era cuando se daba cuenta del descuido con que había alternado con él. Walter estaba muerto y ella era quien más lo había maltratado, quien había hablado de él con mayor desdén. Ignorado, escarnecido… Tener que comprenderlo tan de repente dolía.

Le costaba respirar. Se sintió tentada de volcarse en la autocompasión y, como un perro que hubiera perdido el hueso, escarbaba aquí y allá en su memoria. ¿Cómo era Walter? Tenía que saberlo. Pero era lo mismo que preguntarse cómo era ella. Endurecida, siempre enferma en sus afectos y al borde de la locura de continuo, Asja había llegado a creer que podría ser despreocupada eternamente: pero no; incluso superficial para siempre: pero no; que nada tendría consecuencias: pero ahora… ¡vaya si las había! Las consecuencias se le clavaban en las costillas.

Lo había amado mucho. Y aún lo amaba.

Había recibido esa revelación insoportable de Brecht junto con la de Helene de que ella había sido quien menos había merecido a Walter. Culpa. Culpa insoportable. Y no era eso tampoco. ¡Si solo fuera eso…! No sabía lo que era, pero había mucho más. No sabía por dónde empezar a desenrollárselo del cuello, del estómago, del pecho, porque era inmenso; invadida por algo que no era culpa y no tenía nombre aún. No. Y sí lo tenía. Era una indecible ternura. Asja y Walter habían dialogado como águilas, cada uno desde el borde de su precipicio. Se habían amado así, al vuelo, porque ella se empeñaba en no amar a nadie, escéptica, fanática. Los ojos de Walter y su paciencia infinita con Asja.

Esperó casi dos horas en el andén y, por más que se esforzó, solo se le aparecía un rostro con los ojos cerrados. Podía situarlo en Portbou, pero qué más daba. Los tendones del cuello se le tensaban de impaciencia: quería recordar los ojos de Walter. Se sacudió la punta de los zapatos para retirar unas motas de barro seco como si le fuera la vida en ello y susurró que iba a ir a por ellos, que iba a remontar la corriente de los recuerdos. Sí, eso estaría bien. Sería ese un acto de amor para iluminar mejor a aquel Walter a quien no había logrado enfocar nunca, al que hasta esa misma tarde se había empeñado en no ver. Sería esa una forma de agradecerle lo que había en ella que había sido él.

Berlín, 1900

Hacia Watt

Quien fuma exacerba la respiración. La inhalación se vuelve profunda, y en consecuencia, la exhalación, como cuando suspiramos. Cabría preguntarnos, entonces: ¿por qué suspiramos? Eso se preguntaba Asja una y otra vez. ¿Y por quién? Eso sí lo sabía. Las circunstancias adversas como disculpa, pero, luego, la mala conciencia: un trágico sentimiento de culpa. Tachó el primer párrafo. Walter. Tachó el segundo y los reproches que habían empezado a emerger. Con lápiz rojo, como cuando corregía los diálogos de sus obras de teatro y miraba el horizonte de enfrente como si buscara un interlocutor. Volvió a comenzar por el principio. Escribió «no, no hay línea recta ni carretera iluminada hacia quien te ha dejado. Hay que escarbar y además es escurridizo».

También cuando Walter vivía había que mirar muy atrás para llegar a él. Necesitaría emborronar muchas hojas en blanco para alcanzarlo, con sus gafitas que todo lo veían, y para comprenderlo, a él que todo lo comprendía. Demasiado. Lo primero que Asja debía tener en cuenta era de dónde venía Walter, y hacerlo sería, con toda probabilidad, asomarse a un pozo sin fondo. Estaba lista. Asja sintió vértigo pero estaba lista. Vértigo del Walter que se había quedado atrás, de todos esos recuerdos pálidos, deslavazados, hechos una ruina, de la infancia de Walter que él mismo le había relatado tantas veces.

Sentía el sudor frío en la frente. Le vendría tan bien un descanso, unos días… Pero no quería esperar: no había prisa para regresar a ese pequeño mundo de siempre de pensar en sí misma. Hizo cola. Había entrado en una papelería de la plaza de la estación y había elegido un cuaderno de muchas páginas. Si la tendera no se daba prisa, perdería el tren de regreso a Moscú.

Dos monedas. Pensó en el trayecto que la esperaba. El cambio. Un sobre y unos sellos para Bert. Deberían haber conversado más. Sería un viaje incómodo y largo y pesado; casi cuatro mil kilómetros: la distancia perfecta para rumiarlo todo desde el principio, tomar notas, rescatar imágenes, cartas y conversaciones, lo que ella le había respondido; recuperar de cada instante detalles de esa época lejana pero intensa que habían compartido.

Con los oídos obstruidos por el repiqueteo de las ruedas sobre la vía, Asja se dijo que sería como si lo sacara todo de un pozo y luego lo limpiara y ordenara en el regazo con la pulcritud del buscador de tesoros. Lo que él le había desvelado y habían descubierto juntos, anécdotas sutiles como el polvo sobre los muebles de una casa abandonada, emociones e interpretaciones.

Interpretar. Ahí era donde debía mantenerse en guardia si quería ser fiel a la verdad. Su experiencia en teatro representaba una ventaja: sabía que se recuerda del único modo que se puede, que se impregna todo así de interpretaciones, que se contamina; ya lo vería. Quizás, cuando hubiera terminado, se lo daría a Brecht para que la ayudara a revisarlo.

* * *

Dicen que todas las historias hay que comenzarlas por el principio… Los primeros momentos de la vida de Walter que él había compartido con Asja se remontaban a 1900 —un tiempo que él recordaba dorado y de una tediosa calma—, a un día cualquiera de alguna primavera del pasado.

Entonces, le gustaba decir a Walter, los europeos aún tenían buenas razones para confiar en el futuro. Desde la guerra franco-prusiana había habido una expansión de la producción y la riqueza, los alimentos eran mejores y más baratos, la higiene y la medicina habían experimentado avances espectaculares y la rapidez de la correspondencia —telégrafo público a buen precio incluido— permitía una comunicación más eficaz entre los países.

Era difícil pensar entonces que Europa se encaminaba hacia el abismo.

—Que los envidiosos envidien.

Este fue el lema del padre de Walter a la hora de encargarle al maestro de obras el diseño de su nuevo hogar. Algo así como su escudo de armas.

De estatura media, grueso, pelo castaño y difícil que le daba un aspecto corriente si no iba tocado con su perenne sombrero de hombre elegante, el señor Emil Benjamin deseaba parecer a toda costa un dandi y había trabajado duro durante la juventud para lograrlo. Había triunfado y ahorrado e iba a sufragar una vida de ciudadanos impecables para él y su descendencia: se había convertido en un tiburón de las finanzas. Era, en definitiva, el más claro ejemplo de capitalista europeo que se pudiera imaginar.

Emil era hijo de padres adinerados de origen askenazi, liberales y perfectamente integrados, así que había estudiado bastante, pero como lo que le atraía de veras era moverse en los ambientes refinados, poco le había aprovechado. Mimado y mimoso, se había volcado en dejarse ver en los mejores restaurantes y por eso no era precisamente un hombre instruido. Era uno que tocaba el piano con dos dedos sin pudor, malcriado por su madre en Colonia; uno afortunado que logró pronto un puesto de banquero en París.

Tras hacer fortuna, se había mudado a una de las zonas más acomodadas de la capital alemana para casarse y fundar una familia, con una damisela bellísima y tan supuestamente refinada como él —quizás un poco más— a la que no amaba, que iba a quedarse en casa y a consagrar su actividad a vigilar y dirigir las labores del hogar, a cuidarlo, a fabricar y alimentar a sus hijos… De ese impecable acuerdo burgués provenía Walter, el primogénito. Un niño de ojos grandes y mentón pequeño, enfermizo. Un muchachito que llevaba con unción el pesado orinal, pero que, en realidad, era un rico coleccionista de mariposas, sellos y cromos que odiaba a la nurse parisina, un visitador ocasional de tías viejísimas y un espía que para leer escogía rincones discretos, temeroso, mientras a Emil apenas se lo veía pasar de camino a sus asuntos.

