Czytaj książkę: «Belleza Invisible»
© del texto: Natalia de la Vega, 2019.
© del prólogo: Carlos Escario, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2019.
ref.: ODBO461
isbn: 978-84-9187-384-6
depósito legal: b.3.135-2019
dâctilos · preimpresión
Impreso en España · Printed in Spain
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Contenido
Introducción
1. Carlos, mi one and only
2. Aventuras y desventuras de una pareja bien avenida
3. La maternidad: «hay un alienígena en mi habitación»
4. Gonchi: perder a un hijo
5. Volver a la vida: ¡tachán, tachán! Tacha
6. TACHA more than beauty
7. Mis investigaciones: Sherlock Holmes a lo Willy Fog
8. Menopausia. ¡Horror! ¿Por qué nadie me avisó?
9. Yo, verde, y Maribel, Verdú. Tacha crece y crece
10. Diálogo interno o como dijo aquel: ¿por qué no te callas?
11. Mis próximos cien años Superabuela, sí, nanny de mis nietos... ¡nanay!
Agradecimientos
La belleza invisible es sin duda la Bondad, y aunque Ella se vista de gasa transparente puedes intuir su existencia gracias al brillo en la Mirada del que la posee.
Como tú, Natalia, tienes ese brillo y yo también te amo y te admiro.
rossy de palma
Prólogo
por
carlos escario
En todas las industrias hay líderes que esculpen y transforman sus sectores. Por ello, para mí, prologar a una autoridad como Natalia de la Vega, empresaria consagrada en el mundo de la belleza, es una responsabilidad de primera división. En este caso, además, ha sido más un acto de amor y un motivo de agradecimiento... y también porque me ha obligado a hacerlo: es mi mujer.
«Hay momentos en la vida en los que tienes la responsabilidad de intervenir para dar un punto de cordura a situaciones que se te han ido de las manos», me dijo al principio cuando me negué. Y es que al leer Belleza invisible, su primer libro, me ruboricé hasta las pestañas. De hecho, todavía no acabo de entender por qué he terminado psicológicamente en pelotas en casi todos los capítulos.
¿No ibas a hablar de ti? Caray, Nata... ¿Estás pensando en escribir otro libro? Avisa porque, si es así, tendré que empezar a disfrazarme pudorosamente para salir a la calle y no ser reconocido. Y aunque me pese por esta falta repentina de intimidad a la que me he visto sometido, debo reconocer que el libro me ha chiflado.
Poco puedo adelantaros de su contenido sin develar sus entresijos, salvo que os va a gustar muchísimo. A mí me ha encantado, y eso que me sabía el final. Mientras recorría sus páginas he llorado a mares y he reído a carcajadas...
¿Belleza invisible? ¡La de mi mujer! Belleza es abrir su corazón de esta forma, con esa humildad que la caracteriza, encantadora y vivaracha. Belleza es pintar para nosotros sin tapujos en este tapiz de palabras su trayectoria y su vida, con una vulnerabilidad generosa digna de admiración.
Natalia es la magia creadora en estado puro. Chisporrotea ideas y conceptos a una velocidad vertiginosa y con una creatividad salvaje. Los negocios son un vehículo para hacer magia fuera de los escenarios. Como hombre de negocios, ojalá hubiera tenido más presentes distinciones tan profundas y poderosas como las que tan llanamente y con tanta simpatía relata ella aquí.
Natalia es la vida en su máxima extensión, y la vida no es otra cosa que una conquista interior. Lo he recordado al disfrutar de las galeradas de este libro, un mapa en el que mi guerrera recorre con un humor y una inteligencia extraordinarios esta aventura que llamamos vida... Una oportunidad para sostener puntos de parada en los que podemos observar los momentos de mayor oscuridad —y también los de mayor luz—, y para recordar que «la vida no te pasa a ti, sino que pasa para ti» y que los peores momentos pueden también llegar a ser los mejores.
«Podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; la verdadera tragedia de la vida es cuando los adultos temen a la luz», escribió Platón. Belleza invisible está lleno de tu luz, Nata. No solo no le temes, sino que iluminas con ella desde lejos, desde siempre... Alegre como la luz del sol, eres brillante y das calor. Nunca tienes miedo de adentrarte la primera en los avatares de la vida, alumbrándonos el camino a los demás como una luciérnaga, abriéndonos paso mientras te miramos anonadados. Eres una valiente y te quiero por ello (además de por muchas otras cosas).
Uno de los regalos que Natalia nos brinda en estas líneas, y que no quiero volver a olvidar, es que, al margen de cualquier situación que hayas atravesado, por más dolorosa que haya sido, siempre hay un espacio para que puedas crear tu felicidad: el pasado no es tu futuro.
Si deseáis hacer de vuestra vida una obra legendaria, Belleza invisible está llena de puntos clave para que vuestro paso por la Tierra sea, como mínimo, inolvidable... Tan inolvidable como Natalia, mi mujer.
Es complicado hablar de belleza invisible cuando vivimos en un mundo, y yo la primera, en que trabajamos precisamente para que exista la belleza.
La belleza es algo hermoso, que sienta bien tener al lado, pero creo que he pasado demasiadas mañanas delante del espejo valorando si era lo suficientemente bella o no, si estaba a la altura de lo que los demás entendían por bello, aceptando incluso que otros la juzgaran.
La belleza, algo tan subjetivo... No hablaré de lo que es para mí la belleza, pero sí de cuándo me siento bella de verdad...
Me siento bella cuando hay tanta conexión que no hacen falta las palabras porque conoces tanto por dentro a quien tienes delante que, con una mirada fugaz, ya está todo claro y acordado.
Me siento bella con esas miradas que, como rayos láser, atraviesan el disfraz que todos llevamos a diario y van directos a las entrañas, al alma... Rayos láser a los que les da igual si vas maquillada o no, si tienes uno o setenta kilos de más o de menos, que te hacen sentir un calor único y que te llevan al lugar donde no hay más que hablar.
Quizás esa pueda ser la belleza invisible, una que no se ve pero que se siente cuando —incluso con los ojos cerrados— la ves claramente y percibes su calor.
Quizá lo bello sea que te da igual si es bello o no... No sé, quizá sea eso.
blanca suárez
Introducción
Lo que nos deleita en la belleza visible es lo invisible.
marie von ebner-eschenbach
Me llamo Natalia y esta sería mi ficha técnica: mujer, cincuenta y cinco añazos, felizmente casada desde hace más de treinta y la santa madre de tres bellezas. También soy la creadora de TACHA more than beauty, una empresa de centros de estética basados en el concepto de belleza integral que está pisando fuerte en España.
Como hace la friolera de veinticinco años que cumplo con mi sueño empresarial, el mercado me considera una especialista en todo lo que a belleza se refiere. A propósito de mi trayectoria, en varias ocasiones me habían sugerido que escribiera un libro, pero no terminaba de decidirme. Las teorías de lo que nos ayuda a vernos mejor ya las conocemos todos, son maravillosas y funcionan, doy fe de ello, pero ¿otro libro de belleza? Beber agua, no cenar tarde, hacer ejercicio... incluso mi querida abuela, que falleció hace casi veinte años con noventa y muchos, ya me decía desde muy jovencita: «Natalia, limpia tu piel dos veces al día, mañana y noche; nunca te acuestes sin desmaquillarte». ¿Qué podría decir yo al respecto que no se haya dicho ya? Sin embargo, la idea de escribir me quedó rondando en la cabeza. Ya sabéis lo que se dice: ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro... Effectivy Wonder, esto último me faltaba.
La lectura es mi pasión, leer biografías me encanta, me inspira. Soy de la opinión de que los seres humanos somos fabulosos y tenemos una fuerza interior imparable; ¿y si algo de la historia de mi vida pudiera servirle de ayuda a alguien? Así fue como empezaron a perfilarse estas líneas.
