Czytaj książkę: «Tristes. Pónticas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 165
OVIDIO
TRISTES * PÓNTICAS
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
JOSÉ GONZÁLEZ VÁZQUEZ

EDITORIAL GREDOS
Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por VICENTE CRISTÓBAL y EULOGIO F. BAEZA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO271
ISBN 9788424932008.
INTRODUCCIÓN
1. EL DESTIERRO DE OVIDIO
Al abordar en este volumen la casi totalidad de la producción poética del destierro de Ovidio, nos ha parecido obligado comenzar nuestra introducción refiriéndonos al hecho mismo del destierro del poeta, que tanto ha dado que hablar a la crítica de todos los tiempos y sobre el que no se ha dicho aún la última palabra 1 .
A finales del año 8 de nuestra era cristiana, cuando se encontraba en la isla de Elba, caía sobre Ovidio una inexorable sentencia dictada por Augusto que le condenaba a abandonar Roma y a trasladarse a Tomos, la actual Constanza, en la costa rumana de Dobrucha, la ribera occidental del Mar Negro. Dura condena por cuanto significaba de abandono de la patria y de los seres queridos, así como por las duras condiciones climáticas y de vida del lugar al que se le relegaba: el gélido país de los getas, hombres absolutamente extraños a los romanos por todos los conceptos, es decir, unos auténticos bárbaros.
Ovidio regresa de Elba a Roma, pasa allí su última noche en compañía de su familia y amigos más allegados y al amanecer emprende el camino del destierro, de donde no habría de regresar nunca más. Contaba por entonces el poeta 52 años de edad.
1.1. Causas del destierro
Y bien, ¿cuáles fueron los verdaderos motivos de tan dura e inesperada condena?
Es ésta una de las cuestiones más debatidas de cuantas se refieren a los escritores latinos y que tanto la Antigüedad como el propio Ovidio dejaron envueltos para siempre en el más recóndito de los misterios. En efecto, tal y como dice F. Della Corte 2 , «no estamos en condiciones de resolver el misterio de los motivos por los que Ovidio fue relegado a Tomos». No se nos antoja una mera casualidad que John C. Thibault haya titulado su estudio sobre el particular «The mystery of Ovid’s exile». Y es que parece como si nuestro poeta hubiera querido correr una cortina de humo sobre el tema 3 . Pues, si bien es abordado en casi todos sus poemas del destierro, lo hace Ovidio con un cierto halo de misterio, sin desvelar nunca el secreto y dándolo por sabido, como de hecho debió de ser para sus contemporáneos 4 .
Desgraciadamente, nuestro largo estudio de los poemas del destierro no nos ha aportado nada nuevo a la incansable búsqueda a la que, por otra parte, las mentes más lúcidas y las imaginaciones más fantasiosas han dedicado todo su esfuerzo durante siglos. Y es que el misterio que rodea la condena de Ovidio, de no mediar algún descubrimiento inesperado, parece realmente avocado a quedar sin desvelar para siempre.
Hay quien piensa que la condena de Augusto se debió más a una medida de precaución que a un crimen o delito concreto cometido por el poeta, ya que no medió proceso condenatorio oficial alguno.
Ahora bien, aun en el supuesto de que esto fuera así, habría que pensar en una o varias razones que indujeran al Emperador a tomar dicha medida. Y ahí es donde la crítica de todos los tiempos se ha torturado y lo sigue haciendo en su intento de clarificar la cuestión. El propio poeta alude constantemente en su producción del destierro a las causas de la condena, pero, cuanto más lo hace, más impreciso, misterioso y oscuro resulta.
Con dos palabras nos define Ovidio los motivos de su condena: carmen et error 5 , «un poema y una equivocación». Respecto al poema, parece haber acuerdo unánime en que se refiere a su Arte de amar, sobre el que, al parecer, descargó el Emperador toda su severidad, a tenor de las referencias del propio poeta y de otros autores antiguos 6 . Augusto, restaurador de la moralidad pública romana, no podía dejar de castigar al autor de una obra con la que se convertía en maestro del adulterio y de la obscenidad: «Se me acusa de haberme convertido en maestro del impúdico adulterio» 7 . En efecto, la moderna crítica coincide en interpretar que con esta afirmación Ovidio se revela como el primer y único poeta que permanece básicamente ajeno a los ideales de la restauración políticomoral de Augusto. Y ello en toda su poesía erótica, pero muy especialmente en su Arte de amar, que representaba la negación de los valores morales defendidos por el Príncipe y difundidos por la propaganda imperial y por las Leyes Julias sobre el matrimonio.
Conviene subrayar, a este respecto, que Ovidio es un poeta con una actitud marcadamente liberal, reflejo de la atmósfera de libertad que se respiraba en el Círculo de Mesala, y bastante indiferente a las preocupaciones políticas de Augusto. Esto debió de influir en que las relaciones entre Augusto y Ovidio no fueran nunca demasiado cordiales y en el hecho de que el Emperador desistiera de atraerse a su lado al poeta más brillante de la segunda generación de escritores augústeos, como antes lo había hecho con Virgilio y Horacio, por ejemplo. Será sólo al final de su vida, en sus poemas del destierro, y por razones obvias, cuando Ovidio se comportará como un poeta de corte, con abiertas lisonjas y adulaciones al Emperador y a su familia 8 .
Hay, sin embargo, quienes piensan que la condena del Arte de amar no fue más que un pretexto para disimular la verdadera causa de la condena del poeta, que habría que buscar más bien en ese error o equivocación fatal que él mismo lamenta tantas veces. El propio poeta nos da pie a pensarlo:
No hay ninguna culpa en tu Arte.
Pero ¡ojalá puedas defenderte!
Tú sabes que lo otro que te perjudicó es más grave 9 .
Ese otro motivo, que parece que fue lo que en realidad le llevó al destierro, debía permanecer en silencio 10 , por cuanto su revelación —en palabras del propio poeta— volvía a ofender al Emperador, si bien en Roma debía de ser un secreto a voces 11 . ¿De qué se trataba?
Ovidio repite insistentemente que se trataba de un «error», de una «equivocación» cometida por él, sin intencionalidad o maldad alguna 12 . En efecto, el poeta habla de una «falta» (culpa), que no llega a ser «delito» (scelus, facinus), debida más a su ingenuidad (simplicitas) o necedad (stultitia) que a una acción consciente o premeditada. Incluso llega a decirnos que su equivocación había consistido en «contemplar algo», «haber visto algo» que no debía 13 y que ofendió al Emperador. Pero no dice más. De ahí la infinidad de teorías surgidas al respecto, que han tratado de explicar el motivo del destierro de Ovidio de las formas más diversas. Permítasenos enumerar, simplemente, las más importantes 14 .
1) El poeta, sin pretenderlo, habría contemplado a Livia mientras se bañaba en su piscina 15 .
2) Ovidio se habría presentado en casa de Augusto en el momento en que éste, informado del desastre de Varo, se encontraba bajo un ataque de cólera tan grotesco que el poeta lo ridiculizaría en epigramas de circulación clandestina 16 .
3) Ovidio habría descubierto fortuitamente el incesto del Emperador con su hija Julia 17 .
4) Ovidio habría sido testigo del adulterio de Julia, hija de Augusto, e incluso lo habría favorecido 18 .
5) Habría sido testigo y habría propiciado el escandaloso adulterio de Julia Minor, nieta del Emperador 19 .
6) Ovidio habría conspirado con Fabio Máximo para devolver el derecho de sucesión imperial a Agripa Postumo, nieto de Augusto y relegado por éste a la isla Planasia 20 .
7) El poeta habría entrado en el recinto donde se celebraba una ceremonia sagrada en honor de Isis o la Buena Diosa, reservada a mujeres, donde pudo también haber contemplado desnuda a Livia 21 .
8) Ovidio habría asistido a una sesión de adivinación prohibida de antemano. Esto vendría agravado por el hecho de que el poeta hubiera pertenecido a uno de los círculos neopitagóricos tan en boga en su tiempo 22 .
9) Nuestro poeta habría frecuentado determinados círculos de oposición al Emperador, como el de Fabio Máximo 23 .
Sin entrar a discutir y valorar todas y cada una de las razones que se han aducido e imaginado, señalemos que las más esgrimidas por los diversos autores se pueden reducir a los tres grupos siguientes: razones de tipo moral, de carácter político y de orden religioso.
Por lo que a las razones de carácter moral se refiere, consistirían en la contemplación por parte de Ovidio de alguna escena humillante para Augusto o para Livia. O, como parece bastante más probable, en su complicidad en la conducta escandalosa de alguna de las dos Julias, la hija o la nieta del Emperador. A la primera, Julia maior, se la habría relacionado con la Corina de los Amores de Ovidio 24 . Pero resulta muy difícil de admitir esta opinión, dado el espacio de tiempo tan enorme que transcurre entre la publicación de los Amores —alrededor del 20 a. C.— y el momento en que se condena al poeta —el 8 d. C.—. Más plausible resulta la idea de relacionar la condena de Ovidio con Julia minor, la nieta de Augusto, que era condenada por éste al destierro el mismo año que el poeta, debido a su conducta escandalosa, conducta que Augusto relacionaría con el Arte de amar.
Las razones de tipo político están relacionadas todas ellas directa o indirectamente con los grupos de oposición a la política imperial o con el grave problema planteado en torno a la sucesión a Augusto. En casi todas las teorías que esgrimen este móvil político como causa de la condena de Ovidio desempeñan papel importante personajes políticos como Fabio Máximo o como el nieto de Augusto, Agripa Póstumo. Se trataría, pues, de que Ovidio hubiera participado con Fabio Máximo en algún tipo de operación política en favor de Agripa Postumo, condenado por su abuelo al destierro, o de Germánico. O bien se pudo tratar de la participación del poeta en alguna otra conjura política contra Augusto, o por el simple hecho de haber caído en desgracia ante el Emperador por cualquier actuación suya particular unida a su fama de poeta licencioso.
Por último, las razones de orden religioso esgrimidas aluden a la revelación o profanación de los misterios eleusinos o de los cultos en honor de Isis o de la Buena Diosa, a su participación en alguna sesión adivinatoria en torno al problema de la sucesión de Augusto o a su participación en algún grupo neopitagórico o rito órfico 25 .
Digamos, para concluir, que lo que nos parece más probable es que Ovidio, al resultar descubierto en alguna reunión vedada o por haber presenciado algo que no debía, más de orden político, quizás, que privado, es por lo que fue condenado por el Emperador, sirviendo de pretexto oficial u oficioso su autoría del Arte de amar, así como su conducta privada un tanto licenciosa e implicada en los numerosos escándalos de la familia imperial. En concreto, el pretexto bien pudo ser una reunión celebrada en casa de Fabio Máximo, conocido por su oposición a Tiberio. Dicha reunión estaría motivada por móviles dinásticos tendentes a propiciar una descendencia a Augusto por parte de Julia o de Agripa Postumo en detrimento de las aspiraciones de Tiberio y Livia, lo que exasperaría a estos últimos, quienes, acogiéndose al pretexto de algún motivo de escándalo o falta grave inherente a dicha reunión, conseguirían la condena de los asistentes a la misma. El motivo bien pudo ser el tinte neopitagórico de todos o de muchos de los asistentes. Bien sabido es cómo el neopitagorismo apelaba a una metafísica revolucionaria que minaba hasta sus fundamentos la religión de los antepasados, que Augusto tanto se esforzaba por renovar y rehabilitar.
En definitiva, vemos que en cualquier caso debió de ser más bien un conjunto o cúmulo de razones de diverso orden lo que debió de motivar el castigo de Ovidio. Por otro lado, parece también muy probable que en la condena de nuestro poeta intervinieran la intrigante Livia y su hijo Tiberio, lo que explicaría la confianza con que Ovidio parece dirigirse en sus poemas a Augusto y Germánico, frente a la desconfianza con que, por el contrario, alude a madre e hijo.
Mejor suerte hemos tenido con los datos relativos al castigo mismo, así como con todo lo que se refiere al hecho mismo de su partida y a las condiciones de vida en el lugar de confinamiento, pues contamos con numerosos datos autobiográficos del poeta a este respecto, especialmente el libro I de las Tristes, que nos cuenta las peripecias de su viaje desde que sale de Roma hasta llegar a Tomos.
1.2. El castigo
Por lo que se refiere al castigo propiamente dicho, hay que comenzar diciendo que se le condena por un proceso secreto, del que sólo se conoce la sentencia, con la intervención exclusiva y personal de Augusto, sin la participación del Senado ni de juez alguno 26 . Esto ha hecho pensar que hubiera por medio algún escándalo en relación con algún miembro de la familia imperial (piénsese, por ejemplo, en Julia) y que se intentara ocultar el asunto.
En cuanto al delito cometido por Ovidio, a decir del jurista Ulpiano, parece que se trató de un delito de lesa majestad, consistente en una ofensa al Emperador o a la familia imperial, el delito más cercano al sacrilegio, y que hubiera podido ser castigado incluso con la pena capital. De ahí que el poeta agradezca al Emperador el que le hubiese conservado la vida 27 , sus bienes 28 y demás derechos ciudadanos 29 . Nos consta, además, que a Ovidio no se le prohibió recibir honores en el lugar de relegación ni se le quitó el derecho a recibir sepultura en su patria. En este sentido, recibió el tipo de castigo más suave que cabía 30 . Lo más duro fue el lugar señalado para su confinamiento, así como el tono severo de las palabras empleadas en el edicto imperial 31 .
Por otra parte, hay que recordar que el decreto imperial condenaba tanto al hombre como a su obra. Su Arte de amar era prohibido y retirado de las bibliotecas públicas de Roma 32 , mientras el poeta era relegado por tiempo indefinido a Tomos, lo que conllevaba la prohibición de ausentarse de dicho lugar sin una autorización expresa y especial del Emperador. Por el contrario, como ya hemos dicho, el condenado no perdía sus bienes ni sus demás derechos de ciudadano romano. No se trató, pues, de un exilio o destierro propiamente dicho, ni tan siquiera de una deportación, sino de una relegación 33 , es decir, un confinamiento a un lugar apartado. Y es, precisamente, el apartamiento o alejamiento lo más característico de la pena de Ovidio: se le relega a un lugar muy lejano, en los mismos confines del Imperio, situado en una zona fronteriza, poco segura, muy poco romanizada y, por tanto, muy bárbara, peligrosa y extraña.
Podríamos, pues, decir para concluir este apartado, que si bien Ovidio recibe el castigo más suave que cabía para su delito, en atención tal vez a las circunstancias atenuantes que rodearon su culpa, tanto por la catalogación del delito como de lesa majestad, como por el lugar que se le asigna, recibe una pena excesivamente severa, en cambio, en relación con la presunta culpabilidad del poeta.
Pero el castigo fue duro, sobre todo, por lo inesperado del mismo y por las características personales del condenado. En efecto, Ovidio, hombre a quien había sonreído hasta entonces la vida con sus placeres y sus éxitos y que era un profundo amante de la libertad, se ve sorprendido de golpe por una condena que supone para él toda una metamorfosis, una profunda transformación vital, como el propio poeta comenta:
Yo te encargo que les digas que entre esas metamorfosis
se puede incluir el rostro de mi fortuna,
pues ésta tornóse de pronto diferente de la anterior:
deplorable hoy, en otro tiempo fue favorable 34 .
Y es que, como muy bien comenta Bouynot 35 , si había alguien en Roma que, por su vida, temperamento y obra, fuera lo más opuesto a las condiciones de un relegado, ése era Ovidio: hombre de grandes éxitos literarios y mundanos, a quien la vida sonreía en todos sus aspectos, de la noche a la mañana se ve privado de todo o casi todo:
Se opusieron los hados, los cuales, aunque me concedieron unos primeros tiempos dichosos, me hacen gravosos los últimos 36 .
De la melancólica reflexión del poeta sobre el profundo y terrible cambio experimentado en su vida, surge esa dolorosa constatación de que en sí mismo se ha cumplido la transformación que él había cantado a propósito de otros:
Y esto, otrora inferido de la historia del pasado,
me es ahora conocido como verdadero por mis propias
[desgracias 37 .
Y es que el destierro supuso para Ovidio la negación de todo lo que había rodeado su vida durante los cincuenta y dos años con que contaba. Es importante tener esto en cuenta a la hora de entender y valorar la poesía ovidiana del destierro: el poeta había sufrido un golpe de rayo del que no se recuperaría ya nunca más:
Me quedé pasmado de la misma manera que aquel que,
herido por el rayo de Júpiter, sigue con vida,
aunque ni él mismo tiene conciencia de su propia vida 38 .
Como decíamos al comienzo, el edicto condenatorio de Augusto sorprendió a Ovidio en la isla de Elba en compañía de su amigo Máximo Cota 39 . Regresa inmediatamente a Roma, pasa allí su última noche en casa, en compañía de su esposa, familiares más allegados y amigos más íntimos, y al amanecer del día siguiente emprende el camino del exilio. Parece que fue en los últimos días del año 8 de nuestra era cuando el poeta abandonó Roma 40 .
El viaje, que tenemos descrito en el libro I de las Tristes 41 , es largo y duro. No podía ser menos al tener que atravesar el Adriático, el Mar Egeo y el Mar Negro en pleno invierno, estación en la que son frecuentes los temporales, que retrasarían la travesía. Parece que debió de embarcar en Brindis hasta el Golfo de Corinto, desde donde atravesaría a pie el Istmo, para después reembarcar en Quéncrea hasta las costas del Mar Negro, si bien diversos temporales le obligaron a desembarcar en Samotracia y luego en Tracia. Allí permanecería el resto del invierno, debido a la imposibilidad material de transitar por ella durante esa época del año. Desde allí, ya en la primavera del 9, se dirigiría a pie hasta Tomos. Para una exposición más detallada del viaje, cf. nuestra introducción a la elegía 10.a del libro I de las Tristes.
1.3. El lugar del destierro.
La ciudad de Tomos, lugar asignado a Ovidio para su relegación, se hallaba en la provincia romana de la Mesia, en la actual Rumania, en los mismos confines del Danubio, límite que Augusto se había fijado como frontera del Imperio. Siguiendo el curso del Danubio, en su margen derecha, estaban las provincias de Recia, Nórico, Panonia, Dalmacia, y Mesia, permaneciendo como independiente Tracia, en la actual Bulgaria. Por su parte, en la margen izquierda del río, había una serie de pueblos que amenazaban continuamente la seguridad de las fronteras: los jáziges, los getas, los sármatas y los bastarnas.
Tomos, la actual Constanza, era una colonia griega, una más de las muchas que los jonios de Mileto habían fundado hacia el siglo VII a. C. y convertida después en vasalla de los romanos, a fin de obtener protección de éstos contra los constantes ataques de los pueblos bárbaros. Pero, aunque se trataba de una colonia griega, al parecer, el elemento heleno estaba bastante desdibujado entre los indígenas.
Era Tomos la metrópoli o ciudad más famosa de la margen occidental del Mar Negro o Escitia Menor. Junto con Histro, Calatis, Dionisópolis y Odeso, formaba la Pentápolis o federación de estas cinco colonias griegas que habían unido sus fuerzas para defenderse de las amenazas de los bárbaros. Posteriormente, ya en época romana, constituirían la Hexápolis con la unión de Mesembria.
La vida en Tomos debía de ser bastante dura, especialmente para alguien llegado de Roma, y más para un hombre del talante y modos de vida de Ovidio. Lo primero que llama la atención del poeta es el paisaje desértico, tan distinto del de su Italia natal: una auténtica estepa diezmada por el frío y el hielo, en la que no hay árboles ni flores, ni siquiera agua potable, pues la que hay es salobre. ¡Qué diferencia con las fuentes de Roma! Pero lo más duro allí es el invierno, con sus hielos duraderos y con continuas nevadas, durante el cual escasean los alimentos. Y si bien es cierto que, por lo que a la descripción del clima se refiere, es muy probable que Ovidio se dejara llevar más por los tópicos antiguos relativos al frío de Escitia que por la auténtica realidad, pues, dentro del frío característico de esa región, el litoral rumano del Mar Negro gozaba de una de las temperaturas más suaves, que debían de distar bastante de las nieves eternas de que nos habla Ovidio 42 . No obstante, la dureza de su clima es innegable, y más para un mediterráneo.
Por lo que a sus habitantes se refiere, a decir del poeta, eran gentes semibárbaras, incultas, hostiles a los romanos, y de aspecto bastante desaliñado y fiero; al menos, así se lo parecía al delicado y elegante poeta del amor romano, sobre todo en sus primeros poemas, pues se aprecia claramente en la producción del destierro una acusada evolución en la consideración que al poeta merecen los habitantes de Tomos, así como en las relaciones que con ellos mantiene. Al principio, encontramos en Ovidio una visión muy negativa y unos juicios bastante duros acerca de los tomitas 43 , y sus relaciones con ellos debieron de ser casi nulas, mientras que, con el transcurso del tiempo, la opinión del poeta cambia notablemente e incluso llega a mantener con ellos buenas y en ocasiones hasta cordiales relaciones 44 .
Por otra parte, su emplazamiento, en plena frontera del Imperio con los pueblos bárbaros, puede apoyar los datos de Ovidio relativos a las amenazas por los continuos ataques de dichos pueblos, especialmente de los getas y sármatas, que impedían el normal desarrollo de la vida 45 , si bien pueden resultar exageradas algunas de las afirmaciones ovidianas 46 .
Por lo que se refiere a la vida del poeta en Tomos, poco es lo que sabemos, sobre todo de sus primeros años pasados allí, que debieron de ser los más duros, por lo que supusieron de dificultad y sufrimiento en su adaptación a aquel nuevo estilo de vida, en unas condiciones realmente difíciles y en un país adverso 47 . Los primeros años de su estancia en Tomos nos los pinta Ovidio con tristes palabras, que, sin duda alguna, están intencionadamente exageradas por el poeta 48 . Sin embargo, en la parte final de sus elegías del destierro, en especial en sus Pónticas, Ovidio nos da a entender que las condiciones de su vida en Tomos han cambiado sustancialmente, sobre todo por lo que se refiere a las mutuas relaciones entre el poeta romano, los habitantes del lugar y de las poblaciones cercanas.
A pesar de todo, la soledad y el clima de aquella región fueron desgastando el cuerpo y el alma del poeta de Sulmona, acostumbrado a la vida muelle, entretenida y pacífica de la Roma de su época. Todo lo intentó para obtener el perdón del Emperador, y en verdad que, a decir del propio Ovidio, estuvo muy cerca de conseguirlo, gracias a la influencia de Fabio Máximo ante Augusto 49 . Pero la muerte casi simultánea de ambos, de Fabio y de Augusto, dio al traste con las esperanzas que todavía albergaba el poeta de poder regresar a morir en Roma. Con Tiberio, cuyos triunfos 50 y valor 51 celebra Ovidio, así como con Livia, a quien él llama «la Vesta de las castas matronas romanas» 52 , sabía bien el poeta que podía abrigar muy pocas esperanzas, lo que viene a confirmar su participación o intervención directa en la condena, así como que el móvil principal de la misma debió de ser algo relacionado con la política sucesoria de Augusto y los intereses de su esposa e hijastro. Y, aunque al final de su obra se dirige sobre todo a Germánico 53 , como su última posibilidad de salvación, le sobrevino antes la muerte, a principios del 18 d. C., tras nueve años de exilio.
Mucho se ha discutido acerca del grado de veracidad de los datos que Ovidio nos suministra sobre las condiciones de vida y sobre los habitantes de Tomos 54 . ¿Qué podemos decir al respecto?
Hay que comenzar diciendo que los romanos son bastante malos conocedores de la geografía: la aprendían fundamentalmente sobre los textos poéticos, llenos de clichés y tópicos sobre el particular. En este sentido, la visión que Ovidio tenía de Tomos en concreto y del Ponto en general estaba basada en buena medida en las leyendas poéticas que giraban en torno a aquellas regiones (por ejemplo, las leyendas sobre Orfeo y Dioniso), leyendas que ofrecían todas ellas un aspecto primitivo y salvaje de aquellas tierras y de sus habitantes. Era, pues, una visión mucho más legendaria y poética que real. Cuando esta visión se enfrentó con la realidad, lo primero que debió de llamar su atención, como comentábamos antes, fue el tremendo contraste con el paisaje, clima y habitantes de Roma, en especial con los de los círculos en los que Ovidio había vivido. Aquello era el polo opuesto de lo que había rodeado su vida hasta entonces. En este sentido, el impacto en el espíritu del poeta debió de ser terrible, y no son de extrañar, en este sentido, las posibles exageraciones en sus juicios al respecto. Pero, en líneas generales, hay que decir que los datos que poseemos sobre el particular procedentes de otras fuentes vienen a dar en buena medida la razón a nuestro poeta 55 .
2. LAS ELEGÍAS DEL DESTIERRO
La producción elegíaca de Ovidio perteneciente a la época del destierro forma un bloque bastante homogéneo, compuesto de cinco libros de Tristes y cuatro de Cartas desde el Ponto. Ambas obras son muy similares: poemas elegíacos en forma de cartas, cuyo contenido no es otro que el lamento reiterado por la desgraciada situación en que se encuentra el poeta; aunque difieren en pequeños detalles, como es el que en las Pónticas se citan los nombres de los destinatarios de las epístolas, cosa que no ocurre en las Tristes. Por lo demás, en general se ha tendido a ver en las Tristes una obra de valor literario superior a las Pónticas.
Las Tristes fueron compuestas entre los años 8 y 12 de nuestra era, es decir, entre finales del 8, fecha en la que abandona Roma, y los tres o cuatro primeros años de exilio. El libro I y una parte del II fueron compuestos durante su largo viaje desde Roma a Tomos, es decir, durante el invierno del 8 al 9. El resto del libro II fue compuesto durante el verano-otoño del 9, fecha en la que fue enviado por el poeta a Roma. Desde el 9 al 12 aparecen los otros tres libros, siguiendo probablemente el siguiente calendario: antes de la primavera del 10, el libro III; en la primavera-verano del 11, aparece el IV; y durante el invierno del 11 al 12, el V.
Los cuatro libros de Cartas desde el Ponto aparecen entre los años 12 y 16. El IV aparece en edición postuma y se ha pensado que muy probablemente Ovidio pensara en completar cinco libros, al igual que en las Tristes. Se repiten en ellas los mismos temas de las Tristes, con el mismo tono quejumbroso y las mismas súplicas, si cabe más desesperadas, a su esposa y amigos, llenas de humillantes lisonjas al Emperador y a su familia; aunque, tal vez, por ir dirigidas a destinatarios concretos, tanto desde el punto de vista biográfico, como por sus aspectos históricos y culturales, muchas de estas elegías revisten un cierto interés.
En total, Ovidio escribe desde el destierro cincuenta elegías de Tristes y cuarenta y seis epístolas de Pónticas. Todo ese conjunto de más de seis mil seiscientos versos constituye un gran treno o canto de dolor, con dos temas fundamentales: petición de ayuda a su esposa y amigos y súplicas al Emperador para obtener su perdón.
En cuanto a los destinatarios de estos poemas, hemos de distinguir, como acabamos de decir, entre las Tristes y las Pónticas. Las primeras están dirigidas, ante todo, a Fabia, la tercera esposa de Ovidio, a quien dedica seis elegías 56 : se observa en ellas un tono afectuoso y sincero, si bien excesivamente pragmático, pensando siempre en la ayuda que Fabia le puede prestar. En este sentido, no encontramos piezas que destaquen por su sentimiento o lirismo puramente amoroso. En cuanto a los demás destinatarios que cabe identificar, citemos a Curcio Ático, Caro, Celso, Julio Higino, Valerio Mesala Mesalino y su hermano Aurelio Máximo Cota, todos ellos amigos del poeta. Otro grupo de elegías están dirigidas a enemigos personales más o menos difíciles de identificar. Es de destacar la extensa elegía que constituye todo el libro II, dirigida a Augusto.
