Czytaj książkę: «Jamás te olvidé - Otra vez tú»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 514 - noviembre 2020

© 2013 Patricia Wright

Jamás te olvidé

Título original: The Cowboy She Couldn’t Forget

© 2013 Patricia Wright

Otra vez tú

Título original: Proposal at the Lazy S Ranch

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-943-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Jamás te olvidé

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Otra vez tú

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

ANA se agarró a la crin del caballo, bajó la cabeza y dejó que el animal la guiara por el prado cubierto de rocío. El aire frío de Montana le quemaba las mejillas, pero no se detuvo. Temía romperse en mil pedazos si se detenía. Y Analeigh Maria Slater siempre estaba en calma; siempre tranquila. No tenía más remedio. Era la hija mayor y, desde el abandono de su madre, la responsabilidad de sus hermanas menores recaía sobre ella.

Cuando por fin llegó a su destino tiró de las riendas. La yegua no quería parar, pero al llegar a la vieja cabaña terminó cediendo. Ese era el sitio al que solía ir cuando era niña y necesitaba estar sola… cuando necesitaba pensar… cuando necesitaba llorar.

Bajó del caballo. Las piernas casi le fallaron al dar con el suelo. Llevaba mucho tiempo sin montar y ese día se había esforzado mucho. Después de atar a la yegua a un poste, subió el escalón que llevaba al porche. Empujó la puerta con el hombro y entró.

La cabaña era tal y como la recordaba, humilde y pequeña. Tenía una única habitación, con un fregadero y una bomba de agua, una estantería con latas de conservas… Había una hilera de camas sujetas a la pared opuesta, con colchones sucios. El edificio tendría que haber sido derribado, pero había sido su tatarabuelo quien lo había construido al establecerse en el lugar.

Fue hacia una ventana y contempló esas vistas que siempre había amado. El exuberante prado estaba verde, cubierto de hierba fresca y de flores silvestres. Miró hacia las Montañas Rocosas, y entonces se volvió hacia Pioneer Mountain y el bosque nacional. En medio había cientos de kilómetros de tierras que pertenecían a los Slater. Era el rancho Lazy S, el orgullo de Colton Slater.

En otra época, ese rancho había sido el hogar de Ana y de sus tres hermanas, pero ya hacía mucho tiempo de eso.

Ana se limpió una lágrima. Con el problema de su padre… Se enjugó otra lágrima. ¿Qué iba a pasar? ¿Y si Colt no sobrevivía?

De repente oyó el sonido de unas herraduras al golpear el suelo. Alguien se acercaba. Ana se puso tensa. Unas botas en el porche… Se dio la vuelta, pero no sintió alivio alguno al ver a Vance Rivers, el capataz del rancho.

Era un hombre alto, con espaldas anchas. Llevaba muchos años viéndole cavar para fijar verjas, sin camisa… Tenía unos brazos fuertes, musculosos. Ana bajó la vista y se fijó en su abdomen plano, la cintura estrecha. Llevaba un sombrero vaquero negro que le tapaba casi todo el pelo y también los ojos, marrón café… Siempre la atravesaba con la mirada. La hacía sentir nerviosa, inquieta.

–Pensé que estarías aquí.

–Aquí estoy, así que no tienes por qué quedarte –le dijo y se dio la vuelta.

Había sido él quien la había llamado a primera hora para decirle que su padre había sufrido un derrame. Y después le había visto en el hospital. Era él a quien su padre quería a su lado. ¿A quién si no?

–¿No deberías estar junto a la cama de Colt?

A Vance nunca le había gustado esa sensación que se le agarraba al estómago cuando veía a Ana Slater. Todo ese pelo del color del ébano, su piel bronceada, latina, los ojos azules, brillantes… Era imposible no saber que era una Slater.

Respiró profundamente. Nunca le había caído bien a Ana.

–Es a ti a quien tiene que ver cuando se despierte.

Vance vio cómo se ponía erguida. Sus hombros parecían más rígidos que nunca.

–Mira, Ana, tú eres la única de la familia que está aquí para tomar decisiones.

Recordó a las otras hermanas, Josie, Tori y Marissa. Todas andaban por ahí después de haber terminado la universidad. Pero Ana seguía allí. Se había ido del rancho, pero no se había ido muy lejos. Se había establecido en el pueblo y trabajaba como psicóloga en el instituto. Estaba lo bastante cerca como para poder visitar a su padre cada vez que quisiera. De vez en cuando, ensillaba a su caballo favorito y se iba a cabalgar.

Ana se volvió hacia él por fin. Esperaba ver rabia en esos ojos azules, pero no vio más que tristeza y miedo. Una vez más, su cuerpo reaccionó. Después de tantos años, seguía teniendo efecto en él. Recordó aquel día, veinte años antes, cuando Colt Slater le había acogido en su casa. Tenía trece años. Slater le había dado un lugar donde vivir, su primer hogar, y solo le había impuesto dos condiciones: trabajar duro y no acercarse a sus hijas.

Vance siempre las había cumplido, por muy difícil que pudiera ser a veces.

–¿De verdad crees que Colt Slater me va a escuchar? –preguntó Ana–. Además, ni siquiera sé si puede oírme.

–Es por eso que tienes que estar ahí. Habla con el médico y averigua qué tienes que hacer. Un derrame no significa que no vaya a recuperarse.

Vance no sabía muy bien de qué estaba hablando. Ana sacudió la cabeza.

–Tú deberías estar allí, Vance. Papá querrá verte.

Aunque Colt fuera lo más cercano a un padre que había tenido, no podía tomarse más libertades de las que se había tomado ya. Colt necesitaba a sus hijas, lo supiera o no.

–No. Necesita a su familia. Tienes que traer a tus hermanas, y rápido. Ya es hora.

Una hora más tarde, Vance y Ana volvieron a meter los caballos en el granero. Después la llevó a Dillon, al hospital. Su padre había sido ingresado esa misma mañana.

Ana estaba de pie en la sala de espera. Acababa de dejar un mensaje en el buzón de voz para su hermana pequeña, Marissa. Tori y Josie por lo menos habían contestado a su llamada. Las mellizas le dijeron que las mantuviera informada, pero no se ofrecieron a viajar desde California. Ambas habían puesto el trabajo como excusa.

Todo dependía de ella entonces. Y no podía echarles la culpa. ¿Cuántas veces habían sido ignoradas por su padre?

–¿Señorita Slater?

Ana se dio la vuelta y vio al neurólogo, el doctor Mason. Iba hacia ella.

–¿Hay alguna novedad?

–No. Está estable desde que le trajimos esta mañana, y los resultados de las pruebas son alentadores. No estoy diciendo que el derrame no le haya causado secuelas en el lado derecho del cuerpo y también dificultades con el habla, pero podría haber sido mucho peor. Tiene suerte de haber podido venir al hospital tan deprisa.

Ana sintió un gran alivio. Sentía gratitud hacia Vance. Todo había sido gracias a él.

–Gracias, doctor. Esa es una buena noticia.

–Todavía hay mucho que hacer. Necesitará mucha rehabilitación para recuperar la mayor movilidad posible. Querríamos que fuera a nuestra unidad de rehabilitación, para poder mejorar sus habilidades motoras y el habla.

–Buena suerte con eso –dijo Ana–. Nadie consigue que Colt Slater haga algo que no quiere hacer.

–Entonces será mejor que empiece a convencerle de que lo necesita.

Antes de que Ana pudiera decir algo más, las puertas del ascensor se abrieron. Dentro estaba Vance.

Aunque no le gustara mucho tenerle cerca, Ana sabía que era la única persona a la que su padre estaría dispuesto a escuchar. Una ola de tristeza la invadió de repente al recordar todos esos momentos cuando Vance se llevaba toda la atención de Colt Slater, toda la atención que debería haberles dedicado a sus hijas.

Vance fue hacia ellos con esa confianza que le caracterizaba.

«Con una pizca de arrogancia ya tenemos al auténtico Vance Rivers», pensó Ana.

–Ana. Doctor –la miró–. ¿Sabemos algo nuevo?

–No. En realidad es mucho mejor de lo que esperaba –dijo Ana, y entonces le explicó todo lo que le había dicho el médico–. Tienes que convencerle para que vaya a la rehabilitación.

Vance se limitó a mirarla.

–¿Qué te hace pensar que tengo alguna influencia sobre él?

–Bueno, a mí no me va a escuchar.

El médico levantó una mano.

–Cuando llegue el momento, sea quien sea quien hable con el señor Slater, debe decirle lo importante que es la rehabilitación para su recuperación –se despidió y se marchó.

Vance no sabía muy bien por qué se veía involucrado en todo aquello. Ya tenía suficiente con el rancho. Y necesitaba la ayuda de Colt para muchas cosas. Además, no sabía cómo tratar a sus hijas.

–Mira, Ana. No deberías cargar tú sola con todo esto. ¿Por qué no vienen tus hermanas?

Ella sacudió la cabeza.

–No vienen de momento.

–¿Qué quieres decir?

–Lo que acabo de decir. No pueden venir a casa, ahora mismo. Quieren que las mantenga informadas.

Vance sabía que Colt nunca había estado muy unido a sus hijas. Siempre había dejado que Kathleen se ocupara de todo lo relacionado con las chicas. El ama de llaves y antigua niñera llevaba más de veinticinco años con la familia.

–Entonces vamos a ver a Colt –dijo Vance–. Por primera vez, espero que esté tan cascarrabias como siempre.

Colton Slater parpadeó y abrió los ojos. Miró a su alrededor. Trataba de acostumbrarse a la claridad de aquella habitación extraña. Reparó en el pasamanos de la cama, oyó el pitido del monitor… ¿Un hospital? ¿Qué había pasado? Cerró los ojos y buscó su último recuerdo.

Estaba amaneciendo. Había salido al granero para darles de comer a los animales. Le dolía el brazo desde que se había levantado de la cama. De repente había empezado a sentir mareos y había tenido que sentarse en una bala de heno. Vance estaba a su lado de repente, preguntándole si se encontraba bien.

No. No se encontraba bien en esa cama, con una aguja en el brazo, enchufado a varios monitores. Pero lo peor de todo era que no podía moverse. ¿Qué le pasaba? Trató de hablar, pero solo pudo emitir un gruñido.

–¿Señor Slater? ¿Señor Slater?

Oyó la voz de una mujer.

–Está en un hospital. Soy su enfermera, Elena García. ¿Le duele algo?

Una vez más, no pudo hacer más que gruñir.

–Le daré algo que le alivie.

Colt parpadeó. Se fijó en aquella belleza de pelo negro y entonces contuvo el aliento. Esa cara con forma de corazón, esos ojos almendrados… Abrió la boca.

–Luisa… –susurró y entonces ya no vio nada más.

Veinte minutos más tarde, Ana entró en la habitación de su padre. Al ver el monitor y la vía que tenía en el brazo, casi se dejó llevar por el pánico.

Se acercó. Colt Slater siempre había sido indestructible para ella. La antigua estrella del rodeo medía más de un metro ochenta y aún conservaba sus músculos. Todos esos años de trabajo en el rancho le habían mantenido en buena forma. Su pelo castaño tenía algunas betas blancas, pero aún seguía siendo un hombre atractivo, incluso con esas finas líneas alrededor de los ojos. Y ella le quería.

A lo mejor él también quería a sus hijas, a su manera. Ana sintió una lágrima en la mejilla y se la limpió.

–Oh, papá –tomó su mano grande. Estaba caliente.

Quería otra oportunidad para acercarse a él. ¿Tendría tiempo suficiente?

Una enfermera entró en ese momento y sonrió.

–Hola. Me alegra ver que el señor Slater tiene visita.

–¿Cómo ha estado?

–Se despertó no hace mucho.

Ana sintió un atisbo de esperanza.

–¿En serio? ¿No dijo nada? Quiero decir… ¿Fue capaz de hablar?

Una vez más, la enfermera sonrió.

–Dijo el nombre «Luisa». ¿Eres tú?

Ana contuvo el aliento al oír el nombre de su madre.

–No. No soy yo.

Soltó la mano de su padre y salió corriendo de la habitación. Todavía quería a su madre… Ana no fue capaz de contener las lágrimas al llegar a la sala de espera. Se echó a llorar. Por suerte, la sala estaba vacía.

De repente sintió una mano en el hombro y oyó esa voz tan familiar. Se secó los ojos y se dio la vuelta lentamente. Era Vance. Su mirada oscura la atravesaba. Vio compasión en sus ojos.

Sin saber muy bien lo que hacía, se echó a sus brazos. Le agarró de la camisa y escondió el rostro contra su pecho.

Vance luchó consigo mismo para no reaccionar de ninguna manera, pero era como dejar de respirar. Rechazar algo que había querido durante mucho tiempo y que sabía que no podía tener… La dulce Analeigh, en sus brazos…

Casi no le llegaba a la barbilla. Todas sus curvas se apretaban contra él, atormentándole. Movió las manos sobre su espalda, palpó su cuerpo delicado. Parecía frágil, pero no lo era. La había visto cuidar de sus hermanas durante años. Era ella quien terminaba las peleas, quien ayudaba con los deberes del colegio, quien las defendía ante Colt.

Nunca la había visto romperse como en ese momento.

–Oye, ¿qué pasa? ¿Colt está peor?

Vance se sacó un pañuelo del bolsillo de atrás. Se lo dio, pero ella mantuvo la cabeza baja.

–Vamos, dime. ¿Es Colt?

Ella sacudió la cabeza.

–¿Por qué estás así, Ana?

Ella le miró por fin. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la cara hinchada, pero estaba preciosa.

–Dijo su nombre.

