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AMÉRICA PROFUNDA
Rodolfo Kusch nació en Buenos Aires el 22 de junio de 1922 y falleció en la misma ciudad el 30 de septiembre de 1979. Infatigable investigador de la realidad americana, negado y silenciado más por aquellos de estructura mental eurocéntrica académica que por fundamentos ideológicos válidos, vuelca en este trabajo su pasión entrañable por la “América parda” y hace de su permanente indagación la carta más segura de nuestras aventuras titánicas. Por eso leer esta América profunda es tomar contacto, una vez más, con el gran interrogante de nuestro destino.
En las páginas que abren a la dimensión no pensada de lo americano, Kusch reconstruye la máxima tensión de ese contraste como la oposición entre el hedor y la pulcritud, dos formas arquetípicas que evocan el drama existencial de las clases medias urbanas y de sus intelectuales frente a la presión de lo popular.
En nuestro continente –dice Kusch– “por un lado están los estratos profundos de América, con su raíz mesiánica y su ira divina a flor de piel, y por el otro los progresistas occidentalizados de una antigua experiencia del ser humano. Uno está comprometido con el hedor y lleva encima el miedo al exterminio, y el otro en cambio es triunfante y pulcro y apunta a un triunfo ilimitado, aunque imposible”.
La lección de Kusch conjuga una incitación filosófica y un gesto vital. Su invitación a pensar América desde su propio entorno, lejos de constituir una presunción localista, significa una reivindicación del pensar mismo concebida como acto genuino y universalizante.
RODOLFO KUSCH
AMÉRICA PROFUNDA

Índice
Cubierta
Sobre este libro
Portada
Prólogo, por Norberto Maicas
Exordio
Introducción a América
Libro I. La ira divina El indio Santa Cruz Pachacuti Los cinco signos de Viracocha El maestro La riqueza Tunupa Dualidad Círculo La marcha del dios sobre el mundo Enfrentamiento con el caos El equilibrio El mundo Cielo y tierra Los cuatro elementos El azar Las categorías de Yamqui El viracochaísmo Cosmogonía amauta El secreto de los héroes gemelos Conjuración del mundo ¿Maipin Canqui? Conclusión Definición del “mero estar” El mero estar Fuga del accidente Sabiduría
Libro II. Los objetos Los mercaderes La santa ciudad Ira del hombre El mercader Ser alguien El patio de los objetos Objetos y utensilios La historia El ser alguien Los profetas del miedo Colón Pizarro Puritanos
Libro III. Sabiduría de América Fagocitación La paradoja de ser alguien Costa y sierra ¿Qué es fagocitación? El ciclo del pan Sabiduría de América El mero estar para el futuro Exterminio El ayuno Filo entre vida y muerte Itinerario del dios en el vacío El camino interior Hedor y sabiduría
Créditos
PRÓLOGO
Existe una especie de obsesión por la racionalidad, que no permite ver cualquier otra posibilidad...
RODOLFO KUSCH
La más tremenda e inflexible de las formas de opresión es aquella que ejercen las leyes de la naturaleza, obligándonos a transcurrir en un mundo aparentemente clausurado a las potencias sagradas. Hay dos posibilidades: o el universo es una gigantesca casualidad, una masa de combinaciones químicas, de dispersiones, contracciones y aleaciones determinadas por el mero azar, o –lo que sería más piadoso– existe una razón oculta, una finalidad última ante la cual cobran sentido todas las cosas que suceden y también nuestras vidas.
Las observaciones de las leyes que citábamos al principio hacen que los espíritus científicos sospechen la primera de las posibilidades. Los espíritus sensibles, sin embargo, prefieren apostar su vida a la segunda. Pero para ello hay que abrir la puerta a lo sacro, al misterio, o a lo simplemente olvidado. Ocurre entonces que cuando los hombres abren esa puerta sienten miedo, ese viejo terror al Gran Secreto, a los mensajeros de una justicia incomprensible. Ese misterio que, como tal, preside la existencia del hombre.
* * *
Las cosas en el lenguaje se enuncian mediante el concepto. El concepto es la representación de la cosa. “Animal racional”, por ejemplo, es un concepto que designa un conjunto de notas y caracteres que representa a los hombres en general sin ser ninguno de ellos en particular. Es una abstracción que habla de todos sin decir nada de ninguno.
Esta característica es la que da al concepto su singular paradoja: la del todo y la nada. Singularidad que precisamente es la que le otorga la peligrosidad de las armas de doble filo. Por eso pensar es difícil y, además, peligroso. Cuando de pensar se trata hay que tener bien sujeto bajo los ojos esa resbalosa particularidad de los conceptos. Un momento de distracción puede significar que nos quedemos con la nada y se nos escape el todo; que, después de todo, es ese detalle importante que diferencia el pensar de la mera actividad racional.
Sabemos que conquistar una verdad no es tarea fácil; es más, a veces hay que pagar demasiado. Por eso hablar de las cosas manejando los conceptos por el lado de la pura nada es jugar con las palabras. Hay que vivirlos. Es la única manera para que dejen de ser abstractos y pierdan su singular contradicción.
Por otra parte, sabemos que la contradicción es un invento de la lógica, y nosotros después de dos mil años de historia hemos aprendido que la vida nada tiene que ver con un silogismo.1
* * *
La verdad es tan subjetiva como la realidad. En este mundo, el mundo de las grandes ciudades y de las grandes masas colectivas, es indiferente saber si esto tuvo lugar realmente y de qué fenómeno histórico nos creemos los actores y los testigos. Lo que llamamos “realidad” es una utopía. La historia tal como nos la representamos y tal como creemos vivirla, con su sucesión de acontecimientos tranquilamente lineal, sólo expresa nuestro deseo de atenernos a cosas sólidas, a acontecimientos indiscutibles que se desarrollan en un orden simple al que el arte narrativo presta valor en provecho de la atractiva ilusión.
Pero ya no somos capaces de experimentar la felicidad de la narración sobre cuyo modelo se constituyeron siglos de realidades históricas. Si vivimos, lo hacemos en un mundo de posibilidades y no ya de acontecimientos, mundo en el que no ocurre nada que se pueda contar.
* * *
Las páginas que siguen exigirían, sin duda, que se hiciera acentuado hincapié en un tipo de advertencia que ya se ha hecho clásica.
En efecto, aquí sería menester no sólo anunciar lo que el libro no es sino agregar que en modo alguno se trata de un libro, puesto que se instala en la digresión. Y esto por dos razones de desigual importancia. En primer lugar, fue mediante esta forma de pensamiento digresivo, mediante esta manera de indicar o de evocar un estilo de pensamiento alejándose y acercándose uno de él como comenzó, precisamente en 1953 con La seducción de la barbarie, una reflexión de la cual este trabajo es el remate provisional. Son estas digresiones las que las mantuvieron constantemente en la tensión de la distancia y de la proximidad, en el límite del encantamiento y de la argumentación, entre la elegancia y la reserva, entre la vehemencia y el tacto, entre la figura del habitante de la ciudad y la figura del indígena.
La segunda razón (y ésta es decisiva) es la de que bien se ve que esas reflexiones se organizan en un territorio por entero paradójico. Para decirlo en el estilo de Kant, los conceptos de la antropología filosófica de Kusch tienen un territorio en el que son reguladores, pero no tienen un dominio en el que legislen.
En el caso de Kusch, el pensamiento digresivo recorre la obra, interroga a la filosofía sobre sus fundamentos, dejándola sin embargo en la incertidumbre en cuanto a sus objetos y en cuanto a su campo disciplinario. Pero es evidente que se cometería cierta injusticia si se caracterizara esta obra de manera negativa y se la considerara una frágil síntesis del pensamiento intuitivo, como descripciones fundamentalmente subjetivas que sólo tendrían el interés de lo curioso y de lo introspectivo (lo cual reduciría la obra de Kusch a su dimensión etnográfica) o como intento marcado por una especie de indecisión disciplinaria que vacilaría entre la psicología, la sociología, la antropología y la filosofía.
Trátase más bien de un modo de estructuración inmanente que hace explorar fenómenos situados en el límite del campo de la filosofía dominante, pues esta obra, América profunda, vuelve a interrogarse sobre los fundamentos de la disciplina y llega a hacer problemática la noción misma de filosofía.
Conviene decirlo todo en seguida: Rodolfo Kusch es cualquier cosa menos un filósofo del encuentro y de la alteridad. Se lo convoca en estas páginas a los efectos de la restitución de un mundo que no se ha dejado atrapar por el demonio de la descripción de las formas.
El texto se manifiesta sensible a la dimensión de abandono inserto en lo real mismo frente a los que desconocen la precariedad de los vínculos que lo constituyen.
Kusch ha captado la dimensión de lo real justo en el momento en que se corría el peligro de agotarse en un pensamiento del afuera, en las fronteras infinitas de la conciencia exiliada.
No tenemos ninguna razón para insistir sobre la experiencia del desamparo. Y ni siquiera tenemos el derecho de suponer que la complejidad y el desorden de nuestras vivencias sean ajenos al universo de las formas que describe el discurso científico.
No se trata ya de pensar en el individuo sino que se trata de pensar en el “siempre” del mundo, el “siempre” de la no coincidencia y de la relación. Y para esto es menester volver a recorrer el camino que va de las categorías de la reminiscencia a las categorías de la repetición. Es necesario repetir lo que debemos aprender incansablemente, cuales son las demandas de nuestro diario vivir, los momentos en que se desdobla bajo el peso del sentido común, los momentos en que el sujeto se desprende de la eternidad fría de la vigilancia, no para retirarse a dormir, no para hacerse conciencia, sino para inventar nuevos torbellinos, para alimentar las interferencias que constituyen la contextura del mundo.
La experiencia primera de la antropología kuscheana no es la experiencia privada de una crispación existencial –la soledad– frente a la estructural plenitud del mundo. Nunca encontramos esos átomos de pura presencia en sí, esos elementos absolutamente intransitivos “sin intencionalidad, sin relación”.2 Lo que se nos da es más bien la experiencia de la fluidez de la copresencia y de las pequeñas oposiciones que son nuestras vacilaciones cotidianas, la experiencia del excedente de sociabilidad en su materialidad discursiva. Lo que se nos da es también la experiencia del abandono y desamparo de ese existir en beneficio de las ansias del ser existente. En efecto, sólo atendemos al sentido porque estamos petrificados en esa vigilancia insomne de que habla Lévinas, vigilancia infinitamente presente y sin objeto, que nos mantiene en la esfera del desdoblamiento puramente subjetivo y que nos entorpece.
