Czytaj książkę: «España en la economía global»
© Rafael Myro, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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CÓDIGO SAP: OEBO916
ISBN: 9788490566725
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Agradecimientos
Introducción
1. El imparable ascenso de las exportaciones españolas
2. Exportaciones y costes laborales: la paradoja del crecimiento de las exportaciones con los costes
3. La composición de la oferta de españa al mercado exterior
4. Viejos y nuevos mercados
5. La eficiencia de la empresa exportadora
6. Exportación, competitividad y nuevo modelo productivo
Epílogo
Bibliografía
Notas
De entre las numerosas obras sobre temas económicos que aparecen hoy en día a nivel internacional, la colección ECONOMÍA de RBA tiene como objetivo seleccionar solo las mejores, las que recojan con mayor claridad las ideas más innovadoras en torno a los problemas y debates de mayor actualidad en la realidad económica mundial. Siguiendo los criterios de calidad, lucidez y modernidad, un comité editorial dirigido por ANTONI CASTELLS y formado por JOSEP MARIA BRICALL, GUILLERMO DE LA DEHESA y EMILIO ONTIVEROS seleccionará regularmente los ensayos más sobresalientes en este ámbito. Así, con la aparición de media docena de títulos anuales, RBA quiere conformar una selecta biblioteca de actualidad económica que cumplirá dos grandes objetivos: por un lado, reunir libros de un alto nivel de calidad, escritos por economistas de reconocido prestigio y, por otro, convertir la colección en un atlas que radiografíe la realidad económica que vivimos, de un modo ameno y comprensible para quienes no estén profesionalmente familiarizados con los temas tratados.
La colección ECONOMÍA abordará los más diversos aspectos vinculados a esta ciencia social en constante evolución sin restringir los ámbitos de sus análisis, que podrán ser nacionales, europeos o globales. De este modo, el lector interesado podrá encontrar libros que luchan por acabar con ideas profundamente arraigadas en la política y el pensamiento económico actuales (como es el caso de El Estado emprendedor, de Mariana Mazzucato), trabajos que desde una interesante perspectiva histórica ofrecen una visión alternativa sobre los fundamentos del actual sistema capitalista y propuestas innovadoras (tal es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty) o certeros estudios sobre una realidad concreta, escritos por los mejores expertos sobre cada tema (como por ejemplo Europa sin euros, de David Marsh). Una colección, en definitiva, destinada a lectores con inquietudes y con afán de comprender mejor el mundo cambiante de la economía.
A MIS HIJOS GUILLERMO Y EDUARDO
AGRADECIMIENTOS
Al escribir este libro he contraído una deuda con muchos colegas y amigos, a quienes deseo expresar aquí mi agradecimiento. Ante todo, con el profesor Emilio Ontiveros, de quien recibí la propuesta de redactarlo, convencido de un buen resultado que el lector juzgará mejor que yo, y después, con el profesor José Luis García Delgado, quien me brindó la oportunidad de impartir unas clases magistrales sobre la competitividad de la economía española en CaixaForum, en el marco de la Cátedra “La Caixa” Economía y Sociedad que dirige, las cuales me sirvieron para preparar y sistematizar los temas que aquí trato. Partí para ello de un par de libros escritos junto con otros colegas para el Instituto de Estudios Económicos (IEE), por encargo de su presidente, José Luis Feito, a quien también quiero expresar mi agradecimiento. Así mismo, también debo hacerlo al profesor Juan Ramón Cuadrado Roura, quien ya en el primer año de crisis me animó a ofrecer una valoración cabal de las fortalezas competitivas de la economía española y a seguir trabajando sobre las políticas de reindustrialización. También me animó a ello el profesor Cándido Muñoz, a quien por otro lado debo sabios consejos y un permanente apoyo a mis trabajos y escritos.
Además de con los profesores citados, a lo largo de los últimos años he discutido muchas de las cuestiones que trato en el libro con el profesor José Antonio Martínez Serrano, que ha tenido la amabilidad de leer dos borradores de esta obra. También lo ha hecho el profesor Carlos Manuel Fernández-Otheo, con quien habitualmente escribo acerca de la inversión extranjera y discuto acerca de la internacionalización de las empresas españolas. A ambos, mi más sincero agradecimiento.
En el asunto estrella del libro, la exportación, tengo la fortuna de trabajar con otros excelentes colegas, sin cuyo esfuerzo continuado y cariño por el análisis cuidadoso de los datos poco podría contar. Se trata de dos profesoras de la Universidad de Valladolid que forman un gran equipo, Elisa Álvarez López y Josefa García Vega, a quienes aprovecho para mostrar mi reconocimiento por su permanente e inestimable ayuda.
También quiero expresar mi gratitud a otro amplio conjunto de colegas: Diego Rodríguez Rodríguez, que me introdujo en el tema de la heterogeneidad empresarial, y ha colaborado conmigo en los dos libros dedicados a la internacionalización de la economía española ya mencionados; José Carlos Fariñas, con quien discuto con frecuencia acerca de los temas que aquí abordo, y que me hizo sugerencias oportunas con motivo de la preparación de mis charlas en CaixaForum; Rosario Gandoy, que me ofreció interesantes perspectivas en relación con las redes comerciales y otros asuntos; Francisco Ferraro, Rogelio Velasco y Antonio Mora, a quienes debo diversas reflexiones acerca de la influencia de las instituciones y el marco regulatorio en la marcha de la economía; y en fin, Marian Scheifler, Carmen Martínez Mora y Carlos Díaz de la Guardia, con quienes comparto con frecuencia mis preocupaciones acerca de los temas abordados en el libro.
Algunos de los colegas y amigos que tuvieron la amabilidad de seguir las clases a las que he aludido me insistieron en la conveniencia de escribirlas, con el fin de desmitificar la extendida noción del raquitismo de nuestro sistema productivo. También lo hicieron algunos otros de mis mejores amigos, con los que sigo de cerca y comento la actualidad económica, así como un grupo de compañeros de promoción con el que comparto una tertulia y la preocupación por el futuro de nuestra economía y nuestra sociedad. Todos ellos cuentan con mi agradecimiento por el estímulo que me brindaron.
Finalmente, quiero expresar también mi agradecimiento a mis hijos, Guillermo y Eduardo, a quienes dedico la obra, y a mi hermana Josefina. En algunos momentos han tenido que soportar un exceso de mal humor, fruto de la tensión que crea un proyecto de este tipo.
INTRODUCCIÓN
El deterioro de la situación económica española que se produjo a lo largo de 2008 y la pronunciada disminución del PIB durante 2009, ligeramente más reducida que la que tuvo lugar en otros países desarrollados, pero acompañada de una desmesurada destrucción de empleo, creó alarma sobre la fortaleza de nuestro sistema productivo, extendiendo la preocupación acerca de su debilidad, algo frecuente en épocas de crisis, y no solo en España.
