Czytaj książkę: «Falso nueve»
Título original: False nine
© ThynKER Ltd, 2015.
© de la traducción: Víctor M. García de Isusi, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO205
ISBN: 9788491870296
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Dedicatoria
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Notas
ESTA NOVELA SE LA DEDICO
A MI QUERIDO AMIGO JONATHAN TAYLOR
El término falso nueve hace referencia a un futbolista que juega de único delantero y muy adelantado para buscar el balón. El cometido de esta figura es el de atraer a los defensores centrales para que sus compañeros aprovechen los espacios que deja en las líneas defensivas y, así, aumenten las probabilidades de marcar de estos.
KIERAN ROBINSON
1
Siempre que quiero sentirme mejor, me meto en Twitter y leo algunos de los comentarios que se hacen sobre mí. No hay vez en que no me quede claro lo deportivo y ecuánime que es el gran público británico.
Manson, eres un cabrón inútil. Lo mejor que
has hecho nunca es dejar el club.
#Cityencrisis
¿De verdad dejaste tú el club, Manson, o te
dieron la patada, como a todos los
entrenadores soplapollas con sueldos
desorbitados? #Cityencrisis
Nos dejaste tirados, Manson. Si no te hubieras
ido, no tendríamos ahora al mierda de Kolchak
y no iríamos cuartos por la cola. #Cityencrisis
Vuelve a la Corona de Espinas, Scott.
Mourinho lo hizo, ¿por qué tú no? Ya te
hemos perdonado. #Cityencrisis
Negro de mierda, pensarás que lo que dijiste
sobre el Chelsea en @BBCMOTD era
inteligente. Consigues que Colin Murray
parezca bueno.
La mayoría de los comentaristas de
@BBCMOTD son muertos vivientes, pero,
si Darryl Dixon le dispara con la ballesta a
alguno, que sea a ti.
Que hayas salido en la portada de la GQ no
quiere decir que no seas un negro de mierda.
Solo eres un negro de mierda con un traje caro.
Te echamos de menos, Scott. El fútbol es
basura desde que te fuiste. Kolchak no sabe
ni cómo cogérsela. #Cityencrisis
¿Cuándo vas a explicar por qué dejaste el
City, Manson? Que lleves tanto tiempo callado
al respecto le hace daño al club. #Cityencrisis
Tengo cuenta en Twitter porque a mi editor le pareció que me ayudaría a vender más libros en Navidad. Y es que van a publicar una nueva edición en rústica con un capítulo añadido de mi libro acerca de mi corto reinado en el London City. No es que diga gran cosa en él, ya que, en su día, firmé un contrato de confidencialidad con Viktor Sokolnikov, el dueño del club, que me impide explicar por qué me fui del City. En cualquier caso, tuvo mucho que ver con la muerte de Bekim Develi, que es lo poco que puedo decir al respecto. El nuevo capítulo tuvieron que aprobarlo los abogados de Viktor, cómo no. Para ser sinceros, no vale ni el papel en el que está impreso, y eso no lo cambia ni el hecho de que dé pie a miles de tuits.
No me gustan las redes sociales. Creo que nos iría mucho mejor si cada tuit costara cinco peniques y tuvieras que ponerle un sello de correos antes de publicarlo. O algo por el estilo. La opinión de la mayoría de la gente no vale una mierda, incluida la mía. Y eso, teniendo en cuenta solo a la gente razonable. Ni que decir tiene que en Twitter hay muchísimo odio, y que gran parte de este tiene que ver con el fútbol. Y lo cierto es que, hasta cierto punto, no me sorprende. Allá por 1992, cuando el programa de mano de un partido costaba una libra y la entrada, poco más de diez, cabía esperar que la gente fuera más transigente con los asuntos del fútbol. Sin embargo, hoy en día, una entrada para un club de primera línea, como el Manchester United, por ejemplo, cuesta seis o siete veces más, y no puedes recriminar a los aficionados que esperen algo más del equipo. Aunque, a veces, se pasan.
Lo curioso es que, aunque no suelo prestar mucha atención a las cosas bonitas que la gente tuitea sobre mí, me resulta inevitable fijarme en los insultos que me lanzan. Intento no hacerlo, pero la verdad es que me cuesta. En ese aspecto, Twitter es como viajar en avión: no prestas la menor atención mientras todo va bien, pero te resulta inevitable preocuparte cuando las cosas empiezan a torcerse. Es curioso, pero algo en mi fuero interno considera que todos esos tuits desagradables tienen algo de razón. Como este:
Si fueras tan bueno, Manson, ya te habría
fichado otro equipo. De no haber muerto João
Zarco, todavía estarías recogiendo conos.
O este:
En el fondo, siempre supiste que el cargo te
iba demasiado grande. Por eso te la pegaste,
tío mierda. #Cityencrisis
A veces, incluso, lees algún comentario que parece una aportación interesante al fútbol en sí.
Nunca llegaste a entender que la finalidad de
los pases no es mover el balón, sino dar con el
que está desmarcado.
Y puede que este también:
El problema del fútbol británico es que todos
se creen Stanley Matthews. No regatees,
corre con la pelota. Corre para provocar.
Estar en el paro suele ser el estado natural de todo aquel que se considere entrenador de fútbol. Perder el trabajo, o marcharse porque la situación se ha vuelto insostenible, es tan inevitable como marcar algún gol en propia meta por muy buen cuatro que seas. Como dijo Platón: «Son putadas que pasan». Siempre es jodido dejar un equipo de fútbol cuando eres el entrenador, porque, por buenas que sean las posibles recompensas, el riesgo de cagarla también es muy grande. Otro tanto sucede con las inversiones. Cada vez que quedo para comer con mi asesor financiero, este me recuerda los cinco niveles del umbral de riesgo, a saber: reacio, mínimo, cauteloso, abierto y hambriento. Yo me definiría como un inversor cauteloso que se decanta por las opciones seguras que entrañan un nivel de riesgo reducido, aunque tengan un potencial de recompensa limitado. El fútbol, sin embargo, es muy diferente. El fútbol siempre está en el último nivel. Si no tienes hambre de riesgo, es mejor que no te dediques a entrenar. Todo el que dude de mis palabras debería fijarse en el color del pelo de Mourinho o en las caras arrugadas de Arsène Wenger o Manuel Pellegrini. Para ser francos, hasta que no pierdes el empleo no puedes decir que de verdad te has dejado la piel en el intento. Aunque, seamos sinceros, hasta el peor entrenador puede convertirse en un mesías de un día para el otro. Brian Clough es el mejor ejemplo de un entrenador que falló garrafalmente en un equipo pero obtuvo un éxito espectacular en el siguiente. Resulta tentador pensar que el Leeds United podría haber ganado dos Copas de Europa consecutivas de haber seguido confiando en Clough. De hecho, yo estoy convencido de ello.
En cualquier caso, es difícil dejar buscar a un equipo de fútbol. Durante el verano no lo pasé tan mal pero, ahora que ha empezado la temporada, nada me gustaría más que estar en el campo de entrenamiento con un equipo, aunque sea recogiendo los conos. Echo mucho de menos el fútbol. Y lo que más echo de menos es a la gente del London City. A veces, echo tanto de menos al equipo que me siento como si estuviera enfermo. Ahora mismo es como si no fuera capaz de encontrarme como persona. Como si mi vida careciera de significado. Lánguido. Que es una buena palabra para describir lo que se siente cuando eres un entrenador en paro, pues significa que has perdido el vigor y el espíritu; pero también que estás débil y fatigado. Y es justo así como me siento: lánguido. Ahora bien, no uses una palabra así en Match of the Day: seguro que no te vuelven a invitar al programa. No quiero ni imaginar lo que tuitearía la gente si se me ocurriera emplear una palabra así.
Harry Redknapp diría algo así como: «Solo eres entrenador cuando entrenas a alguien». Entonces, cuando no entrenas a nadie y sales de comentarista en MOTD o en A Question of Sport, ¿qué eres? No estoy seguro de que, ahora mismo, sea nada de nada. A mi entender, he aquí otro tuit que lo explica muy bien:
Ahora que has dejado el City, Manson, vas a
darte cuenta de que no eres más que otro de
los muchos soplapollas del mundo del fútbol.
Y tiene razón. No soy sino otro de los muchos soplapollas del mundo del fútbol. Es peor que ser actor y verte obligado a trabajar de camarero porque, en una situación como esa, nadie sabe si, sencillamente, eres un actor que está «de descanso». En cambio, cuando eres un entrenador sin trabajo, parece que todo el puto mundo esté al tanto de ello. Como el tipo que se ha sentado a mi lado esta mañana en el avión a Edimburgo:
—Seguro que no tardará en ficharte otro equipo. —Pretendía animarme—. Cuando a David Moyes lo despidieron del United, yo tenía bien claro que no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a entrenar en un buen club. Y a ti va a sucederte lo mismo, ya verás.
—A mí no me despidieron. Lo dejé.
—Cada año pasa lo mismo. El fútbol parece el juego de las sillas musicales. ¿Sabes, Scott? No entiendo cómo la gente no se da cuenta de que un entrenador tarda un tiempo en enmendar el rumbo del equipo cuando las cosas no van bien. Si le das ese tiempo necesario, casi siempre les calla la boca a sus detractores. Nueve de cada diez veces, el entrenador no es más que el cabeza de turco. En el mundo de los negocios pasa lo mismo. Fíjate en Marks & Spencer, por ejemplo. ¿Cuántos directores generales han tenido esos grandes almacenes desde que sir Richard Greenbury lo dejó en 1999?
—Ni idea.
—El problema no es el director general, sino el modelo de negocio. Está claro que la gente no quiere comprar la ropa donde compra los sándwiches. ¿Tengo razón o tengo razón?
Al fijarme en la ropa con la que viajaba mi compañero de asiento, no estuve seguro de qué responder. Con aquel traje marrón y aquella camisa de color rosa asalmonado, el hombre parecía un sándwich de gambas. Sin embargo, asentí con educación y esperé a que me dejara en paz para retomar la lectura del fascinante libro de Roy Keane en mi Kindle. Pero no lo hizo, y bajé del avión maldiciéndome por no haber ido con gorra y gafas, como Ian Wright. No necesito gafas. No me gustan las gorras. Sin embargo, hablar de fútbol con extraños me gusta aún menos. Es mucho mejor tener pinta de gilipollas que pasarte todo el vuelo hablando con uno.
Me resultaba muy extraño estar de nuevo en Edimburgo después de tantos años. Lo normal habría sido que me sintiera cómodo, dado que, al fin y al cabo, era donde había pasado buena parte de mi infancia, pero no fue así. De hecho, no podía sentirme más raro, más fuera de lugar. Lo que hacía que Escocia me pareciera un país extranjero no era solo el pasado. Ni tampoco tenía mucho que ver con el reciente referéndum. Cuando era niño no compartía la aversión que sentían los escoceses por los ingleses. A decir verdad, sigo sin sentirla, máxime si tenemos en cuenta que me he establecido en Londres. No, había algo más que me hacía sentir alejado de ahí, algo mucho más personal. Lo cierto es que, debido al color de mi piel, nunca me habían permitido sentirme como un verdadero escocés. Todos los chicos de mi clase eran niños celtas de ojos verdes con la cara llena de pecas. Yo era medio negro o, como ellos solían llamarme, «mestizo», y por eso me apodaban Rastus. Hasta los profesores de Edimburgo me llamaban así y, aunque nunca dejé entreverlo, me dolía. Mucho. Y siempre me sorprendió que, nada más llegar al colegio en Inglaterra —y por aquel entonces ya no me quedaba ni el más mínimo rastro de acento escocés—, no se les ocurriera apodarme otra cosa que Escocés. No es que en la Escuela para Niños de Northampton no fueran racistas, la cosa es que no lo eran tanto como los escoceses.
Tengo la suerte de contar con un asiento reservado en el consejo de administración de la empresa de mi padre pero, a decir verdad, eso no me impidió salir al mundo real para comprobar de qué iba la vida. En opinión de mi agente, Tempest O’Brien, era importante que me reuniera con la mayor cantidad de equipos posible.
—Scott, tus logros no son lo único que facilitará tu contratación. A la gente le interesa el Manson de la GQ. Eres uno de los hombres más elocuentes e inteligentes que conozco... ¡Dios, he estado a punto de decir «en el mundo del fútbol»! Pero eso no es decir gran cosa, ¿verdad? Además, me parece fundamental que la gente vea que no te has quedado de brazos cruzados y que no estás dedicándote a vivir de lo que ganas como director de Pedila Sports..., que, por lo que dicen los periódicos, es muchísimo. Así que es importante sacar eso de la ecuación. Como los clubes piensen que no necesitas trabajar, intentarán comprarte de saldo. Así que el primer sitio adonde te enviaré es a Edimburgo. El Hibernian necesita entrenador, y nadie tratará de comprarte más barato que un equipo de la Liga escocesa. Sé que tu padre era hincha del Hearts hasta la médula, pero tienes que ir a hablar con ellos porque es un buen punto de partida. Es mejor que cometas errores y vayas mejorando tus capacidades para superar entrevistas allí donde da igual que la cagues que en algún otro club más importante, como el Niza o alguno de los de Shanghái.
—¿Shanghái? Pero ¿qué coño se me ha perdido a mí en Shanghái?
—¿Es que no has visto Skyfall? Me refiero a la peli de Bond. Shanghái es una de las ciudades más futuristas del mundo... ¡y un sitio en el que no saben qué hacer con el dinero! Podría ser muy interesante que trabajaras allí. En especial, como empiecen a comprar clubes de fútbol europeos; que, desde luego, es el rumor que está empezando a extenderse. Los chinos son gente con muchas ganas, Scott, y la cuestión es que no solo cuentan con ganas, sino también con el dinero necesario para darles forma. Cuando los rusos se cansen de ser dueños de clubes de fútbol o cuando por fin el rublo se hunda y tengan que venderlos, ¿quién crees que va a comprárselos? Pues los chinos, claro está. De aquí a veinte años, los chinos serán la primera superpotencia económica y, cuando China gobierne el mundo, Shanghái será su capital. Empezaron a construir un nuevo tranvía en diciembre de 2007, y no tardaron ni dos años en acabarlo. Y ahora, compáralo con el tranvía de Edimburgo. ¿Cuánto tardaron en construirlo, siete años? Se gastaron mil millones de libras en él y todavía están dando por el culo con la puta independencia.
El tranvía, que salía desde el aeropuerto de Edimburgo y que tenía una parada justo enfrente de mi hotel, no funcionaba aquella mañana. Por lo que decían, se debía a una avería eléctrica. Así que tuve que coger el autobús. Empezaba con mal pie. Además, Tempest llevaba razón en otra cosa: los escoceses seguían dando por el culo con la independencia.
Me registré en el hotel Balmoral, comí ostras en el Café Royal, que estaba cerca, y, después, cogí Leith Walk en dirección a Easter Road para ver cómo el Hibs se enfrentaba al Queen of the South. El campo estaba mejor de lo que recordaba, y calculé que habría entre doce y quince mil espectadores, una gran diferencia con el récord de asistencia de sesenta y cinco mil en 1950, cuando el Hibs jugó el derbi local contra el Hearts. Hacía una tarde fría pero bonita, ideal para jugar al fútbol, y, aunque los de casa tuvieron el partido controlado la mayor parte del tiempo, fueron incapaces de materializar sus ocasiones. Paul Hanlon y Scott Allan estuvieron cerca, pero el Hibs solo se llevó un punto contra un equipo al que tendría que haber derrotado con facilidad. El Queen, en cambio, estaba contento por haber arañado un punto en aquel encuentro sin goles que no gustó nada a los hinchas de Edimburgo. Jason Cummings fue el único jugador que me impresionó, gracias a un regate y a un zapatazo que dio desde treinta metros de distancia y que no acabó en la red gracias a que Zander Clark, el portero del Queen, hizo un paradón. En cualquier caso, fue un partidillo de nada y, por lo que había visto, el Hibs, que estaba a más de diez puntos del líder, el Hearts, tampoco iba a llevarse la Liga escocesa aquel año.
Volví al hotel, pedí un té que nadie me subió, me di un baño caliente, eché una cabezadita mientras veía los resultados del fútbol y Strictly For Morons, y, después, fui a un restaurante llamado Ondine, que era donde había quedado con Midge Meiklejohn, uno de los directores del Hibs. Resultó ser un hombre afable de ojos verdes y cabeza grande y llena de pelo rojo. En la solapa de la americana llevaba una insignia del Hibs que servía para recordarme lo antiguo que era el equipo, fundado en 1875. Pero claro, sentirse tan orgulloso de la tradición era uno de los principales problemas de aquel club. Bueno, de cualquier club antiguo, en realidad.
Hablamos de generalidades relativas al fútbol durante un rato y bebimos un excelente sancerre antes de que me preguntara qué me había parecido el partido y, lo que era más importante, el Hibs en concreto.
—Si me lo permite —le dije—, sus problemas no están en el campo, sino en la sala de juntas. ¿Cuántos entrenadores han tenido en los últimos diez años? ¿Siete? Que seguro que hicieron todo lo que estaba en su mano con los recursos con los que contaban. El entrenador que tienen está haciendo un gran trabajo y la cosa no va a mejorar mientras no afronten ustedes el problema real que tienen, que es que los equipos de fútbol son como los periódicos regionales, es decir, que hay demasiados. Los precios suben y los lectores bajan. Hay muchos periódicos que compiten por poquísimos lectores. Y lo mismo pasa con el fútbol. Hay demasiados equipos que no solo compiten los unos contra los otros, sino que además deben enfrentarse a la televisión. ¿Qué entrada han tenido hoy, doce mil? Sin embargo, tienen ustedes jugadores que ganan dos mil o tres mil libras a la semana, puede que más. Deben de gastarse ustedes en salarios dos tercios de la entrada, con lo que el resto se destinará a gastos operativos y el banco. Su negocio se está muriendo. Dedicarse al fútbol en exclusiva ya no es una opción viable para ustedes o, a decir verdad, para casi ningún club de fútbol escocés, excepto, quizá, para un par de ellos.
—¿Adónde quiere ir a parar? ¿Quiere decir que deberíamos rendirnos?
