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Nathaniel Hawthorne
La letra escarlata
(texto completo, con índice activo)
e-artnow, 2021
EAN 4064066498290
Índice
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
I
LA PUERTA DE LA PRISIÓN
Índice
Una multitud de hombres barbudos, vestidos con trajes oscuros y sombreros de copa alta, casi puntiaguda, de color gris, mezclados con mujeres unas con caperuzas y otras con la cabeza descubierta, se hallaba congregada frente a un edificio de madera cuya pesada puerta de roble estaba tachonada con puntas de hierro.
Los fundadores de una nueva colonia, cualesquiera que hayan sido los ensueños utópicos de virtud y felicidad que presidieran su proyecto, han considerado siempre, entre las cosas mas necesarias, dedicar a un cementerio una parte del terreno virgen, y otra parte a la erección de una cárcel. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, así como trazaron el primer cementerio en el lugar que después llegó a ser el núcleo de todas los sepulcros aglomerados en el antiguo campo santo de la Capilla del Rey. Es lo cierto que quince o veinte años después de fundada la población, ya la cárcel, que era de madera, presentaba todas las señales exteriores de haber pasado algunos inviernos por ella, lo que daba un aspecto mas sombrío que el de suyo tenía. El orín que estaba cubriendo la pesada obra de hierro de su puerta, la dotaba de una apariencia de mayor antigüedad que la de ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo que se relaciona de un modo u otro con el crimen, parecía no haber gozado nunca de juventud. Frente a este feo edificio, y entre él y los carriles o rodadas de la calle, había una especie de pradillo en que crecían en abundancia la bardana y otras malas hierbas por el estilo, que evidentemente encontraron terreno apropiado en un sitio que ya había producido la negra flor común a una sociedad civilizada, la cárcel. Pero a un lado de la puerta, casi en el umbral se veía un rosal silvestre que en este mes de junio estaba cubierto con las delicadas flores que pudiera decirse ofrecían su fragancia y frágil belleza a los reos que entraban en la prisión, y a los criminales condenados que salían a sufrir su pena, como si la naturaleza se compadeciera de ellos.
La existencia de este rosal, por una extraña casualidad, se ha conservado en la historia; pero no trataremos de averiguar si fue simplemente un arbusto que quedó de la antigua selva primitiva después que desaparecieron los gigantescos pinos y robles que le presentaron sombra, o si, como cuenta la tradición, brotó bajo las pisadas de la santa Ana Hutchinson cuando entró en la cárcel. Sea de ello lo que fuere, puesto que lo encontramos en el umbral de nuestra narración, por decirlo así, no podemos menos que arrancar una de sus flores y ofrecérsela al lector, esperando que simbolice alguna apacible lección de moral, ya se desprenda de estas páginas, o ya sirva para mitigar el sombrío desenlace de una historia de fragilidad humana y de dolor.
II
LA PLAZA DEL MERCADO
Índice
EL pradillo frente a la cárcel, del cual hemos hecho mención, se hallaba ocupado hace unos doscientos años, en una mañana de verano, por un gran número de habitantes de Boston, todos con las miradas dirigidas a la puerta de madera de roble con puntas de hierro. En cualquiera otra población de la Nueva Inglaterra, o en un período posterior de su historia, nada bueno habría augurado el aspecto sombrío de aquellos rostros barbudos; se habría dicho que anunciaba la próxima ejecución de algún criminal notable, contra el cual un tribunal de justicia había dictado una sentencia, que no venía a ser sino la confirmación de la expresada por el sentimiento público. Pero dada la severidad natural del carácter puritano en aquellos tiempos, no podía sacarse semejante deducción, fundándola sólo en el aspecto de las personas allí reunidas: tal vez algún esclavo perezoso, o algún hijo desobediente entregado por sus padres a la autoridad civil, recibían un castigo en la picota. Pudiera ser también que un cuákero u otro individuo perteneciente a una secta heterodoxa, iba a expulsarlo de la ciudad a punta de látigo; o acaso algún indio ocioso y vagabundo, que alborotaba las calles en estado de completa embriaguez, gracias al aguardiente de los blancos, iba a ser arrojado a los bosques a bastonazos; o tal vez alguna hechicera, como la anciana Señora Hibbins, la mordaz viuda del magistrado, iba a morir en el cadalso. Sea de ello lo que fuere, había en los espectadores aquel aire de gravedad que cuadraba perfectamente a un pueblo para quien religión y ley eran cosas casi idénticas, y en cuyo carácter se hallaban ambos sentimientos tan completamente amalgamados, que cualquier acto de justicia pública, por benigno o severo que fuese, asumía igualmente un aspecto de respetuosa solemnidad. Poca o ninguna era la compasión que de semejantes espectadores podía esperar un criminal en el patíbulo. Pero por otra parte, un castigo que en nuestros tiempos atraería cierto grado de infamia y hasta de ridículo sobre el culpable, se revestía entonces de una dignidad tan sombría como la pena capital misma.
Merece notarse que en la mañana de verano en que comienza nuestra historia, las mujeres que había mezcladas entre la multitud, parecían tener especial interés en presenciar el castigo cuya imposición se esperaba. En aquella época las costumbres no habían adquirido ese grado de pulimento en que la idea de las consideraciones sociales pudiera retraer al sexo femenino de invadir las vías públicas, y si la oportunidad se presentaba, de abrir paso a su robusta humanidad entre la muchedumbre, para estar lo mas cerca posible del cadalso, cuando se trataba de una ejecución. En aquellas matronas y jóvenes doncellas de antigua estirpe y educación inglesa había, tanto moral como fisicamente, algo mas tosco y rudo que en sus bellas descendientes, de las que estaban separadas por seis o siete generaciones; porque puede decirse que cada madre, desde entonces, ha ido trasmitiendo sucesivamente a su prole un color menos encendido, una belleza mas delicada y menos duradera, una constitución fisica mas débil, y aun quizá un carácter de menos fuerza y solidez. Las mujeres que estaban de pie cerca de la puerta de la cárcel en aquella hermosa mañana de verano, mostraban rollizas y sonrosado mejillas, cuerpos robustos y bien desarrollados con anchas espaldas; mientras que el lenguaje que empleaban las matronas tenía una rotundidad y desenfado que en nuestros tiempos nos llenaría de sorpresa, tanto por el vigor de las expresiones cuanto por el volumen de la voz.
—Honradas esposas, —Dijo una dama de cincuenta años, de facciones duras, voy a deciros lo que pienso. Redundaría en beneficio público si nosotras, las mujeres de edad madura, de buena reputación, y miembros de una iglesia, tomasemos por nuestra cuenta la manera de tratar a malhechoras como la tal Ester Prynne. ¿Qué pensais, comadres? Si esa buena pieza tuviera que ser juzgada por nosotras, las cinco que estamos aquí, ¿saldría acaso tan bien librada como ahora con una sentencia cual la dictada por los venerables magistrados? ¡No por cierto!
—Buenas gentes, decía otra, se corre por ahí que el Reverendo Sr. Dimmesdale, su piadoso pastor espiritual, se aflige profundamente de que escándalo semejante haya sucedido en su congregación.
—Los magistrados son caballeros llenos de temor de Dios, pero en extremo misericordiosos, esto es la verdad, agregó una tercera matrona, ya entrada en la madurez de su otoño, —Al menos deberían haber marcado con un hierro hecho ascua la frente de Ester Prynne. Yo os aseguro que Madama Ester habría sabido entonces lo que era bueno. Pero que le importa a esa zorra lo que le han puesto en la cotilla de su vestido. Lo cubrirá con su broche, o con algún otro de los adornos paganos en boga y la veremos pasearse por las calles tan fresca como si tal cosa.
—¡Ah! Dijo una mujer joven, casada, que parecía de natural mas suave y llevaba un niño de la mano.
—Dejadla que cubra esa marca como quiera; siempre la sentirá en su corazón.
—¿Estamos hablando aquí de marcas o sellos infamantes, ya en el corpiño del traje, en las espaldas o en la frente? —gritó otra, la mas fea así como la mas implacable de aquellas que se habían constituido jueces por sí y ante sí. —Esta mujer nos ha deshonrado a todas, y debe morir. ¿No hay acaso una ley para ello? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrían que culparse a sí propios, si sus esposas o hijas se desvían del buen sendero.
—¡El cielo se apiade de nosotros! Buena dueña, exclamó un hombre, ¿no hay por ventura mas virtud en la mujer que la debida al temor de la horca? Nada peor podría decirse. Silencio ahora, vecinas, porque van a abrir la puerta de la cárcel y ahí viene en persona Madama Ester.
La puerta de la cárcel se abrió en efecto, y apareció en primer lugar, a semejanza de una negra sombra que sale a la luz del día, la torva y terrible figura del alguacil de la población, con la espada al cinto y en la mano la vara, símbolo de su empleo. El aspecto de personaje representaba toda la sombría severidad del Código de leyes puritanas, que estaba llamado a hacer cumplir hasta la última extremidad. Extendiendo la vara de su oficio con la mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una mujer joven a la que hacía avanzar, empujándola, hasta que, en el umbral de la prisión, aquella le repelió con un movimiento que indicaba dignidad natural y fuerza de carácter, y salió al aire libre como si lo hiciera por su propia voluntad. Llevaba en los brazos a un tierno infante de unos tres meses de edad, que cerró los ojos y volvió la carita a un lado, esquivando la demasiada claridad del día, cosa muy natural como que su existencia hasta entonces la había pasado en las tinieblas de un calabozo, o en otra habitación sombría de la cárcel.
