Czytaj książkę: «Quédate conmigo»

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Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-107-9

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Dedicado a

todos aquellos que han estado conmigo,

dándome su apoyo y animándome a seguir.

A todos mis lectores, amigos y familiares.

Y a ti, que ahora estás leyendo.

Ann

Sueños incondicionales

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Oscuridad… Luego…, una luz.

—¿Qué es lo último que sentiste?

—Odio.

—¿Qué sientes ahora?

—Nada.

—Has estado durmiendo… mucho tiempo, Ann.

—Lo sé… y si pudiese elegir, me habría quedado.

—¿Por qué?

—Porque allí soy feliz.

—Pero no es real.

—¿Acaso eso importa? No quiero volver…

d

La luz alumbraba toda la estancia, mientras los rayos entraban por la ventana, bañándolo todo con su calidez. Ann despertó como siempre, con la caricia del sol en su rostro y con su único amor al lado de ella, el cual ya la observaba dulcemente. Ann amaba su vida tal y como la tenía. Sin embargo, cada vez eran más frecuentes los extraños sueños que la desvelaban. Él la miraba con ternura, mientras le retiraba los cabellos del rostro.

—Buenos días, princesa —susurró el muchacho moreno al lado de la joven.

Ella sonrió cariñosamente mientras le susurraba un «buenos días», depositando un beso en el rostro del chico. Era el día perfecto para tomar el desayuno y bajar a hacer una pequeña excursión por la zona a la que recién habían llegado ambos jóvenes, para disfrutar de unas amplias y merecidas vacaciones juntos, lejos de todo el mundo, lejos de la vida que conocían, donde por unos meses podrían ser una pareja totalmente normal, sin ocultar su amor. Allí podían ser felices por primera vez en mucho tiempo. Ann había terminado sus estudios recientemente. Al año siguiente entraría en su segunda carrera, la cual la lanzaría definitivamente al mundo laboral; al menos así lo esperaba.

Él, por el contrario, ya tenía su carrera y su trabajo, gracias al cual habían podido permitirse la gran mayoría de los gastos de ese viaje. Si bien era cierto que a Ann no le gustaba que se tomaran tantas molestias por ella, agradecía el regalo de su novio y aceptó en su día la proposición a ese viaje encantada y deseándolo desde que él se lo había propuesto.

El joven preparaba el desayuno mientras Ann se terminaba de arreglar. Ella casi nunca se maquillaba, pero había cogido el hábito de arreglarse más a menudo gracias a su nueva pareja o, mejor dicho, a su primera y única pareja. No se imaginaba una vida mejor que la que había conseguido en el último año de su relación. Era feliz, lo tenía todo y quería que eso continuase siendo así mucho más tiempo.

Divagando en sus pensamientos Ann se miró al espejo nuevamente, luciendo su hermoso rostro y su rubia y larga melena recogida en una coleta alta. Sin embargo, al mirarse al espejo Ann no se vio reflejada como debía de estar ese día. Se veía pálida, con el pelo corto y con vías en la cara, saliendo de su nariz, tal y como había estado cuando tuvo su accidente.

Esta imagen en el espejo provocó que la chica se retirase hacia atrás golpeándose con el lavabo y tirando la mitad de los utensilios que se encontraban sobre la encimera. Instintivamente, su novio apareció por la puerta para encontrarse con una Ann de rodillas en el suelo con las manos tapándose la cara y totalmente asustada.

—Ann, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó el joven mientras se acercaba a ella agarrándola por los hombros y haciendo que ella le mirase. Ann se abrazó al chico con fuerza, mientras comenzaba a llorar.

El día de su accidente la joven había perdido su vida anterior, la cual había desembocado en la que tenía ahora. Pero recordar aquel terrible suceso aún le causaba un daño que tardaría mucho en desaparecer.

Después de un par de minutos Ann parecía haberse calmado, mientras tomaba su desayuno, recuperaba las fuerzas, y la alegría característica suya. En poco tiempo ya se encontraba junto a su novio, recorriendo las calles de la hermosa ciudad a la que habían ido.

Los parques exaltaban por su exuberante naturaleza, por los alegres niños que los recorrían, sonrientes y alegres mientras jugaban con sus padres, mientras eran felices. Los coches circulaban con normalidad y los escaparates lucían brillantes ocultando numerosas joyas y vestidos. Tras atravesar la ciudad, se encontraron frente a un inmenso parque totalmente verde, donde el aire se respiraba puramente, el cual las personas visitaban para quedarse allí relajados, mientras dejaban que la brisa del mar les acariciase el rostro.

Ann no había visto nunca el mar, no había contemplado la belleza de este cuando el sol cae en la tarde o cuando emerge de las aguas en el hermoso amanecer que se repetía cada día. Tantas veces le habían contado lo precioso y hermoso que era, que tenía miedo de que aquello no fuese como ella se lo imaginaba.

Habían recorrido gran parte de la ciudad cuando se sentaron a la sombra de un árbol en aquel inmenso parque. El olor a agua salada llegaba desde la lejanía, pero Ann no podía ver el mar aún.

—Qué agradable es este sitio —dijo mientras exhalaba por la nariz y se apoyaba en el tronco del árbol, él aún la miraba. Ann le invitó a que se sentase a su lado, lo cual el joven hizo encantado. Aprovechó que su novio estaba junto a ella para tumbarse y apoyar su cabeza en el regazo de él, mientras le miraba a los ojos, esos ojos en los que ella tenía la costumbre de perderse.

Ann se quedó allí relajada mientras dejaba que él la acariciase el pelo y le retirase los mechones del rostro. Posó la mano en la mejilla del chico y susurró dos palabras que ese día aún no le había dicho. Él sonrió y le devolvió aquellas palabras mientras atraía su cabeza hacia la de él, para besarla como solía hacer, lenta y dulcemente.

Al poco rato de estar allí, Ann se durmió ligeramente, deseando que llegase ya el atardecer, para poder seguir explorando la ciudad, pero deseando quedarse allí para siempre, al lado de la persona que más quería.

d

—¿Por qué no vuelves, Ann?

Ann corría sin descanso y sin encontrar la salida del lugar en el que se encontraba, estaba todo blanco, no había nada más. Estaba vestida también de blanco. Sin embargo, cada vez que corría comenzaba a cansarse más de lo normal, mientras notaba como sus pies parecían hundirse. Al mirar al suelo no había nada, simplemente blanco, allá donde mirase. Una voz susurrante en su cabeza que repetía continuamente lo mismo.

—¿Por qué no vuelves, Ann?

—¿Volver a dónde? —preguntaba ella continuamente, pero la voz no contestaba, simplemente se repetía nuevamente.

Ann perdió la cuenta del tiempo que había estado corriendo, simplemente seguía haciéndolo, pues no era capaz de parar por mucho que le doliesen los pies. Al final consiguió divisar algo al fondo del camino, una figura que pronto se hizo más visible. Gritó el nombre de esa figura, lo intentó, pero a pesar de que sus labios se movían, ningún sonido era capaz de salir de su garganta. Sabía, o por lo menos creía saber, el nombre de aquella figura; era él, pero las palabras no salían de su garganta, hasta que definitivamente aquella persona se convirtió en una figura borrosa que tiñó todo de negro, sumergiéndola en un vacío del que despertó con el cálido susurro de alguien que la llamaba.

d

El atardecer había caído y, después de un par de horas allí a la sombra, él por fin la había despertado con aquellas dulces palabras. Desperezándose, Ann se puso en pie mientras dejaba que él la agarrase la mano para continuar con aquel paseo que desembocó en una pista de hielo, la más grande de la ciudad, donde Ann entró emocionada.

