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Alex Akimoto
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Глава

«El Despertar del Hombre»

DEDICATORIA

Este libro lo dedico a mis hijos — vivos, reales, aquellos por quienes seguí respirando cuando el mundo se derrumbaba.

Y a todos los hombres que aún no se han rendido. Que sienten que su vida no es suya. Que pierden hijos, bienes, fe y a sí mismos, pero siguen adelante. Que quieren despertar, pero no saben cómo.

No están solos. Ustedes son el Espíritu. Y su hora aún no ha llegado.

Levántense.

EPÍGRAFE

«El hombre es el Espíritu. La mujer es el Alma. Todo lo que destruye el Espíritu, mata también el Alma. Todo lo que eleva el Espíritu, salva también el Alma.»

Y también:

«Nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento.» — Eleanor Roosevelt

Y, como conclusión:

«Vénzanse a ustedes mismos, y todo el universo les pertenecerá.» — Vivekananda

PREFACIO DEL AUTOR

Estimado lector.

No soy escritor. Soy un hombre que ha atravesado el infierno, que ha visto el sufrimiento de los niños, la traición de las mujeres, la hipocresía de los tribunales y la indiferencia del Estado. Perdí bienes, dinero, salud y arriesgué lo más valioso que tengo — mi vida, destinada y consagrada a mis hijos y a mí mismo. Durante años luché por el derecho a estar con mis hijos y el derecho a vivir. Y sobreviví. Pero no gracias a alguien — sino a pesar de todo.

No planeaba publicar este libro. Estuvo guardado en mi despacho casi 20 años. Mis amigos me convencieron para mostrarlo al mundo, porque vieron en él la verdad que muchos temen decir en voz alta. La verdad de que el hombre es el Espíritu, y la mujer es el Alma. De que la moral en la familia comienza con el hombre, porque es la demanda la que genera la oferta. De que un niño nacido de una ramera está condenado al sufrimiento, porque ella lo privará de una familia plena y le mostrará el lado más sórdido de la vida — el de la sodomía y la inmundicia, encubiertos con mentiras sobre su cuidado, su calor maternal y su moralidad humana.

En este libro encontrarán historias reales: las mías, las de mis amigos, las de mis conocidos. Todos los nombres han sido cambiados, pero cada situación es real. Las he analizado en detalle, he mostrado los mecanismos de manipulación, he señalado los errores que nosotros, los hombres, cometemos una y otra vez, y he dado herramientas concretas para salir de la crisis.

No pretendo ser agradable. No busco la aprobación de feministas ni de «activistas sociales». Mi objetivo es despertar al hombre que aún no se ha perdido a sí mismo, y dar apoyo a quien ya está cayendo.

Si están listos para escuchar la verdad amarga, si están cansados de ser esclavos de su lujuria y de las circunstancias — este libro es para ustedes. Si prefieren vivir en la mentira, ciérrenlo ahora — y no digan después que no fueron advertidos.

Con respeto,

Alex Akimoto

PRÓLOGO / INTRODUCCIÓN

Hombre, ¿te despertaste hoy y comprendiste que tu vida no es tu vida? ¿Que trabajas para «ella», das dinero, tiempo, salud, y a cambio recibes reproches, manipulaciones, chantaje con los hijos y amenazas de divorcio? ¿Que tu hijo crece sin la columna vertebral paterna, y tu hija aprende de su madre a despreciar a los hombres?

Si sientes esto — no estás solo. Hay millones como tú. Y este libro es para ti.

¿De qué trata este libro?

Trata de cómo la sociedad moderna ha convertido al hombre en material desechable. De cómo el Estado, los tribunales, las escuelas y los «psicólogos» te han inculcado durante años que debes, que estás obligado, que eres agresor por el mero hecho de nacer, y que la mujer es víctima por definición.

Pero también trata de cómo salir de ese círculo. No huir, sino salir — conscientemente, con dignidad, con voluntad.

¿Cómo leer este libro?

Lee despacio. No te saltes las historias — en ellas te verás a ti mismo, a tu amigo, a tu vecino, a tu hermano. Después de cada capítulo, pregúntate: «¿A mí me pasó eso? ¿Yo actué así? ¿Qué habría hecho diferente?»

No doy recetas mágicas de «cómo ser feliz en 7 días». Muestro los mecanismos que funcionan en la vida real y doy herramientas que puedes aplicar ahora mismo. Pero lo principal es que te hago pensar.

¿Qué obtendrás?

— Comprensión de por qué tu «amada» se comporta así y no de otra manera. — Un algoritmo claro para distinguir a una mujer moral de una ramera. — Pasos concretos para proteger a tus hijos, tus bienes y tu salud mental. — La fuerza para decir «no» — a ti mismo, a ella, a la sociedad, cuando sea necesario. — Y, lo más importante: dejarás de sentirte culpable solo por ser hombre.

Mi promesa

Seré duro. A veces, brusco, incluso grosero. Porque las palabras suaves no despiertan. Pero seré honesto — hasta el final, hasta el fondo, sin reservas. Porque te mereces la verdad.

Si estás listo — empieza a leer. Si no — al menos recuerda: tu vida está en tus manos. Y solo tú puedes cambiarla.

Que tengas una lectura difícil, pero honesta.

"El Despertar del Hombre"

Memoria

La joven fronda que susurraba sobre mi cabeza me calmaba de un modo milagroso. Probablemente, siempre ocurre así cuando, con la edad, una persona piensa más y con más frecuencia si actuó correctamente, si podría haber actuado de otra manera, si no mostró debilidad alguna vez o algo así...

Yo estaba tumbado en la hierba primaveral, jugosa y de dulce aroma, en medio de un mar infinito de dientes de león amarillos, ofreciendo a los rayos del cálido sol de mayo mi rostro moreno de hombre adulto que ya había superado con creces los cuarenta.

El rumor de la fronda se parecía al rumor del oleaje marino, solo que en lugar de gaviotas, en algún lugar de la profunda azul celeste del cielo, se desgañitaba con un trino desesperado y alegre una alondra, igual que en mi dura, difícil infancia, a menudo golpeada y hambrienta, pero tan luminosa y feliz. La infancia me viene a la memoria a menudo cuando miro a mi hijito, que chapotea diligentemente con la pala sobre un montón de arena húmeda, construyendo otra pirámide, cómodamente instalado bajo el brillante sol del mediodía en el parque infantil de una urbanización de chalets a las afueras de Moscú.

La vida en la capital no me produce esa sensación incomparable de calor y confort que se siente especialmente en las tardes heladas de invierno junto a la chimenea encendida, lamiendo alegremente con sus llamas los aromáticos troncos de abedul... En la casa donde de inmediato revive el espíritu de confort, de paz, de todo aquello que nos faltaba a mí y a otros niños como yo en aquellos años lejanos y a la vez tan cercanos en el camino hacia el «futuro radiante».

En el período del estancamiento socialista, en realidad no se prestaba atención al problema de la infancia. Nos rodeaban consignas de color rojo intenso, llamamientos, juramentos, absolutamente carentes de sentido, y por eso la gente simplemente vivía y sobrevivía como podía, siendo hipócrita y adulando al partido, al gobierno, al comité regional e incluso al policía del barrio, con tal de que los dejaran en paz.

El objeto de la influencia pedagógica eran el cinturón, el rincón, las rodillas sobre guisantes y las orejas arrancadas en el despacho del director de la escuela. Mi infancia fue igual que la de la mayoría de los niños de aquella época y generación. A menudo fui golpeado por faltas inventadas por mi padrastro. Y la comida, con frecuencia, tenía que conseguirla robando gallinas de los vecinos, pescando y, por supuesto, «faenando» en los huertos y campos del koljós.

Cuando aún no tenía cuatro años, mi madre y mi padrastro me trasladaron de Moscú a una casita en la costa del mar Negro. En aquella casa solo había dos cuartitos pequeños y una cocina de techo bajo. La ya de por sí pequeña cocina estaba ocupada hasta la mitad por el horno, y en él mi madre horneaba el pan más sabroso del mundo, que llenaba con su aroma todo el vecindario.

Mi madre muy rara vez me decía palabras cariñosas e incluso como que se avergonzaba de mí, especialmente en presencia de extraños... De repente se volvía marcadamente severa y no decía las palabras cariñosas que las madres suelen decir a sus hijos. Me recuerdo desde muy temprano. No es que lo recuerde todo, pero los recuerdos de algunos momentos sorprendían sinceramente a mis pocos parientes. Cuando en la familia en la que vivía apareció Lenka, mi hermanita que lloraba sin parar, ¡comenzaron mis desventuras! Entre las personas con las que vivía yo era un extraño, y no puedo llamarlos mis allegados ni mi familia...

Estaba en mi quinto año de vida. A tan tierna edad ya iba solo al jardín de infancia, a ver a mi querida niñera, la coreana tía Tania...

La tía Tania quedó para siempre en mi corazón como la persona que derramó sobre mí tal torrente de cuidado, cariño y amor que en medio siglo no he logrado encontrar a otra persona tan sincera, desinteresada, buena y fiable como la tía Tania. Con toda mi alma infantil herida me sentía atraído hacia aquella mujercita delgada, de gruesa trenza brillante y ojos siempre bondadosos, como ranuras, que irradiaban una bondad y un calor inconmensurables hacia todo el mundo y hacia mí.

Mi jardín

Una madrugada me levanté de un salto por una necesidad menor y metí los pies en el primer calzado que encontré junto al umbral de la entrada. Eran las botas de goma de mi madre, que con sus cañas frías y húmedas se me clavaron entre las piernas... Así, en calzoncillos y con las enormes botas de mi madre, salí disparado al patio, arrastrando las botas por el suelo, doblé la esquina de la casa y con los ojos cerrados dejé escapar un chorro tibio sobre la rueda de la bicicleta que mi padrastro Piotr había apoyado contra la pared de la casa.

Continuando con mi «asunto húmedo», entre sueños oí un aroma sorprendentemente hermoso que llenaba el silencio matutino, haciéndome cosquillas en la nariz, como si el aire estuviera impregnado de miel.

Aquel silencio y aquel olor divinos eran interrumpidos por el monótono coro de las alas de las abejas. Al abrir los ojos, vi sobre mí una enorme nube blanco-rosada de flores del huerto de cerezos, disuelta en la profundidad insondable del cielo primaveral resonante, sin una sola nube... De un golpe en la cabeza salí despedido contra la bicicleta de mi padrastro Piotr. Me golpeé ruidosamente la cara contra el sillín, y la sangre brotó por mi rostro y mi pecho desde los labios rotos. Me levanté de un salto y, con todas mis fuerzas, en la medida en que las enormes botas de mi madre me lo permitían, ¡me lancé corriendo hacia la casa! Como una bala me metí debajo de la cama, temblando de miedo, embadurnándome la sangre por la cara y las lágrimas que caían a raudales de mis ojos. En mi cabeza cruzó un pensamiento: otra vez me va a pegar... La puerta de la habitación se abrió y en el umbral aparecieron los pies descalzos de mi padrastro. —Yo a ti, bastardo de culo negro, te enseñaré a respetar las tradiciones rusas. Mira que te has acostumbrado, perrito, a mearte en mi bici... Otra vez, y aténte a las consecuencias, escoria de culo negro... La puerta se cerró y se oyeron los pasos pesados de mi padrastro alejándose. Al cabo de un rato no muy largo, la puerta se abrió de nuevo y yo, aterrorizado, me arrastré hasta el rincón más alejado debajo de la cama, siguiendo con una sola bota de mi madre puesta. La otra la perdí por el camino, huyendo de mi padrastro. —Sal. No tengas miedo. Se ha ido a trabajar, —dijo mi madre...

Me puse unas medias viejas, zurcidas y rezurcidas, una camisita vieja que olía a heno húmedo, y unos pantalones igual de viejos que habían conocido más de una valla en los alrededores, luego una chaqueta que claramente ya me quedaba pequeña. Tras zampar a toda prisa un par de huevos cocidos, me fui al jardín de infancia con unos zapatos viejos que me habían regalado el año anterior. Eran tres tallas más grandes, pero al menos no estaban rotos y tenían cordones rojos, como los de Murzilka.

Caminaba por el arcén de la carretera. Pasaban coches de vez en cuando, y en mi cabeza se repetía la frase de mi padrastro: «Yo a ti, bastardo de culo negro...» —Mamá, pero si mi culo no es negro, ¿por qué el tío Petia me llama así? —Mamá, eh, mamá, dime, ¿por qué el tío Petia me llama así?, —preguntaba una y otra vez, tirando de mi madre por el bajo de la falda y mirándola desde abajo a los ojos... Mi madre me miraba pensativa y, con voz temblorosa, decía: —Si tu padre estuviera ahora a tu lado, hijo, nunca oirías esas palabras sobre ti. Luego se cubría la cara con sus manos agrietadas por el duro trabajo y lloraba en silencio, sin ruido...

Muchos años después supe que mi madre había ofendido muy gravemente a mi padre con algo. Y él, al no soportar aquella humillación, abandonó a la familia, dejando a mi madre y a mí, que tenía medio año. Yo crecía, esperaba, esperaba, esperaba mucho a mi padre... Y un par de meses después enfermé gravemente y casi muero. Pero de eso hablaré un poco más adelante...

Cuando a casa venían otros hombres, yo me acercaba a ellos, les miraba a los ojos y, moviendo la cabeza con desesperación, decía: —Este no es papá, no es papá...

Al acercarme al edificio del jardín de infancia, vi de lejos a mi querida niñera Tania, de pie en el porche, como si estuviera esperando mi llegada. Al recibirme en el porche, la niñera dijo en coreano: «Annyeong haseyo adeul», que significa: «Hola, hijito». Yo, en silencio, me dejé caer sobre las palmas suaves y secas de la niñera, que olían a bollos dulces y a leche tibia, y rompí a llorar a gritos. Tras calmarme con su arrullo coreano tranquilo y tierno, la tía Tania me sentó a la mesa y empezó a darme de comer, diciendo: «Te he traído de casa unos dulces que he horneado para ti, mi leoncito. Se llaman chonwol tobyrum. Hoy es día de luna llena, y además aquí tienes nuestras galletas coreanas, yakgwa... Come, mi leoncito, crecerás y serás un león grande y fuerte, y nadie podrá ofenderte». —Tía Tania, —pregunté a la niñera con la boca llena de galletas—, ¿por qué el tío Petia me llama culo negro? El rostro de la tía Tania se volvió de piedra y palideció como la nieve del invierno. En sus hermosos ojos rasgados, de largas pestañas negras, colgaron de repente dos grandes lágrimas. La niñera se levantó bruscamente, se secó las lágrimas con disimulo y dijo, mirándome fijamente a los ojos con su tierna mirada de persona amante: —Hijito, perteneces a un pueblo grande y valiente que ha pasado por muchas desgracias, muerte y pruebas. A un pueblo digno del más profundo respeto. Y cuando te digan eso, debes saber que insultan los que son débiles, cobardes, ruines y saben que son más débiles que tú, pero temen reconocerlo. Porque la cobardía siempre se esconde detrás del odio y la envidia. La persona fuerte siempre es buena, sabia, noble, compasiva y jamás ofende a los débiles. Y solo la persona fuerte es capaz de perdonar.

A lo largo de toda mi vida me ha tocado enfrentarme al nazismo más burdo, y cada vez las palabras de la niñera afloran a mi memoria, y eso me ha ayudado mucho y me sigue ayudando a elegir mi lugar entre aquellos que no ofenden a los débiles.

Por la tarde volví a casa llevando en las manos una gran bolsa de galletas que la tía Tania me había entregado para el camino. Mi madre me miró de reojo y, sin dejar de amasar, dijo: —Lávate las manos y siéntate a tomar el té. Dejé la bolsa de galletas sobre la mesa, extendí las manos hacia el pitorro del lavabo y, tras enjuagarme las palmas pegajosas por los dulces, me senté a la mesa. —Mamá, cuéntame, por favor, sobre mi papá, ¿cómo es mi papá, eh? Mi madre me lanzó una mirada fugaz y respondió: —Pues mírate en el espejo, allí verás a tu padre. En ese momento entró mi padrastro. Encogiendo la cabeza entre los hombros, me escabullí en silencio a la habitacioncita con mi camita, en la que ya no cabía, y mis pies descalzos sobresalían en sueños entre los barrotes de madera... Cubriéndome hasta la cabeza con la mantita áspera, caí en un sueño profundo.

Palma

¡Me dormí temprano y me desperté temprano!

Los adultos aún dormían, y a mí no me apetecía nada quedarme tumbado en la cama estrecha. De puntillas, pasé en silencio junto a los que dormían y salí al patio. El sol se alzaba sobre el horizonte como una yema de huevo naranja. Del mar llegaba un olor cálido a algas, a escamas de pescado y a los costados salados de las barcas y redes de los pescadores. Estirándome con gusto y bostezando, entornando los ojos, miré el cálido disco solar y dije hacia algún lugar lejano, dirigiéndome a mi papá: «Papá, igualmente te encontraré. Espérame, papá». Y satisfecho, sonriéndome a mí mismo, con paso cuidadoso, descalzo por el patio empedrado, me dirigí al trastero donde estaban las cañas de pescar. La noche anterior había sido tranquila. Muy a menudo me despertaba en mitad de la noche por los gritos de mi madre, a la que mi padrastro molía a puñetazos y patadas. Yo le tenía un miedo atroz a mi padrastro, ni siquiera podía gritar, solo miraba aquello y lloraba en silencio. A veces no lo soportaba y gritaba, gritaba muy fuerte. Mi padrastro, de un salto hacia mí, solía golpearme con el revés de la mano con tanta fuerza que salía volando contra la pared o al suelo. Tenía miedo, pero no podía abandonar a mi madre. Ella es mi madre, después de todo. Seguía de pie junto a ella, sollozando en silencio, cerca del cuerpo de mi madre, que mi padrastro pisoteaba con saña contra el suelo. No puedo transmitir con palabras cómo fue aquello con más detalle, como tampoco puedo transmitir con palabras mis sentimientos. Solo lo comprenderá quien haya pasado por algo parecido... Para mi inmensa pena, ahora sufre un número enorme de niños. Todos esos inspectores de asuntos de menores y demás «comités» son unos parásitos y saboteadores: en lugar de ayudar de verdad, causan un daño irreparable, destruyendo familias, quitando los niños a los padres, y gracias a esa «estructura» bajo el ala del ministerio de educación y ciencia, muchos niños han desaparecido sin dejar rastro... Y esa es una tragedia real de nuestra sociedad...

Mi madre no me dejaba ir solo al mar. Pero con Borka, mi vecino y amigo, tres años mayor que yo y que ese año había pasado a segundo curso, sí. Porque Borka era de una familia de marinos militares de tradición, y esa familia era muy respetada en nuestro pequeño pueblo costero, donde vivían muchas familias cuya actividad estaba de un modo u otro relacionada con el mar. Al acercarme al trastero y tirar de la puerta hacia mí, como esperaba, vi surgir como de debajo de la tierra a mi gato Murik, mezcla de gato doméstico y gato de los cañaverales. A aquel Murik le temían todos los perros de los alrededores, excepto nuestra Palma. Con ella Murik dormía en la caseta desde que era un gatito minúsculo, al que yo había recogido medio muerto entre los cañaverales de la ensenada. Y lo escondía en la caseta de Palma por miedo a contárselo a mi padrastro y a mi madre. Murik resultó ser un gato listo, fiel y absolutamente intrépido. Y lo principal: le encantaba la pesca. Desde casa hasta el muelle, con el rabo en alto como un tubo, el gato me acompañaba durante casi tres kilómetros en cuanto yo hacía sonar las cañas... Cuando llegábamos al muelle o a los rompeolas, Murik se quedaba inmóvil y, fascinado, casi sin pestañear, miraba el flotador; y en cuanto el flotador se hundía en el agua, el gato empezaba a saltar, impulsándose con las cuatro patas a la vez, como si tuviera resortes, castañeteando ruidosamente los dientes... Nosotros, los chiquillos, nos reíamos a gusto y, por supuesto, el primer pez era siempre para Murik. El gato se hartaba de pescado hasta la saciedad, se tumbaba en la hierba, ofreciendo al sol su barriga rosada, y se dormía hasta la noche. Al entrar en el trastero, me quedé medio minuto frotándome los ojos con las palmas, acostumbrándome a la oscuridad... Encontré la caña, los anzuelos en una lata de hierro de arenques y una caja de madera con carretes de sedal y cordel, y luego salí a la luz. Y de repente me pareció oír, no, oí con toda claridad unos sonidos extraños que venían de la esquina de la casa, de donde estaban la caseta de Palma y Murik.

Dejando los aparejos y conteniendo la respiración, me acerqué de puntillas a la caseta de Palma. Primer pensamiento: «Seguro que son ratas». ¿Pero acaso puede haber ratas en la caseta de Palma? No, esto es otra cosa. Con cuidado, al asomarme a la caseta de Palma, vi de pronto a varios bultitos ciegos y chillones que empujaban con sus hocicos la barriga de Palma, que lamía con cara satisfecha a sus cachorros recién nacidos. Olvidándome de todo en el mundo, me metí en la caseta de Palma y, cerrando los ojos de felicidad, empecé a besar con ruiditos los hocicos mojados que olían a leche dulzona, apretando y acercando a la cara a los cachorritos por turno, sin creerme aquella felicidad tan inesperada, más valiosa que nada en el mundo.

Cada día, al irme por las mañanas al jardín de infancia, cogía en brazos por turno a un cachorrito, lo besaba y decía: «Barsik, obedece a mamá, come bien, volveré pronto»... La tía Tania compartía mi alegría por el nacimiento de los cachorritos. Y unas niñeras conocidas estaban dispuestas a llevarse un cachorro a casa, lo que me alegraba muchísimo, y lo contaba en casa. Desde el nacimiento de los cachorros habían pasado varias semanas, y no dejé pasar ni un día sin jugar un par de horas con los mejores del mundo: Barsik, Sharik, Ushko, Kubik y Busia, mirándoles los ojitos como carbones que empezaban a abrirse...

Llegó otro fin de semana. Yo jugaba en el patio, tallando un arco y flechas caseros con una navaja pequeña de hoja partida por la mitad. Al patio salió de la casa mi padrastro, y yo volví a encogerme, esperando una desgracia. —Ve por la pala, ahora voy a hacer de ti un hombre. Si no, creces como un inútil y un desastre, y morirás siendo un don nadie. Dominado por el miedo, lo dejé todo y corrí al cobertizo, encontré la pala, la agarré y la arrastré por el suelo, pensando para mis adentros lo enorme que era y cómo se cavaba con ella. Mi padrastro estaba de pie en medio del patio con un cubo en la mano. Nos dirigimos a la caseta de Palma. Mi padrastro, con aire diligente, metió en el cubo a los cachorros medio dormidos y me dijo: —¡Vamos! Empecé a sospechar que estaba a punto de ocurrir algo terrible e irreparable, y nos fuimos al rincón más alejado del terreno, donde nos detuvimos. Mi padrastro ordenó: —¡Cava! Yo empecé a cavar, resoplando, bañado en sudor y apenas sujetando en las manos aquella pala enorme. Y cuando ya no tenía fuerzas para seguir cavando, al hoyo poco profundo que se había formado cayeron desde el cubo, con un chillido suave, mis queridos y adorados cachorritos. —¡Entiérralos! No recuerdo cómo llegué a casa, pero recuerdo cómo me lancé corriendo al lugar donde los había enterrado, donde había matado a mis cachorros. Rompiéndome las uñas hasta sangrar, desenterré los cuerpecitos aún tibios, no enfriados, los abracé a todos en brazos y grité fuerte, desgarradoramente, hacia el cielo. Así me quedé sentado, inmóvil, sosteniendo en brazos a los cachorros muertos, apretados contra mi cara, hasta bien entrada la noche, hasta que vino mi madre y me llevó a casa. Y en mitad de la noche oí desde el huerto el aullido pesado, desgarrador y helador de Palma.