Cuando aquella mujer joven, madre de la tierna criatura, se halló en presencia de la multitud, fue su primer impulso estrechar a la niñita contra el seno, no tanto por un acto de afecto maternal, sino mas bien como si quisiera de ese modo ocultar cierto signo labrado o fijado en su vestido. Sin embargo, juzgando, tal vez cuerdamente, que una prueba de vergüenza no podría ocultar otra, tomó la criatura en brazos; y con rostro lleno de sonrojo, pero con una sonrisa altiva y ojos que no permitían ser humillados, dio una mirada a los vecinos que se hallaban en torno suyo. Sobre el corpiño de su traje, en un paño de un rojo brillante, y rodeada de bordado primoroso y fantásticos adornos de hilos de oro, se destacaba la letra A. Estaba hecha tan artísticamente, y con tal lujo de caprichosa fantasía, que producía el efecto de ser el ornato final y adecuado de su vestido, que tenía todo el esplendor compatible con el gusto de aquella época, excediendo en mucho a lo permitido por las leyes suntuarias de la colonia.
Aquella mujer era de elevada estatura, perfectamente formada y esbelta. Sus cabellos eran abundantes y casi negros, y tan lustrosos que reverberaban los rayos del sol: su rostro, ademas de ser bello por la regularidad de sus facciones y la suavidad del color, tenía toda la fuerza de expresión que comunican cejas bien marcadas y ojos intensamente negros. El aspecto era el de una dama caracterizado, como era usual en aquellos tiempos, mas bien por cierta dignidad en el porte, que no por la gracia delicada, evanescente e indescriptible que se acepta hoy día como indicio de aquella cualidad. Y jamas tuvo Ester mas aspecto de verdadera señora, según la antigua significación de esta palabra, que cuando salió de la cárcel. Los que la habían conocido antes y esperaban verla abatida y humillada, se sorprendieron, casi se asombraron al contemplar cómo brillaba su belleza, cual si le formaran una aureola el infortunio e ignominia en que estaba envuelta. Cierto es que un observador dotado de sensibilidad habría percibido algo suavemente doloroso en sus facciones. Su traje, que seguramente fue hecho por ella misma en la cárcel para aquel día, sirviéndole de modelo su propio capricho, parecía expresar el estado de su espíritu, la desesperada indiferencia de sus sentimientos, a juzgar por su extravagante y pintoresco aspecto. Pero lo que atrajo todas las miradas, y lo que puede decirse que transfiguraba a la mujer que la llevaba, —De tal modo que los que habían conocido familiarmente a Ester Prynne experimentaban la sensación que ahora la veían por vez primera, era la LETRA ESCARLATA tan bordada e iluminada que tenía cosida al cuerpo de su vestido. Era su efecto el de un amuleto mágico, que separaba a aquella mujer del resto del género humano y la ponía aparte, en un mundo que le era peculiar.
—No puede negarse que tiene una aguja muy hábil, observó una de las espectadoras; pero dudo mucho que exista otra mujer que haya ideado una manera tan descarada de hacer patente su habilidad. ¿A qué equivale esto, comadres, sino a burlarse de nuestros piadosos magistrados, y vanagloriarse de lo que estos dignos caballeros creyeron que será un castigo?
—Bueno fuera, exclamó la mas cara avinagrada de aquellas viejas, —que despojásemos a Madama Ester de su hermoso traje, y en vez de esa letra roja tan primorosamente bordada, le claváramos una hecha de un pedazo de esta franela que uso para mi reumatismo.
—¡Oh! Basta, vecinas, basta, murmuró la mas joven de las circundantes, hablad de modo que no os oiga. ¡No hay una sola puntada en el bordado de esa letra que no la haya sentido en su corazón!
El sombrío alguacil hizo en este momento una señal con su vara.
—Buena gente, haced plaza; ¡haced plaza en nombre del Rey! Exclamó. Abridle paso, y os prometo que Madama Ester se sentará donde todo el mundo, hombre, mujer o niño, podrá contemplar perfectamente y a su sabor el hermoso adorno desde ahora hasta la una de la tarde. El cielo bendiga la justa Colonia de Massachusetts, donde la iniquidad se ve obligada a comparecer ante la luz del sol. Venid acá Madama Ester, y mostrad vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.
Inmediatamente quedó un espacio franco a través de la turba de espectadores. Precedida del alguacil, y acompañada de una comitiva de hombres de duro semblante y de mujeres de rostro nada compasivo, Ester Prynne se adelantó al sitio fijado para su castigo. Una multitud de chicos de escuela, atraídos por la curiosidad y que no comprendían de lo que se trataba, excepto que les proporcionaba medio día de asueto, la precedía a todo correr, volviendo de cuando en cuando la cabeza ya para fijar las miradas en ella, ya en la tierna criaturita, ora en la letra ignominiosa que brillaba en el seno de la madre. En aquellos tiempos la distancia que había de la puerta de la cárcel a la plaza del mercado no era grande; sin embargo, midiéndola por lo que experimentaba Ester, debió de parecerle muy larga, porque a pesar de la altivez de su porte, cada paso que daba en medio de aquella muchedumbre hostil era para ella un dolor indecible. Se diría que su corazón había sido arrojado a la calle para que la gente lo escarneciera y lo pisoteara. Pero hay en nuestra naturaleza algo, que participa de lo maravilloso y de lo compasivo, que nos impide conocer toda la intensidad de lo que padecemos, merced al efecto mismo de la tortura del momento, aunque mas tarde nos demos cuenta de ello por el dolor que tras sí deja. Por lo tanto, con continente casi sereno sufrió Ester esta parte de su castigo, y llegó a un pequeño tablado que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, cerca de la iglesia mas antigua de Boston, como si formara parte de la misma.
En efecto, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal de aquel tiempo, y si bien desde hace dos o tres generaciones es simplemente histórico y tradicional entre nosotros, se consideraba entonces un agente tan eficaz para la conservación de las buenas costumbres de los ciudadanos, como se consideró mas tarde la guillotina entre los terroristas de la Francia revolucionaria. Era, su una palabra, el tablado en que estaba la picota: sobre él se levantaba el armazón de aquel instrumento de disciplina, de tal modo construido que, sujetando en un agujero la cabeza de una persona, la exponía a la vista del público. En aquel armazón de hierro y madera se hallaba encarnado el verdadero ideal de la ignominia; porque no creo que pueda hacerse mayor ultraje a la naturaleza humana, cualesquiera que sean las faltas del individuo, como impedirle que oculte el rostro por un sentimiento de vergüenza, haciendo de esa imposibilidad la esencia del castigo. Con respecto a Ester, sin embargo, como acontecía mas o menos frecuentemente, la sentencia ordenaba que estuviera de pie cierto tiempo en el tablado, sin introducir el cuello en la argolla o cepo que dejaba expuesta la cabeza a las miradas del público. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, subió los escalones de madera, y permaneció a la vista de la multitud que rodeaba el tablado o cadalso.
La escena aquella no carecía de esa cierta solemnidad pavorosa que producirá siempre el espectáculo de culpa y la vergüenza en uno de nuestros semejantes, mientras la sociedad no se haya corrompido lo bastante para que le haga reír en vez de estremecerse. Los que presenciaban la deshonra de Ester Prynne no se encontraban en ese caso. Era gente severa y dura, hasta el extremo que habrían contemplado su muerte, si tal hubiera sido la sentencia, sin un murmullo ni la menor protesta; pero no habrían podido hallar materia para chistes y jocosidades en una exhibición como esta que hablamos: y dado caso que hubiese habido alguna disposición a convertir el castigo aquel en asunto de bromas, toda tentativa de este género habría sido reprimida con solemne presencia de personas de tanta importancia y dignidad como el Gobernador y varios de sus consejeros: un juez, un general, y los ministros de justicia de la población, todos los cuales estaban sentados o se hallaban de pie en un balcón de la iglesia que daba a la plataforma. Cuando personas de tanto viso podían asistir a tal espectáculo sin arriesgar la majestad o la reverencia debida a su jerarquía y empleo, era fácil de inferirse que la aplicación de una sentencia legal debía tener un significado tan serio cuanto eficaz; y por lo tanto, la multitud permanecía silenciosa y grave. La infeliz culpable se portaba lo mejor que le era dado a una mujer que sentía fijas en ella, y concentradas en la letra escarlata de su traje, mil miradas implacables. Era un tormento insoportable.
Hallándose Ester dotada de una naturaleza impetuosa y dejándose llevar de su primer impulso, había resuelto arrostrar el desprecio público, por emponzoñados que fueran sus dardos y crueles sus insultos; pero en el solemne silencio de aquella multitud había algo tan terrible, que hubiera preferido ver esos rostros rígidos y severos descompuestos por las burlas y sarcasmos de que ella hubiera sido el objeto; y si en medio de aquella muchedumbre hubiera estallado una carcajada general, en que hombres, mujeres, y hasta los niños tomaran parte, Ester les habría respondido con amarga y desdeñosa sonrisa. Pero abrumada bajo el peso del castigo que estaba condenada a sufrir, por momentos sentía como si tuviera que gritar con toda la fuerza de sus pulmones y arrojarse desde el tablado al suelo, o de lo contrario volverse loca.