«¿Qué es para mí la belleza?», me pregunté. Sé que cada quien irradia a su alrededor una frecuencia imperceptible a los ojos, su propia belleza invisible. Al igual que la vuestra, la mía nace de las experiencias de mi vida como mujer, como madre, como esposa y como empresaria.
Después de dedicarme con tanta entrega al mundo de la belleza exterior, me fascina saber que existe un aura que no percibe el ojo humano y que ilumina todo lo que nos rodea. Ya lo dijo Antoine de Saint-Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos», y tenía más razón que un santo. Pensaréis: «¿cómo puedes decir precisamente tú que la belleza es invisible, so loca, si vives de ello?».
Pues sí. Vivo comprometida en cuerpo y alma a fomentar que las personas se vean bien usando para ello todos los métodos existentes alrededor del mundo. Viajo constantemente para descubrir los tratamientos más novedosos e infalibles con el objetivo de lograr una piel sin manchas o de borrar la celulitis del mapa; vivo entregada a la caza y captura del último grito que, todo sea dicho, suelo darlo yo, de emoción, cuando veo a mis clientas salir de nuestros centros de tratamiento felices y renovadas. Pero, después de ver infinidad de personas desfilar frente a mis ojos buscando la perfección externa, sé que la belleza es una emoción que nace en los ojos de según quien mire, que hay tantos tipos de belleza como personas existen y que lo que ves en el espejo no es otra cosa que lo que piensa de ti tu corazón.
Tampoco tenemos que volvernos locos persiguiendo cánones de belleza imposibles para la mayoría de los humanos. Entre que ahora parece que todos tenemos que ser altos y delgados, y que todas las imágenes que nos bombardean van desbordadas de Photoshop, tendemos a crearnos problemas graves de autoestima. No compremos las mentiras. Nadie es perfecto y la belleza de cada uno reside en que todos somos diferentes.
Yo soy pequeñita y curvy y eso no me ha supuesto ningún impedimento. ¿De verdad merecería ser menos feliz por eso? ¿Disfrutar menos de la vida? ¿Sentirme menos atractiva? A mí no me importa. Y al que le importe... dice más de sus propias inseguridades que de las mías. ¿Los años? Me consta que he mejorado conforme pasan. Con el tiempo, aprendes a conocerte a ti misma y te sacas mejor partido: conoces la ropa que te queda mejor, el maquillaje que más te favorece, el color que acentúa lo mejor de ti...
Sí, la belleza es subjetiva y tiene mucho que ver con el amor y, antes que todo, con el amor a uno mismo: si no te quieres, no encontrarás belleza en ningún lado.
Cuántas veces nos hemos topado con personas que al principio no vemos atractivas y que, al rato de conocerlas, nos parecen las más sexis de la habitación porque su inteligencia, su simpatía, su personalidad o su energía cautivan más allá de lo que ven nuestros ojos. Antes de que podamos darnos cuenta, su presencia física se transforma como por arte de magia y, donde no percibimos belleza en un principio, pronto la encontramos en mil detalles.
La belleza exterior es importante, estamos de acuerdo, pero lo es más por lo que hace en nosotros que por lo que ven los demás. Si nos cuidamos, si nos sentimos bien, nuestra personalidad se transforma, crece, porque afianza nuestro amor propio, porque nos da seguridad, porque nos hace atrevernos con la vida. Una sonrisa sincera es el arma instantánea más poderosa de belleza que existe.
Por supuesto, hay que cuidarse, y cuanto más, mejor, pero sin un equilibrio entre lo que invertimos en nuestro exterior y lo que guardan alma, mente y corazón será muy difícil que la fórmula funcione. De nada te servirá tener unos labios carnosos y bien hidratados si mantienes el gesto de haber chupado un limón; ni unos ojos sin patas de gallo cuando te pasas la vida enojado con el ceño fruncido; ni unos dientes inmaculadamente blancos si no sonríes; ni una manicura maravillosa si tus manos no acarician a nadie...
Hoy en día existen muchos tratamientos de belleza que son casi milagrosos. Cierto. Pero esto es lo que he aprendido gracias a mi experiencia: si el resultado no descansa sobre un corazón alegre, una actitud con mirada optimista, un «vamos adelante a buscar inspiración», un «tenemos que luchar en esta vida que no hay más que una y el tiempo se nos escapa», entonces esa belleza externa no será algo que perdure ni te hará ser una persona más querida, que en el fondo es lo único que buscamos todos cuando perseguimos la belleza: querernos más, que nos quieran más o, simplemente, que nos quieran.
Para Carlos, mi marido, ha sido una tortura:
—Pero Nata, ¡qué vergüenza!, ¿en serio vas a contar esto? —me decía lívido al recorrer estas páginas con sus preciosos ojos verdes.
—Sí, hijo, sí, no pasa nada...
Al igual que me ocurrió a mí al escribir, al recorrer de nuevo nuestra vida juntos, se ha emocionado con los recuerdos. Para rematar, le pedí que me escribiera el prólogo.
—¡Nata! No me hagas esto.
Pero si hay alguien que tenga esa belleza interior que se escapa por los poros es mi querido Charles —así he llamado siempre a mi esposo de forma cariñosa—. Se lo agradezco de corazón, igual que todos estos años que ha caminado a mi vera. Aunque muy a su pesar, vais a llegar a conocerlo muy bien, todo hay que decirlo.
Si os gustan los próximos capítulos, si os sirven, os inspiran, os ayudan, o si queréis usar estas hojas para encender la chimenea, es decisión vuestra. En lo que a mí respecta, si mis palabras ayudan a alguien a perseguir sus sueños, a enamorarse de la vida, a superar sus problemas, a montar una empresa o a quitarse los miedos que tenga por la razón que sea, me doy por satisfecha.
Mi fin último —aunque sé que se os escaparán algunas lagrimillas en alguna parte del relato—, es que os riáis, de ser posible, a carcajadas. No hay nada más hermoso en esta vida que reírse de uno mismo y yo, como veréis en breve, he vaciado mi corazón sin cortarme un pelo. «Natalia», me dicen mis amigas, «tú es que eres un libro abierto...». Pues después de esto, ni digamos.
Espero que este libro sea solo el primero de otros muchos. Ideas no me faltan, pero dependerá de vosotros. Gracias por estar ya aquí conmigo y agárrense los machos, que ahí voy.
Belleza invisible es la belleza que no se revela a simple vista, la que no se expone.
La que es perceptible para los ojos de quien sabe mirar. La que se revela ante los ojos del alma. La que pertenece al ser y no al parecer.
aitana sánchez-gijón
1
Carlos, mi one and only
Desde los quince años, Carlos, mi marido, forma parte de todos mis recuerdos. Es más, creo que no recuerdo mi vida antes de él.
Éramos casi dos niños cuando nos conocimos, nunca olvidaré el día que el chico más encantador del mundo puso sus preciosos ojos en los míos. Se bajó de una moto frente a mí y un amigo nos presentó. Fue un flechazo al primer «hola, ¿qué tal?» y al despedirnos, mi mirada se fue tras él para siempre. Era mi hombre, lo sabía.
La segunda vez que lo vi estaba entrenando para una carrera de motos en Madrid. Cuando me lo volvieron a presentar, se dirigió a mí con mucha simpatía:
—Pero tía, si ya nos conocemos, ¿o es que no te acuerdas?
¡Claro que me acordaba! ¿Cómo podía olvidar esa sonrisa, esa mirada y esos ojazos verdes? Aquel día, Cupido nos bombardeó vivos. Estuvimos horas tonteando sin tregua, en un jiji-jaja, muertos de la risa, y por la noche llegué a casa traspasada de felicidad, tocando el cielo con los dedos, completamente loca por él.
Parece que el sentimiento era recíproco y lo siguiente fue manipular las situaciones para quedar con los amigos en común y vernos como quien no quiere la cosa. Despues de coincidir unas pocas veces ya estábamos los dos manifiestamente tontitos perdidos.
