Czytaj książkę: «Técnicas de relajación»

Czcionka:

© Patricia Tomoe Abella, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO898

ISBN: 9788416267798

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Introducción

Conociendo al enemigo: el estrés

La capacidad natural de superar la adversidad

Recomendaciones de higiene física y mental contra el estrés

Técnicas de relajación para momentos difíciles

Posturas y ejercicios del cuerpo para el bienestar

La relajación: un hábito para ejercitar a diario

Mudras y meditación

Agradecimientos

Libros

Artículos y estudios

Notas

Introducción

Decir que vivimos en un mundo donde nos rodean las malas noticias, las situaciones de tensión, los pensamientos negativos y las influencias dañinas no es ninguna novedad. Pero es importante saber que, a pesar de todo lo que pueda suceder en nuestro entorno, tanto en el más inmediato como en el más lejano, es posible conseguir un estado de paz mental que nos permita afrontar cualquier trance de una forma equilibrada y serena. No es un camino fácil, y no existe una píldora mágica que elimine los problemas del día a día o los sucesos excepcionales que nos provocan tensión. Es cierto que hay fármacos capaces de aliviar los síntomas derivados del estrés, pero, ¡ojo!, solo los síntomas, no las causas. En nuestras manos está ir más allá para preparar el cuerpo y la mente, y proporcionar a nuestro organismo los recursos que nos reporten el bienestar que define una vida sana y feliz. Con ellos adquiriremos la capacidad de superar casi cualquier situación con ciertas garantías.

Vivimos en un mundo y una sociedad que van a una velocidad vertiginosa. Desde el principio de los tiempos el hombre ha tenido que adaptarse a su entorno y ha sufrido situaciones de estrés e inquietud durante el proceso de dicha adaptación. Pero la evolución humana no hubiera sido posible sin esa capacidad de aclimatación. Los cambios forman una parte indispensable de nuestra vida.

Sin embargo, no todo el mundo tiene la misma capacidad de adaptarse, aceptar la frustración y/o modificar hábitos de conducta dañinos, pero hay que saber que existen formas de aprender a preparar la mente y reducir al mínimo el sufrimiento que nos provocan los períodos de incertidumbre y tensión.

Somos seres únicos, irrepetibles. Hemos sido educados para temer a los necesarios cambios, para no arriesgar —podríamos decir que hemos sido deficientemente programados—, y cuando nos encontramos ante realidades en las que nuestra aparente estabilidad se tambalea, inmediatamente nos sentimos desequilibrados. Todos aglutinamos una serie de virtudes y de defectos latentes. Nuestra más valiosa labor es la de potenciar las virtudes y pulir los defectos. El equilibrio de la mente, del pensamiento, es el que nos permitirá afrontar, lidiar y superar el incierto día a día, siempre susceptible de amanecer con variaciones y con circunstancias que, de no estar lo suficientemente preparados, pueden resultarnos perturbadoras.

El estrés es el principal desestabilizador del equilibrio mental, por eso vamos a empezar el libro conociéndolo mejor. Pero, además, mediante las sencillas pautas y ejercicios que este útil manual de técnicas de relajación pone a vuestro alcance, dispondréis de las herramientas imprescindibles para alcanzar un estado de relajación en cualquier momento, en cualquier situación. Esto no solo repercutirá de forma positiva aportando bienestar mental y físico, sino que mejorará la salud en todos los aspectos.

¡Empezamos!

Conociendo al enemigo: el estrés

La palabra «estrés» proviene del término inglés stress, y su definición hace referencia a una reacción fisiológica del cuerpo en la que se conjugan diversos mecanismos de defensa para hacer frente a una situación percibida como una amenaza o demanda.

Esta reacción es una respuesta natural y necesaria para sobrevivir, y no siempre tiene un sentido negativo, al contrario: puede ser un catalizador que en un momento dado genera energía para motivar a las personas. Cuando ese estrés se prolonga en el tiempo y no se maneja adecuadamente es cuando se torna negativo, ya que puede llegar a provocar daños en el organismo.

El concepto como tal fue definido en la década de los treinta por Hans Selye, entonces un estudiante de medicina de la Universidad de Praga que observó una serie de síntomas comunes en los enfermos a los que estudiaba, independientemente de la dolencia que padecieran. A este conjunto de síntomas, Selye los llamó «síndrome de estar enfermo». A raíz de sus investigaciones, en el año 1950 publicó su trabajo sobre el tema, titulado: «Estrés. Un estudio sobre la ansiedad».

CAUSAS DEL ESTRÉS

A grandes rasgos, podemos decir que hay dos tipos de estímulos que pueden ser desencadenantes del estrés. El primero es el de los estímulos externos (problemas familiares, afectivos, trabajo, dificultades económicas, etc.), que causan estrés mental. El segundo es el de los estímulos internos del organismo (dolor, enfermedades, traumas, etc.), que provocan estrés físico.

En cualquier caso, hemos de saber que el origen del estrés está en el cerebro, que es el responsable de reconocer y responder a los factores causantes del mismo. Ante un estímulo o «amenaza» se inicia una cadena de procesos fisiológicos regidos por el cerebro en la que se generan toda una serie de sustancias que nos mantienen alerta y nos impulsan a responder ante la situación estresante.

