Czytaj książkę: «Memorias del alma»

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OMAR CASAS

MEMORIAS DEL ALMA


Casas, Omar

Memorias del alma / Omar Casas. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1796-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Dedicada a mi querido nieto, Valentín Casas y a su inseparable mascota, Pipo Casas.

MEMORIAS DEL ALMA
1 – Fogata de mitos y leyendas

Los penachos naranjas y amarillos viboreaban, escalaban la oscuridad azul, relampagueaban fantasmas de luz, y encendían los rostros de los oyentes. Cada tanto, tras un crepitar, un halo de chispas saltaba, se lanzaba al espacio para mezclarse entre las estrellas y desaparecía. La negra figura del maestro Darko comenzó a recortarse contra el danzante topacio de la hoguera. Momento en que todos callaban y sólo se escuchaba la brisa del norte que descendía por las colinas, se colaba entre las llamas y las avivaba en inquietante abrazo de pasión.

La fría mirada azul de Darko se posaba en cada uno de nosotros y nos dejaba paralizados y expectantes. Cuando el silencio parecía interminable bajo la helada concavidad de zafiro y la ansiedad se tensaba como un músculo que ya no podía soportar el excesivo peso, la grave voz del maestro irrumpía, resonaba y vibraba en nuestro pecho. Entonces comenzó con la plegaria:

 Los veneramos y enaltecemos… - Sus brazos se elevaron al cielo y sus ojos tomaron un tinte rojizo.

 Los adoramos y bendecimos… - Respondimos mientras nos incorporábamos, alzábamos los brazos y nuestras palmas abiertas parecían chocar entre miríadas de estrellas.

 Los amamos y recordamos…

 Relatamos sus hazañas que retumbaron en los cielos. - Alzamos las voces en coro con emoción.

 Y volcaron ecos en praderas, bosques y mares.- Expresamos concentrados para continuar:

“Somos sus fieles seguidores…

Que se alimentan de su fuerza y voluntad.

Por siempre y para siempre…

Con el corazón brindado a su gloria,

y el alma rozando sus alturas,

¡Asombrados de su magia,

y ávidos de sus enseñanzas!”

Terminamos de recitar exaltados bajo la grave voz de Darko. Luego nos sentamos de nuevo alrededor de la fogata, que chisporroteaba con más intensidad.

 Esta es la última noche de leyendas, ya que mañana partirá la mayoría de ustedes hacia los pilares de Lorest. – Explicaba el viejo hechicero al tiempo que sus ojos retomaban su color natural.

 Por ese motivo – prosiguió el anciano de tupida barba blanca – es apropiado el mito de la Creación del Hombre… - Enfatizó la última palabra con un tono aún más grave de lo habitual, para terminar con un rugido interno, como si poseyera fauces de león.

Otra vez el silencio… Ni siquiera la brisa, ni las llamas retorcidas osaban con interrumpir al hechicero.

 Hubo una vez… un mundo en llamas, desolado, y aterrador… - Resonó su historia mientras expulsaba una espesa bruma de su boca. – Alfa, el Dios primero, agobiado de su larga soledad, sumergió sus manos en la flamígera sustancia, arrancó un pedazo y la modeló a su propia imagen. – Contó Darko, con énfasis y luego recitó :

 “Y Alfa profetizó: De este molde surgirán dos especies; la primera: la celestial, permanecerá entre las nubes para proteger y velar por la segunda: la terrenal, que habitará en la superficie del nuevo mundo.” – Resonó en ecos la sentencia de Darko contra las faldas de los montes. Luego movió su cuerpo y de repente quedó suspendido a un palmo del suelo, como si el propio Alfa lo hubiese poseído.

 ¡Fushhh! – Sopló con tanta fuerza que la bruma de su boca, por un momento se convirtió en una grisácea figura humana, que luego se partió en dos pedazos, uno se elevó a las estrellas y el otro cayó a la tierra, donde se posaron también los pies del hechicero.

 ¡Pero la tierra, inhabitable y arrasada por el fuego era! – Exclamó Darko, se agachó de repente, cogió un puñado de tierra, le lanzó un escupitajo y con su escrutadora mirada nos indujo a contestar.

 Y de un soplo Alfa, al fuego consumió y así a la tierra enfrió… Tanto la contrajo que la hizo llorar en ríos y mares. – Recitamos en cántico sagrado.

 Entonces… aquel pedazo de molde extraído del flamígero mundo, se mezcló con la húmeda tierra y se desintegró en mil partes pero con la mágica esencia del hombre. – Aseguró el hechicero abriendo sus brazos para luego señalarnos.

 ¡Y así el hombre pobló la tierra! – Exclamamos en coro y tras los relámpagos de la hoguera divisé rostros surcados por lágrimas. Tan extasiados se encontraban sentados, absortos en una interminable contemplación, hechizados y compenetrados en cuerpo y alma con el mito de la creación. ¡Idiotas! Surgió un grito desde el abismo de mi ser. ¿Acaso no comprenden todavía, que todo es parte de otra magistral interpretación de un viejo loco y arrogante? Traté de disimular mi desdén y agaché la cabeza cerca de mis rodillas, mientras abrazaba las piernas. Y las mismas preguntas emergían sin respuestas. La brisa se convirtió en viento helado, que atravesó mi espalda y pareció derramarse en mis entrañas. Ni siquiera el calor de la fogata moribunda, lograba descongelar la punzante daga de la duda y la frustración. Escuché los pasos de los chicos que comenzaban a descender la colina para regresar a sus hogares, al tiempo que varios se agolpaban contra el maestro para consultarle sobre los dioses o para pedirle otra leyenda. Sentí una mano sobre mi hombro.

 Vamos Lario. Debemos descansar, al amanecer emprenderemos el viaje. – Avisó Nedra, mi hermano mayor. Alcé la vista, contemplé su estúpida sonrisa y luego el insoportable guiño de su ojo izquierdo. Lucía con orgullo su nueva piel de oso de la última cacería y en su pecho la marca azul de los elegidos.

 Me quedaré un poco más, debo consultarle al maestro. – Avisé con seriedad.

 ¿A consultar o a discutir? – preguntó Nedra para luego soltar una risa.

 Eso depende de la respuesta de Darko ¿No lo crees? – Repregunté y mi hermano negó con la cabeza.

 Buena suerte – me deseó para luego comenzar el descenso. Su cuerpo, increíblemente robusto y atlético para sus catorce años, fue tragado lentamente por el declive de la colina. Nedra era el mejor de todos. Durante ese verano, superó las pruebas de cacería, de supervivencia en las praderas y de lucha cuerpo a cuerpo, ganándose el primer derecho al “Elegido”. Sólo cuatro chicos de catorce años se elegían para las llamadas “Festividades de Lorest”, cuatro laharianos que serían llevados por los dioses a los cielos de algoht. Sin él, me sentiría perdido y también desprotegido; pues yo no contaba con la fuerza, ni con la destreza de mi hermano. Al menos, tenía la esperanza de que mermaran las comparaciones de mi padre, tales como: “Aprende de tu hermano. ¡¿Viste lo que hizo?! Nunca serás tan hábil como Nedra. Qué los dioses te iluminen para alcanzar siquiera, los tobillos de tu hermano.” Deseaba fervorosamente que toda esa mierda, escalara hasta los cielos y así su pestilencia, contaminara a los mismos dioses.

 Buenas noches joven Lario. ¿Ensimismado en sus cavilaciones, como siempre? – Preguntó el gran hechicero con el ceño fruncido pero con una gesticulación amable de sus labios.

 Como siempre, sabio Darko. Otra duda me carcome. – Expresé con gravedad mientras me incorporaba.

 Pues vomítala, antes que devore tus entrañas – respondió Darko con una sonrisa contagiosa.

 ¿Si los celestiales salieron del mismo molde que los hombres, y nos parecemos tanto en su forma física, cómo es posible que no caigan del cielo? – Pregunté y el hechicero dejó de sonreír.

 Pues… porque son dioses y sus poderes lo evitan - murmuró gravemente el sabio.

 Ahhh… ¿Y si son tan poderosos, por qué necesitan de sacrificios y de elegidos para sobrevivir?

 Tu pregunta está mal formulada, pues los algohts celestiales, no necesitan de sacrificios, éstos se realizan para mantener buenas relaciones con ellos, para que tengamos buenas cosechas y nuestra vida continúe próspera y en abundancia. – Explicó el maestro.

 Supuse que las cosechas dependían de las lunas, del buen clima y de las lluvias – arremetí con irrefutable argumento.

 Por supuesto ¿Y quienes nos proveen del buen clima y las lluvias? – Me interrogó Darko con cierta sorna.

Quise responderle: - “Los putos dioses” - pero tras titubear me salió: - Los dioses. – Y otra vez recorría un anillo sin fin de repuestas tan vacías como los celestiales.

 Muy bien Lario. Has aprendido una buena lección. Trata de discutir tus dilemas sólo conmigo, porque no cae bien entre tus iguales. Muchos laharianos empezaron a quejarse a mis oídos y no son sólo quejas de los chicos, sino también de algunos padres. Sería muy triste que tu propio pueblo, adoptara una terrible decisión, como el destierro, o inclusive el sacrificio en la hoguera. – Avisó con un juego de su voz que cada vez se hizo más grave.

 Entiendo… Yo sólo… Entiendo… - Respondí asustado ante la terrible advertencia. Si ya varios le habían aconsejado al hechicero sobre semejante castigo, entonces era necesario sepultar mis dudas en algún escondite de mi mente.

 Cuídate… Cuando tenía tu edad, también estaba en conflicto, pero elegí el camino de la fe. Trata de solucionar la situación en tus entrañas. – Aconsejó el anciano posando sus manos con afecto y cierta tristeza sobre mis hombros. Entonces, el problema radicaba en que pensaba diferente. Supuse que Darko comprendía las causas de mi conflicto con los dioses. Asentí, retrocedí un paso, di media vuelta y eché a correr por la ladera para alcanzar a mi hermano. ¿Acaso el hechicero había dudado alguna vez?

