Czytaj książkę: «Corazón Latino»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Michelle Reid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Corazón latino, n.º 1193- diciembre 2020

Título original: The Spanish Husband

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1348-872-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Caroline caminaba de un lado a otro de la suite de dos habitaciones. Se acercó a la ventana que supuestamente debía tener vistas al famoso Puerto Banús, pero no vio nada. Se alejó nuevamente y miró su reloj de pulsera impacientemente.

Las nueve. Su padre había dicho a las siete. Le había prometido que estaría a las siete. Había dicho que solo iba a dar un paseo antes de cambiarse para ir a cenar, para ver cómo había cambiado el lugar.

Su padre adoraba Marbella. En una época habían pasado casi todos los veranos allí, así que ella comprendía su deseo de volver a ver todo aquello, pero no su negativa a dejar que ella fuera con él.

—No seas pesada, Caroline —le había dicho cuando había visto que insistía—. No necesito que me lleven de la mano, y desde luego, no me hace falta un perro guardián. Demuéstrame un poco de confianza, por Dios. ¿Acaso no te he prometido portarme bien?

Así que había decidido demostrarle un poco de confianza. ¿Y qué había logrado? Caminar nerviosa de un lado a otro, como si fuera una madre preocupada.

¿No le fallaría, verdad? Pero… ¿Dónde estaba?

Hacía horas que se había marchado, y ya se sabía lo que podía pasar si se lo dejaba a sus anchas.

¡Como hubiera dado rienda suelta a su maldito hábito, no lo perdonaría!

Recogió su bolso y salió de la habitación. Llamó al ascensor.

Ella odiaba aquel lugar, los recuerdos que le evocaba…

Hacía siete años de su última visita, recordó Caroline cuando se abrieron las puertas del ascensor. Siete años desde que se habían visto obligados a marcharse humillados, y con el corazón destrozado, jurando no volver jamás.

Sin embargo, allí estaban, no solo de vuelta en Marbella, sino en el mismo hotel. Y una vez más tenía que ir a buscar a su padre al lugar al que menos quería ir.

El maldito casino. Allí, su padre podía causar un gran daño en un corto espacio de tiempo.

¿Cuánto tiempo hacía que faltaba? Dos horas por lo menos. En dos míseras horas podía perder un montón de dinero.

Como había ocurrido la última vez.

Sintió náuseas. Caroline se apoyó en la pared del ascensor cuando las puertas de este empezaron a cerrarse. Una mano se interpuso para que volvieran a abrirse. Entró un hombre alto y moreno, con aspecto de español, vestido con un esmoquin negro y una pajarita.

—Disculpe que la haya retrasado —murmuró en inglés. Se dio la vuelta, le sonrió y le clavó la mirada.

—Está bien —contestó ella, y bajó la vista, para no alentarlo a que la siguiera mirando.

Sabía que la seguía mirando. Le pasaba a menudo. Era rubia, delgada pero con curvas muy femeninas, de piernas largas… Atraía las miradas masculinas. Y el extraño era apuesto, pensó ella.

Pero no estaba de humor como para ponerse a charlar en un ascensor. Aunque la verdad era que hacía mucho tiempo que no dejaba que se le acercara un hombre…

Desde Luis. Allí, en Marbella.

Pero no quería recordar aquello tampoco. Marbella parecía tener el poder de los recuerdos. Y aquel hombre moreno se parecía mucho a Luis, como para tener alguna oportunidad con ella.

Se alegró de que la puerta se abriese y de poder escapar de allí sin tener que conversar. Y se olvidó de él inmediatamente, concentrándose en su problema anterior.

El hotel era uno de los mejores de Puerto Banús. Hacía años había tenido un esplendor que había atraído a cierto tipo de huéspedes, muy selectos, entre los que se habían encontrado su padre y ella.

Pero acababan de reinaugurar el hotel, después de un largo período de arreglos hechos por los nuevos dueños, y aunque todavía conservaba el orgullo de ser uno de los hoteles más exclusivos del enclave turístico, mostraba su cartel de cinco estrellas con más discreción y elegancia.

Y la gente era diferente, menos rígida y consciente de su status, aunque no dudaba de que si se alojaban allí era porque podían pagar su alto precio.

Pensó en cuánto había cambiado ella en aquellos siete años. Entonces no se le hubiera ocurrido cuestionar el precio de una suite de hotel. La habían educado para lo mejor, sin pensar en el precio.

Ahora no solo pensaba en el precio, sino que se preguntaba cuánto tiempo iba a tener que trabajar para pagarlo.

De hecho, el dinero era una obsesión para Caroline en aquel momento. O más bien la falta de ello, junto con la necesidad constante de alimentar al monstruo en el que se había convertido su casa familiar.

Frunció el ceño mientras buscaba entre la gente la figura alta y delgada de su padre.

Durante dos siglos había habido miembros de la familia Newbury viviendo en Highbrook Manor. Pero las posibilidades de que siguieran estando allí los Newbury dependían de lo que estaba haciendo su padre en aquel momento precisamente.

Caroline atravesó el edificio y fue a preguntar a recepción si su padre había dejado algún mensaje.

No había dejado mensaje alguno.

Fue a comprobar que no estaba en ninguno de los bares de los salones, con la débil esperanza de que se hubiera quedado charlando allí y hubiera perdido la noción del tiempo.

Su corazón empezó a latir más intensamente, porque sabía que solo podía estar en un lugar.

