Czytaj książkę: «Presencias del pasado»

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© Roger Chartier, 2021

© De esta edición: Universitat de València, 2021

Diseño de la colección: Enric Solbes

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: David Lluch

Fotografías: Pep Pelechà

(Taller d’Audiovisuals de la Universitat de València)

Ilustración de la cubierta:

Sebastian Brant, Das Narrenschiff. Stultifera nauis. París, 1499

[Universitat de València. BH, Inc. 286, f. XI]

ISBN: 978-84-9134-795-8 (ePub)

ISBN: 978-84-9134-796-5 (PDF)

Edición digital

Índice

Nota a la edición, a cargo de Francisco M. Gimeno Blay

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA

Laudatio académica a cargo del doctor Francisco M. Gimeno Blay

Lectio pronunciada por el doctor Roger Chartier

Palabras de clausura de la Excma. y Magfca. Sra. Rectora M. Vicenta Mestre

BIOBIBLIOGRAFÍA del Dr. Roger Chartier, a cargo de Francisco Fuster

ESCRITOS SELECCIONADOS

1. Presencias del pasado

2. Curiosidad, lectura y ocio en el Siglo de Oro

3. Barroco y comunicación

4. La construcción estética de la realidad: vagabundos y pícaros en la Edad Moderna

5. Encuentros. Cervantes en Inglaterra, Inglaterra en Cervantes

6. Los hombres encantados

7. Edición y Universidad (siglos XV-XXI)

8. Esto no es una ego-historia. Generaciones de lecturas

Nota a la edición

Presencias del pasado publica un conjunto de estudios del profesor Roger Chartier escritos todos, menos uno, en castellano por el autor y seleccionados por él mismo para esta ocasión. La elección ha privilegiado ocho estudios de entre la riquísima, atractiva y sugerente actividad investigadora llevada a cabo. Existe, no obstante, entre todos ellos un elemento común que ha actuado como cohesio nador. Roger Chartier ha convertido el texto en una encrucijada a la que dirige su mirada, hacia la que camina y en la que escruta los entresijos del proceso comunicativo que alumbró los textos que han alcanzado la actualidad, sin olvidar a las personas que participaron tanto de forma activa como pasiva en ellos. Gracias a ellos él escucha «con los ojos a los muertos», como recordó F. Quevedo.

En el texto, fruto de un proceso creativo continuado en el tiempo y guiado por el autor, confluyen, además, los diferentes actores merced a los cuales se transformó en un objeto material. Esta propuesta interpretativa es el resultado de haber superado los confines académicos disciplinares, haberlos frecuentado con asiduidad y haber asumido su mejor lección. El autor ha procedido del mismo modo que don Quijote al entrar en la imprenta barcelonesa. El hidalgo manchego descubrió allí las diferentes actividades desarrolladas por los profesionales que hicieron posible el encuentro entre el autor y el lector, facilitando un diálogo infinito entre ambos y permitiendo que el lector actual pueda escuchar el rumor de las voces silentes de una época pretérita y extinguida.

La inscripción del texto comportaba la superación del tiempo, del intercambio hic et nunc, y, en consecuencia, del carácter efímero y transitorio de la vida. Así las cosas, el texto transita entre la idea del autor, podría decirse la parte sustantiva de la obra, incorpórea e inmaterial, y los objetos que el lector lee. Una vez el texto se independizó del autor, otros, en la imprenta, decidieron las características materiales que lo pondrían en circulación. Al hacerlo mediatizaron la relación entre el texto, transformado en objeto, y el lector. Gracias a ellos deja de ser una mera abstracción, intangible, privada de una existencia física, para transformarse en un objeto que camina al encuentro del lector superando la ausencia comunicativa que media entre ambos. En este deambular el texto ya no viaja solo, está acompañado por todos aquellos profesionales, incluso los ocultos y silentes, que contribuyeron a definir su factura material facilitando un diálogo fructífero y creativo.

De lo anterior se desprende la necesidad de prestar atención, por una parte, al discurso, en el que el autor representa una realidad y proyecta, además, una alternativa a la existente, y, por otra, a los objetos que dan vida a los discursos. La escritura exterioriza exponiendo la idea esencial de la obra, proyectando sobre el conjunto social una intención, tal vez un deseo, una aspiración que revela y expone. La centralidad del texto ha permitido al profesor Chartier servirse de las representaciones de la cultura escrita para indagar las prácticas culturales movilizadas por una sociedad dada, distinguiendo entre las estrategias de dominación por parte del poder y las prácticas de apropiación desarrolladas por los potenciales usuarios. Las implicaciones de esta apuesta metodológica superan los límites de la representación, entendida sea como mero recuerdo o como propuesta alternativa de futuro, y han favorecido la reflexión sobre las fuentes del conocimiento utilizadas por el historiador, por una parte, y sobre la construcción del relato resultante, por otra.1

Los lectores, viajeros impenitentes, transitan espacios ajenos, se apropian de las experiencias transformadas en discursos que otros atesoraron. Ellos viajan libres o constreñidos por las convenciones sociales. Acomodan a los objetos que reciben sus formas de apropiación, condicionadas por las convenciones de lectura, por las comunidades de interpretación y por sus propios intereses personales. Muchos de estos lectores depositaron huellas de uso en los mismos libros, sedimentándose unas sobre otras, enriqueciendo las palabras iniciales, primigenias, con otras secundarias introducidas como comentarios exegéticos, notas de lectura o glosas de diverso género. El discurrir del tiempo no lo ha sido en vano, actúa seriamente sobre los textos favoreciendo su inestabilidad; a ella contribuyen las formas de producción y circulación de los discursos, así como las modalidades de apropiación practicadas por los lectores.

La mirada escrutadora del profesor Chartier ha encontrado en el Siglo de Oro español y, especialmente, en sus textos literarios, materiales suficientes para definir un laboratorio de experimentación desde la historia cultural de lo social.2 Las representaciones transmitidas por la literatura del periodo le han permitido estudiar la circulación de los textos entre las comunidades de lectura, las formas de apropiación de los discursos y, en general, las modalidades comunicativas, las prácticas culturales y las realidades sociales conexas. La experiencia alcanzada en el espacio de estudio descrito se proyecta sobre otros periodos históricos en los que analiza las problemáticas íntimamente relacionadas con la circulación de la cultura escrita, sea en el ámbito universitario evaluado en una larga duración, entre el siglo XV y el XXI,3 o la existencia de un conjunto de lecturas en la res publica litterarum contemporánea compartidas por generaciones de lectores.4

El mundo actual, condicionado por la comunicación digital, contempla cómo se han modificado las formas y los espacios destinados para la producción de los textos, los dispositivos utilizados para su diseminación por el ciberespacio, los usuarios potenciales y los lugares de almacenamiento de la memoria, entre otras transformaciones sustantivas. En este contexto, el viaje, como lectores, que nos propone Presencias del pasado aporta claves de análisis desde la perspectiva de la historia cultural de lo social y proporciona elementos de comprensión de las profundas mutaciones a las que nos somete el mundo digital. La experiencia del texto se presenta, pues, como un antídoto, servirá de guía para circular por el desorden informativo del presente y ayudará a discriminar lo sustantivo de lo accesorio. Según el profesor Roger Chartier, a la Historia corresponde «procurar a los ciudadanos de hoy en día los instrumentos críticos que permiten rechazar las falsificaciones y establecer los conocimientos sin los cuales no hay democracia».

FRANCISCO M. GIMENO BLAY

1. «Presencias del pasado».

2. Concretamente en «Curiosidad, lectura y ocio en el Siglo de Oro», «Barroco y comunicación», «La construcción estética de la realidad», «Encuentros. Cervantes en Inglaterra, Inglaterra en Cervantes» y «Los hombres encantados».

3. «Edición y Universidad (siglos XV-XXI)».

4. «Esto no es una ego-historia. Generaciones de lecturas».

DISCURSOS

PRONUNCIADOS EN EL ACTO

DE INVESTIDURA

(31 de mayo de 2019)


Rectora Magnífica,

autoridades académicas,

compañeros de claustro,

señoras y señores:

El profesor Roger Chartier se definía a sí mismo, el 3 de marzo de 2019, como «un historiador del libro, de la lectura y de la cultura escrita» preocupado por desentrañar las «modalidades sucesivas de la relación» existente «entre libro y texto, objetos escritos y discursos, materialidad y lectura». Ahora bien, este afán que ha centrado su atención en la Edad Moderna y ha mostrado especial interés, entre otras, por la literatura española del Siglo de Oro no ha alejado su mirada de sus preocupaciones como ciudadano que asiste atónito, como la mayoría de todos nosotros, a las manipulaciones burdas de la realidad producidas en la esfera digital, y que incluyen mentiras y falsedades dentro de un espacio de aparente libertad. El profesor Chartier se ha preguntado constantemente cómo hacer frente a todas aquellas coerciones que, en la actualidad, obstaculizan la difusión del conocimiento y socavan, al mismo tiempo, la vida democrática. Su trayectoria investigadora le ha proporcionado algunas claves que ha expuesto recientemente en el libro Cultura escrita y textos en red.1

El universo de estudio transitado por el profesor Roger Chartier queda perfectamente delimitado por los verbos producir y consumir aplicados a la historia de la cultura escrita de una sociedad determinada. Se trata de dos momentos de singular relieve en el proceso comunicativo, identificados con los mundos del autor y del lector, utilizando la expresión de Augusto Roa Bastos, que Mario Benedetti describió con los versos: «El autor no lo hizo para mí / yo tampoco lo leo para él».

El primer aspecto, producir la cultura escrita, abarca un amplio espacio que atraviesa el tiempo histórico que media entre la tardía antigüedad y el presente. No siempre los autores han mantenido la misma relación con los textos que producen, fruto de su imaginación o estudio, y, además, solo en épocas recientes se han regulado los derechos de autor, el copyright, a los que el profesor Chartier ha dedicado, en ¿Qué es un autor?2 o «Figures d’auteur»,3 entre otros, una interesantísima reflexión sobre el autor a partir de un celebérrimo texto de Michel Foucault.

