Czytaj książkę: «Puro placer - No solo por el bebé»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 454 - septiembre 2020

© 2013 Olivia Gates

Puro placer

Título original: Claiming His Own

© 2014 Olivia Gates

No solo por el bebé

Título original: The Sarantos Baby Bargain

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-623-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Puro placer

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

No solo por el bebé

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…


Prólogo

Dieciocho meses antes

Caliope Sarantos se quedó mirando la prueba que sostenía en la mano. Era la tercera que se hacía. Había dos rayitas rosas en sendas ventanitas: estaba embarazada. A pesar de que había usado métodos anticonceptivos, estaba en cinta.

Un cúmulo de emociones contradictorias se agolpaba en su pecho. Hiciera lo que hiciera, su mundo nunca volvería a ser el mismo, y lo más probable era que su relación idílica con Maksim se hiciera pedazos. Si ella no sabía qué pensar respecto a la noticia, él…

De pronto, el corazón se le aceleró. Él estaba allí.

Como siempre, Caliope sintió su presencia antes de oírlo. Sin embargo, en esa ocasión, no la invadió la alegría. Sabía que, cuando se lo contara, todo se estropearía.

Maksim entró en el dormitorio donde le había enseñado lo que era la pasión y donde seguía mostrándole que las intimidades y placeres que podían compartir no tenían límite.

Se acercó a ella, mirándola con deseo, mientras se quitaba la corbata y se desabrochaba la camisa como si le quemara la piel. Tenía hambre de ella, como siempre. Aunque lo que iba a contarle extinguiría su deseo. Un embarazo no buscado era lo último que él esperaba.

Aquella podía ser su última vez juntos. No podía contárselo todavía, se dijo Caliope. No hasta que no hiciera el amor con él.

Poseída por el deseo, lo atrajo a ella en la cama, temblando de ansiedad por tenerlo entre sus brazos. Se devoraron los labios y, antes de que ella pudiera rodearlo con las piernas, Maksim se lanzó a saborear sus pechos. Susurrando palabras de deseo, le acarició y le succionó los pezones con la intensidad perfecta, haciéndola gemir de placer. A continuación, le posó una mano entre las piernas.

Mientras Caliope gemía sin cesar, él deslizó dos dedos entre sus pliegues húmedos y calientes. Con solo un par de movimientos, el orgasmo la inundó, meciendo su cuerpo en una deliciosa corriente eléctrica. Apenas hubo terminado su clímax, Maksim bajó la cabeza entre sus piernas temblorosas, se las colocó sobre los hombros y comenzó a explorarla con manos, labios y dientes, hasta que ella estuvo al borde del éxtasis de nuevo.

–Por favor, basta –rogó ella–. Necesito tenerte dentro de mí…

Maksim levantó su poderoso rostro para mirarla.

–Deja que me sacie de tu placer. Ábrete para mí, Caliope.

Al instante, ella obedeció, dejando caer las piernas como pétalos de flor, rindiéndose a él. Maksim la devoró, saboreando su esencia más íntima y, como si hubiera intuido con exactitud el momento justo para hacerlo, la penetró con su lengua, haciendo que ella gritara mientras un interminable orgasmo la inundaba.

Antes de que Caliope tuviera oportunidad de recuperar el aliento, él se tumbó encima y la besó, entrelazando sus lenguas, mezclando el sabor de ambos cuerpos, que eran solo uno.

Entonces, él levantó los ojos hacia ella, al mismo tiempo que su erección buscaba la entrada, y con un rugido de deseo, la poseyó.

Caliope gritó al sentir la enormidad de su posesión. Él también gimió de placer y, agarrándola de las caderas, la penetró con más profundidad, llegando a su punto más sensible.

Sabiendo a la perfección lo que hacía, Maksim salió y entró de nuevo, una y otra vez, hasta que, jadeante, Caliope se retorció contra él, pidiéndole que terminara con aquella exquisita tortura. Solo entonces él se entregó por completo, dándole lo que le pedía, al ritmo y la cadencia que ella ansiaba.

Sus arremetidas fueron cada vez más rápidas, hasta que ella gritó y se arqueó en un espasmo, apretándose contra él mientras el clímax explotaba en su interior.

En medio de su delirio, Caliope lo oyó rugir, sintió su enorme cuerpo sacudiéndose y su semilla llenándola. Instantes después, se desplomó sobre ella, saciado, satisfecho.

Ella se volvió hacia él, admirando sus labios hinchados de tantos besos. Tenía un aspecto muy viril y vital y era… suyo.

Caliope nunca había pensado en ello, pero era la verdad. Desde que lo había conocido, Maksim Volkov había sido suyo y solo suyo.

Maksim, magnate del acero, era uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. Y, en cuanto lo había visto cara a cara en una cena benéfica hacía un año, había tenido la certeza de que aquel hombre era capaz de poner cabeza abajo su mundo. Y ella se lo había permitido.

Caliope recordó con viveza cuando le había dado permiso para besarla a los pocos minutos de conocerlo. Recordó cómo su boca la había poseído con fiereza, la había llenado de la ambrosía de su sabor y la había dejado sin aliento. Nunca antes se había sentido tan embriagada por un beso. Ni había creído necesitar que un hombre la dominara.

En menos de una hora, aquel día, Caliope se había dejado llevar a la suite presidencial de Maksim, sabiendo que no sería capaz de negarle nada. Aunque, de camino al hotel, había tenido la claridad mental suficiente como para informarle de que era virgen. Ella nunca olvidaría su reacción. Él la había mirado con fuego en los ojos y la había besado con pasión, sellando así su posesión.

–Será un honor para mí ser el primero, Caliope. Y haré que sea inolvidable para ti.

Maksim había cumplido su promesa. Su encuentro había sido tan abrumador para ambos que no habían podido dejarlo como una aventura de una noche. Pero, por el desastroso ejemplo de sus propios padres, ella había pensado que el compromiso solo podía conducir a la decepción y a la destrucción del alma. Y no había tenido ganas de arriesgarse.

Sin embargo, no había podido resistir la necesidad de estar con Maksim. La intensidad de su deseo le había obligado a asegurarse de nunca hacer nada que pudiera poner en peligro su relación.

Para ello, Caliope le había pedido que observaran ciertas reglas siempre que estuvieran juntos. Para empezar, solo estarían juntos siempre que los dos sintieran la misma pasión y las mismas ganas de verse. Después, cuando el fuego se hubiera extinguido, se despedirían como amigos y continuarían con sus vidas.

Maksim había aceptado sus condiciones, aunque había añadido una de su propia cosecha, no negociable. Exclusividad.

La propuesta había dejado perpleja a Caliope, pues era un hombre con nutrida reputación de mujeriego, y le había hecho desearlo aun más. Sin embargo, nunca había dejado de preguntarse cuánto tiempo les quedaría juntos. Ni siquiera en sus fantasías más ambiciosas se había atrevido a soñar con que lo suyo fuera a durar para siempre.

Aun así, había pasado un año y su pasión no había dejado de crecer.

Caliope no estaba dispuesta a perderlo. No podía… Pero tenía que decírselo…

–Estoy embarazada.

Con el corazón acelerado, se sorprendió a sí misma con aquellas palabras claras y directas. Acto seguido, se hizo el silencio.

Maksim se quedó de piedra. Solo sus ojos parecían tener vida. Y su expresión era inequívoca.

Si Caliope había tenido alguna esperanza de que su embarazo hubiera sido bien acogido, se hizo pedazos en ese mismo instante.

De pronto, le faltó el aire y se apartó de él. Temblorosa, se incorporó en la cama, tapándose con la sábana.

–No tienes por qué preocuparte. Este embarazo es mi problema, igual que es asunto mío el haber decidido tener el niño. Solo creí que tenías derecho a saberlo. Igual que tienes derecho a sentirte y actuar como quieras respecto a ello.

Con rostro lleno de amargura, Maksim se incorporó también.

–No me quieres cerca de tu hijo.

¿Cómo había podido sacar esa conclusión?, se preguntó ella.

–Es tu bebé también –acertó a decir ella–. Estoy dispuesta a darte un lugar en su vida, si es que tú lo quieres.

–Quiero decir que no te conviene que esté cerca del bebé. Ni de ti, ahora que vas a ser madre. Pienso darle al niño mi apellido, hacerlo mi heredero. Pero nunca tomaré parte en su crianza –le espetó él y, antes de que Caliope, confusa, pudiera encontrarle sentido a sus palabras, continuó–: Pero quiero seguir siendo tu amante. Siempre que tú quieras. Cuando ya no me quieras, me iré. Los dos tendréis siempre mi apoyo sin límites, pero no podré formar parte de vuestras vidas –aseguró, y la miró a los ojos con vehemencia–. Esto es todo lo que puedo ofrecerte. Así soy, Caliope. Y no puedo cambiar.

Ella le sostuvo la mirada y supo que debería rechazar la oferta. Lo mejor para ella sería echarlo de su vida en ese momento y no después.

Sin embargo, no fue capaz de hacerlo. A pesar del daño que sabía que sufriría en el futuro, no era capaz de sacrificar lo que tenían en el presente para evitarlo. Por eso, aceptó sus nuevas condiciones.

A lo largo de las siguientes semanas, Caliope continuó preguntándose si había hecho mal en aceptar. Por una parte, notaba que él estaba más distante. Pero, por otra, siempre volvía a ella más hambriento que la vez anterior.

Entonces, justo cuando cumplió siete meses de embarazo y estaba más confundida que nunca acerca de su relación, Maksim… desapareció.

Capítulo Uno

En el presente

–¿Y nunca volvió?

Cali se quedó mirando a Kassandra Stavros, anonadada. Necesitó unos segundos para comprender que su amiga no podía estar hablándole de Maksim.Después de todo, Kassandra no sabía nada de él. Nadie sabía que era el padre de su hijo.

Cali había mantenido en secreto su relación. Incluso cuando no había tenido más remedio que comunicarle a su familia y amigos que estaba embarazada, se había negado a confesar quién era el padre. Aun cuando había albergado esperanzas de que él se hubiera quedado en su vida después del nacimiento del bebé, su situación había sido demasiado inestable como para explicárselo a nadie. Y menos a su conservadora familia griega.

La única persona que sabía que no la habría juzgado era su hermano Aristides. Aunque lo más probable era que hubiera querido romperle la cara a Maksim. Cuando se había visto en una situación similar, Aristides había hecho lo imposible para reclamar a su amante, Selene, y a su hijo, Alex. Tenía un alto sentido del honor y la familia, por lo que habría querido obligar a Maksim a cumplir con su responsabilidad. Y, conociendo a Maksim, aquello habría provocado una guerra.

De todas maneras, Caliope no había querido que Maksim la considerara una responsabilidad, ni quería que Aristides luchara sus batallas. Ella le había dicho a su amante que no le debía nada. Y lo había dicho en serio. En cuanto a Aristides y su familia, era una mujer independiente y no necesitaba su bendición ni su aprobación. No había querido que nadie le dijera cómo tenía que vivir su vida, ni que juzgaran el acuerdo al que había llegado con Maksim.

