Czytaj książkę: «Será el paraíso»


© LOM ediciones Primera edición, noviembre 2019 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impresa: 9789560012302 ISBN digital: 9789560013491 RPI: 309.684 diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Capítulo I K-125
27 de marzo de 1974
MIRADO DESDE EL CAMINO, que pasa sólo a diez metros de sus pies, Pedrito parece un tipo normal. Un tipo cualquiera que está tendido sobre la arena, a orillas del estrecho de Magallanes. Desde allí, o incluso un poco más cerca, sería difícil que alguien notara, en el claroscuro de la madrugada, el tamaño desproporcionado de su cabeza con respecto a su ancho y corto talle, a sus piernas arqueadas, de hilo. Aunque a decir verdad, aquello, por ahora, no tiene importancia.
Pedrito, también llamado el Duende, también llamado Hombre-Gato, permanece desde hace un par de horas observando las aguas del estrecho, en dirección de isla Dawson, con unos viejos binoculares Vintage, franceses, fabricados poco antes de la Segunda Guerra Mundial. El hombre parece inmune al vientecillo helado que cada tanto inclina el pastizal de la playa. Piensa que está bien equipado: parka térmica con cuello y puños de lana, de las que usan los estibadores en el puerto; pantalón de mezclilla gruesa y zapatones de goma, forrados. La cabezota y las tenazas desnudas. Casi no se ha movido. Posee aquella paciencia que adquirió desde niño, cuando pastoreaba ovejas en las estribaciones de la cordillera Darwin. Aquella bendita paciencia a la que más tarde sumó la facultad de permanecer quieto, durante horas, observando el firmamento de Tierra del Fuego con un telescopio casero, que rescatara del vertedero de un campamento del petróleo, donde trabajó hasta el 11 de septiembre del 73.
¿Pero qué hace ahora Pedrito allí, en esa madrugada, a orillas del estrecho? ¿Qué espera detectar con esos Vintage de escasa potencia, oxidados, con asas de cuero raído?
Pues bien, Pedrito cumple órdenes del Partido Comunista en la clandestinidad. Espera ver emerger la escotilla del K-125, submarino atómico, perteneciente al XVI Escuadrón de la Flota Soviética del Pacífico. Es un pez imbatible de 98 metros de eslora, 700 toneladas de desplazamiento, armado de misiles balísticos, intercontinentales, 24 torpedos, 6 de ellos con ojivas nucleares, y una tripulación de 93 hombres, de los cuales 35 son integrantes de la Unidad Crimea, de las Fuerzas Especiales Rojas, de ataque, contención y aniquilamiento. Hombres armados con fusiles de asalto Kalashnikov, pistolas Tokarev 9 mm. y granadas F-1, de fragmentación. El K-125 es una enorme lengua de fuego que viene al rescate de los compañeros del Comité Central del Partido, encarcelados en el campamento de prisioneros de isla Dawson –barraca Isla–, emplazado por la Armada de Chile. Será una operación relámpago, de cincuenta minutos, tiempo límite para el trayecto operativo, mediante la eliminación de defensas de las cuatro torretas de vigilancia, más tres puntos de guardia de superficie; copamiento del área, recuperación de los 12 compañeros elegidos, regreso y salida; inversión de la ruta exacta, hasta islas Week, una boca abierta al Pacífico; propulsión al máximo, levantando arena y piedras del fondo marino, con su preciada carga de camaradas chilenos dentro, directo hacia algún puerto oriental de aquel paraíso en la Tierra, conocido como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Cuando Daniel le comunicó que tendría un puesto en esta historia, Pedrito cambió de vida, de rutinas. Evitó las salidas de noche, las libaciones. Después del mediodía desaparecía del mundo, para recluirse en su pieza de pensión, de calle Arauco. Necesitaba estar entero, con la cabeza limpia. Ahora tenía órdenes que cumplir. Y le gustaba cumplirlas, incluso durante los tiempos muertos. Con él, Daniel fue escueto y preciso. Le habló en el estilo de un jefe político, de un padre, aunque podría ser su hijo, porque tenía 23 o 25 años. Eso calculó Pedrito. Pero era el 1 de la Jota, la cual tenía apenas tres bases funcionando. El Partido, cero células. Para Pedrito era un orgullo que aquel komsomol haya ido por él para asignarle una tarea en esta misión crucial, ultrasecreta.
Apenas fueron dos puntos con los compañeros de la Jota, en el lapso de una semana, a fines de enero. En el primero –cafetería Palace, diez de la mañana–, Daniel le dijo que se venía algo grande. Que habían pensado en él para una misión a 20 o 25 kilómetros de la ciudad, dirección sur. Que sería mundial. Un golpe de nocaut para los fascistas. Usó esa palabra, nocaut. En el segundo encuentro, donde Daniel le esperó en casa de Silvia, secretaria de organización de la Jota, en una habitación tan vacía de muebles como ciega, le señaló su x en el mapa, la fecha, la madrugada. Él sería el primer testigo de la operación rescate; luego sería el correo caminando y corriendo por la costa, nunca por el camino, compañero, sino sobre arenas y pedregales; confiamos en su resistencia, en su experiencia a la intemperie, como isleño, como hombre de campo que es. Claro que sí, claro que puedo; puedo hasta volar, compañero. Risas. Él traería la buena nueva a la ciudad, al secretariado. Y comenzaría otra historia, para todos. De verdad.
Toda la información estaba chequeada y contra-chequeada desde adentro. Un militante que hacía el servicio militar con los cosacos en la isla, en uno de sus días de franco entregó con mano trémula, casi sin garganta, el plano del presidio de Dawson: dotación, ubicación de las torretas, horarios de las imaginarias. Cuando el cachorro pudo por fin dejar de temblar y recuperó un poco el tono, anunció que Gromiko, nada menos, le había indicado cómo contactar a Daniel. Al oír el nombre de Gromiko, Pedrito sintió una punción en el pecho, pero no abrió la boca. En ese instante solo tenía sus ojos abiertos, y sus orejas, de duende bolchevique, orientadas hacia las instrucciones que recibía. La operación rescate viene confirmada desde Santiago, vale decir, desde la Comisión Política, desde el Comité Central. Sume este ladrillo al muro de la resistencia, compañero. El ladrillo definitivo.
Era tal cual. Daniel traía esa información desde un punto rojo, en el paradero 18 de Gran Avenida. Información de primera mano. El propio Daniel fue, estuvo y volvió: Veni, Vidi, Vici. Después de todo era gracioso ver a Daniel, confesó alguna vez el Duende a Santiaguito, en la llanura; quiero decir, verlo allí sentado, muy de piernas cruzadas, fumando sin alivio, larguirucho y pálido, espinilludo, vestido con un abrigo ancho, con un jockey a lo Neruda coronando su cabecita de pájaro, dándome instrucciones como si yo fuera un pendejo. Sin embargo, ahí estaba yo, firme, escuchando en silencio, respondiendo que sí con la cabeza, diciendo que sí hasta con la manos, pero pensando en el K-125. Solo en el K-125. Prácticamente viéndolo.
Por momentos, le distraen los ladridos que trae la brisa helada. También la marcha de un motor que llega como un zumbido de baja intensidad. Pero todo está normal, piensa. Nada inquietante. Pedrito conoce el área. Ha recorrido la costa hasta río San Pedro. Sabe que hay parcelas y puestos que dan con la carretera. Los aserraderos de Agua Fresca y de San Juan. Las caletas. Un almacén. Un par de embarcaderos. Enseguida su cabeza regresa a la losa oscura de la marea, al contorno de isla Dawson, que tiene en la mira de sus Vintage. Cada tanto hace lentos y largos barridos. Lentísimos. Encoge una pierna y luego la otra, para soltarlas un poco. Para evitar un calambre, un alfilerazo. También suelta un poco el cuello y los hombros. Aunque la inmovilidad y los ojos abiertos continúan siendo su negocio. Ahora Pedrito parece dibujado en el lugar. En realidad, parece un trozo de sombra.
De pronto las aguas se agitan, frente al extremo occidental de la isla. Pedrito enfoca directo. Se acelera. Y qué decir de su corazón: 130 latidos por minuto. Él no mueve un músculo. El movimiento del mar aumenta. Ahora las aguas se arremolinan, se espuman como si dieran contra una rompiente. Hay una línea de espuma que se alarga. Pedrito calcula que alcanza unos sesenta o setenta metros de largo. Allí abajo, por emerger, está el gran pez de acero y titanio, de propulsión atómica. No es un espejismo. Es el K-125. Tal vez si hubiese sido un cachorro como Daniel ya se habría puesto de pie y habría caminado un par de metros, acercándose, hasta que la marea inundara sus zapatones de goma. Pero él no es un cachorro. Tiene paciencia de pastor. Controla su pulso. La emoción. Cumple con sus órdenes al pie del corazón.
Pero nada emerge de allí, ni de ninguna superficie que esté al alcance de sus viejos prismáticos. Ni al alcance de su espíritu de lucha. El mar se aquieta segundo a segundo, minuto a minuto. Amanece. La arena gruesa, las rocas, los pastizales y la carretera se aclaran; solo él permanece oscuro. Y persiste en su posición, enfocando hacia Dawson. ¿Pero por cuánto más? ¿Una hora? ¿Más de una hora?
En su regreso a la ciudad, Pedrito tardó casi diez horas. No recuerda haber pensado en algo concreto durante el trayecto. Tiene que haberlo hecho. De seguro que sí. Pero lo olvidó. Apenas si retiene el haber ido dando un paso tras otro sobre el arenal húmedo y pesado, más el estruendo de la marea que le arañaba el pecho. Tampoco recuerda haber sentido hambre. O frío. Iba con el corazón en los pies, compañero. Imagínatelo: 25 kilómetros así, hasta llegar a la ciudad muerta. ¿Puedes aquilatarlo?
Fue tu imaginación, Pedrito. O fueron las toninas, le dijo Ramiro Sotomayor con una sonrisa cabrona, que luego se convirtió en una tosecita corta. Pedrito dobló la cerviz, pero continuó negando. Entonces Sotomayor se puso serio, para agregar que si un pez atómico, de noventa metros, se hubiese metido en el canal él habría sido el primero en enterarse. Era imposible que no lo detectara. Tú sabes que soy el mejor pescador de merluza y congrio de la historia. Y volvió a reír. Pedrito mantuvo el rostro duro, aunque la punta de sus orejotas se le veían algo caídas, como de quiltro. Tú sabes que conozco estas aguas, desde siempre, dijo el legendario pescador de merluza. Tengo un sonar en la cabeza. Tengo instinto. Nací con ese instinto. Pienso como lo haría un cardumen de profundidad. A veces juro que no tengo pulmones, sino que tengo agallas, soltó el gran pescador, para enseguida escupir y toser, esta vez más fuerte, en cadena, al estilo fumador o tísico. Luego fue calmando los espasmos, hasta que su corpacho quedó en reposo. Después prosiguió, secándose las lágrimas. Continuó. Detecto todo lo que se mueva allá abajo a cien, doscientos, quinientos metros de profundidad. ¡Y un submarino atómico, nada menos! Pero, piensa. Tiene que haber sido un grupo de toninas. Esos bichos nadan en grupo. Además, ya han pasado diez años. ¿A quién le importa, hombre?, remató Ramiro Sotomayor, superestrella de los pescadores, buscando ver algo en el rostro de Pedrito, que no encontró.