En abril del año siguiente empezamos formalmente a salir. Íbamos sentados en el asiento trasero del coche de unos amigos y aprovechamos una curva muy pronunciada para, ¡zas!, tomarnos de la mano. Ahí estábamos los dos, con las manitas pegadas y una enorme sonrisa de oreja a oreja, como dos siameses, sin poder soltarnos en todo el trayecto. Me dejaron en la puerta de casa, pero no había quien nos separara. «¡Que me tengo que ir!», le dije. Y me plantó un beso. Vamos, un piquito de esos que no es nada, ni medio beso ni beso entero... pero para mí fue un mundo.
Cuando entré en mi casa, me habían crecido alas, no me cabía el corazón en el pecho, fue un momento de esos de éxtasis que jamás olvidas... ¡Ay, el primer amor! ¡Qué bonito es y qué bien sienta!
Entonces, en mis tiempos mozos, lo habitual, con un novio, era salir a merendar, o ir a un cine; pasabas horas hablando, conociéndote. Al recordar aquella etapa tan dulce de mi vida —llamadme antigua, no importa— no puedo dejar de pensar, cuántas cosas se pierden, a mi parecer, las parejas hoy por la rapidez con que llegan a la intimidad, con ese apabullante «aquí te pillo, aquí te mato».
Que me parece muy bien, que cada quien haga lo que quiera con su vida. Pero esas horas de puro sentimiento, anhelando al otro, que te derritas simplemente porque te den la mano y, que a las ocho horas huelas tu mano porque aún sientes su olor y suspires... ¡Uf, qué maravilla! Que ya ves tú, ¿qué vas a oler a las ocho horas? ¡Nada! Pero tú te lo crees porque es todo una experiencia tan profunda, tan nueva, tan sumamente romántica...
Ahora con los móviles es muy diferente, pero en aquella época tenías que esperar lo que parecía un siglo hasta que tu chico llamara a casa o, si no, llamarlo tú. ¡Y qué lentas pasaban esas horas soñando con volver a oír su voz! Era un sentimiento desbordado. ¡Qué bonito cada vez que me dejaba en casa! Su familia cenaba religiosamente a las diez en punto y me decía: «A las once y media me escapo y vuelvo corriendo un momento a darte un beso de buenas noches, ¿vale?». Yo ni cenaba, claro, solo lo esperaba con ansiedad hasta que aparecía.
Si un 3 de abril empezamos a salir, pocos meses después a mis padres no se les ocurrió una mejor idea que mudarnos a París. Mi padre, que se llamaba Tomás, trabajaba para una gran multinacional y de vez en cuando lo trasladaban por motivos de empresa. Ya habíamos vivido antes una temporada en Londres. Gracias a eso aprendí a defenderme en inglés y francés, algo que me ha servido siempre mucho en mis viajes y en mis investigaciones. Pero en ese momento de mi vida, aquel traslado fue una tragedia griega, ya que Carlos y yo teníamos que separarnos. Cuando me lo dijeron yo solo podía llorar por las cuatro esquinas, les decía a mis padres de todo:
—¡Egoístas! ¿Pero qué hago ahora?
—¡Pues qué vas a hacer, so tonta, venirte con nosotros!
Durante la época que viví en París, Carlos vino a verme varias veces. Me visitaba en cuanto podía y le dejaban. Seguimos juntos contra viento y marea. El amor de verdad tiene una fuerza y un poder increíbles, mueve montañas. En ese entonces, yo no tenía más vida que él. Mientras aguardaba sus visitas, cada tres o cuatro días le telefoneaba desde una cabina con monedas porque, si lo hacía desde casa, mi padre me regañaba: «¡Esas llamadas cuestan un pastón!». Así que ahorraba para llamarle desde el teléfono público y lo mismo estábamos hablando —no os vayáis a creer—, tres o cuatro minutos, lo justo para decirle «te echo de menos» y soltarle unas lagrimitas...
Eso sí, nos escribíamos una carta diaria, y, a día de hoy, tanto él conserva las mías como yo las suyas. Algún día me he puesto a leerlas y pienso: «Pero Dios mío, las memeces que podíamos decirnos...». Era más bien un diario: «Hoy he hecho esto, ayer hice aquello, no he podido olvidarme de ti...». Llegaba a casa y lo primero que preguntaba a gritos era: «¿Ha venido el cartero?».
Debe ser que le cogimos el gusto porque Carlos y yo nos hemos escrito cartas también después y, a lo largo de estos años, seguimos haciéndolo. Durante sus múltiples viajes me ha escrito cartas desde los aviones («Nata, estoy volando a tal sitio, estoy pensando en ti...») y, no solo en los buenos momentos, también en los malos. Cuando ha pasado algo gordo, nos gusta comunicarnos así.
Todas esas cartas, por supuesto, también las tenemos guardadas. Carlos dice: «Conservar todo esto es una faena para nuestros hijos, porque el día de mañana cuando estemos en el otro barrio, van a tener que tomar una decisión horrorosa, o las quemamos nosotros o tendrán que leer todas nuestras tonterías...». Sin embargo, siempre acabamos diciendo: «Conservémoslas». Ojalá que algún día terminemos leyéndolas frente al mar o frente a una chimenea encendida.
Mi vida en París era prácticamente nula, giraba alrededor de las veces que vería a Carlos: «Viene en un mes y medio»; «faltan dos meses para Navidad e iré a Madrid a ver a Carlos», etcétera. Mi vida, de hecho, no era otra cosa que los paréntesis entre ver a Carlos y los momentos que dedicaba a prepararme para cuando iba a verlo, pensando qué me pondría, cómo me peinaría... Y cuando por fin lo tenía en frente, ¡bueno!, se me hacía el culo Pepsi-Cola, me derretía viva. Y entonces venía otra cosa que ya no se estila: ¿Qué me decís de las horas que pasabas morreándote con tu novio por aquel entonces? ¡Aquello era gloria bendita!
Cuando yo iba a verlo a Madrid solía quedarme en casa de mi abuela materna, Carmen, porque mi abuela paterna murió muy joven y no llegué a conocerla. Ya os conté al comienzo que era la mujer de los eternos labios carmesí. Se quedó viuda muy joven. Su esposo falleció en la Guerra Civil y ella cogió a sus tres niñas pequeñas y escapó a refugiarse en una finca que tenía en Ciudad Rodrigo. Como en aquellos momentos no había comida, iba a buscarla subida en un burro para asegurarse de que a sus hijitas no les faltara nada. Sola sacó adelante a sus tres pequeñas. Era inmensamente fuerte. En su bolso nunca faltaban los polvos blancos y su pintalabios rojo. Recuerdo su piel siempre blanca, porque aquello era la moda de entonces, que no te diera un rayo de sol aunque pusieras un pie en la playa. Así que tenía una piel impecable, preciosa y no salía de casa sin estar de punta en blanco: maquillaje, pendientes, tacones y sus labios clavel.
Cuando Carlos me dejaba por la noche en el portal de mi abuela, yo siempre le gritaba al alejarse: «¡Llámame pronto!». En cuanto llegaba a su casa ya empezaba a sonar mi teléfono y otra vez venga a hablar, horas y horas. Mi abuela asomaba la cabeza: «¿Pero otra vez Carlos? ¿Qué os contáis? ¿No habéis estado juntos toda la tarde?». Entonces venía el clásico:
—Cuelga tú.
—No, cuelga tú.
—Noooo, cuelga tú...
Pienso que solo amas de esa forma absolutamente incondicional cuando eres muy joven. Cuando empezamos a salir, Carlos y yo no sabíamos nada de la vida, menos aún qué queríamos ser o qué íbamos a estudiar. De adolescente, te enamoras hasta la médula y ese «contigo, pan y cebolla» es auténtico. Ya de mayor tienes experiencia, ves a uno y piensas: «¡Uy, este es un vago!»; «¡uy, cuidadín, que este sale mucho por la noche!» o «¡uy, ojo con este, que se bebe hasta el agua de los floreros!», pero en la adolescencia, el corazón no sabe otra cosa más que entregarse por completo. Yo recuerdo que cuando salía con Carlos, lo veía y se me olvidaba hasta comer, solo quería mirarlo, no podía perderme ni un segundo de estar a su lado.