Luego, cuando Maksim había desaparecido, solo les había dicho que el padre de Leo no había sido importante para ella.

En ese momento, Kassandra estaba hablando de otro hombre que había tenido un comportamiento similar, el padre de Cali.

En su opinión, la única cosa buena que había hecho había sido dejar a su madre y a sus hermanos antes de que Cali hubiera nacido. Sus otros hermanos, sobre todo, Aristides y Andreas, nunca habían superado la negligente y explotadora manera en que su padre los había tratado. Al menos, ella no había tenido que convivir con él.

–No. Se fue un día y nunca más lo vimos –contestó Cali al fin, con un suspiro–. No tenemos ni idea de si sigue vivo. Aunque, si hubiera estado vivo cuando Aristides comenzó a hacerse rico, habría vuelto.

A su amiga se le quedó la boca abierta,

–¿Crees que habría vuelto a pedirle dinero al hijo que había abandonado?

–No puedes imaginarte que exista un padre tan vil, ¿verdad?

Kassandra se encogió de hombros.

–Supongo que no. Mi padre y mis tíos son demasiado sobreprotectores conmigo.

Cali sonrió, pues sabía que era cierto.

–Según Selene, les das motivos más que suficientes para querer protegerte.

–¿Selene te ha hablado de ellos? –quiso saber la bella Kassandra, riendo.

Selene, la esposa de Aristides y la mejor amiga de Kassandra, le había hablado de ella antes de presentarlas, asegurándole a Cali que iban a llevarse muy bien. Y así era, por suerte para Cali, que necesitaba tener una amiga con quien hablar, alguien de su edad, temperamento e intereses.

En los últimos dos meses, habían quedado en varias ocasiones, cada vez conociéndose mejor. Sin embargo, aquella era la primera vez que Kassandra le hacía una pregunta tan personal sobre su familia.

–Selene solo me ha contado lo básico –afirmó Cali, deseando dejar de hablar de su propia vida–. Me dijo que dejaba los detalles divertidos para que tú me los contaras.

Kassandra se recostó en el sofá, con su precioso cabello rubio y sus grandes ojos verdes brillando con alegría.

–Sí, creo que alguna vez he puesto en jaque sus estrictos valores morales, sus expectativas conservadoras y sus esperanzas para mí. He perdido una oportunidad detrás de otra de adquirir un patrocinador rico y socialmente exitoso con quien procrear y darle a mi familia descendientes, a ser posible masculinos, que continúen el camino emprendido por mis implacables y triunfadores hermanos y primos.

El humor satírico de Kassandra hizo reír a Cali por primera vez en mucho tiempo.

–Debieron de sufrir ataques al corazón colectivos cuando te fuiste de casa a los dieciocho, aceptaste trabajos de salario mínimo y, para colmo, te convertiste en modelo.

Kassandra sonrió.

–Atribuyen mi escandaloso comportamiento a anormalidades en mi nivel de azúcar en sangre. Ni siquiera hoy han aceptado mi forma de ser, a pesar de que tengo treinta años, he dejado atrás mis días como modelo de lencería y he llegado a ser una diseñadora famosa.

Kassandra era una mujer muy hermosa y, después de haber triunfado en la pasarela, solo hacía pases de modelos para causas benéficas. En la actualidad, también se había labrado un nombre como diseñadora de moda, en parte, gracias a las campañas publicitarias que Cali había creado para ella.

–Siguen preocupándose por los incontables peligros que creen que corro y porque me creen a merced de pervertidos y depredadores del mundo de la moda. Además, cada vez sufren más porque sigo soltera, incluso no dejan de advertirme que perderé mi belleza y mi fertilidad. Para una familia griega convencional, treinta años es el equivalente a cincuenta en otras culturas.

Cali hizo una mueca burlona.

–La próxima vez que se metan contigo, ponme a mí como ejemplo. Te darán las gracias por no haberles hecho caer en vergüenza con un hijo nacido fuera del matrimonio.

–Quizá debería seguir tu ejemplo –repuso Kassandra con un brillo travieso en los ojos–. No creo que exista ningún hombre en el mundo capaz de hacer que crea en el matrimonio, ni por amor ni para perpetuar el apellido Stavros. Por otra parte, Selene y tú, con vuestros bebés, estáis despertando mi instinto maternal.

A Cali se le encogió el corazón. Cada vez que Kassandra la comparaba con Selene, ella recordaba la cruel diferencia que había entre ellas. Selene tenía dos hijos con el hombre que amaba. Y ella tenía a Leo… sola.

–Ser madre soltera no es algo que pueda tomarse a la ligera –comentó Cali.

–Tú lo haces muy bien –opinó Kassandra, mirándola con compasión–. Recuerdo que Selene lo pasó fatal antes de que Aristides volviera. Para ella fue una carga demasiado pesada ser madre sola. Antes de conocer su experiencia, creí que los padres eran algo secundario, al menos, en los primeros años de vida de un bebé. Sin embargo, cuando vi cómo cambiaron Selene y Alex al tener a Aristides… –señaló y soltó una carcajada–. Aunque él no sirve de ejemplo. Las dos sabemos que solo hay uno como él en el mundo.

De la misma manera, Cali había creído que Maksim había sido único…

Sin embargo, Aristides se había comportado en el pasado como si hubiera sido igual de inhumano. Pero las apariencias engañaban.

Cali volvió a suspirar.

–No sabes lo que me impresiona muchas veces lo buen marido y padre que es Aristides. Antes creíamos que era tan impasible como nuestro padre.

Había sido en una ocasión en particular, en la noche en que su hermano Leonidas había muerto, cuando Cali había estado convencida de que Aristides no había tenido corazón, igual que su padre.

Mientras sus hermanas y ella se habían unido para llorar la terrible pérdida, Aristides se había hecho cargo de la situación con perfecto desapego. Había lidiado con la policía y con la funeraria, pero a ellas no les había ofrecido ningún consuelo, ni siquiera se había quedado después del entierro.

Aun así, se había portado mejor que Andreas, que ni siquiera había regresado para el funeral.

Pero la realidad había sido muy diferente. Su hermano había sido tan sensible que se había encerrado en sí mismo, negándose a mostrar sus emociones. En vez de eso, les había expresado su amor ocupándose de todo. Cuando Selene se había enamorado de él, sin embargo, lo había hecho cambiar por completo. Seguía siendo un hombre implacable en los negocios, pero en sus relaciones personales era mucho más abierto y cariñoso.

–¿Tan malo era tu padre? –quiso saber Kassandra.

Cali tomó un trago de té. Odiaba hablar de su padre.

–Su ausencia total de ética y su despreocupación por todo eran legendarias –contestó Cali al fin, incómoda–. Dejó embarazada a mi madre de Aristides cuando ella solo tenía diecisiete años. Él era cuatro años mayor y no tenía trabajo. Se casó con ella porque su padre lo amenazó con desheredarlo si no lo hacía. La utilizó a ella y a sus hijos para exprimir un poco más a su padre. Sin embargo, el dinero que le daba mi abuelo se lo gastaba solo en sí mismo. Después de que muriera el viejo, mi padre se quedó con la herencia y desapareció.

»Volvió cuando se la hubo gastado, sabiendo que mi madre se ocuparía de él con el poco dinero que tenía. Él entraba y salía de su vida y las de mis hermanos, y nunca era para ayudar. Cada vez que volvía, le juraba a mi madre que la amaba y se quejaba de lo dura que la vida era con él.

–¿Y tu madre lo dejaba volver? –preguntó Kassandra, sin dar crédito.

Cali asintió, cada vez más incómoda por la conversación.

–Aristides dice que nuestra madre no sabía cómo negarse. Mi hermano maduró muy pronto y comprendía todo lo que estaba pasando, pero no podía hacer otra cosa más que ayudar a nuestra madre. Con solo siete años, tuvo que empezar a ocuparse de todas las cosas que su padre ausente no hacía, mientras mi madre tenía que hacerse cargo de los más pequeños. A los doce, dejó el colegio y tomó cuatro empleos para conseguir que llegáramos a fin de mes. Cuando mi padre desapareció para siempre, Aristides tenía quince años y yo estaba todavía en el vientre de mi madre. Al menos, tengo que dar gracias porque no envenenó mi vida como hizo con ella y con mis hermanos –confesó Cali–. Con su empeño, mi hermano trabajó en los puertos de Creta y llegó a ser uno de los más grandes magnates de navíos del mundo. Por desgracia, nuestra madre murió cuando yo solo tenía seis años, y no pudo ser testigo de su éxito. Aristides nos trajo a todos a Nueva York, nos sacó la ciudadanía americana y nos procuró la mejor educación que el dinero podía comprar –explicó–. Pero no se quedó con nosotros, ni siquiera se hizo americano, hasta que se casó con Selene.

Kassandra parpadeó, incapaz de comprender la inhumana forma de actuar del padre de Cali.

–¿Cómo puede ser alguien tan malvado con sus propios hijos? Sin embargo, hizo una cosa bien, aunque no fuera a propósito. Os tuvo a ti y a tus hermanos. Sois todos geniales.

Cali se contuvo para no responder. Sus tres hermanas, aunque las amaba mucho, habían heredado de su madre la pasividad e incapacidad de defenderse. Andreas, el quinto hermano de los siete era… un enigma. Por sus escasas interacciones con ella, había sacado la conclusión de que no era muy buena persona.

Por otra parte, aunque ella misma había creído escapar a la maldición de su madre, tal vez no lo había hecho. Cali había hecho con Maksim lo mismo que su madre con su padre: se había implicado con alguien equivocado. Luego, cuando había debido separarse de él, había sido demasiado débil y había necesitado esperar a que él la dejara.

Cali tenía una educación y era una mujer independiente, del siglo XXI. ¿Cómo podía justificar las decisiones que había tomado?

–¡Mira qué hora es! –exclamó Kassandra, poniéndose de pie de golpe–. La próxima vez, dame una patada para que me vaya y no te quite el poco tiempo que tienes para dormir. Sé que Leo se levanta muy temprano.

–Prefiero quedarme toda la noche aquí hablando contigo antes que dormir –replicó Cali.

Kassandra la abrazó con una sonrisa.

–Pues llámame cada vez que lo necesites.

Después de quedar con ella para otro día, Kassandra se fue.

Cali se quedó parada, abrumada por el silencio, embargada por un familiar sentimiento de desolación y soledad. Llevaba un año sufriendo por una sola razón: Maksim.

Sin pensarlo, se dirigió a la habitación de Leo. Entró de puntillas para no hacer ruido, aunque sabía que su hijo tenía un sueño muy profundo. Al ver su pequeña figura bajo las sábanas, se emocionó, como siempre le ocurría cuando pensaba cuánto lo amaba.

Cada día que miraba a Leo, veía en él la versión infantil de Maksim. Su pelo era color caoba, ondulado. Tenía el mismo hoyuelo en las mejillas, aunque a Maksim no se le notaba a menudo porque no solía sonreír demasiado.

La única diferencia física entre padre e hijo eran los ojos. Aunque Leo tenía su misma mirada de lobo, su color era verde oliva, una mezcla de los ojos azules de Cali y el tono dorado de Maksim.