Estoy seguro, Poeta. Estuvo muy cerca. Alguien detuvo la operación de rescate en el último minuto. A treinta segundos. Tiene que haber sido el Kremlin, el Politburó. O el propio camarada Breznev, dijo el Duende mirando hacia el valle de bloques errantes, iluminado por el sol frío de Tierra del Fuego. Santiago, Santiaguito, también llamado el Poeta, asintió en silencio. Luego encendió un cigarrillo dando la espalda al viento. No fue mi puta imaginación, Poeta, insistió Pedrito. Ni unos putos delfines. Era el K-125.
Capítulo II El reflejo del Sol en los vidrios
25 de febrero de 1984
LA CAMPAÑA DE RECLUTAMIENTO del Partido Comunista, «Tierra del Fuego ’84», comenzó mal, pésimo.
Sufrí de náuseas durante toda la travesía. Intenté vomitar un par de veces, pero solo conseguí botar un poco de espuma. Quería botar el estómago. Todo afuera. En ese trance recordaba las botellas de vino barato que bebimos con Marcela hasta las cinco de la madrugada. Esa fue nuestra despedida. Nos dijimos adiós bebiendo cicuta. Perdiendo el tiempo. Debí haberme acostado temprano. Los dos debimos hacerlo. Sabía que para mí comenzaba otra historia, en la cual bien podría terminar preso o muerto. O desaparecido. Sabía además que debía enfrentar las turbulentas y frías aguas del estrecho, salpicadas de bruma. Veía a Tierra del Fuego en la orilla de enfrente y cada vez me parecía más lejana. O por lo menos, a una distancia inalterable. La isla se me antojaba como un lomo de ballena azul o gris, según fuera el velo de bruma que parecía envolverla. Allí estaba. Inmóvil. Inútil. Tras una hora de viaje, decidí refugiarme en la sala de pasajeros. Aquel aire marino no había logrado refrescarme los pulmones ni menos traer sosiego a mi cabeza. Era como si me dieran con un martillo en las sienes. Entonces decidí no vomitar. Mantenerme en posición de loto, sosteniendo mi barbilla con los puños. Quitar los ojos del cielo o del mar, para clavarlos en el suelo. Dejarlos fijos. Concentrarme al máximo en la misión que se me venía por delante. No creía en esas cosas, me refiero a los ejercicios de concentración o de meditación, pero en aquel instante, al verme sentado allí, de espalda al paisaje y al paso del tiempo, concentrando mis fuerzas en un punto, como hacen los budistas, y con un solo pensamiento en la mollera –la famosa campaña de reclutamiento–, resultó bastante mejor para mi salud. Me ayudó. Creo que recuperé el aliento. Y el control de las vísceras. De a poco dejé de sentir náuseas. Dejé de sufrir golpes en las sienes. Luego pensé en Marcela. Recordé nuestra última noche. Nuestra borrachera. Pero esta vez rememoré todo con más calma. Sin culpa ni nada de eso. Esa madrugada nos acostamos apenas un par de horas, sin hablarnos. Creo que ambos nos dedicamos a nuestros asuntos particulares. Y a mirar el techo. No tuvimos sexo. Ni siquiera un simulacro. Quizás debimos haberlo intentado, para quitarle un poco de tristeza a la escena. Pero no lo hicimos.
De pronto escuché que habíamos llegado. Alguien me sacudió de los hombros. Me había dormido profundamente. Salté del asiento. Estaba entero. Dispuesto. Era una gran noticia. Por fin, camaradas, estaba muy próximo a desembarcar en mi proceloso destino de joven comunista, de komsomol: Puerto Porvenir, Tierra del Fuego, febrero de 1984.
Una camioneta Volkswagen albiceleste, algo maltrecha, con el famoso símbolo de la marca arrancado de cuajo de su cara, más el vidrio trasero astillado por el impacto de un proyectil, nos condujo desde el embarcadero hasta el pueblo. Éramos ocho pasajeros. Todos íbamos en silencio, sin mirarnos. Quizás estábamos aplastados por el ambiente de la cabina. El chofer, un tipo alto, corpulento, de unos 30 años, que conducía en mangas de camisa y calzaba un sombrero de cowboy, llevaba la radio a todo volumen, disparando chacareras y chamamés a destajo. Para nuestra fortuna –creo hablar por los ocho del patíbulo–, el trayecto duró diez o doce minutos. En un momento intenté divisar los cisnes de cuello negro y los flamencos rosados que daban tanta fama a la bahía de Puerto Porvenir, pero no vi ninguno. Pensé que esa bahía era un fiasco. No tenía atractivos. Solo aquel oleaje gris acero, monótono como una mortaja. De improviso, con un giro veloz de noventa grados, el piloto abandonó la costanera y enfiló directo hacia el pueblo. Al parecer podría haberlo hecho con los ojos cerrados, porque mientras conducía iba canturreando y mirando hacia el suelo casi todo el tiempo. O pendiente del pucho. Después me enteré que ese vaquero de la Volkswagen se llamaba Ernesto Oldrich, que era tataranieto de uno de los fundadores del pueblo, que no tenía enemigos conocidos y que todo el mundo le apreciaba por su alegría de vivir y gran corazón.
Sarmiento 260, esquina José Bohr. Llegué a esa pensión sin mayor dificultad. Uno de los pasajeros me indicó el lugar. Incluso me acompañó durante las dos primeras cuadras, donde comenzaba el poblado, una explanada baldía a la que llamaban Pequeño Páramo. Con el tipo casi no hablamos. No recuerdo nada de él, salvo su calva, su nariz aguileña de perfil y su mano enguantada señalando las cuatro calles que debía cruzar para llegar a la pensión: Brać, Ángela Loij, Misiones y finalmente Sarmiento, esquina con Bohr. Caminé las cuatro cuadras sin ver a nadie, ni siquiera un perro. Era un pueblo vacío. Mientras tanto podía oír los latidos de mi pulso, mis pasos, el rumor del oleaje. Iba con una palabra incrustada en la cabeza, en letras de molde: desolación. El sol del mediodía espejeaba en las ventanas de las casas. En tres o cuatro ocasiones creí ver algún movimiento tras las cortinas y los visillos, entonces giraba la cabeza, pero solo encontraba el reflejo del sol en los vidrios. Era algo inquietante. Amenazador. Me sentía vigilado. Fichado.
Cuando llegué a Sarmiento 260 me recibió la dueña de la pensión, de quien no podría decir gran cosa, salvo que era una mujer extremadamente delgada, funeraria, de pelo corto, entrecano, de unos 40 o 45 años. Tenía una voz ronca y ripiosa, de pucho. Doña Gina –se llamaba Georgina Ugarte– me llevó hasta mi celda a través de un pasillo estrecho, apenas iluminado por la luz de un ventanuco del fondo. Tercera puerta, mano derecha. La habitación que ocuparía, por tres mil pesos mensuales, me recibió con olor a encierro: una mezcla de olor a ropa húmeda y cenicero. Y un poco de olor a matadero, quizás. Aun así, en ese preciso instante decidí no salir y quedarme en la celda hasta el día siguiente. Arrojé el bolso a los pies de la cama, que estaba pegada a la ventana. La otra cama sería ocupada por el Duende. Así lo decidí, también en ese preciso instante. Todavía sentía el estómago algo encogido. Quizás debía dormir un poco, soltar los músculos, blanquear el magín. Eso pensé. Pero no pude dormir. Me mantuve sepultado en esa cama de media plaza mirando el techo, pensando en la misión. En la campaña.
En un par de días llegaría Pedrito. Y una semana más tarde lo haría Gromiko nada menos, el gran jefe bolchevique, recién ingresado al país por un paso clandestino. Fecha aproximada del famoso ingreso clandestino: 15 o 16 de enero. O tal vez el 20. Por ahora no importaba el número, pero era una fecha roja. Sería un día memorable. Luego pasé a Marcela, a su recuerdo ardiente que me quemaba el pecho. Quería tenerla conmigo. Estábamos juntos desde hacía dos años. Nos amábamos. Eso creíamos. Eso jurábamos por nuestros huesos, por nuestros propios pasos. Pero no todo eran promesas y arrumacos, porque en la nostalgia también la daba curso a mi tango. Quiero decir que también recordaba nuestras trifulcas, con llantos al amanecer y todo. Pudimos haber estado mejor. Pudimos haber sido moderadamente felices. Eso me repetía en mi celda, entre dientes y sudores fríos. Pero estaban mis celos de por medio. Creo que era casi un celópata. De la nada, cada tres meses, caía en el pozo del delirio y mortificaba a Marcela con su pareja anterior; en realidad, con sus tres parejas anteriores. Era una locura. Me comportaba como un sicótico. Mi sicosis tenía dos variantes: 1) No le hablaba, o le hablaba poco y de una forma despectiva, que iba in crescendo, hasta llegar al dolor. 2) La interrogaba acerca de aquel o aquellos mugrosos guarangos que tuvo en su vida, entre sus piernas, hasta exigirle detalles. Creo explicarme. Después caía en el marasmo de la culpa. De pronto quería arrancarme el pelo de tanta paranoia. De tanta culpa. Y de vergüenza. De verdad... No obstante, encontraba alivio o perdón en algún desvío de ojos, o en el despunte de un dolor de muelas, o en cualquier minucia. Y le pedía perdón a una Marcela imaginaria. Inalcanzable. Esa fue mi rutina.
Pero en algún momento, durante aquellas primeras horas, sacudí la testa con fuerza de un lado a otro, para expiar mi falta, pensando en no caer de nuevo en delito, en llenar de amor a Marcela en cuanto la tuviera a un salto de corazón, a pesar de los riesgos de la clandestinidad, porque ella también tenía un puesto en esta lucha. Marcela vendría a Puerto Porvenir, con la chapa de trabajar en la biblioteca municipal. Estaba convenido. Aunque, en realidad, sería correo del Partido en caso que Gastón cayera en manos del enemigo. Marcela no era militante –nunca quiso militar–, pero era simpatizante, y ayudista, cuando podía. Recuerdo muy bien que cuando hablamos del asunto, es decir, cuando le propuse esta aventura revolucionaria, llena de peligros, aceptó de inmediato, sin un solo temblor de boca. Creo que eso la retrata de cuerpo entero.
Desperté a las 5:30, sobresaltado. Era como si la llegada de aquel día me tirara del cuello, de los cojones. A las nueve en punto debía estar en casa de Gastón, mi contacto rojo, en Puerto Porvenir. Gastón era un hombre clave en la campaña. Incluso así le llamó Gromiko: hombre clave. Quise aquietarme un poco, para no adelantar mi primera salida a la calle. Decidí leer. Había llevado una antología de poetas del sur de Chile, que no había tocado. A pesar de todo ese cuento lárico, hablo de la bruma, el rumor de lluvia, la grisalla que me traían esos poetas con sus versos de cielos nublados, no logré aquietar mis pulsaciones. Entonces dejé de leer. Esperé que llegase la hora. El reloj de mica con números romanos que tenía sobre mi cabeza, pegado en la pared, fue marcando aquel tiempo fúnebre, minuto tras minuto. Pegaba duro el maldito.
