Czytaj książkę: «El lento silbido de los sables»
PATRICIO MANNS
EL LENTO SILBIDO DE LOS SABLES

MANNS, PATRICIO
El lento silbido de los sables / Patricio Manns
Santiago de Chile: Catalonia, 2010
ISBN 978-956-324-072-6
ISBN Digital: 978-956-324-871-5
NARRATIVA CHILENA
CH863
Diseño de portada: Guarulo & Aloms
Ilustración de portada: Gustavo Klimt, The golden knight
Composición: Salgó Ltda.
Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco Representante del autor: Marcel Dupin Voisin, agente literario. marceldupinv@gmail.com
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.
Primera edición: octubre 2010
Segunda edición: junio 2021
ISBN: 978-956-324-072-6
ISBN Digital:
Registro de Propiedad Intelectual N° 197.252
© Patricio Manns., 2010
© Catalonia Ltda., 2021
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl – @catalonialibros
Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Primera parte CONTRADICCIONES DE UN CABALLERO DE LA GUERRA
La sutil preparación de los guerreros
El soldado puro
El agua puede matar cuando decide ser río
Las cautivas de Boroa
Se mencionan halcones y palomas
La boda
La controversia de Boroa
El capellán
Los años del horror
Qué pasó con Luz de Luna
La suerte está echada
Dos cerdos en el bosque
Segunda parte “EL CEJAS MUERTAS”
El guerrero sin rodillas
Rayén
Las numerosas Luces de la luna
Luz de Luna era el silencio
Encuentro en familia con asesino confeso
El sol bramó en dirección de la muerte
De sometedores y sometidos
De cómo debe tratarse a un capellán abusador sexual
De ascensos y descensos
El pesado despertar
El encuentro
El soldado y la mierda
La sublevación de todas las tribus
El día en que Zambrano recordó la existencia de su miembro
Tiempo tormentoso
La ciudad de los misterios
Las curanderas prodigiosas
De una batalla campal sobre las ruinas
De cómo una horda de patéticos forajidos pierde sus testículos
El ratón paranoico
Porque conmigo no se juega
Soldados que caen desde su propia altura
La capitulación de los desnudos
Ocaso indiano
Bibliografía sumaria
Para Alejandra, el horror, la piedad, la compasión
Este libro está consagrado a estimular la lucha de los pueblos originarios, de América Latina, en general, y de Chile, en particular, para obtener la restitución de sus tierras tan bestialmente arrebatadas.
La sutil preparación de los guerreros
El pequeño Orozimbo Baeza fue obligado a devorar el cuerpo de Cristo cuando tenía tan solo ocho años de edad. Realizó la operación bajo el ceño contraído de su padre, durante la ceremonia de su primera comunión. Esta se llevó a cabo en el Convento Metropolitano de San Francisco, que alzaba su severa arquitectura en el costado sur de la Alameda de las Delicias, en el casco central de la ciudad. Antes de llevarla a cabo, recibió una esmerada instrucción, durante varias semanas, para aprender la técnica de disolver en la lengua el físico torturado de ese señor muerto en la cruz. Fue entonces que tuvo el primer contacto con el aspecto carnicero y caníbal de la religión de sus padres, y con las extrañas ceremonias en las que los sacerdotes alzaban sumisas copas de plata para beber la sangre de su dios. No podemos saber si el niño lo interpretó como una situación simbólica, o como un acto que, a lo largo de muchos años, impulsó las acciones más expresivas, vitales y personales de su carácter. También las más verdaderas, pues surgían, como el ardiente vapor de los géiseres, desde el fondo dividido de su espíritu. El modus educando tenía mucho que ver con la violencia que caracteriza a la especie humana, por más que disfrace de símbolos sus representaciones fundamentales. No es lo mismo que un niño bese el rostro o la sombra del rostro de su dios, a que devore su cuerpo y beba su sangre, o presencie cómo otros la beben, ataviados de la cabeza a los pies para una parafernalia orgiástica. Esto lo pensó en voz alta tiempo más tarde, según testimonio del Corregidor Fernando de Villegas, que visitaba a menudo la residencia de sus padres, y a quien el adolescente se unió en una fructífera amistad, pese a la diferencia de edades. El hecho que Zimbito Baeza (para sus jóvenes amigos) llamara la atención de Villegas alertó el acecho de algunas madres santiaguinas, que vieron allí una oportunidad a futuro cercano, relacionada con sus hijas casaderas, o en estado de merecer, como se decía entonces. Entre ellas estaba la madre de Josefina.
El año siguiente fue internado en un Colegio muy exclusivo que también administraban religiosos. No existía por entonces presencia apreciable de la educación laica, que se desarrolló en el país muchos años después, pese a las recomendaciones de algunos enciclopedistas europeos y sus contemporáneos filósofos o docentes.
La crueldad de los maestros para con sus alumnos excedía los límites de la normalidad, y ocasionaba no pocas veces, inauditos estragos en los espíritus infantiles, negras grietas que duraban años en cerrar, incluso cuando se hallaban ya a decenios de sus colegios de infancia y adolescencia. Tampoco era un misterio para nadie que algunos de estos alumnos fueron seducidos y violados por sus maestros, siguiendo hábitos ancestrales que procedían de ciudades de la alta cultura griega y quizás de metrópolis anteriores a ella, sin omitir, por cierto, las enseñanzas del Corán mahometano, muy explícitas sobre el particular. Mucho tiempo recordó Orozimbo el caso de un niño llamado Cipriano Musrri, que con frecuencia era atacado sexualmente por un sacerdote, profesor de religión, pues la agresión tenía lugar ante los ojos de todos los alumnos: el hombre de sotana abofeteaba a Musrri como si lo hubiera sorprendido en falta, y luego lo obligaba a penetrar por la fuerza en sus aposentos privados, de donde salía una hora después, con los ojos empapados en lágrimas y negándose a hablar. Cipriano Musrri se suicidó tiempo después de abandonar el colegio, quizás porque no logró sobreponerse, o siquiera comprender, el trauma ocasionado por el depravado docente eclesiástico. Por lo demás, nadie puso jamás coto a tales desmanes. Sin embargo, Zimbito tuvo la fortuna de escapar a semejantes desvíos conductuales de sus superiores, aunque convivió durante toda su instancia educativa con la zozobra de que un día tales despropósitos pudieran ocurrirle a él.
En ese mismo colegio fue adiestrado en la práctica de los deportes. Por ejemplo, le cubrían ambas manos con paños gruesos, atados a las muñecas, y lo incitaban a combatir contra un condiscípulo de su misma edad, protegido por idénticos adminículos. El resultado era siempre el mismo: narices sangrantes y más de una vez, fractura del tabique nasal o de algún dedo de las manos. Estas prácticas conllevaban efectos colaterales: algunos de los muchachos derrotados en las justas deportivas no olvidaban jamás que alguna vez fueron vencidos, ni tampoco olvidaron su cruento odio al vencedor, estado espiritual que se prolongaba mucho mas allá de las aulas.
A los catorce años ingresó a la Escuela Militar. Sus padres habían decidido que su carrera debía ser aquella. Allí las cosas se endurecieron, toda vez que la obsesión de la disciplina tomó caracteres de tortura: a las seis de la mañana saltaban de sus lechos, aturdidos por los gritos feroces de los instructores, para arrastrarse sobre el lodo, saltar altas cercas, colgar de cuerdas encima de pantanos, ducharse con agua de escarcha, y más tarde, comenzar a disparar contra blancos imaginarios. No sabían entonces que un día los blancos dejarían de ser imaginarios. Blindar el carácter y forjar la noción de disciplina, privilegiando la ciega obediencia a la verticalidad de los mandos y la noción de respeto y confianza para con sus nuevos superiores, estaban en la base de toda educación militar, según sus ideólogos. Es decir, respetar a ojos cerrados la infalibilidad de las órdenes impartidas desde un lugar invisible que, al parecer, se hallaba por sobre sus cabezas. El temple del joven Baeza se fortaleció, pero en él prevalecía una suerte de pureza intangible, escondida muy al interior de sí mismo, que lo incitaba a aislarse de sus compañeros en la medida en que estos crecían; y en los días libres, daban rienda suelta a sus instintos en porfiada gestación de madurar. Orozimbo prefería leer, asistir a interminables misas, cuyo lento y calculado desarrollo litúrgico le proporcionaba un extraño goce interior, inducido por el olor penetrante del incienso. O bien pasear con su uniforme siempre deslumbrante a lo largo de los senderos de las plazas, cubiertas por el ramaje de los tilos centenarios. Se trataba de un niño solitario y poético, a quien la recepción de juveniles cartas de amor lo hacía sollozar sobre su almohada. La poesía lo rondaba como un tábano y su espíritu se hallaba siempre al borde de estallidos emocionales que lo perturbaban, sobre todo, porque sabía que lo preparaban con el propósito de que ejerciera el infortunado oficio de la guerra. Según un irónico primo de su padre, estaba adecuando sus instintos para matar, violar, humillar, y castigar con la fuerza de las armas, a los otros, es decir, a los futuros enemigos. Lo inexcusable de la lógica militar en una comunidad civilizada puede enunciarse como sigue, decía el primo: primero, los hombres niños aprenden a matar, y luego, a descubrir o inventar los enemigos contra los cuales ejercitarán el poderío de su aprendizaje y las mortales enseñanzas recibidas. Y agregaba: un hombre de uniforme es un matador en potencia. Se le define como un hombre de armas, y en tales condiciones, como escribiera Pompeyo Cavalcanti, se trata de hombres en armas a los que hay que alentar a matar y no a escribir. Razón por la cual los soldados utilizan, a lo largo de sus existencias, muy poca tinta y muchísima sangre. De ahí la extraña dicotomía abierta en el espíritu de Orozimbo Baeza, futuro militar de la naciente república. Él, que amaba la soledad y la actitud contemplativa, estaba siendo empujado a aprender el oficio de las armas, es decir, preparaba sus manos y su corazón para ejercer donde fuera y a como dé lugar la violencia de la guerra, la misma que exaltan en grado superlativo los textos sagrados. Como citaba el erudito primo recordando las palabras de Cristo, que todos quisieran apócrifas: “No os equivoquéis: yo he venido a traer la guerra, y no la paz”.
