Czytaj książkę: «Peregrinos del absoluto»
Rafael Narbona
Peregrinos del absoluto
La experiencia mística
Prólogo de
Javier Gomá


© Taugenit S. L., 2020
© Rafael Narbona Monteagudo, 2020
© del prólogo, Javier Gomá Lanzón
Diseño de cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: José Toribio Barba
ISBN digital: 978-84-17786-19-9
1.ª edición digital, 2020
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Índice
Prólogo. Por Javier Gomá Lanzón
Introducción. La llama mística
Teresa de Jesús. Mística de la felicidad
Juan de la Cruz. Mística del desamparo
Blaise Pascal. Mística del corazón
William Blake. Mística de la imaginación
Søren Kierkegaard. Mística de la libertad
Miguel de Unamuno. Mística de la duda
Rainer Maria Rilke. Mística de la noche
Georges Bataille. Mística de la transgresión
Simone Weil. Mística del amor fati
Emile M. Cioran. Mística de la nada
Etty Hillesum. Mística de la alegría
Thomas Merton. Mística del rostro
Prólogo
Somos contingentes, podríamos ser de una manera o podríamos, más radicalmente, no ser. Somos imperfectos y nos resulta fácil imaginar un mundo mejor, limpio de tantas máculas que lo afean. Nuestro conocimiento es limitado, expuesto a mil incertidumbres que lo oscurecen. Somos seres históricos, hijos de una tradición particular y variable que nos condiciona y nos explica. Teniendo presente todo lo anterior, un cierto relativismo hace justicia a nuestra mudable condición y, paralelamente, un cierto escepticismo en el ser y el conocer parece convenir a las vicisitudes de nuestra naturaleza.
Ahora bien, siendo como somos, sentimos un anhelo que nos trasciende. Somos particulares capaces de presentir la difusa generalidad de las cosas, individuos singulares abiertos a la totalidad del ser, conciencias personales dotadas de una imaginación abarcadora del universo entero. Aunque nuestra experiencia es fragmentaria, somos aptos de concebir un absoluto que está por encima de las antinomias irresolubles que afligen nuestra existencia.
Peregrinos del absoluto sugiere esa doble dimensión. Los peregrinos somos nosotros, que recorremos el camino de la vida. El absoluto —eso que por definición está «absuelto», libre e independiente de cualquier limitación— se cierne sobre los peregrinos más allá del camino y, desde su atalaya inalcanzable, nos incita, nos convoca, nos interpela como una alternativa, quizá imposible pero atrayente, a la insuficiencia de nuestra vida mortal.
En principio, la relación que tenemos con lo absoluto es de distancia infinita. De un lado nosotros, de otro lo absoluto, que por eso mismo es lo absolutamente otro de nosotros. Ninguna de nuestras potencias ordinarias nos pone en conexión directa con ello porque seguimos secuestrados por los límites de la experiencia.
Pero he aquí que determinados estados alterados del espíritu humano, fuera de la experiencia ordinaria, obran lo inesperado en algunos individuos carismáticos que logran peraltarse hasta el absoluto, convulsionando la cotidianidad en que habitualmente moramos. Ha habido filosofías, como las de Plotino, Nicolás de Cusa, Leibniz o Hegel, que han tratado de apresar el absoluto en el concepto. Pero la palanca, el resorte de esa alteración maravillosa de la conciencia suele ser un sentimiento extático que desborda los cauces por donde discurre la normalidad humana y da a parar a lo inefable, lo indecible, lo indefinible, lo inabarcable, confundiéndose en las aguas de esta inmensidad.
La mística nos descubre una grandeza abarcadora que está más allá de las cosas humanas y con respecto a la cual estas, anudadas entre sí, toman los contornos que le son propios. Somos relativos en comparación con otra realidad que no lo es: así que lo absoluto conocido por el sentimiento místico nos constituye en la contingencia trascendente que somos. Los estudios que componen Peregrinos del absoluto serían, por esta razón, oportunos en cualquier época de la cultura, porque atañen a la invariable condición humana. Pero lo son particularmente en la nuestra, toda vez que la Modernidad tardía ha declarado su descreimiento sobre cualquier modalidad de absoluto. Hemos pasado del sano relativismo —que nos protege frente al riesgo de beatería hacia lo que no merece misticismo ninguno— a un relativismo furioso, obnubilado, que nos desposee de la idea de Todo y clausura cualquier forma de mística, privándonos, por tanto, de una experiencia constitutiva de lo humano.
Los doce testimonios que nos presenta Rafael Narbona, la mitad de ellos del pasado siglo XX, contemporáneos nuestros, conforman una galería impresionante de místicos, cada uno a su manera, pero unidos por el elemento común de ser escritores que usan la literatura para registrar su vivencia extrema y comunicarla a los demás. La mayoría son místicos del Dios bíblico, Ser supremo, pero no faltan místicos inversos de la Nada también suprema, de la eternidad de la gran poesía, del divino arte de la imaginación o del erotismo febril que transgrede los confines dados. Cada uno de los retratos dibuja un ensayo sobrehumano de ser humano; el conjunto nos convence sobre la necesidad de dotarnos de una capa de misticismo que sacuda nuestra cotidianidad intrascendente y le haga incisiones, mellas y hendiduras, aunque sea por algunos instantes, para que se permee de algo mayor. El estilo del ensayo, escrito como en trance que imita el de los retratados, contribuye decisivamente al resultado.
Rafael Narbona ha acertado, en mi opinión, en el tema y en la forma de contarlo. Estas líneas solo quieren ser una invitación a la lectura de este bello libro.
Javier Gomá Lanzón
Introducción. La llama mística
La llama mística sigue viva en la época del eclipse de Dios. El desencantamiento del mundo no ha logrado borrar el anhelo de trascendencia del ser humano. La nostalgia del infinito continúa encendiendo nuestra mente. Lo místico suele relacionarse con los orígenes, con las primeras manifestaciones de lo sagrado, con la incandescencia de las teofanías más primitivas, pero, en el momento actual de crisis del sentimiento religioso, se ha convertido en un signo del porvenir. Para los creyentes, ser místico ya no será una posibilidad, sino una necesidad en un mañana que empuja a los dioses hacia un exilio sin grandeza.
Es indudable que se ha abusado del término «místico». ¿Qué es lo místico? ¿Podemos definirlo? Según Wittgenstein, lo místico es que el mundo exista, que haya algo en vez de nada. En las lenguas latinas, lo místico evoca el misterio, lo que no comprendemos, aquello que se revela inaccesible a la razón y a la palabra, pero que —desde su oscuridad— no cesa de convocarnos imprimiendo espesor a nuestras vidas. Ni el Nuevo Testamento ni los Padres apostólicos hablan de misticismo. El término no aparece en el lenguaje cristiano como adjetivo hasta el siglo III. Clemente de Alejandría y Orígenes lo introducen para oponer la interpretación alegórica de las Escrituras al sentido literal. La letra mata; el espíritu, que siempre va más allá de lo inmediato, vivifica. En el terreno del culto, san Atanasio habla de la «copa mística». «Mística» porque el rito apunta hacia ese Dios que se esconde y al que no reconocimos cuando se acercó a nosotros tanto que pudimos matarlo. Lo místico apunta a las verdades más profundas, a lo más íntimo e inefable. Esta tensión revela que la raíz última de lo real no es visible. El mundo físico está soportado por algo que no es evidente. Si queremos conocer ese fundamento deberemos desprendernos de los prejuicios que nos confinan entre límites empobrecedores.
A finales del siglo V, la mística cristiana adquiere consistencia filosófica con el Pseudo-Dionisio. Frente al conocimiento deductivo y estrictamente racional se perfila la unión inmediata y extática con Dios. No es una experiencia que pueda objetivarse conforme a las exigencias cartesianas de claridad y distinción, sino una penumbra iluminada por un amor ardiente. No hay evidencias, aunque sí una certeza inflamada por el encuentro con lo sobrenatural. Hasta el siglo XVII, la mística no alcanza la condición de sustantivo. A partir de entonces, lo místico será un tipo de experiencia que delimita una región en la que la razón —al menos, la razón físico-matemática— se revela impotente. El contacto con Dios exige que el ser humano se descalce y avance desnudo aceptando que el lenguaje es un pobre cayado y la razón una pordiosera. ¿Puede existir la mística al margen de las religiones positivas? ¿Es posible un misticismo estrictamente subjetivo en el que la conciencia prescinda de cualquier mediación o dogma? Gershom Scholem entiende que no: «No cabe una mística abstraída del sistema al que pertenece. El místico anarquista de su propia religión es una invención sin fundamento. Los grandes místicos han sido fervorosos adeptos de su religión». La mística es una experiencia que —casi— siempre acontece en el seno de una tradición, canalizada por un lenguaje religioso determinado. Podemos ampliar, no obstante, el ámbito de la mística si entendemos que es una experiencia del absoluto. Dios, el Espíritu, el Todo, el Universo, el Ser o incluso la Nada son susceptibles de movilizar la conciencia inspirando una vivencia mística. Lo místico no es solo la conciencia directa de la presencia divina; es un estado donde el conocimiento no se objetiva en conceptos, sino en vivencias situadas en el límite de lo que se puede contar y expresar. De ahí que la mística recurra a la poesía, el género que no concibe la palabra como una herramienta, sino como una revelación.
La mística no es una vivencia colectiva. Tiene lugar fuera de la sociedad y la historia. El contemplativo busca la soledad para desposarse con el absoluto. Se aparta del mundo, pero no odia el mundo. Busca esa hendidura que permite atisbar lo que no aparece en la experiencia cotidiana. Algunos consideran que es un camino abocado al fracaso; otros entienden que es la senda de la salvación. El místico palpa lo infinito en lo finito; conoce el trasfondo que sostiene lo contingente animando su vida y su continuidad. La experiencia mística es un momento de discontinuidad que, sin embargo, muestra la profunda continuidad y la unidad del ser. Su apertura a lo infinito ensancha lo real. Frente al cosmos cerrado de la visión científica, postula un universo abierto, con una dimensión espiritual. La presencia no se agota en lo manifiesto; es necesario interpretarla y repensarla, pero siempre habrá algo que se nos escape y que no podamos comprender con el lenguaje de la filosofía o de la ciencia. La poesía y la música no creen en los significados inequívocos, sino en las paradojas. Lo sagrado nunca podrá percibirse con nitidez; por eso violenta el lenguaje, exigiéndole más de lo que puede expresar. El infinito siempre será misterio, enigma, «ángel terrible» que nos hiere y nos salva, nos desconcierta y nos rescata. «Qué sea Dios —escribe Silesius—, lo ignoramos; no es la luz, ni el espíritu; ni la verdad, ni la unidad; no es lo que llaman deidad; no es sabiduría ni entendimiento; no es amor ni voluntad, ni bondad; no es una cosa ni su contrario; no es esencia ni sensibilidad; es lo que ni tú ni yo ni criatura alguna ha sabido jamás antes de haberse convertido en lo que él es». Juan de la Cruz emplea antítesis para referirse a sus experiencias místicas: Dios es una «llaga» que hiere tiernamente, «cautiverio suave», «música callada», «soledad sonora». Se llega a Él mediante el silencio, el retiro, la oración, la humildad, la oscuridad, la confianza total.