Pauline, la madre de Walter, era también enfermiza y trece años menor que Emil, así que el cabeza de familia no puso ningún reparo en que la abuela materna de sus retoños —Brunelle Meyer, viajera empedernida que había llegado al desierto africano y tomaba varios trasatlánticos al año— viviera con ellos, con la condición de que la suya tuviera también su habitación.

La villa de los Benjamin era tan espaciosa que podrían haberse instalado en ella más familiares, de haberles parecido preciso. Cuando su madre estaba en casa, Pauline era risueña, pero, poco a poco, a medida que los viajes se iban sucediendo y pasaba cada vez más tiempo a solas con su suegra, su carácter se fue volviendo más agrio.

—Te felicito, hijo, tiene la piel sonrosada: el punto justo de un rosbif.

Pauline Schönflies se sentía como una mercancía comprada a buen precio también cuando oía a su suegra contar a las visitas que aquella boda había sido un acierto por la dificultad innata para quejarse que tenía Pauline. Sí: ni la anciana señora Benjamin ni Emil disimulaban que habían elegido a Pauline por eso y por ser de buena familia, una muchacha a la que sus padres habían dado paciencia de santa y varios idiomas. Le habían enseñado a hacer postres, servir el té y tocar el piano con soltura y no esperaban absolutamente nada más de ella. Cada mañana —un ritual—, Emil leía el periódico mientras tomaba un café muy aguado y casi eterno junto a su madre y la anciana se dedicaba a decidirlo todo con él y poco más. A hacer brillar los cabellos blancos con un reflejo azulado que ella misma se aplicaba con añil.

Pronto Pauline puso a Emil exactamente en su lugar.

—Emil, últimamente me dices que me quede en la cama cuando te levantas y te acuestas siempre mucho más tarde que yo. ¿Soy la única mujer casada que tiene esta sensación de ser tan insignificante? Empiezo a pensar que prefieres leer el periódico o salir de casa a hablar conmigo.

—¡Qué cosas tienes! —había respondido la suegra. Y asunto zanjado.

Pauline, para consolarse, se refugió en un discreto defecto. Por sí misma y tras dar a luz a su tercer hijo, una niña, se había aficionado a la lectura y, en consecuencia, se había vuelto huraña y un poco respondona. Emil, sin embargo, aseguraba que no había de qué preocuparse, por el momento. Así, la tristeza del matrimonio, cercada por pantallas de lámparas, pedestales, cojines y cortinas, fue germinando y trepando por las paredes, abonada por ambas partes. Y no: no era, ni mucho menos, que el señor Benjamin tuviera una amante, como sucedía en otras casas. Era mucho peor.

Tan rubia, tan perfumada, tan silenciosa, simplemente sucedía que Pauline era un fantasma sin densidad para el señor Benjamin y su madre y ni se les ocurría que tuviera que ser de otro modo.

Emil era viajado y cosmopolita, pero de carácter distante, como los espejos con el azogue agrietado del recibidor, y para ser feliz tan solo precisaba que sus éxitos hablaran por él, que sus propiedades le hicieran parecer más importante de lo que era. Obtenía notables beneficios en sus negocios. ¿Qué más podía desear? Sonrisas de mujeres hermosas y halagos de las que no lo eran tanto, nada más. Tanto su esposa como sus tres hijos, Walter, Georg y Dora, eran una inversión excelente… En definitiva, de puertas afuera, el matrimonio ofrecía una impecable imagen de éxito: él tenía garra para la prosperidad económica y Pauline compensaba la falta de estudios del señor. Apariencias. Había abierto una tienda de antigüedades, coleccionaba arte y tenían aquel vino tan caro y dormido, a la espera de revenderlo al mejor precio, en barricas de encina del Rin, en la bodega en la que llevaba miles de marcos invertidos.

Solo los más cercanos supieron ver que Pauline se había trastornado. Un día abrió los ojos: escuchó a los mozos que traían el carbón y bromeaban sobre mujeres con el señor Benjamin. Él reía a carcajadas, con las manos en los bolsillos del chaleco; su rostro bronceado y sus ojos dilatados brillaban de excitación. ¡Cuánto le disgustaron esa falta de discreción de su marido y aquellas carcajadas! Se volvió rígida y empezó a aplicar normas extrañas. Por ejemplo, ya que no podía imponérselo al padre, no dejaba salir a los niños a la calle más de tres veces al mes, y solo podían hacerlo acompañados de un adulto. Las calles no eran para ellos, decía: olían a puchero de carne y a leña quemada; los pobres parecían estatuas amenazadoras, las aceras, porcelanas resbaladizas, y había mujerzuelas, añadía, apoyadas en los portales, y niñeras sonrosadas y señoritas casaderas: todas esas pobres muñecas que formaban parte del mundo oculto de la burguesía, según las novelas que leía Pauline, horrorizada.

Walter y sus hermanos se dirigían a ella como «distinguida señora», en vez de llamarla «madre». Con ellos sí pudo imponerse a tiempo. Para cuando tuvieron uso de razón, ella ya se había convertido en una mujer de continuo molesta que dedicaba su tiempo a darles órdenes, a leer y a contemplar esas velas en vasos de vidrio que tardaban días en consumirse y que colocaba por todas partes. Pauline aseguraba que la gran mansión era oscura y fría, pero no dejaba abrir los portalones. Se sentía tan sola que tuteaba a sus criados, jugaba a las cartas con la doncella (que se dejaba ganar) y hablaba con el servicio externo con expresiones cariñosas (un verdadero escándalo). Los niños aprendían francés con la nurse y recibían clases extra de ciencias y de matemáticas entre las balaustradas, molduras y ventanas esmeriladas del hogar, mientras Pauline se ocupaba de supervisarlo todo al tiempo que bordaba una seda doblada sobre las rodillas o leía por enésima vez alguna de sus novelas románticas. ¡Y Emil salía tan a menudo de viaje de negocios…!

Hasta que un día, Emil, al observar que la falta de trato con niños de su edad y el aire libre había vuelto a sus tres hijos tímidos y pedantes, buenos estudiantes, pero silenciosos y asustadizos, la reprendió por tener descuidados a los pequeños en manos de nurses y profesores particulares y ella se volvió, airada, y le dijo que era hora de aplicar mano dura:

—Eres un desastre de marido, pero, como padre, eres aún peor que yo.

Lo dijo en presencia de los tres hermanitos. Sabían que los amaba, a su manera. Solo disgustaba a Pauline que el mayor fuera defectuoso, miope, aunque pronto descubrió que era el que más se parecía a ella, el único que consideraba un lujo el recogimiento y la soledad de la lectura. Era Walter un niño ensimismado como ella, capaz de decir que sí a todo y al que también se le había vuelto la mirada hacia adentro. Ojos astutos, increíblemente astutos, grisáceos tras los gruesos lentes.

—Menos mal de la literatura, ¿verdad, hijo? Es maravillosa —susurraba Pauline, moviendo los dedos como si cazara burbujas en el aire—, ¡consuela tanto con tan poco…!

En ningún lugar del mundo se afanó más una madre en perseguir las posibilidades de hacer a su hijo distinto a su marido, completamente distinto, lo que generó nuevos comentarios por parte del padre. Un padre y un enemigo.

Entonces Walter entornaba los pies y se miraba los zapatos.

Intuición filosófica

La tarde de su duodécimo cumpleaños, Walter leía en un rincón cuando sonaron las cinco menos cuarto con más ajetreo que de costumbre, pues entró la criada con unas manzanas para hornear en la estufa y, con ella, un mozo que se encargaría de encender todas las lámparas. En todas las habitaciones las había, grandes y de cristal de roca, pero no se encendían más que la mitad de sus bombillas. Excepto cuando lo ordenaba el señor Benjamin.

Solía ser cuando tenían visitas y los niños debían subir a sus cuartos con la madre, pero esta vez mandaron al piso de arriba a sus hermanos y Watt —así le llamaban en casa— tuvo que quedarse en el salón. Con su padre.

