Czytaj książkę: «Epistolario decimal»

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
Epistolario decimal
Pedro Prado - Manuel Magallanes Moure
Pedro Maino Swinburn
Con la colaboración de Amalia Redondo Magallanes
y Valeria Maino Prado
© Inscripción Nº 2021-A-5079
Derechos reservados
Julio 2021
ISBN Nº 978-956-14-2847-8
ISBN digital Nº 978-956-14-2848-5
Diseño:
Francisca Galilea R.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Prado, Pedro, 1886-1952, autor.
Epistolario decimal: Pedro Prado - Manuel Magallanes Moure / edición a cargo de Pedro Maino Swinburn.
Incluye notas bibliográficas.
1. Prado, Pedro, 1886-1952 - Correspondencia.
2. Magallanes Moure, Manuel, 1878-1924 - Correspondencia.
3. Cartas chilenas.
I. t.
II. Magallanes Moure, Manuel, 1878-1924, autor.
III. Maino, Pedro, editor.
2021 Ch886 + DDC23 RDA

ÍNDICE
Prólogo
Epistolario decimal
Anexos
Prólogo
El aislamiento al cual nos hemos visto obligados a raíz de la pandemia del covid-19 ha sido una novedad para las generaciones que coexistimos en la actualidad. Eso explica el desconcierto de muchos y la necesidad de copar este tiempo, aparentemente muerto, con toda clase de actividades y ejercicios. El vértigo parece ser la forma predominante de experimentar nuestra cotidianidad.
En este contexto, la lectura del epistolario entre los escritores Manuel Magallanes Moure (1878-1924) y Pedro Prado (1886-1952) resulta un refugio extraordinario, porque nos lleva de vuelta a un tempo distinto, reflejado no solo en la velocidad del tren de trocha angosta que unía la antigua Estación Providencia con el Cajón del Maipo, donde se retiraba Magallanes durante sus períodos de spleen (¡demoraba 3 horas!), sino también en un intercambio epistolar con largos días de intervalos, que causarían la desesperación de los frenéticos usuarios de los chats contemporáneos.
Ambos escritores vivían períodos de intensa actividad, seguidos de prolongadas etapas de aislamiento y reposo. Y estas cartas son los cables que permitían sortear el abismo que se abría entre ellos y el mundo durante estos retiros voluntarios de la realidad. Magallanes se escapaba a El Melocotón, al antiguo hotel que regentaba la señora Teresa Carvallo, y Pedro Prado se recluía en la torre de su chacra en la calle Mapocho 3981.
Estos dos amigos fueron piezas esenciales de Los Diez, cofradía artística que reunió a escritores, pintores, arquitectos y músicos chilenos que renovaron el ambiente local entre los años 1914 y 1924, y cuyos principales valores fueron el arte, la amistad y el humor. Celebraron exposiciones de arte, veladas artísticas-musicales, crearon una revista y la primera editorial moderna de Chile, inventaron a un poeta afgano del siglo XIX para mofarse de los críticos y soñaron con construir una torre en un peñón de Las Cruces. Dispusieron también de rituales secretos, un calendario propio y sendos símbolos mágicos, como la paloma y el unicornio, cuya creación risueña y ridícula es posible apreciar en estas cartas.
Manuel Magallanes hizo su aparición en el incipiente campo cultural chileno en los primeros años del siglo XX. A contrapelo de la estética modernista rubendariana, sus versos son de una gran austeridad y simpleza. Gabriela Mistral destacaba en ellos su pureza: «Pura, por la ausencia de didactismo, por un desinterés total de doctrina; pura por escrupulosa en la técnica y por ceñidamente sincera». Su poemario Facetas (1902) lo posicionó rápidamente en la escena y sus colaboraciones en las revistas culturales y periódicos de la época eran frecuentes. Publicaba poemas, cuentos y críticas de arte, e incluso trabajó como editor de la revista Pluma y Lápiz (1900-1904) y fundó el periódico La Reforma (1911-1916), de San Bernardo, lugar del que también fue alcalde. Durante las dos primeras décadas del siglo fue líder y representante de los escritores y fue jurado en los más prestigiosos premios literarios, como los «Juegos Florales» que reconocieron los primeros versos de Mistral en 1914.
Pedro Prado, por su parte, publicó su primer libro, Flores de cardo, en 1908, y hasta 1925, momento en que edita Androvar, que marcó el fin de su primer y más importante período de escritura, en el que exploró el verso libre, el poema en prosa, el ensayo, el cuento, la novela y el poema dramático. Fue presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (1910), representante de la Escuela de Arquitectura de la misma universidad en los congresos estudiantiles de Buenos Aires (1910) y Lima (1912), fundó las revistas Contemporánea y Juventud, lideró el Grupo de Los Diez y fue director del Museo Nacional de Bellas Artes (1921-1923).
Se trata, probablemente, de los dos escritores más relevantes del campo literario chileno de la segunda década del siglo XX. La temprana muerte de Magallanes en enero de 1924 coincidió con el fin de la etapa más fructífera de la obra de Prado, y su retiro de la escena cultural como actor protagónico. Daban paso entonces al liderazgo de Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: la gran poesía chilena.
Su epistolario nos permite apreciar el nacimiento y desarrollo de su amistad a lo largo de trece años (1911-1923). Estas cartas se nos ofrecen como las huellas de un vínculo y permiten recrear, aunque sea una pequeña parte, esa comunidad de artistas que fue el Grupo de Los Diez.
Pedro Prado fue hijo único y perdió a sus padres siendo muy joven. Por eso, buscó en sus amigos a los hermanos que no tuvo. Y así se lo comenta a Magallanes, en diciembre de 1912: «Ha sido usted, lo supongo, persona dueña de buenas amistades. Yo, en cambio, a causa de mi retiro y salvo una o dos excepciones, exagerando el optimismo, no he tenido en el amigo el hermano cuya caricatura hicieron los Halmar y cuya realidad es, ahora lo veo, posible de obtener {…} He hablado de amistad, y tal vez no existan sino los amigos. Yo adivino que nosotros lo seremos». Y algunos años más tarde, vuelve sobre el mismo punto: «aunque nuestra amistad no data de mucho tiempo atrás, tengo por usted, y perdone mi confianza, el afecto que se siente por un hermano mayor».
Magallanes, a su vez, descubre en la amistad que nace entre ambos, un refugio: «¡Qué agradable es tener confianza en alguien! Si es amigo, como usted, ¡qué descanso! La verdad que para mí, a lo menos, nada hay tan encantador como abandonarse, como entregarse».
Y a partir de esa confianza y afinidad, van compartiendo sus inquietudes. Chile vive un proceso acelerado de modernización, que en oportunidades los desconcierta. Magallanes, al llegar a La Serena y ver las nuevas edificaciones, comenta: «La maldita afición a lo nuevo ha arrasado con lo bello tradicional». Y después de rechazar el estilo arquitectónico de las nuevas construcciones, que califica de «pacotilla», se detiene en las viejas casas coloniales, cuyos grandes patios evocan una vida sosegada: «esa vida que seguramente usted y yo habríamos preferido a la inestable vida actual».
Prado también tiene una relación conflictiva con el presente: «El presente va siendo, para mí, algo que nada vale; charro, recortado, grotesco, burdo. Si no fuese que es el punto de apoyo para forjar fantasías y para recordar historias, yo lo aborrecería con toda el alma. Bien quisiera que no fuese broma lo que voy a pedir: ¡que se lleven el presente. ¡No lo queremos!».