Tomó una escalera que bajaba. Aquello necesitaba un coraje especial, que solo alguien que la hubiera conocido hacía siete años podía comprender. Cuando llegó abajo, le temblaban las piernas. Prácticamente no había cambiado nada. Seguía teniendo un cartel anunciando el gimnasio, los salones de belleza y la piscina cubierta.

Seguía teniendo un par de puertas a la derecha, que estaban firmemente cerradas como para mantener cuidadosamente oculto de ojos inocentes lo que pasaba detrás de ellas.

Pero el cartel que colgaba de las puertas no era inocente: Casino.

Un lugar donde la excitación compulsiva y la desesperación se daban la mano, y donde una carta o un dado tenían el potencial de salvarte o hundirte.

Si se había rendido a sí mismo, estaba segura de que lo encontraría detrás de esas puertas, pensó, mientras daba un paso al frente.

—Se sentirá decepcionada —dijo una voz.

Caroline se dio la vuelta, sorprendida, y descubrió al extraño con quien había compartido el ascensor. Alto, moreno, indiscutiblemente atractivo…

Caroline volvió a sentir un vértigo en el estómago, puesto que se parecía terriblemente a Luis. Era de la misma edad, la misma constitución física, el mismo color de piel y de pelo, típicamente español.

—¿Cómo dice? —dijo ella.

A Luis también lo había conocido allí, en ese lugar del edificio.

—El casino —el hombre hizo un movimiento de cabeza en dirección a las puertas—. No abre hasta las diez. Llega demasiado temprano.

Instintivamente miró el reloj. Eran las nueve y cuarto. Aliviada, sonrió al extraño.

Ahora se sentía culpable. Por no confiar en su padre, por estar enfadada, por pensar lo peor de él.

—¿Le apetece tomar un vaso de vino en el bar del salón? —la invitó el extraño.

Caroline se puso colorada, dándose cuenta de que el hombre había malinterpretado su sonrisa.

—Gracias, pero estoy acompañada —le informó, y se dio la vuelta hacia la escalera.

—Por tu padre, sir Edward Newbury, ¿quizás?

Caroline se detuvo.

—¿Conoces a mi padre?

—Nos conocemos —sonrió él, con una sonrisa enigmática, como si supiera algo que ella ignorase—. Lo acabo de ver —agregó—. Cruzó el edificio rumbo a los ascensores, hace unos minutos. Parecía estar en un apuro… —volvió a sonreír burlonamente.

Ella se sintió incómoda.

—Gracias —dijo ella cortésmente—. Por decírmelo —se dio la vuelta nuevamente y se alejó de él.

El hombre le sujetó la muñeca.

Ella se sobresaltó.

—No te marches corriendo —murmuró él—. Realmente me gustaría conocerte mejor.

Su voz era agradable, pero el que le hubiera sujetado la muñeca había sido una intrusión, y hubo algo que la alertó, porque estaba segura de que si intentaba soltarse, él la sujetaría más fuertemente.

No le gustaba aquel hombre, pensó. Ni su atractivo físico, ni su encanto, ni su confianza en sí mismo, ni que usara la fuerza para detenerla.

Ni aquella sensación de que hubiera estado espiando sus movimientos. Ni que ella se sintiera vulnerable a su presencia.

—Por favor, déjame marchar —dijo ella.

Él apretó más su muñeca.

—Pero si te dejo marchar, no sabrás cómo conocí a tu padre —señaló él—. O mejor aún, dónde lo conocí…

—¿Dónde?

—Bebe un vaso de vino conmigo —insistió él—. Y te lo diré.

—Estoy segura de que si a mi padre le parece memorable el haberte conocido, me lo contará. Y ahora, si me permites… —tiró de la muñeca, y luego subió la escalera sin mirar atrás.

Pero por dentro estaba temblando, porque tuvo miedo de que él la persiguiera. Y le había hecho daño en la muñeca.

¿Quién era? ¿Qué relación tenía con su padre?

En cuanto entró en la suite se dirigió a la puerta de la habitación de su padre. Después de golpear insistentemente, la abrió y descubrió que su padre se había ido nuevamente.

Por el modo en que había dejado la ropa, debía de haberse marchado deprisa.

¿Querría evitarla? ¡Oh, sí! Estaba intentando evitarla, lo que quería decir una sola cosa. Había vuelto a descarrilarse otra vez.

En un acto de rabia, se agachó a recoger los pantalones del suelo y estaba a punto de tirarlos encima de la cama cuando algo cayó de uno de los bolsillos. Cayó encima de uno de sus pies. Parecían recibos. Los alisó.

Durante unos segundos se quedó inmóvil, casi sin respirar. Y luego, empezó a examinar cada uno de los bolsillos de la ropa que se había llevado a Marbella.

Diez minutos más tarde, estaba de pie en medio de la habitación, mirando a su alrededor.

Llevaban menos de veinticuatro horas en Marbella, y según los recibos, en ese tiempo su padre había jugado y había perdido casi cien mil libras.

De pie, al lado de una ventana de una habitación de control, Luis Vázquez miraba el suelo del casino del hotel, una de sus últimas adquisiciones de hoteles de lujo.

No lo podían ver desde abajo. La ventana le permitía mirar, pero no que lo vieran. Y detrás de él se encontraba el verdadero control, a través de un circuito cerrado de pantallas de televisión vigilado por el personal de seguridad.

La ventana era simplemente otra forma de ver el salón del casino en su totalidad.

