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EMBOSCADA EN DALLAS


PEDRO J. SÁEZ

EMBOSCADA EN DALLAS

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2022

EMBOSCADA EN DALLAS

© Pedro J. Sáez

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2022.

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artística o científica.

ISBN: 978-84-19092-80-9

PEDRO J. SÁEZ

EMBOSCADA EN DALLAS

A mi nieta Penélope.

Índice

Prólogo

Introducción

1.Helsinki. Finales de 1974

2.Se abre la veda

3.Plan «Sibelius»

4.¡Que viene el lobo!

5.Caza mayor

6.Todo tiene un principio

7.Aires mexicanos

8.El señor Scott

9.Un duro golpe

10.El comodín Baker

11.La muerte llama a la puerta

12.Los Kennedy

13.Trabajando para la mafia

14.La política como negocio

15.Una fecha

16.Dos chivos expiatorios

17.La trama de Nueva Orleans

18.Despejando el camino

19.Final de trayecto

20.¿Solo dos actores?

21.El desenlace

Anexo

Prólogo

Cuando el Lincoln negro descapotable en el que viajaba el presidente se detuvo en la explanada del hospital principal de Dallas, poco podían hacer ya los médicos; sin embargo, teniendo en cuenta quién era el paciente, estuvieron cuarenta minutos intentando lo imposible. John F. Kennedy había sido asesinado ese 22 de noviembre de 1963.

A la convulsión natural que le sigue a la muerte violenta de un presidente, había que añadir el hecho de que, para muchos, Kennedy no era un presidente cualquiera. Su juventud y carisma, su esposa, así como el carácter novedoso de su lenguaje político fueron, entre otros, factores que multiplicaron el impacto en Estados Unidos: las intrigas, el hampa, la inoperancia tanto del FBI como de la CIA; el asesinato de Lee Harvey Oswald a manos de Jack Ruby; la trayectoria improbable de un proyectil, etc. El presidente Lyndon B. Johnson designó la Comisión Warren para llevar a cabo la investigación oficial del magnicidio, pero nadie creyó en sus conclusiones.

«Todo el mundo odiaba a Kennedy menos la gente». Estas fueron las palabras que pronunció Saint John Hunt, hijo de un agente de la CIA vinculado al asesinato, quien dibujó el esquema de la conspiración poco antes de morir. Como tantos otros, su testimonio fue inmediatamente desacreditado, ya que la mezcla de la propaganda con la autosugestión resulta, por lo general, implacable.

Sirva esta introducción para contextualizar todo lo que el lector se va a encontrar en esta obra, una novela que hasta hace apenas un par de meses no era sino un manuscrito más sobre la mesa de este editor. A veces, basta con leer el primer párrafo de una obra para intuir la calidad de la misma; sin embargo, con Emboscada en Dallas tuve que continuar con la lectura. Seguí y seguí. No podía parar de leer. Primero, con cierto interés, que poco a poco se fue convirtiendo en una emoción cada vez más latente. Y después, con una gran dosis de admiración: no podía creer que fuera tan buena. Pero sí, estaba ante una de esas novelas cargadas de giros narrativos, magistralmente escrita por Pedro J. Sáez y con una profusa labor de documentación detrás, de esas que se hacían antaño. En definitiva, una obra que hará las delicias del lector habitual de historias de intriga y espionaje.

Carlos Torres

Director editorial de ExLibric

Introducción

Mal menor

La lectura rápida de esas dos palabras, en principio y aparentemente, parecería que entrara en contradicción con otros principios éticos o morales que indican que nunca es lícito cometer ningún mal1. Sin embargo, Aristóteles en el Libro II de su Ética, bascula en su elección: de dos males, el menor ha de ser siempre elegido.

Aristóteles definía la virtud como término medio entre dos vicios, proponiendo que es aconsejable caer en el vicio menos erróneo antes que en el más erróneo cuando no se pueda acertar con la virtud, algo parecido a lo que defendía Cicerón, añadiendo un matiz importante al poner como ejemplo de la opción del mal menor no una salida cómoda, sino un ejemplo de heroísmo. Pero en el pensamiento filosófico, a medida que pasa el tiempo, como en muchas otras cosas, aparecen nuevas visiones y las cosas cambian.

El cristianismo, en la época de las persecuciones, pasó de proponer un pacifismo radical a justificar las guerras tras cristianizarse el Imperio romano en el siglo IV. A partir de entonces, se teorizaron las causas de la guerra justa, siempre para restablecer la paz y reparar la injusticia recibida. En la Edad Media se recoge ya en el VIII Concilio de Toledo: «si un peligro inexcusable nos lleva a perpetrar uno de dos males, debemos escoger el que nos haga menos culpables».

Pero, en nuestra época, ¿ha cambiado mucho este principio? En nuestro entorno inmediato y casi personal, cuántas veces se nos han presentado momentos de duda, hemos actuado de igual forma, incluso admitiendo que hay consideraciones éticas y morales, cuando no religiosas, nos declinamos por el mal menor. Es una decisión que tomamos como propia, dentro de una frontera egocentrista para nosotros mismos. Pero, cuando en ese juego participan un colectivo mucho mayor, más amplio, los criterios cambian y aplicamos aquel principio, aunque esta vez atendiendo a intereses egoístas de tipo material, más que éticos y morales. Es decir, damos un paso más para que nuestras conciencias duerman tranquilas; el fin justifica los medios. Es entonces cuando el mal menor es la mejor solución, claro, bajo el amparo de la bandera de la seguridad nacional o del interés nacional, llamémoslo como queramos.

Si hay un país en el que reflejo mejor ese condicionante, ese es los Estados Unidos de América, cuya vida desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, ha estado muy ligada a utilizar, con gran frecuencia, aquella frase de dos palabras que con solo escucharlas se doblegaban no solo la moral del ciudadano, sino también sus valores y libertades. Recordemos…

«NOSOTROS, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la Defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, estatuimos y sancionamos esta CONSTITUCION para los Estados Unidos de América […].

Enmienda I

El Congreso no decretará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para pedir al Gobierno la reparación de agravios […].

Enmienda V

Nadie estará obligado a responder de un delito castigado con la pena capital o con otra infamante si un gran jurado no lo denuncia o acusa, a excepción de los casos que se presenten en las fuerzas de mar o tierra o en la milicia nacional cuando se encuentre en servicio efectivo en tiempo de guerra o peligro público; tampoco se pondrá a persona alguna dos veces en peligro de perder la vida o algún miembro con motivo del mismo delito; ni se le compelerá a declarar contra sí misma en ningún juicio criminal; ni se le privará de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal; ni se ocupará la propiedad privada para uso público sin una justa indemnización […]».

Pero el poder ejecutivo no tardó en buscar, encontrar y aplicar un concepto patriótico, un concepto de bandera, de país, de nación. Un término que dejaba muda a la Constitución, y no era otra cosa que: ¡por la seguridad nacional!

Fórmula mágica que, con el paso del tiempo, fue cambiando la democracia del pueblo hacia un gobierno elegido democráticamente que ejerce poderes totalitarios. Toda una paradoja, ya que, en la era de la seguridad nacional, muchas libertades y derechos del ciudadano se han visto mermados, coartados y suprimidos, precisamente ese mismo concepto de… ¡Seguridad nacional!

Si nos preguntasen cuál es su significado, ¿podríamos responder? Difícil sería. Y lo peor es que, ese término se está extendiendo cada vez más a diferentes Estados del resto del mundo. Da lo mismo que sus gobiernos sean totalitarios, constitucionales, liberales, republicanos o democráticos. Todo lo que un gobierno de turno tiene que decir es… ¡Seguridad nacional! para que cualquier ciudadano de orden, al oír esa frase, que es sinónimo de ponerse firme y callar, mire hacia otro lado, pues de lo contrario uno sabe que podría tener problemas. ¿Cuántos ejemplos podemos poner?

¡Muchos!

Solo hay que levantar la cabeza, mirar a cualquier lado, en cualquier lugar, para comprender y ser consciente del poder que acumulan esas dos palabras, bien sea a través de los medios escritos, en el cine o incluso la televisión, al ver y oír en aquella escena decir… «la seguridad nacional está en juego». Hasta la justicia se callaba cuando lo escuchaba, recordad: «¡El caso es una amenaza para la seguridad nacional, Señoría!», advertían los abogados.

Esta novela te hará penetrar en las entretelas de lo que se dice, lo que se cuenta y lo que realmente ocurre. Una línea roja muy débil que se traspasa constantemente. En este juego del poder las vidas humanas no cuentan.

El interés nacional es como un iceberg, del que apenas vislumbramos lo que se oculta debajo del agua. Es desde el poder de la alta política —glaciar— donde se sabe el alcance y tamaño de aquel bloque de hielo desprendido —interés partidario—, que flota a la deriva del mar por sus aguas frías —guerra fría—, sin rumbo y sin saber cuándo deja de ser dañino para la navegación —interés general del ciudadano—.

Las agencias de inteligencia se mueven con esa tarjeta de visita «IN» como pez en el agua. Con una consigna: ¡El fin justifica los medios! El mejor ejemplo, el asesinato del 35º presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

Es de cómo se manipula a las personas y la información de lo que trata esta novela. Veremos agentes especiales del FBI y de la CIA, con sus tramas, sus silencios y sus métodos moviéndose por diferentes lugares y gobiernos. De esta manera, tú, lector, tendrás la suficiente información para tener una visión generalizada de lo ocurrido en aquel magnicidio. No de lo que nos han contado.

Preguntas como ¿por qué lo mataron?, ¿quiénes fueron los que intervinieron?, ¿por qué solo han acusado a Oswald?, ¿quién está detrás de Ruby? o ¿quién fue o quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato? tienen aquí respuesta.

Emboscada en DALLAS es la muestra palpable de cómo el principio del mal menor es aplicado, mejor que nunca, para alcanzar un objetivo común, a callar discrepancias y voluntades y enmudecer informes para satisfacer intereses económicos. Solo, que esta vez buscaron un atajo por la senda del dolor y el sufrimiento a costa de numerosos inocentes, cuyo único error, fue estar, en un momento de su vida en un lugar equivocado.

______________________

1 Conceptos planteados sobre la injusticia por Platón, en boca de Sócrates, en los diálogos Gorgias (es preferible sufrir una injusticia a cometerla), y también por Critón (no se debe cometer injusticia ni siquiera para evitar una injusticia mayor).

Emboscada en Dallas es una obra de ficción basada en hechos reales, contada con una amplia gama de documentación y de fuentes fidedignas.

1. Helsinki. Finales de 1974

—¿Cuál es el motivo por el que visita nuestro país, señorita Kofman? —le preguntó el agente de aduanas.

—Motivos de trabajo. Soy ornitóloga.

—¿Algún ave en especial?

—El Cygnus, creo que ustedes le llaman laulujontsen.

—¡Ah! El cisne cantor. Muy bien. ¿Cuánto tiempo durará su estancia?

—Al menos un año.

—Ya sabe que tendría que conseguir una nueva autorización antes de sobrepasar el año de estancia en nuestro país.

—Lo tendré en cuenta.

—¡Bienvenida a Finlandia, señorita Kofman! Que disfrute de nuestro país.

—Muchas gracias.

Así fue como Kathleen Kofman, con pasaporte alemán, comenzaba su visita para estudiar al precioso cisne cantor, pero nunca más lejos de la realidad. Su auténtico nombre era Hendrina Sprenger, apellido holandés de origen judío.

Kofman era buscada por algunas agencias de inteligencia, que solicitaban sus servicios como cazador de personas —muy pocos sabían su verdadera identidad y, menos aún, que era una mujer—, y la conocían por su alias, Tulipán. Casi todo el tiempo de su actividad lo dedicaba a rastrear antiguos agentes nazis y a ponerlos en manos del Mosad2, pero también hacía otros trabajos para el MI63 y especialmente para la CIA4, y este caso era uno de ellos. Desde luego que era un asunto muy especial, ya que le habían añadido a su encargo un plus y una condición. El plus, recuperar unos manuscritos que sabían tenía el hombre al que señalaron; si los encontraba, le entregarían sesenta mil dólares, lo cual hizo que nuestro Tulipán estuviera más que motivado por recuperar aquel premio. Sin embargo, la condición de que la muerte tenía que parecer obra de los rusos no le suponía ningún problema cumplirlo.

La Agencia Central de Inteligencia americana ya le había advertido en su informe de que habían localizado a uno de sus antiguos agentes que se quería pasar a trabajar con los rusos, al lado contrario. Así que Kofman viajó al lugar indicado. Una vez allí, esperó en el aeropuerto hasta que escuchó por los altavoces su nombre:

«Aviso para el señor Kofman. Por favor, preséntese en información».

Lo escuchó dos veces más. Cuando se identificó, se aclaró que a quien llamaban era a una mujer, a ella. Le entregaron un sobre en cuyo interior había una tarjeta del Banco de Finlandia con un número anotado a lápiz, el 319, y una pequeña llave. Sin más tardanza, salió del aeropuerto y, subiéndose a un taxi, se dirigió al banco. Era su modus operandi. Primero recibía una postal en su box de París, donde vivía, de la ciudad a donde se tenía que dirigir. Una vez allí, recibía la información necesaria.

En la caja de seguridad del banco encontró un sobre con todas las indicaciones, una pistola limpia y 400005 dólares, correspondientes a los honorarios por su trabajo de eliminación, encargos que, por cierto, siempre cumplía. Por supuesto, en ese precio estaba incluido su silencio.

Su segunda visita fue al Hotel Kämp, uno de los más prestigiosos de la ciudad de Helsinki. Allí, en su habitación, repasó toda la documentación incluyendo el arma, una Makárov con munición de 9 mm, una semiautomática rusa que tan solo pesaba 815 gramos, pero muy efectiva, pequeña y fácil de camuflar. Con toda tranquilidad y comenzando a mimetizarse con ciertas costumbres rusas, que formaba parte de las huellas de su trabajo, se tomó un vodka antes de repasar la documentación, donde le indicaban, con todo tipo de detalles, la pieza a abatir. Observó una y otra vez las fotos, leyó los escritos donde le indicaban la última ubicación de aquel hombre, así como las rutas y costumbres que conocían. Su nombre y alias decían: «William Stowe, alias Kevin Sullivan, aliasThomas Sullivan».

Los servicios de inteligencia norteamericanos fijaban su residencia en la ciudad de Turku, al menos durante los meses de invierno, aunque desconocían dónde pasaba el resto del año; suponían que en algún lugar oriental de Finlandia.

Kofman nunca cuestionaba las causas ni los motivos, y mucho menos el porqué. Hacía su trabajo sin ningún escrúpulo ni remordimiento. Lo vivido en la guerra, y lo que le habían hecho los nazis a su familia y a ella, anulaba todo sentimiento de culpabilidad. Aquella experiencia trágica le había borrado cualquier tipo de ética o moral, de manera que se centró en su último encargo y, acariciando con su delicada mano la foto del rostro de aquel hombre, bebió de un sorbo su segundo trago de vodka.

—Eres mi cisne cantor. ¡Pronto estarás bajo tierra, señor Stowe, o como quiera que te llames! —aseguró en voz alta.

Guardó todo en la caja de seguridad de la que disponía la habitación. Luego fue al baño y tomó una larga ducha para relajarse. Cuando terminó, se arregló y bajó a cenar al mismo restaurante del hotel. Desde la ventana veía nevar copiosamente, pudo contemplar cómo la ciudad poco a poco se quedaba vacía, sola, sin su gente. Entonces comprendió que su misión iba a ser difícil. Se dio cuenta de que ese medio hostil le pondría numerosos inconvenientes. Tenía que ser muy prudente y desempeñar muy bien su papel sin llamar la atención. Pidió un Jägermeister, una copa de licor típica alemana. Mientras la saboreaba, no pudo evitar pensar en el hombre que le habían señalado. Se sintió un poco nerviosa, pero eso era algo normal, como preludio de su trabajo, por no saber a lo que tenía que enfrentarse.

Allí sola, le vino a la memoria su último trabajo encargado también por la CIA tiempo atrás. Fue a primeros de noviembre de 1965. Kofman fue recordando detalles del personaje que tenía que eliminar. Una periodista de éxito que trabajaba como reportera de crímenes para el diario The New York Journal. Se llamaba Dorothy Kilgallen y, según los datos sobre su persona, tuvo una corta carrera en el mundo del cine, incluso escribió algún guion. Sin embargo, como periodista era famosa. Su columna diaria, La Voz de Broadway, se estimaba que tenía veinte millones de lectores, ya en 1950. Por si eso fuera poco, en aquel dosier se incluía información de su programa de televisión ¿Cuál es mi línea?, un programa de entretenimiento en el que al final descubrían a un famoso. Era especialista en seguir y escribir juicios de personas famosas con bastante audiencia y éxito; además, le informaron de todo tipo de detalles, horarios, personal técnico, auxiliares y maquilladoras que atendían a aquella periodista.

También resaltaron que aquella persona estaba bien informada y preparada para abordar cuestiones políticas, ya que tenía muy buena relación con las agencias de inteligencia. Entre 1959 y 1960, Kilgallen incluyó una gran cantidad de historias anti-Castro en su columna. Parte de esa información provenía de exiliados cubanos con base en Miami. En el verano de 1959 tomó partido en diferentes publicaciones, sugiriendo que la CIA y la mafia estaban trabajando juntas para asesinar a Fidel Castro. Hasta tuvo la osadía de criticar la forma de vestir de la esposa de Nikita Khrushchev.

Se había convertido para el Gobierno y las propias agencias de inteligencia en una especie de grano en el trasero que no dejaba de escocer. Una de aquellas notas decía:

«La señora Kilgallen fue demandada por difamación por la periodista Elaine Shepard. En un artículo publicado el 22 de diciembre de 1959, la periodista sugirió que una mujer, miembro del grupo de prensa de Washington, que se unió al presidente Dwight Eisenhower en una gira por Europa, había tenido una aventura con alguien del personal de la Casa Blanca. Como Shepard era la única mujer, no había duda para nadie, de manera que la señorita Shepard la demandó por 750000 dólares, alegando que Kilgallen “había implicado maliciosamente que era una persona de carácter lascivo y desaprovechado”. ¡La señora Kilgallen ha traspasado la línea roja!».

Tomando su último trago, repasó cómo lo hizo, cómo actuó en aquel trabajo… Cuando sacó un duplicado de llaves y la clave de la alarma de su casa de Nueva York, resultó fácil introducirse; fue sencillo dormir a su familia, ya que ella dormía sola en el piso superior. Subió a su habitación y, a punta de pistola, la llevó a la cama. Luego la asfixió con la almohada. No quiso seguir más con aquel recuerdo, dado que debía marcharse a su habitación; al día siguiente tenía que comenzar a trabajar para cumplir su nuevo encargo. Un trabajo que no se presentaba nada fácil, atendiendo a su buena remuneración y el tiempo que le señalaron como límite para su ejecución.

Mientras esto ocurría, en Turku, a 170 km, un hombre escuchaba la melodía de Sibelius Opus 26, al tiempo que desgranaba recuerdos de su pasado, recuerdos que iba anotando en su inseparable libreta de tapas rojas. Uno de ellos, ya escrito, fue cuando pisó por primera vez tierras finlandesas y, sobre todo, cómo y por qué se produjo. Esto es lo que había escrito al respecto:

[…]

—Han traído este sobre por mensajería —me informó mi secretaria.

—¿No han dicho de quién?

—No, ya lo pregunté yo al ver que no tenía remite.

—Gracias, Peggy.

Cuando abrí el sobre, pude leer:

Siento interrumpir su permiso. Usted es mi LITEMPO-0, el primero de mi lista. Le será fácil comprender que, donde he estado trabajando, he dejado agentes de toda mi confianza que aún me siguen sirviendo, y muchos todavía están activos.

Todos, absolutamente todos, están convencidos de su labor patria, de que están haciendo un papel, a veces muy desagradecido por su anonimato, pero lleno de gratitud por los miles de personas que han salvado la vida de una forma u otra.Y no me gustaría que se quedase fuera de mi equipo, tanto si ha decidido marcharse a casa como si se permanece en México.Ahora me encuentro en Washington y necesito hablar con usted.

Mañana, en el monumento a Abraham Lincoln, a las 17:00 h.

Scott.

Tardé unos segundos en reaccionar. Miré el reloj y eran las 14:10 horas, de manera que marché al aeropuerto a comprar billete para el vuelo. Llegaría a mediodía, así que descarté la opción del coche, ya que de Nueva York a Washington hubiera tardado más de cuatro horas y media. Quería ir cómodo y relajado a ese encuentro. Recuerdo que estuve hasta bien entrada la noche pensando cuál sería el motivo por el que el señor Scott quería hablar conmigo. Al día siguiente, 7 de enero, marché al lugar de encuentro. A la hora fijada nos vimos, y he de decir que con grata alegría por ambas partes.

—¿Cómo ha comenzado el 58, señor Sullivan?

—Con mucha tranquilidad. ¿Y usted?

—Muy bien, ya sabe que los mexicanos son de sangre caliente y estas fiestas las celebran con mucho ruido y alegría. He tenido que venir a la capital, pero antes de marcharme, tengo que hablarle personalmente.

—Dígame lo que quiere de mí.

—En el mensaje estaba casi todo dicho, pero quiero escuchar su contestación. Es un paso muy importante, señor Sullivan.

—Deduzco, señor Scott, que su confianza conmigo se mantiene intacta.

—No lo dude ni un momento. Ninguna persona sabe de la existencia de esta red mexicana, salvo, claro está, quienes la forman. De manera que con ello le he contestado. He estudiado su situación y su petición de volver a casa, y he pensado que la mejor solución es que sea mi agente encubierto en Washington. Creo que, bien mirado, un LITEMPO podría funcionar en esas condiciones. Tener un hombre disponible por el territorio nacional resultaría muy positivo e incluso creo que así usted me sería más útil. ¿Qué me dice, señor Sullivan?

—Sabe que confío plenamente en usted y le agradezco su confianza hacia mi persona. Pero supondrá hacer algunos cambios en mi vida.

—¿Y eso le causa algún problema?

—Ninguno.

—Pues entonces está todo dicho.

El señor Scott era un hombre muy convincente. Si le dejabas hablar, era capaz de convertir al demonio en un ángel. Una vez dado mi consentimiento, me explicó los detalles de mi cometido, mi misión.

Nueve días después, el jueves, 16 de enero de 1958, volaba hacia Helsinki, Finlandia, con un único propósito: mantener un encuentro con un hombre de toda confianza del Sr. Scott, quien me daría información de un alto dirigente de la KGB6. A aquel desconocido le pusimos el apodo de «yanqui rojo», por supuesto, fuera del conocimiento de nuestra embajada. Era un viaje de incógnito, aparentemente de vacaciones. A esas alturas ya tenía totalmente asumido que mi papel estaba dentro del círculo del señor Scott, un círculo muy restringido y que actuaba de forma independiente, fuera de la influencia y el control de La Compañía, como así llamábamos a la CIA.

A pesar de estar preparado para convivir con el frío y la nieve en los duros inviernos de Nueva York y Washington, cuando aterricé en el nuevo aeropuerto de Vantaa, a 19 kilómetros de la capital Helsinki, pude comprobar el inmenso manto blanco que cubría toda la ciudad. Una estampa preciosa que no cambia hasta que tus inseguros pies rompen el frío gélido a cada paso. Los termómetros marcaban -8 ºC.

Lo primero que hice fue comprarme un gorro de piel de marta para que me cubriera la cabeza y mis sensibles orejas; para lo demás, iba bien equipado. Era mediodía y se podía decir que el momento de máxima concurrencia de la población; aun así, en comparación con la gran City, la imagen que veía era de escasa presencia humana, y aunque en Estados Unidos estábamos en invierno, no se parecía en absoluto al frío que noté al llegar a Finlandia. Era tal la sensación gélida que notaba cómo los cristalitos de hielo se aposentaban hasta en los minúsculos vellos de mi nariz. Con aquella sensación pedí a un taxi que me acercara al hotel. Le enseñé un papel escrito con el nombre: «Radisson Blu Plaza Hotel».

Cuando el conductor leyó la nota, me contestó en un perfecto inglés:

—De acuerdo, no se preocupe. Enseguida le llevo.

—Cómo me alegro de que hable usted mi idioma. No hablo casi finés y sé que me resultará difícil comunicarme estos días.

—¿De dónde es usted?

—Norteamericano.

—Bueno, no se preocupe. No tendrá ningún problema.

—El inglés se practica mucho, ¿verdad?

—Sí, lo habla mucha gente, especialmente los jóvenes; esos saben hasta latín.

—Muchas gracias.

—¿De negocios? —preguntó el taxista.

—Un poco de todo. ¿Qué tal el hotel?

—Muy bien. Un histórico, tiene unos cuarenta años y alberga el restaurante Plaza, que tiene muy buena cocina. Se encuentra junto al parque Kaisaniemi y a veinte minutos a pie de casi todo lo importante que se puede ver de la ciudad.

—¿Está lejos el hotel del Teatro Ruso?