Aunque la cultura escrita de la época impresa introdujo variaciones sustantivas que afectaron a las formas de circulación de los textos, algunas de sus características fueron herederas de la época manuscrita. No debemos olvidar que el texto, abstracto sensu, no existe. Existe gracias a un objeto material, el libro, que posibilita el encuentro entre el autor y el lector. Este encuentro se halla mediatizado muy especialmente por la pléyade de mujeres y hombres que intervienen en el proceso de elaboración de los textos, como ha puesto de relieve en La main de l’auteur et l’esprit de l’imprimeur4 y en «El texto entre el autor y el editor».5 En opinión de Jorge Luis Borges, «el libro no es un ente incomunicado, es una relación, es un eje de innumerables relaciones». Hemos descubierto, con la investigación llevada a cabo por el profesor Chartier, la legión de personas que han contribuido a vertebrar el proceso comunicativo del que han formado parte los textos que el tiempo y nuestros antepasados nos han legado. La materialidad de los textos los hizo tangibles, y nosotros los recordamos por la relación que con ellos establecimos cuando los descubrimos por primera vez; a este respecto, no se puede olvidar la interesantísima reflexión «¿Qué es un libro?», recogida en el libro ¿Qué es un texto?, editado en Madrid por el Círculo de Bellas Artes.6

La materialidad con la que los textos se presentan al lector, la que posibilita el encuentro creativo, no la gobierna el azar; son muchas las personas que intervienen en su configuración definitiva. El profesor Roger Chartier, guiado de la mano de don Quijote en su visita a la imprenta barcelonesa (cap. II, LXII), nos ha enseñado a indagar el entramado de los actores responsables, analizando sus competencias y actuaciones; don Quijote, Víctor Alonso de Paredes, Quevedo, Lope, Calderón, le han descubierto el mundo en el que se produjeron los libros. La concurrencia de todos ellos genera una tensión, o quizá un conflicto, entre la voluntad del autor, los intereses editoriales y las prácticas mecánicas que intervienen en el proceso productivo. Múltiples han sido las contribuciones del profesor Chartier en este sentido, en el que recordaré la monumental obra Histoire de l’édition française, codirigida con Henri-Jean Martín.7

Analizando las prácticas de escritura de una sociedad, el profesor Chartier ha distinguido, asimismo, entre las estrategias de dominación del poder –el cual se sirve de ellas para organizar y controlar una sociedad imponiéndole sus normas– y las prácticas de apropiación por parte de quienes, siendo conscientes de la importancia de los vehículos de comunicación, se adueñan de ellos con la intención de utilizarlos en su propio beneficio. De ese modo la cultura escrita y la literatura de época moderna transitan Entre poder y placer,8 como ha recordado certeramente en múltiples ocasiones. Vivir al margen de la cultura escrita se ha convertido, a través de la historia, en un estigma, cuando no una lacra, soportada y padecida por los analfabetos. Y en este contexto, la pluralidad de competencias alfabéticas se vislumbra como el reflejo de una sociedad injusta que distribuye sus riquezas de manera desigual. El analfabetismo ha golpeado y golpea, todavía hoy, a las clases sociales más desprotegidas y, muy especialmente, a las mujeres, a las que, históricamente, ha marginado. El profesor Chartier ha indagado la relación existente entre «escritura y memoria» a propósito del «librillo» de Cardenio, sirviéndose de la aventura del hidalgo manchego relatada en los capítulos XXIII-XXIV de la primera parte.9

Me referiré a continuación al segundo aspecto del proceso comunicativo, el relativo a la recepción de la cultura escrita. A las manos del lector llega un producto manufacturado, el libro, que le permite acceder a la lectura del texto. Este encuentro ha sido percibido por muchos como un momento creativo. Así, por ejemplo, Italo Calvino aludía a este afirmando: «Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe que será». Los lectores, además, según Michel de Certeau, «son viajeros: circulan sobre las tierras del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito». En esta encrucijada concurren, por un lado, la coerción del sistema impuesto y, por otro, la libertad del individuo que lo subvierte en su propio beneficio. Sin olvidar que, como dijo Borges, «una literatura difiere de otra, menos por el texto, que por la forma en que se lee». A las formas de apropiación de los textos ha dedicado el profesor Chartier una parte importante de sus investigaciones, entre las que destacaría dos: la Historia de la lectura en el mundo occidental, codirigida con el profesor Guglielmo Cavallo,10 y Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna.11 Roger Chartier ha expuesto con meridiana claridad la historicidad de un objeto de análisis que aparentemente era difícil de comprender, teniendo en cuenta que la lectura en múltiples ocasiones no deja huella de su existencia. La ausencia de indicios le ha obligado a localizar la información para su estudio en las representaciones que la literatura y las artes en general han proporcionado de esta práctica cultural, viéndose obligado a sortear toda clase de convenciones y modas que las condicionan; ha advertido, además, que la lectura lleva pareja siempre una puesta en escena por parte del lector.

Ha analizado de qué modo la circulación material de los textos, sirviéndose de soportes diferentes, genera productos que, intencionadamente, distorsionan lo acontecido, con la voluntad de imaginar una realidad diferente, tal vez paralela, y –en otras ocasiones– han contribuido a crear de forma decisiva estados de opinión, como se evidencia en Les origines culturelles de la Révolution française.12 Ha escuchado con sus «ojos a los muertos», siguiendo el consejo de Quevedo, en Escuchar a los muertos con los ojos,13 y ha desentrañado los entresijos constitutivos de los discursos, transformándolos en fuentes del conocimiento histórico. Ha observado detenidamente las variantes textuales y paratextuales introducidas en las diversas ediciones de algunas obras, como la Brevísima relación de la destrucción de Indias, de fray Bartolomé de Las Casas en «Textes sans frontières».14 Dicha pesquisa la ha llevado a cabo como si de un viaje se tratase, en el que el lector descubre escenarios diferentes a resultas de los intereses de quienes emprendieron la publicación. Ha estudiado también la performatividad constitutiva de algunos textos preparados para ser representados teatralmente, no para leerlos en silencio, especialmente en La obra, el taller y el escenario,15 «Entre páginas y tablas: las desventuras de Cardenio»,16 y también en Cardenio entre Cervantès et Shakespeare. Histoire d’un piece perdu.17

Vistas así las cosas, la lectura surge en un contexto delimitado por las claves de comprensión inscritas en el propio texto, las convenciones lingüísticas (podría recordarse en este momento el billete con el ambivalente mensaje «Eduardum occidere nolite timere bonum est», sin puntuar, del Eduardo II de Christopher Marlowe, en el que se invitaba a asesinar al rey), la materialidad, las expectativas de la comunidad de interpretación (citaré a modo de ejemplo su estudio Comunidades de lectores) y, finalmente, la libertad del lector analizada en «El lector entre restricciones y libertad».18 La experiencia investigadora acumulada le ha permitido explorar también la circulación y apropiación de los textos en la época digital, un espacio de aparente libertad en el que, con frecuencia, los respectivos domini exhiben sus tentáculos, haciéndonos creer que el mundo digital nos traslada a una especie de Edén en el que nadie controla la producción y el uso de la cultura escrita, y nadie organiza su conservación en los espacios adecuados. Vana ilusión. La transformación de los hábitos de la lectura silenciosa como consecuencia de la circulación digital de los textos ha merecido diversas contribuciones como, por ejemplo, «¿Muerte o transfiguración del lector?».19 Frente a todo ello, como antídoto, solo cabe la experiencia del texto gadameriana.

El profesor Chartier no ha olvidado, finalmente, la reflexión sobre su quehacer como historiador. Merecedoras de elogio, en este Sentido, son las contribuciones recogidas en Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude,20 donde aborda las grandes preocupaciones epistemológicas de los últimos tiempos, analiza la convergencia de la historia con otras disciplinas próximas, vecinas (L’histoire entre géographie et sociologie,21 Philosophie et histoire,22 «Bibliographie et histoire culturelle»,23 «Histoire et littérature»),24 así como las formas de escritura de la historia («L’histoire entre récit et connaissance»).25

La excelencia de su investigación ha sido reconocida mediante la concesión de premios otorgados por prestigiosas instituciones como la American Printing History Association y la Académie Française.

El profesor Roger Chartier ha compaginado la investigación, esbozada aquí de forma sucinta, con una brillante e intensísima actividad docente, tanto en Europa como en América. En la actualidad, y desde el 1 de diciembre de 2016, es profesor emérito en el Collège de France, institución a la que estuvo adscrito desde el año 2007, donde ocupó la cátedra Ecrit et cultures dans l’Europe moderne. Desde enero de 1984 es director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Ha sido profesor visitante en prestigiosas universidades como Princeton, Montreal, Yale, Berkeley, Cornell, John Hopkins (Baltimore), Chicago o Buenos Aires, así como en instituciones culturales como el Center for Renaissance Studies de la Newberry Library, de Chicago, o el Folger Institute for Renaissance and Eighteenth Century Studies, de Washington.

Ha impartido conferencias en prestigiosas instituciones académicas y cátedras especializadas como la American Historical Society, la Saintsbury Lecture de la Universidad de Edimburgo, la McKenzie Lecture de la Universidad de Oxford y la Panizzi Lectures de la Biblioteca Británica, entre otras. Ha pronunciado, asimismo, conferencias en la mayor parte de las universidades españolas durante las tres últimas décadas. Nueve universidades lo han galardonado nombrándolo doctor honoris causa: Carlos III de Madrid; universidades de Buenos Aires, Córdoba y San Martín en Argentina; Universidad de Santiago de Chile; Universidad de Laval en Québec, Canadá; Universidad de Neuchâtel en Suiza; Universidad de Rosario en Colombia, y Universidad de Lisboa en Portugal.

Roger Chartier forma parte de los comités de la Revue de Synthèse (París), de Iichiko (Tokyo) y de Mana. Estudos de Antropologia Social (Río de Janeiro); es miembro del comité editorial de las colecciones «Studies in Print Culture and the History of the Book» (University of Massachusetts Press) e «In-Octavo» (IMEC Editions et Editions de la Maison des Sciences de l’Homme), así como del consejo editorial de la colección «Historia» de Publicacions de la Universitat de València. Fue presidente del consejo científico de la Bibliothèque de France (1990-1994), miembro del Consejo Científico para la Investigación Universitaria del Ministerio de Enseñanza Superior e Investigación (1990-1994), presidente del comité científico de la Ecole Nationale Supérieure des Sciences de l’Information et des Bibliothèques (1995-1998) y miembro correspondiente de la British Academy.