Los fenómenos extraordinarios de la vida mística, como, por ejemplo, la levitación, los estigmas o el ayuno místico nos producen perplejidad. Conviene subrayar que la mística no es magia, sino ontología y postula que lo real no se agota con lo que llamamos «naturaleza». «Hay cosas fuera de ella —escribe C. S. Lewis en Los milagros—; no sabemos aún si pueden penetrarla. Las puertas pueden estar cerradas a cal y canto o puede que no lo estén». La mística golpea esas puertas y obtiene una respuesta que puede despertar asombro, veneración o incredulidad, si bien no siempre es la misma. Algunos místicos descubren que «todo es uno y uno es todo». Esa vivencia de la totalidad es una forma de comunicación con la naturaleza. Liberada de la servidumbre del yo, el alma individual se expande y abraza el ser adquiriendo una conciencia cósmica en la que se borra la escisión entre lo exterior y lo interior. En otros casos, se produce el encuentro con el fondo último del ser, la potencia de la que todo procede y que está más allá del tiempo y el espacio, pero que en sí misma es el origen del tiempo y el espacio. En ciertas tradiciones, la unión del alma con Dios se produce mediante el amor. No es un acto de comprensión, sino un encuentro personal.
Cada tipo de experiencia alumbra una visión diferente del mundo: profana, monista o teísta. En todos los casos se experimentan sentimientos de gozo, liberación, paz e inefabilidad. Teresa de Jesús canta de felicidad tras sus encuentros con el Esposo. Cioran tiembla de ebriedad ante la posibilidad de fundirse con la Nada por medio del suicidio. Rilke se emociona escuchando a un coro de niños en una iglesia española, sintiendo que se adentra en el misterio de lo sagrado. Bataille se estremece al contemplar la fotografía de una ejecución por medio del martirio de los mil cortes o de los cien pedazos. Hay una mística atea, que identifica lo absoluto con la Nada o el Espanto. No me parece inoportuno afirmar que los últimos balbuceos de Kurtz en El corazón de las tinieblas, la famosa novela de Joseph Conrad, expresan una vivencia mística. Kurtz ha conocido el fondo último de la vida, el corazón de ese claroscuro donde transcurre nuestra existencia, y solo es capaz de balbucir: «El horror, el horror». La magdalena de Proust también es una vivencia mística. Se trata de una especie de eucaristía profana en la que el pasado vuelve a la vida. La memoria actualiza lo que fue, mostrando que nada muere, que hay una permanencia que solo se hace visible mediante el arte.
A veces el absoluto se revela a través de la música. Berlioz abrió los ojos del alma a García Morente, hasta entonces escéptico. Freud asimila la experiencia mística a un «sentimiento oceánico»; admite que nunca había experimentado algo así, pero también reconoce que carece de sensibilidad para la música. En las Upanishads, los doscientos libros sagrados del hinduismo, la experiencia mística conduce al centro de la rueda de la existencia y revela la profunda unidad de todas sus partes. El místico hindú trasciende la división sujeto-objeto y la dualidad espíritu-ser participando en la transparencia perfecta de lo absoluto. Es una ruptura, una discontinuidad, un salto en el vacío: «Hace cesar el mundo fenoménico; es tranquilo y dulce». En la mística budista se produce la liberación total; no es experiencia de Dios, sino una visión del flujo existencial, o samsara, experimentado en su verdadera realidad, con toda su carga de dolor inútil y recurrente. La liberación del samsara conduce al nirvana, que solo puede definirse con fórmulas negativas, como cesación del sufrimiento o desapego. El nirvana es «la otra ribera», un refugio en medio del caos, una isla en mitad de una inundación; es pacificación, verdad, pureza; también, lo casi innombrable e incognoscible: «Nadie puede medirlo. / Para hablar de él no hay palabras. / Lo que el espíritu podría concebir se desvanece. / Todo camino está cerrado al lenguaje».
En el taoísmo, la experiencia mística implica respeto hacia la autonomía de la realidad. Es la vía del wu wei, que expresa conformidad con el Tao, la potencia indefinida de la que procede todo, el principio eterno y trascendente que no pude ser explicado por medio de conceptos y que ni siquiera puede ser nombrado: «El que lo conoce, no habla; y el que habla, no lo conoce». El Tao no es acción, pero no cesa de producir realidad. Su poder, como señala Lao Tzu, se parece a la acción del agua, cuya suave obstinación acaba rompiendo la poderosa roca: «Lo más blando o débil del mundo / vence a lo más duro». El taoísmo no promete la inmortalidad. El sabio acepta con serenidad la muerte, pues sabe que es una ley de la naturaleza. La mística taoísta solo ofrece participar en la vida del Tao.
¿Existe una mística judía? Si por «mística» se entiende la unión directa con Dios, la respuesta es negativa, pero si —empleando palabras de Gershom Scholem— definimos esta como «una conciencia o una percepción experiencial de realidades divinas», la contestación es afirmativa. Las enseñanzas esotéricas de la Cábala deben interpretarse como ritos que nos permiten participar en el drama del mundo, ejerciendo un grado de comprensión inasequible para el no iniciado. Los encuentros de Moisés con Yahvé en el Sinaí forman parte de esa trama o vivencia, transformada en conocimiento mediante la celebración de misterios o sacramentos. El simple hecho de recitar los Salmos puede considerarse una vivencia mística, pues nos revela la proximidad de Dios y su inapreciable amor. El Antiguo Testamento está lleno de momentos místicos: el anhelo de Moisés de ver el rostro de Dios; el hallazgo de Elías, que reconoce a Dios en el susurro de la brisa; la prueba de Job, que no pierde la confianza en Dios pese a las calamidades que se abaten sobre su familia y su casa.
La mística cristiana comienza con Pablo de Tarso, que cambia de vida y de creencias tras encontrarse con Cristo mientras se dirigía a Damasco. A partir de entonces, el yo pasa a segundo término para abrirse a la trascendencia. En la Carta a los gálatas leemos: «Vivo yo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí». Es el punto de partida de las distintas alternativas que surgirán en la tradición cristiana para unirse con Dios: la vía afectiva (Bernardo de Claraval), la mística amorosa (Hildegard von Bingen, Juliana de Norwich), la mística especulativa o del ser (Maestro Eckhart, John Tauler, Henry Suso, Jan van Ruysbroek, Enrique Herp). La mística cristiana es una interiorización del misterio de un Dios personal, encarnado, que nos permite acceder al Padre y al Espíritu Santo. No constituye una forma de evasión, sino una profundización de la fe. La mística cristiana es cristología. Cristo es la cabeza del cuerpo místico, la iglesia universal que comprende a todos los vivos y los muertos. Como apunta Hans Urs von Balthasar, la mística cristiana desde san Juan de la Cruz «es directamente cristocéntrica y solo mediante Cristo es teocéntrica, pero no es una mística filosófica, sino teológica, fundada en la imitación de Jesucristo, y […] en ella todas las palabras del Antiguo Testamento se ordenan concéntricamente en torno al anonadamiento del Verbo de Dios en la Cruz». En la misma línea, Juan de la Cruz subraya que Cristo es «nuestro ejemplo y luz». La figura de Cristo permite al hombre adentrarse en el seno de la Trinidad. Su humanidad es la puerta que nos conduce al misterio de Dios. La experiencia mística no es una vivencia aislada, sino algo que permanece e impulsa en la conducta un cambio radical. Pablo de Tarso se convierte en otro tras toparse con Cristo. Es un «hombre nuevo» iluminado por la fe. La mística cristiana tiene una dimensión eclesial y una dimensión ética: la dimensión eclesial incorpora al creyente al cuerpo místico de la iglesia; la dimensión ética comporta un dinamismo evangelizador y una vocación misionera.
Al igual que en el caso del judaísmo, se ha afirmado que no existe una mística musulmana. El Dios del Corán es absolutamente trascendente. Nos revela su palabra y unas leyes, pero se mantiene celosamente oculto. Único, creador, juez justo, entre los noventa y nueve nombres que le atribuye el islam no hay ninguna referencia al amor. Cuando Mahoma es elevado hasta el trono de Dios, su ascenso se interrumpe en el umbral del misterio de su esencia. Sin embargo, los primeros ascetas de Iraq, Siria y Egipto practican la oración nocturna —no prescrita, pero sí recomendada en el Corán—, pues, en esas horas, el diálogo con Dios está teñido por el amor. Dios ya no es el Señor, sino el Amado. La noche es el momento del día más propicio para establecer una conversación amorosa con su misericordia. La espiritualidad del sufismo recomienda limpiar cuidadosamente el alma para que Dios pueda reflejarse en ella. El místico es un espejo donde se transparenta lo divino. Para conseguirlo hay que aniquilar el yo hasta borrar todos sus anhelos, salvo el de fundirse con Dios. Hussein Ben Mansour, conocido como Al-Hallaj, escribe: «Me he hecho aquel que yo amo, / y aquel que yo amo se ha hecho yo». En otro lugar añade: «Yo he visto a mi Señor por el ojo del Corazón. / Yo dije: “¿Quién eres Tú?” / Él me respondió: “Tú”». Estos versos y otros similares le costaron la vida a Al-Hallaj, que fue ejecutado públicamente en Bagdad en el año 922 por hereje. La mística siempre se ha movido en los límites de la ortodoxia religiosa desafiando las interpretaciones más convencionales y menos imaginativas de Dios.
El éxtasis místico es un estado de serena ebriedad, un sueño clarividente, una «herida dichosa». El espíritu humano participa en el conocimiento y el amor con que Dios se conoce y se ama a sí mismo. El éxtasis no puede provocarse; sobreviene. Como apunta santa Teresa de Jesús, «cuán seguro camino es para los contemplativos no levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no lo levanta» (Vida, 22). Para la carmelita descalza, el éxtasis puede describirse como unión, vuelo o arrebatamiento. El amor sobrenatural de Dios infunde fuerza y ligereza en la voluntad y el entendimiento, liberando una energía que brota de los estratos más hondos del alma. Para entrar en contacto con la trascendencia, el hombre debe dejarse aprehender por el Misterio y entregarse a él sin ofrecer resistencia. Esto solo es posible invirtiendo nuestra intencionalidad habitual, que apunta hacia el mundo exterior, ignorando o soslayando nuestro dinamismo interior. Pero la experiencia mística no es únicamente un fenómeno interno y dinámico; es una tensión interminable, un movimiento sin fin, un progreso que nunca acaba, pues su objeto es Dios, cuya naturaleza es infinita.