2 – La peregrinación

La lenta y dolorosa caminata hacia la aldea de Lorest duraba trece días si no surgían inconvenientes en el trayecto, como los fuertes vientos del oeste, las intensas tormentas, los ataques de lobos o inclusive de los salvajes vikans. Por suerte, se elegía la época de verano para realizarla, donde el clima era más benigno. Casi todos los habitantes de Espejo se preparaban para la peregrinación; sólo se quedaban diez u once familias que proporcionaban una mínima guarnición de treinta guerreros para evitar algún saqueo de los temidos vikans.

Se partía desde la vera del río Ancho, donde descansaba nuestra villa en la margen del este, y se enfilaba hacia el noroeste. Al comienzo, la pendiente río arriba no se notaba en los primeros días, donde se divisaba nada más que una planicie de pastos; pero luego de atravesar un ralo bosque de robles y fresnos, el río se angostaba, se hacía más torrentoso y la superficie rocosa dificultaba el andar. Sólo eso recordaba del verano anterior y por supuesto, la magnífica estructura de los cuatro pilares. Del descenso de los dioses, sólo existían borrosos vestigios en mi memoria; porque quizás, por el miedo sufrido traté de sepultarlo. Ahora, con doce veranos encima, suponía que ya era bastante hombre como para soportar la arrogancia de los poderosos algohts y sus bestias aladas.

 ¿Siempre marchas en la retaguardia, aislado de los demás? – Preguntó la bella y traviesa Lamda.

 Me aburren los dichos y leyendas repetidas de los mayores y prefiero el silencio – respondí con seriedad y ella me empujó de costado. Trastabillé y casi caí.

 Eres débil, pendejooo… - Sentenció tras una risa y echó a correr.

 No entraré en tu juego. La última vez recibí demasiadas nalgadas por tu culpa y costaba sentarme.

 Yo también… Y quéee… ¿me tienes miedo…? – alardeó y se burló sacando su lengua.

 Seguro que sí – murmuré y la corrí. Lamda tenía esa atracción que aún no comprendía, pues era muy estúpido volver a meterse en problemas con la misma persona, y recibir un alto costo por castigo. Pero el tesoro de la alegre travesura compartida, superaba con creces, el riesgo que se corría.

Pasamos entre los rezagados siempre en zig –zag. Cuando trataba de tomarla por la ancha estela negra de sus cabellos, torcía el rumbo y la oscura cinta ondeaba cual bandera abrazada por el viento en la carrera. Llegamos a la franja de arena húmeda, luego hasta el cristal del borde del río, que se rompió en ramilletes de gotas saltarinas. Lamda chocó contra la pierna de un pescador que, lanza en mano, caminaba con el agua hasta las rodillas concentrado y lento en el andar para no espantar a su comida. El lahariano perdió el equilibrio y cuando luchaba por retomarlo con un solo pie de apoyo; yo lo choqué y cayó tras improperios. Ambos aminoramos la marcha para mirar de costado al rostro enrojecido del pescador. Nuestros labios alcanzaron a expresar una “u” prolongada, y tras soltar una cómplice risotada continuamos corriendo. Pasamos y chocamos a propósito la canasta de una anciana. Algunos chicos nos vieron y nos siguieron a la carrera. Al poco tiempo nos convertimos en una plaga de langostas que chocaba contra los desprevenidos peregrinos y sus pertenencias.

 ¡Basta ya, niños! ¡No es momento de jugar! – Nos reprendió una mujer que dejamos atrás.

 ¡Basta ya! ¡Pendejos malcriados! – Vociferó una conocida voz, la de mi padre. Fue como si un hachazo me quebrara la espalda. Mis pelos se erizaron y frené mi carrera. Di media vuelta y vi a la gigante y barbada bestia que trataba de encontrarme. Sentí un tirón en mi brazo. Era Lamda, aferró mi mano y me llevó por entre las piernas donde el peregrinaje se agolpaba. Muy pronto lo perdimos de vista. Y ella, sin soltar mi mano, me condujo hacia el lugar opuesto del peligro.

 Gracias… - Murmuré con una sonrisa.

 Eres muy estúpido para escabullirte – sentenció ella, para después darme un sorpresivo beso en mis labios. Quedé paralizado otra vez… Y me pareció que flotaba como el maestro Darko. El roce de mi cabeza contra las caderas de los adultos que seguían avanzando, me hizo descender a tierra.

Por la noche, en la primera parada alrededor del fuego, mientras mordíamos la dura carne de liebre; Harfal, mi padre, me clavó su mirada acusadora.

 Espero que no te metas en problemas. Por la tarde, unos chicos revoltosos causaron desorden y daño entre la gente.

 ¿Y por qué siempre lo acusas a él? – se interpuso Omega, mi madre.

 Sólo mencionaba el hecho, no quiero que sufra otro castigo – advirtió Harfal para luego limpiarse la barba con su ancho antebrazo.

 ¿Y si estuvo en la revuelta, cual es el problema? Son chicos, necesitan jugar y divertirse. – Expuso mi hermosa madre, lanzándome el celeste cielo de sus ojos y su sonrisa perlada.

 Síguelo malcriando, y no podrá alcanzar el éxito de su hermano – aseguró Harfal e incomodó a Nedra; tanto, que los dientes de mi hermano se frenaron antes de alcanzar su siguiente mordisco.

 ¿Y a quién le importa ser un elegido? ¿Para qué, para que te arranquen de tus padres? – Preguntó la pequeña Jana y se acurrucó al flanco de mi madre.

 Hasta mi hermosa hija se puso en mi contra… Muy bien… - Se cortó Harfal para arrancar, de un sólo tirón, la pata y el muslo entero de una liebre – Para que lo tengas en claro, pequeño vándalo… Un día completo como prisionero de guerra será tu próximo castigo, atado de pies y manos. – Sentenció el salvaje juez de mi familia.

 Perdón que me meta – interfirió Nedra, tomó un sorbo de cerveza, sólo permitida para adultos y elegidos, y expuso: - Será algo difícil atarle los pies, porque debemos caminar mucho durante estos días.

 ¿Tú también en contra? Encima, te volviste irónico – repuso nuestro terrible torturador mientras mi hermano me guiñaba el ojo, y ya su gesto, no me caía tan mal.

 Tienes mucha razón, no lo había pensado. Nos repartiremos el pesado trabajo de cargarlo. – Sentenció mi padre y nos soltó una risotada.

Por dos tardes seguidas, tratamos de evitarnos con Lamda para no causar problemas y así impedir los castigos. Pero cuando llegamos al prado de Rosales, plagados de manantiales y lagunas, donde los helechos y juncos se alzaban gigantes; y muchas plantas lucían flores de múltiples formas y colores, como las famosas rosas azules de corazón celeste, decidimos apartarnos del resto. Nos sentamos al borde de una laguna atrapada en una cuenca, cuyas paredes verticales alcanzaban el triple de nuestra altura. Rodeado de una espesa vegetación, ese cristal de agua pasaba desapercibido a pocos pasos de cualquier caminante.

 ¿Cómo sabías de este lugar? – pregunté con curiosidad.

 Lo encontré por casualidad el verano pasado, y dejé marcas en las rocas para reencontrarlo – respondió con seriedad y me sorprendió. Sus ojos, tenían un tono más claro que la verde espesura donde se recortaba su pálido rostro. Seguí la línea de su amplia frente hasta el ceño fruncido. Luego la pendiente hasta la curva de su pequeña nariz recta, después el gesto de cierta preocupación en sus labios. Jamás olvidaría esa mezcla de belleza e inteligencia que a partir de aquel momento, quedarían grabados a fuego en mi alma. No sé por cuánto tiempo la contemplé absorto, pero no me animé a romper el silencio que nos abrazaba. Ella quizás percibió mi estado, y sin perder de vista la laguna, tomó mi mano y la apretó. Con la otra tiró una piedra al medio del agua, que escupió pétalos de cristal rompiendo el silencio.

 No somos como ellos, no pensamos como ellos y no nos arruinaremos como ellos – aseguró Lamda y supe lo desolada que se encontraba, tanto como yo.

 ¿Tampoco crees en los dioses? – pregunté con la esperanza de ganar una aliada.

 Sólo en nosotros – respondió ella, se acercó y me abrazó con fuerza. Sentí que me deshacía como la nieve bajo un fuego extraño, el de su espíritu que se mezclaba con el mío.

 En…ton… ces… - Murmuré entrecortado sin soltar el abrazo.

 Entonces te amo, idiota – soltó ella susurrando a mi oído.

 Yo también… - le dije y sentí un nudo en la garganta.

 ¡Hey pendejos! ¡Así los quería atrapar! ¿No creen que son muy chicos para andar en amoríos? – Resonó una conocida voz a mis espaldas. Y el embrujo desapareció al instante.

 ¡Esta es mi laguna! – gritó Nedra y detrás de él emergió la atlética Tarna, otra de los elegidos. Se quitaron los taparrabos y se lanzaron desnudos al agua. Nos alejamos con rapidez del lugar. Y sus risas se sumergieron a la distancia.

Regresamos en silencio al campamento provisorio y nos separamos cabizbajos. Compartíamos la vergüenza de descubrirnos abrazados y el temor de que difundieran el secreto. Si nuestros padres llegaban a enterarse, no quería imaginar la paliza que recibiríamos, además de separarnos para siempre. Y esto último, dolería mucho más que lo primero.

Después de tres soles, comenzamos el ascenso más abrupto, donde el río ancho se angostaba y encajonaba en un largo y tortuoso desfiladero de altas y musgosas paredes verticales. Marchábamos sobre la margen este, una ancha playa de arena blanca y guijarros. La hermosa Lamda no se apartó un palmo de su familia; yo hice lo mismo. Y el temor a delatarme se diluyó en las torrentosas aguas del río.

Caída la nueva noche, bajo la guía de las dos lunas, decidí buscar a mi hermano. Se encontraba descansando entre grandes rocas despeñadas, bajo el cobijo del ramaje que brotaba en la base del desfiladero. Compartía una cerveza con Tarna, transformada en su inseparable compañera. Hizo señas para acercarme y me extendió el odre todavía lleno.

 No gracias, no tengo la edad ni la aprobación para esto – respondí para sentarme frente a ellos.

