Czytaj książkę: «En el ardor»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Michelle Smart
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En el ardor, n.º 172 - enero 2021
Título original: Helios Crowns His Mistress
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-161-0
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
DE VERDAD quieres afeitártela?
Amy Green, que estaba admirando el trasero de Helios, se lo preguntó en un tono zalamero. Él la miró a los ojos en el espejo del cuarto de baño y le guiñó un ojo.
–Volverá a crecer.
Ella puso morritos con mucho cuidado, porque la mascarilla de arcilla que se había puesto ya se había secado y le costaba hacer gestos sin que se agrietara. Faltaban diez minutos para que pudiera limpiársela.
–Pero estás muy sexy con barba…
–¿Estás diciendo que no estoy sexy sin barba?
–Tú siempre estás sexy… –contestó ella con un susurro.
Demasiado sexy hasta sin barba. Hasta su voz era sexy, una voz grave y profunda con un acento de Agon que la enriquecía más todavía.
Además, era increíblemente alto, increíblemente fibroso e increíblemente fuerte, tenía la piel morena y el pelo color azabache despeinado después de haber pasado una hora con ella. Helios parecía un pirata, y esa apariencia peligrosa se exageraba más por la nariz ligeramente ganchuda y la pequeña cicatriz que tenía en el puente, un recuerdo de una pelea con su hermano Teseo cuando eran adolescentes. Helios, sin la más mínima vanidad, lucía esa cicatriz con orgullo. Era el hombre más sexy que había conocido en su vida.
Pronto se recolocaría el pelo para que le quedara tan acicalado como el resto de la cara, pero seguiría irradiando esa virilidad innata. Su cuerpo curtido quedaría cubierto por un esmoquin, pero su fuerza y vitalidad traspasarían la exclusiva tela. La expresión maliciosa de sus ojos marrones seguiría siendo igual de tentadora.
Se convertiría en el príncipe Helios Kalliakis, heredero al trono de Agon, pero seguiría siendo un hombre de carne y hueso.
–¿Estás segura de que no quieres hacerlo tú? –le preguntó él, levantado la cuchilla.
–¿Te imaginas lo que pasaría si te cortara? –Amy sacudió la cabeza–. Me detendrían por traición.
Él sonrió y pasó una mano por el espejo para limpiar la condensación del vapor.
Amy sonrió para sus adentros, estiró la pierna derecha hasta los grifos y vertió más agua caliente con los dedos del pie.
–Estoy seguro de que llenar el cuarto de baño de vapor para que no pueda ver bien también es traición –comentó el en tono burlón mientras ponía en marcha el extractor.
Se puso en funcionamiento al instante, como todo en ese fabuloso apartamento del palacio, y eliminó el vapor del enorme cuarto de baño.
Se agachó al lado de la bañera, con la cara delante de la de ella.
–Si sigues cometiendo traición, tendré que castigarte.
Su aliento, cálido y con cierto aroma a café, le acarició la piel.
–¿Y cómo tendrías que castigarme…?
El deseo, que creía saciado, volvió a bullirle por dentro y se le entrecortó la respiración.
Él entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa con esos labios que la habían besado por todos lados. Era una boca que cualquier mujer estaría encantada de besar a todas horas.
–Un castigo que no olvidarás nunca.
Helios apretó los dientes y gruñó mientras la miraba con un brillo ardiente en los ojos y se daba la vuelta hacia el espejo sin dejar de mirar el reflejo de ella por el rabillo del ojo. Introdujo la brocha en el cuenco y empezó a cubrirse la barba negra con una espuma blanca y espesa.
Amy tuvo que reconocerse que le fascinaba mirarlo. Se afeitaba como si fuera un caudillo medieval en una película. Sin embargo, también le asustaba. La hoja de afeitar era muy afilada, un mal gesto de la mano y…
En cualquier caso, no podía apartar la mirada de él mientras se pasaba la cuchilla por la mejilla. Tenía un erotismo que la transportaba a otros tiempos, cuando los hombres eran hombres de verdad… Y Helios lo era de los pies a la cabeza.
Si hubiese querido, podría haber chascado los dedos y un batallón de empleados se habría presentado para afeitarlo, pero ese no era su estilo. La familia Kalliakis era descendiente directa de Ares Patakis, el guerrero que liberó a Agon de los invasores venecianos hacía más de ochocientos años. Los príncipes de Agon aprendían a utilizar armas con el mismo esmero que aprendían el protocolo real. Para su amante, una cuchilla de afeitar era una más de las muchas armas que dominaba. Esperó a que él hubiera limpiado la cuchilla en una toalla para volver a hablar.
–¿Tengo que interpretar que no me has reservado un poco de tiempo esta noche a pesar de mis pequeñas indirectas?
Las pequeñas indirectas habían sido decirle en cada ocasión que había tenido que le encantaría asistir al baile real del que hablaba toda la isla, pero la verdad era que no había esperado recibir una invitación. Solo era una empleada del museo del palacio y, para más señas, una empleada temporal.
Además, tampoco iban a estar juntos toda la vida, se dijo a sí misma con una punzada de melancolía. Su relación no había sido un secreto, pero tampoco la habían aireado. Era su amante, no su novia, y ella lo había sabido desde el principio. No tenía una relación oficial con él y no la tendría nunca.
Helios volvió a llevarse la cuchilla a la mejilla y dejó ver otra franja de piel morena.
–Aunque adoro estar contigo, no sería apropiado que asistieras.
Ella hizo una mueca y la mascarilla se agrietó.
–Ya lo sé. Soy una plebeya y los asistentes al baile son la flor y nata de la alta sociedad.
–Nada me gustaría tanto como verte allí con el vestido más hermoso que se pueda comprar, pero no estaría bien que mi amante asista al baile donde tengo que elegir esposa.
El relajante baño caliente se enfrió en cuestión de segundos y se sentó.
–¿Elegir esposa? ¿De qué estás hablando?
Volvió a mirarla a los ojos en el espejo.