Me contaron testigos que después de aquello estuve varios meses sin hablar. Cuando mi padrastro me golpeaba con el cinturón hasta dejarme moratones o con las manos en las mejillas y la cabeza, yo caía, me levantaba y callaba. Ni siquiera la niñera podía hacer nada al respecto. Aunque seguía comiendo, jugando, yendo al jardín, vistiéndome solo, y cada día me sentaba largamente en la caseta de Palma: a menudo me dormía con la perra, abrazando con los brazos su ancho cuello y hundiendo la cara en su gran hocico grueso... No sé de dónde apareció en nuestra casa aquella perra maravillosa, que me perdonó y compartió mi dolor. Y es que Palma, aquel día, estaba sentada al lado y vio que fui precisamente yo quien enterró a sus hijos. Y no importan las justificaciones, importa que lo hice yo.

Pasó el tiempo... El tiempo sabe curar las heridas, dejando cicatrices y un dolor de la memoria escondido en lo profundo del corazón y del alma. El Creador, el Altísimo, el Misericordiosísimo, el Todo Bondadoso, envía al hombre pruebas que puede soportar, si el hombre desea vivir, y yo deseo muchísimo vivir, para alcanzar muchas metas, para aprender las lecciones que otorgan sabiduría y preparan al hombre para la muerte. Y para afrontarla con dignidad, hay que obtener esos conocimientos en vida, ahora.

Nunca sabemos qué llegará antes, el mañana o la siguiente vida.

—Dalái Lama

Gris

Caía una lluvia torrencial de verano. Corría protegiendo con cuidado bajo mi camisa a un gatito gris, mojado y minúsculo, que maullaba lastimeramente y se aferraba con dolor a mi mano, que lo sujetaba. Entré corriendo en casa, sequé bien al desvalido rescatado con un trapo viejo, le serví leche y empecé a preparar con diligencia los aparejos para la pesca de la mañana siguiente, acordada con Borka para el amanecer...

No había adultos en casa, como tampoco estaba Lenka, mi hermanita que no paraba de llorar, ¡lo cual me alegraba muchísimo! Tras reunir los aparejos, envolver en un trapo limpio un trozo de tocino salado, la mitad de un pan negro y aromático horneado por mi madre, un pellizco de sal envuelto en un periódico «Komsomólskaya Pravda», unas patatas cocidas aún tibias, un par de pepinos y tomates, y luego, con la sensación del deber cumplido, me dejé caer sobre un camastro de tablas construido hacía poco, sobre el cual había un colchón viejo pero aún utilizable, cubierto con una manta gris. Me dormí, hecho un ovillo, con el rumor de la lluvia tras la ventana.

Un suave tamborileo en el cristal de la ventana me liberó de los brazos de Morfeo. Bajo la ventana estaba mi amigo Borka, que, sonriendo con su boca desdentada, dijo: —¿Qué, duermes, holgazán, eh? ¡Y yo ya estoy aquí! Agarrando al instante los aparejos y el hatillo con la comida, salí como una bala al patio, salté al portaequipajes de la bici de Borka y, con ruido y risas, interrumpiéndonos a gritos, nos dirigimos a por el gobio del mar Negro, apodado por la gente «látigo» por su negrura absoluta y su cabezota enorme, ¡como mi puño o el de Borka!

Tras pescar abundante pescado, llegamos en bici a mi casa. Yo iba sentado en el portaequipajes y sujetaba bajo los brazos dos sacos no muy grandes con la captura. Junto al porche de la casa repartimos la presa a partes iguales, un saco cada uno, luego nos abrazamos, nos estrechamos las palmas de las manos y, deseándonos buenas noches, nos despedimos con afecto. Al entrar en casa con la captura y los aparejos, vi al desvalido gris ya instalado, sentado en el alféizar y lamiéndose la cola con aplicación. De repente, la puerta de entrada se abrió de golpe y en el vano apareció, tambaleándose, mi padrastro, apestando fuertemente a alcohol. —¿Dónde has estado, bastardo de culo negro? ¿Andabas por ahí callejeando como tu madre, la puta japonesa? —He estado pescando, —respondí con voz ahogada por el miedo y la sorpresa. —Mira, he pescado, —y, desatando el saco, me puse en cuclillas... Un golpe seco con el revés de la mano apagó la luz de la cocina... Recobré el sentido tirado en el suelo. Los peces que se habían salido del saco, moviendo pesadamente las branquias, me miraban con sus grandes ojos sin pestañear. Mi padrastro ya no estaba... Me levanté y, con paso lento y tambaleante, salí de casa y subí al desván, donde estaban las palomas. Me desplomé sobre un fardo de heno que había llevado antes, me cubrí la cabeza con la vieja chaqueta acolchada de mi madre y, hecho un ovillo, empecé a hundirme rápidamente en el sueño... Tenía un sueño terrible, y además muchas náuseas... El arrullo y el ajetreo de las palomas me despertaron. El estómago me rugía de hambre. La cabeza me zumbaba y me daba vueltas. Pero el hambre era más fuerte, y encima desde la cocina llegó el aroma de pescado frito en harina con cebolla...

Grosella espinosa

Los últimos días no había visto a mi Palma. En vano la llamaba, preguntando a los vecinos, pero nadie había visto a mi gran y buen amigo.

Murik era un gato independiente. Podía desaparecer durante mucho tiempo, vete a saber dónde. Pero Palma siempre me esperaba en casa, junto a la verja. Y cuando volvía del jardín de infancia, saltaba alegremente sobre mí, a menudo tirándome al suelo sobre la hierba, derribándome, y me lamía la cara con su lengua larga y húmeda de un modo gracioso, obligándome a chillar fuerte: «¡Palma, déjame!», y a estallar en una risa radiante y cristalina de niño feliz, que sabía y recordaba cada día aquella tragedia inolvidable de los cachorritos de Palma...

Ya llegó el otoño. Delante de la casa, los arbustos de una grosella espinosa espesa y crecida se habían cargado lánguidamente de bayas jugosas, que pedían a gritos que las comieran cuanto antes. En aquellos arbustos, el verano pasado, atrapé a un erizo enorme, que estornudaba de forma graciosa y se hacía una bola, lo que me daba mucha risa. Al erizo lo solté, porque es bueno.

Luego el erizo se hizo una cama en aquellos arbustos. Lo encontré cuando ya dormía bajo una manta de hojas. Y en primavera y verano el erizo se dejaba ver a menudo, y yo, agitando la mano tras él, decía: «Hola, estornudito, ¿qué tal?» El erizo, mostrando con diligencia sus talones rosados, desaparecía entre la hierba espesa o los arbustos de grosella.

El huerto de cerezos se vistió con un abrigo dorado y pardo-amarillento y me miraba con tristeza desde la altura de sus años, cubriendo silenciosa e imperceptiblemente la alameda a lo largo de la cual se alzaba una larga fila de ciruelos negros esbeltos y generosos en cosecha. Levantando la cabeza, contemplando largamente la belleza del jardín otoñal, me puse muy triste porque mi querido verano había terminado. Luego, acercándome a los arbustos de grosella, empecé a arrancar bayas maduras, aromáticas, un poco agridulces, y a echármelas a la boca a puñados... Y de pronto, algo muy conocido brilló en lo profundo de los arbustos de grosella. Conocido hasta el dolor...

¿Qué es esto? Empecé a abrirme paso hacia una mancha brillante que se veía desde la tierra, cubierta por hojarasca otoñal. Al ponerme en cuclillas, distinguí una piel moteada, como la de un abrigo de pieles, pero mi madre no tiene ese abrigo. «¿Y de dónde me resulta conocido esto?», pensé. Agarrando con las dos manos la piel que sobresalía, tiré de ella hacia mí... De repente, en mis manos apareció la piel de Palma, de la que se desprendió la cabeza de mi perra, hirviendo de gusanos, que salían en montón y caían de la boca y los ojos de mi querida perra...

Sobre mis hombros infantiles, sobre los hombros de un niño pequeño, aquel día se desplomó el cielo. Un grito de horror y dolor se me heló en el pecho, sin dejarme mover, mover las manos o siquiera parpadear. Probablemente estuve mucho tiempo de pie, paralizado, abrazado por el horror. Del estupor me sacó el frío, o quizá el miedo o el odio. Me sacudía con fuerza, y las manos y las piernas se me contraían con calambres hasta dolerme los músculos. Y en aquel momento pensaba en lo difícil, en lo doloroso que había sido para Palma, asesinada por quererme. Y a mí me arrebataron a quien yo quería. Junto al lugar donde yacían los cachorros, cavé como pude un hoyo poco profundo. La tierra negra, con gruesas lombrices, cedía bien a la pala. Cavaba en silencio, con un fuerte dolor en el pecho y un arcoíris palpitante en la cabeza...

Sobre la cabeza y la piel de mi perra se formó un montículo... Me tumbé sobre él, me hice un ovillo, abracé mi cabeza con las manos, y un torrente incontenible de lágrimas brotó de mis ojos, corriendo en finos arroyos sobre la tierra húmeda y tibia, que cubría con una manta perfumada los restos de quien fue y para siempre seguirá siendo mi amigo.

En el crepúsculo que avanzaba, todo manchado de tierra y hierba, entré en casa. A la mesa estaba sentado mi padrastro, comiendo sopa, sorbiendo ruidosamente y gruñendo. Mi madre trajinaba junto a la cocina, dándole la vuelta en la sartén chisporroteante a trozos de carne que se freían con verduras. Mi padrastro levantó la vista hacia mí y dijo entre risas: —¿Qué, he oído que estabas enterrando las tripas de tu perra callejera? Vaya, vaya... Y siguió comiendo sopa, chasqueando los labios y salpicando saliva... —No es una perra callejera, es mi amiga. Es Palma, —respondí yo, bajando la vista al suelo; de mis ojos brotaron lágrimas que corrían por mis mejillas sucias... —Sí, buen amigo fuiste, si te la comiste. Estaba rica tu amiguita, ¿eh?

La comprensión de que a mi Palma la habían matado para darme de comer con ella me fue envolviendo lentamente en un velo gris de pena y ofensa. Dando dos pasos indecisos hacia la mesa de mi padrastro, le dije en voz baja pero firme: —¡Cuando crezca, te mataré! Me recuerdo a retazos, tirado en el suelo en un charco de mi propia sangre... A nuestro vecino, el tío Vitia Kravchenko, apartando a mi padrastro de mi cuerpo de juguete, al que ya todo le daba igual. Recuerdo la niebla y la voz de una mujer desconocida: —Pulso débil, pérdida de sangre, es un niño pequeño...

«Om Yamantaka Hum Phet, Om Yamantaka Hum Phet...», oí a través de un sueño pesado, hundiéndome una y otra vez en un profundo pozo negro. Un gobio marino enorme me decía: —Eh, perrito de culo negro, otra vez andabas por ahí callejeando, como tu madre la golfa... alguien me acariciaba la cara y decía en un susurro: —Om yamantaka hum phet. La mano olía a bollos dulces y leche tibia. «¡Tía Tania!», cruzó por mi cabeza.

Con esfuerzo entreabrí los párpados, a la luz brillante del día soleado que se colaba a través de las viejas cortinas descoloridas de la habitación del hospital. En el borde de mi cama de hospital estaba sentada la tía Tania, con una hermosa blusa escarlata con flores azules. La niñera me miraba a los ojos, inclinada muy cerca de mi cara, y pronunciaba una oración.

—Tía Tania, me he comido a mi amiga, —dije apenas audible, moviendo con dificultad unos labios ajenos y resecos. Y torrentes de lágrimas grandes de pena volvieron a brotar de mis ojos sin pestañear. La niñera tomó mi mano en silencio, besó la palma y la apretó un instante contra sus labios suaves y tibios. Y luego dijo:

—Adeul, no le has hecho nada malo a tu amiga Palma. Ahora está en el cielo y te mira. Sabe que por ella aceptaste sufrimiento. Y te está inmensamente agradecida por tu amor y tu fidelidad hacia ella. —A ver, dime, si tu Palma se hubiera comido un trocito de tu cuerpo, ¿te habrías ofendido con ella? Yo, mirándola de reojo con sorpresa, contemplé a la niñera y respondí: —¡Claro que no! —¿Y si Palma supiera que ese trocito de carne era de tu cuerpo, lo habría comido? —¡Pues claro que no! Tía Tania, tú sabes que Palma es lista, no se come a los amigos...

En aquel instante, la tía Tania, con palabras sencillas, quitó de mi alma infantil el peso de una culpa desmesurada que me oprimía por la muerte de los cachorros, por la muerte de Palma para que sirviera de comida... La niñera encontró las palabras mágicas para un niño que tan pronto había conocido un dolor para el que no había medicina... —Niñera, ¿es verdad que en el otro mundo podré ver a Palma y a los cachorritos? —Sí, pequeño, los verás a todos. Y los cachorritos para entonces habrán crecido y se habrán vuelto grandes y fuertes. —¿Y me reconocerán? —¡Claro que te reconocerán! Si fuiste tú quien les puso nombre a todos. —Niñera, ¿y allí nadie les hará daño? —¡Qué dices! Claro que no, pues allí está Buda. —¿Y quién es Buda? —En cuanto te recuperes, te contaré sobre él, seguro... La niñera me sonrió con toda su sonrisa blanquísima, me dio un beso en la mejilla y, acariciándome la barbilla, porque toda mi cabeza y mi frente estaban vendadas... —Duerme, y mientras tanto iré a prepararte algo rico... Le sonreí a la niñera, bajando lentamente los párpados y hundiéndome de nuevo en un sueño lleno de felicidad, porque Palma no está enfadada conmigo, y ahora está bien allí, porque está con sus cachorritos y Buda la protege.

Años después supe que la niñera pidió muchas veces a mi madre que me entregara para criarme. Mi madre consideró que era una mala idea. Y siempre rechazaba las repetidas tentativas de la niñera de llevarme consigo... A pesar de todo, la niñera siempre estaba al tanto de dónde estaba yo, qué me pasaba, con quién estaba... Mi padre enviaba puntualmente dinero para mí a mi madre, que, como de costumbre, mi padrastro gastaba en bebida. Y mi papá enviaba por término medio 100 rublos cada mes. Una barra de pan costaba 10 kopeks, un helado de frutas, 6–8 kopeks, un helado de crema en cucurucho de barquillo, 10–12 kopeks, y un vaso de gaseosa con sirope, tres kopeks... Cada mes, muchas veces, en el patio de casa se reunían los amigotes de mi padrastro. No era raro que sus borracheras terminaran en peleas. Hombres borrachos desconocidos dormían directamente sobre la hierba y bajo los arbustos de grosella, hasta que venían a buscarlos sus esposas o parientes. A veces, algún borracho podía darme una patada en el trasero sin más, entre la carcajada general de la compañía ebria y las exclamaciones de aprobación de mi padrastro Piotr, ya muy borracho.

Del hospital, mi madre me recogió al cabo de un par de semanas. En varios lugares de mi cabeza me habían puesto puntos, y el médico prometió quitármelos en una semanita, o quizá en diez días. Y de momento debía quedarme en casa y no mojar las heridas. Los derrames de sangre en la espalda, el pecho y los brazos se habían convertido en enormes manchas de un verde sucio... La soledad siempre me produce placer, y para mí el silencio y la quietud son más valiosos que el ruido y el bullicio de la multitud, que llena todo a su alrededor con su charla y sus gritos. Mi amigo Borka compartía mi opinión, y cuando pescábamos juntos, en todo un día codo con codo, podíamos pronunciar unas pocas frases: —¿Pican? —Sí. —¿Y a ti? —También. —¿Comemos? —Un poco más tarde...

Todo lo demás lo hacíamos en silencio, como si habláramos mentalmente. Subido al viejo nogal que crecía junto a la verja de nuestra casa, me acomodé cómodamente en una rama gruesa, colgando las piernas, y me puse a pelar pipas con gusto, observando a los escasos transeúntes y a una jauría de perros locales inofensivos que deambulaban... De pronto, desde el patio vecino de enfrente se oyeron gritos e improperios. La verja se abrió de golpe, y la joven vecina Nadia, saliendo corriendo, gritó al vecino Pável:

—¡Me voy con él de todos modos! —Nadia, querida, no te vayas con él, tenemos dos hijos pequeños, ¡piensa al menos en ellos! Nadia se detuvo, se giró bruscamente y le gritó al marido a la cara: —¡Duten pule, imbécil! ¡Me voy con él de todos modos! —Nadia, ¡me ahorcaré! —¡Pues cuélgate, tonto! Nadia desapareció tras la esquina de la calle, y Pável se fue al cobertizo, cerrando la puerta tras de sí. Y qué será eso de «duten pule», hay que preguntárselo a la niñera, ella lo sabe todo, pensé... Al cabo de un rato, después de varias decenas de pipas roídas, a la verja del patio de la familia moldava se acercó un vecino joven y empezó a llamar a Pável:

—¡Eh, Pasha! ¡¿Estás en casa?!

El vecino, que creo que se llamaba Andréi, hacía poco que había vuelto del ejército, repitió varias veces su intento de hacerse oír por Pável y ya se disponía a irse, dándose la vuelta... Entonces yo le grité: —¡Tío! Pável está en el cobertizo, dijo que iba a ahorcarse... Andréi, como picado por una avispa, dio un salto en el sitio, soltó un juramento diciendo: «¿Y por qué callas?», y se lanzó al cobertizo. Un instante después salió volando con la cara desencajada por el horror, gritando: —¡Gente, ayuda!

En el patio se reunieron varias decenas de hombres, mujeres y la chiquillería omnipresente, que correteaba por curiosidad aquí y allá...

Al tío Pável lo sacaron del cobertizo entre los lamentos y quejidos de las mujeres y lo tendieron sobre las puertas del cobertizo descolgadas de sus goznes, que habían resultado testigos involuntarios de la agonía mortal del tío Pasha. A la llegada de la ambulancia y la militsia, la multitud de curiosos y compadecidos se dispersó rápidamente, dejando el cuerpo del difunto tendido en soledad en el patio, con la verja abierta de par en par... Tras vacilar un poco, bajé de mi puesto de observación, salí a la calle y luego entré en el patio del tío Pável. Al acercarme al cuerpo del difunto, me puse en cuclillas, extendí la mano y pasé los dedos por el profundo surco negro-burdeos del cuello del tío Pável. La cara del tío Pasha se había vuelto de un negro violáceo, y de la boca le sobresalía una lengua negra, hinchada y también abultada, con coágulos de sangre...

Qué extraño, ¿y por qué muere el hombre...? Seguramente para estar mejor allí, como Palma y los cachorritos... Apartándome, me senté en el banco del porche de la casa de los moldavos, observando con curiosidad a los camilleros de batas blancas que examinaban y palpaban el cuerpo del difunto.

Un poco más allá estaba el miliciano del distrito, el tío Begemot. Lo apodaban así por el tamaño enorme de su barriga, como si de verdad se hubiera tragado un sol entero. El tío Begemot decía algo con voz gutural y burbujeante al vecino de Pável, el tío Vitia, ceñudo, el que me había defendido cuando mi padrastro saltaba sobre mí, hundiendo mi cabeza en el suelo a patadas... ¡De pronto, en el patio entró corriendo la moldava Nadia! De inmediato se dejó caer de rodillas ante el cadáver de su marido y gritó fuerte: «¡Pashenka, perdóname, perdóname a mí, maldita, perdóname, amado mío...!». Y yo pensé que ahora Nadia gritaría otra vez: «Duten pule, Pasha...». Y qué será eso de «duten pule»...

Otra vez...

El otoño estaba en pleno apogeo. Castaños, tilos y arces cubrían los senderos del parque, compitiendo en la variedad de formas y en la cantidad de hojas que dejaban caer. El barrendero Antónych, con un bigote como el del soldado rojo Budionny en la ilustración del libro que me regaló Boris cuando estuve en su casa, mascullando algo para sus adentros, barría acompasadamente con la escoba los senderos del parque... Luego me guiñó un ojo de forma amistosa y, metiendo la mano en el bolsillo profundo de sus pantalones, sacó de él una piruleta con palo en forma de pez amarillo, semejante a un hermoso ámbar soleado, envuelta en un papel crujiente de caramelo.

—Toma, nieto, cómetelo, para tu salud y para la suerte... Yo no tengo ni nietos ni hijos. Mi hijo murió. Y Dios no nos dio más hijos, así que paso mi vejez solo. Mi vieja murió hace ya cinco años... —Gracias, abuelo, —dije, echando la cabeza hacia atrás para mirar a Antónych y viendo sus ojos azules con una lágrima grande asomando... Antónych, como Papá Noel, sonrió bajo su espeso bigote blanco y me acarició suavemente la cabeza. Al ver mis heridas y los puntos aún no retirados bajo el pelo corto, preguntó: —¿Y esa herida de guerra, hijo? —Secreto militar, —respondí al abuelo Antónych... —Bueno, si es así, está bien. Antónych se giró y siguió barriendo monótonamente la hojarasca que cubría densamente todo el entorno. El olor acre del humo de las hojas quemadas llenó el parque costero, azotado por los vientos marinos. El parque, que había visto muchas cosas interesantes en su larga vida de silencioso guardián del tiempo... Vio sultanes, zares e incluso al mismísimo Alejandro Suvórov con su ejército invencible. Ojalá pudiera yo vivir cien millones de billones de años y saberlo todo, ¡todo! Bueno, absolutamente todo, lo visible y lo invisible... Mi primer libro lo leí a los cinco años. La tía Tania me enseñó a leer con fluidez ya a los cuatro. Nunca fui un niño especialmente dotado ni especial. Simplemente, todo lo que hacía mi niñera lo hacía con amor y con un cuidado en el que yo, un niño, me disolvía en las palabras de la niñera y en su mirada.

Todo lo que la niñera me daba lo memorizaba de inmediato y para mucho tiempo, ¡para toda la vida! La niñera me daba todo lo que no me daban en «casa». Y mi padrastro me odiaba por todo, y porque no le obedecía, sino que me sometía ciegamente por miedo, aplicando sus «métodos de educación». Todo lo que provenía de él, de aquella persona ajena a mí, lo rechazaba con tanta fuerza que incluso el helado que me daba en un arrebato de «bondad» lo tiraba a escondidas al pozo negro o simplemente a los arbustos... Durante aproximadamente medio año, Piotr casi todos los días, sobre todo si estaba borracho, me obligaba a estudiar la tabla de multiplicar. Cogía el cuaderno donde en la contraportada estaba aquella maldita tabla de multiplicar y preguntaba:

—¿Cuánto es cinco por ocho, seis por siete, siete por dos...?

De Piotr nunca esperaba nada más que golpes. Y me atenazaba un miedo tal que en aquel instante solo podía pensar en el segundo exacto en que me golpearía. Normalmente Piotr me golpeaba con el revés de la mano en la cara, a menudo rompiéndome los labios y la nariz hasta hacerlos sangrar. Y también me golpeaba en la cabeza y en la nuca, diciendo:

—¡Puta estúpida de culo negro, piensa de una vez, maldito paleto...!

Estudiando así las matemáticas toda la noche, me dolía terriblemente la cabeza, y a veces incluso vomitaba en pleno sueño... Por lo que otra vez me golpeaban, de nuevo en la misma cabeza enferma y estúpida del bastardo de culo negro... No sabía qué hacer, qué debía hacer, en qué era culpable, por qué me pegaban, y por qué yo era de culo negro, y dónde, dónde está mi papá, dónde estás, papá mío...

Como siempre en otoño, los campos y huertos del koljós alimentaban generosamente con fresas, zanahorias, rábanos... Los árboles frutales apenas sostenían en sus ramas una cosecha generosa y aromática de manzanas y peras. Las cerezas tempranas blancas, rojas y rosadas eran nuestra golosina favorita...

Con la llegada del otoño y la recolección, a los escolares y estudiantes se les atraía para ayudar en la vendimia, generosamente nacida bajo el sol sureño de la costa del mar Negro, envuelta en el vaho de los aromas de los huertos y en el olor fresco, salado y yodado del mar...

Los guardas nunca nos prohibían coger toda la uva que quisiéramos de las variedades ojo de buey, Rkatsiteli, damski pálchik dulce como la miel, lidiya, moscatel y otras, porque no había manos suficientes para recoger toda aquella cosecha de generosidad de la tierra sureña, que a menudo se pudría en el suelo sin llegar a recogerse...