* * *
El discurso antropológico que aquí se presenta no es pues el discurso del exilio. No es la vivencia subjetiva del desamparo lo que resulta grave para el pensamiento de Kusch, sino que es el estado de abandono del mundo, su desamparo. Prestar atención al sentido o no descuidar las situaciones significa, en efecto, no esperarlo todo de la razón y de la experiencia. Semejante esquema de pensamiento puede hacerse peligroso hasta por presunción.
La crispación existencial, la pareja de la razón clásica (lo extraño del mundo y la soledad del ser existente) en la que se instala la filosofía “oficial” la lleva (por desconfianza respecto del voluntarismo de la razón) a descuidar las formas concretas del existir, a subir indefinidamente la apuesta y a envolver de misterio su relación con el misterio.
Desde este punto de vista, la filosofía académica está irremediablemente truncada. No es un espacio pasional, es un espacio de sonámbulos que se desplazan y aprehenden las cosas en el infinitivo. El sonámbulo es alguien cuya vida de relación persiste mientras duerme. Por definición, es un ser del afuera; nos saca del inventario de los estados anímicos del ser existente para hacernos captar desde el principio la riqueza formal del existir. El sonámbulo es un ser pragmático. Ha renunciado a encontrar el sentido: lo conoce de antemano y con exceso, apuesta por la proliferación infinita de las asociaciones entre las ideas y, entre los hombres, apuesta por la profusión cualitativa de las formas por más que éstas resulten ininteligibles porque trabaja en una superficie de racionalidad que persiste en flotar por encima de las grandes fracturas de la historia de nuestro tiempo.
Por el contrario, para considerar en su verdadero sentido las exigencia de la antropología filosófica de Kusch, es necesario considerar el elemento político de las culturas. Precisamente este excedente de sentido es el único que permite hablar de una antropología filosófica americana y no confundirla con una relación intersubjetiva. Es el contexto en el cual se despliega ese espacio de la antropología, es su marco.
Es preciso analizar, entonces, los marcos categoriales que nos hacen atribuir una realidad singular, una gravedad a nuestras relaciones. Lo que se intenta restituir es el desdoblamiento o profusión de la relación y no ya tan sólo el desdoblamiento de las subjetividades que la constituyen. Se trata de oponer el magnetismo de las situaciones al peligro de reducir el espacio filosófico; de reencontrar la ética de la mundanidad más allá de los melindres de la lisonja. Ésta ya era la intuición de Kusch. El espacio filosófico tiene necesidad no sólo de la pluralidad de las diferencias, sino también de su enmarañamiento, de los efectos de movilización o de sobrecarga y de inmovilización que aquellas diferencias provocan.
En suma, la filosofía de la alteridad no basta para esta tarea. Dicha filosofía sólo puede restituirnos un mundo que ya hemos perdido. Sólo puede volver a subir la cuesta del divorcio y la destitución; sólo puede instalarse en los pliegues narcisistas de la historia: institución, destitución y restitución.
* * *
El hombre es un ser de locomoción al que los encuentros y las experiencias de la copresencia transforman en un enorme ojo. Desde el momento en que el hombre comunica esta experiencia, desde el momento en que se sitúa (aunque no sea más que por la palabra) fuera de los muros impuestos que lo contienen, esa experiencia le revela lo que no es cultural en una cultura, la naturaleza de los intervalos constitutivos de un mundo.
Restaurar la función-autor, formular la pregunta “¿desde dónde hablo?”, significa volver a encontrar la abstracción del testigo en el habla. O, mejor dicho, no existe el lenguaje para expresar semejante momento; el momento de la reconciliación con la historia como “forma inaugural”, es decir, como plano de referencia y no como sucesión.
Desde la historia como forma a la historia de las formas, el instante perdió su calidad inaugural, perdió la irrupción, se convierte en representante de lo humano y cae en la complacencia. Esa complacencia que a cada instante nos tranquiliza acerca de la permanencia del mundo.
Un acontecimiento no es un signo ni tampoco un enunciado. Por su sola inercia, el acontecimiento se sitúa en una línea discursiva que va del rumor a la leyenda. Carece de reflexibidad crítica y de la pretensión universalizante. Para que se transforme en un factum necesita un operador trascendental, una referencia a sus condiciones de posibilidad. El acontecimiento se convierte entonces en un conjunto de rastros que se reúnen en un punto preciso de la duración y de la extensión, en una conjunción de referencias sobre las maneras de pensar y de obrar en la sociedad de una época. Pero desde el momento en que la filosofía se interroga sobre la manera en que la percepción del hecho vivido se propaga en ondas sucesivas, que poco a poco y en el despliegue del espacio y del tiempo pierden su amplitud y se deforman, entonces, ante la incontenible introducción de lo maravilloso y de lo legendario, la filosofía se hace compromiso.
Se trata del espacio de las situaciones significativas, constitutivas de una cultura indígena que se despliegan mediante trueque en el mercado local de la cultura; de relaciones que ningún lenguaje constituido puede estructurar de manera unívoca, desde el momento en que la gestualidad va unida a las palabras.
Desde este punto de vista, se impone decir que un rostro no es la epifanía que describen las fenomenologías de la alteridad. El actor típico de la antropología de Kusch se encuentra en el límite de sí mismo, está en su límite. No quiere decir esto que supere o trascienda su contingencia, quiere decir que ese actor es siempre interpelado en el umbral de su identidad y que la manera en que él proyecta situarse dejará en suspenso mil situaciones concretas, luminosas y mudas, en las que sólo será un rostro que únicamente tiene que ver con rostros.
* * *
Lo que subyace en el subsuelo de América como lugar del sentido es precisamente la experiencia antropológica fundamental. Ésta no representa la culminación triunfal de una dialéctica de las conciencias, reino único de la visión silenciosa que obliga a sufrir el despotismo de un sentido único, sino que es el fracaso de la interacción.
Evitemos toda confusión: la lógica de las interacciones en la filosofía de Kusch no es una dialéctica, es una lógica de la negación en las que las condiciones de inteligibilidad de un evento son inseparables de la definición de un plano en el que aquel podrá connotar con otros acontecimientos. Estos acontecimientos designan la dimensión de surgimiento y de resurgimiento, las pulsaciones del proceso que aspiran a restituir el primado de la situación de interacción, el primado del sitio, sobre aquello que se desarrolla en él.
Es muy probable que la antropología filosófica de Kusch no tenga nada que ganar dejándose interpelar por la historia “oficial” de América. Lo cierto es que la fuerza de su pensamiento sólo se concibe poniendo entre paréntesis esa historia, convocada aquí y allá sólo de manera alusiva, como por añadidura, para legitimar una analogía formal.
Lo esencial de sus planteos radica en una estética y una ética de la asociación. A diferentes formas de sensibilidad, diferentes formas de percepción que mantienen el discurso filosófico más acá de un cuerpo conceptual y más acá de una teoría descriptiva.
Los símbolos funcionan en su pensamiento como índice de un análisis futuro que permanece vacío, al que todavía le falta algo y al que siempre le faltará algo, como si el símbolo fuera indicador de una precariedad en el pensamiento.
Trátase pues de dar señales a falta de interpretar o, mejor dicho, de interpretar a martillazos. En el mejor de los casos nos situamos frente a un dispositivo de fuga, una manera de liberarse de tres imposibilidades: imposibilidad de no escribir, imposibilidad de escribir en la lengua dominante e imposibilidad de escribir de otra manera.
La ruptura que tal perspectiva deja insinuada es el comienzo de una pérdida y de una fragmentación; pérdida de la familiaridad con el mundo y fragmentación del espacio y del tiempo vividos. Mundo precario, pero también mundo arcano y profundo en el que toda noción de progreso, de finalidad, es puesta en duda. Precariedad restauradora, trabajada por la idea de recobrar una identidad perdida.
Orientarse en ese mundo es, pues, inevitablemente asumir la excentricidad de nuestra situación cultural y sobre todo religiosa, pero no para emanciparse de los vínculos tradicionales, sino para reivindicar la particularidad de tales vínculos.
La experiencia de la precariedad del mundo no es quizá su falta de futuro sino que es lisa y llanamente la experiencia de la fragmentación del tiempo y la experiencia de una regresión imposible en él.
“Las crisis”, decía Kusch, “dan siempre que pensar. Son en el fondo fecundas, porque siempre vislumbran un nuevo modo de concebir lo que nos pasa. Irrumpe una nueva, o mejor, una muy antigua verdad”.3 ¿Habrá que guardar para el silencio el doble privilegio de la ansiedad y la ironía, o tendremos que recorrer incansablemente los precarios y estrechos senderos que conducen hacia la América profunda, si queremos develar definitivamente nuestra más esencial condición?
NORBERTO MAICAS
NOTA. Agotadas las tres primeras ediciones, esta cuarta edición de América profunda aparece con pequeñas correcciones sobre el texto y se completan algunos datos formales faltantes en las ediciones anteriores.
La primera edición fue publicada por Hachette, en la colección “Nuevo mirador”, en 1962. La segunda edición fue publicada por Bonum, en la colección “Enfoques latinoamericanos”, en 1975, y la tercera edición, por la misma editorial como volumen independiente (no figura bajo ninguna colección) en 1986. La presente sigue la de 1975.
1. Véase R. Díaz, “La novela como antropología”, en América Qué, I, 1, Buenos Aires, 1966, pp. 6-7.
2. Véase Emmanuel Lévinas, Le Temps et l’autre, París, PUF, 1983, p. 21.
3. R. Kusch, La negación en el pensamiento popular, Buenos Aires, Cimarrón, 1975, p. 5.
EXORDIO
Este libro pudo haber sido terminado hace muchos años, pero le faltaba el fundamento o, mejor, la definición exacta de lo americano en su dimensión humana, social y ética. Era ésta una exigencia que había quedado en pie en mi primer libro, La seducción de la barbarie, donde había analizado lo americano a partir de una intuición del paisaje. Numerosos viajes al altiplano y la investigación sobre religión precolombina, limitada a las zonas quechua y aimará, me dieron la pauta de que había hallado probablemente las categorías de un pensar americano.