La perspectiva mística no aísla del mundo. Por el contrario, muestra su verdadera dimensión. San Francisco de Asís no habla de elementos, sino de la «hermana agua» o el «hermano fuego». Todo está vivo, pero no porque el cosmos sea un «gran animal», sino porque la raíz última de todo lo que existe se halla en Dios. Dios está en todo y todo está en Dios. De ahí que san Juan de la Cruz proclame que «el centro del alma es Dios». No conocemos a Dios por medio de sus criaturas. Es Dios quien nos hace conocer las cosas. Cuando comprendamos esto, apunta el Maestro Eckhart, poseeremos a Dios en todos los lugares: en la calle, en la iglesia, en la soledad de una celda. «El hombre no debe contentarse con un Dios en quien piense —escribe Eckhart en uno de sus sermones—; porque cuando se desvanece el pensamiento, se desvanece Dios con él. Mejor es poseer a un Dios en su esencia, muy por encima de los pensamientos del hombre y de toda criatura. Tal Dios no se desvanece, a menos que el hombre le vuelva voluntariamente la espalda». Eckhart propone como ejemplo de vida mística a Marta y no a María. Marta ya no necesita llevar a cabo las acciones que de manera habitual se asocian a la búsqueda de Dios, como escuchar su Palabra o rezar. Se ha unido tan estrechamente con él que ya lo acompaña en toda su cotidianidad: en la cocina, en el establo, en el cuidado de los enfermos. Se puede decir que es contemplativa en la acción, como propone H. Suso, discípulo de Eckhart. Maimónides, el filósofo y místico judío medieval, sitúa en la cima del itinerario místico el regreso a la vida ordinaria, con sus obligaciones y rutinas biológicas: «Su mente está toda ella vuelta a Dios y, por su corazón, el hombre se encuentra permanentemente en presencia de Dios». Maimónides reserva ese grado de perfección a Moisés y a los profetas.
¿Cuál es el porvenir de la mística? Karl Rahner cree que «el hombre religioso del mañana será un “místico”, una persona que “ha experimentado” algo, o no podrá seguir siendo religiosa». Pero ¿en qué consistirá esa experiencia? No será algo inmediato y gratuito, sino el fruto de un largo camino que exigirá bajar hasta lo más profundo, imitando el peregrinaje de san Juan de la Cruz, que se sumergió en el silencio, la soledad y el despojamiento del yo. La experiencia mística no es una grata sensación de unión con lo divino, sino una aceptación incondicional de Dios, que anhela vivir en nosotros. Abandonarse no es suficiente. La experiencia mística no nos pide un quietismo estéril, sino habitar la realidad de otra manera. La historia de Marta y de María no exalta la contemplación en detrimento de la acción. Por el contrario, nos invita a congraciar la praxis y la contemplación. O, dicho de otro modo, nos pide que adoptemos un estilo contemplativo de vida. Es lo que san Ignacio de Loyola llama «contemplativos en la acción». Santa Teresa de Jesús aleccionaba a sus hermanas para que fueran a un mismo tiempo Marta y María. Dado que Dios se halla en el más profundo centro del alma, «el encuentro con Dios puede producirse en todas las circunstancias —escribe Juan Martín Velasco en El fenómeno místico—. […] Todo el hombre es ser teándrico; la Presencia que lo origina y lo atrae es permanente. No depende del lugar en el que estamos; del momento del día que vivimos; de los pensamientos que tenemos; de las actividades que hacemos». Dios interviene en todos los aspectos de nuestra existencia, siempre y cuando vivamos con hondura, sencillez, humildad y confianza. Como afirma san Ignacio de Loyola, la clave de la vida mística reside en «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas». No es un empeño irracional, sino otra forma de vivir la razón. El místico aprehende el logos que se halla en el origen del ser. Ese logos no es un principio abstracto, sino el Bien que se transparenta en la belleza del mundo y en ciertas obras humanas, como dar de comer y beber al afligido y al necesitado.
En el siglo XXI, el místico da testimonio de la nostalgia infinita del hombre, abrasado por la sed del absoluto. El místico no es un conquistador, sino un siervo de la noche, como advirtió Teresa de Lisieux. Su visión de Dios nunca es clara y distinta. En la hora de su muerte, Cristo grita revelando su desamparo. Se siente abandonado, pero no niega al Padre. A pesar del dolor y el desaliento, espera. No cree que la muerte sea la última palabra. Dios está escondido, pero nos envía signos que mantienen viva la llama mística de la esperanza. La muerte representa el acontecimiento que cierra el horizonte, un límite en apariencia insuperable. El místico se enfrenta a ese límite y proclama el triunfo de la vida, de lo abierto, de lo que permanece alerta, expresando que la nada no es el fin de la aventura humana. El atisbo de lo sobrenatural nos pone en relación con una lógica de sentido distinta de la de la razón. La mística trasciende lo expresable y lo analizable. Es el umbral de algo que no puede reducirse a evidencias contrastables, pero no se trata de simple sugestión, sino de luminosa teofanía. Si algún día desaparece la pregunta sobre Dios, si realmente deja de tener sentido para las futuras generaciones, la angustia de Antoine Roquentin devorará poco a poco todas las conciencias, abocando al ser humano a elegir entre la náusea y la mueca trivial del libertino.
Todos recordamos el Viernes Santo como ejemplo de injusticia y sufrimiento. La Cruz simboliza el dolor inocente, el fracaso de la humanidad, el triunfo del verdugo sobre sus víctimas. La ignominia del Viernes Santo es transfigurada por el Domingo de Resurrección, el día de la esperanza y de la liberación de todas las servidumbres. El hombre vive entre medias, en la espera del Sábado Santo, en una inacabable vigilia pascual. No pidamos certezas ni evidencias. La fe no se arrodilla ante el altar de la razón; camina por la noche oscura, sin otra lumbre que un amor ciego y una sed inextinguible. La llama mística es ceniza helada; se alimenta del frío y la incertidumbre, pero anuncia una aurora de pájaros cantores y viñas en flor.
Teresa de Jesús. Mística de la felicidad
Edith Stein escribió: «Quien busca la verdad, sea o no consciente de ello, busca a Dios». Nacida en el seno de una familia judía, Stein perdió la fe durante la adolescencia. Feminista comprometida, pacifista nada ingenua, brillante discípula de Edmund Husserl y Max Scheler, y autora de una obra de gran densidad filosófica y teológica, la lectura de san Agustín, Søren Kierkegaard e Ignacio de Loyola la acercó al catolicismo. La fe sencilla de una mujer que entró en la catedral de Fráncfort para un breve encuentro con Dios y la entereza de su amiga Pauline Reinach —católica y, más tarde, benedictina— ante la muerte de su marido en el frente la animaron a seguir aproximándose a Cristo, aunque la experiencia decisiva que determinó su conversión fue la lectura del Libro de la vida de Teresa de Jesús: «Cuando cerré el libro, me dije: “Esta es la verdad”». No se trató de una lectura filosófica y meditada, sino sapiencial, es decir, de persona a persona. Dios siempre aparece en el horizonte de lo humano, no en frías abstracciones. Edith Stein se ordenó carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, lo cual no impidió que muriera con su hermana Rosa en una de las cámaras de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942. Pudo huir, pero prefirió solidarizarse con su pueblo y dar testimonio de su fe.
¿Qué hay en las páginas del Libro de la vida? ¿Dónde reside su fuerza, su capacidad de inspirar actos excepcionales? Con una rigurosa formación filosófica, científica y literaria, Stein buscó de manera incansable la verdad, pero no experimentó la convicción de haberla hallado hasta que el Libro de la vida le enseñó que Dios no se revela a la razón, sino al corazón, lo cual hace mediante la Cruz. La mística teresiana que inspiró a Edith Stein, canonizada por Juan Pablo II y nombrada copatrona de Europa, no es un canto al sufrimiento y a la renuncia, sino un camino hacia la dicha y la plenitud. Teresa de Jesús excusó su febril actividad con una confesión que esclarece de manera inequívoca su motivación más profunda: «He cometido el peor de los pecados: quise ser feliz».
Algunos consideran que la reformadora del Carmelo es uno de los símbolos más emblemáticos del franquismo, pero Joseph Pérez ha recordado que la izquierda republicana admiraba a Teresa de Jesús por su espiritualidad sincera, su valerosa iniciativa en una época de estricta hegemonía masculina y su calidad como escritora; un juicio que comparte Rosa Rossi, quien atribuye mucha importancia a su condición de nieta de un judío converso, Juan Sánchez, condenado por la Inquisición de Toledo a llevar durante siete viernes el famoso sambenito de capuz amarillo por «muchos y graves crímenes y delitos de herejía y apostasía». Tras cumplir la pena, Juan Sánchez se mudó a Ávila para iniciar una nueva vida, ocultando su pasado. Su talento para los negocios le permitió trabajar en la recaudación de alcabalas. Gracias al patrimonio acumulado, pudo comprar certificados de hidalguía para sus hijos. Alonso Sánchez de Cepeda, padre de Teresa, continuó con las alcabalas, disfrutando de una vida cómoda y holgada. Era muy piadoso y no poseía esclavos moriscos, pues le apenaba privar de libertad a un ser humano, prefiriendo confiar el cuidado de sus hijos a nodrizas y criados. Es poco probable que Teresa y el resto de sus hermanos conocieran la historia de su abuelo, ya que la prudencia aconsejaba no hablar de estas cuestiones, ni siquiera en familia. Quizás el temperamento de su padre influyó en que Teresa de Ahumada no aceptara el tratamiento de doña y estableciera la igualdad entre todas las carmelitas descalzas, menospreciando la honra y la hidalguía como criterios de excelencia. En ese sentido, apunta Rossi, seguía las enseñanzas de Juan de Ávila, según el cual la limpieza de sangre no era una concepción cristiana. Otros historiadores (Teófanes Egido y el mismo Joseph Pérez) consideran que se ha exagerado el peso de la herencia judeoconversa, tal vez por influencia de Américo Castro, que explica la identidad de la nación española como una síntesis de tres culturas.
