Czytaj książkę: «Proyecto Barcelona»

Czcionka:

Miquel Molina

Proyecto Barcelona

Ideas para impedir la decadencia


Índice

1. Reencontrarse

Los hombres angustiados. Juan Muñoz

Objetivo, 2023

2. El litoral prodigioso

‘Barcelona Head’. Roy Lichtenstein

El Montjuïc de las oportunidades perdidas

La ‘V’ de cultura

La supermanzana pendiente

Innovar, regenerar

Otra oportunidad para el puerto

La Ciutadella de los prodigios

La caída de un muro

Glòries: nuevas afinidades

El horizonte metropolitano

3. El ‘soft power’ barcelonés

El mayor tesoro menos visto. Joan Miró

Una noche mágica en el Liceu

La cultura como agente dinamizador

La música como promoción de ciudad

Ciudad de la literatura

Un otoño de cine

4. Capitalidades

El submarino enterrado. Josep Riera i Aragó

Ni del sur de Europa ni de ninguna parte

La importancia de ser capital

Ni Shenzhen ni Silicon Valley

La capitalidad que Barcelona no necesita

La ciudad de los grandes eventos

Urbanismo: aunque se hable mal

Metropolitana por lo civil

5. La ciudad desencajada

‘L’estel ferit’. Rebecca Horn

Sobre el autor

Sobre el libro

Créditos

La ciudad es el lugar donde se entremezcla gente de todo tipo y condición, incluso contra su voluntad y con intereses opuestos, compartiendo una vida en común, por efímera y cambiante que sea, que viene siendo desde hace mucho tiempo objeto de comentario por urbanistas de toda clase y tema sugestivo de innumerables representaciones y escritos que intentan captar su carácter (o el carácter particular de la vida en una ciudad concreta en determinado lugar y momento).

David Harvey

Soy de Madrid, Cádiz, Barcelona, Oporto, Lyon, Bruselas, Berna, Frankfurt, Stuttgart, Turín, Florencia. Pertenezco a Moscú, Cracovia, Varsovia o hacia el norte a Christiania o Estocolmo, o a la Irkutsk siberiana, o a alguna calle de Islandia.

Walt Whitman


Reencontrarse. 1

Los hombres angustiados. Juan Muñoz

Esta tarde, en mi primera salida tras el confinamiento, he bajado a la playa en bicicleta. Compruebo que los barceloneses, sedientos de mar, hemos interpretado a nuestra manera la norma que prohíbe alejarse más de un kilómetro de casa. Hay quien se ha disfrazado de atleta para salir sin levantar sospechas. Si haces deporte, se puede, dice el manual de desescalada. Yo he pedaleado hasta el mar. Aquí, desde lo alto del paseo, el panorama aturde. En circunstancias normales, los chiringuitos habrían estado llenos de jóvenes escuchando esos ritmos hipnóticos que son ideales para presenciar una puesta del sol. Los restaurantes desbordados, los manteros extendiendo su mercancía, corrillos junto a la orilla, el trasiego de taxis frente al hotel W, el desfile de aviones en su descenso hacia El Prat.

No es que hoy no haya gente. Al contrario, veo mucha más de la que sería aconsejable en esta fase temprana. Veo a las parejas hacerse selfis frente al corazón que el guardián del hotel W ha dibujado en la fachada abriendo y cerrando cortinas. Veo cómo a través de los móviles se intercambian esas fotos con otras fotos de otros corazones en otras ciudades donde el tiempo está tan detenido como en la mía. Veo los castillos de arena que nadie construirá y las olas sin surferos y las persianas bajadas de los restaurantes.

Y entonces, sin haberlos buscado, me fijo en ellos. Son los hombres eternamente confinados, los personajes de una historia de reclusión que empieza décadas antes de la pandemia. Los inadaptados de la Barceloneta. Como de costumbre, poca gente repara en su desgracia: están ocultos bajo esos cuatro magníficos ejemplares de bellasombra, un árbol también llamado ombú que tiene como base unas raíces gruesas que afloran a la superficie.

Son los cinco hombres angustiados de la escultura de Juan Muñoz titulada Una habitación donde siempre llueve, situada en la plaza del Mar. Una obra que fue instalada en 1992, cuando el Ayuntamiento emprendió, de la mano del arte, una transformación radical del espacio público. Cinco individuos sobre otras tantas peonzas que nos transmiten su pasmo.

De normal, la escultura ya sobrecoge. Son cinco condenados a cadena perpetua incrustados en medio de una postal playera. El contraste es llamativo. Pero hoy, cuando tenemos que pasar gran parte del día encerrados en casa, lo que impresiona es precisamente la ausencia de contraste. La instalación es más que nunca un espejo: sus barrotes son los nuestros y su playa prohibida es nuestra playa prohibida. El corazón del hotel palpita dentro y fuera de la habitación sin techo.

Me acerco al letrero de la obra. De no ser por él, no hubiera sabido que los hombrecillos reposan sobre un lecho de mármol, tal es la suciedad del piso. Sin embargo, no puede decirse que la escultura esté abandonada. El conjunto de la estructura se conserva bien. Debe de resultar difícil mantener el suelo brillante debajo de una vegetación tan frondosa.

Pero pienso que, aun teniendo un mantenimiento correcto, el trabajo de Juan Muñoz, igual que el de otros artistas, es víctima de cierta incomprensión. Nunca se acumula la gente para verlo. Es una joya ciertamente oculta en el corazón promiscuo de Barcelona. Un ángulo muerto. Un recordatorio de algo que no queremos recordar. Solo me viene a la memoria una circunstancia concreta en que la obra sí conecta con su entorno. Sucede en pleno verano, cuando los inmigrantes que trabajan vendiendo pareos se sientan a la sombra de los ombúes o bellasombras para protegerse del sol, haciendo compañía a los reos de piedra. Seguro que la imagen hubiera sido muy del agrado del autor. También los vendedores del top manta son, de alguna manera, prisioneros, seres atrapados en un círculo de penurias del que pocos podrán evadirse.

Tendré la suerte de poder comentar estas impresiones, días después, con Lucía Muñoz, hija del artista fallecido en el 2001. Hablamos por teléfono. Le complace la imagen de los vendedores ambulantes arrimándose a la obra. Le agrada menos saber de la suciedad del suelo porque, explica, el contraste entre las piezas y el piso debía realzar la idea de teatralidad. Una teatralidad, dice, pirandelliana: los hombres de Muñoz son cinco personajes en busca de un autor que es el espectador, que con su mirada escribe la obra y completa la historia. Relee por teléfono Lucía Muñoz un texto de su padre a propósito de Pirandello:

Una lluvia que cae sobre un sombrero que no consuela, pero engaña. “Yo amo los momentos en que nada ocurre, cuando por ejemplo un hombre dice: ¿Me da fuego? Ese tipo de solución me interesa enormemente, o ¿qué quiere usted comer?”. Buñuel hablaba sin esperanza de absolución. Yo quisiera hacer una habitación así. Sin esperanza, llena de una lluvia irrefutable. Cayendo sobre una conversación indiferente.