De mis cinco hermanos, yo soy como el miércoles, la de en medio. El primero es un varón y le seguimos cuatro chicas. Antes de irnos a París, un día en el que Fabiola, mi hermana mayor, estaba hecha polvo y en plena crisis de llanto y sollozo porque lo había dejado con su novio, pensé: «Hay que sacarla». A Carlos le pareció bien: «Que se venga hoy, si quieres, y le digo a mi hermano que salga con nosotros». Pues otro flechazo. Mi hermana se enamoró locamente de su hermano José María y, curiosamente, acabamos casadas dos hermanas con dos hermanos.
Cuando nos fuimos a París, ya estábamos las dos enamoradas y con novio y, por su parte, mi hermano también, así que mi padre nos advirtió a los tres que nada de aviones a Madrid cada dos por tres, que eso iba a ser carísimo: que si los amantes de Teruel queríamos ir a ver a nuestras parejas, para eso existía el tren.
Así pues, los tres adolescentes hacíamos el trayecto de París a Madrid en tren, durmiendo en las famosas cuchettes, en las que cabían seis personas, y ahí nos reíamos los tres hermanos hasta hartarnos. Me acuerdo una noche en la que una mujer se quitó los calcetines y nos inundó una peste... que los tres nos miramos al unísono y explotamos en carcajadas. Escondíamos las cabezas donde podíamos. Al final, entre unas cosas y otras, nunca dormíamos, pero estábamos tan enamorados y tan felices que nada nos importaba, todo era motivo de jolgorio y de fiesta. Hablo de las idas, claro, porque a la vuelta... ¡Ay, las vueltas! Todos con la cara hasta el suelo y una tristeza de aquí te espero. Mi padre nos iba a buscar a la estación de París:
—Hijos, por favor, ¡qué cara más mala traéis! —y con su característico tono humorístico añadía—: sois imbéciles, ¡lo que os estáis perdiendo aquí en París!
Mi padre adorado fue un personaje fascinante, genial y único.
Tampoco puedo hablar de mi juventud sin pensar en Roberto y Sole. Carlos conoció a Roberto el primer día que fue a la Universidad de Empresariales y ambos, a partir de entonces, se volvieron inseparables. En uno de mis viajes de fin de semana a Madrid salimos juntos los cuatro, surgió entre nosotros una conexión muy especial y nos volvimos inseparables. Ya, de más mayores, tengo anécdotas y recuerdos maravillosos de nuestros viajes juntos. En casa de Carlos eran muy conservadores. Mis padres, lo eran menos, pues habían vivido casi siempre en el extranjero a causa del trabajo de mi padre, y eran más abiertos de mente. Pero lo normal es que tus padres te dijeran: «¿Cómo que os vais juntos? ¿Con quién vais? ¿Dónde vais a dormir?». Si íbamos a casa de Carlos a veranear, cada uno en nuestra habitación y, vamos, ¡que no hubiera ruido en el pasillo de noche porque salía su madre en pijama!: «¡A ver, a ver! ¿Quién quiere un Cola-Cao?».
Los padres de Carlos lo tenían bastante controlado y no les gustaba que viajáramos solos. Como ya llevábamos años juntos, a los míos, bastante más liberales, no les preocupaba. «Me voy con Roberto, Sole y Carlos este finde!». «Vale, hija, pasadlo bien». En cambio, para Carlos planear un viaje como ese era toda una estrategia. Me acuerdo de un fin de semana de invierno en el que nos fuimos al Parador de Gredos. Charles contó a sus padres que nos íbamos a La Pedriza a casa de Sole. «Me llevo las raquetas para jugar al tenis con su padre», especificó para no dar lugar a la desconfianza, y antes de salir de casa vapuleó las raquetas en el aire para asegurarse de que las vieran. Cuando llegamos a Gredos los cuatro, empezó a caer la nevada del siglo y Carlos exclamó: «¡Anda, qué bien nos van a venir ahora las raquetas para salir de esta andando por la nieve!».
Cuando mi Charles acabó la carrera se tuvo que ir tres meses a hacer el obligado servicio militar o la mili, como decíamos entonces. Lo destinaron a la Instrucción Militar para las Escalas de Complemento de la Armada (IMECAR) en Galicia, a la vez que su hermano José. Tanto para mi hermana Fabiola como para mí, ir a verlos a la Academia Naval era otra tragedia de lagrimones y pañuelos. Roberto y Sole, que no se perdían una, nos acompañaban y a la vuelta lloraban de risa al vernos a mi hermana y a mí como plañideras. Roberto me decía:
—¡Pero si dentro de nada vuelves a verlo! ¡No está en la China, hija mía, está en Galicia!
—¡Lloro porque quiero y punto! —decía yo muy digna.
Sentía un amor tan bonito, tan puro, tan inocente... No podía estar separada de mi amorcito ni medio minuto.
En cuanto Carlos acabó la mili, como los dos teníamos trabajo (él hacía las prácticas de su carrera y yo trabajaba en una aseguradora), pensamos: «¿A qué estamos esperando? ¡Nos casamos!». Soñábamos con aquel momento: «¿Te imaginas?, ¡qué gusto! ¡Por fin vamos a poder hacer lo que nos dé la gana!». Hoy en día muchas veces se oye todo lo contrario —«qué horror, para qué nos vamos a casar, qué complicación»—, pero antes era muy sencillo: «¿Queremos estar juntos para siempre? ¡Pues venga, nos casamos!».
Y eso hicimos. Después de más de seis años de novios, me casé un 30 de noviembre, con veintidós añitos recién cumplidos. No hubo una pedida de mano como las que se hacen ahora. Vamos, lo típico, me regaló un anillo, yo un reloj... Pero a mí no me tocó una de esas pedidas de mano maravillosas que hace la gente ahora (Charles, cariño, si lo estás leyendo, esa me la debes, capullito). En fin, que dijimos: nos casamos ya. Todo el mundo protestaba: «¡No, hombre! ¡Noviembre no es un mes para casarse!». Pero a nosotros nos dio igual y tiramos adelante.
Si volviera a casarme, lo haría de una manera totalmente diferente. Creo que las parejas lo hacen mucho mejor ahora, porque organizan la boda que ellos quieren, mientras que antes se hacían las bodas como querían nuestros padres. Roberto y Sole se acababan de casar en la iglesia de Santa Bárbara, en Madrid, y la boda nos encantó, así que decidimos casarnos allí también. Como era otoño, teníamos que celebrar la fiesta en algún salón, así que decidimos que fuera en el Palace. Pero, todo lo demás, incluyendo la mayoría de los invitados, fue cosa de nuestros padres. De todas formas, nos lo pasamos bomba y disfruté muchísimo.
El momento más bonito lo recuerdo bien: tuvo lugar al llegar al altar, cuando Carlos me tomó la mano y ya no me la soltó ni un momento. De vez en cuando nos apretábamos fuerte, me miraba a los ojos y le veía tragar saliva, emocionado. Estaba... no nervioso, ¡nerviosísimo! Después, durante el banquete, saludó a tanta gente y estrechó tantas manos que, como no estaba acostumbrado al anillo, siempre recuerda que terminó con un dolor terrible en los dedos. Y yo, de tantos besos a señores con barba y sin barba, terminé con la cara despellejada. Cuando acabó el banquete, nos fuimos todos los amigos a bailar a una discoteca. A las tantas de la mañana subimos a nuestra suite, con Roberto y Sole, por supuesto. Se comieron nuestros bombones, se bebieron el champán, se acabaron todo el minibar y a las ocho de la mañana les dijimos: «Oye, ¡¿os queréis ir ya?! ¡Que son las ocho de la mañana y es nuestra noche de bodas!». Así que dormimos tres horas, hasta que volvieron a aparecer por la puerta Zipi y Zape para llevarnos al aeropuerto. Al avión llegamos «arrastraítos»... ¡Dios del alma! ¡Sin haber dormido nada! ¡Y con un resacón! Aunque con el corazón loquito palpitando de amor.