 Como quieras hermano, falta poco para mi partida. Voy a extrañarte, a pesar de nuestras diferencias. – Aclaró él para guiñarme el ojo.

 Yo también voy a extrañarte… Gracias a ambos, por no delatarnos. – Agradecí a los jóvenes que me sonrieron, acurrucados contra una amplia grieta de la roca.

 De nada. Nosotros también estamos en falta, a pesar de nuestros privilegios como elegidos, no podemos juntarnos. ¿Lo entiendes? Ustedes tampoco nos delataron. Así que… estamos a mano. – Aclaró Nedra y volvió a ofrecerme de su odre. Esta vez lo acepté. Un sabor amargo recorrió por mi garganta.

 Qué asco… prefiero el agua… Hay algo más por decir… Por favor, no continúes con esto, estás a tiempo de escapar. Ve al sureste, sal del cañadón y enfila sin parar hacia los bosques de Trona. Vayan ambos. – Sugerí y me respondieron con una risa contenida.

 ¡Lario! ¿Estás loco? ¿Después de tanto sacrificio, de ganarme el privilegio de ser el primer elegido, voy a escaparle a mi brillante futuro? He ganado el cielo de los dioses…

 Hemos ganado el cielo de los dioses – lo corrigió Tarna.

 Han ganado una muerte en un lugar desconocido, sólo mencionado por mitos y leyendas. – Comenté con amargura.

 ¿La muerte, de qué hablas niño? Es el cielo de los dioses, nos convertiremos en ellos. – explicó Tarna orgullosa y con fervor.

 La mayoría no regresó y quienes lo hicieron han cambiado, ya no se destacan como antes de la partida – repuse y ambos menearon la cabeza.

 Los que regresaron son perdedores, fueron expulsados de los cielos porque no cumplieron con sus obligaciones, no lograron la transformación. Tarna y yo lo haremos hermano, triunfaremos en Algoht. – Afirmó mi confiado hermano guiñándome de nuevo el ojo izquierdo.

 Deben creerle a Lario. Háganle caso. – Se escuchó una voz y Lamda emergió por entre las grandes rocas.

 Bueno… Tu novia piensa como vos… Es bueno eso, tendrás pocas discusiones en el futuro. – Comentó Nedra con sorna para lanzarme otro guiño.

 Yo también los vi, los pocos que volvieron, se concentran en su trabajo y en sus plegarias. Mi padre me contó de un arrogante como vos, y ahora camina como muerto viviente. Han perdido el brillo de sus ojos, como si su alma los hubiese abandonado. – Contó Lamda para sentarse a mi lado.

 Es porque se sienten perdedores. Fracasaron, y el dolor de ser mortales los carcome. – Argumentó con seguridad Tarna.

 Que tengan buena suerte – murmuré con tristeza, sospechando el triste destino de mi hermano. Al menos lo había intentado; pero es imposible convencer a los fanáticos, porque encadenados a sus sentimientos, no permiten que la razón los libere. Tomé otro trago amargo, le pasé el odre a Lamda y ésta sin probar, se lo pasó a Tarna. No discutimos más esa noche, hablamos del viaje, del tiempo y de las tareas cotidianas que nos esperaban cuando el sol asomara.

3 – Los pilares de Lorest

Después de la salida del sol, vadeamos los arroyos que alimentaban al río plagado de cascadas y ascendimos entre las abruptas laderas, cada vez más tupidas de vegetación. Luego escuchamos un murmullo aguas arriba, al tiempo que una niebla espesa nos abrazó. El canto de las aguas, cada vez más fuerte, se transformó en un estrépito continuo y tras un recodo alcanzamos la imponente “Cabellera de Plata”, una catarata que alimentaba al río Ancho, de cien pasos de alto. La niebla se volvió llovizna y empapó nuestros abrigos de pieles. Lentamente, ascendimos por el abrupto camino desmalezado y tallado en la roca por los monjes de Lorest. Pronto nos encontramos bajo un túnel de paredes grises y verdes; techado por un ramaje esmeralda, apenas atravesado por lanzas de luz. A lo lejos, se distinguía un círculo celeste que poco a poco comenzó a crecer. Era la salida, que desembocaba a orillas del lago Lorest, naciente de los ríos Argos y Ancho. Lo bordeamos, caminando sobre un antiguo y musgoso empedrado, hasta llegar a las canoas, donde varios monjes calvos de largas túnicas rojas nos esperaban.

Al navegar por el lago, divisamos los cuatro pilares de Lorest al pie de las lejanas montañas blancas, como cuatro lanzas de piedra clavadas por un furioso gigante. La belleza verde de las laderas boscosas recostadas contra las grises y curvas paredes de una inmensa olla; sumado al tronar de la catarata, al cielo acuoso plagado de nubes desgarradas y a las cortinas de niebla que rozaban la superficie del lago, provocaban admiración y sorpresa, pero a la vez cierto temor. Atravesamos el cristal de agua hasta llegar a la orilla pedregosa. Una amplia vereda de mármol blanco nacía en aquella para transformarse en la avenida principal de Lorest; cercada por un muro circular de piedra de seis pasos de alto y una arcada con puertas de roble talladas con bajorrelieves. Cuando la catarata atenuó su rugido a murmullos por la lejanía, oímos los golpes contra la piedra. Los monjes usaban puntas de gemas para continuar con su milenaria tarea, la de esculpir la roca para construir más edificios curvos y fantásticas esculturas ofrecidas a los dioses. El portón se abrió de par en par y la columna lahariana fue tragada lentamente por la magnificencia de Lorest. Antes de pasar bajo las piernas del gigante Alfa, desde los balcones de sus ojos, los monjes de túnica blanca, los máximos sacerdotes, nos saludaron con los brazos extendidos y las palmas abiertas. Todos devolvimos el saludo mientras observaba cómo la emoción, escurría por las mejillas de la mayoría, incluso en los embelesados rostros de mis padres y hermano. Miré a Jana y tratamos de contener la risa. Jardines colgantes se extendían en las terrazas, irrigados por perpetuos canales de agua que descendían desde las mismas montañas. El aroma de las flores se mezclaba con el rocío. Rosa, jazmín, gardenia y lavanda se fundían en un elixir que embriagaba; secreto quizás, para elevar el estado de devoción del visitante. La pétrea y enigmática ciudad, se convertía en una gema admirada y deseada por cualquier hombre que la descubriera, más allá de la religión que profesara o del ateísmo que fundamentara.

Nos albergaron en un nuevo edificio de tres pisos, con la forma de un león alado, recostado contra el muro perimetral, todavía en construcción en la parte de su lomo. La patas delanteras extendidas, ofrecían un plano inclinado que llevaba directamente a sus fauces, entrada irónica al alojamiento. Ingresamos como devorados por los mismos sirvientes de los dioses, los temidos leonhalas.

Los monjes nos condujeron por un amplio corredor interno iluminado por antorchas. Nos dividieron en grupos por familias y sin perder la marcha, indicaron a cada uno qué arcada lateral curva debían atravesar. Sus pasos se perdieron en ecos por detrás. Al fin nos tocó a nosotros, unas cinco familias que atravesamos una arcada del segundo piso. Al cruzarla, nos encontramos con un amplio salón ovalado. El sol se derramaba en conos inclinados de luz, atravesando grandes aberturas circulares. Fajas de paja se extendían en el suelo de piedra para ofrecer un mejor descanso. El duro ascenso de toda la mañana nos provocó apetito. Comimos parte de las provisiones que traíamos y luego la modorra nos alcanzó. Cada tanto, me despertaban los fuertes ronquidos de los mayores pero el de mi padre era insoportable. Aun así, seguí durmiendo hasta que sentí una sacudida en mi hombro. Era Nedra con Tarna a su lado.

 Vamos hermano. Aprovechemos la luz del día para recorrer la ciudad. – Sugirió él y me tendió su mano. Mientras descendíamos, de otra arcada emergió Lamda.

 Tu amiga inseparable – murmuró Nedra guiñándome su ojo izquierdo.

 Lo mismo digo – le respondí señalando a Tarna.

Recorrimos las calles empedradas, entre monumentos majestuosos y edificios curvos. Lorest era una visión fantasmal o un intento de reproducir a Dalian, la ciudad de los dioses. Nos cruzamos con algunos monjes, tan ensimismados, que ni siquiera nos prestaron atención. La mayoría fueron expulsados de la ciudad de los cielos, por no alcanzar la transformación y la vergüenza les impedía regresar a nuestra aldea. La minoría, eran fervientes devotos que peregrinaban solos para pedir asilo en Lorest y dedicar su vida a la oración y la devoción. No alcanzaban al centenar de rapados. La mayor parte del tiempo, trabajaban en las diversas tareas de construcción, de mantenimiento, de aprendizaje, de arte defensivo con hachas y lanzas y de oración.

Bajo las piernas del gigante Alfa, centro de Lorest, nacían ocho avenidas en diferentes direcciones que llegaban hasta el muro perimetral. Tenían un largo de tres mil pasos. El último tercio de su longitud, más cercano al muro circular, contaba con muy pocas construcciones y entre la vegetación, surgían algunos venados y jabalíes. Decidimos regresar cerca del centro, admirando las formas de las edificaciones y sus bajorrelieves siempre, bajo el perfume de sus jardines que colgaban en voladizos de granito. Las gruesas patas de un gigantesco elefante, eran las columnas que soportaban el cuerpo del edificio. De sus colmillos de marfil, pendían enredaderas. Un hombre de piedra a su lomo, se encontraba en una posición inclinada, como si lo estuviera dirigiendo. Desde la boca abierta de aquel, emergieron dos monjes que nos saludaron. Más allá, dos caballos al galope, de celeste cristal, reflejaban un arco iris en todas direcciones. Por un instante, la visión del jinete pétreo, se trasladó hacia los transparentes corceles. Y me pareció más factible. ¿Acaso sería posible domar a los furiosos corceles de la pradera? ¿Cuánto tiempo nos ahorraría en los viajes? ¿Cuánta ventaja darían en plena batalla a campo abierto? Miré a Lamda y me sonrió asintiendo. Supuse que compartía mi visión y deseaba comprobarlo.