De ahí, entonces, este libro que surge de la firme convicción sobre la continuidad del pasado americano en el presente, aun cuando éste se halle poblado por nuestros buenos inmigrantes. También ellos tienen su parte en esta continuidad. Y he tratado de explicarla no a la manera de nuestros profesionales de la historia, la política, la filosofía, ni los novísimos de la sociología –quienes parecen esgrimir su ciencia a manera de exorcismo, antes bien para no ver a América que para verla– ni de los pecaminosos especuladores a lo Toynbee, que menosprecian al pobre “homo atomicus” sólo para hacer el juego a una ciudadanía presuntuosa y falsamente heroica; sino que quería hacerlo al modo antiguo, sondeando en el hombre mismo sus vivencias inconfesadas, a fin de encontrar en los rincones oscuros del alma la confirmación de que estamos comprometidos con América en una medida mucho mayor de lo que creíamos.
Y valía la pena. No lo digo por la calidad de la interpretación aquí aventurada, porque ésta correrá por cuenta de unos pocos lectores, a quienes interesará realmente encontrar esa continuidad –los más preferirán no verla y es probable que los irrite saber que alguien pudo intentar esa aventura–, sino más bien porque el estudio del problema me ha llevado a remover estructuras ignoradas por nuestros investigadores universitarios. Indudablemente, se trata de una aventura que está al margen de nuestra cultura oficial. El pensamiento como pura intuición implica, aquí en Sudamérica, una libertad que no estamos dispuestos a asumir. Cuidamos excesivamente la pulcritud de nuestro atuendo universitario y nos da vergüenza llevar a cabo una actividad que requiere forzosamente una verdad interior y una constante confesión.
En América, ya lo dije en mi primer libro, se plantea ante todo un problema de integridad mental y la solución consiste en retomar el antiguo mundo para ganar la salud. Si no se hace así, el antiguo mundo continuará siendo autónomo y, por lo tanto, será una fuente de traumas para nuestra vida psíquica y social.
Para conseguir ese fin, me basé en algunos aportes realmente importantes –como los trabajos de José Imbelloni, José María Arguedas, Luis Valcárcel y algunos otros más– que me ayudaron a encontrar un sentido en el mundo precolombino y en el americano actual. Fue así como llegué a lo que el mismo Toynbee llama viracochaísmo. Desde este ángulo, y tomando en cuenta el concepto de estructura en el terreno de la filosofía de la cultura, me pareció encontrar las bases para una dialéctica americana. Al menos podía establecer de esta manera conceptos flexibles que facilitaban la posibilidad de fijar el sentido de América.
Pero no hay labor más eficaz, para dar solidez a esta búsqueda de lo americano, que la del viaje y la investigación en el mismo terreno. Desde un primer momento pensé que no se trataba de hurgarlo todo en el gabinete sino de recoger el material viviente en las andanzas por las tierras de América, y comer junto a su gente, participar de sus fiestas y sondear su pasado en los yacimientos arqueológicos, y también debía tomar en cuenta ese pensar natural que se recoge en las calles y en los barrios de la gran ciudad. Sólo así se gana firmeza en la difícil tarea de asegurar un fundamento para pensar lo americano.
La intuición que bosquejo aquí oscila entre dos extremos. Uno es el que llamo el ser, o ser alguien, y que descubro en la actividad burguesa de la Europa del siglo XVI y, el otro, el estar, o estar aquí, que considero como una modalidad profunda de la cultura precolombina y que trato de sonsacar a la crónica del indio Santa Cruz Pachacuti. Ambos son dos raíces profundas de nuestra mente mestiza –de la que participamos blancos y pardos– y que se da en la cultura, en la política, en la sociedad y en la psique de nuestro ámbito.
De la conjunción del ser y del estar durante el Descubrimiento surge la fagocitación que constituye el concepto resultante de aquellos dos y que explica ese proceso negativo de nuestra actividad como ciudadanos de países supuestamente civilizados. Como es natural, todo esto deriva finalmente en una sabiduría, como saber de vida, que alienta en el subsuelo social y en el inconsciente nuestro y que se opone a todo nuestro quehacer intelectual y político. El calificativo hediento, que esgrimo a veces, se refiere a un prejuicio propio de nuestras minorías y nuestra clase media, que suelen ver lo americano, tomado desde sus raíces, como lo nauseabundo, aunque diste mucho de ser así. Evidentemente, tuve la deliberada intención de mostrar el hondo sentido positivo que tiene ese presunto hedor.
Empleé en mi exposición un estilo intencionalmente a la vez literario y técnico, porque era ésta la única manera de explicar la intuición que dio origen a este trabajo. Se debe ello a la falta de antecedentes serios en este terreno del pensar americano. Apenas si nos pueden guiar un Canal Feijoo, un Martínez Estrada, un Carlos Astrada o un Félix Schwartzmann. Los otros entienden la seriedad por el lado de la copiosa bibliografía, la cual en un tema como éste no existe y, cuando la hay, suele conducir siempre por caminos ajenos a América.
No quiero terminar este exordio sin antes rendir homenaje al doctor Porras Barrenechea, quien me había brindado espontáneamente el honor de exponer este trabajo en la conferencia que pronuncié en la Universidad de San Marcos de Lima el 8 de noviembre de 1960. Asimismo, quiero agradecer al doctor Aranívar, al doctor Chávez Ballón, de Cuzco, a quien debo un abundante material arqueológico; al padre Hoggarth, de Sicuani, quien puso a mi disposición el material que él mismo recogiera; al doctor Quintanilla Paulet, de Arequipa, quien fue un ferviente partidario en esta actitud de razonar el material arqueológico –como lo dijera con motivo de la presentación de mi conferencia pronunciada en la Universidad de San Agustín de Arequipa el 15 de noviembre de 1960–; al doctor Porfirio Vázquez Fernández, con quien departimos largas horas sobre leyendas indígenas; a los doctores Jacobo Libermann y Josermo Murillo Vacareza, quienes gentilmente me informaran sobre Bolivia, y, finalmente, al gran amigo peruano, el magnífico ensayista Manuel Suárez Miraval.
INTRODUCCIÓN A AMÉRICA
Cuando se sube a la iglesia de Santa Ana del Cuzco –que está en lo alto de Carmenga, cerca de donde en otros tiempos había un adoratorio dedicado a Ticci Viracocha– se experimenta la fatiga de un largo peregrinaje. Es como si se remontaran varios siglos a lo largo de esa calle Melo, bordeada de antiguas chicherías. Ahí se suceden las calles malolientes con todo ese viejo compromiso con verdades desconocidas, que se pegotean a las caras duras y pardas con sus inveterados chancros y sus largos silencios, o se oye el lamento de algún indio, el grito de algún chiquillo andrajoso o ese constante mirar que nos acusa no sabemos de qué, mientras todos atisban, impasibles, la fugacidad de nuestro penoso andar hacia la cumbre.
Todo parece hacerse más tortuoso, porque no se trata sólo del cansancio físico, sino del temor por nuestras buenas cosas que hemos dejado atrás, allá, entre la buena gente de nuestra ciudad. Falta aire y espacio para arribar a la meta y es como si nos moviéramos en medio del magma de antiguas verdades. Más aún, se siente resbalar por la piel la mirada pesada de indios y mestizos con ese su afán de segregarnos, como defendiendo su impermeabilidad.
De pronto se ve rezar a un indio ante el puesto de una chola, por ver si consigue algún mendrugo, o un borracho que danza y vocifera su chicha o un niño que aúlla, poseso, ante nosotros, junto a un muro. Entonces comprendemos que todo eso es irremediablemente adverso y antagónico y que adentro traemos otra cosa –no sabemos si peor o mejor– que difícilmente ensamblará con aquélla.
Y aunque entremos en la iglesia de Santa Ana, como quien se refugia en ella, siempre nos queda la sensación de que afuera ha quedado lo otro, casi siempre tomando la forma de algún mendigo que nos vino persiguiendo por la calle. Ahí está parado y nos contempla desde abajo, con esa quietud de páramo y una sonrisa lejana con su miseria largamente llevada, y quizá le demos una limosna, aunque sepamos que ella no cumple ya ninguna finalidad.
Y nos acosa cierta inseguridad que nos molesta. No sabemos si esa limosna es un remedio para una mala situación o es sólo una manera de obligarnos a realizar un gesto. La misma inseguridad como cuando nos hablaba una vieja india y no alcanzábamos a entenderle y estábamos ahí como si nada oyéramos y nos sentíamos recelosos y acobardados, porque todo eso no es lo que acostumbramos a tolerar. Nos hallamos como sumergidos en otro mundo que es misterioso e insoportable y que está afuera y nos hace sentir incómodos.
¿Serán los cerros inmensos, los paisajes desolados, las punas heladas, las chicherías? ¿Serán las caras hostiles y recelosas que nos contemplan de lejos como si no existiéramos y que nos tornan tan fatigoso este trajín y este ascenso hasta Santa Ana y nos sumergen en este lento proceso de sentirnos paulatina e infinitamente prisioneros, en medio de una exterioridad que nos acosa y nos angustia? En ningún lado como en el Cuzco se advierte esa rara condición de un mundo adverso, con esa lamentable y sorda hostilidad que nos sumerge en un mundo adverso.
Sin embargo, le encontramos el remedio. Es el remedio natural del que se siente desplazado, un remedio exterior que se concreta en el fácil mito de la pulcritud, como primer síntoma de una negativa conexión con el ambiente.
Porque es cierto que las calles hieden, que hiede el mendigo y la india vieja, que nos habla sin que entendamos nada, como es cierta, también, nuestra extrema pulcritud. Y no hay otra diferencia, ni tampoco queremos verla, porque la verdad es que tenemos miedo, el miedo de no saber cómo llamar todo eso que nos acosa y que está afuera y que nos hace sentir indefensos y atrapados.
Es más. Hay cierta satisfacción de pensar que efectivamente estamos limpios y que las calles no lo están, ni el mendigo aquel, ni tampoco la vieja quechua. Y lo pensamos aunque sea gratuito, porque, si no, perderíamos la poca seguridad que tenemos, aunque sea una seguridad exterior, manifestada con insolencia y agresión, hasta el punto de hablar de hedor con el único afán de avergonzar a los otros, los que nos miran con recelo. Además es importante sentirse seguro, aunque presintamos que somos poca cosa y que tenemos escasa resistencia cuando el mundo exterior nos es adverso.