—De dieciocho a veinte minutos; en verano y a paso ligero, unos doce o trece. Está muy cerca, aunque ahora tiene que ir mucho más despacio. Hay placas de hielo bajo la nieve y uno puede resbalarse. El secreto, caminar despacio.

—Muchas gracias. ¿Me permite una pregunta?

—Por supuesto.

—Como voy a estar bastantes días, quisiera escuchar alguna pieza de Sibelius. ¿Es posible?

—¿Le gusta a usted la música?

—Cuando puedo, intento escucharla, pero aquí, en la tierra del gran músico y con mucho tiempo disponible, no me perdonaría perder la ocasión.

—No le podría contestar a su pregunta. Sé que todos los martes en la Sala de Conciertos del Ayuntamiento se puede escuchar y ver a la Orquesta Sinfónica. Seguro que allí siempre interpretan algo de Sibelius.

—Pues muchas gracias de nuevo.

Con aquella simple explicación, que luego complementé en la recepción del hotel, pude hacerme una composición del lugar y de mis siguientes pasos a realizar. Lo primero que hice fue comprarme una pequeña cámara fotográfica. Así podría disimular y representar mejor mi papel de turista; además, me ayudaría a pasar mejor los tiempos de espera, que seguro los habría.

El sábado 18 tenía el contacto con el desconocido. El lugar, el Teatro Alexander, más conocido comoTeatro Ruso, situado en la calle Bulevardi, lugar de la sede de la Ópera Nacional de Finlandia. Allí, en la fila número 8, butaca 10, sector derecho, tenía cita con un desconocido que, según mi información, estaría sentado junto a mí. Pero había un problema: no sabía si se sentaría a mi derecha o mi izquierda para hablar de otro hombre, aún más desconocido.

Recuerdo que la obra que representaban era El lago de los cisnes, de Tchaikovsky. Pero, debido a mis circunstancias, no tuvo en mí el éxito deseado, dada la preocupación por ver quién era mi contacto. Antes de comenzar, a mi izquierda había sentado un hombre mayor de barba bien recortada, mientras que a mi derecha el asiento estaba vacío, por lo que estaba más pendiente de mirar a mi alrededor que al escenario. Momentos antes de apagar las luces para dar comienzo a aquella representación, una señora accedió a la butaca vacía por el pasillo derecho, haciendo que se levantasen todos los ocupantes de sus respectivas butacas. Por fin se sentó. De su bolso sacó unas gafas y el programa, al tiempo que me dijo:

—Iemaneman enkasavu7— o algo parecido; más tarde supe su significado.

No entendí nada. De mí solo recibió una leve y simpática sonrisa. Al instante, las luces se apagaron y comenzó a escucharse la música. Tres minutos después, el telón se abrió y empezó la representación de aquella ópera, la transformación real de la princesa Odette, que se convertía por primera vez en un cisne. Luego, junto al decorado de un parque ante palacio, el príncipe Sigfrido celebraba su vigésimo primer cumpleaños con su tutor, amigos y campesinos. Las diversiones eran interrumpidas por la reina, madre de Sigfrido, y sus damas de honor, que se preocupaba por el estilo de vida que llevaba su hijo. La madre le recordó que la noche siguiente debería escoger esposa durante el baile real de celebración oficial de su cumpleaños, al que acudirían las más jóvenes y hermosas muchachas de la comarca, de entre las cuales el príncipe tendría que elegir a una como futura esposa. Era fácil seguir el programa porque, aunque muy resumida, ofrecía una traducción al inglés; todo un detalle.

La música, la escenificación y los movimientos armoniosos de los personajes eran tales que trasladaron, no sé a dónde, mi misión. Tenía que realizar grandes esfuerzos para dejar de contemplar aquellas bellas imágenes. Como debía prestar atención tanto a mi derecha como a mi izquierda, muchas veces dejaba de contemplar lo bello y maravilloso de aquel acto. Pensar si era la señora de mi derecha o el señor de barba de mi izquierda, el enlace con quien tenía que recibir alguna señal para cerrar aquel encuentro, me producía tensión y, a veces, nerviosismo e impaciencia.

Viendo que ambos asistentes estaban tan atentos a aquella maravillosa ópera, y dado que no me había apercibido de ningún contacto, opté por imitarlos. El tiempo pasó y me sumergí de nuevo en ese cuento de hadas, convirtiéndome en el desolado príncipe y esperando a que mi Odette, de quien me había enamorado, y ya convertida en cisne junto a toda su corte por el hechizo del malvado Von Rothbart, recuperara su forma humana a la noche siguiente. Así que debía esperar, y esperé.

Tengo que admitir que hubo momentos en que la música me puso los pelos de punta, sobre todo cuando vi el acto cuarto, donde a orillas del lago las jóvenes cisnes esperan tristemente la llegada de Odette. Ella llega llorando desesperada por la traición de Sigfrido y les cuenta los tristes acontecimientos de la fiesta en palacio. Las doncellas cisnes tratan de consolarla, pero ella se resigna a la muerte. Aparece Sigfrido implorando su perdón. Ella lo perdona y la pareja reafirma su amor. Ya sé que es de un romanticismo exagerado, pero aquella puesta en escena de tantas bailarinas cisnes danzando junto a su reina, la música, las luces y los movimientos de sus brazos y sus cuerpos le dejan a uno perplejo. Sentí que se detuvo el tiempo.

Supe que pronto se acabaría y nada me hacía sospechar que el contacto se fuera a producir; miré a mi derecha y aquella mujer estaba llorando. Luego, volví la mirada a mi izquierda. ¡Mierda! El hombre de barba recortada había desaparecido y yo no me había enterado. ¿Pero cuándo se marchó?

No me extrañó que tuviera tal descuido, porque aquella música, aquel ballet te hipnotizaban. Me dejé llevar en mi frustración y vi terminar, como todos los presentes, los últimos bailes, los últimos movimientos hasta el abrazo final de los dos enamorados. Os puedo asegurar que sentí la misma emoción que cuando escucho el himno nacional. Fue impresionante. Diez minutos de pie todos aplaudiendo, entre ellos, yo. Cuando terminó, todas las luces se encendieron y la señora me preguntó en palabras inteligibles:

—¿Le ha gustado?

Me sorprendió tanto que mis labios quedaron sellados por segundos. Al final respondí un «mucho» que casi ni yo mismo escuché.

—Mañana a las once en la fuente de Havis Amanda. No se olvide. Fuente Havis Amanda a las once de la mañana.

Sin darme tiempo a reaccionar, se marchó más rápido de lo que había venido. Recogí mi abrigo y mi gorro en la guardarropía y me fui. Tras dos horas sentado, necesitaba dar un paseo hasta el hotel, memorizando aquel mensaje y recordando la conversación que tuve con el señor Scott:

—Esta misión no es de alto riesgo. Es más, diría que de riesgo cero. Tan solo tiene que escuchar y memorizar bien lo que le digan, pidan o soliciten. Una persona, bien consolidada en el Partido Comunista Ruso y perteneciente a la KGB, tiene pensamiento de desertar. Al menos, así se lo ha hecho saber a uno de mis agentes. No quiero ni debo poner en riesgo la integridad de esa persona, por lo que no se utilizarán los cauces oficiales de la CIA hasta que todo esté confirmado, seguro y ratificado por mí. Por eso, esta misión es ideal para usted. No está fichado ni ha operado en ningún país fuera de México.

—Creo que me vendrá muy bien un cambio de aires. ¿Quién es el contacto? —recuerdo que le pregunté.

—Una persona se pondrá en contacto con usted en el Teatro Ruso, donde irá a ver una ópera. En este sobre están las entradas al teatro, monedas del país y un plano de ubicación. Una cosa importante: no escriba nada. Todo lo debe memorizar. Recuerde que va de viaje de turismo durante un mes, así que considere que le he dado sus merecidas vacaciones pagadas. Si le ocurriese algo, diga la verdad, que es asesor en materia energética de la Embajada de los Estados Unidos en México. No tendrá ningún problema. Y si se complicaran mucho las cosas, llame a nuestro embajador.

—¿Pero no me ha dicho que no hay ningún riesgo?

—Se lo he dicho, pero esto es como los médicos cuando operan, que no garantizan un éxito al cien por cien.

—Bueno, dicho así, mantendré esa esperanza. Muchas gracias, señor Scott.

—Gracias a usted. Otra cosa, ya va siendo hora de que nos tuteemos, ¿verdad, Bill?

—Me parece muy bien, Wim.

Sin darme cuenta de lo que había caminado y pensando en el espectáculo que presencié, me encontré en el Parque Esplanadi. Giré hacia el norte por la calle Mikonkatu y llegué al Hotel Plaza; los tan solo veintitrés minutos que tardé fueron suficientes para que se me helara la nariz. Eran las 20:15 y la temperatura marcaba -15 ºC. Fui directo a cenar. Después, como no bebo alcohol, me acosté enseguida para calentarme.

A la mañana siguiente, domingo, amaneció totalmente despejado. Tomé un largo baño y, después de un fuerte desayuno, marché hacia el lugar de encuentro al final del Parque Esplanadi en su lado este, donde se hallaba la Fuente Havis Amanda, en la misma Plaza del Mercado. Hice algunas fotos como recuerdo y esperé mirando los edificios de alrededor.

—¿Señor Sullivan? —escuché una voz a mis espaldas.

Cuando me volví, reconocí a aquel hombre. Era el que se había sentado a mi izquierda en el teatro la tarde anterior.

—¡Sí! ¿No es usted…?

—El de su izquierda —me interrumpió.

—Espero que hoy no desaparezca sin avisar.

—Perdone, si le molesté, pero debemos tomar todo tipo de precauciones. Si es tan amable, vayamos paseando.

No dimos más de diez pasos cuando le pregunté:

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Mi nombre que debe saber es Jalo. Pertenezco a un grupo secreto que mantiene relaciones en ambos lados. Ya sabe, entre occidentales y rusos. Y le puedo asegurar que es difícil mantener un equilibrio perfecto. A veces, los de un lado nos ven como sus enemigos; otras, los mismos nos consideran sus amigos y colaboradores. Es muy complicado, pero así es este juego.

—Le entiendo.

—Sin embargo, y pese a todo, soy un hombre fiel a Scott. Él me salvó la vida cuando estuvo en Europa. Desde entonces, opero y le ayudo cada vez que me lo pide. Supongo que esto le habrá resuelto cualquier duda o, por lo menos, le habrá tranquilizado saber quién tiene de frente, ¿no?

—Sin duda. Pero, dígame, solo por curiosidad, ¿quién era la señora de ayer, la del mensaje?

—Es mi número dos, de toda confianza.A su marido lo asesinaron los rusos. Haría cualquier cosa por ayudar a que un ruso desertara y se pasara al otro bando. Bien, ahora quiero que preste mucha atención. Cuando termine, me puede hacer las preguntas que usted considere pertinentes.

—De acuerdo.

—Nuestro hombre en cuestión estuvo trabajando como jefe de sección en el Departamento del Servicio de Inteligencia Soviético, como responsable del servicio de contrainteligencia. Durante dos años trabajó enViena, espiando. Luego lo nombraron subsecretario de la organización del partido. Hace dos años recibimos un aviso para mantener una reunión en Viena. Allí me trasladé, pero no pude hablar con él personalmente, sino por teléfono. Todavía no sabemos exactamente quién es, aunque la información que tenemos es correcta. A pesar de que hemos filtrado las voces de algunas personas que reúnen posibilidades, no se le ha reconocido su voz, suponemos, estaría distorsionada a propósito. Por entonces, me manifestó que empezaba a desilusionarse con el sistema soviético. La causa que esgrimió fue lo acaecido en Hungría ese año. De lo acaecido y de lo que me contó solo informé a nuestro superior Scott, por decisión expresa del propio interesado. Hace tres meses recibí la misma clave que utilizamos enViena para tener un encuentro. Lamentablemente, y al igual que en aquella ocasión, el encuentro físico no fue posible, pero envió a un correo, una persona de toda confianza; se presentó como su esposa. Nos vimos en el mismo sitio que ahora estamos pisando y me entregó un documento escrito con sus intenciones futuras. Esa información ahora está en manos del señor Scott, que es quien lleva personalmente este affaire. Sabemos que nuestro susodicho ha pedido ser enviado a la Embajada soviética en Helsinki, cosa que pronto ocurrirá, y si se confirma que Estados Unidos lo adopta, se preparará toda la operación para sacarlo del país. Pero esa será otra historia. ¿Preguntas?

—¿Conocemos su nombre?

—Nunca lo ha dicho, aunque sabemos que se hace llamar Ivan Klimov. Como esto no se ha dado a conocer a la CIA, no podemos rastrear los archivos y vamos un poco a ciegas; por otra parte, al indagar por los canales soviéticos, levantaríamos la liebre.Tenemos que esperar a ver qué nos dice nuestra propia investigación. De momento, los tiempos los marca él. Descubrir el hilo que nos puede hacer dar con el verdadero nombre es a través de fotos de su presunta esposa, a quien seguimos esporádicamente con mucha dificultad, por razones obvias. Estamos en ello, pero aún no sabemos con seguridad de quién se trata y cuál es su nombre verdadero.

—¿Y no podría ser que se hiciera pasar como arrepentido para convertirse con el tiempo en agente doble o topo soviético?

—Tal vez. Eso ocurre con frecuencia en ambos lados, pero es un riesgo que se asume. A ambas partes les interesa esa forma de conquistar a la persona, es un método que muchos países practican. Aunque luego está la persona interesada, que es quien se inclina hacia un lado u otro.

—Pero entrañará peligro, ¿no?

—Peligro y mucho dinero. Buscar un equilibrio es la garantía para que te respeten en ambas partes. Precisamente Klimov nos dio el nombre de una importante espía rusa, una funcionaria que trabaja en la CIA. Lo está comprobando Scott. Pero lo que nos da más seguridad de su sinceridad es que quiere desertar acompañado de su esposa y su hija. Eso para nosotros ya es una garantía.

—Podría ser. Y bien, ¿qué debo hacer? ¿Me espero a tener más información sobre Klimov, o…?

—Lo mejor es que se quede. Creo que faltan pocos días para conocer su verdadera identidad, de manera que disfrute de sus vacaciones y espere. Cuando tengamos la información, nos pondremos en comunicación con usted; le dejaremos aviso en recepción. El lugar de encuentro siempre es aquí en la fuente; el día y la hora, se los indicaremos. De cualquier forma, antes de marcharse nos veremos de nuevo. Entretanto, ¡disfrute de Finlandia y de nuestro sisu!

—¿Cómo dice?

Jalo se sonrió por la cara de extrañeza que puse.

—Si hay una palabra que defina mejor a Finlandia es, sin duda, sisu.

—¿Es algún pescado?

Recuerdo que soltó una fuerte carcajada.

—No es una palabra, es un concepto que existe desde hace más de quinientos años. Para nosotros, es una especie de coraje, bravura o perseverancia. Digamos que es un grito a la unidad para superar una circunstancia adversa o sobreponerse a situaciones límite.

—¿Una aptitud?

—Sí, algo así. El sisu detalla la manera de ser de nuestra gente, su carácter, es…

—El espíritu finlandés —recuerdo que le interrumpí.

—Nunca lo habría definido mejor. Correcto.

—Bueno, pero cultivar eso me costará tiempo, ¿no? —le dije, sonriendo.

—No lo crea. Con poco que esté en este país y lo conozca, lo entenderá, y aún mejor, lo asumirá.

—Pues gracias por el consejo. Saborearé cada momento que esté aquí.

—¡Eso es, eso es, señor Sullivan! —exclamó, marchándose con toda satisfacción.

—¡Conforme! —le contesté ya en voz alta.

Permanecí allí de pie mientras observaba cómo poco a poco aquel hombre se alejaba.Todo lo que me estaba ocurriendo allí, en ese escenario, era más propio de una novela o de una película que de una realidad, pero así era.

A partir de aquel momento, quizá por haber expulsado la ansiedad o la tensión de conocer lo desconocido, la ciudad de Helsinki me pareció más bella, más bonita, y veía cosas que antes la nieve me ocultaba. Percibía a la gente más alegre, más activa, de modo que decidí disfrutar y recorrer la ciudad. Hasta me prometí verla en temporada estival, sin su manto blanco. Así que aproveché para visitar Tallin, en Estonia, a tan solo 80 kilómetros al sur de la capital; desde luego, se notaba que había sido territorio ocupado por los soviéticos.También visitéTurku, la ciudad más antigua de Finlandia. Me gustó mucho, es una de esas ciudades donde no me importaría vivir. Creo que sentí el sisu.

El sábado 25 recibí una nota que me dejaron en recepción: «Lunes, 11:30. Jalo». Como era de esperar, acudí puntualmente. Esto es lo que recuerdo de lo que hablamos en aquella cita:

—¿Está disfrutando de sus vacaciones?

—Sí, y estoy descubriendo que Finlandia es muy bonita.

—Me gusta que se encuentre a gusto entre nosotros y le guste esta tierra. Bien, hay novedades.

—¿Buenas o malas? —le interrumpí.

—Muy buenas. Antes de que viniera usted, hace un mes, enviamos un correo a Klimov, pidiéndole una prueba para que ustedes pudieran confiar en él. Por supuesto, le hicimos sabedor de que debía desvelarnos información interesante. Hace cuatro días recibimos la respuesta: «Indagar en el club Delicias. Washington, dos de sus mujeres son espías nuestras».

—Bien, es una buena pista para comenzar.

—¿Conoce el club?

—No, pero es evidente que si se hace una buena investigación, seguro que sacaremos información sustancial. Solo así tendremos la oportunidad de saber lo que vale este Ivan Klimov, y si nos dice la verdad.

—La otra noticia importante es que sabemos, casi con total seguridad, su identidad. Se trata de Anatoliy Mikhaylovich Golitsyn. Ahora está en Moscú, en la misma academia de la KGB, terminando la carrera de abogado. Es un personaje que está asumiendo peso representativo dentro del partido y muy cercano a los círculos del poder. La KGB se está reorganizando y él ya ocupa un papel importante. Está desempeñando trabajos como analista en la sección OTAN. Nosotros no disponemos de recursos para ampliar y cotejar que es nuestro personaje, además de que levantaríamos todas las alarmas. Eso se lo dejamos a Scott. Pero si se confirma, se trataría de un hombre de primera línea, muy importante.

—¿Puede repetirme el nombre?

—Anatoliy Mikhaylovich Golitsyn.

—Creo que debo escribirlo hasta que lo tenga bien memorizado —le contesté.

—Ya he pensado en ello. Tenga estas postales de la ciudad. En cada una de ellas está escrito en goma arábiga el nombre, lo que lo hace invisible, a no ser que la moje con un colorante para poder leerlo. Pero lo mejor será que repita muchas veces el nombre hasta que lo memorice, buscando alguna regla nemotécnica, ya sabe… Así nunca se le olvidará.

—Entiendo que con esto mi estancia aquí ha terminado.

—Creo que sí.

—Bueno, ha sido un placer conocerle. Si alguna vez va por los Estados Unidos, no dude en visitarme. Para mí será un honor corresponderle. El señor Scott sabe dónde encontrarme.

—El placer ha sido mío.

—Dé recuerdos a la señora dos.

Así fue como cerré la información que tenía que llevarle al señor Scott. Me marché inmediatamente al hotel, y en el mismo baño mojé una de las postales con colonia. Luego escribí el nombre en un papel para no olvidar cómo se deletreaba. Repetí la misma operación con otra postal; el mismo resultado: ANATOLIY MIKHAYLOVICH GOLITSYN. Lo repetí tantas veces en voz alta que no se me olvidaría jamás. Luego hice otro ejercicio: memoricé las letras de aquel nombre, pero de derecha a izquierda y en grupos de siete letras: NYSTILO GHCIVOLYAHKIMY ILOTANA, NYSTILO GHCIVOLYAHKIMY ILOTANA, NYSTILO GHCIVOL YAHKIMY ILOTANA. Lo hice tantas veces para fijarlo en mi memoria que, pasados los años, aun soy capaz de recordar aquella serie.

Después de aquel ejercicio memorístico quemé todo lo que había escrito, incluidas las postales. Sin embargo, por precaución, quería asegurarme de que el olvido no me jugara una mala pasada, por lo que anoté cada grupo de siete letras en las páginas 7, 31, 61 y 97, todos números primos, siguiendo la frecuencia, en la novela finlandesa más popular, SeitsemänVeljestä (Los siete hermanos), del autorAleksi Kivi, que compré a tal efecto; mi tranquilidad quedó más que satisfecha. Pronto mi mente me pedía recitar aquel ejercicio que con cierta frecuencia realizaba mentalmente: NYSTILO GHCIVOL YAHKIMY ILOTANA [...], así una y otra vez. Satisfecho, preparé todo para mi marcha.

Al día siguiente, compré los billetes de vuelta con la compañía Finnair hasta Nueva York; luego con la Mexicana, para llegar a final de destino. Así que, dejando los pormenores del viaje de vuelta, llegué a Ciudad de México el viernes 31 de enero por la tarde.

El lunes 3 de febrero tuve la reunión con mi superior,Winston M. Scott.

—¡Bill! Cómo me alegro de verte.

A partir de aquel día, que yo recuerde, siempre me llamaría con el diminutivo de mi verdadero nombre.

—Lo mismo digo.

—Traes cosas importantes, ¿no?

—Creo que muy importantes.

—¿Qué te han parecido mis hombres?

—Extraordinarios —le aseguré.

—Pues que sepas que tú estás entre ellos. Bien, ¡cuéntame!

Le conté con detalle todo lo que me ocurrió y cómo lo viví desde mi perspectiva. Le encantó y se rio conmigo de lo ocurrido en el teatro con la desaparición del hombre de la barba.

—Bien, todavía no me has dicho el nombre verdadero de Klimov —comentó con cierta impaciencia.

—Es cierto, se me había olvidado. Se trata de NYSTILO GHCIVOL YAHKIMY ILOTANA —lo recité en grupos de siete letras, tal como lo había memorizado, con tanta rapidez que no le dio tiempo a asimilarlo.

—¿Qué dices?

—Un bolígrafo por favor.

Entonces escribí en una línea, en mayúsculas, la serie de letras. Luego escribí, mirando aquella serie, el nombre completo de nuestro hombre para leerlo correctamente.

—Se trata de Anatoliy Mikhaylovich Golitsyn.

—¡Joder! Me has impresionado. Excelente, Bill, excelente —me dijo, mirando lo que había escrito.

—Ahora ya sabemos de quién se trata. Es la hora de saber todo sobre él —anuncié con cierto orgullo.

—Por supuesto. Con toda discreción tiraré de algunos hilos. Pronto sabremos lo que tengamos de esta persona en nuestros archivos. Bill, estoy muy orgulloso de ti y por nada del mundo te dejaría escapar. Serías un buen agente doble.

—Ni lo pienses. Solo me faltaría eso —respondí sonriendo.

—Lo que sí está claro es que vas a volver a casa. Es allí donde me vas a ser más útil. Definitivamente, tu centro de operaciones estará en Washington.

—No hay cosa que más desee —le dije, encendiéndome un buen puro habano mientras me reclinaba en el sillón.

—Sí, al menos, durante el tiempo necesario para investigar ese club en Washington. ¿Qué te parece?

—Para empezar, no está mal. Washington es una bonita ciudad, pero allí puede que no pase desapercibido.

—No hay problema. Eres agente externo del FBI, lo que justifica tu actuación dentro y fuera de casa. Llamaré a Hoover y le pondré en antecedentes. No le contaré todo, pero sí lo suficiente para que te tengan en consideración. Tendrás vía libre para moverte por donde quieras. Es posible que tengas que hablar con él directamente. Querrá conocerte y hacerte su examen particular. No te preocupes. Es un hijo de puta redomado, pero a mí me debe muchos favores.

—Pero podríamos perder la iniciativa y se escaparía toda la información, lo que llevaría al traste la venida del ruso.

—Nada de eso. Cuando hable con Hoover no le diré el nombre, solamente que he sabido por mis agentes que tenemos que indagar en ciertos clubs en Washington, entre ellos estará ese Delicias. Él no puede ver a los de la CIA, pero conmigo siempre se ha llevado muy bien. Le pondré un buen anzuelo, le diré que tenemos información de que tiene un topo de la CIA en casa, verás cómo se abre de piernas. Eso sí, lo mismo te pone un agente suyo para que no te pierda de vista.

—No hay problema, lo importante es que desconozca la deserción de ese ruso o lo que tramamos.

—Cierto. Lo que sí negociaré es que compartiremos la información de lo que saquemos en Washington. Eso es imprescindible para nosotros, aunque también perderé tu anonimato. ¡Vamos, que eres un agente invisible mío! —dijo esperando mi respuesta.

—No veo nada malo en ello.A lo mejor nos puede dar cierta ventaja para el futuro.

—Podría ser. Bien, ¿cuándo quieres volver?

—Lo antes posible. Pero antes quiero arreglar algunas cosas pendientes.

—Digamos que ¿de aquí un mes?

—Antes quizás. Para mediados de febrero —le contesté.

—De acuerdo.