 En algún momento… lo probaremos – confirmó Lamda mi sospecha.

 Es arriesgado – murmuré.

 Pero no imposible – aseguró ella, apretando mi brazo tras plena sonrisa.

 ¿De qué mierda hablan? – Preguntó Tarna confundida.

 Están completamente locos. Creo que de alguna forma, se comunican con la mirada. – Le comentó Nedra a Tarna, y dos surcos aparecieron en la frente de ésta al arquear sus cejas.

En el interior del vientre transparente de uno de los caballos, un puñado de fieles se arrodillaba para recitar sus plegarias. Al frente, el dios Epsilon, con las alas de un águila en sus manos, estaba a punto de ensartárselas a un león vencido. El mito relataba sobre el origen de los “leonhalas” o leones alados.

 Muy pronto, aprenderé a montarlos – aseguró Nedra orgulloso.

 Si no te devora en el intento – respondí y nos reímos.

Al anochecer, los monjes nos prepararon un guisado de venado a la cerveza. Y nos servimos dos veces con mi hermano. Compartí de su odre a escondidas y me tendí algo mareado cerca de una ventana. Un círculo azul plagado de estrellas en la noche apacible, parecía anunciar buenos augurios para la festividad del próximo día.

Descansamos hasta casi el mediodía y lentamente, tomamos nuestras livianas alforjas para abandonar las entrañas pétreas del león. Nos agruparon en la amplia avenida y más de quinientos laharianos, comenzamos la marcha hacia los altos pilares. Nos acompañó una veintena de monjes, tocando con sus largos cuernos de elefante una grave melodía, al ritmo de pausados tambores. El suelo de mármol vibraba en sus ecos y como poseídos en renovada fuerza, la mayoría comenzó a recitar la plegaria de los dioses. Los cuatro pilares se agrandaban más y más pero nunca los alcanzábamos. Después de más de dos mil pasos, al fin llegamos a las columnas esculpidas por los penitentes. Sus bases descansaban sobre siete círculos concéntricos de granito a diferentes niveles, generando escaleras circulares. Quienes tenían la necesidad de pedirles a los dioses, debían trepar por los altos pilares de piedra. Los monjes ayudaban a subir con sogas a los necesitados. Y a cualquier altura, susurraban su petición o perdón, luego recitaban la plegaria de siempre. Después daban un golpe simbólico con el cincel para confirmar el acontecimiento. Nunca faltaba un accidente, por impericia o exceso de confianza, alguno resbalaba, perdía el equilibrio, y su cuerpo caía desde cincuenta o cuarenta pasos contra el suelo rocoso. La explosión de huesos y sangre tras el sonido sordo era impactante y por cierto tiempo, nadie se animaba a subir. El cadáver era llevado al centro del círculo entre los pilares y servía de alimento para los voraces leonhalas. Si el desdichado formaba parte de una familia, ésta no sufría su pérdida; sino al contrario, se alegraban, porque era el destino de los dioses y con seguridad su petición sería cumplida por ellos. En realidad, nadie confirmaba si los lamentables hechos eran compensados por los dioses con los pedidos de prosperidad o curación. Pues la ignorancia y el fanatismo conspiran contra la duda y el razonamiento, impidiendo un cambio en las creencias. Mientras los más viejos reflexionaban sobre sus acciones pasadas o comentaban hazañas de su larga vida, los demás iban de cacería o cortaban leña y nosotros correteábamos por el lugar, alrededor de los pilares o simulábamos ataques de los vikans.

Cuando el sol se sumergía por detrás de las magníficas montañas blancas; monjes y aldeanos juntaban pilas de leña para encender las hogueras. Varios jabalíes, ciervos y conejos fueron destripados y descuerados, para después ensartarlos al asador. Muchos toneles de cerveza y vino se acarrearon para el festín. Cuando ambas lunas escalaban el cenit, la gente cantaba, comía, reía y bailaba en torno a las hogueras. Entonces llegó el momento… Uno de los monjes de túnica roja trepó, antorcha en mano, por una de las torres de piedra. Antes de que llegar a la cúspide, comenzamos a replegarnos a los costados, a varios pasos por detrás de las hogueras. Una vez arriba, el monje posó la antorcha en la cúspide, y una inmensa flama amarilla se elevó tras un fuerte soplido. Desde abajo, resonaron nuevamente los tambores y cuernos. ¡El llamado a los dioses daba comienzo!

Mientras el sacerdote descendía de las alturas con habilidad felina, todos recitamos la plegaria. Otra vez el miedo comenzaba a invadirme y me acurruqué contra el flanco de mi madre. Ella acariciaba mi pelo con ternura, mientras mi padre me observaba con cierto desdén. Aún no tenía el valor de Nedra, que miraba ansioso el cielo, vestido por los sacerdotes con una larga túnica blanca de lino y un ancho cinturón negro ceñido a su cintura. Después de un largo tiempo en silencio, se escucharon los rugidos en la noche. Un escalofrío escaló por mi espalda y vibré contra Omega, ocultando mi vergüenza tras la cortina de oro de su largo cabello. Y las bestias llegaron… Primero, fueron puntos que se agrandaban contra las nieves eternas, luego sombras que se agigantaban. Y tras el batir de sus alas, cuatro leonhalas, del triple tamaño de un león, se posaron lentamente en el borde del círculo. Sus poderosas patas delanteras terminaban en garras de águila. Los jinetes saludaron con un brazo dorado extendido y la palma abierta, mientras con el otro mantenían firme las riendas. Todos nosotros respondimos al saludo y el rugido de las bestias, golpeó el aire con tanta fuerza, que casi nos voltea.

El Monhala, el máximo sacerdote de túnica blanca con el labrado de un dorado leonhala, avanzó hacia ellos y subió las escalinatas.

 Bienvenidos, nuestros dioses. Reciban esta ofrenda como muestra de gratitud y obediencia… - Expresó con sinceridad nuestro representante elevando sus brazos.

Uno de los jinetes, el más brillante y fornido de todos, asintió. El monje comenzó su descenso por las escaleras sin darle la espalda, al tiempo que bajaba sus brazos y con la muñeca derecha hacía señas a otros dos. Éstos condujeron al pequeño grupo de túnicas blancas que sería sacrificado: Una pareja de ancianos que apenas podía subir las escaleras y dos prisioneros vikans atados de manos. Al llegar a la plataforma circular superior, a los primeros les cortaron las arterias de ambas manos y a los otros se los decapitó con filosa hacha. Los dos verdugos también retrocedieron de espaldas y cuando llegaron al último escalón inferior, los leonhalas se lanzaron a su comida. Me pareció escuchar el grito de uno de los ancianos que no había alcanzado a morirse. Su cuerpo se partió por la mitad, despedazado por el tironeo de dos bestias hambrientas que lo disputaban. Entonces se escucharon vítores y fuertes alientos de los fanáticos. Uno de ellos, que llevaba a su pequeña hija en brazos, rompió el borde curvo que rodeaba a los visitantes del cielo. Y se aproximó lentamente a la escalera, mientras el Monhala le indicaba que retrocediera. No lo escuchó por los gritos y alabanzas de la muchedumbre o ensimismado por la presencia de los dorados algohts. Ni bien subió un par de escalones, el cuerpo y el cuello de uno de los felinos se estiraron de repente, lo suficiente como para abrir las rojas fauces y mostrar los gigantescos colmillos. Cuando la cabeza del monstruo alado se echó hacia atrás, sólo quedaba un par de piernas del osado, cortadas a la altura de la rodilla, escupiendo chorros de sangre. Esa imagen me quedó esculpida para siempre y fue la última prueba de que los algohts y sus gigantes mascotas no eran dioses, sino temibles enemigos. Otra cabeza peluda se acercó a los restos humanos y de un lengüetazo la lanzó contra las negras arcadas de su paladar. Su jinete soltó una risotada e hizo retroceder al devorador. El odio naciente en mi espíritu borró toda huella de terror. Miré a mi hermano sin contener la gota de agua que resbalaba por mi mejilla. El idiota, henchido su pecho de orgullo, me sonrió y guiñó su ojo izquierdo. Y tras el llamado del grave cuerno caminó hacia las mortales escaleras, junto a sus tres compañeros, mientras los jinetes calmaban a los leonhalas. Por suerte, nada violento sucedió. Las criaturas aladas se recostaron sobre el rojo suelo, y los dioses tendieron su mano para que cada joven, saltara sobre cada lomo leonado. Los elegidos se aferraron a la cintura de los algohts, éstos maniobraron las riendas y los leonhalas se echaron hacia atrás para tomar un fuerte impulso. De repente, saltaron las cuatro bestias y batiendo sus alas, tras algunos rugidos, comenzaron a achicarse contra el oscuro cielo azul. Un viento helado bajó de las montañas y atravesó mis entrañas congelándome la sangre. Un nudo en la garganta me impidió decirle: “Adiós hermano”. Sólo atiné a sentarme sobre el duro y frío suelo rocoso. Poco a poco, la gente rompía la curva formación y volvía a la comida, a la bebida, a los comentarios, o desenrollaba los mantos de pieles para dormir cerca de las hogueras.

 En un par de veranos, te reunirás con tu hermano – sentenció mi padre apoyando su mano sobre mi hombro. Quise responderle: ¿Por qué nosotros teníamos que pagar por su fracaso?, pero no tenía la intención de discutir o de escuchar la repetida historia de lo cerca que él estuvo en su juventud, para ser un elegido.

Por largo tiempo, contemplé la danza de los fantasmas amarillos y anaranjados de las fogatas, tras el acompasado crepitar de los ramilletes de chispas. Omega y Jana se sentaron a mi lado; la primera me acarició la cabeza, la segunda apretó mi mano con afecto. Supuse que los tres llorábamos por dentro, en una noche de verano demasiado fría e increíblemente oscura.