La joven adoraba el deporte, le encantaba el patinaje sobre hielo. A él no tanto, siempre le había gustado otro tipo de deporte. Sin embargo, le gustaba ver una sonrisa siempre en el rostro de Ann.

Tras colocarse los patines, ajustarlos y observar que no le hacían daño, ambos se adentraron en la pista, mientras él se quedaba detrás de ella. El primer golpe vino nada más entrar, dada la falta de hielo en los patines era normal. No obstante, ella ya sabía controlar aquellos momentos, por lo que simplemente necesitó agarrase a él para no caer.

Una vez en aquella masa maciza de hielo Ann lo miró, ofreciéndole una amplia sonrisa mientras clavaba las cuchillas en el hielo para poder tener una mayor sujeción. Una vez completo el proceso, solo quedó lanzarse a patinar y disfrutar de aquellas sensaciones que le reportaban tanta alegría y, en cierto modo, tanto placer y relajación.

Ann siempre había sido alocada, siempre se dejaba llevar por los impulsos. Eso hacía de ella la chica de la que se habían enamorado en más de una ocasión. Por otra parte, su novio era más relajado, siempre le gustaba mantener las cosas bajo control, algo que en cierto modo complementaba mucho aquella relación de pareja.

Él la observaba desde fuera de la pista mientras la veía grácil y elegante, ciertamente frágil por su figura delgada. La cabellera le caía hasta la cintura, recogida aquella vez en una trenza, su piel blanca se confundía con la nieve y el hielo de la pista. Aquellos ojos, los ojos de los que él se había enamorado, lucían llameantes de alegría por poder estar allí a su lado.

Ann soñaba mientras patinaba, viajando a otros mundos donde ella era una gran estrella de aquel deporte. Su mente siempre le hacía soñar, pero últimamente todos aquellos sueños terminaban con la visión más horrible de su vida, el accidente que la dejó sin familia, el accidente del cual casi no sale viva.

La visión que le provocó su mente vino acompañada de las mismas palabras de siempre;

—¿Por qué no vuelves, Ann?

Despertó, justo antes de precipitarse contra el muro que separaba la pista de hielo del suelo normal. Justo antes, para poder frenar y caer hacia atrás sobre la dura capa de hielo helada. Ann respiró agitadamente mientras se ponía en pie, ayudándose del muro, mientras observaba cómo él se acercaba a ella. Hizo una señal para que él supiera que se encontraba bien y disimulando de aquella forma tan propia suya, continuó patinando mientras se acercaba para ofrecerle una sonrisa. Tan solo un pequeño resbalón, algo que hizo reír a ambos, ya que, pese a todo, siempre había sido una chica que se tropezaba y caía fácilmente.

La tarde siguió su curso normal, hasta que Ann decidió que aquello ya le aburría, mientras volvían a la habitación de hotel que ambos tenían. Allí, desde lo alto de la terraza, Ann observó las estrellas, el horizonte mientras los últimos rayos del sol se ocultaban. Observó lo que sería el mar en la lejanía… Lo observó con la misma sensación de siempre; aquella que le indicaba que, por muy cerca que estuviese, el mar sería algo que no conocería, algo que siempre se alejaría de ella…

Bruce

A quien conocí una vez

Él seguía esperando, siempre a punto. No faltaba nunca, no fallaba nunca. Siempre estaría allí para ella, incluso cuando ella no lo estaba. Se odia, odiaba que le hubiese pasado aquello a ella, después de todo lo que le habían hecho, después del dolor que ya había sufrido tras terminar con aquella pesadilla de años… Él había estado allí siempre, creía haber estado allí siempre para ella, pero, al fin y al cabo, no había sido suficiente.

Día tras día, iba allí, a la habitación, se sentaba y esperaba a que ella abriese los ojos alguna vez. A veces se dormía y recordaba el día en el que se conocieron, un viento helado, un chocolate caliente, una sonrisa tan cálida y un rostro tan hermoso que no pasó desapercibido para él. Lo supo, pese a las dificultades; supo que se había enamorado de ella y esperó que pronto ella pudiese corresponderle.

Todo empezó aquel día en el que ella le ofreció una sonrisa, en el que él la invitó a tomar algo tras una película que ambos recordarían siempre con cariño. Ella era joven, él un poco mayor; bueno, siete años mayor. Ella aún estaba aprendiendo a vivir, él ya tenía algo más claras las ideas. Entre tantos recuerdos, había uno que bailaba libremente por su mente. Estando allí, observándola inerte, tomó su mano. Parecía dormida, parecía simplemente dormida. Allí sentado recordaba una vez más aquel día… Un día que en el fondo no pertenecía a la persona que se encontraba sujetando su mano sino a aquella que había sido mayor en edad.

d

El atronador sonido de los gritos de las personas inundaba la plaza de aquellos inmensos cines. La gente gritaba, todos se agolpaban tras las vallas, todos esperaban la llegada de él. Un joven que se había ganado su fama gracias a su esfuerzo, gracias a su trabajo.

No era de extrañar todas las personas que se reunieron allí, alrededor de las vallas, esperando su llegada, su visita y sus fotos. Muchas habían llevado sus libros, otros las fotos para que él pudiese firmarlas, pero había una joven entre todos que se encontraba allí por el mero hecho de acompañar a su mejor amiga.

La chica desconocía quién era aquel joven que venía desde lejos a promocionar aquella película que tarde o temprano ella también vería. Su amiga estaba realmente nerviosa, tanto que estuvo a punto de desmayarse cuando él apareció por la enorme alfombra que habían situado allí, separándolas por unas vallas que se clavaban en su pecho dada la presión que ejercía la gente desde detrás de ella.

Agobiada, la joven salió de allí, mientras su amiga gritaba histérica en busca del actor que ya había llegado. Tras conseguir salir finalmente de toda aquella masa de gente, pudo respirar un poco de aire limpio. Sin embargo, la gente aún seguía agolpándose, empujando y pasando apresuradamente. Tanto que el empujón la hizo caer hacia delante, precipitándose contra la espalda de un desconocido que parecía estar tan desconcertado como ella.

—Disculpe la torpeza… —susurró la joven. Sin embargo, no pudo terminar de hablar. El chico que tenía delante había atrapado su mirada por completo. Esos ojos, oscuros como el mismo cielo, la hundieron en una enorme profundidad, tal que las palabras se quedaron atrapadas en su garganta sin poder deslizarse más allá de la misma.

—¿Estás bien? —dijo aquella voz sacándola del sueño en el que se había sumergido por breves instantes. Era una voz seria, pero no dura, que inspiraba cierta dulzura. Ella lo miró, mientras asentía con cierta vergüenza en su rostro, mientras sonreía ligeramente ante el chico que tenía delante.

—Adanna —acertó ella a decir, mientras el leve rubor de sus mejillas aparecía por primera vez. El chico sonrió agradablemente al escuchar su nombre.

—Bruce —se limitó él a contestar mientras la miraba.

La gente continuaba avanzando apresuradamente, mientras los empujaba, haciendo que ambos se mantuviesen cerca en todo momento. Adanna sintió como alguien cogía su mano y tiraba de ella hacia fuera, lejos de toda aquella gente. Finalmente, cuando consiguió salir de allí se percató de que era el joven quien la había agarrado.

Respiró hondo, mientras observaba hacia el sitio donde habían montado el espectáculo y se giraba nuevamente hacia él, dándose cuenta de que aún tenía su mano cogida. Ella la soltó inmediatamente mientras sus miradas volvían a juntarse.

