Czytaj książkę: «Viajes»

Czcionka:



CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Francisco Javier Expósito

Cuidado de la edición: Lola Martínez de Albornoz

Diseño y cuidado de la edición: Gonzalo Armero

Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.

© Fundación Banco Santander, 2013

© Del prólogo, Juan Pérez de Ayala

© Herederos de Ramón Pérez de Ayala

ISBN: 978-84-92543-49-6

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

Juan Pérez de Ayala
LOS VIAJES DE RAMÓN PÉREZ DE AYALA

ESTE ES UN LIBRO DE VIAJES, de viajes entendidos como aventuras del conocimiento, de exploraciones en busca de la adquisición de una educación más amplia y abierta. Ramón Pérez de Ayala perteneció a una generación de españoles, la llamada «generación del 14», que sintió la necesidad de viajar y de formarse en el extranjero, de conocer otras culturas, de aprender de ellas y de tratar de volcar las enseñanzas recibidas en la mejora de su propio país. Generación cosmopolita y a la vez preocupada en la educación y formación nacional, protagonistas y artífices de una reforma que logró dar sus frutos en unos años de profunda renovación en España.

Este es un libro de crónicas e impresiones, de miradas hacia otras realidades alejadas de lo nacional, sobre sociedades nuevas y diferentes en su carácter y en sus maneras de actuar, de visiones apuntadas hacia la extracción de posibles enseñanzas útiles, de observaciones que conllevan una reflexión.

Al mismo tiempo, esta sucesiva selección de artículos sobre los viajes que Ramón Pérez de Ayala realizó supone un recorrido por la vida del escritor. Viajes que marcaron su formación intelectual, viajes que influyeron en su vida, viajes deseados y viajes forzados por circunstancias ajenas al deseo. Viajes que fueron conformando una vida.

Esta edición se ha agrupado siguiendo un orden cronológico a partir de sus propias crónicas escritas.

Ramón Pérez de Ayala viajó a Inglaterra, Italia, Alemania, Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú y Bolivia, países en los que residió el tiempo suficiente para poder dejar constancia de sus impresiones.

Esta introducción se ha estructurado según los bloques que componen el volumen en el intento de dar un recorrido biográfico que ayude a complementar y ampliar la lectura de las crónicas seleccionadas.

INGLATERRA, 1907-1908

Para el año de 1907, Ramón Pérez de Ayala (Oviedo, 1880-Madrid, 1962) empieza a ser conocido en el mundo de las letras españolas debido a su primer libro de poemas La paz del sendero, de 1904, y a su primera novela Tinieblas en las cumbres, publicada en este año, que levanta mucha polvareda no exenta de ciertas muestras de escándalo y reprobación. Para entonces, ya ha adquirido un cierto nombre gracias a sus colaboraciones en periódicos y revistas de Madrid y Pérez de Ayala se enfrenta al dilema de si marchar a probar fortuna en el mundo de las letras estableciéndose de forma permanente en la capital o de si, por el contrario, es preferible viajar fuera de España durante una temporada para conocer mundo y ampliar horizontes y educación. Gracias a la ayuda económica de su padre y al haber conseguido una corresponsalía para el diario madrileño El Imparcial, decidirá viajar a Inglaterra y se establecerá en Londres durante un año. Desde allí escribirá las crónicas periodísticas que años más tarde se reunirán, junto a otros escritos posteriores, en el volumen titulado Tributo a Inglaterra publicado póstumamente en el año 1963.

El propósito que mueve sus crónicas londinenses tiene un fin muy determinado ya que en palabras de su autor: «Quiero deleitarte narrándote historias de un país que para ti sobradas veces será ignoto, mas quiero también que en mis empresas informativas haya un fin didáctico, esto es, que al realizarlas yo me eduque y eleve, y tú al seguirlas extraigas alguna utilidad». Así, Pérez de Ayala irá informando al lector de las muchas y variadas visiones e impresiones que se le despiertan en el descubrimiento de un carácter y de una sociedad tan distintos a los propios. De este primer contacto con Inglaterra le quedará una profunda huella que marcará su actitud y su pensamiento en el futuro. Siempre será un profundo admirador del carácter británico, de la estructura política parlamentaria, de sus virtudes éticas y morales. No es una casualidad que el volumen de sus escritos sobre la cultura inglesa, que él mismo ayudó a reunir aunque circunstancias editoriales lo convirtieran en libro póstumo, llevara en su título la palabra «tributo».

Por circunstancias que no acaban de saberse con certeza, Ramón Pérez de Ayala dejará de enviar sus crónicas a El Imparcial y en 1908 cambiará de periódico continuándolas en ABC. Pero esta nueva colaboración será breve ya que en este mismo año recibirá la inesperada noticia del suicidio de su padre debido a la desesperación producida por la ruina del negocio familiar. Pérez de Ayala regresará a Oviedo y permanecerá durante un año intentando levantar lo que ha quedado del negocio para solventar las deudas hasta llegar a su definitiva disolución. Después, abandonará Oviedo y se establecerá definitivamente en Madrid.

La relación de Pérez de Ayala con Inglaterra no terminaría aquí ya que habría que señalar que su vinculación se vería reforzada de manera imprevista al ser nombrado embajador en Londres por el Gobierno de la República, cargo que ostentaría desde 1931 a 1936.

ITALIA, 1911-1912 Y 1916

Ramón Pérez de Ayala solicita una beca-pensión a la Junta para Ampliación de Estudios, que presidía José Castillejo, para cursar estudios de Estética y de Historia del Arte en Italia, que luego será ampliada y prorrogada para continuarlos en Alemania. Se le concede una beca con pensión para realizar dichos estudios desde el día 11 de agosto de 1911 hasta el 10 de noviembre de 1912. Pérez de Ayala permanecerá en Italia visitando sus museos y colecciones desde agosto de 1911 hasta julio de 1912 y marchará en ese mes a Alemania para estudiar en la Universidad de Múnich, donde asistirá a los cursos impartidos por Heinrich Wölfflin y participará en sus seminarios sobre Historia del Arte, al tiempo que acudirá a los cursos sobre Ciencia del Arte y Estética impartidos por Theodor Lipps. Los trabajos que tendrá que presentar como justificación de la beca concedida serán sus dos nuevas novelas La pata de la raposa, escrita en Florencia en noviembre de 1911, y Troteras y danzaderas,en Múnich en el mes de noviembre de 1912, con las que finalizará su «tetralogía sobre la vida española» que iniciara en 1907 con Tinieblas en las cumbres y continuara en AMDG. La vida en un colegio de jesuitas, de 1910, protagonizadas por un joven llamado Alberto Díaz de Guzmán, que no es otro que el álter ego del propio autor.

Embarcándose en Barcelona rumbo a Génova y tras una escala en Marsella, Ramón Pérez de Ayala llegará a Italia por primera vez en el verano de 1911. Italia será, desde entonces, un país por el que sentirá una profunda devoción y al que considerará como sinónimo de «la belleza». Su amor a Italia además se verá entrelazado por siempre con su vida personal ya que, en los ocho meses que vive en Florencia, conocerá a una joven norteamericana que se encontraba, junto a un grupo de compañeras, recibiendo clases de bel canto. Pérez de Ayala cortejará a la joven Mabel Rick y la seguirá en sus viajes por Italia hasta el día de su despedida, en la ciudad de Venecia, en el invierno de 1912. Ella regresará a los Estados Unidos, pero ambos ya se encuentran prometidos y, tras un año de intenso carteo, Pérez de Ayala viajará a Norteamérica para contraer matrimonio.

Años más tarde, al entrar Italia en guerra del lado de los aliados durante la primera contienda mundial, Pérez de Ayala saludará esta decisión desde la prensa madrileña con un artículo, publicado en Nuevo Mundo en mayo de 1915, con el título elocuente de «¡Oh clara Italia!», que comienza así:

«Italia ha entrado en la guerra porque así lo exigía la mecánica fatal de la Historia. La intervención de Italia a favor de los aliados no era materia de albur o cálculo aleatorio, sino hecho cierto que palpitaba hace tiempo en las entrañas de la Historia y que salió a luz cuando le llegó la sazón».

Pérez de Ayala querrá visitar los frentes de guerra italianos y logrará ser enviado como corresponsal del periódico argentino La Prensa, diario con el que acaba de iniciar una colaboración que se mantendrá inquebrantable hasta el año de 1951. Las crónicas escritas para La Prensa serán luego recogidas en el volumen titulado Hermann, encadenado, publicado en 1917 y que, significativamente, llevará el subtítulo de «El libro del espíritu y del arte italianos».

Tras este segundo viaje, Pérez de Ayala nunca más regresará a Italia, pero el amor a su espíritu, a su arte y a sus clásicos seguirá aflorando a lo largo de toda la obra escrita en los años posteriores de su vida. Si Inglaterra fue para él el país de la libertad y los Estados Unidos de América el país del futuro, Italia será siempre el país de la belleza.

En este apartado se recogen ensayos y artículos correspondientes a sus dos viajes a Italia. En el primero, de 1911, Pérez de Ayala comienza una colaboración periodística en el diario España Nueva y por estos artículos sabemos de su partida hacia Italia desde el puerto de Barcelona, de sus impresiones sobre Génova y de un primer viaje a Lugano. Para completar, de alguna manera, estas primeras impresiones del viaje de 1911, considero ilustrativo acompañar su artículo sobre la visita a Lugano con el inicio de la parte tercera del libro La pata de la raposa, escrito, según se ha dicho antes, en Florencia unos pocos meses después. En la novela, que sitúa la acción un año antes, sus impresiones son estas:

«Una mañana de septiembre 1910. En Lugano.

Muy cerca de las once, Alberto abandonó su habitación. El jardín de la villa, tupido y voluptuoso, se embebía en la profusa luz del sol. La ventana de Meg, encuadrada por una enredadera de rosas, perfumaba el silencio con las ráfagas de una melancólica cantilena italiana que desde ella se desgajaban temblando en el aire quieto.

Alberto caminó siguiendo la línea más avanzada del jardín, junto a la cerca, sobre la cual se empina la armazón de una ringla de sauces y va a caer de la otra parte, dentro del lago, con graciosa enlomadura que parece una cascada de sutiles aguas verde-gayo. Descendió al embarcadero, saltó a la canoa, que a entrambos lados de la proa llevaba el nombre Margherita, y salió remando lentamente. En el centro del lago, abandonó los remos, se despojó de la chaqueta y se recostó en los cojines de popa. Desde allí se veía la coyuntura de los dos brazos de agua, abocinándose en la raíz de las montañas; uno hacia el lago de Como, por detrás de Mont-Bré, otro hacia el lago Mayor; a espaldas del San Salvatore. En circunferencia y contra el cielo límpido, destacaban los berruecos de las cimas, de color violeta y rotundo contorno. Por los flancos asoleados, velluda vegetación, de un verde cálido y esponjoso, tendíase con la oblicuidad de un manto que resbalase sobre un pavimento de lustrosa ágata lechosa, venada de verde ajenjo, que tal era el lago. Los flancos ensombrecidos, con sus hendeduras y quebradas bermejizas, exhalaban un vapor argentado y tenue; al pie de ellos, el agua parecía compacta como un bloque de malaquita pulimentada».

Con respecto a las crónicas de su segundo viaje, en la selección de los artículos recogidos en Hermann, encadenado se han querido cubrir varios aspectos de la vida y de la relación de Pérez de Ayala con Italia —evocaciones personales junto a reflexiones artísticas—, así como dar una muestra de la corresponsalía de guerra que realizó en los frentes alpinos de la que se desprende, siempre, un profundo respeto y admiración hacia el pueblo italiano. Y quizás sería oportuno señalar el hecho de que Hermann, encadenado, uno de los libros más hermosos escritos por Pérez de Ayala, paradójicamente ha resultado ser uno de los títulos menos conocidos y más olvidados de su obra literaria.

ESTADOS UNIDOS, 1913-1914 Y 1919-1920

Las dos largas estancias que Ramón Pérez de Ayala pasó en los Estados Unidos se debieron a razones de índole personal y familiar. El primer viaje es por un motivo concreto: casarse en la ciudad de Allentown con Mabel Rick, y el segundo, en esta ocasión acompañado de su mujer y de su hijo Juan, es fruto del deseo de que sus suegros vuelvan a estar con su hija y conozcan al nieto. En ambas ocasiones, el escritor aprovechará estos viajes para enviar sus crónicas a periódicos de Madrid y de Buenos Aires: El Imparcial en el primero, El Sol y La Prensa en el segundo.

Estas crónicas compondrán un voluminoso conjunto de ensayos que años más tarde, en 1959, será publicado con el título de El país del futuro. En este libro, además de informar puntualmente al lector español sobre la realidad social y política de los Estados Unidos, Ramón Pérez de Ayala nos dejará su punto de vista sobre ciertos aspectos del carácter estadounidense y de su forma de vida.

