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TRANSMISIÓN
(LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN – LIBRO 1)
MORGAN RICE
Morgan Rice
Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; de la serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA, compuesta de ocho libros; de la serie de fantasía épica UN TRONO PARA LAS HERMANAS, compuesta de cinco libros (y subiendo); y de la nueva serie de ciencia ficción LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas.
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Algunas opiniones sobre Morgan Rice
«Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita».
--Books and Movie Reviews
Roberto Mattos
«Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más».
--The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)
«Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos».
--Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer)
«EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico».
-Books and Movie Reviews, Roberto Mattos
«En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante».
--Publishers Weekly
Libros de Morgan Rice
LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN
TRANSMISIÓN (Libro #1)
LLEGADA (Libro #2)
EL CAMINO DE ACERO
SOLO LOS DIGNOS (Libro #1)
UN TRONO PARA LAS HERMANAS
UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1)
UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2)
UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3)
UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4)
UNA JOYA PARA LA REALEZA (Libro #5)
UN BESO PARA LAS REINAS (Libro #6)
DE CORONAS Y GLORIA
ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1)
CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2)
ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3)
REBELDE, POBRE, REY (Libro #4)
SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5)
HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6)
GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7)
VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8)
REYES Y HECHICEROS
EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1)
EL DESPERTAR DEL VALIENTE(Libro #2)
EL PESO DEL HONOR (Libro #3)
UNA FORJA DE VALOR (Libro #4)
UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5)
LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6)
EL ANILLO DEL HECHICERO
LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1)
UNA MARCHA DE REYES (Libro #2)
UN DESTINO DE DRAGONES(Libro #3)
UN GRITO DE HONOR (Libro #4)
UN VOTO DE GLORIA (Libro #5)
UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6)
UN RITO DE ESPADAS (Libro #7)
UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8)
UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9)
UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10)
UN REINO DE ACERO (Libro #11)
UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12)
UN MANDATO DE REINAS (Libro #13)
UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14)
UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15)
UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16)
EL DON DE LA BATALLA (Libro #17)
LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA
ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1)
ARENA DOS (Libro #2)
ARENA TRES (Libro #3)
VAMPIRA, CAÍDA
ANTES DEL AMANECER (Libro #1)
EL DIARIO DEL VAMPIRO
TRANSFORMACIÓN (Libro #1)
AMORES (Libro #2)
TRAICIONADA(Libro #3)
DESTINADA (Libro #4)
DESEADA (Libro #5)
COMPROMETIDA (Libro #6)
JURADA (Libro #7)
ENCONTRADA (Libro #8)
RESUCITADA (Libro #9)
ANSIADA (Libro #10)
CONDENADA (Libro #11)
OBSESIONADA (Libro #12)
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Derechos Reservados © 2018 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia.
ÍNDICE
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO
CAPÍTULO VEINTISÉIS
CAPÍTULO VEINTISIETE
CAPÍTULO UNO
Kevin estaba bastante seguro de que a los trece años no debían decirte que ibas a morir. Probablemente, no existía un buen momento para decirlo, para ser justos, pero desde luego no cuando tienes trece años.
—Kevin —dijo el Dr. Markham, echándose hacia delante en su silla—, ¿entiendes lo que te estoy diciendo? ¿Tienes alguna pregunta? ¿Y usted, Sra. McKenzie?
Kevin miró a su mamá, con la esperanza de que ella tuviera algo más de idea de qué decir a continuación de lo que tenía él. Con la esperanza de que tal vez él lo había entendido todo mal y ella lo explicaría. Era bajita y delgada y tenía el aspecto fuerte de alguien que ha trabajado mucho para criar sola a su hijo en Walnut Creek, California. Kevin ya era más alto que ella y una vez, solo una, ella había dicho que era igual que su padre.
Ahora mismo, parecía que estaba intentando contener las lágrimas.
—¿Está seguro de que no es un error? —preguntó—. Solo vinimos al médico por las cosas que Kevin veía.
Las cosas que él veía. Era una manera muy suave de decirlo, como si con solo hablar de todo esto lo empeorara, o trajera más. La primera vez que Kevin se lo dijo a su madre, se quedó mirándolo fijamente y después le dijo que no debería hacer caso. Finalmente, cuando se desmayó, al despertar tenía cita con el médico de cabecera.
Rápidamente habían ido del despacho del médico a hacer pruebas al hospital y después al despacho del Dr. Markham, que tenía las paredes blancas y estaba lleno de souvenirs de lo que parecían viajes a cada rincón del planeta. La primera vez que había pisado ese lugar, le había dado la sensación de ser un intento por hacer que un lugar frío y frío pareciera hogareño. Ahora pensaba que tal vez al Dr. Markham le gustaba recordar que había una vida que no incluía decir a la gente que iba a morir.
—Las alucinaciones pueden ser un factor cuando se trata de enfermedades así. Lo dijo como si no fueran reales, cosas fantasmales, pero las cosas que él veía parecían llenar el mundo cuando llegaban. Imágenes de paisajes que él no había visto, indicios de horizontes.
Y, por supuesto, los números.
—23h 06m 29,283s, -05º 02’ 28,59 —dijo —. Esto debe tener algún significado. Debe tenerlo.
El Dr. Markham negó con la cabeza.
—Estoy seguro de que debe darte esa sensación, Kevin. Estoy seguro de que debes querer que todo esto signifique algo, pero ahora mismo, necesito que entiendas lo que te está sucediendo.
En parte, había sido por eso por lo que Kevin se lo había dicho a su madre desde el principio. Le había costado semanas convencerla de que no estaba bromeando o jugando a algún juego. Al principio, ella estaba segura de que no lo decía en serio. Cuando empezó a tener los dolores de cabeza, se lo tomó más en serio y le dejaba quedarse en casa y no ir a la escuela aquel día cuando el dolor era paralizante. Cuando se desmayó por primera vez, lo llevó corriendo al médico.
—¿Qué me está pasando? —preguntó Kevin. Lo extraño era lo tranquilo que se sentía –bueno, tranquilo no. Tal vez algo paralizado. Probablemente paralizado era la palabra adecuada para esto. Su mamá parecía estar a punto de derrumbarse pero, para Kevin, todo parecía lejos, todavía esperando a entrar como una tromba.
—Tienes uno de un grupo de trastornos degenerativos del cerebro conocidos como leucodistrofias —dijo el Dr. Markham—. Toma, te lo escribiré si quieres.
—Pero yo nunca he oído hablar de eso antes —dijo la mamá de Kevin, con el tono de alguien para quien eso significaba que no podía ser real. Él podía ver las lágrimas que estaba intentando contener—. ¿Cómo puede mi hijo tener algo de lo que yo nunca he oído hablar?
Ver a su mamá de esa manera era probablemente la parte más difícil para Kevin. Ella siempre había sido muy fuerte. Nunca había tenido un problema que no hubiera sido capaz de resolver. Imaginaba que ella también estaba pensando eso.
—Es una enfermedad muy rara, Sra. McKenzie —dijo el Dr. Markham—. O mejor dicho, un grupo de enfermedades, cada una de las cuales se presenta de forma diferente. Hay diferentes formas, cada una provocada por una anomalía genética que afecta a la materia blanca, lo que llamamos la vaina de mielina, del cerebro. Normalmente solo hay unos cuantos centenares de pacientes para cada una de estas enfermedades al mismo tiempo.
—Si sabe lo que las provoca, ¿no puede hacer algo? —preguntó la madre de Kevin—. ¿No existe alguna terapia genética o algo?
Kevin había visto a su madre en Internet. Ahora, le parecía saber lo que había estado mirando. No había dicho nada, pero tal vez había tenido la esperanza de estar equivocada. Tal vez había tenido la esperanza de que se había perdido algo.
—Hay terapias disponibles para algunas formas de leucodistrofias —dijo el Dr. Markham. Negó con la cabeza—. Y tenemos la esperanza de que en el futuro, podrían ayudar, pero la de Kevin no es una para la que haya un tratamiento establecido. La triste verdad es que, cuanto más rara es la enfermedad, menos investigación se ha hecho en ella, porque hay menos fondos para esa investigación.
—Debe de haber algo —dijo su madre—. Alguna opción experimental, algún estudio…
Kevin estiró el brazo para poner la mano sobre la de su madre. Era extraño que ya casi fueran del mismo tamaño.
—No pasa nada, mamá —dijo, intentando que pareciera que él lo tenía todo bajo control.
—Sí, sí que pasa. —Parecía que su mamá iba a estallar por el impacto de todo aquello—. Si no hay nada, entonces ¿qué tenemos que hacer ahora?
—Usamos los tratamientos disponibles para darle a Kevin la mejor calidad de vida que podamos —dijo el Dr. Markham—. Para el tiempo que todavía le queda. Lo siento, me gustaría tener mejores noticias.
Kevin veía que su madre se forzaba a ser valiente y recomponerse un poco a la vez. Imaginaba que lo estaba haciendo por él y casi se sentía culpable de que tuviera que hacerlo.
—¿Qué significa eso? —preguntó—. ¿Exactamente qué es lo que está proponiendo hacer por Kevin?
—Voy a recetarle unas pastillas que ayudan a controlar el dolor —dijo el Dr. Markham— y a reducir las posibilidades de convulsión. Kevin, sé que las alucinaciones pueden ser angustiantes, así que me gustaría que hablaras con alguien sobre técnicas para controlarlas y de tus reacciones a ellas.
—¿Quiere que Kevin vaya al psicólogo? —preguntó su madre.
—Linda Yalestrom es una experta que ayuda a la gente, en particular a la gente joven, a manejar los síntomas que puedan provocar las enfermedades raras como esta —dijo el Dr. Markham—. Le recomiendo encarecidamente que lleve a Kevin a verla, dadas las cosas que ha estado viendo.
—No son solo alucinaciones —insistió Kevin. Él estaba seguro de que eran más que eso.
—Estoy seguro de que debe dar esa sensación —dijo el Dr. Markham—. La Dra. Yalestrom podría ayudar.
—Lo que… lo que usted crea que es mejor —dijo la madre de Kevin. Kevin veía que lo único que quería era salir de allí. Sin embargo, había algo que él necesitaba saber. Algo evidente que él sentía que probablemente debería preguntar, aunque realmente no quisiera oír la respuesta.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él—. O sea, ¿cuánto tiempo queda para que yo… muera?
Todavía era difícil creerse esa palabra. Kevin esperaba que todo esto resultara ser un error, incluso ahora, pero sabía que no lo era. No podía serlo.
—Es imposible saberlo con certeza —dijo el Dr. Markham—. El ritmo de evolución para las leucodistrofias puede variar, mientras que cada caso es diferente.
—¿Cuánto tiempo? —repitió Kevin.
—Quizás seis meses —el Dr. Markham extendió las manos—. Lo siento, Kevin. No puedo ser más preciso que eso.
***
Kevin y su madre se fueron a casa, su madre conducía con el cuidado que proporcionaba el saber que probablemente se harían pedazos si no se concentraba completamente. Durante la mayor parte del viaje a las afueras estuvieron callados. Kevin no sabía seguro lo que podía decir.
Su madre habló primero.
—Encontraremos algo —dijo—. Buscaremos a otro doctor, tendremos una segunda opinión. Probaremos cualquier tratamiento que se nos ocurra.
—No puedes pagarlos —dijo Kevin. Su madre trabajaba mucho en su trabajo en una agencia de marketing, pero su casa era pequeña y Kevin sabía que no había mucho dinero para cosas extra. Él intentaba no pedir mucho, porque eso solo hacía que su madre se sintiera triste cuando no podía dárselo. Odiaba ver a su madre así, lo que solo lo hacía más difícil.
—¿Crees que eso me importa ahora? —exigió su madre. Kevin veía cómo le salían las lágrimas de los ojos—. Eres mi hijo, y te estás muriendo, y… yo no puedo… no puedo salvarte.
—No tienes que salvarme —dijo Kevin, aunque ahora mismo deseaba que alguien lo hiciera. Deseaba que apareciera alguien y parara todo esto.
Lo que eso significaba empezaba a calar. Lo que significaría, en menos tiempo que el final de curso. Él estaría muerto. Desaparecido. Cualquier cosa que él hubiera deseado se interrumpiría, cualquier cosa que él hubiera esperado para el futuro se detendría por el hecho de que no habría un futuro.
Kevin no estaba seguro de cómo se sentía por ello. Triste, sí, porque era el tipo de noticia por las que se suponía que debías sentirte triste y porque no quería morir. Enfadado, porque lo que él quería parecía no importar cuando llegados a ese punto. Confundido, porque no estaba seguro de por qué tenía que ser él, cuando había billones de personas más en el mundo.
Pero comparado con su madre, estaba tranquilo. Estaba temblando mientras conducía y Kevin estaba tan preocupado porque podían estrellarse que suspiró aliviado cuando llegaron a la calle donde estaba su casa. Era una de las casas más pequeñas de la manzana, vieja y llena de reparaciones.
—Todo irá bien —dijo su madre. No sonó como si lo creyera. Cogió a Kevin del brazo mientras se dirigían hacia la casa, pero parecía más que ella se apoyaba en Kevin.
—Seguro —respondió Kevin, porque sospechaba que su madre necesitaba oírlo incluso más que él. Podría haber ayudado si fuera cierto.
Entraron y hacer cualquier cosa después de eso daba la sensación de no estar bien, como si hacer cosas normales hubiera sido una traición, después de las noticias que el Dr. Markham les había dado. Kevin puso una pizza congelada en el horno, mientras de fondo, oía a su madre sollozando en el sofá. Hizo la intención de ir a consolarla, pero le frenaron dos cosas. La primera fue pensar que su madre seguramente no quería que lo hiciera. Ella siempre había sido la fuerte, la que lo cuidaba incluso después de que su padre se marchara cuando él era solo un bebé.
La segunda era la visión.
Vio un paisaje bajo un cielo que parecía más lila que azul, los árboles de debajo tenían unas formas extrañas, con unas hojas de palma que a Kevin le recordaban las palmeras de las playas, pero con unos troncos que se retorcían de unas maneras que las palmeras nunca lo hacían. En el cielo parecía que el sol se estaba poniendo, pero parecía que, de algún modo, el sol no tenía buen aspecto. Kevin no podía entenderlo, pues había pasado tiempo mirando al sol, pero sabía que este no era el mismo.
En un rincón de su mente, los números vibraban una y otra vez.
Ahora caminaba a través de un lugar cubierto de arena rojiza y sentía que los dedos de los pies se le hundían en ella. Allí había unas criaturas, pequeñas y con aspecto de lagartos, que se escabullían cuando se les acercaba demasiado. Miró alrededor…
… y el mundo se esfumó entre llamas.
Kevin despertó en el suelo de la cocina, el temporizador del horno pitaba para decirle que la pizza estaba lista, el olor a comida quemada lo hizo ir a rastras del suelo hasta el horno antes de que tuviera que hacerlo su madre. No quería que ella lo viera así, no quería darle aún más razones para preocuparse.
Sacó la pizza, la cortó a trozos y los llevó a la sala de estar. Su madre estaba en el sofá y, aunque había dejado de llorar, tenía los ojos rojos. Kevin dejó la pizza sobre la mesa baja, se sentó a su lado y encendió la tele para, por lo menos, fingir que las cosas eran normales.
—Tú no deberías hacer esto —dijo su madre, y Kevin no supo si se refería a la pizza o a todo lo demás. Ahora mismo, esto no importaba.
Los nombres todavía colgaban en su cabeza: 23h 06m 29,283s, -05º 02’ 28,59.
CAPÍTULO DOS
Kevin no estaba seguro de haberse sentido jamás tan cansado como lo estaba cuando su madre y él entraron con el coche al aparcamiento. El plan era intentar continuar con normalidad, pero él sentía que podría quedarse dormido en cualquier momento. Eso distaba mucho de ser normal.
Probablemente era a causa de los tratamientos. Los últimos días había habido un montón de tratamientos. Su madre había encontrado más doctores, y cada uno tenía un plan diferente para por lo menos intentar ralentizar las cosas. Eso era lo que decían, cada vez, aunque las palabras dejaban claro que sería algo especial y que detener las cosas no era algo que ellos pudiesen esperar.
—Que tengas un buen día en la escuela, cariño —dijo su madre. Había algo falso en aquella alegría, un filo frágil que daba a entender lo mucho que tenía que esforzarse por sacar una sonrisa. Kevin sabía que ella estaba haciendo un esfuerzo por él y él también hacía lo que podía.
—Lo intentaré, mamá —le aseguró y oyó que su propia voz tampoco sonaba natural. Parecía que los dos estaban interpretando papeles porque tenían miedo de la verdad que yacía bajo ellos. Kevin interpretaba el suyo porque no quería que su madre llorara otra vez.
¿Cuántas veces había llorado ya? ¿Cuántos días habían pasado desde que habían ido a ver al Dr. Markham por primera vez? Kevin había perdido la cuenta. Uno o dos días no había ido al colegio porque estaba enfermo, antes de que se hiciera evidente que ninguno de los dos quería eso. Después vino esto: colegio entremezclado con pruebas e intentos de terapias. Había habido inyecciones y análisis de sangre, suplementos porque su madre había leído en la red que podrían ayudar, y comida sana que distaba mucho de la pizza.
—Solo quiero que las cosas sean lo más normales posible —dijo su madre. Ninguno de los dos decía eso en un día normal, Kevin hubiera cogido el autobús y no tendrían que haberse preocupado de lo que era normal y lo que no.
O que en un día normal, no tendría que esconder lo que le pasaba, ni sentirse agradecido de que su mejor amiga fuera a un colegio diferente después de la última vez que su madre y él se mudaron, de manera que no tenía que imaginarse nada de eso. Ahora hacía días que no llamaba a Luna, y los mensajes se le amontonaban en el teléfono. Kevin los ignoraba, pues no se le ocurría cómo contestarlos.
Kevin sintió las miradas sobre él en el momento en que entró en la escuela. Habían corrido los rumores, a pesar de que nadie sabía con seguridad lo que le pasaba. Más adelante vio a un profesor, el Sr. Williams, y en un día normal Kevin podría haber pasado por delante de él sin tan solo llamar la atención por un instante. Él no era uno de los niños a quienes los profesores vigilaban de cerca porque siempre estaban haciendo algo malo. Ahora, el profesor lo detuvo, mirándolo de arriba abajo como si esperara señales de que podría morir en cualquier momento.
—¿Cómo te sientes, Kevin? —preguntó—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, Sr. Williams —le aseguró Kevin. Era más fácil estar bien que intentar explicar la verdad: lo preocupado que estaba por su madre y que estaba cansado todo el rato por los intentos de tratamiento, lo asustado que estaba por lo que iba a pasar.
Cómo los números todavía daban vueltas a su cabeza.
23h 06m 29,283s, -05º 02’ 28,59. Estaban en su mente, agachados como un sapo que no se movía, imposibles de olvidar, imposibles de ignorar, independientemente de lo mucho que Kevin intentaba seguir las instrucciones de su madre para olvidarlos.
—Bueno, ya nos dirás si necesitas algo —dijo el profesor.
Kevin todavía no estaba seguro de cómo responder a eso. Esta era una de esas cosas amables que decía la gente que, a la vez, eran inútiles. Lo único que necesitaba era lo que no le podían dar: enmendar todo esto; para que las cosas fueran normales otra vez. Los profesores sabían muchas cosas, pero eso no.
Aun así, él hacía todo lo que podía para fingir que era normal durante toda su clase de matemáticas y durante la mayor parte de la de historia de después. La Srta. Kapinski les estaba hablando de la antigua historia europea, que Kevin estaba seguro de que no salía en ningún examen, pero aparentemente era lo que ella había estudiado en la facultad y parecía que se hacía ver más de lo que debería.
—¿Sabíais que la mayoría de restos romanos encontrados en el norte de Europa realmente no son romanos? —dijo. Normalmente a Kevin le gustaban las clases de la Srta. Kapinski, pues no le daba miedo desviarse del tema y contarles cualquier fragmento del pasado que le pasara por la cabeza. Era un recordatorio de lo mucho que había habido en el mundo antes de cualquiera de ellos.
—¿Así que son falsos? —preguntó Francis de Longe. Normalmente, hubiera sido Kevin el que lo preguntara, pero estaba disfrutando de la oportunidad de estar callado, de ser casi invisible.
—No exactamente —dijo la Srta. Kapinski—. Cuando digo que no son romanos, quiero decir que son restos que dejaron atrás unas personas que nunca habían estado cerca de lo que es ahora Italia. Eran los habitantes de la región, pero a medida que avanzaban los romanos, a medida que conquistaban, los habitantes de allí se dieron cuenta de que el mejor camino era adaptarse a la manera de hacer de los romanos. El modo en el que vestían, los edificios en los que vivían, el idioma que hablaban, lo cambiaron todo para dejar claro en qué bando estaban, y porque les proporcionaba una oportunidad mejor de tener buenas posiciones en el nuevo orden. —Sonrió—. Después, cuando vinieron las rebeliones contra Roma, una de las claves para ser parte de ella era precisamente no usar esos símbolos.
Kevin intentó imaginarlo: la misma gente en un lugar cambiando quienes eran cuando cambiaba la corriente política, cambiando todo su ser dependiendo de quién gobernaba. Pensó que podría ser un poco como estar en uno de los montones populares de la escuela, intentando llevar la ropa adecuada y decir las cosas correctas. Aun así, costaba de imaginar, y no solo porque imágenes de paisajes imposibles continuaban filtrándose en su mente.
Probablemente esa era la única cosa buena de su problema: los síntomas eran invisibles. De algún modo, también era lo que asustaba. Estaba esa cosa que lo estaba matando y, si la gente no lo conocía ya, nunca lo descubrirían. Él solo podía quedarse sentado y nunca nadie…
Kevin sintió que la visión venía, levantándose en su interior como una especie de presión que crecía en su cuerpo. Hubo el ataque de mareo, la sensación de que el mundo se alejaba flotando mientras él conectaba con otra… cosa. Se dispuso a levantarse para preguntar si lo disculpaban pero, para entonces, ya era demasiado tarde. Sintió que sus piernas cedían y se desplomó.
Estaba mirando los mismos paisajes que recordaba de antes, el cielo con la sombra equivocada, los árboles demasiado retorcidos. Observaba cómo el fuego se propagaba por allí, cegador y brillante, que parecía venir de todas partes a la vez. Él ya había visto todo eso antes. Sin embargo, ahora había un nuevo elemento: un débil latido que parecía repetirse a intervalos regulares, preciso como el tictac de un reloj.
Una parte de Kevin sabía que tenía que tratarse de un reloj, igual que sabía por instinto que era la cuenta atrás para algo, que no solo marcaba la hora. Daba la sensación que los latidos eran sutilmente cada vez más intensos, como si estuvieran formando un crescendo lejano. Había una palabra en un idioma que él no debería haber entendido, pero que sí que entendió.
«Espera».
Kevin quería preguntar qué se suponía que tenía que esperar, o cuánto tiempo o por qué. Sin embargo, no lo hizo, en parte porque no estaba seguro de a quién tenía que preguntar y, en parte, porque casi tan repentinamente como llegó el momento, se fue, dejando a Kevin levantándose la oscuridad y encontrándose tumbado en el suelo de la clase, mientras la Srta. Kapinski lo supervisaba.
—Quédate quieto un momento, Kevin —dijo—. He mandado llamar al médico del colegio. Hal estará aquí en un minuto.
Kevin se incorporó a pesar de sus instrucciones, pues a estas alturas ya conocía bien esa sensación.
—Estoy bien —le aseguró.
—Creo que tendría que ser Hal el que lo determinara.
Hal era un antiguo paramédico grande y robusto que prestaba servicios para asegurarse de que los alumnos de St. Brendan School superaban cualquier emergencia médica que sufriesen. Algunas veces, Kevin sospechaba que lo hacían porque pensar en la idea del cuidado de un médico les hacía ignorar los peores daños.
—Vi cosas —consiguió decir Kevin—. Había un planeta, y un sol ardiente, y una especie de mensaje… como una cuenta atrás.
En las películas, alguien hubiera insistido en ponerse en contacto con alguien importante. Hubieran reconocido el mensaje por lo que era. Hubiera habido reuniones e investigaciones. Y alguien hubiera hecho algo al respecto. Fuera de las películas, Kevin solo era un chico de trece años y la Srta. Kapinski lo miraba con una mezcla de lástima y leve perplejidad.
—Bueno, estoy segura de que no es nada —dijo—. Probablemente es normal ver toda clase de cosas cuando tienes este tipo de… episodios.
A su alrededor, Kevin oía el cuchicheo de los demás que estaban en su clase. Nada de esto le hacía sentirse mejor.
—… cayó y empezó a dar sacudidas…
—… yo oí que estaba enfermo, espero que no se contagie…
—… Kevin cree que ve planetas…
El último fue el que le hizo daño. Lo dijo como si él se estuviera volviendo loco. Kevin no se estaba volviendo loco. Como mínimo, él no lo creía.
A pesar de sus mejores intentos por insistir en que estaba bien, Kevin todavía tuvo que ir con Hal cuando el médico vino. Tuvo que sentarse en el despacho del médico mientras dirigía unas luces a los ojos de Kevin y hacía preguntas sobre una enfermedad de la que era evidente que él no tenía más idea de la que Kevin tenía sobre lo que estaba pasando.
—El director quería vernos cuando yo estuviera seguro de que tú estabas bien —dijo—. ¿Te sientes en condiciones de ir andando hasta su despacho, o le pedimos que venga hasta aquí?
—Puedo andar —dijo Kevin—. Estoy bien.
—Si tú lo dices —dijo Hal.
Se dirigieron al despacho del director, y Kevin casi ni se sorprendió de encontrar allí a su madre. Evidentemente la habían llamado por una emergencia médica, evidentemente estaría allí si él se desplomaba, pero eso no era bueno, no cuando se suponía que debía estar en el trabajo.
—Kevin, ¿estás bien? —le preguntó su madre en cuanto llegó, dirigiéndose hacia él y envolviéndolo en un abrazo—. ¿Qué pasó?
—Estoy bien, mamá —dijo Kevin.
—Sra. McKenzie, estoy seguro de que no la hubiéramos llamado si no fuera grave —dijo el director—. Kevin se desplomó.
—Ahora estoy bien —insistió Kevin.
Pero parecía que, por muchas veces que lo dijera, no cambiaba nada.
—Además —dijo el director—, parece ser que estaba bastante confundido cuando volvió en sí. Hablaba de… bueno, de otros planetas.
—Planetas —repitió la madre de Kevin. Lo dijo con una voz monótona.
—La Srta. Kapinski dice que alteró un poco su clase cuando lo hizo —dijo el director. Suspiró—. No sé si tal vez sería mejor que Kevin se quedara en casa una tiempo.
Lo dijo sin mirar a Kevin. Allí se estaba tomando una decisión y, aunque Kevin era el centro de la misma, quedaba claro que en realidad él no tenía ni voz ni voto.
—Yo no quiero perder escuela —dijo Kevin, mirando a su madre. Seguramente ella tampoco querría que lo hiciera.
—Creo que lo que tenemos que preguntarnos —dijo el director— es si, en este punto, la escuela es realmente lo mejor que puede hacer Kevin con el tiempo que le queda.
Probablemente, la intención era decirlo de una forma amable pero lo único que consiguió fue recordarle a Kevin lo que había dicho el médico. Seis meses de vida. No parecía el tiempo suficiente para nada, y mucho menos para tener una vida. Seis meses que valen segundos, cada uno de los cuales pasa a un ritmo regular que coincidía con la cuenta atrás dentro de su cabeza.
—¿Me está diciendo que no tiene sentido que mi hijo esté en la escuela porque de todas formas pronto estará muerto? —dijo bruscamente su madre—. ¿Eso es lo que me está diciendo?
—No, claro que no —dijo el director a toda prisa, levantando las manos para calmarla.
—Eso es lo que parece que esté diciendo —dijo la madre de Kevin—. Parece que pierda los papeles con la enfermedad de mi hijo tanto como los chicos que hay aquí.
—Lo que estoy diciendo es que va a ser difícil enseñar a Kevin a medida que esto empeore —dijo el director—. Lo intentaremos, pero… ¿no prefieres aprovechar al máximo el tiempo que te queda?
Lo dijo en un tono amable que consiguió llegar directo al corazón de Kevin. Estaba diciendo exactamente lo que su madre había pensado, pero en palabras más amables. Lo peor era que tenía razón. Kevin no iba a vivir el tiempo suficiente para ir a la facultad, o tener un trabajo, o hacer cualquier cosa para la que necesitara que la escuela lo preparase, así que ¿por qué molestarse en estar ahí?
—No pasa nada, mamá —dijo, alargando la mano para tocarle el brazo.
Aquella pareció ser una razón suficiente para convencer a su madre y eso le hizo ver a Kevin lo grave que era todo esto. En cualquier otra ocasión, hubiera esperado que su madre discutiera. Ahora parecía que le habían succionado las ganas de discutir.
Salieron a buscar el coche en silencio. Kevin se giró para mirar la escuela. Le golpeó el pensamiento de que probablemente no volvería. Ni tan solo había tenido la oportunidad de despedirse.
—Siento que te llamaran al trabajo —dijo Kevin cuando se sentaron en el coche. Notaba la tensión que había. Su madre no encendió el motor, simplemente se quedó sentada.
—No es solo eso —dijo ella—. Solo es que… cada vez era más fácil fingir que no pasaba nada. —Parecía muy triste, profundamente dolida. Kevin se había acostumbrado a la expresión que significaba que estaba intentando no llorar. Pero no lo estaba logrando.
—¿De verdad que estás bien, Kevin? —preguntó, incluso entonces, era él el que la abrazaba a ella, tan fuerte como podía.
—Yo… ojalá no tuviera que dejar la escuela —dijo Kevin. Nunca hubiera pensado que se escucharía a sí mismo decir eso. Nunca hubiera pensado que escucharía a alguien decir eso.
—Podemos volver a entrar —dijo su madre—. Podría decirle al director que voy a traerte aquí mañana, y después cada día, hasta…
Rompió a llorar.
—Hasta que la cosa esté muy mal —dijo Kevin. Cerró los ojos con fuerza—. Mamá, creo que quizás ya está muy mal.
La oyó golpear el salpicadero, el golpe seco resonó por todo el coche.
—Lo sé —dijo ella—. Lo sé y lo odio. Odio esta enfermedad que me está arrebatando a mi hijito.
Volvió a llorar durante un ratito. A pesar de sus intentos por mantenerse fuerte, Kevin también lo hizo. Pareció que pasó mucho rato antes de que su madre estuviera lo suficientemente tranquila para decir algo más.
—¿Dijeron que viste… planetas, Kevin? —preguntó.
—Los vi —dijo Kevin. ¿Cómo podía explicar cómo era? ¿Lo real que era?
Su madre lo recorrió con la mirada y ahora Kevin tenía la sensación de que estaba luchando para decir las palabras adecuadas. Luchando para ser reconfortante, firme y tranquila, todo a la vez—. Tu ves que esto no es real, ¿verdad, cariño? Es solo… es solo la enfermedad.
Kevin sabía que debía comprenderlo, pero…
—Esta no es la sensación que tengo —dijo Kevin.
—Ya lo sé —dijo su madre—. Y lo odio, pues me recuerda que mi hijito se está apagando. Me gustaría hacer que todo esto desapareciera.
Kevin no sabía qué decir a eso. Él también deseaba que desapareciera.
—Pero parece real —dijo Kevin, aún así.
Su madre se quedó callada durante un buen rato. Cuando por fin habló, su voz tenía el tono frágil e íntegro que llegó justo con el diagnóstico, pero que ahora ya era de sobra conocido.
—Tal vez… tal vez haya llegado el momento de que te vea esa psicóloga.
CAPÍTULO TRES
El despacho de la Dra. Linda Yalestrom no tenía ni de cerca el aspecto clínico de todos los demás en los que Kevin había estado últimamente. En primer lugar, era su casa, en Berkeley, tan cerca de la universidad que esta parecía confirmar sus credenciales con tanta certeza como los certificados que estaban cuidadosamente enmarcados en la pared.
El resto tenía el aspecto del tipo de despacho en casa que Kevin imaginaba por la televisión, con accesorios indefinidos que evidentemente habían sido desterrados aquí después de alguna mudanza anterior, un escritorio donde se habían amontonado trastos del resto de la casa y unas cuantas plantas en macetas que parecían aguardar su momento, preparadas para tomar el testigo.
A Kevin le gustaba la Dra. Yalestrom. Era una mujer de unos cincuenta años, bajita y con el pelo oscuro, cuya ropa alegremente estampada no podía estar más lejos de las batas médicas. Kevin pensó que podría hacerlo a propósito, si pasaba mucho tiempo trabajando con personas que ya habían recibido las peores noticias posibles de los médicos.
—Ven a sentarte, Kevin —dijo con una sonrisa, señalando hacia un amplio diván rojo que estaba muy gastado tras años de gente sentándose en él—. Sra. McKenzie, ¿por qué no nos deja un rato? Quiero que Kevin sienta que puede decir todo lo que necesita decir. Mi ayudante le traerá café.
Su madre asintió.
—Estaré aquí fuera.
Kevin fue a sentarse al sofá, que resultó ser tan cómodo como parecía. Miró las fotografías de excursiones para ir a pescar y vacaciones que había por toda la habitación. Le llevó un rato darse cuenta de algo importante.
—Usted no sale en ninguna de las fotos que hay aquí —dijo.
La Dra. Yalestrom sonrió al oírlo.
—La mayoría de mis clientes nunca se fijan. La verdad es que muchos de ellos son lugares a los que siempre quise ir, o lugares que oí que eran interesantes. Las puse porque los jovencitos como tú pasan mucho tiempo mirando la habitación, sin hacer otra cosa que hablar conmigo e imagino que al menos deberíais tener algo a lo que mirar.
A Kevin le pareció que era hacer un poco de trampa.
—Si trabaja mucho con gente que se está muriendo —dijo—, ¿por qué tiene fotos de lugares a los que siempre quiso ir? ¿Por qué dejarlo para más adelante, cuando usted ha visto que…?
—¿Cuando he visto lo rápido que todo puede acabar? —preguntó la Dra. Yalestrom, dulcemente.
Kevin asintió.
—Tal vez a causa de la maravillosa habilidad humana de saberlo y, aun así, procrastinar. O tal vez sí que he estado en algunos de estos lugares, y la razón por la que no estoy en las fotos solo es que creo que con una en la que yo mire fijamente a la gente hay más que suficiente.
Kevin no estaba seguro de si esas eran buenas razones o no. De algún modo, no parecían suficientes.
—¿Tú dónde irías, Kevin? —preguntó la Dra. Yalestrom—. ¿Dónde irías si pudieses ir a cualquier lugar?
—No lo sé —respondió él.
—Bueno, piénsalo. No tienes que decírmelo ahora mismo.
Kevin negó con la cabeza. Era raro hablar así con un adulto. Normalmente, cuando tienes trece años, las conversaciones se reducen a preguntas y órdenes. Con la posible excepción de su mamá, que igualmente estaba en el trabajo buena parte del tiempo, a los adultos realmente no les interesaba lo que alguien de su edad tenía que decir.
—No lo sé —repitió—. O sea, realmente nunca pensé que podría ir a algún sitio. —Intentaba pensar en lugares a los que le gustaría ir, pero era difícil que se le ocurriera algún lugar, especialmente ahora que solo le quedaban unos cuantos meses para hacerlo—. Siento que, piense en el lugar que piense, ¿qué sentido tiene? Muy pronto estaré muerto.
—¿Cuál crees que es el sentido? —preguntó la Dra. Yalestrom.
Kevin hizo todo lo posible por pensar en una razón.
—Creo que… ¿por qué muy pronto no es lo mismo que ahora?
La psicóloga asintió.
—Creo que esta es una buena manera de decirlo. Entonces, ¿hay algo que te gustaría hacer muy pronto, Kevin?
Kevin lo pensó.
—Supongo… supongo que debería decirle a Luna lo que está pasando.
—¿Y quién es Luna?
—Es mi amiga —dijo Kevin—. Ya no vamos al mismo colegio, o sea que no me ha visto desmayarme ni nada, y hace días que no la llamo, pero…
—Pero deberías decírselo —dijo la Dra. Yalestrom—. No es sano rechazar a tus amigos cuando las cosas no van bien, Kevin. Ni tan solo para protegerlos.
Kevin se tragó una negación, pues eso era más o menos lo que él estaba haciendo. No quería causar dolor a Luna con esto, no quería hacerle daño con las noticias de lo que iba a suceder. Esta era en parte la razón por la que no la había llamado en tanto tiempo.
—¿Qué más? —dijo la Dra. Yalestrom—. Vamos a probar otra vez con los lugares. Si pudieras ir a cualquier lugar, ¿adónde irías?
Kevin intentó escoger entre todos los lugares que había en la habitación, pero lo cierto era que solo había un paisaje que continuaba apareciendo en su cabeza, con unos colores que una cámara normal no podía capturar.
—Sonaría estúpido.
—No hay nada malo en sonar estúpido —le aseguró la Dra. Yalestrom—. Te contaré un secreto. La gente a menudo piensa que todo el mundo menos ellos son especiales. Piensan que las otras personas deben ser más inteligentes, o más valientes, o mejores, porque solo ellos pueden ver las partes de ellos mismos que no son esas cosas. Les preocupa que todos los demás digan lo correcto y que ellos parezcan estúpidos. Pero no es cierto.
Aun así, Kevin se quedó allí sentado durante unos segundos, examinando el tapizado del diván en detalle.
—Yo… yo veo lugares. Un lugar. Creo que esta es la razón por la que tuve que venir aquí.
La Dra. Yalestrom sonrió.
—Estás aquí porque una enfermedad como la tuya puede crear un montón de efectos raros, Kevin. Yo estoy aquí para ayudarte a hacerles frente, sin que dominen tu vida. ¿Te gustaría hablarme más de las cosas que ves?
De nuevo, Kevin examinó detalladamente el diván, memorizando su relieve y sacó una pelusa diminuta que sobresalía del resto. La Dra. Yalestrom estaba callada mientras lo hacía; con el tipo de silencio que parecía que le estaba succionando las palabras, proporcionándoles un espacio en el que caer.
—Veo un lugar en que nada es como aquí. Los colores son falsos, las plantas son diferentes —dijo Kevin—. Lo veo destrozado… por lo menos, eso creo. Hay fuego y calor, un destello brillante. Hay una serie de números. Y hay algo que parece una cuenta atrás.
—¿Por qué parece una cuenta atrás? —preguntó la Dra. Yalestrom.
Kevin se encogió de hombros.
—No estoy seguro. ¿Porque los latidos cada vez están más cerca, supongo?
La psicóloga asintió y, a continuación, se dirigió al escritorio. Volvió con papel y lápices.
—¿Cómo se te da el arte? —preguntó—. No, no respondas a eso. No importa si es una gran obra de arte o no. Solo quiero que intentes dibujar lo que ves, para que pueda hacerme una idea de cómo es. No le prestes mucha atención, solo dibuja. ¿Puedes hacer eso por mí, Kevin?
Kevin se encogió de hombros.
—Lo intentaré.
Cogió los lápices y el papel e intentó traer a la mente el paisaje que había visto, intentando recordar cada detalle del mismo. Era difícil hacerlo, pues aunque los números permanecían en su cabeza, parecía que tenía que sumergirse en lo profundo de sí mismo para arrancar las imágenes. Estaban bajo la superficie y, para llegar hasta ellas, Kevin tenía que meterse en sí mismo, concentrándose solo en eso, dejando que el lápiz fluyera sobre el papel casi de forma automática…
—Bien, Kevin —dijo, quitándole el bloc de notas antes de que Kevin pudiera ver bien lo que había dibujado—. Vamos a ver lo que has…
Kevin vio la mirada de sorpresa que le atravesó la cara, tan breve que casi no estuvo allí. Pero que sí que lo estuvo y Kevin tuvo que preguntarse lo que costaría sorprender a alguien que oía historias de gente que se estaba muriendo cada día.
—¿Qué pasa? —preguntó Kevin—. ¿Qué dibujé?
—¿No lo sabes? —preguntó la Dra. Yalestrom.
—Intenté no pensar demasiado —dijo Kevin—. ¿Hice algo malo?
La Dra. Yalestrom dijo que no con la cabeza.
—No, Kevin, no hiciste nada malo.
Sujetó en alto el dibujo de Kevin.
—¿Te gustaría echarle un vistazo a lo que hiciste? Tal vez te ayudará a entender cosas.
Lo sujetaba doblado, solo con las puntas de sus dedos, como si no quisiera tocarlo más de lo necesario. Eso hizo que Kevin se preocupara un poquito. ¿Qué podría haber dibujado que hacía que un adulto reaccionara así? Lo cogió y lo desdobló.
Allí había el dibujo de una nave espacial, probablemente dibujo no era la palabra correcta para esto. Se parecía más a un cianotipo, completo con todos los detalles, que parecía imposible en el tiempo que Kevin tuvo para dibujar. Nunca antes lo había visto, pero aquí estaba, sobre la página, con un aspecto gigante y plano, como una ciudad encaramada sobre un disco. A su alrededor había discos más pequeños, como abejas obreras alrededor de una reina.
El detalle daba a entender que había algo meticuloso, casi clínico, en el modo en que estaba dibujado, pero había algo más. Había algo en su geometría que simplemente no estaba… bien, de algún modo, pues parecía tener unas profundidades y unos ángulos que no deberían ser posibles de capturar en un esbozo como este.
—Pero esto… —Kevin no sabía qué decir. ¿Esto no demostraba lo que estaba sucediendo? ¿Alguien pensaba que él podría haberse inventado algo así?
Al parecer, la Dra. Yalestrom no estaba convencida. Cogió de nuevo el dibujo y lo dobló con cuidado como si no quisiera tener que mirarlo. Kevin sospechaba que su rareza era demasiado para ella.
—Pienso que es importante que hablemos de las cosas que ves —dijo—. ¿Crees que esas cosas son reales?
Kevin dudó.
—No… estoy seguro. Parecen reales, pero ahora mucha gente me ha dicho que no pueden serlo.
—Tiene sentido —dijo la Dra. Yalestrom—. Lo que sientes es muy común.
—¿Ah, sí? —Lo que él estaba experimentando no parecía en absoluto
nada común—. Pensaba que mi enfermedad era rara.
La Dra. Yalestrom se dirigió hacia su escritorio y metió el dibujo de Kevin dentro de un archivo. Cogió una tableta y empezó a escribir notas.
—¿Es importante que otras personas no experimenten lo que tú estás experimentando, Kevin?
—No, no es eso —dijo Kevin—. Es solo que el Dr. Markham dijo que esta enfermedad solo afecta a unas pocas personas.
—Eso es cierto —le dio la razón la Dra. Yalestrom—. Pero yo visito a mucha gente que sufre alucinaciones de algún tipo por otras razones.
—Piensa que me estoy volviendo loco —supuso Kevin. Todos los demás parecían pensarlo. Incluso su mamá, presuntamente, pues ella había sido la que lo había traído aquí después de que empezara a hablar de ellas. Pero a él no le parecía para nada que se estuviera volviendo loco.
—Esa no es una palabra que me guste usar aquí —dijo la Dra. Yalestrom—. Creo que, a menudo, el comportamiento que etiquetamos como loco existe por una buena razón. Lo que sucede es que, a menudo, esas razones solo tienen sentido para la persona afectada. La gente hará cosas para protegerse a sí misma de situaciones que son demasiado difíciles de manejar, que parecen… insólitas.
—¿Piensa que es eso lo que estoy haciendo con esas visiones? —preguntó Kevin. Negó con la cabeza—. Son reales. No me las invento.
—¿Puedo decirte lo que pienso, Kevin? Creo que una parte de ti podría estar apegado a esas “visiones” porque te ayuda a pensar que tu enfermedad podría estar sucediendo por alguna especie de bien mayor. Creo que tal vez estas “visiones” realmente son tú intentando encontrarle el sentido a tu enfermedad. Las imágenes que hay en ellas… hay un lugar raro que no es como el mundo normal. ¿Eso podría representar el modo en el que han cambiado las cosas?
—Supongo —dijo Kevin. No estaba convencido. Las cosas que había visto no iban de un mundo en el que él no tenía su enfermedad. Iban de un lugar que no comprendía en absoluto.
—Pero tienes la sensación de una fatalidad inminente con fuego y luz —dijo la Dra. Yalestrom—. La sensación de que las cosas llegan a su fin. Incluso tienes una cuenta atrás, que incluye números.
Los números no eran parte de la cuenta atrás; solo era el ritmo lento, que poco a poco era más rápido. Kevin sospechaba que ahora no iba a convencerla de eso. Cuando los adultos habían decidido cuál era la verdad sobre algo, él no iba a poder hacerles cambiar de opinión.
—Entonces, ¿qué puedo hacer? —preguntó Kevin—. Si usted piensa que no son reales, ¿yo no debería querer deshacerme de ellas?
—¿Y tú quieres deshacerte de ellas? —preguntó la Dra. Yalestrom.
Kevin se lo pensó.
—No lo sé. Pienso que podrían ser importantes, pero yo no las pedí.
—Del mismo modo que no pediste que te diagnosticaran una enfermedad degenerativa del cerebro —dijo la Dra. Yalestrom—. Quizás esas dos cosas están relacionadas, Kevin.
Kevin ya había pensado que sus visiones estaban relacionadas con la enfermedad de alguna manera. Que tal vez su cerebro había cambiado lo suficiente para ser receptivo a esas visiones. Sin embargo, no creía que eso fuera lo que quería decir la psiquiatra.
—Entonces ¿qué puedo hacer? —preguntó de nuevo Kevin.
—Existen cosas que puedes hacer, no para que se vayan, pero al menos para poder sobrellevarlas.
—¿Como que? —preguntó Kevin. Debía confesar que tuvo un momento de esperanza al pensarlo. No quería que todo esto diera vueltas y más vueltas en su cabeza. Él no había pedido ser el que recibiera mensajes que nadie más entendía, y que eso le hiciera parecer loco cuando hablaba de ellas.
—Puedes intentar buscar cosas que te distraigan de las alucinaciones cuando vengan —dijo la Dra. Yalestrom—. Puedes intentar recordarte a ti mismo que eso no es real. Si tienes dudas, busca maneras de comprobarlo. Tal vez preguntarle a alguien si ve lo mismo. Recuerda, no hay ningún problema con ver lo que veas, pero cómo reacciones a eso depende de ti.
Kevin suponía que podría recordarlo todo. Aun así, no hizo nada para acallar el débil latido de la cuenta atrás, que tamboreaba de fondo, un poco más rápido cada vez.