Cuenta Lucía Muñoz que Juan quería ayudar a que la plaza dejara de ser un arrabal y se convirtiera en un espacio amable:

–Es una pieza que impacta enormemente en la gente cuando se la encuentra. Te puedes ver reflejado en el encierro o con la imposibilidad de conectar con algo a lo que no se puede llegar. Su obra siempre vive entre el diálogo y la extrañeza, la risa y el dolor. Provoca que la gente se haga preguntas sobre la condición humana. Pero es cierto que el arte tiene también un gran poder transformador del espacio, por eso me gusta esa imagen que me explicas de los inmigrantes que venden pareos y se acercan a la sombra de la escultura de Juan.

Su mención al arte como un agente de cambio y progreso me sugiere una pregunta. En tanto que barcelonés. ¿En qué momento dejamos de apreciarlo? ¿En qué momento permitimos que languidecieran las esculturas de Muñoz, Oldenburg, Serra, Chillida, Mariscal, Tàpies, Plensa, Horn, Kounellis o Liechtenstein? ¿Por qué ya no se encargan hoy esculturas a los grandes artistas para que ese museo al aire libre que es Barcelona incorpore el siglo XXI a su colección? Las obras de esos genios del pasado están aquí, razonablemente bien cuidadas. Esperando a que las nuevas generaciones las reconozcan como lo que son: expresiones de talento que apelan a la sensibilidad. Una invitación a levantar la mirada y a sorprenderse. No sería ni costoso ni complicado prestigiarlas, elevarlas otra vez a la categoría de arte.

Bastaría con que los estudiantes de teatro representaran a Pirandello junto a los hombres pasmados de Juan Muñoz. Espacio hay de sobras. O programar conciertos de jazz al lado de las balanzas de Jannis Kounellis en la placita que hay frente al Centre Cívic de la Barceloneta, donde nadie explica que aquello es una obra de un pionero del arte povera. O trasladar actividades culturales junto a los imponentes Mistos de Oldenburg, otra joya oculta de la ciudad. Conferencias en el mural de Keith Haring, conciertos de verano en la obra playera de Rebecca Horn, una exposición retrospectiva sobre la gran cosecha de esculturas de 1992...

Barcelona precisa de estímulos y puede encontrarlos en el arte. Pero también más allá.

La escultura no es el único activo que está desaprovechado en una ciudad que necesita proyectos e ilusiones. Ni siquiera se trata solo de la cultura. Hay muchos recursos en todos los ámbitos que movilizar antes de caer en la tentación de la queja y el agravio. Hay una creatividad efervescente que se manifiesta a través de la tecnología, la ciencia, la gastronomía, el deporte, las start-ups, las industrias avanzadas, la economía verde, la economía azul, la economía alimentaria, la economía circular, las políticas urbanas o la crítica social. Hay una cultura de grandes eventos pendiente de que se active el botón de reinicio. Hay energía política que canalizar hacia causas globales. Hay un tejido comercial maltrecho, pero con capacidad de reacción. Una infraestructura turística donde abundan los ejemplos de trabajo bien hecho, pero que tal vez tenga que adaptarse a un nuevo contexto más volátil. Hay proyectos incipientes esperando impulso, aniversarios que pueden ser el pretexto para alinear iniciativas de éxito. Y tendría que haber, sobre todo, voluntad de reactivar la ciudad.

Reactivarla no es lo mismo que reinventarla. Barcelona suma dos milenios de historia y no tiene que reinventarse. Málaga se ha reinventado como destino de turismo urbano a partir de la cultura. Con mucho mérito ha conseguido crear una red de atractivos culturales que la han situado entre las ciudades más dinámicas del país. Es un modelo por su determinación de proyectarse a través del arte, el teatro o el cine. Pero hasta ahí llegan las comparaciones. Hay ciudades que tienen que reinventarse y otras, en cambio, deben tratar de reencontrarse con su mejor versión.

Barcelona se adentra en un contexto económico siniestro. El sector turístico, que antes de la pandemia aportaba un 13% del PIB (se estima que su peso puede superar ampliamente un 20% si se contabilizan efectos indirectos) aún no se ha recuperado del golpe. La Cambra de Comerç de Barcelona calcula que en el 2020 la ciudad dejó de ingresar alrededor de 25.000 millones de euros por el frenazo a la llegada de visitantes. Los turistas han vuelto, pero esta industria está aún lejos de poder inyectar el volumen de recursos que requiere una ciudad tan volcada en el sector servicios como esta. Las ciudades con una dependencia extrema del turismo sufren más que el resto en contextos de gran incertidumbre. Lo sabíamos, pero nos daba igual.

A todo ello hay que sumar la destrucción de empleo en muchos sectores. La merma de tejido empresarial comienza a pasar factura. Barcelona corre el grave riesgo de estancarse como una ciudad de sueldos bajos. En el 2020, Madrid, País Vasco y Navarra superaban a Catalunya en salario medio bruto, según datos del INE. Si se convierte en tendencia, esta desventaja puede acabar siendo un lastre para la captación y retención de las personas más capacitadas.

También se extiende la sensación de que el traslado de sedes sociales empieza a pasar factura. Como se temía, la desbandada de miles de compañías a ciudades como Valencia, y sobre todo Madrid, hace que algunos altos ejecutivos pasen ya más tiempo fuera de Barcelona que en ella. El desplazamiento de las personas que toman las decisiones sobre patrocinios o inversiones es un proceso lento pero difícil de contener, sobre todo cuando Madrid se ha liberado de sus complejos y antepone su crecimiento a cualquier atisbo de equilibrio territorial. La capital se ha ido y Barcelona, en manos cada vez más de delegados y subdelegados, se ha descapitalizado, sin que se escuche una voz unánime que reclame el retorno de las sedes. Lo han empezado a plantear las patronales, aunque son conscientes del escollo que suponen el asunto de la seguridad jurídica y la brecha fiscal. El argumento de que el traslado de sedes es simbólico y no tiene consecuencias en la práctica ya no se sostiene.

Mientras tanto, el concepto de sociedad civil cae en desuso. Las nuevas generaciones de la burguesía desisten de seguir el ejemplo de sus mayores y apenas reinvierten en la ciudad. Hay excepciones, claro, pero se acentúan tendencias como la inversión en bienes inmuebles y el traslado del patrimonio a entornos fiscales más amables. Está por ver en qué momento las fortunas de nuevo cuño del ámbito de la tecnología asumirán ese papel dinamizador que en su día jugó la vieja economía, si es que algún día llegan a hacerlo. Conectar el capital de esa nueva economía con los proyectos de Barcelona es un reto mayúsculo de la ciudad. Para lograrlo habrá que reventar no pocas burbujas.