–El verdadero motivo del baile es que elija esposa.
–¿Como en Cenicienta? –preguntó ella después de una pausa.
–Exactamente –Helios se afeitó la barbilla y volvió a limpiar la hoja en una toalla–. Ya sabes todo esto…
–No –replicó ella lentamente y con la sangre helada–. Creía que el baile era un acto más previo a la gala.
Faltaban tres semanas para que todas las miradas se dirigieran hacia Agon. La isla celebraba el aniversario de los cincuenta años de reinado del rey Astraeus y jefes de Estado y mandatarios del todo el mundo acudirían para la ocasión.
–Y lo es, creo que se dice «matar dos pájaros de un tiro».
–¿Por qué no puedes encontrar una esposa de una forma normal?
¿Cómo era posible que le funcionaran las cuerdas vocales cuando tenía el resto del cuerpo paralizado?
–Porque soy el heredero al trono y tengo que casarme con alguien de sangre real, ya lo sabes.
Efectivamente, lo sabía, pero había pensado que sería en otro momento. No se le había pasado por la cabeza cuando se acostaba con él todas las noches.
–Tengo que elegir acertadamente –siguió él en el mismo tono que si estuviera hablando de la cena que iban a pedir–. Naturalmente, tengo una lista de favoritas, de princesas y duquesas que he conocido a lo largo de los años y que me han llamado la atención.
–Naturalmente… –repitió ella–. ¿Hay alguna que encabeza la lista o hay varias que se disputan el puesto?
–La princesa Catalina de Monte Cleure es la mejor situada. Conozco a su familia desde hace años, han asistido a nuestro baile de Navidad desde que Catalina era un bebé. Su hermana y su cuñado se conocieron en el último –Helios sonrió al acordarse del escándalo–. Catalina y yo salimos a cenar un par de veces cuando estuve en Dinamarca la semana pasada. Tiene todos los requisitos para ser una magnífica reina.
Amy vio en la cabeza una imagen de esa princesa con el pelo negro como el azabache, una belleza muy seguida por la prensa por su encanto regio y etéreo… y sintió náuseas.
–No habías dicho nada…
–No hay nada que decir.
–¿Te has acostado con ella?
–¿Qué pregunta es esa? –preguntó él mirándola fijamente con el ceño fruncido.
–Una pregunta normal de una mujer a su amante.
No se le había ocurrido hasta ese momento que podría haberse equivocado. Helios no le había prometido fidelidad, pero tampoco había hecho falta. El deseo de uno hacía el otro había sido devorador desde la primera noche que pasaron juntos.
–La princesa es virgen, y seguirá siéndolo hasta que se case, sea conmigo o con otro hombre. ¿Contesta eso a tu pregunta?
Ni lo más mínimo, solo daba pie a infinidad de preguntas que no tenía derecho a hacer y que prefería que él no contestara. Solo pudo hacerle una pregunta.
–¿Cuándo crees que te casarás con esa mujer tan afortunada?
Si él captó la ironía en su tono, lo disimuló muy bien.
–Será una boda de Estado, pero espero estar casado dentro de un par de meses.
¿Un par de meses? ¿Pensaba encontrar esposa y organizar una boda de Estado en un par de meses? Eso tenía que ser imposible…
Sin embargo, era Helios, y si había algo que sabía sobre su amante, era que no se quedaba de brazos cruzados. Si quería que se hiciera algo, quería que se hiciera hoy, no mañana.
Aun así, un par de meses…
Ella estaba contratada hasta septiembre, hasta dentro de cinco meses, y se había imaginado… Había esperado…
Pensó en el rey Astraeus, el abuelo de Helios. No había estado nunca con el rey, pero tenía la sensación de haber llegado a conocerlo gracias a su trabajo en el museo del palacio. El rey estaba muriéndose y Helios tenía que casarse para tener un heredero y garantizar la continuidad del linaje.
Ella sabía todo eso, pero había pasado con él todas las noches y había albergado la esperanza de que no se casara hasta que ella hubiera terminado su estancia en Agon.
Se agarró a los bordes de la bañera, se levantó con cuidado y salió. Agarró una toalla con manos temblorosas y se la llevó al pecho, ni siquiera se envolvió con ella.
Helios estiró el labio superior y se lo afeitó con cuidado y destreza.
–Te llamaré cuando haya terminado el baile.
Ella fue hacia la puerta sin importarle que fuera dejando un reguero de agua.
–No, no lo harás.
–¿Adónde vas? Estás empapada.
Ella vio por el rabillo del ojo que él se daba unos golpecitos en la cara con la toalla y que la seguía al dormitorio sin molestarse en taparse.
Amy recogió su ropa, hizo un bulto y lo agarró con fuerza. Tenía un zumbido en la cabeza que le impedía pensar con coherencia.
Había dormido con él durante tres meses. Durante todo ese tiempo, solo habían dormido separados como una docena de veces, cuando él había estado fuera por motivos oficiales. Como cuando fue a Dinamarca y cenó con la princesa Catalina sin que ella lo supiera. Además, en ese momento, iba a celebrar un baile para encontrar a la mujer con la que dormiría el resto de su vida.
Ella había sabido desde el principio que no tenían ningún porvenir y había mantenido al margen el corazón y los sentimientos, pero oírle hablar con esa indiferencia sobre el asunto…
Se quedó junto a la puerta del pasadizo secreto que conectaba sus apartamentos. Había docenas y docenas de pasadizos como ese por todo el palacio, un palacio construido para las intrigas y los secretos.
–Me voy a mi apartamento. Que te diviertas esta noche.
–¿Me he perdido algo?
Que Helios lo preguntara con lo que parecía una perplejidad sincera solo empeoró las cosas.
–Has dicho que no es apropiado que vaya esta noche, pero te diré lo que no es apropiado: que hables de la esposa que vas a elegir dentro de unas horas con la mujer que ha dormido contigo durante tres meses.