—Odio las aglomeraciones de gente —susurró el chico mientras mostraba una ligera expresión de rabia. Adanna no pudo evitar sonreír, en el fondo ella también odiaba esas aglomeraciones y estaba allí porque se lo habían pedido, no porque ella quisiese.

—El frío tampoco ayuda mucho, la verdad —comentó Adanna mientras volvía la mirada. Aún tenía que esperar a que aquello terminase—. Estoy aquí con una amiga. Tendré que esperar a que esto termine —dijo con una sonrisa mientras él guardaba las manos en los bolsillos del pantalón.

Ahora era él quien se había quedado ensimismado con la chica. Saliendo de aquel ensueño, él la ofreció una taza de café caliente. Adanna no solía confiar de aquella manera en las personas. Sin embargo, en un sitio lleno de gente, ¿qué podía pasar? Él parecía simpático y realmente se alegraba de haberla conocido. Bruce nunca había sido un chico que se hubiese relacionado en gran medida y notaba algo extraño en Adanna, algo que quería averiguar. Era la primera vez que una chica le producía esas sensaciones.

Allí sentados, finalmente Adanna se pidió un chocolate caliente mientras él disfrutaba de un agradable café. La posible vergüenza que pudieran haber sentido previamente se desvaneció cuando las palabras comenzaron a surgir de los labios de ambos. Las risas, las preguntas, todo comenzó a surgir como si aquello fuese una amistad de hacía años.

Cuando aquella locura terminó, cada uno siguió con su vida normal, ni un contacto quedó entre ellos siquiera, tan solo el recuerdo de una chica y un chico que habían compartido una bebida un día de invierno, cuando todos los demás parecían estar pendientes de otras cosas. Ese día, ambos pensaron que no volverían a verse nunca más. Ninguno de los dos olvidaría ese encuentro y, a la vez, no se acordarían de él hasta dentro de mucho tiempo.

d

Aquella historia parecía haberse olvidado, haberse perdido para siempre. Solo podía ver ahora a una joven débil, postrada en una cama, prácticamente sin vida. Él seguiría esperando a que ella despertase, sin embargo, ese recuerdo no le pertenecía. La chica que estaba allí tumbada no era la joven feliz y enamorada de la vida con la que él había querido pasar el resto de su vida.

La miró nuevamente y, pese a estar observando, no era capaz de verla, no era capaz de alcanzarla. Por mucho que se esforzase, tenía la corazonada de que jamás volvería para estar con él. Rozó su mano delicadamente, la tomó entre las suyas y besó ligeramente la parte superior de la piel que aún se mantenía suave. Se puso en pie, se acercó a su rostro y depositó un pequeño beso en su frente.

—Wilson —susurró una voz desde la puerta de la habitación. El joven, sin alzar la cabeza, abrió los ojos para contemplar el rostro de la chica que permanecía en la cama.

—Buenas noches, gatita —susurró mientras alzaba esta vez la cabeza y observaba cómo la enfermera prácticamente le echaba de allí. A fin de cuentas, la visita había terminado. Era hora de irse a casa y descansar.

Ann

Historias pasadas

Las altas banderas del palacio de Sarias se alzaban imponentes sobre el cielo azul. El enorme palacio de oro guardaba en su interior una familia de alta cuna, gran poder y gran belleza. Pero bajo la belleza de ese palacio, no todo parecía ser del color de las rosas.

Más allá del palacio, los jóvenes pasaban hambre, frío y únicamente se abastecían de lo que se encontraban. Su único consuelo era pensar que pronto llegarían buenas cosechas y que alguien les ayudaría a seguir adelante con su vida. Los niños más pequeños soñaban con poder vivir en un palacio, como el que veían cuando pasaban por delante de él, pero lo que nadie sabía era que, bajo las hermosas paredes y el majestuoso palacio, estaba a punto de nacer una hermosa vida que cambiaría todo aquello…

Nunca antes había habido un alboroto tal como el que se formaba en el palacio un caluroso día de verano. Los pajes, los sirvientes, todo el mundo en el palacio, anunciaba la llegada de la nueva criatura que habitaría en los entresijos del palacio.

—La reina está a punto de dar a luz…

—Es una niña… —gritaban mientras el rey se dirigía a los aposentos de su mujer. Frente a las puertas, los sirvientes se amontonaban, esperando la noticia de que por fin nacería un heredero a la corona. Todos callaron durante unos segundos, esperando oír a la criatura llorar por primera vez. Las puertas se abrieron dando paso a la matrona, quien miraba ya al rey con gran angustia y desolación.

—Lo sentimos mi rey, pero… —susurró con un quedo sonido… Un silencio… Y un llanto comenzó a emanar del cuarto, mientras el rey entraba apresuradamente al encuentro de su mujer, cerrando las puertas de nuevo detrás de él.

El rey se inclinó para coger la mano de su esposa, que sonreía después de haber estado llorando por el previo disgusto. Una de las comadronas se acercó con una sábana que ocultaba una nueva vida, depositándola en las manos de la reina. Esta apartó la tela para ver el rostro de a quien había dado vida.

—Es una niña hermosa —dijo el rey, observando al bebé de grandes ojos ámbares y pelo rosado que tenía su esposa entre los brazos. La pequeña había dejado de llorar y ya alzaba las manos sonrientes hacia sus padres. El rey depositó un leve beso en la frente de la pequeña y otro en los labios de la mujer y aquel día una vida había brotado de un mundo lleno de penurias.

Por fin el palacio tenía algo que celebrar desde hacía mucho tiempo. Incluso siendo un bebé, muchos reinos vecinos admiraban la belleza de la criatura y hacían planes de futuro. El reino entero celebró durante días la llegada de la nueva princesita. Tanto duró la celebración que nadie se percató de que el mismo día en el que nació la princesita, tres horas antes, en una pequeña casita, una esbelta mujer, de pelo rubio y ojos azules, daba a luz a quien sería el portador de una historia dolorosa, para todos aquellos que la vivieran junto a él.

Aquel niño había nacido en unas condiciones penosas y, sin embargo, cuando abrió sus ojos color zafiro, el sol inundó el reino entero, de punta a punta. Ese día dos vidas nacieron… Dos vidas cuyo encuentro era inevitable.

d

Ann cerró el libro que tenía entre las manos. Esa era una de sus historias favoritas, uno de los libros que le gustaba leer una y otra vez. Cada vez que se encontraba sola le gustaba releerlo y había empezado con él de nuevo. Ese día su pareja estaba fuera mientras ella se había quedado allí. La noche anterior había vuelto a tener una pesadilla horrible y apenas había dormido.

Suerte que él había descansado un poco más y podía ir a hacer una de las cosas que debía de hacer durante el viaje. Ann se levantó de la cama, mientras dejaba el libro en la cómoda y se dirigía hacia la pequeña cocina que tenían allí. Calentó un poco de leche para su garganta y volvió a la cama, mientras dejaba el vaso en la cómoda, cambiándolo nuevamente por el libro que tanto le gustaba.

Ojeó brevemente la tapa, carente de título. Le encantaban los símbolos de la portada y el relieve de la misma, el color dorado y la suavidad y olor de las páginas ya desgastadas por el paso del tiempo. Ann volvió a abrir aquel libro mientras bebía aquella leche caliente, sumergiéndose nuevamente en la historia que tenía ante ella.

d

Desde el nacimiento de la princesa el reino prosperó y creció unido. Los jardines del palacio lucían hermosos, llenos de flores y mariposas. Todo era silencioso esa mañana, mientras los guardias del palacio vigilaban. Se escuchó el sonido de los tacones de una mujer, retumbando contra las baldosas de porcelana del castillo.