Luis prefería controlar la planta del casino con sus propios ojos. Debía de ser porque había sido un jugador empedernido en un momento de su vida, y no podía creer nada que no viera él mismo. Ahora las cosas eran diferentes. Ya no necesitaba apostar para ganar dinero para vivir. Tenía riquezas, poder y una agradable sensación de respeto hacia sí mismo que le había costado mucho ganarse, y sin embargo…

Frunció el ceño. El tener respeto a sí mismo no le otorgaba el respeto de los demás, había aprendido. Pero era algo que quería rectificar pronto.

De hecho, era su mayor proyecto.

Víctor Martínez, el responsable de seguridad del hotel se acercó a él.

—Ha vuelto a su habitación la chica. Él acaba de llegar al bar del casino.

—¿Tenso? —preguntó Luis.

—Sí —contestó Víctor—. Maduro, diría yo —se le notaba que se había criado en las calles de Nueva York.

Luis Vázquez hizo un movimiento de cabeza y se apartó de la ventana.

—Dime cuándo se acerca a las mesas —fue todo lo que dijo. Luego se fue de la habitación de control.

El lugar quedó en silencio. Así como el salón del casino estaba lleno de ruidos y actividad, la zona de control era silenciosa. Se podía oír caer un alfiler.

La habitación, al igual que el hombre, no revelaba nada de su personalidad. A excepción de un cuadro colgado detrás del escritorio negro. Se trataba de un escorpión dorado en un fondo blanco, con la cola letal curvada hacia arriba.

Pero helaba la sangre verlo. Aunque no parecía amenazar a Luis Vázquez, sino al pobre infeliz que tuviera la mala suerte de sentarse al otro lado del escritorio.

Era un símbolo que en una época parecía estar presente en todo lo que hacía Luis Vázquez. Desde entonces había aprendido a ser más sutil. Ahora mantenía aquel cuadro por razones personales y como advertencia, para cualquiera que tuviera la desgracia de que lo llamasen a aquellas habitaciones privadas, de que Luis Vázquez aún tenía un aguijón en su cola.

Pero en aquellos momentos, Luis Vázquez era más conocido por otro logotipo. El que identificaba a sus hoteles, con los que se había ganado una reputación de servicio de calidad y confort, a lo largo de diez años.

Aquel era un Ángel Hotel. Ángel como en Luis Ángel Vázquez.

Pero todos sus hoteles tenían casinos, que era lo que atraía. El lujo del que disfrutaban sus huéspedes mientras jugaban, era un valor añadido.

El escorpión era probablemente más representativo de lo que era Luis Vázquez en realidad.

Luis se sentó debajo del escorpión y abrió un cajón cerrado con llave.

Sus elegantes dedos sacaron lo único que había en el cajón.

Era un dossier envuelto en piel. No lo abrió inmediatamente sino que se balanceó en la silla y repiqueteó los dedos encima del escritorio. Su expresión no revelaba nada, como de costumbre.

Tenía unos hermosos ojos marrones, con algo de ojeras por falta de sueño en una cara muy atractiva. Era un auténtico español por sangre, con una piel cobriza, herencia de sus ancestros, aunque había sido criado en América. Los pómulos salientes, la nariz pronunciada, al igual que el contorno de su cara, y su boca sensual completaban su atractivo.

Pero aun así, tenía en el rostro la frialdad de un distante ejecutor. De hombre sin corazón, o con el corazón de alguien capaz de mantener la calma, con paso firme y cerebro despejado, aunque estuviera sometido a cualquier presión.

De pronto dejó de mover los dedos y abrió el dossier. Sacó un montón de documentos que había en su interior. Con increíble destreza, los ojeó hasta dar con el que quería. Se quedó inmóvil, mirando una foto de siete por nueve centímetros, de Caroline.

Sin duda era hermosa. Tenía el pelo del color del trigo maduro, enmarcando una cara perfectamente delineada. En sus treinta y cinco años jamás había visto algo igual. Su piel era la típica de una inglesa: blanca rosada y los ojos color amatista. Tenía una nariz pequeña y recta, y una delicada forma de cara, pero lo que más llamaba la atención era su boca: suave, cálida, rosa y carnosa. Una boca deliciosa.

Lo decía por experiencia. Y pronto la volvería a probar. Un rasgo de su carácter era la paciencia, y cuando se proponía un objetivo, no le importaba esperar.

Su próximo objetivo era Caroline. Y estaba tan seguro de su éxito, que mentalmente sentía que ella ya era suya.

Dejó la foto a un lado y miró otros papeles: facturas, cartas, avisos, hipotecas de propiedades, advertencias de extinción de derecho de redimir hipotecas, una lista interminable de deudas de juego no pagadas, viejas y nuevas. Las leyó una a una, y luego las dejó a un lado también.

Una luz en su teléfono interno se encendió.

—¿Sí?

—La chica está bajando —le informó Víctor Martínez—. Su padre está jugando fuerte.

—Bien —contestó Luis.

Metió todos los papeles y la foto en el dossier y volvió a guardarlo en el cajón.

Luego rodeó el escritorio y salió de la habitación.

En el cuarto de control, Víctor Martínez estaba de pie al lado de la ventana. Luis se acercó a él. Víctor le hizo una seña con la cabeza y él miró una mesa de ruleta.

Impecablemente vestido, apuesto aún para su edad, alto y elegante, sir Edward Newbury jugaba en la mesa con cara de preocupación.