Había sin embargo intervalos en que toda la escena en que ella desempeñaba el papel mas importante, parecía desvanecerse ante sus ojos, o al menos, brillaba de una manera indistinta y vaga, como si los espectadores fueran una masa de imágenes imperfectamente bosquejadas o de apariencia espectral. Su espíritu, y especialmente su memoria, tenían una actividad casi sobrenatural, y la llevaban a la contemplación de algo muy distinto de lo que la rodeaba en aquellos momentos, lejos de esa pequeña ciudad, en otro país donde veía otros rostros muy diferentes de los que allí fijaban en ella sus implacables miradas. Reminiscencias de la mas insignificante naturaleza, de sus juegos infantiles, de sus días escolares, de sus riñas pueriles, del hogar doméstico, se agolpaban a su memoria mezcladas con los recuerdos de lo que era mas grave y serio en los años subsecuentes, un cuadro siendo tan vivo y animado como el otro, como si todos fueran de igual importancia, o todos un simple juego. Tal vez era aquello un recurso que instintivamente encontró su espíritu para librarse, por medio de la contemplación de estas visiones de su fantasía, de la abrumadora pesadumbre de la realidad presente.
Pero sea de ello lo que fuere, el tablado de la picota era una especie de mirador que revelaba a Ester todo el camino que había recorrido desde los tiempos de su feliz infancia. De pie en aquella triste altura, vio de nuevo su aldea nativa en la vieja Inglaterra y su hogar paterno: una casa semi derruida de piedra oscura, de un aspecto que revelaba pobreza, pero que conservaba aún sobre el portal, en señal de antigua hidalguía, un escudo de armas medio borrado. Vio el rostro de su padre, de frente espaciosa y calva y venerable barba blanca que caía sobre la antigua valona del tiempo de la reina Isabel de Inglaterra. Vio también a su madre, con aquella mirada de amor llena de ansiedad y de cuidado, siempre presente en su recuerdo y que, aún después de su muerte, con frecuencia y a manera de suave reproche, había sido una especie de preventivo en la senda de su hija. Vio su propio rostro, en el esplendor de su belleza juvenil e iluminado el opaco espejo en que acostumbraba mirarse. Allí contempló otro rostro, el de un hombre ya entrado en años, pálido, delgado, con fisonomía de quien se ha dedicado al estudio, ojos turbios y fatigados por la lámpara a cuya luz leyó tanto ponderoso volumen y meditó sobre ellos. Sin embargo, esos mismos fatigados ojos tenían un poder extraño y penetrante cuando el que los poseía deseaba leer en las conciencias humanas. Esa figura era un tanto deformada, con un hombro ligeramente mas alto que el otro. Después vio surgir en la galería de cuadros que le iba presentando su memoria, las intrincadas y estrechas calles, las altas y parduscas casas, las enormes catedrales y los edificios públicos de antigua fecha y extraña arquitectura de una ciudad europea, donde le esperaba una nueva vida, siempre relacionándose con el sabio y mal formado erudito. Finalmente, en lugar de estas escenas y de esta especie de variable panorama, se le presentó la ruda plaza del mercado de una colonia puritana con todas las gentes de la población reunidas allí y dirigiendo las severas miradas a Ester Prynne, —sí, a ella misma, —que estaba en el tablado de la picota, con una tierna niña en los brazos, y la letra A, de color escarlata, bordada con hilo de oro, sobre su seno.
¿Sería aquello verdad? Estrechó a la criaturita con tal fuerza contra el seno, que le hizo dar un grito:
bajó entonces los ojos, y fijó las miradas en la letra escarlata, y aún la palpó con los dedos para tener la seguridad que tanto la niñita como la vergüenza a que estaba expuesta eran reales. ¡Sí: eran realidades, todo lo demas se había desvanecido!
III
EL RECONOCIMIENTO
Índice
De esta intensa sensación y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriñadoras de todo el mundo, salió al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las últimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embargó sus pensamientos. Allí estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atención de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espíritu. Al lado del indio, y evidentemente en compañía suya, había un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de traje semi civilizado y semi salvaje.
Era de pequeña estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no podía llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonomía se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte física no podía menos que amoldarse a ellas y revelarse por rasgos inequívocos. Aunque merced a un aparente desarreglo de su heterogénea vestimenta había tratado de ocultar o disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era mas alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrechó a la niña contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita dio otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oírlo.
Desde que llegó a la plaza del mercado, y algún tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido había fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado a dirigirlas principalmente dentro de sí mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, a menos que no se relacionen con algo que preocupe su espíritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorció visiblemente su fisonomía, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció a impulsos de alguna poderosa emoción que pudo sin embargo dominar instantáneamente, merced a un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rápido instante, la expresión de su rostro habría parecido completamente tranquila. Después de un breve momento, la convulsión fue casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneció totalmente. Cuando vio que las miradas de Ester se habían fijado en las suyas, y notó que parecía haberle reconocido, levantó lenta y tranquilamente el dedo, hizo con una señal con en el aire, y lo llevó sus labios.
Entonces, tocando en el hombro a una de las personas que estaban a su lado, le dirigió la palabra con la mayor cortesía, diciéndole:
—Le ruego a Ud., buen señor, se sirva decirme ¿quién es esa mujer, y por qué la exponen de tal modo a la vergüenza pública?
—Ud. tiene que ser un extranjero recién llegado, amigo, —le respondió el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta a el y a su salvaje compañero.
—De lo contrario habría Ud. oído hablar de la Señora Ester Prynne y de sus fechorías. Ha sido motivo de un gran escándalo en la iglesia del santo varón Dimmesdale.
—De veras, replicó el otro. Yo soy aquí forastero; y muy contra mi voluntad he estado recorriendo el mundo, habiendo padecido contratiempos de todo género por mar y tierra. He permanecido en cautiverio entre los salvajes mucho tiempo, y vengo ahora en compañía de este indio para redimirme. Por lo tanto ¿quiere Ud. tener la bondad de referirme los delitos de Ester Prynne (creo que así se llama), y decirme qué es lo que la ha conducido a ese tablado?
—Con mucho gusto, amigo mío, y me parece que se alegrará Ud. en extremo, después de todo lo que ha padecido Ud. entre los salvajes, dijo el narrador, de encontrarse en fin en una tierra donde la iniquidad se persigue y se castiga en presencia de los gobernantes y del pueblo, como se practica aquí, en nuestra buena Nueva Inglaterra. Debe Ud. saber, señor, que esa mujer fue la esposa de un cierto sabio, inglés de nacimiento, pero que había habitado mucho tiempo en Amsterdam, de donde hace años pensó venir a fijar su suerte entre nosotros aquí en Massachusetts. Con este objeto envió primero a su esposa, quedándose él en Europa mientras arreglaba ciertos asuntos. Pero en los dos años o mas que la mujer ha residido en esta ciudad de Boston, ninguna noticia se ha recibido del sabio caballero Señor Prynne; y su joven esposa, habiendo quedado a su propia extraviada dirección...
—¡Ah! ¡Ah! Comprendo, le interrumpió el extraño con una amarga sonrisa. Un hombre tan sabio como ese de quien Ud. habla, debería de haber aprendido también eso en sus libros. Y ¿quién se dice, mi excelente señor, que es el padre de la criaturita, que perece contar tres o cuatro meses de nacida, y que la Sra. Prynne tiene en los brazos?
—En realidad amigo mío, ese asunto continúa siendo un enigma, y está por encontrarse quien lo descifre, respondió el interlocutor. Madama Ester rehusa hablar en absoluto, y los magistrados se han roto la cabeza en vano. Nada de extraño tendría que el culpable estuviera presente contemplando este triste espectáculo, desconocido a los hombres, pero olvidando que Dios le está viendo.
—El sabio marido, dijo el extranjero con otra sonrisa, debería venir a descifrar este enigma.
—Bien le estaría hacerlo, si aún vive, respondió el vecino. Sepa Ud., buen amigo que los magistrados de nuestro Massachusetts, teniendo e cuenta que esta mujer es joven y bella, y que la tentación que la hizo caer fue sin duda demasiado poderosa, y pensando que su marido yace en el fondo del mar, no ha tenido el valor de hacerla sentir todo el rigor de nuestras justas leyes. El castigo de esa ofensa es la pena de muerte. Pero movidos a piedad y llenos de misericordia, han condenado a Madama Ester a permanecer de pie en el tablado de la picota solamente tres horas, y después, y durante todo el tiempo de su vida natural, a llevar una señal de ignominia en el cuerpo de su vestido.
—Una sentencia muy sabia, —observó el extranjero inclinando gravemente la cabeza. De este modo será una especie de sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa se grabe en la losa de su sepulcro. Me duele, sin embargo, que el compañero de su iniquidad no estuviera, por lo menos, a su lado sobre ese cadalso. ¡Pero ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!