De ahí el axioma: el vaho hediento es un signo que flota a través de todo el altiplano, como una de sus características primordiales. Y no es sólo el hedor, sino que es, en general, la molestia, la incomodidad de todo ese ambiente. Por eso se incluye la tormenta imprevista, la medida de aduana, el rostro antipático de algún militar impertinente o el silencio que responde a nuestra pregunta ansiosa cuando pedimos agua a algún indio. La tormenta, el militar y el indio son también el hedor. El hedor es un signo que no logramos entender, pero que expresa, de nuestra parte, un sentimiento especial, un estado emocional de aversión irremediable, que en vano tratamos de disimular. Más aún, se trata de una emoción que sentimos no sólo en el Cuzco sino frente a América, hasta el punto de que nos atrevemos a hablar de un hedor de América.
Y el hedor de América es todo lo que se da más allá de nuestra populosa y cómoda ciudad natal. Es el camión lleno de indios, que debemos tomar para ir a cualquier parte del altiplano, y lo es la segunda clase de algún tren y lo son las villas miseria, pobladas por correntinos, que circundan Buenos Aires.
Se trata de una aversión irremediable que crea marcadamente la diferencia entre una supuesta pulcritud de parte nuestra y un hedor tácito de todo lo americano. Más aún, diríamos que el hedor entra como categoría en todos nuestros juicios sobre América, de tal modo que siempre vemos a América con un rostro sucio que debe ser lavado para afirmar nuestra convicción y nuestra seguridad. Un juicio de pulcritud se da en Ezequiel Martínez Estrada cuando expresa que todo lo que se da al norte de la pampa es algo así como los Balcanes. Y lo mismo pasaba con nuestros próceres, también ellos levantaban el mito de la pulcritud y del hedor de América, cuando creaban políticas puras y teóricas, economías impecables, una educación abundosa y variada, ciudades espaciosas y blancas y ese mosaico de republiquetas prósperas que cubren el continente.
La categoría básica de nuestros buenos ciudadanos consiste en pensar que lo que no es ciudad, ni prócer, ni pulcritud no es más que un simple hedor susceptible de ser exterminado. Si el hedor de América es el niño lobo, el borracho de chicha, el indio rezador o el mendigo hediento, será cosa de internarlos, limpiar la calle e instalar baños públicos. La primera solución para los problemas de América apunta siempre a remediar la suciedad e implantar la pulcritud.
La oposición entre pulcritud y hedor se hace de esta manera irremediable, de tal modo que, si se quisiera rehabilitar el hedor, habría que revalidar cosas tan lejanas como el diablo, Dios o los santos. Y mover la fe desde la pulcritud al hedor constituye casi un problema de índole religiosa. Porque para mostrar en qué consiste y cuál es el mecanismo y los supuestos del hedor, habrá que emprender con la mentalidad de nuestros prácticos ciudadanos americanos una labor como de cirugía, para extraer la verdad de sus cerebros a manera de un tumor. Y eso ya es como una revelación, porque habrá que romper el caparazón de progresismo de nuestro ciudadano, su mito inveterado de la pulcritud y ese fácil montaje de la vida sobre cosas exteriores como ciudad, policía y próceres.
Pero, claro está que se nos pasó el siglo de las revelaciones. Sería desusada e incómoda una revelación hoy en día y menos cuando ella ocurre en el plano individual. Quedan, sin embargo, las revelaciones colectivas como lo fue la Revolución Francesa. En este caso los iniciados –que eran los burgueses de nuestro siglo– ejecutaron a Luis XVI porque sabían que estaban en la verdad. Y, para retomar nuestra terminología, diríamos que la burguesía de entonces constituía algo así como la solución hedienta para la aristocracia francesa. Como la historia europea se encauzó luego por la senda de aquéllos y no de éstos, la muerte del rey no fue un crimen sino un acto de fe. La destrucción del rey y de las cosas de la aristocracia puso en vigencia la revelación que habían sufrido los revolucionarios.
Claro que en América ese tipo de revelación no pasó nunca a mayores, porque siempre careció posteriormente de vigencia. En todos los casos se trataba del hedor que ejercía su ofensiva contra la pulcritud y siempre desde abajo hacia arriba. Arriba estaban las pandillas de mestizos que esquilmaban a pueblos como los de Bolivia, Perú o Chile. En la Argentina eran los hijos de inmigrantes que desbocaban las aspiraciones frustradas de sus padres. Contra ellos luchaban los de abajo, siempre en esa oposición irremediable de hedientos contra pulcros, sin encontrar nunca el término medio. Así se sucedieron Túpac Amaru, Pumacahua, Rosas, Peñaloza, Perón, como signos salvajes. Todos ellos fueron la destrucción y la anarquía, porque eran la revelación en su versión maldita y hedienta: eran, en suma, el hedor de América.
Ésta es la dimensión política del hedor, que pone a éste en evidencia y lo convierte en un antagonista inquietante. Quizá sea la única dimensión que se le conozca. Pero ¿qué pasaría si se tomase en cuenta su realidad, el tipo humano que lo respalda, su economía o su cultura propias? Hacer eso sería revivir un mundo aparentemente superado, como si se nos desalojara del hogar para exponernos a la lluvia y al viento o como si se nos diera la vida de aquel mendigo que nos espera a la puerta de la iglesia, y en adelante tuviésemos que recorrer la puna, expuestos al rayo, al trueno y al relámpago. Es un miedo antiguo como la especie, que el mito de la pulcritud remedió con el progreso y la técnica, pero que repentinamente se aparece en una iglesia de Cuzco, provocado, entre otras cosas, por un mendigo que nos pide una limosna para humillarnos.
Y es que el hedor tiene algo de ese miedo original que el hombre creyó dejar atrás después de crear su pulcra ciudad. En el Cuzco nos sentimos desenmascarados, no sólo porque advertimos ese miedo en el mismo indio sino porque llevamos adentro, muy escondido, eso mismo que lleva el indio. Es el miedo que está antes de la división entre pulcritud y hedor, en ese punto en donde se da el hedor original, o sea, esa condición de estar sumergido en el mundo y tener miedo de perder las pocas cosas que tenemos, ya se llamen ciudad, policía o próceres.
Pero este miedo de ser primitivos en lo más íntimo, un poco hedientos, no obstante nuestra firme pulcritud que nos asalta en el Cuzco, comprende también el temor de que se nos aparezca el diablo, los santos, dios o los demonios. Tenemos miedo, en el fondo, de que se nos tire encima el muladar de la antigua fe, que hemos enterrado, pero que ahora se nos reaparece en el hediento indio y en la hedienta aldea. En ese plano, el planteo del hedor y la pulcritud se ensambla con ciertos residuos cosmogónicos, algo así como el miedo a una antigua ira de dios desatada en la piedra, en los valles, en los torrentes y en el cielo con sus relámpagos y sus truenos.
Y sentimos desamparo porque nuestra extrema pulcritud carece de signos para expresar ese miedo. En cierto modo, es un problema de psicología profunda, porque se trata de llevar a la conciencia un estado emocional reprimido, para el cual sólo tenemos antiguas denominaciones que creemos superadas. El miedo actúa desde nuestro inconsciente, en la misma manera como cuando los antiguos hablaban de la ira de dios, esa misma que Lutero creyó haber superado con su postura religiosa, en la misma medida como también lo había hecho san Pablo con la ira de Jehová. Y en nuestro caso el temor ante la ira de dios es el temor de quedarnos atrapados por lo americano. Es el miedo al exterminio de un Jehová iracundo, quien en el Antiguo Testamento exigía el sacrificio de un hijo para afirmar la fe del creyente. Es el miedo a la ira de dios desatada como pestilencia y desorden, que en América se nos muestra a nuestras espaldas con toda su violencia y que nos engendra el miedo de perder la vida por un simple azar. Por eso nos sentimos pequeños y, en cierto modo, mezquinos pese a nuestras grandes ciudades. Es como si nos sorprendieran jugando al hombre civilizado, cuando en verdad estamos inmersos en todo el hedor que no es el hombre y que se llama piedra, enfermedad, torrente, trueno.
Y esa vivencia, ya profundizada, no puede tener otra expresión que la que tuvo cuando Jehová descendió sobre el Sinaí y “vinieron truenos y relámpagos, y graves nubes sobre el monte [...] porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo de él subía, como el humo de un horno, y todo el monte se estremeció en gran manera”. La ira de Jehová se mostraba a Moisés para dictar una ley a un pueblo miserable y humilde que quería salvarse en medio de un desierto. Pero este pueblo utilizó la ira para encontrar un camino interior y para toparse en su confín con una ley moral que lo sostuviera para llegar a la tierra prometida. El milagro consistió en convertir la violencia exterior en un camino interior.
La visión de una ira divina descendiendo sobre un monte responde a un momento auténtico. Es algo así como una emoción mesiánica, que nos coloca, de pronto, en el margen que separa al hombre de la naturaleza, a fin de que el hombre encuentre una moral controlada por la ira divina que yace en la naturaleza. Y esto es auténtico porque surge en esa alternativa que se da en el equilibrio entre la vida, de un lado, y la muerte, del otro. Y es un momento creador porque ahí brota la gran mística que confiere sentido al hecho de vivir.
Y en el juicio aquel sobre el hedor de América y sobre la afanosa pulcritud, se halla implícito el afán de encubrir una ira que nadie quiere ver. Está en juego un planteo primario que el hombre siempre ha necesitado, pero que el caparazón de progresismo de nuestros ciudadanos e intelectuales –progresismo alimentado casi exclusivamente en la Europa burguesa del siglo XIX– trata de mantener a raya porque, si no, ellos perderían salud y bienestar.
En verdad esta actitud se encuentra sólo hacia el interior de América, remontando su pasado o bajando hacia las capas más profundas de su pueblo. Arriba, en cambio, aquella actitud se halla encubierta y reprimida. De ahí, entonces, la necesidad de delimitar a cada uno de los dos grupos como si fueran antagónicos. Por una parte, los estratos profundos de América con su raíz mesiánica y su ira divina a flor de piel y, por la otra, los progresistas y occidentalizados ciudadanos. Ambos son como los dos extremos de una antigua experiencia del ser humano. Uno está comprometido con el hedor y lleva encima el miedo al exterminio, y el otro, en cambio, es triunfante y pulcro, y apunta hacia un triunfo ilimitado aunque imposible.
Pero esta misma oposición, en vez de parecer trágica, tiene una salida y es la que posibilita una interacción dramática, como una especie de dialéctica, que llamaremos más adelante fagocitación. Se trata de la absorción de las pulcras cosas de Occidente por las cosas de América, como a modo de equilibrio o reintegración de lo humano en estas tierras.
