Czytaj książkę: «La verdad más profunda»
Título original: How It Happened
© Michael Koryta, 2018.
© de la traducción: Montserrat Triviño González, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO115
ISBN: 9788491875741
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PRIMERA PARTE. A DAR UNA VUELTA
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SEGUNDA PARTE. CUENTISTAS
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TERCERA PARTE. UNA TRAGEDIA LIMPIA
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AGRADECIMIENTOS
NOTAS
PARA CHRISTINE
PRIMERA PARTE
A DAR UNA VUELTA
And it would make a great story
If I ever could remember it right.
JASON ISBELL,
Super 8
1
No lo había visto nunca antes del día en que lo matamos.
Pero a Jackie sí que la conocía. La conozco de toda la vida, en realidad. Nunca fuimos amigas ni nada de eso, pero este es un pueblo pequeño, todas las chicas nos conocemos. Íbamos a la misma clase, por lo menos hasta el instituto. Luego a ella la pusieron en la clase de los listos. Jackie no salía mucho de fiesta. Lo que más recuerdo de ella es que su madre murió cuando estábamos en quinto. Pero... ¿por qué me preguntas esas cosas? Fue hace mucho tiempo y no tiene nada que ver con todo esto. Pero hasta el día en que la matamos, sí, eso es lo que más recuerdo de ella.
Su madre murió en un accidente de coche. Creo que se salió del carril por culpa de la nieve o algo así. Jackie faltó unos cuantos días al colegio y todos tuvimos que hacerle tarjetas, ya sabes, con dibujitos y notas para decirle que estábamos muy tristes por lo que le había pasado. Volvió al cole la semana siguiente y su padre la acompañó hasta la clase. Él le cogía la mano muy fuerte, como si no quisiera dejarla marchar. Me fijé en eso y me puse a pensar en todas las tarjetas que le habíamos escrito y... vale, ya sé que esto me hace parecer mala persona, pero la verdad es que me cabreó un poco. Porque, vale, sí, era muy triste que su madre hubiera muerto, pero aún le quedaba su padre, ¿no? Yo vivía con mi abuela y ni mi padre ni mi madre estaban muertos, pero para el caso es como si lo hubieran estado. Vamos, que mi padre nunca me había cogido la mano como Howard Pelletier le cogía aquel día la mano a Jackie. En realidad, nunca lo había hecho nadie. O sea que, vale, estaba triste por ella, pero... ¿acaso alguien le había pedido a la clase que me escribiera tarjetas también a mí? No. A nadie le importaba una mierda lo que pasaba en mi vida. Yo no era una de esas niñas por las que todo el mundo se preocupa. A mí simplemente... me ignoraban.
No me puedo creer que guardara la tarjeta. ¿Las guardó todas? Bueno, en el fondo qué más da. Ya no importa. No sé por qué has sacado ese tema, Barrett. No tiene nada que ver con lo que ocurrió el verano pasado.
Vale, el día que sí importa fue, de hecho, el último día caluroso del verano. A principios de septiembre hacía más calor que en pleno agosto. Creo que eso tuvo algo que ver. Ya, ya, no estoy buscando excusas, pero sigo pensando en cómo empezó todo y adónde fuimos, y sí, vale, tengo clarísimo que jamás nos habríamos descontrolado tanto de no haber sido por el calor. Y por la forma en que el calor hacía que todo el mundo se sintiera, especialmente Mathias. ¿Se supone que tengo que decir su nombre completo ahora, como si no lo supiéramos ya todos? Mathias Burke. ¿Quieres saber una cosa graciosa? Que cuando oyes su nombre completo, entornas un poco los ojos. Es muy raro. Cada vez que lo digo, te pones tenso. Como si te estuvieras preparando para recibir un puñetazo. O para arrearlo tú. ¿Qué es, lo uno o lo otro? Eh, me has pedido que lo contara con mis propias palabras, ¿no? Cuidado con lo que deseas, Barrett.