Todo esto ocurría, desde luego, en la capital. Vivía en la casa de sus padres, y no tenía opción alguna de librarse de la voluntad de sus progenitores. Tal vez ellos no pensaron jamás que el niño quería otro oficio para realizar su vida, y aun así, de comprenderlo, no le habrían concedido la opción. Estaban seguros que en las vidas civiles también existe la verticalidad del mando, y los padres se sentían orgullosos de la decisión (no anhelada) de Orozimbo Baeza: ser un militar para servir a su patria, y en caso necesario, morir por ella. Aunque este había escrito a una de sus enamoradas adolescentes:
Quisiera escaparme de esto, pero no puedo. Todo está en contra. Mi sueño es navegar, irme lejos, encontrar costas distantes, gente nueva, paisajes que me deslumbren, playas y montañas llenas de sol y de mañana, y mañanas regadas de rocío. Gentes, o tal vez animales, a quienes amar. A cambio de ese sueño, tengo que aprender a matar y a sacrificar mi alma para siempre por un simple delito de obediencia. Porque es así, Marta: la obediencia ciega es un delito. Cuídate de esa trampa.
El hecho es que Orozimbo Baeza terminó sus estudios en la Escuela Militar con notas brillantes. Aquello tuvo lugar en el verano de 1861. Ya en el otoño, ante tales calificaciones, el Alto Mando había decidido enviarlo a la guarnición del Fuerte de Nacimiento, edificada sobre el flanco norte del río Vergara, que cuadras más lejos se vaciaba en el cauce del majestuoso río Bío Bío, pues se preparaba en secreto la última de las grandes guerras de Arauco, designada en el lenguaje político oficial como Pacificación de la Araucanía, y en el de sus historiadores-detractores, como el gran Genocidio de Arauco.
El soldado puro
Con una pierna cruzada sobre el arción de la montura, y un par de binóculos apoyado en los huesos de sus ojos, el joven subteniente Orozimbo Baeza observaba el panorama desde las alturas del Fuerte de Nacimiento —también llamado Confluencia, porque allí, al juntarse los ríos Vergara y Bío‑Bío, nacía el Gran Bío‑Bío. Este enorme curso de agua desemboca una treintena de kilómetros más lejos, cruzando por el costado de la ciudad de Concepción, en el mar del sur. Su anchura es entonces de dos kilómetros, y de tres en el invierno y en la época de los deshielos primaverales.
El subteniente Orozimbo Baeza tenía dieciocho años. Algunos meses después de abandonar la Escuela Militar fue enviado al frente de batalla, a la Décimo Primera División comandada por el Coronel Abigail Cruz. Corría la primavera del año 1861. El Fuerte de Nacimiento, construido en 1603 por el Gobernador español don Alonso de Ribera, y por ende, el río Bío‑Bío, eran considerados el límite norte de las tierras de Arauco, que alcanzaban hasta las riberas del río Toltén, por el sur. En este vasto territorio vivían diversas tribus indias, entre las cuales se contaban los Pehuenches, los Arribanos, los Boroanos, los Moluches, los Costinos y los Abajinos, junto a otras etnias menores. Todas ellas fueron aglutinadas por los cronistas que las frecuentaron, con el nombre genérico de Mapuches o Araucanos, lo que geográfica y culturalmente no corresponde a la evidencia histórica, pues cada una de ellas respondía a particularidades distintas muy marcadas: por ejemplo, había tribus guerreras y tribus pacíficas, tribus acantonadas en un hábitat cordillerano y tribus cuyas costumbres se vinculaban a la contigüidad del mar. La mayoría de estas tribus, sin embargo, no deseaba la guerra, y prefería su nueva condición de grupos sedentarizados, que poseían abundantes tierras de pastoreo, miles de cabezas de ganado bovino, equino y ovino, amén de aves de corral, y cien mil cuadras de sementeras bien cuidadas y cultivadas. En suma, una zona próspera, según testimonia entre otros el historiador conservador Tomas Guevara, contemporáneo de los hechos. La alusión al conservadurismo historicista de Guevara es muy importante para comprender las páginas que siguen.
Sin embargo, por un error de apreciación de la Corona española, la Nación Mapuche, creada por ella a mediados del siglo XV para poner fin a una guerra que abarcaba ya cien años, nació constituyéndose en una suerte de tapón entre el Chile del Gobierno Central y sus tierras y ciudades que quedaban al sur del río Toltén, como Osorno, Río Bueno, Valdivia, Puerto Montt, Ancud y Castro, entre muchas otras, y alcanzaban hasta el fin del Archipiélago de Chiloé, ya en plena Patagonia. Sin contar los numerosos fuertes defensivos abandonados por la Corona, como Corral, Amargos, Tres Marías, Niebla, Mancera, Valdivia y Ancud.
Por esta causa, según Amílcar de la Concha, casado con Afrodita Barbada de la Concha, el Gobierno de Chile buscó una estratagema para desatar la guerra, y esta consistió en lanzar una campaña preparatoria de prensa, acusando a los mapuches de flojos, irresponsables, alcohólicos, y que habían abandonado el cultivo de la tierra y la crianza de ganado para dedicarse a sus largos carnavales y sus no menos prolongadas orgías. La idea básica era despojar a los indios de su territorio para entregarlas a colonos europeos, tal como se había hecho con las provincias comprendidas entre Valdivia y Puerto Montt, más al sur, donde a partir de 1852, se había establecido una pujante colonia alemana y otras —aunque más pequeñas— no menos pujantes colonias italiana y francesa.
El Subteniente Orozimbo Baeza había discutido la cuestión con su padre, un militar acuñado a la antigua, ya en retiro, quien le previno que se estaba metiendo en una guerra sucia —inmunda, dijo—, y le aconsejó solicitar otra destinación, porque “los resabios morales de esta guerra te van a perseguir toda la vida”.
El problema es que fue el propio padre de Orozimbo quien lo matriculó en la Escuela Militar de Santiago de Nueva Extremadura, y eligió por él la carrera militar. Tarde comprendió que a su vástago lo esperaban los rigores mortales de una guerra que duraría un poco más de dos décadas, y otros rigores no menos mortales, que tendrían relación con su conciencia y darían fácil cuenta de sus virtudes. En una guerra no solo mueren o son heridos los vencidos: los vencedores regresan también sangrando, unos de manera visible, otros en riguroso secreto.
Contemplando la llanura extendida a los pies del Fuerte de Nacimiento, el Subteniente Baeza sopesaba estas cuestiones y comprendía que había caído en una trampa de la cual no le sería posible escapar, puesto que ya se encontraba en el frente donde tarde o temprano estallaría el conflicto. Pese a su juventud, tenía voluntad y carácter, y en su momento creyó que amaba la carrera militar, como sus ancestros, todos guerreros. Nunca había combatido, como muchísimos militares en el mundo, que murieron sin haber disparado un solo tiro. Ignoraba lo que era estar dentro de una guerra y, sobre todo, ignoraba lo que era matar a gente que no conocía y que ni siquiera se comportaba en enemigo. Porque hasta aquí aquella era una guerra extraña. Las tropas del Alto Mando avanzaban a lo largo de los ríos construyendo fortalezas y dejando en ellas dotaciones muy bien armadas, bajo la mirada oscura e indescifrable de los araucanos, que parecían no entender qué cosa traían entre manos los chilenos. Aún más: ni siquiera comprendían que todas estas maniobras les concernían y estaban dirigidas contra ellos. El tiempo pasaba lentamente, como la llegada de la primavera, y nada hacía prever la catástrofe. Ya se habían fundado alrededor de ocho fuertes sin disparar un cañonazo. Se calculaba que necesitarían ocho más para implantarse en el territorio y organizar las batallas y las escaramuzas guerreras desde ellos. El subteniente observaba el movimiento de los Pehuenches, una etnia cuyas tierras se situaban en los contrafuertes cordilleranos de los Andes, al este del río Bío‑Bío, extendiéndose hacia el sur. No sentía la menor animadversión contra los indios e ignoraba por qué tendría que atacarlos llegado el momento. Su mentón barbilampiño se alargaba en el vacío buscando oscuras respuestas a sus interrogantes, pero a la vez, comprendía que el orden jerárquico lo hacía depender del criterio de sus superiores y, como soldado bisoño, estaba condenado a cumplir órdenes incluso cuando su corazón o su conciencia se rebelaban contra ellas.
Guardó los binóculos y galopó hacia el lugar en que pernoctaba su guarnición. Buscó al Coronel Abigail Cruz para informarlo. Cruz se hallaba sentado fuera de su tienda, bebiendo un vino oscuro y estudiando mapas, que marcaba con lápices azules y rojos.
—Vio algo irregular, subteniente?
—Nada, mi Coronel. Al parecer, están trabajando en sus campos. Vi muchas mujeres labrando o pastoreando.
—Entonces, beba un poco de vino, subteniente. Mañana avanzaremos hacia el Fuerte de Negrete, allá, al otro lado del río.
Mostró con el brazo extendido hacia el extremo de la llanura, que cortaba por la mitad un camino de tierra muy recto y visible, flanqueado por la estatura filiforme de los álamos.
—No bebo, mi Coronel. Quizás lo haga con el tiempo —dijo Baeza enrojeciendo—. Primero tengo que habituarme.
—Se acostumbrará apenas comiencen a rugir las balas. Lo garantizo. Nada da más sed que el zumbido de las balas en las orejas.
—De las flechas querrá usted decir, Comandante. No creo que mis compañeros me disparen —observó con dulce insolencia el bisoño oficial.
—Es solo una metáfora —aseguró el Coronel mordiendo sus labios con despecho. Nada lo molestaba más que ser corregido cuando caía en bravuconadas sintácticas como aquella.
Echó al coleto un buen sorbo de tinto y miró los movimientos de su tropa, que marchaba ejercitándose y manteniendo la forma en las cercanías, bajo los gritos de un sargento vociferante y ebrio.
—Las guerras son necesarias, Baeza —dijo de pronto—. Sin guerras no hay historia, y sin historia no hay pueblo, nación o estado. Ni glorias militares, por supuesto.
—Ellos no están armados —manifestó el subteniente—. Tampoco nos atacan.
—Son muy antiguos —repuso el Coronel, con voz calmada—. Apenas lo decidan atacarán con todo. Por el momento nos observan. Fingen que no nos ven, pero nos están estudiando. Ellos creen que su sabiduría es infinita. ¿Conoce usted el proverbio?
Sin esperar respuesta, recitó:
“Existen tres pueblos: los chilenos, que no saben nada, los españoles, que saben un poco, y los araucanos, que lo sabemos todo”.
—Sospecho que aquí va a morir mucho mundo, Comandante. Nos faltará tierra para cavar las fosas.
—Si los arrojamos en fosas comunes, ahorraremos espacio, subteniente. Es mucho lujo sepultarlos en fosas privadas.
—Nosotros también podemos morir, supongo.