La experiencia mística de santa Teresa de Jesús debe entenderse como un encuentro con Dios basado en la amistad, el diálogo, la palabra y la contemplación. La mística teresiana se expresa en el Libro de la vida con la metáfora del hortelano que riega un huerto. Puede hacerlo sacando agua de un pozo con un cubo, empleando una noria, cavando surcos o esperando la lluvia del cielo. El último método equivale al encuentro con Dios, en el que la unión se consuma como ebriedad y ensoñación, frenesí y ensimismamiento, canto y silencio. El místico trasciende su yo para participar en el amor y en el conocimiento con el que Dios se ama y se conoce a sí mismo. La experiencia mística es goce y sufrimiento, una «herida dichosa», un salir de sí mismo que conduce a lo más profundo de la conciencia, a esa «noche sosegada» donde el alma se desposa con Dios. En Las moradas o El castillo interior se describe un simbólico itinerario por siete estancias. En la última, «queda el alma —digo el espíritu de esta alma— hecho una cosa con Dios». Si bien el Santo Oficio estudió y retuvo el manuscrito del Libro de la vida, no halló nada herético y consintió su publicación en 1588. Fray Luis de León se encargó de la edición, escogiendo como título Los libros de la madre Teresa, pues la obra también incluía Las moradas y Camino de perfección.
Teresa de Jesús fue interrogada por la Inquisición, pero no procesada. Su praxis de la oración mental y la mortificación interior despertó ciertos recelos. En un tiempo de reformas y escisiones, la vigilancia de la ortodoxia se volvió más meticulosa e intransigente. A la reformadora del Carmelo, la penitencia física le parecía mucho menos importante que asfixiar el orgullo y la vanidad. La voz interior que guía su ascesis espiritual se parece al daimon socrático y no a un hipotético cuadro de histeria. Santa Teresa habla con Dios y percibe su presencia como algo vivo e intensamente real. No recurre a la tradición ni a los grandes maestros de su tiempo para explicar su vivencia. Lucha en solitario contra las palabras para narrar y clarificar su encuentro con Dios, asumiendo que tal vez solo logre plasmar de forma imperfecta e insuficiente lo que le ha sucedido. Se ha dicho que el famoso episodio de la transverberación recreado en el Libro de la vida pudo ser un simple infarto de miocardio, pero en un infarto el dolor es un agudo síntoma de malestar, no algo capaz de inspirar la famosa frase de la santa y doctora de la Iglesia: «Me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios».
Teresa de Jesús no cree que exista un método para propiciar el éxtasis espiritual y rechaza las objeciones contra las imágenes que invitan a una fe abstracta y desencarnada. Piensa que «la humanidad de Cristo ha de ser el medio para la más alta contemplación» y entiende que nadie debe «levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no lo levanta». El éxtasis místico solo brota cuando el amor sobrenatural de Dios infunde su luz en el entendimiento y la voluntad. En el éxtasis hay una dimensión positiva: goce, felicidad, liberación, elevación —o vuelo— de las propias facultades, y otra negativa: «todo su entendimiento se querría emplear para entender algo de lo que siente y como no llegan sus fuerzas a esto, quédase espantado, de manera que, si no se pierde del todo, no menea ni pie ni mano, como acá decimos de una persona que está tan desmayada, que nos parece está muerta». El alma queda temblando y confusa, sin entender «cómo, ni qué es lo que ama, ni qué querría». Este desconcierto está provocado simultáneamente por la angustia y la dicha. La angustia que produce el conocimiento de lo sagrado —alteridad radical— convive con la felicidad, pues el que se anonada en Dios pierde el miedo y contempla el mundo desde la perspectiva de la eternidad. Al entrar en contacto con la Trascendencia, el hombre sobrepasa su condición de criatura finita. La amistad de Dios procura alegría dignificando todo lo existente. No hay que ofrecer resistencia al Misterio; solo cabe entregarse a él. Cuando se alcanza esa disposición, se abre la puerta a la posibilidad del éxtasis místico. No obstante, esa puerta permanecerá cerrada si no se cultiva la purificación ascética. La irrupción de la Presencia en el alma exige el desprendimiento de las pasiones que nos atan al mundo y nos hacen siervos de la soberbia, la ira o la avaricia. Teresa de Jesús logró liberarse, desatarse, salir de la cárcel en la que muchos viven recluidos sin sospecharlo. Su epopeya individual representa un auténtico camino de perfección, pues conduce a la felicidad y a la alegría. Como afirmó Juan Pablo II en su homilía del 1 de noviembre de 1982, en Ávila, conmemorando el cuarto centenario de la muerte de Teresa de Jesús: «Teresa de Jesús es arroyo que lleva a la fuente, es resplandor que conduce a la luz. Y su luz es Cristo, el “Maestro de la Sabiduría”, el “Libro vivo” en que aprendió las verdades; es esa “luz del cielo”, el Espíritu de la Sabiduría, que ella invocaba para que hablase en su nombre y guiase su pluma».
Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, probablemente en Gotarrendura, a unos veinte kilómetros al norte de Ávila. En sus inicios como carmelita, su espiritualidad fue convencional, tibia y de escasa originalidad. Necesitó casi veinte años para comprender que el acercamiento a Dios exige un verdadero renacimiento interior. El encuentro con Dios no invita al aislamiento; por el contrario, exige salir al exterior, compartir la alegría del evangelio y formar parte de una comunidad. Teresa de Jesús reformó el Carmelo en una época en la que ser mujer significaba vivir bajo la rigurosa dominación masculina. Su humildad no implicaba menosprecio de sí misma ni conformidad con lo injusto o imperfecto. Sus diecisiete fundaciones reflejan la determinación de su carácter, que no vaciló ante ningún obstáculo. Denunciada al Santo Oficio por Ana de Mendoza de la Cerda, princesa de Éboli, que entregó como prueba incriminatoria una copia del manuscrito del Libro de la vida, la carmelita apeló a Felipe II para demostrar que no se desviaba de las enseñanzas canónicas. Sus enemigos sostenían que era una alumbrada y una embustera. Los alumbrados, iluministas o, simplemente, «dejados» afirmaban que habían conocido a Dios y que su conducta era el fiel reflejo de su voluntad, incluso cuando ignoraban los sacramentos o se desentendían de las obras de misericordia y caridad. Teresa de Jesús nunca siguió ese camino. Obedecer la ley de Dios no conlleva aniquilar la personalidad individual, pues solo la persona puede escoger la virtud y renunciar al mal. Destruir la personalidad es renunciar a la humanidad. Dios no pide eso. Si renunciamos a nuestra condición de personas, el abismo entre Dios y el hombre se hace insalvable.
Santa Teresa de Jesús nunca recuperó el manuscrito del Libro de la vida, secuestrado por el Santo Oficio desde 1575 hasta 1588, pero jamás fue acusada de herejía. Los inquisidores le causaron menos problemas que las carmelitas calzadas, indignadas por los cambios que significó la reforma. Teresa de Jesús no sentía especial aprecio por la penitencia física, pues entendía que la mortificación de la carne constituía muchas veces un exceso. En cambio, se mostraba partidaria de un firme rigor en la mortificación interior, ya que lo verdaderamente cristiano era combatir el orgullo y la vanidad. Las fundaciones de Teresa de Jesús son admirables, pero el reto mayor al que se enfrentó fue trasladar al lenguaje la vivencia de lo sobrenatural. Lo «inefable» no es un concepto inventado para justificar lo inverosímil, sino un límite inherente al conocimiento humano. Desde la Ilustración consideramos que el criterio de verdad es un privilegio de las ciencias naturales, pero Hans-Georg Gadamer ya advirtió que «las preguntas que ocupan desde siempre el querer saber humano van mucho más allá de lo que es lícito conocer o siquiera plantear desde la perspectiva de las ciencias naturales» («Historia del universo e historicidad del ser humano», 1988). Lo inefable no es el nombre de lo meramente especulativo, aunque altamente improbable; lo inefable es el punto en el que se hace necesario buscar un camino alternativo. El lenguaje puede esbozar ese itinerario, pero de forma insuficiente. En Las moradas, Teresa de Jesús expresa ese conflicto, con su espontaneidad habitual: «Siempre en cosas dificultosas, aunque me parece que lo entiendo y que digo verdad, voy con este lenguaje de que “me parece”, porque si me engañare, estoy muy aparejada a creer lo que dijeren los que tienen letras muchas» (I, 8).
Cada uno debe hacer su camino, pero si aparta a Dios desde el punto de partida solo hallará lo que presupone dogmáticamente. Pensar no es eso. Pensar es arriesgarse y abrirse a lo inesperado. «Un mundo iluminado por la fe es más inteligible que un mundo sin fe», escribe el filósofo polaco Leszek Kołakowski en Si Dios no existe… En una ocasión le preguntaron a la carmelita descalza: «Madre, me han dicho que vos sois hermosa, discreta y santa. ¿Qué decís a eso?». Teresa contestó: «En cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba; en cuanto a santa, solo Dios lo sabe».
Teresa de Jesús escribía deprisa. Jerónimo Gracián, carmelita descalzo y su director espiritual, dijo que no corregía sus textos, pero ahora sabemos que sí los repasaba añadiendo y restando frases. Su ritmo vertiginoso en la composición no era un impulso irrefrenable o un automatismo interiorizado por la necesidad de expresarse, sino la forma de objetivar un itinerario espiritual que ya había acontecido y que solo podía hacerse inteligible y transmisible mediante la palabra. Una autobiografía no es un acta notarial, sino una reelaboración de la experiencia que utiliza recursos formales para incrementar su credibilidad. Lo esencial es algo íntimo y recóndito que raramente comparece como evidencia. El problema adquiere su máxima tensión dramática cuando surge la necesidad de recrear la experiencia mística. La unión con Dios incluye asimilar por unos instantes su visión del mundo: «Estando una vez en oración, se me representó muy en breve (sin ver cosa formada, mas fue una representación con toda claridad) cómo se ven en Dios todas las cosas, y cómo las tiene todas en sí. Saber escribir esto, yo no lo sé» (Vida, XL, 9). La unión con Dios invita al recogimiento, pero ese retiro no es un adiós a la vida, sino el inicio de una existencia más auténtica e intensa donde el miedo al vacío se desvanece y la angustia se aquieta: «Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía sino que peleaba con una sombra de muerte y no había quién me diese vida» (Vida, III, 13).
En un tiempo que solo reconoce el criterio de verdad de las ciencias naturales, las experiencias místicas de Teresa de Jesús son despachadas como manifestaciones de una imprecisa patología mental. Esa tesis se apoya en los tres años de enfermedad y postración que sufrió al poco de ingresar en el convento de la Encarnación. Se ha hablado de epilepsia, pero sus síntomas («cuatro días de paroxismo, […] la lengua hecha pedazos de mordida […]. Toda me parecía estaba descoyuntada. Con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo», Vida) apuntan hacia una meningoencefalitis. Sin embargo, no se menciona con el suficiente énfasis que el resto de su existencia se caracterizó por una vigorosa lucidez, sin la cual no podría haber reformado el Carmelo. Las alucinaciones resultan incompatibles con una actividad semejante. La hipótesis de la enfermedad es endeble y escasamente convincente. Los estados místicos no son cuadros de histeria ni enajenaciones temporales. No solo es necesaria la fe, sino también la inteligencia: «De devociones a bobas nos libre Dios», escribe en la Vida (XIII).