En los viñedos y huertos éramos visitantes frecuentes, y los guardas solo nos ahuyentaban a los pequeños si nos subíamos a los árboles frutales sin permiso y rompíamos ramas... Por eso Borka y yo les birlábamos de su casa una garrafa de tres litros de vino casero, y los guardas no solo nos permitían coger manzanas y peras, sino que incluso nos ayudaban a llenar dos y tres sacos de fruta escogida o varias cestas de uva, cargándolos en la bici y atando bien la carga con alambre de aluminio a los cuadros de nuestras bicicletas. Los sacos de manzanas normalmente los cargábamos uno en el cuadro, otro bajo el cuadro, y el tercero, o en el manillar o en el portaequipajes de la bici... Y nosotros, resoplando, empujábamos a pie nuestra presa, a veces hasta diez kilómetros, aunque por todo nuestro camino había carreteras asfaltadas, hasta las cuales nos ayudaban a salir los amables guardas-jardineros, ya bastante achispados por el vino de Borka... Sí, vino en aquellos lugares había en cada patio como para hartarse. Y un buen dueño tenía dos o tres cisternas de transporte de leche enterradas en la tierra; precisamente en ellas se guardaba el vino. Y así en casi cada patio de todo el extrarradio... Pero por muy sabrosas que fueran las manzanas de los huertos del koljós, la más melosa, la más jugosa y la más grande, la «naliv blanco», crecía en el huerto personal del presidente del sovjós, el tío Semión, apodado «Gorrión». A un gorrión, el tío Semión no se parecía en absoluto, sino más bien a un castor gordo y lustroso.

Al tío Semión incluso le sobresalían dos dientes superiores por encima del labio inferior, recordando tanto a un roedor... Y he aquí que una noche fuimos a hurtadillas al huerto del tío Semión, llevando una pequeña bolsa de tela. Saltamos la valla, nos deslizamos junto a los invernaderos de tomates y los arbustos de grosella. Como gatitos, trepamos rápidamente al árbol legendario y nos quedamos quietos... En el huerto reinaba el silencio. La luna, ora ocultándose, ora iluminando el entorno, creaba sombras caprichosas que nos asustaban un poco en la oscuridad. Borka me dijo:

—Tú vigila, que yo ahora cojo rápido unas manzanas.

—¡Ajá!, —respondí, devorando con las dos mejillas la primera manzana que cayó en mis manos, de una dulzura tan increíble que hasta cerré los ojos, como Murik al sol, de puro placer... De pronto, en el extremo más alejado del huerto me pareció oír unas voces apagadas. Me quedé helado y de repente vi entre los árboles el haz de una linterna saltando caóticamente... Del horror de que nos atraparan, olvidé escupir el trozo de manzana de la boca y, en un susurro entrecortado, dije emocionado a Borka:

—¡Asas, sysys, asas!!!

Borka, atando la bolsa al instante, saltó del árbol, corrió hacia la valla, la saltó y cayó entre unas ortigas espesas, más altas que nosotros... Levantándonos como escaldados, salimos disparados, quemándonos, hacia el barranco y rodamos por él dando vueltas, estallando en carcajadas... Borka, sin aliento y llorando de risa, señalándome con el dedo, intentaba decir: —Asass, tío, eres un sysys, vaya...

Nos revolcábamos de risa sobre la hierba, sin prestar atención siquiera a que las ortigas nos habían regalado fuertes quemaduras. Ardían las manos, las piernas, las caras; en fin, todo se llenó de ampollas... Recordamos aquel caso durante mucho tiempo, incluso décadas después. Porque la infancia no envejece: la infancia siempre es feliz y soleada. Y hasta la muerte es inolvidable, construida como un arcoíris de cálidos rayos de luz que iluminan nuestra vida.

La vida, donde olvidamos que mientras fluya en nosotros la sangre de nuestros padres, seguimos siendo niños pequeños. Y debemos recordarlo, y llevar amor a nuestras madres y padres mientras laten nuestros corazones... Fueron precisamente nuestros padres quienes recibieron nuestras almas, permitiendo que naciéramos justamente de ellos.

Pues no nos mataron con un aborto. Estamos vivos. Y el universo nos dio a los padres que encajan idealmente para cada uno de nosotros... Todo lo que hicieron nuestros padres por nosotros, aunque nos parezca que no tienen razón y son injustos con nosotros, debemos encontrar en nosotros la fuerza para aceptarlos y perdonarlos, perdonarlos con un corazón agradecido, lleno de amor y ternura hacia ellos. Vinimos a ellos desde un amor inmenso, para hacerlos aún mejores, y el amor no es interesado ni endeuda... No fueron los padres quienes nos eligieron: fuimos nosotros quienes llegamos a ellos por nuestra propia y buena voluntad...

Amigo

Al final de la semana, como siempre, decidí ir de visita a casa de Boris. Con permiso de la niñera, saliendo antes del jardín de infancia y llegando a casa, me puse los pantalones viejos con remiendos y un jersecito igual de viejo, a punto de deshacerse de puro gastado... Saltando de un pie a otro y silbando algo entre dientes, me dirigí a casa de Borka.

Borka acababa de volver de la escuela y, sin haberse cambiado aún, ya ayudaba a todo trapo al abuelo Maksim en el colmenar...

—¡Borka! ¡Estoy aquí!, —grité a mi amigo, asomándome por la rendija de la verja del patio, y al instante, tras decir algo a su abuelo, Boris salió corriendo hacia mí... La verja se abrió de golpe, y la cara de Borka, encendida por la emoción, se deshizo en una sonrisa... Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en cien años, y entonces noté un moratón enorme bajo el ojo de Borka... —¡Vaya! ¿Y esto qué es, eh? ¡¿Borka?! —¡Tonterías!, —respondió él—. Me peleé con unos uzbecos... —¡Vamos con el abuelo, a sacar miel! —¡Borka, no me vengas con rodeos! ¡Cuenta cómo fue! —¿Y qué hay que contar? ¡Él a mí! ¡Yo a él! Él otra vez a mí, y yo a él en el estómago. Y ya está. Él se cayó, y yo a casa... Mirando a los ojos a mi amigo, comprendía que Borka callaba muchas cosas... También de adulto siguió igual. Si hay una desgracia, jamás le cuenta a un amigo su desgracia... ¡Jamás!

Incluso discutíamos fuertemente por eso, ¡hasta ofendernos! Él siempre me responde al respecto:

—Un amigo no es un cartucho, no se gasta disparando; un amigo es un alma, ¡y solo hay una!

Y a mí entonces me daba rabia, pues Borka se peleaba con los uzbecos y yo no estaba allí... Al acercarme al colmenar, saludé con cortesía al abuelo Maksim. El viejo lobo de mar había dedicado toda su vida al mar... Entrado en la flota como grumete, el abuelo Maksim ascendió hasta el grado de vicealmirante de la flota.

El abuelo me levantó por las axilas con sus manazas enormes, yo diría que manos-grúa. Me lanzó hacia arriba y, sonriendo bajo su barba cuidadosamente recortada, dijo con voz tonante: —¡Vaya, has crecido, vaya, eres fuerte, vaya, eres poderoso! Tras depositarme con cuidado sobre la hierba, nos llevó a la casita de verano a tomar té con miel recién extraída de las colmenas, acompañado de rosquillas y peras jugosas, cuyo jugo ambarino corría por nuestras manos y barbillas... —¡Qué rico!, —dije yo. —¡Ajá!, —me secundó Borka al unísono, entornando de placer los ojos y, tapando un poco con picardía su ojo izquierdo morado, dijo en voz baja: —Asas... Y entonces ambos, por la risa que estalló en nosotros, inundando nuestros ojos de lágrimas de felicidad y alegría, agarrándonos la barriga, nos desplomamos sobre el amplio camastro del abuelo Maksim, cubierto con pieles de oveja y cabra, sobre las que al abuelo Maksim le gustaba echar una cabezada después de comer... Habiéndonos hartado de miel con pera, satisfechos y con sonrisas que no se borraban de nuestras caras encendidas, salimos de la casita de verano. Borka se detuvo y levantó significativamente un dedo. Nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos. Y Boria, en voz baja y tono de conspirador, susurró: —Hoy es viernes. —¿Y qué?, —pregunté. —¡Pues que hoy Oksanka va al baño! ¡Sígueme!

Y echamos a correr a través del huerto, pasando junto a una decena de colmenas, a lo largo de los bancales de nabos y coles, llegamos a la valla, completamente cubierta de hiedra, ya amarillenta en muchos sitios y con manchas escarlatas. Con cuidado, a través del follaje espeso, apartándolo un poco con las manos, empezamos a examinar los caminos de acceso al baño en la parcela donde vivía Oksanka con su abuela y su abuelo Yegor. El abuelo Yegor también había sido marino militar, comandante de submarino. Al retirarse, reconstruyó con sus propias manos la casa heredada de sus padres y construyó un baño ruso, al que a Oksanka le gustaba ir los viernes.

Era una muchacha muy hermosa. Miraba a todos los chicos con altivez. Oksanka tenía una trenza negra y gruesa como un cabo marino que le llegaba más abajo de las rodillas. Y, según decía Borka, Oksanka tenía unas tetas simplemente enormes, y él ya las había observado más de una vez precisamente los viernes...

Para mí, un niño que aún no tenía siete años, no era comprensible la importancia del tamaño de las «tetas» en el sexo femenino, como, por cierto, tampoco ahora veo la diferencia. Lo único que me entristece en la figura femenina es el extremo de la delgadez o de la obesidad. Y que esté rellenita o delgadita ya no importa, lo principal es que sea amada y honesta...

Mi niñera decía: cuando una persona tiene sed, mira si hay agua en la taza. Y qué taza sea, de oro o de madera, no importa en absoluto. Pero es muy importante que tanto el agua como la taza estén limpias... Y también me decía la niñera: el hombre siempre debe ver qué bebe, y de qué bebe. La mujer es el agua. Y además el hombre debe recordar: todos los venenos se preparan a base de agua...

Tras asegurarnos de que el camino al baño estaba libre, saltamos la valla casi sin ruido y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos entre unos espesos arbustos de lilas justo debajo de la ventanita del baño, de donde llegaba el canto de Oksanka y el sonoro chapoteo del agua que se vertía del cubo a la palangana... La ventanita del baño estaba situada tan baja que, sin dificultad, como en una pantalla de televisión, se veían todos los detalles de las tetas enormes de Oksanka... Y su largo pelo negro estaba recogido en una gran palangana amarilla con agua, y Oksanka lo enjabonaba con champú de lavanda, cuyo aroma nos hacía cosquillas en la nariz y nos llegaba desde la ventana entreabierta... Borka, en tono de conspirador, me dio un leve codazo en el costado y susurró en voz baja: —¿Qué te parecen las tetas de Oksanka? Yo fruncí el ceño con aire importante y respondí con aspecto de entendido: —Sí-í-í, no están mal, las tetas... Borka soltó una risa ahogada y, tapándose la boca con todas sus fuerzas para no gritar de risa, me dio una colleja de broma y susurró, ahogándose de risa: —Sí, tú sí que eres un entendido en tetas, no hay quien te lo quite...

A mí también me dio risa la imagen de cómo las tetas, en verdad enormes, de Oksanka se balanceaban de un lado a otro, como dos grandes esferas alargadas llenas de agua, de esas que tirábamos desde el tejado del edificio de varios pisos... Tras quedarnos un rato más observando las tetas oscilantes de Oksanka, aquello nos aburrió pronto y nos dirigimos al palomar, a casa de Borka... Pues las palomas son más interesantes que las tetas de Oksanka, ¿verdad...

Mis palomas, y tenía según la época hasta treinta parejas, vivían en el desván de la casa en la que yo vivía. Y en casa de Borka, su padre y su abuelo le habían construido un palomar de verdad sobre pilotes; en él había hasta un cuartito para nosotros dos. Nosotros, sentados en calor sobre un colchón viejo, durante las lluvias torrenciales, a la luz de una lámpara, nos leíamos el uno al otro relatos sobre el mar, sobre los marinos, sus hazañas y batallas, y ambos soñábamos con lejanas travesías marítimas, soñando con grandes victorias.

Con todo lo que nos rodeaba, con el mar y las personas que amaban aquel mar. Los sueños son lo que a menudo me falta hoy, a mí, un hombre adulto que sigue siendo aquel niño pequeño que resuelve tareas de adulto, que han dividido la infancia de la madurez.

Borka, como yo, amaba las palomas mensajeras blancas, y soñábamos que, cuando partiéramos de travesía, llevaríamos palomas y enviaríamos con ellas cartas a casa sobre los países y tierras en los que estuvimos, lo que vimos y aprendimos. Me entristecía, porque no podía enviar palomas a mi papá, porque no sé dónde está ahora mi padre... ¿Dónde estás, papá...

El maíz y el trigo los robábamos en los campos y almacenes del koljós. Y a veces, según el viejo «esquema», simplemente cambiábamos el grano por aguardiente casero... El abuelo no aprobaba aquel intercambio y al principio nos riñó. Pero luego, tras pensarlo, nos llamó y dijo: —De todos modos no se os puede prohibir, robáis el grano y el maíz, así que mejor cambiadlo por aguardiente, pero no volváis a robar jamás... Y una semana después, el abuelo Maksim trajo además varios sacos grandes de trigo... Y ahora nuestras palomas comían hasta reventar, y para que estuvieran en forma, las hacíamos volar desde el tejado de la casa o del palomar, agitando pértigas con trapos blancos atados... Nosotros, silbando fuerte y jalando, mirábamos las palomas blancas en el azul celeste, pasando ruidosa y emocionadamente sobre nuestras caras excitadas y radiantes de felicidad... Al día siguiente, Borka vino corriendo a mi casa cuando yo aún estaba en el país de Morfeo. Sacudiéndome suavemente, declaró solemnemente: —¡Esta noche el abuelo Maksim y yo vamos a pescar de noche! Yo parpadeaba con ojos somnolientos y no podía entender qué pesca nocturna era aquella. ¡Y entonces lo comprendí! —¡Vaya! ¡Qué suerte tienes, Borka! Borka me dio una palmadita en el hombro y dijo: —¡Es suerte para los dos! ¡El abuelo ordenó que te invitara obligatoriamente! Ya lo ha hablado con tu madre y tu padrastro...

Yo salté como una bala a vestirme, recogiendo las cosas desparramadas desde la víspera, y, una vez vestidos, echamos a andar con paso animado de amigos inseparables... El abuelo Maksim a menudo me miraba pensativo y a veces decía: —Nieto, tu destino me recuerda al mío... Comprendo y comparto tu pena, la de vivir sin padre... Cuando yo tenía solo un añito, mi padre no volvió del mar. Y a los nueve años se me murió mi madre... Fui un niño de la calle, robaba, hurtaba con otros huérfanos igual de hambrientos y helados, hasta que me recogió un capitán retirado que había servido toda su vida en un dragaminas...

Cucos

En mi bolsa de redecilla llevaba una botella de leche, una cebolla, un manojo de eneldo aromático, un par de tomates gordos y carnosos, varios pepinos recién cogidos, y en realidad robados de un huerto que pillé de paso, donde me persiguió una tía gorda con un rastrillo. Huyendo de ella, me rasgué los pantalones con la valla de su huerto... Extendiendo los brazos y espantando a las gaviotas gordas y perezosas, corría por la arena ardiente, alegrándome del sol, del mar y del viento. La camisa se me hinchaba y me golpeaba la espalda, y me parecía que también ella sabía estar de buen humor, alegrándose de que nos habíamos escapado al mar sin avisar a nadie. La cálida corriente del viento marino me acariciaba la cara y me alborotaba el pelo despeinado... Ay, la que me va a caer...

No muy lejos, con la panza hacia el cielo, yacía una vieja barca de madera que, a juzgar por sus costados negros y embreados, los pescadores locales habían estado reparando hacía poco...

Colocando mi sencilla comida bajo la barca y quitándome de inmediato los pantalones y la camisa, me lancé a toda velocidad al encuentro de las olas espumosas del mar, que cubrieron de frescor mi cuerpo acalorado... Las olas olían a yodo, a algas marinas y a redes de pescador... Por el frescor repentino se me cortó un poco la respiración, obligándome a retener un instante una burbuja de aire en el pecho, y, abriendo mucho la boca, hice una inspiración profunda y me sumergí bajo el agua con los ojos abiertos...

El agua estaba limpia, de un brillo esmeralda, por la gran cantidad de medusas blancas, que reflejaban un poco el sol intenso que penetraba en la espesa masa de agua y se dormía en la profundidad, junto al fondo marino... Nadaba con los ojos abiertos y admiraba el mar. Hasta ahora me parece que mi alma se quedó allí, en el mar... Al emerger, resoplando ruidosamente y echando hacia atrás un chorro de agua de mi mata de pelo negro con reflejos rojizos, regalo del sol generoso en calor...

A lo lejos, en el mismo horizonte, en el vaho azulado, navegaban varios grandes transportes militares, y cerca, como puntos negros, se veían pequeñas embarcaciones pesqueras que iban y venían en filas, entrando y saliendo del puerto... El pueblecito, situado en las laderas de las colinas, sonreía amablemente al sol, al mar y a mí. Saludé al pueblo con la mano y salí a la orilla.

Cayendo de bruces sobre la arena caliente, crucé los brazos a la altura del pecho, arrimando bajo mí la arena que ardía, y me quedé inmóvil, disfrutando del calor de la arena recalentada bajo el sol del mediodía, cubriéndome de piel de gallina... Bajo la manta soleada del verano, me hundí silenciosa e imperceptiblemente en el sueño...

En ese momento, al otro lado de la barca, a juzgar por las voces, se instalaron tres tías escandalosas que discutían acaloradamente sobre sus hombres... A las mujeres se las podía distinguir por las voces y las maneras de hablar. Una hablaba con un timbre bajo, de pecho, pero muy agradable. La segunda, con una voz chillona y desagradable, como una flauta desafinada, y la tercera, con una voz normal, pero muy acentuada en la letra «O», que recordaba a un pope de iglesia que olía a alcohol, cuando vino a oficiar el funeral del vecino ahorcado Pável... —Trompeta, lo puso a parir de lo lindo, —decía una de las tías. —¡Pues si me ama, debe amar a mis hijos! —¡Pero si no son suyos!, —objetó la otra. —¡Entonces no te acuestes con él!, —añadió la «pope». ¡Nada de sexo con él! Ya sabes, los hombres son como perros, como los perros de Pávlov, siempre y en todo por reflejo: coño, víctima, palo y otra vez coño. ¡Él debe trabajar, mantener a mis hijos, satisfacer a la mujer!, —añadió la flauta. Y que los niños no sean suyos, no es asunto suyo, porque esos niños nacieron antes de conocerlo... —Flauta, chillando, añadió: —¡Eres tonta, Liudka! ¡El mío, el tonto, piensa que Kolka es su hijo! Bueno, y vosotras, amigas mías, sabéis de quién es... —¡Claro que sabemos de quién!, —respondió la trompeta—. ¡De Serioga el taxista! —¡Oh, buen perro!, —añadió con gusto la trompeta. —Tú, Liudka, no seas tonta, mentir en beneficio de la causa está bien. Serioga, mira tú, cría como propio al hijo ajeno y no sabe nada. Y yo, por mi parte, de vez en cuando me dejo caer por los constructores uzbecos de paso. Vosotras, amigas mías, ya estáis al tanto... Los hombres están hambrientos, son «atentos», y a mí me da gusto, y nadie lo sabe. Ellos «trabajaron» y se fueron, y la vida continúa... —¡Serioga está al lado, y Kolka está asegurado! ¡Así que tú, Liudka, no le des la lata al hombre! —Tú tienes tres hijos, de tres hombres distintos, ¿dónde vas a encontrar ahora a semejante tonto, y además con el sueldo de ingeniero jefe de nuestro puerto? Eso son unos trescientos rublos, y encima la prima, la decimotercera...

—En resumen, Liudka, chúpasela más a menudo y con más dulzura, para que tu boca esté ocupada en algo y no le esté dando la tabarra en vano. Mira, además tienes unas tetas de diez, pues con ellas y con tu boca allánale el camino a su «corazón», y dale de comer borsch, y prepárale chuletas, y luego, cuando le des un hijo, ¡se volverá manso...! —Ay, chicas, no me apetece parir un cuarto, me da miedo que me deje como aquellos tres gilipollas... —¡No te dejará! Este es del partido, ¡nuestro comité de distrito y el comité regional del partido no se lo permitirán! ¡El comunismo, chicas, nos ayuda! Y entonces las tres mujeres se rieron alegremente. —¡Pues ya está! ¡Vamos a bañarnos! Las risas y bromas se fueron alejando hacia el mar...

Nosotros

En aquellos años no entendí la conversación de las tres mujeres, pero se me quedó grabada porque en ella había palabras sobre niños criados por hombres ajenos. Lo que es la crianza por hombres ajenos lo experimenté en mi propia piel de sobra. ¡Pero ni siquiera podía imaginar que el tema de las mujeres divorciadas y el sufrimiento de los niños se convertiría en el tema principal, y más aún en un libro, en cuya escritura jamás había pensado, y nunca!

Para que un libro sea vivo, hay que decir la verdad. Hay que mostrar los lados vergonzosos de nuestra sociedad, cuidadosamente tapados con palabras altisonantes y consignas sobre la maternidad, sobre la «santidad de la mujer moderna», sobre su, por así decirlo, «divinidad».

Nuestra sociedad se desmorona gracias al abierto odio a los hombres del feminismo militante, glorificado por la literatura moderna, el cine e incluso el humor, puesto sobre raíles donde el hombre es presentado como un retrasado mental, que solo piensa en aparearse y en comer. Al hombre, como alcohólico o marica. Y si al hombre lo muestran como cabeza de familia, como padre, es sin carácter, completamente sometido a la voluntad de la mujer, de la esposa, de la suegra. Y ese hombre salva otra vez a una mujer feminista a cambio de una ración de sexo dudoso, glorificado en películas y literatura, y luego en la vida, con el que se recompensa al hombre. E incluso el dinero con el que se compra el pan está por debajo de la raja genital. El volante de propaganda de las cópulas y solo de las cópulas es tan potente que el hombre moderno no puede pensar en otra cosa, habiéndose convertido en el principal consumidor de una fidelidad pagada, es decir, de una prostitución doméstica legalizada por la sociedad y el Estado.

El hombre está tan desunido que, si alguien, armándose de valor, habla de la esclavitud masculina en la sociedad, de la falta de derechos del hombre, del dolor de los niños y hombres que han sufrido y sufren por el odio femenino, a menudo por la actitud sádica de las mujeres hacia el hombre y de los problemas masculinos, el hombre-esclavo adopta la postura de un ciego enloquecido que defiende la zona de confort de la mujer-esclavista-sádica. La mujer, que hace mucho olvidó lo que es la moral, el honor, la maternidad sin publicidad, yo anhelo. La veneración del marido, del padre de los hijos como primero en la familia muestra a las hijas la imagen de la actitud hacia sus futuros y actuales maridos, y al hijo, cómo debe respetarlo y amarlo, y a su esposa, como fórmula de una actitud íntegra, limpia y respetuosa hacia su mujer, hacia el niño, hacia el hombre. Los niños — jóvenes — hombres deben saber que una mujer inmoral es un ser sin espiritualidad, capaz de mentir, traicionar y engañar; al unir su destino a una mujer así, el hombre conduce a la perdición a sí mismo, a su linaje y, en primer lugar, a sus hijos. El hombre se convierte, en esencia, en asesino de sí mismo y de su futuro, porque de la moral, la fe y la pureza de la familia se compone, entre otras cosas, la bendición de lo alto, la salud de la sociedad y la fortaleza del país, obligado con todas sus fuerzas a proteger la integridad de la familia, la infancia y, por supuesto, la vejez.

En la sociedad moderna, a menudo la niña pequeña, luego la joven y después la mujer, no conoce la identidad, la integridad y la castidad, porque no las conocen ni su madre, ni mucho menos sus abuelas... El modelo de moral, su penoso «yo soy madre» no se lo transmitió su madre, es decir, la abuela, que en su tiempo «saltó» de cama en cama en las brigadas de construcción del Komsomol y, tras «harta de saltar», se casó de golpe, a menudo «por embarazo»... Y con frecuencia, como un cuco, le endosaba el hijo engendrado en la lujuria a un desprevenido «hombre de verdad», que aceptaba al hijo ajeno como propio solo porque la mujer le decía: —¡Vamos a tener un hijo! Y luego se divorciaba con la fórmula «no congeniamos», se quedaba con el niño, y a veces con más de uno. Esos niños no entienden y no tienen la menor idea de lo que es una familia fuerte y amorosa, y quién es un padre valiente, que cuida con esmero el hogar familiar, y una madre amorosa, atenta y, lo principal, fiel al padre y al marido, de quien depende por completo la preservación y la solidez de la familia. Precisamente la madre es la guardiana del hogar, y es precisamente la madre moderna quien lo destruye con su libertinaje sexual, o más simple, con su puterío.