Salí a las calles desiertas de Puerto Porvenir. Hacía un frío polar. Doña Gina, en un dibujo de muy escasas y medidas palabras, me indicó el trayecto. Pensé que esa mujer, de tan flaca que estaba, medía cada palabra para no desmoronarse y quedar convertida en un puñado de polvo. Le dije que quería ir a conocer el cementerio municipal, máxima atracción del pueblo. Antes de responder se quedó observándome con una mirada glauca y punzante. De verdad que me inquietó la insistencia de aquel enfoque. Fueron apenas cuatro o cinco segundos, pero me pareció mucho tiempo para sostener la mirada de una muerta. Un tiempo desmesurado. Miré el reloj de la pared. Fuera como fuere, debía tomar en línea recta la calle José Bohr en dirección del cementerio, que podía ser visto desde cualquier lugar del pueblo y la bahía. Aquel camposanto había sido emplazado, estratégicamente, sobre el punto más alto del lomaje, con forma de media luna, flanqueando las casas en el noroeste. Era una especie de faro o algo parecido. Anduve cuatro cuadras, hasta llegar a la calle Magallanes. Por momentos creí que caminaba en dirección del polo, aunque iba bien protegido contra esa ventisca de la mañana: abrigo de paño grueso, largo, antibalas; jeans nuevos, americanos, comprados hacía sólo una semana; botas de cuero forradas; shavka, más un pucho sin filtro. Aquel era todo mi equipo de guerra.
Llegué a Magallanes 186. Punto rojo. En el trayecto me crucé con habitantes, cuatro o cinco, que tomé por sombras, o por zombis derechamente. Entre ellos una mujer que caminaba rápido, con pasitos cortos, que avanzó a mi lado sin mirarme, con los ojos pegados, al parecer, en las aguas de la bahía, como si quisiera desaparecer en ese cuadro. Parecía estar bajo hipnosis.
Durante todo el camino volví a sentirme vigilado desde las ventanas, a creer que me respiraban en la nuca. Pero esta vez fue una sensación aún más potente, porque ahora pensé en los agentes de seguridad, en los sapos, en los «orejas», como llamaban en Nicaragua a los soplones de Somoza. Pero finalmente llegué, manteniendo el paso firme, cortando el viento con la cara, como se dice. Toqué a la puerta. Esperé. Resoplé. Por instinto busqué otro pucho. No di con ninguno en mis bolsillos muertos. Cuando estaba a punto de insistir, el camarada Gastón, mi contacto rojo en el pueblo, abrió la puerta. Fue un momento inolvidable.
Llegó a la hora. Puntual como un verdugo. Yo lo esperaba. La verdad es que estaba algo ansioso, algo nervioso también, desde que me llegara el mensaje del Partido. Un mensaje de puño y letra de Gromiko, ni más ni menos. Santiaguito, al verme, se asustó. Le abrí la puerta con la cara pintada, al estilo selknam. Yo era Shoort, el espíritu de piedra.
Santiaguito me pareció un cachorro de veinte, muy flaco, con un abrigo negro que le quedaba grande y un gorro ruso de piel hasta las orejas. Estilo Ulianov, le dije indicando su gorro. No respondió ni sonrió. Nada. Estaba congelado. Tenía miedo. Desde entonces le llamé así, «cachorro»; nada de Santiago aquí, Santiaguito allá. Tampoco nunca le llamé Poeta, como le decía a veces Pedrito e incluso hasta el propio Gromiko. Cachorro me pareció un término más cercano. Más exacto, si se quiere. A él parecía no molestarle que le llamara así. Pero volvamos a ese primer minuto. El minuto cero. Antes de hacerlo pasar le advertí que en casa no se fumaba. Tienes cara de vicioso, le solté. El cachorro esta vez sonrió un poco. Vas a entrar a un verdadero templo: el mundo secreto de los selknam.
En realidad lo estaba calibrando, como se dice. El pibe me hizo caso, porque sacó la voz para decirme que no fumaba. Yo lo miraba fijo. Él rehuía mi mirada. Pero finalmente habló. Eso es lo importante. Fue bastante claro. Usó pocas, poquitas palabras. Estaba bien instruido. Se le notaba la escuela del Partido. Yo lo dejé venir, como es lógico hacerlo. El cachorro me habló de la Dirección Regional, de la campaña, de Pedrito, de Gromiko. Fue corto y preciso, y con voz de pájaro. Claro que yo estaba en mi elemento. Estaba en mi casa, en mi taller. Él estaba en otro paisaje. Tan solo conocía mi nombre y algo de mi prontuario. Tres o cuatro señales. Algunos hitos. No mucho, como indica el manual del militante clandestino. Era gracioso después de todo, porque ese cachorro se entregaba a mí a ciegas y de espaldas. Confianza total. En cambio, yo sí que sabía casi todo de él. Me refiero a sus antecedentes bolches. Su linaje rojo. Creo que yo sabía más de su abuelo Santiago que él mismo, su segundo nieto. El abuelo, por cierto, un gran comunista. Gran señor y rajadiablos, como se dice; fundador del Partido, perseguido en los tiempos de González Videla, preso en Dawson, exiliado en la Alemania Federal, en Dusseldorf. O en Hamburgo. Definitivo, fue en Dusseldorf. Pero en toda esta historia, un detalle: me llamó la atención que ese cachorro fuera tan blanquito de piel. Casi transparente. De verdad. Él debía ser más oscuro. Lo digo porque se llama Macías. Santiago Macías, como su abuelo. Ese apellido viene del nordeste de África. Creo que es un apellido bambara. Una gran tribu.
Después, lo solté. Le ofrecí desayuno. El cachorro aceptó enseguida. Comió como un salvaje. Café con leche, huevos, pan de casa. Y pudín de pan. Cuando por fin terminó le dije que podía fumar. Que no me molestaba el humo.
*
Un tour por Puerto Porvenir
Nada más llegar, apenas dos días después, el Duende irrumpió en la habitación. Yo estaba en cama, leyendo. Se plantó ante mí y me ordenó que saliéramos de inmediato. Que me veía mal, agregó, sacando una vocecita delgada y afónica, inclinando su cabezota como si quisiera ponerse a orar. Luego recuperó los pulmones para anunciarme que de continuar bajo encierro, fumando todo el día, iba a terminar en los huesos y escupiendo polvo. Polvo + cenizas. Y colillas. Y ceniceros. El Duende sí que entró a saco en mi habitación. Apenas si recuerdo verlo arrojar su mochila, con gesto de basquetbolista, sobre el camastro. Fue una escena veloz. De minuto y medio en total. Toda esa premura me obnubiló por completo. Era la voz de Pedrito. Aquella silueta desproporcionada, braceando y cabeceando, dándome órdenes –¡en tiempo 1!, ¡en tiempo 2!, ¡en tiempo 3!–, hizo posible que no registrara, durante un solo segundo, el aspecto real del Duende. Recién cuando estuve con él, en la calle, pude enfocarlo con cierto sosiego. Y lo que vi me espantó. Aquel, sin duda, sería el paseo de los huerfanitos. Debut y despedida de la campaña de reclutamiento. Adiós «Tierra del Fuego ’84». Nos ficharían en la primera cuadra, pensé. Tal cual. En los primeros pasos.
La ruta era la siguiente: caminaríamos hasta la casa de Gastón, pero esta vez no en línea recta, vale decir, siguiendo la calle José Bohr. Pedrito no quería nada con la calle Bohr, nada con las líneas rectas. Quiero que conozcas un lugar, me dijo con un tono cristalino. Es la única calle con historia de Puerto Porvenir, agregó. Pero es una calle que mete susto de noche o tarde-noche. O de madrugada, sonrió el Duende. Entonces pensé en una calle o zaguán de putas, una calle roja o algo así. Quizás la calle de la morgue. Sin embargo, ahora que tenía los ojos limpios y la cabeza despejada, la famosa calle del miedo me tenía sin cuidado. Para mí, en todo minuto, la ecuación era miedo = enemigo. Eran los sapos, los agentes. Era una cámara de torturas. Eran el teléfono, el submarino, la parrilla. Por tanto tomaba el peso de la aventura. Aquilataba esa ruleta rusa que era ir, con Pedrito a mi lado, por calles que se me antojaban llenas de ojos, de francotiradores. Iba con un duende de un metro cincuenta, cargando con una cabezota que equivalía al 30% de su cuerpo. Una escafandra desnuda, a la vista de cualquiera, con sus orejas de paila, su talle, su bamboleo, cubierto con un poncho negro, de castilla, que le caía más abajo de las rodillas. Alguna vez en la llanura, o quizás en el valle de los bloques erráticos, Pedrito me contó que ese poncho de castilla era un regalo del último bandido de sierra Baguales, un tipo llamado Bernal, que se dio el lujo de morir en el monte, sin testigos, en un lugar donde sabía que nunca sería hallado. Desaparición total, como tiene que ser, compañero, se la jugaba diciendo Pedrito, muy orondo, mirando las estrellas.
Pero aquel es otro tiempo. Ahora estamos en la calle, bajo un cielo despejado, en Puerto Porvenir, a inicios de la campaña de reclutamiento. A dos días de ella. Con Pedrito, además, calzando botas de goma, como los ovejeros. No había posibilidad alguna de pasar inadvertidos. De simular un par de sombras cualquiera. En la primera salida ya vulnerábamos la regla Nº1 de la clandestinidad: fundirse con el paisaje, morir en él. Como dupla éramos un espectáculo público. Carne fresca para rapaces, para ventanas carnívoras. Aunque no debe creerse que solo culpo a Pedrito en esta delación. También yo ponía una impronta, una marca; quiero decir, con eso de ir vestido de abrigo largo, funerario, flaco, desgarbado, pálido como lápida, con cara de frío o de abandonado, fumando hasta las uñas. Éramos el dúo de la muerte. Doble cero. Íbamos por una galería de puertas y ventanas que eran miras de precisión, radares. O por lo menos eso sentía en mi corazón. Le hablé a Pedrito de las ventanas, de aquella sensación que me tocaba el cuello, la nuca. El Duende sonrió y guardó silencio. Luego aminoró el paso. Pedrito sonreía sin mirarme. Le sonreía a las ventanas vacías. O aparentemente vacías. También a las puertas, a los enrejados. A los perros, que parecían perder vigor ante él. Recién después de unos cincuenta pasos, muy lentos, me aconsejó que no me enrollara con eso de las ventanas. Que no apretara el culo. Me aseguró que aquello de vigilar a los extraños era un deporte en Puerto Porvenir. En todas las cortinas hay un curioso, añadió. Hay un vigilante aficionado. Ya te acostumbrarás, tovarich. Tómalo como un paseo de domingo. Como un trekking, por los montes Urales. Algo así.
Vía dolorosa: de calle Sarmiento hasta la esquina de Misiones. Cuando llegamos, Pedrito me anunció el nombre de la esquina, como si yo no supiera leer. De allí, una cuadra hasta arribar a la calle del miedo. En realidad, la calle del miedo era un pasaje estrecho, sin pavimentar, sin un solo poste de luz, en sus sesenta o setenta metros de largo. Aquella serpiente de tierra cruzaba en diagonal, describiendo una curva abierta, hasta la calle Muñoz Gamero, que desembocaba, como todas las calles, de norte a sur, en Pequeño Páramo. Mientras recorríamos el pasaje Esteban Capkovic –su nombre oficial–, Pedrito, en marcha lenta, me dijo que era conocido como el «Túnel» o «Pasillo de la Viuda», porque allí, de vez en cuando, hacía sus apariciones la Viuda Negra, cuya especialidad eran borrachos y alucinados. Primero se les insinuaba a la distancia. A la luz del delirio. Se veía curvilínea. Calentona. Era la promesa de un polvo de película. El mejor polvo de sus míseras vidas. Entonces el alucinado se lanzaba tras ella y ella se dejaba alcanzar. Y allí terminaba todo. O comenzaba. El caso es que la Viuda Negra les comía el corazón y los ojos. Y les sorbía el seso. Era un túnel de apenas setenta metros, pero que de noche parecía un kilómetro. En un recodo, ella esperaba a su clientela, vestida de luto. Aguardaba, con paciencia de muerta, a sus pecadores, sus crápulas favoritos. Canallas y puteros. Jugadores. Infieles. Entonces se los llevaba. Y los dejaba babeando, contando nubes. O impotentes de por vida. O los liquidaba de un soplo en la oreja, en la nuca. También se les pronuncia a los pájaros nuevos, a los comunistas, soltó sonriendo el Duende. Yo no me reí. No me hizo gracia verle su bocaza al máximo, sus dientes amarillos. Tenía el estómago débil esa mañana. Aquella sonrisa de Pedrito era una marca de nacimiento. Alguna vez me pregunté si el Duende habría llorado en su vida.