—Y pienso que tienes que contárselo a la gente que no lo sabe —dijo la Dra. Yalestrom—. No es justo que no los tengas informados de esto.
Tenía razón.
Y había una persona a quien debía hacérselo saber más que a nadie.
Luna.
CAPÍTULO CUATRO
—Entonces —dijo Luna, mientras Kevin y ella se abrían camino por una de las rutas del área recreativa de Lafayette Reservoir, esquivando a los turistas y a las familias que estaban disfrutando del día—, ¿por qué me has estado evitando?
Sin duda Luna iba a ir directo al grano. Era una de las cosas que a Kevin le gustaban de ella. A ella no le gustaba gustarle a él. La gente siempre parecía darlo por sentado. Pensaban que porque era guapa, y rubia, y probablemente material de animadora, si no fuera porque ella pensaba que todo eso era estúpido, que evidentemente eran novios. Daban por sentado que así era cómo funcionaba el mundo.
No estaban juntos. Luna era, desde luego, su mejor amiga. La persona con la que pasaba más tiempo, fuera de la escuela. Probablemente la única persona en el mundo con la que podía hablar de absolutamente cualquier cosa.
Excepto, mira por dónde, esto.
—Yo no he… —Kevin se fue apagando ante la mirada fija de Luna. A ella se le daban bien las miradas. Kevin sospechaba que probablemente practicaba. Había visto a todo el mundo desde abusones hasta propietarios de tiendas maleducados echarse atrás por no mantenerle más la mirada. Ante aquella mirada fija, era imposible mentirle—. De acuerdo, sí, pero es difícil, Luna. Tengo algo… bueno, algo que no sé cómo contarte.
—Oye, no seas tonto —dijo Luna. Se encontró una lata de refresco abandonada y la iba chutando por el camino, pasándosela de un pie a otro con la habilidad que proporciona hacerlo muy a menudo—. Quiero decir, ¿tan malo es? ¿Vas a mudarte? ¿Vas a cambiar de escuela otra vez?
Tal vez notó algo en su gesto, pues se quedó callada durante unos segundos. Ese silencio tenía algo de frágil, como si los dos anduvieran de puntillas para no romperlo. Aun así, tenían que hacerlo. No podían seguir andando así para siempre.
—¿Entonces es malo? —dijo, mandando la lata a una papelera con un último golpe con el pie.
Kevin asintió. Malo era una buena palabra para ello.
—¿Cómo de malo?
—Malo —dijo él—. ¿El embalse?
El embalse era el lugar al que iban los dos cuando querían sentarse y hablar de cosas. Habían hablado de que a Billy Hames le gustaba Luna cuando tenían nueve años y de que el gato de Kevin, Tiger, se estaba muriendo cuando tenían diez. Nada de esto parecía una buena preparación para lo de ahora. Él no era un gato.
Se dirigieron hacia el borde del agua y miraron hacia los árboles del otro extremo, a la gente con sus canoas y sus botes a pedales en el embalse. Comparado con alguno de los sitios a los que iban, este era bonito. La gente daba por sentado que Kevin era el chico del lugar malo de la ciudad que llevaba por el mal camino a Luna, pero era ella la que tenía facilidad para saltar vallas y escalar por edificios abandonados, dejando a Kevin que la siguiera si podía. Aquí, no había nada de eso, solo agua y árboles.
—¿Qué pasa? —preguntó Luna. Se quitó de una patada los zapatos y dejó los pies colgando dentro del agua. A Kevin no le apetecía hacer lo mismo. Ahora mismo, deseaba correr, esconderse. Cualquier cosa para no tener que decirle la verdad. Le daba la sensación de que, cuanto más tiempo pudiera evitar decirle la verdad, más tiempo no sería realmente real.
—¿Kevin? —dijo Luna—. Ahora me estás preocupando. Mira, si no me dices qué es, voy a llamar a tu mamá y lo voy a saber de esta manera.
—No, no hagas eso —dijo Kevin rápidamente—. No estoy seguro de que… mamá lo esté llevando bien.
Luna parecía cada vez más preocupada.
—¿Qué pasa? ¿Está enferma? ¿Estás enfermo tú?
Kevin asintió a lo último.
—Yo estoy enfermo —dijo. Puso la mano sobre el hombro de Luna—. Tengo una cosa que se llama leucodistrofia. Me estoy muriendo, Luna.
Sabía que lo había dicho demasiado rápidamente. Algo así debería tener toda una preparación, un preámbulo adecuado, pero sinceramente, esa era la parte importante.
Ella lo miró fijamente, diciendo que no con la cabeza con evidente incredulidad.
—No, no puede ser, eso es…
Entonces ella lo abrazó, tan fuerte que Kevin apenas podía respirar.
—Dime que es una broma, dime que no es verdad.
—Ya me gustaría que no lo fuera —dijo Kevin. Ahora mismo, no había nada que deseara más que eso.
Luna se apartó y Kevin vio que hacía un gesto fuerte en un esfuerzo por no llorar. Normalmente, a Luna se le daba bien no llorar por las cosas. Sin embargo, ahora, él veía que ahora estaba haciendo un gran esfuerzo.
—Esto… ¿cuánto tiempo? —preguntó ella.
—Dijeron que quizás seis meses —dijo Kevin.
—Y eso ya fue hace días, o sea que ahora es menos —replicó Luna—. Y has tenido que enfrentarte a esto tú solo, y… —Se fue apagando hasta quedar en silencio cuando toda su gravedad la golpeó.
Kevin veía que miraba a la gente que había en el embalse, los observaba con sus pequeñas barcas y sus incursiones rápidas dentro del agua. Parecían muy felices allí. Los miraba fijamente como si fueran ellos la parte que no podía creer, no la enfermedad.
—No parece justo —dijo—. Toda esta gente, siguiendo como si el mundo fuera lo mismo, continuando con la diversión mientras tú te estás muriendo.
Kevin sonrió con tristeza.
—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? ¿Decirles a todos que dejen de divertirse?
Se dio cuenta del peligro de decirlo un poco demasiado tarde cuando Luna se puso de pie de un salto y, con las manos ahuecadas alrededor de la boca, gritó todo lo fuerte que pudo.
—¡Eh, todos vosotros, tenéis que parar! ¡Mi amigo se está muriendo y os exijo que dejéis de divertiros inmediatamente!
Un par de personas echaron un vistazo, pero nadie se detuvo. Kevin sospechaba que no se trataba de eso. Luna se quedó quieta durante varios segundos y, esta vez, fue él el que la abrazó, sujetándola mientras lloraba. Era rareza suficiente que el mismo significado de la sorpresa mantuviera allí a Kevin. Que Luna gritara a la gente, que se comportara de un modo que nunca se esperaría de ella, era normal. Que Luna se derrumbara no lo era.
—¿Estás mejor? —le dijo él después de un rato—.
Ella negó con la cabeza.
—La verdad es que no. ¿Y tú?
—Bueno, está bien saber que hay alguien que pararía el mundo por mí —dijo él—. ¿Sabes la peor parte?
Luna consiguió sonreír de nuevo.
—¿No saber escribir lo que te está matando?
Kevin no pudo hacer otra cosa que devolverle la sonrisa. Sin duda Luna sabía que él necesitaba que fuera la de siempre, la que le tomaba el pelo.
—Sí que sé, practiqué. Lo peor es que esto significa que nadie me cree cuando les digo que he visto cosas. Dicen que todo es solo por la enfermedad.
Luna inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Qué tipo de cosas?
Kevin le habló de los extraños paisajes que había visto, del fuego arrasándolos, de la sensación de cuenta atrás.
—Eso… —empezó Luna cuando él terminó. Pero parecía que no sabía cómo acabar.
—Ya sé, es una locura, estoy loco —dijo Kevin. Ni tan solo Luna le creía.
—No me has dejado acabar —dijo Luna, tomando aire—. Eso… mola mucho.
—¿Mola? —repitió Kevin. Esa no era la respuesta que esperaba, ni tan solo de ella—. Todos los demás piensan que estoy loco, o que se me está derritiendo el cerebro, o algo así.
—Todos los demás son imbéciles —declaró Luna, aunque, para ser justos, ese parecía ser una configuración suya por defecto para la vida. Según ella, todo el mundo era imbécil hasta que se demostrara lo contrario.
—O sea, ¿que me crees? —dijo Kevin. Incluso ni él estaba ya completamente seguro, después de todo lo que la gente le había dicho.
Luna lo cogió por los hombros, mirándolo directamente a los ojos. Si fuera otra chica, Kevin podría haber pensado que estaba a punto de darle un beso. Pero con Luna, no.
—Si tú me dices que estas visiones son reales, entonces son reales. Yo te creo. Y poder ver mundos extraterrestres está claro que mola.
Kevin abrió un poco más los ojos al oír eso.
—¿Por qué piensas que es un mundo extraterrestre?
Luna dio un paso atrás y encogió los hombros.
—¿Qué otra cosa va a ser?
Cuando se lo preguntó, Kevin tuvo la sensación de que estaba tan atónita con todo esto como lo estaba él. Solo que a ella se le daba mejor ocultarlo.
—Quizás … —supuso ella— …¿quizás todo esto ha cambiado tu cerebro, de manera que ahora tiene línea directa con un lugar extraterrestre?
Si Luna alguna vez conseguía algún superpoder, probablemente sería la habilidad de sacar grandes conclusiones rápidamente de un solo solo salto. A Kevin le gustaba eso de ella, especialmente cuando eso significaba que ella era la única persona que podría creerlo, pero aun así, daba la sensación de que era mucho, para decidirlo tan rápidamente.
—Sabes que suena a locura, ¿verdad? —dijo él.
—No es más locura que la idea que el mundo me va a arrebatar a mi amigo sin ninguna buena razón —replicó Luna, con los puños apretados de una manera que daba a entender que discutiría gustosamente sobre el tema. O tal vez los apretaba por el esfuerzo de no volver a llorar. Luna era propensa a enfadarse, o a hacer bromas, o a hacer locuras en lugar de estar molesta. Ahora mismo, Kevin no podía culparla.
Observó cómo bajaba de cualquier estado cercano al lloro en el que estuviera, quedándose poco a poco sin energía y forzando una sonrisa a cambio.
—O sea, una enfermedad terrible, visiones molonas de mundos extraterrestres… ¿hay algo más que no me hayas contado?
—Solo los números —dijo Kevin.
Luna lo miró evidentemente enojada.
—¿No pillas que aquí se suponía que no tenías que decir que sí?
—Quería contártelo todo —dijo Kevin, aunque imaginaba que ahora probablemente era un poco tarde—. Lo siento.
—Vale —dijo Luna. De nuevo, Kevin tuvo la sensación de que se estaba esforzando por procesarlo todo—. ¿Los números?
—También los veo —dijo Kevin. Los repetía de memoria—. 23h 06m 29,283s, -05º 02’ 28,59
—Vale —dijo Luna. Frunció los labios—. Me pregunto qué querrán decir.
Parecía no ocurrírsele que no podrían no significar nada. A Kevin le encantaba eso de ella.
Sacó su teléfono.
—No puede ser para una matrícula y sería raro como contraseña. ¿Qué más?
Kevin no había pensado en ello, al menos no con la franqueza con la que Luna parecía estar poniendo en práctica con el problema.
—¿Tal vez como número de un artículo, un número de serie? —sugirió Kevin.
—Pero hay horas y minutos —dijo Luna. Parecía estar profundamente atrapada en el problema de lo que podría significar—. ¿Qué más?
—¿Tal vez una hora de entrega y una ubicación? —sugirió Kevin—. Esas segundas partes parecen ser coordenadas.
—No parece muy adecuado como referencia de un mapa —dijo Luna—. A lo mejor si lo busco en Google… oh, guay.
—¿Qué? —preguntó Kevin. Una mirada a la cara de Luna le dejó claro que habían dado en el clavo.
—Cuando escribes esa serie de números en un buscador, solo encuentras resultados sobre una cosa —dijo Luna. Hizo que sonara muy seguro. Giró su teléfono para mostrárselo, con las páginas colocadas en una clara fila—. El sistema estelar Trappist 1.
Kevin sentía que su emoción crecía. Aún más, notaba que crecía su esperanza. Esperanza de que esto realmente podría significar algo y que no era solo su enfermedad, a pesar de lo que dijeran. Esperanza de que realmente podría ser verdad.
—Pero ¿por qué iba a ver esos números? —preguntó él.
—¿Tal vez porque se cree que el sistema Trappist es uno de los que tienen la posibilidad de albergar vida? —dijo Luna—. Por lo que dice aquí, allí hay varios planetas en lo que se piensa que es una zona habitable.
Lo dijo como si fuera la cosa más evidente del mundo. La idea de que unos planetas podrían tener vida parecía demasiada coincidencia cuando Kevin, en efecto, había visto esa vida. O, por lo menos, había visto una vida extraña.
—Tienes que hablar de esto con alguien —declaró Luna—. Tú eres… algo así como la primera prueba de contacto extraterrestre. ¿Quiénes eran esa gente que buscaban extraterrestres, los científicos?
—¿SETI? —dijo Kevin.
—Esos son —dijo Luna—. ¿No tienen la base en San Francisco, o San José, o algo así?
Kevin no lo sabía, pero cuanto más pensaba en ello, más le tiraba la idea.
—Tienes que ir, Kevin —dijo Luna—. Por lo menos tienes que hablar con ellos.
***
—No —dijo su madre, dejando su café con tanta firmeza que se derramó—. ¡No, Kevin, de ninguna manera!
—Pero mamá…
—No voy a llevarte en coche hasta San Francisco para que molestes a una panda de chiflados —dijo su madre.
Kevin sujetó su teléfono en alto, mostrando la información sobe SETI que había en él.
—No están locos —dijo—. Son científicos.
—Los científicos también pueden estar locos —dijo su madre—. Y toda esta idea… Kevin, ¿no puedes aceptar sencillamente que estás viendo cosas que no existen?
Ese era el problema; lo más fácil sería aceptarlo. Sería fácil decirse a sí mismo que esto no era real, pero había algo que daba vueltas por su cerebro y que le decía que sería muy mala idea hacerlo. La cuenta atrás todavía continuaba, y Kevin sospechaba que tendría que hablar con alguien que lo creyera antes de que esta llegara a su fin.
—Mamá, los números que te dije que veía… resultaron ser la posición de un sistema estelar.
—Hay tantas estrellas por allí que estoy segura de que cualquier serie aleatoria de números conectaría con una de ellas —dijo su madre—. Pasaría lo mismo con la masa de la estrella o… o, no sé lo suficiente sobre las estrellas para saber qué más, pero algo sería.
—Yo no quiero decir eso —dijo Kevin—. Quiero decir que era exactamente lo mismo. Luna introdujo los números y el sistema Trappist 1 fue la primera cosa que salió. De hecho, la única cosa que salió.
—Tendría que haber imaginado que Luna estaría metida —dijo su madre con un suspiro—. Me encanta esa chica, pero la pierde que tiene demasiada imaginación.
—Por favor, mamá —dijo Kevin—. Esto es real.
Su madre estiró los brazos para ponerle las manos sobre los hombros. ¿Cuándo había empezado a tener que estirar los brazos para hacerlo?
—No lo es, Kevin. La Dra. Yalestrom dijo que tenías problemas para aceptar todo esto. Tienes que entender lo que está pasando y yo tengo que ayudarte a aceptarlo.
—Sé que me estoy muriendo, mamá –dijo Kevin. No debería haberlo dicho así, pues ya veía que a su madre le salían las lágrimas de los ojos.
—¿Ah, sí? Porque esto…
—Encontraré la manera de llegar hasta allí —prometió Kevin—. Cogeré un autobús si hace falta. Cogeré un tren hasta la ciudad y andaré. Por lo menos, tengo que hablar con ellos.
—¿Y que se rían de ti? —Su madre se apartó, sin mirarlo—. ¿Sabes que esto es lo que pasará, verdad, Kevin? Estoy intentando protegerte.
—Ya lo sé —dijo Kevin—. Y sé que seguramente se reirán de mí, pero por lo menos tengo que intentarlo, mamá. Tengo la sensación de que es realmente importante.
Quería decir más, pero no estaba seguro de que eso ayudara ahora mismo. Su madre estaba callada del modo que daba a entender que estaba pensando y, ahora mismo, eso era lo mejor que Kevin podía esperar. Continuó pensando, dando toquecitos con la mano sobre la encimera de la cocina, marcando el tiempo mientras se decidía.
Kevin oyó suspirar a su madre.
—Está bien —dijo—. Lo haré. Te llevaré, pero solo porque sospecho que, si no lo hago, recibiré una llamada de la policía para decirme que mi hijo se ha desmayado en un autobús en algún sitio.
—Gracias, mamá —dijo Kevin, adelantándose para abrazarla.
Sabía que ella realmente no le creía, pero de algún modo, eso hacía que la muestra de amor fuera aún más impresionante.
CAPÍTULO CINCO
Tardaron alrededor de una hora para ir en coche desde Walnut Creek hasta el Instituto SETI en Mountain View, pero a Kevin le pareció toda una vida. No solo porque el tráfico hasta la ciudad iba a paso de tortuga por el cierre de carreteras; cada momento era algo perdido cuando él podía estar allí, podía estar descubriendo lo que le pasaba. Ellos lo sabrían, de eso estaba seguro.
—Intenta no hacerte demasiadas ilusiones —le advirtió su madre, por lo que parecía ser la vigésima vez.
Kevin sabía que solo intentaba protegerle, pero aun así, él no quería que su emoción disminuyera. Estaba seguro de que este sería el lugar en el que descubriría lo que estaba pasando. Ellos eran científicos que estudiaban a los extraterrestres. ¿No lo sabrían todo con toda certeza?
Sin embargo, cuando llegaron allí, el instituto no era lo que esperaba. El 189 de Bernardo Avenue parecía más una galería de arte o parte de una universidad que el tipo de edificios de ultra alta tecnología que la imaginación de Kevin había fabulado. Esperaba unos edificios que pareciera que podrían ser del espacio exterior pero, en cambio, parecían un poco las versiones caras del tipo de edificios que tenía su escuela.
Llegaron hasta allí y aparcaron delante de los edificios. Kevin respiró profundamente. Ya estaba. Entraron a un vestíbulo, donde una mujer los miró sonriente, consiguiendo convertir eso en una pregunta incluso antes de hablar.
—Hola, ¿estás seguro de que estás en el lugar correcto?
—Necesito hablar con alguien sobre señales alienígenas —dijo Kevin, antes de que su madre pudiera intentar explicarse.
—Lo siento —dijo la mujer—. En realidad no hacemos visitas públicas.
Kevin negó con la cabeza. Sabía que tenía que hacérselo entender.
—No estoy aquí por una visita —dijo—. Creo… creo que estoy recibiendo algún tipo de señal alienígena.
La mujer no lo miró con esa especie de sorpresa e incredulidad que la mayoría de las otras personas podrían tener, o incluso con la sorpresa que tuvo su madre cuando él saltó con eso. Esta era más una mirada de resignación, como si tuviera que aguantar este tipo de cosas más a menudo de lo que le gustaría.
—Entiendo —dijo—. Por desgracia, a nosotros no nos corresponde hablar con la gente que viene de la calle. Si quieres enviarnos un mensaje a través de nuestra dirección de correo electrónico de contacto, estaremos encantados de tenerlo en cuenta, pero de momento…
—Vamos, Kevin —dijo su madre—. Lo intentamos.
Para su propia sorpresa, igual que para la de las demás, Kevin negó con la cabeza—. No, no me voy a ir.
—Kevin, tienes que hacerlo —dijo su madre.
Kevin se sentó, justo en medio del vestíbulo. La moqueta no era muy cómoda, pero no le importaba.
—No voy a ir a ningún sitio hasta que hable de esto con alguien.
—Espera, no puedes hacer eso —dijo la recepcionista.
—No voy a ir a ningún sitio —dijo Kevin.
—Kevin… —empezó su madre.
Kevin negó con la cabeza. Sabía que era infantil pero, tal y como lo veía él, tenía trece años y se lo podía permitir. Además, esto era importante. Si salía y se iba ahora, se había terminado. No podía permitir que terminara.
—Levántate, o tendré que llamar a seguridad —dijo la recepcionista. Se dirigió hacia él y cogió a Kevin fuerte por el brazo.
Al instante, la madre de Kevin cambió su atención de él a la recepcionista, estrechando los ojos.
—Quítele las manos de encima a mi hijo, ahora mismo.
—Entonces haga que su hijo se levante y se marche antes de que tenga que hacer intervenir a la policía.
La recepcionista lo soltó de todas formas, aunque eso podría haber tenido algo que ver con la mirada que le lanzó su madre. Kevin tuvo la sensación de que, ahora que sí que había una manera en que pudiera proteger a su hijo, su madre lo haría, costara lo que costara.
—No nos amenace con la policía. Kevin no está haciendo ningún daño a nadie.
—¿Piensa que no tenemos chiflados aquí con frecuencia?
—¡Pero Kevin no está chiflado! —gritó su madre, a un volumen que normalmente reservaba para cuando Kevin había hecho algo realmente malo.
Los siguientes dos minutos incluyeron más discusiones de las que Kevin quería. Su madre le gritaba que se levantara. La recepcionista gritaba que llamaría a seguridad. Se gritaban la una a la otra, pues la madre de Kevin decidió que no quería que nadie amenazara a su hijo con seguridad, y la mujer parecía dar por sentado que su madre podría mover a Kevin. Kevin estaba sentado en medio de todo aquello con una serenidad sorprendente.
Esto lo hizo dormirse y, en esas profundidades, vio algo…
La fría oscuridad del espacio lo rodeaba, las estrellas parpadeaban, la Tierra se veía tan diferente desde arriba que casi dejó a Kevin sin respiración. Había un objeto plateado flotando allí en el espacio, solo uno de los muchos objetos que colgaban en órbita. El lado estaba decorado con las palabras Pioneer 11…
Después estaba tumbado sobre el suelo del Instituto SETI, su madre lo ayudaba a levantarse, junto con la recepcionista.
—¿Está bien? —preguntó la recepcionista—. ¿Quiere que llame a una ambulancia?
—No, estoy bien —insistió Kevin.
Su madre negó con la cabeza.
—Sabemos lo que sucede. Mi hijo se está muriendo. Todo esto… yo pensé que le ayudaría a asimilar el hecho de que lo que estaba viendo no era real, que era su enfermedad.
Visto así, parecía una traición, como si la madre de Kevin hubiera estado planeando todo el rato que sus sueños se destrozaran.
—Comprendo —dijo la recepcionista—. Vale, vamos a levantarte, Kevin. ¿Os traigo algo a los dos?
—Yo solo quiero hablar con alguien —dijo Kevin.
La recepcionista se mordió el labio y, a continuación, asintió.
—Vale, veré lo que puedo hacer.
En un abrir y cerrar de ojos, toda su actitud parecía haber cambiado.
—Espera aquí. Siéntate. Voy a ver si hay alguien por aquí que por lo menos pueda hablar contigo, tal vez enseñarte esto. Aunque en realidad no hay mucho que ver.
Kevin se sentó con su madre. Quería contarle todo lo que acababa de ver, pero por su cara podía ver que solo le haría daño. En su lugar, esperó en silencio.
Finalmente, apareció una mujer. Tenía treinta y pocos, iba vestida con un traje oscuro que daba a entender que tenía el tipo de reuniones en las que la ropa más informal no funcionaría. Había algo en ella que decía que era intelectual –tal vez algo en la curiosidad con la que miraba a Kevin. Le ofreció la mano a su madre y después a Kevin.
—Hola, Kevin —dijo—. Yo soy la Dra. Elise Levin. Soy la directora aquí en el instituto.
—¿Usted es la responsable? —preguntó Kevin, cada vez más esperanzado—. ¿De todo lo de los extraterrestres?
Ella sonrió divertida.
—Creo que es una manera un poco fuerte de decirlo. Mucha investigación sobre la vida extraterrestre se hace en otros lugares. La NASA proporciona datos, algunas universidades se involucran y nosotros a menudo tomamos tiempo prestado con los telescopios de otras personas donde podemos. Pero sí, yo soy la responsable de este instituto y de las cosas que pasan aquí.
—Entonces tengo que decírselo —dijo Kevin. Estaba hablando más rápido de lo que quería, intentando sacar las palabras antes de que esta adulta tuviera tiempo para no creerle—. Está sucediendo algo. Sé lo extraño que suena, pero he estado viendo cosas, hay una especie de cuenta atrás…
¿Cómo podía explicar la cuenta atrás? No era como unos números, había un punto evidente que él podía decir que marcaba su final. Solo había un débil latido que venía con la señal de su cerebro, cada vez más constante, casi imperceptiblemente más rápido mientras se abría camino hacia algo que Kevin no podía adivinar.
—¿Por qué no me lo cuentas mientras echamos un vistazo por aquí? —sugirió la Dra. Levin—. Te enseñaré algo de lo que hacemos aquí.
Llevó a Kevin y a su madre por los pasillos del instituto y, para ser sincero, Kevin había pensado que sería más emocionante. Había pensado que no parecería tanto un bloque de oficinas.
—Pensaba que aquí habría telescopios grandes, o laboratorios llenos de equipos para comprobar cosas en el espacio —dijo Kevin.
La Dra. Levin encogió los hombros.
—Tenemos algunos laboratorios y, de vez en cuando, hacemos materiales de prueba, pero no tenemos ningún telescopio. Pero estamos trabajando con Berkeley para construir un sistema dedicado a los radiotelescopios.
—Entonces ¿cómo buscan extraterrestres? —dijo la madre de Kevin. Parecía estar tan sorprendida por la falta de telescopios gigantes y equipamiento de escucha como lo estaba Kevin.
—Trabajamos con otras personas —dijo la Dra. Levin—. Pedimos, o alquilamos, tiempo con los telescopios o los sistemas de sensores. Trabajamos con datos de la NASA. Les aportamos sugerencias sobre lugares en los que podrían querer mirar, o tipos de datos que podrían querer intentar reunir. Lo siento, no es tan emocionante como a veces piensa la gente. Por aquí, venid conmigo.
Se dirigió a una oficina que, por lo menos, parecía un poco más interesante que algunos de los otros lugares. Tenía un par de ordenadores, un montón de pósters relacionados con el sistema solar, unas cuantas revistas que habían hablado del trabajo del SETI y algunos muebles que parecían haber estado especialmente diseñados para ser ergonómicos, modernos y casi tan cómodos como un ladrillo.
—Dejadme que os muestre algunas de las cosas en las que hemos estado trabajando —dijo la Dra. Levin, incorporando imágenes de grandes sistemas de telescopio en proceso de ser construidos—. Estamos mirando de desarrollar sistemas de radiotelescopio que puedan ser lo suficientemente potentes para recoger radiofrecuencias ambientales en lugar de esperar a que alguien se dirija a nosotros con una señal.
—Pero es que yo creo que alguien nos está haciendo señales —dijo Kevin. Necesitaba hacérselo entender.
La Dra. Levin hizo un pausa.
—Iba a preguntarte si te referías a la teoría que algunas personas creen que son explosiones de radio de alta frecuencia de un púlsar que podrían ser señales inteligibles, pero no es así, ¿verdad?
—Yo he estado viendo cosas —dijo Kevin. Intentó explicar sus visiones. Le habló del paisaje que había visto y de la cuenta atrás.
—Entiendo —dijo la Dra. Levin—. Pero tengo que preguntarte algo, Kevin. ¿Entiendes que el SETI trata de estudiar este tema con ciencia, buscando pruebas reales? Es la única manera en que podemos hacerlo y saber que todo lo que encontramos es real. O sea, que, debo preguntarte, Kevin, ¿cómo sabes que lo que ves es real?
Kevin ya había resuelto cómo contestar a eso con Luna.
—Vi algunos números. Cuando los busqué, resultaron ser la ubicación de algo llamado el sistema Trappist 1.
—Uno de los candidatos más prometedores para la vida extraterrestre —dijo la Dra. Levin—. Aun así, ¿entiendes mi problema ahora? Dices que viste esos números, y te creo, pero tal vez los viste porque los habías leído en algún sitio. Yo no puedo redireccionar los recursos del SETI basándome en eso y, en cualquier caso, no estoy segura de que podamos hacer algo más en referencia al sistema Trappist 1. Para algo así, necesitaría algo nuevo. Algo que no se pudiera haber conseguido de otra forma.
Kevin imaginaba que estaba intentando decepcionarlo de la forma más delicada posible pero, aun así, dolía. ¿Cómo podía proporcionarles eso? Entonces pensó en lo que había visto en el vestíbulo. Debía de haberlo visto por alguna razón, ¿no?
—Creo… —No estaba seguro de si decirlo o no, pero sabía que tenía que hacerlo—. Creo que vais a recibir una señal de algo llamado Pioneer 11.
La Dra. Levin lo miró durante dos segundos.
—Lo siento, Kevin, pero eso no parece muy probable.
Kevin vio que su madre fruncía el ceño.
—¿Qué es Pioneer 11?
—Es una de las sondas espaciales profundas que ha mandado la NASA —explicó la Dra. Levin—. Atravesó nuestro sistema solar, mandando datos y tenía la velocidad suficiente para mandarlos más allá de los límites del sistema solar. Por desgracia, el último contacto que tuvimos con ella fue en 1995, así que realmente no creo que…
Paró cuando su teléfono empezó a sonar y lo sacó como para ignorar la llamada. Kevin vio el momento en el que se quedó parada y miró fijamente.
—Lo siento, tengo que cogerlo —dijo—. ¿Sí, hola, qué pasa? ¿Puede esperar un momento? Estoy en medio de… bueno, si es tan urgente. ¿Una señal? ¿Me estás llamando porque están llegando datos a la NASA? Pero la NASA siempre tiene… Paró de nuevo, echó un vistazo a Kevin, la incredulidad era evidente en su rostro. Aun así, lo dijo—. ¿Puedo adivinarlo? —dijo al teléfono—. ¿Acabáis de recibir algún tipo de señal de la Pioneer 11? ¿Sí? No, no puedo decírtelo. No estoy segura de que me creyeras si lo hiciera.
Colgó el teléfono y miró fijamente a Kevin como si lo estuviera viendo por primera vez en aquel momento.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó.
Kevin encogió los hombros.
—Lo vi cuando estaba esperando en el vestíbulo.
—¿Lo viste? ¿De la misma manera que “viste” este paisaje extraterrestre? —La Dra. Levin lo miró fijamente y Kevin tuvo la sensación de que estaba intentando deducir algo. Probablemente intentando deducir alguna manera en la que pudiera haber hecho trampa con esto, o hacer que sucediera.
Pasó casi un minuto hasta que tomó una decisión.
—Creo —dijo la Dra. Levin, con el tono cuidadoso de alguien que intenta asegurarse de que no se ha vuelto loca— que es mejor que vengas conmigo.
CAPÍTULO SEIS
Kevin y su madre siguieron a la Dra. Levin desde las instalaciones del SETI hasta un coche que parecía demasiado pequeño para pertenecer a alguien de su posición.
—Es muy respetuoso con el medio ambiente —dijo, en un tono que daba a entender que se había enfrentado mucho a esa pregunta—. Vamos, será más fácil que os lleve a los dos en coche. Son bastante estrictos con la seguridad.
—¿Quiénes? —preguntó la madre de Kevin.
—La NASA.
A Kevin se le cortó la respiración al oírlo. ¿Iban a hablar con la NASA? Tratándose de extraterrestres, eso era incluso mejor que el SETI.
El viaje en coche a través de Mountain View fue corto, como mucho de unos cuantos minutos. Aun así, fue lo suficientemente largo para que Kevin mirara a través de las ventanas a las compañías de alta tecnología esparcidas por la zona, evidentemente atraídas hasta allí por la NASA y Berkeley, la presencia de tanta gente inteligente en un solo lugar las había llevado en la misma dirección.
—¿En serio que vamos a ir a la NASA? —dijo Kevin. Casi no podía creérselo, lo cual no tenía sentido, dadas las cosas que había tenido que creerse en los últimos días.
Las instalaciones de la NASA eran todo lo que no había sido el edificio del SETI. Eran grandes, desplegadas por varios edificios y situadas en un lugar en el que conseguía tener vistas tanto de las colinas que la rodeaban como de la bahía. Había una oficina de turismo que básicamente era una carpa construida a una escala que parecía difícil de creer, de un blanco luminoso con el logotipo de la NASA pintado. Pero pasaron de largo de ella, hacia una zona que estaba cerrada al público, tras una valla metálica y una barrera donde la Dra. Levin tuvo que enseñar una identificación para que pudieran entrar.
—Me esperan —dijo.
—¿Y quiénes son ellos, señora? —preguntó el guardia.
—Son Kevin McKenzie y su madre —dijo la Dra. Levin. Vienen conmigo.
—Ellos no están en la…
—Vienen conmigo —dijo la Dra. Levin de nuevo y, por primera vez, Kevin se dio cuenta del tipo de dificultad que su posición implicaba. El guardia dudó por un instante y, a continuación, sacó un par de pases de visitante, que la Dra. Levin les entregó. Kevin se lo colgó del cuello y le pareció un trofeo, un talismán. Con esto, podía ir a donde quería. Con esto, la gente lo creía de verdad.
—Tendremos que ir a las áreas de investigación —dijo la Dra. Levin—. Por favor, id con cuidado de no tocar nada, pues algunos de los experimentos son delicados.
Los llevó hasta dentro del edificio que parecía estar compuesto mayoritariamente de delicadas curvas de acero y cristal. Este era el tipo de lugar que Kevin había esperado tratándose de Mountain View. Así era cómo un lugar que observaba el espacio debía ser. Había laboratorios a ambos lados, con el tipo de equipo avanzado que daba a entender que podían probar casi cualquier cosa que el espacio lanzara en su dirección. Había lásers y ordenadores, mesas de trabajo y aparatos que parecían diseñados para la química. Había talleres llenos de equipos de soldar y partes que podrían haber sido de coches, pero que Kevin quería creer que eran para vehículos para usar en otros planetas.
La Dra. Levin iba preguntando a medida que avanzaban, al parecer intentando descubrir dónde estaban todos los que estaban relacionados con la noticia del mensaje de la Pioneer 11. Siempre que pasaban por delante de alguien, ella lo paraba y a Kevin le apreció que conocía a todos los que estaban allí. Puede que el SETI estuviera separado de todo esto, tal y como decía ella que lo estaba, pero era evidente que la Dra. Levin pasaba mucho tiempo aquí.
—Oye, Marvin, ¿dónde está todo el mundo? —le preguntó a un hombre con barba y una camisa de cuadros.
—La mayoría están reunidos en el centro para la investigación de superordenadores —dijo—. Con algo así, quieren ver qué se inventarán ahora en los boxes.
—¿Los boxes? —preguntó Kevin.
La Dra. Levin sonrió.
—Ya verás.
—¿Quiénes son? —preguntó el hombre barbudo.
—¿Qué dirías si te contara que aquí Kevin puede ver extraterrestres? —preguntó la Dra. Levin.
Marvin rió.
—Puedes intentar jugar con la reputación de cazadora de extraterrestres loca todo lo que quieras, Elise. Eres tan escéptica como todos nosotros.
—Tal vez con esto no —dijo la Dra. Levin. Se giró para mirar a Kevin y a su madre—. Por aquí.
Los llevó a otra parte del edificio y ahora Kevin tenía la sensación de seguridad extra, con escáners de identificación y cámaras casi a cada curva. Aun más, probablemente este era el lugar más limpio en el que había estado. Mucho más limpio que, por ejemplo, su dormitorio. Parecía que ni una sola mota de polvo podía colarse en él sin permiso, por no hablar de los montones de ropa vieja que llenaban el espacio hasta que su madre le decía que lo ordenara.
Los laboratorios estaban casi vacíos en ese momento, y vacíos de una manera que daba a entender que los habían abandonado a toda prisa porque estaba sucediendo algo más interesante. Fue fácil ver a donde habían ido. La gente se amontonaba en los pasillos mientras los tres se acercaban a su destino, intercambiando chismes de los que Kevin solo pillaba trozos.
—Hay una señal, pero es una señal de verdad.
—Después de todo este tiempo.
—No son solo datos de telemetría, o incluso escaneos. Hay algo… más.
—Estamos aquí —dijo la Dra. Levin cuando llegaron a la habitación donde habían dejado la puerta abierta, evidentemente para dejar que la multitud de gente intentara embutirse dentro—. Déjennos pasar, por favor. Tenemos que hablar con Sam.
“Aquí” resultó ser una habitación grande, llena de luces parpadeantes debajo y rodeada de pasarelas que hacían que pareciera un poco un teatro donde los actores eran todos ordenadores. Kevin los identificó como ordenadores a pesar de que no se parecían en nada al pequeño portátil, que apenas funcionaba, que le había traído su madre para que hiciera los trabajos de la escuela. Estos eran aparatos del tamaño de mesas de café, coches, habitaciones, todos de un negro mate y con luces brillantes. Las personas que estaban de pie o sentadas cerca de ellos llevaban puestos unos trajes como los que los forenses llevaban en los programas de la tele.
—¿Impresionados? —preguntó la Dra. Levin.
Kevin solo podía asentir. No tenía palabras para un lugar como este. Era… increíble.
—¿Qué es este lugar? —preguntó su madre, y Kevin no sabía si era bueno o malo que ni tan solo su madre lo entendiera.
—Es donde la NASA hace su investigación de superordenadores —explicó la Dra. Levin—. Trabajo en IA, informática cuántica, superconductores más avanzados. También son los equipos que usan para trabajar en… temas complejos. Vamos, tenemos que hablar con Sam.
Ella se abrió camino entre la multitud y Kevin la siguió, intentando ser suficientemente rápido para meterse en los agujeros que ella hacía antes de que se cerraran de nuevo. Iba a toda prisa tras su estela hasta que llegaron a un hombre alto, ligeramente jorobado que estaba de pie al lado de uno de los ordenadores. Al contrario que los demás, él no llevaba un traje limpio. Sus dedos largos y huesudos parecían atarse en nudos mientras tecleaba.
—Profesor Brewster —dijo la Dra. Levin.
—Dra. Levin, me alegro de que pudieras… espera, has traído turistas. Realmente este no es el momento para hacer turismo, Elise.
Si a la Dra. Levin le molesto eso, no lo demostró.
—David, son Kevin McKenzie y su madre. No están aquí para hacer turismo. Creo que Kevin puede ser útil con esto. Tenemos que ver a Sam.
El Profesor Brewster señaló con la mano una máquina que tenían delante. Era incluso más alta que él, con tuberías a los lados que estaban tan frías que emitían vapor al aire. Entonces fue cuando Kevin vio el letrero que había al lado, “Sygnals Analysis Machine”, y se dio cuenta de que Sam no era un nombre de persona, sino un acrónimo.
—¿Quieres dejar que un niño juegue con una pieza de ingeniería que vale muchos millones de dólares? —preguntó el Profesor Brewster—. Quiero decir, ¿qué tiene? ¿Diez años?
—Tengo trece —dijo Kevin. La diferencia puede que no fuera mucho para alguien de la edad del Profesor Brewster pero, para él, era un cuarto de su vida. Y era más vida de la que le quedaba. Visto de esta manera, tres años era una cantidad enorme.
—Bueno, yo tengo cuarenta y tres, tengo un doctorado de Princeton, un edificio lleno de genios a menudo sinceramente imposibles que deberían estar haciendo son sus trabajos –miró alrededor de la sala intencionadamente, pero nadie se movió- y ahora, parece ser que un niño de trece años quiere jugar con mi superordenador justo cuando este va a ponerse a trabajar en una señal de una sonda que pensábamos que hacía tiempo que había muerto.
Parecía un hombre al que no le gustaba mucho el estrés. Kevin supuso que probablemente eso era una desventaja en su trabajo.
—Kevin está aquí precisamente por la señal —dijo la Dra. Levin—. Él… bueno, predijo que ocurriría.
—Imposible —dijo el Profesor Brewster—. Elise, tú sabes que siempre he respetado tus esfuerzos por mantener la investigación del SETI dentro del reino de la ciencia seria, pero esto parece ir completamente en la dirección contraria. Está claro que es una trampa.
La Dra. Levin suspiró.
—Yo sé lo que vi, David. Me dijo que iba a suceder algo con la Pioneer 11 y, a continuación, recibimos la señal. ¿Nos la pondrás, por lo menos?
—Ah, muy bien —dijo el Profesor Brewster. Hizo un gesto a uno de los científicos que estaban trabajando en su superordenador—. Ponla, a ver si podemos seguir con nuestro trabajo.
El científico asintió y dio unos cuantos golpecitos a una interfaz de control. Aparecieron unos datos rápidamente en la pantalla, una serie tras otra de números, pero a Kevin le interesaba más la señal de audio que los acompañaban. Era un extraño parloteo mecánico que no se parecía en nada al lenguaje, era más el tipo de interferencia que podría venir de un ordenador que no va bien.
Aun así, lo entendía. Pero no sabía cómo.
—Tiene que ajustar uno de sus radiotelescopios —dijo Kevin, el conocimiento simplemente estaba en su mente. También había números. Dos series, una marginalmente diferente de la otra—. Creo… que la primera está mal de alguna manera, y la segunda es lo que debería ser.
—¿Qué? —preguntaron el Profesor Brewster y la Dra. Levin casi a la vez, aunque con expresiones muy diferentes. La Dra. Levin parecía fascinada. El Profesor Brewster parecía sobre todo enojado.
—Es lo que significa —dijo Kevin. Encogió los hombros—. Es decir, supongo. No sé cómo lo sé.
—Es que no lo sabes —insistió el Profesor Brewster—. Si es que hay algún significado, que sinceramente no es probable, a SAM le llevará horas descodificarlo, si es que es posible.
—Solo os dije lo que significa —insistió Kevin—. Yo puedo… simplemente para mí tiene sentido.
—Deberías escucharle, David —dijo la Dra. Levin—. Por lo menos busca los números, averigua si significan algo. ¿Puedes escribirlos, Kevin?
Ella sacó un trozo de papel y un bolígrafo y Kevin los anotó con tanta claridad como pudo. Se lo pasó al Profesor Brewster, que lo cogió de mala gana.
—Tenemos mejores cosas que hacer que esto, Elise —dijo—. Bueno, ya basta. Fuera. Aquí tenemos trabajo que hacer.
Los echó y la Dra. Levin no parecía dispuesta a discutir. En su lugar, sacó a a Kevin y a su madre de nuevo a los pasillos del edificio de investigación.
—Vamos —dijo—. Puede que David realmente esté demasiado ocupado para usar ese gigantesco cerebro suyo, pero aquí hay mucha gente que me debe favores.
—¿Qué tipo de favores? —preguntó la madre de Kevin.
La Dra. Levin miró de nuevo a Kevin.
—Del tipo con el que podemos descubrir exactamente cómo se las arregla Kevin para recibir y descodificar señales del espacio exterior.
***
—Tienes que estar quieto, Kevin —dijo un investigador con sobrepeso que llevaba una camisa hawaiana debajo de su bata de laboratorio. Se hacía llamar solo “Phil” aunque la placa de su puerta anunciaba que, como mínimo, tenía tantos doctorados como cualquier otro. Parecía que era amigo de la Dra. Levin, aunque eso podría haber tenido algo que ver con el bocadillo de unos palmos de largo que ella había cogido de la cafetería antes de ir a visitarlo—. La imagen no saldrá clara si te mueves.
Kevin hacía todo lo que podía, estaba tumbado quieto en el estrecho interior de una máquina de resonancia magnética. Esto le hacía sentir como un torpedo que estaba a punto de ser lanzado al océano, y el reducido espacio solo empeoraba por un ruido sordo regular, que sonaba como si alguien estuviera dando martillazos fuera mientras él estaba allí tumbado. Sus experiencias en el hospital le decían que probablemente eso era normal, y no una señal de que todo aquello estaba a punto de desplomarse. Aun así, costaba mantenerse quieto todo el rato que aquella cosa necesitaba para escanearlo.
—Casi estamos —exclamó Phil—. Aguanta un momento la respiración. Y relájate.
Kevin deseaba poderse relajar. Las dos últimas horas habían sido ajetreadas. Había habido científicos, laboratorios y pruebas. Muchas pruebas. Hubo pruebas cognitivas y escaneo de imágenes, cosas como rayos X y pruebas de asociación de palabras mientras Kevin veía varios tipos de aparatos apuntándole, diseñados para disparar diferentes tipos de señales hacia su cuerpo.
Finalmente, incluso Phil parecía estar cansándose de disparar rayos a Kevin.
—Bien, puedes salir.
Ayudó a Kevin a salir de la máquina y después lo llevó hacia donde la Dra. Levin y la madre de Kevin estaban esperando. El investigador decía que no con la cabeza mientras señalaba hacia la pantalla y a una serie de imágenes en blanco y negro, que Kevin suponía que debían ser del interior de su cerebro. De ser así, los cerebros tenían un aspecto más raro de lo que había pensado.
—Lo siento, Elise, pero no hay ninguna señal de nada diferente en él que no pudiera explicarse con su enfermedad —dijo.
—Sigue mirando —dijo la Dra. Kevin.
—¿Cómo, exactamente? —preguntó él—. Te lo estoy diciendo, he utilizado casi todas las pruebas que es posible hacerle a un ser humano –resonancia magnética, TAC, batería de pruebas psicológicas, lo que se te ocurra. Le he disparado tantas frecuencias a Kevin que es una maravilla que no esté cogiendo la radio local. A menos que lo someta a isótopos radioactivos o lo diseccione de verdad…
—No —dijo la madre de Kevin con firmeza. A Kevin tampoco le gustaba esa idea.
Phil negó con la cabeza.
—No se puede encontrar nada más.
Kevin notó la decepción del hombre. A diferencia del Profesor Brewster, era evidente que a él sí que le gustaba la idea de que alguien pudiera oír las señales extraterrestres. Esa decepción era un reflejo de la suya propia. Había tenido la seguridad de que esta gente, con todos sus cerebros y sus laboratorios, podrían descubrir lo que estaba sucediendo, pero parecía…
Un hombre irrumpió en la habitación y Kevin tardó un momento en reconocer la complexión larguirucha del Profesor Brewster. Parecía, en todo caso, incluso más alterado de lo que había estado cuando los había echado del box del superordenador. Llevaba una tableta, que sujetaba con tanta fuerza que Kevin sospechaba que podría resquebrajarla.
—David, si es sobre el uso de los recursos… —empezó la Dra. Levin.
El científico alto la miró como si intentara entender de qué estaba hablando y, a continuación, negó con la cabeza.