4 – El ataque de los vikans

Los poderosos rayos del sol del mediodía despertaron a la mayoría. Sólo cenizas quedaban de las fogatas. Los monjes retornaron a su ciudad por la mañana. Nos esperaba un largo camino de regreso. A mitad de la tarde, recién se despertaban las últimas víctimas del alcohol y nos alejamos todos juntos de los cuatro pilares. Jamás se dejaba a nadie y siempre se respetaba el sueño de los compañeros, para marchar protegidos. Los viajes eran difíciles, y nunca se hacían en grupos reducidos, pues éstos eran presa fácil de las manadas de felinos, lobos o del ataque de los vikans. Nadie le hacía frente a una gruesa columna de laharianos. Cruzamos la casi deshabitada ciudad de Lorest y su portal de entrada. Ya nos esperaban los monjes en sus canoas para cruzar el lago que siempre exudaba vapores. Toqué su superficie y el agua no estaba tan fría como en los lagos inferiores. Era imposible, porque se encontraba más cerca de las frías montañas. Entonces supuse que el lecho rocoso debería estar caliente. ¿Por qué? Dilema que me encantaría resolverlo alguna vez. Toqué la bruma con una fuerte agitación de mis brazos y manos. Jana me preguntó si espantaba alguna mosca. Le mostré mi palma fría plagada de gotitas y copió mi maniobra.

 ¡Basta ya pendejos, nos harán caer del bote! – Vociferó mi padre, porque nuestros movimientos ladearon la embarcación a ambos lados, y el monje casi perdía el equilibrio.

 Perdón – respondimos en coro y nos reímos.

La transformación del vapor de agua era inquietante, el frío la volvía líquida e inclusive sólida. Y lo más extraño… La mayoría de los sólidos se hundían en el agua, en cambio… el hielo flotaba. ¿Acaso las diferencias podían descubrirse si pudiéramos adentrarnos en su naturaleza? La niebla es apenas visible, y el aire que respiramos no puede verse. ¿De qué estaban formados los cuerpos? ¿Sólo eran combinaciones aleatorias de los cuatro elementos? ¿O eran estructuras de algo mucho más pequeño, tanto… que ningún ojo pudiera verlo, como sucedía con el mismísimo aire?

 Ya llegamos idiota – me sacudió Harfal con su acostumbrada delicadeza.

Los murmullos de la catarata aumentaron junto al rocío que cambió a fina lluvia. Nos sumergimos en la verde arcada del follaje y descendimos a la vera de la inmensa cortina de agua. En la base y nacimiento del río Ancho, que a esa altura era un angosto y torrentoso río, sorteamos las rocas con precaución para continuar el descenso. Cuando la noche nos alcanzó, acampamos a orillas de sus rápidas y espumosas aguas.

Con la tenue y rojiza claridad del amanecer, levantamos campamento y continuamos la lenta marcha. Más tarde observé a Lamda, hamacándose a mitad de una flexible rama de fresno, jugando con otros chicos trepados al árbol. Me saludó agitando su brazo y le respondí de igual manera. La rama se flexaba con el empuje de sus pies y peso, para luego retomar su posición, entonces ella se aferraba con sus manos a una rama superior. Luego repetía de nuevo la operación y sus compañeros no dejaban de reír a su lado. Era notable cómo aquella madera soportaba grandes esfuerzos sin quebrarse, cómo el material acumulaba la fuerza y la devolvía en sentido contrario. ¿Acaso podía utilizarse como arma?

 Olvídate de los juegos – avisó Harfal observando a los niños para aclarar: - Ni bien lleguemos a Espejo, comenzarás tu entrenamiento. Te convertirás en un guerrero lentamente. Serás más rápido, más fuerte y vencerás tus temores. Ya lo verás.

Sólo asentí, no supe que contestarle. Era práctico que me entrenara, pues aprendería a defenderme; pero sacrificarse durante tanto tiempo para luego perder en las pruebas de los elegidos, y después continuar con la misma y monótona vida de mis ancestros, no tenía sentido.

Aquella noche, escuché pasos que se acercaban mientras trataba de dormir. Era Lamda, me hizo una señal para alejarnos del campamento. Nos sentamos en unas confortables rocas que ya tenían marcadas las posaderas.

 ¿De qué hablaba tu padre tan contento? – Preguntó con gran curiosidad.

 ¿Sólo por eso me llamaste? – Le respondí con otra pregunta y cierta desilusión

 No… Quizás sea la excusa para comenzar una conversación. – Aclaró. Siempre tenía una salida que me convencía.

 ¿De qué va a hablar? De mi entrenamiento para ser uno de los elegidos, pasados los próximos dos inviernos – respondí con preocupación.

 Falta mucho para preocuparse, a mí me faltan tres inviernos – contestó estirando su brazo con excesiva lentitud y ambos reímos.

 Pero tú no tendrás problemas en ganar. Eres la mejor de tu edad, inclusive la más rápida, la más fuerte, la más intrépida y… - quise decir la más bella, pero no me animaba.

 ¿Y…? - presionó con su sonrisa y verde mirada.

 Y la más bella – murmuré para continuar: - ¿Por qué yo, Lamda? Muchos chicos me superan en destreza, son más fuertes y más valientes. – Pregunté para quitarme la duda.

 ¿Y más inteligentes, más locos y raros? Porque eres raro, lleno de misterio en tus cavilaciones y ocurrencias, como un tesoro repleto de gratas sorpresas. – Explicó ella para abrazarme con fuerza.

 Estoy en tus manos, soy tuyo para siempre, mi más brillante estrella… - susurré a su oído.

 ¿Lo ves? ¿A quién, sino a ti, se le ocurren esas cosas? Yo también soy tuya. – Confesó ella y un brillo de plata descendió por su mejilla.

 No tenemos futuro. Después del entrenamiento me marcharé de villa Espejo. Evitaré las pruebas. Viajaré al este, cruzaré los ríos Azul y Verde, hacia los negros bosques de Trona. – Respondí decidido mientras secaba su rostro.

 ¿Te desterrarás tú mismo? Serás odiado por todos los laharianos. ¿Y si…? –Pensaba Lamda y se cortó.

 ¿Qué, en qué piensas? – la interrogué con curiosidad.

 Primero, tienes que ser muy bueno para quedar entre los primeros cuatro elegidos. Segundo, es posible lograrlo con entrenamiento, superar a tus rivales, pues ellos te subestiman por tu mala reputación. Tercero, en el peor de los casos, si llegaras a superarlos… ¿No pensaste en dejarte vencer? – sugirió Lamda apretando mi brazo con afecto.

 Jamás haría algo así. Carece de honor… - Respondí al tiempo que me pareció una importante opción.

 Es probable, pero puedes perder en reñido duelo, al menos simulándolo con un poco de actuación, como la del maestro Darko. Nadie sospechará y luego podrás marcharte sin que te persigan y con la frente en alto. – Argumentó Lamda con un gracioso ademán.

 Buena idea, no quiero ser esclavo de los algohts. Mi padre se decepcionaría pero me dejaría en paz. Además, ya tiene a su primogénito en Dalian, que se conforme con eso. – Solté una leve risa para no despertar a los durmientes del campamento cercano.

 Yo pienso hacer lo mismo, y en tres veranos, luego de perder en las pruebas, me marcharé contigo – afirmó ella sorprendiéndome para agregar - ¿Qué esperabas, que dejara marcharte solo?

 Contigo será más difícil que te crean. Eres la mejor y casi una líder entre los de tu edad. – Aclaré, pues muy pocos le hacían frente a Lamda en las peleas y les había ganado inclusive a chicos que vivieron tres inviernos más que ella.

 Entonces aprenderé a actuar y tú a pelear, yo misma te enseñaré. – prometió Lamda y la abracé con fuerza.

Esa noche dormí arrebujado a la esperanza de un futuro prometedor, mientras el rostro de Lamda se recortaba entre las estrellas.

Los próximos días fueron de marcha forzada y los más viejos comenzaron a rezagarse. En un momento Harfal cargó con mi hermana por largo trecho, y yo apuré el paso a pesar de los pies ampollados. Debía evitar que me llevara bajo el brazo o sobre sus hombros, pues prefería las heridas a las burlas de mis iguales.

Luego de varias mañanas de soles cambiantes, de fatigosos rayos o de luz grisácea por las intensas nubes, divisamos el espeso humo escalar el cielo. Provenía de nuestra aldea. De inmediato, los adultos se agruparon con hachas, lanzas y garrotes en mano. Luego nos dejaron al trote. Nos quedamos con los ancianos, que nos juntaron en apretada formación. Después caminamos a paso firme. Varias columnas negras se retorcían y formaban una espesa nube de mal presagio en medio del límpido cielo. Una bandada de mirlos y pardales nos sobrevoló en sentido contrario. Del ralo bosque emergieron venados al galope que nos esquivaron a la carrera. Muy pronto escuchamos los gritos de la lucha.

 Si realmente están ahí, por favor, ayuden a nuestros padres – supliqué al cielo mientras apretaba la mano de Jana. No pedí para que descendieran los algohts, sino para que la fortuna estuviera de nuestro lado.

Cruzamos la franja boscosa con latidos acelerados y… Cuando ya podían divisarse los grises esqueletos de las chozas quemadas, nos desbandamos en la planicie, a pesar de los gritos de los ancianos que ordenaban detenernos. Fuimos claro ejemplo de cómo el orden y la prudencia se disuelven bajo las aguas de la desesperación. ¡Queríamos volver a ver a nuestros padres! Nos dispersamos a la carrera. Yo me retrasé, porque iba al ritmo de mi hermana y no quería perderla de vista. Al atravesar los primeros montículos de cenizas nos enfrentamos a los primeros cuadros de la tragedia. Hijos arrodillados y llorando a gritos, al costado de los cadáveres de sus padres. Sus manos manchadas de rojo, apoyadas contra labios de chorreante carne, abierta por lanzas o hachas. Tiré del brazo de Jana, clavada como estaca mirando cómo su amiga lloraba la pérdida de su madre. La pequeña le murmuraba y le rogaba que se levantara a un oído que ya no podía escucharla. Por suerte, divisamos laharianos de pie, algunos heridos, pero volvían a abrazar a sus hijos. Jana se soltó de mi mano y corrió. Ahora apenas podía mantener su velocidad. Esquivando cuerpos y maderas quemadas, los encontramos en el suelo. Omega atendía las heridas de Harfal.