Cuando salimos del pasaje, tras los primeros diez o quince pasos, Pedrito giró hacia mí, lanzó al aire el nombre oficial de esa culebra, con un vozarrón que no le conocía, y luego habló otra vez de la fama que le colgaban. Después dijo que hasta hace unos años ese callejón llevaba el nombre de un cura: José María Beauvoir. Fue la primera vez que oí hablar de Beauvoir. Recuerdo que Pedrito le echó sus bendiciones al hombre e incluso alzó un poco más la voz, cuando recalcó su piedad con los indios onas, para la fiebre del oro, durante la cacería de indios. Pero decidieron borrar el nombre de Beauvoir y bautizaron el pasaje con el nombre de Esteban Capkovic. ¡Qué se va a hacer!, clamó Pedrito directo al cielo. Esteban Capkovic era el ídolo máximo de pueblo. Un mártir del automovilismo. De la categoría turismo carretera. «Muñequitas de oro» –así era llamado Capkovic por todo el mundo, en la isla– había muerto en una fatídica curva, en el tramo Valdivia-Temuco, cuando iba puntero, defendiendo los colores de Puerto Porvenir, de toda Tierra del Fuego. Una vez trasladados sus restos, todo el pueblo exigió que alguna calle llevara su nombre. Vox Populi, Vox Dei. De este modo, la evangelización cedió paso ante la categoría turismo carretera. Cómo cambian los tiempos, mascullaba Pedrito. Negaba con la cabezota. Finalmente sonrió, aunque eso fue el despunte de lo que podríamos llamar una sonrisa triste.
Seguimos por Muñoz Gamero hasta llegar a Magallanes 186, sin desvíos. Vimos tres transeúntes. Todo un récord. Uno, en sentido contrario, por la vereda de enfrente. El tipo, de unos cuarenta años, erguido, pecho de paloma, no nos miró, o si lo hizo fue con un gesto imperceptible. Iba vestido como en los años ’30. Con botines y bombín. Creo que hasta con bastón. Pedrito y yo reímos, pero por lo bajo, estilo subterráneos de la libertad o algo así. Luego, dos más que a la distancia –50 metros– vimos cruzarse, aparentemente mudos, en la esquina de Magallanes y Savio. Uno, en dirección de la plaza; el otro, hacia el cementerio. Ambos sin detalles dignos de mencionar. Sombras nada más… Y ninguna mujer a la redonda. En absoluto. Puede que alguna de ellas fuera por Loij, por la avenida Dresden. Por Bohr tal vez. Pero en esa ocasión no detectamos ninguna.
Llegamos al 186. Antes que Pedrito aporreara la puerta con su manaza cuatro veces seguidas, se detuvo y me dijo alzando la cara al cielo: en invierno esto se llena de ovnis, compañero.
–¿Cuándo llega Gromiko?
–En dos días. Quizás tres.
–Saldrán en camioneta hacia Cameron el 5 o 6 de marzo, por la mañana. O por lo menos llegarán cerca de Cameron, a diez kilómetros. Eso ya está conversado. Es un lugar llamado Malasangre. Será la primera caminata de la campaña, compañeros.
–No. No será la primera caminata. Antes de partir, Gromiko quiere ir donde el compañero Pardo. Quiere que Santiaguito tome el peso de la historia, ¿me entiendes? No quiere que se duerma o que se vuele. El chico es de buena madera.
–Está bien. No tendrán que caminar mucho. Pardo está aquí cerca, a un par de kilómetros. El viejo Gromiko no cambia un átomo.
–¿Y qué pasa con los sapos? ¿Dos, tres?
–Son dos. Pero no pasa nada con ellos. Uno es Torres, que sigue siendo el borracho de siempre. Vive metido en el puterío. Es el único lugar donde saca su Taurus, para jugar a los cowboys. Allí se hace el valiente, el malo. El otro es Solorza. Ernesto Solorza. Milico. Suboficial. Tú no lo conoces. Es un pendejo de Santiago o de Conce. Es un mamita. Siempre tiene frío. Casi nunca sale a las rondas. Pero, como sea, hay que tener algo de cuidado con él, con su cara de buena persona. Aunque también con el perro viejo. Tú sabes.
Ninguno de los dos me tomaba en cuenta. Hablaban como si yo no estuviera presente. Gastón, esta vez con la cara limpia, sin pintura de guerra, hablaba en un tono plano, soporífero. No poseía nada notable. Era un cincuentón más. Algo panzón y calvo, de dientes grises, manos muy oscuras y dedos gruesos que contrastaban con la palidez de su cara. Por lo demás, mantenía las manos quietas sobre las rodillas, como si estuvieran pintadas. Tampoco expresaba nada con el rostro. Pedrito, en cambio, fiel a sí mismo, sonriendo y charlando al mismo tiempo. Nada curioso. Yo resistía aquel episodio como podía. Cada tanto me borraba. Me fugaba. Incluso, en un segundo me borré al extremo de dejar de oírles. Sencillamente, no les oía un solo murmullo. Parecía una película muda. Luego regresé a este mundo. Entonces decidí romper con la escena. Me puse de pie y me metí en el taller de arquería de Gastón. La puerta de vidrio catedral, de dos hojas, estaba abierta. Ese túnel me llamaba. En el fondo de la sala había un ventanal, a todo lo ancho, de donde se veía la bahía y el lomaje de la llanura. Daba frío mirarlos. Bajo el ventanal, a los costados, cerrando la sala, había tres mesones de trabajo. Allí estaban los arcos y flechas de Gastón. Los carcajes, hechos de piel de lobo marino. Los astiles, los vástagos, los emplumados. Las puntas de flechas, serradas y lisas, de obsidiana negra o verde; cuerdas hechas de tendones de guanaco, de las patas de un guanaco, que alisaba y trenzaba con los dientes, al antiguo estilo selknam. Una verdadera colección de boleadoras de distintos tamaños, con y sin surco, que había recolectado por toda la llanura y arenales posibles: boleadoras voladoras, de alta precisión. Lanzas y dardos de ñire y de lenga, más tres puñales de piedra. Y mantas curtidas por él mismo, de cuero de guanaco, de coruro, de zorro colorado. Más tres morteros de piedra, un par de raspadores. Hondas. Punzones de hueso. Y cuencos, llenos de una arcilla granate que él llamaba ákel, para preparar pinturas de caza, de ceremonias. De verdad que Gastón hacía un buen trabajo. Una faena excelente. Alisaba y curvaba vástagos con fuego. Pulía piedras. Trenzaba con maestría. Hacer un emplumado es un arte, porque es el timón de la flecha que hace girar el astil y le otorga dirección al disparo. Aunque todo depende si es un proyectil para guanacos o aves al vuelo, comentó Gastón, tomando uno y examinándolo contra la luz de la ventana. Miraba aquella flecha como si fuera el Santo Grial. Perdía los ojos en ella, emocionado. Dijo que los selknam tenían una mira telescópica en el ojo, un pulso de precisión milimétrica. Gastón inflaba el pecho. Estas son mis joyitas, agregó, ahora alzando puntas de flecha negras: están hechas de lajas de meteorito. No están a la venta. Nunca. ¿Ves cómo todo en el Universo está conectado?, exclamó Pedrito ahora sí a punto de desbordarse y salir volando. Creo que está de más decir que todos esos nombres de armas y utensilios los aprendí de boca del propio compañero Gastón. De su propia boca india. Porque Gastón parecía más un indio ona que un comunista.
Dejé la puerta de mi taller abierta. Lo hice adrede. Algo conozco del corazón de los cachorros. Sabía que Santiaguito no se resistiría ante esa boca abierta. Nadie se resiste. Ninguno. Cuando se levantó y partió hacia los mesones, Pedrito ni yo le miramos. Le di una señal al Duende. Una contraseña secreta. Y seguí al cachorro, de refilón. Más tarde, cuando lo vi mudo mirando por la ventana, le di una pequeña lección de arquería selknam. Un curso rápido. Aunque antes, como he dicho, dejé que se metiera solo en ese mundo, que es mi mundo. Ese cachorro perdió el habla. Quedó detenido allí, mirando, rozando con la punta de los dedos aquellos útiles: los mantos, las piedras labradas. Pero a cualquiera le pasa. Es como cuando ves una fogata. Te quedas mudo, pegado con el fuego. Es que regresamos. ¡Regresamos! No sé si me entiendes.
*
Es la hora del desayuno. Sentado frente a mí tengo a Gromiko.
Hoy la escena puede parecer un retrato deslavado. Un cuadro mudo sin volumen. Sin gloria. Pero esa mañana me costaba creer que compartía aquella mesa enclenque, de madera cruda, con Gromiko, el gran jefe bolchevique. Héroe de los mineros del carbón en los ’50. Héroe en las mazmorras del fascismo después del Golpe. Luego, un largo exilio en Europa, que lo llevó al reino del Socialismo, detrás del telón de acero: la RDA. Luego Rumania, Bulgaria, Hungría, Unión Soviética. Explanada, escalones y baldosas de granito, donde resuenan millones de pasos y se cuela por las hendijas de los revoques, el rumor de los himnos, del juramento rojo. Un sueño cumplido. El sueño de todo niño proletario; la Plaza Roja, los muros del Kremlin bajo el sol de Moscú. Pues bien, era el mismísimo Gromiko quien estaba allí, del otro lado de la mesa. Clandestino, con precio por su cabeza, enfundado en el silencio y en un abrigo azul marino, cruzado, que le quedaba estrecho. Comió sus dos tostadas y bebió su café negro en cámara lenta, mirando por la ventana como si no quisiera comer. Parecía otro hombre. Más viejo. Más pequeño y encorvado, sin su famoso bigote tipo Stalin. Pero era él nada menos, concentrado en otra cosa. Pensando. Después de preguntarme el nombre y la edad no habló más. No quiso. Yo tampoco hablé. No pude. Cine mudo.
Antes de iniciar la campaña hice dos excursiones más por Puerto Porvenir. Sumé otros nombres de calles vacías, o semivacías, a mi espalda, a mi sombra: Costanera San Rafael –tenía nombre aquella curva abierta, más el plano que seguía por toda la bahía– calle Nazario, avenida Dresden, Candelaria. En Costanera entre Bohr y Savio, a mitad de cuadra, estaba la biblioteca municipal donde trabajaría Marcela en un par de semanas. Vi la puerta abierta, y luz de fluorescente, pero no entré. Crucé la calle. Caminé por la explanada costera. Estaba completamente asfaltada. Las aguas de la bahía salpicaban espuma contra el roquerío y el asfalto. Entonces, como un milagro, hacia la boca sur de la bahía, por fin aparecieron los famosos cisnes de cuello negro. Eran unos cuantos. Todos, según supe después, bautizados con nombres de dibujos animados de la tv, o de superhéroes de cómics. Persistían en el oleaje, al igual que los flamencos rosados, un tanto más atrás, digamos hacia mar abierto, con sus cuellos doblados por el viento y su plumaje erizado. Creo que el frío les quemaba, al igual que a mí. Les mataba el alma.