Por su parte, las Pónticas tienen como destinatarios, además de su esposa, a miembros ilustres de la nobleza romana, escritores amigos o enemigos de Ovidio y políticos más o menos alineados en el movimiento de oposición al régimen de Augusto.
Por lo que se refiere a su interés o valoración global, hay que decir que, si bien con demasiada frecuencia se ha formulado a la producción ovidiana del destierro el reproche de monotonía y reiteración, en muchos poemas encontramos un verdadero sentimiento de patetismo y una elevada dosis de lirismo. Es más, se puede decir con M. Dolç que estamos ante un «verdadero monumento del dolor» y que constituye «el más complejo poema de que pueda enorgullecerse la literatura del llanto» 57 .
2.1. El género literario y sus fuentes
La producción ovidiana del destierro —nos referimos, claro está, a Tristes y Pónticas — pertenece, tanto por su forma como por su contenido, al género elegiaco. En cuanto a la forma, estamos ante poemas escritos en dísticos elegiacos. Y, por lo que al contenido se refiere, el denominador común de las dos grandes colecciones del exilio no es otro que la queja reiterada por su situación desesperada en Tomos, la súplica por la mejora de su suerte y el recuerdo dolorido de la felicidad anterior y de los seres queridos dejados en la urbe. Nos hallamos, pues, obviamente, ante poesía elegíaca, género poético que ya había cultivado nuestro poeta en los Amores y en las Heroidas.
Ahora bien, como muy acertadamente observa E. Bickel 58 , la poesía elegíaca de Ovidio presenta en el aspecto formal «un cuadro muy abigarrado». Concretamente, por lo que a la producción del destierro se refiere, al igual que había ocurrido anteriormente en las Heroidas, la elegía ovidiana aparece mezclada con otro género, la carta literaria. Al igual que las Heroidas, las Tristes y las Pónticas están compuestas en forma de cartas en verso, estrechamente emparentadas con la carta privada, con la diferencia, como ya hemos apuntado más arriba, de que, mientras que en las Pónticas aparecen mencionados los destinatarios de las mismas, en las Tristes, en cambio, se omiten tales nombres. Y es, precisamente, en dicha fusión de los géneros elegíaco y epistolar en la que reside buena parte de la originalidad de estos poemas. En tanto que cartas, ofrecen una serie de informaciones muy variadas: sobre el paisaje, el clima, la vida y costumbres de la región del Ponto, la actividad militar en aquella zona fronteriza del Imperio y, sobre todo, en torno a la vida, afectos y pensamientos de nuestro poeta durante su destierro. Información que resulta tanto más interesante cuanto que nos es proporcionada a través de la experiencia vital de Ovidio.
Esa mezcla de temas tan variados, en los que se combinan las experiencias y vivencias más personales con la realidad hace que en los poemas del destierro aparezcan fundidos elementos formales, lingüísticos y estilísticos propios de diversos géneros literarios, constituyendo ello, asimismo, un rasgo muy característico y original de dichos poemas. De este modo, aunque las Tristes y las Pónticas pertenecen, fundamentalmente, al género elegíaco y epistolar, contienen también mucho del narrativo y descriptivo, que, en ocasiones, se asemeja a la poesía didáctica y otras más bien parece un poema épico. Igualmente, hay pasajes que recuerdan mucho la oratoria, la sátira y la misma tragedia, sin que falten numerosos ejemplos de auténticas piezas líricas 59 .
En cuanto a las fuentes de estos poemas, Ovidio, como todo buen escritor de la Antigüedad Clásica, practica el principio de la mimesis o imitación de los grandes escritores que le habían precedido.
En primer lugar, hay que decir que, si bien la elegía es uno de los géneros literarios más antiguos de la literatura griega y que su vehículo de expresión característico, es decir, el dístico elegíaco, estaba ya acuñado seis o siete siglos antes de Ovidio, es en la literatura griega más cercana a él, concretamente en los poetas alejandrinos, donde hay que buscar los primeros antecedentes de la elegía ovidiana del destierro. Posiblemente, su imitación no se haga de un modo directo, sino indirectamente a través de la fuerte presencia griega en la literatura latina: así, a través de Virgilio estará presente Homero, a través de Horacio Píndaro y de Catulo, los poetas alejandrinos, de los que podríamos destacar a Calimaco y Filetas. Alejandrinos son recursos como el catálogo o el epilion, ampliamente utilizados por Ovidio en estos poemas 60 . Notable es, asimismo, el influjo de los grandes trágicos griegos en estas elegías del destierro: al fin y al cabo, el planteamiento último de las mismas es el de una lucha trágica por parte del poeta contra las adversidades de su destino, bellamente representado por la recurrente imagen de la nave que lucha por sobrevivir en medio de la tempestad 61 .
Pero si la elegía no es un género creado por los romanos, sí ha sido marcado y conformado por ellos con bastante originalidad, en especial por los grandes elegiacos del siglo I a. C. Y es que la elegía adquirió pronto en Roma características propias con nuevos y originales acentos: en las elegías de Catulo, Galo, Propercio, Tibulo y Ovidio encontramos una poesía nueva, mucho más cercana a nosotros, comparable en cierta medida a la lírica moderna. Una poesía tan rica en matices, y aspectos diversos y hasta contradictorios que, en buena medida, resulta paradójica: en efecto, si, por un lado, Ovidio resulta un poeta poco lírico, bastante convencional y a veces también monótono, no menos cierto resulta que «es en esos poemas —se refiere, evidentemente, a los poemas del destierro— donde está, auténtico y vivo, el corazón de Ovidio» 62 . Y son, precisamente, las elegías ovidianas del destierro una de las muestras que mejor evidencian la riqueza temática y capacidad expresiva de la elegía latina, en abosluto reducida al tema amoroso. Y es que los límites temáticos de la elegía romana son indecisos y ésta debe su unidad, aparte de a la forma métrica del dístico, «à une certaine attitude de l’âme, une certaine manière de ressentir nos rapports avec le monde et de rendre à celui-ci les sentiments qu’il nous impose» 63 .
Simplificando mucho, podríamos decir con P. Grimal que la elegía romana «es el resultado de una confluencia entre el género epigramático y la elegía narrativa que se había desarrollado en la poesía helenística» 64 . De ahí que la fuente más clara en que se inspira Ovidio para sus elegías sea, tal vez, Catulo, de quien encontramos no pocos ecos en estos poemas y a cuyo través debió de tomar el poeta de Sulmona tantos recursos típicos de la poesía helenística.
Ahora bien, decíamos antes, con palabras de E. Bickel, que el aspecto formal de las elegías de Ovidio presenta «un cuadro muy abigarrado», debido a la fusión de varios géneros literarios. De ahí que las fuentes romanas de las elegías ovidianas del destierro sean muy variadas, no limitándose en exclusiva a Catulo, ni tan siquiera a los otros grandes elegiacos como Propercio y Tibulo. Si en él la elegía adopta la forma de carta literaria, la influencia de Horacio, que da forma definitiva a la carta poética en la literatura romana, tiene que ser notable. Si en estos poemas hay numerosos rasgos épicos, las reminiscencias de Ennio y, sobre todo, de Virgilio no pueden faltar. Asimismo, el influjo de Lucrecio es considerable, tanto en el tono como en aspectos formales de detalle: no olvidemos el fuerte carácter narrativo y didáctico que tienen estos poemas del destierro. Y, por último, hay que hablar de Ovidio como fuente de inspiración de sí mismo: Ovidio sui imitator 65 . La repitición de frases, clichés y episodios de la producción anterior al destierro es frecuente en estos poemas. Pero, sobre todo, su elegía amorosa, en especial la de las Heroidas, es la fuente principal de inspiración del Ovidio del destierro, tanto por lo que a su aspecto formal se refiere —carta poética—, como por su contenido, si bien adaptado, obviamente, a las circunstancias especiales y personales en que se encuentra ahora el poeta.
2.2. Valor literario
Si examinamos detenidamente la bibliografía sobre Ovidio, podremos comprobar que, aparte de haber sido la producción del destierro la que menos atención ha merecido, es la vertiente estilístico-literaria de dichos poemas la menos estudiada, en beneficio de otros aspectos como los históricos, jurídicos, etc. Por eso, hemos querido introducir aquí un epígrafe que hemos titulado, de modo un tanto ambicioso, «valor literario», si bien nos tendremos que limitar a una somera enumeración de los diversos puntos o aspectos que constituyen dicha valoración literaria 66 .
Como es bien sabido, ha constituido un verdadero tópico —y en buena medida lo sigue constituyendo— subestimar la producción poética del destierro de Ovidio, argumentando que ésta acusa un notable declive de su inspiración poética 67 . En mayor o menor medida, la práctica totalidad de los autores se han referido o han subrayado tal fenómeno, Se les han formulado a tales poemas los más variados reproches: desde los puramente formales a los de contenido.
Bien es verdad, si de ser objetivos se trata, que no han faltado tampoco las voces, aunque mucho más aisladas y bastante tímidas, en favor de la producción ovidiana del destierro 68 .
Permítasenos, por ello, que, a la vista de lo que se ha dicho al respecto, y atendiendo fundamentalmente a nuestro estudio personal de estos poemas, hagamos aunque sólo sea una enumeración de los motivos de valor, tanto formales como de contenido, que encontramos en los mismos y de modo muy concreto en las Tristes.
En primer lugar, corresponde a Ovidio la gloria de haber inaugurado un nuevo género de elegía por partida doble: elegía autobiográfica y además epistolar, que tuvo el enorme mérito de aportar aires nuevos al lirismo romano. Nos atreveríamos a decir, incluso, que esta especie de diario del destierro ovidiano se trata de la más auténtica elegía romana en el sentido etimológico de la palabra: «no verás en ellos otra cosa que tristeza», dirá el propio Ovidio de sus poemas 69 , y en la primera elegía del libro V de las Tristes insiste:
Y así como mi estado es lamentable, de la misma forma
lo es mi poesía, adaptándose lo escrito a su materia 70 .
Si bien se ha dicho de Ovidio que «es el menos profundo de sentimiento entre los grandes elegiacos latinos» 71 , el mismo autor llama a las Tristes «verdadero monumento del dolor y el más complejo poema de que pueda enorgullecerse la literatura del llanto» 72 .
En el apartado de aspectos formales o estilísticos, hay también una serie de puntualizaciones que hacer y que nos ponen de manifiesto que la poesía ovidiana del destierro es sumamente cuidada y elaborada.
Y es, precisamente, el preciosismo uno de los rasgos más destacados y característicos de estos poemas. Preciosismo que podríamos reducir a los siguientes puntos:
1) Preciosismo en el empleo de los más variados recursos estilísticos: valga como botón de muestra de los muchos ejemplos que podríamos poner el siguiente verso: candida nec nigra cornua fronte geras 73 un precioso verso quiástico con un contraste extraordinariamente llamativo (candida/nigra) y con una pareja aliterante que contribuye a subrayarlo aún más (candida… cornua).
2) Preciosismo en la construcción u orden de las palabras: como ejemplo representativo bien puede valer el siguiente verso: si quis qui quid agam forte requiret erit 74 , donde encontramos un tipo especialísimo de construcción, al que J. Marouzeau llama «concéntrica» 75 .
3) Por último, hallamos un tipo de preciosismo en el que se combinan ambos fenómenos, es decir, los recursos estilísticos y el orden de las palabras. Así, por ejemplo, en nec fragili geminae poliantur pumice frontes 76 , donde encontramos un verso áureo con verbo-bóveda y construcción quiástica de sus elementos, además de una doble pareja aliterante.
Ejemplos como éstos podrían multiplicarse indefinidamente como muestra evidente del preciosismo de nuestro poeta. Pero los citados creemos que son suficientes. Hagamos ahora un rápido repaso por los diversos apartados o niveles lingüísticos y veamos cuáles son los rasgos más castacterísticos del estilo de Ovidio en cada uno de ellos.
Por lo que al nivel de los sonidos se refiere, hemos de decir que las aliteraciones y demás recursos fonoestilísticos nos parecen, cuando menos, tan frecuentes en estos poemas como en el resto de la producción ovidiana, y casi nos atreveríamos a decir que incluso más. Sirva, a modo de ejemplo, la serie de homeoteleuton formando auténticas rimas, en posiciones equivalentes del verso, que encontramos al final de la tercera elegía del libro I de las Tristes: complorasse/uocasse, gemuisse/uidisset, uoluisse/periisse 77 . Y son, precisamente, estas series de homeoteleuton, situadas casi siempre al final de cada hemistiquio y constituyendo en ocasiones verdaderas rimas leoninas, lo más característico del plano fónico de estos poemas y muy en especial de las Pónticas.
Dentro del capítulo correspondiente a las relaciones metro/sintaxis, nos sorprende considerablemente la acusación de E. Paratore en el sentido de que «en las elegías del destierro resulta exasperante la sistemática correspondencia entre período y dístico» 78 , siendo así que tal correspondencia es práctica común en toda la poesía latina elaborada en dicho metro, a excepción de Catulo. En cuanto a Ovidio, si presenta excepciones a esta norma en Heroidas y Amores, aproximadamente la misma situación excepcional encontramos en Tristes y Pónticas, siendo algunos de dichos poemas, por su temática, especialmente aptos para tal ruptura entre metro y sintaxis: recordemos, por ejemplo, las elegías primera y tercera del libro I de las Tristes.
Respecto a otros recursos retórico-estilísticos, como son las antítesis, los quiasmos, etc., tampoco encontramos diferencia apreciable entre su producción anterior y la de la época del destierro 79 , si bien podríamos decir, al contrario de lo que parece concluir H. Bardon 80 , que si algo caracteriza el estilo de estos poemas es la fuerte presencia de rasgos típicamente barrocos, de los que destacaríamos la larga serie de contrastes que encontramos en ellos, fundamentalmente contrastes léxicos 81 .
Aludamos, por último, a otro aspecto que creemos importante y muy discutido por cierto en la poesía del destierro y que es, asimismo, señal evidente de su estilo barroco: nos referimos al papel de la repetición 82 . Repetición que encontramos en la modalidad de simples repeticiones léxicas, en especial de formas pronominales personales, en forma de versos o partes de verso que se repiten con cierta frecuencia o en la propia reiteración de los temas abordados en ellas, entre otras. Las posibilidades que ofrece el análisis o estudio de la función de la repetición en estos poemas constituyen una cantera inagotable, que hemos intentado desvelar en un estudio sobre el particular 83 , estimulados por los estudios como los de Brannan a propósito de Baquílides 84 o de Evrard-Gillis sobre Catulo 85 .
Y bien, ¿qué función desempeñan dichas repeticiones? Digamos muy someramente que, aparte de subsanar la equivocidad típica del signo lingüístico, la función más general y común a todos los fenómenos de redundancia que aparecen en estos poemas del destierro no es otra que la de superar las condiciones eminentemente adversas de todo tipo, especialmente psicológicas, en que se desarrolla la comunicación. En efecto, si consideramos globalmente la producción elegíaca del destierro de Ovidio, nos vemos obligados a admitir que la redundancia o monotonía que tanto la caracteriza desempeña una función primordial en lo que M. Marcovich ha llamado «plan general de su poesía del exilio», que «consiste en no dejarse caer en el olvido, sino por todos los medios y a toda costa… refrescar constantemente la memoria del público y de los espíritus influyentes en Roma sobre la persona del desterrado, para así lograr el perdón y el regreso a la patria, o bien el traslado a otro lugar menos duro» 86 . Es uno más de los innumerables matices que encontramos en este rico poeta, del que se ha dicho que es «el más auténtico y más semejante a la vida de cuantos tienen las letras latinas» 87 .
Pero es que, además, hay que tener en cuenta que dicha monotonía se puede considerar como una manifestación de la tendencia del nuevo estilo, en cuanto reacción al clasicismo augústeo, en el sentido de no pretender tanto la perfección formal como el defender que la poesía debe adaptarse y parecerse al ingenio de su autor, con sus características personales y, por tanto, también con sus imperfecciones. Es decir, estos poemas representarían un progresivo acercamiento de la fantasía poética de Ovidio a la vida real, aunque sin, por ello, alejarse o prescindir de la retórica, sino todo lo contrario, ya que en estos poemas hay abundante proliferación de elementos patéticos (los topoi típicos del género consolatorio), que contribuyen sobremanera a producir esa sensación de monotonía 88 , que más bien calificamos de redundancia y que tan característica es del estilo barroco que se inicia con ese grupo de poetas del siglo I , encabezados en cierta medida por Ovidio, cuyo rasgo más característico es, precisamente, esa intensificación o vuelta sobre los mismos temas 89 , que culminará en Roma la tendencia alejandrinizante cultivada ya antes por el movimiento neotérico 90 .
Pasando ya a otro punto, tenemos que destacar la perfecta fusión a que llega Ovidio en su poesía del destierro entre motivos auténticos y motivos literarios, especialmente en lo que a la forma epistolar se refiere 91 . En este capítulo habría que referirse al aprovechamiento simbólico que hace el poeta de una serie de motivos naturales: citemos, entre otros, la frecuente correspondencia entre paisaje interior y exterior, que tanto aparece en los poetas de la época de Augusto 92 y que sería nota típica del Romanticismo, o motivos como los colores, la luz, la oscuridad, el mar, la nave zozobrante, la luna, el arado, el desierto, etc.
Y, por último, está la importancia que en estos poemas cobran temas como el de la creación poética, que se integra en la arquitectura de las Tristes y Pónticas de manera muy relevante 93 . En ellos nos habla Ovidio de lo que ha sido y es su poesía, justificándola por medio de la explicación de qué es lo que entiende por la función del poeta: nos presenta la poesía como objeto imperecedero que asegura al Príncipe y a sus empresas fama inmortal 94 , hasta el punto de llegar a decir:
También con los versos, si está permitido decirlo, se crean los dioses 95 .
El oficio y el papel del vates —el officium poético— cobran así un relieve y dignidad extraordinarios 96 .
Nos podríamos extender en la enumeración de una serie prácticamente interminable de rasgos estilístico-literarios. Creemos, no obstante, que los puntos hasta aquí esbozados permiten sobradamente concluir, frente a las valoraciones negativas de que hablábamos al comienzo, que la poesía ovidiana perteneciente a la época del destierro experimenta una profunda interiorización, es decir, se hace más profunda y rica, lo que constituye un caso único en la poesía latina que se caracteriza por su exteriorización. En este sentido, tanto por la interiorización que experimenta la poesía del destierro como por el carácter angustiado de la misma, podemos decir que Ovidio resulta un poeta sorprendentemente moderno y actual, lo que le hace atractivo al hombre de nuestros días. Y si bien es verdad, como recuerda H. Bardon, que «la force de création verbale s’est affaiblie dans l’exil de Tomes» 97 , hay que entender que ello viene, en buena medida, impuesto por el propio carácter de estas elegías y que en absoluto se puede olvidar su calidad estilístico-literaria.
Si concluimos haciendo una valoración global de las elegías ovidianas del destierro, habrá que admitir que nos hallamos ante una dimensión profunda de la poesía, por la que la labor poética, lejos de ser un recurso artificioso o de puro entretenimiento, adquiere una considerable vinculación con la vida y con los intereses del poeta, valiéndose para tal fin de todos los medios que la retórica y la poética le ofrecían.
Es una poesía que nace del dolor, y como tal hay que interpretarla. En ese sentido creemos que no le faltaba razón a Ripert cuando ya en 1921 decía de las Tristes y las Pónticas que eran «los dos libros más punzantes, más directos y más humanos, tal vez, que nos haya dejado la literatura latina» 98 . Y, unos años después, G. Ferrara diría que con las Tristes nos hallamos ante «il piú grandioso poema di dolore che sia mai stato scritto, il piú complesso componimento che vanti la letteratura dei treni e delle lamentazioni» 99 .
Por otro lado, Ovidio, durante la época de su destierro, interioriza extraordinariamente su poesía, hasta el punto de que se ha podido decir que es «un poeta entre dos mundos», Oriente y Occidente, diríamos nosotros, aunque H. Fraenkel 100 lo haya dicho con otra intención. Esa propia interiorización es un rasgo muy moderno de su poesía del destierro: el tremendo problema de la soledad y de la incomunicación del hombre en el mundo moderno es algo que encontramos ya en estos poemas.
Por todo ello, como parece apuntar J. Carcopino 101 , tal vez sea Ovidio el poeta más moderno de las letras latinas. Si a esto añadimos lo dicho antes sobre su papel innovador por lo que al género elegíaco autobiográfico y en verso se refiere, cobran pleno sentido las palabras de Séneca catalogándolo de poetarum ingeniosissimus, y que bien podríamos traducir como «el más original de los poetas».
De esta manera, no sólo encontramos justificación para la poesía ovidiana del exilio cuando descendemos al análisis concreto y detallado de cada uno de los poemas, en sí mismos considerados, como alguien ha puesto de manifiesto 102 , sino también, y diríamos que sobre todo, cuando analizamos dicha producción en su conjunto.
2.3. Su influjo en la literatura posterior
Elogiado y considerado ya en vida como uno de los más grandes poetas de Roma 103 , aunque no precisamente ni ante todo por sus elegías del destierro, Ovidio continuó siendo uno de los principales modelos, al menos por lo que a la forma de expresión se refiere, para los poetas de la época del Imperio e incluso para los propios cristianos 104 : recordemos, por ejemplo, a Silio Itálico 105 , Estacio, Juvenal 106 , Arnobio 107 , Ausonio, Claudiano, Rutilio Namaciano, Prudencio 108 , Paulino de Nola, Sidonio Apolinar y Venancio Fortunato, entre otros.
Entre los autores de la Antigüedad que, de un modo o de otro, se hacen eco de las elegías ovidianas del destierro, tenemos a Quintiliano, quien las critica por excesivamente exuberantes y redundantes, y a Rutilio Namaciano, quien en su poema Sobre su regreso imita ostensiblemente el tono de la elegía ovidiana, por considerarse también él como un desterrado de su patria en Roma.
Pero si la poesía del destierro no tiene demasiada repercusión en su época ni en los siglos inmediatamente posteriores, su influjo es enorme durante la Edad Media 109 , convirtiéndose entonces en el poeta de mayor relieve e importancia, después de Virgilio y por delante incluso del propio Horacio, como evidencian los diversos cánones medievales de autores clásicos, como los de Conrado de Hirsau, Emérico, Hildeberto de Lavardin o Chaucer. Su influjo es grande entre los poetas carolingios desterrados, como muy bien ha señalado G. Brugnoli 110 , y asimismo es notable en los Poemas menores de Hildeberto de Lavardin, poeta exiliado, a caballo entre los siglos XI y XII , que imita los poemas ovidianos del destierro 111 , al igual que Marulle, soldado exiliado en Italia, del siglo xv, que también imita a Ovidio en sus Epigramas. En general, diríamos que casi todos los poetas errantes o clérigos desterrados o expulsados de sus países durante esta época toman las elegías del destierro de Ovidio como modelo principal de su poesía, plasmando en ella un lamento por sus circunstancias vitales 112 . Otro autor que acusa un evidente influjo de estos poemas ovidianos es Albertino Mussato, del círculo de poetas de Mantua, a caballo entre los siglos XIII y XIV , que cultivó el género de la epístola poética y de la elegía y alguna de cuyas composiciones es un claro centón de las Tristes 113 .
Durante el Renacimiento, Ovidio continúa siendo considerado uno de los grandes modelos a imitar por casi todos los poetas elegiacos 114 , aunque ya no con la intensidad con que lo había sido en época medieval. Por lo que se refiere a su influjo en España durante esta época, remitimos al interesante artículo de R. Schevill, «Ovid and the Renaissance in Spain» 115 .
Durante los siglos XVII y XVIII , el influjo del poeta se mantiene a través, sobre todo, de las numerosas traducciones que de estos poemas se hacen, especialmente en la Francia de Luis XIV 116 , destacando las del abad de Marolles, la de Binard y la de Kervillars. Evidente es, por ejemplo, el influjo de Ovidio en Racine, tal y como ha puesto de manifiesto G. May 117 . En la España de esa época destaca, hacia la mitad del s. XVIII , la figura del poeta salmantino Francisco Sánchez Barbero, condenado al presidio de Melilla, que compara su destierro con el del poeta de Sulmona en su epístola A Ovidio, donde el influjo del poeta latino es evidente.
Posteriormente, durante el Romanticismo, observamos, en relación con el influjo de los poemas del destierro de Ovidio, un hecho doble y aparentemente contradictorio. De una parte, la imagen del poeta desterrado y perseguido ejercerá un gran atractivo entre los poetas románticos: así, por citar un ejemplo, es notable la influencia de la elegía ovidiana en la lírica del destierro del Duque de Rivas, y podríamos decir que esta influencia es evidente en la serie de autores que va de Chenier a Lamartine, pasando por Víctor Hugo y Goethe 118 . Ahora bien, de otra parte, la imagen de poeta excesivamente adulador que ofrecen sus elegías del destierro le valió un juicio bastante negativo a cargo de algunos críticos del Romanticismo, que hubieran preferido que nuestro poeta hubiera asumido de un modo más «romántico» su condena.
El influjo y la presencia de Ovidio llega hasta nuestros días, como evidencia la famosa novela del rumano V. Horia, Dios ha nacido en el exilio 119 .
2.4. Historia de la transmisión del texto
La tradición manuscrita de las elegías ovidianas del destierro no ofrece demasiada complejidad, aunque hay que distinguir entre las Tristes y las Pónticas.
Por lo que a la reconstrucción del texto de las Tristes se refiere, contamos con numerosos manuscritos, que podemos clasificar, siguiendo a Owen 120 , en tres grupos:
1) Un primer grupo que comprende los dos mejores ejemplares con que contamos: el Laurentianus (M, L de Owen), antes llamado Marcianus 223, conservado en la Biblioteca Laurenziana de Florencia. Se trata de un códice del s. XI , de gran valor y autoridad debido a su antigüedad, que le hace ser muy cercano al subarquetipo de los siglos IX o X , pero tiene grandes lagunas que son subsanadas en el siglo xv mediante un texto de inferior categoría, el códice m. El otro ejemplar de este primer grupo de mayor calidad es el Fragmento Trevirense (Tr.), destacado por su antigüedad (s. x), si bien muy incompleto, ya que sólo contiene unos cuantos pasajes de las Tristes. Los dos códices de este grupo provienen de un mismo subarquetipo, al que siguen inmediatamente en el tiempo.
2) El segundo grupo de manuscritos con que contamos para establecer el texto de las Tristes está formado por una serie de códices posteriores al s. XI e independientes entre sí e independientes de los reseñados anteriormente.
El más importante de ellos parece ser el Guelferbytanus 192 (G), del s. XIII , que pasa por ser el más cercano al códice M .
El llamado códice A es un manuscrito perdido, del convento de S. Marcos de Florencia, conocido indirectamente por el uso que Poliziano hizo de él en anotaciones marginales a su edición de 1477 en Parma y descubierto por Owen en Oxford.
Hemos de mencionar, asimismo, el fragmento del códice Ottobonianus latinus 1469, encontrado por Questa, conocido por Ob, y que data del s. XI : contiene casi todas las Tristes, concretamente los cuatro primeros libros casi íntegros y, junto con el anterior, es el más antiguo de este grupo.
Contamos luego con una serie de manuscritos que, aunque inferiores en calidad, completan a los anteriores bastante bien para aquellos pasajes en que éstos han sido víctimas de manipulaciones o lagunas: el Holkhamicus (H), del s. XIII , que es un manuscrito de la biblioteca del Conde de Leicester en Holkham Hall; el Hauniensis 2014 (F), antes llamado Hamburgensis, de la Biblioteca Real de Copenhague, del s. XII ; el Vaticano latino 1606 (V), del s. XIII , y el Vaticano Palatino 910 (P), del s. xv.