Cada cierto tiempo les sobreviene a ambos el deseo de retirarse, poner freno a sus actividades. Y expresan en sus cartas ese estado: «Todo lo miro como sin verlo casi. Ni es fatiga, ni es hastío, ni es pereza. Vivo este instante sin vigor, nostalgia ni esperanza. Vivo a media vida. No experimento goce ni dolor. Si escribo es porque alguien me dicta», escribe Prado. Y Magallanes replica, en otra carta: «Mi vida es ahora lenta y apacible. Ni sufro ni gozo. Me adormezco a la hora del calor, me duermo a veces y a veces sueño cosas pasadas que suelen conmoverme mientras estoy dormido, pero ya no cuando despierto. Es buena también la tranquilidad…».
Cuando logran reunirse, cuando vencen el aislamiento, intentan convencerse de que trabajar juntos es posible: «En esa ocasión nos probaremos mutuamente (como en otras posteriores) que la actividad y mérito de la labor literaria y artística no es ajena al influjo penetrante de la proximidad del amigo». «Y como no nos andaremos a trompadas para imponer cada cual sus ideas, el trabajo en común servirá para que sea más sólida la amistad que nos une».
Además de esa mansedumbre que los posee durante sus períodos de reclusión, Prado y Magallanes comparten también sus momentos de creación y goce, como cuando publican sus libros, logran pintar algo que los convence, celebran exposiciones o simplemente disfrutan vagando por la cordillera o los suaves lomajes de la costa de Cartagena.
Prado le promete enviar a su amigo su libro Los pájaros errantes, «que espero que usted lo considere solo en lo que es: una verdadera prolongación de esta carta. En realidad, casi todo lo que yo escribo son como cartas a mis amigos». Y luego, tras una reunión de Los Diez en el claustro, le confiesa: «Hemos hecho hoy un esfuerzo extraordinario por fabricar alegría y libertad. Simples aprendices así salían nuestras manufacturas. […] ¡Quién sabe si nuestra fábrica es más que nada una usina donde se entretejen cosas que recordar!». Magallanes también informa de sus avances: «Concluí de sacar en limpio mis versos. […] Tengo buen ánimo para continuar con la prosa y no desperdiciaré este buen ánimo. A ver si logro algo».
Y en esos días de buen temple, les nacía el deseo del viaje y la errancia, como describe Prado en una de sus cartas: «Pronto renacieron en mí mis eternos deseos de excursiones y largos viajes, por este mi país que tanto quiero. Y entonces me he acordado de usted como del compañero ideal, y en la imaginación me vi recorriendo los pueblos escondidos en una peregrinación que usted compartía con igual entusiasmo».
Los períodos de reclusión van progresivamente volviéndose más prolongados a medida que pasan los años y las cartas son la manera de mantener vivo el vínculo. Magallanes, cariñoso y regalón, le recuerda a su amigo: «Porque así como otros necesitan para vivir buena comida, buen trago, buenos libros o buen aire, yo necesito cariño». «Tu carta me ha hecho la impresión de un abrazo. Un abrazo de esos en que los músculos se aplastan a través de la ropa y se moldean. Más hermano me siento de ti, y esto que tengo hermanos…».
La sobrevivencia de estas cartas, conservadas en el Archivo Pedro Prado de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad Católica y en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, nos permiten descubrir la intimidad de dos grandes artistas y reflexionar sobre el valor de la amistad y las formas de construirla.
PEDRO MAINO SWINBURN
EPISTOLARIO
DECIMAL
«En realidad, casi todo lo que yo escribo
son como cartas a mis amigos».
PEDRO PRADO
Cartagena, 9 de marzo de 1911
Estimado amigo,
No es que me haya olvidado de su revista; es que no he tenido qué mandarle. Mis preocupaciones de constructor no me han dejado un respiro para pensar en lo que no sea maderas, piedras, adobes, etc. Afortunadamente –para mí, es claro–, el edificio avanza y pronto podré despreocuparme de él1.
Recibí el nº de marzo de la Contemporánea2 y me parece espléndido. ¡Qué bello lo de Hofmannsthal! ¡Y lo de Swinburne! En fin, que es un número delicioso…
Calculo que el buen éxito será creciente y vuelvo felicitarlo.
Ahí van esos versos… Acéptelos o rechácelos. Siempre seré su amigo y compañero afmo.
M. Magallanes Moure
Luna de la media noche3
Luna de la media noche, soñolienta
luna que a la media noche te levantas
y penosamente elevas tu blancura
por sobre la oscuridad de las montañas.
Luna tímida que esperas la alta noche
para ascender con sigilo tu faz blanca,
luna de la media noche que en el cielo
eres como un ave herida que se arrastra.
Aguardaste que los ruidos se extinguieran,
Aguardaste que los ojos se cerraran,
Y ahora que todos duermen, tú apareces
Como una visión de ensueño, luna pálida.
Luna de la media noche que colocas
Un velo de claridad en mi ventana,
como eres, fue mi amor, blanco y furtivo,
Y un velo de claridad puso en mi alma.
M. Magallanes Moure
[La Serena, diciembre de 1912]
Señor Pedro Prado
Santiago
Querido amigo:
Navegué al venir durante veinte horas, veinte horas de mi vida que no olvidaré, me parece. Soñaba con esto, y lo mejor es que esta corta travesía me ha avivado el deseo de hacer otras más largas. He gozado como un niño. Todo ha sido novedad para mí, desde que salió el buque de Valparaíso hasta que llegó a Coquimbo. Mi amor al mar se ha robustecido con esta navegación; lo quiero más, acaso porque lo conozco un poco más también. Aun cuando el vapor era malo, no sentí el mareo; de modo que pasé trajinando el buque, de proa a popa, de babor a estribor, de la cala a la cubierta. Me tocó una noche de luna llena encantadora y luego una mañana de sol como de día domingo. En el mar, cuando hay sol, todos los días deben de parecer domingos.
Llegué a La Serena al anochecer4. No hallé lo que creía encontrar. La maldita afición a lo nuevo ha arrasado con lo bello tradicional. El orgullo de mis paisanos es un edificio de tres pisos, estilo pacotilla (no sé qué otro nombre dar a estos edificios cuyo estilo consiste en no tener ninguno).
Quedan, sin embargo, algunas casas de aspecto señorial, con frontones de piedra, adornados con medallones y escudos coloniales. Hay grandes patios evocadores de una vida sosegada, de esa vida que seguramente usted y yo habríamos preferido a la inestable vida actual. Quedan siempre las hermosas flores de esta tierra semi-oriental. He visto también algunas bellas mujeres… Pero, me soñaba otra cosa. (No respecto a las mujeres, sino a la ciudad misma.)
Hay también el mar. Está a más de diez cuadras del centro y se va a él por un camino orillado de las grandes acequias mal olientes, que llaman la Alameda. Hago el trayecto a la plaza dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Por cierto que allí no va nadie, lo cual aumenta la hermosura del paseo. A veces veo entrar o salir buques de Coquimbo.
Hago, pues, una vida a mi gusto. Me molesta, sin embargo, la curiosidad que despierto en ciertas gentes. Señoras hay (ancianas, se entiende…) que desean conocerme, y me lo han hecho saber, porque creen que soy muy entretenido. Tengo momentos de gran aburrimiento, y también de gran tristeza. Creo que no se alargará mucho mi permanencia aquí. Saludo a su señora, un cariño a los chicos y un abrazo para usted.
Su afmo. amigo,
M. Magallanes Moure
Al abrir su carta partí en dos el párrafo del amigo Ramos. En verdad, las frases son matizadas. Eso de la Gaya Ciencia me delició… No he visto La Unión. Únicamente El Diario Ilustrado llega aquí. En todo caso, son opiniones pour rire.
¿No se ha vuelto a caer mi colega?
Hágame el servicio de pedirle a don Joâo El Mercurio y Mundial y me los manda, a casilla 448, Serena. Se lo agradeceré.