Vance frunció el ceño.

–¿Qué nombre?

–El nombre de mi madre. Luisa.

A Vance no le sorprendía.

–Ha sufrido un derrame. A lo mejor está confundido y no sabe ni dónde está.

Ella asintió. Dio un paso atrás, como si acabara de darse cuenta de lo cerca que estaban.

–Seguro que tienes razón. Lo siento. Es que lleva años sin hablar de mi madre. Pensaba que ya lo había superado.

Señaló la camisa de Vance. Estaba húmeda por sus lágrimas.

–Te la lavaré.

Cuando la llevó de vuelta al rancho ya era muy tarde. Había sido un día largo. La dejó frente a la puerta y entonces se fue al granero para ver cómo estaban los animales.

Ana se quedó frente a la casa un segundo y contempló la fachada. Llevaba meses sin entrar, pero Kathleen había insistido en que pasara la noche allí.

Subió los peldaños del porche. Colt había construido la casa para su mujer, Luisa Delgado. La historia de amor de sus padres había sido un torbellino romántico, y su madre había desaparecido poco después.

De eso hacía veinticuatro años.

Ana tenía cinco años entonces. Recordó a aquella mujer encantadora que abrazaba y besaba a sus pequeñas una y otra vez, la mujer que les contaba cuentos por las noches, la que estaba a su lado cuando estaban enfermas. Quería recordarla de esa manera. Quería borrar a la mujer que las había abandonado de repente. Su abandono les había destrozado, y su padre jamás lo había superado. Había dejado de ser su padre desde entonces.

Cruzó el umbral. Todo seguía igual, la enorme mesa de la entrada, adornada con flores frescas recién cortadas del jardín de Kathleen. Ana miró hacia la escalera de caracol, con el pasamanos de madera. Se adentró más en la casa. Pasó al salón. Había dos sofás de cuero frente a la chimenea. Definitivamente, era una habitación de hombre. El despacho de su padre era la siguiente estancia, y luego estaba el comedor, con las sillas altas y una mesa para veinte comensales. Siguió hacia su estancia favorita, la cocina.

Sonrió y miró a su alrededor. Los muebles blancos de siempre seguían allí. Habían sido pintados muchas veces a lo largo de los años para que mantuvieran intacto su brillo. Las encimeras eran blancas, y los aparatos eléctricos también. La cocina estaba impecable.

Kathleen entró en ese momento, procedente de la lavandería. El ama de llaves tenía cincuenta y cinco años y unos ojos castaños cálidos y amables. Su pelo había sido castaño oscuro en otra época, pero se le había puesto blanco con los años. Nunca se había casado, así que Ana y sus hermanas eran como los hijos que nunca había tenido.

–Oh, Ana, me alegro de que estés aquí. Espero que te quedes lo bastante como para que me dé tiempo a darte bien de comer y que engordes un poco. Niña, estás muy delgada.

–Peso lo mismo de siempre. Ni más ni menos.

Ana no sabía si quedarse en la casa era una buena idea. Tenía tantos recuerdos que quería olvidar. Pero así estaría más cerca del hospital, y como no había colegio en verano, no tenía que trabajar.

–Bueno, todavía tienes que engordar unos cuatro kilos y medio.

Antes de que Ana pudiera decir algo, alguien llamó a la puerta de atrás. Kathleen fue a abrir.

–Oh, hola, señor Dickson.

Ana vio entrar al anciano. Wade Dickson, tan elegante como siempre, llevaba su traje habitual. No solo era el abogado de su padre, sino también su mejor amigo. Habían ido juntos al colegio. El tío Wade les había dado más afecto a las chicas Slater que su propio padre.

Al verla, el anciano sonrió.

–Hola, Ana.

Estaba agotado. El día había sido muy largo.

–Hola, tío Wade.

Él se acercó y le dio un abrazo.

–Siento lo de tu padre. Estaba fuera de la ciudad cuando me dieron la noticia. Pero no te preocupes. El viejo Colt está hecho de una pasta resistente.

–Te agradezco que me digas eso.

El anciano soltó el aliento lentamente y la condujo al comedor. Se sentaron frente a la mesa.

–Odio hacer esto, Ana, pero tenemos que hablar de lo que vamos a hacer mientras tu padre se recupera.

–Vance es el capataz. ¿No puede ocuparse él del rancho?

Wade guardó silencio un momento. Era evidente que no le estaba dando toda la información.

–Eso es un arreglo temporal. He estado en el hospital y ahora mismo tu padre no está en condiciones de tomar ninguna decisión. Vosotras vais a tener que decidir qué hacer.

–Papá estará bien –dijo Ana–. El médico dijo… Bueno, va a necesitar algo de rehabilitación.

–Lo sé, y espero que sea así, pero, como abogado suyo que soy, tengo que cumplir con su deseo, para proteger su patrimonio y a su familia. Y ahora mismo Colton Slater no está en condiciones de estar al frente del negocio.

Ana sintió una taquicardia repentina.

–¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que firmar alguna nómina o algo así?

–Bueno, ante todo, Colt tiene un testamento, para que todo esto no recayera sobre ti. Tienes a un albacea que te va a ayudar.

–¿Quién?

Ana oyó que alguien hablaba con Kathleen. Un segundo después, Vance entró en la habitación.

–¿Ya se lo has dicho?

El abogado se volvió hacia ella. No tenía que decir nada. Ana ya sabía que su padre había escogido a Vance, antes de elegir a alguna de sus hijas.

–Entonces por fin tienes lo que quieres –dijo–. Ahora solo tienes que cambiarte el nombre por el de Slater.

Capítulo 2

VANCE trató de mantenerse impasible. Llevaba muchos años practicando y ya había perfeccionado la técnica para no mostrar sus sentimientos ante Ana.

–Voy a dejarlo pasar, porque sé que estás enfadada. Colt me nombró a mí porque he sido capataz del rancho durante los últimos cinco años. Esto no tiene nada que ver con que yo me haga cargo de todo.

Wade Dickson les interrumpió.

–Tiene razón, Ana. Las cosas no serían distintas si tu padre me hubiera nombrado a mí. Y créeme cuando te digo que me alegro de que no lo haya hecho. Ocuparse del Lazy S es algo de mucha envergadura, y no creo que quieras hacerlo sola. ¿No es así?

Ana no se dio por vencida.

–Nunca he tenido oportunidad –dijo, mirando a uno y a otro con furia–. Papá no tuvo ningún problema en poner a trabajar a sus hijas. Pero se aseguró de no dejarnos hacer otra cosa que no fuera limpiar establos y cepillar a los caballos. Y, si hacíamos bien nuestro trabajo, nos dejaba ayudar con el rodeo y el marcado del ganado. Sin embargo, en cuanto le parecía que nos convertíamos en un incordio, nos mandaba de vuelta a casa.

Vance apartó la mirada. Llevaba muchos años viendo cómo Colt ignoraba a sus hijas. Nunca había sido muy cariñoso con ellas, pero tenía que estarle agradecido por la oportunidad que le había dado. A veces le hacía trabajar más de doce horas al día, pero también había sido generoso.

–Colt no quería que os hicierais daño –dijo Dickson–. La vida en un rancho no es fácil.

Ana sacudió la cabeza.

–Ambos sabemos la verdad. Colton Slater solo quería hijos varones. Y desde luego no quería que sus hijas se inmiscuyeran en el trabajo de su adorado rancho –le lanzó una negra mirada a Vance–. ¿Y qué pasa contigo? ¿No quieres trabajar con una mujer?

Él frunció el ceño.

–¿Qué quieres decir con eso de «trabajar» exactamente?

Ella rodeó la mesa.

–Llevo esperando más de veinte años para sentirme parte de este sitio. Tengo la oportunidad y el tiempo necesario, porque no tengo que volver al colegio hasta el otoño, y tengo intención de emplear bien el tiempo. O me ayudas o te quitas de mi camino.

–¿De qué estás hablando?

–No vas a tener siempre la última palabra aquí. Mi padre me ha dado el cincuenta por ciento del control de este lugar.

¿Por qué se comportaba como si estuvieran en mitad de una guerra?

–Hasta ahora, la única persona que tenía el control era Colt –dijo Vance, tratando de mantener un tono neutral–. Él es el jefe. Tengo intención de cumplir con todos sus deseos, porque la situación va a ser temporal. Pero si quieres trabajar catorce horas al día y oler a sudor y a estiércol, adelante –echó a andar hacia la puerta, pero entonces se detuvo–. Y no esperes que os haga de canguro ni a ti ni a tus hermanas, porque el Lazy S depende de este rodeo –dio media vuelta y se marchó.

Ana se dio cuenta de que su reacción había sido demasiado brusca. Pero Vance Rivers siempre había sido esa espina que tenía clavada. Su padre siempre le había favorecido frente a sus propias hijas. De eso no había duda. Pero las cosas estaban a punto de cambiar.

Se puso un poco más erguida.

–Parece que voy a trabajar este verano.

Wade Dickson sacudió la cabeza.

–Creo que deberías llevarte mejor con ese vaquero, si no quieres que las cosas sean más difíciles.

Eso era lo último que Ana quería. No había olvidado a aquel Vance adolescente, con su actitud desafiante y provocadora. Era guapo y lo sabía. Aquel día, cuando la había acorralado contra la pared en el granero y la había besado, no volvería a repetirse. Pero tampoco iba a salir corriendo como un conejo asustado.

Ana parpadeó. Volvió al presente.

–El problema de mi padre no ha hecho sino empeorar las cosas. Pero no voy a ignorar mis responsabilidades para con él y con el rancho.

Wade sacudió la cabeza.

–Espero que Colt valore tu lealtad, pero no seas testaruda. No creas que puedes arreglártelas tú solita. Será mejor que empieces a llevarte bien con Vance. Solo así funcionaran las cosas –suspiró–. Además, deberías pasarte por mi despacho mañana. Tengo algunos detalles que repasar contigo.

–¿Qué detalles?

–Pueden esperar hasta mañana, pero no mucho más. Trae a Vance contigo.

A Ana no le gustó la exigencia.

–¿Y qué pasa con tus hermanas? ¿Cuándo vienen?

–Ahora mismo no. De momento cuenta conmigo nada más.

Ana trató de hablar con convicción, pero en realidad no sabía ni por dónde empezar.

Una hora más tarde, ya en el granero, Vance se puso a cepillar los flancos de su caballo castaño, Rusty. Estaba enfadado, sobre todo consigo mismo. Se había dejado provocar por ella, una vez más. ¿Cuántas veces se había dicho a sí mismo que debía olvidarse de ella? Ella no quería saber nada de él, y no era de extrañar. Llevaba años viendo cómo su padre le favorecía, cómo le dedicaba la atención que debería haber sido para sus hijas.

Muchas veces había querido decírselo a Colt, pero le estaba muy agradecido como para reprocharle algo. Colton Slater le había acogido en su casa cuando no tenía adónde ir.

Vance ya tenía que cargar con el estigma de un padre irresponsable. A Calvin Rivers no le duraban los trabajos y se bebía la nómina entera cuando encontraba a alguien que estuviera dispuesto a contratarle. Su madre se había cansado y un día había hecho la maleta para no volver jamás.

Empezó a cepillar al caballo con más fuerza. Rusty se movía hacia los lados.

–Lo siento, chico –Vance acarició al animal y guardó el cepillo–. No quería tomarla contigo.

Salió del establo y se dirigió hacia el pasillo central del granero. Se detuvo un momento y habló con dos mozos del establo, Jake y Hank. Les dio instrucciones para el día siguiente.

Se despidió rápidamente y salió al exterior. Estaban en mayo y la noche era fresca. Ese siempre había sido su momento favorito del día. El trabajo había terminado. El sol se había puesto y los animales estaban preparados para pasar la noche.

Sabía que sus días en el Lazy S estaban contados. Ya era hora de marcharse. Tenía un terreno propio y había planeado marcharse en el otoño, después de la cosecha de la alfalfa. Pero el problema de Colt lo había complicado todo. Tomó el camino, rumbo a casa. A unos noventa metros estaba la casa del capataz. Cuatro años antes, Colt le había dado una casa de tres dormitorios al hacerle capataz del rancho, después de que Chet Anders se retirara. Vance tenía veintiséis años por aquel entonces y acababa de terminar la carrera.

Aminoró el paso al llegar a la casa. Había alguien en el porche. Se detuvo. Era Ana. Estaba sentada en el columpio. Era curioso. Durante años había soñado con encontrársela allí, esperándole.

–¿Quieres seguir arrancándome la piel a tiras? –le preguntó y encendió la luz del salón.

Ella le siguió, pero se detuvo en el umbral.

–No. Quiero hablar contigo, si tienes unos minutos.

Vance se volvió y vio su rostro de preocupación. Había visto su lado más vulnerable ese día en el hospital, pero Ana Slater también tenía una lengua afilada. Sin embargo, su cerebro estaba empeñado en fijarse en otras cosas; su cuerpo esbelto, sus caderas redondas, sus piernas largas escondidas bajo unos vaqueros desgastados. Tenía suficientes curvas como para volverle loco. Le hacía desear aquello que no podía tener. Tenía que olvidarse de ella si quería trabajar a su lado.

¿Por qué no era capaz de desear a otra mujer que no fuera ella? ¿Por qué no había sido capaz de seguir adelante? Tenía que olvidar a aquella chica que le había rechazado años antes. Seguía despreciándole.

–Atacas cualquier cosa que digo o hago. Incluso yo tengo mis límites.

Ana sabía que se había excedido un poco. No era Vance el causante de su problema con su padre.