Las heridas de la crisis serán profundas y sangrarán durante mucho tiempo. Se empieza a intuir que distritos como Ciutat Vella están dando un salto atrás de varias décadas. El trabajo de muchos años para corregir desigualdades se ha venido abajo por el frenazo económico. Se disparan los desahucios, y hay más gente que nunca durmiendo en la calle. La situación será igualmente delicada en muchos barrios metropolitanos y en municipios de toda Catalunya. No es un problema exclusivo de Barcelona. Todas las aglomeraciones urbanas sufren una sacudida que agrandará la brecha social. Madrid no es una excepción. De hecho, es la comunidad con más desigualdad de España.

De la mano de este empobrecimiento ha llegado también un preocupante incremento de la inseguridad, otro de los grandes desafíos de los próximos años. Asumir entre todos que la seguridad no entiende de ideologías ayudaría a impulsar las soluciones correctas. La falta de seguridad suele perjudicar a quien menos tiene. Un ejemplo es la proliferación de narcopisos, una epidemia que se ceba en la población de Ciutat Vella y que las administraciones no han sabido atajar a tiempo. La incapacidad de impulsar una reforma legal que combata la multirreincidencia está también en el debe de las administraciones.

Tampoco ayuda la proliferación de actos violentos en la calle. Que esta sea un fenómeno compartido con otras ciudades no resta trascendencia al problema: Barcelona ha realizado un esfuerzo superior al resto para proyectarse al mundo, y esto la hace más vulnerable en cuestiones de imagen. Para Barcelona tienen un coste extra las fotos del espacio público vandalizado. La economía barcelonesa se ha especializado en los últimos tiempos en la capacidad de atraer talento y visitantes. Y esa economía necesita del escaparate. Igual que las tiendas. De un escaparate de postal en el que primen la cultura (en un sentido amplio que incluya la gastronomía, el diseño o la educación), todas las formas de innovación y, sobre todo, el equilibrio social. No ayuda en este sentido el desprestigio de las fuerzas de seguridad favorecido por las propias administraciones para aplacar a los sectores más antisistema.

Recoser ese tejido roto por la pandemia va a requerir de cuantiosas inversiones, y nadie mejor que los ayuntamientos conoce cuáles son las prioridades. Pero no solo los ayuntamientos, sino los ayuntamientos y sus circunstancias, es decir, todo ese tejido de agentes sociales, culturales y económicos que interactúan con ellos y que constituyen lo que los urbanistas anglosajones definen como comunidad. Aquí cabrían desde las universidades, las patronales, los sindicatos, las asociaciones vecinales hasta los colectivos culturales. Un rico sustrato subnacional, en suma, que ha ampliado su influencia en la escena global.

Pero, por la razón que sea, no se ha contado con las ciudades a la hora de diseñar el aterrizaje de esa lluvia masiva de fondos europeos. Las urbes catalanas, además, han sufrido el desgobierno de una Generalitat que estuvo en el limbo durante meses decisivos de la tramitación de los proyectos para la transición verde y digital. Tendrá que pasar aún mucho tiempo antes de que pueda hacerse balance de los fondos Next Generation, pero el arranque no ha sido alentador. También está por ver qué reparto hace el Gobierno central de ese dinero.

En este contexto de escasez y crispación social es previsible que buena parte de la energía política se canalice hacia la queja y la descalificación. Por ello, si hay una ocasión propicia para que la sociedad organizada asuma su protagonismo y acompañe a las administraciones en la búsqueda de soluciones, es esta. De hecho, se empieza a trabajar con esa dinámica propositiva, de abajo hacia arriba. La prueba es la proliferación de think tanks y de plataformas que promueven diferentes formas de innovación. Aun a riesgo de incurrir en la dispersión y la redundancia, todos estos proyectos aportan un capital muy valioso en la apuesta por la reactivación.

No deberíamos deprimirnos cuando una sobremesa donde se discute sobre Barcelona acaba sumida en un ambiente sombrío. Porque a la misma hora, en otras casas o restaurantes de la ciudad, se están repitiendo decenas de conversaciones similares. Y es imposible que de tanta reflexión no salgan al menos una o dos ideas de futuro aprovechables. Ideas que, bien articuladas y generosamente compartidas, pueden servir para que la ciudad esquive la decadencia a la que, según muchos, está abocada.

Decadencia, en cualquier caso, es un término muy categórico. ¿Es Barcelona, en sentido estricto, una ciudad decadente?

Si nos atenemos al diccionario, el hecho de haber ido a menos en algunas cuestiones importantes hace que la ciudad sea merecedora de ver su nombre asociado a este concepto. Sobre todo, se ha producido una merma considerable de la autoestima, entendida esta como una actitud emocional que en los momentos más vibrantes de la historia de Barcelona ha actuado como motor de transformación. Esa pérdida de la confianza, sumada a la autocrítica feroz de los barceloneses, ha generado un estado de ánimo negativo que ni las administraciones ni los líderes de opinión aciertan a revertir. Es más: otras ciudades competidoras aprovechan esa tendencia a la autoflagelación pública de Barcelona para hurgar en la herida. Pocas ciudades del mundo hay tan habituadas como esta a retransmitir en directo el lavado de su ropa sucia.

Es cierto también, sin embargo, que el término decadencia invoca la idea de un período continuado de declive. Decaen las sagas familiares, decaen los movimientos artísticos y decaen las ciudades y países que durante años se van alejando de aquello que habían llegado a ser. ¿Ha entrado Barcelona en ese proceso? ¿O no sería más preciso decir que corre el peligro de caer en la decadencia? Tal vez nos falte una perspectiva más amplia para determinarlo. Perspectiva temporal, pero también espacial, porque está por ver cómo se recuperan el resto de las ciudades globales del golpe que ha supuesto la pandemia. No solo en Barcelona hay desánimo y crispación. No solo en Barcelona se agudizan las desigualdades.

Pero es innegable que hay una sensación extendida de desidia y de que faltan proyectos colectivos ilusionantes. Es necesario, sobre todo, que cristalicen ideas que están ahí y que en su conjunto tienen potencial para revertir el estado de ánimo general y volver a inyectar autoestima al motor de la ambición barcelonesa. Hay que prestar atención a esas generaciones de jóvenes curtidos por dos crisis económicas descomunales. Tienen mucha energía y talentos retenidos que al liberarse pueden impulsar insospechadas vías de recuperación. Ellos y ellas pueden ser artífices de ese renacimiento cultural que invoca José Enrique Ruiz-Domènec para la salida de la pandemia.

Objetivo, 2023

Regreso a la habitación sin esperanza de Juan Muñoz una mañana de primavera del 2021, un año después. Me he propuesto iniciar aquí un paseo imaginario por la Barcelona del 2023.

¿Por qué la del 2023 y no la del 2022, la del 2024 o la de ese 2030 que fija unos objetivos medioambientales tan inspiradores para una ciudad como Barcelona?