La Serena, 5 de diciembre de 1912
Señor d. Pedro Prado
Santiago
Querido amigo,
Resuelvo su consulta: la carta de Mundial envíemela, si es posible certificada, pues me temo que traiga una letra (de cambio)…
La otra, si es para algún Magallanes, póngale Casilla 533; si no es para algún Magallanes, tenga la bondad de dirigirla a mi casa, Nataniel 457. Todo esto, S.V.P., naturalmente, y con mis agradecimientos.
Mañana hago una excursión a caballo. Voy a la Punta de Teatinos, uno de mis sueños de niño. En aquellos tiempos oí yo hablar de este paraje como del paraíso. Voy con cierta pena: será un ensueño menos.
¿Y Navia? ¿Ha ido a Navia? El tren de Coquimbo me ha hecho recordar aquel de su tierra, por el tamaño. Este no echa tanto humo, sin embargo.
Cuando venía en el buque, a la altura de Tongoy, me llamó la atención algo liviano y vivo que llevaba el viento sobre el mar. Mirándolo mucho caí en la cuenta de que era una mariposita extraviada. ¿Cómo llegó a alejarse tanto de la tierra? ¿Creyó que el mar era un gran jardín? Le comunico esto porque quizás puede usted aprovecharlo en su ensayo5. ¿Se ha vendido el libro6?
Hay una mujer que a los dos días de casada –dos o doce, no estoy cierto– se separó del marido. Es una mujercita reidora, algo animalesca en su expresión: perrita, yegüita, no sabría determinarlo. Y es buena moza. Ha manifestado deseos de que yo le sea presentado. Yo al saberlo me he puesto a temblar. Tengo miedo de escribir más versos de deseos. Cuestan caro, demasiado caro. El jardín secreto7 me costó la felicidad.
Salude a Guzmán8 y no olvide censurarle el vinoco, despertador de malos deseos. Si llegan nuevas cartas, mándemelas todas, cambiándoles únicamente la dirección.
Salude a los suyos y hasta luego
Su afmo. amigo
M. Magallanes Moure
La Serena, 19 de diciembre de 1912
Señor Pedro Prado,
Santiago
Querido amigo, muchos días hace que estaba por escribirle; desde antes de los telegramas aquellos, que parecían destinados a llevarse el poco pelo que me queda.
Me creerá usted si le digo que ha sido una verdadera contrariedad para mí el no poder poner a su disposición la casucha –casi escribo la casa…– de Cartagena. Telegrafié a mi familia ese mismo día y ayer me contestaron lo que ya debía saber usted probablemente, esto es, que la casucha estaba comprometida con mi cuñado Álvaro, hombre de edad y de achaques, a quien debemos consideraciones especiales. Fue el único en nuestra familia que nos protegió, a mi mujer y a mí, cuando todos se oponían a que nos casáramos9. Creo que no tengo para qué, mi estimado Pedro, darle mayores explicaciones. Bástele saber que me habría agradado mucho ofrecerle mi rancho, para usted y los suyos, y que el no poder hacerlo me contraría, se lo repito. ¿Qué hacer?
La vie c’est comme ça!
La vie… la vida en esta adormilada ciudad es de una calma escandalosa. Todo duerme aquí, o, por lo menos, tiene sueño. Me he dado cuenta de esto en las pocas horas que paso en la ciudad, porque la mayor parte del tiempo o estoy en la playa o duermo…
Por la mañana me voy a la mar, en compañía de mi prima Marta10, buena compañera, a pesar de ser una muchacha buena moza y regalona. La vi nacer, la vi crecer, de modo que toda sonrisa maliciosa está demás. Nos queremos, buenamente –se lo digo en serio– y si jugamos continuamente en nuestras excursiones solitarias, siempre lo hacemos como dos niños. (También yo tengo algo de regalón.) Cuando estoy con mi prima en la playa, me dan deseos de cantar y cantamos juntos, en la seguridad de que nadie nos oye.
A veces nos interrumpe el canto la vista de algo que pasa por la mar.
–¡El lobo! ¡Mira el lobo!
–¡No! ¡Si es tonina!
–¡Es lobo! ¿No ves cómo asoma la cabeza?
–De veras…
Más allá de las olas, en la mar pesada, asoma y se esconde la cabeza oscura del lobo, barnizada de cielo.
Otras veces, un barco que sube de Coquimbo, apegado a la costa, fumando su gran puro.
–¡Va al norte!
–Al sur!
–¡Vas a ver!
–Veremos…
El barco se perfila en la mar libre, se aleja de la tierra. Se comprende que va ligero y sin embargo se mueve con una lentitud… En la popa fórmasele un torbellino blanco. Va a virar.
–¿Ves cómo va al sur?
–Sí. Ganaste.
Otras veces, un velero, allá en la línea del horizonte, con todo su ropaje al viento, caminando sobre la mar como un fantasma, como el Cristo del milagro.
–Parece que viene…
–Creo que pasará de largo.

Anfión Varela Moure, Marta Varela Moure, Manuel Magallanes y Horacio Varela Moure, La Serena, enero 1913.
(Esta cuestión queda sin solucionarse porque el sol se entra, se acaba el día, regresamos, y el fantasma sigue inmóvil en el horizonte, como si se hubiera dormido en pie).
Hemos inventado con la prima Marta un juego que nos divierte mucho. Tendidos en la arena, paralelamente uno al otro, trazamos dos rayas, también paralelas y colocamos una piedra en el centro. Luego, con mi mano cojo la de ella y en tal forma que solo nos quedan libres los dos cordiales, que son los más aptos para el juego. Enseguida, Marta se empeña en que la piedra pase la raya de su lado y yo en que pase de la mía. Es delicioso. Yo propuse que bautizáramos este juego con el nombre de hand-ball, pero Marta, más sabedora que yo del idioma inglés, ha determinado llamarlo hand-stone. Y así se llama ahora.
Lo autorizo para que enseñe este juego de niños buenos a su señora, pero siempre que reserve el origen.
Ya se corre en La Serena que me caso con la prima Marta…
–
Un millón de gracias por las cartas, revistas, etc. Me quedé esperando Selecta. ¿Me acontecerá lo mismo con Chile? Celebré cordialmente el premio de Armando Donoso11 y hasta le puse telegrama. Ignoro si lo recibió. Se lo dirigí al Ministerio. También he celebrado la buena venta de La Casa Abandonada12. Delicioso el artículo de Yáñez Silva.
Le copio los versos que he escrito desde que estoy aquí:
Fiesta de pájaros hay en la mar.
Vienen y nunca dejan de llegar.
Sobre las olas se han puesto a rondar
en un vuelo largo y circular13.
¿Le gustan? Escríbame. Creo que regresaré el próximo año.
Su amigo afmo.
M. Magallanes Moure
Santiago, 22 de diciembre de 1912
Sr. Manuel Magallanes M.,
La Serena
Mi querido amigo, llego en este momento de casa de mi suegra, donde almorcé14. ¡Qué mediodía más caluroso! El aire vuela atontado, espeso de olores por las aguas y basuras que fermentan al sol. Me vine lentamente, para no sofocarme, aprovechando las angostas lengüetas de sombra que dan los aleros de las casas. Las calles todas silenciosas, amodorradas. Por las puertas abiertas de par en par, se divisaban los patiecillos modestos con sus bambúes verdes. Yo no sé cuál es la causa de este aburrimiento que me sobrecoge. Aburrido y cansado y triste. Una tristeza que no proviene de ningún accidente determinado de mi vida, sino una tristeza de la vida misma. Callada y vacía está la casa en esta tarde de domingo. La Adriana y los chicos, en casa de mi suegra. Las sirvientas qué sé yo dónde. El escritorio, con su aire encerrado, está tan quieto que siento en los oídos una especie de sonido levísimo y constante que acaso es mi sangre que se escurre.