–Te pido disculpas. Dejé que unos viejos sentimientos interfirieran con lo que hay que hacer a partir de ahora. Hay que llevar este rancho. Eso es lo que hay que hacer.

Él se echó a un lado y Ana pudo respirar por fin. Pasó por delante de un sofá y se detuvo junto a la ventana que daba al corral y al granero. Era mejor que mirar a Vance. Siempre la hacía sentir así cuando le tenía cerca. Era extraño, porque llevaba años sin acercársele, aunque tampoco le había dado oportunidad.

–¿Entonces quieres hacer una tregua?

Ella miró por encima del hombro y asintió.

–Wade dijo que tenemos que trabajar juntos –dijo, apresurándose–. Por el bien del rancho y para que mi padre se pueda concentrar en su recuperación.

–No podemos esperar milagros.

Ana no pudo evitar sonreír.

–Me conformo con que haga lo que hay que hacer para volver aquí cuanto antes –soltó el aliento–. Sé que crees que mi padre me da igual, pero no es así.

–Nunca he dicho eso. Sé que has venido a verle muchas veces –levantó una mano al ver que ella trataba de negarlo–. Y, no, Kathleen no te ha delatado. He visto tu coche en la casa, y también cuando vienes a montar a caballo. ¿Por qué no te quedaste nunca a hablar con Colt?

Ana sintió lágrimas en los ojos.

–Eso es un poco difícil. Mi padre no me recibe precisamente con los brazos abiertos.

–De acuerdo. Siempre ha sido un poco hosco, pero eso quizás cambie a partir de ahora.

Ana recordó aquellos tiempos felices cuando vivía con su madre, su padre y sus hermanas en el rancho. Todo aquello había cambiado de la noche a la mañana, con la desaparición de Luisa Slater. Se había llevado consigo todo el amor del Lazy S. Las gemelas, Tori y Josie, solo tenían tres años por aquel entonces, y Marissa todavía gateaba.

Si no hubieran encontrado la nota, hubieran pensado que la habían secuestrado. Pero no había duda. Luisa Slater no quería saber nada más de su marido ni de sus hijas. Ese mismo día, su padre se convirtió en otra persona y se aisló de su propia familia.

–Tenía cuatro hijas que necesitaban su cariño. Es como si nos hubiera echado la culpa de la desaparición de nuestra madre –dijo, fulminando a Vance con la mirada–. ¿Fue culpa nuestra?

Él sacudió la cabeza.

–No puedo contestar a esa pregunta, Ana. No conocí a tu madre. Solo conozco a la mía. Y April Rivers no tuvo ningún problema a la hora de hacer la maleta y marcharse.

Ana contuvo el aliento. No recordaba lo mucho que se parecían sus vidas.

–Lo siento, Vance. Lo había olvidado.

–Eso es lo que quiero que haga la gente, que olvide mi pasado –la miró a los ojos–. Es la única forma de seguir adelante.

Vance no quería remover el pasado.

–Mira, llevar el Lazy S no es cosa fácil. Pronto tendremos el rodeo. Si tus hermanas y tú queréis ayudar, no voy a impedirlo.

–Como he dicho, dudo mucho que mis hermanas vengan, pero yo sí quiero estar. De hecho, he decidido venirme a la casa, por lo menos durante el verano, o hasta que mi padre se recupere.

–Muy bien. El día empieza a las cinco y media.

Ana pareció sorprenderse.

–Quiero ir a ver a mi padre a las diez. Y Wade Dickson quiere que nos reunamos con él mañana por la tarde en su despacho.

–¿Por qué?

–No lo sé. Dice que tiene que repasar unos detalles con nosotros.

Vance asintió.

–Entonces será mejor que duermas un poco. Mañana va a ser un día muy ajetreado.

Ana asintió también.

–Te veo mañana por la mañana –se dirigió hacia la puerta.

Vance cerró los puños. Quería llamarla para que volviera, pero… ¿para qué iba a hacerlo? ¿Para decirle que siempre había sentido algo por ella? No. Para ella no era más que ese pobre chico al que su padre le había dado un lugar donde dormir.

A la mañana siguiente, Colt sintió el calor del sol sobre el rostro. ¿Se había quedado dormido? Parpadeó y abrió los ojos. Trató de enfocar. Ese no era el mayor de sus problemas. No podía moverse. Gruñó y trató de levantar un brazo. Alguien dijo su nombre en ese momento.

Se volvió hacia una hermosa cara. Contuvo el aliento, parpadeó de nuevo y entonces se dio cuenta de que era Analeigh. Se parecía tanto a su… madre. No. No quería pensar en Luisa en ese momento.

Trató de moverse, pero no tenía fuerza suficiente. ¿Qué le estaba pasando? Trató de hablar, pero no emitió más que un sonido indefinido.

–Todo está bien, papá. Estamos aquí contigo. Tienes que quedarte quieto.

Él volvió a gruñir.

–Por favor, papá, estás en el hospital. Has sufrido un derrame, pero vas a estar bien.

Colt no podía dejar de mirarla. Había alguien a su lado. Vance.

–Hola, Colt. Me alegra ver que ya estás despierto. Los médicos lo tienen todo controlado. Estarás en casa antes de que te des cuenta. Confía en mí. Todo está en orden en el rancho. Yo me encargo de todo. Simplemente descansa y recupérate.

Justo antes de mediodía, Ana subió a la camioneta de Vance y se dirigieron hacia el pueblo, rumbo al despacho del abogado. Todavía no era capaz de sacarse la imagen de su padre en esa cama de hospital. Tenía el pecho encogido por la emoción. Aquello tenía que ser muy duro para un hombre como Colt. Siempre había sido una persona vital, trabajadora. Pero todo eso había cambiado en un abrir y cerrar de ojos.

Ana se volvió hacia Vance. Se estaba tomando el café que había comprado en el hospital.

–Toma un poco de café. Parece que lo necesitas.

–Gracias –Ana agarró su vaso de papel y bebió un sorbo–. Está bueno.

–Es del puesto de enfermeras. Lo hacen ellas mismas.

Ana se imaginó a Vance Rivers en el puesto de enfermeras, flirteando con ellas para conseguir una taza de café.

–Gracias.

–Hablemos. Solo han pasado cuarenta y ocho horas desde lo de Colt y todavía está muy medicado. Tienes que confiar en que va a ponerse mejor.

Ana miró por la ventanilla. Contempló las tierras del Lazy S, las montañas en el horizonte…

–Parecía tan indefenso.

–Dale tiempo, Ana. Tienes que tener paciencia. No le agobies.

–¿Agobiarle? No tengo pensado agobiarle. ¿Cómo puedes decir algo así?

Vance levantó una mano del volante.

–Solo quería decir que es muy fácil saber qué pasa por tu cabeza. Se te ven las emociones en la cara.

–No puedo evitarlo.

–Tienes que intentarlo, porque Colt nos necesita para recuperarse.

Aminoró la marcha. Estaban cerca del pueblo de Royerton. Fueron por la calle principal y pasaron por delante de una pequeña tienda de ultramarinos, un supermercado y la oficina de correos.

–Eso es exactamente lo que tengo pensado hacer.

–Muy bien. A lo mejor deberíamos ceñirnos al tema del rancho, pero no mencionamos que vas a trabajar con los otros mozos.

–Como si a él le importara…

Vance aparcó frente a un edificio de oficinas de ladrillo.

–¿Pero qué me dices? Colt solo me puso dos reglas. Uno, trabajar duro, y dos, no acercarme a sus hijas.

Ana le miró con ojos de sorpresa. Vance sacó las llaves del contacto y bajó del vehículo. No iba a decirle lo difícil que le había resultado mantener esa promesa.

–No lo sabía –dijo ella cuando le abrió la puerta del acompañante.

–Hay muchas cosas de Colt que no sabes.

Ana tomó la mano que Vance le ofrecía y salió a la acera.

–Eso no es culpa mía.

–No he dicho que lo fuera –Vance abrió la puerta del despacho del abogado y la dejó entrar primero–. Solo quería que lo supieras.

–¿Y qué pasa contigo? ¿Esa regla también era para ti?

Vance asintió. Se preguntó si recordaría lo que había pasado aquel día en el granero.

–Como sigues por aquí, supongo que nunca le dijiste que te lanzaste a por una de sus hijas en el granero –le dio la espalda y entró en el área de recepción.

–Vaya. No estaba solo aquel día. Hacen falta dos para lo que pasó. Si no recuerdo mal, había una jovencita por allí que iba detrás de un muchacho. No fue una buena idea. Ya sabes… Adolescentes efervescentes llenos de hormonas…

–Yo no era un hervidero de hormonas –dijo ella.

–Tú no, pero yo sí.

Wade Dickson salió de su oficina en ese momento y les recibió.

–Hola, Ana, Vance –sonrió–. Por favor, entrad y sentaos –Dickson rodeó el escritorio y se sentó frente a ellos. Abrió una carpeta, examinó unos documentos y entonces miró a Ana–. ¿Seguro que tus hermanas no vienen?

–Ahora mismo no. ¿Por qué?

–Como sabes, el Lazy S es una finca muy grande. Tu padre es dueño de casi todo. Pero hay una buena extensión de terreno que le ha sido alquilada al estado. Y hay pagos atrasados. Conseguí una prórroga del estado, pero así solo hemos ganado unos meses para reunir el dinero. Y, si no lo pagáis, otra persona podría pedir las tierras.

Ana miró a Vance.

–Entonces hay que pagar ese dinero.

–No hay suficientes fondos.

Capítulo 3

ANA abrió los ojos.

–¿Qué quieres decir? ¿No hay suficiente dinero?

–El Lazy S ha pasado años muy difíciles. Me enteré hace poco porque me lo notificó el estado.

Ana se volvió hacia Vance.

–¿Por qué no dijiste nada?

Vance estaba tan sorprendido como ella.

–Primero, no sabía nada al respecto. Sabía que los precios de la carne de vacuno habían bajado, y que habíamos perdido varias cabezas de ganado en esa tormenta del invierno pasado, pero…

–¿Qué quieres decir con eso? ¿Cómo es que no sabías nada? Eres el capataz.

–Yo hago el trabajo físico, pero Colt lleva las cuentas. Yo uso ese dinero para pagar las nóminas, para los suministros y la comida de los animales. Colt lleva las finanzas del rancho.

Vance recordó las tierras que Colt le había dado unos años antes. Había plantado alfalfa en ellas. En seis semanas podría empezar con la cosecha. Tenían tiempo suficiente, pero… ¿serían los beneficios lo bastante grandes como para cubrir esa deuda?

–Ana, llevo años intentando convencer a tu padre para que diversifique el negocio. Perdió buena parte de sus ahorros cuando el mercado cayó hace unos años. En el pasado, ese dinero siempre fue un colchón que lo ayudaba a pasar las épocas difíciles.

–¿Y qué hacemos ahora?

–Como ha dicho el señor Dickson, tenemos casi seis meses –la miró a los ojos–. No puedes hacer esto sola. Creo que tienes que reunir a tus hermanas.

Treinta minutos más tarde, Vance y Ana salieron del despacho del abogado.

–Parece que te vas a caer en cualquier momento.

–Sí. Gracias. Eso es lo que toda mujer quiere oír.

–Come algo.

–Tienes razón, pero debería irme a casa y ver qué puedo hacer para resolver este lío.

Ignorando sus palabras, él la hizo cruzar la calle y la condujo hacia un pequeño restaurante familiar, el Big Sky Grill.

–Primero tienes que comer –le abrió la puerta, pero ella no se movió–. Puedo seguir así todo el día.

Ella le fulminó con la mirada, pero finalmente tiró la toalla.

–Muy bien. Una comida rápida.

Fueron recibidos por los dueños, Burt y Cindy Logan. Burt les acompañó hasta una mesa situada junto a la ventana que daba a Main Street. Varios asiduos del lugar pararon a Ana por el camino para preguntarle por su padre. Cuando logró escabullirse por fin, tomó asiento frente a Vance. Él tomó la carta y comenzó a leer.

Cindy apareció con dos vasos de agua.

–¿Cómo está tu padre?

–Mucho mejor. Ahora está estable, pero tienen que hacerle más pruebas.

La mujer les tomó nota y se marchó.

Ana sacudió la cabeza.

–No me puedo creer lo mucho que se preocupa la gente. Es curioso, ¿no? Parece que se llevaba bien con todo el mundo excepto con sus hijas.

Vance se encogió de hombros.

–¿Y por qué te sorprende? La familia Slater fue una de las fundadoras de Royerton. Todo el mundo respeta a Colt por aquí. No ha sido un padre perfecto –Vance se echó hacia atrás en la silla–. ¿Pero por qué te quedaste? ¿Por qué no te fuiste, como tus hermanas?

Ana le miró con unos ojos que eran iguales a los de Colt.

–Me quedé por mis hermanas, y entonces conseguí el trabajo en el instituto –se encogió de hombros–. Ya no sé si importa siquiera.

Vance se inclinó hacia delante.

–Mira, Ana, no sé por qué Colt hacía muchas cosas de las que hacía. No hay duda de que es un hombre infeliz. He oído historias sobre cómo era de joven, antes de que se fuera tu madre… ¿La recuerdas?

–Era muy pequeña, pero, sí. La recuerdo. Recuerdo lo hermosa que era. Su voz, su tacto… –se volvió hacia él.

Vance vio las lágrimas en sus ojos.

–Quería odiarla, pero pasé años rezando para que volviera y fuera nuestra madre de nuevo.

–Eso es comprensible –dijo él, tocándole la mano.

Ella bajó la mirada y retiró la mano lentamente.

–¿Lo es? ¿Desearías que volviera tu madre?