Su magisterio e investigaciones proporcionan claves para transitar por el universo digital del presente y posiblemente también del futuro, siendo conscientes, además, de que dichas experiencias son el fruto de una vida intensa dedicada al estudio de la historia de la cultura escrita. Profesor Roger Chartier, muchísimas gracias por su magisterio y por aceptar formar parte, a partir de este momento, del Claustro de la Universitat de València.

Muchas gracias por su atención.

1. Roger Chartier y Carlos A. Scolari: Cultura escrita y textos en red, Barcelona, Gedisa, 2019.

2. Roger Chartier: «¿Qué es un autor?», en íd.: Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza, 1993, pp. 58-89.

3. Roger Chartier: «Figures d’auteur», en íd.: L’ordre des libres. Lecteurs, auteurs, bibliothèques en Europe entre XIVe et XVIIIe siècles, Aix-en-Provence, Alinea, 1992, pp. 35-67.

4. Roger Chartier: La main de l’auteur et l’esprit de l’imprimeur, XVIe-XVIIIe siècle, París, Gallimard, 2015.

5. Roger Chartier: «El texto entre el autor y el editor», en íd.: Las revoluciones de la cultura escrita: diálogo e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2000, pp. 35-60.

6. Roger Chartier: «¿Qué es un libro?», en íd. (ed.): ¿Qué es un texto?, Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2006, pp. 7-35.

7. Henri-Jean Martin y Roger Chartier (dirs.): Histoire de l’édition française, ed. Jean-Pierre Vivet, París, Promodis, 1983-1986, 4 vols. [vol. 1: Le livre conquerant: du Moyen Age au milieu du XVIIe siècle; vol. 2: Le livre triomphant, 1660-1830; vol. 3: Le temps des éditeurs: Du Romantisme à la Belle Époque; vol. 4: Le livre concurrencé, 1900-1950].

8. Roger Chartier: Entre poder y el placer. Cultura escrita y literatura en la Edad Moderna, Madrid, Cátedra, 2000.

9. Roger Chartier: «Écriture et mémoire. Le “librillo” de Cardenio», en íd.: Inscrire et effacer. Culture écrite et littérature (XIe-XVIIIe siècle), París, Gallimard / Seuil, 2005, pp. 33-52.

10. Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dirs.): Storia della lettura nel mondo occidentale, Roma, Laterza, 1995.

11. Roger Chartier: Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza, 1993.

12. Roger Chartier: Les origines culturelles de la Révolution française, París, Seuil, 1990.

13. Roger Chartier: Écouter les morts avec les yeux, París, Collège de France, 2008.

14. Roger Chartier: «Textes sans frontières», en íd.: La main de l’auteur et l’esprit de l’imprimeur, XVIeXVIIIe siècle, París, Gallimard, 2015, pp. 107-142.

15. Roger Chartier: La obra, el taller y el escenario. Tres estudios de movilidad textual, Salamanca, Confluencias, 2015.

16. Roger Chartier: «Entre páginas y tablas: las desventuras de Cardenio», en íd.: Escuchar a los muertos con los ojos, Buenos Aires, 2008, pp. 55-86.

17. Roger Chartier: Cardenio entre Cervantès et Shakespeare. Histoire d’un piece perdu, París, Gallimard, 2011.

18. Roger Chartier: «El lector entre restricciones y libertad», en íd.: Las revoluciones de la cultura escrita: diálogo e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2000, pp. 51-60.

19. Roger Chartier: «¿Muerte o transfiguración del lector?», en íd.: Las revoluciones de la cultura escrita: diálogo e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2000, pp. 101-119.

20. Roger Chartier: Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude, París, Albin Michel, 1998.

21. Roger Chartier: L’histoire entre géographie et sociologie. Actes de la recherche en sciences sociales, 35 novembre 1980, pp. 27-36, después en Roger Chartier: Au bord de la falaise, pp. 213-233.

22. Roger Chartier: Philosophie et histoire, París, Editions du Centre Georges Pompidou, 1987, pp. 2736; íd.: «Philosophie et histoire: un dialogue», en François Bédarida (dir.): L’histoire et le métier d’historien en France 1945-1995, París, Editions de la Maison des Sciences de l’Homme, 1995, pp. 149-169; íd.: Au bord de la falaise, pp. 234-254.

23. Roger Chartier: «Bibliographie et histoire culturelle», en íd.: Au bord de la falaise, pp. 255-268. Publicado como prefacio a la traducción francesa del libro de D. F. Mckenzie: La bibliographie et la sociologie des textes, París, Éditions du Cercle de la Libaririe, 1991, pp. 5-18.

24. Roger Chartier: «Histoire et littérature», en íd.: Au bord de la falaise, pp. 269-287.

25. Roger Chartier: «L’histoire entre récit et connaissance», MLN 109, 1994, pp. 583-600; Roger Chartier: Au bord de la falaise, pp. 87-107.


Rectora Magnífica,

señores y señoras vicerrectores y vicerrectoras,

señores y señoras decanos y decanas,

estimados y estimadas colegas,

queridos y queridas estudiantes,

señores y señoras:

Es para mí un gran honor recibir el doctorado honoris causa de la Universitat de València. Leer los nombres de los cinco franceses que lo recibieron antes que yo es suficiente para medir la importancia de la distinción que me otorga su universidad. Tres doctorados reconocieron la excelencia científica del médico Robert Merle d’Aubigné, del físico Robert Gaston André Maréchal o del biólogo Premio Nobel François Jacob. En 2004, un doctorado honró la obra inmensa de Edgar Morin y quince años antes otro doctorado había sido otorgado a un historiador, Pierre Vilar, cuya obra permanece como una inagotable fuente de inspiración para los historiadores de hoy en día.

Recibir este doctorado me conmueve por otra razón. Al correr de los años, poderosos lazos me vincularon con la Universitat de València. Gracias a la atención generosa del rector Pedro Ruiz Torres, dicté en 1998 un seminario de tres semanas en el marco de la colaboración entre la Universitat de València y la Fundación Cañada Blanch. Antes y después de esta magnífica experiencia, pronuncié varias conferencias en la Universitat y participé en numerosos coloquios organizados por los historiadores de Valencia. Descubrí y aproveché así la intensidad de una vida intelectual que borraba las fronteras tradicionales entre las disciplinas a favor de una conversación permanente entre historiadores y filósofos, entre humanidades y ciencias sociales, entre los saberes de la erudición y el compromiso ético y cívico del conocimiento. Me pareció y todavía me parece un ejemplo admirable e inspirador, particularmente en estos días, cuando en varias partes del mundo las libertades académicas, las ciencias sociales y el pensamiento crítico se encuentran amenazados. Estos peligros, que, en los años noventa del siglo XX, habíamos pensado superados con la instauración o la restauración de la democracia en muchos países ubicados en ambos lados del Atlántico, vuelven en nuestro presente. Manifestar nuestra solidaridad con los colegas y estudiantes víctimas de las políticas que destruyen tanto las instituciones universitarias como los conocimientos es una exigencia que compartimos.

En esta tarea imprescindible, los historiadores deben y pueden desempeñar un papel particular. En varios casos, la destrucción de las libertades académicas y de la independencia de la investigación está acompañada por la voluntad de reescribir la historia, imponiendo desde la escuela primaria hasta la universidad una verdad oficial y única. Es en contra de estas fake truths, de estas verdades falsas, que el trabajo de los historiadores debe afirmar su capacidad para producir un saber verdadero. Sabemos que la escritura de la historia retoma estructuras narrativas y formas retóricas que comparte con la literatura. Sin embargo, sus técnicas propias, sus operaciones específicas y los criterios de prueba a los cuales se somete establecen una radical diferencia entre la fábula y el conocimiento, entre los encantos de la ficción y las operaciones científicas que desenmascaran las falsificaciones y aseguran una representación adecuada de lo que ha sido y que ya no es.

Es lo que mostró, paradójicamente, Max Aub, un valenciano de adopción, cuando publicó en 1958 la biografía de un pintor imaginario, Jusep Torres Campalans. La ficción se apoderaba de todas las técnicas encargadas de acreditar la realidad del pasado tal como está representado por el discurso histórico, pero lo hizo no solamente para el engaño divertido de los lectores, sino también para recordar la distancia que separa los juegos con un pasado imaginado y el conocimiento producido por las reglas, las operaciones y los controles propios de la historia. El epígrafe del libro lo indicaba con ironía: «¿Cómo puede haber verdad sin mentira?». Los sortilegios placenteros de la ficción son así la garantía del saber histórico, tal como el olvido es la condición de la memoria.

Es esta certidumbre la que inspiró a la Universitat de València cuando honró a una serie de prestigios historiadores con su doctorado honoris causa: no solamente Pierre Vilar, al que ya mencioné, sino también John Elliot, Paul Preston o Josep Fontana. Encontrarme en semejante compañía resulta más que intimidante. Es una exhortación para seguir los caminos que abrieron. Fueron diferentes sus senderos, por supuesto, y como los de Borges, algunas veces se bifurcaron. Pero todos recuerdan el rigor que deben respetar las investigaciones históricas, cualquiera que sea su temática.

Mi campo de estudio es la historia de la cultura escrita en la primera Edad Moderna, entre los siglos XV y XVIII. Este trabajo histórico no puede ignorar los interrogantes del presente. ¿Cómo mantener el concepto de propiedad literaria, definido desde el siglo XVIII a partir de una identidad perpetuada de las obras, reconocible más allá de cuál fuera la forma de su publicación, en un mundo donde los textos son posiblemente móviles, maleables, abiertos? ¿Cómo reconocer un orden del discurso, que fue siempre un orden de los libros o, para decirlo mejor, un orden de las producciones escritas que asociaba estrechamente autoridad de saber y forma de publicación, cuando las posibilidades técnicas permiten, sin controles ni plazos, la puesta en circulación universal de opiniones y conocimientos, pero también de errores y falsificaciones? ¿Cómo preservar maneras de leer que construyen el sentido a partir de la coexistencia de textos en un mismo objeto (un libro, una revista, un periódico) mientras que el nuevo modo de conservación y transmisión de los escritos impone a la lectura una lógica enciclopédica donde cada texto no tiene otro contexto más que el proveniente de su pertenencia a una misma temática? Los historiadores son profetas lamentables que a menudo se equivocaron, pero tal vez pueden procurar a sus lectores instrumentos de comprensión que ubican en la larga duración de la cultura escrita los entusiasmos y temores del presente y así domarlos.