—No es eso. Solo quiero saber cómo lo hiciste. Y sobre todo, ¿cómo lo supiste?
—Cómo supe qué? —preguntó Kevin.
—No te hagas el tonto —dijo el científico. Tendió la tableta para que la miraran—. Uno de los nuestros metió esos números que nos diste en nuestros sistemas. Resulta que eran la configuración actual de uno de nuestros radiotelescopios, tal y como tú dijiste. Nadie que estuviera trabajando en el observatorio podía saber eso. Entonces ¿cómo lo supiste tú?
—¿Cómo supe el qué? —preguntó Kevin.
—¡Cómo supiste lo que pasaría cuando lo cambiamos!
El Profesor Brewster tocó algo en su tableta.
—Esta es una transmisión del mismo.
Empujó la tableta hacia Kevin, extendiéndola como una acusación. De ella salió una señal entre zumbido y chasquido, que sonaba como si simplemente fuera un problema estático, o mecánico, o grillos atascados en algún lugar dentro del mecanismo de la máquina.
Pero para Kevin, las palabras eran claras.
«Nosotros estamos viniendo. Preparaos para acogernos».
CAPÍTULO SIETE
—¿¡Nosotros!? —preguntó la Dra. Levin. Parecía que apenas podía contener su emoción—. ¿Quiénes son nosotros? ¿Estamos hablando de una especie de civilización extraterrestre?
—Espera un segundo —dijo bruscamente el Profesor Brewster, sonando escéptico—. Tal vez la de Kevin no es la traducción correcta. Tal vez incluso no haya nada que traducir –tal vez solo es un montón de ruido. Tal vez es producto de la imaginación del chico.
—Entonces, ¿cómo sabía las coordenadas? —preguntó la Dra. Levin—. Sabemos que alguien mandó esta señal. Piensa solo en las posibilidades…
Ella se fue apagando, como si no pudiera comprender del todo todas las posibilidades.
—Tal vez no la mandó nadie —dijo en voz alta otro científico—. El espacio está lleno de señales que no tienen emisor ni receptor.
—Aun así —insistió la Dra. Levin—, no puedes descartar la posibilidad de que verdaderamente sea una señal enviada por otra sociedad. Y que Kevin en efecto la interpretara directamente. ¿Y si lo hizo? ¿Estás dispuesto a cerrarte en banda ante esa posibilidad? ¿Estás preparado para abandonarla? ¿A aceptar las consecuencias?
Brewster se quedó en silencio a regañadientes.
—Necesitamos más información —dijo al final—. Tenemos que estudiar más a fondo a Kevin.
—¿Qué tienen que estudiarlo más a fondo? —dijo su madre—. ¡Es mi hijo!
—Cierto —replicó la Dra. Levin—. Y aun así puede que su hijo sea el único vínculo de nuestro planeta con la vida extraterrestre.
***
Kevin se encontraba en la habitación que le habían dado y miraba alrededor, preguntándose para qué servía. Tenía el aspecto de poder haber sido diseñada para la observación de personas durante periodos largos. O eso, o para peces gigantes.
Era cómoda, pero era imposible olvidar que estaba en medio de un laboratorio. La cama estaba en el centro de la habitación, y todo parecía ser de un blanco inmaculado y frío. Kevin sospechaba que podría haber cámaras observando. De hecho, había un cristal a lo largo de una pared que, evidentemente, tenía un solo lado. Lo hacía sentir un poco como una rana que está esperando a que alguien la diseccione en clase de biología.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —preguntó su madre—. ¿Ya te han dado de comer?
—Cómo no su madre encontraba un modo de avergonzarlo incluso en una situación como esta.
—Sí, mamá, me dan de comer —dijo Kevin.
—Solo me preocupo por ti —dijo ella.
—Tienes que trabajar —dijo Kevin. Lo comprendía. Su madre no podía permitirse tomarse más tiempo libre. Ni tan solo por eso. Había muchas facturas que pagar, y que Kevin estuviera solo había añadido más facturas a la lista. No le gustaba oír la culpa en la voz de su madre, como si estuviera haciendo algo malo llevándolo al lugar donde cazaban extraterrestres.
—Pero este es el mejor lugar para ti —dijo su madre. Sonó como si estuviera intentando convencerse a sí misma.
—Mola estar en un sitio así —la tranquilizó Kevin—. Tienen muchas cosas en marcha.
Era increíble ser parte de algo tan importante.
—Hola, Kevin —dijo Phil, asomando la cabeza por la puerta. Pareció alegrarse incluso más al ver a la madre de Kevin—. Hola, Sra. McKenzie.
—Llámeme Rebecca —dijo su madre. Había algo extraño en ello, tal vez porque no era algo que dijera muy a menudo.
—Pensé que le haría la gran visita a Kevin —dijo Phil—. ¿Querría acompañarnos quizás?
—Suena bien —dijo su madre y, de nuevo, Kevin tuvo de que eso tenía un lado… no, no tenía que pensar así. Eso era simplemente asqueroso. Su suponía que los padres no iban por allí fijándose en nadie. Eso era prácticamente… bueno, hacía que la idea de mundos extraterrestres pareciera normal.
—Si queréis venir conmigo los dos —dijo Phil, dirigiéndose hacia los recibidores.
—En serio, oficialmente, imagino que se supone que no podemos andar dando vueltas por aquí, pues algunos de los proyectos son algo delicados, pero a veces pienso que exageramos un poco, ¿sabéis?
Los llevó hacia un lugar donde parecía que unos científicos estaban disparando un láser a una superficie en blanco una y otra vez, haciendo ajustes insignificantes entre cada intento.
—Están buscando maneras en que los lásers podrían usarse para explotar asteroides —explicó Phil. Había algo en la mirada que le lanzó a la mamá de Kevin que daba a entender que estaba intentando impresionarla. Kevin pensó que eso tenía cierta gracia. Su mamá era su mamá. Y no iba a impresionarse por unos lásers. Incluso aunque fueran guays.
Después de eso, les mostró un lugar donde unos drones volaban alrededor de una gran habitación como insectos, moviéndose rápido pero de algún modo nunca colisionaban unos con otros.
—Estamos trabajando en usar IA para hacer que los drones puedan interactuar sin chocar —dijo Phil.
Kevin vio que su madre sonreía al decir eso.
—¿De manera que habrá menos posibilidades de que se pierda el próximo paquete que pida?
Phil asintió.
—Bueno, eso o podrían usarse en la construcción, o para trabajar en ambientes extremos.
Kevin no tenía claro cómo se sentía con que su mamá y Phil se llevaran tan bien. Probablemente se suponía que tenía que sentirse feliz por ella o algo así, pero es que se trataba de su mamá. Estaba seguro de que debía de haber normas para ese tipo de cosas. Se marchó hacia otra puerta, con la esperanza de acelerar la visita antes de que los dos se miraran significativamente a los ojos o algo así.
La abrió y se encontró mirando fijamente a algo sacado de sus pesadillas.
Kevin se tambaleó hacia atrás y se encontró cara a cara con un robot casi tan grande como él, cubierto de pinchos y aspas, con dos grandes pinzas que le sobresalían por delante como a una hormiga hambrienta. Le llevó un instante darse cuenta de que no se movía, que no representaba ninguna amenaza para él a pesar de lo violento que parecía.
—¿Esto es alguna especie de proyecto de armas? —preguntó Kevin—. ¿Algo para las fuerzas armadas?
Tenía el aspecto del tipo de cosa que sería aterradora si se dirigiera hacia alguien en un campo de batalla. Conseguí tener un aspecto bastante aterrador incluso estando quieto.
—Es para la liga local de lucha de robots —dijo Phil—. Algunos de los estudiantes de posgrado de Berkeley inventan cosas despiadadas.
Lanzó una mirada a la madre de Kevin como si esperara que esta se declarara una gran fanática de la lucha de robots. Al ver que no parecía particularmente impresionada, Kevin se permitió un suspiro de alivio. Parecía que ele mundo había vuelto a la normalidad, más o menos.
Su madre lo abrazó.
—Tengo que irme, Kevin. Me gustaría no tener que hacerlo, pero…
Kevin la abrazó también.
—Lo sé.
Aunque sabía que pronto volvería, era difícil dejarla ir.
Cuando se fue, Kevin se dirigió a Phil.
—Bueno —dijo—. ¿Y ahora qué?
—Ahora tenemos un montón de pruebas más que superar —dijo Phil.
Un montón no lo cubría. A pesar de que Phil ya había probado baterías de pruebas enteras con Kevin, tanto el Profesor Brewster como la Dra. Levin parecían decididos a que debían continuar. La Dra. Levin parecía tener esperanzas de que si entendían mejor lo que Kevin podía hacer, podrían ser capaces de ponerse más en contacto con civilizaciones extraterrestres. El Profesor Brewster… bueno, Kevin imaginaba que esperaba que todo esto resultara ser nada, un error.
En cualquier caso, esto quería decir prueba tras prueba con diferentes grupos de científicos, pregunta tras pregunta, para la mayoría de las cuales Kevin no tenía respuesta.
—No tengo ningún control sobre lo que traduzco —insistió Kevin, cuando uno de los científicos quiso saber si podía echar un vistazo en el mundo extraterrestre que veía para darles más datos sobre el mismo—. Ni tan solo sé cómo lo hago. Cuando reproducís las señales, sencillamente es… evidente.
Sospechaba que los científicos no estaban muy satisfechos con eso, pero Kevin no sabía qué más decir. Tenía lo que tenía y, por el momento, eso parecía ser más que nada la cuenta atrás en su cabeza, latiendo cada vez más rápido, junto con el recuerdo de un mundo eclipsado por una luz brillante y absorbente. Hasta ahora, había sido la única imagen que había conseguido. La señal parecían ser solo palabras.
Kevin, que necesitaba un respiro, buscó un rincón tranquilo en una de las salas de juegos del centro de investigación, sacó su teléfono y se puso en contacto por Skype con Luna.
Al verla sonrió; no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos ver su cara.
Ella también sonrió.
—Eh, desconocido —dijo ella—. ¿Te están machacando?
—Con todas las pruebas que te puedas imaginar.
—No debe ser muy divertido que te claven cosas y que te pinchen —dijo Luna—. Pero probablemente eso significa que te están mirando más doctores que de otra manera. Eso tiene que ser bueno, ¿no?
—No creo que esto quiera decir que puedan hacer algo por mí —dijo Kevin. Por poco tiempo, él había pensado en ello, pero decidió que no podía permitirse tener ese tipo de esperanzas tratándose de su enfermedad. Él sabía lo que iba a pasar—. La mayoría de ellos ni tan solo son ese tipo de doctor.
—Pero algunos de ellos deben serlo y me apuesto lo que quieras a que si es que hay algo de investigación sobre… —Luna bajó la vista, y Kevin imaginó que lo había escrito para que no se le olvidara— …leucodistrofias, va a ser en algún lugar cerca de ti.
—Si la hay, no he oído hablar de ella —dijo Kevin. Nadie exactamente se le había acercado y le había dicho que, de repente, había una cura para lo que él tenía.
—¿Y tú has estado mirando? —preguntó Luna. Ella tenía su gesto decidido, el que significaba que no iba a aceptar un no por respuesta.
—He estado demasiado ocupada intentando traducir mensajes de una especie alienígena —puntualizó Kevin.
—Vale —dijo Luna—, como excusa, reconozco que es bastante buena. Pero piensa, cuando vengan aquí y digan «Llévame hasta tu líder», tú serás el único que podrás traducir, así que estarás allí. Tu nombre saldrá en los libros de historia.
—¿Y cuándo fue la última vez que estuviste atenta en clase de historia? —argumentó Kevin—. Recuerdo que intentaba ayudarte a estudiar para los exámenes, ¿te acuerdas?
—Bueno, quizás estaría más atenta si hubiera más extraterrestres en ella.
—¿Kevin? —El Profesor Brewster estaba allí y parecía impaciente—. Cuando estés preparado, la señal está esperando.
—Parece que tengo que irme —le dijo Kevin a Luna.
—Te echo de menos —dijo ella y lo dijo con un toque melancólico que normalmente no estaba en la voz de Luna.
—Bueno, quizás podrías venir de visita —dijo Kevin, pero entonces vio el gesto del Profesor Brewster—. Tengo que irme.
—Deberías ir con cuidado con lo que dices —dijo el Profesor Brewster cuando Kevin colgó—. El trabajo que hacemos aquí se supone que es confidencial.
—Yo confío en Luna —dijo Kevin.
—Y si todo esto resulta ser palabrería, entonces perjudica la reputación que tanto hemos trabajado por construir, que a la vez afectará nuestra financiación.
—No es palabrería —insistió Kevin. ¿Por qué no podía entenderlo el Profesor Brewster?—. Yo sí que lo veo.
—Aparentemente —dijo el Profesor Brewster—. Aunque teniendo en cuenta tu estado…
Kevin se puso de pie. Ahora mismo, se sentía cansado, y no solo por la enfermedad que poco a poco estaba consumiendo su cerebro. Estaba cansado de todo esto y de que no le tomaran en serio.
—Está decidido a descartar cualquier cosa que yo haga —dijo—. Conseguí traducir el mensaje.
—Aparentemente —Otra vez esa palabra—. Aunque ahora recuerdo algo. No existe ninguna razón para creer que tú empezaste a escuchar al principio de estas señales, así que queremos que escuches nuestro archivo de señales de otros sectores, y veamos si alguna más desencadena traducciones repentinas.
Lo dijo como si no hubiera interrumpido y no estuvieran discutiendo sobre ello. Lo dijo como si ya estuviera decidido que Kevin lo haría. Kevin estaba allí, preparado para decirle que no. Prepararse para marcharse sencillamente.
Pero no podía, y no solo porque tenía trece años, al tiempo que él se trataba de un ilustre científico que seguramente sabía de lo que hablaba. No podía arriesgarse a no oír lo que los extraterrestres tenían que decir.
—Está bien —dijo Kevin.
El Profesor Brewster se lo llevó, esta vez no al box del superordenador, sino a un pequeño laboratorio donde no había nada aparte de una mesa blanca lisa, unos auriculares también lisos y un cristal de dos lados que daba a entender que al otro lado podría haber docenas de científicos esperando.
—Entra, ponte los auriculares y veremos si alguna de estas señales desencadena traducciones —el Profesor Brewster lo dijo con una voz que daba a entender que sabía cuál sería el posible resultado.
***
Las siguientes horas estaban entre las más aburridas de la vida de Kevin, y eso incluía el tiempo que había pasado en clase de mates. Quien fuera que estuviera en la otra habitación le ponía un ruido tras otro, una señal tras otra, todas presuntamente interpretadas a partir de patrones de luz o descargas electromagnéticas. Kevin esperaba que uno de ellas desencadenara algo en algún momento, pero no había nada, y nada de nuevo, y…
«Si alguien recibe esto, a continuación vendrán más comunicados» —dijo cuando oyó una. Apenas ya sonaba como su voz, era como si algo estuviera hablando a través de él. Simplemente parecía natural decirlo cuando los ruidos chocaban contra sus oídos.
Tras el cristal, parecía que al instante hubo actividad, y la voz de Phil apareció en sus auriculares.
—¿Qué fue eso, Kevin?
—Creo que esa última señal significa que esperemos más —dijo Kevin.
—¿Estás seguro?
Kevin no sabía cómo responder a eso. No es que él fuera un experto en lo que estaba sucediendo. Él probablemente sabía menos que los científicos intentando darle sentido a todo esto. Él solo traducía lo que oía, confiando en que su cerebro alterado lo entendiera.
—Tal vez si probamos más señales tomadas en aquella zona —dijo la voz de Phil a través de los auriculares, y Kevin no sabía si estaba hablando con él, hablaba solo, o con otros científicos.
En cualquier caso, le siguieron más señales. Algunos solo eran ruido. Otros, sin embargo…
«Estamos viniendo, preparaos para recibirnos».
Todas eran variaciones del mismo tema, del mismo mensaje, aunque ninguna de ellas parecía decir nada útil. Kevin se preguntaba cuánto tiempo habían estado estos mensajes bombeando en el espacio, esperando a que alguien los escuchara. Tal vez habían estado estrellándose contra la Tierra durante meses, tal vez años, y hasta ahora nadie había sido capaz de entenderlos.
Phil parecía pensar lo mismo. Entró, vestido con lo que se parecía mucho a la misma camisa hawaiana del día antes y parecía emocionado.
—Estas señales… algunas se remontan a hace meses, quizás más tiempo, todas de la región del espacio que asociamos con el sistema Trappist 1. Eso significa que, si las mandaron usando la luz, han tardado casi cuarenta años en llegar. Y tú eres la primera persona capaz de entenderlas. —A diferencia del Dr. Brewster, Phil parecía estar más que feliz ante la expectativa. Parecía realmente entusiasmado.
—Creo que tu enfermedad podría haber cambiado tu cerebro de unos modos que nosotros no entendemos —dijo—. Pienso que debe haberte dado la capacidad de sintonizar con esto de unas maneras que nosotros no podemos. Esto explicaría por qué no podemos ver nada más allá del desarrollo de tu enfermedad. Tu enfermedad lo está haciendo.
Kevin hizo una sonrisa tensa.
—O sea que, básicamente, soy un bicho raro.
—Pero uno muy importante —dijo Phil sonriendo—. Puede que hayamos fallado por completo en entender esto. Aun más, parece que venga un mensaje mayor, algo tan importante que querían asegurarse de que nadie se lo perdiera.
Kevin pensó en la cuenta atrás. Cada vez iba más rápido.
Ahora sospechaba que sabía hasta dónde estaba contando.
El único modo de probarlo era continuar, trabajar en el laboratorio de pruebas del instituto con los auriculares puestos, escuchando mientras ellos inyectaban su transmisión de señales desde su equipo de escucha. Él estaba allí sentado e intentaba hacer todo lo posible para traducir las señales mientras Phil se las mandaba, una a una.
—Nada en esta —dijo Kevin, negando con la cabeza.
—Pensaba que sí que habría algo —respondió Phil, su voz sonaba dentro de los oídos de Kevin mientras trabajaba al otro lado de un cristal transparente.
Kevin también lo había pensado, pues la cuenta atrás vibraba demasiado rápido en su interior. Kevin notaba el ritmo, ahora rápida como un colibrí en su interior, imposible de ignorar y sugiriendo que fuera lo que fuera lo que se avecinaba pronto estaría aquí. Estaba cansado de esperar, y cansado de que la gente le mirara fijamente y, a veces, simplemente cansado.
—Kevin debería tomarse un respiro. —La voz de su madre, desde fuera de la habitación. Kevin estaba contento de que estuviera allí. No estaba seguro de lo que eso significaba para su trabajo, pero estaba contento de que estuviera allí.
—Lo siento, Rebecca, el Dr. Brewster dejó bastante claro que tenemos que continuar proporcionando la señal a Kevin tan cerca del final de su cuenta atrás.
—¿Y vais a escucharlo a él, o a mí?
Kevin imaginaba que podría estar a punto de hacer un descanso. Sonrió ante ese pensamiento. Lo sustituyó uno más preocupante. ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si estaba allí día tras día, y la cuenta atrás llegaba a cero sin que pasara nada? ¿Y si había puesto su esfuerzo y todo era en vano? ¿Cómo reaccionarían a eso?
Se le ocurrió un pensamiento peor, un pensamiento que hizo que Kevin apretara los ojos con fuerza en un intento de rechazarlo. No funcionó. ¿Y si todos e debía en realidad a su enfermedad? ¿Y si la cuenta atrás no se debía a un mensaje sino a algún tipo de convulsión? ¿Y si ese latido tan rápido era su propio corazón, o los vasos sanguíneos de alrededor de su cerebro preparándose para explotar? La gente del instituto se habían reunido a su alrededor como si fuera un profeta a punto de hablar, pero ¿y si realmente solo se estaba muriendo?
Entonces llegó la señal, atravesándolo a toda velocidad.
Y supo que había llegado el momento.
***
Kevin veía a la gente yendo a toda prisa para poder entrar en la habitación de al lado, evidentemente queriendo entrar allí cuando llegara el mensaje. Apenas les prestó atención. El mensaje era demasiado importante para eso.
—Si estáis oyendo esto —dijo Kevin, traduciendo automáticamente a pesar de que no sabía como lo hacía—, nuestro mundo ha desaparecido.
Oyó los suspiros de fuera mientras la gente escuchaba y se daba cuenta de lo que eso debía significar. Unos cuantos científicos empezaron a escribir notas y Kevin los oía hablar de fondo.
—Eso significaría que al menos en cuarenta años no ha habido extraterrestres —dijo uno.
—Si es que los hay —añadió otro—. Solo tenemos la palabra del chico para la traducción.
Los otros lo ignoraban. Parecían estar tan absortos en el momento como lo estaba Kevin.
El mensaje continuaba y Kevin siguió traduciendo.
—Estamos mandando estos mensajes para conservar lo que podamos de nuestro pueblo, y para asegurarnos de que nuestra sabiduría no muere.
Parecía que la señal se intensificaba, y ahora era como una transmisión que Kevin no podría ni haber empezado a contener. Solo estaban los extraños sonidos de un lenguaje alienígena y las palabras que llegaban mientras él las traducía de forma automática.
—Nuestro planeta es uno de siete, tres de ellos habitados. Las colonias fueron las primeras en derrumbarse. La nuestra se destruyó durante los incendios que la limpiaron. Esta es nuestra historia, nuestra crónica. Tal vez oírla ayudará a evitar que otros tengan el mismo destino que nosotros.
Kevin decía las palabras casi sin registrar la señal que las desencadenaba. La señal era algo complejo, que parloteaba y, si se concentraba, sencillamente podía distinguir los chasquidos y los zumbidos que la formaban. Sin embargo, en su mayoría, solo obtenía el significado, vertiéndose en directo en su mente mientras escuchaba.
Parecía que mantener su cerebro bloqueado con la señal era un esfuerzo, y Kevin notaba una gota de sudor formándose encima de sus ojos mientras trabajaba duro por mantener el control sobre ella.
—Debemos mandar estos mensajes con cuidado, un trozo cada vez, pero si escuchas, aprenderás.
La señal se cortó. Kevin esperó y continuó esperando, escuchando a ver si había algo más, pero al parecer no había nada más.
Finalmente, Kevin alzó la vista. Vio a Phil y a su madre mirándolo fijamente desde el otro lado del cristal, pero había otras personas, muchas más. El Profesor Brewster y la Dra. Levin estaban allí, junto a todo el personal que cabía en la habitación de al lado. Vio la sorpresa en muchas de sus caras y pudo imaginar el porqué: no se habían atrevido a creer que era real. Habían pensado que acabaría en nada.
Sin embargo, esto estaba muy lejos de ser nada.
También podía entender la otra razón de la conmoción: estaba claro que esperaban que el mensaje continuara.
Nadie esperaba que acabara en silencio.
CAPÍTULO OCHO
Kevin estaba sentado muy quieto en la oficina del Dr. Brewster mientras, a su alrededor, los adultos intentaban resolver qué significaba todo esto, y que deberían hacer a continuación. Sobre todo, lo hacían hablando demasiado.
El Profesor Brewster parecía sorprendentemente satisfecho por una vez.
—Eso fue muy impresionante, Kevin. Nunca pensé que vería el día. ¡Contacto de verdad con otro mundo! Aunque debemos ser cautelosos, por supuesto. Considerar las posibilidades alternas.
¿Cómo se lo hacía el Profesor Brewster para parecer entusiasmado y escéptico a la vez?
—¿No te lo crees? —preguntó La Dra. Levin.
—Tenemos que pensar las cosas con cuidado —dijo el Profesor Brewster—. Al fin y al cabo, no oímos los mensajes directamente, solo tenemos las traducciones da través de un chico que está sufriendo una enfermedad degenerativa.
—Todavía piensa que me estoy inventando las cosas —dijo Kevin.
—Yo no estoy diciendo eso —dijo el Profesor Brewster—. Aun así… contacto directo…
—Yo no creo que fuera contacto directo —dijo Kevin—. Parecía… casi un mensaje grabado.
—En todo caso, eso lo hace más creíble —dijo el Profesor Brewster—. Porque una señal como esa tendría que viajar durante años, incluso moviéndose a la velocidad más grande. A fin de cuentas, el sistema Trappist 1 está a casi cuarenta años luz.
Kevin lo sabía. Se lo habían dicho antes de que hubiera llegado el mensaje. Él y Phil habían discutido sobre ello y él no estaba seguro de que le gustase que el Profesor Brewster los dijera como si fuera algo que hubiera calculado él.
Además, a pesar de todo eso, una parte de Kevin había esperado algo más, algo en directo.
—Creo que no lo recibí todo —dijo—. Creo que hay más.
—Eso no importa, Kevin —dijo su madre—. Lo importante es que estás a salvo.
—Y porque estás a salvo —añadió el Profesor Brewster—, podrás detectar más.
La visión había prometido que había más por venir. Una serie entera de mensajes. Una oportunidad para descubrir todo lo que se podía descubrir de otro mundo, y Kevin era la clave para ello.
Algunos de los demás parecían igual de entusiasmados de lo que lo estaba él.
—Tenemos que publicar esto —dijo la Dra. Levin.
El Profesor Brewster alzó una mano.
—Elise, es importante que no nos precipitemos demasiado con esto. Tenemos los primeros mensajes, sin duda, pero necesitamos más antes de involucrar a nadie más.
—¿Cuántos más? —preguntó la Dra. Levin. Kevin podía imaginar por qué parecía tan frustrada. Había dedicado toda su vida a buscar extraterrestres. Ahora tenía la prueba, y evidentemente querría gritarlo. Quería que la gente lo supiera, y Kevin… bueno, de alguna manera estaba de acuerdo con ella.
—Pero ¿por qué no podemos decírselo a la gente? —preguntó Kevin—. ¿Por qué no podemos hacerles saber lo que encontramos? Si yo estuviera ahí fuera, querría saber si han encontrado extraterrestres.
—Es demasiado pronto —insistió el Profesor Brewster—. Deberíamos tener un conjunto entero de datos antes de anunciar cualquier cosa. De ese modo…
—¿De ese modo nadie puede decir que se lo está inventando? —supuso Kevin.
Para su sorpresa, su madre habló en defensa del Profesor Brewster.
—Tal vez no sea tan buena idea decir algo ahora, Kevin. Todos nosotros hemos visto lo que puedes hacer, pero otras personas…
—¿Pensáis que no me creerían? —preguntó Kevin.
El Profesor Brewster asintió.
—Pienso que la gente necesitará muchas más pruebas antes de creer algo así —dijo—. Debemos ser cautos para demostrarles que esto es más que tu imaginación y que realmente representa una comunicación alienígena.
—Pero yo lo estoy traduciendo —insistió Kevin.
—Eso parece —dijo el Profesor Brewster—. Tenemos que establecer los patrones entre lo que tú estás diciendo y las señales que recibimos. Mientras tanto, si esto queda entre nosotros, evitará muchos problemas.
—Pero ¿qué tipo de problemas? —preguntó Kevin. No podía entender cómo algo tan increíble podía ser un problema. La noticia de que no estábamos solos en el universo le parecía increíble.
—Aquí hacemos muchas investigaciones que se consideran secretas por razones de seguridad nacional —dijo el Profesor Brewster—. Imagino que mis superiores considerarían que esto es uno de esos secretos.
—¿Así que lo que le preocupa son sus jefes? —preguntó Kevin. Esta no parecía una razón suficientemente buena para no decirlo.
—También está la cuestión de cómo podría reaccionar la gente —dijo el Profesor Brewster—. La gente podría aterrorizarse.
—Lo comprendemos —dijo la madre de Kevin, poniendo una mano sobre el hombro de Kevin.
Pero Kevin no lo entendía. No comprendía cómo la gente sentiría terror ante la noticia de que no estaban solos en el universo. A él le parecía precisamente la cosa más guay que era posible descubrir. Miró a la Dra. Levin, al menos esperando que ella le apoyara. Pero parecía que incluso ella estaba convencida por ahora.
—Supongo que si esperamos un poco —dijo—, eso nos permitirá recibir más mensajes.
—Dijeron que solo podía tener una parte de la información a la vez —dijo Kevin—. ¿Por qué lo harían? ¿Por qué no la dan toda de golpe?
—Tal vez tuvieron que hacerlo de esta forma —dijo la Dra. Levin—. Tal vez tenían restricciones de energía, o tal vez querían maximizar las posibilidades de que alguien lo oyera.
—O tal vez simplemente hay mucho que enviar —sugirió el Profesor Brewster—. Como cuando divides los archivos cuando envías un correo electrónico para que el receptor no tenga que descargarlos en un intento enorme.
Eso tenía algo de sentido, aunque Kevin no estaba seguro de que le gustara que se refirieran a él simplemente como el receptor. Sonaba como si él fuera una máquina en lugar de un ser humano, útil solo por lo que podía hacer. Su madre, o Luna, nunca lo verían así. Si Luna estuviese aquí, entendería lo mucho que esto le dolía.
—De todas maneras —se apresuró a decir la Dra. Levin—, no creo que esto sea el final. ¿Tú qué piensas, Kevin? ¿Cuándo crees que podría haber más?
Kevin podía oír la esperanza en su voz. Al fin y al cabo, este era el momento hacia el cual había estado trabajando durante toda su carrera. Después de hacerse preguntas durante tanto tiempo, y tal vez de tener esperanzas, ¿quién se conformaría solo con un comunicado? Si él fuera ella, querría más. De hecho, él quería más. Quería oír todo lo que los alienígenas tuvieran que decir.
Kevin intentó tantear algún sentido en el mensaje tras él. El constante latido de la cuenta atrás ya no estaba allí, pero él todavía tenía una sensación de expectativa en lo profundo de su ser de que habría más. Los extraterrestres lo habían dicho, ¿no?
—Creo que habrá —dijo. Era extraño tener a tantos adultos aguardando sus palabras, escuchándolo de verdad. Sospechaba que no muchos chicos de trece años tenían eso.
—Entonces necesitamos que Kevin vuelva a escuchar las señales —dijo el Profesor Brewster.
—David —dijo la Dra. Levin—, Kevin acaba de terminar de traducir la primera señal. También está muy enfermo. No está bien que le pidamos que se meta de cabeza en esto sin darle un tiempo para que se recupere.
—Pero la información… —empezó el Profesor Brewster.
—A nadie le importa eso más que a mí —dijo la Dra. Levin—. No soy la directora del SETI por nada. Pero también sé que no se descubren cosas presionando demasiado a chicos de trece años. Dale tiempo, David. Mientras tanto, podemos grabar las señales que vengan de esa zona del espacio. Eso también nos dará una crónica de ello.
Para sorpresa de Kevin, parecía que el Profesor Brewster se echaba atrás. No había estado seguro de que el científico alto escuchara a la Dra. Levin acerca de esto.
—De acuerdo —dijo el Profesor Brewster—. Le daremos tiempo a Kevin para que se recupere. Esto nos permitirá calcular la mejor manera para trabajar con esta información. Pero espero resultados.
***
Kevin estaba sentado escuchando, intentando pillar algo más a través del silencio. A su alrededor, veía que los científicos esperaban, algunos con las tabletas preparadas, otros con cámaras. Podía sentir la presión de llevarlo a cabo para ellos, de hacerlo según le ordenen, cuando lo cierto era que solo podía esperar.
La espera tenía una especie de ritmo, sentado con una serie de auriculares portátiles enchufados a la corriente desde el radiotelescopio. Se notaba a sí mismo lleno de expectación antes de que llegaran las ráfagas de transmisión, la sensación era como un latido en su cerebro que tenía incorporada una señal de aviso primitiva que hacía que los científicos pelearan por grabarla.
Entonces vino, y Kevin alzó la vista.
—Creo que viene un mensaje de camino —dijo.
Esto fue lo único que hizo falta para que los científicos se apresuraran a prepararse, la mayoría de ellos se movían más rápido de lo que lo hacían en cualquier otro momento. Aun así, apenas estaban a punto antes de que llegaran las palabras.
—Nuestra civilización empezó de manera sencilla, en los bordes de los océanos de nuestro planeta —tradujo Kevin—. Nos dispersamos y aprendimos, durante muchos siglos. Construimos casas. Construimos ciudades. Construimos…
La transmisión se cortó, tan repentinamente como empezó. Kevin esperó un segundo o dos más, por si empezaba de nuevo, pero no lo hizo. Parecía ser lo que era ahora: ráfagas breves y pausas largas, sin señal de cuándo empezaría de nuevo.
Los científicos estaban por allí para anotar todo lo que él les pudiera proporcionar, mientras hacían que Kevin apuntara lo que pudiese por si las impresiones en ese punto fueran diferentes. Solo los científicos encontraban la manera de hacer que algo así parecieran deberes.
No era fácil, y no solo porque algunos de los investigadores parecían decididos a absorberle toda la diversión. Traducir requería un esfuerzo mental, de manera que en el cerebro de Kevin había zumbidos por ello, y después solo podía mantenerse de pie de manera inestable. No esperaba que esto fuera tan duro físicamente. Aunque en realidad, él no había contado con nada de esto para nada.
—Esto no es bueno para ti —dijo Phil cuando vio lo inestable que estaba Kevin—. Tómate tu tiempo. No te esfuerces más de lo que puedes esforzarte. No en tu estado.
Su estado es lo que hacía que Kevin quisiera hacer todo lo que podía. Era duro pensarlo, pero ¿cuánto tiempo más tenía ahora? ¿Cuántos mensajes recibiría antes de que su cerebro cambiara hasta el punto de no poder entenderlos más? ¿Y si… y si moría antes de acabar? ¿Y si no podía llegar al final antes de que su cuerpo y su cerebro fallaran?
Pero era más que eso. Cada vez que estaba allí sentado traduciendo, escuchando a través de sus auriculares las últimas ráfagas de información, Kevin sentía que todo esto podría tener algún significado. Era un recordatorio de que no era solo un chico de trece años que estaba muriendo de una enfermedad de la que prácticamente nadie había oído hablar. Él iba a hacer algo que nadie más en la historia del mundo había hecho. Si todo esto servía de algo, entonces era algo bueno.
—Tengo que continuar —dijo Kevin—. Tenemos que conseguirlo todo.
En su mayoría, lo que Kevin conseguía extraer eran datos, y cada uno de ellos parecía entusiasmar más a los científicos que tenía a su alrededor. Algunas cosas, como la presencia de siete planetas alrededor de la estrella, o las órbitas gravitatorias encadenadas de sus lunas, eran cosas que ellos habían podido descifrar a partir de sus observaciones usando los telescopios disponibles en la Tierra. Otras partes, como la presencia de tanta vida, les hacía rascarse la cabeza.
—Creemos que los planetas están cerrados por las mareas —dijo uno—. ¿Existen pruebas de que el día cambie a noche? Si no es así, un lado de los planetas debería estar ardiendo, mientras el otro se congela.
Kevin no pudo decírselo al principio, hasta que otro mensaje explicó que sí, que los planetas giraban, de unas maneras que parecieron entusiasmar todavía más a los científicos.
—Tendremos que reescribir lo que sabemos sobre esto. ¿Y qué hay de la exposición a la radiación por estar tan cerca de la estrella?
Una y otra vez, a Kevin le hacían preguntas para las que él no tenía respuestas. Parecían no entender que él no tenía ningún control sobre lo que los extraterrestres habían mandado en sus ráfagas de mensajes. Enviaban lo que enviaban, Kevin lo traducía y los científicos tenían que codificarlo para intentar encontrarle algún sentido.
Curiosamente, la Dra. Levin era la única persona a la que parecía no importarle.
—Es sencillamente extraordinario que hayan elegido comunicarse de esta forma —dijo—. Están mandando mucha información sobre ellos, para intentar preservar el conocimiento de quiénes son.
—Más bien de quiénes eran —la corrigió Kevin. Esa era una cosa que los mensajes habían dejado clara. El pueblo que los mandaba hacía tiempo que había desaparecido. Eso era increíblemente triste a la vez que molaba un poco, sabiendo que sobre todo él era la última conexión con una civilización muerta.
Lo extraño era lo sencillo y factual que era todo. Kevin de alguna manera había esperado averiguar más sobre la cultura o los idiomas de los seres que habitaban el planeta, pero todavía no había averiguado lo suficiente sobre ellos para entender qué eran realmente. ¿Cuáles de las criaturas sobre la superficie del planeta eran? ¿Eran las criaturas con caparazón de quitina que reptaban por allí, o las cosas de cuello alto como jirafas escamosas? La imaginación de Kevin le hacía esperar algo con aspecto humano y conocido, pero por ahora no había oído ninguna referencia sobre ello.
Kevin solo deseaba poder compartir más de esas palabras con el mundo. Cuando no pudo soportarlo más, fue en busca de la Dra. Levin, pues sospechaba que ella sería su mayor aliada. La encontró en la cafetería con Phil.
—Me preocupa estar diciendo todo esto y que se simplemente se guarde en secreto en algún lugar —dijo.
—El Profesor Brewster simplemente es cauteloso —dijo la Dra. Levin. A Kevin le sonó como si estuviera intentando convencerse a sí misma.
—¿Y si es tan cauteloso que nunca nadie sabe lo de los alienígenas? —preguntó Kevin. Era una preocupación real. Podía imaginar perfectamente al científico alto haciéndolo—. ¿Y si mi madre solo está de acuerdo porque no quiere que la gente se ría de mí?
—Estoy segura de que eso no pasará —dijo la Dra. Levin. De nuevo, no parecía segura.
—¿Qué es lo que no me estás diciendo? —preguntó Kevin. No estaba seguro de si la Dra. Levin le respondería a eso o no.
—David… el Profesor Brewster… tiene que responder a las personas de dentro del gobierno —dijo la Dra. Levin—. Parte de su financiación viene de las fuerzas armadas. Algo así… podrían quererlo mantener en secreto.
Kevin podía notar que ella no estaba contenta con eso.
—¿Así que podría no decirlo nunca?
—Probablemente les preocuparía que la gente se aterrorizara —dijo otra vez la Dra. Levin. De nuevo, Kevin tuvo la sensación de que ella no estaba de acuerdo.
—Pero tú debes querer decirlo a la gente —dijo Kevin—. Toda vuestra organización desea encontrar extraterrestres.
La Dra. Levin sonrió tensamente.
—No puedo —dijo—. Si lo hago, esto complicará las cosas para el SETI. El Profesor Brewster no lo dejaría pasar, y algunos de sus jefes… bueno, lo verían como una traición.
—¿Incluso aunque la gente tenga derecho a saberlo? —dijo Kevin.
—Dirían que la gente solo tiene derecho a saber lo que se les dice —dijo la Dra. Levin.
Kevin negó con la cabeza.
—Esto no está bien. El Profesor Brewster no debería hacerlo.
—Intentaré hablar con él. Mientras tanto, Phil, ¿por qué no te llevas a Kevin a dar una vuelta por el edificio? Estoy segura de que debe ser bastante aburrido pasar todo el tiempo aquí o en tu habitación.
Lo era, de una manera que hacía que incluso la escuela pareciera más interesante en comparación. Puede que Kevin nunca hubiera sido uno de esos niños que iban a una actividad diferente cada tarde, y a un campamento en verano, pero nunca había pasado el tiempo en una sola habitación tampoco, sin hacer otra cosa que no fuera actuar como una especie de antena parabólica humana para los mensajes alienígenas.
Ya había estado por el edificio antes, pero estaba bien pasar un tiempo siendo algo diferente al niño que oía los mensajes. Phil hacía de guía, usando su acceso de seguridad. A pesar de vivir efectivamente allí ahora, Kevin no lo tenía. Por lo visto, confiaban en él lo suficiente para recibir mensajes de los extraterrestres, pero no para poder entrar y salir cuando quisiera.
—Estamos trabajando en fabricar plantas que puedan sobrevivir en condiciones extremas —dijo Phil, señalando a una habitación llena de lo que parecían ser tomateras—. Tal vez si todo esto lleva realmente a que la humanidad conozca a los extraterrestres, podremos ofrecerles una bonita planta para llevar a casa.
Kevin sonrió al pensarlo.
—Los extraterrestres están muertos, ¿recuerdas? Dijeron que su planeta fue destruido.
—Pero alguien debe haber mandado esa señal —dijo Phil—. Así que deben haber sobrevivido para hacerlo.
—Supongo —dijo Kevin, pero aun así, no tenía esperanzas. ¿Y si solo habían sobrevivido el tiempo suficiente para mandar sus mensajes? ¿Y si habían vivido unos cuantos años más, para acabar muriendo en algún mundo lejano? El contacto con los extraterrestres parecía casi tan condenado a la larga como todo lo demás en su vida.
—Y este ascensor lleva hasta el búnker —dijo Phil, señalando hacia una serie de puertas.
—¿Un búnker? —dijo Kevin—. ¿Como un búnker nuclear?
—Nuclear, químico, biológico —dijo Phil—. La idea es tener uno cerca por si hubiera algún tipo de guerra, o ataque, o algo así. Hay búnkers por todas partes y a algunos con rango superior les dan llaves para salvar a los “mejores y más inteligentes” si parece que el mundo va a acabar.
No parecía que la idea le gustara particularmente. Pensó que tal vez él no estaba en la lista.
—¿Así que estos búnkers están por todas partes? —dijo Kevin.
Phil asintió y, a continuación, sacó su teléfono.
—Existe un mapa completo de ellos —dijo—. Aunque el Profesor Brewster no sabe que lo tengo.
Le enseñó el mapa a Kevin, cubierto de puntitos rojos. Justo debajo de ellos había uno, y otro escondido al este en la reserva natural debajo del monte Diablo.
—Ese parece un sitio raro para un búnker —dijo Kevin.
Es porque está lejos de la ciudad —respondió Phil—. Significa que es más probable sobrevivir a un ataque. Además, nadie habla de ello, pero lo usaron para hacer pruebas militares allí.
Parecía que era el tipo de secreto que se suponía que Kevin no debía saber, pero al fin y al cabo, imaginaba que los extraterrestres eran el tipo de secreto que se suponía que él no sabía ahora mismo.
—Imagino que no iré a parar a uno de los búnkers de todos modos —dijo Kevin. No pudo evitar una nota de resentimiento.
—¿Todavía estás enfadado porque el profesor decidió mantenerte aquí en secreto? —preguntó Phil.
Kevin estaba a punto de decir que no, de decir lo que se suponía que debía decir, pero lo cierto era que sí que estaba enfadado.
—No puede hacerlo —dijo Kevin—. Los extraterrestres están mandando un mensaje al mundo entero. ¿No debería oírlo todo el mundo?
Phil encogió los hombros.
—El problema es que sí que puede. Especialmente si sus jefes quieren guardar cualquier cosa que tú hagas para usos militares. Este es un edificio comprometido con la investigación confidencial, y tiene mucha seguridad. Impedir la entrada a la gente es fácil. Mantener los secretos dentro, sin embargo…
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kevin.
El investigador le hizo un gesto para que lo siguiera, y lo llevó hasta una amplia ventana cerca de la entrada delantera del edificio, con vistas al edificio de investigación del terreno de enfrente. Detrás de la vaya, donde estaba la parte pública del edificio de la NASA, Kevin vio una gran multitud de gente mirando hacia el edificio. Varios de ellos tenían cámaras.
—¿Quiénes son? —preguntó Kevin.
—Alguien debe haber filtrado que estábamos trabajando en algo que tenía que ver con los extraterrestres —dijo Phil, en un tono que daba a entender exactamente quién podría ser ese alguien—. Probablemente un científico que decidió que las cosas no podían mantenerse tan en silencio.
—O tú —sugirió Kevin, pues realmente nunca había entendido cuando los adultos intentaban decir las cosas sin decirlas realmente, como ahora.
—Podría haber sido tu madre —remarcó Phil—, y a la Dra. Levin le encantaría poder decir al público que la vida extraterrestre era real. Quiero decir, literalmente este es su trabajo. O…
—Pero no fueron ellos –dijo Kevin—. Fuiste tú, ¿verdad?
—Chhhs —dijo Phil—. ¿Quieres que me cueste el trabajo? Bueno, se me ocurre que, si salieras y hablaras con esa gente, el viejo Brewster no podría mantenerte cerrado. Solo hablo de forma hipotética, ya sabes.
Kevin miró hacia las puertas. Eran algo sólido, con cierre de tarjeta, que él no tenía. Parecían una barrera imposible. Incluso el vidrio que tenían al lado era endurecido.
—No puedo salir —dijo.
—¿Por qué tienes que salir? —respondió Phil, con un gesto de sorpresa mal fingido—. Solo hablo hipotéticamente. Espero que entiendas que si yo hiciera algo para ayudarte, Kevin, me podría meter en un buen lío.
—Lo… entiendo —dijo Kevin, frunciendo ligeramente el ceño, porque no estaba muy seguro de que fuera así. En serio, ¿por qué la gente no decía lo que quería decir?
—Oh —dijo Phil—, acabo de acordarme, se supone que tenía que ayudar a arreglar un problema de seguridad con las cámaras que están delante de las puertas.
—¿Qué problema de seguridad? —preguntó Kevin con el ceño fruncido.
—El que va a pasar en un par de minutos. Justo cuando alguien va a decidir que sería una buena idea que uno de los IAs jugara a ajedrez con él. A propósito, ¿podrías hacerme un favor, Kevin?
Kevin lo miró.
—¿Qué necesitas?
Phil sacó lo que parecía mucho una llave de tarjeta.
—Al Profesor Brewster se le cayó esto. ¿Te importaría devolvérselo cuando lo veas? Estoy seguro de que aparecerá para exigirte respuestas en algún momento.
Kevin la cogió.
—Lo haré —dijo—. Y Phil… gracias.
—¿Por qué? —preguntó el investigador—. Yo no hice nada. De hecho, es bastante importante que recuerdes esa parte.
—Lo haré —prometió Kevin.
Cuando Phil se marchó, Kevin se forzó a esperar, contando los segundos en voz baja. Vio que las luces de las cámaras de al lado de la puerta se debilitaban y, rápidamente, pasó la tarjeta por la puerta.
Salió del edificio, se sentía extraño de estar al aire libre por primera vez en días. El aire dentro del edificio era tan impoluto, tan cuidadosamente filtrado, que parecía casi viciado en comparación. También se hacía extraño estar andando así, cuando había pasado tanto tiempo sentado o tumbado, sin hacer nada aparte de transmitir los contenidos de ese hilo dorado de información. Continuó caminando, y después corriendo, cuando oyó un ruido tras él. Miró hacia atrás y vio a un guardia de seguridad, que parecía inseguro sobre qué hacer a continuación y que hablaba por una radio.
Kevin continuó hacia la valla, sin estar seguro de cuánto tiempo más tendría.