–Sí. Todos los niños quieren eso, sobre todo cuando tu padre no está ahí para darte de comer y tienes hambre.

Vance soltó el aliento.

–Y no puedes ir al colegio porque no tienes zapatos. Los chicos se burlan de ti por cosas como esa. Pero a veces tienes tanta hambre que te da igual, porque sabes que te darán de comer gratis a la hora de la comida.

Vance vio esa extraña mirada en sus ojos y se dio cuenta de que le había revelado demasiadas cosas.

Esa vez fue ella quien le agarró la mano.

–Oh, Vance. No tenía… no tenía ni idea.

Él se apartó.

–Nadie tenía ni idea. Cuando tenía catorce años, me harté y traté de escapar. Era grande para mi edad y esperaba encontrar un trabajo en algún sitio. Me escondí en la parte de atrás de una camioneta en un aparcamiento para poder escapar del pueblo. No sabía que era de Colt hasta que me vi en el Lazy S. Decidí dormir en el granero antes de seguir con mi viaje por la mañana. Él me encontró. Claro.

Ana no quería sentir empatía por ese chico indigente.

–Y te convertiste en el hijo que mi padre siempre quiso.

–Como te dije antes, solo quería sobrevivir. Colt me salvó de una infancia cruel. Siento que pensaras que tenías que competir conmigo para conseguir la atención de tu padre.

Ella se encogió de hombros. Todo parecía tan infantil en ese momento.

–Ya no tiene importancia. Colt hizo su elección hace mucho tiempo y es por eso que no puedo hacer que mis hermanas vuelvan.

–Si te presentas en su puerta, tendrán que escucharte. Deberían ayudarte con las decisiones médicas que haya que tomar respecto a tu padre.

–No conoces a mis hermanas… así que creo que deberías venir conmigo.

La enfermera levantó a Colt de la cama para que pudiera incorporarse por fin, pero lo que realmente quería el dueño de Lazy S era salir de allí cuanto antes. La cosa no era fácil, no obstante. Todavía estaba débil como un ternero recién nacido, y apenas podía mover el brazo derecho.

–¿Mejor, señor Slater? –le preguntó la enfermera, llamada Erin.

Colt gruñó. Ella sonrió y le colocó el botón de llamada junto a la mano.

–Apriételo si necesita algo. Su hija llegará en breve. Además, vendrán a hablarle de la terapia pronto.

Colt volvió a gruñir. ¿Qué bien iba a hacerle todo aquello?

–Necesitará un poco de rehabilitación para ponerse en forma de nuevo, señor Slater, pero tiene posibilidades de recuperarse del todo. Solo tiene que trabajar duro.

Como si no hubiera trabajado duro toda su vida… La enferma encendió la televisión y salió de la habitación, dejándole solo.

Una ola de tristeza se apoderó del viejo Colt Slater. Su vida pasaba ante sus ojos como una película. Luisa… Aquel día en el rodeo, al verla por primera vez, había creído que era un ángel.

Unas semanas más tarde, se había casado con ella.

La presión que sentía en el pecho se hizo más fuerte al recordar aquella noche, cuando regresó a casa, loco por ver a las niñas. Luisa llevaba un tiempo comportándose de una forma distante. Se había ofrecido a buscar a alguien para que la ayudara con las niñas, pero ella le había dicho que quería ser su madre a tiempo completo. Más tarde, esa misma noche, se la había encontrado llorando y le había preguntado qué le pasaba.

–Hazme al amor hasta que desaparezcan todas las cosas malas.

Colt soltó el aliento. Aquella noche habían hecho el amor con toda el alma, con el corazón, con la cabeza… A la tarde siguiente, al llegar a casa, se había encontrado con una niñera. Su esposa se había marchado para siempre. Solo había dejado una nota en la que decía que ya no quería vivir con él y con las niñas.

La buscó por todas partes, pero no logró encontrarla. Y entonces recibió los papeles del divorcio.

Dos días más tarde, Vance y Ana se subieron a un avión que los llevó a California. Al aterrizar en el aeropuerto de Los Ángeles, Vance se preguntó cómo le había convencido. Por una parte, no soportaba las ciudades grandes. Además, si se llevaba mal con Ana, la cosa era mucho peor con sus hermanas.

El avión se detuvo junto a la terminal.

–No sé si esto va a suponer alguna diferencia –dijo Ana. Estaba un poco nerviosa–. ¿Y si Tori y Josie se niegan a ayudarme?

–Entonces volvemos a Montana y vemos qué hacemos. Ya se nos ocurrirá algo. Te lo prometo.

Ella le miró a la cara y vio esa sonrisa sexy. El corazón le dio un vuelco y no tuvo más remedio que apartar la mirada. No quería pensar en él de esa manera. No tenía excusa posible.

Cuando el avión se detuvo junto a la puerta de embarque, se desabrochó el cinturón. Vance se puso en pie y abrió el maletero superior. Sacó el bolso de Ana, su petate y su sombrero vaquero. Se echó a un lado y la dejó salir al pasillo. Era imposible no rozarse contra ella. El espacio era muy reducido. Ana aspiró su aroma. Podía sentir su cuerpo duro contra la piel.

Como no llevaban equipaje, se dirigieron hacia el puesto de alquiler de coches. Vance alquiló un sedán de tamaño medio.

–¿Puedes conducir por las carreteras de Los Ángeles?

Él se quitó el sombrero y lo tiró sobre el asiento de atrás.

–Pronto lo sabremos.

–Aquí está la dirección del negocio de Josie.

Vance tomó el papel y metió la dirección en el GPS. Terminaron en la parte más antigua de Los Ángeles, no lejos de Griffith Park. Era un edificio de dos plantas de estuco, de estilo español.

Bajaron del coche y leyeron el directorio que estaba en la pared. No fue difícil encontrar la oficina. El letrero de la puerta de cristal decía: Slater Style.

–Un nombre pegadizo –dijo Vance.

–Josie es así –dijo Ana, soltando el aliento–. Muy bien. Terminemos ya con esto.

Vance asintió, abrió la puerta y la dejó entrar. La zona de recepción se componía de un escritorio y varias sillas pegadas a la pared. No había nadie por allí. Miró el reloj.

–Supongo que todo el mundo estará comiendo. ¿Le dijiste a Josie que veníamos?

–No. No quería que encontrara una excusa para esquivarme.

De repente, la puerta se abrió. Era una joven con una bolsita de comida para llevar. Les resultaba familiar, pero no era la gemela que esperaban encontrar.

Victoria Slater tenía el pelo oscuro y la misma sonrisa encantadora de su hermana mayor.

–¿Ana? ¿Qué estás haciendo aquí?

–¿Tori? –Ana le dio un abrazo–. Creo que ya sabes por qué he venido. ¿Pero qué estás haciendo en la oficina de Josie?

–Bueno, también es mi oficina, desde hace unos meses. Dejé mi trabajo y decidí que era momento de hacer algo propio –asintió–. Josie me ofreció un espacio aquí y monté mi propia empresa de diseño web.

Tori tenía el color de tez de su madre, los mismos ojos negros y el cabello color azabache. Llevaba el cabello más corto, justo por debajo de la barbilla.

–Me alegro mucho. ¿Qué tal va el negocio?

–Bien. Muchos de mis clientes antiguos se han venido conmigo, y me gusta ser mi propia jefa.

Tori reparó en Vance, por fin. Parpadeó, sorprendida.

–Vance, me alegro de verte –la sonrisa se le borró de la cara–. Espera un momento. ¿Ha pasado algo más con Colt?

–No. Tu padre está bien –le dijo Vance–. Dejaré que tu hermana te explique el resto.

–Tenemos que hablar de lo que vamos a hacer. Papá no va a ponerse bien de la noche a la mañana, así que tenemos que hablar… de algunas cosas. Del rancho, básicamente.

La rabia se hizo evidente en la mirada de Tori.

–Por lo que a mí respecta, el rancho puede saltar por los aires. Odio ese lugar.

Ana no se mostró sorprendida por la reacción de su hermana.

–Tori, no puedes estar hablando en serio. Es nuestro hogar.

La hermana más joven sacudió la cabeza.

–Para mí solo era una casa enorme y vieja. Papá se puso muy contento cuando nos fuimos todas.

–Te entiendo, pero ahora mismo Colt no puede hablar, ni tomar decisiones. Y tengo que recordarte que ese rancho lleva tres generaciones en manos de nuestra familia.

Tori empezó a decir algo, pero en ese momento se abrió la puerta.

–Hola, Tori, ya era hora… –Josefina Slater se paró en seco–. ¡Ana! ¿Qué estás haciendo aquí?

–Parece que hay mucho eco aquí –dijo Ana, abrazando a su hermana.

Josie tenía la piel clara y el pelo castaño. Los ojos eran azules, como los de su padre. Las mellizas no se parecían en nada, excepto en la forma de la cara y en la sonrisa.

–Contestando a tu pregunta, como no veníais a casa, he venido yo.

Josie reparó en Vance. Este la saludó.

–¿Y pensaste que era necesario traer refuerzos? Hola, Vance. Cuánto tiempo.

–Me alegro de verte, Josie.

–Vance ha venido para ayudarme a haceros ver la gravedad de la situación.

Josie frunció el ceño. Era evidente que no se iba a dejar convencer fácilmente.

–Tal y como te dije cuando llamaste la semana pasada, tengo un evento importante. No puedo irme ahora.

Ana sintió una gran tristeza al ver que no estaban dispuestas a ir a casa para ver a su padre.

–Lo entiendo. Sé que tu trabajo es ese, organizar eventos, pero tienes que estar en casa. Estoy hablando de nuestro padre. Somos una familia.

Josie miró a su hermana melliza.

–Parece que Vance y tú hacéis muy buen equipo. Te damos permiso para que tomes todas las decisiones necesarias.

–Se trata de algo más que llevar el rancho –dijo Ana–. Ojalá Marissa estuviera aquí. Debería oír esto también.

–Creo que eso sí puedo solucionarlo –dijo Tori.

Les hizo pasar a su despacho, pero Vance se quedó en la zona de recepción.

Tori pasó por detrás del escritorio y abrió el portátil.

–Si no está por ahí en algún sitio, creo que estará en casa –después de teclear unas cuantas cosas, sacó una imagen en la pantalla.

–Hola, Tori.

–Hola, Marissa.

–¿Qué pasa?

–Bueno, unas cuantas cosas. Tengo a alguien aquí que quiere hablar contigo.

Ana se puso delante del monitor y los ojos se le humedecieron de inmediato. Su hermana pequeña estaba en la pantalla, sentada frente a un escritorio.

–Hola, Marissa.

–Oh, Ana. Estás en California.

Ana asintió.

–Ojalá pudiera verte en persona también. ¿Y si voy a San Diego? Si estás por allí…

Vio auténtico pánico en los ojos de su hermana pequeña.

–Bueno… a lo mejor… Pero ahora mismo no es una buena idea. Voy a pasar toda la semana en un rodaje. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

–Tengo que regresar pronto para cuidar de papá.

Marissa titubeó.

–¿Cómo está?

Ana miró a Vance, buscando algo de apoyo.

–Está bien. Es por eso que he venido. El tío Wade vino a verme hace unos días. Como papá está incapacitado temporalmente, tiene que haber un albacea que se ocupe de todo.

–¿Entonces el tío Wade es el jefe ahora?

–No. No lo es. Papá nos nombró a Vance y a mí.

Las mellizas miraron al vaquero.

–¿Por qué no me sorprende? –dijo Josie–. Siempre ha tratado a Vance como si fuera de la familia.

Vance guardó silencio.

–Parece que soy el único que sabe cómo llevar un rancho –dijo finalmente.

–Eso no es culpa nuestra –dijo Tori.

Todas las hermanas se enfrascaron en una discusión. Vance se llevó los dedos a la boca y sopló con fuerza. El silbido fue suficiente para hacerlas callar.

–Yo no pedí este trabajo. Pero, ya que lo tengo, quiero hacer todo lo posible para conservar el rancho.

–El rancho tiene problemas financieros. Problemas grandes –Ana las puso al tanto de todo.

–No es solo dinero lo que queremos –dijo Vance–. Necesitamos ideas para hacer que el rancho tenga más ingresos e impedir que esto vuelva a ocurrir. ¿El Lazy S es lo bastante importante para tus hermanas como para que nos ayuden a salvarlo? –le preguntó a Ana–. ¿Podemos contar con vuestro apoyo?

Vance dio media vuelta y salió del despacho. Tori suspiró.

–Muy bien, chicas. Si no queréis hacerlo por nuestro padre, tengo otra idea.

Ana miró a las mellizas y luego a Marissa.

–Hagámoslo por nosotras. Demostrémosle a Colt Slater que sus hijas pueden llevar el rancho.

Capítulo 4

TRES horas más tarde, Ana se despidió de sus hermanas y dejó las oficinas de Slater Style en compañía de Vance. Era una pena no haber podido convencerlas para que la acompañaran a casa.

–Adelante. Dime que lo he hecho muy mal –dijo él mientras conducía, rumbo al hotel del aeropuerto.

–No. No digo nada. Tus hermanas tendrán que decidir solas si quieren venir a casa o no –se detuvo en un semáforo y la miró a los ojos–. Entiendo cómo se sienten. He visto cómo os ha tratado Colt durante años.

–Pero nunca hiciste nada.

–No puedo decir que me gustara, pero yo también era un niño. Me gustaba tener un techo sobre mi cabeza, y comida en el estómago.

Ana recordó aquella noche… Vance se había presentado a la hora de la cena. No era más que un adolescente escuálido y desafiante. Al principio le había dado pena. Su padre le pegaba cuando estaba borracho.