–No sé cuál es el inconveniente –Helios se encogió de hombros y levantó las manos–. Mi matrimonio no cambiará nada entre nosotros.
–Si de verdad crees eso, eres tan necio como misógino e insensible. Hablas como si esa selección de mujeres fuesen caramelos en el mostrador de una tienda y no personas de carne y hueso.
Amy sacudió la cabeza para dar más énfasis a su desagrado y pudo ver, a medida que hablaba, que la expresión de perplejidad de Helios daba paso a otra más sombría y ceñuda.
Helios no aceptaba bien la crítica. En esa isla y en ese palacio lo alababan y todos se ceñían a lo que decía. Era afable y encantador, su buen humor era contagioso. Sin embargo, si se enojaba…
Si no estuviera tan furiosa con él, seguramente tendría miedo.
Él, espléndidamente desnudo, se acercó a ella, se detuvo a medio metro y cruzó los brazos con los dientes apretados.
–Te cuidado con lo que me dices. Es posible que sea tu amante, pero no tienes permiso para insultarme.
–¿Por qué? ¿Porque eres un príncipe? –ella apretó la toalla y la ropa con más fuerza todavía, como si así fuera a evitar que se le saliera el corazón del pecho–. Estás a punto de comprometerte con otra mujer y no quiero saber nada del asunto.
Benedict, el labrador negro de Helios, captó el ambiente y también se acercó a ella, se sentó a su lado con la lengua fuera y dirigió lo que le pareció una mirada de censura a su dueño.
Helios también lo notó, acarició la cabeza de Benedict y esbozó una sonrisa mientras miraba a Amy.
–No seas melodramática. Ya sé que estás en el período premenstrual y que eso hace que estés más sensible, pero estás siendo irracional.
–¿Premenstrual? ¿De verdad has dicho eso? Resulta que me pongo… sensible porque mi amante tiene citas secretas con otras mujeres y está a punto de elegir a una de ellas para que sea su esposa, y todavía espera que le caliente la cama. No te preocupes, dame una palmadita en la cabeza y dime que estoy en mi período premenstrual, date unas palmaditas en la espalda y dite que no has hecho nada mal.
Ella, demasiado furiosa para seguir mirándolo, giró el pomo de la puerta y la abrió con la cadera.
–¿Te marchas? ¿Vas a dejarme?
¿Lo había preguntado en tono burlón? ¿Le parecía divertido?
Amy, sin hacerle caso, levantó la cabeza y entró en el pasadizo que la llevaría a su apartamento.
Una mano inmensa la agarró del brazo y le obligó a darse la vuelta. A pesar de que tenía el corazón encogido y de que sentía náuseas, consiguió hablar con firmeza.
–Suéltame, hemos terminado.
–No –le tomó la nuca con la mano mientras le susurraba al oído–. Esta noche, cuando estés abatida, yo estaré pensando en ti, estaré pensando en todas las maneras de tomarte cuando haya terminado el baile. Entonces, acudirás a mí y las pondremos en práctica.
Aunque se había encomendado a todos los dioses que conocía, su cuerpo reaccionó a sus palabras y a su cercanía como reaccionaba siempre. Con Helios, era como una niña hambrienta a la que, por fin, dejaban que comiera lo que quisiera. Lo anhelaba. Lo había anhelado desde que lo conoció, hacía tres meses, y el deseo no había decaído lo más mínimo.
Sin embargo, había llegado el momento de dominar ese anhelo.
Le puso una mano en al granítico pecho, contuvo las ganas de acariciarle el vello oscuro que lo cubría e hizo un esfuerzo para mirarlo a los ojos, que todavía tenían un brillo burlón.
–Que lo pases muy bien esta noche. Intenta no derramar vino sobre el vestido de ninguna de tus princesas.
Su risa sarcástica la siguió por todo el pasadizo que la llevaba a su refugio, a su apartamento.
Cuando llegó al apartamento, grande en comparación con su vivienda habitual y pequeño en comparación con el apartamento de Helios, pasó por delante de un espejo y vio que seguía llevando la mascarilla de arcilla, aunque completamente agrietada.
* * *
Helios llevaba a su pareja de baile, una princesa de la antigua familia real de Grecia, por toda la pista. Era una joven muy guapa, pero fue tachándola de su lista a medida que bailaba con ella y escuchaba lo que decía. Fuera quien fuese con quien se casara, quería poder mantener una conversación con ella que no fuera sobre el último desfile en la pasarela.
Cuando terminó el vals, inclinó la cabeza con cortesía, alegó que tenía que ir con su hermano Teseo, quien seguía solo a la mesa, y no hizo caso de la mirada suplicante de esa mujer que le pedía que le concediera otro baile.
Se acordó de lo que le había dicho Amy sobre tratar a las mujeres como si fueran caramelos en el mostrador de una tienda. Era lo bastante hombre como para reconocer que eran auténticas, pero si tenía que elegir una con la que pasar el resto de su vida y que fuera la madre de sus hijos, quería que se pareciera todo lo posible a lo que más le gustaba a su paladar.
Si Amy pudiera ver a esas mujeres, la avidez de sus ojos y cómo le enseñaban el escote cuando pasaba, entendería que querían que las paladeara, que querían ser exactamente del gusto de su paladar.
Miró a Talos, su hermano menor, que estaba bailando con la cautivadora violinista que tocaría dentro de tres semanas en la gala del aniversario de su abuelo.
–Hay algo más –comentó Teseo dando un sorbo de champán–. Míralo, el muy tonto está prendado.
Helios miró hacia la pista y entendió inmediatamente lo que quería decir. Talos y su pareja de baile se prestaban tanta atención que era como si los otros doscientos invitados no existieran. Se miraban con tanta intensidad que era casi visible e hipnótico en cierto sentido.
Helios deseó, y no era la primera vez, que Amy estuviera allí. Le encantaría bailar el vals por todo el salón de baile. Para alguien tan voluntariamente estricto, ella tenía una parte divertida que hacía que le encantara estar con ella.