Esa fue la conversación que mantuve con Scott antes de marcharme a Washington.

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2 «Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales» es una de las agencias de inteligencia de Israel.

3 El Servicio de Inteligencia Secreto británico.

4 La Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) es la principal agencia de inteligencia del Gobierno Federal de los Estados Unidos.

5 En la actualidad, equivaldría a 409191 euros.

6 El Comité para la Seguridad del Estado, en ruso Komitet gosudárstvennoy bezopásnosti (КГБ), fue el nombre de la agencia de inteligencia, así como de la agencia principal de policía secreta de la Unión Soviética del 13 de marzo de 1954 al 6 de noviembre de 1991.

7 En su lengua y escrito correctamente: Hieman enemmän, enkä saavu!, que significa: ¡Un poco más y no llego!

2. Se abre la veda

A la mañana siguiente, bien temprano, Tulipán marchó hacia la Estación Central y compró un billete con destino a Turku. Ya en el tren, ocupó su tiempo en planificar sus primeros movimientos: encontrar alojamiento en un hotel céntrico durante unos días, buscar algún piso de alquiler, alquilar un coche, etc. Luego, ya establecida, localizaría la biblioteca y estaría a la espera durante un tiempo prudencial buscando a su presa, a su cisne cantor. El siguiente paso a dar estaba condicionado a sus resultados, pero no tenía prisa; se movería según su criterio.

Llegó a Turku sobre el mediodía del 30 de noviembre. Trece días después, es decir, el viernes 13 de diciembre, ya estaba alojada en su piso. Nunca viajaba con mucho equipaje; lo que necesitaba lo compraba. Eso le permitía rapidez de actuación y poca dependencia, y de esa forma podía moverse fácilmente por todos los lugares. Solo una cosa le ataba: por donde viajaba, visitaba siempre que podía los museos de pintura, de esa cuestión era más que dependiente. Alquiló un pequeño coche, el que más se veía en las calles por entonces, ya que quería total discreción. Lo primero que hizo el domingo fue visitar el Museo de Arte de Turku. Le llamó mucho la atención la obra del pintor Akseli Gallen-Kallela, quien del realismo académico acabó en el expresionismo, pasando por el simbolismo y el naturalismo. Ella se movía muy bien entre estilos artísticos de pintura. La vieja y el gato le gustó mucho, porque reflejaba con todo tipo de detalles a la mujer castigada por la labor del campo; no lo conocía; de hecho, no cerró la posibilidad de volver a visitarlo de nuevo.

El martes 17 inició su rastreo en la biblioteca de la ciudad. Las fotos enviadas por su cliente, identificando quién era su objetivo, tenían como fondo la fachada de la biblioteca. Si a esto le añadimos que llevaba en sus manos tres libros, no era muy difícil suponer que ese tal Stowe acudiese con frecuencia a dicha biblioteca. No tenía ninguna duda de por dónde empezar.

Chapurreando un poco el finés, hablando bien el inglés y perfectamente el alemán, nuestra cazadora se presentó en información y solicitó el carnet de la biblioteca, para hacer uso de los libros de que su depósito disponía, especialmente los referentes a la sección de ornitología. Luego se sentó en una de las mesas desde donde podía observar con facilidad el mostrador de entrega de libros, y esperó.

Durante días estuvo yendo sin ningún tipo de resultado, pero ella no se preocupaba, sabía que la paciencia es una de las mejores armas para encontrar lo que uno busca. Llegaron las fechas de Navidad yAño Nuevo y, sin resultado alguno y habiendo cerrado la biblioteca por unos días, decidió irse a la capital. Quería disfrutar de las fiestas en aquel escenario único. Su cisne cantor tendría que esperar, y así fue.

Aquellas fechas las empleó en ella. Visitó casi todas las tiendas de ropa, se compró prendas de abrigo, incluido un buen gorro de marta y unas buenas botas, paseó por toda la ciudad y respiró el aire seco y puro de Helsinki. Pero le faltaba algo, lo que no había encontrado, o mejor, no había querido encontrar, la persona con quien compartir su anónima vida. Pensó en ello y decidió que ya había llegado el momento de tomar una decisión al respecto, pero declinó hacer nada hasta que estuviera de vuelta en su París. Aquel año nuevo lo recibió sola, pero el escenario auténticamente navideño de la ciudad compensaba con creces aquella soledad.

El martes 8 de enero ya estaba de vuelta enTurku.Trece días después, a las once de la mañana y sentada donde siempre, observó a un hombre que reunía todas las características de sus fotografías. Se levantó y, cogiendo uno de sus tantos libros, se dirigió al mostrador donde se encontraba la persona causante de quitarle el sueño muchas noches. Se colocó detrás de él, esperando su turno mientras observaba qué hacía y escuchaba lo que decía.

—Gracias, señor Virtanen. Ahora solo le falta devolver Todos los hombres del presidente, ¿correcto?

—Así es.

—¿Va a llevarse alguno más?

—Creo que sí, pero antes tengo que echar un vistazo. Luego me paso. ¿Le parece?

—Como usted quiera, señor Virtanen —contestó la funcionaria. Cuando le llegó el turno, la joven no quiso perder mucho tiempo, pues necesitaba observar al llamado Virtanen, de manera que se excusó.

—Perdone, pero me he dejado algo importante.

—No tiene por qué disculparse, señorita Kofman.

Sin prisa pero sin pausa, siguió el rastro de aquel hombre. Caminó despacio entre las estanterías hasta que por fin pudo observarlo, pero necesitaba verlo totalmente de frente. Quería asegurarse de que se trataba de la persona que buscaba. Tuvo que improvisar, de manera que tiró al suelo varios libros cuando el llamado Virtanen pasaba muy cerca de ella.

—¡Qué torpe! —exclamó en alemán lo suficientemente alto para que él la escuchara.

—Anna minun auttaa sinua8 —se ofreció el educado Virtanen, arrodillándose a recoger aquellos libros.

—Kiitos avusta9. Lo siento, no conozco bien su lengua. ¿Entiende mi inglés? —le preguntó en esa lengua.

Aquella estrategia funcionó.

—¿Es usted inglesa?

—No, alemana, pero por aquí el inglés se utiliza mucho, es lo que más se conoce. Gracias nuevamente.

—No hay de qué.

Los dos siguieron su camino. No tuvo duda, era la persona que le habían señalado. Se alegró mucho de aquel encuentro, porque tenía la sensación de que pronto su presa estaría en su punto de mira. Cuando observó que él había cogido un libro, marchó rápidamente a su mesa de trabajo, cogió su bolso, su abrigo y uno de los libros de consulta sobre fauna finlandesa y se dirigió rápidamente hacia el mostrador. La cuestión era llegar antes que él, y lo consiguió.

—Voy a estar unos días sin venir y quisiera llevarme este libro para estudiarlo más detenidamente.

—Sin problema, señorita Kofman.

El perseguido se encontraba ahora detrás de ella. Cuando terminó, dio las gracias a la bibliotecaria en finés y se marchó.

—Taimi, por favor, ¿sabes quién es la señorita que has atendido?

—Es una ornitóloga alemana que ha venido a estudiar nuestros cisnes, señor Virtanen.

—Muchas gracias, Taimi.

Y recogiendo su nuevo libro, se marchó.

El día estaba despejado, con una temperatura de -9 ºC y 30 centímetros de nieve, cosa muy normal para esas fechas y lugar. Con buen abrigo y coche apropiado, cualquier finlandés viajaba con toda normalidad; solo los inexpertos se movían con dificultad, y ese era el caso de Kofman.

Aleksi Virtanen abandonó el edificio, subió a su coche y marchó hacia su casa. Apenas había recorrido ochocientos metros cuando vio a una señora observando el motor de su coche. Bajó la ventanilla y le preguntó si necesitaba ayuda. Cuando se giró, pudo comprobar que se trataba de la joven que antes se cruzó en la biblioteca.

—¡Arvostan todella!10— contestó en un mal finés.

Al volverse, aquella mujer no pudo más que sorprenderse, haciendo un pequeño comentario en inglés.

—Está claro que hoy es usted mi ángel custodio.

—Déjeme que le ayude.

Aleksi miró aquel motor, tan simple como un encendedor. El coche, el más vendido en los dos últimos años en Finlandia, era tan simple como pequeño; apenas cabían dos personas.

—Este coche no es apropiado para estas condiciones climatológicas. Lo mejor es dejarlo y yo le acercaré a su casa. ¿Es suyo?

—No, alquilado.

—Pues le recomiendo que alquile un 4x4 si se quiere mover por estas tierras; de lo contrario, con la próxima nevada, y no tardará mucho, se quedará bloqueada, y si le ocurre lejos de alguna población, lo podría pasar mal.

—Creo que tiene razón. Le haré caso, llamaré a la agencia de alquiler para gestionar enseguida este problema.

—Me parece bien. Suba y le acerco a casa.

Kofman recogió de aquel Seat 600 sus pertenencias y se subió al potente Gaz-21, un coche ruso tan robusto como seguro.

—¿A dónde le llevo?

—Pues hace dos días que he alquilado una vivienda y no crea que lo tengo claro. Tenemos que cruzar el puente e ir en dirección sureste, ya le indicaré con tiempo por…

—Si me dice la dirección, quizá sea más rápido.

—Tiene razón. ¡Kaskentie, 25!

—No está muy lejos —le contestóAleksi poniendo el coche en marcha. Pasaron unos segundos de silencio, que pronto se rompieron.

—¿De turismo?

—Digamos que de turismo y trabajo.

—No está mal mezclar las dos cosas. ¿Sobre algo en especial?

—¿El trabajo?

—Simple curiosidad. No tiene por qué responder.

—Bueno, en realidad soy ornitóloga, viajo mucho, ahora quiero hacer un estudio sobre el Cygnus…

—¿El qué? —interrumpió Aleksi con sorpresa.

—El cisne cantor, al que ustedes llaman laulujontsen. Es aquí, en Finlandia, donde mejor lo puedo observar.

—Eso llevará su tiempo, ¿no?

—Pues sí. Y mucha labor de campo.

—Debe ser bonito y curioso.

—¿Le interesa?

—No, aunque reconozco que es interesante.Tengo otras ocupaciones, una muy parecida a la suya.

—¿Como cuál?

—La pintura —respondió él.

—¿Es usted pintor?

—No. Pinto sobre el natural, por mera satisfacción y disfrute personal.

—Bueno, no es tan diferente a lo que hago.

—Cierto, solo que mis pinceles son su prismático, y mi paisaje, su cisne cantor.

—La verdad es que sí, son aficiones que se complementan. Bueno, mejor diría actividades, ¿no le parece?

—Si ves cisnes, observas; si no los ves, pintas. Sí, creo que sí.

Kofman esbozó una pequeña sonrisa al tiempo que preguntó:

—¿A qué se dedica, señor Virtanen?

—No recuerdo haberle dicho mi nombre —exclamó Aleksi, sorprendido.

—Estaba detrás de usted cuando se lo escuché decir a la bibliotecaria. Pero si le ha molestado la pregunta…

—No, no, no, solo que me ha sorprendido. Me llamoAleksiVirtanen. Trabajo en el Museo de Arte —interrumpió.

—Solo quería dar conversación. ¡Creo que ya estamos llegando!

—Así es.

Cuando llegaron, la despedida no pudo ser más breve.

—Muchas gracias por todo, señor Virtanen.

—No hay de qué.

—Bueno, a lo mejor no nos vemos más. Cuídese.

—Lo mismo digo, aunque el destino tiene la última palabra.

—Eso es cierto —replicó Kofman.

Con un simple adiós, gesticulado con la mano mientras el coche se ponía en marcha, Kofman se fijó con cierto disimulo en la matrícula del coche del hombre que tenía el encargo de eliminar y la memorizó rápidamente: EFT-304. Cuando subió a la vivienda y cerró con llave, un suspiro de satisfacción escapó de su boca.

—¡El día no ha podido ser más provechoso! Ya te conozco y pronto sabré dónde tienes tu madriguera —se dijo, incluso para escucharlo ella misma.

Con toda parsimonia, despacio y abstraída en un pensamiento, fue al armario de la cocina, cogió un pequeño vaso y la botella de vodka; se sentó en una de las sillas del comedor y, sirviéndose, fue analizando los siguientes pasos a dar. Pero sobre todo cómo iba a eliminarlo, aparentando que fuera una venganza rusa, aunque era consciente de que primero tenía que descubrir dónde vivía, cosa que no le preocupaba mucho, ya que ahora tenía numerosos recursos para averiguarlo.

No tardó en hacerse amiga de Taimi, una de las trabajadoras de la biblioteca, una chica alegre y muy dinámica que cayó en las garras de Kofman cuando le invitó a pasar un fin de semana observando las aves y buscando zonas de asentamiento del cisne cantor. La joven tenía veintidós añitos mientras que Kofman la superaba en dieciséis. Sin embargo, eso no fue impedimento para que entre las dos se forjase poco a poco una amistad sincera. Incluso se permitían tener, en ocasiones, conversaciones de tipo personal.

—Kathleen, ¿cómo es posible que no estés casada con lo simpática y guapa que eres?

—Gracias, Taimi. Quizás es que no he encontrado a la persona apropiada.

—Puede ser, pero ¿ahora no hay nadie que te llame la atención? Y no me digas que no, porque sé cómo le miras cada vez que viene el señor Virtanen.

—¿Te has dado cuenta?

—¡Claro! Soy joven, pero no tonta.

—Es un señor maduro y no sé si está…

—¿Cómo que maduro? Si solo tiene cuarenta y ocho años. Hasta para mí resulta atractivo.Además, es un lobo solitario. ¿Sabes qué? Creo que le pasa lo mismo que a ti, que no ha encontrado la otra cara de la moneda.

—¿Tú crees?

—Y tanto. ¿Cómo es posible que, siendo tan inteligente, seas tan torpe en las cosas del amor? Tienes que dar tú el primer paso, porque creo que si esperas a que lo de él, lo llevas claro.

—¿Eso piensas? —le preguntó Kofman, haciéndose más tonta de lo que era.

—¡Claro! La próxima vez que le veas, le tiras el guante.

—¿Y si no lo recoge?

—Pues si no lo recoge, ¡le tiras el otro!

A finales de marzo, ciento veinte días después de haber llegado a Finlandia, Kathleen Kofman ya disponía de los datos y la dirección de Aleksi Virtanen, el famoso William Stowe, alias Kevin Sullivan, su presa. Sin embargo, para Aleksi, aquel encuentro en la biblioteca y la posterior avería de coche, al tiempo que agradable, le resultaba extraño. Estaba viviendo los últimos meses con cierta precaución. Es cierto que estaba en un país seguro resguardado de cualquier sospecha, que ya era ciudadano finlandés, con un buen trabajo y que había rehecho su vida, pero tenía un pasado. Había vivido y participado en sucesos que levantaban todo tipo de ampollas, y ese condicionante era muy difícil de olvidar. Además, estaban las muertes, que él consideraba asesinatos, de numerosos testigos que conocía y que estaban desapareciendo por el caso Kennedy, motivo por el que no tardó en poner tierra de por medio. Y, por si eso fuera poco, tenía que añadir el aviso de su amigo Scott. Así que optó por tomar precauciones. Debía indagar quién era la tal Kofman, y para ello tendría que pedir ayuda a sus amigos. Desde que ocurrió la desaparición de Sassa, casi no visitaba a su hijo, que vivía en casa de su cuñado. Lo tenían hablado, especialmente Aleksi, que no quería exponerlos ni que le relacionaran con él, al menos hasta que todo su problema se resolviera, pero tenía que hablar con Heikki. Después de preguntar por su hijo y por el resto de la familia, entablaron una corta, pero interesante conversación.

—Los rusos se han puesto en contacto de nuevo.

—Ya les dijimos que tiene que pasar tiempo. Con lo que nos ha ocurrido, al menos a mí, quiero retrasarlo.

—Lo sé, lo sé, pero tenemos que decirles algo, alguna fecha. Ellos también están dispuestos a ayudarte —añadió Heikki.

—Bien, diles que cuando se descubra a mi verdugo y se elimine, lo haremos. Estoy dispuesto a ser el cebo para atraerlo y descubrirlo, si así lo consideran. Por eso quiero que se investigue lo de esa mujer.

—¿Qué tiene de extraño que te hayas tropezado, casualmente, con una ornitóloga? ¿Qué es lo que te hace sospechar? —preguntó su amigo Heikki.

—No sé, pero mi instinto me dice que hay algo extraño. No me cuadra. Es todo tan perfecto…

—Bueno, no te preocupes. Haremos nuestras investigaciones, pero creo que tienes que relajarte. ¿Por qué no vienes a casa una temporada? Así pintarías, escribirías y daríamos nuestros paseos, hasta podríamos ir de caza, ¿qué te parece? Y estarías con tu hijo.

—No te diría que no. Gracias por todo, Heikki. Dales un beso muy fuerte a todos.

Después de aquella conversación, Aleksi recordó cómo conoció a sus amigos finlandeses.

A finales de 1969 recibió una carta de mi amigo Scott. Por su contenido y por ser la primera vez que contactaba con él, después de haberse fugado, comprendí el alcance de la misma, aunque más que carta era un aviso, o mejor, una despedida, que me había llegado por la vía que él solo conocía. Decía lo siguiente:

LI.0. Como ya te había comentado, ahora estoy fuera de La Compañía. He montado una agencia de investigación en México, donde siempre tendrás un puesto, pero deduzco que has elegido otro camino y espero que todo marche bien. Todas las agencias están patas arriba. Desde hace meses se está haciendo limpieza. Las operaciones húmedas ya han empezado.

Ya hemos hablado muchas veces de estas conductas de limpieza. Las cuestiones de seguridad nacional tienen ahora prioridad con «RN11»; se está tomando el camino recto, sin atajos. Se eliminan huellas y se retira a los que estorban. Recuerda a tu amiga Dorothy.Avisa a tus amigos; los que han tenido relación directa puede que tengan problemas. Hasta yo estoy en la cuerda floja. Uno de los que más me señala y me cuestiona es Charles William Thomas. Cuando leas esta nota, destrúyela; por mi parte, he destruido todo lo referente a tu expediente. He sabido que La Compañía ha comenzado con la operación limpieza. No te fíes de ellos. Si lo necesitas, véndele información a Hoover, es el único que te podría proteger.Ya sabes que esto se suele hacer encargando la negociación a un tercero; si no es así, aléjate a un lugar seguro.

Te confirmo que estás en lista negra. Te dije que intentaría saber más del verdugo. Es un holandés; le llaman Tulipán.

Orgulloso de tu amistad. Un abrazo.

WMS.

No había duda, había llegado el momento de poner tierra por delante. Lo primero que hice fue hacer acopio de todas sus notas, apuntes y expedientes que tenía en mi despacho de Nueva York; los guardé en tres cajas bien precintadas y las trasladé a un trastero que tenía alquilado en la City, en Queen, junto con otros efectos personales. No quise moverlos a Nueva Orleans, por si ya estaban observándome. Luego me marché al aeropuerto. Tenía que hacer gestiones desde allí.

Hacía tiempo que Scott me había dado, para cuando ocurriese alguna emergencia, y este era el caso, tres teléfonos correspondientes a los tres hombres que darían la vida por él. Uno de ellos era Jalo, su hombre de Finlandia. Lo medité antes de decidirme, porque pasar aquel Rubicón suponía romper con mi pasado y comenzar una nueva vida con una nueva personalidad. Sin duda, opté por aquel hombre, porque ya lo conocía, mientras que los otros dos me eran desconocidos. La clave para contactar era llamar por teléfono tres veces y colgar; luego dos veces y de nuevo colgar, y a la última llamada estar a la espera; entonces responderían. Así que marché al Aeropuerto Internacional de Idlewild, en Queens, y desde allí hice las llamadas internacionales al mismo número. Después de realizar aquel protocolo de seguridad, contestaron.

—Dígame —contestaron al otro lado.

—¿El señor Jalo?

—¿Quién le llama?

—Un amigo de Scott.

—Jalo murió hace diez meses. Soy su hija.

Me quedé sin habla por unos momentos, pero cuando iba a colgar escuché:

—¿Necesita ayuda?

—Sí, pero tengo que hablar personalmente.

—El lunes próximo a las 10:00 horas. ¿Le parece bien?

—OK.

—Ya conoce el lugar. Esté de pie, leyendo el periódico Helsingin Sanomat de ese día.

—Gracias.

Casi no me dio tiempo de escuchar lo último que dijo, porque colgó muy rápido. Desde el mismo aeropuerto compré un billete para Helsinki con escala en Londres para el jueves 18 de diciembre de ese año. La vuelta, una semana después. Ocupé esos cuatro días de espera hasta coger el vuelo en repasar las pertenencias que tenía que destruir, recopilar y guardar, sobre todo los archivos de Nueva Orleans, que tenía con documentos de Dorothy. Di órdenes a mi amigo James Alcock para que empaquetase todo lo suyo y de Dorothy. Luego escribí una carta a mi socio Ed Mantle, para entregársela cuando llegara el momento con todo tipo de explicaciones y favores. Llegado el jueves, tomé el vuelo a las 19:30 con la Pan Am y llegué a Helsinki un día después a las 14:10 hora local. Me hospedé en el mismo lugar que la primera vez que visité la ciudad, en el Radisson Blu Plaza Hotel. De eso hacía ya algunos años. El lunes 22 compré el periódico indicado y me dirigí al lugar de la cita. No había cambiado en nada la ciudad; la encontré tal como la dejé, con ese manto blanco que al pisar escuchas el ruido de la nieve aprisionada bajo tus pies, incitando a pasear por el mero placer de sentir la naturaleza fría y helada en tu rostro. Fui dando un pequeño rodeo hasta llegar al lugar de encuentro: la fuente Havis Amanda. No llevaba ni un minuto con el periódico abierto, como leyendo, cuando escuché mi nombre.

—¿Señor Sullivan?

Plegué el periódico y presté atención a la persona que tenía enfrente. Era un rostro como de un ángel, pelo rubio y ojos claros.

—¡El mismo! —contesté.

—Paseemos, por favor. ¿En qué podemos ayudarle?

Le expliqué brevemente el problema que tenía y que, según mi criterio, podría ser el más difícil de resolver conforme pasara el tiempo, atendiendo a lo que le había avisado al señor Scott. La joven me escuchó sin interrumpirme. Luego comenzó a ofrecerme ciertas sugerencias y ruegos a los que no tuve nada que objetar.

—El primer problema que tenemos es el idioma, aunque eso se puede salvar. Esto es lo que haremos.Antes de volver a casa le daré una dirección de uno de nuestros hombres en Nueva York; con él aprenderá finés, y le pido que se aplique y haga el máximo esfuerzo por aprenderlo; de ello depende su vida. Será con él, solamente, con quien tratará este asunto. Una pregunta: ¿de cuánto dinero estamos hablando que debe sacar?

—Lo tengo en efectivo en una caja de seguridad. Cerca de 300000 dólares.

—Eso es mucho.

—Son los ahorros por los esfuerzos de mi trabajo.

—No digo que no se los merezca. Lo comentaba por cómo pasarlo sin levantar sospecha.

Hubo unos minutos de silencio.

—¿Se fía de nosotros, señor Sullivan?

—Por eso estoy aquí.

—¡Bien! Cada vez que tenga un encuentro con nuestro hombre, usted le entregará 25000 dólares en un paquete bien cerrado. Buscaremos una nueva identidad y abriremos con ese nombre una cuenta en el Banco de Finlandia, donde iremos depositando cada uno de los importes que recibamos.Así, solo usted los podrá retirar cuando ya sea ciudadano finlandés. Cuídese de tener suficiente efectivo para poder moverse hasta entonces.

—¿Cuándo prevén que esto ocurra? —pregunté.

—Dentro de un año, a no ser que todo se precipite; en ese caso, ya resolveremos.

—De acuerdo.

—Ahora está la otra cuestión, la más importante: por precaución, necesitaría un lugar en Finlandia, una casa aislada, cerca de la frontera rusa. Cuando pase un cierto tiempo, podríamos buscar residencia en Helsinki u otro lugar. ¿Qué le parece?

—Lo que usted diga, señorita.

—Llámeme Inkeri. Piense en su alias, que utilizaremos a partir de mañana.

—¿Por qué mañana?

—Mañana nos trasladaremos a Karelia y buscaremos una casa que se acomode a sus preferencias. Le recogeré a las 11:00 horas, estaremos unos tres días ocupados. Así conocerá mejor el país que le va a acoger. ¿Está casado?

—No. Estoy solo. No llevo ninguna mochila.

—Eso lo hace todo más fácil. ¡Que descanse!

Aquella preciosa mujer se marchó alejándose con paso ligero, dejándome con un montón de preguntas y dudas que tenía en mente. Segundos después, volví al hotel. Haber escuchado ese plan con tanta seguridad me tranquilizó, aunque, por otra parte, no dejaba de pensar en los paquetes que debía entregar al profesor de finés.

—¿Qué otra solución tienes, Stowe? —me pregunté.

Al día siguiente Inkeri me recogió con su coche.

—¿Está preparado?

