Czytaj książkę: «Inchaurrondo Blues»

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INCHAURRONDO BLUES

V.1: junio, 2014

© Rafael Jiménez, 2013

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014

Diseño de cubierta: www.genisrovira.com

Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-16223-01-5

IBIC: FA

Depósito Legal: B. 14804-2014

Maquetación: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

INCHAURRONDO BLUES

A principios de los años ochenta, el cuartel de la Guardia Civil en Inchaurrondo, en San Sebastián, es para Eloy, hijo del teniente Navarro, casi una prisión. Eloy tiene poco contacto con el exterior hasta que en una visita al médico conoce a otro chico, Ander. Ambos son apasionados del fútbol y junto a otros chavales organizan partidos dentro y fuera del cuartel, inspirados por la gran Real Sociedad de aquellos años y ajenos a las fronteras ideológicas y casi físicas que imponen los adultos. La amistad, el amor, los descubrimientos infantiles y la magia del fútbol son el nexo de unión entre dos mundos opuestos que amenazan con destruir la frágil felicidad de la infancia.

«En un lugar donde se convive con el rencor, las líneas del campo de fútbol son las fronteras contra la barbarie. Rafael Jiménez nos muestra un escenario donde el juego convierte a los niños en hombres que no conocerán el odio.»

Santiago Tarín

«Una novela sólida y comprometida escrita por alguien que sabe perfectamente de qué está hablando.»

Andreu Martín

«Una gran historia de amistad fraguada con un balón en tiempos de odios. Una lección de vida para una Euskadi que avanza hacia una convivencia en paz.»

Mayka Navarro

«Un desenlace pletórico que el lector nunca olvidará.»

Jesús María Zuloaga

«Esta maravillosa novela, este original relato, esta historia intimista demuestra que la cigüeña no siempre te deja en el lugar soñado.»

Emilio Pérez de Rozas

«Una historia exquisita que narra cómo el fútbol abraza el cariño aun en tiempos del cólera.»

Dagoberto Escorcia

ÍNDICE

Primera parte

1. Brooklyn 2012

2. Inchaurrondo 1983

3. Me llamo Ander y soy cojo

4. La fortaleza

5. El miedo

6. El día que conocí a Eloy

7. El teniente Navarro

8. Joseba, mi aita

9. El día que la abuela dejó de ser Edurne Beguiristain

10. Un mundo con miedo

11. Todos tenemos marcado un camino en la vida

12. El fútbol cautivo

13. La pelota de goma

14. Todo empezó a cambiar

15. Veo el cielo

16. Calle Baratzategui 23

17. El balón rasga el silencio

18. Dejad paso a la muerte

19. El primer gran sobresalto

20. Todo se acerca

21. Ocho balas

Segunda parte

1. El gran viaje

2. Laia

3. Tesis del horror

4. El regreso

5. Aita

6. Corre, niño, corre, ¿pero a qué esperas?

Agradecimientos

Sobre el autor

A Fabio Moreno, Susana y Sonia Cabrerizo,

por la vida que os arrebataron.

A Irene Villa, por tu ejemplo de lucha y optimismo.

Y a todos los niños que han crecido sin su padre.

O sin su aita, que viene a ser lo mismo.

Como el náufrago metódico que contase las olas

que faltan para morir,

y las contase, y las volviese a contar, para evitar

errores, hasta la última,

hasta aquella que tiene la estatura de un niño

y le besa y le cubre la frente,

así he vivido yo con una vaga prudencia de

caballo de cartón en el baño,

sabiendo que jamás me he equivocado en nada,

sino en las cosas que yo más quería.

Luis Rosales, poeta granadino

Primera parte

1. Brooklyn, 2012

A los trece años llegué hasta aquí sin haber podido escarbar en mi pasado. Sigo despertándome con la misma imagen clavada en mis retinas, sin olvidar durante ni siquiera un segundo de mi vida, la cara de mi amigo Eloy, ese último instante retratado en mi memoria que consigue que mi rostro, ya con incipientes arrugas, se convierta en una amalgama de mirada triste coronada por una fotografía retenida en mi cerebro.

Desde hace algún tiempo han vuelto a aparecer los fantasmas en mi vida; apariciones, casi siempre nocturnas, de seres del pasado que tanto me atenazan y que no puedo erradicar de mi memoria. Entonces me despierto súbitamente en medio de la noche, como si mis recuerdos hubieran adquirido hábitos de instantáneas retenidas en mi memoria desde hace treinta años. Los malos presagios aparecen en noches rodeadas de colores oscuros en las que me siento como un vagabundo invisible para los demás, pero muy real para mí mismo. Durante esas noches pienso en cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que consiga olvidar el rompecabezas en que se convirtió mi vida, como si necesitara decirme imperiosamente que tanto llorar y lamentar lo que me tocó vivir hasta los trece años ha merecido la pena. Porque fue mi vida, al fin y al cabo, y fue el mundo temeroso que me encontré.

Mal empieza esta historia si sus primeras palabras ya hablan de ausencias y del miedo de un niño, y quizá percibáis ese aroma inelegante de presentarme con algo tan funesto como el fin de una vida, pero creo que es importante que sepáis qué me trajo hasta Brooklyn cuando tenía trece años. Desde entonces, he pasado casi treinta años como si pedaleara en una bicicleta, como si fuera un ciclista cogiendo las curvas de los Alpes a 125 kilómetros por hora, bordeando el arcén de una manera tan inhumanamente peligrosa que parece que desee que una piedra o una vaca se cruce en su camino y todos corriendo al tanatorio.

Últimamente he vuelto a ver a la noche con presagios de disparos, con niños que huyen del miedo, con amistades truncadas. Lo veo todo bajo un cristal resquebrajado en el que las gotas de la lluvia van cayendo hasta el borde y, como balanceándose al son de una nana, retoman de nuevo su camino hasta caer derrotadas al suelo. Pero aquí, en el bullicio de mis sabanas recién lavadas, busco el resguardo de las tormentas de mi vida. Tengo mucha suerte de tener a Laia a mi lado; su respiración acompasada y el rechinar de sus dientes me hacen compañía mientras dura el vendaval de mis pensamientos.

Es como si quisiera comenzar un viaje hacia la esperanza, esa palabra tan manoseada y que se ha convertido en un artilugio literario, más para utilizarla como un recurso estilístico que como una declaración de intenciones acerca de cómo vivir. Esperanza. Se puede ver en Internet, como requisito imprescindible para curarte ante cualquier contratiempo, o en las farmacias, que junto a las cremas milagrosas borran el paso del tiempo, o quizá entre las palabras del presidente de cualquier gobierno ante los problemas de la economía. Esperanza. Sin apellidos. Sólo Esperanza.

Mientras sigo en el balcón de mis sueños peleándome con las sábanas, que más que taparme me aprisionan, pienso en esa palabra: en la esperanza, en el incontrolable deseo de acabar con los recuerdos de un niño herido en una guerra que aún dura y para lo que, ya lo he decidido, necesito contarlo todo.

Quiero empezar a olvidar. Pero para poder empezar desde cero necesito que sepáis qué pasó en la cabeza de un niño vasco hace treinta años, en un pequeño lugar llamado Inchaurrondo. No creáis que ha pasado tanto tiempo, al menos el suficiente para curar las heridas que produce la muerte.

***

Quizá mi infancia convirtió en patria lo que no era más que una aldea de habitantes ciertamente primitivos. Tanto delimitar las fronteras, tanto elevar los muros a la altura de la luna, tanto machacarnos con ser habitantes de un pueblo milenario único en Europa, con un idioma del que aún hoy no se sabe su exacta procedencia, que lo único que consiguieron fue abrumar a los niños que sólo pretendíamos ser dueños de una pelota de fútbol.

Mi niñez caminaba habituándose a un concepto gótico de la vida, donde las hazañas de los gudaris nos eran contadas como auténticos cuentos de hadas y príncipes en medio de un bosque embrujado en el que el ogro tenía siempre un traje verde. El mundo comenzaba en Bizkaia, Guipuzkoa, Áraba, Lapurdi, Zuberoa y terminaba en Nafarroa Baja, porque al otro lado los espacios eran tan repugnantes que ningún niño habría osado atravesarlos.

Los paisajes de mis primeras visiones eran oscuras bifurcaciones que culminaban en el muro del cuartel de Inchaurrondo. La lluvia daba forma a una apoteosis del paisaje y el sentir las gotas de lluvia en mi rostro es ya una experiencia tardía. En mi casa de Inchaurrondo Alto no existían los paraguas; creo que es el lugar del mundo donde, teniendo en cuenta los numerosos días en que llueve, hay menos paraguas por habitante. Nos gustaba la lluvia y mojarnos constituía una experiencia liberadora. Nuestra vida estaba definida por los tenebrosos límites de una rutina impuesta por quienes nos dominaban. Los amos de nuestra vida. Hasta que apareció Eloy.