Es un placer particular para mí ver que mi trabajo es reconocido por una de las más antiguas universidades de Europa, donde estudiaron dos autores presentes en mi biblioteca histórica: Joan Lluís Vives, encontrado en mis primeros estudios dedicados a la historia de la educación, y Gregori Maians i Siscar, primer biógrafo del autor omnipresente en mis más recientes investigaciones, Miguel de Cervantes. «El tiempo del Quijote» es el título de un magnífico ensayo de Pierre Vilar. Pierre Vilar recibió el doctorado honoris causa de la Universitat de València el 24 de mayo de 1991. Veinticinco años después, lo recibo con inmensa gratitud y humilde orgullo, vinculando en mis pensamientos la lucidez intelectual del historiador y los sueños del hidalgo que esperaba un mundo más justo.


Aquestes paraules, pronunciades per l’Excma. i Mgfca. Sra. Rectora de la Universitat de València, M. Vicenta Mestre Escrivà, en l’acte d’investidura com a doctor honoris causa del professor Roger Chartier, fan referència també al professor Jürgen Basedow, el qual fou investit, així mateix, com a doctor honoris causa en la mateixa ocasió. Per coherència discursiva, es reprodueixen ací íntegrament.

Excel·lentíssimes i il·lustríssimes autoritats acadèmiques,

autoritats del Govern valencià,

membres del Comitè Econòmic i Social de la Generalitat,

antics rectors de la Universitat de València,

representants de la Reial Societat Econòmica d’Amics del País,

senyores i senyors,

És un plaer donar-los la benvinguda a aquest emblemàtic espai, el Paranimf de la Universitat de València, al seu edifici històric, conegut amb el nom del carrer al qual s’obri una de les múltiples portes d’aquesta casa d’estudis i de ciència, La Nau.

Diverses portes obertes en tots els sentits, com les d’aquesta edificació, que té els seus orígens en la creació de la Universitat de València com a institució, el 1499. Com ens ha recordat el nostre nou doctor honoris causa, el professor Basedow, la butlla del papa Alexandre VI el 1501 i el privilegi reial de Ferran d’Aragó, el rei Catòlic, concedida l’any 1502, suposaren el reconeixement institucional d’una universitat que tenia les arrels en la mateixa creació de l’antic regne de València, quan Jaume I, el rei Conqueridor, va demanar a Innocenci IV butlla papal, concedida el 1245, per poder crear una universitat a la nova València.

Les portes de l’Estudi General de València, de la Universitat de València, obertes a les persones, a la ciència i al coneixement, ho han estat sempre, malgrat que els contextos històrics hagen suposat persecucions per raons científiques, ètniques o polítiques.

Bé que ho experimentà Joan Lluís Vives, l’estàtua del qual presideix el nostre claustre en un reconeixement a la seua destacada figura intel·lectual. Però cal que recordem que Vives va viure fora de la seua ciutat per evitar una persecució ètnica.

No va poder fugir-se’n, malauradament, el nostre catedràtic de Medicina, Lluís Alcanyís, que morí en la foguera inquisitorial. Hi ha molts més personatges històrics que han patit la intolerància, i que han estat vinculats a la nostra Universitat. Em permetran dues referències, la primera a Olimpia Arozena. El quadre que la recorda va ser ubicat recentment en aquest Paranimf, com podran observar en la galeria de personatges illustres que ens envolten.

La doctora Arozena va ser la primera dona professora de la Universitat de València, docent auxiliar en la secció d’Història de la Facultat de Filosofia i Lletres, membre del Laboratori d’Arqueologia. Parlem de l’any 1930. I sis anys després, el 1936, va ser depurada de l’activitat universitària per qüestions ideològiques.

La segona referència és al rector Joan Baptista Peset Aleixandre, afusellat al cementeri de Paterna l’any 1941.

Al llarg de les darreres dècades, com ha assenyalat el nostre nou doctor honoris causa, el professor Chartier, en la seua lectio, pensàvem que havíem superat aquests problemes amb l’extensió de la democràcia fins assolir els seus màxims històrics.

Senyores i senyors, en aquest Paranimf celebràrem recentment el 70 aniversari de la proclamació d’aquesta carta de drets, i em permetran que esmente literalment, «ideal comú pel qual tots els pobles han d’esforçar-se i assegurar-se, per mesures progressives de caràcter nacional i internacional, el seu reconeixement i aplicació universals i efectius».

Malauradament, vivim temps d’incerteses, de democràcies qüestionades, de ressorgiment d’idees extremistes, de confrontació i d’intolerància. Però també ens trobem en una situació creixent de desigualtats que no sols alimenten aquest ideari sinó que suposen un repte per al progrés social i, especialment, per al model social europeu que ha estat posat en perill els darrers anys.

Tot i que al llarg de les darreres dècades hem vist processos de descolonització, la incorporació a la democràcia de diferents estats, especialment del denominat bloc soviètic, i que recentment hem viscut un conjunt de «primaveres àrabs» que han estat considerades com una quarta onada de democratització, tot i que hem experimentat l’expansió de drets civils que han trencat la vergonyosa discriminació racial, hui en dia encara ens enfrontem a desigualtats intolerables.

Vulneracions de drets humans que inclouen atemptats a la integritat física, moral i intel·lectual, entre les quals vull destacar com a especialment important la mutilació genital femenina que encara es practica com a forma cultural i religiosa mal entesa a diferents països del món, de vegades a estats europeus, i que cal combatre. No podem oblidar les guerres que colpegen la població civil. I em permetran un esment especial a Síria i el drama que es viu a la Mediterrània i a Río Grande.

Com tampoc no podem deixar de combatre les situacions de desigualtat que colpegen la dignitat de treballadors i treballadores.

Vull acabar aquesta referència als drets humans amb un reconeixement especial al professor Rafael Altamira, a qui fa uns anys retérem homenatge. Magistrat internacional, ja el 1929 apostava per la protecció dels drets civils, polítics i socials. Drets que encara manquen en molts indrets i que es veuen afectats per processos de manipulació que darrerament tracten d’afectar la llibertat de les persones i condicionar el seu comportament electoral. El doctor Altamira, que va compartir aules amb Vicente Blasco Ibáñez, es va llicenciar a la Universitat de València, a la seua cinc vegades centenària Facultat de Dret.

El professor Jürgen Basedow, destacat jurista, hui ha estat investit doctor honoris causa en atenció als rellevants mèrits que concorren en ell i que han estat esplèndidament lloats pel doctor Juan Bataller en la seua laudatio.

Professor Bataller, moltíssimes gràcies per atendre aquest encàrrec, posant en relleu la trajectòria del professor Basedow, un autèntic europeista des de la seua formació multinacional fins a l’exercici del dret en l’àmbit del dret internacional.

Professor Basedow, moltes gràcies per haver acceptat aquest reconeixement universitari que us integra al nostre Claustre de professorat, del qual en bona mesura en formàveu part per la vostra especial vinculació a la nostra Universitat.

Permeten-me també que agraïsca la col·laboració necessària en aquest acte dels padrins del doctor Basedow, els professors Juan Bataller i Carlos Esplugues, i de la comissió d’acompanyament que han integrat el degà de la Facultat de Dret, professor Javier Palao, i els professors Francisco González Castilla, M.ª Dolores Mas i Rosario Espinosa.

Com ha indicat el professor Basedow en la seua interesantíssima lectio, vivim en un món en transformació, un món que, com saben, ha estat definit com «societat del coneixement», temps «postmodern», caracteritzat per una intel·ligència col·lectiva i treball col·laboratiu en una àmplia dimensió internacional.

Totes aquestes transformacions socials també afecten les institucions acadèmiques. I en aquest sentit, podem dir amb orgull que la Universitat de València és una de les principals universitats d’Espanya en l’àmbit internacional, que destaca per ser considerada la més innovadora de les universitats de l’Estat, i segona o tercera, segons l’any, universitat europea en recepció d’estudiants Erasmus.

Destaquem en una dimensió internacional com a fruit dels més de mil convenis actius de col·laboració amb universitats dels cinc continents, i especialment amb programes de doble titulació internacional de grau i de màster oficial, els Erasmus-Mundus, i la nostra presència permanent a Harvard. Comptem amb un dels quinze millors instituts Confuci del món segons el govern de la Xina, i amb un Centre Rus acordat amb la Fundació Món Rus.

Senyores i senyors, la nostra Universitat va ser creada amb una mirada fixada en Europa, amb una vocació internacional que, més de cinc segles després, continua sent prioritat i realitat.

La recerca d’abast internacional hui es fa palesa en aquest Paranimf reconeixent dos destacats investigadors amb el doctorat honoris causa, màxim reconeixement acadèmic a títol honorífic, que s’ha atorgat a dos destacats professors que mantenen una estreta relació amb la Universitat de València: els professors Jürgen Basedow i Roger Chartier, qui a més forma part del comitè científic de Publicacions de la Universitat de València i és un destacat historiador de la quarta generació de l’Escola dels Annales.

Moltíssimes gràcies a la comissió d’acompanyament del Dr. Chartier, integrada pel degà de la Facultat d’Història, professor Josep Montesinos, l’antic rector d’aquesta Universitat, professor Pedro Ruiz i les professores Isabel Morant, Medalla de la Universitat, i M.ª Luz Mandingorra.

Agraïment que estenc als professors Francisco Fuster i Francisco Gimeno, que han actuat com a padrins en aquest cerimonial. En especial al doctor Gimeno per la seua magnífica laudatio del Dr. Chartier, un home que, en paraules del nostre professor «proporciona claus per transitar per l’univers digital del present, i possiblement del futur». Un profund coneixedor de la literatura del Segle d’Or i que, com ha definit en la seua laudatio el professor Gimeno té un àmbit de treball que delimiten els verbs «produir i consumir». Dos verbs fonamentals en les formes culturals contemporànies en les quals s’ha trencat el monopoli de la producció i el consum en molts àmbits gràcies a les tecnologies de la informació i la comunicació.

Professor Chartier, moltíssimes gràcies per unir-vos al nostre Claustre de professorat, que tan bé conegueu. Sou un bon coneixedor de la nostra producció cultural i de les nostres publicacions i nosaltres volem honorar-vos amb aquest reconeixement a la vostra trajectòria i sapiència.

Uns reconeixements que es fan especialment necessaris en temps complexos com els actuals. Com bé ha assenyalat el Dr. Chartier en una lectio que evidencia el seu profund coneixement de la nostra cultura, vivim temps incerts en els quals les llibertats acadèmiques es veuen moltes vegades amenaçades, com també el pensament crític reflexiu, des del diàleg i la confrontació d’idees basada en el respecte a l’altre. Són aquests elements claus i fonamentals per fer una societat de persones lliures.