La fagocitación se da por el hecho mismo de haber calificado como hedientas a las cosas de América. Y eso se debe a una especie de verdad universal que expresa que todo lo que se da en estado puro es falso y debe ser contaminado por su opuesto. Es la razón por la cual la vida termina en muerte, lo blanco en lo negro y el día en la noche. Y eso ya es sabiduría y, más aún, sabiduría de América.
LIBRO I
LA IRA DIVINA
EL INDIO SANTA CRUZ PACHACUTI
Cerca del 1600, el padre Ávila se topó con el indio Joan de Santa Cruz Pachacuti yamqui Salcamayhua. Eso ocurrió en Cacha, a unas cuantas leguas al sur del Cuzco y no muy lejos del templo de Viracocha.
En ese lugar, el valle del Vilcanota se ensancha y en las laderas de las montañas se agolpan andenes de antigua data y, no muy lejos, ocurrieron sangrientas luchas entre quechuas y aimaráes.
Se cuenta que el dios Viracocha, después de crear a los hombres y al Sol y la Luna a orillas del lago Titicaca, había pasado por ahí y fue recibido con hostilidad por parte de los habitantes.
Entonces Viracocha “levantadas las manos puestas y rostro al cielo, bajó fuego de lo alto [...] y abrasó todo aquel lugar; y ardía la tierra y piedras como paja”. Se asustaron mucho los habitantes y “movido Viracocha a compasión, fue al lago y con el bordón lo mató”.1 Luego vinieron los incas y construyeron el templo aquel para conmemorar el hecho.
Ávila andaba por esa zona a raíz de la intensa represión de idolatrías que emprendieron los españoles en América. Había ocurrido que los indios “creyeron que todas las huacas del reino, cuantas habían los cristianos derrocado y quemado, habían resucitado [...] y que ya las huacas andaban por el aire secas y muertas de hambre porque los indios no le sacrificaban ya [...] Y así fue que hubo muchos indios que temblaban y se revolcaban por el suelo, y otros tiraban pedradas como endemoniados, haciendo visajes [...] [diciendo] que la huaca fulana se le había entrado en el cuerpo”.2
Es de imaginar el celo con el que los españoles persiguieron a partir de entonces a los idólatras. Pero habría que investigar si ese celo era auténtico o si se debía a motivos de orden psicológico. De cualquier modo, sólo nos interesa hacer notar por ahora que la acción represiva de los españoles provocó el encuentro del padre Ávila y Salcamayhua, y que a raíz del mismo este último redactó un manuscrito sobre las creencias de los incas.
Aún estaría por verse si el padre Ávila pidió este manuscrito por razones realmente oficiales. Ocurre que el yamqui3 traza en su crónica un esquema del templo de Coricancha del Cuzco y el padre Ávila le introduce algunas modificaciones.4 Por otra parte, la estructura se parece considerablemente a la de los dibujos alquimistas de la época.5 Es indudable que el padre conocía a estos últimos y que, por lo tanto, se asombrara de lo que había dibujado el indio. Esto nos hace sospechar seriamente sobre la ortodoxia de aquél. Sin embargo, no deja de ser humano, máxime si pensamos que el cristianismo del siglo XIV ya no tenía la misma consistencia que tuvo durante la Edad Media y que, por lo tanto, el afán de salvación tenía que refugiarse en sectas esotéricas como la de los alquimistas.
De cualquier manera, de este encuentro entre el padre Ávila y nuestro yamqui nace una de las crónicas que manifiestan con mayor evidencia la actitud del indígena frente a su pasado, porque refleja la manera de pensar de éste y hasta las creencias más íntimas que aún sobreviven. Y esto no es así por lo que diga el yamqui sino precisamente por lo que no dice y también por lo que niega, como cuando se refiere con aparente escándalo a las “muchas guacas ydolatras sin berguenças” que proliferaron después de difundirse el culto fálico prodigado a ciertas piedras alargadas llamadas guacanquis.
El escrito de Salcamayhua es un borrón en la meridiana claridad de sus colegas hispánicos, dada la mezcla de términos quechuas y aimaráes con un castellano sumamente dificultoso. Pero esta oscuridad resulta seguramente, por una parte, del miedo que le causaba al indio el padre Ávila y la Inquisición y, por la otra, de la convicción de que lo verdadero era eso que había recogido de sus antepasados. En cada línea se tropieza con la evidencia de que su autor estaba firmemente atrapado por el magma original de sus antepasados y saturado de creencias inconfesables para la época.
De cualquier manera, cabe señalar que en Salcamayhua se da con patente evidencia un terror ante lo divino. Está en la manera como relata ciertas leyendas, como la de la serpiente Yauirca o la del “mensajero de manta negro” que le da al inca una “cajuela tapado y con llabe” de la cual sale el sarampión, o cuando relata que “la vaca de Cañacuay se arde fuego temerario” y así a través de todo el libro. Todo ello supone una actitud diferente de la de los cronistas corrientes, porque encierra esa fe indígena que apunta algo más que al simple hombre, algo que está afuera y que no es el hombre, sino lo inhumano, la naturaleza o el dios terrible, como quiera llamársele. En el yamqui se da el juego entre hombre y naturaleza en su antagonismo primitivo, en ese margen en donde fermentan las antiguas raíces de la religión y se incuba una ética, una doctrina o una teología.
Seguramente el yamqui debió ser un indio silencioso y tímido. A veces tomaría su chicha, cuando el cura hacía la fiesta al santo. Sólo entonces se tornaría locuaz y volvería, seguramente tambaleando, a su casa, satisfecho y con el cuerpo que parecía una paloma. Así debió haber conocido a Ávila. El yamqui hablaría demasiado y el padre lo tomó entre ojos.
Además, debió haber recitado alguna vez los antiguos himnos de sus antepasados y quizá, por esa causa, se produjo el escándalo. Es probable que no sospecharan de él, porque era muy manso. También es probable, como dijimos antes, que el padre Ávila no fuera una mala persona y sólo tuviera una curiosidad personal en el asunto.
Uno de esos himnos repite dramáticamente una pregunta, ¿dónde estás? (maipin canqui), referida a Viracocha. La debió recitar el yamqui a menudo, cuando ya no le cabía la chicha. La pregunta se le vendría desde muy adentro y afloraría en sus labios como un susurro, mientras la cara se le arrugaba en un gesto escéptico. Lo diría, quizá, y eso era lo peor, ante alguna iglesia, mirando desde el portal hacia adentro con ojos vidriosos.
“¿Dónde estás?” ¿Dónde está dios? En verdad haría la pregunta en general, más allá de las imágenes, como una manera de dar por cerrada una cuestión. Al fin y al cabo no hacía lo que el padre, que todo lo dividía entre el bien y el mal, porque para hacer eso había que ser muy docto. Él no era más que un pobre indio y sólo se limitaba a tener miedo.
Y puede ser que recitara los himnos sólo por vergüenza, porque él se sentía pobre, sucio y pardo, mientras que todo eso que había en la iglesia era demasiado bonito. Dios no podía estar ahí.
Seguramente pasaría luego por el mercado, seguido de su llamita, cargada de maíz. Ahí esperaría que se lo compraran, mientras continuaba haciendo esa rara pregunta “¿dónde estás?”.
Y ahí pasarían los compradores blancos, que ya no preguntaban sino que estaban seguros de sí y se dedicaban a hacer cosas y a llenar silencios y boquetes por donde se les chorreaba la vida.
“¿Dónde estás?” Estaría muy lejos dios y seguramente no necesitaría de tanta palabra. Estaría en las trastiendas de alguna chichería, en las callejuelas tortuosas y añejas, detrás de las cortinas de algunos cuartos malolientes o en esa cueva extraña debajo del altar de santo Domingo. Pensó el yamqui con picardía que su dios tendría vergüenza de ser dios y lloraría ese tiempo en que la gente lo había olvidado. Y se sentiría solo, porque el templo estaba todo lleno de cosas que no eran él.
Luego se iría a su parcela para trabajarla. Ahí tomaría su taclla para arar la tierra y remover los duros pedregones, mientras atisbaría de vez en cuando el cielo para ver si iría a llover. Y, así, mirando el cielo, pensaría en dios otra vez. Dios habría de ser como el trueno que anunciaba la lluvia o aquello que hacía temblar la tierra o lo que traía el granizo, en fin, todo podría ser menos ese dios de la iglesia. Dios tenía que ser algo que atrapara, que lo fuera sitiando, si no, el yamqui prefería volver a creer en las pequeñas cosas: el dios de la lluvia, el dios del trueno, el del relámpago o el felino que bajaba con el granizo o lo que fuera.
Dios tenía que ser como ese mismo mundo que lo rodeaba y que se expresaba a través de su violencia, como ira divina. Y él creía ante todo en esa ira divina, que se convertía de pronto en lluvia o de pronto en granizo. Sólo a partir de ahí le interesaba preguntar ¿dónde estás?, porque de esa manera dios adquiría una fuerza temible e invisible.
El cura ya le había hablado de esa ira, pero la daba como cosa superada. Pero el yamqui no entendía esto porque estaba convencido de que la ira de dios estaba presente en su valle y en cualquier momento podría desatarse como chancro, sismo o granizo. Y como el cura no lo dejaba hablar, aprovechó el pedido del padre Ávila y le depositó en su manuscrito, ladinamente, lo que pensaba del mundo. Porque al fin y al cabo su mundo estaba palpitante de ira y de dios y nada tenía que ver con el mundo fácil y lleno de fórmulas que le quería brindar el sacerdote.
Pero en ningún momento ese concepto de la ira se le traducía en doctrina. Le faltaba la expresión para esa ira. Apenas había recibido de sus antepasados un puñado de himnos y algunos datos sobre la vida de cada uno de los incas. Y eso de nada le servía. Los usaba no más cuando el padre cura se ponía cargoso con su dios y con su rey. Entonces recitaba con fruición el himno que decía “¿dónde estás?”, pero referido a Viracocha.
En el fondo, el yamqui ya estaría desilusionado. Creería sólo en su sembrado porque le daba de comer, en su mujer porque le daba hijos y en su llamita porque le llevaba la carga. Claro que algunos decían que, antes de venir los españoles, nadie tenía que preocuparse tan arduamente de la comida, porque había un inca que ayudaba a todos y uno podía entregarse tranquilamente al culto. Indudablemente, los tiempos habían cambiado mucho y ahora el yamqui seguía en la necesidad de creer sólo en el granizo, en la lluvia o en el trueno. ¿Por qué? Porque ni al padre cura ni al encomendero les interesaban estos problemas. El cura se limitaba sólo a decirle que rezara en la iglesia unos padrenuestros. Pero como todo quedaba tal cual y la lluvia no caía, el yamqui continuaba haciendo sus exorcismos.