3) Por último, al tercer grupo pertenecen una serie de manuscritos, como el Gothanus 122 (D), del s. XIII , que ocupa un puesto aparte en la tradición manuscrita de las Tristes, por la gran cantidad de variantes que contiene, aunque la mayoría de ellas son de procedencia tardía y sin un mayor interés; el Leidensis 177 (K), del s. XIII , y el Turonensis 879 (T), del s. XII . Todos ellos, y muchos otros, son de calidad bastante inferior a los dos grupos anteriores, y su interés es menor para la reconstrucción del texto latino de las Tristes.
Los tres grupos citados dependen de un ejemplar, posiblemente revisado hacia finales del s. II o comienzos del III , que sería el arquetipo.
Ante tal estado de la cuestión de la tradición manuscrita de las Tristes, poco es lo que cabe cambiar en el texto de estos manuscritos, muy elaborado ya por las correcciones y variantes que presentan, siendo la tarea del editor, como muy bien dice J. André 121 , más la de elegir que la de corregir.
Por lo que a las Pónticas se refiere, debido muy probablemente a que el interés que han despertado a lo largo de la historia ha sido bastante menor que el de las Tristes, la tradición manuscrita es mucho más reducida y simple.
Tenemos un códice antiquísimo, del s. V-VI , el Guelferbytanus Aug. 1311 (G), pero del que sólo se conservan dos páginas con unos veinticinco versos en total de las elegías IV, 9 y IV, 12. A pesar de su antigüedad, no es el arquetipo de los otros manuscritos conservados, porque contiene faltas que no se han transmitido a los demás.
Contamos, fundamentalmente, con dos grupos de manuscritos, que distinguimos de acuerdo con su mayor o menor calidad:
1.°) En primer lugar, tenemos tres manuscritos, que parecen proceder de la misma fuente que el Guelferbytanus: el Hamburgensis scrin. 52 F (A), del s. IX , que ofrece el grave inconveniente de contener sólo los dos primeros libros y aun éstos con la importante laguna de la tercera elegía del libro I; el Monacensis latinus 384 (B), del s. XII , y el Monacensis latinus 19476 (C), también del s. XII . Estos dos últimos suelen coincidir casi siempre entre sí y, a veces, con A, lo que es señal evidente de que A representa una rama independiente dentro de la tradición manuscrita de las Pónticas.
2.°) Al segundo grupo de manuscritos, de inferior calidad y de época más tardía, pertenecen otros como el Gothanus 121 (D), del s. XIII , coincidente en general con las lecturas de B y C, el Etonensis B.K.6, 18 (E), también del XIII, colacionado por Owen en su edición, el Holkhamicus (H) ya citado en la tradición manuscrita de las Tristes, también del XIII , el Turonensis 879 (T), que también contiene las Tristes y que coincide en general con D y, por último, el códice Argentoratensis (S), del que se discute sobre su fecha entre los siglos XI y XIII y que, aunque destruido por un incendio en 1870 en Estrasburgo, afortunadamente había sido consultado por O. Korn en su edición de las Pónticas en 1868.
Al igual que dijimos para las Tristes, nuestra labor se ha reducido también aquí a elegir en caso de lectura dudosa entre las varias existentes, teniendo siempre en cuenta la opinión de las mejores ediciones que hemos podido consultar.
2.5. Ediciones, traducciones y comentarios
En general, hay que comenzar diciendo que las elegías ovidianas del destierro han despertado a lo largo de la historia literaria un interés mucho menor que otras obras suyas, como las Metamorfosis, por ejemplo. Eso ha hecho que el número de ediciones y comentarios aislados de las mismas sea bastante reducido, si se lo compara con otras obras de Ovidio. Ahora bien, partiendo de esta premisa, hay que tener en cuenta dos cosas: por una parte, que la mayoría de las grandes ediciones son ediciones completas, que comprenden, por tanto, la totalidad de la producción ovidiana; por otra, que aquellas ediciones que son parciales, suelen contener casi siempre las dos grandes colecciones de elegías del destierro. Lo que digamos para las Tristes, vale, pues, para las Pónticas; cuando así no ocurra, lo haremos notar en cada caso.
La editio princeps aparece simultáneamente, en 1471, en Roma y en Bolonia. Unos años después, en 1477, aparece otra edición en Parma, a la que ya nos hemos referido con anterioridad. Y todavía en el s. xv, en 1489, aparece la edición de Merula en Venecia 122 .
De las ediciones del s. XVI son de destacar la doble editio Aldina, la primera en 1502-3 y la segunda en 1515-16, ambas en Venecia, la segunda preparada por el humanista Andrea Navagero y que se vuelve a imprimir en 1530; en 1546, aparece en Lyon la famosa edición anotada a cargo de J. Escalígero; en 1561, la edición de Th. Poelman en Amberes, reimpresa posteriormente en 1566, 1575, 1582 y 1589; en 1582 tenemos la de Bersman en Leipzig y en 1583 la de Ciofani en Amberes.
En el s. XVII , las más destacables son las de los dos Heinsius: en 1629, aparece en Leiden la de D. Heinsius; en 1652, la de N. Heinsius en Amsterdam, revisada y anotada por el mismo Heinsius en 1658-62; en 1661, en Leiden, tenemos una nueva edición revisada por Heinsius y anotada por varios autores bajo el cuidado de Schriverius; y en 1670, 1683 y 1702 tenemos nuevas ediciones anotadas a cargo del propio N. Heinsius.
De las ediciones del s. XVIII , la más famosa y preciada, tal vez, es la que aparece en Amsterdam, en 1727, a cargo de N. Heinsius y P. Burmann.
De la primera mitad del XIX datan las de N. E. Lemaire (París, Didot, 1822) y la famosa edición crítica de R. Merkel (Berlín, 1837, y Leipzig, 1852), la primera con pretensiones auténticamente científicas.
Pero las grandes ediciones críticas aparecerán en la segunda mitad del XIX : la de Korn (Leipzig, 1868), la de Riese (Leipzig, 1874), la de Ehwald (Leipzig, 1884) y, sobre todo, la de Owen (Oxford, 1899), la primera edición crítica que maneja el famoso fragmento Trevirense del que ya hemos dado cuenta anteriormente.
Durante nuestro siglo, tenemos la revisión de la edición de Owen hecha por él mismo (Oxford, 1915); la de C. Landi, en 1917, para la colección Paraviana de Turin; la de Ehwald y Levy para la Biblioteca Teubneriana (Leipzig, 1922); la de Wheeler, con traducción (Londres, 1924, reimp. 1965) y una nueva para la colección Paraviana de Turin (1934), a cargo de G. Masera. De las Pónticas tenemos la estupenda edición crítica de Lenz (Turin, 1938).
En los últimos años, contamos con las sucesivas ediciones de G. Luck, fruto de un largo y detenido estudio crítico del texto de las Tristes, sobre todo: en 1963 tenemos una primera edición de las Tristes y las Pónticas, con traducción de Willige (Zurich-Stuttgart); en 1967 tenemos una nueva edición de Luck, en Heidelberg, en esta ocasión sólo de las Tristes y con traducción a cargo del propio Luck. Por último, tenemos la valiosa edición de J. André, para la editorial Budé, de las Tristes (París, 1968), y de las Pónticas (París, 1977). Tanto las ediciones de Luck como las de André son dos estupendas ediciones que mejoran la magistral de Owen, si bien la de Luck es tal vez demasiado prolífera en conjeturas propias, no siempre igualmente atinadas.
En nuestro país pocas son las ediciones dignas de mención que se han hecho. Tal vez, por ser una de las primeras que se hicieron, podamos resaltar la de G. Vázquez Sahavedra (Madrid, 1654), y la valiosa edición que aparece en Zaragoza, en 1664, con notas de A. Navagero, Aldo Manucio y Pontano, copia probablemente de la idéntica aparecida antes en Lyon en 1600.
Por lo que a ediciones de libros aislados se refiere, tenemos la edición comentada a cargo de Owen de los tres primeros libros de las Tristes (libro I: Oxford, 1883; libro II, en 1924, y el libro III, en 1886), la de los dos primeros por Ferrara (Turin, 1902), la del libro IV por Th. J. De Jonge (tesis, Groningen, 1951) y, por último, la del libro V por J. Th. Bakker (tesis, Groningen, Amsterdam, 1946). Todas estas ediciones de libros aislados van acompañadas de sus respectivos comentarios.
Del libro I de las Pónticas tenemos una edición comentada de A. Scholte (tesis, Groningen, Amersfoort, 1933).
Aparte de estas ediciones, que, como hemos dicho, cuentan con el respectivo comentario, tenemos para las Tristes los comentarios de Lemaire (París, 1822), Némethy (Budapest, 1913) y los espléndidos y recientes de Della Corte (Génova, 1973) y Luck (Heidelberg, 1977).
Para las Pónticas, contamos con el de Némethy (Budapest, 1915 y un suplemento en 1922) y el de Della Corte (Génova, 1974). Del libro I tenemos el ya citado de Scholte y el de Staffhorst a las tres primeras elegías del libro I (tesis, Würzburg, 1965).
En cuanto a traducciones, además de las ya mencionadas, en época moderna tenemos las siguientes:
P. DE KERVILLARS , París, 1756.
A. VERNADÉ , París, 1836.
CH. NISARD , París, 1838.
E. PERSONNEAUX , París, 1861.
OWEN , Tristia II, Oxford, 1924.
A. L. WHEELER , Londres, 1924, reimp. 1965.
E. RIPERT , París, 1937.
G. LUCK -W. WILLIGE , Zurich-Stuttgart, 1963 (trad. de Willige).
G. LUCK , Heidelberg, 1967.
J. ANDRÉ , Tristes, París, 1968 y Pónticas, París, 1977.
F. DELLA CORTE , Tristes, Génova, 1972 y Pónticas, Génova, 1973.
L. R. LIND , Ovid: Tristia, Atenas, 1974.
Y en español tenemos las de
I. SUÁREZ DE FIGUEROA , Madrid, 1727, reimp. en 1728 y 1733, que merece una mala opinión a Menéndez y Pelayo.
G. SALINAS , para la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, reimp. en 1925-27, y en 1957 para EDAF.
Y las recientes de J. Quiñones Melgoza, Las Tristes, México, 1974, y Epístolas desde el Ponto, México, 1978; y las muy recientes de M.-A. Marcos Casquero, Tristes, Salamanca, ed. Perficit, 1983, y de A. Pérez Vega, Ovidio, Epistulae ex Ponto II (Introducción, edición crítica, traducción y comentario), Sevilla, 1989, de las que no hemos podido disponer durante la elaboración de nuestra traducción, pero que nos parecen excelentes versiones, que se ajustan lo más posible al original latino.
3. NUESTRA TRADUCCIÓN
La traducción que ahora presentamos ha pretendido respetar al máximo el texto original latino, tanto en el contenido como en la expresión, con la salvedad de que hemos traducido el verso a prosa.
A la hora de elaborar nuestra traducción, hemos tenido en cuenta las traducciones existentes y que nos han parecido de mayor calidad, en especial las de J. André y Della Corte. En cuanto a traducciones castellanas, la única de que hemos dispuesto es la de J. Quiñones (México, UNAM, 1974 y 1977), dado que la citada de Marcos Casquero cayó en nuestras manos cuando ya teníamos elaborada nuestra traducción de Tristes y muy avanzada la de Pónticas.
Para las notas, nos han sido de gran utilidad las ediciones anotadas citadas, en especial las de Della Corte, André y Luck, así como la edición anotada del libro I de las Tristes de M. Dolç. Las notas han sido, sobre todo, de tipo mitográfico e institucional. En este sentido, nos han sido de gran ayuda la Mitología Clásica de A. Ruiz de Elvira 123 , el Diccionario de la mitología griega y romana de P. Grimal 124 así como el gran Diccionario Clásico de Oxford 125 .
Cada elegía va precedida de una pequeña introducción que recoge su contenido argumentai en un título y algunas breves indicaciones de interés para la mejor comprensión de la traducción.
La edición crítica que ha servido de base a nuestra traducción, tanto de las Tristes corno de las Pónticas, ha sido la de J. André, que parece seguir en líneas generales la de S. G. Owen, punto obligado de referencia de todas las ediciones posteriores. No obstante, en algunos pasajes hemos discrepado de André, siguiendo unas veces la lectura originaria de Owen, otras la de Luck, para lo que nos han servido muchos estudios críticos sobre el texto ovidiano, como los de G. Luck 126 , J. Diggle 127 y D. R. Sackleton Bailey 128 , así como un detenido estudio estilístico de los textos en cuestión.
Los lugares en que nos hemos apartado del texto de la edición de J. André son los siguientes:
Tristes:
I 1, 2: quod, André y Owen: quo, Luck 129
I 1, 21: legendum, André y Owen: legendus, Riese
I 1, 26: maior, André y Owen: peior, D
I 1, 32: miseris, André y Owen: misero, T G 2 BD 2
I 1, 43: abest, André: obest, Owen, Luck y Francius
I 2, 54: solita, André y GFD: solida, Owen y TB
I 2, 91: corpora, André: carbasa, Owen y Luck
I 4, 7: puppiue, André: puppique, Owen y Luck
I 4, 9: pulsi, André: pulsu, Rothmaler y Luck
I 5, 25: fulvum, André: flavum, Owen
I 5, 62: detulit in Geticos Caesaris ira sinus, André y Luck: sors tulit in Geticos Sarmaticosque sinus, Owen y Della Corte, siguiendo la lectura de los códices B, F 2 , M y T
I 6, 32: occidit, André y Owen: excidit, Luck
I 8, 20: pati, André y Owen: loqui, Luck
I 9, 66: quo bene… sic pede, André: qua bene… sic bene, Ehwald, Owen y Luck
I 10, 7: patitur, André: pariter, Owen y Luck
I 10, 8: icta, André: uicta, Owen y Luck 130
II 86: quaedam, André: quondam, Heinsius y Luck
II 114: sit, André y Owen: fit, Luck
II 138: priuaque, André y Owen: parcaque, Luck 131
II 168: tui, André: sui, Owen y Luck
III 11, 25: qui, André: quod, Owen y Luck
III 14, 11: extremas, André: externas, Owen y Luck
IV 1, 21: inter nec, André: sinti nec, Ehwald, Owen y Luck
IV 1, 60: saeua, André y Owen: laeua, Heinsius y Luck
IV 3, 42: corpora, André: pectora, Owen y Luck
IV 3, 83: freta es, André: facta est, Ehwald, Owen y Luck
IV 8, 19: adeptos, André: adeptas, D T C Q K
V 8, 30: petam, André: dabit, T. Faber, Owen y Luck
Pónticas:
I 7, 66: dati, André: datis, Owen
II 1, 17: mentis, André: gentis, Heinsius y Luck
II 2, 33: Texto muy difícil de establecer, pues hay una laguna en algunos manuscritos, que respeta André: nosotros hemos traducido entre corchetes la lectura adoptada por Owen y Luck: qui rapitur spumante salo sua bracchia tendens
II 2, 75: quietis, André: quieti, Heinsius y Luck
II 3, 40: natandis, André: natantis, Owen
II 8, 70: sic, André: ut, Korn, Lenz y Owen
II 9, 29: arva, André: vota, Owen
II 9, 60: humeris, André: numeris, Heinsius, Lenz, Owen y Luck
III 7, 15: detrectet, André: detrectat, Luck y la mayoría de los manuscritos
III 7, 16: subtrahat, André: subtrahit, Luck y mayoría de manuscritos
IV 8, 23: sint, André: sunt, Owen y Luck
IV 14, 4: te, André: me, Owen, Luck y mayoría de manuscritos.
________________
1 Sobre el problema del destierro de Ovidio, cf., por ejemplo, G. BOISSIER , «L’exil d’Ovide», Revue des Deux Mondes 69 (1867), 580-612; E. APPEL , Quibus de causis Ovidius ab Augusto relegatus sit, Berlín, 1872; L, HERRMANN , «La faute secrète d’Ovide», Revue Belge de Philologie et Histoire 17 (1938), 695-725; S. D’ELIA , «L’esilio di Ovidio e alcuni aspetti della storia augustea», Annali della Facolta di Lettere di Napoli 5 (1955), 95-157; C. NARDI , «Un misterio difficile a svelare: perchè Ovidio fu relegato a Tomi da Augusto?», L’Eloquenza 46 (1956), fascs. 10-12, y en Atti Convegn. Intern. Ovid. I, Roma, 1959, 49-54; D. MARIN , «Intorno alle cause dell’esilio di Ovidio», Ovidiana. Recherches sur Ovide, ed. N. I. HERESCU , París, 1958, 406-411, y en «Ovidio fu relegato per la sua opposizione al regime augusteo?», Fasti Pontici Ovidio poetae dicati, Roma, 1958, 99-252; G. BALIGAN , «L’esilio di Ovidio», Atti Convegn. Intern. Ovid. I, 49-54; F. NORWOOD , «The riddle of Ovid’s relegation», Classical Philology 58 (1963), 150-163; J. CARCOPINO , «Les raisons religieuses de l’exil d’Ovide», Revue de l’Histoire des Religions 165 (1964), 132-139; J. C. THIBAULT , The mistery of Ovid’s exile, Berkeley-Los Ángeles, 1964; L. HERRMANN , «Nouvelles recherches sur la faute secrète d’Ovide», Revue Belge de Philologie… 43 (1965), 40-52, y «L’Art d’aimer, les Remèdes d’amour et la faute secrète d’Ovide», Revue Belge… 48 (1970), 38-44; J. CARCOPINO , «El destierro de Ovidio, poeta neopitagórico», en Contactos entre la historia y la literatura romanas, Madrid, 1965, págs. 51-142; F. CORSARO , «Sulla relegatio di Ovidio», Orpheus 15 (1968), 5-49; D. PORTE , «Un épisode satirique des Fastes et l’exil d’Ovide», Latomus 43 (1984), 284-306, y P. M. MARTIN , «À propos de l’exil d’Ovide… et de la succession d’Auguste», Latomus 45 (1986), 609-611.
2 Ovidio. I Tristia II, Génova, 1973, pág. 9.
3 Cf. Trist. I 5, 45-46, y 51-52.
4 Cf. Trist. IV 10, 99.
5 Cf. Trist. II 207.
6 Cf., por ej., AURELIO VÍCTOR , De Caes. I 27.
7 Trist. II 212.
8 Cf. F. CUPAIUOLO , Itinerario della poesia latina nel I secolo dell’ Impero, Nápoles, 1978, pág. 187.
9 Pónt. III 3, 70-72.
10 Cf. Trist. II 207, y Pónt. I 6, 3-4.
11 Cf. Trist. IV 10, 99-100.
12 Cf. Trist. I 1, 51-52; I 9, 72-76; II 109; II 134; IV 10, 99 y sigs.; Pónt. II 2, 15-16; II 3, 91-94, y III 3, 71-72.
13 Cf. Trist. II 103-104; III 5, 49-50, y III 6, 26.
14 En líneas generales, seguimos el resumen del planteamiento que sobre este tema hace J. CARCOPINO en op. cit., págs. 87 y sigs., así como el magnífico compendio que sobre el mismo tema hace S. G. OWEN en P. Ovidii Nasonis Tristium liber secundus, Oxford, 1926, págs. 1-48.
15 Cf. Trist. II 105 y sigs.; A. DEVILLE , Essai sur l’exil d’Ovide, París, 1859, pág. 19; G. BOISSIER , L’opposition sous les Césars, París, 1885, pág. 108, y D. MARIN , loc. cit., pág. 102.
16 Cf. G. MASERA , ed. Ovidii Tristium liber II, Turín, 1929.
17 Cf. SUETONIO , Calígula XXIII, y G. BOISSIER , op. cit., pág. 108.
18 Cf. SIDONIO APOLINAR , Carm. XXIII 158-161; G. BALIGAN , «L’esilio di Ovidio», Atti Convegn. Intern. Ovid. I, 49-54.
19 Cf. M. R. DE ROCHEFORT , «L’exil d’Ovide», Journal des Savants 130 (1743), 254-263; P. DE SIRVY , «Lettre sur la vraie cause de l’exil d’Ovide», Mercure de France 1 (1773), 181-185; W. Y. SELLAR , The roman poets of the augustan age, Oxford, 1899, pág. 329; A. CARTAULT , «Encore les causes de la relégation d’Ovide», Mélanges Chatelain, París, 1910, pág. 50; N. SALANITRO , «Contributi all’interpretazione dell’error di Ovidio», Mondo classico 11 (1941), 254-271; H. FRÄNKEL , Ovid, a poet between two worlds, Los Ángeles, 1945, pág. 113; C. NARDI , «Perché Ovidio fu relegato a Tomi da Augusto?», Biblioteca de l’Eloquenza, Roma, 1956, 26-27; F. CORSARO , «Sulla relegatio di Ovidio», Orpheus 15 (1968), 5-49.
20 Cf. E. RIPERT , Ovide, poète de l’amour, des dieux et de l’exil, París, 1921, pág. 183; G. NEMETHY , Supplementum commentariorum ad Ovidii Amores, Tristia et Epistulas ex Ponto, Budapest, 1922, pág. 44; R. ZIMMERMANN , «Die Ursachen von Ovids Verbannung», Rhein. Mus. 81 (1932), 263-274; F. NORWOOD , «The riddle of Ovid’s relegatio», Class. Philol. 58 (1963), 150-163.
21 Cf. R. ELLIS , ed., Ovidii Nasonis Ibis, Oxford, 1881, pág. XXXVIII, y The second book of Ovid’s Tristia. A public lecture, Londres, 1913; L. HERRMANN , «La faute secrète d’Ovide», Revue Belge… 17 (1938), 695-725; «Nouvelles recherches sur la faute secrète d’Ovide», loc. cit., 40-52, y «L’Art d’aimer, les Remèdes d’amour…», 38-44.
22 Cf. S. REINACH , «Le tombeau d’Ovide», Revue de Philologie 30 (1906), 275-285; «L’exil d’Ovide», Revue Archéologique 1 (1909), 145; «Les compagnons et l’exil d’Ovide», Revue de Philologie 34 (1910), 342-349, y Cultes, mythes et religions IV, París, 1912, 69-79; L. HERRMANN , «La faute secrète d’Ovide», 695-725, y «Nouvelles recherches sur la faute…», 40-52, y F. H. CRAMER , «Les raisons religieuses de l’exil d’Ovide», Revue de l’Histoire des Religions 165 (1964), 132-139.
23 Cf. D. MARIN , «Intorno alle cause dell’esilio di Ovidio», Ovidiana…, 406-411, e «Intorno alle cause dell’esilio di Ovidio a Tomi», Atti del Convegn. Intern. Ovid. I, 29-47, y «Ovidio fu relegato per la sua opposizione al regime augusteo?», Fasti Pontici… I, 97 y sigs.; S. D’ELIA , «L’esilio di Ovidio e alcuni aspetti della storia augustea», Annali della Facoltà di Lettere di Napoli 5 (1955), 95-157.
24 Cf. SIDONIO APOLINAR , Carm. XXIII 158-161, y G. BALIGAN , loc. cit.
25 Cf. D. PORTE , loc. cit., y P. M. MARTIN , loc. cit.
26 Cf. Trist. II 131-32.
27 Cf. Trist. II 127.
28 Cf. Trist. IV 4, 46.
29 Cf. Trist. IV 9, 11.
30 Cf. Trist. II 125 y sigs.
31 Cf. Trist. II 133-35.
32 Cf. Trist. II 8; III 1, 65, y Pónt. I 1, 12.
33 Cf. Trist. II 137 y V 11, 21.
34 Trist. I 1, 119-122.
35 Y. BOUYNOT , La poésie d’Ovide dans les oeuvres de l’exil, tesis doct., París, 1956, pág. 23.
36 Trist. IV 8, 31-32.
37 Trist. I 5, 31-32. Cf. E. RIPERT , op. cit., donde titula su cap. VI «La métamorphose d’Ovide», citando al propio Ovidio, Trist. I 1, 119-120. Cf. igualmente P. FARGUES , «Ovide, l’homme et le poète», Revue des Cours et Conférences (1939), 358. Significativo se nos antoja, asimismo, a este respecto, el hecho de que G. HIGHET titule los dos epígrafes que dedica al poeta Ovidio en su Poets in a landscape (Wesport, 1957) como «Contrasts» (págs. 173-181) y «Success and disaster» (págs. 181-188).
38 Trist. I 3, 11-12.
39 Cf. Pónt. II 3, 83 y sigs.
40 Cf. Pónt. IV 6, 5.
41 Cf. Trist. I 11.
42 Cf., por ej., Trist. III 10.
43 Cf. Trist. III 8; III 10; V 7; V 10, y Pónt. I 2. Juicio duro que culmina en el expresado en los durísimos versos 45-46 de Trist. V 7: «si miro a sus hombres, apenas si son personas dignas de este nombre, y son más fieros y crueles que los lobos». Sobre tal juicio de Ovidio, cf. E. RIPERT , op. cit., págs. 196 y sigs.; CH. FAVEZ , «Les Gètes et leur pays vus par Ovide», Latomus 10 (1951), 425-432; Y. BOUYNOT , op. cit., págs. 50 y sigs.; R. VULPE , «Una cittá di provincia al limite dell’impero romano. Tomi al tempo di Ovidio», Studi Romani 6 (1958), 629-648; P. ADAMESTEANU , «Sopra il ‘Geticum libellum’», Ovidiana…, 391-395; R. VULPE , «Ovidio nella città dell’esilio», Studi Ovidiani, Roma, 1959, 39-62, y I. STOIAN , «Contribution à l’étude des tribus de Tomis», Studii clasice 3 (1961), 175 y sigs.
44 Cf., por ej., Pónt. IV 13 y 14. Cf. también E. RIPERT , op. cit., págs. 213 y sigs.
45 Cf., por ej., Trist. III 12, 37; V 10, 25, y Pónt. III 1, 12.
46 Cf., por ej., Trist. III 10, 51-56; IV 1, 71-84, y V 10, 19-20.
47 Cf. R. VULPE , «Ovidio nella città dell’esilio», Studi ovidiani, 39-62.
48 Cf., por ej., Trist. III 10, 10-16, o Pónt. I 3, 50. Cf. también CH. FAVEZ , «Les Gètes et leur pays vus par Ovide», Latomus 10 (1951), 425-432.
49 Cf. Pónt. IV 6.
50 Cf. Trist. IV 2; Pónt. II 1, y III 4.
51 Cf. Pónt. II 8.
52 Pónt. IV 8, 29.
53 Recuérdense las muchas elegías de las Pónticas dirigidas a los amigos del joven Príncipe: Pónt. II 1; II 5; III 8 y IV 13, entre otras.
54 Cf. bibliografía adjunta en nota 43.
55 Cf. bibliografía de la nota 43.
56 Trist. I 6; III 3; IV 3; V 2; V 11, y V 14.
57 P. Ovidio Nasón: Tristia. Libro I, Barcelona, 1971, pág. 37.
58 Lehrbuch der Geschichte der römischen Literatur, Heidelberg, 1960 = Historia de la literatura romana [trad. esp. de J. M.a DÍAZ-REGAÑÓN] , Madrid, 1982, pág. 594.
59 Cf. Y BOUYNOT , op. cit., pág. 355.
60 Cf., por ej., Trist. II; IV 4 y Pónt. IV 16.
61 Cf. nuestro estudio «La imagen de la nave en las elegías ovidianas del destierro», Studia Graecolatina. C. Sanmillan in memoriam dicata, Granada, 1988, 219-232.