Per això reivindiquem l’autonomia universitària, principi constitucional, en termes reals, i continuem demanant la supressió de determinades polítiques que han colpejat la nostra llibertat per planificar i desenvolupar estratègies de prestació del servei públic essencial que és la universitat.

Senyores i senyores, acabe ja remarcant que som una universitat pública, valenciana i d’àmbit internacional. Un Estudi General que conrea totes les branques del saber, que genera investigació, innovació i transfereix coneixement, que imparteix docència i crea cultura i pensament. Una universitat que no sols forma professionals, sinó també ciutadanes i ciutadans capaços de desenvolupar-se en un món creixement complex.

Ciutadanes i ciutadans que veuen en els professors Jürgen Basedow i Roger Chartier un exemple d’intel·lectualitat i de reflexió, valors fonamentals per fer una societat més avançada, lliure i igualitària.

Amb aquest desig els agraïsc a totes i tots vostès la seua presència en aquest acte. Moltíssimes gràcies.

BIOBIBLIOGRAFÍA DEL DOCTOR ROGER CHARTIER

a cargo de Francisco Fuster

Roger Chartier (Lyon, 9 de diciembre de 1945) realizó sus estudios de Educación Secundaria en el Lycée Ampère de Lyon, ciudad del este de Francia en la que nació y en la que transcurrieron su infancia, su adolescencia y los primeros años de su juventud. Entre 1964 y 1969 cursó estudios universitarios en la Ecole Normale Supérieure de Saint-Cloud (Lyon) y, en paralelo, se matriculó en un curso de la Universidad de la Sorbona (1966-67) que le permitió obtener los títulos de licenciado y de maître en Historia.

En 1969, recién finalizados sus estudios universitarios, superó la oposición y obtuvo la llamada agrégation, lo que le permitió empezar a trabajar como profesor agregado de Historia en el Lycée Louis-Le-Grand de París, en la que sería su primera y única experiencia docente en el mundo de la enseñanza secundaria. Fue entonces cuando abandonó definitivamente Lyon y se instaló en aquel agitado París en el que todavía resonaban los ecos del mayo del 68.

En 1970 se incorporó a la Université Paris I, Panthéon-Sorbonne, como profesor ayudante de Historia Moderna, cargo que ocupó durante cinco años, hasta 1975, cuando se trasladó a la que, con el tiempo, terminaría siendo su «casa» y el lugar en el que más tiempo desarrolló su profesión: la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), donde al principio ejerció como profesor ayudante durante dos cursos. En 1978 fue nombrado ya profesor titular en la EHESS, institución que ya no abandonaría hasta su reciente jubilación oficial como profesor, en el año 2016, y donde ocupó cargos tan destacados como el de director del prestigioso Centre de Recherches Historiques (CRH) (1982-1986), fundado por Fernand Braudel en 1949, y el de jefe de estudios de la École entre 1984 y 2006.

Como miembro –a mi juicio, el más destacado de ellos– de la cuarta generación de la Escuela de los Annales, el profesor Chartier ha desarrollado la mayor parte de su magisterio como renovador de la historiografía francesa y europea en las tres grandes líneas de investigación en las que su nombre es una referencia a nivel internacional: la historia del libro, la historia de la lectura y la historia de la edición. De la influencia que ha ejercido sobre la EHESS, en general, y sobre el CRH (del que sigue siendo membre associé), en particular, da buena cuenta el hecho de que allí se formaron varios de sus discípulos, alguno de los cuales sigue en activo, impartiendo sus clases en ese mismo laboratoire, que hoy depende de la propia EHESS y del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS).

Sin embargo, el que quizá sea el mayor hito en la trayectoria docente del profesor Chartier se produjo en 2006, cuando el prestigiosísimo Collège de France acordó su incorporación al Claustro de la institución y le encomendó la dirección de la Cátedra sobre Escritura y Culturas en la Europa Moderna, creada exprofeso para la ocasión. Hasta su jubilación en 2016, Chartier ocupó, junto a los mejores investigadores de toda Francia en sus respectivas especialidades, este lugar de privilegio, desde el que ha impartido numerosos cursos y seminarios de especialización que han tenido una excelente acogida, no solo por parte del público francés, sino también de estudiantes e investigadores llegados desde todo el mundo, que han acudido a París para seguir sus clases en este centro de enseñanza superior al que hoy sigue ligado como profesor emérito y honorario.

Por si toda esta actividad fuese poca, el profesor Chartier ha compaginado, casi desde sus inicios como docente, esta notable tarea en la EHESS y en el Collège de France con una no menos importante fuera de las fronteras francesas. De hecho, la dimensión de la carrera profesional de Chartier no se entiende en absoluto si no consideramos, también, su brillante trayectoria internacional, pues su presencia en universidades e instituciones académicas de todo el mundo ha sido intensísima e ininterrumpida durante los últimos cuarenta años y desde que, en 1976, realizara su primera estancia internacional. La hizo como investigador invitado (Visiting Fellow) en el acreditado Shelby Cullom Davis Center for Historical Studies de la Universidad de Princeton, donde –como han subrayado los profesores Justo Serna y Anaclet Pons– conoció y trabó amistad con un historiador estadounidense que impartía sus clases allí: el también especialista en la historia del libro y de la lectura Robert Darnton.

Desde esa primera estancia en Princeton, Chartier ha sido investigador o profesor invitado en centros de reconocido prestigio, como las universidades de Montreal, Yale, California en Berkley, Cornell, Johns Hopkins, Chicago, Alabama, Harvard, Nueva York, Stanford y, sobre todo, Pensilvania, donde es Annenberg Visiting Professor of History y ha impartido clases anualmente desde el año 2001.

En América Latina ha dictado seminarios en multitud de centros, como las universidades de Buenos Aires (Argentina), Nacional de Rosario (Argentina), Nacional de San Martín (Argentina), de Chile (Chile), de la República (Uruguay), Diego Portales (Chile), de los Andes (Colombia), de Ouro Preto (Brasil), de Sao Paulo (Brasil), de Passo Fundo (Brasil), Autónoma de Sinaloa (México) y el Instituto Tecnológico de Monterrey (México), por citar solo algunos. Y lo mismo se podría decir de España, donde hemos tenido el placer de escucharle en las universidades Internacional Menéndez Pelayo, Complutense de Madrid, Autónoma de Madrid, de Castilla-La Mancha, de Cádiz, de Almería, Autònoma de Barcelona, de Alcalá de Henares, Carlos III de Madrid y, por supuesto, en la Universitat de València.

Del mismo modo, ha pronunciado conferencias inaugurales en la Sociedad Americana de Antigüedades de Worcester (septiembre de 1987), la Cátedra Luigi Einaudi de Estudios Europeos e Internacionales, las universidades de Cornell (abril de 1988), Iowa (abril de 1990), Pensilvania (1994), Utah (abril de 1995), Alabama (abril de 1996), Edimburgo (octubre de 1996), Oxford (junio de 1997), Washington (octubre de 1997), Brown (abril de 1998), Stanford (octubre de 2000) o la British Library de Londres (1998), por citar solamente algunas de las muchas ocasiones en las que su presencia ha sido requerida, como voz autorizadísima, para impartir clases magistrales o charlas de apertura en distintos actos académicos.

Quizá una de las facetas menos conocidas de su biografía, al menos para el gran público no especialista, que conoce sus publicaciones y que quizá haya asistido a algunas de sus conferencias, pero desconoce los pormenores de su extensa y variada hoja de servicios, sea la de su trabajo como gestor al frente de distintas instituciones a las que Chartier ha aportado no solo sus vastos conocimientos en la materia, sino, también, su reconocida bonhomía a la hora de relacionarse –lo que no siempre es fácil– con colegas y estudiantes de todos los niveles y especialidades.

En este sentido, y si a menudo hablamos de la creciente importancia de la gestión académica y de la necesidad de que un científico conozca, también, ese «otro lado» menos amable que es la jungla burocrática en la que se ha convertido la Universidad en los últimos años, conviene recordar que ha ejercido cargos de responsabilidad científica de primer nivel, compaginándolos siempre con una labor de docencia e investigación que nunca ha abandonado.

Además de la jefatura de estudios de la EHESS y de la dirección del Centre de Recherches Historiques de la propia EHESS, a las que ya me he referido, Chartier ha sido director del Centre Alexandre Koyré (EHESS - CNRS - Muséum National d’Histoire Naturelle) entre 1989 y 1998, director del Centre International de Synthèse - Fondation pour la Science entre 1993 y 1997, miembro del Comité National du Centre National de la Recherche Scientifique, Section Histoire Moderne et Contemporaine, entre 1980 y 1983 y entre 1987 y 1990, presidente del Conseil Scientifique de la Bibliothèque de France entre 1990 y 1994, miembro del Conseil Scientifique pour la Recherche Universitaire auprès du Ministre de l’Enseignement Supérieur et de la Recherche entre 1990 y 1994, presidente del Conseil Scientifique de l’École Nationale Supérieure des Sciences de l’Information et des Bibliothèques entre 1995 y 1998, miembro del Comité d’Évaluation Scientifique de la Maison des Sciences de l’Homme entre 1998 y 2002, y miembro del Comité d’Évaluation Scientifique du Max Planck Institüt für Wissenschaftsgeschichte, entre 2000 y 2004.

Igualmente, ha sido o sigue siendo miembro del comité científico de revistas académicas como Revue de Synthèse (Centre National du Livre y École Normale Supérieure de París), Mana. Estudos de Antropologia Social (Universidade Federal do Rio de Janeiro), Bibliographica (Universidad Nacional Autónoma de México), Cultura Escrita & Sociedad (Universidad de Alcalá de Henares), IC: Revista Científica de Información y Comunicación (Universidad de Sevilla) o Pasajes de Pensamiento Contemporáneo (Universitat de València), entre otras. Así mismo, es miembro del comité editorial de las colecciones «Studies in Print Culture and the History of the Book» (University of Massachusetts Press) y «Material Texts» (University of Pennsylvania Press).