Llena de gratitud por aquel perfecto milagro que respiraba en su camita, se inclinó y posó un beso en su mejilla.

Cuando cerró la puerta tras ella, no le invadió el habitual sentimiento de depresión, sino algo nuevo. Rabia.

¿Por qué le había dado a Maksim la oportunidad de abandonarla? ¿Por qué había sido tan débil como para no dejarlo ella primero? ¿Por qué se había aferrado a él cuando había sabido, desde el principio, que aquello iba a terminar?

En su defensa, solo podía alegar que Maksim la había confundido cuando, después de cada separación, había vuelto a ella lleno de deseo.

Sin embargo, sus visitas no habían tenido estabilidad, habían sido demasiado irregulares. En vez de ponerles fin, ella se había aferrado a su oferta, sin querer ver lo poco esperanzador que era su comportamiento.

Tenía que reconocer que aún no lo había superado y que, tal vez, nunca se recuperaría de su desamor.

La rabia la invadió como la lava de un volcán. Estaba furiosa con él.

¿Por qué le había ofrecido Maksim algo que no había tenido intención de cumplir? Cuando se había cansado de ella, había desaparecido sin más, sin dignarse ni siquiera a despedirse.

Cuando había dejado de ir a verla, Cali no había podido creerlo y había pensado que había habido otra explicación para su desaparición. Por eso, había intentado localizarlo sin éxito, al fin, había comprendido que Maksim se había estado esforzando en hacerse inalcanzable, en impedir que contactara con él.

Durante meses, se había negado a creerlo. Había seguido intentando encontrarlo y se había dicho que nada malo podía haberle pasado, pues de lo contrario habría salido en las noticias. Sin embargo, en ocasiones, se había convencido de que algo terrible debía de haberle sucedido, diciéndose que no la habría abandonado de esa manera por su propia voluntad.

Cuando, al fin, había tenido que reconocer que eso, precisamente, era lo que había hecho Maksim, se había vuelto loca preguntándose por qué.

Había temido que su embarazo creciente hubiera podido interferir con su placer o la había hecho menos deseable a sus ojos. Pero sus sospechas se habían tambaleado cuando él había vuelto a ella, siempre lleno de pasión.

Se había enamorado de él. Tal vez él había empezado a notarlo y por eso había decidido alejarse de ella.

En cualquier caso, su desaparición había convertido los últimos meses antes de dar a luz en un infierno, no tan terrible como lo que había seguido al nacimiento de Leo. Ante los ojos de los demás, había funcionado sin problemas. Por dentro, a pesar de que tenía un hijo sano, una carrera, buena salud, dinero y una familia que la amaba, se había sentido desolada.

La necesidad de tener a Maksim a su lado la había invadido cada día. Había ansiado compartir a Leo con él, contarle lo que había logrado, sus avances, sus primeras palabras.

La situación había empeorado hasta el punto de que había empezado a imaginarse que él estaba con ella, mirándola con ojos de pasión. En muchas ocasiones, la fantasía le había jugado malas pasadas y, como en un espejismo, había creído verlo. Aquellas sensaciones fantasmales la habían hecho sentir todavía más desesperada.

Era mejor estar furiosa que deprimida. Al menos, le hacía sentir viva. Estaba harta de estar hundida. No iba a seguir fingiendo. Tomaría las riendas de su vida y al diablo con…

El timbre de su puerta sonó.

Sobresaltada, Cali miró el reloj de la pared. Eran las diez de la noche. No podía imaginarse quién podía ir a verla a esas horas. Además, era extraño que no hubiera llamado al telefonillo primero. Fuera quien fuera, ¿cómo podía haber pasado la puerta de la entrada al edificio sin llamar?

A toda prisa, abrió la puerta, sin pararse a mirar por la mirilla… y se quedó petrificada.

Bajo la débil iluminación del pasillo, se topó con una figura oscura y grande, dos ojos brillantes clavados en ella.

Maksim.

A Cali se le aceleró el corazón. Se quedó sin respiración. ¿Era posible que, de pensar en él con tanta obsesión, hubiera conjurado su presencia?

El rostro que tenía delante era el mismo de siempre, aunque tenía también algo irreconocible. Cali se quedó mirándolo, hipnotizada por sus ojos, mientras las rodillas apenas podían sostenerla.

Entonces, se dio cuenta de algo más. Por la forma en que él se apoyaba en el quicio de la puerta, daba la impresión de no poder mantenerse en pie, de estar tan conmocionado como ella.

Sus labios hicieron una mueca repentina, como de… dolor. Pero fue su voz ronca lo que más hondo le caló a Cali.

–Ya ocheen skoocha po tevyeh, moya dorogoya.

«Te he echado mucho de menos, cariño mío».

Capítulo Dos

No hizo falta más.

No solo fue ver a Maksim. Lo más impactante fue escuchar de sus labios las palabras que siempre había soñado oír. Entonces, para completar aquella alucinación hecha realidad, la tomó entre sus brazos.

Pero no la abrazó con fuerza y seguridad como solía hacer en el pasado. Con cierto temblor y desesperación, unió sus bocas en un tosco movimiento. Ella se sumergió en su sabor, dejándose poseer por la pasión de sus labios.

Pero no debía hacerlo, se advirtió a sí misma. Por mucho que hubiera fantaseado con reencontrarse con él un millar de veces, era un imposible. Demasiadas cosas habían cambiado para ella.

Justo cuando Cali empezó a retorcerse, desperada por librarse de su abrazo, a punto de quedarse sin respiración, él apartó su boca.

–Izvinityeh… Perdóname… No pretendía…

Maksim se atragantó con su disculpa, pasándose las manos por el pelo. Entonces, Cali reparó en su barba de varios días, en su pelo revuelto. Además, había perdido peso. Con ese aspecto desarreglado, parecía una sombra del hombre lleno de vitalidad que había sido. Pero, si era posible, a ella le resultó más atractivo que nunca. Aquel toque de… desolación, le producía deseos de apretarlo contra su pecho…

Diablos… ¿Por qué estaba actuando como su propia madre?, se dijo Cali. Él se había ido sin decir palabra, había estado lejos de ella durante más de un año y, ahora, regresaba, sin explicaciones, solo le bastaba con decir que la había echado de menos y darle un beso para que ella se entregara a él sin pensarlo. ¿Cómo era posible?

No podía aceptarlo. Se había dejado besar porque la había tomado por sorpresa, justo cuando había estado pensando en él. Pero Maksim era parte de su pasado. Y no iba a dejarlo volver.

Cali levantó la vista hacia él.

–¿No vas a dejarme entrar? –preguntó Maksim, frunciendo el ceño.

Su ronco susurro caló hasta el último de los huesos de Cali.

–No. Y, antes de que te vayas, quiero saber cómo has llegado hasta mi puerta. ¿Has intimidado al conserje?

Maksim se encogió ante su tono helador.

–Podría haberlo hecho. Te aseguro que habría sido capaz de cualquier cosa con tal de llegar hasta aquí. Pero he entrado con tu código de acceso. Una vez vine aquí contigo.

Ella lo miró, sin comprender del todo.

–Marcaste tu código de acceso en la entrada.

–¿Quieres decir que me observaste mientras metía el código y no solo te fijaste en el número de doce dígitos, sino que te lo aprendiste de memoria? ¿Hasta hoy?

Él asintió, impaciente por dejar ese tema.

–Me acuerdo de todo respecto a ti. De todo, Caliope –dijo él, y ancló sus ojos en los labios de ella, como si estuviera conteniéndose para no devorarlos de nuevo.

A ella se le encogieron las entrañas al instante…

Maksim dio un pequeño paso, sin atreverse todavía a cruzar la puerta.

–Déjame entrar, Caliope. Tengo que hablar contigo.

–Yo no quiero hablar contigo –repuso ella, luchando contra la tentación de someterse a su petición–. Has llegado un año tarde. La hora de hablar pasó cuando te fuiste sin darme una explicación. Hace nueve meses, dejé de tener ganas de hablar contigo.

Él asintió con dificultad.

–Cuando nació Leonid.

Así que conocía el nombre de su hijo, pensó Cali, aunque había usado la versión rusa de Leonidas. Lo más probable era que también conociera el peso del bebé y cuántos dientes tenía. Debía de aparecer todo bien recogido en un completo informe.

–Una observación redundante. Igual que tu presencia aquí.

–No puedo decir que me merezca que me escuches –se defendió él–. Pero, durante meses, estabas deseando saber por qué me había ido. Lo sé por todos los mensajes que me dejaste en el correo electrónico y en el contestador.

Así que la había ignorado, había dejado que se volviera loca de preocupación, y lo había hecho a propósito, caviló ella.

–Ya que recuerdas todo, debes de recordar por qué no dejaba de intentar contactar contigo.

–Querías saber si estaba bien.

–Ya que veo que sí lo estás… –comenzó a decir ella, e hizo una pausa, mirándolo de arriba abajo–. Aunque no tienes tan buen aspecto. Pareces un vampiro hambriento que trata de hipnotizar a su víctima para conseguir su dosis de sangre. O, peor aún, pareces un adicto a la cocaína.

Cali sabía que estaba siendo cruel, pero no podía evitarlo. Él había vuelto a su vida justo cuando la rabia había comenzado a apoderarse de ella.

–He estado… enfermo.

La forma en que lo dijo, la manera en que bajó la mirada, hicieron que a Cali se le encogiera el corazón.

¿Y si había estado enfermo durante todo ese tiempo?

No. No iba a hacer lo mismo que había hecho su madre, creyéndose las excusas de su padre hasta su lecho de muerte.

–¿Ni siquiera tienes curiosidad por saber por qué he vuelto? ¿Y por qué me fui? –preguntó él.

–No, nada de eso –mintió ella–. Hice un trato contigo y solo te pedía dos cosas: honestidad y respeto. Pero no fuiste honesto cuando te cansaste de mí, y habrías mostrado más respeto hacia un desconocido que el que me has mostrado a mí.

Maksim se encogió de nuevo, como si lo hubiera golpeado, pero no intentó interrumpirla.

–Me esquivaste como si fuera una acosadora, cuando sabías que solo quería saber si estabas bien. Dejé de llamarte cuando las noticias sobre tus éxitos financieros me obligaron a pensar que nada malo te había pasado. Has perdido todo derecho a que te tenga en cuenta. No me importa por qué te fuiste, por qué me ignoraste, y no tengo ganas de saber por qué has vuelto.

Maksim exhaló con gesto amargo.

–Nada de lo que has dicho tiene ningún fundamento. Y, aunque nunca apruebes mis verdaderas razones por comportarme como lo hice, para mí fueron… abrumadoras en ese momento. Es una larga historia –balbució él y, en tono apenas audible, añadió–: Tuve un… accidente.

Aquella afirmación dejó a Cali sin palabras. Por dentro, un tumulto de preguntas ansiosas la invadió.

Cali lo observó con atención, buscando señales de daño. No vio nada en su rostro. Pero ¿y su cuerpo? Tal vez, en la penumbra del pasillo le estaban pasando desapercibidas horribles cicatrices.