En segundo lugar, la abrumadora mayoría de los hombres ha sido criada por una «madre-yo-madre» de pacotilla en los valores del consumismo y el egoísmo, que enseña al niño-joven a tomar y recibir, a utilizar a las personas para su propio beneficio y ventajas. Tal modelo de comportamiento en semejante "hombre" es el modelo de comportamiento de las divorciadas amargadas, que a través de su hijo-niño-consumidor se venga del mundo entero y, por extraño que parezca, de las niñas-jóvenes inocentes, a las que este chico medio hombre utiliza de forma indecente y luego abandona deshonradas. ¡Samsara!

No hay fin para esta rueda de interminables sufrimientos y reencarnaciones de la codicia, la lujuria y la estupidez humanas. Al escribir el libro comparé las estadísticas modernas, incluidos los datos del período soviético, con nuestro tiempo, en cuanto al número de divorcios y de niños criados sin padres, independientemente del sexo. Los divorcios en Rusia en el período zarista eran del 1-2%, y en la Rusia actual, del 120%.

En la Unión Soviética, en el período desde 1960, por cada 1000 matrimonios se producían alrededor de 100–150 divorcios; hacia finales de los años ochenta, esta proporción aumentó a 400–500 divorcios por cada 1000 matrimonios. Por ejemplo, en la RSS de Letonia el nivel de divorcios era uno de los más altos: por cada cien matrimonios había más de 40 divorcios, y en Riga, más de 50.

Las causas principales del divorcio en aquel período eran el alcoholismo y la infidelidad conyugal, según la investigación de Járchev en 1964, un 28%. La insatisfacción sexual ocupaba un 17%.

También la actitud frívola hacia el matrimonio y las obligaciones familiares. Pero tanto en aquellos tiempos como ahora, la iniciadora del divorcio en el 80% de los casos era la mujer, es decir, al menos el doble de veces que el hombre.

La tragedia más atroz de estos divorcios, y en esencia de estos ajustes de cuentas semi-bandoleros entre marido y mujer, como consecuencia: de 1965 a 1988 en la URSS se practicaban anualmente de 4,5 a 5,5 millones de abortos. No es difícil calcular cuántos niños fueron asesinados por la ignorancia de quienes no entienden lo que es la moral: ¡no menos de 130 millones de niños!

Según diversos datos, algunos diputados y figuras públicas afirman que la cifra real de abortos hoy es superior a la oficial. Y en el país se practican aproximadamente más de un millón y medio de abortos al año.

Solo en 2024 se vendieron anticonceptivos por un importe superior a 31,5 mil millones de rublos, es decir, se vendieron más de 21 millones de envases de anticonceptivos hormonales. En 2025, de enero a mayo, ya por un importe superior a 13 mil millones de rublos, es decir, se vendieron casi 9 millones de envases de anticonceptivos hormonales, y eso en menos del primer semestre.

Los datos estadísticos oficiales de diferentes fuentes, por decirlo suavemente, falsean los indicadores reales de divorcios en el país, donde la sociedad se ha ahogado en la fornicación común y generalizada.

Los hombres y mujeres modernos, jóvenes y muchachas, en los últimos 50 años, en más del 90% de los casos, han sido criados, como se suele decir en la sociedad, en un entorno mentiroso: en una familia incompleta.

Una familia incompleta es una madre soltera, que en la mayoría de los casos tiene un hijo sin padre. Y a la pregunta de si su madre fue feliz en la relación con un hombre, casi todos los encuestados respondían afirmativamente: ¡no!

Las mujeres — madres solteras, divorciadas, al enterarse de que se publicaría mi libro, reaccionaron de forma muy agresiva ante tal hecho con la fórmula: «Nos haces una bajeza a nosotras, las mujeres, que ya no tenemos felicidad ni amor, y por eso muchas criamos solas a los hijos. ¡¿Y encima cuentas que no se nos debe tomar por esposas, presentándolo como recomendación?! ¿Es que te has vuelto loco, cabrón?» Y eso que solo algunas mujeres. Al publicar este libro, me topé con una oposición muy seria en las editoriales, que obstaculizaba la salida de esta novela. Ni siquiera imaginaba que en el mundo editorial, al igual que en el educativo, más del 90% de los empleados son mujeres: editoras, correctoras, maquetadoras y, naturalmente, censuras, y todo tipo de «lectores» que dan, por así decirlo, la recomendación de publicar o no este libro... Y les diré que no la mayoría, sino casi todas las editoriales, rechazaron la salida de la novela alegando que supuestamente es pornografía y una ofensa a los sentimientos y la dignidad. Y a ninguno de ellos le sorprendió el hecho de que yo condene la fornicación en general, independientemente de quién la cometa, hombre o mujer, y que eso, precisamente, se corresponde plenamente con la Biblia, el Corán, el Talmud y todas las tradiciones espirituales del mundo del amor y la humanidad.

Una de las divorciadas agresivas me declaró que me demandaría por ofensa a las mujeres, porque supuestamente ofendí el honor y la dignidad de la mujer. Y yo le propuse demandar a la Biblia, al Corán, al Talmud, a la Torá o al Bhagavad Gita. Puesto que, según su postura, esos libros sagrados son ilegales y llaman a expulsar a las rameras y a las esposas repudiadas de la vida de los creyentes, y yo personalmente soy muy creyente en el Altísimo Primordial y en Sus reglas del juego. También propongo que, por vía judicial, se la reconozca como una mujerzuela que merece como mínimo ser expulsada de la sociedad, como un ser que deshonra a la mujer, exactamente como lo exigen los conocimientos espirituales.

Llamo especialmente la atención sobre el hecho de que la mujer es un estatus espiritual de guardiana no solo de la familia, sino también del bien, del amor, de la fidelidad y de la pureza. ¡La mujer es la base de todo el mundo físico, como la madre tierra!

Dios creó a la mujer como un ser superior: un ser humano. ¡Y sin la mujer, de las que hoy hay una minoría insignificante, no habrá vida! Y la mujerzuela es una imitadora de la mujer, pero de ningún modo la encarnación de la espiritualidad y la pureza del principio divino. ¿Acaso una mujerzuela se reconocerá alguna vez como tal? Vayan al juzgado y digan: —Hola. Soy una mujerzuela, y este tipo malvado me ha ofendido. Les pido que lo castiguen. ¿Pero acaso una ramera dirá eso de sí misma? Ay. Se esconderá detrás del nombre de «Mujer», sin serlo. Y lo que tiene entre las piernas no le otorga espiritualidad ni reconocimiento, aunque siempre quiere que la valoren precisamente porque tiene esa raja genital.

Muchísimas gracias a las mujeres que me apoyaron en la escritura del libro y me señalaron las sutilezas que utilizan las sodomitas y mentirosas que destruyen sus familias y las de otros con su fornicación y engaño, sumiendo en el sufrimiento a sus, a nuestros hijos.

A muchas mujeres divorciadas les hice la pregunta: ¿por qué un hombre debe criar a los hijos de otro, de otro hombre, dedicando su vida a un proyecto empresarial cuya autora, accionista y única beneficiaria es una ramera que ha engendrado hijos de hombres anteriores? ¿Y por qué al hombre en ese proyecto se le asigna el lugar y las obligaciones de un trabajador inmigrante, que trabaja a cambio del acceso al lugar sucio de una mujerzuela? Las divorciadas profesionales pasaban a los insultos con una agresividad mal disimulada. Y eso es decirlo suave, porque según su opinión: de todo tiene la culpa el hombre y no puede ser de otra manera...

herida temprana

...temprano, en la mañana del lunes, mi madre me despertó inusualmente pronto con las palabras: «¡Es hora de levantarse!», encendiendo la luz de mi cuartito. —Mamá, ¿a dónde tan temprano? Aún no son ni las cinco... Fuera apenas había clareado, y pregunté a mi madre con voz somnolienta, subiéndome la manta a la cabeza: —Mamá, ¿puedo un minuto más? —Levántate, levántate, hay que hacer unas cosas. Me levanté a regañadientes, me vestí despacio, eché la manta sobre la cama y encima la colcha azul, y, encogiéndome, fui al lavabo... Tras lavarme y cepillarme los dientes, entré en la cocina... Mi madre sirvió té en mi taza favorita de lunares rojos y blancos, con una pequeña mella en el borde para los labios... Tras beber unos sorbos de té aromático y mordisquear una rosquilla, miré a mi madre con aire interrogante... Mi madre bajó la vista al suelo y dijo: —No preguntes nada, es necesario...

Sin llevarme nada de mis cosas, salimos de casa... Con un dolor como de cachorro miraba el jardín, recordando al erizo, a Palma, a los cachorritos que se durmieron junto a la piel y la cabeza de Palma, los escarabajos verdes del árbol, el cerezo en el que me gustaba estar sentado horas, observando todo a mi alrededor, y mis palomas... Caminábamos en el amanecer, envueltos en una niebla ligera, por la calle dormida, con los tejados y las vallas mojados por el rocío, y con gotas de rocío colgadas como cuentas de nácar en las telarañas tendidas sobre los arbustos de lilas, con el follaje igual de húmedo... —Caminábamos hacia algún lugar de tristeza, íbamos hacia allí, de donde emanaba dolor y soledad... —¡Mamá, tengo miedo! —Mamá, ¿a dónde vamos? —Todo irá bien, hijo, ¡allí estarás bien! —¿Dónde es «allí», mamá? —¡Lo verás pronto tú mismo! —Mamá, no quiero, ¡me da miedo!, —no me callaba. —No más miedo que a mí, —masculló mi madre y se interrumpió, volviendo la cara hacia un lado...

Llegamos a un edificio de cuatro pisos de ladrillo rojo. En las ventanas de aquella casa, en el primer y segundo piso, había rejas, como en una prisión, de una ilustración del libro «El conde de Montecristo». Subimos por una escalinata alta de hormigón y entramos en un pasillo largo y resonante. A nuestro encuentro salió un hombre cojo que susurró algo ininteligible a mi madre, tomando de sus manos unos papeles; resultó que eran mis documentos... Mi madre me llevó hasta aquel cojo y dijo: —Este es Mijal Mijálich, es educador de este hogar-internado infantil. Ahora vivirás y estudiarás aquí. Te irá... Sin dejar que mi madre terminara, le agarré la mano con las dos manos y grité: —¡N-o-o-o! —¡Mamá! —Le agarré la mano con las dos manos y, como un cachorro fiel, la miraba a los ojos y, con todas mis fuerzas, gritaba: —¡Mamá, no! ¡Mamá, haré todo lo que digas, lo que sea, mamá, cualquier trabajo, lo que digas! ¡Por favor, mamá, no me entregues! ¡Me da mucho miedo, mamá! Las lágrimas me inundaron la cara con tal fuerza que no veía nada a mi alrededor, y solo el horror estaba en mis ojos...

Me entregaban como a un perro, me habían tirado, no le hacía falta a nadie... —me golpeaba como un eco en la cabeza. Era un cachorro al que entierran vivo en la tierra con lombrices gordas... Este episodio me ocurrirá más tarde, y por ahora estaba tumbado en la arena caliente, junto al borde salado del agua, que susurraba con los guijarros marinos y las conchas del juguetón oleaje... Gracias al sol sureño, el bronceado de mi cuerpo solía durar casi hasta la primavera. Y luego me ponía blanco como la nata, —me decía Borka.

El mar era para mí el lugar donde mis lágrimas se lavaban con una ola igual de salada, la pena y la tristeza se las llevaba la brisa marina, y las gaviotas me escuchaban cuando compartía con ellas lo más secreto, lo más íntimo, todo lo que atormentaba mi alma infantil herida... —Papá, ¿dónde estás, papá mío? —¡Te quiero tanto! ¡Papá, cuánto te necesito!, —y gritaba hacia el horizonte con todas mis fuerzas, hasta dolerme la garganta: —¡Papá...! Y me parecía oír: —Aguanta, hijo, pronto, pronto nos veremos sin falta, ¡hijo mío! Yo sabía, siempre supe que mi papá es el mejor papá del mundo, el más fuerte de todos. Papá me encontrará sin falta y, levantándome en brazos, me abrazará y dirá: —¡Hola, hijo! La persona que ama de verdad nunca está sola, porque cree, ama y espera.

Hay muchos de ellos

A la reunión conmigo vino una de las llamadas «gurús» modernas de internet o, como las llaman ahora, «coaches», que enseñan a chicas y mujeres a ser felices, a tener éxito y a encontrar marido, amándose en primer lugar a sí mismas. He aquí que, sentada en la casa de té del Nuevo Arbat, ante mí se acomodó una mujer agradable de unos 40 años. Tras valorar mi «pinta», deteniendo un instante la mirada en mi reloj, examinando atentamente el esmero de mi manicura, miró como sin querer debajo de la mesa, a mis «Testoni». Acomodándose coquetamente su melena castaña con ambas manos, tomó el menú de manos de una amable camarera que esperaba la decisión de la clienta para el pedido.

Tras pedir té verde y un pastel de miel, enseguida empezó a hacer preguntas insinuantes... El caso es que yo había invitado a aquella mujer-coach con el pretexto de que mi hermana, divorciada hacía dos años, necesitaba una consulta, y me había pedido, por así decirlo, sondear el terreno sobre las condiciones y el precio no por teléfono, sino en persona.

El nombre de la coach ha sido cambiado para no incomodar al lector con un bochorno, y tampoco tengo deseos de hacer publicidad al «negocio» de nadie, que en esencia es una estafa de la confianza. —Tamara, dígame, ¿es posible que una mujer con dos hijos encuentre a un hombre capaz de amar no solo a ella, sino también a sus hijos?, —pregunté. Tamara, sin dudar, respondió de inmediato: —¡Claro que sí!, —con seguridad en la voz y una sinceridad y un optimismo no fingidos... —Y hacerlo es bastante sencillo. Es importante aceptarse a una misma, dejar de humillarse ante el hombre y, como objetivo de la vida, poner en primer lugar la carrera y la autorrealización. Porque el hombre ama a las mujeres fuertes y con metas, no a las tontitas con delantal en la cocina, que aburren rápido al hombre. La chica autosuficiente siempre tiene su mitad espejo... Me habría gustado decirle que chica lo fue hace unos 30 años, pero me callé y solo sonreí, como asintiendo a lo dicho por Tamara. Retrocediendo un poco, diré que sobre aquella encantadora «tía de negocios» yo había indagado algunas cosas, enterándome de una serie de detalles picantes de los que mi «interlocutora» ni siquiera sospechaba. Tamara soltó un discurso de media hora sobre el programa elaborado personalmente por ella, que había logrado ayudar a un enorme número de mujeres abandonadas por canallas a los que no se puede llamar hombres, y a los que no cabe llamar de otra forma que maricas.

Tamara no se cortaba en las expresiones y usaba epítetos contra los hombres, sin prestar ninguna atención al hecho de que en ese momento estaba hablando con un hombre... Antes de la reunión con Tamara, yo había estado mirando páginas en internet con vídeos en los que enseñaba a sus seguidoras, donde los tacos y las groserías son la norma. Lo terrible no es el taco, ni siquiera su comportamiento; lo terrible es que al fondo juegan niños pequeños, ¡y aquella gurú de pacotilla, «yo soy madre», tiene cuatro! Tras escucharla al límite de la paciencia, pero fingiendo que estaba completamente de acuerdo con ella, y en contra de su «enfoque», le hice una pregunta que le pareció absolutamente inoportuna. —Tamara, dígame, ¿y por qué usted no está casada? Sobre la mesa se instaló una pausa incómoda... Desde el fondo de la casa de té del Nuevo Arbat, desde algún lugar de la oscuridad del techo, fluía deep house, cuyo ritmo marcaban los tambores, y el vocalista cantaba de forma llamativa: «My love — my love...»

Tamara comenzaba su carrera a los 20 años en los bares de karaoke de la capital, haciendo de acompañante de clientes bebidos. Paralelamente, un viejo de 68 años la mantenía, follándosela por el culo los viernes en el centro de comercio internacional de Moscú, en el malecón de Krasnoprésnenskaya. Luego, chicos «calientes» de Daguestán y Chechenia la usaron por turnos, pasándosela unos a otros, como un testigo, por amistad. Tipo: «Yo me la follé, hermano, ahora prueba tú...»

Tamara no pocas veces prestaba servicios íntimos a extranjeros, sin despreciar a los trabajadores inmigrantes de Moldavia, como hacía en Minsk antes de llegar a Moscú. A uno de los clientes inmigrantes incluso lo llevó a casa de sus padres, en la región de Vítebsk...

Luego se enamoró de ella un kazajo, que no sabía ni sospechaba que Tamara era una prostituta profesional. Tras dos años de vida en común con el kazajo nació un niño, y al año y medio Tamara lo abandonó, declarando que él la había violado... El kazajo estuvo medio año bajo investigación, y por falta de pruebas se cerró el caso. El kazajo se fue a Almaty y no volvió más.

A su segundo hijo lo tuvo de un kirguís, y el kirguís la dejó al octavo mes de embarazo. Al tercer hijo lo tuvo de un judío, y aquel tampoco soportó tanta felicidad y amor, abandonando a Tamara al séptimo mes de embarazo. Al cuarto niño lo tuvo de un ruso, que también dejó a Tamara, sin esperar al nacimiento del pequeño. Tras la pausa incómoda, Tamara cambió bruscamente de retórica, dejando al descubierto su verdadera esencia: la de una persona cínica y sin principios, para la que el hombre es un recurso y una máquina para satisfacer la lujuria... Añadiendo que comprende a las lesbianas, porque los hombres simplemente han degenerado: no existen. —Y sus hijos, Tamara, los varones, ¿son hombres? Tamara se levantó de la mesa, mirándome a los ojos y mascullando entre dientes: —Eres un cabrón...

Y yo pensé, sonriendo: menos mal que no me ha lanzado el plato... Mirando a través del escaparate el aparcamiento junto a la casa de té y siguiendo con la vista a Tamara, que marcaba sus pasos hacia su Toyota RAV-4 con el parachoques rayado, pensé con amarga compasión cuántas mujeres aún mutilarán las almas de pequeños indefensos, cuyos destinos están en manos de semejantes madres de pacotilla y coaches... ¿Qué infancia y qué educación puede dar a sus hijos una «yo-madre» tan perdida, que odia a los hombres, vengándose de ellos por todos sus fracasos, derramando su rabia y su odio sobre un hijo o una hija parecidos a su padre: kazajo, kirguís, judío, ruso... En algo estaré de acuerdo con Tamara: los hombres de verdad se han vuelto escasos. El que llega a la familia de una divorciada con hijos no tiene relación con un hombre, porque, en esencia, ese individuo con una psique enferma padece el complejo de «Edipo». Pues a semejante hombre no le hace falta una esposa, sino una madre, y además le hace falta una ramera que sea la copia exacta de su «esencia»... La divorciada con un hijo o hijos es, aunque incompleta, una familia, y una familia ajena... Por fuera, en apariencia, es un hombre adulto. Pero llamar sensato al comportamiento de semejante «ciervo» es extremadamente difícil. Alguien ha dicho que la base de la vida es el amor. En nuestro tiempo de matriarcado militante, la manifestación del amor y su confirmación hacia la mujer es el beneficio material. Pero si no puedes confirmar tu solvencia, eres un perdedor, un fracasado, y las mujeres te han ofendido, y por eso no te dan...

No recuerdo quién dijo que la esposa ideal es aquella que, sabiendo que su marido no tiene razón, a pesar de todo le dice: —Amor mío, eres mío, estoy completamente de acuerdo contigo, ¿qué haría yo sin ti? ¡Eres tan listo! Tal esposa conquista a su marido con su arma dada por Dios: ¡la mansedumbre y la sumisión! Y ella, con su amor, hará de su marido un «volante», y además todo marido lo necesita. El marido, comprendiendo que no tenía razón, y aunque lo comprenda más tarde, la próxima vez, antes de hacer algo, lo pensará mil veces. Y la esposa, a sus ojos, crecerá hasta el cielo. La esposa es la primera de Dios, ¡y la segunda, del diablo! La mayoría de las individuas hombrunas no tienen una cualidad como la mansedumbre y la sumisión ante el hombre. Ellas, como una jauría de perras rabiosas, se lanzan sobre el hombre, y a él le toca defenderse a palos. Basta con «mirar mal» en su dirección en nuestra sociedad moderna... Quizá por eso en la escena musical moderna hay tal cantidad de «pedigüeños de vagina» de voz dulce y amanerada, que gimen sobre el amor, con la insinuación obligatoria:

—Te voy a follar, te follé, pero te fuiste con otro, o quería follarte, pero lo hizo otro, ¡perdóname que no llegué a tiempo! ¡Pues todo es por ti! Vuelve, amor mío, te perdonaré todas las infidelidades, porque sufro. Me duele... ¡Puaj! ¡Hasta oír algo así de hombres da asco!

Stripper

Por el tipo de mi actividad, a mis socios extranjeros, socios de Europa y de países de América Latina, incluidos los muchachos del vecino Kazajistán, a menudo me toca llevarlos por los clubes de Moscú, restaurantes, clubes de karaoke y con frecuencia a clubes de striptease tipo «Penthouse» en el Arbat. Al visitar tales locales, combino el entretenimiento de mis invitados con la recopilación de material para el libro... En esos antros la concentración de mujeres divorciadas solitarias es máxima. A veces me confunden con un recién llegado o un extranjero, a pesar de que no pocas veces estoy de «invitado» y me recuerdan muchos guardias de seguridad de los clubes, el personal, los aparcacoches, el control de acceso y, naturalmente, los dueños de esos burdeles que relajan a mis socios después de un trato exitoso, de unas negociaciones, y que simplemente se desmadran a tope en un país ajeno pero tan hospitalario, con servicios sexuales baratos de las nocturnas sacerdotisas del amor. Que se entregan «todas por amor», y el dinero, el tontito querido, «lo regaló»... En fin, no lo chupó, se lo regalaron, como en la cancioncilla del mismo nombre...

El viernes, el depósito de una mesa en la zona vip con una fuente de frutas, bayas y varias botellas de champán rondaba por término medio entre 150.000 y 200.000, y en algunos sitios 350.000 no era ninguna sorpresa... Más allá, depende de las preferencias y del bolsillo con pasta...

Sin contar las «propinas» a los guardias, camareras, aparcacoches, azafatas, camareros y gerentes, tras una ronda por los antros nocturnos moscovitas, una compañía de cinco o seis personas gasta fácilmente el sueldo de un maestro de cuatro o cinco años, y es la verdad... No pocas veces, en nuestro grupo se desmadran funcionarios del aparato central y del legislativo; qué le vamos a hacer. Ese público «sabe divertirse», pero lo hace con prudencia, sin armar jaleo y sin atraer demasiada atención... Bueno, se supo, el personal cuchicheó, y nada. Con eso no se sorprende a nadie, como tampoco se sorprende a Rubliovka con un Maybach o un Ferrari. —¡Hola, guapo!, —arrulló una llamativa morena con el pecho desnudo. De ropa, su cuerpo solo lo cubría una faldita corta, más parecida a un taparrabos, que le tapaba el pubis, con braguitas transparentes.

Sentada en el apoyabrazos del blando sofá de cuero, apoyándose en ligera inclinación con la mano izquierda en la curva del respaldo del sofá donde estaba sentada nuestra compañía de varios hombres, nuestra mesa se desbordaba de todo tipo de botellas de whisky y ron cubano, que a mí siempre me gustó desde aquella vez que lo probé por primera vez en Cuba. En cubos con hielo había botellas de vino y champán, y sobre la mesa, en el centro, se alzaba una gran pirámide con todo tipo de frutos del mar, entre los cuales había un par de docenas de ostras fresquísimas «fine de claire»...