Esta preocupación ya había acompañado la formidable expansión económica de los años precedentes, a tenor de la marcha de algunos indicadores clave. En particular, el déficit en los intercambios de bienes y servicios con el resto del mundo, pero también el tímido progreso de la productividad del trabajo, una variable fundamental sobre la que se asienta el crecimiento económico de las naciones. Ambos rasgos favorecieron el diagnóstico de que nuestra economía poseía graves problemas de oferta, de calidades y precios de sus productos, que obstaculizaban su crecimiento y competitividad.
Apenas recuperado el aliento tras el shock sufrido, la búsqueda de aspectos positivos en el desolador panorama creado por una crisis de la que solo ahora comienza España a recuperarse, condujo a políticos y analistas económicos a fijarse en las exportaciones, que crecían a un ritmo elevado. Hasta el punto de atemperar gradualmente el temor suscitado por la pérdida del instrumento tradicional para impulsarlas en las etapas de crisis, la devaluación de la moneda. No obstante, los más escépticos atribuyeron su ascenso a la búsqueda en el exterior por parte de las empresas de los mercados que no tenían dentro, dada la atonía de la demanda interna; es decir, a un paliativo coyuntural que no empañaba el diagnóstico de un sistema productivo débil.
No obstante, la mejor comprensión de la crisis, ya a finales de 2010, el descubrimiento de la magnitud de la burbuja inmobiliaria y de los excesos de presión sobre la demanda, creados por la reducción que experimentaron los tipos de interés desde mediados de la década de 1990, para igualarse con los alemanes (eliminando así la prima que se pagaba por el mayor riesgo de las inversiones en España), condujo a una visión más benévola de nuestras capacidades productivas. También ayudó, y no poco, que el déficit de nuestros intercambios con el resto del mundo fuera disminuyendo hasta desaparecer, merced al aumento de las exportaciones y al descenso de las importaciones. Ambos factores han puesto de relieve que, sin menospreciar los problemas de oferta, la crisis española, como la de otros países desarrollados, desde luego los europeos, es una crisis de escasez de demanda, derivada de los ajustes exigidos por un exceso de gasto nacional previo.
La demanda creció durante la etapa expansiva que se cerró en 2007 amparada en un elevado endeudamiento de familias y empresas, que ha dificultado después el aumento del consumo y de la inversión productiva, condicionando así la recuperación económica. Ni que decir tiene que el elevado desempleo creado ha contribuido también hasta hace poco a la depresión del consumo de las familias.
Desde 2009 hasta 2013, el sostenimiento de la actividad económica española se ha basado en las exportaciones, que aun sin devaluación han vuelto a desempeñar un papel motor de la recuperación. Sin embargo, lejos de lo que se cree, su crecimiento no obedece a milagro alguno. Es el fruto de una larga y afortunada trayectoria de orientación de las empresas españolas hacia los mercados del resto del mundo en respuesta a la globalización económica, trayectoria cuyas claves me propongo repasar en las páginas que siguen.
Con este fin, tras examinar y resaltar su ascenso en los últimos años, valoro su elevada fortaleza, contemplando el marco de deterioro de competitividad en costes en el que se ha producido hasta fechas recientes, para posteriormente ofrecer las principales claves explicativas, revisando su composición por productos, mercados de destino y empresas. También defiendo la evolución de las exportaciones como la mejor expresión de la competitividad de una economía, tratando de situar en el lugar preciso los indicadores tradicionalmente utilizados, como los precios y costes relativos, y el índice de competitividad global, elaborado por el Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF), al que suelen remitirse inversores y políticos.
Como las exportaciones son la expresión del tejido productivo, su análisis no puede separarse del de este. La bonanza de la exportación refleja sin duda las fortalezas de ese tejido, que conviven con algunas debilidades que es preciso reseñar también para tener una idea cabal de las potencialidades de expansión de la economía española y de las reformas que son necesarias para convertir tales potencialidades en realidades.
Uno de los propósitos de este libro es mostrar que las ideas de debilidad y pobreza que a menudo se tienen sobre la capacidad productiva española y su competitividad no concuerdan con la realidad. España es una economía bastante madura, situada entre los primeros puestos por la dimensión de su producción, el 1,6% del mundo, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), y posee un tejido productivo acorde con la posición que ocupa, cuya competitividad se ha afianzado en un mundo crecientemente globalizado y exigente. España se hace global con el mundo.
Esto no quiere decir que no quepan mejoras en el funcionamiento de la economía (en el modelo productivo, en particular), que no existan sonoras ineficiencias y que no sean necesarios y urgentes los remedios. Pero quizá es aún más urgente erradicar entre la clase política y los gestores públicos (y no pocos de los privados) la infravaloración del esfuerzo y la organización que requiere el funcionamiento eficiente de una economía, una actitud que, además de limitar el alcance y los resultados de las políticas públicas, cierra las puertas a la ambición y al talento.
1
EL IMPARABLE ASCENSO
DE LAS EXPORTACIONES ESPAÑOLAS
En este primer capítulo se describe el reciente ascenso de las exportaciones españolas, que suscita asombro general y ha actuado como paliativo menor de la grave situación de crisis vivida. Ante todo, se presta atención al período que transcurre de 2008 a 2015, seis años de crisis y dos de recuperación, pero después se dirige la mirada también a los años anteriores, con el fin de ampliar el ángulo de visión y la comprensión de lo ocurrido. El ascenso reciente de las exportaciones se inserta en una trayectoria expansiva de más largo alcance, que adquiere especial vigor tras la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), embrión de la actual Unión Europea (UE), un hecho que supuso un paso transcendental en la apertura de sus mercados a la competencia internacional. Resulta obligado volver la vista atrás por un momento hacia ese período singular, buscando sobre todo enfatizar lo ocurrido en la década de 1990, en la que realmente se produjo un gran salto exportador, que hoy urge repetir con igual o mayor empuje, para consolidar la recuperación en curso y evitar un temprano agotamiento de su actual vigor, un escenario que el Fondo Monetario Internacional consideraba como probable en agosto de 2015.
EL ASCENSO DE LAS EXPORTACIONES ESPAÑOLAS DURANTE LA CRISIS
Tras el brusco desplome de la actividad económica en 2009, que afectó al comercio mundial, dado su alcance general, y su mayor intensidad en los países desarrollados, las exportaciones españolas comenzaron a crecer a ritmos elevados, hasta el punto de que al cierre de 2015 serán un 22% más elevadas en volumen que en 2007, último año de la etapa expansiva que acompaña al inicio del nuevo siglo. En terminos de variaciones anuales, los años transcurridos con posterioridad a 2010 registran aumentos superiores al 4,5%, medidos en volumen, esto es, descontado el efecto de las alteraciones en los precios (véase gráfico 1.1). Este notable ascenso ha contribuido de forma decisiva a evitar un desplome de la actividad económica de mayor envergadura (véase recuadro 1.1), sosteniendo los niveles de empleo de la población activa.