Luis reconoció la mirada. Estaba atrapado, sobreexcitado, y preparado para vender su alma al diablo. «Maduro», como había dicho Víctor.

Luis desvió la mirada de sir Edward y miró hacia la entrada, por donde acababa de aparecer Caroline.

Habían pasado siete años, pero ella apenas había cambiado. Llevaba un vestido negro ajustado que se lo confirmaba. No había perdido nada de la firmeza de su juventud. Y él, volvía a sentirse excitado al verla, como entonces.

Sintió el deseo de aprehender lo prohibido que suponía aquella mujer. Ella era un símbolo de clase y casta. Hasta su nombre era algo especial. Miss Caroline Aurora Celandine Newbury…

Luis saboreó su nombre. Tenía un árbol genealógico, una educación y un ambiente especialmente diseñado para la elite, y una mansión con tierras que envidiaría cualquier rey.

Aquellas eran las credenciales que les daba el derecho a los Newbury a considerarse nobles, pensó Luis cínicamente. Para ser aceptado entre ellos debía tener algo especial. Incluso en aquel momento en que estaban en decadencia y casi de rodillas, medirían el valor de cualquiera por esas características.

Caroline estaba muy pálida. Parecía tensa e incómoda. Pero a ella jamás le habían gustado esos sitios.

Caroline vio a sir Edward cuando giró la ruleta. Luis observó que el cuerpo femenino se ponía rígido, que apretaba los labios.

Se adelantó y se puso detrás de su padre. Parecía insegura, como si no supiera qué hacer.

Luis sabía que lo que habría querido hacer hubiera sido llevárselo a rastras de allí.

Pero su educación se lo impedía.

Negro. Impar. sir Edward perdió, una vez más aquel día.

Cuando el hombre hizo un gesto de frustración, Caroline intervino.

—Papá…

Luis la vio poner una mano en la manga del esmoquin de su padre suplicándole que entrase en razón. Casi la escuchaba.

Pero sir Edward no podía abandonar en aquel momento. Aunque lo perdiese todo.

Su padre se soltó de ella y puso un gesto petulante. Caroline no podía hacer otra cosa que quedarse de pie y mirar.

Negro. Sir Edward perdió nuevamente.

Caroline volvió a insistir en que lo dejase. Otra vez su padre no le hizo caso.

Luis vio que los ojos de Caroline se humedecían esta vez e involuntariamente apretó sus manos grandes y viriles. Caroline miró alrededor, como buscando ayuda, inútilmente.

Luego, sin aviso alguno, alzó la mirada hacia la torre de control, y la clavó en él con una intensidad que casi le robó el aliento.

Luis no movió ni un músculo. Sabía que Caroline no podía verlo, porque el cristal no se lo permitía. Pero…

Se estremeció. Sintió un nudo en la garganta. Vio que a Caroline le temblaban levemente los labios de la desesperación, y el cuerpo de Luis se tensó.

Esa boca…

—Su padre ganó —murmuró Víctor.

Luis vio a sir Edward alzar el brazo con el puño apretado, celebrando el triunfo. Pero volvió a centrar su atención en la hija.

—Voy abajo —dijo Luis—. Asegúrate de que todo esté listo para cuando nos vayamos.

—¡Bien! —exclamó sir Edward y alzó a su hija en brazos—. ¡Hemos ganado, querida! Un par más de golpes de suerte y volaremos alto.

Pero él ya estaba en las nubes, pensó Caroline.

—Por favor, papá —le rogó—. Para ahora, que puedes. Esto es…

Iba a decir «una locura». Pero su padre la interrumpió:

—No seas aguafiestas, Caro. Esta es nuestra noche de suerte, ¿no lo ves? —la soltó y se volvió a la mesa, donde el crupier estaba retirando las fichas—. Déjelas —le dijo al hombre.

Caroline vio con angustia cómo su padre se jugaba hasta el último penique en otra vuelta de ruleta.

Se había empezado a formar un corro alrededor de la mesa. Sus murmullos se fueron apagando cuando giró la rueda. Caroline contuvo la respiración. Estaba furiosa en su interior. Pero la habían educado en la creencia de que no se debía hacer escenas en público, y su padre lo usaba como arma contra ella.

No habían servido de nada las promesas, ni los meses y años de estrecha vigilancia.

Estaba cansada. Y tenía la sospecha de que aquella vez no iba a ser capaz de perdonar a su padre por hacerle aquello.

Pero no podía hacer nada, más que soportar aquella pesadilla, en aquel maldito lugar. Solo faltaba que apareciera Luis Vázquez para que la pesadilla fuera completa.

Tembló.

En aquel momento sintió que alguien se quedaba de pie detrás de ella. Sintió su aliento en la nuca. Pero la atención de Caroline estaba en la mesa, en aquella pequeña bola, y el ruido rítmico de la rueda.

—¡Sí! —exclamó victorioso su padre, al doblar su apuesta.

La gente reunida empezó a animarlo en su buena suerte. Pero Caroline se hundió. Se sentía mareada. Y debió de balancearse levemente, porque una mano le rodeó la cintura para sujetarla.

Y ella debió de sentir su desfallecimiento, porque dejó que esa mano se deslizara por su espalda y la atrajera contra su cuerpo firme.

No habría quién parase a su padre ahora. No se contentaría hasta que no hubiera perdido todo.

El objetivo no era ganar, ni el motivo por el que jugaba la gente. Ganar significaba tener suerte. Y se jugaba hasta perderla. Y luego hasta volver a ganar.

Se estremeció.