Los artículos seleccionados en este apartado se han decantado por las impresiones que podríamos considerar como las miradas reflexivas de un viajero, acompañadas de otras divagaciones más puramente literarias provocadas por la larga travesía a bordo de un buque cruzando el océano Atlántico. Se ha prescindido, como ocurría con las crónicas inglesas, de los artículos donde se explicaba y se daba cuenta al lector español de las particularidades de la estructura política del país. Este es un libro de viajes y, como tal, se ha hecho hincapié en lo que hay de crónica de vida cotidiana y de sucesos aunque no haya que olvidar, en ambos casos, la importancia y la intención que concedió el autor en señalar lo que encontraba de positivo y aleccionador para España de los sistemas políticos ingleses y estadounidenses. Ya se ha hablado de que Pérez de Ayala consideraba ambos países como ejemplos de los que sacar enseñanzas muy necesarias: Inglaterra era el país que mejor reflejaba los valores de la libertad y Estados Unidos suponía el despertar de un nuevo y poderoso país al que había que prestar mucha atención ya que iba a representar de forma inequívoca un papel preponderante en el futuro inmediato.

AMÉRICA DEL SUR, 1940-1954

Argentina

A veces sucede que el viaje viene motivado por circunstancias imprevistas de índole personal, causadas por hechos externos que provocan el desplazamiento forzoso y no deseado. Entonces, el viaje se transforma en una larga estancia, en una prolongada vivencia y en un imprevisto comenzar de nuevo en tierras lejanas. El estallido de la guerra civil española lleva a Ramón Pérez de Ayala a abandonar el país e instalarse en Francia, en París y Burdeos. Acabada la contienda española, y ante el avance imparable del ejército nazi en territorio francés, no le quedará otra opción que la de aceptar la oferta de viajar a tierras americanas, Argentina y Uruguay, para pronunciar una serie de conferencias allí. Responde así al ofrecimiento de ayuda que diversas instituciones latinoamericanas cursaron a otros muchos intelectuales españoles que ya residían fuera de su país. Ante la imposibilidad de regresar a España, decide viajar a América del Sur aunque esto suponga tener que cruzar el territorio español para poder embarcarse en Cádiz rumbo a Buenos Aires. Las dificultades que encuentra en la tramitación del permiso de entrada y los peligros e inconvenientes que sufrirá en el tiempo de su forzada estancia en España le hacen sentir que se «ha metido en una ratonera», como recordará tiempo después en cartas escritas a sus amigos desde América, al tiempo que le evidenciarán el hecho de que su presencia no es aceptada ni deseada: se le permite entrar, pero como paso obligado para su salida del país.

El 28 de septiembre de 1940, Ramón Pérez de Ayala y su mujer llegan al puerto de Buenos Aires sin tener certeza de por cuánto tiempo residirán en América del Sur. La organización de los cursos y conferencias que ha aceptado dar en tierras argentinas y uruguayas y la posibilidad de ampliarse, como así sucederá, a otros países del entorno pueden hacer pensar que su estancia podría prolongarse durante un año. Tiempo prudencial y quizás suficiente para poder sopesar los acontecimientos futuros de un continente que acaba de entrar en una nueva guerra mundial. Pero el desarrollo de los hechos será distinto a lo esperado y Pérez de Ayala acabará viviendo en Buenos Aires durante catorce años.

En carta a su amigo Miguel Rodríguez-Acosta, con fecha del 10 de diciembre de 1940, le comunica la sensación contrapuesta de zozobra, por el porvenir de España y de Europa, y de agradecimiento, por el cálido recibimiento que ha tenido en Argentina:

«Y el espectáculo de ese mundo nuestro (uno es español, europeo y hombre) que me aflige y atormenta sin cesar. Todo eso es el hemisferio de sombra. Opuestamente, del lado de acá no tengo sino motivos de satisfacción. Me han recibido de manera sorprendente (quiero decir, que me ha sorprendido, y apenas si doy crédito a mis ojos y oídos). No te puedes imaginar… Pero esto, aunque lo agradezco de corazón y ha sido para mí lenitivo y estimulante, no penetra más allá de la superficie del alma. Yo podría instalarme aquí tranquilamente; pero, esa sola idea me quita la tranquilidad».

Pérez de Ayala pronuncia en Buenos Aires, en el Instituto Superior de Cultura del Magisterio, un ciclo compuesto de diez conferencias que titula «Pláticas sobre pedagogía en función de la historia de la cultura» que años más tarde se recogerá en el volumen Viaje entretenido al país del ocio, publicado en España en 1975. Dará conferencias retransmitidas por la emisora Radio Splendid de Argentina; pronunciará otras en la Facultad de Letras y en las sedes argentinas y uruguayas de la Sociedad Amigos del Arte; en 1941 será invitado a Perú para dar charlas en la Universidad de Lima; y para mediados de los años cuarenta tendrá firmados contratos con las editoriales argentinas Espasa Calpe, para su colección Austral, y Losada, dentro de su colección Biblioteca de Autores Contemporáneos, en las que reeditará la práctica totalidad de su obra literaria y ensayística: sus Poesías completas; sus volúmenes de cuentos; sus novelas, salvo los títulos Tinieblas en las cumbres y AMDG. La vida en un colegio de jesuitas, y el volumen de ensayos sobre teatro Las máscaras,dejando sin editar los de Política y toros y sus crónicas sobre el frente italiano durante la primera guerra mundial, Hermann, encadenado; además, seguirá manteniendo la colaboración, iniciada en el año de 1916, con el diario argentino La Prensa.

En el mes de abril, durante el otoño austral, de 1947 Ramón Pérez de Ayala vuelve a referirse a este cálido recibimiento por parte de los argentinos en su larga carta-poema escrita a su amigo Sebastián Miranda. En ella, inicia el poema con estos versos de «descripción geográfica»:

Desde la margen del lodoso Plata,

en cuyo curso nada se retrata,

ni se ve de la luz ningún reflejo,

ya que el lodo no puede ser espejo,

para certificarte que estoy vivo,

querido Sebastián, esta te escribo.

Y lo acaba volviendo a expresar el profundo agradecimiento hacia la actitud que con él han tenido una serie de personas que han terminado por constituir su nuevo círculo de amistades en la ciudad de Buenos Aires:

Fuera yo tan injusto como ingrato

al no añadir que en estas latitudes

hallé el más fino trato,

firmes amigos, sólidas virtudes.

Y que al poner el pie por vez primera

sobre tan apacibles heredades,

creí advertir que estaba ya a mi espera

un círculo de tiernas amistades.

Tan presto fue el recíproco contacto

—y estábamos la víspera tan lejos—

que imaginé en el acto

volver a ver unos amigos viejos.

Este dulce calor es el que entibia,

trasplantada a estos pagos, mi existencia,

y, si no suprimir, siquiera alivia

el vacío y nostalgia de esa ausencia.

Este nuevo círculo de amistades está constituido, sobre todo, por la familia Paz, en particular en las personas de Zelmira Paz y de su hijo Alberto Gainza, dueños del diario La Prensa, y de otras personalidades de gran relevancia como lo fue el arquitecto y pintor Alejandro Bustillo. Así, en estos primeros años de la década de los cuarenta, Ramón Pérez de Ayala puede llegar a sentir ese «dulce calor» que le hace soportar el «vacío y nostalgia» de vivir fuera de su país. Pero esa tranquilidad pronto se verá alterada por acontecimientos imprevistos que irán llenando de inquietudes el futuro. Se da la circunstancia de que estos catorce años vividos en Argentina resultan ser el periodo menos estudiado de su biografía, periodo del que aún queda mucho por investigar sobre una vida en cierto modo referida a un ámbito privado de amistades, pero que también tuvo una indudable importancia e intensidad.

Todas estas circunstancias son el motivo de que, en este apartado, tengamos que referirnos a ciertos acontecimientos externos e internos que fueron marcando el devenir de la vida del autor. Ya no se trata, como en los apartados anteriores, de cortas y puntuales estancias en países del extranjero motivadas por las circunstancias que ya han sido expuestas; ahora el viaje se ha transformado en una larga residencia, en una nueva vida y, por tanto, son muchas las perspectivas desde las cuales tenemos que enfrentarnos a las crónicas e impresiones escritas durante estos años.

La estancia de Ramón Pérez de Ayala en Argentina podría dividirse en dos bloques de tiempo: el primero iría desde los años de 1940 a 1945 y sería una época que se correspondería con un periodo de tranquilidad; el segundo cubriría los años de 1945 a 1954 y coincidiría con una creciente inestabilidad producida por acontecimientos de orden político en Argentina que acabarán afectándolo y que, a su vez, se verá complicada por sucesos personales muy dolorosos debidos a desgracias familiares.

Al primer periodo se corresponden los artículos seleccionados de su viaje en avión hacia Perú en 1941 y sus impresiones al sobrevolar la cordillera de los Andes, y de su viaje al Sur, hacia la Patagonia, en el año 1943, al Parque Nacional del Lago de Nahuel Huapi, en la provincia de San Carlos de Bariloche, límite fronterizo en los Andes entre Argentina y Chile. Un viaje de placer realizado en compañía de un grupo de amigos para disfrutar de unos días de ocio conociendo y recorriendo la zona y residir en un hotel de singular relevancia construido en un emplazamiento de indudable belleza, el Hotel Llao-Llao, obra de su amigo el arquitecto Alejandro Bustillo; y continuar luego el viaje hacia la Patagonia, llegar a Comodoro Rivadavia y terminar en Río Gallegos, en su deseo de tener «el fin del mundo a la vista».

Las cartas seleccionadas de la correspondencia a Rodríguez-Acosta, de los años 1947 y 1948, se refieren a las impresiones sobre el paisaje argentino, sobre el clima de las estaciones y sobre otras menudencias a considerar y tener en cuenta ante la posibilidad de la visita de su amigo a Buenos Aires, visita que al final no tiene lugar. En estas cartas ya se refleja de manera soterrada el cambio de actitud que se está produciendo en Ramón Pérez de Ayala ya que, para entonces, ha comenzado lo que hemos considerado como la segunda etapa de su estancia en Argentina, y la inquietud y la zozobra producidas por los cambios políticos nacionales comienzan a tomar forma.

Todos estos cambios provocarán ciertas actividades en Pérez de Ayala que lo llevarán a pensar en la posibilidad de un regreso a España. Cambios que se materializarán en el corto viaje que realiza en el año 1949.

Pero antes de hablar de este viaje hay que explicar cuáles fueron los motivos que lo provocaron y cuáles los sucesos que se estaban produciendo en Argentina. Hechos que están referidos al enfrentamiento entre el presidente Juan Domingo Perón, electo en 1946, y la dirección del diario La Prensa, y que afectaron de pleno en la vida de Pérez de Ayala.

La Prensa, fundada por José Clemente Paz en 1869, pasó a ser dirigida por su hijo Ezequiel P. Paz en el año de 1898, quien acabó convirtiéndola en el periódico de mayor tirada de Argentina. Llegó a ser considerada como uno de los cinco mejores diarios del mundo. En sus páginas solían escribir los nombres más relevantes de la literatura hispana y hay que volver a señalar que Ramón Pérez de Ayala era colaborador habitual del periódico desde el año 1916. En 1943, Ezequiel Paz deja la dirección en manos de su sobrino Alberto Gainza Paz, hijo de Zelmira Paz, su hermana y copropietaria del periódico. En 1944 y debido a las críticas del periódico hacia el programa de salud del Gobierno, Perón, entonces ministro de Guerra, condena al diario a cinco días de suspensión. Este enfrentamiento va recrudeciéndose y en 1945 Gainza es acusado de conspirar contra el Gobierno y es arrestado junto con otros editores de periódicos. Tras el corto encarcelamiento de Perón en la isla Martín García, se producirá su retorno triunfal y tras las elecciones de 1946 será nombrado presidente de la nación. La lucha entre el Gobierno y el diario ya será frontal y Perón, a los pocos meses de ser elegido, pronunciará desde el balcón presidencial sentencias como estas: «Hay cuatro enemigos: la oligarquía, los políticos de oposición, los comunistas y La Prensa». En la lucha del Gobierno por eliminar a un diario claramente hostil a su gestión y de enorme influencia dentro y fuera del país se utilizarán todos los medios posibles: desde la imposición de impuestos aduaneros retroactivos a diez años, o restricciones en los anuncios comerciales, a trabas en la compra de papel prensa y la confiscación de miles de toneladas que se encontraban almacenadas, lo que provoca que se llegue a editar un periódico de sólo doce páginas. Este enfrentamiento culminará en 1951, año en el que el Gobierno logra expropiar el periódico a pesar de la condena internacional que se produce ante este hecho, y consigue que el Congreso considere a su director culpable de conspiración y ordene su arresto, aunque no lo pueda llevar a cabo ya que Gainza había logrado salir del país y se encontraba exiliado en Uruguay. La Prensa será restituida a sus legítimos propietarios y Alberto Gainza volverá a asumir su dirección en 1956, tras el derrocamiento de Perón.