Valera Tsoi, mi viejo amigo, encendía un narguile de piña con cazoleta de hielo, y al lado el preparador del narguile daba la vuelta a los carbones con unas pinzas. A lo que Valerka asentía con aprobación, soltando nubes de humo aromático que envolvía agradablemente nuestra mesa... El pecho desnudo de la hermosa morena se balanceó de forma efectista, acercándose a mi cara, cuando su dueña se inclinó por el cigarrillo que le ofrecía nuestro amable socio de Colombia, Fernando. Sonreí involuntariamente y dije a la dueña de tan lujoso busto, ronroneando en tono de broma gatuno: —Señora, usted me despierta el apetito por los productos lácteos. La morena se rió con sinceridad, mostrando una hilera de carillas perfectamente colocadas que hacían su rostro, ya de por sí hermoso, radiante y atractivo... ¿Cómo puede resistir un hombre que no conoce las consecuencias que traerá consigo semejante «mujer maravillosa», a él y a sus hijos?, pensé. —¿Cómo te llamas, hechicera? —¡Angélica!, —respondió la morena, balanceando de nuevo su hermoso busto. —Tienes un nombre precioso, Ángel. —¡Gracias! —¿Qué debo hacer por ti para disfrutar de la belleza de tu cuerpo celestial? —Despídeme por un día... —Son solo 200 de los grandes, —respondió Angélica, jugueteando con un rizo en el dedo, con aire de ángel parpadeante que mira al techo... —No escatimaremos en el precio, —intervino en el diálogo Valerka. —Nos vendría bien beber todo el día y follar hasta la noche... Y añadió: —¿Y a dónde vamos, a nuestro hotel o a tu casa?

Angélica miró la pinta y el reloj de Tsoi, evaluándolo de arriba abajo, como escaneándolo, y, tras convencerse con su instinto de que Valerka era solvente, respondió lánguidamente: —Chicos, si sois los dos a la vez, ¡yo encantada! Me encanta a la vez en la boquita y en el culito, y a vosotros dos os va a gustar muchísimo... Los asiáticos, no los borrachos de aquí, follan estupendamente, no ofenden y siempre son generosos. Así que, vamos a vuestro sitio, chicos. En mi casa están mis hijos y mi madre. Y eso sí, ¡me debéis una propina para la chica!, —y Angélica volvió a reír con su sonrisa seductora. —¿Y el marido dónde está? ¿Trabajando?, —pregunté en broma. Angélica, sin turbarse lo más mínimo, sin dejar de reírse con belleza, respondió: —Sí, en la mina, picando carbón... Chicos, no tengo hombre, crio a dos sola. —¿Y cómo es eso?, —preguntó Tsoi con sinceridad no fingida. —Pues así, no congeniamos en el carácter... Y Tsoi preguntó: —Y si yo te contratara para trabajar, por ejemplo, como asistente, con un sueldo de 150 de los grandes, ¿aceptarías?

Angélica se agarró los dos pechos con las manos, lanzándolos alternativamente hacia arriba, y respondió: —Mis niñas dan cada una unos 500 de los grandes al mes. Y lo principal: con gusto y sin gran esfuerzo. ¿Verdad, niñas?, —y levantando ambos pechos hacia sus labios, los besó en los pezones, atrapándolos con los labios y chupándolos un poco... Tsoi estalló en carcajadas, y Fernando, con los ojos desorbitados, sosteniendo en una mano un vaso bajo con whisky y en la otra un puro, expulsó con esfuerzo: «Dulses...» En ese momento, a nuestra mesa se acercó el camello del club. Intercambiamos saludos de forma amistosa, conociéndonos desde hacía ya más de un año de otros clubes nocturnos, preguntándonos con frases de cortesía del tipo cómo va el negocio, cómo están los niños y por qué has venido tan pocas veces. Te has vuelto un creído, y cosas por el estilo... Luego me susurró al oído: —¿Tú qué tal? —Todo igual, bro, estoy resfriado y le temo al frío, —respondí. El camello soltó una carcajada: —Eres duro de pelar. Tengo una «nieve» simplemente cristalina. Yo respondí con una sonrisa: —Ya sabes, bro, que yo no acepto eso, amigo mío. Mira, Fernando está en el tema, él añora su tierra...

Los dos miramos interrogantes al colombiano. Él nos miró con sonrisa de pirata, sosteniendo entre los dientes apretados un puro grueso y humeante... Reímos involuntariamente, y yo le hice una seña con la mano. Tras explicarle «qué y a dónde», el colombiano se animó al instante con las palabras, y Fernando y el camello se fueron al baño, llevándose consigo a la tetona Angélica. En ese momento, las azafatas y todas las camareras en topless salieron a la pasarela del striptease, mostrando sus cuerpos esbeltos y formas seductoras, balanceándose al compás de una pieza musical de estilo jazz-rock, acompañada por un apenas audible y acompasado golpeteo de los altísimos tacones de aguja y plataformas sobre las piernas desnudas de las sacerdotisas capitalinas del «amor».

«Despedir» a una stripper o camarera por una noche, un día, una hora o incluso 15 minutos es pagar el alquiler por el uso del cuerpo de la «despedida», que después volverá a trabajar a ese club. Tras despedir a tres strippers, nos dirigimos en ruidosa compañía al karaoke «Gelsomino» de Petrovka en una caravana de ocho coches, ya que cada miembro de nuestro grupo tenía coche personal con conductor, y alguno iba acompañado de coches con escolta... Fernando y el camello se subieron al coche de Tsoi, y yo, Tsoi y Angélica fuimos en mi coche. Después de varias rayas de nieve, Angélica se transformó. En sus ojos apareció el brillo, y en su cuerpo, la gracia; yo diría que la elegancia. Tsoi la abrazó, y ella miraba con deseo a ambos, dispuesta en ese mismo instante a desnudar su impresionante pecho, pegándose a la bragueta de cualquiera de nosotros, o incluso a los dos a la vez... Nos reíamos, comprendiendo qué era qué. En ese momento sonó el teléfono. El gerente del karaoke preguntaba cuándo llegaríamos y cuántos éramos exactamente... Por el camino, Angélica contó que su verdadero nombre era Rimma. Era de Kiev, vino a estudiar a la facultad de idiomas de la capital, pero se quedó embarazada de un armenio y se casó de urgencia con un judío de Bakú, usando su belleza. El judiecito Liova le hizo otro hijo, creyendo que el primer hijo también era suyo, y menos mal que el propio Liova era de apariencia caucásica. Liova, según Angélica-Rimma, era insoportable y exigía demasiado de su tiempo, que le dedicara a él y a los niños. Pero ella quiere vivir, ir de fiesta y recibir atención masculina. Cómo va a desperdiciarse semejante belleza, no demandada en una jaula de oro, decía riendo Angélica.

Además del club de striptease, Rimma trabaja extra en una escuela privada como profesora particular de francés y alemán. De vez en cuando, chupándosela al director de la escuela, se las apaña para follarse tres veces por semana a dos diputados, que se soportan mutuamente con mucha dificultad. Pero ellos, dos tontos, no saben que Rimma se la chupa a cada uno por turno, según un horario: a uno se la chupa los días impares, y al otro, los pares. ¡Y al director de la escuela se la chupa los fines de semana! Así, Rimma gana aparte del club de striptease, por término medio, un par de millones al mes de forma estable... ¡Una belleza como yo no puede ser pobre!, —y se rió a carcajadas con su sonrisa impecable. Mirando a Rimma-Ángela, comprendía que a un hombre le es casi imposible resistirse a ella. Hasta me estremecí al pensar que semejante «semilla infernal» pudiera aparecer en el camino vital de mis hijos...

...Tres mujeres jóvenes, tras chapotear a gusto en el mar, regresaban a la barca volcada, hablando animadamente por el camino y escurriéndose el pelo mojado con las manos. Se fijaron en mí, que dormitaba plácidamente bajo el ardiente sol marino. La trompeta, con su voz grave, me dijo que me acercara a mi «yacija»: —¿Es que, pedazo de mierda, estás escuchando nuestras conversaciones? ¡A ver, qué dices, eh? ¡Aquí tampoco hay paz!, —chilló la flauta. —¡Venga, lárgate de aquí, mocoso!, —y la trompeta intentó pellizcarme en el brazo... Yo me las ingenié, agarré mi bolsa con las cosas y salí huyendo de las tías malvadas. Tras alejarme a una distancia prudente, pasé al paso, casi a la altura de dos hombres muy delgados que jugaban a las cartas, instalados sobre una vieja manta descolorida, que había perdido su color original y parecía una mancha sin forma sobre la arena... El más joven giró hacia mí su cara, parecida a una calavera cubierta de piel amarillenta, con los ojos hundidos, como dos agujeros que me miraban. Con la boca desdentada, en la que asomaba un único diente de oro, la calavera masculló con voz ronca en mi dirección: —Opa-pa, yuki puki, sangre del hampa, ¡por el césped no se corre y no se hacen trucos! Pequeño, ¿de dónde sales tan negro, como betún del compadre? Intentando pasar más rápido, fingiendo que no oía, enseguida oí que el segundo, el mayor, decía: —Eh, uzbeco, ven a jugar a las cartas. —¡No soy uzbeco! —¿Y entonces qué eres? —Japonés, —respondí a los tíos. —¡Japonés, indio de culo negro!, —masculló el caracalavera, y ambos soltaron una carcajada, señalándome con el dedo. ¡Eché a correr con todas mis fuerzas, lejos!

Metiéndome en una grieta entre las rocas, densamente cubiertas de hierba verde y jugosa, saqué de la bolsa un tomate y, sollozando de rabia, clavé los dientes en la pulpa dulzona y firme, cuyo jugo corrió por mis rodillas desnudas, colgando sobre el precipicio...

En la bruma del horizonte se disolvieron los barcos que habían salido del puerto, saludándose unos a otros con sirenas de distintos tonos... Las gaviotas se lanzaban ruidosamente al agua tras los pececillos plateados, que centelleaban desesperados en los picos de aquellas cazadoras voraces y desaparecían al instante para siempre... Una de las gaviotas se quedó suspendida ante mí a un metro, examinándome con sus ojillos negros como carbones, moviendo las alas y la cola sobre el lomo de la cálida corriente de aire que ascendía desde la arena recalentada por el sol... La gaviota se inclinó sobre el ala derecha y me gritó fuerte a modo de despedida: —¡Kji-kji-kji! ¿Y por qué yo no soy un pájaro, eh, papá?

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20 inviernos después

— Tía Tania, ¿y yo tendré novia? — Si tú quieres, seguro que la tendrás. — ¿Bonita? — Y también será bonita — sonrió la niñera. — ¿Y dónde debo buscarla, eh, niñera? — A la esposa, mi leoncito, se la busca en el corazón. — ¿Y cómo es eso? — pregunté, tocándome con las manos mi pecho delgado. — Bueno, está bien. Cierra los ojos y piensa: ¿a quién deseas mucho ver? Cerré los ojos con fuerza y al instante dije: — ¡A papá! La niñera me miró con ternura y preguntó: — ¿Y cómo lo supiste? Volví a cerrar los ojos y respondí: — Es verdad, el corazón lo dijo… — susurré sonriendo. La niñera se sentó a mi lado y dijo: — Porque tu papá siempre está cerca. ¡Tú, hijito, eres su sangre! Y él te quiere muchísimo, incluso más que a su propia vida. Me quedé pensativo y dije: — No, no quiero que papá entregue su vida, mejor que yo entregue la mía por papá. — Niñera, ¿por qué dicen que mi papá me abandonó? Eso no es verdad, ¿verdad? — ¡Claro que no es verdad! ¡Papá simplemente no pudo haberte abandonado! Y yo lo sé, hijito — dijo la niñera, abrazándome con ternura y apretando mi cabeza rapada contra su pecho… Miré a los ojos de la niñera y dije: — ¡Niñera, yo sabía que papá no me había abandonado! Porque mi papá es el mejor papá del mundo… — Niñera, ¿y dónde está ahora mi papá? — Ahora está en el extranjero, muy lejos. Me pidió que te dijera en secreto que cuando regrese, te lo contará todo él mismo. — ¿De verdad, niñera? — ¡Pues claro que de verdad, hijito!

Cuando cumplí más de veinte años, encontré a papá en la ciudad de Tashkent, en el microdistrito Vodniki. Estuve mucho tiempo de pie ante la puerta del apartamento de mi padre, en la planta baja de un edificio de paneles, oyendo detrás de la puerta una voz femenina y la voz infantil de un adolescente. Sin atreverme a pulsar el timbre, seguí allí de pie un rato, mirando fijamente el número del apartamento. Personas desconocidas entraban en el portal, otras bajaban por las escaleras mirándome con recelo, y yo seguía de pie en silencio, bajo los golpes de locomotora de mi corazón. Cuántos años había esperado, cuánto tiempo había llevado en mi corazón esta esperanza: ver y abrazar a mi padre…

Dos días de viaje Moscú — Tashkent, no pegué ojo y, de pie en la plataforma del vagón, fumaba, fumaba y fumaba… Y en mi cabeza daba vueltas el ansiado encuentro con la persona más querida del mundo: ¡mi papá! El encuentro que había esperado toda mi vida, cada día. Con un esfuerzo de voluntad increíble, comprendiendo que no había camino de vuelta, levanté mi mano de hormigón y pulsé el botón… Detrás de la puerta se oyeron pasos. — Quédate sentado, yo abro… La puerta se abrió. En el umbral estaba una mujer amable, quizá incluso bella mestiza, en algo parecida a mí. Detrás, asomando por el borde de una falda larga de colores, se asomaba un niño de unos cinco años, mirándome con curiosidad con sus ojos almendrados ligeramente rasgados y de largas pestañas. Con un esfuerzo de voluntad le dije: — ¡Hola! — Hola — respondió la mestiza. — ¿A quién busca? — Llame, por favor, a mi papá. A la mestiza se le abrieron los ojos como platos. Entornó la puerta y dijo con voz descontenta: — Yuri, es para ti. ¿Quién es? ¡Dice que eres su padre! Padre apareció en el umbral. Ante mí había un hombre de rostro cansado y cabello canoso, corto y de aspecto áspero, igual que el mío. La nariz recta y la mandíbula inferior firme hablaban del carácter difícil de ese hombre de voluntad, de mirada dura de ojos marrones rasgados. — ¡Hola, papá! Padre, estrechándome la mano desconcertado, luego, cerrando la puerta tras de sí y pateando torpemente en el sitio, dijo: — Sabía que me encontrarías. Y añadió: — Vamos a casa. Entramos en el apartamento. Padre me sentó a la mesa y se puso él mismo a cortar lonchas de carne fría, dejando en la mesa la vajilla, panes planos, preparó una ensalada de tomates con cebolla roja y pimiento rojo picante, aliñándola con aceite aromático y especias… Padre, en el otro extremo de la mesa, observaba en silencio cómo yo, con apetito animal, me abalanzaba con avidez sobre la comida.

Aquella simple ensalada de tomates, preparada por las manos de mi propio padre, quedó para toda la vida como el plato más sabroso, con el que hasta hoy no se compara ninguna comida en medio siglo de mi vida. Y dondequiera que esté, en cualquier país o tierra, siempre recuerdo aquel inolvidable encuentro con una persona a la que nunca más volví a ver: una persona a la que amo sinceramente. Y pase lo que pase, siempre recuerdo las palabras de mi niñera: — Papá no te abandonó, ¡siempre está contigo y en tu corazón! Aquel día solo de tomates comí en la ensalada, probablemente, no menos de 3 kilogramos. Mientras comía, entraron en el apartamento varias personas: hombres de aspecto sombrío. Entre ellos destacaba un hombre de estatura superior a la media, de apariencia parecida a mi padre. Se acercó a mí, tendiéndome la mano con una sonrisa, y dijo: — ¡Bueno, hola, sobrino! — Hola — dije algo desconcertado, levantándome de la silla. Padre, acercándose, dijo: — Hijo, te presento: este es tu tío — ¡Valera! Durante aproximadamente media hora, el tío Valera me preguntó sobre mi vida y milagros. La conversación fue sencilla, relajada, acompañada de bromas. Y al final, Valera se volvió hacia padre y dijo: — Dame al chico, es de los nuestros, de los samuráis… Somos pocos, y no hay a quién confiarle… Lo tendrá todo, tú me conoces, hermano. ¡Yo le enseñaré todo y se lo transmitiré todo! Padre interrumpió bruscamente y con desagrado a Valera y dijo con firmeza: — ¡No! Valera intentó de nuevo hablar con padre sobre mí, pero padre se negó a discutir ese asunto. Valera, estrechándome la mano de despedida y luego la de padre, se fue acompañado de hombres sombríos de complexión fuerte, en tres coches con lunas tintadas… Papá y yo estábamos en el balcón, siguiendo con la mirada los coches que se alejaban. Padre encendió un cigarrillo y me ofreció… No me atreví a fumar delante de mi padre. Dando una calada profunda, padre, mirando a lo lejos, dijo:

— Valera vive fuera de la ley. Es una persona muy influyente, y muchos lo respetan, ¡pero otros tantos lo odian! Es muy peligroso, aunque sea mi hermano menor… Si acaso, ni se te ocurra acudir a él. ¡Es peligroso! ¡Dirás que te lo prohibí yo! Encendió otro cigarrillo, sin mirarme a los ojos.

— Sabía que me encontrarías. Sigo amando a tu madre, pero el tiempo no vuelve atrás… Miraba a mi padre y no podía apartar la vista de él. Lo había esperado toda mi vida, creía que vendría… "Devoraba" a padre con los ojos. Ahí estaba: mi papá, mi querido, con cuyo nombre me dormía, despertaba, lloraba, reía, soñaba y temía… Hablaba mentalmente con él: — ¡Papá, estamos juntos, te he esperado, te quiero tanto! ¡Papá! Quería hablar, hablar con él, contarle sobre el orfanato, sobre la palmera, los cachorritos, sobre cómo mi padrastro me hundía la cabeza en el suelo a patadas, sobre cómo me ahogaba en el cubo de basura por la tabla de multiplicar, y sobre cómo me colgaba de la valla con la correa del perro cuando estaba borracho, y sobre todo-todo-todo lo que no podía contar a nadie, solo a él, a mi papá… Padre apagó la colilla y, sin mirarme a los ojos, dijo: — Bueno, hijo, seguramente tienes amigos por aquí… Vete. Si necesitas algo, pregunta… Sin atreverme a contagiarlo con mi estado de ánimo, acompañé a padre hasta el pasillo. Me calcé, me colgué la bolsa de viaje al hombro y, desconcertado, estreché la mano que padre me tendía. La puerta de entrada se cerró detrás de mí. Las fuerzas me abandonaron y no podía moverme para irme. Detrás de la puerta se oyó la voz de la esposa de padre. — ¿Para qué ha venido aquí? ¡Es mi hijo! No puedo prohibírselo. ¿Y tú dónde estabas antes? ¿Dónde has estado todos estos años? ¿Y este pequeño acaso no es hijo tuyo? Yo seguía de pie y en voz baja, con los labios secos por la emoción, susurré: — Papá, yo también soy tu hijo, papá…

Me resultaba desagradable oír las riñas familiares, crecí entre ellas. Con un esfuerzo de voluntad salí del portal, me senté en un banco del parque infantil y, inmóvil, sin apartar la vista de las ventanas del apartamento de mi padre, permanecí sentado hasta el amanecer con la esperanza de ver al menos una vez más a mi padre… — Papá, te quiero muchísimo. Y además, papá, necesito mucho tu ayuda, tu consejo, que me ha faltado toda mi vida… Perdí el tren Tashkent — Moscú. No tenía dinero para el billete de vuelta. Y no se me ocurrió nada mejor que ir a pasear por una ciudad desconocida, impregnada de colorido oriental con olor a plov, panes de tandyr, sandías melosas y melones, mezclado con especias y condimentos aromáticos…

En el parque de la Revolución conocí a un grupo de estudiantes que rasgaban la guitarra. De charla, compartí con ellos lo sucedido. Los chicos, compadeciéndose, me invitaron a su residencia, donde me dieron de comer con ganas. Me lavé la ropa, me duché y me dormí como un tronco en una cama libre que me ofrecieron. Uno de los estudiantes era aquel mismo coreano de Kazajistán, Valera Tsoi, con quien llevábamos en coche al karaoke a una estríper, y a la vez prostituta, Ángela — Rimma de grandes tetas — veinticinco años después en Moscú.

Diferencia

En los últimos años, en las estanterías de las librerías y en todo tipo de quioscos, por no hablar de internet, se ofrece a la venta una cantidad incontable de manuales y consejos sobre cómo casarse, cómo superar correctamente una separación, cómo olvidar al ex, etcétera…

Lo deprimente no es en absoluto el deseo de las mujeres de afrontar el problema, sino el sueño de "exprimir" al máximo al ex a través de los hijos… La inmensa mayoría de las tristes escritoras-consejeras son precisamente divorciadas que propagan un feminismo militante, odio a los hombres y el sincero deseo de ver al exmarido, exnovio o ex amante muerto, enfermo, desdichado y arruinado. Esta idea, como veneno de serpiente, atraviesa las publicaciones que enseñan a las mujeres a vengarse del ex, ¡porque el ex no tiene derecho a ser feliz sin ella! ¡Lo que ocurre en internet es inimaginable! Si él no es feliz con ella, entonces es culpa suya, del idiota que no supo ver con qué estrella vivía, ¡no la vio el canalla, y ella desperdició en él los mejores años de su vida! ¡Escoria, monstruo, que se muera, maricón! En conversaciones con hombres de distintos grupos sociales y de edad se planteó una pregunta, y a mi parecer la fundamental. La respuesta debería ser evidente: ¿para qué entra el hombre en la vida de una mujer?

Valera Tsoi respondió a esta pregunta de inmediato y sin dudar: — ¡Para hacer feliz a la mujer! Me levanté y aplaudí a Tsoi, con las palabras: "¡Belissimo, mio fratello! ¡Assolutamente!" El cien por cien de los encuestados de la audiencia masculina, de una forma u otra, respondió que sí: su objetivo en la vida es hacer feliz a la mujer y, en consecuencia, a sus hijos. Y de esto, a su vez, ellos mismos serán felices. No encuesté a alcohólicos, drogadictos, enfermos psiquiátricos, incluidos pervertidos sexuales, con quienes ni siquiera hipotéticamente se plantea la unión entre hombre y mujer.

Los sodomitas son unos locos. Igual que los hombres prostitutos. Y los drogadictos son los mismos sodomitas, sin honor ni conciencia, independientemente del sexo y de la escala social. La audiencia femenina resultó, por decirlo suavemente, como sanguijuelas que parasitan el cuerpo de la víctima. Y a la pregunta de para qué entra la mujer en la vida del hombre, el 90% de las mujeres respondió: — Para ser feliz. Según la lógica de las mujeres, el hombre es un recurso destinado a conseguir beneficios. Y gracias al hombre ella se convierte en mujer, construye su felicidad. ¡Precisamente su felicidad! Pueden ustedes mismos, queridos hombres, por curiosidad, hacer esta pregunta a una mujer… Y el 10% restante de las mujeres encuestadas de todas las edades respondió, contra la mayoría casi absoluta, que entran en la vida del hombre para hacerlo feliz, y todos los hijos de él, el único, procuraban parecerse al padre, que es el orgullo y el pilar de la familia. Y eso la hará a ella esposa y madre feliz. A mí, humanamente, eso me conmovió. La luz de esa minoría — la Mujer — lleva sobre sus hombros los restos del milagro de la maternidad, la fidelidad y el honor en este mundo cansado, atormentado por los sufrimientos de los niños y los abortos. Gracias a esas mujeres, ¡y mi más profunda reverencia masculina! Una de las preguntas clave que me interesaba era: ¿acepta la mujer recibir a un hombre con hijos y convertirse en madre de ellos? Más del 90% de las mujeres respondió categóricamente: "¡No!" Y no importa cuánto ame al hombre. Porque ella no puede y nunca será madre de los hijos que no gestó ni parió. Llamo la atención: la mujer-cuco está dispuesta a meter un polluelo en un nido ajeno, pero aceptar lo "ajeno" — categóricamente "¡No!" Y ella es perfectamente consciente de ello al parir para su marido un hijo de su amante: comete una vileza tanto respecto al marido como respecto al niño. Más del 60% de los hombres crían hijos ajenos como propios, sin siquiera imaginarlo. Y a la pregunta de si el hombre está dispuesto a tomar a una mujer con un hijo o hijos, más del 90% de los hombres respondió "sí", posiblemente no se opondrían a la adopción de sus hijos. Pero así respondieron hombres sin experiencia de convivencia con mujeres divorciadas con hijos… Y me dio curiosidad: ¿están dispuestos a tomar a una divorciada con hijos los hombres que ya han tenido esa experiencia de convivencia? Unánimemente, los hombres que habían vivido con divorciadas dijeron categóricamente: "¡No!", considerando a las divorciadas, por decirlo suave, estafadoras de la confianza y prostitutas domésticas que solo exigen dinero de los hombres. Últimamente, desde los medios de comunicación fluye un llamado a respetar los valores tradicionales. Y perdón, ¿los abortos, el asesinato de niños, el abandono de niños en orfanatos también son tradición? Y si no, ¿por qué no se renuncia a ese horror en favor de los valores tradicionales?