Y así fue como creyó más en la ira de dios que en dios mismo, y todo porque él tenía que buscarse su alimento ahí donde empezaba la ira divina.
LOS CINCO SIGNOS DE VIRACOCHA
La extraña idea que el yamqui tenía de la ira de su dios se refleja en la exposición de las cualidades de Viracocha. Lo hace como si éstas fueran las creencias de sus antepasados, aunque deposita en ellas una extraña fe. Al fin y al cabo, era la doctrina que le habían escamoteado los conquistadores.
Las cualidades de Viracocha las consigna en el esquema que hace del altar de Coricancha, con letra apretada y en quechua, a modo de fórmula ritual en cinco momentos.6 Quizá no sabía por qué Viracocha tenía cinco momentos. Seguramente era por la misma razón que los invasores distinguían los cuatro puntos cardinales. Viracocha era un poco como un dios horizontal y su esencia debía cuadrar dentro de las cuatro regiones. Además, los cerros, los caminos, los ríos –como el Vilcanota en época de lluvia– son reales y evidentes y entonces debían participar de la esencia de Viracocha. El yamqui no lo sabía con certeza. Se limitó únicamente a transcribir esa fórmula ritual que encerraba cinco momentos o signos del dios. ¿Acaso no estaba dividido el imperio de sus antepasados en cuatro zonas y una quinta, que era el Cuzco?
El yamqui no debió dudar mucho y transcribió los cinco signos, a saber: 1) Viracocha es el maestro; 2) es la riqueza; 3) es el mundo; 4) es la dualidad, y 5) es el círculo creador.7
EL MAESTRO
El yamqui estaba seguro de lo que puso. Viracocha debía ser el maestro (Pachayachachic) porque era preciso arar la tierra, contener la erosión de los andenes, encauzar los ríos y velar por la vida de las huahuas. El mundo ejercía una acción inhumana y rebelde y era preciso introducir con argucia una serie de modificaciones para que se hiciera habitable. Y sólo enseñando (yachachiy) era posible salvar la vida. Porque la vida era cosa de astucia. ¿No había que engañar al río, acaso, y construir diques para desviarlo y evitar que se perjudiquen las sementeras? Al mundo había que modelarlo de la misma manera como se ordena y modela la mente de un niño. Y Viracocha era más que maestro, era –como traduce Tschudi– el “artífice del mundo”.8 Porque el mundo era ajeno y rebelde y era preciso que un dios tomara al rebelde mundo como un niño. Esto supone que el mundo y dios eran opuestos y, además, que dios debía prevenirse y adquirir una ciencia y una actitud determinada ante ese mundo. Pero ¿no es esa actitud la misma por la cual el imperio incaico logró organizar la producción de alimentos de un territorio inmenso?
LA RIQUEZA
El segundo signo se refería a la riqueza de Viracocha. El problema más importante, que tornaba inhumano al mundo, era la escasez de frutos. Esto le da realidad al mundo, o sea que lo convierte en algo contundente y definitivo. Por eso el dios debía ser rico y, más aún, fundamentalmente rico (ticci capac). Ésta es, por otra parte, la condición natural de todo maestro, especialmente si la riqueza es potencial. La idea de utilizar las aguas de un río, por ejemplo, era una realidad en potencia, no en acto. Y, en lo que se refiere al mundo, el maestro lleva a cabo con su enseñanza la realización de esa idea potencial. Viracocha era potencialmente rico y condicionaba la riqueza del mundo. Por eso era un verdadero dios. El mundo era rico porque lo era Viracocha. Sin Viracocha el mundo sería, como dice uno de los himnos, “el hervidero espantoso”,9 porque no sería humano. De esta manera se establecía la primera vinculación conceptual efectiva entre Viracocha y el mundo, pero también se confirmaba un odio o, mejor, un cierto escepticismo frente al mundo. Al fin y al cabo era terriblemente difícil dominarlo. La vida valía muy poco y costaba mantenerla y el mundo tenía la culpa de ello. Además, era probable que el mundo saliera siempre con la suya.
TUNUPA
Y como el mundo era algo odioso y temible, el tercer signo o unanchan de Viracocha llevaba otro nombre: Tunupa. Y eso ocurría porque el tercer signo debía referirse claramente a la vinculación entre Viracocha y el mundo y, por eso, la fórmula ritual expresa: “Tunupa que va siendo mundo”.10 Y dice eso porque Viracocha no puede crear el mundo. Crear un mundo supone una vinculación entre dios y el mundo y, por lo tanto, una contaminación de lo amorfo, que es el mundo, al dios. Por eso, en el tema de la creación, aparece otro nombre, el de un dios un poco menos divino, o sea, un demiurgo que es el desdoblamiento de Viracocha, uno de esos que cargan con el polvo de los caminos y se ensucia con el “hervidero espantoso”. ¿Por qué? Porque Viracocha era pura teoría, en cierta manera era pensamiento puro o, mejor, era enseñanza, eso mismo que había que enseñar y eso debía permanecer puro. De ahí que Tunupa fuera el encargado de materializar la enseñanza de Viracocha. Por eso el yamqui calificaba a Tunupa también de maestro (pachayachachic) según reza en otra parte de su manuscrito. Pero el capítulo de Tunupa pertenece a “la marcha de dios sobre el mundo” y lo trataremos aparte.
DUALIDAD
La mención del mundo en el tercer signo lleva directamente al cuarto. El yamqui vincula con él la esencia del dios y la del mundo. Viracocha, en tanto inteligencia pura, enseñanza y magisterio divino, tenía otra característica muy importante a la cual, en cierta manera, se subordinaba. Consistía ella en que Viracocha era a la vez varón y mujer. No podía el dios evadirse de la ley de la cópula. Y es que la cópula engendraba el fruto y por lo tanto creaba la dinámica del mundo. Todo era monótono hasta que el macho poseía a la hembra y luego venía la huahua o niño a modo de fruto.
¿Por qué se unirían los sexos? Seguramente había una ley más profunda que hacía que el mismo Viracocha fuera una consecuencia de ella. Hay restos de mitos que se refieren al Abuelo y a la Abuela primeros que seguramente habían engendrado a Viracocha. El mismo yamqui agregó, debajo del lucero de la tarde y de la mañana, las referencias en aimará a esa probable pareja original. De cualquier modo, como Viracocha era considerado como el primero, debía contener a los dos sexos y ser entonces varón y mujer. Lo dicen los himnos: “sea varón sea mujer” (cay cari cachon cay warmi cachon). Lo mismo expresan los himnos consignados por Guaman Poma y Cristóbal de Molina. En este último cabe indicar que ello se evidencia antes bien en el texto quechua que en la traducción que él mismo hace de los himnos, ya que pone en ella un excesivo celo católico. En todos los casos Viracocha era varón y mujer. De ahí el mundo, de ahí la vida y este movimiento en el mundo de los machos que se poseían a las hembras para engendrar los frutos.11
Cuando el viejo yamqui puso este unanchan, debió pensar que sus antepasados habían tenido otra idea sobre el sexo que la que regía en su época. Los misioneros habían creado una aureola de maldad en torno del sexo y el yamqui tuvo miedo de decir toda la verdad. Por eso la disimulaba. Por otra parte, él tenía, al igual que su gente, una franca aceptación por lo que le enseñaban las autoridades. Por eso no hacía mucha cuestión y trataba de disimular el tema, cuidando de mencionar siempre lo que el sacerdote o el catequista le habían dicho. Todo lo que se refiere al sexo le pareció malo e increpa en su manuscrito a los incas que habían cometido inmoralidades, aunque es probable que a él personalmente no le disgustara un “matrimonio de prueba”. Su mente debió ser en ese sentido como la cera. Sobre ella se imprimían los sellos de distinto cuño, sean católicos o paganos, sin que sintiera nunca la urgencia de decidirse por uno ni por otro. Alguna vez el yamqui debió preguntarse el porqué de su debilidad. Pero sucedía que era más importante sembrar ese año para cosechar luego. ¿Qué importaba entonces una creencia más o menos? Además, había que darle la razón al pobre sacerdote que se esmeraba tan buenamente en enseñarle. Podría serle útil al yamqui. ¿Qué sabemos de lo que es falso y de lo que es cierto? Sólo era importante que lloviera, que no granizara o que no aparecieran los hapiñuñus.12 El resto no importa y puede ser falso o cierto. Por otra parte, las cosas que se ven y se tocan, el mundo propiamente dicho, tiene una evidencia muy clara. La llamita aquella, que estaba atada en el corral, era real y evidente porque la necesitaba. De la misma manera podría necesitar de la enseñanza del padre. Al fin y al cabo, cada cosa ha de ser usada cuando se necesita, aun si se trata de un dios.
Por eso, cuando el padre Ávila le pidió el manuscrito, pensó que era necesario hablar de los incas tal como habían sido, aunque hubiesen hecho cosas raras, de ésas que ahora prohibían los padres. Cinchi Roca había vuelto al culto de las guacanquis o pedrezuelas fálicas, después de la muerte de Manco Capac, su padre. Ni hablar de los otros, que habían hecho cosas peores. Todo eso había que decirlo mal que le pese al padre.
Por todo ello no tiene ningún reparo en colocar en su esquema el símbolo que se refería al aspecto dinámico de la esencia de Viracocha. Es el que coloca arriba del altar (véase figura 1) en forma de cuatro estrellas, tres de ellas unidas por un trazo vertical, con la leyenda “llamado orcoraca13 quiere decir tres estrellas todas iguales”.

FIGURA 1. Hoja del manuscrito del indio Joan Santa Cruz Pachacuti yamqui Salcamayhua, en el cual éste dibuja el presunto altar del Coricancha del Cuzco (Perú).

FIGURA 2. Medallón incaico, llamado “placa Echenique”. Dibujo basado en una fotografía cedida al autor por el doctor Manuel Chávez Ballón, del Cuzco.
Orcoraca significa literalmente macho-vulva y simboliza, por lo tanto, la autocopulación de Viracocha, o sea que hace referencia directa a la dualidad del mismo, puesto que parece representar evidentemente un lingam in yoni. Además, en uno de los himnos que cita el yamqui, se lo califica a Viracocha de ulca apo, o sea, señor del ullu (fallo) y raca (vulva), según traduce Lafone Quevedo. El yamqui estaba convencido de que las cosas eran así y por eso agrupó a la izquierda del esquema los símbolos masculinos, como el sol, el rayo, etc., y a la derecha los femeninos, como la luna, el invierno, etc. Es natural, entonces, que las dos zonas laterales del esquema culminen hacia arriba con el signo de la bisexualidad del dios en plena autofecundación.