¿Qué consecuencias tuvo este enfrentamiento en Ramón Pérez de Ayala? Las lógicas y previsibles: si en el año de 1943, publicaba cuarenta y nueve artículos en el diario, a partir de 1946 comenzará a disminuir su colaboración. El descenso es notable: veinte artículos en 1946, diez en 1948, tres al año siguiente, dos en 1950 y llegará a publicar uno en 1951, meses antes del cierre y de la expropiación. En consecuencia, el escritor va perdiendo paulatinamente el ingreso fijo mensual de sus colaboraciones periodísticas y su situación económica se va viendo cada vez más afectada.

Este puede ser uno de los motivos principales de los acercamientos y tanteos que Pérez de Ayala inicia hacia la Embajada de España en Buenos Aires y sus primeros contactos con la prensa española. En 1947 llegará a publicar algunos artículos en el periódico Arriba de Madrid, textos ya aparecidos años antes en La Prensa, y al año siguiente comenzará una breve colaboración en el diario ABC compuesta de artículos nuevos, los menos, y de los ya publicados en la prensa argentina, los más. Esta colaboración con la prensa española se irá formalizando en un solo medio, el ABC, y se irá haciendo más regular a partir de 1952, gracias al apoyo incondicional de Luis Calvo, entonces subdirector, quien pasará a dirigir el diario desde el año de 1954. Aunque habría que señalar la circunstancia de que los artículos que se publicarán en el periódico madrileño de forma regular y habitual hasta 1962, año de la muerte de Pérez de Ayala, ya habían aparecido con anterioridad en la prensa argentina.

Por otra parte, los contactos que llega a establecer con los embajadores de España en Buenos Aires, el conde de Bulnes, primero, y José María de Areilza, después, aun siendo cordiales no revisten mayor trascendencia salvo por el hecho de que Pérez de Ayala logra regularizar, tras largas y penosas gestiones, su condición laboral de auxiliar oficial administrativo, cargo obtenido en el año 1911 que se compensará con el nombramiento, en 1946, de «Prestación de servicios en la Embajada con el carácter de agregación». Otros intentos llevados a cabo por mediación del embajador ante el Gobierno español no llegan a conseguir sus metas, y en 1944 Pérez de Ayala no logrará obtener el permiso de distribución e importación de sus obras aparecidas en Argentina y sus libros seguirán sin poder ser publicados ni leídos en España.

Pero si la relación oficial con el Gobierno español seguía siendo sumamente complicada, la establecida con ambos embajadores fue muy cordial y quizás debido a este trato amistoso el escritor pudo llegar a pensar y a confiar en que si realizase un viaje, de carácter privado, a España quizás lograra arreglar su situación personal o siquiera despejar las incógnitas sobre un posible regreso.

Paréntesis español, 1949

En estas circunstancias inciertas se produce el viaje a España de Ramón Pérez de Ayala en el año 1949. Fue un viaje que se mantuvo en el ámbito de lo estrictamente privado de cara a la opinión pública, pero que encerraba la intención y el deseo de lograr tener una reunión al más alto nivel institucional para poder hablar de su situación personal y de su posible regreso a su país —entiéndase como tal el llegar a entrevistarse con Franco—. ¿Cuáles pudieron ser las esperanzas o los contactos con los que creía contar para conseguir estos propósitos? Se desconocen, pero la tan esperada reunión no tiene lugar y para Pérez de Ayala resulta meridianamente claro que su presencia en España sigue sin ser aceptada ni deseada.

Bolivia. Viajes a La Paz y a Cochabamba, 1950-1951

A su regreso, en la convicción de que su estancia quizás sea definitiva y ante el recrudecimiento del enfrentamiento que La Prensa está manteniendo con el Gobierno así como el paulatino deterioro que empieza a sufrir el país, el escritor aceptará una insólita proposición de trabajo. Esta propuesta es el encargo de escribir una biografía sobre Simón Ituri Patiño, singular personaje que partiendo de la nada consiguió convertirse en el rey del estaño boliviano y en uno de los hombres más ricos del planeta. El encargo ha sido realizado por la propia familia Patiño en deseo expreso de su viuda, y embarcado en esta extraña aventura Pérez de Ayala viaja en varias ocasiones a Bolivia para consultar los papeles personales de su biografiado, visitar los lugares donde vivió y preparar los necesarios viajes de consulta de materiales documentales a las oficinas de la empresa en Nueva York y en París. Es evidente que el autor se decide a emprender la escritura de esta biografía por motivos puramente económicos, ya que es de suponer que sería un trabajo muy bien remunerado aunque fuera sumamente fatigoso debido a la cantidad de documentos de tipo empresarial que iba a tener que manejar, pero también podría pensarse que se sintiera atraído, en un principio, por relatar una vida no sólo singular y ejemplar, sino heroica, en la que se contaran los esfuerzos de un hombre sin recursos en su ascenso hasta conseguir el éxito material más absoluto producido en el continente americano en el siglo XX. Pero Pérez de Ayala no llegará a consultar el material depositado en las oficinas de París y de Nueva York y abandonará el proyecto. Parece ser que al empezar a indagar en la personalidad del magnate boliviano, comienza a mostrar un desafecto hacia el posible biografiado y los reparos que se le presentan ante lo controvertido de ciertos aspectos de la figura le decidirán a no continuar y a cancelarlo.

Últimos años argentinos

Estos últimos años vividos en Argentina son una sucesión de episodios dolorosos y de tragedias familiares que comenzarán en 1950 con el accidente de moto que sufre su hijo menor, Eduardo, a consecuencia del cual se le tiene que amputar una pierna. En 1951 su hijo mayor, Juan, decidirá regresar a España junto con su mujer y sus hijos para volver a establecerse en Madrid. Apenas tres años más tarde, en 1954, Pérez de Ayala recibirá noticias de la gravedad en la que se encuentra Juan al serle detectado un cáncer y, poco tiempo después, la noticia de su fallecimiento.

Ramón Pérez de Ayala decide volver a España, adonde llega en el mes de diciembre de 1954, tras nueve largos meses tramitando el permiso de entrada. Será su último viaje; ocho años después morirá en Madrid en agosto de 1962.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

I. INGLATERRA, 1907-1908

Los artículos publicados en El Imparcial están recogidos en Ramón Pérez de Ayala, Tributo a Inglaterra,edición y prólogo de José García Mercadal, Madrid, Aguilar, 1963.

Los artículos publicados en ABC están recogidos en Ramón Pérez de Ayala, Crónicas londinenses, edición y prólogo de Agustín Coletes Blanco, Murcia, Universidad de Murcia, 1985.

En esta edición se reproducen los textos tal y como aparecieron en su día en la prensa madrileña.

Procedencia de los textos:

Propósitos: «Desde Inglaterra. Propósitos», El Imparcial, Madrid, 10 de julio de 1907.

Medicina para el alma: «La semana en Londres. Medicina para el alma», El Imparcial, Madrid, 22 de abril de 1907.

Labor de coronista: «Desde Inglaterra. Labor de coronista», El Imparcial, Madrid, 9 de agosto de 1907.

Nova Roma: «Desde Inglaterra. Nova Roma», El Imparcial, Madrid, 27 de agosto de 1907.

La ética del sport: «Desde Inglaterra. La ética del sport», El Imparcial, Madrid, 23 de julio de 1907.

La plaga de las tinieblas: «La plaga de las tinieblas. (De nuestro enviado especial. ABC en Londres)», ABC, Madrid, 27 de enero de 1908.

Un viejecito: «Un viejecito. (De nuestro enviado especial. ABC en Inglaterra)», ABC, Madrid, 1 de marzo de 1908.

Un siglo: «Un siglo. (De nuestro enviado especial. ABC en Inglaterra)», ABC, Madrid, 8 de marzo de 1908.

Un día a regatas: «Desde Inglaterra. Un día a regatas», El Imparcial, Madrid, 14 de julio de 1907.

La querella de las estatuas: «Desde Inglaterra. La querella de las estatuas», El Imparcial, Madrid, 15 de julio de 1907.

La corona de todo lo creado: «Desde Inglaterra. La corona de todo lo creado», El Imparcial, Madrid, 30 de julio de 1907.

La vida breve: «Desde Inglaterra. La vida breve», El Imparcial, Madrid, 27 de octubre de 1907.

II. ITALIA, 1911-1912 Y 1916

PRIMER VIAJE, 1911-1912

Procedencia de los textos:

A bordo del Brasile: «Andar y ver. A bordo del Brasile», España Nueva, Madrid, 28 de septiembre de 1911.

Navegar es vivir: «Andar y ver. Navegar es vivir», España Nueva, Madrid, 29 de septiembre de 1911.

Génova: «Andar y ver. Génova», España Nueva, Madrid, 26 de octubre de 1911.

Ciudad paradójica: «Andar y ver. Ciudad paradójica», España Nueva, Madrid, 31 de octubre de 1911.

El cuarto sexo: «Andar y ver. El cuarto sexo», España Nueva, Madrid, 15 de noviembre de 1911.

SEGUNDO VIAJE, 1916

Los artículos de este apartado han sido seleccionados y reproducidos en esta edición a partir del libro: Ramón Pérez de Ayala, Hermann, encadenado. El libro del espíritu y del arte italianos, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1917 (ediciones posteriores: Hermann, encadenado, Obras completas de Ramón Pérez de Ayala, volumen IX, Madrid, Renacimiento, 1924; Hermann, encadenado, incluido en Ramón Pérez de Ayala, Obras selectas, prólogo de Néstor Luján, Barcelona, Editorial AHR, 1957).

III. AMÉRICA DEL NORTE. ESTADOS UNIDOS, 1913-1914 Y 1919-1920

Los artículos de este bloque han sido seleccionados a partir del libro: Ramón Pérez de Ayala, El país del futuro. Mis viajes a los Estados Unidos, edición y prólogo de José García Mercadal, Madrid, Biblioteca Nueva, 1959. En esta edición se reproducen los textos tal y como aparecieron en su día en la prensa madrileña, con las excepciones de «El país del futuro», «Terreno de ensayo» y «De los Estados Unidos. Su crecimiento», cuyos originales no hemos logrado localizar.

Las cartas se han transcrito a partir del libro: Ramón Pérez de Ayala, 50 años de cartas íntimas (1904-1956) a su amigo Miguel Rodríguez-Acosta, edición de Andrés Amorós, Madrid, Editorial Castalia, 1980, págs. 123-125, y 129-132.

Procedencia de los textos:

El país del futuro: «El país del futuro», El Imparcial, Madrid, 30 de julio de 1913.

Ruta sin lindes, I: «Ruta sin lindes (Pequeñas y fútiles observaciones a través del Océano Atlántico), I», El Imparcial, Madrid, 13 de octubre de 1913.

Ruta sin lindes, II: «Ruta sin lindes (Pequeñas y fútiles observaciones a través del Océano Atlántico), II», El Imparcial, Madrid, 20 de octubre de 1913.

Terreno de ensayo: «Terreno de ensayo», El Imparcial, Madrid, 31 de julio de 1913.

Historia de las cosas pequeñas, I: «De los Estados Unidos. Historia de las cosas pequeñas, I», El Imparcial, Madrid, 24 de enero de 1914.

Historia de las cosas pequeñas, II: «De los Estados Unidos. Historia de las cosas pequeñas, II», El Imparcial, Madrid, 26 de enero de 1914.

Su crecimiento: «De los Estados Unidos. Su crecimiento», El Imparcial, Madrid, 27 de septiembre de 1913.

El mar, la libertad, la poesía: «Camino de los Estados Unidos. Divagaciones a bordo. El mar, la libertad, la poesía», El Sol, Madrid, 7 de agosto de 1919; La Prensa, Buenos Aires, 29 de agosto de 1919.

La sociabilidad y la familia: «Camino de los Estados Unidos. La sociabilidad y la familia», El Sol, Madrid, 19 de agosto de 1919; La Prensa,Buenos Aires, 1 de septiembre de 1919.

Delfines. Un tipo raro: «Camino de los Estados Unidos. Divagaciones a bordo. Delfines. Un tipo raro», El Sol, Madrid, 23 de agosto de 1919; La Prensa, Buenos Aires, 14 de septiembre de 1919.

El problema social. Capítulo de huelgas: «El problema social. Capítulo de huelgas», La Prensa, Buenos Aires, 7 de enero de 1920.

El destierro de Baco, II: «Desde los Estados Unidos. El destierro de Baco, II. (De nuestro cronista en Nueva York)», La Prensa, Buenos Aires, 6 de diciembre de 1919; El Sol, Madrid, 30 de enero de 1920.