Incapaz de soportar ese pensamiento, lo agarró del brazo y le hizo entrar para poder verlo mejor bajo la luz del vestíbulo.

Sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que había perdido mucho peso. Parecía tan… débil y frágil.

De pronto, él soltó un gemido y se tambaleó. Pero, antes de que pudiera caer al suelo, se incorporó y tomó a Cali en sus brazos, como si quisiera demostrarle que, a pesar de su estado de debilidad, podía sostenerla como si fuera una pluma. Sin poder evitarlo, ella se rindió a aquella fantasía que estaba siendo hecha realidad, dejando de lado toda su tensión y resistencia.

Recordó todas las veces que él la había llevado en sus brazos, mientras ella había apoyado la cabeza en su hombro, rindiéndose a su pasión, dejándose poseer donde y como él había querido.

Maksim se detuvo en el salón. Si hubiera podido hablar, Cali le hubiera rogado que la llevara a su dormitorio y no parara hasta que sus cuerpos se hicieran solo uno.

Sin embargo, él la depositó en el sofá y se arrodilló en el suelo a su lado, mirándola a los ojos.

–¿Puedo ver a Leonid? –pidió él con tremenda ansiedad.

Cali se quedó paralizada.

–¿Por qué?

–Sé que dije que no iba a mezclarme en su vida, pero no fue porque yo no quisiera –explicó él, leyéndola el pensamiento–. Fue porque creí que no podría y no debía.

Al recordar aquellos momentos, cuando había aceptado que Maksim nunca sería parte de su familia, Cali volvió a sentir el terrible dolor de su herida.

–Dijiste que no eras un hombre de confianza en esas situaciones.

–Lo recuerdas –dijo él con el rostro contraído.

–Es algo imposible de olvidar –repuso ella.

–Solo lo dije porque pensé que era lo mejor para ti y para nuestro hijo no tenerme en vuestras vidas.

–¿Por qué pensabas eso?

–Es una historia larga, como te he dicho. Pero, antes de que te lo explique, ¿puedo ver a Leonid?

Cielos. Se lo había pedido de nuevo. Maksim estaba allí y quería ver a Leo. Sin embargo, si se lo permitía, nada volvería a ser lo mismo y ella lo sabía.

–Está dormido… –contestó ella, sin poder encontrar una excusa mejor.

–Te prometo que no lo molestaré –aseguró él con gesto sombrío.

–No lo verás bien en la oscuridad. Y no puedo encender la luz sin despertarlo.

–Aunque no pueda verlo bien, podré sentirlo. Ya sé qué aspecto tiene.

–¿Cómo lo sabes? –inquirió ella–. ¿Estás haciendo que nos espíen?

–¿Por qué piensas eso? –preguntó él a su vez, sin comprender.

Con desconfianza, Cali le confesó sus sospechas.

–Tienes derecho a pensar lo peor de mí –afirmó él, frunciendo el ceño–. Si alguna vez hubiera hecho que te siguieran, habría sido para protegerte. Y no tenía razones para temer por tu seguridad, pues aunque era peligroso que te asociaran conmigo, me preocupé de mantener nuestra relación bajo secreto.

–¿Entonces cómo sabes qué aspecto tiene Leo?

–Porque te seguí.

–¿Cuándo? –preguntó ella, boquiabierta.

–De vez en cuando –repuso él–. Sobre todo, durante los últimos tres meses.

¡Así que no había estado imaginándose cosas cuando había creído verlo entre la multitud!, pensó Cali. Todas esas veces que había sentido su presencia, él había estado allí.

¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué no se había acercado a ella en esas ocasiones? ¿Y por qué había decidido hacerlo en ese momento? ¿Por qué? ¿Por qué?

Cali deseó obtener todas las respuestas de inmediato.

Por otra parte, no podía negarle ver a su hijo. Asintiendo, se puso en pie. Cuando Maksim no se movió para dejarla pasar, se tropezó con él y cayó hacia atrás en el sofá. Él la sujetó y, mirándola a los ojos, le posó una mano en la nuca y rugió su nombre con voz ronca, como avisándola de que, si no se lo negaba, la besaría.

Cali no se lo negó. No fue capaz.

Animado por su silencio, él inclinó la cabeza y la besó con pasión.

Ella sabía que no podía dejar que aquello sucediera de nuevo. Sin embargo, cuando sus lenguas se entrelazaron y sus alientos se fundieron, estuvo perdida.

Cali se rindió a su deseo, derritiéndose en su boca, dejándose invadir por él. Maksim se apretó contra su cuerpo, frotándole los pechos y los pezones con su torso. Entonces, sin previo aviso, se separó y se puso en pie con gesto de alarma.

Ella necesitó unos segundos para comprender que el gemido que había escuchado provenía de Leo. Tenía un altavoz para monitorizar el niño en cada habitación.

Temblando, Maksim le ayudó a ponerse en pie y se hizo a un lado para dejarla pasar. Cali se dirigió al dormitorio de Leo, poseída por una extraña sensación de irrealidad, sintiendo cómo la presencia de Maksim invadía su casa.

La tensión creció según se acercaban a la puerta. Cali abrió y, antes de dejarlo pasar, se giró hacia él.

–Relájate, ¿de acuerdo? Leo es muy sensible al estado de ánimo de los demás –indicó ella. Esa era la razón por la que los primeros seis meses del bebé habían sido un infierno. El pequeño solo había sido un espejo de la desgracia de su madre. Ella había conseguido salir del paso bloqueando sus emociones, para no exponer a su hijo a su lado negativo–. Si se despierta, no creo que quieras que la primera vez que te vea sea así de nervioso.

Sin reparar en el torbellino de sentimientos que se le agolpaba en el pecho a Cali, demasiado aturdido por los propios, Maksim cerró los ojos un momento.

–Estoy preparado.

Cali entró de puntillas, nerviosa, mientras él la seguía sin hacer ruido. Deseó que Leo se hubiera vuelto a dormir, pues aunque no tenía ni idea de por qué su padre quería verlo, prefería que aquella primera y, tal vez, última, tuviera lugar mientras el niño estuviera dormido. Al escuchar que el pequeño estaba roncando con suavidad, se relajó.

En ese instante, sin embargo, dejó de pensar en algo, incluso en Leo. Solo podía sentir la presencia de Maksim junto a ella. En la penumbra, lo observó con el corazón acelerado. Nunca había imaginado que él… él…

La expresión de Maksim estaba cargada de sentimiento mientras miraba a su hijo, con tanta intensidad que ella no pudo reprimir las lágrimas.

Su masculino rostro parecía una escultura, impregnado de perplejidad, asombro y… sufrimiento. Temblaba como si estuviera presenciando un milagro sobrecogedor.

Y Leo era un milagro, pensó Cali. Contra todo pronóstico, había llegado al mundo y ella no podría vivir sin él.

–¿Puedo… puedo tocarlo?

Cali se cayó de espaldas al escuchar su susurro lleno de reverencia. Y, cuando le miró el rostro, contuvo un grito de sorpresa. En la penumbra, sus ojos brillaban con… lágrimas.

Con el corazón en la garganta, Cali solo pudo asentir.

Tras unos momentos que él pareció necesitar para prepararse, acercó una mano temblorosa al rostro de su hijo.

En cuanto tocó con la punta de un dedo la mejilla de Leo, contuvo el aliento, como si acabara de recibir un golpe en el estómago. Así era también como se sentía Cali. Como si se hubiera quedado sin aire. Entonces, el pequeño se apretó contra aquella mano grande y fuerte, como un gatito pidiendo más caricias.

Sin dejar de temblar, Maksim le acarició la mejilla con el pulgar una y otra vez, con la respiración rápida y entrecortada.

–¿Son todos los niños tan increíbles?

Sus palabras sonaron roncas y llenas de sentimiento. Parecía que le costaba hablar. Era como si fuera la primera vez que veía a un niño. Al menos, la primera vez que se daba cuenta de lo increíble que era que un ser humano fuera tan pequeño y tan completo, tan precioso y perfecto, tan frágil y vulnerable y, al mismo tiempo, tan abrumador.

–Todos los niños lo son –susurró ella. Pero creo que estamos preparados para sentir especial afinidad por los nuestros. Ese vínculo nos hace apreciarlos más que nada en el mundo, solo vemos sus cualidades y no nos importan sus defectos. Eso nos hace soportar los problemas y las dificultades de la crianza con una fuerza que escapa a toda lógica.

Maksim la escuchó embelesado, como si cada palabra fuera una revelación para él. Sin embargo, de pronto, su expresión se tornó inaccesible.

–Escapa a toda lógica –repitió él en voz baja.

Antes de que Cali pudiera decir o hacer nada, él posó los ojos de nuevo en Leo, apartó la mano y salió del dormitorio.

Ella lo siguió, despacio, asaltada por un torbellino de pensamientos contradictorios.

¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿Qué significaba su comportamiento? ¿Y su sobrecogedora reacción al ver a Leo? ¿Acaso sufría algún trastorno bipolar que le hacía cambiar de actitud sin razón aparente? ¿Era la razón por la que la había abandonado de pronto y, luego, había vuelto?

Maksim detuvo sus pasos en el salón, con mirada oscura y ausente.

–No sé qué problema tienes y no quiero saberlo –señaló ella, mirándolo a la cara–. Has venido sin haber sido invitado, te has librado de mis preguntas dándome un par de besos y has visto a Leo. ¿Ya has terminado lo que venías a hacer? Quiero que te vayas y no vuelvas nunca o yo…

–Vengo de una familia de maltratadores.

Cali se quedó boquiabierta.

–Creo que es algo que ha estado pasando durante generaciones –continuó él con gesto inexpresivo–. Mi tatarabuelo lo era y sus descendientes siguieron sus pasos. Mi padre fue el peor de ellos, el más violento. Yo pensaba que lo llevaba en la sangre, que sería como ellos. Por eso nunca pensé en tener una relación, hasta que te conocí a ti.

Cali no pudo hacer más que mirarlo. Se había vuelto loca durante todo un año buscando respuestas. Pero ya no quería una explicación, sobre todo, si iba a ser peor que el abandono en sí mismo.

De todas maneras, él parecía absorto en su confesión, incapaz de detener las palabras que fluían de su boca como una cascada.

–Desde el primer momento, te deseé tanto que me asusté. Por eso, cuando me pediste que tuviéramos una relación sin ataduras, fue un alivio para mí. Creía que estarías segura conmigo mientras nuestro acuerdo fuera temporal y superficial. Pero las cosas no salen como uno espera y mi preocupación fue creciendo al mismo tiempo que mi deseo por ti. Vivía temiendo cuál sería mi reacción si decidías dejarme antes de que yo estuviera listo. Sin embargo, te quedaste embarazada.

Cali siguió embobada mirándolo, sintiendo que le temblaban las piernas.

–Mientras Leonid crecía en tu interior, cada día estaba más seguro de que había hecho bien en decirte que no entraría en vuestras vidas. Cada vez que no estábamos juntos, me invadía el desasosiego y tenía miedo de ir a buscarte con demasiada ansiedad y asustarte. Por eso, intentaba contenerme, espaciar las visitas. Pero solo me servía para volver a verte con más hambre de ti. Pensé que era cuestión de tiempo que tanta ansiedad acabara manifestándose con violencia. Por eso me obligué a desaparecer antes de que tuvieras a Leo, antes de terminar haciendo lo que hizo mi padre cuando nació mi hermana.

