Czytaj książkę: «Rumbo a Tartaria»
ROBERT D. KAPLAN
RUMBO A TARTARIA
UN VIAJE POR LOS BALCANES,
ORIENTE PRÓXIMO Y EL CÁUCASO
TRADUCCIÓN DE RAMÓN IBERO

ÍNDICE
CUBIERTA
PORTADA
DEDICATORIA
CITAS
MAPAS
NOTA DEL AUTOR
PRIMERA PARTE. LOS BALCANES
1. RUDOLF FISCHER, COSMOPOLITA
2. RUMBO A ORIENTE
3. LA SIMA QUE SE ENSANCHA
4. TERCER MUNDO EN EUROPA
5. BALCÁNICOS REALISTAS
6. EL ESTADO PIVOTE
7. LA ELECCIÓN DE UNA CIVILIZACIÓN
8. LUCHADORES CONTRA DEMÓCRATAS
9. EL LEGADO DE LA IGLESIA ORTODOXA
10. «HACIA LA CIUDAD»
SEGUNDA PARTE. TURQUÍA Y LA GRAN SIRIA
11. EL «ESTADO PROFUNDO»
12. EL «CADÁVER CON ARMADURA»
13. EL NUEVO CALIFATO
14. LO SAGRADO Y LO PROFANO
15. EL SATÉLITE CORPORATIVO
16. ESTADO DE CARAVANAS
17. CRUZANDO EL JORDÁN
18. SÉFORIS Y LA RENOVACIÓN DEL JUDAÍSMO
19. EL CORAZÓN PALPITANTE DE ORIENTE PRÓXIMO
TERCERA PARTE. EL CÁUCASO Y TARTARIA
20. HACIA LA FRONTERA NORORIENTAL DE TURQUÍA
21. LA BELLA PATRIA DE STALIN
22. NACIONES FÓSILES
23. DE TIFLIS A BAKÚ
24. COLISIONES IMPERIALES
25. EN BARCO RUMBO A TARTARIA
26. NUEVOS KANATOS
27. UN PAISAJE DE HERODOTO
EPÍLOGO. HAYASTÁN
28. TIERRA, FUEGO, AGUA
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
CRÉDITOS
COLOFÓN
Para Alien Pizzey y Dee Hemmings
Pero siendo mi intención escribir una cosa útil para quien esté en grado de entenderla, me ha parecido más conveniente perseguir la realidad efectual antes que la imagen artificial. Muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos en la realidad, y es que hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo habría que vivir, que el que no se ocupa de lo que se hace para preocuparse de lo que habría que hacer aprende antes a fracasar que a sobrevivir.
NICOLÁS MAQUIAVELO, El Príncipe
Conocer lo peor no equivale siempre a verse libre de sus consecuencias; no obstante, es preferible a no conocerlo.
ISAIAH BERLIN, «La originalidad de Maquiavelo»



NOTA DEL AUTOR
La primera parte de este libro es la continuación de Fantasmas balcánicos, panorámica de los Balcanes a finales de la década de 1980 que pretendía anticipar los problemas que iban a surgir en la región a partir de 1990. De manera análoga, Rumbo a Tartaria describe la situación del Gran Oriente Próximo en el paso del siglo XX al siglo XXI y se adentra en las próximas décadas.
«¿Debemos intervenir?» Ésta es la pregunta que surge con frecuencia en situaciones de crisis. Al igual que Fantasmas balcánicos, este libro no ofrece respuestas, sino que describe la situación de la zona. Toda vez que la política exterior, cuando es seria, es guiada por la necesidad, y no por la simpatía, un panorama, por espantoso que sea, nunca disuadirá al político templado de intervenir si el interés nacional a largo plazo coincide con el interés moral. Ciertamente, sólo los panoramas humanos más desoladores exigen ante todo intervenciones.
Federico el Grande acostumbraba decir a sus generales: «Aquel que lo defiende todo no defiende nada».[1] Del mismo modo, el que escribe sobre todos los lugares de una región muy amplia no escribe sobre ninguno de ellos. Un libro que se ocupara de todos los países que hay desde Marruecos hasta la India —ámbito de Oriente Próximo según algunas definiciones— sería demasiado grueso y difícil de manejar.
Mi intención aquí es narrar un viaje, no escribir un estudio completo. Algunos lectores se sorprenderán de no encontrar en estas páginas los nombres de Irán e Irak. Sobre Irán ya escribí extensamente en Viaje a los confines de la Tierra y sobre Irak en The Arabists. Por eso consideré que sería más útil introducir al lector en países como Siria, Georgia, Azerbaiyán y Turkmenistán, que habían recibido relativamente poca atención y cuyo futuro puede constituir, no obstante, la noticia de mañana, cuando los líderes de viejo cuño abandonen la escena política.
Abril de 2000
PRIMERA PARTE
1.
RUDOLF FISCHER, COSMOPOLITA
El aroma de aguardiente de ciruela y vino tinto se mezcló con el moho y el polvo de libros y mapas viejos. Eran las diez de la mañana del 17 de febrero de 1998. Yo estaba en un piso de la zona oriental de los monótonos alrededores de Budapest. Mi anfitrión, Rudolf Fischer, sugirió que empezáramos a beber.
—El slivovitz es kosher; mire la etiqueta, ¡está en hebreo! Y el vino es joven, de una barrica de Villányi, en el sur de Hungría. Le sentará bien a su estómago y nos soltará la lengua.
Alfombras rústicas, tejidos populares y otros productos de artesanía balcánica llenaban la pequeña sala de estar de Fischer, que también hacía las funciones de biblioteca: volúmenes de principios del siglo XX, en varios idiomas, sobre el nacionalismo en los Balcanes, los Imperios persa y otomano, la herencia bizantina de Grecia y otros temas relacionados con esta perdida zona de Europa. Fischer, de espeso pelo blanco, mostacho y expresión pensativa, vestía pantalones de ante y zamarra de pastor sin mangas. Su aspecto desenvuelto y el telón de fondo formado por mapas y cachivaches me recordaron al explorador victoriano, lingüista y agente secreto sir Richard Francis Burton, ya anciano, en su biblioteca de Trieste.[2] Yo había acudido a Fischer en busca de consejo antes de iniciar mi viaje por todo Oriente Próximo (desde los Balcanes hasta Asia central), que los isabelinos ingleses llamaban Tartaria.
—Nací en el año 1923 —me dijo Fischer—, en Kronstadt, Transilvania, una ciudad fundamentalmente alemana que ahora se llama Braşov y pertenece a Rumania. Mi padre era un judío húngaro y su familia rigurosamente ortodoxa. Mi madre era alemana, de Sajonia, y luterana. Figuró entre aquellos a los que los nazis protegieron otorgándoles la condición de —es éste un término cargado de connotaciones raciales reservado para los germanos de Europa oriental y el sur de Rusia— Volksdeutsche. Mis padres se querían muchísimo. ¿Le sorprende? Antes de la llegada al poder de Hitler, estas ironías y sutilezas eran comunes en las relaciones entre los grupos étnicos; no se lo puede imaginar. Mi madre escapó de la Rumania comunista pretextando que era judía y quería ir a Israel. Mi esposa también es sajona y luterana, de un lugar cercano a Kronstadt. Naturalmente —añadió con una sonrisa—, yo era suficientemente judío para los nazis, pero no lo bastante para satisfacer a los rabinos israelíes de hoy.
Fischer me alargó su tarjeta de visita. En ella no había número de teléfono ni dirección, sólo estas palabras:
rudolf fischer
χαλαμαρας
La palabra griega —me explicó— definía a «la persona que, en el siglo XIX, escribía cartas de amor» a las mujeres por encargo de sus maridos, que servían en el ejército turco y no sabían escribir.
Brindamos, y Fischer desplegó un conjunto de mapas del Estado Mayor del ejército austríaco a finales del siglo XIX y un mapa alemán de una época un poco anterior.
—Éstos son los mapas que tiene que utilizar al principio de su viaje —me dijo—. Son mejores que los mapas de la época de la guerra fría. Por supuesto, los mapas posteriores a 1989 no sirven para nada. El telón de acero sigue siendo una frontera social y cultural. ¿Sabe cuál ha sido el verdadero servicio que McDonald’s ha prestado a Hungría y a los demás países que antes eran socialistas? Pues que sus establecimientos son los únicos sitios donde la gente, sobre todo las mujeres, puede encontrar lavabos limpios.
Fischer se tomó su segundo slivovitz con vino tinto. Luego señaló con el dedo el mapa alemán de mediados del siglo XIX y me dijo:
—Los Cárpatos, que ahora pertenecen a Rumania, marcan el fin de Europa y el principio de Oriente Próximo. Al norte y al oeste de los Cárpatos se halla lo que fue el Imperio austrohúngaro. Aquí el mapa es como uno moderno, observe cuántas ciudades hay. Pero, mire, al sur y al este de los Cárpatos el mapa está prácticamente vacío. Ese espacio abarca el antiguo Imperio turco otomano, Valaquia, Serbia y Bulgaria. En él se habían hecho pocos estudios de reconocimiento y el comercio no estaba regulado. Comparados con Transilvania, Croacia y Hungría, esos países siguen estando subdesarrollados.
Voy a explicarlo; no es tan complicado como parece. En términos muy simples, la fisura que recorre los Balcanes, entre el Imperio austrohúngaro y el Imperio otomano, a la que Fischer se refiere, refleja una división que existió mucho antes. En el siglo IV de nuestra era el Imperio romano quedó escindido en dos partes: la occidental y la oriental. Roma siguió siendo la capital del Imperio de Occidente, en tanto que Constantinopla pasó a ser la capital del Imperio de Oriente. A la postre, el Imperio de Occidente dio paso al reino de Carlomagno y los Estados Pontificios; en otras palabras, a Europa occidental. El Imperio de Oriente, Bizancio, estaba poblado principalmente por cristianos ortodoxos que hablaban griego y después, cuando los turcos otomanos conquistaron Constantinopla en 1453, por musulmanes. La frontera entre el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente pasaba por el medio de lo que después de la Primera Guerra Mundial sería el estado multiétnico de Yugoslavia. Cuando, en 1991, este estado se deshizo violentamente, reprodujo, al menos en un principio, la división de Roma dieciséis siglos antes: eslovenos y croatas eran católicos, herederos de una tradición que se remontaba de Austria-Hungría a Roma en Occidente; los serbios, en cambio, eran ortodoxos y herederos del legado otomano-bizantino de Roma en Oriente.
Los Cárpatos, que se alzan en el noreste de la antigua Yugoslavia y dividen Rumania en dos partes, reforzaron esa frontera entre Roma y Bizancio, y, más tarde, entre los emperadores de la casa de Habsburgo, instalados en Viena, y los sultanes turcos, residentes en Constantinopla. Rudolf Fischer me dijo que los Cárpatos, que no eran fáciles de atravesar, impidieron que se propagara hacia el este la cultura europea, marcada por la arquitectura románica y gótica, así como por el Renacimiento y la Reforma.[3]
—Ésa es la razón de que Grecia también pertenezca a Oriente —dijo Fischer, y añadió—: Rumania, a causa de la influencia del Renacimiento y la Reforma en el noroeste del país, estaba más desarrollada que Grecia antes de la Segunda Guerra Mundial. —Y agitó la mano para dar énfasis a sus palabras—. Fue sólo la doctrina Truman, que aportó diez mil millones de dólares, nada menos que dólares de 1940, en concepto de ayuda, la que creó la Grecia occidentalizada de hoy.
»Déjeme que siga por esta línea —continuó Fischer—. Las diferencias entre el líder húngaro Mátyás Rákosi y el líder rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej, ambos estalinistas, y aún más entre sus sucesores respectivos, János Kádár y Nicolae Ceauşescu, eran las diferencias, ¿no lo ve?, que existían entre la Austria-Hungría de los Habsburgos y la Turquía otomana. Es posible que Rákosi y Kádár fueran falsos centroeuropeos, pero, aun así, por ser húngaros eran centroeuropeos. En cambio, Gheorghiu-Dej y Ceauşescu eran déspotas orientales, procedían de una zona de Europa más influida por la Turquía otomana que por la Austria de los Habsburgo. Por eso el comunismo dañó menos a Hungría que a Rumania.
Ciertamente, en Europa central el comunismo pretendió ser el remedio contra las desigualdades económicas y otras crueldades generadas por el desarrollo industrial burgués, una especie de populismo radical y liberal, mientras que en el antiguo Imperio otomanobizantino, donde nunca se había dado semejante desarrollo moderno, el comunismo no fue más que una fuerza destructiva, una segunda invasión de los mongoles.
—Váci Utca —exclamó Fischer refiriéndose a una elegante calle comercial de Budapest—, con sus farolas y una atmósfera de la viuda alegre,[4] no es una creación del poscomunismo sino del comunismo, tal como lo interpretaron los húngaros, con su tradición centroeuropea, en los años setenta y ochenta.
Evidentemente, la historia y la geografía sólo proporcionan esquemas generales sobre los cuales la humanidad aplica luego los detalles.[5] Basta fijarse en el telón de acero, obra no tanto de esquemas geográficos y culturales como de la política de poder de finales de la Segunda Guerra Mundial, política que generó otra división llamada a sumarse a la que separó al Imperio de los Habsburgo y al otomano. Las diferencias en desarrollo entre países excomunistas afectados por el régimen de los Habsburgo —como Hungría, la República Checa y Polonia— y aquellos otros afectados por Bizancio y la Turquía otomana —caso de Rumania y Bulgaria— son profundas. Sin embargo, en otro sentido, Hungría comparte más de lo que posiblemente le guste admitir con Rumania y Bulgaria, antiguas aliadas suyas en el Pacto de Varsovia. Fischer explicó que, a pesar de su progreso económico, Hungría aún no puede escapar fácilmente de su pasado.
—Nuestras prostitutas, en Budapest, son rusas y ucranianas; nuestra moneda, aunque cotiza libremente, aún no tiene valor en Occidente; nuestro petróleo y nuestro gas vienen de Rusia; y tenemos asesinos mafiosos y corrupción exactamente igual que los países del sur y del este de Europa. Los crímenes de las mafias y el narcotráfico constituyen una presión que se ejerce sobre el gobierno húngaro con objeto de que establezca, con carácter obligatorio, visados para rumanos, serbios y ucranianos, a los que se considera responsables de esas actividades, pero tal cosa nunca ocurrirá, pues nos separaría de los húngaros de raza que viven en Rumania, al otro lado de la frontera. Estamos ligados al Este excomunista, tanto si nos gusta como si no.
Fischer podría haber añadido que el vestíbulo de este edificio estaba oscuro y descuidado, como muchos que yo había visto en todo el antiguo mundo comunista, donde décadas de propiedad estatal no habían proporcionado a las personas ningún incentivo para cuidar del mantenimiento de sus bienes, actitud que empezaba a cambiar poco a poco. También era lamentable el edificio propiamente dicho, así como el resto de las viviendas del barrio de Fischer, cuyo aspecto de construcciones inacabadas y de baja calidad —vidrios bastos y ladrillos de cenizas color mostaza— era más propio de los edificios de Asia central en la época comunista que de los de Austria, país que se encuentra a sólo dos horas de distancia en tren. Aunque el muro de Berlín había caído en noviembre de 1989, para el viajero su espectro seguía presente aquí casi diez años después.
—¿Qué me dice acerca de la OTAN? —le pregunté—. ¿Marcará su nueva frontera oriental, tras el ingreso de Polonia, la República Checa y Hungría, el límite de Oriente Próximo?
—La OTAN no cuenta —contestó Fischer con un gesto excluyente de la mano—. Lo único real es la UE. —Y explicó que la Unión Europea se ocupa de la moneda, los controles de las fronteras, los pasaportes, el comercio, los tipos de interés, las normativas referentes al medio ambiente y a la alimentación, los detalles de la vida diaria que cambiarán la realidad húngara—. Durante décadas Austria no formó parte de la OTAN, pero ¿imaginó alguna vez a Austria como parte de Europa oriental o de Oriente Próximo? Pues claro que no. (Austria tampoco había formado parte de la Unión Europea, pero su economía operaba de acuerdo con las normas del libre mercado propugnadas por la UE.)
Por consiguiente, parece una hipótesis probable —al menos si la UE se ampliaba hasta incluir Hungría, Eslovenia, la República Checa y Polonia, aunque tardara una década en conceder la condición de miembros de pleno derecho a Rumania, Bulgaria, Macedonia, Turquía y Rusia— que la alianza occidental se convierta en una extraña variante del Sacro Imperio Romano que alcanzó su apogeo en el siglo XI, lo cual institucionalizaría una vez más la escisión entre la cristiandad occidental y la oriental, como ya ocurriera durante las divisiones entre Roma y Bizancio, y entre el Imperio de los Habsburgo y el Imperio otomano. Entonces Oriente Próximo empezaría en la frontera de Hungría y Rumania. Para completar el restablecimiento de este viejo mapa, Rusia estaba recuperando la configuración de la Moscovia del siglo XVI: una vibrante ciudad-estado con un hinterland caótico.[6]
—Los húngaros quieren «espiritualizar» las fronteras, éste es el término que utilizan aquí —subrayó Fischer.
—Quiere decir que desean que las fronteras sean filtros que protejan, no que dividan, ¿no es así? —intervine.
—Tal vez —repuso Fischer con sequedad—. Lo que quieren realmente es dejar que los húngaros de raza que están en el este entren en Hungría, pero nadie más.
Fischer se puso entonces a despotricar contra la «modernidad» en Europa, donde los movimientos democráticos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX fortalecieron el nacionalismo étnico, mientras que la industrialización reforzaba el poder de los Estados. El resultado fue el colapso de los imperios multiétnicos como la Austria-Hungría de los Habsburgo y la Turquía otomana, y el surgimiento de potencias monoétnicas como Alemania y de perniciosos principados tribales en los Balcanes después de la Primera Guerra Mundial, aunque en algunos casos recibían el nombre de democracias parlamentarias. Ni siquiera las revoluciones democráticas de 1848 en Europa central fueron al parecer tan puras; se basaban en conceptos étnicos tanto como en ideales liberales, y al menos en las zonas húngaras (magiares) fueron rechazadas por las minorías croata, serbia y rumana.[7] Para Fischer, dada su formación, la «modernidad» había supuesto una «campaña de magiarización» y otras formas de «limpieza étnica», esenciales para el establecimiento de minúsculos estados tiranizados por mayorías étnicas. Para él, el símbolo de la «modernidad» se hallaba en lo ocurrido el 17 de septiembre de 1944, día en el que él cumplió veintiún años:
—Como mi padre y yo huimos de Rumania cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y obtuvimos visados para Australia, cuando cumplí veintiún años yo servía en el ejército australiano. Mi comandante me había concedido un corto permiso y, así, pasé mi cumpleaños solo, caminando por el campo y pensando quiénes, entre los familiares y amigos que había dejado en Transilvania, estarían vivos y quiénes habrían muerto.
»Poco después de la guerra me enteré de que aquel mismo día soldados húngaros fusilaron a todos los habitantes judíos de Sármás, un pueblecito situado al este de Kolozsvár, en Transilvania.[8] Pobre gente. Ellos se consideraban húngaros. ¡Hablaban húngaro! Habían conseguido sobrevivir a cinco años de fascismo sin que los deportaran a campos de concentración. Era como si milagrosamente se hubieran olvidado de ellos mientras alrededor reinaba el horror en todas sus formas. Entonces aparecieron en Sármás los soldados húngaros, sus soldados, ¿y qué hicieron? Encerraron a todos los judíos en unas porquerizas durante varios días, luego los condujeron a una colina y los masacraron. Dentro del Holocausto hubo muchos pequeños pogromos.[9]
Una semana después de que Fischer me contara esta historia, visité aquella misma colina en Sărmaşu, Rumania. Los cerdos corrían por el fango y campesinos con zamarras negras segaban con guadañas las extensas y onduladas tierras de pastos salpicadas de aldeas de madera. Vi tres hileras de sepulturas, ciento veintiséis en total, cada una de ellas con su estrella de David y su inscripción en hebreo. Las sepulturas estaban cercadas por un horrible muro de cemento, una barrera monstruosa que podemos inscribir en la «historia moderna». Salté el muro y leí la inscripción rumana:
...tropas fascistas [húngaras], enemigas de la humanidad, ocuparon la aldea de Sărmaşu, donde reunieron a todos los judíos —hombres, mujeres y niños— en unas porquerizas, allí los tuvieron sin comida, los torturaron y los humillaron de la manera más inicua durante diez días, después, los trajeron a esta colina de llanto y los mataron de los modos más sádicos la víspera de la fiesta judía de Rosh Hashaná...[10]
Naturalmente, este monumento levantado en Rumania no mencionaba las atrocidades, igualmente espantosas, perpetradas contra los judíos por los propios rumanos durante la Segunda Guerra Mundial.
—Por eso me acuerdo tan vivamente del día que paseaba solo en Australia, el día en que cumplí veintiún años —continuó diciendo Fischer—. Porque ese recuerdo fue preservado por lo que, como descubrí después, había ocurrido aquel mismo día en Sărmaşu. Ve usted, Robert, nacionalismo húngaro, nacionalismo rumano: todos son malos. La frontera formada por los Cárpatos era buena comparada con las modernas fronteras nacionalistas, al menos los Cárpatos dividían imperios dentro de los cuales convivían pueblos y religiones. Yo soy cosmopolita. ¡Toda persona civilizada debería procurar serlo!
Le dije que el cosmopolitismo debe estar unido siempre a la memoria. Sin memoria no hay posibilidad de que aflore la ironía, verdadera sustancia de la historia, pues, como decía Fischer, los judíos, los gitanos, los kurdos y otras minorías estuvieron relativamente seguros en el seno de regímenes autocráticos como la Austria de los Habsburgo y la Turquía de los otomanos, pero fueron asesinados u oprimidos cuando estas autocracias empezaron a alumbrar estados independientes dominados por mayorías étnicas, como, por ejemplo, Austria, Hungría, Rumania, Grecia y Turquía.
Fischer tomó su bastón y me dijo que me pusiera el abrigo.
—Vamos a dar un paseo. Tengo que mostrarle algo antes de que inicie su viaje.
Durante treinta minutos me llevó con paso presuroso por bulevares lúgubres de escaso tráfico, por túneles y un parque vacío, después por la vía de un ferrocarril que atravesaba los sucios patios traseros de viejos bloques de pisos. Nos cruzamos con personas vestidas con ropas raídas y guardapolvos sucios, personas que llevaban carteras de mano deterioradas por el largo uso.