El destierro de Baco, IV: «Desde los Estados Unidos. El destierro de Baco, IV. (De nuestra cronista en Nueva York)», La Prensa, Buenos Aires, 8 de diciembre de 1919; El Sol, Madrid, 17 de febrero de 1920.

Té rojo de Burdeos: «El destierro de Baco, VI», La Prensa, Buenos Aires, 14 de diciembre de 1919; «Desde los Estados Unidos. Té rojo de Burdeos. (De nuestro cronista en Nueva York)», El Sol, Madrid, 4 de marzo de 1920.

La sal de las razas o el concepto anglosajón: «El destierro de Baco», La Prensa, Buenos Aires, 16 de diciembre de 1919; «La supresión del alcohol en Norteamérica. La sal de las razas o el concepto anglosajón. (Impresiones de los Estados Unidos)», El Sol, Madrid, 18 de marzo de 1920.

Viaje de vuelta: «Apostillas. Viaje de vuelta», El Sol, Madrid, 24 de abril de 1920.

IV. AMÉRICA DEL SUR. ARGENTINA, BOLIVIA, 1940-1954

«Tríptico interoceánico, I, II y III», en Ramón Pérez de Ayala, Obras completas, II, edición y prólogo de José García Mercadal, Madrid, Aguilar, 1965 (edición posterior: Ramón Pérez de Ayala. Obras completas, IV, edición y prólogo de Javier Serrano Alonso, Madrid, Biblioteca Castro. Fundación José Antonio de Castro, 2002).

ARGENTINA, 1941-1948

Bajo el título «Sobrevolando los Andes, hacia Chile y Perú, 1941» he agrupado una serie de artículos titulada «A vuelo de hombre, con la ruta del sol» que fue publicada por primera vez en el diario argentino La Prensa en el año de 1941 y, posteriormente, en el periódico ABC de Madrid. En esta edición se reproducen los textos tal y como aparecieron en su día en la prensa madrileña.

Bajo el título «Viaje al Sur, 1943» he agrupado una serie de artículos titulada «Viaje al Sur» que fue publicada por primera vez en el diario argentino La Prensa en el año de 1943 y, posteriormente, en el periódico ABC de Madrid. En esta edición se reproducen los textos tal y como aparecieron en su día en la prensa madrileña.

Bajo el título «Viaje a la Patagonia, 1943» he agrupado una serie de artículos que fueron escritos en 1943 pero que no llegaron a publicarse en La Prensa y que, años más tarde, aparecieron en ABC.

Las tres cartas a Miguel Rodríguez-Acosta han sido seleccionadas y transcritas a partir del libro: Ramón Pérez de Ayala, 50 años de cartas íntimas (1904-1956) a su amigo Miguel Rodríguez-Acosta, edición de Andrés Amorós, Madrid, Editorial Castalia, 1980, págs. 269-273; 275-277, y 294-296.

Procedencia de los textos:

La partida: «A vuelo de hombre, con la ruta del sol. La partida», ABC, Madrid, 4 de febrero de 1954.

Historia y geología: «A vuelo de hombre, con la ruta del sol. Historia y geología», ABC, Madrid, 11 de febrero de 1954.

Motivación y biometría: «A vuelo de hombre, con la ruta del sol. Motivación y biometría», ABC, Madrid, 19 de febrero de 1954.

Los tres galanes de América: «A vuelo de hombre, con la ruta del sol. Los tres galanes de América», ABC, Madrid, 27 de febrero de 1954.

El escenario vacío: «Viaje al Sur. El escenario vacío. Urbe y ciudad. El nomadismo. El hombre nuevo», ABC, Madrid, 13 de septiembre de 1959.

Lo que los cardos sugieren: «Viaje al Sur. Lo que los cardos sugieren», ABC, Madrid, 17 de septiembre de 1959.

De la agitación de Nueva York a la ociosidad patagónica: «Viaje al Sur. De la agitación de Nueva York a la ociosidad patagónica», ABC, Madrid, 20 de septiembre de 1959.

Lagos, flores, árboles, montañas: «Viaje al Sur. Lagos, flores, árboles, montañas», ABC, Madrid, 24 de septiembre de 1959.

Nahuel Huapi, museo de lagos: «Viaje al Sur. Nahuel Huapi, museo de lagos», ABC, Madrid, 27 de septiembre de 1959.

Excursión en Nahuel Huapi: «Viaje al Sur. Excursión en Nahuel Huapi. Desde Galilea hasta Gales y el honor de ser gallego», ABC, Madrid, 4 de octubre de 1959.

La Patagonia: «Viaje al Sur. La Patagonia», ABC, Madrid, 1 de noviembre de 1959.

La Ciudad de los Césares: «Viaje a la Patagonia. La Ciudad de los Césares», ABC, Madrid, 22 de noviembre de 1959.

Nombres repelentes y horripilantes: «Viaje a la Patagonia. Nombres repelentes y horripilantes», ABC, Madrid, 26 de noviembre de 1959.

La colonización: «Viaje a la Patagonia. La colonización», ABC, Madrid, 29 de noviembre de 1959.

El fin del mundo a la vista: «Viaje a la Patagonia. El fin del mundo a la vista», ABC, Madrid, 11 de diciembre de 1959.

El calafate y el loto: «Viaje a la Patagonia. El calafate y el loto», ABC, Madrid, 17 de diciembre de 1959.

La serpiente del tiempo se muerde la cola: «Viaje a la Patagonia. La serpiente del tiempo se muerde la cola», ABC, Madrid, 30 de diciembre de 1959.

BOLIVIA, 1950-1951

Las dos cartas a Miguel Rodríguez-Acosta han sido seleccionadas y transcritas a partir del citado libro 50 años de cartas íntimas (1904-1956) a su amigo Miguel Rodríguez-Acosta, edición de Andrés Amorós, Madrid, Editorial Castalia, 1980, págs. 322324 y 343-346.

I. INGLATERRA 1907-1908

PROPÓSITOS

MUY POCAS PALABRAS, lector, a guisa de saludo en que esbozaré al propio tiempo y muy someramente mis propósitos. Desde hoy en adelante una comunicación, si no cotidiana, frecuente y perseverante, se establece entre tú y yo, o viceversa; quiero decir que escribiré artículos acerca de lo que por esta noble tierra acontece, y en no raras ocasiones de lo que ha acontecido en otros tiempos, que no se puede comprender cabalmente el alumbramiento de lo presente sin la gestación de lo pasado; pero como esta comunicación no sería tal si tú no me leyeres, y en ello te va, creo yo, algún provecho, desde ahora te ruego que prestes un poco de tu atención y un mucho de tu benevolencia a lo que yo te diga. Quiero deleitarte narrándote historias de un país que para ti sobradas veces será ignoto, mas quiero también que en mis empresas informativas haya un fin didáctico, esto es, que al realizarlas yo me eduque y eleve, y tú al seguirlas extraigas alguna utilidad.

Tres meses justos y cabales hace, lector, que arribé a esta fuerte y privilegiada tierra de la libertad. Muchas cosas he visto en este tiempo, pero no he visto el sol. Pudo decir con jactancia y exactitud el César Carlos V que el sol no se ponía nunca en sus dominios. Su majestad el rey Eduardo VII, soberano de un imperio más dilatado que el que en otros siglos fue nuestro, puede afirmar, parodiando la célebre frase: «El sol no sale nunca en la metrópoli de mis dominios y cabeza de mis vastos reinos». Pues bien, como yo me acercase a estas islas en un amanecer abrileño y en la borda del buque, frente a frente a las rocas grises de la costa inglesa, una pregunta se levantó en mi espíritu. «¿Qué misterioso poder —me interrogaba yo a mí mismo— ha conducido a este pueblo a tan prócer eminencia? ¿Fue obra de la casualidad, de fortuitas circunstancias históricas, o el producto de su genio, de su constancia, de su concepto de la vida?».

Luego he sabido que esta misma pregunta asaltó el ánimo de Emerson, hace sesenta años, en idénticas circunstancias a las mías. Todas las cosas se repiten. Pero en mí la pregunta tuvo un triste y amargo complemento: ¿qué misterioso poder o fatal contingencia ha traído al estado actual a nuestra amada España?

Por esto que te cuento, lector, vendrás a caer en que, una vez formuladas estas dos interrogaciones, mi vida inglesa necesariamente había de tener un derrotero: es, a saber, investigar con ahínco y diligencia las cualidades que a través de la historia han hecho de este pueblo el más poderoso y grande de cuantos hoy existen, y de entre ellas excogitar aquellas que trasplantadas a España pudieran enraizar en el suelo de nuestro temperamento y ser cultivadas con fortuna. Por de gran consuelo tengo las palabras de Montaigne: «La Providencia ha concedido la fuerza a los hombres del Norte, el ingenio a los del Sur». Y digo que las tengo por halagüeñas y consoladoras porque el ingenio es cosa nativa, que no se puede fingir ni contrahacer cuando de él se carece, en tanto la fuerza es una cualidad adquirida, algo que depende de la voluntad y que el ejercicio crea y desarrolla. Una gimnasia bien establecida, individual y colectiva, física e intelectual, podría hacer de nosotros un pueblo tan fuerte como Inglaterra, y desde luego muchísimo más inteligente. Será espejismo u obcecación de mi amor filial y acaso un poco de lo que algunos llaman salvaje orgullo patrio, pero yo entreveo una suave claridad auroral sobre la infinitud terrible de nuestras llanuras, adivino un sol que camina hacia el horizonte desde la noche de lo futuro y aguardo su orto con estremecida y honda emoción, y cuando así pienso, siento cómo la vida, que hasta hace muy poco tiempo no fue para mí sino una vacuidad y negra desolación, adquiere algún sentido.

Albañiles de lo por venir, modestos y tenaces reconstructores del edificio en ruinas, del edificio venidero que sobre el antiguo se ha de alzar, debemos ser tú y yo, lector amigo. Yo te proporcionaré los materiales que pueda, de todo linaje; tú los debes apilar y ensamblar, como mejor sepas. Y si así lo hacemos, que Dios nos lo premie, y si no que Él nos lo demande.

MEDICINA PARA EL ALMA

SABEMOS, porque así nos lo asegura Diodoro Sículo, que sobre la puerta o entrada principal de la biblioteca de Tebas había una inscripción, y decía de esta suerte: «Medicina para las almas». Londres está cuajado, por donde quiera que se vaya, de tiendas, grandes o chicas, austeras o fastuosas, en donde se administra esa droga o sustancia medicinal que hace bien a las almas, las conforta y las vivifica. Detrás del vidrio de los escaparates, pulcro, transparente y sin mácula, como reposando en el seno cristalino de las ideas puras, se despliega «toda la dulce serenidad de los libros» (Longfellow). Sólo hay otro linaje de establecimientos que compita en número, a lo largo de las calles de esta urbe infinita, con los despachos de libros: las tabaquerías. El pueblo inglés ama entrañablemente el tabaco y el libro, o el libro y el tabaco, ignoro qué orden de prioridad debe establecerse. Con la humeante y recia pipa tostada, pendiente de la boca, y un libro, o dos libros, o varios libros en la mano, bajo el brazo, en el bolsillo, va el inglés de un lado a otro, apresuradamente tranquilo, graciosamente grotesco, a grandes zancadas, con aire de dominio, como si pensase que allí en donde pone el dilatado pie es tierra conquistada, absorto en sus pensamientos, glabro, desmadejado y potente. Si se encarama en la techumbre de un ómnibus, o se alberga en el interior, o se mete bajo tierra, a fin de tomar el ferrocarril llamado tubo, de que se acomoda en el asiento abre su libro (cuando no el periódico), apura la pipa, y lee y fuma, o fuma y lee. Tampoco es raro que las damas, en los restaurantes de moda, inclinen el pensativo rostro, de suaves tonos albos y aurinos, sobre elegante volumen, en tanto con distinguida parsimonia paladean el té y aspiran el blanco humo fragante de un cigarrillo, apenas sustentado, casi aéreo, entre los dedos sutiles de la mano distraída. Yo, a hurtadillas y con el rabillo del ojo, intento en ocasiones indagar el carácter del libro, y observo, sorprendido gratamente, que las páginas en donde fijan sus ojos místicos estas quebradizas mujeres prerrafaélicas —es el tipo que más abunda— son de amazacotada y densa prosa, y que, por el contrario, en el libro que estos grandes y hoscos señores colocan ante su hirsuto entrecejo aparecen, vacilantes y sensitivos, pequeños renglones de poesía.