La segunda excursión fue con el Duende y Gromiko. La hicimos con un propósito claro; para que el jefe bolchevique estire un poco sus viejas y comunistas piernas, según Pedrito. Piernas rojas. Fue un paseo lento por esa desolación que era la calle Domingo Savio, envueltos en la bruma de la mañana, donde el único que habló fue el Duende. Gromiko y yo, en la procesión del día de los muertos. Solo nos faltaban las veladoras. Hicimos una parada de media hora en casa de Gastón. Luego fuimos directo a la calle del cementerio, Candelaria. El cementerio estaba vacío. Recorrimos las callejas deteniéndonos ante las lápidas. Al llegar a una pequeña glorieta, que marcaba el punto centro del camposanto, Pedrito nos dijo que allí, a todo lo ancho, antes se levantaba el muro del que nos hablara Gastón, que dividió a los muertos durante 47 años –hasta noviembre de 1939– entre católicos y disidentes. Gastón mostró una fotografía donde aparecía él en brazos de su madre, junto al padre, pegados al muro, que fue la primera construcción de concreto levantada en Puerto Porvenir, a fines de 1896. Los tres, con caras muy serias, del lado católico. Del otro lado estaban las tumbas de los gringos, los protestantes. Después continuamos con nuestro recorrido, que se prolongó por algunas horas. Lápida por medio, Pedrito hacía un alto para hablarnos algo del difunto. De la difunta Correa. Del angelito. Parecía conocer a todos los muertos. O a casi todos.
Capítulo III Julius
DECÍAN QUE TENÍA UN TATUAJE en el brazo izquierdo, sobre el codo, pero que no era un simple tatuaje: era una especie de inscripción, un código de barras o algo así.
Aquel rumor recrudecía y circulaba de boca en boca cada tanto, sobre todo el día del aniversario de su primer arribo a Tierra del Fuego, el 5 de septiembre de 1925. Todos los que fuimos alumnos de la escuela agrícola recordamos esa fecha, porque ese día no teníamos clases y podíamos levantarnos a las nueve. Todos los benditos 5 de septiembre Julius visitaba la escuela a las 11:30 en punto. Julius era bajito, delgado, de cara muy blanca, lampiño, con una nariz fina, filosa y ojos pequeños y hundidos, celestes. Caminaba y hablaba rápido. Hablaba bien el español, aunque se le notaba el acento, en especial cuando subía el tono. Pero se le notaba poco. Nos formaban en el patio interior. Entonces Julius nos saludaba y nosotros le respondíamos fuerte y claro. Luego, a los de la primera fila, nos daba una palmada suave en la cara y nos restregaba las orejas, para quitarnos el frío del patio. Siempre traía una buena noticia; instrumentos nuevos para el laboratorio, que estaban por llegar desde Santiago. O una segadora canadiense. U overoles térmicos. O leche reforzada con complementos vitamínicos. Era nuestro benefactor. Entonces se elegía a uno de nosotros como alumno destacado, para recibir de sus propias manos un obsequio, una distinción que casi siempre era un libro acerca del desarrollo agropecuario en el mundo. Un ladrillo que nadie leía, pero que imponía sus tapas gruesas, sus letras en dorado y sus fotografías en colores. Una vez me tocó a mí. Me sentía una superestrella. Luego Julius se metía en el laboratorio con el padre Severdey y el señor Cherubini, nuestro profesor de Ciencias Naturales y Química, y ya no salían de allí. En el laboratorio tenían clases alumnos del último año, aquellos que tenían notas más altas. Eran los privilegiados, los ungidos. El laboratorio era el área restringida de la escuela; allí estaba el instrumental delicado, los registros y archivos de los experimentos, quizás los más avanzados del país en aquella época. El padre Severdey y el profe Cherubini juraban que así era. Ese laboratorio era su orgullo. Y alimento para nuestra fantasía. Imaginábamos que allí ocurrían cosas de ciencia-ficción. De película de ciencia-ficción. O algo parecido. Pero lo cierto es que allí, desde 1968, había comenzado un programa de experimentación para el aumento de la producción de lana y carne de oveja en Tierra del Fuego. Nuestra escuela, la escuela agrícola Las Mercedes, era famosa en Chile. Habían hecho reportajes para diarios nacionales y para dos canales de televisión. Éramos la joya de la isla. El orgullo de nuestros padres. Todos nos sentíamos en deuda con Julius, aunque nadie lo dijera. En algunas épocas del año, su figura era clásica por las calles de nuestro pueblo. Pintoresca. Querida. Julius siempre andaba acompañado de su perra Stasse, una pastor alemán, bellísima. Eran inseparables. Esa perra eran los ojos de Julius.
Julius hablaba siete idiomas: alemán, español, inglés, italiano, francés, hebreo y siro. No fumaba ni bebía. Se veía atlético. Enérgico. A veces parecía mucho más alto de lo que era. Aparentaba unos 40 o 45 años. Tenía 70. Siempre se veía de un humor envidiable. O más bien, con una voluntad envidiable para enfrentar la vida, el paso del tiempo. Surgieron algunas leyendas con respecto a él. Habladurías. Por ejemplo, con eso del código que decían que tenía inscrito bajo la manga. Algunos llegaron a afirmar que Julius era un extraterrestre. Cosas de ese estilo. En realidad, daba risa oír los rumores acerca de Julius.
Uno no elige el destino. Le toca. Un día, terminando diciembre, don Armando, el auxiliar de la escuela, me buscó en los invernaderos y me dijo que el padre director quería verme al instante. Y cuando a uno lo mandaban llamar, uno iba. Qué iba a hacer a los doce o trece años. El padre Severdey te quiere en el refectorio ahora mismo, Antonio, me dijo. Tal cual. Cuando llegué estaba el padre Severdey con Julius en la oficina. Había tres alumnos más, de sexto de primaria. Yo, de primero de humanidades. El padre no anduvo con rodeos. Nunca lo hacía. Nos dijo que nos había mandado llamar porque éramos buenos, muy buenos alumnos. Los mejores. Tenía nuestros informes de notas sobre la mesa. En ese tiempo los informes de notas finales todavía se escribían con pluma. O al menos en nuestra escuela, en los informes y certificados, hasta en las libretas de notas, se usaba pluma. Me gustaba verlos escritos así. Esos trazos imponían respeto, seriedad. El padre dijo que los cuatro merecíamos un buen futuro y que ese futuro estaba fuera de la isla. Que debíamos seguir estudios, adelantarnos, para después regresar a la isla si queríamos o podíamos, aunque él estaba seguro que lo haríamos. Apostaba su cabeza a que regresaríamos, pero ahora convertidos en otra cosa, en hombres de bien, en hombres útiles. Por esa razón estaba nuestro benefactor esa mañana allí con nosotros, porque él nos ayudaría a lograr nuestras metas. Nosotros estábamos mudos, apenas si respirábamos. Hechizados. Julius habló poco, pero sus palabras pesaban. Dijo que de seguro no queríamos terminar de ovejeros o de esquiladores, viéndoles el culo a las ovejas. Habló así en el refectorio. Agregó que hablaría con cada uno de nosotros por separado y luego con nuestros padres. Nos aseguró que él tenía los medios para ayudarnos a ser mejores hombres, que lo merecíamos, porque éramos trabajadores, disciplinados. Que teníamos otra cabeza. Que pondría las manos al fuego por nosotros. Yo estaba emocionado. Y en blanco. Y también un poco asustado. Todavía era chico. Cuando habló conmigo esa misma mañana, a solas en el refectorio, me dijo que yo tenía toda la traza para ser militar, un suboficial mayor. Fui el segundo en hablar con Julius. O mejor dicho, el segundo de los cuatro escogidos al que Julius le habló del futuro. De lo que conversó con los otros tres, no supe nada. O no quise. Y si alguna vez lo supe, lo olvidé. De los otros tres me he olvidado hasta de sus nombres. En serio. Y en esta historia, como usted sabe, mi destino es el que importa.
Si algo le gustaba hacer a Julius, cuando iba a Puerto Porvenir, era ver películas antiguas en el salón de eventos del club Croata. Cuando él venía al pueblo siempre teníamos un par de films preparados. Y probados. Para el aniversario número 56 de su primer viaje a Tierra del Fuego, como recluta raso, hundido en la sala de máquinas del acorazado Stuttgart, de la Reichmarine, nos hizo un pedido especial. El hombre habló así: En cuanto pude salir del vientre del Stuttgart y contemplar la bahía, aquel verdadero vivac que era Puerto Porvenir en aquel entonces, con el cielo opalino e inmenso de septiembre y las lomas de la llanura hacia el fondo, me enamoré del lugar de inmediato. Fue instantáneo. Eso proclamaba Julius. Amor a primera vista. Entonces, aquel 5 de septiembre −que al fin y al cabo sería el último festejo de aniversario– soltó su deseo tan especial: quería ver la vieja película de José Bohr Adiós al Dresden, hoy lamentablemente desaparecida. La verdad es que la película no era gran cosa. Estaba en mal estado. Filmada en 8 mm. y muda total, sin música. Sin embargo, la película de Bohr, de apenas diecisiete minutos de duración, tenía la gracia de ser un registro in situ, filmado desde el muelle, de la despedida que le brindaran todos los habitantes de Puerto Porvenir −extranjeros y criollos– al famoso crucero SMS Dresden, en el verano de 1915. En la pantalla lograba verse aquella nube de pañuelos agitados al viento y a la tripulación, en la cubierta de la nave de guerra, respondiendo con las manos en alto, lanzando besos. Eran imágenes deslavadas, cortadas, pero que de algún modo contenían el espíritu del propio José Bohr, y de su fiel ayudante Radonich −es de justicia nombrar a Radonich, un eterno anónimo–, quienes trajeron, contra viento y marea, el séptimo arte a la isla. Julius ya había visto el film algunos años antes, pero aquella tarde quiso verlo de nuevo. Dos veces. La pantalla le iluminaba los ojos. El hombre se veía más tranquilo que de costumbre. No tenía aquel gesto enérgico, algo nervioso, que mostró siempre al saludar, o incluso mientras permanecía sentado o de pie frente a la bahía, contemplando el oleaje. Esa vez, en ese comienzo de tarde, Julius era una taza de leche acariciando la cabeza de Stasse, que permanecía a su lado, sentada y quieta. Stasse, hija de Ruske y Moggs (Puyehue), nieta de Harry y Helga (Bavaria), bisnieta de Nuk y Bera (Bavaria). Todavía rememoro aquel verso que repetíamos cuando saludábamos a Satasse, que se sentaba como niña buena y levantaba la pata izquierda. Esa perra era un espectáculo. Parecía que entendía todo. Y vivió mucho. Demasiado. Más que un perro normal. Recuerdo haberla visto con Julius desde que llegó hasta que desapareció de Puerto Porvenir, vale decir, cuando ambos desaparecieron. Algunos pibes repetían ese verso como un estribillo cuando se topaban en la calle con ellos. Creo que el propio Julius les enseñaba ese cantito para Stasse. Una especie de villancico. Entonces él les repartía confites.
Reitero: de todos los aniversarios de la llegada de Julius a Tierra del Fuego, el que recuerdo con toda claridad fue este último. Pero no lo hago porque fuera el último, sino por la forma en que terminó la fiesta: con una escandalera en la vía pública.