—Ahora estamos en lo que Heimito von Doderer, escritor austríaco de principios del siglo XX, llamó «las partes pudibundas de una ciudad», donde ésta muestra los repugnantes órganos que se ocultan debajo de su preciosa piel —subrayó Fischer.
Entonces pensé en el collar de luces que bordeaba las calles próximas al Danubio, con sus tiendas elegantes y sus grupos de turistas occidentales, a varias paradas de tranvía en dirección oeste: el centro de Budapest estaba ya en Europa occidental y en el siglo XXI, pero la parte de la ciudad donde nos encontrábamos continuaba en la Europa oriental y, como pronto supe, vivía en los tiempos anteriores a la caída del muro de Berlín.
Cerca de la plaza Orczy, en el extremo suroriental de Budapest, llegamos a un inmenso poblado de cobertizos de estructura metálica y cantinas mugrientas montadas en vagones de tren rusos abandonados. Vi zapatillas de deporte, fabricadas en China, que se vendían por el equivalente de diez dólares, jerséis a cuatro dólares, calcetines, relojes, chaquetas, teléfonos móviles, champú, juguetes y otros muchos artículos, todo ello barato y fabricado en Asia o en países de la antigua Europa comunista. Muchos de los artículos eran rusos. La comida de las cantinas era turca. Los comerciantes eran chinos, kazakos, uzbekos y de otras zonas de Asia central, pero mayoritariamente chinos. Observé que había autobuses que se dirigían a Rumania y otros países del este, pero no al oeste. Por todas partes se veían policías, pues recientemente se habían cometido allí varios crímenes. Nadie iba bien vestido.
—En Budapest, la gente llama a este lugar «mercado chino» —me dijo Fischer—. Surgió a principios de la década de 1990, cuando desapareció la Unión Soviética y China redujo las restricciones para viajar que pesaban sobre sus ciudadanos. Es un auténtico caravasar.
Varias familias chinas controlaban una vasta red comercial clandestina que suministraba artículos baratos para la inmensa mayoría de las personas de Europa oriental, que no podían comprar en las tiendas nuevas de estilo occidental. Allí valía cualquier idioma. El comercio era el gran elemento integrador.
—Sí, este lugar es un poco violento, hay muertes por ajuste de cuentas —dijo Fischer—. Pero ¿hay alguna diferencia con las calles de los barrios bajos de Odesa hace cien o doscientos años, donde mis antepasados judíos y los suyos vivieron en buena medida como estas gentes viven ahora?
»Esto es todo lo que tengo que mostrarle, Robert —concluyó Fischer—. Recuerde que el telón de acero aún delimita una comunidad. Simplemente mire el mercado. Más de cuatro décadas de represión absoluta no pueden ser barridas en unos pocos años. —Fischer me condujo hasta un tranvía. Subió y me acompañó durante una parte del recorrido—. Es bueno que quiera pasar por Transilvania. Allí hay mucho que ver —dijo con voz nostálgica. Luego se apeó y se despidió levantando su bastón.
Dejé el tranvía cerca de Nyugati Pályaudvar, la ambiciosa Estación Occidental, con columnas de acero, de Budapest, construida por Alexandre-Gustave Eiffel en la década de 1870, antes de que levantara en París la torre que lleva su nombre. En la Estación Occidental inicié mi viaje hacia Oriente. Ahora explicaré adónde me dirigí y por qué.
2.
RUMBO A ORIENTE
Mi plan era cruzar lo que llamaré Nuevo Oriente Próximo, esa parte de Eurasia que se extiende desde el este de la Unión Europea y de los límites, recientemente ampliados, de la OTAN, hasta el oeste de China y el sur de Rusia. Se trata de una región imprecisa, en la que se superponen los legados culturales de los Imperios bizantino, persa y turco. Contiene el 70 por ciento de las reservas conocidas de petróleo y más del 40 por ciento de las reservas de gas natural.[11] Del mismo modo que el Imperio austríaco fue «el sismógrafo de Europa» en el siglo XIX, el Nuevo Oriente Próximo, que se extiende desde los Balcanes en dirección este hasta «Tartaria», puede constituir el sismógrafo de la política mundial y el escenario de una despiadada lucha por los recursos naturales en el siglo XXI.[12] El mando central del ejército de Estados Unidos, responsable de Oriente Próximo y lo más parecido que tiene Estados Unidos a una fuerza expedicionaria de estilo colonial, recientemente añadió al ámbito de su responsabilidad el Cáucaso, otrora soviético, y Asia central.
Concretamente, decidí viajar hacia el sureste, desde Hungría hasta Turquía pasando por Rumania y Bulgaria; después a través de Siria, Líbano, Jordania e Israel. Tras volver a Turquía desde Israel, me dirigiría al Cáucaso y Asia central cruzando Anatolia. Como se ha escrito mucho acerca de la antigua Yugoslavia, decidí eludirla. La destrucción causada allí por la guerra étnica era evidente; constituía el resultado de la historia, de los perversos líderes que manipularon su memoria, de la ruina de la economía yugoslava en la década de 1980, que yo había presenciado personalmente, de la desaparición de la estructura de seguridad de la guerra fría y del fracaso de Occidente para intervenir en el momento oportuno. Pero lo que estaba ocurriendo en otros puntos de los Balcanes no era tan obvio.
Yo quería ver personalmente las futuras fronteras de Europa, las razones de la progresiva desintegración de las dictaduras árabes y los efectos sociales y políticos de los nuevos oleoductos del mar Caspio. (Aunque en un principio se exageraron los recientes hallazgos de petróleo en el Caspio, en la próxima década la región constituirá el equivalente del mar del Norte en términos de producción de petróleo, además de ser un centro de transporte para algunas de las mayores reservas de gas natural del mundo.)
Pero también me preocupaba la suerte de determinados sistemas políticos de la región, pues sabía que las instituciones gubernamentales de casi todos los países por los que tendría que pasar eran muy débiles. Es cierto que muchos regímenes se llamaban a sí mismos democracias, pero las relaciones de poder existentes en numerosos países ponían de manifiesto que los militares, los servicios de seguridad y las oligarquías financieras desempeñaban un papel importante, aunque no se quisiera admitir.
Me preguntaba también cómo se veían a sí mismos los habitantes de la región. ¿Acaso las lealtades nacionales o étnicas estaban dando paso a nuevas formas de cosmopolitismo a través de la globalización? Si era así, ¿qué significaba eso para el futuro de los regímenes autoritarios? Si las dictaduras daban paso a formas de gobierno más democráticas, ¿supondría esto más estabilidad o menos —más civismo o menos— en los países por los que yo iba a pasar? Incluso en Israel, único país de mi ruta en el que hace ya tiempo que se ha institucionalizado un régimen democrático, es posible que éste no siga siendo necesariamente ilustrado, o civil, en las décadas futuras.
En primer lugar me dirigí a Debrecen, ciudad húngara situada a tres horas de distancia en dirección este. La frontera entre Europa y Oriente Próximo que iba a cruzar no empezaba y terminaba en un lugar concreto, sino que se diluía en una serie de planos descendentes. El primero era el mercado chino en los suburbios del este de Budapest, más oriental y menos desarrollado que el centro turístico, junto al Danubio. En las semanas siguientes aún iba a ver más planos descendentes.
Desde el tren divisé un paisaje llano y pobre con carreteras fangosas, bosquecillos de chopos, casas de paredes desconchadas y gallineros carcomidos. Noventa minutos después, el tren cruzó el río Tisza y aquel paisaje tan llano se hizo más vacío y más amplio, con una tierra fértil, negra como el carbón, y mares de hierba verde limón que se mecía y brillaba a la luz de un día de finales de invierno inusitadamente caluroso. Era la Puszta o Alföld, la «gran llanura» húngara, la estepa más occidental que mantiene características asiáticas. A través de esta llanura, las siete tribus magiares, antecesoras de los húngaros modernos, llegaron a Hungría al mando del príncipe Arpad, en el año 896 de nuestra era, después de pasar casi mil años avanzando hacia el oeste desde los Urales, en el borde occidental de Siberia, y atravesando el Cáucaso septentrional, donde se encontraron con búlgaros y turcos. La lengua ugrofinesa de Hungría, con sus muchas palabras de origen turco, demuestra esta ascendencia nómada.[13]
Además de los magiares, otros pueblos de Asia central llegaron a esta llanura a principios de la Edad Media: escitas, hunos, ávaros, tártaros, kumikos, pechenegos y otros, que dejaron su impronta genética antes de debilitarse y desaparecer.[14] Hasta entonces, la llanura era una región fronteriza de Roma en el noreste, donde el relativo orden y prosperidad de las provincias imperiales de Panonia, Mesia Superior y Dacia dieron paso, en el siglo VI, al caótico dominio de tribus tales como los gépidos godos y los sármatas indoiraníes.[15] La absoluta horizontalidad y la vaciedad paisajística conferían a la llanura húngara el aspecto de una frontera.
Pero yo no crucé ninguna frontera. Debrecen, cerca del borde oriental de la Puszta, resultó ser una reproducción en pequeño de Budapest.
Yo había estado aquí por última vez en 1973, cuando recorrí Europa oriental haciendo autostop. Debrecen es una ciudad de comercio agrícola con más de doscientos mil habitantes. Recordaba sus calles adormecidas, con pocos artículos en venta, sus edificios góticos adornados como pasteles fantásticos y sus cúpulas verdosas con regusto oriental. Había mucho que comprar. La zona de la estación era el equivalente local del mercado chino de Budapest, con multitud de personas vestidas con chándales baratos que vendían y compraban una amplísima gama de productos de baja calidad procedentes de Asia y el antiguo mundo comunista. En la estación había toda una sala llena de hileras de zapatos negros baratos. Pero el centro de Debrecen se parecía al centro de Budapest. Había cajeros automáticos y en las tiendas letreros cromados de imaginativo diseño. Los bancos extranjeros, con fachadas de mármol, eran tan numerosos como las iglesias protestantes, que han proporcionado a Debrecen el sobrenombre de la Roma calvinista. Muchos establecimientos de fitness y boutiques, con nombres como Yellow Cab 2nd Avenue 48th Street New York, vendían zapatos de moda, y en las pantallas de información se anunciaban cursos de «Taekwondo, rugby, baile hip-hop, tecno rap...».
Un tranquilo y ruinoso patio barroco que recordaba de mi visita veinticinco años antes estaba ahora recién pintado en color pastel y dominado por un cartel de Microsoft. El tráfico era intenso y había mucha gente, entre ella grupos de adolescentes en ajustados tejanos, arracimados en torno a los escaparates de las tiendas. Los quioscos estaban llenos de revistas occidentales de pasatiempos e informática. En febrero de 1998, en Debrecen la imagen de Leonardo DiCaprio era omnipresente, tanto como un mapa de Hungría en 1890 que incluía Transilvania (que pasó a formar parte de Rumania en 1918).
Me sorprendió la actividad comercial. Debrecen era conocida por su conservadurismo religioso, y estaba lejos de Budapest, en una de las zonas más pobres de Hungría. A mediados del siglo XVI Debrecen fue un semillero de la Reforma, hasta el punto de que los católicos tenían prohibido establecerse en la ciudad. Aquí se creó una universidad calvinista y los calvinistas locales hicieron un pacto con los turcos musulmanes para que, como gobernantes que eran, velaran por la seguridad de sus moradores. Pero la llamada ética protestante del trabajo no infundió fuerza a los calvinistas de Debrecen. László Csaba, economista y crítico social húngaro, me había dicho en Budapest:
—En Hungría oriental, el calvinismo ha sido mero conservadurismo y fatalismo, incluso otro elemento étnico rodeado por muros religiosos que proscriben toda innovación.
Siempre han sido las zonas católicas de Hungría las que han mostrado un mayor dinamismo económico. Csaba había añadido que la «ética prusiana del trabajo», basada parcialmente en el protestantismo, también fue mal interpretada. La ética prusiana del trabajo no era emprendedora, sino que estaba unida a la burocracia y a la industrialización masiva. Sólo funcionaba si alguien proporcionaba los empleos y decía a la gente lo que tenía que hacer.
—En una época posindustrial —siguió diciendo Csaba—, no espere que las zonas de Alemania que en otro tiempo fueron prusianas vayan a ser centros de pujante dinamismo económico. Budapest y el resto de Hungría están más cerca del Múnich católico que del Berlín prusiano y protestante, y es posible que en una nueva Europa de regiones-estado, la región orientada hacia Múnich sea más fuerte.
Otra razón por la que me sentí sorprendido ante el dinamismo de Debrecen fue que la economía húngara registraba su debilidad máxima al este del río Tisza, donde el paro alcanzó el 20 por ciento en 1997, frente a una media nacional del 8,7 por ciento. Pero esa debilidad era relativa en una economía «agresiva», en la que las exportaciones habían subido desde 5 500 millones de dólares anuales a finales de los años 1980 hasta 20 000 millones de dólares a finales de la década de 1990. Hungría exportaba más productos de ingeniería a Europa occidental que España y Portugal: casi la mitad de las exportaciones húngaras eran artículos de alta tecnología.[16]
De hecho, Hungría mostraba lo que los economistas llaman un modelo de desarrollo normal, donde un tercio del país (la región de Budapest) estaba por delante del crecimiento medio nacional y un tercio (la región situada al este del río Tisza) por detrás. La reducida extensión de Hungría y su topografía llana, junto con la ubicación de la capital en el centro del país, facilitaban que los efectos de la inversión occidental en Budapest llegaran a otras regiones. Yo tendría que recorrer más de mil doscientos kilómetros hacia el sureste y llegar a Turquía para encontrar otra economía como la húngara, donde el desarrollo no estaba limitado a unas pocas zonas urbanas.
Pasé la noche en el Aranybika (Toro dorado), un hotel europeo, construido el año 1914 en el estilo Sezession, con desvanecida grandeza, precios moderados y buen servicio; el último hotel de su clase que iba a encontrar en mi viaje.
Salí de Debrecen al día siguiente, por la mañana temprano. La estación de autobuses era un edificio limpio y austero de la época comunista: cemento gris y placas de cristal, con un letrero nuevo y reluciente de Pepsi y un horario electrónico. El autobús que debía llevarme a Biharkeresztes, a cincuenta kilómetros en dirección sureste, en la frontera entre Hungría y Rumania, iba repleto de provincianos de aspecto próspero y tenía un delicioso olor a queso y salchichas. A causa de los muchos rodeos y paradas que hizo el conductor, el viaje duró dos horas. Aquí la Puszta, en su extremo oriental, antes de que empezaran a divisarse las estribaciones de los Cárpatos, era verdaderamente majestuosa: una inmensa extensión de tierra negra y hierba verde y granjas colectivas dispersas, techos de paja, mulas que sacaban agua de los pozos y algún que otro campanario gótico. Incluso ahí, los artículos expuestos en las tiendas y los taxis Opel eran signos de desarrollo. Cuando el conductor llegó a la estación de Biharkeresztes, yo era el único pasajero que quedaba en el autobús.
Al acercarme a la frontera, me di cuenta de que entraba en otro plano descendente. La estación de ferrocarril, casi desierta, estaba formada por unas cuantas salas de contrachapado barato y un mostrador donde se expendían los billetes bajo una bombilla de luz mortecina. Aunque la frontera rumana estaba a menos de dos kilómetros, una mujer vestida con una blusa azul tardó veinte minutos en resolver los detalles que comportaba venderme un billete internacional a «Kolozsvár», ciudad a la que los rumanos llaman Cluj (aunque este nombre fue cambiado oficialmente por el de Cluj-Napoca a principios de la década de 1970). Cuando me dirigía al tren, un guardia fronterizo húngaro echó una mirada a mi pasaporte y me dejó pasar. Ya a bordo, abrí como pude la puerta de uno de los vagones y entré. Estaba solo en el compartimento. El tren empezó a moverse; yo tenía la cara pegada a la ventanilla. Una tubería elevada de agua caliente atrajo mi mirada. Donde terminaba el metal nuevo y brillante de la tubería, así como el aislamiento de fibra de vidrio, y empezaba el metal oxidado y roñoso —el mismo punto en el que empezaban a aparecer montones de basura y chabolas de plástico ondulado, en el que las carreteras sucias y llenas de baches sustituían a las asfaltadas—, allí empezaba Rumania.
3.
LA SIMA QUE SE ENSANCHA
Aparecieron más chabolas y apareció más basura, fábricas abandonadas rodeadas por muros de cemento y vallas de alambre de espino. El tren se detuvo en Episcopia Bihorului, ya dentro de Rumania. Varios funcionarios ocuparon mi vagón. Vi que uno de ellos se precipitaba hacia el váter y se guardaba el rollo de papel higiénico en su maltrecha cartera de mano. Otro me pidió el pasaporte, lo examinó atentamente y se lo llevó para devolvérmelo, diez minutos después, con un sello de entrada. Un tercero me preguntó cuál era el motivo de mi estancia en Rumania. Le contesté que visitar a unos viejos amigos. Mientras yo cambiaba a un cuarto funcionario ochenta dólares por devaluados billetes rumanos —un fajo de más de dos centímetros de grosor—, un quinto individuo, con abrigo largo y oscuro y sombrero flexible negro, husmeó en mi compartimento y clavó su mirada fija y dura en mí antes de pasar al siguiente.
La experiencia suponía una mejora respecto a lo que eran los controles de la frontera rumana en la época comunista, cuando a los ciudadanos estadounidenses se les exigía visado y estaba prohibido viajar con una máquina de escribir (sin soborno). En Hungría no me habían sellado el pasaporte, sólo le habían echado un vistazo. Nadie se había molestado en preguntar cuál era el motivo de mi viaje. El trámite no duró minutos sino segundos. En Rumania se estaba produciendo un cambio positivo, pero a ritmo más lento y a partir de una situación más atrasada que en Hungría. Y a menudo la historia se basa más en cambios relativos que en cambios absolutos.
Cuando, poco después, el tren llegó a Oradea, vi resplandecientes vallas publicitarias, algunas personas con teléfonos móviles, una mujer bien vestida con una costosa cartera de piel y otra con un ordenador portátil, mejoras visibles respecto del sombrío paisaje de Rumania en la década de 1980. Pero aún había más. Cuando el tren continuó hacia el sureste, a través de pendientes valladas y sembradas de abetos, que señalaban el principio de los Cárpatos y de Transilvania, vi grupos de gitanos que lavaban la ropa en las rocas que bordeaban riachuelos de aguas color azul ceniza; campesinos vestidos con zamarras sin mangas que labraban los campos con horcas; mujeres de negro que conducían carretas de madera tiradas por caballos; almiares en forma de cúpula a lo largo de oxidados depósitos de gas metano; gallinas que se apartaban corriendo de la vía del tren por un suelo empapado en grasa; flores silvestres que crecían junto a pilotes de hierro retorcidos y chamuscados; vagones de ferrocarril abandonados junto a complejos industriales ennegrecidos por la herrumbre, asfalto lleno de guijarros; y contaminantes químicos junto a la patética realidad de una agricultura de subsistencia: restos del régimen estalinista del dictador Nicolae Ceauşescu. Ése era un rincón primitivo, trágicamente bello de Europa en el que la cultura residual de la Alta Edad Media había sido barrida por la falsa modernización comunista, con un sufrido campesinado, en las postrimerías del siglo XX, y con iglesias góticas, cementerios y fortificaciones de piedra en lo alto de muchas colinas desde las que se veía serpentear los ríos en anchos valles, ahora desfigurados por los esqueletos de cemento y hierro de fábricas en ruinas.
A última hora de la tarde llegué a Cluj, en cuya estación divisé unos cuantos taxis en penoso estado de conservación. A uno de los conductores le di la dirección de mi amigo, que vivía en las afueras de la ciudad. Cuando el hombre estaba mirando el plano, la montura de sus viejos lentes se deshizo literalmente. Con un rollo de cinta negra que sacó de la guantera recompuso lentamente el puente de plástico, como sin duda había hecho muchas veces, y me pidió disculpas por las molestias. Por una carrera de quince minutos me cobró 30 000 lei (algo menos de cuatro dólares). Después me enteré de que debería haberme cobrado sólo dos dólares.
El día me había causado un impacto tremendo, mucho más hondo del que me causó cuando recorrí este mismo camino durante la guerra fría. Debido a las reformas destinadas a favorecer el comercio, que Hungría adoptó en el período comprendido desde finales de la década de 1960 hasta finales de los años ochenta —conocido como comunismo gulasch—, el país siempre había estado mucho más desarrollado que Rumania. Pero ahora el abismo que los separaba parecía permanente. En Hungría, la inversión extranjera en la primera década tras la caída del muro de Berlín alcanzó un total de 18 000 millones de dólares, seis veces más de lo que recibió Rumania, aunque la población rumana —23 millones de personas— es más del doble de la de Hungría. Y la disparidad entre Hungría, un pequeño país de Europa central, y Rumania, el país más extenso y poblado de los Balcanes, estaba aumentando. En 1997, por ejemplo, las empresas estadounidenses invirtieron veinticuatro veces más dinero en Hungría que en Rumania: 6 000 millones de dólares frente a 250 millones.
Transilvania (Ardeal en rumano, Erdely en húngaro y, de acuerdo con su nombre, «país situado más allá del bosque») es una región multiétnica por la que lucharon durante siglos rumanos y húngaros. En mi primera noche en Cluj escuché la conversación de un grupo de occidentales que habían puesto en marcha pequeñas empresas aquí. Comparaban, desfavorablemente, a sus empleados rumanos con los húngaros. Los rumanos no trabajaban tanto, me dijeron. Los rumanos se mostraban taimados y desconfiados entre ellos, no planificaban con vistas al futuro, sino que se gastaban el dinero en cuanto lo recibían, ya fuera en ropa o en la entrada de un coche. Un occidental me dijo que «aquí puedes esperar durante semanas un permiso para introducir un coche en el país y es posible que tengas que reexportar el tuyo para importarlo con los papeles correctos, a menos que conozcas al funcionario rumano al que hay que sobornar». Naturalmente, estas generalizaciones las hacían personas que vivían y arriesgaban su dinero en Rumania. Aun así, para mí la tarde rezumaba optimismo: al informar de Rumania durante la era comunista, cuando Cluj estaba virtualmente fuera del alcance de los extranjeros a causa de la campaña gubernamental de represión contra las personas de etnia húngara que vivían en la zona, nunca pude imaginar, ni remotamente, que un día habría aquí empresarios occidentales deseosos de hacer negocio.