El hipotálamo, la glándula endocrina situada en el cerebro, se encarga de regular las emociones (así como el dolor y el hambre) y, junto con la glándula hipófisis (situada en la base del cráneo), genera unas hormonas que activan las glándulas suprarrenales situadas encima de los riñones. Estas producen, entre otras hormonas, adrenalina y cortisol. Así, tras la percepción de peligro o amenaza, se produce una activación generalizada del organismo. Es una reacción que desencadena un proceso complejo en el que también intervienen otras sustancias, como la dopamina y la serotonina, unos neurotransmisores que tienen efectos estimulantes; proteínas como la gelanina, que actúa como ansiolítico o reguladora de la ansiedad; y las hormonas sexuales, que influyen sobre el sistema inmunológico y el nivel de actividad física. Es así como un estrés de intensidad manejable produce un efecto energético y vigorizante, y nos mantiene alerta, concentrados y competitivos, ayudándonos a adaptarnos a los cambios y a afrontar situaciones de incertidumbre o que conlleven cierto riesgo.

El estrés es una respuesta del organismo necesaria para sobrevivir, siempre que no se prolongue en el tiempo

Un símil útil para entender mejor este funcionamiento consiste en imaginar nuestra mente como si fuera un muelle. Tiene una capacidad de «dar de sí», pero con un límite. Supongamos que tenemos que someternos a una entrevista de trabajo. Es una situación nueva y desconocida, donde no podemos prever los resultados. Eso genera un estrés momentáneo, es decir, el muelle se tensa. Una vez hemos pasado la entrevista, independientemente del resultado de la misma, esa tensión y estado de nervios se calman, el muelle se recupera y vuelve a su forma originaria.

El ejemplo de la entrevista serviría como muestra de un «estrés momentáneo», que no causa males mayores. En cambio, si el estado de presión se perpetuase en el tiempo, por ejemplo, porque una mala situación económica se prolonga demasiado, el muelle se tensaría peligrosamente. Cuanto más tiempo pase en esa etapa de tensión, menos capacidad de recuperación tendrá el muelle. Y eso es lo que nos pasa también a las personas. El estrés prolongado provoca daños en el organismo. Es lo que se conoce como distrés: el punto en el que no hemos podido adaptarnos a la situación y se produce un agotamiento a nivel físico.

De todos modos, hay que tener en cuenta que cada persona procesa el estrés de manera distinta, y las reacciones pueden ser también muy diferentes. Existen una serie de variables que dan a la personalidad unas características determinadas que la hacen más o menos resistente al estrés. La mayor parte de estas «resistencias» vienen determinadas por nuestras creencias, las cuales hemos ido incorporando a lo largo de nuestra existencia.

La capacidad del ser humano para sobreponerse a un estímulo adverso, la habilidad para sobreponerse a una etapa de dolor emocional o trauma, y adaptarse y recuperarse en pos de una vida significativa se conoce como resiliencia.

Estadísticamente se ha comprobado que una mayor actividad cognitiva y un mayor nivel intelectual favorece la resiliencia.

No obstante, no es absoluta la relación «mayor nivel intelectual = mayor resiliencia», aunque se puede decir que los individuos con más capacidad intelectual son capaces de procesar y elaborar con más eficacia los traumas y los factores causantes del estrés.

Ya he mencionado los estados de estrés momentáneo o los de estrés continuado que pueden degenerar en el distrés. Pero hay que tener en cuenta otro tipo de estrés: el postraumático. Este se define como un trastorno debilitante que suele presentarse después de algún suceso aterrador por las circunstancias en las que se ha producido, sean estas físicas, emocionales o traumáticas (un accidente, robo, violación, desastre natural, etc.). En estos casos la persona suele tener recuerdos recurrentes y flashbacks que actúan en la mente como fogonazos del suceso traumático. Los casos de estrés postraumático deben ser supervisados y tratados por profesionales del campo médico mental. Son estos especialistas los que ayudarán a las personas que han sobrevivido a trances excepcionales a conducir y sobrellevar la situación con altos grados de éxito. En esas circunstancias extremas, también la capacidad de adaptación de la persona tendrá mucho que ver con su capacidad intelectual. El libro El hombre en busca de sentido, del psiquiatra y escritor Viktor Frankl, narra la experiencia del autor, que fue capturado y retenido en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Con todo detalle, Frankl describe su proceso traumático al convivir con las situaciones de sus compañeros y la suya propia durante el período de reclusión y el momento de la liberación por las fuerzas aliadas, así como la forma en que pudo superar ese trance.

SÍNTOMAS DEL ESTRÉS

Los síntomas que delatan una situación de estrés pueden ser tanto físicos como psicológicos, y pueden llegar a afectar las relaciones sociales y, naturalmente, también la salud. Como ya he mencionado, tenemos una capacidad de adaptación (resiliencia), pero esta varía según el individuo. Cuando se llega a una situación de distrés, el daño que se produce es tal que el cerebro actúa vertiendo en el torrente sanguíneo sustancias que alteran el organismo hasta niveles que son detectables en los análisis. Estos mecanismos del cuerpo se desarrollan para aumentar las probabilidades de supervivencia a corto plazo, no para que se mantenga indefinidamente, tal como sucede en algunos casos.