 ¿Están bien? – preguntamos en coro.

 Tranquilos, su madre me salvó la vida. Es una excelente guerrera. – Afirmó Harfal con orgullo.

 Tiene una cortada en la pierna y otra en la barriga, pero se repondrá. – Informó mi madre con serenidad y la abrazamos con fuerza.

Los vikans se aventuraban a cruzar el río Ancho muy pocas veces, pero nunca para atacar la aldea Espejo. Muchas historias y leyendas se contaban de héroes pasados, que lucharon para contenerlos, algunas demasiado exageradas para ser creíbles. Con seguridad, varias de sus tribus habrían cruzado las colinas Vikans y el cordón boscoso para internarse en nuestras planicies. Poco a poco, ganaban terreno hasta intentar un ataque sorpresivo. Y nosotros, demasiado tranquilos bajo el velo de los dioses y sus mitos, como para pensar en ellos. Los adultos se reunieron esa noche para obtener consejo del sabio Darko. Con Lamda nos escabullimos y, escondidos tras un grueso tronco, los escuchamos. Después de recitar la vacía plegaria, el hechicero les habló del valor de la fe y de la voluntad para reconstruir la aldea. Les aclaró que contaban con el apoyo de los dioses para volver a defenderla de los vikans, una y otra vez si era necesario. Me pregunté dónde estaban los dioses para evitar la reciente masacre. ¿De qué habían servido los sacrificios? ¿De qué habían servido los elegidos? ¿De qué servían los pocos muertos vivientes que regresaban de Dalian, si también caían bajo el ataque de los vikans? Habíamos perdido a más de cien guerreros para recuperar una aldea de la que sólo quedaban despojos y el sabio Darko sólo encontraba respuesta en la fe de los fieles. La situación era apremiante, nada garantizaba que la reconstrucción de Espejo ayudaría a sobreponernos. Bajamos con sigilo por la ladera antes de que la reunión terminara y volvimos al precario campamento. Todavía se percibía el acre olor de los cadáveres quemados.

5 – Entrenamiento y mucho más

En pocos soles, la voluntad de los laharianos se impuso a la adversidad y se levantaron nuevas chozas. Sobre las cenizas reconstruyeron villa Espejo. Además, todo volvió a una supuesta calma, como si las palabras de Darko en aquella reunión nocturna, los hicieran olvidar de la tragedia sin tomar los menores recaudos. Al comienzo, le sugerí a mi padre replegarnos al este hasta cruzar el rio Azul, para fortalecernos y luego contraatacar. Luego, le hablé sobre la necesidad de construir un muro de piedra, no tan alto como el de Lorest, pero lo suficiente como para defenderse mejor. No tomó en serio ninguna de las propuestas y continuamos con nuestras vidas como si nada hubiera sucedido. Pero existían focos de rebeldía, engendrada en los niños que quedaron huérfanos. La tarea de Lamda y mía, fue convencerlos de que los dioses en nada nos ayudarían si los vikans nos atacaban de nuevo. Nos juramos lealtad un día que chapoteábamos a orillas del río Ancho. Así formamos un grupo reducido que compartía una manera de pensar diferente, independiente del cobijo inexistente de los dioses, pero manteniendo las tradiciones para no despertar sospechas. Después de otro duro entrenamiento con hachas, Harfal me liberaba de los golpes recibidos y me reunía con Lamda en las afueras, donde habíamos divisado una manada de caballos. Las viejas creencias aseguraban que los animales más grandes eran carnívoros y peligrosos. Entonces… o se evitaban o se los mataba para obtener su cuero y comida. Pero después de varios soles observando panza en tierra, nos dimos cuenta de que sólo se alimentaban de césped y bajos arbustos. Y llegó el día que Lamda se acercó lentamente a uno de ellos con manzana en mano. El hermoso alazán se mantuvo atento y dispuesto a escapar. A un paso del animal, Lamda extendió su brazo y el cuello de aquel se estiró para acercar su hocico. En un comienzo tuvimos miedo de un ataque sorpresivo, pero mordió la fruta, la miró a ella y se retiró al trote. Cuando la curvatura del sol rozaba las montañas más altas, nos encontrábamos en el mismo lugar con nuestro amigo, hasta que Lamda logró acariciarlo, pero esperó otras tardes para animarse a montarlo. Y al fin llegó el momento tan ansiado, primero trotó y luego cabalgó a la velocidad de un felino. ¡Lo había domado! Su rostro de júbilo mezclado con su revuelta cabellera al viento, me llenó de emoción y esperanza. ¡Una nueva era nacía para los laharianos, éramos domadores de caballos!

Durante varios días, repetimos el proceso con nuestros compañeros. Y todavía sin ser descubiertos antes del invierno, teníamos a una veintena de jinetes que no sobrepasaban los doce años. Sólo bastaba con un silbido para llamarlos y ellos surgían del bosque respondiendo al llamado. Ideamos riendas para facilitar los movimientos. Pero semejante descubrimiento no podía pasar desapercibido por mucho tiempo. Muy pronto se presentó Darko y una docena de seguidores para observar nuestras prácticas en la inmensa pradera cercada de árboles. Nos acercamos orgullosos, montados en nuestros flamantes corceles, mientras los mirábamos desde arriba con aire triunfal y sintiéndonos superiores. Entre ellos se encontraba mi padre y Dagna, la madre de Lamda.

 ¡Cómo se atreven a domar esas bestias peligrosas! – Exclamó Darko con aire de tragedia.

 Son mansos animales y no comen carne. Todos ustedes estaban equivocados, se alimentan de frutas y pasto. - Respondió Lamda con seriedad. Dagna la miraba orgullosa.

 No importa si son peligrosos, sólo los dioses tienen derecho de domar a las bestias – comentó irritado Darko con su rostro enrojecido de furia.

 Estos caballos, pueden hacer una gran diferencia en batalla – expuse acercando mi azabache cerca del alazán de Lamda.

 ¡Sacrilegio! ¡Entraremos en desgracia! – Gritó uno del grupo y otros lo imitaron, entre ellos, mi obtuso padre.

 ¡Escuchen! ¡Ya estamos en desgracia! ¿Acaso olvidaron? Muchos han muerto para recuperar la aldea. ¿Qué hubiera sucedido si teníamos rápidos corceles? No tendríamos que lamentar tantos muertos. Los chicos dieron un paso importante. – Argumentó Dagna con la misma sonrisa de su hija.

 Estamos condenados. ¡Dejen esas bestias y arrepiéntanse! Quizás haya tiempo para que los dioses nos perdonen. – Bramó Darko escupiendo sus palabras.

 ¿Acaso hacemos algún daño? Sólo cabalgamos lejos de la aldea. Por favor, hechicero; por favor, padres de Lahar. - Pidió Lamda con preocupación.

 Está bien para mí; es más, voy a pedirles que me enseñen. Cuando ataquen de nuevo esos salvajes estaré más que preparada – anunció Dagna, luego avanzó frente a los caballos y giró para enfrentar al grupo de descontentos.

 Es tu hija, por favor, ¿cómo no vas a defenderla? – Interfirió Harfal con sorna.

 También está tu hijo, por si no te diste cuenta – respondió con firmeza Dagna.

 Creo que Dagna tiene razón – se escuchó entre el grupo de adultos.

 Por qué no, a nadie molestan. A mí también me gustaría aprender. – Deseó otra persona.

 Dejemos a los chicos tranquilos. Los dioses no vendrán… Nunca vienen. – Admitió otro y comenzaron a retirarse. A pesar del pequeño triunfo, con mucho dolor, descubrí que ninguna de esas voces fue la de mi padre.

Antes de retirarse, Darko me lanzó una mirada de profundo odio. Jamás pensé que un adulto pudiera tenerle tanto rencor a un niño. Supe que había ganado un temible enemigo.

La próxima etapa, fue proporcionarles un refugio a los caballos para que se protegieran del frío que ya empezaba a sentirse durante cada mañana. Varios adultos nos guiaron en la tarea; entre ellos, los padres de Lamda. Mi madre estaba a mi favor, pero no se animaba siquiera a ayudarme. Era comprensible, tenía que lidiar con el insoportable fanatismo de su pareja. Logramos terminar un precario establo en los primeros días de invierno. Los caballos domados lo usaban como lugar de descanso y cobijo, y no hubo necesidad de atarlos. Durante varias noches dormimos junto a ellos. Las mañanas se volvían cada vez más frías, y tuvimos la necesidad de armar con piedras, una pared circular de medio paso de alto y uno de ancho, donde tirábamos la leña y la encendíamos. Dejamos huecos para que el aire pudiera alimentarla. Desde ese momento, la mayoría de nosotros pasaba mucho tiempo en el establo hasta casi convertirse en nuestro hogar. En pleno invierno; además de juntar leña, patinar por las lagunas congeladas y quitar la nieve acumulada en la pradera para continuar con las prácticas de equitación, nos abocamos a fabricar una nueva arma. Tuvimos que juntar y pedir varias herramientas de hueso y puntas de piedra afiladas para trabajar la madera. Hasta que pulimos un fino listón curvo y flexible al que llamamos “arco”. Estaba hecho de una rama de fresno, como la que usó Lamda para columpiarse. Se doblaba con facilidad sin romperse, y cuando se soltaba, su retroceso era formidable. Se nos ocurrió atar las puntas con una fina y elástica trenza de tripas. Al comienzo, jugamos lanzando ramitas al aire y luego decidimos mejorar nuestros proyectiles, transformándolos en delgadas y pequeñas lanzas que denominamos “flechas”. Nos faltaba mejorar la puntería, pues una vez lanzadas, salían viboreando y sin la dirección prevista. Hicimos varias pruebas, hasta dar con un modelo que incluía colas de plumas en su parte posterior. Todo ese trabajo nos llevó el invierno y parte de la primavera. Los adultos, ya comenzaban a hablar de las próximas pruebas de elegidos, preparando gustosos las famosas “Festividades de Lorest”. Prácticamente se olvidaron del ataque de los vikans y ni siquiera construyeron un muro perimetral para defenderse mejor. Los entrenamientos con Harfal, no cesaban y cada vez se hacían más duros. Pero daban sus frutos, me hicieron más rápido y fuerte. Increíblemente, el establo se incendió una noche y por suerte, los chicos que se encontraban durmiendo allí en ese momento, se encargaron de avisar a gritos. La ayuda no tardó en llegar y pudimos apagarlo. Nos comentaron de una sombra que se escabulló por el bosque en la noche del siniestro. A partir de ese infortunio, tuvimos que turnarnos para la guardia.