Vance se detuvo frente al hotel. El aparcacoches se les acercó y le abrió la puerta.

–Buenas noche, señora.

Ana bajó del vehículo y le dio las gracias. Mientras tanto, Vance sacó las maletas. Un botones le ayudó a llevarlas. Llegaron al mostrador de recepción. Una preciosa rubia les recibió. Llevaba el nombre escrito en una etiqueta. Jessica… Al ver a Vance sonrió. ¿Por qué no iba a hacerlo? Era un hombre apuesto. Él dejó el sombrero sobre el mostrador.

–Hola. Necesitamos dos habitaciones para esta noche.

–¿Tienen reserva?

–Lo siento, pero no tenemos. Ha sido un viaje imprevisto.

La recepcionista frunció el ceño y empezó a buscar en la pantalla del ordenador.

–Estamos completos esta noche.

Sin dejar de mirarla, Vance se le acercó.

–Seguro que puedes encontrar algo.

Jessica suspiró y continuó con la búsqueda.

–Oh, bien. Sí que tenemos una suite de una habitación.

–Nos la quedamos –dijo antes de que Ana pudiera objetar algo. Sacó la tarjeta de crédito.

Unos minutos después, ya estaban en el ascensor. Vance contuvo el aliento cuando salieron a la planta correspondiente. Resultaba raro que Ana no se hubiera quejado por tener que compartir la habitación, aunque tampoco le había dado elección. Encontraron la suite rápidamente. La estancia era muy espaciosa. Había un sofá, que sin duda sería su cama. Pasó a la siguiente habitación.

–Tú quédate con la cama. Yo dormiré aquí fuera.

Ella sacudió la cabeza.

–Eres demasiado alto para el sofá. Quédate tú la cama.

Vance no quería pelearse por la cama.

–¿De verdad crees que vas a ganar esta discusión?

–Muy bien. Duerme donde quieras.

Vance fue hacia el teléfono y apretó el botón del servicio de habitaciones.

–¿Qué quieres comer?

–Me da igual –Ana empujó su maleta hasta la habitación y cerró la puerta.

–Va a ser una noche larga –dijo, y entonces habló por el teléfono–. Quisiera pedir dos filetes, poco hechos, con patatas asadas y ensalada verde.

Le dijeron que tardarían treinta minutos.

Algo ansioso, Vance fue hacia el minibar. Renunció a los botellines de cerveza a favor de un refresco. Lo abrió y fue hacia la ventana. Retiró las cortinas. Al otro lado se extendía el mar de luces que era la ciudad de Los Ángeles. De repente echó de menos el aislamiento del rancho. Allí no había luces, sino estrellas en el cielo.

Se dio la vuelta y allí estaba Ana, al otro lado de la habitación. Todavía llevaba sus pantalones negros y la blusa estampada, pero estaba descalza.

–Parece que hemos terminado en una situación de lo más peculiar. Hace muchos años que no pasábamos tiempo juntos. Entiendo que sientas que somos dos extraños.

Ella luchó por esconder una sonrisa.

–Sí. Eres el hermano que nunca quise.

–¿Era por eso que me odiabas?

Ella frunció el ceño.

–«Odiar» es una palabra muy fuerte. Pero sí estaba enfadada contigo, por la atención que papá te daba.

–Ojalá hubiera podido ayudar con eso.

Ana sacudió la cabeza.

–Nadie se cruza en el camino de Colt Slater.

No era cierto. Vance se había cruzado en una ocasión, cuando se había acercado a su hija. Ana había sido la única tentación que había tenido, aquel día en el granero, cuando la había besado…

Ahuyentó los recuerdos.

–Ojalá hubiera podido ayudar.

Alguien llamó a la puerta.

–Sí que han sido rápidos.

Vance abrió la puerta. Esperaba al servicio de habitaciones, pero era un botones con un cubo lleno de hielo, una botella de vino y dos copas.

–Señor Rivers, cortesía de la casa.

Vance se echó a un lado y le dejó pasar. El hombre puso la botella sobre la mesa y empezó a descorcharla. Sirvió una pequeña cantidad en una de las copas y se la ofreció a Vance.

Este bebió un sorbo y asintió.

–Muy bueno.

–Gracias, señor. Es un vino del norte de Los Ángeles.

El botones llenó las dos copas y Vance le dio una propina antes de que se marchara.

–Parece que has impresionado a la de recepción –dijo Ana.

Vance agarró una copa y se la entregó.

–Jessica es la ayudante del gerente.

Ana vaciló un momento, pero aceptó la copa.

–No me gusta mucho beber.

–A mí tampoco, pero creo que esta noche no nos vendrá mal una copita de vino –levantó su copa para brindar y entonces bebió otro sorbo–. Ven a ver las estrellas de Los Ángeles.

Ana no sabía si beber alcohol era una buena idea, pero no tenía que ir a ningún sitio. Caminó hasta la ventana.

–¿Dónde?

Él señaló hacia abajo.

–Están ahí abajo. Mira todas esas luces.

–Oh, vaya. Cuántas casas.

–A mí también me parece que están un poco hacinados. ¿Cómo soportan vivir tan cerca los unos de los otros?

Ana bebió otro sorbo, disfrutando del sabor del vino.

–¿Y el ruido? ¿Cómo aguantan el ruido y el tráfico?

Él se encogió de hombros.

–No tengo ni idea. Siento que tengo mucha suerte al haber terminado en el Lazy S.

–Lo sé –Ana se volvió hacia él.

Se sentía abrumada por todo lo que había ocurrido la semana anterior.

–No quiero perder el rancho, Vance. No puedo.

Él la miró a los ojos.

–Te prometo, Ana, que no lo perderás. No dejaré que ocurra.

–¿Entonces me ayudarás?

Ana se dio cuenta de que le estaba mirando los labios. De repente se acordó de aquel día. La había mirado de la misma forma, justo antes de besarla.

–No tienes ni que pedirlo, ojos brillantes.

Su voz grave y aterciopelada la hizo sentir un escalofrío a lo largo de la espalda. Bebió otro sorbo y entonces sintió un pequeño mareo. No sabía si era por el vino o por él. Le agarró del brazo para recuperar el equilibrio.

Mirarle a los ojos… era un error.

–Me gusta que me llames así.

Nada más hablar, Ana se arrepintió de lo que había dicho.

Vance frunció el ceño.

–Creo que necesitas comer algo –dijo Vance.

Tomó las dos copas de vino y las dejó sobre la mesa.

–Pensándolo bien, no comiste mucho hoy.

–Discutir con mis hermanas siempre me hace perder el apetito –las lágrimas la asediaron de nuevo–. Están tan enfadadas con papá. Pero no puedo echarles la culpa.

Vance la agarró de los brazos.

–Mira, Ana, tienes que darles tiempo. Tengo la sensación de que finalmente encontrarán el camino a casa.

Ana vaciló un momento. Su tacto era imposible de ignorar.

–¿Vas a dejar el rancho si Colt no se pone mejor?

–¿Quieres que me vaya? –le preguntó él.

Ana no podía imaginar cómo sería el Lazy S sin él. Sacudió la cabeza.

–No. Tienes que quedarte. Quiero decir que… Estás al tanto de todo, conoces el ganado, los cultivos.

Vance sabía que estaba exhausta. Los días vividos empezaban a pasarle factura, y el vino podía empeorar las cosas. Era tan fácil acercarse y robarle un beso…

Retrocedió rápidamente. ¿De dónde había salido ese pensamiento?

–Busquemos una forma de ganar dinero.

Ana agarró su copa y bebió otro sorbo.

–¿Y qué pasa con el rodeo?

–Los precios del ganado están bajando y nuestro rebaño es pequeño. No es suficiente. Además, hay algo que tenéis que saber… –se detuvo.

Ana le miró con esos ojos azules en los que podía perderse. Lo último que quería era darle más malas noticias.

–¿Qué?

–Necesitamos algo más que un arreglo temporal. Desde que soy el capataz del rancho, los beneficios no han hecho más que bajar. Sé que no hay fondos para pasar por una época de crisis. A lo mejor tenemos que reducir el negocio, vender cabezas de ganado… Tenemos que encontrar una solución.

Llamaron a la puerta y Vance fue a abrir. Era el mismo empleado de antes con el carrito de la comida. Les dio un tique para firmar y se marchó. Vance fue hacia la mesa y le sacó una silla a Ana.

–Vamos a comer.

–Gracias –dijo ella, sentándose.

Bebió otro sorbo de vino y le observó mientras se sentaba frente a ella. Era un hombre muy apuesto. Lo era. Esos ojos marrones ligeramente hundidos y la mandíbula cuadrada, cubierta por una fina barba de unas horas, le daban un aire interesante y viril. Había sido guapo de adolescente, pero se había convertido en un hombre irresistible y seguro de sí mismo.

Se fijó en su boca. Tenía el labio inferior carnoso… No podía evitar preguntarse cómo sería…

Ana apartó la mirada. ¿Qué estaba haciendo? No podía pensar de esa forma en Vance Rivers. Además, a lo largo de los años, muchas mujeres habrían pasado por su cama.

Al día siguiente, cuando el avión aterrizó en Montana, Ana estaba agotada. No había logrado descansar mucho, por culpa del hombre que dormía al otro lado de la pared.

Vance había aparcado su camioneta en el aparcamiento del aeropuerto, así que pudieron ir directamente al hospital. El viaje en coche fue tranquilo, y Ana lo agradeció. Tenía un ligero dolor de cabeza, gracias a esa segunda copa de vino que se había tomado, la que Vance no se había tomado con ella.

Se bajaron del ascensor en la segunda planta y se dirigieron a la habitación de Colt. La cama estaba vacía. Colt estaba sentado en una silla de ruedas.

–Oh, papá. Mírate –Ana fue hacia su padre. Quería abrazarle, pero no lo hizo. Le puso una mano sobre el brazo–. ¿Cómo te sientes?

Colt la miró un instante y entonces apartó la vista. Ana sintió una punzada de dolor que la recorría de pies a cabeza. A esas alturas, ya debería haberse acostumbrado a sus desprecios, pero todavía le dolían.

Un hombre joven con una bata de médico entró en la habitación. Le sonrió.

–Bueno, Colt, parece que hoy estás teniendo mucho éxito con las chicas.

El joven sonrió de oreja a oreja. Le ofreció la mano a Ana.

–Hola, soy Jay, el terapeuta de Colt.

Ana le estrechó la mano.

–Ana Slater. Soy la hija de Colt.

Jay miró a Colt.

–No me habías dicho que tenías una hija tan guapa.

Ana apartó la mano.

–¿Mi padre ha tenido ya alguna sesión de terapia?

–Sí –dijo Jay–. Y lo hizo muy bien.

Vance estaba de pie al otro lado de la habitación, observando al terapeuta. Nunca le había gustado esa clase de hombre; esos que sonreían todo el tiempo cuando había una mujer delante. Fue hacia Colt y se sentó a su lado.

–Me alegro de ver que te has levantado de la cama –dijo, mirando a Ana y después al terapeuta–. Sé que esto ha sido difícil para ti, Colt, pero quiero que sepas que me estoy ocupando de todo en el rancho. Yo estaré al frente de todo hasta que vuelvas a casa.

Colt no dijo nada. Vance decidió utilizar otra táctica.

–Ana y yo acabamos de volver de Los Ángeles. Fuimos a ver a Tori y a Josie.

Colt le lanzó una mirada y emitió un sonido indefinido.

–Muy bien, Colt. Ana está tratando de traerlas a casa.

Otro gruñido.

–No hay elección. Necesitamos que nos ayuden con el rancho. Vamos. Son tu familia. Y tienes mucha suerte de tenerlas –Vance se puso en pie y volvió junto a la puerta.

Colt Slater era un hombre muy testarudo.

Más frustrado que nunca, Colt quería llamar a Vance para que volviera, pero le era imposible articular palabra. No podía dejar que sus hijas fueran a Montana. Estaban mucho mejor sin él. Estaban mejor sin un viejo cascarrabias que no era capaz de superar el abandono de la mujer que amaba.

Todo había sido así desde aquel día triste. Él no sabía cómo criarlas y, cada vez que las miraba, la veía a ella. Jamás había superado la traición de Luisa.

Cerró los ojos y deseó por enésima vez haber hecho algo para cambiar el pasado. Ojalá hubiera podido hacer que su mujer se quedara, al menos, por el bien de sus hijas… Se arrepentía de muchas cosas, pero lo peor había sido ver sufrir a sus hijas porque no era capaz de lidiar con su propio fracaso. Miró esa mano inútil que no le respondía. Ya era demasiado tarde. El rancho ya no le importaba, pero no soportaba ver el dolor en los ojos de sus hijas. Ya les había causado bastante sufrimiento. Lo mejor para ellas era olvidarse de él para siempre.

A la mañana siguiente, Ana se levantó pronto y fue al pueblo. Necesitaba algo de ropa para una estancia larga en el rancho. Pasó por su apartamento y se llevó todos sus vaqueros y botas. De repente sentía una extraña alegría al volver a vivir en el Lazy S. Podría montar a caballo todos los días, y no solo cuando tuviera tiempo o cuando supiera que su padre no iba a estar por allí.

Después de cerrar con llave la puerta de su pequeño apartamento de una habitación, Ana metió las maletas en su utilitario. Tenía dos meses de vacaciones y podía tomarse más tiempo si era necesario, pero su sueldo quizás fuera imprescindible, si las cosas no salían bien en el rancho. Además, había facturas médicas que pagar.