Teseo volvió a mirarlo fijamente.
–¿Y tú? ¿No deberías estar en la pista de baile?
–Estoy dándome un respiro.
–Deberías estar con la princesa Catalina.
Helios y sus hermanos habían hablado muchas veces sobre sus posibles esposas y habían llegado a la conclusión de que Catalina sería perfecta para entrar en esa familia.
Hasta hacía una generación, los matrimonios de los herederos al trono de Agon se habían concertado. El matrimonio de sus propios padres se había concertado. Su abuelo, el rey Astraeus, al presenciar el desastre de ese matrimonio, había decidido acabar con esa parte del protocolo y permitir que la generación siguiente eligiera a su cónyuge, siempre que tuviera sangre real… y él lo agradecía. Fuera quien fuese la elegida, no podía hacerse ilusiones, su matrimonio solo sería por cumplir con el deber.
–¿Tú crees…? –le preguntó Helios con desgana.
Se le ponían los pelos de punta solo de pensar en bailar con otra de esas mujeres, por muy hermosas que fueran. Podía encontrar una mujer hermosa allá donde fuera, pero no había tantas con sustancia.
Notó que se ponía tenso al acordarse de la conversación de esa tarde. No la había visto rabiosa nunca y esa rabia había tenido algo de posesiva. Había estado celosa.
Normalmente, cuando una amante mostraba indicios de ponerse posesiva, era el momento de pasar página. En el caso de Amy, le parecía increíblemente atractivo, sus celos le habían encantado, aunque eso fuera raro.
Siempre había sospechado que ella le ocultaba una parte de sí misma. Le entregaba su cuerpo y disfrutaba tanto como él cuando hacían el amor, pero lo que pasaba por su inteligente cabeza seguía siendo un misterio.
Había sido distinta de sus amantes habituales desde el primer momento. Era hermosa y muy inteligente, le había llamado la atención como no había hecho ninguna otra mujer. La rabia de antes no le había alterado, como lo habría hecho la de cualquier otra persona, le había despertado la curiosidad, le había quitado otra capa a esa mujer apasionada y brillante de la que no se cansaba. Cuando estaba con ella, se olvidaba de todo lo demás y vivía el momento, se dejaba llevar por la voracidad.
La gravedad de la enfermedad de su abuelo se agarraba a él como una lapa, pero se mitigaba cuando estaba con Amy, pasaba a ser una ligera punzada de dolor y pesimismo. Cuando estaba con ella, se olvidaba del peso de las responsabilidades por ser el heredero al trono y podía ser un hombre, un amante, su amante. Era como una vibración constante en las entrañas, y no pensaba renunciar a ella estuviera casado o no.
–¿Hay alguna otra que te haya gustado? –le preguntó Teseo.
–No.
Helios había sabido siempre que tendría que casarse. No lo había cuestionado nunca. No tenía sentimientos al respecto ni en un sentido ni en otro. El matrimonio era una institución en la que se engendraría la siguiente generación de Kalliakis y era afortunado porque podía elegir a su esposa, aunque con ciertas condiciones. Sus padres no habían tenido tanta suerte. Su matrimonio se había concertado antes de que su madre dejara de llevar pañales. Había sido un desastre, y él solo esperaba que su matrimonio no se pareciera nada al de ellos.
Se fijó en la princesa Catalina, que en ese momento estaba bailando con un príncipe británico. Era increíblemente hermosa y refinada, se le notaba la cuna. Su hermano era amigo suyo del colegio y las veces que habían comido juntos en Dinamarca le había demostrado que era una mujer inteligente además de hermosa, aunque un poco seria para su gusto.
No tenía la irreverencia de Amy.
Aun así, Catalina sería una reina excelente y él ya había perdido bastante el tiempo. Debería haber elegido hacía cinco meses, cuando les comunicaron la gravedad de su abuelo a él y a sus hermanos.
Catalina se había criado en un mundo sujeto al protocolo, como él. No esperaba el amor ni se hacía ilusiones. Si la elegía, sabría que era un matrimonio por deber, donde no entraban los sentimientos. Justo lo que él quería.
Además, formar una familia con ella tampoco sería un sacrificio. Estaba seguro de que se crearía un lazo si los dos ponían algo de su parte. También brotaría cierta… química. Aunque, naturalmente, no sería la misma química que tenía con Amy, eso era irrepetible.
Se le cruzó por la cabeza la imagen de Amy alejándose por el pasadizo en penumbra abrazando el montón de ropa y la toalla, con el pelo rubio mojado cayéndole por la espalda y contoneando el trasero desnudo. En ese momento, había sido tan altiva como cualquier princesa, y estaba deseando castigarla por su insolencia. La llevaría al borde del orgasmo tantas veces que acabaría rogándole que la dejara explotar.
Sin embargo, no era ni el momento ni el lugar para imaginarse el esbelto cuerpo de Amy entre los brazos.
Sofocó implacablemente el ardor que le quemaba las entrañas y se concentró en las mujeres que tenía delante. Tendría que dejar a un lado a Amy durante unas horas para llevar a cabo la tarea que tenía entre manos.
Llamó a un camarero para que le llevara una copa de champán y darle un buen sorbo antes de que pudiera volver a bailar.
–¿Qué te pasa? –le preguntó Teseo con los ojos entrecerrados.
–Nada.
–Pareces un hombre en una cata de vinos que se da cuenta de que todas las botellas están tapadas.
–¿Mejor? –preguntó Helios con una sonrisa forzada.
–Ahora pareces un asesino en serie.
–Tu apoyo no tiene precio, como siempre –Helios vació la copa y se levantó–. Si tenemos en cuenta que no soy el único príncipe que tiene que casarse y tener herederos, creo que tú también deberías mezclarte con nuestras hermosas invitadas.
Sonrió con sorna ante el gesto de disgusto de Teseo. Si bien él aceptada su destino con la férrea resignación que le habían inculcado en el internado inglés donde se había criado, sabía que su hermano, más rebelde, tenía las mismas ganas de casarse que una cebra de entrar en la jaula de un león.