El pueblo inglés ama los libros; siente hacia ellos veneración y respetuosa codicia. A la parte de fuera de las librerías existe siempre un grupo heterogéneo de amadores, que contemplan embebecidos los volúmenes, y este público se renueva sin cesar. En el interior de algunas de ellas (la del periódico The Times), es un gentío hormiguean-te que viene y va, revuelve en los estantes, examina los libros, ajetrea a las muchachas que los expenden. Ha dicho un autor inglés que los libros más beneficiosos para la cultura son aquellos en que el editor pierde dinero. En Inglaterra hay diez, veinte, cincuenta casas editoriales que publican colecciones de toda suerte de obras, literarias, científicas, históricas, a seis peniques (0,60), a un chelín, a dos chelines cuando más; y son volúmenes de 600 páginas, papel excelente, encuadernación sólida y de suprema distinción, en cuero flexible no pocas veces. Estos libros se venden por millones, es cierto, pero la lógica parece insinuar que cuantos más ejemplares se vendan más considerable ha de ser la pérdida de quien los imprime. Esto acaso sea un sofisma; porque nadie gusta de arrojar al viento su pecunia, y menos un sajón.

Los ingleses aman el libro; han amado siempre el libro. La literatura inglesa está constelada de sentencias, en las cuales se patentiza este amor. Phelps dice: «No importa que lleves un vestido viejo, pero no dejes de comprar un libro nuevo». En la cubierta de las obras que edita Ernesto Khys aparece esta máxima, escrita por Carlyle en El culto de los héroes: «La verdadera universidad de hoy es una colección de libros». Beecher, desde el púlpito de Plymouth, decía: «Un libro es un jardín. Un libro es un huerto. Un libro es un almacén. Un libro es la tertulia. Es un camarada en el camino; es un consejero; es una muchedumbre de consejeros». Y el gran Emerson, si no inglés, primo hermano de ellos, nos advierte: «El libro es el placer más alto en la más alta civilización. Aquel que una vez ha conocido las dulzuras que proporciona posee el mejor recurso contra la adversidad».

Del amor a los libros se pasa a la pasión por los libros; de la bibliofilia a la bibliomanía. Dentro de esta manifestación patológica, morbosa, los bibliómanos ingleses de principios del siglo XIX se han hecho célebres. Uno de los libros que han alcanzado mayor precio es cierta biblia inglesa, editada por Clarendon de Oxford en 1717. Se la conoce ordinariamente por la «Biblia vinagre». La razón del precio y del apodo se debe a una errata. En el título del capítulo XX de San Lucas, que trata de la parábola del viñadero, está trocada la palabra vineyard (viña) por esta otra, vinegard (vinagre). Lord Spencer va a Roma en cierta ocasión, dirígese en derechura a las bibliotecas, comienza a rebuscar ediciones antiguas; en esta labor transcurre un año. Lord Spencer no conoce de Roma otra cosa que bibliotecas. Ni el Vaticano, ni San Pedro, ni el Coliseo tientan a solicitar su curiosidad. Un día, por fin, da con el Marcial, de Sweynheym y Pannartz (1483). Este hombre es feliz. Retorna inmediatamente a Inglaterra. Otro lord, sir Edward FitzGerald, sufre en Francia dos años de prisión a causa de haber sido sorprendido hurtando una biblia políglota en los muelles del Sena.

El amor a los libros es propio de los temperamentos silenciosos. Aplicándolo a los pueblos, podemos trazar esta gradación, que acaso no sea errada. Todo pueblo silencioso es un pueblo reconcentrado; todo pueblo reconcentrado es un pueblo pulso un poema épico.

LABOR DE CORONISTA

MUY CERCA DE MI CASA hay una biblioteca pública. El edificio es todo de piedra; la fachada, elegante y sobria, en que el arcaísmo del estilo inglés se acompaña de adornos parcos; los dilatados ventanales que se abren en todos los pisos prestan una gran ligereza al conjunto.

El interior es austero, grave y silencioso; el piso, de cemento; los pasamanos de la escalera, de recio roble lustrado. En los muros cuelgan litografías antiguas: panoramas del Londres de otros tiempos, planos, mapas y figurines de los diversos uniformes del ejército y marina ingleses.

En el entresuelo está la sala de periódicos y revistas ilustradas. Es el habitáculo preferido de las viejas, las cuales, con su capotín polvoriento, ajado e inenarrable, sus manteletas medievales e increíbles y sus rostros bermejos, en fuerza de intoxicaciones periódicas, se extasían contemplando los monos; ladies ataviadas como reinas, rendidos amadores glabros, dibujos de tigres y de exploradores. Los periódicos están colocados en grandes facistoles e ingeniosamente asidos al pupitre, a fin de que nadie los lleve de una parte a otra. Comoquiera que están a una conveniente altura, es menester leerlos en pie, porque de lo contrario, con cuarenta ejemplares de cada uno y sendos sillones, no se daría abasto a los hambrientos de noticias, o por mejor decir, de confortable reposo. En torno de cada hoja hay siempre un haz de lectores: uno, que viene a ser el sochantre o maestro de capilla, el cual lleva el compás de la lectura a su capricho y vuelve las hojas cuando le place, y los otros, que alargan el pescuezo y aguzan los ojos, por alcanzar alguna noticia volandera.

En el piso primero está la biblioteca de préstamos. Todo el que vive en el barrio o circunscripción en que radica la biblioteca tiene derecho a llevarse a su casa hasta tres volúmenes de cada vez, siempre que haya una persona, también del barrio, que le garantice. Si el que demanda los libros carece de relaciones a este fin, con diez chelines que deje en depósito está al cabo de la calle. El procedimiento es simple y expeditivo. Una vez otorgado el permiso, que dura un año, y es, naturalmente, prorrogable, no es menester siquiera ir a la biblioteca para tomar los libros: se envía una tarjeta indicando el libro que se requiere, y un mozo de la casa lo lleva al domicilio del suscriptor. Téngase en cuenta, de paso, que el catálogo comprende millares y millares de volúmenes.

En el piso segundo está la biblioteca de consulta y colecciones de revistas serias. Es una estancia espaciosa, bien iluminada, pulcra. Los catálogos andan profusamente por todas las mesas. Las revistas están a disposición del que llega. Para conseguir los libros se escribe en una papeleta los títulos de las obras y el nombre de quien las pide. Al dorso de esta papeleta hay un extracto de regulaciones, algunas de las cuales juzgo conveniente trasladar:

«Ninguna persona que tenga menos de catorce años será admitida en la biblioteca, como no sea por especial permiso del bibliotecario.

Se prohíbe hablar alto en las salas de lectura.

Se prohíbe encender cerillas y fumar tabaco o sustancias semejantes.

Ninguna persona que esté embriagada o no esté limpia en sus personas y vestidos, o que sufra de enfermedades infecciosas y ofensivas, será admitida en la biblioteca.

Se prohíbe haraganear, dormir, escupir, comer y beber en la biblioteca».

Gentiles y hermosas muchachas, viejecitos temblones, sabios (a lo que supongo) enchisterados, obreros, estudiantes, pastores, etc., todos acuden a esta mansión del reposo, inclinan los ojos sedientos sobre el pozo de la sabiduría, y en tanto de la calle de Oxford llega el rumor de la vida epiléptica y confusa, todos estos rostros momentáneamente ausentes del espacio y del tiempo meditan, se arroban, fruncen el entrecejo, sonríen, duermen. Sí, duermen, a pesar de las regulaciones. Y quienes duermen son los obreros, siempre. Y como se supone que si duermen es porque están cansados y se considera que acaso sueñen dulces quimeras que la lectura evocara, el bibliotecario es benévolo, es caritativo, es amable, y les deja dormir; y ellos son tan discretos que nunca roncan.

Como esta librería que os he descrito hay en Londres… A ver si adivináis. Calculad alto. 49 bibliotecas públicas. Todas ellas con más de 100.000 volúmenes, y todas ellas de fundación reciente. A excepción de la de Ealing y de la de Richmond, que datan de 1883 y 1879, respectivamente, todas las demás han sido creadas recientemente por el Gobierno o por los particulares.

•

Hoy he sido coronista de la antigua usanza. He relatado hechos sin poner nada de mi parte. ¿Comentarios que se relacionen con España? ¿Para qué? Serían tan largos… Serían tan tristes…

NOVA ROMA

LOS INGLESES HAN TOMADO muy en serio su papel de romanos modernos. Lo primero, se jactan de la analogía entre la antigua Roma y la Albión de ahora. El culto al esfuerzo, la glorificación de la energía, la austeridad en las costumbres, la sumisión a la disciplina, he aquí las sólidas ligaduras de que ambas dispusieron a fin de anudar a su hegemonía el puñado de naciones, díscolas o débiles, desparramadas por el orbe. Plutarco nos refiere que Mario, a pesar de su vejez, iba al Campo de Marte diariamente; que Pompeyo, a los cincuenta y ocho años de edad, combatía, armado de todas armas, con los mozos; que montaba a caballo; que lanzaba a las bestias a todo escape, libres las riendas; que disparaba pesados dardos. Después de los ejercicios gimnásticos, los romanos se arrojaban al Tíber, nadaban y limpiaban el cuerpo de polvo y sudor.

El Campo de Marte de otros días es el campo de Eton de hoy, el de ayer por lo menos, o si queréis el de ante ayer, porque —esto es lo terrible en los destinos de Inglaterra— entre la mocedad inglesa va infiltrándose, rápida e insidiosa, la convicción de que es más dulce y grato aprovechar la efímera juventud con mujeres amables que en bárbaras luchas esportivas. Wellington, aquel hombre «sublime en su sencillez, patrimonio exclusivo de los más grandes de los grandes», según frase de Tennyson, solía despojarse de toda gloria militar afirmando: «La victoria de Waterloo se ha ganado en los campos de Eton».

Los ingleses están convencidos de que son los romanos de la historia contemporánea. Les convendría, para no serlo del todo, repasar la historia del imperio y sus postrimerías. A fortalecer la convicción se ayuntan varias causas, siendo una de ellas, y no la más floja, el verla admitida por los extraños. Por ser de elocuencia serena y honda, conviene anotar las palabras de Emerson: «La naturaleza, pensativa durante unas centurias, se dijo: Mis romanos se han extinguido. Para construir mi nuevo imperio he de escoger una raza ruda, toda masculinidad, de brutal fuerza. No repugnaré una competencia de los machos más ásperos. Cornee el búfalo al búfalo y sea el pasto del más fuerte. Porque yo trabajo para aquel que tiene voluntad y músculo. Soplen las sutiles y atemperadas brisas del Norte, porque la voluntad perdure viva y alerta. Separe el mar a este pueblo de los otros pueblos, porque surja la conciencia de una fiera nacionalidad». La naturaleza se salió con la suya, al fin mujer, pero como tal es muy tornadiza y no hay que fiar en su constancia.

El romanismo británico tiene dos caras: la una, que se contenta con analogías que adulen la vanidad, y la otra que persigue identidades o manifestaciones hereditarias. No falta inglés que piense muy en serio que el espíritu y ciertos caracteres étnicos de los romanos se han conservado en Inglaterra con mayor pureza que en las naciones llamadas por mal nombre latinas, y que así como ellos tienen en el diccionario palabras y más palabras con la propia estructura que en el tiempo de Cicerón, en tanto nosotros las hemos corrompido y deformado, así también en la masa de la nación existen ejemplares humanos y costumbres que son limpios vástagos descendidos en línea recta de aquellos romanos que vivieron una temporadita en Britania. En un libro publicado uno de estos días, The Governance of London, por George Laurence Gomme, se sostiene esta tesis. Es una obra de considerable volumen y trata de demostrar que Londres es esencialmente una ciudad romana, y que su constitución y población tienen su origen, sin solución de continuidad, en Roma. Claro que si menciono el libro es sólo a título de cosa extravagante. Pero lo cierto es que, desde los tiempos de lord Palmerston, a cada paso se escucha de labios ingleses el famoso civis romanus sum.Yo me satisfago con pensar lo que diría un romano oyendo su frase favorita pronunciada de esa suerte: «Jaivais roumenas sam».

LA ÉTICA DEL SPORT

CUANDO SE HABLA de la ética, de la moral, entiende la mayoría de los que escuchan algo que se relaciona con obligaciones y deberes de un cierto linaje, distinto de los jurídicos. Los que inventaron estas palabras no iban tan lejos; decir ética, moral, es lo mismo que decir hábito, costumbre, rutina en cierta manera, no lo que se debe hacer, sino lo que se hace, simplemente. Esto era antes, como digo, cuando Maricastaña no había nacido aún; pero, como las palabras son a manera de cacharros vacíos que cada cual llena a su antojo, y de ahí el que los hombres no lleguen nunca a entenderse, el pote que hace siglos llevaba el rótulo «moralidad» con un contenido transparente y fresco como el agua potable hoy encierra amarga mixtura, odiosa al paladar aunque muy confortante para el espíritu. Con todo, para cierta laya de seres corrompidos por el intelectualismo los más grandes moralistas son aquellos que se dirigen al corazón humano y lo escrutan en lugar de ofrecer a la conciencia unos Bruyère, por ejemplo.