Ahuyentó esos pensamientos y entró en el coche. Recorrió el pueblo de un lado a otro, pasando por Main Street. Los comercios eran los mismos de siempre. Los edificios de los años veinte albergaban negocios como el Big Sky Grill, una tienda de ropa, la boutique de Missy y una tienda de antigüedades, Treasured Gems. En la esquina estaba la fachada de ladrillos que tan familiar le resultaba.

Clarkson’s Trading Post and Outfitter, leyó.

Era el negocio de la familia de su mejor amiga, Sarah Clarkson. Se conocían desde la escuela infantil. Sarah era la tercera generación que se quedaba trabajando en el negocio familiar.

Ana aparcó delante y bajó del vehículo. Quería darle las gracias a la familia de su amiga por las flores que le habían mandado a Colt. Entró en la tienda. A su alrededor había muchos percheros de ropa y las paredes estaban llenas de aparejos de pesca y equipos de caza. El establecimiento estaba lleno de clientes. La temporada de pesca con mosca estaba en su punto más álgido.

Miró a su alrededor y vio a Hank y a Beth Clarkson detrás del mostrador. Sarah acababa de salir del almacén. La acompañaba uno de los guías con licencia que trabajaban en la tienda, Buck Patton.

Sarah sonrió al verla. Levantó una mano y le pidió que esperara un poco. Se volvió hacia el grupo que estaba con Buck y le dio instrucciones.

–Oh, me alegro tanto de verte –dijo tras haberse despedido del grupo–. ¿Tu padre está bien? Fuimos al hospital, pero no pudimos ver a Colt.

Ana asintió.

–Está mucho mejor. Ya ha empezado con la terapia. Quería decirte que me voy a quedar en el rancho todo el verano.

La pelirroja parpadeó, sorprendida.

–¿Por qué? ¿Ya le dan el alta a tu padre?

Ana sacudió la cabeza.

–No, pero tengo que ayudar. Papá va a tardar un poco en recuperarse, y como no puede ocuparse del rancho ahora mismo, me han nombrado albacea.

–Eso me sorprende. Colt Slater dándoles algo a sus hijas, aunque sea una responsabilidad… Me sorprende mucho.

–Bueno, no voy a hacerlo sola. El otro albacea es Vance.

–Bueno, ¿por qué no me sorprende? ¿Entonces vas a portarte bien con él?

–Voy a estar demasiado ocupada pensando en cómo llevar el Lazy S. No voy a tener tiempo para nada más. Tenemos rodeo dentro de unas semanas.

Sarah la miró fijamente, pero no tuvo tiempo de hacer ningún comentario. Sus padres aparecieron en ese momento. Le dieron un abrazo a Ana. Cuando era niña, Ana quería que fueran sus padres también.

–¿Cómo está tu padre, Ana?

–Mucho mejor, gracias. Pero la rehabilitación va a ser larga.

–Si hay alguien que puede conseguirlo, ese es Colt. Es demasiado testarudo como para no poder con esto.

–Sí lo es.

–A mí no tienes que decírmelo. Llevo años intentando que deje entrar a mis guías en el rancho –sacudió la cabeza–. En la zona norte hay un sitio con muy buena pesca, muy desaprovechado.

–¿Querías pescar en el rancho?

–Quería que tu padre ganara algo de dinero. Colt siempre decía que no. Le gusta preservar tu intimidad.

De repente, Ana tuvo una idea.

–¿Todavía quieres pescar allí?

Hank hizo una pausa.

–¿Lo dices en serio? Esa zona de Big Hole River es increíble. Podría mandar grupos todos los días, aunque el dinero de verdad está en los viajes nocturnos y de fin de semana –le enseñó la tabla en la que apuntaba las tarifas que pagaban los pescadores por hacer esa clase de viajes.

Perpleja, Ana le invitó al rancho para visitar la zona en cuestión. Solo quedaba convencer a Vance. ¿Se pondría de parte de Colt o la apoyaría?

Capítulo 5

TRAS haber ido al hospital Vance se fue a casa por la tarde. La visita no había servido de mucho. Colt apenas era consciente de su presencia. Había intentando hablar de los asuntos del rancho, pero el anciano no parecía interesado en el tema.

De camino a casa, había parado en el Big Sky Grill para comprar algo de cena. Lo único que quería esa noche era cenar e irse a la cama. Al bajar de la camioneta, oyó que alguien le llamaba por su nombre. Se dio la vuelta y allí estaba Ana. Iba hacia él por el camino del granero.

Le sonreía… El pulso se le aceleró. Ya no podría dormir por la noche.

–¿Por qué tanta prisa?

–Estoy emocionada –le dijo, apenas sin aire.

Tenía una carpeta en la mano.

–¿Tienes un minuto?

–Claro.

–¿Te importa que entremos? Así voy cenando.

–Oh, lo siento. Deberías comer. Ya vuelvo luego.

Él la agarró del brazo para que no se fuera.

–No te vayas. Quiero decir que… es una tontería que vuelvas a la casa. Ven conmigo.

–Solo si comes mientras hablo.

Caminaron hasta el porche.

–Bueno, eso suena bien.

Una vez dentro, Vance encendió la luz y fue hacia el área del comedor. Puso la bolsa de comida sobre la mesa y colgó el sombrero de la puerta.

–¿Quieres algo de beber? –abrió la nevera–. Tengo refrescos y leche.

–Nada. Gracias.

Ana miró a su alrededor. La decoración era minuciosa, detallista… Era la casa de un hombre, pero todo estaba limpio y ordenado.

–¿Te gusta lo que ves?

Ana se volvió hacia él.

–Lo siento. Nunca te imaginé en una casa.

Vance puso dos refrescos sobre la mesa.

–Me imaginabas en una habitación, encima del granero.

–No. No te imaginaba en el granero. Es que… tienes muy buen gusto… con la decoración. Regresó a la mesa y se sentó.

–Y, para que conste, papá no debió dejarte vivir en el granero.

–Creo que trataba de proteger a sus cuatro hijas. Y era un apartamento encima del granero.

De repente, Ana le agradeció el refresco.

–Por favor, come –dijo y le dio un sorbo.

Vance se sentó frente a ella. Abrió la lata de refresco y bebió.

–Muy bien, ¿qué es tan importante que no puede esperar a mañana? –le preguntó mientras abría el sobre de la comida.

–¿Sabías que papá rechazó una propuesta de negocio de Hank Clarkson? Hank le ofreció dinero por dejar que sus pescadores pescaran en el rancho.

Vance se encogió de hombros y tomó un trozo de carne.

–Hace mucho sí que oí algún rumor. Pensé que no habían logrado ponerse de acuerdo.

Ana abrió la carpeta.

–Bueno, si se hubieran puesto de acuerdo, el rancho hubiera ganado mucho dinero.

Vance siguió comiendo.

–Te escucho.

–Esta tarde fui al pueblo a recoger algo de ropa de mi apartamento. Después pasé por Clarkson’s Trading Post para ver a mi amiga Sarah. Hank Clarkson me preguntó por papá y entonces me habló de esa zona de Big Hole River que está dentro del rancho.

Vance la observaba, hipnotizado por el movimiento de su cabello sobre la exquisita piel de sus hombros.

–Parece que Hank tiene varios clientes que quieren pescar en un área privada del río.

Sacó un papel en el que figuraban las tarifas que pagaban los pescadores.

–Podríamos ganar una parte de ese dinero.

–¿Y eso va a ser antes o después de que Hank y el guía se queden su comisión?

–Bueno, antes, pero él nos proporciona al guía y los botes. No obstante, sigue siendo dinero. Hank también me dijo que podríamos sacar mucho más si tuviera alojamiento para organizar excursiones nocturnas.

Al ver su entusiasmo, Vance se dio cuenta de que había posibilidades.

–Yo he pescado en el río y las truchas son grandes. Puede que no sea la solución a todos nuestros problemas, a menos que…

Los ojos de Ana se iluminaron.

–A menos que…

–Muchas cosas. ¿Quieres hacer esto temporalmente, o va a ser algo permanente?

–Con todas las dificultades que ha habido en los últimos años, deberíamos ver adónde nos lleva todo esto.

A Vance le gustaba la idea cada vez más.

–¿Quieres que contratemos a nuestro propio guía? ¿Quieres hacer un albergue?

Ana se encogió de hombros.

–No lo sé. ¿Qué te parece?

–¿No deberías hablar con tus hermanas?

Ana sacudió la cabeza.

–Primero, seguramente no conseguiré que tomen una decisión. Esto es algo que podemos hacer ahora mismo. Hank me aseguró que puede conseguir clientes que paguen pronto y no quiero perder esta oportunidad –le miró a los ojos–. ¿Es una locura invertir en algo así?

–Como no hay mucho dinero para invertir, a lo mejor deberíamos ir con más cuidado. A ver qué tal sale lo de la pesca por días.

–¿Te gusta la idea entonces?

–Sí. Es algo que no cuesta nada, para empezar. Pero hace falta un período de prueba para ver si la inversión merece la pena antes de empezar a construir cabañas.

Ana le miró con un gesto pensativo.

–¿Y si usamos los edificios que ya tenemos? ¿Los barracones?

–Podría ser, pero pronto los necesitaremos para la mano de obra que vendrá para el rodeo.

Ana asintió.

–Muy bien. Empezaremos con las excursiones de un día. Le dije a Hank que viniera mañana para ver cuáles son los mejores sitios. ¿Quieres venir?

–Mañana a primera hora vamos a mover el ganado. Supongo que podría encontrarme contigo en algún punto del río.

Ana sonrió.

–Bien. Quiero que estés presente si tengo que tomar alguna decisión. No conozco el rancho tan bien como tú.

–Siento que sea así.

–No es culpa tuya, Vance. Fue mi padre quien así lo quiso.

–Bueno, parece que ahora sí estás tomando las riendas. Y tienes todo el derecho de tomar todas las decisiones que quieras respecto al rancho.

–Lo hago por todos nosotros –Ana suspiró–. No sé si a mis hermanas les importa que el rancho sobreviva, pero espero que eso cambie. Esta es nuestra herencia.

Vance sonrió.

–Entonces será mejor que el Lazy S se mantenga funcionando.

Ana sintió un calor repentino. No había duda de que se sentía atraída por él, incluso después de tantos años. Pero no era una buena idea. Muchas cosas dependían de que pudieran trabajar juntos.

Al día siguiente, Ana fue al hospital a primera hora a ver a su padre. Colt se mostró tan frío y distante como siempre, así que cuando se marchó no pudo evitar preguntarse por qué se molestaba en querer a un hombre al que todo le daba igual.

Al salir de la autopista miró el reloj. Diez minutos más tarde, había llegado a su destino. Hank Clarkson la estaba esperando junto al río, a la sombra de los árboles. No estaba solo. Le acompañaba Mike Sawhill. Al ver a este último, vaciló un momento. En otra época, había sido lo bastante tonta como para salir con él en un par de ocasiones y las cosas no habían terminado bien. Mike había intentado ir demasiado deprisa…

Bajó del vehículo por fin y se dirigió hacia ellos.

–Hola, Hank –miró a Mike–. Mike.

–Hola, Ana. Cuánto tiempo.

–Siento llegar tarde.

–No hay problema –le dijo Hank–. Mike y yo intentábamos encontrar el mejor sitio para salir con un bote.

Hank se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente.

–A lo mejor tenemos que quitar algo de maleza.

Caminaron hasta la orilla del enorme río que atravesaba el rancho Lazy S. La brisa fresca del agua les acariciaba la cara. De niñas, Ana y sus hermanas solían cabalgar por esas tierras. Se quedaban en ropa interior y se lanzaban al agua, fría como témpanos de hielo.

–¿Supondrá mucho trabajo eso? –preguntó, intentando ignorar la insistente mirada de Mike.

De repente, vio a un jinete que se acercaba por el camino. Sonrió. Era Vance.

–Bien. Ha venido.

Todos se volvieron al verle acercarse.

Al aproximarse al grupo, aminoró la marcha, hizo frenar a Rusty y le dejó junto a los vehículos, amarrado a un árbol. Iba vestido con el atuendo típico de un vaquero: chaparreras de cuero, vaqueros polvorientos, botas… Ana no pudo evitar mirarle con ojos de deseo.

Se quitó el sombrero.

–Siento llegar tarde. Tuve que arrear al ganado –estrechó la mano de Hank.

–Es tiempo de rodeo –dijo Hank, y entonces le presentó a Mike–. Nosotros acabamos de llegar.

Ana vio que los dos hombres intercambiaban una extraña mirada.

–¿Todo ha ido bien? –se apresuró a decir.

–Sí. Solo tuve que perseguir a algunos animales extraviados –Vance le sonrió–. ¿Qué me he perdido?

–Hank está un poco preocupado porque la orilla es muy escarpada y está llena de maleza. Puede que sea difícil sacar botes desde aquí.

Vance reparó en la forma en que Mike Sawhill miraba a Ana. No le gustaba.

–A lo mejor hay un sitio mejor a cuatrocientos metros de aquí, río abajo. He pescado muy buenas piezas por allí.

Echaron a andar en esa dirección. Mientras hablaba con Hank, Vance no le quitaba ojo a Ana. Era evidente que estaba incómoda con Mike. No conocía al guía personalmente, pero le había visto en el pueblo, sobre todo en el bar de Mick. Siempre iba acompañado de alguna chica.

De repente se sintió más protector que nunca. Llamó a Ana y aprovechó para preguntarle por Colt, interrumpiendo así la conversación que Mike intentaba mantener con ella.

Por fin llegaron a su destino.

–Aquí es –dijo Vance, volviéndose hacia la orilla.

