Czytaj książkę: «Historias. Libros III-V»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 409

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO SOCAS GAVILÁN .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2013.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: junio de 2013
REF: GEBO474
ISBN: 9788424937713
LIBRO III
SINOPSIS
(Año 69 d. C., otoño)
Capítulos
1 -14 Marcha de las tropas flavianas sobre Italia
15 -25 Segunda batalla de Bedriaco
26 -35 Segunda batalla de Cremona
36 -48 Convulsión en el imperio romano
49 -63 Marcha de los flavianos contra Roma
64 -75 Sucesos en Roma
76 -83 Conquista de Roma por los flavianos
84 -86 Final de Vitelio
Marcha de las tropas flavianas sobre Italia
1. Los generales del partido flaviano 1 estaban preparando la campaña de guerra 2 con mejor suerte y mayor confianza. Se habían reunido en Petovio 3 en los campamentos de invierno de la legión XIII 4 . Allí debatieron si decidían bloquear los Alpes de Panonia 5 hasta que todas las fuerzas 6 se agruparan a sus espaldas o si resultaría un golpe más osado enfrentarse de una vez al enemigo y luchar para asegurar Italia. Quienes preferían esperar a los refuerzos y [2] alargar la guerra resaltaban el poder y la reputación de las legiones de Germania 7 y la subsiguiente llegada de Vitelio con el grueso del ejército de Britania 8 . Las legiones flavianas, por su parte, eran inferiores en número, habían sido derrotadas recientemente 9 y, a pesar de sus bravatas, la moral entre los vencidos era más bien baja. Pero, mientras ellos controlaran los Alpes, Muciano llegaría con las tropas de Oriente 10 . Más aún, Vespasiano controlaba el mar con la flota 11 y tenía el apoyo de las provincias, gracias al cual podría abrir, por así decirlo, la masiva maquinaria de una segunda guerra. Así que, con una sana espera, llegarían nuevas fuerzas y no perderían nada de las actuales.
2. A estos argumentos Antonio Primo 12 , el partidario más entusiasta de la guerra, respondió que la rapidez sería beneficiosa para ellos y fatal para Vitelio. Los vencedores, afirmaba, incrementaban más su indolencia que su confianza, pues ni siquiera se mantenían de servicio en el campamento: andaban descuidados por todos los municipios de Italia, temibles solo para sus anfitriones, hartándose de placeres inusuales con una avidez que [2] igualaba a la violencia con la que se habían comportado antes. Además, el circo, el teatro o los atractivos de Roma los habían ablandado y las enfermedades los había debilitado 13 . Pero, si se les daba un respiro, también ellos recuperarían la energía mientras se entrenaban para la guerra. Germania, de donde procedían sus fuerzas, no quedaba lejos; Britania estaba separada por un estrecho y al lado estaban Hispania y las Galias, de donde llegaban hombres, caballos e impuestos 14 . Estaba la propia Italia y los recursos de Roma. Y si los vitelianos quisieran iniciar una ofensiva, disponían de dos flotas 15 y el mar Ilírico 16 sin defensa. ¿De qué serviría entonces el bloqueo de las montañas? ¿De qué prolongar la guerra hasta el próximo verano? ¿De dónde obtendrían ellos dinero y víveres 17 ? Al contrario, debían aprovecharse precisamente de que las legiones de Panonia, engañadas más que vencidas 18 , estaban deseosas de levantarse de nuevo para vengarse, y de que los ejércitos de Mesia aportaban sus fuerzas intactas 19 . Si se computaba el número de soldados y no de legiones 20 , había más fuerza en los flavianos y ninguna corrupción por los placeres. Además, la misma humillación por la derrota había ayudado a la disciplina. Es más, la caballería ni siquiera había sido vencida, sino que, a pesar de la situación adversa, habían [4] roto las líneas vitelianas 21 . «Entonces —exclamó Antonio 22 —, dos regimientos de caballería de Panonia y Mesia desbarataron las filas enemigas, ahora las enseñas unidas de dieciséis regimientos con su empuje, su estruendo y su misma polvareda cubrirán y desbordarán a jinetes y caballos olvidados ya del combate. Si nadie se opone 23 , seré al mismo tiempo responsable del plan y de su ejecución 24 . Vosotros, que conserváis la suerte intacta, mantened las legiones en la reserva, yo tendré suficiente con unas cohortes ligeras. Pronto oiréis que el camino de Italia se ha abierto de nuevo para los soldados 25 y pronto escucharéis que han sido derrotadas las fuerzas de Vitelio. Tendréis el placer de seguirnos y pisar las huellas del vencedor».
3. Pronunció estas y similares palabras con fuego en los ojos y voz enérgica para que se le escuchara de lejos, pues centuriones y algunos soldados se habían sumado al consejo de guerra 26 , y lo hizo de tal forma que impresionó incluso a los cautos y prudentes. Los soldados rasos y demás, despreciando la indolencia de los otros, lo aclamaban entre alabanzas como el único con hombría y el único líder. Esta reputación la había conseguido al instante en la asamblea militar en la que se había leído la carta de Vespasiano 27 , pues no habló como la mayoría en términos ambiguos para interpretarlos de una manera o de otra según se presentasen los acontecimientos. Se veía que se había comprometido abiertamente con la causa de Vespasiano, y por eso tenía más peso entre los soldados como su compañero en el fracaso o en la gloria.
4. El siguiente en autoridad era el gobernador Cornelio Fusco 28 . Tampoco a él, acostumbrado a atacar sin compasión a Vitelio, le había quedado esperanza alguna en caso de derrota. Tampio Flaviano 29 , indeciso por naturaleza y por edad, levantaba entre los soldados sospechas de que no había olvidado su parentesco con Vitelio. Y es que, al huir cuando se inició el levantamiento de las legiones y regresar después espontáneamente, se creía que buscaba la oportunidad de traicionarlos 30 . En [2] efecto, tras abandonar Panonia Flaviano entró en Italia y se puso fuera de peligro. Y su deseo de cambio revolucionario le había empujado a recuperar el nombre de legado imperial y unirse a la guerra civil. Lo aconsejaba Cornelio Fusco, no porque estuviera necesitado de la ayuda de Flaviano, sino porque tenía la intención de que el nombre de un excónsul aportara al movimiento flaviano que especialmente por entonces tomaba auge.
5. Por lo demás, con el fin de que el paso a Italia se produjera sin peligro y con provecho, se enviaron instrucciones escritas a Aponio Saturnino 31 para que se diera prisa con el ejército de Mesia. Y para que las provincias desguarnecidas no quedaran a merced de los pueblos bárbaros, se incorporaron al ejército los líderes de los sármatas yáciges 32 que controlaban el gobierno de su ciudad. Ofrecían también a su pueblo y la fuerza de su caballería, en la que reside todo su poder, pero se rechazó tal servicio por miedo a que en medio de nuestras discordias pudieran suscitar una guerra contra el imperio o a que ante una recompensa mayor ofrecida por el otro bando se olvidaran de todo derecho divino y humano. Se atrajo a la causa a Sidón e Itálico, reyes de los suevos 33 , quienes desde antiguo se habían mantenido leales a los romanos y cuyo pueblo era más capaz de [2] cumplir la palabra dada 34 . Se apostaron en el flanco derecho tropas auxiliares a la vista de la hostilidad de Recia, cuyo go bernador era Porcio Septimio 35 , un hombre de incorruptible lealtad hacia Vitelio. Así que se envió a Sextilio Félix 36 con el regimiento Auriano de caballería 37 , ocho cohortes y los jóvenes nóricos a ocupar la ribera del río Aeno 38 , que corre entre retos y nóricos. Y como ni unos ni otros presentaron batalla, la suerte de los bandos se decidió en otro lugar 39 .
6. Antonio 40 , que se apoderó rápidamente de los destacamentos de las cohortes y una parte de la caballería para invadir Italia, estuvo acompañado por Arrio Varo 41 , un oficial valiente en la guerra y con una reputación que había ganado bajo la jefatura de Corbulón y tras los éxitos logrados en Armenia. Pero corría el rumor de que en conversaciones secretas con Nerón este mismo había criticado los méritos de Corbulón; por ello, tras alcanzar el puesto de primer centurión por ese infame favor, la mal ganada alegría del momento se tomó pronto en su [2] desgracia 42 . Sin embargo, Primo y Varo, después de ocupar Aquileya 43 , fueron recibidos calurosamente en las ciudades vecinas y en Opitergio y Altino 44 . En Altino dejó una guarnición contra la flota de Rávena, de cuya defección todavía no se tenía noticia 45 . Después Patavio y Ateste 46 se incorporaron a su bando. Allí 47 se supo que tres cohortes vitelianas y un regimiento de caballería, el llamado Sebosiano 48 , se habían apostado en el Foro [3] de Alieno 49 después de tender un puente. Les pareció que era una buena oportunidad para atacar a los vitelianos que se encontraban desprevenidos. Y es que también se habían informado de ello. Al amanecer aplastaron a muchos de ellos desarmados. Habían recibido instrucciones de que, si mataban a unos pocos, obligarían a los demás a cambiar de bando por miedo. Y hubo quienes se rindieron de inmediato, pero los más, tras romper el puente, cortaron el camino al enemigo que los estaba acosando.
7. Cuando se divulgó este éxito y que las primeras 50 escara muzas de la guerra habían caído del lado de los flavianos, las legiones VII Galbiana y la XIII Gemina con el legado Vedio Áquila 51 llegaron eufóricas a Padua. Allí se tomaron unos pocos días de descanso y el comandante del campamento 52 de la legión VII, Minicio Justo 53 , por ejercer el mando con más rigidez 54 de lo permitido en una guerra civil, tuvo que ser arrancado de la ira de los soldados y enviado ante Vespasiano 55 . Un [2] hecho largamente añorado se exageró mucho debido a la inter pretación que se le dio y al afán de notoriedad, una vez que Antonio cursó órdenes para que se repusieran en todos los municipios los bustos de Galba derribados en las discordias de los tiempos, pensando que sería honroso para la causa, si se creía que el principado de Galba les agradaba y sus partidos volvían a cobrar fuerzas.
8. La siguiente cuestión que se discutió fue el lugar que se elegiría para el escenario de la guerra. Se optó por Verona 56 por disponer en sus alrededores de campos abiertos para la lucha a caballo, en la que eran superiores. Además, privar a Vitelio de una colonia tan rica parecía que era una buena política y buena propaganda. Se ocupó Vicecia 57 en la misma marcha: un hecho de poca importancia en sí mismo (el municipio, en efecto, disponía de pocos recursos) supuso un hito de gran importancia, si se reparaba que allí había nacido Cécina 58 y que se arrebataba su patria a un general de los enemigos. Verona mereció la pena: ayudaron a la causa flaviana con su ejemplo y apoyo material; además, el ejército, desplegado entre Recia y los Alpes Julios, se interponía para que por allí no encontraran paso 59 los ejércitos [2] de Germania. Vespasiano ignoraba o había vetado estas operaciones, pues sus órdenes eran detener la guerra en Aquileya 60 y esperar a Muciano; y a sus órdenes añadía su estrategia de que, dado que tenía el control de Egipto, de sus depósitos de granos y de los impuestos de las provincias más ricas 61 , podía forzar al ejército de Vitelio a la rendición por falta de paga y de [3] trigo. El mismo consejo transmitía en reiterados despachos Muciano, quien ponía como pretexto una victoria sin sangre y sin duelos, pero la realidad era que estaba ávido de gloria y de reservarse todo el brillo de la guerra. Por lo demás, desde tierras tan lejanas las instrucciones oficiales llegaban después de los hechos 62
9. Así pues, Antonio lanzó una repentino ataque contra las avanzadillas enemigas y, tras tantear los ánimos en una escaramuza, se separaron en igualdad de condiciones. Luego, Cécina fortificó su campamento entre Hostilia 63 , aldea de Verona, y los pantanos del río Tártaro 64 , un emplazamiento seguro, porquelas espaldas quedaban cubiertas por un río 65 y los flancos poruna barrera pantanosa. Y si Cécina hubiera sido leal a Vitelio, o [2] podría haber aplastado con todas las fuerzas vitelianas a dos legiones 66 , pues todavía no se les había unido el ejército de Mesia 67 , o los flavianos tendrían que haber dado la vuelta y habríansido obligados a abandonar Italia en vergonzosa huida. Pero Cécina con sucesivas dilaciones permitió al enemigo llevar la iniciativa en las primeras fases de la guerra, mientras increpaba por carta a quienes estaba en condiciones de derrotar por las armas, hasta poder confirmar mediante emisarios los términos de su traición 68 . Mientras tanto llegó Aponio Saturnino con la [3] legión VII Claudiana 69 . Al frente de la legión estaba Vipstano Mesala, hombre de ilustres antepasados y él un miembro ilustre y el único que podía aportar buenas artes a esta guerra 70 . A estas [4] tropas que no se podían equiparar de ninguna manera con las vitelianas (pues todavía eran solo tres legiones 71 ) envió Cécina unas cartas reprochándoles la temeridad de defender una causa perdida 72 . Al mismo tiempo destacaba entre alabanzas el valor del ejército de Germania con una ligera y trivial mención a Vitelio y sin ningún insulto hacia Vespasiano. Nada, en suma, que [5] pudiera seducir o intimidar al enemigo. Los generales del bando flaviano, soslayando la defensa de su desgracia en el pasado 73 , respondieron 74 en términos pomposos a favor de Vespasiano, con lealtad hacia la causa, seguros del ejército y con enemistad hacia Vitelio, aunque ofrecían a tribunos y centuriones la esperanza de conservar las concesiones que les hubiera hecho Vitelio. Al propio Cécina le proponían sin rodeos que se pasara a su bando. La lectura de las cartas 75 en la asamblea levantó la moral de la tropa, pues el tono de los escritos de Cécina era recatado, como si temiera ofender a Vespasiano, mientras que el de susoficiales era despectivo con la intención de insultar a Vitelio.
10. Después, con la llegada de dos legiones 76 , la III al mando de Dilio Aponiano y la VIII a las órdenes de Numisio Lupo, se decidió hacer una exhibición de fuerza y rodear Verona de for tificaciones de campaña. Sucedió que a la legión Galbiana 77 letocó la obra del vallado en la parte frontal y, cuando vieron a lolejos a jinetes aliados, los tomaron por enemigos provocando una falsa alarma. Corrieron a tomar las armas por miedo a una [2] traición. La ira de los soldados se descargó contra Tampio Flaviano 78 sin ningún fundamento para tal acusación, pero como loodiaban desde hacía tiempo exigían su muerte en medio de untorbellino de rabia. Iban gritando que era pariente de Vitelio, traidor de Otón y ladrón de sus gratificaciones. No se le dio oportunidad para defenderse, aunque tendía sus manos suplicantes, se arrastraba reiteradamente en tierra, se desgarraba la ropa y golpeaba el rostro y el pecho entre sollozos. Eso mismo irritaba más a sus agresores, como si el miedo exagerado fueraprueba de su culpa. El griterío de los soldados ahogaba las palabras [3] de Aponio 79 cuando intentaba hablarles, y a los demás oficiales los despreciaban entre abucheos y gritos. Únicamente a Antonio prestaron oídos los soldados, pues efectivamente no solo poseía elocuencia y habilidad para calmar a la soldadesca, sino también la autoridad de un líder. Cuando el motín empezó a recrudecerse y pasaban de los insultos y reproches a las manos, ordenó que encadenaran a Flaviano. Los soldados se sintieron burlados 80 y, tras quitar de en medio a quienes vigilaban la tribuna, se disponían a ejercer la máxima violencia. Antonio interpuso [4] su pecho con la espada desenvainada perjurando que moriría a manos de los soldados o con las suyas propias; cuantas veces veía a un conocido y distinguido con alguna condecoración militar, lo llamaba por su nombre para que fuera en su ayuda. Luego, volviéndose a los estandartes y a los dioses de la guerra 81 , suplicaba que descargaran más bien aquella locura y aquella rebeldía sobre el ejército enemigo. El motín se fue apagando y hacia el final del día cada cual se fue esfumando hacia sus propias tiendas. Flaviano, que partió esa misma noche, se libró del peligro gracias a un despacho que le llegó en el camino.