Por otra parte, conviene destacar que, en el caso del profesor Chartier, su faceta como docente e investigador no le ha impedido ejercer, también, como un notable y apasionado divulgador, en el sentido más noble de la palabra. Chartier ha sido un intelectual comprometido con su trabajo y, como tal, un científico que ha terciado en el debate público en numerosas ocasiones, siempre opinando desde el conocimiento y la experiencia. Durante toda su trayectoria como historiador, pocos académicos han tenido más presencia que él en los medios de comunicación (basta dar un vistazo a la sección de noticias de Google para comprobar la cantidad de entrevistas que concede a periódicos y suplementos culturales de todo el mundo), donde su sabia opinión ha sido requerida en multitud de ocasiones, como la de un experto capaz de llegar no solamente a los grandes especialistas, sino también a un público mucho más amplio.

En el caso de nuestro protagonista, creo que se estará de acuerdo en admitir que tanto la comunidad científica como la prensa cultural siempre han visto en él a un investigador docto, pero nada pedante ni pretencioso; un historiador erudito y metódico, cuando el auditorio lo exigía, pero también accesible y dispuesto a discutir con cualquiera y a adaptar el nivel de su discurso al del público al que iba dirigido, cuando ha tenido que hacerlo.

Me resulta difícil reproducir aquí la lista de programas de radio y televisión en los que hemos podido verle y escucharle, por lo que me limitaré a señalar, como botón de muestra, el hecho de que el profesor Chartier fue –junto con historiadores de la talla de Jacques Le Goff, Michelle Perrot o Arlette Farge, entre otros– coproductor del famoso programa de radio Les Lundis de l’Histoire, que hasta su desaparición en 2014 emitió la cadena France Culture, de la Radio Nacional Francesa.

También ha sido, durante muchos años, crítico literario y cultural de la revista Times Literary Supplement, del suplemento Livres (diario Libération), del suplemento Monde des Livres (diario Le Monde) y, en lengua española, del suplemento Blanco y Negro, (diario ABC), así como de las páginas de crítica literaria de los grandes periódicos argentinos Clarín y La Nación. Algunas de sus mejores reseñas de libros pueden encontrarse, por cierto, en uno de los libros, El juego de las reglas: lecturas (2000), incluidos en la lista de títulos que acompaña a este texto.

Esta larga y extraordinaria carrera académica e investigadora le ha hecho merecedor de todo tipo de premios y distinciones, no solo en el ámbito científico, sino también en el mundo de la sociedad civil francesa. El profesor Chartier es oficial de la Legión de Honor Francesa, Corresponding Fellow de la British Academy y presidente del Comité Científico de la Biblioteca Nacional de Francia. Entre los numerosos premios que ha recibido se encuentran, por ejemplo, el Premio Anual de la Asociación Americana de Historia de la Impresión (1990) o el Gran Premio Gobert de la Academia Francesa (1992).

Por último, añadir solamente que, antes de haberlo sido por la Universitat de València, Chartier fue nombrado doctor honoris causa por las universidades Carlos III de Madrid (2001), de Santiago de Chile (2008), Nacional de Córdoba (2008), de Buenos Aires (2008), Nacional de San Martín (2010), Laval (2011), de Neuchâtel (2012), Nacional de Rosario (2017) y de Lisboa (2018). Pocos meses después de su nombramiento por la Universitat de València, las universidades de Bucarest (2019) y de Londres (2019) también le otorgaron la máxima distinción honorífica que puede conceder una institución universitaria.

Y por encima de todos estos indiscutibles méritos, algo intangible que no aparece en su currículum y que marca la diferencia entre el científico que vive encerrado en su torre de marfil, investigando y trabajando para sus pares, y alguien que, como el profesor Chartier, ha sido capaz de rebasar los muros de la academia y de transcender las barreras de su oficio. Si Roger Chartier es hoy un intelectual conocido y reconocido por todos, no es únicamente por la cantidad y la calidad de su producción historiográfica, imposible de rebatir, sino por ser una persona realmente entrañable, de trato exquisito para con todo el mundo. Su dominio de varias lenguas y ese derroche de amabilidad y simpatía tan característico en él lo han convertido en una auténtica rara avis dentro de nuestro gremio.

Frente a esa imagen decimonónica del viejo profesor cascarrabias, siempre amargado y peleado con todos, Chartier es el ejemplo de lo que, a mi juicio, debería ser un profesor emérito: un hombre sabio que, lejos de haber perdido la curiosidad, disfruta enseñando todo lo que sabe y, lo que más nos sorprende de él, ilusionado y casi obsesionado por aprender cada día cosas nuevas. Lejos de haberse retirado, después de su merecida jubilación, mantiene una salud envidiable y una actividad frenética, viajando de un extremo a otro del mundo y atendiendo, siempre con su eterna sonrisa, a todos los que –y somos muchos–, desde cualquier lugar de la geografía académica mundial, reclamamos con cualquier excusa su presencia. Si, como dijo el gran medievalista belga Henri Pirenne, un historiador es alguien «que ama la vida y que sabe mirarla», nosotros, como historiadores, amamos a quien, como el profesor Chartier, ama y nos hace amar nuestro oficio.

El profesor Roger Chartier es autor de una bibliografía abundantísima, en cantidad y calidad, publicada en francés y traducida a varios idiomas, entre los cuales ocupa un lugar muy destacado el español. Ante la imposibilidad de reproducir aquí la lista completa de todos sus libros, artículos o capítulos de libros publicados en nuestro idioma durante las últimas décadas, me limitaré a citar únicamente aquellas obras que, por el inequívoco impacto que han tenido en la renovación de la historiografía europea e internacional, merecen figurar entre las lecturas obligatorias para cualquier investigador del ámbito hispanohablante1 interesado en la historia del libro, de la edición y de la lectura, o, en general, en todo lo relacionado con la cultura escrita, su conocimiento y su transmisión a lo largo del tiempo.

Por destacar únicamente algunos de sus títulos, se debe aclarar que la enumeración se abre con la que quizá sea su obra más conocida entre nosotros y, sin ninguna duda, uno de los mejores libros que se han escrito sobre esa corriente historiográfica a la que hemos convenido en llamar «historia cultural». El mundo como representación (1992) fue el primer libro de Chartier en ser traducido al español y es, si no me equivoco, el que más veces ha sido reeditado, pues no en vano se sigue usando –en España y en América Latina– como manual de referencia en cualquier curso sobre historia del libro y de la lectura. Casi treinta años después de su traducción, sigue siendo el libro de referencia para rastrear el origen de conceptos tan fundamentales en el vocabulario chartieriano como son práctica, representación o sociabilidad.

Lo acompañan una serie de títulos en los que encontramos desde obras ya clásicas y familiares para quienes formamos parte de este gremio, como Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna (1993), Sociedad y escritura en la Edad Moderna (1995), la Historia de la lectura en el mundo occidental [que el profesor Chartier dirigió en colaboración con el historiador de la lectura italiano Guglielmo Cavallo] (1998) o Las revoluciones de la cultura escrita (2000), hasta otros más recientes, como Escuchar a los muertos con los ojos [transcripción de la lección que impartió como inicio del curso académico en el Collège de France en 2007] (2008), Cardenio: entre Cervantes y Shakespeare (2012) o el último de sus libros –hasta el momento de redacción de esta nota– publicados en España, Cultura escrita y textos en red (2019), un ameno e instructivo diálogo con el profesor Carlos A. Scolari en el que ambos reflexionan sobre la revolución que han supuesto internet y lo digital para el mundo del libro y de la lectura.

1992 El mundo como representación: estudios de historia cultural, Barcelona, Gedisa.

1993 Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza.

1994 El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa.

Lecturas y lectores en la Francia del Antiguo Régimen, México, Instituto Mora.

1995 Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII: Los orígenes culturales de la Revolución francesa, Barcelona, Gedisa.

Sociedad y escritura en la Edad Moderna: la cultura como apropiación, México, Instituto Mora.

1996 Escribir las prácticas: Foucault, de Certeau, Marin, Buenos Aires, Manantial.

1997 Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero, México, Universidad Iberoamericana.

1998 Historia de la lectura en el mundo occidental, dir. Roger Chartier y Guglielmo Cavallo, Madrid, Taurus.

1999 Escribir las prácticas: discurso, práctica, representación, Valencia, Cátedra Cañada Blanch de Pensamiento Contemporáneo de la Universitat de València.

Cultura escrita, literatura e historia, ed. Alberto Cue, México, Fondo de Cultura Económica.

2000 Las revoluciones de la cultura escrita, Barcelona, Gedisa.

El juego de las reglas: lecturas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Entre poder y placer: cultura escrita y literatura en la Edad Moderna, Madrid, Cátedra.

2005 El presente del pasado: escritura de la historia, historia de lo escrito, México D.F., Universidad Iberoamericana.

2006 Europa, América y el mundo: tiempos históricos, dir. Roger Chartier y Antonio Feros, Madrid, Marcial Pons.

¿Qué es un texto?, Madrid, Círculo de Bellas Artes.

Inscribir y borrar: cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII), Madrid / Buenos Aires, Katz.

2007 La historia o la lectura del tiempo, Barcelona, Gedisa.

2008 Escuchar a los muertos con los ojos: lección inaugural en el Collège de France, Madrid / Buenos Aires, Katz.

2009 El libro y sus poderes (siglos XV-XVIII), Medellín, Universidad de Antioquía.

2010 ¿La muerte del libro?, Santiago de Chile, LOM Ediciones.

2011 El sociólogo y el historiador, Madrid, Abada [con Pierre Bourdieu].

2012 La aparición del periodismo en Europa: comunicación y propaganda en el Barroco, ed. Roger Chartier y Carmen Espejo, Madrid, Marcial Pons.

Cardenio: entre Cervantes y Shakespeare, Barcelona, Gedisa.

2015 La obra, el taller, el escenario, Almería, Confluencias.

2018 La mano del autor y el espíritu del impresor (siglos XVI-XVIII), Madrid / Buenos Aires, Katz.

2019 Cultura escrita y textos en red, Barcelona, Gedisa [con Carlos A. Scolari].

1. Las cito en orden cronológico (con la fecha de la primera edición en español), para que se aprecie la evolución, aunque todas ellas han sido reeditadas con posterioridad y se pueden encontrar en ediciones más recientes, publicadas en España, Argentina, México u otros países del ámbito hispanohablante.