La zona estaba protegida por varios árboles muy frondosos, y el terreno no era tan empinado. Había un pequeño claro.

–He pescado aquí muchas veces, pero nunca he salido en un bote, así que vosotros tendréis que decirme si es adecuado para eso.

Los dos hombres fueron a examinar la orilla más de cerca. Vance tuvo oportunidad de hablar con Ana entonces.

–¿Qué pasa con Sawhill?

–Nada –dijo Ana, hablando en voz baja.

Vance sabía que había habido algo entre ellos. Era evidente. Los dos hombres regresaron. Hank sonreía.

–Es un sitio muy bueno. Hay mucha sombra y el agua es profunda –miró a Ana–. ¿Cuándo quieres que vengan los primeros clientes?

Ana miró a Vance y después a Hank.

–¿Tenemos que hacer algún preparativo?

–Para empezar no. Conozco a unos cuantos que están deseando echar la caña en esta zona del río. Pero ningún pescador de caña quiere competencia –Hank miró a Mike–. ¿Pasado mañana?

Mike asintió.

–Tengo a un grupo de cuatro. Vamos a probar un poco a ver qué pescamos. La cosa es que Big Hole River es bueno en todos sus puntos.

Hank volvió a sonreír.

–¿Te parece bien así?

Ana abrió los ojos.

–Claro.

–Relájate, Ana. Nosotros vamos a hacer todo el trabajo. Pero, si tuvieras alojamiento, hay un grupo que viene este fin de semana. Tendré que alojarlos en el motel de la zona.

Vance sintió curiosidad de repente.

–¿Cuántos pescadores? ¿Y qué tipo de alojamiento esperan?

–Es un grupo de cuatro, pero son fáciles de contentar. Solo les hace falta un techo y una cama. Y sería mucho mejor si no tuvieran que cocinar.

Vance miró a Ana.

–Tengo una casa en el rancho, y si Kathleen cocina para algunos más, también podemos dar las comidas.

Ana sacudió la cabeza.

–No, Vance. No puedes dejar tu casa.

Vance se encogió de hombros.

–No es problema –miró a Mike–. Me iré a la casa grande contigo.

–No me puedo creer que hayas dicho eso –dijo Ana mientras caminaba hacia al establo, rumbo al compartimento de Rusty, una hora más tarde.

No estaba contenta con Vance. Se apoyó contra las tablas de madera y le observó mientras cepillaba al animal.

–No veo cuál es el problema. Es mi casa.

–Ya sabes a qué me refiero. Les hiciste pensar que hay algo entre nosotros.

–¿Cómo voy a saber lo que piensan?

–Lo sabes y les haces pensar lo que tú quieres.

–Muy bien. Tienes razón. Pero no me gustaba la forma en que te miraba Sawhill. Y, admítelo, no te sientes cómoda con él.

–Puedo manejar mis propios problemas con Mike.

Vance dejó de cepillar al caballo.

–Entonces admites que hay un problema.

–Mira. Salimos unas cuantas veces. Yo no sentía nada por él, así que no seguí viéndole. Él no se lo tomó muy bien.

–¿Te ha molestado hoy?

–No. Así que no necesito que intervengas. Pero ahora has hecho que la gente piense que…

–¿Que tienes algo con el gamberro de los Rivers?

–No iba a decir eso –Ana soltó el aliento–. ¿No tenemos suficientes problemas ya?

–No veo por qué estoy causando otro problema más. Resolví un par de problemas, de hecho. En primer lugar, conseguí que Sawhill te dejara tranquila. Así ya no volverá a pensar que puede empezar algo contigo de nuevo.

–Yo no estoy interesada de todos modos.

Vance Rivers hacía que perdiera los estribos.

–Solo fueron unas cuantas citas, unos besos –le dijo en voz baja.

Vance dejó a un lado el cepillo.

–Y, en segundo lugar, tenemos clientes que pagan y, si añadimos el alojamiento, será otra entrada de dinero. Dime: «Gracias, Vance».

Ana sabía que estaba siendo testaruda. ¿Por qué se sentía inquieta con la idea de tenerle en casa?

–Muy bien. Gracias.

Vance siguió peinando al caballo y entonces salió del establo.

–Solo va a ser una semana, Ana. ¿Podrás soportarme durante ese tiempo?

Echaron a andar por el pasillo del granero. A esa hora del día, los hombres estaban trabajando fuera, así que estaban solos.

–¿Prefieres que me vaya a mi vieja habitación del granero, o a los barracones?

Ana se detuvo.

–No puedo dejar que hagas eso. Claro que puedes venirte a casa.

La mirada de Vance se suavizó. Le agarró la mano y la acorraló contra una esquina.

–Vance, ¿qué haces?

Él le dio un tirón y la hizo pegarse a él.

–He pensado que, como no quieres que te vean conmigo, no deberíamos dejar que nadie vea esto.

Le dio un beso. Ana quería gritarle para que parara, pero en el fondo sabía que no quería que lo hiciera. Le deseaba desde que habían ido a Los Ángeles. Le rodeó el cuello con ambos brazos y le devolvió el beso.

Un gemido sutil se le escapó de los labios. Se acercó más a él. Podía sentir su pecho duro bajo los dedos. Su cuerpo la traicionaba. Él se apartó y la miró fijamente. Su mirada era más oscura que nunca.

–Parece que has aprendido a besar mejor con los años.

La habitación estaba oscura, todo lo oscura que podía estar una habitación de hospital. Colt estaba deseando salir de allí. Quería dormir en su propia cama, en su propia casa. Cerró los ojos y entonces se dio cuenta de que eso tal vez no pasaría nunca.

Si no mejoraba, no podría volver al rancho. Eso era seguro. ¿Qué le había pasado? Solo tenía cincuenta y cuatro años de edad. Malos hábitos, mucho estrés, horas de trabajo interminables…

Había perdido muchas cosas. Había alejado a sus propias hijas y se había quedado solo.

Tenía que recuperarse. Contempló su mano inerte y recordó lo que le había dicho el terapeuta.

«Tienes que darte tiempo y trabajar duro…», le había dicho.

Cerró los ojos y esa vez se dejó llevar por el sueño. Luisa… Siempre Luisa. Estaba en la puerta de repente.

–Colton –susurró. Estaba a su lado.

–Luisa –trató de abrir los ojos, pero no pudo–. Luisa.

–Estoy aquí, Colton –le acarició el rostro–. Siempre he estado aquí.

Capítulo 6

–LO SIENTO, Ana –dijo Sarah al día siguiente.

Estaban sentadas en una mesa de la esquina del Big Sky Grill.

–No sabía que Mike era el guía que iba a ir con papá ayer.

–No tiene importancia –le dijo Ana a su amiga–. No es que me vaya de pesca con el grupo. Así que no vamos a volver a vernos.

–Mike puede llegar a ser un incordio cuando le da por flirtear, pero sabe que si se pasa de la raya tendrá que vérselas con papá –se echó hacia atrás en el asiento–. Y su trabajo le gusta demasiado como para perderlo. Y tampoco estuvo mal que Vance Rivers acudiera en tu ayuda, ¿no?

Ana apartó el sándwich que tenía delante. Ya no tenía hambre.

–No necesitaba que me rescataran –sacudió la cabeza–. ¿Qué les pasa a los hombres que sienten que tienen que competir entre ellos? ¿Es que soy el premio?

–Yo diría que eres una chica preciosa y afortunada. A mí no me importaría tener a alguien como Vance por aquí… por si acaso –al ver que Ana guardaba silencio, siguió adelante–. Bueno, yo pensaba que un hombre como Vance te remueve muchas cosas por dentro.

–Yo no puedo dejar que nadie me remueva nada por dentro. Tenemos que centrarnos en el rancho. Y tenemos que pensar en mi padre.

–Lo siento, Ana. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

–No tengo hambre –dijo Ana, ignorando la pregunta de su amiga.

–Bueno, pues tienes que obligarte a comer. Colt te necesita fuerte.

La mañana siguiente llegó demasiado pronto para Ana. Hacía dos días que no veía a Vance, pero estaba lista para enfrentarse a él. Cuando llegó al granero, encontró una lista de tareas pendientes colgadas de la puerta, pero él no estaba allí. La nota decía que había salido con varios empleados para mover el ganado.

Se puso manos a la obra. Preparó las raciones de comida para los caballos y limpió los establos con la ayuda de Jake. Incluso lavó a Blondie. Cuando terminó de limpiar, estaba empapada. Llevó a Blondie de vuelta a su cubículo. El caballo le pedía más atención.

–Si tengo tiempo después, tú y yo nos vamos a dar un paseo por el prado –le hizo una caricia y dejó el establo.

–Creo que voy a darme una ducha –le dijo a Jake, arrugando la nariz–. Huelo a cuadra.

Echó a andar y entonces se detuvo un momento para contemplar esa enorme casona de piedra y tablilla marrón. La estructura original se había hecho para su madre, pero, con la llegada de los bebés, había sido agrandada a lo largo de los años. Kathleen estaba doblando la ropa en el cuarto de la lavadora.

–Un momento, señorita. No va a entrar en la casa con esa ropa sucia.

El ama de llaves le dio una toalla.

–Quítatelo todo y ponlo en la cesta de la ropa sucia –sacudió la cabeza–. Esto me trae recuerdos. Siempre eras la que más se manchaba de todas tus hermanas. Echo de menos esa época –dijo, recogiendo una cesta de ropa limpia.

Ana sonrió. Se quitó las botas y la ropa y se envolvió en la toalla. En ese momento se abrió la puerta. Era Vance.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó ella, asiendo con fuerza la toalla.

Él no contestó inmediatamente, pero la recorrió de arriba abajo con la mirada.

–Ahora mismo estoy disfrutando de la vista.

–Bueno, pues para ya.

Él se echó hacia atrás el sombrero y se inclinó contra el picaporte.

–Es un poco difícil –sacudió la cabeza–. Maldita sea, estás impresionante con esa toalla.

–Oh, crece de una vez. Voy a darme una ducha, así que si necesitas algo… Quiero decir… ¿Puedo hacer algo…?

–Créeme. Se me ocurren muchas cosas que podrías hacer, pero ahora mismo necesito entrar –sonrió–. Parece que voy a disfrutar mucho de mi estancia aquí.

Ana dio media vuelta y se fue con toda la dignidad que pudo encontrar dentro de la toalla.

–Un consejo, Vance. No presiones demasiado –le dijo Kathleen al vaquero.

Él se hizo el inocente, pero Kathleen le señaló con el dedo en el pecho.

–No creo que fueras a romperle el corazón a propósito, pero… ten cuidado.

Vance sintió un nudo en el pecho. Eso era lo último que quería hacer.

Una hora más tarde, Ana salió de la habitación en la que había dormido desde que era una niña. Acababa de darse una ducha y se había lavado bien el pelo. De repente se había dado cuenta de que tendría que compartir baño con Vance durante unos cuantos días al menos.

Durante los cuatro años anteriores, solo le veía en el pueblo. Se saludaban cordialmente, pero apenas intercambiaban unas pocas palabras y, sin embargo, iban a trabajar juntos y a dormir bajo el mismo techo durante un par de meses. Se dirigió hacia las escaleras y entonces vio que la puerta del dormitorio de su hermana Marissa estaba abierta. Allí estaba Vance, sacando la ropa de su petate y metiéndolo todo en los cajones.

De pronto se dio la vuelta hacia ella.

–¿Ves algo que te guste?

–Bueno, hace un rato me miraste todo lo que quisiste y más, así que he pensado que era momento de tomarse la revancha.

Él soltó las camisas que estaba guardando y fue hacia ella.

–Bueno, me encanta que te la tomes.

Ana trató de apartarse, pero él estaba tan cerca… Era tan tentador…

–Este juego no es una buena idea, Vance.

–¿Quién ha dicho que estoy jugando? –le preguntó él.

El corazón de Ana comenzó a latir con fuerza. Dio un paso atrás.

–Sea lo que sea, para. Tenemos que concentrarnos en otras cosas. ¿Ya te has establecido?

–Estoy en ello.

–Gracias, Vance. Gracias por hacer esto –recordó a aquel chico que dormía en el granero–. Como te dije, Colt nunca debió dejarte dormir en el granero.

–No me obligó a nada.

–Un niño no debería tener que dormir con animales.

–No fue tan malo.

–Pero eras un niño. Necesitabas a un adulto a tu lado.

Él dejó escapar un suspiro de frustración.

–¡No hagas eso! No empieces a sentir pena por mí. He tenido una buena vida aquí. Tu padre me dio cobijo. Me ayudó a aprender muchas cosas sobre los caballos y el ganado. Me dio la oportunidad de tener una buena vida, Ana, así que déjalo ya.

Al verla fruncir el ceño, cambió de tema rápidamente.

–He oído que has trabajado duro hoy.

–¿No era eso lo que querías? Había una lista en la puerta.

Él cruzó los brazos sobre el pecho.

–Pongo una lista todos los días, pero no esperaba que lo hicieras todo.

–Quería ayudar.

–No tienes que excederte, Ana. Hay hombres a los que se les paga por hacer el trabajo.

–No esperarás que me siente sin hacer nada.

Él vaciló un momento.

–¿Qué te parece si damos un paseo a caballo esta tarde? Necesito ayuda con el ganado.

–No estás inventándote algo por mí, ¿no?

Él sacudió la cabeza.

–No tengo tiempo para eso. No hubiera venido de no haber sido porque necesitaba sacar mi ropa de la casa. Pensaba volver después de comer. Puedes venir o no –siguió guardando la ropa.

–Iré.

–Entonces, vamos a comer algo.