2. Inchaurrondo, 1983

El balón de cuero con el que Eloy jugaba a fútbol se lo regaló su amigo Blas. Fue su regalo de despedida cuando Eloy se marchó del pueblo, Atarfe, que está en Granada. El balón giraba de una pierna a la otra mientras le daba punterazos de rabia hacia la pared del muro del cuartel de Inchaurrondo. Ese balón era como el mundo, redondo, y en él dibujaba mentalmente dónde estaba situada Granada y dónde Inchaurrondo. A veces Eloy se sorprendía de que la distancia no fuera tan grande, apenas unos centímetros en el balón. Y sin embargo le parecía que se había mudado al otro lado del mundo. En el balón, ya gastado, podía ver el mar, que era el poco color blanco que le quedaba, y las montañas y los continentes, que eran los recuerdos de los punterazos que hacían mella en la pelota. Cuando tenía el balón entre sus pies conseguía olvidarse de que estaba en Inchaurrondo y, si cerraba los ojos, era capaz de jugar como si estuviera en Atarfe.

Algunos niños estaban sentados en el patio del cuartel viéndole pegar con fuerza al balón, hasta que alguno de ellos se atrevía a preguntar si podían hacer un partido. Nadie tenía un balón de cuero en Inchaurrondo. Decía su amigo Blas que era el mismo balón con el que Maradona hacía poesía con su fina zancada y sus dulces golpeos con la zurda. Eso de tener un balón de cuero en el cuartel de Inchaurrondo no era cualquier cosa. Aunque se tratara de un balón viejo. Si no, cómo iban a estar mirándole seis o siete niños esperando a que les dijera:

—Venga, vale, hacemos un partido.

Desde la ventana, Soledad, la madre de Eloy, miraba cómo jugaba. Verlo allí, tan cerca, le producía el sosiego que le faltaba por las continuas ausencias de su marido y tras el umbral de la ventana, ella también se transportaba a Granada, creyendo en vano que ese pedazo de terreno en el que jugaban a fútbol formaba parte de su particular imaginario de tierras cálidas, verdes, con aroma de aceitunas y jazmín. Un trozo de Granada transportado a Inchaurrondo. Su madre estaba siempre ahí, huyendo con la mirada a través de las montañas, de los ríos, de los pequeños pueblos y de las grandes ciudades, en una búsqueda vacilante pero sin tregua hacia su tierra. Donde reinaba la paz, el lugar en el que le preparaba el bocadillo a Sergio, el hermano de Eloy, tras dejar el uniforme de la Guardia Civil de su marido impoluto y planchado con arte como si fuera el traje de un torero.

—¿Pero qué haces mirando constantemente por la ventana? —le preguntaba Antonio, su marido, o cualquier vecina del bloque a Soledad.

—Pues ver a los niños cómo disfrutan detrás del balón. Me hace mucha gracia verlos ahí, sudando, riendo, como si no supieran dónde están.

Eloy creía que esto nunca le iba a pasar, que era imposible que le arrancaran del pueblo. Y menos de esa manera. A traición. Sí. Su padre se lo dijo a la familia uno o dos días antes. Eloy acababa de llegar del río con Blas y al entrar en casa y dejar las huellas de sus pies mojados por todas las baldosas, escuchó cómo su padre se lo contaba a su madre. Decían que era mejor que Sergio, su madre y él se quedaran en el pueblo, que su padre se iría solo, que era lo más sensato. Que esa gente del norte, los vascos, eran muy suyos y no querían ni ver a la Guardia Civil, y el padre no quería que sufrieran en un jardín de árboles sin flores ni hojas, ni tronco, ni vida, ni días, ni sueños, ni paz, ni ríos, sin tiempo ni premura, sin vida y sin alfombras voladoras, ni aceitunas, ni sol, ni brisa, ni amor.

­—Es mejor que os quedéis, Soledad —decía su padre.

­—De eso ni hablar, Antonio. Son quince años los que llevo junto a ti. Tus ojos, tus oídos, tu pelo, tus piernas y tus brazos estarán junto a mí. Estaremos juntos, como las hormigas o como las gaviotas, pasaremos miedo, pero toda la familia estará unida. Yo no me casé contigo para tenerte a mil kilómetros de distancia, para que este pequeño mundo lleno de obstáculos y de fronteras sea como el enfermo que espera a que le digan que tiene que irse de este mundo. No. Nos vamos todos juntos.

***

Cuando tienes doce años y dejas de pronto de ver tu universo, cuando ya no puedes jugar a estudiar cómo matar moscas granadinas sin manchar las paredes blancas, cuando tu amigo no te acompaña a darte un chapuzón al río o cuando el balón perdido entre las praderas de Granada forma parte de un partido de fútbol bajo un tórrido sol que ya no puedes jugar, es cuando a Eloy le subía un escalofrío por la nuca que le hacía correr como un loco por el patio del cuartel de Inchaurrondo, dando gritos de desesperación, como si chillar fuera a curar sus heridas.

Esta mañana, o ayer, o quizá mañana, Eloy se volvería a levantar en la oscuridad de un día más con el cielo gris, con un cielo que penetraba en su cuarto y permanecía dentro de la casa todo el día. Veía la cara de su madre mirando por la ventana, siempre vestida de negro, como si su luto perenne fuera un mal augurio. Su madre andaba todo el día ida, ausente, con ojos vidriosos y mirada semidormida incluso ahora, a las doce del mediodía. Ese día también llovía. Y cuando se acercaba a su madre a abrazarla, se daba cuenta de que en poco tiempo sus piernas y su cintura que tanto le protegían y que eran tan tiernas, se habían vuelto duras, como si fueran una estatua. Ese día también hacía frío. Y Eloy se había vuelto a constipar. En Atarfe no se ponía enfermo nunca. Ignoraba qué tenía este viento del norte, pero sus anginas ya no podían más. Dolían mucho al tragar y a veces no podía ni respirar.

En el libro de sus pequeños recuerdos, no podía sacarse de la cabeza a Belén, la niña de su clase con una larga melena negra que le tenía sin vivir desde que iban juntos a la guardería del pueblo. Sus enormes ojos negros que le miraban y se escondían cuando se daba cuenta, le perseguían en Inchaurrondo. Como los ojos de Blas. No se pudo ni despedir de Belén. Eso tampoco se lo perdonaba a su padre. La verdad es que desde que llegaron aquí, no le perdonaba nada a su padre. Creía que tenía la culpa de todo, hasta de que se le hubieran puesto a su madre las piernas tan duras y tensas y de que su hermano Sergio fuera cada día más insoportable. Aunque aquí era normal que Sergio se encontrara en el paraíso. En el pueblo nadie lo aguantaba. Eloy deducía que se había peleado con la mitad de los niños de su edad y el resultado era siempre el mismo. Por definición, su hermano podía con todos. Era grande como un armario y abusaba de los demás. Dejó una legión de cicatrices en las caras de sus amigos. Y lo peor es que zurraba a sus amigos y a los que no lo eran. Por eso entendía que su hermano se encontrara tan a gusto en Inchaurrondo. Aquí había encontrado a dos o tres armarios como él que se pasaban el día jugando a ser guardias civiles y, según decían, se pasaban el día salvando a la patria. Eloy no sabía de qué la tenían que salvar. Ni qué era una patria. No lo entendía. Rara vez había tenido una conversación más o menos seria con Sergio y lo suyo, más que una relación de hermanos, era una constante colisión entre el rostro y la debilidad de Eloy y los empujones y los «quita de en medio, enano» de su hermano.

El último día en Atarfe fue muy triste. Todavía hoy no se le habían secado las lágrimas. Es más, desde aquel día le dolían los ojos y consideraba que de continuar así, se le iba a desfigurar la cara y cuando volviera a ver a Belén, porque un día volvería a verla, ella no le reconocería. La última tarde en Atarfe la pasó con su madre, su padre y su hermano en Granada, donde fueron a comprar todo lo que necesitaban para emprender el más largo, triste y absurdo viaje de su vida. Recorrieron toda la ciudad en busca de ropa de abrigo, zapatos, comida y compraron los billetes del tren que les tenía que llevar hasta Inchaurrondo. Decía su padre que era mejor ir en tren porque el coche no lo iba a utilizar allí. Decía que era muy peligroso, algo que Eloy no acababa de comprender.

—¿Por qué es peligroso conducir en Inchaurrondo? —dijo en voz baja, pero su hermano lo escuchó.

—Pero, ¿no ves que no eres más que un enano? —insistía Sergio.

—A ver, ¿por qué soy un enano? ¿Se puede saber? ¿Son malas las carreteras?

Le faltó tiempo a su madre para decirle a Sergio que se callara. Y Eloy se quedó sin saber por qué era peligroso conducir en Inchaurrondo.

El viaje en tren fue más largo que un día en la cama con anginas. Antes de partir de la estación de Granada, llegó a pensar en irse, esconderse en los lavabos, y esperar allí hasta que el tren hubiera partido. No se atrevió. Tan sólo se acercó a la entrada de la estación y vio a lo lejos las Alpujarras con sus casas blancas reflejando el sol. Durante un rato anduvo a solas por la estación como perdido.

—Eloy, ¿dónde estabas? ¿No ves que está a punto de salir el tren? —le dijo su madre entre enfadada y cómplice.

«¿Y por qué se tienen que complicar siempre las cosas?», se decía una y otra vez mientras subía las escaleras del tren ante la atenta mirada de su padre, que no sabía si reñirle o volver a insistir en que en Inchaurrondo estarían bien.

Con un gesto de mal humor se sentó en su asiento dispuesto a cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta que llegaran a San Sebastián, aunque no aguantó demasiado por el sobresalto que se produjo cuando el tren se puso en marcha. Los vagones se movían de manera brusca, como si también se resistieran a marcharse de allí. Abrió los ojos y Granada estaba ahí, al otro lado de la ventanilla. Con las horas había ido perdiendo su color entre dorado y azul, pero vio a la gente caminar por sus calles y a los autobuses que iban al pueblo pasando con el largo quejido de motor. Supo que nunca iba a olvidar Granada. Pensó que algún día sería el dueño de su propia vida y volvería al pueblo para no salir de él. Jamás.

El viaje duró unas veinte horas y tuvieron que hacer dos transbordos caóticos con las maletas y el sueño a cuestas. El trayecto le suscitaba cientos de preguntas mientras se quedaba con la cara pegada al cristal del pasillo del tren, donde los paisajes se sucedían en lo que le parecía una velocidad de vértigo y que, sin embargo, era muy limitada, con constantes paradas en medio de la nada sin saber muy bien por qué, hasta que de pronto pasaba un tren por la otra vía a toda velocidad y entonces sí, emprendían de nuevo la marcha. Era como si el tren fuera el último de la clase y, como Blas, tuviera que esperar a que todos fueran saliendo mientras él se quedaba castigado.

El tren producía hambre. Al menos eso pensaba Eloy, a quien las tripas le hacían un extraño ruido. La gente comía de todo, desde bocadillos sin más arte que un trozo de mendrugo con algo en medio, hasta, como la madre de Eloy, manjares venidos a menos por el mero hecho de no poderlos comer en casa. Fiambreras con bacalao o pollo empanado dejaban impregnado el tren de un profundo olor que, con el paso de las horas, se hizo irrespirable.

En alguna parada de madrugada, adormilado en la litera, oyó las voces de trabajadores de alguna estación olvidada. Sus acentos y sus risas le produjeron una tremenda envidia, pues sabía que ellos, después de pasar el tren, volverían a sus casas, a su cama, a sus vidas.

Cuando ya no pudo dormir, se levantó y observó cómo comenzaba a llover. El agua se deslizaba por los cristales de la ventana como queriendo entrar a limpiar las almas de tantas caras tristes que había en el tren. No todo el mundo viajaba en litera y había bastantes personas que iban de pie, pero que, sin embargo, no emitían ningún lamento y casi ni se apoyaban en la pared. Eloy pensó que quizá alguno de ellos también iba a Inchaurrondo. Había visto a su padre hablar con algunos de los hombres que, sentados en sus maletas, escuchaban a su padre como si fuera el jefe de una extraña expedición.

También oyó música en algunas paradas en medio de algún pueblo. Sí, ahora los veía, eran dos o tres hombres con una gorra y pajarita negras que tocaban la flauta y el acordeón mientras el tren estaba parado y rápidamente pasaban la gorra negra entre los viajeros, antes de que viniera el revisor y el tren se pusiera en marcha de nuevo.

A medida que pasaban las horas, los tristes viajeros se dormían y el sol andaluz continuaba impertérrito, intratable, adorándolos como si fuera una madre que despide a su hijo. Las cortinillas no servían para nada y el sudor caía como una espesa capa que volvía la cara brillante, convirtiéndose el abanico en algo necesario ante tanto ímpetu del sol. Y si no tenías un abanico, un diario o un trozo de cartón también servían. El maquillaje de alguna mujer se derretía lentamente sobre sus mejillas.

El tren continuaba avanzando lentamente con largas paradas inexplicables. Ya se había convertido en un inmenso cuarto en el que veía desfilar las montañas y los últimos olivos de Andalucía entre un ruidoso silencio que sólo rompía los chirridos metálicos de los raíles. Su corazón continuaba pensando en el día que haría el viaje de vuelta, mirando a los habitantes de los vagones para saber si en sus ojos podría adivinar los que algún día regresarían a casa. Pensó que en aquel tren no viajaba nadie por placer o por gusto o de vacaciones.

Sin embargo, el paso de las horas poco tenía que ver con lo que realmente avanzaba el tren, como si el paso del tiempo no tuviera relación con el espacio recorrido y cuando el viaje parecía poner a prueba la capacidad de resistencia de sus ocupantes, llegaban los túneles, alguno como el de Despeñaperros, larguísimo, que, obstinados, sembraban de oscuridad y casi de asfixia el silencio de los viajeros. Cuando finalizaba el túnel, respiraban como si hubiera faltado el aire, abrían las ventanas y corrían las cortinas desde las que se veían los desgarbados picos de Jaén que, sin apenas vegetación, se iban terminando para dar paso al tedioso paisaje de Alcázar de San Juan, donde probablemente se hacía el cambio de vías más largo de la historia ferroviaria mundial.

Lo que sí trataba de evitar Eloy era ir al lavabo. No sólo porque había uno cada dos vagones y las colas eran interminables, sino porque los retretes tenían la cerradura averiada y la deseada soledad para mear era una quimera. Además estaban sucios y malolientes. Una suciedad irreductible, perenne e ingrata. La huella de los efluvios de todos los tiempos se habían enquistado en su interior, adobándolo todo con un color negruzco impertinente. Y echar agua era lo peor que se podía hacer porque o bien subía toda la marea atascando el váter o se inundaba el suelo.

Se preguntaba qué clase de ciudad sería San Sebastián. La aproximación con unos túneles interminables, polígonos industriales sin más vida que el convencimiento de estar viendo la nada, barrios periféricos sin alma, edificios impersonales en medio del paisaje urbano, le creó cierto desánimo ante su idea de la ciudad. Él creía que San Sebastián era Atocha, el campo de fútbol de la Real Sociedad, que por lo que sabía era pequeño pero albergaba al mejor equipo de España. Aunque les tenía un poco de rencor, porque el año pasado no pudo completar la colección de cromos de la liga porque los de la Real Sociedad no le salían nunca. Decía Blas que los cromos de la Real no llegaban a Atarfe, que estaba demasiado lejos.

«¿Qué haré allí? ¿Dónde me habré metido?». Esas y otras preguntas le rondaban la cabeza sin encontrar respuesta alguna. Cuando el tren se acercó a su destino, el susto ante el paisaje de San Sebastián se mitigó en cuanto apareció a lo lejos el mar. Eloy sólo lo había visto una vez. Había sido el año pasado en Salobreña cuando fueron a pasar el día con su madre, su padre y Blas. Sergio decía que él no hacía mariconadas como tomar el sol o jugar a fútbol en la playa.

—Para eso me quedo en la piscina de Arturo —decía Sergio.

Arturo, el hijo del Alcalde, era otro bestia como Sergio y decía constantemente que Atarfe era suyo. Y como era suyo, todo le pertenecía. Arturo era todavía más insoportable que su hermano, y eso es mucho decir.

El mar calmó su desasosiego. Luego apareció un gran paseo muy largo que bordeaba toda la zona con dos montañas a cada uno de los lados dejando a la playa encerrada como si fuera una concha. Observó restaurantes sobre la arena y unas curiosas casetas de los mismos colores que la camiseta de la Real Sociedad, dándole un aspecto totalmente distinto a la playa de Salobreña. Pensó que la angustia que le había invadido antes quizá había sido innecesaria.

En el último tramo del trayecto se quedó adormilado por el cansancio y llegó a soñar. En Atarfe no soñaba nunca. No le hacía falta. Su vida era como un sueño y se dio cuenta ahora que estaba tan lejos, y si nada más llegar a San Sebastián ya había empezado a soñar, es que no le acababa de gustar lo que tenía ante sí.

La llegada a la estación de San Sebastián le transmitió una magia que no había sentido en sus doce años de vida. Era una estación extraña, llena de hierros por el cielo que apenas dejaban ver la niebla que le acompaña todavía. «¿Será una tierra de duendes y fantasmas?», se preguntaba, tratando de aplicar algo de luz al cielo encapotado. Su madre, intentando animarle, le dijo que San Sebastián era una de las ciudades más bellas de España. Que tenía duendes, inventores y que hasta los Reyes habían veraneado allí. «¿Será por algo, no?», se decía, tratando de aportar algo de optimismo.

Vio una locomotora muy antigua que echaba muchísimo humo y sonó el pitido del jefe de estación engalanado con su traje azul y su sombrero rojo como si fuera un almirante en tierra. Los cristales de colores se parecían a la iglesia de Atarfe con sus ventanales cromáticos. En el primer vagón se leía: «Primera Clase» y le pareció ver a una mujer mayor con sombrero y el pelo muy largo y rubio y un traje de otra época que, en mesas de caoba, contribuía a crear un ambiente de lujo que recuerda las fotos que le enseñaba el abuelo antes de morir. Decía su padre que el abuelo se murió de viejo y de pena.

—Madre, ¿me puedo morir de pena? —insistía ante la frase de su padre.

—¿Cómo te vas a morir de pena con doce años, Eloy ?

Se quedó pensativo y recordó el último día que estuvo con anginas. A veces deseaba que le atacara una enfermedad de esas tan raras que te obligan a cambiar de aires. Como si fuera una alergia al clima de Inchaurrondo y que el médico le dijera a sus padres que ese niño necesitaba otro clima, que la humedad del norte lo iba a matar. Pero nada. Sólo anginas. Aunque la fiebre que le producían ya empezaba a hacer estragos en el rosario de plegarias a Dios que utilizaba su madre cuando rozaba los cuarenta grados.

—¡Ay, que este niño se nos muere, Antonio! ¡Que tiene mucha fiebre! —decía su madre mientras Eloy caía en alucinaciones como si la fiebre fuera una droga que lo hiciera deambular como un funambulista al borde de un precipicio. El mundo se veía de otra manera cuando tenías fiebre. Dejaba de preocuparte lo cotidiano y parecía que estuvieras a punto de entrar en el cielo, pero en el último momento un ángel te pedía el carnet de identidad y te decía:

—Tú, para abajo, que sólo es fiebre. Y eres muy pequeño todavía.

«Y no te creas, que te entra un cabreo grande porque ya que estás allí, al menos no has hecho el viaje en balde. Y así no tendría que volver al cuartel», pensaba Eloy.

Eso sí, cuando se recuperaba de la fiebre siempre daba un estirón. «Como continúe de esta manera, cuando vuelva a Atarfe no me van a conocer», se imaginaba Eloy con una leve sonrisa. A decir verdad, había crecido desde el último ataque de anginas. Cuando llegó a Inchaurrondo los pies no le llegaban al final de la cama, y ahora ya le colgaban y a veces uno estaba tapado con la sábana y el otro andaba tomando el fresco, como si una de sus piernas fuera más larga.

Otro problema asociado a las anginas era la tos que le entraba, que hacía que cada vez que tosía crujieran sus pulmones como si tuviera dentro una jauría de grillos.

—Mucosidades, Doña Soledad —diagnosticaba el teniente médico del cuartel que, por cierto, no le gustaba nada a su madre. Decía que muy mal médico tenía que ser para haber ido a parar a la Guardia Civil de Inchaurrondo pudiendo estar en un dispensario o en un hospital en cualquier otra parte del mundo.

Cuando recordaba el viaje que le llevó hasta San Sebastián, la oscuridad teñía de negro todo el cuartel de Inchaurrondo, el silencio era sorprendentemente profundo, excepto por los marciales cambios de guardia en los que el sonido de los tacones al golpearse retumbaban en la pared de su cuarto. Sobre las seis de la mañana el patio del cuartel y las luces de los bloques cobraban vida después del extraño e inestable sigilo de la noche. En su piso del bloque de casados, la luz del lavabo y el olor de la crema de afeitar del padre llegaban envueltos en el ruido del grifo, mientras se quedaba adormilado intentando ver a través de la ventana alguna señal del sol. A veces llegaba a pensar que Helios había castigado a ese pueblo no alumbrándolo por algún pecado universal.

Luego, flotaban en la atmósfera de la cocina una rica variedad de olores. La cafetera empezaba a hervir con su ruido burbujeante, a la vez que el aroma del café llegaba a su cuarto mezclado con la imagen de su padre sentado en la pequeña mesa de la cocina con su bien planchado uniforme, el pelo aún mojado y su tez brillante con olores de loción para después del afeitado. A su madre la veía de espaldas sirviendo el café y poniendo las tostadas en un plato, empapándose de su padre hasta que quizá por la noche volviera a casa. Si Dios quería, como decía su madre.

***

Lo primero que hacía al levantarse era mirar por la ventana con el deseo de encontrarse de frente con el sol y dejar que sus ojos soportaran su luz interminable. Como la presencia del astro era una quimera, se dedicaba a mirar por la ventana tratando de que sus ojos vieran lo que había detrás del muro del cuartel. Apenas se divisaba algún edificio, gris por lo general, algún coche, alguna persona andando, las luces de las casas que comenzaban a encenderse en el inicio de un nuevo día, pero desde el cuartel casi no se veía el mundo. Miraba al bloque de los solteros y veía a un joven guardia sentado frente a la ventana entregando su somnolienta cabeza a otro guardia que le recortaba el pelo de la nuca como si fuera la crin de un caballo. Cada mañana, el joven y Eloy se intercambiaban miradas por la ventana haciéndose un gesto con la mano a modo de buenos días. El cuello del joven guardia parecía demasiado grande para sostener su pequeña cabeza, como si fuera una escultura desproporcionada en la fachada de un decadente palacio. Con su negro y afilado bigote, que sin duda utilizaba para parecer mayor, y sus avispados ojos de color marrón, disimulaba el miedo que les invadía a todos los jóvenes guardias de Inchaurrondo con un porte de guerrero aristócrata al que contribuían su afilada nariz y sus andares orgullosos que tantas veces había visto desde la ventana.

Para ir al colegio, Eloy tenía que atravesar casi todo el cuartel de una punta a la otra y le daba tiempo para comprender que vivir allí era estar enclaustrado en una pequeña ciudad que sólo existía en su imaginario. Vivían apartados de la realidad, de la cruel realidad que les rodeaba, y el cuartel servía para que consiguieran abstraerse del miedo que había en el exterior. Pasaba por el comedor, tenuemente iluminado, con unos cuarenta o cincuenta agentes que estaban desayunando con su uniforme de campaña, y allí veía al joven guardia que le saludaba desde la ventana de su habitación cada mañana. Unos minutos después, el joven y su grupo estaban ya en el Land Rover causándole cierta pena al verlos salir, ya que de sus risas sólo se transmitía el miedo que siente un hombre ante el destino.

El sol comenzaba ya a levantarse en el horizonte, y en la bruma que envolvía a San Sebastián, se adivinaban las primeras nubes que a lo largo del día acabarían convirtiéndose en lluvia, en una pertinaz y juguetona lluvia.

3. Me llamo Ander y soy cojo

Cuando tenía trece años ya era cojo. Sí, me podéis mirar bien. Miradme bien: soy cojo. También algo cabezón y solitario. Vivía en Inchaurrondo y me encantaba la lluvia y el viento. Como a mi aita. Él y yo caminábamos y deshacíamos caminos, rectos, sin atajos. Si hubiera podido me habría pasado la vida junto a él, paseando nuestros cuerpos huesudos y nuestros ojos por cualquier acantilado de Donosti. Pero a medida que iba creciendo, mi sangre y la de mi aita se llenaban de extraños objetos que día a día conseguían oscurecer nuestros ojos y lo que es peor, nuestra mirada. Pero quizá un día nuestros paseos volverían, como empujados por el viento del Cantábrico, como viejas espadas de lluvia que vuelven a aclarar nuestros ojos. Miradme bien: ésta es mi historia y soy cojo.

El embarazo de mi ama no fue fácil. Nací un poco antes de hora. Habían pasado ocho meses justos cuando el doctor Elósegui decidió sacarme de allí a toda prisa porque mi cordón umbilical, que viene a ser una especie de cinturón que me unía con mi ama, era tan largo y tortuoso que apenas me alimentaba. Mi aita me recordaba constantemente que cuando me vio por primera vez pensó que no había tenido un hijo, sino una especie de alienígena. Pesé muy poco al nacer, pero pronto empecé a crecer, sobre todo mi cabeza, que parecía un melón de los grandes, y con trece años medía casi un metro setenta, superando de largo la tabla de la consulta del doctor Elósegui. Debido a mi considerable cabeza, a mi altura y a mi cojera, mucha gente de Inchaurrondo Alto pensaba que me acabaría convirtiendo en un gigante.

—No pasa nada. Sólo que eres muy alto y que la mala suerte ha querido que andes como Juanjo, el vendedor de cupones. Pero harás grandes cosas en la vida —me decía mi aita.

Yo, sinceramente, le creí. Más que creerme que haría grandes cosas en la vida, estaba convencido de que tuve mala suerte con lo de ser cojo de nacimiento. Creo que es peor ser cojo de nacimiento que haber tenido la oportunidad de saber cómo se ve la vida sin andar a trompicones.

No tengo hermanos pero tenía un perro. La verdad es que nunca he echado de menos la presencia de otro Beguiristain en casa. Sin embargo, compartir la vida con mi perro Dogo fue algo extraordinario. Dogo era un perro negro como el carbón y unos ojos más humanos que los de cualquier habitante de Inchaurrondo Alto. Siempre estaba mirándome por si necesitaba algo de él, cosa que dudo que hiciera un hermano. Se quedaba con la cabeza ladeada y esa mirada penetrante que fue la causante de que mi aita lo recogiera un día de la calle y me dijera:

—Toma, Ander, aquí tienes al perro más listo de Euskal Herria. Me ha mirado y me ha convencido con esos ojos de esperanza angustiada y he sido incapaz de dejarlo ahí. Creo que será un buen amigo.

Dogo era un perro fuerte, con un lomo de guerrero y una raza indescifrable. Hay quien dice que era descendiente de pastor alemán y que quizá la madre fuera un labrador y hasta me han llegado a decir que es un típico perro vasco, fuerte por fuera y muy tierno por dentro. Mi aita lo recogió cuando yo tenía diez años, un mes de abril más lluvioso de lo normal, en uno de esos aguaceros desmesurados como todo lo que ocurre en Inchaurrondo. Aquí nada es normal. O no pasa absolutamente nada y se respira un silencio que te hace daño a los oídos, o de pronto parece que el mundo se vaya a acabar.

Ese día llovía mucho y el barrio se había convertido en un río lastimoso que lo arrastraba todo y hasta los guardias civiles del cuartel de Inchaurrondo estaban codo con codo con los vecinos del barrio achicando agua en unas escenas ciertamente surrealistas. Yo no había visto nunca hablar a un guardia civil con alguien del barrio. Y es algo que me costó entender. A veces me preguntaba si preferiría la camiseta de Arconada o el traje verde que vestían los guardias del cuartel. Me encantaba ese color verde con protecciones por todos los lados que me recordaban a los partidos de fútbol americano que a veces había visto en las películas. Lo que ya no me acababa de convencer era ese extraño gorro negro que llevan. Prefiero el casco de los Yankees de Nueva York.

Dogo llegó a mi vida ese día. A mi vida y a la de aita. Los dos competíamos en darle besos al perro. Dogo lo veía como si fuera su aita. Y a veces tenía que recordarle que Joseba Beguiristain era mi aita. Creo que lo entendió y se conformó con ser un can.

Mi aita era el mejor aita del mundo. Siempre pensé que no había nadie como él. Ni a Arconada, el mejor portero de la liga que jugaba en la Real y que hubiera dado cualquier cosa por conocer, lo cambiaba yo por mi aita. Había nacido en Inchaurrondo, y trabajaba en la tienda que había abierto unos años atrás; era una tienda que tenía de todo, desde jamón, quesos, pan, leche y donuts, hasta lejía, papel higiénico y diarios. De todo, no hacía falta ir a ningún otro sitio para comprar. Se podía venir a mi tienda y salir con todo lo necesario para comer bien, leer lo que quisieras y tener tu casa bien limpia. Yo, los sábados por la mañana, como no podía jugar a fútbol con mis amigos porque ya sabéis que soy cojo, iba a ayudar a mi aita a la tienda.

Me llamo Ander a pesar de que mi ama quería que me llamara Asier, pero, y ahí comenzaron las desavenencias entre mis padres, mi aita se empeñó en ponerme el nombre de mi padrino, que es su mejor amigo y está en la cárcel. No es que haya hecho nada malo, pero decían los periódicos que había matado a dos guardias civiles. Yo no me lo creía en aquel momento. ¿Por qué mi padrino iba querer matar a nadie? ¡No! ¡Pero si mi padrino iba a ser cura! ¿Cómo alguien que quiere ser cura iba a matar a nadie? Y escuchaba con él por la radio los partidos de la Real y me compraba churros del puesto del Boulevard. Como decía mi aita, eso era un disparate, aunque cuando me iba a dormir y pensaban que no los oía, comentaban algunas cosas que en aquel momento me costaba entender. Eran disparates de mi aita que me producían risa cuando los escuchaba. La noche que detuvieron al padrino dijo que era «un tío que los tenía muy bien puestos» y que era un gran gudari y que la lucha sería larga y que tendríamos que sufrir mucho hasta conseguir la libertad de Euskal Herria, pero con gudaris como mi padrino el pueblo vasco lo conseguiría. Yo me hacía el dormido y no le preguntaba qué quería decir con eso, pero no hacía falta porque con lo divertido y bromista que era mi aita, tenía que estar de fiesta, pensaba ingenuamente. Cuando salía por la noche y regresaba muy tarde, a veces discutía con mi ama porque era muy amable con las mujeres de los guardias civiles.

Cuando nací algo debió de salir mal porque según me decía aita, tengo una malformación en la cadera que hace que mi pierna derecha mida bastante menos que la izquierda. Y no tiene arreglo, porque yo me negaba a ponerme esas botas de inválido para igualar las dos piernas y no parecer cojo. A veces pienso que esta enfermedad para toda la vida es una soberana injusticia. Porque no me puedo engañar, ya ha quedado claro que no tiene arreglo y no la podré vencer nunca. La única posibilidad para superarla es una especie de pacto con mi pierna (o sea, conmigo). Bueno también hay dos posibilidades más pero creo que son un poco absurdas: la resignación o la desesperación. La primera supondría aceptar que Dios existe y que él ha decidido que mi pierna derecha sea muy corta comparada con la izquierda. Como si Dios no tuviera otra cosa que hacer que castigarme a mí, a Ander, un niño vasco de trece años, hijo de Joseba y de Leire. Por otro lado la desesperación me parece todavía más patética y me ha obligado a hacer continuos pactos con mi pierna a medida que iban pasando los años. No podía jugar a fútbol pero a cambio no me cansaba y lo que era más importante: nunca perdía un partido. Si llegaba tarde a la ikastola, la culpa siempre era de mi pierna. Sólo faltaría.

En aquel momento tenía trece años, casi catorce, pero a los cinco emprendí la primera gran aventura de mi vida. Me llevaron a Marsella para que me operara un médico que decían que hacía milagros; a pesar de ello, mi abuela aseguraba que los milagros sólo los hacía Dios (ella sí creía en Dios), que el médico intentaría arreglar lo que pudiera, pero de milagros, nada de nada. Fue un viaje maravilloso. Recuerdo que fuimos en la furgoneta blanca de aita y mi ama había alquilado un piso en Marsella porque teníamos que quedarnos unas semanas. Era en un pueblo pequeño que estaba cerca de la ciudad y de la playa, con una arena de un color diferente a la de Donosti, un muelle larguísimo, una explanada que bordeaba todo el paseo, un montón de hoteles y yo calculo que cientos de tiendas donde vendían desde toallas hasta cubos de playa.

Sí, soy cojo y no me gusta nada serlo. Supongo que es natural. Decía mi ama que con los años lo aceptaría, que incluso dejaría de pensar en ello como si fuera una gran desgracia y vería lo positivo de ser cojo. Pobre ama, no se daba cuenta de que ser cojo no tiene nada de positivo. Yo no quería que me dejasen sentar en el autobús, ni que me dieran una paga de invalidez cuando fuera mayor. Ni tan siquiera deseaba que mis padres compraran una planta baja para que no tuviera que subir tantas escaleras. Yo lo que quería era subir los peldaños a toda velocidad, dejar de hacer de árbitro y poder ser Arconada, que es el mejor portero del mundo. Pero lo que más deseaba era tener más amigos. Nadie quería jugar conmigo a fútbol porque decían los de mi clase que era como jugar con uno menos, que no podía ser, que igual que las niñas no podían jugar, yo tampoco. Porque al fútbol se juega para ganar, no para hacerle un favor a nadie. Yo los comprendía pero a veces pienso que podrían haberme dejado jugar, aunque fuera de portero. O como Maradona, ese futbolista del Barça que, como decía mi aita, con la pierna izquierda le bastaba para ser el mejor jugador del mundo.

Mi ikastola se llamaba Egunon, que quiere decir «buenos días». Yo me sentaba al lado de Egoitz, que probablemente era el niño más listo de la clase. También el más raro y callado. Por eso creo que era tan listo, porque venía a la ikastola, escuchaba mientras los demás nos distraíamos, se comía el bocadillo solo en el patio y se iba para su casa sin haber abierto la boca excepto para contestar a las preguntas de la señorita Arteche.

Mi silla estaba al lado de la ventana y aunque a mí me encantaba poder mirar a través de ella, la señorita Arteche me decía a menudo que la próxima vez que me pillara distraído me cambiaría de sitio.

A escondidas seguía mirando hacia el patio y lo veía gris y brillante bajo la lluvia, desprendiendo destellos de luz hacia la ventana. Hoy, como ayer, y como mañana, hacía frío y la señorita Arteche había encendido la estufa. Siempre hacía un frío que subía por los dedos de los pies y poco a poco iba llegando a la cabeza a través de los huesos. Recuerdo que llegaba a temblar como si tuviera ese aire gélido en mis entrañas.

A veces, mientras trataba de concentrarme en recordar las siete provincias vascas (porque había una que nunca me salía y era Lapurdi y me la repetía una y otra vez utilizando todas las artimañas posibles como de-le-tre-ár-me-la, LA-PUR-DI o más fácil, me decía DI-LA-PUR, pero al revés o repasaba mentalmente los ríos vascos), Egoitz se levantaba y entregaba el examen a los diez minutos de haber empezado, emitiendo una leve y socarrona sonrisa en mi dirección a pesar de que nunca me pareció que se riera de mí, y notaba que su ausencia, cuando se levantaba, dejaba un resquicio de aire frío que lograba envolverme y conseguía que empezara a tiritar hasta que volvía a sentarse. Jamás le pedí que me soplara alguna pregunta. Sé que lo estaba deseando y estoy casi seguro que lo habría hecho, pero me negaba a preguntarle. Decía mi aita que la dignidad de un Beguiristain está muy por encima de aprobar o suspender un examen. Y aunque me moría de ganas, jamás le pregunté nada.

A esa edad todavía no me había enamorado de ninguna chica, aunque según me contaba la abuela eso se sabe enseguida. Me decía la abuela que cuando me enamorase no tendría dudas y no pararía de sonreír durante todo el día. Que estaría siempre feliz. Aunque también me llegó a decir algo que no entendí muy bien en aquel momento. Decía la abuela que el amor genera deudas eternas. A estas alturas de mi vida sigo sin entenderlo.

Yo no sabía si era porque les gustaba a todos los niños de la clase, o si era porque realmente me había enamorado, pero había una niña que se llama Ane que cada vez que la miraba sentía algo extraño en el estómago, y me parece que cuando me preguntaba algo me ponía muy nervioso. Y había mañanas en que me despertaba y tenía la sensación de haber soñado con ella. Era la más alta de la clase y tenía la piel muy blanca y su pelo era rojo como la sangre. Parecía una muñeca como la que tenía mi ama encima de su cama. La recuerdo con un vestido de cuadros rojos que se deslizaba por sus caderas, mientras unos largos calcetines blancos conseguían que pareciera más alta, más inalcanzable. A veces, en clase, Ane miraba hacia atrás, pero siempre pensé que miraba a Egoitz y no a mí. Aunque en alguna ocasión me hacía dudar. Con mi habitual falta de autoestima, estaba casi convencido de que no podía ser, pero me gustaba fantasear con que era a mí a quien miraba. Una noche soñaba que era Arconada y todo Atocha coreaba mi nombre, y otra noche soñaba que estaba apoyado en cualquier pared y se aproximaba Ane. Y se aproximaba a mí porque en esa pared no había nadie más, y de cerca parecía mucho más bonita con el pelo rojizo casi oxidado y con sus mechones de cabello sudorosos en su carrera hacia mí. Yo la miraba y, como decía la abuela, me entraban ganas de sonreír y le decía en mi sueño:

—Soy Ander y te quiero.

Y le daba un beso.

En ese sueño, cuando acababa, siempre aparecía Egoitz mirando a lo lejos, agazapado entre algún árbol, sorprendido ante lo que acababa de ver. Luego, en mi sueño, salía mi aita y me decía:

—Bravo Ander, no lo has hecho mal.

Y me daba un golpecito en el hombro mientras yo no paraba de sonreír.

Siempre he pensado que el mundo de mis sueños debería haber sido mi mundo real. El mundo de las películas del oeste de los sábados por la tarde o el de los partidos de la Real cuando goleamos al Real Madrid o al Barça en Atocha. En ese mundo, ni era cojo ni vivía en un barrio tan triste como Inchaurrondo, ni me sobresaltaban ruidos extraños parecidos a las bombas de las películas de guerra, ni al mirar por la ventana de mi cuarto veía un muro gris en el que a lo lejos me parecía ver algún niño rodeado de gente vestida de color verde. Pero no era así. Los besos que le daba a Ane sólo existían en mis sueños y jamás se los pude dar de verdad. Y ser Arconada todavía me parecía más difícil. Me conformaba con ir algún día al campo de Atocha a ver un partido.

El apellido de mi aita, el mío y el de la abuela Mari Lamiak era el mismo. Mi abuela se llamaba Edurne Beguiristain, aunque todo el barrio la conocía como Mari Lamiak, y como nadie sabía quién era el aita de mi aita, o sea mi abuelo, pues el párroco de Santa María aceptó ponerle el mismo apellido de la abuela. ¿Cuál le iban a poner, sino? El párroco insistió una y otra vez en preguntarle a Mari Lamiak por el paradero del padre del niño, pero la abuela se negaba en redondo a responder. Incluso se mostraba altiva y le soltaba al cura que eso ni a él ni a Dios les interesaba. Que si no lo quería bautizar, pues no lo bautizaba y sanseacabó. O mejor, se acabó, sin el san.

La cuestión es que mi aita salió bautizado de la iglesia y con la confianza que le dio el saber que ya estaba en manos de Dios, asomaba la cabeza cada dos o tres segundos del regazo de la abuela como si buscara a su padre. Se imaginaba que de pronto aparecerían unas manos fuertes y lo mecerían de una manera asombrosamente fácil con movimientos musicales. Pero no fue así. Él, mi aita, pretendía en sus sueños infantiles ser el hijo de algún príncipe antiquísimo de dos metros de altura con manos de hierro para los demás y suaves, muy suaves para él. Tendrían que pasar unos años para encontrarse con la realidad de que no aparecía nadie con aspecto de príncipe y del que poder presumir ante los impávidos habitantes de Inchaurrondo Alto. Probablemente el barrio más desagradablemente inoportuno que he visto en mi vida.

4. La fortaleza

La pequeña radio no paraba de liarse con los cables de los auriculares mientras la guardaba en su bolsillo. Se la había regalado el Sargento Bermúdez, muy amigo de su padre. Era su distracción preferida después del balón y jamás se separaba de ella a pesar de que las había más modernas, de colores más llamativos y con unos cables más cortos que evitarían que se pasara tanto rato desenredando el nudo. También disponía de un espacio para poner casetes, pero como no tenía ninguno, la utilizaba para escuchar la radio. A veces no entendía muy bien lo que decían porque, como le explicaba su padre, sólo tenía doce años y con doce años, aún no se entiende nada. Y si encima es en un idioma muy raro, se entiende todavía menos. Aunque algo sí que entendía. Eloy sabía que estaba viviendo en el cuartel de Inchaurrondo (le costó muchísimo aprender a pronunciar aquel nombre tan raro) desde hacía casi un año; recordaba que hacía casi un año porque entonces tenía once y estaba a punto de fichar por el equipo de fútbol del pueblo y no pudo ser porque al teniente Navarro, o sea su padre, le dio por ascender y lo mandaron a Inchaurrondo. Seguro que ahora estaría jugando en el Real Atarfe y seguro que sería titular, porque como le decía Blas:

—Juegas muy bien a fútbol, más o menos como el delantero centro de la Real Sociedad, Satrústegui, que se parece mucho a ti porque tiene el pelo rizado. Aunque no tienes bigote como él.

Eloy se miraba cada mañana en el espejo deseando despertarse un día con un fino pero rotundo bigote como el delantero de la Real Sociedad.

Su hermano Sergio se pasaba todo el día diciéndole lo mayor que era, aunque a Eloy le había parecido siempre un ser sin edad y sin cabeza y por mucho que tuviera quince años y se creyera un hombre, le parecía que era como un pájaro que aún no sabía cuál era su destino. Eloy sí lo sabía. Sería el delantero centro del Real Atarfe y su foto saldría en los cromos de la liga a pesar de que siempre le había invadido el temor de que el Real Atarfe no ascendiera de tercera en la vida. Sergio iba a lo suyo, no le hacía ni caso e iba diciendo que quería ser guardia civil como su padre. Se pasaba el día estudiando, haciendo deporte y diciendo unas palabras muy raras cada vez que ponían la bandera del cuartel a media asta; sí, casi cada semana el cabo Canicas se subía a un andamio que había junto a la bandera y le añadía un trapito negro y la dejaba a la mitad y entonces Sergio y otros amigos suyos se ponían a decir de todo. El caso es que había días que ni le hablaba. Eloy suponía que no tenía mucho tiempo para hablar con un niño de doce años, porque también le decía que no entendía nada y que era un enano.

La única persona que le trató como si fuera Satrústegui fue Soledad, su madre. Eloy siempre había dudado si los abuelos le pusieron ese nombre para llamarla como a la abuela o porque madre siempre estaba sola. Comentaba su padre, el teniente Navarro, que su madre no se había aclimatado a esto de vivir en Inchaurrondo y que estaba enferma. Dolores, la vecina del tercero, decía que tenía nostalgia. Eloy descubrió en Inchaurrondo el significado de esa palabra; era algo así como lo que sentía cuando recordada a Atarfe y su campo de fútbol y su piscina y a Blas, su mejor amigo. Pero Eloy se decía una y otra vez que él no estaba enfermo de nostalgia. Madre sí. Se pasaba el día mirando por la ventana, mirando el reloj cada vez que su padre salía a la calle y a veces se ponía a llorar cuando eran las diez de la noche y su padre aún no había vuelto. Pensaba que le había pasado algo o que no iba a volver, como la semana pasada el capitán Manrique; se fue con tres guardias más y no volvieron. Bueno, volver, sí volvieron, porque al día siguiente el cabo Canicas bajó la bandera, le puso el pañuelo negro y todo el mundo lloraba y tuvo que venir alguien muy importante (ya lo había visto varias veces) y la iglesia se llenó de gente. Eloy se ponía un poco triste cuando se llenaba la iglesia y también cuando el otro día la mujer del capitán Manrique se puso a chillar, a chillar de una manera inhumana porque eso no eran lágrimas como las que le salían a Eloy cuando se acordaba de Atarfe, eso eran gritos de un dolor muy grande, no se podía imaginar que la Señora Manrique tan peripuesta y conocida en el cuartel como la «Capitana Manrique» (porque mandaba más que su marido, bueno, de lo que mandaba antes) se pusiera a llorar de esa manera tan desconsolada.

***

Cuando se llenaba la iglesia de Inchaurrondo, incluso los niños dejaban las clases para estar allí. Parecía que esos días el cielo era diferente mientras oían llantos a lo lejos, y entonces, en ese preciso instante, Eloy se ponía a pensar en Atarfe y veía su cielo de color azul, blanco y rosa, como si fuera una bandera, su bandera. Y por encima de todo eso, a veces creía ver a Dios, una imagen allí al lado del color azul que le miraba y que se parecía mucho al crucifijo que había en la iglesia del pueblo.

***

Siempre que iban todos a la iglesia y venían esas personas tan importantes y las mujeres se vestían de negro, el ataúd pasaba por delante de todos envuelto en la bandera de España, la misma a la que el cabo Canicas le ponía el pañuelo negro; la banda de música tocaba una melodía bastante triste y cuando ya había acabado todo, se llevaban la caja a toda prisa, sin que a nadie le diera tiempo de acercarse a verla, como si el guardia que había muerto ansiara escapar de Inchaurrondo, como si esas personas tan importantes no quisieran que la gente empezara a gritar y así conseguir que la viuda del guardia no contagiara a todas las mujeres y los hombres y los niños que allí estaban.

En la iglesia de Inchaurrondo siempre hacía frío y parecía que las viudas con su traje negro y su cara blanca habían envejecido veinte años de golpe, y a pesar de que en la iglesia no cabía nadie, Eloy notaba tanto silencio mezclado con el frío que alguna vez se llegó a orinar encima.

***

El cuartel de Inchauuuurrondo, «jo, mira que es difícil pronunciarlo», se decía Eloy, era muy muy grande, tan grande que a veces pensaba que no vivía en un cuartel, sino en una pequeña ciudad. Ya había vivido en otros cuarteles, aunque la verdad es que su casa siempre había sido un cuartel; no había conocido otro hogar que los cuarteles de la Guardia Civil, en Atarfe y ahora aquí. No estaban mal, pero éste le impresionó el primer día que lo vio, aunque eso pasó hace unos meses y era más pequeño y todo le impresionaba más. Todo cuanto iba descubriendo hacía que se quedara con la boca abierta y con cara de tonto, como decía su hermano. En el cuartel había de todo y nadie tenía que salir al barrio para comprar de nada. O casi nada. Había supermercado, colegio, guardería, tiendas de ropa, casas de solteros y de casados, campo de fútbol, de baloncesto, una iglesia y la casa del comandante. Era la más grande y bonita de todas porque, como decía el listo de Sergio, el comandante era Dios y Dios debía tener una casa muy grande, tan grande como el universo para poder verlos a todos.

Sin embargo, el piso del bloque de casados era pequeño y oscuro con sólo un par de ventanas por las que entraba poca claridad. Al entrar en el comedor con escasa luz, apenas se veía nada. Poco a poco se distinguía el mantel de la mesa con sus colores alegres. Era el mismo mantel que tenían en Atarfe. La mesa, las sillas, una vieja nevera y una lámpara muy antigua que parecía aprisionar la bombilla eran las primeras visiones al acceder al piso. A menudo se oían pasos por las escaleras. Pasos lentos, pesados, de alguna vecina que subía cargada. No se oían ruidos de niños. La señora Dolores venía a casa cada día para ver cómo se encontraba Soledad. Era una alegre señora ya algo mayor que se ocupaba de fregar la escalera. Entre los pasos lentos de la señora Dolores se oía algún portazo de alguien que salía al patio. Cuando la vecina entraba en casa, ésta se inundaba de un perfume denso que llenaba el comedor cerrado, rancio. Las viejas sillas, el espejo del aparador y el armario llevaban décadas allí. Por la puerta entornada aparecía la cabeza de Dolores que solía decir:

—Hola Soledad. ¿Ya está levantada? ¡Venga, arriba! Y tú, Eloy, a lavarte que llegarás tarde al colegio.

Soledad contestaba habitualmente que le había preparado el desayuno a su marido y que como no tenía nada más que hacer, se había quedado adormilada.

—Como hay tan poca luz en este piso, parece que te mueras de sueño —decía Soledad.

***

El silencio imperaba en el bloque. Se oía un reloj de algún vecino que daba las campanadas cinco minutos antes que el reloj de la iglesia. Aquí todo estaba desfasado, como si vivieran en un mundo irreal donde el tiempo poco importaba excepto para contar los días que faltaban para regresar a Andalucía o a Extremadura. Algún pájaro intentaba emitir algún sonido poco acústico, pero se callaba enseguida, como si a él tampoco le importara demasiado. Eloy se untaba lentamente la mantequilla en la tostada, evitando que se deshiciera, mientras abría el bote de la mermelada que pulverizaba el ambiente inundándolo de olor a melocotón. De una de las habitaciones se oían los ronquidos de Sergio que, como de costumbre, también había soñado despierto aquella noche.

«¡Te cogeré, hijo puta, no escapes, que voy a por ti!», insistía el hermano en sus habituales peleas nocturnas contra un enemigo que Eloy desconocía. Luego los gritos de Sergio se volvían confusos, como si su boca se trabara igual que la de un borracho. La habitación de Sergio estaba llena de objetos extraños para Eloy. Tenía un pequeño armario cerrado con llave y ni siquiera su padre podía abrirlo. Eloy pensaba que allí dentro debían de haber secretos inalcanzables para él. Quizá estuviera lleno de bebidas con las que se emborrachaba por las noches y por eso hablaba en sueños, o de armas sofisticadas para darle una paliza a alguien como hacía en Atarfe. Un día, Eloy lo vio guardar una especie de palo muy raro que le recordaba a la espada de La guerra de las galaxias, pero Sergio cerró rápidamente la puerta de un portazo y le advirtió, cogiéndolo por la solapa, que ni se le ocurriera mirar su armario. Sergio ni siquiera quería que limpiaran su habitación. Él se encargaba de ventilarla, pasar la escoba y lavar su ropa. Todo para que no entrara nadie en su mundo de reproches.

***

—¿Debe ser muy tarde, no? —le preguntaba Soledad a la señora Dolores, que abría las ventanas para que se fuera el olor a cerrado.

—Las nueve, Soledad, las nueve son ya.

—Es hora de levantarse.

—Sí, Soledad, es hora de levantarse.

Cuando la madre de Eloy se incorporaba de la cama, Eloy ya estaba preparado para cruzar todo el cuartel en dirección al colegio, pero antes trataba de comprobar si al abrazar a su madre notaría sus carnes más suaves. Se hacía de nuevo un silencio al abrazarla. Luego se oía algún llanto de un niño, y el propio Eloy dudaba si era él mismo que no se daba cuenta y lloraba por dentro. Al momento, la señora Dolores entraba de nuevo sigilosamente y echaba en el váter el cubo de agua sucia. Luego se metía en la habitación de Eloy y empezaba a barrer. De nuevo, Eloy oía el llanto de un niño mientras cerraba la puerta de casa y su madre, con los ojos encogidos por el insomnio y el pelo alborotado, se quedaba en la semioscuridad del comedor recogiendo las migas de pan del mantel de colores alegres.

***

En su trayecto hacia el colegio, Eloy siempre recordaba que el primer día que llegó se puso a llorar y no sabía muy bien el porqué.

—Ya está bien de lloriquear —le dijo su hermano.

—No estoy lloriqueando, sólo estoy llorando —dijo Eloy.

—¿Es que no ves que lloriquear y llorar es lo mismo? —insistió el listo de Sergio.

—Cuando te pones así te daría un codazo. A ver si te enteras, llorar es lo que yo estoy haciendo ahora y lloriquear es lo que hace madre cuando está sola. Los hombres lloramos y las mujeres lloriquean, ¿no? Eso mismo me dijo mi amigo Blas en el pueblo cuando nos despedimos…

Al rato ya recuperaba su universo pequeño. Después de todo, Sergio se creía que porque Eloy tuviera sólo doce años no se enteraba de nada.

Lo que sí le fascinaba era el olor del cuartel; todos tenían sus propios olores y a él le sedujo el aroma de lavanda que lo inundaba todo. Era como los niños, cada edad tenía sus olores y su madre ya no le ponía esa colonia de botella de litro sino una más pequeña que olía a violetas y que la tenía guardada con la radio y sólo se la ponía cuando iba al salón de juegos. El cuartel de Inchaurrondo era el que mejor olía de todos los que había conocido; no sabía si era porque el comandante era Dios y tenía en cuenta hasta el olor que desprendía el cuartel, o porque estaban bajo una colina llena de arbustos y Eloy suponía que algún árbol desprendía aquel olor. Porque eso de que el comandante fuera Dios, no se lo acababa de creer. Sería muy importante, pero no era Dios.

A medida que avanzaban los interminables días de Inchaurrondo, Eloy se iba sumiendo en una bruma de tristeza; cada vez hablaba menos con su padre, que se había convertido en un hombre ocupadísimo, en el presidente de su vida, y Eloy en un niño postizo a quien no pertenecía nada de cuanto lo rodeaba. A partir de ese momento fue cada vez más evidente el sentimiento de frustración de su padre y de su madre. Ni siquiera atiborrarse de medicamentos conseguía que su madre emitiera algún signo de alegría, únicamente de sueño; siempre estaba dormida o recostada frente a la ventana del comedor. A veces creía que incluso se le caía la baba de tanto mirar por ese pequeño cuadrado en el que entraba poca luz y en que las gotas de lluvia encharcaban su mirada y sus ojos. Su padre la había querido muchísimo pero ahora no tenía tiempo para demostrárselo. Siempre creyó que el hecho de dejar el pueblo sin apenas consultárselo fue algo que Soledad no le perdonaba. Pero ya era tarde; la madre de Eloy se había ido a su mundo húmedo de remordimientos y su padre era, ahora, el teniente Navarro.

***

Parecía que los guardias que llevaban el féretro tenían el traje negro de tanto usarlo. También eran negros la mayoría de los coches situados en el patio del cuartel. Casi todas las mujeres iban de negro formando un grupo idéntico de caras desahuciadas y llorosas en las que el miedo les brotaba por los ojos en forma de lágrimas también negras. El grupo de guardias civiles que levantaban a hombros el féretro eran el vivo reflejo del miedo, del desaliñado y sombrío miedo, mientras que el sacerdote parecía otro cuervo más en aquella jaula de lamentos y dolor.

Eloy estaba seguro de que allí fuera, en las inmediaciones del cuartel, era donde se encontraban los verdaderos cuervos, emprendiendo su vuelo desde lo alto de las azoteas o de los árboles, como si fueran sombras de Satanás desprendidas de las brasas, dibujando remolinos en círculos para deleitarse de las lágrimas negras del cuartel. Graznaban como los cuervos sobre sus cabezas, emitiendo un sonido de júbilo que creía que solo él escuchaba produciéndole melancolía y angustia. De vez en cuando sobrevolaba alguna gaviota que trataba de espantar a tanto cuervo. Con un profundo nudo en el estómago veía el espectáculo y a su madre allá, a lo lejos, cada vez más ida, más ausente.

Levantaron el ataúd, aquella espantosa caja de madera que no era negra sino marrón, con sus bordes dorados para poder asirla y, por un instante, un solitario rayo de sol se reflejó en ellos y en los ramos de flores que estaban sobre la tapa. También, a pesar aquellos esporádicos rayos de sol, el día era negro. Un día perfecto para morir en Inchaurrondo.

Como si fuera un retablo, el coche fúnebre esperaba junto a la verja del cuartel, a la misma altura donde el viejo nogal veía pasar cadáveres de jóvenes y viejos guardias casi todas las semanas. En ese momento, Eloy recordaba el aspecto que tendría su árbol preferido de Atarfe, el alcornoque en el que Blas y él se cambiaban los cromos de la liga o hablaban de sus incipientes erecciones matutinas. Notaba cómo se le erizaban las hojas y al imaginarlo, sentía que sus ramas comenzaban a volar como poseídas por una brisa milenaria y en ese momento veía a Blas caminando por los olivares entre los susurros del crepitar de las ramas al pisarlas. Cerraba los ojos y distinguía todos los árboles de Atarfe e intentaba ponerles un nombre a cada unos de ellos en un deseo incontenible de que el diario de sus sueños y sus recuerdos durara más tiempo en su memoria. Eran secretos exclusivos que había guardado para consolarse de la lluvia, del viento y de las ausencias. Los olmos, olivos y castaños de Atarfe tenían nombre. Casi se sentía embarcado, rendido ante la realidad de sus sueños.

Su padre estaba rígido y sin mostrar el menor atisbo de trastorno, como si se hubiera acostumbrado a la muerte, como si ya no quedara nada de la vida real en sus entrañas, empezaba a caminar para hacer callar a alguna mujer que mostraba su dolor, áspero, tenso, sin espasmos, como un muñeco articulado por el deber. Pasó muy cerca de Eloy sin ni siquiera darse cuenta de que él estaba consumido por la palidez que produce el miedo. Su boca rígida y su mandíbula como una roca surcaban las arrugas de su frente y Eloy comprendió que su padre se había ido de su vida. No podía seguirle en su viaje.

Se preguntaba si su padre recordaría el entierro del abuelo Melquíades y sus andares detrás del ataúd con un pañuelo entre las manos y una cinta negra en el brazo como si fuera el capitán de algún equipo de fútbol inexistente. En algún momento llegó a pensar que podría compartir con su padre algunos sueños y silencios pensando erróneamente que formaba parte de su vida más íntima. Pero nunca fue así. Él proyectaba sus fantasmas y sus sombras sobre Eloy y tapaba cualquier esperanza de complicidad.

El coche fúnebre se puso en movimiento. Iba acompañado de otros dos vehículos negrísimos. Salió rápido, casi se podría decir que el amigo que le saludaba cada mañana por la ventana, con su fino bigote para parecer mayor, tenía prisa por descansar eternamente. Deseaba no tener más miedo, que ninguna granada o una ráfaga al doblar una esquina le removieran el alma. Tenía prisa por llegar a su pueblo. Tenía prisa por sentir el olor de su madre.

Luego, al cabo de muchas horas, el coche fúnebre llegaría a cualquier pueblo. Quizá habría una loma junto a la iglesia y al cementerio. Alguien labraría el campo y el suelo removido mostraría el color más profundo de la tierra. Unas mujeres a la puerta de su casa verían pasar el cansado coche fúnebre y se volverían para mirarlo, mientras algunos pájaros se amontonarían dando círculos por el cementerio, como si fueran una nube de cuervos negros que quisieran asegurarse de la muerte de un niño que se dejó un fino bigote para parecer mayor.

Era otoño y el escaso sol que trataba de calentar su rostro y secar sus lágrimas acariciaba el paisaje de Inchaurrondo, lo suavizaba. Se giró hacia el Dios Sol y lo miró fijamente como hacía en Atarfe, tratando de taparse la vista cuando alguna nube se interponía. Del sol no huiría nunca, lo cogería con sus manos, lo apretaría, se lo guardaría en el bolsillo como si fuera una canica y lo sacaría cada día al despertarse sin cansarse de absorber todo lo que le rodeaba en Atarfe, los campos, las pequeñas colinas, sus árboles, el olor de la tierra seca y el susurro de las hojas que iban cayendo en el dulce otoño granadino.

La cercanía del mar en San Sebastián no era suficiente consuelo. Los cercanos y a veces lejanos disparos, los ladridos de perros, las sirenas, las procesiones fúnebres y las casas grises conseguían detenerle como un diminuto ser que no alcanza a ver lo que sus ojos miran.

Eloy creía firmemente que la muralla del cuartel dividía dos mundos distintos en los que era perceptible, y lo sería todavía más a medida que pasara el tiempo, el objetivo de todos los muros del mundo. Separar. Dividir. Matar poco a poco.

Darmowy fragment się skończył.

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240 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788416223015
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Bookwire
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