Czytaj książkę: «Tokio, estación de Ueno»

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NATIONAL BOOK AWARD, 2020. Una historia bella y triste, gloriosa y poética, sobre familias divididas. Una de las más brillantes novelas japonesas de los últimos tiempos.

«Gloriosa.»

The New York Times Book Review

«Una novela serenamente meditativa y sutilmente espectral.»

Publishers Weekly

Vuelvo a oír aquel ruido.

Aquel ruido…

Lo estoy oyendo.

Pero no sé si lo estoy sintiendo o si simplemente lo estoy pensando.

No sé si estoy dentro o fuera.

No sé ni cuándo fue, ni quién fui.

¿Acaso importa?

¿Importó alguna vez…

… quién fui?

Solía pensar que la vida era como un libro en el que uno pasa la primera página y entonces viene la siguiente, y luego la siguiente, y uno sigue pasando páginas hasta llegar a la última. Pero la vida no tiene nada que ver con las historias que se cuentan en los libros. Puede que contenga palabras y que las páginas estén numeradas, pero carece de argumento. Aunque haya un final, nunca termina.

Yo… me quedé.

Como el árbol que queda plantado en el jardín vacío de una casa que han tirado abajo porque sus cimientos están corroídos, me quedé.

Como el agua que queda en un jarrón del que han sacado unas flores marchitas.

Me quedé.

¿Y qué es lo que queda, entonces?

Una sensación de cansancio.

Siempre estaba cansado.

No hubo ni un momento en el que no lo estuviera.

Cuando tenía que vivir, porque la vida me perseguía. Y cuando vivía sin ganas, porque la vida me eludía.

Sin nada por lo que vivir, simplemente viví.

Pero eso ya se acabó.

Observo como hacía siempre, despacio.

El paisaje no es el mismo, pero se parece al que yo conocí.

En algún lugar de este paisaje monótono hay un dolor.

Y en este tiempo tan similar a otros también hay un instante de dolor.

Lo observo.

Hay mucha gente.

Cada persona es distinta.

Cada persona tiene una cabeza, una cara, un cuerpo y un corazón distintos.

Eso ya lo sé.

Pero si las miro con distancia me parecen todas parecidas, sino iguales.

Sus caras no son más que pequeños charcos.

Busco mi imagen entre la gente que espera la llegada del tren circular de la línea Yamanote.

Me busco a mí bajando del vagón y poniendo un pie por primera vez en el andén de la estación de Ueno.

Nunca me vi bien en las fotos. Nunca me gustó la imagen que me devolvía el espejo o la superficie de un cristal. No creo que fuera feo, pero nunca nadie se fijó en mí.

Más que mi aspecto, me preocupaba ser tan tímido e inútil. Pero lo que peor llevaba era tener tan mala suerte.

Porque tuve muy mala suerte.

Vuelvo a oír aquel ruido. Solo oigo ese chirrido, tan vivo que es como si la sangre corriera a través de él, como si un líquido de un color dotado de vida corriera a través de él. En aquel momento ya no podía oír nada más que ese ruido que martilleaba en el interior de mi cabeza dejándola dolorida, febril y aturdida, igual que si tuviera una colmena dentro y cien abejas estuvieran tratando de salir volando a la vez. No podía pensar en nada. Mis párpados temblaban como golpeados por la lluvia. Entonces cerré el puño y encogí todos los músculos del cuerpo y…

Quedé cortado en pedazos, pero el sonido no murió.

Quise capturarlo y encerrarlo, o llevármelo lejos, pero no pude.

Quise taparme los oídos, quise levantarme e irme. Pero no pude.

Desde aquel día estoy atado a ese sonido.

¿Estoy?

«Atención. El tren con destino a Ikebukuro-Shinjuku está a punto de entrar en la estación. Por su seguridad, manténgase detrás de la línea amarilla.»

Puuuuuuuuuum traaaaacatán-tracatán-tracatán-uum shhhhhh tracat…

Al lado de la estación de Ueno, junto a la salida que da al parque, nada más cruzar el paso de peatones, crece un ginkgo. Es habitual ver a un grupo de sintecho sentado alrededor de ese ginkgo.

Hubo un tiempo en el que yo también me senté ahí, derrotado y decaído, sintiéndome como uno de esos hijos únicos que han perdido a sus padres demasiado pronto. Pero mi realidad era muy distinta. Mis padres no salieron nunca de Yasawamura, una aldea perteneciente al municipio de Sōma, en la provincia de Fukushima. Vivieron hasta pasados los noventa años, después de haber criado a ocho hijos. Primero me tuvieron a mí en el año 8 de la era Shōwa,[1] y luego concibieron siete hijos más, uno cada dos años: la mayor, Haruko; Fukiko, Hideo, Naoko, Michiko, Katsuo y, por último, Masao. Al benjamín, Masao, yo le sacaba, pues, catorce años. Más que mi hermano pequeño, era casi como un hijo para mí.

Pero pasó el tiempo.

Y aquí me quedé sentado, solo envejeciendo, durmiendo a trozos un sueño ligero y efímero, roncando de puro cansancio.

Y, cada vez que abría los ojos me encontraba con el balanceo suave de las sombras enredadas que dibujaban las hojas del ginkgo sobre el suelo, me sentía maravillado, sin saber muy bien qué eran aquellas figuras, que sin duda tenía que haber visto muchas veces, porque yo vivía ahí, llevaba ya muchos años viviendo en este parque.

—Estoy harto.

Un hombre que parecía estar dormido escupe estas palabras mientras expulsa por la boca y por la nariz una columna de humo blanco que se eleva despacio hasta desaparecer. Las ascuas del cigarrillo que sujeta entre el índice y el corazón están a punto de quemarle la piel. Aunque toda su ropa luce descolorida y desgastada por años de sudor y de mugre, la gorra de tweed, la chaqueta a cuadros y las botas marrones de cuero le dan un aire de cazador extranjero.

Siempre había bastantes coches circulando por la avenida Yamashita en dirección a Ugu’isudani. Cada vez que el semáforo se ponía de color verde y emitía ese sonido para invidentes similar al trino de un pájaro, la gente que acababa de subir las escaleras de la salida al parque de la estación de Ueno cruzaba el paso de peatones y se dirigía hacia donde nosotros estábamos.

Con el cuerpo inclinado hacia delante, el hombre contempla a todas esas personas que atraviesan la calle, tan bien vestidas. Es evidente que tienen una casa a la que volver al final del día. Las observa como si estuviese buscando un lugar en el que apoyar la mirada. Luego levanta el cigarrillo con una mano temblorosa, como si solo tuviera fuerzas para eso, se lo lleva a la boca y fuma. Tiene el pelo alborotado, más blanco que negro. El hombre emite un largo suspiro, balbucea algún pensamiento ininteligible, tira la colilla al suelo con sus dedos envejecidos y apaga el fuego con la suela de sus botas descoloridas.

A su lado hay otro hombre durmiendo. Su puño está aferrado a un paraguas de plástico transparente que utiliza de bastón, y entre sus pies hay una bolsa translúcida repleta de latas vacías de aluminio que sin duda habrá recogido del contenedor de basura.

Una mujer con el pelo cano recogido en un moño dormita sobre sus brazos, que a su vez están apoyados en una mochila roja.

Son caras nuevas, y son menos de las que había.

El número de sintecho aumentó cuando estalló la burbuja financiera. Durante aquellos años, el parque quedó totalmente tapizado del azul de las lonas que cubren las chozas de cartón, solo se salvaban los caminos y los edificios.

Cada cierto tiempo, cuando la familia imperial anunciaba su visita a uno de los museos del parque, nos desalojaban. Nos pedían que desmanteláramos las tiendas y dobláramos las cajas y nos echaban… Y cuando volvíamos al atardecer, nos encontrábamos con carteles que decían cosas como «Mantenimiento de césped. Prohibido pisar». Cada vez teníamos menos sitio donde instalarnos.