62 A. TOVAR , «El poeta Ovidio en su milenario», Humanidades 7 (1959), 32.
63 P. GRIMAL , «Introduction à l’élégie romaine», L’élégie romaine. Enracinement. Thèmes. Diffusion, París, 1980, pág. 15.
64 P. GRIMAL , loc. cit., pág. 9.
65 Cf. LUENEBURG , De Ovidio sui imitatore, Jena, 1888.
66 Cf., en este sentido, nuestra comunicación al VI Congr. Esp. Est. Clásicos, «Los poemas ovidianos del destierro: notas para una valoración estilístico-literaria», en Actas = Unidad y pluralidad en el mundo antiguo, Madrid, 1983, 223-228.
67 Cf., por ej., P. ALBERT , Histoire de la littérature romaine, I, París, 1871, 127; G. BOISSIER , L’opposition sous les Césars, París, 1885, pág. 154; R. PICHON , Histoire de la littérature latine, París, 1898, pág. 427, y De sermone amatorio apud latinos elegiarum scriptores, París, 1902, págs. 125 y sigs.; M. SCHANZ , Geschichte der römischen Litteratur, II, Munich, 1898, 234; A. CARTAULT , La poésie latine, París, 1922, pág. 121; E. BIGNONE , Historia de la literatura latina, trad. esp. de G. HALPERIN , Buenos Aires, 1952, pág. 318, y E. PARATORE , «L’elegia autobiografica di Ovidio (Trist. 4, 10)», Ovidiana…, 355.
68 Cf., por ej., F. PLESSIS , La poésie latine, París, 1909, págs. 347 y sigs.; E. RIPERT , Ovide, poéte de l’amour, des dieux et de l’exil, cit., y en su introducción a la edición y traducción de Ovide, Tristes, Pontiques, Ibis, Le Noyer, Halieutiques, París, 1937; E. GALLETIER , «Les préoccupations littéraires d’Ovide pendant son exil», Revue des Études Anciennes 43 (1940), 439 y sigs.
69 Trist. III 1, 9.
70 Trist. V 1, 5-6.
71 M. DOLÇ , op. cit., pág. 7.
72 M. DOLÇ , op. cit., pág. 37.
73 Trist. I 1, 8.
74 Trist. I 1, 18.
75 J. MAROUZEAU , «Un procédé ovidien», Ovidiana…, 101.
76 Trist. I 1, 11.
77 Trist. I 3, 95-100.
78 E. PARATORE , «L’elegia autobiografica di Ovidio», cit., 355.
79 Cf. H. DE LA VILLE DE MIRMONT , La jeunesse d’Ovide, París, 1905, págs. 67 y sigs.; F. ARNALDI , «La ‘retorica’ nella poesia di Ovidio», Ovidiana…, 32 y sigs.; T. F. HIGHAM , «Ovid and rhetoric», Ovidiana…, 23 y sigs., y S. VIARRE , «Travestis et modèles de la rhétorique», en Ovide. Essai de lecture poétique, París, 1976, 55 y sigs.
80 «Ovide et le baroque», Ovidiana…, 75 y sigs.
81 Cf., por ej., Trist. I 1, 8; I 1, 39-40; I 4, 23; etc. A propósito del carácter barroco de estos poemas, cf. nuestra comunicación al VIII Congreso Español de Estudios Clásicos, Madrid, 1991, «Las elegías ovidianas del destierro y el nuevo estilo poético», de próxima aparición en Actas.
82 Cf. nuestra comunicación al VI CEEC, cit., págs. 225 y sigs.
83 Cf. nuestra comunicación al XV Simposio de la Soc. Esp. Ling. «Función de la redundancia en los poemas ovidianos del destierro», Revista Española de Lingüística 17, 2 (1987), 269-281.
84 P. T. BRANNAN , «Repetition in lyric poetry», Classica et Iberica. A Festschrift in honor of J. M. F. Manrique, Worcester, 1975, 303-311.
85 La récurrence lexicale dans l’oeuvre de Catulle, París, 1976.
86 Cf. M. MARCOVICH , «¿Qué fin perseguía Ovidio en su epitafio?», Humanidades 2 (1960), 412-413.
87 A. RUIZ DE ELVIRA , «Las Metamorfosis de Ovidio», Estudios de literatura latina (Cuadernos de la Fundación Pastor), Madrid, 1969, 111.
88 Cf. H. DE LA VILLE DE MIRMONT , op. cit., págs. 67 y sigs., y I. CAZZANIGA , Elementi retorici nella composizione delle Lettere dal Ponto di Ovidio, Varese, 1937.
89 Cf. A. TOVAR , loc. cit., pág. 21.
90 A. RUIZ DE ELVIRA , loc. cit., pág. 149.
91 Cf. F. LECHI , «La palinodia del poeta elegiaco: i carmi ovidiani dell’esilio», Atene et Roma 23 (1978), 8.
92 Cf. J. GONZÁLEZ VÁZQUEZ , «El simbolismo de la natureleza en la poesía de Virgilio», Estudios de Filología Latina 3 (1983), 39-64.
93 Cf. S. VIARRE , op. cit., págs. 80 y sigs.
94 Cf. F. LECHI , loc. cit., pág. 7.
95 Pónt. IV 8, 55.
96 Cf., por ej., Trist. I 5, 3 y sigs.; III 2, 1 y sigs.; IV 4, 11 y sigs.; V 7, 55-56; Pónt. IV 8, 43 y sigs.; IV 16. Cf. asimismo J. K. NEWMAN , Augustus and the New Poetry, Bruselas, 1967, págs. 194 y sigs., y The concept of vates in augustan poetry, Bruselas, 1967, passim.
97 Loc. cit., pág. 96.
98 Op. cit., págs. 208-9.
99 Ovidio: Tristia. Libri primo e secondo, Turin, 1970, pág. XXIX.
100 Ovid: a poet between two worlds, Berkeley, 1945, reimpr. 1956.
101 Loc. cit., pág. 51.
102 Cf., por ej., E. J. KENNEY , «The poetry of Ovid’s exile», Proc. of the Cambridge Philol. Society 191 (1965), 37 y sigs.; J. BARSBY , Ovid, Oxford, 1978, págs. 41 y sigs., y E. BLOCK , «Poetics in exile: an analysis of Ep. ex. Ponto 3, 9», California Studies in Class. Antiq. 13 (1982), 18 y sigs.
103 El propio poeta nos dice que gozaba de gran fama en su época (por ej., Trist. II 188), hasta el punto de que su imagen circulaba grabada en anillos (Trist. I 7, 1 y 7), y que en los teatros sonaba para su poesía el aplauso popular (Trist. V 7, 25). Por otro lado, nos consta que sus versos figuraban inscritos, como los de Virgilio, en los famosos graffiti de Pompeya.
104 Cf. E. J. KENNEY , «Some reminiscences of Ovid in Latin Literature», en Atti… I, 145 y sigs.
105 Cf. R. T. BRUÈRE , «Color ovidianus in Silius Punica 1-7», Ovidiana…, 475-499.
106 Cf. E. THOMAS , «Ovidian echoes in Juvenal», Ovidiana…, 505-525.
107 Cf. H. LE BONNIEC , «Échos ovidiens dans l’Adversus orationes d’Arnobe», Colloque Présence d’Ovide, París, 1982, 139-152.
108 Cf. W. EVENEPOEL , «La présence d’Ovide dans l’oeuvre de Prudence», Colloque Presence d’Ovide, 165-176, y A. SALVATORE , «Echi ovidiani nella poesia di Prudenzio», Atti… II, 257-272.
109 Cf. S. BATTAGLIA , La tradizione di Ovidio nel medioevo, Nápoles, 1960; A. MONTEVERDI , «Ovidio nel medievo», Studi Ovidiani…, 65 y sigs., y G. PANSA , Ovidio nel medioevo e nella tradizione popolare, Sulmona, 1924.
110 «Ovidio e gli esiliati carolingi», Atti… II, 209 y sigs.
111 Cf. A.-F. SABOT , «Présence d’Ovide au XII siècle: poésie latine élégiaque, lyrique provençale», Colloque Présence d’Ovide, 241-60.
112 Cf. S. VIARRE , «Exil ovidien, exil médiéval», Colloque Présence d’Ovide, 261-272.
113 Cf. E. R. CURTIUS , Europäische Literatur und lateinisches Mittel-alter, Berna, 1948 = Literatura europea y Edad Media Latina [trad. esp. M. F. y A. ALATORRE] , Méjico-Buenos Aires, 1955, pág. 313.
114 Cf. C. JAMESON , «Ovid in the Sixteenth century», en Ovid, ed. Binns, 210 y sigs.
115 En University of California Publications in Modern Philology 4 (1913), 19 y sigs.
116 Cf. H. BARDON , «Sur l’influence d’Ovide en France au XVII siècle», Atti… II, 69 y sigs.
117 G. MAY , D’Ovide à Racine, París-New Haven, 1949.
118 Cf. N. D. LASCU , «La fortuna di Ovidio dal Rinascimento ai temnostri», Studi Ovidiani, 79 y sigs.; E. K. RAND , Ovid and his influence, Nueva York, 1963, y L. P. WILKINSON , Ovid recalled, Cambridge, 1955.
119 Dieu est né en exil. Journal de Ovide à Tomes [trad. esp. de R. VÁZQUEZ ZAMORA] , Madrid, 1967.
120 P. Ovidi Nasonis, Tristium libri quinque…, ed. Oxford, reimpr. 1969, págs. III y sigs.
121 Ovide. Tristes, ed. y trad. París, 1968, pág. XLV.
122 Cf. G. DUPLESSIS , Essai bibliographique sur les différents éditions des oeuvres d’Ovide ornées de planches publiées aux XV et XVI siècles, París, 1889.
123 Madrid, 1975.
124 Dictionnaire de la mythologie grecque et romaine [trad. esp. de F. PAYAROLS] , Barcelona-Buenos Aires, 1981.
125 The Oxford Classical Dictionary, ed. N. G. L. Hammond y H. H. Scullard, Oxford, 19702 .
126 «Textprobleme der Tristien», Philologus 103 (1959), 100-113; «Notes on the language and text of Ovid’s Tristia», Harvard Stud. in Class. Philol. 65 (1961), 243-261, y Untersuchungen zur Textgeschichte Ovids, Heidelberg, 1969.
127 «Notes on Ovid’s Tristia, books I-II», Class. Quart. 30 (1980), 401-419.
128 «Notes on Ovid’s poems from exile», Class. Quart. 32 (1982), 390-98.
129 Cf. G. LUCK , P. Ovidius Naso, Tristia II, ed. trad. y com. Heidelberg, 1977, 82.
130 G. LUCK , op. cit., ibid.
131 G. LUCK , op. cit., II, 109.
BIBLIOGRAFÍA
1. Información bibliográfica sobre Ovidio
M. VON ALBRECHT , «Ovid», Anz. der Österr. Akad. der Wiss. in Wien , 25 (1972), 56-76 y 267-290, y 26 (1973), 129-150.
F. BÖMER , «Literatur aus dem Annus ovidianus», Gymnasium 67 (1960), 358 y sigs.
R. J. GARIÉPY , Jr., «Recent scholarship on Ovid», Classical World 64 (1970), 37-56.
W. KRAUS , «Ovid», Anz. Österr. Akad. Wiss. Wien. 11 (1958), 129-146; 16 (1963), 1-14, y 18 (1965), 193-208.
E. MARTINI , Einleitung zu Ovid, Leipzig y Viena, 1933, reimp. Darmstadt, 1970.
E. PARATORE , Bibliografia ovidiana a cura di…, Sulmona, 1958.
W. SCHETTER , «Rassegna di studi ovidiani», Atene e Roma (1960), 193 y sigs.
2. Actas o colecciones de estudios
Acta Conventus omnium gentium Ovidianis studiis fovendis, eds. N. Barbu, E. Dobroiu y M. Nasta, Bucarest, 1976.
Atti del Convegno Internazionale Ovidiano, 2 vols., Roma, 1959.
Fasti Pontici Ovidio poetae dicati = Acta Philologica Academiae Dacoromanae, 1958.
Ovid, eds, Albrecht y Zinn, Darmstadt, 1968.
Ovid, ed. J. W. Binns, Londres, 1973.
Ovidiana, Recherches sur Ovide, ed. N. I. Herescu, París, 1958.
Ovidianum, Acta Conventus omnium gentium Ovidianis studiis fovendis, ed. Darbu et alii, Bucarest, 1976.
Publius Ovidius Naso, Bucarest, 1957.
Studi Ovidiani, Roma, Ist. di Studi Romani, 1959.
3. Estudios generales sobre Ovidio
F. ARNALDI , «Il mondo poetico di Ovidio», Studi Romani 6 (1958), 389-406.
J. BARSBY , Ovid, Oxford, 1978.
S. D’ELIA , Ovidio, Nápoles, 1959.
H. FRÄNKEL , Ovid: a poet between two worlds, Berkeley, 1945, reimp. 1956.
J. J. HARTMANN , De Ovidio poeta commentatio, Leyden, 1905.
W. KRAUS , «Ovidius Naso», Real Encyclop. (1910-1986), reimp. en Ovid ed. Albrecht-Zinn, págs. 67-166.
W. S. MAGUINESS , «Bimillennial reflections on Ovid», Greece et Rome 5 (1958), 1-12.
W. NICOLAI , «Phantasie und Wirklichkeit bei Ovid», Antike und Abendland 19 (1973), 107-116.
B. OTIS , Ovid as an epic poet, Cambridge, 1966.
S. G. OWEN , «Ovid’s use of the simile», Classical Rev. (1931), 97 y sigs.
E. RIPERT , Ovide, poète de l’amour, des dieux et de l’exil, París, 1921.
A. TOVAR , «El poeta Ovidio en su milenario», Humanitas 7 (1959), 13-33.
S. VIARRE , «L’image et le symbole dans la poésie d’Ovide. Recherches sur l’imaginaire», Rev. Ét. Lat. (1974), 263-280.
—, Ovide. Essai de lecture poétique, París, 1976.
H. DE LA VILLE DE MIRMONT , La jeunesse d’Ovide, París, 1905.
J. A. WASHIETL , De similitudinibus imaginibusque ovidianis, Viena, 1883.
E. G. WILKINS , «A classification of the similes of Ovid», Class. World 25 (1932), 73-78 y 81-86.
L. WINNICZUCK , «Ovids Elegie und die epistolographische Theorie», Publius Ovidius Naso, 135-157.
4. Estudios sobre el destierro de Ovidio
W. H. ALEXANDER , «The culpa of Ovid», Class. Journ. 53 (1958), 319-325.
E. APPEL , Quibus de causis Ovidius ab Augusto relegatus sit, Berlín, 1872.
G. BALIGAN , «L’esilio di Ovidio», Atti Convegn. Intern. Ovid. I, 49-54.
G. BOISSIER , «L’exil d’Ovide», Revue des Deux Mondes 69 (1867), 580-612.
—, L’opposition sous les Césars, París, 1892, 144 y sigs.
B. T. BUCHERT , «The reasons for Ovid’s banishment», Akroteron 19 (1974), 44-49.
J. CARCOPINO , «L’exil d’Ovide, poète néopythagoricien», Rencontres de l’histoire et de la littérature romaines = Contactos entre la historia y la literatura romanas [trad. V. PERAL] , Madrid, 1965, págs. 51-142.
—, «Les raisons religieuses de l’exil d’Ovide», Rev. de l’Hist. des Relig. 165 (1964), 132 y sigs.
A. CARTAULT , «Encore les causes de la rélégation d’Ovide», Mélanges Chatelain, París, 1910, págs. 50 y sigs.
E. COCCHIA , «La relegazione di Ovidio a Tomi», Atti Acad. Archeol. Lett, e Belle Arti di Napoli 12 (1902), 1-45.
F. CORSARO , «Sulla relegatio di Ovidio», Orpheus 15 (1968), 123-167.
F. CUMONT , «Les raisons religieuses de l’exil d’Ovide», Rev. de l’Histoire des Religions 165 (1964), 132-139.
S. D’ELIA , «L’esilio di Ovidio e alcuni aspetti della storia augustea», Annali della Facoltá Lettere Napoli 5 (1955), 95-157.
A. DEVILLE , Essai sur l’exil d’Ovide, s. 1., 1859.
CH. FAVEZ , «Les Gètes et leur pays vus par Ovide», Latomus (1951), 425-432.
G. P. GOOLD , «The cause of Ovid’s exile», Illinois Classical Studies 8 (1983), 94-107.
P. GREEN , «Carmen et error: πρόϕασις and αιτία in the matter of Ovid’s exile», Classical Antiquity (1982), 202-220.
A. GREGORIAN , «Discussioni intorno all’esilio di Ovidio a Tomi», Atti Conv. Intern. Ovid. II, 315 y sigs.
M. HAMMOND , «Plato and Ovid’s exile», Harvard Studies Class. Philol. 63 (1958), 347-361.
L. HERRMANN , «La faute secrète d’Ovide», Rev. Belg. Philol. 17 (1938), 695-725.
—, «Nouvelles recherches sur la faute secrète d’Ovide», Rev. Belg. Philol. 43 (1965), 40-52.
—, «L’Art d’aimer, Les remèdes d’amour et la faute secrète d’Ovide», Rev. Belg. Philol. 48 (1970), 38-44.
—, «Ovide, la Bona Dea et Livie», L’Antiq. Class. 44 (1975), 126 y sigs.
E. KOERBER , De P. Ovidii Nasonis relegationis causis commentatio, S. Petersburgo, 1883.
R. MARACHE , «La révolte d’Ovide exilé contre Auguste», Ovidiana…, 412-419.
D. MARIN , «Ovidio fu relegato per la sua oposizione al regime augusteo?», Fasti Pontici…, 99-252.
—, «Intorno alle cause dell’esilio di Ovidio», Ovidiana…, 406-411, y en Atti… I, 29-47.
K. MAROT , «L’esilio di Ovidio», Acta Antiqua Acad. Scient. Hungar. 3 (1955), 223-232.
F. NORWOOD , «The riddle of Ovid’s relegatio», Class. Philol. 58 (1963), 150-163.
A. N. POPESCU , «L’aspect juridique de la rélégation du poète Ovide à Tomis», Studi in onore di Cesare Sanfilippo III, 547-559.
D. PORTE , «Un épisode satirique des Fastes et l’exil d’Ovide», Latomus 43 (1984), 284-306.
R. S. ROGERS , «The emperor’s displeasure and Ovid», Trans, and Proc, of the Amer. Philol. Assoc. 97 (1966), 373-378.
N. SALANITRO , «Contributo all’interpretazione dell’error di Ovidio», Mondo classico 11 (1941), 254-271.
J. C. THIBAULT , A critical analysis of the hypotheses concerning Ovid’s error, tesis doct., Illinois, 1960.
—, The mistery of Ovid’s exile, Berkeley, 1964.
R. VERDIÈRE , «Un amour secret d’Ovide», L’Antiq. Class. 40 (1971), 623-648.
—, «Nouvelles prospectives sur la rélégation d’Ovide», Acta Conventus omnium gentium Ovidianis…, 591-601.
N. VOULIKH , «Pouchkine et Ovide», Revue de litt. comp. 41 (1967), 24-36.
N. V. VULIKH , «La révolte d’Ovide contre Auguste», Les Étud. Class. 36 (1968), 370-383.
C. W. ZIMMERMANN , «Die Ursachen der Verbannung Ovids», Rhein. Mus. 81 (1932), 263 y sigs.
5. Estudios estilístico-literarios sobre los poemas del destierro
D. ADAMESTEANU , «Sopra il ‘Geticum libellum’», Ovidiana…, 391-395.
L. ALFONSI , «Il barrocco letterario latino», Synteleia V. Arangio Ruiz, Nápoles (1964), 155 y sigs.
A. ARCELLASCHI , «Sur un itinéraire ovidien, de la declamatio à la recitatio», La rhétorique à Rome, págs. 71-81.
R. ARGENIO , «La piú bella elegia ovidiana dell’esilio», Rivista di Studi Classici 7 (1959), 141-151.
—, «Retorica e mitologia nelle poesie ovidiane dell’esilio», Fons Perennis, Turín, 1971, 51-79.
F. ARNALDI , «La ‘retorica’ nella poesia di Ovidio», Ovidiana…, 23-31.
H. BARDON , «Ovide et le baroque», Ovidiana…, 75-100.
J. BENEDUM , Studien zur Dichtkunst des späten Ovid, tesis, Giesen, 1967.
V. BERNHARDT , Die Funktion der Kataloge in Ovids Exilpoesie , Hildesheim, 1986.
R. BIRNBAUM , «Fatum and Fortuna in Ovid’s exile poetry», Commemorationes in memoriam B. Katz, Tel Aviv, 1970, 207 y sigs.
E. BLOCK , «Poetics in exile. An analysis of Epistulae ex Ponto 3, 9», California Studies in Classical Antiquity 13 (1982), 18-27.
F. BÖMER , «Ovid und die Sprache Vergils», Gymnasium 66 (1959), 268-288.
J.-P. BOUCHER , «Le style élégiaque», Bull. Facult. Lett. Mulhouse 10 (1980), 203-210.
Y. BOUYNOT , La poésie d’Ovide dans les oeuvres de l’exil, tesis doct., París, 1956.
—, «Ovide, Tristes III, 2. Étude rhythmique et stylistique», Rivista di Studi Classici 7 (1959), 145-151 y posteriormente en Mélanges Herescu, 1964, 39-51.
A. CAZZANIGA , Elementi retorici nella composizione delle Lettere dal Ponto di Ovidio, Varese, 1937.
W. M. CLARKE , «Intentional alliteration in Vergil and Ovid», Latomus 35 (1976), 276-300.
M. P. CUNNINGHAM , «Ovid’s Poetics», Class. Journ. 53 (1957-58), 253-259.
P. H. DAMSTÉ , «Ad carmina Ovidii in exilio composita», Mnemosyne 46 (1918), 1-37.
M. T H. DAVISSON , «Duritia and creativity in exile: Epistulae ex Ponto 4.10», Classical Antiquity (1982), 28-42.
S. D’ELIA , «Lineamenti dell’evoluzione stilistica e ritmica nelle opere ovidiane», Atti del Convegn. Intern. Ovid. II, 377 y sigs.
R. J. DICKINSON , «The Tristia: poetry in exile», Ovid, ed. Binns, 154-190.
E. DOBLHOFER , «Ovids Exilpoesie. Mittel, Frucht und Denkmal dichterischer Selbstbehauptung», Der altsprachliche Unterricht 23 (1980), 59-90.
S. DÖPP , Virgilischer Einfluß im Werk Ovids, Munich, 1968.
J. P. ENK , «Disputatio de Ovidii Epistulis ex Ponto Sulmone habita mense Maio anni MCMLVIII», Atti… I, 205-217.
H. B. EVANS , Ovid’s ‘publica carmina’: a study of the «Tristia» and «Epistulae ex Ponto» as poetic books, tesis, Univ. de Carolina del Norte, Chapel Hill, 1973.
—, «Ovid’s Apology for ex Ponto 1, 3», Hermes 104 (1976), 103-112.
—, Publica carmina. Ovid’s books from exile, Univ. Lincoln, Nebraska, 1983.
J. FARGUES , «Ovide, l’homme et le poéte», Rev. des Cours et Confér. 40 (1938), 31-47, 137-151, 354-365, 429-441, 550-562 y 752-763; 41 (1939-40), 141-149, 205-212, 358-364 y 485-492.
H. H. FRÖSCH , Ovids Epistulae ex Ponto I-III als Gedichtsamlung, tesis, Bonn, 1968.
—, Ovid als Dichter des Exils, Bonn, 1976.
E. GALLETIER , «Les préoccupations littéraires d’Ovide pendant son exil», Rev. des Étud. Anc. 43 (1940), 439-447.
R. GANDEVA , «Zur Beurteilung von Ovids Gedichten aus der Verbannung», Klio 51 (1969), 267-276.
J. HELLEGOUARC’H , «Aspects stylistiques de l’expression de la tristesse et de la douleur dans les poèmes ovidiens de l’exil», Acta Conventus omnium…, 325-340.
N. I. HERESCU , «Le sens de l’épitaphe ovidienne», Ovidiana…, 412-419.
T. F. HIGHAM , «Ovid and rhetoric», Ovidiana…, 32-48.
J. IRIGOIN , «Les Pontiques d’Ovide; la compositions des trois premiers livres», Rev. Philol. 54 (1980), 19-26.
E. J. KENNEY , «The poetry of Ovid’s exile», Proc. of the Cambridge Philology Society 11 (1965), 37-49.
W. F. KNIGHT , «Ovid’s metre and rhythm», Ovidiana…, 106-120.
H. O. KRÖNER , «Aufbau und Ziel der Elegie Ovids Tristia I, 2», Emerita 38 (1970), 163-197.
N. D. LASCU , «Ovidio linguista», Stud. Class. 3 (1961), 305-311.
F. LECHI , «La palinodia del poeta elegiaco: i carmi ovidiani dell’esilio», Atene et Roma 23 (1978), 1-22.
A. G. LEE , «An appreciation of Tristia III, 8», Greece and Rome (1949), 113-120.
—, «The originality of Ovid», Atti… II, 405 y sigs.
F. W. LENZ , «Ovid, Tristia I, 3, 75 ss.», Maia 14 (1962), 109-116.
—, «A disputed question, Ovid, Tristia I, 9», Latomus 28 (1969), 583-87.
E. LOZOVAN , «Ovide et le bilinguisme», Ovidiana…, 396-405.
—, «Réalités pontiques et necessités littéraires chez Ovide», Atti…, 355-370.
G. LUCK , «Textprobleme der Tristien», Philologus 103 (1959), 100-113.
—, «Notes on the language and text of Ovid’s Tristia», Harvard Stud. in Class. Philol. 65 (1961), 243-261.
—, Untersuchungen zur Textgeschichte Ovids, Heidelberg, 1969.
M. MARCOVICH , «¿Qué fin perseguía Ovidio en su epitafio?», Humanidades 2 (1960), 407-416.
S. MARIOTTI , «La carriera poetica di Ovidio», Belfagor 12 (1957), 609-35.
B. R. NAGLE , The poetics of exile. Program and polemic in the Tristia and Epistulae ex Ponto of Ovid, Bruselas, 1980.
E. OTON , «Sobre Tristia I, 1», Durius (1976), 141-155.
E. PARATORE , «L’elegia autobiografica di Ovidio (Tr. 4, 10)», Ovidiana…, 353-378.
H. RAHN , «Ovids elegische Epistel», Antike und Abendland 7 (1958), 105-120, post. reimpr. en Ovid, ed. Albrecht, págs. 476-501.
P. SCAZXOSO , «Inattualità della poesia di Ovidio», Paideia 1 (1946), 236-272.
H. T. SORLEY , Exile: a study in three books, Ilfracombe, 1963.
R. VERDIÈRE , «Sur deux destinataires dans les Tristia d’Ovide», Latomus 43 (1983), 139-142.
W. VORDTRIEDE , «Vorläufige Gedanken zu einer Typologie der Exilliteratur», Akzente 15 (1968), 556-575.
L. WINNICZUCK , «Ovids Elegie und die epistolographische Theorie», Publius Ovidius Naso, 205-227.
6. Estudios sobre otros aspectos de estos poemas
V. BUESCU , «Trois aspects ‘roumains’ d’Ovide», Atti… I, 235-247.
F. DELLA CORTE , «Il Geticus sermo di Ovidio», Scritti in onore di Giuliano Bonfante, Brescia, 1975, 205-216.
J.-M. FRÉCAUT , L’esprit et l’humour chez Ovide, Grenoble, 1972.
E. GELMA , «La dépression mélancolique du poète Ovide pendant son exil», Le médecin d’Alsace et de Lorraine 2 (1935), 28-44.