El ascenso de las ventas exteriores es también elevado en términos comparados, supera en algunas décimas al que ha registrado como media Alemania, el país europeo líder en la exportación, y en un punto porcentual al de la UE-15, el conjunto de países formado por los quince miembros de la Unión Europea entre 1995 y 2004. No es pues extraño que las exportaciones se hayan convertido en la mejor referencia que exhiben los gobiernos españoles. Y tampoco lo es que su comportamiento haya obligado a dirigir una mirada más atenta al sistema productivo español.
Sorprende también ese aumento de las exportaciones españolas porque el principal mercado al que se dirigen, el europeo, ha sentido con especial intensidad la crisis económica. Como consecuencia, la expansión en el exterior ha debido apoyarse en los mercados emergentes, en los que las empresas españolas poseen una menor implantación. Este hecho, al tiempo que advierte acerca del retraso de las compañías españolas en la diversificación de mercados, revela también su notable adaptación a un entorno cambiante. Como consecuencia, las diferencias de actividad, eficiencia y rentabilidad entre las empresas que exportan y las que no lo hacen ha crecido durante los años de crisis.1
Gráfico 1.1 Evolución de las exportaciones españolas (tasas anuales de variación a precios constantes)

Fuente: INE, Contabilidad Nacional de España.
Por otra parte, para quienes creen que la capacidad de exportación de España se basa en el turismo no es un menor motivo de asombro el que las exportaciones de bienes supongan un 67% del total y hayan mostrado una ejecutoria particularmente brillante, con aumentos cercanos al 5% anual en el mismo período. En realidad, el turismo aporta alrededor de un 14% de los ingresos por exportaciones de bienes y servicios, y ha crecido de forma moderada en los años de crisis, reflejando la difíciles cinrcunstancias de los principales consumidores europeos, alemanes, británicos y franceses. Añádase a esto que las ventas al exterior de los servicios no turísticos, superiores en volumen a las de servicios turísticos, han crecido más rapidamente.
RECUADRO 1.1 Exportaciones y PIB
Una economía crece impulsada por la demanda de bienes y servicios, tanto de sus residentes, familias, empresas y administraciones públicas, como de los no residentes, los habitantes del resto del mundo, los cuales compran sus productos o se desplazan a su territorio para hacer turismo o trabajar temporalmente. La tasa anual de crecimiento de la producción, medida por el PIB, es pues el resultado de las contribuciones de estas dos demandas, la nacional y la exterior. Por ello, se puede calcular mediante una suma ponderada de las tasas de crecimiento de ambas, descontando el efecto debido a la evolución de las importaciones, ya que una parte de los bienes y servicios que adquieren los residentes (para el consumo de los hogares, el equipamiento de las empresas, etc.) no son de fabricación nacional, sino de importación. Por eso la demanda exterior se denomina «neta», como resultante de restar las importaciones de las exportaciones, e iguala al saldo del comercio exterior de bienes y servicios. Cuando ambas demandas, nacional y externa, se contraen, como ocurrió en 2009 (según se observa en el gráfico 1.2), el PIB se reduce.
También puede comprobarse en el gráfico citado cómo desde el comienzo de este siglo hasta 2007, el crecimiento del PIB español se basa en la expansión de la demanda nacional, mientras que desde entonces lo hace apoyado en las exportaciones netas. A su vez, estas aumentan por el crecimiento de las ventas al resto del mundo, pero también por la disminución de las compras al exterior por parte de los residentes, es decir, de las importaciones, dadas las reducciones en el consumo y en la inversión en construcción y equipamientos. Si España no hubiese comprado ni vendido al exterior, el PIB se habría reducido un 16,3%, entre 2007 y 2013, pero en realidad lo ha hecho en una tercera parte de este valor, un 5,8 %. Gráfico 1.2. Contribución al crecimiento real del PIB español de la demanda nacional y de la demanda exterior neta (tasas anuales de crecimiento del PIB a precios constantes)

Fuente: INE, Contabilidad Nacional de España.
De lo que acaba de señalarse, no debe concluirse que el turismo no es relevante. Es una industria capital, en la que España sobresale, situándose en los primeros puestos mundiales por ingresos y por el número de turistas recibidos, el cual ha registrado un nuevo récord de entradas en 2014, con la llegada de 65 millones de personas, cifra que muy probablemente se superará en 2015. La relevancia de esta industria estriba sobre todo en que ofrece siempre un saldo de sus operaciones con el resto del mundo muy positivo, el cual permite financiar una parte del déficit que se registra en el comercio de bienes, hoy en niveles mínimos, debido a la retracción de la demanda interna.
La situación de parálisis del mercado interno, debida al proceso de ajuste del endeudamiento de familias, empresas y administraciones públicas, ha supuesto sin duda un incentivo a la búsqueda de nuevos mercados en el exterior. De hecho, algunas estimaciones otorgan relieve a este factor en los años más recesivos, comenzando en 2009. Pero los estímulos principales han venido de la expansión de los mercados de los países en desarrollo hasta 2013, cuando muestran signos de desaceleración, así como de una reducción del valor del euro hasta 2012, acompañada también de descensos en algunos segmentos de salarios y en los costes laborales unitarios (la denominada «devaluación interna»). En 2013 y 2014, la moneda europea se apreció, como consecuencia del superávit de Alemania y del conjunto de la UE en su comercio exterior, así como de la aplicación de una política monetaria menos expansiva en el área euro que la desplegada por EE.UU. o Reino Unido, que ofrecía mayores remuneraciones a los activos financieros. Este factor se unió al lento aumento del comercio mundial para frenar las exportaciones españolas en el verano de 2014. La posterior depreciación del euro, junto con la reducción de los precios del petróleo, ha favorecido su recuperación en los meses siguientes, pero no con el brío deseable, pues el comercio mundial muestra signos de estancamiento.
Una última característica merece apuntarse: el crecimiento de las exportaciones españolas en estos últimos años no solo se ha debido a que las principales empresas exportadoras han aumentado las ventas de sus productos en los mercados en los que se encuentran implantadas (esto es lo que los economistas denominan «margen intensivo»), sino también a que se ha extendido la oferta española al exterior con nuevas empresas, nuevos productos y la penetración en nuevos mercados («margen extensivo»). En particular, ha crecido continuamente el porcentaje de pequeñas y medianas empresas que exportan, aunque aún es bajo; las empresas de más de doscientos trabajadores lo hacen ya en una proporción muy elevada. Según la información suministrada por el Instituto de Comercio Exterior (ICEX), el número de empresas exportadoras con una facturación en el exterior superior a 50.000 euros ha crecido a tasas superiores al 3% en los años posteriores a 2010. También ha aumentado, aunque a un ritmo inferior, el número de las que lo hacen con regularidad.
Al mismo tiempo, ha aumentado el número de empresas situadas en el grupo de cabeza, tanto aquellas cuyas ventas al exterior en el año 2014 superaban los 50 millones de euros pero no llegaban a los 250 millones (casi quinientas empresas) como las que superaban esta última cifra (101), afianzándose así su peso en la exportación total, con las empresas Telefónica, Repsol, Inditex, Bayer Hispania, Cepsa, Seat, Abengoa y Corporación Gestamp situadas en los primeros puestos.