El conocimiento de Dios es imposible sin el conocimiento de uno mismo. Teresa de Jesús constituye un ejemplo de socratismo cristiano. Las visiones no son alucinaciones visuales, sino estados de clarividencia. De ahí que Teresa de Jesús recurra a la luz como metáfora de sus experiencias místicas: «No digo que se ve sol ni claridad, sino una luz que, sin ver luz, alumbra el entendimiento» (Vida, XXVII). La famosa transverberación de santa Teresa no es una metáfora sexual (Américo Castro pide sensatez: «La Santa pensaba en un dardo o en una flecha. […] No saquemos las cosas de tino»), sino un lugar común de la literatura del siglo XVI, que explota en diferentes géneros (comedia, picaresca, novela de caballería o pastoril) la imagen del corazón traspasado por dardos o flechas. La flecha era un arma muy común. Es un disparate atribuirle un simbolismo sexual de corte freudiano. Quizá la carmelita descalza se inspirase en uno de sus libros predilectos, el Tercer abecedario espiritual del sacerdote franciscano Francisco de Osuna, en el cual ya aparecen el querubín, el dardo y el fuego como elementos de la visión mística. Una vez más, Teresa de Jesús actúa como una escritora que combina lo vivido y lo leído para transmitir su experiencia interior. ¿Por qué subraya con tanto énfasis la dimensión física de la vivencia mística? En La piedra y el centro José Ángel Valente responde así a esta pregunta: «El místico tiene una muy definida relación con el cuerpo. No hay experiencia espiritual sin la complicidad de lo corpóreo. En la plenitud del estado unitivo, cuerpo y espíritu han abolido toda relación dual para sumirse en la unidad simple». Valente añade: «La noticia del evangelio es una noticia carnal. Su sustancia extrema sería esta: el Verbo se hizo carne». Teresa de Jesús comprendió perfectamente ese acontecimiento y por eso destacó la participación del cuerpo en la experiencia mística. El escándalo de la fe cristiana consiste en que convierte el cuerpo en el templo donde se manifiesta lo divino. La carne no es despreciable, como creía la tradición que parte del orfismo y desemboca en el gnosticismo, tras pasar por la escuela pitagórica y la Academia platónica. «Nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo», advierte Teresa de Jesús (Vida, XXII, 10). Francisco de Osuna ya había señalado que: «Doquiera que vayas lleves tu entendimiento contigo y no ande por su parte dividido, así que el cuerpo ande por una parte, y el corazón por otra».
Rosa Rossi aprecia en la experiencia mística «una gran semejanza con las formas de libre aparición de imágenes que acompañan toda experiencia creativa». La experiencia mística es creatividad, pero no invención. «La experiencia del místico —escribe José Ángel Valente— es una experiencia de confines, de puntos de horizonte donde todo converge». El místico puede ser un gran escritor, como Teresa de Jesús, pero no un simple soñador. Es un testigo de la verdad, no un fabulador. En lo más íntimo de su ser, Dios se hace Presencia. Teresa de Jesús habría suscrito la frase de John Henry Newman: «¿Qué es el cielo si Tú no estás allí? Una pesada carga».
Teresa de Jesús no se caracterizó por su mansedumbre, sino por su rebeldía. El nuncio Sega no ocultó el disgusto que le producían sus iniciativas, describiéndola como «fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz». Teresa de Jesús se disculpó alegando: «En este tiempo son menester amigos fuertes de Dios». Conviene aclarar sus palabras: no se atribuye fortaleza, sino una gran determinación de amar. La vida cristiana no se basa «en pensar mucho, sino en amar mucho» y «todos son hábiles de su natural para amar». La tenacidad de la reformadora se encuadra en esa lucha por la libertad que define lo mejor del ser humano. No se dejó intimidar por los sectores de la aristocracia y el clero que intentaron boicotear la reforma. Nunca se menospreció, si bien admitió sus errores y jamás se desvió de su propósito esencial: «Bien veo […] que estoy hecha una imperfección, si no es en los deseos y en amar» (Vida, XXX, 17).
A pesar de su aprecio por la vida ermitaña, Teresa de Jesús rehuyó el campo y buscó la proximidad de las ciudades más prósperas y dinámicas. Los conventos de las carmelitas descalzas se alzaron en una franja de doscientos kilómetros de ancho, donde se concentraban las universidades más prestigiosas de la época. En esa zona, que recorre España de norte a sur, desde Bilbao a Sevilla pasando por Burgos, Medina del Campo y Toledo, florecieron el humanismo, el erasmismo, el iluminismo y el luteranismo, ferozmente reprimido. Teresa de Jesús no quiso permanecer al margen de los acontecimientos, sino participar en la renovación espiritual de su tiempo. Sería una insensatez atribuirle un precoz feminismo, pero sabemos que la idea del matrimonio no le agradaba. No quería someterse a un hombre e identificaba la vida conventual con un espacio de libertad. En el Libro de las fundaciones no oculta la felicidad que le produce «este gran consuelo de vernos a solas» y comenta desinhibida: «Mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas». Piensa que las mujeres poseen más cualidades para transitar por la vía contemplativa. No en vano, Cristo buscó su compañía y les otorgó su confianza: «Señor de mi alma, cuando andábades por el mundo, las mujeres, antes las favorecistes siempre con mucha piedad y hallastes en ella tanto amor» (Camino de perfección). El camino hacia Dios no es una progresión lineal, sino de un viaje por las estancias del alma. La metáfora del castillo interior refleja ese sentido ascendente que impregna la humildad teresiana: conocerse a uno mismo no implica renunciar a los «altos pensamientos», sino rebelarse contra la mediocridad. La humildad es virtud y la virtud es excelencia, ambición, santidad: «Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéramos no perfecto decir: “no somos ángeles”, “no somos santas”. Mirad que, aunque no lo somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano» (Camino de perfección).
La experiencia mística de Teresa de Jesús es una tensión inacabable, un movimiento que nunca se interrumpe, un viaje interminable, pues su destino último es Dios, una realidad infinita. Juan Martín Velasco explica ese progreso sin fin con el término epéxtasis, utilizado por Gregorio de Nisa para describir las experiencias místicas de san Pablo, que confiesa haber olvidado lo que dejó atrás, «lanzándome (epecteinomenos) a lo que queda por delante». Las reliquias de la reformadora del Carmelo soportaron las mismas extravagancias que las de Voltaire. Después de la autopsia, uno se queda con el cerebro del filósofo; otro, con el corazón. El París de 1791 reclama un brazo. De un modo similar, los restos de Teresa de Jesús se repartieron entre Alba de Tormes, Ávila, Ronda, Roma, Santiago de Compostela, Sevilla, Toledo, Cádiz, Puebla de Zaragoza (México) o París, no sin sufrir toda clase de peripecias. La mística teresiana nos dejó reliquias, pero, sobre todo, nos legó una invitación a la felicidad. La sed de Dios nunca se calma cuando se ha comprendido que el alma, infinita en su devenir, solo se contenta con la perspectiva del encuentro real con Dios, infinito en acto. La mística teresiana constituye el umbral de una vida nueva. Se discute sobre la naturaleza de las visiones, sin mencionar que el contacto con lo sobrenatural diviniza al ser humano salvándolo de la angustia y la soledad. Como apunta Pablo de Tarso en la Carta a los gálatas: «Vivo yo; mas no yo, es Cristo quien vive en mí». La unión perpetua con Dios en la alegría no es una sucesión de iluminaciones discontinuas, sino una continuidad que impregna toda la existencia, incluso en sus aspectos más insignificantes. La unión con Dios no separa del mundo; por el contrario, permite comprender toda su belleza y apreciar la importancia de cada forma individual. La resurrección de la carne no es una extravagancia, sino el reconocimiento de la trascendencia de todo lo que irrumpe en la existencia. La mirada de Dios no es el panóptico de Jeremy Bentham, sino una expresión de amor comprometida con la preservación de todo lo que vive. El místico descubre este hecho, auténticamente milagroso, y por eso rebosa gozo y alegría. La biología no es una objeción contra Dios, sino la evidencia de su poder creador, como advirtió fray Luis de Granada.
Teresa de Jesús escribía de rodillas en su celda, un espacio parco, frugal, con un pequeño reclinatorio. Su mano corría a una velocidad vertiginosa. Se ha hablado de sencillez, pureza, espontaneidad y elegancia, pero también de rudeza, casticismo y «estilo ermitaño» (Menéndez Pidal), humilde y deliberadamente descuidado. Se ha dicho que su prosa refleja el lenguaje familiar de la Castilla de la segunda mitad del siglo XVI. Azorín aborda su estilo desde una perspectiva noventayochista: «todo en esas páginas, sin formas del mundo exterior, sin color, sin exterioridades, todo puro, denso, escueto, es de un dramatismo, de un interés, de una ansiedad trágicos». Eugenio d’Ors añade un matiz importante: «Como Quevedo, como Fernando de Rojas, como Góngora, da la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresa». Esa fecunda dimensión creadora es un aspecto inherente a la experiencia mística, pues se empuja el idioma hasta sus límites para reflejar la misteriosa vivencia de lo infinito, de lo que solo es accesible a «los ojos del alma».
Teresa de Jesús habla de tres estados místicos. El primero es la oración mental, también llamada «de quietud o recogimiento»: «Llámase recogimiento porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios». La oración mental conlleva rezar con el entendimiento. Teresa de Jesús repite en muchas ocasiones que su entendimiento es pobre y que por eso recurre a los libros o reflexiona sobre los pasos de la vida de Jesús. El segundo grado de la oración o mística —la oración siempre es mística, pues se dirige a lo que excede lo manifiesto y patente— es la contemplación intuitiva, en la que el alma experimenta el encuentro con Dios sin haber hecho nada que explique o justifique ese don. Teresa de Jesús describe su primer éxtasis, acaecido en 1558, cuando tenía cuarenta y tres años, como «un ímpetu tan acelerado y fuerte, [como cuando] veis y sentís levantarse esta nube o esta águila caudalosa y cogeros con sus alas» (Vida, XX, 3). El tercer y último estado es el matrimonio espiritual. Teresa de Jesús no lo menciona en el Libro de la vida, pues solo lo conocerá años más tarde, en concreto en 1572, cuando Juan de la Cruz le dio la comunión partiendo en dos la hostia, a pesar de que conocía su aprecio por las formas grandes: «Díjome Su Majestad: “No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de mí”, dándome a entender que no importaba. Entonces, representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y diome su mano derecha, y díjome: “Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy; hasta ahora no lo había merecido; de aquí adelante, no solo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra; sino, como verdadera esposa mía, mi honra es tuya, y la tuya mía» (Cuentas de conciencia, 25). Para los grandes místicos españoles, las visiones, levitaciones, vuelos o arrobamientos son fenómenos secundarios, accidentales. Desconfían de ellos como desconfían de la mortificación física. La esencia de la mística es la unión con Dios mediante la oración.