N. I. HERESCU , «Ovide, le premier poète roumain», Acta Philologica 1 (1958), 5-8.
—, «Poeta Getes», Ovidiana…, 404-405.
—, «Ovide, le Gétique (Pont. IV, 13, 18: paene poeta Getes)», Atti… I, 55-80.
A. W. J. HOLLEMAN , «Ovid and politics», Historia 20 (1971), 458-466.
C. E. KERENYI , Poets in exile: a comparative study in latin and hungarian literature, tesis, Univ. de Texas, 1970.
S. LAMBRINO , «Tomes, cité gréco-gète chez Ovide», Ovidiana…, 379-390.
N. D. LASCU , «Ovidiu in Romania», Publius Ovidius Naso, 333-380.
E. LOZOVAN , «Ovid, agonothète de Tomes», Rev. Étud. Lat. 39 (1961), 172-81.
G. LUGLI , «Commento topografico all’elegia 1 del III libro dei Tristia», Atti… II, 387-403.
R. MARACHE , «La révolte d’Ovide exilé contre Auguste», Ovidiana…, 412-19.
W. MARG , «Zur Behandlung des Augustus in den Tristien», Atti… II, 345-354.
A. V. PODOSINOV , «Ovid as a source for the history of West Pontus», Vestnik Drevnej Istori (1981), 174-194.
M. POPESCU , «Ovidio in Romania (Addenda)», Fasti Pontici, 269-275.
R. SYME , History in Ovid, Oxford, 1978.
M. H. THOMSEN , Detachment and manipulation in the exile poems of Ovid, tesis, Univ. de California, Berkeley, 1979.
R. VULPE , «Ovidio nella cittá dell’esilio», Studi Ovidiani, 39-62.
T. WIEDEMANN , «The politicai background to Ovid’s Tristia II», Class. Quart. 25 (1975), 264-271.
T. ZIELINSKI , «Les derniers jours d’Ovide en Dobrudja: réalité et légende», Revista Classicà (1939-40), 16-28.
7. Estudios generales sobre poesía latina (de interés para el estudio de Ovidio)
L. ALFONSI , «Il probleme dell’origine dell’elegia latina», Studi Urbinati di Storia, Filosofia e Letteratura 39 (1965), 354-65.
F. CAIRNS , Generic composition in greek and roman poetry, Edimburgo, 1972.
F. CUPAIUOLO , Itinerario della poesia latina nel I secolo dell’impero, 1978.
L’élégie Romaine, Enracinement, thèmes, diffusion. Actes du Colloque international Mulhouse 1979, París, 1980.
G. K. GALINSKY , «The triumph theme in the augustan elegy», Wiener Studien 82 (1969), 75-107.
P. GRIMAL , Le lyrisme à Rome, París, 1978.
H. O. KRÖNER , «Elegisches Unwetter», Poetica 3 (1970), 388-408.
J. K. NEWMANN , Augustus and the new poetry, Bruselas, 1967.
B. OTIS , «Ovid and the augustans», Transact. and Proceed. of the Amer. Philol. Associat. 69 ( 1938), 188- 229.
W. STROH , Die römische Liebeselegie als werlende Dichtung, Amsterdam, 1971.
L. P. WILKINSON , Golden latin artistry, Cambridge, 1963.
G. WILLIAMS , Change and decline, Berkeley-Los Ángeles, 1978.
8. Influjo de los poemas del destierro en la literatura posterior
H. BARDON , «Sur l’influence d’Ovide en France au XVII siècle», Atti… II, 69 y sigs.
S. BATTAGLIA , La tradizione di Ovidio nel Medioevo, Nápoles, 1960.
M. BONIOUR , «Dieu est né en exil de V. Horia ou un Ovide métamorphosé», Colloque Présence d’Ovide, ed. R. Chevallier, París, 1982, 441-454.
F. S. BRAS , Ovid and the Elizabethans, Londres, 1947.
R. T. BRUÈRE , «Color ovidianus in Silius Punica 1-7», Ovidiana…, 475-99.
G. BRUGNOLI , «Ovidio e gli esiliati carolingi», Atti… II, 209 y sigs.
W. EVENEPOEL , «La présence d’Ovide dans l’oeuvre de Prudence», Colloque Présence d’Ovide, 165-176.
P. FABRI , «Ovidio e Dante», Atti… II, 199 y sigs.
L. HERRMANN , «L’influence d’Ovide sur Octavie», Ovidiana…, 500-504.
C. JAMESON , «Ovid in the sixteenth century», Ovid, ed. Binns, 210 y sigs.
E. J. KENNEY , «Some reminiscences of Ovid in latin literature», Atti… I, 145 y sigs., y 163 y sigs.
N. D. LASCU , «La fortuna di Ovidio dal Rinascimento ai tempi nostri», Studi Ovidiani…, 79 y sigs.
H. LE BONNIEC , «Échos ovidiens dans l’Adversus nationes d’Arnobe», Colloque Présence d’Ovide, 139-152.
G. MAY , D’Ovide à Racine, Yale Univ. Press., 1949.
A. MONTEVERDI , «Ovidio nel Medioevo», Studi Ovidiani…, 65 y sigs.
G. PANSA , Ovidio nel Medioevo e nella tradizione popolare, Sulmona, 1924.
F. PEETERS , «Ovide et les études ovidiennes actuelles», Ovidiana…, 541-50.
Présence d’Ovide, Colloque, ed. R. Chevallier, París, 1982.
E. K. RAND , Ovid and his influence, Boston, 1925, reimpr. Nueva York, 1963.
A.-F. SABOT , «Présence d’Ovide au XII siècle: poésie latine élégiaque, lyrique provençale», Colloque Présence d’Ovide, 241-260.
A. SALVATORE , «Echi ovidiani nella poesia di Prudenzio», Atti… II, 257-72.
R. SCHEVILL , «Ovid and the Renascence in Spain», University of Californ. Publications in Modern Philology 4 (1913), 19 y sigs.
E. THOMAS , «Ovidian echoes in Juvenal», Ovidiana…, 505-525.
S. VIARRE , «Exil ovidien, exil médiéval», Colloque Présence D’Ovide, 261-72.
L. P. WILKINSON , Ovid recalled, Cambridge, 1955, reimpr. abrev. en Ovid surveyed, Cambridge Univ. Press, 1962.
TRISTES
LIBRO I
INTRODUCCIÓN
Este primer libro, como era de esperar, nos describe la despedida del poeta de Roma (3.a elegía) y algunos de los acontecimientos más destacados de su viaje a Tomos, como son las dos tempestades descritas en la 2.a y 4.a elegías. Además, contiene el recuerdo agradecido del poeta para su esposa (6.a ) y algunos fieles amigos (5.a , 7.a y 9.a ), así como el lamento por la decepcionante infidelidad de algún otro (8.a ), y una elegía a la nave que le llevó desde el puerto corintio de Céncreas hasta Samotracia (10.a ), y que le ofrece la oportunidad de hacer una descripción del itinerario seguido por el poeta desde que sale de Brindis, así como de narrarnos el curso seguido por la nave que le deja en Samotracia desde dicho puerto hasta su llegada a Tomos, tras recoger al poeta de nuevo en alguna costa, ya del Mar Negro, hasta donde se trasladaría andando desde la Tracia. El libro se abre con una elegía que hace de prólogo (1.a ) o presentación y se cierra con otra que sirve de epílogo o despedida (11.a ).
Llama la atención la forma retrospectiva en que narra la última noche pasada en Roma (3.a ), que debiera ocupar un lugar anterior a la 2.a (descripción de la tempestad en el Adriático): recuerda en este sentido un tanto la narración de Virgilio en la Eneida, comenzando por la tempestad del libro I y evocando a posteriori la última noche de Troya (libro II). Esta forma de evocación y no de narración de una realidad inmediata parece acentuar aún más la extraordinaria belleza de esta gran pieza lírica.
Por otra parte, el orden mismo de las elegías de este libro de las Tristes nos parece altamente intencionado y artificioso: el centro del libro lo ocupa la elegía 6.a dedicada a su esposa, rodeada por las dedicadas a sus amigos.
1
PRÓLOGO
Esta pieza poética, que abre la colección de las Tristes a modo de propempticon, como comentan M. Dolç y Della Corte 1 , es una elegía de despedida a este primer volumen o libro de poemas, que le sirve al mismo tiempo de prólogo. Concebida como tal, debió de ser compuesta, sin embargo, a lo largo del viaje, ya al final del mismo, en alguno de los altos hechos en el camino, y desde alguno de los puertos por los que la nave pasó sería enviado a Roma a alguno de los amigos del poeta.
Pequeño librito (y no te desprecio por ello), sin mí irás a la ciudad de Roma, ¡ay de mí!, adonde a tu dueño no le está permitido ir. Ve, pero sin adornos, cual conviene a un desterrado 2 : viste, infeliz, el atuendo adecuado a esta desdichada circunstancia. Que no te envuelvan los arándanos [5] con su color rojizo 3 , ya que ese color no se aviene muy bien con los momentos de tristeza; ni se escriba tu título con minio 4 , ni se embellezcan tus hojas de papiro con aceite de cedro, ni lleves blancos discos en una negra portada. Queden esos adornos para los libritos 5 felices; [10] por tu parte, no debes olvidar mi triste condición. Que ni siquiera alisen tus cantos con frágil piedra pómez 6 , a fin de que aparezcas hirsuto, con las melenas desgreñadas. No te avergüences de los borrones: el que los vea pensará que han sido hechos con mis propias lágrimas.
Ve, librito, y saluda con mis palabras todos los lugares [15] queridos: los tocaré, al menos, con el pie con que me está permitido 7 hacerlo. Si alguien, como sucede entre el pueblo, no se ha olvidado allí de mí, si hubiera alguien que, por casualidad, te preguntara cómo estoy, le dirás que estoy vivo, pero no demasiado bien 8 , y aun eso, el hecho [20] de vivir, lo debo al favor de un dios 9 .
Así, tú, que callado has de ser leído por aquel que busca más de lo que realmente dices, guárdate de hablar tal vez lo que no viene a cuento. Inmediatamente, puesto sobre aviso el lector, recordará mis delitos y me veré condenado públicamente por boca del pueblo. Cuídate mucho [25] de defenderme, por muy mordaces que sean las acusaciones: una mala causa empeora con la defensa 10 . Puede ser que encuentres a alguien que suspire por mi pérdida, que lea estos versos con sus mejillas humedecidas por las lágrimas y en silencio, a solas consigo mismo, no vaya a [30] ser que unos oídos malévolos le escuchen, suspirará porque el César se ablande y alivie mi pena. Yo también, por mi parte, cualquiera que sea aquel que desee que los dioses se muestren benignos con el desdichado, pido que él mismo no conozca la desgracia. ¡Ojalá se cumplan sus deseos y aplacada la cólera del Príncipe me conceda poder morir en mi patria!
[35] Aunque te limites a cumplir mis órdenes, tú, libro mío, serás probablemente criticado y considerado inferior a la fama que consiguió mi ingenio. Cometido del crítico es investigar tanto los hechos mismos como sus circunstancias; una vez consideradas estas últimas, estarás a salvo. [40] La poesía nace hilvanada de un alma serena: en cambio, mi existencia se ha visto nublada 11 por súbitos males. La poesía requiere el retiro tranquilo del poeta: a mí, sin embargo, me abaten el mar 12 , los vientos y el duro invierno. A la poesía le perjudica cualquier tipo de temor: yo, desesperado, creo que de un momento a otro se va a hundir [45] la espada en mi garganta. Un crítico imparcial admirará incluso esto que hago y leerá con benevolencia mis escritos, cualesquiera que sean. Dame al Meónida 13 y rodéalo de tantas desventuras: todo su ingenio sucumbirá ante tal cantidad de desgracias.
Por último, sin preocuparte del qué dirán, piensa en partir, querido libro, y no te avergüences de disgustar al [50] lector. No es tan favorable nuestra fortuna como para que te preocupes de tu gloria. Mientras estaba a salvo, era tentado por el prurito de la fama y ardía en deseos de granjearme un buen nombre; bastante es si actualmente no [55] odio la poesía y esta afición que tanto me ha perjudicado: el destierro es fruto de mi talento. Tú, sin embargo, ve en mi lugar y contempla Roma, tú que puedes. ¡Ojalá hicieran los dioses que pudiese ser yo ahora mi libro!
Y no te pienses que, por el hecho de llegar como extranjero a la gran urbe, vas a poder pasar como desconocido [60] para sus gentes. Aunque no lleves título, serás reconocido por tu propio color; por más que intentes disimular, es evidente que tú eres mío. Entra con cautela, no vaya a ser que mis poemas te hagan daño 14 : éstos no gozan ya de todo el favor de antaño. Si alguien piensa que, [65] por ser mío, no mereces ser leído y te aparta de su regazo, dile: «Mira mi título: esto no son lecciones de amor; aquella obra pagó ya el castigo que merecía» 15 .
Puede ser que tú estés aguardando saber si te voy a [70] ordenar que subas al encumbrado palacio, mansión del César 16 . ¡Que me perdonen esos lugares augústeos y las divinidades que habitan en ellos!: desde aquella cima cayó el rayo de la condena sobre mi cabeza 17 . Conozco, es cierto, la suma clemencia de las divinidades que habitan en aquellas mansiones, pero temo a los dioses que me condenaron. [75] Al menor zumbido de tus alas, gavilán, tiembla la paloma que ha sido herida por tus garras. Ni se atreve a alejarse del aprisco la corderilla a duras penas arrebatada a los dientes del lobo hambriento. Faetonte, si viviera [80] aún, evitaría acercarse al cielo y no querría conducir los caballos que un día, ¡necio de él!, deseara 18 . Yo también, por mi parte, lo confieso, temo los rayos de Júpiter, cuyos efectos ya he sufrido: cada vez que truena, me creo alcanzado por su rayo hostil. Todo aquel integrante de la escuadra griega que escapó del promontorio Cafareo, vuelve siempre las velas en dirección opuesta a las aguas de Eubea 19 ; del mismo modo, a mi barquilla, batida una [85] vez por una horrible tempestad, le horroriza acercarse al lugar donde fue maltratada.
Así pues, ten cuidado, librito, y sé tímido y circunspecto, de modo que te baste con ser leído por el pueblo llano. Al lanzarse Ícaro con débiles alas a lugares demasiado elevados, dio nombre a las aguas del mar 20 . Me resulta [90] difícil decirte desde aquí si te conviene usar remos o viento: la ocasión y el lugar te lo aconsejarán. Si puedes ser presentado en un momento de holganza, si tú ves que la calma reina por todas partes, si la ira ha quebrado sus propias fuerzas, si alguien, al verte titubeando y temiendo [95] avanzar, te presenta no sin antes haber dicho algunas palabras, ¡acércate! ¡En buena hora y con más fortuna que tu dueño llegues allá y alivies mis males! Pues nadie, sino el causante de mi herida, tal y como acaeció con Aquiles 21 , [100] me la puede sanar. Cuídate sólo de no dañarme mientras me quieres ayudar, pues la esperanza de mi corazón es menor que el temor que lo angustia. Y cuídate de que la cólera que estaba apaciguada no vaya a ensañarse de nuevo al removerla y seas tú un nuevo motivo de condena.
[105] Pero cuando hayas sido admitido en mi estudio y hayas encontrado las curvas estanterías que te servirán de morada, verás allí colocados en orden a tus hermanos a los cuales un mismo afán dedicó sus vigilias. Todos mostrarán [110] sus títulos bien a la vista y llevarán sus nombres en su portada. Pero verás tres escondidos aparte en un rincón oscuro: son aquellos que enseñan a amar 22 (cosa que nadie ignora). A éstos, o los rehúyes, o, si tienes suficiente atrevimiento, los llamarás otros tantos Edipos y Telégonos 23 . [115] De estos tres libros, si sientes amor por tu padre, yo te aconsejo que no ames a ninguno de ellos, a pesar de que te enseñarán a hacerlo. Hay también quince volúmenes de Metamorfosis, poemas arrebatados hace poco de mi propio funeral 24 . Yo te encargo que les digas que entre esas metamorfosis se puede incluir el rostro de [120] mi fortuna, pues ésta tornóse de pronto diferente de la anterior 25 : deplorable hoy, en otro tiempo fue favorable.
Muchas otras recomendaciones tenía que hacerte, si quieres saberlo; pero temo haber sido el causante del retraso de tu partida. Además, si llevaras contigo, libro mío, [125] todos mis pensamientos, serías un fardo demasiado pesado para el que te va a transportar. Largo es el amino, ¡date prisa! Por mi parte, voy a habitar en el último confín del mundo 26 , en un país apartado de mi patria.
2
TEMPESTAD EN EL ADRIÁTICO
Aunque propiamente el poeta nos describe en esta elegía una tempestad real que le sorprende en el Mar Adriático, poco después de su salida de las costas de Italia, presumiblemente del puerto de Brindis, nos inclinamos a pensar, sin embargo, que, cuando menos, subyace en todo este poema la imagen de la nave zarandeada por la tempestad que, como ya hemos dicho, simboliza la situación adversa que vive nuestro poeta. Véanse, a este respecto, las continuas alusiones a su castigo perfectamente implicadas en la trama de la elegía, hasta el punto de que más parece tratarse de una tempestad simbólica que de una real. Y es que no conviene olvidar, como muy bien observara ya O. Kröner 27 , que la tempestad en la poesía elegiaca, aparte de un pretexto o motivo narrativo, contribuye con frecuencia a simbolizar el estado de ánimo del poeta. De ahí que, al par que estamos ante una descripción objetiva del fenómeno natural de la tempestad, nos encontramos también ante una visión subjetiva o autodescripción anímica del poeta 28 .
En el aspecto estilístico, esta elegía nos recuerda, en lo que a la descripción de la tempestad propiamente dicha se refiere, un pasaje paralelo de la Eneida 29 .
¡Dioses del mar y del cielo (pues, ¿qué otra cosa sino las súplicas me quedan?), no destrocéis los fragmentos de esta maltratada barca 30 y no os suméis, os lo suplico, a la ira del gran César! A menudo, ante el acoso de un dios, otro nos presta su ayuda. Múlciber 31 era contrario a [5] Troya, Apolo 32 estaba a su favor; Venus era favorable a los teucros, Palas hostil 33 . Juno 34 , enemiga encarnizada de Eneas, era más favorable a Turno 35 ; pero aquél estaba, sin embargo, protegido por el favor divino de Venus. A menudo, presa de su furor, Neptuno atacó al cauto Ulises 36 , [10] pero a menudo también Minerva lo arrancó de las manos de su tío paterno. Y a mí, a pesar de la distancia que me separa de todos éstos, ¿quién impide que alguna divinidad me ayude mientras otro dios 37 está airado? Infeliz, pierdo en vano palabras baldías: pesadas masas de [15] agua inundan mi rostro mientras hablo, el terrible Noto dispersa mis palabras y no deja que mis súplicas lleguen a los dioses a los que van dirigidas. Así pues, los mismos vientos, para que no me vea dañado por un solo lado, empujan a no sé dónde mis velas y mis súplicas. ¡Ay desdichado de mí! ¡Cuán grandes montañas de agua se precipitan [20] dando vueltas en torno nuestro! Se podría pensar que estaban ya a punto de tocar los astros más elevados del cielo. ¡Cuán grandes valles se abren a nuestros pies al hendirse las olas! Podría pensarse que estaban a punto de alcanzar el negro Tártaro. Adondequiera que miro, no veo sino mar y cielo: el uno, hinchado por las olas; el [25] otro, con amenazadoras nubes. Entre ambos braman con espantoso zumbido los vientos: el agua del mar no sabe a qué señor obedecer, pues ya el Euro sopla desde el purpúreo Levante, ya llega el Céfiro desde el tardío Occidente, ya el gélido Bóreas se enfurece como una bacante desde el árido Norte, ya el Noto lucha en sentido opuesto 38 . [30]
El piloto duda y no sabe qué dirección evitar o seguir: ante esta peligrosa incertidumbre su misma pericia se asombra. Sin duda vamos a perecer y no hay esperanza alguna de salvación, y mientras hablo el agua cubre mi rostro. El oleaje va a ahogar mi respiración y voy a recibir las [35] aguas homicidas en mi boca en balde suplicante. Y, sin embargo, mi fiel esposa no se duele de otra cosa que de mi destierro: ésta sola de mis desventuras conoce y llora. Ella ignora que mi cuerpo es zarandeado por las olas en alta mar, no sabe que me hallo a merced del viento y desconoce [40] asimismo que la muerte está a mi lado. ¡Cómo celebro no haberle permitido embarcar conmigo! Así la muerte, ¡ay desdichado de mí!, hubiera tenido que sufrirla por dos veces. Pero ahora, aunque yo muera, como ella está a salvo, sobreviviré al menos en mi otra mitad. ¡Ay de [45] mí! ¡Con qué llama tan rápida han brillado las nubes! ¡Qué gran fragor resuena desde el etéreo cenit! Las olas golpean las tablas de los costados de la nave con no menor violencia que aquella con la que los pesados proyectiles de la ballesta baten las murallas. Esta ola que avanza sobrepuja a todas las demás: es la que sigue a la novena y la que precede a la [50] undécima. Y no es que tema la muerte, pero éste es un género de muerte miserable. Sustraedme al naufragio y la muerte será para mí un regalo. Ya es bastante que el que muere de muerte natural o violenta pueda depositar, al morir, [55] su cuerpo sobre tierra firme 39 , hacer sus últimas recomendaciones a los suyos, esperar una sepultura y no servir de pasto a los peces del mar. Suponed que soy digno de tal género de muerte; yo no soy el único que va en este navío: ¿por qué mi castigo debe arrastrar consigo a estos inocentes?
Dioses del cielo y dioses verdes que cuidáis del mar, [60] cesad ya unos y otros en vuestras amenazas y la vida que me ha concedido la ira clementísima del César, dejad que pueda llevarla, ¡desdichado de mí!, hasta los lugares a los que se me ha ordenado ir. Si, por el contrario, queréis que pague el castigo merecido, mi culpa, a juicio del propio [65] César, no merece la pena de muerte. Si el César hubiera querido enviarme a las aguas estigias 40 , no hubiera necesitado para eso de vuestra ayuda. Mi vida no debe resultarle odiosa: y lo que me dio, cuando quiera, me lo puede quitar. Vosotros, al menos, a los que no creo haber [70] ultrajado con ninguna ofensa, contentaos ya con mis males, os lo suplico.
Pero, aunque todos vosotros quisiérais salvar a este desdichado, un ser que ha sucumbido no puede quedar ya a salvo. Aunque el mar se calme, aunque los vientos me sean favorables y aunque vosotros me perdonéis, no por eso voy a ser menos desterrado.
No es por el deseo de amasar riquezas sin fin, por [75] medio del intercambio de mercancías, por lo que yo surco el vasto mar; ni me dirijo a Atenas 41 , a la que en otro tiempo fui con deseos de estudiar; no voy a visitar las ciudades de Asia, ni los lugares antes vistos, ni se me ha ordenado ir a la célebre ciudad de Alejandro para contemplar, [80] alegre Nilo, tus diversiones 42 . Si pido vientos favorables, ¿quién lo podría creer?, es hacia la tierra de Sarmacia a la que se dirigen mis velas. Me comprometo con votos a alcanzar la margen izquierda del inhóspito Ponto 43 . De lo que me quejo es de alejarme tan lentamente de mi patria. Para ver a los tomitas situados en no sé qué lugar del mundo [85] es por lo que intento abreviar la ruta por medio de mis votos 44 . Si es que me queréis, calmad estas olas tan grandes y que vuestra potencia divina sea propicia a nuestro navio; y si es que, más bien, me odiáis, dirigidme hacia la tierra a la que se me ha ordenado ir: parte de mi castigo [90] está en esa región.
¡Llevad mi nave, rápidos vientos! ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Por qué mis velas se dirigen hacia los confines ausonios? 45 . No es esto lo que ha querido el César: ¿por qué retenéis vosotros al que él envía al destierro? Que la tierra [95] del Ponto contemple mi rostro. Él lo ha ordenado así y yo lo he merecido. Los delitos que él ha castigado, no creo que sea lícito ni justo defenderlos. Ahora bien, si las acciones humanas no escapan a los dioses, sabéis que en mi delito no hubo malignidad 46 . Es más, si sabéis que fue así, [100] si me enajenó mi error y mi mente pecó por inconsciencia pero no por maldad, si (cosa permitida hasta a los más humildes ciudadanos) favorecí siempre la casa de Augusto, si sus órdenes públicas fueron para mí suficientes, si bajo su principado he celebrado la prosperidad de nuestro siglo, si he ofrecido incienso en honor del César [105] y de los magnánimos Césares 47 ; si tales fueron mis sentimientos, ¡perdonadme, entonces, oh dioses! Si no, que una enorme ola me sepulte cayendo sobre mí.
¿Me engaño o empiezan a disiparse las pesadas nubes y vencida cede la ira del mar que se va calmando? No es por azar; sois vosotros, invocados aunque sea bajo condición y a quienes no es posible engañar, quienes me ofrecéis ahora vuestra ayuda.
3
RECUERDOS DE LA ÚLTIMA NOCHE PASADA EN ROMA
Es esta la elegía más famosa con mucho de cuantas compuso Ovidio durante su destierro y una de las más bellas de toda la colección. Llena de un gran lirismo y patetismo evoca de una forma dramática la última noche pasada en Roma junto a los suyos, antes de partir hacia el exilio. Es, pues, una evocación, un recuerdo, y no la descripción de una realidad contada sobre la marcha.
Por lo que se refiere a su contenido, es decir, el tema de la despedida, no era la primera vez que Ovidio lo abordaba en su poesía 48 , pero esta vez lo vivía y sufría en sus propias carnes; no se trataba, pues, de un mero recurso retórico, sino de una vivencia personal, y eso hace que el poema esté impregnado de un gran sentimiento y dramatismo.
En cuanto a su forma, la misma presentación de la elegía está hecha, como muy bien comenta Della Corte 49 , en forma de tragedia, con unos protagonistas y un coro, y estructurada en cuatro partes bien delimitadas: vv. 5-26, 27-46, 47-70 y 71 hasta el final, todas ellas introducidas por partículas temporales que delimitan las respectivas escenas o cuadros de la elegía. Pues la presentación de la despedida es eminentemente visual, por cuadros o escenas: no en vano comienza el poeta con el término imago y una imago tristissima, que recuerda una noche de duelo de un funeral, tal y como el poeta nos hace ver mediante el reiterado empleo de la imagen ‘despedida = muerte, entierro’. Y es que, como muy bien comenta Y. Bouynot, «todo partir es en cierto modo morir» 50 .
Esta elegía fue escrita con toda probabilidad durante el propio viaje, en alguno de los altos hechos en el camino, concretamente, como opina Della Corte 51 , en un puerto del Epiro.
Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aquella noche, en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora se me escurren las lágrimas de los ojos.
[5] Ya se acercaba el día en que el César me había ordenado que abandonara los confines de Ausonia. Yo no tuve ni el tiempo ni la tranquilidad suficiente para hacer los preparativos 52 : mis facultades se habían entorpecido debido a la larga espera. No me había ocupado ni de los esclavos [10] ni de escoger compañeros de viaje, ni me había cuidado del vestido o existencias apropiadas para un desterrado. Me quedé pasmado de la misma manera que aquel que, herido por el rayo de Júpiter, sigue con vida, aunque ni él mismo tiene conciencia de su propia vida 53 .