Muchos de los sintecho del parque de Ueno proceden de la región de Tōhoku.[2]

Hubo una época en la que el parque era una verdadera puerta para las provincias del Norte: durante el período de rápido crecimiento económico, muchísimos jóvenes de Tōhoku se subieron al tren nocturno y llegaron a Tokio como mano de obra emigrante. La estación de Ueno era lo primero que pisaban al llegar, y también el lugar desde donde cogían el tren para volver a sus casas durante unos pocos días en Obon,[3] sin más equipaje que algunas prendas y la ilusión del reencuentro.

Y así han transcurrido cincuenta años. Fallecidos sus padres y sus hermanos y sin un hogar al que volver, aquellos hombres, ahora sin un techo sobre sus cabezas, pasan aquí cada uno de sus días.

Los que se sientan alrededor del alcorque del ginkgo siempre están durmiendo o comiendo.

Un hombre con una gorra azul marino hundida hasta las cejas, camiseta verde militar y pantalones negros come de una caja de bentō[4] que tiene sobre las rodillas.

La verdad es que conseguir comida no era difícil.

En Ueno hay muchos restaurantes de barrio de toda la vida. La gran mayoría dejaban la puerta de atrás abierta después de cerrar, quizá porque sabían que por la noche entrábamos para buscar algo de comer. De hecho, solíamos encontrar las sobras del día cuidadosamente guardadas en una bolsa limpia sobre un estante, lejos de la basura, para que no nos confundiéramos. Era un acuerdo tácito.

Las tiendas de conveniencia también nos dejaban apilados, unos sobre otros junto a los contenedores de basura, los bentō, los sándwiches y los bollos que caducaban ese día, y si conseguíamos llegar antes de que pasara el camión de recogida, podíamos llevarnos todo lo que quisiéramos. Todo un botín. En las épocas de calor había que comérselo todo enseguida, pero en temporadas de frío podíamos dejarlo unos cuantos días en la tienda y calentarlo después en la estufa de gas.

El Centro Municipal de Tokio servía arroz con curry todos los miércoles y domingos por la noche. Los viernes, la iglesia del Fin de la Tierra-Jerusalén, de origen coreano, montaba su comedor social en el parque, y lo mismo hacía la Misión Amor de Dios cada sábado, una misión teresiana. Junto a un banderín que decía: «Arrepentíos, que el reino de los cielos se acerca», una joven de pelo largo tocaba la guitarra y entonaba un himno mientras una señora de cabello permanentado removía una olla gigante con un cazo. Llegaban sintecho de todas partes, de Shinjuku, de Ikebukuro y de Asakusa; a veces se formaban colas de hasta quinientas personas. La comida la repartían justo después del himno y del sermón. Podía ser un bol de arroz con jamón, queso, salchichas y un rehogado de kimchi;[5] o arroz con nattō[6] y yakisoba,[7] pan de molde y café… Adoremos al Señor, adoremos al Señor, adoremos su santo nombre, aleluya, aleluya.

—¡Tengo hambre!

—¿Sí? ¿Quieres un poco?

—No, no quiero.

—¿No? Entonces se lo come mamá.

—¡Noooo! Ja, ja, ja.

Una niña de unos cinco años que luce un vestido de manga corta del color de la flor del cerezo camina mirando a su madre. La mujer lleva un vestido veraniego con un estampado de leopardo que le marca la silueta de manera evidente. Seguramente sea una trabajadora nocturna.

Por otra parte, una mujer joven con un traje granate las adelanta haciendo resonar sus tacones sobre la acera.

De repente, una lluvia torrencial golpea las hojas del cerezo en flor, y va dejando a su paso pequeñas gotas redondas y oscuras sobre las baldosas del suelo. La gente saca de sus bolsos paraguas plegables de todos los colores, y muy pronto las gotas de agua que se posan sobre ellos se vuelven rojas, negras, rosas, azules con bordes blancos…

Pero, por mucho que llueva, la corriente humana parece no detenerse nunca.

Debajo de sus paraguas, una al lado de la otra, caminan dos ancianas vestidas a juego, con pantalones anchos y negros y camisetas holgadas, que conversan tranquilamente.

—La temperatura está en veintidós grados desde por la mañana.

—Es verdad.

—No sé si llamarlo frío y o fresco. Se nos va a quedar helado el cuerpo.

—Sí, es verdad que hace fresco.

—Ryūji no para de hablar de lo bien que cocina su suegra.

—Uy, qué desconsiderado.

—Me dice que aprenda de ella.

—Qué molesta es esta lluvia.

—Estamos en la estación de lluvias, así que tenemos para más de un mes por lo menos.

—¿Cómo están las hortensias?

—Ahora no hay.

—¿Y el roble jolcham?

—No es temporada tampoco.

—Me da la sensación de que estos edificios son diferentes. ¿Ese Starbucks es nuevo?

—Sí, la verdad es que está todo muy cambiado.

Este es el paseo de los cerezos.

Todos los años, en torno al diez de abril, llegan hordas de visitantes para disfrutar del Hanami.[8]

Mientras los cerezos estuvieran en flor no era necesario buscar comida. Teníamos suficiente con las sobras que iba dejando la gente, y utilizábamos las lonas de plástico que desechaban para renovar las paredes y el techo de nuestras chozas.

Hoy es lunes, el zoo está cerrado.

Nunca traje a mis hijos al zoo de Ueno. Emigré a Tokio a finales del año 38 de la era Shōwa;[9] cuando Yōko tenía solo cinco años y Kōichi, tres. El oso panda no llegó hasta nueve años después, y para entonces, los dos eran ya demasiado mayores y habían perdido el interés por estos temas.

Tampoco los llevé nunca al parque de atracciones, ni al mar, ni a la montaña. No asistí a ninguna de sus ceremonias de graduación ni de comienzo de curso, ni visité sus aulas, ni participé en las jornadas de deporte. Ni una sola vez.

A Yasawamura, en Fukushima, donde me esperaban mis padres, mis hermanos, mi mujer y mis hijos, solo iba dos veces al año: en Obon y en Año Nuevo.

En una ocasión, logré tomarme unos días libres justo antes de Obon, y pude llevar a los niños a las fiestas de Haramachi. Lo pasamos muy bien.

Fuimos en tren. El pueblo estaba a una parada de la estación de Kashima en la línea Jōban. Era pleno verano, hacía calor y yo me sentía realmente cansado. Tenía la cabeza y el corazón adormecidos por un sopor feroz y no podía oír con claridad las voces de mis hijos, ni siquiera mis propias palabras. Lo veía todo borroso, como bañado por una bruma, pero recuerdo bien el paisaje que reinaba al otro lado del cristal: el cielo, las montañas, los arrozales y las huertas que el tren iba atravesando de manera inexorable. Luego, al pasar por un túnel, cogimos velocidad. Creo que llegué a cabecear durante unos minutos, mecido por el olor agridulce del sudor de los niños, que con sus cuatro manos abiertas como lagartijas y sus mentones y labios pegados al cristal de la ventana disfrutaban de aquel paisaje del que ya solo se podían apreciar los colores, desdibujados por la velocidad.

Cuando nos bajamos en Haramachi, una vez pasados los tornos, el jefe de estación nos comunicó que en Hibarigahara estaban ofreciendo, por un precio, paseos en helicóptero; sin pararme a pensarlo, cogí a los niños de la mano y nos dirigimos hacia allí por el paseo marítimo, con Yōko a la derecha y Kōichi a la izquierda.

Kōichi y yo solo nos habíamos visto unas pocas veces desde que había nacido, y no tenía confianza como para ponerse mimoso o caprichoso conmigo. Pero ese día apretó su mano en la mía y me dijo: «Papá, quiero montar en helicóptero». Recuerdo perfectamente su cara mientras balbuceaba aquellas palabras con esfuerzo, avergonzado, apretando los labios varias veces antes de soltar, por fin, entre enfadado y ruborizado, lo que había estado intentando decir todo ese tiempo. ¡Qué bien me acuerdo de la cara de Kōichi! Sin embargo, yo no tenía dinero. El paseo en helicóptero costaba tres mil yenes de entonces, lo que vendrían a ser más de treinta mil yenes ahora. Una fortuna.