Todo iba de maravilla. Exhibición de la película en honor a Julius más otros invitados. Luego un intermedio. Mientras unos atendían a la plana mayor de la isla, en el mismo salón de eventos del club, otros preparábamos el comedor para la cena. Todo debía quedar impecable, elegante y brillando. Pero nosotros éramos los mejores. Un equipo. Un escuadrón. Después el festejado y los invitados salieron a dar un paseo por la bahía para respirar aire puro, para fumar en pipa, para contemplar los cisnes de cuello negro, los flamencos rosados que tanto le gustaban a Julius. En sólo cinco minutos preparamos de nuevo el salón, ahora para el concierto. Trasladamos el piano de cola, a pulso, desde la oficina de reuniones que estaba al final del pasillo. Casi se nos cayó el bendito piano. Y nosotros casi nos morimos. Pero logramos llevarlo intacto hasta el proscenio.
Cuando vi al maestro Ignacio Vera Morel, que en ese tiempo no era el famoso Vera Morel del futuro sino solo una promesa de la música chilena, sentí pena por ese muchacho. De verdad. Tenía dieciocho años, pero aparentaba quince o trece. Flaquito y largo, despeinado, sobándose las garritas para quitarse el frío. Se veía que no estaba hecho para estos climas. Quizás toda su extranjería estaba concentrada en sus zapatos rebajados, con suelitas de cuero. Nos miraba y observaba todo como si estuviera viviendo una pesadilla. O no quisiera creerse que estaba allí, pero estaba. Por Dios que estaba. El club lo trajo. El club le pagaba todo, hasta el frío y el crujir de dientes. Pero logró reponerse. Demostró por qué la prensa le llamaba el sucesor de Claudio Arrau, «el segundo piano de Chile», o más en confianza, «el Nachito de Chile».
Por un momento, el concierto fue un milagro. Creo que esa noche aquel larguirucho, con sus manos y sus deditos blancos como la harina, detuvo el viento. No exagero. De verdad que un minuto antes que comenzara el concierto corría un viento fuerte, típico de septiembre, pero apenas el maestro Vera Morel le arrancó la primera nota a ese viejo piano de la Sociedad Explotadora, paró en seco. Fue al unísono. Aquel muchachito de oro nos regaló a Mozart, Beethoven y Wagner entre los más conocidos. También algo de Liszt, Chopin. Un popurrí celestial, por llamarlo así. Fueron dos horas en que nos mantuvo suspendidos en el aire. Algunos de los asistentes no podían sofrenar sus lágrimas. Lloraban en silencio, estáticos en sus asientos, dejando que las lágrimas les empaparan las mejillas, las pecheras. Antes de comenzar el tercer bis, y rompiendo todas las reglas, el propio Julius se puso de pie y fue a saludarle. Stasse también le ofreció su patita izquierda, en medio de los aplausos. Vargas Morel, sorprendido, quizás desbordado por la escena, dudó unos segundos antes de tomarle la pata a la perra, pero finalmente lo hizo. Al finalizar el concierto, el salón estalló en un aplauso atronador, que sostuvo su potencia por más de cinco minutos.
Fue algo apoteósico. No exagero. Tal como no exagero cuando digo que aquella fiesta de aniversario de Julius –la última– habría sido perfecta, sino fuera por la escenita callejera que se despacharon don Antonio Rothenburg y su mujer, doña Iris Kropp. Sobre todo la señora Kropp. Aquel bochorno público hizo olvidar esas dos horas de belleza pura que Ignacio Vera Morel nos brindara a quienes estuvimos esa noche en el club y más allá todavía, porque el concierto se escuchó en todo el pueblo, tal como más tarde se oirían los gritos, los llantos y los insultos.
La culpa fue del alcohol. Había mucho champán y whisky, mucho coñac, mucho vino, que el propio Rothenburg, sus socios y amigos de toda la vida, don Eliecer Mirtovic y don Felipe Samaniego, trajeron desde la Viña Alcántara del valle de Colchagua; el mejor vino de Chile, reserva limitada, tres diamantes. Mientras estuvieron en el comedor, todo fue por buen carril. El festejado, como digo, se veía de excelente ánimo, en paz, rodeado por quienes conformaban su círculo más íntimo. Su famoso «círculo hermético», a saber: los ya mencionados Rothenburg, Samaniego y Mirtovic, más Lorenzo Tesich y Homero Platt. Ellos, junto a sus respectivas esposas e hijos, eran los únicos que tuteaban a Julius y que, en un ámbito privado, le llamaban Linde.
Todo era brindis y aplausos para Julius, el pianista y los organizadores. Sin embargo, el asunto se puso turbio cuando la fiesta se trasladó de nuevo al salón de eventos, ahora preparado para los bajativos, el largo adiós de la noche. El asunto partió con algunos chistes de subido tono que se despachó la señora Kropp. Primero fueron al voleo. Después los disparaba directo a su marido, don Antonio, que disimulaba como podía y que durante algunos minutos logró escabullirse entre la concurrencia. Pero doña Iris ya estaba en órbita y continuaba, ora lanzando insinuaciones acerca del magro rendimiento sexual de don Antonio, ora insinuándose a ciertos varones y señoritos que no podían esquivarla. Era una bomba de tiempo. Es cierto que la señora tenía fama de ser algo ligera de cascos, en especial cuando su marido se ausentaba de la isla por asuntos de negocio y partía por largas temporadas a El Calafate o Comodoro Rivadavia, pero aquella noche nos dejó a todos helados. Al parecer eligió la ocasión, el último aniversario de Julius, para exhibir por todo el salón sus dotes de femme fatale y de humorista. Como era de esperarse hubo reacciones, principalmente de las mujeres, cuyos maridos e incluso hijos púberes −porque doña Iris no respetó adolescencia ni juventud temprana en sus provocaciones– formaron una especie de muro de contención. De frontera infranqueable. Las señoras estaban en pie de guerra. Aun así, doña Iris Kropp no se arredró. Por el contrario, elevó aún más el tono de su numerito. Ahora les llamaba vacas a las señoras que conformaban el muro. Vacas lecheras. Sin sesos, ni hormonas. Y a los hombrones les llamó impotentes. Les llamó eunucos. Y maricones del culo. Usó aquellos términos en reiteradas ocasiones, hasta que la sangre llegó al río. De pronto comenzó un forcejeo cerca de la puerta. Había varias señoras que querían matar a doña Iris. Gritaban que era una puta. Algunos tipos, e incluso damas, se interponían para que el asunto no pasara a mayores, digamos a un linchamiento. Entonces la confusión y la brega fueron en aumento, hasta convertirse en una turbamulta que se desplazaba desde el salón hacia las puertas del club, para finalmente buscar alcanzar la calle. Como se ha dicho, intervenían mujeres y hombres, pero ahora convertidos en un bolo apretado, en movimiento, donde ya se registraban varias caídas de bruces y de espaldas. Caídas espectaculares. También volcamientos de vasos y botellas que producían sus respectivos estruendos. Esquirlas. Puñetazos. Y arañazos. Este bolo logró dar con la calle, con la costanera y continuar hacia el mar por la explanada de la bahía. Allí prosiguió el escándalo. Hubo más trompadas y gritos. Hubo chillidos que parecían querer remontar las olas, llegar a la llanura. Hubo hasta risitas histéricas, incontrolables, despertando al pueblo en horas del descanso reparador.
Visto así, el asunto iba para una batalla campal en la vía pública, de tal magnitud que una vez terminada solo quedaría contabilizar muertos y heridos. Sin embargo, por algún milagro los espíritus se aquietaron. No me pregunten cómo ni por qué. Sencillamente fue como si el peso del cielo, que a esa hora mostraba sus primeros tonos rojizos y anaranjados de un típico amanecer en Puerto Porvenir, hubiese caído sobre ellos. Todo el peso del firmamento. O algo así. El propio Antonio Rothenburg logró abrirse paso, llegar hasta donde estaba su esposa, en la explanada de la costanera, contenida por dos de sus más fieles –y ahora únicas– amigas, y tomarla del brazo con fuerza para sacarla del área de conflicto. Mientras don Antonio cargaba con ella, la señora gritaba a su marido que se cagaba en papá Rothenburg, en abuelo Rothenburg y en todos los Rothemburg; todos, putos entre putos, cornudos entre cornudos, eunucos entre eunucos. Creo que en ese momento don Antonio −don Roty, como le llamábamos cariñosamente– estuvo a punto de soltarle un sopapo a doña Iris, pero se contuvo. Como sea, por fortuna o por providencia, el caso no pasó a mayores, quiero decir que no hubo trompadas directas, persecuciones ni patadas. Quedó en eso, en empujones, arañazos, puñadas al aire e insultos de grueso calibre.
Nadie esperó que el aniversario concluyera de ese modo. Era de no creerlo. Pero ocurrió. Fue una ruina ante los ojos del propio Julius, que no intervino en la refriega y se limitó a observarla impertérrito desde la puerta del club. Stasse tampoco intervino, permaneció sentada a su lado en posición firme, con cara de querer comérselos a todos. Stasse mostraba los dientes. Junto a ellos, aunque un par de metros más atrás, algo oculto, estaba el pobre de Verita Morel bastante borracho, tambaleando, con una copa en la mano, riéndose solo. También tenía un pucho entre los dedos. Creo que se reía de puro miedo.
Estuve a punto de ajusticiar a Julius.
Un día llegó a mi taller. Andaba sin su perra. Vino a comprar un arco, flechas con punta serrada, un carcaj. Dijo que quería un arco grande para guanaco, con flechas de punta de obsidiana verde. Le mostré tres. Eran los mejores que había fabricado hasta el momento. No era la primera vez que Julius venía a mi taller. Antes ya me había comprado un par de arcos, pero de los pequeños, para ceremonias. Además me había comprado lazos trenzados, de boleadoras, y puntas de obsidiana negra. O sea que Julius y yo nos conocíamos las caras, como se dice. Perfectamente. Esta era la tercera vez que nos veíamos. Fue cuando de verdad pensé en matarlo. De un flechazo. O de dos, si se quiere. Uno, de gracia. Tenía a mano mi arco personal, con astil de coihue, punta de vidrio, timón corto y ancho, para una distancia corta. Sería una muerte por desangramiento, aunque bastante rápida. Él estaba frente al mesón probando la tensión de las cuerdas y yo detrás de él, junto a la puerta. Seis metros exactos. Sabía dónde apuntar, la tensión que precisa una distancia así, el ángulo de tiro. Todo estaba medido. Después de todo, soy un experto con el arco. Soy un auténtico selknam. Pero no me atreví. Debí hacerlo. Sé que debí tirar. Esa tarde debí matar a Julius.
Capítulo IV Barlovento
STALIN SIN BIGOTE NO ERA STALIN. Gromiko sin bigote tampoco era Gromiko. Perdía autoridad. Eso pensé en cuanto lo vi. Durante dos o tres días, mientras nos preparábamos para la campaña de reclutamiento, continué pegado con la imagen de un Gromiko antiguo. Un verdadero bolchevique, con un gran bigote. De un rostro duro como el tungsteno. Perduraba en mi cabeza aquella imagen que tenía de él, que se sobreponía al Gromiko lampiño y avejentado que ahora tenía delante. No podía evitarlo, aunque quisiera. O debiera. Parecerá una locura, pero luchaba por aferrarme a la realidad objetiva, es decir, la imagen real del jefe bolchevique. No obstante aquella otra imagen, idealizada e imposible, estaba en mi cabeza desde antes del Golpe. Era un rostro que surgía del pozo de los recuerdos, de aguas siempre vivas, de aquellas reuniones de propaganda callejera del Partido, de los afiches pegados en los muros, en las ventanas de las casas de los bolches, durante la inolvidable campaña parlamentaria de comienzos del ’73. Partido Comunista, 18%. Histórico.