Pero cuando el propio dolor hubo disipado la nube 54 que envolvía mi espíritu y empezó a despertarse por fin mi sensibilidad, a punto ya de salir hablo por última vez [15] a mis afligidos amigos de los que, entre los muchos que había tenido, sólo quedaba uno que otro 55 . Mi amante esposa 56 , llorando ella misma más amargamente que yo, me abrazaba mientras yo también lloraba, hasta el punto de que una verdadera lluvia de lágrimas caía sin cesar sobre sus mejillas que no lo merecían. Mi hija 57 se hallaba ausente, [20] lejos, en las costas africanas, y no pudo saber nada de mi aciago destino. Adondequiera que dirigieras la mirada no se oían sino gemidos de dolor, y el interior de la casa ofrecía el aspecto de un funeral ruidoso 58 . Mujeres y hombres y hasta los siervos lloran por mi muerte y en el interior no hay rincón que no esté arrasado por las lágrimas. [25] Si está permitido emplear grandes ejemplos en los pequeños sucesos 59 , ése era el aspecto de Troya cuando fue tomada.
Ya se iban acallando las voces de los hombres y de los perros, y la Luna, en lo alto del cielo, conducía sus caballos nocturnos. Mirándola con los ojos hacia arriba y [30] contemplando a su luz el Capitolio 60 , que en vano estaba cercano a mi casa 61 , digo: «Divinidades que habitáis estas moradas vecinas 62 , templos que mis ojos no contemplarán ya nunca más, dioses que he de abandonar, a los que honra la elevada ciudad de Quirino 63 , ¡recibid mi adiós para siempre! Y aunque tomo tarde el escudo, después [35] de caer herido, descargad al menos mi huida del peso del odio; y al divino varón 64 decidle qué error 65 me sedujo, no vaya a pensar que hay maldad donde sólo hay una equivocación; que el autor de mi castigo sienta vuestra misma convicción; una vez aplacado este dios, yo podría dejar [40] de ser desgraciado».
Con esta súplica me dirigí yo a los dioses; mi mujer con muchas más, aunque sus palabras quedaban entrecortadas por los sollozos. Ella incluso, postrada de hinojos ante los Lares, con el pelo desgreñado, besó con su boca [45] temblorosa el fuego ya apagado, y a los Penates 66 , que teníamos enfrente, dirigió muchas palabras que habrían de resultar inútiles en favor de su llorado esposo.
Ya la noche que tocaba a su fin impedía todo retraso y la constelación de la Osa Parrasia 67 había dado la vuelta sobre su eje. ¿Qué debía yo hacer? El dulce amor a la [50] patria me retenía; pero aquella era la última noche antes del exilio que se me había decretado. ¡Ah! ¡Cuántas veces, al ver que alguno se apresuraba a hacer los preparativos, dije: «¿Por qué te das tanta prisa? Piensa en el lugar hacia donde te apresuras a marchar y en el que abandonas». ¡Ah! ¡Cuántas veces fingí haber fijado de antemano, como más [55] indicada, una hora para mi marcha! Por tres veces llegué a pisar el umbral y por tres veces se me hizo volver, y hasta mi propio pie, indulgente con mi ánimo, era reacio a marchar. Muchas veces, después de haberme despedido, comencé a hablar de nuevo largo rato y, como si estuviera marchándome, di los últimos besos. Muchas veces hice las mismas recomendaciones y me engañé a mí mismo, volviéndome [60] a mirar una y otra con mis propios ojos las prendas de mi amor. Por último, digo: «¿Por qué me apresuro? Es a la Escitia 68 adonde se me envía y Roma la que he de abandonar: una y otra son un justo motivo para mi tardanza. Estando aún con vida se me niega para siempre a mi esposa que vive aún, mi casa y el dulce afecto de sus fieles miembros, así como los amigos a los que [65] quise con amor fraternal, ¡oh vosotros, corazones que habéis estado unidos a mí con una fidelidad como la de Teseo 69 ! Mientras me esté permitido, os abrazaré; tal vez, no me sea posible hacerlo nunca más; el tiempo que se me concede debo considerarlo como gracia». Sin retraso alguno ya, no termino ni de hablar, abrazando a todos [70] los que me son más queridos.
Mientras hablo y lloramos todos, había aparecido brillando en lo alto del cielo Lucífero 70 , estrella funesta para mí. Me separo como si abandonara mis propios miembros, y una parte de mi cuerpo parecía que era arrancada de la otra. Así fue el dolor de Metio cuando unos caballos [75] lanzados en sentido contrario fueron los vengadores de su traición 71 . Entonces estalla el clamor y los gemidos de los míos y las manos de aquellos desgraciados se golpean los pechos desnudos. Entonces mi esposa, aferrándose a mis [80] hombros mientras ya partía, mezcló con mis lágrimas estas tristes palabras 72 : «Tú no puedes serme arrancado; juntos nos iremos de aquí, juntos», dijo; «te seguiré y así seré la esposa desterrada de un desterrado. También a mí se me ha impuesto la marcha y a mí también me recibe el confín del mundo; yo seré una ligera carga para tu nave [85] de prófugo. A ti ha sido la cólera del César la que te ha ordenado abandonar tu patria, a mí el amor conyugal: este amor será mi César». Tales cosas eran las que intentaba ella conseguir, como lo había intentado ya antes, y a duras penas cedió ante el interés de su permanencia en Roma.
Salgo, o más bien aquello era ser llevado al sepulcro [90] sin haber muerto 73 , escuálido, con el pelo desgrañado sobre mi intonso rostro. Ella, enloquecida por el dolor (según se me ha dicho), perdidos los sentidos, cayó desvanecida en medio de la casa. Cuando volvió en sí, con los cabellos afeados por el sucio polvo, y levantó sus miembros [95] del frío suelo, dicen que prorrumpió en lamentos por ella misma, por los Penates abandonados, y que invocó repetidas veces el nombre del esposo que se le había arrebatado, y que se lamentó como si hubiese visto colocados sobre la pira los cadáveres de su hija y su marido juntos; que deseó morir, y muriendo perder sus sentidos, pero que no murió por consideración hacia mí. ¡Que viva! [100] Que viva y, puesto que así lo han querido los hados, me sostenga 74 continuamente con su ayuda en mi ausencia.
4
TEMPESTAD EN ALTA MAR
El motivo de esta elegía es el mismo abordado ya en la segunda, aunque de forma más breve y con bastante menos fuerza que en aquella otra. Allí se trataba de una tempestad en el Adriático; aquí, de una borrasca en el Jónico, muy probablemente entre Brindis, punto de partida, y la Iliria.
El guardián de la Osa Erimantea 75 se baña en el Océano y con su influjo agita las aguas del mar 76 . Nosotros, sin embargo, surcamos el Mar Jónico y no por nuestra voluntad, pero el miedo nos obliga a ser audaces. ¡Desdichado [5] de mí! ¡Con cuán impetuosos vientos crecen las aguas y hasta la arena extraída de los más profundos abismos hierve! Una ola, encrespada como una montaña, asalta la proa y la popa encorvada y azota las imágenes de los dioses representados en ella 77 . Resuenan los flancos de pino de la embarcación al ser golpeados y las jarcias se oyen crujir, y el mismo bajel gime a nuestras desgracias. [10] El piloto, revelando el pánico en su helada palidez, cede vencido al impulso de la nave y con su pericia no la puede gobernar ya. Y como un auriga 78 acobardado abandona las riendas, que ya no le sirven para nada, al caballo de dura cerviz, así veo yo al piloto soltar las velas a la nave [15] y dirigirse, no adonde él quiere, sino adonde lo arrastra el ímpetu de las olas. Y si Eolo 79 no hubiera soltado otros vientos opuestos, hubiera sido arrastrado a lugares a los que yo no debía acercarme ya más. Pues, dejando atrás lejos y al lado izquierdo la Iliria 80 , veo la vedada Italia. [20] Suplico al viento que deje de empujarme hacia tierras prohibidas y que obedezca conmigo al gran dios 81 . Mientras estoy hablando, dominado al mismo tiempo por el temor y el deseo de alejarme, ¡con qué fuerza una ola ha azotado [25] los costados de la nave! ¡Perdonadme, perdonadme, divinidades del azulado mar! Básteme con la enemistad de Júpiter 82 . Vosotros, sustraed mi espíritu cansado a esta espantosa muerte, si al menos el que pereció ya no puede morir 83 .
5
A UN FIEL Y ENTRAÑABLE AMIGO
Elegía dirigida a un buen amigo, por cuya fidelidad el poeta se muestra profundamente agradecido. La identidad del destinatario es algo discutida, si bien la mayoría de los comentaristas se inclinan a pensar que la elegía está dedicada a Celso, uno de los pocos y mejores amigos que permanecieron fieles a Ovidio y le aliviaron en su desgracia 84 .
El argumento básico de la elegía consiste en poner de relieve que en la desgracia es donde se prueba la verdadera amistad, lo que da pie al poeta para componer una auténtica pieza retórica a base de ejemplos míticos, especialmente el de Ulises.
Este poema, que es realmente la primera epístola de las Tristes, consta de dos partes bien delimitadas y diferentes, que bien hubieran podido constituir dos elegías independientes: la primera (vv. 1-44), de carácter más íntimo y sincero, mientras que la segunda (vv. 45-84) es toda ella una concesión a la retórica.
¡Oh tú, a quien yo he de recordar siempre entre mis mejores amigos, y que supiste mejor que nadie considerar mi suerte como tuya! Tú, el primero que te atreviste (lo recuerdo muy bien, queridísimo) a apoyarme 85 con tus palabras de aliento cuando me hallaba estupefacto por la sacudida [5] del rayo 86 , que me animaste dulcemente a seguir viviendo, cuando mi corazón abatido por la desgracia acariciaba la idea de la muerte. Sabes bien a quién me dirijo por los datos empleados en lugar de tu nombre, ni se te oculta, amigo, tu piadoso oficio. Tu comportamiento permanecerá siempre impreso en el fondo de mi corazón [10] y yo te deberé siempre mi existencia; y este espíritu irá a evaporarse en las auras vacías y abandonará mis huesos sobre la templada pira antes de que se borre de mi alma el recuerdo de tus beneficios y este mi afecto decaiga con el transcurso del tiempo.
[15] ¡Que los dioses te sean propicios y te den una suerte que no necesite de la ayuda de nadie y sea diferente de la mía!
A lo mejor, si esta nave 87 hubiera sido empujada por un viento favorable, no hubiera llegado a conocer quizás esa fidelidad. Pirítoo no se hubiera dado cuenta de que Teseo era tan buen amigo, si no hubiera bajado en vida [20] a los ríos infernales 88 ; el Focense debe a tus Furias, desgraciado Orestes, el ser ejemplo de la verdadera amistad 89 ; si Euríalo no hubiera caído en manos de los hostiles rútulos, ninguna sería la gloria de Niso, hijo de Hírtaco 90 . Por lo tanto, igual que el rojizo oro se prueba en el fuego, [25] de la misma manera la fidelidad hay que examinarla en la adversidad 91 . Mientras la fortuna es favorable y sonríe con semblante sereno, todo va detrás de las riquezas intactas; pero tan pronto como truena 92 , huye y nadie conoce [30] ya a aquel que hace un momento estaba rodeado de un enjambre de acompañantes 93 . Y esto, otrora inferido de la historia del pasado, me es ahora conocido como verdadero por mis propias desgracias. Apenas dos o tres sois los que me quedáis de tantos amigos 94 ; los demás lo eran [35] más de mi fortuna que de mi persona. Por ello, vosotros que sois pocos, socorredme con más fuerza en la adversidad y concededme a mí que soy un náufrago unas costas seguras; y no tembléis demasiado con un miedo falso por temor a que el dios 95 se ofenda por culpa de esta amistad. A menudo el César ha elogiado la fidelidad incluso en la [40] persona de un enemigo: en los suyos la estima, en el enemigo la aprueba 96 . Mi causa es mejor, ya que no ayudé al bando hostil, sino que merecí este destierro por mi ingenuidad. Vela, pues, te lo suplico, por mi desgracia, por si acaso la ira divina se pudiera aplacar de algún modo.
[45] Si alguien deseara conocer todas mis desgracias, pediría más de lo que se puede hacer. He sufrido tantas desdichas como estrellas lucen en el firmamento y como granos de arena contiene el seco polvo 97 ; he soportado muchos tormentos mayores de lo imaginable y que, aunque hayan [50] sido reales, no serían del todo creídos. Incluso una parte de tales tormentos conviene que muera conmigo y ¡ojalá pueda yo con mi silencio hacer que quede oculta! Aunque tuviera una voz infatigable, un pecho más duro que el bronce y muchas bocas con muchas lenguas, no por ello [55] podría, sin embargo, expresarlo todo con palabras, ya que el tema desborda mis fuerzas. En lugar de cantar al caudillo de Nérito 98 , virtuosos poetas, contad mis desgracias, pues yo he sufrido muchos más males que el de Nérito. Él anduvo errante durante muchos años en un espacio limitado, entre Duliquio 99 y Troya; a mí, que cruzo mares [60] separados por constelaciones enteras 100 , la suerte me ha deportado a los golfos de los getas y de los sármatas 101 . Él tuvo unas tropas fieles y unos compañeros incondicionales; a mí, en mi destierro, me han abandonado mis amigos. [65] Él, alegre y vencedor, se dirigía a su patria; yo he salido huyendo de la mía vencido y desterrado. Y mi patria no es Duliquio, Ítaca o Samos 102 , lugares de los que el estar alejado no causa gran pena, sino aquella que desde [70] las siete colinas vigila todo el orbe, Roma, sede del Imperio y de los dioses 103 . Él tenía un cuerpo fuerte y que soportaba las penalidades; yo, por el contrario, tengo unas frágiles y delicadas fuerzas 104 . Él había vivido durante largo tiempo ocupado en crueles guerras; yo he estado dedicado [75] a apacibles estudios. A mí me aniquiló un dios 105 , sin que ningún otro viniera a aliviar mis males; mientras que a él le prestaba su ayuda la diosa guerrera 106 . Y, en tanto que aquel que reina sobre las hinchadas aguas es inferior a Júpiter, a él le agobia la cólera de Neptuno, a mí la de Júpiter. A eso hay que añadir el hecho de que la mayor parte de sus penalidades son ficticias 107 , mientras [80] que en mis desgracias no hay leyenda alguna. Finalmente, él llegó a alcanzar sus Penates, aunque los tuviera que buscar, al igual que sus campos largo tiempo deseados; a mí, sin embargo, me ha de faltar por siempre mi tierra patria, si no se aplaca la cólera del dios ofendido.
6
ALABANZAS A SU ESPOSA
Elegía dedicada a su esposa, elogiando su comportamiento en favor del poeta desterrado. En efecto, Fabia, la tercera esposa de Ovidio, había quedado en Roma para interceder por éste y tratar de conservar su patrimonio. Para ello se vale de sus amistades y vínculos familiares con personajes importantes en la política, en especial con Fabio Máximo, uno de los hombres más influyentes ante Augusto.
Ni Lidia fue tan querida por el poeta de Claro 108 , ni Bitis por el suyo de Cos 109 , como tú, esposa mía, estás grabada en mi corazón, digna de un esposo, si no mejor, [5] sí menos desgraciado. Mi ruina ha sido apuntalada por ti como si de una viga colocada debajo se tratara 110 ; si yo soy aún algo, todo es mérito tuyo. Tú haces que yo no sea botín ni objeto de despojo por parte de aquellos que desearon con avidez los restos de mi naufragio 111 . Y como el lobo rapaz, incitado por el hambre y ávido de sangre, está al acecho del redil sin pastor, o como el [10] voraz buitre aguza la mira a su alrededor por si llega a divisar algún cadáver insepulto 112 , de la misma manera un tal, abusando de la confianza que tiene en mi lastimoso estado, habría venido contra mis bienes, si tú lo hubieras consentido. Tu entereza lo ha mantenido apartado, gracias [15] a la ayuda de esforzados amigos, a quienes nunca se les agradecerá lo que merecen. Así pues, tú tienes la prueba de un testigo tan verídico como infeliz, si es que un testimonio así tiene algún peso. Ni te aventaja en fidelidad conyugal la esposa de Héctor 113 , ni Laodamía 114 , que acompaño [20] a su marido en su muerte. Si a ti te hubiera tocado en suerte tener por vate al Meonio 115 , la fama de Penèlope 116 iría a la zaga de la tuya, ya sea porque tú no debes esto sino a ti misma y tu virtud no ha sido fruto de escuela alguna, por haberte sido concedidas tan buenas cualidades [25] desde tu nacimiento, ya sea que una augusta dama 117 , que ha sido siempre muy venerada por ti, te enseña a ser modelo de esposa virtuosa y con una práctica frecuente te ha hecho semejante a ella, si es lícito comparar lo grande con lo pequeño.
¡Ay de mí!, pues mis versos carecen de fuerza y mis [30] palabras son inferiores a tus merecimientos. Si es que hubo en mí en otro tiempo alguna vida y energía, ha desaparecido totalmente a causa de mis prolongadas desgracias. Tú ocuparías el primer lugar entre las virtuosas heroínas y serías admirada como la primera por las virtudes de tu alma. Con todo, valgan lo que valgan mis elogios, vivirás [35] eternamente en mis versos 118 .
7
ENCARECIMIENTO A UN BUEN AMIGO ACERCA DE LAS «METAMORFOSIS»
El poeta ruega encarecidamente a un fiel amigo suyo que lea con cariño y con indulgencia los libros interrumpidos de las Metamorfosis, que su autor había destinado a las llamas, pero que se pudieron salvar gracias a la existencia de varias copias. Lo que parece más probable es que este amigo fuera M. Junio Bruto, ya que él fue el editor de los tres primeros libros de las Pónticas, tal y como parece deducirse de Pónt. IV 6, 17 y sigs. Así opinan autores como V. B. Lorentz 119 y S. Reinach 120 . No obstante, ha habido también quien ha pensado que el destinatario de esta elegía sería Higino, director de la Biblioteca del Palatino 121 .
Quienquiera seas tú que posees en la imagen un retrato de mi rostro 122 , quita de mis cabellos la corona de hiedra 123 , corona consagrada a Baco. Estos signos de felicidad convienen a poetas dichosos: una corona sienta mal a mis sienes 124 . Aunque lo disimules, date por enterado [5] de que esto te lo dígo a ti, mi mejor amigo, tú que me llevas continuamente de un lado para otro en tu dedo y que, habiendo hecho engastar mi efigie en oro rojizo, ves como puedes el rostro querido del exiliado. Cada vez que lo contemples, puede que se te ocurra decir: «¡Qué lejos [10] de nosotros está el amigo Nasón!»
Tu fiel amistad me resulta agradable, pero mejor retrato son mis poemas que te envío para que los leas, tal como están, versos que cantan las metamorfosis de los hombres, obra que interrumpió el desdichado destierro de su autor. Estos poemas, a punto de marchar, como a otros muchos [15] míos, yo mismo los arrojé afligido con mi mano al fuego. Y lo mismo que, tal y como dice la leyenda, la hija de Testio quemó a su hijo bajo la forma de un tizón y por ello fue mejor hermana que madre 125 , de la misma manera yo arrojé sobre las voraces llamas esos inocentes libritos, [20] mis propias entrañas que debían perecer conmigo, bien porque odiaba a las Musas, como responsables de mis culpas 126 , o bien porque era aún un poema incompleto y sin limar. Pero puesto que estos versos no han sido totalmente destruidos, sino que sobreviven (creo que fueron copiados [25] en muchos ejemplares 127 ), ahora suplico que vivan y deleiten al lector de los frutos de mi laborioso ocio y le hagan acordarse de mí. Y sin embargo no podrían ser leídos pacientemente por nadie, si se ignorara que les falta la última mano: dicha obra se me arrancó de la mitad del [30] yunque y faltó a mis escritos la última lima; por ello, reclamo para ellos indulgencia en lugar de elogio, teniéndome por suficientemente alabado, lector, con tal de que no me desdeñes.
Aquí tienes estos seis versos más, por si crees que son [35] dignos de figurar en el frontispicio del primer librito: «Tú, quienquiera que seas, que tomas en tus manos estos volúmenes huérfanos de su padre, que se les dé asilo al menos a ellos en vuestra ciudad; y para que los acojas con más interés, éstos no han sido editados por su propio autor, sino que fueron como arrancados de la muerte de su señor. Así pues, cuantas imperfecciones tengan en ellos esos versos sin limar, tenía la intención de haberlas corregido, [40] si me hubiese sido posible».
8
LAMENTACIÓN POR LA INFIDELIDAD DE UN AMIGO
Esta elegía, imitación del poema XXX de Catulo, es el lamento decepcionado por la infidelidad de un amigo a quien Ovidio había tenido por amigo íntimo. Mucho se ha discutido en torno a la identificación del destinatario de este poema. Algunos piensan que se trata de Ático, de quien se queja asimismo en Pónt. II 2. Pero la opinión más unánime piensa que la elegía va dirigida a Pompeyo Macro, que acompañó a Ovidio en su viaje por Sicilia y Asia y con quien el poeta había mantenido una gran amistad, como se deduce de los versos 29 y 30 de esta elegía y de Pónt. II 10, 10. Este Macro fue encargado por Augusto del ordenamiento de las bibliotecas públicas de Roma, tal y como atestigua Suetonio 128 : de ahí que si, como argumenta Della Corte 129 , las obras de Ovidio fueron retiradas de dichas bibliotecas, hay que concluir que su fidelidad para con el poeta brilló por su ausencia, en contraste con la fidelidad que le demostró Higino, encargado de la Biblioteca Palatina. Macro era asimismo poeta épico, autor, entre otras obras, de unos Antehomerica y, según lo que parece insinuarse en Pónt. II 10, 13, también de unos Posthomerica.
De nuevo fluirán hacia atrás desde el mar hasta su nacimiento los profundos ríos 130 y el Sol, dando la vuelta a sus caballos, retrocederá; la tierra tendrá estrellas, el arado se hendirá en el cielo, el agua producirá llamas y el fuego agua; todo irá contra las leyes de la naturaleza, y [5] ningún cuerpo seguirá la ruta que le fue asignada; se realizarán ya todos los fenómenos que creía hasta hoy imposibles y nada hay que no deba encontrar crédito. Hago estas predicciones porque me ha decepcionado aquel que yo [10] creía que me iba a ayudar en mi desgracia.
¿Hasta tal punto, falso, te has olvidado de mí y tanto miedo te ha dado acercarte a un hombre abatido por la desgracia, que ni me dirigiste la mirada ni me consolaste en mi postración, ¡insensible!, ni asististe a mi despedida fúnebre? 131 . ¿Aquel nombre sagrado y venerable de la [15] amistad no es para ti más que un vil objeto que pisoteas? ¿Tanto te hubiera costado visitar a un amigo postrado por el ingente peso de su dolor, contribuir a levantar su ánimo con tus palabras y, si no derramar una lágrima por mis desgracias, pronunciar siquiera unas palabras fingiendo [20] dolor y decir al menos «adiós», como hacen hasta los que no se conocen, y unir tu voz a la del pueblo y al grito público y, finalmente, contemplar el último día que te era permitido hacerlo este lúgubre rostro que no ibas a ver nunca jamás, y recibir y devolver con parecida entonación [25] el adiós que se iba a decir por una sola vez en toda la vida? Otros lo hicieron sin estar unidos a mí por ningún vínculo de amistad, pero derramaron sus lágrimas como prueba de sus sentimientos. ¿Qué habría sucedido si no hubiera estado unido a ti por la intimidad, por motivos [30] poderosos y por un afecto de muchos años? ¿Qué habría pasado si no hubieras sido confidente de todos mis momentos alegres y tristes 132 , y si no lo hubiera sido yo de tantos otros tuyos? ¿Qué habrías hecho si solamente te hubiera conocido en Roma, siendo así que fuiste invitado tantas [35] veces a toda clase de lugares? ¿Acaso se disipó todo a merced de los vientos que soplan sobre el mar? ¿Acaso se sumergió todo en las aguas de la Lete 133 siendo arrastrado por ellas? No, yo no creo que tú hayas nacido en la gentil ciudad de Quirino 134 , ciudad en la que yo no he de volver a poner los pies, sino entre los escollos que [40] tiene esta costa del siniestro Ponto, y en las salvajes montañas de la Escitia y de la Sarmacia; tus entrañas son de piedra y tu duro corazón tiene gérmenes de hierro; y la nodriza que en otro tiempo dio a mamar sus pechos repletos [45] a tu tierna boca era una tigresa. Si hubiera sido de otra manera, considerarías mis desgracias menos ajenas de lo que lo haces ahora, y no tendría yo por qué acusarte de crueldad. Pero, puesto que a mi fatal castigo se añade también el hecho de que la primera parte de mi vida queda incompleta, procura que olvide esta falta tuya y que esta misma boca que ahora se queja de ti alabe tu fidelidad. [50]
9
EL POETA DESEA A UN AMIGO QUE NO SE VEA ABANDONADO EN EL INFORTUNIO
Elegía dirigida a un orador amigo de Ovidio, en la que éste se lamenta de los amigos que le han abandonado en los momentos difíciles y desea a dicho amigo, difícil de identificar, que no le ocurra lo mismo. Algunos autores creen que se trata del orador Máximo, perteneciente a la noble gens Fabia, pariente de la mujer de Ovidio y de gran ascendiente ante el Emperador. Pero la mayoría piensan que está dedicada a Caro, maestro de los hijos de Germánico, según nos dice el propio Ovidio en la epístola 13.a del libro IV de las Pónticas. El poeta celebra la buena suerte del amigo y su brillante carrera, deseándole que la buena racha dure, pero le previene de que la gran cantidad de amigos que ahora le rodean puede abandonarle en los momentos difíciles y cuando más necesite de ayuda.
Que te sea concedido alcanzar sin daño el término de tu vida, tú que lees esta obra mía con actitud amistosa y ¡ojalá que pudieran cumplirse para ti mis votos que no consiguieron conmover en mi favor a los inclementes dioses! [5] Mientras te veas favorecido por la fortuna, contarás con numerosos amigos; pero si los tiempos se tornan sombríos, te quedarás solo. Ves cómo las palomas vuelan a los blancos palomares, mientras que una torre ennegrecida no cobija ave alguna. Las hormigas no se dirigen nunca a graneros vacíos; ningún amigo se acercará a las fortunas [10] arruinadas; y así como la sombra nos acompaña cuando caminamos bajo los rayos del sol, y desaparece cuando éste se esconde eclipsado por las nubes, de la misma manera el inconstante vulgo sigue los destellos de la fortuna y, tan pronto como éstos se esconden, al interponerse alguna nube, se va. Yo deseo que esto pueda parecerte siempre [15] falso; sin embargo, por lo que me ha pasado a mí, hay que reconocerlo como verdadero. Mientras me mantuve en pie, un número suficiente de amigos frecuentaba mi casa, conocida, aunque sin demasiadas ambiciones; pero apenas se le empujó, todos temieron su ruina y todos al [20] mismo tiempo volvieron con cautela la espalda y se dieron a la fuga. Y no me sorprende que teman a los crueles rayos con cuyo fuego se suele quemar todo lo que se halla cerca. El César admira al amigo que permanece fiel en el infortunio, aunque se trate de un enemigo aborrecible, y no suele encolerizarse (pues no hay nadie más moderado [25] que él) cuando alguien sigue amando en la adversidad lo que antes ya amaba. Cuando tuvo noticias del acompañante del argivo Orestes 135 , el propio Toante 136 , según de dice, alabó a Pílades 137 ; la fidelidad que el descendiente de Actor 138 profesó siempre al magnánimo Aquiles [30] fue elogiada con frecuencia por boca de Héctor; dicen que el dios del Tártaro 139 se condolió por el hecho de que el fiel Teseo 140 bajara a los Infiernos acompañando a su amigo; al contársete, Turno 141 , la fidelidad de Euríalo y Niso 142 , es fácil de creer que tus mejillas se empaparan [35] en lágrimas. Los desdichados tienen también derecho a la piedad y aun en el enemigo se aprueba. ¡Ay de mí! ¡A cuán pocos conmueven estas palabras mías! Es tal mi situación, tal mi suerte, que no debería haber límite alguno para las lágrimas. Pero mi espíritu, aunque muy afligido [40] por la desgracia propia, se tranquiliza con tu progreso. Ya desde entonces presentí, queridísimo amigo, que habría de suceder esto, cuando el viento empujaba tu nave menos que ahora. Si las buenas costumbres o la vida sin mancha tienen algún valor, nadie debería ser valorado más que tú; si alguien destacó por las artes liberales, cualquier causa [45] resulta bien con tu elocuencia. Yo, conmovido por esto, te dije desde el principio: «Un gran teatro aguarda, amigo, a tus dotes». Este presagio no me lo hicieron ni entrañas de ovejas 143 , ni truenos de los que suenan por la izquierda, ni el canto o el vuelo del ave que ha sido observada. [50] Mi único augurio fue la adivinación racional del futuro; con ella adiviné y conocí la verdad. Puesto que ésta se cumplió, de todo corazón yo te felicito y me felicito de que tu talento no haya quedado oculto. Sin embargo, [55] ¡ojalá el mío hubiese quedado oculto en las más profundas tinieblas! Mejor hubiera sido que mi obra no hubiera briliado por su celebridad, y así como las graves disciplinas 144 , elocuente amigo, te están dando provecho, así un arte diferente 145 a ellas me ha perjudicado. Sin embargo, mi vida [60] te es conocida; tú sabes que las costumbres de su autor se apartaron de tales artes; y sabes que ese viejo poema fue compuesto en mi juventud y que tales poemas, aunque no son precisamente dignos de elogio, con todo no son sino bagatelas. Así pues, aunque mis delitos no pueden defenderse bajo ningún pretexto, sin embargo pienso que [65] se les puede excusar. Excúsalos lo mejor que puedas y no abandones la causa de un amigo: continúa siempre tan bien como comenzaste.