A la mañana siguiente fui andando al despacho del alcalde y renové mi relación amorosa con Cluj. Ésta era la Mitteleuropa que uno asociaba con el lugar de nacimiento de la modernidad, con Freud y Kafka, con Kokoschka y Klimt: una Praga en miniatura con empinados tejados de dos aguas, cúpulas macizas, calles empedradas y patios barrocos en tonos que iban del ocre al rosa y cuyos colores aún resaltaban más en medio de las paredes descarnadas y la ruina general. Vi algunas antenas parabólicas, boutiques nuevas y guardas de seguridad privados, pero no cajeros automáticos ni muchas cosas más. Los hoteles habían continuado deteriorándose desde que estuve por última vez aquí, en 1990, y no se habían construido otros nuevos. Cluj era la capital histórica de Transilvania. Aunque tenía 318 000 habitantes frente a los 200 000 de Debrecen, comparada con ésta era una ciudad económicamente atrasada.
Pero había un importante signo de renovación: las personas. El comunismo, al prohibir la expresión de la propia personalidad y primar la multitud y la masa, había fortalecido sin saberlo los estereotipos nacionales que pretendía erradicar; había transformado los rostros de los transeúntes de las calles rumanas en iconos bizantinos cuya expresión reflejaba locura y sufrimiento. Pero ahora la población rumana es menos arquetípica. Observé la presencia de pretendidos hippies de pelo largo y tejanos raídos, clientes de bar en trajes negros de última moda y un cigarrillo entre los dedos, nuevos ricos y arribistas, entusiastas del deporte, etc., que, al elegir las imágenes de sí mismos, por más que a mí me parecieran poco originales, estaban empezando a contradecir los estereotipos nacionales. Las mujeres, con su innato sentido de la moda, parecían ir muy por delante de los hombres. Tal vez los rumanos gastaban irresponsablemente el dinero en ropa, pero, después de vivir durante décadas bajo el régimen comunista más represivo de Europa oriental, el acto de cambiar de atuendo y de peinado parecía un modo rápido y fácil de celebrar su libertad. El narcisismo puede ser repugnante en las fases avanzadas del capitalismo, como en Estados Unidos, pero allí indicaba progreso. A mí me parecía que «lo rumano» tenía menos sentido de estereotipo que una década antes y en el futuro lo tendría aún menos.
Pronto me crucé con una larga columna de empleados de la sanidad pública en huelga, que, como supe después, cobraban 50 dólares al mes; llevaban pancartas en las que pedían mejores sueldos. Guardaban silencio y sus caras reflejaban resignación, una característica nacional de los rumanos que había tenido repercusiones negativas durante décadas de gobierno autoritario, pero que podría facilitar una transición económica de suyo difícil. Aunque me complacía el naciente individualismo que había visto en las calles, éste iba unido a una conciencia étnico-nacional, de una intensidad imposible de precisar, que caracterizaba a los miembros de un pueblo que Herodoto fue el primero en mencionar: mayoritariamente cristianos ortodoxos, hablaban una lengua latina y durante siglos habían estado rodeados por pueblos de lengua eslava y por húngaros católicos y protestantes.[17]
Ése era, por ejemplo, el caso de Gheorghe Funar, el «alcalde loco» de Cluj, nacionalista rumano declarado, que había arrancado de las calles los letreros húngaros, había pintado los bancos de los parques de azul, amarillo y rojo, los tres colores de la bandera rumana, y había cambiado el nombre de la Piaţa Libertăţii (Plaza de la Libertad) por el de Piaţa Unirii (Plaza de la Unificación) para celebrar así la incorporación de Transilvania a Rumania en 1918 y, con ello, su separación de Hungría. En esta plaza, Funar colocó seis banderas rumanas junto a la estatua de Matías I Corvino, gobernante de Hungría y Transilvania en el siglo XV, y cambió la inscripción de la estatua, de modo que ya no decía HUNGARIAE MATTHIAS REX sino simplemente MATTHIAS REX. Cuando, en julio de 1977, Hungría abrió un consulado en Cluj, Funar ordenó a los trabajadores municipales que robaran la bandera.
Funar me recibió en su despacho, luciendo una insignia de la organización ultranacionalista Vatra Românească (Hogar Rumano). Era robusto, de estatura media, llevaba el pelo negro peinado hacia atrás, y vestía traje oscuro. Supuse que tendría unos cincuenta años. Su expresión era, además de imperturbable, fría y cautelosa. Dejaba vagar la mirada mientras apretaba los puños repetidamente. Hablaba con una voz susurrante, mesurada y didáctica, como si tratara de controlar su inseguridad y su rabia. Su estilo y su nacionalismo étnico me hacían pensar en Slobodan Milosevic y en Ratko Mladic, los líderes políticos y militares serbios que habían dirigido la brutal guerra contra los musulmanes bosnios. El currículum oficial de Funar decía muy poco: había sido el miembro del partido comunista que llevaba la cafetería de la universidad de la ciudad en la década de 1980. Eso era todo. Tales monstruos parecían salidos de quién sabe dónde: individuos de escasa cultura que alimentaban rencores de oscuras heridas recibidas en etapas anteriores de su vida, medraban aprovechando minúsculas oportunidades en tiempos de gran agitación social. Cuando estaba sentado allí, pensé no sólo en Milosevic y Mladic, sino también en Hitler.
—El pueblo rumano —me explicó Funar a través de un intérprete— quiere partidos políticos que defiendan los intereses nacionales, pues nos sentimos amenazados. Necesitamos un plan militar contra los rusos y, por lo tanto, tenemos que estar protegidos por la OTAN... En Transilvania no tenemos húngaros; sólo hay un millón cuatrocientos mil rumanos, que no saben muy bien a quién deben lealtad... La gran iglesia de la Piaţa Unirii no es húngara. Los húngaros saquearon todas las iglesias alemanas y quemaron las nuestras... Ni Kolozsvár ni Clausenburg son los verdaderos nombres de Cluj. Fueron los nombres que se le dieron bajo la ocupación de los nazis húngaros y no tienen validez... Será una desgracia para todos si Hungría ingresa en la Unión Europea y Rumania no... En Hungría está muy extendido el crimen organizado, pero aquí no. Rumania es más segura para la inversión occidental.
El alcalde terminó acusando al gobierno de Rumania, democráticamente elegido, de confabularse con los húngaros para reinstaurar una dictadura en el país.
Naturalmente, aquello era un disparate. La «gran iglesia» de la Piaţa Unirii, San Miguel, con su magnífica bóveda gótica, fue construida a mediados del siglo XIV por una próspera comunidad alemana que contrató a operarios húngaros. La entrada estaba llena de avisos en húngaro. Kolozsvár y Clausenburg son nombres de Cluj con varios siglos de historia, transmitidos por las comunidades húngara y alemana de la ciudad y según los hombres de negocios y los diplomáticos occidentales, es posible que la delincuencia sea mayor en Rumania que en Hungría.
Pero Funar era un personaje de segunda fila. La multitud que apoyaba a los trabajadores de la sanidad pública en huelga era más numerosa que la convocada en favor del Día Avram Iancu de tendencia nacionalista, que Funar había ayudado a organizar, en honor a un héroe local del siglo XIX que luchó contra los húngaros.[18] Funar se apoyaba principalmente en los campesinos de Valaquia y Moldavia que Ceauşescu había ordenado realojar en Cluj, y que provenían del sur y el este de Rumania y se sentían amenazados por los habitantes de Transilvania, tanto rumanos como húngaros, más adelantados que ellos. A escala nacional, los que apoyaban a Funar y a Corneliu Vadim Tudor, extremista como él, del partido de la Gran Rumania, constituían sólo un 10 por ciento de la población. Funar, que cumplía su segundo mandato, no podía presentarse por tercera vez como candidato a la alcaldía. Esas carreras sólo florecen en tiempos de catástrofes económicas o políticas.
Aun así, la necesidad de conservar una fuerte identidad nacional me parecía mayor aquí que en Hungría. Ioan-Aurel Pop es un historiador medieval que dirige el Centro de Estudios Transilvanos en Cluj, situado en un chalé decadente rodeado de malas hierbas y bloques de viviendas sin terminar. Pop me dijo que los rumanos tienen «una personalidad específica modelada por la historia», pero nunca habían conocido el lujo de vivir en un estado-nación moderno como otros europeos. Y lo anhelan, dijo, tanto como en Occidente muchos anhelan arrancar de cuajo el nacionalismo.
—Los húngaros y los austríacos han sido aquí los amos durante cientos de años —añadió—. Nosotros [los rumanos] sólo hemos controlado Transilvania desde 1918. Se requiere un equilibrio.
Pero la gente que yo veía en la calle, le dije, tenía los ojos puestos en modelos occidentales, sobre todo estadounidenses, no en Rumania. ¿Negarían las nuevas tecnologías y el capitalismo global a Rumania la oportunidad de repetir la experiencia nacional de los países occidentales? Pop reflexionó un momento y luego sugirió que nuestras dos consideraciones posiblemente eran correctas y que el futuro de Europa podría ser cuasi medieval.
—La integración de los países de Europa occidental traerá consigo el cambio de Europa oriental. En veinte años, Europa podría ser escenario de nacionalismos fuertes, pero sin fronteras sólidas a causa de la economía global. Esto podría significar que Hungría se apoderara económicamente de Transilvania, que en tal caso tendría una identidad diferenciada como región cosmopolita, transnacional, entre Hungría y Rumania. Que esto sea bueno o malo podría depender del modelo político que llegara de Europa occidental. Si en Francia e Italia, o en Alemania, creciera el nacionalismo de derechas y en España y otros lugares aumentara la violencia separatista, todo ello podría tener una influencia perniciosa en las nuevas democracias de Europa oriental.
Aquel mismo día, algo más tarde, volví a ver a Pop, junto con algunos de sus colegas de la Universidad Babeş-Bolyai de Cluj y quince posgraduados, que me asaltaron con preguntas sobre las intenciones de Estados Unidos en los Balcanes. Una posgraduada con llamativos cabellos dorados estaba sentada al fondo de la pequeña habitación. Acompañada por gestos de asentimiento de sus profesores y amigos, hizo una dura crítica social del modelo implantado en Rumania por el renacimiento del espíritu individualista que siguió al hundimiento del comunismo, fomentado por el eterno miedo a Rusia y agravado por el creciente abismo entre Rumania y Europa central.
—Los rumanos sabemos que Rusia nunca será realmente democrática —empezó diciendo la chica—. Sabemos que nuestras iniciativas tienen poco valor y que nuestra democracia, como en las décadas de 1920 y 1930, carece de ética. No tenemos una clase media moderna, y nuestra nueva aristocracia es la nomenbratura [los hijos mimados de la elite excomunista que se apoderaron de los bienes del Estado a partir de 1989]. Nuestra clase política es incompetente e intratable. Vosotros, los occidentales, os vais a cansar de nosotros, ya lo veréis. Nos decís que tenemos que privatizar, pero la mafia y los rusos compran nuestras empresas. Una importante compañía de petróleo rumana fue puesta en venta, pero en Occidente nadie la quiso. La compró Lukoil, una compañía rusa. Así es como, a la postre, los rusos volverán a ser los amos de nuestro país. Los rusos operarán a través de terceros instalados en Europa, de modo que vuestros expertos podrán negar nuestros temores... Grecia era un país pobre y corrupto después de la Segunda Guerra Mundial, pero Estados Unidos lo salvó del comunismo. Ahora Occidente tiene que salvarnos a nosotros una vez más de los rusos.
De hecho, Atlantic Richfield había comprado el 8 por ciento de la compañía rusa Lukoil, un ejemplo de cómo la economía global diluye el imperialismo económico que la chica rumana temía. Además, de momento había pocas pruebas de la implicación rusa en la economía y el crimen organizado de Rumania. No obstante, en Bucarest un ejecutivo occidental me dijo lo siguiente:
—Nadie sabe realmente quién es el dueño de los casinos, de algunos hoteles... Hay muchos puntos oscuros, y esto no causa una buena impresión. Cuando los rumanos venden una empresa, simplemente la venden al mejor postor, al que acepta la extorsión. No estudian los antecedentes del comprador. Esto añade más incertidumbre sobre quién es el dueño de qué. No es así como estaban las cosas en los años treinta, cuando las comunidades comerciales judía, alemana y griega establecieron algunas normas razonables; todo eso ha desaparecido.
Un diplomático extranjero residente en Cluj resumió así la situación:
—En Cluj hay pocos inversores occidentales, y no parece que vayan a venir más. En Rumania los impuestos cambian constantemente, y es imposible predecir cuáles serán las leyes que regulan las inversiones. Además, Cluj está aislada, a medio camino entre las capitales de Budapest y Bucarest. ¿Qué posible inversor quiere pasarse todo un día o toda una noche en un incómodo tren o volar en un horrible avión para llegar aquí? La única esperanza de Cluj es un futuro transnacional con fronteras estatales débiles, como en los tiempos del Imperio de los Habsburgos... Pero la lista de sociedades anónimas en esta ciudad puede llenar un listín telefónico, pues todo rumano que crea una empresa puede importar un coche. Mientras tanto, los pocos extranjeros que intentan iniciar negocios tienen dificultades para legalizar sus vehículos... Y Funar no es el único problema. El Partido Nacional Campesino que gobierna desde Bucarest ni siquiera puede hacer que sus miembros de Cluj cumplan un acuerdo sobre la protección de las minorías que Rumania firmó con Hungría en 1997.
Tanto los estudiantes como los profesores con los que me reuní en Cluj subrayaron que el principal problema de este país fue «la ausencia de una Ilustración, lo que hizo que su única defensa fueran los valores protestantes representados en Transilvania por el calvinismo húngaro». Transilvania, me dijeron, necesitaba un grado de autonomía respecto del «gobierno gitano de Bucarest». Aunque los estudiantes y profesores eran mayoritariamente de origen rumano y de religión ortodoxa, el tradicional cosmopolitismo de Transilvania —con su población compuesta por rumanos, húngaros, alemanes y judíos antes de la llegada de Hitler y Stalin—, junto con la libertad de expresión imperante desde 1989, les había permitido comparar severamente su propia cultura rumana con la de sus vecinos húngaros de convicciones calvinistas. No es necesario decir que todos odiaban al alcalde Funar y se sentían avergonzados de él.
Desde Cluj continué viaje hacia el sureste, en dirección a Bucarest, primero en coche, durante una hora, con un amigo rumano, hasta que me detuve en Sărmaşu para visitar las tumbas judías; después en tren. Por todas partes, en los ondulados brezales de Transilvania, la tierra era negra y fértil y, no obstante, el paisaje estaba salpicado de carretas tiradas por mulas y caballos y montañas de leña apilada. Esta potencial despensa de cereales europea seguía practicando una agricultura primitiva. A pesar de la abundancia de petróleo en el sur de Rumania, aquí los bosques eran talados para obtener leña. Había pocas carreteras buenas.
Cerca de Sărmaşu descubrí un conjunto de grandes mansiones, ya abandonadas, que habían sido propiedad de nobles húngaros en el siglo XIX. Estaban rodeadas por murallas medievales con abigarrados arcos de piedra y jalonadas por columnas corintias y torres que combinaban motivos bizantinos y góticos. No se había hecho ningún intento por conservar o ajardinar estas magníficas residencias. Simplemente se habían convertido en ruinas. En sus tejados había profundas hendeduras. Ventanas y pavimentos estaban destrozados o habían desaparecido. Algunos patos y otras aves bebían en charcos cubiertos de inmundicia rodeados de prados con la hierba muy alta, entre chopos y sauces. Vi niños de un pueblo cercano, vestidos con harapos, que jugaban en uno de los edificios abandonados. Si exceptuamos los oxidados postes de teléfono y los montones de latas, envoltorios de plástico y otros elementos de desecho, eran pocos los signos del siglo XX. El lugar me recordaba las ruinas medievales de Angkor Wat, en el corazón de la selva camboyana. El brutal legado del comunismo de Ceauşescu —la aplicación de la mentalidad campesina a la revolución industrial— persistirá durante mucho tiempo.
La calefacción del tren que tomé cerca de Sărmaşu estaba demasiado alta. Mi asiento estaba roto. El muchacho que se sentaba a mi lado iba desde Baia Mare, en el extremo norte de Rumania (cerca de la frontera con Ucrania), hasta Bucarest en busca de trabajo.
—¿Sabe usted cuál es el problema de este país? —me dijo en inglés—. Nuestra mentalidad, nuestro fatalismo, el soborno y la extorsión. En Bucarest no hacen nada; todo son promesas, robos y corrupción. Nueve años después de la ejecución de Ceauşescu seguimos esperando una reforma económica auténtica. Y si las cosas van mal corremos ese peligro. —Se refería a nacionalistas radicales como Funar.
Mientras el muchacho hablaba, yo me sentí cautivado de nuevo por el paisaje. A causa de las comunidades húngara y alemana, Transilvania había sido, en el sureste, la avanzada de la cultura de la Reforma y la Ilustración, que no penetró más allá de los Cárpatos hasta lo que después sería Rumania. La Rumania que surgió en 1859 estaba compuesta únicamente por las provincias de Moldavia y Valaquia, antes gobernadas por Turquía.[19] Transilvania no se unió a ellas hasta la derrota y la desintegración del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial. Cerca de Rupea, a varias horas de viaje hacia el sureste desde Cluj, en una ondulada meseta antes habitada por sajones alemanes —que habían llegado aquí en el siglo XII y se fueron a finales del siglo XX huyendo de Ceauşescu—, divisé a través de la lluvia unas colinas cubiertas de rica tierra negra y coronadas por almenas en ruinas, techos que se desmoronaban y agujas afiladas que los sajones habían dejado tras su marcha. Al fondo se alzaba una nube de hollín industrial emitida por unas fábricas de la era comunista.[20]
Me apeé del tren para pasar la noche en Braşov, patria chica de Rudolf Fischer. Situada en el extremo suroriental de la Europa central, Braşov fue un asentamiento sajón que en la Edad Media recibió el nombre de Kronstadt. Unos kilómetros más adelante —donde los picos más altos de los Cárpatos terminan bruscamente a la entrada de la llanura de Valaquia— el reino renacentista de Hungría y el Imperio de los Habsburgos habían caído bajo el dominio turco. Antes de la puesta del sol, trepé fácilmente a la cima de una pequeña montaña en Rîşnov, antiguo asentamiento alemán cerca de Braşov, donde se hallaban las ruinas de una ciudadela del siglo XIII. Durante los cuatro siglos siguientes, estas murallas ocres, ahora cubiertas de hierba y flores silvestres, habían resistido las incursiones periódicas de tártaros y turcos hacia los Cárpatos. Con una luna creciente que acababa de salir y a la que los rumanos llaman «la nueva princesa», miré hacia abajo y vi, a los pies de las colinas, los restos de varios pueblecitos alemanes, cada uno de ellos igual al siguiente, con empinados tejados rojos en hileras perfectas, como los árboles de un bosque, y realzados por iglesias góticas y barrocas. Junto con el barrio medieval de Braşov, donde me alojaba, iba a ser la última huella arquitectónica de Europa central que vería en mis viajes.
Aquella noche, cuando paseaba por la plaza barroca de Braşov, vi jóvenes motoristas rumanos con chaquetas de piel, mujeres con llamativos leotardos negros y otras con elegantes blazers y gafas. Las personas de cierta edad, vestidas todas ellas con ropas siempre raídas, miraban a los jóvenes, desorientadas y sorprendidas. En mi decadente hotel, propiedad del Estado, la televisión ofrecía un canal en alemán de la MTV, con música heavy metal interpretada por un grupo cuyos componentes vestían uniformes militares futuristas.
Al día siguiente tomé el tren y me dirigí hacia el sur, a Bucarest.
4.
TERCER MUNDO EN EUROPA
Bucarest está a dos horas de Braşov en dirección sur. Al principio el tren atravesó los altos pasos de los Cárpatos. Los picos graníticos, cubiertos de nieve, estaban ceñidos por bosques de altísimos abetos, robles y hayas que proyectaban sombras oscuras. Torrentes nacarados se precipitaban desde los neveros en este día de un febrero inusitadamente cálido. Soldados rumanos con sombreros de piel permanecían en posición de firmes mientras pasaba el tren. Humo de madera y emanaciones de lignito empañaban la nieve y el aire puro de las montañas. Después el tren descendió hasta una llanura que parecía aún más inmensa que la Puszta húngara. No había árboles en la distancia y un gris polvillo de arena espesaba el aire, fundiéndose con la tierra y oscureciendo el horizonte. Horribles fábricas y pueblos sin carácter arquitectónico aparecían diseminados en la llanura de Valaquia, «el país de los Vlachs», nombre con que otros designaron a los rumanos hasta el siglo XIX.
El tren pasó por Ploieşti, donde el olor a petróleo invadió el compartimento y las llamaradas amarillas de gases evacuados se alzaban cerca de los grandes bloques de viviendas desprovistos de espacios verdes. Ploieşti había sido la principal ciudad petrolera de Rumania, en otro tiempo tan estratégica como el golfo Pérsico. Durante la Primera Guerra Mundial, agentes británicos bombardearon las diez refinerías que hay aquí para que no pasaran a manos alemanas. Durante la Segunda Guerra Mundial, el objetivo primordial del gobierno del general rumano Ion Antonescu, sometido a los nazis, fue mantener el orden en el país para que los alemanes pudieran extraer petróleo de los pozos de Ploieşti y así abastecer su maquinaria de guerra. En 1944, aviones aliados arrasaron Ploieşti con sus bombas. A finales del siglo XX, la ciudad recobrará su importancia estratégica, pero, como me informarían después en Bucarest, de manera más sutil.
De repente, la monótona llanura se pobló de barracas hechas con trozos de metal y cajas de cartón y ocupadas por marginados. El espectáculo era tan espantoso como los que he visto en África, en Asia y en Latinoamérica. Después vi bloques de casas de cemento sin pintar, con ropa puesta a secar y alguna que otra antena parabólica. Eran los suburbios de Bucarest, capital de Rumania, en su zona noroeste. En la estación me asaltaron varios taxistas. Uno me agarró del brazo, otro echó mano a mi bolsa de viaje. Yo sabía que la carrera hasta el piso de mi amigo, en el centro de la ciudad, costaba 15 000 lei, unos dos dólares. Me dirigí al taxista y le insistí en que debía usar el taxímetro. Lo hizo, pero antes ya lo había manipulado. La carrera vino a costarme el equivalente a 5,50 dólares. Fue una suerte poder alojarme en casa de mi amigo. Ahora, en el más barato de los principales hoteles de la ciudad tenías que pagar 156 dólares por dormir una noche. En el Athenee Palace, restaurado por la cadena Hilton y propiedad de un misterioso consorcio rumano, costaba de 300 dólares para arriba. Los diplomáticos y los hombres de negocios occidentales con los que hablé calificaban esto de extorsión.