Saludó cortésmente al comunicativo vecino, y diciendo en voz baja algunas cuantas palabras a su compañero el indio, se abrieron ambos paso por medio de la multitud.
Mientras esto pasaba, Ester había permanecido en su pedestal, con la mirada fija en el extranjero; tan fija era la mirada, que parecía que todos los otros objetos del mundo visible habían desaparecido, quedando tan solo él y ella. Esa entrevista solitaria quizá habría sido mas terrible aun que verle, como sucedía ahora, con el ardiente sol del mediodía abrazándole a ella el rostro e iluminando su vergüenza; con la letra escarlata, como emblema de ignominia, en el pecho; con la niña, nacida en el pecado, en los brazos; con el pueblo entero, congregado allí como para una fiesta, fijando las miradas implacables en un rostro, que debía haberse contemplado solo al suave resplandor de la lumbre doméstica, a la sombra de un hogar feliz, bajo el velo de novia en la iglesia. Pero por terrible que fuera su situación, sabía, con todo, que la presencia misma de aquellos millares de testigos era para ella una especie de amparo y abrigo. Preferible era estar así, con tantos y tantos seres mediando entre él y ella, que no verse faz a faz y a solas. Puede decirse que buscó un refugio en su misma exposición a la vergüenza pública, y que temía el momento en que esa protección le faltara. Embargada por tales ideas, apenas oyó una voz que resonaba detrás de ella y que repitió su nombre varias veces con acento tan vigoroso y solemne, que fue oído por toda la multitud.
—¡Oyeme, Ester Prynne! Dijo la voz.
Como se ha dicho, directamente encima del tablado en que estaba de pie Ester, había una especie de balconcillo o galería abierta, que era el lugar donde se proclamaban los bandos y órdenes con todo el ceremonial y pompa que en ocasiones tales se usaban en aquellos días. Aquí, como testigos de la escena que estamos describiendo, se encontraba el Gobernador Bellingham, con cuatro lanceros junto a su silla, armados de sendas alabardas, que constituían su guardia de honor. Una pluma de oscuro color adornaba su sombrero, su capa tenía las orillas bordadas, y bajo de ella llevaba un traje de terciopelo verde. Era un caballero ya entrado en años, con arrugado rostro que revelaba mucha y muy amarga experiencia de la vida. Era hombre a propósito para hallarse al frente de una comunidad que debe su origen y progreso, y su actual desarrollo, no a los impulsos de la juventud, sino a la severa y templada energía de la edad viril y a la sombría sagacidad de la vejez; habiendo realizado tanto, precisamente porque imaginó y esperó tan poco. Las otras eminentes personas que rodeaban al Gobernador se distinguían por cierta dignidad de porte, propia de un período en que las formas de autoridad parecían revestidas de lo sagrado de una institución divina. Eran indudablemente hombres buenos, justos y cuerdos; pero difícilmente habría sido posible escoger, entre toda la familia humana, igual número de hombres sabios y virtuosos y al mismo tiempo menos capaces de comprender el corazón de una mujer extraviada, y separar en él lo bueno de lo malo, que aquellas personas cuerdas de severo continente a quienes Ester volvía ahora el rostro. Puede decirse que la infeliz tenía la conciencia que si había alguna compasión hacia ella, debía de esperarla mas bien de la multitud, pues al dirigir las miradas al balconcillo, toda tembló y palideció.
La voz que había llamado su atención era la del reverendo y famoso Juan Wilson, el clérigo decano de Boston, gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos de la misma profesión, y con todo ese hombre afable y natural. Estas últimas cualidades no habían tenido, sin embargo, un desenvolvimiento igual al de sus facultades intelectuales. Allí estaba él con los mechones de sus cabellos, ya bastante canos, que salían por debajo de los bordes de su sombrero; mientras los ojos parduscos, acostumbrados a la luz velada de su estudio, pestañeaban como los de la niña de Ester ante brillante claridad del sol. Se parecía a uno de esos retratos sombríos que vemos grabados en los antiguos volúmenes de sermones; y para decir la verdad, con tanta aptitud para tratar de las culpas, pasiones y angustias del corazón humano, como la tendría uno de esos retratos.
—Ester Prynne, dijo el clérigo, he estado tratando con este joven hermano cuyas enseñanzas has tenido el privilegio de gozar, y aquí el Sr. Wilson puso la mano en el hombro de un joven pálido que estaba a su lado, he procurado, repito, persuadir a este piadoso joven para que aquí, a la faz del cielo y ante estas rectas y sabias autoridades y este pueblo aquí congregado, se dirija a ti y te hable de la fealdad y negrura de tu pecado. Conociendo mejor que yo el temple de tu espíritu, podría también, mejor que yo saber qué razones emplear para vencer tu dureza y obstinación, de modo que no ocultes por mas tiempo el nombre del que te ha tentado a esta dolorosa caída. Pero con la extremada blandura propia de su juventud, a pesar de la madurez de su espíritu, me replica que será ir contra los innatos sentimientos de una mujer forzarla a descubrir los secretos de su corazón a la luz del día, y en presencia de tan vasta multitud. He tratado de convencerle que la vergüenza consiste en cometer el pecado y no en confesarlo. ¿Qué decides, hermano Dimmesdale? ¿Quieres dirigirte al alma de esta pobre pecadora, o debo hacerlo yo?
Se oyó un murmullo entre los encopetados y reverendos ocupantes del balconcillo; y el Gobernador Bellingham expresó el deseo general, al hablar con acento de autoridad, aunque con respeto, al joven clérigo a quien se dirigía.
—Mi buen Señor Dimmesdale, dijo, la responsabilidad de la salvación del alma de esta mujer pesa en gran parte sobre vos. Por lo tanto, os pertenece exhortarla al arrepentimiento y a la confesión.
Lo directo de estas palabras atrajeron las miradas de toda la multitud hacia el Reverendo Sr. Dimmesdale, joven clérigo que había venido de una de las grandes universidades inglesas, trayendo toda la ciencia de su tiempo a nuestras selvas y tierras incultas. Su elocuencia y su fervor religioso le habían hecho eminente en su profesión. Era persona de aspecto notable, de blanca y elevada frente, ojos garzos, grandes y melancólicos, boca cuyos labios, a menos de mantenerlos cerrados casi por la fuerza, tenían cierta tendencia a la movilidad, expresando al mismo tiempo que una sensibilidad nerviosa, un gran dominio de sí mismo. A pesar de sus muchos dones naturales y vastos conocimientos, había en el aspecto de este joven ministro algo que denotaba una persona asustadiza; tímida, fácil de alarmarse, como si fuera un ser que se sintiese completamente extraviado en el camino de la vida humana y sin saber qué rumbo tomar; sintiéndose tranquilo y satisfecho tan solo en un lugar apartado, escogido por él mismo.
Por lo tanto, hasta donde sus obligaciones se lo permitían, su existencia se deslizaba, como si dijéramos, en la penumbra, habiendo conservado toda la sencillez y candor de la infancia; surgiendo de esa especie de sombra, cuando se presentaba la ocasión, con una frescura, fragancia y pureza de pensamiento tales que, como afirmaban las gentes, hacían el efecto que produciría la palabra de un ángel.
Tal era el joven ministro hacia quien el Reverendo Sr. Wilson y el Gobernador habían llamado la atención del público, al pedirle que hablase, en presencia de todos, del misterio del alma de una mujer, tan sagrado aún en medio de su caída. Lo dificil y penoso de la posición que así le crearon, hizo agolpársele la sangre a las mejillas y volvió trémulos sus labios.
—Háblale a esa mujer, hermano, le dijo el Sr. Wilson. Es de la mayor importancia para su alma, y por lo tanto, como dice un digno Gobernador, importante también a la tuya, a cuyo cargo estaba de esa mujer. Exhórtala a que conteste la verdad.
El Reverendo, Sr. Dimmesdale inclinó la cabeza como si estuviera orando, y luego se adelantó.
—Ester Prynne, dijo reclinándose sobre el balconcillo y fijando sus miradas en los ojos de aquella mujer, ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves la responsabilidad que sobre mí pesa. Si crees que conviene a la paz de tu alma, y que tu castigo terrenal será de ese modo mas eficaz para tu salvación, te pido que reveles el nombre de tu compañero en la culpa y en el sufrimiento. No te haga guardar silencio una mal entendida piedad y compasión hacia él; porque, créeme, Ester, aunque tuviera que descender de un alto puesto, y colocarse a tu lado, en ese mismo pedestal de vergüenza, será sin embargo mucho mejor para él que así sucediera, que no ocultar durante toda su vida un corazón culpable. ¿Qué puede hacer tu silencio en pro de ese hombre sino tentarlo, sí, compelerlo a agregar la hipocresía al pecado? El cielo te ha concedido una ignominia pública, para que de este modo pueda haber. Mira lo que haces al negarle, a quien tal vez no tenga el valor de tomarla por sí mismo, la amarga pero saludable copa que ahora te presentan a los labios.