Una mujer de la guardia real que esbozó una sonrisa cuando vio a la pequeña de cinco años correteando por el palacio, con la despreocupación típica de una joven cuyo viaje estaba por comenzar.

—Mi señora, no corráis. Podríais caer y resbalar.

—Buenos días, Rosa Negra —dijo sonriente la pequeña. Aquel, sin embargo, no era el nombre real de la mujer, pero a la joven princesa le gustaba llamarla así—. Juega conmigo, por favor —pidió la pequeña con cierto tono lastimero.

—Ahora no puedo señorita. Debo ir a hablar con su padre.

—¿Y para qué quiere mi papá hablar contigo? —preguntó mientras la mujer ya andaba, dejándola atrás. Esta miró hacia la pequeña y le sonrió, pero la princesita no entendió por qué no le contaba nada. Además de ser muy lista, era muy curiosa y sabía que Rosa Negra le ocultaba algo. Ella siempre quería saberlo todo y ese día siguió a hurtadillas a la mujer que entró en la sala donde su padre trabajaba. Miró por una pequeña rendija y vio cómo la mujer se arrodillaba ante el rey.

—Señor. Me ha mandado llamar —dijo seriamente.

—Sí, Rosa Negra. Mi mujer y yo te agradecemos tu seriedad y tu fidelidad hacia nosotros, pero eres muy misteriosa, en ocasiones demasiado. —A la pequeña princesa le costaba entender las palabras tras la puerta, pero poco a poco se fue adaptando—. En cualquier caso, te he mandado llamar porque mi esposa y yo queríamos encomendarte una misión. Estamos en tiempos duros y nuestra pequeña aporta mucha luz al reino, pero temo que alguien desee llevársela. Debes ir al norte, en busca del reino de Korn, y buscar refuerzos.

—Con el debido respeto, alteza, ¿quién cuidará, pues, de la princesa mientras yo esté ausente?

—Entendemos el cariño que le procesas a nuestra hija, pero es primordial que acudas al reino del norte. No solo irás a Korn a buscar refuerzos, sino…

—Un momento, parece que tenemos una espía. —La conversación quedó interrumpida por la reina, que había localizado a la joven detrás de la puerta de la habitación—. Escuchar es de mala educación, princesa. Vete y que no vuelva a ocurrir.

La niña no tuvo más remedio que salir de allí, dirigiéndose entonces al jardín. Ella pensaba que sus padres eran muy duros con ella y en el jardín se sentía muy a gusto cuando hacía algo mal y la regañaban por ello. Relajada y con los ojos centrados en el estanque de agua que se encontraba delante de ella, se dejó llevar por sus pensamientos, hasta que escuchó algo a sus espaldas.

Asustada, se dio la vuelta, para ver cómo un joven, vestido con harapos y jadeando, la miraba atónito de arriba abajo. Ella se asustó, pero se relajó cuando vio los intensos ojos del joven y le pareció el niño más guapo que ella había visto nunca.

—Por… ¿Por qué corres? —preguntó la niña asustada al ver que él se acercaba. El niño cayó sobre las rodillas y ella se acercó para ayudarle—. ¿Estás bien? —preguntó, apoyando la mano en su hombro. Él, asustado, levantó la cabeza mirando en todas direcciones.

—No dejes que me cojan —dijo lloroso.

—Tranquilo, estás a salvo. ¿Quién te persigue? ¿Qué le ha pasado a tu ropa? ¿Quién eres? —preguntó la niña. Sin embargo, ella hablaba muy deprisa, apenas dejaba margen entre las preguntas, mientras el niño trataba de coger aire de nuevo.

—No debería estar aquí… Tú eres una princesa y yo… Me persiguen por haber robado un poco de comida… Estaba hambriento. Yo… debería irme… —trataba de decir entre sollozos, y con la voz totalmente quebrada.

—Espera aquí. Te prometo que te protegeré y no dejaré que te hagan nada —dijo la princesa, encaminándose a la cocina a por un poco de comida.

Pese a su buena voluntad, cuando salió de nuevo, la desgracia comenzó. La comida se resbaló de sus manos al ver que los guardias se llevaban al muchacho a tirones. Este gemía y lloraba y cuando la miró… Cuando la miró, la pequeña supo que jamás podría olvidar aquellos intensos ojos color azul zafiro.

Wilson

El paso de los días

El sordo sonido de las sirenas de policía irrumpió en el hospital. Llegaba una nueva emergencia a las salas. Por lo visto, era un accidente donde una mujer se había visto acorralada y finalmente apuñalada tres veces por la espalda. Esa sería una noche dura para los médicos, pues la mujer aún mantenía algo de vida; se aferraba a ella sin querer despedirse del mundo.

Minutos después un coche derrapó, entrando en los aparcamientos a toda velocidad, casi llevándose por delante a un joven que salía de allí. El coche frenó ruidosamente y apenas dio tiempo a que el motor se apagase cuando un hombre de mediana edad salió del coche. Debía de ser el marido de la mujer que había entrado en urgencias hacía apenas cinco minutos.

Wilson observó cómo la ambulancia frenaba, cómo bajaban a la mujer y cómo un coche casi le atropella al entrar allí. Suspiró mientras observaba a aquel hombre correr, pensando por qué las cosas tenían que ocurrirle a gente inocente como aquella. Afortunadamente, ese no era su caso. Él ya tenía suficientes problemas con tener que ver cómo la vida de una persona que le importaba se iba marchitando poco a poco y sin previo aviso. Suspiró nuevamente mientras agachaba la cabeza y continuaba andando, pasando por completo aquel recinto y saliendo de la instalación. El portero levantó la mano en señal de despedida.

—Buenas noches, Wilson, ¿algo? —preguntó el hombre interesado. Parecía que no era la primera vez que le veía y tenía la certeza de que no sería la última. Wilson negó con la cabeza—. Hasta mañana entonces —susurró el portero, cerrando la ventanilla de cristal para volver a su puesto de trabajo. Wilson bajó la cabeza, metió las manos en los bolsillos y continuó con su camino. No se percató de la triste mirada que le dirigió el portero cuando lo vio irse.

La llave se deslizó lentamente dentro de la cerradura de la puerta. Giró con un leve sonido y la puerta se abrió dando paso a un pasillo largo y oscuro. Toda la casa estaba a oscuras, salvo por la tenue luz que salía de una de las habitaciones. Sus padres aún estaban despiertos. Wilson se aproximó lentamente sin hacer ruido, pero, antes de poder alzar la voz para saludarles y decir que estaba allí, los escuchó hablando.

—Sabes que no se va a dar por vencido —se escuchó la voz suave de la mujer, mientras la voz masculina le contestaba.

—Todos los días, lleva yendo todos los días desde que ocurrió.

—Y seguirá haciéndolo. Además, sabes que es la única persona que se preocupa tanto por ella como para pasarse todas las tardes allí.

—Esa chica le mantuvo al margen. Ni siquiera se lo agradecerá si despierta —sentenció la voz del hombre. No se volvieron a escuchar más susurros.

Wilson retrocedió sobre sus propios pasos y giró hacia la derecha, donde se situaba su cuarto. Su hermano ya dormía, mejor no molestarle. Sus ojos no tardaron en hacerse la oscuridad del cuarto, mientras que la figura acostada se revolvía ligeramente bajo las sábanas.