ESCRITOS

SELECCIONADOS

1. PRESENCIAS DEL PASADO

Los historiadores siempre han sido lamentables profetas, pero, a veces, al recordar que el presente está hecho de pasados heredados y sedimentados, han podido contribuir a un diagnóstico más lúcido en cuanto a las novedades que seducían o espantaban a sus contemporáneos. Es esta certeza la que inspiraba a Lucien Febvre cuando, en una Europa todavía herida por la Primera Guerra Mundial, pronunció en 1933 su lección inaugural de la cátedra «Historia de la civilización moderna» en el Collège de France. Su vibrante defensa a favor de una historia capaz de construir problemas e hipótesis no estaba separada de la idea según la cual la historia, como toda ciencia, «no se hace en absoluto dentro de una torre de marfil. Se hace en la misma vida, y por seres vivos que están inmersos en el siglo».1 Diecisiete años más tarde, en 1950, Fernand Braudel, que le sucedió en esa cátedra, insistía aún más en las responsabilidades de la historia y de los historiadores en un mundo conmocionado por segunda vez y privado de las certezas difícilmente reconstruidas de los años treinta. Para Braudel, al distinguir las temporalidades articuladas que caracterizan a cada sociedad, era posible oír el permanente diálogo instaurado entre la larga duración y el acontecimiento e identificar tanto las «profundas rupturas más allá de las cuales la vida de los hombres cambia por completo», como la larga duración entendida como piedra de toque de todas las ciencias sociales.2

Estas proposiciones de los fundadores de la Escuela de los Annales pueden guiar todavía nuestras reflexiones. Pero debemos también medir la distancia que nos separa de ellos. Hoy en día la obligación de los historiadores no consiste en reconstruir la disciplina histórica, tal como lo exigía en 1933 y 1950 un mundo dos veces en ruinas, sino en comprender y aceptar que los historiadores no tienen en nuestras sociedades el monopolio de las representaciones del pasado. Las insurrecciones de la memoria, así como las seducciones de la ficción, son firmes competidoras. Hoy en día, los historiadores saben que el conocimiento que producen no es más que una de las modalidades de la relación que las sociedades mantienen con el pasado. Las obras de ficción, al menos algunas de ellas, y la memoria, sea colectiva o individual, también dan presencia al pasado, una presencia a veces o a menudo más poderosa que la que establecen los libros de historia.

MEMORIA E HISTORIA

En los últimos años, la obra de Paul Ricœur es sin duda alguna la que se dedicó con más atención a los diferentes modos de representación del pasado: la ficción narrativa, el conocimiento histórico, las operaciones de la memoria. Su último libro, La memoria, la historia, el olvido, establece una serie de distinciones esenciales entre estas dos formas de presencia del pasado en el presente que aseguran, por un lado, el trabajo de la anamnesis, cuando el individuo «desciende a su memoria», como escribe Borges, y, por otro, la operación historiográfica.3 La primera diferencia es la que distingue el testimonio del documento. Si el primero es inseparable del testigo y de la credibilidad otorgada a sus palabras, el segundo permite el acceso a conocimientos que fueron recuerdos de nadie. A la estructura fiduciaria del testimonio, que implica la confianza, se opone la naturaleza indiciaria del documento, sometido a los criterios objetivos de la prueba.

Una segunda distinción opone la inmediatez de la memoria y la construcción explicativa de la historia, cualquiera que sea la escala de análisis de los fenómenos históricos o el modelo de inteligibilidad elegido, sea las explicaciones por las causalidades desconocidas por los actores o bien las explicaciones que privilegian sus estrategias explícitas y conscientes. De ahí una tercera diferencia: entre el reconocimiento del pasado procurado por la memoria y su representación, o «representancia» en el sentido de «tener el lugar de», asegurada por el relato histórico.

La distinción analítica introducida por Ricœur entre la elección de modelos explicativos y la construcción del relato histórico permite subrayar los parentescos narrativos o retóricos entre la ficción y la historia (tal como lo mostraba Tiempo y narración)4 sin correr el riesgo de disolver la capacidad de conocimiento de la historia en la narratividad que rige su escritura. Haciendo hincapié en las operaciones específicas que fundamentan tanto la intención de verdad como la práctica crítica de la historia, Ricœur rechaza todas las perspectivas que consideran que el régimen de verdad de la novela y el de la historia son idénticos. Así, retoma la afirmación de Michel de Certeau en cuanto a la capacidad de la historia de producir enunciados «científicos», si se entiende por eso «la posibilidad de establecer un conjunto de reglas que permitan “controlar” operaciones proporcionadas para la producción de objetos determinados».5 Son estas operaciones y reglas las que permiten acreditar la representación histórica del pasado y rehusar la sospecha de relativismo o escepticismo que nace del uso por la escritura historiográfica de las formas «literarias»: estructuras narrativas, tropos retóricos, figuras metafóricas.

El documento en contra del testimonio, la construcción explicativa en contra de la reminiscencia inmediata, la representación del pasado en contra de su reconocimiento: cada fase de la operación historiográfica se distingue así claramente del proceder de la memoria. Pero la diferencia no excluye la competencia. Por un lado, la historia intentó recientemente someter la memoria al estatus de un objeto histórico cuyos lugares de inscripción, formas de transmisión y usos ideológicos deben ser estudiados.6 Por otro lado, a menudo la memoria pudo pretender una relación más verdadera, más auténtica, con el pasado que la historia. Fue el caso en la tradición judía con la duradera reticencia al tratamiento historiográfico del pasado, como lo muestra Yosef Yerushalmi,7 o fue el caso, en el siglo XIX, cuando la memoria romántica opuso un conocimiento vivo, afectivo, existencial del pasado a su neutralización distanciada e inerte por parte de los historiadores.

Ricœur sugiere que hoy en día no se trata de reivindicar la memoria en contra de la historia, sino de reconocer sus diferencias fundamentales y, también, de mostrar las relaciones que las unen. En efecto, es en el testimonio de la memoria, en el recuerdo del testigo, donde la historia encuentra la certidumbre en la existencia de un pasado que fue, que ya no es, y que la operación historiográfica pretende representar adecuadamente en el presente. Como escribe,

la memoria sigue siendo el guardián de la última dialéctica constitutiva de la paseidad del pasado, a saber, la relación entre el «ya no» que señala su carácter terminado, abolido, superado, y el «sido» que designa su carácter originario y, en este sentido, indestructible.8

Es en el entrecruzamiento entre la cientificidad de la operación historiográfica y la garantía ontológica del testimonio donde Ricœur fundamenta el rechazo de las posiciones escépticas y relativistas.9

PRUEBAS Y FICCIONES

Sin embargo, como sabía Cervantes para nuestro placer o para la inquietud de sus lectores, siempre la ilusión referencial se pone en relación con el pasado, cualquiera que sea su registro. Es cierto que, como muestra Roland Barthes, las modalidades de las relaciones con lo real no son las mismas en la novela, que, al abandonar en el siglo XIX la estética clásica de la verosimilitud, multiplicó las notas realistas destinadas a cargar la ficción con un peso de realidad y producir una «ilusión referencial», y en la historia, para la cual, según Barthes, «el haber-sido de las cosas es un principio suficiente del discurso».10 Sin embargo, para exhibir este «principio», el historiador debe introducir en su narración indicios o pruebas de este «haber-sido», encargados de dar presencia al pasado gracias a las citas, las fotos, los documentos. Para Michel de Certeau, la construcción desdoblada propia de la historia se remite a tal presencia:

Se plantea como historiográfico el discurso que «comprende» a su otro –la crónica, el archivo, el documento–, es decir, el que se organiza como texto foliado en el cual una mitad, continua, se apoya sobre otra, diseminada, para poder decir lo que significa la otra sin saberlo. Por las «citas», por las referencias, por las notas y por todo el aparato de llamadas permanentes a un primer lenguaje, el discurso se establece como saber del otro.11

Sin embargo, el uso de semejante aparato no es siempre suficiente para proteger contra la ilusión referencial. De ahí, la apropiación, por algunas ficciones, de las técnicas de la prueba propias de la historia, a fin de producir, no «efectos de realidad», sino más bien la ilusión de un discurso histórico. Es el caso del libro de Max Aub Jusep Torres Campalans, publicado en Ciudad de México en 1958.12 El libro pone al servicio de la biografía de un pintor imaginario todas las técnicas de la acreditación moderna del discurso histórico: las fotografías que dejan ver a los padres del artista y a este en compañía de su amigo Picasso, los recortes de prensa donde se mencionan las entrevistas que Campalans dio en 1914 antes de salir de París, las conversaciones que Max Aub tuvo con Campalans y algunos de sus contemporáneos, el Cuaderno verde redactado por el pintor entre 1906 y 1914, y las reproducciones de sus obras (expuestas en México y después en Nueva York, en 1962, con ocasión de la presentación de la traducción inglesa del libro).

En su tiempo, la obra se burlaba de las categorías manejadas por la crítica de arte: la explicación de la obra por la biografía del artista, las nociones contradictorias y, sin embargo, asociadas de influencia y de precursor, las técnicas de datación y atribución, el desciframiento de intenciones secretas del creador. Hoy en día, esa obra puede leerse de otra manera. Al movilizar los «efectos de realidad» compartidos por el saber histórico y la invención literaria muestra los parentescos que los vinculan. Sin embargo, al multiplicar las advertencias irónicas (en particular, las numerosas referencias al Quijote o el epígrafe «¿Cómo puede haber verdad sin mentira?»), recuerda a sus lectores la distancia que separa a la fábula de la literatura del discurso del conocimiento, la realidad que fue y los referentes imaginarios. Al lado de los libros de Caro Baroja o Anthony Grafton dedicados a las falsificaciones históricas,13 el Campalans de Max Aub, paradójicamente, irónicamente, reafirma la capacidad de distinguir entre el encanto o la magia de la relación con un pasado imaginado e imaginario y las operaciones críticas propias de un saber histórico capaz de desenmascarar las imposturas.

Es la razón por la cual la distinción entre historia y ficción parece bien clara si se acepta con Michel de Certeau que, en todas sus formas (míticas, literarias, metafóricas), la ficción es «un discurso que se “informa” de lo real, pero no pretende representarlo ni acreditarse en él»,14 mientras que la historia pretende dar una representación adecuada de la realidad que fue y ya no es. En ese sentido, lo real es, a la vez, el objeto, el referente y el garante del discurso de la historia. Sin embargo, hoy en día muchas razones borran esa distinción tan clara.