Cuando el verano llegó, yo había pegado un estirón y supuse que llegaba a la altura de mi extrañado hermano, a pesar de que me faltaba otro verano para competir. Muy pronto llegó la competencia tan ansiada por los mayores, y surgieron otros cuatro ganadores. Mientras tanto, con Lamda cruzábamos en balsa el Rio Ancho y cabalgábamos al oeste de Espejo. No encontramos vestigios de los vikans. Pensamos que en ese verano no atacarían.

Desde la discusión con Darko; con Lamda jamás regresamos a la colina de sus mitos y leyendas. Preferíamos descansar en nuestras chozas o establo antes de cruzarnos con su mirada o de escuchar sus vacías historias. En la noche previa a la peregrinación, su colina se plagó de luces. Desde la aldea, parecía un camino que llegaba a las estrellas. Se escucharon los rezos por los caídos el verano pasado y se bendijo a los nuevos peregrinos. Esta vez eran menos, ya que muchos decidieron quedarse para proteger un posible ataque. Como nuestras familias no aportaban elegidos, nos quedamos en Espejo. Al despuntar el rojo sol de madrugada, cruzamos en balsa un grupo de cinco jinetes y nos abrimos en abanico del otro lado del río. Cubrimos un gran sector de cuarenta mil pasos. Y justo antes de regresar, al subir por una ladera, divisé un campamento de vikans. Regresé a todo galope y antes de que mi azabache se agitara y empezara a resoplar del cansancio, aminoré el paso. Cuando el sol llegó a su cenit mis compañeros me esperaban cerca de la balsa. Todos habíamos divisado lo mismo. Aquello implicaba algo más que un mero ataque, distintas tribus de vikans marchaban hacia Espejo en una completa… ¡Invasión! Los laharianos no contábamos con varias tribus, éramos sólo una gran aldea. No existía la mínima posibilidad de defendernos ante semejante cantidad de guerreros. Si la vista no me fallaba, me pareció ver doscientos. Si mis compañeros divisaron lo mismo, entonces su número ascendería a ochocientos. ¿Y cuántos más se estarían acercando? Con rapidez emprendimos el regreso y pasamos el parte a nuestros padres.

 Les avisaremos a los peregrinos para que regresen – dije a mi padre dispuesto a emprender un rápido viaje al noroeste con mi corcel.

 De ningún modo, no puede cortarse una peregrinación, seremos maldecidos – respondió Harfal con severidad.

 Iré con Jana a avisarles. Tienen derecho a estar prevenidos. – Interrumpió Omega y se llevó a mi hermana.

 Gracias madre, regresa pronto – pedí mientras ella ya saltaba a su corcel con Jana a su espalda.

 Haremos lo posible – respondió Omega, azuzó a su caballo y partió dejando una polvareda, sus cabellos flamearon cual bandera dorada al viento.

 ¿Estás contento? siempre te hizo caso – rezongó Harfal observando cómo la jinete se perdía entre las chozas y se hacía cada vez más pequeña.

 No, no estoy contento sino preocupado. No podremos defendernos, son demasiados. Sería prudente abandonar la aldea. – Sugerí con tristeza.

 ¿Y dejarla en manos del enemigo sin defendernos? ¿Después de lo que costó reconstruirla? – Preguntó Harfal como si escuchara una propuesta sin sentido.

 Es imposible convencerte. Veremos que dicen los demás. - Contesté mientras la gente se juntaba a pocos pasos de nosotros. Nos acercamos y esperamos a los otros.

 Gente de Espejo, los chicos divisaron grupos de vikans acampando en las cercanías. Nos sugieren abandonar la aldea y marchar al noreste, cruzando el río Azul para refugiarnos. – Avisó Fargus, el padre de Lamda.

 ¡No! ¡Claro que no! ¡Lucharemos aquí! – Se escuchó una grave voz entre el gentío.

 ¡Lucharemos! – gritaron muchos.

 ¿Lucharan contra mil o más? – preguntó Fargus con gravedad. Su abrigo de pieles lo hacía más corpulento y poderoso. La pregunta quedó flotando en el silencio que sólo el viento osaba interrumpir.

 ¿Y bien…? – Preguntó de nuevo y sólo le respondieron murmullos.

 Al menos mi familia ya tomó su decisión, abandonaremos Espejo – informó Fargus y se retiró. Muy pronto los murmullos se convirtieron en conversaciones fuertes y luego en discusiones acaloradas. Con mi padre regresamos a la choza.

 Divididos, seremos presa fácil del enemigo. Debemos aceptar la decisión de la mayoría. – Concluyó sabiamente Harfal y ambos asentimos.

Al atardecer, los adultos se reunieron para votar. Y se aclaró, a través de la voz de mi padre, que se debía aceptar la decisión de la mayoría. De trescientos cuarenta; doscientos treinta aceptaban retirarse y el resto por quedarse. También se decidió iniciar el éxodo con la próxima salida del sol.

6 – La invasión de los vikans

Antes de marcharnos, cubrimos el suelo de pasto seco y alquitrán. Luego avanzamos a paso lento en dirección noreste. Desde la colina, Darko nos saludó. Desistió acompañarnos y entregó su destino a los dioses. Mejor así, sería una compañía peligrosa y difícil de convencer. Antes de que la distancia se encargara de engullir a la aldea, mi padre se detuvo y la contempló con amargura.

 La recuperaremos, te lo aseguro – prometí tratando de animarlo.

 Es el principio de nuestro fin – aseguró él para proseguir con la caminata.

 O el principio de otra época – supuse con alegría porque morían las pruebas para los elegidos, las festividades de Lorest, las plegarias sin sentido y las mágicas leyendas de Darko. Ahora comenzaba la supervivencia del lahariano, su nuevo orden y adaptación a otro medio ambiente, entre las aguas del Río Azul y el río Verde.

 Nos veremos en la pradera cercana al río Verde – avisé a Harfal para rumbear de nuevo al sur.

 ¿Volverás a Espejo? – Preguntó él sorprendido.

 No. Voy en busca de mi madre. Debemos avisarle que nos fuimos de la aldea y tendremos que tomar otro camino de regreso. – Respondí para luego montar mi azabache.

 Si hubiese entendido como tu madre, te hubiera acompañado al galope. Cuídate. Buena suerte, hijo. – Deseó mi padre y era la primera vez que su rostro evidenciaba orgullo.

 Despreocúpese, yo lo acompañaré – comentó Lamda acercándose con su alazán.

Cabalgamos por detrás de la abandonada aldea. Más allá, en el celeste horizonte de las aguas del río Ancho no se divisaba movimiento de vikans.

Cuando el sol se ocultaba y las lunas asomaban, el cielo se espesaba con nubes de plomo que con rapidez las engulleron. No podía verse a más de dos pasos y decidimos descansar. Muy pronto, una lluvia torrencial arrasó el valle y nos refugiamos bajo la zona más tupida, donde los árboles ofrecían su verde techo.

 ¿Qué haremos ahora? – preguntó Lamda preocupada.

 Descansaremos hasta que la lluvia amaine, y partiremos con la primera luz del sol – respondí con rapidez mientras víboras de agua arrastraban hojas, ramitas y tierra.

 Me refiero a nuestro pueblo. ¿Cómo sobreviviremos? – Lanzó la pregunta que no quería escuchar.

 Los vikans nos empujan como esos cordones de agua, pero… debemos tener la paciencia para que pierdan su empuje. No lloverá para siempre… - Farfullé las últimas palabras.

 ¿Intentas decir que se detendrán? – Preguntó como si yo supiera todas las respuestas o esperanzada en que podría ofrecerle una solución.

 Supongo que su principal motivo es ganar territorio. Nos quieren expulsar de las tierras aledañas al río Ancho. Muy bien, se las dejamos. Se asentarán en Espejo y creo que por un tiempo se conformarán con ello. – Comenté y me miró con fastidio.

 Así que cedemos y les regalamos territorio. – Expresó con sorna y de mal humor.

 Mientras nosotros nos movemos de un lugar a otro para no ofrecer un asentamiento fijo. Arrasaremos a todos los poblados que intenten establecer, los desmoralizaremos y tarde o temprano, recuperaremos nuestras tierras. – Expuse el plan recién concebido e inspirado en el bello rostro de Lamda.

 Me agrada la idea – aprobó la dama más hermosa de Lahar.

 Tú también me agradas – le respondí y recibí un suave golpe en el brazo.

Nos despertó un frío y rosado amanecer. El aroma a menta y lavanda mezclado con el pasto húmedo invitaba a quedarse en el lugar, pero nos acompañó en el silencioso viaje por varios kilopasos. Antes de que el sol alcanzara el cenit, escuchamos el sonido acompasado de tambores. Los corceles resoplaron nerviosos y movieron sus cabezas.

 No puedo creerlo, cruzaron río arriba para atacar a los nuestros rumbo a Lorest – supuse preocupado.

 ¿Qué hacemos ahora? – preguntó angustiada Lamda.

 Un rodeo, lo más amplio posible para no ser vistos – dije señalando las colinas del este y ascendimos a todo galope. Cuando llegamos a la cima, el ruido de marcha lenta ya retumbaba contra las laderas contiguas. Atamos los caballos al tronco de un roble del otro lado de la cuesta. Y ascendimos al trote de nuevo hacia la cima para echarnos de panza. Doscientos pasos en declive nos separaban del ejército vikan. Altos, fornidos, de frente estrecha y tan barbados hasta los pómulos, que parecían gorilas salvo por su porte erguido. Los vikans avanzaban al compás de los tambores.

 Idiotas, se delatan a cientos de metros con tanto alboroto – susurró Lamda contra las briznas de césped.