—Los soldados no mueren: se esfuman, Orozimbo. Pero en vida obedecen. Fuimos educados para matar y estamos aquí esperando la primera sangre. Nuestro verdadero oficio es la muerte de los otros —agregó con cinismo el Coronel Abigail Cruz, volviendo a beber—. Y por qué no decirlo: a veces, nuestra propia muerte.
—Ellos son connacionales —replicó el subteniente, sabiendo que su argumentación era inútil—. Vivimos en un mismo país. Un soldado no puede disparar contra su propio pueblo.
—Usted equivocó la vocación, mi estimado. ¿Por qué no se hizo cura?
—Porque en mi familia todos somos militares. Sin embargo mi padre cree que esta será una guerra inmunda. Y él se acogió a retiro con su mismo grado, mi Coronel. No era un soldado cualquiera y su opinión es más que válida.
—Ah, los jóvenes utópicos —se quejó el coronel. De repente, tensó el tono añadiendo—: tenga presente siempre que, si en medio de una batalla, usted deserta, lo haré buscar y lo fusilaré ipso facto. No habrá lugar en la tierra donde pueda esconderse. Yo mismo llevaré sus huesos a la tumba para evitar que no falte a su juramento de soldado.
—Lo sé, mi Coronel.
—Entonces beba un vaso conmigo. Es una orden.
El joven subteniente Orozimbo Baeza obedeció a esta invitación por primera vez. Tomó la copa y la bebió despacio, con un rictus de asco torciéndole la boca.
Después de toser y limpiarse los labios con las mangas de su guerrera, porque los soldados no usan pañuelo, el subteniente contempló al Coronel con ojos fijos.
—Mi Coronel, ¿siempre habrá que beber para matar? —preguntó, abandonando el vaso limpio de su esencia sobre la mesa de campaña.
—Siempre —dijo el Coronel—. No se haga la menor ilusión. El vino pertenece a la misma arma que el soldado que lo bebe.
El agua puede matar cuando decide ser río
La tropa montada descendió hasta la ribera siguiendo un sendero estrecho flanqueado por matorrales espinosos. Los soldados espoleaban sus caballos guiándolos en fila india. Al cabo de quince minutos los detuvo el curso de agua. El Coronel Abigail Cruz contempló la espesa e intransigente correntada del río. Desde la cima de la colina había observado que la velocidad y la profundidad del agua serían un obstáculo para alcanzar la otra orilla, pero eso no pareció arredrarlo. Había cruzado muchos ríos nadando al costado de su caballo y todavía estaba vivo.
Torció el cuerpo sobre la montura para mirar a sus hombres.
—Pase lo que pase —dijo— debemos cruzar hasta los árboles de enfrente. Y eso, antes de que el sol se ponga. Crucen cortando la corriente en diagonal hacia arriba.
En mitad del río había un islote desolado, cubierto apenas por algunos arbustos. Tras la orden de lanzarse al torrente, los caballos y sus jinetes fueron arrastrados por el potente aguaje de montaña. Algunos lograron cruzar, otros se fueron río abajo para siempre, camino del mar, y unos pocos treparon al islote a fin de completar después la segunda parte de la travesía. Entre ellos estaban el subteniente Orozimbo Baeza y el Coronel Abigail Cruz.
—¡Maldita la puta que te parió! —dijo este último, mirando el río, bebiendo de su petaca y sacudiendo con furia el agua que empapaba el capote militar.
Los hombres que se hallaban en mitad del cruce parecían desorientados y temerosos. Algunos habían visto a sus compañeros desaparecer aguas abajo.
—Luego los buscaremos —dijo Baeza, asumiendo la subjefatura—. Pueden estar agarrados a un tronco o haber salido por una curva del río —agregó, sabiendo que los otros pensaban en los muertos que las aguas estaban arrastrando hacia alguna parte, parte que no era otra cosa que el muy lejano mar, si no enganchaban en una raíz o entre dos rocas.
—A quinientos metros hay una cascada —dijo el Coronel Cruz—. Para salvarse es preciso encontrar una curva antes de la cascada. Y me corto una hueva si la hay.
Con este juramento no hizo otra cosa que descorazonar todavía más al contingente.
—Veremos —dijo Baeza, desafiante—. Yo no doy a nadie por perdido.
Tras un silencio, ordenó a los hombres, quienes ya empezaban a tiritar empapados de frío y de miedo:
—Arrójense al agua, luego bájense de las monturas y cuélguense de las crines por el lado izquierdo, desde donde viene la corriente. Así los caballos nadarán mejor.. Naden a la izquierda de los caballos para evitar que el río los arrastre.
Un furibundo estruendo de espuma saltó al aire cuando las cabalgaduras penetraron en el río.
El subteniente Orozimbo Baeza y el Coronel Abigail Cruz nadaban en medio de sus hombres. De pronto Baeza escuchó un sollozo que venía de la derecha. Mirando por encima de las crines de su caballo, vio que el Coronel Cruz había soltado las crines del suyo y resbalaba hacia las ancas arañando la montura para no perder el contacto con la bestia. El comandante vestía su pesado atuendo militar y un gran rifle le colgaba cruzándole la espalda, por lo cual flotar en la corriente era casi imposible. El Subteniente gritó:
—¡Atención, Comandante!
El Comandante tenía el rostro contraído de miedo y sus dientes castañeteaban. Los ojos grandes, abiertos, parecían mirar sin ver a causa del terror.
—¡No puedo! —gritó—. ¡Voy a soltarme!
—¡Se lo prohíbo! —aulló Orozimbo Baeza—. ¡Agárrese de la montura, carajo!
En ese momento el caballo de Cruz se apartó del resto y chapoteó en las aguas furiosas, siguiendo ahora la dirección de la corriente en lugar de buscar la otra orilla. Baeza volteó su caballo para ir a su rescate, cuando escuchó desde tierra la voz estentórea del Cabo Eraclio Zambrano, una voz que creyó oír por primera vez:
—¡Déjelo ir, subteniente, y vuelva a meterse entre sus hombres! ¡Más abajo hay una cascada de treinta metros de altura, y nadie sobrevive al caer por ella!
Baeza alcanzó la orilla cien metros más abajo, arrastrando por las riendas el caballo de su jefe, quien se aferraba a la montura gritando. Las cabalgaduras chapotearon en el fango hasta alcanzar la tierra firme. El hielo del agua calaba los huesos. Orozimbo Baeza trotó por la ribera río arriba, tirando las bridas del zaino del Coronel, que se dejaba conducir a sacudones, cabizbajo. Parecía borracho. Al meterse entre el pelotón, el joven oficial ordenó desmontar, desensillar, atar los animales y encender hogueras. También autorizó bebidas alcohólicas y designó a los soldados que prepararían el rancho y a los que levantarían las carpas. Pronto las llamas alzaron sus lenguas desde la carne de los leños. Los hombres se desnudaron para secar los uniformes. Todos llevaban vino y aguardiente en las alforjas, de tal modo que bebieron haciendo que el alcohol pasara a través del castañeteo de los dientes. Era media tarde y un sol refinado y triste empujaba sus rayos a través de las hojas.
—¡Subteniente Baeza, redacte un informe detallando nuestras pérdidas humanas y animales! —aulló el Coronel, que cubierto por una toalla se había sentado en una silla de campaña con una botella de aguardiente en la mano, cerca de una fogata, al parecer olvidado de su insólita cobardía.
—Mi Coronel, voy a explorar primero la orilla río abajo para buscar sobrevivientes.
—Pierda el tiempo como quiera —dijo el Coronel con aspereza—, aunque puedo garantizarle que todos los que fueron arrastrados por el río están muertos. Este río lo conozco como el hoyo de mi mujer. Y como en el caso del hoyo de mi mujer, el que entra sale con la cabeza colgando —añadió con exquisita bestialidad, aunque conciente del efecto que sus palabras causaban en la tropa.
Media hora después regresó el subteniente. Por supuesto, con las manos vacías. Desnudándose, estiró su vestimenta cerca del fuego para secarla. Pero antes llamó al Cabo Zambrano, y le ordenó que vigilara el montaje de las carpas y apurara a los cocineros del rancho, pues pernoctarían allí. Se instaló en otra silla de campaña en la mesa del Coronel, junto a la gran fogata, que ahora los iluminaba tiñendo sus cuerpos desnudos de un color dorado. El color contrastaba con la opacidad verde oscura de los árboles sonando pausados al fondo, donde recomenzaba el bosque.
—He estado pensando en pedir un ascenso para usted —dijo el Coronel Cruz—. Hoy día mostró tener cojones y preocupación por la suerte de sus soldados. Pero nunca olvide que fui yo quien pidió su ascenso —advirtió grosero.
El sentido de la frase no pasó inadvertido para el joven.
—Yo no olvido nada, Comandante.
Habían transcurrido tres años desde la conversación en el Fuerte de Nacimiento. Sin duda las cosas estaban cambiando, pues Baeza hizo sonar las manos y pidió a un condestable que le trajera una botella de vino descorchada. La bebió sin prisa, desde el mismo gollete, mirando al Coronel y limpiando sus nacientes bigotes con la punta de una toalla, mientras el fuego crepitaba cerca de sus rodillas.
—¿Sabe usted que los chicos pudieron salvarse, pero el cruce del río no fue bien organizado?
—¿Cómo así?
El Comandante había fruncido el entrecejo ante lo que consideró un reproche.
—Debimos atar grupos de diez caballos con un lazo, para permitir a los que cayeran de sus monturas tener algo donde agarrarse. Hemos perdido dieciocho hombres en la simple travesía de un río bravo, y nos quedan todavía decenas de ríos bravos por cruzar. A este paso, lo haremos nosotros dos solos, si sobrevivimos.
—No se preocupe, Baeza. Podemos pedir más hombres a Santiago. Además, otros contingentes van barriendo hacia el sur al mismo tiempo que nosotros, de tal modo que un día alcanzaremos el río Toltén y desde allí atacaremos el norte, mientras nuevos destacamentos bajarán al sur. Los meteremos en una especie de tijeras mortales, ¿comprende? Además, en Argentina están haciendo lo mismo y tal vez mejor que nosotros, de manera que no pueden cruzar la cordillera para esconderse allá.
—Llegar al Toltén —dijo Baeza— no costará un puñado de hombres, sino miles de hombres.
—Nuestra misión es llegar al río Toltén, sin contar los muertos, ¡carajo! —declaró medio ebrio Abigail Cruz.
Otra vez el héroe había despertado en él, tal vez a causa de la seguridad que proporcionan el fuego y el alcohol.