UNA LARGA TRAYECTORIA EXPANSIVA
Por sorprendente que pueda considerarse, la positiva evolución de las exportaciones en los últimos años se enmarca en una trayectoria de largo alcance que se inicia en 1960, cuando la economía española abandona las orientaciones autárquicas prevalecientes en los veinte años que siguen a la guerra civil e inicia un período de rápida expansión, aprovechando la «edad dorada» del crecimiento europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial. En realidad, será la entrada de España en la Comunidad Económica Europea la que exponga de manera más intensa a las empresas españolas a la competencia internacional, obligándolas a buscar un sucedáneo del mercado interior en los mercados exteriores.
En efecto, la consolidación de la industrialización española durante los decenios de 1960 y 1970 se realizó en un marco de elevada protección del mercado nacional. La profunda crisis del decenio de 1970, derivada del alza de los precios del petróleo y otras materias primas y de la adopción por parte de los países desarrollados de políticas monetarias y fiscales restrictivas para controlar las tensiones inflacionistas creadas, espoleó a las empresas a orientarse cada vez más al exterior. Finalmente, la integración en Europa abrió por completo el mercado español a los países vecinos y obligó a las empresas españolas a una profunda reconversión, que fue apoyada por medidas fiscales favorecedoras de su reequipamiento.
La adhesión de España a la Europa comunitaria en 1986 supuso, en fin, un drástico desmantelamiento de sus barreras proteccionistas frente a los restantes países miembros, que se produjo de forma gradual durante los siete años siguientes, hasta 1993. Fueron estos años también los de construcción del Mercado Único Europeo, mediante la eliminación de las barreras no arancelarias que restringían la competencia dentro del ámbito comunitario, desde los puestos fronterizos, que encarecían el envío de mercancías al exterior, hasta las especificaciones sanitarias o de seguridad, que disfrazaban sendas actuaciones de protección de los mercados nacionales. De forma que las empresas españolas se enfrentaron a un proceso de cambio de enorme envergadura, la apertura total del mercado nacional a las empresas de otros países comunitarios.
Todo proceso de apertura a la competencia internacional introduce a las empresas en un escenario de mayor rivalidad con sus competidoras de todo el mundo, empujándolas a aumentar sus niveles de eficiencia y su especialización productiva. Para lograrlo, abandonan la producción de aquellos bienes o servicios en los que son menos hábiles y eficientes, para centrarse en aquellos otros que saben hacer mejor, que son más singulares y diferentes de los de sus rivales, o que obtienen a un menor precio. La resultante de este proceso es un mercado internacional más abierto y competitivo, con mayor variedad de productos y menores precios.
Normalmente, este proceso es beneficioso para el país que lo afronta, como ya apuntara Adam Smith, porque los consumidores acceden a una mayor variedad de bienes a menor precio. Las empresas menos eficientes desaparecen, pero las más eficientes producen con menores costes y se enfrentan a mercados más amplios para sus productos. La orientación hacia esos nuevos mercados es una estrategia obligada de supervivencia, porque habrán de compartir su espacio en el mercado interior con las empresas de otros países que acceden a él, ofreciendo nuevas variedades de productos. Sin embargo, al mismo tiempo, esto supone una oportunidad para consolidar sus productos y avanzar hacia otros nuevos, fabricados con tecnologías relacionadas, aprovechando la información recibida de los nuevos consumidores y de las empresas rivales.
El gráfico 1.3 refleja de forma diáfana cómo España realiza el proceso descrito, mostrando la evolución del peso de sus exportaciones sobre las del conjunto de la UE-15. Esta cuota pasa de un valor inferior al 3% en 1960 a otro cercano al 7% en 2014, cifra que se aproxima ya al peso de España en la producción del área que se toma como referencia, que es algo inferior al 9%. No consigue igualarlo, desde luego, pero este es un rasgo que comparte con Francia, Italia y Reino Unido. Su explicación reside en que Alemania se encuentra más volcada al comercio exterior que todos estos países, y absorbe un porcentaje proporcionalmente mayor de este, lo que también sucede a los países de menor dimensión, los cuales necesitan más de las exportaciones para conseguir economías de escala en su producción.
Gráfico 1.3. Participación de España en las exportaciones de bienes y servicios de la UE-15 (porcentajes a precios constantes)

Fuente: Eurostat.
Merece la pena detenerse en algunos detalles de la trayecoria española. Por ejemplo, el rápido ascenso de la cuota de exportación española hasta la crisis iniciada en 1973, que recibió un estímulo del Acuerdo Preferencial firmado con la Comunidad Económica Europea, muy favorable a los intereses españoles. El decenio que sigue constata la imperiosa necesidad de buscar mercados alternativos en el exterior, que se atempera desde 1985, como consecuencia de la recuperación de la demanda interna. La década de 1990, en la que se cierra la construcción del Mercado Único Europeo abierta en 1987, marca el período de mayor expansión de las exportaciones españolas, que crecen a una tasa media anual del 10% en volumen (11% las de bienes). Este ascenso recibe un estímulo muy considerable de tres devaluaciones de la peseta en los primeros años, que corrigieron la sobrevaloración con la que esta moneda se incorporó al Sistema Monetario Europeo (preludio de la unidad monetaria europea) en 1989.
En la década de 2000 se aminora el ritmo de aumento de las exportaciones de los países desarrollados, también el de España, sin que esto signifique el paso a una tasa reducida: un 4,3% en volumen, un punto porcentual por encima del avance anual del PIB. Es un ritmo insuficiente, sin embargo, que no permitió sostener la cuota de España en el conjunto de las ventas exteriores comunitarias, en claro descenso desde 2003, es decir, durante los años de mayor expansión de la demanda interna. La crisis actual ha favorecido su recuperación, hasta el punto que bien podría volver a alcanzarse en 2015 el alto valor de participación en las exportaciones de la UE de 2003, un 6,8%.