10
ELEGÍA A LA NAVE QUE LE LLEVÓ DE CORINTO A SAMOTRACIA Y DESCRIPCIÓN DE LA RUTA SEGUIDA
Esta décima composición es una elegía dedicada a recordar la nave que llevó a Ovidio desde el puerto corintio de Céncreas hasta Samotracia. Aprovecha el poeta la ocasión para describirnos el recorrido de su viaje con mención de las ciudades por las que pasó y, al mismo tiempo, eleva a Minerva, diosa protectora de la embarcación, y a otros dioses marinos sus súplicas para que le concedan una feliz travesía.
Para facilitar mejor la comprensión de esta elegía, ofrecemos a continuación una enumeración de los lugares geográficos que debieron de recorrer las naves que transportaron al poeta en su viaje hacia el destierro y en el orden en que lo hicieron 146 .
Brindis, Corinto, Céncreas, Ilión, Imbro, Zerinto, Samotracia, Tempira, Sesto, Abido, Lámpsaco, Cízico, Bizancio, Cianeas, Tinias, Apolonia, Anquíalo, Mesembria, Odeso, Dionisópolis, Calatis y Tomos.
Del puerto romano de Brindis debió de salir entre el 1 y el 15 de diciembre en el correo de Brindis; la travesía marítima hasta Corinto fue larga y tempestuosa, tal y como nos cuenta el poeta en las elegías 2.a , 4.a y 11.a de este libro I. A finales de diciembre o primeros de enero recorría a pie el Istmo de Corinto. Vuelve a reembarcar en Céncreas, en la nave aquí recordada, «El yelmo de Minerva», que le lleva hasta Samotracia, bordeando Ilión (Troya) que quedaría a su derecha, pasando después por la isla de Imbro hasta llegar al puerto de Cerinto en Samotracia. Desde allí, esta nave reemprendería su rumbo hacia las costas de Asia Menor, atraviesa el Helesponto o Estrecho de los Dardanelos, cruza la Propóntide o Mar de Mármara y entra en el Ponto Euxino o Mar Negro, llevando con toda probabilidad el equipaje del poeta, mientras éste tomaba una tercera nave que lo llevaría hasta el puerto tracio de Tempira, donde desembarcaría alrededor de febrero o marzo del año 9.
En Samotracia, Ovidio debió de permanecer algún tiempo y con toda probabilidad allí debió de escribir esta 10.a elegía. En la Tracia debió de permanecer todo el resto del invierno, pues el mal tiempo reinante en esos lugares durante dicha estación no le aconsejaría reemprender su camino. Ya en la primavera, se dispondría a atravesar la Tracia por su parte más estrecha, protegido por la escolta que su amigo Sexto Pompeyo, legado militar en aquella región, pondría a su disposición 147 . Una vez en algún puerto del Mar Negro, probablemente en el Golfo de Tinias, le recogería de nuevo la nave que le había dejado en Samotracia y que portaba su equipaje para proseguir ya desde allí rumbo a Tomos, siguiendo el itinerario señalado anteriormente.
Tengo, ¡y ojalá siga teniéndola!, la protección de la rubia Minerva, y la nave recibe su nombre del yelmo pintado en ella 148 . Que hay que recurrir a las velas, corre muy bien a la más ligera brisa; que hay que emplear el remo, con la acción de los remeros recorre el camino. Y no contenta con vencer en su rápida carrera a las naves [5] que partieron al mismo tiempo, alcanza y adelanta incluso a aquellas que salieron antes que ella. Y lo mismo hiende las olas que la extensa y silenciosa superficie del mar y no se resquebraja vencida por los golpes de las enfurecidas olas. Ella, desde que la conocí por primera vez en Céncreas de Corinto 149 , permanece como guía y compañera [10] fiel de mi precipitada huida; y a través de tantos incidentes y de mares agitados por vientos adversos ha estado segura gracias a la protección de Palas. Pido que también ahora surque segura la entrada del vasto Ponto 150 y penetre en las aguas del litoral gético 151 , término de su viaje. Cuando [15] ésta me condujo al mar de la eolia Hele 152 y recorrió un largo camino por una angosta estela, torcimos nuestro rumbo a la izquierda y desde la ciudad de Héctor 153 llegamos a tu puerto, tierra de Imbro 154 . De allí, tras alcanzar [20] las costas de Cerinto 155 con un viento suave, mi nave cansada tocó Samotracia; la travesía desde ésta hacia la ribera opuesta es corta para quien se dirige a Tempira 156 . Hasta ahí siguió ella a su dueño, pues entonces me pareció oportuno recorrer las llanuras bistonias 157 a pie. Reanudó [25] ella su viaje por las aguas del Helesponto 158 y se dirigió a Dardania 159 , que recibe el nombre de su fundador y a ti, Lámpsaco 160 , protegida por el dios del campo, y al estrecho que separa a Sesto de la ciudad de Abido 161 por las angostas aguas de una virgen mal transportada 162 , y de ahí a Cízico 163 , situada en las costas de la Propóntide 164 , Cízico, noble obra del pueblo hemonio 165 , y a las [30] costas de Bizancio 166 que dominan la entrada del Ponto: este lugar es la ancha puerta de dos mares. ¡Ojalá que pueda superarla y, empujada por el soplo del Austro, atraviese velozmente las inestables Ciáneas 167 y el Golfo de [35] Tinias 168 , y desde éste, a través de la ciudad de Apolo 169 , dirija su curso al pie de las compactas murallas de Anquíalo 170 . Desde allí, deje atrás el puerto de Mesembria 171 , Odeso 172 y la fortaleza que lleva tu nombre, Baco 173 , [40] y los lugares en los que, según dice la leyenda, los fugitivos procedentes de la ciudad de Alcátoo 174 fijaron su morada; ¡ojalá pueda llegar desde allí sana y salva a la ciudad milesia 175 , adonde me ha deportado la cólera de un dios ofendido! Si esto sucediera, ofreceré a Minerva el merecido sacrificio de una oveja: no corresponde a mi fortuna una ofrenda más importante.
Vosotros también, hijos de Tindáreo 176 , hermanos venerados [45] en esta isla, asistid, os lo ruego, con vuestra benévola divinidad a esta doble travesía 177 . Pues una de las naves se dispone a ir por las estrechas Simplégades 178 ; la otra va a surcar las aguas bistonias 179 . Vosotros, haced que, aunque vayamos en direcciones opuestas, una y otra [50] tengan sus vientos favorables.
11
EPÍLOGO: JUSTIFICACIÓN DE SUS POEMAS
Esta elegía, que sirve de epílogo al primer libro de las Tristes, según se deduce de los versos que la componen, parece que fue escrita, o bien durante su estancia en Samotracia, o, lo que parece más probable, durante la travesía desde Samotracia a las costas de Tempira 180 , mientras el viento y las olas rugían a su alrededor, salpicando con su espuma 181 el papel en que escribía, y cuando ya divisaba a la izquierda los montes de la Tracia, concretamente el monte Ísmaro, el primero en divisarse a la izquierda según se navega hacia Tempira 182 .
En ella el poeta se lamenta de las amenazas de muerte que le acechan por doquier, tanto durante su travesía por mar, como cuando llegue a tierra por parte de los bárbaros y sanguinarios tracios. Lamentaciones que se han interpretado como exageradas intencionadamente por el poeta a fin de conseguir la compasión de los lectores de sus versos y servir de excusa al escaso valor literario de algunas de estas composiciones.
Según algunos autores, Ovidio entregaría en Tempira este primer volumen de elegías a los marinos que lo han acompañado desde Samotracia, dando por supuesto que concretamente esta última elegía alude a dicha travesía. Según otros, el libro habría sido concluido en la propia Samotracia y entregado allí mismo.
Cuanto acabas de leer en este librito ha sido compuesto por mí durante el tormentoso tiempo de mi viaje. El Adriático me vio escribirlo, bien temblando por el frío de diciembre en medio de sus aguas, o después de franquear [5] rápidamente el Istmo bañado por dos mares 183 y tomar una segunda barca con destino a nuestro exilio. El hecho de componer versos en medio de los furiosos rugidos del mar, creo que ha debido de llenar de estupor a las Cíclades 184 del Egeo. Yo mismo me admiro ahora de que mi vena poética no se haya agotado ante tan grandes tempestades [10] del alma y del mar. Bien se llame a esta afición insensibilidad o locura, esta ocupación ha disipado toda mi inquietud.
A menudo, dominado por la inseguridad, era zarandeado por las nubosas Cabrillas 185 ; a menudo el mar se volvía amenazante por influjo de Estérope 186 , y el guardián [15] de la Osa Atlántide 187 obscurecía el día, o bien el Austro 188 desecaba las Híades 189 de lluvias tardías; a menudo entraban las olas dentro de la nave; a pesar de todo, yo componía imperfectos versos con mano temblorosa. Ahora también las tensas maromas rechinan con el Aquilón 190 , [20] y el agua ahuecada se levanta amontonándose. El propio piloto, levantando las manos al cielo, implora ayuda con votos, olvidándose de su técnica. Adondequiera que dirijo la mirada, no veo sino la imagen de la muerte, a la que temo en mi vacilación angustiosa y a la vez la invoco [25] en mi temor. Si llego a alcanzar el puerto, este mismo puerto será objeto de terror para mí. Es más de temer la tierra que el mar hostil. Pues me veo turbado a la vez por peligros procedentes de los hombres y del mar, y la espada y las olas me causan un doble terror: aquélla temo que espere un botín con mi sangre; estas otras quizás [30] quieran tener el honor de mi muerte 191 . La comarca de la margen izquierda 192 es bárbara y acostumbrada a la ávida rapiña, ocupada siempre con el asesinato, la matanza y la guerra, y, si agitado está el mar por las olas invernales, mi corazón está más turbado aún que el propio mar.
Por ello, debes ser más indulgente con estos versos, [35] benévolo lector, si, como realmente sucede, son inferiores a lo que esperabas. Éstos no los he escrito, como otras veces, en mi jardín 193 , ni tú, lecho familiar, recibes mi cuerpo. Estoy arrojado en el abismo indómito, en tiempo invernal; y el propio papel se ve salpicado por las azuladas [40] aguas. La tempestad me ataca con furor y se indigna por el hecho de que yo me atreva a escribir mientras ella está lanzando sus inflexibles amenazas. ¡Que la tempestad triunfe sobre el hombre, pero, por favor, que, al mismo tiempo que yo pongo fin a mis versos, ponga ella fin a su furor!
________________
1 M. DOLÇ , op. cit., pág. 79, y F. DELLA CORTE , op. cit., II, 201.
2 Como ya hemos dicho en la Introducción (cf. págs. 17 y sigs.), Ovidio no era exactamente un desterrado, un exul, sino sólo un relegado, relegatus, aunque el poeta usa indistintamente estos términos para referirse a su mísera condición, probablemente con la intención de despertar así mejor la compasión de sus lectores.
3 Comienza aquí la descripción de los adornos de los que carecía el volumen ovidiano, calificado por su autor de ‘desadornado’ o ‘descuidado’ y de ‘infeliz’. Vaccinia son los ‘arándanos’ o ‘mirtilos’, planta de la que se extraía un líquido rojizo intenso (tan intenso que Virgilio los califica de ‘negros’ en Ecl. II 18), líquido que, a decir de PLINIO (Hist. Natur. XVI 18), se usaba para intensificar el color de la púrpura. Algunos autores (por ej., PLINIO , Hist. Natur. XXI 26) confunden el vaccinium con el ύάκιvθoς griego o ‘jacinto’. Fucus era la orchilla de mar, un liquen cuyo jugo servía, igualmente, para enrojecer la púrpura, por lo que pasó a significar ‘rojo’ o, simplemente, como aquí, ‘color’.
4 Los títulos de los libros se solían escribir en minio, es decir, en tono anaranjado o escarlata, sobre una franja pegada en el lomo del volumen. Ovidio utiliza la Charta, es decir, el papiro, y no el pergamino. La hoja de papiro se escribía por una sola cara (frons), mientras la cara posterior se untaba con aceite de cedro para protegerlo (cf. VITRUBIO II 9, 13), perfumarlo y teñirlo de un tono amarillento (cedro flavus, Trist. III 1, 13, y HORACIO , Arte Poética 332). Las hojas se pegaban unas junto a otras y, una vez acabado el rollo, la última se pegaba a un bastoncillo o varilla en torno al cual se enrollaba el volumen; los extremos que quedaban en el centro del rollo se llamaban por ello umbilici, ‘ombligos’, y en los volúmenes más lujosos se pintaban y se les añadían unos discos llamados cornua, que generalmente eran de marfil (por ello, ‘blancos discos’ en el v. 8).
5 El diminutivo libelli (= ‘libritos’), como el parve liber (= ‘pequeño librito’) del verso 1, no tiene por qué indicar necesariamente un libro pequeño, sino que, con frecuencia, puede incluso referirse a un gran o largo volumen; es, pues, ante todo, una expresión cariñosa y afectiva, que muy bien puede traducirse, tal y como hace M. DOLÇ (op. cit., pág. 81), por ‘libro gentil o gracioso’.
6 Los márgenes laterales (frontes) se alisaban con piedra pómez, ya que el papiro se deshilachaba con frecuencia. Sin embargo, el librito de Ovidio debe ser ‘hirsuto, con las melenas desgreñadas’ (v. 12), en señal de luto y tristeza por la desgraciada situación de su autor.
7 Estamos ante un juego de palabras, a los que tan aficionado es nuestro poeta (cf. por ej., Trist. I 3, 63; I 4, 28; Pónt. I 2, 40; III 1, 7); se trata del doble valor de ‘pie’, como parte del cuerpo y como pie métrico. Es evidente que Ovidio no puede pisar suelo romano con sus propios pies, pero sí que lo puede hacer con los pies de sus versos (cf. Contra Ibis 46).
8 El poeta juega con el contraste implícito entre estos dos vocablos (vivere, ‘vivir vegetativo’, frente a salvum, ‘estar completamente sano’) para referirse a la triste condición de su vida en el exilio, que será un continuo ritornello a lo largo de todos estos poemas.
9 Ovidio se refiere continuamente a Augusto calificándolo de ‘dios’: una veces, como en esta ocasión, de modo directo, y otras mediante el empleo de imágenes (cf., por ej., Trist. I 1, 72; I 4, 22; I 4, 26; I 9, 4, etc.).
10 Hemos preferido seguir la lectura del códice D, peior, frente al maior de la mayoría de los manuscritos: nos parece que la frase cobra así mucho más sentido.
11 Hemos traducido nubila por ‘nublada’ para subrayar la imagen reiterativa en estos poemas, consistente en calificar a la desgracia que aqueja al poeta de ‘tormenta’ o ‘temporal’.
12 Aunque, en esta ocasión, estas alusiones al mar parecen referirse, realmente, al viaje marítimo del poeta camino del destierro, comienza aquí una larga serie de empleos de la imagen poética de la nave zarandeada por los vientos y las olas con la que se suele identificar el poeta desterrado (cf., por ej., Trist. I 1, 85; I 3, 84; I 9, 42; etc. Cf. también nuestro trabajo, cit., «La imagen de la nave en las elegías ovidianas del destierro»).
13 El ‘Meónida’ es Homero, llamado así, bien por el nombre de su padre, Meón, bien por Meonia, el nombre de una comarca de Lidia que pasaba por ser la patria legendaria del gran poeta griego.
14 Los poemas que pueden perjudicar al poeta son sus obras anteriores, tal y como comentamos en la Introducción (cf. págs. 10 y sigs.), pero muy especialmente el Arte de amar (cf. v. 67: «esto no son lecciones de amor»): Ovidio lo aclara expresamente en Trist. III 1, 14 y III 1, 9, entre otros pasajes.
15 Alusión al hecho de que Ovidio ha sido castigado ya por el Arte, al haber sido condenado por Augusto al destierro.
16 Alusión a la domus Augustiana, el palacio imperial que se elevaba en el Monte Palatino, residencia de Augusto.
17 El tema del rayo es una imagen frecuentemente utilizada por Ovidio para referirse a su condena (cf., por ej., Trist. I 1, 81; I 3, 11; II 179; III 4, 6; IV 3; V 2, 53; V 3, 31, por no referirnos más que a algunos pasajes de las Tristes) y que tiene un alto valor expresivo por su doble connotación equiparativa: rayo de Júpiter = condena de Augusto.
18 Alusión al mito de Faetonte, quien consiguió de su padre Febo, en prueba de su paternidad, que le concediera guiar durante un día el Carro del Sol. A pesar de los muchos consejos que le diera su padre, fue incapaz de sujetar las riendas de los caballos y perdió el dominio del carro que acabó acercándose demasiado a la Tierra, provocando con ello un gran incendio, por lo que fue fulminado por Júpiter para evitar una catástrofe mayor (cf. A. RUIZ DE ELVIRA , Mitología clásica, cit., págs. 491-92, y P. GRIMAL , Diccionario de mitología griega y romana, cit., pág. 191).
19 Símil mitológico, del mismo tipo del anteriormente empleado de Faetón, relativo a una serie de escollos situados al sur de la isla de Eubea (cf. PROPERCIO, III 7, 39) , en los que naufragó la escuadra griega a su regreso de Troya, engañada por el rey Nauplio con unos falsos faros, vengando así la muerte de su hijo Palamedes, lapidado por los griegos durante la Guerra de Troya debido principalmente a las intrigas de Ulises (cf. A. RUIZ DE ELVIRA , op. cit., pág. 422, y P. GRIMAL , op. cit., págs. 370-71).
20 Referencia al motivo mitológico de Ícaro, hijo de Dédalo, para acabar de ilustrar la humildad y el tono pusilánime del poeta en estos poemas del destierro. Como se sabe, Ícaro, al tratar de elevar demasiado el vuelo con las alas de cera fabricadas por su padre, cayó y murió en el mar al que dio su nombre, el Mar de Icaria en el Egeo, concretamente el que rodea la isla de Samos (cf. A. RUIZ DE ELVIRA , op. cit., págs. 243-44, y P. GRIMAL , op. cit., pág. 278).
21 Se refiere al hecho de que Télefo, que había sido herido en el muslo por la lanza de Aquiles, no sanó hasta que años más tarde se le aplicó en la herida herrumbre de la misma lanza (cf. nota 4 del libro II).
22 Se refiere a la tríada de poemas relativos al amor: los tres libros de que consta el Arte de amar, obra que se supone, como ya hemos dicho, desempeñó un papel fundamental en el confinamiento de nuestro poeta.
23 Alusión al mito de estos dos famosos parricidas, Edipo y Telégono. Sobre Edipo, hijo de Layo y Yocasta, pesaba el oráculo de que «mataría a su padre y se casaría con su madre». Por ello, al nacer, fue abandonado por sus padres para que muriera, pero fue recogido por unos pastores corintios que lo entregaron a su rey Pólibo, que no tenía hijos y deseaba uno. Allí, en la corte de Pólibo, pasa su infancia y adolescencia, hasta que siendo ya un joven decide ir a consultar el oráculo acerca de la identidad de sus verdaderos padres. Por el camino hacia Delfos encuentra a Layo, con el que se enfrenta en una reyerta dándole muerte, cumpliéndose así la primera parte del oráculo. Por su parte, Telégono, hijo de Ulises y Circe, es el protagonista de la Telegonia, continuación de la Odisea. En ella, Telégono llega a Ítaca en busca de su padre; una vez allí, comienza a apoderarse del ganado del rey, quien se enfrenta a Telégono en una lucha en la que es herido por su hijo y muere. Entonces, Telégono reconoce a Ulises y llora amargamente su crimen parricida (cf. P. GRIMAL , op. cit., págs. 196 y sigs., y 442-43).
24 Se refiere Ovidio al funeral o muerte simbólica que significaba para él su destierro o confinamiento a Tomos. Y es que Ovidio, al parecer, antes de partir para el exilio, arrojó al fuego los 15 volúmenes de las Metamorfosis, que se nos conservaron gracias a la copia que poseían unos amigos del poeta.
25 El poeta juega con la perífrasis latina mutata corpora, que traducimos por ‘metamorfosis’, para referirse al cambio profundo que ha experimentado su vida, su suerte, pasando de la plena felicidad a la desgracia más grande que le podía ocurrir.
26 La idea de que su lugar de destierro es ‘el último confín del mundo’ es un motivo reiteradamente empleado por Ovidio (cf. Trist. I 3, 83; II 199; III 3, 3; III 4, 83; V 2, 31; etc.). Para los romanos, el mundo acababa por el nordeste en la Escitia, lugar de confinamiento de nuestro poeta.
27 «Elegisches Unwetter», Poetica 3 (1970), 388-408.
28 De nuevo remitimos a nuestro ya cit. estudio «La imagen de la nave…».
29 Cf. En. I 81 y sigs.
30 Aunque hemos traducido ratis por ‘barca’, propiamente se usa para referirse a una ‘balsa’. Y no es que aquí se trate en realidad de una balsa, sino que, como muy atinadamente comenta M. Dolç (op. cit., pág. 92), el poeta considera la nave que le transporta como una simple balsa a merced de la tempestad.
31 En el texto latino tenemos el término Mulciber, ‘El Fundidor’, que es uno de los epítetos más corrientes para designar a Vulcano, dios del fuego, que poseía una fragua en la que preparó las armas de Aquiles, que tanto daño producirían entre los troyanos. Vulcano, el Hefesto griego, hijo de Zeus y de Hera, dios cojo de nacimiento, según se nos dice en la Ilíada (I 571 y sigs.), arrojado por eso del Olimpo por su propia madre cayó en el Océano, donde fue recogido por Tetis que lo salvó y crió, por lo que le estuvo profundamente agradecido y, con motivo de la Guerra de Troya, luchó al lado de Aquiles, hijo de Tetis, para quien fabricó las famosas armas del héroe (cf. P. GRIMAL , op. cit. págs. 228-229, y A. RUTZ DE ELVIRA , op. cit., págs. 83 y sigs., 108 y sigs., y 425 y sigs.).
32 Por el contrario, el dios Apolo, hijo de Zeus y Leto y hermano de Ártemis, estuvo a favor de los troyanos en su contienda con los griegos: entre otras razones, le unían lazos sentimentales con el pueblo troyano, como por ejemplo su amor por la joven Casandra, hija de Príamo, y por la misma Hécuba, esposa del rey troyano, de quien tuvo un hijo, Troilo (cf. A. Rutz DE ELVIRA , op. cit., págs. 418 y sigs., y P. GRIMAL , op. cit., págs. 35 y sigs.).
33 Para entender mejor el posicionamiento de ambas diosas en el conflicto de Troya, conviene recordar el famoso juicio del troyano París, declarando a Venus como la más bella de las diosas, con el consiguiente enfado de Minerva y de Juno.
34 Juno, ‘hija de Saturno’, esposa de Júpiter y reina de los dioses, se había declarado abiertamente hostil a todos los troyanos a raíz del juicio de París; por ello, sería la eterna enemiga y perseguidora del troyano Eneas.
35 Turno, caudillo de los rútulos y adversario de Eneas en la segunda parte de la Eneida, y con cuya muerte acaba el poema virgiliano. De ahí que gozara del favor de Juno, la tradicional enemiga de los troyanos.
36 Ulises se convierte en blanco del odio de Neptuno, después de que aquél cegara a su hijo Polifemo. El calificativo ferox va referido a Neptuno de modo circunstancial, mientras el de cautus se dice de Ulises de modo habitual.
37 Se refiere, naturalmente, a Augusto, a quien el poeta califica reiterativamente de ‘dios’.
38 En estos versos nos ofrece Ovidio una enumeración de los cuatro clásicos vientos homéricos, hijos de la Aurora y de Astreo o Tifón: el Euro o viento del Sudeste, vulgarmente llamado ‘levante’; el Céfiro o viento del Poniente, suave y templado, que anuncia la primavera; Bóreas o Aquilón, el viento gélido y seco del Norte, y Noto o Austro, viento cálido y húmedo del Sur.
39 Hemos preferido la lectura solida de los códices T y B, seguida por Owen, por creer que con ella el texto cobra más fuerza: el horror del romano a la muerte en naufragio y su deseo de que ésta ocurra en tierra firme.
40 La laguna Estigia (o río Estigio) estaba situada en los Infiernos; de ahí que se utilice, con cierta frecuencia, como en el presente caso, para designar simplemente a la muerte.
41 Ovidio, como casi toda la juventud estudiosa romana, marchó a Atenas a completar su formación cultural, especialmente en filosofía y elocuencia, especialidades en las que Grecia contaba con grandes maestros.
42 Alusión a la fama de Alejandría en aquella época, debido a sus muchos atractivos por sus fiestas, diversiones y demás placeres.
43 Ovidio debió de entrar en el Bósforo procedente del Egeo; por ello, la ciudad de Tomos queda situada a su izquierda, en la margen oeste del Mar Negro.
44 El contraste existente entre los versos 75-80 y 81-86 es evidente. Contraste lleno de ironía y sarcasmo: el poeta pide a los dioses la salvación del naufragio y, por ello, desea llegar cuanto antes al lugar del destierro, pese a lo sorprendente que ello pueda parecer.
45 Ausonia era una comarca de Italia que abarcaba la zona ribereña de la Campania y parte de la zona meridional del Lacio, es decir, la zona en que dominaba la lengua osca, pero se utiliza con frecuencia este nombre para designar a Italia en general.
46 Continuo ritornello en la poesía ovidiana del destierro. El poeta asegura una y otra vez que es inocente, que en su culpa o delito no hubo intencionalidad, es decir, conciencia de cometer el delito o falta que se le imputaba. Fue, pues, un simple error, una ‘metedura de pata’ involuntaria e inconsciente. De ahí que en los versos siguientes diga que su muerte fue ‘ciega’ o ‘necia’, pero no ‘malvada’ o ‘culpable’.
47 El César, naturalmente, es Augusto, y los Césares son los adoptados como tales, o sea, Tiberio, adoptado por Augusto, y Germánico, adoptado por Tiberio.
48 Cf. Metam. XI 441 y sigs., y Heroid. VII: en las Metamorfosis se trata del adiós de Ceix y en las Heroidas del de Dido.
49 Op. cit., II, 218.
50 Op. cit., pág. 56.
51 Ibíd.
52 Los preparativos a que se refiere Ovidio, como él mismo nos dice más adelante en el v. 10, son los relativos al vestido y a las existencias que el poeta llevaría consigo para el viaje, es decir, dinero, alimentos, etc. Por lo que al vestido se refiere (cf. M. DOLÇ , op. cit., pág. 103), los desterrados llevaban una indumentaria especial consistente en la paenula, una especie de casaca o abrigo, provista de un capuchón (el cucullus), y en las fajas que envolvían las piernas (cruralia); a veces, en lugar de la capucha o cucullus, llevaban un sombrero de fieltro de alas anchas, usado por los campesinos y los marineros y que era de origen macedonio.
53 Este símil del rayo, para referirse a su condena, es muy del gusto de Ovidio, por la referencia simbólica a Augusto, bajo la figura del Padre de los dioses: cf. nota 17 del libro I.
54 Una nueva alusión a la imagen de la tormenta o tempestad (cf. OWEN , Trisria: liber primus, cit., pág. 44).
55 La alusión al motivo del abandono de los amigos será un tema constantemente presente en la poesía del destierro.
56 Se trata de Fabia, la tercera esposa de Ovidio, con la que éste se casa alrededor de los cuarenta años. Era una joven viuda de la noble familia de los Fabios y emparentada, al parecer, con Marcia, prima de Augusto y esposa de Fabio Máximo (cf. Pónt. I 2, 136). Bastantes autores han pensado que, con este matrimonio, el poeta aspiraba a ocupar el puesto cercano a Augusto que había dejado vacante la muerte de poetas como Virgilio y Horacio. Lo que sí parece evidente es que esta tercera esposa tuvo bastante que ver en el hecho de que Ovidio centrara bastante su vida y serenara su producción poética.
57 Se refiere a su hija Ovidia (cf. DELLA CORTE , op. cit., II, 218), tenida en su segundo matrimonio y casada con Fido Cornelio, que se encontraba ausente de Roma, por hallarse con su marido en la provincia de África, de la que éste era procónsul. No se debe confundir a Ovidia, la verdadera hija del poeta, con su hijastra Perila, aproximadamente de la misma edad que la anterior, casada con Suilio Rufo, que sí que debía de hallarse presente la noche de la despedida de Ovidio de Roma (cf. nuestra introducción a Trist. III 7).
58 La imagen metafórica ‘muerte = condena del poeta’ domina por completo esta elegía y es un motivo muy reiterativo en estos poemas del destierro (cf., por ej., Trist. I 1, 118; I 3, 89; I 4, 28; I 7, 38; I 8, 14, y Pónt. I 9, 17; II 7, 48; III 5, 33; IV 16, 48 y IV 16, 51, entre otros pasajes).
59 Este verso, como muy acertadamente comenta M. DOLÇ (op. cit., pág. 104), nos recuerda el motivo virgiliano empleado en Ecl. I 23, y en Georg. IV 176. Por nuestra parte, añadiríamos que, tanto en el texto de Virgilio, como en éste de Ovidio, en la confrontación que se hace de ‘lo pequeño’ y ‘lo grande’ subyace una alusión a la oposición temática de diversos géneros literarios como didáctica/épica o elegía/épica: en los dos casos, con ‘lo grande’ se alude a motivos épicos.
60 Con el plural Capitolia, que encontramos en el texto latino, parece querer aludir Ovidio a las dos cimas de esta colina romana del Capitolio: la de la ciudadela y aquella en que se levanta el templo de Júpiter, que era el auténtico Capitolio (cf. M. DOLÇ , op. cit., pág. 105).
61 En el texto latino encontramos el término lari, equivalente en este caso a domus. Como se sabe, los Lares eran los dioses del hogar, hijos de la ninfa Lara, amada por Mercurio, y venerados por los romanos como dioses protectores de la casa. Se les invocaba en todas las alegrías domésticas y en cualquier necesidad o riesgo de los componentes del hogar (P. GRIMAL , op. cit., pág. 307).
62 Las divinidades cuyos templos estaban situados en el Capitolio eran las que formaban la llamada «tríada Capitolina», es decir, Júpiter, Juno y Minerva.
63 Quirino es uno de los dioses romanos más antiguos, junto con Júpiter y Marte. Los datos más antiguos coinciden en presentarlo como un dios guerrero de origen sabino, relacionando su nombre con la ciudad latina de Cures: al parecer, es el dios de la colina del Quirinal, tradicionalmente indentificada con los sabinos. DUMÉZIL (La religion romaine archaïque, París, 1966, págs. 246 y sigs.), sin embargo, sostiene la teoría de que Quirino era el dios protector de los campesinos y no de los guerreros, lo que vendría apoyado por el término Quirites, aplicado a los ciudadanos civiles en oposición a los soldados. Al morir Rómulo, Julio Próculo extendió la noticia de que se había aparecido en sueños y que le había revelado que se había convertido en el dios Quirino, por lo que debían elevarle un templo en el Quirinal, cosa que se hizo. Este último sentido de Quirino = Rómulo es el que tiene en este texto concreto (cf. P. GRIMAL , op. cit., pág. 462 y 471).
64 Como ya hemos dicho (cf., por ej., notas 17 y 53 de este mismo libro), es frecuente este tratamiento de Augusto como divinidad a lo largo de los poemas del destierro, en el deseo del poeta de adular al Emperador, buscando el levantamiento o aminoración de la pena.
65 El término error, frecuentemente empleado por Ovidio (cf., por ej., Trist. II 98-100), refleja su falta de culpabilidad consciente y califica su culpa de un mero ‘desliz’ o ‘equivocación’.
66 Eran los dioses protectores del interior de la casa, los dioses de la familia, mientras que los Lares lo eran del exterior de la casa. Los Penates se veneraban en un recinto sagrado, situado en el interior del hogar (penetralia), y cada familia tenía sus propias divinidades a las que rendía culto en dicho recinto.
67 Parrhasis Arctos es la Osa Arcadia u Osa Mayor. La ninfa Calisto, hija de Licaón, rey de Arcadia, fue transformada por Juno en osa por ser amante de Júpiter y haber concebido de él a su hijo Árcade, que fue también convertido en oso. Posteriormente, Júpiter los transformó a ambos en constelaciones del cielo, formando Calisto la Osa Mayor y Árcade la constelación de Arturo. A la Osa se la llama ‘Parrasia’ por el Monte Párrasis de la Arcadia, de donde era natural Calisto.
68 Bajo el nombre de Escitia se alude a la región situada allende el Mar Negro, al norte del mundo conocido por los romanos y habitadas por pueblos nómadas del norte de Europa y de Asia.
69 La fidelidad de Teseo era legendaria, ya que éste acompañó a su amigo Pirítoo hasta los Infiernos con el fin de raptar a Prosérpina y quedó allí prisionero de Plutón para siempre.
70 Lucífero es el nombre latino del griego Fósforo, nombre dado a la estrella Venus como anunciadora de la mañana, mientras que se denomina Véspero en su aparición a la caída de la tarde.
71 Alusión a Metio Fufecio, rey albano que, por su traición a Roma, fue condenado por el rey romano Tulo Hostilio a ser atado a dos cuadrigas que, tirando en direcciones opuestas, lo descuartizaron (cf. TITO LIVIO , Hist. I 28).
72 Como muy bien observa DELLA CORTE (op. cit., pág. 220 del vol. II), las palabras que Ovidio pone en boca de su esposa son propias de una dama de elevada educación y cultura, tal y como parece que debía de ser Fabia (cf. nota 56 de este mismo libro).
73 Recuérdese lo dicho en la nota 58 de este libro, acerca de la imagen ‘muerte = destierro’, reiterativa a lo largo de estos poemas.
74 Sublevet lo hemos traducido por ‘sostener’ para subrayar de esta forma la imagen metafórica subyacente en este verbo, ya que la condena al destierro de Ovidio es interpretada por éste como la casa que amenaza derrumbarse en ruinas, y su esposa actúa como apuntalamiento para evitar la caída del edificio.
75 El guardián de la Osa Erimantea es la constelación de Arturo (cf. a este respecto la nota 67 de este mismo libro). ‘Osa Erimantea’ es una expresión paralela a ‘Osa Parrasia’ del v 48 de la elegía anterior: el Erimanto, al igual que el Parrasio, es un monte de Arcadia. En principio, pues, parece que la Osa Erimantea de este texto es la misma Osa Mayor de Trist. I 3, 48, lo que vendría avalado, además, por el hecho de la identificación de Arturo, ‘guardián de la Osa’, con Árcade, el hijo de Calisto, la Osa Mayor. Ahora bien, a Arturo, el Boyero, se le conoce tanto como guardián de la Osa Mayor como de la Menor: podría, pues, referirse también a la Osa Menor. Arturo o constelación del Boyero, desaparece en el firmamento en el otoño, a comienzos del invierno, época en que Ovidio debió de emprender su largo viaje hacia el destierro.
76 Ya PLINIO (Hist. Nat. II 106) habla del influjo nocivo de esta constelación en las tempestades marinas: la coincidencia de su aparición con la entrada del invierno debía de propiciar tal creencia.
77 Se refiere a las imágenes de los dioses, a los que habían sido consagradas las naves, que se pintaban en la popa de éstas y se consideraban como su ‘tutela’ (cf. Trist. I 10, 1-2).
78 Símil en el que observamos una trasposición metafórica de uno a otro término de la comparación: en efecto, rector es el piloto de la nave, mientras que auriga, propiamente, es el cochero, y no al revés, como tenemos en este caso.
79 Eolo, hijo de Posidón y de Arne, a quien Júpiter había encargado el dominio de los vientos: cf. Odisea X 1-21; Eneida I 52-86, y Metamorfosis XIV 223 y sigs.
80 La Iliria, situada en la parte oriental de Europa, coincide aproximadamente con la actual Albania. En este pasaje concreto, con Italia se alude a la Península Salentina, y con el nombre de Iliria al Epiro (cf. SERVIO , Ad Aen. III 211).
81 Se refiere, sin duda, a Augusto: es una más de las muchas adulaciones, que no servirían de nada a Ovidio. Subyace en este tratamiento de Augusto como ‘gran dios’ la ecuación ‘Augusto = Júpiter’, ya que Júpiter era la divinidad suprema a quien el propio dios de los vientos, Eolo, obedecía.
82 Esta nueva referencia a Augusto bajo la denominación de Júpiter viene a confirmar lo que acabamos de decir en la nota anterior.
83 Juego de palabras muy del gusto de la poesía del destierro. Ya hemos aludido con anterioridad al hecho de que Ovidio se refiere repetidamente a su condición de desterrado como una especie de muerte, ya que comportaba una notable disminución de sus derechos civiles y, en tal sentido, puede hablarse de muerte civil o jurídica: cf. por ej., Trist. I 2, 71 y sigs.; III 3, 53; III 7, 7; Pónt. IV 12, 43 y sigs.
84 Pónt. I 9, 21 y sigs.
85 Hemos traducido sustinuisse por ‘apoyarme’ para subrayar la implícita imagen metafórica consistente en considerar la condena de Ovidio como el edificio que amenaza ruina y que ha de ser apuntalado para evitar su caída (cf. nota 74 de este libro).
86 Hemos traducido attonitum por ‘estupefacto por la sacudida del rayo’, aparte de por ser su auténtico significado, porque en dicho término tenemos una nueva referencia a la imagen metafórica ‘rayo = condena fulminante de Ovidio’, en la que Júpiter personifica al emperador Augusto: recuérdese, a este respecto, Trist. I 1, 72; I 3, 11-12, y I 9, 21, entre otros pasajes.
87 Esta imagen que representa la vida o fortuna del poeta por una nave en medio del mar es muy del gusto de Ovidio, como hemos tenido ocasión de comprobar (cf. nuestra introducción a la 2.a elegía de este libro, pág. 84), y lo podremos seguir haciendo más adelante (cf., por ej., Trist. I 9, 42).
88 Cf. la nota 69 de este libro.
89 El Focense es Pílades, hijo de Estrofio, rey de Fócide, y amigo entrañable e inseparable de Orestes. Como se sabe, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, dio muerte a su madre, que previamente había planeado, junto con Egisto, la muerte de Agamenón. Este matricidio fue autorizado por el oráculo de Delfos instigado por su hermana Electra. Por ello, el tribunal del Areópago lo absolvió, si bien le sobrevino una terrible locura, siendo perseguido por las Erinias. Tras consultar el oráculo de Delfos, se le respondió que curaría de su locura si conseguía rescatar la imagen de la diosa Ártemis del país de los tauros. Emprende, pues, viaje a Táuride, acompañado de Pílades. Una vez allí, son hechos prisioneros, como acostumbraban a hacer en aquel país con todos los extranjeros que llegaban. Le tocó primero el turno a Orestes para ser sacrificado en honor de Ártemis, y Pílades quiso suplantar a su amigo. Pero al ser reconocido Orestes por su hermana Ifigenia, entonces sacerdotisa de Ártemis, consiguió escapar a salvo y, tras dar muerte a Toante, rey del país, huyeron juntos Orestes, Pílades e Ifigenia, portando la estatua de la diosa. Este es el argumento de Ifigenia en Táuride de Eurípides, y Ovidio lo aborda en Trist. IV 4, 69 y sigs. (cf. A. RUIZ DE ELVIRA , op. cit., págs. 140 y sigs., y P. GRIMAL , op. cit., págs. 389 y sigs.).
90 En esta serie de ejemplos típicos y tópicos de amistad no podía faltar la entrañable pareja de Euríalo, hijo de Ofeltes, y Niso, hijo de Hírtaco. Conocida es la bellísima narración virgiliana (Eneida IX 176 y sigs.) de la muerte de Euríalo, al salir una noche del campamento troyano, y cómo su íntimo amigo Niso, al querer vengarlo, sucumbió junto con él.
91 La imagen del crisol, es decir, del fuego como prueba del oro, es muy utilizada en la Antigüedad para referirse a la verdadera amistad: cf. por ej., ISÓCRATES , Ad Demon XXV.
92 De nuevo aparece aquí la imagen del trueno (o rayo) para referirse a la condena del Emperador. Cf., la nota 86 de este libro. Lugares paralelos los tenemos, por ejemplo, en Trist. V 14, 27 y sigs., y en Pónt. II 3, 23 y sigs.
93 ¿Se refiere el poeta a clientes o a amigos-acompañantes? Pensamos que como el contexto de la elegía es una referencia continua a la amistad, es, tal vez, mejor entenderlo como acompañantes-amigos y no como clientes. Cf. G. LUCK , op. cit., II, pág. 53, nota.
94 Idea repetida a lo largo de estos poemas: cf., por ej., Trist. I 3, 16, y III 5, 10.
95 Se refiere al César Augusto, como se deduce de los versos siguientes en los que la metáfora queda aclarada.
96 Datos sobre la clemencia proverbial de Augusto los tenemos en SUETONIO , Augusto 51.
97 Se trata de unos símiles muy empleados en la poesía clásica: el número de las estrellas y el de corpúsculos contenidos en el polvo o arena: cf., por ej., Metam. XIV 137.
98 ‘Neritio’ es uno de los sobrenombres de Ulises, debido al Monte Nérito, de Ítaca, o por la isla Nérito, cerca de la misma Ítaca. Este paralelismo entre el destierro de Ovidio y el largo peregrinar de Ulises aparecerá con cierta frecuencia en las Pónticas (cf., por ej., I 3, 27 y sigs.; III 1, 49-56, y IV 14, 29 y sigs., entre otros pasajes).
99 Duliquio es una de las islas que componían el reino de Ulises, situada al lado de Ítaca, en el Mar Jónico.
100 Hemos preferido, siguiendo a M. DOLÇ (op. cit., pág. 119), traducir sideribus totis por ‘constelaciones enteras’ y no, como algunos autores hacen (cf., por ej., DELLA CORTE , op. cit., I, pág. 16) por ‘todos los astros’, ya que, como aclara M. DOLÇ , Roma y Escitia no estaban en extremos opuestos, aunque sí bastante alejadas.
101 La tradición manuscrita aporta una serie de variantes distintas para este verso. Nosotros hemos preferido seguir la lectura resultante de los códices B, F 2 , M, T, al igual que Owen y Della Corte, sors tulit in Geticos Sarmaticosque sinus, lectura que mantiene la aliteración y el paralelismo en la construcción muy del gusto de Ovidio, frente a la lectura de J. André y G. Luck, detulit in Geticos Caesaris ira sinus, «la cólera del César me ha deportado a los golfos de los getas». Los getas y los sármatas son habitantes de la ribera del Danubio, de su parte inferior los primeros y de algo más arriba los segundos. La expresión se utiliza entre los escritores latinos para indicar los confines del mundo.
102 Se refiere, no a la Samos del Egeo, sino a la isla del Jónico, cercana a Ítaca, celebrada por Homero (Ilíada II 634, y Odisea IV 671).
103 Precioso dístico, lleno de patriotismo e, indirectamente, de adulación a Augusto, al tratarlo como divinidad.
104 Hemos traducido ingenuae por ‘delicadas’, pues al par que expresamos así una noción cercana a invalidae, ‘frágiles’, recogemos la alusión que el poeta parece hacer con este término a su nacimiento distinguido e ilustre, por el valor originario de ingenuus, ‘nacido libre’, lo contrario de esclavo.
105 Nueva adulación a Augusto, a quien se califica de dios, identificándole nada menos que con Júpiter.
106 Minerva, la gran protectora de los griegos y, por ende, de Ulises.
107 Ovidio sitúa la leyenda homérica o, al menos, gran parte de ella en el terreno de la ficción poética, en abierta oposición a la realidad patente de sus sufrimientos.
108 El ‘poeta de Claro’ es Antímaco de Claro o de Colofón, ciudades de la Jonia. Poeta de principios del s. v a. C., autor de un volumen de elegías al que dio el título de Lyde, nombre de su amada.
109 El ‘poeta de Cos’ es Filetas, poeta elegiaco del s. IV a. C., que cantó a su amada Bitis en sus elegías eróticas.
110 De nuevo encontramos aquí la imagen del edificio en ruinas al que hay que apuntalar para que no se derrumbe, en esta ocasión directamente en forma de símil, para referirse a la situación del poeta y a la valiosa ayuda que le presta su esposa. Preciosa imagen empleada con frecuencia por Ovidio: cf., además de los pasajes ya citados, Trist. V 13, 8, y Pónt. II 3, 60, entre otros.
111 Nueva aparición de la reiterada imagen del naufragio para referirse a su condena. Ya hemos dicho al comienzo, en la Introducción, que muchos clamaron por la declaración de Ovidio como exul, ‘desterrado’, a fin de que sus bienes fueran confiscados y poderse quedar de esta manera con ellos. Se ha pensado que este personaje, a quien alude en varias ocasiones Ovidio (cf. Trist. II 77; III 11; IV 9 y V 8), es el mismo a quien destina su poema Ibis.
112 Imágenes-comparación o símiles de neto cuño épico, concretamente homéricas, utilizadas ya antes por Virgilio (cf. Eneida II 335; IX 57; XI 718 y 806, entre otros pasajes).
113 Andrómaca, prototipo de esposa fiel. Era hija del rey de Tebas de Misia, Eetión, cuya capital fue saqueada por Aquiles durante la Guerra de Troya. De su matrimonio con Héctor tuvo un solo hijo, Astianacte. Los dos fueron hechos prisioneros por Neoptólemo, hijo de Aquiles, después de la muerte de Héctor y de la toma de Troya. Las referencias a ella como exemplum mitológico de esposa fiel son frecuentes a lo largo, sobre todo, de las Tristes (cf. por ej. I 6, 19; IV 3, 28-30; V 5, 43-44, y V 14, 37).
114 Hija del argonauta Acasto, había quedado desposada con Protesilao, rey de Fílace, en la Tesalia, antes de partir éste para la Guerra de Troya. Fue el primer griego que desembarcó en el sitio de Troya y también fue el primero en caer víctima a manos del troyano Héctor (cf. Ilíada II 695). Laodamía pidió entonces a los dioses que le enviasen de nuevo al mundo a su marido, sacándolo del infierno sólo por unas horas. Su deseo fue satisfecho por Hermes, que le trae a Protesilao, pero sólo por tres horas, y después ella se suicida para unirse eternamente a él (cf. A. RUTZ DE ELVIRA , op. cit., pág. 420, y P. GRIMAL , op. cit., pág. 305). Es otro de los típicos exempla mitológicos de fieles esposas, y a ella está dedicada la 13.a Heroida, consistente en una carta suya a su esposo.
115 Como ya dijimos en la nota 13 de este mismo libro, a Homero se le llama así, bien por su padre Meón, bien por el nombre de la comarca de donde se decía que procedía, Meonia.
116 La esposa de Ulises, de quien había tenido un hijo, Telémaco. Al igual que Andrómaca, pasa por prototipo de fidelidad conyugal y de constancia esperando el regreso de su marido, sin ceder al acoso terrible a que fue sometida por sus numerosos pretendientes. Al igual que decíamos de Andrómaca, es frecuente su mención por parte de Ovidio en estos poemas del destierro, especialmente en las Tristes, ya que en las Pónticas la mención de su esposa escasea (cf. Trist. I 6, 22; V 5, 43; V 5, 52; V 14, 36; Pónt. III 1, 107 y sigs., y IV 16, 13).
117 Hay quien piensa (cf., por ej., M. DOLÇ , op. cit., pág. 124) que es una referencia a Livia, esposa de Augusto. Nosotros, sin embargo, compartimos la opinión de aquellos (cf., por ej., J. ANDRÉ , op. cit., pág. 22; G. LUCK , op. cit., pág. 61, y DELLA CORTE , op. cit., I, pág. 17) que piensan que es una alusión a Marcia, esposa de Paulo Fabio Máximo y prima hermana de Augusto. Creemos que tal interpretación viene avalada por el sentido que le damos al v. 28, que sería chocante si se refiriera a Livia.
118 Aflora aquí la conciencia del poeta sobre el valor inmortalizante de su poesía, tema reiterativo en los poemas del destierro y una de las grandes esperanzas que consuelan a Ovidio en medio de su desgracia (cf., por ej., Trist. I 6, 35-36; III 3, 80; III 7, passim; III 14, 1 y sigs.; IV 10, 130; V 14, 5-7; Pónt. IV 8, 47-51; IV 16, 1-3).
119 De amicorum in Ovidii Tristibus personis, Leipzig, 1881.
120 «Les compagnons et l’exil d’Ovide», Rev. Philol. 34 (1910), 342 y sigs.
121 Cf. A. GRISART , «La publication des Métamorphoses. Une source du récit d’Ovide», Atti… II, 153-155.
122 Alude al hecho de que ese amigo suyo al que se refiere lleva en su sortija el retrato de Ovidio. Conocida es la afición de los romanos a llevar anillos o sortijas, en los que llevaban grabados retratos de sus familiares o amigos.
123 La corona de hiedra era atributo típico de los poetas líricos; estaba dedicada a Baco, dios inspirador de tales poetas. Por su parte, la corona de encina era atributo de los poetas épicos.
124 En el texto latino tenemos el término temporibus, que puede tener una doble acepción y con cuya ambigüedad probablemente ha querido jugar el poeta: tempora puede ser tanto ‘sienes’, tal y como hemos traducido, como ‘circunstancias, situación’.
125 La hija de Testio es Altea, madre de Meleagro, uno de los Argonautas y cazador del jabalí de Calidón. Pero lo que le hace más conocido a Meleagro es su pintoresco destino. Su vida —según se lo comunican las Parcas a su madre— dependía desde su mismo nacimiento de la subsistencia de un tizón, que ardía en el hogar cuando Altea lo dio a luz. Por ello, Altea lo apagó y guardó cuidadosamente, con lo que la vida de su hijo dependía de ella y de su secreto. Pero, pasados los años y con motivo de la cacería del jabalí de Calidón, Meleagro dio muerte a dos hermanos de su madre. Encolerizada Altea por el parricidio de su hijo, arrojó de nuevo al fuego el tizón celosamente guardado. De esta forma, a medida que el tizón ardía, se iba consumiendo la vida de Meleagro hasta morir. De ahí que Ovidio diga que Altea fue mejor hermana que madre. Es éste un mito con un tema que encontramos en muchos cuentos populares y en obras como «El retrato de Dorian Gray» de O. Wilde (cf. A. RUIZ DE ELVIRA , op. cit., págs. 322 y sigs., y P. GRIMAI , op. cit., págs. 23-24).
126 Nueva alusión a uno de los probables motivos de la condena de Ovidio: sus poemas amorosos y, más concretamente, su Arte de amar.
127 Alusión a la supervivencia de sus Metamorfosis. Para el problema que plantea la reconstrucción de los hechos tal y como sucedieron, cf. la documentada exposición de F. DELLA CORTE , op. cit., II, 224 y sigs.
128 Augusto 56.
129 Op. cit., II, 232.
130 Estos primeros versos recogen una larga serie de adynata o imposibles, que la retórica empleaba para ilustrar algo difícil o improbable de suceder, pero que en este caso ha sucedido: la decepción del poeta por el amigo que le ha abandonado en los momentos más difíciles.
131 Nuevo empleo de la imagen metafórica, ya aparecida en elegías anteriores (cf., por ej., 1, 118, y 3, 22), consistente en identificar su condena con la muerte y, por ende, su despedida de Roma con las honras fúnebres organizadas para despedir a un difunto.
132 Hemos preferido traducir así tot lusus et tot mea seria para evidenciar, tal vez, mejor el contraste implícito entre los dos términos, pero se podría traducir igualmente por ‘distracciones y ocupaciones’.
133 La Lete es el famoso río de los Infiernos, cuyas aguas hacían olvidar el pasado a quien las bebía o se sumergía en ellas, que es lo que hacían los muertos para olvidar su vida terrestre. Toma su nombre este río o fuente de la diosa Lete u Olvido, hija de Eris o Discordia y, según una tradicción, madre de las Gracias.
134 Cf. la nota 63 de este libro.
135 Cf. la nota 89 de este libro.
136 Rey de Táuride, donde Ifigenia era sacerdotisa de Ártemis, cuando Orestes y Pílades llegaron allí en busca de la estatua de la diosa (cf. las notas 88 y 89 de este mismo libro). Toante ordenó a Ifigenia que, según la costumbre reinante, les diese muerte, pero ésta escapó con los dos llevando la estatua de la diosa. Toante los persiguió y murió en su empeño a manos de Crises.
137 Cf. la nota 89 de este libro.
138 Abuelo de Patroclo: por ello, el ‘descendiente de Actor’ o Actórida es aquí Patroclo. Su amistad con Aquiles era proverbial en la Antigüedad. Recordemos que fue, precisamente, la muerte de Patroclo a manos de Héctor lo único que empujaría a Aquiles a lanzarse a la batalla contra los troyanos, y no cesaría hasta dar muerte al mismo Héctor, vengando de este modo la muerte de su mejor amigo.
139 Es Plutón, sobrenombre latino del Hades griego, hermano de Júpiter e hijo, como éste, de Crono y Rea. Plutón recibe a Teseo y Pirítoo cuanto éstos van al Hades en busca de Perséfone o Prosérpina y los invita a un banquete, pero quedan esclavos en sus asientos sin poderse levantar ya. Después, Hércules liberaría a Teseo, pero Pirítoo hubo de quedar allí para siempre.
140 Cf. la nota 69 de este libro. Recordemos sólo que Teseo acompañó a su amigo Pirítoo hasta los Infiernos, a fin de raptar a Prosérpina.
Darmowy fragment się skończył.