—Podríamos ahorrar muchas vidas si planificamos cada operación de tal modo que no haya pérdidas. Piense que hasta el momento, se han construido alrededor de ocho fuertes y ningún indio nos ha atacado ni preguntado qué es lo que estamos haciendo en sus tierras. Solo nos matan los ríos y los barrancos.
—Déjelos tranquilos, que están fabricando armas y almacenando víveres para una guerra larga. Ellos siempre piensan así porque a lo ancho de toda su historia, solo han tenido guerras largas. Cuentan con el tiempo como si fuera un guerrero más que les es afín —dijo filosofando el Coronel.
Ambos bebieron en silencio de sus respectivos golletes. El subteniente estaba perdiendo la cara de niño y su par de bigotes serían un día amenazadores. Tres años de campaña habían bastado para que sufriera un cambio paulatino, pero perceptible a simple vista. Incluso había cesado de escribir cartas a su madre, y este silencio epistolar revelaba, tal vez mejor que nada, la perturbadora realidad de su desarrollo. ¿Pero se crece en una guerra sucia o uno se transforma en una bestia borracha capaz de las peores tropelías?, pensó más de una vez. Bastaba escuchar al Coronel Abigail Cruz, quien no cesaba de soñar con el momento en que la Jefatura de la Guerra autorizara un ataque directo contra las tolderías indias.
—Imagine, subteniente, la cantidad de mujeres que tendremos.
—¿No es usted casado? —inquirió con candidez su lugarteniente.
—En efecto. Pero ese agujero está muy lejos. Estos otros se hallan aquí mismo, al alcance del dedo. O mejor dicho, del descabellado.
Guardaron silencio para beber sin interrupciones.
—He recibido un mensaje —dijo de pronto el Coronel—. Me piden que investigue lo que pasó con las cautivas de Boroa. He pensado ascenderlo. Apenas reciba la autorización, lo enviaré a ese lugar. Usted comandará el destacamento y deberá hacerse responsable de todo lo que ocurra.
—Perdone, Coronel, pero ¿quiénes son las cautivas de Boroa?
—Usted va allá, pregunta y me lo cuenta. Tan sencillo como eso.
—No es una razón militar para que vaya.
—Son mujeres de militares y colonos capturadas por los indios, es decir, hembras blancas. Ignoro la razón, pero se niegan a volver con sus maridos y retornar a la civilización. ¿Qué cree usted? Ya sabemos que toda mujer es una bestia sin cerebro, aunque en este caso, el vaso se está filtrando por el culo. Nadie comprende nada. Algunos las han visto y parecen estar felices con los indios. ¿Se imagina?
El subteniente reflexionó un minuto.
—Como los indios no están todavía en guerra, tal vez tengan más tiempo para dedicarles —dijo.
—¿Qué sabe usted de mujeres, pendejo?
—Aprenderé, Comandante, aprenderé. Hasta las bestias aprenden y yo no soy una bestia.
Los dos golletes se alzaron por enésima vez hacia sus bocas.
—Me gustaría empezar a matar —dijo el Coronel—. Esto está muy flojo. El olor de la muerte me exacerba las ganas de vivir.
—Me gustaría empezar a parlamentar —replicó el subteniente—. Quizás podamos evitar una guerra. ¿Cuándo parto para Boroa?
—Apenas llegue su ascenso.
—Un ascenso no cambiará mis convicciones.
El Coronel lo miró con enfado.
—Ojo, subteniente, que un militar no tiene convicciones. Solo órdenes y alcohol en el cerebro. Las convicciones las tiene el mando central del Ejército y nosotros debemos acatar sus órdenes. Ningún Ejército se ha equivocado nunca. Somos más infalibles que el Papa. ¿Y sabe por qué?
—No. Comandante.
—Porque el soldado no debe pensar. El soldado obedece. Por eso no comete errores personales. Solo cumple con las instrucciones que recibe y así se salva. Las responsabilidades se diluyen. Con el tiempo, nadie sabe quién da las órdenes, se teje una cortina de misterio en torno al que toma las decisiones.
—¿Somos entonces un puñado de bestias armadas buscando guerras para justificar nuestra existencia, Coronel? Eso me pone muy por debajo de la escala de valores con la cual he sido educado y he crecido.
—Los valores militares son distintos a los valores civiles. No se sorprenda si un día lo fusilan. Ya lo han hecho con muchos pensadores como usted. Pero yo lo aprecio. Es un militar de tomo y lomo, un poco impetuoso, porque le falta todavía crecer para tocar el cielo con la culata de su fusil.
El subteniente pareció decidirse y cambió la conversación.
—Salud, Coronel —dijo mientras bebían demasiado rápido sus respectivos tragos—. ¿Dónde construiremos el nuevo fuerte?
—Un kilómetro más abajo de la cascada.
—¿Se ha preguntado quién dio la orden o quién eligió el lugar?
—No es necesario. Sé que debe ser allí.
La mañana siguiente los encontró preparando la partida. Cabalgaron a lo largo del río, observaron calculando la potencia del agua en la cascada, recorrieron otro kilómetro a marcha forzada y escogieron con cuidado el sitio para establecer allí un campamento estable. La tarea encomendada era construir un fuerte. El lugar parecía solitario y protegido. La curva del río, que lo circundaba, amansaba un poco las aguas, lo que permitía pescar truchas y lisas de agua dulce. Emprendieron las obras del fortín. Días más tarde, un grupo de soldados que se bañaba tras concluir las faenas, tropezó con los cuerpos hinchados de algunos de sus compañeros arrastrados por el río durante la travesía. Esto dio lugar a una ceremonia que contempló la excavación de tumbas, un discurso, numerosas paletadas de tierra y ripio, y luego el descorchar de un número indeterminado de botellas. Seguro que muchos pensaron, de pie junto a las tumbas, que era posible que ellos tampoco volvieran a sus casas.
Durante varias semanas trabajaron en la construcción. Se trataba, en realidad, de una tosca hilera de postes clavados en la tierra que completaban un círculo. Al centro, se alzó una gran cabaña, cuyo piso lo constituían planchas de hierro que llegaron desde una guarnición cercana, y cuyas ventanas, muy numerosas, eran de pequeñas dimensiones, para que un hombre, por delgado que fuera, no pudiera penetrar a través de ellas. Luego levantaron otra cabaña, similar, pero más pequeña. En un costado, alto sobre el círculo de postes, se elevó un balcón volado, en el que emplazaron una pieza de artillería giratoria que permitía la defensa del recinto, protegido por la cascada, río arriba, y un meandro. Nadie podría atacar desde el agua, y viniendo del bosque, la pieza de artillería podía producir grandes estragos. En realidad, reconoció Orozimbo, un verdadero estratega planeó la construcción de la fortaleza allí.
El destacamento permaneció algunos meses en el lugar, esperando la tropa que debía establecerse en el recinto. Entretanto, inspeccionaron los alrededores buscando fuentes de aprovisionamiento. No resultó necesario ir muy lejos. A dos millas de distancia se abría un campo de pastoreo indio, en el cual centenares de cabezas de ovinos pastaban al alcance de los lazos. Había también caballos y vacunos.
—Este es el paraíso terrenal —manifestó el Coronel una noche en que bebían contemplando el fuego, mientras los jóvenes reclutas se preparaban para organizar las guardias—. La comida está al alcance de la mano, y un poco más lejos, mueve sus caderas una deliciosa carne humana que muy pronto tendremos aquí.
Mostró con el dedo la pequeña cabaña que ocupaban los jefes y oficiales para proteger su seguridad y su privacidad.
Como era de esperar, la tropa no se privó, en sus horas de descanso, de buscar a las pastoras de semejantes rebaños, y numerosas violaciones tuvieron lugar bajo el pesado sol de mediatarde que llameaba avanzando hacia el verano.
Un correo llegó con la muerte del año. Traía abundante información acerca del movimiento y los logros de once Divisiones que operaban ya en territorio indio. Las primeras batallas tuvieron lugar cuando los Pehuenches sorprendieron y atacaron a dos destacamentos que bajaban por los contrafuertes cordilleranos en busca del valle de Lonquimay, en donde había tribus escondidas. El Ejército contraatacó. Las muertes de guerreros indios se contaban por centenas y habían capturado mujeres y niños, arreado miles de cabeza de ganado y quemado las sementeras y las tolderías. Esto habría sido aprobado por el Ministro de la Guerra, pese a que se evitaba por ahora entrar en un combate generalizado.
En documento aparte, el General Cornelio Saavedra, Comandante en Jefe de todas las operaciones, autorizaba el ascenso del subteniente Orozimbo Baeza a Teniente.
—Felicitaciones —dijo el Coronel Cruz, elevando su botella—. Ahora usted está en condiciones de comandar su propio contingente.
—¿Y eso qué significa, Comandante?
—Que puede usted incendiar, matar, quemar, robar o violar, según su propio criterio y sus necesidades, sin pedir permiso a nadie. Será otra guerra, esta vez entre usted y su ética y su moral. Apróntese. Se lo digo yo, que también pasé por ahí.
Las cautivas de Boroa
Catorce días con sus noches tardó el Teniente Orozimbo Baeza en cubrir la distancia que lo separaba de Boroa, aldea enclavada al sur, a corta distancia del lugar en que años más tarde sería fundada la ciudad de Temuco. Como los días que lo demoraron, el contingente a su mando estaba compuesto también por catorce hombres. Entre ellos venía el ordenanza que le fue asignado en forma oficial: Cabo Primero Eraclio Zambrano, un militar alto, delgado, moreno y en apariencia obsecuente. Tenía dos años más que el Teniente y había llegado casi a la cúspide de su carrera pues, salvo que procediera una causal específica, estaba excluido su ascenso a oficial, toda vez que no había pasado por la Escuela Militar. Muy pronto los dos hombres se entendieron bien y Zambrano terminó por convertirse en el confidente de Baeza y en el militar que lo asesoraba ante todas las tomas de decisiones.