Vale... Era el primer fin de semana después de que se marcharan todos los turistas, o casi todos; los que tenían niños ya se habían ido y estaba todo bastante más tranquilo, y Mathias, no sé, se había vuelto medio loco o algo parecido. Aquella noche —viernes— estaba muy acelerado, histérico. Como si estuviera a punto de estallar. Como si algo le corriera bajo la piel y estuviera buscando la forma de salir. Y no hacía más que quejarse del calor.Y Cass lo mismo, se quejaba del calor, pero era porque no quería sudar, no quería que se le estropeara el maquillaje. Cuando se maquillaba, siempre parecía una puta. Vamos, que no sabía hacer las cosas sutilmente, ¿me entiendes? Siempre se ponía un montón de potingues, cuando con maquillarse un poquito habría sido suficiente. Sí, sí, ya sé que no tendría que hablar mal de ella porque está muerta, pero es que es la verdad.
Bueno, a ver, retrocedo un poco: yo tenía el turno de día en la tienda de licores. Salía a las seis. Cass tenía que venir a pie para recogerme y luego queríamos ir las dos al pueblo o hacer algo. A lo mejor volver a su caravana, o salir por ahí. La verdad es que no teníamos planes. Si hubiéramos quedado para ir a algún sitio, aquella noche no habríamos terminado con él. Pero estábamos libres.
Mathias llegó a las..., no sé, serían las cinco y media. Un poco antes de que yo terminara mi turno. Lo conocía desde hacía años, pero nunca habíamos salido juntos. Ni siquiera de fiesta ni por ahí. Por eso me sorprendió que me preguntara qué hacía aquella noche. Estaba convencida de que Mathias no salía mucho de fiesta. Por lo que yo sé, siempre estaba trabajando. Si alguna vez lo veía por ahí bebiendo, era siempre en invierno. En verano trabajaba como veinticuatro horas al día. Le dije que Cass y yo habíamos quedado para ir de copas y pareció un poco decepcionado. Por un momento me pregunté si me estaba entrando o algo así. Pero entonces llegó Cass y él cambió de rollo.
Nos empezó a hablar de la casa de un cliente y nos dijo que podía usarla. Era de no sé qué zorra pija, alguien que iba a la casa solo dos semanas al año o algo así, pero dijo que era un sitio muy especial y que le apetecía ir allí a tomar unas copas y bañarnos. Me pareció interesante, pero entonces Mathias dijo que también podía pillar y eso me echó un poco para atrás, porque yo estaba intentando dejarlo. Pero a Cass le moló la idea.
Salimos al aparcamiento porque yo ya había terminado mi turno. Bebimos un poco, creo que unas seis latas de cerveza Twisted Tea, un par de litronas y Cass un poco de vodka. De ese de sabores, creo que era de manzana o de frambuesa o no sé qué. Nos sentamos en el portón trasero de su camioneta a fumar y a beber. Ah, esa camioneta era la del curro. No era la que llevábamos cuando los matamos.
Hablamos sobre todo del calor y por eso recuerdo lo mucho que parecía agobiar a Mathias. Porque no hacía más que mirar hacia el sol y hablar del calor como si fuera algo personal, ¿vale? Como si ese día el sol calentara solo para él, como si fuera alguien que busca pelea.
Estuvimos un rato tranquilos y luego dijo que conocía un buen sitio para ir de fiesta, que había pillado y que lo compartiría con nosotras si yo lo llevaba hasta su camioneta. Y yo va y le dije: «Estás sentado en tu camioneta, listillo». Pero entonces dijo que la camioneta que quería estaba en la casa de un cliente y que necesitaba que alguien lo llevara hasta allí. Ya sabes que se dedica al mantenimiento y trabaja en un montón de casas de veraneo.
Bueno, yo no me había metido gran cosa durante el verano, aparte de alcohol. Vale, un poco de hierba, pero ya está. Y a lo mejor unas cuantas pastillas, sí, pero nada importante, porque no sé si sabes que el verano pasado murió un montón de peña, antes que Cass. Salió en las noticias. Heroína chunga que alguien había traído de Washington D. C. Un tío negro, creo. O a lo mejor era mexicano. Pero sé que era de D. C., porque la gente la llamaba así. Aquel verano corría como una epidemia. La peña la palmaba sin meterse siquiera una sobredosis por culpa de la mierda que habían usado para cortarla, no sé qué rollo químico que no llegué a entender. Lo único que sabía era que aquella mierda era mala y que la gente la estaba palmando: murió más gente aquel verano que en todo el año anterior en Maine por culpa de las drogas, creo. Bueno, a lo mejor no es verdad, pero es lo que se decía por ahí.
Total, que yo intentaba seguir limpia, como te he dicho antes, pero si Cass y Mathias se largaban juntos, me habría quedado yo sola, ¿no? Yo y un puto pack de seis latas de Twisted Tea un viernes por la noche. ¿Quién quiere eso? Así que..., bueno, ya sabes cómo son estas cosas. Aceptas. Nunca piensas que vaya a pasar algo malo. Les dije que iría con ellos, pero que no quería meterme nada. Y Mathias me guiñó un ojo y dijo: «Ya veremos».
Nos largamos y conducía yo, y él iba en el asiento del pasajero. Cass tendría que haberse sentado detrás, pero se metió entre los dos y, bueno, iba casi sentada encima de Mathias. Me fastidiaba, pero, en fin, Cass es así. Lo único que me sorprendió es que a Mathias no parecía importarle mucho. Siempre había pensado que era un tío, no sé cómo decirlo... No sé, un tío más serio, ¿vale? Que siempre estaba como muy metido en sus cosas, así que me pareció raro verlo actuar de aquella manera.
Y entonces pensé que se había tomado algo más que unas cuantas birras.
Total, que yo conducía y seguía las indicaciones que él me daba, porque no quería que me parara la poli. Nos estaba diciendo que cuando llegáramos a su camioneta nos llevaría a la casa esa de veraneo, la casa que había dicho que podía usar, y nos empezó a decir lo guay que era, en plan un poco chulo y tal, así que yo me esperaba algo diferente al sitio en el que acabamos, me esperaba algo más elegante.
Tenía la camioneta en una casa de Archer’s Mill Road. La verdad es que no recuerdo muy bien dónde. Me dijo que aparcara en el camino de entrada y lo hice. Su camioneta estaba al final del camino y desde la carretera no se veía. El capó estaba tapado con una lona y le pregunté por qué y entonces él me dedicó una gran sonrisa y me dijo: «Mira qué pasada». Y entonces quitó la lona.
Había pintado el capó de un blanco muy brillante y justo en el centro había un gato negro, pero mal dibujado, no sé, como si fuera el dibujo que haría un niño de un gato de Halloween, ¿sabes? Con el pelo de punta, el lomo arqueado y la cola tiesa. Como un montón de garabatos negros.
Para entonces ya estaba oscureciendo y él lo iluminaba con el teléfono para que lo viéramos. Cuando me acerqué, vi que había pintado los ojos del gato de color rojo. El dibujo era como muy raro, pero había en los ojos algo que no encajaba con lo demás. Ya sé que parece una tontería, pero aquellos ojos me ponían nerviosa, no sé por qué.
No entendí por qué estaba tan orgulloso de aquella camioneta. Era una... chorrada. Aquel gato negro que parecía sacado de una tira cómica, con los ojos rojos, pintado en mitad del puto capó, tan blanco que brillaba y costaba mirarlo. El dibujo era una chorrada y la camioneta me pareció una mierda.
Fue entonces cuando sacó las drogas. La primera vez que alguien se pinchó fue allí, donde había dejado la camioneta, pero fueron solo Cass y él. Yo dije que no, gracias, que ya estaba bien con la birra. Ellos se chutaron y bebieron y yo me fumé un par de cigarrillos y me bebí un par de birras. Y puede que algún traguito de vodka. Pero aún estaba sobria cuando Mathias dijo que fuéramos al estanque, que nos llevaba en su estúpida camioneta.
No tenía asientos traseros, solo uno de tres plazas delante. A mí siempre me ponen en medio porque soy pequeña, ¿vale? Pero aquella noche Cass se sentó en el medio. Quería estar cerca de Mathias.
Pero, oye, antes de seguir quiero dejar una cosa clara, ¿vale?
Yo solo iba a dar una vuelta.
Ya sabes cómo es Archer’s Mill Road, tiene un montón de curvas. Mathias estaba borracho y colocado y conducía demasiado deprisa, y yo tenía la sensación de que en cualquier momento iba a pasar algo. Mathias había puesto una música country bastante cutre. No tan cutre como Nickelback, pero bastante mala. Me volví hacia ellos y vi que Cass le había apoyado la mano en la bragueta y entonces deseé no haberlos acompañado. Es mejor estar sola que hacer de sujetavelas en una camioneta mientras los otros dos se lo montan a tu lado. Pero Cass siempre se ponía así cuando se había metido algo. Cuando Cass estaba colocada, se volvía una chica fácil. No hace falta que me creas, solo tienes que preguntar por ahí.
Cuando llegamos a la casa de veraneo, me empecé a sentir mejor. Era justo como él había dicho: había un embarcadero y una plataforma, y no hacía frío y había un millón de estrellas en el cielo. Recuerdo muy bien las estrellas, porque después de que Mathias y Cass se metieran en el agua y fueran nadando hasta la plataforma, yo me tendí de espaldas en el embarcadero para no tener que oír lo que hacían allí. Esa fue la primera vez que me metí un poco de heroína, pero solo lo hice porque no quería oír lo que fuera que estuvieran haciendo allí y era... era muy bonito estar allí fuera. Con todas aquellas estrellas.
Supongo que debí de quedarme frita. Sí, eso fue lo que debió de pasar, porque no recuerdo nada entre las estrellas y el sol. Cass y Mathias ya habían salido del agua y estaban vestidos otra vez. Ella bajó al embarcadero y se tomó una cerveza conmigo —para entonces, las cervezas ya estaban calientes—, y le dije que algún día me gustaría tener un sitio como aquella casa de veraneo. Tampoco es que fuera gran cosa, ¿sabes?, pero era muy bonito y tranquilo y yo nunca había tenido la sensación de que necesitara todo aquello. Había mucho espacio para mis animales. A mis perros, Sparky y Bama, les habría encantado aquel sitio. Creo que Cass quería que le preguntara por ella y Mathias, pero no pensaba hacerlo. Me importaba una mierda lo que hubieran hecho. Supuse que tarde o temprano lo descubriría cuando tuviera que acompañarla a la clínica.
Se estaba muy tranquilo allí, pero, de repente, a Mathias le entraron las prisas y no encontraba las llaves. Dijo que se le debían de haber caído cuando él y Cass habían ido nadando hasta la plataforma. Total, que empezó a soltar un montón de tacos y a echarle la culpa a ella, y se puso a chapotear en el agua, como si así pudiera encontrarlas. Y entonces ella también le empezó a gritar, y yo lo único que quería era largarme de allí, así que fui a sentarme en la camioneta.Y fue entonces cuando vi que las llaves aún estaban puestas en el contacto.
Me pareció que tenía gracia, ¿sabes? El tío histérico en el estanque y resulta que las llaves estaban en el puto contacto. Se lo dije a Cass, riéndome, pero ella también estaba cabreada, así que cogió las llaves, las levantó para enseñárselas a Mathias y le dijo que era un gilipollas y un capullo. Entonces subió a la camioneta y la puso en marcha. Yo también subí y Mathias vino corriendo, empapado. Esa fue la primera vez que vi el cuchillo.
Cass estaba sentada al volante. Podría haber arrancado y nos hubiéramos largado. Pero él empuñaba el cuchillo y le estaba dando puñetazos a la camioneta, y decía que la iba a matar. Y... bueno, la cuestión es que..., iba a decir que la asustó, pero no estoy tan segura. Puede que la asustara, pero creo que también la excitó. Porque lo normal habría sido bajar de la camioneta, pero ella le hizo sitio y le abrió la puerta.
Lo he pensado muchas veces. ¿Y si ella hubiera bajado? ¿Y si hubiéramos bajado las dos?