El matrimonio espiritual representa la unión permanente del alma con la Trinidad, que acontece «en lo muy interior del alma». Teresa de Jesús se debate con las palabras para hallar una imagen adecuada a ese estado y solo encuentra un símil: la llama de dos velas —el alma y Dios— fundidas: «el pábilo y la luz y la cera es todo uno» (Moradas, VII, 2). Se trata de una unión asimétrica entre algo humilde —el alma— y la perfección de Dios, Creador del Universo y Señor del Tiempo y de la Historia. En esa unión desigual la vida activa y la vida contemplativa se hallan perfectamente concertadas, como dos alas que se impulsan al unísono: «Marta [la vida activa] y María [la vida contemplativa] han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerlo siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje, no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a los pies, si su hermana no lo ayudara?» (Moradas, VII, 4). En su Historia de la literatura española, Gerald Brenan apunta con un símil afortunado que los libros de Teresa de Jesús «causan una impresión de gran blancura, la blancura de las paredes encaladas de las mesas encaladas y de las mesas fregoteadas, la blancura del polvo, la blancura de los cantos granito de los montes abulenses, la cegadora blancura del sol español».
Blanca de los Ríos considera que Teresa de Jesús, lejos de limitarse a reproducir el lenguaje coloquial de las personas instruidas de ciudades como Segovia, Ávila, Córdoba o Salamanca, aportó al castellano la forma y el genio de una verdadera literatura nacional: «Su decir está pegado a las entrañas étnicas, al concepto de nuestra nacionalidad; su fusión de misticismo y realismo fue la causa eficiente de nuestro gran arte nacional (el de Cervantes y el de Tirso de Molina); ella inspiró a los que lo crearon y sigue inspirando a los que lo resucitan; ella es para nosotros devoción y bandera». Pocas veces ha llegado tan lejos el lenguaje místico. El místico no escribe teología; habla de su encuentro con Dios. No evoca algo abstracto; relata una vivencia. Teresa de Jesús demanda «nuevas palabras» para explicar sus éxtasis. Es cierto que no inventa vocablos, pero transforma los existentes en palabra ardiente, sincera e incisiva, con el pálpito de lo sobrenatural. Quizá por eso escribió Miguel de Unamuno: «Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura».
Juan de la Cruz. Mística del desamparo
Una monja del convento de la Encarnación guardó un dibujo de Jesús crucificado realizado por Juan de la Cruz. El azar quiso que llegara hasta nosotros. No es algo baladí, pues muchas de las cartas y apuntes del carmelita descalzo se perdieron sin remedio oscureciendo —o borrando— aspectos esenciales de su trayectoria biográfica y de su vida espiritual. Se trata de una imagen de una enorme fuerza dramática que a veces se ha malinterpretado como la expresión de una fe lastrada por el culto a la nada y al no saber. Juan de la Cruz representa a Cristo desde arriba, con una perspectiva lateral que acentúa su sufrimiento y su fragilidad. No es la imagen de un Cristo resplandeciente y glorificado, sino de un Dios humillado y, en apariencia, vencido; un Dios que se hace carne y soporta una forma de ejecución particularmente cruenta. Juan de la Cruz recorta la figura con un violento escorzo que refleja las contorsiones de un cuerpo clavado en un madero. No vemos el rostro de Jesús. Caído hacia delante, con las rodillas trágicamente dobladas y los brazos estirados para sostener un torso en cuyo interior se intuye la agonía de la asfixia, el dibujo transmite una angustia insuperable: parece un reo a punto de expirar, con el cuerpo roto y descoyuntado. Rosa Rossi señala que la versión que hizo Salvador Dalí en 1951 no puede estar más alejada del original: la perspectiva lateral desaparece, desplazada por un punto de vista frontal; el cuerpo deshidratado y ennegrecido se transforma en una figura atlética y luminosa que compone un triángulo con un inequívoco simbolismo trinitario; inscrita en un círculo, la cabeza de Cristo aparece sin corona de espinas. Dalí deshumaniza a Jesús para destacar su promesa de eternidad, pero solo consigue crear una estampa adecuada para ser expuesta en un escaparate de bagatelas o en una alcoba burguesa.
Rosa Rossi compara el Cristo de Juan de la Cruz con el de Matthias Grünewald, pero afirma que no alberga el mismo mensaje. Grünewald invita a la penitencia y al ascetismo; el carmelita descalzo apela a la experiencia de la noche, de la «soledad absoluta»; la «soledad absoluta» del ateísmo y la incredulidad. La mística de Juan de la Cruz conduce a una imagen de Dios que se confunde con la Nada. Dios no es Padre, sino ausencia total, un vacío perfecto, algo de lo que no se puede decir nada. Rossi apunta que el dibujo de Juan de la Cruz bebe de la teología negativa de Dionisio Areopagita, según la cual el conocimiento de lo sagrado solo puede inspirar un «silencio místico», y lo compara con Franz Kafka, pues ambos coligen que «no se puede decir nada de Dios, ni siquiera que existe». Juan de la Cruz es un visionario, pero lo que nos muestra es inquietante. Su dibujo de Cristo suscita la misma reacción que experimentó Fiódor Dostoyevski cuando contempló el Cristo muerto de Hans Holbein: «Con este cuadro se puede perder la fe». Verdaderamente, el Cristo del maestro augsburgués representa una imagen perturbadora: tendido sobre una sábana y con la boca abierta, anticipa el horror de Auschwitz, esa muerte impersonal que tanto horrorizaba a Rilke, en la que el individuo ya solo es materia desechable, pura biología abocada a un imparable proceso de descomposición. Se ha dicho que si Juan de la Cruz hubiera vivido un poco más, no sería un santo de la Iglesia católica, sino un hereje. ¿Es correcta esta interpretación? Pienso que no.
Kafka solo mencionó la esperanza para afirmar que el hombre no debía albergar ninguna ilusión de felicidad, sentido o plenitud. «Hay esperanza, pero no para nosotros», le comentó a su amigo Max Brod. El Edén aún existe, aunque hace tiempo que no acoge nuestra presencia. Una culpa indefinida nos arrojó al exilio y todos nuestros intentos de regresar al hogar perdido han fracasado. Nuestro destino consiste en vagar por la periferia de la vida, excluidos de cualquier posibilidad de dicha, como un moderno Odiseo que navega a ciegas por mares oscuros. La literatura de Kafka puede explicarse como un arte de la fuga. Su objetivo último no es la gloria, sino un espacio creado para la salvación y la curación, pero —según Marthe Robert— solo cosecha «una inmortalidad sin esperanza, vacía y sombría». Es la recompensa irrisoria que lo aguarda por apartarse de sus semejantes para escribir su obra. No es un apóstol del nihilismo, como Nietzsche, sino una conciencia desdichada que ha naufragado en las aguas turbulentas de la neurosis. Juan de la Cruz no es un hombre desesperanzado: su humildad no es un signo de nihilismo; su desnudez existencial no es un tributo a la desolación vital. No quiere poseer nada ni tener gusto en nada para «serlo todo». Ese «todo» no es algo abstracto e impreciso, sino la plenitud que se desprende de fundirse con Dios. Dios no es «el principio cósmico o vital» del taoísmo, sino una Persona que ama. El alma que «anda en amor, ni cansa ni se cansa». Juan de la Cruz habla de morir en todo lo finito, aunque con la idea de acceder a la vida infinita de Dios. No hay melancolía ni tibieza en su poesía, sino alegría y fraternidad. El que no ama está muerto. Quien no ama a su prójimo aborrece a Dios. Seremos juzgados por el amor.
Todos los testimonios que se conservan acreditan el carácter dulce y apacible de Juan de la Cruz. Al igual que Teresa de Jesús, siempre fue el primero en cumplir con las tareas más ingratas, como barrer o cocinar. Cuando no tenía nada que hacer, arrancaba con paciencia las malas hierbas del huerto. Mientras trabajó de enfermero en el hospital de la Concepción de Medina, hacía la cama de los enfermos más ancianos y les preparaba la comida, aliviando sus penurias con cuentos y chascarrillos. Siempre mantuvo esa actitud de afecto y condescendencia. Como prior en Granada y en Segovia, anunciaba su presencia con una tos fingida para evitar regañar a sus hermanos por si los sorprendía en alguna falta.
Siempre entendió que la actitud hacia el otro debía basarse en una disposición de acogida y fraternidad. En una carta enviada a María de la Encarnación, sostiene que «adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor». Juan de la Cruz aconseja afrontar la adversidad con alegría, sin caer en el desánimo. En Subida al monte Carmelo (III, 6, 3), escribe: «aunque todo se acabe y se hunda y todas las cosas sucedan al revés y adversas, vano es el turbarse, pues, por eso, antes más se dañan que se remedian». Desprendido y tolerante, pacífico y tranquilo, Juan de la Cruz no era un intelectual celoso de su tiempo e incapaz de interesarse por los demás. En sus actos siempre hubo amor e indulgencia: «Cuanto más santo es un hombre —comentaba el carmelita descalzo—, más gentil es y menos se escandaliza de las faltas de los demás, porque conoce la debilidad del hombre». En cambio, para Kafka el amor es algo lejano e inaccesible. Siempre estaremos separados del otro. El sino de la condición humana es vivir confinada en una subjetividad doliente y escindida. Kafka fantasea con desaparecer por un desagüe; Juan de la Cruz espera a Dios: «véante mis ojos, / pues eres lumbre dellos, / y solo para ti quiero tenellos».
El Cristo de Juan de la Cruz no expresa una «soledad absoluta», sino la proximidad de Dios. Un cuerpo idealizado como el del Cristo de Dalí refleja lejanía, pues la perfección anatómica solo es un arquetipo, una forma. Apenas se conservan restos de crucificados, pero los que han sido recuperados por azar (hasta ahora menos de media docena) revelan que a veces se utilizaban clavos de hierro de casi doce centímetros para atravesar los talones, forzando una posición humillante. En un tipo de ejecución reservada a esclavos, extranjeros y rebeldes, no podía haber ni un ápice de dignidad. El Cristo de Juan de la Cruz revela una comprensión intuitiva de esa muerte atroz, en la que el alma y el cuerpo convergen en un gemido de espanto. El carmelita descalzo entendió que una imagen realista y nada dulcificada de la crucifixión recreaba con fidelidad la entrega de Dios al hombre. Cristo no murió para pagar una deuda, sino por amor. Por eso, el místico solo puede ser un alma enamorada que busca de manera incansable a su Esposo: «Descubre tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia / de amor, que no se cura, / sino con la presencia y la figura». El crudo dibujo del Cristo crucificado se inscribe en la tradición de la «teología de la cruz». Como señala Jürgen Moltmann en El Dios crucificado: «La cruz ni se ama ni se puede amar. Y, sin embargo, solo el Crucificado es el que realiza aquella libertad que cambia al mundo, porque ya no teme a la muerte».