Así que, a cambio, decidí comprarles un manjū helado de Matsunaga por quince yenes. Yōko recobró enseguida su buen humor, pero Kōichi me dio la espalda y se puso a llorar sacudiendo los hombros, tratando de respirar entre violentos hipidos, secándose las lágrimas con el puño mientras veía cómo el helicóptero alzaba el vuelo con un niño rico a bordo.

Aquel día, el cielo estaba tan azul que parecía un trozo de tela. ¡Cómo me habría gustado haber podido regalarle a Kōichi un paseo en helicóptero! Pero yo no tenía dinero, y el remordimiento me ha acompañado siempre. Diez años después, cierto día, ese arrepentimiento me atravesó el corazón como una flecha. Sigue clavada dentro de mí, y sé que seguirá ahí para siempre.

Todo permanece quieto, nada se mueve. Ni las letras rojas como heridas que dicen: «Parque zoológico de Ueno. ZOO»; ni el cartel que reza: «Parque de atracciones»; ni los dedos de los enanitos vestidos de rojo, azul y amarillo que saludan con la mano abierta por encima de la valla.

Tiemblo como un junco solitario. Siento el impulso de hablar y expresarme, pero no puedo, y no sé qué hacer al respecto. Busco una escapatoria, tengo tantas ganas de encontrar una salida…, pero la oscuridad no termina de posarse a mi alrededor y tampoco encuentro una luz que me ilumine. Aunque haya un final, nunca termina… esta angustia constante, esta tristeza, esta soledad.

El viento atraviesa los árboles y el roce de las hojas deja caer algunas gotas de agua, pero ya no está lloviendo.

Una mujer con un delantal rojo limpia el toldo rosa y desgastado del restaurante Sakuraguitei subida a una escalera de mano. La escalera está apoyada entre un cartel de letras blancas que dice: «Tortitas de oso panda» y unos farolillos blancos y rojos temblando en el aire.

En el banco de enfrente hay dos señoras mayores. La de la derecha, que lleva una rebeca blanca, saca un pequeño álbum de fotos de su bolso amarillo. «He traído las fotos por si acaso, ¿las quieres ver?», dice; y a continuación le enseña a su amiga una imagen en la que aparecen unos treinta hombres y mujeres de edad avanzada colocados en tres filas.

La señora de la izquierda lleva una rebeca negra y es una cabeza más alta. Coge unas gafas de presbicia del interior del bolso de cuero que cuelga de su hombro y empieza a dibujar una espiral en el aire con el dedo índice, a unos pocos milímetros de la foto.

—Esta era… ¿cómo se llamaba? La mujer del profesor Yamazaki. Veo que él también está.

—Siempre están juntos, de toda la vida. Se llevan muy bien.

—Y este… era de la Asociación de Alumnos…

—Sí, Shimizu.

—Y esta era… Tomo.

—Su sonrisa me resulta familiar.

—¡Y mírate a ti! ¡Pero si pareces una actriz!

—¡Pero qué cosas dices!

Las dos mujeres están tan cerca la una de la otra que forman una única sombra. Una paloma la atraviesa con ritmo acompasado y afán explorador.

En el cielo, dos cuervos intercambian graznidos agudos como un presagio.

—Esta persona que está al lado de Takeuchi es Yamamoto, ¿verdad? Que tiene una tienda de antigüedades… Y esta es Yoshiko Sonoda…

—Y mira, esta es Yumi.

—Ah, sí, Yumi. La última vez que la vi fue en la vigilia de Yūko.

—Llevábamos décadas sin coincidir, pero fíjate que nos reconocimos enseguida.

—Y esta persona de aquí trabajaba en la administración, ¿te acuerdas? Es…

—Iiyama.

—Eso es, Iiyama.

—Y la que está a su lado es…

—¿No es Hiromi?

—Sí, eso es, Hiromi.

—Y esta es Mutchan.

—No ha envejecido nada.

—Ah, mira, Shinohara.

—Siempre tan elegante con su kimono.

—Es muy guapa.

—Y mira, Fumi, Take, Chii… y Kurata, que estaba en otra clase.

—¿Ah sí? No lo recuerdo.

—Kurata vive en Kawasaki. El otro día me contó que últimamente hay un hombre merodeando por su barrio. Al parecer, una vez se hospedaron en un hotel-balneario de Echigo-Yuzawa con este señor y otros amigos, y el hombre hablaba tanto que no calló ni aun cuando todos se tumbaron a dormir en la habitación. Imagínate, todos intentando dormir y el otro tomando té y hablando sin parar…

—¡Qué incordio!

—Sí, imagínate. Por lo visto es el marido de alguien. Incluso lo han visto entrar en el jardín de Kurata.

—Eso sí que es un problema, porque ni siquiera puedes llamar a la policía, tratándose de un conocido.

Yo nunca llevaba ninguna foto encima. Pero las personas que se fueron, los lugares que dejé atrás y el tiempo que ya pasó siempre estaban presentes, en frente de mis ojos. Yo vivía de espaldas al futuro, evitándolo, mirando solo al pasado. Lo que sentía no era añoranza ni nostalgia, no era nada tan dulce. Simplemente no podía soportar el presente y el futuro me aterrorizaba, y cuando me quise dar cuenta estaba hundido en un pasado que una vez acontecido ya no podía llevarme a ninguna parte. No sé si el tiempo llegó a su fin o si se detuvo temporalmente; no sé si es algo que se puede rebobinar y empezar de nuevo, como una película. O puede ser que el tiempo me expulsara para siempre. No lo sé, no lo sé, no lo sé…

Cuando era pequeño, en mi familia nunca nos hacíamos fotos todos juntos. Para cuando empecé a tener uso de memoria, la guerra ya había estallado y solo recuerdo la escasez de comida y la sensación de tener el estómago siempre vacío. Pero me libré de ir a la guerra gracias a que era todavía un niño.

En el barrio en el que vivíamos hubo chicos que con diecisiete años decidieron alistarse de forma voluntaria, hubo uno que se bebió casi dos litros de salsa de soja para evitar el reclutamiento, y otro que fingió ser sordo y ciego.

Yo tenía doce años cuando terminó la guerra.

Estábamos demasiado concentrados en intentar no morirnos de hambre como para sentirnos tristes o miserables ante la derrota. Si ya era difícil dar de comer a un hijo, mis padres tenían que alimentar a ocho. En aquella época, en Hamadōri todavía no se había construido la central nuclear de la Compañía Eléctrica de Tokio, ni tampoco existía la central térmica de la Compañía Eléctrica de Tōhoku, ni las fábricas de Hitachi y de Delmonte. Los que tenían granjas más grandes podían autoabastecerse, pero nuestros arrozales eran diminutos y no podían darnos de comer a todos, así que nada más obtener el graduado escolar me fui a trabajar al puerto pesquero de Onahama, donde además de comida me daban alojamiento.

Por alojamiento no me refiero a un piso, ni siquiera a una vivienda compartida, sino a vivir a bordo de un gran buque pesquero.

Entre abril y septiembre pescábamos bonito, y entre septiembre y noviembre, paparda del Pacífico, caballa, sardinas, atún y platija japonesa.

Lo peor de la vida en el barco eran los piojos. Cada vez que me cambiaba de ropa caían sobre mí o se quedaban entre las costuras, y si hacía un poco de calor los notaba moverse por toda mi espalda. Eran una auténtica tortura.

En Onahama solo trabajé dos años. Poco después decidí ayudar a mi padre, que había empezado a recoger almejas blancas en la playa de Kitamiguita.

Zarpábamos en una barca pequeña de madera, hundíamos en el fondo del mar una rastra metálica, y como por entonces no había bobinas eléctricas, tirábamos de una soga con las dos manos y hacíamos fuerza sujetándonos bien con los pies. Tirábamos y sujetábamos, tirábamos y sujetábamos, y así era como recogíamos almejas mi padre y yo todos los días.