Esta contienda de imágenes ocurría en el centro de mi atribulada mollera.
Pero con el paso del tiempo –en este caso, tal vez un par de horas– superé aquella trampa de mi imaginación. O mejor dicho, el nuevo Gromiko se impuso con total propiedad. Digamos que el Gromiko real prevaleció por sobre la ensoñación. No podía ser de otra manera. Aunque debo agregar que a este propósito contribuyó que el jefe bolchevique, a pesar del deterioro de los años, mantuviera aquel tono de voz grave, aquel acento proletario, educado en la escuela de Lenin, bajo la estrella de octubre.
–¿Cuánto hay hasta Puerto Nuevo? –preguntó Gromiko mirando el mapa.
–Una hora, una hora quince –respondió Pedrito indicando el lugar, en la hoja, con un dedo que parecía más grueso de lo habitual y aún más torcido en su punta.
No obstante, rápidamente el Duende retiró su tenaza. Quizás sintió vergüenza de su dedo descomunal. Puede ser.
–Aquí está Puerto Nuevo. Y aquí el lago Vergara –agregó Gromiko.
–Sí, Vergara –asintió el Duende.
–Aquí, en lago Vergara, había un buen militante. Uno realmente bueno. Creo que se llamaba Dobson –dijo el jefe bolchevique, con su diestra empuñada sobre la hoja. Miraba a Pedrito, que a su vez miraba el mapa.
–Sí. Todavía está ahí, en el área. En alguna parte. Es un campo grande. Ocho mil quinientas hectáreas −afirmó Pedrito demorando la palabra quinientas, y demorando todavía más la palabra hectáreas, como si estuviese haciendo un cálculo o fijando un precio.
Al hablar les salía un vapor espeso. Una nube. Yo no habría la boca, solo respiraba. Por un instante me distraje con los hilos de vapor que soltaba por la nariz, como si estuviese fumando. Entonces me dieron ganas de fumar de verdad, pero no lo hice. A Gromiko no le gustaba que fumaran en una habitación cerrada. Los tres estábamos sentados en torno a la mesa. Gromiko estaba sentado en la cama. Sobre la mesa −que intentábamos no tocar para no desarmarla– se extendía el mapa del tesoro: una fotocopia del mapa político de Tierra del Fuego, del Instituto Geográfico Militar. Olvidémonos del lago Vergara y de Onaisín por ahora, planteó Gromiko. Vamos a Cameron, ordenó indicando el punto. Vamos directo, soltó, aunque esta vez reiterando el trayecto tres veces. Era un trazado corto y rápido que describía Bahía Inútil. Hasta entonces, para mí, todo el famoso trayecto eran nombres de lugares, puntitos negros en una fotocopia y la letra equis hecha a la rápida en cuatro ocasiones.
Hacía un frío criogénico en la habitación. Pero mi corazón ardía. Lo digo en serio. Doy un solo ejemplo: cuando Gromiko, o más bien el dedo índice de Gromiko, recorría el mapa o señalaba un punto X en él, yo pensaba, en ese mismísimo instante, que esa mano proleta, ahora blanca, casi traslúcida, aunque todavía algo gruesa, algo tosca, había estrechado la diestra de Erich Hoenecker, de Ceascescu, del camarada Breznev, del camarada Andropov. Por ende, mi cabeza volaba lejos. Pónganse en mi caso. Es cierto que era por algunos segundos. Por una fracción, que se me antojaba crucial. Como diría Octavio Paz: «Quieto en el aire; no en el aire, en el instante: el colibrí». En ese rango. Sé que eran chispazos, pero mi cabeza salía disparada por la ventana. Y yo no juego con la imagen de un disparo. Nunca. Luego mi testa regresaba. Era la fantasía que encendía mi ánimo en mitad del frío, a las 5:40 de la madrugada. Tú sabes, decía Gromiko cada tanto a Pedrito. El Duende asentía. Sonreía entre dientes. Sonreía entre las espadas del futuro. Tú sabes. Tú sabes. Pedrito sería el guía de la campaña. Era nuestro geógrafo. Nuestra brújula. El Duende conocía la isla como nadie; desde Almirantazgo hasta Dúngenes, pasando por los contornos y hondonadas de Altos del Boquerón, de Carmen Silva; cursos completos de ríos, riachuelos, arroyos. Por los contrafuertes de la selva fría. La tundra. Y sobre todo, por la inmensa llanura. Su punto fuerte.
Pronto estaríamos en la hora cero. Y daríamos inicio, oficialmente, a la campaña de reclutamiento «Tierra del Fuego ’84», con todas sus letras.
Confío en Pedrito. En su instinto de rastreador. En sus binoculares Vintage para detectar al enemigo de lejos. Confío en Gromiko, y junto a su nombre garabateo una estrella. Confío en mí, en mi valentía, a pesar de que hasta ahora solo he puesto cojones sobre un mapa. Confío en mis piernas y en mis agallas, mucho más que en mi destino de poeta, aunque este factor −la porfiada escritura de poesía– también lo he sumado al arsenal. Pienso llevar un diario de campaña en una pequeña libreta Torre que me regaló Marcela. En él haré un registro riguroso de acontecimientos, detalles, determinaciones y rutas. Pero también contendrá en las orillas, en los reversos, señales o ideas para poemas futuros. Quizás algunos títulos. Algunos finales. O primeras líneas, o versos de arranque.
Escribiré mi diario con una letra pequeña, aún más pequeña y apretada que ésta. Será un enjambre. Es probable que solamente sea legible para mí. O para un criptógrafo. Tendrá muchas abreviaturas. Usaré letra de imprenta.
*
Puerto Porvenir, cabo Boquerón y cabo Esperanza, en camioneta. Una C-10 blanca. Después Puerto Nuevo. Luego Onaisín. Ojalá pasado Onaisín. Pasada la ladera sur, la más escarpada y alta de la sierra Carmen Silva. Lo más cerca posible de Cameron, como quien dice a la altura del río Japón, del otro lado de la sierra. Que Gromiko vaya en la cabina, bien sentadito. Que cuide sus piernas, porque siente unas punzadas como de broca cuando camina. Es en los gemelos. De igual modo, punciones en las rodillas, y cerca de la cadera, aunque no tan agudas. Eso ha declarado Gromiko. Hasta ahora creo que ha hablado más de sus piernas que de la Revolución. Pero a mí no me engaña el gran jefe bolchevique. Gromiko exagera la nota con eso de sus piernas. En realidad quiere ahorrarse los barquinazos que Santiaguito y yo nos daremos en la camada. Es mucho menos proletario viajar en la cabina, camarada. Sí. Además, ahí dentro se ahorrará el puto viento que corre por toda la bahía, que choca contra la sierra y que luego se devuelve, con más potencia. Pero yo no le temo al viento. Nací aquí, en la isla. Sé que alguien podría pensar que me acostumbré al solcito de Panamá. A la brisita caliente de Panamá, que cerca del mar parece un visillo que te envuelve la cara. Un visillo fresco, como de menta o eucalipto. Las playitas de Isla del Rey. De Contadora. Arena que parece azúcar flor. Que parece polvo enamorado. Y si fuera así, ¿qué? ¿Quién no se acomoda en el Paraíso? Entonces sí. Me ablandé, compañeros. Pongamos que sí. ¿Y qué con eso? Como sea, el viento será para el Poeta y para mí. Somos nosotros quienes iremos en esa puta camada. Los riñones los ponemos nosotros. Es una lástima, pero con los saltos que dará la camioneta, Santiago no podrá escribir mucho en su diario de guerra. El camino es canalla.
Antes del Golpe había una célula en Cameron.
Eran doce o trece militantes. El 1 era Ramón. Y el 2 era su primo Luis, el orgánico. Hasta ahí me acuerdo. Vine una sola vez, para el paro de los camioneros, el ’72. Ahora deben estar sumergidos. O algunos se habrán ido a la Argentina, a otras estancias. Según Gastón, el viejo Ramón murió hace algunos años. Debe ser así, porque ese viejo era una reliquia. Era de los tiempos de la Federación Obrera. Veremos qué queda de esa célula. Tendremos que cazar nuevos reclutas. De eso se trata. Esto es una cacería, camaradas. La pesca milagrosa. En la retaguardia estará Gastón. Luego llegará Marcela, la compañera de Santiago. Ella no es militante, tan solo simpatizante, pero confío en el buen ojo de Santiaguito. En verdad confío en Santiago, aunque todavía esté a prueba. Y aún no la pasa. Sin embargo, el muchacho es de buena madera. Tiene linaje, como quien diría. Su abuelo Santiago reclutó al compañero Donoso y el compañero Donoso me reclutó a mí, en tiempos de González Videla. Así fue nuestro cuento. Pero eso queda para la historia. Ahora, ¿me preguntan por Pedrito? Bolchevique. Punto aparte.
K-125, dijo Pedrito cerrando la frase. Fue la primera vez que oí hablar del K-125. O al menos eso juraba. Más tarde supe que no, porque el propio Pedrito en la llanura, tras nuestra huida de Cameron, me aseguró que le preguntó a Gromiko por el asunto del submarino, en cuanto estuvo a mano, en la pensión de calle Bohr. Fue de una cama a otra, a dos metros de distancia. También aseguró que yo estaba ahí, con ellos. Tú estabas en la habitación, Poeta. Tú me escuchaste. Aunque, para ser bien legal, no recuerdo que el Duende haya preguntado a Gromiko por el K-125. Creo que me habría acordado. No todos los días alguien habla de un submarino atómico, en el estrecho de Magallanes, en misión de rescate. De verdad que no rememoro una palabra de aquello, a pesar de haberme propuesto −eso sí que recuerdo– permanecer atento al máximo, registrar cada momento con Gromiko desde el primer minuto. Empero no niego de plano que pueda haber caído en alguna «laguna», como suelo llamar a mis breves pérdidas de conciencia. A decir verdad, son lagunajos. Puede ser. Sí. Quizás fue un lapsus de esa índole: una crisis de ausencia, producto de la maldita epilepsia que me pela los cables, desde niño. Por tanto, debo creerle a Pedrito. A pie juntillas, como hacen los fieles.
Conclusión: el tema del K-125 estuvo sobre la mesa ya en los albores de la campaña.
Gromiko cortó la charla de raíz. Mano en alto, movimiento de cabeza y cejas arqueadas para que el Duende, que sin duda esperaba ir por más, alcanzara apenas a repetir la letra K en solitario, ahogando el famoso número en su guargüero. Enseguida cerró la boca y sonrió mudo al vacío. Al aire.
El corte abrupto que Gromiko dio al asunto fue por mi causa. Estoy seguro de ello. El jefe bolchevique consideró que hablar del submarino atómico, vale decir de un plan ultrasecreto engendrado en las altas esferas −Politburó– no era apropiado para los oídos de un komsomol que todavía daba examen, como yo. De modo que cambió de historia y de época. Pidió a Pedrito que le informara acerca de los agentes de Puerto Porvenir, a quienes llamó pesquisas:
–¿Qué hay con los pesquisas, compañero? ¿Activos o durmientes?
–Activos. O mitad activos.
–Entonces, vamos por orden. Primero con Torres. Luego con Solorza. Es el turno de los chanchos.