Dejando las cosas en el lado del cuarto que le correspondía, abrió un cajón y sacó el pijama. Se desvistió con parsimonia y, una vez acomodada la nueva ropa, se hundió bajo las sábanas, pensando nuevamente en ella, mientras trataba de coger el sueño. La oscuridad se apoderó de él diez minutos más tarde.

d

El sol golpeaba sin miramientos aquella mañana. Sin embargo, eso no le importó. El día comenzaba de nuevo y el chico tenía la sensación de que encontraría algo bueno aquel día. Cine, siempre le había gustado el cine. Poder ver películas antes que nadie, muchísimo mejor. Las salas solían estar vacías dado el amplio aforo de las mismas y la gente disminuía considerablemente en aquellos pases. Se estaba más a gusto, menos personas hablando en la fila de atrás y menos niños llorando o gritando.

Era un pase especial, él tenía entrada y la película, a fin de cuentas, llevaba esperándola mucho tiempo.

Una silueta, esbelta, de curvas ligeras y sensibles, pasó por delante de él, una figura femenina que le recordaba mucho a alguien que ya conocía. Con cautela, pero decisión, se acercó a ella, la miró nuevamente hasta que finalmente obtuvo su atención.

—¿Adanna? —preguntó, ante lo cual la joven se giró para encontrarse con él. Ella sonrió ampliamente, le había reconocido, pero aun así él quería asegurarse de ello—. Wilson; tu amiga Vanessa nos presentó el mes pasado. —La joven asintió mientras se acercaba a él para darle dos besos en la mejilla y ofrecerle una sonrisa.

—Me alegro de verte —dijo ella de forma pausada—. ¿Tienes pase? —preguntó, ante lo cual el afirmó—. Hablaremos luego entonces —sentenció ella mientras se giraba y entregaba la invitación al guardia, permitiéndole así el paso.

Antes de subir las escaleras, volteó la cabeza para fijarse en él por unos momentos y ofrecerle una sonrisa cálida que él respondió de igual forma. La sala era bastante amplia y, a pesar de ser un pase por invitación, se estaba llenando considerablemente. Los acomodadores servían bebidas para los asistentes cuando Wilson entró y pidió dos.

Consiguió situar a Adanna, que estaba bastante alejada de él, pero eso no le impidió realizar la acción que el joven quiso. Desde su asiento pudo ver como el acomodador se dirigía hacia el asiento de la joven, y observaba como este le ofrecía una bebida caliente. Antes de que ella pudiera decir nada más, o quejarse porque no había pedido nada, la voz del acomodador se alzó por encima de la suya.

—De parte del chico de la fila catorce —susurró mientras Adanna se giraba para encontrase con los ojos de Wilson.

La joven sonrió mientras aceptaba la bebida y daba las gracias al hombre, que además le ofreció una pequeña nota de papel. «Por si acaso no hablamos luego», leyó Adanna antes de ver el número de teléfono que se situaba debajo de aquellas palabras. Con una sonrisa, guardó la nota y volvió a coger la caliente taza. Chocolate. Su favorito.

Los labios quedaron marcados ligeramente en la taza de porcelana que bebía Adanna, mientras saboreaba su chocolate favorito y se hacía una pregunta: ¿cómo lo había sabido él?

La película pasó con total calma, mientras los allí presentes la disfrutaban, hasta que esta terminó y los aplausos se hicieron presentes. Sin embargo, la cantidad de gente que había en la sala provocó que la gente tuviese que salir por diversas puertas al exterior de la sala.

Wilson creyó que había perdido la oportunidad de verla tras la salida cuando su móvil sonó avisando de un nuevo SMS. «Gracias por el chocolate. Tuve que irme. Estamos en contacto». Bueno, a fin de cuentas, no había podido verla tras finalizar la filmación, pero una sonrisa se dibujó en sus labios tras leer esas palabras que le hicieron adquirir una leve esperanza de lo que aún estaba por venir.

d

Wilson se despertó con el primer rayo de sol golpeando en su cara. La luz entraba por la ventana, y el despertador ya sonaba, anunciando que comenzaba un nuevo día para él. Se levantó, observando que su hermano ya no se encontraba en la cama, al igual que sus padres, los cuales habían salido ya directos al trabajo. Se sentó en el borde y apoyó los codos en las rodillas, mientas ocultaba el rostro tras las manos.

Se frotó los ojos, sin permitirse que estos derramasen una sola lagrima más, y se puso en marcha. Después de asearse, desayunar y realizar sus tareas, se dispuso a salir de la casa mientras se encontraba con los vecinos por las escaleras. Wilson salió a la calle, observó a su alrededor y respiró hondo por la nariz, sacando nuevamente fuerzas de donde estaba ya acostumbrado. Miró al cielo, observó a los pájaros y pensó en ella.

Siempre soñaba con aquellos días, pero al despertarse se daba cuenta de que no eran la realidad. Que su realidad actual se basaba en los estudios, en su carrera. Pero por encima de todo, cada mañana daba las gracias por llegar al hospital y ver que, pese a estar dormida, su corazón seguía latiendo.

Ann

Pasado y presente

«Un pasado puede significar una desgracia para el futuro, un encuentro desafortunado, puede marcarte, y un amor a simple vista puede ser un sufrimiento. Las cosas del pasado repercuten en el futuro y lo que una vez marcó el corazón de una persona, puede romper el corazón de otra. Mirar y saber lo que se ve… Amar y saber lo que es el amor… Querer y saber a quién… Y odiar y saber el porqué. A veces simplemente nos dejamos llevar…».

—Bonita cita —se escuchó la voz de alguien a través de la puerta de la habitación. Ann levantó la cabeza del libro donde la tenía escondida para encontrarse nuevamente con el rostro de su pareja. Por fin había vuelto.

Antes de que ella pudiese salir de la cama dispuesta a abrazarle, él ya se acercaba hacia ella, inclinándose sobre el colchón para darle un beso en la frente. Él observó el libro que ella tenía en sus manos mientras la volvía a mirar y le sonreía.

—No me mires así, sabes que es mi libro favorito —se quejó ella con cierta voz cansina mientras le devolvía el beso, rozando ligeramente sus labios con los de él.

—Vamos, Ann, una princesa cuya vida está condicionada desde que nace. Reconoce que te gusta por las escenas que rompen con ese aburrimiento —dijo sensualmente, mientras posaba uno de sus dedos sobre la barbilla de la joven para hacerle alzar la cabeza y darle un beso que, lejos de ser suave y cariñoso, era muestra del amor y el deseo que él tenía guardado hacia su pareja. Pese a ello, Ann seguía soñando con esa historia que conocía de memoria.

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Venus no podía creer lo que había pasado desde que ella había nacido. El día que llegó al mundo, su reino empezó a prosperar enormemente y las cosas mejoraban. Ella ya era mayor y no podía evitar recordar todo lo que había logrado cambiar. Ya era una mujer hecha y derecha, formada y muy hermosa. Su rosado cabello llegaba hasta la cintura, era alta y esbelta y siempre vestía como lo que era, una princesa.

Sabía que, a pesar de todo, la etapa que comenzaba ahora sería la más dura; debía formarse como princesa y futura reina para tomar el trono de su buen padre. Encontrar un esposo que gobernara con ella sería más difícil, pues ella no creía en los matrimonios concertados. Quería enamorarse perdidamente de un muchacho que la comprendiera y que también la amara.