Nuestro primer destino: Nueva York. Viajábamos en clase turista, en una fila de tres: Carlos en la ventana, un señor en el pasillo y yo en el medio. Fue despegar el avión y Carlos desplomó su cabeza encima de mi hombro para pasarse roncando el vuelo entero. ¡Y yo todo el tiempo con ganas de hacer pis! Pero entre que tenía que molestar al hombre del pasillo y que miraba a Charles y pensaba: «¡Ay, pobrecito! ¿Cómo le voy a despertar?». Me pasé el vuelo entero contenida y en duermevela.
Después de pasar unos días en Nueva York, volamos a República Dominicana. Allí alquilamos un coche para conducir hasta nuestro destino final, Puerto Plata. De aquello hace treinta años, era otro mundo. La primera aventura fue enfrentarnos al coche automático. Era la primera vez que nos subíamos a uno. Carlos metía unos frenazos que nos comíamos el cristal y me decía: «¡Ay, que no llegamos!». En Santo Domingo nos lo pasamos de locura, todo el día en la playa y por las noches sin parar de bailar. El día de la vuelta condujimos hasta la capital para coger el avión a Madrid, pero no sé qué pasó que salimos tardísimo. Cuando ya estábamos llegando, nos detuvo la policía:
—Va usted demasiado rápido. Les vamos a requisar el coche y mañana tienen que ir a juicio —a Carlos se le abrieron los ojos como platos.
—¡Pero cómo va a ser eso posible, si nos tenemos que ir a España, que estamos a punto de perder el avión! Yo le pago la multa y listo.
—No, no, tienen ustedes que enfrentar un juicio.
—¿Un juicio? ¿Por una multa leve de velocidad? Pero, vamos a ver, ¡esto no tiene ningún sentido!
—Así son las leyes aquí. Usted ha cometido un delito y mañana tienen que ir a juicio.
Carlos estaba atónito e indignadísimo. Pero a mí se me encendió una lucecita y, en un momento que se alejaron un poco, le dije:
—A estos hay que engrasarles los ejes, Carlos —me miró como me mira casi siempre, como pensando «la loca de mi mujer».
—Pero Nata, ¿se te ha ido la pinza? ¿Cómo voy a sobornar a un policía?
¡Vamos a acabar en la cárcel!
—¿Tú quieres salir de aquí? ¡Pues ya sabes lo que hay!
Como no le quedaba otra opción, rebuscamos en los bolsillos, porque nos habíamos gastado todo lo que llevábamos, y acabamos juntando sesenta dólares. Cuando el policía volvió, Carlos, como quien no quiere la cosa, le enseñó el dinero:
—Oiga, ¿no podría usted por casualidad representarnos en el juicio mañana?
El policía se lo quitó de la mano, lo contó muy serio y respondió:
—Venga, corran, que ya con esto mañana mismo voy yo al juicio por ustedes. ¡Vayan con cuidado!
Al llegar al aeropuerto descubrimos que habíamos perdido el avión. Los de Iberia dudaban de que fuéramos a tener plaza en el siguiente vuelo. Ya no nos quedaba ni una peseta, y teníamos las visas explotadas... Hablamos con alguien de la compañía: «¡Mire, es que venimos de viaje de novios y no nos queda nada!». Nos debió de ver tal cara de pánfilos a los dos y debimos inspirarle tanta ternura que se apiadó de nosotros: «Vale, venga, no os preocupéis, hace aquí escala un vuelo que llega en unas horas de Puerto Rico. Si hay hueco ahí, os meto... Pero tenéis que esperar. Quedaos por aquí, que alguien de Iberia irá a buscaros». Como no nos quedaba ni un duro y en el aeropuerto no podíamos comer ni hacer nada, estuvimos como veinte horas jugando a las cartas y bobeando por allí.
Al ir a pasar después el control de seguridad, nos dijeron que eran treinta dólares por persona en concepto de tasas. No podíamos pagar. Recordamos que en la bolsa de mano llevábamos de regalo dos botellas de ron para nuestros respectivos padres... Les dimos una y nos dejaron pasar. En poco tiempo, parecía que éramos de la mafia.
Tuvimos la suerte de que hubiera plazas en el vuelo que llegó de Puerto Rico, pero no solo nos dieron asientos, sino que, ¡en business! Nos mirábamos incrédulos pensando: «¡Sin dinero y mira dónde hemos terminado!». Desde aquel día soy fan incondicional de Iberia.
Durante nuestros primeros tres años, Carlos y yo vivíamos en el paraíso. Lo pasamos como enanos: salir, entrar, viajar, ¡un no parar! Sin responsabilidades de ningún tipo, disfrutando de nuestra juventud y del placer de estar juntos. Luego, con la llegada de los hijos, todo cambió, es cierto, pero, en cuanto pudimos, terminamos haciendo la misma vida con ellos, llevándolos a todos lados con nosotros y pasándolo genial en familia, como una tribu.
Carlos ha sido y sigue siendo lo más importante de mi vida. Sí, mis hijos son importantísimos, pero ya son mayores y hacen sus propias vidas. Y yo a Carlos lo necesito. Sé que junto a él y gracias a él soy mejor persona y mucho más feliz. Además, verdaderamente somos uno en todo, hasta en los negocios... Carlos no es mi media naranja, es mi naranja entera.
La gente me pregunta cómo lo hemos conseguido, por qué nos ha ido tan bien y qué hemos hecho para seguir unidos después de tantos años. Ojalá en las próximas páginas pueda daros alguna pieza de información que os sirva, aunque mi querido Minchi me retuerza el pescuezo por estar aquí aireando nuestras cosillas.
Charles, no te olvides de que todo esto es por el bien común.
Nota de Nata
Aunque esté mal que yo lo diga, porque es tirar piedras contra mi tejado, el mejor tratamiento de belleza para el ser humano es gratuito y se llama #estarenamorado. Quiérete mucho a ti mismo y enamórate varias veces al día: de tu pareja, de tus hijos, de poder respirar, de ver una puesta de sol, de una película, de una canción, ¡de tu perro! Hay tanto en la vida de lo que enamorarse cada día... No hay suplemento de colágeno ni radiofrecuencia que te haga ver mejor. Si alguna de mis clientas atraviesa una crisis de desamor, se apaga. De pronto, un día la ves, le brillan los ojos, está radiante, espectacular y le preguntas: «¿Qué te has hecho que estás tan guapa?». La respuesta suena mejor en francés: l’amour.
La belleza invisible es una actitud, una luz, un gesto, un olor que hace que alguien te atraiga y te deslumbre y enamore, y no se corresponde con nada físico. ¡Es magia!
jorge vázquez
2
Aventuras y desventuras
de una pareja bien avenida
Yo siempre pensé que Carlos sería el padre de mis hijos y que quería permanecer a su lado de por vida; sin embargo, que nadie se engañe: esto no es ni un cuento de hadas ni un camino de rosas. Hemos atravesado momentos dificilísimos, muy duros, como el de perder a uno de nuestros hijos. Como cualquier pareja, hemos tenido peleas y broncas, pero he aquí la diferencia: tengo muy claro que yo quiero estar con él, así como él conmigo, y si eso no se pierde de vista cuando hay problemas, estos se solucionan.
En el fondo, lo que se necesita para vivir en pareja es tener ganas de estar en pareja y una cosa fundamental sin la que ninguna relación sobrevive: el perdón. Perdonar lo es todo: perdonarse uno a otro muchísimas cosas, perdonarse uno mismo, perdonar constantemente. Si no perdonamos a diario, nada funciona y es imposible construir nada sólido.