La voz del joven ministro, al pronunciar estas palabras, era trémulamente dulce, rica, profunda y entrecortada. La emoción que tan evidentemente manifestaba, mas bien que la significación de las palabras, halló honda resonancia en los corazones de todos los circunstantes, que se sintieron movidos de un mismo sentimiento de compasión. Hasta la pobre criaturita que Ester estrechaba contra su seno parecía afectada por la misma influencia, pues dirigió las miradas hacia el Sr. Dimmesdale y levantó sus tiernos bracillos con un murmullo semi placentero y semi quejumbroso. Tan vehemente encontró el pueblo la alocución del joven ministro, que todos creyeron que Ester pronunciaría el nombre del culpado, o que bien éste mismo, por elevada o humilde que fuera su posición, se presentaría movido de interno e irresistible impulso y subiría al tablado donde estaba la infeliz mujer.
Ester movió la cabeza en sentido negativo.
—¡Mujer! No abuses de la clemencia del cielo, exclamó el Reverendo Sr. Wilson con acento mas áspero que antes. Esa tierna niña con su débil vocecita ha apoyado y confirmado el consejo que has oído de los labios del Reverendo Dimmesdale. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento,
pueden servir para que te libren de la letra escarlata que llevas en el vestido.
—¡Nunca! ¡Jamas! —replicó Ester fijando las miradas, no en el Sr. Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven ministro. Está grabada demasiado hondamente. No podéis arrancarla. ¡Y ojalá pudiera yo sufrir la agonía que él sufre, como soporto la mía!
—Habla, mujer, dijo otra voz, fría y severa, que procedía de la multitud que rodeaba el tablado. Habla; y dale un padre a tu hija.
—No hablaré, replicó Ester volviéndose pálida como una muerta, pero respondiendo a aquella voz que ciertamente había reconocido. —Y mi hija buscará un padre celestial: jamas conocerá a uno terrestre.
—¡No quiere hablar! Murmuró el Sr. Dimmesdale que, reclinado sobre el balconcillo, con la mano sobre el corazón, había estado esperando el resultado de su discurso. ¡Maravillosa fuerza y generosidad de un corazón de mujer! ¡No quiere hablar!... Y se echó hacía atrás respirando profundamente.
Comprendiendo el estado del espíritu de la pobre culpable, el ministro de mas edad, que se había preparado para el caso, dirigió a la multitud un
discurso acerca del pecado en todas sus ramificaciones, aludiendo con frecuencia a la letra ignominiosa. Con tal vigor se espació sobre este símbolo, durante la hora o mas que duró su peroración, que llenó de terror la imaginación de los circunstantes a quienes pareció que su brillo de las llamas de los abismos infernales. Entretanto Ester permaneció de pie en su pedestal de vergüenza, con la mirada vaga y un aspecto general de fatigada indiferencia. Había sufrido aquella mañana cuanto es dado soportar a la humana naturaleza, y como su temperamento no era de los que por medio de un desmayo se libran de un padecimiento demasiado intenso, su espíritu podía solamente hallar cierto desahogo bajo la capa de una sensibilidad marmórea, mientras sus fuerzas corporales permanecieran intactas. En condición semejante, aunque la voz del orador tronaba implacablemente, los oídos de Ester nada percibían. Durante la última parte del discurso la niña llenó el aire con sus gritos y sus quejidos; la madre trató de acallarla, mecánicamente, sin que le afectara, al parecer, el desasosiego de la criaturita. Con la misma dura indiferencia fue conducida de nuevo a su prisión y desapareció a la vista del público tras la puerta de hierro. Los que pudieron seguirla con la vista dijeron, en voz muy baja, que la letra escarlata iba esparciendo un siniestro resplandor a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al interior de la cárcel.
IV
LA ENTREVISTA
Índice
Después de su regreso a la cárcel fue tal el estado de agitación nerviosa de Ester, que se hizo necesaria de la vigilancia mas asidua para impedir que intentase algo contra su persona, o que en un momento de arrebato hiciera algún daño a la pobre criaturita. Al acercarse la noche, y al ver que no era posible reducirla a la obediencia ni por medio de reprensiones ni amenazas de castigo, el carcelero creyó conveniente hacer venir a un médico, que calificó de hombre muy experto en todas las artes cristianas de ciencias físicas, y que al mismo tiempo estaba familiarizado con todo lo que los salvajes podían enseñar en materia de hierbas y raíces medicinales que crecen en los bosques. En realidad, no solamente Ester, sino mucho mas aún la tierna niña, necesitaban con urgencia los auxilios de un médico; la niña, que derivaba su sustento del seno maternal, parecía haber bebido toda la angustia, desesperación y agitación que llenaban el alma de su madre, y se retorcía ahora en convulsiones de dolor. Era, en pequeña escala, una imagen viva de la agonía moral porque había pasado Ester durante tantas horas.
Siguiendo de cerca al carcelero en aquella sombría morada, entró el individuo de aspecto singular cuya presencia en la multitud había causado tan honda impresión en la portadora de la letra escarlata. Lo habían alojado en la cárcel, no porque se le sospechase de algún delito, sino por ser la manera mas conveniente y cómoda de disponer de él hasta que los magistrados hubieran conferenciado con los jefes indios acerca del rescate. Se dijo que su nombre era Rogerio Chillingworth. El carcelero, después de introducirlo en la habitación, permaneció allí un momento, sorprendido de la calma comparativa que había causado su entrada, pues Ester se había vuelto inmediatamente tan tranquila como la muerte, aunque la criaturita continuaba quejándose.
—Te ruego, amigo, que me dejes solo con la enferma, dijo el médico. Créeme, buen carcelero, pronto habrá paz en esta morada; y te prometo que la Sra. Prynne se mostrará en adelante mas dócil a la autoridad y mas tratable que hasta ahora.
—Si Su Señoría puede realizar eso, contestó el carcelero, os tendré por un hombre indudablemente hábil. En verdad que esta mujer se ha portado como si estuviese poseída del enemigo malo; y poco faltó para decidirme a arrojar de su cuerpo a Satanás y a latigazos.
El extranjero había entrado en la habitación con la tranquilidad característica de la profesión a que se decía pertenecer. Ni tampoco cambió de aspecto cuando la retirada del carcelero le dejó faz a faz con la mujer que le había conocido en medio de la multitud, y cuya abstracción profunda al reconocerle indicaba mucha intimidad entre ambos. Su primer cuidado fue atender a la tierna criaturita, cuyos gritos, mientras se retorcía en su cama, hacían de absoluta necesidad posponer todo otro asunto a la tarea de calmar sus dolores. La examinó cuidadosamente y procedió luego a abrir una bolsa de cuero, que llevaba bajo su traje, y parecía contener medicinas, una de las cuales mezcló con un poco de agua en una taza.
—Mis antiguos estudios en alquimia, dijo por vía de observación, y mi residencia de mas de un año entre un pueblo muy versado en las propiedades de las hierbas, han hecho de mi un médico mejor que muchos que se han graduado. Oye, mujer, la niña es tuya, no tiene nada mío, ni reconocerá mi voz ni mi rostro como los de un padre. Adminístrale por lo tanto esta poción con tus propias manos.
Ester rechazó la medicina que le presentaban, fijando al mismo tiempo con visible temor las miradas en el rostro del hombre.
—¿Tratarías de vengarte en la inocente criatura? Dijo en voz baja.
—¡Loca mujer! Respondió el médico con acento entre frío y blando. ¿Qué provecho me vendría a mí de hacer daño a esta pobre criatura? La medicina es buena y provechosa; y si fuera mi hija, mi propia hija así como tuya, no podría hacer nada mejor en beneficio suyo.
Como Ester aun no hallándose realmente en aquellos momentos en su sano juicio, el médico tomó a la niña en brazos y él mismo le administró la poción, que pronto dejó sentir eficacia. Los quejidos de la pequeña paciente se calmaron, sus convulsiones fueron cesando gradualmente; y a los pocos momentos, como es la costumbre de los tiernos niños después de verse libres del dolor, quedó sumergida en un profundo sueño. El médico, pues así puede llamársele con todo derecho, dirigió entonces su atención a la madre. Con calma y despacio la examinó, le tomó el pulso, dio una mirada a sus ojos; mirada que le oprimió el corazón y la hizo estremecer, por serle tan familiar, y sin embargo tan extraña y fría, y finalmente, satisfecho de los resultados de su investigación, procedió a preparar otra poción.
—No sé donde hallar el leteo ni el nepentes, dijo, pero he aprendido muchos nuevos secretos entre los salvajes; y esta receta que me dio un indio en cambio de algunas lecciones mías, tan antiguas como Paracelso, es uno de esos secretos. Bebe esto. Será sin embargo menos calmante que una conciencia limpia y pura; pero no puedo darte eso. Calmará a pesar de todo la agitación de tu pecho y las marejadas de tu pasión, así como lo hace el aceite arrojado sobre las olas de un mar tempestuoso.
Presentó la taza a Ester, que la recibió mirándole con fijeza de una manera lenta y seria; no precisamente con una mirada de temor, sino llena de dudas, como interrogándole acerca de lo que podrían ser sus propósitos, y al mismo tiempo dirigió también una mirada a la niñita dormida.
—He pensado en la muerte, dijo, la he deseado, hasta hubiera rogado por ella, si pudiera rogar por algo. Sin embargo, si la muerte se encierra en esta taza, te pido que reflexiones antes de que me veas beberla. Mira: ya la he llevado a los labios.