Así pues, en mitad del verano siguiente ambos cabalgaban codo a codo precediendo a la tropa, compuesta por mozalbetes barbilampiños de origen campesino, ex convictos, aventureros de toda laya, torpes, agresivos, reidores y locuaces. Zambrano los dominaba bien y su dominio suplía las incertidumbres e inseguridades de su bisoño jefe. En efecto, el Teniente Baeza se sentía entre dos aguas a causa de la tensión interna que le producía la inminencia de la guerra, con la cual no estaba de acuerdo, y sus deberes militares, que había juramentado cumplir. Intuyó muy temprano que esta sería una guerra irregular, una guerra con objetivos privados, destinada a arrebatar a los mapuches su territorio ancestral. El Cabo Eraclio Zambrano le prestó un libro en que se describía, con gran acopio de detalles, un Parlamento entre españoles y mapuches, el cual tuvo lugar el año 1641, en un lugar llamado Quilín, cerca del Fuerte de Nacimiento. Los diferentes parlamentarios representaban, unos a la Corona española, y otros, al pueblo mapuche. Las figuras principales, entre los primeros, eran el jesuita Diego de Rosales, autor de la célebre Historia General del Reyno de Chile. Flandes Indiano, y el Marqués de Beides, por entonces Gobernador de Chile. En este Parlamento quedaron zanjadas las cuestiones de la paz y de los límites del territorio indio, denominado a partir de entonces, la Nación Indiana. Límites establecidos a perpetuidad según el documento en el que se estamparon los sellos reales, y en el que se consignaba que ningún estado o nación foránea podía violar u objetar los compromisos contenidos en el pliego, pues esa era la voluntad del soberano para concluir de una vez por todas la larga guerra de Arauco. Esta guerra había durado alrededor de trescientos años y había costado al pueblo mapuche demasiados muertos. El acuerdo, que fijaba los límites de la Nación Indiana entre los ríos Bío-Bío, por el norte, y Toltén, por el sur, fue desconocido en varias ocasiones a causa de las reticencias de las sucesivas autoridades centrales. Incluso, requirió de otros Parlamentos, y la guerra prosiguió con altibajos, sucediéndose largos períodos de calma que antecedían a nuevas acciones bélicas. Sin embargo, el territorio indio no logró ser modificado, y sus habitantes, de costumbres nómadas, fueron evolucionando poco a poco hasta transformarse en pueblos sedentarios que cultivaron las llanuras y organizaron la explotación de vastísimas praderas para convertirlas en tierras de labranza o de crianza de ganado. Lo que perturbaba en el presente a Orozimbo Baeza, tras la lectura del libro, era la actitud pacífica de los indios, porque no respondían a las avanzadas militares chilenas que penetraban en su territorio. El súbito despertar de los Pehuenches años más tarde, frente a esta situación, podía ser atribuido a un caso particular, porque no duró demasiado y las cosas se tranquilizaron al cabo de pocos meses. Sin embargo, el episodio constituyó un llamado de alerta para el Estado chileno, cuyas autoridades comprendieron de inmediato que toda la región podía transformarse en un barril de pólvora en cualquier momento por un “quítame allá esas pajas”.
—Cabo Zambrano —dijo el Teniente—, ¿le parece que nos estamos embarcando en una guerra justa?
—No sé hasta qué punto es necesaria —respondió Zambrano con cautela— pero supongo que obedece a razones políticas bien meditadas y planeadas. Se trata del problema de estas tierras, que impiden al Estado chileno expandirse al sur, pues la nación india es una especie de Estado corcho o tapón.
—¿Corcho?
—Los mapuches autorizan a los misioneros y a los comerciantes el acceso a su territorio, pero es necesario tomar precauciones. Por aquí pasa mucha gente, en particular, comerciantes, que se establecen donde quieren sin pedir permiso a nadie, aventureros de toda laya y misioneros.. . A los indios les interesa esta relación, pues no deben ir muy lejos para encontrar lo que necesitan: harina, aguardiente, herramientas de labranza. Con el correr de los años tales extranjeros serán muchos y esta situación provocará conflictos ya que, sin ninguna duda, comprarán tierras. El Gobierno tiene otras opciones, como por ejemplo, hacer venir a colonos europeos para instalarlos aquí, y como es obvio, necesita despojar a los aborígenes de su Estado Nación. Por eso estamos usted y yo donde estamos.
—No considero justo el procedimiento —dijo el Teniente—. Creo que se podría parlamentar y acordar un pasaje hacia el sur, que no sea controlado por los mapuches y por donde la gente circule en libertad. ¿Cuántos mapuches habitan estas tierras?
—No lo sé. Se habla de centenas de miles, por lo menos. Pero eso del pasaje, puede ser por la costa, pues el Estado tendrá que construir pequeños puertos de enlace con los que tiene más al sur. Y si el pasaje es por la costa, los mapuches quedan sin acceso al mar, es decir, a la pesca. Como ve, todo parece simple, pero al menor análisis las cosas se complican.
—En todo caso, si hay casi un millón de mapuches, eso puede darle a usted una pequeña idea de lo que será la magnitud de la matanza —puso la mano a modo de visera y exclamó—: ¿qué veo en el horizonte?
—Uno de los establecimientos comerciales que mencioné —explicó Zambrano—. Allí podemos comer y beber algo y dejar que los animales pasten y descansen.
—Informe a la tropa que pararemos un rato —ordenó Baeza.
Zambrano obedeció. Cinco minutos más tarde se hallaban bien instalados en sendas sillas, con los codos sobre una mesa y una botella de aguardiente al alcance de las manos, mientras esperaban la comida. Sentían el peso de los huesos y dolores intensos provocados por las rudas cabalgatas. Los mozalbetes desensillaron los caballos y los amarraron con lazos largos, para que pudieran pastar.
Al cabo de un rato se acercó el dueño de los lugares.
—¿De dónde es usted? —inquirió el Teniente.
—Soy italiano —repuso el lacónico posadero—. Me gusta Chile.
—Esto no es Chile —observó cáustico Orozimbo Baeza, aplicando sus nuevos conocimientos—. Usted vive en la Nación Mapuche.
—Es lo mismo, señor oficial. Está dentro de Chile.
Orozimbo lo miró, mientras el otro limpiaba sus manos con un delantal.
—Estamos en paz— dijo el italiano sonriendo—. Yo los necesito a ellos y ellos me necesitan a mí. Es la única manera de evitar las guerras.
—Muy simple— dijo el Teniente—. Pero le prevengo que esto está por comenzar.
—Y yo le aseguro que mientras tenga la posibilidad de traer aguardiente, nadie me tocará un pelo de la calva.
En efecto, su cabeza desprovista de cabellos parecía un huevo, a tal punto que sus clientes lo llamaban Pastene Fulgieri, el Descabellado.
—Mi Teniente —dijo Zambrano en voz baja—. Esta gente es así. No les interesa el país y sus leyes. Al contrario, están masacrando a los indios con sus barriles de aguardiente.
—Entonces también está masacrándonos a nosotros, Zambrano. Le pedimos un par de copas y nos trajo un litro —observó Orozimbo.
—No tiene por qué chupárselo entero, jefe.
—El problema es que si se me calientan las fauces, dentro de un rato no habrá una gota ahí —murmuró Orozimbo señalando la botella.
—El Comandante me previno que usted no bebía.
—Eso es el pasado puro. Los acontecimientos me están cambiando, mi Cabo. Y yo lo siento por mí, por mis ideales, a los cuales estoy traicionando a cada rato.
—Es muy duro vivir en estas condiciones —admitió el Cabo—. Sobre todo, sin mujer.
—Por el contrario, dicen que esto está lleno de mujeres.
—Pero tienen dueños.
—Estas mujeres no los sienten como dueños, Zambrano. Eso me han dicho.
—Según como se mire —admitió el Sargento—. ¿A usted le gustaría que un indio robe a su mujer?
—Es lo que vamos a averiguar en Boroa. Por qué las cautivas no quieren abandonar a los indios, sus captores. ¿Sabe usted que se niegan a volver a la civilización?
—Algo he oído, Teniente. Pero es un asunto que solo ellas pueden explicar.
—Estoy ansioso por escuchar una explicación, si es que la hay.
—Quizás los indios tienen un trato menos animal con ellas que sus maridos, sean colonos o militares. Años atrás había alrededor de quinientas cautivas blancas que no quisieron regresar a su hogar. Y eso que les matamos a buena parte de los machos.
—Por desgracia. Yo no permitiré que este contingente mate a alguien en Boroa. Hablaremos con ellas, sin violencia.
—Estoy a su lado, Teniente. Puede contar conmigo.
Almorzaron a la sombra de una ramada. Cambiaron el aguardiente por vino. Luego se fueron a dormir un rato, tendiéndose a la sombra de un árbol, con los quepís echados sobre la cara. Un poco más tarde Orozimbo despertó y creyó que había alguien cerca. Apartó de inmediato el quepí para mirar. En efecto, un indio parado a sus pies lo observaba silencioso y sin ninguna expresión particular en el rostro, redondo, moreno, barbilampiño. Sorprendían sus ojos azules y el pelo rubio pajizo.
—Nada —dijo el indio, mostrando ambas manos levantadas como queriendo indicar que no llevaba armas—. ¿Es verdad que vas a Boroa?
—Voy directo para allá.
—¿Y se puede saber a qué?
—Cumplo una misión encomendada por mis jefes.
El otro reflexionó mirándolo de manera oblicua.
—Es un viaje inútil. Nada las hará cambiar de parecer —aseguró.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo vivo en Boroa. Ellas llegaron legalmente. Nosotros las trajimos desde Argentina —dijo el indio—. Las compramos, pagamos por ellas. Nunca hemos capturado a nadie.
—Se lo preguntaremos a ellas.
—Yo te guío —dijo el indio—. No es fácil llegar allá.
—¿Estás solo?
—No. Somos diez.
—Supongo que no tienes la intención de emboscarnos.
—Mira —dijo el indio—. Hace diez minutos que te observo dormir. Podría haberte matado veinte veces, porque tu gente está borracha roncando en el pajar, allá abajo. Por lo demás, me interesa que vayas a Boroa y hables con ellas sin intermediarios. No queremos que la guerra llegue allí.
—¿Y?
—No te he matado, aunque sabía que ibas para Boroa.
—¿Por qué? ¿No quieres que vaya para Boroa?
—Al contrario. Quiero que vayas para Boroa.
El Teniente, a su vez, reflexionó un poco.
—No queremos enfrentamientos. ¿Me das tu palabra de que conversaremos como amigos, sin recurrir a la violencia?
—Eso depende del comportamiento de ustedes. Si no provocan enfrentamientos, no tienen nada que temer.
—Muy bien. Déjame dormir un poco más y luego retomamos el camino.
—Estaré allí, en la bodega —dijo el indio—. No tienes que apurarte, porque nos queda más de un día de camino.
Se alejó. Orozimbo vio el machete que le colgaba por el costado izquierdo de la cintura.
Una hora más tarde el Teniente y el Cabo Primero se hallaban refrescándose bajo un chorro de agua. Eraclio hizo una señal al indio para indicarle que debían montar. Luego caminó hasta el establo para despertar a su destacamento, que se hallaba tirado en la paja con las guerreras abiertas y las caras sudadas. Al rato, la caravana se puso en camino. El Teniente echó a los indios por delante para evitar todo peligro a sus espaldas.