Por otro lado, estaba muy entusiasmada ya que ese día, después de trece años, volvería a ver a quien se marchó cuando ella era niña y ni siquiera le dijo adiós.

—Alteza —dijo una voz, interrumpiendo sus pensamientos. Era una sirvienta, llamando la atención de Venus. Esta esbozó una sonrisa—. Debe prepararse.

—Enseguida voy, Maya, gracias por avisarme.

La sirvienta hizo una reverencia y salió de los aposentos de la princesa.

—Hoy es el día. Por fin te podré preguntar por qué no me dijiste adiós. Hoy… Rosa Negra… Te veré de nuevo —dijo en voz alta, fijando la mirada a través de las ventanas, su pueblo.

Lejos del palacio, una figura vestida de negro descansaba sobre una gárgola del gran palacio en el que se encontraba. La capa negra que llevaba cubría su rostro y en su espalda, ocultaba algo aún mayor, bajo un gran bulto. Otra figura se acercó para hablarle calmada y serenamente.

—¿Estás preparada?

—Siempre he estado preparada —contestó fríamente, poniéndose en pie encima de la gárgola.

—¿Podrás contárselo? No sabes cómo se lo tomará, se lo has ocultado demasiado tiempo.

—Cállate de una vez, Tens. Esto no es asunto tuyo —dijo duramente, mientras dejaba atrás a la otra figura, a la que había llamado Tens.

Los primeros rayos de luz asomaban por el horizonte y el pueblo ya estaba despierto y listo para un día más de duro trabajo. Los panaderos abrían sus tiendas, los trabajadores se dirigían hacia las cosechas… y los más pequeños salían a jugar por las calles, mientras que un joven muy apuesto y extrovertido deleitaba al público de la plaza con una dulce melodía de violín.

Cuando el muchacho terminó de tocar, todo el mundo le aplaudió silbando y vitoreando la magnífica canción tocada. Pero el joven tan solo dirigió una mirada a una muchacha que se encontraba en el público, mientras se inclinaba para saludar a la gente. Luego se dirigió hacia la joven para abrazarla y darle un beso en la mejilla.

—Conalia, ¿cuántas veces tengo que decirte que me visites más a menudo? —dijo el joven intentando parecer enfadado, pero le resultaba imposible molestarse con ella, era su mejor amiga.

—Me alegro de verte, Ben. Pasó mucho tiempo, si vinieras conmigo…

—No todos podemos permitirnos el lujo de ir a una escuela, Conalia.

—¿Por qué sigues haciendo eso? —preguntó ella irritada—. No me llames por mi nombre completo, dime simplemente Cona.

—Vale, vale —dijo abrazándola de nuevo—. Te eché de menos. Venga, acompáñame y me cuentas, tengo un trabajito extra. Con él a lo mejor gano más de lo que puedas pensar.

—¿Ah, sí? Cuéntame —dijo intrigada.

—Me citaron en el palacio.

—No.

—Sí. Dentro de poco se celebra un baile real y necesitan un violinista. Se corrió la voz de que había uno en la aldea y adivina quién era.

—No me lo puedo creer, Ben. Tu talento por fin es reconocido y podrás hacérselo pagar caro —dijo poniendo énfasis en «pagar». Ben simplemente le sonrió.

La princesa ya estaba lista, su traje de vuelo rosa lucía espléndido bajo la luz del sol. Venus esperaba junto a las puertas del palacio, pero nadie llegó, tan solo el sonido de los pájaros cantando. Algo rompió aquel silencio, llegando precipitadamente hacia la princesa.

—Majestad, me temo que aún no llegarán. Se han retrasado, no sabemos cuándo volverán —las palabras cayeron sobre Venus con gran presión. «No llegarán». Sin más que decir, se dirigió hacia el jardín para deleitarse con la música del arroyo.

Una lágrima cayó en el estanque, con un quedo sonido. Escuchó pasos detrás de ella, pero tan solo se dio la vuelta cuando escuchó un dulce sonido procedente de su espalda. Una dulce melodía de violín era entonada y, aunque parecía desoladora, era tierna y agradable. Lo que nunca se esperó fue encontrarse con lo que vio cuando se giró.

Aquel muchacho alto y esbelto sostenía en sus manos el violín, dejando que sus azulados cabellos cayeran por su rostro. Parecía enfadado por el gesto torcido de su cara. El muchacho abrió los ojos y Venus se quedó inmovilizada.

—Hola…, princesa.

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—Ann, ¿me estás escuchando? —preguntó la voz de su pareja desde el marco de la puerta. Aquello la sacó del ensimismamiento en el que se encontraba—. Estás muy distraída, empiezas a preocuparme —dijo el joven mientras aumentaba la seriedad de su rostro. Ella lo miró con una sonrisa, negando con la cabeza.

—Estoy bien —dijo poniéndose de pie y avanzando hacia él. Sin embargo, las piernas de la joven fallaron.

Su cuerpo pareció quedarse inerte mientras observaba como lentamente caía hacia delante, precipitándose contra el suelo. Fue entonces cuando la visión volvió nuevamente a su mente. Ella misma, se veía a sí misma, cayendo en una inmensa oscuridad, caía sin descanso, hasta que todo terminó.

Estaba sola, se veía a sí misma rodeada de espejos. La imagen que mostraban… esa no era ella, pero no podía dejar de mirarlas, no podía apartar la vista de aquella chica, con el pelo corto, con la cabeza casi rapada, rodeada de heridas y vías. Las palabras resonaron en su mente:

—¿Por qué no vuelves, Ann?

Despertó media hora más tarde, sintiendo como alguien ponía una tela húmeda sobre su frente. Trató de abrir los ojos, le costaba, se sentía débil. Miró a su alrededor, notó la mano cálida de alguien contra su mejilla. Abrió un poco más los ojos, trató de enfocar su vista.

Intentó hablar, pero la misma mano que había estado segundos antes en su mejilla bajó directamente a sus labios, mientras escuchaba un susurro. «Descansa»; una palabra. Ann giró la vista para saber de quién provenía aquella voz. Solo vio una sombra, una figura difuminada antes de que sus ojos se cerrasen y volviesen a dejarla dormida en la más completa oscuridad.

Bruce

El hombre que la cambió

La mujer de entrada edad se encontraba sentada en el sofá que se situaba a lado de la cama de la chica. La anciana solía ir a verla a menudo pues, a fin de cuentas, la niña había sido como su propia hija y verla en esa situación le partía completamente el corazón. La miró nuevamente mientras depositaba un dulce beso en su mano y se echaba hacia atrás en su asiento nuevamente. La mujer suspiró mientras sacaba un pañuelo de uno de sus bolsillos y limpiaba ligeramente su nariz.

—Sabes que a él le hubiese gustado venir, ¿cierto? —susurró la anciana, mientras comenzaba a sollozar ligeramente. Volvió a secar sus lágrimas y habló nuevamente con voz queda—. Ha pasado demasiado tiempo, pero él no se ha olvidado de ti, pequeña. Nosotros tampoco. No sabes lo mucho que pesa en nosotros esta desgracia —sentenció mientras el llanto rogaba por salir de nuevo—. Te he traído algo, pensé que te gustaría que lo leyera —dijo la mujer mientras sacaba un pequeño libro del bolso, pequeño, con una tapa negra de pelo corto. La anciana ojeó el libro y lo abrió, mientras acariciaba las suaves tapas. Era la cita escrita por una persona.