—Deja ya de leer, hijo: vas a perder la poca vista que te queda.

¡Qué le importaban sus dioptrías a Walter! Lectura, música y chocolate, excelentes divinidades para su edad; pero, dócil, abandonó ese libro espléndido que describía con grandes ilustraciones el desarrollo de los planes de batalla y los acontecimientos de la guerra franco-prusiana y aguardó instrucciones con ojos dubitativos, mientras Emil untaba mantequilla sobre un panecillo.

Watt era tan enclenque que no aparentaba ni nueve años, y que su padre quisiera tenerlo cerca era una situación incómoda. No tenían apenas relación y el pequeño hubiera preferido mil veces ayudar a su madre a ordenar el armario de ropa blanca, como la tarde anterior.

A veces, los adultos no entienden lo solitario que es ser niño.

Pauline estaba también en el salón. Apartada, junto a la antepuerta, inmóvil, con el vestido muy entallado, sugirió que Watt podría estudiar los preparativos de las manzanas con canela y miel que la doncella había dispuesto sobre la estufa. Unos minutos y la piel de las manzanas empezaría a tostarse. El azúcar burbujearía y… Entró el hermano matemático de Pauline, profesor titular en Frankfurt y una eminencia según todos.

—Menuda sorpresa, hermanito. No sabía que ibas a visitarnos hoy —lo saludó, con esa expresión ambigua de cuando anunciaba, un par de veces al año, que había que deshacerse de una camada de gatos.

Arthur Schonflies también estaba incómodo y Emil, que se había citado con él durante semanas, le guiñó el ojo con una burlona mueca de tristeza y dio un sobresalto a Watt: lo llamó Walter de nuevo y lo invitó a darle la mano a su tío y a sentarse a su lado. La doncella podía servir las manzanas y el té.

Walter recibió la suya, pero no se atrevía a comer ni a moverse. Solía tener calor a todas horas en aquella casa, pero se había quedado helado, así que pensó en calentarse las manos bajo el bol de la manzana, como un ave que incuba, y no podía dejar de pensar en la cara que había puesto Pauline. Sí, sería peor cuando se enterara de que aquella familiaridad se debía a que su tío Arthur le había hecho numerosas pruebas de matemáticas durante semanas, a escondidas, por orden del señor Benjamin.

El tío Arthur se colocó las gafas sobre la punta de la nariz y empezó a hablar con su característica voz gangosa, levantando la cabeza de vez en cuando para mirar a Emil con una sonrisa enigmática que intrigaba a Pauline.

—… No hay duda: después de las pruebas a Walter, puedo constatar que está dotado —e hizo una pausa, pomposo— de intuición filosófica.

Walter apretó las manos. ¡Su madre entraría en cólera si lo descubría todo! Le dio vueltas al bol y, sin saber por qué, lo dejó caer al suelo. Un golpe seco y el cuenco quedó partido en media docena de pedazos.

Rompía cosas a menudo y era un alivio, la reprimenda: esa cantinela «Herr Ungeschickt lässt grüssen» —«el señor torpeza te saluda»— de su madre para espabilarle cuando cometía cualquier despropósito, olvidaba algo o tropezaba. ¡Tan a menudo…! ¿Y ahora? Quizás la niñera lo acostaría sin cenar y luego Pauline pasaría unos minutos por el cuarto y le contaría un cuento para sentirse buena madre tras haber tenido que castigarle… Pero aquella tarde todo cambió. Pauline ni se inmutó con los pedazos de porcelana desperdigados por el suelo y, en cambio, el señor Benjamin empezó a gritar a Walter como nunca. ¡Que dejara de hacer estupideces de niño malcriado, que ya estaba mayorcito para esas cosas, que…! Ordenó a la doncella que recogiera de inmediato el estropicio y les sirviera a él y a su cuñado una copa de vino dulce.

Walter rompió a llorar y se lanzó a los brazos de su madre con el deseo de aferrarse eternamente a ella, a ese amor excluyente, y esta vez Pauline, como si le hubiera leído el pensamiento, no lo rechazó como solía hacer, ya que en los ojos húmedos y oscuros de su hijo le había parecido ver la cristalización de todas esas penas inciertas que ella no podía evitar desde que se había casado. Entonces, ¿su hijito era filósofo, le decía el traidor de su hermano a su marido? ¿Ese era el truco, decir que el niño era filósofo? ¿Así iban a quitárselo? Apretó su cabecita contra el pecho.

Sí. Emil había dejado de reírse en los cabarets, en los cafés, en la pista de patinaje… Había decidido tomar cartas en la educación del hijo mayor, según él en peligro por culpa de Pauline y sus influencias. Desde hacía meses, se esmeraba en supervisar sus estudios y había solicitado la opinión de Arthur para tomar una decisión. Drástica, si fuera necesario. Temía que su esposa pudiera convertir a Walter en un pusilánime… Pauline se iba a poner a llorar de un momento a otro, mientras escuchaba todo aquello y apretaba los dientes, llevada por una rabia que no quería demostrar de hecho ni de palabra. Su hermano no se atrevía a mirarla siquiera.

—Walter, hijo, hubiera preferido una carrera con más futuro para ti, pero confío en el criterio de tu tío. Ha llegado el momento de mandarte a estudiar fuera y, si tienes que ser filósofo, pues lo serás.

—Bien pensado, es una carrera de buen gusto y perfectamente compatible con los negocios familiares —intervino el cuñado.

Emil pagaría los mejores colegios, resumió pomposo, y miró a Pauline de reojo y apuñaló el aire con su regordete dedo índice para añadir:

—Pero tendrás que ser el mejor cada año, ¡o recibirás un buen castigo! —y lo enfatizó con un manotazo en su hombro de pajarito: un golpe muy parecido al del martillo con que Emil remataba las ventas de subasta en su tienda.

De la paz a la guerra

Walter fue enviado lejos de Berlín para pasar dos años en un internado en el campo y Emil estaba pletórico. El aire libre, el senderismo y la rutina escolar robustecerían a su retoño. Así fue. Y se sintió radicalmente distinto al resto de sus compañeros desde el primer día y tuvo que transformarse en una especie de tortuga que, a la mínima, se escondía en su caparazón. Funcionaba. Se había despedido de sus hermanos y de su madre con lágrimas, con ese miedo mezclado con euforia tan palpable como la pérdida de los dientes de leche, pero fue empezar a vivir fuera y ya tenía mejor color, ni siquiera le costaba conciliar el sueño sin los cuentos de su madre. Como solución, decidió dormir menos y pasar las noches dedicado a la lectura; luego desayunaba, acudía a las clases y se permitía breves siestas. Así, se ahorraba tener que tratar con nadie, mientras su prodigiosa agilidad mental se revelaba inversamente proporcional a su lento desplazamiento corporal y ese caminar pesado devenía en frecuentes paradas para reflexionar, acompañadas de la doble exclamación francesa, «Tiens, tiens», que había aprendido de la nurse.

Por ello, algunos compañeros lo apodaron jocosamente «Tiens-tiens» y esas burlas lo obligaron a sacar un mal genio que nadie habría imaginado que tenía. El Walter bonachón se había esfumado y sufría violentos ataques de cólera por nimiedades, como perder una partida de ajedrez, y en esa atmósfera se sucedieron los cursos, hasta que ganó el acceso a las universidades más reputadas de Berlín y Friburgo y el pequeño melindroso pasó a ser un jovencito desmañado que sacaba cada vez mejores calificaciones académicas, pero que también le sostenía cada vez mejor la mirada a su padre. A esto último el señor Benjamin le quitaba hierro, confiado en que la disciplina de la vida universitaria le pondría fin en poco tiempo. Todo lo contrario.

—Tendría que darme algún dinero más esta semana, padre.

Emil miraba muy serio.

—¿Cuánto dinero y para qué?

—He encargado libros y tengo que pagarlos sin falta.

—¿Cuánto? —insistía.

—Me arreglo con sesenta o setenta marcos —respondía con respeto, pero sin bajar la mirada.