LA HISTORIA SOBRE LAS TABLAS

La primera de las razones es la fuerza de las representaciones del pasado propuestas por la literatura. La noción de «energía» puede ayudar a comprender cómo algunas obras literarias han moldeado más poderosamente que los escritos de los historiado res las representaciones colectivas del pasado. Esa noción desempeña un papel esencial en la perspectiva analítica del New Historicism. En su libro Shakespearean Negotiations, cuyo subtítulo es The Circulation of Social Energy in Renaissance England, Stephen Green blatt define la noción de «energía social» como una noción clave tanto para el proceso de la creación estética como para las percepciones y las experiencias de sus lectores o espectadores.

Por un lado, lo que capta la escritura literaria es la poderosa energía de los lenguajes, ritos y prácticas del mundo social. Múltiples son las formas de las negociaciones que permiten semejante apropiación estética del mundo social: la apropiación de los lenguajes, el uso metafórico (o material en el caso del teatro) de los objetos de lo cotidiano, la simulación de las ceremonias y de los discursos públicos. La energía así transferida en la obra literaria (lo que Greenblatt designa como «la energía social codificada en las obras literarias» o en otra fórmula «las formas estéticas de la energía social») vuelve al mundo social a través de sus apropiaciones por sus lectores y espectadores. Lo que define la fuerza estética de las obras, o de ciertas obras por lo menos, es «la capacidad de algunas huellas verbales, orales y visuales de producir, plasmar y organizar experiencias colectivas, tanto físicas como mentales».15 La circulación entre el mundo social y las obras estéticas puede así apoderarse de cualquiera realidad, tanto de los deseos, las ansiedades o los sueños, como del poder, el carisma o lo sagrado: «cualquier cosa producida por la sociedad puede circular salvo si se encuentra excluida de la circulación» –excluida, por ejemplo, por la censura monárquica o eclesiástica–.16

A título de ejemplo, veamos las histories o piezas históricas de Shakespeare. En el folio de 1623, que agrupa por primera vez, siete años después de la muerte del dramaturgo, treinta y seis de sus obras, la categoría de las histories, ubicada entre las comedias y las tragedias, reúne diez obras que, siguiendo el orden cronológico de los reinados, cuentan la historia de Inglaterra desde el rey Juan hasta Enrique VIII. La historia representada en los escenarios de los teatros es una historia recompuesta, sometida a las exigencias de la censura (como lo demuestra la ausencia de la escena de la abdicación de Ricardo II en las tres primeras ediciones de la obra) y abierta a los anacronismos.

Así, en su puesta en escena de la revuelta de Jack Cade y sus artesanos de Kent en 1450, como aparece en la segunda parte de Enrique VI, Shakespeare reinterpreta el hecho atribuyendo a los rebeldes de 1450 un lenguaje milenarista e igualitario y acciones violentas, destructivas de todas las formas de la cultura escrita y de todos los que la encarnan, que los cronistas asociaban, con una menor radicalidad, por lo demás, con la revuelta de Tyler y Straw de 1381. El resultado es una representación ambivalente o contradictoria de la revuelta de 1450 que recapitula las fórmulas y los gestos de las revueltas populares, al mismo tiempo que deja ver la figura carnavalesca, grotesca y cruel de una imposible edad de oro: la de un mundo al revés, sin escritura, sin moneda, sin diferencias. La historia de las histories se basaba en la distorsión de las realidades históricas narradas por los cronistas y proponía a los espectadores y lectores una cronología dramática, y no histórica, y una representación ambigua del pasado, habitada por la confusión, la incertidumbre y la contradicción. Tal vez este sea el caso de todas las apropiaciones del pasado por la invención poética, como en las epopeyas, o, más tarde, en las construcciones narrativas de las novelas y películas históricas, y la razón de la fuerza seductora de las ficciones que se apoderan de la historia.

LITERATURA E HISTORIA. UN QUIASMO

Las relaciones entre la literatura y la historia conocieron un intercambio de posición en los siglos XIX y XX. Una vez establecido el sentido moderno de la palabra literatura, no entendi da ya como lo era cuando los diccionarios del siglo XVII la definían como «erudición», pero sí como un conjunto de creaciones estéticas que suponen la originalidad de las obras, la singularidad de la escritura y la propiedad del autor, la escritura literaria se volvió el lugar de la verdadera «historia», ignorada por los historiadores fascinados por los eventos, los individuos y la política. Es la novela la que debía asumir la tarea de describir la sociedad entera, de proponer, como indica Manzoni en 1845 en su libro Del romanzo storico, «una representación más general del estado de la humanidad en un momento, en un lugar, naturalmente más acotado que aquel donde habitualmente se expanden los trabajos de historia, en el sentido más usual del término».17 El novelista debe ser el auténtico historiador que transforma su obra de ficción en una «grande pequeña historia», como reivindica Balzac en la primera página de Les illusions perdues, o que da a conocer, como afirma Manzoni,

costumbres, las opiniones, ya sea generales, ya inherentes a esta o a aquella clase de personas, efectos privados de los acontecimientos públicos, que más estrictamente se denominan históricos, y de las leyes, o de las voluntades de los poderosos, en cualesquiera maneras que se expresan; en definitiva, todo cuanto ha tenido más característico, en todas las condiciones de vida, y en las relaciones de unas con las otras, en una sociedad dada, en un tiempo dado.18

Cuando la historia de los historiadores abandonó sus ídolos antiguos a favor de las coyunturas económicas y demográficas, de las jerarquías sociales, de las creencias y mentalidades colectivas, la literatura se desplazó para apoderarse de lo particular, de lo individual, de las diferencias. Escribir las «vidas» de individuos singulares se volvió un género favorito. Borges, que lo práctico con la Historia universal de la infamia en 1935, nombra su precursor en su Biblioteca personal en 1985: las Vies imaginaires de Marcel Schwob:

Hacia 1935 escribí un libro candoroso que se llamaba Historia universal de la infamia. Una de sus muchas fuentes, no señalada aún por la crítica, fue este libro de Schwob. […] Sus Vidas imaginarias datan de 1896. Para su escritura inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen está en este vaivén.19

El «método curioso» de Schwob consistía en privilegiar «el sentimiento de lo individual», en separar radicalmente los destinos individuales de las «ideas generales», en liberar la escritura biográfica de la exigencia de verdad. Definió Schwob el arte, sea literatura o pintura, en contra de la historia de su tiempo: «La ciencia histórica nos deja en la incertidumbre por lo que al individuo se refiere. Tan solo nos revela aquellos puntos que lo relacionan con los hechos y acciones de orden general», mientras que «el arte es todo lo contrario de las ideas generales, solo describe lo individual, solo propende a lo único». Por ende, el arte del biógrafo consiste en «llegar a individuar incluso lo más general […] no tiene por qué preocuparse de ser exacto». El género aparentemente más histórico, la biografía, debe alejarse de la historia para acercarse a una realidad más profunda, más esencial, contando «las existencias singulares y únicas de los hombres, fueran estos divinos, mediocres o criminales».20

Siguiendo el camino así abierto, en el siglo XX la literatura se apoderó de lo que los nuevos «ídolos» de la historia (población, economías, sociedades) ignoran, menosprecian o borran, es decir, las «vidas», siempre singulares, frágiles, oscuras. En la novela, esta atención se vincula con las «vies minuscules» y las «histoires infimes», tal como se hace en el libro de Pierre Michon Vidas minúsculas, publicado en 1984.21 Pero las existencias anónimas se encuentran en los archivos mismos, como si los documentos, tratados estadísticamente por los historiadores, conservaran las huellas breves, fragmentadas, de vidas singulares. Es la «historia minúscula de estas existencias» la que Foucault deseaba hacer presente en el proyecto de «antología de existencias» que presentó en su artículo «La vie des hommes infâmes» (La vida de los hombres infames), publicado en 1977: «Vidas singulares, convertidas, por oscuros azares, en extraños poemas: tal es lo que he pretendido reunir en este herbolario». Invirtiendo el proceder de Schwob, Foucault ubica en existencias reales, oscuras e infortunadas, contadas en pocas frases en los archivos policiales, los archivos de los tribunales y las «lettres de cachet», «el extraño efecto mezcla de belleza y de espanto», «la luminosidad fulgurante», que producen la intensidad y la energía de la poesía.22

La «literatura», imaginada por el escritor o encontrada en la «poesía» de los documentos, está así investida por una poderosa capacidad de conocimiento. Poderosa, pero también peligrosa si no se movilizan los procedimientos que producen una verdad de la ficción entendida, según la fórmula de Carlo Ginzburg, como «una historia verdadera construida a partir de la historia ficticia». No se trata, entonces, de afirmar que ficción e historia producen una misma verdad, sino de identificar cuáles son las condiciones, tanto de escritura como de lectura, que ubican en algunas obras literarias un discurso verdadero sobre la realidad o el pasado. Siguiendo a Ginzburg, podemos destacar tres dispo sitivos estéticos que producen semejante verdad histórica. El primero es la distancia crítica que permite el proceder del «extrañamiento», del «ostranenie» según los formalistas rusos, que transforma lo familiar en algo extraño, raro, inesperado.23 Está así producida una «docta ignorancia» que rechaza la percepción ciega de las evidencias, la aceptación automática de las costumbres, el sometimiento al orden. La encarnaron en las ficciones las figuras del iletrado sabio, del salvaje civilizado, del campesino cuerdo, o bien de los animales de las fábulas y del mundo al revés. Un segundo proceder hace hincapié en las modalidades de apropiación de los relatos históricos por las obras teatrales o narrativas. Se trata en este caso –invirtiendo el proceder del «New Historicism»– de retroceder de la ficción al documento, de la verdad teatral o novelística, organizada por su lógica propia, a la verdad de los hechos procurada por la crónica o la historiografía.24 Finalmente, un último desafío lanzado por la ficción a la historia es el uso de procedimientos de escritura prohibidos a los historiadores: por ejemplo, el estilo directo libre que introduce en la narración los pensamientos íntimos, secretos y mudos de los protagonistas. Comenta Ginzburg: «es un procedimiento que parece de antemano vedado a los historiadores, ya que, por definición, el discurso directo libre no deja huella documental». Pero añade que, si la verdad producida por el discurso directo libre está ubicada más allá o por debajo del conocimiento histórico, no obstante «los procedimientos narrativos son como campos magnéticos: provocan preguntas, y atraen documentos potenciales».25 Así, la verdad de la ficción podría convertirse en verdad de la historia.

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