Ahora el Profesor Brewster estaba en algún lugar detrás suyo, gritando para que volviera. Kevin sonrió ante eso. Esto solo hacía más probable que la gente creyera lo que iba a hacer a continuación. Eso podría significar que la gente realmente escucharía.
Corrió hasta la valla y se detuvo, miró a la gente que había allí, miró a las cámaras. Algunas eran de canales de noticias locales. Por lo menos un par parecían ser nacionales. Ante eso, Kevin tragó saliva nervioso. No sabía qué decir.
—Um… hola, me llamo Kevin. Seguramente han oído algunos rumores sobre lo que está pasando aquí, ¿verdad? Bueno, pues son ciertos.
CAPÍTULO NUEVE
Kevin estaba sentado en el despacho del Profesor Brewster, con la sensación de que al científico le encantaría gritarle, si tuviera el tiempo suficiente. Desde luego, parecía lo suficientemente enfadado para hacerlo. Honestamente, ahora mismo, parecía lo suficientemente enojado para explotar. Sin embargo, no tenía suficiente
tiempo, pues estaba demasiado ocupado respondiendo llamadas e intentando hablar con Kevin y la Dra. Levin entremedio.
—Sí, señor. Estoy seguro de que sí. Sí, es verdad que el chico parece… sí, sí, por supuesto. Pero señor, este es nuestro proyecto y… sí, señor, por supuesto que soy consciente de las consecuencias. —Colgó el teléfono—. Era el director de la NASA. ¿Puedes entender lo difícil que es, Kevin? Lo complicado que esto está a punto de…
Volvió a coger el teléfono cuando sonó.
—¿Sí? ¿Quién? No, lo siento. No. He dicho que no, no acepto que se lleven al chico bajo custodia del FBI por su propia seguridad.
Colgó el teléfono.
—Esto solo es el comienzo —dijo. Miró a Kevin—. Kevin, ¿comprendes que parte de la razón por la que quería mantenerlo en secreto era porque sabía cómo reaccionarían algunas personas? La noticia de vida alienígena es algo grande para este país, para el mundo. Quería protegerte de toda la gente diferente que que quería querer controlar una parte de ello.
Kevin miró fijamente al hombre. No había pensado que al Profesor Brewster le interesara algo más que el éxito de su instituto. Era extraño pensar que podría haber estado intentando cuidarlo. Los adultos, decidió, eran demasiado complicados.
El teléfono sonó de nuevo.
—¿La CIA? Pero estamos en terreno… Sí, admito que el espacio está más allá de las fronteras americanas, pero…
Mientras estaban ocupados discutiendo sobre eso, la Dra. Levin le puso una mano sobre el hombro.
—¿Y si vuelves a tu habitación, Kevin? —sugirió—. Estoy segura de que aún estarán discutiendo durante un rato.
Kevin asintió y salieron a escondidas. No estaba seguro de si el Profesor Brewster se había dado cuenta, pues estaba muy ocupado respondiendo a las llamadas. Brevemente, se preguntó qué pasaría si saliera otra vez del edificio y continuara caminando, sin regresar. ¿Haría algo para detenerlo el científico? ¿Podría hacerlo?
Una mirada a través de la ventana insinuaba que no sería fácil. La multitud de reporteros ya había crecido hasta parecer una plaga intentando entrar, la seguridad in situ apenas parecía suficiente para retenerlos. Sin embargo, parecía que esa seguridad iba a ser reforzada, pues iban llegando vehículos militares, que se extendían alrededor del perímetro del edificio, con hombres armados que saltaban al exterior.
—¿Todo esto es porque yo hablé de extraterrestres en la televisión? —dijo Kevin. Le parecían muchos, dada la cantidad de personas que lo hicieron.
—Todo esto es porque les probamos que hay extraterrestres —le corrigió la Dra. Levin y Kevin imaginó que mucha menos gente lo había hecho—. Habrá mucha más.
—¿Cuánta más? —preguntó Kevin. No estaba seguro de sentirse cómodo con la idea de que lo rodearan solo porque había dicho algo.
—Sígueme.
Lo llevó hasta una de las salas de juegos. La tele estaba encendida, los científicos miraban con atención uno de los canales de noticias.
«El chico, identificado como Kevin McKenzie de Walnut Creek, California, afirmó estar en contacto con una fuente de información extraterrestre, y dio detalles exhaustivos sobre el sistema planetario Trappist 1, que muchos expertos creían que estaba…»
La Dra. Levin cambió de canal, y ahora había una entrevista con un hombre con los ojos desorbitados que llevaba una camiseta mugrienta de una banda que Kevin no conocía.
«Todo es una mentira —dijo—. Es una distracción. ¡El gobierno quiere que miremos a eso para que no miremos a la verdad! ¡Es una excusa, para que cuando empiecen a envenenar el agua potable, todo parecerá normal!»
La Dra. Levin volvió a cambiar de canal. Ahora, había un pastor en una pantalla hablando frente a una gran congregación.
«Está claro que el chico en realidad está oyendo la voz de Dios, ¡preparándonos para el Rapto! Debemos estar…»
Apagó la televisión, ignorando las protestas de los científicos cuando lo hizo.
—Ya es suficiente —dijo—. Todos vosotros tenéis trabajo que hacer, y ya será bastante complicado ahora sin escuchar toda esta basura. Vosotros sabéis la verdad. Lo habéis visto. Volved al trabajo.
Para sorpresa de Kevin, lo hicieron, a pesar de que la Dra. Levin no era su jefa. Tal vez solo buscaban a alguien que les dijera lo que tenían que hacer. Ahora mismo, él lo buscaba. Puede que él comprendiera los mensajes de los extraterrestres, pero no estaba seguro de entender realmente la mitad de lo que querían decir.
—Las cosas van a ponerse difíciles —le dijo la Dra. Levin—. Ahora habrá gente que intentará distorsionar lo que tú digas, y usarlo para sus propios fines.
—Entonces, ¿qué hago yo? —preguntó Kevin.
Ella encogió los hombros.
—Sigue diciendo las cosas exactamente como as ves. Estás en el centro de algo grande, pero tienes que decir la verdad, hazlo lo mejor que puedas. es lo único que cualquiera de nosotros puede esperar hacer ahora mismo.
Kevin asintió, pero dudaba que fuera tan fácil. Al menos una razón por la que nos ería fácil era su madre, que ahora lo esperaba al otro lado de la sala de juegos. Se dio cuenta de que estaba asustado. ¿Qué le diría? Sabía que ella había estado tan ansiosa por mantener todo esto en secreto como el Profesor Brewster y, aun así, él lo había contado todo.
Ella fue corriendo hacia él para abrazarlo.
—Kevin, ¿estás bien? Pensé que te traerían de vuelta a tu habitación, y después fui al despacho del Profesor Brewster y estaba hablando por teléfono con el Papa, y…
—Estoy bien, mamá —la tranquilizó Kevin. Ahora mismo, lo hubiera dicho aunque no lo estuviera, solo para quitar algo de la mirada de preocupación de su rostro.
—Ahora hay mucha gente allí fuera —dijo ella—. Kevin, solo intentábamos que estuvieras a salvo.
Kevin negó con la cabeza. Era importante que la gente supiera lo que estaba sucediendo. No importaba si él estaba a salvo.
—Tenía que decírselo.
—Y ahora creo que allá fuera van a volverse locos si alguien no les cuenta más —dijo su madre.
La Dra. Levin inclinó la cabeza a un lado y, a continuación, miró a la multitud que había fuera del edificio.
—Tu madre tiene razón, Kevin. Alguien tiene que explicar todo esto a la gente.
—¿Qué tenía en mente? —preguntó Kevin.
—Creo que tenemos que organizar una rueda de prensa.
***
—Debemos ser muy cautelosos con esto –dijo el Profesor Brewster mientras él, Kevin y la Dra. Levin entraban juntos en una de las salas de conferencias del instituto—. Solo acepto hacer esto porque la alternativa es dejar que la gente invente lo que quiera en lugar de la verdad.
Kevin imaginó que tampoco le gustaba la idea de que la gente intentara entrar a la fuerza en su centro de investigación para descubrir la verdad.
—Así que les diremos la verdad —dijo Kevin.
Ante su sorpresa, vio que el Profesor Brewster decía que no con la cabeza.
—Lo ideal, Kevin, creo que es que digas lo menos posible. tenemos que gestionar las expectativas de la gente con todo esto y lo que podría significar para ellos.
—Pero los extraterrestres existen —dijo Kevin.
—Y eso asustará a mucha gente —explicó el Profesor Brewster—. Tenemos que ir con cuidado. Créeme, yo he estado metido en anunciar muchos descubrimientos científicos. Es importante recibir bien el mensaje con estas cosas, de manera que la gente pueda entender las posibles consecuencias de todo esto.
Se dirigieron hacia una pequeña plataforma, donde algunos de los investigadores habían preparado una pequeña mesa. Kevin se sentó en el medio, flanqueado por los dos adultos. Delante de él había lo que parecía ser un mar de gente, muchos de ellos con cámaras. Empezaron a gritar preguntas casi tan pronto como Kevin y los demás se sentaron.
—Profesor Brewster, ¿realmente ha encontrado pruebas de vida extraterrestre?
—¿Podemos esperar que nos visiten los alienígenas en un futuro cercano?
—¿Todo esto es una broma?
—¿Quién es el chico?
Kevin hacía todo lo que podía por estar sencillamente allí sentado, mientras el Profesor Brewster se inclinaba hacia delante y empezaba a responder, con aspecto oficioso.
—Bien, todas estas son preguntas muy complejas —empezó el director del instituto y Kevin podía imaginar cómo iba a ir todo esto.
Al parecer, la Dra. Levin también.
—Sí —dijo ella—. Hay extraterrestres. No, no es una broma, y la mayoría de vosotros ya conocéis a Kevin. Por lo que he visto en las noticias, la mitad ya habéis empezado a rastrear en su vida. Realmente no tiene ningún sentido. No estamos intentando esconder nada. Para demostrarlo, vamos a llevar a cabo ruedas de prensa regulares aquí, explicando lo que descubramos.
Parecía que el Profesor Brewster se había tragado algo desagradable, pero las preguntas ya estaban llegando de nuevo.
—Pero ¿el chico, Kevin, se comunica de verdad con una civilización alienígena? —gritó un reportero—. ¿Está hablando con ellos?
Cuando la Dra. Levin miró hacia él, Kevin se levantó, intentando no parecer tan nervioso como se sentía ahora mismo.
—Yo no estoy hablando con los alienígenas –dijo él—. Yo he tenido… algunas visiones, supongo… y puedo traducir su señal cuando la oigo. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —dijo un reportero, riéndose—. Eso parece bastante. ¿Podremos oír estas señales?
—No estoy seguro de que alguien las entendiera —dijo Kevin. Aunque, ¿y si alguien lo hacía? ¿Y si había alguien más por allí como él? ¿Eso sería bueno o malo? Ahora mismo, Kevin no lo sabía.
—Pero te tenemos a ti para traducir, ¿verdad? —exclamó otra reportera—. ¿El público no tiene derecho a oír estos mensajes?
—Así es —dijo la Dra. Levin y, de nuevo, Kevin tuvo la impresión de que hablaba antes de que el Profesor Brewster pudiera decir algo—. Es por lo que llevaremos a cabo ruedas de prensa regulares a partir de ahora, donde Kevin intentará descifrar las señales que hemos grabado de esa región.
El Profesor Brewster se levantó. Tenía una sonrisa inamovible que parecía que se podría resquebrajar en cualquier momento.
—Está bien, amigos. Creo que no deberíamos agotar demasiado a Kevin. Es suficiente para un día.
***
Esta vez, el Profesor Brewster tuvo más que tiempo suficiente para gritar.
—¡Me tendiste una emboscada, Elise! —dijo el Profesor Brewster—… ¿Ruedas de prensa regulares?
—Venga, David —dijo la Dra. Levin—. Sabes que es lo correcto y de esta forma vas a mantenerlo todo organizado, en lugar de tener a la gente intentando forzar la entrada para conseguir información. Eres científico. No creo en esconder las cosas.
—Yo tampoco creo en que nos corten el financiamiento porque alguien del Congreso piense que estoy revelando algo que deberíamos guardar —dijo el Profesor Brewster, y Levin oyó algo de preocupación bajo la furia.
Kevin se preguntó cómo sería tener el trabajo del Profesor Brewster. Supuestamente, había querido ser científico cuando tenía la edad de Kevin, había querido descubrir cosas. Ahora, parecía que más que nada pasaba el tiempo organizando las cosas y preocupándose por el dinero. Parecía el tipo de cosa que haría alguien que fuese gerente o algo así, no científico. No era algo que a Kevin le hubiese gustado hacer.
—Ahora las hemos anunciado —dijo la Dra. Levin.
—Las has anunciado —dijo el Profesor Brewster—. Todavía podemos…
Una llamada lo interrumpió y, al responder, algo en su expresión dio a entender que esta era diferente a las llamadas que había recibido hasta ahora por esto.
—¿Diga? Sí, es él… Perdón, ¿le he oído bien?… Sí, enseguida. —Parecía cenizo al colgar—. Tenemos que ir al vestíbulo ahora.
—¿Por qué? —preguntó Kevin.
—Porque dicen que el Presidente está aquí.
Kevin podría haber preguntado si estaba bromeando, pero una mirada a la cara del Profesor Brewster hacía evidente que no era así. El corazón de Kevin se tensó en el pecho al pensarlo. ¿El Presidente iba a venir aquí, a verle? De algún modo, incluso la presencia de los alienígenas parecía más posible que eso. De repente, Kevin se preguntó si acababa de hacer lo correcto, los nervios crecían en su interior. De algún modo, no parecía correcto que fuera a conocer al mismísimo Presidente.
Siguió al Profesor Brewster y a la Dra. Levin al vestíbulo del instituto de investigación, teniendo que acelerar para mantener el ritmo. Era evidente que no querían hacer esperar al Presidente. Cuando se acercaron más, Kevin echó un vistazo a través de las ventanas del edificio y vio allí un largo convoy, lleno de vehículos con las ventanas tintadas.
Para cuando llegaron al vestíbulo, el Presidente ya estaba en el edificio, y no era el único. Agentes del Servicio Secreto se dispersaron como si esperaran una amenaza en cualquier momento. Asesores y asistentes le seguían en un corrillo, algunos de ellos parecían un poco sorprendidos de estar allí. Kevin también vio a otras personas, con placas que indicaban que eran de las fuerzas armadas, la NSA, el FBI y más. Parecía que nadie había querido perderse ser parte de esto.
El Presidente se acercó cuando llegaron, dio la mano al Profesor Brewster y, a continuación, dirigió su atención a Kevin. Kevin tragó saliva nervioso mientras el hombre le miraba fijamente.
—¿Así que este es el chico? —dijo el Presidente, mirando a Kevin de arriba abajo como si esperara mucho más.
—Sí, señor —dijo el Profesor Brewster, sonando extremadamente respetuoso—. Este es Kevin.
—¿Kevin? Muy bien, Kevin, ¿tú sabes quién soy yo?
—Usted es el presidente —dijo Kevin. Por dentro, una vocecilla le repetía las palabras estás hablando con el Presidente una y otra vez. Hacía todo lo que podía por ignorarlo, porque si escuchaba demasiado, sospechaba que no podría ser capaz de decir nada.
—Buen chico. Ahora, sinceramente, dime ¿realmente puedes hablar con los extraterrestres?
—No señor —dijo Kevin.
—¡Ajá, lo sabía! —dijo el Presidente—. Dije al comité de contingencias de emergencia que…
—No puedo hablar con ellos, pero sí que recibo mensajes de ellos —continuó Kevin—. Mandan información sobre ellos y su planeta y yo puedo traducirla.
El gesto del Presidente cambió, como si no supiera muy bien qué decir a eso. Kevin ya se estaba acostumbrando a esa expresión de la gente.
—Bien, entonces —dijo el Presidente, moviendo el dedo—. Solo recuerda que esta información se nos dio a nosotros, a América. Evidentemente, iba dirigida a nosotros como la nación más avanzada de la Tierra.
—Señor —dijo el Profesor Brewster—, la señal alcanza a todo el mundo. Kevin solo es el que puede traducirla. También debería ser consciente de que hemos acordado ruedas de prensa para que no nos puedan acusar de ocultar información.
A Kevin le sorprendió que el hombre diera la cara de esa manera para compartir la información. Que diera la cara de esa manera por él. Un asesor se acercó al Presidente y le susurró algo al oído.
—Bueno –dijo el Presidente—, tal vez sea bueno. Los otros países verán que la compartimos y sabrán que no la hubieran conseguido sin nosotros.
—Sí, señor —dijo el Profesor Brewster.
—Pero ahora, me gustaría ver una demostración. Kevin, ¿puedes mostrarme lo que sabes hacer?
Kevin miró a los demás, que asintieron.
—Solo podemos hacerlo si hay una señal —dijo él.
Pero mientras lo decía, pudo sentir la presión en su cráneo que las precedía. Sonó una alarma y se apresuraron hacia la habitación donde hacían la traducción, se sentaron y esperaron. Kevin se sentó, mientras fuera el Presidente y sus asesores estaban por ahí, con apariencia de no saber lo que estaba sucediendo.
Las palabras se filtraban en su mente, la traducción sucedía automáticamente.
«Destruyeron nuestro mundo». —Las palabras sonaban planas, sin emoción—. «Tuvimos que huir. Muy pocos sobrevivimos».
Kevin repitió las palabras y vio que la expresión del Presidente cambiaba, primero a sorpresa y después a algo parecido al asombro.
«Escondimos todo lo que éramos» —dijo la voz, y Kevin lo repitió—, «tanto como pudimos sobre nosotros antes de que llegara el fuego. Se mandaron mensajes, para que la gente nos conociera. Mandamos cápsulas en todas direcciones, hacia todos los mundos habitados».
Kevin intentó imaginarlo, naves espaciales enviadas en todas direcciones, intentando encontrar seguridad. ¿Cuánto esfuerzo habría sido necesario para organizarlo? ¿Cómo podrían haberlo organizado sin que un desastre los amenazara?
«Cada nave contiene una crónica de nuestra historia» —continuó la voz.
«Se mandarán coordinadas a través de esta ruta» —dijo la voz—, «pero el cierre de la nave será hermético para preservarnos. Debéis encontrarla. Debéis prepararos para recibirnos…»
Kevin respiraba con dificultad por el esfuerzo de traducir, el mundo se hizo nítido de nuevo a su alrededor cuando paró. Ahora veía que el Presidente le miraba fijamente y, a continuación, miraba al Profesor Brewster.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Qué me estás diciendo?
Kevin podía responder a eso.
—Creo… —dijo Kevin—. Creo que los extraterrestres van a venir aquí.
El Presidente lo miró fijamente. Los otros hicieron lo mismo. Entonces empezó el caos, un montón de gente intentando hablar a la vez. El Presidente habló por encima de ellos.
—Es suficiente —dijo, haciendo un gesto para que se callaran—. Conozco todas vuestras preocupaciones. Profesor Brewster, en mi equipo hay quien piensa que Kevin no está seguro en su centro; que es vulnerable a que lo secuestren o lo ataquen nuestros enemigos. Quieren llevarlo a un lugar seguro.
—Quiere decir que quieren esconderme en una especie de búnker —dijo Kevin. Negó con la cabeza—. Yo no quiero hacer eso.
—A veces no se trata de lo que queremos, hijo —dijo el Presidente—. Se trata de lo que es bueno para el país.
—Con respeto, Sr. Presidente —dijo el Profesor Brewster—. Los deseos de Kevin en esta cuestión sí que deberían tenerse en cuenta. No ha cometido un crimen, así que sería incorrecto, incluso ilegal, encerrarlo. Este es un centro seguro y, si los demás que están aquí quieren contribuir a esa seguridad, esos ería muy útil. Pero deberían hacerlo aquí, donde está el conocimiento tecnológico para estudiar lo que está pasando.
A Kevin le sorprendió ver cómo el Profesor Brewster lo defendía de esa manera, incluso aunque supiera que en parte era porque no quería arriesgarse a perder la oportunidad de ser parte de todo esto. Parecía que el Presidente también estaba un poco sorprendido de oírlo.
—Ese es un… propósito muy convincente, Profesor —dijo—. Muy bien, el chico se quedará aquí. Proporcionaremos a su centro cualquier cosa que necesite, pero coordinará con mi oficina. Necesito que comprenda la gravedad de esto.
—Sí, señor —dijo el Profesor Brewster—. Gracias, Sr. Presidente.
Kevin no estaba completamente seguro de lo que acababa de aceptar el profesor. Sonaba como si acabara de donar mucho del control del proyecto.
—Necesito que tú también comprendas la gravedad de esto, Kevin —dijo el Presidente—. Antes de venir aquí, pensaba que esto era una tontería, y ahora no estoy tan seguro.
—Es verdad —insistió Kevin.
—La verdad es que esto no importa —dijo el Presidente—. Ahora no. Tenemos informes de que Rusia y China están movilizando a sus militares, llevando a cabo “ejercicios” por si hay algún tipo de ataque. En Filipinas ha habido disturbios, pues la gente piensa que esto significa el fin del mundo. Tenemos que ir con mucho cuidado con todo esto, Kevin. Voy a permitir que las cosas continúen por ahora, pero habrá gente aquí para vigilar lo que pasa.
Eso a Kevin no le importaba. Lo que importaba era que continuaban. Los extraterrestres estaban mandando algo a la Tierra y, fuera lo que fuera, Kevin estaba decidido a encontrarlo.
CAPÍTULO DIEZ
Kevin estaba sentado en su habitación, sin escuchar nada. Había señales, grabadas por los científicos mediante su equipo de largo alcance, pero ninguna de esas señales se convertían en palabras dentro de su mente. Ninguna de ellas parecía tener significado.
Kevin empezaba a preocuparse por eso y parecía que no era el único.
—¿Por qué no oyes nada, Kevin? —preguntó el Profesor Brewster. Él y la Dra. Levin estaban allí observando, esperando lo que viniera a continuación.
Kevin no tenía una respuesta.
—No lo sé. Quizás no hay nada que escuchar.
—Pero debes intentarlo —dijo el Profesor Brewster, con una mirada reprobadora, como si la solución a esto yaciera simplemente en hacer más, o esforzarse más allá de la dificultad del contacto.
—David —dijo la Dra. Levin—. No presiones a Kevin. ¿No ves que está enfermando más?
Kevin sabía que esa parte era verdad. Ahora había empezado a notar un pequeño temblor en la mano izquierda que pararía si se concentraba, pero que rápidamente empezaba siempre que estaba estresado. Lo que ahora significaba la mayor parte del tiempo en el instituto de investigación.
—Entonces debemos darle más atención médica —declaró el Profesor Brewster—. Kevin, tienes que entenderlo, tengo departamentos del gobierno de los que apenas he oído hablar llamándome para saber qué está pasando. Antes me llamó un General del Ejército que quería saber si existía alguna utilidad militar potencial para esta información. Con el Presidente deseando saber qué está pasando, este no es un buen momento para que no podamos decir nada.
—No puedo traducir cosas que no están allí —dijo Kevin. ¿Qué querían que hiciera? ¿Inventarse las cosas? Tal vez todavía pensaban que lo hacía, a pesar de todo. Kevin odiaba ese pensamiento.
—Tal vez solo necesitas un descanso —dijo la Dra. Levin—. Ve a dar una vuelta por el instituto, relájate un poco y podemos volver a escuchar señales más tarde, cuando hayas descansado un poco.
Kevin asintió y salió hacia el instituto, decidido a ir en busca de su madre. Ahora, cuando no estaba en la habitación de él, normalmente estaba en algún lugar cerca de donde estaba trabajando Phil, o en el pequeño espacio que el centro de investigación le había cedido para que pudiera estar cerca de Kevin. Kevin decidió comprobar allí primero y partió a lo largo de las salas.
Ahora parecía haber más gente en el instituto de investigación de la que había habido antes. Kevin veía personas con uniformes militares y otras con traje que llevaban auriculares. Un trío con placas de la NSA pararon a Kevin al pasar, mirándolo como si se preguntaran cómo le permitían pasear por las salas de esa manera.
Una de las personas más extrañas que había era un hombre que parecía tener unos cuarenta años, con el pelo rapado y la postura erecta de algunos de los militares, aunque vestía una chaqueta de cuero y unos tejanos en lugar de un uniforme y, evidentemente, no se había afeitado en una semana.
—Te preguntas quién soy yo —dijo, mientras Kevin lo miraba fijamente.
Kevin asintió nervioso. Imaginaba que algunas personas no reaccionarían demasiado bien si los miraban fijamente de esta manera.
—Tienes buen instinto —dijo—. La cantidad de científicos que han pasado por delante de mí sin preguntárselo… con tanta gente entrando y saliendo, cualquiera puede entrar aquí si no van con cuidado.
—¿Cualquiera? —preguntó Kevin—. ¿Quién es usted?
—Me llamo Ted —dijo, extendiendo una mano. Un grupo de soldados pasaron por delante y Ted les hizo un gesto con la cabeza. Para sorpresa de Kevin, uno de ellos le hizo un breve saludo.
—¿Estás con los militares? —preguntó Kevin—. ¿La CIA? ¿La policía?
—Algo así —dijo Ted. Pensó por un momento—. En realidad, nada de eso, hoy en día. Y tú eres Kevin, el niño que puede descifrar las señales alienígenas.
Probablemente era la primera persona que lo había entendido bien. Parecía que la mayoría pensaban que él tenía una transmisión en directo con una civilización alienígena, o que realmente podía hablar con ellos. Esa parte hacía que quisiera parar y hablar con este hombre pero, aun así, había algo en su presencia que hizo que Kevin se detuviera. No encajaba.
—Lo siento —dijo Kevin—. Tengo que continuar.
—No pasa nada, Kevin —dijo el hombre—. Estoy seguro de que nos volveremos a ver.
Kevin se fue a toda prisa. Casi podía sentir a Ted observándolo mientras se iba. Encontró a su madre en el pequeño dormitorio que el instituto le había proporcionado para que pudiera estar cerca.
—Kevin, ¿estás bien? —preguntó—. Pareces un poco pálido.
—Estoy bien —dijo Kevin—. Mamá, allí fuera hay un hombre y no estoy seguro…
Se tambaleó ligeramente mientras la habitación nadaba. Un segundo estaba de pie y, al siguiente, estaba en el suelo, con gente alrededor. A Kevin le llevó uno o dos segundos darse cuenta de que debía haber tenido una convulsión. Allí había personal médico e investigadores y, por supuesto, su madre, pero ni rastro del hombre que antes estaba allí.
—Estoy bien —dijo Kevin, esforzándose por incorporarse. Pero todavía se sentía mareado y solo el brazo de su madre rodeándolo impidió que volviera a caer.
—No estás bien —dijo—. Venga, vamos a llevarte otra vez a tu habitación, y después le preguntaré al Profesor Brewster por qué no está cuidando de mi hijito.
—Pero mamá —consiguió decir Kevin, pues el ya no era su hijito, tenía trece años. Aun así, dejó que su madre le ayudara a volver a su habitación. En algún momento a lo largo del camino, Phil se les unió, Kevin se apoyaba más o menos entre los dos hasta que pudieron devolverlo a su cama.
—Voy a averiguar por qué no están cuidando mejor de tu salud —dijo su madre, y se marchó con el aspecto decidido de alguien que necesitaba enfadarse con algo antes de empezar a gritar.
—Imagino que deberíamos resolver exactamente qué está pasando? —dijo Phil cuando ella se fue—. ¿Tú qué dices, Kevin? ¿Estás preparado para más pruebas?
—¿Más pruebas? —replicó Kevin.
Las había, pues Phil quería tener una resonancia magnética y después análisis de sangre. Kevin se acababa de dar cuenta en las dos últimas semanas de lo mucho que odiaba que le clavaran agujas porque parecía que todo el mundo quería su sangre para algo. Los investigadores y el personal médico iba y venía, todos explicaban lo que estaban haciendo mientras se ponían a ello, casi ninguno de ellos usaba palabras que Kevin pudiera entender de verdad.
—Hemos hecho avances con la medicación anticonvulsiones —le dijo una de las enfermeras a Kevin—, pero los doctores están en discusiones con toda la gente de aquí en este momento, preguntando si es lo mejor.
Lo que significaba que estaban preocupados por si podría bloquear su habilidad de entender la señal, cuando volviera a aparecer. Kevin podía imaginarlos allí, intentando encontrar el equilibrio entre la posibilidad de perder la información que podría llevar hasta los extraterrestres contra la posibilidad de que Kevin pudiera morir y no les proporcionara nada más. Probablemente, solo unos pocos pensarían en lo que todo esto significaba para él y, por ahora, ninguno de ellos había pensado en preguntar que tratamiento quería él.
—¿Y esto es lo mejor? —preguntó Kevin.
La enfermera encogió los hombros.
—Oficialmente, se supone que yo no tengo opinión sobre eso. Extraoficialmente… he oído que un par de doctores están hablando de usar variantes de terapias génicas desarrolladas para gente con otras enfermedades, como la enfermedad de Alexander.
—Pensaba que no había nada así disponible para mí —dijo Kevin, recordando la consulta con el Dr. Markham y todas las que le siguieron.
—No la había, pero actualmente tienes a la mayoría de los mayores cerebros del país de tu lado. Si alguien puede hacer algo a medida para tu enfermedad, son ellos.
Y entonces Kevin se encontraría tomando un tratamiento experimental que podría curarlo, podría no hacer nada o podría empeorar las cosas. ¿Valdría la pena arriesgarse por eso a perder la señal alienígena por completo?
—Pero, de momento, tienes una visita.
Hizo una señal con la cabeza hacia la puerta y la pequeña silueta entró por ella. Los ojos de Kevin se abrieron más al ver a Luna, que parecía relajada como si lo hubiera ido a buscar a su casa para ver si quería ir en bicicleta hasta el embalse.
—¿Luna? ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Me trajo mi madre —dijo Luna con una sonrisa—. Porque tu madre pensó que te gustaría verme. —Tomó una naranja y se la lanzó—. No tenía uvas.
Kevin la cogió torpemente mientras Luna se sentaba en el borde de su cama. Su expresión cambió de la alegría por verlo a la preocupación.
—¿Es muy grave? —preguntó, buena parte de su alegría habitual desapareció de su voz.
—No lo sé —dijo Kevin. Apartó la mirada por un momento—. Bueno, supongo que algo sí que sabemos.
Luna le puso una mano encima del hombro.
—Puede que ellos hayan dicho que vas a morir, pero yo me niego a dejarte morir todavía, Kevin. Ni tan solo me he enamorado locamente de ti todavía.
Kevin se rió al escucharlo.
—Si tengo que esperar a eso, podría vivir para siempre.
—Cierto —dijo Luna, pero su sonrisa no le llegaba a los ojos. Kevin podía ver lo mucho que le dolía tener que ser fuerte por él, tener que estar alegre.
—No pasa nada si quieres llorar —dijo Kevin.
—Ni que fuera a llorar —dijo Luna, aunque parecía que podría hacerlo en cualquier momento.
No lloró, pero sí que lo abrazó, tan fuerte que Kevin pensaba que podría romperle las costillas. Se sorprendió al darse cuenta de lo bien que olía.
—Te he echado de menos, ¿sabes? —dijo ella.
—Yo también te he echado de menos —le aseguró Kevin. Él le había dicho que no pasaba nada si lloraba, pero ahora era él el que tenía lágrimas ardiendo en el rabillo de los ojos.
—¡Eh! Yo no debería ponerte triste —dijo Luna—. Probablemente, uno de esos tíos militares que hay en el vestíbulo me dispararía si lo hiciera.
Eso fue suficiente para hacer reír a Kevin. Luna siempre había tenido facilidad para hacerlo.
—¿Cómo va por allí fuera? —preguntó—. ¿Allá en el mundo real? ¿Cómo va por la escuela, o en la televisión? Estoy harto de que todo vaya de las cosas que yo puedo ver para la gente.
—Siento decepcionarte —dijo Luna—. Pero sales mucho en la televisión. Ahora hay reporteros en tu casa la mayoría de los días, y la gente habla de si es real, o un fraude, o una campaña publicitaria que se les ha ido de las manos. Incluso ha empezado un culto alienígena extraño, gente que lleva antenas y que andan por ahí asegurando que los extraterrestres nos salvarán de todo desde la crisis medioambiental a los altos precios de los supermercados.
—Te lo estás inventando —supuso Kevin.
—Tal vez la parte de las antenas —dijo Luna. Miró a su alrededor—. Aquí debes estar tranquilo. Está realmente en silencio.
—Está mucho más concurrido desde que descubrieron lo que yo podía hacer —dijo Kevin—. Y yo paso la mayor parte del tiempo escuchando señales, así que no es exactamente una biblioteca.
Luna sonrió como sonríe alguien que normalmente habla todo lo que quiere en las bibliotecas de todos modos.
Tampoco permaneció muy tranquilo, pues el Profesor Brewster, la Dra. Levin y la madre de Kevin entraron todos juntos.
—Estáis forzando demasiado a Kevin —estaba diciendo su madre.
—Realmente no es lo que intentamos, Rebecca —le aseguró la Dra. Levin—. No tenemos ningún control sobre las señales que recibimos, y Kevin puede parar siempre que lo necesite.
—Y Kevin apenas ha escuchado nada hoy —dijo el Profesor Brewster—. Además, aquí está recibiendo un tratamiento mejor que el que tendría en cualquier otro lugar del país.
—Eso es… verdad —admitió su madre. Pero parecía bastante reticente a hacerlo.
—Estamos cuidando de tu hijo —continuó la directora del instituto—. Y Kevin está haciendo un trabajo importante aquí. Hablando de eso, Kevin, ¿te apetece enfrentarte a las cámaras?
—¿Ahora? —preguntó Kevin. No estaba seguro.
—Hoy ha habido rumores de que estás mal, y parece una buena idea mostrarle a la gente que estás sano –dijo el Profesor Brewster.
—¿Aunque no lo esté? —preguntó Luna, al lado de Kevin.
—Especialmente por eso —dijo el Profesor Brewster—. Y, de todos modos, la gente está esperando para oír más de lo que puede decir Kevin. ¿Kevin?
—No tienes que hacerlo —dijo su madre.
Kevin asintió.
—Está bien. Ahora me siento mucho mejor. Si va a ayudar, lo haré.
***
Kevin pensaba que estar de pie delante de la gente debería ser más fácil. Al fin y al cabo, no estaba haciendo nada que no hubiera hecho antes. Les había demostrado lo que podía hacer a las puertas del edificio y antes en una rueda de prensa. Aun así, estaba nervioso con tanta gente mirándolo fijamente.
—Irá bien —dijo Luna. ¿Por qué parecía que siempre adivinaba cuando se sentía mal?—. Y ahora no puedes echarte atrás. Quiero verte hacer tus cosas extraterrestres.
—Cosas extraterrestres —repitió Kevin—. Decididamente necesitamos un nombre mejor para eso.
Aun así, salió a enfrentarse con la multitud. Hoy había más gente aquí, abarrotando cada rincón de la sala de conferencias donde estaba previsto que Kevin actuara para ellos. Había reporteros, evidentemente, científicos, personas del gobierno…
…y Ted, mirándolo atentamente con la mirada fija desde la multitud.
—Ese tío está aquí —dijo Kevin.
—¿Qué tío? —preguntó Luna.
—Lo conocí en los vestíbulos mientras estaba buscando a mi madre, y simplemente parecía… no sé, fuera de lugar. En cierto punto, parecía que podía haber sido uno de los soldados, pero dijo que ya no lo era. No sé ni si se supone que tendría que estar aquí.
—¿Crees que es un loco? —preguntó Luna—. ¿Piensas que está aquí para matar a todo el mundo?
—No hasta que lo dijiste —dijo Kevin. Ahora que lo había dicho, Kevin clavó la mirada en el lugar donde estaba Ted. Se preguntaba si debía hablar de él con alguien.
—Es el momento de hacer lo tuyo, Kevin —dijo el Profesor Brewster, dándole un empujoncito hacia el centro de la plataforma que habían preparado—. Hola a todos, como pueden ver, Kevin está bien, y algunos de los rumores que hay por allí son enormemente exagerados.
—¿Qué rumores? —le preguntó Kevin, y dirigió de nuevo la mirada a Ted—. Profesor Brewster, allí hay un hombre…
El Profesor Brewster lo ignoró.
—Pero Kevin está bastante cansado hoy, así que serás breve. ¿Kevin?
Kevin dio un paso adelante y se colocó los auriculares, imaginando que probablemente era mejor continuar con esto. El problema era que todavía había silencio, nada nuevo para traducir, ninguna señal entrante. Se quedó allí en silencio durante varios segundos, sintiéndose cada vez más cohibido. Peor, no podía sacarle los ojos de encima a Ted, convencido de que en el momento que lo hiciera, el hombre haría algo.
Entonces fue cuando un hombre completamente diferente, hacia la parte de delante de la sala, empezó a gritar.
—¡Eres malvado! —exclamó—. ¡Vas a echarnos los extraterrestres encima a todos!
Corrió hacia delante y, aunque tenía un pase de prensa e iba elegantemente vestido con un traje, había algo salvaje en su mirada. Fue directo hacia el escenario y Kevin vio que apartaba a Luna de un empujón y la tiraba al suelo.
—¡Luna! —gritó Kevin, pero no hubo tiempo de ayudarla, pues el hombre todavía estaba avanzando y ahora Kevin pudo ver que tenía un cuchillo. Agarró a Kevin y, al instante siguiente, el hombre estaba detrás de él, con el cuchillo apretado contra el cuello de Kevin.
—Estás intentando traerlos aquí. Estás intentando permitir que nos destruyan. Tengo que detenerte, cueste lo que cueste.
Kevin nunca había estado tan asustado antes, pero lo más extraño era que la mayor parte de ese miedo no era por él. Luna todavía estaba tumbada donde el hombre la había tirado, y ahora Kevin se preguntaba si podría haberla apuñalado, solo porque estaba en su camino.
—Tranquilito, amigo.
Mientras Kevin estaba mirando hacia donde estaba tumbada Luna, Ted, de entre todos, había subido al escenario y sujetaba una pistola de forma experta con ambas manos.
—Si bajas el arma, podemos hablar de esto —dijo.
El hombre de detrás de Kevin no apartaba el cuchillo de su cuello.
—El problema es hablar. Él está hablando con ellos. ¡Los va a traer aquí para que nos maten! ¡No, no te acerques!
Enfatizó esa orden apuntando con el cuchillo a Ted a medida que avanzaba. Con el cuchillo lejos de su cuello por un instante, Kevin hizo la única cosa que se le ocurrió y se tiró al suelo.
Sonaron dos disparos, tan fuertes que parecían ensordecedores. Kevin oyó que algo metálico repiqueteaba sobre el escenario y que algo blando le seguía un instante después. Un instante después, Ted estaba allí, ayudándolo a ponerse de pie.
—No mires a tu alrededor. Hay cosas que un niño no tiene por qué ver. Corre con los demás.
Kevin quería hacer todo eso. Quería correr y ver si Luna estaba bien. Quería correr hacia su madre que estaba, incluso ahora, abriéndose camino a través del caos. Quería hacer todo eso, pero no pudo, por una sencilla razón.
—Está llegando una señal.
CAPÍTULO ONCE
Kevin sentía que el siguiente mensaje estaba llegando, la señal empezaba en sus auriculares, los principios de una traducción se abrían camino a través de él. Estaba sucediendo, quisiera él o no.
—No creo que tengamos mucho tiempo —dijo—. Siento que está viniendo.
La gente ya se estaba agolpando a su alrededor. Su madre estaba allí, rodeándolo con los brazos como si pudiera protegerlo de cualquier cosa que viniera. L Dra. Levin y el Profesor Brewster estaban allí, ambos parecían preocupados. Para alivio de Kevin, Luna volvía a estar de pie. No la habían apuñalado. Kevin fue corriendo hacia ella y la abrazó.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Depende —dijo—. ¿Cuántos tús se supone que hay?
Kevin negó con la cabeza.
—No hagas bromas, estaba preocupado por ti.
—¿¡Estabas preocupado por mí!? Yo no era la que tenía un cuchillo en el cuello.
En medio de todo esto, por supuesto, las cámaras continuaban rodando. No iban a parar en medio de algo tan espectacular.
El Profesor Brewster estaba allí, parecía que tenía miedo de que Kevin pudiera romperse. O, simplemente, solo era que tenía los ojos clavados en el hombre muerto de detrás de Kevin, al que Kevin no se había atrevido a girarse para mirar.
—¿Qué está pasando? —exigió—. ¿No vamos a sacar de aquí a Kevin?
—Dice que está llegando otro mensaje —explicó Ted.
Kevin no sabía cómo explicarlo más claro.
—Bueno, aguanta hasta que te llevemos a un lugar seguro —dijo el Profesor Brewster, pero sin duda alguna ahora ya tenía que saber que esto no funcionaba así.
Kevin apretó los dientes.
—Yo no puedo controlar cuándo llega el mensaje. Simplemente lo recibo y lo traduzco.
—¿Por qué… por qué es un problema que recibas el mensaje aquí? —preguntó Luna.
Parecía temblorosa, pero era comprensible dado todo lo que acababan de pasar los dos. Aun así, era ella la que estaba haciendo las preguntas adecuadas, no el profesor.
—Porque serán las coordenadas de las cápsulas de escape —dijo Kevin—. Estoy seguro de eso. ¿Qué otra cosa podría ser?
—Antes recordabas los números del sistema —remarcó Luna—. Podrías recordar esto.
—¿Y si es una lista larga? —replicó Kevin—. ¿Y si me dejo algo?
Luna señaló hacia las cámaras y Kevin entendió que tenía razón. Lo único que tenía que hacer era hablar, y todo lo que dijera sería grabado por tantas cámaras que no podía ni contarlas todas. Estaría alrededor del mundo en un instante.
Se dirigió hacia ellas y, justo mientras lo hacía, la señal le alcanzó.
Las series de números parecían no acabar nunca. No era de extrañar que los seres que las mandaban hubieran advertido a Kevin de que llegarían. Habían querido darle la oportunidad de prepararse para grabarlas de alguna forma, de modo que nos e perdiera la información. Cada vez que Kevin terminaba de repetir una serie de números, empezaba una nueva serie de dígitos y números, sin apenas darle el tiempo suficiente para descansar. Traducía a la vez que llegaba, temblando por el esfuerzo de hacerlo, o quizás solo por las secuelas de todo lo que había sufrido en los últimos minutos.
Recitaba los números y las letras en una serie larga, casi interminable, pero lo cierto era que, por primera vez desde que Luna le había ayudado a resolver la conexión con el sistema Trappist, no sabía qué quería decir exactamente todo esto.
Por fin, la transmisión de números se detuvo y Kevin se quedó quieto, intentando recuperar la respiración.
—¿Eso es todo? —preguntó Luna—. Kevin, ¿estás bien?
Kevin consiguió asentir, aunque incluso eso era un esfuerzo ahora mismo. No estaba seguro de a qué parte estaba diciendo que sí.
Ahora la Dra. Levin estaba allí, rodeando a cada uno con un brazo.
—Vale —dijo la Dra. Levin—, los dos os vais a meter dentro. Después de todo lo que ha pasado, creo que mucha gente querrá hablar con los dos, pero yo quiero que os revisen primero a los dos primero y asegurarme de que estáis bien. No me gusta lo cerca que estuvisteis de que os hicieran daño antes.
Cuando se giraron para irse, Kevin pudo oír los gritos de la multitud reunida mientras empezaba a salir del silencio en el que habían estado atrapados.
—Kevin, ¿cuándo van a venir a por nosotros los extraterrestres? —exclamó un hombre.
—Kevin, ¿qué significa realmente la vida?
—¿Cuándo vais a admitir que esto es un fraude?
—¿Estás herido?
Gritaban tantas preguntas diferentes a la vez que, por uno o dos instantes, Kevin deseaba marcharse y dejarlos allí. Pero no lo hizo. Sentía que tenía que decir algo, y esta vez no tenía nada que ver con las presiones de las señales alienígenas.
—Sé que muchos de vosotros acudís a mí por respuestas, pero lo cierto es que no tengo muchas —dijo Kevin—. Solo soy un niño. No tengo ningún conocimiento especial. Ni tan solo sé por qué soy yo el que recibe los mensajes que están mandando los extraterrestres.
—¿Qué pasó hoy? —preguntó un reportero—. ¿Por qué todos estos números? ¿De qué va esto?
Kevin inclinó la cabeza, intentando calcular cuánto se le permitía decir. Entonces se dio cuenta de que tal vez era la manera errónea de pensar en ello. Malinterpretarlo había provocado esto. Alguien había intentado matarlo hoy, pues no entendía la información que él tenía. Porque, dados el espacio para hacerlo, se lanzaron a la conclusión errónea.
—Alguien me intentó matar hoy —dijo—, porque piensa que la información que estoy recibiendo es lo suficientemente peligrosa como para que valga la pena matar por ella.
—¿Lo es? —exclamó alguien.
Kevin negó con la cabeza.
—Saber que allí fuera hay una civilización extraterrestre, que la había, es increíble, pero no vale la pena matar gente por ello, y yo no quiero que nadie más esté en peligro por mí. —Casi paró al recordar el ver que apartaban a Luna de un golpe, el ruido de la pistola de Ted cuando disparó—. Yo no importo. Lo que importa es que el mundo de los alienígenas está muriendo, y que ellos han mandado… imagino que podríamos llamarlas cápsulas del tiempo. Y ahora sabemos a dónde van.
Él también supo a dónde iba ahora, pues su madre estaba tirando de él para llevarlo de la plataforma al instituto.
***
—¡Si van a atacar a mi hijo, entonces no quiero que se quede aquí! —dijo la madre de Kevin mientras ella y el Profesor Brewster discutían.
Kevin los observaba a los dos desde la punta de su cama. Hizo un gesto de dolor cuando uno de los médicos del instituto le desinfectó un corte diminuto que le había hecho el cuchillo. A su lado, Luna llevaba una venda alrededor de la cabeza, mientras Ted estaba allí y parecía que medio esperaba otro ataque.
—Entiendo su preocupación —dijo el Profesor Brewster, e incluso Kevin sabía que eso no era lo correcto para decirle a su madre ahora mismo.
—¿Entiende lo que es ver que atacan a tu hijo porque está atrapado en una locura? —exigió la madre de Kevin—. ¿Usted tiene hijos acaso?
—Bueno, no, pero…
—¿Quién es usted? —le preguntó Ted a Kevin, ignorando la discusión entre su madre y el profesor por un momento.