—Lo estoy.

—Nos esperan en un lugar que creemos que reúne todas las condiciones que buscamos. Si no es así, subiremos hasta Joensuu, e incluso hasta Kajaani. No hay prisa ni tenemos que precipitarnos, máxime cuando el lugar que elija podría ser para el resto de su vida. ¿Le parece bien?

—OK.

—¿Ha pensado su apodo?

—¿Sibelius?

—Simple pero bonito. Me gusta —afirmó Inkeri.

—¿Lo cree acertado?

—Es acertado. Hasta que tenga su carta de ciudadano finés, solo utilizaremos este nombre.

—OK.

—Mi primer consejo es que evite pronunciar «OK», eso delata mucho. Intente decir una expresión más nuestra como «mukaan», que es como decir «conforme», pero sin abusar.

—OK. Perdón, mukaan.

Después de un momento en silencio, Sibelius inició una conversación.

—Siento lo de su padre.

—Sí, ha sido un duro golpe. Todos sentimos su pérdida, pero la vida continúa. Y esto que estamos haciendo por usted es lo que él hubiera hecho para ayudarle.

—¿Sigue con actividad su red?

—Prácticamente está dormida. Nos activamos según sea la importancia de la persona.

—No creía que fuese tan importante.

—Usted no, esto se hace por el señor Scott.

Después de bastante tiempo en silencio y recorridos unos cien kilómetros, Inkeri comenzó a hablar en un tono más personal.

—¿Por qué no se ha casado?

—No he tenido mucho éxito con las mujeres.

—¿Por alguna circunstancia especial?

—Quizá sea mi actividad la que no me ha permitido echar raíces, no sé…

—Usted es aún muy joven. Ahora, en su nueva vida, seguro que tendrá la oportunidad que espera.

—La verdad es que no sé si tengo tiempo ya para eso.

—¿Qué edad tiene?

—Cuarenta y cuatro; aunque bien pensado, tal vez puedo tener alguna oportunidad.

—Me parecía más mayor. En cuanto a sus posibilidades de conquistador, creo que las tiene todas, confíe en mí. Bueno, dejemos esta cuestión; ahora escúcheme con atención. A donde vamos nos espera una pareja que nos acompañará; veremos dos lugares muy próximos a la frontera rusa. Ellos serán los que pregunten y serán los interesados en la compra. Usted péguese a mí, y si le gusta algo que veamos, hágamelo saber.

—OK.

—¡Sibelius! Ese OK… —le recriminó.

—¡Perdón!

No tardaron mucho en llegar a Hamina, una ciudad con puerto al Báltico. Inkeri se dirigió al ayuntamiento, en cuya plaza les esperaba una pareja. Hechas las presentaciones, se marcharon a comer. Después reanudaron la marcha hacia Imatra, que estaba en Karelia del Sur. Los nuevos acompañantes, Heikki y Seija, no tuvieron ningún problema de comunicación.Ambos hablaban perfectamente inglés, lo que hizo el resto del viaje mucho más cómodo.

—Me gustaría visitar Norteamérica, ver Washington, Nueva York, Los Ángeles… Debe ser maravilloso —comentó Heikki.

—Bueno, no sería tan difícil. Podría volver conmigo si no le ata nada aquí. Podría estar el tiempo que quisiera.

Cuando acabó de soltar tal sugerencia, las dos mujeres permanecieron calladas durante unos momentos, no parecía haberles hecho gracia aquella propuesta.

—Perdonen si he dicho algo que les pudiera molestar. No era esa mi intención.

—No, no es su culpa, ha sido Heikki quien se ha precipitado. No puede ir a Norteamérica, al menos ahora. Su mujer está embarazada y debe permanecer aquí.

—¿Su mujer? —preguntó Sibelius.

—Sí, su mujer; que soy yo —contestó toda orgullosa Seija.

—Heikki es mi hermano, y aunque todos sabemos que su sueño es visitar Estados Unidos, tiene que quedarse aquí, esperando a que su mujer tenga el bebé —aclaró Inkeri.

Tras unos momentos de silencio, se escuchó:

—¡Sassa! Tal vez no sea una mala idea. Yo puedo esperar hasta que vuelva. Ya sabes que nunca estaré sola, mi madre estará encantada de hacerme compañía. ¿Qué dices? —dijo con esperanza Seija, a quien hasta ahora se hacía llamar Inkeri.

Todos se dieron cuenta del error que había cometido Seija al llamar a Inkeri por su verdadero nombre. Hasta Sibelius se percató de ello.

—Os he comentado muchas veces que lo más importante es no llamarnos por nuestro verdadero nombre cuando estamos involucrados en este tipo de trabajo entre personas desconocidas. La suerte que hemos tenido es que Sibelius es de total confianza. Con otra persona, lo ocurrido hubiera sido suficiente como para eliminar testigos. ¡Que no vuelva a ocurrir, Seija!

—Bueno, tampoco ha sido tan grande el error cometido, yo no me había percatado de ello —mintió con toda intención Sibelius para salvar a la joven.

Stowe se sorprendió al escuchar aquel nombre nuevo, de modo que se volvió a ella y, con cierta malicia, comentó con una sonrisa:

—Eso, ¿qué opina, Sassa? Mi aprendizaje será más rápido teniendo la compañía de Heikki; seré un buen anfitrión.Además, para él será el sueño de su vida. Y todo el mundo sabe que nos movemos, nos motivamos y vivimos gracias a nuestros sueños.

—Tendría que pensarlo. Dejemos ahora esa cuestión y centrémonos en lo que nos ha traído hasta aquí: la búsqueda de un nuevo hogar para un hombre que lo necesita. ¿No le parece?

Así termino aquella conversación. Cuando llegamos a nuestro primer destino, Imatra, la luz ya había desaparecido y tuvimos que hacer noche en un pequeño hotel de la ciudad. Tomamos algo ligero y caliente y nos marchamos pronto a descansar. Cuando nos despedimos, Seija me dio un beso en la mejilla, al tiempo que me daba las gracias en voz baja por haberla salvado de aquel error.

El día siguiente se presentaba bastante movidito. Sin embargo, cuando subí a mi habitación, no me resultó tan fácil conciliar el sueño. Entonces recordé lo que desde Hamina a Imatra hablamos Inkeri y yo, mejor dicho, Sassa y yo.

—¿Qué significa «Sassa»?

—Es un diminutivo de Alejandra. Mi madre era sueca.

—¿Y cómo quiere que la llame?

—A estas alturas, como más le guste.

—Me gustaría que me tuteases, simplemente porque me siento más cómodo. En cuanto a mí respecta, el nombre de Sassa me gusta más. Es precioso y suena más dulce que Inkeri.

—Me parece bien —respondió Sassa con una leve sonrisa.

—¿Falta mucho para llegar?

—Un poco… Con referencia a lo que hemos estado hablando sobre que mi hermano te acompañe, no podría ser, a menos que se tomen todo tipo de precauciones. Creo que, si es cierto lo del señor Scott, y no tengo la menor duda, ¿quién dice que no tengas problemas en cuanto llegues o a los pocos días? Podrían estar a la caza.

—¿Tan pronto?

—¿Por qué no?

Hubo momentos de silencio antes de continuar con la conversación.

—Si fuese así, sería arriesgado ir —contesté.

—¿Tienen registrado el nombre que lleva el pasaporte que utilizas?

—Más que registrado.

—Pues entonces tenemos problemas. Hay que cambiar el plan previsto. Se requiere otro que deje atrás cualquier rastro de tu persona. Hablaremos de ello más tarde. Hay que estudiarlo bien y tomar la delantera.

Me llamó la atención la seguridad con la que reflexionaba y anticipaba cambios en los planes. Era como si ella dirigiese toda la red de su padre. Quizás, ¿por qué no?

—Esto debe de ser precioso en verano.

—En primavera y verano no hay otro igual. Estarás en plena naturaleza y vivirás al ritmo que ella te marque. Ningún extranjero se ha arrepentido de haber echado raíces en esta tierra.

—Espero que así sea.

No pude recordar más sobre aquella conversación, porque el sueño se presentó casi sin aviso...

De pronto, escuché las palabras de un hombre desconocido:

—A nadie le sorprende oír la frase de que Finlandia es única, y menos a un finlandés. Los fuertes contrastes que provocan las estaciones son la principal causa para afirmar que ese dicho es cierto. En Finlandia, gran parte del año la tierra está cubierta de hielo y nieve, pero con las estaciones el paisaje cambia y con él también sus gentes.

Aquellas palabras le provocaron una sensación de omnipresencia. Sin saber cómo, se encontró sentado en un teatro. Frente a él, en escena, sobre una decoración de interior apenas iluminada, uno de los actores comenzó a hablar con palabras solemnes, ensalzando las ventajas de su maravillosa tierra al tiempo que una mujer respondía a modo de arenga.

—Todos saben que la primavera por estas tierras pasa de puntillas y es en verano cuando la actividad bulle. Es cuando los finlandeses se comportan como hormigas, utilizando esa estación para realizar todo tipo de actividad; salen a la calle y se aprovechan de cualquier acontecimiento para relacionarse y hablar después de mucho tiempo casi aislados por la nieve y el frío.

Se hizo la oscuridad.Apenas una luz entraba por una pequeña ventana que iluminaba al actor principal, el protagonista de la obra. Con pasos pausados pero seguros, y con una calavera entre sus manos, recitaba:

«¡Ser o no ser, esa es la cuestión!

¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas y, afrontándolo, desaparecer con ellas?

Morir, dormir, no despertar más nunca, poder decir todo acabó en un sueño; sepultar para siempre los dolores del corazón, los mil y mil quebrantos que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara concluir así! ¡Morir… quedar dormidos… Dormir… tal vez soñar!

¡Ay! Allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte! Eso es, eso es lo que hace el infortunio planta de larga vida.

¿Quién querría sufrir del tiempo el implacable azote, del fuerte la injusticia, del soberbio el áspero desdén, las amarguras del amor despreciado, las demoras de la ley, del empleado la insolencia, la hostilidad que los mezquinos juran al mérito pacífico, pudiendo de tanto mal librarse él mismo, alzando una punta de acero? ¿Quién querría seguir cargando en la cansada vida su fardo abrumador?

Pero hay espanto allá, al otro lado de la tumba. La muerte, aquel país que todavía está por descubrirse, país de cuya lóbrega frontera ningún viajero regresó, perturba la voluntad, y a todos nos decide a soportar los males que sabemos más bien que ir a buscar lo que ignoramos.

Así, ¡oh, conciencia!, de nosotros todos haces unos cobardes, y la ardiente resolución original decae al pálido mirar del pensamiento. Así también enérgicas empresas, de trascendencia inmensa, a esa mirada torcieron rumbo, y sin acción murieron —[silencio]—».

Poco a poco, ese personaje se fue transformando en un hombre actual, su rostro fue cambiando y su calavera se convirtió en una esfera terrestre. William Stowe se vio a sí mismo. Podía verse como un espectador más, podía saber lo que estaba pensando y podía ver cómo la decoración cambiaba. Y en esa transformación leyó su pensamiento.

Fue tal la intensidad y el realismo vivido en ese sueño que me incorporé bruscamente sobre la cama.Tuve que levantarme para mojarme la cara y sentir que aún estaba vivo. Luego miré tras la ventana; estaba nevando. ¿Qué otra cosa podría ocurrir en Finlandia en diciembre? La abrí y extendí el brazo, quería sentir cómo los copos de nieve se posaban acariciando mi mano. Luego, sin saber por qué, dije:

—¡No me abandones!

¿A quién iba dirigida esa petición? Ni yo mismo lo sé; quizás a la nueva tierra que me había acogido, a la esperanza de una nueva vida, a la naturaleza que ya me saludaba o al Creador de todo aquello.

A la mañana siguiente, teníamos que ver tres propiedades en venta en Imatra, en la región de Karelia del Sur. Una ciudad tranquila a las puertas de uno de los países más poderosos de la tierra: la Unión Soviética.Vimos las tres. Yo ya lo había decidido, no necesitaba ver más, y así se lo hice saber a los compañeros. El lugar era un terreno de unos 5850 m², con una casa de madera de 110 m² que aún se conservaba bien, situado en la avenida Kuparintie. El precio era asumible, 138325 dólares, de manera que la búsqueda, por lo que a mí respectaba, había acabado aquel mismo día. Así pues, decidimos volver a Helsinki.

Esa misma noche cenamos juntos para celebrarlo y, por supuesto, invité yo. Se habló de todo. Recuerdo que un sentimiento de fidelidad y sinceridad nos envolvió aquella noche; todos confesaron su identidad y su pasado, incluyéndome a mí como por la familia de Jalo. Era Nochebuena y todos los corazones se abrieron.

Cuatro días después, Sassa me explicó su nuevo plan. Era un poco complejo y difícil de ejecutar, pero se jugaba con el factor sorpresa y el de la anticipación, y eso era una gran ventaja. Tuve que cambiar el billete de vuelta y retrasarlo hasta el sábado 3 de enero. Ni que decir tiene que recibí en compañía de la familia de Jalo el nuevo año. Aquel ambiente y atmósfera familiar me insuflaron nueva energía y esperanza por mi nueva vida.

Tal como se había previsto, regresé a casa, a Nueva York. Solo que esa vez, en el pasaje de aquel vuelo iban también, separados de forma deliberada, Heikki y Sassa, los hijos de Jalo.

Y así comenzó el plan de retirada. Lo primero que hice al aterrizar fue llamar al segundo de La Oficina para mantener una entrevista urgente y darle información personalmente, dada la importancia de esta. Quería anticiparme y poner una bomba en la línea de flotación del FBI para que apretase las tuercas a la Agencia Central de Inteligencia.

El miércoles 7 de enero, cuatro días después de su llegada, a las 10:00 horas y con un plan más que premeditado, me entrevisté en Washington con el subdirector del FBI, Clyde Tolson.

—Me alegro de volver a verle, señor Sullivan. ¿Noticias importantes?

—Más que importantes.

—¡Estoy impaciente!

—Todo ha resultado un poco rocambolesco.

—Cuénteme.

______________________

8 Déjeme que le ayude.

9 Gracias por la ayuda.

10 Agradezco mucho (traducido literalmente).

11 Richard Nixon.

3. Plan «Sibelius»

Dejando a un lado lo que Stowe le contó a Tolson, sigamos al grupo finlandés y cómo fue ejecutando el plan de huida y la adaptación de aquel a su nueva patria.

Mientras realizaba la reunión con el FBI, los hijos de Jalo mantenían una conversación con Hannes Nieminen, un agente de aduanas que no era otro que su hombre en Nueva York, perteneciente a la red finlandesa, el cuarto hombre que iba a intervenir en el plan «Sibelius».

El tiempo previsto para su total ejecución sería inferior a 60 días. En dicho plan, se utilizarían ocho pasaportes falsos y se llevarían a cabo ciertos viajes para dejar rastros falsos, que hasta al más sabueso dejarían estupefacto. Llegado el momento, todos tomaron sus vuelos en el mismo día y con diferentes destinos, a saber:

William Stowe, con pasaporte a nombre de Pedro Alvarado Aguilar, y Sassa, con pasaporte a nombre de Miska Harmaajärvi, volaron desde el Aeropuerto Internacional de La Guardia hacia Toronto, Canadá. Allí cogieron vuelo a Londres, y desde allí hasta Finlandia; en el caso de Stowe, con un pasaporte diferente a nombre de Aleksi Sibelius Virtanen.

Heikki Smirnov (hermano de Sassa), con pasaporte a nombre de William Stowe, salió delAeropuerto Internacional de Idlewild hacia Río de Janeiro, Brasil. Desde esta ciudad viajaría a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, como Kevin Sullivan. Tras una corta estancia, regresaría a Finlandia con el mismo nombre con el que salió de su país, Kustaa Laukkanen.

Hannes Nieminen (el hombre de Nueva York de la red de Jalo) viajó a París, Francia, desde el aeropuerto de La Guardia como Kevin Sullivan. Días después volaría a Ciudad de México como Kallio Mäkinen y regresaría tres días más tarde a Nueva York con pasaporte a su nombre.

Con todo ello se pretendía que, si hubiera algún seguimiento o rastreo a posteriori, se produjera un cruce de nombres diferentes, suficiente como para dudar de cuál era el destino verdadero del nombre a buscar y rastrear, que no era otro que William Stowe, más conocido en las agencias de inteligencia como Kevin Sullivan. Y tendrían que buscarlo en cualquier estado norteamericano, Brasil, Sudáfrica, Francia o quizá México, el país en el que más probabilidad de estar tendría, a vista de los futuros rastreadores, dado que lo conocía y disponía de los contactos suficientes como para moverse fácilmente por todo su territorio.

A primeros de marzo de 1970 todos estaban definitivamente en su lugar de destino, tal como se había previsto. El plan se había ejecutado sin ningún problema, incluso las primeras transferencias habían llegado ya a la cuenta del Banco Central de Helsinki a nombre de su titular, que no era otro que el de Aleksi Sibelius Virtanen, nombre muchas veces reflejado en la solicitud de la ciudadanía finlandesa, lo que implicaba esperar a obtenerla para poder utilizar aquellos recursos.

Sin embargo, no todo había terminado. Con cierta frecuencia recibía pequeños paquetes de la documentación que había guardado en su archivo de Nueva Orleans, tal como le había indicado Stowe a su amigo Jim Alcock meses atrás. De esta manera, en su nuevo hogar, fue repasando día tras día los documentos; clasificaba los importantes, y los que no tenían importancia los quemaba. Desde aquel escondido rincón, olvidado y perdido por el momento de sus amigos y antiguos compañeros, se dispuso a escribir los hechos más importantes de su pasado, incluyendo ciertos aspectos personales, para otorgar, si cabía, más autenticidad a los relatos y vivencias de su pasado. Con ayuda de todas las notas y de aquella selecta fuente, en el verano de ese mismo año comenzó a escribir sus memorias.

El prefacio decía así:

Creo que muchos sucesos, por increíbles que puedan parecer, están sujetos a las voluntades de numerosas personas cuyos intereses pudieran verse afectados o en peligro. No todo es lo que parece, o muchos intentan que parezca, sino que la realidad es más compleja o, por qué no, a veces más sencilla. El hilo de la madeja de la vida está lleno de imperfecciones, de irregularidades que a veces, si estiramos demasiado, acaban por romperse, y nosotros, marionetas del poder, caemos con más frecuencia de lo debiéramos en el vicio de hacer de la mentira una verdad.

El ejemplo que mejor describe lo que en estas líneas acabo de manifestar es el magnicidio del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy; hay muchos otros, pero este, por su universalidad, es el que tomo como ejemplo.

Yo fui testigo de aquel suceso y a veces, si no activo, sí pasivo o indirecto de aquellas circunstancias. Es posible que mi vida corra peligro al exponer por escrito mi vivencia y también la de otros al proclamar con metafóricos gritos la otra versión, por lo que hoy, más que nunca, trataré de reflejar y desenmascarar ¡la otra cara del poder!, la que se impone en nombre de la «Seguridad nacional» o del «Interés nacional», como se prefiera.

Existen muchos intereses para mantener que lo ocurrido el 22 de noviembre de 1963 en Dallas fue obra de un solo hombre, un antiestadounidense, un antisistema que obró en solitario. Nunca más lejos de la realidad. Lo que se pretende, en este teatro de la vida a través del engaño, de la contrainformación, es ocultar y modificar los hechos sucedidos, aun a costa de sacrificar vidas humanas inocentes, y eso no lo puede permitir ningún ciudadano que ame las libertades y los derechos de mí país.

Son muchos los detalles, los testigos, los recuerdos y anécdotas que, no se podrán exponer. Sin embargo, lo que a continuación dejaré escrito será más que suficiente para obtener una visión de conjunto de lo que ha sucedido en este país en una década. Lejos de la vida corriente, del día a día de las gentes aferradas a su trabajo y a sus sueños, existe otra vida aferrada al poder económico y político, que vive también su día a día, pero lejos del sentir del más humilde de los mortales.

Es cierto también que, en casi todos los países, la gente se comporta de la misma forma, pero en nuestra nación, la primera potencia económica mundial, la nación con la «democracia» como valor y bandera en sus instituciones y en la Carta Magna de todos sus ciudadanos, suceden hechos repudiables que alguien hace evacuar desde las cloacas del Estado. Todos los que hemos realizado esa mala praxis somos culpables, en una u otra medida, de deteriorar el futuro de nuestros hijos y de nuestras futuras generaciones.

Casi siempre encontramos el origen de ese mal en los ricos y poderosos que manejan los hilos, que solo se preocupan de corresponder y pagar los favores recibidos; de esa forma, el círculo vicioso se cierra una y otra vez.

Independientemente del periodo que se analice, estudie o investigue, el comportamiento humano siempre es el mismo. El dinero rompe voluntades, la corrupción es la herramienta con la que se aplica y el silencio forzado, el medio de acallarlas. ¡Esta es la verdad!

El mero hecho de que algún día, tú, lector, puedas leer estas líneas supondrá que he desaparecido para siempre o que la vida que aún me queda está perdida en algún lugar remoto, tranquilo y desconocido donde pueda, cada minuto que pase, contemplar como marioneta rota que mis hilos no responden a la mano que dirige mis movimientos. Eso es lo que deseo, contemplar la vida alejada de toda influencia, saboreando los silencios, los recuerdos y las alegrías de un pasado, de un presente y de un futuro por vivir.

¡Dios bendiga a esta nación que me ha acogido en sus brazos!

Día a día, Stowe iba plasmando sobre papel lo que recordaba con todo detalle. Entretanto, sus nuevos amigos —que sabían por propia experiencia, por los muchos casos que habían conocido, que romper con el pasado no es nada fácil; al contrario, que llevaba su tiempo— no querían forzar la situación, no querían molestar. Estaban pendientes de él, atentos a lo que necesitase, pero sin caer en el hostigamiento. Le estaban ofreciendo, sin decírselo, tiempo y espacio.

En el mes de julio de 1970 Stowe recibió una carta certificada para que se presentara personalmente en los juzgados de Helsinki. El motivo no era otro que recoger la nueva ciudadanía y jurar sobre la Carta Magna defender las leyes finlandesas. Fue todo un acontecimiento y un motivo de enorme alegría. Así que, después de realizar el juramento y para celebrarlo, Aleksi preparó un viaje con sus tres amigos finlandeses.

El domingo 2 de agosto de ese mismo año cogieron juntos el tren desde Helsinki con destino a Oulu, tardando nueve horas. Querían saborear el tenue sol que, conforme avanzaban hacia el norte, se hacía más presente en la noche. Iban en departamentos separados. Solo había un ligero inconveniente: en aquel viaje Seija estaba en avanzado estado de gestación, ya que, según sus cuentas, esperaba al bebé para mediados de septiembre. En principio, nada que objetar.

A las cinco y media del día siguiente llegaron a Oulu. Tomaron un fuerte desayuno y subieron a un nuevo tren, pasadas las ocho, que los dejó sobre el mediodía en Kemijärvi, primer objetivo del viaje. Allí descansaron en un pequeño hotel, donde celebraron con una típica cena la incorporación de su amigo a la ciudadanía finlandesa. Hablaron de muchas cosas en aquel maravilloso viaje:

—Bueno, Aleksi, ¿qué opinas de nuestro país? —preguntó Sassa.

—¿Qué quieres que diga? Finlandia me cautivó desde el primer momento que puse los pies en él. Pero su gente es lo mejor que he conocido. Sois personas que amáis la vida, la naturaleza, la familia y cuidáis muy bien a vuestras amistades, lejos del materialismo al que estoy acostumbrado a ver en otras ciudades y países. No tengo más que palabras de agradecimiento, de felicidad, y espero que podamos pasar muchos años de nuestras vidas juntos. ¡Jamás olvidaré lo que habéis hecho por mí! ¡Gracias, amigos!

—Por todos los espíritus, me has hecho emocionarme, Aleksi. Nos tendrás siempre a tu lado. ¡Eres de nuestra familia! —añadió conmovido el bueno de Heikki.

Mientras escuchaba aquellos halagos, Sassa notó que, cada vez que se encontraba junto a aquel hombre, se sentía feliz y despreocupada de todo y de todos. Sintió que se estaba enamorando. Ella, una mujer fría que nunca había expresado blandura o emoción ante nadie, ni cuando murió Jalo, su padre, ahora sentía que el amor llamaba a su puerta. Nunca había sentido nada igual, y mucho menos tan de repente. Se sentía insegura, incapaz de afrontar aquellos sentimientos; sin embargo, aun con todo, su admiración y su atracción tanto física como sentimental hacia Aleksi era ya irreversible. Aquella noche tenía ganas de abrazar, de gritar y también de besar a su amado. ¿Hasta cuándo podría disimular aquel sentimiento?

Al día siguiente el grupo alquiló un todoterreno para dirigirse a su destino: Inari. Tardaron en llegar cuatro horas y media, no tenían prisa. Iban contemplando el paisaje que había dejado al descubierto el manto de nieve que lo cubría en invierno. Aquella región de Laponia, la más grande de Finlandia, era única. Tanto es así que cuando uno la visita, se queda enmudecido al contemplarla. Uno siente estar en otro mundo donde la naturaleza te habla, se comunica contigo mediante un silencio acogedor. Durante largos momentos nadie hablaba, cada uno de ellos mantenía un diálogo consigo mismo.