Y el yamqui no debió estar muy errado en eso, dado que en un pectoral14 que usaba el sumo sacerdote incaico en el Cuzco también aparece el tema de la bisexualidad en forma de un lingam in yoni en el centro de la figura, representado por la nariz y sus bordes. En este caso se agrega un elemento más que era una especie de tridente, seguramente referido a Illapa, que agrupa al Rayo, al Trueno y al Relámpago. Parece que Illapa ponía en marcha la autofecundación de Viracocha. Según Jijón y Caamaño,15 el Huanacauri estaba vinculado al Rayo y era más antiguo como motivo de adoración que Viracocha, por lo que debió quedar como el promotor de la autofecundación de éste.
CÍRCULO
Pero ocurre que, cuando el yamqui había redactado los cuatro signos ya mencionados, se le había acabado el lugar para poner el quinto, que es el más importante. En verdad, los cuatro signos anteriores contienen cierta dialéctica interna que apunta directamente al quinto. Se diría que ellos ya no parecen ser simples signos, sino evidentemente los momentos de realización de Viracocha, de acuerdo con una especie de dialéctica lineal en la que se alternan los signos agrupados en pares. Por una parte, hay cierta correlación entre el primero y el tercero (maestro y mundo) y, por la otra, entre el segundo y el cuarto (riqueza y dualidad). El primer grupo se vincula a Viracocha y a su desdoblamiento, Tunupa, y el segundo a la riqueza y a la bisexualidad o, mejor, a la división original del mundo en lo que es del macho y lo que es de la hembra. Este juego de pares apunta a un quinto signo, que es como el momento de reposo y conclusión y, también, de realización definitiva de Viracocha, que es cuando se da como “círculo creador fundamental” (ticci muyu camac), según lo menciona el yamqui. Este círculo (muyu) está dado en el ovoide que figura en el esquema en lugar prominente y, para indicar que ésta es la conceptuación definitiva del dios, el yamqui agrega al lado que Viracocha es ahora “el sol del sol” y que así debe “ser pensado” (yuyarina).
Si se considera que el término mundo (pacha), consignado en el tercer signo, no se refiere más que al mundo como orden y no como materia, se deduce que el esquema del yamqui se vincula estrechamente a los momentos de Viracocha. Éste empieza por ser un dios absoluto en el primer momento y llega al quinto como “círculo fundamental creador” o, mejor, como agrega el mismo yamqui, como tega, que Lehmann-Nitsche traduce como flor. Esta flor es entendida como flor cósmica, orientada hacia los cuatro puntos fundamentales del espacio, desde donde llegan los cuatro vientos y en donde habitan cuatro dioses. Con la flor, Viracocha llena el espacio cualitativo, el espacio-cosa del indígena y regula de esta manera el cosmos.
El resto del esquema, los dibujos que se dan al margen de la fórmula ritual, ya pertenece a otro orden de cosas. Son la consecuencia de la “marcha del dios sobre el mundo”, o sea que expresan el dominio que despliega Viracocha sobre el mundo, lo cual, en el fondo, es la creación propiamente dicha.
Crear el mundo es, en verdad, darle sentido. El mundo no existe mientras sea un puro caos. En este caos, o sea, antes de ser creado, es un cúmulo de fuerzas que carece de orden. Recién cuando el dios marcha sobre el mundo éste es creado, porque adquiere sentido y, ante todo, un significado y una utilidad humanos.
Cristóbal de Molina trae un himno donde se lo califica a Viracocha como “creador de nuestras necesidades”.16 El mundo se asocia, como se ve, al concepto de necesidad, por eso, cuando Viracocha crea el mundo, crea a la vez “nuestras necesidades”. Se vincula, entonces, con la frustración de impulso, sea ésta humana o sea divina. Por una parte, el mundo priva al hombre de la posibilidad de vivir en una eterna satisfacción y, por la otra, también Viracocha sufre una insatisfacción parecida porque el mundo se le opone como “hervidero espantoso”. El mundo es, en todo sentido, un antagonista sórdido que, en el plano humano, se traduce como necesidad. La más evidente sería la de tener que sembrar y cosechar para comer.
Esta cualidad peculiar del mundo hace que Viracocha necesite de Tunupa para llevar a cabo la creación.
LA MARCHA DEL DIOS SOBRE EL MUNDO
Los unanchan o signos de Viracocha recién adquieren su sentido cuando se examina “la marcha del dios sobre el mundo”, o sea, cuando se explica la cosmogonía o creación o –como habíamos dicho antes– la manera como adquiere sentido el mundo.
Dar sentido al mundo supone conciliar la idea de pureza del dios con las cosas sumidas en el “hervidero espantoso”. Por eso la marcha del dios sobre el mundo supone la contaminación del dios por parte de la fea y amarga índole del mundo.
Y es que Viracocha, según lo expresan los himnos, es el superior y primero (caylla), el grande (hatun), el señor (apu), además de maestro e inteligente (yachachiy)17 y, en cambio, el mundo es el “hervidero espantoso” (manchay ttemyocpa). La distancia entre ambos es enorme. El mundo es ajeno y frustrador porque engendra una ansiedad constante por la cosecha, el temor al granizo, el miedo al cerro que se desploma o al río que arrasa la casa y el corral. Todo ello supone la indeterminación de no saber nunca qué puede ocurrir. Parece como si todo estuviese expuesto al libre juego de las fuerzas como el agua, el viento, el abismo, el fuego.
Por eso una marcha del dios sobre el mundo exige ante todo una fe que trata de ver la voluntad del dios en el mundo. Es necesario hermanar el agua que inunda un valle con la tierra que da frutos, pero que puede temblar, y con el granizo, que puede arrasar un sembrado. Para todo esto se requiere fe.
La fe tiene el papel de mantener la unidad de la existencia a través del acontecer diario y de buscar una conciliación humilde del hombre con un ámbito terrorífico y tremendo, donde se desata la ira divina. Se trata de que el cerro imponente sea el hermano y lo sea el río y la tierra y también el cielo con sus relámpagos y sus truenos. Se trata, en fin, de que se humanice el mundo con la plegaria y con el rito y que el mundo sea el organismo viviente que ampara y protege.
La cosmogonía del yamqui quiere conseguir ese fin, siguiendo el antiguo mecanismo de todo mito, según el cual ésta aflora en ese margen en donde el inconsciente pasa sus signos a la conciencia y ésta domina a aquél mediante los ritos. Y esto se realiza a la manera como lo describe Oblitas Poblete, cuando se refiere a la khaikha, esa fuerza maléfica e indeterminada que se da cerca de las tumbas y que arrecia su influencia durante el atardecer.18 Lo mismo expresa Rigoberto Paredes cuando dice que “parece que el indio no tuviera vista sino para percibir el lado oscuro de las cosas” y, agrega, “parece poseído de un terrible miedo”.19
Todo ello no es más que una consecuencia de llevar el inconsciente a flor de piel con una intensidad angustiosa que el ciudadano no conoce. Este último encuentra la posibilidad de esquivar y distraer las instancias de su inconsciente en la ciudad. El montaje de la cultura de ciudad responde a esa necesidad de cubrir el inconsciente mediante toda clase de elementos conscientes. El indígena, en cambio, no cuenta con estructuras que puedan evadirlo psíquicamente y está como inmerso en su mundo de angustia. Pero esto mismo constituye una ventaja, porque el indígena sorbe de ahí mismo la necesidad de una fe y de un mito, o sea, la clave de la andanza del dios por el mundo en ese margen en el que lindan hombre y mundo, vida y muerte, luz y noche, conciencia e inconciencia.20 Es un dios que ejerce un poderío mágico sobre el mundo, siendo éste lo maldito, la pesadilla o, como piensa el yamqui, el “hervidero espantoso”. Por eso la marcha del dios sobre el mundo se da como en una pesadilla.
ENFRENTAMIENTO CON EL CAOS
El enfrentamiento de los opuestos se da en el yamqui, ante todo como una agresión de lo malo contra lo bueno. Y eso no es plácido sino comprometido. No es la oposición serena de dos opuestos objetivos y de igual carga, como se da en Platón.21
Cuando el yamqui da uno de los términos, el bueno, el opuesto lo rodea como una especie de magma que tiende a negar a aquél. Dándose Viracocha, como principio de orden e inteligencia, es natural que eso ocurra en medio de la negación de su esencia e incluso con una amenaza de su destrucción. Viracocha se da en medio del caos en el plano de la khaikha y de aquel “miedo terrible” que menciona Paredes.
Además, dándose Viracocha, es natural que se dé el opuesto. Más aún, el simple hecho de afirmar su existencia implica una lucha. A su vez, no habría Viracocha si no hubiese caos, en la misma medida en que no bien se piensa lo blanco debe darse lo negro, que tiende a destruir a aquél. ¿Por qué? Porque siempre se da “el lado oscuro de las cosas”.
El orden del dios y el caos son opuestos originales que plantean en el plano conceptual la oposición de conciencia e inconciencia. Por eso, ante la simple enunciación del dios, ocurre el enfrentamiento y éste, por su parte, conduce a la marcha.
Los opuestos, como el de los sexos, los anteriores entre orden y caos, al igual que todas las oposiciones, son incontrolables, porque de lo bueno se puede pasar a lo malo y viceversa con suma facilidad. Un sembrado bueno puede sufrir la doble alternativa de ser destruido por el granizo o ser cosechado. Puede haber años de gran abundancia y también de gran escasez. El año mismo contiene un ciclo que impone un ritmo infatigable de hambre y saciedad. Y eso hace impotente al pobre indio –pensaría seguramente el yamqui– porque el hombre era pequeño y el juego de las fuerzas enorme. Un mundo así deja una gran ansiedad con su ritmo incesante de frustración y satisfacción. Finalmente, todo esto se decanta con el tiempo y queda esa conciencia impertérrita de que el mundo es puro azar y de que la labor humana es insignificante. Los opuestos pueden alternarse o sucederse arbitrariamente y un dios puede ser malo o bueno, puede ser macho o hembra, un río puede ser nocivo o benigno, todo a la vez, o una cosa tras otra con una rapidez maligna.