—¡No, ni mucho menos! Ahora bien, tal y como yo lo veo, solo tienen dos alternativas si pretenden sobrevivir como equipo: o hacen lo mismo que algunos clubes suecos, como el Göteborg, en el que la mayoría de los jugadores tienen otros trabajos a tiempo parcial, o bien de pintores o bien de lo que sea; o les queda lo que un filósofo francés llamaba «la solución detestable», aunque se refería a otra cosa. Esta última es una solución muy cabal en lo que a beneficios se refiere, pero hará que los hinchas empiecen a pedir su cabeza, Midge. Bueno, los hinchas y los demás miembros del consejo.
—¿Y cuál es?
—Una fusión. Con el Hearts. Para crear un nuevo club en Edimburgo. Los Wanderers de Edimburgo. El Midlothian United.
—Debe de estar de guasa. Además, no sería la primera vez que se plantea esa idea... y que se rechaza.
—Lo sé. No obstante, eso no quiere decir que no se trate de la solución adecuada. Edimburgo no es Manchester, Midge. Si apenas puede encontrar hinchada para un equipo, imagínese para dos. Utilizan ustedes los activos de uno de los clubes para pagar las deudas y construir un futuro para ambos. Economía básica. El único problema es que a los clanes no suele gustarles la economía y, claro, el Hibs y el Hearts son dos de los clanes más antiguos de Escocia. Pero fíjese, funcionó con el Inverness Cally Thistle. En menos de veinte años, han fusionado dos equipos que se morían y han pasado de la Tercera División a estar segundos en Primera. Los beneficios de una fusión son innegables. Usted lo sabe. Yo lo sé. Incluso ellos lo saben, los hinchas, aunque sea en lo más profundo de su cabeza. El problema es que no piensan con la cabeza, sino con el corazón,* si me disculpa la expresión.
—Ya, pero estos hinchas no son como los demás. Saben muy bien cómo odiar y, lo que es más importante, saben muy bien cómo hacer daño. Lo más probable es que tuviera que pedir escolta policial. O incluso tendría que irme de la ciudad. Todos tendríamos que irnos.
—En ese caso, perdone que parafrasee al soldado Fraser, pero «están ustedes perdidos». Perdidos, se lo aseguro. Y a la mayoría de equipos del norte de Inglaterra les va a pasar lo mismo. La historia y la tradición también los están lastrando. Se debe a esa singularidad llamada Barclays Premier League, una primera división que deforma todo lo que se acerca a ella y que atrae todo el fútbol inglés hacia su masa. A los grandes clubes les va cada vez mejor y los pobres están desapareciendo. ¿Quién querría pagar veinte libras para ver cómo ponen fino al Northampton Town cuando puedes animar al Arsenal sentadito en el sofá de casa? Esa es la física del fútbol, Midge, y no se puede ir contra las leyes del universo.
—Solo es un deporte. Y a nuestros putos hinchas se les suele olvidar eso, que no es más que un deporte.
—Pero, por lo que a ellos respecta, es el único puto deporte que existe.
Volví al hotel a tiempo para ver MOTD, pero apenas me interesó lo que decían porque todos los partidos eran de equipos escoceses. En cualquier caso, y debido al calendario internacional, tampoco había partidos de la Premier, por lo que acabé viendo cómo el Arsenal malgastaba una ventaja de tres goles, tal y como también había hecho hacía poco contra el Anderlecht en la Champions League. Me sorprendió lo poco que lo sentí. La cuestión es que, desde que he empezado a ver el fútbol con los ojos de un aficionado normal y corriente, he aprendido a apreciar algo genuinamente bello del jogo bonito: que saber perder es parte importante de la condición del aficionado. Perder te enseña —por decirlo como lo expresaba Mick Jagger— que no siempre puedes conseguir lo que quieres. Y darse cuenta de ello es muy importante si uno quiere considerarse ser humano; puede que, de hecho, sea lo más importante de todo. Aprender a afrontar la decepción forja el carácter. Rudyard Kipling fue quien mejor lo entendió, diría yo. Siempre es bueno mostrarse ante el triunfo y ante la derrota con la misma sangre fría. Los antiguos griegos sabían la importancia que les daban los dioses a nuestra capacidad para hacer de tripas corazón. Hasta tenían una palabra para describir la ausencia de esa capacidad: arrogancia. Aprender a hacer de tripas corazón, de hecho, es lo que te convierte en una buena persona. Solo los fascistas te dirán lo contrario. Yo, en cambio, prefiero pensar que ese es el verdadero significado de aquellas palabras de Bill Shankly acerca de la vida y la muerte que tan a menudo se citan. Creo que lo que quiso decir en realidad es que el carácter que te inculcan la una y la otra, y la manera en que te pulen son más importantes que ganar o perder. Aunque, claro está, eso no puedes decirlo cuando eres el entrenador de un equipo. En los vestuarios se pueden aplicar muchas filosofías, y puede que esa mierda de que ganar no lo es todo funcione en la pista central de Wimbledon, pero no calará nunca ni en Anfield ni en Old Trafford. Bastante difícil es conseguir que once personas jueguen como una sola, como para que, encima, tengas que convencerlos de que no pasa nada por perder de vez en cuando.
2
Tempest O’Brien era una de las tres únicas agentes que había en el mundo del fútbol. Otra era Rachel Anderson, que se hizo famosa porque llevó a juicio —y ganó— a la Asociación de Fútbol Profesional inglesa por prohibirle la entrada a su cena anual de 1997, a pesar de ser una agente registrada por la FIFA. Fue Rachel la que derrumbó las barreras para gente como Tempest, a quien contraté justo antes de ir a trabajar con Zarco al London City. Antes de convertirse en agente de futbolistas, Tempest había trabajado para Brunswick PR y para International Management Group. Es inteligente y muy atractiva y, además, consigue que todos los que están a su alrededor se sientan tan inteligentes como ella. Puede que el fútbol ya no sea tan racista como antes, pero, tal y como Andy Gray o Richard Keys demostraron en 2011, sigue siendo un bastión del sexismo. Y lo sé de buena tinta, porque hasta yo soy un pelín sexista a veces. Sin embargo, como soy un entrenador de fútbol negro, pensé que debía darle a Tempest la oportunidad de representarme y ayudar, así, a derrumbar ciertas barreras. Solo me he arrepentido en una ocasión, hace un par de años. Estábamos en la fiesta de los premios del Balón de Oro, en Zúrich, y ambos nos alojábamos en el Baur au Lac... y casi nos acostamos. Ella quería, y yo quería, pero, por suerte, prevaleció el buen juicio y conseguimos acabar la noche solos, cada uno en su habitación. Se parece un poco a Cameron Diaz, así que está claro por qué —al menos en aquel momento— me arrepentí de no acostarme con ella, como habría hecho cualquiera. Después de visitar Edimburgo, Tempest pretendía que fichara por el OGC Niza.
—A decir verdad —admitió—, no estoy del todo segura de que quieran fichar a alguien, y puede que ni siquiera ellos lo tengan claro. Son franceses y juegan con las cartas muy cerca del pecho. Además, no sé tanto francés como para leer entre líneas lo que se ha hablado. Tú lo hablas mucho mejor que yo, así que tal vez te enteres más de cómo están las cosas. En cualquier caso, es el Niza, uno de los equipos fuertes de la competición francesa, por lo que no te hará ningún daño conocerlos y a ellos les vendrá bien darse cuenta de que eres un entrenador que les iría como anillo al dedo. Si no ahora, puede que en el futuro. No se me ocurre una ciudad más bonita en la que trabajar. Me han dicho que podríais conoceros en París, porque este sábado se enfrentan allí al PSG. Será un buen partido. Llévate a Louise. Alojaos en algún hotel bonito y caro, y follad como locos.
Fue un buen consejo y lo cierto es que no tuve que esforzarme para convencer a mi novia, Louise Considine. Louise era inspectora en la Policía Metropolitana y le debían muchos días, por lo que cogimos el Eurostar hasta París a primera hora de un sábado de noviembre.
—Ya sabes que no tienes por qué ir al partido —le dije—. Si yo fuera tú, iría de compras a las Galerías Lafayette o a ver el museo Picasso.
—Bueno, por lo menos no me has recomendado que vaya a comprar lencería cara —me respondió mientras ponía los ojos en blanco—, o que vaya a la peluquería. Supongo que debería alegrarme.
—¿Acaso he dicho algo malo?
—¿Qué tipo de novia sería si me separara de ti un solo minuto del fin de semana? Quiero que durmamos juntos, que nos bañemos juntos y que vayamos juntos al fútbol. Ahora bien, te pongo una condición: que dejes en casa esos pijamas horribles tuyos.
—Pero ¡si son de seda! —protesté.
—Por mí, como si le pertenecieron a Luis XIV. Me gusta sentir tu piel desnuda en la cama, ¿está claro?
—Sí, inspectora.
El tren estaba lleno de gente que viajaba a París para hacer compras navideñas un tanto tempraneras, gente entre la que se contaban unos bulliciosos hinchas de fútbol que me reconocieron en el vestíbulo de salidas internacionales de Saint Pancras y que empezaron a cantar:
—¡Te fuiste porque eras un mierda, Scott Manson! ¡Te fuiste porque eras un mieeerda!
Que, si te paras a pensarlo, tampoco estaba tan mal. Me han dicho cosas muchísimo peores. Además, era yo quien iba a la Gare du Nord con una preciosa rubia del brazo, por mucho que fuera poli.
—¿Te molestan los cánticos?
—Bah.
—Mejor, porque, en estos momentos, solo tengo potestad para detener a tuiteros. Eso de perseguir a criminales y maleantes ya no se considera una manera adecuada de invertir el tiempo de la policía.
—Desde luego, es lo que parece.
—Es que es verdad.
Cuando llegamos, nos registramos en el hotel y salimos directos a comer. Incluso en París, a veces debes anteponer la comida a cualquier otra consideración, aunque Louise no compartía tal parecer.
—Soupe à l’oignon es lo que se debería comer antes de un partido —comenté—. Por no decir una cassoulet acompañada de una buena botella de riesling.
—No se me ocurre nada mejor que comer. Y, en cuanto hallamos acabado, quiero que me lleves al hotel y me folles por detrás sin parar.
Así que, después de una excelente comida, volvimos al hotel. Teníamos el tiempo justo para follármela por detrás sin parar, que es lo que hice antes de que cogiéramos el metro desde Alma Marceau a Porte de Saint-Cloud.
Me gusta ir al fútbol en metro porque nadie me reconoce y porque así pareces un hincha más. Hasta en Edimburgo me hicieron algún que otro comentario mientras caminaba de Leith Walk a Easter Road. En el vagón del metro, los aficionados del PSG olían a realidad. Era como estar en un bar. Aun así, eran muy educados y no mostraron esos signos de violencia que se supone que los caracterizan y que, en 2006, llevaron a la policía de París a abatir a tiros a un hincha después de un ataque racista contra un aficionado del Hapoel Tel Aviv. Al Millwall puede tocarle los huevos el hecho de que no le caigan bien a nadie, pero se suele decir que, aun así, a nadie le caen tan mal como para matarlos a tiros. Al menos, todavía.
En el exterior del Parque de los Príncipes, en la calle, había más policías que candados de enamorados en el Pont des Arts. Y, además, daba la impresión de que quisieran marcha, porque casi todos ellos iban armados y con el uniforme de antidisturbios, si bien no parecía necesario. Al fin y al cabo, su rival de toda la vida era el Marsella —que, además, iba el primero de la Ligue 1—, no el Niza.
—Está claro que no tienen intención de jugársela, ¿eh? —comentó Louise.
—Cada vez que vengo a París, me da la impresión de que ha aumentado el número de policías. Yo diría que si estás buscando trabajo en Francia, la gendarmería es el mejor sitio por el que empezar. Parece como si el gobierno francés no confiara en el pueblo.
—Tampoco los culpes por ello. —Louise solía dar la cara por las fuerzas de seguridad de otros países—. Entre 1789 y 1871, en esta ciudad vivieron cinco revoluciones. A veces, parece que haya manifestaciones cada fin de semana. Los franceses son unos alborotadores.
—En un mundo en el que se habla tanto inglés es normal que la gente quiera alborotar. Admiro la convicción con que se aferran a lo que los hace franceses. No nos vendría mal un poco de eso en Inglaterra. Quizá debiéramos aprender algo de los escoceses y, no sé, celebrar un referéndum para ver si queremos echarlos de Gran Bretaña. O algo así.
—¿Nunca te has planteado afiliarte a los populistas de derechas del UKIP?
El Olympique Gymnaste Club Nice Côte d’Azur iba el undécimo —de veinte equipos— en la Ligue 1 francesa, y el París Saint-Germain, el segundo. El Niza, fundado en 1904, era el equipo más antiguo de los dos, por casi siete décadas, y no iba demasiado mal si se tenía en cuenta que durante el mercado de verano había vendido media plantilla a precio de saldo. El PSG no había perdido ni un solo partido desde el comienzo de la temporada y, aunque había llegado a París con muchas ganas de ver jugar a Thiago Silva, David Luiz y Zlatan Ibrahimovic´, fue el número nueve de los parisinos, Jérôme Dumas, el que más me impresionó de todos ellos. Era rápido como un relámpago e igual de impredecible, con una pierna izquierda tan dulce como la que más. Me recordó un montón a Lionel Messi. No entendía esos rumores de que estaba en venta. No paraba de correr para uno y otro lado, e incluso habría marcado de haberse entendido un poco mejor con Edinson Cavani, a quien apodaban Matador debido a sus ostentosas actuaciones en el campo. Zlatan marcó el único gol del partido —de penalti en el minuto 17—, pero el PSG no convenció. Además, después del gol hizo algo inexplicable: bajó el pistón. Eso permitió a los nizardos tomar la iniciativa y, desde luego, pareció auténtica mala suerte que no volvieran a casa con un punto.
Regresamos al hotel, nos dimos una ducha rápida y salimos a cenar.
A la mañana siguiente, dejé a Louise en la cama y me fui a desayunar con Gerard Danton, que era uno de los directores del OSG Niza. Se trataba de un hombre atractivo y bien vestido de unos cuarenta y tantos años, así que me alegré de haber seguido el consejo de Louise y de haberme puesto la americana azul, camisa y la corbata nueva de Charvet que ella me había regalado el día anterior. Nos comunicamos en francés. Es un idioma que me encanta hablar, aunque me expreso mejor en castellano y alemán.
—Bonito hotel —comentó Danton—. Nunca me he alojado en él. Suelo quedarme en el Meurice, pero creo que este me gusta más.
—Yo diría que mi novia coincidiría con usted. Además, tiene el metro muy a mano.
Danton frunció el ceño, como si no fuera capaz de entender por qué alguien que se aloja en el Plaza considera importante tener el metro cerca.
—Cogimos el metro para ir al partido —le expliqué.
—¿Fueron en metro al Parque de los Príncipes?
Su tono era de sorpresa, como si nunca se hubiera planteado aquella posibilidad.
—Es más rápido que ir en coche. No tardamos nada en llegar. Además, me gusta ir en metro a los partidos. En Londres no puedo. Al menos, no de momento. Me la tienen jurada.
Danton miró por la ventana, que daba al patio del hotel y preguntó:
—¿Qué están levantando ahí fuera?
—Parece una pista de hielo.
Danton se estremeció como si hubiera sentido un escalofrío y comentó.
—París es demasiado frío para mí. Prefiero el sur. Doy por hecho que habrá estado en Niza.
—Muchas veces. Me encanta la Riviera y, en especial, Niza. Es la única ciudad de la Costa Azul que parece una ciudad de verdad.
—Con todos los problemas que eso supone.
—¡Venga ya! Pero si tienen ustedes el mejor clima de Europa. España e Italia son demasiado cálidas. En Niza es donde mejor se está.
—Dígame, ¿por qué narices dejó el City? Lo estaba haciendo muy bien.
—Me encantaba ese equipo, es cierto, y cada día que pasa, lo echo más de menos. Supongo que soy un idealista. Se podría decir que creo en un estilo concreto de fútbol. Además... puede que no fuera lo bastante pragmático.
—Esa es una respuesta muy diplomática.
—Y me temo que es la única que voy a darle. De verdad, mejor será que no diga nada más. Desde Tony Blair y George Bush, la diplomacia suena a mentiras.
—De acuerdo. Y bien, ¿qué opina de nuestro fútbol?
—La primera media hora de ayer les resultó complicada. De todas maneras, el árbitro no habría pitado ese penalti de no estar en el Parque de los Príncipes. Grégoire Puel organizó muy bien a sus jugadores y ustedes capearon el temporal que, por suerte, fue muy corto. Si somos sinceros, fue el propio PSG el que les permitió entrar en él cuando estaban en un punto en que podrían haberlo sentenciado. Si juegan ustedes con la misma intensidad que mostraron en la segunda parte, les espera una buena temporada, señor Danton. Además, si tenemos en cuenta que les faltaban algunos jugadores clave, creo que hicieron ustedes un muy buen partido. El PSG tuvo suerte de quedarse con los tres puntos.
—Y, aun así, solo hemos conseguido un punto en nuestros últimos cuatro encuentros. ¿Cómo podemos arreglar eso? ¿Cuál es el mejor camino que podría tomar el Niza? ¿Qué es lo que estamos haciendo mal?
—En mi opinión, nada. Nada de nada. El único problema es que no tienen ustedes dinero catarí para lanzarlo al aire como si fuera confeti y gastárselo en jugadores como Cavani, Ibrahimovic´, Luiz, Silva o Dumas. El PSG ha comprado esa segunda posición, como hace el Manchester City. Las cosas serían muy diferentes si tuvieran ustedes alguno de esos jugadores en la plantilla. ¿Les sobran treinta y cinco millones para comprar a Jérôme Dumas? Porque he oído que el PSG está pensando en deshacerse de él en enero.
Danton negó con la cabeza.
—Hemos pasado un verano complicado. Hemos tenido que reducir los salarios de forma sustancial. No podríamos permitirnos pagar eso. —Se encogió de hombros—. Y nadie puede, a menos que tenga un papaíto ruso o árabe que le compre todos los pastelitos que se le antojen.
—Los petrodólares lo distorsionan todo, no solo el fútbol. Fíjese en este hotel. Aquí se alojan personas que gastan el dinero a espuertas, como si no tuviera significado real.
—Así es. En el Meurice pasa lo mismo.
En esa ocasión, fui yo quien se encogió de hombros.
—Están ustedes luchando contra las adversidades, señor Danton. Puel está haciendo un buen trabajo. No creo que yo fuera a hacerlo mejor. Al menos, no con los mismos recursos. Su portero, Mouez Hassen, hizo todo un paradón. Mantuvo a su equipo en el partido. Y si Eysseric hubiera marcado, esta conversación habría seguido otros derroteros. En la primera mitad, parecía que el balón les quemase en los pies. En la segunda, sin embargo, empezaron a disfrutar. No creo que haya que cambiar gran cosa. No sé, quizá debieran aconsejar a sus jugadores que se sientan un poco más libres. Que disfruten de los partidos. Y, dicho esto, me pregunto por qué querían que tuviéramos esta reunión.
—Estamos mirando escaparates. Es lo que hace todo el mundo en esta ciudad. Al fin y al cabo, en París, ¿quién puede permitirse hacer otra cosa que no sea mirar? Aparte de los rusos y de los árabes, claro.
—Y no nos olvidemos de los chinos. Puede que tengan algo menos de dinero que los rusos y que los árabes, pero parece que a muchos de ellos les encanta gastárselo aquí.
—No hay mucha gente que hable con tanta franqueza como usted, señor Manson. En especial, cuando está en el paro. Esa sinceridad habla muy bien de usted, de su naturaleza. Además, admiro a las personas que no son tan orgullosas como para no coger el metro, así que espero que me permita que lo invite a este fin de semana. A decir verdad, es posible que me haya ahorrado usted mucho dinero esta mañana, que es lo que más me importa, ¡sobre todo, en París!
3
La mejor manera de ver Shanghái es por la noche, cuando la gigantesca ciudad de neón parece un fabuloso joyero con el interior de terciopelo negro; un joyero lleno de rubíes brillantes, de diamantes resplandecientes y de relumbrantes zafiros. Tempest tenía razón, era igual que en Skyfall, solo que yo no tenía planeado matar a nadie. Aunque es muy probable que nadie se hubiera dado cuenta. Nunca había visto tanta gente. Shanghái tiene veinte millones de habitantes, por lo que resulta muy complicado pensar que el individuo tiene significado real allí. Asimismo, es muy complicado darse cuenta de lo que está pasando. Todo lo que te rodea se parece a una metrópolis gigante pero, en cuanto te topas con algo que no eres capaz de interpretar, es muy fácil sentirse perdido y que la cosa se te vaya de las manos. Además, al principio me costaba distinguir a unos chinos de otros, lo cual no es racista si partimos de la base de que lo más probable es que a ellos les pase lo mismo con los occidentales.
Mi anfitrión era Jack Kong Jia, un multimillonario que se había puesto en contacto con Tempest para decirle que me invitaba a ir a Shanghái y a entrenar a su equipo de fútbol, el Shanghái Xuhui Nueve Dragones, con un contrato de seis meses prorrogables. JKJ, como lo conocen comúnmente, era el dueño de la Compañía Minera Nueve Dragones, que valía seis mil millones de dólares, lo que explicaba por qué me había instalado en una suite presidencial de ocho mil libras la noche, en el piso 88 del Park Hyatt, uno de los hoteles más altos del mundo.
—Al parecer, Jack Kong Jia está intentando comprar un club inglés —me había explicado Tempest en Londres—. No está buscando solo un entrenador para Shanghái, sino también a alguien que conozca bien el fútbol inglés y que pueda aconsejarle sobre lo del club, por lo que sería interesante que os llevarais bien.
—¿Sabes qué club le interesa?
—El Reading. El Leeds. El Fulham. Elige. Ser dueño de un equipo de fútbol no es para apocados, eso está claro. Puede que necesites nueve dragones para que te insuflen el valor necesario.
—No sé si quiero trabajar con otro multimillonario extranjero... Por si no lo recuerdas, ya he trabajado para uno y le experiencia no me gustó.
—Razón por la que un contrato de seis meses en Shanghái sería una buena opción. De esa manera, eres tú quien decide si quiere prorrogar o no. Mira, Scott, este tipo podría ser el próximo Roman Abramovich o el próximo jeque Mansour, y, además, seamos realistas, tampoco es que tengas más ofertas ahora mismo.
—Cierto, pero no es que necesite dinero. Puedo permitirme esperar a que llegue la oferta adecuada, y, desde luego, no tengo claro que esta lo sea. ¡Si ni siquiera sé chino!
—Solo he charlado con él por teléfono, pero el señor Jia habla un inglés perfecto, así que eso no va a ser ningún problema. Además, la mitad de los jugadores del equipo son europeos.
Refunfuñé.
—Sigo pensando que en Alemania tiene que haber algún equipo que me venga bien. Al fin y al cabo, hablo alemán con fluidez. Y me gusta el país.
—No has estado en Shanghái, ¿verdad?
—No.
—En mi opinión, rechazar esto sería como darle la espalda al futuro.
—¿Hablas por experiencia?
—No.
—Vamos, que es una suposición.
—Llámalo intuición. Mira, Scott, una de las razones por las que me contrataste fue para darme una oportunidad en un mundo de hombres en el que, como quien dice, no hay ninguna mujer. Eso significa que vas a tener que aceptar que no pienso como todo el mundo. También quiero recordarte que tengo que ganarme la vida y que, ahora mismo, como tu representante, estoy ganando el diez por ciento de nada. Así que, por favor, dale una oportunidad a lo de Shanghái. —Me cogió la mano y me la besó con cariño—. Y anímate, Scott. Sonríe, que las cosas van a ir a mejor. Estoy segura.
—De acuerdo, iré. Además, seguro que tienes razón.
—Y, cuando estés allí, no te desaconsejes para el trabajo, como hiciste en París. Intenta no ser tan sincero. El actual entrenador del equipo, Nicola Salieri, ya ha dimitido. Al parecer, el señor Jia tiene muy buena opinión de ti. Lo único que tienes que hacer es ir al partido y escuchar lo que quiere decirte.
El señor Jia me recibió en un lujoso palco privado del Yu Garden, un estadio con capacidad para treinta mil espectadores, donde el Shanghái Xuhui, que llevaba camiseta a rayas azules y rojas —sospechosamente parecidas a las del Barcelona— recibía al Guangzhou Evergrande. Era un hombre atractivo que tendría treinta y pocos años, llevaba unas gafas a lo Michael Caine, hablaba inglés con acento estadounidense y lucía un reloj con incrustaciones de diamantes tan grande como la corona de la reina de Inglaterra y, en la solapa de la americana, una banderita china. Nos atendieron con suma dedicación ocho guapísimas jovencitas chinas que lucían una sonrisa más larga que su minifalda. Nos sirvieron la bebida, nos prepararon la comida, encendieron los larguísimos cigarrillos del señor Jia y se encargaron de sus cuantiosas y casi continuas apuestas sobre el partido. El hombre bebía champán Krug, pero en ningún momento me pareció que lo hiciera porque le gustara, sino porque era el más caro. Yo me limité a beber cerveza china —la Tsingtao— porque me gustaba y porque quería tener la cabeza clara para los negocios y para el partido; aunque, a decir verdad, estábamos tan arriba, tan lejos del campo, que era complicado seguir el encuentro. Por mucho que los jugadores llevaran en la camiseta el nombre en un visible color amarillo, estaba escrito en chino, por lo que no entendía nada. Si bien llevaban también el número, el programa del partido estaba en chino, por lo que no tenía ni idea de quién era quién.
—¿Le gusta Shanghái? ¿Le gusta la habitación del hotel? ¿Está cómodo?
—Sí, todo es estupendo, señor Jia.
—Quiero que le guste Shanghái. Esta ciudad es el futuro, señor Manson. Es imposible verla y no pensarlo, ¿no le parece?
—¿No fue Confucio quien dijo que profetizar siempre es difícil, en especial, cuando se trata de profetizar acerca del futuro?
El señor Jia se echó a reír.
—¿Ha leído a Confucio? Eso es bueno. No son muchos los entrenadores capaces de citar a Confucio. ¡Ni siquiera en China!
Me encogí de hombros con modestia. Sabía que eran varios los personajes famosos a los que se les atribuía la frase, pero también sabía que Confucio era uno de ellos. Al mismo tiempo, y por no ofender al señor Jia, no quería que pareciera que consideraba aquellas palabras una de las típicas citas que te salen en las galletas de la fortuna.
—Yo era admirador del London City —comentó.
—Yo también. Y sigo siéndolo.
—Admiraba a João Zarco y también lo admiro a usted, aunque le digo con toda sinceridad que, si el señor Zarco siguiera con vida, sería él quien estaría sentado donde está usted.
—Zarco era el mejor entrenador de Europa —opiné—. Por no decir del mundo.
—Yo también lo creo, pero también creo que usted terminará siendo grande. Si se hubiera quedado usted en el London City, ya habría alcanzado la excelencia. Aunque, claro, cabe la posibilidad de la pérdida del City vaya a ser mi ganancia.
El señor Jia levantó la copa para que una de las azafatas se la rellenara. Mientras lo hacía, le puso la mano por debajo de la falda y la dejó allí un rato. La joven ni pestañeó ni perdió la sonrisa. Era evidente que estaba acostumbrada a aquel comportamiento a lo Juego de Tronos. Y tengo la sensación de que, en caso de que yo hubiera decidido mostrar la misma actitud, tampoco habría pestañeado. Sin embargo, mantuve las manos alrededor de mi vaso de cerveza.
—Me han llegado rumores, a los que concedo cierta credibilidad, que dicen que se marchó usted del City debido a un asuntillo turbio con un sindicato de apuestas extranjero. Que descubrió usted que la muerte de Bekim Develi en Atenas estaba relacionada con una apuesta que se había hecho en Rusia acerca de aquel partido. Pero tranquilo, tranquilo, que no pretendo que me confirme el rumor. En China es un secreto a voces. A mí también me gusta apostar... Bueno, a todos los chinos nos gusta, pero tengo por norma no apostar jamás sobre mi equipo. Todas las apuestas que me está viendo hacer están relacionadas con partidos que se están jugando esta tarde; en especial, con el encuentro entre nuestro principal rival, el Shanghái Shenhua y el Beijing Guoan. Se lo explico para que no piense usted que soy un corrupto. Lo que sí soy es muy rico y, claro, ¿qué otra cosa se puede hacer con el dinero sino gastárselo? Tengo casi un millón de yuanes invertidos en el resultado de ese partido, es decir... unas cien mil libras. Ahora bien, nada le impide a usted apostar por los Nueve Dragones, señor Manson, o, si lo prefiere, por esos perros del Guangzhou Evergrande, aunque no se lo recomiendo. Les falta su mejor jugador, Arturo, el brasileño. Estoy casi seguro de que el Shanghái Xuhui Nueve Dragones va a derrotar a los Verdes esta tarde.
—¿A qué viene lo de los nueve dragones? —Pretendía cambiar de tema—. ¿Por qué no siete u ocho? ¿¡O diez!?
—En chino, «nueve» tiene la misma pronunciación que una palabra que significa «eterno», por lo que, para nosotros, es un número de la suerte. —Mientras me lo explicaba, seguía el partido, que se reflejaba en sus gafas como si fueran pequeños televisores—. Muchos emperadores chinos mostraron predilección por el nueve. Llevaban túnicas imperiales con nueve dragones, ponían nueve dragones en las murallas de su palacio... En la Ciudad Prohibida, el número nueve aparece en casi todo. A la gente corriente también le gustan el nueve y sus múltiplos. El día de San Valentín, el hombre le ofrecerá noventa y nueve rosas a su enamorada para simbolizar amor eterno. A decir verdad, no existe fin para la fascinación que nos provoca el nueve. Yo, incluso llevo un nueve tatuado en la espalda. De esa manera, mi esposa sabrá siempre que soy yo. Cuando compré este equipo, quería hacer énfasis en el gran poderío que iba a demostrar y en la mucha esperanza que deposito en su futuro, que es donde entran en juego tanto el número nueve como usted, señor Manson. Tengo grandes planes para el futuro de este club de fútbol y para la Superliga china.
»Aunque no son nada en comparación con los planes que tengo para el fútbol inglés. Mi intención es comprar un equipo famoso de aquí a doce meses. Siento mucho no poder contarle más al respecto en este momento, pero le diré que dicho club estuvo en una ocasión en lo alto de la antigua Primera División inglesa y que quiero que vuelva a ser así. Para ello, necesitaré la ayuda de una persona como usted. Usted y yo juntos podemos hacer grandes cosas, así que espero que lleguemos a un acuerdo mientras está usted en Shanghái. Cuando lo alcancemos, recibirá usted un millón de libras solo por firmar. Tendremos dos contratos, uno con el Shanghái Xuhui y otro con la Compañía Minera Nueve Dragones. A eso le llamamos un contrato Yin Yang, que es como se hacen las cosas en China. El contrato con los Nueve Dragones será el más lucrativo de los dos pero, entre ambos, cobrará usted doscientas mil libras a la semana. También le propongo que empiece a trabajar en dos semanas. Puede quedarse en la suite presidencial del Grand Hyatt; corre de mi cuenta. Podría ser su casa mientras está en Shanghái. Eso también lo pondremos por escrito.
—Doscientas mil libras a la semana es muchísimo dinero.
—Sí, casi diez millones de libras al año. Eso lo convertiría en el entrenador mejor pagado del mundo, que, como comprenderá, es algo que también me interesa. El mejor club del mundo debería tener el entrenador mejor pagado. Además, no tendría usted que pagar impuestos por ese dinero. En China, a los extranjeros se les cobra un cuarenta y cinco por ciento de impuestos, pero, dado que su país tiene un acuerdo de doble imposición con China, podría trabajar usted aquí ciento ochenta y dos días antes de empezar a pagar impuestos. Eso significa que, si se queda, haremos también un contrato por ciento ochenta y dos días en este país. Luego, lo haremos por ciento ochenta y dos más en Gran Bretaña. De esa manera, no pagaría usted impuestos.
—No me importa pagar unos impuestos justos.
—Ya, pero dígame, ¿qué es justo? —Se echó a reír. Su risa sonaba como la de los fumadores empedernidos, como si estuviera intentando arrancar un coche antiguo—. Esa es la pregunta de los cuatro millones y medio de libras, ¿verdad? ¡Al menos, en este caso! No hay un solo país del mundo cuyos habitantes no consideren que pagan demasiados impuestos.
—Mire, antes de que tratemos esos asuntos, ¿no le parece mejor que hablemos de fútbol?
—¿Más? ¿Acaso ha tenido alguna revelación sobre este deporte desde la última vez que habló de él? Fue en el Match of the Day de la BBC, ¿no es así?
—En ese programa dije muchas cosas acerca del fútbol.
—Sí, pero, a diferencia de lo que suele decirse, lo que usted expresó fue interesante.
—Me alegro de que se lo pareciera.
El señor Jia se cambió las gafas, cogió un bloc de notas Smythson encuadernado en cuero rojo y hojeó las páginas, que estaban llenas de caracteres chinos muy pequeños.
—«Los pensamientos del presidente Mao». —Nada más decirlo, me miró y sonrió—. No lo digo en serio, es una broma. Mire, estas son algunas de las frases que dijo usted, señor Manson. Déjeme ver... Sí, que a veces se tiene demasiados jugadores geniales en el equipo. Que todos ellos sienten la tentación de probarse frente al entrenador, de alardear, y que tantísimo talento puede entorpecer la eficacia. Esta es una manera de pensar característica china.
Asentí. Aquella era una de las frases que a la BBC no le había gustado que pronunciara. De lo que ellos querían que hablase es de que en la Premier no hay entrenadores negros. A decir verdad, no suelo tratar ese asunto por la mera razón de que no me considero ni negro ni blanco. No quiero convertirme en el portavoz de los asuntos raciales del fútbol. El investigador de la BBC puso cara de sorpresa cuando se lo sugerí y, entonces, fui yo quien se dio cuenta —también sorprendido— de que el verdadero racismo que hay hoy en día en Gran Bretaña consiste en que, por poco negro que haya en tu piel, te consideran negro del todo. El hombre no me miraba como a una persona que es blanca en parte, sino como a alguien completamente negro. Al parecer, una porción de negrura, por pequeña que sea, mancha toda tu posible blancura. Puta BBC. Con ellos, todo es cuestión de política y siempre dejan el deporte de lado. Por eso prefiero Sky.
—También dijo usted... ¿Qué venía ahora...? A ver si lo encuentro... Sí, dijo que el fútbol siempre debería ser sencillo, pero que, en el futbol moderno, lo más difícil era conseguir que lo pareciera. Y eso es aplicable a casi todo lo genial, señor Manson. No tiene más que ver alguna grabación de Picasso pintando. Hace que parezca sencillo. Consigue que dé la impresión de que cualquiera podría hacerlo. Lo difícil, sin embargo, es hacer que parezca fácil. Tenía usted toda la razón. Y eso es lo que quiero de usted, un fútbol sencillo y atractivo.
—¿No quiere oír mis ideas para el futuro de su equipo?
—He leído su libro. He visto sus entrevistas en televisión. Lo he visto en YouTube. Incluso lo he escuchado en TalkSPORT. Cada vez que viajo a Londres, voy a ver al London City. Ya sé cuáles son sus ideas, señor Manson. Lo sé todo sobre usted. Que lo acusaron en falso de violación y que lo encarcelaron. Que, finalmente, lo exoneraron. Que se sacó el título de entrenador mientras estaba en prisión y que, al poco de que lo pusieran en libertad, fichó por el F. C. Barcelona. Que su padre, exfutbolista, es ahora un exitoso emprendedor deportivo. La manzana nunca cae lejos del árbol, señor Manson. Para mí es evidente que, con ustedes dos, se cumple lo de «de tal palo, tal astilla». Me parece que usted quiere alcanzar un éxito rotundo por derecho propio en vez de depender del dinero de su padre. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca, señor Jia —admití.
—Podría hablarle de cuál es mi filosofía acerca del fútbol, que es la misma que tengo acerca de los negocios. Por eso me gusta el fútbol. Es posible aprender lecciones del fútbol que después se pueden aplicar en la fábrica y en la sala de juntas. Mire, mi filosofía es la siguiente: si no puedes obtener beneficios, asegúrate de que tampoco tienes pérdidas. Ese es el abecé de los negocios. En el terreno de juego se expresa de una manera diferente pero, en esencia, es lo mismo. Si no puedes ganar, al menos, asegúrate de no perder. Un empate es un empate y un punto es un punto, y, al final de la temporada, cuando todo depende del último partido y ganas la liga, aunque sea por un solo punto, como le pasó al Manchester City en 2014, nadie discute que eres el campeón de liga.
Asentí. Como su teoría era igualmente válida y no quería estropearle la historia, no le recordé que, en realidad, el Manchester City le había quitado de las manos el título al Liverpool por dos puntos. También le podría haber dicho que si el Liverpool hubiera vuelto de su enfrentamiento fuera de casa contra el Crystal Palace con algo más que un empate —lo que habría sido lógico, dado que habían ido ganando 3-0—, habrían sido ellos quienes ganasen el título. En el fútbol hay más variables que en una reunión de guionistas de la Warner Brothers.
—También me gustaría decirle que contará con un presupuesto de trescientos millones de yuanes para comprar jugadores nuevos que considere adecuados para el Shanghái Xuhui. Eso también lo especificaremos en el contrato. Exigir aquello por lo que se ha pagado es parte de mi filosofía. —Sacó otro cigarrillo y esperó a que una de las azafatas se lo encendiera—. Ni que decir tiene que soy consciente de que Shanghái no está aún en el epicentro del mundo del fútbol, pero el dinero de Shanghái lo será. Y dentro de poco. Doy por hecho que no tengo que explicarle que, en el fútbol, el éxito depende del dinero. Por desgracia, la época en la que el Nottingham Forest ganaba la Copa de Europa sin necesidad de invertir muchísimo dinero en jugadores estrella ha quedado atrás. En el mundo del fútbol, ya no hay hueco para el romanticismo. Hoy en día, es el dinero el que manda, no las flores, ni los bombones, ni un entrenador con mucha labia. El que quiera romanticismo, ya tiene la FA Cup. Para todo lo demás, es cuestión de dinero.
—Estoy de acuerdo. Me gustaría que no fuera así, pero es la realidad.
Hablamos un rato más y, entonces, cuando acabó el partido —el Shanghái Xuhui ganó por 2-0—, se ofreció a darme una vuelta por el estadio Yu Garden a la mañana siguiente.
—Prefiero no llevarlo ahora, nada más acabar el partido. Nicola Salieri ha accedido a posponer el anuncio de su dimisión hasta que tuviera un nuevo entrenador. Llame a su agente, a la señora O’Brien, y hable con ella del tema. Ahora bien, espero una respuesta por la mañana, señor Manson.
4
Dos semanas más tarde, después de pasar unas felices vacaciones de Navidad con Louise en el Tower Lodge de Nueva Gales del Sur, en Australia, volví a Shanghái.
Lo que me había convencido no era solo el dinero —aunque era una razón muy poderosa—, sino la oportunidad de participar en algo importante del fútbol inglés desde el mismo principio. Las pistas que el señor Jia había dejado caer acerca del club que estaba pensando comprar me llevaban a creer que hablaba del Leeds. Esperaba que se tratara del Leeds. El Leeds era el único gran equipo que merecía volver a la Premier League. Al fin y al cabo, había sido uno de los veintidós que habían votado para dar forma a la Premier League. Además, no se me ocurría ninguna razón por la que, con una inversión adecuada, el Leeds, el gigante dormido del Championship —que era como llamábamos en Inglaterra a la Segunda División—, no pudiera volver a ser un club tan magnífico como antaño. Al Manchester City le había salido bien. Elland Road se había convertido en el segundo estadio de fútbol más grande de entre los que no formaban parte de la Premier League, con capacidad para treinta y ocho mil espectadores. Era más grande que White Hart Lane.
En el aeropuerto internacional de Pudong me recogieron un chófer que se parecía a Oddjob y una de las guapas azafatas del señor Jia. La muchacha se llamaba Dong Xiaolian y hablaba un inglés perfecto y sin acento. Una vez en los asientos de atrás del Rolls-Royce del señor Jia, me contó cuál era el plan que íbamos a seguir aquel día. Me pareció muy emocionante pero, antes incluso de que el coche hubiera arrancado, las cosas empezaron a torcerse. Dong me enseñó un correo electrónico que Tempest me había enviado al hotel y que confirmaba mis sospechas: que todavía no me habían ingresado el millón de libras que tenían que abonarme a la firma del contrato.
—Por la tarde tenemos una conferencia de prensa en el hotel con los medios principales de China —me explicó Dong—. Yo seré su intérprete. Soy licenciada en Literatura Inglesa. Soy autónoma y puede usted considerar que estoy a su disposición personal mientras dure su estancia en Shanghái. Al menos, hasta que dé usted con un intérprete a jornada completa. Un puesto que, por otro lado, bien podría ocupar yo. Haré lo que usted quiera, señor Manson. Lo que sea. Cualquier cosa. Solo tiene que pedírmelo.
—Pues mire... La cosa es que aún no me han pagado. En el contrato, estipulamos una bonificación de un millón de libras que todavía no está en mi cuenta. Se suponía que me habrían abonado la cantidad para cuando llegara a Shanghái. Como poco, diría que me inquieta que no haya sido así.
—Hablaré con el señor Jia al respecto en cuanto lleguemos al hotel.
—Gracias. —Consulté el horario que me había entregado—. ¿Qué es esto de aquí? ¿Unas pruebas físicas? Voy a entrenar al equipo, no a jugar en él.
—Antes de que empiece a trabajar tiene que someterse a un examen médico para asegurarnos de que no tiene ni el ébola ni el VIH.
—¿No hablará en serio?
—No se preocupe, es el procedimiento estándar para todos los africanos que quieren trabajar en China.
—Yo no soy africano, soy británico. O, para ser más exacto, medio escocés y medio alemán. En mi pasaporte dice que nací en el Edimburgo escocés, no en el sudafricano. No pienso hacerme una prueba para ver si tengo el ébola o el VIH. Vayan olvidándose de eso.
—¿Un negro proveniente de Escocia? Esa es una sutileza que no van a comprender ni los chinos ni, lo que es más importante, las autoridades del país. Me temo que las pruebas son obligatorias. Los chinos piensan que los negros tienen el sida. Y, ahora, también el ébola. Necesita usted el examen para obtener el permiso de trabajo en China, para demostrar que no es un peligro para la salud pública.
—¡Es insultante!
—En cualquier caso, es la ley. Todos los extranjeros, pero, en especial, los negritos, tienen que hacerse el examen. Por favor, comprenda que yo no creo que tenga usted ninguna de las dos enfermedades. No estaría sentada en un coche con usted si pensase que tiene el ébola. ¡Vamos, ni se me pasaría por la cabeza! Ni tampoco me habría ofrecido a acostarme con usted si pensara que tiene el VIH.
Sacudí la cabeza.
—¿Se ha ofrecido a acostarse conmigo?
—Por supuesto. Para eso me pagan.
—¿Por qué?
—Porque, además de ser intérprete, soy señorita de compañía. Y no se preocupe, yo me hice la prueba del VIH ayer mismo, por lo que puede estar seguro de que estoy completamente sana. En cuanto lleguemos al hotel, le enseño el certificado.
—No va a ser necesario. Mire, no quiero que haya malentendidos entre nosotros. Creo que es usted muy guapa, pero lo único que necesito es que me traduzca durante la conferencia de prensa.
—¿Está seguro? Puedo darle gran cantidad de placer.
—Creo que ha habido un error. Tengo novia en Londres y ella confía... más o menos... en que me porto bien cuando estoy fuera de casa, ¿lo entiende?
Pero no creía que lo entendiera. Louise y yo nunca habíamos hablado de fidelidad, pero quería dejar aquella conversación habiendo ofendido a la joven lo menos posible.
—Qué pena. Me parece usted muy atractivo. Para ser negrito, claro. Nunca me he acostado con ninguno. Dicen que una no es mujer completa hasta que un negro se la meta, ¿no es así?
—Pues lo siento, pero va a tener que seguir esperando a probar ese placer. Nuestra relación será estrictamente profesional, ¿de acuerdo? Nada de ñaca-ñaca.
—¿Qué significa «ñaca-ñaca»?
—Da lo mismo. Usted, encárguese de ver qué ha sucedido con mi dinero, ¿vale? Y, por favor, no vuelva a referirse a mí como «negrito». No sé dónde se licenciaría usted en Literatura Inglesa, pero esa es una manera ofensiva de dirigirse a un negro.
—Le pido disculpas. No pretendía ofenderlo. A decir verdad, pensaba que era un término afectuoso. Como «gabacho». O como «salchicha». ¿Les molesta a los alemanes que los llamen «salchicha»?
—Eso es diferente. Puede que «negrito» no sea un apelativo tan malo como otros, pero sigue siendo racista.
—Bueno, debería saber que todos los chinos son racistas.
—Ya veo, ya.
—Quizá debería avisarle de que la mayoría de los clubes nocturnos de Shanghái les prohíben la entrada a los negros. Los porteros dan por hecho que son todos traficantes de drogas, así que no los dejan pasar.
—No me preocupa. No me gustan los clubes nocturnos.
—A los jugadores sí.
—Ellos tampoco van a ir a clubes nocturnos. Opino que los deportistas deben tratar sus cuerpos con respeto. Eso significa que ni se fuma ni se bebe alcohol.
La joven se echó a reír.
—Pero ¡si en China fuma todo el mundo! ¡Y, en especial, los deportistas!
—Ya me di cuenta la vez anterior.
No dije mucho más hasta que llegamos al hotel pero, una vez allí, la cosa fue de mal en peor. La suite presidencial en la que me había alojado la primera vez no estaba disponible. Me ofrecieron una habitación normal con un buen baño, pero que distaba mucho de ser la suite presidencial, que tenía su propia cocina, un comedor y la mejor vista de Shanghái. Cuando llamé a recepción me explicaron que aquella era la única habitación que tenían y, después, me preguntaron cuánto tiempo iba a quedarme, dado que la habitación solo estaba reservada para dos noches. Me quedé perplejo al descubrir que, además, era yo quien iba a pagar la habitación. A esas alturas, empezaba a tener la sensación de que había cometido un grave error. Ahora bien, cuando volví a hablar con Dong y le pedí que llamara al señor Jia para que se pusiera en contacto conmigo cuanto antes, el error empezó a parecerme garrafal.
—No lo entiendo. El señor Jia no está en la ciudad. Su secretaria dice que anoche lo llamaron por un negocio inesperado y que ha viajado a Hong Kong. Que no volverá hasta dentro de dos días.
—Así que ¿no va a estar en la conferencia de prensa que damos... —consulté mi reloj—... que damos dentro de cincuenta minutos?
—Le ha enviado un mensaje de texto para disculparse.
—Un mensaje de texto. Ah, bien, eso lo arregla todo. —Miré el móvil—. Pero claro, como no tengo señal, tampoco puedo leerlo.
—Eso sí, la secretaria me ha asegurado que el dinero se lo ingresarán en la cuenta hoy mismo.
—Me lo creeré cuando lo vea.
—Deberíamos salir ya a Géminis.
—¿A Géminis?
—Es como el Hyatt llama a una de sus muchas salas de conferencias.
—Parece apropiado.
—¿Qué quiere decir?
—Pues que Géminis tiene dos caras, ¿no? Bah, da lo mismo.
—La sala se encuentra en el segundo piso. Está invitada toda la prensa y la televisión de Shanghái. Esta es una gran historia. Al parecer, el anterior entrenador no sabía que lo iban a despedir. Por cierto, creo que en el exterior de la sala va a conocer a algunos empleados del club. Se presentarán ellos mismos. Yuan Ming, una de nuestras más importantes personalidades televisivas, será quien lo presente a los medios. Dirige el programa equivalente chino de Match of the Day. Es nuestra versión de Gabby Logan, ¿sabe?
Asentí, aunque no estaba muy seguro de que Gabby Logan formara ya parte del equipo de MOTD, pero no me pareció relevante hacérselo notar.
Iba de camino a la sala Géminis cuando Tempest O’Brien me llamó al móvil.
—Llevo toda la mañana intentando dar contigo —me dijo.
—Aquí no hay mucha cobertura. Al menos, mi teléfono apenas recibe señal. Espero que me llames para decirme que el dinero ya está en mi cuenta.
—Pues no, no lo está, y no sé qué decirte. Desde luego, no es porque el señor Jia no tenga el dinero. Todos mis conocidos en el mundo de los negocios dicen lo mismo de él, que es mucho más que multimillonario. Pero también hay otro problema. He recibido una llamada de un amigo que vive en Beijing. Según él, le has dicho a un periódico chino que los árbitros del país están todos comprados y que no saben distinguirse el culo del codo.
—Pero ¡yo no he dicho eso! ¡Ni lo diría aunque lo pensara de verdad! ¿Cómo iba a decir eso? ¡Y menos ahora!
—En la Federación China de Fútbol están muy molestos contigo.
—Y no los culparía si, en efecto, lo hubiera dicho, pero la cosa es que no lo he hecho. Oye, ya te llamaré, que tengo que entrar a una rueda de prensa. En cuanto acabe, te llamo.
Dong me llevó a una habitación que había detrás de la sala Géminis, donde varios hombres y una glamurosa presentadora de televisión me estaban esperando. Los hombres llevaban chándal del Xuhui y, al parecer, formaban parte del equipo técnico, aunque no estaba seguro, porque ninguno de ellos hablaba inglés. Todos estaban fumando. Nos inclinamos los unos frente a los otros con educación, nos dimos la mano, intercambiamos tarjetas de presentación y uno de ellos me dio una chaqueta de chándal del equipo y me la puse. A continuación, entramos en la sala de conferencias y nos sentamos tras una mesa larga, delante de casi cien periodistas. La sala estaba decorada con los colores del Shanghái Xuhui —o del Barcelona, según se mire—, lo que no sirvió para que recuperara la fe en la decisión que había tomado. De hecho, empecé a arrepentirme de haber decidido trabajar para un equipo que parecía un Rolex falso.
Cuando Yuan Ming empezó a hablar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas a qué debería hacer. Podría haberlo pasado por alto casi todo: el racismo, el error con la habitación del hotel, que me obligaran a hacerme un examen médico o la ausencia del presidente del equipo en la conferencia de prensa en la que se anunciaba mi contratación —suponiendo que me hubieran pagado, tal y como habíamos acordado—, pero aquello último me irritaba, sobre todo, después de la importancia que le había dado Jia al dinero en el fútbol moderno. Entonces, de pronto, ya no pude aguantarlo más. Interrumpí a Yuan Ming y anuncié que cambiaba de opinión, que no ficharía por el Shanghái Xuhui. Me pasé unos minutos explicando mis razones y, cuando acabé, la conferencia de prensa se convirtió en un caos. Hice caso omiso de las preguntas que me disparaban y me marché de inmediato. La situación me recordó a aquel estúpido anuncio del perfume Bleu de Chanel en el que el soplagaitas de la nariz dice eso de: «No voy a seguir siendo lo que los demás esperan que sea» —o alguna chorrada así— y una periodista de la audiencia se queda extasiada ante tal despliegue de carácter galo.
No dejaba de pensar en que Brian Clough había durado cuarenta y cuatro días en el Leeds United y en que yo no había durado ni cuarenta y cuatro minutos.
Volví a mi habitación, desde donde le envié un correo electrónico a Tempest para contarle lo que acababa de hacer y me pasé la siguiente media hora reservando un vuelo de vuelta a Londres. Luego, me serví una copa, me la bebí, me tumbé en la cama y me dije a mí mismo que aquella pesadilla no tardaría en terminar. Puede que incluso me riera de lo sucedido cuando estuviese de nuevo en Londres pero, desde luego, en aquellos momentos no podía sentirme más deprimido.
5
Alguien llamó a la puerta de la habitación. Abrí los ojos y miré por la ventana para admirar mi vista de habitación estándar. No había mucha diferencia con la que tenía la suite presidencial, excepto por el hecho de que, a esa altura, parecía que el día estuviera más nublado. Aunque, claro, puede que me lo pareciera por cómo me había ido todo hasta el momento: nuboso con posibilidad de tormenta.
—¡Váyase! —grité—. ¡Estoy intentando dormir!
Volvieron a llamar y, esa segunda vez, cogí el iPhone y, con ayuda de la aplicación traductora, grité en chino el equivalente de lo que acababa de decir.
—Likai! Likai!
Me pareció más educado que responder con un «que te jodan» que, por otro lado, es lo que me habría apetecido hacer. Mi historia de amor con China había terminado.
—Señor Manson —empezó a decir una voz de hombre—, tengo que hablar con usted de un asunto de gravísima importancia.
—¡Si es usted periodista, váyase a la mierda!
—No, señor Manson, no soy periodista. Se lo prometo. Por favor, ¿podríamos hablar? Solo será un minuto. Le aseguro que será beneficioso para usted.
Su inglés era lo bastante bueno como para convencerme de que, al menos, podía abrir la puerta y escucharle.
Me levanté de la cama y abrí la puerta de la habitación. Al otro lado había un chino de unos cuarenta y tantos años. Vestía con un par de vaqueros, gafas de sol y una chaqueta de cuero negro. Colgados del cuello llevaba varios collares de plata y, en sus huesudos dedos, una colección de anillos grotescos. Parecía una versión china de Keith Richards.
—¿Es usted Scott Manson?
—Sí.
—Discúlpeme, señor Manson. Sé que, dadas las circunstancias actuales, lo que voy a preguntarle puede resultar un poco extraño, pero ¿nos habíamos visto antes?
—No sé si lo recuerda, pero es usted el que ha llamado a la puerta de mi habitación.
—Por favor, responda a la pregunta. ¿Nos habíamos visto antes?
Lo pensé unos instantes.
—No, yo diría que no.
—¿Está usted seguro?
—¿A qué viene esto? ¿Acaso es usted policía? Habla usted como la policía.
—No, no soy policía pero, por favor, responda a la pregunta.
—Sí, estoy seguro de que no nos hemos visto jamás. Creo que recordaría los collares y los anillos. Por no mencionar la loción para después del afeitado de David Beckham.
—¿Me he puesto demasiada?
Me encogí de hombros.
—Eso depende de si le gusta o no cómo huele. A mí, desde luego, no me gusta. Siempre he pensado que se la fabrican los mismos que le destilan el whisky. No es más que alcohol.
—Puede que tenga razón. —Sonrió—. Bueno, ya que usted asegura, señor Manson, que no nos conocemos, deje que me presente. Mi nombre es Jack Kong Jia, el dueño de la Compañía Minera Nueve Dragones.
Hizo una pausa para dejar que asimilara lo que acababa de decirme. Cosa que hice enseguida. De inmediato, empecé a sentir un gran peso sobre la cabeza. Me recordó a una vez en la que tuve que pelotear en un programa de la tele con uno de esos antiguos balones de cuero con costuras. Alguien lo había mojado y, cada vez que tenías que rematar de cabeza, era como cabecear una bola de cañón. Cuando juegas con un balón así, es imposible no preguntarse cómo son capaces de decir dos palabras seguidas los presentadores del Gillette Soccer Saturday. Puede que esa sea la verdadera razón de que la ITV cancelara Saint and Greavsie.
—Dado que admite usted que no nos hemos visto nunca, convendrá conmigo en que no es posible que lo hubiera contratado para entrenar al equipo de fútbol Shanghái Xuhui Nueve Dragones.
—No lo entiendo. ¿Me está diciendo que usted es el señor Jack Kong Jia?
—No, no es que yo lo diga, es que lo soy. Soy Jack Kong Jia, señor Manson, y, como es evidente que aún no me cree, voy a demostrárselo.
Me tendió su pasaporte y, después de superar la sorpresa que me supuso que los pasaportes chinos estuvieran en chino y en inglés, sentí que se me caía el alma a los pies al comprobar que, en efecto, aquel hombre se llamaba Jack Kong Jia. En el pasaporte también decía que se dedicaba a los negocios y que estaba soltero.
—Entonces ¿con quién me reuní?
—¿Le enseñó el pasaporte?
—No.
—En ese caso, cabe la posibilidad de que nunca lo descubramos. Ahora bien, si me deja entrar, puede que encontremos respuesta a esa pregunta y a muchas otras.
—Sí, claro, creo que será mejor que pase.
Una vez en la habitación, cogió el mando a distancia de la mesita de noche y encendió la televisión.
—Voy a enseñarle una cosa. Para acabar de disipar todas sus posibles dudas acerca de quién soy. —Empezó a cambiar los canales—. Resulta que, ahora mismo, estoy en el Bloomberg Channel, en un programa llamado Market Makers, hablando del incierto futuro de la economía china y de que nuestro mercado de acciones está sobrevalorado; algo que, por otro lado, estamos empezando a corregir. Sí... Ahí estoy... hablando con Stephanie Ruhle. Es atractiva, ¿no le parece?
Me quedé un rato mirando la televisión, el tiempo suficiente para darme cuenta de que, muy probablemente, aquel hombre fuera quien decía que era. Luego le devolví el pasaporte.
—¿Empieza a ver cuál es el problema? —me preguntó mientras apagaba la televisión.
Asentí.
—Mierda... Sabía que algo iba mal en cuanto he bajado del avión. Se suponía que iban a pagarme una bonificación por firmar el contrato, pero no me han hecho ningún ingreso.
—Siempre digo que, hoy en día, en el mundo de los negocios, lo único en lo que puedes confiar es en el dinero. La palabra de una persona no vale nada frente a la seguridad que te da una transferencia a través de la red de teleprocesamiento interbancaria.
—Y lo de la revisión médica.
—¿Qué pasa con la revisión médica? —Jack Kong Jia se echó a reír—. ¿Le han dicho que tenía que hacerse un chequeo? No es necesario en el caso de los entrenadores. Incluso con los jugadores es algo que podría arreglarse. A decir verdad, aquí, en Shanghái, puedo arreglar cualquier cosa. En especial, las revisiones médicas. Si lo sabré yo. —Sonrió—. Tengo una ligera cardiopatía, un agujerito en el corazón, que, por algún motivo, nunca aparece en mis chequeos habituales. Aunque, claro, de lo que acaba de suceder se ha enterado todo el mundo.
—Sí, me temo que así es. Mire, no entiendo nada. ¿Quién iba a querer dejarme como un idiota? ¿Y además en China?
—No a usted, señor Manson. Esto no va por usted, siento decepcionarlo, sino por mí. Alguien se ha tomado muchas molestias para suplantar mi identidad y poner en entredicho mi empresa. Usted no ha sido sino una herramienta para conseguirlo y no sabe cuánto lo siento, dado que lo admiraba cuando era entrenador del London City.
—Pero si fui al estadio. Vimos un partido contra el Guangzhou Evergrande en un palco privado. Al día siguiente me invitaron a un paseo por el Yu Garden. Pero ¡si hasta conocí a algunos de los jugadores! Todo parecía de lo más real.
—Es probable que se tratara de uno de los palcos VIP que ofrecemos a los altos ejecutivos. ¿Era el de las azafatas y el champán Krug?
Asentí.
—En cuanto a lo de la visita por el estadio y lo de conocer a los jugadores, es un servicio que cuesta cinco mil yuanes. Unas quinientas libras. Lo han engañado, señor Manson. Y lo han engañado muy bien. Es probable que la persona a quien contrataron para suplantarme fuera un actor. Una persona con cierta habilidad, al parecer, pues no doy por hecho, ni por un instante, que sea usted tonto de remate.
—Joder.
—Eso mismo digo yo.
—Si es actor, quizá podamos dar con él. Ha cometido un delito.
El señor Jia, el verdadero señor Jia, esbozó una sonrisa de compasión.
—Shanghái tiene veinte millones de habitantes. Y, aunque consiguiéramos dar con él, ¿de qué nos serviría? El daño ya está hecho.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué le interesaría a alguien hacer esto?
—Oh, es muy sencillo. Mire, estaba... bueno, el equipo estaba a punto de contratar a dos futbolistas de clubes ingleses para que vinieran a jugar en unos pocos meses. Cuando acabase la temporada en Inglaterra. Esos dos jugadores, que son muy conocidos, por cierto, puede que estén acabados en la Premier League, pero aquí les habríamos pagado un salario de grandes estrellas y, casi con toda seguridad, habrían supuesto esa pequeña diferencia que necesitamos para destacar sobre nuestros rivales. Por no mencionar la estupenda oportunidad publicitaria y económica que eso implicaría. Sin embargo, lo que acaba de decir usted en la conferencia de prensa los hará recapacitar. Nadie en su sano juicio va a firmar por el Nueve Dragones cuando los periódicos de la tarde publiquen lo de que se marcha usted antes de haber empezado siquiera. Aunque les paguen cien mil libras a la semana. Ha sido usted muy elocuente, señor Manson. No le han pagado el incentivo por firmar el contrato. La estancia que le han asignado no es adecuada. Ha habido unos cuantos insultos calculados. Racismo. Los jugadores de los que le he hablado son negros. Me temo que ha conseguido usted que parezca que no se puede confiar en nosotros ni por un segundo, ¿no le parece?
Asentí.
—Sí, pero ¿quién iba a querer hacerle a usted una cosa así?
—Estamos en Shanghái, señor Manson. A mediados del siglo XIX, los marineros utilizaban el nombre de esta ciudad para referirse, indistintamente, a «robar», «tomar prestado y no devolver» y «secuestrar». A decir verdad, casi nada ha cambiado desde entonces. Aquí tienen lugar muchas actividades deshonestas que se hacen pasar por prácticas mercantiles normales y corrientes. Aquí, la ética y los negocios no van de la mano, como en el centro de Londres.
—No tengo tan claro que allí sea así.
—Sí, ya, soy consciente de que la situación tampoco es perfecta en Londres, pero, por imperfecta que le parezca, señor Manson, si la comparamos con la capital inglesa, esta ciudad es el Salvaje Oeste. Hay regulaciones, sí, pero nadie obliga a cumplirlas y, si alguien lo hace, pues lo sobornan y asunto arreglado. Dado que soy un hombre rico, de los más ricos de Shanghái, es normal que tenga enemigos, y no solo en el mundo de los negocios, sino también en el mundo del fútbol. Aquí, en China, aún no hemos aprendido a apreciar eso de la deportividad. Aquí, lo que importa es ganar y poco más. Quedar entre los cuatro primeros puede estar bien para el Arsenal, pero aquí no sirve de nada. En chino tenemos una frase que dice: «“Segundo puesto” no es sino un eufemismo acuñado por los perdedores para describir el fracaso».
»Si tuviera que apostar, diría que esto ha sido cosa de uno de mis rivales de la Superliga, que ha intentado acabar con nuestras posibilidades de contratar talento europeo. Lo más probable es que haya sido el Shanghái Taishan, que es nuestro rival más fuerte. Me dan ganas de decir eso de «Olvídalo, Jack, es Chinatown», solo que esto no voy a poder olvidarlo. Siento tener que decirle que debemos ofrecer otra rueda de prensa en la que admitirá usted que se ha equivocado. Mañana. Aquí, en este mismo hotel. En la misma sala de conferencias. Déjeme a mí los preparativos. Nos sentiremos avergonzados y nos perderán el respeto, pero así es como se hacen las cosas en China. Hay que admitir que se ha equivocado uno. Puede decir usted que lo engañaron y, luego, cagarse en todo. Ahora bien, asegúrese de no decir algo como «todos los chinos son iguales». Eso solo empeoraría las cosas.
Negué con la cabeza.
—Desde luego, el actor no se parecía a usted. Pero claro, tampoco estábamos seguros de qué aspecto tenía usted. No encontramos fotos suyas en Google.
—Intento mantenerme alejado de los focos, señor Manson. La aparición en el Bloomberg Channel ha sido mi debut en la televisión.
Me acerqué a la ventana y observé el horrible paisaje de rascacielos y letreros de neón. Si aquel era el futuro, los unos y los otros encajaban bien en él y, por primera vez desde que había dejado el London City, en Atenas, deseé no ser una persona tan de principios. Echaba de menos Londres y, en especial, echaba de menos a la gente de mi equipo, que era como los consideraba todavía, de mi equipo. Era el primer sábado de enero. El City se enfrentaba al Arsenal y yo habría estado eligiendo a los titulares y preparando la charla previa al partido. Aquella era la época del año en la que los entrenadores tenían que poner toda la carne en el asador, en la que lo que decías y hacías importaba de verdad. En enero es complicado motivar a los jugadores, que están hechos polvo de tanto jugar al fútbol y que saben que se arriesgan a sufrir una lesión debido al calendario de mediados de invierno, el cual, a pesar de ser una locura, no se ha desterrado aún del fútbol inglés. Era innegable que había muchos encuentros entre Navidad y Año Nuevo. Los alemanes, en cambio, se las arreglan para bajar la persiana durante cuarenta días, lo que resulta mucho más sensato que lo nuestro. Hasta los españoles, que están locos por el fútbol, paran cosa de trece días.
Gran Bretaña es el único lugar del mundo donde los clubes y, lo que es peor, las televisiones, tratan este deporte como si no fuera más que una pantomima. Eso de que el espectáculo debe continuar y toda esa mierda. Puede que aquello no importase cuando se jugaba en campos embarrados y, por tanto, el ritmo era lento —como en el Baseball Ground en 1970—, pero, hoy en día, los campos son tan rápidos como mesas de billar y es justo la velocidad lo que más lesiones produce en el fútbol moderno. En vez de eso, lo que debería preocuparme en aquel momento era el mal que se le había hecho a mi reputación y a mi persona. Iba a ser el hazmerreír del fútbol. En el periódico de Viktor Sokolnikov —su último juguete— se iban a encargar de ello.
—¿Y si no lo hago?
—Me temo que he de insistir. Y lo que es peor para usted: mis abogados también insistirán. Todos mis asuntos los lleva un bufete inglés de primera línea: Slaughter & May. Supongo que habrá oído hablar de ellos. Señor Manson, espero de todo corazón que entienda lo generoso que he sido hasta ahora, viniendo a hablar con usted en persona para explicarle su desafortunado error. Podría haber puesto el asunto en manos de la policía y alegar una conspiración criminal para difamarnos a mí y a mi empresa. Y estoy casi seguro de que a usted lo habrían detenido. Por ahora, sin embargo, bastará con una disculpa pública. Después, cuando las aguas hayan vuelto a su cauce, hablaremos de cómo podría usted compensarme. Tal vez todavía pueda hacerme usted un servicio deportivo.
Asentí.
—De acuerdo... Mire, lo siento. Lo cierto es que no sé qué más decir ahora mismo. Y mire que no es habitual en mí. Puede que cuando deje de sentirme como un idiota se me ocurra algo.
—Quizá le sirva de ayuda que les pida a mis abogados que le escriban una declaración que podría leer usted mañana. No me gustaría que dijera nada por pura vergüenza.
—Sí, me serviría de ayuda. Y, sí, señor Jia, ha sido usted muy amable. Ahora me doy cuenta.
—Gracias. —Hizo una pausa—. ¿Está seguro de que podrá hacerlo?
Asentí.
—Sí, claro. Estoy acostumbrado a quedar como si fuera gilipollas delante de las cámaras. ¿Que por qué hemos perdido? ¿Que por qué no hemos jugado mejor? ¿Que por qué hemos cometido ese error tan estúpido? Cuando eres entrenador de fútbol... es como si lo de cagarla viniera con el cargo.
6
Con intención de evitar los periódicos ingleses, pasé las siguientes dos semanas con mis padres en su chalé de Courchevel 1850 y hablando por Skype con Louise, quien, de todos modos, estaba muy ocupada con su trabajo. Gracias a los rusos, Courchevel se había convertido en una de las zonas residenciales más caras de la tierra, donde comer una sencilla tortilla en un restaurante podía costarte la friolera de treinta euros. Esquié (mal), leí mucho, bebí demasiado y vi la tele. Bueno, mi padre lo llama «ver la tele», pero la estancia donde disfruta de los partidos se parece más a un cine de pueblo, con una pantalla de alta definición y un proyector, y una especie de área técnica. Yo diría que es la mejor manera que hay de ver fútbol.
El único inconveniente es tener que escuchar a Gary Neville, que parece que no tenga nada bueno que decir de nadie y que, además, no es nada agradable; cosa que, por otro lado, parece que sea lo que cabría esperar de un defensa. Y sé de lo que hablo. Yo tampoco soy muy agradable. A veces me las he arreglado para conseguir que Roy Keane parezca un presentador de un programa de entretenimiento.
—No creo que esté bien que te permitan ser comentarista de un equipo que acabas de dejar —sentenció mi padre—. Está claro que no vas a ser objetivo. ¿Un día eres el jugador más leal del United y al día siguiente eres comentarista del Sky? ¡Venga, no me jodas! Sí, vale, aportas experiencia a los demás comentaristas, pero no puedes dejar a un lado los sentimientos de rivalidad y enemistad que tienes contra el Arsenal o el Manchester City, ni las opiniones que tienes sobre algunos jugadores. Es como pedirle a Tony Blair que se haga cargo de Newsnight y que tenga que preguntarle a George Osborne acerca de la política económica de los conservadores. No podría hacerlo con ecuanimidad. A mi entender, siempre debería haber un periodo de enfriamiento. Al menos, tendría que pasar una temporada antes de que te dejasen participar en la tele.
—Bueno, pues tuitéalo.
—Y tú no vuelvas a meterte en Twitter, ¿entendido? —me recomendó mi padre—. No vuelvas a pisar ese terreno. Eso del Twitter déjaselo a Mario Balotelli.
En un sitio como Courchevel, evitar a la prensa era bastante sencillo, pero evitar los comentarios acerca de mí en Twitter era más difícil; en especial, porque no tenía otra cosa mejor que hacer con tanto tiempo libre.
Parece que los amarillos tienen el mismo
problema que los blancos: no saben distinguir
a un negro hijoputa de otro.
#Mansonestajodido
Comentarios así eran de lo más típicos, pero había otros que eran divertidos:
Confucio dice: «Más vale ruso malo que
chino por conocer». #Cityencrisis
¿Cómo se dice «entrenador retrasado» en
chino? ¿Ke Chun Go o Scott Man Son?
Mi padre vive muy bien, las cosas como son. En su chalé de esquí cuidan de él los del Kilimandjaro, un hotel local que le proporciona un chef y otros servicios de hostelería, lo que significa que no tienes que hacer nada cuando estás allí. Mi padre, sin embargo, se dio cuenta de que estaba empezando a ponerme nervioso y, una mañana, mientras caminábamos hacia el telesilla, me contó que le había llamado un amigo que estaba en la junta del F. C. Barcelona.
—Dime, hijo, cuando trabajaste para Pep Guardiola, ¿conociste a un vicepresidente llamado Jacint Grangel?
—Sí, creo que sí, pero lo cierto es que, ahora mismo, no me acuerdo de él. En el Barcelona tienen más vicepresidentes que Ann Summers.
—Pues parece que tiene trabajo para ti. No es de entrenador, ni nada de eso, sino de otra cosa. Algo temporal, pero que podría resultar muy lucrativo y que, por lo que me ha contado, requiere ciertas habilidades especiales. Lo ha dicho él, no yo.
—¿Como cuáles?
—No ha querido explicármelo por teléfono, pero creo que sé de qué va el tema. Ahora bien, conozco a Jacint desde hace treinta años y, desde luego, no es de esas personas que te hacen perder el tiempo. Además, hablas bien castellano e incluso un poco de catalán, así que seguro que puedes arreglártelas bien allí.
—No sé, papá.
—Aquí estás perdiendo el tiempo y lo sabes. No puedes pasarte la vida escondido. La cagaste, ¿y qué? El fútbol está lleno de cagadas. Es lo que lo hace interesante. ¿Te caes del caballo? Pues te vuelves a montar.
—Siempre que vayas a caballo... y no en un burro.
—Solo hay una manera de saberlo: ir a Barcelona. Te pagarán los gastos y verás jugar al mejor equipo del mundo. Me encantaría ir contigo, pero es preferible que estés solo. Así tomarás las decisiones sin que tu viejo te empuje hacia uno u otro lado. No quiero que acabes responsabilizándome de lo que decidas.
—Bueno, quizá.
—¡Venga! ¿Por qué no? Siempre te ha gustado Barcelona. Las mujeres son guapas, la comida es buena y, por alguna razón, parece que les caes bien. Debería bastarte con eso, no con los cabrones que te odian. Hay gente que quiere que te estrelles, ¿no? Pues les dices que les jodan y te cagas en ellos. Tienes que estar por encima de ellos, Scott. Así es como se mide el éxito.
7
El hotel Princesa Sofía está situado en la zona oeste de Barcelona, a tiro de piedra del famoso Camp Nou. No es el mejor hotel de la ciudad —tiene el encanto de un edificio de aparcamientos, y yo prefiero el Casa Fuster, que está mucho más céntrico y goza de un fascinante encanto modernista—, pero es donde el club lleva a cabo muchas de sus reuniones de negocios. Si te quedas un rato en el amplísimo vestíbulo del hotel, una estancia con un aspecto muy saudí, seguro que te cruzarás con alguna celebridad del mundo del fútbol español. Mi helada suite del piso 18 me proporcionaba una espléndida vista del Camp Nou que, desde tan arriba, parecía más pequeño y menos impresionante de lo que lo recordaba. Hasta que no entras, no te das cuenta de que el estadio puede albergar casi cien mil espectadores. En 1993 bajaron el terreno de juego unos dos metros y medio, lo que ayuda a explicar este trampantojo futbolístico. En la actualidad, tienen planes para remodelar el estadio y aumentar su capacidad, y llegar así, en 2021, hasta los ciento cinco mil espectadores, lo que les costará seiscientos millones de euros. Parece que nada escape de la ambición de este club o de la de los cataríes que ayudan a financiarlo. ¿Por qué no iba a ser así? Si alguna vez vas a Barcelona, deberías ir a visitar el museo del equipo, porque en cuanto llegas a la sala de trofeos comprendes en qué está fundamentada su ambición.
Pero en Barcelona hay más de un equipo de fútbol. El R. C. D. Espanyol tiene una hinchada amplia y entusiasta, pero nunca lo dirías mientras estás en la ciudad. Allí, todo el mundo lleva camisetas con los colores blaugranas del F. C. Barcelona y es como si todos aquellos con quienes hablases del tema apoyasen al equipo. Podría decirse que lo primero que ves cuando llegas a la ultramoderna terminal de aeropuerto es la tienda oficial del F. C. Barcelona, donde, entre otros productos del equipo, puedes comprar un muñeco del tamaño de una bota de fútbol con la cara de tu jugador favorito. El aspecto que ofrecen dentro de la caja de plástico es el de ilustres cuerpecitos embalsamados. El muñeco de Luis Suárez, en especial, parece un cadáver sacado de una catacumba mexicana, mientras que el de Lionel Messi tiene una sonrisa que parece un rictus, como si no estuviera seguro de si sus abogados hablaban en serio cuando le dijeron cuánto iba a tener que pagar de multa por todos los ingresos que no había declarado.
«¿Cuánto decís que quieren que pague? Pero... ¡tiene que ser una broma! ¿De verdad habéis dicho cincuenta y dos millones de euros?».
«Eh... sí».
Y, a la luz de lo sucedido, seguro que el asunto no acababa ahí. Al parecer, Messi iba a tener que ir a juicio y existía la posibilidad de que acabara en prisión, lo que sería estupendo para que el Real Madrid amarrara la victoria en el Clásico.
Era domingo por la noche y hacía frío. Salí del hotel camino del Camp Nou para ver el partido del Barcelona contra el Villarreal. Vi cómo alguno de los jugadores llegaba en los Audis negros que les regalaba la marca, patrocinadora del club, cuyo logotipo de los cuatro aros a la entrada del campo consigue que los partidos en el Camp Nou se parezcan a unas Olimpiadas de bajo presupuesto. Sin embargo, no me cabe duda de que es preferible que el público vea estos Audis en vez de Lamborghinis o Bugattis Veyron. El negro simboliza los negocios y los sedanes alemanes o el Q7 exudan sentido común, algo que escasea en los salones del automóvil que estas superestrellas del fútbol acostumbran a tener en su casa. Además, conducir un coche más modesto, como un Audi, tiene otra ventaja: te mantiene lejos del alcance de la inquieta y codiciosa Hacienda Pública española.
Tenía una entrada para la tribuna central, lo que me permitía comer tanta sepia y beber tanto cava como quisiera en la sala VIP. Por una entrada de ciento catorce euros, había muchos sitios en el campo que te ofrecían lo mismo, aunque no vi evidencias de que esa hospitalidad se extendiera a quienes lucieran el color amarillo del Villarreal. De hecho, ni siquiera tengo claro que hubiera seguidores suyos en el estadio y, desde luego, nadie, excepto tal vez yo, esperaba que el Submarino Amarillo, como se conocía al Villarreal, pudieron hacer nada contra el arsenal goleador de Messi, Suárez y Neymar. Al Villarreal siempre se le ha dado bien el F. C. Barcelona y no había perdido ni un partido desde noviembre. Cogí un botellín de San Miguel y fui hasta mi localidad: no quería que me reconociera nadie que se acordase de mi paso por el Barcelona.
En cuanto vi aquel verde, olí el césped recién cortado y oí el murmullo de la muchedumbre, sentí que se me cerraba el estómago como si acabase de ponerme la camiseta para salir a jugar. Siempre me sucede lo mismo. Espero que algún día me sienta diferente cuando vea un campo de fútbol pero, con suerte, ese día está aún tan lejos como el andador y los aparatitos para la sordera.
Mi asiento estaba casi en la línea de banda y muy cerca del banquillo del F. C. Barcelona, donde se sentaría el técnico, Luis Enrique. A esa altura, el campo parecía gigantesco y, con tanta gente animando a gritos al equipo, parecía un chiste pensar que alguien que no fuera el cuarto árbitro o el entrenador del equipo rival pudiera oír sus indicaciones a los jugadores. Lo cierto es que todo eso se hace más bien para entretener a los aficionados o las cámaras de televisión. Actuaciones como las de José Mourinho en su área técnica te llevan a pensar en Laurence Olivier en Ricardo III y, desde luego, a veces son dignas de un Óscar o de un Globo de Oro. Luis Enrique me gusta, pese a su ligero parecido con Roy Keane. Es el entrenador más en forma del mundo del fútbol; entre otras cosas, porque ha competido en varias maratones y en unos cuantos Iron Man. Y no es que lo piense solo yo. En 2004, Pelé dijo de él que era uno de los mejores futbolistas vivos que había sobre la faz de la Tierra.
El partido empezó a las nueve —solo en España dan el pitido inicial de un partido a una hora en la que muchos ingleses solo están pensando en acostarse— y, de inmediato, apareció Messi, delante de mí, dando la impresión no solo de que era mucho más pequeño que el muñeco con el número diez que había visto en el aeropuerto, sino también de que estaba mucho menos contento. Sin embargo, aquellos pies centelleantes que tenía transmitían más que su sonrisa y me recordaron las coreografías de claqué de Gene Kelly en Bailando bajo la lluvia o de Fred Astaire en Sombrero de copa.
Se habla mucho de la rivalidad entre Messi, del F. C. Barcelona, y Cristiano Ronaldo, del Real Madrid. En ocasiones me preguntan quién es mejor jugador, a quién preferiría que fichara el club al que estuviera entrenando. Lo cierto es que son dos jugadores muy diferentes. Ronaldo, más alto y musculado, es un atleta consumado, mientras que Messi, más bajito —mide un metro setenta—, se parece más a un artista. Ronaldo parece más arrogante, y no sé muy bien qué pensar de esa fanfarronería propia de un torero que muestra cada vez que marca un gol. Es como si esperara que le dieran las orejas y el rabo del toro que acaba de matar. En las pocas ocasiones en que marqué, me giraba para darle las gracias al que me hubiera pasado el puto balón. Me parecía un gesto de buena educación. Pero bueno, allá cada cual.
Como había leído el programa del partido, más o menos esperaba ver en acción a Jérôme Dumas, el nuevo delantero del Barça —cedido por el PSG—, al menos en el banquillo, pero no estaba por ningún lado. En cualquier caso, me encantó que los tres goleadores principales del equipo —Messi, Neymar y Suárez— dirigieran el ataque. Todo apuntaba a que iba a ser una noche emocionante, dado que no es habitual disfrutar viendo a tres de los mejores jugadores del mundo en acción al mismo tiempo.
Aunque el Villarreal empezó controlando el encuentro, los habilidosos movimientos de Messi consiguieron que el Barça se hiciera con el balón y los de amarillo no tardaron en dejar claro que les faltaban el equilibrio, la intensidad y la velocidad del Barcelona. Por suerte para ellos, el Barça casi no veía puerta. Suárez tuvo tres ocasiones bastante pronto, pero solo una de ellas entre los tres palos: un disparo a bocajarro en el minuto 13 que Asenjo, el portero del Villarreal, consiguió despejar. El número 16, Giovanni Dos Santos, falló tres oportunidades de marcar, que Asenjo salvó de nuevo. El Barça llegaba tanto a portería que sus aficionados aguardaban el gol sin impacientarse; pero, después de media hora de partido, las cosas dejaron de ir como esperaban. Gaspar, del Villarreal, soltó un zurdazo que estaba destinado a perderse lejos de portería hasta que Cheryshev metió la pierna y el balón se coló en las redes del Barça: 0-1 para el Villarreal.
El gol causó una gran perturbación en los jugadores del Barcelona. Su energía desapareció. Parecía como si el equipo se desmoralizara. El público se quedó en silencio y la responsabilidad de devolver al Barcelona al partido recayó una vez más en Messi. Un minuto antes de llegar el descanso, el argentino creó una oportunidad. Pasó a Rafinha, que estaba en el área, este remató y, aunque Asenjo desvió el chut, Neymar aprovechó el rebote para marcar sin contemplaciones.
El empate hizo que el Barça volviera del descanso transformado. Presionaba, amenazaba y demostraba por qué hay tan pocos equipos que causan tantísimo desbarajuste a los rivales, ya sea con o sin el balón, y tanto en defensa como en ataque.
Sin embargo, un error de Piqué en defensa permitió que Giovani, del Villarreal, se escapara y le diera un pase a Vietto, que marcó y puso a su equipo 1-2 en el minuto 51. El Camp Nou volvió a guardar silencio, como si se acabara de dar cuenta de que el Submarino Amarillo no estaba dispuesto a ponérselo fácil. El silencio se volvía más incómodo. Suárez y Messi gozaron de sendas oportunidades de marcar. Sin embargo, fue Rafinha quien metió el gol del empate. 2-2. Los culers, como locos de contentos, acababan de sentarse después de celebrar el gol cuando, en el minuto 55, Leo Messi soltó una preciosa parábola desde fuera del área grande. Teniendo en cuenta el poco espacio con que contaba para disparar, pareció el típico gol que solo el argentino es capaz de imaginar y, desde luego, de marcar: 3-2 para el Barcelona.
Durante la última media hora, el Barça defendió su ventaja con cierto nerviosismo y, poco a poco, fue apagando a su rival. Cerca del final del partido, Luis Enrique sustituyó a Rafinha. A medida que había avanzado la noche, el tiempo y yo nos habíamos quedado fríos —ya no recordaba lo fría que llega a ser Barcelona en invierno— y, como tenía frío y me irritaba aquel cambio, que era un evidente intento de perder tiempo por parte del Barça, tuiteé una estupidez, que sustituían al brasileño porque acababa de bajarle la regla. Era como el chiste sobre la menstruación de Infiltrados, la peli de Scorsese. En aquel momento, no pensé más en ello.
Terminó el partido. El Villarreal acababa de perder por primera vez desde noviembre. Sin embargo, para el Barcelona, la victoria —que lo dejaba a cuatro puntos del Real Madrid, primer clasificado de la Liga— no pareció sino el típico encuentro de una temporada deslucida. Se habían visto pocos destellos y el equipo había dado la sensación de tener que esforzarse. Como diríamos en Inglaterra, había sido una victoria «sucia». Sin embargo, habían ganado, por lo que la mayor parte del público se fue a casa feliz. A mi entender, había sido cuestión de mala suerte que el Villarreal —al que le habían anulado un gol por fuera de juego— no se hubiera llevado ni un solo punto.
Al día siguiente, que también fue frío, Jacint Grangel me llevó a comer al restaurante del hotel Majestic, uno de los mejores de la ciudad. Para ser sinceros, es un poco demasiado para mi gusto. Yo prefiero algo más de tapas, como el Cañete, en el barrio del Raval. Cada vez que viajo a Barcelona pienso en Hemingway. No tengo ni idea de si alguna vez estuvo en el Cañete, pero en una de las paredes de ese restaurante hay una gran cabeza de cabra montesa que me induce a pensar que le habría gustado el sitio. En cualquier caso, no era yo quien iba a pagar la cuenta. A Nandu Jubany, el chef del Majestic, lo consideran el gran genio de la cocina catalana y es muy fácil darse cuenta del porqué. Se me había olvidado lo buenas que estaban las piruletas de fuagrás con chocolate blanco y reducción de oporto.
Cuando llegué al restaurante con Jacint, ya había otra gente sentada a la mesa. Tres hombres, para ser exactos, y todos ellos con sobrio traje azul marino, camisa y corbata. Eso hay que reconocérselo a Barcelona: todo el mundo viste bien. Nadie se atrevería a aparecer en un sitio como aquel con chándal y zapatillas deportivas. Suelo fijarme en la manera en que visten los futbolistas y a menudo me da la sensación de que no les vendría mal una buena bofetada. Una de aquellas tres personas era otro de los vicepresidentes del Barcelona, Oriol Domènech i Montaner, pero lo que me sorprendió fue que me presentaran a Charles Rivel, del París Saint-Germain, y a un catarí llamado Ahmed Wusail Abbasid bani Utbah. Al menos, creo que era así como se llamaba, si bien cabía la posibilidad de que el tipo solo hubiera estado aclarándose la garganta.
Hablamos en castellano. Sé algo de catalán —que es una mezcla interesante y casi hermética de francés, castellano, italiano y una tremenda actitud obstinada—, pero el castellano me parece más sencillo. Y se lo parece a todos aquellos que no hablan catalán. Los catalanes están muy orgullosos de su idioma, y no es para menos, dado que bajo la dictadura del general Franco tuvieron que luchar muchísimo para mantener viva su cultura. O, al menos, eso es lo que ellos dicen. Y lo mismo pasó con el club de fútbol. O, al menos, eso es lo que ellos dicen. En 1936, las tropas de Franco fusilaron a Josep Sunyol, presidente del Barcelona, a quien, aun a día de hoy, se le conoce como el presidente mártir. Situaciones como esa hacen que el rechazo de los ingleses a gente como los Glazer o Mike Ashley resulte ridícula. Y cabe la posibilidad de que también explique por qué este club, fundado por un grupo de ingleses, suizos y catalanes, se considere més que un club. El F. C. Barcelona es una forma de vida. O, al menos, eso es lo que ellos dicen.
Mientras el camarero nos servía el vino, pensé que aquella iba a ser una comida interesante. No tenía ni idea de qué querrían decirme. Por un instante me pregunté si tendría que ver con lo que había sucedido en Shanghái. Si, por ejemplo, los grupos a los que representaban aquellas tres personas querían invertir con Jack Kong Jia, quizá quisieran la opinión de alguien que lo había conocido. El propio señor Jia había admitido que evitaba la vida pública.
—Doy por hecho que vio usted el partido del PSG contra el Niza en el Parque de los Príncipes —me dijo Charles Rivel.
—Sí, fue como ver al Arsenal trabajárselo todo el partido para ganar uno a cero. Creo que el Niza merecía el empate más que ustedes la victoria.
Lo que también era aplicable al partido entre el F. C. Barcelona y el Villarreal, pero me abstuve de comentarlo.
—No creo que esté siendo usted justo. Si Zlatan no hubiera estrellado aquel balón contra el palo en el primer cuarto de hora, tal vez estaríamos hablando de uno de los goles más bonitos de toda su carrera. La manera en que controló la pelota, en que se giró y en que disparó fue soberbia. Es muy ágil para lo grande que es.
—Sí, pero falló. Y, como él mismo le diría, no basta con estrellar el balón contra el palo. ¿Qué es lo que dice en su libro? Puedes ser muy bueno un día y un completo inútil el siguiente. Y, en esta ciudad, eso es más cierto que en ningún otro lado. Dejó de pisarle el cuello al rival. Al menos, así lo vi yo.
—¿Ha leído su libro? —me preguntó Jacint.
—Intento leer todos los libros de fútbol que se publican aunque, a veces, no sé ni por qué lo hago. A decir verdad, los empiezo todos, pero casi nunca termino ninguno. Incluido el de Zlatan. En mi opinión, no es un buen libro. Lo considero un buen jugador, pero no es un buen escritor. Aunque tampoco es que sea peor que los demás. Como en la mayoría de los libros de fútbol, en el PSG-Niza hubo poca perspicacia. Era como un libro de cuentas.
—Sí, es cierto —coincidió Oriol—. Debería haberse titulado El ego ha aterrizado.
—Tendría que haber contratado a Roddy Doyle para que se lo escribiera —comentó Jacint.
—Yo diría que habría sido más apropiado Henning Mankell —dijo Rivel—. Al fin y al cabo, ambos son suecos.
—Bueno, ahora podría ser útil Kurt Wallander —murmuró Ahmed—. Dada la situación...
—No creo que Ibra fuera muy justo con Guardiola —continuó Oriol.
—No estamos aquí para hablar de Ibra —soltó Rivel—, sino de otra persona. De otro jugador del PSG.
—¿No sería conveniente que el señor Manson firmara primero un acuerdo de confidencialidad? —preguntó Ahmed.
—No creo que tengamos que preocuparnos por eso con alguien como Scott —dijo Jacint—. Me basta con su palabra.
—¿Podemos confiar en que vaya a tratar este asunto con confidencialidad? —me preguntó Rivel.
—Por supuesto. Tienen mi palabra. Por si no se habían dado ustedes cuenta, en los últimos tiempos se me ha dado muy bien evitar a la prensa.
—¿Usted cree? —me preguntó Jacint.
—¿Qué quiere decir?
—¿Ha consultado recientemente su cuenta de Twitter?
—Hoy no.
—Pues, al parecer, tuiteó usted algo acerca de Rafinha que tiene enfervorizadas a algunas de sus seguidoras.
—¿Ah, sí? —Me encogí de hombros porque no sabía muy bien a qué se refería Jacint—. Pues ya lo comprobaré.
—Estamos aquí para hablar del que ahora mismo tal vez sea el secreto mejor guardado del fútbol —comentó Oriol.
—Vaya, ahora sí que estoy intrigado —admití.
—Para empezar, nos gustaría decir que lo consideramos uno de los entrenadores jóvenes con más talento que hay —añadió Rivel—. A pesar de lo acontecido recientemente en China... que podría haberle pasado a cualquiera, la verdad.
El catarí asintió y comentó:
—Cuando uno está en Shanghái, es muy difícil saber qué está sucediendo de verdad. —Se rio—. Por lo menos, en Catar solo somos dos millones de personas. Eso facilita las cosas. A menos que sea un asunto relacionado con la religión, claro está. O con la sharia. O con los derechos de las mujeres. O con el Mundial de Fútbol de 2022. En esos casos, la situación se puede complicar, y mucho.
Sonreí. Me gustó que dijera aquello.
—Su reputación como entrenador joven es una cosa —empezó a decir Jacint—, pero, por lo que parece, también se está labrando otra reputación como persona capaz de resolver problemas. A estas alturas, todo el mundo sabe que fue usted, y no la Policía Metropolitana, quien resolvió la misteriosa muerte de João Zarco.
—Y la de Bekim Develi —añadió Oriol.
—Estoy seguro de que saben que no puedo hablar de ninguno de esos dos temas.
—Usted no, pero la policía de Atenas sí —dijo Rivel—, y resulta que el cuerpo ha dado a entender vagamente que su ayuda le resultó imprescindible para cerrar el caso.
—Lo que necesitamos es su habilidad como investigador privado —anunció Jacint.
—Y estamos dispuestos a pagarle bien por ello —añadió Ahmed.
—Papá, Quebec, Charlie... —murmuré.
«Pero ¡¿Qué Coño...?!».
—Muy bien —insistió el catarí.
—Se lo agradezco, señores, pero yo no tengo habilidades detectivescas. Eso, como siempre, es cosa de la prensa, que exagera lo sucedido. Con lo que han escrito los periódicos cualquiera pensaría que soy Sherlock Holmes con chándal. Hércules Poirot con cronómetro. El Kurt Wallander de la línea de banda. Pero no es el caso. Yo no soy sino un simple entrenador, un técnico, y, ahora mismo, lo que necesito es un equipo que entrenar, no un caso interesante. Denme once jugadores y estaré tan contento como un niño con zapatos nuevos, pero no me pidan que haga de detective.
—En cualquier caso, entiende usted de fútbol y a los futbolistas —opinó Rivel—. Y de una manera que... quizá la policía jamás llegue a entender.
—De «quizá», nada —dijo Jacint—. No sé cómo serán las cosas en París, pero en Barcelona es casi imposible ser objetivo cuando se habla de fútbol. Aquí hay demasiadas emociones de por medio.
—Yo diría que en París sucede lo mismo —apostilló Rivel—. Además, no se puede decir que la policía francesa sea conocida por mantener la boca cerrada, precisamente. Miren lo que pasó con François Hollande. Y, antes de eso, lo que pasó con Dominique Strauss-Kahn. Esta historia estaría en la portada de L’Equipe en un par de días.
—Señores, están ustedes perdiendo el tiempo. No me interesan los crímenes. Ni siquiera me gustan los libros de crímenes. Detectives aburridos que tienen problemas con la bebida y con sus exesposas. Son historias muy predecibles. Son libros con poca clase que solo mejorarían si los diseñara Louis Vuitton.
—Por favor, señor Manson, por lo menos, escúchenos —me pidió Ahmed.
—Sí, por favor, Scott, escuche nuestra historia —insistió Jacint.
—De acuerdo, la escucharé. Por respeto a usted y a su club —le aclaré a Jacint—. La escucharé, pero no les prometo nada. Ya se lo he dicho, a lo que quiero dedicarme es a entrenar, no a jugar a policías y ladrones.
—Por supuesto, lo comprendemos —dijo Oriol—, pero no creo que vayamos a dar con nadie que entienda a los futbolistas como usted. La presión. Los fallos. Los obstáculos. Puede que no se dé cuenta, pero está usted, Scott, en una posición única dentro del mundo del fútbol. En un corto periodo de tiempo, se ha vuelto usted indispensable para cualquier equipo de fútbol europeo que necesite alguna ayuda «especial». Habla usted varios idiomas...
—Y lo que es más importante, sabe hablar usted el lenguaje de los jugadores —intervino Jacint—. Los jugadores confían en usted hasta un punto en que jamás confiarían en la policía. Son jóvenes. Algunos son inadaptados sociales e incluso delincuentes que provienen de ambientes muy muy complicados. Jóvenes como Ibra. Él era un gamberro, un ladrón de coches, ¿no es así? Si alguno de nuestros jugadores, o de los del PSG, tiene que confiar en alguien, es muy probable que no sea en el poli metomentodo de la grabadora en quien vaya confiar. Pero en usted sí que confiará, Scott. Ha estado usted en la cárcel por una falsa acusación. A usted tampoco le gusta nada la policía.
—Eso es cierto, aunque, al parecer, se me está empezando a pasar. Louise, mi novia, es inspectora de la Policía Metropolitana.
—Pues mucho mejor.
—Quizá deberían hablar con ella.
Desde luego, a mí me gustaría estar con ella.
Llegó el camarero y nos tomó nota. Cundo hubimos acabado con los entremeses y probamos el vino, Jacint volvió a la carga con el asunto que les preocupaba a los cuatro.
—Supongo que habrá oído la noticia de que el PSG nos ha cedido a Jérôme Dumas.
—Sí. Me sorprendió. Me parece muy buen jugador.
—Con nosotros no llegó a cuajar —comentó Rivel—, aunque tampoco sé muy bien por qué. Tiene mucho talento en los pies, pero en la cabeza tiene algo que le impide encajar con nosotros. A veces, sucede. Torres funcionó muy bien en el Liverpool, pero en el Chelsea no dio pie con bola.
—Dumas vino a Barcelona y, acto seguido, se fue de vacaciones —me explicó Oriol—. Como estaba cedido, nos pareció justo honrar los acuerdos previos que tuviera con el PSG. Aún teníamos que presentárselo a los aficionados en el Camp Nou, razón por la que hemos conseguido mantener el asunto tapado hasta el momento.
—En cualquier caso, tenía una lesión que le impedía jugar —comentó Jacint.
—Sufrió una rotura muscular en la ingle en el partido que vio usted, el que jugamos contra el Niza —dijo Rivel.
—Desde luego, daba la impresión de que fuera el que más estaba esforzándose de todo el equipo —reconocí.
—No es nada serio. Solo necesita descanso.
—Y ¿qué ha pasado? Es decir, ¿qué ha hecho?
—Se suponía que tenía que ir a entrenar a la Ciudad Deportiva el lunes 19 de enero, pero no apareció —me explicó Jacint.
La Ciudad Deportiva Joan Gamper era el nombre de las instalaciones de entrenamiento que tenía el Barça a unos diez kilómetros al oeste del Camp Nou, en Sant Joan Despí. A la prensa le estaba vetado el acceso y, en Barcelona, todos se referían a aquel sitio como la Ciudad Prohibida.
—Hasta que encontrara algún sitio donde vivir, lo habíamos alojado en la mejor suite de un hotel en el que tampoco saben nada de él.
—En el mismo hotel que usted —apuntó Oriol—. En el Princesa Sofía.
—El F. C. Barcelona nos llamó —empezó a contar Rivel— y fuimos a su apartamento de París, pero allí tampoco había ni rastro de Jérôme. Desde entonces estamos en contacto con la policía de Antigua, la isla a la que se fue de vacaciones, pero, hasta el momento, no han descubierto nada de nada. Por lo visto, lo que es llegar, llegó a la isla, pero no hay ningún registro que indique que se marchó; de que cogiera un vuelo a París o aquí, a Barcelona. Bueno, ni a ningún otro sitio, vamos. Le hemos llamado por teléfono. Le hemos enviado correos electrónicos. Mensajes de texto. Hemos llamado a su agente... que está tan sorprendido como nosotros.
—¿Quién es su agente?
—Paolo Gentile.
Asentí.
—Lo conozco.
—En resumen, Dumas ha desaparecido —dijo Jacint—, y ahí es donde entra usted. Queremos que dé con él.
—Le pagaremos, claro está —se apresuró a apuntar Ahmed una vez más—. Un pago por dar con él.
—Solo lleva dos semanas desaparecido —dije.
—No es mucho tiempo para cualquier otra persona de veintidós años; pero la cuestión es que no es una persona de veintidós años cualquiera, sino una estrella del fútbol.
—En esta ocasión, los periódicos y la televisión podrían servir de ayuda —dije—. Es difícil estar desaparecido cuando todo el mundo está al corriente de que lo estás.
—Cierto, pero este no es un club de fútbol como los demás. Está en manos de los aficionados, lo que significa que confían en nosotros y, desde luego, son implacables cuando haces algo mal. A nuestro entender, tenemos que resolver el problema antes de que nos veamos en la tesitura de anunciar que tenemos un problema. Eso es lo que los aficionados esperan del Barça. Nada de excusas. Tan solo, quizá, dentro de un tiempo, una explicación.
—Y también hay que tener en cuenta la publicidad que puede suscitar la situación —dijo Oriol—. No sé si está al tanto pero, ahora mismo, las cosas están complicadas en España. La situación económica es muy mala. El veinticinco por ciento del país está en paro. Si se enterasen de que hemos perdido a un jugador al que le pagamos ciento cincuenta mil euros a la semana, daríamos muy mala impresión. No podemos permitirnos una publicidad tan nefasta cuando el salario mínimo del país está en los seiscientos cuarenta y ocho euros al mes.
—Y no solo eso —prosiguió Jacint—. Cuando a nuestros aficionados sufren tantas adversidades en el plano personal, lo que más desean es la absoluta certeza de que en el club de sus amores todo va viento en popa, de que seguimos siendo los mejores del mundo. —Sacudió la cabeza—. Al mejor equipo de fútbol del mundo no se le puede perder un jugador. ¡Y menos uno tan importante! Los aficionados esperan que nos aseguremos de que esas estrellas a las que pagamos unos salarios desorbitados lleguen con sus cochazos hasta las instalaciones de entrenamiento.
—No sé cómo estará la cosa en Londres, pero, para gran parte de nuestros aficionados, el Barcelona es la mejor razón que tienen para levantarse por las mañanas —me explicó Oriol—. Es lo que hace que se sientan bien consigo mismos. Su manera de ver el mundo se altera en función de si el equipo juega bien o mal. Como empecemos a darles por saco con el club, las cosas se pondrán muy feas.
Asentí:
—Ya, més que un club. Lo sé.
—Con todos mis respetos —empezó a decir Jacint—, no creo que lo sepa. A menos que seas catalán, no puedes saber lo que supone ser aficionado del Barça. Este equipo va mucho más allá del fútbol. Para mucha gente, el club es el símbolo del independentismo catalán. El Barça está aún más politizado que cuando trabajó usted aquí, Scott. Ya no son solo los más radicales los que están a favor de romper con el resto de España... Es que, ahora, como quien dice, todas las penyes lo quieren.
Las penyes, o peñas, eran las diferentes organizaciones de aficionados y los grupos financieros que le prestaban un inestimable e idiosincrásico apoyo al F. C. Barcelona.
—Como el gobierno español acuerde celebrar el referéndum, este club se convertirá en el epicentro del movimiento independentista —comentó Jacint—. Sin embargo, los unionistas intentarán aprovechar la situación para hundirnos en la miseria. Nos acusarán de mala gestión. Si no se puede confiar en nosotros para gobernar un club de fútbol, ¿cómo se va a confiar en nosotros cuando respaldemos a la Generalitat?
—Lo que significa que esto tendrá más repercusiones que el haber perdido a un jugador —apuntó Oriol—. Nada debe interferir con nuestras esperanzas de llevar a cabo un referéndum. Como el de los escoceses.
—Dígame, Scott, como escocés, ¿qué votó en el referéndum? —me preguntó Jacint.
Me encogí de hombros.
—Sí, soy escocés, pero no pude votar porque vivo en Inglaterra. En cualquier caso, a esa gente no le interesa la democracia y, si me lo permite, le diré que no estoy a favor de la independencia de Cataluña, como tampoco lo estoy de la escocesa. Hoy en día es mucho más coherente formar parte de algo más grande. Y no me refiero a la Unión Europea. Si no me creen, vayan a ver cómo está el tema en Croacia. Como parte de la vieja Yugoslavia, Croacia tenía peso, significaba algo. Ahora no significa nada para nadie. Y es mucho peor si es usted bosnio. Bosnia ni siquiera forma parte de la Unión Europea.
A raíz de aquello, la charla se convirtió en una discusión sobre los diferentes movimientos independentistas y fue Ahmed quien consiguió reconducirnos al asunto que nos había llevado allí: la desaparición de Jérôme Dumas.
—Pagaremos los gastos derivados de la búsqueda —comentó Ahmed—. Volará usted en primera clase, claro. Y, además, le pagaremos cien mil euros a la semana, deducibles de una suma de tres millones de euros si consigue usted dar con Jérôme.
Asentí.
—Sí, es una oferta muy generosa, pero ¿y si está muerto?
—En ese caso, le pagaremos solamente un millón de euros.
—¿Y si está vivo y no quiere volver? —planteé mientras me encogía de hombros—. Es que, claro, por alguna razón habrá desaparecido. Puede que viajara a Guinea Ecuatorial de tapadillo para ver la Copa Africana de Naciones. Vayan ustedes a saber, pero es que hasta podría haber ido a jugar allí. Cosas más raras se han visto.
—No se me había ocurrido —admitió Ahmed—. Puede que haya pillado el ébola. Puede que esté en un hospital de campaña esperando a que lo rescaten. ¡Mierda, eso lo explicaría todo! De hecho, al parecer no es el único jugador que ha desaparecido desde ese torneo.
—Jérôme no es africano —le dijo Rivel—, es de las Antillas francesas, y por eso puede jugar con la selección francesa.
—¿Se han planteado la posibilidad de un secuestro? Los futbolistas son unas víctimas muy apetecibles. Ganan muchísimo dinero y son caprichosos. No siempre hacen lo que se les dice y la mayoría de ellos se consideran tipos duros que no necesitan guardaespaldas, lo que significa que es más fácil secuestrarlos a ellos que a los hijos de empresarios ricos. Cuando estuve en el trullo, se me acercaron unos convictos y me propusieron un plan para secuestrar a una estrella del Arsenal. Hay cabrones para todo, y muchos harían cualquier cosa por dinero.
—Si ese es el caso, no hemos recibido ninguna petición de rescate —dijo Jacint.
—Tampoco el PSG —añadió Rivel.
—En cualquier caso, si resulta que, en efecto, lo han secuestrado, le otorgamos a usted poderes para negociar su liberación —dijo Ahmed.
—Supongan, por un instante, que se ha cansado del fútbol. Que está quemado. Eso podría suceder. ¿Qué pasa, entonces, si doy con él?
—Que le pagaremos un millón de euros —me respondió Ahmed—. Los tres millones solo se los abonaremos si Dumas vuelve a jugar. Ni que decir tiene que, si no llega a jugar en el F. C. Barcelona, el PSG será el responsable de las consecuencias financieras que eso suponga.
—Vamos, que no nos pagarán —me aclaró Rivel.
—Si resulta que se ha cansado del fútbol, una parte importante de su labor, Scott, consistirá en convencerlo para que vuelva a casa —me dijo Oriol—. Esa es otra de las razones por las que queremos contratarlo: para disuadirlo en caso de que se haya echado atrás.
—Digamos que acepto el trabajo. ¿Cuánto tiempo tengo para dar con Dumas?
—Hasta que acabe el mes —me respondió Ahmed—. Cuatro semanas. Seis, como máximo.
—Lo ideal sería que el jugador estuviera aquí para participar en el Clásico —comentó Jacint—, el domingo 22 de marzo. Que jugara contra el Madrid nos parecería bien. —Se encogió de hombros—. Como sabrá, el Madrid ganó el último Clásico por tres goles a uno en casa, ante su afición.
—¡Nos robaron el partido! —exclamó Oriol—. Y no es la primera vez, claro está.
—Remontaron después de que Neymar, con un gol a los cuatro minutos, nos proporcionara el inicio perfecto.
—Les pitaron un penalti a favor que no era —se quejó Oriol—. Fue el balón el que tocó la mano, no la mano el balón... que es lo que determina el reglamento para pitar la pena máxima. Castigaron a Gerard Piqué sin motivo, y fue esa injusticia lo que afectó a nuestro equipo.
Asentí mientras sonreía. Las rivalidades como la del Madrid y el Barcelona suelen ser todas iguales, aunque cabía la posibilidad de que esta fuera la única en la que uno de los bandos había obligado al otro a jugar a punta de pistola. Para muchos, el odio que existía entre el Madrid y el Barcelona no existió hasta aquel partido de Copa de 1943. El Madrid ganó el encuentro 11-1, lo que hace que te preguntes cómo sería la charla del entrenador durante el descanso. ¿Qué les diría a los jugadores?
«Será mejor que dejemos que nos ganen, muchachos, o puede que salgamos de aquí a tiros, igual que mataron a Lorca. Si fueron capaces de matar a un poeta, ¿qué va a impedir a estos fascistas matar a unos jugadores de fútbol?».
—¿Lo hará? —me preguntó Jacint—. El club estará en deuda con usted toda la vida.
—Y el nuestro también —añadió Charles Rivel.
—No sé...
Dudaba. Me gusta el F. C. Barcelona y me gustan los catalanes, pero es que no quería acabar convirtiéndome en el inspector Clouseau del fútbol.
Me puse de pie.
—Voy al servicio. Denme unos minutos para pensar en ello.
—Si es cuestión de dinero... —sugirió Ahmed.
—El dinero que me han ofrecido me parece bien. No, es solo que me pregunto qué les habría dicho Pep si se lo hubieran pedido a él durante su año sabático.
—Pep no es un intelectual —repuso Jacint—. Usted fue a la universidad, él no. Él solo sabe de fútbol.
—Puede que ese fuera mi gran error. Además, hoy en día, ser universitario no significa gran cosa. Hoy en día, uno se puede licenciar hasta en ver la televisión desde la cama. Lo que digo es que Guardiola siempre ha tenido las cosas muy claras. Tiene un plan. Y lo que me piden que haga no tiene cabida, precisamente, dentro del «fútbol total» que Guardiola aprendió de la mano de Cruyff. Si acepto su propuesta, muchos equipos podrían pensar que me interesa más jugar a los detectives que a desplegar un 4-4-2.
—Es usted una persona inteligente, Scott —apuntó Jacint—. Puede que incluso hasta demasiado inteligente para este deporte, pero siempre formará parte de la familia del Barça. Y creo que lo sabe.
Hay ocasiones —por lo general, cuando alguien me hace un cumplido así— en que bajo la mirada como si esperara ver un balón a mis pies. La cuestión es que, aun hoy en día, hay veces en las que no sé qué hacer cuando me doy cuenta de que no hay balón alguno. Durante los primeros meses después de colgar las botas, me despertaba por las noches buscando el balón a mi alrededor; sobre todo, cuando estaba en la cárcel. Es como si no supiera qué hacer con los pies. Como si estuviera perdido sin un balón que chutar. Supongo que un soldado sin rifle se sentirá igual.
Fui a lavarme las manos. De camino, consulté Twitter y vi que algunas mujeres exigían mi despido por el chiste que había tuiteado durante el encuentro entre el Barcelona y el Villarreal, ese de que a Rafinha lo sustituyeron porque le había venido la regla. Al parecer, quienes me criticaban no se habían enterado de que estaba en paro. La mayoría de mis detractores, no obstante, solo decían que era tan cerdo y mezquino como Andy Gray, así que no les presté ninguna atención.
Además, me parecía más importante el hecho de que otro entrenador de la Premier League hubiera perdido su empleo. Aunque no es que me hiciera ilusiones de entrenar a otro club grande pronto; y menos cuando gente como Tim Sherwood, Glenn Hoddle, Alan Irvine o Neil Warnock andaban buscando trabajo. A decir verdad, ya había decidido qué iba a responder a lo del trabajo que acababan de proponerme. Con sutileza, Jacint me había recordado que el Barcelona me había acogido en su familia justo cuando acababa de salir de prisión, momento en que los demás no tenían nada claro lo de contratarme. Le debía mucho al Barcelona por haber creído en mí cuando todos los clubes ingleses me daban la espalda. Y, a decir verdad, si lo pensaba con detenimiento, les debía un gran favor.
Por otro lado, y teniendo en cuenta que no había a mis pies ningún balón que chutar, ¿con qué iba a entretenerme durante mi tiempo libre?
Volví a la mesa.
—De acuerdo, acepto. Buscaré al jugador que se les ha perdido. Ahora bien, dejemos una cosa clara, señores. Demos por hecho, aunque sea por unos instantes, que soy tan inteligente como ustedes dicen. En ese caso, no les molestará que ponga sobre la mesa cuál es la verdadera razón por la que quieren dar con Jérôme Dumas y por la que están dispuestos a pagarme tantísimo dinero. Desde luego, tiene mucho que ver con lo que han dicho, sí. Porque, claro, lo que han expuesto suena muy bonito y resulta plausible. Incluso romántico. Me gusta eso de que el Barcelona es el corazón político de Cataluña. Ahora bien, que esa sea la razón por la que están dispuestos a pagarme una millonada a cambio de que encuentre a Jérôme Dumas con discreción... no se lo cree nadie.
»La razón por la que quieren ustedes que dé con Dumas es la prohibición de realizar traspasos que la FIFA le impuso al F. C. Barcelona a finales de diciembre de 2014.
Aquella prohibición de fichar se debía a que el club había incumplido las reglas de la FIFA en lo referente a la protección de menores y al registro de menores que asisten a las academias de fútbol.
—Supongo que la cesión de Jérôme Dumas al F. C. Barcelona estaba planteada, de manera específica, para saltarse dicha prohibición, porque, de acuerdo con mis fuentes, ustedes no pueden fichar a ningún otro jugador hasta que termine 2015. Y por eso es tan relevante la cesión de este jugador. Máxime si tenemos en cuenta que este año habrá elecciones a la presidencia del club.
Mis fuentes no eran otras que mi padre, claro está, pero, si lo expuse de ese modo, era porque sonaba mucho mejor que si les hubiera dicho: «Mi padre dice que...».
—Las cesiones de delanteros de tal categoría entre clubes como los suyos no son nada habituales. Tuvieron ustedes suerte de encontrar algo como él a estas alturas de temporada. Los equipos más modestos arden en deseos de venderles sus mejores jugadores a los clubes más grandes en enero, durante el mercado de invierno. Por tanto, doy por hecho que, juegue Dumas o no, el Barcelona le pagará al PSG un dinero a finales de 2015.
»A ver, yo no les culpo. Yo en su lugar habría hecho lo mismo. Una prohibición como esa por culpa de un estúpido error administrativo parece desproporcionada y dice mucho de los modales injustos y arbitrarios de que hace gala la FIFA en la actualidad. Si les digo la verdad, creo que la FIFA es una cueva de ladrones. En cualquier caso, por favor, no piensen que no me doy cuenta de lo que está pasando aquí. Si me contratan, me contratan para que descubra la verdad, con todo lo que eso conlleva. Creo que es mejor que lo deje claro desde el principio. ¿Les parece justo?
Jacint sonrió, miró a Oriol y asintió.
—Nos parece justo.
8
Viajé a París para empezar con la búsqueda. Para entonces, mi Twitter estaba que echaba humo con toda la comunidad femenina apelando al sentido común para que la Football Association me multara. Y era muy probable que lo hiciera, teniendo en cuenta algunos de mis comentarios sobre ese organismo. Tempest O’Brien me dijo que creía que el tuit sobre Rafinha iba a costarme unas diez mil libras. Vamos, que me salía a unas setenta y dos libras el carácter.
Jérôme Dumas tenía su apartamento en el distrito 16, en avenue Henri Martin, junto al Bois de Boulogne. El apartamento rondaría los cuatrocientos metros cuadrados y estaba en la última planta de un edificio de lujo que se encontraba cerca de la embajada de Bangladés, y —si te gusta ese estilo— podría decirse que estaba suntuosamente decorado por un arquitecto moderno. Diríase que la mayoría de los muebles hubieran salido de una vieja película de ciencia ficción futurista. Había quedado allí con Guy Mandel, el hombre para todo del PSG, que llegó con las llaves, me enseñó todo el apartamento y me puso en antecedentes —que me resultaron muy útiles— sobre el futbolista desaparecido.
—Dumas vino del Mónaco hace cosa de un año por veinte millones de euros. Mostraba mucho carácter, pero, bueno, eso suele ser lo habitual. Nació en Guadalupe, en las Antillas francesas. Aunque no lo parezca, tampoco es raro. No sé si conoce usted la isla pero, para ser un sitio pequeño con menos habitantes que Lyon, produce un montón de futbolistas. Siete de los jugadores que asistieron al Mundial 2006 con la selección francesa eran de Guadalupe. Al formar parte de Francia, la FIFA no la reconoce como país. Y menos mal, porque, de lo contrario, jamás habríamos tenido jugadores como Thierry Henry, Sylvain Wiltord, William Gallas, Lilian Thuram, Nicolas Anelka o Philippe Christanval.
—No lo sabía. ¡Cuánto fútbol maravilloso ha salido de una isla tan pequeña!
—No es que en la isla sean unos forofos de Francia. Tengo entendido que la mayoría de los isleños van con Brasil. Aunque, claro, tampoco se les puede reprochar. Francia acostumbra a llamar «escoria» a los guadalupeños que viven en los suburbios y solo los considera franceses cuando juegan en la selección. Supongo que pasará lo mismo en Inglaterra.
Asentí.
—Sí, puede ser.
—Si les hubieran dado la oportunidad, tal vez se habrían clasificado para el Mundial de Brasil. En otras palabras, somos nosotros, los franceses, los que impedimos que Guadalupe se convierta en miembro de la FIFA.
—No tenía ni idea.
—Y tal vez haya pasado por alto muchos otros futbolistas procedentes de Guadalupe. Si le soy sincero, sé lo de los jugadores que le he mencionado porque Jérôme Dumas me lo contó. Estaba muy orgulloso de la herencia de su isla.
—¿Sabe desde cuándo vivía en Francia?
—Ni idea. Su vida antes de que fichara por el Mónaco es un misterio.
El apartamento, que tenía un vestíbulo amplio, un enorme salón comedor, un segundo salón —redondo en este caso— de cincuenta metros cuadrados, varios dormitorios, una cocina soberbia, un gimnasio y una bodega, habría sido el sueño de cualquier hombre joven. Como el Lamborghini y el Range Rover que ocupaban las dos plazas de garaje del jugador. Para mí, sin embargo, lo que marcaba la diferencia era el jardín de la terraza. Las vistas eran extraordinarias —entre otras cosas, se veía el nuevo museo Louis Vuitton, diseñado por Frank Gehry— y en la zona ajardinada había una gran variedad de plantas adultas que no parecían descuidadas por la ausencia de su dueño.
—¿Quién cuida el apartamento?
—Una criada y un jardinero que vienen casi a diario. Un chico limpia los coches. Un cocinero prepara la comida con arreglo a las guías nutricionales del club. También tenía una asistenta personal que se llamaba Alice, pero la despidió nada más firmar el contrato con el F. C. Barcelona. Una buena chica. Inteligente.
—Me gustaría hablar con ella.
—Tiene todos sus datos en el archivo adjunto que le envié por correo electrónico. En cualquier caso, llegará en cuestión de una hora y le ayudará con todo lo que pueda.
—Ah, muchas gracias.
—También contrató a un asesor artístico de una banca privada, que era quien le compraba las obras de arte. El hombre tenía acceso a la casa para entrar y colgar los cuadros o disponer las esculturas.
—¿Cree que este será alguno de los cuadros que le compró?
Estaba mirando un cuadro de Yayoi Kusama que representaba una calabaza. No me habría importado tener un Kusama.
Mandel esbozó una mueca.
—Desde luego, no es de mi agrado. Es el tipo de basura que cuelgan en ese nuevo montón de hojalata retorcida que llaman museo Louis Vuitton.
Se equivocaba. Igual que el resto de los cuadros que había en las paredes del apartamento de Dumas, el Kusama era de estilo mucho más figurativo que cualquiera de las obras de arte que cabría encontrar en la colección de un museo de arte contemporáneo como el Vuitton. Para empezar, se veía (casi) lo que era, lo que significaba que el cuadro carecía de ironía y, por tanto, probablemente, de valor como inversión a largo plazo. Me pareció que el asesor de la banca privada estaba dándole a Dumas el tipo de consejos que el futbolista quería oír, o sea, que estaba comprándole las obras de arte que le gustaban al guadalupeño en vez de las que lo ayudarían a ganar dinero.
—Ahora que Dumas está en el Barcelona, el apartamento está a la venta, claro. Lo lleva Lux-Residence. Creo que piden ocho millones por él.
—¿Y novias?
—Por lo que tengo entendido, por aquí pasaban muchas chicas. Ahora bien, ninguna le había causado ningún problema. Nada de hijos no deseados. Nada de acusaciones de violación. Nada de eso. Nada que requiriera mi ayuda, vamos.
—¿Alguna venía con regularidad?
—Había una chica con la que se le veía más a menudo. Una modelo de la agencia Marilyn, de aquí, de París. Se llama Bella Macchina. Rubia, con las piernas larguísimas, el culo muy bien puesto y la nariz de plástico. Ya se la puede imaginar. Ahora bien, no sé si iban en serio. Eso tendrá que preguntárselo a ella. En el archivo adjunto también está el número de teléfono de la agencia de modelos.
—Llamaré, sí. —Miré el apartamento—. Nunca dirías que aquí vivía un futbolista. Es que... no hay ni una camiseta en una urna, ni un premio, ni una medalla. —Me acerqué a la librería, donde solo había libros sobre política y monográficos de arte y fotografía—. Ni siquiera hay un solo libro sobre fútbol.
—Bueno, no puede culparlo por ello. Yo también prefiero una buena novela policiaca a esas mierdas sobre la vida en las banlieues, con todos esos rollos de que «mi única oportunidad de salir de allí era darle patadas a un puto balón». Todo eso se puede contar en un solo capítulo... ¡y hasta con unas pocas páginas basta!
—Sí, creo que yo también he leído ese libro.
Mandel salió a la terraza y encendió uno de esos cigarrillos franceses. Era una persona fornida, con media melena y la nariz casi partida en dos, como el culo de un duende. Tenía los dedos gordos y toscos, por lo que el cigarrillo parecía un objeto minúsculo que se le hubiera quedado atascado en la mano. Era cuellicorto y tenía la cabeza muy grande, por lo que parecía que esta quedara apoyada en el enorme cuello de su camisa blanca. Su voz era tan profunda que hacía que la de Ray Winstone en el anuncio de Bet365 pareciera afeminada.
—Ha dicho usted que tenía mucho carácter.
—Es habitual. Dígame uno de esos putos futbolistas que no piense que es descendiente directo de Zeus. En cuanto se compran un Lamborghini, piensan que el coche viene con una plaza de aparcamiento en el monte Olimpo. —Se echó a reír con crueldad—. Luego, claro, tienen que vivir con el cacharro y conducirlo, y entonces se estrellan contra la dura realidad. Hay veces en que pienso que Dios inventó los Lamborghinis para demostrarles a los futbolistas que son mortales. Intente dar marcha atrás con el Aventador en el garaje de abajo. ¡Es como intentar maniobrar con un piano de cola!
—Pero lo del carácter ha sido, como quien dice, lo primero que me ha comentado de Jérôme Dumas, así que quizá tenga más que los demás.
—Quizá.
—¿Qué opina usted?
—Cuando llegó al equipo, parecía una persona diferente. No paraba de reírse y de bromear. Era imposible que no te cayera bien. Pero entonces sucedió alguna cosa, aunque no sabría decir qué. Cambió.
—¿En qué sentido?
—Puede que madurara un poco. Se volvió más circunspecto. Empezó a tomárselo todo más en serio. Muy en serio. —Esgrimió una mueca—. Hablaba demasiado de política para nuestro gusto. Muy de izquierdas. Siempre estaba quejándose de comentarios que había leído en Twitter y que no tenían nada que ver con el fútbol. Tendría que haberse apartado de todo eso.
—¿A qué se refiere?
—A cosas como el PSF, el Partido Socialista de Francia. Les daba dinero a los de izquierdas, lo que no les hacía ninguna gracia a sus compañeros, a quienes no les gusta nada pagar los impuestos millonarios de Hollande. Yo diría que también les daba dinero a algunos grupos de jóvenes de aquí, de París. Y, si había una manifestación, asistía. Era un hipócrita.
—¿Qué quiere decir?
—Los franceses nos tomamos la revolución muy en serio. No nos gusta la gente que juega a ser revolucionaria, la gente para la que parece mera pose.
—¿Era una pose para él?
—Habían empezado a llamarlo «el Lamborghini de izquierdas». Era Mao en un Maserati.
—Sí, entiendo que eso irrite a la gente. ¿El PSG se lo cedió al Barcelona por ese motivo?
Mandel asintió.
—Además, está lo de las entrevistas que concedió al Libération y a L’Equipe, que cabrearon a mucha gente y le dieron vía libre para salir del Parque de los Príncipes.
L’Equipe era el diario deportivo de mayor difusión en Francia.
—¿Eso también está en el archivo adjunto?
—Por supuesto.
—Por cierto, también querré las grabaciones de los partidos de Dumas con el PSG. Los de esta temporada y los de la anterior.
—En esta temporada solo ha tenido un partido bueno, en septiembre, contra el Barça.
—El famoso tres a dos del grupo F, ¿verdad?
—Sí. Esa noche se salió. No marcó, pero dio los tres pases de gol. Si usted me lo pregunta, le diría que fue la noche en que convenció al Barça de que lo quería. Es que no solo estuvo brillante en ataque, ¡también en defensa!
—Lo he visto jugar aquí esta temporada, contra el Niza. Me pareció un gran futbolista. Lo que no sabía entonces, evidentemente, es que tendría que prestarle tanta atención a su vida. Cuando intentas entender a una persona y descubrir qué le ha sucedido, es de gran ayuda profundizar en lo que se le da bien.
—De acuerdo. Le conseguiré las grabaciones. ¿Las prefiere en DVD o en archivos de vídeo?
—En archivos de vídeo. Y quiero entradas para el siguiente partido que el PSG juegue en casa. Nunca se sabe a quién voy a tener que untar para que me proporcione información. Si no las utilizo, se las devolveré, claro está.
—Bien.
—En cuanto al artículo de L’Equipe, ¿podría usted leérmelo mientras busco por el apartamento?
—De acuerdo, pero dígame qué está buscando y quizá pueda echarle una mano.
—Lo cierto es que no sé qué es lo que busco, señor Mandel. De hecho, no lo sabré hasta que lo haya visto, y puede que ni siquiera entonces repare en ello a las primeras de cambio. Como suelen decir los detectives, confío en esos descubrimientos fortuitos e inesperados. Son el equivalente forense de la penicilina. El truco consiste en ser capaz de reparar en la importancia de lo que se acaba de encontrar. Y eso, claro está, no siempre resulta evidente desde el principio. Es como el portero que marca goles además de evitarlos. Rogério Ceni ha marcado ciento veintitrés a lo largo de toda su carrera. Eso no es cuestión de suerte. No es por carambola. Es lo que los ingleses llamamos serendipia, aunque, como sé que a ustedes no les gusta emplear términos anglosajones, podrían perectamente acuñar rogérioceni como equivalente francés.
Sonaba bien. Aunque no quería reconocer que lo único que llevaba en mi bolsa de deporte de investigador privado era serendipia, carambolas y casualidades. Lo cierto es que me sentía como un fisio a quien le piden que entre en el campo para arreglar un tendón de Aquiles destrozado solo con un rollo de cinta y una botellita de sales aromáticas. De verdad, era patético lo mal preparado que estaba para desarrollar la labor que me habían encomendado.
Entré en el cuarto de baño y abrí el armarito. Me pareció un buen sitio por el que empezar a buscar. A menudo aprendes mucho de una persona con solo mirar qué medicinas tiene en casa. Como es normal, había mucho ibuprofeno (que a veces es la única manera de llegar al campo de entrenamiento) y mucho vendaje neuromuscular (envolverte con cinta una articulación que te duele funciona, sobre todo si también tomas ibuprofeno). Sin embargo, lo que descubrí casi de inmediato, casi antes de que Mandel empezara a leer la entrevista en su iPad, fue que Jérôme Dumas estaba deprimido. En el armario había una botellita del ISRS (inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina) más habitual. Dejé la botellita en el lavabo y seguí buscando.
Jérôme Dumas ha provocado la ira de los aficionados del París Saint-Germain al asegurar que no se siente querido en el Parque de los Príncipes y que el asunto ha llegado tan lejos que, a día de hoy, casi evita tocar el balón. En una entrevista muy sincera, Dumas también nos ha dicho que no se divierte jugando en el PSG y que prefiere los partidos fuera de casa porque hay menos hinchas que le den dolores de cabeza.
Darmowy fragment się skończył.