Lo primero que percibí fue el polvo gris, que siempre me había recordado a Damasco y Teherán. Normalmente, en Bucarest el clima no lo determinan las borrascas procedentes del norte —que son bloqueadas por los Cárpatos— ni las que llegan por el sur —que son bloqueadas por los montes Balcanes ya en Bulgaria—, sino las que vienen por el este y el noreste, o sea, por Ucrania y Rusia. Me sorprendió la transformación de esta ciudad prohibida en tiempos de la guerra fría estalinista, que yo no había visto desde poco después de la caída del muro de Berlín. Ahora ya sabía por qué los occidentales, que rara vez se aventuraban a salir del centro de Bucarest, estaban tan entusiasmados con Rumania. En lugar del aterrado campesinado urbano que recordaba de mis visitas en la década de 1980, encontré un centro urbano en el que se veían los últimos modelos y peinados italianos, teléfonos móviles, casinos, casas de cambio particulares y en las aceras tenderetes en los que se vendían libros y discos compactos, todo lo imaginable desde Mein Kampfen rumano hasta música pop israelí, con predominio de los manuales de informática y dirección de empresas. Vi parejas jóvenes que se abrazaban apasionadamente en las aceras. En todas partes había clubes de top-less, y las telenovelas mexicanas dominaban los treinta canales, incluida la televisión por cable. Como en París y Nueva York, el color negro era lo chic. Algunas tiendas exhibían modelos de carne y hueso en sus escaparates. Aún funcionaban restaurantes que ofrecían chuletas de cerdo cargadas de grasa y licor de ciruela a precios de la época comunista, pero habían sido superados en popularidad por establecimientos más íntimos, a menudo con pocas mesas, gestionados por profesionales jóvenes, que tenían una cocina internacional y más sana. Por doquier había teléfonos móviles y su pitido característico se oía en todos los bares. Estos aparatos son el artilugio más genuino y representativo de economías febrilmente dinámicas con una débil infraestructura de telecomunicaciones.
—Aquí no hay límites para los nuevos ricos —me dijo durante la comida lona Ieronim, poeta y antigua diplomática—. Así es como éramos en el período de entreguerras, en la década de 1930. Nosotros somos ingeniosos, adaptables, exagerados, emigrantes seudocosmopolitas en un nuevo mundo global. Somos clones unidimensionales, latinoorientales, de Occidente. Debido a una explosión de libertad, aquí reinan una crudeza y una franqueza que no encontrarás en los franceses o los italianos, a los que superficialmente nos parecemos.
Iona me contó que había observado cómo «una mujer joven y bonita, con un vestido insinuante, trataba de comprar a un joven profesional» en una de las nuevas boutiques de Bucarest. La mujer le dijo que le convenía tener una relación sexual con ella, pues le podría ayudar gracias a sus «influyentes contactos». (El joven no aceptó.)
Los rumanos se estaban adaptando al capitalismo global con la misma agresividad con la que se habían adaptado en otro tiempo al fascismo y, después, al comunismo. En el pasado, los rumanos habían mostrado el más brutal antisemitismo, pero ahora los judíos gozaban de su favor, pues simbolizaban el cosmopolitismo al que aspiraban los rumanos jóvenes. Ladislau Gyemant, vicedecano de la Universidad Babeş-Bolyai de Cluj, me dijo que cuando se ofreció la posibilidad de estudiar hebreo como lengua extranjera, se matricularon cuatrocientos estudiantes, de los cuales sólo un puñado eran judíos. La actriz y cabaretista más popular de Bucarest era una judía rumana de nombre Maia Morgenstern. En diciembre de 1997, cuando las autoridades municipales iluminaron las calles durante las Navidades por primera vez desde los años treinta, en los medios de comunicación de la ciudad también se concedió mucho espacio a la fiesta judía de Hanuká. Un día, cuando pasaba por delante de la embajada polaca en Bucarest, contemplé un cartel en el que se mostraban las «diferentes culturas» de Polonia. Entre las tres fotos que presentaba la embajada una estaba dedicada a los judíos celebrando la festividad de Rosh Hashaná. Los diplomáticos occidentales sospechan que algunos de los casinos de aquí blanquean dinero del crimen organizado y el narcotráfico.
Pero mientras que la agresiva economía de Hungría estaba sacando a aquel país del «segundo mundo» del comunismo y lo estaba integrando en el «primer mundo» de Occidente, Rumania parecía estar derivando del segundo al tercer mundo, con colonias de marginados, una masa de campesinos rurales y una nueva clase social caracterizada por sus hábitos consumistas y limitada esencialmente a unos barrios de Bucarest, una ciudad de dos millones de habitantes en un país de 23 millones. En 1997, en Rumania los ingresos anuales per cápita fueron de 1 500 dólares; en Hungría, de unos 4 500 dólares.[21]
—Cuando compramos ordenadores, discos compactos y ropa adquirimos las consecuencias materiales de Occidente sin captar los valores fundamentales que crearon esas tecnologías —me dijo el filósofo e historiador rumano Horea-Roman Patapievici.
La conversación con Patapievici en su casa, durante mi segunda noche en Bucarest, condensó todo lo que siempre me había abrumado acerca de Rumania, un país que era como una película negra: sensual, macabro, siempre fascinante y en ocasiones brillante.
Patapievici vivía en un piso alto de un bloque pobremente iluminado, cuyo vestíbulo se veía invadido por algunos de los incontables perros callejeros que hay en Bucarest. El filósofo vestía tejanos azules y batín de seda, con una cruz ortodoxa colgada al cuello. Me recibió y me condujo a un estudio con un ecléctico repertorio de libros, iconos y cedés de música clásica. Unos amigos me dijeron que, cuando era un hombre de mediana edad de rasgos duros y acusados, Patapievici había dejado la física y se había pasado a la filosofía y la historia; después había ganado fama entre los intelectuales rumanos como pensador de una gran originalidad. «Ahora está plenamente en su campo —me había comentado un periodista rumano—, su pensamiento se desarrolla en un nivel mucho más profundo que el de los políticos y académicos.»
—La cultura rumana es como una cebolla —empezó a decirme Patapievici encogiéndose de hombros—. No hay núcleo. Hay una capa de la época fascista, otra de la época comunista y otra de la actual. El futuro, de momento, pertenece a esta nueva capa norteamericana. Y es norteamericana, no de Europa occidental: comida rápida, música rap, MTV.
Entonces me acordé de que los jóvenes rumanos habían llenado, por primera vez en su vida, las iglesias ortodoxas para rezar por Michael Jackson cuando, en 1996, se dijo que estaba enfermo.
—Cierto, la moda es europea —siguió diciendo—, pero también lo es la de Nueva York. Continuaremos con una americanización superficial mientras Rusia no estalle ni se extienda, o mientras Ucrania no se derrumbe.
En otras palabras, la sima que se está abriendo entre los Balcanes y Europa central no tiene por qué ser necesariamente fatal siempre que la antigua Unión Soviética siga adoptando una actitud razonablemente benigna y la versión estadounidense del capitalismo democrático continúe siendo el modelo a seguir para el que fue mundo comunista.
—La tarea de Rumania —continuó Patapievici— es adquirir un estilo público basado en normas impersonales, pues de lo contrario la política y los negocios serán presa de las intrigas, y me temo que en este punto no nos sirva de nada nuestra tradición de ortodoxos orientales. Rumania, Bulgaria, Serbia, Macedonia, Rusia, Grecia (todas las naciones europeas de religión ortodoxa) se caracterizan por sus débiles instituciones. Esto es debido a que la ortodoxia es flexible y contemplativa, y se basa más en tradiciones orales de los campesinos que en textos escritos. A diferencia del catolicismo polaco, nunca desafió al Estado. La Iglesia ortodoxa está separada del mundo tal como es, pero se muestra tolerante con él (sea fascista, comunista o democrático), pues ha creado un mundo alternativo basado en la aldea campesina. De este modo, la ortodoxia reconcilia nuestra herencia antigua con el brillo moderno.
Efectivamente, Teoctist, el último dirigente de una institución importante que declaró su lealtad inquebrantable a Ceauşescu, sólo pocos días antes de su ejecución, era el patriarca ortodoxo en 1998. Aquí, la Iglesia continuó la opresión de los católicos griegos o uniatos, cristianos ortodoxos que se habían pasado al bando del Papa hace varios siglos. (Históricamente, las iglesias ortodoxas han mantenido mejores relaciones con los musulmanes que con los cristianos de Occidente, en los que veían un peligro más grave.)
—La Iglesia ortodoxa y el islam son orientales. Y el comunismo —dijo Patapievici moviendo la mano— fue simplemente un caso de cómo los orientales ponían en práctica una seudociencia occidental. Como el nazismo, el comunismo era una rebelión contra la modernidad y los valores burgueses. Pero el nazismo y el comunismo no han agotado las posibilidades de las ideologías radicales, creo yo. Esto se debe a que las ideas son reflejos de la tecnología reinante. El nazismo y el estalinismo necesitaron los instrumentos de la era industrial para ser lo que fueron. Así, con la posindustrialización, estamos en tiempos proclives a cultos peligrosos y nuevas ideologías.
Yo había llegado a Rumania durante la primera gran crisis gubernamental en más de sesenta años, prueba inicial de la incipiente democracia del país. Patapievici me dijo que, si el gobierno rumano estaba ahora sumido en maquinaciones erráticas, el hecho no era ni accidental ni obra de este o aquel ministro.
—Una vez más —me explicó— estamos ante ese entresijo de rumores, falta de información, conspiraciones e intrigas que se da también, en términos similares, en otras sociedades de religión ortodoxa donde las instituciones son débiles y las normas imprecisas.
Los años treinta del siglo XX habían presenciado la dictadura del rey Carol II; los años cuarenta, el régimen militar, respaldado por los nazis, del general Antonescu; desde finales de los cuarenta hasta los ochenta, el régimen comunista; y entre 1989 y 1996, un gobierno neocomunista que, aunque había sido elegido democráticamente, no había actuado de manera muy democrática.
En la actualidad, el Partido Nacional Campesino, que gobierna, está dividido respecto al cumplimiento del acuerdo histórico de reconciliación con Hungría y otros muchos temas. El gobierno del primer ministro Victor Ciorbea había incumplido, uno tras otro, los plazos fijados por el Fondo Monetario Internacional para las privatizaciones y otras reformas. La afición del primer ministro a presidir reuniones de gobierno de hasta dieciocho horas de duración, en las que no se tomaba ninguna decisión, había incrementado los temores de los inversores. Finalmente, en la primavera de 1998, Ciorbea dimitió después de casi seis meses de esta situación agónica, pero Radu Vasile, que le sustituyó, también se vio bloqueado por las continuas divisiones de los partidos y las rivalidades en el seno del espectro político. Emil Constantinescu, presidente de Rumania, cuya elección en 1996 había puesto fin a siete años de gobierno neocomunista, se limitaba entonces a cumplir estrictamente su función constitucional, sin forzar al gobierno a tomar decisiones. Los rumanos temían la bulgarizarea, nombre con que designaban la ingobernabilidad que sus vecinos búlgaros habían conocido durante un corto período a principios de 1997.
Los analistas rumanos y los diplomáticos occidentales con los que hablé coincidían con Patapievici en que la crisis estaba vinculada al «carácter nacional». Decían que no era porque a la gente les tuviera sin cuidado. Naturalmente, las personas eran imprevisibles y, de manera análoga, también la historia. Pero, como me había dicho Rudolf Fischer, conceptos como «Europa central de los Habsburgos», de la que Hungría había formado parte, y los «antiguos Imperios bizantino y otomano», de los que Rumania también había formado parte, significaban realidades tangibles, pues ¿qué es el presente sino la suma total del pasado hasta el momento actual?
Por ejemplo, los rumanos vivieron durante siglos al lado de Rusia, convertida después en la Unión Soviética, y sufrieron repetidas invasiones rusas. Adoptaron la religión ortodoxa oriental del Bizancio griego; sufrieron la anarquía y el subdesarrollo del dominio turco; durante décadas soportaron el despotismo oriental de cariz estalinista de Ceauşescu, y, no obstante, hablaban una lengua latina, hermana del italiano y el portugués, y siempre han deseado vivamente formar parte de Occidente.
Esta experiencia histórica y cultural es real y, al ser real, influye en cómo se comportan los dos pueblos y sus líderes. Hacer caso omiso de esas consecuencias equivale a desaprovechar un debate rico en contenido y sustituir la realidad por ilusiones. Decir a los rumanos, al menos a todos los que yo he conocido, que como pueblo carecen de características definidas basadas en una experiencia común y que son simplemente individuos que hablan la misma lengua y tienen (en su mayor parte) la misma religión, pero que, por lo demás, están desconectados entre sí en el plano global sería tanto como deshumanizarlos.[22] Cuando Patapievici me dijo que la cultura rumana no tiene núcleo, implícitamente presentaba este hecho como una característica definitoria de los rumanos antes que como una negación de que poseen una característica que los define.
Los rumanos figuran entre los últimos supervivientes de la historia. El alemán Traugott Tamm, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, escribió:
Los rumanos viven hoy donde hace quince siglos vivían sus antepasados. La posesión de las regiones del bajo Danubio pasó de una nación a otra, pero ninguna puso en peligro a la nación rumana como entidad nacional. «El agua pasa, las rocas permanecen»; las hordas del período de las migraciones, alejadas del suelo nativo, desaparecieron como la niebla en presencia del sol. Pero el elemento romano les hizo inclinar las cabezas mientras la tormenta arreciaba por encima de ellas...[23]
Acerca de la pasividad característica de la Iglesia ortodoxa, Stelian Tănase, director de un periódico local, coincidía con Patapievici.
—En nuestra religión —me dijo Tănase—, sólo Dios asume riesgos, nosotros no. Aquí no se le pide a nadie que trate de destacar por todos los medios, pues la ambición produce un sentimiento de vergüenza. No obstante, muchos de nosotros, especialmente nuestros políticos, son ambiciosos, pues por primera vez en décadas se nos permite manifestarnos. Pero la necesidad de negarlo conduce a duplicidades e intrigas.[24]
Junto a la oficina de Tănase vi una espaciosa antesala llena de hombres trajeados que fumaban. Evidentemente no tenían otra cosa que hacer que servir café turco a los visitantes, acompañarlos hasta la escalera y atender el teléfono, una escena muy frecuente en los mundos turco, árabe y persa. Aunque en el curso de mi viaje me iba a encontrar a menudo esta situación, aquí, en Bucarest, la veía por primera vez.
De todos modos, la crisis política no tenía tanto que ver con el legado histórico y geográfico rumano como con el legado del comunismo de Ceauşescu. Dorel Şandor, nuevo brujo de la política de Bucarest, con su propio instituto de investigación bien pertrechado, me dijo que, al no permitir la existencia de un ala reformista en el partido comunista, ni ninguna forma de disidencia —a diferencia de lo que se había hecho en Hungría y Polonia—, Ceauşescu había destruido a conciencia la elite política e incluso el mecanismo evolutivo para que ésta emergiera. Şandor me definió ese estado de cosas de la siguiente manera:
—Es una nación de políticos de café, donde, a pesar de los nombres de los partidos, no hay ideas, sólo personalidades. ¡Todo es vanidad! —exclamó—. Los políticos rumanos se caracterizan por una gran energía con resultados estériles. Somos Italia sin la clase media de Italia. Los liberales rumanos no son los reformistas del centroderecha que conforman los grupos liberales en cualquier otro lugar de Europa. Aquí tenemos liberales de maletín que sólo se preocupan de los beneficios a corto plazo, personas que no quieren que la competencia extranjera ponga en peligro su nueva riqueza. Como no los une ninguna idea, están fragmentados. Con partidos fragmentados e instituciones débiles, todos temen una catástrofe si dimite el primer ministro, cuando la caída de un primer ministro debería ser un hecho normal en un sistema parlamentario.
Con su traje negro de elegante corte, su cuidada barba negra, su escritorio negro y su ordenador portátil negro con panel de cristal líquido de alta resolución y otros artilugios de la era de la información, Şandor parecía un ejecutivo de Manhattan.
—Como los rumanos nos adaptamos con tanta facilidad, empezamos por arriba, con los últimos estilos y tecnologías exóticas —me dijo Şandor.
No obstante, sus modos occidentales eran una prueba no sólo de su capacidad de adaptación, sino también de su apertura a Occidente —ya antes de la caída del comunismo—, gracias al cargo que había ocupado en el gobierno de Ceauşescu.
A pesar de ello, su comentario sociopolítico era agudo. Éste era otro dilema del poscomunismo. Las personas que poseían los conocimientos necesarios, analíticos y burocráticos, los habían adquirido gracias a su pertenencia a la antigua elite comunista (y a menudo los utilizaban al margen de la burocracia, cuando no contra ella). Y, así, los únicos que sabían cómo realizar la reforma con frecuencia carecían de la motivación necesaria para hacerla. Şandor —asesor de un partido político de excomunistas ahora conocidos como socialistas— lamentaba, con perspicacia, una paralización política de la que él y otros como él eran en buena medida responsables.
La paralización había costado a Rumania un tiempo del que no disponía. Mientras que, en 1998, el 70 por ciento de los bancos de Hungría habían sido vendidos a extranjeros —con lo que a partir de ese momento sus instituciones podían operar de acuerdo con las normas internacionales—, en Rumania apenas si se había iniciado la operación de vender bancos. Las privatizaciones rumanas fueron repetidamente demoradas, mientras se exigía que a los extranjeros sólo se les vendieran acciones por debajo del 50 por ciento del total. Un occidental, experto en privatizaciones, me dijo enfáticamente:
—Ésta sigue siendo una sociedad de campesinos, con desconfianza de campesino a la hora de vender lo que se considera patrimonio nacional.
En Rumania la información no se difundía, sino que se guardaba celosamente. Un compañero periodista me dijo que, mientras que el fax de su oficina de Budapest consumía un rollo de papel cada dos días por los muchos informes que le enviaban los ministros húngaros, en Rumania el rollo de papel de su fax duraba un mes.
Según opinaban muchos diplomáticos e inversores extranjeros, la base de estos problemas era una realidad brutal: detrás del presidente y unos pocos ministros no había nada más que inútiles. En la burocracia no había casi nadie remotamente competente o potencialmente aprovechable, o alguien a quien una empresa occidental pudiera contratar. El sistema otomanolevantino de Rumania desalentaba la inversión que podía transformar la cultura, pues los valores morales de las empresas internacionales son occidentales. Henk Mulder, presidente del banco holandés ABN-Amro en Bucarest, me dijo:
—Inculcamos al personal rumano la ideología de la compañía: integridad, respeto, trabajo en equipo y profesionalidad. Les decimos que nuestra política es pagar nuestros impuestos, y no conceder créditos a nuestros amigos. Los directivos occidentales no tienen una actitud distante, pero a los rumanos les gusta parapetarse detrás de títulos. Yo pido a mis empleados que no me llamen señor y que me expongan los problemas. Ésa es la manera de cambiar este país. El éxito depende de la propiedad occidental y de empresarios de verdad que desplacen a los representantes de la nomenbratura.
Los hombres de negocios extranjeros que conocí en Bucarest admitieron que su política oficiosa era contratar únicamente a rumanos de menos de treinta años. Consideraban que toda persona de más edad estaba demasiado influida por «la manera local de hacer las cosas» para poder redimirla. De hecho, en el mundo comunista se han malogrado varias generaciones. Un amigo rumano me dijo levantando las manos al cielo en su miserable vivienda:
—Incluso si tienes treinta y cinco años, tu vida está arruinada. Ningún occidental te va a contratar, y sólo las empresas occidentales pueden ofrecer buenos empleos.
5.
BALCÁNICOS REALISTAS
Sylviu Brucan alzó la vista del original manuscrito que tenía encima del escritorio y me miró. Sus ojos azules eran fríos, penetrantes; su cabello blanco casi se confundía con su tez pálida. Percibí en él una extraordinaria inteligencia. A sus ochenta y dos años, Brucan parecía casi asexuado, un cerebro sin cuerpo: un eunuco de la corte o un Richelieu balcánico con holgada túnica negra y zapatillas deportivas blancas. En torno a él había una habitación llena de periódicos y revistas viejos y cientos de libros, incluidos los escritos por y acerca de Nixon, Kissinger y otros defensores de la realpolitik. Su casa, un tanto decadente, en el límite septentrional de Bucarest, tenía un aire triste. A través de la ventana abierta oí perros que ladraban y percibí olor a lignito.
Yo había venido a ver a este icono viviente de la guerra fría porque percibía el legado del comunismo en los Balcanes de un modo más pronunciado que la última vez que visité la región, poco después de la caída del muro de Berlín. Nueve años después, la recuperación de Rumania no había hecho más que empezar.
Brucan, un comunista que, cuando frisaba los veinte, pasó la Segunda Guerra Mundial en la cárcel por obra del régimen del general Antonescu, respaldado por los nazis, se convirtió en un importante asesor de Gheorghe Gheorghiu-Dej, el dictador estalinista de Rumania desde finales de la década de 1940 hasta su muerte en 1965. Con sus furibundas denuncias de Estados Unidos en los periódicos rumanos a finales de los años cuarenta, Brucan aportó su granito de arena al inicio de la guerra fría. Después escribió para Nicolae Ceauşescu, el protegido de Gheorghiu-Dej. Brucan sobrevivió a la purga que Gheorghiu-Dej hizo del ala del partido comunista liderada por Ana Pauker, promoscovita y claramente minoritaria. Pero cuando Ceauşescu accedió a la jefatura del partido a finales de los años sesenta, ese inculto zapatero de Valaquia mantuvo a su camarada, intelectual judío, a una distancia prudente pero respetuosa. En 1987, cuando Ceauşescu llevaba ya dos décadas en el poder, y Rumania estaba sometida al terror del Estado policial y el colapso económico, Brucan, en un acto de valentía, criticó públicamente a Ceauşescu por la brutal represión de un levantamiento obrero en Braşov. En diciembre de 1989, cuando los militares detuvieron a Ceauşescu y a su esposa Elena, después de los desórdenes de Bucarest y Timisoara, en la zona occidental de Rumania, Brucan y otros seis miembros de la cúpula comunista fueron los que dieron la orden de matarlos, lo que les ayudó a asegurarse el control del poder hasta 1996.[25]
—Está volviendo el analfabetismo —empezó a explicar Brucan, como si estuviera aleccionando a un estudiante—. Cuando nosotros estábamos en el poder, un simple campesino podía enviar a sus hijos a la universidad. Ahora, no —añadió agitando la mano—. El precio de la reforma económica es muy alto. Históricamente fueron gobiernos de centroderecha, como en Polonia y la República Checa, los que llevaron a cabo la reforma poscomunista. Pero aquí los de derechas son nacionalistas radicales, como Funar y Vadim Tudor, que son los verdaderos herederos del nacionalcomunismo de Ceauşescu. Vadim Tudor promete poner fin al caos, y él sabe que en estos tiempos no se lleva el antisemitismo, pero el antihungarismo, sí. —Brucan sonrió.