Cerca de la medianoche, cuando atravesaban un bosque, penetraron en un claro sembrado de cadáveres. La luna mostró que algunos eran indios y otros vestían uniforme. Sobre los muertos había buitres hendiendo la carne a picotazos. Los soldados dispararon a la bandada para espantarlos, torciendo la cara con asco.
—Qué despilfarro —dijo Baeza.
Se sorprendió al constatar que su voz carecía de toda emoción en presencia de la muerte.
—Un destacamento de ustedes iba para Boroa —dijo el indio, que se llamaba Diguillín—. Vinieron los nuestros y los pararon en seco, ya que no habían pedido como tú autorización para pasar.
—Yo no pedí autorización —dijo Orozimbo Baeza.
—Depende. Hablaste conmigo y acordamos que tu visita sería pacífica. Estos iban en son de guerra, y ahí los tienes.
—Hay varios de los tuyos caídos en tierra también, según puedo ver a simple vista. ¿No vamos a enterrarlos?
—Vendrán a buscarlos por la mañana.
—Esta noche no habrá más que huesos. ¿Enterrarás a los nuestros?
—Si me lo pides.
—Te lo pido fraternalmente.
—Para matar hay que morir —afirmó Diguillín con gran convicción—. No existe otra salida. En todo caso, los tuyos no pasaron. Es seguro que venían de la guarnición de Traiguén.
El Teniente se allegó a su subalterno y le preguntó en voz baja.
—¿Quién comanda la guarnición de Traiguén?
—El Capitán Tomás Walton —dijo Eraclio—. Es un oficial muy exaltado: recomienda la guerra de recursos y la guerra de exterminio. Por el momento, no es escuchado, pero el día menos pensado nos va a meter en un forro de conciencia.
—¿Y de qué tratan estas guerras?
—Es un proyecto diabólico. Se trata de capturar a las mujeres y a los niños y matar a los hombres si los encuentran. Quemar las tolderías y las sementeras y robar el ganado. Piensan cercarlos por hambre y obligarlos a huir a las montañas. Lo peor es que el Ejército pretende vender a las mujeres y a los niños en las estancias de Chillán, Los Ángeles o Concepción. ¿Se da cuenta usted, mi Teniente? ¿Vender a los niños y a las mujeres como esclavos para financiar la guerra? Y no se tratará de traficantes particulares sino de nuestro propio Ejército, al cual pertenecemos. ¿No le da vergüenza ajena?
—Supongo que no podremos nada contra eso.
—No —dijo Zambrano.
Cabalgaron una hora más y escogieron un lugar para comer y dormir. Un poco antes se cruzaron con una patrulla india que iba en busca de sus muertos. Cerca del sitio que escogieron como campamento corría un río que los mapuches llamaban Trongol.
Al cabo de un momento ardían las fogatas. Los indios asaron un cordero que traían descuartizado. Los uniformados hicieron lo propio con el suyo y todos se instalaron a comer, separados en dos grupos que casi no se dirigían la palabra. Eraclio Zambrano ordenó a sus hombres que se cuidaran con la bebida y envió a dos mocetones para montar la guardia en lo alto de unas rocas que dominaban el campamento.
—El relevo será cada dos horas —dijo—. Preparen las parejas y no disparen por ningún motivo sin orden de mi parte.
Se reunió con su jefe y ambos bebieron aguardiente en silencio, recostados en el pasto contemplando las estrellas que fulguraban en la noche negra.
—Cuando era pequeño, soñaba que las guerras las hacían los héroes —dijo el Teniente—. Y mis sueños estaban llenos de errores. Por ejemplo, en mis sueños no había sangre ni lágrimas. Apenas héroes armados de espadas gigantescas, que empuñaban con las dos manos para combatirse entre sí. El pueblo no intervenía. Solo vitoreaba a los vencedores.
—El problema está en que la guerra se halla en la naturaleza de los hombres —observó filosóficamente Zambrano—. En la historia del hombre, las espadas y los cañones no han tenido jamás un solo instante de reposo. Lea la Biblia, Teniente. Aprenderá un montón de cosas sobre la guerra.
—La leí muchas veces en mi adolescencia. Quizás debería volver a leerla ahora, pero no me queda tiempo. Y hace muchos años que dejé de comulgar.
—Yo leo la Biblia como un libro de historia —alegó Zambrano—. Para mí no tiene nada que ver con religiones. La tengo siempre en las alforjas.
Muy temprano estaban todos lavándose en el río. Bebieron café en grandes tarros mohosos, ensillaron, y prosiguieron el viaje.
Una mujer india cruzó la ruta frente a ellos. Parecía hallarse sola, llevaba un canasto de mimbre sobre la cabeza y sus pies descalzos en apariencia no sentían la dureza de los guijarros que cubrían el camino. Nadie formuló el menor comentario, como si la mujer les resultara invisible. Ella tampoco miró al grupo.
—Un destacamento mapuche puede estar acampando cerca de aquí —susurró el Cabo—. Tal vez sea el mismo que atacó a los nuestros cuando iban a Boroa. Además, ella viene del río, donde seguramente lavó sus ropas.
Continuaron avanzando pero no vieron a nadie más. Al mediodía el sol ya calentaba con fuerza y los soldados abrieron sus guerreras para ventilarse. Diguillín los llevaba por un desvío, porque al marchar recostándose sobre la Cordillera, los ríos eran todavía angostos y menos correntosos, de modo que se les podía cruzar con suma facilidad. Cerca del mar la cosa se mostraba distinta. Allí llegaban hinchados por las aguas de numerosos afluentes, adquiriendo gran profundidad y fuerza, lo cual constituia un peligro mayor.
Entraron a Boroa en mitad del crepúsculo. Para ello tuvieron que cruzar el río Imperial, que en el verano es bajo, con grandes extensiones pedregosas en el centro de su curso. Boroa estaba constituido por un tolderío situado en la ribera sur del Imperial. La particularidad de Boroa es que la mayor parte de sus habitantes son indios de ojos verdes o azules y cabellos rubios.
—Acampen en la orilla del río —indicó Diguillín—. Mañana los buscaré para que hablen con nuestras mujeres.
—Tus cautivas —corrigió Baeza.
—Ellas pueden irse cuando quieran —repuso Diguillín—. El problema es que no quieren irse.
Prepararon el rancho y comieron sin sobresaltos. No había ruidos en el tolderío y todos parecían dormir.
El Teniente Baeza se internó en medio de los matorrales con la intención de evacuar. Jamás imaginó lo que vendría, porque de repente, acuclillado, los pantalones abajo, entre pedos y eructos, levantó la vista y sus ojos tropezaron con una extraordinaria criatura que lo miraba en silencio, semioculta por las ramas. Era una muchacha de piel blanca, largos cabellos rubios y un rostro de increíble belleza. Parecía tener quince años o un poco más. Sus ojos eran verdes.
Orozimbo saltó subiendo sus pantalones y se quedó mirando la aparición.
—Perdona —dijo— no sabía que estabas aquí.
—No estaba aquí. Acabo de llegar. Por las noches vengo al río.
No parecía impresionada por la escena anterior y se sentó entre los arbustos, sobre el pasto.
—Me gusta nadar de noche —explicó.
—¿Sola?
—Nadie pasa por aquí. Esto es muy seguro. Además, los guerreros montan guardia en los caminos que llegan a Boroa. ¿Ustedes de dónde vienen?
—De lejos. Hemos cabalgado varios días.
—¿Cómo lograron burlar a los guardias?
—Los guardias nos trajeron. Queremos hablar con ustedes, pero debemos esperar hasta mañana.
—¿Hablar con nosotras?
—Tan solo queremos saber por qué se niegan a abandonar Boroa.
—Vivimos aquí —dijo la joven—. No hay ninguna razón para que nos vayamos.
Orozimbo terminó de abrochar su cinturón.
—Pero tú eres blanca —objetó—. ¿Tienes familia?
—Mi madre. Vive con el jefe de la aldea.
—¿Y tú?
—No tengo edad para emparejarme —replicó con sencillez—. Por el momento espero.
—Supongo que solo conoces a los indios.
—He visto a muchos de los tuyos matando. He visto sus caras cuando matan. Es terrible.
—No son míos, pero los vi muertos, en un claro que hay más arriba del río.
—Pretendían entrar por la fuerza para llevarnos. Nosotros no queremos abandonar este lugar. Además no nos han capturado, sino comprado. Aunque ellos nos llaman españolas, nacimos en Argentina, y desde allá nos trajeron. Nunca los abandonaremos.
—¿Por qué?
—Porque son dulces y afectuosos y les pertenecemos. Están llenos de amor y de respeto. Somos libres y felices aquí.
Orozimbo se aproximó a la joven y se detuvo a dos pasos.
—No lo intentes —dijo ella, levantando el brazo—. Un solo grito mío y te matarán.
—No intento nada. ¿Cómo te llamas?
—Ale.
—¿Qué significa eso?
—Luz de Luna.
—Es un lindo nombre.
—¿Y tú?
—Orozimbo. Orozimbo Baeza.
—¿Y eso, qué quiere decir?
—Nada. Soy un oficial de Ejército y todavía no he guerreado nunca. Estoy contra la guerra y quizás un día me fusilen por eso.
Ella miró hacia el río un largo momento. Parecía ensimismada, como si una duda o un problema de difícil solución le curvara el entrecejo. De repente, preguntó:
—¿Quieres nadar conmigo?
Orozimbo se confundió mucho.
—No sé.
—¿Qué tiene de malo?
Orozimbo lo pensó dos veces, como era su costumbre. Luego:
—Nada, en realidad. Te sigo.
La joven cruzó por entre las ramas y alcanzó la ribera del río. Allí había un remanso de aguas quietas. Se desnudó y saltó al agua. Orozimbo creyó que debía hacer lo propio. Había visto su cuerpo desnudo, muy pálido y bello a la luz de la luna.
No puede ser, pensó, estoy soñando.
El agua era curiosamente tibia para hallarse en un territorio situado tan al sur. Nadaron y retozaron largo rato en las aguas transparentes. De pronto se encontraron frente a frente, con las caras empapadas, riendo. Se miraron. Ella lo besó en la boca. Fue la noche más intensa en la vida del joven militar. Incrustó su pecho entre los duros senos de la muchacha y atrajo su cintura hasta que los vellos del pubis tocaron los suyos. Una erección violenta le inflamó la sangre.