Un caso leve de estrés puede desencadenar taquicardia, sudoración, dolor de cabeza, insomnio y alteraciones en el apetito. Cuando este estado de «alerta» se mantiene en el tiempo, produce un desgaste en el organismo y puede derivar en patologías tales como trombosis, ansiedad, depresión, inmunodeficiencia, dolores musculares, insomnio crónico, trastornos de atención, alteraciones hormonales, afecciones cardiovasculares, migrañas, diabetes, etcétera.

La capacidad natural
de superar la adversidad

Es oportuno detenerse un momento a observar esa magnífica cualidad del ser humano para superar la adversidad, y conocer ciertos aspectos psicológicos y psiquiátricos que intervienen en el proceso.

En el capítulo anterior hemos hecho mención al concepto de resiliencia. El doctor Luis Rojas Marcos, prestigioso psiquiatra afincado en Nueva York, en su libro Superar la adversidad nos da una lección memorable para entender y superar aquellos trances que nos sacuden en la vida y nos generan ansiedad o estrés. El ser humano, en esencia maravilloso y perfecto, está concebido desde el principio de los tiempos para adaptarse a su entorno y superar, en la mayoría de los casos, cualquier amenaza o situación que le haga salir de su, llamémosla así, «zona de confort». Estas habilidades, que provienen de una mezcla natural de resistencia y flexibilidad, física y psicológica, combinan elementos básicos innatos en el ser humano y elementos aprendidos y adquiridos a lo largo de los años. Casi todos los individuos, indistintamente de si son hombres o mujeres, niños o ancianos, han sufrido en algún momento de su vida una situación que ha ocasionado un trastorno, pero sus efectos suelen ser pasajeros y, en la mayoría de los casos, se superan sin mayor inconveniente. La evolución del ser humano durante los millones de años de existencia es aval de que esta capacidad está patente y viva en el día a día. Por norma general, y a pesar de tener que manejar situaciones amenazantes o peligrosas que generan estrés, los finales buenos son más abundantes que los malos. El problema es que los primeros pasan más desapercibidos por su «final feliz», mientras que los malos perduran con mayor intensidad en nuestra mente, debido, probablemente, a que estos últimos captan nuestra atención y curiosidad y logran conmovernos más. Cada día sale el sol para ponerse al final de la jornada. Cada día realizamos nuestros quehaceres sin percatarnos de todo lo que afrontamos en el día a día, pero si en algún momento un suceso dramático llega a nuestros oídos, aun a través de noticiarios o periódicos, este toma las riendas de nuestra vida tiñéndolas de oscuro y convulsionándonos, cuando no deja de ser un suceso excepcional no habitual. La resiliencia pues, fuera de ser algo inusual, es una capacidad que practicamos en nuestro día a día desde el principio de los tiempos. Para que esta resiliencia funcione adecuadamente es necesario que se den una serie de facultades mentales y emocionales básicas, tales como la buena disposición para las relaciones afectivas, la aptitud para gestionar nuestro mundo interior y, sobre todo, confianza y optimismo.

Citando el preámbulo a la Constitución de la Organización Mundial de la Salud, adoptada en Nueva York en julio de 1946: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de lesiones o enfermedades… La salud es condición básica para la felicidad, las relaciones armoniosas y la seguridad de todos los pueblos».

Nos suceden más cosas buenas que malas, pero estas últimas perduran con más fuerza en nuestra mente

Tal como explica el doctor Rojas Marcos, el conocimiento y conciencia de esta aptitud que es la resiliencia puede no solo mejorar la calidad de vida del ser humano, sino que se convierte en un elemento indispensable para poder proteger la salud.

Recomendaciones de higiene física y mental contra el estrés

A la hora de desarrollar la resiliencia mencionada en el capítulo anterior, conviene conocer algunas claves para combatir el estrés y potenciar nuestra habilidad innata para sobrellevar las situaciones adversas.

Está claro que las técnicas que ofrecemos en este manual, o en cualquier otro libro publicado, no eliminarán las causas que originan el estrés. La única labor que podemos realizar es prepararnos para manejar dicho estrés de una manera saludable y eficaz. Es decir, los problemas podrán seguir provocándonos ansiedad, pero está en nuestras manos adquirir las capacidades para manejarnos de forma que esa ansiedad no repercuta de forma perjudicial en nuestra salud mental y física.

CÓMO SUPERAR LOS PROBLEMAS

Aunque en determinados momentos pueda parecer muy difícil, tenemos recursos a nuestro alcance para sobrellevar esas etapas de estrés o ansiedad que nos desestabilizan. A tal efecto, conviene mencionar los seis elementos básicos que el doctor Rojas Marcos cita en Superar la adversidad, y que conforman los pilares fundamentales para ejercitar nuestra capacidad innata de manejar el estrés, o lo que es lo mismo, las bases para fomentar la resiliencia.