—¿Te gusta, Aleksi?

—Me estremece contemplar tanta belleza.

—Pues verás cuando estemos en Inari; la paz que se vive por cualquier rincón por donde paseas es indescriptible. Nuestro padre decía que era como tocar a Dios.

—¿Cómo se llamaba Jalo? —preguntó Aleksi.

—Nicolái Isaákovich Jomiakor —contestó rápidamente Heikki.

—¡Era ruso!

—Sí. Nació en 1915 y, por entonces, a todo el territorio finlandés se le llamaba el Gran Ducado de Finlandia, dependiente del Imperio ruso, aunque nació en Kuhmo, en la región de Kainuu. ¡Era más finlandés que ruso! —matizó Sassa.

—Era un gran hombre —remató Heikki.

Después de aquella corta conversación, otro largo silencio envolvió de nuevo al grupo, hasta que Seija lo rompió:

—¿Has matado a alguien, Aleksi?

—¡Seija! —le gritó su marido.

—¿A qué viene eso? —le recriminó su cuñada Sassa.

—Perdonad, era simple curiosidad.

—No os preocupéis, no me ha molestado la pregunta. Contestaré.

Unos segundos de silencio antes de contestar dirigieron toda la atención del resto hacia Aleksi.

—Es difícil de explicar cuando se habla de situaciones en que se raya la ilegalidad. Sabéis perfectamente que el crimen organizado y la policía a veces colaboran entre sí puntualmente y por circunstancias que favorecen a ambos lados. Lo sé por propia experiencia.

—¿Por qué no lo cuentas, Aleksi? —le rogó Heikki.

—No creo que sea de gran interés.

—A mí me interesa —replicó Seija, apoyando sin duda a su marido.

—En 1961, un jefe mafioso contactó conmigo para realizar un trabajo de protección y vigilancia. Por aquel entonces, yo era detective privado, pero también agente externo del FBI. Se hizo un trabajo perfecto y bien pagado, y aunque me ofrecieron pasar de bando, no lo acepté. Sabía dónde estaba mi sitio. Sin embargo, el jefe de aquella familia a la que ayudé, pasado unos años, se puso de nuevo en contacto conmigo. Me envió un mensaje claro: quería ayudar al FBI a cambio de que quitaran de la circulación, es decir, arrestaran al cabecilla de la familia Buffalo en el oeste de NuevaYork, que no era otro que Stéfano Magaddino. Como la policía lo tenía en su lista y siempre se había escapado con recursos y escusadas enfermedades, aceptaron. Su primo hermano, Peter Magaddino, siempre fiel a Joe Bonanno, mi cliente, participó con su complicidad ofreciéndonos todo tipos de datos: dónde guardaba el dinero, lugares de reuniones y de sus actividades ilegales.Ya sabéis… A finales de noviembre de 1968 intervinimos y se le arrestó en la calle. Se registró toda su casa en Lewiston, también la casa de su primo Peter para disimular y la funeraria que tenía, que usaba como una de sus tapaderas. Finalmente, arrestaron a nueve hombres por cargos federales de conspiración y violación de la Ley de Transporte Interestatal y se incautaron de 530000 dólares, pero uno de ellos murió. Al intentar escapar, disparó y me alcanzó; yo estaba muy cerca. En poco tiempo tuve que tomar decisiones rápidas, y disparé. Le vi caer al suelo como un muñeco de trapo. Sí, Seija, he matado y puedo asegurarte que no es nada agradable.

Los tres enmudecieron. Sassa, que conducía atendiendo más a lo que contaba Aleksi, no supo cuánto tiempo ni cómo había estado conduciendo sin prestar atención a la carretera; se quedó perpleja con lo que había escuchado.

—Hemos venido para disfrutar el presente y no el pasado —afirmó tajante Sassa, como queriendo cerrar la conversación.

El resto del tiempo lo dedicaron a hablar de lo que veían, de lo bonito que era Finlandia y de las excursiones que harían cuando llegasen a Inari. Una vez allí, buscaron el pequeño hotel reservado a orillas del lago. Pasaron dos días en él, visitando la ciudad y sus alrededores. La tenue luz del sol de la noche daba a aquel lugar un toque aún más romántico, sobre todo para Sassa, que no veía el momento de insinuarse a Aleksi.

—¿Te gusta todo esto, Aleksi? —le preguntó Sassa.

—Es como ver postales navideñas.

—¡Son postales navideñas!Y tú estás aquí, contemplándolas conmigo.

Él, abstraído por lo que veía a su alrededor, no se percató ni sospechó de las pretensiones de la hija de Jalo.

—Me gustaría que pasásemos dos o tres días de acampada en una de las más de tres mil islas que tiene el lago —dijo Sassa en cierto momento en que estaban tomando unos refrescos.

—¿Y cuál sugieres? Porque tienes donde elegir —respondió su hermano.

—La que más aislada esté y donde menos gente haya. Podemos preguntar en Información. Ellos sabrán cuál indicarnos, supongo.

—¿Por qué no? Alquilamos un bote y exploramos la zona que nos indiquen. Montamos las tiendas y a disfrutar de la naturaleza. Me parece bien, pero tendríamos que comprar o alquilar todo lo necesario —añadió Aleksi.

—Sí, porque nos quedan ocho días.Tenemos que regresar el domingo 16. Eso es lo que dijimos, ¿verdad?

—Bueno, eso se dijo, pero pueden ser más o menos días. Depende de cómo nos vaya —replicó Sassa.

—¿Tú que dices, Heikki? —preguntó Aleksi.

—Sería estupendo encontrar ese paraíso.

—Pues adelante. No hay más que hablar —dijo Sassa, cerrando la conversación.

Con toda la información obtenida, decidieron dirigirse a la isla de Palkissaari, a treinta kilómetros hacia el este de Inari. Por supuesto, fueron trasladados en un pequeño barco. Para navegar entre centenares de islas había que ser un experto. Cuando llegaron a Liinasvuono —el Fiordo de Lino, al norte de la isla—, descargaron todos sus bultos y el kayak de aluminio para moverse por el agua y, siguiendo el consejo de la gerencia del hotel, lo primero que hicieron fue montar la batería y la antena de la emisora de radio en un lugar seguro, por si se presentaba algún imprevisto. Lo tenían todo pensado. Parecían colegiales, y la más contenta por aquella aventura era Sassa.

Entre todos montaron las tres tiendas y, a la hora de la comida, terminaron de tener todo en su sitio. El encargado de la logística y del material que pudieran necesitar era Heikki; de la comida estaban encargadas las dos mujeres. A Aleksi le dejaron la organización de las pequeñas excursiones que pudieran hacer. Llegó la noche y, como el sol nunca se ocultaba en los días de verano, al menos en aquellas latitudes, nadie tenía sueño ni se quería acostar; de modo que alrededor de una hoguera comenzaron unas conversaciones marcadas por la actualidad internacional.

—¿Qué opinas de Nixon? ¿Lo está haciendo bien? —La pregunta provino de Heikki, sensible siempre a todo lo que afectaba a Estados Unidos.

—En mi opinión, creo que sí; al menos, en lo referente a los asuntos exteriores. Por ejemplo, con el caso de la «vietnamización», buscando una solución negociada. Además, está claro que quiere acercarse a China y a la Unión Soviética, y eso es bueno para todos.

—Pues a los rusos no sé si les gusta tanto —remarcó Sassa.

—Y en tu opinión, ¿cómo fue Kennedy? —preguntó la joven Seija.

—¡Nefasto!

—¿Cómo que nefasto, si lo señalan internacionalmente como el mejor presidente? —replicó Heikki.

Fue entonces cuando Sassa, a quien no le gustaba por dónde iba la conversación, dio muestras de interés.

—¡Pues cuéntanos tu versión!

—Me ocuparía mucho tiempo explicarlo.

—Tenemos todo el tiempo del mundo. Hasta dentro de siete días o más, como ha dicho Sassa, no tenemos que volver —sentenció con todo interés Heikki.

Aleksi no tuvo más remedio que comenzar, como se preveía, un largo monólogo. Sabía que a Heikki le obsesionaba todo lo referente a los Estados Unidos, especialmente los temas políticos.

—Comenzaré por explicaros a modo de introducción lo que considero fundamental para entender mejor lo que más tarde os contaré. Para mí, los acontecimientos recientes que estamos viviendo empezaron en Cuba con su revolución. En los años 50 gobernaba Fulgencio Batista, un hombre que fue acumulando una enorme fortuna gracias al control y los cobros por conceder licencias de construcción y juegos a numerosos millonarios norteamericanos, principalmente, que querían invertir en Cuba, lejos de la fiscalidad norteamericana. Uno de los más importantes mafiosos de Nueva York, Meyer Lansky, se convirtió en una figura prominente en las operaciones del juego en Cuba, ejerciendo influencia directa sobre las políticas de Batista con respecto a los casinos. Tanto fue así que convirtió la isla en un puerto internacional para el tráfico de drogas.

Cuba se transformó en una máquina para hacer dinero. Pero ya sabéis, nada es eterno.Aquella manera de gobernar de espaldas al pueblo cubano prendió un espíritu revolucionario que poco a poco iba marcando la meta dentro de los corazones de la gente, que luchaba por alcanzar una vida digna, distinta a la que vivían llena de penalidades.

—Es que machacando al pueblo no se puede gobernar —interrumpió Seija.

—Es cierto, y eso es lo que ocurrió. En el verano del 53, un grupo organizado de rebeldes asaltó un cuartel militar en la zona de Santiago, en el extremo este de la isla. Como era de esperar, las fuerzas gubernamentales derrotaron a los asaltantes. Muchos fueron encarcelados, mientras que otros muchos participantes huyeron del país.A partir de entonces, Batista suspendió las garantías constitucionales, si es que las había, y gobernó en toda la isla con una policía bien pagada e inquebrantable al régimen. Ese fue el comienzo. Tres años después, los estudiantes, cada vez más apoyados por las clases más pobres y reprimidas, se manifestaban en las calles en contra del presidente Batista. La contestación gubernamental: ¡más represión! Resumiendo, el gobierno dictatorial se hacía cada vez más impopular entre la oprimida población, y la Unión Soviética comenzó a apoyar en secreto a la guerrilla de Fidel Castro.

A finales del siguiente año, en 1958, se llevaron a cabo nuevas elecciones, exceptuando a las provincias, que para entonces ya estaban bajo el control de Castro. Ni con trampa pudo el Gobierno parar el descontento. Para diciembre, los únicos que apoyaban a Batista eran los terratenientes y empresarios cubanos que se habían beneficiado económicamente de aquel sistema dictatorial; el resto, estaban en contra. Pero los acontecimientos se desencadenaron tan rápidamente que a las grandes fortunas de la isla no les dio tiempo de llevarse ni las joyas ni el dinero en efectivo. Así que, en la fiesta para recibir al nuevo año y ante la sorpresa de los asistentes, el presidente se despidió y se marchó a Santo Domingo. El primer día del año Fidel se encontró una capital vacía de poder. Por donde pasaban las fuerzas revolucionarias, todo eran vítores y alegrías. Proclamaron al magistrado Manuel Urrutia Lleó como presidente de la nación. Por el momento, Estados Unidos reconoció al gobierno revolucionario como legítimo, dando consentimiento internacional tanto de derecho como de hecho al final de la dictadura de Batista. Ese mismo mes, enero de 1959, Fidel Castro cerró todos los casinos de la mafia en Cuba y expulsó a los gánsteres.Así que los mafiosos que salieron corriendo y dejando allí todas sus propiedades, como Roselli y Sam Giancana, mafiosos de Chicago, y Santo Trafficante, el jefe de la mafia de Tampa, Florida, se la juraron. ¿Os aburre lo que estoy contando?

—Por favor, sigue. Para mí es como una clase de historia que no conozco —interrumpió Heikki muy interesado.

—Algunos simpatizantes norteamericanos vieron en el revolucionario Fidel un hombre carismático con quien mantener y emprender nuevos negocios donde la corrupción no fuera la moneda de cambio. Y le invitaron a dar numerosas conferencias, tanto en Washington y Nueva York como en otras ciudades de Estados Unidos. Pero no os perdáis lo que ahora os digo. Llegó a entrevistarse con el vicepresidente Richard Nixon, y sus solo quince minutos de intercambio programado se transformaron en casi dos horas y media. El presidente Eisenhower, por diferentes motivos, no quiso reunirse con Castro, aunque reconoció rápidamente al Gobierno revolucionario. Más tarde, Estados Unidos comenzó a preocuparse por las cerca de quinientas condenas a muerte por fusilamiento dictadas por el nuevo régimen en juicios sin garantías procesales durante sus primeros meses.

Además, en mayo de 1959, cuando Castro regresó de su gira por las Américas, se promulgó la Ley de Reforma Agraria, que prohibía la tenencia de tierras por extranjeros y que dio paso a las primeras «nacionalizaciones», que afectaron a compañías estadounidenses, así como a la presencia de interventores en las compañías de servicios públicos de propiedad estadounidense. Motivos más que suficientes para que nuestro Gobierno se plantease la ruptura de las relaciones, máxime cuando en febrero de 1960 los rusos firmaron un convenio comercial con Cuba, bajo el cual Moscú compraría por lo menos un millón de toneladas de azúcar cubana al año, a precios preferenciales, y le suministraría a cambio petróleo barato y con facilidades de pago, así como trigo, fertilizantes y maquinaria, aportando los barcos. Todo un reto para los nuestros.

—¿Y no hubo respuesta por parte de Eisenhower? —interrumpió Heikki.

—Sí. Tardó en tomarla. Un año después Estados Unidos rompió sus relaciones diplomáticas con Cuba. A partir de entonces comenzó un intercambio de golpes políticos entre ambos gobiernos. Fue entonces cuando apareció la consigna antiamericana. Ya sabéis… ¡Cuba sí, yanquis no! Fueron expropiadas fábricas, ingenios azucareros y tierras, compañías de servicios, hoteles y compañías comerciales mayoristas y minoristas norteamericanas. Los expertos económicos calcularon que el daño sufrido fue de miles de millones de dólares. Eisenhower reaccionó a este despojo masivo imponiendo un embargo a todas las exportaciones estadounidenses a la isla, salvo las de alimentos y medicinas.12 En menos de un año, el presidente Eisenhower ordenó a la CIA que comenzara a armar y entrenar a un grupo de exiliados cubanos para atacar Cuba […].

Poco a pocoAleksi fue contando detalles, como la malograda invasión de Cuba desde el mar por Bahía de Cochinos, donde unos 1500 exiliados cubanos, entrenados y financiados por la CIA fueron capturados. El entonces presidente John F. Kennedy se negó a ofrecerles apoyo aéreo, ya que, en opinión de Aleksi, el presidente estaba decidido a mantener la participación de su país en secreto. Y siguió con su explicación, observando la máxima atención de sus amigos.

—Los dejó abandonados a su suerte. Nadie se lo perdonó. Ningún presidente puede hacer lo que hizo. Cuando dio el consentimiento para aquella intervención, se comprometió. Pero después se comportó como un traidor y nadie le perdonó que los dejase tirados; ni la CIA, ni la mafia, ni él ejército, ni los exiliados cubanos.

Con estas palabras, y atendiendo a las horas que estaban despiertos, se marcharon a descansar, cada cual a su respectivo nido. Cuando se levantaron al día siguiente, después de tomar su primer alimento, se decidió que Aleksi y Heikki fueran con el kayak a explorar el contorno de la isla para descubrir dónde había pesca, y así lo hicieron.

Después de tres horas volvieron con un lucio de unos seis kilos. No tuvieron que recorrer el perímetro de toda la isla, tan solo navegaron un kilómetro y medio y encontraron lo que buscaban, una zona donde abundaba la pesca. De aquel trofeo hicieron un suculento manjar friéndolo con tomate. El día no podía ir mejor. Con las fuerzas plenas, decidieron realizar una excursión al lago interno que tenía la misma isla. En dirección sureste y recorriendo tan solo cuatrocientos metros, llegaron al lago, bastante alargado atendiendo a su anchura. Allí, con aguas más tranquilas, se dieron un largo y refrescante baño. La temperatura era más que agradable, unos 18 ºC. Pero cuando volvían, durante la marcha Seija dio un traspié y se le dobló completamente el pie, produciéndole un fuerte dolor que le impidió contener las lágrimas.Todo fueron atenciones. HastaAleksi propuso llevarla a caballo, pero no fue necesario. Caminando despacio y apoyada en su esposo, llegaron al campamento.

Su pie no mejoraba, el dolor era entonces más fuerte y la hinchazón denotaba que lo tenían que mirar y hacer una radiografía por si se trataba de alguna rotura. La cuestión es que llamaron por radio para que vinieran a recogerla, cosa que hicieron en treinta minutos. Todo estaba hablado: Seija y Heikki se irían y, una vez conocido el alcance de la lesión, les llamarían para informarles y tomarían las decisiones oportunas. Cuando el ruido del fueraborda desapareció, el silencio envolvió a los únicos habitantes de la isla, Aleksi y Sassa.

—Espero que no sea una rotura —dijo Sassa.

—Vaya, también ha sido mala suerte. Estaremos atentos a la radio por si nos dan alguna noticia.

—No es que tenga apetito, pero creo que deberíamos cenar algo, Aleksi.

—¿Qué te parece alguna lata? Mira a ver qué hay en el arcón de tu hermano y elegimos.

—¿Carne o pescado? —gritó Sassa mientras caminaba a mirarlo.

—¡Carne, por supuesto!

Sassa volvió con dos latas de grillimakkara13.

—¿Crees que tendremos bastante?

—Más que suficiente —respondió Aleksi.

Como casi siempre ocurre, cualquier situación puede ir a peor. No tardaron en notar que el tiempo estaba cambiando rápidamente y que las nubes iban cubriendo el cielo empujadas por un viento frío. Aleksi entró en la tienda y trajo unas prendas de abrigo y la guía. Estuvo leyendo la climatología predominante en el mes de agosto. Pudo comprobar que la media de las precipitaciones de ese mes era de 9 días, un 29 %. No cabía duda de que habían elegido, sin saberlo, uno de aquellos días.

—Ten, ponte esto. La temperatura está bajando —le dijo a Sassa al tiempo que le cubría los hombros.

Un escalofrió recorrió todo su cuerpo, y no precisamente por el frío, sino por notar que Aleksi la cubría con su chubasquero.

—¿Lloverá?

—Según señala la guía, quince días del mes hay nubosidad abundante y de esos, nueve días llueve. Sí, creo que lloverá. ¡Nos ha tocado!

Aunque Sassa ponía mala cara a aquello que le decía Aleksi, lo escuchaba con una alegría interna que casi le resultaba difícil de ocultar, y comenzó a preparar sus armas de mujer. Es fácil imaginar lo que allí ocurrió. Solos, con un tiempo que invitaba a permanecer cobijados por la lluvia y el frío, el ambiente perfecto para meditar con cariño lo que somos y lo que podemos ser.

Sobre las once de la noche se escuchó por la emisora la voz de Heikki:

—Aleksi, Sassa, ¿me escucháis? ¡Os habla Heikki! ¿Me escucháis? Estación Lino. ¿Me escucháis?

—Te escucho, Heikki. ¿Cómo ha ido todo? Corto.

—Seija tiene fractura en el maléolo externo. Le han escayolado el pie. Creo que para nosotros se han acabado las vacaciones. Corto.

—Comprendo. ¿Cuánto tiempo tiene que llevarlo enyesado? Corto.

—Entre tres y seis semanas. Corto.

—Aquí ahora está lloviendo. Mañana desmontaremos y regresaremos. Envía el transporte hacia el mediodía. Corto.

—Repite eso último. Corto.

—Envía transporte sobre las 12:00 horas. Estaremos preparados. ¿Entendido? Corto.

—¡De acuerdo! Corto y cierro.

Cuando Aleksi volvió a la tienda todo mojado, Sassa le secó con caricias y besos. El romanticismo llegó a sus corazones.

Apenas terminaron sus días de descanso y celebración, una noticia inundó todos los periódicos del mundo. En la ciudad de Panamá se produjo un terremoto el domingo, a las 6:40 de la mañana, hora local. Un terremoto de 7,8 grados que dejó 9000 muertos y 50000 heridos. A Aleksi aquello le trajo malos recuerdos. Hasta Sassa observó su cambio de ánimo.

—¿Te ocurre algo, Aleksi? ¿Estás arrepentido?

—No, Sassa, no hay nada de lo que debamos arrepentirnos Las noticias del terremoto de Panamá me han traído malos recuerdos.

—Debe de ser tremendo vivirlo.

—Creo que ni el infierno se asemeja, sobre todo cuando ves a personas inocentes morir sin causa, motivo o justificación, especialmente los niños. Entonces, tus valores éticos, religiosos o morales se entierran también entre aquellas ruinas.

Sassa supo enseguida que el pensamiento de Aleksi estaba con el sufrimiento y dolor de aquellas personas.

Aquel viaje tuvo dos caras: la inolvidable para Sassa y Aleksi, y la amarga para Seija y Heikki; sin embargo, el destino quiso compensar a la joven pareja. Tan solo treinta días después de regresar de Inari, Seija tuvo un hijo al que llamaron Heikkinen —hijo de Heikki— y que nació mediante cesárea.

Después de la celebración de aquel acontecimiento, todos volvieron a la monotonía de sus vidas, incluida la reclusión de Aleksi, quien tenía que permanecer en su casa de Karelia del Sur lo más discretamente posible durante un largo tiempo. Para ello, le instalaron un transceptor Yaesu FT-101F para comunicarse. En principio determinaron que a última hora del día que acabara el mes se comunicarían para compartir noticias y novedades. El nombre que utilizaron para él fue «estación-ASV», correspondiente a las primeras letras de su nombre. Esa fue la norma que Aleksi cumpliría con toda puntualidad. Ahora le tocaba esperar al menos un año y, tras obtener el certificado de conocimiento del idioma finés, posteriormente tenía que encontrar un trabajo. Así, y solo así, podría mostrarse al mundo como un verdadero ciudadano protegido por la ley finlandesa. Y pasaron los meses…

Es cierto que Aleksi había obtenido la ciudadanía, pero era dependiente, necesitaba cumplir con todos los requisitos legales. La prudencia les hacía tomar aquellas medidas de seguridad y distanciamiento. No querían exponerse a que Aleksi tuviera cualquier tropiezo hasta estar bien preparado con el idioma; conseguir esa meta era más que importante. En una de las comunicaciones en las que habló con sus amigos, se enteró de una grata noticia: ¡Sassa estaba embarazada! Tuvieron que romper la norma, y en noviembre toda la familia Jalo viajó hasta la casa deAleksi en Imatra, donde pasaron un fin de semana completo. Esto ocurrió el 7 de noviembre. Fue un fin de semana inolvidable en el que se habló de todo.

—Sassa, ¿tú crees que tenemos que estar separados y mantener mi anonimato?

—Creo que es necesario. No queríamos decírtelo para que no te preocuparas, pero sabemos por un amigo de la Embajada inglesa que ya te están buscando en Ciudad del Cabo.

—Entonces, es cuestión de tiempo.

—Sí. Tenías razón, Nixon se está apresurando a limpiar a todo aquel que pueda aportar información contraria al informeWarren.Además, para ellos no dejas de ser un desertor. No te preocupes. Te vamos a blindar y no te podrán tocar.

—¿Estas precauciones son necesarias?

—Por supuesto que sí. Pero nos vamos a adelantar a lo que teníamos previsto. Podemos encontrarte trabajo, pero será en Turku.

—En Turku, extraordinario —interrumpió Aleksi.

—Tenemos dos posibilidades: en el Museo de Arte o en el Servicio de Transporte Municipal, en oficinas. Conociéndote, creo que mejor el primero, ¿verdad?

—Por descontado.

—El requisito que necesitamos es que consigas el certificado lingüístico de grado superior. Tendrás que aplicarte.

Dentro de un mes te enviaremos las pruebas para ver si las superas. En cuanto estés en condiciones, presentaremos la solicitud de examen.

—Dejaré todo y me centraré en esto último. Pero cuéntame, ¿cómo llevas el embarazo? ¿Te estás cuidando?

—Me estoy cuidando y me cuidan. Ya sabes que mi tía está conmigo. No se despega de mí cuando estoy en casa. Bien, acerquémonos al grupo. En cuanto todo esto acabe, nos casaremos —dijo Sassa, cogiéndole de la mano.

—¿Por qué no ahora?

—¿Aquí?

—Sí. Aquí —sugirió Aleksi.

—No quisiera que faltase mi tía, pero te prometo que lo haremos lo antes posible. Aunque tengas que venir a Helsinki.

—¡De acuerdo!

Al acercarse, vieron a la exuberante Seija con su hijo en brazos, al que besaba una y otra vez.

—¡Aleksi, pronto tendrás un hijo como el mío!