Esto es trasladable a todas las relaciones: sucede en pareja, con un amigo, con tu familia... Tenéis que perdonar, pero, ¡ojo!, no solo perdonar: perdonar y olvidar, no perdonar y machacar al otro todo el día porque, aunque la información se te quede en el disco duro, no puedes recordarle todo el día a esa persona lo mala que es, lo que no ha hecho bien o lo que ha dejado de hacer. Después de treinta y tres años, creo que esto Carlos y yo lo hemos gestionado bien y no nos guardamos rencores en el baúl de los recuerdos.
Las parejas que se casan jóvenes tienen una ventaja: maduran juntos. Nosotros descubrimos la vida de la mano: los besos, salir de copas, la primera cogorza, el primer «polvorín»... Hemos experimentado todo por primera vez de la mano y eso, no me cabe la menor duda, nos ha ayudado muchísimo a lo largo de los años.
Hay mucha gente que me dice: «Natalia, di la verdad, después de convivir tanto tiempo con tu esposo, no puedes seguir enamorada de él». Pero ¡por supuesto que lo estoy! Lo que hay que entender es que, cada momento —y tiene mucho que ver con la edad y sus etapas— se vive de forma diferente.
Como persona pasas por distintas fases. El principio de una relación no puede compararse con nada, es una droga, una adicción, algo maravilloso que te deja sin respiración pero que también te vuelve loco. Es un estrés enorme. Solo vives para verlo, escucharlo, todo es él; la pasión, los celos, se sufre muchísimo y lo pasas fatal... En conjunto, es una angustia. Maravillosa, sí, pero una angustia: «Ay, que no me ha llamado... ¿Con quién estará que no me coge el teléfono? Como no conteste me lo cargo».
Después te vas acostumbrando a estar juntos, no sufres tanto y todo es más sencillo, porque ¡qué intensidad en los comienzos! Ahora, si no contesta al móvil solo pienso: «Dios mío, que no le haya pasado nada». Y esos momentos de amor sublime de los comienzos vuelven a darse aquí y allá, no os creáis; si lucháis por la pareja, los momentazos vuelven.
Cuando te afianzas, con el paso de los años, la relación se convierte en algo más dulce, pierdes los miedos y ganas confianza, el amor se hace mucho más fácil. Cuando llevamos unos días juntos, descansando de vacaciones en la playa, todavía hay veces que me quedo mirándolo y me nace un espontáneo «¡qué guapo estás!». Se lo digo mucho más yo a él que él a mí. Vamos, que me lo dice también, pero ya sabéis cómo son los hombres: «¿Qué te parece lo que me he hecho?», y se te quedan mirando con ojos de besugo pensando: «Uf, ¿qué le digo yo ahora? ¿Qué se habrá hecho?», y arriesgan con un: «¡¿Te has hecho algo en el pelo?!», entre pregunta y exclamación, para ver en tu reacción si han acertado.
Qué verdad tan grande eso que dicen de lo importante que es reírte con tu pareja. Puedes enamorarte, puedes sentir que tu corazón palpita como una patata frita... ¿pero que además te lo pases bien y que te rías? Eso no tiene precio. Lo que yo me he reído con Carlos desde el primer minuto en que lo conocí hasta el día de hoy no tiene límites. De jovencillo, era todo ojos y boca, llevaba siempre una sonrisa dibujada en la cara. De hecho, como siempre se estaba riendo por algo, lo conocían como «el risas».
Me lo he pasado siempre genial a su lado. Tiene un lado muy serio y, a la hora de trabajar, es el más profesional del mundo. En cambio, luego, es lo más guasón y vacilón que he conocido y me hace reír sin parar. Desde luego, para mí, que una persona sea graciosa es la pera; y si encima esa persona es el amor de mi vida, ¡apaga y vámonos!
Después de muchos años casados, seguimos muriéndonos de risa juntos. Me estoy acordando de una anécdota de uno de nuestros viajes de hace pocos años. Carlos tenía que ir a Nueva York por trabajo con la multinacional de logística en la que trabajaba entonces y me invitó: «Nata, vente conmigo. Ya que cruzamos el charco, nos asomamos tres o cuatro días a San Francisco, que aún no lo conocemos, de ahí volvemos por Nueva York, yo ya me quedo ahí y tú si quieres te quedas conmigo y si no, sigues a Madrid». Lo recuerdo como si fuera ayer por cómo nos reímos. Al llegar a San Francisco, preguntamos en el hotel por un buen restaurante en el barrio chino y nos mandaron a uno que se suponía que era lo más de lo más en aquellos momentos.
En el local no se veía, era oscuro, oscuro, ¡oscurísimo! La carta estaba en chino, así que no entendíamos absolutamente nada. «Mire, pídanos usted lo que quiera...», le dijimos a la camarera. Pronto apareció con una lechuga cruda y una especie de picadillo que no sabíamos ni cómo comérnoslo. Mordimos la lechuga y saltó la china de entre lo oscuro gritando: «Noooo, not like that!». Había que enrollar el picadillo dentro de la hoja de lechuga —ahora estará de moda, pero entonces no teníamos la menor idea de que existían los lettuce wrap—. ¡Nos echó una bronca! Después de explicarnos cómo se comía aquello, desapareció de nuevo en la oscuridad para traernos otro plato. Lo probamos y ella, de nuevo, soltó a gritos: «¡No! ¡Así no! ¿Qué hacen? ¡Qué así no se come!». Cada vez que nos traía el siguiente plato, esperábamos a perderla de vista para empezar a comer. Carlos se aseguraba: «¿No se ve a la china, verdad? Corre, aprovecha, vamos a comer antes de que vuelva». Y la tía volvía a aparecer: «¡Noooo! ¡Así no!». Fue tanto lo que nos reímos del estrés aquel, que ni cuenta nos dimos de que en la mesa de al lado había otra pareja mirándonos...
Al fin terminamos y salimos para irnos al hotel. Después de mucho esperar, el taxi nunca llegó. Carlos le preguntó al de la puerta:
—Mire, que estamos con un jet lag tremendo, por Dios, y el taxi no aparece.
—Solo podemos ofrecerles una limusina —nos aseguró.
Pues terminamos regresando al hotel en limusina. Cuando nos vimos los dos sentados allí detrás, Carlos se puso picarón:
—Nata, esto es como en las películas, venga, vamos a hacer alguna guarrería.
Cómo serían los lametazos que nos dimos, que el conductor nos miró de reojo por el espejo y, de pronto, ¡piii! ¡Empezó a cerrar la ventana entre él y nosotros! Vamos, aquello fue de película total. Así que nos reímos de lo lindo y, al día siguiente, cuando llegamos a Nueva York, mientras estábamos esperando en el aeropuerto a que salieran nuestras maletas, se nos acercó una parejita y nos dijo:
—¡Anda, si sois los de la cena del chino de ayer en San Francisco! Estábamos en la mesa de al lado. Jolines, la tía esa, ¡la noche que os dio!
Pues ya os imagináis cómo me he reído con Carlos de esto toda la santa vida. ¿Lo mejor? Que, a día de hoy, nos seguimos riendo.
Si me paro a pensarlo, mi Charles para mí lo es todo, y no solo porque haya estado siempre en mi vida. Como pareja, como amigo, como marido, como padre, como compañero de aventuras, como socio en el negocio... Tenemos un engranaje maravilloso. Y, ¡ojo!, mirad que es difícil la convivencia. Vamos, que si yo no estuviera con Carlos por algún motivo, no volvería a vivir con otra persona ¡ni harta de vino! Solo de pensar en comenzar con alguien nuevo, solo por eso, ya estoy segura de que no lo haría. Qué suerte hemos tenido de haber empezado tan jóvenes. Nos hemos modelado el uno al otro.
Algunas amigas me dicen: «¡Qué rollo! ¿Cómo puedes llevar viviendo tantos años con el mismo hombre?». Sinceramente, a mí lo que me parecería horrible sería estar todos los días de uno en otro. ¡Qué pereza! ¿Empezar de cero? ¿Todo el día queriendo ser perfecta y viéndome perfecta, perfectamente maquillada y depilada a cualquier hora el día? Ni de coña, vamos. Para mí eso sería la pesadilla de las pesadillas.