La tradición es lo que transmite el padre, ¿no? ¿Y dónde están esos padres transmisores? ¿Dónde? ¿Dónde están esas familias tradicionales completas? ¿Cuando en el país los divorcios son el 120% sobre el 100% de matrimonios?

Y al hombre le han quitado todos los derechos, que están en manos de la mujer. La tradición es una familia completa, sin sodomía ni drogas en ninguna forma, ya sean cigarrillos con cerveza o "química" pesada…

La tradición es la primacía del hombre en la familia.

La tradición es cuando a los maricas los empalaban, y no los aplaudían y colmaban de flores. ¡Y a las prostitutas las rapaban al cero y las expulsaban de los poblados y aldeas! La tradición es la castidad de la doncella que se casa, y no la de una cualquiera que "folló" a gusto antes del matrimonio y sigue "abriéndose de piernas" dentro y después del matrimonio, sin una gota de vergüenza. Y la educación del niño para la comodidad del control estatal — eso, perdón, no es tradición, sino vileza. La supresión de la voluntad del niño con mentiras y sustitución de valores — del tipo "el Estado es más importante que la madre y el padre" — no es tradición, sino clonación de mulas de trabajo para deleite de las autoridades. Los valores tradicionales son la preservación de la vida del niño, la equiparación del aborto al asesinato de una persona con penas de prisión que pueden llegar a cadena perpetua. Pero, verá usted, fumar en lugares públicos es mucho más peligroso que un aborto cualquiera.

Andréi

Ante mí, en el "Vogue Cafe", está un hombre de mediana edad invitado por mí. Profesor de idiomas extranjeros, en su día egresado del instituto de lenguas extranjeras de la capital. Un hombre en busca de un trabajo extra debido a una aguda falta de medios. Tras advertir a mi interlocutor de que yo invitaba, mi interlocutor Andréi se relajó un poco. El viernes en el "Vogue Cafe", como siempre, hay mucha gente. Extranjeros se acomodaron ruidosamente junto a la barra. Prostitutas encubiertas examinaban profesionalmente la sala del café en busca de otro incauto para la noche, y no solo si hay suerte, ¡y hay suerte! No para todas, claro, ¡pero eso no importa! — Andréi, ¿qué tal un "lingotazo"? — pregunté, lanzando una mirada pícara a mi interlocutor.

Andréi se azoró un poco, sin saber qué responder, y yo, sin esperar una respuesta que, por cierto, no me interesaba, guiñé un ojo con complicidad a la camarera, que estaba junto a la mesa con bloc y bolígrafo listos. — Tomar nota… — Cariño, tráeme, por favor, dos de cien de "whiskas" de 18 años, para ronronear, una tabla de quesos, un surtido de carnes, corta en gajos un par o tres de peras dulces, dos platitos con miel y dos americanos. Y, por favor, no me seas infiel, ¡si no, la propina se la doy a otra! Y como muestra de mi amor y fidelidad, aquí tienes un pedacito de mi corazón. Sacando del bolsillo del pecho un billete de cinco mil preparado de antemano, lo metí en el bolsillo del delantal de la camarera y, como sin querer, rocé ligeramente el dorso de su mano en su zona púbica. — ¡Señor, soy suya para siempre! — Sin esperar de sí misma tal desparpajo, la camarera se sonrojó y, soltando una risita en la mano, salió disparada hacia la barra, mirando con coquetería hacia nuestro lado…

No pude evitar recordar una historia de mi vida donde aparecía la frase: "¡Vania, soy suya para siempre!" Empezando la conversación con tonterías, nos tomamos, por así decir, con la tristeza tranquila, 200 gramos de buen whisky no adulterado… Saboreando y picando una pera dulce mojada en miel, sin prisa llevaba la conversación hacia la vida personal de mi interlocutor, sintiendo con la piel algo interesante, y propuse discutir el asunto del trabajo extra un poco más tarde… La historia de Andréi, al parecer, refleja en su esencia muchos millones de destinos de hombres y niños criados sin padre, y que hasta ahora no tienen ni han tenido, por así decir, una "plantilla" masculina: cómo vivir como hombre, con hombría, cómo cometer actos correctos. Cómo crear una familia por voluntad y criterio propios, permaneciendo hombre, y no un degradado moral que consigue beneficios para su amada esposa. La esposa con la que, como mínimo, estuvieron, queridos: "quien no es el primero, es el segundo", y luego vienen el aúl y el kishlak con Abdulla.

Con Galia, mi interlocutor se conoció en una exposición en la Galería Tretiakov. ¡Vaya, el comienzo ya se pone interesante! Conocerse no en un club de borrachera, sino en una exposición de arte donde se presentan obras maestras del arte mundial, ¡muy interesante! ¡Ella le gustó de inmediato! Tiene una mirada tan penetrante y tierna. Dan ganas de ser tierno, fuerte, de protegerla, de guardarla de males y desgracias. — Ella es mi amor, es mía, — ¡Galina! ¡Ahí está, el sueño! — Sí, fue amor a primera vista — añadió Andréi. Empezamos a vernos, al principio como amigos, ¡sencillo y alegre! En cafés, en presentaciones. ¡Ambos éramos fanáticos de Faina Ranévskaya, Abdúlov, Al Pacino y De Niro! A los seis meses tuvimos sexo. ¡El más fabuloso para nosotros! ¡Nos amábamos como dos cisnes! ¡Vaya burro! Tu mujer durante esos seis meses se estaba follando con otro por todos los agujeros, ¡y tú me hablas de sexo a los seis meses! Eso es una estafa profesional, — pensé. Ella me idolatraba. Yo era su ideal. Venía a mi casa, limpiaba, planchaba, cocinaba, y al irse, en el recibidor se arrodillaba, descubría su exuberante pecho, me sacaba el miembro del pantalón y tragaba con avidez su contenido, mirándome a los ojos.

Y cuando yo corría con fuerza en su boca, ella me agradecía que le hubiera permitido chupármela. Andréi calló un poco y dijo: — ¡Como ella, de verdad, ya no hay! Y yo pensé para mis adentros: ¡cómo lo ha engatusado la muy zorra! Y lo principal: ¡lo interpretó honradamente y, de puro tonta, acertó! Interesante, ¿cuánto le habrá costado a este burro ese teatro de follada dramática? — Continúa — le dije a ese desdichado… Y después ella desapareció de repente. Pasó un mes, luego el segundo. No respondía a las llamadas, y dónde vivía — yo, tonto, ni siquiera lo pregunté. Llegó un SMS: — Amado, perdona. Tenemos que separarnos, ya no puedo más. ¡Deseo mucho que seas feliz! ¡Eres el mejor! ¡Adiós!

No sé cómo fue, pero la convencí para una cena de despedida, y ella aceptó con gran dificultad… ¿"La convencí"? — pensé. Ella te hizo, idiota, ganador, pero tú te venciste a ti mismo con tu estupidez, gracias a que tu cabeza está en su coño, ¡burro!

Andréi continuaba, y yo escuchaba y pensaba… Ella vino a mi casa. ¡Toda la noche follamos como locos! Yo no podía separarme de ella. Y entonces, estoy tumbado boca arriba, con brazos y piernas abiertos beatíficamente, sin creer en mi felicidad. Galina yacía entre mis piernas, chupando tiernamente mi miembro, y en cuanto empezaba a llegar, ella "ronroneó" en voz baja: — Amado, ¿querías preguntarme algo? Pregunta. — y siguió chupando… A menudo hablábamos durante el sexo, y nos gustaba… Recitábamos de memoria en voz alta a Tvardovski, a Yesenin, a Pushkin. Por eso no me extrañó en absoluto la propuesta de mi amada de hablar… — Cariño, mi vida, dime, ¿por qué te vas? ¡Si yo te amo! — Mi tigre, mi señor, temía y temo confesártelo… — ¿Qué temes confesar, mi vida? Aceptaré y comprenderé cualquier cosa, incluso la más vil e impredecible, ¡siempre estoy de tu lado! Tras una breve persuasión, que terminó con mi orgasmo explosivo en la garganta de Galina, ella me confesó que tenía dos hijos: ¡un niño y una niña! De dos y seis años. Casi grité: — ¡Bingo! ¡Qué grande eres, Galina, ay, bravo! ¡Vaya manera de interpretarlo, me matas! Pero el guion ha sido llevado a la vida por una divorciada "pro" al 100 por cien. Conteniéndome a duras penas, fingía ser una persona que comprendía a Andréi, dándole palmadas compasivas en el hombro… Galina interpretó el papel de víctima obediente, pero en esencia una loba se metió en la piel de una oveja. La camarera del "Vogue" repitió de buena gana otros dos de cien, sonriéndome con coquetería, deslizando la mirada por la gruesa cartera de cocodrilo con el logotipo "Birkin", que descansaba en la silla y le gritaba a la camarera: — ¡Eh! Estoy lleno de fuerzas para el amor y la ternura. ¡Señores, ¿no es hora de llevar a la dama a las habitaciones…? La camarera preguntó juguetona: — Mi señor, ¿desea algo más? — y, bajando los párpados lánguidamente, volvió a sonrojarse. "La niña está madura", — pensé… Sin cortarme, bajando lentamente la mirada desde sus labios y luego más abajo, yo, un insolente seguro de mí mismo, acostumbrado a tomar todo lo que desee, adivinaba las bellas formas de su pecho y la esbeltez de su cuerpo bajo el holgado uniforme del "Vogue" Cafe. Luego sonreí satisfecho, viendo cómo el deseo se apoderaba de la camarera. Yo, como si nada, pedí algo de mariscos a elección del chef, mirando su rostro muy azorado… La camarera se fue a cumplir el pedido, ardiendo de vergüenza… Volviéndome hacia Andréi, puse de nuevo cara seria y pregunté: — ¿Y qué pasó después, amigo mío? Y he aquí que el pobre Romeo me contó que una semana después tendría lugar el encuentro con los hijos de Galina y con la suegra, María Mijáilovna, que en su día se divorció de un marido canalla que las abandonó a ella, a Gálichka y a Slavik, cuando eran muy pequeños… ¡De ahí viene el guion de la "estafa" — pensé! Mamá e hija — divorciadas profesionales. ¡Vaya, Andriusha-burrito, has caído en la adicción vaginal del "pozo de mujeres"! Andréi al mes le propuso matrimonio a Galina, y luego, a los tres meses, la empadronó a ella y a sus hijos en su apartamento. Al año de convivencia en la familia de Andréi y Galia nació el niño Antón. Y luego, unos meses después del nacimiento del hijito, empezaron los escándalos, y de tal calibre, que Galina pidió el divorcio. ¡Nada nuevo! En consecuencia, por sentencia judicial, a Andréi le impusieron pensión alimenticia y, respectivamente, la mitad de la superficie de la vivienda a favor de su hijo Antón. Como se dice, ¡jaque mate!

Pero ahora con su hijo Antón, Galina solo permite verlo cuando Andréi trae dinero y alimentos, sin contar la pensión alimenticia para el hijo, que Andréi paga puntualmente cada mes. Los tribunales actúan dentro del marco de la ley, pero la ley es tal que el hombre nunca tendrá derechos. Y además hay que recordar y saber siempre que los jueces son mujeres, en su inmensa mayoría divorciadas y a menudo con hijos. En mi opinión personal, la esposa, por así decir, jurista en derecho penal, que determina la razón ante todo por el peso de su propia importancia personal, es una patología armada por el sistema estatal con los derechos de un verdugo. Y el hombre que toma a tal mujer por esposa, en esencia mete en su familia a un sádico y un verdugo. Conozco a varios hombres que se divorciaron con éxito de esas "damas" eternamente con la razón en todo, para las que el hombre no solo debe, sino que debe permanecer mucho tiempo, y en el ideal, ¡de por vida! Esos hombres contaban dónde conocieron a esas magníficas "juristas", cuando ellas, de jóvenes estudiantes de la facultad de derecho, eran unas fiesteras de cuidado y "fáciles de abrir de piernas", que a menudo bebían, fumaban y consumían drogas en los clubes nocturnos de la capital, de San Petersburgo y de muchas otras ciudades de nuestra inmensa patria…

"Bienaventurado el juez que juzga ante todo a sí mismo. Encontrar en sí tal valentía, ser no juez sino culpa."

G. Krásnikov

Mi experiencia personal de trato con jóvenes y ardientes fiesteras "juristas" demostró que son las mismas mujeres que no desdeñan nada terrenal. Y de cómo transcurren sus fiestas corporativas con faldas levantadas y baños vomitados — me abstendré de detalles…

Piensa cómo son estas personas cuando comen, duermen, copulan, defecan, etcétera, y luego cómo son cuando se las dan de señores importantes, cómo sus rostros se enfadan y prodigan reproches desde lo alto de su grandeza. A cuántos sirvieron poco antes y por qué precio, y en qué se convertirán pronto. — Marco Aurelio

Hace algo más de dos décadas fui invitado por un político odioso, al que pertenecen aforismos que entraron en la vida de los rusos como algo "debido". Del tipo: "Mamá es rusa, y papá es jurista…" De pie junto a la parrilla, el anfitrión preparaba shashlik de cordero según su receta especial y dijo algo muy correcto acerca de por qué el sistema judicial funciona mal. En primer lugar, en el país la inmensa mayoría de los jueces son mujeres. Y la mujer no puede pensar con lógica, piensa emocionalmente y no sobre el trabajo, sino sobre si le duele la cabeza o las botas, el abrigo de piel… En segundo lugar, hace falta una academia de justicia con una duración de estudios de al menos siete años, y es necesario prohibir a nivel legislativo que los investigadores, fiscales e incluso abogados ingresen en la academia de justicia y juzguen.

Para que la justicia tenga lugar, hay que prohibir a los jueces examinar casos en su propia región. Los tribunales regionales y distritales deben examinar los casos penales de cualquier otra región, pero nunca de la suya, porque en su propia región el juez siempre aceptará sobornos a través de amigos y parientes. ¿O acaso creen que los jueces no aceptan sobornos? El juez es una persona común, y en la toga ella simplemente se la pone para trabajar. Mientras los jueces juzguen "sus propias regiones", la justicia del país cojeará con una pierna agujereada…

Un juez que no participa en los "tejemanejes" locales será en su distrito o región no un "resolvedor", como ahora, sino simplemente un juez con sueldo del Estado, como debe ser. Muchos investigadores que han causado desgracias y se han hundido en la corrupción se apresuran a convertirse en jueces. Y al volverse juez, ese investigador se vuelve intocable: ¡y listo! ¡Borrón y cuenta nueva! Ahora es "su señoría"…

En nuestra realidad vemos a una jueza que gastó 2 000 000 $ en la boda de su hija. Cuando la opinión pública estalló de indignación y a esa jueza la destituyeron del cargo, logró vender bienes inmuebles por 87 000 000 de rublos, y el valor de los bienes restantes localizados resultó ser de más de 300 000 000 de rublos.

Y eso es solo lo que sabemos por los medios… Luego esa jueza desapareció; fue detenida con una gran suma en el aeropuerto de un estado vecino, de las antiguas repúblicas. Como resultado, a esa jueza nadie la castigó, y tras un pequeño tropiezo la soltaron, y vive tranquilamente en España. No creo que haga falta nombrar el apellido de esa "jueza", pero quien desee conocer la información al respecto la encontrará en acceso libre. Lamentablemente, jueces así en nuestro país hay muchos, ¡muchísimos! Además, la corrupción existe incluso a nivel del tribunal supremo; qué decir de los tribunales locales "de pueblo" en los rincones… La mayoría de estos representantes de "Temis" se guían no por las normas de la ley, sino por emociones, convicciones e intereses personales. Pues son "celestiales" intocables, todo les está permitido. Que no se ofendan conmigo los jueces honestos. Contra ellos no tengo nada. Los jueces son necesarios, pero la realidad es tal que los jueces justos son tan pocos que casi no se ven en medio de la bacanal judicial. Y notemos que la inmensa mayoría de los jueces son mujeres, en su abrumadora mayoría divorciadas o solteras. ¿Y quién es el principal acusado en el país? ¡El hombre! El juez debe ser independiente de los prejuicios personales y de su experiencia doméstica, en la que su hombre la ofendió. Y la independencia del juez es la aplicación directa de la ley y la justicia, y no del tipo: "todos los hombres son escorias, y yo soy una princesa". No entiendo qué es un juez que se guía por sus convicciones internas, y como resultado, tal desorden lleva a la discordancia entre las conclusiones del tribunal y las circunstancias fácticas del caso, que la triste jueza entendió a su manera… La opinión del juez no puede estar por encima de la ley, y el juez es un asalariado; está obligado a velar por la legalidad. No es Dios ni los santos todos juntos. Es la misma mujer, a menudo pendenciera, de mal aspecto, con sobrepeso, amargada contra los hombres, a sueldo del Estado… En el llamado Occidente en decadencia, en EE. UU., en muchos estados el cargo de juez es electivo, y el juez se elige por votación de la población. Un juez de reputación intachable es luego confirmado por el gobernador del estado, y después por el senado y el presidente. Cada año el juez está obligado a demostrar su aptitud profesional, de nuevo mediante la votación de la población del estado. ¿Y qué ocurre en Rusia? El juez es un cargo de designación. Al presidente le han colado una candidatura y, al nombrar a ese juez, en esencia lo ha nombrado para un cargo "inamovible". Las consecuencias de tales nombramientos las sentimos los hombres en nuestra propia piel hasta hoy y durante muchas décadas…

¡Con la edad, la mujer-juez simplemente empieza a odiar al hombre! Según ella, el hombre es un tonto que no supo valorar su "maravilla", y por eso ahora sufre en soledad por su culpa… ¿Y qué más? Precisamente el hombre "destrozó" su vida: ¡el canalla! Y añadiré: debería darnos vergüenza contratar jueces por anuncios en el periódico o en internet… ¡Vergüenza!

La exjueza, en conversación con "URA.RU", llamó a la causa de los problemas en el cuerpo judicial el hecho de que en él hay una sobrerrepresentación de antiguos agentes del orden. En cambio, faltan abogados y juristas cualificados que aún no hayan sufrido deformación profesional. Según investigaciones, la mayoría de los jueces llegan a la profesión desde el aparato de los tribunales (de asistentes y secretarios de sesión judicial): casi un tercio. El 17% proviene de la fiscalía, el 16% de la policía y los órganos de instrucción. Los abogados corporativos y asesores jurídicos de organizaciones estatales en conjunto son algo más del 20%. Lo más difícil, escribe el periódico "Védomosti", es convertirse en juez para los provenientes de la abogacía. A esos candidatos se les analiza por su participación en tales o cuales procesos judiciales y se les asocia, en primer lugar, con los intereses de los acusados. Las publicaciones colocadas en el sitio www.ura.news y fechadas antes del 19.02.2020 son de archivo y fueron emitidas por otro medio de comunicación. La redacción y el fundador no se responsabilizan por las publicaciones de otros medios de acuerdo con el p. 6 del art. 57 de la Ley de la Federación de Rusia del 27.12.1991 №2124-1 "Sobre los medios de comunicación".

Al leer las noticias, muchos simplemente se quedan estupefactos ante la magnitud de la corrupción en los tribunales del krai de Krasnodar. Imagínense: solo a aquellos que ya han sido cubiertos por la prensa — y no son todos los que se puede llamar "líderes" de los "jueces corruptos" de la región — los expresidentes del tribunal del krai de Krasnodar, Aleksandr Chernov, y del Tribunal Supremo de Adiguesia, Aslán Trajov, el vicepresidente del tribunal del krai de Krasnodar, Ígor Nikolaichuk, a sus allegados y personas de confianza, en total se les incautaron activos por la monstruosa suma de 47,7 MIL MILLONES DE RUBLOS!!! https://pikabu.ru/story/krasnodarskie_sudi_oshelomili_masshtabami_korruptsii_tolko_u_troikh_izyali_aktivov_pochti_na_50_milliardov_13742126

A los jueces de Adiguesia y Krasnodar, Aslán Trajov y Aleksandr Chernov, se les incautaron bienes por 13 mil millones de rublos. Los activos fueron confiscados a favor del Estado. Aslán Trajov fue durante más de 20 años presidente del Tribunal Supremo de Adiguesia, fue acusado de corrupción y de compra de costosos bienes inmuebles a nombre de parientes y otras personas de confianza. En total, al exjuez se le incautaron 214 objetos inmobiliarios. De ello escribe "Komsomólskaya Pravda".