Finalmente pudo separarse de aquel brazo y dijo:

—Gracias, pero estoy…

Se quedó helada. No pudo continuar hablando.

Unos ojos negros, que le resultaban familiares, se clavaron en ella y entonces Luis le dijo:

—Hola, Caroline.

Capítulo 2

Le dio un vuelco al corazón.

—Luis… —balbuceó.

Creyó estar alucinando, que su imagen era producto del infierno que estaba viviendo, porque la locura de su padre y aquel lugar eran sinónimo de aquel hombre en su mente.

—No —incluso llegó a decir Caroline.

—Lo siento, pero sí —contestó él burlonamente.

Ella empezó a sentirse mareada nuevamente.

—Por favor, suéltame —dijo Caroline, desesperada por poner distancia entre ellos.

—Por supuesto —Luis quitó la mano instantáneamente.

Ella recordó al extraño que había conocido en la entrada del casino. Aquel hombre le había recordado a Luis. Sin embargo, no le había gustado a simple vista…

—Tu padre está de suerte, por lo visto —comentó, mirando lo que ocurría en la mesa.

—¿Sí? —preguntó ella con escepticismo.

Él la miró. Pero ella no podía mirarlo. Su mirada le hacía daño. Porque Luis representaba todo lo que ella había aprendido a despreciar del mal de su padre. Obsesión, maquinación, decepción, traición.

Sintió amargura. Quiso apartarse de él, pero en aquel momento empezó a arremolinarse la gente, felicitando a su padre, demostrando su alegría por ver que estaba ganando a la banca contra toda previsión.

En aquel momento, el brazo de Luis volvió a rodearla, para protegerla de los codos que iban en su dirección. La apretó contra él. Ella se sintió envuelta en su calor.

Apenas podía respirar. Los recuerdos no se hicieron esperar.

Habían sido amantes hacía tiempo. Sus cuerpos se conocían muy íntimamente. Estar allí, apretada contra él entre la gente era el peor castigo que podía sufrir por haberse atrevido a volver a aquel sitio.

—¿Sigues jugando para ganarte la vida, Luis? —le preguntó ella sarcásticamente—. Me pregunto qué haría la administración del casino si supiera que tienen a un profesional en su club.

Luis la miró achicando los ojos.

—¿Es una amenaza velada, por casualidad? —preguntó él.

Caroline se hizo la misma pregunta, sabiendo que con una sola palabra al oído de los responsables del casino echarían a Luis de allí.

—Fue solo una observación —suspiró Caroline.

No tenía derecho a criticar a Luis cuando su padre era igual.

—Entonces, para contestar a tu observación, no —contestó él—. No estoy aquí para jugar.

Pero Caroline no estaba escuchando. Acababa de asaltarla una idea, que la estremeció.

—Luis… —le murmuró ansiosamente—. Si hablase serenamente con los responsables del casino sobre mi padre, ¿harían algo para impedir que siguiera jugando?

—¿Y por qué iban a hacerlo? —torció la boca—. No es un profesional. Solo es un hombre con un vicio que se le ha transformado en obsesión.

—Una obsesión suicida —respondió Caroline con un temblor.

La mano que tenía en la espalda la acarició. Pero Luis no dijo nada. Él conocía a su padre muy bien.

—Odio esto —dijo ella.

—¿Quieres que no lo deje jugar más? —se ofreció Luis.

—¿Piensas que podrías hacerlo?

En respuesta, Luis alzó la vista hacia donde estaba su padre, emergiendo de entre la gente que lo felicitaba.

—Sir Edward —dijo, sin subir el tono de voz ni desafiarlo.

No obstante esas dos palabras causaron impacto, puesto que apagaron los murmullos de excitación de la gente.

Ella presintió que su padre se daba la vuelta. No lo vio, porque Luis la tenía apretada contra su pecho, pero sintió el shock de su padre.

—Pero… Si es Luis… ¡Qué sorpresa! —dijo su padre con un acento inglés aristocrático, cuando se recuperó.

Su hija hizo una mueca de dolor.

—Sí, qué sorpresa, ¿verdad? Siete años y aquí estamos otra vez. A la misma hora, en el mismo lugar…

—Debe de ser el destino —dijo su padre.

«Triste y cruel destino», pensó Caroline.

—Veo que tiene suerte esta noche —observó Luis—. Ha limpiado a la banca, ¿no es verdad?

—Aún no, pero voy en camino —comentó su padre envalentonado.

Caroline se dio cuenta de que su padre la miraba brevemente. Sir Newbury sabía que la había traicionado, pero parecía orgulloso de ello.

—¿Cuánto dinero cree que lleva ganado hasta ahora? —preguntó Luis con curiosidad.

—Da mala suerte contarlo, Luis. Ya lo sabes —dijo sir Edward.

—Pero si de verdad se siente con suerte, tal vez podría tentarlo una apuesta privada conmigo, ¿no? Ponga el dinero en la próxima vuelta —lo desafió—. Si gana, jugaré con usted al póker por el doble de esa cantidad. ¿Le apetece? —preguntó, ignorando la exclamación de protesta de Caroline.

Se sentía traicionada por Luis. Ella le había pedido que no dejara jugar a su padre.

Pero él parecía ignorar hasta su presencia.

—¿Por qué no? —su padre aceptó el desafío, y mientras su hija lo miraba perpleja, le dio instrucciones al crupier de que dejara todo el dinero apostado.

Y la rueda volvió a girar.