«Pensé que desde aquel día no volvería a verla. Era la primera vez que me sentía así con alguien, en este caso con una mujer. Nunca antes había sentido mi corazón palpitar tan rápido por el mero hecho de que alguien que me ofreciese una sonrisa tan cálida como la de ella. Pensé esa tarde en volver a verla, en si eso sería posible alguna vez. Renuncié a ello como he renunciado a prácticamente todo en mi vida. La dejé marchar sin tener un solo contacto con ella».

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El joven de veinticuatro años dejó de escribir en aquellos momentos mientras se apresuraba a cerrar el libro y dejarlo oculto bajo el colchón de su cama. Llegaba tarde al trabajo. Estaba ya entrando en su segunda carrera, pues la primera le había permitido ya un trabajo donde estaba ganándose la vida poco a poco.

Se vistió apresuradamente y salió de allí, dirigiéndose hacia su único medio de transporte público que le permitiría ir a la universidad. Durante el trayecto a la misma no pudo evitar fijarse en más de una ocasión en los pequeños carteles que había por todo el vagón del metro. Se acercó lo suficiente para ver que se trataba de una convención donde se reunirían un grupo de personas determinado. Quizás pudiese pasarse por allí en algún momento de la tarde.

La universidad se encontraba aquel día como cualquier otro. Césped verde, húmedo debido los aspersores recientemente encendidos y con los estudiantes pasando por un lado y otro, llegando a sus clases, a sus exámenes o simplemente tomando un descanso o respiro. Se dirigió hacia el aula que le correspondía, dando una y otra vez la misma clase, haciendo que los alumnos le prestasen atención, dando las materias pertinentes hasta que la campana sonó definitivamente, sentenciando con aquella pesada jornada de trabajo.

Esa misma tarde acudió a la convención que había observado la misma mañana, encontrándose con una sala abarrotada de gente y con más de una cara conocida entre amigos y allegados a su persona. Sin embargo, alguien llamó su atención por encima de todos los allí presentes. En uno de los grupos de personas que él conocía había alguien con un rostro muy familiar.

Se acercó a los que eran sus amigos, mientras estos les saludaban enérgicamente, hasta llegar a presentarle a aquella chica.

—Adanna —dijo la chica sonriendo. Sin embargo, parecía no reconocerle hasta que finalmente sus miradas se volvieron a cruzar, exactamente igual que aquella vez donde un chocolate caliente y una conversación era lo que habían compartido, una tarde de frío invierno. ¿Cuánto hacía de eso? ¿Un mes?

Adanna se quedó atónita cuando sus ojos se encontraron con los de él, pero no se atrevió a decir nada por miedo a confundirse.

—Creo que mi nombre ya lo sabes —dijo él con cierto tono bromista, a lo cual ella sonrió ampliamente, estrechándole en un abrazo y dándole dos besos en la mejilla.

—Bruce, ¿verdad? ¿Cuánto ha pasado? ¿Un mes? —Él sonrió mientras pensaba en cómo ella le había leído sus propios pensamientos. Los allí presentes se habían quedado con la boca abierta al contemplar cómo los dos ya se conocían de antes.

Todos sabían cómo divertirse, por lo que con Bruce en el grupo disfrutaron de aquella convención, mientras él y Adanna volvían a pasarse horas y horas hablando de las aficiones que ambos tenían en común, sin darse cuenta de la presencia de los demás a su alrededor. Sumergidos en una nube, igual que dos personas comenzándose a enamorar sin querer.

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«Ese día volví a verla, y la verdad es que me volví a sentir especial, tanto que no volví a cometer el mismo error. Conseguí su número de teléfono y estuve dispuesto a quedar con ella más días. Sin embargo, no pensé que días después de conocerla, podría quedar con ella. No sé si por tímido o por idiota, quizás tardé demasiado en llamarla…».

La anciana cerró el libro observando nuevamente la tapa de terciopelo suave y lisa que tenía entre sus manos. Con lágrimas en los ojos volvió a mirar a la joven que yacía inmóvil en la cama, mientras secaba su rostro y se dirigía a ella.

—Los médicos dicen que, pese a tu estado, aún nos escuchas —susurró la mujer dejando el libro encima de la pequeña mesa que tenía al lado y volviendo a tomar entre sus manos las de aquella joven—. Nos escuchas, ¿verdad? Espero que así sea. Él te quería mucho, pero las cosas nunca salen como tienen que salir, pequeña —dijo la anciana con voz lastimera—. He encontrado esto, espero que algún día puedas leerlo con tus propios ojos. Todos tenemos fe en que despertarás, y, cuando lo hagas, tendrás una gran familia esperándote —sentenció la mujer mientras se acercaba a ella para besar su frente y despedirse así finalmente.

La anciana guardó el libro en el pequeño bolso y, con paso pausado, salió de aquella habitación, rumbo a su casa. Alguien entraba a la vez que ella salía, un joven muchacho que la miró y esbozó una sonrisa, a la cual la anciana reaccionó mostrando una mirada de dolor y tristeza. Aquel muchacho iba todos los días, estaba segura. Ella suspiró mientras continuaba andando, mientras pensaba en por qué aquel joven iba todos los días a verla.

Pensaba a su vez en el hombre que había escrito ese diario que ella llevaba para leerle a la chica de la cama. Suspiró a la par que pensaba por qué la vida tenía que ser tan injusta para una niña como aquella, una chica que había vivido como nunca antes ella había visto; feliz, vigorosa, una chica de la que cualquiera podría caer encandilado. Una joven que enamoró a quien escribió el libro que ella portaba en su bolso. La anciana se paró, volvió a sacar aquel pequeño libro y lo miró.

—Eres tú quien debería estar con ella —susurró mientras sus pensamientos se dirigían hacia una única persona.

Wilson

Lágrimas no derramadas

Los días de la universidad se hacían cada vez más duros para él. Se limitaba a ir, adelantar trabajos y volver a casa para salir de nuevo rumbo al hospital. Aquella mañana en concreto había salido de su casa. Aún con el día espléndido que hacía, él se sentía vacío.

Sus amigos y compañeros estaban allí. Los saludó enérgicamente, como solía ser él con ellos, se unió a su grupo y, por unos momentos, se olvidó de las preocupaciones a las que tenía que hacer frente día tras día.

Su grupo de amigos era el único que le permitía hacer frente a la situación, hacer de su vida algo un poco más llevadero, pero eso se terminaba cuando salía de la universidad. Los días allí tampoco eran muy agradables. Recientemente había sido el aniversario de uno de los profesores más queridos que había fallecido hacía unos meses y su recuerdo aún estaba presente.

Wilson no había tenido la oportunidad de asistir a sus clases, tampoco le conocía físicamente y, en el fondo, era algo que le era ciertamente indiferente, pues no había conocido al hombre. Dedicó su día a los estudios hasta que salió de allí y sus compañeros le agarraron por sorpresa nuevamente.

—Vente a comer con nosotros, tío —le dijo el más allegado de ellos. Wilson pensaba en negarse. Sin embargo, su amigo se adelantó a él cuando vio la posible respuesta—. No te lo estamos preguntando —sentenció mientras tiraban de él.

Wilson no pudo evitar esbozar una sonrisa, mientras los demás reían alegremente. Sin embargo, se sintió triste, pues ella no podía disfrutar de esos momentos de felicidad que él tenía.

Le llevaron a su sitio favorito, ellos conocían muy bien cuál era, y el agradeció enormemente el detalle. Todos parecían felices, pero en el interior él no lo estaba. Pidieron los primeros platos, que los camareros y meseros tomaron y prepararon con bastante rapidez.