Conexiones afectivas

Uno de los pilares necesarios para fomentar la resiliencia son las relaciones o, como las llama el doctor Rojas Marcos, las «conexiones afectivas»: esas conexiones que establecemos con las personas de nuestro entorno. Basta con que sea una sola, pero esa conexión fortalece el aspecto intrínsecamente social que tiene el ser humano. Las personas que establecen algún tipo de vínculo afectivo con otras personas tienen muchas más posibilidades de superar adversidades o baches en su vida. El ser humano es un ser social por naturaleza.

En un principio nos movíamos en tribus en las que los individuos velaban por la seguridad de unos y otros para garantizar todo lo posible la supervivencia del grupo. Hoy, no tenemos que ir con una lanza protegiéndonos de fieras y animales peligrosos que amenazan la vida, pero la evolución nos ha ido colocando delante distintos elementos que siguen poniendo a prueba nuestra supervivencia. El hecho de saber que disponemos del apoyo de alguien de nuestro entorno nos genera una sensación interna de seguridad.

Cuando somos niños buscamos de forma natural la protección de nuestros progenitores para que nos amparen y, con el tiempo, trasladamos esa sensación, quizá no tanto de amparo físico sino de apoyo mental, a otras personas que no necesariamente tienen que tener un vínculo de consanguinidad.

Las personas con vínculos afectivos tienen más posibilidades de superar las adversidades

Así, es de lo más recomendable y saludable contar con personas cercanas para relacionarnos, comunicarnos y establecer vínculos afectivos y de confianza que nos aporten el apoyo necesario para sobrellevar cualquier situación.

Amor por la vida

Otro de estos pilares mencionados por el doctor Rojas Marcos lo conforma el convencimiento de que vivir merece la pena. Es relativamente sencillo sentirse «razonablemente bien» cuando las situaciones nos son favorables. Tal vez, en ese estado de «todo va bien» podamos plantearnos en algún momento qué pinta el ser humano en el mundo, qué ha venido a hacer. Esos pensamientos pueden arraigarse más profundamente en personas que sientan una especial inclinación hacia la filosofía, pero, en la mayoría de los casos, son reflexiones fugaces que aparecen en nuestra mente, muchas veces sin venir al caso de nada. Sin embargo, cuando estamos en un período incierto de nuestra existencia, cuando existe inestabilidad, inseguridad o cuando nuestros «planes perfectos» se truncan, la pregunta «qué narices hago yo aquí» aparece con fuerza y profundidad en los pensamientos, hasta el punto de convertirse en una idea recurrente.

De nuevo, conviene echar un vistazo al recomendable libro El hombre en busca de sentido del psiquiatra Viktor Frankl. Frankl sobrevivió al internamiento durante tres años en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau durante la Segunda Guerra Mundial. De sus vivencias extrajo que la búsqueda de la razón de ser de las cosas es el auténtico motor del ser humano. Es por eso que cuando conseguimos encontrar un sentido a nuestra existencia nos sentimos tranquilos, seguros y nos fortalecemos hasta tal punto que somos capaces de superar el dolor y luchar contra las adversidades.

Cada persona tiene una visión distinta y totalmente subjetiva de la vida. Es una visión que muta a lo largo del tiempo, y crece y se desarrolla con la persona, con sus vivencias y experiencias, moldeándola como arcilla. Hay individuos que basan su entendimiento de la vida en teorías filosóficas, mientras que otros se apoyan en creencias religiosas que les permiten asirse, hablando figuradamente, a una barra que les descubre por qué sufrir y por qué vivir. Entre los elementos más relevantes como punto clave de sustento para mantener las ganas de vivir, destaca el amor. También despuntan el miedo universal a la muerte, y tener una «misión que cumplir» o simplemente un espíritu de lucha que no acepta la rendición de ninguna forma.

Es importante reflexionar sobre nuestros objetivos en la vida, sobre nuestros proyectos, inquietudes y sentimientos, pues ellos son el combustible para alimentar la esperanza, el valor y el ingenio que nos convierten en seres únicos.

Necesidad de introspección y autocontrol

Elementos de capital importancia para la resiliencia son, según el doctor Rojas Marcos, las funciones ejecutivas, que son las responsables de manejar los pensamientos, las emociones y la conducta humana. Estas funciones ejecutivas son también las que examinan y evalúan las circunstancias y situaciones de nuestro entorno, analizan los mensajes, establecen prioridades para la toma de decisiones y salvan cada paso necesario para solventar los asuntos que nos ocupan en el día a día y que nos permiten alcanzar aquellas metas que nos establecemos.