De la misma manera que los Juegos de 1992 sirvieron como resorte de transformaciones en muchos casos positivas, 2023 ofrece suficientes alicientes para que la ciudad se tome la fecha como un pretexto. Es una ocasión para consolidar proyectos. En el 2023 se celebran los cincuenta años de la muerte de Pablo Picasso. De hecho, el Ministerio de Cultura ha decretado el año Picasso. Se celebran también los cuarenta años desde la muerte de Joan Miró y el centenario del nacimiento de Antoni Tàpies y de Victòria dels Àngels. Ya hay una gran exposición en preparación para recordar a los dos primeros, grandes del arte universal. La misma muestra viajará a París en el 2024. Se celebran también los cien años de la histórica visita de Albert Einstein a Barcelona. O el medio siglo de la llegada de Johan Cruyff al Camp Nou, un hecho que cambió para siempre la historia del principal club de la ciudad.

En otro orden de cosas, se prevé que en el 2023 se inaugure la ampliación del Macba y que aquel año (hay elecciones municipales) se estrenen algunas de las nuevas calles verdes del Eixample, es decir, la prolongación de las supermanzanas como vanguardia de esa revolución urbanística que atrae la atención del mundo, generando no poca polémica en la propia Barcelona.

Es de esperar también que, de no mediar nueva debacle, los grandes eventos que han tenido que cancelarse o redimensionarse en el 2020 o el 2021, como son el Mobile World Congress, la feria audiovisual ISE o los festivales Sónar y Primavera Sound, vuelvan a coger en el 2023 velocidad de crucero después de un 2022 de transición. Lo mismo puede decirse de la programación de las instituciones culturales, que podría verse reforzada gracias a las ayudas europeas y al renovado programa de cocapitalidad.

En el 2023 deberían estar también en fase de realización proyectos como el polo de conocimiento de la Ciutadella, la ampliación de Tech Barcelona, la nueva D-Factory del Consorci de la Zona Franca, el nuevo centro de investigación de la Fundació la Caixa, el gran proyecto del solar de la antigua Mercedes en Bon Pastor o la consolidación de la montaña de museos, teatro y deporte de Montjuïc. Pero también se puede esperar mucho de la conexión del distrito tecnológico del 22@ con el centro de la ciudad a través de la plaza de las Glòries, que habrá dejado de ser un muro psicológico infranqueable. Lástima que la reforma de la Rambla no pueda sumarse a la fiesta, ya que ha sido relegada en la agenda urbanística.

Por supuesto, como recordaron Esteve Almirall, Antoni Garrell, Xavier Marcet y Xavier Ferràs en un artículo en La Vanguardia, el mundo no espera ni a Catalunya ni a Barcelona. La competencia entre ciudades y regiones para recuperar el tiempo perdido es feroz. Nadie en el resto de España o en el extranjero verá esa suma de aniversarios como un motivo especial de celebración si no es la propia Barcelona, con su potencial de marca, la que se convence a sí misma de que se puede aprovechar el 2023 para resituarse como ciudad emergente. En el contexto de esa nueva Bauhaus europea que promueve la Comisión de Ursula von der Leyen. Y en un marco de problemáticas globales sobre las que la ciudad, por su tradición política, tiene mucho que decir. Por ejemplo, en el ámbito del humanismo tecnológico, la corriente que aboga por paliar los excesos de la revolución tecnológica. O en la cuestión de los desplazamientos masivos de población motivados por conflictos políticos, como el de Afganistán. O en el drama de los refugiados climáticos, ligado a la aceleración del calentamiento global y llamado a marcar la agenda europea de los próximos años. En Barcelona hay un amplio consenso social y político sobre las políticas necesarias para abordar estas cuestiones.

Si una ciudad no acierta a publicitar sus proyectos ilusionantes, es más difícil atraer talento o inversiones. Es decir, no se puede aspirar a tener empleo de calidad y mejora social si no se dispone de una economía atractiva y abierta. Es necesario forzar la máquina de la actividad económica para que la ciudad pueda revertir el elevado coste social de la pandemia y corregir los desequilibrios de todo tipo que esta catástrofe ha provocado. Afrontando para ello dos cuestiones eternamente relegadas: mejorando la fiscalidad para la captación de talento y liquidando la burocracia.

Es probable que todo ello tenga que hacerse sin el apoyo decidido de una Generalitat que puede seguir flirteando con el discurso de que no hay vida sin Estado propio (algo que desmiente la propia historia de Barcelona y la de otras ciudades dinámicas de Catalunya) y de un Gobierno central condicionado por el poder intimidatorio del renacido nacionalismo español, que tiene su cuartel general en el Gobierno de la Comunidad de Madrid.

En cualquier caso, los partidos con opción de gobierno que concurrirán a las municipales del 2023 (ERC, BComú, PSC y Junts) tienen responsabilidades en las tres administraciones principales. Todos están en condiciones de poner de su parte para este relanzamiento. Para conseguir avances, tendrá que descartarse o minimizarse la práctica de esa tendencia al no de entrada que vicia los proyectos antes de que puedan debatirse con calma. Se ha constatado en las polémicas sobre el Hermitage o sobre la ampliación del aeropuerto.

Pero la oportunidad está ahí: el 2023 como arranque de una nueva etapa. En el calendario de los próximos años, Barcelona cuenta ya con algunas bazas de peso, como ser sede de la edición del 2024 de la feria nómada de arte Manifesta o como haber sido designada por la Unesco capital mundial de la arquitectura en el 2026. En resumen, se trataría de actuar como si a Barcelona le hubieran concedido unos juegos en el 2023 y se dispusiera a organizarlos con un enfoque social, igualitario, digital, innovador, ecológico y, por supuesto, metropolitano.


El litoral prodigioso. 2

‘Barcelona Head’. Roy Lichtenstein

Varada en un cruce de caminos, fotogénica pero sin ascendente sobre una ciudad que la abruma con su tráfico convulso, Barcelona Head, de Roy Lichtenstein, es una obra formidable. De hecho, se trata de una de las dos esculturas de mayores dimensiones del artista neoyorquino, junto con Mermaid Sailboat Hull del Storm King Art Center de Moun­tainville, Nueva York. Barcelona Head llegó a la ciudad en 1992. Su autor material fue el artista Diego Delgado Rajado, quien trabajó a partir de los diseños de Lichtenstein. La figura femenina que representa tiene el encanto posmoderno de la ciudad rejuvenecida. Atractiva, atrevida, desafiante, esta cabeza barcelonesa reúne los valores con los que la ciudad ha querido a menudo identificarse.

Su posición central en el litoral la hacen candidata a simbolizar esa Barcelona de la innovación que recorre la costa y prosigue a través de otros polos de conocimiento del interior y el entorno metropolitano, configurando una gran corona. De Castelldefels a Sant Adrià de Besòs, trazamos un itinerario de cultura y nuevas tecnologías que necesita de políticas urbanísticas audaces que le den continuidad. Algunas de estas medidas están avanzadas, como la contrarreforma de Glòries. Otras, como la Ciutadella del Coneixement, requerirán de mucha ambición política.

El Montjuïc de las oportunidades perdidas

Este paseo por la ciudad innovadora del 2023 debe arrancar con escala metropolitana. El lugar es el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) de Castelldefels, una de las joyas del ecosistema científico barcelonés. A lo largo de este libro irán apareciendo referencias a su papel en la Barcelona más emergente, también en el ámbito cultural. De las prioridades presupuestarias de los próximos años dependerá que centros como este puedan seguir captando y reteniendo a investigadores con talento, para mantener su excelencia. También de las políticas fiscales que favorezcan este desembarco. Si no se actúa en este sentido, Barcelona y Catalunya corren el riesgo de estancarse y de acabar acomodándose al rol de incubadoras de profesionales ingeniosos, pero prestos, una vez formados, a irse a otro lugar en busca de sueldos más competitivos.

De sur a norte, siguiendo el litoral, la siguiente parada sería el Parc Biomèdic de l’Hospitalet y, a continuación, la Zona Franca. Aquí, el Consorci de la Zona Franca (CZF) tutela su incubadora de impresión en 3-D, junto con la Fundación Leitat. Motocicletas, saxofones o material sanitario (como los respiradores fabricados en plena pandemia) son algunos de los productos salidos de sus impresoras. En el 2023 tiene que funcionar ya el que será el segundo escalafón de este proceso: la D-Factory, que aspira a fomentar el desarrollo de la industria 4.0 atrayendo desde multinacionales hasta start-ups. Además del edificio de 17.000 metros cuadrados que constituye la primera fase de este proyecto, está previsto que en el futuro pueda inaugurarse otro aún mayor, ampliando el total hasta los 100.000 metros cuadrados dedicados a la innovación.

Que empresas como Agbar y departamentos de la propia Generalitat o la Agencia Tributaria hayan trasladado sus sedes al campus administrativo de la Zona Franca refuerza el papel de este polo casi metropolitano de la nueva economía. Pocos escenarios hay más simbólicos que esta trastienda fabril de Barcelona para ilustrar la convivencia entre la industria tradicional y la economía basada en las nuevas tecnologías.

Mercabarna es otro ejemplo de equipamiento tradicional metido de lleno en la espiral de la innovación. En enero del 2021 presentó un proyecto público-privado para impulsar su digitalización y su adecuación medioambiental valorado en 277 millones de euros. Participan en él administraciones públicas, centros de investigación, empresas y oenegés. Aspira a beneficiarse de los fondos europeos.

Montjuïc es la siguiente etapa de esta ruta. Se trata de una montaña de oportunidades o de frustraciones, según si hablamos de su potencial o de los desaguisados de las últimas décadas. Allí, ocupando una posición central, se encuentran dos antiguos pabellones feriales, los de Victòria Eugènia y Alfons XIII, con un futuro en parte orientado hacia la cultura. El primero tiene que acoger la siempre aplazada ampliación del MNAC. Es un proyecto determinante para el futuro de un museo que ha agotado el espacio disponible en el Palau Nacional. Un auténtico salto de escala. El segundo pabellón, el Victòria Eugènia, debería acoger el hub de arte, ciencia y tecnología que impulsa la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) al frente de una decena de instituciones.

Este espacio es una de las piezas clave en ese litoral que el Ayuntamiento ha bautizado como la Barcelona Innovation Coast, porque debería servir de bisagra entre dos vectores fundamentales: la cultura y la ciencia, en sus acepciones más amplias. El hub, de nombre HacTe, aspira a multiplicar las conexiones que se producen en la intersección entre el arte, la ciencia, la tecnología y el diseño. Si funciona, servirá para que el mundo cultural barcelonés se beneficie de la proximidad de una comunidad científica y tecnológica de primer nivel: una auténtica ventaja competitiva sobre otras ciudades que gozan de mejores museos o de grandes ferias de arte, pero no de la cercanía de tanto talento de ciencias. En el sentido opuesto, a los científicos, esta aproximación humanística les brinda nuevas herramientas comunicativas. Y estímulos.

Este binomio es una apuesta estratégica de ciudad. En los últimos años, una lluvia fina de iniciativas ha acabado dando forma a una comunidad de artistas y científicos cuya curiosidad desborda las fronteras clásicas del conocimiento. Sirve el ejemplo del veterano científico Jordi Camí, que ha recurrido a un arte escénica como la magia para bucear en los misterios de la neurociencia en el libro El cerebro ilusionista. Desde el Ayuntamiento se ha dado un impulso cualitativo a esta convergencia entre arte y ciencia a través del programa de residencias artísticas Collide, en colaboración con la plataforma Arts at Cern, del Laboratorio Europeo de Física de Partículas, y de su directora, Mónica Bello. La UPC desarrolla también su programa UPC Arts. La UPF ha puesto asimismo el foco en el art & science. El CCCB es un militante activo de esta nueva tendencia, y la Fundación Quo Artis que preside Tatiana Kourochkina, que organizó la Primera Bienal de la Antártida desde su sede del recinto modernista de Sant Pau, proyecta ahora una mirada no antropocentrista sobre el mundo vegetal con su programa Roots & Seeds.

No faltan los artistas de talento. En Barcelona ha emergido una generación de creadores difíciles de etiquetar, porque su trabajo se desarrolla a caballo entre el arte, la tecnología y el activismo social. Personas y colectivos como Andy Gracie, Be Another Lab, Anaisa Franco, el veterano de las artes escénicas Marcel·lí Antúnez o Mónica Rikic, que sume a sus robots en la melancolía. También los diseñadores activistas de Domestic Data Streamers, que, como ellos mismos advierten, convierten las hojas de Excel en poesía desde su estudio en el barrio de Sants. En la página de The Creative Net puede seguirse el rastro entrelazado de este talento.

Pero sigamos nuestra ruta. La sombra que acecha a ­HacTe y a la ampliación del MNAC es la maldición de Montjuïc, una montaña donde los plazos de concreción de los proyectos suelen eternizarse. Un parque de cultura y de deporte donde todo está a medio resolver: la iluminación es melancólica; no se publicita como una montaña de los museos, como sí hace Berlín con su isla; la actividad de la Fira limita en determinadas fechas el acceso a los equipamientos culturales; se echa en falta una lanzadera específica de los museos, y la seguridad deja mucho que desear. Los mismos empleados del MNAC o de la Fundació Miró confiesan que sienten miedo cuando al salir del trabajo descienden por la montaña en los meses con menos luz natural.

Si los dos pabellones de la Font Màgica estuvieran a pleno rendimiento todo el año, se crearía una nueva centralidad que beneficiaría a todo el conjunto. En la práctica, supondría que el MNAC bajara literalmente de la montaña. Con esta sede intermedia, el Palau Nacional se acercaría de alguna manera a la ciudad, en la misma medida en que lo harían la Fundació Miró, el Museu Etnològic, el Institut y el Jardí Botànic y el Museu Olímpic i de l’Esport, los equipamientos de más difícil acceso. CaixaForum (activo también en promover el maridaje arte-ciencia), Museu Arqueològic, la Fundació Mies van der Rohe, el Teatre Lliure, el Mercat de les Flors, el Grec, el Institut del Teatre, el Col·legi del Teatre, la galería Carles Taché, el Poble Espanyol o la escuela Jam Session se beneficiarían asimismo de esta reconexión del sistema de instituciones culturales de la montaña. Un ecosistema al que se sumaría la incubadora de empresas de tecnología del deporte que el Ayuntamiento quiere tener en funcionamiento en el Estadi Olímpic en el 2023. Y, algún día, quizás también la Casa de la Premsa, que dio nombre a una de las curvas más audaces del antiguo circuito urbano.

Conocedores de esta maldición que pesa sobre Mont­juïc, los impulsores del hub HacTe no han esperado a disponer de sede física para desplegar sus actividades. Estas empezaron ya en la primavera del 2021 con vocación nómada. La celebración en el 2022 del International Symposium on Electronic Art (ISEA), un festival itinerante que congrega a alrededor de dos mil artistas y que acogerá el CCCB, debería servir para acabar de posicionar a Barcelona en el mapa del arte electrónico.

Alguien que conoce bien el maleficio de Montjuïc, el director del MNAC, Pepe Serra, ha fijado como horizonte de la gran reforma de la montaña el año 2029 (centenario de la Exposición Internacional), para dar tiempo a las instituciones a hacer su trabajo. Hace ya años que formuló su desafío. Nadie podrá alegar que no avisó con tiempo.

En el ámbito ferial se mueve también el festival de música avanzada Sónar, que aspira a inaugurar una nueva etapa, el Sónar 3.0, después de tener que reducir a la mínima expresión las ediciones del 2020 y el 2021. No es el Sónar un festival al que las instituciones hayan cuidado en exceso. Antes de la pandemia, en el 2019, ya tuvo que reinventarse porque su evento nocturno, que reúne a miles de personas en los pabellones feriales de l’Hospitalet, fue desplazado de sus fechas habituales por una feria de maquinaria textil. A la ciudad le cuesta percibir que los macrofestivales son un motor económico (atraen turismo cultural, crean empleo, generan negocio y dejan poso en el sistema musical) y un activo de la promoción de la ciudad.

Los responsables del Sónar se empezaron a aventurar por el espacio fronterizo entre la música y la tecnología para acabar creando, en el 2012, el Sónar+D. Este es un salón ferial con todas las de la ley, donde se exponen los avances tecnológicos vinculados a la música. El propio Mobile World Congress decidió incorporarlo a su certamen, aunque la pandemia dio al traste con el proyecto. Atrae a visitantes profesionales en su espacio de Montjuïc, a pocos metros de donde se ofrecen las actuaciones del Sónar Dia. Pero ni así ha logrado el festival disipar los prejuicios que en el establishment barcelonés despierta este tipo de cultura menos formal.

A pesar de todo, el Sónar ha decidido elevar su apuesta con la creación del AI and Music Festival, junto a la UPC y Betevé. Con la participación también del Institut de Ciències Fotòniques. Un taller previo retransmitido en directo con el título Explorando las conexiones entre la inteligencia artificial y la música acaparó en mayo del 2021 la atención del público internacional, ansioso, según se deducía de los comentarios en YouTube, por reconectar con esa Barcelona festivalera que la pandemia dejó en el limbo.

La propia Fira, siempre activa, se dispone a renovar su apuesta por Montjuïc, después de consolidar su espacio en l’Hospitalet y de incorporar a su ámbito el Centre Internacional de Convencions del Fòrum. El equipo directivo se propone dar nueva vida a los pabellones históricos del entorno de la avenida de Maria Cristina.

La ‘V’ de cultura

El novelista colombiano Fernando Vallejo definió la avenida del Paral·lel como “la Rambla paralela”. Dejamos Mont­juïc atrás y seguimos esta ruta imaginada por el litoral del 2023. En concreto, lo hacemos a través de esa V que conforman la Rambla y el Paral·lel y que es cada vez menos el hub de mala vida que sedujo a Vallejo y cada vez más otra cosa. No está claro aún qué cosa. Pero ahora constituye, de eso no hay duda, la zona cero de la coronacrisis en Barcelona, el decorado turístico que se cayó de pura falsedad.

En pleno confinamiento, con toda la población recluida en casa y los ciberseminarios sobre el futuro de las ciudades echando humo, se habló de un posible cambio de paradigma, de una oportunidad histórica para hacer tabula rasa y avanzar hacia un modelo turístico más respetuoso con los vecinos y con los mismos visitantes. Se dio por muerto el turismo de cruceros.

Sin embargo, en la primavera del 2021, de la mano de la vacunación, empezaron a regresar los turistas, y a todo el mundo le quedó claro que el futuro inmediato no era otro que recuperar el pasado perdido. Cuanto antes. Es una incógnita el tiempo que tardará Barcelona en reposicionarse como la potencia turística que fue –la ciudad recibió en el 2019 a 11,9 millones de visitantes–. Aunque puede que sea antes de lo previsto: en septiembre del 2021, los viajes empezaron a remontar con fuerza en todo el mundo. Puede que lo sensato sea pensar que no puede abordarse un cambio radical de modelo en medio de una crisis tan atroz, porque el sacrificio iría a cargo de las personas más expuestas. Tal vez sea más solidario acompasar esa reinvención de la ciudad turística con la evolución de la economía. Así lo expuso en una entrevista en La Vanguardia el periodista Ramon Aymerich, autor de La fàbrica de turistes (Grup 62).

Pero no puede obviarse la debilidad del modelo que el propio Aymerich constata en su libro. La necesidad de actuar ya para ir configurando una oferta turística más selectiva que vuelva a hacer de Barcelona una ciudad que merezca ser habitada y visitada. Sin olvidar que hoy por hoy no hay alternativa viable a esa economía del visitante. El decrecimiento no es una opción. Solo el crecimiento económico permitirá sufragar los grandes retos pendientes: la lucha contra las desigualdades y las agendas verde y digital.

De entrada, habrá que aplicar medidas correctoras. Más que insistir en la moratoria de hoteles –el veto a la cadena Four Seasons aún colea como ejemplo de oportunidad perdida– se podría seguir avanzando en la recaudación a través de la tasa turística. Si se compara con lo que recaudan por este concepto otras ciudades europeas, Barcelona aún tiene margen para usar una medida que sirve para compensar efectos perniciosos del turismo de masas mediante inversiones que mejoren la vida de los residentes. Pero es importante que los incrementos de la tasa se adecúen a la marcha de la economía: el decepcionante verano del 2021 puso de relieve el riesgo que corren los empresarios hoteleros cuando dan por buenas las previsiones siempre optimistas de las administraciones.

También habrá que intensificar las medidas para evitar que la marabunta de visitantes, cuando vuelva, acabe arrasando los barrios más frágiles. No olvidemos que hay pocas ciudades globales que en pleno centro urbano dispongan de una franja de cuatro kilómetros de playa relativamente segura y adecentada. Los delincuentes (muchos reincidentes) se ensañan con los turistas, y a ciertas horas puede aumentar la probabilidad de sufrir un incidente, eso es cierto, pero, en comparación con otras metrópolis playeras, la Barceloneta y el resto de los arenales son lugares razonablemente tranquilos. Y esto es una ventaja y a la vez un inconveniente, ya que deriva en una saturación del espacio público. En la Barceloneta lo saben bien.

Pero hay algo que se aprendió en los años del boom turístico, cuando se buscaban remedios para evitar la desertización de Ciutat Vella, que sí puede ponerse en práctica. Más que una solución al problema, lo que vamos a proponer sería una herramienta para evitar que el centro histórico se convierta en un gueto. Se trata, en definitiva, de consolidar los espacios de actividad económica y cultural existentes, pero también de implantar aún más pequeños negocios y más equipamientos como teatros, bibliotecas, salas de conciertos o museos. Son políticas que deben complementar las que tratan de combatir la proliferación desmesurada de apartamentos turísticos y la consiguiente gentrificación, quizás uno de los logros de los mandatos de Ada Colau.

En este contexto, imaginemos que, en ese futuro paseo del 2023, la Rambla y el Paral·lel configuran ya una auténtica V de cultura, con una renovada Nou de la Rambla (la calle que alberga el Palau Güell) como eje de conexión. Para hacerlo bien, habría que reforzar aún más, con ayuda pública, las instituciones culturales de la zona e invitar a los operadores privados –liderados por los teatros, los libreros y los programadores de conciertos– a participar, junto al sector público, en la planificación de esta operación de rescate del centro.

De entrada, en el vértice de la V, en el 2023, tendrán que haberse producido avances para que la ciudad pueda aprovechar algunos de los edificios públicos que llevan años abandonados o que están infrautilizados.

Porque las administraciones mantienen al final de la Rambla un parque inmobiliario en estado zombi que podría servir de revulsivo para la reactivación de esta zona estratégica. La antigua Foneria de Canons, que depende de la Generalitat desde el 2003, es tal vez el caso más sangrante, porque apenas nadie recuerda la última vez que vio la puerta abierta. Hubiera sido un emplazamiento ideal para una institución como Casa Asia, obligada a un nomadismo forzoso por unas administraciones que nunca la han valorado.

En el entorno están la Comandancia de Marina o el mastodóntico edificio de Aduanas, ambos de titularidad estatal. Y un espacio de gran simbolismo que va a quedar libre cuando la escuela de diseño e ingeniería Elisava, adscrita a la Universitat Pompeu Fabra, abandone su sede de la Rambla para trasladarse a Bon Pastor. No hay que olvidar que la implantación de la UPF junto a la calle Escudillers fue clave para la recuperación del barrio a finales del pasado siglo.

Algunos de estos equipamientos podrían servir de palancas para la reactivación. Si se les diera un buen uso, potenciarían dos ejes de conocimiento lineales y con intersección en la estatua de Colón: el vector que debe volver a vertebrar la Rambla alrededor de la cultura y el que ha de convertir el puerto en un continuo de innovación.

El vértice lo cierra el Museu Marítim, aletargado durante años de obras y dirección interina. Barcelona se merece un museo marítimo a la altura de su pasado, de su vocación por abrirse al mundo a través del mar. Si el Museo Naval de Madrid es una institución a mayor gloria de la Armada, el Marítim debe ser un foro civil de investigación, exposición y debate sobre los mares y los océanos. Pero dotado de una ambición que no ha tenido hasta ahora. Se ubica en un lugar con una historia extraordinaria: unas atarazanas donde se construían galeras para la corona de Aragón. Pocos museos marítimos del mundo pueden explicar un relato similar en el emplazamiento original. En cualquier caso, la decisión del Ayuntamiento de impulsar la programación de exposiciones de arte muy populares en la Sala Gran del museo servirá para mejorar la oferta en esa zona donde la ciudad se busca el pulso y no lo encuentra.

Porque ese final de la Rambla, que antes de la pandemia ya languidecía, es ahora la zona cero de la Barcelona poscovid. Las miserias han quedado más expuestas que nunca. El entorno de Santa Mònica necesita una sacudida que le devuelva el tono vital, una terapia intensiva de cultura y actividad económica. Ha resurgido el Museu de Cera, hay atisbos de futuro para el teatro Principal y conviven en las proximidades otros dos espacios que pueden ir ganando proyección: la Fundació Miralles y la Fundación Casa Rusia.

Pero otros edificios públicos y equipamientos culturales de la zona piden a gritos una puesta al día, cuando no una reinvención para que dejen de ser muertos vivientes. Un ejemplo es el Arts Santa Mònica, un centro obligado a cambiar de proyecto cada vez que hay un cambio de Gobierno, por lo que no ha gozado nunca de la continuidad necesaria. Sería conveniente dejar que los equipos directivos puedan desarrollar sus ideas en el largo plazo. Los primeros pasos de la nueva dirección, a cargo de Enric Puig, parecen prometedores. La transgresión vuelve al final de la Rambla.

En el entorno de la Rambla y del Paral·lel se concentran más de un centenar de agentes culturales, desde instituciones como el Liceu, el Cercle del Liceu (consolidado en los últimos años como un foro de debate abierto y dinámico), el Macba, la Virreina, el Cidob o el CCCB, hasta sobrevivientes de todas las crisis y de todas las pandemias, como la tienda Beethoven, La Central (una de las librerías más deslumbrantes del mundo) o los locales de música en vivo Harlem, Jamboree/Tarantos, el Tablao Cordobés o Sidecar. Es también un área de teatros, con el Romea en una posición central y las salas de un Paral·lel que se ha revitalizado gracias a la llegada arrolladora del Mago Pop al Victòria. Pero también son barrios de ciencia. En el entorno tienen sus sedes las academias de Ciències i Belles Arts, Farmàcia y Medicina; la sede barcelonesa del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) o el Ateneu Barcelonès y el Institut d’Estudis Catalans.

La Vanguardia ha organizado ya tres encuentros para visibilizar esas islas de vitalidad cultural y científica, que deberían funcionar como un dique para frenar el avance de ese desierto en que se convierten las áreas arrasadas por el turismo más depredador. Contrariamente a lo que han sostenido algunos responsables municipales, la cultura no es un agente de gentrificación. Al contrario: es uno de los remedios para las disfunciones que genera la sobreexplotación turística. Por un lado, sirve para atraer a visitantes de calidad (aquellos que respetan el destino que visitan; no confundir con los de alto poder adquisitivo) en detrimento de los más indeseables. Por otro, garantiza la presencia en los barrios más expuestos de vecinos y vecinas del resto de la ciudad que, si no fuera por estos reclamos culturales, los abandonarían a su suerte.

Es más. Cuando se relega la cultura por entender que hay cuestiones prioritarias, como la salud o la educación, se está subestimando su capacidad de conectar con los problemas sociales de la gente. Un buen ejemplo de hasta qué punto las manifestaciones culturales barcelonesas y catalanas contemporáneas se nutren de esa hibridación entre lo artístico y lo social es la exposición (junto con el catálogo) que se abrió en la primavera del 2021 en el Palau Robert con el título Underground i contracultura a la Catalunya dels 70, comisariada por Pepe Ribas y Canti Casanovas e impulsada por Jordi del Río. Allí se constata que ese momento de esplendor cultural barcelonés por todos reconocido hundía sus raíces no solo en otros referentes culturales, sino también en movimientos sociales como el feminismo, la ecología o algo tan necesario entonces como fue la anti­psiquiatría.

Un ejemplo magnífico de resistencia cultural lo encontramos en Edimburgo. Durante el mes de agosto, cuando se celebra el desfile militar conocido como Tatoo, la Royal Mile, su calle mayor, sufre una invasión despiadada de turistas. Procedentes de todo el mundo, muchos llegan para asistir a este espectáculo, comprar whisky y artesanía y pasar un rato en un pub. Y, sin embargo, esta concurrida vía no se convierte aquellos días en un gueto turístico. Tanto el festival oficial de teatro como su versión off, el célebre Fringe, tienen sus oficinas en esa calle. También hay allí salas donde se representan obras del evento. Todo ello propicia que el centro histórico de la ciudad no quede abandonado a las hordas turísticas, que acaban siendo depredadoras del entorno, imponiendo modelos de hostelería o de comercio que ahuyentan al público local (y a no pocos visitantes). Se ha conseguido así que, en pleno verano, siempre haya algún aliciente cultural para recorrer la Royal Mile a pesar de la marabunta de turistas paramilitares. Por supuesto, el turismo del Tatoo es vital para la ciudad, pero no puede convertirse en el único usuario de sus calles más nobles.

Es vital preservar las instituciones y los negocios culturales en Ciutat Vella. Una manera de hacerlo es apuntalar y desarrollar entornos en los que la coincidencia de varios equipamientos de vida inteligente ejerza de polo de atracción cultural. Un ejemplo lo tenemos en el Paral·lel. En un tramo de menos de medio kilómetro de avenida coinciden el relanzado teatro Apolo; la sala musical del mismo nombre; un Barts que de la mano de la empresa Project ha esquivado un destino sombrío y se ha convertido en un local de referencia en su ámbito; el centro cívico Albareda; el citado Victòria; el Molino (ya en la órbita municipal); el Conservatori del Liceu; el maravilloso claustro de Sant Pau del Camp; el teatro Tantarantana; el teatro Condal; el nuevo espacio DAU al Sec (un poco más alejado); el Centre LGTBI de Barcelona con sus salas disponibles para actos culturales; una serie de buenas librerías o un Arnau que algún día habrá que rehabilitar. Si recordamos los largos periodos de degradación que ha vivido el Paral·lel en la historia reciente, resulta milagroso que haya tantas historias de supervivencia. Habrá que asumir que el gen de la avenida de los prodigios aún merodea por el barrio. Con capacidad de atraer a nuevos aventureros de la cultura.

Esta apuesta por la mancha de aceite cultural no debe limitarse a Ciutat Vella. El impacto del turismo masivo se ha extendido a otras zonas de la ciudad, como el eje del paseo de Gràcia o el entorno de la Sagrada Família. El crucerismo y el imán que ejercen atractivos como la Pedrera o la renovada casa Batlló movilizan a diferentes tipos de visitantes: también al turista exprés que con sus prisas y su burbuja de confort a cuestas es capaz de alterar cualquier paisaje comercial. Igual que en la Rambla o el Paral·lel, es importante mantener las constantes vitales en amplias zonas del Eixample. De hecho, en la confluencia Diagonal/paseo de Gràcia se ha acabado configurando un nuevo polo cultural. Por suerte, a los museos ya existentes, a las tiendas y a los hoteles con vocación cultural, a los cines y teatros, se han sumado en los últimos tiempos otros actores, como un Palau Robert que apuesta por las exposiciones de calidad, un Círculo Ecuestre más abierto a la cultura, una Casa Seat que ya es un polo de debate cultural y de problemáticas de ciudad, la citada casa Batlló o una renovada casa Vicens.

Las sucesivas crisis económicas y la pandemia han debilitado tanto el sistema que no resulta demasiado caro evitar que colapse, sobre todo en un contexto de ayudas europeas masivas. Sería como invertir el manido too big to fail y admitir que, en circunstancias excepcionales, también debería tener sentido el too small to fail.

La supermanzana pendiente

La revolución verde que impulsa el equipo de Ada Colau tiene un indudable efecto positivo: ha servido para promocionar la ciudad y compensar los titulares negativos en los medios internacionales sobre la saturación turística y la pérdida de encanto. Aquella fue una tendencia que empezó a apreciarse en la segunda mitad de la década anterior, con el auge de los alquileres turísticos, los vuelos baratos, plagas como el turismo sexual o de borrachera y la desaparición de comercios y lugares que conferían a la ciudad un encanto propio. De repente, empezaban a aparecer informaciones como aquella de The New York Times, en el 2019, en la que se promocionaba Valencia como “una nueva Barcelona” sin la saturación turística que había convertido a la segunda en una ciudad antipática.

Pero, en medio de este ruido mediático que ponía banda sonora a la muerte de un modelo de éxito, empezaron a publicarse algunas informaciones positivas. Eran artículos que situaban a la ciudad a la vanguardia del nuevo urbanismo humanista. Las políticas de pacificación de calles aplicadas en la capital catalana, basadas en las restricciones al tráfico y en la proliferación del verde, se contraponían en los medios internacionales al modelo de crecimiento anárquico y sin límites de otras urbes. Barcelona aparecía alineada con ciudades cuyos alcaldes militaban también en la causa de la reducción del tráfico rodado, como París, Londres o Nueva York.

Una piedra angular de esta política son las supermanzanas de Poblenou y Sant Antoni, espacios del Eixample donde se ha limitado drásticamente el tráfico y se ha instalado un mobiliario que favorece la vida comunitaria. Nos detendremos más adelante en esta revolución urbanística que tiene sus partidarios y detractores.

Si se menciona ahora es porque el impulso de esta política en otras zonas de la ciudad ha relegado una obra estratégica pendiente en esta Ciutat Vella, por donde transcurre ahora nuestro itinerario por la Barcelona del 2023. El asunto tiene que ver con las prioridades presupuestarias: toda apuesta se hace en detrimento de otra, que queda relegada hasta mejor ocasión. Y esto es lo que está sucediendo con la reforma integral de la Rambla. Todo apunta a que el paseo no podrá sumarse al año 2023 de las conmemoraciones. Al menos, como espacio ya plenamente remodelado. La ciudad ha tenido otras prioridades. El gran eje verde del Eixample puede relegar algunas mejoras que son muy necesarias y que tienen un elevado valor simbólico.

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154 str. 8 ilustracji
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9788418604065
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