Hay un cierto modo de nadar entre dos aguas, tanto en los asuntos intelectuales como en los de la vida cotidiana; los filósofos lo han bautizado, pomposa y casi misteriosamente, eclecticismo; en español vernáculo se le suele llamar pasteleo. Este arte reposteril, cuando se ejerce con manos dúctiles y suaves, es de muy dulces consecuencias. Aplicado a los dos conceptos de la moral —ciencia de los deberes y ciencia de las costumbres— origina una especie de crema muy digerible, después de bien batidos los ingredientes, a la que, por nuestra cuenta, llamaremos moral práctica en el sentido vulgar de la palabra. Permítase a los hombres entregarse libremente a sus instintos y pasiones si fuera menester, pero organícese esta libertad de tal manera que aquellos que la disfrutan adviertan en la realidad el imperio de unas cuantas normas o reglas necesarias para la mutua y feliz convivencia, que vale tanto como decir virtudes. Los manuales éticos, con sus ristras de imperativos secos y abstractos, son inútiles por lo que tienen de enfadosos y no pocas veces contraproducentes, porque lo prohibido es siempre amable y fascinador el pecado. El hombre (supongamos que no es tan brutalmente egoísta como algunos dicen, pero, en fin, un poco egoísta sí que lo es) se conduce más puramente cuando la vida le ha mostrado que esto es lo que le conviene que no cuando se le trata de imponer unos cuantos preceptos cuya verdadera raíz ignora.

Y lo que es verdadero y útil en el hombre lo es, en este caso con mayor razón, en el niño; la verdadera pedagogía debe cuidarse más del football que de los tratados de ética, y no porque desdeñe la ética, sino porque el mejor tratado es un partido de football. El mundo no es otra cosa que una permanente lucha por la existencia, esa gran pelota llena de aire que con tanta facilidad se disipa. El football es la lucha por una pequeña pelota, es un compendiado trasunto de la vida universal.

Así lo ha entendido el comité de educación del London County Council. En el memorándum preliminar de regulación para las escuelas públicas elementales, que hace pocos días aprobó el Board of Education, hay notables indicaciones a este respecto, las cuales brindo al señor Rodríguez-San Pedro, el Herbart español.

«Este nuevo código ordena —dice— que se establezcan juegos organizados, tales como cricket, football, hockey para niños, y otros similares y apropiados para niñas, bajo ciertas condiciones y competente instrucción. Estos juegos se celebrarán a prima tarde y se considera que forman parte del plan de enseñanza. Las lecciones que se aprenden en la pradera de recreación son verdaderamente inapreciables. Los niños que tomen parte en juegos adecuadamente organizados aprenderán, entre otras cosas, “el mecanismo del juego”, a “dar y a tomar”, la adhesión a sus camaradas, el propio renunciamiento ante una causa común, el orgullo de los triunfos ajenos, a aceptar la victoria con modestia, la derrota con la compostura debida y, en resumen, a adquirir el espíritu de disciplina, de vida corporada y de goce inocente y sano».

Dígaseme ahora si puede haber tratado de ética elemental más completo que un partido de football.

Los niños conocerán que la virtud es una costumbre, como dice Aristóteles, y que esta costumbre consiste en mantener el término medio entre dos extremos: conocerán el virtus est medium vitiorum utrinque reductum, de Horacio; el oportet sapere cum sobrietate,de san Pablo; el

La parfaite raison fuit toute extrémité

Et veut que l’on soit sage avec sobriété

de Molière. Y sabrán todo esto sin haber leído a Aristóteles, ni a Horacio, ni a san Pablo, ni a Molière, ni maldita la falta que les hace.

LA PLAGA DE LAS TINIEBLAS

DOMINGO. Cuando la ancila de mi piso, vulgarmente denominada doméstica, me advierte de que ya es hora de que yo emerja de la grata templanza y apacible estupidez del lecho, la alcoba está bañada por una crepuscular y fuliginosa invasión de penumbras. Son las nueve de la mañana, diríase el latir postrero de la tarde de un día ceniciento.

Domingo. Día del Señor; día tedioso e infinito, sordo y solemne; día portentosamente grave, portentosamente melancólico, cruelmente triste; día que nos hace amar el trabajo como la ausencia momentánea nos hace amar a una mujer indiferente; como ciertas perturbaciones de la economía recóndita nos presentan los más prosaicos manjares esclarecidos por un ensueño febril. Domingo, y en Inglaterra, he aquí el único caso en que concibo que ideas de suicidio y autodestrucción germinen en la mente humana.

Una vez vestido, me asomo a la ventana. La niebla pone una vestidura dominical sobre los negruzcos miembros de esta anciana urbe gigantesca. La niebla de hoy es pajiza, es un velo indeciso y opaco, un rebujo de gasa ajada, de tul resobado, que pudo haber sido blanco, y puro, y pulcro en otro tiempo, pero que hoy pende flácido en sucios y polvorientos jirones, como la miserable faldamenta de esas decrépitas bailarinas que a veces se ven en los teatros provincianos en Fausto,en La africana,en El profeta.

Una taciturnez silenciosa pesa sobre la ciudad. De tarde en tarde, entre la neblina, resuena un rumor rotundo y rítmico, como de algún ser gigantesco que palmoteara; es un cab que pasa, cuyo caballo, aventurero en el vaho amarillo, imprime la reciedumbre de sus herraduras sobre el asfalto.

Unas ondas sonoras temblequean en el aire, mortalmente quieto. ¿Es aprensión de los sentidos, antojo de la imaginación? En el aliento enfermizo que empapa la calle, flotan esfumadas sombras, acaso transeúntes, y del conciliábulo que entre sí hacen manan cantos litúrgicos, salmodias e himnos.

Dentro de la humareda parduzca que lo invade todo, se adivina una superficie que pretende ser azul, de un azul muy vago y, a trechos, opalino. Esta superficie, por una de sus partes, tiene un impreciso contorno almenado. Los ojos se hincan en la niebla, con determinación de descifrar la esencia de todas estas formas fugitivas, matices errantes, arreboles, livideces y estremecimientos huideros que la componen. ¡Solemnidad misteriosa y terrible! No se dijera otra cosa sino que el espíritu de la tierra, evadiéndose de su interior asiento por hendeduras, grietas y poros, sale al aire del cielo y envuelve al hombre, y como que le dice: «¡Mira, inquiere, adentra tu pupila en mi seno, conóceme, poséeme! ¿No ves cuán clara es mi naturaleza?».

Y de pronto un melodioso derrumbamiento, catarata de sonoridad y tremor de armonía, estremece la atmósfera y el corazón. La multitud de campanas de una torre vecina —sublime jerarquía de almas clamorosas y vehementes— llenan el turbio firmamento con su vibrar entusiasta. Parece como que cayera del campanario una bandada de pájaros de bronce, los cuales revolotean, ocultos en los cendales de la niebla. Y las gentes caminan entre la niebla densa, a sus deberes dominicales, guiándose por la voz de las campanas. Y hay tal turbiedad y tan espeso vapor sobre todas las cosas, se arreboza el universo en tan arcana estofa que un gran sobrecogimiento se apodera de nosotros, y mentalmente hacemos la siguiente oración del domingo: «Señor: en la niebla de esta vida, cuyo sentido ignoro y cuyo fin temo, dame la voz de unas campanicas espirituales que me llamen hacia sí, los ojos de una mujer que me iluminen y el calor de un ideal que me sustente». Y una vez hecha esta súplica mental, pasemos a describir algunos otros aspectos más prácticos de la niebla.

•

En este momento, que es justamente el mediodía, la niebla se ha convertido en lobreguez absoluta. En lugar de vidrios, parece que en los marcos de las ventanas están colocados unos rectángulos de terciopelo negro. Si uno se asoma, no ve otra cosa que un abismo de tinieblas. Si no fuera que sabemos con relativa certidumbre que Homero no estuvo en Londres, pensaríamos que su descripción del país de los cimerios está tomada del natural. No podemos decir lo mismo de la plaga de las tinieblas, que asoló a los egipcios cuando mantenían a los israelitas en dura esclavitud. El Espíritu Santo, autor de la Biblia, pudo muy bien haber adivinado lo que por aquí iba a acontecer andando los siglos.

Una niebla como esta supone una suma fabulosa de pérdidas de dinero. Por fortuna, hoy es domingo, día en que nadie trabaja. Aún más considerables que el perjuicio financiero son los efectos mortíferos de las nieblas. En 1880 hubo una célebre neblina, la cual hizo subir la proporción de muertes de 27 a 48%; en tres semanas perecieron en Londres 3.000 personas más que en tiempo normal.

Las causas de la niebla de Londres son bien conocidas. Cuando asciende la temperatura y no hay viento suficiente que arrastre la capa de aire impuro que flota sobre todas las ciudades, la humedad del aire se condensa alrededor de las partículas de polvo y se produce la niebla. El cisco que existe en la atmósfera de Londres es lo que da a sus nieblas esa negrura específica que intercepta totalmente la lumbre solar. Un hecho comprobado por sir W. T. Byer es el de que en el condado de Kew caen anualmente por cada acre de tierra dos toneladas de cisco, las cuales provienen del aire de Londres.

Si aun cuando quisiéramos ser trotacalles y brincamundos no podemos; si la aspereza del cielo nos confina en nuestra casa, ¿qué de extraño que profesemos el culto del hogar, que nos sobre tiempo en que leer la Biblia y el Daily Telegraph y aun en que apiporrarnos con whisky antes de meternos en el lecho?

UN VIEJECITO

AL SUR DE INGLATERRA, en Surrey, como a 20 millas de Londres, hay un repuesto y apacible asilo, cubierto de verdor y de silencio, que se llama Box Hill. La naturaleza, por este paraje, tiene aquella pequeña afectación que ya advirtiera Fontenelle. Tal es el defecto o si queréis la característica del campo inglés; una pequeña afectación. Todo es tan lindo, tan proporcionado y armónico; los matices diversos se entrefunden con gradación tan escrupulosa, esfúmanse los términos tan académicamente y los accesorios caen tan en su lugar y en sabia agrupación, que antes parece todo ello resultado de humano designio, plan de un artífice en parques y vergeles, que obra impulsiva de misteriosas fuerzas naturales.

Ya creo que la sensación del paisaje que tan al uso anda ahora por los libros de literatura tiene algo de enfermizo, cuando no de ilusorio, a veces de fingimiento y casi siempre de enojosa prolijidad. La concisa y clara visión helénica o latina del espectáculo de la tierra ambiente, la rústica simplicidad de Virgilio, el sereno sonreír de la beatitud horaciana, la venusta y jovial mueca de Teócrito, todas ellas son posturas del espíritu y gestos del alma que concuerdan musicalmente con la pureza de los cielos meridionales y con la majestad de los espectáculos campesinos. ¡Cuánto más nobles dichas actitudes que el desenfreno lírico de los vates semicanoros! La naturaleza clásica tiene la bella concisión de Minerva; su docta hermosura nos adoctrina en medio de una calma augusta y suprema, envolviéndonos en la infinita efusión de su mirada innumerable.

La naturaleza en las islas británicas nos adoctrina también, pero con un gesto femenino y precioso de bas-bleu. En Box Hill hay praderas impecables de terciopelo lustrado; setos vivos de zarzamoras que corren geométricamente; robles, nogales y castaños de España, muy decorativos; casitas de aldea, con muros bermellón, caperuzas carmesí y colgaduras de hiedra; y una colina, que es la que da nombre al lugar, la cual, rotunda como un cráneo y gigantesca, tiende sobre los campos que la ciñen una visera giratoria de sombra, según el día se levanta y desciende. En una de estas casucas, acurrucada en la falda de la montañuela, como perrillo a los pies de su dueño, vive un viejecito, muy viejecito, cuyo torso se inclina bajo la pesadumbre de la gloria ganada, del injusto reproche, del olvido habitual y del eterno futuro misterioso. A la mañana, suele el viejo pasear por los caminos aldeanos, en un carricoche que un buen burro de mansa condición arrastra. Y el viejecito, de vez en cuando, dirigiéndose paternalmente al asno, le dice:

—Amigo burro, detén tu brava impetuosidad juvenil. Párate, amigo burro.

Entonces el anciano espacia sus ojos caducos sobre la frescura matinal de la tierra callada, sobre aquel polícromo escenario que le dio la pauta de su prosa, hasta el horizonte derretido en niebla, que le sirvió de ideal para su poesía.

Y hoy, como el viejecito paseara en su carricoche, reprimiendo a las veces la honesta fogosidad de su buen burro, de mansa condición en medio de todo, hete aquí que a la revuelta de una calleja aparecen varios señores muy smart, uno de los cuales conduce con evidentes precauciones cierto envoltorio.

Es que el viejecito cumple hoy los ochenta años, y estos señores vienen a hacerle un regalo.

EN CASA DEL VIEJO

El caballero del envoltorio comienza a desliar papeles, papeles, papeles, hasta que descubre un cartapacio de piel azul con sendas G. M. de oro en cada una de las cuatro esquinas; dóblase por la cintura, en una gran reverencia, alargando al propio tiempo el cartapacio al viejo, quien lo abre a seguida y comienza a leer claros caracteres dibujados en unos folios de pergamino. Y dicen así:

«A JORGE MEREDITH O. M. AL CUMPLIR SUS OCHENTA AÑOS

Querido míster Meredith, muchos paisanos de usted acudirán hoy a felicitarle. Nosotros, por nuestra parte, queremos hacerle presente el gran reconocimiento y gratitud que le debemos por la espléndida obra, en prosa y poesía, con que usted ha tenido a bien regalarnos; manifestarle nuestra alegría al ver que el público de día en día aprecia mejor esta obra, y darle las gracias por el ejemplo, que usted supo poner ante el mundo, de los más altos ideales encarnados, no sólo en libros, mas en la vida también. De todo corazón deseamos que su salud y felicidad continúen como al presente. Mr. Swinburne, Mr. Thomas Hardy, Mr. John Morley y Mr. Frederick Greenwood».

A continuación de estas cuatro gloriosas firmas van 200 más, las de todos aquellos que representan algo en la literatura o en el arte.

Y este viejecito, el primer novelista inglés vivo y uno de los primeros entre todos, estilista maravilloso y gran poeta, ha recibido el mensaje con los ojos húmedos de emoción.

Si viviera en España le hubiéramos llamado Mamut.

UN SIGLO

EN 1814, a unos campesinos de Weare Giffard, Devonshire, les nació un hijo, a quien pusieron el nombre de John. Estaba a la sazón Inglaterra con las sienes revestidas de húmedos laureles y el pecho estremecido aún de ardor sublime y palpitante orgullo. En aquel mismo año, Wellington, el guerrero flemático, el cazador astuto e impasible, abatiera el magnífico vuelo del águila en las llanuras de Waterloo. Albión tenía al pájaro imperial cautivo en una jaula de vidrio, de tedio azul y de amargura infinita. Britania regía el curso tempestuoso de las ondas universales. Las cenizas de Nelson, bajo las bóvedas de San Pablo, rehogaban el espíritu patriótico, como rescoldo vivo de heroicidad, bravura y abnegación. Pero el pueblo tenía hambre. El gran monstruo glorioso y exangüe rugía a las veces con aullidos famélicos.

Los primeros años de John transcurrieron en la paz agreste de la granja paterna, sobre las praderas rasas y suaves, bajo la gravedad serena de un cielo gris, entre dulces lontananzas violadas por donde se cernían los latidos del mundo lejano. En las noches invernales, defendiéndose el niño de los embates del sueño, escuchaba la charla que a la vera del hogar sustentaban sus padres con otros labriegos vecinos. Eran vibrantes historias de batallas, de lejanas tierras, de soles de fuego, y también opacas narraciones de ciudades vecinas, pero incógnitas; de sordos rencores, de injusticias y otras cosas que él no podía entender. Hablaban de unos hombres que querían dar la tierra a los aldeanos que la cultivan, e iluminar el entendimiento humano. Estos hombres se llamaban filántropos —¡cosa más rara…!—, su jefe era un tal Spencer, e iban de un lado a otro encendiendo la voluntad de las gentes. Una noche de verano, a fines de agosto, el concilio labriego, congregado ahora al aire libre, bajo los árboles, alborotó más que de costumbre. Se oían de vez en cuando ahogadas exclamaciones de rencor. Uno de los presentes había traído la noticia: «Manchester, una ciudad sombría, y en ella, las muchedumbres enardecidas con estandartes: ¡Abajo la ley de los trigos, Parlamento anual, Sufragio universal, Votos por escrutinio…!; luego un orador, Hunt; unos soldados de caballería que se precipitan sobre la multitud indefensa…, 400 muertos y heridos; ancianos, niños, mujeres…». John tenía cinco años. Aquella noche olía a heno seco y había estrellas en el cielo.

Otra noche hubo un pequeño jolgorio o francachela. Los ingleses tenían un nuevo rey, Jorge IV. John tomó guindas en aguardiente y lloró de alegría al saber que mandaba en Inglaterra un señor nuevo, Jorge, y además IV, vaya usted a averiguar por qué esto último.

A los ocho años John fue de aprendiz a casa de un ebanista, en Torrington. El maestro leía gacetas que le llegaban de Londres y discutía cosas de política y gobierno con sus compadres; y, no estando estos presentes, adoctrinaba al aprendiz en las artes de la talla y en la ciencia del librecambio. «Era menester este régimen… Adam Smith estaba en lo cierto… Los fisiócratas…». Demasiada algarabía para un aprendiz, y aun para un maestro. Este, en cierta ocasión, llegó al taller con los ojos llenos de lágrimas. Lord Byron, el poeta apasionado, bello y cojo, había muerto en Missolonghi, defendiendo la independencia helénica, con la clara y divina palabra «Grecia» en los labios. John tenía entonces trece años de edad. Poco antes de un año de esto, el ebanista dio al aprendiz la gran nueva de que el duque de Wellington era presidente del Consejo de minis tros, y bastante tiempo después (1833) le comunicó, muy solemne y emocionado, que la esclavitud estaba abolida.

A los veintiún años John entró en Londres con las herramientas del oficio al hombro, metidas en un saco de lona. Al día siguiente encontró colocación en casa de un fabricante de cajas de pianos. Trabajó leal e intensamente, ahorró dinero, se estableció con su hermano, se separó de él y puso un taller independiente: «John Brinsmead, calle de Windmill». Su edad era de veintitrés años.

Por aquellos días murió el rey y vino a sustituirle en el trono una jovencita, Victoria de nombre. John quiso verla el día de la coronación y fue muy de mañana a los jardines de Kensington, en donde, encaramándose sobre la cerca, consiguió una buena atalaya. Al cabo de unas cuantas horas, en medio del fausto palaciego y militar, en su grande estuche dorado pasó aquella niña de suaves ojos azules, mejillas levemente empurpuradas y expresión de asombro y cortedad. John gritó hasta desgañitarse, como sus conciudadanos, presa de un entusiasmo que no atinaba a explicarse del todo.

Y otra vez al taller, a trabajar, a construir la vida y las cajas para los pianos, a sentir el tiempo que corre como caudaloso río conduciendo en sus lomos los varios navíos de los acontecimientos.

No tardó en casarse con miss Susana Brown, hija de un oficial del 22 de Highlanders. ¡Oh, miss Susana! ¡Oh, miss Susana! John consagró su alma a aquella criatura afectuosa y sencilla, a quien amaba sobre todas las cosas. Era pobre aún, en los tiempos de su desposorio. El viaje nupcial fue una simple excursión —en un barquito de vela— hasta Green wich, en donde contemplaron, llenos de santo terror, la diminuta levita perforada que Nelson vestía en Trafalgar.

Y la compañera elegida, con las entrañas llenas de virtudes y de amor, comenzó a darle hijos, y los hijos a casarse, ofreciéndole amables capullos de carne, y estos a crecer, hasta que hicieron nuevo nido y nueva nidada.

Y John seguía viviendo, enriqueciéndose, amando a la esposa, al manantial fecundo de la prole fecunda, la cual se derramaba mansamente sobre su vida, como el agua benéfica sobre los sembrados.

Hace muy poco tiempo, en 1907, Mr. John Brinsmead y su cónyuge celebraron las bodas de oro, rodeados de toda su descendencia, cuatro generaciones, 40 individuos. Era un solemne cuadro bíblico y patriarcal. El valetudinario estaba ya ciego; pero la luz jovial de su alma, que no podía brillar en los cansados ojos, derretíase en la sonrisa. El rey y la reina, asombrados de tan rara dicha, enviaron una felicitación autógrafa a la anciana pareja.

Algunos meses después, la vieja compañera sucumbió al peso de los años. John, no pudiendo sobrevivir a tanta desventura, falleció a las tres semanas. Ayer enterraron a un siglo de historia inglesa.

UN DÍA A REGATAS

APUNTARÉ AL CORRER de la pluma y en estilo reporteril, cuando el ajetreo me consienta vado, las impresiones de un día netamente castizo, típico. Es el último de los cuatro días de regatas de Henley-on-Thames. La voz del pueblo dice: The last and the best,el último y el mejor.

—¿Cuánto tiempo es necesario para llegar a la estación de Padington?

—Media hora —me responden.

Cuando un londinense dice media hora, un español debe entender hora y media. Los ingleses tienen triple longitud de piernas que los demás mortales.

Llego a la estación en el momento en que un tren bufa aprestándose a la partida. Tomo el billete aceleradamente, me precipito en un departamento, con gran consternación de los ocupantes, y cuando el convoy se pone en marcha advierto que el taquillero me ha distraído un chelín en la vuelta. Esto es el panem nostrum cotidianum, la acrisolada honradez británica está siempre atisbando la ocasión de resplandecer. Por otra parte, el sistema monetario inglés es un poco enrevesado, lo cual disculpa todas las equivocaciones. Observo a mis compañeros de viaje: gentecilla vulgar si se exceptúa a un individuo gordo, los labios de indio bozal, ojos de beodo, pelo rizado, que me examina con impertinencia. Por esquivar sus miradas saco del bolsillo un libro de sermones del reverendo Campbell, reformador religioso y místico de moda, y leo ciertas amenas disquisiciones acerca del dios inmanente. De vez en cuando contemplo el paisaje, olvidándome por un momento del dios inmanente. El tren vuela, Ealing, Windsor, Slough quedan atrás. Praderas, robles, castaños, un canal apacible, el firmamento poblado de espesas nubes grises, otros trenes que pasan de pronto, como un resoplido brutal. Al fin, Henley.

No se ve el río, porque los frondosos y tupidos árboles que lo orillan hacen un muro verde. Al pie de los árboles, sobre los prados lisos, innumerables tiendas de campaña. Las banderas, y las hay por todas partes, palpitan tendidas al viento que muge entre el ramaje de la arboleda.

A la entrada de la estación hay una muchedumbre de cocheros, gentlemen desarrapados, con vehículos arcaicos y extravagantes, y se obstinan en que uno se sumerja en el interior de los mugrientos armatostes. No, por Dios. Algunos vendedores ambulantes me ofrecen sombrillas japonesas, para volar sin duda a merced del aire. Las mujercitas (esto es un modo de señalar a la española), las mujercitas pululan por todas partes, ataviadas con trajes estivales blancos, rosados, azulinos. Una sobresale de todas las otras por la extraña distinción de su toaleta. El sombrero es de paja muy fina con flores, cintas y un gran velo morado; el vestido morado; las medias, que asoman por bajo de la falda corta, moradas como las de los canónigos, pero la pierna que encubren más agradable, naturalmente, que las de todos los canónigos juntos.

Yo, igual que Vicente, voy a donde va la gente, y desciendo una calle muy pina que, a lo que calculo, conduce al río.

Un hombre me toma por su cuenta: «Un bote, señor. Quince chelines». Digo que no con la cabeza. «Diez chelines». Como esta vez no he dicho nada, el hombre me coge por un brazo y, que quieras que no, me lleva dentro de una empalizada. A una parte está el río. En la ribera, sobre la hierba húmeda que lo tapiza todo, tendidos panza o quilla arriba, se alinean infinitos esquifes, barquichuelas, botes. El hombre arrastra uno de ellos hasta el río. Es una embarcación sutilísima, estrecha y larga como una lanzadera, la proa y la popa algo levantadas como a manera de góndola, de caoba bruñida, el interior alfombrado y a la parte de atrás un cómodo asiento de rojo velludo acolchonado. El hombre me da un remo exiguo que parece una cuchara digna de Gargantúa (con permiso de Carulla).

—Pero, bien, ¿qué hago yo solo aquí?

—Puede usted invitar a una young lady (señorita joven). Yo se la buscaré.

A todo esto mi ligero esquife se ha apartado de la orilla. Por esta parte el río tiende un brazo tierra adentro y el agua está muy quieta y de un color verde profundo. Heme aquí ya, bogando con un remo solo, para lo cual se requiere una habilidad extraordinaria que yo no poseo. Cuando doy una paletada hacia un lado, el pérfido esquife tuerce la nariz hacia el otro, y viceversa, de manera que me veo en necesidad de hacer algunas evoluciones realmente curiosas aunque sobrado complejas. Por lo pronto no se me ocurre más que una pregunta algo inquietante.

—¿Será muy profundo el río?

Veo que el conductor de algunas embarcaciones las hace avanzar apoyando una larga pértiga en el fondo, y esto me tranquiliza.

Todos habéis visto fotografías de Henley en un día de regatas. Pues bien, yo os digo que las tales fotografías no dan idea ni barrunto de lo que esto es. Las márgenes del río tienen una amenidad paradisiaca. Gran gentío se apiña por todas partes, y en la multitud predominan los tonos claros. Todo es muy hermoso; pero el río…

Yo abandono el remo, me entrego a la corriente y sobre el libro de sermones del reverendo Campbell escribo estas notas.

El espectáculo que ofrece el río es de una belleza única. Las embarcaciones, sumamente leves, todas de maderas ricas, enceradas y brillantes, la estructura como de canoas o piraguas, lo hienden raudas y en gran número. Siendo la profundidad de estas barcas muy poca, las damas no pueden sentarse, sino que van recostadas a lo largo de colchonetas polícromas sobre cojines vistosos. Los hombres llevan calzones de piqué blanco, sombreros de paja o gorra; se despojan de la chaqueta y arremangan la camisa por los brazos. Los pobrecitos tiritan, porque el día está frío, pero esto es lo fashionable. Algunos, más previsores, lucen recias elásticas de lana blanca. En esta luz equívoca, bajo el firmamento grisáceo, con el río oscuro, casi negro, y los árboles sombríos, y luego las banderolas, los trajes claros, el hormigueo de las gentes, se siente una impresión de honda alegría silenciosa y de voluptuosidad que es imposible de describir.

En tanto plumeo estas impresiones, la fuerza del agua y del viento, que arrecia por minutos, me ha arrastrado a los muelles del Leander Club House, de donde se disponen a salir en este instante dos lanchas de las que han de luchar en las regatas. Mi impertinente esquife les impide el paso. Los hombres que las tripulan, musculosos y medio desnudos, me lanzan gritos inarticulados que yo no puedo descifrar cabalmente, aun cuando los adivino muy bien. Abandono las cuartillas y empuñando la cuchara la agito bravamente en el seno del río, como argonauta curtido en tormentas sin cuento. He salido airosamente del trance.

Ya estoy confundido con las otras piraguas y canoas, formando una especie de plataforma de barcas. Las regatas comienzan. Todo el mundo conoce una regata, y el que no la conoce se la puede imaginar. ¿A qué describirlas? Baste decir que la gran copa la ganaron los belgas, como el año pasado, lo cual tiene muy abatidos a los ingleses.

En la mitad de la segunda regata comenzó a caer una lluvia torrencial y lo que poco antes era gayo y alegre se trocó, en virtud de los impermeables, en pardo y triste. Levantose al propio tiempo un temporal terrible. Yo, al menos, por tal lo tengo. Y esto era en la sazón en que yo me disponía a volver. Hablaron mucho los románticos, que en paz descansen, de la desamparada barquichuela a merced de los huracanes y de las ondas rabiosas, sin saber lo que se decían. ¿Para qué descorazonarte, lector, con la narración de mis adversidades? Lo que yo cavilé y bregué no es para dicho. Al arribar a puerto, hecho una sopa, con la miserable cuchara en la diestra, me sentía un Colón o cosa así. No hay nada como Inglaterra para fortalecerle a uno; nada tan saludable como el dios inmanente y las regatas de Henley para el espíritu y para el cuerpo.

LA QUERELLA DE LAS ESTATUAS

AL DECIR QUERELLA DE LAS ESTATUAS no quiero dar a entender que haya estatuas que se querellen, sino todo lo contrario, que hay personas que se querellan contra las estatuas, y entre los querellantes el más notorio, por su alta jerarquía eclesiástica, es el obispo de Londres. No vaya alguno a suponer que se trata de un movimiento religioso, parecido al que suscitó la antigua secta de los iconoclastas en tiempos de León Isaurio, aunque también hay aquí concilio —el concilio o concejo municipal—, como entonces hubo el pseudoconcilio de Constantinopla. No, nada de religión. En todo caso de moral, de moral pública.

En Londres hay 68 teatros; de ellos 18 son music halls, y de los music halls los más importantes son Alhambra, Hipódromo, Empire, Pavilion y Palace. Pues bien, en tres de estos cinco teatros se exhibe un espectáculo que tiene numerosos y fervientes adictos y que se conoce por el nombre de «estatuaria viviente». Descartaremos el Hipódromo y el Empire, porque sus exhibiciones escultóricas no son tan incitativas, atrayentes y suculentas como las del Pavilion. El obispo de Londres también los ha descartado de su anatema, y yo no quiero ser menos que el señor obispo. En el Pavilion residen los verdaderos Fidias Palomos, los estupendos artífices que han esculpido su propia carne (unas cuantas arrobas), como si fuera mármol, la señora o señorita (que de su estado no estoy muy cierto, aunque sospecho que no es lo uno ni lo otro) Olga Seldom con sus tres acompañantes varoniles. Describiré el espectáculo, lector, a fin de que puedas darte cuenta cabal de lo que la «estatuaria viviente» significa.

Cuando llega el momento oportuno, la orquesta ejecuta un motivo misterioso de clásicas inflexiones apacibles. Se abren las dos hojas del inmenso cortinaje de terciopelo rojo que oculta el escenario y aparece este con un teloncillo corto en donde está pintada la acrópolis ateniense, blanca y brillante, con sus templos, escalinatas y esculturas, sobre el radioso cielo ático. Una señora, que va vestida a la griega, y que está en el centro del tablado, desarrolla un cartelón en donde se lee el nombre de alguna obra escultórica consagrada por la fama. Ciérranse las hojas de velludo, vuélvense a levantar y sobre un fondo negro que tapiza la escena vese resaltar el contorno de una mujer y tres hombres en pelota, el cuerpo embadurnado de alba yalde o de otra sustancia blanca que ignoro, los cuales se mantienen inmóviles por espacio de unos segundos. Y esto se repite hasta una veintena de veces. El público aplaude y hace gestos de admiración. Alguna que otra persona jura y perjura que todo aquello es un dechado de arte, y que ni Praxíteles, ni Benvenuto, ni Donatello pudieron soñar nunca cosa semejante. Pero la generalidad de los espectadores machos que hay en el teatro se limitan a estrechar con más fuerza a la otra mitad de espectadores hembras, las cuales están siempre graciosa y convenientemente entreveradas por todas las localidades. Yo, imparcial confrontador de los hechos, necesito apuntar que las estatuas vivientes más del agrado del pueblo son: una de Chamberlain (en el Hipódromo, completamente vestido, como se supone) y otra de la señora o señorita Olga, en calidad de Venus contorsionada. Esta dama, rusa a juzgar por el nombre, y exnodriza por lo que de ciertas señales se deduce, no posee aquella concisión y parca armonía de proporciones que soñaron los artífices helénicos y del Renacimiento. Muy al contrario; su exuberancia viola los límites de lo correcto. Entendiéndolo así, una comisión de pastores, capitaneados por el obispo de Londres, expusieron sus quejas ante el concejo municipal. Como resultas de la queja hubo de nombrarse una comisión inspectora, la cual después de concienzudo examen dictaminó que nada había en el espectáculo que atacase la pública moralidad.

Los periódicos jalearon un tanto el asunto.

El Daily Mail abrió una información acerca de la «estatuaria viviente». La pregunta estaba formulada en estos términos: ¿Considera usted la «estatuaria viviente» artística y elevadora del gusto público o degradante?

A lo cual varios señores han respondido cada cual a su manera. El obispo de Manchester dice, con elocuente sequedad: «¡Degradante!».

El de Newcastle es más modesto: «No tengo aún —contesta— suficiente conocimiento de la cuestión para basar mi opinión». Sólo le falta añadir: «No he visto los grupos arriba de media docena de veces».

El obispo de Llandaff: «No he visto semejantes exhibiciones, pero por lo que he oído es degradante».

Rodin: «La naturaleza es admirable, pero la bella arquitectura humana no puede ser entendida aún por el público. Acaso con el tiempo sí».

Mr. Beerbohm Tree, el celebrado actor: «Aun cuando yo no he visto la “estatuaria viviente” considero que se trata de una cuestión de gusto individual. Cada persona ve siempre en las exhibiciones teatrales aquello que quiere y que le conviene».

Yo: ni elevador, ni degradante. Aquí, en Londres, las virtudes venustas de la estatuaria no son visibles. En Madrid es probable que la exhibición fuera acompañada de un mugido de toro joven o de hombre viejo. Pero lo que yo afirmo es que lo mismo aquí que en España, que en la Patagonia, la estatuaria viviente es una estupidez.

LA CORONA DE TODO LO CREADO

CUANDO EN HYDE PARK o en Covent Garden contemplo esas adorables criaturas, «nietas de Eva, a las hembras, o, para emplear otra palabra más dulce a nuestra comprensión, a las mujeres» (Shakespeare), ataviadas con fastuosidad y opulencia que deslumbran, no puedo por menos de dirigirles, mentalmente, una lírica y fervorosa alocución:

«Mujer —digo sobre poco más o menos—, en lo más elevado y prócer de todo lo creado, en la cumbre más eminente del universo te ha puesto Dios porque corones su obra y porque, resplandeciendo en la gloria de tu hermosura, anules y disipes ciertas manchas, sombras y fealdades que al pobre se le han escapado en las jornadas del génesis. Todo lo que existe para ti existe, y a tu belleza se acoge ansiando un término de comparación. Las estrellas palpitan de reconocimiento cuando un poeta asegura que tus ojos son estrellas. Cuando un enamorado te dice que eres más bella, con tu gracia frágil, que el mar con su grandeza terrible, el mar, temblando de emoción, se trueca por un momento de abismo de amargura en seno de suavísimo y gustoso bálsamo. Los tres reinos de la naturaleza, el reino mineral, el reino vegetal y el reino animal, lo que es inerte y lo que tiene vida, lo que es sombrío y lo que es luminoso, lo que no siente y lo que sufre, todo endereza hacia ti una aspiración perseverante y muda. Cuájanse, en las entrañas de la Tierra, piedras preciosas para ti, rubíes que armonicen con tus labios, turquesas y zafiros que armonicen con tus ojos, topacios que armonicen con tus cabellos, diamantes que armonicen con tu corazón. Un clamor infinito se eleva de los bosques, de las selvas, de las llanuras y desiertos; y todos los animales suspiran por la muerte a fin de ofrecerte sus pieles y plumas. Cuando las flores no alcanzan el triunfo de tu seno, desfallecen de pesar, y cuando lo alcanzan, mueren de amor. ¡Mujer, mujer: tú eres la luz en las tinieblas, la rosa entre la nieve, la corona sideral del cosmos, la causa final de la creación!».

Y luego de haber expansionado mi alma con este rapto oratorio, me dedico a consideraciones de un orden crematístico. ¿Cuánto dinero —me pregunto— gastarán estas señoras para mantener su lujo, que un socialista calificaría de escandaloso e insultante? Una revista ilustrada, el Pall Mall, me saca de la duda. «Las cuentas de una mujer elegante» se titula el artículo, que firma la escritora Susana Carpentier. Digo escritora, y no estoy muy seguro de que lo sea; supongámosla modista, una modista letrada.

Comencemos por la presentación en sociedad de una muchacha, una girl. Para este caso, el precio de los vestidos oscila entre 100 y 1.000 libras esterlinas, entre 500 y 5.000 duros, suponiendo que el cambio estuviera a la par. No es mucho que digamos; pero es preciso tener en cuenta que toda la ropa interior «es de absoluta necesidad» que sea nueva. ¿Y cómo averiguarán los asistentes a la presentación si es nueva la ropa o no lo es? ¡Ah! Eso no me lo preguntéis a mí.

La presentación es, como se comprende, un acontecimiento extraordinario. Una señorita, si es modesta y se las apaña bien, puede cubrir sus gastos anuales de modista con una suma de 400 libras. Las partidas que componen esta suma están especificadas concienzudamente en el estudio textil de doña Susana.

Una señora, una lady, es lógico que gaste más que una muchachuela. Veamos. Modisto y modista, 628 libras. Abrigos y capas, 229 libras. Composturas y sombreros, 149 libras. Guantes, sombrillas y paraguas, 164 libras. Cinturones, 11 libras. Saquitos de mano y portamonedas, 15 libras. Abanicos, 11 libras. Ropa blanca, 249 libras. Calzado, 115 libras. Requilorios para ir en automóvil, 42 libras.

Esto es lo más esencial. No copio las cifras de joyerías, bibelots, frivolidades y nonadas por no hacer enojosa la enumeración.

Conversando yo con cierta señora, hube de interrogarla:

—¿Es posible que no sientan ustedes remordimiento de conciencia al gastar tan grandes cantidades en el adorno de la persona? Con el mismo dinero podrían vivir varias familias.

—Porque lo gastamos pueden vivir varias familias a costa de él.

Darmowy fragment się skończył.

22,02 zł