De hecho, fueron Brucan y sus aliados quienes combatieron el auge del centroderecha que ahora consideraba él tan necesario. Aun así, el análisis de Brucan, como el de Dorel Şandor, era inteligente.
—¿Fue Antonescu, ejecutado por los comunistas en 1946, una figura trágica o un criminal? —pregunté llevando la conversación al terreno histórico.
—Las dos cosas. Por una parte, Antonescu trató de devolver Besarabia [Moldavia oriental] a Rumania. Deshizo la Guardia de Hierro [fascista]. Por otra parte, trajo a Rumania a las tropas alemanas y a la Gestapo. Y —añadió Brucan sonriendo— lo que hizo con los judíos de Transdniestria no fue nada bonito.[26]
—¿Por qué se hizo usted comunista?
—Yo no era comunista, era estalinista. Stalin fue un individuo sumamente represivo, intolerante, uno de los grandes criminales de la historia. Me atraía. Stalin era mi única esperanza frente a Hitler y los torturadores de la Gestapo: en Rumania, el estalinismo fue la oposición nacional al dominio ejercido por Alemania. Vosotros no aparecíais por ninguna parte —añadió Brucan refiriéndose a Estados Unidos, que, como él mismo observó, no entró abiertamente en el conflicto hasta que los nazis estuvieron a las puertas de Moscú y Leningrado, y, aun entonces, hasta después de que Hitler le declarara la guerra.
Esto me llevó a pensar en lo que había dicho a sus amigos Corneliu Bogdan, último embajador de Rumania en Washington: «Occidente no perdió Europa oriental en Yalta. La perdió en Múnich». En aquella ocasión Occidente entregó a Hitler y Stalin la responsabilidad sobre la población de Europa oriental.
—En la cárcel, yo escuchaba a Stalin por la radio —siguió diciendo Brucan—. Mi admiración por él era total, orgánica. Incluso seguí admirándole cuando empecé a enterarme de sus crímenes. Era eficiente. En esta parte del mundo admiras a alguien que consigue que se hagan las cosas.[27] Por eso al principio de mi carrera pensé que el comunismo podría lograr algo. Si era cruel, yo no hacía objeciones, pues era uno de los beneficiarios. Me convenía personalmente. Tenía toda suerte de privilegios: chalés a orillas del mar Negro y en los Cárpatos. Tales beneficios anulan el pensamiento crítico. Hasta el informe Jruschov [de los crímenes de Stalin en 1956], yo estaba dispuesto a perdonárselo todo a Stalin. Ahora veo que la democracia, a pesar de todas sus debilidades, evita los abusos de poder, pues proporciona libertad de pensamiento.
»Naturalmente, Ceauşescu sabía muy poco de marxismo. Ni siquiera podía hablar de Das Kapital —se burló Brucan—. Yo le escribía los artículos. Pero él lo había memorizado todo sobre Stalin. Tanto Stalin como Ceauşescu aprendían de memoria. Los dos tenían una voluntad y una memoria prodigiosas, y los dos eran infravalorados por sus compañeros. Confieso que nunca pensé que pudiera llegar a la cima. Ceauşescu era un monstruo en lo político y un desastre en lo económico, pero en la Europa oriental de la guerra fría Tito y él eran los únicos que practicaban una gran política internacional [independiente]. Esta política internacional dio a Yugoslavia y a Rumania un rango superior al que correspondía a su poder real.
—Entonces, ¿por qué Ceauşescu se volvió tan estúpido al final? —pregunté.
—Él era listo, la estúpida era ella, una campesina realmente tonta. Sabe, cuando Ceauşescu empezó a envejecer tuvo un problema de vejiga. Esta molestia le obligó a confiar en su esposa, y así fue como ella ganó poder político. En realidad a los dos los mataron por culpa de ella.
—¿Era necesario que los ejecutaran?
—Tiene que comprender la situación militar en la noche del 24 de diciembre de 1989. Los ministerios estaban siendo atacados por gente armada, nosotros sabíamos que muchos generales aún apoyaban a Ceauşescu y teníamos información de que planeaban atacar la guarnición de Tîrgovişte [al noroeste de Bucarest], donde estaban detenidos él y Elena. Teníamos que impedir nuevos derramamientos de sangre. Después de mucho discutir, acordamos que los dos serían ejecutados al día siguiente, tras un juicio arreglado. Yo era el más ardiente defensor de la idea de que los dos tenían que morir. Iliescu —dijo Brucan sonriendo sarcásticamente de nuevo—, como de costumbre, al principio no estaba seguro de qué había que hacer. [Ion Iliescu sustituyó a Ceauşescu como presidente, cargo que ocupó hasta 1996.]
—¿Hubo alguna protesta cuando decidieron ejecutarla también a ella?—pregunté.
Brucan sonrió secamente:
—Ni siquiera se discutió. En eso no hubo ningún problema. Ella era peor que él.
—¿No deberían haber tenido los dos un juicio justo?
Brucan soltó una carcajada y volvió a mí sus ojos de hielo, como si se sorprendiera de mi ingenuidad.
—¿Un juicio con jurado? No había tiempo. Teníamos tiempo para un juicio corto, y eso es lo que hicimos. Nosotros queríamos un juicio político, instruir a la población, pero, como le decía, la situación militar era demasiado peligrosa.
Mientras que en 1990 yo había detectado entre los rumanos cierta inquietud por la ejecución, en 1998 no quedaba ni rastro de ese sentimiento. Poco a poco ha ido calando el conocimiento del daño a largo plazo causado por el gobierno de Ceauşescu, de modo que ya ni siquiera los intelectuales mostraban remordimiento, o dudas, sobre el uso del pelotón de ejecución. Para Brucan, Iliescu y los demás miembros del partido, la ejecución fue sin duda acertada: un juicio público justo que hubiera brindado a los Ceauşescu la oportunidad de defenderse habría puesto de manifiesto muchas pruebas perjudiciales para los hombres que decidieron su suerte. Cuando pregunté a un diplomático extranjero que hablaba rumano y residía en Bucarest por qué en este país no había habido un proceso de «verdad y reconciliación», como en la República Democrática Alemana y en Suráfrica, me soltó que esa forma de proceder no era para un país latino situado en el este de Europa.
La explicación no respondía a lo que realmente había ocurrido. Brucan lo explicó así:
—En todos los demás países de Europa oriental la transición fue pacífica porque había un ala reformista del partido que fue capaz de apartar del poder a los gobernantes. Incluso en Bulgaria fue así. Aquí, el ala reformista fue declarada ilegal por Ceauşescu, y por eso, en lugar de negociación, hubo una explosión popular pocas semanas después de la caída del muro de Berlín. Y sin una oposición organizada, «nosotros» estábamos solos. Éramos los únicos en aquel caos que sabíamos gobernar. Y así, qué duda cabe, nos aprovechamos de la situación de vacío. La revolución no era un misterio. La supremacía y el poder son más importantes que los ideales. Iliescu estaba aquí, en su sitio. Los demás candidatos estaban exiliados y no tenían idea de lo que estaba ocurriendo.—Brucan hizo un gesto de desprecio.
Y, como Iliescu y los demás comunistas estilo Gorbachov operaban en un vacío sin oponentes creíbles y organizados, se aprovecharon de las primeras elecciones para gobernar durante siete años. Ahora muchos rumanos creen que es demasiado tarde para iniciar un proceso de «verdad y reconciliación», pues con toda probabilidad muchos documentos han sido manipulados o destruidos. Así pues, reina la suspicacia, como si el muro de Berlín hubiera caído ayer. Si a Gorbachov no le hubieran obligado a abandonar el poder en 1991, es posible que en Rumania todavía hubiera un gobierno neocomunista cuasi autoritario.
Después, Brucan se puso a hablar acerca de la actual situación de la seguridad.
—Hay una superpotencia y cuatro potencias importantes: Europa Occidental, Rusia, China y Japón. Las coaliciones de tres de estas cinco potencias dominarán los asuntos del mundo. Es matemático.
—¿Qué me dice de las Naciones Unidas?
Brucan rio como había reído cuando le pregunté por qué los Ceauşescu no habían tenido un juicio con jurado.
—Las Naciones Unidas no cuentan para nada. Rusia es débil —continuó—. Yeltsin lleva ya seis meses sin poder pagar las pensiones. Chechenia nos mostró un ejército ruso caótico [nuestra conversación se produjo a principios de 1998]. No obstante, Rusia es un viejo imperio y se desenvuelve bien en situaciones de debilidad. Y —añadió con una amplia sonrisa— Finkelstein es muy hábil.
El hecho de que Brucan utilizara el nombre judío de Yevgueni Primakov, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, demostraba su conocimiento de los archivos de la era comunista y su cínica opinión, fruto de su experiencia vital, de que incluso cuando, como en el caso de Primakov, los judíos aprenden árabe y ayudan a Saddam Hussein a eludir las inspecciones de Naciones Unidas, siguen siendo considerados judíos en esta parte del mundo. Sin embargo, el asunto es ahora más sutil, dado el filosemitismo generado por el cosmopolitismo global, así como el hecho de que muchos miembros de la oligárquica estructura de poder rusa —Primakov, el magnate de los negocios Boris Berezovski, el reformista Grigori Yavlinski, etc.— son judíos.
Antes de marcharme, pregunté a Brucan si Mircea Răceanu, que fue un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores a quien entrevisté dos veces en la década de 1980 y que ahora vivía en Washington, estaba entre el puñado de comunistas, incluido el propio. Brucan, que en marzo de 1989 firmaron una carta para protestar contra la represión practicada por Ceauşescu.
—No —contestó Brucan con condenatorio desdén—. Răceanu era de la CIA, un espía al servicio de Estados Unidos, sir.
Más tarde comprobé que la acusación era correcta. Răceanu decidió colaborar con la Agencia Central de Inteligencia por razones patrióticas, para provocar un cambio político en Rumania, pero no se lo dijo a su esposa por su propia seguridad. Răceanu quería derribar el sistema, en cambio Brucan quería mantenerlo eliminando a Ceauşescu. Răceanu fue un auténtico héroe de la guerra fría. Brucan era un personaje más complicado, menos digno, pero más resistente: un clásico practicante de la política de poder, destinado a ejercer su oficio en un lugar que Occidente había abandonado cincuenta años antes.
—Yo no soy un héroe, soy un antihéroe. Las democracias no necesitan tantos héroes como las dictaduras —me dijo Emil Constantinescu, presidente de Rumania—. Yo no sufrí como aquellos que pasaron por el sistema penitenciario comunista. Ellos son los líderes morales, yo no. Los miembros del antiguo régimen afirmaban que en Rumania todos colaboraron, que todos mentimos. Pues bien, yo era profesor de geología, miembro del partido, sí. Pero nunca elogié a Ceauşescu durante su dictadura. Es más, millones de rumanos eran como yo: no colaboraban. Soy un presidente al que no se puede chantajear, pues nunca comprometí mi honor. La gente debe saber que podemos tener un sistema democrático basado en la verdad, no en mentiras, que no a todas las personas se las puede comprar y que no todos los valores están en venta. Con la verdad puedes hacer cosas inimaginables, puedes borrar un legado trágico de la historia.
Constantinescu fue el primer gobernante rumano moralmente legítimo desde la muerte del rey Fernando en 1927. A Fernando le había sucedido su nieto Miguel, de seis años edad, aunque el poder lo ejercía un consejo regente. Siguió el reinado corrupto y desastroso de Carol II, que dominó los años treinta, antes del advenimiento de los regímenes fascista y comunista. Femando y su esposa inglesa, la reina María, habían vivido en el palacio Cotroceni, donde me recibió Constantinescu. Éste era un cincuentón con el pelo canoso, barba de chivo y elegantes gafas —un profesor típico, pensé—, y lo que más llamó mi atención en él cuando entró en la habitación fue su contagiosa sonrisa y su brioso modo de andar. El presidente de Rumania rebosaba optimismo. Estaba en medio de una crisis de gobierno, y llevaba sin dormir desde la una de la noche anterior. Pero no parecía cansado. Estuvimos hablando durante dos horas y media.
—Mi tarea es ser un gobernante democrático moderno, no un gobernante que mira a la población desde arriba, como corresponde a la tradición balcánica, sino alguien que hoy está aquí y mañana vuelve a su vida privada, alguien que tiene que pedir el voto a la gente.
—¿Qué es lo que más le ha costado aprender? —le pregunté.
—Que todos no somos iguales. El paso de la dictadura a la democracia es un paso del ideal colectivista al ideal común. El colectivismo aniquila al individuo, mientras que comunidad significa asociación de individuos. Y, al redescubrir nuestra individualidad, comprobamos que unos son más inteligentes que otros, unos trabajan más, unos son más innovadores, unos tienen más suerte y están en mejor posición para adquirir riquezas. La competencia es una selección de los mejores ajena a todo sentimiento. Esto se hizo con toda dureza en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Lo único importante es que haya igualdad de oportunidades, no igualdad en los resultados. Decir a personas como los rumanos, cuya individualidad ha sido aplastada por el comunismo, que todos son iguales es un insulto. Porque ésa fue una verdad difícil de aceptar durante la fase temprana de la industrialización. El comunismo sedujo a los intelectuales con la mentira de la igualdad, que en la práctica resultó estar regida por los más mezquinos de entre nosotros.
—¿Qué me dice de la igualdad de las naciones? ¿Es Rumania igual a Hungría?
—Occidente solía agruparnos con el nombre de «países comunistas», pero, a medida que pasa el tiempo, se pone de manifiesto que cada país arrastra su propio pasado. Nosotros superaremos el nuestro, pero Occidente ha de tener paciencia. Nosotros no empezamos a partir del mismo nivel de desarrollo que Hungría; nuestros problemas son más profundos. Por ejemplo, Ceauşescu castigó a la sociedad rumana al obligarla a pagar la deuda externa antes de la fecha estipulada, con la pretensión de que el país fuera «independiente» —Constantinescu se echó a reír al evocar los aspectos absurdos y tragicómicos de la política de Ceauşescu—. Mientras tanto, Hungría y Polonia siguieron recibiendo de Occidente préstamos para el desarrollo; y luego, cuando cayó el muro de Berlín, ¡Occidente canceló sus deudas!... Pero aquí, hasta 1996 no subieron al poder demócratas auténticos, aunque ni siquiera entonces pudimos gobernar, pues no teníamos instituciones honradas. Sólo las dictaduras son estables: no tienen crisis, sólo asesinos. Precisamente porque nuestra situación es más frágil, necesitamos la OTAN...
Éste era en esencia el mensaje del presidente. En 1998, mientras los analistas disentían acerca de las consecuencias que la ampliación de la OTAN a países de Europa central iba a tener en las relaciones de Occidente con Rusia, el debate de la OTAN, que entonces nadie siguió a pesar de ser más importante, tenía que ver con los Balcanes. La idea de que la ampliación de la OTAN amenazaba la reconstrucción de Rusia como democracia benigna era absurda, pues, en primer lugar, había pocas posibilidades de una Rusia verdaderamente democrática. El gobierno alemán, con sus considerables recursos financieros, estaba teniendo no pocas dificultades en su tarea de rehabilitar a dieciseite millones de habitantes de la antigua República Democrática Alemana que habían vivido durante cuatro décadas bajo un régimen comunista. Las posibilidades de democratizar a 149 millones de rusos, diseminados en zonas siete veces más extensas y enfrentados por conflictos entre cristianos ortodoxos y musulmanes —ni unos ni otros herederos de la Ilustración y no con cuatro, sino con siete décadas de comunismo a sus espaldas— nunca fueron muchas. Del mismo modo que el colapso de la Unión Soviética fue principalmente el resultado de factores internos, el futuro de Rusia también estaría determinado por sus propias acciones. La importancia real de la ampliación de la OTAN hasta incorporar a Hungría, la República Checa y Polonia no tenía tanto que ver con Rusia en sí misma como con el modo en que esa ampliación institucionalizaría la línea divisoria entre el Occidente cristiano y el Este ortodoxo, pues no sólo Rusia, también los Balcanes estaban separados de la nueva Europa. En vez de preocuparse de Rusia, que tenía pocas posibilidades de cumplir los requisitos para ser miembro de la OTAN, los analistas occidentales deberían haberse preocupado de países como Rumania y Bulgaria, de religión ortodoxa, que tenían buenas posibilidades.
Como al final los estados excomunistas de Europa central serán aceptados en una Unión Europea ampliada, la pertenencia a la OTAN no es tan decisiva. En Hungría, por ejemplo, pertenecer a la OTAN significa, como me dijo un analista de Budapest, mero «protocolo», un sello equivalente a un visto bueno que Hungría podría utilizar para seguir atrayendo inversiones privadas. Pero para Rumania y Bulgaria, la OTAN es la única esperanza, pues sus líderes sabían muy bien que no tenían posibilidad de ingresar inmediatamente en la Unión Europea como miembros de pleno derecho. En los Balcanes más pobres y aislados, que corren peligro de que les alcance la violencia de la antigua Yugoslavia, ser miembro de la OTAN aparecía como el símbolo supremo de la civilización occidental y del apoyo estadounidense. En Bucarest se creía que, si se conseguía pertenecer a la OTAN, se aseguraba la democracia en los países de la zona.
Constantinescu me dijo:
—Vemos la OTAN como un organismo que representa un conjunto de valores característicos de Occidente: alto rendimiento económico, democracia, sociedad civil, valores de los que nosotros habíamos sido apartados brutalmente cuando, a finales de los años cuarenta, los norteamericanos no se atrevieron a rescatarnos del ejército rojo. Para los rumanos, la OTAN es un sueño nacional.
En síntesis, el razonamiento de Constantinescu consistía en que los estados, como los individuos, no eran iguales, y el establecer la democracia resultaba lento y complicado. Por consiguiente, a menos que Estados Unidos pensara dividir nuevamente Europa de acuerdo con líneas históricas y religiosas, tendría que proporcionar a Rumania un escudo de seguridad similar al de Hungría. Cuando pregunté a Sylviu Brucan su opinión sobre la OTAN, me dijo que él estaba plenamente de acuerdo con que los rusos compraran la refinería de Ploieşti, pues ello permitiría a Rumania refinar petróleo ruso y reexportarlo a Occidente.
—Cuanto mejores sean nuestras relaciones con Rusia, tanto más sólidas serán nuestras relaciones con Occidente. De lo contrario, Europa y Estados Unidos no nos concederán ninguna importancia.
Implícitamente Constantinescu confiaba en Occidente; Brucan no confiaba en nadie y prefería enfrentar a una potencia con otra.
La estrategia de Brucan estaba legitimada históricamente: los príncipes medievales de Valaquia y Moldavia también se habían liberado de las fuerzas exteriores enfrentándolas entre sí, y Rumania era la única nación cuyo ejército actuó activamente en los dos bandos durante la Segunda Guerra Mundial, pues luchó con Hitler en la primera mitad de la contienda y con los aliados en la segunda. En la medida de sus posibilidades, Ceauşescu enfrentó a la Unión Soviética con Estados Unidos y así obtuvo del Congreso de este último país el estatuto de nación más favorecida en el comercio.
Estaba claro que si la estrategia seguida por Constantinescu de confiar en Estados Unidos no se traducía pronto en el ingreso a todos los efectos de Rumania en la OTAN, la estrategia de Brucan podría sustituirla. Y dada la nueva realidad que estaba emergiendo en los Balcanes y en la región del mar Negro y el mar Caspio, que ahora abordaré, eso perjudicaría a Occidente. Tal vez por este motivo, mis conversaciones con los militares rumanos en Bucarest figuraron entre las más interesantes que mantuve entonces.
6.
EL ESTADO PIVOTE
Costache Codrescu, general retirado, y yo estábamos sentados hablando, con los abrigos puestos, en los sótanos de la academia militar, construida en la década de 1930 en la Calea Victoriei, durante la época de la expansión de la burguesía de Bucarest. En torno a nosotros se alzaban, en la penumbra, columnas bizantinas rojas adornadas con pan de oro. En una mesa situada delante de nosotros había tazas de café turco. La obsesión por los títulos que tenía el general, profesor y doctor, la ausencia de calefacción y la arquitectura oriental y el café eran típicos de Oriente Próximo, incluso cuando él y otros rumanos declaraban apasionadamente, en su lengua románica, que pertenecían a Occidente. Tan sentida declaración era del todo pertinente, pues indicaba qué dirección debía seguir el destino de los rumanos según ellos mismos. Como su cultura era una amalgama de elementos occidentales y orientales, a los rumanos les preocupaba la posibilidad de quedar al otro lado de una línea divisoria que ellos sabían que era real, pues habían permanecido cuarenta años separados de Occidente. Codrescu, historiador militar de setenta y dos años, movió bruscamente la cabeza y gesticuló mientras bromeaba acerca de su escasa estatura.
—Yo soy de Moldavia y los moldovanos somos bajos pero listos —se tocó la cabeza con el dedo—, como Ştefan cel Mare. [Ştefan cel Mare, Esteban el Grande, fue un príncipe de baja estatura que vivió en el siglo XV y creó un poderoso principado moldavo para frenar el avance de los turcos otomanos.]
Luego Codrescu habló del papel de los militares durante la revolución que en diciembre de 1989 derrocó a Ceauşescu:[28]
—En el ejército siempre supimos que los rumanos quedaríamos aislados e indefensos en el caso de que se produjera una confrontación Este-Oeste, confrontación que podría degenerar en guerras locales. Y quedaríamos aislados por nuestras difíciles relaciones con Hungría a causa de Transilvania y con Rusia a causa de Besarabia [Moldavia oriental]. Estaríamos indefensos porque licenciamos a los soldados y los enviamos a trabajar en los campos durante los tiempos, económicamente muy duros, de la década de 1980. Cuando, en noviembre de 1989, cayó el muro de Berlín, nos sentimos aún más vulnerables. El fin del comunismo en Hungría y Bulgaria significó el establecimiento súbito de regímenes nacionales al otro lado de nuestras fronteras.
»Ceauşescu no confiaba en el ejército. Nos mantuvo en la sombra, recluidos en las peores condiciones. Así, cuando el 16 de diciembre de 1989 recibimos la noticia de que en Timişoara se habían producido disturbios contra el régimen, a raíz de la detención de un sacerdote húngaro, empezamos a desconfiar. Inmediatamente vimos una conexión de esos hechos con una reciente demanda húngara de autonomía para Transilvania.[29] Sabíamos que, como resultado de un acuerdo austro-húngaro, en julio del mismo año Hungría había apostado tropas en la frontera con Rumania. [El acuerdo austro-húngaro permitía a los ciudadanos de Hungría y de otros estados del Pacto de Varsovia entrar libremente en Austria. Esto provocó inmediatamente la huida masiva de alemanes orientales a Occidente a través de Hungría, lo que a su vez condujo a la caída del muro de Berlín cuatro meses después.] Búlgaros y rusos también estaban movilizando y enviando tropas a nuestras fronteras. Me consta que esto suena a paranoia. Veíamos demasiadas cosas en estos movimientos de tropas, pero entonces no sabíamos que las protestas de Timişoara eran auténticas.
»Así, pues, esperábamos la señal para avanzar hasta la frontera húngara y defender nuestra patria. En lugar de ello, nos ordenaron que saliéramos a las calles de Timişoara para defender a Ceauşescu. Entonces fue cuando el Estado Mayor empezó a ver que el enemigo era Ceauşescu, no los húngaros o los rusos.
»El ejército rumano siempre ha pensado en términos del patrimonio nacional, de manera especial en el tema de Transilvania y Besarabia. La esperanza de recuperar Besarabia, arrebatándosela a Stalin, fue lo que condujo a Antonescu a firmar una alianza con Hitler contra Rusia. Pero después de la subida al poder de Antonescu no se perdió ningún otro territorio. No estoy defendiendo lo que Antonescu hizo con los judíos, pero lo cierto es que mantuvo unido el estado y por eso mismo tenemos que perdonarle sus pecados.
El hecho de que un general rumano perdone a Antonescu el asesinato de 185 000 judíos con el argumento de que mantuvo unida a Rumania pone de manifiesto la profunda inseguridad y brutalidad que impregnan esta sociedad. Otro oficial del ejército cercano a Ceauşescu me dijo que durante los seis meses que siguieron a la caída del muro de Berlín y antes de que el dictador rumano fuera derrocado, Ceauşescu planeaba «rehabilitar» a Antonescu proclamándolo héroe nacional rumano, como parte de un último esfuerzo para mantenerse en el poder con su esposa. Slobodan Milosevic había hecho recientemente algo parecido en la vecina Serbia, al convertir el partido comunista en un partido fascista-nacionalista. Hasta entonces, en Rumania sólo el presidente Constantinescu había repudiado públicamente a Antonescu.
Como Rumania basculaba entre una sociedad civil y la recaída en un nacionalismo radical, Constantinescu y un grupo de generales jóvenes que hablaban inglés, nombrados recientemente por él, trataron de conseguir que el Pentágono aceptara de buen grado a los militares rumanos con la esperanza de «meter» a Rumania en la OTAN antes de que fuera demasiado tarde. El país estaba transformando su ejército para que no siguiera siendo una fuerza cuantitativamente considerable pero mal preparada —más apta para las labores manuales que para luchar—, y se convirtiera en un cuerpo reducido en número, pero mejor adiestrado y organizado de acuerdo con una cadena de mando flexible de corte occidental. Un analista balcánico, experto en temas relacionados con el ejército de Estados Unidos, me describió así la fuerza militar rumana:
—[Los rumanos] aventajan a otros ejércitos de la región en términos de eficacia. Los que están arriba asumen la culpa y no castigan a sus subalternos. En parte eso es un elemento del honor latino. Los civiles dicen que necesitamos a los militares para que las cosas funcionen, pero las fuerzas armadas rumanas se niegan a ir por ese camino. El deseo del ejército rumano de quedar al margen de la política es más sincero que el de [los ejércitos de] Grecia o, con toda seguridad, de Turquía. Los oficiales rumanos tienen prohibido pertenecer a partidos políticos. En realidad, en Rumania la democracia sobrevive únicamente gracias a la moderación de los militares.
Los militares rumanos tienen asimismo una buena reputación de luchadores. Para los nazis, los soldados rumanos figuraban entre las tropas más aguerridas del Eje. En Stalingrado, los rusos consiguieron romper las líneas rumanas porque los soldados balcánicos fueron obligados a avanzar durante días sin recibir alimento. Cuando el periodista C. L. Sulzberger preguntó al general alemán Hans Speidel cuáles eran las mejores tropas no alemanas del Eje, éste contestó: «Los rumanos. Deles un buen comandante y serán tan buenos como los mejores».[30] Cuando, en agosto de 1944, Rumania cambió de bando, los mandos aliados también se mostraron satisfechos con la agresividad de los rumanos. La actitud de los militares rumanos hacia Estados Unidos no era ahora menos entusiasta de lo que había sido hacia los dos bandos con los que lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Durante la crisis de Irak, en marzo de 1998, el jefe del Estado Mayor rumano, general de división Constantin Degeratu, me dijo que «hemos concedido a Estados Unidos el derecho de sobrevolar nuestro territorio y utilizar varias bases aéreas. Apoyamos a Estados Unidos. Estamos preparados para participar en cualquier operación. Di a Shelton [presidente de la junta de jefes del Estado Mayor] plenas garantías, respaldadas por nuestro presidente y nuestro gobierno. Entendemos el problema que ustedes tienen con Irak».
El edificio del Ministerio de Defensa era una de las muchas estructuras monstruosas y horribles creadas por Ceauşescu que habían requerido el derrocamiento del Bucarest histórico del siglo XIX. Allí, agasajado con café turco, me reuní con el jefe del Estado Mayor rumano, un hombre bajo, nervioso, de menos de cincuenta años, con el pelo negro y una sonrisa cálida. Degeratu me explicó la posición estratégica de Rumania:
—Antes de la Segunda Guerra Mundial intentamos permanecer neutrales y hacer tratos con todo el mundo. Esto resultó imposible. Y, así, tuvimos que luchar con los alemanes contra los rusos, luego con los rusos contra los alemanes. Pero al final caímos bajo el dominio ruso. Más tarde tratamos de azuzar a los chinos, y en pequeña medida a los norteamericanos, contra los rusos. Pero eso también fracasó. Terminamos aislados, con un equipamiento de baja calidad y unos militares cuyas aptitudes sólo les capacitaban para el trabajo de esclavos.
Estaba en desacuerdo con Brucan.
—La neutralidad no funciona —continuó Degeratu—. Nosotros no somos una gran potencia, y nuestra posición es demasiado vulnerable. Rumania es el único país de Europa situado entre las dos grandes regiones de inestabilidad e incertidumbre, la antigua Yugoslavia y la antigua Unión Soviética. Por nuestro propio bien y por el de Europa, necesitamos estabilidad. Ningún otro país de Europa necesita a la OTAN tanto como nosotros.
El coronel Mihai Ionescu, historiador militar y estratega, desarrolló los puntos del general Degeratu:
—En esta época de recuperación imperial, Rusia empleará medios más sutiles para dominarnos de nuevo: crimen organizado, operaciones de espionaje y fomento de la corrupción de nuestras elites. Pero, de momento, tenemos espacio para maniobrar. Rusia ya no linda directamente con nuestras fronteras, sino que tiene que operar a través de Ucrania y Moldavia. Y con la desintegración de la Unión Soviética, el mar Negro ya no es un mar ruso. Pero es peligroso pensar que esta situación ambigua va a durar. ¡Por eso es por lo que Occidente tiene que ampliarse hacia el este!
Los rumanos estaban aterrados viendo lo que ocurría en la antigua Unión Soviética. El descenso en desarrollo que yo había percibido cuando pasé de Hungría a Rumania se duplicaba cuando uno pasaba de Rumania a Moldavia y Ucrania: zonas deprimidas con carreteras espantosas, donde, si dejabas el coche y no vigilabas, lo más probable era que te lo robaran. En el pasado había sido el ejército ruso el que había infundido miedo a los rumanos; ahora temían que la anarquía social pudiera generar una reacción tiránica en Moscú. En cierto sentido no sólo subsistía el telón de acero como una realidad sino que además, entre Europa oriental y la antigua Unión Soviética, había un «segundo telón de acero».
Iulian Fota, un ingeniero pulcramente vestido a quien Constantinescu había nombrado subsecretario de Defensa, me dijo:
—La estrategia de Rusia consiste en restablecer su esfera de influencia en toda la antigua Unión Soviética y Bulgaria, y luego trabajar con Francia y Grecia, y tal vez también con Siria e Irán, para limitar el poder de Estados Unidos en Oriente Próximo. Para hacer frente a esta configuración, Turquía y Azerbaiyán firmarán una alianza con Israel. Nosotros podemos ayudar a los turcos y a los israelíes. En cuanto el petróleo del mar Caspio empiece a llegar a Europa a través del mar Negro aumentará la seguridad internacional de Rumania. Rumania ya no está en la periferia de Europa. Con nuestras refinerías instaladas en Constanza [en el mar Negro] y Ploieşti quedaremos dentro de la nueva red de oleoductos. Estamos en medio de una nueva región, difícil de delimitar, entre Europa y el Caspio.
Aunque interesado, este análisis era ciertamente agudo. Grecia puede formar parte de la OTAN, pero en 1992 el líder serbobosnio Radovan Karadjic, acusado de crímenes de guerra, fue recibido como un héroe en Atenas, lo cual sugiere la existencia de una vinculación histórica y religiosa más profunda, paralela a la estructura oficial de alianzas en los años que siguieron a la guerra fría.[31] Pero Rumania era una potencial baza estratégica por una razón que en el Ministerio de Defensa nadie había mencionado:
En una democracia estable, como la que Rumania pugnaba por conseguir, la política de seguridad está unida en última instancia a la opinión pública. Por haber vivido bajo el estalinismo de Ceauşescu y la incertidumbre que comportaba estar situados en la franja oriental del mundo occidental, los rumanos —tanto civiles como militares— tenían un sentimiento proamericano tan apasionado como el de los ingleses y franceses después del día V-E [día de la Victoria en Europa] en mayo de 1945. Mientras que los ciudadanos de Europa occidental censuraban a Estados Unidos por su «belicismo» en Irak, los rumanos les dieron abiertamente su apoyo. En muchas crisis — exceptuada la de Kosovo—, los franceses, los italianos y los ciudadanos de otros países occidentales buscaban la más pequeña incongruencia en la política estadounidense para negar su validez. A medida que se intensificaba el resentimiento cultural por el ostentoso materialismo de Estados Unidos y ganaba importancia el efecto unificador de una moneda única, crecía la posibilidad de que los países de Europa occidental y central formaran un bloque de poder neutral, tal vez incluso hostil. Por eso era decisivo para Estados Unidos tener amigos en países del sureste europeo cuyas bases pudieran utilizar. En la guerra de Oriente Próximo en 1973, Estados Unidos se apoyó en Portugal como base para reabastecer a Israel cuando sus aliados tradicionales —Gran Bretaña, Francia y la República Federal de Alemania— se negaron a colaborar. Rumania podría convertirse en un nuevo Portugal en el otro extremo del continente.
Como Oriente Próximo era una región con grandes reservas de petróleo, viejos dictadores, altas tasas de desempleo entre los varones jóvenes, acelerado crecimiento absoluto en población y urbanización, y decreciente abastecimiento de agua, los problemas de Occidente con Saddam Hussein podrían presagiar otras crisis militares en la región durante el siglo XXI. Rumania, en la franja noroeste del gran Oriente Próximo, era una base avanzada natural, especialmente a medida que el poder petrolífero se desplazaba hacia el norte, desde la península Arábiga hasta el mar Caspio, y el poder político de la vecina Turquía aumentaba debido a que sus inmensas reservas de agua le daban una creciente ventaja sobre los estados árabes, pobres en este recurso natural.
Pero los militares temían que si Rumania no llegaba a convertirse en una base avanzada de Occidente, el país se precipitaría en un abismo. En una cena celebrada ya entrada la noche en el club de oficiales, con mucho aguardiente de ciruela y mucho vino, saqué a colación la tesis del «choque de civilizaciones» de Samuel Huntington, profesor de Harvard.[32] El coronel Ionescu, un hombre alto y afable, respondió con cierto enojo:
—Huntington es peligroso, especialmente en lo tocante a la ampliación de la OTAN.
Pero Ionescu no pretendía rebatir la validez de la tesis de Huntington. Por el contrario, él, como todos los oficiales rumanos con los que hablé, se horrorizaba ante la idea de una frontera entre civilizaciones, una frontera «civilizacional» en Europa, de acuerdo con la cual la ampliación de la OTAN terminaba en la frontera húngaro-rumana y la región multiétnica de Transilvania se convertía en un campo de batalla entre cristianos orientales y occidentales.
Rumania era el verdadero estado pivote de Europa, suficientemente extenso para influir en la dimensión cultural de la alianza occidental si era aceptado como miembro de pleno derecho, pero al mismo tiempo suficientemente reducido para que su ingreso como miembro fuera viable, cosa que no ocurría con la extensísima Rusia.[33] Con los veinte millones de cristianos ortodoxos de Rumania integrados en la OTAN sería improbable que se produjera una división «civilizacional» en la frontera oriental de Hungría; con Rumania fuera de la OTAN, esa división podría emerger como factor predominante del continente. Con Rumania integrada en Occidente, Europa se extiende hasta el mar Negro; con Rumania separada, Europa se convierte en una variante del Sacro Imperio Romano, mientras que los Balcanes se vuelven a integrar en Oriente Próximo.
Por lo tanto, el inicio del siglo XXI constituía una oportunidad fugaz para una política audaz en los Balcanes. Al producirse el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Bucarest era más rica y más cosmopolita que Atenas. Con todos sus problemas, al término de la Segunda Guerra Mundial Rumania era —como me había dicho Rudolf Fischer— más fácil de salvar que Grecia, país que entonces se hallaba dividido por un conflicto interno y carecía de una burguesía moderna. A pesar de ello, la Administración Truman actuó con audacia e incorporó Grecia a la OTAN. Los problemas que Grecia ha podido causar a la alianza occidental, sean los que fueren, son mínimos si se los compara con lo que habrían sido si este país hubiera sido excluido de la OTAN. ¿Haría Clinton, o su sucesor, por Rumania lo que Truman había hecho por Grecia?
De momento, los militares rumanos eran proamericanos. En esos tiempos de confusión política y civil, los militares veían en la OTAN la posibilidad de hacer carrera y tener sueldos dignos, de recibir una mejor preparación personal y mejores equipos, y de tener acceso a las redes internacionales, incluidos cursillos y frecuentes viajes al extranjero. Pero si la ampliación de la OTAN más allá de Europa central no prosperaba, aun en el supuesto de que prosperara la ampliación de la Unión Europea a Europa central —dos tendencias que parecían evidentes cuando hice mi visita—, cabía la posibilidad de que los militares rumanos se volvieran de nuevo obstinadamente nacionalistas e intervinieran en la política, como había ocurrido durante el mandato del general Antonescu, y como sugería ahora la reavivada reputación pública de dicho personaje.
—Rumania es un país que casi nunca ha conocido la normalidad —me dijo Mihai Oroveanu, director general del Ministerio de Cultura, uno de los últimos días de mi visita a Bucarest.
Yo había ido a verle porque un amigo me lo había descrito como «un burgués de viejo cuño que había sobrevivido inexplicablemente al comunismo».
Le encontré en una habitación trasera del edificio del Teatro Nacional, rodeado de libros y fotografías de las figuras de la cultura rumana, como el dramaturgo Eugene Ionesco y el escultor Constantin Brancusi. Con botas altas de piel, pantalones caqui y chaleco de cuero, Oroveanu, un hombre enorme de pelo blanco, tenía el aspecto de un «ángel del infierno» un tanto envejecido.
—Como estoy cambiando cuadros de un sitio a otro, llevo ropa de trabajo —me aclaró. Luego me dijo—: Casi no ha pasado un siglo sin que nuestro país no haya sido un campo de batalla o una zona de desastres. El Estado rumano que surgió en 1859 con la unificación de Valaquia y Moldavia era un Estado esencialmente medieval. Un alemán, Carol I de Hohenzollern-Sigmaringen, fue quien creó aquí instituciones modernas entre el año 1866 y la Primera Guerra Mundial. Pero en esa misma guerra murieron muchísimos de los mejores oficiales y profesores. El período de entreguerras presenció el ascenso de muchos campesinos a la clase media, pero no tenían liderazgo moral. Después, los comunistas aniquilaron a nuestros campesinos más activos, los chiabur, el equivalente de los kulaks. Ahora temo una vuelta a la intolerancia y la superstición, fomentadas con la ayuda de los ordenadores. Aquí podría surgir fácilmente un materialismo práctico desprovisto de moralidad. Los nuevos capitalistas sólo son imitadores de la burguesía occidental.
Todo lo que yo había visto en Rumania estaba sintetizado, con desgarradora claridad, en el teatro de la ópera, donde estuve la víspera de mi ultima noche en Bucarest. Al anochecer, manadas de perros extraviados merodeaban por los alrededores y chiquillos harapientos jugaban al fútbol en el asilvestrado césped que se extendía ante la fachada, mientras parejas jóvenes y viejas, con aspecto de burgueses de los años treinta venidos a menos, esperaban entrar en la sala con sus entradas de 75 centavos en la mano. Después, durante dos horas, escuché a los solistas que, con zapatos y trajes de etiqueta ajados, interpretaron brillantemente arias de Puccini y Verdi en un escenario desvencijado y lúgubre, tratando de superar una acústica deficiente. La audiencia estaba enfervorizada. De hecho, los espectadores daban la bienvenida a la Europa del siglo XXI desde los primeros años del siglo XIX teñidos de color sepia. «No nos olvidéis», decían.
A principios de marzo de 1998 salí de Bucarest y me dirigí a Sofía. En mi compartimento, sucio y con manchas de orín, hacía un frío que helaba. A las siete y media de la mañana estaba ya abarrotado de jornaleros que no se habían lavado, en ropa de trabajo. Gritaban y bebían aguardiente en toscas garrafas. Entró un matrimonio de mediana edad, bien vestido, con su reserva de asiento en la mano. Los obreros no se movieron. Finalmente, un revisor ordenó a dos trabajadores que se levantaran para que se acomodara el matrimonio.
El tren se dirigía hacia el sur y estaba entrando en la llanura del Danubio, semejante a una sabana de África con sus cabañas de techumbre de paja, caminos de tierra y carretas tiradas por mulas. En Giurgiu, en la margen rumana del Danubio, los jornaleros salieron de nuestro compartimento. Unos funcionarios nos sellaron los pasaportes. Luego, ellos y los revisores rumanos abandonaron el tren, que inmediatamente fue invadido por una horda de contrabandistas. Sus bolsas y maletas estaban repletas de conservas, cigarrillos, víveres y quién sabe cuántas cosas más. Esos individuos se agolparon en los pasillos y algunos invadieron nuestro compartimento y se quedaron de pie. Iban vestidos de un modo extravagante, llevaban la cabeza afeitada y la cara sin afeitar, tenían una expresión agresiva y se dedicaron a escupir, a toserme en la cara y a pisarme los pies al tiempo que dejaban caer al suelo la ceniza de sus cigarrillos. Imperaba el lenguaje soez. El matrimonio de mediana edad que estaba frente a mí se acurrucó, temeroso, mientras el tren cruzaba lentamente el ancho Danubio y entraba en Bulgaria.
7.
LA ELECCIÓN DE UNA CIVILIZACIÓN
Minutos después, el tren se detenía en Ruse, en la margen búlgara del Danubio, donde los contrabandistas bajaron en tropel. En un andén repleto de vendedores gitanos cambié los lei rumanos que me quedaban por levas búlgaras y pagué 22 dólares por un visado búlgaro a una vieja instalada detrás de una ventanilla herrumbrosa. Cuando volví a mi compartimento vi que otra vieja barría la suciedad dejada por los contrabandistas, mientras otro revisor nos pedía y marcaba los billetes. A principios del siglo XX nació aquí, en el seno de una familia sefardí, Elias Canetti, futuro escritor y premio Nobel. Ruse era a la sazón un baluarte cosmopolita, multiétnico, de Europa central. Ahora pertenecía a una masa de campesinos que habían perdido sus raíces en aras de la urbanización. Los estados modernos que se formaron después del hundimiento de la Turquía otomana —estados en ocasiones democráticos pero siempre monoétnicos— expulsaron a algunas minorías; después el nazismo expulsó a otras. El comunismo, que vino a continuación, destruyó lo que quedaba de la clase media, aparentemente en beneficio de la justicia social. La ilusión de que el progreso humano es inexorable procede de un hecho accidental como es la buena suerte histórica y geográfica que uno tenga. Canetti fue consciente de ello y pasó gran parte de su vida analizando la proclividad humana a la violencia y la histeria colectivas. [34]
El tren se dirigió hacia el sur, a través de la llanura del Danubio, luego hacia el oeste, a lo largo de la vertiente septentrional de lo que los búlgaros llaman Stara Planina, Viejas Montañas, y los extranjeros montes Balcánicos. Pasamos por campos verdes y marrones surcados por ríos de belleza indescriptible; muchas chozas, carros tirados por caballos y tejados a los que les faltaban varias tejas de terracota; y unos cuantos coches y antenas parabólicas. En una ocasión, cuando el tren redujo la velocidad, contemplé el mercado de un pueblecito, repleto de gente, con casetas llenas de ropa vieja y otros artículos de primera necesidad, todos ellos de baja calidad, que me recordaron los mercados que había visto en Asia central. Bulgaria me parecía otra Rumania, un país perteneciente a la Iglesia ortodoxa, que había sido comunista y estaba derivando del segundo al tercer mundo, aunque sus campos no se veían tan devastados como los de Rumania, y había menos fábricas horribles y menos huellas de contaminación.
En el tren no había donde comprar comida o agua, pero un viajero me regaló varios huevos duros. Al final del día, el tren penetró en un empinado y tortuoso cañón y el paisaje montañoso ganó en magnificencia. Una hora más tarde, cuando el convoy llegó a una fría altiplanicie, divisé en el horizonte Sofía, capital de Bulgaria.
La estación de Sofía era un producto de la década de 1970, exponente tardío del gigantismo de la era Zhivkov: a medida que el comunista Todor Zhivkov, amo de Bulgaria, se hacía más engreído e inseguro, la arquitectura de la ciudad fue adquiriendo una escala cada vez más inhumana. El gélido vestíbulo de la estación tenía una longitud aproximada de un campo y medio de fútbol; construido con tosca piedra gris y hormigón de un pardo sucio, estaba dominado por una escultura de hormigón adosada a una pared y compuesta por engranajes y poleas industriales. Unos diminutos puestos donde se vendían víveres y un puñado de bancos de madera desvencijados, únicos sitios donde la gente se podía sentar, contribuían a que el vestíbulo pareciera más grande. En un descampado, detrás de la estación, había un poblado de jóvenes sin hogar y gitanos empobrecidos. El paisaje de la zona de la estación demostraba que la tiranía genera un vacío social.
Como en Rumania, en Bulgaria encontré campos desolados en torno a la capital, una ciudad pujante en la que los edificios en construcción, los atascos de circulación, las tiendas y los restaurantes nuevos, junto con las calles llenas de mendigos y hombres y mujeres elegantemente vestidos, habían erradicado el fantasma del comunismo. Desde la habitación de mi hotel se veía una estatua del zar Alejandro II, «el zar libertador», cuya declaración de guerra a la Turquía otomana, en abril de 1877, terminó en marzo de 1878 con el tratado de San Stefano, que reconocía a Bulgaria como estado independiente que incorporaba una buena parte de Macedonia y Tracia. La víspera de mi llegada, 3 de marzo de 1998, se había celebrado el ciento veinte aniversario del tratado. La estatua estaba cubierta de guirnaldas. Observé que en las calles hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ya fueran bien trajeados o vestidos con ropa informal e incluso de baratillo, lucían en sus chaquetas y jerséis cordones rojos y blancos. Eran martinitsas, un derivado de la palabra búlgara que designa el mes de marzo. En marzo de 680, el kan Asparuh, fundador del primer reino búlgaro, estaba perdiendo una batalla contra el emperador bizantino Constantino IV y se le ocurrió enviar a su madre, como prueba de que seguía vivo, una paloma con un hilo blanco atado a la pata. Como el hilo estaba muy apretado, la paloma sangró ligeramente y con ello aportó su tributo, en blanco y rojo, a lo que después sería la victoria del kan Asparuh. Los búlgaros llevan martinitsas durante todo el mes, o hasta que la primera cigüeña llega del sur. Para los incrédulos, las martinistsas son también un símbolo de la regeneración primaveral, en la que el blanco significa la pureza y el rojo la fertilidad.
Así, en medio de una transición económica global susceptible de llevar a la erosión gradual de los estados-nación y de las características nacionales, aquí, como en Rumania, encontré otro viejo pueblo poco conocido fuera de sus fronteras, pero unido por una experiencia histórica común y la pertenencia a una misma y única etnia, pues los búlgaros del kan Asparuh eran un pueblo altaico del norte del Cáucaso que, después de llegar a los Balcanes, se unieron con los eslavos mediante matrimonios. Las martinitsas recordaban esta herencia precristiana, preeslava, como la recordaban muchas de las caras atezadas y angulosas de la gente de la calle, que me evocaron los bajorrelieves de guerreros tracios, otro pueblo balcánico que había enriquecido la sangre búlgara.
Como los búlgaros y los rumanos no olvidaban su historia respectiva ni su mutua enemistad —Bulgaria había perdido a manos de Rumania la Dobrudja meridional después de la segunda guerra balcánica de 1913, pero la recuperó en 1940 gracias a la presión nazi—, ambos lados mostraban poco interés por los asuntos del vecino, a pesar de que compartían la misma suerte mientras esperaban la segunda fase de la ampliación de la OTAN. En mi última noche en Bucarest, unos amigos rumanos me habían preguntado, durante la cena, por qué me molestaba en visitar Bulgaria. Ninguno de ellos había estado allí. «Volverás a Rumania al cabo de unos días», me advirtió uno. En Sofía encontré la misma actitud. Pocas personas tenían curiosidad, aunque fuera mínima, por los asuntos de Rumania. Excepto para los contrabandistas y los gitanos, el Danubio bien podría ser el límite del mundo conocido.
En vez de mirarse el uno al otro, a finales del siglo XX (al igual que al principio) cada grupo nacional de los Balcanes miraba a las grandes potencias en busca de consuelo. (Sondeos realizados por el Centro para el Estudio de la Democracia, con sede en Sofía, y la Organización Lambrakis, de Atenas, bajo los auspicios de la Comisión de Helsinki, pusieron de manifiesto que, entre los albaneses, el 86 por ciento odiaba a los serbios, el 59 por ciento odiaba a los griegos, el 58 por ciento odiaba a los macedonios y el 47 por ciento odiaba a los búlgaros; entre los búlgaros, el 23 por ciento odiaba a los turcos y el 51 por ciento odiaba a los gitanos; entre los griegos, el 38 por ciento odiaba a todos los eslavos, el 55 por ciento odiaba a los gitanos, el 62 por ciento odiaba a los musulmanes y el 75 por ciento odiaba a los albaneses.)[35]
—El pueblo búlgaro pide desesperadamente el ingreso en la OTAN —me dijo Solomon Passy, presidente del Club Atlántico de Sofía—. Si Rumania y Eslovenia son admitidas y nosotros no, habrá un segundo Yalta. Todos los mecanismos intermedios están agotados. No estamos satisfechos con la Asociación por la Paz.[36] Otro grupo sucedáneo como ése no funcionará. Nuestra única alternativa será el suicidio nacional. Rumania no fue la única nación que quería ayudaros. Nosotros también ofrecimos corredores aéreos a Estados Unidos para bombardear Irak [y Serbia], donde sabemos que hacía falta una acción militar contundente.
Las reflexiones de Passy constituían una leve exageración de lo que yo con frecuencia oiría en Sofía. Para Bulgaria, una pequeña nación que en otro tiempo fue mucho más extensa —todos sus vecinos se habían apropiado de territorios suyos en un momento u otro—, Estados Unidos había asumido el papel de la antigua Unión Soviética en el firmamento geopolítico: el gran oso que la protegía de los lobos que la tenían asediada. Aunque en la época de mi visita el gobierno democrático de Bulgaria estaba siendo mucho más eficaz que el de Rumania, cosa que impresionaba incluso al Fondo Monetario Internacional, los búlgaros se sentían mucho más vulnerables que los rumanos. Por diversas razones.
Como había visto en la estación, la anarquía social estaba a la vuelta de la esquina. En este país agrario, donde la ocupación otomana había sido más severa y prolongada que en Grecia o Serbia, la burguesía búlgara había sido, a lo largo de la historia, menos consistente que la rumana. Rodeada de naciones de rito ortodoxo y religión musulmana (Turquía), todas ellas incorporadas con mucho retraso al desarrollo moderno, Bulgaria carece de esa ventana abierta a la Europa central de la Ilustración que Hungría ha ofrecido siempre a Rumania, a pesar de que a los rumanos no les haya hecho ninguna gracia. Situada en el extremo suroriental de Europa y limitando con Asia Menor, Bulgaria ha sido desestabilizada repetidas veces por migraciones e invasiones. De sus 8,8 millones de habitantes, un total de 600 000 son gitanos, o roma, como los llaman aquí.[37]
Los gitanos, pobres y vejados, constituían una muestra de la anarquía que los búlgaros temían si sus nuevas y avanzadas instituciones democráticas daban un traspié. El 85 por ciento de los gitanos búlgaros no trabaja. En la comunidad gitana hay un alto índice de delincuencia. Alto es asimismo el índice de natalidad, con cuatro o cinco hijos por familia. De los gitanos se dice que son «una bomba de relojería». Sólo el 60 por ciento de los niños gitanos están escolarizados. El resto no aprende búlgaro. «Con Zhivkov, los roma tenían empleos que les proporcionaba el partido y esto les ayudaba a mezclarse con los búlgaros. Ahora están aislados», me dijo un funcionario. En Budapest, Rudolf Fischer había descrito a los gitanos como «un problema social» que distaba de ser un caso más de intolerancia étnica (que, evidentemente, también se da). Antonina Zhelyazkova, presidenta del Instituto para Estudios de las Minorías de Sofía me dijo que «todos los búlgaros aspiran a acceder a la clase media, pero los roma no, y ésa es la raíz del odio que se les tiene».
—Nuestra gran preocupación es, una vez más, que en Occidente nadie nos preste atención y quedemos olvidados en el extremo lejano de los Balcanes —me dijo Atanas Paparizov, antiguo ministro de Comercio.
Lo bastante pequeña para hacerse invisible —y separada de Europa central por cientos de kilómetros de terreno montañoso y, aun así, unida a la antigua Yugoslavia por la larga línea fronteriza y la compleja cuestión de Macedonia—, Bulgaria también parecía atrapada, lejos del paraguas de seguridad occidental.
Después de una larga jornada de entrevistas, en las que escuché las preocupaciones búlgaras por los gitanos, la OTAN, los conflictos en Bosnia y Kosovo, y la infiltración rusa a través del crimen organizado, vi con toda claridad la distancia que existía entre Washington y Sofía. Aquel día regresé al hotel y, una vez en mi habitación, encendí el televisor en el momento en el que Chris Matthews, comentarista de Washington, vociferaba en el programa Larry King Live sobre Monica Lewinsky y decía que «Clinton es como O. J. Simpson en su Ford Bronco...». A pesar de la ilusión de proximidad que crea la televisión vía satélite, los problemas de 8,8 millones de personas que hay en Bulgaria podrían haber sido un producto de mi imaginación, a juzgar por lo que los medios de comunicación de Washington consideraban importante. Rumania y Bulgaria no tenían cabida en las noticias ni siquiera durante la primavera de 1998, cuando el debate sobre la primera fase de ampliación de la OTAN se encontraba en su apogeo. En consecuencia, probablemente cualquier periodista estadounidense que se tomara la molestia de venir aquí iba a recibir una atención tan constante como inmerecida. En el curso de una reunión que mantuve con una docena de analistas políticos en casa del embajador de Estados Unidos, uno de ellos, Avis Bohlen, dijo:
—Bueno, ¿cuáles son realmente sus opiniones sobre Bulgaria, señor Kaplan? Los que estamos en esta sala no nos llamamos a engaño. Lo que usted escribe podría muy bien afectar a la política de Estados Unidos para con nuestro país.
De hecho, el presidente Petar Stoyanov, jefe de Estado de Bulgaria, me dio las gracias por dedicar parte de mi tiempo a escribir sobre su país. Después de haber visitado muchos países cuyos gobernantes querían que me marchara, quedé impresionado por el convencimiento del presidente de que la publicidad, fuera del tipo que fuese, sería buena para Bulgaria. El auténtico miedo era a quedar olvidados.
Me reuní con Stoyanov en el ambiente fúnebre de la antigua sede del partido comunista, con sus alfombras marrones y su mármol color ceniza. De unos cuarenta y cinco años, moreno, con un traje de corte excelente, gafas con montura de alambre, Stoyanov parecía el agresivo abogado que era antes de ser elegido presidente en diciembre de 1996. La diferencia entre él y el presidente Constantinescu de Rumania era fundamental. Mientras que Constantinescu, profesor de universidad, exponía sus ideas elocuente y tortuosamente, Stoyanov entró rápidamente en la habitación, me saludó sin presentaciones ni formalismos, se quitó la chaqueta y fue derecho al asunto.
—Al expresar nuestro deseo de ingresar en la OTAN, hemos hecho una elección entre civilizaciones. No queremos ser víctimas de un canje político como ocurrió en Yalta. Durante cuarenta años fuimos como un enfermo que ha sido operado de la vista pero al que aún no le han quitado la venda de los ojos. Durante el comunismo vivimos con una tecnología perpetuamente deficitaria, sin acceso a los productos modernos, sin posibilidades de viajar. Y no hablemos de la devastación psicológica. El comunismo era una religión nefasta provista de un moderno aparato de seguridad. A causa del telón de acero, los inversores sabían más de Sri Lanka que de Europa central y oriental.
—¿Le preocupa a usted Kosovo? —pregunté.
—«Preocupación» es una palabra suave en este caso. Estoy angustiado, en una gran tensión. Si la situación tomara un curso negativo, nosotros nos veríamos gravísimamente perjudicados. Un nuevo embargo contra Serbia sería nocivo para la economía búlgara. Somos el único país balcánico sin conexión con Europa central como no sea a través de Yugoslavia. Si Occidente sigue una línea política de debilidad en Kosovo, quedaremos geográficamente marginados.
A diferencia de Rumania, Bulgaria estaba profunda y estratégicamente implicada en los problemas históricos de la antigua Yugoslavia. El tratado de San Stefano, en 1878, producto de la victoria rusa sobre los turcos en los Balcanes, había entregado a Bulgaria lo que es hoy la antigua República Yugoslava de Macedonia. Aunque ese tratado fue abolido por el Congreso de Berlín meses después, los búlgaros siempre han creído que los eslavos de Macedonia son en realidad búlgaros occidentales que hablan un dialecto de su misma lengua. De hecho, la Macedonia histórica se adentra en Bulgaria y la parte meridional de este país es conocida como Pirin Macedonia. Si un día los desórdenes de Kosovo desestabilizaran a la vecina Macedonia, podría reaparecer el problema centenario que surgió tras la desintegración del Imperio otomano en los Balcanes —en torno a temas como las fronteras de Macedonia y si Macedonia era realmente un país—, y ello socavaría el Estado búlgaro.
A raíz de la desmembración de Yugoslavia en 1991, la soberanía de Macedonia provocó largas y airadas protestas en Grecia, ya que Macedonia también ocupa una parte de su territorio histórico. En cambio, los búlgaros, abrumados por un colapso económico debido a décadas de comunismo, permanecieron apáticos, como si hubieran dejado atrás sus querellas históricas. Desgraciadamente, no era del todo así.
—Los albaneses ocuparán Macedonia dentro de veinte años. Ya lo verá usted, es una mera cuestión demográfica. Es un principio de la naturaleza que los animales que se hallan en una fase inferior de evolución sean más prolíficos —me dijo Stoyan Boyadjiev, presidente de la Unión Cultural Macedonia en Bulgaria.
Después de entrar en un edificio de apariencia mediocre, yo había subido en ascensor para acceder a una oficina ostentosa y amplia, llena de teléfonos móviles, en la que media docena de ancianos formaron un semicírculo a mi alrededor y empezaron a hablar de su patria. A su entender, ésta debería ser «la provincia búlgara de Macedonia» que los serbios y Tito les habían arrebatado y habían incorporado a Yugoslavia. Después de la desintegración de Yugoslavia, esta parte de Macedonia ganó la independencia; pero ellos pensaban que habría podido volver a Bulgaria. Al mismo tiempo que iban exponiendo sus quejas me decían que fuera tomando nota. Describieron a Kiro Gligorov, actual presidente de Macedonia —un hombre de ochenta y un años que había arrastrado un intento de asesinato en su lucha por mantener la paz en un país dividido en el que los albaneses musulmanes eran incitados a luchar contra los macedonios, que son eslavos—, como «un estalinista sin ambages y el más acérrimo enemigo de Estados Unidos».
—Usted tiene que decir a los que toman las grandes decisiones en su país que se deshagan de ese estalinista, Gligorov y su Estado bolchevique de Macedonia, porque hay auténticos demócratas preparados para asumir el poder —me dijo Boyadjiev.
Al hablar de demócratas se refería a la Organización Revolucionaria en el Interior de Macedonia (ORIM), en cuya oficina búlgara me encontraba en ese momento. La ORIM había aportado los primeros terroristas del siglo XX cuando, con el apoyo búlgaro, sus sicarios trataron de desestabilizar las partes de Macedonia «robadas» a Bulgaria por Serbia y Grecia tras la segunda guerra de los Balcanes en 1913. La ORIM reapareció después de la desintegración de la Yugoslavia comunista y se había convertido en un partido político francamente moderado en Skoplie, capital de Macedonia. Sin embargo, sus extremistas estaban en Sofía: un puñado de hombres de edad con amargos recuerdos:
«Yo estuve tres veces en un campo de concentración titoísta en Bitola [en el sur de Macedonia], y todo porque me atreví a decir que me sentía orgulloso de ser búlgaro. ¿Cómo puede uno ser un hombre cabal sin sentirse orgulloso de su nacionalidad?...».
«Mi padre y yo pasamos doce años en una cárcel serbia porque luchamos por una Bulgaria macedonia democrática. ¿Quiere usted que lo olvide? ¡Jamás!»
«No existe una lengua macedonia. Lo que hablan en Skoplie es simplemente un dialecto serbio creado por la Komintern. La verdadera lengua de Macedonia es el búlgaro...»
Mientras ellos hablaban, varios jóvenes de aspecto duro vestidos con blazers iban de allá para acá haciendo llamadas telefónicas, sirviendo café turco y escuchando con atención. Los más mayores estaban llenos de odio, pero los jóvenes sólo querían luchar, al menos así me pareció. Era una mezcla explosiva: ancianos dominados por el rencor y jóvenes gorilas fáciles de impresionar, la misma mezcla que había originado el fascismo rumano. En 1923, A. C. Cuza, un profesor de cierta edad de la Universidad de Iaşi, en la provincia rumana de Moldavia, había fundado la Liga Antisemita de la Defensa Nacional Cristiana. El protegido de Cuza era un estudiante joven llamado Corneliu Zelea Codeanu, que en 1927 fundó la Legión del Arcángel Miguel, de ideología fascista. Isaiah Berlin ha sugerido que la peor violencia del siglo empezó con las ideas peligrosas que albergaban unas cuantas personas. Yo veía eso mismo en esta habitación, en la devoción con que los jóvenes gorilas miraban a sus ancianos mentores.
Salí del edificio al atardecer, precisamente cuando el altavoz de una mezquita vecina llamaba a la oración a la minoría musulmana de Sofía. La llamada de la mezquita y la vista del monte Vitosha, coronado de nieve, que se alzaba por encima de las calles estrechas hicieron que Sofía apareciera por un momento a mis ojos como el pequeño pueblo balcánico que fue un día, cuando empezó la violencia del siglo XX. Naturalmente, la ORIM era un partido minoritario y no estaba en modo alguno en condiciones de subir al poder en Bulgaria. Pero, al igual que el problema social de los gitanos, era una de las representaciones del impreciso temor a lo que podía ocurrir si fracasaba la frágil economía. Como me había dicho el presidente Stoyanov, «sólo instituciones sólidas y una competente clase de burócratas de nivel medio pueden asegurar la estabilidad». Aquí, de momento no había ni lo uno ni lo otro.
Los búlgaros estaban preocupados por el tufillo a anarquía que habían percibido el año antes de mi visita. La palabra rumana bulgarizarea, recientemente acuñada como sinónimo de ingobernabilidad, procedía de ese período. A principios de 1997, las manifestaciones callejeras contra el corrupto e inoperante gobierno de antiguos comunistas habían conducido a la violencia y al saqueo del Parlamento. Los gorilas de la ORIM golpearon tanto a los estudiantes que se manifestaban como a gitanos inocentes, a éstos simplemente por su raza. La gente acaparó artículos de primera necesidad y se preparó para lo peor, pero la situación no empeoró. Por el contrario, nuevas elecciones devolvieron el poder a la Unión de Fuerzas Democráticas (UFD), que no era comunista. Dado que el gobierno de la UFD desde 1991 hasta el final de 1994 no había sido ni competente ni ordenado, dividida como estaba la coalición en catorce facciones, los analistas se mostraban pesimistas, y yo comprendí por qué. Esta vez, sin embargo, la UFD había unido todas las facciones en un solo partido y había organizado un gobierno de jóvenes tecnócratas que, ayudados por el presidente Stoyanov, parecían haber puesto al país en el camino de la estabilidad y la auténtica reforma.
—Después de la caída del régimen de Zhivkov, en noviembre de 1989, atravesamos un período de euforia poscomunista —me dijo Stoyanov—. La gente esperaba que nos convirtiéramos en Suiza de la noche a la mañana. Como esto no ocurrió, hubo una etapa en la que la UFD intentó llevar a cabo la reforma, pero sólo consiguió que la gente recordara el comunismo con nostalgia, porque se puso de manifiesto que no teníamos experiencia en un sistema que, como el capitalista, se basaba en la competencia. Entonces vinieron tres años perdidos bajo el letargo neocomunista. Pero la pobreza durante ese período obligó a la población a romper con esas ilusiones neocomunistas. Todo el mundo sabía que no había vuelta al pasado: esa certeza explica el rápido paso de la anarquía a la estabilidad en 1997.
Pero no acababa ahí la historia. Ognyan Minchev, director ejecutivo del Instituto de Estudios Regionales e Internacionales con sede en Sofía, me dijo:
—Existe una democracia oficial. La cuestión es ¿qué hay detrás?
Y, de hecho, la crisis en la antigua Yugoslavia, la incertidumbre acerca del ingreso en la OTAN y el problema de los gitanos se veían acrecentados por algo que estaba ocurriendo en el país cuando visité Bulgaria.
8.
LUCHADORES CONTRA DEMÓCRATAS
Cuando aún no habían transcurrido veinticuatro horas de mi llegada en tren a Bulgaria, procedente de Rumania, empecé a oír insistentemente dos palabras: «luchadores» y «grupos»; sobre todo sonaban los nombres de los grupos Orion y Tron, así como del denominado Multigrupo. «Son los que mandan en el país», me dijeron. Y, si no era del todo cierto, esos círculos constituían al menos una presencia tan visible en las vidas de las personas como el gobierno elegido democráticamente. A principios de mayo de 1998, pocas semanas después de que yo saliera de Bulgaria, a Anna Zarkova, periodista local que había denunciado estos grupos en sus artículos para el periódico Trud, le arrojaron ácido sulfúrico a la cara cuando estaba en una parada de autobús. A consecuencia de esta agresión, Zarkova, madre de dos niños, perdió la oreja izquierda y la visión de un ojo. Por este motivo, no puedo citar los nombres de los ciudadanos que me facilitaron la siguiente información, pues pondría en peligro sus vidas.