—Hace poco te di ochenta —recordaba Emil, despacioso—. ¿Se puede saber qué haces con el dinero?

—Lo empleo bien —respondía el hijo, sombrío y con la lección aprendida, pues entonces preguntaba a Emil por sus negocios: a eso sí jugaba con agrado el señor Benjamin. Se le llenaba la boca, como si su hijo fuera uno de sus colegas, al contarle lo bien que iban últimamente sus proyectos urbanos, tan innovadores: esos que lo mantenían durante horas al nuevo aparato de teléfono que habían instalado en casa entre el cesto de la ropa sucia y el gasómetro.

—Pronto, hijo, estarás preparado y podrás ayudarme en mis prósperos negocios. Así podrás disponer de tu propio dinero…

Walter no tenía la más mínima intención de hacer eso. Esbozaba una sonrisa tras cada ingenuidad burguesa de su padre. ¿Qué prósperos negocios? Estaba informado.

Sabía que los sucesos de octubre de 1917 en Rusia y las tormentas políticas que habían conmocionado a Europa entera avanzaban de nuevo, tras una aparente tregua. Su padre era un iluso de tomo y lomo. ¡Menudas discusiones tendrían, si le dijera lo que pensaba!

Pero el señor Benjamin no sabía ni la mitad de lo que hacía y pensaba Walter; haberlo averiguado entonces lo habría dejado atónito. Emil se limitaba a pagar facturas académicas, mientras la sangre revolucionaria hervía en las venas de su hijo mayor, pues Walter estaba perfeccionando esa habilidad para rebelarse en silencio que le había faltado durante la infancia y sus únicos proyectos de futuro eran leer, escribir, recortar, pegar, armar y desarmar historias. Sin embargo, Emil insistía y, finalmente, durante unas vacaciones, decidió que era el momento de que entrara a trabajar en un banco, como había hecho él a su edad. Se lo anunció en la mesa a la hora de los cafés.

—Por desgracia, voy a tomar otro camino, padre.

Walter no quería dejar la universidad y lo que le proponía su padre era todo lo contrario de lo que había empezado a soñar. Emil se lo tenía merecido, por haberle hecho caso a su cuñado y haberlo embarcado en el dolor de la lucidez, por haberle hecho estudiar entre desconocidos y vivir solo, así que no hubo manera. Por más que Emil se soliviantó, no logró quitarle a su hijo la idea de que hacer carrera como docente universitario era el camino más adecuado. Walter lo decía tan seguro que intimidaba, con esa sonrisa madura que había empezado a curvarse en sus labios desde que firmaba polémicos artículos en una revista subtitulada «Arte y literatura del futuro», y se había empezado a interesar por corrientes de pensamiento extrañas, por todo aquello que solo compartía con su hermano Georg —quien, por su parte, se había vuelto un comunista del todo discreto—, y juntos se interesaban por lo que fuera en contra de la burguesía. No sabían qué les depararía el futuro ni en qué condiciones lo vivirían, pero habían resuelto que sería en un mundo más ancho que el de los convencionalismos en que se habían criado, lejos de esa forma de entender la vida a la que pertenecían por familia, aunque ya no por sus ideas, invadidos ambos por una energía desconocida.

Le gustaba a Walter reír y gastar ocurrentes bromas a los catedráticos envarados y su pseudónimo para que no descubrieran sus artículos era Ardor. Walter, el estudiante de filosofía que costaba una fortuna, iba a por todas contra cualquier hipocresía y el señor Benjamin también se habría llevado las manos a la cabeza, de haberlos leído.

—Hijo, ahora eres joven y te crees que lo sabes todo, pero ya hablaremos cuando empieces a ver mundo...

Y Walter decidió, de inmediato, empezar a viajar en serio.

Engañó con facilidad a su padre cuando le aseguró que escribiría crónicas sobre su encuentro con la pinacoteca de Brera, La última cena de Leonardo da Vinci o la Arena de Verona. El veto de las fronteras tras la guerra acababa de levantarse. Luego, otro viaje a Italia en Pentecostés, con dos amigos, y, al cabo de unos meses, a Suiza. El año siguiente fue a París… Y en todas partes nunca se acostaba antes de las dos o las tres de la madrugada y leía filosofía cuando empezaba la verdad de la noche, literatura de Heinrich Mann, Hermann Hesse y Guy de Maupassant. Las mañanas las pasaba en el Louvre, Versalles, Fontainebleau y el Bois de Boulogne; por las tardes, las calles, las iglesias y los cafés le hacían señas, y sucumbió a películas y cabarets. En el teatro y en el bulevar se sentía en casa.

De pensar por sí mismo, de niño tímido y acomplejado, había derivado en joven osado, autónomo, bello, intocable, pero que aún conservaba rosadas mejillas, el cabello negro rizado de querubín y la frente amplia. Adquirió también un brillo cínico en los ojos después de desvirgarse con una mujer de pago como aquellas que, años atrás, su madre no había querido que su padre imaginara siquiera. Sin embargo, sus amistades eran superficiales y todavía le costaba tener amigos de verdad. Generaba algo indescriptible, parecido a la desconfianza.

Sus labios gruesos y sensuales, mal ocultos por un bigote espeso, eran un rasgo que no encajaba con su vehemencia, su postura corporal tan apocada y sus gestos tensos. En definitiva, carecía de espontaneidad, excepto cuando hablaba de los asuntos en que estaba involucrado.

Entonces sí se hacía oír.

A la vuelta de sus viajes, fundó un círculo literario, alrededor de una mesa sostenida por caballetes que cojeaban, y empezaron a discutir textos de Marx y Engels, junto con obras de Shakespeare, Hebbel e Ibsen.

—Los lazos que mantienen la burguesía son el aburrimiento y el dinero —repetían en Suiza, entre copas de vino y tabaco de pipa, Walter y los amigos que habían empezado a leer a Marx.

Era un apartamento alquilado entre todos y podían acudir también —en riguroso secreto, porque estaba prohibido— muchachas que hubieran perdido el recato por completo, ávidas de conocimientos y con las que Walter y sus amigos tratarían de tener disparatadas, gallardas, inagotables aventuras… Aunque sufrieron reiterados desengaños con las jovencitas burguesas, quienes, a la hora de la verdad, no se dejaban ni besar, las reuniones en ese estudio, su célula de resistencia contra lo establecido, fueron fructíferas. Eran pensadores. Eran rebeldes y, definitivamente, el señor Emil Benjamin, como los padres de los demás compañeros, había perdido su autoridad.

Aquellos jovenzuelos se especializaron en el ataque a lo antiguo y a las contradicciones de sus adinerados padres, y de la soledad de no poder seducir a las estudiantes se consolaban cada quince días con la efímera compañía de alguna meretriz, lo que maravillaba a los compañeros más pacatos, y precisamente de eso querían filosofar también, pues eso sí los unía a sus padres. Resolverlo fue uno de los temas que más prestigio otorgó a Walter en el círculo.

—El sexo y el miedo mueven el mundo. La prostitución puede exigir que se la considere trabajo desde el momento en que el trabajo es prostitución…

Sí. Sus análisis solían ser impecables e incluso escribió relatos sobre esas zonas oscuras de las vidas de los adultos, sobre el deseo, la carne y la economía. Nadie de su edad se atrevía a expresarse así, lo que hacía que lo respetaran cada vez más, pero su padre insistía en contarle por carta los burgueses planes que tenía para él.

Un día, Emil rozó el ridículo. Trató de compartir sus preocupaciones. Por fin el señor Benjamin reconocía todo aquello de que Europa apenas empezaba a recomponerse y de que se avecinaba otra guerra. Y, si las cosas seguían por ese camino y Walter no lo ayudaba y se ponía a trabajar con él de inmediato, podían arruinarse.

—Puede que valga más así, padre: que nos arruinemos del todo y construyamos algo nuevo.

—No seas cínico —le regañó, un poco asustado—; menudas ideas.

Walter ya no le temía; lo deprimía escuchar a su padre. Sabía lo que había sucedido. Emil y los de su generación eran grises, y la vida, en color.