La evolución descrita parece avalar a grandes rasgos la hipótesis de que las exportaciones españolas son sensibles a la evolución del mercado interior. Los momentos de crisis, de atonía de este mercado, impulsarían la salida al exterior de las empresas, en busca de mercados sustitutivos con los que sostener su producción. Por el contrario, los momentos de expansión favorecerían el retorno de las empresas al mercado nacional, ralentizándose así la marcha de las exportaciones. No es esta una hipótesis que haya encontrado siempre corroboración en los análisis econométricos realizados, en parte debido a la dificultad de aislar adecuadamente este factor de situación del mercado interior de la evolución del principal determinante de demanda, el comercio mundial, o de los factores fundamentales de oferta que condicionan la marcha de las exportaciones, los precios y el tipo de cambio de la moneda. En todo caso, desconocemos el grado de sensibilidad de la exportación a la dinámica del mercado interno. No parece ser muy alto ni siempre el mismo, a juzgar por algunos indicios. Así, la segunda parte de la década de 1990 fue un período de rápido crecimiento de la demanda nacional en el que también se produjo un aumento muy elevado de las exportaciones. Incluso en la etapa de gran expansión anterior a la crisis, las ventas españolas en los mercados exteriores crecieron a un ritmo apreciable, siendo este un rasgo que diferencia a España de Italia y Francia y la aproxima a Alemania. No es la única similitud con este último país, como más adelante se comprueba. Pero, si España no consiguió aumentar entonces sus exportaciones al alto ritmo al que lo hizo Alemania, probablemente se debió a la favorable evolución de los costes laborales alemanes y a la mayor expansión del mercado interior español.2
LA GRAN TRANSFORMACIÓN DEL DECENIO DE 1990
El decenio de 1990 merece sin duda especial atención por los ritmos de expansión de las exportaciones alcanzados. Es el período en el que parece consolidarse todo lo gestado en el anterior, de adhesión a la Europa comunitaria, y preludia la última etapa de madurez, la década de 2000.
En efecto, el decenio anterior, el de 1980, en el que se produce la entrada de España en lo que hoy es la Unión Europea, se caracteriza por un notable ascenso de las exportaciones españolas dirigidas hacia esa área. España realiza por fin su sueño de incorporarse a Europa, y también lo hacen sus empresas, penetrando en los mercados comunitarios. El Gráfico 1.4, que se refiere tan solo al comercio de bienes, muestra el formidable ascenso de las exportaciones dirigidas a la Europa comunitaria (las intracomunitarias), que casi llegan a doblar su peso en el total. La apertura del mercado europeo para los productos españoles fue, por tanto, bien aprovechada por las empresas, que buscaron contrarrestar la inevitable pérdida de mercado interior, en favor de las empresas de otros países comunitarios.
Gráfico 1.4. Importancia de las exportaciones de bienes dirigidas a la UE (en porcentaje del total)

Fuente: Eurostat.
Finalizada esta década de integración europea, algo más del 70 % de las exportaciones españolas se dirigían ya al espacio comunitario, pudiendo darse por culminada una primera fase de internacionalización de muchas empresas, sobre todo de las más grandes, que les permitió aprovechar las ventajas comparativas que poseían, basadas sobre todo en sus menores costes laborales, a la par que acometían una profunda transformación de sus productos y técnicas productivas.
Sin embargo, será el decenio de 1990 el que registre la mayor expansión de las exportaciones españolas, con tasas de avance en volumen del 10 % anual, que duplican las del decenio anterior. No es un comportamiento exclusivo de España, también caracteriza a los demás países de la periferia comunitaria, sobre todo a Irlanda y Grecia, en pronunciado contraste con Francia, Alemania o Italia, todavía con un atenuado ritmo de aumento de sus ventas exteriores.
Este crecimiento siguió dirigiéndose en buena medida a la UE, manteniendo la elevada proporción que esta área representaba en el total de las ventas exteriores españolas. Sin embargo, amplió también su radio de acción a otras economías, iniciándose una segunda y fundamental fase de internacionalización, en la que la captura de nuevos mercados desempeñó un gran papel, al igual que la diversificación de los productos ofrecidos y el incremento del número de empresas exportadoras; de forma resumida, el aumento en el «margen extensivo».
En esta fase, muchas empresas de menos de 200 trabajadores realizaron su salida al exterior, siguiendo la estela marcada con antelación por las grandes. Con los datos que ofrece la Encuesta sobre Estrategias Empresariales (ESEE), que elabora la Fundación SEPI, el porcentaje de empresas de menos de doscientos trabajadores que exportan casi se duplicó durante el decenio estudiado, mereciendo resaltarse sobre todo el aumento de las más pequeñas de ese colectivo, las de menos de cien trabajadores.3 Este cambio, por lo demás, fue intenso en los sectores que hoy son claves en la exportación: alimentación, textil, química, maquinaria y material de transporte.
No menos trascendental es el cambio que tuvo lugar en este mismo decenio, el de 1990, en la intensidad exportadora de los diferentes tipos de empresas, es decir, en el porcentaje de su producción destinada a los mercados exteriores. El colectivo que se transformó más fue el de las grandes empresas, las de más de doscientos trabajadores. Partían de la misma intensidad exportadora que las pequeñas (en torno al 20% de la producción), que suele considerarse un umbral relativamente bajo, con pocos efectos de transformación de las bases productivas de las empresas, y, por consiguiente, con reducida capacidad de armarlas para hacer frente a la competencia global. A lo largo de la década, ese porcentaje se incrementó hasta el 35%, con grandes aumentos en todos los sectores que hoy son claves en la exportación, con la excepción del de alimentación, bebidas y tabaco, que sigue aquejado de una baja intensidad exportadora. Con este cambio, las empresas de mayor tamaño asumieron una clara orientación exportadora. Por lo que respecta a las de menos de doscientos trabajadores, también avanzaron en cuanto a intensidad en la exportación, aunque en una medida menor, consiguiendo el umbral del 25 % que según una reciente investigación resulta decisivo.4 El nuevo siglo apenas alteró estos logros, hasta la llegada de la crisis.
Tras esta transformación que tuvo lugar en la década de 1990, la internacionalización de las empresas españolas en su vertiente de exportación alcanzó ya ciertamente un nivel elevado. La década posterior, la que abre el nuevo siglo, se caracteriza por la extensión a nuevos mercados, la introducción de nuevos productos y la mejora en su calidad. También por dar paso a una nueva y superior etapa de internacionalización de las grandes empresas, la implantación productiva en otros países, a través de la inversión en el exterior, que transforma las empresas españolas en multinacionales, un proceso en buena medida protagonizado por compañías encuadradas en las actividades de servicios, banca, telecomunicaciones y energía, pero también seguido por empresas industriales pertenecientes a diversas actividades (metalurgia, productos de minerales no metálicos, química, automoción y alimentos), que ha ejercido efectos favorables sobre la exportación.
Así pues, la exportación española y, aún de forma más amplia, la internacionalización de las empresas españolas han seguido una trayectoria de afianzamiento paulatino, guiadas por un grupo de grandes empresas al que se han ido añadiendo otras más pequeñas que, de forma gradual, se han dirigido, primero, a los mercados cercanos geográfica y culturalmente, para extenderse después por una buena parte del planeta. Es quizá la senda más común de internacionalización, realizada en un marco exigente y con buenos resultados.
Es también el camino señalado por la Escuela de Uppsala, que postula que la exportación es un camino difícil que se inicia mediante un paulatino aumento del peso de los mercados exteriores en la actividad de las empresas, el cual las dota de experiencia para finalmente acometer su implantación en otros países, convirtiéndose de esta manera en compañías multinacionales, en un círculo virtuoso entre exportación e inversión exterior, dos actividades que se refuerzan mutuamente.