—Bebe, pues, replicó el médico con el mismo aire de sosiego y frialdad de antes. ¿Tan poco me conoces, Ester? ¿Podrían ser mis propósitos tan vanos? Aún en el caso que imaginara un medio de vengarme, ¿qué podría servir mejor para mis fines que dejarte vivir, y darte estas medicina contra todo lo que pudiese poner en peligro tu vida, de modo que esa candente ignominia continúe brillando en tu seno?
Al hablar así, tocó con el índice la letra escarlata, que parecía abrasar el pecho de Ester como si hubiera sido en efecto un hierro candente. El médico notó su gesto involuntario, y con una sonrisa dijo:
—Vive, sí, vive; y lleva contigo este signo ante los ojos de hombres y de mujeres, ante los ojos de aquel a quien llamaste tu marido, ante los ojos de esa niñita.
Y para que puedas vivir, toma esta medicina.
Sin decir una palabra, Ester apuró la taza y obedeciendo a una señal de aquel hombre de ciencia, se sentó en la cama en que dormía la niñita, mientras él tomando la única silla que había en la habitación, se sentó a su lado. Ella no pudo menos de temblar ante estos preparativos, pues comprendía que, habiendo ya hecho él todo lo que la humanidad, o el deber, o si se quiere, una refinada crueldad le obligaban a hacer en alivio de sus dolores físicos, iba a tratarla ahora como hombre a quien había ofendido de la manera mas profunda e irreparable.
—Ester, dijo, no pregunto porque motivos, ni cómo has caído en el abismo, mejor dicho, has subido al pedestal de infamia en que te he hallado. La razón es fácil de hallar. Ha sido mi locura y tu debilidad. Yo, un hombre dado al estudio, una verdadera polilla de biblioteca, un hombre ya en el declive de sus años, que empleó los mejores de su vida en alimentar su afán devorador de saber, ¿qué tenía que ver con una belleza y juventud como la tuya? Contrahecho desde que nací, ¿cómo pude engañarme con la idea de que los dones intelectuales podrían en la fantasía de una joven doncella arrojar un velo sobre las deformidades fisicas? Los hombres me llaman sabio. Si los sabios fueran cuerdos en lo que les concierne, yo debería haber previsto todo esto. Yo debería haber sabido que, al dejar la vasta y tenebrosa selva para entrar en esta población de cristianos, el primer objeto con que habían de tropezar mis miradas, serás tú, Ester, de pie, como una estatua de ignominia, expuesta a los ojos del pueblo. Sí, desde el instante que salimos de la iglesia, ya unidos por los lazos del matrimonio, debería haber contemplado la llama ardiente de esa letra escarlata brillando a la extremidad de nuestro sendero.
—Tú sabes, dijo Ester, quien a pesar del estado de abatimiento en que se encontraba, no pudo sufrir este último golpe que le recordaba su vergüenza, tú sabes que fui franca contigo. Ni sentí amor, ni fingí tener ninguno.
—¡Es verdad, replicó el médico: fue una locura mía! Ya lo he dicho. Pero, hasta aquella época de mi vida, yo había vivido en vano. ¡El mundo me había parecido tan triste! Mi corazón era como una morada bastante grande para dar cabida a muchos huéspedes, pero fría y solitaria. Yo deseaba tener un hogar, experimentar su calor. A pesar de lo viejo, de lo contrahecho y sombrío que era, no me pareció un sueño extravagante la idea que yo podía gozar también de esta simple felicidad, esparcida en todas partes, y que toda la humanidad puede disfrutar. Y por eso, Ester, te albergué en lo mas recóndito de mi corazón, y trató de animar el tuyo con aquella llama que tu presencia había encendido en mi pecho.
—Te he agraviado en extremo, murmuró Ester.
—Nos hemos agraviado mutuamente, respondió el médico. El primer error y agravio fue mío, cuando hice que tu floreciente juventud entrara en una relación falsa, y contraria a la naturaleza, con mi decadencia. Por consiguiente, como hombre que no ha penado ni filosofado vanamente, no busco venganza, no abrigo ningún mal designio contra ti. Entre tú y yo la balanza está perfectamente equilibrada. Pero Ester el hombre que nos ha agraviado a los dos vive. ¿Quién es?
—No me lo preguntes, replicó Ester mirándolo al rostro con firmeza. Eso nunca lo sabrás.
—¿Nunca, dices? Replicó el médico con una sonrisa amarga de confianza en sí mismo. ¿Nunca lo sabré? Créeme, Ester, hay pocas cosas, —ya en el mundo exterior, o ya a cierta profundidad en la esfera invisible del pensamiento, —hay pocas cosas, repito, que queden ocultas al hombre que se dedica seriamente y sin descanso a la solución de un misterio. Tú puedes ocultar tu secreto a las miradas escudriñadoras de la multitud. Puedes ocultarlo también a las investigaciones de los ministros y magistrados, como hiciste hoy cuando procuraron arrancar ese nombre a tú corazón y darte un compañero en tu pedestal. Pero en cuanto a mí yo me dedicaré a la investigación con sentidos que ellos no poseen. Yo buscaré a este hombre como he buscado la verdad en los libros; como he buscado oro en la alquimia. Hay una simpatía oculta que me lo hará conocer. Le veré temblar. Yo mismo al verle, me sentiré estremecer de repente y sin saber por qué. Tarde o temprano, y tiene que ser mío.
Los ojos del médico, fijos en el rostro de Ester, brillaron con tal intensidad, que ésta se llevó las manos al corazón como temiendo que pudiese descubrir allí el secreto en aquel momento mismo.
—¿No quieres revelar su nombre? Sin embargo, de todos modos lo sabré, —continuó el médico una mirada llena de confianza, cual si el destino lo hubiera decretado así. No lleva ninguna letra infamante bordada en su traje, como tú; pero yo la leeré en su corazón. Pero no temas por él. No creas que me mezclaré en la clase de retribución que adopte el cielo, o que lo entregue a las ganas de la justicia humana. Ni te imagines que intentaré algo contra su vida; no, ni contra su fama si, como juzgo, es un hombre que goza de buena reputación. Le dejaré vivir: le dejaré envolverse en el manto de su honra externa, si puede. Sin embargo, será mío.
—Tus acciones parecen misericordiosas —dijo Ester desconcertada y aterrada, pero tus palabras te hacen horrible.
—Una cosa te recomendaré, a ti, que eras mi esposa, dijo el sabio. Tú has guardado el secreto de tu cómplice: guarda también el mío. Nadie me conoce en esta tierra. No digas a ningún ser humano que en un tiempo me llamaste tu esposo. Aquí, en esta franja de tierra plantaré mi tienda; porque habiendo sido donde quiera un peregrino, y habiendo vivido alejado de los intereses humanos, he encontrado aquí a una mujer, a un hombre, y a una tierna niña entre los cuales y yo existen los lazos mas estrechos que puedan imaginarse. Nada importa que sean de amor o de odio, justos o injustos. Tú y los tuyos, Ester, me pertenecéis. Mi hogar está donde tú estés y donde él esté. ¡Pero no me vendas!
—¿Con qué objeto lo deseas? Le preguntó Ester, negándose, sin saber por qué, a aceptar este secreto convenio. ¿Por qué no te anuncias públicamente y te deshaces de mí de una vez?
—Pudiera moverme a ello, replicó el médico, no querer arrostrar la deshonra que mancha al marido de una mujer infiel. Pudieran moverme también otras razones. Basta con que sepas que es mi objeto vivir y morir desconocido. Por lo tanto, tu marido ha de ser para el mundo un hombre ya muerto, y de quien jamas se recibirá noticia alguna. No me reconozcas ni por una palabra, ni por un signo, ni por una mirada. No descubras a nadie tu secreto, sobre todo al hombre que sabes. Si me faltares en esto... ¡ay de ti! Su fama y buen nombre, su posición, su vida, estarán en mis manos. ¡Guardate de ello!
—Guardaré tu secreto, como guardo el suyo, dijo Ester.
—Júralo, replicó el otro.
Y ella prestó el juramento.
—Y ahora, Ester, dijo el anciano Rogerio Chillingworth, como había de llamarse en lo sucesivo, te dejo sola: sola con tu hija y con la letra escarlata. ¿Qué es eso, Ester? ¿Te obliga la sentencia a dormir con la letra? ¿No tienes temor que te asalten pesadillas y sueños horribles?
—¿Por qué me miras y te sonríes de ese modo? Le preguntó Ester toda inquieta al ver la expresión de sus ojos. ¿Eres acaso como el hombre Negro que recorre las selvas que nos rodean? ¿Me has inducido a aceptar un pacto que dar por resultado la perdición de mi alma?
—No la de tu alma, —respondió el médico con otra sonrisa. ¡No; no la de tu alma!