—Es inútil que insista, padre: voy a doctorarme. Este año no iré a casa a pasar las vacaciones, para poder ponerme al día en las materias.

—Te pondremos un plato en la mesa. Y, como no vengas, arruinarás la velada —amenazó Emil, y, tras decir eso, colgó el teléfono.

La unidad familiar navideña era la excusa de Emil para impedir cualquier distorsión y únicamente porque Walter decidió no tensar demasiado la cuerda esta vez aún se salió con la suya. No obstante, aquella Navidad fue diferente. Para vengarse, Walter había decidido abrir la caja de los truenos y propuso la lectura de uno de sus artículos, sentado en el comedor ante la familia al completo. Ya era hora de que supieran cuánto había cambiado y el señor Benjamin —que lo miraba con miedo, mientras el cuchillo de trinchar en su mano goteaba un líquido cremoso— reconoció perfectamente de qué hablaba aquel texto, por mucho que Walter hubiera cambiado nombres y lugares. El Walter protagonista del relato tenía unos doce años y contaba cómo Emil le había rogado que no contara en casa lo de aquella noche del Año Nuevo judío, aquel raro momento. Habían ido juntos a una pista de patinaje y ocio de Berlín, el Palacio de Hielo —con una importante participación financiera de Emil en su construcción, por cierto—, y una meretriz, con un traje de marinero blanco muy ajustado, sentada sola en la barra del bar, les había guiñado el ojo al hijo y al padre y Walter había observado que iba maquillada exactamente igual que Pauline en las ocasiones especiales. Aquella mujer, sin embargo, los miraba mucho más sonriente… Todo eso contaba Walter en aquel texto. Acababa de dejarle claro a su padre que podía contárselo todo al mundo entero: que ya pensaba por sí mismo.

El llanto desconsolado de Pauline fue como si una luz de alerta se encendiera. Emil recogió el guante: se propuso averiguar qué sucedía, qué hacía realmente su hijo en la universidad, y comprobó, desconsolado, que era cierto. Walter era un rebelde, se había convertido en un jovenzuelo engreído con un genio tan vivo que jamás callaba si corría peligro la libertad de pensamiento, que sonreía displicente, con sus dientes manchados de café y de tabaco, a la menor ocasión que tenía de criticar al poder, a los padres, a los catedráticos…

A la primavera siguiente, Emil dejó de ser despreocupado con su asignación, pero a Walter no le importó. Consideró que había ganado con aquello, pues, de regreso a la universidad, había relatado a sus colegas lo que había hecho y, con esa prueba de valentía inaudita, había obtenido la admiración de todos y la aceptación en un nuevo grupo un poco más rebelde aún. Los del nuevo colectivo de debate eran casi todos poetas y unos años mayores que Walter, quien se sentía en el punto álgido de su sociabilidad. ¡Qué feliz fue durante aquel período de bohemia artística y fraternidades!

Aquello duró casi todo un curso y aprendió que los que sueñan de día ven cosas que no verán nunca los que sueñan solo de noche. Descubrió a poetas clásicos y contemporáneos que lo embriagaban más que los licores que compartían de madrugada y que amenazaban con destrozarlos con la resaca posterior… Hasta que, a una semana de la guerra, dos miembros destacados —el joven poeta Fritz Heinle y su prometida, Rika Seligson— abrieron las espitas de gas de la cocina del apartamento de las reuniones y se suicidaron, al parecer, por el pavor que les producía el inicio de la violencia… La guerra había empezado a cobrarse víctimas, sin necesidad de llevarlas al frente.

¿Héroe o culpable?

No hay que dar muchas vueltas para comprender la aversión que el bachiller Benjamin sentía por la propaganda patriótica que había penetrado en su universo académico ni el efecto que tuvo en él aquel doble suicidio que había convertido el fervor liberal e ilustrado en el que había crecido Walter en una profunda conmoción que lo sacudió. No sabía si debía sentirse héroe por seguir vivo o culpable por no haber hecho lo mismo que sus amigos, muertos porque veían la guerra como el sacrificio inútil y espantoso de una generación traicionada… En cualquier caso, aquella confusión agrietó su espíritu y lo silenció durante un tiempo.

—La historia debería poder leerse en los posos de café para evitar estas cosas —confió un día a uno de los mejores amigos de la pareja de jóvenes poetas que había volado de su lado.

Sí. Deberían haberlo previsto. Fritz y Rika se habían llevado con ellos buena parte del desparpajo casi recién inaugurado de Walter y sus amigos: lo habían inhabilitado al volar ligeros como plumas, víctimas del pesimismo que había invadido a los jóvenes ante el inminente alistamiento en una guerra en la que no creían, pero, paradójicamente, para que nadie supiera de su extremo pavor, Walter optó por hacerse el despreocupado y no regresar a casa en verano. Prefería, dijo, pasar más días de viajes caros y llenos de lluvia refrescante, con nuevas excusas académicas que sufragaría su confiado padre. Podía ahora amenazar a sus padres con el suicidio, bromeó, sarcástico.

Pasó así un curso entero de idas y venidas. ¿Por qué no aprovechar que estaba vivo, que su familia aún podía darle una vida acomodada de tabletas de chocolate, muebles nobles, copos de nieve al otro lado de la ventana y saquitos de lavanda en los armarios, además de los mejores estudios?

—No te inquietes más, Pauline. A esta edad los muchachos están en su mundo. Cuando uno es joven, se muestra impaciente con cuantos lo rodean. Ya hablaré con él más adelante…

No era solo eso. Sus amigos suicidas, además de aquella extrema melancolía, le habían inoculado el veneno de la poesía y Walter había empezado a traducir a Baudelaire, con el argumento de que podría ganar dinero si lograba publicar esas traducciones.

Pero no era tan fácil.

La verdad fue que gastó más tiempo del debido en aquella empresa y pronto volvió a quedarse sin dinero, aunque también sus reseñas aparecieron casi cada semana, al menos dos veces al mes, bien visibles en el Frankfurter Zeitung y en el Literarische Welt. Sin embargo, todo era en vano: seguía sin ser independiente… Llegó diciembre —el final del semestre, el frío invierno— y sus padres lograron que regresara y Emil se alegró de haber estado en lo cierto desde el principio: bastaba con cortarle el grifo del dinero.

Walter llegó a Berlín a regañadientes y se sintió perdido entre la multitud de paraguas, invadido por una mezcla de asco y placidez. Ya que no podía huir, podía aplicar la estrategia de asustar a sus padres. Tomó nuevas decisiones curiosas, como hacer una lista en un cuaderno de los libros que había leído desde el bachillerato —más de mil setecientos—, por si Emil se atrevía a echarle en cara que estudiara, o componer y recitar ante todos una triste y casi alevosa historia dedicada esta vez a su madre, Pauline, con ocasión de su cumpleaños. Sin embargo, el resultado no fue el de la vez anterior… Había perdido el desparpajo, la fuerza o lo que fuera que tuviera antes. En esta ocasión, nadie se dio por aludido ni se ofendió. Su temblorosa lectura en voz alta fue considerada, sencillamente, incomprensible y comprobó que había perdido pie: había perdido el rumbo, inmerso en su propia trampa.

Sí, había profundizado en sus estudios de filosofía y había adquirido soltura para pensar, se dijo, pero el problema que lo atenazaba ahora era expresarse. Pasó noches en vela, dándole vueltas al asunto, y, sin decírselo a nadie, a su regreso a la Universidad de Friburgo se matriculó en la facultad de Filología.

Iba a escribir. Con claridad. Para que le entendieran. Enfebrecido, también trató de montar una revista y presidió la Asociación de Estudiantes Libres de Berlín, tan crítica con el nacionalismo alemán que empezó a cultivar enemigos serios fuera de la universidad. Poco después, consideró que el entorno intelectual no era de su gusto y se dedicó a promover una reforma educativa. «¿Deseas impresionar a alguien?», le preguntaban sus compañeros más prudentes, extrañados ante tantos cambios y excitación.