 Aparte de su olor – agregué tratando de soportar el hedor de su sudor, que manaba intenso, como carne y grasa en descomposición. Contemplé una larga e interminable columna de cinco guerreros de ancho. Quedamos absortos, eran casi mil quinientos. Y al fin, vimos la cola de la víbora marrón que se alejaba contra el flanco del río. Nos incorporamos asustados por su número y por el destino de los peregrinos. Continuamos por las laderas aledañas y cuando el sonido se perdió, descendimos hacia las huellas del ejército, rumbo al noroeste, hacia los nuestros. Un profundo dolor invadió mi corazón, y le rogué a los dioses por mi madre y Jana. A veces, cuando la situación es tan irreversible como compleja y apremiante; porque no se encuentra la solución, siempre se recurre a los dioses como última opción, más allá de las creencias o cuestionamientos. Por ese motivo, las plegarias emergen del oscuro mar de la angustia y la desesperación.

Después de recorrer seis kilopasos por la orilla del río Ancho, encontramos los primeros cadáveres esparcidos sobre arena y guijarros. Desmontamos y avanzamos entre lagunas de sangre y moscas.

 No hay niños ni mujeres – comentó Lamda y tuve cierta esperanza.

 Tal vez se los llevan para engrosar sus filas en un futuro – respondí mientras observaba los cuerpos mutilados o con bestiales heridas, donde todavía desbordaba la sangre.

 Entonces podemos rescatarlas – afirmó Lamda y resbaló al pisar un bulto de tripas. Salvo mujeres y niños, todos los peregrinos habían sido aniquilados, incluyendo a los elegidos. Supuse que por mucho tiempo no habría más festividades de Lorest, o era muy probable que nunca más.

 Hoy no podremos rescatarlas, hay prioridades, debemos regresar de inmediato antes que su ejército llegue a Espejo. – Lamenté con tristeza. Más allá divisamos las canoas con las que habían cruzado el río y como si Lamda hubiera leído mi pensamiento aceleró el paso. Luego encendió una fogata y con una antorcha comenzó a quemarlas. Muy pronto la madera ardió y la flota del enemigo quedó aniquilada. Cuando emprendimos el regreso, grandes columnas de fuego y humo se elevaron a nuestras espaldas. Nos alejamos del río y cabalgamos paralelo a su lecho, pero ocultos tras los faldeos de las colinas vecinas. Pronto escuchamos el incansable ruido de tambores que también dejamos atrás. Cuando nos sentimos seguros de haberlos sobrepasado, continuamos al trote lento. Al caer la noche, continuamos la marcha, bajo la luz plateada de la gigante luna Iota, y después bajo la deslumbrante y rosada Kappa.

Llegamos a Espejo antes del amanecer, todavía no se divisaba ningún avance desde la otra costa del río Ancho. Pero suponía que sus movimientos estaban estudiados por un líder audaz, que ideó un ataque al mismo tiempo en ambas direcciones.

Azuzamos a los corceles y comenzamos otra cabalgata hacia el río Azul, muy pronto nos topamos con doce jinetes. Al frente iban los padres de Lamda.

 ¿Qué buenas nuevas se traen? – Preguntó Fargus ansioso.

 Ninguna… Masacraron a todos – Respondió su hija mientras los caballos se detenían tras resoplidos.

 ¡Por Alfa que son de temer! ¿Entonces desembarcaron por el noreste? – preguntó Dagna sorprendida.

 Y supongo que también por el oeste al mismo tiempo – respondí mientras acariciaba las crines de mi azabache.

 ¿Continuamos con lo planeado? – preguntó Dagna y asentí. Y los catorce jinetes emprendimos el regreso a Espejo.

Cuando Darko nos vio llegar a la cima de su colina, arqueó sus cejas y abrió sus ojos como dos naranjas.

 ¿Qué mierda hacen aquí? ¿Acaso no lo ven? – preguntó Darko indicando el río Ancho, ahora plagado de canoas.

 Vamos a darle una chamuscada a esos hijos de puta – contestó Fargus con sequedad y comenzó a juntar leña para una fogata. Los demás, preparamos nuestras flechas. Ya se escuchaban los tambores de quienes se acercaban a pie, río arriba.

 ¡Idiotas! ¡Nos verán desde lejos! Nos aniquilarán. – Gritó el hechicero casi rabioso, mientras un largo hilo de saliva quedaba retenido entre los ensortijados pelos de su barba blanca.

 ¿Y tú por qué te quedas? ¿Acaso pensaste en hacer un trato con el enemigo? – preguntó y sonrió sagazmente Dagna mientras yo me preguntaba si su hija sería tan bella como ella.

 ¿Por qué no? Siempre se necesita un hechicero – murmuró el viejo agachando su cabeza y retirándose a su cabaña.

 Maldito cobarde – se escuchó entre varios compañeros. Darko no respondió.

 Vamos muchachos, hay trabajo por hacer – avisó Fargus y continuamos armando las flechas. Las envolvimos con trapos empapados de alquitrán y esperamos el momento hasta que los ejércitos llegaran. Fargus encendió la fogata. Las cabezas de las dos columnas de vikans se juntaron. Luego se acumularon dentro de las chozas. Entonces encendimos las flechas, estiramos los arcos y escuché.

 ¡Nooo…! – era la voz de Fargus mezclada con un golpe seco a mi espalda. Giré sobre mis talones y quedé más que sorprendido. A mis compañeros, que también dieron la vuelta, les sucedió lo mismo.

Fargus, delante de mí, estaba inclinado por un hacha clavada a la altura de su hombro. Sin duda alguna se dirigía a mi espalda. Más allá, el rostro furioso y desencajado de Darko con varias hachas colgadas a su cinto y otra en la mano. A su lado, cinco vikans lo acompañaban.

 ¡Maldito traidor! ¿Por qué al chico? – preguntó mi salvador tratando de mantener la vertical.

 ¿Todavía lo preguntas? Porque es el causante de todo. Ya había pactado mi seguridad con estos hombres, son más devotos que todos ustedes porque no dudan de sus dioses. Intenté quemar el establo pero el miserable lo evitó. ¡Este pendejo es el causante de todos sus males! – Confesó Darko y alzó su brazo para lanzar la segunda hacha. Sus aliados vikans lo imitaron. Pero Dagna, su hija y los otros ya habían lanzado las flechas incendiarias. Primero sus cuerpos escupieron cordones de sangre y serpientes de fuego. Después se convirtieron en crepitantes bolas amarillas para consumirse en gritos ahogados. Ese fue el triste final de Darko y sus creencias, envuelto en llamas, como en su mito de la Creación. Sostuve a Fargus y lo recosté contra una roca. Muy pronto se escuchó un cuerno de guerra y tras él los gritos de batalla. Los vikans subían por nosotros.

 Vamos hijo, no hay tiempo que perder – alentó Fargus para continuar con el plan. Mi flecha todavía se encontraba encendida, pero no apunté a la aldea, sino a la altura de los primeros vikans que se aproximaban. Por suerte, habíamos dejado cinturones de paja y alquitrán extendidos en la pendiente para facilitar nuestro escape. Tras el silbar de la saeta, muy pronto se elevó una pared de fuego que contuvo su avance.

Mientras Dagna atendía la herida de su esposo, nosotros nos encargamos de disparar flechas contra la aldea. Y tras cada zumbido se levantaba una llamarada que se extendía en una alta cortina amarilla y anaranjada. Espejo se cubrió de fajas danzantes que crecían y se agitaban al ritmo de la suave brisa sureña. Y en el baile de la muerte danzaron las antorchas humanas con gritos desgarradores. Un aliento caluroso trepó hasta cúspide de la colina, anunciando el momento de la huida. Montamos los caballos y escapamos al galope. Por suerte, Fargus pudo dominar a su corcel y recorrimos gran distancia antes de detenernos a orillas del río Azul. De ese color se teñía el cielo y las estrellas comenzaron a asomarse junto a la plateada Iota que empezaba a escalar el firmamento.

Contra la punta del hacha calentada al rojo vivo, la carne sangrante emitió un chasquido y resopló una bruma gris tras un acre olor. Luego escuchamos partirse la rama entre los blancos dientes de Fargus. Después le alcanzamos el odre para que bebiera la cerveza de Lorest.

Al alba cruzamos el río Azul y avanzamos hacia el campamento. Cuando llegamos antes del mediodía, Algunos construían sus primeras chozas cercanas al río Verde.

 ¿No entienden que no podemos habitar ninguna tierra? – murmuré al aire y Dagna me escuchó.

 Quizás lo entienden, pero es la costumbre de establecerse – respondió la guerrera.

Mi padre salió a recibirnos. Cuando observó al grupo reducido, sin los peregrinos, su sonrisa se desdibujó. Después de enterarse de lo sucedido, quiso salir al rescate de inmediato.

 No podemos rescatarlos ahora mismo padre, pues controlan toda la región.

 Iremos a caballo, nos infiltraremos por la noche, sin que nos vean y las traeremos – afirmó Harfal tratando de contagiarme su entusiasmo.

 Imposible, la manera más sencilla es regresar a la masacre y rastrear sus huellas cruzando el río Ancho, pero quemamos sus canoas. – Avisé recordando lo que hicimos con Lamda.

 Construiremos algunas cuando lleguemos al lugar, vamos hijo… ¿Me dejarás solo en esta empresa? – Interrogó con una mirada acusadora.

 Claro que no… Pero deja que la dirija. Tú eres demasiado compulsivo para tomar decisiones acertadas. – Respondí y él asintió de mala gana. Su ocurrencia era demasiado arriesgada. Yo también las extrañaba… Pero regresar, para internarse en una zona infestada de salvajes, era más que peligroso, se tornaba suicida.

 Busca a alguien para que te enseñe a cabalgar, yo estoy demasiado cansado para hacerlo. Mañana… con la primera claridad, partiremos. – Aclaré para recostarme sobre un colchón de paja acumulada por mi padre.

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Data wydania na Litres:
30 czerwca 2025
Objętość:
202 str. 5 ilustracji
ISBN:
9789878717968
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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