V
ESTER AGUJA EN MANO
Índice
Terminado el período de encarcelamiento a que fue condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisión y salió a la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le parecía sin embargo a su mórbida imaginación que había sido creado con el único objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quizá padeció moralmente mas cuando, habiendo cruzado los umbrales de la cárcel, empezó a moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectáculo que quedan descriptos, donde se hizo pública su vergüenza y donde todos la señalaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensión sobrenatural de los nervios y toda la energía batalladora de su carácter, que la ayudaban a convertir aquella escena en una especie de lóbrego triunfo. Fue, ademas, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurriría una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habría bastado para muchos años de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la había sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisión, sola y sin compañía en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tenía que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, o de lo contrario, sucumbir. No podía contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El día de mañana aportaría su ración pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traería su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le parecía tan inmensamente doloroso. Los años por venir se sucederían unos a otros, y ella tendría que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jamas arrojarla; pues la sucesión de días y de años no haría mas que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojándose Este de su propia individualidad, se convertiría en el ejemplo vivo que podrían servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imágenes de fragilidad femenina y de pasión pecaminosa. Le diría a la joven y a la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno, que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados, la madre de una criaturita que mas adelante será también una mujer, que recordasen que en un tiempo había sido inocente y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnación, la realidad de pecado; y sobre su tumba, la infamia que la había acompañado en vida, será también su único monumento.
Parecerá sorprendente, que con el mundo abierto ante ella, sin ninguna restricción en su sentencia que la impidiera dejar aquella oscura y remota colonia puritana y volver al lugar de su nacimiento, o a cualquier otro país europeo, y ocultar allí su persona y su identidad, bajo un nuevo exterior, como si empezara por completo otra existencia, y teniendo también a su alcance los bosques sombríos y casi impenetrables, donde lo impetuoso de su ser espiritual podría asimilarse al pueblo cuyas costumbres y vida nada tenían de común con la ley que la había condenado; parecerá sorprendente, repito, que esta mujer pudiera aún dar el nombre de hogar a aquel sitio donde había ella de ser el tipo de la ignominia. Pero hay una especie de fatalidad, un sentimiento tan irresistible e inevitable, que tiene toda fuerza del destino, que casi obliga invariablemente a permanecer y vagar a manera de espectros, en el lugar mismo en que un acontecimiento grande y notable ha influido en el curso de su vida, y que es tanto mas irresistible cuanto mas sombría ha sido su influencia. Su pecado, su ignominia, eran las raíces que la retenían en aquel suelo, que había llegado a convertirse en el hogar permanente y final de Ester. Todos los otros sitios del mundo, aun aquella aldea de Inglaterra donde corrieron su infancia feliz y su juventud inmaculada, se habían convertido en cosas extrañas. Los lazos que la ataban a este nuevo suelo estaban formados de eslabones de hierro que penetraban en lo mas íntimo de su alma, sin que jamas llegaran a romperse.
Pudiera ser también, y sin duda lo era aunque se lo ocultaba a sí propia, y palidecía cuando luchaba por salir de su corazón como una serpiente de su agujero, pudiera ser también que otro sentimiento la hiciera permanecer en el lugar que tan funesto le había sido.
Allí moraba, allí pasaba su existencia alguien a quien ella se consideraba unida con lazos que, si bien no reconocidos en la tierra, los llevarían juntos ante el tribunal del juicio final, donde quedarían enlazados para un futuro común de retribución inextinguible. El tentador del género humano había presentado repetidas veces esta idea a la mente de Ester, y se reía del gozo apasionado, al mismo tiempo que lleno de desesperación, con que ella al principio la acogía, y después se esforzaba en rechazarla. Apenas acariciaba semejante idea, cuando ya quería destruirla. Lo que al fin quiso creer, lo que ella misma consideró la razón suprema para continuar viviendo en aquel sitio, era en parte verdad y en parte una ilusión con que trataba de engañarse. Aquí, se decía para sus adentros, cometí mi falta y aquí debe efectuarse mi castigo terrenal; y quizáde este modo las torturas de diaria ignominia purificarín al fin su alma, dotándola de una nueva pureza en cambio de la que había perdido, mas sagrada puesto que será el resultado del martirio.
De consiguiente Ester no se movió de allí. En los lindes de la población, aunque no en la vecindad inmediata de ninguna morada, había una choza o cabaña, construida por uno de los primeros colonos, y abandonada porque la tierra era demasiado estéril para el cultivo. Su aislamiento y distancia de la población, la ponían fuera del círculo de la actividad social que ya se notaba en las costumbres de los colonos. Aquella pequeña habitación estaba a orillas del mar, medio oculta por un bosquecillo de árboles no muy corpulentos; y en ese lugar solitario, con los pocos recursos que poseía, y gracias al permiso de los magistrados que aún ejercían una especie de vigilancia inquisitorial sobre Ester, se instaló ésta con su niñita. Inmediatamente se asoció a aquel lugar una vaga idea de algo misterioso y desconocido. Los niños, demasiado tiernos para comprender por qué aquella mujer se encontraba separada del resto de sus semejantes, se arrastraban lo mas cerca posible para verla ocupada con su aguja sentada a la ventana de su cabaña, de pie a la puerta de la misma, o trabajando en el jardincito, paseándose en el sendero que conducía a la población; y al contemplar la letra escarlata en el seno de su vestido, emprendían la carrera con un temor extraño y contagioso.
A pesar de lo solitario de la situación de Ester, y aunque no tenía un amigo en la tierra que se atreviese a visitarla, no corría sin embargo el riesgo de padecer escaseces. Poseía un arte que bastaba para proporcionarle el sustento a ella, y a su hijita, aun en un país que ofrecía comparativamente pocas oportunidades para su ejercicio. Arte que en aquella época, como hoy, era casi el único que estuviera al alcance de la mujer, la costura. Llevaba en el seno, en la letra primorosamente bordada, una muestra de su habilidad delicada y de su inventiva, que se habrían alegrado las damas mismas de la Corte poder aprovecharse para agregar a sus ricas telas de seda y oro los adornos aun mas preciados del arte humano.
Cierto es que, dada la sencillez del traje negro que caracterizaba en lo general las modas puritanas de aquel tiempo, no se presentarían muchas ocasiones en que pudiera desplegar Ester sus talentos con la aguja; sin embargo, el gusto de la época que se complacía en lo que era complicado en esta clase de trabajos, no pudo menos de ejercer su influencia en aquellos severos puritanos, nuestros antepasados, que se habían desprendido de tantas cosas que hoy nos parecen muy dificiles de renunciar. Las ceremonias públicas, tales como la instalación de magistrados y cuanto pudiera agregar majestad al modo con que un nuevo gobernador se presentaba al pueblo, se distrnguían por un ceremonial imponente y una sombría pero estudiada magnificencia. Grandes cuellos o lechugillas, fajas de intrincadas labores, y guantes lujosamente bordados, eran de absoluta necesidad para los altos funcionarios al hacerse cargo de las rienda del poder; y su uso se permitía también a los individuos distinguidos por su posición o riqueza aunque las leyes suntuarias prohibían estos y otros lujos semejantes a los plebeyos. En los funerales, ya en el vestido del difunto, o ya para expresar por variedad de signos emblemáticos de paño negro y linón blanco el dolor de los sobrevivientes, había también una demanda frecuente de la clase de labor que Ester podía suministrar. Los pañales y faldellines para niños, pues en aquella época los niños de tierna edad llevaban vestidos de gala, ofrecían también ocasión para labores delicadas de aguja.
Poco a poco, aunque no con mucha lentitud, los trabajos de Ester se fueron haciendo de moda, como hoy se dice, ya por compasión hacia una mujer cuyo destino había sido tan desgraciado, ya por la mórbida curiosidad que da un valor ficticio a cosas comunes o que no tienen ninguno, ya porque entonces, como ahora, se concediera a ciertas personas, por cualquier razón, lo que otros solicitan en vano, o porque Eter llenara realmente un vacío que se dejaba sentir; es lo cierto que halló frecuente empleo para su aguja, y bien remunerado. Tal vez la vanidad escogió, como medio de mortificarse, llevar a las pompas y ceremonias del Estado los adornos labrados por sus manos pecadoras. Veíase su labor en los cuellos del Gobernador; los militares la mostraban en sus bandas y fajas; el ministro del altar también dejaba verla en su traje severo; adornaba el gorrito de los recién nacidos, y hasta los ataúdes de los que llevaban a enterrar. Pero no se recuerda un solo caso en que la habilidad de Ester se solicitase para bordar el velo blanco que debía de cubrir el rostro pudoroso de una novia conducida al altar. Esta excepción indicaba lo inextinguible del rigor con que la sociedad reprobaba su pecado.
Ester no trataba de adquirir mas allí de lo necesario, para su subsistencia, siendo ésta de la naturaleza mas sencilla y ascética que pueda darse en lo que a ella se refería; y para su niña, alimentos muy sencillos si bien con abundancia. Los vestidos que usaba eran hechos de las telas mas bastas y del color mas sombrío, con un solo adorno, la letra escarlata, que estaba condenada a llevar siempre. El trajecito de la niña, por el contrario, se distinguía por cierto corte y adornos caprichosos, mejor dicho, fantásticos, que servían para realzar una especie de encanto aéreo que desde muy temprano empezó a notarse en la criaturita, la que también daba muestras de una seriedad profunda. Ya hablaremos de esto mas adelante. Excepto la pequeña suma que dedicaba Ester al adorno de su hija, el resto lo empleaba en obras de caridad, en infelices menos desgraciados que ella y que con frecuencia insultaban la mano que los socorría.