Un placer fue para mí, recibir o encontrar su carta. No se preocupe usted por la casa de Cartagena, porque le asiste toda la razón al arrendársela a su cuñado.
Me han entretenido y hecho pensar la relación que me hace de la laxitud provinciana, del mar contemplado desde la playa solitaria, de la buena y hermosa prima Marta que vio nacer y con la cual juega ahora el juego sencillo del hand-stone, que requiere las manos enlazadas.
A través de las cartas recibidas le conozco mejor que nunca. Es usted un regalón, un gran regalón. Es decir, es usted un goloso de la sensación pura. Para gozarla toda entera se requiere pereza, usted la posee; se necesita silencio, es usted callado; se ha menester de sentidos finos, el cultivo de la poesía, la pintura, de la música han dejado a los suyos capaces de registrar todas las delicadezas. Presiento que usted pone en la suave amistad que lo liga a su prima Marta el mismo cariño, el mismo entusiasmo interior que gastaría para escribir una poesía honda o para pintar un cuadro hermoso. Sí, amigo Magallanes, desgracia es que no siempre podamos hacer de la vida la obra de arte que solo la pasajera amistad de la prima Marta permite. Y en su carácter pasajero hay tanto valor como en su goce mismo. Piedras preciosas que valen fortunas porque son de las bellezas que no abundan. Son ellas como el símbolo, como la concreción material de un deseo ardiente que se realiza en muy escasa medida y que, por ello, junto al gran espejismo de las cosas anheladas, el pequeñísimo y pasajero placer de las cosas que se realizan.
Y luego, la vida astuta (Astuta es la vida…) a algunos los hace activos, ardientes, luchadores; a otros los hace pensadores, tiernos, perezosos. Borrar, extirpar la indiferencia, a esto se reduce toda la astucia de la vida para que vivamos. Los ardientes, en cuestiones de amor son resueltos y vencen; es decir, la vida vence. Los tiernos y perezosos, como usted, juegan con el amor como los gatos con las lauchas. Mucho juegan, largo rato, las cogen para dejarlas escapar y vuelta nuevamente a cogerlas. Y al fin… se las comen. Los regalones, como los gatos, no tienen prisa en terminar; acaso no piensan en ello; pero todo ha de tener su fin y es sabido que si los comienzos son difíciles de escoger, los resultados no se obtienen por preferencias, se soportan por… determinismo, fuerza mayor, ley causa a efecto.
¡Qué sugestivo es el hand-stone! ¡Piedrecilla de la playa sirve al amor! ¡Amistad serena de hombre a mujer sirve al amor! ¡Dulce engaño en que inconsciente vive mi pensamiento flojo que no quiere discernir el fondo de mi conciencia, sirve al amor! Y los buques, abiertas las velas al viento del mar, y el humo que persiste en el horizonte de los vapores que se alejaron, y la vida oscura de los lobos y de las toninas, todo sirve al amor. Y la sabiduría congénita del goloso de sensación se empeña en alimentar el amor en su etapa más dulce; y es como un fuego, como un fuego sagrado que arde siempre sin que su calor sirva a ninguno de los bajos menesteres de la vida. Es una llama que se desea mantener solo por la suave luz que esparce.
Cuán natural y sana encuentro su actitud. Cuán simpática me parece su prima Marta. Qué deliciosa vida la que permite el juego del hand-stone en el cual las manos enlazadas pueden conservar libres los dedos cordiales.
Es usted un inventor ingenioso y un hombre naturalmente sabio, que cultiva del amor lo que bien no pudiera llamarse así, porque es solo la flor del amor. Y del mismo modo que el viejo jardinero de donde comienza a florecer la rosa15 veía en sus flores la belleza de la tierra, usted en los amores determinados, acaso ame más que a las dulces mujeres, al amor mismo, ame la vida; esta vida pasajera que si ahora encuentro triste es porque escapan a mi entendimiento las causas que provocan su tristeza; ignorante de ellas todo se resuelve para mí y todas las cosas quedan teñidas con su vago color.
Lo abraza
Pedro Prado
La Serena, 24 de diciembre de 1912
Señor Pedro Prado
Santiago
Acabo de leer –aquí al frente, en la Plaza, llena de sol y cargada del aroma de los floripondios y los limoneros– la última carta de usted. Siento deseos de contestarla y no quiero perder esta buena disposición de mi ánimo.
Muy bella en el decir y muy verdadera en el juzgar la carta esta. ¡Cuánto diera por leérsela íntegra a mi prima Bebé! (Le ha agradado este nombre y por agradarla a ella me gusta llamarla así.) Temo, sin embargo, que se alarme al saber que estás informado por mí de nuestros juegos.
Estos días hemos salido a caballo, los dos solos16. Siempre andando nos hacemos proyectos de excursiones tierra adentro, siempre vamos a la playa, a galopar por la arena húmeda, a saturarnos de viento marino, a bañar nuestras miradas en la limpia inmensidad del mar. Los que por el camino nos ven pasar, nos siguen con la vista, y una chica a quien Bebé dice «adiós», contéstale: «adiós, señora», contestación que la hace reír infantilmente.
En nuestras excursiones conversamos. ¿De qué? Los asuntos no tienen importancia. El encanto no arranca de las palabras. Las palabras nada significan y lo agradable está en la voz, en la música del acento y de la risa, en el decir de las miradas, en el removerse de los labios, en el inclinarse de la cabeza, en los movimientos del cuerpo femenino y joven, que es elástico sin musculatura y plano sin robustez; cuerpo gracioso de mujer nueva, en el cual cada proporción y cada línea tiene su medida justa; cuerpo no deformado por el uso.
Ella me enseña algo de inglés: ya sé algunas palabras aprendidas antes, pero que solo sé ahora. Yo digo: give me… (¿Así se escribe?)
–Dame…
Y ella entre risas me contesta:
–Nada tengo que darte…
–¿Nada?
Cuando estamos lejos de la población y ya en la playa no divisamos sino las blancas pechugas de las gaviotas agrupadas en contemplación del sol poniente, detenemos los caballos, nos bajamos, yo me [] las riendas en un pie y, tendidos sobre la arena, recibiendo a ratos el polvo de agua que el viento arrebata a las olas, jugamos al «hand-stone».
–Sin guantes, ¿quieres?
–No. Mejor así, con guantes.
–Yo no juego así.
–Se me queman las manos…
Santiago, 27 de diciembre de 1912
Sr. Manuel Magallanes Moure
La Serena
Mi recordado amigo: ¿qué cree usted que acabo de hacer? Pues, leer nuevamente sus cartas. Cada día que paso en medio de esta soledad de amigos, que solo de vez en cuando interrumpe la compañía de Ernesto Guzmán, me refuerzo en la estimación que siento por los compañeros, y un vivo deseo de estar con ellos me asalta y me domina. Ayer, por ejemplo, escribí una larga carta a Augusto Thomson, en la que le hago una enquête minuciosa17. Una agradable casualidad hizo que descubriera, arrumbado en un cuartucho de la casa de mi suegra, una colección algo trunca de los primeros años de Zig-Zag. Triste, extraordinariamente triste, son las revistas viejas que siguen registrando en sus páginas, con el mismo empeño que si se tratase de actualidades, lo que pasó para siempre; hombres, amigos y desconocidos, acontecimientos de nuestra vida republicana, noticias gráficas de todos los países de la tierra en un tiempo dado. Entre los artículos literarios y críticos encontré varios suyos, de los cuales recuerdo uno sobre Sorolla y otro sobre Rodin18, que leyó en el Ateneo. De Augusto reuní catorce, «El abuelo» inclusive, que Thomson me pedía y que antes del día de ayer no había podido enviar. Vea usted: el domingo le escribo; el jueves a Thomson, hoy, viernes, a usted nuevamente.
En muchas he hablado de cierta similitud entre nuestros gustos, afirmación que, tal vez (usted perdonará si se trata de una aseveración gratuita), le extrañó al principio, porque, al fin y al cabo, yo no era en ese tiempo y no lo soy todavía sino un muchacho que tendía a lo que usted quería y nada más, modestias aparte. Entonces, como ahora, no me refería ya a una igualdad de mérito en la labor literaria, a una semejanza estricta de sentimientos; en el fondo, no hacía otra cosa que presentir la verdadera amistad, un lazo que avanza lentamente, que ayuda y protege, como las cuerdas de los alpinistas, en toda ascensión. ¿Me equivoco? No lo creo. Siento que eso nace entre nosotros, y que, por lo que a mí respecta, me regala cierta clase de tranquilidad muy apetecida. Ha sido usted, lo supongo, persona dueña de buenas amistades. Yo, en cambio, a causa de mi retiro y salvo una o dos excepciones, exagerando el optimismo, no he tenido en el amigo el hermano cuya caricatura hicieron los Halmar y cuya realidad es, ahora lo veo, posible de obtener. El amor fuerte llena en sí el aspecto pasajero de toda crisis. La más grande pasión tiene cierto parentesco con la epilepsia porque solo se manifiesta por accidentes agudos con soluciones de continuidad. En su base fisiológica extenuante, lleva en sí el amor la imposibilidad de lo duradero. Para que sobreviva el sentimiento amoroso es menester que lo socorra un nuevo sentimiento que nace: la amistad y, sin embargo, el predominio de este o el otro sentimiento, convierte al matrimonio en una solución inestable que oscila en un vaivén doloroso a veces, por el largo tiempo gastado en llegar del uno al otro, y durante el cual no somos lo suficientemente amantes ni lo suficientemente amigos. En tanto la amistad de hombre a hombre simplifica las causas, más fuertes que la voluntad de ser buenos, que al amor gobiernan, y reduce todo a una especie de prolongación de nuestro espíritu ofreciéndonos lo que tendría la ubicuidad.
Nada me dice usted de nuestro viaje a los canales y a Punta Arenas, pero quedó entendido que ese viaje, de un modo u otro, tenemos que hacerlo. En esa ocasión nos probaremos mutuamente (como en otras posteriores) que la actividad y mérito de la labor literaria y artística no es ajena al influjo penetrante de la proximidad del amigo. Tengo fundadas esperanzas en hacer para entonces, o en traer de allí, las primeras líneas de alguna obra que valga la pena19.

Manuel Magallanes Moure y Augusto d’Halmar, ca. 1906.
Colección Amalia Redondo Magallanes.
¿Qué dirá usted, Magallanes, de estas cosas mías? ¿Qué habrá dicho de mis otras disertaciones tan imprevistas para usted como para mí? ¡Cuánto cambiamos, aparentemente, al tener una pluma en la mano! En el fondo seguimos siendo los mismos. Después de escribir esto una ligera sonrisa intraducible dibujará mi boca. Acaso soy irónico conmigo mismo…
Cuando nos detenemos a analizarnos, si sabemos hacerlo bien, llegamos, por fin, a una vaguedad que por todas partes nos rodea: es como un fondo que da vida a todo lo demás. ¿Qué conocemos de esa vida? Nada. Por esto, cuando he tratado de explicar algo yo termino por sonreír de mis explicaciones. Sé, a menudo, que ellas son suficientes para la vida práctica; pero, de todos modos, no puedo menos de hacer ese gesto desdeñoso y triste.
Ah! sinceridad, sinceridad, ¿quién te posee? Solo conocemos el camino que lleva hacia ti. Y sabemos que ese camino al entrar en el campo de la filosofía, de la ciencia, es lo bastante enmarañado para que sea fácil el extraviarlo. Nada hay en esto de preciso para el hombre. Se engañan los que no lo creen así.
He hablado de amistad, y tal vez no existan sino los amigos. Yo adivino que nosotros lo seremos.
La Serena, domingo 5 de enero de 1913
Señor Pedro Prado
Santiago
Mi estimado amigo, creí no volver a escribirle desde aquí y posiblemente usted cree ya igual cosa, dado el tiempo que he demorado en contestar su última carta. Pero no: tiene usted que soportar la lata de algunas carillas que me propongo llenar a su intención.
No le escribí antes porque no tenía tranquilidad para hacerlo. Comenzada quedó una carta desde el jueves y ahora acabo de romperla, porque no correspondía al tono interior en que estoy, que es tranquilo, sereno, como esta tarde de día domingo en esta ciudad apacible.
¿Me ve usted? Solo estoy en mi pieza, ante mi mesa que una mano cariñosa adornó con un ramo de madreselvas, jazmines y resedas. En una mano el cigarrillo humeante y en la otra la pluma.
A veces echo una mirada al patio, ya sin sol, atraído por el rápido ruido de unos pasos livianos o por el renovarse de las plantas, que el viento de la tarde sacude. Y al mirar hacia afuera veo la muralla gris y sobre la muralla un trozo de arquitectura sonrosado por el sol poniente y luego un cuadrado de cielo casi blanco rayado diagonalmente por dos alambres telefónicos. Y mientras escribo oigo distantes voces de niños, que parecen caer por sobre la muralla gris y de tarde en tarde el rumor de un coche. Nada más que estos ruidos en una inmensidad de silencio.
Me creerá usted si le digo que mi mayor deseo era llegar a Santiago antes del 1º de enero, para recibir al nuevo año en compañía de mi mujer y de mi hijita; y habrá de creerme también que este deseo hubo de ponerse en lucha con otro que hicieron nacer en mí los ojos llorosos de mi prima Marta el día antes de aquel en que debía embarcarme20. Deseo de irme, deseo de quedarme, un conflicto interior espantoso, una resolución poco resuelta, un pesar al acordarme de los míos y una dulzura al ver sonreír a mi prima. Algo terrible y delicioso.
–
Jueves 9 – Recuerdo que cuando llevaba escrito lo anterior llegó a mi pieza Marta, en traje de paseo, con un sombrero enorme, a decirme que la acompañara a dar una vuelta por la plaza, que está aquí, en la puerta. Guardé, pues, estas carillas, con el propósito de continuar escribiéndole a más tardar el lunes, y ya ve usted: hoy es jueves… Mañana de día jueves, clara, fresca, cielo azul y patio con mucho sol. (Ríe el sol, como diría el [página rota]
…puede querer usted esas Jornadas y pienso que ha de ser para algo bueno. ¡Qué agradable es tener confianza en alguien! Si es amigo, como usted, ¡qué descanso! Y si es amiga, como… X –letra que puede servir de nombre a todas las mujeres– ¡qué delicia! La verdad que para mí, a lo menos, nada hay tan encantador como abandonarse, como entregarse. ¡Si yo hubiera sido mujer! La sociedad ideal sería en mi concepto aquella en que la mujer manejara la voluntad y me dejara a mí entenderme con los sentimientos, cosa, por lo demás, tan sencilla de entender… Que ella quisiera y yo sintiera. Yo le diría: haz lo que quieras de mí y de todo. Y yo sería feliz. Me asaltan dudas, sin embargo, de que ella lo fuera.
Creo como usted en lo que se refiere a nuestra amistad. Yo, como buen primitivo, no entro en análisis ni en sutilezas: siento que soy su amigo. Pero no tolero los distingos que usted hace respecto a nuestro respectivo valor literario y otros excesos. De todo corazón se lo digo: quisiera yo escribir como antes escribía y, lo que importa más, quisiera yo que mi espíritu tuviera la armoniosa construcción del suyo, que, aunque le suene a chiste, me hace el efecto de una noble arquitectura, por lo equilibrado, lo justo, lo sereno y lo completo. Si comparo su espíritu con el mío, advierto que en el suyo el sentir está contenido por el pensar como ese macetero contiene las raíces de la rosa aquella y no las deja esparcirse por el suelo. Mi macetero no es tal, querido Pedro; apena si se trata de un tiesto desfondado, bajo el cual las raíces salen a paseo y, en cambio de la libertad soñada, reciben pisotones y magulladuras.
¿Nuestro viaje a las tierras magallánicas? Mi mayor deseo es que lo hagamos. He visto en los diarios que irá a Punta Arenas una comisión parlamentaria en un buque de guerra. ¿Si pudiéramos ir de guerra también? ¿Sería difícil conseguirse la representación de algún diario? Creo que vale la pena de considerar esto.
Hace dos días fui a Coquimbo. El gobernador marítimo nos proporcionó un bote. Remamos con Marta en la mar. Fue una tarde muy linda. Había algunos veleros en la bahía. Barcas todas blancas, doradas por el sol, de complicada arboladura, y en ellas hombres colorados y rubios, colgados de las vergas o de los costados, ocupados en repintar el barco. Vimos una gaviota parada en la alta punta de un mástil y de tanto mirarla nos dolió la nunca. –Marta tiene cuatro lunarcitos en la mano derecha, dispuestos en cuadrilátero. Formé con ellos una cruz, poniendo mis labios al centro. –Creo embarcarme el domingo en el Orcoma21. Creo… Es inútil asegurar nada. El que dijo en El Diario Ilustrado que la Casa Abandonada es el mejor libro del año 12, sabe lo que se dice. Debe de ser Misael Correa. Hasta luego
M. Magallanes Moure
Cartagena, 26 de enero de 1913
Sr. Manuel Magallanes Moure
Santiago
Mi querido amigo, todas las cosas y las situaciones tienen su revés, y ahora será usted el que encuentre, en la casilla 1476, algunas palabras amigas, que acaso le despierten a su fantasía.
Después de los trajines necesarios para dejar algo arreglada la casa que tomé en arriendo, he principiado a vagar por las playas y las lomas de Cartagena. Saludables paseos solitarios llevando en la mano un bastón más dócil que un perro y más espiritual que el mejor de los compañeros. Qué alegría tan mansa duerme en la serenidad de la marcha perezosa que recorre pacientemente los senderos ondulados que trepan los cerros para desaparecer en la cumbre. Los oídos se llenan allí de las canciones que modulan los vientos; los ojos se abren embelesados ante la perspectiva del mar que dibuja las playas curvas y cenicientas y continúa, más allá de las puntillas lejanas donde estallan las rompientes, sus aguas azules.
Ayer fui a Puerto Nuevo. Cuando atravesé la Playa Chica el paseo se formalizaba. En el extremo sur, entre las rocas que contienen el ímpetu de las olas, una veintena de niños enflaquecidos se bañaban bajo la vigilancia de una inspectora. Todos ellos estaban en el Sanatorio que la Liga contra la Tuberculosis tiene en este pueblo. Era un espectáculo alegre y melancólico a la vez que me hizo recordar el cuadro de Sorolla «Triste herencia». Los más pequeños de los niños se negaban a bañarse en medio de chillidos y súplicas que hacían reír. ¡Pobres muchachos!
Pronto quedaron los niños a mi espalda, mientras aparecían, por sobre la comba de los lomajes, los grandes tejados cubiertos de líquenes de las bodegas en ruinas. Largo rato, sintiendo una vaga emoción, contemplé los maderámenes grises por el viento salino que los iba quemando, las paredes con los adobes carcomidos por las lluvias que azotan el costado norte, las puertas y ventanucos desvencijados que se abrían hacia el interior oscuro e insondable. Cercano al borde del acantilado, entre matas floridas de cardenales rojos, de cardos enanos y de montones deshechos de piedras cuarzosas, un asno inmóvil, con las grandes orejas caídas, recortaba su angulosa silueta contra el mar azul. Ni un estremecimiento recorría su piel que peinaba el viento, no giraron sus ojos al aproximarme.
Estuve largo tiempo observándolo todo. Una viejecilla que vive en la bodega me dio algunos datos sobre los buenos años del puerto.
Cuando regresé vi un grupo de gallinas que paseaban en busca de un grano extraviado y allá, al fondo, el asno inmóvil con las orejas abatidas.
Volveré en ocasión próxima, porque deseo bajar por el camino que conduce a las otras bodegas que se encuentran a la vuelta del mar.
Mucho le ha recordado su amigo
Pedro Prado
P.S. Escríbame largo. Vale.
Cartagena, lunes 2 o 3 de febrero de 1913
Sr. Manuel Magallanes Moure
Santiago
Mi querido amigo, acabo de llegar de un pequeño viaje a caballo que hice al interior, a la aldea de Lo Abarca. Vengo un poco cansado y sin embargo he tenido deseos de escribirle. Es verdad que algo me han repuesto las once que termino de hacer: miel de abejas y galletas y duraznos en jugo y un tazón de leche; y luego vino nuevo, transparente y rojo, antes, con y después de la miel y de las galletas y de los duraznos. Borracho no estoy; pero estoy alegre, animoso, dicharachero. He aquí cómo, a pesar del cansancio, escribo con la faz sonriente y satisfecha de un canónigo que eructa ruidosamente. Yo guardo mi reconocimiento religioso por este vinillo, sangre del Cristo verdadero, que me torna espiritual, contento y bondadoso. Quisiera escribir en su honor una oda, o cosa por el estilo, en que pudiera decirle:
… por besarte te bebo, etc…
Siento tibia la sangre y la adivino más clara y ligera. Retoza en mis arterias como una chiquilla loca.
¡Y qué viejecito el que acabo de hacer! El paisaje tiene sobre mí todo el poder de la fascinación. Mucha de mi actual alegría, de él proviene; mucha parte de mi ligera embriaguez, la he bebido en el aire embalsamado con las chilcas del estero.
Usted debe de conocer el camino que va por la cancha de carreras y sigue, por el pequeño valle, hacia el interior. A la izquierda del camino, de polvo suelto y blando, se alzan algunos ranchos tan miserables como pintorescos. Una puerta que se abre hacia un interior oscuro y enhollinado; un ventanuco sin vidrio; una explanada, endurecida con el trajín de las gentes; un perro que duerme; gallinas que escarban; un peral viejo; una escalera apoyada contra paredones de casa destruida; ramaditas de boldo oloroso. Al pasar una muchacha de cabellera abundante se esconde; un campesino asoma la cabeza y luego tranquilamente continúa su monótona charla con personas que no adivino.
Bajo la sombra de los árboles, tres caballos ensillados se espantan las moscas. ¡Y cuánto silencio en el aire y en el reposo de los cerros! ¡Y cuánta confianza en las diucas que alzan el vuelo con desgano, después de dejar en el camino las huellas menuditas de sus dedos en abanico! Y los cururos pasan a cada momento de un matorral a otro. Y arriba los jotes trazan vuelos lentos y circulares y sus sombras corren por la tierra. Y más arriba que los jotes, más llenos de serenidad que todas las cosas, nubes de una blancura deslumbrante vuelan proyectando sobre los lomajes ondulados grandes sombras de pájaros fantásticos.
El camino angosto va entre arbustos y árboles criollos de follaje oscuro, persistente y coriáceo que el polvo trueca en un tono triste y opaco. Al trepar los primeros lomajes, pasado el cementerio y la arena gruesa del estero, terminan los árboles y profundas torrenteras se abren formándole los límites naturales. A medida que se asciende, sopla con más furia el viento, y los cardos y los quiscos tienen siluetas hermosísimas, bien contra las nubes, bien contra el cielo azul profundo de las cumbres.
Llegado arriba, una perspectiva ininterrumpida de lomas y lomas se extiende en todos sentidos: lomas de colores variados, pardas si se encuentran en barbecho, rubias si aún amarillean los rastrojos, verdinegras si los renuevos de la montaña las han vuelto a cubrir. Y un camino hacia la derecha, y otro al frente de amplias revueltas, y otro a la izquierda que trepa audazmente las laderas empinadas. El primer camino lleva a Malvilla, el segundo a Casablanca, el último a El Algarrobo. No sabe usted cuánto gusto me proporciono con solo oír los nombres de los pueblos. Como símbolos que los nombres son, creo adivinar al modularlos los pueblos que indican, y sus casas características y sus habitantes y los campos que deben de ofrecerse a los ojos de ellos.
En la hondonada, hacia donde convergen los caminos, está Lo Abarca: construcciones rústicas entre arboledas desordenadas, orillan a dos o tres calles angostas que zigzaguean. Visto el pueblo desde la altura, creí encontrarme ante los caseríos que imagino de Castilla la Vieja; ya en él hice memoria de «El Pueblo Gris» de Santiago Rusiñol22.
Mil ideas cruzaban por mi cabeza, mientras recorría sus calles silenciosas, que despertaban con el ruido que hacían los cascos de mi caballo. Deseé vivir allí un tiempo, e intimar con todos sus pequeños y humildes propietarios. ¡Qué aspecto tendrá el largo invierno, solo en esa aldea lejana!
Pronto renacieron en mí mis eternos deseos de excursiones y largos viajes, por este mi país que tanto quiero. Y entonces me he acordado de usted como del compañero ideal, y en la imaginación me vi recorriendo los pueblos escondidos en una peregrinación que usted compartía con igual entusiasmo.
El recuerdo que hiciera usted me dispuso a escribirle una carta y el vino me dio fuerzas para concluirla. El miércoles voy a Santiago.
Lo abraza
P. Prado
Post scriptum. Perdone, pero olvidaba decirle, y con toda franqueza, que me gustó mucho la poesía que incluye en su última carta23. Por mi parte creo que pueden ser de su agrado algunos poemitas que he escrito sobre el mar y otros dos que llamo los paseos solitarios24 uno de ellos trata sobre las dunas.
Por supuesto que el mismo miércoles, si usted está en Santiago, comeremos juntos.
Prado
He releído esta carta y he cerrado los ojos porque de otro modo no se la puede leer bien. Al fin y al cabo no está escrita como conviene sino como con vino!

Retrato de Pedro Prado, 12 de marzo de 1913. “Para mi Adriana, de su amigo, su hermano i su esposo”. Colección Labra Prado.
[Santiago, febrero de 1913]
Señor Pedro Prado
Cartagena
Querido amigo, anoche encontré su carta en la casilla, junto con una que me llegó de La Serena. Salí contento del correo y me senté en la plaza, en un escaño de los senderos interiores, al pie de un peral. ¿Me perdona usted si le digo que leí su carta –la de usted– primero? Y si le pido perdón es porque, presumiendo que la otra hablaría más gratamente a mi alma, quise conservarla más tiempo cerrada, para prolongar la expectativa del placer, siempre más dulce que el placer mismo. Siempre lo hago así con las cartas y con todo. ¡Es tan delicioso esperar, cuando está en nuestras manos hacer cesar la espera! Lo terrible es esperar sin esperanza. Y esto también lo sé por experiencia propia.
He vuelto a recorrer con usted aquellos sitios de Cartagena que usted me describe. He vuelto a hacer aquel camino hasta las bodegas, por el sendero que trepa los lomajes y sube y baja con ellos y con ellos ondula o zig-zaguea. Yo hacía ese camino sin tomar aliento, liviano como si me hubieran extirpado el corazón. Mi goce era mirar cómo el mar quedaba cada vez más y más abajo. Había un punto en que el sendero llegaba a orillar el precipicio. Ahí me detenía a veces, y al mirar hacia abajo y ver el mar espumoso batiendo las piedras, sentía vértigos. Antes de llegar a las bodegas, a la derecha, sobre una loma redonda, hay dos o tres ranchos. Uno de ellos tiene un jardincito, en que hay retamos y cardenales. Ahí vivía Lorenzo Pino, pescador amigo mío, que más de una vez me convidó para ir a la mar, invitaciones que no acepté de puro desconfiado.
Siguiendo por el costado de las bodegas de arriba, que son las que usted me pinta, por el costado que da a los cerros, encontrará usted una especie de explanada, con viejas casas hacia el mar y otras rodeadas de árboles hacia el cerro. Las del mar tienen al frente un grupo de eucaliptus desfigurados por el viento. De la explanada arranca un sendero que lleva hacia una pirca de piedras, límite, sin duda, de alguna propiedad. Pero sucede que, enfrentando al sendero, la pirca no es pirca sino una puerta de varas que gira al ser empujada y vuelve a tomar su posición anterior apenas uno la suelta. El caminito sigue, pero es necesario bajar un poco por la orilla de una quebrada para encontrar una piedra blanca, que facilita la pasada. A la derecha, la loma se redondea sobre el mar. Parece que si uno corriera en aquella dirección pronto estaría en el vacío y más pronto aún en el agua azul. Sin necesidad de acercarse mucho a la orilla, que en partes no es tal orilla, porque el lomaje continúa hacia abajo, y siguiendo siempre en la dirección del sendero aquel, descúbrense algunas rocas y algunas cabezas de quiscos, que se asoman por sobre la silueta de la loma, destacándose contra el mar. Yendo rectamente a ellos descúbrese una saliente del acantilado, que es como un balcón avanzado sobre el agua. Llegando allí, verá abajo una pequeña hondonada abierta en dos de sus costados hacia el mar. Pronto se da cuenta uno de que existe un senderito que lleva abajo, un senderito en zig-zag, relativamente fácil. Nada le digo de lo hermoso que es estar abajo, en ese sitio, enteramente solo. Yo iba siempre allí. Me tendía en un pequeño descampado que mira a la mar libre, frente a una abertura de las rocas, por donde las olas llegan atropellándose, como si alguien las corriera de atrás. Hay ahí un fuerte olor a marejada. Hay, entre la abertura de que le hablo y la otra, que es mucho más grande, una especie de morro. También hay por donde subir a él y yo hice la ascensión muchas veces.
Orillando siempre la costa, por lo alto del acantilado, se encuentran otras caletas, todas muy bellas y de fácil acceso. Le recomiendo la exploración de esos lugares.
–
Y mientras usted, mi estimado Predo Padro25, se entrega a las delicias del veraneo marítimo, yo, que anticipé los oficios –cosa que pocas veces hago– estoy aquí, aguardando la tarde para mover las manos por ver si pesco un poco de aire, esperando que venga la noche para enderezarme sobre los pies y echar a andar, con inseguridades de borracho y desvanecimientos de señora impresionada, hacia el cerro, que es por hoy la única parte adonde se me ocurre ir26.
Si mi vida actual no fuera tan simple, me daría pereza hablarle de ello. Pero si es un encanto de sencillez. Como escribo de noche, me levanto tarde. Y a almorzar. Después de almuerzo leo y con facilidad extraordinaria paso de la lectura al sueño. Despierto y a hacer once. Leo o escribo luego, a comer. Después de comida, me pongo el cuello, la corbata, el chaleco, la chaqueta y el sombrero (como usted ve, he permanecido hasta ese momento nada más que con zapatos, calcetines, calzoncillos, pantalones y camisa) y al correo, pasito a paso. Llego a la posta, veo que no hay nada de nuevo en la casilla, y me vuelvo por donde fui. Vuelvo a quitarme la chaqueta, el cuello, la corbata y el chaleco, enciendo un cigarro, me siento a la mesa de una pata y escribo hasta la una o la 1 ½.
¿Qué escribo?, me dirá usted. He hecho un cuaderno y en él anoto todos mis recuerdos de La Serena. Alguna vez puedo aprovecharlos, y desde luego, cuando vuelva allá, se los leeré a Bebé para que me conozca mejor y me quiera más. Porque así como otros necesitan para vivir buena comida, buen trago, buenos libros o buen aire, yo necesito cariño. Bebé me decía «ridículo». Puede ser, es decir, puedo serlo, pero si soy así, ¿qué he de hacer?
Y perdone usted la insustancialidad de esta carta. Sin fuerzas para abrazarlo, le hace un gesto amable a su amigo
M. Magallanes Moure
Chacra Santa Laura, 7 de enero de 1914
Mi querido amigo, no me resigno aún a acostarme en esta hermosa noche de luna. Cojo un diario y luego otro y otro; voy a mi escritorio, revuelvo los libros, abro alguno a la ventura, leo un párrafo y, enseguida, lo arrojo sobre el montón. Quedo largo tiempo mirando las paredes, después el techo y, por último, la luz de la luna que entra por la ventana abierta y que dibuja, en el alféizar, la sombra que proyecta la reja de fierro. Pero todo lo miro como sin verlo casi. Ni es fatiga, ni es hastío, ni es pereza. Vivo este instante sin vigor, nostalgia ni esperanza. Vivo a media vida. No experimento goce ni dolor. Si escribo es porque alguien me dicta.
Nuevamente he vuelto a Santiago. Lejos están mujer, hijos, amigos. Poco relieve tienen ahora todos para mí.
He quedado convenido con Alberto Ried27 en hacer un viaje a Punta Arenas28. Pero la idea del viaje me tiene sin cuidado, ni deseo. La inercia me llevó a pactar un compromiso cuando ya el entusiasmo había pasado. De buena gana fuera y no fuera a la vez. Creo que llegaré al Canal Smith y le diré, con el poco entusiasmo que se pone en las fórmulas sociales: «tengo mucho gusto de conocerlo». Así, sin deseo de excentricidad, ni de ironía.
¿Recibió la carta que le envié a la correspondencia sobrante? Reclámele para que vea hasta qué extremo conduce el aburrimiento.
El viernes próximo parto a Puerto Montt. ¿Partiré? Mañana regreso a Cartagena en donde permaneceré hasta el jueves.
Buenas noches. Apagada la luz y metido en la cama por largas horas durmiendo iré más lejos que en cualquiera de los viajes posibles. No sentir nada, no desear nada, ser como si uno fuera nada. Y sin embargo no es esa la felicidad aunque se le parece bastante.
¡Buenas noches! Repito las despedidas como los borrachos que no se deciden a separarse. ¡Buenas noches! Magallanes. ¡Buenas noches! Quizá mañana cuando despierte, cuando llegue de regreso de remotas regiones, llenos aún mis sentidos de la grandeza y de la serenidad que en ellas los envolviera, contemple asombrado el cuarto y los muebles del cuarto. Todo será pequeño, estrecho, brusco y ridículo. Aun el sol, el gran sol, me parecerá un detalle pretencioso y mezquino. Tendido de espaldas esperaré que el mundo se haga en mi conciencia y, por fin, cuando llegue el olvido de mi anterior estado, sonreiré como Lázaro a la vida29. Y la mañana será alegre como una juventud.
¡Buenas noches!
Pedro Prado
Santiago, 20 de enero de 1914
Sr. Manuel Magallanes M.
Valparaíso
Mi querido amigo, el primero de marzo próximo aparecerá Chile Contemporáneo, revista literaria30. No tendrá un director sino un comité formado por Manuel Magallanes, Armando Donoso y el que suscribe. En pocos días más quedará terminado el contrato por escritura pública con la imprenta Universitaria y por el cual los Valenzuela Basterrica se darán por recibos de una suma de dinero dada que representa el valor de los doce números de un año. Este contrato, en su parte principal, se reproducirá en una de las tapas de la revista para dar garantía al público de la seriedad de nuestros propósitos.
El formato será el de la Lectura y Mercure de France y el tamaño de la página impresa un poco menor que el de esta última revista. El número de páginas fluctuará alrededor de 80, o sea cinco pliegos.
Donoso y yo estamos de acuerdo en todo. ¿Acepta usted el trabajo que le ofrecemos? ¿Le parecen bien nuestras determinaciones?
Lo importante es el administrador. Donoso cree que el hermano de Honorio Henríquez sería apropiado. ¿No conoce usted a alguien que entienda el negocio? En último caso y con la debida anticipación, pondré un aviso solicitando un administrador que ofrezca garantías. No tendrá sueldo sino participación en las utilidades, quizás el 30%.
Me parece inútil decirle que mi objeto no es el de ganar dinero… ni el de perderlo. Y esto último más por la revista que por mí.
Yo creo que si hacemos una réclame en forma (que nada de particular tiene, desde luego que se trata de una obra de evidente beneficio para todos) por la prensa y por todos los medios a nuestro alcance el éxito es seguro.
Ahora, por lo que toca a la dirección, creo que el comité dé más garantía de variedad para el público y de acogida para los autores. Y como no nos andaremos a trompadas para imponer cada cual sus ideas, el trabajo en común servirá para que sea más sólida la amistad que nos une. Además, el trabajo fatigoso de la dirección, al compartirlo, se hará más llevadero.
Me he acordado de usted antes que de otra persona porque si aún piensa como hace poco tiempo, creo que le agradará ponerse a la cabeza de una publicación como la que le anuncio. Y tenga usted por seguro que el hecho de que yo sufrague los gastos no quiere decir que vaya a llevar en ella la cruz alta, seré alguien con tantas atribuciones y no más que las de usted o Donoso.
Dígale a Gustavo Silva que cuento con él y vea modo de conseguir alguna lista de buenos agentes de Sucesos. Creo que esto nada tiene de particular desde luego que, dada la índole de nuestra revista, no le vamos a hacer competencia.
No entregue a la publicidad los trabajos que tenga, guarde algunos para Chile Contemporáneo. Necesitaremos mucho material de modo que no sea manirroto.
Contésteme a Cartagena pasado el jueves de la presente semana, o a Santiago casilla 1242 si me escribe antes de esa fecha.
Deseo que su señora se haya mejorado bien y que su chica esté sanita y alegre.
Cariñosamente lo saluda su afmo. amigo
Pedro Prado
Valparaíso, 22 de enero de 1914
Querido Pedro, ayer tuve el gusto de recibir su carta y ayer mismo la hubiera contestado si hubiera tenido un momento de tranquilidad, si hubiera estado, mejor dicho, un momento en la casa. El hecho es que anduve el día entero fuera, por Playa Ancha, con mi mujer y mi chica.
¿Que si acepto lo de la revista?
Pero de mil amores, y, como usted, pienso que la labor esa no habría de separarnos, sino que nos unirá más, si cabe.
Le comuniqué a Gustavo Silva31 el asunto y le pareció muy bien. La gran cuestión según él –y creo yo como él– es el encontrar el buen administrador, que habría de ser una persona con espíritu comercial y con cariño por la revista. No me parece, tampoco, que sea un imposible dar con él. Por lo demás, le prometo no publicar, aunque sea una página, nada de lo poco que conservo inédito: será para Chile Contemporáneo, si lo aceptan mis colegas de comité.
Creo que la revista será un éxito y, a menos que el administrador se arranque con los tarros, me parece que no tendremos pérdida. (¿Se acuerda usted del tábano aquel que araba?…)
Darmowy fragment się skończył.