Ella sonrió y Vance supo que no había nada más dulce que una sonrisa suya.

No había nada como las vistas de las montañas y la brisa fresca sobre las mejillas. Ana dejó que Blondie corriera por los prados. Se agarró de la cola y dejó que el animal la llevara a donde quisiera. Miró atrás por encima del hombro. Vance y Rusty la seguían a cierta distancia. Podían alcanzarla fácilmente, pero era evidente que él quería dejarle su espacio.

Finalmente, llegó hasta ella y señaló los pastos. El ganado estaba por todas partes.

–Se acabó la diversión. Es hora de trabajar.

Ana tiró de las riendas y aminoró la marcha. Se acercaron a un rebaño de vacas Hereford con sus terneros.

–Tú irás con los animales. Yo tengo que comprobar que no hay ninguno extraviado.

Le dio un golpecito a Rusty con los talones y el caballo salió al galope en dirección a un ternero perdido. Ana no pudo evitar sonreír. Verles en acción era todo un espectáculo. Poco a poco lograron reconducir al animal y le acorralaron hasta hacerle ir con el grupo.

Ana llevó a Blondie junto al rebaño.

–Un trabajo excelente –le dijo a Vance cuando este se le acercó.

–Gracias, señorita –se tocó el ala del sombrero–. ¿Quieres jugar a ser vaquera?

–Enséñame qué tengo que hacer.

–Vamos a ir a los corrales donde marcamos al ganado. Está a algo más de un kilómetro de aquí. ¿Estarás bien?

–Puedo hacerlo.

Él le guiñó un ojo.

–No lo dudo –se quedó a su lado y le pidió a Gary y a Todd que se colocaran a ambos lados del grupo.

Casi dos horas después, llegaron por fin a su destino. Una vez metieron a todos los animales dentro del recinto, Ana bajó del caballo.

–Oh –gritó. Las piernas no la sostenían de repente.

Alguien la agarró de la cintura y la ayudó a mantenerse en pie.

–Eh –dijo Vance junto a su oído.

–Estoy bien –dijo ella, sujetándose de la silla de montar. Esperaba que la soltara.

–¿Seguro?

–Suéltame y lo verás.

Vance obedeció y, casi milagrosamente, Ana logró mantenerse en pie.

–Supongo que tengo que curtirme un poco.

–No mucho –él esbozó su mejor sonrisa–. Me gustan todos esos sitios suaves que tienes –dijo, y fue a ayudar a los otros hombres, sin darle tiempo a contestar.

Después de ocuparse de los caballos, Vance fue a darse una ducha en los barracones. Al terminar, se miró en el espejo de la fila de lavamanos. Se tocó la mandíbula y decidió que era momento de afeitarse. Tenía una barba de dos días. De repente oyó un ruido y miró hacia el espejo. Ana estaba en el umbral.

–Ana… ¿Qué pasa?

Ella sacudió la cabeza. Parecía muy incómoda.

–Jake me ha dicho… Me ha dicho que hay un ungüento aquí… –se estremeció–. Me dijo que me vendría bien para el dolor de los músculos.

Vance la miró de arriba abajo a través del espejo. Tenía el cabello húmedo, así que ya se había duchado.

–¿Te duelen las piernas?

–Sí. Y muchas otras partes del cuerpo también.

–Quiero ayudar con el marcado del ganado mañana, así que necesito algo que me calme el dolor.

Le miraba como si nunca hubiera visto a un hombre tapado con una toalla.

–A lo mejor deberías tomarte unos días de descanso.

–Pero quiero ayudar.

Vance se acercó y le tocó la mejilla.

–No quiero que vayas a tener cardenales –se fijó en el latido que se veía en su cuello. Su respiración había cambiado de ritmo.

–Vance…

Él la miró a los ojos. La deseaba. La deseaba con locura.

–Maldita sea, Ana. ¿Pero qué me haces?

Ella trató de apartar la mirada, pero él la sujetó de la barbilla y la obligó a mirarle. Un momento después la estaba besando. Ana respiró profundamente, pero él no se detuvo. Volvió a besarla, jugó con su labio inferior y entonces la besó en las comisuras de los labios.

Se oyeron voces. Vance masculló un juramento y Ana retrocedió de un salto.

–Tengo que irme.

Salió corriendo del baño y le dejó allí, anhelando algo que jamás podría tener.

Capítulo 7

ESA noche la cena transcurrió con tranquilidad. Ana estaba muy cansada. Y ese beso… ¿Qué tenía Vance Rivers que la atraía tanto? Le miró. Estaba sentado al lado de Colt, en el mismo sitio que le habían asignado a su llegada al rancho tantos años antes.

–Puedo oírte mientras piensas –dijo Vance de repente.

–¿Qué? –preguntó Ana en un tono demasiado alto.

Kathleen se había ido a jugar su partida semanal de bingo.

–Es que estoy cansada –apartó el plato.

Vance le dedicó una sonrisa.

–O a lo mejor estás pensando en lo de antes. Me alegra saber que ese beso no te fue indiferente.

–Apenas se le puede llamar «beso».

–Dame más tiempo y no tendrás dudas al respecto.

–No. No es una buena idea.

–Tienes razón. Llevamos años negando esto que hay entre nosotros, así que… ¿por qué no seguimos haciéndolo?

–Que haya una atracción entre nosotros no quiere decir que tengamos que hacer algo.

–Cierto –Vance se echó hacia atrás en su silla y se puso en pie–. Me necesitan en el granero.

–Vance.

Él se detuvo y se dio la vuelta.

–Si no me voy ahora, Ana, voy a hacer todo lo posible para demostrarte que te equivocas –le clavó la mirada–. ¿Estás lista para eso?

Ella titubeó un instante. Sentía el calor de su mirada. ¿Estaba preparada?… Sacudió la cabeza finalmente.

Él siguió adelante.

Al día siguiente, el doctor Mason le habló a Ana de los progresos de su padre. Este escuchaba en silencio. Le gustaba todo lo que oía, excepto esa parte en la que decía que tenía que ir a un centro de rehabilitación para terminar con la terapia. Le iban a meter en un asilo de ancianos… Miró a su hija y vio preocupación en sus ojos.

–Jay Mc Neal seguirá trabajando con él en el centro de rehabilitación –dijo el médico.

Ana se volvió hacia su padre y le tocó en el brazo.

–¿Eso te gustaría, papá? ¿Que Jay siga haciéndote la rehabilitación?

Colt asintió con la cabeza y fue recompensado con otra sonrisa. El rostro de Ana se iluminó y le hizo recordar a Luisa.

Tanto el médico como ella caminaron hasta donde estaba Vance. El vaquero no dejaba de mirarla. ¿Iba a perder a Analeigh también?

Dos días después, Vance estaba en pie antes del amanecer. Tenía que marcar y castrar a cien terneros antes de mandarlos al cebadero. Se levantó de la cama y se puso unos vaqueros y una camiseta. Había dormido muy mal esa noche, gracias a Ana. Pero quedaban dos días para el rodeo y los pescadores llegaban esa tarde, así que tenía muchas cosas con las que mantenerse ocupado.

Justo cuando iba a salir al pasillo, oyó que se abría la puerta del dormitorio de Ana. De repente apareció en el umbral, vestida con unos pantalones cortos muy ceñidos y una camiseta.

–Vance. ¿Por qué no me has despertado?

–Iba a hacerlo, pero pensé que te vendría bien dormir algo más y salir después.

–Dame un par de minutos y estaré lista.

–Hoy vienen los pescadores. ¿No quieres quedarte para recibirlos?

–Hank les va a llevar a pescar a primera hora –volvió a entrar en el dormitorio, dejando la puerta parcialmente abierta.

Vance vio cómo volaban los pantalones cortos y la camiseta. Un minuto más tarde, la puerta se abrió del todo y pudo verla de nuevo. Se había puesto unos vaqueros y se estaba abrochando la blusa por encima de la camiseta. Corrió hacia el cuarto de baño y cerró la puerta. Vance se apoyó contra el marco. Se preguntaba si debía marcharse en ese momento, pero ella no tardó más que unos segundos en volver a salir. Agarró su chaqueta y empezó recogerse en pelo.

–Estoy lista.

–Ya tomaremos algo de desayunar en el barracón.

Ella sonrió y se puso las botas. Tomó un viejo sombrero vaquero y se lo puso. De repente Vance se dio cuenta de que estaba deseando pasar el día con ella. Cuando llegaron, Jake estaba cargando el camión.

–¿Queda algo de comida? –preguntó Vance.

–Claro –dijo el muchacho–. Buenos días, Ana.

–Buenos días, Jake.

Siguieron caminando, rumbo al barracón. Oían hablar a los hombres. Algunos bromeaban. Sin embargo, cuando Ana atravesó el umbral, todos los murmullos cesaron.

–Eh, no paréis por mí.

–Estábamos diciendo que esta vez no va a ser lo mismo sin Colt –Todd se puso en pie.

–Ya sabéis que él querría estar aquí con vosotros. Con la rehabilitación, creo que podrá estar presente para la próxima, así que solo tendréis que soportarme esta vez, chicos.

Pete Cochran se levantó también.

–Bueno, tengo que decir que tienes mucho mejor aspecto que el viejo Colt. Tu padre estaría orgulloso de ti, Ana –dijo y le dio un plato.

Ana se sonrojó.

–Será mejor que comas algo. Tienes que demostrarles a estos chicos que eres una Slater.

A mediodía, Ana ya estaba cansada y olía a sudor, a excrementos y a vacas, pero nunca se había sentido tan bien en toda su vida. De repente se oyó la campanita que anunciaba la hora de comer.

–Hora de comer –dijo Kathleen.

Todos se volvieron. El ama de llaves y algunos de los hombres habían colocado mesas debajo de unos enormes robles. Los mozos se dirigieron hacia allí, ansiosos por probar el pollo frito con arroz y las alubias de Kathleen. Había varias ensaladas para elegir también. Ana sonrió y fue a lavarse.

–Niña, ¿has estado jugando en la tierra? –le preguntó Kathleen.

Ana se rio y se miró los pantalones cubiertos de barro.

–Digamos que sí –dijo y siguió adelante con su plato lleno de comida.

De repente vio a dos estudiantes del instituto, Billy Kramer y Justin Patchett. Habló un poco con ellos y siguió hacia la siguiente mesa. Reconoció a algunos vecinos y les dio las gracias por haber ido a ayudar. Había uno de ellos al que no veía desde hacía muchos años.

Era Garrett Temple. Según Colt, había sido su vecino más cercano y su peor enemigo.

–Garrett.

El hombre levantó la cabeza y la sonrisa se le borró de la cara.

–Hola, Ana. Cuánto tiempo.

–Sí. ¿Vas a ayudar con el rodeo?

–Si no es una buena idea, me voy.

Nolan, el padre de Garrett, y su padre habían tenido una disputa muchos años antes. Y Garrett y Josie también habían tenido problemas, pero eso había sido algo personal.

–¿Por qué? No. No te vayas.

–Teniendo en cuenta la historia de nuestras familias, no quiero causar problemas.

–Colt no está aquí.

–Lo sé. Siento lo que le ha pasado. Vance lo está haciendo todo muy bien.

–Está yendo a rehabilitación ahora. Esperamos que pronto pueda volver a casa.

–Me alegro de oír eso.

–Tú sí, pero no es fácil tratar con mi padre y obligarle a quedarse en la cama durante la recuperación no va a ser tarea fácil.

Garrett casi se rio.

–Lo sé. Mi padre es igual de testarudo.

Vance oyó reír a Ana y se dio la vuelta. Un extraño sentimiento se apoderó de él al verla en compañía de Garrett. Los ojos le brillaban mientras hablaba con él.

Agarró su plato, lo llenó de comida y fue hacia la mesa en la que estaban ellos.

–Hola, Vance. Siéntate –dijo Garrett–. Ana y yo estábamos hablando de los chicos que conocemos.

–Muy bien –dijo Vance. Era una conversación a la que no podía unirse.

Garrett sonrió de oreja a oreja.

–¿Te puedes creer que trabaja en el instituto? ¿Los alumnos te lo ponen difícil, Ana? Seguro que no tanto como nosotros a nuestros profesores en el instituto.

–Algunos sí, pero la mayoría son buenos chicos.

Vance se concentró en comer, pero la comida no le sabía a nada. No tenía nada en común con Ana, ni con Garrett. Él iba unos cursos por detrás en el instituto y no se habían movido en los mismos círculos.

Ana y Garrett siguieron recordando el pasado y Vance ya no pudo soportarlo más. Se puso en pie. Garrett le miró.

–¿Te vas?

–Algunos tenemos que trabajar –dijo y se alejó. Sabía que se estaba comportando como un idiota, pero no era capaz de hacer otra cosa.

A lo mejor el sitio no era tan malo después de todo.

Colt miró a su alrededor. El salón del centro de rehabilitación contaba con una enorme televisión de plasma y varias mesas para jugar a las cartas. La habitación tampoco estaba mal. Solo llevaba unos días allí. Era mejor esperar antes de opinar. Por suerte, Jay estaba allí para ayudarle y le hacía trabajar muy duro.

¿Cuánto costaría todo? Nadie se lo decía. Y tampoco sabía cuánto tiempo se iba a quedar allí.

–¿Papá?

Al oír la voz de Ana, abrió los ojos. Ella le sonreía, como si realmente quisiera estar allí.

–Oh, papá. Puedes usar la mano. Es genial –le dio un abrazo.

Colt cerró los ojos. Las emociones le invadían de repente. Cuánto necesitaba ese abrazo…

Darmowy fragment się skończył.