Volvió a hundir sus labios en la boca que jadeaba. La penetró con dulzura y ella colgó sus piernas en las caderas del macho. Orozimbo no supo nunca cuánto tiempo estuvieron así. Sintió que eyaculaba interminablemente y escuchó sus pequeños gemidos de placer. Durante el largo apareamiento, en todas las posiciones que permite el agua tibia, la luna se fue corriendo por el cielo casi hasta desaparecer en el horizonte que terminó por tragársela.
—Sabía que esto iba a ocurrir aquí —dijo la niña de repente, zafándose de sus brazos y nadando hasta la orilla. Él la alcanzó. Estuvieron un rato en silencio, recostados sobre la hierba, secándose.
—Cuando conozca el sentido de mi futuro, cuando sepa quién soy y hacia dónde me llevan las aguas de la vida, vendré a buscarte —dijo el Teniente, con inevitable romanticismo—. Es una promesa.
Ella se limitó a mirarlo en silencio con intensidad. Después se levantó, sacudió las hierbas de su falda, se metió en ella y en seguida se metió en la blusa.
—Te esperaré —dijo— te esperaré hasta que vuelvas —Y acto seguido lo besó en la boca y desapareció entre los matorrales como un susurro.
Esa noche, sin sospecharlo, había revelado a Orozimbo Baeza el nombre de sus futuras hijas.
Por la mañana se produjo el encuentro entre cautivas y soldados. Como lo había predicho Luz de Luna, las mujeres, una cuarentena de diversas edades, escucharon en silencio la exposición del Teniente Orozimbo Baeza y contestaron con gran seguridad a sus preguntas. En particular, una dijo:
—Nosotras no somos cautivas. Los Boroanos nos compraron en Argentina.
—¿Cómo en Argentina?
—Todas venimos de allá, donde también fuimos cautivas. Ellos, los Boroanos, van a Argentina y nos compran, sobre todo a las que tenemos pelo rubio y ojos azules.
—¿Entonces, no son cautivas chilenas ni españolas?
—Por nada del mundo —dijo una de las mayores—. Somos gente comprada.
—¿Y no tienen nada que ver con Chile?
—Nos llaman las españolas —dijo la más fuerte de ellas—. Hay quienes alegan que nos han cortado los talones para que no logremos escapar. Aunque yo te puedo mostrar mis talones.
En efecto, ellos no tenían ninguna huella de tortura ni de herida.
—Captamos —murmuró el ayudante—. Es muy extraño lo que sucede aquí, y sin embargo sucede.
—Afirmativo.
—¿Qué hacemos?
—Ordena a los soldados que ensillen.
Zambrano se alejó.
Orozimbo Baeza clavó sus ojos en Luz de Luna y manifestó con voz firme:
—Hemos hecho un compromiso Diguillín y yo, y cumpliré todas mis promesas. Todas —reiteró sin apartar los ojos de los ojos de la joven, que lo observaba al parecer sin ninguna emoción especial—. Espero que la guerra no las haga sufrir en demasía, pero tengan cuidado, porque cuando estalle, las cosas cambiarán. Será una guerra larga. Yo no estaré muy lejos, pues se me ha destinado a la comandancia de la División que controlará la zona de la desembocadura del río Toltén. Si me necesitan, pueden buscarme allí. Adiós. Me despido como un amigo.
—¡Como amigos! —gritaron al unísono las españolas-argentinas.
Al abandonar la gran tienda donde se tenía la reunión, se cuadró e hizo un saludo militar. No miró atrás, aunque sabía que dos ojos jóvenes y claros le horadaban la espalda como dos cuchillos verdes buscando tal vez su corazón.
Se mencionan halcones y palomas
Había decidido quedarse unos días en Boroa, pero en la otra parte del villorrio, donde se mezclaban el comercio, pequeñas posadas y expendios de bebidas alcohólicas. El lugar se hallaba poblado por aventureros de varias nacionalidades y de toda laya. Sabía que la simple visión de los cuerpos de las mujeres en las calles volvería locos a los jóvenes reclutas. Cruzaron pues el pueblo de callejuelas pedregosas, y algunas anchas y altas casas construidas con tejuelas de alerce. Estableció campamento cerca del río, que rodeaba tres cuartos del poblado, y concedió a los reclutas veinticuatro horas de permiso, con la condición de que organizaran las guardias para evitar el robo de los caballos. Escoltado por Zambrano, se adentró en la aldea, una de las primeras agrupaciones aglutinadas alrededor de un Fuerte, fundada por los españoles durante los primeros años del siglo XVII. En pleno centro, había pequeños hoteles con sus respectivos bares, y por supuesto, un bullicioso gentío que circulaba saludándose a gritos, entrando y saliendo de los establecimientos comerciales o de los bares.
—Vamos a buscar información sobre lo que está pasando —dijo Baeza a su ordenanza—. Por aquí deben andar los corresponsales de guerra.
Amarraron los caballos y entraron en un bar reluciente, atiborrado de botellas. Era mediodía y mucho mundo se alborotaba junto a la barra. Ciertos parroquianos leían periódicos instalados en sus mesas, bebiendo. Los uniformes llamaron la atención de inmediato. Algunos tipos se les acercaron con rapidez, pues todo el mundo quería contrastar sus informaciones. Nada era claro en el conflicto.
—¿De dónde vienen ustedes? —preguntó uno.
—De la desembocadura del Toltén —contestó Orozimbo mintiendo—. ¿Y quiénes son ustedes?
—Yo cubro las informaciones para El Meteoro.
—De Los Ángeles —dijo otro.
Un tercero admitió que pertenecía a El Ferrocarril, de Santiago de Nueva Extremadura, y un cuarto aseguró que informaba para El Mercurio, de Valparaíso.
Eran, pues, los célebres corresponsales de guerra, cuyos artículos despachados todos los días a sus periódicos, con el relato de los acontecimientos vividos en directo, ayudarían a los futuros historiadores en la reconstitución de los avatares del conflicto. Orozimbo los invitó a sentarse con ellos y descorcharon algunas botellas comentando las últimas noticias de todos los frentes. Al parecer, las acciones bélicas habían comenzado. Se hablaba de combates en la precordillera de los Andes, donde moraban los Pehuenches y los Arribanos. Estos últimos, sin embargo, se negaban a combatir y habían parlamentado con el Ejército para obtener garantías. En cambio, los Pehuenches atacaban con gran ferocidad, y no vacilaban en bajar hasta los llanos enfrentando a los uniformados. Había ya once Divisiones operando en territorio araucano. Todas estaban bajo el mando central del General Cornelio Saavedra, quien dependía del Ministerio de la Guerra, pero había experimentados jefes militares al mando de cada una de las otras Divisiones. Aunque esto de experimentados no calzaba, pues nunca antes habían combatido. Mal congénito de los ejércitos que atacan a sus pueblos para justificar su aversión a un trabajo verdadero.
—Parece ser que se está buscando una estrategia a fin de que la guerra no dure demasiado —dijo uno de los corresponsales— aunque como siempre ocurre en estos casos, los halcones quieren acciones decisivas y las palomas desean parlamentar con las tribus.
—Hace dos días hubo una batalla sangrienta en un sitio que llaman “El Almendral”, cerca de Ángol —informó otro—. El Ejército atacó una toldería en plena noche y mató sin discriminación a hombres, mujeres y niños, que apenas podían defenderse. Hay una laguna, un pantano cerca de allí, y un tipo que presenció los hechos nos contó que decenas de cadáveres flotaban sobre el barro. El Ejército montó guardia e impidió que los indios sobrevivientes enterraran a sus muertos. Las aguas y el fango estaban rojos y se dice que algunos heridos murieron desangrados porque no se les prestó auxilio.
—¿Quién comandó el ataque?
—El Coronel Tomás Walton y su lugarteniente, el Churrete Herman Marín, aspirante a escritor-historiador.
—¿Por qué aspirante a escritor?
—Herman Marín cree que escribe...
—¿Y cuándo fue ascendido Walton?
—En el mismo sitio de los hechos. Hay un General que protege sus fechorías. Se llama Eleuterio Barboza.
—Después de la matanza quemó las tolderías, las cosechas, y se llevó dos mil cabezas de ganado. Está tratando de elevar la guerra a su máximo punto de destrucción, y ya, a estas alturas, no lo frena nadie. Dentro de poco ascenderá a Teniente Coronel y entonces será imposible pararlo.
—No hace ninguna distinción entre guerreros, mujeres y niños. El mismo arenga a sus soldados para que cometan violaciones contra las mujeres y los niños de cualquier sexo o edad. Se hace llevar adolescentes a la tienda y ha matado a varios que le opusieron resistencia. Se dice que está loco a causa del alcohol.
Orozimbo escuchó los relatos en silencio. Tal vez ahora comprendía mejor el sentido de la guerra y la pérdida de compasión y humanidad que ella conlleva. Pero también, y por primera vez, temió por sí mismo. Supo con certeza que podría llegar a convertirse en otro Walton, protegido por el recién ascendido General Abigail Cruz, que cubriría todas sus fechorías. El miedo de que aquello ocurriera lo hizo beber su copa de un solo sorbo. Los periodistas lo miraron, pero miraron también su uniforme. En cambio, él se internó en su pasado, revisó su infancia, su adolescencia, y escuchó la voz de su padre: “Te estás metiendo en una guerra inmunda, hijo”. Llenó su copa y la vació de nuevo.
—¿Qué pasa con los Abajinos?
—Buscan un pacto con los Arribanos, los Pehuenches y otras tribus menores que operan en el Valle Central. No sabemos bien lo que piensan, pero pueden entrar en combate en cualquier momento, y son mucho más temibles que los Arribanos, porque también saben pelear en el mar.
Quizás a causa del vino, Orozimbo cerró los ojos y pensó por primera vez en Luz de Luna. No supo jamás por qué la recordó en ese instante. Vio una imagen muy nítida de la niña, yaciendo entre grandes raíces de árboles salvajes postradas a flor de tierra, en la mitad de un bosque. A través del follaje se filtraban los rayos de la luna, pero eran rayos de una luz intensa y muerta. Su amante estaba desnuda, y el largo pelo rubio, manchado con su sangre, le servía de pálida mortaja.
La boda
La Décimo Primera División terminó por instalarse en una colina, un par de kilómetros más atrás de la desembocadura del río Toltén, y sobre las tolderías y el caserío —también muy antiguos— situados en las inmediaciones del mar. Como en Boroa, los mapuches vivían separados del resto de la población blanca, constituyendo algo así como dos caseríos diferentes, aunque vecinos.