—Oh, yo soy un tío que echa una mano donde puede —dijo Ted.
—Eso no es una respuesta —dijo Luna.
Pareció pensar por uno o dos instantes y después encogió los hombros.
—Imagino que no es nada malo. Lo siento, tengo la costumbre de no decir nada. Yo estaba en el ejército. Las Fuerzas Especiales. Después me tomó prestado la CIA por un tiempo, después… bueno, después intenté jubilarme, pero recibí una llamada cuando todo esto empezó, y no pude negarme exactamente.
—Antes dijo que el Presidente le llamó —dijo Kevin—. No lo haría si usted fuera un tipo cualquiera.
—Bueno, quizás he visto unas cuantas cosas en mi vida —dijo Ted. Echó un vistazo hacia donde el Profesor Brewster y la madre de Kevin todavía estaban discutiendo—. Por lo que yo sé, tú lo conociste por esto. Esto debe hacerte a ti más especial que a mí. Vosotros dos, ¿queréis venir a ver cómo les va a los lumbreras con los números que sacaste del aire?
Kevin asintió y, juntos, los tres salieron por el edificio. Ahora Kevin se sentía un poco más fuerte, la mayor parte de la debilidad que había sentido era debida a la combinación de recibir el mensaje y el estrés del ataque. También se sentía extrañamente vacío, y le llevó un instante entender por qué:
Por primera vez desde que esto había empezado, no había sensación de los extraterrestres.
No había ninguna cuenta atrás latiendo en su cabeza. No había ninguna señal inminente que se suponía que tenía que esperar. No había ningún mensaje. Todo estaba en silencio. Debería haberle dado paz, pero por primera vez desde que había llegado allí, Kevin se sentía… inútil, como si no tuviera nada que hacer.
Pero era casi el único que lo hacía. La gente que les pasaba por delante estaba ocupada, y todos ellos parecían estar trabajando en el problema de las coordinadas. Los laboratorios que se usaban para otras cosas estaban vacíos y, en cambio, los científicos estaban reunidos en salas de conferencias, trabajando en las series de números de cien maneras diferentes. Algunas personas de la NSA también parecían estar metidas.
Kevin pensaba que podría haber algún problema con la seguridad mientras se acercaban al lugar que albergaba los superordenadores, pero Ted entró directamente, los soldados y los agentes del FBI lo saludaron con la cabeza por igual al pasar y dejaron entrar a los tres.
—Guau —dijo Luna cuando llegaron al box del superordenador—. Imagina a los juegos que podrías jugar con esas cosas.
Kevin dudaba de que fueran de mucho uso para eso, pero cuando se trataba de diseccionar series de números, parecía que eran muy, muy buenos. SAM estaba escupiendo posibilidades usando las señales, mientras la mitad de las otras máquinas que había allí también se habían puesto en marcha, y los científicos corrían entre ellos, gritando resultados.
—Es otro error —exclamó uno—. Creo que alcanza algún lugar de las Pléyades.
Kevin oyó un quejido de frustración de los otros científicos que había allí.
—Están intentando acotar la búsqueda —explicó Ted.
La Dra. Levin estaba allí y, para sorpresa de Kevin, la gente parecía estar escuchándola. Tal vez el hecho de que indudablemente había extraterrestres hacía más fácil recibir órdenes de la jefa del SETI.
—El problema es demasiada información —dijo—. Nos diste tantos posibles resultados, Kevin, que no podemos ocuparnos de todo, incluso con nuestro poder informático.
—¿Habéis probado con Internet? —preguntó Kevin.
—No creo que este sea el tipo de cosa que encontraríamos en Internet —dijo el Profesor Brewster, acercándoseles—. Aquí tenemos algunos de los ordenadores más sofisticados del mundo.
Kevin negó con la cabeza.
—Podríamos hacerlo. Cuando traduje, les di la información a los reporteros, ¿verdad? O sea, ¿la gente de alrededor del mundo no lo estará mirando? Dijo que el problema era tener a la gente suficiente para hacerlo. Bueno, ¿eso no significa que tiene al mundo entero ayudando?
—El chico tiene razón —dijo Ted—. ¿Lo habéis comprobado?
—Bueno… no —confesó el Profesor Brewster.
La Dra. Levin encogió los hombros.
—Tal vez valga la pena intentarlo. El SETI a menudo ha cogido prestado poder informático de gente de alrededor del mundo.
—Hacedlo —dijo Ted.
La Dra. Levin salió por unos instantes. Volvió con una tableta y una mirada ligeramente aturdida.
—No… no me lo creo —dijo, y empezó a teclear encima de ella—. Un momento, lo llevaré a una pantalla más grande.
Pulsó sobre algunos puntos en la tableta y de ellos se encendió una pantalla de ordenador, suficientemente grande para que se pudiera ver desde toda la sala. En la pantalla había coordenadas, junto con las palabras “¡Una nave alienígena a punto de chocar contra la Tierra!” La página parecía ser anónima, pero no había ninguna duda sobre lo que estaba diciendo.
—Si tomamos esta serie de coordenadas —dijo la Dra. Levin—, bien, observad.
En la pantalla apareció un mapa del mundo, primero era tan amplio que Kevin no podía calcular dónde se suponía que estaba el lugar del choque. Giró, se centró en América del Sur y después continuó. Se estrechó en un país, después una región, después lo que parecía un trozo de selva de unos tres kilómetros de ancho.
—El bosque lluvioso de Colombia —dijo Ted, mirándolo fijamente.
—¿Estamos seguros de eso? —preguntó el Profesor Brewster.
—Lo comprobaremos, por supuesto —dijo la Dra. Levin—, pero a primera vista… sí, parece correcto. Lo que resulta extraordinario por sí mismo. La idea de que una civilización pudiera predecir dónde aterrizaría su nave con esta precisión a una distancia así es… casi imposible de creer.
—Bueno, pienso que tenemos que empezar a creerlo. —Ted le puso una mano sobre el hombro a Kevin—. Si tienes razón en todo esto, nuestros amigos extraterrestres van a enviar su cargamento a Colombia.
—¿Eso es malo? —preguntó Kevin.
Ted encogió los hombros.
—No lo sé. Esto podría complicar las cosas. Estoy más preocupado por cuánta gente más habrá visto esto. ¿Dra. Levin?
—No hay modo de saberlo —dijo la directora del SETI—. Supongo que si lo encontramos, mucha gente lo habrá hecho.
—Lo que significa que medio mundo estará allí —dijo Ted—. ¿Qué dices, Kevin? ¿Vamos allí a conocerlos?
—¿Vamos a conocer a quién? —preguntó la madre de Kevin, entrando en el box del ordenador—. ¿Qué está pasando?
Kevin intentó pensar en la mejor manera de decirlo.
—Mamá, humm… ¿puedo ir a Colombia?
CAPÍTULO DOCE
—No hace falta que vengas, mamá —dijo Kevin a él y a los demás los despedían desde el área de seguridad en el aeropuerto de San Francisco. Ella estaba a un solo paso de él, como si apartarse significara perderle en el caos del aeropuerto. Ted también estaba por allí cerca, aunque Kevin sospechaba que era por razones diferentes.
—Por supuesto que hace falta que venga —dijo su madre, empujando una pequeña maleta que hacía que parecía hecho la bolsa para unas vacaciones—. ¿Un momento hay gente que intenta asesinarte y, al siguiente, estás volando hacia el centro de una selva? ¿Piensas que voy a permitir que hagas esto solo?
—No estaría solo, mamá —remarcó Kevin. En todo caso, parecía que el instituto entero se dirigía a Colombia, metiéndose a bordo no de uno sino de dos aviones fletados, y lo tomaba con un despliegue de herramientas diseñadas para buscar la cápsula de escape.
—Aun así vengo —dijo su madre, y Kevin sabía que era mejor no discutir con ese tono.
Una persona que no venía era Luna, y Kevin ya estaba echando de menos el tenerla allí. Se había ido a casa, pues sus padres al parecer tenían opiniones más estrictas sobre que volara a América del Sur en busca de extraterrestres.
El Profesor Brewster estaba hacia el frente, alineando a los científicos y a los soldados, a los agentes y a los reporteros ocasionales mientras cargaban el avión.
—¿Está preparado, Kevin? —preguntó—. Tenemos un largo vuelo por delante.
Kevin asintió.
—No puedo creer que estemos haciendo esto.
—Por poco no lo hacemos —dijo el Profesor Brewster—. Mucha gente está teniendo que mover muchos hilos para permitirnos volar a Colombia para esto. Ahora, date prisa y sube a bordo.
Kevin subió al avión y buscó un asiento donde pudiera mirar por la ventana. Su madre cogió uno a su lado, mientras que Ted cogió uno justo delante de él.
—Colombia está muy lejos —dijo Ted—. Ha pasado mucho tiempo.
—¿Usted ha estado allí? —preguntó Kevin.
—¿Oficialmente? —dijo él con una vaga sonrisa—. Nunca en mi vida he estado allí.
—¿Y extraoficialmente? —preguntó Kevin.
—Oh, la última vez que estuve allí fue muy extraoficial —respondió Ted—. Pero ahora las cosas están un poco más tranquilas. Todavía existen unos cuantos cárteles, pero sin la guerra civil en marcha, el gobierno les puede prestar un poco más de atención.
—Suena guay —dijo Kevin.
Su madre no estaba de acuerdo.
—Sueno como a un lugar peligroso al que llevar a mi hijo.
—Estoy seguro de que irá bien —dijo Ted. Kevin oyó que las puertas del avión se cerraban cuando las últimas personas subieron a bordo—. Además, ahora es demasiado tarde para dar la vuelta. En nueve horas a partir de ahora, estaremos en Bogotá.
Nueve horas. ¿Cómo pasabas nueve horas enjaulado en un espacio reducido con una panda de científicos? A Kevin le parecía que prácticamente todo el mundo allí estaba teniendo que encontrar la respuesta a esa pregunta. Algunos jugaban a juegos en los teléfonos, o leían, o miraban películas. La madre de Kevin más que nada dormía. Kevin alternaba mirar por la ventana con intentar descansar un poco y, de vez en cuando, se ponía los auriculares con la transmisión de señal, por si acaso había algo que oír. No había nada.
—Ni tan solo sé si funcionarán tan lejos del instituto de investigación —dijo Kevin, después de la tercera vez de hacerlo.
—Les pregunté eso a los científicos antes de marchar —dijo Ted—. Lo han montado para que la señal de referencia pase por Internet. Allá donde tengas conexión, puedes acceder a la señal.
Kevin supuso que no debería haberse sorprendido por eso. Evidentemente, querrían asegurarse de que pudiera oírla, pasara lo que pasara. No querrían arriesgarse a perder un mensaje importante. Aun así, la idea de poder escuchar desde cualquier lugar del mundo parecía impresionante.
Kevin pasaba parte del tiempo mirando hacia abajo a los lugares por los que pasaban. Nunca había estado fuera del país antes, pero aquí estaba, volando por encima de desiertos y espesos bosques lluviosos, ciudades y trozos de océano. Pensó en la gente que había allá abajo. ¿Sabían de las cápsulas de escape? ¿Qué pensaban de la posibilidad de encontrar realmente vida alienígena?
Tuvo parte de la respuesta cuando aterrizaron en Bogotá. Inmediatamente vio a una docena de grupos similares, todos llevaban herramientas que se parecían sospechosamente similares a las que ellos habían traído.
—Parece que no fuimos los únicos que resolvimos a dónde llevaban esas coordenadas —dijo Ted mientras echaba un vistazo a ese grupo. parecía más o menos relajado con eso, pero el Profesor Brewster estaba cualquier cosa menos tranquilo.
—Esto es simplemente inaceptable —dijo el científico—. Los suizos están aquí, y ese parece un grupo del sector tecnológico privado, y esos de allí son los canadienses. Después de todo el esfuerzo que hemos puesto en destapar esta información, no puedo creer que estén planeando arrebatarnos la cápsula.
Kevin deseaba decir que no sabían con seguridad para qué estaban allí los otros grupos, pero no se le ocurría otra razón por la que pudieran estar allí. No estaba seguro de cómo se sentía con su presencia.
Por un lado, quería creer que el mensaje de los extraterrestres iba dirigido a toda la humanidad, y que debía ser compartido. Estaba feliz por haber tenido que gritar las coordinadas a las cámaras de las noticias o arriesgarse a perderlas por esa razón. Al mismo tiempo, el profesor Brewster en parte tenía razón: Kevin era el que había podido traducir la señal alienígena, no los otros, y quería por lo menos ver la cápsula de escape ahora que lo había hecho.
—Tendremos que ser los primeros en hacerlo —dijo el Profesor Brewster, aunque Kevin sospechaba que iba a ser más fácil decirlo que hacerlo. No podía ver cómo iban a atravesar el aeropuerto más rápido que los demás, o llegar a la selva más rápido, o incluso buscar más rápido.
Pero lo intentaron. Kevin se hubiera reído al ver a una docena de grupos de científicos llevando a cabo una especie de carrera extraña a través del aeropuerto de Bogotá, solo que tenía que seguir el paso de todos ellos, intentando encontrar huecos en la aglomeración de gente y asegurándose de que no perdía de vista a su madre a la vez.
—¡Por aquí! —gritó el Profesor Brewster, dirigiéndose hacia lo que parecía un mostrador de alquiler de coches—. Hola, tenemos que alquilar un coche… veamos, probablemente una docena de vehículos todo terreno y un pequeño camión.
—Lo siento —dijo la mujer del mostrador—. Como le dije al último caballero que lo pidió, sencillamente esto no es algo que tengamos aquí en el aeropuerto. La mayoría de la gente… bueno, no necesita esto para sus vacaciones, ¿entiende?
—Pero esto no son vacaciones —declaró el Profesor Brewster—. ¡Esto es una expedición científica de suma importancia!
—Aun así.
La Dra. Levin se metió.
—vamos, David, sabes que primero tendremos que descansar y, después de eso, podemos trabajar en la expedición propiamente dicha.
—¡Y mientras tanto los canadienses se nos adelantarán! —se quejó—. ¿Cómo lo hicieron para llegar aquí tan pronto?
Parecía no haber una respuesta para ello, pero Kevin se encontró como barrido mientras se dirigían del aeropuerto al lugar donde esperaba la embajada americana, que parecía un gran bloque gris en el centro de Bogotá.
El embajador los esperaba dentro. Le dio la mano al Profesor Brewster y, después se la dio a Kevin, para gran sorpresa de él.
—Recibí la llamada del Presidente diciendo que estaban viniendo hace un par de horas. Estarán un poco apretados aquí al ser tantos, pero les he preparado habitaciones a todos, y estoy trabajando para organizar el transporte de su equipo al bosque lluvioso. Deben estar al tanto de que el gobierno colombiano no está del todo contento con esto, pero estamos trabajando para allanarles el camino.
No sonaba bien que al gobierno del país que en el que estaban buscando no les gustara que estuvieran allí. A esas alturas, Kevin estaba demasiado cansado para preocuparse de ello. Se quedó dormido casi en cuanto el personal de la embajada le mostró su habitación, y no se volvió a despertar hasta que oyó la voz del Profesor Brewster gritando desde fuera.
—¡Vamos, todo el mundo! La embajada nos ha conseguido transporte, ¡y tenemos que estar preparados para irnos antes de que los demás se lleven el premio!
Kevin hizo todo lo que pudo para estar listo enseguida. Aun así, para cuando salió allí, la mayoría de los otros ya estaban listos. El Profesor Brewster había adquirido una camisa y unos pantalones caqui que le daban el aspecto que alguien podría pensar que tenía un explorador si solo los había visto en fotos. Su madre llevaba su ropa normal, aumentada por un sombrero para el sol. Ted parecía simplemente Ted.
—Rápido —dijo el profesor Brewster, dando palmadas—. ¿Rápido! No podemos permitir que nadie más nos saque más ventaja.
Se apresuraba para intentar sacar a todo el mundo del hotel.
—¿Todos los demás estarán ya en la cápsula? —le preguntó Kevin a Ted. Puede que el Profesor Brewster estuviera a cargo de la expedición, pero Ted era el que sabía lo que hacía. La mitad de la gente de allí ya parecían recurrir a él para averiguar qué hacer.
El antiguo soldado negó con la cabeza.
—Lo dudo. El bosque lluvioso por la noche es peligroso. Es fácil perderse, incluso sin la vida salvaje. El movimiento sensato era que todo el mundo se quedase quieto durante la noche y se moviera esta mañana.
Kevin supuso que era el movimiento que también habían hecho todos, al menos si los hoteles completos eran algo con lo que guiarse. Debía haber gente de alrededor de todo el mundo intentando encontrar la cápsula de escape, y todo por los números que él había conseguido traducir.
—Bueno, chico —dijo Ted—. Tú nos has traído hasta aquí. Supongo que ya es hora de descubrir qué hay al final de todo esto.
Bajaron unas escaleras, hasta donde resultaba que la embajada había conseguido encontrarles camiones y todo terrenos, un par de Jeeps viejos y unos cuantos coches más viejos.
—Manteneos cerca —dijo Ted, mientras escogía un Jeep y saltaba al asiento del conductor.
Condujeron pegados en un convoy que se movía detrás como una serpiente a la velocidad del coche más lento, que era, Kevin pensó, bastante lento. A una parte de él eso no le importaba mucho, pues Colombia era hermosa. Una mayor parte quería maldecir los vehículos lentos y las carreteras cada vez con más baches, pues quería ver la nave que los alienígenas habían usado para transportarse. Quería ver el resultado de todo lo que él había hecho.
Continuaron y, cuando se acercaron a la zona del bosque lluvioso que señalaban las coordenadas, las carreteras empeoraron. Después, cuando los árboles empezaban a cercar la carretera por los dos lados, el tráfico los bloqueó por completo, y a Kevin le llevó unos instantes darse cuenta de lo que estaba pasando.
Un camión estaba tumbado de lado en medio de la carretera, otro tenía abolladuras lo suficientemente grandes como para insinuar una colisión. Había más camiones y coches por todas partes, y gente de pie esperando, o intentando averiguar qué hacer, o discutiendo en una docena de idiomas. Kevin reconoció a algunas de las personas que había allí, y sabía quiénes tenían que ser.
—¿No son los otros grupos de investigación? —preguntó Kevin, mientras frenaban. Vio que Ted asentía, pero antes de que el antiguo soldado pudiera decir algo, el Profesor Brewster estaba allí, procedente de otro vehículo.
—¿Por qué estamos parados? —preguntó.
—Puedes ver el porqué —dijo Ted.
—Pero ¿no podemos rodearlos? —preguntó el Profesor Brewster.
Ted hizo una señal hacia los árboles que crecían cerca de ambos lados de la carretera.
—Si tú lo puedes hacer, adelante.
Parecía que el Profesor Brewster iba a decir algo, después negó con la cabeza y se marchó para unirse a la discusión.
—¿Piensa que esto cambiará algo? —preguntó la madre de Kevin.
Ted encogió los hombros.
Más adelante, el Profesor Brewster empezó a discutir con otra media docena de personas, algunas señalaban con el dedo mientras intentaban resolver exactamente quién era el responsable para tratar los problemas allí. Puesto que Kevin no podía imaginar al director del instituto conformándose con hablar con alguien que no estuviera al cargo, imaginó que las otras personas que estaban allí discutiendo en la carretera embarrada debían ser los directores de sus propias organizaciones. A veces los adultos no tenían lógica.
Saltó del jeep, tanto porque quería ver qué pasaba como porque realmente pensaba que podía ayudar. Se adelantó hacia donde dos o tres personas estaban discutiendo acerca de un cabrestante, mientras un montón de científicos y soldados con cara de aburridos observaban.
—Si tenéis un cabrestante, ¿por qué no lo está usando nadie?
Un hombre con un fuerte acento escandinavo respondió.
—Porque es nuestro cabrestante, y nuestro director no quiere que ayudemos a los otros a llegar al… objeto primero.
—Pero eso es estúpido —dijo Kevin.
—Kevin —dijo su madre, alcanzándolos—. Todas estas personas son muy listas. Probablemente todos tienen doctorados.
—Aun así se están comportando como estúpidos —dijo Kevin, y se sorprendió al ver que lo miraban en lugar de ignorarlo. Se dio cuenta de que sabían quién era él, y parecía que lo miraban como si esperaran que decidiera qué hacer.
—¿Por qué no trabajáis juntos sencillamente? —preguntó.
—Os lo dije —dijo el hombre que había hablado antes—. No podemos dejar que usen nuestro cabrestante hasta que…
—No el cabrestante —dijo Kevin—. Todo. Los extraterrestres mandaron la cápsula de escape a este planeta, no a un solo país, así que ¿por qué no trabajamos juntos para encontrarla?
—¿Y si la devuelven a América? —preguntó uno de los que estaban allí.
—Bueno, podríamos encontrar algún otro lugar —sugirió Kevin—. Algún lugar en el que todos la pudiéramos examinar.
Los hombres se quedaron en silencio durante unos instantes mientras empezaban a pensar. Uno sacó un mapa.
—Hay un edificio de la ONU a pocos kilómetros de Bogotá —dijo.
Otro asintió.
—He hecho algún trabajo allí, en plantas recién descubiertas. Tiene buenas instalaciones.
—Nuestros jefes todavía podrían querer discutir —dijo el primero, con un poco de incertidumbre.
Kevin tenía una respuesta para eso.
—Entonces pueden discutir mientras todos estamos abriendo la cápsula alienígena.
Cuando lo dijo así, pareció que los demás ya no querían discutir. En su lugar, empezaron a conectar el cabrestante y los investigadores que habían estado por allí se movieron para retirar el camión de donde había caído.
—Bien hecho —dijo Ted cuando Kevin volvió hacia él—. No mucha gente podría haberlos convencido para trabajar juntos.
Kevin encogió los hombros. A él le parecía que era lo más evidente que hacer.
—¿Qué es todo esto? —preguntó el Profesor Brewster—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué se están moviendo otra vez?
—Vamos a buscar la cápsula de escape juntos —explicó la madre de Kevin.
—Pero nadie lo ha autorizado —dijo el Profesor Brewster—. Yo no lo he autorizado.
—Pero significa que avanzamos —dijo la madre de Kevin—. ¿Tan malo es trabajar juntos?
—No —dijo el Profesor Brewster. Kevin imaginaba que solo estaba un poco sorprendido de no ser el que tomaba las decisiones por una vez—. Supongo que no. Pero eso no significa que me fíe de ellos. Por lo que hace al tira y afloja del debate académico, no me fiaría de esos canadienses tanto como podría echarlos. Id con cuidado, todos.
Se alejó, gritando órdenes a su gente y a algunos de los otros grupos también. Kevin se preguntaba si alguien estaba prestando atención. Miró hacia Ted.
—¿De verdad deberíamos desconfiar de ellos? —preguntó.
El antiguo soldado encogió los hombros.
—Tal vez sí, tal vez no. A veces trabajas con personas y no sabes qué van a hacer más adelante. De momento, solo importa una cosa.
—Vamos a encontrar la cápsula —dijo Kevin.
Ted asintió.
—Vamos a encontrar la cápsula.
CAPÍTULO TRECE
Kevin nunca había estado en una selva, pero nos e parecía en nada a lo que había visto por televisión. Allí, las selvas eran solo unas cuantas hojas de palmera de fondo, con el espacio suficiente para que la gente corriera y luchara, y se movían rápidamente. En la de verdad, la vegetación se venía encima por todos lados y solo había unos cuantos senderos gastados por los animales, y los soldados tenían que hacerse un camino a hachazos mientras se adentraban en ella.
Tampoco mostraban la lluvia. Caía mientras caminaban, empapándolos a todos incesantemente en ráfagas que parecían llenar el mundo entero bajo las copas de los árboles.
—¿Siempre es así? —exclamó el Profesor Brewster.
Uno de los guías encogió los hombros.
—Por algo le llaman bosque lluvioso, señor.
Kevin no sabía seguro a qué velocidad avanzaban, pero no parecía muy rápida. Había dado por sentado que, malo como estaba, no podría seguir el ritmo del resto. En cambio, caminaba junto a ellos, el más lento de los científicos avanzaba mucho más lento que él. Tal vez no ayudaba que la mitad de ellos quisiera parar cada cien metros para tomar muestras de insectos o plantas inusuales.
—No pueden evitarlo —dijo Ted. Seguía el ritmo de Kevin, nunca más lejos de unos pocos metros de su lado, como si tuviera miedo de que alejarse más significara perderlo en la selva—. La gente más lista que jamás conocerás, pero esto solo significa que un lugar como este está demasiado lleno de descubrimientos en potencia. Piensan en ser el que divise una nueva especie de mariposa, o que encuentre una sustancia que cure el cáncer, y olvidan lo grande que es lo que tienen que hacer aquí. En lo único en que pueden pensar es en lo llena de vida que está la selva.
Kevin no podía culparlos, pues realmente la selva estaba llena de vida, de un modo que él no podría haber creído. Parecía que, allá donde mirara, había plantas que no había visto antes, desde los árboles gigantescos que formaban un dosel hasta las plantas trepadoras que se enredaban entre ellos y las cosas de un nivel más bajo que tomaban toda la luz que podían del suelo de la selva. Había insectos y lagartos, mamíferos pequeños y crujidos ocasionales en la maleza que insinuaban cosas más grandes.
Ah, y arañas, tan grandes que Kevin no quería ni acercarse a ellas. La única parte divertida era que parecía que al Profesor Brewster le daban particularmente miedo y saltaba tan alto cada vez que veía una, que Kevin pensaba que podía llegar a la copa de los árboles.
—¿En qué piensa cuando está aquí? —preguntó Kevin a Ted.
—¿Aparte de en la misión? —El soldado encogió los hombros—. Sobre todo en los recuerdos de la última vez que estuve aquí. Tienes que ir con cuidado, Kevin.
—No voy a perderme —dijo Kevin. A veces lo trataban como si no tuviera trece años. Como si solo fuera… un niño o algo así.
—No quería decir eso —dijo Ted—. Las cosas están mejor después de la paz con las FARC, pero todavía hay cárteles por ahí a los que no les gusta que la gente entre en su territorio. Ni tan solo el ejército. ¿Una colección de diferentes grupos científicos? Seríamos una presa fácil para la gente equivocada.
Lanzó una mirada hacia donde un grupo de soldados de media docena de naciones diferentes estaban ayudando a despejar el camino, abriéndose paso a hachazos con la seguridad de la gente que ha tenido que hacerlo muchas veces antes en otros lugares.
—No es solo por eso, ¿verdad? —preguntó Kevin—. No se fía de la gente con la que estamos trabajando.
—¿Después de que han pasado el último día compitiendo para ser los primeros? —Ted negó con la cabeza—. Pero eso es muy común. Todos vamos a por algo valioso. Nosotros sí que tenemos un recurso valioso, contigo, pues tú puedes traducir las señales. Tal vez no pasará nada. Tal vez todo irá bien, pero ya sabes lo que dicen: espera lo mejor, prepárate para lo peor.
Visto así, la selva parecía un lugar más amenazante que antes, lleno de lugares a los que sería fácil llegar y coger a alguien. Kevin hacía todo lo que podía por ignorarlo.
Una cosa que no podía ignorar era el calor. Había pensado que, como era de California, no habría mucha diferencia, solo unos cuantos grados más, como mucho. No había pensado en los efectos de la lluvia, que combinada con el calor convertía todo el lugar en una especie de olla a presión, donde el vapor salía de la gente visiblemente mientras caminaban.
—¿Vas bien, Kevin? —preguntó la Dra. Levin.
Él asintió.
—Estoy bien.
—¿Le dirás a alguien si no lo estás? —preguntó. Miró hacia donde la madre de Kevin avanzaba a lo largo del camino detrás de ellos—. Tu madre esta bastante preocupada por si no estamos haciendo lo correcto, al traerte aquí.
—Yo quiero estar aquí —dijo Kevin. Sabía que la científica solo intentaba cuidarlo, pero él quería verlo. Quería encontrar el objeto que los alienígenas habían mandado a la Tierra. Quería ver a dónde llevaba todo lo que él había traducido.
—Bueno, solo espero que no esté mucho más lejos —dijo la Dra. Levin—. Puede que tú estés bien, pero yo me estoy derritiendo con este calor.
—No queda mucho para el lugar que vimos —dijo Ted, comprobando la lectura de un GPS de aspecto resistente—. Un poco más en esa dirección.
Continuaron y encontraron un claro para usar como base mientras buscaban. Algunos soldados empezaron a montar toldos gruesos para frenar la lluvia, mientras los diferentes grupos de científicos montaban los equipos que habían llevado a través de la selva. Sacaron lo que parecían detectores de metales y aparatos extraños que encajaban dentro de carritos pequeños que los que se podía tirar a mano. Algunos montaron tantos equipos informáticos que podrían haber hecho funcionar sus laboratorios habituales desde allí si no hubieran estado tan desconectados del mundo. La parte más extraña era observar que sacaban media docena de equipos prácticamente idénticos.
—El objeto que vino a la Tierra cayó en algún lugar cerca de aquí —dijo el profesor Brewster, evidentemente dando por sentado que él estaba al mando—. tenemos que encontrarla. Eso significa que nos dispersamos y localizamos el área general del lugar de la colisión buscando los daños y, a continuación, usamos nuestro equipo para localizar el objeto.
—Actuad con prudencia —dijo Ted, y Kevin imaginó que si no lo decía él, nadie lo hubiera hecho. El Profesor Brewster hubiera mandado a la gente alegremente a la selva sin más instrucción que esa—. Trabajad siempre en parejas, pues si sucede algo, el otro puede buscar ayuda. Manteneos cerca del campamento, y estad en contacto. La selva intentará que os perdáis. Estad atentos a la fauna, y no os metáis en ningún curso de agua. En esta zona hay caimanes y serpientes.
Los científicos salieron con cuidado, acompañados de soldados y todos los guías locales que habían podido encontrar.
—¿Vamos a mirar? —preguntó Kevin.
Ted negó con la cabeza.
—Es mejor esperar por ahora. Dejemos que otros hagan el trabajo de encontrarlo. Muy pronto lo verás. Ahora, será mejor que haga una llamada.
Se levantó y cogió un teléfono vía satélite que probablemente funcionaría ahora que estaban en el claro, con un camino despejado hacia el cielo. Se apartó un poco, hablando en voz baja. Kevin pensó en acercarse un poco sigilosamente para oír lo que decía, pero algo en el modo en que hablaba el soldado daba a entender que no sería una buena idea.
—¡Creo que he encontrado algo! —exclamó uno de los científicos, desde dentro de la selva.
Kevin no podía quedarse sentado y tampoco, al parecer, podía hacerlo nadie en el pequeño campamento. Fue uno de los que corrió a toda prisa, apresurándose para seguir el ritmo a través de la selva, la tierra blanda por debajo cedía cuando sus pies la empujaban. Siguió a los científicos hasta otro claro. Kevin medio esperaba un cráter allí, rodeado de desolación. En cambio, solo había unas cuantas marcas en la tierra, que daban a entender que se notaba algo allí.
Lo extraño era que los árboles de alrededor no parecían dañados. Si había caído algo en la Tierra en el pasado reciente, ¿no debería haber daño, restos, incluso brasas ardientes?
Entonces Kevin se dio cuenta de que estaba pensando de la forma equivocada. Hacía años que los alienígenas habían mandado sus mensajes, incluso viajando a la velocidad de la luz. ¿Por qué su cápsula de escape tendría que acabar de llegar? ¿Por qué no habría estado allí durante años, incluso décadas, esperando a que alguien la descubriera? Pensó que le gustaba esa idea, de algo secreto que estaba esperando a que él lo descubriera. Esto lo hacía sentir como un cazatesoros.
Los científicos ya habían empezado a trabajar en ello, trabajando con sus diferentes aparatos. Por lo que Kevin podía oír, no creía que fuera muy bien.
—No recibo ninguna respuesta del detector de metales —gritó Phil. El investigador tenía su camisa hawaiana sudada a estas alturas—. No he escuchado este silencio… bueno, jamás.
—Yo no obtengo ninguna respuesta buscando señales térmicas —exclamó otro de ellos.
—Bueno, no deberíamos —contestó Phil—. Se ha estado enfriando desde que aterrizó, y no sabemos cuándo fue eso. ¿Y el magnetómetro?
Un científico que arrastraba la cosa que parecía un carrito negó con la cabeza.
—El suelo es demasiado irregular. No puedo decir si recibo señales o solo interferencias.
Al parecer, el radar que penetraba el suelo tenía el mismo problema, aunque Kevin antes no sabía que una cosa así existiera. Realmente no sabía cómo funcionaba la mitad de las herramientas de los científicos; podría haber sido magia, aunque dudaba que a ellos les hubiera gustado esa comparación. desde donde él estaba, solo significaba observar a un grupo de científicos yendo de aquí para allí con aparatos y cables, observando pantallas y escuchando cosas pitar. Era divertido observarlo, durante tal vez la primera hora.
—Tendremos que cavar —dijo al final el Profesor Brewster—. Debe estar aquí en algún lugar, así que si lo cavamos todos, al final lo encontraremos.
Parecía que el “tendremos” en este caso no incluía al Profesor Brewster, porque el director del instituto no hacía ningún gesto por coger una pala. Pero muchos científicos lo hicieron, e incluso algunos soldados ayudaron, atacando a la tierra que les rodeaba como si pudiera revelar sus secretos si trabajaban lo suficientemente duro.
Parecía que no hubiera nada que pudiera hacer Kevin excepto esperar. Él no tenía pala y, en cualquier caso, no parecía la mejor manera de encontrar algo. Era simplemente cavar al azar con la esperanza de que sucediera algo. Parecía un poco como cavar agujeros aleatorios en una playa con la esperanza de que uno contuviera un cofre pirata. En su lugar, estaba quieto, intentando no meterse en su camino mientras cavaban.
Entonces fue cuando sintió el susurro de la conexión a través de los árboles, casi indefinible. Parecía un poco el pulso de la cuenta atrás dentro de él, solo que ese latido parecía más fuerte cuando dio unos pasos por el camino que debía haber tomado la cápsula de escape. Cuando pisaba el otro camino, se debilitaba.
Kevin se detuvo, para intentar asegurarse. No quería decir que sabía lo que estaba haciendo hasta estar seguro de que era más que un simple sentimiento aleatorio dentro de él. ¿Y si solo era el calor?
—No lo es —se dijo Kevin a sí mismo, deseando estar tan seguro como intentaba parecer.
Kevin empezó a avanzar, intentando seguir ese latido, quedándose con él mientas se hacía más fuerte, encontrando su camino entre los árboles. Cada vez que se debilitaba de nuevo, paraba y andaba en círculo hasta que encontraba la dirección que parecía más fuerte. No tardó mucho en tener una ruta clara, que lo llevó hasta lo que parecía un pequeño sendero de venados. Kevin siguió a lo largo de él hasta que llegó a un lugar que se abría para dejar al descubierto una gran piscina natural, tan ancha como una piscina, con el agua de un verde amarronado. Por instinto, Kevin sabía que el objeto que había venido a la Tierra estaba en algún lugar por allí, bajo la superficie. Ahora sentí su llamada tan fuerte que dio un paso hacia la piscina, después otro, intentando recordar la razón por la que le habían dicho que no debería hacer exactamente eso…
Una figura escamosa salió del agua, los dientes chascando en una estocada que hizo retroceder a Kevin, apenas lo suficientemente rápido para evitarla. Hubiera pensado en cocodrilos si Ted no los hubiera advertido a todos antes. El morro de la criatura era demasiado largo y puntiagudo, su forma era un poco demasiado lisa. El caimán continuó avanzando, salió del agua hasta la tierra, arrastrando su cola y dejando un rastro de S detrás de él.
—¡Ayuda! —gritó Kevin. Quería dar la vuelta y correr, pero imaginaba que en el momento en que lo intentara, aquella cosa se le echaría encima. En su lugar, continuó alejándose, mientras el caimán avanzaba con un gruñido que prometía que Kevin sería su próxima comida. Kevin sintió la presión de los árboles contra su espalda y supo que había perdido el camino, lo que significaba que el caimán estaba ganando terreno. Abrió sus mandíbulas, mostrando lo que parecían unos dientes interminables…
Vino el rugido de disparos, tan fuerte contra la selva que Kevin pensó que podría quedarse sordo. El caimán hizo un siseo de dolor y, después, se desplomó. Kevin también se desplomó, solo el árbol lo mantenía erguido cuando Ted apareció con un rifle alzado hasta su hombro. Solo lo bajó una vez estuvo seguro de que la bestia estaba muerta.
—¿Estás bien? —preguntó.
Kevin consiguió asentir, a pesar del miedo que todavía le aprisionaba.
—Creo que sí.
—¿Qué estabas haciendo? Pensaba que te había dicho que no te alejaras.
Kevin deseaba decir que no era un niño pequeño. En cambio, hizo una señal con la cabeza hacia el estanque de agua oscura.
—Tenía que hacerlo, yo sentí… Creo que está allí.
Vio que el soldado parpadeaba y después miraba hacia el agua.
—¿Estás seguro?
—Sí —dijo Kevin—. No sé cómo estoy seguro, pero está allí.
Ante su sorpresa, Ted no preguntó más, solo llamó a los demás. Ellos vinieron, con tanta prisa como cuando habían encontrado las primeras señales del daño. Pero no fueron tan rápidos para lanzarse al agua, evidentemente por miedo a lo que todavía podría merodear por allí. Finalmente, Ted y otros tres soldados, dos escandinavos y un americano, se metieron dentro, caminando en el agua con una lona que hacía de red.
—Tenemos algo —gritó Ted, y envolvieron a la cosa con ella, tirando de ella para levantarla, arrastrándola hasta fuera del agua. Parecía no terminar nunca, y Kevin esperaba algo enorme mientras trabajaban para sacarla, una docena de científicos se movieron para ayudarlos.
Cuando finalmente salió rodando de la lona hasta el suelo, no era lo que Kevin esperaba para nada. En primer lugar, había pensado que sería más grande. Su imaginación le había dicho que habría un vehículo más grande que un coche, tal vez cerca del tamaño de una casa. Había pensado que sería plateado y brillante, o tan negro que se parecería al lugar a través del cual había volado.
En su lugar, allí había una esfera de roca perfectamente redonda, todavía viscosa con el agua, pero lisa por debajo. Parecía como si alguien hubiera disparado una bola de boliche rocosa a través del universo, o tal vez la había disparado desde un gran cañón hacia la Tierra.
Aun así, los científicos la rodearon hasta que Kevin apenas podía verla porque eran demasiados.
—¿Está aquí? —preguntó el Profesor Brewster—. Dejadme pasar, dejadme pasar. ¿Lo hemos encontrado?
—Algo hemos encontrado, desde luego —dijo la Dra. Levin. Parecía que se estaba obligando a sí misma a estar tranquila, a no emocionarse demasiado—. Ahora tendremos que calcular exactamente qué.
Ted estaba diciendo que no con la cabeza.
—Antes de hacer nada de eso, hay por lo menos una cosa que tenemos que hacer. Tenemos que devolverla.
CAPÍTULO CATORCE
Kevin no quería apartar la mirada de la roca mientras la llevaban de vuelta en una especie de camilla, sin estar completamente seguros de qué hacer con ella mientras la llevaban a través de la selva hasta su campamento base. Estaba a la vez emocionado y perplejo, atrapado entre la alegría de haber encontrado lo que las señales alienígenas les habían señalado y la sorpresa de que no fuera la gran nave espacial que él había imaginado que sería.
Se hacía extraño haberla encontrado realmente, a pesar de que todos habían venido aquí para hacer exactamente eso. Parecía que no debía estar allí, pero estaba, y ahora Kevin apenas podía contener su emoción ante la posibilidad de ver lo que había dentro.
—La abriremos cuando regresemos, ¿verdad? —le preguntó a la Dra. Levin, que parecía mirarla con el aire de alguien que está esperando la Navidad.
A su lado, la Dra. Levin asintió.
—Esa es la idea. Habrá un laboratorio esperándonos en las instalaciones de la ONU fuera de Bogotá, y veremos lo que hay dentro.
Oía cómo ella intentaba no emocionarse demasiado por todo aquello. De hecho, la mayoría de científicos que había allí parecían estar tan contentos por haber encontrado esta roca extrañamente lisa como lo hubieran estado si hubieran encontrado algún tipo de nave espacial intacta, repleta de tecnología avanzada. Tal vez era simplemente que eran científicos, y una roca de algún modo les parecía más real. Seguramente, al ser de la NASA, estaban acostumbrados a examinar rocas del espacio exterior, mientras que las naves espaciales les parecían imposibles.
Aun así, Kevin esperaba que las cosas molaran mucho más cuando la abrieran. Tal vez dentro habría tecnología alienígena, o mensajes dejados allí como un mensaje dentro de una botella. A no ser que los alienígenas fueran realmente diminutos, dudaba de que hubiera alguno allí, pero tal vez eran así de pequeños, o habían encontrado una manera de entrar más en espacios que en los que deberían caber, o algo así.
Fuera lo que fuera, sería increíble.
Regresaron al lugar donde habían dejado los camiones, y ya había científicos que estaban recogiendo sus herramientas. Parecía que estaban tan ansiosos por regresar y abrir la roca que habían recuperado como lo estaba Kevin. Cuando habían sacado el equipo, habían sido delicados con él, pero ahora prácticamente lo lanzaban a la parte de atrás de los vehículos.
—Deberíamos meternos en los camiones —dijo la Dra. Levin—. Casi estamos listos para irnos, creo.
Kevin asintió y se dispuso a volver al jeep. Vio al profesor Brewster a lo largo del camino, e iba pasar de largo de él corriendo, pero para sorpresa de Kevin, el jefe del instituto de la NASA realmente parecía feliz. Prácticamente estaba bailando allí mismo por la emoción.
—Lo encontramos —dijo el Profesor Brewster—. Realmente lo encontramos. Esto es… sé que he sido duro contigo, Kevin, pero solo era porque quería estar seguro de esto. Desde que era… bueno, desde que tenía tu edad.
Kevin apenas podía creerlo; nunca hubiera esperado que el Profesor Brewster, de entre todos, tuviera un optimismo infantil.
Volvió corriendo al jeep donde Ted y su madre esperaban. Posiblemente por primera vez desde que esto había empezado, su madre tenía la asombro en el rostro que le daba a entender a Kevin que finalmente lo comprendía, que no lo estaba haciendo solo por el bien de Kevin. Ted parecía claramente un poco menos contento. Si Ted estaba preocupado por algo, no podía ser bueno. Al fin y al cabo, se había encarado con un caimán sin problemas.
Pero esto no podía afectar a la felicidad de Kevin. Todos los científicos habían venido con sus máquinas de prueba, pero él había sido el que había identificado el lugar donde estaba la cápsula alienígena. Parecía que de alguna manera fuera suya por esa razón, incluso mientras estaba dentro de un camión a unos veinte metros, vigilada por una mezcla de científicos y soldados de diferentes naciones. Parecía que cualquier cosa que pasara de ahora en adelante sería por su causa.
—¿Qué piensa que habrá dentro de la cápsula cuando la abramos? —preguntó Kevin.
Ted lo pensó durante unos segundos.
Podrían haber mandado una cápsula del tiempo llena de información. Tal vez esperan que alguien de por allí tenga la tecnología para revivirlos de lo que les pasó. Tendrías que preguntar a los científicos. Ellos sabrán más.
Tal vez sí. Como mínimo, la mayoría de ellos parecían estar hablando de esto, de manera que las radios de los convoys parecían animadas con especulaciones en diferentes idiomas. Kevin no los había oído tan emocionados desde que empezaron los mensajes. Tal vez era la parte en la que tenían algo más que una señal traducida por un chico de trece años. Tal vez les gustaba tener algo sólido para demostrar lo que estaba pasando.
Kevin no los podía culpar por ello. Incluso aunque él supiera que lo que estaba viendo era real, encontrar la roca había sido un especie de alivio. Había sido la prueba de cuánto significaba todo esto.
—¿Cuánto queda para llegar a las instalaciones de la ONU? —preguntó Kevin. Ahora solo quería llegar allí, para poder ponerse a mirar.
—Depende —dijo Ted—. Ya hemos visto lo difíciles que las carreteras pueden… joder.
Por un instante, Kevin pensó que debía haber otro bloqueo en la carretera. Entonces vio la franja de siluetas uniformadas sujetando pistolas.
Los miró fijamente, atónito. Kevin podía oír el parloteo de los demás en la radio mientras veían lo que estaba sucediendo. Incluso Ted parecía tenso. Aunque no sorprendido. En todo caso, parecía que lo esperaba.
—Demasiado tarde para dar marcha atrás —dijo Ted, reduciendo la velocidad del jeep—. Hay demasiada gente detrás nuestro. Parece que tendremos que hacerlo a las malas.
Detuvo el vehículo y se dirigió a Kevin.
—Parecen militares colombianos más que uno de los cárteles, así que no debería haber problema, pero si no es así, quedaos aquí y bajad la cabeza. ¿Entendido?
—Sí —dijo la madre de Kevin.
Ted miró a Kevin.
—¿Entendido?
—Vale —dijo Kevin. ¿Qué pensaba el antiguo soldado que iba a hacer?—. Esto… no nos van a disparar, ¿verdad?
—Seguramente no —dijo Ted.
—¿Cómo que seguramente no? —Eso no sonó muy tranquilizador. Kevin hubiera preferido “seguro que no” o incluso “no te preocupes por eso”.
Ted hizo una señal con la cabeza hacia donde el Profesor Brewster ya se estaba dirigiendo a la parte de delante del convoy.
—Imagino que depende de a quien dejemos que hable.
Bajó de un salto y Kevin vio a un grupo de otros tipos que pasaban también, o deseosos por ayudar, o queriendo demostrar que tenían algún tipo de autoridad allí, o tal vez solo queriendo ver qué estaba sucediendo.
Esa fue, desde luego, la razón por la que él se dispuso a salir del jeep.
—Kevin —dijo su madre—. Ted nos dijo que nos quedáramos en el vehículo.
—Lo sé, mamá —dijo—, pero no pienso que cambie mucho las cosas si hay alguna pelea.
—¡Kevin! —dijo su madre otra vez, mientras Kevin saltaba del jeep y empezaba a avanzar. Oía que su madre lo estaba siguiendo, pero él continuó. No se lo iba a perder.