Todo ese proceso se lleva a cabo en el cerebro, ese magnífico y sofisticado procesador interno que maneja, a través de los estímulos recibidos por los sentidos, la gestión de los sentimientos y las emociones. A partir de ahí nuestras aptitudes y habilidades nos permitirán generar actitudes y acciones para resolver los entresijos de la vida. El elemento indispensable de las funciones ejecutivas es la introspección. ¿Cuántas veces no nos hemos encontrado enfrascados en un diálogo con nosotros mismos? ¿Cuántas preguntas y respuestas no nos hemos planteado en nuestros momentos de soledad? Esto que parece tan obvio y elemental, esta observación interna, es primordial para tomar decisiones y actuar de forma que podamos salir lo más airosamente posible de cualquier trance. La introspección es algo que debe practicarse con asiduidad, y requiere esfuerzo y práctica por nuestra parte. Su ejercicio nos permite prever, en muchos casos, ciertas situaciones extraordinarias, o anticiparnos a los hechos, permitiéndonos tomar las decisiones más adecuadas.

La falta de introspección, en cambio, puede llevarnos a que no reaccionemos con celeridad ante una situación difícil, y nos demos cuenta tarde de lo sucedido, sin tener recursos para poder adaptar nuestros actos.

Con el tiempo, nuestras habilidades se verán favorecidas, además, por el elemento de la memoria, que es un magnífico banco de datos al que se puede recurrir ante cualquier situación ya vivida, pudiendo rectificar, si es necesario, o modificar una acción de manera que el resultado final sea beneficioso para nosotros. En este punto toma especial relevancia también el autocontrol. Es importante tener un elevado autocontrol que permita analizar en profundidad las situaciones a las que nos enfrentamos, desde decidir si comprar una barra de pan de medio o de cuarto hasta valorar si merece la pena entrar en un conflicto verbal con una persona que pueda habernos dicho algo que nos haya incomodado. El autocontrol sirve no solo como elemento decisivo en la toma de decisiones y en el establecimiento de prioridades, sino que permite frenar el exceso de impetuosidad, y aprender a retrasar y valorar algo que está haciendo mucho daño en la sociedad: la gratificación inmediata, que solo consigue alejarnos de los objetivos de más alto nivel. El autocontrol es un proceso que requiere de la voluntad y de un alto grado de motivación, pero es indispensable ejercitarlo para conseguir un buen equilibrio mental.

La introspección es primordial para tomar decisiones y salir de cualquier trance

Control de mando de nuestra vida

El equilibrio interno, o centro de control, según se explica en Superar la adversidad, es otra clave a la hora de conformar la resiliencia. Como hemos mencionado anteriormente, todos somos distintos y todos nos regimos por normas o patrones diferentes, pero hay un finísimo nexo común, que, salvo trastornos graves, está en todos los seres humanos.

El centro de control interno sería el punto de referencia sobre el que una persona basa su seguridad y estabilidad. Este aspecto, que puede parecer muy elaborado y sofisticado, reside en el ser humano desde la más tierna infancia. Es el sustento emocional y físico que nos permite superar cualquier escollo. Voy a poner un ejemplo que, a mi humilde parecer, es representativo de este aspecto. Mi madre me contaba que cuando era pequeña y apenas me sostenía en pie, aprendí a dar mis primeros pasos asida de su dedo, que ella me tendía y al que yo me agarraba con fuerza para no caerme. En mi primer año de vida, y más o menos a la edad que casi todos los bebés empiezan a andar, fuimos a bendecir la palma por Pascua. Mi madre me llevaba del dedo y en la otra mano sostenía mi palma. Pero resultó que cuando me soltó de su mano y me puso la palma en la mía, eché a andar rauda y veloz. Estaba convencida de que iba agarrada a ella pero no era así; en mi interior me sentía segura y avancé con decisión. Desde entonces no tuvieron que darme la mano y ya aprendí a caminar sola. Esta capacidad de mantener el control sobre nuestra vida, la capacidad de resolver por nosotros mismos nuestros asuntos sin depender de elementos externos o de otras personas, puede determinar nuestra existencia. Las personas que sienten que tienen el control sobre los acontecimientos y sobre lo que sucede alrededor, sin proyectarlo en otras personas, tienden a tener una actitud mucho más proactiva que aquellas que sienten que no controlan lo que les sucede, o que lo atribuyen a factores o elementos externos que escapan a su entendimiento o manejo. Por eso, los individuos que tienen un centro de control definido son capaces de hacer frente a las situaciones, por difíciles que estas sean, con cordura, serenidad y seguridad, mientras que los que atribuyen la responsabilidad de su vida al azar o a fuerzas desconocidas suelen ser personas pasivas y resignadas.

El hecho, pues, de saber que podemos ejercer cierto control sobre los acontecimientos que nos suceden es primordial para vencer las emociones negativas, resistir más y ser capaces de afrontar de forma más positiva situaciones estresantes. Hay que conseguir interiorizar ese sentimiento, la capacidad de tomar las riendas de nuestra vida para asumir el control en momentos difíciles, pues será el estímulo necesario para tomar la iniciativa y tratar de dominar la situación en pos de nuestra protección.

Fomentar la autoestima

Dentro de las bases de la resiliencia hay un aspecto que, quizá por no vanagloriarnos, ocultamos bajo capas innecesarias de otras emociones: la autoestima. No nos engañemos, nadie quiere más a nadie que a uno mismo. Si no nos amamos a nosotros mismos difícilmente seremos capaces de extrapolar ese amor. Como reza la frase atribuida a Alejandro Magno: «Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil, porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones. Si uno consigue conocerse a fondo, sabrá comprender a los demás y la realidad que lo rodea».

No nos importa nada que no sea todo aquello que nos afecta, todo aquello que «tenemos» o todo aquello que somos. Si intentamos describirnos, lo primero que aflora a nuestros labios es «yo». Hay quien vincula necesariamente ciertas posesiones materiales con elementos intrínsecos del ser, elementos que quedan en agua de borrajas una vez despojados de ellos, y la persona queda desprovista de esa supuesta «personalidad» o ego. Como parte de nuestro ser, la autoestima se desarrolla con el crecimiento humano, y tiene mucha relación con las vivencias y experiencias personales. La autoestima crece alimentada tanto por nuestro pensamiento interno como por la influencia que personas de nuestro alrededor puedan aportarle. Como ocurría con el centro de control, debemos tener claro en qué basamos nuestros criterios, saber barajar nuestra propia opinión de nosotros mismos y la valoración o estímulos que recibamos de otros individuos, sean estos positivos o negativos. Ante una valoración positiva fácilmente sentimos una gran sensación de bienestar. No así con las valoraciones u opiniones negativas, que nos sumen en un estado de culpabilidad y frustración y nos generan dudas e inseguridades..

En este punto tenemos que prestar especial atención a la interacción entre estímulos y emociones. La emoción que nos produzca cierto estímulo, sea positivo o no, repercutirá inevitablemente en la autoestima. Por ello debemos ser capaces de observar con atención las emociones que se derivan, pues serán determinantes. La autoestima es un elemento primordial a la hora de enfrentar cualquier inconveniente o problema. Una opinión o valoración propia positiva nos aportará confianza, voluntad y fuerza, pues nos sentiremos valiosos y con un alto grado de satisfacción. Las personas que se valoran a sí mismas son, a su vez, valorados por los demás (siempre y cuando no se caiga en lo conocido como «ilusión de competencia»), por lo que en situaciones extremas, son capaces de sacar fuerzas para superarse aún más si hiciera falta y son capaces de establecer mejores relaciones sociales que las personas con una baja autoestima. Es altamente beneficioso conocer y reconocer nuestras habilidades y limitaciones, pues ello producirá una autoestima saludable y, como decía el teólogo y político Reinhold Niebuhr, nos aportará la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, valor para cambiar las cosas que podemos cambiar y sabiduría para poder diferenciarlas.

Las personas que se valoran a sí mismas son, a su vez, valoradas por los demás

Pensamiento positivo

El cerebro, no hay que olvidarlo, es el elemento regulador de todos los procesos que venimos explicando. Él es el encargado de establecer una coherencia entre lo que pensamos y lo que sentimos, así como lo que hacemos. La manera en la que interpretamos el mundo influye indudablemente en nuestro estado de ánimo, y lo mismo ocurre en sentido contrario, es decir, que nuestro estado de ánimo puede influir en el mundo que nos rodea. Los pensamientos positivos nos aportan sensaciones altamente placenteras y agradables, mientras que los pensamientos negativos generan sensaciones desalentadoras, tristes y desagradables. Aunque no lo parezca, el cerebro invierte más energía en generar pensamientos positivos que en generar pensamientos negativos, por eso, las personas con una mentalidad negativa tienen una mayor predisposición a la depresión y a la inactividad, mientras que las personas con una mentalidad positiva muestran una actitud mucho más jovial, alegre y activa, y nuestro cerebro, por ese «ahorro energético», se siente más cómodo enfrascado en los pensamientos negativos que en los positivos.

El tiempo desempeña un papel muy importante en el pensamiento positivo, ya que nos permite valorar los hechos del pasado para explicarlos, entender el hoy y obtener los elementos necesarios para afrontar el futuro. Pensar que el pasado ha sido triste, devastador y desfavorable solo provocará que veamos el presente como una barrera difícil de franquear, y el futuro como algo incierto a lo que tememos sin motivo, pues desconocemos lo que nos depara. Si por el contrario sacamos los aspectos positivos del pasado, aunque las vicisitudes que nos hayan acaecido no hayan sido favorables, se produce una liberación y se reduce el estrés. Eso mismo nos permitirá sacar algo positivo del presente, hecho en el cual nos tenemos que esforzar, por difícil que sea la situación que estamos viviendo, y aunque sea por comparación con otros seres humanos.

La visión y el trabajo en positivo otorga esperanza, que es el elemento primordial para afrontar el futuro, pues predispone a la persona a una actitud mucho más favorable.

PAUTAS ANTIESTRÉS

Antes de pasar a los ejercicios de relajación propiamente dichos, conviene enumerar las recomendaciones básicas que deberíamos seguir en nuestra vida cotidiana para disminuir o evitar el estrés.

• Es importante compartir con alguien de confianza una situación estresante. Ante un asalto en la calle, por ejemplo, es mejor no guardarse ese miedo; o ante un conflicto con otra persona, es mejor hablar y compartirlo con un familiar o un amigo. Eso nos permitirá aliviar la carga emocional y nos permitirá tomar un poco de perspectiva, porque, al verbalizar los pensamientos que nos confunden, la información deja de ser abstracta para convertirse en segmentos manejables que podemos gestionar o metabolizar.

• Si hay un conflicto o problema, lo mejor es resolverlo cuanto antes, hay que evitar que se acumule o cree resentimientos.

• Realizar ejercicio físico. No hace falta convertirse en un atleta de alto nivel, basta con salir a pasear, preferiblemente al aire libre. La luz del sol, el aire limpio y la naturaleza son altamente beneficiosos para nuestro metabolismo. El ejercicio favorece la eliminación de sustancias tóxicas y fortalece el sistema circulatorio y el corazón. En casa se pueden practicar ejercicios de yoga o ejercicios isométricos (en los que trabajamos con el peso de nuestro propio cuerpo), por ejemplo, que no necesitan un espacio con unas características muy especiales y que nos aportarán flexibilidad y tonificación muscular. Al contrario de lo que se pueda pensar, el ejercicio físico no significa esfuerzo, pues el organismo no solo repone la energía gastada, sino que la incrementa considerablemente con los beneficios que aporta. Cuando un cuerpo está en reposo, las necesidades de oxígeno y riego sanguíneo se reducen o son muy escasas, así pues el corazón trabaja a un ritmo bajo, por lo que la sangre discurre con poca potencia y poco alcance. Cuando realizamos ejercicio físico, nuestro cuerpo necesita una mayor oxigenación para activar los músculos, y el corazón aumenta sus latidos y fuerza de bombeo para que la sangre llegue mucho mejor hasta los capilares más pequeños del organismo, aportando los nutrientes y el oxígeno tan necesarios para la vida humana.

• Por otro lado, está comprobado que el ejercicio físico favorece el sueño, elemento indispensable en la gestión del estrés, pues un sueño reparador es necesario para una buena salud física y mental.

• Aquello tan manido de mens sana in corpore sano no es un simple aforismo, pues, al aumentar el riego sanguíneo por el ejercicio físico, es mayor el flujo de sangre que llega al gran consumidor del cuerpo humano: el cerebro. Esta mayor oxigenación produce mejor salud mental y funcionalidad. El cerebro necesita activarse para poder dar las órdenes necesarias y mover los grupos musculares que participan del ejercicio físico, estableciendo mayores redes neuronales. Así, el ejercicio físico genera un nivel de «estrés sano» en el cerebro, que permite que se produzcan ciertos procesos orgánicos, como la liberación de endorfinas en el torrente sanguíneo, lo que es un perfecto antídoto contra la tristeza y la depresión.

• La actividad física posee un efecto calmante. Una vez hemos finalizado el ejercicio, la tensión corporal y la presión sanguínea, que han aumentado durante el ejercicio, se normalizan, y cuerpo y mente se relajan.

• Mantener una dieta sana y equilibrada, reduciendo o dosificando los alimentos y bebidas excitantes.

• Dormir adecuadamente y las horas necesarias. El cuerpo y el cerebro se regeneran durante el sueño. Si este es insuficiente o de mala calidad, repercutirá en la salud de forma dañina. De hecho, es durante el sueño cuando el cerebro «saca la basura» y elimina las toxinas acumuladas durante la jornada.

• Procurar disponer de paz y tranquilidad durante las comidas para favorecer la digestión. Además, eso nos permitirá disfrutar y apreciar más los sabores.

El ejercicio físico genera un nivel de estrés sano en el cerebro

• Tomarse tiempo para la relajación.

• Ejercitar y practicar la risa y la sonrisa.

• Ejercitar y practicar el pensamiento positivo.

• Saber organizar la vida y establecer prioridades, fijándonos metas y administrando el tiempo de la manera más rentable y eficiente posible.

• Reducir lo que nos desagrada.

BENEFICIOS DE LAS TÉCNICAS DE RELAJACIÓN

Es cierto que cuando afrontamos responsabilidades, realizamos gran número de tareas, nos acucian los problemas o sufrimos alguna enfermedad o dolencia es difícil mantener la rutina de la práctica de las técnicas de relajación y muy sencillo tender a pasarlas a un segundo plano para dar más relevancia, precisamente, a lo que nos genera ansiedad y nos estresa. Pero si actuamos así querrá decir que estamos pasando por alto los numerosos beneficios que las técnicas de relajación pueden aportar a nuestra salud.

Entre las razones por las que practicar ejercicios de relajación ayudan a reducir considerablemente los síntomas del estrés figuran:

• Disminuye el número de latidos del corazón.

• Desciende la presión arterial.

• Se ralentiza el ritmo respiratorio.

• Aumenta el flujo sanguíneo a los grupos musculares.

• Reduce la tensión muscular y el dolor crónico.

• Mejora la concentración.

• Reduce la ira y la frustración.

• Potencia la confianza para manejar problemas.

Técnicas de relajación
para momentos difíciles

En este capítulo he intentado plasmar algunas de las situaciones más habituales y complicadas que a la mayoría de la gente puede producirle estrés. Pero, obviamente, no son, en absoluto, realidades exactas y precisas para cada persona, pues cada situación puede contener matices que la hagan muy distinta de uno a otro individuo. Aun así, creo que queda reflejado un amplio abanico de tesituras con los ejercicios correspondientes, que pueden ayudar a reducir el estrés a un buen número de personas que se enfrenten a estos acontecimientos.

Antes de entrar en cada uno de los supuestos, vamos a hacer una parada obligada en un elemento que hay que tener en cuenta en todas las circunstancias. Puede parecer obvio y sin importancia pero, por el contrario, es fundamental en cualquier proceso que implique relajación o alivio del estrés: la respiración.

LA RESPIRACIÓN: FUNCIÓN BÁSICA ANTE EL ESTRÉS

La respiración es el elemento primordial para conseguir una buena relajación. Cuando se produce una situación de estrés, amenaza o peligro, el sistema límbico prepara el cuerpo para reaccionar. Por eso se produce un momento de paralización. Esa paralización es generalizada y en ella se ve afectada la respiración. Si conseguimos que la detención no se dilate más de lo necesario, controlando el momento y la respiración, nuestro cuerpo actuará de forma más eficiente ante el estrés y dispondrá de más recursos para superar la situación «de amenaza». Tendremos más oxígeno.

Así pues, el primer ejercicio que practicaremos es la respiración controlada, indispensable para todos los ejercicios de relajación, pues es, como hemos dicho, el elemento básico e imprescindible.

En general, no prestamos la suficiente atención a un acto tan vital como el de la respiración. Sabemos que estamos vivos y nuestro inconsciente se encarga de que esa función se produzca. Sin embargo, si aprendemos a respirar, aprovecharemos mucho más nuestra capacidad pulmonar y conseguiremos controlar muchos momentos de tensión.

¿Has visto a un bebé respirar? ¿Has podido observar cómo se mueve su abdomen con las inhalaciones y las exhalaciones? Es una respiración de vida, profunda: es la respiración abdominal. En cambio, si te fijas en un anciano, verás que su respiración es superficial, apenas aprovecha la parte superior de sus pulmones, lo que provoca una tensión en los músculos superiores, sobre todo del cuello, por el esfuerzo de respirar.

Si aprendemos a respirar, conseguiremos controlar muchos momentos de tensión

EJERCICIOS ANTIESTRÉS DE RECURSO INMEDIATO

Tan importante como el control de la respiración a la hora de conseguir una buena relajación es saber encontrar un momento para dedicarle, por poco que sea.

RESPIRACIÓN ABDOMINAL

Buscaremos un lugar tranquilo, sin distracciones. Da igual si estamos sentados o echados, la cuestión es estar cómodos. Cerramos los ojos y apoyamos las manos sobre nuestro vientre. Hacemos una inspiración profunda por la nariz, imaginando que el aire entra y va hacia nuestra coronilla. Automáticamente notaremos que el abdomen se hincha. Mantenemos la inspiración durante cuatro segundos, contando mentalmente cada segundo. Aguantamos el aire durante cuatro segundos más y lo expulsamos por la boca, volviendo a contar cuatro segundos y emitiendo un suave sonido «aaaaahhhhh». Sentiremos como se vacía el abdomen.

Este sencillo ejercicio relaja la tensión, reduce la frecuencia cardíaca y hace que nuestra respiración se torne más pausada.

Aprender a vivir de una forma relajada no es algo que pueda conseguirse en cinco minutos y requiere, como todo, de una disciplina y una práctica continuadas, no tanto por dedicarle horas a la semana, sino por su incorporación de forma natural en el día a día, aprendiendo a ser conscientes de todos los procesos vividos. De esta manera nuestra mente estará siempre preparada y receptiva para los continuos cambios, adversidades o alteraciones que podamos sufrir.

Más adelante en este manual veremos prácticas para llevar a cabo cada día, para adoptar una rutina y unos hábitos mentales saludables que nos permitan vivir con plenitud y lo más satisfactoriamente posible. La idea es probarlas todas, para así encontrar la que nos sea más fácil o cómoda. Sin embargo, ahora nos vamos a centrar en las situaciones excepcionales. No hay páginas en este libro que puedan aglutinar todos los casos que pueden alterar nuestro bienestar mental y/o físico, pero vamos a intentar ofrecer soluciones comunes para superar el impacto inicial. Cada persona tiene una percepción distinta de lo que puede ser una situación «amenazante» o estresante que genera una ansiedad, debido a que cada uno de nosotros tenemos una capacidad distinta de adaptación y unos niveles de sufrimiento y frustración distintos.

Cualquiera de las situaciones que se mencionan a continuación deben afrontarse con serenidad. Bajo un estado de estrés, desesperación, ira o emoción descontrolada, nos será muy difícil manejar adecuadamente el suceso en el que nos vemos envueltos.

Darmowy fragment się skończył.

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
13 listopada 2024
Objętość:
140 str. 18 ilustracji
ISBN:
9788416267798
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki