Czytaj książkę: «El guardaespaldas de la princesa»

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Michelle Conder. Todos los derechos reservados.
EL GUARDAESPALDAS DE LA PRINCESA, N.º 2267 - noviembre 2013
Título original: Duty At What Cost?
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2013.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-3857-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Capítulo 1
Ava, conduciendo, contempló el esplendoroso sol veraniego que iluminaba la exquisita campiña francesa y deseó estar a mil kilómetros de allí. Tal vez a un millón. En otro planeta donde nadie conociera su nombre. Donde nadie supiera que el hombre con quien su padre había esperado que se casara iba a casarse con otra mujer y nadie la compadeciera por ello.
«Es hora de que dejes de perder el tiempo en París, hija, y vuelvas a casa, a Anders».
Ese comentario condescendiente, de esa misma mañana, le había hecho hervir la sangre. Llenaba su cabeza, apagando la voz que, en la radio, cantaba sobre su anhelo de volver a casa. Su casa era el último lugar al que Ava quería ir.
Por supuesto, la ira de su padre se debía a que lo había decepcionado que el hombre al que había estado prometida en matrimonio desde que era una niña se hubiera enamorado de otra. Le había dicho «¡Una mujer de tu edad no tiene tiempo que perder!», como si estar a un año de cumplir los treinta fuera culpa suya.
Lo cierto era que Ava quería enamorarse. Quería casarse. Pero no con Gilles, un amigo de infancia que era como un hermano para ella; él tampoco había querido casarse con Ava. El problema era que habían seguido el juego al compromiso ideado por sus padres demasiado tiempo, utilizándose el uno al otro para asistir juntos a eventos cuando les resultaba conveniente.
A su padre no le habría gustado nada enterarse de eso. De alguna manera, tras la muerte de su madre hacía quince años, su relación con él se había desintegrado hasta el punto de que apenas se hablaban. Todo habría sido muy distinto si ella hubiera sido un chico.
Muy distinto.
Habría tenido otras opciones. Para empezar, habría sido el príncipe heredero y, aunque no tenía ningún deseo de gobernar su pequeña nación europea, al menos habría tenido el respeto de su padre. Su afecto. Algo.
Ava aferró el volante con más fuerza y tomó la estrecha carretera campestre que corría junto al Château Verne, la propiedad del siglo XV de Gilles.
Durante ocho años había vivido feliz y de forma discreta en París. Había estudiado en la universidad y creado su propia empresa. Solo asistía a los eventos reales cuando Frédéric, su hermano, estaba ausente. Pero temía que eso llegaría a su fin, ahora que Gilles, marqués de Bassone, iba a casarse con una amiga suya.
Ava arrugó la nariz por su estado melancólico. Gilles y Anne se habían enamorado a primera vista dos meses antes y se les veía muy felices. Se completaban el uno al otro de un modo que habría inspirado a los poetas; no estaba celosa.
En absoluto.
Su vida iba de maravilla. Su galería, Gallery Nouveau, acababa de ser reseñada en una prestigiosa revista de arte y tenía más trabajo que nunca. Era cierto que su vida amorosa era más bien inexistente, pero su ruptura con Colyn, el hombre con quien habría creído que acabaría casándose, sucedida tres años antes, la había dejado emocionalmente agotada y algo temerosa.
Veinte años mayor que ella, le había parecido el epítome del intelectualismo burgués: un hombre al que no le importaba su sangre real y la amaba por sí misma. Había tardado dos años en darse cuenta de que el sutil criticismo y su deseo de «enseñarle» cuanto sabía se debía a que era un hombre tan egocéntrico y controlador como su padre.
Deseó no haber pensado en él, porque se sintió aún peor. Solo se había sentido tan mal cuando paseaba sola a orillas del Sena y veía a parejas que no podían dar más de dos pasos sin besarse.
Ella nunca había sentido eso. Ni una vez. Se preguntaba si llegaría a sentirlo.
Tras romper con Colyn había decidido salir solo con hombres agradables y con valores familiares sólidos. Pero no le habían inspirado más que amistad. Por suerte, su negocio la mantenía demasiado ocupada para pensar en lo que le faltaba. Y en cuanto a envejecer...
Ajustó el volumen de la radio y pisó el freno antes de tomar una curva, pero no funcionó. Suponiendo que había pisado el acelerador, intentó corregir el error, pero el coche entró en una zona de gravilla y empezó a patinar.
Sintiendo pánico, agarró el volante para mantener el coche recto, pero la inercia hizo que el vehículo chocara contra un árbol. Ava gimió cuando su cabeza golpeó el volante.
Durante un momento, se quedó inmóvil. Después se dio cuenta de que el coche seguía rugiendo, así que levantó el pie del acelerador y paró el motor. Al mirar por la ventanilla comprobó que su coche estaba sobre un montón de rocas y matojos de brezo en flor.
¡Menudo fallo de concentración!
Soltó el aire lentamente y movió las extremidades una a una. Por suerte, había ido demasiado despacio para resultar herida. Eso era bueno, pero se imaginó a su padre moviendo la cabeza con reproche. Siempre le decía que utilizara un chófer para eventos oficiales, pero no le hacía caso. Discutir con él se había convertido casi en un deporte. Un deporte que a él se le daba mucho mejor. Era una de las razones de que hubiera decidido estudiar Bellas Artes en la Sorbona. Si se hubiera quedado en Anders le habría sido imposible mantener la promesa que le había hecho a su madre en su lecho de muerte: que intentaría llevarse bien con él.
Recordó la conversación de esa mañana. Ella no podía volver a Anders, no tenía nada que hacer allí. No podía pasarse el día sentada mientras esperaba a que él le buscara otro esposo apropiado. La idea le provocaba escalofríos.
Ava abrió la puerta con cuidado y salió. Los tacones de sus botines se hundieron en la tierra.
Fantástico. Como propietaria de una galería, era imperativo mantener un aspecto impecable; no podía permitirse arruinar sus preciadas botas de Prada, porque no podía reemplazarlas. Hacía mucho tiempo que no aceptaba dinero de su padre, otra decisión que lo había irritado.
Se inclinó hacia el coche para recoger su bolso. El teléfono se había caído con el golpe y la pantalla estaba rota. No se sabía el número de Gilles de memoria, así que lo tiró dentro del coche con frustración. Siempre podía llamar al servicio de emergencia, pero entonces su accidente saldría en todos los periódicos. Pensar que «la pobre princesa rechazada» recibiera más atención esa semana le hizo rechinar los dientes.
Tendría que ir andando.
Pero allí de pie, con las manos en las caderas, se dio cuenta de lo lejos que quedaba la verja principal. Destrozaría sus adoradas botas y llegaría acalorada y sudorosa. Esa no era la entrada grácil y digna que había planeado. Si una de las furgonetas de la prensa que había visto unos kilómetros atrás la veía...
Se preguntaba qué hacer cuando tuvo una idea alocada. Por suerte, se había estrellado cerca de un sección del muro en la que solía jugar con su hermano Frédéric, su primo Baden y Gilles en su infancia, durante sus visitas al castillo. Escalar el muro como si fueran espías revolucionarios había sido su juego secreto, e incluso habían creado apoyos para escapar de enemigos imaginarios.
Ava sonrió por primera vez ese día. Era una medida desesperada, pero solo faltaban unas horas para la boda de Gilles. Siempre le había gustado escalar de niña; sería aún más fácil siendo adulta.
–Hay una mujer en el muro sur, jefe. ¿Qué quiere que hagamos con ella?
–¿En el muro? –Wolfe se detuvo en el centro de uno de los pasillos de Château Verne.
–En lo más alto –dijo Eric, uno de los miembros del equipo de seguridad de Wolfe.
Wolfe se tensó. Seguramente sería una reportera que intentaba conseguir información sobre la boda de su amigo con la hija de un controvertido político americano. Llevaban todo el día acechando el castillo como buitres. Pero nadie se había atrevido a saltar el muro antes. Por supuesto, había estado preparado para esa posibilidad y por eso habían atrapado a la intrusa.
–¿Nombre?
–Dice que es Ava de Veers, princesa de Anders.
–¿Identificación? –Wolfe no creía que una princesa pudiera intentar escalar un muro de doce metros de altura.
–No lleva. Dice que tuvo un accidente de coche y seguramente se cayó del bolso.
Inteligente.
–¿Cámara?
–Sí.
Wolfe consideró sus posibilidades. Incluso desde dentro del castillo podía oír el motor de los helicópteros de la prensa que sobrevolaban el edificio. Aún faltaban tres horas para la boda y pensó que sería mejor aumentar el perímetro de seguridad, para evitar nuevos intentos.
–¿Quiere que la lleve a la base, jefe?
–No –Wolfe se pasó la mano por el pelo. Prefería echarla al otro lado del muro a darle acceso a la propiedad conduciéndola a la casita que estaban utilizando sus hombres–. Déjala donde está. Y, Eric, no dejes de apuntarla con la metralleta hasta que llegue –era un justo castigo por intentar colarse en un evento privado.
–Oh, ¿quiere decir que la deje en el muro?
El titubeo de Eric hizo que Wolfe comprendiera que era una mujer atractiva.
–Sí, es exactamente lo que quiero decir –podía ser una loca en vez de una periodista–. Y no hables con ella hasta que llegue.
Wolfe confiaba en sus hombres, pero no necesitaba a ninguna Mata Hari que los liara.
–Sí, señor.
Wolfe guardó el teléfono. No iba a poder participar en el partido de polo que había organizado Gilles. Maldijo para sí. Se había ofrecido a ocuparse de la seguridad de su boda, y el trabajo siempre era lo primero.
Cuando salió, Wolfe encontró a Gilles y a los demás esperándolo en los establos, con los caballos ensillados y listos para ponerse en marcha. Wolfe miró el caballo árabe de color blanco que Gilles le había prometido. Había estado deseando montar al semental.
Decidió que podía hacerlo de todas formas. Agarró las riendas y subió con facilidad a lomos del caballo. El semental se removió bajo su peso y Wolfe le dio una palmadita en el cuello.
–¿Cómo se llama?
–Achilles. Es un animal de lo más rebelde –Gilles torció la boca–. Os llevaréis bien.
Wolfe se rio de su aristocrático amigo. Hacía años que habían formado un vínculo irrompible, cuando entrenaban juntos para formar parte de una fuerza militar de élite. Se habían apoyado el uno al otro en los tiempos difíciles y celebrado los buenos. Gilles solía recitar poesía y contar mitos griegos para mantenerse despierto mientras esperaban a que ocurriera algo. Por su parte, Wolfe, un rudo australiano del campo, había utilizado un método más sencillo: determinación y fuerza de voluntad. Eso le había sido muy útil cuando cambió las operaciones especiales por el desarrollo de software y creó el programa de espionaje más sofisticado del planeta.
Wolfe Inc. había surgido de ahí, y cuando su hermano menor se unió a la empresa, la expandieron para cubrir todos los aspectos del negocio de seguridad. Mientras su hermano disfrutaba con la vida empresarial, Wolfe prefería la libertad de ocuparse de todo un poco. Incluso seguía aceptando algunas operaciones encubiertas de determinados gobiernos. Necesitaba riesgo y descargas de adrenalina.
–Eres un soñador, Monsieur le Marquis.
–Solo soy un hombre que sabe mantener el equilibrio en su vida, Ice –replicó Gilles con buen talante, utilizando el viejo apodo militar de Wolfe. Subió a un caballo castaño–. Tendrías que intentarlo alguna vez, amigo.
–Tengo equilibrio de sobra en mi vida –gruñó Wolfe, pensando en la rubia vienesa de quien lo había alegrado librarse un mes antes–. No necesitas preocuparte de eso.
Achilles relinchó y levantó la cabeza, retador.
–No me uniré a vosotros todavía. Tengo que comprobar un asunto –mantuvo el tono tranquilo para no alarmar a su amigo, que tenía que concentrarse en por qué estaba entregándose a una mujer en matrimonio, no en la mujer que estaba sentada en uno de los muros del castillo–. Achilles y yo nos uniremos a vosotros en un rato.
El caballo tiró con la cabeza y Wolfe sonrió. No había nada como utilizar su destreza para dominar a un animal difícil. Le gustaba la bestia.
Ava admitió que no era más fácil escalar un muro siendo adulta. De hecho, le había dado mucho miedo y le había demostrado su falta de forma. Le dolían los músculos de los brazos. Además, había descubierto que habían talado el viejo castaño con el que había contado para el descenso, y dos guardas de seguridad la apuntaban con metralletas.
No había pensado que Gilles habría contratado seguridad adicional para la boda. Por supuesto, los hombres no se habían creído lo del accidente de coche. Lo único que faltaba para completar el día era que los helicópteros de la prensa la vieran.
Mirando el terreno irregular donde había estado el magnífico árbol, se dijo que todo era culpa de Gilles. Y sin duda habían elevado el muro desde que lo había escalado con doce años.
–Si recorréis unos doscientos metros por la carretera, encontrareis mi coche y sabréis que digo la verdad –les dijo a los dos guardas, intentando contener el mal genio del que tanto se quejaba su padre.
–Lo siento, señora. Son órdenes del jefe –dijo el que tenía un aspecto más compasivo de los dos.
–Ya. Pero tengo dolor de cabeza y me gustaría bajar.
–Lo siento, señora...
Ava se preguntó qué harían los dos hombres si decidía saltar. No era una opción práctica, porque probablemente se rompería un tobillo. Cerró los ojos y se tocó la frente. Tenía un chichón tan enorme como un huevo.
Una ola de irritación estuvo a punto de hacerle caer. Se dijo que era irracional enfadarse con los hombres, dado que era culpa suya. Pero se sentía como una tonta sentada en el muro.
–¿Y dónde está ese jefe vuestro? –preguntó.
–Llegará pronto, señora.
También llegaría la Navidad. En cuatro meses.
Un ruido hizo que Ava girara la cabeza. De repente un destello blanco entre el verdor captó su atención. Ava se quedó absorta mirando al bello semental que llegaba al galope. El jinete la dejó sin aliento.
El pelo rubio y revuelto enmarcaba un rostro orgulloso, de nariz fuerte y mandíbula cuadrada. Los anchos hombros y el torso delgado estaban cubiertos por un polo negro ajustado. Las piernas largas y musculosas, perfectamente delineadas por los pantalones y botas altas de montar.
Percibió que estaba furioso, aunque él no había movido un músculo de la cara. La miraba con la intensidad de un depredador. Incluso cuando el caballo se removió con impaciencia y agitó la cola, el hombre siguió inmóvil.
Ava, con el pulso acelerado, se agarró al muro. El calor estaba relajándole las extremidades. Se dijo que era culpa del sol, no del guerrero que la miraba con una arrogancia casi insolente.
–¿Eres la razón de que aún siga en este muro? –dijo, sin pensarlo. Se arrepintió de inmediato. Había pretendido ser agradable, poner fin a la situación cuanto antes. Pero al ver como él tensaba la mandíbula supo que eso no ocurriría.
Wolfe no movió un músculo mientras examinaba a la mujer. Se había equivocado. No era atractiva. Era increíblemente atractiva. Tenía pómulos altos, piel dorada como la miel, ojos oscuros como la noche, pelo negro recogido en una cola de caballo y una boca que daba la impresión de estar esperando ser besada.
Por él.
Desechó con impaciencia el inesperado pensamiento y bajó la mirada hacia la camisa blanca que el viento pegaba contra sus pechos y los vaqueros que se ajustaban a sus piernas largas y delgadas. Descubrió que estaba descalza.
Achilles agitó la cola como si a él también lo perturbara la visión. Entonces, la mente de Wolfe registró la altanera pregunta que le había hecho y recuperó el control. Era una intrusa y estaba arruinando su partido de polo, si estaba molesta tendría que aguantarse.
–No –replicó–. Tú eres la razón de que sigas en ese muro.
Ignorando su siseo de irritación, desmontó y se aproximó a sus hombres. Notó que ella lo seguía con la mirada y se preguntó de qué color serían sus ojos, lo que lo irritó aún más.
Esperó a que Eric le explicara cómo la habían encontrado y después le pidió que le entregara el bolso de cuero que tenía en la mano.
–¿La metralleta es imprescindible? –preguntó ella desde arriba, con tono de aburrimiento.
–Solo si tengo que dispararte con ella. Deja las manos donde pueda verlas.
–¡No soy ninguna criminal!
–¿Has encontrado algo de interés? –le preguntó a Eric, ignorándola a ella.
–No, jefe. Las típicas cosas de mujer. Lápiz de labios, pañuelos de papel, horquillas. No hay tarjeta de identificación, como ya le dije.
–Ya les he dicho a tus perros guardianes que tuve un accidente y la cartera debió de caerse.
–Muy conveniente.
–¿Para quién? ¿Para ti?
–Tienes una lengua muy afilada para alguien en tu situación –Wolfe le lanzó una mirada que habría asustado a muchos hombres. Deseó que ella dejara de hablar. El tono grave de su voz, levemente acentuada, estaba teniendo un efecto inesperado en su cuerpo.
–Soy la princesa Ava de Veers de Anders y exijo que me dejes bajar de aquí de inmediato.
Wolfe volvió a recorrerla con la mirada, por puro placer y porque sabía que eso la pondría en su sitio.
–¿Qué haces en un muro, princesa? ¿Aprender a volar?
–Soy una invitada a la boda y perderás tu trabajo si insistes en dejarme aquí arriba. Es probable que ya esté quemada por el sol.
–Lo dudo –el sol no brillaba con fuerza y ella tenía la piel de tono dorado–. Y los invitados suelen llegar por la puerta principal. ¿Para qué medio trabajas?
–Yo no... –ella arrugó la frente.
–¿Periódico? ¿Revista? ¿Televisión? Bonita cámara. ¿Te importa que eche un vistazo?
–Sí, me importa.
Él dejó el bolso en el suelo y empezó a mirar las fotos.
–He dicho que sí me importa.
–Eso me da igual.
–¿Y por qué te has molestado en preguntarlo?
–Modales –dijo él, sonriendo al oír la exasperación de su voz.
Ella emitió un ruidito que dejó claro que él no sabía lo que eran los modales.
–Bonitas fotos de famosos –dijo él mirándola de nuevo–. Repito, ¿para qué periódico trabajas?
–No soy una paparazzi, si es lo que sugieres.
–¿No?
–No. Soy propietaria de una galería de arte. Esas fotos son de una inauguración. Pero no es asunto tuyo.
–Dada la situación en la que estás, yo diría que sí lo es –Wolfe se frotó el mentón.
–Entiendo lo que parece esto –ella parecía estar conteniendo el mal humor a duras penas–. E incluso aprecio lo eficaces que han sido tus hombres al verme...
–Eso me alegra mucho.
–Pero –siguió ella–, soy quien digo ser. Mi coche está a unos doscientos metros y tus hombres ya lo sabrían si se hubieran molestado en ir a buscarlo, en vez de apuntarme con sus armas como si fuera una terrorista.
–Oh, lo siento –Wolfe le dio la cámara a Eric. No se molestó en ocultar el desdén que sentía por las princesas altaneras, reales o imaginarias, que creían que sus necesidades estaban por encima de las de los demás–. ¿No te lo había dicho? Mis hombre aceptan órdenes de mí, no de ti.
–Muy conveniente –dijo ella con un mohín que hizo que su boca pareciera aún más sexy.
Él no estaba de humor para apreciar su pulla y se planteó tirarla al otro lado del muro antes de verificar su identidad.
–Eric. Dane. Id en el jeep a buscar su coche. Si es que existe.
Ella rezongó y cambió de posición. Tenía que estar muy incómoda, pero se lo había buscado.
–He dicho que dejaras las manos donde pudiera verlas –dijo él.
–¿Crees que podría esperar en el suelo a que regresen tus hombres? Prometo no atacarte.
El aire parecía zumbar con el calor antagonista que ella le provocaba. Su acento daba a sus palabras sarcásticas un tono sexy. Era una mezcla perfecta de belleza y espíritu. Le costaba controlar su libido y eso lo molestó mucho.
–Creo que podré manejarte.
Ella miró su boca y Wolfe sintió que la lujuria lo recorría de arriba abajo. Esperó, sin aliento, a que el calor que sentía en la entrepierna se disipara, pero empeoró. Después, sus ojos se encontraron y la química que había estado intentando evitar fue como una corriente eléctrica.
El modo en que se ensancharon sus ojos le hizo pensar que tal vez había leído sus pensamientos. Pero era imposible. Tras catorce años en el negocio, Wolfe sabía ocultar sus sentimientos; había sabido hacerlo al poco tiempo de empezar a andar.
Quizás ella había sentido la misma quemazón que él. Y no le había gustado, a juzgar por su mirada. Eso le dio qué pensar. Si fuera una periodista o, peor aún, una activista política, ya habría utilizado esa conexión para manipularlo, no lo miraría como si la hubiera quemado.
Miró las delgadas muñecas que salían de los puños de la camisa masculina y luego las manos, con una manicura perfecta. Era obvio que no trabajaba con las manos.
Supo instintivamente que era quien decía ser. Se veía en su apostura real, el arco de cisne de su cuello, su aire altanero y en que lo miraba como si fuera un empleado. Su madre había mirado a su padre así y Wolfe siempre había sentido pena del pobre bastardo.
–¿Tienes alguna sugerencia sobre cómo puedo bajar de aquí?
–¿Te gustaría que sacara mi escalera plegable del bolsillo trasero? –se burló Wolfe–. Oh, cielos. La dejé en casa –abrió las manos con las palmas hacia arriba–. Supongo que tendrás que saltar a mis brazos, princesa. Qué ilusión.
–¿Te consideras el nuevo Zorro? –le preguntó ella con dulzura.
–Solo porque dejé mi cinturón de herramientas de Batman en casa.
–¿Con Robin?
–Muy lista –a pesar de su malhumor, soltó una risita–.Tira las botas primero –lo último que deseaba era que lo acuchillara con uno de esos peligrosos tacones y, por el brillo de sus ojos, parecía ser lo que estaba planteándose hacer.
–Tengo una idea mejor. ¿Por qué no bajo por donde he subido?
–No.
–Tiene más sentido –ella apretó los labios.
–Inténtalo y te disparo.
–No tienes un arma.
–Sí que la tengo.
Ella hizo una pausa y él supo que estaba evaluando si decía la verdad o no. Recorrió su torso y sus piernas con la mirada y él sintió una oleada de excitación, como si lo hubiera tocado.
–Estás siendo muy obtuso –rezongó ella.
–Aún no –Wolfe consiguió controlar la irritación por su respuesta física hacia una mujer que ya le desagradaba–. Pero estoy cerca de serlo.
–Si me dejas caer te demandaré.
–Si no te das prisa en bajar de ahí, seré yo quien te demande a ti.
–¿Por qué razón?
–Por impacientarme. Ahora, pásame las botas. Con cuidado –advirtió él.
Con un suspiro, ella dejó caer las botas.
–Ahora tú –su voz había enronquecido, una indicación clara de que parte de él tenía ganas de tenerla entre sus brazos. Eso no tenía nada de malo. Aunque no estuviera interesado en iniciar otra aventura de momento, era un hombre y esa mujer era una belleza.
–Preferiría esperar a una escalera.
Él también lo habría preferido.
–Entonces, acomódate. Dirijo el equipo de seguridad, no el de rescate.
–No me parecía tan alto cuando era más joven –dijo ella, mirando el suelo dubitativa–. ¿Y qué ha pasado con el castaño que había aquí?
–Ahora me confundes con el jardinero, princesa. ¿Qué vendrá después?
–No te confundiré con un hombre agradable, eso seguro –ella estrechó los ojos–. Y el título correcto es «Alteza real».
Él conocía el tratamiento correcto. Aunque no fuera miembro de la realeza, había conocido a tantos en su vida que sabía cómo dirigirse a ellos.
–Gracias por la pista. Pero no tengo todo el día. Así que vamos –era hora de dejar de pensar en la tentadora curva de sus senos.
–¿Tú no tienes todo el día? Gracias a ti, llego con un retraso impresionante –se quejó ella.
–Me sangra el corazón.
–Eres muy grosero.
–¿Quieres que te deje ahí arriba? –la amenazó él, impaciente.
–Discúlpame por sentirme intranquila.
–Nunca he dejado caer a una princesa –Wolfe suspiró y volvió a alzar las manos.
–Dudo que hayas tenido la oportunidad –farfulló algo en francés y él deseó sonreír. La mujer era puro fuego y descaro.
Apoyándose en las manos, titubeante, ella levantó un muslo y luego el otro, para asegurarse de que sus vaqueros no se enganchaban.
–¿Quieres que cuente hasta tres? –farfulló él.
Ella le lanzó una mirada oscura, luego cerró los ojos y saltó del muro.
Wolfe sintió su esbelto dorso deslizarse entre sus manos y la rodeó con sus brazos antes de que tocara el suelo. Ella tomó aire y el movimiento hizo que sus senos se apretaran contra el duro pecho de él.
Se agarró a su cuello y él sintió los latidos de su cuello en el rostro. Sus sentidos se llenaron con su calor y su aroma. El perfume solía empalagarlo, pero no fue el caso con el de ella. Tal vez por eso la sujetó más tiempo del necesario, apretada contra él como si llevara haciéndolo toda la vida. Lo suficiente para preguntarse cómo sería estar dentro de ella.
Tensa. Caliente. Húmeda.
Wolfe echó la cabeza hacia atrás, dominado por sus sentidos, y se encontró con los exquisitos ojos de un azul oscuro, casi marino. Fue como si sintiera el impacto de un misil.
–Puedes dejarme en el suelo –jadeó ella.
Pero él también podía deslizar las manos hacia su trasero y hacer que rodeara su cintura con las piernas. Como si hubiera hablado en voz alta, el aire que los rodeaba se espesó. Sintió cómo cada centímetro de su cuerpo ardía contra el de él.
Casi avergonzado por el intenso deseo que sentía de besarla, la dejó en el suelo y se apartó de ella. Fue entonces cuando vio la hinchazón que tenía en la sien.
–Necesitas que echen un vistazo a ese golpe.
–Estoy bien.
–Ponte las botas. Es hora de irnos –se concentró en agarrar a Achilles mientras serenaba su mente. Lo suyo sería que la cacheara, que comprobara que no era una amenaza pero, diablos, no pensaba volver a tocarla. Ya era bastante malo tener que hacerla subir al caballo. Eric y Dane tardaban en volver, y se preguntó qué los retenía.
–Prefiero andar –dijo ella, mirando al semental y luego a él.
–Puedes tentar mi paciencia, princesa, pero no te lo recomiendo –dijo él, dándose cuenta de que funcionaba a media asta y que si estuviera en una expedición militar posiblemente habría muerto.
Ella parpadeó, como si su tono áspero la hubiera sorprendido.
–A diferencia de tus hombres, yo no acepto órdenes tuyas.
–Todavía no hemos establecido tu auténtica identidad, así que sube a ese caballo o te ataré las manos con una de las riendas y te arrastraré –dijo Wolfe con expresión dominante.
–Me gustaría verte intentarlo –lo retó ella.
–No me digas –le costaba creer que esa mujercita estuviera cuestionando su farol.
Ella cerró las manos y se las puso en las caderas. Eso hizo que él fijara la vista en sus esbeltas curvas, algo poco inteligente, dado su estado de ira y excitación sexual. Por supuesto, no la arrastraría, pero podía dominarla y tirarla sobre la silla del caballo.
–Solo los hombres con apéndices pequeños se hacen los duros –dijo ella, cauta.
–Y solo las mujeres que son increíblemente estúpidas retan a un hombre al que no conocen respecto a su virilidad. Por suerte para ti, no me siento obligado a demostrar mi valía a determinado tipo de mujeres.
–¿Qué puedo decir? –movió la cadera con insolencia–. Sacas lo mejor de mí.
–Estoy seguro de que esto queda lejos de lo mejor, princesa –farfulló él, molesto por su actitud provocativa.
Ella alzó las cejas y Wolfe se dio cuenta de que, sin pretenderlo, había revelado lo atractiva que la encontraba. Sin duda, estaba acostumbrada a eso y se aprovecharía al máximo si le daba la menor oportunidad.
Algo que no pensaba hacer.
Iba a poner fin a su actitud rebelde subiéndola al caballo a la fuerza, cuando sonó su móvil.
–Hemos encontrado el coche, jefe. Es legal. Su cartera estaba debajo del asiento delantero.
Wolfe gruñó una respuesta y dijo a sus hombres que se reunieran con él en la casita. Cuando alzó la vista y vio la mirada de superioridad de ella, supo que había entendido la conversación.
–Parece que eres quien dices ser. La próxima vez, utiliza la verja –llevó a Achilles a su lado y agarró el estribo–. Dame la pierna.
–¿Ni siquiera vas a pedirme disculpas?
Su tono de superioridad hizo que cualquier posible disculpa de Wolfe muriera en sus labios.
–¿La pierna? –repitió, con ojos fríos y velados.
Ella se echó la cola de caballo hacia atrás, dio un paso adelante y tropezó, cayendo en brazos de él. Ya muy sensibilizado al contacto y, preguntándose si lo había hecho a propósito para desequilibrarlo, Wolfe la apartó de inmediato.
–No intentes utilizar ese cuerpo tan sexy para conseguir mi favor, princesa –dijo.
–Créeme, tocarte es lo último que deseo hacer.
Agarró las riendas y apoyó el pie en la mano de él. Wolfe no supo si sentirse divertido o airado. Si no hubiera tenido que supervisar una instalación informática tras la boda de Gilles, se habría quedado a enfrentarse al reto que ella suponía. Pero tenía trabajo y no era tan estúpido como para involucrarse con otra mujer difícil.
–Échate hacia atrás –le dijo. No iba a permitir que cabalgara delante de él, entre sus muslos.
–Por favor, deja de mascullar. Eres, sin duda, el individuo más irritante que he conocido.
Wolfe estaba a punto de decirle que el sentimiento era mutuo, cuando ella le quitó las riendas de las manos y clavó los talones en los flancos de Achilles. El caballo respondió como el pura sangre que era: se lanzó al galope.
¡Wolfe no podía creerlo!
Esa bola de fuego no solo lo había excitado solo con respirar, además le había ganado la partida. Eso nunca le había ocurrido antes.
–¡Maldición!
Jurando entre dientes, Wolfe soltó un silbido. Si Gilles entrenaba a sus animales bien, el caballo pararía en seco.
Capítulo 2
Ava pasó de estar casi volando sobre el terreno a quedarse inmóvil. El caballo no hacía más que agitar su majestuosa cola, por más que lo apremiaba. Para cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, el imbécil que lo había provocado estaba casi a su lado.
–Vamos, caballo. No le hagas caso a él. Es un don nadie.
–Se diría que eres pura miel, pero eres una mandona, ¿verdad, princesa?
–Tú eres un arrogante.
–Eso es gracioso viniendo de ti –dijo él, poniéndose las manos en las caderas.
–No soy arrogante –dijo ella, con una voz que habría hecho que su padre se enorgulleciera–. Estoy segura de mí misma. Hay una diferencia.
–Una diferencia que cabría en el culo de una pulga –dijo él, risueño.
Ava lo insultó en francés con voz suave, pensando que seguramente no la entendería.
–Genio, genio –dijo él, moviendo la cabeza–. Aunque no se vea, se diría que hay una vena de pelirroja en esa oscura melena tuya
–Supongo que tendría que sentirme halagada porque no hayas dicho «rubia», ¿verdad?
–Nunca te confundiría con una rubia –dijo él con seriedad fingida–. Las rubias me gustan.
–Entonces, ¡sí que me siento halagada! –pensó en dar un golpe a las riendas e intentar escapar.
–No cometo el mismo error dos veces. Échate hacia atrás –dijo él, leyéndole el pensamiento.
Ava notó lo grande que era la mano que agarraba las riendas y recordó cómo había sido sentir el contacto en su cuerpo. Su pelvis se tensó y una oleada de sensaciones deliciosas recorrió su cuerpo. Sorprendida, y jadeante, se recriminó por su respuesta física.
Él acarició el cuello del caballo e introdujo el pie en el estribo.
–Puedes cabalgar entre mis piernas si quieres, princesa. ¿Quién sabe? Podría ser divertido.
Ava se echó hacia atrás y apretó los dientes cuando él dejó escapar una risa grave y sexy. Él subió fácilmente al caballo, ocupando la mayor parte de la silla. El caballo se movió, acomodándose al cambio de peso.
–Más vale que te agarres –dijo él por encima del hombro, agarrando las riendas.
–Ya lo hago.
Él miró las manos que agarraban la manta de la silla y luego alzó los ojos a los de ella. Ava tragó aire, impactada.
–Quería decir a mí.
–Sigue soñando –dijo Ava, que no tenía ninguna intención de agarrarse a él.
Él sonrió de medio lado, apretó los muslos y el caballo se lanzó hacia delante como si no llevara más que un niño encima.
Instintivamente, Ava se agarró a su camisa y se encontró pegada a su espalda. ¡Estaba duro! ¡Y caliente! Incapaz de evitarlo, abrió la mano sobre sus músculos abdominales, como si necesitara hacerlo para no caerse. Colyn siempre se había quejado de que no era lo bastante sensual con él, pero en ese momento la dominó el deseo de explorar el musculoso físico del desconocido. Tuvo la sensación de que él soltaba el aire de golpe y, un poco avergonzada por su temeridad, trasladó los dedos a sus caderas.
Afortunadamente el semental no tardó en llegar al edificio principal. Pero fue tiempo más que suficiente para que su entrepierna se sintiera ardiente y húmeda.
«Mon Dieu».
Sí, había pasado mucho tiempo desde que había tenido intimidad con un hombre, pero ese no era en absoluto su tipo...
Cuando dejó de centrarse en el hombre que sentía con cada célula de su cuerpo, comprendió que no estaban en los establos, sino en una de las entradas laterales.
Iba a preguntarle qué hacían allí cuando él giró en la silla, la agarró y la alzó del caballo. Ava se deslizó por su muslo y cerró los ojos al sentir una oleada de calor. Cuando sus pies tocaron el suelo, tuvo que apretar las rodillas para soportar su peso.
–Cuando quieras volver a volar, princesa, llámame, ¿de acuerdo?
Ava curvó un labio, pero antes de que pudiera replicar, él clavó los talones en el semental y desapareció. Ella dio gracias a Dios.
–¿Señora? ¿Se ha perdido? –preguntó un lacayo, apareciendo a su lado.
En ese momento, Ava se dio cuenta de que él la había dejado en una zona privada del castillo, lejos de las miradas de los invitados que no dejaban de llegar. Quiso pensar que había sido porque estaba acostumbrado a utilizar la entrada de servicio, no por consideración, pero en el fondo tenía la sensación de que no era el caso.
Wolfe estaba en la pradera, junto a la carpa blanca que habían levantado a la sombra de un sauce llorón. No estaba de guardia, pero aun así escaneó a la multitud de invitados que, con copas de vino y champaña, comentaban la bella ceremonia que acababan de ver.
La mayoría de los hombres llevaban trajes clásicos y las mujeres vestidos elegantes y pamelas. Más tarde, se pondrían sus mejores galas para la recepción de esa velada.
Cuando por fin su mirada encontró a la princesa, en un grupo de mujeres que hablaban con la novia, comprendió que la había estado buscando. Maldijo entre dientes.
Su reacción ante ella era muy primitiva. Su altanería, combinada con su belleza natural, era un reto para cualquier hombre con sangre en las venas. Aunque disfrutaba de un reto, su instinto de preservación lo advertía que sería mejor que guardara las distancias.
Tenía reglas firmes en cuanto a las mujeres y nunca se desviaba de ellas. Relaciones breves, dulces y, sobre todo, sencillas. La elegante princesa era la viva imagen de la complicación.
Había visto muchas relaciones desmoronarse y, aunque sabía que no todas las parejas acababan mal, no estaba preparado a correr el riesgo.
–Conozco esa expresión. Estás meditabundo.
–Solo disfruto de las frivolidades –le dijo Wolfe a Gilles, que se había acercado con dos copas de champaña en las manos.
–Pensaba que ibas a traer acompañante –dijo Gilles
–No mientras trabajo –replicó Wolfe.
–¿Te ha dejado? –Gilles lo miró divertido.
–Sí –Wolfe recordó la mirada de Astrid cuando le había dicho que no volvería a verla.
–En... ¿cuántas horas? –Gilles miró su reloj.
Wolfe soltó una risita. Había disfrutado de la compañía de Astrid durante cinco noches, cuando estuvo trabajando en Viena, el mes anterior. Cuando había intentado decirle adiós, se había puesto furiosa. Lo había acusado de utilizarla. Wolfe sabía que tenía fama de ser un mujeriego sin escrúpulos pero, sencillamente, era honesto. No veía el sentido a marear la perdiz y simular sentimientos que no sentía. Tampoco se acostaba con tantas mujeres como sugería su reputación. Si lo hiciera no tendría tiempo para trabajar.
–¿Qué puedo decir? Era una de las listas.
Wolfe esperó a que su amigo iniciara otra bienintencionada charla sobre lo bien que le iría sentar la cabeza. Por lo visto, Anne había reformado al marqués hasta el punto de que Wolfe casi prefería estar con ella a estar con él.
–Bueno, me parece bien.
–¿En serio?
–No pongas esa cara de alivio –Gilles se rio–. No iba a intentar reformar lo irreformable.
–Gracias a Dios.
–Pero necesito que me hagas un favor. Hay una chica a la que necesito que eches un vistazo esta noche, en la recepción.
–¿Una amiga de Anne, por un casual? –Wolfe puso los ojos en blanco.
–Sí. Pero no intento buscarte pareja, bruto. Es la mujer con quien mi padre quería que me casara.
Wolfe recordó una conversación que habían tenido muchos años antes. Deseó estar bebiendo cerveza helada en vez de champán.
–Hace años mi padre y el de ella decidieron que forjaríamos una fuerte unión si nos casáramos cuando alcanzásemos la mayoría de edad.
–Alcanzaste esa «mayoría de edad» hace diez años, amigo. ¿No es eso muy anticuado?
–Ya conoces a mi padre –la boca de Gilles se curvó con una sonrisa irónica–. El de ella es peor. Lo cierto es que los medios se han dedicado a revivir la vieja historia esta última semana, sacándole jugo al asunto de la prometida rechazada. Anne dice que lo ha pasado mal.
Wolfe sabía lo que era que hablaran a espaldas de uno. En el pueblo en el que había crecido habían hablado de su hermano y de él, pero más por compasión que por injuriar.
–¿Qué es lo que tiene ella de malo? –preguntó con suspicacia.
–Nada –rio Gilles–. Pero no quiero que te acuestes con ella. De hecho, me enfadaría que lo hicieras. Es fantástica y demasiado buena para ti. Solo quiero que te asegures de que lo pasa bien.
–¿Quién es? –preguntó Wolfe.
–¿Ves la mujer que está hablando con Anne?
A Wolfe no le hizo falta mirar para intuir que era la princesa. Por eso conocía tan bien la propiedad. Era amiga de la familia.
–Estoy seguro de que sabe cuidarse sola –Wolfe quería, ante todo, evitar a esa mujer.
Gilles lo miró intrigado. Wolfe se dijo que en realidad no tenía nada en contra de la princesa. Excepto que había ocupado su mente toda la mañana y deseaba levantarle la falda hasta la cintura, apoyarla en un olmo centenario y hacerla suya. La idea de que Gilles y ella hubieran sido amantes le dejó un sabor amargo en la boca.
–Yo también estoy seguro, pero ha venido a la boda sola y me gustaría que la cuidaras. Ya sabes, pedirle que baile contigo, ofrecerle bebida.
–Tienes camareros para lo último, y no soy una maldita niñera –rezongó Wolfe.
Gilles enarcó las cejas. Antes de que pudiera hablar, su nueva esposa se agarró a su abrazo.
–¿Niñera de quién? –los ojos verdes de Anne se clavaron en Wolfe. Gilles miró con expresión culpable a alguien que había a espaldas de Wolfe.
–¿No te referirás a mí, Gilles? –el tono de Ava era tan lírico y superior como Wolfe lo recordaba.
–Ava, estás tan bella como siempre –Gilles dio un paso adelante y besó sus mejillas.
–Ya veo que sí te referías a mí –rezongó ella–. Te aseguro que no necesito niñera –miró a Wolfe con tanto desdén que él deseó sonreír.
Wolfe recordó cómo había abierto las manos sobre sus abdominales mientras cabalgaban. La princesa había sentido atracción, sin duda.
–Claro que no, ma petite –dijo Gilles–. Te presento a Wolfe, un buen amigo mío.
–Ya nos conocemos. ¿Qué tal la cabeza? –preguntó Wolfe, sabiendo que eso la irritaría. Miró la pamela, ladeada para ocultar el chichón de su frente. Era rosa pálido, a juego con un traje de chaqueta que se ajustaba a sus curvas y dejaba ver sus perfectas pantorrillas y finos tobillos.
«Unas piernas excepcionales», pensó.
Ella arqueó una ceja, molesta con él.
–¿Os conocéis? –se sorprendió Gilles.
–No –replicó Ava.
–¿Eh? –Gilles miró a Wolfe.
–Se lo digo yo, ¿o lo haces tú? –dijo Wolfe.
Tras mirarlo con ira, Ava ofreció una sonrisa serena a Gilles y a Anne.
–No ha sido nada. Tuve un pequeño problema con el coche y tu amigo, amablemente, me trajo al castillo.
–¿Un problema con el coche? –inquirió Gilles.
Wolfe decidió que irritarla no entraba en su agenda, aunque su cuerpo estaba pidiéndole que la tumbara desnuda sobre sábanas de seda.
–Lo que Su Alteza quiere decir es que tuvo un accidente de coche, escaló el muro exterior y fue capturada por mis hombres.
–¡Y robé tu caballo porque estabas siendo increíblemente grosero! –lo interrumpió Ava.
–Vaya, y yo creía que lo robaste porque querías cabalgar –se pasó la mano por el abdomen, incapaz de resistirse.
–Si que pensé en eso –murmuró ella, pasándose la punta de la lengua por el labio inferior–. Pero como no estaba a la altura de mis estándares, ¿por qué molestarme?
Wolfe se rio por su descaro. Por suerte, Gilles estaba demasiado preocupado por el accidente para captar el doble sentido. Sin embargo, la mirada curiosa de Anne indicaba que ella no.
–¿Te hiciste daño? –preguntó Anne.
–Solo me hice un chichón en la frente –dijo Ava–. Fue un incidente insignificante.
–Yo no lo habría descrito así –dijo Wolfe torciendo la boca.
–¿No? –Ava sostuvo su mirada–. Tal vez necesites salir más por ahí.
–Es posible –aceptó él, captando el rubor de sus pómulos. Tal vez tendría que salir con ella. Aunque había decidido no hacerlo, diablos, estaba disfrutando con el intercambio.
–¿Qué hacías en el muro? –preguntó Gilles.
–Intentaba bajar, obviamente –replicó Ava con acidez–. Habría sido más fácil si no hubieras talado el viejo castaño.
–No tuve otra opción –Gilles se encogió de hombros–. Era un riesgo de seguridad.
Wolfe rio hasta que vio a Ava compartir una cálida sonrisa con Gilles. Se preguntó si había estado enamorada de su amigo. Y si lo seguía estando. Tal vez por eso Gilles le había pedido que le echara un vistazo, por si le daba por causar problemas. Preguntas, preguntas, preguntas. Solo le interesaba la respuesta a una.
«¿Cómo respondería en su cama?»
Ava, en la recepción, pensó que el nombre le cuadraba. Wolfe, que equivalía a lobo.
Depredador.
Intenso.
Arrogante.
Capaz de paralizarla con esos ojos color caramelo. Y, si hacía caso a los rumores que había oído esa velada, era distante y nada emocional.
–Lo llaman Ice porque es puro hielo, y dicen que su corazón es tan difícil de encontrar como un diamante rosa –había dicho una mujer, mirándolo con anhelo desde el otro lado del salón.
Ava sabía que muchas mujeres consideraban a un hombre así un reto personal, especialmente a un macho alfa como Wolfe, pero no era una de ellas. Solo le interesaba un hombre cariñoso y considerado que respetara a una mujer y la considerase algo más que un trofeo que exhibir. Un hombre gentil y sofisticado que buscara amor y compañía, no aventuras breves y diversidad.
Eso le recordó un almuerzo con Anne, hacía un mes. «Sexy» y «divino» eran los términos que había usado al hablar de un amigo de Gilles llamado Wolfe. Y también «soltero empedernido». Ava le había dicho a su amiga que no le interesaban en absoluto los hombres con fobia al compromiso. Así que Wolfe estaba prohibido.
Aunque estuviera impresionante con un esmoquin hecho a medida.
«Oh, déjalo», se dijo. Muchos hombres estaban guapos con esmoquin. Sin embargo, esos hombres no la habían abrasado solo con mirarla, ni la habían hecho anhelar tocarlos por todas partes. Se dijo que tal vez solo estuviera buscando algo que la distrajera de las sonrisas educadas y las miradas curiosas de muchos de los invitados.
Los que eran amigos suyos sabían que nunca había estado involucrada con Gilles, pero todos estaban pasándolo bien y se sentía muy sola.
Absorta, recordó cómo Wolfe la había tenido entre sus brazos esa mañana. No había podido evitar imaginar cómo sería besarlo. Incluso se había quedado quieta, anticipando ese beso.
La velada la había estresado y, además, no podía negar que Wolfe la intrigaba. Hacía mucho tiempo que ningún hombre llamaba su atención. Hacía mucho que no imaginaba un beso ni sentía la calidez del abrazo de un hombre.
Ava hizo una mueca.
«No intentes utilizar ese cuerpo tan sexy para conseguir mi favor, princesa», había dicho él.
Ava apretó los labios.
Arrogante.
Grosero.
Burdo.
Inculto.
Sin embargo, ella había tocado su cuerpo en cuanto había tenido oportunidad. Ava se llevó la copa de champán a los labios.
Vacía. Diablos.
El médico que Wolfe había enviado para que la viera, un gesto inesperado que aún no le había agradecido, le había recomendado que no bebiera esa noche. Pero ser la «prometida rechazada» en una sala llena de gente le daba ganas de beber.
Agarró una copa de la bandeja de un camarero y tomó un sorbo. No la sorprendía que las mujeres hablaran de Wolfe. Un hombre que podía alzar a una mujer de un caballo con una sola mano y bajarla lentamente al suelo, era muy atractivo.
Para algunas, se recordó. No para ella.
–¿Me concedes este baile?
Durante un instante, Ava imaginó que la voz que oía a su espalda era de Wolfe, pero carecía de su tono aterciopelado y no le provocó escalofríos, así que supo que no era así. Se dio la vuelta y sonrió a un agradable lord inglés que llevaba rondándola toda la noche.
No tenía ganas de bailar con él, pero no quería dar lugar a cotilleos rechazando a cada hombre que se le acercaba. Esbozó una sonrisa cortés que expresaba «Sí, pero que quede claro que no me interesas» y aceptó sus brazos. En ese momento vio a Wolfe, que la observaba desde el otro lado de la sala, con una mujer joven, feliz y relajada al lado. Ava, en cambio, se sentía vieja, infeliz y tensa. En parte era culpa de Wolfe, porque no podía dejar de pensar en él.
Que estuviera con una mujer bella mientras la miraba, le confirmó que era un mujeriego. A no ser que la hubiera estado observando toda la noche por petición de Gilles.
Cinco minutos después, envió a su pareja de baile a buscarle un vaso de agua. No necesitaba testigos cuando le dijera a Wolfe que su atención era irritante e innecesaria.
Lo localizó en una zona poco iluminada del salón, apoyado en la pared. Le encantó descubrir que la rubia ya no estaba con él.
Cuando llegó a su lado, él la miró en silencio, con los ojos velados por tupidas pestañas oscuras.
–Estás observándome porque Gilles te lo ha pedido, ¿no? –dijo. Ver su sonrisa irónica la enfureció–. No necesito que lo hagas.
–Pensaba que a todas las mujeres les gustaba que las miraran. ¿No es la razón de que os pongáis esos vestidos tan sensuales? –la señaló de arriba abajo con la copa que tenía en la mano.
–Mi vestido es elegante, no sensual –Ava miró su vestido verde jade, sin tirantes, que se ajustaba a la cintura y luego caía suelto hasta el suelo.
–Bueno, digamos elegantemente sensual.
–No necesito niñera –le dijo Ava, pensando que el guapo australiano era muy zalamero.
–Nunca dije que la necesitaras. De hecho, le dije a Gilles que podías cuidarte solita.
–¿Tal vez porque me fui con tu caballo?
–No te fuiste con mi caballo –el tono de su voz sonó más grave–. Pero hiciste algo peligroso.
–No sé a qué te refieres.
–Estoy seguro de que sí –Wolfe sonrió.
Tomó un trago de cerveza y ella observó su fuerte cuello mientras tragaba. Sintió que sus senos se tensaban pero decidió ignorarlo.
–Entonces, si no estás haciendo lo que te pidió Gilles, ¿por qué me observas?
–¿Por qué crees tú? –recorrió su cuerpo con la mirada y a ella le quedó claro el porqué.
Recordó la sensación de sus enormes manos en su torso y sintió un escalofrío. Perturbada por su respuesta física, Ava movió la cabeza. Él parecía sereno y relajado, pero estaba segura de que si lo tocaba lo notaría tenso como un muelle.
–¡Me parece que eres un hombre que consigue lo que quiere demasiado a menudo, Ice! –lo retó. Su forma de mirarla la estaba volviendo loca. Sabía que él percibía la química que había entre ellos y se preguntó qué haría falta para hacerle perder el control.
–¿Ah, sí?
–Sí –Ava intentó sonar indiferente, pero tenía el corazón desbocado–. En el tocador se comenta que robas corazones dondequiera que vas.
–¿Has estado hablando de mí, princesa?
–Eso no es una respuesta –le lanzó.
–No has hecho una pregunta –dijo él, enarcando una ceja al oír su tono airado.
Ella, frustrada, decidió desearle las buenas noches. Aunque había decidido ignorar lo que le hacía sentir, seguía allí, casi provocándolo para que le hiciera cambiar de opinión. Desvió la mirada de su sensual media sonrisa, dio un paso atrás y se colocó un mechón de pelo tras la oreja.
–Muy bien. Si...
La mano de él se disparó hacia su brazo y lo agarró con suavidad, sorprendiéndola.
–No juegues conmigo, Rapunzel. Te garantizo que perderás.
Ava apenas podía contener su ira. Si alguien estaba jugando, era él, no ella.
–Te equivocas. No soy yo quien juega aquí ––alzó la barbilla. Sería estúpido permitir que ese hombre entrara en su vida, en cualquier sentido.
Él alzó las pestañas y la miró directamente, haciéndole sentir el calor sensual de sus ojos. Se sintió como un cervatillo atrapado por los faros de un coche mientras él se acercaba lentamente. Solo se dio cuenta de que era ella quien se movía hacia él cuando le pusieron un vaso de agua ante la cara.
–Aquí tienes –resopló lord Parker, mirando a Wolfe con el pecho hinchado.
Ava sintió una absurda decepción cuando Wolfe se limitó a pasar un pulgar por su muñeca antes de soltarla. Como si se le hubiera ocurrido de repente, él se inclinó hacia su oreja, embriagándola con su aroma varonil.
–Cuidado con lo que deseas, princesa. Podrías conseguirlo –se enderezó–. ¿Me disculpas? –un segundo después, cruzaba el suelo de mármol y pasaba a otra habitación.
Ava dejó escapar el aire que había contenido. Tendría que alegrarse de que se hubiera ido. Era arrogante, molesto y descarado, sin embargo la excitaba más que ningún otro hombre. Era un potente afrodisíaco. Absorbente y tentador. Y aunque él acababa de prevenirla, una parte de ella aún deseaba saber cómo sería sentir sus fuertes manos en su piel ardiente, y desnuda.
–Señoras y caballeros... La novia está a punto de lanzar el ramo. Después la pareja se retirará.
Se oyó un gritito triunfal cuando una de las amigas de Anne agarró el ramo, seguido por aplausos cuando los novios empezaron a subir la escalera. Pasarían la noche en el castillo e iniciarían su luna de miel después del almuerzo.
Ava les deseaba lo mejor, pero sentía cierta opresión en el pecho. Anne y Gilles eran muy felices y estaban muy enamorados. El viejo temor a no llegar a experimentar algo así disminuía la alegría que sentía por ellos.
Comprendiendo que estaba más afectada de lo que había creído, decidió retirarse. Miró a su alrededor y no vio a Wolfe. Por un lado quería que la deseara, por otro que no lo hiciera. Su cerebro estaba atascado, como un disco rayado. La palabra «sexo» no dejaba de rondar su cabeza.
Lo último que quería era practicar sexo con un hombre inadecuado para sus sueños y esperanzas. Molesta, giró sobre los talones y estuvo a punto de chocar con el hombre que había ocupado su mente casi todo el día.
–Te vas antes de nuestro baile –murmuró él.
–Creía que no te iban los juegos –dijo ella. Le dolían los pies y no quería bailar.
Él ensanchó las aletas de la nariz al oír su tono agresivo; ella sintió un cosquilleo en la pelvis, sabía que él sí jugaba. Y aunque jugar iba en contra de sus principios, parte de ella quería jugar con él, esa noche.
–Quizás quiera tenerte en mis brazos otra vez.
Ella sintió que su voz la abrasaba por dentro. Se preguntó cómo podía una mujer evitar rendirse a tal intensidad sexual
–¿Quieres?
–Sí –como si percibiera su rendición, él esbozo una sonrisa lobuna. Le quitó la copa y la rodeó con los brazos.
A Ava le dio un vuelco el corazón.
–¿Qué pasa con lo que quiero yo? –preguntó, para intentar recuperar un cierto control.
–Esto es lo que quieres, princesa –alzó la mano que sujetaba la de ella hacia su rostro y pasó los nudillos por su mejilla.
Ella se estremeció. «Cuidado, Ava», se dijo. Hizo acopio de valor para resistirse a su magnetismo. Se iría en cuanto acabara la canción.
–Un baile –aceptó.
Darmowy fragment się skończył.