¿Tenía una hermana?, se preguntó Cali, sorprendida.

Maksim siguió hablando, ofreciéndole la horrible respuesta a su pregunta.

–Mi padre se había vuelto más y más irritable. Todos los días nos golpeaba a mi madre y a mí. Entonces, una noche, cuando Ana tenía seis meses, se volvió loco. Nos mandó a todos a urgencias. Mi madre y yo tardamos meses en recuperarnos. Ana se debatió entre la vida y la muerte una semana… hasta que murió.

Cali sintió como si una avalancha de rocas cayera sobre ella con las palabras de Maksim.

¿Y si Maksim perdía el control en ese momento? ¿Y si…?

Pero aquel hombre que tenía delante y que conocía tan bien no parecía estar a punto de un estallido de violencia. Más bien, parecía preso de la angustia más insoportable.

–¿Alguna vez has golpeado a alguien? –preguntó ella.

–Sí.

Su amarga admisión pudo haber despertado de nuevo los miedos de Cali, pero no fue así. No podía ignorar su intuición. Nunca se había equivocado cuando había escuchado su instinto.

Desde el primer momento que había visto a Maksim, se había sentido segura con él, protegida, a salvo. Era un nombre noble, estable y, por eso, había confiado en él desde la primera noche juntos, sin reservas.

Cuando Cali comenzó a acercarse, él se puso tenso. Estaba claro que no quería su contacto, que se avergonzaba de lo que acababa de contarle. ¿Cómo había podido vivir pensando que había un maltratador en potencia dentro de él?

Ella quería hacerle saber que siempre lo había creído digno de confianza. Por eso le había sorprendido tanto que se marchara. No había sido capaz de digerirlo ni de entenderlo. Y le había roto el corazón pensar que se había equivocado respecto a él.

Pero no se había equivocado. Aunque sus razones hubieran sido erróneas, él solo había querido protegerlos a ella y a Leo.

Maksim dio dos pasos atrás, implorándole con la mirada que no se acercara más.

–Deja que te cuente esto. Me ha estado pesando desde que te conocí. Pero si te acercas más, lo olvidaré todo.

Entonces, Cali se detuvo y se dejó caer en el sofá donde él la había besado y señaló el lugar a su lado. Él se sentó.

–Aquellos a quienes golpeaste no eran más débiles que tú, estoy segura –afirmó ella.

–No.

–Eran tan fuertes como tú –adivinó ella–. Y tú nunca fuiste quien dio el primer golpe.

Él asintió.

–En mi pueblo natal, no siempre se acudía a las fuerzas del orden público para resolver un conflicto. Casi nunca había policía y la gente de a pie teníamos que resolver nuestros conflictos solos. Con frecuencia, mis vecinos acudían a mí para que los defendiera. Y se me daba bien, pues mi padre me había enseñado a usar la fuerza para resolver los problemas.

–Estoy segura de que no hiciste daño a nadie que no se lo mereciera.

–Era demasiado violento.

–¿Y perdías el control? –insistió ella.

–No. Sabía muy bien lo que estaba haciendo.

–Muchos hombres son como tú… soldados, defensores… Son capaces de utilizar la violencia para defender a los débiles contra sus agresores. Pero esos mismos hombres son los más gentiles con aquellos que dependen de su protección.

–Eso pensaba yo. Pero, con mi historia familiar, temía que tuviera debilidad por la violencia. Mi pasión por ti se intensificaba por momentos, pero cuando más miedo tuve fue una noche en especial –confesó él–. Sucedió cuando te estaba esperando en la cama y te acercaste a mí con un salto de cama color turquesa.

A ella se le cerró la garganta. Recordaba a la perfección aquella noche. Había sido la última que habían pasado juntos. Cuando se había despertado por la mañana, él se había ido.

–Nunca te había visto tan hermosa. Tu vientre estaba hinchado con nuestro hijo y te lo estabas acariciando mientras te acercabas. Lo que sentí en ese momento fue una ferocidad tan increíble que me aterrorizó. No podía arriesgarme a que mis pasiones tomaran una dirección equivocada y acabar haciéndote daño.

A Cali se le saltaron las lágrimas.

–Lo ocultaste muy bien.

–No tuve que ocultar nada. Nunca tuve ganas de agredirte. Aunque la posibilidad de perder el control de mis pasiones me daba demasiado miedo –explicó él–. Pero créeme, en ningún momento estuviste en peligro de que te lastimara.

Ella meneó la cabeza para tranquilizarlo.

–Quiero decir que ocultaste bien esa pasión que sentías –repuso ella–. Yo no noté nada distinto de los demás días.

–Eso sí lo oculté –reconoció él, asintiendo–. Y, cuanto más intentaba no demostrarte lo que sentía, más nervioso me ponía. Si me sentía así cuando estabas embarazada, no podía arriesgarme a comprobar mis sentimientos después de que nuestro hijo hubiera nacido.

Debía de haber sido un infierno para él, caviló Cali.

–Los maltratadores no se preocupan por el bienestar de sus víctimas –señaló ella–. Los culpan por provocarlos, por hacerles perder los estribos –explicó–. Seguro que no viven con miedo a lo que pueden hacer. No te pareces en nada a tu padre.

–No podía arriesgarme –repitió él con el rostro contraído por el dolor.

–Háblame de él –pidió Cali.

Maksim exhaló. No había esperado esa petición. Y odiaba hablar de su padre.

Sin embargo, accedió.

–Era muy posesivo con mi madre, era celoso del aire que ella respiraba. Sospechaba de todo lo que ella hacía. Estaba tan trastornado que se ponía furioso cuando ella atendía a sus hijos. Hasta que, un día, se convenció a sí mismo de que mi madre lo estaba rechazando a nuestro favor, porque nosotros no éramos hijos suyos.

–Y fue entonces cuando él…

Maksim asintió.

–Después de darnos una paliza de muerte, nos llevó al hospital. El día que le dijeron que mi hermana había muerto, salió a la calle y se dejó atropellar por un camión.

Cielos, ¿cómo podía haber sido todo tan horrible?, pensó Cali. ¿Cómo había sobrevivido su madre a la violencia de su marido y a la terrible pérdida de su bebé? ¿Cómo podía haber mantenido la cordura?

–¿Cuántos… cuántos años tenías entonces? –balbució ella al fin.

–Nueve.

Lo bastante mayor como para entender lo que pasaba, para estar aterrorizado de forma permanente. Y para haber estado sufriendo durante demasiado tiempo.

–Y, desde entonces, has temido ser como él.

Maksim esbozó un terrible gesto de aversión. Y, aunque tuvo deseos de acariciarle la mejilla para consolarlo, ella se contuvo, esperando que continuara con la historia.

–¿Tu madre no se dio cuenta de que tu padre estaba trastornado antes de casarse con él?

–Admitió que había adivinado algo cuando habían estado saliendo. Pero había sido pobre y joven y él la había embaucado por completo. No se dio cuenta del todo de lo trastornado que estaba hasta la primera vez que la golpeó. Pero él siempre se mostraba tan arrepentido, tan enamorado después, que siempre la convencía para que lo perdonara. Era un ciclo interminable de abusos y miedo. Entonces, de forma inesperada, mi madre se quedó embarazada de Ana.

Como le había pasado a ella con Leo, pensó Cali. Quizá, aquella coincidencia había servido para incendiar más las oscuras proyecciones de Maksim.

–Pensó en abortar, temiendo que el nuevo nacimiento desatara todavía más la inestabilidad de mi padre. Lo mejor que él hizo jamás fue ponerse delante de aquel camión y librar a mi madre de su existencia. Pero, después de todo el daño que nos había hecho, fue demasiado tarde.

–Al dejarse atropellar, tu padre pagó de alguna manera por sus pecados… aunque le negó a tu madre el derecho a odiarlo, algo que le habría ayudado a superar la pérdida de su bebé –adivinó ella.

Maksim abrió mucho los ojos al escucharla.

–Había analizado el tema un millón de veces, pero nunca lo había visto desde esa perspectiva. Podrías tener razón. Ese bastardo… incluso al morir consiguió seguir torturándola.

Sin duda, Maksim amaba a su madre y se sentía protector con ella. Cali sabía que la defendería con su vida sin pensárselo. Una prueba más de que era un hombre de confianza y de que sus temores eran injustificados, pensó.

–¿Cómo pudiste pensar que algún día serías como él, con todo lo que odiabas su comportamiento?

–Porque pensé que odiar algo no implicaba no llegar a serlo. Y la evidencia de tres generaciones de hombres Volkov maltratadores era demasiado abrumadora. La noche en que Ana murió, tomé la decisión de no casarme nunca. No había puesto en duda mi resolución durante treinta años, nunca había sentido la necesidad de estar con nadie. Hasta que llegaste tú.

Maksim hablaba como si… ella le hubiera cambiado la vida. ¿Acaso la amaba?, se preguntó Cali, sin poder creerlo.

No. Si Maksim hubiera albergado ese sentimiento hacia ella, se lo habría confesado, pensó.

–Me fui, decidido a no volver jamás, aunque quería quedarme contigo, ser el primero en tener a Leo en mis brazos, no separarme de vuestro lado. Pero no pude escapar de mi propia condena. Empecé a seguirte, como un adicto incapaz de renunciar a su droga. Tenía que comprobar que Leonid y tú estabais bien, necesitaba estar cerca para intervenir, si me necesitabais.

Cali lo había necesitado cada segundo del último año…

Por el momento, Maksim había respondido a las preguntas que durante todos esos meses la habían torturado. Solo restaba una.

–¿Qué te ha hecho presentarte ahora, después de haber estado escondiéndote cada vez que percibía tu presencia?

Aquello lo sorprendió.

–¿Notabas mi presencia? Creí que me escondía bien…

–Nunca he dejado de sentir tu cercanía –reconoció ella.

La sordidez de su pasado dejó paso a una arrebatadora pasión al escuchar las palabras de Cali. Maksim tomó el rostro de ella entre las manos, temblando de deseo.

–El trato que hicimos nuestra primera noche y el que te propuse cuando me dijiste que estabas embarazada…

Cali dejó de respirar. ¿Acaso quería él asegurarse de que se mantuvieran aquellas condiciones?

–Necesito cambiarlos. Quiero ser el padre de Leonid en todos los sentidos… y tu marido.

Maksim contempló el rostro bello y estupefacto de Cali.

Cómo había echado de menos esa cara, pensó él. Sus rasgos eran el vivo reflejo de todos sus deseos y fantasías, un rostro perfilado por la elegancia, la armonía y la inteligencia. Cómo había echado de menos aquellos ojos de azul cielo, su pelo color caramelo, esa piel bañada por el sol… Se había estado muriendo por poder volver a ser testigo de sus miradas, de su respiración, su aroma, su deseo.

Como si saliera de un trance, Caliope parpadeó. Abrió la boca, pero no pudo emitir sonido alguno.