EXPORTACIONES, RECUPERACIÓN ECONÓMICA Y NUEVO MODELO DE CRECIMIENTO
A pesar de la brillante trayectoria mostrada por las exportaciones españolas, el volumen que alcanzan hoy no puede considerarse suficiente para lograr un crecimiento de la producción susceptible de absorber el elevado desempleo de la mano de obra que registra España, por lo que deben seguir expandiéndose a un ritmo alto. Medido con respecto al PIB, su valor supone en la actualidad el 34%, cifra que sobrepasa a las de Francia o Italia. También en el caso de las mercancías, ámbito en el que la posición española no es tan holgada como en el de los servicios, se han superado los niveles de Francia, con acercamiento a los de Italia, de un 24%.
Sin embargo, no debe olvidarse que la recuperación de la demanda interna tiende a reorientar a algunas empresas hacia el mercado interior y, sobre todo, impulsa las importaciones, con el riesgo de que superen a las exportaciones y conduzcan a un déficit en el comercio de bienes y servicios, revirtiendo el ajuste logrado durante la crisis, según se desprende del gráfico 1.5.
En efecto, el período de expansión que precede a la crisis reciente se caracteriza por un intenso deterioro del saldo del comercio de bienes y servicios, y, por tanto, por la contribución negativa de la demanda externa al crecimiento del PIB (véase de nuevo el gráfico 1.2). El aumento del déficit exterior es, sobre todo, visible en el caso de los bienes; en cambio, los servicios registran siempre un saldo favorable, derivado de las actividades turísticas, aunque acusan también el impacto del considerable aumento de la demanda nacional en el período mencionado, que impulsa al alza sus importaciones.
Es inevitable preguntarse si un tejido industrial más sólido no hubiera podido evitar el alza de las importaciones, y ello hace que muchos analistas quieran ver en el saldo del comercio exterior un indicador de competitividad de la economía.
Un deterioro de este saldo tan pronunciado refleja, sin duda, algunas debilidades del tejido productivo, pero apunta sobre todo a la existencia de un desbordado y descontrolado ritmo de aumento de la demanda nacional, además del impacto de algún otro factor relevante, como la notable elevación del valor del euro con respecto al dólar, que encareció los precios españoles y abarató los de otros países competidores.
La respuesta al auge de las importaciones en una economía desarrollada es el aumento de las exportaciones, y si este no se consigue, la conclusión inevitable es que se crece demasiado, con lo que el control de la demanda nacional se hace necesario. Apenas existe espacio hoy para la sustitución de importaciones por producción propia, reduciendo con ello las compras al exterior. Las economías desarrolladas se especializan en determinadas gamas de productos para conseguir economías de escala y aprovechar sus ventajas relativas de costes (mayores en unas gamas que en otras, dependiendo del precio de sus factores productivos, el trabajo y el capital, entre otros factores). La producción difícilmente puede atender las demandas de todas las gamas de productos.
Gráfico 1.5. Saldo del comercio de bienes y servicios sobre el PIB (porcentajes a precios constantes)

Fuente: INE, Contabilidad Nacional de España.
Un ejemplo ilustrará esta cuestión. Si la demanda de automóviles crece, lo hace también la de los modelos más caros y sofisticados, pero esta no puede ser atendida con una producción nacional que está especializada en gamas medias y bajas, al basarse en ventajas que proceden de menores salarios y no de un elevado desarrollo tecnológico (de hecho, las empresas automovilísticas son de capital extranjero en una proporción muy elevada). Por tanto, la respuesta de España debe ser aumentar las exportaciones de los modelos que fabrica, no tratar de cubrir esas demandas de vehículos sofisticados, que es algo que solo podrá lograr en un plazo más dilatado de tiempo, aumentando el nivel tecnológico de las empresas ubicadas en su territorio. Eso no significa que la producción española no sea competitiva; lo es y mucho, hasta el punto de que su inserción en la gran cadena de montaje europea es cada vez más fuerte, como muestran las recientes investigaciones del equipo dirigido por la profesora Rosario Gandoy (Córcoles, Díaz Mora y Gandoy, 2012).
La recuperación de la crisis y el crecimiento futuro de la economía española reclaman un mayor peso de las exportaciones. De otra manera, el aumento de la demanda nacional hará crecer las importaciones, que deberán financiarse parcialmente (en la parte no cubierta con exportaciones) con préstamos recibidos de otros países, incrementando así la deuda exterior y limitando el crecimiento económico en el largo plazo. Por consiguiente, la senda alcista de las ventas al exterior debería continuar en los próximos años, y existe suficiente fortaleza competitiva para ello, lo que no quita para que sean necesarias sólidas medidas de apoyo, sobre todo en un momento como el actual, de parálisis del comercio mundial. El actual crecimiento de la demanda interna, superior al 3%, tiende a hacer aumentar las importaciones en algo más del 5%, una tasa alcanzable por las exportaciones en condiciones normales, pero no si la economía mundial no acelera su actual ritmo de avance.
Un crecimiento económico con mayor apoyo en las exportaciones ofrece muchas ventajas adicionales a la ya señalada de sostener un mayor equilibrio en las cuentas exteriores. La primera es la de favorecer el desarrollo de la industria, con innumerables incentivos a la innovación y a la cualificación laboral. Esta es precisamente la gran ventaja que se asocia a la estrategia de reindustrialización que la Comisión Europea ha asumido, estableciendo el ambicioso objetivo de un ascenso del peso de la industria en el total de la producción del 16% actual al 20% para 2020. La segunda es el incremento del crecimiento, la eficiencia y la innovación de las empresas exportadoras, cuya evolución se hace además menos sensible al ciclo nacional. Y la tercera es un mejor conocimiento de los mercados exteriores, que estimula y abarata la internacionalización de otras empresas, ofreciendo un gran apoyo a la política pública de promoción exterior.
CONCLUSIONES
En este primer capítulo se ha descrito el ascenso de las exportaciones españolas durante los años de la crisis económica, valorándolo como sobresaliente en comparación con el de otros países europeos. La fortaleza que muestra ese ascenso descansa en parte en la propia crisis, que constituye un incentivo para buscar mercados en el exterior, pero se asienta sobre todo en una trayectoria de décadas de expansión a tasas elevadas, que recibió un gran estímulo gracias a la adhesión de España a la Unión Europea, en 1986, y alcanzó sus mayores logros en el decenio de 1990. Esta trayectoria exitosa ha sido el resultado de una profunda transformación de la estructura productiva de la economía española y de las bases tecnológicas y organizativas de las empresas que la integran, obligadas a responder al reto de una mayor exposición del mercado español a la competencia internacional derivada de la integración comunitaria y de la globalización. Las empresas españolas han alcanzado ya elevados niveles de internacionalización, y no solo a través de la exportación, sino a través de la inversión exterior. Las claves de su éxito y la fortaleza que este esconde, que permite mirar al futuro con optimismo, son los aspectos que estudia este libro.
En todo caso, un crecimiento económico más estable y sostenido exige la continuidad en la orientación de las producciones españolas hacia los mercados exteriores, incrementándose la intensidad exportadora de las empresas, pues la recuperación de la demanda nacional estimula las importaciones, aumentando así el riesgo de una vuelta al desequilibrio en el comercio de bienes y servicios.
Un crecimiento más basado en exportaciones ofrece muchas ventajas, no solo la de su sostenibilidad a ritmos elevados, sino también la de incrementar la eficiencia y la productividad de las empresas. Es pues uno de los centros del cambio en el modelo productivo que la sociedad española reclama.
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EXPORTACIONES Y COSTES LABORALES: LA PARADOJA DEL AUMENTO DE LAS
EXPORTACIONES CON LOS COSTES AL ALZA
Tras un crecimiento de las exportaciones, los economistas esperan que se encuentre un favorable comportamiento de los costes y los precios de producción, que se consideran frecuentemente los indicadores de competitividad más destacados. En el caso de España, esto fue así durante el decenio de 1990, pero no en los años de la década de 2000 que transcurren hasta la crisis, pudiendo hablarse de una paradoja de los costes y la competitividad, o de la productividad y la competitividad, a la que se va a prestar una atención preferente en este capítulo.
El hecho de que el avance de las exportaciones en la etapa inmediatamente anterior a la crisis no haya descansado sobre una favorable evolución de los costes de producción es un aspecto de gran trascendencia, porque apunta a la fortaleza de otros factores impulsores de las ventas exteriores, que son los que este libro trata de identificar en los siguientes diversos capítulos. Por eso, esta circunstancia merece ser considerada con un especial detenimiento, y el hacerlo ayuda a clarificar el concepto de competitividad y a definir sus diferentes perspectivas e indicadores. Este es precisamente el objeto de este capítulo.
LA EVOLUCIÓN DE LOS COSTES DE PRODUCCIÓN
Las compras de productos españoles por parte de los no residentes, las exportaciones, dependen de la renta que estos poseen, y de su ritmo de avance, así como de los precios españoles comparados con los de otros países competidores. El PIB mundial es un buen indicador de la renta de los potenciales demandantes de los productos españoles; por tanto, las exportaciones dependen de manera clara de su evolución. Pero también de los precios de los productos españoles comparados con los de otros países competidores, expresados en la misma moneda (es decir, convertidos a través del tipo de cambio de la moneda en una unidad monetaria común, el euro o el dólar, por ejemplo). Si el análisis se circunscribe al área del euro, con la que España comparte moneda, las exportaciones españolas dependen del aumento del PIB de esta área y de los precios de los productos españoles expresados en euros, o de los costes laborales unitarios, los cuales determinan de forma sustancial estos precios.
El precio o el coste de producción medido en moneda común es el indicador más frecuente de la competitividad de una economía, pues precisamente muestra la ventaja relativa de costes que tienen las empresas de un país cuando rivalizan con las de otros países para captar porciones o cuotas del mercado mundial, incluido el propio. Esta no es la única noción de competitividad, como más adelante se verá, sino la que implícitamente se obtiene del ámbito analítico de la economía internacional y del análisis macroeconómico.1 En realidad, las empresas no solo compiten en precios, sino también en productos singulares y de calidades diferentes, asociándose mayores calidades a mayores precios.
Desde esta perspectiva, la cuota de España en las exportaciones comunitarias, cuya evolución ascendente se ha destacado ya en el capítulo anterior, debería guardar una estrecha relación con mejoras en su posición en precios y costes relativos. El crecimiento de la renta en el mundo atraería por igual las producciones de todos los países europeos, por lo que la influencia del aumento del PIB mundial favorece el incremento de las exportaciones de todos,2 pero aquellos cuyos precios crecen menos deberían vender más, aumentando su cuota exportadora en el conjunto. Por eso es interesante confrontar las cuotas de exportación con los precios relativos, esperándose que evolucionen de manera contraria: cuanto más crecen los precios españoles respecto a los restantes, menos debiera crecer la cuota de España en las exportaciones mundiales.
Los precios guardan una estrecha relación con los costes laborales unitarios, cualquiera que sea la forma de funcionamiento del mercado, por lo que este concepto recibe mucha atención, más incluso que los precios, definiéndose como lo que cuesta el trabajo incorporado en una unidad de producto. Si a este coste se le añade el margen del empresario (costes no laborales y beneficios), tenemos el precio del producto. Al compararlo con otros países, se debe expresar en la misma moneda; en los países de la zona del euro, que ya comparten la misma moneda, la comparación es inmediata. En el recuadro 2.1 se explica con mayor detalle este concepto de coste laboral unitario, que se obtiene como división del salario del trabajador y las unidades que produce (su productividad).
Como el progreso no va acompañado de reducciones de salarios, la única manera de reducir los costes laborales unitarios en una economía dinámica es el aumento de la productividad, el producto obtenido por cada trabajador, lo que se consigue con mayor equipamiento del proceso productivo, o bien a través del empleo de trabajadores más cualificados y de un mayor esfuerzo tecnológico, que permiten obtener un mayor rendimiento de una misma maquinaria y de un determinado proceso de organización de la producción y elaborar productos más singulares (diferenciados de los de las empresas rivales) o de más calidad.
RECUADRO 2.1. Costes laborales unitarios y precios
Como ya se ha señalado, el coste laboral unitario (CLU) es el coste del trabajo incorporado en una unidad de producto. Supóngase que, en España, un trabajador obtiene en una hora 10 unidades de producto y recibe como pago 10 euros, el coste laboral unitario es de 1 euro por unidad, y se obtiene dividiendo el salario del trabajador por el número de unidades que produce (su productividad):

En nuestro ejemplo, el trabajador cobra 10 euros por trabajar una hora y en ella produce 10 unidades, por lo que el CLU es

Cuando se compara este coste con el de otros países hay que expresarlo en una moneda común. Si se compara con EE.UU. y el tipo de cambio es de un euro por un dólar, ese coste expresado en dólares será de un dólar. Si este coste es igual o menor que el de producir en EE.UU., la producción española será competitiva en costes.
Nótese que se aumenta la competitividad porque se reducen los salarios o se incrementa la productividad. Pero la única vía de reducción de los costes laborales unitarios para una economía que quiere progresar (y lograr que sus trabajadores tengan mayores rentas) es el aumento de la productividad, que aparece así como una variable clave de la competitividad en precios. Pero como el aumento de la productividad ha de redundar en mayores remuneraciones para la población (y los trabajadores), una parte de su incremento se trasladará a mayores salarios, de forma que no podrán producirse grandes reducciones del coste laboral unitario aunque aumente la productividad. Pero sí se evitará que ascienda de forma rápida.
El CLU también se altera si lo hace el tipo de cambio. En nuestro ejemplo, si 1 euro pasa a valer 1,1 dólares, revalorizándose frente al dólar, los 10 euros se transforman en 11 dólares y el CLU en 1,1 dólares, en lugar de 1 dólar. Por eso, el que el euro tenga un alto valor, como ha ocurrido durante 2013 y buena parte de 2014, perjudica nuestra competitividad.
De los CLU se pasa a los precios añadiendo el margen del empresario, que paga todos los costes que no son laborales, materias primas, energía, materiales, servicios externos, etc., y remunera al capital ajeno (costes financieros pagados a los prestamistas), así como al capital propio, con los beneficios de la empresa. Supongamos que en nuestro ejemplo el margen es de 1 euro por unidad. El precio del producto será pues de 2 euros. De manera que se tiene:
precio del producto = margen unitario + coste laboral unitario
Para un determinado producto, el margen unitario es tanto mayor cuantas más materias primas y materiales se requieren para producir una unidad y cuanto menor es la competencia que afronta la empresa, pues puede incrementar más sus beneficios y precios sin perder ventas.
La productividad se configura así como la variable que guía el aumento de la renta de los individuos y, por consiguiente, el crecimiento de las economías, y, al mismo tiempo, como aquella que garantiza su competitividad en costes y precios, dado que si los salarios y la productividad crecen al mismo ritmo, el coste laboral por unidad de producto se mantiene constante.
Pasemos pues ahora a examinar lo ocurrido con la productividad y los costes laborales españoles y, como consecuencia, con los precios. El gráfico 2.1 compara la evolución de los costes laborales unitarios en España con la de Alemania, Francia e Italia desde 1990, midiendo los costes en la moneda común, el euro, desde 1998, y el ECU para el período anterior, hasta 1990.
España, como Italia, experimenta una reducción de sus costes en la primera mitad de 1990, en un momento de ines-
Gráfico 2.1. Costes laborales unitarios nominales en moneda común (céntimos de ecu/euro por unidad producida)

Fuente: Eurostat. tabilidad del Sistema Monetario Europeo y de ataques especulativos contra la peseta y la lira, que sufren varias devaluaciones.3
A partir de la segunda mitad del decenio mencionado, los costes laborales italianos y españoles comienzan a crecer más rápidamente, acercándose a los franceses y alemanes, y aceleran su ritmo de avance a partir de 2003-2004 en el caso de España. A partir de 2005-2006, superan a los alemanes y en 2007 se igualan a los franceses. Los costes laborales unitarios alemanes, que crecieron muy rápidamente durante el proceso de reunificación, a principios de la década de 1990,4 se mantuvieron después estables y se redujeron con el comienzo del siglo XXI, precisamente en los años en que aumentaron más en España. Durante la crisis, en cambio, han aumentado en Alemania y disminuido en España, acercándose los unos a los otros.
Lo sorprendente es que el aumento de los costes españoles no impidiera el formidable ascenso de las exportaciones españolas ni su ganancia de cuota en la UE-15, que, como se recordará, fue muy destacada en toda la década de 1990, y solo se redujo a partir de 2003, para volver a crecer desde 2008, ya en la etapa de crisis económica, en la que ha tenido lugar una significativa reducción de costes.
La reducción de la cuota de España en las exportaciones de la UE entre 2004 y 2007, que algunos analistas atribuyeron entonces a esta pérdida de competitividad en costes de producción, no impidió sin embargo que las exportaciones siguieran creciendo a buen ritmo, ni que las empresas aumentaran los precios, con elevaciones de sus márgenes unitarios, a pesar de encontrarse en un espacio más competitivo desde la creación del euro. Esto es algo que también hicieron las empresas de Alemania o Francia, y constituye un hecho que no ha dejado de sorprender a los analistas. Como consecuencia, las cifras de rentabilidad de las empresas españolas fueron en estos años muy considerables, como se desprende del análisis de los datos de la Central de Balances del Banco de España y también del Instituto Nacional de Estadística (INE).5
El alza en los márgenes empresariales en un contexto de subida de costes laborales unitarios no parece indicar precisamente que las empresas percibieran que estaban perdiendo competitividad. Y por ello, bien puede interpretarse que la pérdida de cuota de España en las exportaciones de la UE-15 durante los años 2004-2006 tuvo que ver más bien con la considerable expansión de la demanda interna española y la apuesta de muchas empresas por un mercado que crecía a ritmos tan elevados. La rápida reorientación al exterior desde el comienzo de la crisis, con ganancia de cuota en Europa, sería la apresurada respuesta al cambio de situación de empresas bien preparadas para la exportación.
Por otra parte, las exportaciones se vieron gravemente perjudicadas por la revalorización del euro. Aunque España dirigía entonces sus bienes principalmente hacia los países de la UE, una proporción creciente de ellos se fue orientando cada año hacia otros países, debiendo superar el obstáculo de un tipo de cambio del euro al alza durante todo el período (la nueva moneda europea se apreció frente al dólar nada menos que un 52 %, entre 2000 y 2007). Repárese pues en la fuerza competitiva que revelan las exportaciones españolas al seguir avanzando a buen ritmo a pesar de esta formidable revalorización de la moneda común. Y adviértase de paso que el país que se adhiere a ella se somete a una incertidumbre acerca de la evolución de su valor, que no responde ya a los desequilibrios propios, sino del conjunto de los países integrados en el área del euro. Hay pocos factores que revelen de forma tan clara la dependencia de los países de la zona del euro de una política común y la necesidad de mecanismos de solidaridad ante los desequilibrios de cualquiera de ellos.
En todo caso, conviene detenerse en las causas del mayor aumento de los costes laborales unitarios españoles. Ya se ha señalado que estos se obtienen como una división entre el salario y la productividad del trabajo. La evolución del primero se recoge en el gráfico 2.2, expresada en miles de euros de remuneración por trabajador. Los salarios en España, inferiores a los de Francia, Alemania e Italia, se acercan gradualmente a los de estos dos últimos países desde el comienzo del siglo XXI, aproximándose mucho a los de Alemania en 2009. Esta es pues una primera causa.
Gráfico 2.2. Salarios en moneda común (miles de euros corrientes por trabajador)

Fuente: Eurostat.
La segunda se encuentra en un menor y escaso avance de la productividad del trabajo, cuya evolución se recoge en el gráfico 2.3, calculándola como PIB a precios de 2010 (PIB real, descontada la evolución de los precios) dividido por la población ocupada. España parte de menores niveles que Alemania, Francia e Italia en 1991: 49.000 euros de 2010 por trabajador frente a 63.000 en Francia, 56.000 en Italia y 51.000 en Alemania. La productividad alemana se asemejaba más a la francesa antes de la unificación y superaba a la italiana.
Gráfico 2.3. Productividad del trabajo (miles de euros de 2010 por trabajador)

Fuente: INE, Contabilidad Nacional de España.
En el transcurso de los años contemplados en el gráfico que se examina, la productividad española apenas crece, alejándose de los niveles alcanzados por los otros países hasta 2008. Solo después de ese año, con la ingente destrucción de empleo que ha tenido lugar en España, los niveles de productividad se han incrementado, convergiendo con los de Alemania e Italia. Desparecen los establecimientos con menor productividad, dejando al descubierto la más favorable imagen que ofrecen los más eficientes.
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