Los días pasaron y Aleksi puso todo su empeño en el estudio. Solo salía para comprar y dedicaba todo el tiempo a perfeccionar el idioma, tanto escrito como hablado, a pasear por su parcela y sobre todo a escuchar música clásica, al tiempo que escribía todo lo que recordaba a modo de descanso, para relajarse de aquel duro estudio lingüístico, una lengua que para él era más fácil hablar que escribir. Aquello le llevó todo el mes de octubre y primeros de noviembre. Entonces le enviaron los exámenes que habían hecho el año anterior para que supiera a lo que se enfrentaba. Superó los tres ejercicios, pero la nota escrita le restaba puntos. Así que decidieron darle dos semanas más. Escribía y escribía todo lo que pensaba en finés, incluso fue practicando con sus memorias. Redactó la totalidad del capítulo titulado Kaikki alkoi vuonna 195414 en aquel idioma.

A finales de noviembre, Aleksi se examinó de finés en grado superior. Lo superó con buena nota, un notable alto. El domingo 6 de diciembre Sassa y Aleksi se casaron y después se marcharon de luna de miel a Turku. Visitaron el Museo de Arte de la ciudad, en el que los dos sabían que se encontraría su nuevo lugar de trabajo. Les gustó mucho y se tomaron una semana para visitar toda la ciudad e incluso mirar un pequeño apartamento para cuando Aleksi se incorporara a primeros de año a su trabajo. El estado de reposo que le habían aconsejado a Sassa obligó a tomar esa decisión. Cuando todo se normalizara, tomarían la decisión definitiva.

Sassa correspondía en favores y cuidados a su esposo por haber encontrado la felicidad, por haber descubierto que la vida entre dos personas, además de ser más completa, es más llevadera, más soportable. La unión de dos personas para lo bueno y para lo malo es la mejor experiencia que el ser humano pueda realizar.

De vuelta en Helsinki, antes de despedirse de su esposa para incorporarse a su trabajo enTurku,Aleksi le dio un cariñoso beso y le dijo:

—Vendré todos los fines de semana.

—Cuídate, llámame todas las noches.

Cuando Aleksi estaba a punto de abrir la puerta para marcharse, volvió sobre sus pasos y, acercándose al oído de Sassa, le dijo «gracias por darme la vida», al tiempo que le daba un último beso.

Los fines de semana Aleksi volvía a la capital junto a su esposa. Todo eran atenciones y cuidados. Sassa guardaba reposo, hacía meses que había tenido una ligera pérdida de sangre y, desde entonces, prolongó más allá el tiempo de reposo que le había indicado el ginecólogo. No quería poner en riesgo su embarazo. En una ocasión, los dos se preguntaron sobre el sexo de su futuro hijo.

—¿No quieres saber si es niño o niña? —le preguntó Sassa a Aleksi.

—No, no quiero saberlo. Además, me da igual. Lo que quiero es que todo salga bien. Quiero que todo esto acabe pronto y podamos trasladarnos todos a Turku, lejos de las prisas de la capital. Allí hay más calidad de vida. El aire es más limpio y sano, y será mejor para el bebé.

—Eso espero. Deberíamos vender esta casa, así reduciríamos costes. ¿No te parece?

—Antes vendería la de Karelia.

—Sería una equivocación. Aquello es nuestro refugio, nuestro apartado, nuestro seguro de vida —le contestó Sassa.

—Bueno, cuando llegue el momento lo hablaremos.

Los días pasaron rápidamente, hasta que el grito de un niño recién nacido irrumpió en toda la casa. Había sido un parto natural, como los de antes, con ayuda de una matrona. Allí, en la habitación se encontraban todos reunidos viendo al bebé, una vez limpio, sobre el pecho de su madre. Las lágrimas de alegría y felicidad recorrían los rostros. Ver nacer un niño siempre hace aflorar los sentimientos más humanos e íntimos que posee una persona. Sin duda, es un momento de celebración y de acción de gracias para nuestro Creador. Esto sucedía el martes 21 de mayo de 1971 en plena primavera.

—¿Verdad que es precioso, Aleksi?

—Es la criatura más bonita que he visto, Sassa.

—¿Qué nombre quieres ponerle?

—Kevään Aurinko.

—¡Sol de primavera! Precioso —celebró Seija al escucharlo.

Al momento, todos se centraron en el niño, acariciando sus manitas y viendo cómo sus párpados se querían abrir para participar también de esa gran fiesta. Aleksi no lo pudo remediar y lloró al tener a su hijo entre sus brazos.

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12 Datos extraídos de Martinoticias.com

13 Grandes salchichas para asar en una fogata.

14 Todo comenzó en 1954.

4. ¡Que viene el lobo!

Para Aleksi el año 1971 fue el más feliz de su vida, sobre todo por haber tenido un hijo, su único hijo. Cada vez que lo veía daba gracias a Dios por el regalo que le había enviado.También por tener aquella esposa ejemplar, entregada a su marido y a su familia. ¿Qué más puede esperar un hombre en esta vida?

Al final, el feliz matrimonio decidió no vender la vivienda de Sassa por el bien del niño, al menos hasta que se hiciera un poco más mayor. No era cuestión de dinero, sino de cambio de ambiente. Sassa tendría que haberse alejado de los suyos, y eso, con un niño recién nacido, era arriesgado. Además, como la distancia entre Turku y Helsinki no era tan larga, y dado que Aleksi se trasladaba los fines de semana, la separación de esposos se mitigaba mejor. Cuando estaba fuera del trabajo, el tiempo de que disponía Aleksi lo invertía fundamentalmente en ir escribiendo sus memorias. Diariamente llamaba a casa dos veces: por la mañana antes de irse a trabajar, y por la noche antes de acostarse. Era una rutina que cumplían los padres con agradecimiento y satisfacción. A ojos de todos, formaban una familia feliz y ejemplar.

Sin embargo, Aleksi no dejaba atrás su pasado. En la medida de lo posible, y siempre cuando estaba solo, leía y se informaba de las noticias que venían de los Estados Unidos y que él consideraba importantes, o al menos, que le afectaban sentimentalmente. Sin duda, no había olvidado su pasado, y lo peor, no lo quería olvidar. En junio de ese año comenzó a anotar en su cuaderno ciertas noticias en las que posteriormente profundizaría, como la ocurrida el 10 de junio en las cercanías del Casco de Santo Tomás (México), donde el Gobierno perpetró una masacre de estudiantes en el asalto conocido como «El Halconazo»; o la del 15 de agosto, en la que el presidente Richard Nixon acaba con el patrón oro al anunciar la suspensión de la convertibilidad en metal del dólar estadounidense; o también la del 18 de diciembre, cuando por segunda vez en su historia el dólar se devaluó de manera brusca en los Estados Unidos. No entendía lo suficiente esas cuestiones económicas de su país, pero lo que sí sabía y creía era que las manos de las grandes fortunas tenían mucho que ver con ello. Algún día, después de terminar de escribir sus memorias, dedicaría parte de su tiempo a profundizar más en el tema.

Para aquella familia los días, semanas y meses transcurrían con total normalidad.Todos sabemos que el tiempo pasa, en ocasiones, con lentitud o con mucha rapidez. Sin apenas darse cuenta Aleksi, su pequeño había cumplido un año. La familia celebró una fiesta en Imatra, Karelia. Allí todos podrían disfrutar de la naturaleza. Aquello era una bendición para el disfrute y la relajación, como si el resto del mundo no existiera; sin embargo,Aleksi era consciente de su preocupación por el sentimiento de peligro que corría, pensamiento que también compartía su esposa Sassa. Y aunque ella trataba de que ninguna noticia influyera en el ánimo de su marido, evitó por todos los medios hablar de temas que le despertaran recuerdos del pasado. Aun así, Aleksi procuraba estar al día de lo que ocurría en Estados Unidos. Noticias como estas, que salieron a la luz a mediados de 1972, despertaron su interés:

«El 17 de junio en el Hotel Watergate se realiza un registro ilegal de la sede del Partido Demócrata».

«El 23 de junio Richard Nixon y H. R. Haldeman son grabados hablando acerca de utilizar a la CIA para encubrir las investigaciones del FBI sobre el escándalo Watergate».

Fue entonces cuando Aleksi decidió seguir desde la distancia todo lo que salía del caso. Sabía incluso leer entre líneas lo que muchos no veían. Lo recogía y lo anotaba todo, visitaba constantemente la biblioteca y ojeaba todos los periódicos norteamericanos que podía. Tanto fue así que a una de las funcionarias le llamó la atención la obsesión que tenía con el tema. Para la mayoría de los mortales, y más a tanta distancia de Washington, eran noticias que pasaban casi desapercibidas, pero Aleksi sabía que aquello podría tener fuertes repercusiones políticas; de hecho, escribió diferentes notas sobre cómo comenzó aquel caso, notas extraídas de la prensa…

«Los autores de la operación de espionaje en las oficinas del Partido Demócrata son miembros de una organización derechista. Los cinco detenidos habían estado varias veces en relación con la CIA.

Las autoridades están buscando a cuatro hombres que alquilaron habitaciones en el Hotel Watergate de esta capital, en compañía de otros cuatro acusados para llevar a cabo en la noche del pasado sábado una operación de espionaje en la sede de las oficinas centrales del Partido Demócrata.

Según manifestó hoy un alto oficial de la policía metropolitana, los ocho hombres están conectados con la organización llamada Ameritas. Esta ha sido descrita por otras fuentes como una organización política derechista y anticastrista, que cuenta con un número de miembros que se sitúa entre los 1200 y los 1500, y que lleva operando unos cinco años por la zona de Miami. La información no ha podido ser todavía confirmada.

El inspector Ernest Prete, jefe de la División de Investigaciones Criminales de la Policía de Washington, se negó a identificar a los cuatro hombres que están siendo buscados. De ellos dijo que se alojaron en el Hotel Watergate durante el fin de semana comprendido entre los días 26 y 28 de mayo. Añadió que no estaba seguro de si habían utilizado nombres falsos en el registro del hotel, informando también de que dos de ellos procedían de NuevaYork, otro de Miami y el último, de Kansas City. Uno de ellos dio un nombre español.

La investigación se está organizando a nivel nacional, bajo la dirección y coordinación del FBI.

El Comité Nacional del Partido Demócrata ha solicitado del grupo de reelección de Nixon el pago de un millón de dólares en compensación por lo que califican como violación a sus interioridades.

El propio Prete y otras fuentes han confirmado que cuatro de los cinco hombres detenidos por la Policía en la madrugada del domingo en las oficinas centrales del Partido Demócrata se alojaron también en el Hotel Watergate el fin de semana del 26 al 29 de mayo. Se trata de Bernard L. Barker15, Eugenio R. Martínez16, Frank Sturgis17 y Virgilio R. González18. El quinto detenido, James W. McCord Jr.19, reside en Washington.

Se dice que los cinco habían estado varias veces en relación con la CIA. Además, se ha especulado con el hecho de que estos grupos cubanos no estarían conformes con la posibilidad de que el Comité del Partido Demócrata pudiera llegar a recomendar el reconocimiento norteamericano del régimen de Fidel Castro».

«Nixon niega la participación de la Casa Blanca en la operación.

El presidente Nixon negó hoy jueves que el actual Gobierno republicano esté involucrado en el intento de colocar aparatos de “espionaje” en la sede central del Partido Demócrata.

En la primera conferencia de prensa que ha ofrecido en tres meses, el presidente norteamericano rechazó tajantemente los intentos demócratas de implicar a la Casa Blanca como responsable de que cinco individuos intentaran colocar micrófonos e intervenir el pasado sábado los teléfonos de las oficinas centrales del Partido Demócrata en Washington.

“Mi secretario de prensa, Ziegler, ha respondido detalladamente a todas las acusaciones demócratas”, añadió Nixon, quien se negó a comentar más extensamente el tema por encontrarse este —dijo— bajo investigación del FBI»20.

Para Aleksi, no cabía duda: aquel incidente era un espionaje político y de sabotaje llevado a cabo por hombres del presidente Nixon y dirigido desde la Casa Blanca.

Desde luego que era para estar obsesionado, porque él conoció directamente a James W. McCord; además, sus datos sobre todo el caso del asesinato del presidente Kennedy apuntaban a que Frank Sturgis formaba parte de uno de los equipos que dispararon al presidente en Dallas. Por supuesto, el conocimiento que él tenía sobre los cinco es que todos pertenecían a la Operación 40, lo cual hacía conexionar a ese oscuro grupo de fontaneros de las cloacas del Estado con el del Watergate y, por consiguiente, con el magnicidio del presidente Kennedy. Por otra parte, hay una cosa muy curiosa y que no se puede olvidar: Nixon siempre estaba presente en todos los casos oscuros de la CIA.

Relacionar todos estos casos y buscar las fuentes y los datos de que disponía le llevó casi todo el tiempo de ese año y del siguiente para escribir y marcar la estructura de sus memorias.Y el tiempo pasaba.

Pero los finlandeses, muy lejos de las preocupaciones deAleksi, estaban sumidos en otro acontecimiento. En 1973, el país se estaba preparando para que se celebrase en la capital, Helsinki, la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea. El presidente Urho Kekkonen, sabedor de lo que representaba ese acontecimiento para el país, movilizó a sus ciudadanos a colaborar para que aquella cita fuera todo un éxito. No en balde, Finlandia iba a ser la anfitriona, además de agasajar a casi la totalidad de países del hemisferio norte. Era el momento para que la joven república finlandesa se mostrase al mundo como un Estado maduro, seguro y fiel a la integridad territorial y el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Nadie dudaba de que aquel acontecimiento fuera a ser histórico para la República. Era como vestirse de gala, de largo, y mostrarse al resto del mundo con toda su belleza. Todos y cada uno de los finlandeses estaban unidos, apoyados por ese espíritu sisu que tantas veces les había ayudado a alcanzar el éxito.

—Le he consultado a la directora lo de las vacaciones. Imposible, la Conferencia ha anulado todas las peticiones. No se darán a ningún funcionario ni en julio ni en agosto. Todos tenemos que estar disponibles en el trabajo.

—Me lo temía. Hubiese sido estupendo pasar un tiempo en Karelia lejos del bullicio y el movimiento de gente; de hecho, ya lo estamos notando —dijo Sassa a su marido.

—Pues si no queremos pasar esos días en la capital, solo tenemos dos opciones: que te marches con tu cuñada Seija y el niño a Imatra a pasar todo el verano, o que os vengáis a Turku.

—¿Qué prefieres tú, Aleksi?

—Pensando egoístamente, la última me parece mejor, pero tiene el inconveniente de que la movilidad para ti y el niño se va a ver muy afectada. Y el inconveniente de la primera es la separación. No es lo mismo salvar 170 kilómetros los fines de semana que 470, lo que haría que mis visitas no fueran tan frecuentes. Creo que deberíamos elegir lo mejor para el niño.

—¿A Imatra entonces? —interrumpió Sassa.

—Sí, si te acompañaran Seija y Heikkinen.

A mediados de junio las dos familias con sus respectivos hijos se marcharon a Imatra. Una vez acomodadas y terminado el fin de semana, Heikki y Aleksi volvieron a sus ciudades de trabajo. Todos estuvieron de acuerdo en que la separación de sus parejas era superable, atendiendo a cómo iban a pasar el verano sus hijos. De manera que Aleksi volvió a su rutina en el museo y a su escritura, y Heikki al trabajo familiar de la imprenta.

Aleksi recopiló y siguió detenidamente el escándalo Watergate. En marzo pudo leer diversas noticias, como que el presidente Nixon se escudó en la doctrina del «privilegio del Ejecutivo», para tratar de evitar los ataques y justificar las negativas de sus colaboradores a declarar.

En abril, el presidente del Comité de Investigación le comunicó a Nixon que, si impedía a sus colaboradores testificar, era porque tenía algo que ocultar. Dos semanas tardó la Casa Blanca en anunciar que comparecerían. No había duda: el presidente Nixon quería ganar tiempo, pero no lo logró. A finales de abril comenzaron las dimisiones en cadena de las personas más cercanas a él. El 17 de mayo todo el mundo pudo ver por televisión las declaraciones de sus colaboradores. El primero en cantar fue su consejero, John Dean, quien aseguró que «el presidente estaba personalmente implicado en el caso».

—Me parece que se te ha acabado la presidencia, amigo Nixon — dijo en voz alta Aleksi.

Pero lo que no podía comprender era cómo el presidente, con todo lo que le estaba cayendo y le iba a caer, podía permitirse asistir a la Conferencia de Helsinki que se celebraría en pocas semanas y sonreír, como seguramente haría, a toda la prensa y asistentes. No pudo de dejar de admitir que esos hombres estaban hechos de otra pasta.

El caso Watergate se paralizó para Aleksi cuando su cuñado Heikki le visitó, aprovechando un fin de semana en que ambos no tenían que ir a Imatra.

—Aleksi, lo que ahora te voy a contar es muy importante. Ya sabes que tenemos amigos en ambos lados. No me preguntes cómo, porque no podría contestarte, pero los rusos han descubierto que estás aquí, y lo peor, que eres miembro de nuestra familia. Y si ellos lo saben, no tardarán mucho en localizarte tus antiguos amigos.

—¿Me estás diciendo que corro peligro?

—De momento creo que no, pero puede que se presente.

Después de unos largos segundos de silencio, Aleksi le preguntó:

—¿Sassa y el niño corren peligro?

—Si te encuentran los tuyos, tal vez. Por parte rusa, me han autorizado a decirte que, cuando quieras, podrías pasarte a su lado. Te darían todo tipo de garantías de seguridad y ayuda para ti y tu familia.

—¿Esto lo sabe Sassa?

—¡No!

—¿Y qué supondría aceptar? Ahora soy ciudadano finlandés.

—Tú sabes mejor que nadie que cuando a uno lo buscan, lo encuentran, es cuestión de tiempo. En territorio ruso tendrías asegurada tu vida hasta el resto de tus días.

—Si aceptásemos, porque todo depende de Sassa, ¿qué nos ofrecerían?

—De eso no se ha hablado nada. Pero si lo crees conveniente, puedo ponerte en contacto con un asesor de la Embajada rusa en Finlandia y te informarán con todo detalle.

—¿Podría ser?

—¡Por supuesto!

—Bien, adelante. Pero te pido que, de momento, dejemos al margen a Sassa. No hay por qué preocuparla, ¿de acuerdo? —le rogó Aleksi.

—De acuerdo. Te llamaré para decirte dónde se hace la entrevista.

—¿Podría ser aquí en Turku, lejos de la capital?

—No depende de mí. Lo propondré —le dijo Heikki.

A punto de marcharse, cuando ya terminaron de hablar sobre algunos detalles, Aleksi abrazó a su cuñado.

—¡Muchas gracias, Heikki!

—Todo saldrá bien. No hay nada que temer, en el otro lado la vida es tan buena como aquí.

En el trabajo Aleksi no daba muestra alguna de preocupación, pero en la soledad de su casa no dejaba de pensar en la cuestión.Ahora él sufría en primera persona lo que antes había vivido con el caso de Anatoliy Golitsyn. Fue entonces cuando comprendió a aquel hombre que tuvo que abandonar su patria. Claro que lo suyo no era abandono, él ya había abandonado al conseguir la ciudadanía finlandesa. Esto era otra cosa, significaba trasladarse a un lugar seguro para que su familia viviera en paz y sin ninguna espada de Damocles sobre sus cabezas. Cierto es que su historia, aunque semejante, era distinta por una simple y pequeña cuestión: la Unión Soviética era ahora «el receptor».

Todo el tiempo del que dispuso Aleksi mientras estaba en Turku lo dedicó a acelerar sus escritos. Necesitaba tener preparada, al menos, una parte sustancial de nombres y lugares, así como finalizar su conclusión sobre los importantes sucesos contados. Mientras estuviese alejado de su familia, se centraría en terminar sus memorias; ahora sí pensaba que podrían ser su salvoconducto.

A primeros de julio, en Helsinki y como estaba previsto, se inauguró la primera sesión de la Conferencia con la presencia de las representaciones de treinta y cinco países. Los medios de comunicación y el mundo les observaban, pero tal evento llevaba su tiempo. Pasaron meses hasta que llegaron a algún acuerdo y lo firmaron. Una conferencia así exigía su tiempo.

A principios de septiembre Aleksi visitó a la familia en Imatra. Encontró a su hijo precioso, en cuatro meses había dado un cambio extraordinario. Ya tenía dos años y, cogido de su mano, paseaba casi todo el tiempo; le señalaba los árboles, le ponía su pequeña mano sobre las cortezas; pisaban la hierba húmeda, le enseñaba a escuchar el viento. Sin necesidad de palabras, quería decirle a su hijo que existía un ilimitado espíritu exterior, superior a ellos, que estaba en ellos y que paseaba con ellos en perfecta armonía.

Notaba que su hijo crecía, que aprendía de la vida, de lo que le ofrecía el campo, ampliaba los olores y sabores que la naturaleza puede ofrecer. Con solo verlo y contemplarlo, Aleksi se estremecía de felicidad. Sassa lo miraba y coincidía con él en que había sido un acierto dejar la capital y estar en el campo, en aquel lugar aparentemente tan apartado del mundo; en plena naturaleza, donde muy pocas familias disfrutaban de aquel tranquilo y precioso espacio. El hijo de Seija y Heikki ya parecía un hombrecito, tenía un año más y a esas edades eso marca una gran diferencia. Fue entonces cuando Aleksi se hizo una pregunta: «¿Y si en el otro lado se vive mejor?».

Como el día era inmejorable, decidieron hacer una barbacoa para cenar. En Finlandia, aquello era un motivo más para reunirse en familia y disfrutar del momento. Todo iba perfecto hasta que Seija, estando alrededor del fuego, dijo:

—¡Tenemos nuevos vecinos!

—No me lo habías comentado —le dijo su marido, mirando con disimulo a Sassa, que se había percatado de lo dicho.

—Pues ya lo sabéis. Es una pareja estupenda.

—Es cierto, ahora no están. No veo el coche, pero creo que mañana estarán. Os lo presentaremos —comentó Sassa.

Los dos disimularon, pero entendieron que aquello era algo sospecho. Antes de acostarse fue fácil encontrar un momento para hablar brevemente al respecto con Heikki.

—¿Qué opinas? —preguntó Aleksi.

—Si los conocemos antes de marcharnos, les haremos alguna pregunta sin levantar sospecha.Anotaremos la matrícula del coche e investigaremos. Ahora tenemos que proceder con alegría, como buenos vecinos.Tenemos que ganarnos su confianza. Si no son lo que pensamos, mejor.

—De acuerdo.

Los dos entraron en la casa. Con sumo cuidado, Aleksi palpó en la oscuridad hasta sentarse en la cama y desnudarse. No quería despertar a Sassa. Parecía todo tranquilo.

—Aleksi, cariño, estoy despierta.

—No quería despertaros.

—No te preocupes, el niño nos despertará. Tenemos poco tiempo.

Aleksi, como esposo obediente y agradecido por haberle dado un hijo tan precioso, comenzó a complacerla. Su hijo se despertó dos veces y el que se levantó fue Aleksi. Al día siguiente, poco acostumbrado, llevaba la cara como si acabara de superar una resaca. Sassa lo miraba con cierta ironía y Seija se le reía a la cara:

—¿Crees que esto de ser madre es fácil y cómodo?

—Nunca he dicho eso —aseguróAleksi con voz bronca, lo que hizo que las dos se rieran sin contemplaciones.

Pronto apareció Heikki con su hijo a caballo.

—¿Qué pasa? ¿Cuál es el motivo de esas risas?

—Aquí tu cuñado, que no ha dormido —explicó Seija.

—¡Pues aún te queda! —le dijo a Aleksi, dejándole a su hijo sobre las rodillas.

Aquel día Heikki yAleksi estaban más pendientes de sus vecinos que de la familia. Al final desistieron, pues no aparecieron. Acabado el tiempo y retornando a sus respectivas ciudades, los dos cuñados, que viajaban en el mismo coche, tuvieron tiempo para hablar de sus cosas.

—No hemos podido verlos, pero como yo vengo con más frecuencia, estaré al tanto. En cuanto tengamos el número de matrícula, investigaré —aseguró Heikki.

—Me parece bien, aunque creo que nos estamos obsesionando.Ahora mismo, el país está lleno de personas de todos los rincones que asisten a la Conferencia, y creo que irá para largo, lo que implicará ver muchas personas desconocidas y sospechosas.

—Puede que sí, pero no nos cuesta nada saber más de ellos. A fin de cuentas, son nuestros vecinos y cuanto más sepamos, mejor.

—En eso tienes razón —contestó Aleksi.

Hablaron de muchas cosas hasta que llegó la cuestión más importante.

—¿Has contactado con los rusos?

—Sí, creo que están esperando a que baje la presencia extranjera. Nos avisarán. Si algo tienen los rusos es que son lentos pero seguros; al menos, eso era lo que decía mi padre.

—Si lo decía tu padre, esperaremos. Yo ya voy muy adelantado con mis notas. Así, llegado el momento, podré responder con mayor precisión.