Para cuando llegaron al grupo de los tipos armados, ya estaban discutiendo las cosas en un tono que parecía peligrosamente cercano a la violencia. Kevin había visto a los niños en la escuela cuando se habían pasado insultándose el uno al otro, y no querían dar marcha atrás porque pensaban que eso los haría parecer estúpidos. Siempre tenían esa sensación de no querer pelear, de que estaban asustados y de que todo eso era estúpido, pero iban a hacerlo de todas formas. Kevin nunca hubiera esperado oír a los adultos así, pero por lo menos algunos de ellos lo hacían.
—… Y yo le digo, Profesor, que esto es terreno soberano de Colombia —le estaba diciendo un hombre más mayor al Profesor Brewster—. ¿Me está diciendo que si este artefacto hubiera caído en territorio de EE. UU., nos permitirían llevárnoslo como están intentando hacer ustedes?
—No, por supuesto que no, General —respondió bruscamente el Profesor Brewster—. Porque nosotros tenemos las mejores instalaciones científicas del mundo.
—¿Está poniendo en duda la calidad del programa científico de Colombia? —preguntó el general.
—Estoy diciendo que no tiene ni una décima parte de los recursos que tenemos nosotros –respondió el Profesor Brewster.
Eso no pareció impresionar al hombre. En todo caso, solo pareció enojarlo.
—Así que ya está, ¿no? EE. UU. es el más grande y el más rico, ¿y por eso todos debemos doblegarnos ante lo que quiera? —Kevin vio que negaba con la cabeza—. Ya hemos tenido suficiente en el pasado. ¿Piensa que no reconozco a algunos de los hombres que hay aquí del pasado?
—De cuando nos invitaron —dijo Ted, yendo hasta ellos—. General Márquez, no oí que se quejara cuando estuvimos aquí ayudando a su país contra los cárteles.
—Y ahora se están sirviendo —dijo el hombre.
—Contactamos a través de vías diplomáticas —dijo el Profesor Brewster—. Les dijimos que íbamos a venir.
—Pero no esperaron a tener permiso —dijo el General Márquez. Kevin tenía la sensación de que todo esto estaba empeorando rápidamente, y de que él estaba atrapado en medio con adultos discutiendo a su alrededor. Adultos que indudablemente no iban a escuchar a alguien como él, y que parecían estar decididos a discutir y gritar hasta que todo esto acabara en violencia.
—Si me permite un segundo, señor —dijo Ted—, estoy seguro de que podemos poner a nuestro presidente al teléfono para usted, y para el suyo.
—¿Para que puedan ponerse de acuerdo para que hagamos lo que ustedes quieran a cambio de alguna concesión menor, de alguna promesa vacía? —exigió el general—. Nuestro presidente es un buen hombre, pero este es un asunto militar.
—Parece que podría convertirse en uno —dijo Ted. Lo extraño para Kevin era que no levantaba la voz, incluso en medio de una situación peligrosa como esta. El Profesor Brewster estaba sudando y Kevin notaba que él cada vez estaba más nervioso, pero parecía que el antiguo soldado estaba sencillamente… tranquilo.
Pero era un tipo de calma peligroso, y a Kevin le preocupaba casi tanto como todo el resto.
—Lo simplificaré —dijo el General Márquez—. El artefacto que transportan pertenece al pueblo colombiano. Tomaremos posesión de él. Si intentan detenernos para que no lo hagamos, los arrestaremos y los encarcelaremos. Ahora, apártense.
Se dirigió hacia el primero de los camiones del convoy, evidentemente con la intención de comprobar si había algo alienígena.
—No puedo permitir que toque ese camión, señor —dijo Ted y ahora, de algún modo, había un arma en su mano, apuntando directamente al general colombiano.
Al instante, había más pistolas apuntando a Kevin de las que Kevin había visto en su vida.
CAPÍTULO QUINCE
Kevin hacía todo lo que podía para no parecer asustado mientras docenas de armas lo estaban apuntando. No era fácil. La mayoría de las colombianas parecían apuntar a Ted, pero como Kevin no estaba tan lejos, para él no parecía haber tanta diferencia. Mientras tanto, los soldados por su parte, habían aprovechado la oportunidad para apuntar con sus armas a los colombianos. Lo que parecía una cosa unilateral se había convertido en un peligroso empate en cuestión de segundos.
—Aun así estamos mejor armados —dijo el General Márquez—. Si dispara, moriremos todos.
Ted se encogió de hombros.
—Con respeto, señor, usted moriría primero.
Se movió de manera que el general estaba entre él y los otros colombianos.
—¿Piensa que eso me importa? —exigió el General Márquez—. Algo así es más importante que usted, más importante que yo y, además, yo tengo una potencia de fuego superior.
—Entonces es bueno que llamara a la ayuda aérea —dijo Ted.
—Se está marcando un farol.
Pero Kevin oía el ruido de las palas de rotor a lo lejos, y parecía que todos los demás también. Debería haberle hecho sentir seguro, pero por lo que él podía ver, eso hacía toda la situación más peligrosa. Solo incrementaba la cantidad de gente que podría decidir abrir fuego en el momento equivocado.
Como era de esperar, un helicóptero apareció por encima de los árboles, con un aspecto angular y con pinchos que eran armas. Kevin se puso a pensar en la llamada de teléfono que Ted había hecho antes. Esperaba que esto sucediera o, al menos, algo así. Alzó la vista hacia él, después alrededor, a todos los hombres con pistola apuntándose los unos a los otros. Unos cuantos segundos más y podría haber balas volando por todas partes.
Así que Kevin hizo lo único que podía hacer y se metió entre Ted y el general.
—Sal de aquí, Kevin —dijo Ted.
—Deberías apartarte —le dio la razón el General Márquez.
Kevin negó con la cabeza.
—No.
—¡Keeeevin! —exclamó su madre desde más atrás, pero un par de investigadores la cogieron por los brazos cuando empezaba a avanzar—. ¡Sal de ahí!
Kevin no se movió. Miraba de Ted al general colombiano, quedándose entre los dos mientras, arriba, el helicóptero planeaba en una amenaza constante.
—Los dos se están comportando como idiotas —dijo Kevin. No era como se suponía que debías hablar a los adultos, desde luego no a los que iban tan armados, pero por lo que Kevin podía ver, era simplemente la verdad.
—Tú no entiendes lo que está pasando aquí, Kevin —dijo Ted.
—Tiene razón —le dio la razón el General Márquez—. Tú no entiendes las consecuencias de esto.
¿Por qué los adultos siempre pensaban que eran los únicos que entendían las cosas? ¿Por qué pensaban que los chicos como Kevin eran estúpidos?
—Usted no quiere que un grupo de gente de fuera de Colombia venga y se lleve lo que es suyo, o le diga qué hacer —dijo Kevin—, pues es como si dijeran que son mejores que usted. Y Ted no quiere abandonar la cápsula en parte porque piensa que nosotros hemos hecho la mayor parte del trabajo en encontrarla, en parte porque piensa que nos hará parecer débiles si la dejamos ir y en parte porque tiene órdenes y es la clase de personas que las seguirá pase lo que pase. Todo esto es estúpido.
Ted inclinó la cabeza hacia un lado.
—Kevin no está del todo equivocado. Yo, en efecto, tengo órdenes.
—Y yo realmente no quiero que Colombia se vea insultada porque los americanos nos quiten este artefacto —dijo el General Márquez—. Ya han interferido demasiado en nuestro país.
—Así que los dos están siendo tercos —dijo Kevin. No parecía bien, hablar así a los dos adultos, pero sencillamente era la verdad y, de todos modos, si no lo hacía, seguramente les iban a disparar a todos. Esta parecía una buena razón para continuar, así que señaló a los científicos—. Mirad todos los países diferentes que están trabajando juntos aquí. Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué ustedes no?
—¿Qué sugieres tú? —preguntó el General Márquez.
Por lo menos, para esto Kevin tenía una respuesta.
—Íbamos a llevar la cápsula a algún lugar de la ONU…
—Al centro WHO —suplió Ted.
—Entonces, ¿por qué no hacerlo? —preguntó Kevin—. Parecería que todo esto estaba sucediendo porque ustedes lo permitían, y ustedes podrían estar allí cuando lo abriéramos. Todo el mundo lo vería.
—Las cámaras incluidas —dijo Ted. Él bajó su arma—. Oí que está pensando en dar el paso a la política, General.
El general se quedó callado durante varios segundos mientras lo pensaba, y Kevin pensó que ahora entendía algo.
—No les haría parecer débiles —dijo—. Parecería que ustedes eran los responsables de dar esto al mundo. Se envió a la Tierra, a ningún país concreto. Es para todo el mundo. No es algo que se pueda poseer.
El General Márquez pensó un poco más y después asintió.
—Muy bien. —Llamó a sus hombres en español, y estos bajaron sus armas—. Les acompañaremos a las instalaciones de la ONU y observaremos cómo abren este artefacto allí. Has sido muy valiente, muchacho.
Kevin sintió un sonrojo de orgullo ante eso, aunque al girar la vista atrás, la cara de su madre le dio a entender el problema que tenía al ponerse en peligro. Ted le rodeó los hombros con el brazo y lo llevó de vuelta al jeep.
—Bien hecho —dijo—, pero jamás vuelvas a hacer algo tan estúpido. Podrían habernos matado a todos.
Podrían haberlo hecho, pero no fue así. Aún mejor, todos los camiones empezaban a circular en su convoy, se dirigían hacia un lugar donde por fin podrían descubrir qué era lo que los alienígenas habían mandado a la Tierra desde su mundo.
—Vamos a poder abrir la cápsula —dijo Kevin. No podía esconder la emoción en su voz.
—Así es —le dio la razón Ted y, por una vez, parecía tan emocionado como Kevin—. Vamos a ver lo que los extraterrestres nos mandaron.
CAPÍTULO DIECISÉIS
Kevin no le sacaba los ojos de encima al camión que llevaba la cápsula de vuelta a Bogotá. Casi sentía que, si apartaba la vista por un momento, uno de los diferentes grupos que había pasado tanto tiempo discutiendo por ella intentaría cogerla.
—No va a desaparecer —dijo Ted—. Hiciste un buen trabajo al convencer a todos para trabajar juntos en esto, Kevin.
Kevin quería creerlo, pero la cápsula había aparecido casi de la nada, ¿verdad? ¿Por qué no iba a encontrar una manera de desaparecer del mismo modo? ¿Por qué no iban a quedarse mirando fijamente a un espacio vacío, mientras esperaban todos los secretos que los alienígenas les habían preparado?
—Irá bien, Kevin —dijo su madre, poniéndole una mano sobre el hombro—. Tú ya has hecho la parte difícil.
Kevin lo comprendía pero, aun así, vigilaba el camión. No solo porque quería asegurarse de que no pasaba nada. Era más por la promesa y la necesidad de esperar. Parecía como esperar a la mañana de Navidad y un viaje a la consulta del médico, todo mezclado. No le quitó los ojos de encima hasta que vio Bogotá más adelante.
—Las instalaciones de la ONU están un poco más adelante —dijo Ted, señalando.
El edificio que tenían delante parecía unos cincuenta años más moderno que la mayoría de edificios que lo rodeaban, construido con vidrio y acero, mientras que las casas que lo rodeaban parecían algo pintorescos y anticuados. Había un recinto alrededor, lleno de soldados con cascos azules. No hicieron ningún movimiento para parar al convoy cuando se dirigía hacia el recinto, y Kevin imaginó que debían haber llamado con antelación para comunicar lo que venía.
Eso significaba que no había ninguna posibilidad de traerla discretamente. Ya había personal de la ONU allí, mirando al convoy mientras aparcaba, mientras Kevin veía lo que parecían reporteros atascados detrás de una barrera, que apenas mantenían la distancia por la presencia de los soldados. Apuntaban con cámaras y los flashes se dispararon cuando el convoy paró en seco. Kevin se atrevió a suspirar aliviado. Habían llegado aquí. Tenían la cápsula.
Observaba mientras un grupo de investigadores de aspecto fuerte la llevaban dentro, cubierta con una manta para que las cámaras no pudieran ver mucho.
—Ojalá no tuvieran que esconderla —dijo Kevin.
Ted miró de la cápsula a las cámaras.
—Algo me dice que no podrán hacerlo por mucho tiempo. Venga, vamos dentro.
Kevin bajó del jeep con un salto y partió con Ted, su madre, y todos los demás hacia el recinto de la ONU. No se sorprendió al encontrar más reporteros que, evidentemente, habían decidido dejar la oportunidad de una primera foto para estar en una posición mejor para gritar preguntas una vez entraran todos.
—¿Es cierto? —gritó uno—. ¿Habéis encontrado una nave espacial alienígena?
El Profesor Brewster pareció pensar que era evidente que debía responder , y dio un paso al frente para hacerlo.
—Hola, soy el Profesor Brewster de la NASA. Hemos encontrado algo en el bosque lluvioso pero, por el momento, no podemos decir exactamente qué es. Mi gente no va a contestar ninguna pregunta sobre ello ahora mismo, pero en breve habrá una rueda de prensa, donde examinaremos públicamente el artefacto que encontramos.
La prensa continuó disparándole preguntas, pero el Profesor Brewster las ignoró y anduvo hacia el edificio principal del recinto. Kevin y los demás se apresuraron para seguir su ritmo.
—¿De verdad que vamos a ir directos a una rueda de prensa? —preguntó la Dra. Levin. Para Kevin, no parecía muy descontenta por ello, solo sorprendida.
—Las cosas han avanzado con bastante rapidez —dijo el Profesor Brewster—. Las discusiones sobre quién iba a trabajar en la roca se estaban volviendo bastante… vocales.
Kevin había esperado que después de todo lo de la carretera, los científicos pudieran llevarse mejor que eso.
—Se decidió que la única manera de evitar más problemas era resolver la situación aquí. Habrá una rueda de prensa para anunciarlo y, ya que muchos de mis compañeros están presionando para ello, pediremos que se haga una incisión para discernir los contenidos.
—¿Van a abrirla de verdad? —preguntó Kevin. No estaba seguro de si lo harían o no.
—Bajo condiciones estrictamente controladas —dijo el Profesor Brewster—. No podemos arriesgarnos a una contaminación potencial, tanto de la roca como del entorno que la rodea. La sala en la que realizaremos la abertura será un lugar sellado.
Se marchó para organizarlo y Kevin sentía que su emoción crecía.
—Van a abrirla de verdad —dijo con una sonrisa. Eso molaba mucho.
—Y nosotros vamos a ser parte de esto —dijo la Dra. Levin.
—¿Necesitarán que Kevin sea parte de la rueda de prensa? —preguntó la madre de Kevin.
—Seguramente —dijo la Dra. Levin—. Merece serlo, ¿no cree?
La madre de Kevin asintió.
—Lo merece. Después de todo esto, lo merece.
***
La sala de prensa era una gran sala de conferencias, evidentemente diseñada para contener grandes cantidades de gente. Aun así, parecía abarrotada cuando Kevin entró, tan llena de reporteros e investigadores que era casi imposible meterse a presión entre ellos. Habían instalado una pantalla en la pared del fondo, que mostraba un laboratorio de paredes blancas, en el que la cápsula estaba sobre una mesa de metal, flanqueada por un trío de investigadores. Llevaban unos trajes blancos de plástico que Kevin imaginó para evitar que contaminaran la cápsula. También llevaban mascarillas y gafas de protección.
Al frente de la sala de conferencias, había una mesa larga con una variedad de hombres y mujeres de aspecto serio sentados tras ella. Kevin reconoció a algunos de ellos por su expedición, y el General Márquez estaba en el centro de todos ellos. Kevin, la Dra. Levin y el Profesor Brewster fueron a unírseles.
—Gracias a todos por venir —dijo el Profesor Brewster—. Como probablemente ya sabrán a estas alturas, acabamos de regresar hace poco de una expedición científica en el bosque lluvioso de Colombia. Durante esa expedición, encontramos el objeto que ven.
—¿Qué es? —exclamó uno de los reporteros.
—¿De dónde vino? —exigió otro.
El Profesor Brewster hizo una pausa antes de responder a eso. Kevin se preguntaba cómo debía ser para él tener que decir algo que parecía imposible, aunque supiera que era verdad.
—Tenemos razones para creer que esta roca es una cápsula enviada por una civilización alienígena —dijo el Profesor Brewster.
Se oyeron soplidos por toda la sala, y todos los reporteros empezaron a hacer preguntas a la vez. El Profesor Brewster alzó las manos para pedir silencio.
—A estas alturas ya estarán al tanto de que la NASA ha estado recibiendo mensajes de una civilización alienígena —dijo—. Han sido descodificados por Kevin McKenzie y, basándonos en ellos, pudimos localizar este… objeto.
Hizo un gesto hacia Kevin y, casi de forma instantánea, a Kevin lo cegaron los flashes de docenas de cámaras.
—Con la cooperación del gobierno colombiano y un grupo internacional de científicos —continuó el Profesor Brewster—, recuperamos el objeto y lo trajimos aquí.
Hizo que sonara como si todo hubiera sido más pacífico de lo que fue, pero Kevin imaginaba que esa era la historia que todos querían contar, de trabajar juntos y ayudarse el uno al otro. No parecía una mala historia, si realmente animaba a la gente a hacerlo la próxima vez.
—Vamos a realizar pruebas preliminares al objeto —dijo el Profesor Brewster—. Y, sujeto a los resultados, por supuesto, abriremos la cápsula de acuerdo con los mensajes que hemos recibido.
De nuevo, un alboroto de emoción corrió por la sala. Desde luego, la emoción recorría a Kevin. Toda esa charla ahora era frustrante. Él quería ir al instante ene l que realmente abrían la cápsula y veían lo que había dentro. Intentaba imaginar lo que había allí, pero lo cierto era que era imposible de imaginar. Podría haber cualquier cosa desde imaginación codificada en un superordenador escondido hasta viales con material vivo… cualquier cosa.
—Kevin —gritó uno de los reporteros—. ¿Qué crees que supondrá todo esto? ¿Continúas recibiendo mensajes? ¿Qué impacto piensas que tendrá en la humanidad?
—No lo sé —respondió Kevin—. Imagino… imagino que me gustaría que esto fuera una especie de nuevo comienzo para la gente. Si sabemos que hay extraterrestres por allí, supongo que tendremos que pensar en quiénes somos nosotros.
Habría muchos cambios en el mundo, y la parte más triste era que probablemente él no estaría ahí para ver la mayoría. Ni tan solo ese pensamiento podía hacer a un lado la emoción. Quería ver qué había dentro de la roca. Para entonces, pensaba igual que todo el mundo.
—Si no hay más preguntas —dijo el Profesor Brewster—, iniciaremos el proceso de pruebas.
Hizo una señal a los científicos que había en la pantalla, que empezaron a trabajar con aparatos de los que Kevin no sabía el nombre. Kevin aguantaba la respiración mientras lo hacían.
—Los rayos X no parecen concluyentes —dijo uno de los científicos—. Puede que sea sólida, pero es difícil decir cómo se vería un resultado normal para un objeto como este.
—La espectrometría sugiere una composición coherente con un origen más allá de la Tierra —dijo otro—. Similar a varias composiciones de nuestra base de datos.
Kevin sintió que sus esperanzas crecían con eso, mientras otra ola de ruido giraba por la habitación. Parecía que los reporteros que había allí querían descubrir lo que había dentro de la cápsula tanto como él entonces.
—Dados nuestros datos preliminares —preguntó el Profesor Brewster a los científicos de la pantalla—, ¿existe alguna razón por la que no deberíamos intentar abrir el objeto?
Para Kevin, parecía que estaba intentando parecer tan tranquilo y autoritario como fuera posible. Kevin principalmente solo deseaba que se dieran prisa. No estaba seguro de cuánto tiempo podría estar allí sentado, esperando a que hicieran lo que todos sabían que querían hacer.
—No hay peligros evidentes —dijo el científico al otro lado del enlace de vídeo—. La estructura de la roca parece suficiente para sobrevivir al proceso, y las medidas de seguridad adecuadas están en orden.
Para Kevin, parecía una manera de decir con mucha palabrería que podían hacerlo, pero lo principal era que lo estaban diciendo.
—Muy bien —dijo el Profesor Brewster—. Empiecen a cortar en la roca.
Hizo una señal con la cabeza a los científicos de la pantalla, ellos se dirigieron hacia la roca y la sujetaron para que no se moviera de modo que pudieran trabajar en ella. Uno refresó con una sierra eléctrica, que parecía demasiado grande para que pudiera sujetarla una persona. Parecía el tipo de cosa que podía cortar el hormigón o el metal con facilidad.
Kevin medio esperaba que rebotara de la superficie de la roca a pesar de ello. Pensaba que una cápsula alienígena lo suficientemente resistente para venir desde el sistema Trappist 1 debería ser lo suficientemente resistente para resistir a una sierra.
Pero la sierra se clavó en ella, las chispas y el polvo volaban mientras mordía la roca.
—Nos estamos encontrando con cierta resistencia —dijo uno de los investigadores—. Puede que tengamos que cambiar a una hoja más pesada.
Continuaron, primero haciendo una incisión alrededor de la roca como si esperaran que se abriera como un huevo de Pascua en el momento en que lo hicieran y, después, estrellando la sierra contra ella cuando esto no sucedió. Continuaron hasta que el polvo casi llenaba la pantalla, para despejarse lentamente y mostrar las dos mitades de la cápsula dividida cuidadosamente.
Kevin miraba fijamente esa imagen, e imaginaba que todos los que estaban allí y alrededor del mundo la estaban mirando fijamente en ese momento, intentando entenderlo. La miró hasta que le dolieron los ojos, intentando identificar los detalles que le dijeran qué les habían mandado los alienígenas. ¿Qué había dentro de la cápsula? ¿Qué era tan importante que lo habían mandado hacía años luz, a un mundo completamente diferente?
La miraba fijamente con esperanza primero, después con incredulidad.
Lo que estaba viendo simplemente no tenía sentido.
CAPÍTULO DIECISIETE
Kevin oía el murmullo de los científicos y los reporteros alrededor de la sala cuando empezaron a darse cuenta de lo mismo que Kevin.
El interior de la “cápsula” solo era una superficie sólida y rocosa. No había ningún hueco, ninguna señal de alguna tecnología avanzada. La roca que los científicos acababan de cortar era…
…bueno, era una roca.
Al instante, hubo un clamor, cuando un centenar de reporteros gritaban preguntas simultáneamente. En la pantalla, los científicos parecían igual de estupefactos, quietos allí como si no supieran qué hacer a continuación.
—¿Cómo querría que prosiguiéramos, Profesor Brewster? —preguntó uno—. ¿Profesor Brewster?
No respondía. Por lo que Kevin podía ver, estaba demasiado ocupado allí de pie colorado, sin saber cómo responder.
—Profesor Brewster, ¿qué está pasando? —exclamó un periodista por encima de los demás.
—¿Es esto una especie de broma? —consiguió gritar otro.
—¿Por qué está vacía esta roca? —chilló un tercero.
Kevin vio que el Profesor Brewster miraba alrededor como si hubiera alguien que pudiera tener todas las respuestas para él. Parecía tan avergonzado en ese momento que Kevin realmente sentía pena por él.
—Yo… no… —dijo el Profesor Brewster. Negó con la cabeza—. Lo siento, pero ha habido algún error…
***
Kevin nunca se había sentido tan decepcionado como se sentía en el vuelo de vuelta a San Francisco con los demás. Se dirigían de vuelta al instituto, porque tenían equipamiento que devolver y porque el Profesor Brewster había dicho algo acerca de que quería hacer un informe adecuado allí. pero, ahora mismo, una parte de Kevin quería irse corriendo a casa y esconderse.
Estaba allí sentado, esperando la sensación que venía antes de una señal, esperando que hubiera alguna especie de respuesta, una explicación, pero no había anda. No la había habido desde hacía tanto tiempo, que costaba recordar que las señales habían sido reales, que no habían sido solo un producto de su imaginación. Se acurrucaba en sí mismo, sin estar seguro de qué pensar, o qué hacer ene se momento.
Tal vez fuera por los auriculares, pero allí no le molestaba nadie. Su madre estaba sentada a su lado en el avión. Todos los demás parecían mantener la distancia, incluso personas como Phil, Ted y la Dra. Levin, como si alguien les hubiera advertido que nos e acercaran demasiado, diciéndoles que esto les dañaría por la asociación con el fracaso de Kevin.
Porque era suyo. Él había sido el que había descodificado todas las señales. Él había sido el que los había llevado hasta América del Sur, y después hasta el lugar en el que el meteorito estaba dentro del pequeño lago. Algo había ido mal en algún momento, y Kevin no podía evitar sentir que había sido él el que se había equivocado.
—No te culpes —insistió su madre, evidentemente imaginando lo que Kevin estaba pensando—. Tú no podías saber que acabaría así. Tal ves todos deberíamos haber sido más cautelosos al seguir con eso.
Eso sonó como si su madre se culpara a sí misma por haber llevado a Kevin al SETI para empezar. Tal vez pensaba que debería haber sido más firme con eso.
—No sé qué salió mal, mamá —dijo Kevin—. Quiero decir, yo sí que oí las señales. Y encontramos la cápsula justo donde dijeron que estaría.
—Encontramos algo —le corrigió su madre cuidadosamente—. Tal vez estábamos tan ansiosos por encontrarlo que dimos por sentado que sabíamos lo que era. Todos nos convencimos.
Salvo que había sido Kevin el que los había convencido, pues había sido él el que había oído las señales. Y eran reales. Habían llegado a través del equipo de escucha del instituto. Todo el mundo las había oído. En tal caso, ¿por qué la cápsula no estaba donde debería estar?
—¿Qué pasará ahora con la cápsula? —preguntó Kevin.
—No lo sé —dijo su madre—. Me pareció ver que la cargaban en el avión. Imagino que ahora que es solo una roca a nadie le importa a quién pertenece. Pero eso ahora mismo no importa. Lo importante es que te traemos de vuelta a salvo.
Algo en el modo en que lo dijo le decía a Kevin que su madre estaba preocupada por si lo podría hacer. Parecía como si esperara problemas, y Kevin no podía entender el porqué.
Pero lo entendió en cuanto aterrizaron, bajaron del avión y fueron a la zona de llegadas. Casi tan pronto como lo hicieron, un muro de voces le golpeó y los flashes de las cámaras se disparaban por todas partes.
—¿Por qué lo hiciste, Kevin? —exclamó una reportera.
—¡Dinos que no es un fraude! —gritó un hombre hacia el fondo.
—¡Nosotros te creíamos!
Allí había reporteros, pero también había otras personas, algunas con pancartas, algunas solo gritando. Nadie de los que estaban allí parecía alegrarse de ver a Kevin. Rodeaban a los científicos, echándoseles encima mientras empezaban a descargar sus herramientas. El meteorito estaba en algún lugar por allí en medio. Ahora que no había ninguna señal de los alienígenas, a nadie le preocupaba si lo devolvían a las instalaciones de la NASA.
—¿Es correcto que el público pague todo esto cuando ustedes se marchan a Colombia detrás de unas rocas? —exclamó un reportero—. ¿No piensan que esto una pérdida de dinero que podría haberse gastado en las escuelas o en las fuerzas armadas?
La gente avanzaba hacia delante, todavía gritando preguntas y, por uno o dos instantes, Kevin sintió que le apretaban por todos lados. Perdió de vista a su madre en la multitud y después fue como si se lo tragaran los flashes de las cámaras, las preguntas venían tan rápido que casi eran ensordecedoras.
—¿Por qué mentiste, Kevin?
—¿Era solo para llamar la atención?
—¿Fue todo a causa de tu enfermedad?
Kevin tenía la cabeza baja, sin saber qué decir. Buscaba un lugar por donde escapar de la multitud, pero a todas partes a donde miraba había gente mirándolo a él con gestos acusadores. Algunos lo agarraban; no los reporteros, aunque estos estaban muy contentos de hacer fotos mientras la gente con las pancartas lo hacía.
—¡Farsante! ¡Mentiroso!
Kevin se acurrucó más, y sentía que en cualquier minuto podría caer al suelo bajo el peso de todos ellos, empujado por toda aquella cantidad de gente a su alrededor. Otra mano se aferró a él, pero esta lo sujetó, empujándolo a través de la multitud. Kevin vio a Ted allí, empujando a todo el que se acercaba demasiado, con la mano alzada para interponerse con los flashes de las cámaras.
—¡Continúa avanzando! —exclamó por encima del ruido—. ¡Hay un coche esperando fuera!
Kevin hacía todo lo que podía, no paraba mientras Ted cortaba camino a través de los reporteros como alguien que se abre camino a través de la nieve profunda. Kevin se apresuró a meterse en aquel espacio antes de que se cerrara de nuevo, siguiendo mientras luchaban por avanzar hacia la entrada principal del aeropuerto.
—¡Aquí! —dijo Ted, señalando hacia donde había una minifurgoneta esperando, la madre de Kevin y media docena de científicos ya estaban dentro. Entonces hubo un breve espacio de tiempo y Kevin corrió hacia el vehículo y saltó dentro, al lado de su madre. Ella se agarró a él como si tuviera miedo de que si lo soltaba, desaparecería. Por una vez, Kevin no se quejó.
Ted conducía y se metió en un convoy de vehículos que, en algunos aspectos, parecía tan tenso como el del bosque lluvioso. Kevin vio unos coches que se acercaron y bajaban las ventanillas para dejar más cámaras al descubierto, pero Ted continuaba caminando.
Parecía que no llegaban nunca a las instalaciones de la NASA. Las multitudes que ya la habían rodeado antes todavía estaban allí, pero ahora no tenían curiosidad, estaban enfadados. Kevin los oía gritar mientras entraban con el coche y, cuando Ted se detuvo delante de las puertas del instituto, Kevin entró corriendo sin dudarlo. Ni tan solo intentó hablar con ellos, explicarse. No estaba ni seguro de tener una explicación. En su lugar, Kevin volvió corriendo a su habitación dentro de las instalaciones. Ignoró a su madre mientras esta lo seguía y se quedó allí sentado esperando que, de algún modo, algo de esto tuviera sentido.
Cuando no fue así, se fue a una de las salas de las salas de juegos y usó un ordenador que había allí para llamar a la única persona que podría entender lo que le estaba pasando.
Luna parecía preocupada cuando Kevin la llamó y Kevin podía imaginar el porqué.
—Viste las noticias —dijo.
—Creo que todo el mundo vio las noticias —respondió Luna—. No lo entiendo. Pensaba que se suponía que era algo especial… no sé… cosas de extraterrestres.
—Yo también lo pensaba —dijo Kevin—. Ahora… Yo estoy seguro de que entendí bien las señales.
—No empieces con eso —dijo Luna, con su voz firme—. No empieces a dudar de todo esto. Yo estaba allí cuando viste los números, ¿recuerdas? Yo sé que es real.
Se sentía bien de que lo creyeran, sobre todo Luna. Había algo reconfortantemente sólido en la opinión de Luna. Era la persona en el que la gente podía haberse basado, decidida y fuerte. Ahora mismo Kevin necesitaba eso.
—Podría ser que no quisieras volver a tu casa ahora mismo —dijo Luna—. ¿Sabes cuántos reporteros ha habido a su alrededor desde que esto empezó?
Kevin asintió.
—Bueno, ahora hay dos veces más, más un montón de otras personas que no parecen contentas. Es como una multitud o algo así.
—Es porque yo les di un sueño —dijo Kevin—. Y creen que les mentí.
—Bueno, no deberían culparte a ti—dijo Luna—. Quiero decir, yo estuve mirando las noticias. El mismo Profesor Brewster dijo que la roca era del espacio exterior.
Pero eso no bastaba, ¿verdad?
—Pero no creo que eso mejore las cosas —dijo Kevin—. Dirán que solo era un meteorito fortuito. Hay muchos de esos.
De hecho, él sospechaba que esto empeoraría las cosas, porque si había una persona a la que no le gustaba que la hicieran parecer estúpida, era…
—Kevin —gritó su madre desde la puerta. Estaba allí con Phil—. Tienes que venir con nosotros. El Profesor Brewster quiere hablar contigo y conmigo.
Kevin tragó saliva, pues se parecía demasiado a cuando el director quería hablar con alguien en la escuela.
—Parece ser que me tengo que ir —le dijo Kevin a Luna.
—Vale —respondió Luna—. Pero recuerda, no es culpa tuya.
Kevin intentaba recordarlo mientras caminaba por el edificio con su madre y con Phil. Normalmente, el investigador habría estado bromeando, pero ahora tenía una mirada seria, apenas decía nada, solo les abría las puertas cuando tenía que hacerlo. Cuando entraron al despacho del profesor Brewster, Phil no dijo nada, solo dio la vuelta y se marchó.
—¿De qué va esto? —preguntó Kevin a su madre.
—Creo que muchas personas están heridas por lo enfadada que está la gente con ellas —dijo ella—. Todos creían que encontrarían alienígenas y… no lo hicieron, Kevin. —Le cogió la mano—. Tienes que estar preparado. Yo… no creo que esto sea bueno.
Entraron al despacho del Profesor Brewster. Les estaba esperando, sentado detrás de su mesa, con aspecto formal, incluso solemne. No dijo hola cuando entraron, solo hizo un gesto a Kevin y a su madre para que se sentaran en dos sillas que había delante de su mesa.
—Kevin —dijo—. Sra. McKenzie, tenemos que hablar. —Hizo una pausa, mirando a Kevin como si intentara ver en su interior—. Kevin, tengo que preguntártelo, ¿te inventaste todo esto?
—¿Cómo se atreve a preguntarle eso a mi hijo? —exigió su madre, medio levantándose de la silla—. Kevin no es un mentiroso.
—Por favor, siéntese, Sra. McKenzie —dijo el Profesor Brewster—. Kevin, ¿te lo inventaste?
Kevin no podía creer que se lo estuviera preguntando.
—No –dijo Kevin, negando con la cabeza.
—¿Estás seguro?
—Esto está fuera de lugar —dijo la madre de Kevin—. No tiene derecho a preguntar esto.
El Profesor Brewster juntó las puntas de los dedos de ambas manos.
—Dada la cantidad de dinero que el gobierno ha puesto en este proyecto, no solo tengo el derecho de preguntarlo, sino que tengo la obligación. ¿Kevin?
—Usted oyó las señales —dijo Kevin—. ¡No lo inventé!
—Oí las señales, sí —dijo el Profesor Brewster—. Pero tú eras el único que podía “traducirlas” y el espacio está lleno de rarezas electromagnéticas.
—No me lo inventé —dijo Kevin—. Les di los números de las coordenadas. Les di información sobre los planetas que nadie más sabía.
—Que podrías haber memorizado —dijo el Profesor Brewster. Miró a la madre de Kevin—. Tal vez usted le ayudó.
—¿Me está acusando de algo? —replicó la madre de Kevin.
—Solo estoy apuntando la posibilidad —dijo el Profesor Brewster. Suspiró—. Como hacen muchas otras personas. Lo cierto es que viniste a nosotros y nosotros arrojamos recursos en ti que no deberíamos. Te proporcionamos asistencia médica, pruebas… y ahora tengo a gente importante llamándome para preguntar si todo esto era una broma.
—No lo era —insistió Kevin. ¿Por qué la gente no le creía ahora?
—Entonces ¿por qué no había más que roca cuando cortamos esa “cápsula” tuya? —preguntó el Profesor Brewster.
—Yo… no lo sé —confesó Kevin. Debería haber habido más. No lo comprendía—. Usted dijo que era del espacio.
Vio que el Profesor Brewster hacía un gesto de dolor ante eso.
—No me lo recuerdes. Puse mi reputación en juego al apoyarte, Kevin. Me puse en pie delante de la gente y les dije que decías la verdad. Pero muchas rocas son del espacio. En todo momento, los fragmentos del espacio acribillan la Tierra. Tenemos cazadores de meteoritos que los venden por Internet. El hecho es que este no tenía ninguna evidencia de los extraterrestres que tú prometiste.
Kevin intentó recordar lo que Luna había dicho.
—Eso no es culpa mía.
El Profesor Brewster puso las manos planas sobre la mesa y negó con la cabeza.
—La verdad es que, a estas alturas, eso no importa —dijo—. El hecho es que tu presencia aquí se ha vuelto tóxica para este edificio. la gente poderosa esperaba resultados de nosotros, y no pudimos dárselos. Ya estoy teniendo llamadas dando a entender que nos cortarán nuestra financiación si no cortamos todos los lazos contigo enseguida.
Kevin intentaba encontrarle el sentido.
—¿Me… me está echando?
El Profesor Brewster tenía una expresión imperturbable.
—No sé si lo fingiste o no, pero te diré una cosa: el FBI ya está investigando si tú y tu madre cometisteis crímenes con vuestras acciones aquí. Lo mejor que podéis hacer ahora mismo es marcharos, los dos. No os llevaréis nada, y recibiréis una factura en su debido tiempo por todos los servicios médicos que proporcionamos.
—Vamos, Kevin —dijo su madre—. Nos marchamos.
Consiguió que sonara como algo que habían escogido hacer, en lugar de algo que prácticamente les habían ordenado que hicieran. Marchaba con rabia por los pasillos que llevaban fuera del edificio y, si Kevin no hubiera podido ver las lágrimas en el rabillo de sus ojos, podría haber creído que realmente estaba furiosa y no dolida.
Pasaron por delante de la Dra. Levin, que medio apartó la vista de ellos. Kevin se paró delante de ella, con la esperanza de que ella podría solucionar todo esto.
—Dra. Levin… —empezó.
La directora del SETI no le dio tiempo para que terminara.
—Lo siento, Kevin. Oí lo que pasó.
—Usted podría hablar con el Profesor Brewster —dijo.
La Dra. Levin negó con la cabeza.
—No creo que David me escuchara ahora mismo. Perdí mucha de mi credibilidad por aquí, al traeros hasta ellos.
—Pero no me lo estoy inventando —insistió Kevin.
La Dra. Levin suspiró.
—Sé que tú lo crees, Kevin —dijo—. Solo que… Tal vez debería haber comprobado las cosas con más cuidado. Tal vez descubriste las cosas de otro modo, y ni tan solo te diste cuenta.
—No lo hice —insistió Kevin.
Su madre lo cogió por el brazo.
—Vamos, Kevin. Hemos acabado aquí. No s vamos a casa.
Lo apartó de la Dra. Levin y, cuando Kevin giró la vista hacia la científica, la Dra. Levin no lo miraba. Los dos continuaron hasta la salida y salieron, hacia el ruido de las preguntas que se gritaban desde todos los ángulos.
Ante su sorpresa, Ted estaba esperando allí, al lado del coche de la madre de Kevin. Debía habérselo llevado hasta allí.
—¿También está aquí para dudar de la honestidad de mi hijo? —preguntó la madre de Kevin, metiéndose entre él y Ted.
Para sorpresa de Kevin, o tal vez no, Ted negó con la cabeza.
—Nada de eso. Yo solo quería hablar con él.
La madre de Kevin parecía no estar segura, pero Kevin le puso una mano sobre el brazo.
—No pasa nada, mamá —dijo—. Yo confío en Ted.
Aunque también había confiado en muchos científicos. Alzó la mirada hacia Ted.
—No me lo inventé —dijo.
—Nunca dije que lo hicieras —respondió Ted—. La gente cambia lo que piensa para adaptarse. Se decepcionan porque las cosas no salen bien, y buscan a alguien a quien culpar. Empiezan a pensar que la prueba que han visto con sus propios ojos deber de ser una trampa.
Extendió la mano y Kevin la tomó.
—Gracias, Ted.
—Cuídate —dijo Ted—. E… intenta no dejar que las cosas que van a decir te afecten demasiado, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —prometió Kevin.
Pero no sabía cómo podía evitarlo. Había prometido extraterrestres al mundo y había fracasado.
Realmente había fracasado.
—¿Era un impostor, al fin y al cabo? ¿Se lo había imaginado todo inconscientemente?
CAPÍTULO DIECIOCHO
Cuando volvieron, había reporteros rodeando la casa de Kevin. Reporteros y manifestantes, e incluso unos cuantos policías, que evidentemente estaban allí para mantener a distancia a los demás. Kevin tenía la cabeza baja en el asiento del acompañante en el coche de su madre, con la esperanza de que nadie lo viera, pero no había ninguna esperanza real. En el momento en el que vieron frenar al coche, la masa de gente lo rodeó y el coche prácticamente brillaba con el resplandor de los flashes de las cámaras.
—Cuando abra tu puerta, no pares —dijo su madre. Ella salió y Kevin se preparó.
Ella abrió la puerta de su lado y rodeó a Kevin con un brazo protector, a pesar de que era más alto que ella.
—Apártense —les chilló—. Fuera de mi propiedad.
Los reporteros retrocedieron un poco, pero la presión de la gente apenas disminuyó. Kevin se cogía fuerte a su madre mientras luchaban por abrirse camino. Los polis que había allí chillaban a la gente para que se echara para atrás, pero no hicieron ningún movimiento para ayudar a los dos físicamente. Kevin tenía la sensación de que probablemente estaban igual de enfadados que todo el mundo por lo que había pasado. ¿Cuántos de ellos habían creído que estaban a punto de hablar directamente con los alienígenas? ¿Cuántos de ellos ahora lo odiaban porque la cápsula no había sido lo que esperaban?
Él y su madre empujaban para abrirse camino, empujando al pasar por delante de la gente que los agarraban, exigiendo respuestas a preguntas para las que Kevin no tenía una respuesta.
—¿Por qué no había extraterrestres?
—¿Por qué hiciste todo esto?
—¿Sabes a cuánta gente has hecho daño?
Kevin vio que su madre se giraba hacia ellos con rabia, e intentó tirar de ella, pero era demasiado tarde para hacer algo al respecto.
—¡Dejad en paz a mi hijo! —gritó—. No ha hecho nada malo aquí. ¡Esta enfermo!
Se abrieron camino a empujones hasta la casa y cerraron la puerta tras ellos. Kevin vio que su madre echaba el cerrojo como podría haberlo hecho si pensaba que iban a intentar entrar. Fue por toda la casa, corriendo las cortinas, tapando los flashes de los fotógrafos a la vez que la luz.
Kevin fue hacia la televisión y la encendió. Estaban haciendo las noticias, con imágenes de su casa desde fuera, y un clip corto de su madre que la hacía parecer una loca mientras hacía retroceder a los reporteros.
«¡Dejad en paz a mi hijo! No ha hecho nada malo aquí. ¡Esta enfermo!»
Las palabras «¿Una confesión del fraude?» se mostraban a través del fondo de la pantalla, en una pregunta que conseguía acusar sin acusar. Hicieron que sonara como si la madre de Kevin estuviera intentando excusarlo por hacer algo malo, en lugar de defenderlo como había hecho.
Lo había hecho, ¿verdad?
—Deberías apagar eso —dijo su madre. Pasó por delante de Kevin e hizo exactamente eso, dejando la pantalla a oscuras—. No te hará ningún bien ver cómo dicen todo esto sobre ti.
—Mamá —dijo Kevin—, lo que están diciendo… Hacen que suene como si tú realmente no me creyeras. Como si pensaras que invento cosas porque estoy enfermo.
Su madre no respondió durante uno o dos instantes.
—Realmente lo piensas —dijo Kevin. No podía creerlo. Hubiera pensado que su madre, de entre toda la gente, le creería a estas alturas.
—No sé qué pensar. Kevin —dijo su madre. Entonces parecía muy cansada—. Yo sé que tú crees todo esto.
—Encontramos la señal —insistió Kevin—. Me defendiste ante el Profesor Brewster.
—Eres mi hijo —dijo su madre—. No dejaré que digan cosas malas de ti, sin importar lo que pase. Si es verdad o no… No lo sé. Estaba convencido, pero todo lo de la roca…
Kevin se sentía mal por dentro. Se sentía como si las cosas volvieran a lo que eran cuando su madre lo había llevado por primera vez al SETI, haciéndolo solo porque pensaba que era algo que Kevin necesitaba hacer. Quería que lo creyera.
—Al final se marcharán —dijo su madre—. Se olvidarán de todo esto. Podemos continuar con nuestras vidas sin ellos, sin los extraterrestres, sin nada de esto.
Sonaba como si estuviera intentando tranquilizar a Kevin, pero Kevin no estaba seguro de que esto fuera tan tranquilizador.
Podría haberlo dicho, pero entonces sanó el teléfono de su madre.
—Diga —dijo— ¿Quién…? No, no tengo nada que decirle a usted ni a cualquier otro reportero.
Apenas había colgado cuando hubo otra llamada, y otra. Cada vez, colgaba solo tras unos segundos de conversación. Cuando el teléfono sonó de nuevo, Kevin pensó que su madre podría lanzarlo a través de la habitación. Pero se detuvo al alzarlo, mirando a la pantalla con una expresión de preocupación.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Kevin.
—Es del trabajo —dijo su madre, y algo en el modo en que lo dijo le decía a Kevin lo asustada que estaba. Cogió la llamada y le hizo un gesto a Kevin para que estuviera callado—. Hola, Sr. Banks. Sí, está bastante mal. Sí, sé que he estado fuera, pero mi hijo… sí, lo sé. No, lo comprendo, pero… No puede hacerlo. Sé que es mala publicidad, pero no puede… —Se quedó callada y escuchó durante varios segundos—. No, lo comprendo.
Terminó la llamada, y esta vez sí que lanzó el teléfono y se sentó en la punta del sofá, con la cabeza apoyada en las manos.
—¿Mamá? —dijo Kevin, alargando la mano hacia ella—. ¿Qué pasó?
—Era de mi trabajo —dijo, sin alzar la vista—. Me… me despidieron. Dijeron que no quieren la publicidad negativa que podría venir por contratar a alguien relacionado con todo esto.
—¿Pueden hacer eso? —preguntó Kevin. No sonaba como el tipo de cosa que se debería permitir hacer a la gente, especialmente cuando no han hecho nada malo.
—Dicen que sí que pueden —dijo su madre—y, que si me enfrento a esto, bueno, estoy bastante segura de que lo harían tan caro que yo no podría hacer nada, y tal vez un juez estaría de acuerdo en que yo estoy provocando sus problemas en el negocio por estar allí, de todas formas.
A Kevin no le parecía justo. No parecía correcto. Peor, no parecía que hubiera algo que pudieran hacer al respecto.
—Lo siento, mamá —dijo—. Si me hubiera guardado todo esto para mí mismo…
—No es culpa tuya —dijo su madre.
Pero Kevin sabía que eso no era cierto. Gracias a la tele, sabía que su madre ni tan solo lo pensaba. Había ido hasta la NASA hablando de extraterrestres, y ahora despedían a su madre, mientras nadie le creía acerca de lo que había oído.
—Irá bien —dijo su madre. No sonaba como si lo creyera—. Encontraré una manera de arreglar todo esto.