Su propuesta la había dejado atónita.

–Quieres casarte… –susurró ella–. ¿Quieres que nos casemos?

Él asintió con el corazón acelerado.

–Lo siento, pero no puedo entenderlo –repuso ella con un nudo en la garganta–. ¿Qué te ha hecho cambiar de idea de forma tan radical? –inquirió con los ojos muy abiertos–. ¿Es por el accidente que has sufrido? ¿Es eso lo que te ha hecho cambiar de perspectiva?

Maksim solo pudo asentir de nuevo.

–¿Puedes contarme qué te pasó? ¿O vas a necesitar años para hablar de esto también?

Incapaz de seguir sentado a su lado sin tomarla entre sus brazos, Maksim se puso en pie. Sabía que tenía que contárselo y que ella tenía derecho a saberlo.

Cali lo observaba con atención, recorrida por un millar de emociones.

–He venido aquí para abrirte mi corazón –confesó él, y se quedó parado, buscando la manera de empezar.

–No pienses tanto. Cuéntamelo sin más.

Cali se había mostrado comprensiva con la primera parte de su confesión, incluso había creído en él más que él mismo.

Y, ya que ella no había rechazado su proposición, todavía podía esperar que lo aceptara. Sin embargo, no podía presionarla. Antes, al menos, tenía que contárselo todo.

Maksim respiró hondo para continuar.

–¿Recuerdas a Mikhail?

Ella parpadeó ante lo superfluo de la pregunta, pues conocía bien a Mikhail. Era el único amigo de Maksim, el único que había estado al tanto de su relación.

Siempre que habían salido con Mikhail, Maksim había tenido la sensación de que Cali había conectado con su amigo mejor que con él. Había sentido un poco de celos ante lo fácilmente que habían hecho amistad.

Por otra parte, estaba seguro de que no había existido ninguna atracción entre ellos. Habían conversado y habían reído juntos, pero nunca habían actuado como si se hubieran gustado de forma más íntima.

–¿Cómo iba a olvidarlo? –replicó Caliope, sin comprender–. Aunque desapareció de mi vida al mismo tiempo que tú, me gusta pensar que era mi amigo.

–Lo era –afirmó él.

Cali lo miró horrorizada al escucharlo usar el tiempo pasado.

–Murió en el accidente –declaró Maksim.

Ella hizo una mueca, como si le hubieran dado un golpe, y al momento se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Pero ¿no fuiste tú quien tuvo el accidente? –preguntó Cali, confusa.

–Sí, así fue –afirmó él, apretando los dientes–. Yo sobreviví.

Ella alargó la mano hacia él, ofreciéndole el consuelo que necesitaba, mostrándole su confianza sin hacer más preguntas.

Tomando su mano temblorosa, con el pecho henchido de emoción por aquel sencillo y significativo gesto, Maksim se sentó a su lado.

–Mikhail amaba los deportes de riesgo. Cuando yo no podía convencerle de que no hiciera algo, me unía a él –explicó Maksim–. Me sentía mejor si no lo dejaba solo, pues pensaba que podría ayudarlo si algo salía mal. Durante años, todo fue bien. Mikhail era meticuloso con las medidas de seguridad, y tengo que admitir que todas las actividades que realizaba eran muy emocionantes. Además, compartir con él esos momentos nos hacía estar más unidos. Hasta que un día, cuando nos lanzamos en paracaídas, el mío no se abrió.

Cali tomó una bocanada de aire, con los ojos llenos de terror. Lo miraba expectante, nerviosa, esperando el resto de la historia que había cambiado la vida de él para siempre y había supuesto el final de Mikhail.

–Mikhail se acercó para ayudarme. No podíamos usar ambos su paracaídas, pues no podía con el peso de los dos. Yo le grité que me soltara, que no se preocupara. Sin embargo, él me agarró y abrió su paracaídas.

Cali le apretó la mano con fuerza.

–Se aferró a mí con las piernas y no me soltó. Lo malo fue que nuestro peso nos hizo caer demasiado deprisa y nos desviamos del punto de aterrizaje, dirigiéndonos hacia un bosque. Yo sabía que ambos moriríamos, si no en el aterrizaje, al estrellarnos contra esos árboles. Entonces, me zafé y lo solté, rezando porque, al librarse de mi peso, él pudiera maniobrar y recuperar el rumbo. Intenté abrir mi paracaídas una vez más y, de pronto, se abrió. Al instante, choqué contra la copa de los árboles. Y perdí el conocimiento.

Maksim hizo una pausa, reviviendo la agonía por lo que había sucedido después. Mientras, Cali había dejado de llorar y lo miraba con ojos aterrorizados y respiración entrecortada.

–Cuando recuperé la conciencia, estaba todo oscuro. Estaba desorientado y agonizaba de dolor. Tenía las dos piernas rotas, como supe después, y heridas por todo el cuerpo. Tardé un rato en darme cuenta de que estaba en la copa de un árbol. Me dolía tanto el cuerpo al moverme que quise quedarme allí a esperar la muerte. Lo único que me dio ánimos para intentar bajar fue la necesidad de comprobar que Mikhail estuviera bien.

»Tenía el teléfono roto, así que ni siquiera podía esperar que alguien nos localizara mediante la señal GPS. Solo podía esperar que Mikhail estuviera bien o, al menos, mejor que yo y que su móvil funcionara. Tardé toda la noche en bajar del árbol. Cuando amaneció, lo vi tumbado en un pequeño claro a unos pocos metros, medio cubierto por su paracaídas, retorcido en una posición que dejaba claro que…

A Maksim se le cerró la garganta por aquel recuerdo insoportable. Entonces, Cali lo abrazó con todas sus fuerzas, sumergida en sollozos.

Él aceptó su consuelo y dejó que las lágrimas brotaran también por de ojos. La abrazó, sintiendo su calidez.

Y, aunque ella no le pidió que continuara, deseando ahorrarle aquellos agónicos recuerdos, Maksim no quería seguir teniendo ningún secreto con ella. Necesitaba que lo conociera tal cual era.

–Al final, llegué hasta él, pero no pude hacer nada más que mantenerlo caliente y prometerle que lo sacaría de aquello. Pero él sabía que solo uno de nosotros saldría vivo de allí. Sigo furioso porque fuera yo y no él –confesó Maksim, sintiendo que los brazos de ella lo abrazaban con más fuerza–. Me dijo que había dirigido su paracaídas hacia mí, temiendo que me perdiera en el bosque. Me alcanzó antes de que yo chocara y se las arregló para parar mi golpe. Eligió morir para salvarme.

Cali enterró la cabeza en su pecho, bañada en llanto.

–Pero no murió enseguida. Tardó un día entero… Me quedé tumbado con él en mis brazos mientras caía la noche y volvía a amanecer. Cada vez que perdía la conciencia, creía que iba a morir al fin, pero luego volvía a despertar, con mi amigo entre los brazos. Estuve así cuatro días, hasta que un equipo de rescate dio con nosotros.

Cali se encogió, temblando, mientras él la apretaba contra su pecho.

–Llegué al hospital medio muerto y tardé meses en recuperarme. En cuanto he podido valerme por mí mismo, he venido hasta aquí.

–Para seguirnos a Leo y a mí –adivinó ella, mirándolo con los ojos enrojecidos–. ¿Hace… hace cuánto tiempo sucedió el accidente?

–Menos de un mes después de la última vez que estuvimos juntos.

–Lo sabía –afirmó ella, apretándole el brazo–. Sabía que algo te había pasado. Por eso me volví loca cuando no me contestabas. Pero, cuando oí que tu empresa seguía en activo, pensé que me estaba engañando a mí misma.

–Mis ayudantes tomaban las decisiones por mí. Mantuvieron en secreto mi estado crítico para que no cundiera el pánico entre los accionistas. Aunque ya sabes que la razón por la que no te respondía no fue el accidente. No tenía intención de responderte, pero esperaba con ansiedad tus llamadas, releía tus mensajes una y otra vez, de forma compulsiva. Hasta que un día, dejaste de llamar…

Maksim había estado contando los días hasta la fecha de parto de Cali y, cuando ella había dejado de llamar, había adivinado que su hijo había nacido. Saber que Leonid y ella estaban bien había sido lo único que le había hecho mantener la cordura. Había tenido la esperanza de que ella siguiera llamándolo después de un tiempo y, al mismo tiempo, había rezado por que no fuera así. De todos modos, Cali no había vuelto a intentar contactar con él.

–¿Qué podía decirte? Tú me preguntabas en tus mensajes si estaba bien. ¿Cómo iba a contestarte que no lo estaba y que nunca volvería a estarlo?

–No todos los que han sufrido maltrato se convierten en maltratadores, Maksim –afirmó ella, mirándolo a los ojos con intensidad–. Nunca te has comportado como un trastornado, al menos, conmigo. ¿Cómo pudiste creer que ibas a convertirte en un monstruo, cuando tu comportamiento no daba señales de ello?

–No podía arriesgarme –admitió él–. Pero ahora todo ha cambiado.

–¿Porque te enfrentaste a la muerte y perdiste a tu único amigo? ¿Te hizo cambiar eso la opinión que tenías de ti mismo?

Maksim meneó la cabeza.

–No. Lo que me hizo cambiar fue el último día que compartí con Mikhail. Me dijo que no había arriesgado su vida por mí solo porque era mi amigo, sino porque yo era el único de los dos que tenía personas que dependían de mí… Leonid, tú y mi madre. Me hizo prometerle que no malgastaría la vida que me quedaba. Cuanto más pensaba en sus palabras durante mi recuperación, menor era mi temor a reproducir el comportamiento de mi padre. Al final, comprendí que mi miedo no era suficiente razón para renunciar a la única mujer con la que quería estar y al hijo que me habías dado. Y aquí estoy. Pero me aseguraré de que estéis a salvo de mí y de cualquier peligro.

Ella abrió los ojos, perpleja.

–¿Me aceptas como marido y como padre de tu hijo, moya dorogoya? –preguntó él de nuevo–. Quiero daros a Leonid y a ti todo lo que soy y todo lo que tengo.

Los ojos de Cali se inundaron de emoción. ¿Sería porque lo amaba o sería solo de alivio ante no tener que ser madre soltera?, se preguntó él.

En cualquier caso, Maksim aún no se lo había contado todo.

Y debía hacerlo.

Él le tomó la mano y se la llevó a los labios para besarla, sintiéndose como si fuera a saltar de ese avión otra vez, en esa ocasión, sin paracaídas.

–Hay una cosa más que tienes que saber. Tengo una fractura craneal que me ha provocado un aneurisma. Ningún cirujano se ha atrevido a llegar a él, pues hay muchas probabilidades de que muriera en la operación, y nadie es capaz de predecir su pronóstico. Puede que llegue a la vejez sin problemas, o puede romperse y provocarme la muerte en cualquier momento.

La mano de Cali se quedó helada. La apartó, se puso en pie de un salto y dio unos pasos atrás. Volviéndole la espalda, habló en un susurro:

–Vienes buscando mi perdón y el cobijo de una familia solo porque lo que te ha pasado te ha cambiado la perspectiva y las prioridades. ¿Y qué esperas que yo haga? ¿Esperas que te dé lo que necesitas?