El Tribunal de Ostánkino de Moscú, el 14 de octubre, satisfizo la demanda de la Fiscalía General de la Federación de Rusia y confiscó a favor del Estado bienes relacionados con el expresidente del Consejo de Jueces de la Federación de Rusia, Víktor Mómotov, por 9 mil millones de rublos. Antes, en el tribunal intervinieron jueces-informantes secretos que contaron cómo Mómotov llamaba personalmente e influía en la emisión de decisiones a favor de su socio comercial. Y después el propio expresidente del Consejo de Jueces intentó convencer a todos los presentes de que lo habían calumniado, incluso en lo relativo a la gestión conjunta de asuntos con autoridades criminales, entre las cuales se nombró a Rubén Tatulián, apodado "Robson".

https://rtvi.com/speczialnyj-reportazh/dlya-menya-eto-shok-kak-sud-lishal-byvshego-sudyu-momotova-imushhestva-pod-rechi-imperatriczy-elizavety/

Ha pasado una década desde aquel magnífico encuentro en el distrito de Odintsovo, "Na zaimke", y periódicamente veo en anuncios de periódicos e internet: "El tribunal necesita un juez para casos penales o civiles". El salario mínimo medio de un juez es de muchos cientos de miles de rublos al mes: un "salario modesto", sin contar que el juez no paga ni impuestos, ni servicios comunales; ella no paga nada de nada… Botas-abrigo de piel, botas-abrigo de piel, botas-abrigo de piel…

El hombre debe recordar siempre: al entrar en relaciones con una cualquiera moderna, hay que estar preparado para la violencia por parte del sistema punitivo. Un sistema encabezado por "mujeres", creado para proteger a parásitos, mentirosos y toda clase de vicios… Las mujeres gritan sobre la igualdad de sexos, entonces ¿por qué no se aprueba en el país una ley sobre la división de la crianza de los hijos 50/50? ¿Por qué un niño debe sufrir viendo a su padre solo los fines de semana o, en general, en días limitados, porque una madre loca así lo quiso con el pleno apoyo del sistema judicial? Pues si a nivel estatal se limitaran los divorcios a favor de los hijos, los divorcios se reducirían a la mitad, porque la "cualquiera" entendería que no le conviene divorciarse. ¡Y si ella pide el divorcio, entonces no le corresponde ninguna pensión, o como mínimo: quien inicia el divorcio asume más gastos! ¿Por qué el hombre está obligado a pagar la mayor parte de la pensión a la que pidió el divorcio? ¡Pues todo debe ser igual! ¡El hombre no debe ser un proveedor de recursos para la mujer! A finales de los años noventa fui a Milán al cumpleaños de mi hija mayor. El tío Giovanni, hermano de mi exmujer Elsa, pertenecía a una de las "logias masónicas"… Con ese fenómeno en Italia no se sorprende a nadie, igual que con la "Cosa Nostra". No se acostumbra hablar de ellos en voz alta, pero todos saben que existen, ¡y basta! Con una copa de "Prosecco e prosciutto di Parma", Giovanni expuso entonces su pensamiento, sembrando una semilla de sensatez que germinó y dio frutos, lástima que no de inmediato… Me explicó que precisamente las disoluciones sexuales de las personas convirtieron a la sociedad en asesinos, maníacos y parásitos, y paso a paso me explicó de qué está formada el "arma" de esclavización de nuestra civilización. Y no es el dinero ni siquiera el poder. Es el banal culto a la mujer caída y a las perversiones sexuales. Casi todos idolatran el Amor en una forma que no existe, y otros, un puñadito muy pequeño de personas, gobiernan a toda esa multitud. Muchos miembros de órdenes, logias y toda clase de "sectas" cerradas crean las condiciones para una exitosa propaganda del apareamiento, el sexo, las drogas, el amor libre y la independencia de las mujeres. ¿Pero quiénes son esas personas que encabezan gobiernos y toda clase de corrientes "espirituales" religiosas? ¡Aquellos que hablan mucho de los intereses de los niños, del pueblo, de la tolerancia religiosa y del amor — esas "personas" en la vida real practican sacrificios! Esas "personas" participan directamente en asesinatos rituales de niños, hasta el punto de que después, cuando el niño ha sido asesinado en medio de tormentos y violencia, un niño que suplica con una sola palabra, "mamá", que no lo torturen ni lo maten, porque el pequeño a menudo aún no sabe hablar, se lo comen como se come a un conejo o a un cordero. Cuando el tío Giovanni en aquellos años me habló de la droga "adrenocromo", yo no podía creer que fuera posible en absoluto: crear una droga a partir de la sangre de un niño torturado. Luego ese italiano me preguntó: "¿Y qué opinas del catolicismo en general?" A lo que respondí: "Bueno, en principio de forma positiva, también es cristianismo, solo que se santiguan de otra manera…" Giovanni, soltando un hilo de humo de cigarro sobre un ramo de lirios blancos, respondió: "En Italia existe todo un clúster de trata de esclavos y de comercio de niños, en primer lugar." Y lo encabeza precisamente el jefe del Vaticano: el papa de Roma. Todos los que están en la iglesia católica de Europa y de los países de América Latina son siempre pedófilos y asesinos de niños. Todos ellos son miembros de la logia masónica, y el papa ocupa uno de los grados de iniciación más altos. Para convertirse en jefe de cualquier estado del mundo, hay que ser miembro de la logia masónica y participar en violaciones grupales de niños y en el posterior consumo de esos niños… Según las convicciones de esos no-humanos, su "dios" no tiene sexo; para ellos es hermafrodita. Su "dios" tiene pecho femenino, miembro masculino y órgano sexual femenino. Y tiene cabeza de cabra y pezuñas. El homosexualismo, implantado por los gobiernos, precisamente por ellos y por nadie más, está llamado a destruir en el hombre lo masculino, y en la mujer lo femenino. Cuando está destruido el destino Divino en la persona, en el padre y en la madre, lo que les ha sido regalado desde Arriba, eso representa la aversión a la Luz y la orientación del alma humana hacia el servicio a Satanás. ¡La iglesia católica es un satanismo enmascarado! La destrucción y esclavización de la conciencia ocurren precisamente a través de la disolución sexual y el homosexualismo, tanto masculino como femenino. Borrando las fronteras y las diferencias de género, convirtiéndolos en adeptos, seguidores del culto de adoración al hermafrodita: ¡Satanás! La mujer lesbiana es una homosexual; no es capaz de vivir con un hombre porque en su cabeza, a través de los "medios y la propaganda" sobre la independencia femenina, se ha introducido la información de que la mujer debe ser libre y que tiene derecho a copular igual que el hombre: mucho y sin límites. Y la sociedad femenina discute más activamente la "política de despotismo" sobre ella y sobre la "desigualdad de sexos": está sometida de manera multiplicada a la influencia del destructivo flujo informativo, que para ella se vuelve letal.

La lesbiana es un pederasta que piensa como un hombre cuando se excita, es decir, no con el útero, ¡sino con la próstata! ¡El clítoris es un pene subdesarrollado! La mujer que piensa como un hombre, pero cuyas hormonas femeninas empiezan a ser "vencidas" por las masculinas, se vuelve en el sentido literal una enferma mental, y además se vuelve interiormente brusca, descarada y entra en lucha por la primacía con el hombre. ¡Esa mujer ya no puede vivir con un hombre y pide el divorcio considerando que su marido no la merece! ¡Porque ahora está "convencida" de que merece algo mejor! Luego esa mujer cría a los hijos precisamente como un hermafrodita mentalmente desequilibrado o un homosexual activo. Y quién es el hermafrodita, ya te lo he dicho… El hombre afeminado, criado por una madre soltera, y la mujer masculina, que cría a una hija "masculina", son un producto de descomposición y, por tanto, de una sociedad controlada. Y allí donde hay familias destruidas y no hay un hombre, en quien la naturaleza ha depositado la noción de seguridad física, es mucho más fácil secuestrar niños para asesinatos rituales y para el mercado negro de trasplante de órganos. Precisamente los niños, y precisamente ellos, son el objetivo de esos no-humanos que consideran a los niños su comida.

La mujer "en el poder", a la que le han metido en la cabeza la idea de su exclusividad, es un verdugo que no conoce la compasión. Tal "pro" ama fanáticamente su trabajo, que le da no solo dinero, independencia e impunidad, sino también placer por los sufrimientos de sus víctimas y de los hombres que están de rodillas ante la mujer-verdugo, completamente humillados, y luego también con la "cabeza cortada"…

Las leyes públicas son una ilusión de seguridad para personas tontas y crédulas. No existe el poder de la ley, existe la ley del poder.

Y ahora tengo una pregunta. ¿A cuántos hombres ven a su alrededor sin cabeza, sin razón? Y mírense al espejo USTEDES, ¿personalmente están vivos? ¿Son felices con la "mujer", o más exactamente con las relaciones con esa "Vagina"? Y si son felices, ¿de qué está hecha su felicidad? ¿Y a los pies de quién han puesto su vida, sus éxitos y su Alma? ¿A los pies del Altísimo? ¿O después de todo a los pies del hermafrodita-homosexual?

El moscovita Andréi no podía ni imaginar que el ángel Galina, así de simple, no solo lo obligaría a vivir en un apartamento alquilado y pagar pensión alimenticia, sino que también lo privaría de la vivienda paterna que había heredado. Y ahora en la cama de sus padres se acuestan Galia con otro hombre, y, como se averiguó, no con uno solo…

Un buen día, Andréi fue a ver a su hijito Antón, llevando varias bolsas grandes con alimentos para los niños y un fajo grueso de dinero de la venta de una pequeña parcela de tierra que le dejaron sus padres en la autopista Dmítrov, para la construcción de una casita de campo para la futura familia de Andréi… Para los nietos, como le decían antaño sus padres, hoy difuntos… La puerta le abrió un grandullón en camiseta y calzoncillos familiares, explicándole a Andréi que si molestaba a Galina y a sus hijos, le rompería la cabeza. Antoshka estaba detrás del grandullón, jugueteando desconcertado en sus manitas con un cochecito sin dos ruedas y mirando a su padre con una mirada de ángel que no comprendía nada, en la que flotaban tristeza, ofensa y miedo de que su papá lo hubiera abandonado. Y el padre estaba de pie, escuchando la amenaza del nuevo conviviente de Galina, y no podía hacer nada, ni sabía cómo y qué responder a ese dzhigit de Asia Central… Andréi bajó la cabeza, ocultando los labios que temblaban con un temblor fino tras la taza de café caliente que se llevó a ellos… Con hombres en situación análoga hay que tratar demasiado a menudo, por desgracia… Y surge la pregunta: "¿qué hacer?" Y los casos son muy diversos, pero absolutamente idénticos en su esencia. Todas las situaciones están unidas por un mismo dolor, y el remedio para él es uno solo: paciencia y concentración en el problema, excluyendo la autocompasión. Con mocos y lágrimas no se ganan batallas. En cuanto el hombre endereza los hombros, levanta la barbilla y da un paso adelante hacia la solución del problema, ninguna vagina es capaz de oponerse a la decisión del hombre. Un elemento importante de la solución del problema es actuar exclusivamente dentro del marco legal. De lo contrario, todo se agravará en contra del hombre. ¡Estrategia y táctica solo con la mente fría! A veces es muy difícil, ¡pero es posible si hay un objetivo real!

Siempre hay una salida del problema, y es verdad. Vuélvanse cínicos y sonrían más a menudo, incluso cuando es difícil hacerlo. Acepten el hecho de que todo — ya les han estafado. Ya ha ocurrido, ¡y ya está! Sigamos adelante, porque estamos vivos y sanos. O, como mínimo, ¡en nuestro sano juicio! La mujer en cuya colección de "juguetes sexuales" están ustedes se comporta con ustedes como una cínica, una sádica y una abusadora. Esa mujer tiene un problema psicológico: cada hombre siguiente es peor que el anterior, ¡y es una mujer-feminista! Y eso significa que la mujer nunca les creerá. Pregunta: ¿ustedes qué son, burros? ¿Por qué le creen a una mujer que les ha tocado como una cualquiera? Sí, sí, precisamente porque si ya la "follaron" antes de ustedes, ya es una cualquiera, y es un hecho. El hombre razonable y sensato nunca cree al investigador y a la prostituta, pues ambos son mentirosos, sin principios ni moral; a ambos les importa el beneficio, ¡y punto!

"Romeo" Andréi, en el transcurso de dos años de trabajo, por vía judicial recuperó a su hijo Antón. A Galina la limitaron en sus derechos. Andréi se compró otro apartamento. Cría a su hijo y con gusto invita a Galia a ver al hijo en su apartamento, pero en su presencia. El tribunal anuló la pensión alimenticia para Antón, y ahora Galina la "cuentista" paga pensión a Andréi por Antón. La putería de la ex se puede y se debe usar contra ella misma. Menos mal que por una "recompensa" les ayudarán a "vencer" incluso al diablo. Y hay muchísimas opciones… Cuando no hay dinero es más difícil, pero tampoco es una desgracia: todo se resuelve…

En el país, el concepto de corrupción existe solo cuando es beneficioso para el poder. En todos los demás casos, ese poder no ve la corrupción, sino que la encabeza… Lo principal es usar la cabeza y no caer en amenazas, chantajes y manipulaciones de las rameras. Ese camino no es fácil, pero hay que avanzar. Pues el Altísimo nos da lo que le pedimos. Y el hombre le pide a Él a aquella que ahora está a su lado y de la que recibió mierda.

De qué manera se logró ganar el caso, lo contaré un poco más adelante, tengan paciencia… Al hombre le es vital dejar de vivir en la ilusión formada en su conciencia precisamente por la sociedad femenina, en la que nosotros, los hombres, estamos bajo la influencia de la mentira, la hipocresía y la sodomía.

Es asombroso también que precisamente con las manos del hombre la mujer haya construido ese falso mundo de ilusiones, convirtiendo al hombre en un esclavo que complace a la mujer con beneficios. ¿Y a cambio de qué? Correcto, por la posesión fugaz de su vagina. Imaginemos por un minuto: la mujer no puede complacer al hombre ni con los órganos inferiores ni con otros órganos de deseo y pasión. ¿Será interesante para el hombre? La respuesta es evidente: ¡no! Propongo detenernos un instante, dejando de lado todas las preocupaciones y afanes, y mirar atentamente a las "mujeres" que nos rodean.

La mayoría de los hombres ni siquiera se ha preguntado por qué a la entrada del órgano sexual femenino se le llama labios genitales. ¿Y qué relación tiene la boca, los labios de la mujer, con la vagina? Y además, la mujer, antes de acostarse, o más exactamente antes de entrar en coito con la pareja, primero le gusta chupar el miembro. Muchas chicas y mujeres lo llaman "¡saludar!" ¿Acaso es una novedad para ustedes? La cuestión es que las terminaciones nerviosas del triángulo facial bajo la nariz de la mujer, al igual que en el hombre, están "conectadas" con los órganos sexuales… El comienzo de cualquier follada arranca con los besos de la pareja. Por eso la prostituta no besa en los labios: porque simplemente trabaja, necesita autocontrol para ganar dinero…

Con el tiempo, los labios de la mujer dejan de ser jugosos y llenos, por así decir, de sangre, como en la juventud — especialmente después del cambio de varias decenas, y no pocas veces de muchos miles de parejas. Y la mujer comprende que es mejor demostrárselo al hombrecito-tonto, y también quiere ser deseada y demandada como en la juventud, pero la juventud, ay, es tan temporal como la mocedad…

Y el sexo para la mujer es más importante que para el hombre, pues es una explosión hormonal en su organismo, comparable a una "explosión nuclear". Los cuentos de que a la mujer no le hace falta el sexo son una mentira de siglos. La mujer también sabe subconscientemente que a los hombres les atraen los labios carnosos, y, por supuesto, eso le indica a él que la boca carnosa de la mujer es disposición al apareamiento: a la naturaleza no se la engaña. Con el beso, los órganos sexuales femeninos se excitan: se llenan de sangre, es decir, como resultado, el camino al coito está abierto.

Las mujeres, en clínicas y salones de belleza — para el hombre-tonto — se hacen los labios hinchados, como si "sus" órganos sexuales — los labios — en realidad fueran repugnantemente colgantes y muy castigados en las batallas porno. Cuanto más disoluta es la cualquiera, más inflados están los labios de su cara y más asqueroso lo que tiene entre las piernas. Me atrevo a señalar que su boca y su vagina hace tiempo que viven vidas separadas. Y los labios inflados de la cara ni de lejos se acercan a esa porquería que tiene entre las piernas, ya no hablo de esa flora muerta que ha destruido con la cantidad de pollas que han escarbado su "cubito".

La fornicación encuentra un aliado en la propiedad del cuerpo. Donde hay fornicación, allí habita el diablo. — San Juan Crisóstomo

En esas cualquiera con receptáculos de pollas hemorroidales, que vemos cada día, a menudo empieza a desarrollarse la demencia, porque toda su vida es sexo y beneficios con una nueva pareja. Y tales metas y sueños no dan crecimiento espiritual. Durante la recopilación de material para el libro visité en repetidas ocasiones "clubes femeninos" en el papel de guardaespaldas personal. Tengo un par de amigas divorciadas estupendas, a las que tras el divorcio les tocaron bocados sabrosos que les aseguraron una vejez sin preocupaciones y una vida agradable en el plano sexual, que les permitió comprar prostitutas regularmente…

Llamémoslas Zina y Dina. Estas "bellas damas" ya pasan de los 50, y en general se ven bien — bueno, sería extraño que fuera de otra manera, tratándose de dos Vaginas que no salen de los "salones de belleza" y de los gimnasios. ¿Y para quién están allí? Claro, para que se les levante a los tipos… De sus labios no hablo, allí todo está claro. En cambio, en el "club de estriptis", entre toda la multitud — medio centenar de mujeres —, para mi sorpresa, ¡no vi a ninguna "invitada" sin labios inflados en los salones! A todas, aunque fuera un poquito, se les habían "repuesto" los labios, y eso se nota de inmediato… Espero que no haga falta explicar para qué van las mujeres a los clubes de estriptis… ¡A esas hambrientas "emperatrices y condesas" siempre les hace falta una polla grande y gruesa con un cuerpo bonito! "Y el carruaje vespertino la lleva a las afueras de Moscú…" Pues claro, de San Petersburgo a Moscú en carroza es fácil, ¡y por la mañana llenar con su presencia la sala del trono en San Petersburgo — por supuesto!

Y justo ahí las esperan sus hombrecitos prostitutos. Si una mujer ha obtenido un sexo alucinante con un semental joven, simplemente se vuelve loca y está dispuesta a hacer absolutamente todo por él. No siempre, pero como regla, si la vieja tiene dinero y va a los clubes de estriptis…

¿Y qué necesita el gigoló? Correcto: ¡dinero! Mucho dinero que esas tías entradas en años pueden dar. Los prostitutos a menudo recurren a la astucia. Para empezar, investigan la información sobre una clienta, averiguando los detalles: quién es, de dónde, cuánto dinero tiene, dónde vive y mucho, mucho más… Y después, si ella es la que hay que trabajar, empiezan a prestarle más atención, bailando ante ella, desnudándose, arrodillándose como un caballero herido por su belleza, con el atributo imprescindible de un ramo de rosas hermosas, y todo ello en presencia de una multitud de mujeres hambrientas y envidiosas… La clienta al principio duda, y luego su cerebro primitivo, que cree en su exclusividad e irresistible atractivo, y también en que ella es una reina y, naturalmente, que de ella solo se enamoran "hombres" tan dignos de ella, cede al influjo y al empuje de ese "hombre de verdad". Los espectáculos-montajes de estas "estafas" por dinero son planificados por todo un grupo de gigolós, prostitutos profesionales, incluida la administración de ese burdel, con participación de "psicólogos" y mentores de actuación y coreografía…

Cuando la clienta está madura, llega el momento de la verdad, es decir, de la follada. Y aquí entra la química, más exactamente la cocaína, que se espolvorea imperceptiblemente bajo la piel que cubre el glande, es decir, alrededor del "capullo"… Si la mujer exige sexo con preservativo, el "condón" se "espolvorea" de antemano con cocaína… El orgasmo que se alcanza por vía sexual con droga es muchas veces más brillante y convierte a la mujer en un simple "perrito faldero" en manos del gigoló-prostituto.

Pero además, la convierte en una drogadicta dependiente de ese mágico "dios del amor". Lo que ella recibió como intoxicación narcótica sin saberlo lo percibe como un orgasmo nunca antes experimentado.

¡Y eso es como el primer orgasmo o el primer hombre! Me interesaba qué dirían al respecto las viejas "brujas" que lo habían sentido en sí mismas. Y contaban precisamente lo que he expuesto arriba… Como resultado, ella quiere más y más "sexo" con él y solo con él, con ese "dios" que hirió para siempre su corazón femenino. Si la mujer-clienta no recibe ese "amor", se vuelve loca, y por eso, por los encuentros con el "dios", está dispuesta a todo, y el dinero ni siquiera es una cuestión… Un marica glamuroso, modisto ruso, ampliamente conocido en los círculos capitalinos — y, por cierto, también lo conocen en muchos países extranjeros —, contó que en París lo follaron con un miembro mojado en cocaína, y describió detalladamente sus sensaciones. En esencia, es una intoxicación narcótica, solo que multiplicada por decenas al entrar la droga en la sangre a través del recto o de la vagina…

Personalmente, yo nunca pude siquiera imaginar que el mundo de la prostitución, la pederastia y las infidelidades fuera tan cruel, cínico y sucio…

No moriremos de muerte atormentada. Mejor reviviremos con una muerte fiel. — V. Vysotski

Algunos dirán: "¡Pues que mi mujer no vaya en burka, escondiéndose de todos! ¿Y qué pregunta es esa? En el mundo moderno existe algo como el estilo y la moda. Al fin y al cabo, una mujer cuidada se ve estética y sexy." Si el hombre es un esclavo, entonces para él una mujer sexy es algo magnífico. Los diamantes son valiosos porque hay pocos. Pero la diferencia entre un diamante y un estras es sustancial. Examinemos qué es la sexualidad: La sexualidad es la disolución sexual. La sexualidad es la promesa de la mujer de entrar en relaciones sexuales con todos o con muchos: con cada uno.

Sexy: accesible, puta por dinero y no pocas veces por sexo en sí, con un traguito, regalitos o polvo, y no es raro por todo junto.

Los hombres casados o en concubinato ven desde hace tiempo cómo la "mujer-esposa", al irse al trabajo, se transforma radicalmente de gallina doméstica despeluchada con cara de polilla en reina o amazona. El hombre-esclavo dirá: "¡Mi mujer va al trabajo!" Perdón, pero ¿por qué la esposa no hace todo al revés? La inmensa mayoría de los hombres que entrevisté reconoció con franqueza que si la esposa en casa se viera como se ve "al salir a la calle", la cantidad de contactos sexuales con la esposa aumentaría varias veces, poniendo fin a la fornicación masculina fuera, porque a un ser sin rostro en rulos y con pepinos, observado durante muchos años, hace tiempo que no se le levanta a nadie. La persona normal tiene comprensión e incluso una especie de ley interior: no se puede juzgar a una persona por su error. Sí, es posible que se haya equivocado. Pero cuando ocurre conscientemente y por ello sufren niños inocentes, eso no se puede aceptar, ni comprender, ni perdonar.

La arpía que se adorna para otros no es su esposa, es la esposa de la calle, del trabajo y de cualquier otro hombre. Es una mujer pública — de uso común, como para necesidades sanitarias. Y esa mujer no está interesada en la familia ni en las relaciones familiares con ustedes. Los hombres, casi todos a una voz, dijeron que precisamente el aspecto de la mujer fuera, es decir, en el trabajo, en el transporte público y simplemente en la calle, "contribuye" a las frecuentes aventuras fuera. A muchos hombres se les propuso reflexionar: ¿en qué se diferencia su amada de aquella a la que se follaron fuera? Pues su esposa amada también se entrega fuera, como la puta que se lo dio a ustedes. Si un hombre está convencido de la "fidelidad" de su esposa, entonces ese hombre es simplemente un presumido bobo, y su diagnóstico es "adicción vaginal".

La ramera en todos los tiempos nunca ha pertenecido a nadie, y está libre de las promesas y juramentos de fidelidad que hizo. No le es propia la lógica del hombre, porque su esencia son las emociones, ¡no la razón!

En el mundo de las mujeres hay un grupo aparte, ridiculizado por la inmensa mayoría. Fui testigo de cómo en una residencia de estudiantes, a una chica que llevaba un modo de vida modesto y moral, se le reían a sus espaldas llamándola "virgen". Y "le escupían a sus espaldas" precisamente las que llevaban una vida de fornicación, afirmando que la putería es buena, ¡y la castidad, la pureza y la moralidad son una vergüenza! Conozco a mujeres, en el pasado miembros del Komsomol, que antes del matrimonio hacían tales "saltos mortales" que las actrices porno fuman nerviosamente a un lado. Ahora esas mujeres son "damas respetables", y a algunas las veo por televisión, desde las tribunas, hablando de la pureza y la moralidad en la sociedad. Si alguien pensó que se arrepintieron, se equivoca profundamente. Esas damas fornican igual, solo que ahora por follarlas pagan dinero, ¡para que las taladren con un miembro joven y firme! Porque las damas "arrepentidas" antes no brillaban por su belleza con cosméticos en la cara, y ahora, incluso después de la cirugía plástica, representan un espectáculo lamentable. Y, por cierto, prácticamente todas y cada una son divorciadas o simplemente viven separadas del marido.

En las últimas dos décadas, en el mundo, y Rusia no es la excepción, los servicios más demandados son el alargamiento de pestañas, el tatuaje de cejas, los extensiones de cabello y, por supuesto, la restauración del himen. El volumen de negocio anual asciende a muchas decenas de miles de millones de "dólares". El hombre se pregunta: ¿de quién es el dinero que se gasta en esos "procedimientos"? ¡Claro que no! El hombre-tonto a menudo ve en casa a la esposa que acaba de llegar del salón de belleza. El hombre-bobo ni siquiera presta atención, y la esposa lo ve. Y si el marido no le presta atención, bueno, qué importa, fue al salón. Pues el marido hace tiempo que se enfrió respecto a la esposa. Entonces surge la pregunta: ¿para quién va a los salones de belleza? ¿Dirán ustedes que para sí misma?

¿Y por qué para sí misma en casa anda como una polilla sin rostro, a la que sin maquillaje mirar no es que dé miedo, sino asco? Por lo general, esas malas esposas tienen amantes, y ni siquiera uno, con una probabilidad de más del 90%.

A finales de los 90 tuve el honor de conocer a una persona maravillosa, un hombre, hoy honorable profesor, médico, obstetra-ginecólogo. El nombre, por supuesto, no lo revelo, pero llamémoslo Iván Ivánovich. Una vez su amada y única no solo le puso los cuernos con el chófer de la familia, ¡sino que además lo robó! En aquel momento, ese hombre inteligentísimo, inocentísimo respecto a su esposa y a su trabajo, se hallaba en una depresión profundísima, de la que salió solo gracias al apoyo de hombres que habían experimentado en su propia piel qué es la fidelidad y el amor de una mujer: "yo soy madre".

Iván Ivánovich llevaba su propia estadística personal en el marco de su actividad profesional. Y esto es lo interesante que estableció:

— entre los 13 y los 15 años tenían experiencia de relaciones sexuales siete de cada diez niñas; entre los 15 y los 16 años, tenían relaciones sexuales nueve de cada diez niñas. Y entre los 16 y los 18 años, ¡virgen quedaba solo una muchacha de cada veinte personas de sexo femenino!