Se sentó en el sofá, sin encender la televisión, ninguno de los dos se atrevía a abrir las cortinas. Al final, Kevin subió a su habitación y se sentó allí a oscuras para que su madre no se preocupara mucho por él.
Después de un rato, cogió los auriculares que Ted le había dado antes de marchar del instituto y se los puso, más para no escuchar los ruidos de los reporteros de fuera que porque realmente pensara que pasaría algo. Tal vez sí que lo esperaba. Si pudiera recibir otro mensaje que ayudara a dar sentido a todo esto, tal vez podría salir a los reporteros y explicarlo todo. Tal vez podría hacer que la gente entendiera de nuevo que sí que era real, y que no había estado mintiendo.
Sin embargo, solo había silencio. Ninguna señal, ninguna palabra en su cabeza, ninguna señal de nada que ayudara. Se sacó los auriculares, se deshizo de ellos y se puso cómodo para dormir. Tal vez por la mañana, las cosas parecerían mejor.
***
Kevin fue hacia la ventana de su habitación y miró hacia fuera del modo que podría haberlo hecho si hubiera estado esperando nieve en otro lugar que no fuera California. Buscaba a los periodistas, con la esperanza de que a estas alturas, después de varios días, se hubieran aburrido de esperar alrededor de la casa y se hubieran marchado a la suya.
No era así. Todavía había cámaras delante de la casa, todavía había reporteros con micrófonos esperando a cuál sería el siguiente paso en su historia. Kevin deseaba que se fueran, y por centésima vez pensó en bajar allí a decírselo, pero no lo hizo. NO era lo mismo que traducir mensajes mientras la gente miraba en una rueda de prensa y, de todos modos, Kevin sospechaba que era justamente eso lo que estaban esperando.
En su lugar, fue a vestirse y se tambaleó ligeramente cuando una ola de mareo le golpeó. Le siguió el dolor, estallando dentro de su cráneo y Kevin sintió humedad en sus labios. Cuando se llevó la mano a la nariz, al apartarla estaba roja por la sangre. Hoy todavía se sentía más enfermo, el esfuerzo de ir al lavabo y lavarse casi lo agotaba.
Pero aun así lo hizo. No quería preocupar a su madre. Se aseguró de tener buen aspecto cuando bajó las escaleras, e intentó esconder el leve temblor de sus manos que ahora no se iría.
No se había dado cuenta hasta entonces de todo el cuidado que había recibido en el instituto de investigación. Se había quejado de todas las pruebas y los escáners y el resto, pero tal vez en algún momento en todo esto había habido algo que había frenado su enfermedad. O tal vez había estado tan ocupado que no había notado su evolución.
—No puedo preocupar a mamá —se dijo a sí mismo.
Mientras bajaba al piso de abajo, oyó unas voces.
—Lo siento, Sra. McKenzie, pero esto no es una broma. Ha habido pleitos contra usted por usar a su hijo para estafar a la gente y debemos tomarlas en serio.
Kevin bajó a toda prisa y vio a un par de personas vestidas con traje hablando con su madre. Tenía el aspecto de no haber dormido nada y, cuando miró a Kevin, él pudo ver las sombras lilas alrededor de sus ojos.
—Oh, aquí está su hijo —dijo uno de los hombres—. Tal vez ahora podríamos tomarle una declaración, y eso podría ayudar.
—No —dijo su madre—, ahora no, así no. Solo quiero que dejen a mi hijo en paz.
—No me importa, mamá —dijo Kevin.
—Bueno, a mí sí —dijo su madre—. Métete en la cocina, Kevin. Tengo que hablar con estas personas.
Si ella hubiera gritado, Kevin podría haber discutido. En cambio, parecía increíblemente triste y Kevin hizo lo que le pidió, entró en la cocina y se sentó a la mesa de la cocina. Todo el tiempo, intentaba escuchar lo que estaba pasando a través de las paredes.
—Tendré que vender la casa —dijo su madre—. Lo que costará esto… no puedo pensar en otra manera.
—Comprendo que esto es difícil, Sra. McKenzie, pero es importante que lo resolvamos. La alternativa podría significar el encarcelamiento para usted, o para su hijo.
Kevin se agarró con los dedos tan fuerte al borde de la mesa de la cocina que se hizo daño. No podían hacer esto, ¿verdad? No podían meter a su madre en la cárcel, cuando él había dicho la verdad. Estaba allí sentado, una parte de él quería irrumpir allí y una parte de él sabía que esto era demasiado importante para hacerlo.
Todavía estaba allí sentado cuando vio que una silueta se colaba en su patio trasero, un gorro de lana le cubría la cabeza y un abrigo grueso subido para taparse la cara. Se metió dentro de un salto con la gracia de alguien que lo ha hecho un montón de veces antes, cayendo en el jardín con cuidado.
Si hubiera sido un reportero o algún extraño que saltaba la valla, no sabía lo que hubiera hecho. Probablemente, pedir ayuda. Interrumpir a su madre a pesar de la gravedad de lo que estaba pasando. En su lugar, abrió el pestillo de la puerta trasera y dejó entrar a Luna mientras esta venía a toda prisa.
—Hola —dijo ella, abrazándolo tan repentinamente que casi cogió a Kevin por sorpresa.
—Hola —respondió Kevin—. Imagino que no pudiste entrar por la puerta delantera, ¿verdad?
—Demasiados reporteros —le dio la razón Luna, echándose hacia atrás. Se quitó el gorro de lana—. ¿Te gusta mi disfraz?
—Es fantástico —dijo Kevin, pero no consiguió sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó Luna. Negó con la cabeza—. Pregunta estúpida.
Kevin se volvió a sentar y Luna le acompañó. ¿Cuántas veces habían hecho sus deberes así? Pero esto era diferente, más serio.
—Hay unos abogados en la otra habitación —dijo—. Están diciendo que mi madre podría ir a la cárcel y que podríamos tener que vender la casa.
_¿Para qué? —preguntó Luna, con el tipo de tono indignado que daba a entender que estaba lista para enfrentarse a ellos, fueran o no abogados—. No hicisteis nada malo.
—Ellos creen que sí —dijo Kevin—. Ellos creen… Imagino que creen que yo inventé todo esto para llamar la atención, o para engañarlos para que me dieran tratamiento médico, o algo así.
—Entonces son idiotas —declaró Luna, con la clase de certeza férrea que nadie más a su alrededor parecía tener—. Les diste mensajes de otro mundo. Les hablaste a todos de un planeta del que, de otra manera, apenas sabrían nada. Les ayudaste a encontrar aquel meteorito, aunque estuviera vacío. No es culpa tuya que los extraterrestres sean raros y manden rocas de regalo a la gente.
Esa era una forma de verlo que Kevin imaginaba que a nadie que no fuera Luna se le podía ocurrir. Aun así, sonaba bien.
—O sea, ¿tú me crees? —preguntó él.
Ella asintió.
—Yo te creo. Y también creo en ti. Encontrarás un modo de resolver esto.
—¿Y saltaste mi valla solo para decirme eso? —preguntó Kevin.
Luna le puso una mano sobre el hombro.
—¿Para qué están los amigos? A mí me gusta colarme. Es divertido. Además, tengo que llevarte a un sitio.
Kevin la volvió a mirar sorprendido.
—¿A dónde? —preguntó él.
Ella hizo una gran sonrisa.
—Es una sorpresa.
CAPÍTULO DIECINUEVE
Kevin comprobó el aspecto que tenía antes de partir. No era vanidad; quería asegurarse de que no había forma posible de que alguien lo reconociera. Tenía la capucha puesta y unas gafas oscuras para romper algunas de las líneas de su cara. No era fantástico, pero si se encorvaba lo suficiente casi podía convencerse a sí mismo de que la gente no podría decir que era él.
—Tendrá que bastar —se dijo a sí mismo.
Su madre se había ido de casa hacía unos minutos, para hablar con más abogados, o tal vez para intentar encontrar otro trabajo, no porque alguien quisiera contratar a la madre del chico que había mentido. Las puertas estaban cerradas por la presencia continuada de los reporteros allí delante, y probablemente continuarían así incluso después de que ella volviera.
—Se pondrá histérica si te entera de esto —dijo Kevin, pero solo era una parte de por qué llevaba el disfraz. Había estado en casa demasiado tiempo, sin escuela a causa de su enfermedad, sin posibilidad de salir tanto por los reporteros como por el miedo de su madre por lo que pudiera pasar. Allí se estaba volviendo loco, e imaginaba que solo estaba haciendo las cosas más difíciles para su madre. Necesitaba salir al menos durante un rato.
Su teléfono estaba lleno de mensajes de gente a la que no conocía. Algunos eran preguntas, más eran insultos. Uno o dos contenían insultos, o promesas de que pagarían a Kevin si les contaba su historia.
Entonces Kevin no estaba seguro de querer ir con cuidado. Sentía que podía explotar si se quedaba escondido mucho tiempo más. Miró afuera a la parte de atrás, para intentar calcular si podía salir de allí del mismo modo que Luna había entrado. Unas semanas atrás, no hubiera tenido que preocuparse por esto.
Ahora, pensaba en los temblores que iban y venían de su cuerpo, en los momentos de perder el tiempo y en los mareos. Cogió una escalera de mano de donde su madre la guardaba en el garaje, la colocó contra la valla y la usó para saltar, hasta un pequeño camino que había entre jardines.
Kevin tenía la cabeza baja mientras caminaba, para asegurarse de que nadie le veía la cara. A pesar de que la parte de la ciudad en la que vivía él no era mala, estaba solo a unas cuantas manzanas de una zona más industrial, donde las fábricas estaban pegadas como cajas valladas y la maquinaria oxidada ocasional apuntaba a los negocios que no habían ido tan bien.
—Vamos —dijo Luna, después de que saltaran la valla y empezaran una caminata que los llevó por algunos edificios abandonados, por delante de unos grafitis que parecía que alguien había pintado con los ojos cerrados.
Salieron más cerca del centro de la ciudad. Kevin seguía con la capucha puesta, seguro de que incluso aquí, lejos de su casa, la gente lo reconocería.
—Podríamos ir al centro comercial —sugirió Luna.
Kevin negó con la cabeza.
—Demasiada gente.
—Entonces a la plaza —sugirió Luna.
Kevin asintió. Puede que en medio del pueblo hubiera casi la misma gente, pero se moverían más y era menos probable que prestaran atención a un niño con la cabeza baja. En el centro comercial, seguridad probablemente pensaría que estaba allí para robar algo, pero al aire libre, él y Luna podrían andar por donde quisieran sin que esto fuera un problema.
Se dirigieron al centro de la ciudad, hacia una pequeña plaza donde ellos y sus amigos habían pasado el rato desde que eran niños. Allí había un trozo más pequeño de parque, con árboles en cada esquina, y una estatua en el centro que seguramente alguna vez había sido un monumento de alguien muy importante, pero que ahora el viento y la lluvia habían deteriorado tanto que podría haber sido cualquier persona. Para cuando llegaron allí, Kevin estaba tan agotado que empezó a mirar alrededor en busca de un banco en el que sentarse.
—Kevin —dijo Luna—, ¿qué pasa?
—Solo estoy cansado —dijo Kevin.
Luna frunció el ceño, evidentemente no le creía.
—Bueno, siempre podríamos ir a Frankie’s.
Durante mucho tiempo, esa cafetería había sido uno de sus lugares favoritos. Quizás si no hubiera estado tan cansado, Kevin podría haberse preocupado por eso, pero tal y como estaban las cosas, se podía apañar con algún sitio en el que recuperarse un poco del esfuerzo de andar. Asintió.
—Pensaba que habías podido dar una buena caminata a través de la selva —dijo Luna.
—Creo que las cosas están empeorando —dijo Kevin, mientras se dirigían hacia la cafetería—. es como si tuviera que concentrarme para hacer que mi cuerpo hiciera cosas.
Incluso eso no arreglaba las cosas, pero él no estaba seguro de que hubiera palabras para esto. Esta era una de las partes más difíciles de tener una enfermedad tan rara: significaba que realmente no existían las palabras para describir todo lo que estaba sucediendo.
—Deberías ir al hospital —dijo Luna, y parecía que quería llamar a una ambulancia inmediatamente.
Kevin negó con la cabeza.
—No tiene sentido. Sabemos lo que me está pasando. No es que puedan hacer mucho para ayudar.
—Eso no puede ser verdad —dijo Luna. Por un momento, Kevin oyó que se le rompía la voz y pensó que tal vez podría llorar—. Yo sé… yo sé que no pueden curarte, pero pueden ayudar con los síntomas y esas cosas, ¿verdad? ¿Pueden frenar las cosas? Lo estaban haciendo en aquel sitio de la NASA.
—Porque tenían a algunos de los científicos más listos del mundo —puntualizó Kevin—. No creo que puedan ayudar ahora. No creo que mamá realmente pudiera permitirse mi tratamiento incluso antes de todo esto. Ahora, con los abogados y todo esto…
Kevin no sabía cuánto costaba un juicio. Imaginaba que mucho. Su tratamiento también costaba mucho. Entonces, ¿era dos veces mucho? ¿Mucho al cuadrado? Cuando no tenía ni idea de las cantidades involucradas, su imaginación no podía ni tan solo empezar a proveer las cantidades.
—Vale —dijo Luna—pero por lo menos deberíamos entrar. Venga, Frankie’s no está lejos.
Entraron a la cafetería, que no estaba tan llena ene se momento del día. Había unos cuantos chicos a los que Kevin medio reconocía, un par de chicos más mayores en un rincón y el propietario, un hombre de unos cincuenta y algo que parecía pasar la mayor parte de su tiempo limpiando el mostrador con un trapo. Era un lugar deliberadamente pasado de moda, y eso debería querer decir que a los amigos de Kevin no les gustaba, pero también tenía helados buenísimos.
—Voy a buscar helado —dijo Luna, señalando hacia un reservado del rincón—. Tú siéntate.
Lo dijo como una orden y Kevin lo hizo. Necesitaba hacerlo de todo modos y, si eso significaba que Luna iba a comprar helado, eso era incluso mejor. Había una tele en la esquina de la cafetería y, por uno o dos instantes, Kevin pensó que estaba bien. Entonces vinieron las noticias, y las imágenes de escenas alrededor de su casa continuaban.
Kevin hacía todo lo que podía por ignorarlo, pero no era fácil. Que el canal todavía estuviera allí ya era sorprendente: tal vez alguien todavía creía, o tal vez todavía no se habían decidido a mirar otra cosa. En cualquier caso, él estaba allí sentado, encorvado. Costaba creer que hacía solo unas semanas, él y Luna habían venido aquí con regularidad; que todo había sido normal. Ahora, estaba allí sentado y, por lo que Kevin podía decir, él estaba más que nada esperando a morir.
Ese era un pensamiento que él no quería, pero entraba a hurtadillas cuando no lo buscaba, posado en su mente y sin querer ceder, por mucho que lo empujara. Iba a morir. Había podido ignorarlo mientras todavía había todo aquello de los extraterrestres, los mensajes y el viaje al bosque lluvioso. Ahora, no había nada que hacer excepto estar allí sentado y pensar en ello.
—Bueno —dijo Luna, volviendo con dos vasos llenos hasta el borde de helado— pareces triste. Mejor que te animes o no tendrás helado.
Solo Luna le tomaría el pelo cuando estaba así. Solo Luna sabría que era esto exactamente lo que Kevin necesitaba.
—Solo estás buscando una excusa para comerte los dos —dijo Kevin.
Luna sonrió.
—Puede ser. ¿Todavía estás atascado pensando en lo que podrías haber hecho de forma diferente?
Kevin asintió.
—No sé por qué. Imagino… que continúo esperando que tenga sentido.
—La esperanza es buena —dijo Luna—. Creo que es bueno que estés aún escuchando. No deberías dejarlo aunque la gente no te crea.
Kevin asintió. Lo necesitaba. Necesitaba algo a lo que agarrarse, si no…
—Eh, espera, tú eres Kevin McKenzie, ¿verdad? ¿El chico que se inventó todo eso de los extraterrestres? Tú ibas a nuestra escuela.
Kevin echó un vistazo y vio que algunos de los chicos estaban mirando hacia él. Estaba a punto de decirles que no quería problemas, pero Luna ya estaba de pie, yendo hacia ellos.
—¡Kevin no inventó nada!
—Por supuesto que lo inventó —dijo un chico—. ¿Quién sería tan estúpido como para creer en extraterrestres?
—Tú y todo el mundo, por lo visto —dijo Luna bruscamente.
—¿Me estás llamando estúpido?
Kevin se levantó y fue hacia ella.
—No queremos problemas.
—Entonces ¿por qué lo hiciste? —preguntó una chica al fondo—. Mis padres estaban tan preocupados porque vinieran los extraterrestres que estaban hablando de vender nuestra casa y marcharse al campo.
Ahora había más gente mirándolo, y la gente había sacado los teléfonos. Kevin sabía que no podían verlo así. Su madre se volvería loca. Además, había visto cómo podían ser los grupos grandes de gente.
—Nos iremos —dijo Kevin, levantando las manos—. No queremos causar problemas.
—No vais a ir a ninguna parte —dijo el chico que había hablado primero—. No hasta que confieses lo que hiciste.
Estaba allí con los brazos cruzados, con aspecto de decirlo en serio. Eso era un problema, porque cuanto más tiempo estuvieran allí, más gente estaría mirando. Luna parecía estar pensando lo mismo y, siendo Luna, abordó el problema de una forma más directa:
Fue hasta el chico que estaba en la puerta y lo empujó, con fuerza.
—¡Corre, Kevin!
Ella ya estaba corriendo y a Kevin le llevó un momento darse cuenta de que debería estar haciendo lo mismo, pero solo un momento. Tan cansado como había estado, ahora estaba lo suficientemente recuperado como para pasar corriendo por delante del chico, siguiendo a Luna mientras corría hacia el centro del pueblo. Corría todo lo rápido que podía, ignorando cómo su respiración venía en ráfagas cortas, intentando seguir el ritmo mientras desandaban sus pasos, dirigiéndose de vuelta a las fábricas y pasando por delante del metal oxidado. Kevin corrió hasta que sintió que el corazón podría explotarle dentro del pecho y los pulmones le ardían.
Cuando fue evidente que nadie les estaba siguiendo, él y Luna se detuvieron y, para su sorpresa, Kevin se puso a reír.
Luna también se rió.
—Fue divertido, ¿eh?
—Mi madre me va a matar —puntualizó Kevin pero, ahora mismo, incluso eso no parecía tan malo. La verdad era que ahora se sentía mejor de lo que lo había hecho en días. Parecía que hacía mucho tiempo desde que había hecho algo tan sencillo como meterse en problemas con Luna, escapando antes de que pudiera convertirse en algo peor.
—No pasará nada con tu madre —dijo Luna.
—No estoy tan seguro de eso —respondió Kevin, pues ella se enfadaría porque había salido de esa manera, se enfadaría porque lo habría puesto todo en peligro al ir donde la gente podría verlo—. Cuando llegue a casa, voy a tener que…
Se fue apagando cuando una sensación empezó a crecer en su interior. Una sensación que conocía muy bien, pues había estado allí antes del edificio, antes de la NASA, antes de todo esto.
—¿Qué? —dijo Luna—. ¿Qué vas a tener que hacer?
Kevin negó con la cabeza.
—Luna, creo…
—¿Qué? —dijo ella.
—Creo que viene otro mensaje.
CAPÍTULO VEINTE
Kevin estaba en medio de las fábricas, escuchando la transmisión que empezaba a llegar. Se esforzaba por captar el mensaje. Al principio fue difícil; más difícil de lo que había sido, y más difícil de lo que Kevin imaginaba que sería.
Empezaba a preocuparse. ¿Y si lo que fuera que había en su cerebro que conectaba con las transmisiones había cambiado, haciendo un cambio con el lento progreso de su enfermedad? ¿Y si solo había habido una breve ventana en la que su cerebro estaba receptivo a todo esto, y ahora empezaba a pasar de largo? Intentaba concentrarse, centrándose en los ruidos y deseando que tuvieran sentido.
Una imagen ardía en su cerebro, números que brillaban en pulcras filas de coordinadas. Kevin no las hubiera reconocido como tales, pero ya había visto series de ellas antes, cuando había sabido cambiar el telescopio la primera vez que pilló la transmisión del mensaje.
—¿Kevin? —dijo Luna—. ¿Estás bien?
Kevin no sabía cómo responder a eso. Lo raro es que se sentía mejor de lo que se había sentido en días, tal vez algo de interacción entre su enfermedad y el mensaje hacían que los síntomas fueran mejores por ahora.
—No lo sé —dijo—. Creo… creo que los extraterrestres quieren que busquemos señales en un sitio nuevo.
Era lo que habían querido la última vez que una señal había venido así de directa a su cerebro, su poder casi imposible de contener. Había sido el principio de todo esto.
—¿Y a quién se lo decimos? —preguntó Luna.
Kevin podría haberla estado mirando mucho tiempo tras esto, pues ella extendió los brazos.
—¿Qué? A alguien tendremos que decírselo —dijo ella.
Kevin sabía que seguramente tenía razón. Si había un nuevo mensaje, la gente querría saberlo. El problema era que él no estaba seguro de cómo reaccionarían. Había visto a todos los reporteros que todavía estaban fuera de su casa. Había visto el dolor que le había causado a su madre. ¿No sería mejor callar y protegerla?
—No estoy seguro de si alguien me creerá —dijo él—. Piensan que soy un impostor. Si lo digo, entonces darán por sentado que estoy intentando llamar la atención.
Ahora la gente no lo escucharía, dijera lo que dijera. Si se presentaba con otra serie de números, ¿no darían por sentado que estaba intentando empezar esto de nuevo?
—Podríamos decírselo a tu madre —dijo Luna—. Ella te creería y sabría qué hacer.
Kevin negó con la cabeza.
—No estoy seguro de que ahora lo hiciera, no después de todos los problemas que esto ha causado. Y aunque lo hiciera, no sé si alguien la escucharía tampoco a ella.
—Entonces ¿a quién? —preguntó Luna—. Tenemos que decírselo a alguien. ¿Un reportero, quizás?
Eso por lo menos sacaría la noticia a la luz, pero de nuevo, no parecía la mejor idea. Si se dirigiera a los reporteros, para intentar explicarlo, ¿no se burlarían de él? Necesitaba ser capaz de demostrarlo. Solo había un lugar donde podía hacerlo, solo había un lugar en el que podría realinear un telescopio para coger cualquier nueva señal que estuviera a la espera.
—Tenemos que ponernos en contacto con alguien de las instalaciones de la NASA —dijo Kevin.
Incluso mientras lo decía, podía imaginar lo difícil que podría ser. Sacó el teléfono e intentó pensar en la mejor manera de hacerlo. No es que tuviera números directos con cualquiera de las personas que podrían ayudar.
Decidió empezar con la Dra. Levin, porque por lo menos la directora del SETI había sido más empática que el Profesor Brewster. Encontró un número del SETI en la red y llamó, escuchó como llamaba y finalmente conectaba con recepción.
—Hola —dijo la recepcionista—. Instituto SETI. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Tengo que hablar con la Dra. Levin sobre un asunto urgente —dijo Kevin, intentando parecer tan adulto como pudo. Tal vez si podía hacer que pareciera uno de sus compañeros o algo así, podrían dejarle hablar con ella.
—¿Quién es? —preguntó la recepcionista.
—Bueno…err… —Kevin miró a Luna, que encogió los hombros—. Soy Kevin McKenzie. Pero tengo que hablar con ella inmediatamente. Ha habido otro mensaje, y hay una segunda serie de coordenadas, y…
Oyó el clic cuando colgó la recepcionista.
—No me dejaron ni explicarme —dijo Kevin. Dolía que, después de todo, le colgaran sin tan solo dejarle decir nada.
—Tenemos que continuar intentándolo —insistió Luna—. Venga, déjame. Lo intentaremos con la NASA. Al fin y al cabo, ellos tienen los telescopios.
Llamó y pulsó algunos botones. Parecía que lo de parecer mayor se le daba mejor también, pues cuando habló, a Kevin le parecía más su madre que su amiga.
—Hola, me preguntaba si podría ponerme con el Profesor Brewster. Es bastante urgente, sí. Soy la Profesora Sophie Langford de la Universidad de Wisconsin. Sí, esperaré.
Kevin no sabía que Luna fuera tan buena inventando cosas al segundo. Le clavó el teléfono y Kevin lo cogió, justo a tiempo para que sonara la voz del Profesor Brewster al otro lado de la línea.
—¿Hola? —dijo el Profesor Brewster—. La Profesora… Langford, ¿verdad?
Kevin tomó aire.
—Profesor Brewster, soy yo, Kevin. No cuelgue, es urgente.
—¿Qué estás haciendo llamando a este número? —exigió el Profesor Brewster—, ¿Y poniéndote en contacto conmigo con falsas excusas? ¿No crees que ya hay suficientes problemas, muchacho?
—Escúcheme —dijo Kevin—. No llamaría si no fuera importante. Hay cosas que debe saber.
—Ya sé lo suficiente sobre tu situación —dijo el Profesor Brewster.
—No es eso —insistió Kevin—. ¡Ha habido otro mensaje! Una nueva serie de coordenadas. Los extraterrestres dijeron…
—Ya basta —dijo el Profesor Brewster—. Todos pusimos suficiente tiempo y esfuerzo en perseguir esta farsa, sin intentar reavivarla. Ahora voy a colgar, Kevin. Si vuelves a ponerte en contacto con este edificio, pasaré los detalles a la policía.
Colgó, con tanta firmeza como lo había hecho la recepcionista.
Kevin estaba allí, intentando pensar en qué hacer a continuación. No tenía otros números de teléfono que probar, a no ser que intentara llamar a un periodista o a la Casa Blanca o algo así y, en ambos casos, sospechaba que seguramente tendría la misma respuesta que acababa de tener. Podía ir a casa e intentar hablar con los periodistas que había allí, o podía esperar a su madre, pero con ambas opciones se arriesgaba a que lo ignoraran, y…
—Entonces —dijo Luna, interrumpiendo su proceso de pensamiento—, ¿cómo vamos a llegar al SETI?
—¿Qué? —dijo Kevin.
—Es la mejor opción que tenemos —dijo Luna—. Si vamos hasta ellos, verán que vas en serio y ellos podrán convencer a la NASA para que muevan sus telescopios. De todas formas, la Dra. Levin siempre pareció mucho más maja que el Profesor Brewster.
Cuando lo planteó así, hizo que sonara tan completamente lógico que no había discusión. Luna tenía una manera de hacer este tipo de cosas que era algo aterrador, a su manera. Aun así, Kevin pensó que por lo menos deberían intentarlo.
—Mi madre me matará si hago algo así —puntualizó.
—Tu madre te quiere demasiado para eso —dijo Luna—. De todos modos, te va a castigar para siempre por escaparte tal y como están las cosas. Puede que salves al mundo estando ya metido en un lío.
—Pero tú no tienes por qué meterte en líos —remarcó Kevin—. Tus padres se pondrán histéricos si te marchas a San Francisco.
—¿Crees que voy a dejar que hagas esto tu solo? —preguntó Luna—. ¿Crees que voy a dejar que tú te lleves toda la reputación por encontrar de nuevo extraterrestres? ¿Crees que voy a dejar que te diviertas tú solo?
—No estoy seguro de que esto vaya a ser exactamente divertido —dijo Kevin.
Luna ya estaba negando con la cabeza.
—Ya fuiste a la selva sin mí, pero en esta parte no me vas a dejar atrás, Kevin.
CAPÍTULO VEINTIUNO
Compraron billetes para el autobús a San Francisco de un vendedor que los observaba con desconfianza. Kevin no estaba seguro de si era porque el hombre lo reconocía de las noticias, o porque pensaba que seguramente eran fugitivos, o por las dos cosas. Pero, aun así, consiguieron comprar billetes y pillar dos asientos hacia el final del autobús que avanzaba traqueteando medio lleno en dirección a la ciudad. Se apiñaron en ellos, y Kevin se sintió agradecido de que Luna estuviera allí. No estaba seguro de poder hacer esto sin ella.
El viaje en autobús parecía no acabar nunca y Kevin pasó la mayor parte del tiempo intentando pensar qué podría decir que pudiera convencerlos de que estaba diciendo la verdad. No podía simplemente pedirles que confiaran en él, no después de la última vez.
—Por supuesto que puedes —dijo Luna cuando le contó todo esto—. Les pides que comprueben la ubicación de la señal. Puede que no puedan resolver lo que significa, pero aun así la oirán.
Hizo que pareciera fácil, pero lo cierto era que seguramente era su mejor opción. Así que, cuando el autobús llegó a la estación, Kevin se fue con Luna a buscar un taxi que los llevara en la dirección adecuada, intentando ignorar el modo en que su cuerpo empezaba a temblar.
—¿Van por la diversión que hay allí? —preguntó el taxista—. Os perdisteis la mayor parte. dejaron de hablar de los extraterrestres hace un par de días.
—Tal vez empezarán de nuevo —dijo Luna—. Nunca se sabe.
—El taxista los llevó hasta la entrada del SETI. Aquí no había la gente acampada que había en las instalaciones de la NASA y Kevin se alegraba de ello. Significaba que sencillamente podía entrar sin que lo vieran, o lo agarraran, o…
—¿Tú? —dijo la recepcionista casi en cuanto hubo pasado por la puerta—. ¿No entendiste el mensaje cuando te colgué? Ya has causado bastantes problemas aquí. Sal antes de que llame a seguridad.
Antes, hubiera sido la madre de Kevin la que se hubiera metido en una pelea de gritos con la recepcionista. Ahora Luna avanzaba, evidentemente con ganas de discutir.
—No pasa nada —dijo la Dra. Levin, entrando en el vestíbulo—. Yo me encargo. Kevin, ¿qué estás haciendo aquí?
—Está intentando ponerse precisamente en contacto con usted —dijo Luna, el enfado era fácil de oír en su voz—. Pero al parecer la gente que ya lo ha traicionado no está dispuesta a escuchar.
—Hola, Luna —dijo la Dra. Levin—. ¿Vuestros padres saben que vosotros dos estáis aquí? Realmente no deberíais estar aquí.
—Ha habido otro mensaje —dijo Kevin, imaginando que no tenían mucho tiempo. Tenía la sensación de que ahora mismo él no tenía mucho tiempo. Tal vez era por el esfuerzo de venir hasta aquí, pero Kevin sentía que la presión dentro de su cabeza iba en aumento, junto con un mareo que hacía que el mundo diera vueltas. Lo apartó. Esto era importante.
—Kevin —dijo la Dra. Levin—, a estas alturas todos sabemos que los mensajes no son reales. Aunque tú pienses que lo son, debes parar esto.
—¿Cómo supe lo del Pioneer 11? —exigió Kevin—. Había tenido un viaje entero en autobús para pensar en lo que iba a decir y en cómo podía convencer a la Dra. Levin—. ¿Cómo supe dónde estaba la primera señal? Me vio hacerlo con sus propios ojos, Dra. Levin.
La científica empezó a negar con la cabeza.
—Eso no importa.
—Sí que importa —insistió Kevin—. Si no cree en la prueba que tiene delante, entonces ¿para qué sirve la ciencia? —Hizo una pausa—. Si puede dar una explicación, dígamelo, Dígame cómo lo hago y me daré la vuelta y me iré, pero creo que no puede, y no puede porque esto es real y porque hay otro mensaje.
Entonces hubiera dicho más, pero no pudo contener la repentina presión dentro de su cabeza.
De repente, se desplomó.
***
La oscuridad se apoderó de Kevin. Por una vez, no había visiones, ni mensajes y ninguna señal de nada.
Solo vacío.
Se despertó y había una luz penetrante, y parpadeó para intentar adivinar dónde estaba.
Luna y la Dra. Levin lo estaban mirando.
—Kevin, ¿estás bien? —preguntó Luna.
—Deberíamos buscarte atención médica —dijo la Dra. Levin.
—No —consiguió decir Kevin y, por un instante, ni tan solo él estaba seguro de qué pregunta estaba respondiendo—. Más doctores no. No llaméis a mi madre. Tenemos que esperar la señal.
Se dio cuenta de que se había desmayado. Estaba tumbado en el suelo, en el lugar donde unos momentos antes había estado de pie.
Oyó que la Dra. Levin suspiraba. No estaba seguro de qué haría si ella lo echaba. ¿Poner la información en Internet, tal vez? ¿Enviarla directamente a algún observatorio con la esperanza de que harían algo con la información? Seguramente, para entonces ya tendría suficientes problemas con su madre. Tenía que quedarse allí y esperar.
Vio que ella lo observaba con más compasión de lo que lo había hecho antes; imaginó que su desmayo había cambiado algo dentro de ella.
—Vale —dijo la Dra. Levin—, vale, lo confieso, he estado pensando en todo desde la primera vez que viniste aquí. A no ser que consiguieras tomar el control de todos los sistemas de la NASA de alguna manera… No, esto no tiene sentido. Pero eso significa…
—Significa que usted me cree —dijo Kevin.
La Dra. Levin asintió.
—Sí, te creo. No quiero hacerlo, pero no veo otro camino. ¿Cuál es este mensaje tuyo?
—Coordenadas –dijo Kevin—. Como la última vez que tuvimos que cambiar el posicionamiento del telescopio, pero diferente. Quieren que nos centremos en un lugar diferente.
—¿Para mensajes que vienen de un trozo de cielo diferente? —preguntó la Dra. Levin. Kevin la oyó suspirar—. Sabes que nadie moverá un telescopio porque yo lo diga, ¿verdad? No después de…
—¿Después de todo lo que yo hice? —supuso Kevin.
La Dra. Levin asintió.
—Alguien debe haber —insistió Luna, que estaba a su lado—. El profesor Brewster no tiene por qué saberlo. O podríamos encontrar una manera de infiltrarnos.
A veces era sorprendente el poco respeto que Luna tenía por las normas. Para sorpresa de Kevin, la Dra. Levin parecía tomarse en serio su sugerencia.
—Infiltrarse en la NASA es difícil —dijo ella—. Para hacerlo, necesitaríamos a alguien que…
Entonces se le iluminaron los ojos al darse cuenta.
—Por supuesto —se dijo a sí misma—. Phil.
Kevin asintió al mencionar el nombre del científico—. ¿Usted cree… usted cree que ayudaría?
—Podría ser —dijo la Dra. Levin—. Por lo menos, él es nuestra mejor opción.
Ella y Luna ayudaron a Kevin a levantarse. Hacía falta un esfuerzo, pero iba a conseguirlo.
—No puedo creer que lo esté haciendo otra vez –dijo—, pero supongo… supongo que tenemos que ir de excursión a la NASA.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Fueron hasta las instalaciones de la NASA en el coche de la Dra. Levin. Cuando los tres llegaron con el coche, todavía había gente esperando fuera, pero menos de los que había habido. Se dirigieron hacia las puertas en el coche de la Dra. Levin. Allí había un guardia de seguridad, de pie detrás de una barrera baja.
—Esto podría ser peligroso —dijo la Dra. Levin—. No he vuelto desde que sucedió esto.
Ella avanzó y el guardia alzó una mano.
—No puede entrar aquí —dijo, con una mano alzada—. A uno de vosotros ya le he dicho, debo haber dicho un… Dra. Levin, ¿qué está haciendo aquí? No está en la lista para hoy.
—Tenemos que entrar, Neil —dijo—. Tengo que hablar con Phil.
—¿Tenemos? —dijo el guardia—. Miró de nuevo hacia el coche—. Espere, ¿ese no es…?
Kevin no evitó la mirada del guardia. Ahora mismo, era su única esperanza.
—¿Tú? Se supone que no debes estar aquí. Dijeron…
—Probablemente dijeron toda clase de cosas —dijo la Dra. Levin—, pero tenemos que entrar. Por favor.
—Lo siento, Dra. Levin —dijo el guardia de seguridad—. Pero sencillamente no puedo dejarla entrar así, especialmente si le trae a él aquí.
Kevin miró hacia Luna, la cual asintió.
—Por favor, Neil, esto es vital —dijo la Dra. Levin.
—Lo siento, debe dar la vuelta con el coche y… ¡Eh!
Kevin y Luna salieron de golpe del coche prácticamente a la vez.
Kevin pasó a toda velocidad por delante de él casi a la vez que Luna. El hombre no podía cogerlos a los dos a la vez, así que consiguieron colarse por la barrera y corrieron hacia las puertas del edificio aunque el guardia de seguridad diera la vuelta para correr detrás de ellos, sus esfuerzos obstaculizados por unas cuantas personas que habían ido allí a protestar y que estaba claro que habían decidido seguir para ver lo que estaba pasando.
Kevin fue corriendo hacia delante, yendo a toda prisa hacia la puerta. Tanto Luna como él eran más rápidos de lo que lo era el hombre y consiguieron llegar a las puertas antes de que el guardia hubiera cubierto la mitad del espacio. Seguramente eso hubiera significado mucho más si las puertas no hubieran estado cerradas. Kevin las aporreó, pero él no tenía la autorización de seguridad para cruzarlas, nunca había tenido la autorización para cruzarlas y ahora el guardia se les echaba encima.
—¡Los dos vais a ir directos a la policía! —prometía mientras se acercaba.
Entonces se abrieron las puertas del edificio, y tanto Kevin como Luna entraron tropezando un paso por delante del guardia. La puerta se cerró de golpe y lo dejó fuera, y Kevin alzó la vista y vio a la persona que había abierto la puerta.
—¿Ted? —Era la última persona a la que Kevin hubiera esperado allí, pero seguramente también era la mejor persona con la que se podrían haber tropezado—. ¿Todavía está aquí?
Ted asintió.
—Tuve que quedarme por aquí para responder a algunas preguntas sobre todo esto. Pero eso no tiene importancia. ¿Qué estás haciendo aquí, Kevin? —Miró a Luna—. ¿Los dos estáis aquí?
—Ha habido otro mensaje —dijo Kevin.
Mientras que los otros le habían colgado el teléfono o lo habían mirado como si estuviera loco, Ted lo miró serio.
—¿Estás seguro?
Kevin asintió.
—Necesitamos a alguien que sepa realinear el telescopio. Hay otra serie de coordenadas.
Ted observó a la Dra. Levin acercándose, ahora que podía entrar porque Ted había hecho que el guardia retrocediera.
—¿Ha venido a comprobar?
La Dra. Levin asintió.
—Esperaba que Phil quisiera realinear las cosas discretamente. El problema es llegar hasta allí.
—Yo puedo arreglar eso —dijo Ted—. Se supone que estoy aquí para empaquetar las cosas, pero todavía tengo pleno acceso.
Sacó una llave de tarjeta y los metió en el edificio. Algunas de las personas del vestíbulo los miraron fijamente, pero nadie dijo nada. Kevin supuso que tenía mucho que ver con la presencia de Ted y la de la Dra. Levin.
—Deberíamos movernos rápidamente —dijo Ted—. Muy pronto alguien le dirá al Profesor Brewster que estáis aquí.
—Siempre y cuando para entonces tengamos los nuevos mensajes —la Dra. Levin.
Se dirigió hacia el despacho de Phil, con Kevin, Luna y Ted siguiéndole detrás. Kevin veía las miradas que le echaban algunas personas y oía el murmullo al pasar. No habían olvidado lo que había pasado. Kevin solo esperaba que Phil quisiera ayudar.
La Dra. Levin llamó a la puerta del investigador, y Kevin observó su cara al verlos allí. Pasó del reconocimiento a la sorpresa, y después a una especie de comprensión preocupante.
—No —dijo, alzando las manos—. Sea lo que sea, no.
—Todavía no te hemos pedido nada —puntualizó la Dra. Levin.
—Pero lo haréis —dijo Phil—, y el Profesor Brewster se enterará de esto, y…
—¿Te preocupa lo que diga David? —replicó la Dra. Levin.
Phil encogió los hombros y, a continuación, suspiró.
—¿Qué necesitáis?
—Necesitamos que apunte los telescopios hacia unas nuevas coordenadas —dijo Kevin, respondiendo por ellos—. Recibí otro mensaje.
—Queréis que… ¿sabéis lo que estáis pidiendo? —dijo Phil.
—Míratelo así —puntualizó la Dra. Levin—. Si lo haces, te convertirás en el tipo que demostró que Kevin tenía razón directamente.
Phil tragó saliva y, a continuación, asintió.
—Vale, pero tenemos que hacerlo discretamente. Vamos.
Ahora él los guiaba por el edificio y los llevó hasta un laboratorio equipado con monitores y pantallas. Phil dio unos cuantos golpecitos al teclado y este empezó a mostrar los datos de una de las matrices del telescopio.
—Bueno —dijo—, parece que nos han tendido una trampa. Acabamos de… oh, aquí acaba mi carrera.
Kevin miró alrededor. A través de las puertas del laboratorio, podía ver que el Profesor Brewster se acercaba, con un gesto estruendoso en la cara.
—¿Qué están haciendo ellos aquí? —preguntó mientras avanzaba—. ¡Parad lo que estéis haciendo de inmediato!
Kevin imaginó que había sido inevitable que alguien le dijera que estaban aquí. Solo que pensaba que tendrían algo más de tiempo antes de que esto sucediera.
—Parece que hemos terminado —dijo Phil.
—No si lo hacemos rápidamente —respondió Kevin.
—No tan rápidamente —dijo Luna. Fue corriendo hacia la puerta, la cerró y calzó una silla debajo del pomo—. ¿Qué? —preguntó mientras los otros la miraban—. Era evidente hacerlo.
—Solo para ti —dijo Kevin con una sonrisa.
Fuera, el Profesor Brewster golpeaba la puerta de cristal.
—¡Abridla inmediatamente! ¡Llamaré a seguridad! ¡Cualquiera que ayude al chico será tratado como un delincuente!
Kevin miró hacia Phil. Sin él, no podrían realinear el telescopio, así que si él decidía no hacerlo…
—Bien —dijo él—. ¿Cuáles son las coordenadas?
Kevin respiró aliviado y recitó de memoria. Como con la primera serie de números, esos parecían casi arder en su interior, estaban allí cuando cerró los ojos así que casi era más leer que recordar.
—¿Estás seguro? —preguntó Phil.
Kevin asintió, abriendo los ojos. Ahora había más gente al otro lado de la puerta, reunidos allí para ver lo que estaba pasando, o intentando ayudar al Profesor Brewster a entrar.
—Vamos allá, entonces —dijo Phil. Pulsó otro botón y Kevin vio que los números de la pantalla cambiaban mientras la zona de enfoque del radiotelescopio empezaba a cambiar. Cambiaban poco a poco, los números se acercaban más a los que él veía, y más, hasta que…
En el momento en que coincidieron, llegó una señal, clara y fuerte. Empezaron a salir ruidos del sistema. Eran de un estilo familiar, pero a la vez parecían diferentes a algunas de las que Kevin había traducido. Menos precisas y mecánicas, más fluidas.
Aun así, se puso a traducirlas de forma automática.
—Si estáis recibiendo esto, tened cuidado —tradujo—. Estáis en grave peligro. Los últimos mensajes que recibisteis eran una trampa.
Kevin oía que el Profesor Brewster continuaba golpeando la puerta, pero continuaba escuchando, y ahora la traducción fluía de él.
—Sus transmisiones eran una mentira, pensadas para haceros abrir la cápsula. No es una cápsula del tiempo. Es un arma. A nosotros nos ha destruido por completo. Está es nuestra última transmisión, para avisar a los demás que no cometan el mismo error que nosotros.
Kevin frunció el ceño, no estaba seguro de estar traduciéndolo bien, pero el mensaje no había terminado.
Brewster y su equipo irrumpieron por la puerta.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó… pero paró en seco cuando también lo escuchó.
—No cometáis los errores que nosotros cometimos. No abráis lo que os enviaron.
El mensaje paraba y se repetía, como si lo hubieran mandado en una especie de bucle.
—Alguien quería asegurarse de que lo oíamos —dijo Luna.
Kevin asintió, intentando encontrarle la lógica. Miró hacia los adultos.
—¿Dónde está la roca? —preguntó Brewster.
—Abajo… Laboratorio 3b.
—¡Llamadlos por teléfono! —exclamó Ted—. ¡AHORA!
CAPÍTULO VEINTITRÉS
Kevin corría, intentando seguir el ritmo de la Dra. Levin, Luna y Ted mientras iban a toda prisa por el instituto de la NASA, intentando llegar al lugar donde guardaban la roca. Él veía las miradas atónitas en los rostros de los científicos a los que pasaban por delante, algunos de ellos evidentemente lo reconocían, otros probablemente solo se sorprendían de que alguien corriera tan rápido con un edificio científico serio.
La Dra. Levin le pasó un manojo de llaves a Kevin.
—Si esto va mal —dijo mientras corría—, si hay algo que no podéis contener, hay un lugar seguro debajo del edificio, en el subsótano. Una de estas llaves da acceso a una red de búnkers, si no está cerrado. úsala, y el ascensor debería llevaros directamente allí.
—¿Dónde guardan la roca de la expedición? —gritó Ted a un grupo de científicos al pasar.
—Laboratorio de investigación 3b —dijo uno de ellos—. ¿Por qué? ¿Hay algo…?
Ya les estaban pasando por delante a toda prisa, para intentar llegar a tiempo. Se detuvieron en las puertas de seguridad, pero estas no hicieron más que ralentizarlos un poco, abriéndose con la tarjeta de seguridad de Ted con luces verdes y reconfortantes silbidos de aire.
Kevin oía al Profesor Brewster chillando detrás suyo, pero no redujo la velocidad.
Fueron hasta las entrañas del edificio, pasando por laboratorios que Kevin había visto cuando había estado paseando por allí con Phil. Pasaron por delante de los lásers y laboratorios de cultivo, las cosas que prometían dar a la humanidad una oportunidad para sobrevivir y desarrollarse si alguna vez conseguían llegar a otro mundo, y las cosas que llevaban consigo la promesa de hacer de este un lugar mejor. Ahora mismo, lo único que importaba era la amenaza de lo que podría pasar si no se aseguraban de que la roca estaba contenida.
Se detuvieron ante una serie de letreros, después continuaron corriendo de nuevo, bajaron un tramo de escaleras y hasta una parte del edificio donde la única luz era artificial. A Kevin le parecía estéril, inhospitalario comparado con el resto del lugar. Los científicos delante de los que pasaban llevaban en su mayoría trajes o batas de laboratorio limpios, evidentemente para intentar evitar los experimentos contaminantes.