11. Las legiones, como si estuvieran contagiadas por la peste, atacaron a Aponio Saturnino 82 , comandante del ejército de Mesia, y lo hicieron con la mayor violencia, porque no estaban, como antes, cansadas con el trabajo de trincheras, sino que su ira había estallado al mediodía tras divulgarse unas cartas que, al parecer, [2] Saturnino había escrito a Vitelio 83 . Si antiguamente los soldados rivalizaban en valor y disciplina, ahora lo hacían en insolencia e insubordinación, pues no iban a exigir la ejecución de Aponio con menos violencia que la de Flaviano. Lo cierto era que las legiones de Mesia recordaban que habían ayudado a las de Panonia en su venganza y las de Panonia se alegraban de repetir su culpabilidad, en la idea de que se sentían disculpadas por el motín de los otros. Se dirigieron a unos jardines en los que Saturnino tenía su residencia. [3] Y no fueron Primo, Aponiano y Mesala 84 quienes liberaron a Saturnino, aunque lo intentaron por todos los medios, sino la oscuridad del escondite donde se ocultaba, pues se había metido en los hornos de unos baños que casualmente estaban fuera de servicio 85 . Luego se marchó a Patavio 86 sin la escolta de los lictores. [4] Con la marcha de los excónsules, únicamente Antonio se quedó con el poder y la autoridad de los dos ejércitos 87 , pues sus colegas cedieron ante él y los soldados le respaldaron con entusiasmo. No faltaban quienes pensaran que los dos motines se debían a maniobras traicioneras de Antonio para aprovecharse él solo de la guerra.
12. Tampoco en el bando de Vitelio estaban los ánimos tranquilos 88 . Andaban revueltos por una discordia más destructiva, causada no por las sospechas de los soldados rasos, sino por la perfidia de los oficiales. Lucilio Baso, el comandante de la flota de Rávena 89 , había sumado a su bando a soldados indecisos, pues la mayoría provenía de las provincias de Dalmacia y Panonia, que estaban bajo el control de Vespasiano. Eligieron la noche para consumar la traición, con el fin de que únicamente los conspiradores se reunieran en los cuarteles de mando sin el conocimiento de los demás. Baso, sea por vergüenza o por [2] miedo, esperaba el desenlace dentro de su casa. Los capitanesse lanzaron en medio de un gran alboroto contra los bustos de Vitelio y, cuando degollaron a los pocos que ofrecieron resistencia, el resto de la soldadesca, deseosa de cambios, empezó a inclinarse por Vespasiano. En ese momento compareció Lucilio [3] para hacerse públicamente responsable del movimiento. La flota escogió como comandante a Cornelio Fusco 90 , quien llegó a Rávena a toda velocidad. A Baso, acompañado de una escolta de honor 91 , lo transportaron en una flotilla ligera a Atria 92 , donde Memmio Rufino 93 , el comandante del regimiento de caballería que estaba allí al frente de una guarnición, lo puso bajo arresto. Sin embargo, lo libraron rápidamente de las cadenas gracias a la intervención de Hormo, liberto del César 94 , pues este también pasaba por ser uno de los líderes de los flavianos.
13. En cuanto a Cécina 95 , tan pronto como se conoció la defección de la flota, convocó al cuartel de mando a los centuriones de mayor rango y a unos pocos soldados, aprovechándose de la soledad del campamento, mientras el resto de la tropa estaba distribuido en las tareas de la milicia. Entonces ensalzó las cualidades de Vespasiano y la solidez de su bando. Aseguraba que la flota se había pasado a su lado, que las provisiones escaseaban, que las Galias e Hispanias estaban en contra, que en la capital no había nada seguro. Y todo lo que decía de Vitelio era muy pesimista. Inmediatamente, después de que sus cómplices empezaran a prestar juramento a Vespasiano, obligó a hacer lo mismo a los demás, aturdidos por el cambio. Al mismo tiempo, se arrancaron los bustos de Vitelio y se enviaron emisarios a Antonio con la noticia. Pero cuando [2] el rumor de la traición llegó a todo el campamento y los soldados, que regresaban corriendo al cuartel de mando, vieron que se había inscrito el nombre de Vespasiano y se habían derribado los bustos de Vitelio, se hizo primero un gran silencio y luego todo estalló de golpe 96 . Gritaban «¿A tal punto había caído el honor del ejército de Germania, para que sin batalla, sin heridas entregaran sus manos atadas y rindieran sus armas? ¿Pues cuáles eran las legiones que se les oponían? Sin duda legiones vencidas. Y lejos quedaba el verdadero músculo del ejército de Otón, los de la legión I y XIV 97 , a quienes sin embargo ellos habían derrotado y aplastado en aquellas mismas llanuras 98 . ¿Que iban a regalar al desterrado Antonio 99 a tantos [3] miles de hombres armados, como si fuera un rebaño de esclavos a la venta? ¡Nada menos que ocho legiones 100 serían el añadido a una sola flota! A Baso y a Cécina, después de sustraerle a Vitelio mansiones, jardines y riquezas, les parecía bien sustraerle al emperador también sus soldados y a los soldados su emperador 101 . Sin una baja y sin una herida, sin valor incluso a los ojos del bando flaviano, ¿qué iban a decir a quienes les pidieran cuentas de sus éxitos o fracasos?».
14. Tales eran los gritos que lanzaban separadamente y a una, según la indignación empujaba a cada cual. Siguiendo la iniciativa de la legión V 102 , repusieron en su lugar los bustos de Vitelio y encadenaron a Cécina 103 . Eligieron como jefes a Fabio Fabulo 104 , comandante de la legión V, y a Casio Longo, jefe del campamento; degollaron a los soldados de las tres galeras libúrnicas que se presentaron por casualidad ignorantes y ajenos a lo sucedido. Abandonaron el campamento y, tras cortar un puente 105 , sedirigieron de nuevo a Hostilia y desde allí a Cremona para unirse a las legiones I Italica y XXI Rapax 106 , a las que Cécina había despachado con parte de la caballería para ocupar Cremona.
Segunda batalla de Bedriaco 107
15. Cuando Antonio se enteró de lo sucedido 108 , decidió atacar a aquellos ejércitos enemigos, que estaban en desacuerdo y con sus fuerzas separadas, antes de que los jefes recobrasen la autoridad, los soldados la disciplina y las legiones ya reunidas 109 la confianza. Y en efecto, suponía que Fabio Valente 110 había salido de Roma y se daría prisa al tener conocimiento de la traición de Cécina; en realidad, Fabio también era leal a Vitelio y experto en la guerra. Al mismo tiempo, se temía una enorme invasión de germanos a través de Recia 111 . De hecho, Vitelio había reclamado refuerzos de Britania, Galia e Hispania, lo que hubiera representado un verdadero desastre bélico, si Antonio, que temía eso mismo, no se hubiera asegurado la victoria apresurando el combate. Con el ejército completo [2] se trasladó de Verona a Bedriaco en dos jornadas 112 . Al día siguiente 113 , retuvo a las legiones en labores de fortificacióny envió a las cohortes auxiliares al territorio de Cremona, con el objetivo de que, so pretexto de allegar provisiones, los soldados le cogieran gusto al saqueo de civiles 114 . Él mismo con cuatro mil jinetes avanzó hasta ocho millas de Bedriaco 115 para que saquearan con mayor libertad. Los exploradores, como era usual, cubrían más terreno.
16. Èran casi las once de la mañana, cuando un jinete al galope anunció que el enemigo estaba llegando, que unos pocos marchaban en la vanguardia y que se oía un movimiento estruendoso en una gran extensión de terreno. Mientras Antonio debatía el plan de actuación, Arrio Varo 116 , ansioso por intervenir, lanzó un ataque con los jinetes más osados y rechazó a los vitelianos infligiéndoles bajas poco importantes. En efecto, con la llegada de más adversarios se cambiaron las tomas: los perseguidores [2] más encarnizados pasaban a la cola de la huida. Tales prisas no habían partido de la voluntad de Antonio, quien pensó que sucedería lo que había sucedido. Después de arengar a los suyos para que tomasen las armas con la moral alta, desplegó sus escuadrones de caballería 117 hacia los flancos dejando un pasillo libre para dar acogida a Varo y a sus jinetes. Se ordenó a las legiones que tomaran las armas y por los campos se pasó la consigna de que todos y cada uno abandonaran el pillaje y acudieran al combate por el camino más corto. Mientras tanto, un aterrorizado Varo se mezcló con el grueso de los suyos sembrando el pánico entre ellos. Los soldados derrotados, los ilesos junto a los heridos, chocaban entre ellos mismos debido a su propio miedo y las angosturas de los caminos.
17. En medio de aquel pánico Antonio no omitió ninguna responsabilidad propia de un oficial firme y de un soldado valiente. Salía al paso de los que estaban aterrorizados; donde se requería más esfuerzo, donde quedaba algún atisbo de esperanza, con sus órdenes, con sus hechos y con su voz se distinguía ante el enemigo y se dejaba ver ante los suyos 118 . Por último, llegó a tal grado de excitación que atravesó con su lanza a un abanderado que se daba a la fuga, y luego recogió el estandarte 119 y lo volvió contra el enemigo. Ante tal vergüenza, no más de cien jinetes mantuvieron sus posiciones. Les ayudó el lugar, pues el camino se estrechaba allí y estaba roto el puente sobre el río que corría entre los dos ejércitos 120 , el cual impedía la huida a causa del fondo inseguro y sus escarpadas orillas. Aquella [2] circunstancia, fuera necesidad o suerte, recompuso al bando que ya estaba hundido. Apoyándose unos en otros con las filas apretadas se enfrentaron a los vitelianos lanzados a lo loco, que fueron rechazados en confusión. Antonio acosaba a los caídos y derribaba a los que le plantaban cara; al mismo tiempo, los demás, según sus inclinaciones, los despojaban, los apresaban y les quitaban armas y caballos. Y los soldados que hacía poco vagaban huyendo por campo abierto, alertados ahora por los gritos de júbilo, se unían a la victoria.
18. A cuatro millas de Cremona brillaban los estandartes de las legiones Rapax e Italica 121 , atraídas hasta allí por el éxito inicial de su caballería en la batalla. Pero cuando la suerte se volvió contraria, no abrieron las líneas, no acogieron a sus compañeros en desorden, no tomaron la iniciativa de atacar al enemigo que estaba cansado de correr y de luchar por una extensión de terreno tan amplia 122 Derrotados por el azar, no habían echado de menos a un jefe en el éxito, del mismo modo que entendían [2] que les faltaba en el fracaso. La victoriosa caballería se lanzó contra sus líneas vacilantes y se le unió el tribuno Vipstano Mesala 123 con las tropas auxiliares de Mesia, a quienes seguían muchos legionarios pese a su rápido ritmo de marcha. De esta forma, la mezcla de infantes y jinetes rompió la formación en columna de las legiones. Las cercanas murallas de Cremona, cuantas más esperanzas de refugio ofrecían, menos ánimos para resistir infundían. Antonio tampoco insistió más al recordar las fatigas y heridas con que la suerte de tan incierto combate había castigado a jinetes y caballos, pese a su final feliz.
19. Con las sombras de la tarde llegaron todas las fuerzas del ejército flaviano. Y, al marchar sobre los montones de muertos y los recientes vestigios de la matanza, como si la guerra hubiera acabado, exigieron marchar a Cremona y aceptar la rendición de los vencidos o conquistarla. Esto decían en público, bonitas palabras, pero cada cual pensaba para sí que la colonia, [2] situada en el llano, podía tomarse al asalto. Los atacantes mostrarían igual valentía durante las horas de la noche y gozarían de mayor libertad en el saqueo. Pero si esperaban a que amaneciera, entonces habría paz y después seguirían las súplicas de perdón y en pago a sus esfuerzos y heridas recibirían la gloria de la clemencia, es decir, nada, mientras que las riquezas de los cremonenses irían a los bolsillos de los prefectos y legados 124 . Las ciudades conquistadas pertenecían a la tropa, las quese rendían a los generales. Trataron con desprecio a centuriones y tribunos y, para que ninguna voz se pudiera oír, golpearon susarmas con la intención de desobedecer las órdenes si no se les conducía al asalto.
20. Entonces Antonio se metió entre las compañías y, cuando su presencia y prestigio habían conseguido silencio, les aseguró que no pretendía arrebatar ni la gloria ni la recompensa a quienes habían merecido tanto, pero que comandantes y tropa tenían responsabilidades diferentes. A los soldados les correspondía la agresividad en el combate, mientras que los jefes mostraban su utilidad en la planificación y la deliberación, en la prudencia más que en la temeridad. Si antes había ayudado a la [2] victoria con las armas en la mano en la medida de sus fuerzas, ahora sería de utilidad con el cálculo y el consejo, las cualidades propias de un jefe. Y desde luego sobre los peligros que acechaban no había dudas: la noche, el emplazamiento de una ciudad extraña, los enemigos dentro y todo dispuesto para las emboscadas. Ni con las puertas abiertas se debería entrar si no se exploraba antes y si no se hacía de día. ¿Es que empezarían el asalto sin ninguna posibilidad de ver cuáles son los lugares llanos, cuál es la altura de las murallas, o si había que atacar a la ciudad con catapultas y proyectiles o con trincheras o manteletes? Después, dirigiéndose a cada uno por separado, les iba [3] preguntando si llevaban consigo las hachas, picos y demás equipamiento para asaltar las ciudades. Y cuando le respondieron que no, les espetó: «¿Hay alguna mano que pueda romper y socavar murallas con espadas y lanzas? Si hubiera necesidad de levantar una empalizada, si tuviéramos que protegemos con manteletes y cañizos, ¿nos quedaremos sin hacer nada, como el vulgo temerario, contemplando la altura de las torres y las defensas de nuestros adversarios? ¿No será mejor esperar una sola noche, traer catapultas y maquinaria de artillería y llevarnos así con nosotros el poder de la victoria?». Sin más dilaciones envió a Bedriaco a porteadores y cantineros 125 con los jinetes más descansados con la intención de que trajeran provisiones y demás cosas que pudieran necesitar.