Luis observaba la escena por detrás de Caroline. Delante de ella estaba su padre, sereno, indiferente al resultado de la apuesta, aunque la vida de ellos dependiera de la ruleta. El casino parecía haberse quedado mudo, petrificado, mientras la gente miraba el juego. Nadie pensaba que sir Edward pudiera ganar una cuarta vez.

—No te perdonaré esto —dijo Caroline a Luis, convencida de lo mismo. Y se soltó de él.

Luis la soltó, pero se quedó allí, de pie, detrás de ella, mirando, como todo el mundo, cómo la maldita bola pasaba de ranura en ranura.

Era una tortura.

Ella había sabido que no debían de haber ido allí. Pero su padre no la había escuchado.

—¡No tenemos elección! —había exclamado sir Edward—. La empresa financiera que compró todas nuestras deudas está en Marbella. Se niegan a hablar con nosotros, excepto que lo hagamos personalmente. Tenemos que ir allí, Caroline.

—¿Y tus deudas de juego? —le había gritado furiosa—. ¿Tienen puestas sus avariciosas manos en ellas también?

Su padre se había sonrojado por sentirse culpable, luego había ido humildemente a ella, como hacía siempre que su hija lo sorprendía en algo malo, y le había dicho desafiantemente:

—¿Quieres ayudarme a superar esta historia o no?

Caroline volvió a sentir mareo. La rueda fue moviéndose más lentamente. De pronto se detuvo. Se hizo el silencio en la habitación. Nadie se movió durante unos segundos, hasta que sir Edward dijo con serenidad:

—Mío, creo.

Sin pronunciar una sola palabra, Caroline se dio la vuelta y se marchó, dejando las exclamaciones detrás de ella.

¿Cuánto había ganado? No lo sabía. ¿Cuándo iría a jugar con Luis? No le importaba.

Ella no aguantaba más todo aquello.

Se odió por haberse dejado convencer de ir a Marbella.

Caroline salió del casino con la intención de volver a su suite. Pero de pronto supo que no podía hacer eso. Que no podía esperar allí que su padre se arruinase. Sin pensarlo siquiera, salió corriendo en dirección a las puertas que estaban en el lado opuesto al casino.

Pensó que la piscina estaría cerrada a esa hora de la noche, pero no era así, aunque habían apagado casi todas las luces. Solo la piscina estaba iluminada, mostrando el agua cristalina y azul. No había nadie a la vista.

Sin reflexionar realmente en cuál sería su siguiente acción, Caroline se quitó los zapatos, se desabrochó el vestido y lo dejó en una silla. Luego se zambulló en el agua con sus braguitas, su sujetador e incluso el liguero y las medias.

Nadó desesperadamente, como si fueran a darle una medalla por ello.

Cuando estaba en el cuarto largo, se dio cuenta de que Luis estaba sentado en la silla donde había dejado el vestido.

Ella se hundió en la piscina y buceó.

Cuando fue a hacer el sexto largo él seguía allí. Al décimo, sus pulmones no podían más. Se apoyó en el borde de la piscina, y descansó su frente en los brazos después de cruzarlos.

—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Luis.

—No —respondió ella. Al final alzó la cara y lo miró—. ¿Y tú, por hacer de mirón?

—Llevas más ropa que la mayoría de las mujeres que se sumergen en esta piscina.

—Pero un caballero, al ver la diferencia, habría tenido la delicadeza de marcharse.

—Ambos sabemos que yo no soy un caballero —dijo él con una sonrisa.

¿Había buscado ella que él admitiera lo que era? Sí, por alguna razón le resultaba placentero.

—¿Dónde está mi padre?

—Contando lo que ganó, supongo —contestó él con total indiferencia, encogiéndose de hombros—. ¿Estás lista para salir de ahí? ¿O estás esperando que me desnude y me meta contigo?

—Voy a salir ya —decidió ella.

No dudaba de que Luis fuera capaz de hacer lo que decía.

Y ella no quería ver desnudarse a Luis Vázquez. No le hacía falta verlo desnudo para saber cómo era. Al igual que a él no le hacía falta que ella se quitara el sujetador de seda negro y las medias para saber lo que había debajo, pensó Caroline.

Cuando ella salió, Luis estaba de pie al borde de la piscina, esperándola con una gran toalla blanca dispuesta para que se secase.

No sabía de dónde la había sacado. Pero no le importaba.

Así que subió los peldaños y tomó la toalla con un «gracias», murmurado amablemente.

Él notó su actitud distante.

—Te estás tomando con mucha calma todo esto —comentó Luis.

Caroline se envolvió con la toalla.

—Te odio y te desprecio. ¿Satisfecho? —dijo ella, echándose el pelo hacia atrás.

—Algo es algo. ¿Quieres que te traiga otra toalla para que te seques el pelo?

Ella se peinó con los dedos. El baño le había quitado casi todo el maquillaje, excepto el rímel.

—No quiero nada de ti, Luis. Porque tu idea de lo que es un favor es cortar la mano que te pide ayuda.

—Ah… —se metió las manos en los bolsillos—. Y se trata de tu mano en este caso, ¿eso quieres decir?

Ella no quería hablar de ello.

—Me marcho a mi habitación —dijo, caminando hacia la puerta de la piscina—. Adiós, Luis —agregó fríamente—. Me gustaría decir que ha sido una alegría verte nuevamente, pero te mentiría, así que no me molestaré…

—¿No te olvidas de algo? —le preguntó él.