Mucha parte del tiempo que hubiera podido aplicar a labores mas productivas la pasaba haciendo vestidos de estofas groseras para los pobres. Es probable que a esta clase de ocupación asociara ella una idea de penitencia, y que al dedicar tantas horas a esa ruda labor, las ofreciera como una especie de sacrificio de otros goces. En la naturaleza de Ester había algo de la rica y voluptuosa naturaleza oriental, un gusto por todo lo que era esplendorosamente bello, y que, excepto en las exquisitas producciones de en aguja, no encontraba en que poder ejercitarlo.
Las mujeres hallan en la delicada labor de la aguja un placer incomprensible para el sexo fuerte. Para Ester era quizá una manera de expresar la pasión de su vida, y por lo tanto de calmarla. A semejanza de todos los otros goces, rechazó esta pasión como un pecado. Semejante mórbida intervención de la conciencia en cosas de poca monta pudiera muy bien considerarse indicio de una penitencia que no era genuina ni constante, sino mas bien algo dudoso, y que en el fondo no era lo que debería ser.
De este modo Ester Prynne tuvo su parte que desempeñar en el mundo. Merced a la energía natural de su carácter, y a su rara inteligencia, no fue posible segregarla por completo de la sociedad, aunque ésta la había marcado con una señal mas intolerable para el corazón de una mujer que la grabada en la frente de Caín. En todas sus relaciones con esa sociedad, no había sin embargo nada que la hiciera comprender que pertenecía a ella. Cada gesto, cada palabra, y hasta el silencio mismo de aquellos con quienes se ponía en contacto, implicaban y expresaban con frecuencia la idea de que estaba desterrada, y tan aislada como si habitase en otra esfera. Encontrábase separada de los intereses morales de sus semejantes, a pesar de estar tan cerca de ellos, a manera de un espíritu que volviese a visitar el hogar doméstico sin poder hacerse ver ni dejarse sentir; sin participar de sus alegrías, ni poder tomar parte en sus dolores; y que, caso que llegue a manifestar los sentimientos que le estaban vedados, habría sido para despertar solamente terror y horrible repugnancia. Y en realidad esto, y el mas acerbo desdén, parecía que era lo único que había para ella en el corazón de sus conciudadanos. No era aquella una época de delicadeza y refinamiento en las costumbres; y aunque Ester se diese exacta cuenta de su posición, y no hubiera peligro de que la olvidara, con harta frecuencia se la hacían sentir de una manera muy ruda, y cuando ella menos lo esperaba. Los pobres, como ya hemos dicho, a quienes había hecho el objeto de sus bondades y de su beneficencia, a menudo deprimían la mano que se extendía para socorrerlos. Las damas de alto copete en cuyas moradas penetraba a desempeñar sus labores de costura, acostumbraban destilar gotas de acíbar en su corazón; a veces, merced a esa alquimia secreta y refinada con que la mujer puede infiltrar un veneno sutil extraído de las cosas mas baladíes; y en otras ocasiones, con una rudeza de expresión que caía en el pecho indefenso de aquella infeliz como un golpe asestado una herida ulcerada. Ester se había amaestrado por largo tiempo en el arte de sufrir en silencio: jamas respondía a estos ataques, sino con el rubor que irresistiblemente enrojecía su pálida mejilla y después desaparecía en las profundidades de su alma. Era paciente, una verdadera mírtir; pero se abstenía de rezar por sus enemigos, por temor que, a despecho de sus buenas intenciones, las palabras con que implorase la bendición para ellos se convirtiesen irremediablemente en una maldición.
Continuamente, y de mil maneras, experimentaba los innumerables tormentos que para ella había ideado la sentencia imperecedera del tribunal puritano. Los ministros del altar se detenían en medio de la calle para dirigirle palabras de exhortación, que atraían una multitud implacable alrededor de la pobre pecadora. Si entraba en la iglesia los domingos, confiada en la misericordia del Padre Universal, era con frecuencia, por su mala suerte, para verse convertida en el tema del sermón. Llegó a tener un verdadero terror de los niños, que habían concebido, gracias a las conversaciones de sus padres, una vaga idea que había algo horrible en esa triste mujer que se deslizaba silenciosa por las calles de la población, sin otra compañía que su única niña. Por lo tanto, dejándola al principio pasar, la perseguían después a cierta distancia con agudos chillidos pronunciando una palabra cuyo sentido exacto no podían ellos comprender, pero que no por eso era menos terrible para Ester, por venir de labios que la emitían inconscientemente. Parecía indicar una difusión tal de su ignominia, como si esta fuera conocida de toda la naturaleza; y no le habría causado pesar mas profundo si hubiera oído a las hojas de los árboles referirse entre sí la sombría historia de su caída, y a las brisas del verano contarla entre susurros, o a los ábregos del invierno proclamarla con sus voces tempestuosas.
Otra especie de tortura peculiar que experimentaba la pobre mujer era cuando veía un nuevo rostro, cuando personas extrañas fijaban con curiosidad las miradas en la letra escarlata, lo que ninguna dejaba de hacer y era para ella como si le aplicasen un hierro candente al corazón. Entonces apenas podía contener el impulso de cubrir el símbolo fatal con las manos, aunque nunca llegó a hacerlo. Pero las personas acostumbradas a contemplar aquel signo de ignominia, podían hacerla sufrir también intensa agonía. Desde el primer momento en que la letra formó parte integrante de su vestido, Ester había experimentado el terror secreto que un ojo humano estaba siempre fijo en el triste emblema: su sensibilidad en ese particular, lejos de disminuirse con el tiempo, era cada vez mayor, merced al tormento cotidiano que sufría.
Pero alguna que otra vez, quizá con intervalo da muchos días o acaso de varios meses, tenía la sensación que una mirada —una mirada compasiva, se fijaba en la letra ignominiosa; y esto parecía proporcionarle un alivio momentáneo, como si alguien compartiera la mitad de su agonía. Pero un instante después se reduplicaba ésta con renovado dolor, porque en aquel breve momento había pecado nuevamente. ¿Había Ester pecado sola?
Su imaginación estaba un tanto afectada, y a haber poseído menos fibra intelectual y moral, se habría afectado aun mucho mas, en consecuencia de la soledad y de la angustia continua en que vivía. Yendo al reducido mundo exterior con que estaba en relaciones y regresando a su morada, y siempre
solitaria en esos paseos, creyó Ester, o se imaginó creer, que la letra escarlata la había dotado de un nuevo sentido. Se estremecía al pensar, y no podía menos de pensar así, que aquella le proporcionaba una especie de conocimiento intuitivo de las culpas secretas de otra almas. Las revelaciones que de este modo se presentaron a sus ojos la llenaban de terror. ¿Y cuáles eran? ¿Pero qué podían ser sino las insidiosas insinuaciones del ángel malo, que habría deseado persuadir a aquella mujer, que estaba luchando y era solo su víctima a medias, que el aspecto exterior de pureza no era mas que una mentira, y que si la verdad se conociera, la letra brillaría en mas de un seno y no únicamente en el de Ester Prynne? ¿Debía ella acaso recibir esas oscuras insinuaciones como si fueran una cosa real y positiva? Esta especie de sentido sobrenatural que se creía dotada, era de lo mas terrible e insoportable que hubiese experimentado en el curso de su desgraciada existencia. La llenaba de perplejidad y de malestar, pues a veces aquella marca roja de infamia en el pecho de su vestido, parecía como sí latiera y se agitase cuando Ester pasaba junto a un venerable eclesiástico o magistrado, modelos de piedad y de justicia, a quienes el mundo contemplaba como sí fueran los compañeros de los ángeles.
—¿Qué malvado pasa junto a mí? Se decía Ester para sus adentros.
Y levantando con repugnancia la cabeza veía que en aquellos alrededores no había mas ser humano que aquel hombre que todos consideraban un santo. Otras veces creía tener a su lado a una hermana en la culpa, y al levantar los ojos tropezaba con la forma de una devota y áspera matrona, cuyo corazón, según la creencia pública, había sido un pedazo de hielo durante toda su vida. Aquel hielo en el pecho de la matrona y la candente ignominia de Ester ¿qué tenían de común? Otras veces el estremecimiento eléctrico le daba la señal, como si le dijera: Ester, ahí tienes una compañera, y al alzar los ojos, veía a una joven doncella que contemplaba la letra escarlata, a hurtadillas, y se alejaba rápidamente con un ligero rubor en las mejillas, como si su pureza se hubiera empañado con aquella ojeada instantánea. Semejante falta de fe en la virtud de los demás, es una de las consecuencias mas tristes del pecado. Pero una prueba que en esta pobre víctima de su propia fragilidad y de la dureza de las leyes del hombre, la corrupción no había hecho mucho progreso, consistía en la constante lucha de su espíritu para creer que ningún mortal era tan culpable como ella misma.
El vulgo, que en aquellos rudos tiempos añadía siempre el elemento de lo grotesco a todo lo que hiriera su imaginación, había inventado una historia acerca de la letra escarlata, que fácilmente podríamos convertir en una terrible leyenda. Afirmaban que aquel símbolo no era simplemente un paño escarlata, teñido con un color que era obra del hombre, sino que el rojo ardiente lo producía el fuego del infierno, y se le podía ver brillar con todo su fulgor cuando Ester se paseaba sola, junto a su morada, durante la noche.
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