Y ahora, como en el "Campo de los Milagros": ¿qué "muchacha" de cada veinte le tocó a quien lee este libro, y cómo se llama? ¿Abrirán una letra o dirán la palabra?

Ah, y si ustedes son románticos y esperan el sector premio, entonces probablemente se llama "Alice", como en la canción del mismo nombre… Los hombres dicen muy a menudo que no les interesa con quién estuvo "su" mujer antes que ellos. Sin embargo, tarde o temprano surge esa pregunta, y el hombre pregunta no solo cuántos tuvo antes que él, sino también qué tamaño tenían las pollas de sus parejas.

¿Por qué ocurre esto? Porque empiezan a asaltarlo las dudas de que él es precisamente aquel del que esa mujer no se irá, y de que para ella es "de verdad", el mismo… Y el hombre, después de que se le cae de los ojos la venda del arrebato hormonal y la pasión, comprende también que vive con una cualquiera que empieza a reprocharle a menudo, poniendo como ejemplo a aquellos con quienes se follaba antes que él. Quiero destacar especialmente que ni un solo hombre al que hice preguntas en conversaciones privadas, ni uno solo me respondió negativamente: ¿elegiría para crear una familia a una mujer experimentada o a una virgen? El 100% desea mucho tomar por esposa precisamente a una pura, a la que nunca se le podrá reprochar nada, ¡y el respeto hacia una muchacha así está incluso por encima de los sentimientos de amor! Y además, todos quieren precisamente de una muchacha pura engendrar hijos, ¡y no de un "cubo de basura"!

La unión con una muchacha virgen garantiza con una probabilidad de más del 80% que será no solo fiel y moral para toda la familia, sino también fuerte a lo largo de toda la vida. Y el matrimonio con una puta da un índice de menos del 5% de que la familia se conserve y haga felices a los hijos y, en consecuencia, ¡al propio hombre!

La disolución sexual femenina no pasa sin dejar huella, y tanto su estado físico como sus capacidades reproductivas para dar una descendencia sana dependen directamente del modo de vida que lleva o llevó esa "mujer" antes de conocer al hombre que decidió unir su vida con ella. Nosotros, los hombres, al tratar con una persona, miramos obligatoriamente a los ojos y a la cara. Pero por alguna razón estamos ciegos y no vemos que, al tratar con una mujer, no prestamos atención a que la interlocutora tiene las cejas en forma de tatuaje en lugar de cejas de verdad, o simplemente dibujadas en la frente con lápiz. Y no vemos que pestañas esa "zorra" tampoco tiene: ¡son artificiales! La feminista-odianhombres aullará histérica que eso es mentira y un insulto. Y el admirador adicto a la vagina de la "fidelidad pagada" me llenará de epítetos, de los que es rico el argot moderno. "Queridos matriarcalistas" — lameculos —, ¡esta es la verdad de la vida!

A muchos hombres les toca madurar y llamar a las cosas por su nombre. Si todo es tan magnífico con "nuestras mujeres", entonces ¿por qué solo en nuestro país cada día, subrayo, cada día se practican más de 5000 abortos? La estadística oficial nos miente al decir que los abortos al año no superan los 500 000. ¡Se cometen no menos de 3 500 000 anualmente! El asesinato de niños está legalizado por la sociedad de prostitutas, maníacos y toda clase de sodomitas, que, por desgracia, son cada vez más en la sociedad moderna. No es difícil calcular cuántas policlínicas en el país practican abortos al día. A lo largo de todos los siglos de nuestra civilización, al menos de aquella en la que vivimos, el hombre y la mujer tienden a esclavizarse mutuamente, parasitando la debilidad y las necesidades del oponente. Y cada una de las partes exige siempre adoración y veneración de sí misma como única e irrepetible esencia, llamándolo manifestación de amor y prueba de ese amor. Pero en esencia es una comprensión pervertida del amor, convertida en un acto de cercanía física con todas las perversiones y consecuencias que de ello se derivan, con supresiones trágicas…

El amor carnal cantado por todos no existe. Y cualquier enfrentamiento entre personas del tipo "tú me das, yo te doy" está condenado a la guerra. Por desgracia, el hombre está hecho de tal manera que, para comprender el amor, necesita conocer en su propia piel el odio y el dolor, gracias a los cuales el que sufre se dirige al Creador. Pues cuando todo está bien, al hombre no le importa el Creador: ¡bastante tiene con sus propias preocupaciones! Los conocimientos espirituales se le dan al hombre para determinar la dirección hacia la moralidad, la filantropía, la paz, el amor y la compasión hacia los mundos que lo rodean… Disciplinando, o al menos definiendo, los marcos morales necesarios para una personalidad no formada o extraviada. Los "marcos-reglas" explican qué es la fornicación, el mal, el odio, la envidia, el adulterio, etcétera… Y cuando la persona está madura, no necesita muletas religiosas en forma de intermediarios entre el Creador y la persona. El intermediario, por regla general, parlotea sobre lo divino — hipócritamente y parasitando el caos de la ignorancia y la credulidad de la persona. La fe, las reglas morales, que enseñan las leyes de la ética divina, o más bien, que despiertan en la persona la memoria cordial de la experiencia pasada de su alma, creada por el Único y Todo Buen Creador.

La moralidad no puede fundarse en nada más que en la conciencia de sí mismo como ser espiritual, uno con todos los demás seres y con todo. Si la persona no es un ser espiritual, inevitablemente vive solo para sí. Y la vida para sí y la moralidad son incompatibles. — L. N. Tolstói

Ángeles

Al orfanato de párvulos, situado lejos, en los arrabales del centro federal, nosotros, seis hombres adultos llegados a esa región por asuntos, decidimos acercarnos para prestar ayuda. Lo practicamos con bastante frecuencia, porque sabemos que cuanto más lejos de Moscú o San Petersburgo, ¡más difícil es para los pequeños huérfanos! Los niñitos — ángeles — están unidos por un mismo dolor, una misma desgracia. Fueron abandonados por sus padres, retirados de alcohólicos y drogadictos, recogidos en portales, en vertederos, en contenedores de basura e incluso ¡en pozos sépticos! Nos recibió una mujer joven de unos 25 años. Al enterarse del objetivo de nuestra visita, enseguida nos dio batas, y entramos sin trabas con ella en la sección infantil… Decir que estábamos conmocionados es no decir absolutamente nada. Los pequeños estaban desnuditos, sin pañales, sentados, gateando y de pie sobre colchonetas más parecidas a camas de perro, con manchas secas de restos de comida, orina y caca… El olor a aire estancado, mezclado con olor a orina y leche, nos golpeó en las narices a nosotros, que veníamos del aire fresco del invierno de una mañana helada… Los pequeños, al vernos, todos a una se echaron a llorar, y muchos incluso gritaron, extendiendo hacia nosotros sus manitas a través de los barrotes de madera de las cunas, que hacían las veces de cárcel. ¡Los niñitos gritaban como pequeños becerros en sus celdas — a los que nadie comprende!

No hagas lo que condena tu conciencia, y no digas lo que no está de acuerdo con la verdad. — Marco Aurelio

Y después de visitar ese orfanato vinieron estas palabras, que en general no pueden transmitir el dolor que llevan sobre sus frágiles hombros los niños de todos los tiempos y pueblos.

Los ojos de un niño, de un pequeño, como dos platos enormes Miraban al mundo a través de un velo de lágrimas Y él estaba de pie en la cuna tras la reja, A través de los barrotes de la cárcel, tendiendo la palma. Y nosotros pasamos de largo, andamos en afanes, No notamos ni oímos la llamada. Somos rusos, a los nuestros no los abandonamos, ¿Y los niños? — los niños soportan el dolor. Y los huérfanos de la guerra, entre tíos y tías, No logran gritar hasta sus papás y mamás. Somos rusos, no podemos abandonar a los nuestros — Vamos, todos juntos, llevémoslos a todos a casa.

Muchos niñitos estaban meados y con caca. Los pañales sucios, las camisitas sin cambiar desde hacía tiempo, y los niños, gritando, — con sus ojos de ángeles irradiaban tal dolor, tales sufrimientos, que nosotros, hombres hechos y derechos, no pudimos contener las lágrimas. A escondidas nos secábamos las lágrimas, y en esencia llorábamos junto con los pequeños… Cada pequeño tiene su propia historia de "vida" por separado…

— A Máshenka la sacaron de un pozo séptico, aún con el cordón umbilical sin atar… Su llanto lo oyó el niño vecino Seriozha, ¡gracias al cual salvaron a su Masha! — A Andriushka lo encontraron en un contenedor de basura, casi sin aliento, unos obreros que retiraban la basura por las mañanas de los patios de los bloques de pisos. — A Vánechka lo encontraron en un portal, en una caja de galletas… — A Stesha, medio muerta de inanición, en un armario, en un antro de alcohólicos y drogadictos…

La lista de niñitos y de sus sufrimientos a escala del país es tan monstruosa que no alcanzaría ni la vida ni las fuerzas para hacerla pública… La tragedia de la infancia no son solo los niños huérfanos, son también los niños huérfanos con discapacidad. Según los últimos datos, en Rusia a comienzos de 2025 había 779 308 niños con discapacidad. En 2024 había 779 000 niños con discapacidad, y en 2023, 722 000. De ellos, 456 000 niños varones con discapacidad, y alrededor de 323 500 niñas. La tragedia de la infancia es una sola herida continua que nunca cicatriza en el cuerpo y en las almas de los pequeños, condenados al sufrimiento y al tormento por los no-humanos con faldas que se llaman a sí mismas mujeres modernas.

Todos los derechos en Rusia son solo de la mujer, y ninguna obligación, y todo lo demás es formalidad… Y creo que debemos prestar atención a cuál es el valor de la mujer en nuestro país desde la posición material, del que tan alto hablan ellas, diciendo que el hombre debe mantenerla, colmarla de regalos, diamantes y abrigos de piel… Y que los hombres han degenerado, convertidos en abusadores redomados… La producción de pieles de animales de peletería en las granjas peleteras está organizada para complacer a la mujer.

Como también la caza de esos animales de piel en la naturaleza salvaje… Es un hecho escandaloso que, para la calidad de la piel, al animal se le arranca la piel vivo, y luego lo dejan morir en terribles tormentos, en un montón de los mismos desdichados visones, zorros, mapaches, zorros polares e incluso perros y gatos… Los chillidos de la sociedad sobre la humillación y la ofensa de la mujer moderna no resisten ninguna crítica. La facturación del mercado de artículos de piel natural en Rusia en 2024 mostró un crecimiento seguro del +25%. Esto se convirtió en una subida significativa de precios en el contexto del aumento del coste de la materia prima. En 2024, el volumen de ventas de artículos de piel ascendió a 150 000 000 000 de rublos. El pronóstico para 2025, con la dinámica de aumento del coste de la propia piel, será de aproximadamente 200 000 000 000 de rublos.

¿Ven a menudo a un hombre con abrigo de piel? A un marica saltando en el escenario, quizás… Pero los hombres, al menos durante mi medio siglo, no han llevado abrigos de piel. Pieles de borrego — sí, y solo en regiones donde hay heladas muy fuertes, o chaquetas forradas de piel, y eso exclusivamente para conservar el calor en condiciones duras… ¿Y para quién se extraen a costa de la salud masculina e incluso de la vida todos esos diamantes, zafiros, rubíes, esmeraldas y demás "joyería"?

Tal vez lo comprendemos, pero no lo acabamos de asimilar del todo… En 2024, el mercado de artículos de joyería en Rusia alcanzó casi 470 000 000 000 de rublos, lo que es un 26–35% más en comparación con el año anterior.

En 2025 se espera la continuación del crecimiento, quizá hasta el trece por ciento, lo que supondrá aproximadamente 550 000 000 000 de rublos. ¿Y quién gasta dinero en eso: los abusadores?

Estimados hombres, ¿ven a menudo a un hombre con joyas?

¿Por qué aquella que fue creada para multiplicar el amor, el bien, la compasión, la ternura, la modestia, la fidelidad y la castidad se ha convertido, en su inmensa mayoría, en un demonio? Lo asombroso es que, en el mundo en el que vivimos, todo lo que se crea es exclusivamente a costa del sufrimiento no solo de niños y adultos, sino también de animales, y todo para complacer a la mujer… Y por extraño y lamentable que sea, el principal generador de violencia y guerras, por desgracia, es la "mujer" moderna… Quiero hablar un poco de lo que significan los sufrimientos de los animales que comemos.

La carne es carroña… Ay, es así.

A los animales los matan en medio de sufrimientos y tormentos, y antes de su muerte, durante meses y a veces años, se burlan de ellos, causándoles sufrimientos para luego matarlos y comérselos… El trozo de cadáver se fríe, se cuece, se congela, se convierte en carne picada…

Personalmente, procuro consumir la menor carne posible, teniendo en cuenta que tengo la posibilidad de comer verduras, queso y productos lácteos.

Y la comida es especialmente sabrosa cuando se prepara en casa por las manos de una persona querida… En uno de los canales federales, en directo, al ministro de agricultura le preguntaron: ¿por qué a la carne de vaca se le llama "goviádina" (hablando)? El ministro no pudo responder… La respuesta se encuentra en los Vedas. Cuando los seres vivos sufren, emiten la energía del sufrimiento "gavah". Esa energía tiene color marrón… De la palabra "gavah" proviene la palabra "goviádina". La célula del organismo que sufre transmite a las células vecinas información sobre su dolor y sus sufrimientos. Después de la muerte del cuerpo en el que sufrían esas células, en las últimas queda la información sobre los sufrimientos, los tormentos, el horror, etcétera. Los Vedas prohíben comer carne de vaca… Gavi — vaca, Gavini — rebaño de vacas, Gavah — sufrimiento de la vaca, Gavisha — sediento de vacas. Con el tratamiento térmico, la información de los tejidos no se borra ni se elimina… Es una especie de "producto irradiado". Al entrar en el cuerpo humano como alimento, avisa instantáneamente a las células de sus sufrimientos, soportados por el animal en su vida pasada. La persona no comprende por qué es agresiva, por qué le resulta difícil estar tranquila, y el sistema nervioso desquiciado se convierte en un "magnífico" fundamento para el desarrollo de diversas enfermedades graves, tanto físicas como psico-espirituales…

Un neutralizador serio de la energía "govah" es la oración por el ser vivo que entregó su vida para alimentarnos. Los hombres que practican sinceramente la oración antes de comer cuentan que incluso ven a tales o cuales seres vivos cuya carne consumían. Eso ayudó después a muchos a renunciar por completo a la carne… No hay nada vergonzoso en agradecer al animal y pedirle perdón por el asesinato, si no pueden renunciar a la carne. La elevación de la oración es el reconocimiento por parte de la persona de la presencia del Único Creador Infinito en todo. Las religiones dicen "no matarás", pero por alguna razón bendicen el asesinato de personas y animales. Cada uno tiene derecho, según su elección, a actuar como le dicte su conciencia… Yo no propongo nada a nadie, no impongo mis puntos de vista y menos aún llamo a alguna tontería.

Me resultó sumamente curioso qué significa la carne "kosher y halal". Y esto es lo que vi: por ejemplo, cómo se hace la "carne kosher"… Imagínense un tambor de hierro, colocado verticalmente sobre un eje metálico, tipo "carrusel".

En ese tambor hay seis compartimentos, en cada uno de los cuales se mete una vaca o un toro, de tal manera que, después de cerrar las puertas de hierro tras el animal, la cabeza del animal quede afuera… El "matarife" activa el mecanismo de rotación de ese tambor, y por turnos, con un cuchillo enorme, más parecido a una espada, corta el cuello de los animales… El tambor giratorio hace girar verticalmente a las pobres vaquitas, poniéndolas por turnos patas arriba. Los animales, sin comprender qué les ocurre, intentan ponerse de pie, y al mismo tiempo gritan y emiten estertores terribles… El espectáculo es espantoso… Estando en el horror, los corazones de esos animales expulsan la sangre, y los chorros de sangre brotan de ellos a ríos. Se considera que si se ha "exprimido" la sangre del animal, esa carne es pura, es decir, kosher o halal, supuestamente en la sangre está el alma del animal o de la persona… A los pollitos y gallinas no se les corta el cuello. Simplemente se les abre la arteria en el cuello y se les arroja a una gran tina de hierro, a morir atormentados… El ave tampoco comprende qué le ocurre, intenta levantarse o saltar fuera, salpicando sangre sobre sus desdichados congéneres. Cuanta menos sangre, más rápido laten los corazones de los seres vivos, más sufrimientos experimentan, y luego el corazón no aguanta, y los animales mueren en tormentos… Un "magnífico rito religioso", ¿verdad? El flujo informativo que comen los "cadáver-fagos" arruina a sus generaciones, convirtiéndolos en degradados espirituales que aspiran a la aniquilación de sus semejantes. Y es que todos los animales tienen, como nosotros, sangre, alma, corazón…

29; Y dijo Dios: He aquí os he dado toda hierba que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto de árbol que da semilla: — os será para comer. 30; Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo reptil que se arrastra sobre la tierra, en que hay alma viviente, les he dado toda hierba verde para comer. Y fue así.

1, 25-2, 22 (1, 29-30) Génesis

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Los logros de la civilización son pequeños, y las pérdidas, irreparables. El hombre civilizado ha perdido la naturalidad y la sencillez, ha perdido la propia naturaleza, convirtiéndose en víctima de toda clase de perversiones. — Bhagwan Rajneesh

El hombre despierto de las ilusiones es muy incómodo para la mujer moderna, protegida por el Estado. En muchos países del mundo, incluida Asia Oriental, cobran fuerza comunidades masculinas que han renunciado a las relaciones con mujeres. ¡Tales comunidades existen desde hace tiempo en Europa y América, y ahora también en Rusia! Las "mujeres" se han vuelto tan descaradas que los hombres no desean participar en esas guerras de coñitos sobre quién manda en la familia, y que la "mujer" ahora tiene "razón" en todo, teniendo derecho a quitarle al hombre con ayuda del Estado: los hijos, los bienes, la libertad y, como resultado, ¡la vida! A un hombre libre e independiente no le quitarán los hijos, y no necesita pagar con su vida por la "felicidad" ilusoria de poseer a una "mujer", o más exactamente a su "vagina", que canta sobre la dulzura del amor — de contenido y frecuencia sumamente dudosos… A los hombres despiertos que van por su propio camino se les acusa de homosexualismo, ¡lo cual será una mentira absoluta y una calumnia! Los maricas necesitan contactos sexuales; su mente pervertida, ay, no puede vivir sin follar por el culo y por la boca. Y los hombres que han renunciado a las relaciones con las "mujeres" en su inmensa mayoría entraron en una larga abstinencia sexual completa, y luego renunciaron para siempre al sexo y a las "mujeres", más aún.

Los hombres que van por su propio camino de independencia renunciaron a las relaciones con mujeres. Es decir, renunciaron a la fornicación banal. No hay relaciones — no hay problemas: ay, pero es la verdad. No es la mujer la que molesta, sino las relaciones con esa mujer. Es agradable tratar sin desear a las mujeres como objeto sexual, es agradable estudiar el mundo femenino sin ganas de "metérsela" en algún sitio… Es agradable tratar con mujeres-socias, y en general vivir rodeado de mujeres siempre es agradable, si no se les permite cruzar las fronteras de mi espacio personal. Soy sociable, y el trato con una persona, especialmente inteligente, modesta y limpia, es en todo mucho más agradable… La mujer inteligente es un tesoro raro. Y la casta, pura también en los pensamientos, ¡es en general una rareza extrema!

No soporto a las putas, la hipocresía, la crueldad hacia los niños — independientemente de quién sea: marciano o del color de piel que tenga… Para mí, un niño es tan sagrado como los nombres de mis padres y de mis maestros espirituales… Así como la mujer moral para mí es sinónimo de fe, amor, pureza, fidelidad y maternidad…

El hombre, mediante la abstinencia completa, sublima sus fuerzas para ayudar a los cercanos, llevando el bien a los niños y a los ancianos, hallándose en un estado cercano a la paz completa del alma, del espíritu, del cuerpo y de la paz de la mente, que es la base de la felicidad humana — oculta por el mundo ilusorio de las cualquiera modernas…

La práctica de la abstinencia sexual — "Brahmacharya" para el laico — es una práctica de restauración del estado físico, espiritual y psíquico del hombre. No recomiendo esta práctica a personas de psique débil, especialmente a quienes están acostumbrados a satisfacerse a diario y no se imaginan qué es el silencio del cuerpo y del espíritu — ni siquiera hipotéticamente. El onanismo crónico ha sometido a la mayor parte de la población masculina del mundo, ¡ay! Por cierto, la mujer en esto no cede en absoluto a los hombres.

Para los que poseen fuerza de voluntad y una columna vertebral interior, la abstinencia, y en consecuencia la paz, darán la posibilidad de reescribir su guion del destino y echar a patadas a la protagonista principal de la película sobre su vida: la universalmente venerada cualquiera, puta — que nunca dice que no. Solo en el "silencio" el hombre es capaz de establecer prioridades. Para los pedigüeños de vagina, esta práctica puede resultar un camino al manicomio o al psiquiatra.

Pero si la mujer ayuda a crear la vida, a guardar la casa, a parir hijos, o participa en la creación con el marido, entonces hay que honrarla como a una reina. — M. Prishvin

Subrayo: los problemas están en la raíz — en las relaciones con la ramera. No hay relaciones con una cualquiera — no hay problemas. La ramera es un parásito que roba la felicidad masculina, dando a cambio de manera absolutamente no equivalente, o más bien en préstamo, su rendija sexual… Los políticos, la publicidad, el cine y los libros a una sola voz ensalzan la fornicación, la lujuria y la decadencia moral de la mujer-esclavista, complaciendo su codicia, crueldad y permisividad, ¡que se han vuelto la norma para todos! Esa ideología recuerda al socialismo, que promete riquezas y felicidad al hombre honesto y muy trabajador. Sin embargo, la historia ha demostrado que ahora el que trabaja mucho, sin enderezarse, por lo general nunca tiene nada. Y los parásitos que nunca hacen nada roban miles de millones con bases legales precisamente bajo la protección…

Ejemplo: un hombre conoce a una mujer — recuerden, ¿cómo ocurrió en su caso? El cuadro general: ¡guau! ¿Y de qué estaba compuesto ese cuadro? De los colores vivos y del comportamiento de la mujer… ¡Todo parece como si la decisión de conocerse fuera iniciativa del hombre! Pero, ay, no es así. Desde el primer segundo, la mujer activa el sistema de manipulaciones, y el hombre pierde, aunque sea el último, el débil, pero aun así el juicio… Recuerden, ¿cuándo dejaron de interesarle? Precisamente cuando ella los obtuvo con todo. Por eso luego ustedes sienten celos, sintiendo subconscientemente que su mujer se fue con otro o ya está en busca de otro tonto, de un "hombre de verdad"… Ella obtuvo todo lo que quería y sigue adelante. Es ella la que "se folló" al hombre, y no él a ella… A lo largo de mi vida he visto muchas veces el cuadro repetido de los acontecimientos en los destinos de hombres absolutamente distintos. Además, hombres decentes, sinceramente enamorados de sus mujeres. Hombres que creen ciegamente a sus esposas. Y a ninguno de ellos, por alguna razón, se le ocurrió ni una sola vez dudar de las palabras de sus mentirosas mujeres — esposas.

Una triste regularidad: las mujeres, llevadas en brazos por sus hombres, se acostumbraban a ello como, por ejemplo, si una persona al encontrarse dijera "buenos días" o "buenos días". El ramo de flores del marido se volvió para la mujer algo tan habitual que incluso empezó a irritarla. La autoestima de las mujeres, al elevarse una vez, considera que no es ese el nivel donde debe estar. Y la mujer conscientemente empieza a buscar a alguien mejor, y su marido, que la idolatra, ahora es solo un peldaño sobre el que ella está de pie…

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Ograniczenie wiekowe:
18+
Data wydania na Litres:
31 sierpnia 2026
Data napisania:
2026
Objętość:
530 str. 1 ilustracja
Właściciel praw:
Автор
Format pobierania:

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