Ella se detuvo, se dio la vuelta y frunció el ceño.

Luis estaba de pie donde lo había dejado. Alto, delgado, atractivo, inquietante…

El corazón de Caroline dio un vuelco. Y se despreció a sí misma por ser tan vulnerable a él, sabiendo cómo era.

—Tu bolso y tus zapatos —le señaló él, y fue a recogerlos.

Ella se acercó y tomó los zapatos, colgando de sus dedos. Pero cuando fue a recoger su pequeño bolso, Luis se lo metió en uno de los bolsillos del esmoquin.

—Devuélvemelo, por favor —le ordenó ella.

Él le sonrió.

—Por el tono, pareces la directora de una escuela —bromeó él.

—No sé cómo lo puedes saber. Si según tú, no te molestaste demasiado en ir a la escuela —le respondió ella.

Él se rio.

—¡Oh! Pero conocí a algunas mujeres rígidas y de ojos fríos en aquellos tiempos.

Ella recordó las instituciones estatales en las que había vivido Luis durante su niñez. Y de pronto se imaginó a un pequeño de nueve años, moreno y de ojos negros, solo. A esa edad ya sabía que no podía confiar en nadie.

¡Cuántas confidencias habían compartido durante aquel largo verano de hacía siete años!, pensó Caroline, con un dolor en el estómago.

¿Y cuántas cosas de las que él le había contado serían verdad?

—¿Por qué te pones así? —le dijo él.

—Mi bolso, por favor, Luis —insistió ella, y extendió la mano.

—¿Sabías que tus ojos se ponen grises cuando estás enfadada? —preguntó él.

Ella sintió el mensaje sexual en su sangre.

—Mi bolso —repitió.

Él sonrió.

—Y tu boca pone gesto remilgado y se pone…

—¡Basta! ¡No seas infantil!

—…excitante.

Ella respiró profundamente, para desahogar su irritación.

Sus dedos extendidos empezaron a temblar; los cerró en un puño, y se sujetó la toalla.

—¡Me estoy enfriando aquí! —exclamó.

Y empezó a temblar, aunque no sabía si de frío.

De pronto Luis se quitó la chaqueta y se la puso alrededor de sus hombros mojados.

Su gesto galante minó sus defensas. Unas lágrimas asomaron a sus ojos.

—No juegues con mi padre, Luis —le rogó.

—Póntela —le dijo él, quitándole el vestido y los zapatos de las manos e invitándola a meter los brazos en las mangas—. Quítate esa toalla húmeda.

Estaba claro que debía de rechazar su ofrecimiento, pero ella obedeció. Sintió el calor de la seda contra su piel húmeda y fría.

—Pensé que ibas a ayudarme —dijo ella—. ¡Pero lo único que has hecho es empeorar las cosas!

—Solo la locura puede ser respuesta a más locura —contestó él—. El único modo de pararlo esta noche era darle una buena razón para parar. Así que jugamos dentro de una hora, fuera del hotel, porque no estoy…

Se interrumpió cuando Caroline lo agarró de la camisa, y le rogó:

—¡Por favor, no lo hagas! ¿Cómo puedes querer hacerme esto otra vez?

Luis no la escuchó. Solo miró sus manos, tirando de la tela blanca a la altura de su pecho. Él alzó las suyas y tomó las manos de Caroline. Ella se sintió envuelta en su aura masculina, y notó el latido de su corazón. Un latido que podía desbordarse cuando estaba inmerso en la pasión. Un cuerpo de seda que recordaba moviéndose contra el de ella. Y esa mata de pelo en su pecho que se estrechaba hacia abajo, directamente hasta su…

Se le secó la boca. El sexo estaba nuevamente allí. Aquel fuego, aquella punzada que envolvía sus sentidos y los devolvía a la vida.

Luis movió las manos. Las metió por debajo de la chaqueta y le soltó la toalla para que esta cayera al suelo. Sintió sus manos en su piel.

—No —dijo ella, mirándolo.

Luis no contestó. La besó directamente. Como un amante. Furiosamente, profundamente, íntimamente. Ella sintió que era hermoso aquello.

Lo había echado de menos, pensó Caroline. Y sintió que volvía a llorar. Había echado de menos la pasión que podía surgir entre ellos con solo tocarse un instante.

Caroline acarició el pecho de Luis y llegó hasta su cara, donde trazó el contorno de su boca y de sus rasgos como si fuera ciega.

Luis respondió con un suspiro y la atrajo hacia él. Ella se sintió embriagada por aquel placer.

Sabía que era una locura, pero en aquellos momentos, sentía que Luis le pertenecía. Lo poseía. Si le decía «muere por mí», él lo habría hecho.

Y ella también habría muerto por él.

—Luis… —murmuró.

Si tenía una debilidad, esa era Luis. Como el juego para su padre. Una vez que se adquiría la adicción, permanecía toda la vida. Aunque se privara de ella durante años, volvía a aparecer, al menor sorbo de ella. Y ella estaba bebiendo de él, cayendo en su adicción, admitió Caroline, mientras se dejaba envolver por aquel beso con la ansiedad de alguien muerto de hambre, ¡degustándolo, tocándolo, necesitándolo, deseando más!

Luis la acarició. La devoró con su boca y ella lo dejó. Sabía a menta, su aliento y su lengua. Y sintió el latido de su corazón debajo de sus dedos femeninos.