—Me parece bien. Sigue con esas memorias. Cuando lo tengas acabado…

—Cuando lo tenga, te entregaré una copia para que la guardes — interrumpió Aleksi.

—No quería decir eso, simplemente que las leas. Pero me parece bien tu idea. Así nos cubrimos las espaldas.

—¿Te ha contado algo más tu amigo británico?

—El jueves 13 de septiembre tenemos una reunión.

Los dos hablaron de la importancia de la seguridad; del papel que tienen las agencias de inteligencia para el Estado, tanto de lo bueno como de lo malo; de la confianza en el grupo y del riesgo de estar y pertenecer a ese círculo. Cuando llegaron a Helsinki, Heikki se bajó y abrazó a su cuñado.

—Hasta la próxima.

—Hemos quedado el viernes 21, ¿no? —preguntóAleksi como para confirmar lo que ya sabían.

—Sí. A ver si para entonces tenemos noticias británicas.

A Aleksi aún le quedaba por recorrer la distancia que separaba la capital de Turku, su destino. Se lo tomó con calma, ya que el tráfico era mayor de lo que esperaba. Entonces recordó lo que días atrás había leído sobre el caso Watergate, no lo pudo remediar.

«Después de que el mismo consejero de Nixon le implicara, días después otro testigo,Alexander P. Butterfield, sacó a la luz la existencia de cintas magnetofónicas que contenían la mayoría de las conversaciones mantenidas en la oficina presidencial desde principios de 1971.Ante el rechazo de Nixon a comparecer y a permitir el acceso del Senado a sus archivos, el Comité y el fiscal especial, Archibald Cox, le enviaron un requerimiento para que entregara las cintas grabadas entre el 20 de junio de 1972 y el 15 de abril de 1973. El presidente se negó».

A sabiendas de cómo funcionan las mentiras y embustes en la política, Aleksi no pudo más que decir en voz alta:

—A este Nixon se lo van a comer las alimañas.

Aquellos veintiún días que tardó en verse de nuevo con Heikki se le hicieron eternos. El viernes 21 Aleksi aparcó su coche frente a la casa de su cuñado y subió al coche de este; ahora le tocaba viajar con el suyo.

—¡Camino a Imatra! —gritó Heikki.

—¿Todo bien?

—Sí, estupendamente. Como te dije por teléfono, conseguí el número de matrícula de nuestros vecinos. No creo que tengamos de qué preocuparnos. La chica se llama Audra Simonis, es lituana, y él se llama Dariusz Janowski, polaco…

—¿A qué se dedican? —interrumpió Aleksi.

—A eso voy. Él es ingeniero y trabaja desde hace un año en Imatra, en la central hidroeléctrica. Ella da clases de inglés en el Centro Escolar Kosken, también en Imatra. Parecen buena gente.

—¿Sabes algo de los británicos?

—Según fuentes bien informadas, me ha dicho mi amigo, hay un acuerdo tácito por parte de todos los presidentes que sean elegidos, tanto republicanos como demócratas, de que seguirán las conclusiones Warren, y no solo eso, sino que están limpiado cualquier testigo. Esto ya es reflexión mía. A quienes más afecta es a Johnson y a Nixon, por lo que mientras ellos estén vivos, seguirán más que interesados en dejar todo limpio.

—¿Entre ellos estoy yo?

—Sí, pero no por lo que puedas aportar del caso Kennedy, sino por ser desertor o haber engañado tanto al FBI como a la CIA. Marcaron muy de cerca a tu jefe Scott. Le costó el puesto no informar sobre ti.

—¿El británico sabe dónde estoy yo?

—Tuve que contárselo todo, hasta que nosotros te ayudamos, pero le dije que te dejamos en Brasil.

—Entonces es cuestión de tiempo que me localicen.

—Sí, creo que pronto todos nosotros seremos observados. Por eso, la solución rusa es la mejor.

Un silencio prolongado cortó aquella conversación hasta que Aleksi habló:

—Tu hermana no debe saber nada de esto hasta que lo tengamos todo claro.

—Descuida.

Sin duda,Aleksi y Heikki formaban un buen equipo. Se compenetraban en todo y su amistad se reforzó por encima de lo habitual. Eran como hermanos. Se lo contaban todo y siempre tomaban las decisiones juntos.

Hablando y hablando, pronto llegaron a su destino. Por la parcela vieron pasear a sus mujeres con sus hijos, sin duda, ya impacientes por la llegada de sus maridos. Cuando se encontraron, todo fueron gritos de alegría. Aleksi encontró a su hijo muy cambiado, y eso que apenas había pasado un mes desde la última vez que lo vio. Tan pronto como Kevään vio a su padre, corrió hacia él.

—Madre mía. ¡Está tan cambiado…!

—Es un glotón —aseguró su esposa Sassa con alegría, cogida del brazo de Aleksi.

Cuando descargaron del coche las mochilas y las metieron en la casa, Aleksi pudo ver a su vecina de enfrente. No quiso prestar mucha atención, pero como no había perdido su práctica de calcular las edades, le echó unos treinta y dos o treinta y cinco años. Aquella noche se preparaba una buena fiesta, así que decidieron invitar a sus nuevos vecinos a la barbacoa que iban a celebrar. Fue un gran éxito, todo estaba exquisito y disfrutaron de la compañía de los nuevos vecinos, que eran unas personas muy agradables y educadas; por eso, cuando se retiraron a descansar, Sassa y Aleksi comentaron algunas cosas sobre ellos.

—¿Qué te han parecido? —preguntó Sassa.

—Muy bien, y me alegro mucho, porque me quedo más tranquilo cuando Heikki y yo nos volvamos a casa, sabiendo que están tan cerca de vosotros. Ya no estáis tan solas.

—¿Y qué me dices de Audra? ¿Qué te parece la chica?

—Al principio tenía mis dudas. No creía que fueran tan extrovertidos, pero creo que tanto ella como él lo son. Me gustan. Son personas con las que puedes compartir.

—Pues a mí me parece que ella no te quita el ojo de encima.

—¡Qué dices, Sassa! ¿Te refieres a… Audra?

—¿A quién si no?

—Creo que estás equivocada y un poco celosa. Si me hubieras dicho que era a tu hermano a quien no le quitaba el ojo, podría entenderlo, pero ¿a mí, que le saco catorce años?

Sassa no quiso responder ni que se enfadase su marido, de manera que se dio media vuelta en la cama y no rechistó a lo queAleksi le recriminaba.

—Sassa, creo que te estás equivocando. No veas lo que no hay. Esa muchacha nos mira a todos igual, está conociendo a gente nueva, es normal. Lo mismo podría decirte yo sobre Dariusz, que no te quitaba la vista de encima.

—¡Buenas noches! —contestó Sassa, malhumorada.

Entonces Aleksi comprendió que tenía que hacer mutis por el foro y guardar silencio.

El verano pasó y comenzó el otoño, una estación que cubría el bosque de rojo. La estampa que más le gustaba a Aleksi. Tanto es así que comenzó a practicar la pintura con la técnica de la acuarela. En una ocasión solamente, a finales de octubre, toda la familia volvió a Imatra. El paisaje era indescriptible. Si el verano era precioso, el otoño no se quedaba atrás. Aleksi no tenía que irse muy lejos para pintar. Desde su misma parcela podía hacer sus prácticas. Poco a poco iba ganando destreza y técnica, y no lo hacía mal, atendiendo a sus bocetos.

Cuando Aleksi terminó, estuvo un buen rato mirando el paisaje de su boceto y se sintió muy satisfecho de lo que había pintado. Incluso pensó que no podría mejorarlo por mucho que lo intentara.21 Su ego engordó tanto que casi estuvo a punto de gritar, cuando de repente escuchó a sus espaldas:


—¿Qué haces, vecino?

—¡Aquí pintando!

—¿Puedo verlo? —preguntó Audra.

—¡Claro, pasa!

Nada más invitarle a pasar, Sassa salió de la casa como si hubiera visto venir a una osa queriendo comerse a su marido. Aleksi clamó al cielo para que no pasara nada. Disculpándose y aludiendo que tenía que limpiar toda la pincelería antes de que se secaran, las dejó contemplando la acuarela.

Tardaron en volver a Imatra.A Sassa ya no le gustaba el sitio. Si alguna vez se planteaba ir a pasar algún fin de semana, todo eran excusas. Le dijo una y otra vez a su marido que prefería que estuviesen separados, él en Turku y ella en Helsinki, que ver la cara de aquella mosquita muerta. Nadie entendía el comportamiento de Sassa, ni siquiera su hermano. En una ocasión, los cuñados hablaron de ello:

—No entiendo lo que le pasa a mi hermana. Ha cambiado de la noche a la mañana.

—Creo que no soporta a Audra, hasta me dice que va detrás de mí. Creo que son celos.

—Nunca la he visto tan arisca ni tan cabreada. Lo mejor que puedes hacer es quedarte en Turku, darle tiempo. Incluso le vendría bien una lección. Cuando se le pase el enfado y reclame tu presencia y te necesite, te llamará.

—¿Tú crees?

—Creo que sí, aunque de mi hermana se puede esperar cualquier cosa.

Y así lo hizo Aleksi. Se tomó su tiempo, y aunque la comunicación por teléfono era fluida con sus cuñados, con su esposa dejaba mucho que desear. Sintió que aquella relación se estaba enfriando a pasos agigantados y no dejaba de preguntarse cómo una simple cuestión de celos podía romper un pasado. La prudencia y el consejo de Heikki le hicieron refugiarse en Turku, escribiendo sus recuerdos, fijando fechas y señalando personas.

Todo el trabajo de Aleksi se centró en comprobar la influencia de los Estados Unidos en lo que él llamaba el «quita y pon de los estados» en el área de América Latina. Es decir, seguir el rastro desestabilizador de los gobiernos y cuáles fueron orquestados por la CIA. En lo que respecta al caso Watergate, que le interesaba mucho, fue anotando sus últimas novedades informativas. El 20 de octubre Nixon ofreció entregar un resumen, y al día siguiente destituyó a Cox y eliminó la Oficina del fiscal especial, ante lo cual el fiscal general, Elliot Richardson, presentó su dimisión. Un mes después, concretamente el 17 de noviembre, en Orlando, Florida, ante los editores gerentes de Associated Press, el presidente Nixon aseguró que nunca se había beneficiado de su servicio público:

«Me he ganado cada centavo.Y en todos mis años de vida pública, jamás he obstruido la justicia. La gente tiene que saber si su presidente es o no un ladrón. Pues bien, no soy un ladrón. Me he ganado todo lo que tengo»22.

Las navidades de aquel año no fueron agradables para la familia Virtanen. Aunque tanto Aleksi como Sassa se reunieron con el resto de la familia y disimularon su distanciamiento, cuando estaban solos, en pareja, la cosa era tensa y fría. Esos momentos de dificultad que atraviesan los matrimonios, que los hay, son a veces necesarios de compartir con alguien que sepa escucharte y pueda comprender. Aleksi habló con su cuñado al respecto.

—¡No sé qué puedo hacer! ¡Soy incapaz de saber qué le pasa por la cabeza a tu hermana!

—No es nada fácil saberlo.

—¿Has tenido con Seija algún momento como el mío?

—No, pero hemos hablado los dos de tu situación.

—¿Y qué opina ella?

—Piensa que el amor es el culpable de esos celos, porque no encuentro otro motivo para justificar su comportamiento. Dice que cuando las mujeres están enamoradas, defienden a sus hombres como verdaderos felinos, al menos en Finlandia.

—¿Dices amor? Pero si nuestro matrimonio está casi roto…

—Es tanto lo que te ama mi hermana que no quiere compartirte con nadie. Eso es lo que ha dicho.

—Pero tiene que comprender que no puedo vivir en una burbuja, que tengo que hablar con los demás, con los vecinos, con los amigos, con la gente, tanto si es mujer como si es hombre.

—Sí, te entiendo. Pero ¿qué otra explicación puede haber?Tienes que hablar con mi hermana. Esto mismo que me has dicho a mí díselo a ella.

—Lo intentaré.

—¡De esto se sale!

—Pues que así sea —contestó el resignado y preocupado Aleksi.

Las cosas fueron mejorando entre Sassa y Aleksi. Ella dio un paso muy importante para la reconciliación, reconociendo que quizá su comportamiento dejaba mucho que desear, y eso paraAleksi fue suficiente como para que su sonrisa y su buena disposición regresaran.

Sin conocimiento de ella, tal como lo habían hablado Heikki yAleksi, en febrero del 1974 los dos se reunieron en el Consulado General de Rusia en Turku. Obviamente, la entrevista se la hicieron a Aleksi a solas. Cuando salieron de aquel encuentro, Heikki no podía esperar más:

—¡Cuéntame! ¿Cómo ha ido?

—Me han preguntado de todo, sin profundizar mucho. Se quedaron muy extrañados de que hubiera tenido contacto con los altos puestos del FBI, y sobre todo estaban muy interesados por mi etapa en México. Por supuesto, yo tenía que ver en ellos su mejor voluntad y no dar toda la información sin conocer su propuesta.

—¿Y qué te han dicho? ¿Te han hablado de su propuesta?

—Sí…

—¡Cuenta! Dime lo que te han dicho —interrumpió Heikki, excitado.

—Te lo cuento todo, tranquilízate. Nos dan la ciudadanía soviética, si así lo queremos, tanto a mí como a Sassa y a nuestro hijo. Residiríamos en San Petersburgo y yo trabajaría como analista de inteligencia en la Oficina de Apoyo del Directorio Primero para los asuntos latinoamericanos.

—¡Aleksi, eso es formidable!

—Sí, y muy tentador.

—¿Entonces?

—Pues que debemos hablar con Sassa. Y ahí tienes tú una labor fundamental.

—¿Cuándo tienes que contestarles?

—Tengo la segunda entrevista, eso sí, con preguntas y respuestas más concretas, a mediados de abril. Será con todo tipo de datos.

—Entiendo. Hablaré con ella.

—Por cierto, Heikki, ¿Seija sabe algo de todo esto?

—No, y tendría que prepararla también.

De ahí en adelante, Aleksi trabajó más minuciosamente, escribiendo y anotando acerca del periodo que había pasado en Ciudad de México y, en especial, sobre Scott y sus agentes. Es decir, sobre su importante red LITEMPO. Si daba aquel paso, la cosa ya no iría en broma, aunque la ventaja de que su amigo Scott hubiese muerto tres años atrás lo hacía todo menos doloroso. Así que, alegando que debía terminar todo lo que tenía en mente sobre su pasado, le explicó a Sassa que se quedaría esos dos meses en Turku, aprovechando su tiempo libre concentrado en el tema. Sassa no solamente lo comprendió, sino que le alentó a hacerlo. Le dijo que su cuñada y ella aprovecharían para irse a Imatra, ahora que la nieve se estaba retirando, para que los niños disfrutaran y crecieran mejor y más libres que en la capital, cosa que a Aleksi le pareció muy bien. Con ese apoyo y esa tranquilidad, y sabiendo que Heikki le explicaría todo el «plan ruso», se centraría mejor en su tarea de preparación informativa.

Pero no todo sale siempre como uno lo ha programado. Las circunstancias pueden cambiar en cualquier momento y cuando uno menos se lo espera.

El domingo 21 de abril Aleksi recibió una noticia de Heikki.

—¡Aleksi, escúchame! ¡Tienes que venir urgentemente a Imatra!

—¿Qué ocurre?

—Es mejor que vengas. ¡Tienes que venir, Aleksi!

—Por favor, Heikki, ¡dime lo que ocurre!

—¡No encontramos a Sassa!

—¡Qué narices dices! ¿Y el niño? ¿Dónde está Kevään?

—¡Con nosotros! Pero Sassa ha desaparecido. Vente para acá lo antes que puedas.

Todo se trastocó y se interrumpió. Aleksi avisó de inmediato a la dirección del museo y les comentó lo sucedido, que se marchaba a Imatra y que les llamaría en cuanto supiera algo más. Desconocía el alcance o el tiempo que le ocuparía y, temiendo no incorporarse el martes a su trabajo, prefería comunicarlo. No tuvo ningún problema. Es más, le dijeron que se tomara todo el tiempo que necesitase.

El drama que Aleksi se encontró cuando entró en casa fue indescriptible. Nada más verlo, Seija se le abalanzó llorando como una niña. Los pequeños estaban fuera jugando con su cuñado. Cuando reinó un poco la calma, comenzaron las preguntas y los porqués.

—El viernes, cuando vine después de la cena, les expliqué a Seija y a Sassa lo que tú y yo sabíamos. Les conté todo, y lo primero que me preguntó Sassa fue si tú estabas contento de la decisión. Si era así, te respaldaría por completo. Pero comentó que hubiera preferido que hubieras contado con ella desde el primer momento.

—¿Y tú que dijiste?

—Que querías comprobar y asegurarte de que todo fuera lo mejor para ella y el niño, y que después tomaríais la decisión juntos.

—Bien. ¿Cuándo se fue? ¿Se marchó sola? ¿Habéis llamado a la policía?

—Esta mañana, al ver que no bajaba y que tardaba más de lo habitual, hemos entrado en la habitación. Ella no estaba, pero el niño seguía dormido. Entonces te he llamado.

—¿Habéis preguntado a los vecinos por si han visto algo sospechoso o anómalo?

—Sí. No saben nada. Saben que venías y no quieren molestar, pero dicen que si les necesitamos para cualquier cosa, que les llamemos — respondió Seija.

—¿Crees que puede haber sido cosa de mis rastreadores? —preguntó mirando a Heikki.

—No sé, Aleksi. Podría ser, pero no lo creo.

—Creo que lo mejor es que hable con nuestros vecinos primero. Después preguntaremos a otros por si la han visto. Y si no tenemos respuesta, llamaremos a la policía.

—Me parece bien —contestó Seija.

—¿Esperamos a que vuelvas o hablamos con el resto de vecinos?

—¡Sí, esperad! —les dijo.

______________________

15 Fue un antiguo miembro de la policía secreta de Cuba bajo la dictadura de Fulgencio Batista, y más tarde elemento terrorista de la CIA. Estuvo vinculado a la Operación 40 y la invasión de Bahía de Cochinos, en 1961.

16 Nacido en Artemisa, Cuba, tuvo que exiliarse en tiempos de Batista. Regresó a su país y huyó de la revolución de Fidel Castro para volver en el intento de invasión de Bahía Cochinos.

17 Fue señalado por la exagente de la CIA Marita Lorenz como uno de los que dispararon al presidente Kennedy. También muy relacionado con la mafia norteamericana y los cubanos anticastristas.

18 Era un agente contratado por la CIA; cuando le arrestaron portaba material de escucha. Participó en otras operaciones como la Operación 40 o la invasión de Bahía de Cochinos.

19 McCord era también el coordinador de seguridad del Comité para la Reelección del Presidente en la campaña electoral del presidente Nixon.

20 Exclusiva de The New York Times para La Vanguardia. Ver La Vanguardia, viernes 23 de junio de 1972, pág. 22.

21 Acuarela de Kasandra Hyde, con su autorización.

22 Extraído de The Washington Post Co.

5. Caza mayor

A veces, la vida nos da algunos golpes que son muy duros de digerir. Para Aleksi, el haber perdido a su esposa fue más que una tragedia; a pesar de ello, su hijo le dio la suficiente fuerza para seguir viviendo. Sin embargo, dada su corta edad, fue el motivo decisivo por el que sus cuñados se hicieron cargo de cuidar del pequeño. Eso, y tener que resolver el problema de su cazador, hizo que Aleksi se separara de él, al menos hasta que lo pudiera identificar, enfrentarse a él y reducirlo. Solo así podría vivir en paz en el futuro. Además, para el niño lo mejor era crecer junto a su primo, que tan solo le llevaba un año. Así fue como el distanciamiento y el trabajo no le permitieron estar con su hijo en esos momentos. Fue una solución aceptada por toda la familia, además de la mejor.

Lo ocurrido con Sassa era un misterio. La dieron como desaparecida, porque por mucho que buscaron por todas partes, incluso en el ríoVuoksi, no la encontraron. Tras un mes de búsqueda, la policía la declaró muerta in absentia. Sin embargo, para Heikki y Aleksi, la teoría de que fuera «en contra de su voluntad» cobraba más fuerza. No había dejado ni una nota de despedida, ni una huella que indicara por qué lo había hecho, si es que fue por motivos voluntarios. Para Aleksi, sí que era importante saber las causas. Estaba en juego no solo su vida, sino la de su hijo, aceptando que su sospecha fuera cierta.

Se preparó mentalmente y no había día que no se pusiera en contacto con sus cuñados, sobre todo con su hijo, para oír sus dulces palabras y dar sentido a su vida. De manera que, en la soledad de sus pensamientos, decidió esperar a que se presentara su verdugo. Junto a su cuñado provisionaron, tanto en Turku como en la casa de campo en Imatra, testigos de escucha de radio que se podían oír desde la casa de Heikki, aunque tenían que ser conectados porAleksi para ser escuchados. Además, establecieron un código de colores que la organización de Jalo podría percibir a distancia, si Aleksi había visto o contactado con alguien sospechoso. Mientras, todos tendrían que mantenerse a la espera.

A mediados de octubre del 74 le llamó su cuñado diciéndole que su informador británico sabía que ya lo habían descubierto y que la CIA conocía que William Stowe ya era ciudadano finlandés. Sonaron todas las alarmas. Decidieron que sus memorias y archivos se guardasen en la caja fuerte de la imprenta familiar de Heikki, con una copia escondida en Imatra. Del mismo modo iniciaron un control de todos los asesores diplomáticos de la Embajada de Estados Unidos en Finlandia. Aquella labor era muy difícil de mantener, ya que la Conferencia de Seguridad que se estaba celebrando en Helsinki dificultaba hacer un seguimiento exhaustivo del personal de la embajada. Tuvieron que pedir ayuda a la Embajada de Rusia en Finlandia para mantener algunas escuchas sobre el cuerpo diplomático norteamericano. Esto no era difícil; ya lo estaban haciendo. El único inconveniente es que el grupo de Jalo quedó en deuda con los soviéticos, cosa por otra parte asumida sin condiciones.

—¿Has conseguido que nos ayuden los rusos? —preguntó Aleksi a su cuñado.

—No ha sido muy difícil. Me lo han dicho a la cara: para ellos supondría una garantía detectar si salía tu nombre en alguna conversación de las escuchas. El interés de la CIA por cazarte estaría en valor directo con tu precio como agente de alto valor.

—¿Eso te dijeron?

—Así me lo han dicho.

Lo que no le dijo Heikki a su cuñado fue que el precio era más alto, pero eso ahora no tenía importancia.

—Bueno… pues esperemos —sentenció Aleksi, resignado.

Pasaron los días y no hubo señal alguna de aquella información.Tanto fue así que todos bajaron la guardia, menos los rusos, y no porque estuvieran muy interesados en el caso Aleksi, sino porque ellos ya llevaban dos años a la escucha de todo lo que decía y tramaba la Embajada norteamericana, máxime cuando se sabía que cada vez estaba más cerca la firma de la Carta de Helsinki, y también la llegada de tantos dirigentes mundiales, entre ellos el desconocido presidente de Estados Unidos, Gerald Ford.

Aquel tiempo de espera le pareció a Aleksi una eternidad, así que decidió tomar una solución algo arriesgada.Ya no se ocultaba; al contrario, se manifestaba sin ningún tipo de precaución. Necesitaba saber si, tal como le habían comunicado los británicos a su cuñado, esa información era verdadera o falsa, y además tenía que llegar al final cuanto antes. Solo así podría despejar la incógnita de su futuro y el de su hijo.

Escuchaba a Sibelius, escribía, recordaba y paseaba, sobre todo esto último; paseaba a cara descubierta. Y llegó el invierno, y un nuevo año.

De todo lo vivido por Aleksi desde que desapareció Sassa en los últimos meses, solo cabe significar que conoció a una mujer que le llamó la atención desde el momento en que la vio. El destino quiso que se conociesen. Aquella preciosa mujer llamada Kathleen apareció como caída del cielo, como si le hubiesen enviado un ángel. Sus actividades sobre el estudio de las aves, el amor por la naturaleza, la contemplación de la belleza, de la música, de la pintura hacían sospechar a Aleksi que tanta perfección resultaba más que sospechosa. Y así se lo hizo saber a su cuñado Heikki, para que investigara sobre ella, no fuera que tuviera algo que ver con el cazador holandés que esperaban.

Mientras tanto, y siguiendo una de las principales reglas del espionaje que dice que es mejor tener al enemigo enfrente que oculto por la espalda, Aleksi lo esperó. Si comprobaba o sospechaba que se trataba del «plomero» de la CIA, advertiría con su sistema de aviso y de escuchas para que todos estuvieran preparados y le protegieran. Además, los rusos le ofrecían las mejores garantías para afrontar un futuro más que prometedor. Por lo tanto, de momento, intentaría conocer a Kathleen. Incluso cabía la posibilidad de que ella fuese lo que decía y, por lo tanto, aquella nueva amistad pudiera ir más lejos. ¿Quién sabe lo que podría pasar? Lo que sí percibió Aleksi es que se ilusionaba con aquella mujer.