No hay nada fácil, desde luego. Tengo que dejar bien claro que Carlos y yo somos muy diferentes. Él es muy perfeccionista. Si entra en un proyecto, quiere que todo salga perfectamente y no se consiente ni el más mínimo fallo. Es durísimo con él mismo y yo siempre le digo que tiene que relajarse con eso. Es muy metódico, un poco más cuadriculado de pensamiento; yo, en cambio, soy todo lo contrario. Dice que tengo alma latina y que él es germánico. Si tengo problemas, yo me río de mí misma y me voy de fiesta. Si Charles tiene un problema «no sale de la cueva», como él mismo dice, hasta que no lo soluciona.
Él vive más en el futuro y yo mucho más en el presente, otra gran diferencia entre los dos. No soy de anclarme en el pasado. Con respecto al pasado, por cierto —y mira que me han ocurrido cosas—, suelo acordarme solo de lo bueno, porque creo que pensar en lo que ha quedado atrás te paraliza. Obviamente, he ido entendiendo progresivamente el carácter de Carlos con el paso de los años y he comprendido, por ejemplo, que mientras que yo intento poner el foco de atención en todo a la vez, él lo pone exclusivamente en lo que cree que es primordial en ese momento. ¿Lo demás? Sí, ahí está, existe, pero él no lo ve y allá películas.
A las cosas cotidianas no les da importancia, no las registra; es increíble. En este sentido, voy a contaros casos prácticos para que quede claro cuán diferentes somos mi marido y yo.
Carlos es genial, un maravilloso empresario en su consultoría de negocios. Ha viajado tantas veces alrededor del mundo por trabajo que ya no hay forma de llevar la cuenta de los lugares que ha visitado. A la hora de hacerse la maleta, jamás olvidará llevarse un papel o un cable que pudiera necesitar en una reunión o presentación, o un USB de cuatro puntas. Pero al resto de las cosas no pone la menor atención; es como si no existieran, lo olvida todo. Así que yo soy quien le hago la maleta. ¿Por qué? Porque si la hace él se le olvidan la mitad de las cosas del día a día.
Habrá alguna persona que diga: «¡Qué horror!, ¡qué retraso hacerle la maleta a su marido!». Pues sí, pero como sé que no es su fuerte y puedo hacerlo, ¿por qué no? Si tú quieres a una persona, solo le deseas lo mejor del mundo y tratas de ayudarla. Y yo lo hago con sus maletas, y me encanta.
Sinceramente, lo prefiero ante la opción de que me llame en mitad de un viaje y me diga compungido:
—Nata, me he olvidado de traerme los zapatos.
—Pues, hijo, vete a una zapatería y cómpratelos.
O que, otro día, me suelte algo del tipo:
—Nata, no te lo vas a creer. ¡Me he olvidado los calzoncillos!
Y yo:
—¡Pues dales la vuelta!
¿Lo veis? Acabo antes si se las hago yo.
Mi marido es despistado por naturaleza. Si conduce él, voy con cuatro ojos:
—¡Carlooos, que nos estampamos!
—Ay, qué exagerada. Tranquila, tranquila...
—Sí, tranquila, tranquila, pero casi nos comemos el semáforo.
Para mi querido consorte, el concepto del tiempo es otro misterio sin resolver. Se concentra en algo y adiós muy buenas. A mí, que siempre soy todo lo puntual que puedo, me trae por la calle de la amargura hasta para cenar con los amigos:
—Carlos, hemos quedado a las nueve, son las nueve menos cuarto, no hemos salido de casa y ni te has duchado todavía.
—Nata, por favor, pero qué manera de estresarme —contesta invariablemente.
Pues siempre llegamos tarde. Cuando él no está y he quedado para cenar y llego a tiempo, el comentario generalizado de los amigos es: «Jo, cómo se nota que no está Carlos».
Si tengo un vuelo soy de las que llega dos horas antes y ya voy agobiada. Carlos, que ha dado vueltas como una canica por todas partes del mundo, ha perdido tantos aviones que no me extrañaría que ocupara el primer lugar del libro Guinness de los récords. Además, es gracioso cómo lo maneja, porque está siempre convencido, de corazón, de que va a llegar a tiempo. I love him.
—Carlos, ¿no salía tu avión a las cinco?
—Sí, claro.
—Pues son las cinco menos cuarto...
—Bueno, tranquila, tranquila... ¡No me metas prisa!
—Pero ¿cómo que no te meta prisa, Carlos? ¡Por Dios bendito! ¡Si ya no llegas!
—Sí, mujer, sí, verás como llego —y el tío lo dice tan seguro que casi te convence. Se va y a las dos horas me llama.
—¿Pero tú no estabas volando?
—Es que, no te lo vas a creer... ¡He perdido el avión!
—Niños —exclamo yo, regocijándome a pleno pulmón—. Es papá, ¡que ha perdido el avión! —y explotamos en carcajadas, todos a coro: «¿¡Otra vez!?».
En una época en la que estaba desbordado de trabajo —más que yo ahora, que ya es decir— me pidió un favor:
—Nata, organiza tú las vacaciones, que yo no tengo tiempo ni de respirar.
La verdad es que Carlos y yo hemos trabajado —y trabajamos— como energúmenos. Nuestro desquite son los viajes, y ahí es donde tiramos, sin pudor, la casa por la ventana. Si se puede gastar, nos vamos de viaje. Así que yo tan contenta, pim-pam-pum, vacaciones a todo tren organizadas. Ya en el avión, con los niños, me miró y me preguntó:
—Nata, ¿adónde vamos por fin?
—A Maldivas, Carlos, que te lo he dicho veinte veces. ¿De verdad no te acuerdas?
—Ah, qué bien. Dicen que es un archipiélago precioso. ¿Dónde nos vamos a quedar?
—En una isla de quinientos metros de ancho por ciento cincuenta de largo, o al revés, como quieras verlo, qué pasada.
—¿Cómo? —me preguntó mirándome con horror—. ¿Es una broma, no? ¿Me estás diciendo que vamos a estar ahí catorce días con un niño de seis años y una niña de tres, en una isla de menos de medio kilómetro cuadrado? Nata, por favor, no me digas eso que me muero ya mismo... ¡Que son mis vacaciones!
Después de entrarle el pánico escénico, resultó ser uno de los mejores veranos de nuestras vidas. Nos enamoramos de Maldivas para siempre, pegados a los niños dos semanas, descubriendo aquel mar transparente haciendo submarinismo, los cuatro siempre juntos. Fue maravilloso. Yo siempre pensé que cuando tuviera hijos nunca íbamos a separarnos de ellos durante los veraneos. «Viviremos lo que haya que vivir, pero con ellos». Ojo, que yo, con lo aventurera que soy, la he liado parda más de una vez, en plan: «Ahora nos subimos en esto y ahora nos tiramos por aquí». Y Carlos me sigue y me ha tenido que perdonar alguna muy pero que muy gorda... Por ejemplo, me estoy acordando de otras vacaciones —y tengo que admitir que mi marido es un santo. Ahora entenderéis por qué.
Nos fuimos a Zimbabue y, una vez allí, subimos la familia entera en un helicóptero para ver las cataratas Victoria desde el aire. Cuando nos bajamos le dije a Carlos:
—¡Ahora nos vamos a hacer rafting en el Zambeze!
Me miró así como concentrado, repitiéndose a sí mismo en voz alta:
—Y ahora vamos a hacer rafting en el Zambeze... —y con sus ojitos lejanos de «mi mujer está zumbada» titubeó un poco y asintió—: vale, vale.