Pero no éramos los únicos. Había gente de nuestro vecindario y de otros barrios que también venía a cogerlas. Por lo que, sin apenas tiempo para poder reproducirse, las almejas se agotaron al cabo de cuatro o cinco años.

El año en que nació mi hijo Kōichi, me fui a recoger algas kombu a un pueblo pesquero llamado Hamanaka, al lado de Kiritatsubu, en Hokkaidō, gracias a un conocido de mi tío, que había emigrado allí hacía un tiempo y que me avisó del trabajo.

En las fiestas de mayo volvía a casa y ayudaba a sembrar arroz, a poner abono o a segar el pasto para que estuviera todo listo antes del Nomaoi.[10] En Sōma, se decía que había que hacer todo lo que se pudiera antes del Nomaoi, ya fuera sembrar, limpiar la casa o devolver dinero prestado, hasta el punto, que incluso se había acuñado la expresión «rendir las cuentas de Nomaoi». El año entero se organizaba en torno a este evento.

Las fiestas duran tres días, del 23 al 25 de julio.

El primer día, el almirante general parte del santuario[11] sintoísta Nakamura, en Udagō, Sōma, y empieza un recorrido a caballo que culmina en el cuartel general de Kitagō, donde es recibido entre clamores. Luego, los samuráis de Udagō y Kitagō salen juntos a combatir, a quienes se les unen los guerreros de Haramachi y Nakanogō, que salen del santuario Ōta, y los de Namie, Futaba y Shineha, en Okuma, que parten del santuario Odaka.

El segundo día es el más importante. La trompeta de caracola y el redoble de los tambores de guerra dan el toque de salida a quinientos guerreros, que inician una marcha militar hacia Hibarigahara, donde compiten en varias carreras de caballos y luchan por obtener dos banderas sagradas.

Durante el tercer día se celebra el ritual de Nomakake. En él, unos hombres vestidos enteramente de blanco y con una bandana en la frente capturan a un caballo salvaje tan solo con sus manos para luego sacrificarlo como ofrenda al santuario Odaka.

Al parecer, alquilar los caballos y conseguir las armaduras necesarias cuesta millones de yenes, y eso hacía que aquellas no fueran unas fiestas para pobres. Pero cuando yo era pequeño, con cinco o seis años, mi padre me llevó a ver la ceremonia de salida de Nomakake a la antigua casa del teniente general de Kashima y me sentó sobre sus hombros para que pudiera disfrutar del espectáculo.

—La salida tendrá lugar a las 12:30.

—A las 12:30, entendido. Me retiro de inmediato para comunicar el mensaje.

—Comuníqueselo también a los samuráis de Kitagō.

—Entendido. Por cierto, le pido disculpas por el comportamiento grosero de los caballeros del cuartel de Udagō. He de volver inmediatamente.

—Gracias. Avance con cuidado.

Sōma, Nagareyama[12] nae, nae, essai

Si quieres aprender, aprende, nae, essai

La siembra del verano, nae, nae, essai

Mira, el Nomanoi, nae essai.[13]

Los samuráis se montaron en sus caballos y fueron avanzando despacio por entre los arrozales verdes. Sus estandartes ondeaban al viento, cada uno con una insignia diferente. A mí me divertía ver todos aquellos dibujos estampados sobre los banderines. «¡Mira, ese tiene un ciempiés! ¡Y en ese hay una serpiente enroscada! ¡Y en aquel hay un caballo haciendo el pino!», grité señalando las banderas con el dedo sobre la cabeza de mi padre.

Tardé dos días y dos noches en llegar a Hokkaidō. Primero cogí un tren desde Kashima hasta Sendai, luego otro hasta Aomori, donde me subí en un ferri. No llegué a Hakodate hasta la mañana siguiente.

En Hakodate tuve que montar en otro tren para atravesar la cordillera de Tokachi y el puerto de Karikachi. Las pendientes eran tan pronunciadas que a la locomotora le resultaba imposible coger velocidad, ni siquiera impulsada por dos motores. Iba tan despacio que podría haberme bajado a hacer pis y volver a subir con el tren en marcha sin ningún problema.

Aquel año hubo un terremoto de 9,5 grados de magnitud en Chile. En Kiritappu, el consiguiente tsunami mató a once personas. Cuando llegué, todavía se podían ver mantas y colchas encaramadas a los postes eléctricos sobre las colinas, y recuerdo que le pregunté sorprendido a mi tío, que se había mudado a aquel lugar antes que yo: «¿De verdad llegó hasta ahí el tsunami?». «¡Claro que sí! Dicen que tenía una altura de seis metros. Cuando tuvo lugar el terremoto del año 27 de la era Shōwa,[14] el tsunami que le siguió era gigante y desgajó Kiritappu de la isla principal de Hokkaidō, y así es como esto se convirtió en un islote independiente. Antes de aquello todo este lugar era apenas una estrecha lengua de tierra. La gran marea también se llevó por delante el puente que unía los dos lados», me contó, y ambos nos quedamos encogidos frente al mar.

El agua estaba completamente cubierta de algas. El kombu puede llegar a medir hasta quince metros. Para cogerlo lo enganchábamos al garfio que teníamos incrustado en nuestras cañas, tirábamos hasta colocar una parte en la barca, y sacábamos el resto tirando de él con las manos. De vuelta en la playa, cargábamos todas las algas en una carreta tirada por un caballo y luego poníamos a secar las tiras una por una sobre la arena, hasta que la playa quedaba completamente negra.

Pasaba dos meses al año con mi tío, y luego, a principios de octubre, volvía a casa para ayudar con la cosecha del arroz. Así pasé unos tres años.

Hasta que un día decidí irme a Tokio a trabajar. A mi padre le dolía demasiado la espalda como para seguir dedicándose a las labores del campo; tanto Masao como Katsuo querían ir a la universidad, y Yōko y Kōichi iban a seguir dependiendo de nosotros durante un tiempo.

Era el año 38 de la era Shōwa, el anterior a las Olimpiadas de Tokio.[15] Una mañana fría salí de casa todavía de noche y me dirigí a la estación de Kashima. Cogí el tren de las 5:33 y llegué a Ueno pasado el mediodía. Recuerdo la vergüenza que sentí al observar mi reflejo en las ventanillas del tren y ver mi cara sucia por el hollín de todos los túneles que habíamos tenido que atravesar. Mientras caminaba por el andén me bajé la visera de la gorra varias veces para que nadie se diera cuenta. Me instalé en el albergue de la empresa constructora Hasegawa, en Taishidō, en el barrio de Setagaya. Era una habitación de seis tatamis[16] en un edificio prefabricado, con bañeras e inodoros compartidos. Cada día, un compañero que por fortuna sabía cocinar nos preparaba platos sencillos: sopa de miso, arroz, y algo más. Como mi trabajo era muy físico, me quedaba con hambre si no me tomaba dos boles de arroz. Por entonces no había fiambreras como las que existen ahora, y si las había yo no tenía dinero para comprarlas, así que después de desayunar metía el arroz en un bol, le ponía un plato encima a modo de tapadera, lo envolvía todo con una tela y apretaba bien el nudo para que no se moviera. Y así me subía al tren e iba a trabajar. Al mediodía tenía una hora de descanso y me daba tiempo a comprar por la zona alguna croqueta o algún filete de pollo empanado para acompañar el arroz.

Mi trabajo consistía en construir las instalaciones deportivas de los Juegos Olímpicos, es decir, las pistas de atletismo, el estadio de béisbol o las canchas de voleibol y de tenis. Pero no teníamos ni buldóceres ni palas mecánicas; los obreros emigrantes no sabíamos cómo manejar esas máquinas, de modo que cavábamos la tierra con un pico, la recogíamos con una pala y la cargábamos en una carretilla. Todo a mano, con solo la fuerza de nuestros cuerpos. Muchos veníamos de la misma región de Tōhoku, de familias campesinas. «Trabajar en las obras es muy parecido a arar el campo», bromeábamos. Cada día, al terminar la jornada, hacia las cinco de la tarde, mis compañeros se iban de copas. Como yo no bebía, casi nunca los acompañaba. A veces insistían en que fuera con ellos. «¡Venga, que hoy pago yo la ronda!», me animaban, y yo, incapaz de decirles que no, acababa saliendo con ellos, pero por mucho que lo intentaba no lograba acabarme ni un vaso de cerveza, así que dejaron de invitarme.

Ganábamos mil yenes al día, unas tres o cuatro veces más de lo que pagaban en mi tierra por trabajar las mismas jornadas, y las horas extra estaban remuneradas con bastante generosidad, así que las hacía con mucho gusto, incluso en domingos y festivos.

Me pagaban cada quince días. Todos los meses enviaba a casa unos veinte mil yenes. Era el mismo salario que el de un maestro, lo que vendrían a ser unos doscientos mil yenes de ahora.

—No hay nada de trabajo últimamente —dice un sintecho partiendo la rama de un arce. Su cazadora vaquera me resulta familiar. Es la que me ponía yo, la recuerdo perfectamente porque tiene una mancha blanca en la espalda con la forma de Hokkaidō, como si le hubiera caído algo de lejía encima. La encontré un día en el punto de recogida de ropa usada de Hirokōji, y la verdad es que me vino muy bien para los días todavía fríos de principios de primavera. La tenía siempre colgada del techo de mi tienda, pero seguramente alguien se la llevó… cuando desaparecí.

—Con la crisis que hay, da igual que busques en sitios grandes o pequeños. Todos te tratan como si fueras una mierda —dice una anciana con el pelo cano, que de tan alborotado parece un nido para pájaros. Acto seguido se enciende un Hi-lite y aspira el humo.

Creo que la conozco. Sí, reconozco su cara, esa frente demasiado tersa para su edad… Estoy seguro de que la he saludado alguna vez; incluso habremos intercambiado algunas palabras.

—Lo peor son las empresas medianas, con treinta o cuarenta empleados. Son las peores, las que no son ni grandes ni pequeñas.

—El otro día cogí la línea Odakyū…

—¿La Odakyū? ¿Para qué? ¿Para ir a algún sitio de esos caros que están de moda?

—No, ¿te acuerdas de la barraca en la que vivía Shigue, el que se murió?

—¿Shigue se murió?

—Sí, se murió. Lo encontraron tieso en su tienda.

—Pues claro, cómo no se iba a morir, ya era muy mayor.

Los ojos de la anciana se hunden un momento. Quiero consolarla, pero no puedo; para mí ya no es posible hacer algo tan sencillo como poner una mano sobre su hombro u ofrecerle cualquier consuelo.

Conocía a Shigue. Era un intelectual. Siempre andaba leyendo alguna revista o periódico que recogía de la calle. Seguramente, antes de ser un sintecho, se había dedicado a algún trabajo que requería tener bastante cabeza.

Una vez, alguien le dejó un gatito en la tienda, y con el dinero que había amasado vendiendo latas vacías pagó la esterilización del cachorro y lo llamó Émile. Se encariñó mucho con él, hasta el punto de que, cada vez que venían a desalojarnos, ponía al gato en la carretilla y se trasladaba con él, y en los días de lluvia lo protegía con su paraguas.

Fue Shigue el que me contó que la campana del templo Kan,eiji se construyó para dar la hora a la gente de Edo[17] tres veces al día, a las seis de la mañana, a las seis de la tarde y al mediodía, y que sobre la colina frente al campanario se conserva un relieve con la cara de una antigua estatua del Gran Buda.

—La cabeza del Gran Buda se cayó tres veces debido a un terremoto y una vez más por un incendio, cuatro veces en total, una verdadera lástima. La primera vez que se despegó fue en 1647. Al parecer, el sacerdote del templo, disgustado por lo que había sucedido, fue a pedir limosnas por todo Edo con el fin de restaurar la estatua, pero nadie le prestó atención. Entonces, justo antes del atardecer se le acercó un mendigo y lanzó unas pocas monedas dentro del cuenco metálico del bonzo. Aquel gesto incentivó a otros a donar, hasta que, dicen, consiguió suficiente dinero como para volver a levantar una segunda estatua de más de seis metros y medio de altura. Sin embargo, doscientos años después, la cabeza se volvió a desprender durante un incendio. La arreglaron nuevamente, y a los diez años se volvió a caer durante otro terremoto. La restauraron por tercera vez, y aunque sobrevivió a la batalla de Ueno, terminó por hacerse añicos en el Gran Terremoto de Kantō del año 12 de la era Taishō.[18]

Shigue era una persona extraña que podía hablar largo y tendido sobre cualquier tema, como si fuera un profesor. Quizá lo había sido.

Después de escuchar aquella historia, yo le hablé de la torre radiofónica. En Hamadōri, todo el mundo conocía el pueblo de Haramachi por su torre radiofónica, que, de hecho, fue su símbolo desde que la construyeron en el año 10 de la era Taishō,[19] hasta que la desmantelaron en el año 57 de la era Shōwa.[20] Cuando tuvo lugar el Gran Terremoto de Kantō, desde aquella torre se anunció la noticia que daría la vuelta al mundo: «Hoy a las doce del mediodía se ha producido un terremoto de gran magnitud en Yokohama causando incendios catastróficos. Prácticamente toda la ciudad está sumida en un fuego feroz. No hay cifras oficiales de muertos o heridos. Todo el transporte ha sido detenido». Eso fue lo que yo le conté.

Al oír esto, Shigue respondió:

—En realidad, durante el Gran Terremoto de Kantō, el parque de Ueno no se llegó a incendiar, a pesar de que los alrededores quedaron devastados, y dicen que fue gracias al estanque de Shinobazu. Incluso Matsuzakaya,[21] que estaba justo enfrente, quedó reducido a cenizas. Hordas de gente procedente no solo de las proximidades, sino también de Nihonbashi o Kyōbashi, inundaron el parque intentando huir de las llamas. Muchos venían con todas sus pertenencias amontonadas en carretillas, y eran tantos que desbordaron toda la estación de Ueno, los andenes, incluso las vías, hasta el punto de que los trenes no pudieron salir. Desapareció muchísima gente. Los vecinos se acercaban al pedestal de la estatua de bronce del general Takamori Saigō y pegaban papeletas y carteles con los nombres de sus allegados. El emperador Shōwa,[22] vestido de traje militar, inspeccionó el parque repleto de refugiados y lo declaró de suma importancia para la prevención de desastres. En enero del año 13 de la era Taishō,[23] la casa imperial obsequió el parque a la ciudad de Tokio, y por ese motivo el parque pasó a llamarse «El Parque del Obsequio Imperial-Ueno». —Una vez que terminó su relato, Shigue miró con cariño a Émile, su gato atigrado, que estaba tumbado sobre el césped moviendo la cola con los ojos cerrados.

Yo no le conté que había visto al emperador Shōwa de cerca. El cinco de agosto del año 22 de la era Shōwa,[24] a las 15:35, el emperador descendió del tren en la estación de Haramachi y permaneció allí durante siete minutos.

Yo acababa de volver a mi pueblo después de haber estado faenando en el puerto de Onahama. El cielo estaba tan azul aquel día que no se me olvida. El canto de la gran cigarra marrón hizo temblar todo el monte Honja, y como empujado por aquel estruendo surgió el de la cigarra min-min. El sol parecía haberse derretido y clavaba sus rayos trémulos sobre las camisas blancas de la gente y sobre las hojas verdes de los árboles, tan deslumbrantes que me costaba mantener los ojos abiertos. Yo estaba ahí, en la estación, esperando al emperador junto a otras veinticinco mil personas, inmóvil y sin una gorra que me protegiera la cabeza.

Cuando se bajó del tren imperial con su traje impecable, saludó a la masa posando una mano sobre la elegante ala de su fedora. En ese momento alguien gritó: «¡Viva el emperador!», mientras sacudía los brazos en alto, y acto seguido una ola de vítores atravesó el aire.

—No me puedo creer que se haya muerto Shigue.

—¡¿Cómo puedes aguantar toda esa ceniza en el cigarrillo?!

—Llevo fumando ochenta y cinco años, como para no dominarlo.

—¡Ja! ¿Qué pasa, acaso naciste con un cigarrillo en la boca?

—¡Así que Shigue se ha muerto!

—Pero ¿por qué te preocupa tanto? ¿Erais amantes o qué?

—Vete a la mierda. ¿Por qué no te ahorcas, o algo?

—Pero si no eres más que una vieja guarra y sucia, no sé qué es lo que te molesta tanto.

—¡Cabrón! ¡Te voy a arrancar el corazón!

—Uuh, das más miedo que las viejas de las chabolas de San-ya. ¡Quieta, que me estás pasando las garrapatas! —dice el sintecho sacudiendo la pierna.

—Qué idiota eres, solo son hormigas.

La anciana baja la mirada y se mira el zapato de cuero que lleva en el pie derecho, luego la zapatilla deportiva del pie izquierdo. Aunque se da cuenta de que los cordones están sueltos, no hace ademán de agacharse para atárselos.

—Venga, deja de quejarte tanto y siéntate. ¡Que te sientes!

—¡Pero si no hay ningún sitio donde sentarse!

—Venga, siéntate aquí.

El hombre se aposenta junto al alcorque y saca de su bolsillo un trozo de papel.

—Serán unos cinco mil yenes. Si me toca, te doy la mitad.

La mujer, finamente, decide sentarse a su lado y balbucea las letras escritas sobre el boleto de apuestas del hipódromo.

—Sesión de noche, Copa del Emperador, trigésimoquinta edición, carrera número 11, trifecta, 1, 12, 3, 500 yenes, 1, Oeraijin, jockey Ken Kimura, 12, Miracle Legend, jockey Hiroyuki Uchida, 3, Tosen Goliath, jockey Naoya Hashimoto.

Cuando termina de fumar, lanza el pitillo hacia su pie derecho, el que lleva el zapato de cuero. De la colilla sigue saliendo humo. Unas hormigas caminan en fila entre los pies del hombre y de la mujer y van subiendo por el tronco del árbol conectadas por un hilo invisible. Pero su nido no está ahí. Todos los árboles del parque de Ueno llevan una etiqueta parecida a la que tienen las llaves de los paragüeros en algunos hospitales, oficinas y bibliotecas. En este árbol en concreto se puede ver una placa verde en la que viene escrito: «A620». Recuerdo de pronto el tacto áspero de la corteza, las hormigas caminando sobre mi piel. No, el nido de hormigas no está en el árbol. Ahora empiezan a bajar y continúan cuesta abajo por el suelo asfaltado salpicado de cacas de paloma hasta llegar a la esquina donde se hacinan las chabolas cubiertas por una lona azul. En esa esquina hay una cerca decorada con ilustraciones de árboles, y por encima de ella, unas vallas metálicas revestidas por un plástico azul con dibujos de nubes blancas.

De una de las chabolas llega el sonido de la radio retransmitiendo un debate parlamentario.

«Soy consciente de que hay muchos ciudadanos que albergan sentimientos complejos con respecto al accidente que tuvo lugar en marzo del año pasado, pero creo firmemente que es el deber del Gobierno tomar decisiones responsables sobre un tema que actualmente divide a la nación, por lo que sí me gustaría, en este sentido, poder ofrecer explicaciones sobre lo ocurrido.»

«Señor Yasunori Saitō, por favor.»

«Las normas de seguridad existentes se aprobaron en base a la fantasía de que las instalaciones eran seguras. La decisión de reanudar la actividad está obviamente provocando mucho descontento entre la gente, porque no resulta nada razonable ni seguro reactivar las centrales en estas condiciones. Me gustaría pedirle al primer ministro que reconsidere su decisión…»

Oigo a lo lejos el ruido de una segadora. Siento la fragancia fresca de la hierba recién cortada. También me llega el olor a ramen instantáneo que alguien está calentando en su hornillo.

Asustados por algo, unos cuantos gorriones salen volando en bandada como alubias de soja esparcidas en el aire durante Setsubun.[25]

Las hortensias están en flor. Los pétalos más alejados del centro del racimo son de un lila suave y enmarcan a las flores que están en el interior, más pequeñas y de un violeta más oscuro.

Cuando estaba vivo, este tipo de cosas me hacían sentirme muy solo.

Los sonidos, el paisaje y los olores se acaban mezclando y disipando, empequeñeciéndose, y siento que en el momento en el que estire mis dedos e intente tocarlo todo se va a borrar, pero no tengo dedos para poder tocar nada, no puedo tocar, ni siquiera puedo juntar mis manos.

Cuando uno no existe, tampoco puede desaparecer.

«Señor primer ministro.»

«Sé que ustedes deberán estar haciéndose muchas preguntas. Soy consciente de ello, pero, básicamente, de cara a los damnificados, y esto es algo que inició nuestra Administración el pasado mes de septiembre, nuestra prioridad máxima se centra en recuperarnos del desastre, continuar luchando contra el accidente nuclear, y reactivar la economía. Estos son nuestros compromisos más importantes en estos momentos. Y seguiremos cumpliendo con las políticas instauradas para ayudar a las víctimas…»

De pronto empieza a llover. Las lonas de plástico que cubren las tiendas y chabolas se van mojando poco a poco. La lluvia cae con peso. Cae como el peso de lo vivo, como el peso del tiempo, inexorable. En las noches de lluvia era imposible escapar del sonido del agua y me costaba dormir. Cuando no es la falta de sueño, es el sueño eterno. La vida te arrebata unas cosas, y la muerte, otras. Llueve, llueve, llueve, llueve.

También llovía el día en el que murió mi único hijo.

«Su majestad la princesa de la corona ha dado a luz a un nuevo príncipe, a las 16:15, en el hospital de la casa imperial. Madre e hijo se encuentran en perfecto estado de salud.»

El 23 de febrero del año 35 de la era Shōwa[26] el locutor dio la noticia con gran exaltación. Poco después, la radio retransmitió los clamores y tambores de los ciudadanos que se habían concentrado en torno al puente del recinto imperial de forma espontánea, o frente a la residencia del príncipe, armados con farolillos rojos y blancos, entonando el himno nacional y vitoreando: «¡Viva el emperador!».

También en Kashima lo celebraron con fuegos artificiales, cuyas detonaciones, unas veinte o treinta, se pudieron oír en los alrededores del ayuntamiento.

Setsuko se había puesto de parto el día anterior por la mañana.

A diferencia de cuando nació Yōko dos años antes, este iba a ser un parto muy difícil. Tuvo dolores durante un día entero. «Estas cosas pasan, no te preocupes, nacerá antes del atardecer», dijo mi madre con aparente calma, pero su mirada y su voz temblorosa delataban cierto temor. Pasó otro día entero y Setsuko seguía con la cara colorada, apretando la mandíbula y agitando las piernas. Cuando fui a consultarlo con sus padres, que vivían en la misma aldea, me dijeron que en Kashima había una matrona muy buena llamada Toshi Konno, y me recomendaron que fuera a buscarla.

Volví a casa para avisar de que iba a ir hasta Kashima para pedirle ayuda a la matrona en cuestión. Mi madre apretó los labios y la mirada de mi padre se oscureció. En la radio, un locutor distinto al anterior anunciaba, sin poder contener su emoción: «¡Enhorabuena al príncipe heredero y a la princesa! Estamos aquí, frente a un montón de ciudadanos que celebran con alegría y enérgicos vítores la llegada del príncipe a su residencia. Mis más sinceras felicitaciones». De fondo se podía oír el clamor de la gente que acababa de ver a la familia imperial regresar del hospital.

Me vino a la mente la vaga imagen de mí mismo apoyado en el cristal oscurecido de la ventana del salón. Sabía que no tenía dinero para pagar a la comadrona, pero no había tiempo para pedir un préstamo, y, en todo caso, no sabía ni a quién pedírselo. Tragué saliva y al segundo la boca se me volvió a llenar de agua. La voz de la radio se alejó, volví a tragar saliva y ya no pude ni oír el sonido del vacío.

La imagen de mis padres desapareció de mi campo de visión. Salí a la calle y eché a correr, sin poder dejar de pensar en el dinero ni un solo momento. «Ni siquiera tengo para pagar esto, ni para esto tengo», me decía a mí mismo.

En la época en la que nació Kōichi éramos pobres de solemnidad. Yo me ganaba la vida recogiendo almejas con mi padre en la playa de Kitamiguita, pero todo cuanto ganaba lo dedicábamos a saldar las deudas que teníamos con el banco, en comprar cosas en la ferretería y en comida: arroz y sake. Nunca sobraba nada.

Para que no nos faltara qué llevarnos a la boca, entre primavera y otoño, mi madre y Setsuko trabajaban el campo todos los días, salvo cuando llovía. Sembraban arroz, patata, calabaza y verduras, y luego traían la cosecha a casa.

En invierno tejían jerséis para toda la familia. Como usaban una lana barata, enseguida se hacían agujeros, pero ellas los remendaban volviendo a tejer encima con mucho cuidado. Me gustaba ver a Michiko, mi hermana más pequeña, estirar la lana deshilvanada entre sus manos y moverla de derecha a izquierda adaptándose a la madeja que iban haciendo mi madre y Setsuko. Entonces ella les pedía que cantaran algo, pero Setsuko, que era muy tímida y de pocas palabras, nunca se atrevía a entonar nada, y era mi madre la que se ponía a tararear: «El cuidado de los niños parece fáaaacil, pero no lo eeeees». «Pero mamá, ¿de dónde has sacado esa canción?», preguntaba Michiko, y mi madre respondía con cierta añoranza: «La aprendí cuando me fui a trabajar como niñera cuidando a los hijos del licorero. Tendría yo siete u ocho años». Yo pensaba en el mensaje de la canción, «el cuidado de los hijos parece fácil, pero no lo es», y se me quedaba el pecho agarrotado como si me hubiera tragado una piedra, los ojos ardiendo como si estuvieran en llamas.

De vez en cuando venía a casa un funcionario de la Oficina de Impuestos a cobrar las deudas.

Yo mandaba a Katsuo y a Masao, que todavía eran pequeños, a decirle que ni mi padre ni yo estábamos en casa, pero el hombre respondía con severidad: «A mí no me podéis engañar, ¿eh? ¿Dónde están? ¿A qué hora vuelven?». Y aunque su tono de voz era cada vez más serio, mis hermanos seguían insistiendo, mientras se sorbía los mocos: «Dijeron que no sabían cuándo iban a volver». El funcionario, cada vez más impaciente, volvía a la carga: «¿Y tu mamá no está? Que venga tu mamá». A lo que mis hermanos respondían entre sollozos: «Mi mamá también se ha ido a Haramachi, no está en casa». Al final, el cobrador se marchaba resignado: «Qué remedio, diles que volveré».

En ese momento yo respiraba con alivio, pero, por otra parte, me carcomía la culpa por haber tenido que obligar a niños tan pequeños a mentir. Ser pobre era el mayor de los crímenes. Y el castigo por ese crimen era ser pobre. Antes de que uno pudiera redimir su culpa volvía a cometer un nuevo crimen, y así estábamos, en un círculo vicioso del que solo se podía escapar dejando de ser pobre.

La única tregua que nos daba el cobrador de deudas era durante la primera quincena de enero. En Nochevieja íbamos en familia al templo budista Shōenji, en Kashima, y esperábamos nuestro turno para tocar una de las ciento ocho campanadas de medianoche. En Año Nuevo yo sorprendía a mis hermanos con el sobrecito de la propina. Aunque no fuera mucho, siempre lo agradecían, y luego me dedicaba a jugar con ellos un rato a los juegos típicos de la temporada: las cometas, hagoita,[27] karuta,[28] fukuwarai…[29]

Sin embargo, febrero era el mes más duro del año.

Unos diez días antes de que naciera Kōichi volvieron a venir unos funcionarios de la Oficina de Impuestos y pegaron unos papeles rojos por toda la casa. Menos en las cazuelas y en la mesa baja, pusieron papeletas en todas partes: en los armarios, en la radio, en el reloj de pared. En todas nuestras pertenencias, sin piedad alguna.

—Para eso, que se lleven todos estos trastos. Nos harían un favor. —Mi padre sacó pecho y escupió mientras se emborrachaba con aguardiente barato. Pero nada cambió el hecho de que resultaba patético acostarse, levantarse y comer en una casa llena de avisos de embargo.

No recuerdo si el día en el que nació Kōichi ya nos habían requisado nuestras pertenencias o si todavía quedaba algo en la casa.

Me acuerdo del frío que hacía, de los pétalos de las flores que bailaban al viento en el camino de noche, de cómo me acerqué a mirar el nombre en la entrada de la casa para asegurarme de que decía Konno, el nombre de la matrona, antes de llamar a la puerta. Sin preguntarle por el precio y sin ella pedirme dinero, la mujer me acompañó a casa, se puso un gorro y una bata de color blanco y colocó un estetoscopio con forma de trompeta sobre la barriga de Setsuko. Yo esperé en el salón escuchando la radio hasta que de repente oí el llanto del bebé y la matrona nos dio la enhorabuena: «Felicidades, es un niño. ¡Qué suerte que haya nacido el mismo día que su majestad el príncipe!».

Me arrodillé junto al colchón, y al inclinarme pude ver que Setsuko tenía al bebé sobre su cuerpo y le estaba dando de mamar.

Pero, por alguna razón, mis ojos no se posaron directamente en el bebé, sino en los brazos de Setsuko, retorcidos como una hoz, musculosos de tanto arar el campo y tostados por el sol.

La matrona, que hasta entonces había estado hablándonos en japonés estándar, dijo de pronto en nuestro dialecto: «¡Pero qué niño más bonito!». Setsuko se rio, haciendo temblar su cuerpo, y después de emitir un quejido de dolor apenas perceptible, se llevó una mano a la frente, todavía sudorosa a pesar del invierno, y volvió a reírse.

La risa de Setsuko me relajó al instante y me permitió, al fin, contemplar detenidamente la cara del bebé. Y ahí estaba, mirando a mi hijo por primera vez, sintiéndome, sin embargo, como si yo fuera el niño que esperaba recibir la protección de su madre. Me entraron ganas de llorar.

Como había nacido el mismo día que el hijo del príncipe, Naruhito Hironomiya, heredero de la corona, decidí ponerle un nombre que llevara uno de sus ideogramas.[30]

—¿No te parece que huele muy mal?

—Es que está justo en la entrada.

—Aunque no esté en la entrada, es imposible no olerlo.

—Yo es que ya me he acostumbrado. Si sintiera un olor distinto cada día me sorprendería, pero como es siempre el mismo, ya no le presto atención.

Una mujer de unos treinta y tantos años con una botella de plástico enganchada en su cadera pasea a tres caniches toy. Sujeta las tres correas con su mano izquierda. El perro blanco tiene una correa roja, el gris la tiene rosa y el marrón, azul. A su lado camina otra mujer, más o menos de la misma edad, aunque más voluminosa.

—Teniendo tres, te gastarás un dineral en comida, ¿no?

—No, porque la hago yo. Meto en una cazuela arroz, pechuga de pollo y ternera y lo pongo todo a cocer, y para que tenga suficientes vitaminas añado nabo, zanahoria… a veces incluso lechuga. Les doy muchas verduras, ¿sabes?

—Comen mejor que nosotras.

—Desde luego. Yo solo como un pan de koppe.[31]

—¿Ah sí? Últimamente no se ven. Son los que nos daban en el colegio a la hora de comer, ¿no? ¿Dónde los compras?

—En la panadería esa del barrio que lleva una familia, ¿sabes cuál digo? Pues ahí los tienen.

Oigo el sonido de los zapatos retumbar sobre el asfalto. Piso las hojas secas que hay por el suelo y las siento crujir. Aunque mis oídos realmente no pueden oír nada, tengo la sensación de estar escuchando con atención. Tampoco puedo seguir a la gente con la mirada, pero siento como si estuviera viéndolo todo con los ojos entrecerrados. No puedo hablar ni puedo explicar las cosas que oigo y veo. Pero sí puedo acercarme a charlar con la gente que está en mi memoria: para eso, da igual estar vivo o muerto.

—¿No empieza el mercado de bellas de día dentro de poco?

—Sí, es el viernes, sábado y domingo de la semana que viene.

—La avenida Kototoi se pondrá hasta arriba.

—Sí, imagínate, habrá más de cien puestos.

Hay un estudiante de bellas artes coloreando con acuarela verde un árbol que acaba de dibujar sobre un papel. A su alrededor, unos ancianos con gorras de béisbol y sombreros de paja lo observan con las manos metidas en los bolsillos, o detrás de la espalda, o con los brazos cruzados.

Nadie lleva paraguas. De repente el asfalto está totalmente seco. Hoy será uno de esos días de lluvia intermitente…

Hoy…

Un único día…

Aquel día llovía. Agaché la cabeza como si así pudiera escapar de las gotas gélidas y me quedé viéndolas rebotar en el suelo como aceite de tempura en una sartén. Mientras caminaba, el agua me golpeaba el cuerpo entero y me hacía temblar de frío, pero yo seguí caminando, caminando bajo la lluvia.

—Sí, y la gente se pondrá yukatas con estampados de bellas de día.

—Los jóvenes de hoy ya no se ponen yukatas.

—¡Qué va! ¡Claro que se los ponen!

—Cada año me llevo dos macetas, pero no consigo que florezcan. No son nada fáciles, ¿sabes? Requieren bastantes cuidados. Como son flores del sur hay que colocarlas en lugares a los que les de sol directo, y si las hojas empiezan a mustiarse y a ponerse cabizbajas como las orejas de un perro, entonces tienes que regarlas con agua que haya reposado un par de días, o si no, con suero de arroz. Y si en verano las flores se marchitan, las tienes que quitar con cuidado para que no se caigan las semillas en la tierra, porque las semillas buenas para sembrar son las que echan a mediados de septiembre.

Hay varias bicicletas estacionadas al borde del camino.

Estoy frente a la Torre de la Memoria, erigida en homenaje a los caídos durante el bombardeo aéreo de Tokio; supongo que serán familiares que han venido a rezar.

Un día, Shigue y yo estuvimos haciendo cola toda la noche en un sitio de reventas; era un trabajo por el que nos pagaban mil yenes, así que no nos importaba hacerlo de vez en cuando. En aquella ocasión, Shigue, tan intelectual como siempre, me contó una cosa:

—El bombardeo aéreo del ejército estadounidense sobre Tokio empezó el 10 de marzo de 1945 a las 00:08, a medianoche. Desplegaron trescientos bombarderos, nada menos. Los B-29 volaron muy bajo para poder lanzar mil setecientas toneladas de bombas incendiarias sobre los barrios más céntricos y poblados de la ciudad. Era una noche de mucho viento y el fuego se propagó como un tsunami. La zona del puente de Kototoi es la que resultó más dañada. Los que vivían a ambas orillas del río Sumida pensaron que se salvarían si cruzaban el puente. Aquello se llenó de familias huyendo, de gente con niños en brazos o sobre sus espaldas, de carretas llenas de las pertenencias que habían conseguido salvar o que transportaban a ancianos… Todos corriendo, huyendo en bicicleta… Entonces una ola de llamas llegó desde el lado de Asakusa y carbonizó a la gente que estaba cruzando el puente en ese momento. Había tantos cadáveres calcinados que no se podía ni pasar. En el cementerio temporal que hicieron en el parque de Sumida, a orillas del río, enterraron siete mil cadáveres, y en el de Ueno, otros siete mil ochocientos. El bombardeo acabó con cien mil vidas en apenas dos horas, y, sin embargo, no hay ni un solo museo dedicado a esta tragedia, ni siquiera una plaza de la paz como las que hay en Hiroshima y en Nagasaki.

A la sombra de una de las bicicletas estacionadas frente a la Torre de la Memoria hay un hombre delgado, de unos sesenta años, que está en cuclillas afeitándose la cara frente a un espejo retrovisor. En su mano sostiene unas tijeras de costura que desliza de un lado a otro como si fueran una cuchilla, haciendo sonar las hojas de metal. Vestido con una camiseta negra y un pantalón blanco, se le ve limpio y aseado, pero entre el equipaje que lleva en la bici hay una tienda de campaña, cazuelas, un paraguas y unas chanclas, y en la canasta delantera tiene ropa y trapos tendidos con pinzas. Seguramente lo habrá lavado todo a mano. Por lo tanto, estoy bastante seguro de que se trata de otro sintecho. Si se está afeitando, a lo mejor es que ha encontrado algún jornal. A su edad ya no es tan fácil conseguir trabajo en la construcción, pero es probable que, limpiando oficinas, por ejemplo, pueda ganar unos diez mil yenes al día. Es un trabajo de fin de semana, cuando las oficinas están cerradas, y consiste en fregar los pasillos y la zona de los ascensores desde la primera planta hasta la décima. Limpias el suelo, lo dejas secar, y luego lo pules hasta que esté reluciente.

La Torre de la Memoria es en realidad una escultura. Representa a una madre que sujeta a un bebé con su mano derecha y rodea el hombro de una niña con la izquierda. La niña está mirando hacia un lado, apuntando al cielo con el dedo, y la cabeza del bebé está orientada hacia el lado opuesto. La madre mira de frente.

Shigue continuó hablando sobre el bombardeo de Tokio hasta que abrieron las ventanillas y la cola empezó a avanzar poco a poco. Hablaba de una forma distinta a cuando me contaba cosas sobre el parque de Ueno, el Gran Buda, la campana, el templo Kiyomizu Kannon o el general Saigō. Al mencionar el bombardeo, su voz se llenaba de tristeza y de rabia y parecía como si estuviera intentando huir de un pasado doloroso, lo que me hacía pensar que quizá se había tenido que enfrentar, en este parque, a la terrible imagen que supone el cuerpo sin vida de algún ser querido, y quizá esa fuera la razón por la que había decidido montar su tienda aquí. Pero era invierno y hacía frío y yo tenía los labios demasiado secos como para hablar, y aunque entendí que era un tema delicado para él, no tuve ganas de preguntarle nada al respecto.

Al parecer, muchos niños que se habían refugiado en sus pueblos al estallar la guerra estaban de vuelta en Tokio justo durante los días del bombardeo. Habían regresado a la capital para pasar el fin de semana completo con sus padres, quienes normalmente trabajaban los sábados, pero aquel era festivo, ya que se trataba del Día de las Fuerzas Armadas. Por eso se vieron en el parque tantos cadáveres de hombres y mujeres que quedaron completamente calcinados mientras abrazaban a sus hijos.

Cada vez que me detenía frente a la Torre de la Memoria tenía la sensación de estar de pie, cara a cara, frente al tiempo. Yōko y Kōichi se llevaban dos años; en algún momento fueron como esta niña y este bebé. Como siempre me estaba ganando la vida lejos de casa, nunca nos hicimos fotos juntos. Pero tampoco he tenido nunca una cámara con la que sacarlas.

De Kōichi solo conservaba la foto de carnet de su tarjeta de estudiante de la Facultad de Radiología. La mandé ampliar, pero la imagen se desenfocó como si la estuviera viendo a través de un cristal esmerilado.

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9788418668494
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