Las charlas y las risas se mantuvieron hasta que la comida llegó a la mesa y pudieron comenzar a llenar sus estómagos, mientras disfrutaban de aquella reunión y los deliciosos platos. Cuando el primer plato se hubo terminado, estos fueron retirados y la espera hasta el segundo volvió a significar más momentos de charla entre amigos.

Wilson se levantó y se dirigió hacia los servicios, bajando por las escaleras del restaurante hasta dar con los amplios baños para hombres. Cuando entró, alguien más lo hizo detrás de él, comprobando que estaban un momento a solas y cerrando la puerta tras la última figura que entro allí. Se percató entonces de que su mejor amigo estaba detrás de él.

—¿Sigues preocupado por ella? —le preguntó abiertamente. Wilson le dirigió una mirada de complicidad.

—¿Y si no despierta? —preguntó él al ver la cara que su amigo le mostraba.

—Despertará —sentenció su amigo mientras apoyaba su mano en el hombro—. Estas cosas son difíciles, Will. Pero si haces esto, perderás la partida. Nosotros estamos aquí para ti. ¿Crees que ella querría verte así?

—Seguro que ni me recuerda —dijo el joven con voz lastimera.

—No digas eso. Eres uno de sus mejores amigos —susurró su amigo, mientras observaba el rostro de Wilson—. Ella siempre te recordará.

—Nunca se fijó en mí de la forma que yo lo hice —susurró él mientras trataba de contener la tristeza, la rabia y la desolación. Su amigo, capaz de saber lo que Wilson necesitaba, lo atrajo hacia sí mismo abrazándolo.

El joven era más alto que su amigo, por lo que Wilson por fin pudo sentir el abrazo de una de las personas que más valoraba, mientras rompía el llanto dentro de él.

—Llevas reteniéndolo demasiado, Will, suéltalo todo, solo así podrás seguir adelante —susurró el compañero mientras le abrazaba. No pasó mucho tiempo hasta que el propio Wilson separó la cabeza de él, con los ojos aun llorosos y una sonrisa de afecto en el rostro. Ninguno de los dos dijo ninguna palabra más.

Wilson se lavó el rostro y ambos volvieron juntos con el resto de los compañeros. Fue entonces cuando, por primera vez, él pudo disfrutar de la compañía de gente que realmente le quería.

La comida transcurrió con calma, mientras devoraban el segundo plato, así como el postre final, alegremente como siempre cuando se reunían entre ellos. Wilson había extrañado esa felicidad durante mucho tiempo y sentía que por primera vez tenía que ser feliz. Por él, pero principalmente por ella también. A partir de ese momento el joven decidió que viviría su vida por los dos.

Wilson había pasado por casa tras aquella comida con sus compañeros de clase. Le habían dado tiempo a darse una ducha y a charlar un rato con sus padres, los cuales se encontraban en casa ya, comiendo, cuando él llegó.

Apenas una hora allí y el joven ya estaba fuera nuevamente, encaminándose hacia el hospital una tarde más. A diferencia de los demás días, ese llevaba la mochila cargada de cosas. Seguro que a ella le gustaría escuchar las historias que él sabía que eran sus favoritas.

Con energías renovadas y una nueva visión del mundo, enfocó aquello como un objetivo, como una misión de rescate. Él quería que ella despertase, pues lucharía por ello, lucharía por ella y la traería de vuelta incluso si después de aquello ella decidía no recordarle como su salvador.

El hospital estaba desierto a aquellas horas, la planta donde se encontraba la habitación de la chica también estaba carente de la gente, salvo las enfermeras y una anciana a la cual vio salir de allí. La mujer iba de vez en cuando y pese a que Wilson no sabía quién era, siempre la saludaba con una sonrisa, mientras observaba los grandes ojos tristes de aquella señora mayor.

La primera vez que la vio, pensó que podría ser quizá la abuela de ella, pero tardaría en saber lo confundido que estaba.

Ann

La historia debe continuar

Ben llevaba mucho esperando aquel día, en el que volvería a ver a la persona que, después de hacer una promesa, la rompió. Desde ese día, cuando él era pequeño. Desde aquel día, en el que la miró con los ojos llenos de lágrimas y esta no hizo nada por ayudarle. Desde entonces, la odiaba.

Venus le recordaba muy bien, pero cuando le vio afloraron sentimientos que ella creía que ya no guardaba hacia el muchacho. Al verle allí de pie, con el instrumento en las manos, quiso decirle muchas cosas, pedirle perdón… Pero no podía hablar, no cuando ella era la princesa y le habían enseñado a no tratar con los plebeyos.

Antes de que alguno de los dos dijera más palabras, apareció una joven alta de pelo negro y recogido. Lucía un esplendoroso uniforme de la guardia del palacio.

—Princesa. Lady Soledad Cabanel está aquí —dijo, y efectuó una reverencia, mientras Venus se dirigía fuera de allí.

—Gracias, Nana. Buenos días.

—Y usted joven, salga del palacio, por favor —dijo la guardia a Benjamin.

—Vine por lo del trabajo de violinista del baile de la princesa…

—De ser así, entonces acompáñeme —dijo aquella mujer mientras se daba la vuelta.

Venus había deseado que en aquel momento la tierra entera se la hubiera tragado, pues estaba muy nerviosa, tanto que no se dio cuenta de un mínimo detalle hasta que se alejó de allí. ¿Qué hacía ese muchacho allí después de tanto tiempo? No quiso darle mayor importancia y siguió hacia la sala del comedor.

Allí le aguardaba en la espera una muchacha de su estatura, de pelo oscuro hasta la cintura y preciosos ojos color ámbar, como los suyos. Lucía un hermoso vestido de seda blanca y un tocado a juego.

—Soledad, menos mal que viniste —dijo Venus andando hacia ella y abrazándola—. Te eché mucho de menos, prima.

—Y yo a ti. —La voz era calmada y sosegada, pero Venus sabía que algo iba mal, muy mal.

—¿Qué ocurre, prima? —le preguntó. Sin embargo, el rostro de la otra muchacha mostraba que no quería hablar de ello—. Cuéntamelo, por favor. No me dejes de lado.

—Ha ocurrido algo grave, Venus. La partida del reino vecino, en el que se encontraba Rosa Negra, ha sido atacada —dijo con la misma voz calmada. No obstante, tuvo que contener las palabras de su prima—. No les ocurrió nada, supieron defenderse bien —dijo al ver la cara que puso Venus—. Por eso no han llegado todavía, pero el guerrero Tens nos ha hecho llegar un comunicado. Los atacantes se dirigen hacia vuestro reino, prima, hacia aquí. Estoy aquí para llevarte conmigo… No pueden atraparte —dijo de seguido antes de que la ya asustada Venus comenzase a avasallarla con preguntas.

—Pero ¿por qué? —pregunta seriamente la princesa.

—Porque eres la princesa más hermosa que se ha visto y la única que tiene derecho a ser heredera de tu reino.

—¿Qué quieres decir, Soledad?

—Venus. Una princesa no puede ser heredera, una mujer no puede hacerse al trono, pero tu padre ha cambiado esa norma. Tú reinarás, pero hay mucha gente en los reinos vecinos que no está de acuerdo. Solo podrás quedarte hasta después del baile, luego nos iremos.

—No me iré. Pelearé por mi reino —dijo mientras miraba de soslayo a su prima.

—Es una orden de tu padre —dijo su prima muy seria, manteniendo la mirada—. Debes acatarla —sentenció sin dar opción a más palabras.

—Pero…

Darmowy fragment się skończył.

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Objętość:
200 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788411141079
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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