Ella no fue consciente de nada hasta que sintió que sus pechos se liberaban y las manos de Luis tomaban posesión de ellos. Después todo ello se transformó en un banquete. Él dejó su boca en busca de otros placeres. Ella echó la cabeza hacia atrás y disfrutó del placer mientras él lamía, jugaba y succionaba sus pechos.

Le pareció lo más natural levantar una pierna y rodear la cintura de Luis con ella. El movimiento hizo que el contacto entre ellos fuera más estrecho. Después, ella perdió el sentido de la realidad, zambulléndose en un mundo de sensaciones, de tacto, de perfumes, que estaban grabadas en su mente, porque aquel hombre había sido su primer amante. ¡El que le había enseñado a sentir de aquel modo, a responder de aquel modo, a desear de aquel modo!

Su único amante. Aunque no pensaba que Luis pudiera decir lo mismo.

Pero no podía decir que reaccionara a él de aquel modo porque fuera el único hombre que le había hecho sentir aquello.

Y mientras estaba con él, no parecía importante que fuera el hombre que una vez la había destruido, que la había traicionado tan terriblemente que no había sido capaz de recuperarse. Su padre no importaba. El juego no importaba. Ni que Luis pudiera volver a hacerle daño.

De hecho, ella estaba tan perdida en lo que estaba ocurriendo en aquel momento, que cuando golpearon en la puerta de la piscina, no se dio cuenta de qué era ese ruido. Hasta que Luis se irguió de pronto, quitó la pierna de ella, la apartó y fue a abrir la puerta.

En aquel momento Caroline se dio cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Siete años sin contacto alguno, y se habían abalanzado uno encima de otro en la primera oportunidad que habían tenido, como animales hambrientos.

Era vergonzoso, humillante, pensó ella.

Una voz masculina que ella no había oído jamás, pero que tenía el mismo acento que Luis dijo:

—Está todo arreglado. Tienes media hora.

—De acuerdo —dijo él.

Cerró la puerta.

Ella tardó unos segundos en darse cuenta de qué estaba pasando, pero una sola mirada a su frío rostro le hizo comprender que el hombre que la había estado besando apasionadamente se había transformado en su enemigo.

—¿Qué es lo que está arreglado? —preguntó Caroline.

—¿Tú que crees?

Se refería al juego con su padre. Acababa de darse cuenta. Aun después de lo que había pasado entre ellos, iba a jugar con su padre.

—Toma —él se agachó y le dio el vestido, caído antes en el suelo—. Ponte esto. Ya estás seca. Tenemos cosas que hacer y no puedes marcharte de aquí con ese aspecto.

Caroline se miró. Vio sus pechos excitados, su piel anhelante, sus largas piernas blancas temblando aún por el modo en que él la había hecho sentir. Hasta la chaqueta de Luis ya no estaba donde ella creía.

Él se la estaba poniendo en sus anchos hombros.

Ella estaba desnuda frente a él, sintiéndose humillada y barata.

No salía de su asombro. Sintió náuseas. Tuvo que hacer un esfuerzo por contenerlas hasta que por fin pudo hablar:

—Te odio.

—No tanto como te gustaría —fue la respuesta de Luis.

Caroline se sintió completamente demolida por ello. Se puso el vestido con esfuerzo. Mientras lo estaba haciendo vio su sujetador en el suelo. Se habría marchado corriendo de vergüenza.

Luis se inclinó para recogerlo y se lo metió en el bolsillo. Luego le hizo señas de que se subiera la cremallera del vestido. Ella se movió como un autómata. Luego él se agachó y le puso los zapatos de finas tiras.

Luis se irguió y esperó a que ella se alisara las arrugas de su vestido.

No se miraron. Ni volvieron a hablar después de aquel comentario cruel que había hecho él.

Cuando ella se quedó inmóvil, indicándole con su silencio y quietud que había hecho todo lo que había podido en aquellas circunstancias, Luis abrió la puerta de par en par y le cedió el paso hacia el subsuelo del edificio.

El extraño que había conocido en el ascensor estaba hablando con uno de los clientes del hotel. Miró cuando aparecieron ellos. Caroline ni lo vio.

Ella no quería que Luis la tocase, ni que estuviera cerca de ella. Tenía la frente alta, pero sus ojos estaban ciegos, y por dentro se sentía morir.

Cuando llegaron a la planta baja del edificio principal, ella se apartó de él.

—¿Adónde vas?

Caroline se detuvo pero no se dio la vuelta.

—Si quieres arruinar a mi padre por segunda vez, adelante —lo invitó—. No puedo hacer nada para detenerte, pero no tengo obligación de mirar cómo lo haces —dicho esto, ella siguió caminando.

—Pero no hemos terminado —él le sujetó una mano.

Y sin decir más la arrastró hacia un sitio donde había una puerta que ponía Privado. Esta pareció abrirse mágicamente cuando se acercaron a ella.

Caroline frunció el ceño porque no comprendía qué ocurría. Se encontró dentro de otro edificio con suelos de mármol color blanco y negro. Luis la llevó hacia otra puerta, que abrió él mismo.

—¿Qué es este sitio? —preguntó ella.

Luis atravesó la habitación.

—Mi oficina —contestó.

—Quieres decir… —ella miró alrededor de la habitación—. ¿Quieres decir que tú trabajas aquí ahora?

—Trabajo aquí. Vivo aquí… —puso un dossier forrado en piel en el escritorio—. Este hotel es mío, Caroline —agregó.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
23 października 2024
Objętość:
131 str. 3 ilustracji
ISBN:
9788413488721
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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