21. Sin embargo, los soldados que llevaban mal esta situación de inactividad, casi llegaron al amotinamiento 126 , cuando unos jinetes que avanzaban hasta el pie de las murallas cogieron a unos cremoneses que vagaban por allí. Por sus declaraciones se supo que seis legiones vitelianas 127 y todo el ejército que había estado estacionado en Hostilia había recorrido en un solo día treinta millas 128 y que, al enterarse de la derrota de los suyos, se aprestaban al combate y llegarían de un momento a otro. Tal amenaza abrió [2] aquellas mentes obcecadas a los consejos de su jefe. Antonio ordenó a la legión XIII 129 que ocupara el ancho de la calzada de la vía Postumia 130 . Pegada a ella por la izquierda se apostó la VII Galbiana en campo abierto, a continuación la séptima Claudiana , atrincherada en unas alcantarillas de drenaje características del lugar. A la derecha, la VIII 131 se desplegó a lo largo de un lindero sin cobertura y luego la III cercada por densa vegetación. Esta era la formación de las águilas y estandartes; las tropas se mezclaron al azar en medio de la oscuridad. La bandera de los pretorianos 132 estaba al lado de los de la III, las cohortes auxiliares ocupaban las alas, mientras que la caballería rodeaba los flancos y la retaguardia. Los suevos Sidón e Itálico 133 patrullaban en primera línea con gente escogida de sus paisanos.
22. Por su parte, la táctica del ejército de Vitelio hubiera sido descansar en Cremona y, tras comer y dormir para recuperar fuerzas, atacar y derrotar al día siguiente a un enemigo extenuado por el frío y el hambre 134 . Sin embargo, carentes de dirección 135 y faltos de un plan, sobre las nueve de la noche chocaron contra los flavianos que ya estaban dispuestos y en sus posiciones. Sobre el orden de despliegue de las columnas vitelianas, [2] desorganizadas por la furia de los soldados y la oscuridad, no me atrevería a hacer afirmaciones seguras, aunque algunos escritores han contado que la IV Macedonica ocupaba el ala derecha de los suyos, la V y XV con los estandartes de la IX, la II y la XX, legiones de Britania, el centro de la formación, y la XVI, la XXII y la I el ala izquierda 136 Los componentes de la Rapax y la Italica se habían mezclado entre todas las compañías. La caballería [3] y las tropas auxiliares decidieron por su cuenta sus posiciones. El combate, que duró toda la noche, fue voluble, indeciso y terrible, destructivo unas veces para unos y otras para otros. No servían de nada la moral o la fuerza, ni siquiera los ojos para prever los peligros. Las armas eran iguales en ambos bandos 137 , se daban a conocer las contraseñas para la batalla a causa de las reiteradas preguntas, los estandartes se mezclaban cada vez que un grupo los capturaba del enemigo y los arrastraba de un lado [4] para otro. Los mayores apuros los pasaba la legión VII, recientemente reclutada por Galba 138 . Cayeron seis centuriones de primer rango y les fueron arrebatadas algunas enseñas. La propia águila la había salvado Atilio Vero, centurión primipilar 139 , tras hacer un gran estrago entre los enemigos y acabar perdiendo la vida.
23. Antonio reforzó las líneas vacilantes con la llegada de pretorianos. Cuando entraron en combate, rechazaron al enemigo, pero después fueron rechazados a su vez. Los vitelianos, en efecto, habían concentrado su artillería 140 en la calzada de la carretera para disparar los proyectiles por un espacio libre y despejado, pues al principio los disparos eran dispersos y se [2] estrellaban contras los arbustos sin producir daño al enemigo. Una ballesta de impresionante tamaño de la legión XVI 141 empezaba a producir daños en las líneas enemigas con el lanzamiento de piedras enormes. Y hubiera producido un gran estrago de no ser por el heroísmo de dos soldados 142 , quienes, pasando desapercibidos detrás de escudos arrebatados a cadáveres, cortaron las correas y contrapesos de la máquina de artillería 143 . Fueron matados inmediatamente y por ello sus nombres cayeron en el olvido, pero de su hazaña no hay ninguna duda. La fortuna no [3] se decantaba por ningún bando, hasta que, avanzada la noche, la luna creciente iluminaba las líneas y las ocultaba 144 . Pero resultaba más favorable a los flavianos que la tenían a su espalda; de ahí que las sombras de hombres y caballos se agrandaban, y los proyectiles enemigos se quedaban cortos porque erraban el disparo al apuntar a las sombras, como si fueran los cuerpos; los vitelianos, que brillaban con la luz de cara, se ofrecían desprevenidos a quienes les disparaban como si estuvieran en posiciones ocultas.
24. Así pues, Antonio, cuando pudo reconocer a los suyos y ser reconocido por ellos, empezó a animarlos, a unos con el pundonor y los reproches, a muchos con el elogio y la arenga y a todos con esperanzas y promesas. A las legiones de Panonia 145 les preguntaba por qué habían tomado las armas enfurecidos 146 , y les decía que aquellos eran los campos de batalla en los que podían lavar la mancha de su pasada ignominia 147 y donde podrían [2] recuperar la gloria. Luego, se dirigió a los de Mesia 148 para alentarlos como los cabecillas y promotores de la guerra; les recordaba que de nada serviría haber provocado a los vitelianos con palabras amenazadoras si no soportaban su fuerza y sus miradas. Tales eran sus palabras conforme se acercaba a cada grupo. Habló más a la III 149 , recordándoles su gloria pasada y reciente: el triunfo sobre los partos al mando de M. Antonio 150 , sobre los armenios al mando de Corbulón 151 o [3] recientemente sobre los sármatas 152 . Luego, se indignó con los pretorianos, diciéndoles: «Si no vencéis, aldeanos 153 , ¿qué otro emperador, qué otro campamento os va a acoger? Allí tenéis vuestras enseñas y vuestras armas, y la muerte para los vencidos, que el deshonor 154 ya lo habéis logrado». Por todas partes se levantó un griterío de entusiasmo y los de la III, como era costumbre en Siria, saludaron la salida del sol 155 .
25. A raíz de ello, surgió un vago rumor —tal vez extendido adrede por el comandante flaviano— de que Muciano había llegado y los ejércitos se habían saludado mutuamente. Los flavianos se pusieron en marcha con la impresión de que se habían reforzado con tropas de refresco, mientras que los vitelianos se mostraban con filas menos densas, como si, al carecer de mando, a cada cual su propio empuje o miedo los hiciera concentrarse o dispersarse. Cuando Antonio se percató de su desconcierto, los dispersó con su formación cerrada. Las debilitadas filas se rompieron y no se pudieron recomponer por impedirlo los carruajes y las máquinas de artillería. Las tropas vencedoras se esparcieron por el lindero de la calzada 156 en sus prisas por perseguirlos. La matanza fue más terrible por el hecho de que [2] un hijo mató a su padre 157 . Referiré el incidente y los nombres basándome en la autoridad de Vipstano Mesala. Julio Mansueto de Hispania, enrolado en la legión Rapax 158 , había dejado en casa a un joven hijo. Luego, cuando este se hizo adulto, fue reclutado por Galba como miembro de la VII 159 . Luego resultó que se enfrentó a su padre y lo hirió gravemente. Al estar examinando al casi muerto, se reconocieron mutuamente. El hijo abrazó al moribundo y suplicó con voz llorosa que se aplacasen 160 los manes paternos y no se volvieran en contra de un parricida. Tal crimen, decía, era de todos, pues ¿qué parte de la [3] guerra civil le correspondía a un solo soldado? Al mismo tiempo, levantó el cuerpo, abrió la tierra y cumplió con su padre el deber postrero. Los soldados cercanos se percataron del hecho, después muchos más, y a partir de ahí y por todo el campo de batalla cundió el asombro, los lamentos y la maldición contra una guerra tan cruel. Sin embargo, no por eso se mostraron más remisos a la hora de despojar y degollar a parientes, allegados y hermanos. Hablaban de que se había cometido un crimen, pero ellos hicieron lo mismo.
Segunda batalla de Cremona 161
26. Cuando llegaron a Cremona, los flavianos se enfrentaron a una tarea nueva de enorme dificultad. Durante la guerra contra Otón 162 los soldados de Germania habían construido su campamentocerca de las murallas de Cremona y habían levantado una empalizada a su alrededor, defensas que fueron reforzadas más tarde. A la vista de ello los vencedores se quedaron parados sin [2] saber sus jefes qué órdenes dar. Iniciar el asalto con un ejército cansado de luchar día y noche parecía difícil y peligroso sin disponer de ayuda alguna próxima. Pero si regresaban a Bedriaco, no sería soportable el esfuerzo de una marcha tan larga 163 y la victoria quedaría en nada. Atrincherar 164 el campamento parecía también temerario por la cercanía del enemigo, pues podrían desbaratar mediante una ataque por sorpresa a quienes anduvieran dispersos y afanados en el trabajo. Pero, [3] por encima de todo, lo que asustaba a los jefes flavianos eran sus propios soldados, más dispuestos al riesgo que a la espera, pues les desagradaba lo seguro y ponían todas sus esperanzas en su osadía. Y todas las matanzas, heridas y derramamiento de sangre se compensaban con el ansia de botín.
27. Antonio se inclinó por esta idea 165 y ordenó rodear con un cordón de tropas la empalizada. En la primera fase rivalizaban desde lejos con flechas y piedras con mayor daño para los flavianos, contra los que se disparaban proyectiles desde arriba. En una segunda fase Antonio asignó los tramos de empalizada y puertas a las diferentes legiones, con el fin de que la división de la tarea diferenciara a valientes y cobardes y se estimularan al rivalizar por su honor. El área cercana a la ruta hacia Bedriaco 166 [2] se asignó a los de la III y VII, la parte derecha de la empalizada 167 a la VIII y VII Claudiana , mientras que a los de la XIII 168 su iniciativa los llevó hasta la puerta de Brixia 169 . Luego siguió una ligera pausa mientras las legiones recogían azadones de los campos cercanos y otros guadañas y escalas. Entonces, levantando los escudos sobre sus cabezas avanzaron en cerrada formación [3] de tortuga 170 . Ambos bandos empleaban tácticas romanas. Los vitelianos hacían rodar piedras pesadas y, cuando la formación en tortuga se resquebrajaba y desestabilizaba, la sondeaban con lanzas y picas hasta que, deshecha la trama de escudos, dejaban sobre el suelo a muertos o heridos. Con tan gran carnicería les habría invadido la duda si los comandantes flavianos, al ver a los soldados cansados y sordos a sus órdenes, que consideraban sin sentido, no les hubieran puesto ante los ojos Cremona 171 .
28. No resulta fácil decidir si esta indicación ingeniosa se le ocurrió a Hormo, como dice Mesala 172 , o es mejor la autoridad de G. Plinio 173 que acusa a Antonio. Desde luego ni Antonio ni Hormo pudieron empeorar la fama de su vida con tal crimen por monstruoso que fuera 174 . Ya ni la sangre ni las heridas podían retrasarles de socavar la empalizada y golpear las puertas. Subiéndose sobre los hombros de otros y encaramándose sobre la rehecha formación en tortuga se agarraban a las armas y brazos de los enemigos. Rodaban ilesos con heridos, semimuertos con agonizantes, muriendo de muchas formas y con todos los rostros de la muerte 175 .
29. Las legiones III y VII 176 sostuvieron la lucha más violenta, y sobre el mismo lugar se había asentado Antonio con tropas auxiliares escogidas. Los vitelianos, al no poder aguantar a aquellas tropas que rivalizaban entre sí 177 y como los disparos rebotaban sobre la formación en tortuga, acabaron por arrojar sobre los asaltantes la propia ballesta 178 , la cual, si bien en un primer momento dispersó y aplastó a los enemigos sobre los que había caído, también arrastró en su derrumbe las almenas y la parte superior de la empalizada. Al mismo tiempo, la torre aneja sucumbió ante los impactos de las piedras. Mientras los soldados de la VII presionaban en cuñas 179 por allí, los de la III derribaron una puerta con hachas y espadas. Según el testimonio unánime [2] de los autores 180 el primero que entró fue G. Volusio, soldado de la legión III. Se subió a la empalizada, derribó a quienes resistían y, atrayendo la atención con sus gestos y su voz, gritó que el campamento había sido tomado. Los demás se lanzaron cuando ya los vitelianos andaban despavoridos y corrían desde la empalizada. El espacio abierto que había entre el campamento y las murallas se cubrió de cadáveres.
La caída de Cremona 181
30. Y otra vez tuvieron que hacer frente a nuevas dificultades: las altas murallas de la ciudad, las torres de piedra, las puertas con trancas de hierro, los soldados lanzando sus venablos, la población de Cremona, numerosa y partidaria del bando viteliano, y muchos itálicos 182 congregados allí a causa del mercado que se celebraba por aquellos mismos días. Esto representaba para los defensores una ayuda por su número y un aliciente para los asaltantes [2] a causa del botín. Antonio ordenó coger antorchas y prender fuego a los edificios más hermosos de extramuros 183 , por si el daño en sus propiedades empujaba a los cremonenses a cambiar de bando. Además los tejados cercanos a las murallas que excedían su altura los ocupó con los soldados más valientes, quienes con vigas, tejas y teas dispersaron a los defensores.
31. Las legiones ya se estaban agrupando en formaciones de tortuga, mientras otros 184 empezaban a disparar dardos y piedras, cuando poco a poco empezó a decaer la moral de los vitelianos. Cuanto más alta era la graduación militar, más dispuesto se estaba a ceder a la fortuna por miedo a que, si Cremona quedaba también arrasada, ya no hubiera compasión y toda la rabia de los vencedores se volviera no contra la soldadesca desvalida, sino contra los tribunos y centuriones, cuya muerte comportaba una recompensa. Los soldados rasos, despreocupados [2] del futuro y sintiéndose a salvo por el anonimato, seguían resistiendo. Deambulaban por las calles, se escondían en las casas y ni siquiera pedían la paz cuando ya habían renunciado a la guerra. Los comandantes del campamento destruyeron el nombre y las efigies de Vitelio. Libraron a Cécina de las cadenas (pues todavía entonces estaba confinado en prisión) y le rogaron que intercediera en su favor. Entre lágrimas acuciaban a quien se mostraba despectivo y altanero: ¡tantos hombres valientes invocando la ayuda de un traidor, el colmo de las desgracias! Poco después desplegaron desde lo alto de las murallas ramas de olivo e ínfulas 185 . Cuando Antonio dio la orden del cese de [3] las hostilidades, los vitelianos sacaron sus enseñas y águilas, a las que seguía una columna de hombres desarmados sin levantar los ojos del suelo 186 . Les habían rodeado los vencedores y al principio les lanzaban insultos y amagaban golpes. Después, como los vencidos ofrecían sus rostros a las afrentas y soportaban todo sin mostrar ningún tipo de orgullo, cayeron en la cuenta de que estos eran quienes no hacía mucho habían demostrado moderación en la victoria de Bedriaco. Pero cuando [4] Cécina 187 , haciéndose notar con la pretexta y los lictores, apartada la multitud, se abrió paso como cónsul 188 , se enardecieron los vencedores que le echaban en cara su altanería y crueldad (tan odiosos resultan tales defectos), así como su perfidia. Se interpuso Antonio y, tras asignarle una escolta, lo despachó junto a Vespasiano 189 .
32. Entretanto, el pueblo de Cremona sufría encontronazos con la tropa, y poco faltaba para llegar a una masacre, cuando las súplicas de los oficiales lograron calmar a los soldados. Convocados a una asamblea, Antonio se dirigió con orgullo a los vencedores, con clemencia a los vencidos y ni a favor ni en contra de Cremona. El ejército, aparte de su deseo natural de saquear, se volcó en la destrucción de Cremona por antiguos [2] resentimientos. Creían que habían apoyado al bando viteliano también en la guerra contra Otón; más tarde, se habían burlado de los hombres de la XIII 190 , que estaban allí para construir un anfiteatro 191 , con burlas insultantes, típicas de la naturaleza procaz de la plebe urbana. El rencor de las tropas aumentó también por otras razones: el espectáculo de gladiadores que allí había organizado Cécina, el hecho de que la ciudad hubiera sido dos veces la base de la guerra, los alimentos ofrecidos a los vitelianos en el frente de batalla 192 , y el que mataran a algunas mujerescuando se acercaron hasta el campo de batalla llevadas por suapoyo a la causa. Además, aquella época de mercado llenaba la colonia, ya de por sí rica, y le daba una mayor apariencia de [3] riquezas. Los otros comandantes eran poco conocidos, mientras que el éxito y la suerte habían dejado a Antonio expuesto a las miradas de todos. Marchó a toda prisa a los baños para lavarse las manchas de sangre. Al quejarse de la tibieza del agua, se oyó una voz diciendo que pronto se pondría caliente. Esta respuesta propia de un esclavo concitó contra él todo el odio por lo que siguió 193 , pues era como si hubiera dado la señal para incendiar Cremona, que ya ardía en llamas.
33. Irrumpieron en la ciudad cuarenta mil hombres armados 194 y un número mayor de asistentes y cantineros todavía peor dispuestos a la lujuria y la crueldad. Ni la dignidad ni la edad evitaban que se mezclaran las violaciones con los asesinatos y los asesinatos con las violaciones 195 Los ancianos de edad avanzada y las mujeres de edad marchita, sin valor para el botín, eran el blanco de sus burlas. Cuando una doncella crecida o alguien que atraía por su belleza caía en sus manos, la fuerza brutal de quienes intentaban cogerlos los despedazaba y esto al final llevaba a los mismos raptores a matarse unos a otros. Cuando uno se apropiaba del dinero o de las ofrendas de oro macizo de los templos, otros más fuertes le cortaban la cabeza. [2] Algunos despreciaban lo que estaba a la vista, buscaban las riquezas escondidas por sus dueños, a quienes azotaban y torturaban, y desenterraban los tesoros bajo tierra. Portaban teas en las manos, que, al terminar el saqueo, arrojaban por gusto a las casas deshabitadas o a los templos vacíos. Y, como era de esperar en un ejército de lenguas y costumbres diversas, que incluíaa romanos, aliados y extranjeros, diferentes eran sus ideas de lo que era legal para cada uno de ellos, pero nada les estaba vedado. Cremona les duró cuatro días. Cuando todos los edificios, sagrados y civiles, quedaron reducidos a cenizas, solo el templo de Mefitis 196 permaneció en pie, defendido por su situación o por el poder de su divinidad.
34. Este fue el final de Cremona a los doscientos ochenta y seis años de su comienzo. Fue fundada en el consulado de Ti. Sempronio y P. Cornelio 197 , cuando Aníbal amenazaba a Italia, como baluarte contra los galos que se asentaban al otro lado del Po y contra cualquier otra irrupción violenta que se lanzara a través de los Alpes. Así que Cremona creció y floreció por el número de colonos, por la situación favorable de sus ríos, por la fertilidad de sus campos y por las relaciones y las uniones matrimoniales con gente de las tribus locales 198 : fue una ciudad respetada por guerras externas, pero desgraciada en las civiles 199 . Antonio, avergonzado por aquella infamia y al aumentar su [2] impopularidad, publicó un edicto para que ningún cremonense fuera retenido como prisionero. Además, el botín de los soldados había quedado en nada al ponerse de acuerdo toda Italia en rechazar la compra de tales esclavos. Así que empezaron a matarlos. Y en cuanto se supo, parientes y allegados empezaron a comprarlos a escondidas. El resto de la población regresó a Cremona más tarde. Se restauraron los foros y los templos gracias a la generosidad de otros municipios con la bendición de Vespasiano.
35. Por lo demás, la tierra infectada por la podredumbre no permitió durante mucho tiempo asentarse en las ruinas de una ciudad muerta. Avanzaron tres millas 200 y encuadraron a los vitelianos, que se encontraban dispersos y aterrorizados, a cada cual bajo sus propias banderas; y distribuyeron a las legiones derrotadas por el Ilírico 201 para evitar que actuaran de forma dudosa mientras aún durase la guerra civil. Después, despacharon [2] mensajeros para informar a Britania y a las Hispanias 202 , mientras que para impresionar enviaron al tribuno Julio Caleno a la Galia 203 y al comandante de una cohorte Alpinio Montano a Germania 204 , pues este era de Tréveris y Caleno eduo y ambos a su vez vitelianos. Al mismo tiempo, se ocuparon los pasos de los Alpes 205 para su defensa, pues sospechaban de Germania, no fuera que llegara a tomar las armas para ayudar a Vitelio.
Convulsión en el imperio romano
36. Por otro lado, Vitelio, quien, tras la marcha de Cécina 206 , había empujado a la guerra a Fabio Valente unos días después, encubría sus preocupaciones con una vida disipada. No se preparaba para la guerra, no fortalecía la moral de la tropa con arengas y entrenamiento, no aparecía delante del pueblo, sino que, oculto bajo las sombras de los jardines como esos animales perezosos que, si les proporcionas alimento, permanecen echados y amodorrados, se había desentendido con igual olvido del pasado, del presente [2] y del futuro. Estando así sin hacer nada y vegetando en el bosque de Aricia 207 quedó conmocionado con la traición de Lucilio Baso y la defección de la flota de Rávena. Y no mucho después 208 las noticias sobre Cécina le produjeron una mezcla de dolor y alegría al informársele de que se había rebelado pero el ejército lo había arrestado. En un carácter tan débil pudo más la alegría que la preocupación. En medio de una gran euforia regresó a la capital y en una asamblea concurrida colmó de elogios la lealtad de los soldados. Ordenó el arresto de Publilio Sabino 209 , prefecto de la guardia pretoriana, por su amistad con Cécina, y puso en su lugar a Alfeno Varo 210 .
37. Después 211 , se dirigió al Senado con un discurso intencionadamente grandilocuente que los senadores elogiaron con estudiada adulación. L. Vitelio 212 tomó la iniciativa de una severa propuesta contra Cécina. A continuación, los demás, con afectada indignación, porque un cónsul hubiera traicionado al Estado, un general al emperador y una persona colmada con tan grandes riquezas y tantos honores a un amigo, se quejaban como si estuvieran defendiendo a Vitelio, pero en realidad estaban dando rienda suelta a su propio resentimiento 213 . En ningún discurso se [2] oyeron palabras de reproche contra los generales flavianos, pues culpando a los ejércitos de sus errores y falta de visión soslayaban, cautos y huidizos, el nombre de Vespasiano. Y no faltó quien solicitara entre halagos un único día de consulado 214 (era, en efecto, lo que le quedaba a Cécina) en medio de grandes risas para el que lo daba y el que lo recibía. El 31 de octubre Rosio Régulo tomó posesión y cesó en su cargo. Los entendidos hacían notar que nunca antes se había nombrado a un magistrado sustituto sin destituir al magistrado anterior ni promulgar un decreto 215 . En efecto, cónsul por un solo día también lo había sido antes Caninio Rebilo 216 durante la dictadura de G. César, cuando las recompensas de la guerra civil se concedían a la ligera.
38. Por aquellos días se tuvo noticia de la muerte de Bleso, que fue muy comentada 217 . De ella hemos recibido la siguiente versión. Vitelio convalecía de una grave enfermedad en los Jardines Servilianos 218 y advirtió que un palacete del vecindario brillaba durante la noche con muchas luces. Al preguntar por el motivo, se le comunica que en casa de Cécina Tusco 219 se estaba celebrando un banquete concurrido en honor especialmente de Junio Bleso. Se exageraron los detalles sobre el lujo y los ánimos dispuestos a la disipación. Y no faltaron quienes denunciaran al mismo Tusco y a otros, pero con especial encono a Bleso, porque pasaban los días divirtiéndose mientras el príncipe se hallaba enfermo. Cuando quienes analizaban ácidamente [2] las ofensas de los príncipes tuvieron bastante claro que Vitelio se sentía molesto y que Bleso podía caer en desgracia, confiaron el papel de delator a L. Vitelio. Este era enemigo de Bleso por una rivalidad maligna, pues la excelente reputación de Bleso superaba a un Vitelio manchado con todo tipo de infamias. Lucio abrió la alcoba del emperador, abrazando contra el pecho al hijo de este y cayendo a sus rodillas. Al preguntarle por el motivo [3] de su turbación, le respondió que se había presentado entre ruegos y lágrimas no por miedo personal ni porque estuviera angustiado por él mismo, sino para interceder a favor de su hermano y de los hijos de su hermano. No había por qué temer a Vespasiano, decía, pues le separan de aquí en un espacio inmenso tantas legiones germánicas, tantas provincias leales y valientes y, para terminar, tanta tierra y mar. Es en la capital y en su círculo donde hay que precaverse de un enemigo que se jacta de tener de abuelos a los Junios y Antonios 220 y que con su estirpe imperial se pavonea asequible y espléndido con los soldados. Todas las miradas, continuaba, estaban puestas en él, [4] mientras Vitelio, sin reparar en amigos o enemigos, favorecía a un rival que contemplaba los sufrimientos del emperador desde la mesa de un banquete. Por su alegría a destiempo había que darle una noche triste y fúnebre, para que supiera y se enterara de que Vitelio estaba vivo, era el emperador y, por si ocurría alguna fatalidad, tenía un hijo.
39. Angustiado entre el crimen y el miedo de que el aplazamiento de la muerte de Bleso acarreara su rápida ruina y, si la ordenaba públicamente, produjera un terrible escándalo, decidió recurrir al veneno. Vitelio contribuyó a dar fe del crimen por la especial alegría que mostró en su visita a Bleso. Más aún, se oyó a Vitelio hacer una observación de lo más inhumana 221 , cuando se jactó diciendo (citaré, en efecto, literalmente sus palabras) «que sus ojos se relamían con el espectáculo de la muerte [2] de su enemigo». Bleso, además de una cuna distinguida y exquisita moral, estuvo adornado de una lealtad inquebrantable. Incluso en situaciones seguras se mantuvo firme en rechazar unirse a un complot que procedía de Cécina y los líderes del partido que ya despreciaban a Vitelio. Era intachable y enemigo del desorden, no ambicionaba ningún cargo sobrevenido y mucho menos el principado, pero no había logrado evitar el que no se le creyera digno de él.
40. Entretanto, Fabio Valente 222 , que con un numeroso y afeminado séquito de concubinas y eunucos avanzaba a un ritmo demasiado lento para una guerra, se enteró por correos urgentes de que Lucilio Baso había entregado la flota de Rávena. Y si hubiera apresurado la marcha emprendida, habría podido adelantarse a las vacilaciones de Cécina o alcanzar a las legiones 223 antes del combate decisivo. Y no faltaban quienes le aconsejaban que con sus más fieles y por caminos poco conocidos evitara Rávena y se dirigiera a Hostilia o a Cremona. Otros [2] proponían hacer venir de Roma las cohortes pretorianas y abrirse paso con esa tropa poderosa. Valente con sus inútiles vacilaciones consumió en deliberaciones el tiempo de actuar. Luego, rechazó ambas propuestas y, quedándose a mitad de camino, que es la peor solución en momentos críticos, no tuvo la osadía suficiente ni la suficiente prudencia.
41. Valente escribió a Vitelio pidiéndole refuerzos. Llegaron tres cohortes con un regimiento de caballería de Britania 224 , un contingente que no era apto ni para pasar desapercibido ni para abrirse camino. Pero Valente ni siquiera en una situación tan crítica pudo evitar la infamia de que se creyera que buscaba placeres ilícitos y de que manchara la casa de sus anfitriones con estupros y adulterios. Tenía además el poder, el dinero y ese último deseo libidinoso 225 propio de una suerte que se venía abajo 226 . Finalmente, con la llegada de la infantería y caballería [2] quedó en evidencia la equivocación de su estrategia, pues ni podía moverse a través de territorio enemigo con tan pequeña fuerza por muy leal que fuera, ni tampoco su lealtad era incuestionable. Sin embargo, les refrenaba la vergüenza y el respeto a su jefe allí presente, lazos poco duraderos entre hombres que temían enfrentarse a los peligros y a quienes no les importaba el deshonor. Con tales recelos y acompañado por unos pocos que [3] no habían cambiado en la adversidad envió las cohortes a Arímino 227 y ordenó al regimiento de caballería que protegiera sus espaldas. Él se desvió hacia Umbría y de allí hasta Etruria, donde, al enterarse del resultado de la batalla de Cremona 228 , tomó una decisión nada cobarde, pero terrible, si hubiera tenido éxito. Consistió en apoderarse a la fuerza de unas naves, desembarcar en cualquier parte de la provincia Narbonense 229 y levantar a las Galias y sus ejércitos y a los pueblos de Germania para provocar una nueva guerra.
42. Cuando se marchó Valente, Cornelio Fusco 230 , tras acercar el ejército y enviar naves libúrnicas por la costa vecina, rodeó por tierra y mar a las fuerzas de Vitelio desmoralizadas que estaban acantonadas en Arímino. Los flavianos ocuparon las llanuras de Umbría y la región del Piceno bañada por el Adriático, de manera que Italia entera quedaba dividida entre Vespasiano [2] y Vitelio por los montes Apeninos. Fabio Valente se vio arrastrado al puerto de Hércules de Moneco 231 desde el golfo de Pisa 232 forzado por el mar en calma o por la fuerza de vientos contrarios. No lejos de allí se encontraba Mario Maturo 233 , gobernador de los Alpes Marítimos 234 , que era leal a Vitelio y todavía no había renegado de su juramento de lealtad hacia él pese a estar totalmente rodeado de enemigos. Recibió a Valente con amabilidad, pero con sus consejos le infundió miedo para que no se aventurase temerariamente en la Galia Narbonense. Al mismo tiempo se quebró la lealtad de los demás a causa de ese miedo.
43. El agente imperial Valerio Paulino 235 , un soldado valiente y amigo de Vespasiano antes de su llegada al poder, había conseguido el juramento de fidelidad de las ciudades de los alrededores. Tras convocar a todos los que Vitelio había licenciado y estaban dispuestos a retomar voluntariamente las armas 236 , se dedicaba a defender con una guarnición la colonia de Foro de Julio 237 , llave del mar. La autoridad de Paulino resultó mayor por el hecho de que Foro de Julio era su patria y gozaba del respeto de los pretorianos, a quienes mandó en otro tiempo como tribuno; además, los mismos vecinos, por simpatía hacia un paisano suyo y con la esperanza de su futura influencia, se esforzaban por apoyar a su partido. Cuando estas noticias, confirmadas [2] por los preparativos y exageradas por los rumores, se divulgaron entre los volubles vitelianos, Fabio Valente regresó a las naves acompañado de cuatro guardaespaldas, tres amigos y otros tantos centuriones. Maturo y los demás decidieron quedarse y jurar lealtad a Vespasiano. Por lo demás, aunque el mar abierto parecía a Valente más seguro que la costa o las ciudades, sin embargo se mantenía indeciso en sus planes para el futuro y veía con más claridad lo que debía evitar que en quién debía confiar. Una tormenta adversa lo llevó a las islas Estécades 238 de Marsella. Allí lo apresaron unas naves libúrnicas enviadas por Paulino.
44. Con la captura de Valente todo se inclinó del lado de las fuerzas victoriosas. Se comenzó en Hispania con la I Adiutrix 239 , la cual, siendo enemiga de Vitelio y recordando a Otón, arrastró también a la X y a la VI 240 . Tampoco dudaron las Galias 241 . Y en Britania un sentimiento favorable la inclinó hacia Vespasiano, porque allí Claudio lo había puesto al mando de la legión II 242 y había actuado brillantemente en la guerra, pero esto ocurrió no sin la resistencia de las demás 243 , en las que muchos centuriones y soldados ascendidos por Vitelio sentían inquietud al tener que cambiar a un emperador que ya conocían.
45. En medio de este enfrentamiento y de constantes rumores 244 de guerra civil los britanos se armaron de valor bajo el liderazgo de Venucio, quien, además de su natural violento y su odio al nombre romano, estaba exaltado por resentimientos personales 245 contra la reina Cartimandua. Reinaba sobre los brigantes Cartimandua 246 , de gran influencia por su nobleza. Había aumentado su poder después de que con la captura a traición del rey Carataco 247 había organizado ella el triunfo de Claudio César 248 . De ahí provenía su riqueza y disipación en la prosperidad. Tras despreciar a Venucio 249 , que era su marido, recibió en matrimonio y como rey consorte a Velocato, escudero de su marido. Inmediatamente, se produjo una conmoción en palacio. [2] A favor del marido estaban las simpatías de la ciudad y a favor del adúltero el encaprichamiento y la crueldad de la reina. Así pues, Venucio, con la ayuda que pudo reunir y la defección de los propios brigantes, llevó a Cartimandua a una situación de extrema gravedad. Entonces, solicitó protección a los romanos. Y nuestras cohortes y regimientos de caballería, tras inciertos combates, salvaron no obstante a la reina del peligro. Venucio se quedó con el reino, nosotros con la guerra 250 .
46. Por aquellos días se produjeron revueltas en Germania 251 . La causa de los romanos casi estuvo abocada al desastre por la negligencia de los generales 252 , el amotinamiento de las legiones y la perfidia de nuestros aliados 253 . Recordaremos más adelante 254 esta guerra con sus causas y consecuencias, pues se [2] alargó más de lo previsto. También se levantó el nunca leal pueblo de Dacia 255 , que entonces no abrigaba miedo alguno porque el ejército se había retirado de Mesia. Con todo, observaban tranquilos los primeros acontecimientos. Cuando se enteraron de que Italia ardía en guerra y que todos eran enemigos entre sí, irrumpieron en los campamentos de invierno de las cohortes y la caballería y se apoderaron de las dos orillas del Danubio. Y ya se disponían a destrozar el campamento de las legiones, cuando Muciano 256 se les enfrentó con la legión VI 257 , pues estaba enterado 258 de la victoria de Cremona y quería evitar que se produjera una doble invasión masiva de extranjeros, en el caso de que dacios y germanos irrumpiesen por separado. [3] Como en otras muchas ocasiones, ayudó la fortuna del pueblo romano, que llevó allí a Muciano y las fuerzas de Oriente, y el hecho de que entretanto hubiéramos resuelto el asunto de Cremona. Fonteyo Agripa, después de gobernar Asia (había gobernado como procónsul aquella provincia con poderes para un año 259 ), fue puesto al frente de Mesia. Se le asignaron tropas adicionales procedentes del ejército de Vitelio, al que tanto la estrategia y la paz aconsejaba distribuir por las provincias 260 y tenerlo ocupado en una guerra exterior.
47. Tampoco estaban en paz las otras naciones. En el Ponto un esclavo extranjero, que en otro tiempo había sido prefecto de la flota imperial, desencadenó un repentino levantamiento armado. Era Aniceto, liberto de Polemón 261 , muy influyente en tiempos y que, una vez que el reino se había convertido en provincia romana, no soportaba tal cambio. Así pues, levantó en [2] nombre de Vitelio a los pueblos que habitan el Ponto, además de corromper a los más necesitados con la esperanza de botín. Al frente de una fuerza nada despreciable asaltó por sorpresa Trapezunte 262 , antigua ciudad fundada por los griegos en el extremo de la costa del Ponto. Allí aniquiló a una cohorte, que en otro tiempo había constituido las fuerzas auxiliares del reino; a los soldados se les concedió más tarde la ciudadanía romana, reteniendo armas y enseñas a nuestro estilo, pero conservando [3] la desidia y libertinaje de los griegos. Atizó también el fuego en una escuadra que navegaba a su antojo por un mar sin protección, pues Muciano había concentrado en Bizancio las mejores libúrnicas 263 y a toda la tropa. Más aún, aquellos bárbaros vagaban sin temor alguno en naves construidas de prisa y corriendo 264 . Las llaman cámaras 265 : tienen bordas estrechas y una ancha panza sin trabazón alguna de bronce o hierro; y en caso de mar picada, conforme suben las olas, aumentan con tablones la altura de naves hasta que quedan cerradas a modo de techo. De esa manera van dando tumbos sobre las olas. Al ser la proa y la popa iguales pueden cambiar los remos de dirección, mientras que el abordaje por uno o por otro lado les resulta indiferente y sin peligro.
48. Este asunto alertó a Vespasiano hasta el punto de enviar fuerzas especiales de las legiones 266 bajo el mando de Virdio Gémino, un militar de reconocida experiencia 267 . Este atacó a los enemigos que estaban desorganizados y dispersos por su deseo de botín y les obligó a embarcarse. Con libúrnicas construidas a toda prisa alcanzó a Aniceto en la desembocadura del río Cobo 268 , donde se sentía seguro bajo la protección del rey de los sedoquezos 269 , cuya alianza se había asegurado con dinero y regalos. En un primer momento el rey defendía a [2] su huésped suplicante amenazando con las armas, pero, después de que se le pusiera por delante por un lado la hiciera la traición y por otro la guerra, su lealtad se disipó, como es normal entre los bárbaros, negoció la muerte de Aniceto y entregó a los fugitivos. Tal fue el final de esta guerra de esclavos. [3] Mientras Vespasiano se alegraba por esta victoria y todo se iba desarrollando mejor de lo que esperaba, le alcanzó en Egipto la noticia de la batalla de Cremona 270 . Por ello se dirigió más aprisa a Alejandría 271 , con la intención de que, ahora que el ejército de Vitelio estaba doblegado, se presionara con el hambre a la capital, necesitada también de recursos extranjeros 272 . Y en efecto, se disponía invadir la provincia de África, situada en la misma costa, por tierra y mar, pues, al cortar los suministros de trigo, provocaría el hambre y la discordia en el enemigo.
Marcha de los flavianos contra Roma
49. Mientras el poder imperial cambiaba de manos en medio de esta convulsión mundial 273 , Primo Antonio no actuaba después de la batalla de Cremona ni mucho menos con la misma honradez. Pensaba que había hecho bastante en la guerra y el resto sería fácil, o tal vez en un carácter como el suyo el éxito destapó la avaricia, la soberbia y demás vicios ocultos. Brincaba por Italia como tierra de conquista, se congraciaba con las legiones como si fueran suyas y todas sus palabras y actos tenían la finalidad de construirse [2] una posición de fuerza y poder. Y, para que la tropa se aficionara a la indisciplina, ofrecía a las legiones la provisión de los puestos de los centuriones caídos en combate. En tal votación se eligieron a los soldados más revoltosos. Así, la tropas no estaban al mando de los jefes, sino que los jefes se veían arrastrados por la violencia de la tropa. Estos actos sediciosos y encaminados a arruinar la disciplina los ponía luego al servicio del pillaje, sin que tuviera el menor temor ante la llegada de Muciano, lo cual resultaba más ruinoso para él que desairar a Vespasiano.
50. Por lo demás, como el invierno se acercaba 274 y la llanura del Po quedaba inundada, se puso en camino una columna ligera. En Verona quedaron las enseñas y las águilas 275 de las legiones vencedoras, soldados con heridas o impedidos por la edad, e incluso otros en buenas condiciones. Se creía que unas cohortes, unos regimientos de caballería y legionarios selectos eran suficientes ahora que la guerra estaba casi terminada. Se [2] les había unido la legión XI 276 , dubitativa al principio, pero que a la vista del éxito se mostraba preocupada por no haberse unido antes. Le acompañaban seis mil dálmatas, reclutados hacía poco. Estaba al mando el excónsul Pompeyo Silvano 277 , pero el peso de las decisiones recaía en el legado de la legión Annio Baso 278 . Este, aparentando obediencia, manejaba a Silvano, que era indolente para la guerra y malgastaba en palabras el tiempo para la acción, mientras el otro intervenía con tranquila eficacia en todo lo que había que hacer. A estas tropas se incorporaron [3] los mejores marinos de Rávena que solicitaban hacer el servicio militar en las legiones. Los dálmatas ocuparon su lugar en la flota. El ejército y sus jefes hicieron un alto en el camino en Fano de la Fortuna Fortunae 279 . Se mostraban dubitativos sobre la situación general, porque habían oído que las cohortes pretorianas habían salido de la capital y se imaginaban que el paso de los Apeninos estaba controlado por destacamentos. Además, en aquella región devastada por la guerra, les alarmaba la falta de provisiones y las voces amotinadas de los soldados que reclamaban el donativo llamado clavarium 280 . Los comandantes no habían hecho provisión ni de dinero ni de trigo. Las prisas y la avaricia resultaban perjudiciales, pues los hombres robaban lo que podían recibir como un regalo.
51. Tengo de historiadores muy famosos 281 el testimonio de que los vencedores mostraron tan gran desprecio por todo lo divino y lo humano que un soldado raso de caballería confesó que había matado a su hermano en la última batalla 282 y había reclamado la recompensa a sus jefes. Ni el derecho de los hombres les permitía premiar aquel crimen ni la naturaleza de la guerra castigarlo. Le dieron largas con la excusa de que sus merecimientos eran mayores de lo que podían pagarle en el momento. Aquí termina la historia. Por lo demás, también en anteriores [2] guerras civiles se habían dado crímenes similares. En efecto, en el combate que tuvo lugar en el Janículo 283 contra Cinna, un soldado de Pompeyo 284 mató a su propio hermano y, cuando se dio cuenta de su atrocidad, se suicidó, como recuerda Sisenna 285 : tan alta era la gloria en las acciones virtuosas como duro el arrepentimiento en las acciones reprobables entre nuestros antepasados. De todas formas, no será inapropiado que recuerde estos y otros ejemplos tomados de la historia antigua, cada vez que el tema y la situación requieran ejemplos del bien y consuelos del mal.
52. Antonio y los otros comandantes flavianos decidieron enviar por delante a la caballería para explorar toda la Umbría con la esperanza de encontrar algún acceso más cómodo a las cumbres de los Apeninos 286 . Se hicieron venir águilas y enseñas y cuantas tropas hubiera en Verona, llenándose el Po y el Adriático de barcos de aprovisionamiento. Había comandantes 287 que urdían dilaciones, pues Antonio se había vuelto ya demasiado poderoso y se cifraban mejores esperanzas en Muciano. En [2] efecto, Muciano, preocupado por una victoria tan rápida, estaba convencido de que se le privaría de la gloria de aquella guerra, a no ser que estuviera él personalmente presente en la entrada a Roma. Así, escribía a Primo y a Varo en términos ambiguos, exponiendo la urgencia de cumplir los planes iniciales o la conveniencia de nuevas dilaciones, todo en un lenguaje tan sofisticado que según el resultado de los acontecimientos se podría sacudir de encima los reveses o arrogarse los éxitos. Dio instrucciones [3] más claras a Plocio Gripo 288 , nombrado recientemente senador por Vespasiano y puesto al frente de una legión 289 , y a los demás de su confianza. Todos ellos contestaron con informes negativos sobre las prisas de Primo y Varo, tal como quería Muciano. Al desviar estas cartas a Vespasiano había logrado que la estrategia y las acciones de Antonio no recibieran la estimación que él esperaba.
53. Antonio llevaba mal esto y echaba la culpa a Muciano, por cuyas acusaciones habían perdido valor los peligros que él estaba arrostrando. Y no se reprimía en sus conversaciones, pues era un hombre que no se mordía la lengua ni agachaba la cabeza. Redactó una carta a Vespasiano en un tono demasiado arrogante para un emperador y no sin velados ataques contra Muciano. Señalaba que fue él quien había levantado en armas a las legiones de Panonia 290 , había espoleado a actuar a los comandantes de Mesia 291 , con su firmeza se habían atravesado los Alpes, se había ocupado Italia y se habían interceptado los refuerzos [2] de Germania y Recia. El haber puesto en fuga a las desunidas y dispersas legiones de Vitelio primero con un ataque en tromba de la caballería y después con la fuerza de la infantería de día y de noche, eso fue una acción brillantísima y obra suya. La caída de Cremona había que imputarla a la fatalidad de la guerra, pues las viejas discordias civiles costaron al [3] Estado pérdidas aún mayores y la destrucción de más ciudades. Él no servía militarmente a su emperador con despachos y cartas, sino con sus manos y sus armas. Tampoco, decía, eclipsaba la gloria de quienes entretanto habían restablecido el orden en otro sitio 292 : a estos les correspondía la paz de Mesia, a él la salvación y la seguridad de Italia. Gracias a sus arengas se habían pasado a Vespasiano las Galias y las Hispanias, las regiones más poderosas de la tierra. Pero de nada habría valido tanto esfuerzo, concluía, si los premios por los peligros arrostrados únicamente los conseguían quienes no se habían enfrentado a los mismos. Nada de esto pasó inadvertido a Muciano. De ahí surgió una profunda enemistad que Antonio alimentaba con más franqueza, mientras Muciano lo hacía de forma más taimada y por ello más implacable.
54. Vitelio 293 , por su parte, después del desastre de su causa en Cremona, ocultaba las noticias de la derrota aplazando con ese tonto disimulo el remedio de la enfermedad más que la enfermedad misma. Y es que si hubiera reconocido la verdad y hubiera buscado consejo, le hubieran quedado esperanzas y fuerzas. Pero, al pretender lo contrario, es decir, que todo iba bien, agravaba 294 la situación con mentiras. En presencia del emperador el silencio sobre la guerra era sorprendente, se prohibían los rumores por la ciudad, con lo cual aumentaron y quienes estaban dispuestos a contar la verdad si se les hubiera permitido divulgaban relatos más sensacionales por el mero hecho de que se les reprimiera. Y los comandantes flavianos tampoco [2] paraban de avivar los rumores, pues a los exploradores de Vitelio que capturaban les daban un paseo para que conocieran la fuerza del ejército vencedor y después los despachaban a Roma. A todos ellos Vitelio, una vez que los interrogaba en secreto, mandaba matarlos. El centurión Julio Agreste, de notable entereza, tras muchas conversaciones, en las que trataba en vano que Vitelio actuara como un hombre, logró convencerlo para que le enviase personalmente a inspeccionar las fuerzas enemigas y lo que había ocurrido en Cremona. Y no intentó engañar a Antonio con una inspección a sus espaldas, sino que le reveló las instrucciones del emperador y su propia disposición y le pidió permiso para pasar revista a todo. Se despacharon unos hombres para enseñarle el lugar de la batalla, las ruinas de Cremona [3] y las legiones que habían capitulado. Agreste regresó junto a Vitelio. Cuando el emperador se negó a admitir la verdad de lo que le contaba y, además, lo acusaba de haber sido sobornado, el centurión le dijo: «Puesto que necesitas una prueba contundente y ni mi vida ni mi muerte te pueden prestar otro servicio, te daré una prueba en la que puedas creer». Y con estas palabras salió de la presencia del emperador y ratificó sus palabras con su muerte voluntaria 295 . Algunos cuentan que murió por orden de Vitelio, pero dicen lo mismo de su lealtad y entereza.
55. Como si despertara de un sueño 296 , Vitelio ordenó a Julio Prisco y Alfeno Varo 297 ocupar los Apeninos con catorce cohortes pretorianas 298 y todos los regimientos de caballería. Le siguió una legión de marinos 299 . Tantos miles de gente armada 300 , caballos y hombres selectos hubieran sido de sobra capaces, si hubieran estado al mando de otro general, de pasar a la [2] ofensiva en la guerra. El resto de las cohortes 301 se confiaron a su hermano L. Vitelio para defender Roma. Él, por su parte, no renunciaba un ápice a su vida de lujo y, urgido por su propia desconfianza, adelantaba las elecciones, en las que proponía cónsules para muchos años. Regalaba a los aliados provinciales el estatuto de ciudades federadas y a los extranjeros el derecho de ciudadanía. A unos eximía de tributos, a otros les ayudaba con diversas exenciones. En suma, con su absoluta despreocupación por el futuro estaba mutilando el imperio. Pero el populacho asistía con la boca abierta ante tamaña generosidad. Los ciudadanos más necios compraban los favores con dinero, mientras que los sensatos consideraban nulos esos favores, porque no se podían ni dar ni recibir sin arruinar al Estado. Finalmente, [3] ante la exigencia del ejército que se había instalado en Mevania 302 y acompañado de un gran grupo de senadores, a muchos de los cuales arrastraba su ambición y a los más el miedo, Vitelio llegó al campamento con ánimo indeciso y presa de consejos traicioneros.
56. Cuando Vitelio pronunciaba un discurso a las tropas, sobrevoló —¡hecho prodigioso!— tan gran número de aves de mal agüero que oscurecieron el día con una negra nube 303 . Se añadió otro presagio siniestro: un toro que huyó del altar tras desbaratar los preparativos del sacrificio fue degollado lejos y no como se acostumbra dar el golpe a las víctimas. Pero el prodigio [2] principal era el mismo Vitelio, quien, ignorante de la milicia, incapaz de tomar decisiones, andaba preguntando a terceros sobre el orden que debía llevar el ejército en marcha, sobre cuál debía ser la misión de los exploradores y hasta qué límites debía forzar o retrasar la guerra; y ante cada noticia se le demudaba también el rostro y la compostura hasta terminar después borracho. Finalmente, hastiado de la vida en el campamento y enterado de la defección de la flota del Miseno 304 regresó a Roma aterrado con cada nuevo golpe que recibía pero ciego [3] ante el desenlace final. En efecto, cuando se le abría la posibilidad de atravesar los Apeninos con las fuerzas intactas de su propio ejército y de atacar al enemigo fatigado por el invierno y la falta de víveres, al dispersar a sus fuerzas dejó a los soldados más valientes y dispuestos a llegar hasta el final expuesto a la muerte y al cautiverio, y esto pese a que los centuriones más expertos no estaban de acuerdo y habrían dicho la verdad si se les hubiese consultado. Los consejeros más íntimos 305 de Vitelio lo impidieron, pues los oídos del emperador estaban tan mal acostumbrados que despreciaba los consejos útiles y no oía más que lo que le resultaba agradable y, sin embargo, perjudicial.
57. Pero a la flota del Miseno (tanto puede la osadía incluso de un solo individuo en las discordias civiles) la arrastró a la rebeldía 306 el centurión Claudio Faventino, a quien Galba había expulsado con deshonra del ejército 307 . Mostró una carta apócrifa de Vespasiano en la que mostraba la recompensa por su traición. Al frente de la flota estaba Claudio Apolinar 308 , un oficial que no era ni constante en su lealtad ni obstinado en la traición. También, Apinio Tirón 309 , antiguo pretor que por entonces casualmente vivía en Minturnas 310 , se ofreció como líder de los rebeldes. Estos movilizaron a municipios y colonias, que traducían sus rivalidades locales en guerras civiles. Putéolos 311 quedó especialmente ligada a Vespasiano, mientras Capua permaneció leal a Vitelio. Este eligió a Claudio Juliano 312 , [2] que recientemente había dirigido la flota del Miseno con un talante relajado, para la tarea de apaciguar los ánimos de los soldados. Se le entregó como refuerzo una cohorte urbana y gladiadores que mandaba Juliano. Cuando acamparon los unos frente a los otros, Juliano se pasó al bando de Vespasiano sin dudarlo mucho. Ocuparon Tarracina 313 , que estaba mejor protegida por sus murallas y emplazamiento que por la capacidad de sus pobladores.
58. Cuando Vitelio se enteró de esta acción 314 , dejó en Narnia 315 parte de las tropas 316 con los prefectos de la guardia pretoriana y envió a su hermano Lucio con seis cohortes y quinientos jinetes a hacer frente a la guerra que prendía por Campania 317 . El emperador mismo, de carácter depresivo, recobraba ánimos gracias al entusiasmo de los soldados y al clamor del pueblo pidiendo armas, al tiempo que en su imaginación llamaba ejército y legiones al populacho cobarde e incapaz [2] de atreverse a nada más allá de las palabras 318 . Siguiendo el consejo de sus libertos (pues cuanto más ilustres eran sus amigos, menos leales eran) ordenó convocar a las tribus 319 y tomó juramento a quienes iban dando sus nombres. Ante la enorme afluencia de voluntarios repartió la tarea del reclutamiento entre los cónsules. Impuso a los senadores un cupo de esclavos 320 y una cantidad de dinero. Los caballeros romanos ofrecieron sus servicios y dinero, e incluso los libertos solicitaron de grado la misma contribución. Tal simulacro de cumplimiento de un deber, originado por el miedo, se había convertido en simpatías hacia el emperador, aunque la mayoría se compadecía no tanto de Vitelio como de la desgraciada posición en la que había caído [3] el principado. Y él mismo no dejaba de mover a compasión con sus ademanes, sus palabras y sus lágrimas, pues se mostraba pródigo y sin mesura en las promesas, como es natural entre los que son presa del pánico. Es más, quiso que se le llamara César, título que había despreciado antes 321 , pero que ahora lo aceptaba por la magia del nombre y porque en momentos de miedo se oyen lo mismo los consejos de los sabios que los rumores [4] del populacho. Por lo demás, como todo lo que empieza con un impulso irracional es fuerte en sus comienzos y languidece con el tiempo, así poco a poco senadores y caballeros empezaron a flaquear paulatinamente, primero entre dudas y cuando el emperador no estaba presente, pero luego sin respeto ni reparo alguno, hasta que Vitelio, ante la vergüenza de sus intentos fallido, les perdonó los servicios que no le prestaban 322 .
59. Si bien la ocupación de Mevania 323 había llevado el terror a Italia y la impresión de que se había emprendido la guerra de nuevo, la cobarde retirada de Vitelio 324 supuso sin embargo un respaldo nada dudoso hacia la causa flaviana. Samnitas, pelignos y marsos se levantaron celosos de que Campania se les hubiera adelantado y se mostraron dispuestos para todos los servicios de la guerra como quien estrena vasallaje 325 . Pese a [2] todo, la crudeza del invierno golpeó al ejército a su paso por los Apeninos y, cuando los soldados se abrían paso a duras penas por la nieve en columnas tranquilas, vieron con claridad la gravedad del peligro que habrían tenido que afrontar si no hubiera hecho retroceder a Vitelio la fortuna que a menudo ayudó a los jefes flavianos 326 no en menor medida que el buen sentido. Allí se encontraron con Petilio Cerial 327 , quien había eludido las guardias de Vitelio gracias a un atuendo campesino y a su conocimiento del terreno. Cerial mantenía una estrecha relación con Vespasiano y no carecía de reputación militar, por lo que pasó [3] a formar parte del cuerpo de oficiales. Muchos autores han contado que Flavio Sabino 328 y Domiciano también habían tenido la oportunidad de huir, pues emisarios de Antonio mediante diversas estratagemas llegaron hasta ellos para señalarles el punto de encuentro y el destacamento. Sabino se excusaba con que su salud lo incapacitaba para una empresa arriesgada. Domiciano tenía el coraje para actuar, pero temía que los guardianes que le puso Vitelio, aunque le prometían que se unirían a la fuga, en realidad estuvieran preparando una trampa. Lo cierto era que Vitelio mismo, a la vista de la situación de sus propios parientes, no preparaba nada malo contra Domiciano.
60. Al llegar a Cársulas 329 , los jefes del bando flaviano se tomaron un descanso de unos pocos días hasta que las águilas y enseñas de las legiones les alcanzaran 330 . También les agradaba el emplazamiento mismo del campamento, pues ofrecía una amplia perspectiva, acceso seguro para las provisiones y municipios muy prósperos 331 en la retaguardia. Al mismo tiempo, esperaban mantener con los vitelianos que se encontraban a diez millas de distancia 332 conferencias y lograr su deserción. Tal situación no gustaba mucho a los soldados quienes preferían la victoria a la paz. Ni siquiera querían aguardar a sus propias legiones, pues pensaban que compartirían el botín y no los peligros. Antonio convocó en asamblea a sus tropas para explicarles [2] que Vitelio todavía disponía de unas fuerzas indecisas, si se les daba la oportunidad de reflexionar, pero temibles, si se les condenaba a la desesperación. Los comienzos de las guerras hay que dejarlos en manos de la fortuna, decía, pero la victoria se conseguía con estrategia y buenos planes. La flota del Miseno y la bellísima costa de Campania 333 ya habían desertado y de todo el mundo no le quedaba a Vitelio más que el territorio que hay entre Terracina y Narnia. Habían obtenido bastante gloria y [3] demasiadas antipatías en la destrucción de Cremona. Así que no tenían que desear tomar Roma, sino salvarla. Obtendrían mayores recompensas y mucha mayor gloria, si garantizaban la salvación del Senado y del pueblo romano. Los ánimos se serenaron con estas y otras palabras del mismo tenor.
61. Las legiones llegaron no mucho después 334 . Ante las alarmantes noticias de que el ejército flaviano se había reforzado, las cohortes vitelianas empezaron a flaquear, pues nadie les empujaba a luchar, pero muchos 335 a desertar, rivalizando por entregar sus propias compañías y escuadrones como regalo para el vencedor y como favor personal para el futuro. Por ellos se supo que Interamna 336 , del valle vecino, estaba defendida por [2] cuatrocientos jinetes. Inmediatamente se envió a Varo 337 con una fuerza ligera y mató a los pocos que resistieron, mientras que la mayoría depuso las armas y solicitó el perdón. Algunos que lograron refugiarse en el campamento viteliano 338 llenaban todo de miedo exagerando con rumores el valor y las tropas de los enemigos con la finalidad de minimizar la deshonra que suponía [3] la pérdida de la plaza. Entre los vitelianos no había castigo para la cobardía, la lealtad se cambiaba de bando según las recompensas que recibían los traidores, quedando solo la rivalidad en la traición. Se producían constantes defecciones entre tribunos y centuriones, pues los soldados rasos habían seguido apoyando tercamente a Vitelio, hasta que Prisco y Alfeno 339 abandonaron el campamento y regresaron al lado de Vitelio, con lo que eximían a todos de la vergüenza de la traición.
62. En esos mismos días 340 se ejecutó a Fabio Valente, que estaba bajo arresto en Urbino 341 . Se exhibió su cabeza ante las cohortes vitelianas, para que no alimentaran más esperanzas, pues creían que Valente había escapado a las provincias de Germania y estaba movilizando allí ejércitos viejos 342 y nuevos. La vista de su muerte los sumió en la desesperación. Y en cuanto al ejército flaviano fue extraordinaria la alegría con que recibió la muerte de Valente como si se tratara del final de la guerra. [2] Valente había nacido en Anagnia 343 de familia de caballeros. De costumbres licenciosas y no sin talento buscaba la reputación de hombre de moda a través del libertinaje. En el Festival de la Juventud en tiempos de Nerón 344 intervino como actor de mimos aparentemente a la fuerza, pero luego ya gustoso, haciéndolo con más destreza que decencia. Como comandante de una legión apoyó y también difamó a Verginio 345 . Mató a Fonteyo Capitón 346 después de haberlo corrompido o porque no lo había podido corromper. Traicionó a Galba 347 , se mantuvo fiel a Vitelio y ganó gloria con la perfidia de otros 348 .
63. Perdida la esperanza en todos los sitios, las tropas de Vitelio decidieron cambiar de bando, pero lo hicieron no sin dignidad, pues bajaron a la llanura al pie de Narnia con sus enseñas y estandartes 349 . El ejército flaviano, en alerta y armado como para una batalla, se había apostado en orden cerrado a lo largo de la calzada 350 . Los vitelianos marcharon por el centro y así rodeados Primo Antonio les habló en un tono conciliador. Se ordenó a unos que permanecieran en Narnia y a otros en Interamna 351 . Quedaron también con ellos algunas de las legiones vencedoras, que no resultarían enojosas si los otros se mantenían [2] en paz, pero sí fuertes para sofocar cualquier resistencia. Por aquellos días 352 Primo y Varo no dejaron de enviar frecuentes mensajes a Vitelio ofreciéndole seguridad, dinero y un retiro en Campania, con la condición de que depusiera las armas y se entregara con sus hijos 353 a Vespasiano. Muciano le escribió también cartas del mismo tenor. Vitelio se fiaba más de estas últimas y llegaba a hablar del número de esclavos que se llevaría y del lugar de la costa que elegiría. Tan gran abulia se había apoderado de su ánimo 354 que, si los demás no le recordaran que había sido emperador, él mismo lo habría olvidado.
Sucesos en Roma 355
64. Por otra parte, los líderes de la ciudad 356 incitaban en conversaciones secretas a Flavio Sabino, prefecto de la Ciudad, a que se hiciera partícipe de la victoria y de la gloria. Disponía de soldados a su mando en las cohortes urbanas, no le fallarían las cohortes de guardia en la ciudad 357 , sus propios esclavos, la buena suerte de los flavianos y toda la situación favorable a los vencedores. Él no tenía que ceder, le decían, en la disputa por la gloria ante Antonio y Varo. Las cohortes de Vitelio eran poco numerosas [2] y estaban amedrentadas por las tristes noticias que llegaban de todas partes 358 . El pueblo era de ánimo voluble y, si él se ofrecía como jefe, aquellas mismas adulaciones se volverían a favor de Vespasiano. El mismo Vitelio, que no había estado a la altura de sus éxitos, estaba ahora postrado por el desastre. El agradecimiento por haber terminado la guerra se lo llevaría el que tomara el control de Roma. A Sabino incumbía guardar el imperio para su hermano y no menos incumbía a Vespasiano el que los demás ocuparan el segundo lugar después de Sabino.
65. Sabino 359 recibía aquellas palabras sin entusiasmo alguno, debilitado como estaba por la vejez. Pero había quienes lanzaban sobre él veladas sospechas, insinuando que estaba retrasando la victoria de su hermano por envidia y celos. En efecto, Sabino era el mayor y, cuando los dos eran simples ciudadanos, aventajaba a Vespasiano en influencia y dinero 360 . Se andaba diciendo que, cuando el crédito de Vespasiano se vio comprometido, le había prestado una ayuda mezquina 361 tras recibir la garantía de su casa y sus granjas. De ahí que, aunque se guardaban las apariencias de un buen trato entre [2] ellos, se tenía miedo de que hubiera agravios encubiertos 362 . Una explicación más positiva sostenía que aquel hombre de carácter pacífico detestaba la sangre y las matanzas, y por ello trataba en las frecuentes conversaciones con Vitelio sobre la paz y un armisticio con condiciones 363 . Se reunieron a menudo en privado y finalmente firmaron un acuerdo, como se dijo, en el templo de Apolo 364 . Dos hombres, Cluvio Rufo y Silio Itálico 365 , fueron testigos de sus palabras y afirmaciones, pero quienes los veían a distancia podían observar sus expresiones, la de Vitelio abatida y humillada, la de Sabino sin alegría y más bien cercana a la compasión.
66. Lo cierto es que, si Vitelio hubiera podido doblegar el ánimo de sus más íntimos 366 con la misma facilidad con la que él lo había hecho, el ejército de Vespasiano habría entrado en Roma sin derramar sangre. Sin embargo, cuanto más fieles eran a Vitelio, tanto más rechazaban la paz y sus condiciones, alegando el peligro y la deshonra en un acuerdo firmado al gusto del vencedor. Vespasiano, decían, no era tan desdeñoso como [2] para soportar a Vitelio como un simple ciudadano y tampoco lo consentirían los vencidos, con lo que la misericordia sería fuente de peligro. No había duda de que Vitelio estaba viejo y harto de éxitos y fracasos, pero ¿qué título y qué posición tendría su hijo Germánico 367 ? Ahora le prometían dinero, esclavos y la agradable bahía de Campania, pero, cuando Vespasiano tuviera el poder, ni él mismo ni sus amigos ni siquiera su ejército recuperarían la seguridad hasta que su rival fuera destruido. Fabio Valente, cautivo y reservado para una ocasión de [3] peligro 368 , les había supuesto una carga muy pesada 369 . Con más razón, pues, Primo, Fusco 370 o Muciano, el prototipo del partido flaviano, no tendrían otra alternativa que matar a Vitelio. César no perdonó a Pompeyo ni Augusto a Antonio 371 . Lo mismo sucedería ahora, a no ser que Vespasiano tuviera miras más altas, él, que fue cliente de un Vitelio, cuando ese Vitelio era colega de Claudio 372 . Al contrario, para hacer honor a la [4] censura de su padre 373 , a los tres consulados y a tantos altos cargos de la familia, debía armarse de valor 374 aunque fuera a la desesperada. Las tropas se mantenían leales y quedaba todavía el apoyo del pueblo, y, en fin, no les ocurriría nada peor que a lo que se estaban precipitando por propia voluntad. Si eran vencidos, debían morir; si se entregaban, debían morir. Pero había una sola diferencia: si exhalarían su último aliento en medio de burlas e ignominias o con valor.
67. Vitelio hacía oídos sordos a planes audaces. Su ánimo se mostraba angustiado por la pena y preocupación de que, si se obstinaba en un enfrentamiento armado, dejaría a su esposa 375 e hijos ante un vencedor menos dispuesto al perdón. Tenía también una madre agobiada por los años 376 , aunque, con su oportuna muerte unos pocos días antes, se anticipó a la ruina de la familia, pues nada obtuvo del reinado de su hijo [2] sino pesar y buena reputación. El 18 de diciembre, tras enterarse de la defección de la legión y las cohortes que se habían rendido en Narnia, salió de palacio vestido de negro y rodeado de su entristecida servidumbre; su hijo pequeño era llevado en su propia litera 377 como si fuera a un cortejo fúnebre. Los saludos del pueblo eran halagadores y fuera de lugar, mientras que los soldados guardaban un silencio amenazador.
68. Y no había nadie tan indiferente a la suerte humana que no se conmoviera con aquella escena: un emperador romano y poco antes señor del mundo abandonaba la sede de su poder imperial y se encaminaba a través del pueblo y de la capital a abdicar del imperio. Nada igual se había visto ni oído antes 378 . Una muerte por sorpresa había acabado con el dictador César, un complot secreto con Gayo, la noche y la soledad del campo habían ocultado la huida de Nerón, mientras que Pisón y Galba habían caído, por decirlo así, en el campo de batalla 379 . La abdicación de Vitelio 380 tuvo lugar en una asamblea [2] convocada por él, en medio de sus propios soldados y a la vista incluso de las mujeres. Pronunció un discurso breve y acorde con la tristeza de la ocasión, diciendo que él renunciaba por la paz y por el bien de la república, solamente les pedía que le recordaran y que tuvieran piedad de su hermano, de su esposa y de la edad inocente de sus hijos. Al mismo tiempo, tomó en brazos a su hijo encomendándolo unas veces a algunos en particular, otras veces a todos en general. Finalmente, cuando las lágrimas le impedían hablar, sacó un puñal de su costado, símbolo de su derecho de vida y muerte sobre los ciudadanos, y se lo ofreció al cónsul que estaba a su lado, Cecilio Símplice 381 . Al negarse este y ante las protestas de [3] quienes asistían a la asamblea, se marchó con la intención de depositar las insignias del imperio en el templo de la Concordia 382 y dirigirse luego a casa de su hermano. En ese momento se redoblaron los gritos de quienes se oponían a que se marchara a una casa privada invitándole a que fuera al palacio imperial. Se bloquearon todos los demás caminos, quedando únicamente libre el que llevaba a la vía Sacra 383 . Entonces, sin saber qué hacer, regresó al palacio imperial.
69. Ya se había adelantado el rumor 384 de que Vitelio había abdicado del imperio, y Flavio Sabino había dado a los tribunos de las cohortes órdenes escritas para que mantuvieran a los soldados en estado de alerta. Así pues, contando con que todo el Estado había caído en manos de Vespasiano, los líderes del Senado y la totalidad de los soldados de la ciudad y el cuerpo de vigilancia llenaron la casa de Flavio Sabino 385 . Allí se recibieron noticias de las simpatías del pueblo hacia Vitelio y de [2] las amenazas de las cohortes procedentes de Germania 386 . Pero ya Sabino había ido demasiado lejos como para poder echarse atrás. Movidos cada cual por su propio miedo, no fuera a ser que los vitelianos les atacaran estando dispersos y por ello menos fuertes, le incitaban al verlo vacilar a tomar las armas. Y, como sucede en situaciones similares, todos daban consejos, pero pocos asumían riesgos. En los alrededores del lago Fundano 387 , al bajar de la colina la escolta armada que acompañaba a Sabino, les salieron al paso los partidarios más decididos de Vitelio. Se produjo allí una pequeña escaramuza en medio de un altercado inesperado, pero resultó favorable a los vitelianos. Sabino, en una situación de emergencia, tomó la decisión [3] más segura en aquellos momentos y ocupó la ciudadela del Capitolio con una fuerza mixta de soldados y algunos senadores y caballeros, cuyos nombres no son fáciles de identificar, porque después de la victoria de Vespasiano mucha gente pretendió arrogarse ese mérito para la causa. Incluso hubo mujeres que afrontaron el asedio, entre las que destacó Verulana Gratila 388 , quien siguió más la llamada de la guerra que la de sus hijos 389 y allegados. Las tropas vitelianas cercaron a los [4] sitiados con una guardia relajada, y por esa razón, entrada la noche, Sabino hizo llegar al Capitolio a sus propios hijos y a Domiciano, el hijo de su hermano. Envió también un mensajero por un sector desguarnecido a los generales flavianos para informarles de que se encontraban sitiados y de su apurada situación si no acudían en su ayuda. En realidad, la noche estaba tan tranquila que Sabino pudo haberse marchado sin sufrir daño alguno. En efecto, los soldados de Vitelio, valientes frente al peligro, eran poco inclinados al sacrificio de las guardias de noche, y, además, de repente descargó una lluvia de invierno que impedía ver y oír bien.
70. Al amanecer 390 y antes de que uno y otro bando rompieran las hostilidades, Sabino envió a uno de los primeros centuriones, Cornelio Marcial 391 , a Vitelio con el encargo de quejarse de que no se había respetado lo pactado. Sin duda, se quejaba, el acto de abdicación del imperio había sido una simulación y simple apariencia para engañar a tantas personas distinguidas. ¿Por qué, pues, se había dirigido Vitelio desde los Rostros hasta la casa de su hermano, situada sobre el Foro y que atraería las miradas de la gente, y no al Aventino y a la casa de su esposa? Eso era lo que cuadraba a un particular que quisiera evitar toda [2] apariencia de ser emperador. Por el contrario, Vitelio había regresado al Palacio imperial, la ciudadela misma del imperio; desde allí había enviado una columna armada que había sembrado de cadáveres inocentes la parte más concurrida de Roma sin respetar siquiera el Capitolio. Después de todo, él, Sabino, era un simple ciudadano y un senador más. Mientras la disputa entre Vespasiano y Vitelio se dirimía en choques entre legiones, tomas de ciudades y rendiciones de cohortes, y en tanto que las Hispanias, las Germanias y Britania le abandonaban, él, el hermano de Vespasiano, se había mantenido leal, hasta que [3] Vitelio tomó la iniciativa de invitarle a negociar. La paz y la concordia son útiles para los vencidos, para los vencedores simplemente son hermosas. Si se arrepentía de los acuerdos alcanzados, no debía apuntar con la espada contra Sabino, a quien había engañado pérfidamente, ni contra el hijo de Vespasiano, apenas un adolescente 392 . ¿Qué ventaja obtendría de la muerte de un solo anciano y un solo joven? Lo que tendría que hacer Vitelio era salir al encuentro de las legiones y luchar allí por la supremacía del poder, lo demás vendría determinado por el resultado de la batalla. A estos reproches Vitelio, lleno de miedo, respondió con pocas palabras para justificarse echando la culpa a los soldados por ímpetu excesivo, cosa que no se podía comparar con su propia mesura. Aconsejó también a Marcial que se marchara a escondidas por un pasadizo secreto del Palacio, no fuera a ser que los soldados 393 pudieran matarle como intermediario de un acuerdo que detestaban. Vitelio, que no tenía poder ni para mandar ni para prohibir, ya no era un emperador, sino simplemente la causa de una guerra.
71. Apenas había regresado Marcial al Capitolio 394 cuando aparecieron soldados enfurecidos sin jefe alguno y actuando cada cual por su cuenta. Moviéndose las columnas con rapidez rodearon el Foro y los templos que se levantan sobre él y desplegaron la formación por la colina de enfrente hasta las primeras puertas de la ciudadela capitolina. Había desde antiguo unos pórticos a mano derecha de la Cuesta Capitolina según se ascendía. Los defensores se subieron a los tejados de los pórticos y arrojaban piedras y tejas contra los vitelianos. Estos no tenían en sus [2] manos armas excepto las espadas y pensaron que llevaría mucho tiempo hacer traer catapultas y proyectiles. Arrojaron antorchas contra un pórtico que sobresalía y avanzaban detrás del fuego. Y habrían entrado por las puertas carbonizadas del Capitolio, si Sabino 395 no hubiera derribado por doquier las estatuas, ornamento de la gloria de nuestros antepasados, y las hubiera apilado en la misma entrada a modo de una muralla. Entonces los asaltantes [3] invadieron las dos entradas opuestas del Capitolio, una cerca del bosque del Asilo 396 y otra por los cien escalones que conducen a la roca Tarpeya 397 . Ambos ataques resultaron imprevistos, pero el del Asilo fue más cercano y violento. Tampoco podían impedir que los enemigos treparan por los edificios colindantes, los cuales, construidos en altura durante largos períodos de paz, [4] igualaban el suelo del Capitolio. En este punto se duda 398 si fueron los atacantes los que prendieron fuego a las casas o si fueron los sitiados —es la versión más extendida— en su intento por detener el avance de los asaltantes. Desde allí el fuego se extendió a los pórticos colindantes con los templos, luego las águilas de vieja madera 399 que sostenían la cubierta atrajeron y alimentaron las llamas. De esta forma, el Capitolio con las puertas cerradas ardió sin que nadie lo defendiera y nadie lo saqueara.
72. Este fue el desastre más lamentable y vergonzoso que sufrió el Estado del pueblo romano desde la fundación de Roma 400 . Sin ningún enemigo del exterior, con los dioses propicios —si ello es posible con nuestra conducta—, la sede de Júpiter Óptimo Máximo, fundada por nuestros antepasados como garantía del imperio, a la que no habían podido mancillar ni Porsena 401 cuando capituló la ciudad, ni los galos tras conquistarla 402 , la ha destruido la locura de los emperadores. También antes había ardido el Capitolio en una guerra civil, pero fue el crimen de un particular 403 . Sin embargo, en esta ocasión fue asediado a la vista de todos, a la vista de todos fue incendiado, y ¿por qué motivos militares?, ¿qué compensación había para un desastre tan grande? El Capitolio sin duda se mantuvo en pie todo el tiempo que hemos luchado por la patria. El rey Tarquinio [2] Prisco lo había dedicado como ofrenda en la guerra contra los sabinos y había echado sus cimientos más con la esperanza de una futura grandeza que por lo que ofrecían los hasta entonces humildes recursos del pueblo romano. Lo construyeron más tarde Servio Tulio con la ayuda entusiasta de los aliados y después Tarquinio el Soberbio con los despojos de los enemigos en la captura de Suessa Pometia 404 . Pero la gloria de aquella obra estaba reservada a la libertad republicana. Después de la expulsión de los reyes, Horacio Pulvilo, cónsul por segunda vez 405 , lo inauguró con tal magnificencia que en adelante las inmensas riquezas del pueblo romano servirían más para decorarlo que para ampliarlo 406 . Fue reconstruido en el mismo sitio después de que [3] al cabo de 415 años 407 ardiera durante el consulado de L. Escipión y G. Norbano. El victorioso Sila se encargó de la tarea 408 , pero no llegó a inaugurarlo: esto fue lo único que se le negó a su buena estrella 409 . El nombre de Lutacio Cátulo 410 permaneció entre las grandes obras de los Césares hasta Vitelio. Ese era el templo que entonces estaba siendo reducido a cenizas.
73. El incendio provocó, sin embargo, más pavor a los sitiados que a los sitiadores. En efecto, los soldados vitelianos no carecían ni de astucia ni de determinación ante el peligro, mientras que en el bando opuesto temblaban de miedo y su jefe, paralizado y como si estuviera hipnotizado, era incapaz de hablar o de oír, no seguía los planes de otros ni ponía en práctica los suyos, iba de aquí para allá ante el griterío de los enemigos, prohibiendo lo que había ordenado y ordenando los que había prohibido 411 . Como sucede en las situaciones desesperadas, todos daban instrucciones y nadie las seguía. Al final, tiraron las armas y empezaron a buscar la huida y la manera de ocultarse [2] de sus enemigos. Irrumpieron los vitelianos, creando toda una gran confusión de sangre, hierro y llamas. Unos pocos soldados profesionales, entre los que destacaban especialmente Cornelio Marcial 412 , Emilio Pacense, Casperio Nigro y Didio Esceva, se atrevieron a luchar y fueron degollados. Rodean a Flavio Sabino, desarmado y sin siquiera atreverse a huir, y al cónsul Quincio Ático 413 , que atrajo la atención por las pocas trazas de su cargo y por su propia vanidad, pues había publicado ante el pueblo unos edictos ensalzando a Vespasiano e insultando a Vitelio. Los demás se escabulleron por medio de las más variadas [3] peripecias: unos se vistieron como esclavos, a otros los protegió la lealtad de sus clientes y se ocultaron entre los bagajes. Hubo quienes se enteraron del santo y seña, con que vitelianos se reconocían entre ellos, y entonces solicitándolo o dándolo encontraron un refugio en su osadía.
74. Domiciano 414 , que en el primer ataque se había ocultado en la casa del guardián del templo, gracias a la astucia de un liberto se mezcló con un grupo de devotos vestido con un atuendo de lino 415 y, sin ser reconocido, se ocultó en la casa de Cornelio Primo, un cliente de su padre, cerca del Velabro 416 . Cuando Vespasiano llegó al poder, Domiciano derribó el cobertizo del guardián del templo y puso una pequeña capilla en honor de Júpiter Salvador con un altar de mármol grabado con la representación de sus aventuras. Más tarde, cuando consiguió el poder imperial 417 , consagró un enorme templo en honor de Júpiter [2] Custodio con una efigie suya en los brazos del dios. Sabino y Ático, cargados de cadenas, fueron llevados a presencia de Vitelio, quien los recibió con palabras y gestos en absoluto hostiles, mientras clamaban quienes exigían su ejecución y el pago por los servicios prestados. Tras originarse el griterío entre los más cercanos, la escoria de la plebe reclamaba la ejecución de Sabino mezclando las amenazas con la adulación. Vitelio, de pie ante las gradas de Palacio y predispuesto al perdón, fue obligado a desistir de sus propósitos. Entonces, apuñalaron, mutilaron y decapitaron el cuerpo de Sabino y lo arrastraron hasta las escaleras Gemonias 418 .
75. Este fue el final de un hombre nada despreciable 419 . Había prestado sus servicios al Estado durante treinta y cinco años, distinguiéndose tanto en la vida civil como en la militar. Su honradez y sentido de la justicia estaban fuera de toda duda. Hablaba demasiado: ese fue el único defecto que pudieron achacarle los murmuradores en los siete años de gobierno en Mesia 420 y en los doce que fue prefecto de la ciudad 421 . Al final de su vida, unos lo consideraron falto de energía, pero muchos moderado y preocupado por salvar la vida de los ciudadanos. Desde luego, todo el mundo sostenía que antes del principado de Vespasiano la reputación de la familia residía en Sabino. Sabemos [2] que Muciano se había alegrado de su muerte. La mayoría mantenía que también la paz salió beneficiada, pues se acabó la rivalidad entre dos hombres, uno de los cuales se tenía por hermano del emperador y el otro se creía colega del imperio. Con [3] todo, Vitelio resistió la presión del pueblo que reclamaba el castigo del cónsul. Se sentía aliviado y quería, por así decirlo, corresponderle, pues Ático se había declarado culpable cuando al pueblo se le preguntó quién había incendiado el Capitolio. Con su confesión, a menos que se tratara de una mentira apropiada para la ocasión, había reconocido, al parecer, la odiosa acusación y exonerado al bando de Vitelio.
Conquista de Roma por los flavianos
76. Durante estos mismos días L. Vitelio acampó junto a Feronia 422 y amenazó con la destrucción de Tarracina, donde se habían encerrado los gladiadores y marineros que no se atrevían a salir de las murallas y exponerse en campo abierto. Como recordamos más arriba 423 , Juliano estaba al frente de los gladiadores y Apolinar de los marineros, pero por su lascivia e indolencia se parecían más a bandoleros que a oficiales. No hacían guardias, no reforzaban [2] las partes débiles de las murallas. Se mostraban relajados de día y de noche, llenaban con su jolgorio los lugares de diversión de la costa, los soldados estaban esparcidos al servicio de sus placeres, mientras de la guerra solamente hablaban en los banquetes. Unos pocos días antes se había marchado Apinio Tirón 424 , quien, al recaudar de mala manera por los municipios dinero y regalos, ganaba para la causa más odio que apoyo.
77. Entretanto, un esclavo de Vergilio Capitón 425 se pasó a L. Vitelio y le prometió que, si pudiera disponer de una fuerza armada, conquistaría la ciudadela que estaba indefensa 426 . Entrada la noche, situó a unas cohortes ligeras en las cimas de las colinas sobre las cabezas de los enemigos. Desde tal posición los soldados se lanzaron a la carrera más para una masacre que para un combate. Abatieron a enemigos inermes o cogiendo las armas, y a algunos recién salidos del sueño, en una situación en la que se sentían aturdidos por la oscuridad, el pánico, el sonido [2] de las trompetas y el griterío del enemigo. Unos pocos gladiadores ofrecieron resistencia y cayeron no sin vender caras sus vidas. Los demás se lanzaron precipitadamente hacia las naves, donde todo estaba envuelto en la misma confusión, mezclándose con los hombres del pueblo, a los que los vitelianos degollaban sin hacer distingo alguno. Seis galeras consiguieron escapar en el primer alboroto y a bordo iba el comandante de la flota Apolinar; las demás fueron apresadas en la orilla o el mar se las tragó hundidas por el peso excesivo de quienes precipitadamente [3] se embarcaron en ellas. Juliano fue conducido ante L. Vitelio y, tras ser azotado de manera infamante, fue degollado ante sus ojos. Hay quienes criticaron a Triaria 427 , esposa de L. Vitelio, por ceñirse la espada de los soldados y comportarse con soberbia y crueldad en la luctuosa masacre que siguió a la conquista de Tarracina 428 . Vitelio mismo envió a su hermano una carta laureada 429 preguntándole si ordenaba que regresara de inmediato o que continuara hasta el sometimiento de Campania. Tal hecho resultó providencial no solo para el partido de [4] Vespasiano, sino para el Estado. En efecto, si aquellos soldados recién salidos de una victoria y, además de su natural tenacidad, crueles en el éxito se hubieran dirigido a Roma, se hubiera producido un enfrentamiento nada pequeño que hubiera supuesto la destrucción de la ciudad. Lo cierto era que L. Vitelio, aunque infame, tenía iniciativa y sacaba fuerzas no de las virtudes, como los buenos, sino de los defectos, como los peores.
78. Mientras estos acontecimientos sucedían en el bando de Vitelio 430 , el ejército de Vespasiano que había salido de Narnia 431 celebraba ocioso el festival de los Saturnales en Ocrículo 432 . El motivo de tan dañina demora era que estaban esperando a Muciano. No faltaron quienes lanzaron sospechas contra Antonio, alegando que se retrasaba con un propósito engañoso después de recibir una carta secreta de Vitelio, en la que se le ofrecía como premio de su traición el consulado, el matrimonio [2] con su hija 433 y una rica dote. Otros han mantenido que todo esto fue un invento para agradar a Muciano. Algunos pensaban que todos los generales tomaron la decisión de amenazar con la guerra antes que llevarla a Roma, dado que las cohortes más fuertes habían abandonado a Vitelio y parecía que, al verse privado de todas las defensas, su abdicación sería inminente. Pero todo se había estropeado, decían, por las prisas y posterior cobardía de Sabino, quien, después de tomar temerariamente las armas, había sido incapaz de defender frente a tres cohortes la ciudadela del Capitolio, perfectamente defendida e inexpugnable [3] incluso para grandes ejércitos. No es fácil echar a uno solo la culpa que fue de todos. En efecto, Muciano retrasaba a los vencedores con sus cartas ambiguas, mientras Antonio, con su complacencia a destiempo, se ganaba la condena con el hecho mismo de dirigir las críticas hacia otro 434 ; y los demás generales, al dar la guerra por terminada, hicieron que su final fuera sonado. Ni siquiera Petilio Cerial, enviado por delante con mil jinetes, con el objetivo de acortar camino por la comarca Sabina y entrar en Roma por la vía Salaria 435 , se había dado mucha prisa, hasta que la noticia del asedio del Capitolio los despertó a todos de golpe.
79. Antonio llegó por la vía Flaminia a Rocas Rojas 436 ya muy avanzada la noche, pero la ayuda fue tardía. Allí se enteró de la muerte de Sabino, del incendio del Capitolio, del pánico en Roma y de que todo eran desgracias. Se le informó también de que la plebe y los esclavos estaban siendo armados para defender a Vitelio. Además, el enfrentamiento ecuestre fue adverso para Petilio Cerial, pues, al avanzar desprevenido y como si se lanzara contra enemigos vencidos, los vitelianos lo recibieron con fuerzas conjuntas de caballería e infantería. Se luchó no [2] lejos de Roma entre edificios, jardines y recovecos de los caminos 437 , los cuales, familiares a los vitelianos y extraños a sus enemigos, provocaron el miedo entre estos. Tampoco toda la caballería actuaba al unísono, pues se habían agregado algunos que se habían rendido hacía poco en Narnia y andaban especulando sobre las posibilidades de cada bando. Fue capturado el comandante del escuadrón Julio Flaviano, mientras que los demás se dispersaron en una vergonzosa huida, aunque los vencedores no les siguieron más allá de Fidenas 438 .
80. Aquel éxito redobló el entusiasmo del pueblo. La plebe de Roma tomó las armas. Unos pocos se hicieron con escudos, los más cogieron cualquier arma que podían encontrar y reclamaban la señal de ataque. Vitelio les dio las gracias y les ordenó que corrieran a defender Roma. Más tarde, se convocó al Senado 439 y se eligió una delegación 440 para verse con los ejércitos flavianos con la finalidad de proponerles la concordia y la paz en [2] interés del Estado. Diversa fue la suerte de los legados. Los que se acercaron a Petilio Cerial corrieron un peligro extremo, porque los soldados rechazaban las condiciones de paz. Hirieron al pretor Aruleno Rústico 441 . Generó una mayor repulsa la propia dignidad de este hombre, más allá de que se hubiera violado su rango de embajador y pretor. Sus acompañantes fueron zarandeados, se mató al lictor que estaba más cerca por atreverse a apartar a la multitud y, si no hubiera sido porque Cerial les puso una escolta para defenderlos, la locura de la guerra civil hubiera llegado a mancillar hasta la muerte, ante las mismas murallas de la patria, el derecho de los embajadores, sagrado incluso entre los pueblos extranjeros. Con ánimos más tranquilos fueron recibidos los delegados que se presentaron ante Antonio 442 , no porque los soldados fueran más disciplinados, sino porque el general tenía más autoridad.
81. Entre los delegados se encontraba Musonio Rufo 443 , de la clase ecuestre, hombre dedicado al estudio de la filosofía y de las doctrinas estoicas. Mezclado con la tropa intentaba aconsejar a hombres armados disertando sobre las bondades de la paz y los peligros de la guerra. Ello provocó la burla en muchos y el aburrimiento en los más. Y no faltaron quienes estaban dispuestos a empujarle y pisotearle, si no hubiera sido porque, a instancias de los más moderados y las amenazas del resto, dejó de lado su inoportuna sabiduría. También les salieron [2] al encuentro las vírgenes Vestales con una carta de Vitelio dirigida a Antonio. Solicitaba un día de tregua para la batalla final, pues, si aceptaban un retraso, todo se arreglaría más fácilmente. Las vírgenes fueron despedidas con los honores debidos. Se respondió a Vitelio que con el asesinato de Sabino y el incendio del Capitolio se habían roto las negociaciones usuales en la guerra.
82. Con todo, Antonio intentó calmar a las legiones 444 , convocándolas a una asamblea para persuadirles de que acamparan junto al puente Mulvio 445 para entrar al día siguiente en Roma. El motivo de la demora fue el miedo a que los soldados, enardecidos por la batalla, no tuvieran consideración ni con el pueblo ni con el Senado y ni siquiera con los templos y santuarios de los dioses. Pero los soldados desconfiaban de cualquier aplazamiento como contrario a la victoria. Además, los estandartes relucientes por las colinas 446 , aunque les siguieran civiles sin idea de la guerra, daban la impresión de un ejército enemigo. [2] Las fuerzas flavianas avanzaron en tres columnas. Una, según estaba, avanzó por la vía Flaminia, una segunda marchó a lo largo de la orilla del Tíber, mientras que la tercera se acercaba a la Puerta Colina por la vía Salaria 447 . La plebe fue puesta en fuga con una carga de la caballería. Los soldados vitelianos les salieron al encuentro, también ellos mismos en tres columnas. Los combates delante de la ciudad fueron muchos y de suerte varia, pero fueron las más de las veces favorables a los flavianos [3] superiores por la prudencia de sus jefes. Las únicas tropes que se vieron en apuros fueron las que se habían desviado hacia la parte izquierda de la ciudad junto a los Jardines de Salustio 448 por calles estrechas y resbaladizas. Los vitelianos, encaramados a los muros de los jardines, bloquearon con piedras y lanzas la subida de los atacantes hasta entrada la tarde, cuando quedaron rodeados por la caballería que había irrumpido por la Puerta Colina 449 . Columnas enemigas se enfrentaron también en el Campo de Marte 450 . A favor de los flavianos jugaba la fortuna y la victoria tantas veces lograda, mientras que los vitelianos lanzaban ataques solo por la desesperación y, aunque derrotados, volvían a formarse dentro de la ciudad.
83. El pueblo asistía a la lucha como si estuviera en los combates del circo, animando a unos y a otros en medio de griteríos y aplausos. Cada vez que un bando cedía, a los que se escondían en las tiendas o se habían refugiado en alguna casa exigían que los sacaran a la calle y los degollaran, apoderándose de la mayor parte del botín, pues los soldados, absorbidos en la sangre [2] y las matanzas, cedían los despojos al vulgo. Toda la ciudad presentaba una cara cruel y desfigurada 451 : en un sitio, combates y heridas; en otro, baños y tabernas; juntos sangre y pilas de cadáveres, al lado prostitutas y libertinos. Se ofrecían todas las pasiones de un ocio entregado a los vicios, todos los crímenes típicos de un saqueo sin piedad, hasta el punto de que se podría pensar que la misma ciudad se había sumido en la locura y la disipación. Es cierto que antes también se habían enfrentado en [3] Roma ejércitos armados, con la victoria de Lucio Sila en dos ocasiones y de Cinna en una 452 , y con no menos crueldad. Pero ahora reinaba una despreocupación inhumana sin que las diversiones 453 se interrumpiesen ni siquiera un instante. Y, como si esto no fuera más que un entretenimiento añadido a unos días de fiesta, la gente se regodeaba y disfrutaba sin preocuparse en absoluto por ninguno de los dos bandos y encantada con las desgracias del Estado.
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