En la época comunista, Bulgaria era una potencia de primer orden en el deporte de la lucha y sobresalía en los Juegos Olímpicos. Cuando los protegidos por el régimen perdieron sus subvenciones, muchos de ellos se pasaron al crimen organizado — con ayuda de sus amigos de los servicios de seguridad— y amasaron enormes fortunas durante el vacío de poder que siguió al hundimiento del régimen. Una búlgara de unos veinticinco años, especializada en asuntos relacionados con los derechos humanos y buena amiga mía, me dijo:
—Todos los luchadores son altos y fuertes, llevan teléfonos móviles y coches lujosos, visten trajes Versace y tienen chicas jóvenes a su disposición. Todas sus amiguitas responden al mismo modelo: delgadas, cabellos rubios, miradas vacías y muchos adornos de oro. En un restaurante en el que una comida cuesta más de lo que la mayoría de los búlgaros gana en un mes, oí que una de esas chicas decía una y otra vez al luchador que la acompañaba: «Esto es demasiado barato. No puedo creer lo barato que es...». Los luchadores y sus chicas van a nightclubs de música estruendosa, donde las gogós interpretan canciones sin contenido, como «Me gusta la ensalada shopska [campesina]». Todos sabemos que nos robarán los coches si no los tenemos «asegurados» en una de las compañías de los luchadores. A los luchadores también se les llama moutras o «caras de ogro». A todos nos repugna su comportamiento, pero tenemos que tratar con ellos. Éste es un país en el que la gente ha invertido los ahorros en azúcar y flores a causa de la inflación [y en el que el salario mensual es de 140 dólares], a pesar de lo cual hay una clase criminal con Audis y Mercedes robados.
En Sofía vi con frecuencia a los luchadores. Un coche potente, último modelo, paraba en seco y de él salían varios tipos musculosos vestidos con trajes elegantes. Llevaban teléfonos móviles y tanta colonia encima que se olía a diez metros de distancia. En ocasiones, el jefe iba acompañado por dos bellas mujeres, una a cada lado. La escena era a la vez sobrecogedora y patética. Sus costosas mansiones, en las laderas del monte Vitosha, por encima de la nube de contaminación que flota sobre Sofía, estaban rodeadas por muros de ladrillo de seis metros de alto, y equipadas con antenas parabólicas. Al lado de ellas se extendía un campamento gitano con chabolas llenas de barro y perros que deambulaban de acá para allá sin dejar de gruñir.
—Una de las razones de que los grupos criminales se hicieran tan poderosos es que fueron organizados por el propio Estado. Esto es privativo de Bulgaria. El otro factor importante fue el embargo contra Serbia: en los Balcanes, la violación del embargo fue llevada a cabo por el crimen organizado, como ocurrió en Estados Unidos con la violación de la ley seca —me explicó Bogomil Bonev, ministro del Interior de Bulgaria.
Bonev, un hombre altísimo, corpulento y con el pelo ondulado, hablaba con voz tensa en su vasto y lóbrego despacho de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en el mismo edificio donde agentes de seguridad del antiguo régimen comunista pudieron elaborar los detalles del atentado contra el papa Juan Pablo II en 1981. La situación se había invertido: el servicio de seguridad de la era comunista, Darzhavna Sigurnost, junto con los antiguos luchadores olímpicos, habían formado varios «grupos» criminales que Bonev perseguía.
—Mi mayor problema es que nuestros policías no ven a los luchadores como delincuentes. Nuestros valores morales han quedado dañados. Para las chicas búlgaras los luchadores son símbolos sexuales. Hay pruebas de que nuestros grupos criminales tienen conexiones con Rusia. Necesitamos con urgencia una reforma judicial. Nuestro sistema de justicia tiene elementos del Soviet que un día estuvo bajo el control de Vichinsky. [Andrei Yanuarevich Vichinsky fue el fiscal jefe de los procesos celebrados en la década de 1930 a raíz de las purgas estalinistas.]
El crimen organizado es, por supuesto, un rasgo común de las sociedades del antiguo bloque soviético. En los años ochenta, los partidos comunistas habían terminado por convertirse en grandes mafias, que, cuando se hundió el sistema, simplemente se dividieron en mafias más pequeñas que compraban a los políticos en las democracias nuevas y débiles. Son también comunes las denuncias de que se está implantando un nuevo imperialismo ruso mediante conexiones con el crimen organizado a lo largo y ancho de Europa y monopolios de energía como Gazprom. Sin embargo, en ningún lugar eran tan visibles estos fenómenos como en la Bulgaria de 1998, un país pobre y pequeño en el que las instituciones democráticas han estado luchando con valentía contra los intentos que los rusos hacían con criminal sigilo por convertirlo de nuevo en su satélite. Bulgaria ilustra que los posibles males del siglo venidero son amenazadores precisamente por su ambigüedad, pues no es casual que se emplee la palabra «grupos» en vez de «mafias». Estas redes incluyen empresas legales —auditadas por economistas occidentales y cada vez más unidas con las multinacionales occidentales—, así como entidades legítimas que practican actividades como piratería de discos compactos, narcotráfico, blanqueo de dinero y extorsión. Un diplomático extranjero me dijo: «Estos grupos practican la intimidación violenta y contratan a políticos corruptos, pero su gran habilidad consiste en cubrir sus huellas, de modo que son cuasi legales».
En Bulgaria los grupos ponen de manifiesto que el capitalismo global no promueve necesariamente el bienestar de la sociedad civil: todo depende de la naturaleza del capitalismo en cada situación. Lo que tal vez aparezca como una empresa legítima puede ser un submundo de gansterismo de puertas para dentro. Hace algunos años, el propietario de un conocido banco de Sofía agredió al responsable de operaciones en moneda extranjera delante de todos los empleados. El hombre estaba enfurecido porque su subalterno había perdido un millón doscientos mil dólares en una operación. A raíz de esto, le hizo firmar un documento en el que se comprometía a trabajar por un sueldo miserable hasta que compensara la pérdida. El dueño del banco, un antiguo luchador, es ahora un influyente miembro de varios «grupos económicos» de aquí.[38] La anécdota fue narrada por Jovo Nikolov, un hábil reportero de lo criminal que escribe en el semanario Kapital, la publicación de actualidad más prestigiosa de la nación. Con su traje raído, su cara sin afeitar, el cigarrillo siempre en los labios, Nikolov era la antítesis del periodista norteamericano de otros tiempos. Además de él, varios funcionarios búlgaros, diplomáticos extranjeros y otros me contaron cómo evolucionaban los grupos criminales en Bulgaria, me relataron lo que hacían y me explicaron que ilustraban la nueva estrategia imperialista de Rusia.
En Bulgaria el crimen organizado no tiene una tradición de varios siglos como en Italia, ni siquiera una tradición como la de las bandas de heroicos bandidos y guerreros de Rusia, Serbia o Albania. Tampoco existe aquí el pintoresco ingrediente étnico que distingue a los círculos criminales del Cáucaso, especialmente en Georgia y Chechenia, cuyas mafias y bandas de atracadores están integradas por los miembros de una misma familia. Los grupos búlgaros son el resultado de la transición del totalitarismo comunista a la democracia parlamentaria. Como esa transición es única en la historia, los grupos criminales también lo son. Zhelyu Zhelev, primer presidente no comunista y autor del libro ¿Qué es fascismo?, que publicó en 1982 cuando era un disidente y en el que en realidad describe el comunismo, me dijo que normalmente a un Estado totalitario debía seguirle un régimen militar, como en España, donde Francisco Franco convirtió su régimen fascista en un régimen militar y en una dictadura militar apoyada por la Iglesia, cosa que hizo posible una transición pacífica, relativamente civilizada y lenta a la democracia.[39] «La victoria de Occidente en la guerra fría y su apoyo a la democracia en todo el mundo hicieron posible una transición directa en Europa oriental», explicaba Zhelev. No obstante, las nuevas democracias, instituciones débiles y deficientes, generaban vacíos de poder que eran aprovechados por el crimen organizado.
En Bulgaria el imperio del crimen apareció a finales de los años ochenta, antes de la caída del muro de Berlín, cuando Andrei Lukanov, un hombre de mediana edad miembro del aparato comunista búlgaro que había pasado muchos años en la Unión Soviética y allí tenía muchos contactos con el partido, comprendió que el sistema comunista estaba agonizando. Así, Lukanov elaboró un plan para convertir a los líderes del partido comunista búlgaro en hombres de negocios. Todor Zhivkov, el viejo líder del partido comunista de Bulgaria desde 1954, creía que Lukanov era un reformista radical y le odiaba. Pero Lukanov entendía el futuro. Exactamente igual que ese hombre de mediana edad y miembro del partido comunista de Serbia, Slobodan Milosevic, comprendió que los camaradas de su generación podían conservar sus chalés y pabellones de caza tras el hundimiento del comunismo si se fomentaba el nacionalismo étnico, Lukanov vio que los comunistas búlgaros podían seguir en el poder mediante una «reforma» económica. Lukanov, que a principios de los años noventa fue dos veces primer ministro de un gobierno neocomunista elegido democráticamente, utilizó la privatización para ayudar a fundar el Multigrupo — el más poderoso de los «grupos» oligárquicos— transfiriendo fondos del Estado a sus amigos.
El 2 de octubre de 1996, Lukanov, que entonces tenía cincuenta y dos años y ya había sido primer ministro, fue abatido a tiros delante de su casa en Sofía. Nadie fue detenido, pero se cree que fue asesinado por la bestia que él mismo había creado. Sus ideas habían pasado a ser demasiado conservadoras para el nuevo régimen de Multigrupo, dirigido por un luchador exolímpico e hijo político de uno de los jefes de los servicios de seguridad durante la era comunista. De acuerdo con otra teoría, el asesinato fue ordenado por antiguos aliados en el régimen socialista búlgaro cuya corrupción Lukanov amenazaba con denunciar. Un ejecutivo occidental que trabajaba aquí me dijo:
—Lukanov sabía que sus amigos estaban chupando tanto del Estado que pronto no quedaría nada que chupar. Sabía que a la postre ellos tendrían que pactar un compromiso con las autoridades democráticas para satisfacer al Fondo Monetario Internacional y a los inversores internacionales.
Eso fue, de hecho, lo que empezó a ocurrir en 1999 y 2000. Otros, a su vez, creen que el asesinato fue obra de la mafia rusa. No obstante, en el mundo tenebroso en el que Lukanov acumuló poder y dinero, todos esos sospechosos tienen en común el ser enemigos de la reforma democrática. Alguno de los antiguos asociados de Lukanov pudo matarlo por la misma razón por la que Zhivkov le odiaba: Lukanov siempre había sido el mensajero de un futuro que no gustaba a ninguna de esas personas.
Naturalmente, los grupos no surgieron simplemente porque Lukanov tuviera una idea. El hundimiento del Estado comunista proporcionó numerosas oportunidades de beneficiarse a personas próximas al poder. Algunos luchadores olímpicos se hicieron con el control de los moteles a lo largo de las autopistas internacionales de Bulgaria y los controles fronterizos, que les proporcionaban ingresos a través de la prostitución y el cambio de moneda y les facilitaban el acceso al negocio del robo de coches. Éste abarcaba tanto los vehículos robados en el país como los robados en Europa occidental, que desde Bulgaria atravesaban en barco el mar Negro con destino a la antigua Unión Soviética. En 1989, último año del comunismo en Europa oriental, en Bulgaria se robaron 4 318 coches. En 1991, el número fue de 12 873 y desde entonces se ha mantenido en ese nivel. Los grupos formaron asimismo compañías aseguradoras que ofrecían garantías contra los robos de coches a cambio de fuertes primas. En los coches y las casas de toda Bulgaria se veían pegatinas con el nombre de una agencia de seguridad, en especial la VIS-2, dirigida por otro antiguo luchador. A menudo estas pegatinas no iban acompañadas por sistemas de alarma: los propietarios habían pagado para que los protegieran y estaban a salvo de atracos. (En el verano de 1998, el Estado empezó a perseguir con dureza estas pegatinas y terminó erradicando la práctica.)
Los grupos también poseían compañías eléctricas, instalaciones deportivas y turísticas, y empresas procesadoras de alimentos, a menudo compradas con préstamos gubernamentales concedidos por funcionarios corruptos, préstamos que, de acuerdo con diplomáticos y otros expertos, nunca se pagaban. (El impago de estos cuantiosos préstamos contribuyó a avivar la inflación.) El control que los grupos ejercían en el mercado de la importación-exportación de productos agrícolas búlgaros se consiguió mediante «palizas, secuestros y asesinatos», de acuerdo con el periodista Jovo Nikolov, que afirmaba que «los grupos económicos más grandes a veces presentan un extraño parecido con el mismo Estado. Mantienen gigantescos departamentos de seguridad, información y procesamiento de datos...». Por consiguiente, si las multinacionales, cada vez más poderosas, pueden ser un organismo político en proceso de desarrollo, en el antiguo mundo comunista las oligarquías basadas en el crimen también pueden serlo, todo ello bajo la rúbrica triunfante del «capitalismo global».
Una disputa entre Bulgaria y Rusia en la época de mi visita reveló que el Kremlin estaba utilizando los grupos como palanca contra el Estado búlgaro. Bulgaria depende del gas natural que le llega de Rusia por un gasoducto cuya propiedad está dividida, en partes iguales, entre Rusia y Bulgaria. Sin embargo, Gazprom, monopolio de energía ruso, controlaba no sólo la mitad rusa, sino también la mitad búlgara a través de compañías fantasma dirigidas por los grupos. A finales de los años noventa, cuando el gobierno búlgaro empezó a exigir el control de la parte búlgara del gasoducto, el Kremlin, apoyando al Multigrupo y sus aliados, puso objeciones y amenazó con reducir los suministros de energía a Bulgaria si el gobierno de Sofía no se sometía a los grupos. Diplomáticos extranjeros me dijeron que la amenaza rusa de no suministrar gas natural a Bulgaria se produjo después de que este país solicitara oficialmente su ingreso en la OTAN, en marzo de 1997.
Los vínculos entre Rusia y los grupos de Bulgaria pertenecen a tres niveles: fuertes conexiones de partido forjadas en la era comunista, cuando Bulgaria era el más sumiso de los estados satélites, que se convirtieron en conexiones económicas; sólidos lazos entre la KGB y el servicio de seguridad búlgaro de la era comunista, que no dudaban en cometer crímenes; y por último contactos sociales en general entre criminales, facilitados por la afinidad entre las lenguas de los dos países. Esto se aprecia con toda claridad en Varna, puerto búlgaro del mar Negro, guarida y centro de transporte de criminales rusos. Lo que hace especialmente vulnerable a Bulgaria frente al crimen organizado ruso es que, a diferencia de otros estados que fueron comunistas, como Hungría y Rumania, en Bulgaria —por razones lingüísticas e históricas— el pueblo ruso es muy querido, aunque el comunismo ruso no lo fuera.
Por consiguiente, incluso con una democracia estable cabe la posibilidad de que Bulgaria no llegue a constituirse en sociedad civil si continúa siendo socavada por este nuevo y sutil imperialismo soviético.
—El mayor peligro aquí es un régimen de democracia oficial en el que el poder real esté en manos de grupos semilegales — me dijo el expresidente Zhelev—. Los partidos políticos podrían evolucionar fácilmente hasta convertirse en tapaderas de estructuras mafiosas, con grupos criminales que financiaran las campañas de las elecciones.
Entonces Occidente podría abandonar a Bulgaria a su suerte declarando que constituía «un caso de éxito democrático». Como quiera que el establishment de Washington prefiere simplificar sus problemas aceptando las versiones oficiales cabría esta posibilidad. Los búlgaros tienen razón: corren peligro de que los olviden.
Al igual que el presidente rumano Constantinescu, Zhelev, con su cabello canoso y su cara triste y afable, era el primer líder honesto de su país en muchas décadas. Él me dijo que «el comunismo era la forma perfecta de fascismo», porque controlaba totalmente no sólo las estructuras políticas sino también las económicas.[40]
—Por eso el comunismo tuvo una vida más larga que el fascismo —añadió—. El comunismo nació en 1917 y murió en 1989, mientras que el fascismo fue esencialmente un fenómeno que se manifestó entre los años veinte y los años cuarenta.
Comunismo y fascismo también se parecen en que los dos son resultados radicales y perversos de la centralización del poder del Estado que hizo posible la revolución industrial.
Pero los nuevos males no son tan grandes como los viejos. Todor Zhivkov, predecesor comunista de Zhelev, había gobernado Bulgaria como un emperador romano, con una serie de palacios, con guardaespaldas y secuaces, sin mencionar los letales servicios de seguridad, y una expresión de arrogancia grabada de manera permanente en su cara. En cambio Zhelev siempre fue accesible durante su etapa de presidente. Y no se enriqueció durante los siete años que ocupó el cargo, a diferencia de la mayoría de los gobernantes en la larga historia del país. A mí me recibió, junto a unas tazas de café instantáneo, en su oscuro piso de un edificio sin ascensor. La democracia, aunque fuera en cierto modo disfuncional, constituía una enorme mejora respecto de la situación anterior. Pero en Bulgaria el problema era si la democracia iba a ser un mecanismo útil para la oligarquía criminal. Los sistemas políticos no se definen por su etiqueta sino por el funcionamiento real de las relaciones de poder que se dan en su seno.
Hacia el final de mi estancia en Sofía vi dos ejemplos de la influencia de Estados Unidos: un albergue para niños sin hogar y una universidad para estudiantes de todo el territorio de los Balcanes y de la antigua Unión Soviética.
El albergue, en las afueras de la capital, era gestionado por la Fundación Bulgaria Libre y Democrática, creada en 1991 por Yvonne y John Dimitri Panitza, que trabajaron para el Reader’s Digest durante toda la guerra fría. Después de la caída del comunismo, John Dimi Panitza regresó a su patria, imbuido de los valores norteamericanos. El Centro Fe, Esperanza y Amor atiende principalmente a niños gitanos que de otro modo vivirían en la calle, donde muchos son golpeados por los cabezas rapadas. Al igual que instituciones similares, el centro evidenciaba una severidad institucional que los vistosos y alegres dibujos de las paredes se empeñaban en aliviar. Lo que mejor recuerdo es que todos los niños se aferraban con desesperación a mi mano, negándose a soltarla, mientras me llevaban orgullosamente hasta su cama en el dormitorio. Las camas eran las únicas posesiones que estos niños habían tenido en toda su vida y representaban la estabilidad de la que nunca habían disfrutado.
Otro día me dirigí al sur del país y después de dos horas de viaje llegué a Blagoevgrad, en las majestuosas y nevadas tierras de la Macedonia de Pirin. Allí se encuentra la Universidad Norteamericana de Bulgaria, de reciente creación; ocupa la antigua sede del partido comunista de la localidad. La universidad es la última aportación a la red de colegios universitarios de humanidades en Oriente Próximo que tuvo su origen en Nueva Inglaterra, donde, a mediados del siglo XIX, misioneros protestantes crearon el primer centro para difundir sus ideales.
Las universidades norteamericanas de Beirut y El Cairo también pertenecen a la red. (La de Blagoevgrad está dirigida por la Universidad de Maine.) En la cafetería, con vistas a la plaza de la ciudad y las montañas que se alzan detrás, me senté a comer con un grupo de estudiantes de dieciocho y diecinueve años procedentes de Serbia, Albania y la región albanesa de Kosovo. Todos ellos hablaban un inglés impecable y habían obtenido una alta calificación en los exámenes de acceso a la universidad. Formaban parte de una nueva elite global, se expresaban con comodidad en varias lenguas y se encontraban a sus anchas en muy diversos ambientes culturales. Sin embargo, como habían crecido en países castigados por la pobreza que conllevaron el comunismo y las divisiones étnicas, mostraban un realismo que a menudo no tenían ni los más maduros estudiantes norteamericanos de su misma edad.
Durante mi estancia allí, ya había empezado la lucha, en pequeña escala, entre las fuerzas de seguridad serbias y el Ejército de Liberación de Kosovo integrado por combatientes de etnia albanesa. Un estudiante de Serbia manifestó que Milosevic era consciente de que no podía mantenerse por tiempo indefinido en Kosovo, pero sólo estaba dispuesto a conceder la autonomía a los albaneses después de una sangrienta internacionalización de la crisis y cuando se llegara a un punto en el que pudiera culpar a Occidente de su pérdida.
—Si Estados Unidos no interviene pronto, morirán muchos más albaneses antes de que Milosevic vea llegado ese punto —dijo el estudiante de Serbia.
Y, en esencia, eso fue lo que ocurrió un año después.
Un joven albanés de Kosovo añadió:
—Es posible que efectivamente la nueva elite criminal de Serbia necesite que Occidente imponga más sanciones, pues cuantas más sanciones más dinero ganará.
La discusión continuó a este mismo nivel. Aunque los estudiantes no estaban completamente de acuerdo, el serbio y el albanés se marcharon de la mesa agarrados del brazo. El espíritu de la democracia estadounidense y la libre búsqueda intelectual habían operado sutilmente su magia en estos chavales.
En Europa oriental los intereses estadounidenses y rusos seguían en conflicto: el humanismo evidenciado por un albergue para niños sin hogar pertenecientes a una minoría maltratada y por una universidad que promovía la tolerancia chocaba con el absolutismo y el gangsterismo de oligarquías criminales. En esta lucha, Bulgaria era un patético y a la vez oscuro campo de operaciones.
Dos años después, a mediados del año 2000, la situación en Bulgaria había cambiado levemente. Las líneas divisorias no eran tan nítidas y difícilmente podía hablarse ya de luchadores perversos y demócratas bondadosos. Los luchadores se habían debilitado y se habían visto obligados a realizar inversiones limpias y productivas. Mientras tanto, cada vez estaba más en entredicho la honradez de los integrantes del nuevo establishment político de Bulgaria. Al mismo tiempo, se estaban intensificando las relaciones comerciales y de otra índole entre la Unión Europea y Bulgaria. En otras palabras, la antigua Bulgaria comunista estaba evolucionando hacia una democracia típicamente débil y corrupta que, aunque se acercaba cada vez más a Occidente, aún no podía depender de él. No obstante, Bulgaria estaba físicamente más cerca de la OTAN, recientemente ampliada, que cualquier otra nación de Oriente Próximo o del Cáucaso. Su democracia, aunque débil, era ciertamente salvable. Es muy posible que su destino dependa de la inteligencia y el coraje que tengan el próximo presidente de Estados Unidos y su secretario de Estado para atraer a Bulgaria y establecer una alianza permanente entre este país y Occidente.
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