En esta parte Gromiko usó el tono de voz más firme de toda la campaña. Era como si su garganta recuperara de pronto, en toda su magnitud, la templanza proletaria de cincuenta años de lucha. Por lo menos, así la escuché. Era una voz hecha de acero puro. Pedrito repitió, casi palabra por palabra, lo dicho por Gastón, que a su vez recogía los rumores y habladurías que todo el pueblo echaba a correr desde las ventanas, las puertas y las paredes, con radares y con orejas. Claro que Pedrito no se sumó al jefe en eso de llamar pesquisas a Torres y Solorza, a quienes siempre tildó de sapos, como todo el mundo.
El compañero Gastón se las había ingeniado para sonsacar algo de información acerca del parcito de la fortuna, entre algunos habitantes de su vecindario: calles Candelaria, San Rafael, Misiones, Elcano, avenida Dresden. Aquel cuadrante era su primer anillo de seguridad. Así le llamaba. En este arete incluía a El Encanto, aquel legendario quilombo de calle Misiones, frente al cementerio. El compañero sumaba a las asiladas, en la causa. A todas. No por nada eran las putas de la muerte, y del beso ruso, y del guanaco blanco. Eran la máscara roja.
Sapo o Pesquisa 1: Eduardo Torres, 39 años. En la actualidad, un desastre. La prueba más palpable de su decadencia personal es su aspecto derrengado: panzón, fofo y mal afeitado. Torres aparenta cincuenta años. O más. Fuma cuarenta cigarrillos diarios. Bebe desde piña colada hasta whisky. Ahora, un apretado historial. Nacido en El Olívar, ocho kilómetros al sur de Rancagua. Pasó su infancia, si se puede llamar así, cosechando poroto, maíz y tomate, en el fundo de Fernando Contesse, a orillas del río Cachapoal, que en lengua aborigen significa río loco; quizás el lugar favorito de los suicidas de toda la provincia de O’Higgins y que durante las crecidas de primavera arrasaba con todo a su paso, de un margen al otro, sin ninguna lógica. Torres se metió a milico porque no tenía otra opción. Era meterse a milico o terminar sus días, o por lo menos su vida útil, encaramado sobre unos fardos de alfalfa en un coloso triste, tirado por un tractor, a diez kilómetros por hora, por caminos de tierra, soportando 38º a la sombra. Sin embargo Torres, contra todo pronóstico, agradecía el haber sido un niño campesino y haberse criado en un pueblucho. Cuando decía pueblucho no lo hacía con la intención del común de la gente, sino con cariño, hasta con amor. Según Torres, fue esta condición pueblerina la que marcó su destino de milico y también de agente secreto. Los pueblos chicos siempre estuvieron en su horizonte. Después de licenciarse, con el grado de sargento segundo, y vivir a concho la etapa que llamaba edad de oro en el regimiento Buin, y más tarde en el regimiento Peldehue. Estaba joven. Era un buen milico. Luego llegó el famoso ’73. Durante el primer tiempo del Golpe, donde no disparó un solo tiro, montó guardias de ocho horas continuas, durante tres meses, en caminos y carreteras fantasmas. Ni un solo guerrillero. Finalmente fue destinado a San Fabián de Alico, aunque ahora sí ya convertido en todo un sapo −palabra que Torres odiaba–, integrante del SIM. En San Fabián de Alico, hasta el 11 de septiembre, había tres comunistas activos y un mirista minusválido. Todo el resto –una docena de individuos– era simpatizante o ayudista del Partido Comunista o del Partido Socialista. El 1 de los rojos era una mujer que el mismo 11 se había largado a Santiago, para resistir el Golpe en un cordón industrial, en el sector suroriente de la capital. El destino de Zulema Rodríguez −así se llamaba el 1– es desconocido a la fecha. El 2 era un ejecutado político. Se llamaba Rubén Daroch. Era químico-farmacéutico. Y el 3 era un viejo militante de 83 años, languideciendo en San Fabián. Además, el anciano sufría del mal de Parkinson. Fin de la historia, por el momento. Luego para Eduardo Torres vendrían comisiones en Collipulli, Chañaral, Calbuco, Gorbea, Rengo y Cartagena. En realidad, más que sapo parecía vendedor viajero, según él. Finalmente recaló en Puerto Porvenir. De aquí no se había movido por años. Son órdenes «de arriba». Sin novedad en el frente, como quien dice, aunque aquí sí que había comunistas y socialistas. Pero ahora no hay ninguno. Cero. Todos están camuflados, fundidos con el paisaje. O quizás estén hundidos en sus madrigueras como pinches coruros, repite una y otra vez el sapo Torres cuando se emborracha. Les llama así a los comunistas invisibles, coruros. Él patentó ese mote. Es uno de sus mayores orgullos después de su paso por el regimiento Buin, del cual queda una fotografía como mudo testimonio, donde aparece un muchacho de unos 25 años, vestido con uniforme de gala, en posición firme, frente a las torretas de ladrillo y cal del recinto. Torres fue el primero que les llamó coruros a los rojos. Y aquel nombre se ha extendido por Puerto Porvenir. Dice que lo ha oído en otras bocas. Y que se lo ocurrió a él, nada menos, llamarlos así y no comunachos, rojos, bolches, ratas, ratones, rabanitos. Coruros suena bien. Pero el caso es que no queda un solo coruro que asome la cabeza en el pueblo, en toda la isla. Tal vez desaparecieron en el pasaje Esteban Capkovic. Puede que sí. Allí se los faenó la Viuda Negra, bromea Torres. Como sea, aquí no tiene pega, aunque cada treinta días cobra su sueldo. Solo debe cuidarse del frío, del trago. También del pucho. Y del cordero, del capón. Bajar la presión arterial, porque la tiene por las nubes. Cambiar urgente de hábitos. Conclusión: Torres es un desastre. Es un borracho perdido. Un incompetente. Pero sigue siendo un hijo de puta. De cuidado.
Sapo o Pesquisa 2: Ernesto Solorza, 28 años. Oriundo de Santiago, sector oriente, aunque en realidad nació en Pirque, pero se trasladó a la capital, junto a sus padres, cuando era un lactante. Se hizo milico por vocación. Eso afirma. De esta vocación militar no tiene antecedentes familiares. Hasta donde sabe, es el primer soldado de la familia. Fue un recluta de calificaciones excelentes. Luego se le contrató. Fue un buen clase. Quizás el mejor de su guarnición. Era respetado y sobre todo querido por sus conscriptos. El Golpe de Estado lo sorprendió con el grado de subteniente en el regimiento Peldehue. Asegura haber formado parte de un par de misiones de bajo calibre, en operaciones rastrillo en el litoral central, y que después de algunas semanas en terreno, la unidad de caballería motorizada que integraba terminó con las manos vacías. Más bien, se trató de operaciones de movimiento y ocupación. Una especie de ejercicios de coordinación y comunicaciones. Ahora bien, si acaso el hecho de haber pertenecido a la dotación del regimiento Peldehue, al igual que su colega Torres, podría tomarse como una coincidencia increíble, el haber estado de imaginaria de castigo −la única que sufrió en su carrera y no por su culpa, sino por cubrir a otro clase– la misma noche en que Torres ingresó al Peldehue resulta, simplemente, legendaria. De mito y leyenda. Pero así fue. Da que pensar aquella coincidencia. Sin duda que hay un orden invisible en todo esto. No obstante, la guardia de castigo que cumplía esa noche, lo retrata de pies a cabeza. Y es bueno extenderse en esto. Solorza aceptó la culpa de haber robado, junto a otro clase y un conscripto, medio vacuno de la bodega de abastecimiento de la unidad. Pero no delató a sus cómplices. Reconoció el hecho y el número de participantes directos, de los cuales solo él fue sorprendido in fraganti. Además, sumó su autoría intelectual en el hecho. No hizo mención alguna del teniente Rubín, quien fuera el cerebro del atraco, por cuanto estaba de cumpleaños aquella noche y quería celebrarlo como Dios manda. La boca de Solorza fue un candado. Un misterio insondable. Así era Solorza. Tenía códigos de silencio, de honor. Y los cumplía, aun cuando esto significara un sacrificio personal. De seguro que fue este incidente menor pero significativo, entre otros hechos del azar, el que convenció al alto mando para convertirlo en un agente de seguridad; en otras palabras, en un sapo. Otra cadena de sucesos desafortunados en los que Solorza nuevamente actuó de acuerdo a su sentido del honor y de la lealtad, que para algunos oficiales era a todas luces sobredimensionado por éste, le llevaron a recalar, a modo de castigo o degradación militar, en Puerto Porvenir. Ningún agente de seguridad o policía secreto que se preciara de tal podría sentirse orgulloso de operar en Puerto Porvenir, en el último rincón de la tierra. Parece un chiste. Sin embargo nuestro Ernesto Solorza lleva aquí dieciocho meses. Aquí, en Alcatraz, como él mismo suele llamar, en ocasiones, a Puerto Porvenir y a toda Tierra del Fuego. Pero a pesar de la adversidad, Solorza se ha mantenido en pie. Su colega Torres no ha logrado corromper sus códigos. Tal vez ahora se permite un poco de trago y algo de putas, pero por estrictas razones de salud mental, es decir, para no enloquecer con el clima y el paisaje, para no terminar imitando a los cisnes y flamencos de la bahía siguiéndoles el vuelo, o lo que sería peor, tirándose a las ovejas como los puesteros. Solo un poco de desahogo, en bajas dosis, para mantener la cabeza en su sitio. Lo demás es cumplir con las órdenes. Mantenerse como un tipo educado, condescendiente y al mismo tiempo riguroso con el escalafón. Aquel es el leitmotiv de Solorza. El hombre sabe que muchos en Puerto Porvenir lo ven como un pendejo. Como un poquita cosa. Le miran por sobre el hombro por sus modales y por su apariencia: flaquito, de cuello largo y con manos de porcelana. Un pichón que siempre está con frío. Pero se equivocan medio a medio. El hombre está entero. Se aferra y refugia en sus principios éticos, en su estatura física que siempre lo ha distinguido −1,83–, y en el resto de juventud que todavía le queda.
*
Entregué la ficha de Marcela a Gromiko. Procedencia, disposición, grado de conocimiento de la campaña. Traté de responder con el mismo tono que empleaba el jefe bolchevique. Confianza en ella, cien por cien. Seguridad cien por cien. Sin titubeos. Creo haber hecho un buen trabajo, porque Gromiko asentía con un rostro limpio de dudas. El jefe se veía hasta contento. Imagino que mi cara también estaba limpia de dudas. Ambos nos mirábamos en un espejo o algo así. Solo cuando preguntó por qué Marcela no militaba en el Parido resbalé, mordisqué y tragué saliva, pero por fortuna Gromiko dejó pasar mi agachada y cambió de tema. ¿Así que Marcela es poeta?, insistió. Sí, respondí. Como Neruda, como Maiakovski, agregó sonriendo y con una mirada radiográfica. O que yo sentí como radiográfica. Hecho al que no le di mayor importancia, porque habíamos entrado en terrenos fértiles. La verdad es que me golpeó al mencionar a Vladimiro. No lo esperaba. Sí, como Maiakovski, respondí quizás balbuceante. Pensé en agregar como Esenin, como Blok, como Evtuchenko, como Pushkin, ¡quién podría olvidar a Pushkin en el minuto de barajar nombres señeros! De combinar. De pintar un aguafuerte. Pero callé. No dije ni pío. ¿Y tú también eres poeta?, preguntó cortando el aire con su voz proleta, curtida. Sí, también lo soy, compañero, contesté soltando un risita por lo bajo. En pajarístico.
Darmowy fragment się skończył.