Cuando llegaron al laboratorio, Kevin tuvo que admitir que realmente parecía un lugar seguro. Tenía paredes de cristal endurecido en tres lados, mientras que el cuarto daba a la pared exterior del edificio. La roca estaba en el centro, expuesta sobre una mesa como un huevo de Pascua partido por la mitad. A su alrededor había tres científicos con trajes blancos de plástico limpios. Dos llevaban máscaras, mientras que uno parecía no haberse preocupado, ya que estaba lejos de la roca, trabajando con un microscopio.
El cristal era grueso, pero aun así Kevin podía oír lo que estaban diciendo mientras Ted probaba la cerradura, para intentar entrar.
—Estas muestras aún son interesantes —dijo el científico—. A pesar de que no sean lo que nos prometieron.
—Que el Profesor Brewster no te oiga decir eso —respondió otro—. En lo que a él respecta, cuanto antes declaremos inútil a la roca y nos deshagamos de ella, mejor.
—Bueno, quizás tenga que esperar, esto es…
—¿Qué? —preguntó el tercer científico. ¿Y tú te pondrás la máscara? Es el protocolo.
Kevin vio el momento en el que empezaba a salir vapor de la superficie de la roca. Era casi transparente, y lo podría haber confundido con el vapor que sale a causa de un cambio de temperatura en la roca pero, de alguna manera, sabía que no lo era.
—Esto pasa siempre —dijo uno de los científicos.
Kevin golpeó el cristal con la mano, mientras Ted continuaba probando la cerradura.
—Además de la tarjeta, hay un código —dijo—. Imagino que es porque es una habitación sellada.
—Tienen que salir de aquí —gritó Kevin—. Están todos en peligro.
Se giraron hacia él mientras continuaba golpeando el cristal con la mano, evidentemente sin estar seguros de por qué estaba él allí o de qué deberían hacer ellos. Los dos que llevaban máscaras parecían atónitos. El que no la llevaba…
Los ojos del que no llevaba máscara cambiaron de repente, las pupilas cambiaron de negro a blanco y casi parecían brillar. Miró fijamente a Kevin y había una especie de reconocimiento que no había estado presente antes. Había una especie de hostilidad en esa mirada que llenó de miedo a Kevin.
Era inteligente, y peligrosa.
Y cualquier cosa menos humana.
CAPÍTULO VEINTICUATRO
—¡Apártense de él! —chilló Kevin—. Algo pasa con él.
El científico se giró rápidamente hacia los otros dos, los agarró y les quitó sus máscaras antes de que se dieran cuenta de lo que estaba pasando. Kevin quería lanzar un aviso, pero parecía que ya era demasiado tarde. Vio que los ojos del científico cambiaban, sus pupilas se volvían tan blancas como las otras.
Kevin se apartó del cristal y miró a Luna. Parecía igual de asustada de lo que él se sentía ahora mismo, lo que probablemente no era buena señal. Luna no se asustaba.
Ted parecía que también estaba pensando en qué hacer, y eso era casi igual de aterrador. Kevin estaba acostumbrado a que él tuviera todas las respuestas. Tenía un teléfono y estaba haciendo una llamada.
—tenemos una fuga de nivel cuatro —dijo hablando en él—. Estoy trabajando para contenerla, pero tienen que poner en marcha los protocolos de emergencia, ¡ahora!
Había un panel en la pared. Ted lo abrió y tecleó una serie de números en un teclado. Apretó un botón y y unas luces rojas empezaron a encenderse por todos los pasillos, mientras una voz computarizada se oía por los altavoces.
«Emergencia, emergencia. Contención en curso».
Unas persianas de metal se deslizaron a los lados de todos los laboratorios de ese piso, convirtiéndolos eficazmente en cajas de metal gigantes de las que nada podía escapar. Kevin oyó un rugido de frustración desde dentro del laboratorio, y se atrevió a dar un suspiro de alivio.
—¿Lo hemos conseguido? —preguntó—. ¿Los hemos detenido?
—Eso espero —dijo Ted. A pesar de eso, fue a una taquilla de almacenaje y sacó las máscaras de filtración que llevaban los científicos. Les pasó una a Luna y una a Kevin y cogió una para él.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué este lugar está cerrado?
Kevin se giró y vio que se acercaba el Profesor Brewster, junto a la Dra. Levin y por lo menos una docena más. Un guardia de seguridad cogió a la Dra. Levin por el codo, parecía arrepentido de hacerlo, pero no la soltaba.
—Habéis ido demasiado lejos —dijo el director del centro, señalando con el dedo en su dirección—. No teníais ningún derecho a hacer esto.
—Tiene suerte de que lo hiciéramos —dijo Luna, antes de que Kevin o Ted pudieran decir algo—, pues si no lo hubiéramos hecho, a estas alturas estarían rodeados de alienígenas.
—Alienígenas —dijo el Profesor Brewster con una nota de desprecio—. ¿No hemos oído suficientes tonterías de estas?
muy lejos de ser una tontería —dijo Ted—. Yo lo he visto.
—Es cierto —dijo Kevin— pueden apoderarse del cuerpo de otras personas. Salió un gas de la roca que encontramos, y se apoderó de los científicos que había allí.
El Profesor Brewster negó con la cabeza.
—Existen muchos gases que pueden producir un comportamiento errático, si es que pasa algo. Solo tenemos tu palabra.
—Mi palabra —dijo Ted, en un tono que retaba al otro hombre a contradecirle.
Entonces se oyó la llamada a la puerta.
“Llamada” no era exactamente la palabra para esto. Hacía que sonara casi correcto, incluso delicado, pero el ruido que resonaba en los oídos de Kevin era algo que pegaba fuerte contra las paredes de la habitación.
—¿Hay gente allí encerrada? —exigió el Profesor Brewster.
—Los extraterrestres los controlan —dijo Kevin—. Sus pupilas se volvieron blancas cuando esto pasó.
—Seguramente es una trampa de reacción química —insistió el Profesor Brewster—. En cualquier caso, esta estupidez ya ha durado lo suficiente. Voy a liberar a mi gente, llamar a seguridad para que bajen aquí y os saquen a todos vosotros de este edificio.
Se fue en dirección al panel de seguridad que había usado Ted y Kevin vio que el soldado sacaba una pistola.
—Dispararé a cualquiera que toque esos controles —prometió Ted.
Eso sorprendió un poco a Kevin. No quería que dispararan a nadie por eso. Aunque, si tenía que ser alguien de allí, el Profesor Brewster probablemente era el primero de la lista. El científico se giró hacia ellos, con los brazos levantados.
—¡No te atreverías! —dijo. Desde dentro de la caja de acero de las persianas empezaron de nuevo los golpes.
—Umm… creo que sí —respondió Kevin—. Profesor Brewster, no podemos dejarlos salir de esa habitación. Tenemos que parar a los extraterrestres mientras podamos.
—¡No hay extraterrestres! —insistió el Profesor Brewster—. Habéis encarcelado a mi gente con un engaño y…
Los golpes pararon y la brusquedad con que así fue incluso hizo que el director del centro se detuviera. Algo chirrió y zumbó, entonces las luces del pasillo pararon de destellar su apagada luz roja y las persianas de acero empezaron a levantarse.
—Eso no tiene buena pinta —dijo Luna.
Eso era una sutileza. Las persianas se levantaron y Kevin vio que los científicos estaban quietos de forma pasiva, parecían tranquilos mientras esperaban su oportunidad de ser libres. Kevin suponía que era lógico que los extraterrestres pudieran piratear un ordenador. Al fin y al cabo, tenían una tecnología que los había mandado al otro lado de una galaxia. Comparado con eso, seguramente un ordenador no era muy complicado.
—Ya lo veis —dijo el Profesor Brewster—. No hay extraterrestres, solo tres científicos perfectamente normales…
Los científicos abrieron la boca, chillando al unísono, un ruido que parecía más el ruido de un insecto que de un humano, más alienígena que cualquiera de las dos cosas. Kevin vio la sorpresa en los gestos de los científicos que había a su alrededor al darse cuenta de que ya no eran sus compañeros.
—Miradles los ojos —dijo uno de los investigadores.
Kevin miró a Ted.
—Aquí estamos seguros, ¿verdad?
—Siempre y cuando no puedan atravesar el cristal —dijo Ted—. Todos vosotros, necesitáis mascarillas. Si sale algo de vapor, estáis todos en peligro.
Parecía que el Profesor Brewster estaba intentando prepararse para decir que no había problema, que todo estaba bien, pero parecía tener problemas para hacerlo. Todavía estaba intentando decirlo cuando los científicos a los que los extraterrestres controlaban cogieron una silla de metal y empezaron a golpear el cristal como con un ariete, los tres trabajaban a la vez mientras el ruido resonaba por todo el centro.
Empezaron a aparecer grietas en el cristal. Kevin veía que se extendían como la tela de una araña por la superficie, propagándose y uniéndose con cada golpe. Ted apuntó su pistola hacia los científicos, pero eso no los detuvo, ni los hizo fueron más lentos.
Se rompió el cristal y salieron al ataque. Kevin oyó que la pistola de Ted se disparaba, pero no pareció cambiar nada. Kevin vio que los científicos que no llevaban máscaras se quedaban helados, respirando con dificultad mientras se agarraban la garganta y después se ponían derechos. Uno se lanzó a uno que estaba al lado y que llevaba máscara, se la quitaba y después exhalaba una neblina transparente que llenaba el espacio que había delante de ellos. En unos instantes, ese científico también estaba reconvertido.
Uno agarró a Kevin y le arrancó la máscara que llevaba. Kevin intentó aguantar la respiración, intentó apartarse, pero no había forma de hacerlo. Un vapor con un olor fétido lo cubrió…
… y no pasó nada.
Luna golpeó en el costado al científico que sujetaba a Kevin. Era pequeña, pero tenía mucha experiencia pegando a gente más grande que ella y, por lo menos, bastó para hacer que el científico lo soltara.
—¡Corred! —exclamó Ted—. ¡Meteos en el búnker!
Empezó a disparar su pistola en el tumulto. Eso no paró a los científicos. Fuera lo que fuera lo que los controlaba, no parecía preocuparse por cosas humanas como el dolor, o el daño que hacían a los cuerpos que agarraban. Mientras Kevin observaba, tres científicos cogieron a Ted y lo arrastraron.
Kevin quería ayudar a Ted, quería salir a toda pastilla y sacarlo de aquel lío, pero no había modo de hacerlo, ni tan solo podía empezar a ayudar. Lo máximo que pudo hacer fue coger a Luna por el brazo y sacarla de allí, para escapar los dos de los científicos que avanzaban.
Al mirar atrás, Kevin vio que se transformaban uno a uno. Vio que la Dra. Levin respiraba con dificultad, se agarraba la garganta cuando le entró el gas y, a continuación, se ponía derecha de un modo que era demasiado tranquilo, demasiado silencioso.
Vio que el Profesor Brewster cambiaba en cuestión de segundos y que el gas se apoderaba de él.
Una parte de él pensaba que se enfrentaría a esto de algún modo, que se liberaría y que vendría a ayudarlos. Kevin soltó un grito desconsolado cuando el soldado se quedó quieto, después se levantaba y se unía a los demás mientras los perseguían.
Iban a toda prisa por los pasillos del edificio, más y más científicos les seguían con una determinación que ya no era humana, ni tan solo se le acercaba. Al mirar atrás, Kevin vio a Ted, a la Dra. Levin y al Profesor Brewster, tan extraterrestres como el resto. Una parte de él quería desplomarse sobre sus rodillas, roto por la sorpresa. Solo la presencia de Luna a su lado le hacía seguir corriendo.
—Por aquí —dijo Luna, tirando de él hacia un pasillo lateral, y después a través de una serie de habitaciones que contenían equipos científicos. Se agacharon detrás de una serie de microscopios grandes y se quedaron inmóviles mientras, detrás de las puertas, los científicos poseídos por los extraterrestres avanzaban por el edificio, casi descuidadamente, agarrando a todo aquel que se encontraban para convertirlo.
Luna se arrodilló y miró fijamente a Kevin.
—Déjame mirarte a los ojos.
Kevin sabía lo que buscaba.
—No soy un extraterrestre.
—No, no lo eres, pero deberías serlo. No sé cómo no lo eres. —Negó con la cabeza—. ¿Qué hacemos?
Parecía dar por sentado que había algo que podían hacer. Kevin no. Si esta enfermedad le había enseñado algo, era que había algunas cosas con las que nos e podía hacer nada.
—Ted dijo que nos metiéramos en el búnker —dijo Kevin.
Luna asintió.
—¿Tienes la llave?
Kevin la sostuvo en alto.
—Vale —dijo ella—. Vamos.
Kevin guiaba, moviéndose con lentitud a través de los equipos científicos, en dirección a los ascensores. Cada cierto tiempo paraban, y tanto Kevin como Luna se quedaban inmóviles y esperaban mientras los científicos pasaban por delante. Ahora no había muchos. Kevin supuso que probablemente estarían moviéndose por el resto del edificio, convirtiendo a la gente a su paso. Era un poco como esos días en que se colaban en lugares en los que no debían y tenían que mantenerse fuera de la vista de los adultos, solo que en realidad, no era nada de eso. Si los pillaban, no les iban a dar un aviso serio o a decirles que se fueran.
Los ascensores estaban más adelante, justo después de una sala llena de plantas preparadas para hacer pruebas. Delante de ellos había media docena de científicos esperando, como si supieran que ellos dos irían en esa dirección.
Kevin se dio cuenta de que probablemente sí que lo sabían. Por lo que había sucedido en el laboratorio, parecía que tuvieran acceso a los pensamientos y los recuerdos de la gente a la que controlaban, así que ¿por qué no iban a saber lo del búnker?
—¿Qué hacemos? —preguntó Luna.
Kevin intentaba pensar.
—Necesitamos una distracción.
Cogió una de las plantas y miró su tiesto de cerámica. Se fue hasta la puerta de la habitación que estaba más lejos del ascensor y escogió una dirección. Entonces hizo rodar el tiesto, tan fuerte como pudo, volviendo a toda prisa donde estaba Luna justo a tiempo para que se oyera un estruendo a lo lejos.
Los científicos controlados por los extraterrestres se giraron hacia el ruido y, a continuación, avanzaron con ese horrible silencio sincronizado que tenían.
—Ahora —dijo Kevin, y él y Luna fueron a toda prisa hacia los ascensores. Habían colocado una cerradura a la altura del pecho.
—Rápido —dijo Luna—, utiliza la llave.
Kevin la metió en una cerradura al lado de los ascensores y se encendió una luz verde. Las puertas de los ascensores se abrieron con una lentitud angustiosa. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los alienígenas divisaran lo que había hecho el ruido y dedujeran que los habían engañado? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que volvieran a por ellos?
Un ruido inhumano de no muy lejos daba a entender que no tardarían mucho.
—Dentro —dijo Luna—, y ambos cayeron tropezando dentro del ascensor.
Había otra ranura dentro del ascensor, junto a un botón en la parte de debajo de los controles etiquetado simplemente «Búnker». También había otros botones, para los diferentes pisos del centro, para su vestíbulo y su garaje. Kevin estaba quieto, mirándolos.
—¿Qué estás esperando? —preguntó Luna—. Ya oíste a Ted, tenemos que ir al búnker.
Kevin asintió. Lo había oído. Solo había un problema.
—¿Qué pasa con nuestros padres? —preguntó.
Vio que Luna abría mucho los ojos.
Fuera, vio unos extraterrestres que doblaban la esquina, todos ellos yendo hacia los ascensores con una sincronización perfecta.
—Si nosotros vamos al búnker, ¿quién salvará a nuestros padres? —preguntó Kevin. No podía abandonar a su madre para que se convirtiera en un extraterrestre. No podía.
Así que mientras los científicos controlados por alienígenas avanzaban a toda prisa, Kevin pulsó el único botón que podía.
CAPÍTULO VEINTICINCO
Kevin solo podía quedarse quieto mientras el ascensor subía, hacia el vestíbulo. Los segundos parecían alargarse, y con cada uno que pasaba podía imaginar a los científicos corriendo por el edificio, agarrando a más gente y exhalándoles vapor, o simplemente esperando mientras se extendía por el edificio, tal vez más lejos.
El ascensor subía haciendo un ruido sordo, las luces parpadeaban de un modo que daba a entender que algo estaba pasando en algún lugar del edificio; algo violento.
—¿Crees que podrán parar esto? —preguntó Luna. Realmente parecía asustada. Tan asustada como Kevin estaba, ahora mismo.
—No lo sé —confesó y no saber era una de las peores partes. No tenía ni idea de lo que iba a pasar, o si podían parar esto, o cómo.
Lentamente, el ascensor paró de golpe y las puertas se abrieron para dejar al descubierto el vestíbulo que había tras ellas. Kevin y Luna se colaron en él sigilosamente, sin atreverse a sacarse las máscaras mientras lo atravesaban corriendo.
Una mirada al suelo le dijo que era lo correcto. Podía ver el vapor extendiéndose por él como la neblina en una fría mañana, colándose por debajo de las puertas y extendiéndose, atrapada por la brisa de fuera. No podía verla cuando tocaba a los manifestantes, pero podía ver los efectos cuando la inhalaban, podía ver cómo se quedaban quietos uno a uno, mirando fijamente hacia arriba como si esperaran algo.
—No —dijo Luna y Kevin pudo oír el horror en su voz—. No, no puede extenderse tan rápidamente.
Kevin se tragó su propio miedo. ¿Cómo podía hacer tanto el vapor, tan rápido? Pero él conocía la respuesta a esto: había sido diseñado para eso y ese era el pensamiento más aterrador de todos, porque significaba que la gente que estaba fuera eran solo el principio.
Kevin no podía imaginar cómo iban a pasar por delante de ellos, pero parecía que Luna tenía una idea. Ya estaba saliendo del instituto, en dirección al aparcamiento que había allí.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Kevin.
—Si tenemos que llegar a casa a tiempo, no podemos coger el autobús —dijo Luna—. Necesitamos un coche.
—¿O sea que vas a robar uno? —preguntó Kevin—. Pero ¿tú sabes conducir?
A Kevin le parecía inimaginable que alguien de su edad pudiera hacerlo, pero Luna parecía bastante segura.
—Robar no, tomar prestado —dijo Luna—. Y sí, sé conducir. Seguramente. Uno de mis primos me dejó conducir su furgoneta una vez. No es tan difícil.
Fueron al aparcamiento y miraron fijamente a todos los coches que había allí. Kevin no estaba seguro de lo que costaría robar uno, o de cuánto tiempo tardarían en hacerlo. No estaba seguro de que tuvieran mucho tiempo. Ya podía ver a algunos de los que estaban al otro lado de la valla del centro dirigiéndose hacia ellos.
—Umm… ¿Luna? —dijo—. Creo que tenemos que darnos prisa.
—¡Allí! —dijo, señalando. Kevin reconoció el coche compacto de ciudad de la Dra. Levin de inmediato—. Te dio todas sus llaves, ¿verdad?
—No estoy seguro —dijo Kevin. Las sacó—. Me dio una para el ascensor, pero… —Una sobresalió de inmediato—. ¿Esta parece una llave de coche?
—Sí —dijo Luna. Se la quitó de la mano, se fue hacia el coche y abrió las puertas. Kevin echó la vista atrás y vio que la gente que los extraterrestres controlaban ahora estaban avanzando, dirigiéndose hacia ellos y hacia el edificio en un único grupo sincronizado.
Kevin se metió en el coche, donde Luna ya estaba manipulando la llave, para poder ponerlo en marcha.
—Pensaba que sabías lo que hacías —dijo él.
—es diferente a la furgoneta de mi primo —respondió—. Dame un minuto.
Kevin miraba por encima del salpicadero a la horda de científicos que avanzaba.
—No estoy seguro de que tengamos un minuto.
—Espera, ¡creo que lo tengo!
El motor exactamente no se puso en funcionamiento con un rugido, dado lo pequeño que era el coche, pero se puso en marcha. Luna puso una marcha y dieron una sacudida hacia delante, empotrándolo contra el coche de delante.
—Por el otro lado —dijo Kevin.
—¿Quieres conducir tú? —replicó Luna. Consiguió poner la marcha atrás y salir de la plaza del aparcamiento con otro arañazo de metal sobre metal. Puso el coche otra vez para conducir y se marcharon hacia la puerta.
Un manifestante se lanzó delante del coche, rebotó contra el capó y después se puso de pie, aparentemente ileso. Kevin había visto a Ted disparando contra los científicos controlados, pero sin que eso los detuviera, así que dudaba que el coche hubiera hecho mucho. Otro se lanzó sobre el capó, sujetándose con fuerza, unos ojos con pupilas blancas los miraban directamente.
—¡Sácalo! ¡Sácalo! —gritó Luna.
Kevin no estaba seguro de cómo se suponía que iba a hacerlo, pero hizo todo lo que pudo. Bajó la ventanilla de su lado, se asomó y retorció la mano del manifestante. Dio un tirón y el manifestante se soltó y cayó sobre el asfalto.
Entonces estaba despejado, se alejaron conduciendo a través de las instalaciones de la NASA, en dirección a la autopista mientras las personas controladas les seguían el rastro. El pequeño coche salió a la carretera y Kevin miraba alrededor, esperando ver gente haciendo sus cosas, medio esperando que hubiera polis por allí que los pararan por conducir tan sin dirección, de manera que pudieran avisar a la gente de lo que estaba pasando.
En cambio, la gente estaba a los lados de la carretera, perfectamente quietos mientras miraban fijamente al cielo.
—El vapor se está extendiendo —dijo Kevin.
Luna asintió.
—Tenemos que llegar a nuestros padres. Ahora.
Iban a toda velocidad por la carretera. Kevin vio que los nudillos de Luna estaban blancos al volante mientras conducía y su cara fija con la concentración. A pesar de eso, zigzagueaban y frenaban mientras ella se esforzaba por familiarizarse. Kevin no tenía ninguna duda de que si hubiera habido más gente conduciendo por allí, hubieran chocado en el primer kilómetro. En cambio, los únicos otros coches de la carretera estaban estacionados, abandonados a los lados o, de vez en cuando, en medio de la autopista mientras sus propietarios salían a mirar fijamente al cielo.
Esto era culpa suya. Si él no hubiera dicho nada de lo que había visto, si nunca hubiera llevado a la gente hasta la roca, entonces esto no hubiera pasado. No habría gente allí de pie con la mirada vacía como maniquís ni el efecto se estaría extendiendo…
Su madre. Estaría allí, sin saber lo que estaba sucediendo. Sin saber qué hacer. ¿Estaría a salvo? ¿Y si estaba como estos de aquí? No, Kevin no podía soportar ese pensamiento. Kevin sacó su teléfono para intentar llamar a su madre y avisarla. No le extrañó encontrar media docena de llamadas perdidas de ella, todos los mensajes queriendo saber dónde estaba. Le devolvió la llamada.
—¿Kevin? —dijo al cogerlo—. Kevin, ¿dónde estás? ¿Dónde te habías metido? No estabas en casa cuando volví. ¡Me he estado volviendo loco!
Kevin suspiró aliviado porque, por lo que parecía, su madre todavía tenía la mente muy ocupada.
—Mamá, estoy con Luna.
—¿Luna? ¿Qué estáis haciendo vosotros dos? En la tele hay cosas… Están diciendo todo tipo de cosas.
—Es difícil de explicar, mamá —dijo Kevin—. Fuimos al instituto de la NASA para avisar a la gente de que los extraterrestres nos habían engañado, pero llegamos demasiado tarde.
—¿Los extraterrestres? —dijo la madre de Kevin—. Kevin, ¿fuisteis hasta allí? No era seguro y…
—Mamá —dijo Kevin—, tienes que escucharme. Había una especie de gas o algo así dentro de la roca. Cambia a las personas, permite a los extraterrestres controlarlas. Tienes que encontrar una mascarilla, o un lugar que no de al aire libre.
—Kevin —dijo su madre—. Esto no suena muy…
—No estoy loco, mamá —insistió Kevin, antes de que su madre pudiera terminar—. No lo estoy. Mira la tele. Si no me crees, Luna te lo dirá.
Alargó la mano con el teléfono para que Luna hablara. No estaba seguro de que distraerla así fuera muy buena idea, pero tenía que hacer algo para intentar mantener a salvo a su madre.
—Sra. McKenzie, todo es verdad —dijo Luna—. Tiene que escucharme. Yo lo vi. Vi cómo cambiaban los científicos… Sí, sé que parece una locura, pero le juro que es verdad. Ahora estamos viniendo hacia usted.
Giró bruscamente el volante para evitar a otro coche y Kevin apartó el teléfono.
—¿Mamá? Estaremos allí lo más pronto que podamos. Si alguien intenta entrar, mírale los ojos. Si tiene las pupilas blancas, no le dejes entrar. Ni tan solo a nosotros. Y ¿mamá? Te quiero.
Seguramente no molaba mucho decir una cosa así pero, ahora mismo, a Kevin no le importaba. Quería que su madre lo supiera.
—Yo también te quiero —dijo su madre—. Sea lo que sea esto, encontraremos una manera de resolverlo.
Kevin no estaba muy seguro de que fuera tan fácil. Colgó y, a continuación, llamó a los padres de Luna, ya que no había manera de que lo hiciera ella sin parar o chocar. Llamó a su madre, y después a su padre, y las dos veces le salió el buzón de voz.
—No contestan —dijo.
Luna lo miró.
—¿Crees que eso significa…?
—¡Cuidado! —dijo Kevin, agarrando el volante para apartarlos de un grupo de gente que se metió en la carretera para mirar al cielo. Su coche derrapó brevemente, rascando a lo largo de la carretera antes de continuar.
Luna tomó el mando del volante de nuevo, ahora no decía nada mientras conducía, más y más rápido a medida que cogía confianza. Kevin suponía que seguramente bajaría un poco la velocidad, pero no iba a ser él el que se lo dijera ahora mismo, especialmente cuando necesitaban llegar a su madre.
Parecía que no llegaban nunca hasta que aparcaron en Walnut Creek y allí todo parecía muy tranquilo; siniestramente tranquilo. Cuando Luna paró el coche delante de la casa de Kevin, a él se le ocurrió que no debería haberlo podido hacer. Deberían haber estado rodeados de reporteros, todos ansiosos por fotografiarlo haciendo cosas que no debería estar haciendo.
En cambio, la calle estaba vacía.
—¿Dónde están todos? —se preguntó Kevin en voz alta.
—¿De verdad quieres que te agobien los reporteros? —replicó Luna—. Probablemente se han ido a cubrir todo lo que está pasando, o han decidido ponerse a cubierto. Yo lo haría.
—Lo haremos —prometió Kevin. Tan pronto como hubieran llegado a sus padres—. Mi madre debería habernos visto aparcar.
Fue del coche a la casa, llamó al timbre de la puerta y después dio golpes a la puerta.
—Mamá —gritó—, no soy un reportero. Soy yo, Kevin.
Esperó unos cuantos segundos, sin estar seguro de si el silencio era porque su madre se estaba escondiendo o porque esto significaba algo más siniestro. Se atrevió a suspirar aliviado cuando oyó el clic del pestillo y la puerta empezó a abrirse.
—¡Mamá! —dijo Kevin, abriendo los brazos para abrazarla, sin importarle que no fuera muy guay hacerlo. Ella estaba frente a él, sonriendo con los brazos abiertos, parecía segura, parecía feliz…
… Entonces Kevin vio sus ojos, blancos, inexpresivos y mirando fijamente, y se dio cuenta de que su madre lo agarraba, no lo abrazaba.
Entendió que era demasiado tarde, se le abrió un profundo agujero en el estómago.
Los extraterrestres la tenían.
CAPÍTULO VEINTISÉIS
Por un instante, Kevin se quedó allí, paralizado por el dolor que sentía. Notaba que las lágrimas le empezaban a caer por las mejillas. Se habían apoderado de su madre. La habían controlado, igual que habían controlado a tanta otra gente, pero esto era diferente, porque era su madre, no otra persona. Se sentía enfadado, y triste, y culpable, todo a la vez. Él había hecho esto. Él les había dicho dónde encontrar la roca. Él había…
—¡Kevin, corre! —dijo Luna, apartándolo de su madre de un tirón.
Consiguió soltarse de su madre dando un salto hacia atrás, pero ella se movía a trompicones hacia delante detrás de ellos dos, exhalando el vapor que podría transformarlos.
Salieron más figuras de los edificios de alrededor, salieron a raudales de ellos de un modo que daba a entender que habían estado esperando a que Kevin y Luna llegaran para poder hacerlo. Algunos de ellos parecían reporteros, con las cámaras colgando mientras iban a por ellos. Kevin vio algo peor que eso. Los padres de Luna estaban allí, con los ojos tan blancos y ciegos como el resto. Lo más aterrador era lo normales que parecían al hacerlo.
Eso bastó para que Kevin saliera disparado hacia el coche. Lo hacía mientras Luna se sentaba en el asiento del conductor.
—¡Conduce! —le chilló a Luna mientras él conseguía dejarse caer en el asiento del acompañante.
—Esos… esos eran mis padres —dijo Luna y, a pesar de su máscara, Kevin podía ver lo pálida que estaba su cara ahora, lo triste que estaba.
—Lo sé, Luna, pero si no salimos de aquí, vamos a acabar como ellos, o peor.
Luna lo miró y Kevin vio las lágrimas. Aun así, Luna asintió y pisó el pedal del gas para que el coche saliera de una sacudida hacia delante. Los reporteros rebotaban en el capó. Kevin agradeció que no fueran los padres de Luna, aunque los reporteros se levantaron de nuevo.
Continuaron durante más de dos kilómetros antes de parar, en medio de un solar desierto en el que no había ni rastro de nadie. Luna paró el motor y lloró. Ahora mismo, Kevin sabía cómo se sentía. Su madre se había ido, tomada por los extraterrestres de la misma forma. Él había intentado avisarla. ¿No le había creído y había abierto la puerta a alguien? ¿Había sido demasiado tarde?
Kevin no lo sabía. Ahora mismo, eso no importaba. Su mamá se había ido, había cambiado, igual que los padres de Luna. Igual que cada uno de los adultos en los que habían podido confiar. La Dra. Levin. Ted. Todos ellos se habían ido. El mundo parecía un lugar mucho más grande y siniestro sin que ellos estuvieran allí para ayudar.
Ahora mismo se sentía vacío, de un modo que hacía que todas las cosas que había sentido cuando se enteró de que iba a morir parecieran nada. ¿Era esto lo que su madre había sentido, al oír que él se estaba muriendo? ¿Esta sensación de pérdida?
—Prométeme algo —dijo Luna entre lágrimas—. Prométeme que no permitirás que yo sea así.
—Estamos a salvo —dijo Kevin. Incluso para él mismo, no sonaba convincente—. Tenemos máscaras.
—Una máscara no los detendrá si me la quitan y exhalan esa cosa sobre mí —dijo Luna. Ahora parecía enfadada. No enfadada con Kevin; enfadada con el mundo—. No evitará que sea como ellos. Así que prométeme que no seré como ellos.
—Pero ¿cómo puedo…? —empezó Kevin.
—Puedes matarme —dijo Luna. Las lágrimas de sus ojos los hacían brillar—. No quiero ser una cosa descerebrada, atrapada en mi propio cuerpo. Si acabo así, quiero que me mates. Dime que lo harás, Kevin.
Kevin no podía decir esto. No podía prometer matar a Luna. ¿Cómo alguien podía prometer eso? Lo mejor que podía hacer era quedarse callado mientras Luna lloraba, con la mano sobre su hombro como apoyo silencioso.
—¿A dónde vamos, Kevin? —preguntó Luna. Parecía que ahora se estaba tragando su lloro—. ¿Dónde podemos ir? ¿Qué podemos hacer? Y si… ¿y si todo el mundo es así?
Kevin no estaba seguro de tener una respuesta a eso.
—Tenemos que ir a un lugar seguro —dijo—. Ted quería que lo hiciéramos.
—Quería que fuéramos al búnker —dijo Luna—. Ahora no podemos ir allí, ¿verdad?
Kevin pensó en todos los científicos que habría por el camino, que habían estado yendo tras ellos. Negó con la cabeza.
—No. No sobreviviríamos.
—Entonces ¿dónde? —dijo Luna—. Tenemos que ir a algún sitio. No nos podemos sacar las máscaras a no ser que lo hagamos.
Kevin no estaba tan seguro de eso. Al fin y al cabo, uno de los científicos le había cogido su máscara.
—Creo… creo que yo puedo —dijo.
—Bueno, yo no —contestó bruscamente Luna—. ¿Cómos e supone que voy a comer, Kevin? ¿O beber algo, o…?
—Pensaremos en algo —dijo Kevin, y entonces se quedó helado al darse cuenta de algo—. Hay más búnkers.
—¿Más búnkers? —dijo Luna—. Pero ¿no estaban escondidos?
—Phil me habló de algunos de ellos mientras me llevó a dar una vuelta por el instituto —dijo Kevin—. Incluso me mostró un mapa.
Tras la máscara, Luna parecía esperanzada.
—¿Recuerdas dónde están?
—Yo…
—Inténtalo, Kevin —insistió Luna.
Kevin hizo lo que pudo. Podía recordar uno con seguridad.
—Phil dijo que había uno en el parque nacional del monte Diablo. Dijo algo de que era un lugar que usaban para hacer pruebas militares.
—¿Estás seguro? —preguntó Kevin.
Kevin asintió.
—Sería más seguro que estar fuera —dijo Kevin. Intentó pensar en lo que necesitarían y en cómo funcionaría—. Necesitaríamos provisiones. Comida y cosas.
Al final, cogieron lo que necesitarían de una gasolinera. No tenían dinero para pagar, pero la dependiente estaba ocupada de pie en la parte de atrás de la tienda, mirando fijamente al cielo. Kevin dejó una nota de todos modos, con la dirección de su madre. No estaba bien robar cosas, incluso con todo lo que estaba pasando.
Continuaron conduciendo, y ahora Luna parecía haberle cogido el tranquillo, pues todo el viaje parecía más tranquilo. Desde luego, chocaban menos contra las cosas, aunque todavía tenían que esquivar los coches que habían sido abandonados en medio de la autopista cuando los antiguos conductores salieron a mirar hacia arriba. Incluso había un par de coches de policía y Luna redujo la velocidad casi de forma automática al pasar por delante de ellos. Pero la policía estaba igual de ocupada que los demás mirando. No había nadie que los metiera en problemas… ni tampoco nadie que los ayudara.
—¿Crees que hay algo que podamos hacer para ayudar a nuestros padres? —preguntó Luna después de un rato.
—No lo sé —confesó Kevin. Había estado pensando en ello casi de forma constante desde que había visto a su madre de esa manera—. Supongo que debería saberlo.
Había recibido muchos mensajes de los extraterrestres, pero ninguno de ellos había dicho cómo arreglar todo esto. Ninguno de ellos le había proporcionado un remedio para lo que fuera eso, o incluso sugerido que no se podía arreglar. Entonces a Kevin le vino un pensamiento horrible: los extraterrestres habían quemado su propio mundo para evitar que esto se expandiera, intentando quemar la amenaza y ni tan solo eso la había detenido.
—¿Y si no existe una manera? —dijo Luna—. ¿Y si todo el mundo se queda así atascado para siempre?
—Si hay algo, lo encontraremos —dijo Kevin, aunque no sabía ni cómo empezar a hacerlo. Pero debía tener esperanzas. Quería traer a su madre de vuelta y no pasar el resto de su vida escondiéndose de cualquier grupo de gente que se encontrara.
Se dirigieron al este y continuaron conduciendo. La carretera daba curvas y giraba mientras avanzaban a través de las laderas, tapando la montaña durante un rato, pero pronto volvió a estar a la vista. Iban subiendo y Kevin hacía todo lo que podía para pensar dónde marcaba el búnker en el mapa el punto rojo. Era difícil, porque solo lo había visto brevemente, y desde entonces habían pasado un montón de cosas.
—Creo que está cerca de la cima —dijo.
Luna asintió y continuó conduciendo. Aquí había menos gente, pero aun así, estaban haciendo las mismas cosas que los demás: estaban de pie en la carretera, mirando fijamente al cielo. Algunos también caminaban de vuelta a la ciudad, como si algo los estuviera esperando allí.
Se suponía que había un aparcamiento en la cima de la montaña, pero Luna aparcó el coche en la carretera un poco antes, escondiéndolo en un grupo de árboles.
—Así todavía estará aquí si lo necesitamos —dijo. Kevin no podía imaginar quién podría estar allí para robarlo, pero aun así, parecía una buena idea. Suponía que podría haber gente en las zonas turísticas, todos controlados ahora por los extraterrestres.
Cogieron comida y provisiones del coche, unas cuantas latas y paquetes que no parecían suficientes ahora que estaban aquí. Caminaban sigilosamente a través de los árboles, intentando no hacer ruido.
—¿Por dónde se va al búnker desde aquí? —preguntó Luna.
—No estoy seguro —confesó Kevin—. Creo que está justo en la cima.
Luna asintió y se dirigieron hacia arriba. Era difícil subir de esa manera, pero continuaron. De todos modos, ya estaban casi en la cima y la expectativa de seguridad les hacía avanzar.
Había gente cerca de la cima. Kevin podía verlos a medida que se acercaba. Algunos parecían turistas, pero otros llevaban uniformes militares, lo que daba a entender que lo que había dicho Phil de un lugar de pruebas militares escondido podría ser cierto. Todos parecían tan quietos como todos los que él había visto, como si esperaran órdenes. Pero sabía que no podía pasar sencillamente por delante de ellos. Si tan solo uno lo viera, ¿cuántos más vendrían? Si habían suficientes, no importaría que tuvieran un búnker al que ir.
Así que avanzaban tan sigilosamente como podían, intentando que hubieran tantos árboles como fuera posible entre ellos y la gente que había allí. Kevin tenía la cabeza baja, intentando mantenerse fuera de la vista. Vio gente que lentamente se giraba a mirarlo fijamente a través de los árboles, y supo que sus esfuerzos por mantenerse fuera de la vista no habían funcionado.
—¡Corre! —le gritó a Luna.
Corrieron, mientras el grupo de los que estaban al lado del lago empezaban a avanzar a la una, moviéndose no más rápido que andando, pero parecía que no iban a parar para nada. Kevin y Luna iban a toda prisa a través de los árboles, adentrándose más para estar fuera de la vista.
—Allí —susurró Luna, señalando.
Kevin suspiró aliviado. Tenía razón. Lo habían encontrado.
La entrada al búnker estaba camuflada con verde y gris, musgo y plantas pequeñas. La entrada parecía un pequeño hueco en el suelo desde lejos, pero de más cerca, era posible ver los escalones que llevaban abajo. Había una puerta cerrada con un mango redondo pasado de moda, como el timón de un barco, o el pomo de una caja fuerte. Había una ranura en el centro. Kevin solo esperaba que Phil estuviera en lo cierto acerca de que las mismas llaves funcionaban en todas partes.
—Rápido —dijo Luna.
Ahora Kevin oía el estruendo tras ellos de la gente controlada por los extraterrestres acercándose. Los dos fueron a toda prisa hacia la puerta. Kevin metió la llave en la ranura y, tan lentamente que lo aterrorizó, el pomo empezó a girar.
La puerta se abrió justo a tiempo.
Él y Luna saltaron dentro, la cerraron de golpe tras ellos y cerraron el mecanismo de bloqueo. Algo la golpeaba desde el otro lado, pero la puerta resistía.
—«Empezando el procedimiento de descontaminación» —dijo una voz electrónica. Bajó agua en una rápida explosión que los empapó como una tormenta fuerte. Ahora mismo, a Kevin ni tan solo le preocupaba.
—Lo conseguimos —dijo—. Estamos a salvo.
CAPÍTULO VEINTISIETE
Para sorpresa de Kevin, el búnker estaba vacío, no quedaba nadie allí, a pesar de todas las precauciones que debía haber habido. Se hacía extraño estar atrapado allí con la única compañía de Luna.
El búnker tenía un centro de operaciones con pantallas más grandes que ellos. Kevin pulsó un botón y se sintió aliviado al ver que los sistemas del búnker les dejaban conectarse a la tele y a Internet, a las imágenes por satélite y a más cosas. Incluso había cosas que parecían tener acceso a canales de comunicación militares, aunque Kevin no había descubierto cómo funcionaban todavía.
—¿Queda alguien? _preguntó Luna.
Kevin no estaba seguro de cómo responder a eso.
—hay emisiones y cosas _dijo—, así que debe haber alguien.
Pero no parecía que hubiera mucha gente. Desde el interior sellado del búnker, Kevin y Luna observaban cómo cambiaba el mundo. había noticias en Internet, que hablaban de que la gente se estaba transformando. Ahora no era solo en América, y se estaba extendiendo demasiado rápido para contenerlo. Tal vez si la gente hubiera conseguido cerrar las fronteras a tiempo, podrían haberlo parado, pero aun entonces, ¿Qué podían hacer con un vapor que transportaba el viento?
—¿Qué crees que están haciendo ahora nuestros padres? —preguntó Luna.
—No lo sé —admitió Kevin. No saberlo era una sensación extraña y dolorosa. ¿Estaría su madre allí fuera con los demás, simplemente mirando? ¿La gente así comía o bebía, se acordaba de dormir? ¿O sencillamente se quedaban allí hasta que caían agotados?
—Todavía hay gente intentando mostrar lo que está pasando —dijo Luna. Le mostró a Kevin imágenes de un canal de televisión donde estaban intentando mapearlo todo delante de lo que parecía un mapa del tiempo, y un sitio de Internet donde alguien había conseguido pinchar unas cuantas cámaras de alrededor del mundo.
—Londres, París, Pekín —dijo Kevin, leyendo los subtítulos. Era difícil distinguirlos, pues todos mostraban casi la misma escena, con gente allí de pie. Entonces empeoró pues, en las pantallas, las imágenes empezaron a cambiar, mostrando ahora a la gente que miraba hacia el cielo, saliendo a las calles a centenares, a miles, reuniéndose para mirar hacia arriba.
Le llevó un momento descubrir lo que estaban mirando.
Kevin miró la pantalla y no podía creer lo que estaba viendo. Veía gente mirando fijamente al cielo, y vio la sombra que empezaba a pasar por encima de ellos, demasiado rápida para ser algo natural.
Y demasiado grande, demasiado lejana, para ser algo construido con manos humanas.

LLEGADA
(Las crónicas de la invasión—Libro dos)
De la autora de fantasía éxito en ventas Morgan Rice llega una serie de ciencia ficción muy esperada. El SETI ha recibido una señal de una civilización alienígena. ¿Hay tiempo para salvar al mundo?
“Un gran argumento, el tipo de libro que te costará dejar por la noche. El final tiene un suspense tan espectacular que inmediatamente querrás comprar el siguiente libro solo para ver lo que pasa”.
—The Dallas Examiner (sobre Amores)
“Otra serie brillante, que nos sumerge en una fantasía de honor, valentía, magia y fe en tu destino… Recomendado para la biblioteca permanente de todos los lectores a los que les encanta la literatura fantástica bien escrita”.
–Books and Movie Reviews, Roberto Mattos, sobre El despertar de los dragones
“Una lectura rápida y fácil… tienes que leer lo que pasa a continuación y no quieres dejarlo”.
–FantasyOnline.net, sobre La senda de los héroes
Después de que el SETI recibiera la señal, Kevin, de 13 años, se da cuenta: él es el único que puede salvar el mundo. Pero ¿hay tiempo? ¿Qué debe hacer?
¿Y qué tienen pensado hacer los extraterrestres a continuación?
“Llena de acción… La escritura de Rice es de buna calidad y el argumento es intrigante.
–Publishers Weekly, sobre La senda de los héroes
“Una novela de fantasía superior… Una ganadora recomendada para aquellos a los que les guste la literatura de fantasía épica avivada por jóvenes protagonistas adultos creíbles”.
–Midwest Book Review, sobre La senda de los héroes
“Una novela de fantasía llena de acción que seguro que satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, junto con los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la ficción para jóvenes adultos devorarán esta última obra de Rice y pedirán más”.
–The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)
El libro#3 estará pronto disponible.
También están disponibles muchas series de fantasía de Morgan Rice, incluida LA SENDA DE LOS HÉROES (LIBRO#1 EN EL ANILLO DEL HECHICERO), ¡una descarga gratuita con cerca de 1.300 críticas de cinco estrellas!

LLEGADA
(Las crónicas de la invasión—Libro dos)
¿Sabías que he escrito múltiples series? ¡Si no has leído todas mis series, haz clic en la imagen de abajo para descargar el principio de una serie!
Libros de Morgan Rice
LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN
TRANSMISIÓN (Libro #1)
LLEGADA (Libro #2)
EL CAMINO DE ACERO
SOLO LOS DIGNOS (Libro #1)
UN TRONO PARA LAS HERMANAS
UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1)
UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2)
UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3)
UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4)
UNA JOYA PARA LA REALEZA (Libro #5)
UN BESO PARA LAS REINAS (Libro #6)
DE CORONAS Y GLORIA
ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1)
CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2)
ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3)
REBELDE, POBRE, REY (Libro #4)
SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5)
HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6)
GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7)
VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8)
REYES Y HECHICEROS
EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1)
EL DESPERTAR DEL VALIENTE(Libro #2)
EL PESO DEL HONOR (Libro #3)
UNA FORJA DE VALOR (Libro #4)
UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5)
LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6)
EL ANILLO DEL HECHICERO
LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1)
UNA MARCHA DE REYES (Libro #2)
UN DESTINO DE DRAGONES(Libro #3)
UN GRITO DE HONOR (Libro #4)
UN VOTO DE GLORIA (Libro #5)
UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6)
UN RITO DE ESPADAS (Libro #7)
UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8)
UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9)
UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10)
UN REINO DE ACERO (Libro #11)
UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12)
UN MANDATO DE REINAS (Libro #13)
UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14)
UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15)
UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16)
EL DON DE LA BATALLA (Libro #17)
LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA
ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1)
ARENA DOS (Libro #2)
ARENA TRES (Libro #3)
VAMPIRA, CAÍDA
ANTES DEL AMANECER (Libro #1)
EL DIARIO DEL VAMPIRO
TRANSFORMACIÓN (Libro #1)
AMORES (Libro #2)
TRAICIONADA(Libro #3)
DESTINADA (Libro #4)
DESEADA (Libro #5)
COMPROMETIDA (Libro #6)
JURADA (Libro #7)
ENCONTRADA (Libro #8)
RESUCITADA (Libro #9)
ANSIADA (Libro #10)
CONDENADA (Libro #11)
OBSESIONADA (Libro #12)
Sobre Morgan Rice
Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; de la serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA, compuesta de ocho libros y de la nueva serie de fantasía épica UN TRONO PARA LAS HERMANAS. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas.
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