El impresionado era él. Lo acababan de reclamar para que se alistara en el ejército y le temblaban las piernas solo de pensarlo. Justo a tiempo, obtuvo una licencia de estudiante, pero volverían a insistir en menos de un año, y la guerra se había hecho mundial.

—Hijo, si no aceptas esta vez el puesto en el banco, ya puedes despedirte de mi soporte para estudiar. Ya no tienes edad para ensoñaciones juveniles.

Sí. Para colmar el vaso, había una guerra en la guerra: aquella que sostenía con sus padres, que le reclamaban que sentara la cabeza. Por eso decidió marcharse un poco más lejos y se desplazó a estudiar a Múnich, donde no le quedó otro remedio que volver a matricularse en Filosofía; de lo contrario, su padre habría descubierto su vacilación académica, su fragilidad, y, aunque a Pauline la asustó esta decisión, porque iba a estar aún más cerca de las zonas de peligro, finalmente ni hubo peligro ni a Walter le sirvió nada de todo aquello para aclarar las ideas de lo que deseaba hacer en el futuro. Otra experiencia decepcionante.

Era un burgués más, debía reconocerlo. Uno tan solo y aburrido como la mayoría de la gente, solo que él aún podía permitirse cambiar de facultad, de ciudad; cada vez más descentrado, como en una centrifugadora. Y solitario, siempre solitario, salvo por algunas almas afines. Así lo reconoció cuando descubrió la sinceridad despiadada de aquel joven pálido, Rainer Maria Rilke, o la ambición de hacer algo importante en la vida de su nuevo amigo Gershom Scholem, un estudiante de matemáticas como su tío Arthur… Fue precisamente este último quien le hizo notar lo ridículo de seguir dando tumbos, perdiendo el tiempo, mientras miles de hombres morían en las trincheras. Debía ser útil. ¿Cómo? Gershom lo inspiraría.

La primera encrucijada

Scholem lo había convencido. Walter encontró en sus consejos un camino transitable que le permitía aliviar los sentimientos de culpa que arrastraba, y le ayudó a tomarse más en serio que nunca su carrera académica. Pilas de libros altas como torres. Se evadía en el trabajo, se dejaba invadir; cualquier tarea lo obnubilaba y tendría a sus padres deslumbrados cuando lo contara. Iba a ser profesor, repetía convencido cuando le reclamaban por teléfono que regresara y se pusiera a trabajar. Nada podría distraerlo de su misión, de su camino hacia el saber, hacia el reconocimiento. Casi nada.

Un día, Gershom, con el que ya había viajado a los Alpes bávaros hacía poco y al que había descubierto frágil y contradictorio como él, señaló como un oráculo, con insistencia, otro camino de lo más extraño: le hizo notar que una tal Dora Sophie había acudido con un ramo de flores para Walter a escuchar una de sus conferencias en la Sprechsaal, esa nueva y estimulante sala de tertulia que el joven filósofo había fundado en la conservadora Universidad de Berlín, un foro de debate independiente para estudiantes críticos que acogía conferencias semanales. Scholem dijo que eso era una señal.

—¿Una señal de qué, Gershom?

—Trata de impresionarte, pero es la hija de un prominente sionista. Esa vienesa te conviene, Walter.

Qué ambicioso era, cuánto tenía aún que aprender de él…

En la conferencia había mujeres encantadoras, algunas asiduas, con las que Walter no se atrevía a hablar. La presión de tener que mostrar la mejor versión de sí mismo lo paralizaba y, sin embargo, una especie de liberación emanaba de aquella desconocida delicada, elegante, hermosa, de cabellos de color rubio oscuro y algo más alta que Walter… Tal y como le había sugerido Scholem, habló con ella, más allá de darle las gracias por las flores, receloso, y, en efecto, resultó de lo más extraña.

Tenía Dora Sophie Kellner una excelente posición social y no era que le faltaran pretendientes, pero le gustaba Walter, lo que a sus confidentes les pareció no solo una extravagancia, sino una temeridad. Estaba casada y Walter, con veinticinco años, ni había terminado sus estudios. Pero Dora se había fijado en él. Alguien le había contado que su padre, el señor Benjamin, era el ejemplo de perfecto burgués en que Dora esperaba verlo convertido en unos años. Algo así como un refugio. Una absurda barbaridad, un despropósito.

Y no había quien la frenara. Fría y feliz, lo miraba como quien contempla, seguro, el mar desde la orilla. Dijo que estaba allí porque ella y su marido deseaban aprender sobre el alma humana, que eran anarquistas y nihilistas, ni más ni menos. Sin embargo, parecía inteligente. Le tendió la mano y dijo:

—Posee usted un gran talento, Walter.

No tenía mucho sentido. Él había improvisado su conferencia con desgana, sin dirigir siquiera una mirada a su público. Había contemplado con los ojos fijos un rincón remoto del techo, al que parecía arengar con intensidad. Walter aceptó el cumplido como había aceptado las flores y se marchó por el pasillo polvoriento, pensando que, en verdad, nunca unas flores le habían producido tanta emoción. Supo que durante toda su vida había tenido ese deseo: que alguien viniera a tomarlo de la mano y se ocupara de él.

A las pocas semanas, la atracción entre ambos era evidente, así que Scholem propició nuevos encuentros: como colegas, decía, pues, si Dora estaba casada, Walter estaba, a su vez, comprometido con una novia que vivía fuera. Se limitarían a hablar largo y tendido de proyectos, de lingüística, de Sócrates; comentarían poemas de Hölderlin en largas tertulias con el marido, el periodista Max Pollack, y otros amigos… Poco a poco, Walter se fue relajando y le confesó a Dora que había tenido una infancia con muchas carencias de orientación judía. Entonces Dora se rio y dijo que aquello tenía remedio. Con Gershom y Walter habló de la posibilidad de hacer algo juntos al respecto, como estudiar hebreo, marcharse a Palestina… Y, mientras tocaban el piano —Dora estaba maravillosamente dotada para la música—, bebían, cantaban, inventaban futuros libros conjuntos y todo aquello resultaba de lo más estimulante e inofensivo.

Otro día, Dora observó que Walter miraba con atención un libro que ella acababa de cerrar y halló el atajo que buscaba. Se lo prestó y a él le gustó recomendarle otro. Hubo nuevos libros y encuentros, ya a solas, y Dora ya no hablaba solo del ambiente sionista de su familia, de filosofía, cábala, política, del compromiso de despertar a sus compañeros de universidad… Ella demostraba que sabía ser paciente con él. En largas conversaciones sobre el futuro, balanceaba de un lado a otro la cabeza, ligeramente, en señal de discreto acuerdo o desacuerdo. Finalmente, también viajaron juntos a los Alpes y a Ginebra y ahí él le confesó que había algo que le quitaba el sueño. La guerra estaba empantanada, parecía eterna, y de nuevo lo habían llamado a filas.

—Esta vez va en serio, Dora.

Se había resistido con nuevas tretas burocráticas, pero lo más probable era que tuviera que incorporarse en unos meses. Entonces Dora se sacó un as de la manga. Era discípula de un psicoanalista que, ante un numeroso auditorio de estudiantes y especialistas, había hipnotizado a una mujer, aquejada de parálisis histérica, y la había hecho caminar.

—Podría ser tu solución.

—¿A qué te refieres?

—Podría hipnotizarte.

No era una mujer común, desde luego. Dora había aprendido esas técnicas y le proponía a Walter ponerse en sus manos. Mediante ejercicios de respiración y de meditación, Walter se causaría a sí mismo unos dolores histéricos de ciática que lo librarían de la guerra: ¡garantizado! Las palabras se embarullaron en la cabeza de Walter. Aunque había mejorado sus dotes literarias, tenía aún serias dificultades para expresar sus emociones. Solo levantó la cabeza y la miró, con sus ojos como canicas, y dijo «sí». Dora se encargaría de organizar un viaje de fin de semana a un hotelito apartado, moderno y de paredes muy finas, para hipnotizarlo.