Juan de la Cruz entendió que el Crucificado, siempre motivo de burla y escándalo, ocupa el centro de la fe, ya que —como escribe Moltmann— solo él «libera a los hombres del poder de los hechos presentes y de las leyes y las coacciones de la historia, abriéndolos para un futuro que no vuelve a oscurecerse». Cristo murió quejándose de su desamparo, pero su desesperación sembró en el corazón humano una promesa de dicha. En el prólogo de El Dios crucificado, Moltmann nos cuenta que desde hace mucho lo acompaña una reproducción del cuadro de Marc Chagall titulado Crucifixión amarilla. En la obra aparecen náufragos y fugitivos, hombres sin casa, patria ni esperanza; al fondo, tiembla un fulgor amarillento y, al lado del Crucificado, un ángel sostiene una trompeta y el libro de la vida. Es una imagen que nos revela el fracaso del dolor, su impotencia frente al júbilo del Cristo vivo. Se trata de un cuadro especialmente valioso, pues fue realizado por un judío que sufrió en sus propias carnes la persecución desatada por los nazis. Lejos de sentir odio por la responsabilidad del cristianismo en el furor antisemita, Chagall interpreta la imagen de Cristo como un signo de consuelo y un motivo de esperanza. No hay nada sombrío en ese rabino colgado de un madero por el poder romano. Su capacidad de convocar a todas las víctimas procede de la autoridad conferida por el sufrimiento. Del mismo modo, Juan de la Cruz no se complace en los tormentos de la crucifixión, pero su mano atrapa el dolor y lo plasma en un sencillo dibujo exento de sentimentalismos. Y no para invitar a la penitencia, sino para dejar claro que Jesús no es nada sin la cruz.
Sin la humillación infligida, sin la muerte infame, sin la angustia del hombre que se enfrenta al poder más grande de la época, Jesús sería un profeta, pero no un liberador. Mesías de carnaval, grotesco en su indefensión, de carne mortal y en absoluto inmune al temor y a la desesperación, Jesús es un paria. Para Roma, un agitador en un país de agitadores, un loco que grita en la plaza, con una enseñanza basada en parábolas, ni siquiera digno de ser comparado con los filósofos griegos, que se mofarían de sus simplezas. Para los judíos, un farsante, un blasfemo, un fraude que escarnece la esperanza mesiánica de un pueblo. Poncio Pilatos y Herodes Antipas coinciden en su menosprecio hacia una figura que les parece insignificante. Herodes se burla de él, vistiéndolo con una ropa espléndida, y Pilatos lo entrega a la soldadesca para que lo azote. Los evangelios no muestran discrepancias al relatar la indefensión de Jesús, que se refugia en el silencio o habla con sentencias breves. La Pasión se puede interpretar como un despertar hacia el otro. Jesús es el hombre ante otros y para otros, Dios en los otros, nada para los que buscan un dios al que adorar como un ídolo. La mística de Juan de la Cruz es una mística del desamparo, no del vacío o del no ser. La noche oscura es una epifanía del amor, no la teofanía de una ausencia o de una pura negatividad con rango de absoluto: «Gozémonos, Amado, / y vámonos a ver en tu hermosura / al monte y al collado, / do mana el agua pura; / entremos más adentro en la espesura». Juan de la Cruz no aboga por la disgregación de la persona, ni por el anonadamiento del yo, sino por un matrimonio espiritual con Dios. Definir a Dios como amor implica admitir que es una Persona, señala Julián Marías en La perspectiva cristiana. Sin la dimensión personal, no hay un vínculo afectivo. Siempre se ama a un «Tú», a una alteridad que nos permite trascender nuestra soledad. Para Juan de la Cruz, como explica en la Noche oscura (6, 2), el infierno consiste en estar separado de Dios: «Dolores de infierno siente el ánima muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios». La mística de Juan de la Cruz es una mística del desamparo porque intenta restañar la herida provocada por la separación abierta entre Dios y el hombre por el pecado original: «¿Por qué, pues as llagado / aqueste coraçón, no le sanaste? / Y, pues me la as robado, / ¿por qué assí le dexaste, / y no tomas el robo que robaste?».
Juan de Yepes y Álvarez nació en 1542 en Fontiveros, una aldea situada a mitad de camino entre Ávila y Salamanca. Su padre, Gonzalo de Yepes, era hijo de un próspero comerciante de seda de Toledo, pero se casó con Catalina Álvarez, una muchacha pobre y huérfana que se ganaba la vida como tejedora. El gesto le costó perder su herencia y la ruptura con sus tíos, que ocupaban importantes cargos eclesiásticos (cuatro canónigos, un arcediano y hasta un inquisidor). Se ha especulado que se trataba de una familia de «cristianos nuevos» o judeoconversos, pero no hay pruebas. También se ha barajado la posibilidad de que se tratara de ancestros moriscos. Su afición al huerto, el baile y a sentarse en el suelo apunta en esa dirección. Ser hijo de tejedores, una profesión habitual en los conversos de orígenes islámicos, refuerza la tesis, aunque, una vez más, solo hay vagos indicios. El historiador carmelita Teófanes Egido pone en duda que Gonzalo procediera de una familia acaudalada. Francisco, hermano de Juan, alteró la historia en un tiempo en el que la pobreza era algo vergonzante, si bien no lo hizo por vanidad, sino para promover la causa de la beatificación. Lo cierto es que Gonzalo murió de manera prematura, dejando a su mujer y a sus tres hijos en una desoladora miseria. En 1551, la viuda se trasladó a Medina del Campo y, al carecer de medios, internó al pequeño Juan en un orfanato, el Colegio de la Doctrina, donde aprendió a leer y escribir. Gracias a su afición a la lectura y a su carácter piadoso y humilde, se dispuso su ingreso en un colegio de jesuitas. Al finalizar los estudios, se le ofreció ser capellán de un hospital, pero prefirió vestir los hábitos en el convento carmelita de Santa Ana, con el nombre de fray Juan de Santo Matía. Su formación era insuficiente para ordenarlo sacerdote y se le envió a la Universidad de Salamanca. Aunque resulta tentador pensar que asistió a las clases de fray Luis de León, no hay ningún dato al respecto.
En 1567 conoció a Teresa de Jesús en Medina del Campo. Por aquella época acumulaba un profundo descontento con la relajación de su orden y se había refugiado en la soledad y la vida contemplativa. Teresa de Jesús apreció de inmediato su honda espiritualidad y lo consideró el más indicado para reformar el Carmelo: «Aunque es chico, entiendo que es grande a los ojos de Dios». Los restos óseos del carmelita han revelado que su estatura apenas superaba el metro y sesenta centímetros, lo cual explica que Teresa —una mujer de buena talla— le llamara «medio fraile», con más afecto que malicia. Esa estima se refleja en repetidas ocasiones en sus libros y en su correspondencia. En las Fundaciones escribe: «Era un hombre tan bueno que por lo menos yo podría haber aprendido más de él que él de mí. Sin embargo, no lo hice y me limité a mostrarle cómo viven las hermanas». En noviembre de 1568 se funda en Duruelo, Ávila, el primer convento de carmelitas descalzos. Fray Juan de Santo Matía, que había cumplido veintiséis años, se convierte en Juan de la Cruz. Promete, junto con otros dos frailes, vivir según la regla primitiva establecida por san Alberto en 1247 y se viste con un sencillo hábito tejido expresamente para él por Teresa de Jesús, que entonces tenía cincuenta y dos años.
Juan de la Cruz destacaba por su capacidad de concentración. Podía pasar horas en completa soledad, sin distraerse ni interrumpir su recogimiento. Su vida espiritual era un prodigio de creatividad. No se limitaba a rezar mentalmente; contemplaba su interior buscando a Cristo. Su introspección convivía con un delicado amor por la naturaleza. Solía pasear por montes y riberas cantando con alegría desinhibida. A veces, se sentaba en la orilla de un arroyo contemplando el agua hasta que caía la noche. Si iba acompañado por algún fraile, le hablaba de la belleza del cielo y de la tierra y le comentaba que todas las criaturas alababan a Dios con sus movimientos y sonidos. Entendía que el zumbar de las abejas, el trinar de los pájaros y los gemidos de los árboles sacudidos por el viento representaban las notas de una melodía eterna. Pensaba que en el silencio también había música. La soledad, compañera habitual del silencio, es sonora y creadora. Sucede lo mismo con la noche, cáliz de esperanza y luz del alma. En una carta dirigida a Catalina de Jesús, carmelita descalza, señala que es «gran luz padecer tinieblas». Se ha especulado mucho sobre el origen de la metáfora de la noche; siempre hay que hablar de noche espiritual, no de simple oscuridad: «noche» como sinónimo de «purificación». Miguel Asín Palacios sostiene que la noche oscura del alma es un lugar común de los místicos sufíes tardíos del siglo XIII. No es una invención, sino una herencia de la imagen del «rayo de tiniebla» del Pseudo Dionisio. La noche sagrada de lo incognoscible es una noche luminosa. El encuentro con lo divino resplandece como una llama de amor viva o como una lámpara que se enciende en el alma. La experiencia mística de Juan de la Cruz difiere de la de Teresa de Jesús: no hay visiones, sino intuiciones nacidas de una meticulosa depuración de las vivencias y ejercicios de contemplación. La soledad no lo aflige; lo acompaña. Su objetivo es ser como un «pájaro solitario», que vuela por lo más alto, con el pico al aire, casi transparente y con un suave canto. El místico mora en lo alto y cultiva la soledad, pero no es un alma lúgubre y solemne. En una ocasión, Juan de la Cruz cogió en brazos una imagen del Niño Jesús y comenzó a bailar, cantando los primeros versos de una canción de amor muy popular: «Mi dulce y tierno Jesús, / si amores me han de matar, / agora tienen lugar».