Pero parece que la oposición es más bien cosa del mundo y no de Viracocha. Éste une a los opuestos mientras que el mundo los separa. Por eso, cuando emprende la marcha, deja que ella sea realizada por los héroes, porque así mantiene incólume su esencia. De ahí la leyenda de los héroes gemelos que es la materialización de las andanzas del dios en el mundo. Una andanza que se hace de acuerdo con la ley de los opuestos, un poco paralelamente a la evidencia de que hay Sol y Luna, día y noche, verano e invierno.22
EL EQUILIBRIO
Los héroes son siempre dos, pero Salcamayhua sólo habla de Tunupa. Era el héroe agrario, el más pobre hasta el punto de que supone que se trataba de un santo varón, parecido a santo Tomás, el apóstol, porque llevaba un sayón largo, un breviario y un bordón. Este bordón, que parece ser un símbolo fálico de fecundidad,23 le fue entregado por Apotampo quien, según dice, fue un señor que estuvo vinculado a Manco Capac.
Tunupa llega a los Andes de Carabaya, donde hace una cruz y luego entra a predicar la “doctrina del Señor” en Carabuco, a orillas del lago Titicaca. Agrega el yamqui que Carabuco significa “cuando cantan cuatro bezes muy a la madrugada un abe llamada pucu-puco”.
En verdad, se trata del enviado de Viracocha que construye la cruz cósmica en los Andes y con ella avanza sobre el caos.24 El tremendo “hervidero” del caos estaba encarnado por un “caudillo” residente en Carabuco. Seguramente el yamqui no quería ser tratado de hereje y sólo hace una mención inofensiva. Sin embargo, este “caudillo” es nada menos que un equivalente del jaguar terrorífico de otras leyendas que devora a la madre de los héroes y también a éstos.25
El terror ante el caos ha de haber sido tremendo. En las pinturas de la iglesia de Carabuco, donde se da la versión católica de la leyenda, aparece el caos en forma de diablo –y no de caudillo– rodeado por sus discípulos. Éstos se refugian en el cerro de Kilima y se disponen a desbaratar la acción divina del héroe, que consiste por su parte en imponer el orden indígena con sus cuatro zonas y sus cuatro vientos.
La atrocidad de la lucha se refleja en los episodios sueltos como el de Sica-Sica donde el caos, o sea, el diablo, quiere destruir a Tunupa por el fuego. Cuando Tunupa retorna a Carabuco, el caos intenta nuevamente hacerlo víctima del rayo.26 Pero es inútil. Tunupa triunfa, porque encarna la exaltación del orden sobre el caos y consigue salir ileso de todas las vicisitudes.
Y llega el momento en el que Tunupa es acusado de mantener relaciones con la hija del “caudillo”, o sea, del caos. De nada le vale la vinculación con el agua ni con las fuentes. Es apresado y despedazado por el caos,27 como le corresponde en su calidad de héroe lunar que trae el orden agrario con la medición y el control de los actos y la conducta. Lo salva su condición de hijo del Pachayachachic, el maestro, porque consigue burlar con su astucia la acción de las fuerzas nocivas.
Así ocurre que “a las cinco oras de la mañana es liberado por un mancebo muy ermoço”, quien vino a llamarlo “en nombre de la matrona que os está guardando solo, el qual esta para irse al lugar de hulguras”. Esta “matrona” seguramente es el otro héroe, el solar, que lo salva pero que luego toma la forma femenina y lo aguarda al borde del lago Titicaca.
Y como Tunupa tiene por aliados al agua y al viento, extiende su manta sobre el lago y, acompañado por la “matrona [...] como viento bolaron”, burlando a sus carceleros.28
Tunupa llega así a una peña de la isla Titicaca (o isla del Sol) y luego pasa por el estrecho de Tiquina hacia el Desaguadero, río que abre con su ímpetu.
Mientras tanto, el “caudillo”, el diablo o el caos o como quiera llamársele, que había sido su carcelero, intenta destruir el orden cósmico, encarnado en la cruz dejada por Tunupa, pero sólo lo consigue enterrándola, según la versión de Carabuco. Pero el orden cósmico no se destruye, sino que pasa a otro plano menos visible y menos tremendo, pues toma la forma subterránea de simiente, para reiniciar luego el antiguo ciclo y volver a aparecer, nuevamente, llevada por Tunupa desde Carabaya, el año siguiente. En cierta manera se trata del dominio del mundo, una especie de exorcismo mágico y místico que apunta a mantener el orden cósmico. Esto mismo lo logra pero enterrado, a modo de semilla, durante cierta época del año.
Pero como Tunupa es el héroe de la humildad y la contención y es el orden cósmico y encarna, como veremos, la época de escasez, cuando pasa cerca de Tiahuanaco y ve mucha gente que baila ahí sus taquis, hace entonces como Pariacaca en otra ocasión, lo petrifica como “hasta el día de hoy se echa de ver”.
Lo que ocurrió con Tunupa luego es un misterio. “Dizen quel dicho Tunupa pasó siguiendo el rrio de Chacamarca [Desaguadero] hasta topar en la mar.” Otros hablan de su prédica de santo y de su calidad de héroe agrario y portador de la cruz cósmica, entre los guaraníes.29
Todo es posible, porque Tunupa es como una doctrina implícita en el sentir natural del mundo, casi como un a priori de la mentalidad del hombre protohistórico.
Aunque el yamqui no lo mencione, es natural y probado que Tunupa se convierte en la luna y el otro héroe en el sol, una vez concluida su tarea en la tierra.30 De esta manera se reintegran ambos al ritmo cósmico.
El significado de la andanza de estos héroes gemelos es lograr el equilibrio de las fuerzas cósmicas, especialmente entre el orden y el caos. Ello se traduce en el dominio de la flor cósmica, la que, por su parte, tiene su origen en una especie de iluminación. Claro que es una iluminación peculiar que resulta del afán de encontrar un dominio mágico sobre el mundo y a éste sólo se lo obtiene por vía interior, en ese filo en el que se rozan la vida y la muerte, la luz y las tinieblas o, lo que es lo mismo, la conciencia y la inconciencia.31 Es un ámbito propicio para encontrar la fuerza mágica y espiritual, para perder el miedo al mundo y conjurarlo. Eso sólo se consigue en el plano de la naturaleza, entre cerros y granizos, en el terreno de la ira divina, lejos, por lo tanto, de nuestra vida moderna tan cargada de defensas de toda índole.

FIGURA 3. Copia hecha por el autor de una piedra existente en el Museo de Tihuanaco (La Paz, Bolivia).
Así y todo, la solución obtenida, el entierro de la cruz o la misma fuga de Tunupa, lleva a pensar que el orden es también efímero. Se mantiene en cambio como exorcismo en la plástica en forma de cruz inscripta en un cuadrángulo o círculo. Se da en el arte ortogonal de la Puerta del Sol de Tiahuanaco, en la estela de Raimondi o en la placa Echenique. Es indudablemente un arte que se esgrime a modo de pantalla mágica, para conjurar las fuerzas adversas del caos.32 Y lo curioso es que, no obstante estar toda la cultura precolombina montada sobre la base estética de un signo como la cruz, hasta el punto de constituir una cultura de conjuración, sin embargo, el caos tampoco deja de existir. Entra, por ejemplo, en vigencia con una cruz enterrada según la leyenda de Tunupa.
Por su parte, el desentierro de la cruz, ocurrido entre 1569 y 1599 según Bandelier, tiene también su especial significado. No es de extrañar que este episodio se localice en Carabuco y que únicamente lo citen los agustinos. Indudablemente se trataba de una versión folclórica que tenía su significado religioso en el mundo precolombino. El indígena creía en esa cruz porque restituía el orden cósmico, y no porque fuera la cruz de Cristo. La verdad es que esa cruz era un exorcismo del caos y como tal podía romperse a la menor irritación de los dioses o al menor olvido de los ritos o escamoteo de los sacrificios.
Pero Tunupa desaparece y no se sabe qué se hizo de él. La leyenda del yamqui deja el camino abierto quizá para indicar que todo vuelve a repetirse anualmente. Si Tunupa realmente se convirtiera en la luna, se impone la idea de un ritmo anual y él debe volver todos los años, porque siempre se da la siembra y siempre hay hambruna en las sierras y siempre debe venir el héroe lunar para enseñar el control y la labor agraria. Es lo mismo que Tocapo,33 el otro lunar mencionado por Cristóbal de Molina. Ambos nos servirán para interpretar la parte derecha del esquema del altar de Coricancha dibujado por el yamqui. Constituyen la forma del mundo, el vestido adornado del cosmos y simbolizan la actividad agraria, el racionamiento de los alimentos o el cuidado de la comunidad.
En verdad, Tunupa debe haber desaparecido, no sólo porque se convierte en la luna sino porque integra el calendario. El yamqui lo dice cuando se refiere a que el óvalo del centro fue sustituido por un redondel.34 Eso ocurre porque Tunupa ya es como el calendario, un orden previsto y revelado por Viracocha para gobierno de los mortales. Constituye, además, el corolario natural de la leyenda, porque en el calendario se reintegra la bisexualidad y la esencia de Viracocha, casi a modo de semilla cósmica.
Viracocha debe mantener su esencia y envía a sus hijos para ordenar el cosmos. No quería mezclarse con el “hervidero espantoso”. Pero cuando los héroes vuelven al cielo una vez cumplidas sus misiones de ordenar el caos, según el criterio ortogonal de la flor de cuatro pétalos, y se convierten en sol y luna, Viracocha consigue reintegrar su esencia. Sol y Luna es lo mismo, los días solares y los meses lunares cumplen con el fin de regular las cosechas de acuerdo con el ritmo impuesto por Viracocha. El calendario vuelve a fundir lo masculino con lo femenino y todo es como si Viracocha volviera a ser bisexual, o sea, semilla. En cierta manera, es la realización de Viracocha, una vez enfrentado por el mundo. Realización en la que el hombre no deja de jugar su parte. Es una realización divina para el hombre, en su propio plano, una especie de signo de dios en el mundo,35 como “círculo fundamental creador”, según vimos antes. Por el otro lado, es una conjuración, pero en la cual yace una doctrina y una conducta, porque indica el orden de la siembra y de la cosecha. Es, en verdad, una lección que el dios da a la humanidad.
EL MUNDO
Pero la verdadera enseñanza del yamqui está en el esquema que hace de su mundo. Es la consecuencia inmediata de la marcha del dios sobre el mundo y registra la huella evidente de las andanzas de los héroes. El yamqui reproduce indudablemente los elementos de su propio valle y también incluye a muchos de sus antepasados.
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