Hablaban suavemente. Qué voz tan delicada la de aquella mujer de ademanes exquisitos… El primer día, Walter fue incapaz de ponerle una mano encima y Dora no pareció sorprenderse. El segundo, acarició sus brazos, su cadera y su pecho con sus pequeñas y calientes manos. Su voz le quitaba los escalofríos y toda preocupación parecía menos importante; estaba a salvo. El último día, se había puesto flores en el pelo y le regaló toneladas de paz después del miedo; lo hizo renacer como el pianista revive una partitura. Averiguó que aquella mujer tenía muslos de seda y un lunar en la parte baja de la espalda y, por supuesto, se dejó hipnotizar.

La decisión de Dora

Walter y sus extrañas relaciones con las mujeres… Aunque ella tampoco podía considerarse ejemplo de nada. Asja estaba incómoda. Se daba cuenta de que, quizás, lo que hacía con esa rememoración que había emprendido en su largo viaje de tren era reconquistar a Walter. Quería recuperarlo de ese foso de muerte al que él se había lanzado sin ella en Portbou, sin nadie que lo acompañara; quería ponerse por encima de todos, sobre todo de Dora, y por eso se narraba quién había sido con él: para congraciarse, para llamar su atención. Quería dirigirse a él más allá de sus trucos y máscaras de mujer de teatro que había sido; se sinceraba, se entregaba, más allá de su defecto de hacerse la difícil.

Sí, iba a contarle lo que le había ocultado durante tantos años: lo feliz que había sido al amarlo, mientras trataba con todas sus fuerzas de hacerle creer todo lo contrario.

* * *

En un principio, Dora había sido casi infalible, pues poseía todo lo que Walter podía desear en ese momento de su vida: inteligencia, belleza y estatus social. ¡Era tan bella! Una mujer estilizada que lucía vestidos ligeramente ceñidos, que hablaba dos lenguas extranjeras, tocaba el piano y —el aspecto de su personalidad que le resultaba más cautivador— tenía una gran fe en el romanticismo. Los encuentros con ella y su incesante trabajo académico lo llenaban por completo y eso aceleró los días hasta esa tarde en que Dora añadió, en una conversación intrascendente sobre lecturas compartidas —lecturas de Rimbaud, Lautréamont, los grandes alquimistas, los presocráticos—, como de pasada, que se iba a separar de su marido.

Como si aquellas palabras fueran un relámpago, la voluntad de Walter ardió. Todo, de pronto, se volvió frenético.

—Sé que no tienes aún recursos para casarte, pero mi familia sí y ya soy libre, Walter —decía con una caída de ojos de esas suyas, irresistible.

Ella ya se veía en el altar con un traje de encaje Chantilly y un magnífico manto de gasa plateada, y él, qué remedio, abandonó a la que había sido hasta entonces su novia en la distancia, Grete Radt, una espigada activista del Movimiento Juvenil, y le pidió formalmente a Dora que se casara con él.

Era una situación horrible, una especie de intercambio, pero qué mayor muestra de amor podían ofrecerse… Cuando Walter informó a sus padres, quedaron de lo más sorprendidos. Aquello supuso todo un acontecimiento. Resultaba cuanto menos curioso que aquella mujer quisiera casarse con él, pero averiguaron, con sofoco, que en el pueblo de donde venía, Seeshaup, cerca del lago Starnberg, donde Dora había vivido en la rica villa de su marido hasta hacía unas semanas, la consideraban una mujer «intensa», por decirlo de algún modo. También supieron que de lo que estaba deseosa aquella mujer no era de amar a Walter, sino de marcharse, para que los vecinos la dejaran en paz.

—¿Así que está casada, Walter?

—No, ya no.

No quería hablar más, contar que la amaba con la esperanza de que le contagiara su energía, de que lo salvara de su melancolía; que la había elegido porque ella sí sabía lo que había que hacer para ganarse la vida mediante la labor intelectual, pues Dora también escribía poesía y cuentos; porque los unía el exceso de imaginación y podrían dedicarse a la docencia o a hacer milagros con su melancolía; porque lo ayudaría a vivir de una manera adulta, fluida… Ella lo comprendería y amaría. Era la mujer de su vida: lo apoyaría en todo y Dora jamás pretendería que fuera banquero ni nada parecido.

El matrimonio fue el dieciséis de abril, y de luna de miel Dora lo acompañó a Dachau para cumplir su palabra: en un sanatorio especializado en ciática, Walter logró el anhelado certificado médico que le permitiría librarse de tener que participar en la guerra. Parecía imposible que la hipnosis surtiera efecto, pero funcionó y la parálisis y los dolores propiciados fueron todo un éxito. En fin, liberado de participar en la guerra, felizmente casado, podría continuar sus cursos en la Universidad de Berna. ¡Qué más podía desear!

Una ilusión y un desengaño

Aquello representaba un gran triunfo: ella lo había elegido, a pesar de su pobreza y su ateísmo, decían los amigos más conservadores. Y no por su libertad de pensamiento, no, se decía su hermana, sino por su ingenuidad. Por eso, cuando se revolcaron por primera vez en Berlín, en casa de los padres de Walter, justo después de la boda y ya como marido y mujer, surgieron nubarrones.

—Walter, ¿no te gustaría más vivir en Berlín?

—Cuanto más lejos de mis padres, mejor.

—Es una lástima que tengamos que marcharnos ahora a Suiza. Berlín me encanta en esta época del año.

Era de lo más cariñosa, pero Walter se mantuvo firme. Así era como había que tratar a las mujeres, había aprendido de su padre.

Sin embargo, el hecho de refugiarse en Suiza para no correr más adelante el peligro de ser movilizado fue motivo de muchas conversaciones más. A partir de cierto momento, Dora dijo que ya no era preciso y que él quería seguir en Berna por capricho. Sin embargo, no se salió con la suya. Fueron meses de perspectivas amplias y sin obstáculos, como las vastas llanuras que los rodeaban, y Benjamin se graduó con la más alta calificación, summa cum laude.

—Felicidades, Walter. Estoy embarazada.

Parecía una noticia alegre, pero sus consecuencias no lo fueron tanto. Solo los primeros meses fueron armoniosos, pues, a medida que crecía su barriga, Dora transformó también su tono. Insistía, vehemente, en que lo mejor sería marcharse a Berlín o a Viena y él se mantenía en sus trece, hasta que esa otra frase que había salido de los labios de Dora, «Tener un hijo nos hará sentar la cabeza», en unos meses se hizo carne. Ciertos planes no se pueden reducir a un esquema previsible y, finalmente, nació Stephan Rafael Benjamin y, con él, el pozo de las inseguridades, los purés de verduras y aprietos económicos que obligaron al joven matrimonio a viajar primero a Viena, a casa de los padres de Dora, y luego a Berlín, a depender de nuevo de la ayuda de los de él. Necesitaban que alguien les echara una mano.

—… y no estaremos tan solos, Walter.

Él era feliz cuando estaban solos. Con el bebé ya no lo volverían a estar jamás. Pero no podía responderle eso a Dora, que con la lactancia se ponía a llorar por cualquier nimiedad.

A Walter lo había invadido, de repente, una extraña pereza para buscar las palabras adecuadas, así que, desbordado, la dejó hacer. El orden de prioridades había cambiado y, aunque Walter ya estaba doctorado, seguía siendo, a ojos de todos, un joven estudiante sin trabajo. Debía dejarse de ensoñaciones, repetía Dora, como si se hubiera transformado en el señor Emil Benjamin o en su madre. «Dora te hará sentar la cabeza» era lo que sus padres y sus tíos habían dicho jocosos en la boda, con inquietante insistencia, en un tono que no le gustó: como el de quien da a un niño una galleta.

* * *

Un sobresalto sacó a Asja de sus cavilaciones de manera brusca. El corredor del vagón se había llenado de voces —entre ellas la del jefe de estación, que anunciaba la salida tras el cambio de locomotora—, cuando, de pronto, apareció una pareja joven: debían de ser suizos o alemanes, su edad indicaba que no habían conocido la época zarista y llevaban con ellos un bebé. Entraron en el compartimento cargados de paquetes, bolsas y maletas y la cara del hombre estaba colorada. Habían discutido, sin duda, ajenos a que, con sus voces, le habían robado el hilo de sus recuerdos, y cuando pasó el revisor para reclamar los billetes, el marido empezó a buscar nervioso en sus bolsillos, sin éxito. Tiró la colilla de su cigarro por la ventanilla y se levantó a por la maleta. No había manera de escribir, con aquel ajetreo.