Luego, mientras bailaba con la princesa Catalina a una distancia prudencial para que sus cuerpos no se tocaran, y sin la más mínima intención de salvar esa distancia, volvió a pensar en su abuelo.
El rey no había asistido esa noche, estaba guardando las pocas fuerzas que le quedaban para la gala de celebración del aniversario. Si estaba dispuesto a dar el último paso y sentar la cabeza, era por ese hombre extraordinario que había criado a los tres hermanos desde que él tenía diez años.
Haría cualquier cosa por su abuelo.
Pronto recibiría la corona, antes de lo que había deseado y esperado, y necesitaba una reina a su lado. Quería que su abuelo pasara en paz a la otra vida, con la tranquilidad de saber que la continuidad del linaje de los Kalliakis estaba garantizada. Si el tiempo era considerado con ellos, su abuelo podría llegar a verlo en el altar.
Capítulo 2
DÓNDE SE había metido?
Helios llevaba quince minutos en su apartamento y Amy no contestaba a sus llamadas. Según el jefe de seguridad, se había marchado del palacio. Su contraseña personal indicaba que se había marchado a las ocho menos cuarto, más o menos cuando sus hermanos y él estaban recibiendo a los invitados.
Volvió a llamarla mientras iba al mueble bar y se servía una generosa copa de ginebra. La llamada terminó en el buzón de voz. Se bebió el líquido cristalino y se llevó la botella a su despacho.
Los monitores de seguridad mostraban imágenes de los pasadizos secretos, pero solo él podía verlas. Miró con detenimiento la pantalla de la cámara número tres, que estaba enfocada hacia la puerta que los conectaba. Había algo en el suelo que no podía distinguir claramente…
Fue a la puerta, la abrió y vio una caja. Era una caja llena de frascos de perfume, joyas y recuerdos. Eran los regalos que le había hecho a Amy mientras habían estado juntos. Los había amontonado en una caja y la había dejado en su puerta.
El arrebato de furia lo desgarró por dentro. Levantó un pie antes de saber lo que estaba haciendo y le dio una patada a la caja. El cristal se hizo añicos y el ruido retumbó en medio del silencio.
No hizo nada durante un buen rato, se limitó a tomar aire mientras temblaba de furia y dominaba las ganas de hacer mil pedazos lo que quedaba en la caja. La violencia había sido la solución de su padre para los problemas de la vida. Siempre había sabido que era algo que él también llevaba dentro, pero, al contrario que su padre, sabía controlarlo.
Esa furia repentina que se había adueñado de él era incomprensible.
Amy, que sabía lo retrasada que iba, cerró la puerta de su apartamento y bajó corriendo las escaleras que llevaban al museo del palacio. Marcó su contraseña, esperó a que se encendiera la luz verde, abrió la puerta y entró en la zona privada del museo, una zona vedada para los visitantes.
Pasó al lado de la pequeña cocina para el personal y cruzó los dedos para que no se hubiesen acabado los pasteles y el café. Los bougatsas recién hechos por los cocineros del palacio que les llevaban todas las mañanas se habían convertido en su comida favorita.
Se le hizo la boca agua solo de imaginarse los pasteles de pasta filo ligeros y saciantes a la vez. Esperaba que quedara alguno relleno de crema. No había comido casi nada durante los dos últimos días y en ese momento, después de haber conseguido dormir un poco, estaba hambrienta. Además, se había quedado dormida a pesar del despertador y aceleró el paso mientras subía un tramo de escaleras que llevaba a la sala de reuniones.
–Siento el retraso –se disculpó ella mientras entraba con una mano en el pecho–. Me he…
No pudo terminar la frase cuando vio a Helios sentado a la cabecera de la mesa redonda. Tenía los codos apoyados en la mesa y las yemas de los dedos de una mano pegadas a las de la otra. Estaba recién afeitado y, aunque iba vestido informalmente, con un jersey verde oscuro de cuello redondo, irradiaba un poder abrumador, un poder que, en ese instante, estaba concentrado en ella.
–Me alegro de que nos acompañe, señorita Green –comentó él en un tono equilibrado, aunque sus ojos eran como dos balas marrones que apuntaban hacia ella–. Siéntese.
Ella, desasosegada al verlo allí, parpadeó varias veces y tomó aire. Helios era el presidente del museo del palacio, pero no participaba casi nada en la gestión cotidiana. Solo había asistido una vez a la reunión de los martes durante los cuatro meses que ella había trabajado allí.
Anoche, cuando volvió al palacio, supo que tendría que verlo pronto, pero había esperado que le concediera unos días. ¿Por qué había tenido que aparecer ese día precisamente? Era la primera vez que se quedaba dormida y tenía un aspecto espantoso.
Además, para colmo de la desdicha, el único asiento libre estaba justo enfrente de él. Lo separó de la mesa y se sentó con las manos agarradas sobre el regazo para que no se viera que estaban temblando. Greta, una de las conservadoras y la mejor amiga que tenía ella en la isla, estaba sentada a su lado. Le tomó una mano y se la apretó con delicadeza. Greta lo sabía todo.
En el centro de la mesa estaba la bandeja con bougatsas que tanto había anhelado. Quedaban tres, pero había perdido todo el apetito y el corazón le latía con tanta fuerza que le retumbaba por todo el cuerpo.
Greta le sirvió una taza de café y Amy se lo agradeció.
–Estábamos hablando de las obras que seguimos esperando para la exposición de mi abuelo –siguió Helios mirándola fijamente.
El museo del palacio de Agon era muy famoso y acudían especialistas de todo el mundo, lo que hacía que los empleados hablaran un popurrí de idiomas. Para simplificarlo, el inglés era el idioma oficial en horario de trabajo.
Amy se aclaró la garganta e intentó ordenar las ideas.
–Las estatuas de mármol están de camino desde Italia y deberían llegar mañana por la mañana al puerto.