La siguiente vez que se vieron Aleksi y Kathleen fue en el Museo de Bellas Artes. Toda una sorpresa. Aleksi no se había percatado de que entre varios que habían entrado en el museo estaba la mujer que había conocido semanas antes. Cuando los dos se descubrieron a distancia, un gesto de alegría se reflejó en los rostros de ambos. Ella no quiso acercarse, no debía comprometerle en su trabajo. Pero él dio el primer paso y se acercó a saludarla.

—¿También le gusta la pintura?

—Así es. Tengo la costumbre de que allá adonde viajo visito en cuanto puedo los museos de pintura y, por supuesto, este no lo conocía.

—Me alegro de verla, señorita Kathleen.

—Lo mismo digo, aunque no quisiera ponerle en ningún compromiso por estar hablando conmigo.

—No, no se preocupe. Creo que el destino nos fuerza a vernos; por eso, sin ofenderla, me gustaría invitarla a comer y charlar con usted. A uno no se le presenta esta oportunidad tan fácilmente. ¿Qué le parece?

—Me parece bien —aseguró ella.

—¿Le viene bien el lunes, que es cuando libro?

—¿El próximo lunes?

—Sí. Pasaría a recogerla a casa sobre el mediodía, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Pero quisiera que me tuteara. Lo de usted nos hace mayores, ¿no cree?

—Perfecto —le contestó Aleksi.

Para bien o para mal, Aleksi había dado aquel paso y ahora tenía que llegar hasta el final. El lunes 31 de marzo recogió a Kathleen y desde allí se marcharon al restaurante más antiguo de la ciudad, el Pinella, junto al río Aura. Allí, sin prisa, saboreando cada minuto, pudieron los dos conocerse mejor, aunque Kathleen jugaba con ventaja: sabía a quién tenía delante. Pero no había prisa, quería saber quién y cómo era su presa para conocer todos sus movimientos antes de abatirla.

Pidieron lo mismo. De primero, pastel de cangrejo y ensalada de tomate; de segundo, costillas picantes, deliciosas. El postre fue distinto. Él, pastel de manzana y ella, de arándanos. Para acabar ella brindó con una copa de vodka y él con un vaso de agua.

—No sabía que eras abstemio.

—Tuve problemas en el pasado. En fin, ¿te ha gustado la comida?

—¡Ha estado todo buenísimo! —afirmó con alegría contenida Kathleen.

—Me alegro de que te haya gustado, pero cuéntame un poco más de tu vida.

—No hay mucho que contar. Solo que mi pasado o, mejor dicho, mi infancia me marcó mucho.

—Por favor… —le pidió Aleksi con gesto suplicante.

—Puede que te arrepientas… En fin, mi vida no es ejemplo de nada. Tuve un novio en la universidad, del cual no sé nada, y no tengo a nadie con quien compartir mis aficiones, así de sencillo. Todo muy normal.

—Bueno, a mí no me parece normal que una mujer guapa e inteligente como tú no haya formado familia y que viva tan independiente y solitaria. Me resulta extraño, porque propuestas y oportunidades habrá tenido, ¿no?

—Sí, eso sí. Pero no he elegido ese camino. Antepongo mi libertad y mi independencia a otros aspectos más ligados a la pluralidad y al asentamiento compartido. ¿Entiendes?

—Lo entiendo, lo entiendo. Pero… ¿viven tus padres?, ¿tienes hermanos?, ¿dónde naciste?

—No me gusta hablar de mi pasado, me siento incómoda.

—Perdona, no quería molestarte, tan solo quería…

—Lo que sí puedo contarte es que no miro mucho al pasado, vivo el presente y miro al futuro próximo. Nada más.

Terminada la comida, pasearon por las calles a orillas del río Aura, visitando la parte vieja de la ciudad. El día fue muy interesante, sobre todo para Aleksi, que vio en aquella mujer una persona limpia, a quien su pasado, que desconocía, había marcado su carácter y su forma de vida. Incluso en cierto momento le provocó un punto de compasión, porque intuía lo que le habría tocado vivir.

Al final del día se despidieron. Él quiso mantener las distancias, no quería provocar ningún aspecto negativo. Pero ella se acercó a él y le dio un beso tierno y delicado en la mejilla. Para él fue suficiente, sin duda era una mujer en quien se podía confiar. Se quedó complacido y satisfecho. Tan solo le pudo decir:

—¿Lo has pasado bien?

—Estupendamente.

—¡Podemos repetir!

—Me parece bien. Solo que la próxima semana iré a ver si encuentro a mi cisne cantor; no sé cuánto tiempo me llevará, pero cuando vuelva te llamaré.

—De acuerdo.

No tardó mucho en hablar con Heikki sobre Kathleen. Independientemente de lo que pudieran decirle los rusos, en su opinión, todo estaba muy claro: Kathleen era una persona limpia en la que se podía confiar. No había de qué preocuparse. Se vieron dos veces más desde que ella volvió de su expedición de trabajo. En la última de ellas hubo más que cena.

Seis semanas más tarde, a mediados de mayo, las cosas cambiaron. Como si de un mal sueño se tratara, Aleksi volvió a la realidad, aunque bastante adormecido. No recordaba casi nada, tan solo sabía que las últimas imágenes que recordaba habían sido en su apartamento en Turku, con Kathleen, y ahora estaba en su casa de Imatra. No daba crédito a lo que estaba viendo. Aquella mujer, a la que meses antes conoció y con quien mantuvo relaciones íntimas, ¿era su verdugo?

En su corto periodo al servicio de las agencias de investigación había conocido a diversas personas que llevaban doble vida y aparentemente se comportaban como el más común de los mortales. Pero aquella mujer superaba a todas. ¿Cómo era posible tanta frialdad y cómo practicaba el engaño? ¿Por qué estaba amordazado?

Entonces pensó que debía reaccionar, en primer lugar, ganándose la confianza de Kathleen, tenía que demostrarle que lo que estaba haciendo era inútil. Para él ya no había duda: «el holandés» no era otra persona que Kathleen. Pronto sus sentidos se adaptaron a la realidad, sus recuerdos fluyeron sin encontrar ningún impedimento. Fue entonces cuando recordó que le propuso ir a su casa de Imatra. El día estaba lejos, pero merecía la pena. Comprendió que había cometido un error. Incluso cayendo en esa tentación, Aleksi tenía previsto llamar al trabajo diciendo que estaba enfermo y que no podría presentarse. Disponer de unos días a solas con Kathleen fue su gran pecado.

Cuando Kathleen vio que había despertado, le quitó la mordaza que le tapaba la boca, no sin antes advertirle de que se arrepentiría si gritaba o se mostraba violento.

—¿Por qué haces esto Kathleen? —le preguntó de forma más que compasiva.

—Por dinero, ¿por qué otra cosa se hace?

—¿Por dinero? ¿Tan bien te pagan?

—Mi cifra por estos trabajos es más que respetable.

—¿Cuánto?

Kathleen se tomó un tiempo para contestar.

—Cuarenta y cinco mil dólares por matarte y otros sesenta mil por entregar tus memorias y documentos.

—La verdad, es bastante dinero, pero para ellos los documentos son más importantes que eliminarme.

—Así es.

—Podías dar solo la documentación, con eso sería más que suficiente.

—¿Tú no lo hubieras hecho?

Ahora el que se tomó su tiempo en responder fue Aleksi.

—Es posible, pero no es mi caso. No soy ningún asesino. Todo lo que he hecho ha sido por un motivo más que justificado, por el bien de mi nación, no por egoísmo, ceguera o interés material. En todo caso, mi balance es más positivo que negativo y, por supuesto, de algunas cosas estoy arrepentido. Por eso estoy aquí.

—La Compañía dice todo lo contrario. Que eres un traidor y que has vendido información a los rusos.

—¿Y tú lo crees?

—No tengo motivos para dudar de lo que me dicen. Además, me limito a cumplir mi trabajo.

—¿Y estás orgullosa?

Kathleen se giró bruscamente. Su rostro estaba rígido, con rabia en la mirada y los labios tan tensos como la piel de un tambor; le apuntó con su arma a la cabeza, diciéndole:

—¡No sigas por ese camino, Stowe!

Al cabo de unos segundos guardó la pistola y se acercó a la ventana para ver aquel paisaje solitario y cautivador que le producía paz y tranquilidad. Nunca había dudado en ejecutar cualquier plan o encargo, pero se dio cuenta de que este era diferente. Aleksi se percató de ello, sabía que estaba dudando y aprovechó para llevarla a su terreno, si es que era posible hacerlo. Se propuso, en cuanto tuviera oportunidad, iniciar o provocar un diálogo que fuera desde la sorpresa absoluta hasta comportamientos éticos y morales. Sería la única forma de hacerla reaccionar para que abortara su misión.

—No me importa morir. Sé que en esta profesión las posibilidades son altas, pero por nuestra corta amistad, si es que ha sido sincera, te pido que leas lo que he escrito. Luego, si así lo estimas, me pegas un tiro. Solo te pido eso, al menos sabré si merezco vivir.

—Rompería todas las reglas si lo hiciese.

—Bueno, quizá rechazar la oferta podría afectarte en un futuro. En tu mano está ser juez imparcial o verdugo interesado. Tú decides.

La propuesta no era tan descabellada. La necesidad de saber, de descubrir lo desconocido, siempre ha sido motor de la humanidad, y lo que le acababa de proponer Stowe era que se enterase de por qué le habían encargado eliminarlo. El único alegato de defensa de que disponía Aleksi era que leyese sus escritos.Además, para ella era una salida honrosa; rebajaría su sentimiento de culpabilidad.

—Me llevaría mi tiempo leerlo.

—Bueno, no nos espera nadie. ¿verdad? —dijo Aleksi.

—Antes tendría que asegurarme de que no tramarás nada contra mí.

—Puedes hacerlo. Nadie te lo impide.

Aquella fría mujer se levantó, cogió de nuevo la mordaza y se la sujetó con fuerza para estar tranquila; al mismo tiempo, revisó las de las manos y los pies, que estaban atadas a la silla. Con toda tranquilidad, Kathleen comenzó a leer aquel manuscrito, empezando por su introducción y primeros capítulos, cosa que ya le pareció interesante. Cuando llegó al capítulo Kaikki alkoi vuonna 195423, no pudo seguir. Estaba en finés, de manera que volvió a quitarle la mordaza.

—Tienes que leerlo. No quiero dejarme algo importante que luego pudiera ayudarme a comprender mejor.

Esperó a que él iniciara la lectura, mientras ella, con gran atención y parsimonia, observaba todos los rincones de aquel salón de arriba abajo. No encontró nada que le llamara la atención. Comprendió que estaba en un lugar alejado y seguro.

—Te agradecería que me dieras un vaso de agua.

Ella le acercó el vaso para que Stowe pudiera dar pequeños sorbos. Después, él inició la lectura.

[…]

No hacía mucho que me había mudado a vivir a Nueva York, tan solo dos años. No sé lo que siente una persona la primera vez que contempla esa ciudad. A mí me impresionó al tiempo que me cautivó; es una sensación extraña. Estando en ella uno se siente vivo, pero también te vuelves más invisible; pasas más desapercibido, como una persona anónima. Te cruzas con centenares de miles de personas por las calles que deambulan, no se sabe adónde, pero que sin duda tienen su destino. Nueva York, sobre todo Manhattan, es como un hormiguero humano sin reina.

Todo lo contrario de donde venía, Atlanta, Georgia. Cuando salí en 1952, la ciudad tendría unos 350000 habitantes, nada que ver con los 7892000 habitantes de Nueva York. Lo que más me costó asumir fue la naturalidad con que los neoyorquinos conviven y comparten la vida con las personas negras. No es que yo sea racista, pero en el lugar de donde yo vengo todas las escuelas estaban segregadas y la convivencia con las personas de color era muy distante. Aunque parezca una tontería, esto me llamó mucho la atención, tanto como sus impresionantes rascacielos.

El motivo de dejar Atlanta fue salir de aquel ambiente. Caer en una depresión provocada por el alcoholismo, como consecuencia de no superar que mi mujer me dejara por otro hombre, fue la causa. Así me lo aconsejó mi psiquiatra. Entonces tenía veintiocho años.

Yo pertenecía al Departamento de Policía deAtlanta y el alcoholismo hizo que lo dejara. Con ayuda, me dediqué a superar aquella situación. Me dieron todo tipo de facilidades, la oportunidad de salir del cuerpo por baja de enfermedad y una excedencia de cinco años para superar el problema. Además, siempre y cuando hubiera superado aquel problema, mantendría el cargo, volvería a ser detective de segundo grado. He de decir que era un policía muy estimado por mis superiores y reconocido por todos mis compañeros; no en balde fui el número uno de mi promoción y el más joven. Así que tenía que buscar un lugar que pudiera hacerme olvidar mi pasado, ocuparme activo en un lugar lejos y diferente al que yo abandonaba, y Nueva York era ideal. Vendí mi casa y conseguí, con ayuda de mis amigos policías, convertirme en investigador privado con ámbito federal.Al principio pude alquilar un piso que convertí en vivienda y despacho-oficina en el 363 de la calle Canal, en el Bajo Manhattan…

(Kathleen cambió de hoja y Stowe pudo seguir leyendo).

Un barrio lleno de bullicio, donde un caos ordenado de edificios, innumerables tiendas de electrodomésticos, licores, tabacos, reparación de zapatos, restaurantes y bares ofrecían una imagen inigualable cuando, mirando al oeste, todo se iluminaba por la luz dorada de la tarde. Fue allí donde inicié mi segunda vida. Sin duda, aquel viejo barrio de Manhattan era lo que necesitaba. Esos cuatro años fueron muy duros para mí. Muchas veces tuve la tentación de recaer en la bebida, pero lo superé. Las horas y los días pasaron, y mi teléfono permanecía mudo, ni una sola llamada para solicitar mis servicios. Así que puse en la sección de anuncios del New YorkTimes una pequeña reseña haciendo hincapié en las infidelidades y dio resultado, ya que a los cinco días recibí la primera llamada.

—¿Detective Stowe?

—El mismo.

—Necesito que realice la investigación y el seguimiento de una persona.

—¡Por supuesto! ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Soy la señora Dorothy Kilgallen —dijo aquella voz femenina desconocida, tan clara como firme.

—¡Usted dirá!

—¿Cuándo puedo ir a su oficina?

—Cuando usted lo desee.

—Mañana a las doce en punto.

—De acuerdo.

—Me gusta la puntualidad —dijo ella, como advirtiéndome.

—Descuide.

—Por favor, dígame la dirección.

—363 de la calle Canal, segundo piso, señora Kilgallen.

—Hasta mañana. […]

Al escuchar aquel nombre, Kathleen se puso tan tensa como la piel de un tambor y tardó un tiempo en reaccionar. No quiso cortar la lectura, y aunque se había perdido algo de lo que leyó Stowe, su atención fue máxima a partir de aquel momento.

[…]

Cuando colgué, recuerdo que una gran alegría invadió todo mi ser. Por fin iba a realizar mi primer trabajo en Nueva york. Miré a mi alrededor y por todas partes vi polvo y espacios vacíos…

(Pausa y cambio de hoja).

Era evidente que aquel lugar no parecía una oficina de detective con experiencia. No podía recibir a la mujer desconocida, a la tal Dorothy, de esa manera. Si ocurría como yo pensaba, entraría, se haría una idea general y se marcharía sin ninguna duda. Tenía que cambiar el escenario, pero ¿cómo? Quizá poniendo una excusa en el último momento.

Quedaban menos de veinticuatro horas para escenificar lo que en aquel momento llamé «el ambiente», así que tenía un problema, y lo peor, allí no conocía a nadie. Llamé a Atlanta, a mi excompañero, que más tarde me devolvió la llamada dándome un teléfono y un nombre: 347-8515, Cody Wilde. Inmediatamente llamé.

—¿Señor Wilde? —pregunté.

—¿De parte de quién?

—Dígale que soy amigo del inspector Ramiro, de Atlanta.

Escuché un silencio. Pronto oí otra voz.

—Cody Wilde. Dígame.

—Soy amigo de Ramiro. Él me ha facilitado su nombre y su teléfono; necesito ayuda —le dije.

—¿De qué se trata?

—Hace tan solo seis semanas que me he mudado a Nueva York —mentí—. Me he instalado en mi nuevo despacho. Mi primer cliente me visitará mañana y tengo que rellenar la oficina aparentando que tengo historial. Se trataría…

—Entiendo lo que le ocurre. No se preocupe, puedo ayudarle — interrumpió.

—Tenga en cuenta que queda poco tiempo.

—Mañana a las 8:00 horas estaremos allí. ¿Cuál es la dirección?

—363 de la calle Canal, segundo piso.

—Conforme.

Mientras vigilaba desde mi ventana, a la hora acordada un camión de mudanza aparcó muy cerca de mi portal. Lo vi porque estaba impaciente por si se podría solucionar mi problema.Al momento, tres hombres salieron del camión y comenzaron a bajar bultos y cajas. Enseguida llamaron al timbre. Dos hombres llegaron con cajas y, tras presentarse, fueron apilando estanterías, archivos, libros, carpetas, expedientes, algunas lámparas y sobre la mesa papeles con cuños de la policía de NuevaYork. En veinte minutos mi despacho se transformó, se convirtió en un auténtico despacho de un experto detective. Cuando terminaron se dirigieron a mí…

(Pausa y cambio de hoja).

—¿Necesita alguna cosa más, señor Stowe?

—¿Puedo agradecerles de alguna forma?

—No se preocupe. Ya le llamará el señor Wilde.

—Muchas gracias por todo. —Aun así, les di cinco dólares a cada uno.

Cuando se marcharon, miré a mi alrededor; todo estaba cambiado. Salí de mi despacho hasta el pasillo distribuidor y volví a entrar. Quería observar el efecto que producía al entrar. Ya en la pequeña sala de espera, se percibía cierta clase y seriedad. Me habían dejado un paragüero de bronce y algunas fotos enmarcadas de Atlanta y la ciudad de Nueva York. Cuando abrí la puerta de mi despacho, la sorpresa fue aún mayor. Encendí un cigarro y contemplé sobre mi mesa el juego de escritorio que me habían prestado. Luego miré alrededor y encendí varias veces el flexo para ver su funcionamiento. Todo estaba perfecto. Todo entonaba. Hojeé los papeles de la policía que me habían dejado. En uno de ellos, el jefe del departamento me agradecía mi labor por resolver el caso de la niña desparecida en Brooklyn. Mientras leía aquella pantomima, sonó el timbre del teléfono.

—Detective Stowe. ¿Dígame?

—Soy Cody Wilde. ¿Está resuelto su problema?

—Está más que resuelto, señor Wide. Le estoy muy agradecido. ¿Dígame qué le debo?

—Nada.

—¿Nada? Bueno, todo esto se lo devolveré cuando acabe. Pero insisto, el transporte, salarios…

—Olvídese —me interrumpió—. Todo se lo puede quedar, no es de mucho valor. Lo que sí debe saber es que está en deuda conmigo, y puede que alguna vez le pida un favor. ¿Comprende?

—Cuando usted quiera —le aseguré.

—Bien, ahora debe conseguir ese trabajo. Luego verá cómo vienen los demás. No se apure. Si necesita alguna cosa, llámeme.

—Descuide. Igualmente, cuando necesite algo con lo que le pueda ayudar, avíseme. Muchas gracias, señor Wilde.

Como aún tenía tiempo, bajé a tomar una buena hamburguesa. Con el estómago lleno se piensa y se trabaja mejor. Dicho y hecho; salí a la calle y me dirigí al café de costumbre…

(Pausa y cambio de hoja).

Compré el NewYorkTimes24 y en su portada, a cinco columnas, decía:

«LA CORTE SUPREMA PROHÍBE LA SEGREGACIÓN EN LAS ESCUELAS. LAS DECISIONES DE 9 A 0 GARANTIZAN TIEMPO PARA CUMPLIRSE».

Sin embargo, mis ojos se fueron rápidamente hacia la columna donde ofrecían la siguiente noticia:

«ARMAS COMUNISTAS DESCARGADAS EN GUATEMA-LA POR EMBARCACIÓN DESDE UN PUERTO POLACO. EE. UU.TOMA NOTA».

Desde hacía tiempo me interesaban mucho las noticias internacionales, sobre todo de nuestra política exterior, de manera que, cuando veía alguna al respecto, leía el artículo con detenimiento. Me daba la sensación de que estaba así mejor informado de lo que pasaba en el mundo. Creo que esa visión global me ayudaba mucho a tener una perspectiva personal con criterio de lo que hacía nuestro Gobierno. Para mí era un factor decisivo en la votación a las presidenciales; estar informado es la mejor manera de responsabilizarse con el voto que uno deposita en las urnas.

Al leer ese artículo, supuse que algo importante se estaba cociendo en Guatemala. Si era verdad que el presidente de Guatemala había comprado armamento de origen europeo, concretamente de Checoslovaquia, eso le traería consecuencias. Parecía ser que la CIA ya se encontraba en conocimiento de la compra de armas checas, y desde la salida del embarque siguió al «Alfhen», el buque que las transportaba. El 15 de mayo de 1954 la embarcación llegó a Puerto Barrios y el armamento fue descargado y trasladado hacia vagones ferroviarios custodiados por personal militar para poder ser transportado en tren a la ciudad.

Terminado mi desayuno, marché a la oficina. Estaba más que impaciente.A las doce menos un minuto tocaron a la puerta de mi despacho. Cuando abrí, encontré a una preciosa y elegante mujer de unos cuarenta años. En eso era experto. Con solo ver la estampa de un hombre o una mujer, incluso por primera vez, me hacía un pronóstico de la edad y casi siempre acertaba. Manías que tiene uno, o quizá deformación profesional.

—Soy Dorothy Kilgallen.

—Adelante. ¿Me permite? —Quise recogerle la estola que llevaba sobre los hombros.

—No es necesario. Muy amable.

(Pausa y cambio de hoja).

Con un gesto educado y ofreciéndole paso, le abrí la puerta de mi despacho y acerqué una de las sillas para que se sentara. Observé que su mirada fotografiaba aquel lugar, y no tuve ninguna duda de que le gustó.

—Usted dirá.

—Necesito la ayuda de un buen profesional.

—Dígame de qué se trata.

—¿Su nombre es…?

—William, William Stowe —le dije con cierta indiferencia. No quería estar tan pendiente de sus gestos. Quería darle a su problema la naturalidad que un detective experto sin duda daría.

—Señor Stowe, ¿no es usted muy joven para ser detective?

—Entiendo que le pueda llamar la atención, no es la primera vez que me ocurre. Pero no estamos aquí para hablar de la edad, ¿verdad?

Creo que eso le impactó. Mi forma de hablarle mirándola fijamente a los ojos dio resultado.

—Quiero que haga el seguimiento de esta persona —me dijo al tiempo que abría un sobre del que sacó fotografías y recortes de periódicos.

Recuerdo que me quedé mirando el rostro de la mujer a la que tenía que seguir y de quien tenía que informar.

—¿Durante cuánto tiempo? Porque, según veo, se mueve por todos los lados.

—Al menos seis meses. ¿Puede hacerlo?

—Sí. La cuestión…

—Sé lo que le debo pagar. Estoy acostumbrada a tratar con detectives privados. ¿Sabe quién soy? —me interrumpió.

—No. La verdad es que no hace mucho que me he trasladado a Nueva York. —No quise que me cogiese en un renuncio y le dije la verdad.

—Soy columnista de La voz de Broadway y participo de forma permanente en el concurso televisivo ¿Cuál es mi línea? Sigo todos los importantes juicios de este país, además de otras cosas.

—¿Como esto?

—Como esto —me respondió con cierta gallardía.

(Pausa y cambio de hoja).

—¿Pero por qué yo?

—Pues porque los otros dos detectives con quienes también trabajo están ya comprometidos con otros personajes. Además, me parece ideal que sea de fuera. ¿De dónde es usted?

—De Atlanta.

—¿De la misma ciudad?

—Sí.

—¿Hace mucho que vino a Nueva York? —me preguntó.

—Cuatro años.

—Estupendo. Prepare el contrato y hágamelo llegar a esta dirección. Cuando dé la aprobación puede comenzar su trabajo. Por supuesto, los gastos son pagados aparte, siempre que sean justificados.

—Se lo llevaré personalmente. Muchas gracias, señora Dorothy.

—¡Ah, se me olvidaba! Cada mes necesitaría un informe de sus movimientos: los lugares que ha visitado y las personas con quien ha estado Alice Darr, ¿entiende?

—Por supuesto.

La acompañé hasta la salida. Me despedí con agradecimiento, pero en ese momento me lanzó una pregunta que no venía a cuento:

—SeñorWilliam, ¿qué edad tiene? —Me quedé asombrado. Ninguna mujer me había hecho esa pregunta.

—Treinta —le mentí. Por entonces tenía veintiocho años.

—Aparenta más mayor. Le hacía unos treinta y seis, o treinta y ocho años.

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9788419092809
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