A todo esto, la esposa resoplaba y miraba distraída por la ventana, como si quisiera marcharse lejos; como si ella y su marido fueran dos individuos aislados que viajaban por casualidad en el mismo compartimento. Asja se dio cuenta de que, sin querer, sin hablar con ella, acababan de contarle su historia: una muy parecida a la que rememoraba de Walter y Dora.

Esa coincidencia le produjo una sensación de vértigo. Era como si dos actores de sus obras de teatro hubieran salido a escena. Justo así había imaginado Asja a Dora y a Walter, juntos en Berlín o en Viena: él tan despistado como lo había conocido y ella tensa, contrariada, ausente.

* * *

Una vez estuvieron instalados en Berlín, Pauline empezó a sentirse celosa de la joven esposa de Walter. ¡Qué incómoda situación! Encima, Emil hablaba continuamente de dinero y se había vuelto avaro. A fuerza de inventos, casi había logrado arruinarse y la inflación que asolaba Berlín lo tenía ansioso.

—Hijo, tienes que hacer algo —repetía día y noche—. Hay demasiadas bocas en casa. Estudias y estudias y eso está muy bien, Walter, pero la vida no es barata y tienes que ponerte a trabajar cuanto antes.

—Nada es barato, pero saldría más caro amargarme en un despacho.

Su padre y su esposa lograron que volviera a aquel ostracismo de su adolescencia, una especie de regresión involuntaria que lo llevó a protagonizar violentos ataques de cólera por cualquier nimiedad. Discutía airado, sobre todo cuando también su madre le recordaba su culpa por no haber aceptado, unos años atrás, el puesto en un banco que le había sugerido Emil.

—Lo rechazaste con el absurdo motivo de que te pesaba la simple idea de estar encerrado en una oficina y ahora vuelves a las andadas. ¿Acaso te dignifica estar encerrado así en casa y sin hacer nada de provecho?

Walter no estaba ocioso, ni mucho menos, y le empezaba a dar pena su madre por lo poco que sabía de él y de su amor al conocimiento. Le enseñó un cuaderno. Analizaba, mediante una anotación exhaustiva, el proceso de adquisición del lenguaje de Stefan, como si se tratara de los apuntes de una asignatura más de las que cursaba en la universidad.

—La primera palabra que dijo fue «tranquilo», con un dedo en el aire.

—Eso decía Dora para que se quedara quieto al vestirlo.

En efecto, Stefan y Walter temían a Dora. Tenían que permanecer tranquilos para no alterarla... Por eso, Walter, aparte de esas anotaciones, estuvo mirando a diario, durante todo el invierno, el cielo gris por la ventana. Le gustaba observar que, con el paso de las semanas, poco a poco se teñía de un azul radiante y, también, cómo los arbustos del jardín se llenaban de flores con la llegada de la primavera. Y, como si él hubiera también reverdecido tras la hibernación, tuvo un vago sentimiento de que podría llegar a ser algo en el futuro, de que haría algo maravilloso… Se animó. Retomó sus ensayos, un estudio sobre Goethe y una disertación sobre el concepto de la crítica en el Romanticismo alemán.

Tras unos cuantos envíos a sus colegas, logró recuperar la fama de escritor incomprensible que ya le habían atribuido sus padres y conocidos años atrás. Entonces se desesperó y pensó en abandonar la carrera académica y hacerse librero o editor, pero era un nuevo callejón sin salida. Para todo eso necesitaba que alguien, por ejemplo su padre, le proporcionara algún capital inicial, y eso era imposible… Hizo listas interminables de otras posibles ocupaciones libres de esa presión, como corregir manuscritos ajenos, dar clases de análisis grafológico o hacer traducciones, y se resignó a seguir sus estudios en secreto para evitar las quejas de Dora. Estudiaba por la noche, en cafés, pues la fría sala de estar era también terreno hostil desde marzo. Ella trabajaba y esperaba lo mismo de él. ¡Y qué angustia las campanillas de las puertas, la delantera o la trasera, la señal de que Dora entraba como un gato! Su esposa era ya el mejor depredador disfrazado de animal doméstico.

—¿Se puede saber qué haces ahí sentado? ¿Mirar postales? Hay que llevar al niño al médico.

—Me he concedido media hora de angustia a solas. ¿Ni eso me permites? —trataba de bromear, y, a veces, le arrancaba una sonrisa y la aplacaba.

Por eso, por trabajo, Dora estaba de los nervios y buscaba pelea. Pero cada uno descubre cuál es el trozo de jardín que mejor sabe cultivar, y discutir con Dora no era el suyo, no podía con él. ¿Acaso hacía falta decirle de nuevo que su colección de fotos representaba su libertad de antes de casarse?

Las laderas arboladas de Tabarz, el amarillo de los muelles de Brindisi y las cúpulas azuladas de Madonna di Campiglio… Se precipitaba sobre recuerdos, sobre objetos, para salir de su angustia, mientras que a Dora no le daba tiempo de deprimirse, decía ya a gritos: ella no se lo permitía, no paraba... Había obtenido un puesto de secretaria bilingüe —dominaba el inglés desde niña, pues su padre era profesor y traductor de este idioma— y, luego, pequeñas colaboraciones en radio como guionista por las que le pagaban más que a él por sus artículos de un trimestre. Encima, unos meses más tarde, Dora era ya editora de la revista Die Praktische Berlinerin, un magacín popular para mujeres avanzadas como ella, y hacía jornadas dobles y triples, con toda aquella actividad, y no había forma de alcanzarla. A ojos de todos, Walter, definitivamente, no colaboraba en esa manera que tenía ella de despertar su ambición de la forma más imprudente y provocadora: la de quien quiere que la otra persona tome conciencia de cuán injusta es por ser precisamente como es, y le habría gustado mandarla al cuerno, pero se limitaba a callar e interrumpir sus reflexiones.

Ya había aparcado su deseo de obtener su capacitación para acceder a una cátedra universitaria en la Universidad de Frankfurt y ser profesor universitario. Todos sus planes académicos estaban truncados por el desánimo, e igualmente limitadas eran las oportunidades de obtener ingresos como escritor independiente. Definitivamente, empezaba a sentirse como un hijo más al que todos cuidaban, controlaban y reñían. ¿Qué hacer?

Gershom Scholem, que, de forma indirecta pero eficaz, lo había metido, al fin y al cabo, en aquel lío de casarse, debió de sentirse culpable, porque le hizo varias propuestas. La central era esa vieja idea de marcharse con él a Palestina, con miras a averiguar si había ahora alguna posibilidad para Walter en la facultad de Humanidades de la Universidad Hebrea. Benjamin estaba desesperado por una salida, así que le hizo caso y empezó a estudiar gramática hebrea —por si tenía que huir de Dora, bromeaba— y, entretanto, empezó también a salir más de casa, en busca de otras compañías que lo animaran. Nada más iniciar esa nueva etapa, sin embargo, Dora sufrió una mutación.

Primero lo echó de la habitación; luego, de casa. Es más: dijo a gritos, para que lo escucharan todos, que no pensaba financiar los amoríos de Walter, y en eso no fue justa. Habían establecido un acuerdo. Estaba aclarado que ya no se amaban y ella misma hacía meses que le contaba con todo lujo de detalles lo bien que la trataban otros hombres… Aquel día, Stefan, con el alboroto, lloró y Dora entró como un vendaval a verlo.

—Basta de lloros. Límpiate la nariz y sécate las lágrimas.

Walter no tenía ya duda alguna. Exactamente así lo trataba a él.

Darmowy fragment się skończył.

34,91 zł

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
281 str. 2 ilustracji
ISBN:
9788418857317
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki