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EL MUNDO SIN MAMÁ
PABLO MELICCHIO

EL MUNDO SIN MAMÁ
PABLO MELICCHIO

Índice
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Portadilla
Legales
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| Melicchio, Pablo El mundo sin mamá / Pablo Melicchio. - 1a ed. - Santa Fe : Palabrava, 2021. Libro digital, EPUB - (Rosa de los vientos ; 17) Archivo Digital: online ISBN 978-987-4156-40-2 1. Memoria Autobiográfica. I. Título. CDD 808.8035 |
El mundo sin mamá.-
Pablo Melicchio
Editorial Palabrava
Diagonal Maturo 786
Santa Fe
editorialpalabrava@yahoo.com.ar
www.editorialpalabrava.com.ar
Colección Rosa de los vientos
Directora de colección: Patricia Severín
Coeditora: Viviana Rosenzwit
Diagramación: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Santa Fe - www.sugoilab.com
Fotografía de tapa: Desamparo
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN 978-987-4156-40-2
Primera edición en formato digital: diciembre de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451

A la memoria de mi mamá, Mirtha Blasa Ventiere
Mamá, la libertad, siempre la llevarás
dentro del corazón.
Te pueden corromper, te puedes olvidar
pero ella siempre está…
(Charly García)
Mamá sabe bien
perdí una batalla.
Quiero regresar
solo a besarla.
No está mal ser mi dueño, otra vez
ni temer que el río sangre y calme
al contarle mis plegarias.
(Gustavo Cerati)
1
Me despierto de golpe. Marcela duerme a mi lado, ajena a mi sobresalto. Enciendo el celular para saber la hora y me encuentro con varias llamadas perdidas en la madrugada y un mensaje de mi hermano Martín:
Mamá está internada. Se descompensó.
Salto de la cama, bajo las escaleras y comienzo a vagar por la casa, a oscuras, sin saber qué hacer. Finalmente llamo a mi hermano y sus palabras son contundentes. El cuadro es grave. Mamá queda en terapia intensiva.
No se sabe qué le pasó. ¿La edad? ¿El epoc? ¿La obesidad? ¿El cuerpo trastocado por tantas operaciones? ¿La suma de lo no resuelto? ¿Cuál es el desencadenante de una caída así? ¿Dónde empieza una enfermedad? No lo sé. Pero algo terminó causando su internación, una maldita gota tóxica derramó el vaso de todas las complicaciones acumuladas. Cuando el cuadro es grave –cuadro, qué palabra más horrible para enmarcar una enfermedad, que sea lo que sea nunca es arte–, los médicos arrojan dos o tres diagnósticos posibles para que la familia se prepare: covid-19 –infaltable por estos días–, ACV, o una falla de no sé qué en un sistema que ya venía fallando.
Papá me contó que durante cuatro noches mamá llamó entresueños a su madre, mi abuela Felisa. ¿Llamar a un muerto en sueños es empezar a morir? O más específicamente: ¿Convocar a la muerta que te parió a la vida te empieza a parir en la muerte?
Escuela del dolor: La enfermedad nos recuerda que somos mortales.
2
Marcela, mi mujer, la madre de mis hijos, me rescata una vez más de la angustia paralizante. Le cuento lo que le sucedió a mamá. Desayunamos envueltos en la incertidumbre. Los mates, como las palabras y los silencios, son la cronología de una mañana en la que empiezo a transitar el mundo de la orfandad. Un intenso malestar encoge todos los instantes y los reduce a una sensación aterradora. La sombra del dolor de mamá oscurece todo mi ser.
No podemos visitarla. La terapia intensiva es una distancia mayor sobre la distancia que ya impuso la pandemia. El coronavirus es un curso acelerado de conciencia de finitud y vulnerabilidad. Una nueva caída del paraíso de la omnipotencia.
Afuera, el sol naciente, la esperanza del inicio, como la vida de mamá cuando era joven y vital y cocinaba y trabajaba y nos íbamos todos de pesca. El pasado, visto a la luz de este presente, parece más bello. Añoro regresar a ese tiempo sin tiempo en el que no era consciente de la belleza que hoy se desvanece. Adentro, el dolor y las preguntas que no tienen respuestas: ¿Qué le pasó? ¿Saldrá de esto?
El sábado pasado estuve en su casa y la encontré muy desmejorada, como si se hubiese acelerado el proceso de su envejecimiento. Hay una curva descendente, violenta, una montaña rusa donde resulta imposible detener la decadencia. Cuando me fui no pude quitarme de la mente esa imagen de mamá, caricatura hecha por un Botero drogado y perverso. Me puse en contacto con mis hermanos. Apuramos turnos, masajes, placas, médico domiciliario, lo que fuera necesario para evitar lo que finalmente sucedió; los emisarios de la enfermedad resultaron más rápidos que nosotros.
Comienza la primavera, paradójicamente la estación de la vida. Voy hasta el fondo. Al abrigo del sol contemplo el naranjo en flor y el azul inmenso del cielo que se abre ante mis ojos como una invitación a sumergirme en las alturas. Me siento extraño, extranjero en mi hogar. Los zorzales son la música de fondo de una fiesta equivocada; la naturaleza también juega sus ironías, tal vez por tanto mal que le hicimos.
Mientras espero el parte médico me pongo maníaco. Voy y vengo. Recorro la casa. Me detengo ante la biblioteca. Saco un par de libros. Los distribuyo sobre la mesa. Busco señales, marcas, la memoria oculta de lo subrayado. Leo una frase, y otra, y otra. Nada me consuela. Me alejo. Ingreso en el consultorio. Me siento en la silla frente al escritorio. Abro la computadora y un documento de Word. Escribo: El mundo sin mamá… Camino por la playa de las teclas. Buceo en las aguas turbias de la desesperación. Me desdoblo. Mi yo es una ficción. Soy un personaje que intenta torcer el destino trágico en el que lo metieron. Desprendo frases, barquitos que se alejan llevando mi angustia lejos. Pero soy un puerto donde todo regresa. Mamá está en mi memoria, en mis intenciones, en mi plegaria enojada, en cada letra que suelto.
Salgo del consultorio. Regreso al fondo de la casa. Me siento en el borde de la pileta. Pienso. Lloro. Rezo. Le pido a Dios por la salud de mamá. Dios no me responde. Me levanto. Camino. Entro en la cocina. Tomo un café. Reviso y contesto mensajes. Busco el equilibrio emocional mientras avanzo por la cuerda floja del existir esperando el parte médico. Parte, maldita palabra. Parte. Partes. Estar aparte de todo. La espera son gotas que horadan el instante.
Transcurre la mañana sin novedades. Suspendo el consultorio. Les aviso a mis pacientes que por una cuestión personal hoy no atenderé. “Una cuestión personal”, nada más impreciso, pero qué decirles, ¿contarles que me siento muy mal, que estoy angustiado? ¿Los pacientes tienen que saber qué le pasa a la madre de su psicólogo? No lo sé, como no sé tantas cosas. Supongo que ni Freud ni Lacan hubiesen sabido qué decir. ¿Pero cómo hacer para seguir “normalmente” mientras mi mamá lucha por su vida?
Camino por la casa. Camino por mi mundo interior. Camino por este texto que escribo y que abandono mil veces. Escribo acorralado por la desdicha. Escribo para no reventar. ¿El arte me puede salvar? No me soporto ni en el afuera ni en el adentro. Pero el afuera es ciertamente peor, allí empieza a no estar mamá. En cambio, adentro, en mis divagaciones, en mis pensamientos, bullen los recuerdos, delirantes pero vivos. Y está mamá en su mejor versión. Mamá viva en los momentos vivos de mi vida, en la memoria que siempre será nuestra. Más de cincuenta años, ¿cómo resumirlos? ¿Cómo extraer de todo lo vivido la fuerza sanadora y suficiente para sacar a mamá de la terapia?
Diario de la impotencia, debería llamarse este escrito.
No hallo razones, ni Dios, ni otra vida para soltar a mamá y aceptar que la realidad es así, que la vejez, la enfermedad y la muerte, son caminos que conducen a la sabiduría. Cuánto pagaría por ser ignorante, o tener una fe ciega, o ser espiritual, desprendido, sabio. Pero soy apenas un ser humano con todas sus contradicciones; un hombre que vacila entre el adentro y el afuera, entre la luz y las tinieblas.
Condenado a la desesperación, recorro las horas del desamparo.
3
Transcurre el mediodía sin novedades. La realidad me resulta insoportable. Me refugio en el casino de los recuerdos. Las imágenes llegan desde el bolillero de la memoria. ¿Pero qué azar elije los recuerdos? Mamá joven. Mamá embarazada. Mamá triste. Mamá con el guardapolvo blanco. Mamá sonriendo. Mamá mirando la tele. Mamá enojada. Mamá haciendo mandalas. Mamá en la silla mecedora. Las manos de mamá hundidas en la masa de harina. Mamá jugando al truco. Mamá caminando lenta, con el andador. Mamá en la cocina y yo sumergiendo un trocito de pan en el mar rojo de su tuco único e irrepetible. Mamá me duele en todo mi ser.
Basta. No quiero pensar. Pero los pensamientos que suelto son globos con helio, por más que los quiera olvidar quedan adheridos en el techo de mi mente. No puedo pensar a papá sin mamá. Cuando pienso a uno, llega el otro, como imanes que se atraen. Son, desde que me trajeron a la vida, mamáypapá. El sábado pasado estuve con ellos, fuimos con Valentín, mi hijo menor. Les llevé algo de mercadería. Cuidándolos para que no salgan, para que no se expongan, para que no se contagien de coronavirus. Sin embargo la enfermedad resultó una pelota que pasó por encima de la barrera que pusimos en la defensa de sus vidas. Si no sale de la internación, el sábado la vi por última vez.
Cuando me asomo al pasado desde la ventana del presente, pienso que tendría que haber estado más tiempo con ella, haberle dicho más cosas, haberla abrazado, besado, olido mucho más. Tendría que haberme sentado a upa, haberle preguntado más sobre su infancia, sobre la mía y… Pero no, no lo supe, ese partido terminó y estoy viendo la repetición.
La neurosis se aprovecha de mi debilidad y me asfixia con mil culpas.
Me fui de la casa de papáymamá angustiado por el deterioro de mamá, por su mirada ausente, vidriosa, por sus dolores, sus quejas, sus mil ay, su cuerpo desvencijado, su vida vaciándose de vida. Me fui sin despedidas. Sin adiós. Negando todo lo que podría llegar y está llegando.
Suena el timbre. Es el cartero. Recibo un rolo, un cilindro duro de goma eva para hacer ejercicios, para entrar en calor, para estirar. Paradojas de la vida. Un aparato para estar mejor en el momento en que estoy más abatido. Debería subirme y rolar hasta donde está mamá, o hasta donde están escondidas todas las respuestas fundamentales, o hasta la casa de Dios, si es que quiere recibirme y darme explicaciones. Le preguntaría por qué nos hizo así, vulnerables, finitos, mortales. ¿Por qué el sufrimiento? ¿Cómo ejercitar el espíritu, la paciencia, la tolerancia, la aceptación? Mi ser se condensa en la angustia del existir, en el sentimiento trágico de la vida.
“El tiempo es circular”, me dijo Francisco, mi hijo mayor, cuando le conté lo que le estaba pasando a su abuela. Cada uno reacciona a su modo. Mis hijos tienen la facilidad de rescatarme cada vez que me pierdo en las tinieblas.
Escuela del dolor: Cuando comienzan a morirse nuestros padres ingresamos en la curva que nos conduce a la recta de nuestra propia muerte.
4
Hablo con papá. Me narra la caída de mamá. Quiero decirle algo, pero me ahogo; las palabras me abandonan, no saben cómo acompañarme. Me cuenta que mamá se cayó en el baño. Que estaba inconsciente, que no coordinaba. Que Nico, el vecino, y un muchacho que trabaja en la estación de servicios de enfrente, intentaron levantarla del suelo pero que no pudieron. Que llegó el Same y luego los Bomberos. Recién cuando fueron cinco personas lograron “sacarla” del baño. Sacarla: Vacía de sí misma. Peso. Sobrepeso. Peso muerto. El peso de la vida. El horror de la pérdida del control. “Pero los tengo a ustedes”, me dice papá y ahora se ahoga él. Aunque a veinte kilómetros, y cada uno en su casa, nos ahogamos en el mismo mar. Ya no dependen de él los cuidados de mamá, ahora es una paciente internada en un sanatorio. En los últimos años papá se convirtió en su enfermero, en su padre, en su cuidador. Al servicio de ella. Asistiéndola en todo. “Chau, viejo… todo va a estar bien, quédate tranquilo”, le digo, casi sin aliento. Corto y me hundo en el fondo de la casa, en la incertidumbre de la vida o del tiempo circular, como me dijo Francisco. Entre llantos intento un rezo, pero vuelvo a fallar.
Neumonía. Grave. El pulmón izquierdo. Epoc. ¿Covid-19? Hay que esperar, dice el parte, sintético, abierto a la intemperie de la existencia. Y eso me parte. Mamá está dejando de ser la mamá que yo tenía. El parte médico no es más que una colección de síntomas y enfermedades que no aclaran nada.
Ceno en familia. Me distraigo con la frescura de mis hijos, con la contención de mi mujer. Subo a la habitación. Me acuesto. Quiero dormir, soñar, entrar en otra dimensión donde todo sea menos doloroso.
Escuela del dolor: Con la posibilidad de que mamá muera empiezo a existir menos.
5
No dormí en toda la noche. No hubo una dimensión mejor. En cuanto me acosté fui asaltado por mil imágenes hiperrealistas. Mamá en la terapia y yo en la comodidad de mi cama. ¿De cuántas injusticias está constituido este mundo?
Me levanto. Afuera, un día primaveral, cálido, de cielo celeste, inmenso, de pájaros alegres y flores nacientes, como si la naturaleza se burlara de mí. Desayuno con mi mujer, recibo mensajes y llamadas de amigos y amigas, de compañeros y compañeras de trabajo, cadenas de oraciones, salvavidas para un tiempo en el que me siento más a la deriva que nunca. Oscilo entre ser y no ser. Estoy en suspenso, en una existencia puntos suspensivos, imaginando, haciendo teorías, tratando de entender qué le pudo haber sucedido a mi mamá y qué puede pasar de aquí en adelante; un adelante que es un túnel oscuro y tenebroso. Soy un náufrago en medio de una tormenta. Las olas de la incertidumbre no me permiten ver el faro. Al menos tengo una certeza, mamá está viva y esa es la única tabla a la que me aferro, mi pequeña esperanza frente al tsunami que se avecina.
Llama papá. Me pregunta si tengo alguna novedad. Le respondo que no, que seguramente por la tarde tendremos algún parte. Entre las palabras, interferencias, ruidos de sentimientos no expresados. Escucho su moqueo. Le pregunto si está congestionado. “No, estoy triste”, me dice. Mi viejo es de ese tipo de hombres que lloran poco. Lo recuerdo con los ojos ahogados por la emoción, pero no llorando. Sí recuerdo esa suerte de llanto de alegría, como cuando Maradona les hizo los dos goles a los ingleses; o cagándose de risa, ahogado, sin poder terminar un chiste. Pero este moqueo es otra cosa, es la filtración del llanto contenido, de la angustia irrefrenable. Está solo, sin su compañera de casi toda la vida, y la casa seguramente debe de ser un lugar raro, un museo de emociones, con todo lo de ella pero sin ella. Una casa en pausa.
Finalmente llega el parte del doctor Ledesma. Habló media hora con mi hermano Martín y él nos sintetizó en un audio de dos minutos lo que pudo decodificar. Ninguna buena notica. Mal pronóstico. ¿Quién maneja los vientos que puedan disipar la tormenta de síntomas que están enfermando a mamá?
Me bajo música en el reloj y salgo a correr. Necesito descargar. Corro por las calles de Castelar. Pink Floyd entra por mis oídos, se expande por mis emociones. Pero hay palabras que se imponen entre las canciones, que son más fuertes que la música: Neumonía grave. Epoc. Obesidad. Entubada. Esperar. Coronavirus.
Escuela del dolor: El ser humano nace dependiente, inacabado. Sin los cuidados de un adulto moriría en horas. Hacia el final de la vida se regresa a ese estado de indefensión. La vejez y la enfermedad remiten al origen, a la necesidad de los cuidados primordiales. Cuando empiezan a morir los que te salvaron de la muerte, se vuelve a sentir el desamparo original.
6
Transcurre otro día, mamá resiste, aguanta, sigue. El hisopado dio negativo, no tendría coronavirus. No obstante se lo van a repetir porque dudan de no sé qué por lo que se ve en la imagen pulmonar. Si ellos, los médicos, dudan, qué nos queda a los familiares. Suponen que hay vida en Marte pero no localizan a ningún marciano.
Las sensaciones tristes se adosan al espíritu y parecen tener mayor intensidad y duración que las desencadenadas por la felicidad. Es tal la incertidumbre, que vivo y no, disfruto y no, puedo hacer el amor o tirarme en el sillón y dejar una serie que enseguida abandono porque mis ojos se cierran, buscan en mi interior otra serie, una serie de recuerdos que me liguen a otra forma de vida. Tomo un mate, lo saboreo y no. Se me impone la imagen de mamá entubada, dormida, a merced de la medicina, de Dios, de su destino o de lo que sea. ¿Sentirá algo? ¿Pensará? ¿Tendrá temor? ¿Qué le dolerá? ¿Qué sucederá dentro de su mente, de su espíritu, en los confines más sagrados de su existencia?
El sábado la vi por última vez y el martes la internaron. El sábado estaba más lenta, irritada y perdida que otras veces; prefacio del derrumbe que finalmente ocurrió. Avanzaba con el andador, muy despacio; un pie arriba, el otro arrastrándolo, y el suelo como una amenaza inminente. El miedo, el maldito miedo a caerse, a que el cuerpo no le responda. Y la dependencia a papá. Niña gigante. “Pa”, “pa”, “pa”, la escucho llamando a mi padre como si fuera el suyo. Papá asistiéndola permanentemente. Papá oscilando entre su mundo de artista plástico, de jardinero, del hogar lleno de colores, y su mujer al borde del abismo, sombra de la que un día fue. Entonces comenzamos una vez más con el operativo rescatando a mamá. Pero no pudimos evitar su nueva caída. No llegamos a tiempo. Hay veces que deseamos proteger lo que más amamos y no podemos. Detrás de cada movimiento que realizamos hay mil combinaciones que desconocemos.
Valentín, mi hijo menor, que hacía seis meses que no veía a sus abuelos por la cuarentena, quiso acompañarme y se confrontó, distante y con barbijo, con esa parte de la vida que existe pero que preferimos negar. Pero así es la ley de la existencia, hijo: nacer, crecer, enfermar y morir. Recuerdo que subimos al auto y mientras él buscaba una canción en su celular, el DJ que pone discos en mi cerebro me impuso el tango Naranjo en flor.
Primero hay que saber sufrir
después amar
después partir
y al fin andar sin pensamientos…
Escuela del dolor: El desapego es la marca definitiva de una persona sabia; quizá por eso hayan tan pocos seres humanos sabios.
7
6 de la mañana. Me despierta una pesadilla de la que no pude retener las imágenes pero sí una tremenda angustia. Hay veces que el inconsciente huye apurado, se lleva la película y nos deja la emoción en la puerta de la conciencia. Me levanto. Bajo las escaleras a oscuras, temeroso. Mientras preparo el desayuno se levanta mi mujer. Desayunamos juntos. Hablamos de mamá pero también de nosotros y de nuestros hijos, de la casa; me construye un pasamano para aferrarme a la vida, para no caer en la desesperación total.
Avanza la mañana y sólo sé que no sé nada de mamá. Atiendo algunos pacientes por videollamada; sus tormentos se unen al mío, son levadura que aumenta la masa de mi dolor.
Salgo a correr. Corro por las calles del barrio. Desde mis auriculares sale disparada la música de Los abuelos de la nada y aunque me canten que no me desespere, me desespero igual, corro y pienso en mamá, corro y sufro, corro y rezo, pido que resista, que salga, que vuelva a la vida con más vida. No quiero una mamá sufriente. Quiero que sea feliz, que frecuente la belleza, la risa, el amor. No digo que no tenga ningún dolor porque sería utópico pensar una vida humana sin alguna dolencia, sin molestias ni achaques, y menos después de los setenta y pico y con un largo historial clínico que incluye varias operaciones, un cuerpo y un psiquismo marcados por las fricciones del tiempo.
En la vida de muchos adultos mayores la extensa cuarentena por el covid-19 resultó una internación domiciliaria. Comprendo que hay que cuidar la salud, evitar el contagio, pero perder días cuando queda menos tiempo real, biológico, resulta una paradoja funesta. Seis meses sin salir a la calle y mamá terminó saliendo hacia una clínica. De un encierro a otro. Sé que ahora está monitoreada. Sé que no podía seguir así, que tampoco papá podía seguir así, cuidador, enfermero, conviviendo con los ay, ay, y con la suma de todo los miedos de mamá, rescatándola cada día del abismo de la depresión y del karma de lo no elaborado. Mamá venía durmiendo más que viviendo, o su vida era la de una soñante. ¿Tal vez dormida la vida le dolía menos?
La terapia intensiva guarda sus secretos, inaccesibles para los que estamos afuera. Dentro está mamá, desde hace tres días. Su estabilidad es “por ahora”, dice el parte médico, dejando la pausa de lo imprevisible, los límites de la ciencia. Dentro está mamá, ajena a las intervenciones que le practican. Ya sin el control de su vida. Y afuera estamos nosotros, expectantes, asomados a la ventana de lo incierto.
Escribo esta suerte de diario del desamparo. Pienso en mamá. Pienso en su vida. Inhalo y pienso. Retengo memoria. Exhalo frases huérfanas de sentidos.
Escribir sobre la enfermedad es quitarle poder.
El día se pone gris, cerrado, otoñal, triste; como si se proyectara mi estado interior. La belleza de estos días se burlaba de mi malestar. Son las dos de la tarde del viernes. Todo el fin de semana estará, según informa el servicio meteorológico, lluvioso y frío. Y está bien, tiene que ser así. Cuando una madre está internada, la pachamama tiene que estar desolada.
Escuela del dolor: No existe la unidad ni la armonía total, somos seres divididos, castrados, contradictorios. Solo en los momentos de felicidad hay un rayo de luz que lo ilumina todo, y en esa ráfaga lumínica, en ese instante de claridad, se accede a la belleza, se tiene la sensación de plenitud. Pero cuando llega algún dolor, propio o ajeno, se quiebra la alegría de existir, se esfuma la estabilidad, y todo se oscurece. Vivir, en definitiva, es transitar lo claroscuro, es comprender el ying y yang de la vida, es saber que en toda experiencia de luz hay un punto de oscuridad y en toda vivencia oscura hay un punto de luz, una ventanita de esperanza.
8
Mamá permanece estable, una leve mejoría, dice el parte médico. Intentarán quitarle el respirador. Entonces en la oscuridad del día se abre una ventanita a la esperanza. Me enchufo los auriculares. Activo la música. Y salgo a correr. A 20 kilómetros de casa está mamá dormida químicamente, y yo corro, como si quisiera llegar hasta ella para sacarla de la internación y traerla a la vida de los abrazos y de los besos, del asado, del vino tinto, del truco, las facturas, los mates y las risas.
Una semana de internación, y contra todo pronóstico, mamá mejora. Nunca está dicha la última palabra. La salud, del mismo modo que la enfermedad, son estados transitorios; solo la muerte se mantiene siempre estable. Es tan extraño lo que hace que uno enferme como lo que determina la sanación. La ciencia efectiva y el personal de salud, Dios y la fuerza de la oración, o la magia y todo aquello a lo que uno apela cuando aparece la enfermedad, sean tal vez la energía para que el ser amado se recupere. No lo sé. La lenta recuperación de mamá es una lucecita lejana mientras camino temeroso por un campo oscuro y minado.
Llega la noche. Antes de la cena hago una videollamada con papá. Se ponen a mi lado Marcela y mis hijos; somos un cuadro vivo del amor y de la resistencia familiar frente al dolor que nos dividió. “Te amamos, viejo”, le digo. “Nosotros también”, responde papá. Cuando se percata de su fallido, de su nosotros, se emociona, nos emocionamos. El fantasma de mamá sobrevuela nuestro presente. Papá está solo, sin mamá, pero con mamá. Como para mí son papáymamá, para él es nosotros; como si ella estuviera a su lado; quizá esté, quién lo sabe.
Mañana estamos autorizados a visitarla. Me siento confundido; mis sensaciones son colores mezclados en una paleta. Ya no reconozco de qué color es lo que siento.
9
Suena el despertador. Salimos de la protección de la cama para sumergimos en la insegura mañana. Desayunamos y en media hora estamos listos para salir. Mientras mi mujer saca el auto del garaje me demoro buscando un CD. ¿Qué música puede ser oportuna para acompañarnos en la ruta que nos lleve hasta mamá internada? Opto por un disco de David Gilmour, Rattle That Lock.
Dejamos el conurbano y atravesamos la capital. Entre canciones, palabras y silencios, como flechas que apuntan a mamá, llegamos al sanatorio Obsba, en Acoyte y Rivadavia. Dejamos el auto a unas cuadras. Escalamos la rampa que conduce a la guardia. En la puerta, una mujer, personal de seguridad, nos toma la temperatura y los datos. “Vengo a ver a mi mamá, Mirtha Ventiere”, le digo, y cuando pronuncio el nombre de mi madre se me hace un nudo en la garganta. Los nombres son parte del alma de las personas. Nombrarla es atraerla, es recuperar una parte de esa mamá que ahora está ahí dentro, internada. Autorizados a pasar, avanzamos entre seres dolientes a la espera de un turno, de una sanación, o de una vida mejor. Las guardias de los hospitales y los cementerios representan el aspecto más trágico de la condición humana, sitio donde somos fatalmente conscientes de nuestro destino mortal que olvidamos distrayéndonos en tareas absurdas.
Subimos por el ascensor hasta el 5to piso. Recorremos el largo pasillo gris hasta llegar casi al fondo donde está la habitación 502. Empujo la pesada puerta. Dentro de la sala está lo que quedó de mamá luego de una semana de terapia intensiva. Me acerco ansioso y colmado de temor. Le doy un beso en la frente. Mamá abre los ojos desorbitados y enseguida los cierra con fuerza. Está muy desmejorada. No lo puedo creer. ¿Qué pasó? Quiero a la anterior. Quiero que me devuelvan a mi viejita en su mejor versión. ¿Cómo se rebobina la cinta del tiempo? ¿Quién podrá sacarnos de este lugar y trasladarnos al ayer, al patio familiar, a la vida con mamá entera y feliz? Me seco las lágrimas, me levanto un segundo el barbijo y le sonrió. Mamá delira, no sostiene la mirada. Los motivos de su demencia pueden ser varios, desde leves hasta graves. La falta de oxígeno es un virus que dañó su sistema operativo. Una mamá loca, aunque sea una locura transitoria, asusta. Es una diosa drogada. Desde la cama dirige un mundo alocado: Que el bacalao en escabeche para mi cumpleaños. Que debajo hay una caja con faroles para que me los lleve a no sé dónde. Que su abuela, que su papá, que esto y que aquello…
Camino por la habitación. Voy de un lado al otro de la cama. La contemplo. Observo los cables y los aparatos que la monitorean. Quisiera hallar la fuente de su dolor, unir, como diría Miguel Abuelo, las partes rotas del gran espejo interior y sanarla. Que recupere esa luminosidad que la definía. Cada tanto centellean lucecitas de cordura, retazos de la madre que tuve ayer. Pero pronto llegan las olas del delirio y se devoran todas las huellas de la mujer que fue. Y el sanatorio es un loquero, su casa, el patio de su infancia, otro planeta. En su memoria se desató una guerra de neuronas. Las ideas salen heridas, quemadas, moribundas. Pero entre las palabras maltrechas se abre paso una frase que nos conmueve:
“Vayan, acá hay mucha enfermedad
y ustedes son mi sanación”.
Envueltos en una atmosfera surrealista, bosquejada por un artista perverso que juega con la salud de mi madre, salimos de la habitación. Bajamos las escaleras, en silencio. Otra vez la calle. Nos subimos al auto. Mi cabeza es un pelotero donde niños medicados revolean ideas. Avanzamos hacia el Oeste, rumbo a nuestro hogar, pero un cordón umbilical, elástico e irrompible, me une al sanatorio, al dolor de mamá.
10
Se reinicia el ciclo de la vida: Despertar y levantarse. Desayuno. A las 7 de la mañana estoy listo para salir. Listo, es una manera de decir, nunca se está listo para visitar a una madre enferma. Elijo un CD de Charly García. Necesito Parte de la religión. Enciendo el motor y la música. Salgo. Recorro las calles del barrio envuelto en una atmosfera extraña mientras Charly canta:
Yo necesito tu amor.
Tu amor me salva y me sirve.
Yo necesito tu amor
cada día un poca más…
Tomo la autopista del Oeste. Se me impone la imagen de mamá, tal vez atraída por la canción, o por mi deseo de que se salve, porque sabe que yo necesito de su amor, de su presencia, un poco más. Manejo. Canto. Lloro. Estoy atento al tránsito pero me embisten recuerdos que no saben manejar. Quiero detenerme, pedirle los papeles. Pero los recuerdos no tienen seguro, te chocan y se escapan en la dirección del olvido. Entonces sigo, con la carrocería del alma destrozada.
Mientras maniobro torpemente entre dos autos, para estacionar, se van yendo los últimos acordes de “La ruta del tentempié”. Paso por el kiosco y compro una barrita de cereal y unas pastillas de miel y menta. Asciendo por la explanada que da a la guardia. Al costado del camino, un parquecito con el césped recién cortado desentona con el demacrado gris del edificio que se erige delante como el monumento al desasosiego. Almas no ascendidas, disfrazadas de gatos, recorren el jardín, maúllan, esperan su nuevo destino. En la entrada del sanatorio una cola de personas dolientes y la maldita burocracia. “Buen día”, me dice la empleada de seguridad. “Serán para usted, no para mí. No hay un buen día cuando una madre está internada”, pienso. Me toma la temperatura. Me riega las manos con alcohol. “¿A dónde se dirige?”. “Vengo a cuidar a mi madre, Mirtha Ventiere, está en la habitación 502”. Corrobora en un listado. Rezo para que su dedo índice nunca se detenga, pero enseguida se estaciona sobre el nombre de mi mamá y una vez más no puedo huir de la contundente realidad. Deja mi documento en un fichero, me entrega la credencial de cuidador, y me dice “adelante”. Adelante es mañana, futuro, pase, suba, cuide de su madre. Adelante es incertidumbre, espejismos, temor, esperanza agujereada.
Atravieso la guardia y el hall central. Tomo el ascensor. Subo. Subo al cielo del dolor. 5to piso. Camino por el largo pasillo gris. De un lado grandes ventanales con vista al cielo, a la calle, a la vida; del otro, las puertas de las habitaciones que dan al infierno de la enfermedad. Se escuchan llantos, quejas, voces, gritos, ruidos de máquinas y monitores. Llego a la habitación con el cartel 502. Empujo la pesada puerta, o la puerta que da a la existencia que más me pesa. Ingreso, despacio. Mamá mira hacia el cielo raso. “Hola, vieja”. “Hola, vieja”, repito, por si no me escuchó. Pero mi voz es un suspiro imperceptible. No sé qué hacer. Me quedo a su lado. La contemplo y lloro.
“Mamá”, la vuelvo a llamar. De pronto me mira y no. No es la mirada de mi mamá. Sus ojos están cubiertos de una neblina siniestra. Flota en el mar químico de quetiapina y gases intoxicantes. Habla en un dialecto olvidado. Suelta frases encriptadas. Balbuceos. Ronquidos. Quince días internada desordenaron los papeles de la realidad. La habitación se puebla de fantasmas, de muertos que la visitan, de cajas con faroles, de sombras, de cáncer, bacalao y murmullos descuidados. Habla sola. Habla con alguien. Me acerco. Le vuelvo a hablar. Pero mis palabras no tienen efecto, son el aliento de un insecto. Quizá yo sea un intruso en su pesadilla, un espíritu que la visita. Me siento en el sillón y escribo en mi celular. El tiempo se desprende de mi existir. Todo se vuelve grave, profundo, oscuro. Me desdoblo. Fluyo por la atemporalidad del malestar. Dudo también de la realidad. ¿Estaré despierto o aún en mi cama soñando que estoy al lado de mamá?
“¿Vos sos Pablo?”. “Sí”. “Anoche tu mamá pedía por vos”, me dice la enfermera mientras le repone el suero y le pasa la medicación. Se mueve con ligereza, sabe cómo manipular a su paciente. “En un rato regreso y la cambio”. La cambio, sí, cámbiela por la madre que tuve, por favor.
Mamá sigue a la enfermera con la mirada y cuando se encuentra con mi rostro sonríe. “Hola, hijo, ¿hace mucho que estás?”, dice y de pronto se rearma el mundo destrozado. Aprovecho el instante de lucidez para intentar el milagro de multiplicar los panes y los peces de los recuerdos. Navegamos por la historia que me precede y que nos une. Y me vuelve a contar de su alumnito del que sacó mi nombre: Pablito Cabulli, un pellirrojo que la volvía loca. Y de su trabajo en el Hospital Rivadavia, y la bomba de cobalto, y la pérdida del embarazo de mis hermanos mellizos. Un aborto espontáneo; y el otro, un raspaje. Estaba de 4 meses. Allí se divide su vida y la vida familiar. Luego de ese dolor llegarán mis tres hermanos menores, Hernán, Luis y Martín. Mamá recorre el pasado pero le cuesta regresar al presente. Intenta avanzar por una autopista atascada. La lucidez hace fuerzas, lucha contra las garras de la locura. Y me pide perdón por lo mal que se portó ayer. “No pasa nada, vieja. Tranquila”. ¿Pero de qué ayer me habla? ¿Qué debo perdonar?
Hay un presente superpoblado de incertidumbres que sigue desorientándome en la mañana sanatorial. Y mamá se angustia. Y llora. Y me angustio yo. Y me trago el llanto. La acaricio y se va calmando. Le hago masajes en las plantas de los pies. Pies que tanto anduvieron, que tanto recorrieron y que ahora están suspendidos, en pausa, jubilados del oficio de andar.
A nuestro alrededor, un mundo paralelo hecho de jeringas, suero y medicaciones, un laboratorio de emociones maltrechas, un aeropuerto de la vida y de la muerte. Aquí, como en un velatorio, el mundo, o mejor dicho mi mundo cobra nuevas significaciones. Sé que estoy vivo pero que puedo morir. Entonces me prometo cosas que no sé si cumpliré. Sobreviva o muera mamá, regresaré al afuera para encontrar mi equilibrio en la vorágine de los días, para disfrutar de la vida y no morir sin haber vivido lo mejor posible.
Escuela del dolor: Para alcanzar un poco de sabiduría no necesitamos enfermar, necesitamos saber que podemos enfermar.
11
Sumo otra noche sin poder dormir profundamente. En cuanto me acuesto la imagen de mamá recostada en la cama ortopédica comienza a flotar por la habitación. Cierro los ojos y sigue flotando dentro de mi cabeza. Y si duermo, flota en mis sueños y me despierta, como si pidiera ayuda, como si hubiera una forma de bajarla de esa atmosfera donde levita recostada en la cama ortopédica. Navega en el aire pero sin suficiente aire. Y yo no sé cómo hacer para bajarla de ese limbo enfermo y ayudarla a respirar.
Antes de salir elijo un CD. Silvio Rodríguez es una buena compañía. Enciendo el motor, pongo el disco y salgo. Avanzo por las calles de Castelar. Cruzo la avenida Vergara y tomo la autopista del Oeste. Mientras el poeta cubano canta, yo navego por el mar revuelto. Un camión me encierra. Un recuerdo me toca. Un auto me hace luces. La imagen de mamá me pasa, se pone delante, me guía. El cielo está tan poblado de nubes como el asfalto de automóviles; pero las nubes no luchan, conviven, juegan, se asocian, arman su rompecabezas. Paso el peaje de la autopista 25 de Mayo y a la altura de La medalla milagrosa el tráfico se pone más lento. Es una señal. ¿Estaré volviéndome loco? Aprovecho para hacerme la señal de la cruz. Levanto la cabeza. Miro a la virgen. Le pido por mamá. “Dios te salve María, llena eres de gracia…”, pero suspendo mi rezo cuando el tránsito arranca con su trastorno de ansiedad. Bajo en avenida La Plata. El disco sigue girando. Vuelvo a poner el tema “Cita con ángeles”. Estaciono sobre la avenida Avellaneda. Me pongo el barbijo. Tomo la matera. Me bajo del auto y camino en dirección al sanatorio mientras Silvio sigue sonando dentro de mi cabeza:
Pobres los ángeles urgentes
que nunca llegan a salvarnos
¿Será que son incompetentes
o que no hay forma de ayudarnos?
Me anuncio en la guardia. Una mujer carente de simpatía me toma la temperatura: “36 grados”, dice al aire. “¿A dónde se dirige?”, me pregunta. A cuidar a mi mamá, como antes ella cuidó de mí. Ahora es mi turno. Me autoriza. Cargo con el cartelito de cuidador. Y subo, una vez más. Mamá sigue en la habitación 502, en la cama A. Desde hace varios días, ese es, según ella, su nuevo planeta por donde desfilan extrañas figuras, alienígenas con guardapolvos, guantes, barbijos y anteojos, que le hablan y la examinan. Sobre el campo de su cuerpo suceden cosas que ella no comprende: Pinchazos, detonaciones, rayos, caricias, invasiones, mientras su mente se bambolea entre el ser y la nada, entre la cordura y el delirio. Por la noche llama a su padre y me llama a mí, me cuenta la enfermera. “Te quiero”. “¿Vos me querés?”. “Los quiero a todos, pero vos me das seguridad”, me dice. Es una niña encerrada en un cuerpo enorme y dañado. Va y viene del sueño a la vigilia, del ayer al hoy. Va y viene de la realidad a la ficción.
Me siento en el sillón. La habitación es un campo de exterminio de las razones. Contemplo a mamá y trastabilla mi equilibrio, mi bienestar, mi cordura, mi fe. Regresó de la muerte pero no está del todo viva. En la terapia intensiva le extirparon una parte de su ser más vital. Me cuenta que anoche la visitó su padre, mi abuelo Domingo. Pero no fue un rapto de locura ni un sueño. “Me visitó”, me asegura, mirándome fijamente a los ojos. Le creo. ¿Estaré enloqueciendo también yo? Mi abuelo le dijo que esté tranquila. Que respire. Que se quede un poco más. Que tiene una familia hermosa. Mi abuelo vino a decirle que aún no era su hora, y regresó al cielo o al paraíso. Le creo. No me importa ser parte de delirio compartido que nos envuelve, que nos engaña, que nos ofrece algún espejismo para velar el agujero del existir. Después de todo, quizá sea mejor cierta locura que estar cuerdo en esta cruel realidad.
Mamá me habla de mi niñez. Recolecto sus palabras, perlas preciosas, y las guardo en la caja fuerte de la memoria. Me cuenta, me vuelve a contar, del día que me confeccionó un piyama y unas chinelas haciendo juego para un desfile que se haría en el jardín de infantes. Pero que llegado el momento dije que no iba a desfilar porque yo iba al colegio a estudiar y no a hacer de payaso. Reímos juntos. Aprovecho de este minuto de cordura y me cuelo en su mente, abro la puerta que da al ayer, la tomo del brazo y salimos a caminar por las calles de los recuerdos. Me vuelve a contar lo bravo que era de niño, que cuando llegábamos a la plaza las otras mamás recogían a sus hijos o estaban atentas a que yo no les pegara. Volvemos al milagro de la risa compartida. Me cuenta, me vuelve a contar, cuando me escabullía silencioso en el patio de la casa y abría las puertas de los jaulones para liberar a los pájaros. Hay una foto en la que papá capturó ese instante del asalto a la cárcel de los canarios. Mamá relata con dulzura, un recuerdo, otro, saboreando las palabras. Sus ojitos claros y achinados se iluminan con el sol del pasado de esa mujer joven que recién metía los pies en la fuente de la vida. Pero la felicidad, lo sé, es efímera. Y se levanta una ráfaga de dolor que interrumpe el paseo por el ayer. Regresamos al presente, al adentro, a la habitación 502, a la cama A.
Cuidar a mamá. Mamá loca. Mamá niña. Mamá obesa. Mamá de emociones livianas. Mamá con sus luces y sus sombras. Mamá con pocos deseos. Mamá con muchas necesidades. Darle de comer. Cambiarla. Limpiarla. Pañales. Talco. Cremas. Desnudez. Olor a caca y pis mezclados con ácidos y medicamentos. Comida triturada. Emociones trituradas. Calidad de vida triturada. Todo artificial y naturalmente violento. Un volantazo brusco en la ruta de la vida donde los roles se trastocaron. Donde ella soy yo en el presente y yo soy ella en el ayer. Soy mamá; mamá es Pablito.
Salgo del sanatorio. Desando la mañana. Rebobino la cinta de las sensaciones. Camino rumbo al auto, rumbo a una tarde en la que tendré que andar con esta tremenda sensación de dejar a mamá detrás, internada. Enciendo el motor. Arranco. Avanzo. Lloro. Pienso. ¿Existo? Me voy agujereado. Mamá queda en las manos ajenas de la medicina. Soy un ángel sin Dios, desocupado, que no puede salvarla. Siento el fracaso en todo mi ser. ¿Será que soy incompetente o que no hay forma de ayudarla?
12
Nos levantamos a las 6 de la mañana. Desayunamos. Entre los mates cebamos palabras, suspiros, preguntas y silencios. Marcela perdió a sus padres en un accidente de tránsito hace más de 18 años. Yo estoy perdiendo a mamá, lentamente. ¿Qué es mejor? No lo sé. Debe ser muy duro una muerte repentina, en su caso dos muertes, pero ver a tu madre sufrir cada día es inaguantable. ¿Cómo sanarla? ¿Qué más se puede hacer? ¿De qué medicina, Dios, destino o lo que sea depende su recuperación? Una vez más me revuelco en el barro de la frustración.
Elijo un CD y salimos. Suena “Milonga del ángel”, de Astor Piazzolla. Viajamos envueltos en una atmósfera melancólica. Entre los silencios se asoman las preguntas esenciales, las que tienen que ver con la vida y con la muerte. Pero las respuestas están guardadas en los bolsillos de un perverso tacaño. Entonces nos abrazamos a la fe, aunque nos haya traicionado tantas veces. ¿Quién podrá sanar a mamá? Quizá exista ese ángel de la guarda, dulce compañía, que no desampare ni de noche ni de día, y que insufle con buenos aires su fuelle dañado y le permita bailar un tango más. Viajamos entre vacilaciones por un Buenos Aires caótico, pandémico y violento. Vamos por las calles, colgados de una añoranza anticipatoria, la de aquello que no se perdió pero que empieza a perderse.
Estacionamos cerca de la entrada. Subimos el Monte Calvario. Mamá está crucificada en la cama del 5to piso. En la guardia nos detienen los romanos para pedirnos los papeles de cuidadores. No niego a mamá, todo lo contrario, les aseguro que soy su hijo, que vengo a cuidarla. Lo afirmo tres veces, convencido. Finalmente nos dejan pasar. En el camino de la guardia no canta ningún gallo.
Empujo la puerta de la habitación 502. Dentro está mamá, dormida. Nos sentamos a sus pies, en el sillón de las compañías. Tomamos unos mates. Esperamos algún signo de vida, la palabra de un médico, un parte que presente un mejor mapa que este paisaje desolado.
El tiempo en la clínica se mide por goteo de suero. Gotas que caen en el reloj de arena de la enfermedad. Me levanto. Camino por el pequeño mundo de la habitación. Me asomo por la ventana que da a un cielo tímido, oculto detrás de edificios grises y desprolijos. Un quinto piso que se eleva por sobre la ciudad que ignora lo que pasa en esta habitación. Mamá sufre. Yo sufro. La familia sufre. En la misma habitación, en la cama B, sale una mujer y entra otra. Ambas internadas por consecuencia del estrés, una por un cuadro de desorientación, la otra por un ACV isquémico. Mujeres que sufren las erosiones del vivir o del malvivir ¿Quién lo sabe? ¿Cómo prever lo que sucederá? Se hace camino al andar, dijo el poeta. ¿Cuidarnos? ¿Cómo? ¿De qué manera? ¿Cuántas veces dialogué esto con mamá? ¿Cuánto veces intenté, intentamos con mis hermanos y papá para que no llegara este momento? Dietas. Terapias. Psicólogas. Psiquiatras. Nutricionistas. Medicamentos. Aceite de cannabis. Manochantas de la televisión. Palabras. Libros. Diálogos profundos. Frases. Mantras. Rezos. Enojos. Consejos. Placebos... Lo que fuera necesario para que se sintiera mejor, para que bajara de peso, para que no le doliera el cuerpo y la existencia. Pero en lo más profundo de su ser, una vivencia, un trauma no resuelto, un pensamiento, una hormona, algo oculto, una pieza que no encastró jamás, determinó que todo terminara desmoronándose.
Tal vez se aprenda a vivir en situaciones límites, cuando se está perdiendo la salud, la vida. ¿Deberíamos bordear la muerte como un ejercicio habitual? ¿Se aprende alguna vez a vivir o acaso la vida es todo el tiempo un ensayo? ¿Solo una crisis grave permite vislumbrar las verdades fundamentales? ¿Qué hay después del sufrir? No quiero pensar más. ¡Basta! Regreso sobre mis pasos. Mientras Marcela acaricia a mi madre, yo intento armonizar mi respiración.
Mamá duerme, químicamente. Cada tanto se sobresalta por los ruidos de las maquinarias de la medicina, por portazos, por voces y gritos que se imponen desde el pasillo gris, y por los fantasmas que abundan en su interior. Marcela se hunde en su celular y yo en la escritura. Suelto palabras, frases fragmentarias, letras sin hilo, subtítulos que intentan traducir esta película en un idioma que no puedo entender. Escribo para liberarme de mis miedos y obsesiones. Escribo sobre mi dolor del dolor de mamá.
Entra un médico. La revisa. Anota en una planilla. Le habla a una practicante. Nos dice que el epoc, que la neumonía, que el cuadro es grave, que la obesidad, que quizá esto, aquello o lo otro. Nada cierra. Deja ventanas abiertas que dan a un paisaje nublado. Mamá duerme profundamente, facilita que caminen por su cuerpo, que se muevan por la tierra de su ser. Se va el médico y la practicante. Entra la enfermera. Repone la bolsa del alimento, una suerte de puré líquido. Verifica que el suero baje bien y que la orina no esté desbordada. Y se va. Todo controlado. Nada resuelto.
Fuimos testigos silenciosos de su reposo fingido, de su descansar medicado. Doce del mediodía. Dentro de unos minutos llegará mi hermano Luis, después Martín, y más tarde Mary o Silvia, las cuidadoras de la noche. Dejamos el sanatorio pero no a mamá, que sigue acostada en la habitación de mi memoria. Detrás y dentro, mamá. Delante, mi jornada laboral bajo un volcán amenazante. El sol me encandila. Percibo el mundo que me rodea tambaleante y opaco. Las cosas mínimas me resultan tan milagrosas como extrañas. No es la primera vez que tengo esta vivencia. La vida es una ruleta rusa, un teatro absurdo, un invento fallado, una jugarreta de un dios sarcástico. Avanzo lleno de temores e inseguridades. Tomo la mano de mi mujer, mi única certeza.
Darmowy fragment się skończył.