–¿Hay alguien para recibirlas?
–Bruno me mandará un mensaje en cuanto entren en aguas de Agon –Amy se refería a uno de los conservadores que volvería a Italia con las estatuas–. Acudiremos en cuanto nos lo comuniquen. Los conductores están avisados y todo está organizado.
–¿Y las obras del museo griego…?
–Llegarán el viernes.
Helios sabía todo eso. La exposición era una idea suya y habían trabajado juntos para sacarla adelante.
Amy llegó a Agon en noviembre como parte de un equipo del Museo Británico que le prestaba obras al museo del palacio. Ella, durante aquellos días en la isla, se hizo amiga de Pedro, el director del museo. Él, aunque ella no lo hubiera sabido en su momento, se había quedado impresionado por sus conocimientos sobre Agon y, sobre todo, por su tesis doctoral sobre el arte minoico y su influencia en la cultura de Agon. Pedro había sido quien la había propuesto para que organizara la exposición del aniversario.
Esa propuesta había sido como un sueño hecho realidad y un honor inmenso para alguien con tan poca experiencia. Amy, que solo tenía veintisiete años, compensaba con entusiasmo la experiencia que no tenía.
También aprendió, cuando tenía diez años, que la familia feliz y perfecta que le había parecido lo natural no era como le habían hecho creer. Ella tampoco era lo que le habían hecho creer. Su padre era su padre biológico, pero sus hermanos solo eran medio hermanos. La mujer que le había dado a luz era de la isla de Agon, y la mitad de su ADN era… agonita.
Desde que se enteró, para su asombro, le había fascinado todo lo relacionado con Agon. Había devorado libros sobre su pasado minoico y su transición a la democracia. Se había apasionado con las historias sobre las guerras y lo vehemente y belicoso que era su pueblo. Había estudiado los mapas, se había fijado tanto en las montañas, en las playas y en los mares que conocía tan bien su geografía como la de su propio pueblo.
Agon se había convertido en una obsesión.
La historia de ella estaba en la historia de Agon y también lo estaba la clave para entender quién era ella de verdad. Jamás podría haberse imaginado que tendría la oportunidad de pasar allí nueve meses en comisión de servicios. Era como si el destino estuviera dándole el empujoncito que necesitaba para que encontrara a su madre. La mujer que le había dado a luz estaba allí, en esa isla de medio millón de habitantes.
Había estado pensando en ella durante diecisiete años y no había dejado de preguntarse si se parecería a ella, si tendría su misma voz, si se arrepentía de algo… ¿Se avergonzaba de lo que había hecho? Seguro que sí. ¿Cómo iba a ser posible que alguien hiciera lo que había hecho Neysa Soukis y no estuviera avergonzada?
La había encontrado enseguida, pero ¿cómo iba a presentarse a ella? Esa había sido la gran pregunta. No podía aparecer un día en su puerta porque, seguramente, se la cerraría en las narices y no conseguiría las respuestas que quería conseguir. Había pensado en escribirle una carta, pero tampoco había sabido qué decirle. «¿Se acordaba de ella? La había llevado nueve meses dentro y luego se había desentendido de ella. ¿Podía, por casualidad, decirle el motivo?».
Las redes sociales, gracias a Greta, habían resultado fructíferas. Neysa no las usaba, pero ella había encontrado a un medio hermano. Habían establecido una comunicación incipiente y había esperado que él llegara a ser un puente entre ellas.
–¿Has organizado el transporte para el viernes? –le preguntó Helios con una mirada sombría y los sensuales labios apretados.
–Sí, todo está organizado –le repitió ella con una punzada que le atravesaba por dentro al darse cuenta de que esos labios no volverían a besarla–. Vamos por delante de lo previsto.
–¿Estás segura de que la exposición estará organizada cuando llegue la gala?
Él lo preguntó en un tono despreocupado, pero se traslucía algo implacable y un escepticismo que no le había transmitido antes.
–Sí.
Amy apretó los dientes para contener el dolor y la rabia.
Estaba castigándola. Debería haber contestado a alguna de sus llamadas. Había tomado el camino de los cobardes, se había escapado del palacio con la esperanza de que, después de unos días alejada de él, reuniría la fuerza que necesitaba para resistirse. La mejor manera, la única manera de dejar de anhelarlo era pasar el síndrome de abstinencia como pudiera. Tenía que resistirse a él, no podía ser la… otra.
Aun así, no podía haber llegado a imaginarse que le dolería físicamente volver a verlo…, y le dolía atrozmente.
Helios la había entrevistado antes de que la contrataran. La exposición del aniversario era su prioridad absoluta y había querido cerciorarse de que el organizador fuese el que tenía más afinidad con la isla.
Afortunadamente, Pedro y él habían estado de acuerdo en que ella era la mejor candidata. Unos meses más tarde, cuando yacían saciados el uno en brazos del otro, le había dicho que le había convencido por su pasión y entusiasmo, que había sabido que se entregaría a la tarea como se merecía.
Conocer a Helios… No había sido como se había imaginado, no había sido, ni mucho menos, el príncipe estirado, pedante y engreído que se había esperado.
La atracción había sido inmediata, como una reacción química que no había podido controlar. La había sorprendido con la guardia baja, aunque no se había hecho ninguna ilusión. Era un príncipe, pero, además, era poderoso y desmesuradamente apuesto. No había pensado que esa atracción podía ser recíproca ni en su sueño más disparatado, pero lo había sido.
Él había participado en la exposición más de lo que ella había previsto y se había visto muchas veces trabajando sola con él, y aquel fuego anhelante que la había abrasado por dentro había ido creciendo sin que ella hubiese sabido qué hacer.
Las aventuras en el lugar de trabajo eran el pan nuestro de cada día incluso en el erudito mundo de las antigüedades, pero a ella no le habían tentado nunca. Su trabajo le gustaba tanto que la absorbía por completo. Su trabajo le daba un objetivo y una razón de ser. Trabajar con objetos antiguos, ver cómo habían evolucionado las técnicas y las costumbres, le demostraban que el pasado no tenía por qué ser el futuro. Lo que había hecho su madre natural no tenía por qué condicionarla, aunque notaba que su comportamiento era como un estigma invisible que llevaba con ella.
Jamás se había planteado la posibilidad de tener una relación que pudiera significar algo de verdad. ¿Cómo iba a comprometerse con alguien si no sabía quién era ella? Por eso, no era de extrañar que sus sentimientos se hubiesen trastornado al sentir una atracción así por un hombre que era su jefe y que, además, daba la casualidad de que era un príncipe.
Helios no tenía esas inhibiciones.
La había desnudado mil veces con la mirada y mucho antes de que le hubiera puesto un dedo encima.
Hasta que una tarde, a última hora, cuando estaban hablando en la sala más pequeña de la exposición, ella en un extremo y él en el contrario, pasó en una décima de segundo de estar inmóvil a moverse, a llegar hasta ella con cuatro zancadas y a tomarla entre los brazos.
Eso fue todo. Ella había estado a su disposición y él a la de ella.
Los tres meses que habían pasado juntos habían sido un sueño. Su relación había sido físicamente intensa, pero también sorprendentemente natural. No había habido ni expectativas ni inhibiciones, solo pasión.
Debería haber sido fácil desligarse.
Los ojos que la habían desnudado miles de veces se dirigieron hacia Pedro para indicarle que podía pasar a hablar de los asuntos generales del museo. Estaba organizándose una exposición muy especial, pero, aun así, el museo en general tenía que seguir manteniendo el elevado nivel de siempre.
El humor de Helios, que solía ser agradable, estaba alterando a todos y Pedro, claramente nervioso, repasó los puntos del día a toda velocidad y acabó comentando que ese jueves se necesitaba que alguien sustituyera a una de las guías. Amy se ofreció voluntaria. El jueves era el único día que tenía tranquilo esa semana y le encantaba guiar grupos de visitas siempre que podía. Una de las cosas que más le gustaba del museo era la colaboración, que todo el mundo ayudaba cuando hacía falta. Era una manera de hacer las cosas que empezaba desde lo más alto, desde el propio Helios, aunque ese día no había ni rastro de ese espíritu.
–Antes de que nos marchemos –comentó Pedro justo al final de la reunión–, os recuerdo que tenéis que entregar antes del viernes los menús para el miércoles siguiente.
Helios, como agradecimiento a los empleados por todo el trabajo que habían hecho para la exposición, había organizado una cena para todos antes de que empezaran las vacaciones de verano. Era el típico gesto generoso de él y un acto social que a ella le había apetecido mucho, aunque, en ese momento, se le revolvía el estómago solo de pensar en salir una noche con Helios y sus compañeros.
El alivio fue evidente cuando terminó la reunión. Nadie se quedó un rato, como solía ser habitual, y todo el mundo se levantó y se fue precipitadamente hacia la puerta.
–Amy, por favor, quiero decirte una cosa.
La voz profunda de Helios se oyó por encima de las pisadas apresuradas. Ella se paró a unos centímetros de la puerta, puso un gesto inexpresivo y se dio la vuelta.
–Cierra la puerta.
Ella la cerró y volvió a sentarse enfrente de él, aunque intentó alejarse todo lo posible.
Nada era lo bastante lejos. Ese hombre rezumaba testosterona… y también rezumaba deseo de venganza.
El corazón se le salía del pecho, pero apretó los labios y cruzó los brazos. Aun así, no pudo evitar mirarlo fijamente. La cadena de plata le resplandecía en la base del cuello, la cadena que le había rozado los labios tantas veces cuando él le hacía al amor.
Mientras lo miraba y se preguntaba cuándo iba a hablar, notó que él la miraba con la misma intensidad y se le secó la boca.
–¿Has estado a gusto en Greta’s? –le preguntó él tamborileando la mesa con los dedos.
–Sí, gracias –contestó ella en tono cortante antes de darse cuenta de lo que había dicho él–. ¿Cómo has sabido que he estado allí?
–Por el GPS de tu teléfono.
–¿Qué? ¿Has estado espiándome?
–Eres la amante del heredero al trono de Agon. Nuestra relación es un secreto a voces y no arriesgo lo que es mío.
–Ya no soy tuya –replicó ella llevada por la furia–. Sea el que sea el dispositivo que me has puesto, ya puedes ir quitándolo.
Amy puso el bolso en la mesa, sacó el teléfono y se lo arrojó a él, que lo atrapó con una mano y se rio. Aunque fue una risa sin ganas.
–No ha puesto ningún dispositivo –Helios le devolvió el teléfono–. Se ha hecho a través de tu número.
–Pues deja de rastrearlo, quítalo de tu sistema o lo que sea.
Él la miró detenidamente. Esa inmovilidad le sacaba de quicio. Helios no estaba nunca inmóvil, tenía energía como para iluminar todo el palacio.
–¿Por qué te marchaste?
–Para alejarme de ti.
–¿No pensaste que me preocuparía?
–Pensé que estarías tan ocupado seleccionando a tu esposa que ni siquiera te darías cuenta.
–Ah –él sonrió por fin–, estabas castigándome…
–No –negó ella con firmeza–. Estaba alejándome porque sabía que esperarías acostarte conmigo después de haberte pasado la noche buscando esposa.
–Y pensaste que no serías capaz de resistirte.
Amy se sonrojó y Helios sintió un arrebato de satisfacción al comprobar que había acertado. Su hermosa y apasionada amante había estado celosa.
Amy, esbelta, femenina hasta decir basta y con una melena rubia oscura seguramente era la mujer más hermosa que había conocido. Un escultor no dudaría en representarla como Afrodita. Le bullía la sangre solo de verla, aunque llevara, como en ese momento, una falda acampanada azul marino y un recatado top color malva.
Sin embargo, también tenía algo que no solía tener, unas sombras oscuras debajo de los ojos marrón grisáceo, los labios secos y el cutis pálido… Y él era el motivo.
Sintió emoción solo de pensarlo. Fuera cual fuese el castigo que había querido imponerle al haber desaparecido unos días, le había salido el tiro por la culata.
Jamás le contaría la furia incontenible que lo había dominado cuando vio la caja delante de su puerta.
Lo que le recordaba que…
Sacó un grueso sobre acolchado y se lo acercó por encima de la mesa. Cuando no pudo contener la rabia, había destrozado la caja, había roto los frascos y había arruinado los libros, pero las joyas se habían salvado.
Ella entrecerró los ojos, alargó una elegante mano y lo abrió con cautela. Apretó los labios cuando vio lo que había dentro. Volvió a dejar el sobre en la mesa y se levantó.
–No las quiero.
–Son tuyas y me ofendes al devolvérmelas.
–Y tú me ofendes a mí al dármelas cuando estás a punto de poner un anillo de compromiso en el dedo de otra mujer –replicó ella sin parpadear.
Él también se levantó y fue hasta ella, que tenía la silla detrás y no podía escapar. La abrazó hasta que tuvo su cabeza sobre el pecho. Era demasiado fuerte y ella no podía zafarse de él aunque lo intentara. Además, él sabía que esos intentos no significaban nada.
Notaba su calidez, ella quería estar entre sus brazos.
Inclinó la cabeza hacia atrás con la respiración acelerada. Él vio que se le oscurecían las pupilas, que pasaban de ser grises a marrones, con una furia que hizo que le bullera la sangre.
–No te pongas celosa –murmuró Helios estrechándola con más fuerza–. Mi matrimonio no cambia lo que siento por ti.
Se mordió el carnoso labio inferior y el ojo izquierdo le tembló con una amargura que él no le había visto nunca.
–Pero sí cambia lo que siento yo por ti.
–Mentirosa. No puedes negar que sigues deseándome –él le rozó la mejilla con su mejilla y le susurró al oído–. Hace unos días, sin ir más lejos, gritabas mi nombre y todavía tengo los arañazos en la espalda.
Ella separó la cabeza.
–Eso fue antes de que supiera que estabas buscando una novia para casarte inmediatamente. No pienso ser tu… querida.
–No tiene nada de particular. Los reyes de Agon han tenido amantes después de casarse desde hace generaciones.
Su abuelo había sido la excepción a la regla, pero solo porque había tenido la suerte de enamorarse de su esposa.
De los treinta y un reyes que había tenido Agon desde 1203, solo unos cuantos habían encontrado el amor y la fidelidad con sus cónyuges. Su propio padre, aunque murió antes de subir al trono, había tenido docenas de amantes y, además, había disfrutado aireando sus infidelidades ante las narices de su entregada esposa.
–Hace generaciones, tus antepasados también descuartizaban a sus enemigos, pero es algo que ya habéis conseguido dejar de hacer.
Él se rio y le acarició la barbilla. Era preciosa aunque fuera sin maquillaje.
–No nos casamos por amor o por tener compañía, como hacen otros, nos casamos por el bien de nuestra isla. Tómatelo como un acuerdo empresarial. Tú eres mi amante, eres la mujer con la que quiero estar.
Su madre había sido desdichada en ese sentido. Ya amaba a su padre cuando se casaron y ese amor había acabado destrozándola mucho antes de que murieran en aquel accidente de coche.
Él nunca causaría a nadie el dolor que había causado su padre. Tenía que casarse, pero no disimulaba lo que quería: una esposa que le proporcionara la siguiente generación de herederos. Nada de sentimientos ni expectativas de fidelidad. Sería una unión basada en el deber y en nada más.
Amy lo miró fijamente y en silencio durante un rato, mientras buscaba algo, aunque él no sabía qué esperaba encontrar.
Bajó la cabeza para besarle los labios que ella había separado, pero se apartó y solo se rozaron.
–Lo digo en serio, Helios. Hemos terminado. No seré tu querida –repitió ella con un susurro.
–¿De verdad…?
–Sí.
–Entonces, ¿por qué sigues aquí? ¿Por qué noto la calidez de tu aliento en la cara?
Le pasó los labios por la mejilla, la agarró del trasero y la estrechó contra sí para que notara cuánto la deseaba. Ella gimió levemente.
–¿Lo ves? –Helios le mordió con delicadeza el lóbulo de la oreja–. Todavía me deseas, pero estás castigándome.
–No. Yo…
–Shh… –él le tapó los labios con un dedo–. Los dos sabemos que podría tomarte en este momento y que no te opondrías, ni mucho menos.
Sus ojos dejaron escapar un brillo ardiente, pero levantó la barbilla con rebeldía.
–Voy a darte cinco segundos para que te marches –siguió él hablándole en voz baja al oído–. Si dentro de cinco segundos no te has marchado, te levantaré la falda y te haré el amor encima de esta mesa.
Ella se estremeció. Fue un estremecimiento muy ligero, pero él lo conocía tan bien que sabía lo que vería en sus ojos cuando los mirara.
Efectivamente, se habían oscurecido y tenían las pupilas más dilatadas. Asomaba la punta de la lengua entre los labios separados y él sabía que si le ponía las manos en los magníficos pechos, notaría los pezones endurecidos.
La soltó y cruzó los brazos.
–Uno…
Amy se llevó una mano a la boca y la bajó a la barbilla.
–Dos…
Ella tragó saliva sin dejar de mirarlo y él casi podía oler su anhelo.
–Tres… Cuatro…
Ella se dio media vuelta y salió corriendo hacia la puerta.
–¡Una semana! –exclamó él.
Ella estaba a mitad de la habitación y no dio ningún indicio de que lo hubiese oído, pero él sabía que lo había oído perfectamente.
–Dentro de una semana, matakia mou, estarás en mi cama otra vez, te lo aseguro.
Darmowy fragment się skończył.