En uno de los otoños que vinieron, y tras una ardua discusión con sus padres, el recién ascendido Capitán Orozimbo Baeza pidió de modo oficial la mano de Josefina Aedo Pérez-Cotapos, a la sazón de dieciocho años. Era una joven dulce, tímida, hija del General en retiro Joaquín Aedo, un hombre muy influyente en las esferas castrenses, pues había sido por largos años profesor en la Academia de Guerra. Orozimbo contaba ya con veintiséis años en el cuerpo y siete en la Guerra de Arauco. Consideraba —en opinión de sus próximos— que había llegado la hora de formar una familia, y conocía a Josefina desde que ella tenía diez años. Además, no ignoraba la influencia de su padre y las ventajas que podía obtener con ello en el desarrollo de su carrera militar, cosa que le importaba mucho más que la novia. En realidad, Orozimbo Baeza quería utilizar a su futuro suegro para lograr que lo llamaran a la capital a fin de prestar servicios en una unidad acantonada en ella y dejar para siempre la Guerra de Arauco, pues estaba convencido de que involucrándose más y más en ella, terminaría por perder todas sus plumas.
—No tengo objeciones —dijo observándolo con su mirada de águila el General en retiro—. Las referencias que recibí de usted son muy buenas.
—He pensado fundar una familia —manifestó Orozimbo Baeza, saboreando su copa— porque hay indicios de que el fin de las operaciones está cerca.
—No lo sabemos aún —observó el General Aedo—. Las informaciones del frente son confusas. Me temo que lo van a retener allí por un buen rato. ¿Se da usted cuenta que la verdadera guerra no ha estallado todavía?
—Todos lo sabemos allá abajo —dijo el Capitán— pero suponemos que una vez lanzadas las hostilidades, estas serán de corta duración. Hay demasiadas tropas en el frente y los indios no mueven un dedo.
—Ponga mucha atención, Orozimbo, porque cuando mueven un dedo la tierra tiembla.
Conversaron durante un buen rato, bebieron algunas copas más y luego Orozimbo se levantó para marcharse. Quedaron convenidas las fechas y el Capitán, antes de retornar a su guarnición, estampó una solicitud de permiso por cinco días para casarse durante la primavera de ese mismo año. A condición de que las cosas estuvieran tranquilas “allá abajo”.
Con su acostumbrada buena estrella, todo estaba bien y en septiembre regresó a la capital para encontrar a la novia, que no cabía en sí de ansiedad, de dicha, pero también de ocultas premoniciones. No en vano se había comprometido con un militar.
Sin embargo, y antes que nada, debemos tener en cuenta que Orozimbo había cambiado mucho desde aquel día en que recibió el espadín de cadete de manos de su padre, en el patio de la Escuela Militar, y aquella época en que sollozaba sobre la almohada leyendo y releyendo las cartas de sus enamoradas adolescentes. Era ahora un hombre hecho y derecho, curtido por los avatares de la guerra, con el rostro tostado por el sol, el viento y la lluvia del sur, y dos grandes mostachos negros cubriéndole el labio superior y descendiendo a lo largo de ambas comisuras. Bebía como un camello, expelía constantes juramentos, y no pocos pedos cada vez que se encontraba a solas, o a veces, sin preocuparse por ello. Su paciencia era limitada, y del amor solo conocía el sentimiento de potencia y violencia que convocan las violaciones, sobre todo de mujeres jóvenes, y aun, de niñas, pues había hecho suya esa máxima guerrero-militar que asegura: “A pico parado no hay culo cagado”. Se había visto envuelto en numerosas batallas y escaramuzas armadas, de manera que el acto de matar, para él, carecía de significante. Al fin y al cabo, había estudiado mucho, y la totalidad de sus estudios concernían a las cosas de la guerra, que es la muerte. Su noviazgo con Josefina duró lo que una lombriz en el pico de un pavo, pues lo que de verdad le interesaba de todo aquello, aparte de la protección de su suegro, era aplastarle los huesos lo más pronto posible. La noción de fundar una familia no tenía significado preciso para él, pues sabía que a Josefina, hasta el fin de la verdadera guerra, la vería apenas una o dos veces por año. En honor a la fidelidad histórica, no puede desconocerse que esta guerra no había comenzado todavía.
La boda comenzó con la ceremonia religiosa en el Convento de San Francisco, ubicado en la Alameda de las Delicias, donde ambos hicieron su primera comunión, en años diferentes, por cierto. Numerosos oficiales de la generación de Orozimbo asistieron a ella, a la vez que muchos civiles. Tal vez la mayoría no era católica observante, pero para seguir la fiesta en casa del Comandante Aedo, se hacía obligatorio mostrarse antes, en los ritos preliminares. La borrachera generalizada sería la coronación del ceremonial. Desde el Convento se fueron caminando hasta la mansión de los Aedo, que estaba situada a cuatro cuadras del templo. Los hombres marchaban cantando aires militares. La novia lucía ditirámbica, como todas las novias, y reía colgada del brazo de Orozimbo, mostrando sus dientes imperfectos, un tanto salientes, y sus caderas estrechas, o como decía el propio Orizimbo, su poto de diuca.
Sin embargo, se consolaba afirmando:
—A partir de esta noche, le ensancharé el chancho hasta que le quepa todo el afrecho que tengo que encajarle.
Y no dudaba que sería así.
El padre, rojo de satisfacción, se lanzó con el primer vals, mientras los jóvenes oficiales, compañeros militares del novio, se encontraban vaciando el cuarto o quinto vaso para ponerse a punto. Luego bailó el recién casado, con manifiesta torpeza, desde luego, luciendo sus piernas arqueadas a causa de tantos años vividos sobre los caballos. Tenía ya los ojos brillantes y rojos y su equilibrio era precario, pero nadie daba importancia a cosas tan superficiales, y la fiesta tomaba poco a poco color y calidez. Algunas señoras de oficiales superiores coqueteaban, pues sus maridos se hallaban en misión o, como alardeaban ellas, en combate; y unas pocas viudas de civiles y militares, se disputaban a los machos para dejar que les manosearan el culo y les hicieran sentir las vergas entre los muslos, duras como garrote de bandido, aprovechando las oportunidades de acercamiento corporal implícitas en cada danza, que, como se sabe, fueron concebidas para eso.
En razón de que Orozimbo debía volver al frente de batalla en tres días, se decidió que la luna de miel tendría lugar en el segundo piso de la casona, en una habitación aislada. Alrededor de las once de la noche, y sintiendo venir la borrachera, el novio cogió la mano de su mujer y arremetió por la escalera rumbo al lecho nupcial. Puso llave a la puerta. Mientras se desnudaba Josefina miraba a su marido como preguntando qué debía hacer. Él la desnudó en un santiamén y antes de meterla en la cama, arremetió espárrago en ristre contra los vellos de su entrepierna, acto que él consideraba una dulce estrategia de suave seducción. Luego cayeron sobre el lecho. De partida, Orozimbo encontró la puerta cerrada, lo que era de esperar, aunque no había pensado en ello. Trató de forzar el orificio, pero éste parecía inexistente.
—¿Dónde tienes el brocal? —preguntó el amante con suave ternura, aunque su voz sonaba ronca a causa de las libaciones.
—Tú lo sabes todo, mi amor —susurró ella.
—Es que empujo y empujo y no lo encuentro. Mi medio metro resbala de arriba abajo pero no hallo hueco donde sepultarlo.
Josefina trataba de ayudar.
—Ahí, ahí —gemía.
—¡Por la mismísima concha barbuda de tu abuela! —verborreaba el Capitán, perdiendo la paciencia—. ¿Qué se hizo tu fosa?
—Nunca ha cambiado de lugar. Lo sé, porque yo orino por ahí.
—A ver: abre bien esas patas peludas. En alguna parte debe estar —gruñó él, con exquisita caballerosidad.
En efecto, al cabo de quince minutos de bregar contra tamaña cerrazón, logró introducir la proa. Hay que reconocer que se trató de una hazaña, pues su herramienta tenía dimensiones considerables. Ella chilló pero luego comenzó a besarlo sin contemplaciones, aunque las sábanas —como era de rigor— se mancharon de sangre. La primera eyaculación se produjo en forma simultánea: los chillidos de rata y los rugidos de león se mezclaron en armonía. Orozimbo aprovechó el término del primer encontrón para tenderse de espaldas y buscar su petaca en la mesa de noche. Se zampó un buen estimulante y metió la mano izquierda entre los muslos de su mujer, que parecía no caber en sí de éxtasis. Veinte minutos más tarde, el centauro montó de nuevo y esta vez la cosa no fue difícil, pues el camino ya había sido desbrozado.
—¿Cómo es que te has pasado la vida entera sin culear? —preguntó Orozimbo con voz neutra.
—Recién tengo dieciocho años y para una joven honesta es una obligación llegar virgen al matrimonio. Tú eres mi primer hombre, Zimbito.
—A mí me gustan ya descartuchadas —dijo Orozimbo, bebiendo un nuevo trago—. Mira lo que me duraste virgen: poco más de un cuarto de hora. Pero además, no es muy agradable estar abriendo agujeros que parecen cosidos con lienza de pescar.
—Mi amor, tiene que ser así. Y así me recordarás para siempre —dijo ella con explicable recato melodramático.
—Incluso, creo que me rompiste la punta del estoque, Josefina. Chúpalo un poco para ver si descubres alguna herida.
Ella se metió bajo las frazadas y succionó con mucha convicción. Lo único que logró fue que aquella manguera volviera a ponerse rígida.
El la sentó sobre su artefacto y esta vez creyó que los veinte centímetros habían desaparecido por completo en el bajo vientre de la amada. Aunque, semiborracho, estimó que otra vez el agujero se estaba cerrando. La explicación no tardó en llegar.
—Te equivocaste de hoyito —confesó ella con un mohín—. Pero me es igual, porque te amo para siempre.
—Tienes el chico más grande que el grande —observó con desagradable ironía el novio—. A lo mejor, ahí está el secreto de tu virginidad. Un napolitano me contó que las italianas, para no quedar preñadas antes de tiempo, sugerían a sus amantes hacerlo por el pequeño.
No hubo comentarios, en razón de lo cual él dedujo que había acertado, y si bien Josefina no era italiana, pudo haber hecho desfilar sin dificultad a toda la Escuela Militar por el patio trasero. La casa de su padre siempre estaba llena de oficiales, la mayoría jóvenes.
Terminada la faena, se introdujo en la garganta otro sublime garrotazo de aguardiente, y el sueño lo venció, pues había bebido todo el día.
Darmowy fragment się skończył.