Cuando él abrió la boca para defenderse, ella le hizo un gesto con la mano para que callara.

–Por tus propios miedos, tomaste la decisión unilateral de echarme de tu vida sin ninguna explicación cuando más te necesitaba. ¿Y ahora has vuelto porque crees que puedes morir en cualquier momento y quieres aprovechar la vida mientras puedas? ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

Maksim se levantó y se acercó a ella despacio, temiendo que saliera corriendo.

–Nunca creí que me necesitaras. Me dejaste claro que nuestra relación era solo sexual –explicó él–. Esa fue una de las razones de mi miedo, yo quería más de ti y pensaba que mis sentimientos no eran correspondidos. Si lo hubiera sabido…

–¿Qué? ¿Qué habría cambiado? ¿Habrías olvidado las abrumadoras razones que te habían hecho abandonarme?

Maksim se pasó la mano por el pelo con desesperación.

–No lo sé. Quizá te habría contado lo que acabo de confesarte y te habría dejado que decidieras tú. Tal vez, me habría quedado y habría tomado cualquier medida necesaria para protegerte de mí.

–¿Qué medidas podías haber tomado para no convertirte en el monstruo que creías que podías ser?

–Algo se me habría ocurrido. Igual, algunas de las medidas que pensaba tomar ahora. Como hablarle a Aristides de mis miedos y pedirle que me vigile. O hacer que alguien esté presente todo el tiempo para que intervenga si me paso de la raya –explicó él, y le posó las manos con suavidad en los hombros.

Cali no se apartó, solo lo miró con gesto inexpresivo.

–Pensé que no necesitabas nada de mí –prosiguió él–. Me sentía inútil y, además, incapaz de estar contigo. Por eso, mi existencia no tenía sentido. Quizá, de forma inconsciente, le sugerí a Mikhail hacer aquel salto con la esperanza de morir en él.

–En vez de eso, le provocaste la muerte a tu amigo y te has causado un aneurisma –le espetó ella.

Maksim no había esperado que fuera cruel con él, sobre todo, después de lo compasiva que se había mostrado al principio. Pero la mayor crudeza de sus palabras residía en que eran solo la verdad.

–Todo lo que dices es cierto –reconoció él, dejando caer los brazos a los lados del cuerpo–, pero tengo la intención de hacer lo que sea durante el resto de mi vida para que me perdones.

–Tu vida puede terminar en cualquier momento.

Su crudeza le llegó a Maksim al corazón. Sin embargo, sabía que era lo que se merecía.

–Igual que la de cualquiera. La única diferencia es que yo soy consciente de ello.

–No solo eso. Además, estás experimentando los síntomas de forma obvia.

Maksim pensó que se refería a lo deteriorado de su estado físico y le sorprendió que ella se mostrara tan implacable con ese tema.

–El aneurisma no tiene síntomas. No tengo buen aspecto porque todavía no me he recuperado de las heridas y las operaciones, pero ahora…

–No.

Aquella palabra lo hirió como una bala.

–Caliope…

–No, Maksim. Rechazo tu propuesta –le interrumpió con determinación, y dio dos pasos atrás–. Y no voy a cambiar de idea. No tienes derecho a buscar la redención a expensas mías.

–Solo quiero redimirme para ti. Quiero ofrecerte todo lo que pueda. Y tú has admitido que me necesitabas.

–Solo he dicho que te fuiste cuando más te necesitaba. Pero hoy en día lo último que necesitamos Leo y yo es introducir tu inestable influencia en nuestra vida. No tenías derecho a desahogarte conmigo ni a esperar mi perdón. Te voy a pedir que sigas alejado de nosotros como hasta ahora.

Maksim se fue encogiendo con sus palabras. Sin embargo, ¿cómo podía haber esperado otra cosa?

Lo cierto era que no había esperado nada. De todos modos, la frialdad de Cali lo había tomado por sorpresa. Había creído que, si le desnudaba su alma, ella al menos tendría algo de compasión. No había creído que pudiera ser tan implacable, menos aún cuando le había confesado su fragilidad física.

Pero había sido justo cuando le había hablado de su diagnóstico médico cuando ella había cambiado la empatía por frialdad.

–¿Me rechazas porque no puedes perdonarme o porque ya no quieres estar conmigo? ¿O… solo lo haces por mi delicado estado de salud?

–No tengo por qué darte explicaciones, igual que tú no me las diste cuando desapareciste.

–Tenía que contarte toda la verdad, para que tomaras una decisión con conocimiento de causa…

–Te lo agradezco. Y ya he tomado mi decisión. Espero que la respetes.

–Si me rechazas por mi estado de salud, me aseguraré de que nunca os perjudique a Leonid ni a ti –insistió él–. Si me aceptas como tu esposo y el padre de Leonid, nunca tendrás que temer nada durante mi vida… ni después de mi muerte.

–Déjalo. He dicho que no. No tengo nada más que añadir.

Maksim la miró a los ojos, que brillaban como el hielo. Sin duda, cualquier sentimiento que hubiera albergado hacia él había muerto, adivinó. Al parecer, en el presente, lo que le ofrecía no solo le resultaba insuficiente, sino una aberración.

Y no podía culparla por ello. Era solo culpa suya haber albergado esperanzas, se dijo él.

Con rigidez, Cali se encaminó hacia la puerta para mostrarle la salida. Él la siguió, hundido, sintiéndose mucho peor que la última vez que la había visto. Sin mirarlo, Cali apoyó la mano en el picaporte para cerrar la puerta en cuanto hubo salido, ansiosa por librarse de él. Cuando Maksim se giró hacia ella, en sus ojos, creyó percibir algo parecido al… ¿pánico?

Quizá era solo fruto de su imaginación, caviló él. Pero, antes de irse, debía hacerle una última pregunta.

–No me sorprende tu rechazo –murmuró Maksim– No me merezco otra cosa. Pero, al menos, ¿puedes permitir que vea a Leo?

Capítulo Tres

Cali se dejó caer en la cama. Había conseguido mantener la compostura hasta que él se había ido y, en cuanto había cerrado la puerta, había tenido que ir a toda prisa al baño para vomitar.

Luego, había llorado con todo su corazón, casi estuvo a punto de perder la conciencia en el suelo del baño. Había pensado que una ducha le ayudaría a quitarse de encima tanta angustia, pero no había sido así. No había podido parar de llorar.

Le había dado a Maksim una negativa. Rotunda y definitiva.

Con el estómago en un puño, se sintió como si la hubieran golpeado una y otra vez. Había sido todo difícil de sobrellevar, desde el momento en que lo había visto en su puerta.

Cali se llevó las manos a la cabeza, tratando de silenciar aquel pensamiento desgarrador.

Cali había revivido su pasado, sumiéndose en la más profunda devastación. Ella sabía lo que era amar a alguien, descubrir que iba a morir y perderlo de golpe. Solo de pensar en volver a pasar por eso, el pánico se había apoderado de todo su ser.

Y se había manifestado con furia. Cali estaba furiosa con Maksim por haber permitido que le sucediera aquello, y con el destino, por llevarse la vida de Mikhail y dejar a Maksim sentenciado.

Encima, su rabia no había hecho más que crecer ante la decepción. ¿Acaso había esperado que ella aceptaría sin pensarlo?

Al parecer, él ignoraba por completo cómo era ella y lo que sentía. Estaba demasiado concentrado en sus propios miedos y necesidades.

De todos modos, si apenas había sido capaz de sobrevivir a su anterior abandono, ¿cómo iba a poder sobrellevar perderlo para siempre?, se dijo.

Por eso le había dicho que no, guiada por puro instinto de supervivencia.

No obstante, no le había negado ver a Leo. No podía apartarlo de su hijo. Y, menos, en esos momentos. Aunque estaba segura de que, después de verlo unas cuantas veces, se cansaría y desaparecería de nuevo.

Y, cuando lo hiciera, para ella sería un alivio.

Al día siguiente, a la una de la tarde, Cali acababa de dar de comer a Leo cuando sonó el timbre. Se puso de pie de un salto con el corazón acelerado.

Era Maksim, que llegaba puntual a la hora que ella le había indicado.

Cali tomó en brazos al pequeño, le sonrió y se dirigió con él a la entrada, muy despacio. Tras respirar hondo, volvió a sonreír a su hijo y lo abrazó con más fuerza, como si quisiera prepararlo para ese encuentro que temía cambiaría su vida para siempre.

Entonces, abrió la puerta.

Maksim tenía aspecto ojeroso, como si no hubiera dormido en toda la noche.

A pesar de que hacía todo lo posible para ocultarlo, Cali adivinó que estaba nervioso. La miró a los ojos un segundo y, luego, los posó en Leo.

Si a Cali le había parecido conmovido cuando había visto a Leo dormido, en ese momento, al cruzar su mirada con su hijo por primera vez, Maksim esbozó una expresión… indescriptible. Era como si todo su ser estuviera concentrado en Leo.

Y Leo lo miraba igual de embelesado. El niño no estaba acostumbrado a los extraños. Por lo general, solía esconderse entre los brazos de su madre cuando había alguien a quien no conocía. Sin embargo, con Maksim, no actuó así. Lo admiraba con fascinación, como si no hubiera nadie más en el mundo. Cali casi podía percibir el vínculo instantáneo que surgió entre ambos.

De pronto, Maksim se acercó y, sin dejar de mirar a su padre, el pequeño emitió un pequeño sonido de alegría y sonrió.

Pero lo que más impactó a Cali fue el efecto que esa pequeña sonrisa tuvo en Maksim. Se quedó embobado, como si un soplo de aire bastara para levantarlo del suelo.

Entonces, como si fuera a tocar un precioso tesoro, extendió la mano y acarició con suavidad la mejilla de Leo. El niño aceptó su contacto, mientras su madre era testigo de cómo un intenso e inesperado vínculo se forjaba ante sus ojos.

–Bozhe moy, Caliope, ¿cómo no me había dado cuenta antes de lo increíbles que son los niños? ¿O es que me parece un milagro porque es nuestro hijo?

Sin palabras para responder, a ella se le encogió el corazón al percibir su veneración, la reverencia con la que pronunciaba la palabra hijo.

–¿Puedo tenerlo en brazos?

Con lágrimas en los ojos, Cali percibió la pregunta como la súplica desesperada de alguien que no creyera merecer tal honor.

–No depende de mí. Si él quiere, sí puedes.

Maksim asintió y posó los ojos de nuevo en su hijo, pidiéndole el privilegio de su confianza.

–¿Quieres venir conmigo, bozhe moy Leonid?

Lo había llamado «mi pequeño Leonid» con el tono de voz más tierno que ella había escuchado nunca.

Maksim y Cali contuvieron el aliento y, en menos de un segundo, Leo alargó los brazos, abriendo y cerrando las manos, como pidiéndole a su padre que se diera prisa.

Maksim se miró las manos, sin saber si iba a ser capaz, tragó saliva y alargó los brazos hacia el pequeño. Se estremeció al sujetar su cuerpecito.