Aquella misma noche, al llegar al hotel, me sorprendí porque nos tropezamos con algún que otro herido, incluso vimos pasar una silla de ruedas con alguien que traía la pierna escayolada, pero está claro que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
A la mañana siguiente ya estábamos todos listos en la orilla del río para subirnos a la balsa: Carlos, mis dos hijos, Robertito —el hijo de Roberto y Sole, que se había venido con nosotros— y Ana, una amiga nuestra cuyo marido acababa de morir hacía ocho meses en un trágico accidente. Así pues, ahí estábamos los seis ignorantes, sin tener ni la menor idea de en la que nos íbamos a meter por mi culpa. Claro, que todo hay que decirlo: aparecieron cuatro negrazos con unos brazos que ya los quisiera Hércules para sí y nos miraron con los tres niños y nos dijeron con cierta inquietud:
—¿Ustedes han hecho rafting alguna vez?
Y nos miramos todos y dijimos:
—Pues no.
—Venga, ¡no pasa nada! ¡Muy bien! ¡Todos a la balsa! —nos animaron.
Y ahí íbamos, caminando rumbo al Zambeze, cuando noté que a Carlos empezaban a asaltarle las dudas:
—¿Pero seguro que esto es para niños? —preguntó varias veces a los monitores.
—Yes! Yes! No problem! Come! Come! —decían ellos.
Después de plantificarnos a cada uno un casco al más puro estilo Calimero, nos subimos a la balsa y los monitores empezaron con las explicaciones:
—Bueno, si se vuelca la balsa, no luchen contra corriente, ¡déjense llevar! ¿eh?
¿Había escuchado bien? ¿Cómo que si se vuelca? Puff, qué cosa más rara, pensaba yo... Pero empezamos y, conforme comenzábamos a agarrar velocidad río abajo, aquello pasó a ser horroroso. Por supuesto, después de algunos rápidos, se nos volcó la balsa. Creí que me ahogaba, debajo del agua, debajo de la barca, sin saber si tenía los pies arriba o abajo, sin poder respirar, tragando agua como un agujero sin tapón. Cada vez que lograba sacar un poco la cabeza, miraba alrededor pensando: «¡Mis hijos! ¿Dónde están mis hijos?» y para abajo otra vez.
Fue espantoso. Cuando salimos del rápido empecé a contar cabezas... Gracias a Dios, estábamos todos. De pronto, alcancé a oír un hilo de voz que salía del agua con acento italiano:
—¡Ayuda! Aiuto, per favore...!
Era una mujer con el codo fuera. Ahí empecé a entenderlo: el cojo del hotel, el escayolado... Me estremecí: «¡Ay, Dios mío, que esto acaba de empezar!».
Y súbete a la balsa otra vez, con la italiana adoptada, que la pobre mujer era de otro grupo y se había quedado ahí aferrada a una roca, y su barca... ¡a saber! Me tranquilizó un poco escuchar a nuestro monitor con su acento africano: «Don’t worry! Don’t worry!» y algo así como: «¡Aquí traigo yo el botiquín!». Entonces, cuando me fijé, se me cayó el alma al suelo. ¡Qué podía llevar en esa mierda de botiquín aquel buen hombre, si tenía el tamaño de un costurero de bolsillo!
Yo, que soy de credo dudoso, gritaba desgañitándome: «¡Ay, Dios mío, sálvanos!». Al siguiente rápido, volvimos a volcar. Carlos me miraba atónito sin dar crédito a lo que estábamos viviendo y, mientras tanto, los niños gritaban de felicidad: «¡Otro! ¡Otro! Bieeeeen...». Bendita ignorancia, como si aquello fuera una atracción de un parque acuático. Carlos y yo nos mirábamos con cara de «nos ahogaremos todos». Así que me subí a la balsa y le dije al cabecilla del grupo:
—¡Esto no tiene ninguna gracia! Nos van a matar a todos, ¡me quiero ir al hotel ya! ¡Se acabó! Paren esto, que nos bajamos.
—Miss! —me gritaba en inglés para que pudiera escucharle entre aquel estruendo mientras señalaba con los brazos para todos lados, haciéndome entender que no había forma de salir de allí—. ¡Confíe! ¡Confíe! ¡Confíe en mi Dios!
Y yo le miraba gritando más fuerte:
—Pero si no confío en mi Dios, ¿cómo voy a confiar en el suyo? ¡Déjese de tonterías, hombre! ¡Que nos manden un helicóptero de los de las cataratas ya mismo!, ¡ya!
—Señora, ¿cómo quiere que baje aquí un helicóptero?
Yo lloraba:
—¡Por favor! ¿Qué es esto?
El caso es que no había otra que seguir río abajo. Encima, los nombres de los rápidos eran de traca: el nombre de cada tramo era peor que el anterior. Si sobrevivíamos a «Escalera al cielo», el siguiente se llamaba «El váter del demonio» y de ahí al «Suicidio comercial», al que le seguía «Las apretadas fauces de la muerte». Cuando veía que se aproximaba uno, empezaba a temblar y le clavaba los ojos amenazantes al africano, como diciéndole: «¡Como vuelque te las vas a ver conmigo!». Tenía acojonado al pobre hombre, pero aquello iba de mal en peor, ya que, a cada nuevo maremoto interruptus, nos íbamos encontrando con más y más heridos y él los iba subiendo a nuestra balsa. Yo, a esas alturas, ya le odiaba con toda mi alma:
—¡Aquí no sube ni Dios! ¡No meta a nadie más, que no cabe un alfiler y nos vamos a matar! —le decía por boca de la desesperación.
En el primer remanso en el que pudimos bajarnos —que, por cierto, solo hay uno y está más allá de la mitad del trayecto—, saltamos como locos a pisar tierra firme. Nada más desembarcar en la orilla nos dijeron:
—¿Quién quiere agua?
Mi pobre amiga Ana, después de estar semanas sumida en la tristeza a causa de su reciente viudedad, digo yo que volvió a sentir que le nacía un súbito aprecio por la vida, porque preguntó temblorosa con un susurro:
—¿No podrían darme, mejor, una cervecita?
El monitor la miró pasmado:
—¿Alcohol? ¡Cómo le voy a dar alcohol! ¿Han visto por dónde tienen que subir para salir de aquí?
Nos dimos la vuelta y vimos una pared vertical de roca y tierra. Pues sí, para salir tuvimos que trepar por allí como los monos. Una con el codo a la virulé, el otro con la pierna rota escalaron aquel muro sin apenas poder mirar hacia abajo porque daba vértigo. Mientras tanto, los monitores, tan panchos, subían descalzos, sin agarrarse a nada y cargando con las camillas, como si aquello fuera cuesta abajo.
Finalmente llegamos arriba. Carlos me miraba... Y me miraba... Y me miraba... Hasta que al final soltó:
—¡Qué huevos los tuyos por habernos metido aquí! —y yo, entre los nervios que tenía y la felicidad de que estábamos vivos, me empecé a reír y a reír—. ¡Para habernos «matao»! ¡Y todavía te ríes! Qué huevos tienes, Natalia.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué otra me quedaba? Solo acerté a decirle:
—Carlos, por poco no lo contamos, ¡pero no me digas que no ha sido divertido!
Cuando llegamos al hotel, agotados, traíamos la adrenalina por las nubes y no podíamos parar de reírnos. Había sido tremendo. Veíamos pasar a uno herido y venga carcajadas.
—¡Mira! ¡Otro tonto del bote que viene del Zambeze!
Al día siguiente regresamos a Johannesburgo. El guía que vino a buscarnos al aeropuerto nos preguntó, ya en el coche:
—¿Qué tal, señores? ¿Cómo lo han pasado?
—Muy bien, hemos hecho rafting en el Zambeze —le contesté.
El hombre, que iba conduciendo, dio la vuelta al cuello como la niña del exorcista para mirarme con los ojos fuera de sus órbitas:
—¿Qué? ¿Cómo?
—Como lo oye —le aseguré orgullosa.
—¿Y no les dieron miedo los cocodrilos? ¡Si es el río más peligroso del mundo para hacer rafting! ¡Un tipo murió ahogado la semana pasada!
Darmowy fragment się skończył.