En 1572 acude al convento de la Encarnación de Ávila y permanece allí hasta 1577, donde ejerce de vicario y confesor de las monjas. Viaja con la reformadora y colabora en las nuevas fundaciones de conventos de carmelitas descalzas. El 3 de diciembre de 1577 los carmelitas calzados lo detienen y lo confinan durante nueve meses en un convento de Toledo. Encerrado en un diminuto calabozo que había sido utilizado como letrina, lo invaden los piojos, pues no le permiten mudarse de ropa ni asearse. Lo azotan y lo humillan a diario. Su alimentación consiste en mendrugos de pan y alguna sardina. Contrae disentería y adelgaza hasta quedarse en la piel y los huesos. Teresa de Jesús escribe a Felipe II, ya que ignora su paradero, y confiesa que preferiría saber que lo han secuestrado los moros y no los calzados, «pues aquellos tendrían más piedad». En esas condiciones tan penosas, Juan de la Cruz compone las primeras estrofas del Cántico espiritual, varios romances y algún poema. Escribe Rosa Rossi: «Allí, en aquel retrete maloliente, en la segregación más absoluta, Juan era libre. Allí pudo describir el secreto de la relación entre escritura y experiencia, entre el poder del no-decir —el silencio— y el poder del no-no-decir —la palabra—. Por eso escribió poesía, porque la poesía es el punto extremo de este descubrimiento». Rossi cita a Samuel Beckett, según el cual «la oscuridad es la luz de la comprensión». Gerald Brenan compara el sufrimiento de Juan de la Cruz con el de Dostoyevski en Siberia: el dolor puede aniquilar, pero también puede inspirar y hacer crecer. Gracias a la ayuda de un carcelero que se apiada de su estado, logra huir y, con el auxilio de las carmelitas descalzas, se esconde en el hospital de Santa Cruz.
Durante los años siguientes, ocupa cargos de importancia creciente y realiza fundaciones en Baeza, Segovia y Alcalá de Henares, pero en 1590 cae en desgracia y pierde todos sus privilegios. En 1591 enferma y se le traslada a Úbeda. Muere la noche del 13 al 14 de diciembre, rodeado de frailes que recitan el De profundis y el Miserere. Pide que lean en voz alta unos versos del Cantar de los Cantares y, tras escucharlos, exclama: «¡Oh, qué preciosas margaritas!». Suenan las doce en el reloj de la iglesia y pronuncia sus últimas palabras: «Hoy estaré en el cielo diciendo maitines». Sus restos corren la misma suerte que los de Teresa de Jesús: convertidos en reliquias, se dispersan hasta encontrar reposo en Segovia. Fue canonizado en 1726 y Pío XI lo nombró Doctor de la Iglesia en 1926.
Juan de la Cruz es el místico más fascinante y enigmático de las letras españolas. Santa Teresa de Jesús clama con admiración: «No lo entiendo. Espiritualiza hasta el extremo». En sus versos resuenan las figuras literarias de la lírica mística musulmana, que explotan el contraste entre la luz y la oscuridad. Se ha dicho que trasfunde el versículo hebreo al castellano, trascendiendo cualquier equivalencia idiomática. Los tratados en prosa (Subida al monte Carmelo [1583] y el inconcluso Noche oscura [1579]) solo profundizan el misterio: «Dios excede al entendimiento». El místico enseguida aprende que la razón aparta de Dios. «Aunque es verdad que la gloria consiste en el entendimiento, el fin del alma es amar», anota Juan de la Cruz en el margen del Cántico espiritual. Por eso su poesía, en tanto que acto de amor, juega con la yuxtaposición, la indeterminación, el deliro, la alusión y la analogía. El amor a Dios es una experiencia, una vivencia, no un acto de conocimiento y solo puede expresarse mediante alusiones, piruetas o contrastes. En el prólogo a Subida al monte Carmelo escribe: «Ni basta ciencia humana para lo saber entender ni experiencia para lo saber decir; porque solo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir». Juan Ramón Jiménez considera que la del carmelita descalzo es una «poesía simbolista» y no está de más recordar la advertencia del propio Juan de la Cruz: «Entreme donde no supe». Se le ha comparado con Miguel de Molinos (Muniesa, Teruel, 1628-Roma, 1696), que escribe la última página de la mística española. Molinos publicó en 1675 su breve e intensa Guía espiritual, «que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz».
En la Guía, Molinos sostiene que la ciencia mística no se adquiere en los libros, sino por «la liberal infusión del divino espíritu». Nada puede hacer el hombre sin la intervención de la gracia, que sigue su propio camino. Tendemos a pensar que Dios prefiere a los prudentes, templados y recios, pero no suele ser así: «No llama Dios por mérito al más fuerte, sino al más flaco y miserable, para que más resplandezca su infinita misericordia». Si queremos conocer a Dios, debemos abrazar el recogimiento interior dejando atrás todo entender, todo discurso, toda representación basada en los sentidos, pues «toda imagen corporal o sensible dista infinitamente de Dios». El recogimiento interior o contemplación solo puede florecer en el «santo y bienaventurado silencio», no en el árido taller de los conceptos, impotentes para una genuina comprensión de lo sobrenatural. El mismísimo Tomás de Aquino ya advirtió que «es muy poco lo que el entendimiento puede alcanzar de Dios en esta vida, pero es mucho lo que la voluntad puede amar». El amor a Dios —continúa Molinos— nos enseña la «perfecta resignación», la aceptación incondicional de su voluntad, que debe prevalecer sobre nuestros deseos y afectos. La meditación no es desdeñable, pero solo constituye el primer paso de la ascensión hacia Dios: «La meditación siembra y la contemplación coge; la meditación busca y la contemplación halla; la meditación rumia el manjar, la contemplación le gusta y se sustenta con él».
Molinos asegura que «la meditación obra con trabajo y con fruto; la contemplación sin trabajo, con sosiego, paz, deleite y mucho mayor fruto». Debemos buscar a Dios en nuestro interior y no en los dogmas: «Has de saber que es tu alma el centro, la morada y el reino de Dios. Pero para que el gran rey descanse en ese trono de tu alma, has de procurar tenerla limpia, quieta, vacía y pacífica». El alma debe callarse, resignarse, morir, abandonar todo anhelo, toda ambición material o intelectual y cultivar la quietud. Solo de ese modo será digna morada de Dios. Aunque, en apariencia, su estado de inactividad puede confundirse con un ocio estéril, está labrando su camino de salvación. El alma no debe orar con ternura, amor y sentimiento, sino con sequedad, desolación y aspereza, bordeando abismos y sin rehuir la angustia, el miedo y la tribulación. Para Molinos, la mortificación de la carne es mucho menos importante que la mortificación interior. Hay que sumergirse en la nada, la paciencia, la humillación, la oscuridad, el vacío, el olvido, el desapego. Es necesario prescindir de imágenes y palabras que complacen a los sentidos si queremos lograr una fe pura, sencilla, desnuda. «La perfección del alma no consiste en hablar ni en pensar mucho en Dios, sino en amarlo mucho». El amor a Dios no necesita signos externos, sino un silencio perfecto. Pedro proclamó una y otra vez su amor a Cristo, pero lo negó tres veces. En cambio, «la Magdalena no habló palabra, y el mismo Señor, enamorado de su amor perfecto, se hizo su cronista, diciendo que amó mucho».
El alma culmina la vida contemplativa cuando al fin logra estar sola, ser menospreciada, muerta al querer, entender y pensar, vaciada y despojada: «¡Oh, qué dichosa alma la que así se halla muerta y aniquilada! Ya esta no vive en sí, porque vive Dios en ella; ya con toda verdad se puede decir que es otra fénix renovada, porque está trocada, espiritualizada, transformada y deificada». La vía contemplativa de Miguel de Molinos muestra un estrecho parentesco con la mística de Teresa de Jesús y la de Juan de la Cruz, pero hay una significativa diferencia. Si bien Molinos habla de desposarse con Cristo, lo hace en su dimensión sobrenatural, no en su condición de hombre ultrajado y escarnecido. Su amor es demasiado abstracto y puede confundirse con una forma de panteísmo que desdibuja los límites entre el ser humano y Dios. Se aleja de la carne de Jesús y exagera el papel de la gracia, olvidando que Jesús conoció la duda y la vacilación cuando oraba en el huerto de Getsemaní. De hecho, sudó sangre e incluso suplicó: «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz» (Mt 26,40). El hombre no puede esperar que la gracia lo exima de la lucha por su salvación. Afirmar que Dios lo hace todo anula la responsabilidad individual. La gracia necesita del concurso de la virtud para contrarrestar la inclinación al pecado; estar encerrado en la nada, esperando que Dios obre prodigios, no es suficiente. Molinos subvierte aspectos básicos del catolicismo, como advirtió Marcelino Menéndez Pelayo. Aunque los inquisidores argumentaran con torpeza, la condena, solemnemente ratificada por la bula papal «Pastor ille caelestis», no constituyó una arbitrariedad, sino una consecuencia lógica del espíritu de la Contrarreforma.
Urs von Balthasar escribe: «La mística de san Juan de la Cruz es directamente cristocéntrica y solo mediante Cristo es teocéntrica, pero no es una mística filosófica, sino teológica, fundada en la imitación de Jesucristo». En la Subida al monte Carmelo el carmelita descalzo afirma: «Cristo es el camino». Cristo es luz, ejemplo, verdad, vida. El alma busca desposarse con Él. En el Cántico el corazón humano se adentra en la Trinidad guiada por el Hijo de Dios: «Allí me mostrarías / aquello que mi alma pretendía, / y luego me darías / allí tú, vida mía, / aquello que me diste el otro día». La unión con Dios se consuma en la fe, no en el desapego y el vacío. El Dios incognoscible de Juan de la Cruz es el Dios de la fe. En su «Carta Apostólica Maestro en la Fe con ocasión del IV Centenario de la muerte de san Juan de la Cruz», Juan Pablo II afirma: «Desde los primeros años de mi formación sacerdotal encontré en él un guía seguro en los senderos de la fe». Juan de la Cruz no fue un místico ensimismado: «Supo iniciar a las personas en el trato familiar con Dios, enseñándoles a descubrir su presencia y su amor en las circunstancias favorables o desfavorables, en los momentos de fervor y en los períodos de aparente abandono». Lo consiguió porque «trataba familiarmente con él y hablaba constantemente de él —prosigue Wojtyła—. Lo llevaba en el corazón y en los labios, porque constituía su verdadero tesoro, su mundo más real». Su experiencia de la noche oscura nos ayuda a afrontar el «misterio insondable del dolor humano», en particular, en una época en la que murieron en holocausto tantos seres inocentes. La experiencia de la noche oscura, «aplicada a la realidad misma de la vida y no solo a una fase del camino espiritual», ha imprimido al dolor de las víctimas «un carácter de experiencia colectiva». Juan de la Cruz afirma que Dios sabe «sacar de los males bienes». Las víctimas inocentes reviven —según Juan Pablo II— «el misterio de la muerte y resurrección en Cristo con toda verdad». Juan de la Cruz concibe la noche oscura como «una amorosa pedagogía de Dios. […] Incluso en la experiencia de su ausencia puede comunicar fe, amor y esperanza a quien se abre a él con humildad y esperanza». Juan de la Cruz cita los Salmos: «Por las palabras de tus labios, yo guardaré caminos duros». El silencio de Dios no es arbitrario. Ya se ha manifestado. El Cristo crucificado es su palabra, el signo de su entrega amorosa. Juan de la Cruz pide vivir con fe y esperanza, «aunque sea a oscuras —señala Wojtyła—, que en esas tinieblas ampara Dios al alma».
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