Cali observó atónita cómo Leo se dejaba sostener sin titubear, sin ni siquiera mirar a su madre. El niño había reconocido a su padre. Era la única explicación.

Lo que vio a continuación fue la gota que colmó el vaso de sus lágrimas. Los ojos de Maksim se humedecieron, acompañados por una sonrisa temblorosa, tierna y embelesada.

Apoyándose en la pared para no tambalearse, llorando también, Cali siguió contemplando aquella reunión entre las dos personas más importantes de su vida. Padre e hijo eran tan parecidos, y ambos estaban tan absortos el uno en el otro…

Maksim sujetaba a Leo con un brazo, mientras lo acariciaba maravillado con el otro. El niño se lo permitía, ocupado en explorar a su padre con sumo interés, agarrándole la nariz y los labios, examinando su pelo y sus ropas. Mientras, Maksim parecía más conmovido con cada contacto.

En el pasado, Cali nunca había creído que aquella reunión pudiera tener nunca lugar, por eso, nunca había llegado a visualizarla. Incluso cuando había aceptado la noche anterior que Maksim viera a Leo, no se había atrevido a anticipar su reacción, ni mucho menos la del niño. Pero aquello sobrepasaba cualquier cosa que pudiera haber imaginado. Y, sin duda, no iba a terminar allí, en su puerta.

–Entra, Maksim –invitó ella en un susurro.

Caliope le había dado a Rosa, la niñera de Leo, el día libre. No había esperado que Maksim se quedara más de una hora o dos, sin embargo, él había roto sus expectativas una vez más.

En dos horas, Maksim había perdido sus inhibiciones con Leo, había actuado como si hubiera estado en su salsa y se había adaptado a las rutinas del niño. El resto del día había fluido con naturalidad y extrema facilidad.

Aunque también hubo un momento de tensión, de atracción sexual entre Cali y Maksim. Sin embargo, la presencia de Leo y su avidez por disfrutar de su padre habían concentrado la atención de ambos en el niño.

A cada rato, Cali se sorprendía conteniendo el aliento, temiendo que algo saliera mal y la armonía reinante se rompiera. Pero no sucedió nada.

Al principio, Maksim no estaba muy seguro de qué hacer, a excepción de dejar que Leo hiciera lo que quisiera con él. Ella le advirtió que debía ponerle límites cuando fuera necesario.

Maksim no se lo discutió e hizo todo lo posible para observar su directiva.

Mientras jugaba con su hijo, Cali lo observó en varias ocasiones, preguntándose cómo había podido dudar de sí mismo. Era un hombre estable, indulgente, paciente. Alguien capaz de tratar a un niño con la ternura con que lo hacía él era incapaz de ser un maltratador.

Leo, por otra parte, parecía un espejo de su padre. Sus gestos, sus sonrisas, sus miradas… eran una copia de las de Maksim.

Siguiendo en todo momento las instrucciones de Cali, Maksim no se separó de su hijo, incluso cuando llegó la hora de cambiarle el pañal.

Él insistió en acompañarla y se quedó a su lado contemplándola sin perder detalle. Pocas horas después, cuando hubo de repetirse aquella tarea, se ofreció a hacerlo él. Perpleja, contempló cómo aquel hombre corpulento e imponente cambiaba el pañal sin hacer una mueca de asco y con la meticulosidad y cuidado con el que cerraría un trato de millones de dólares.

Y, entre tanto, Leo no dejaba de pedirle a su padre que fuera él quien le hiciera las cosas que necesitaba, rutinas que solía hacer su madre. Y Maksim lo complacía encantado. En más de una ocasión, Cali estuvo a punto de aconsejarle a Maksim que moderara su entusiasmo, pues podía terminar cansado. Sin embargo, se dijo que no podía hacerle daño dedicarse a su hijo, pues al fin y al cabo no sería por mucho tiempo.

Después de darle a Leo la cena que él mismo había preparado siguiendo las indicaciones de Caliope, se sentó en el suelo con el pequeño y dejó que trepara encima de él, igual que un león con su cachorro.

Al poco tiempo, Leo fue perdiendo energía, hasta que se quedó dormido sobre el pecho de su padre.

Maksim se quedó allí, inmóvil, sin querer siquiera girar la cabeza hacia Cali.

–Puedes moverte –indicó ella–. Una vez que está dormido, no se despertará –añadió y, al ver que Maksim no decía palabra, insistió–. Puedes hablar también.

–¿Estás segura? –preguntó él en un susurro.

–Segura. Puedes levantarlo sin que se despierte.

Aun así, Maksim tardó un rato en moverse y, cuando lo hizo, fue con el mismo cuidado que si portara una bomba. Fue tan gracioso que Cali no pudo evitar romper en carcajadas.

Al fin, cuando él se levantó, caminó lo más lento posible hasta la cuna de Leo, mientras ella lo seguía entre risitas.

Pero, cuando cerró la puerta del dormitorio del niño, Cali volvió de pronto a la cruda realidad. El padre de su hijo estaba allí de forma solo temporal, y ella se había negado a tener una relación con él. A pesar de que lo deseaba con pasión… y era obvio que él sentía lo mismo. Podía sentir sus ojos incendiados sobre ella, sin la distracción de Leo para extinguir su deseo.

Maksim la siguió en silencio hasta la puerta y ni siquiera le dio las buenas noches al irse.

Temblando de alivio y, al mismo tiempo, decepción, iba a cerrar la puerta cuando él se dio la vuelta, mirándola con intensidad.

–¿Puedo venir otro día, Caliope?

Lo más aconsejable hubiera sido decir que no, pensó ella.

Otro día más juntos acabaría por romperle las defensas.

Pero ese hombre, que imploraba otro día con su hijo, ya había perdido demasiado en la vida. Aunque ella se había negado a tener ninguna relación con él y le resultaría más fácil mantener su decisión si no lo veía, no podía impedirle que estuviera con Leo.

De todas maneras, además, Cali seguía pensando que Maksim se cansaría. Leo era un manojo de nervios y, pronto, su padre desearía volver a su antigua vida, sin él. Por suerte, entonces, Leo sería demasiado joven para recordar lo que había pasado, caviló.

Apretándose las manos para contener el deseo de lanzarse a sus brazos, Cali asintió.

Pero Maksim siguió esperando, como si necesitara su consentimiento verbal.

–Sí –susurró ella, sabiendo que se arrepentiría.

Cali le había dado a Maksim un día más. Pero había surgido un problema. Él había pedido otro.

Ella había aceptado también, prometiéndose a sí misma que sería el último. Pero, al final de ese día, había vuelto a permitirle quedar con ellos.

Habían pasado diez semanas de esa manera. Y Maksim se había convertido en una constante en la vida de Leo.

Y, con cada minuto, Cali había sabido que aquello les causaría un daño irreparable. Sin embargo, no había sido capaz de ponerle freno.

Por otra parte, al tener a Maksim a su lado a diario, compartiendo los cuidados de Leo, Cali se dio cuenta de todo lo que se había estado perdiendo. Y temió que él se hubiera convertido ya en una pieza indispensable en sus vidas.

Ella sabía que podía continuar criando a su hijo sola si era necesario. Pero ya no quería estar sola, no podía soportar recordar los momentos de soledad de los primeros meses, ni imaginarse cómo continuar sin Maksim.

Tenía que admitirlo. Dejar que él invadiera su vida de nuevo había sido una locura. Encima, Leo se levantaba todos los días deseando ver a su padre e irse a dormir por la noche en sus brazos. Ella se consolaba pensando que el niño era demasiado pequeño para que, si Maksim desaparecía de su vida, aquello lo afectara de forma permanente.

Sin embargo, para ella era ya demasiado tarde.

Incluso si Maksim se marchara al día siguiente, las diez semanas que había pasado con ellos dejarían a Cali una herida indeleble.

Por otra parte, ella no podía controlar su deseo, sentía una atracción innegable hacia él. Al mismo tiempo, había empezado a apreciar en él nuevas cualidades. Cada vez lo admiraba y respetaba más por ser quien era. Y Maksim le había dicho que él también estaba descubriendo cosas nuevas de sí mismo al estar con ellos.

Tampoco él había creído posible compartir tanto tiempo con ella sin tocarla y encontrar satisfacción solo en hablar, en llegar a acuerdos en todas las cosas importantes. Incluso si discutían, era estimulante y refrescante, y él nunca intentaba imponer sus puntos de vista ni menospreciar las opiniones de ella. La escuchaba siempre con atención y tenía muy en cuenta sus decisiones.

Aunque a Cali le hubiera gustado que fuera de otra manera, deseaba que él la exasperara o que no fuera posible el entendimiento. ¿Cómo iba a separarse de él cuando se comportaba como un hombre maravilloso? Hubiera sido preferible que le hubiera llevado la contraria todo el tiempo o que le hubiera dado alguna razón para temer su proximidad.

Peor aún, no solo Leo y ella habían quedado rendidos a su carisma. Su familia y amigos también lo habían conocido.

Sí, Cali se lo había contado. No había tenido razón para seguir ocultando su existencia. Cuando le habían pedido más detalles, ella solo les había explicado que habían tenido una aventura y que Maksim había sufrido un accidente grave que le había impedido ver a Leo hasta ese momento.

Las reacciones que la llegada del padre de Leo había despertado en su entorno habían sido diferentes y variadas: las mujeres estaban impresionadas, maravilladas, quizá un poco envidiosas, y confusas. Consideraban a Maksim el partido del siglo y no podían comprender cómo ella no lo cazaba, cuando él se lo estaba poniendo tan fácil. Los hombres pensaban que estaba loca del todo por no haberse convertido todavía en la señora de Volkov o, al menos, por no ponerle a Leo el apellido paterno. Selene, que también se había casado con un buen partido y había tenido una historia similar, pensaba que solo era cuestión de tiempo el que la relación entre Maksim y Cali llegara a un final feliz. Kassandra, sin embargo, estaba convencida de que había mucho más de lo que su amiga quería compartir.

En el otro extremo, Aristides había interrogado a Cali y había averiguado que Maksim se había ido sabiendo que ella estaba embarazada. Después de eso, su opinión de él no había podido ser más negativa. Su hermana había tenido que salir adelante durante todo un año sola y eso era imperdonable. Para conseguir que Aristides le prometiera no intervenir, Cali había tenido que amenazarle con no volverle a hablar.

–¿Te ha contado Maksim que vino a verme ayer?

Cali se sobresaltó al escuchar la voz de Aristides. No lo había oído entrar en el salón de casa de su hermano y su cuñada, donde ella se había retirado a responder una llamada.

Con un nudo en la garganta, Cali meneó la cabeza.

–Quería que habláramos antes de encontrarnos en la primera reunión familiar.

Aristides y Selene solían celebrar cenas familiares a menudo y Selene había insistido en invitar a Maksim. Cali, al principio, se había negado, pero su cuñada había insistido tanto que había acabado accediendo, a regañadientes.

–¿No quieres saber qué me dijo? –preguntó su hermano, tomando asiento.

–Estoy segura de que vas a darme todos los detalles, quiera o no quiera –repuso ella–. Si no, no estarías aquí sentado a mi lado.

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