Pero no, ella se quedó y me dijo a mí que no me marchara. Yo no sabía qué hacer. Supongo que lo que quería era que Mathias se concentrara en ella. Abrió la puerta y nos dijo que bajáramos, que volviéramos andando a casa. Cass lo mandó a la mierda y le dijo que no pensaba bajar de la camioneta, ni yo tampoco. Yo ni siquiera hablé. Era todo tan intenso... Ella era como una especie de escudo, ¿sabes? Yo no quería atraer la atención. Y tenía miedo de lo que Mathias pudiera hacerle si los dejaba a solas. Bueno, tenía miedo y punto.
Así que él subió y dijo: «Vale, zorras, os voy a dar lo que queréis». Y entonces pensé, tengo que salir de aquí, con o sin ella, pero Mathias arrancó. Y ya no pude bajar.
Porque íbamos demasiado rápido.
Salimos de la casa de veraneo y giramos a la derecha en lugar de a la izquierda, y yo pensé que se había equivocado, pero tampoco quería decirle nada, tal y como estaba. No hacía más que darle puñetazos al volante y decir que nos iba a dar lo que queríamos. Conducía muy rápido, como un loco, ocupando toda la carretera. Cuanto más pronunciadas eran las curvas, más rápido las cogía. Me daba miedo que acabara perdiendo el control. Teniendo en cuenta lo que pasó después, una idea bastante tonta, ¿no? Pero lo recuerdo claramente. Lo que me daba miedo, en aquel momento, era que estrellara la camioneta.
Lo que más recuerdo de aquel trayecto es que no podía dejar de mirar el gato. Lo empecé a ver más raro durante aquel trayecto. Por la noche me había parecido una chorrada, pero por la mañana, mientras íbamos a mil por hora por la carretera, me pareció... siniestro.
Hay un huerto en Archer’s Mill Road y lo pasamos a, no sé, puede que a cien por hora. Más bien parecían ciento cincuenta. Está el huerto y luego viene el cementerio. El viejo. Nadie va allí, excepto en Halloween, o puede que vaya algún turista a hacer fotos. Cass y Mathias no hacían más que gritarse el uno al otro y de repente él dijo algo como «Si queréis morir, os voy a llevar al lugar adecuado». Y entonces giró a la derecha. Yo pensé que se había salido de la carretera, pero no, había un viejo camino de tierra que cruza el cementerio y llega casi hasta el agua. Dimos un bote al pasar por encima de la cuneta y nos adentramos por el camino. Pasamos a toda velocidad entre las lápidas y yo estaba segura de que se proponía estrellar la camioneta contra la más grande. ¿Cómo se llaman esas cosas, las que parecen fortines para fantasmas? No son museos, pero es una palabra parecida. Museos para los muertos. Hay uno muy grande en el cementerio, más o menos en el medio. Está en una pequeña elevación y desde allí se ve el agua. Estaba segura de que nos llevaba allí, que iba a empotrar la camioneta y matarnos a todos solo porque tenía un mal viaje y porque el sol lo había puesto de mal humor el día anterior. Nada de lo que estaba pasando tenía un motivo.
En aquella parte, el camino está lleno de baches y piedras. Saltábamos como locos; la mayor parte del tiempo yo ni siquiera tocaba el asiento con el culo y Mathias casi ni podía controlar la camioneta. Me alegré de que hubiera dejado la carretera asfaltada, porque al menos allí en el cementerio no podíamos chocar contra nadie. Pasara lo que pasase, solo nos pasaría a nosotros.
Eso fue lo último que pensé justo antes de ver a Jackie.
Estaba parada en mitad del camino, de cara al agua. El sol había empezado a salir. Todo se había vuelto rosa y dorado. Saltamos al llegar a lo alto de la loma y ella se volvió y vi que sonreía. Recuerdo que le cambió la cara y me pareció que ocurría muy despacio. ¿Sabes esas cortinas que se giran con una varilla y no dejan pasar la luz? Pues fue así.
Creo que ni siquiera llegó a... comprender qué pasaba. Quiero decir, que nosotros no pintábamos nada allí. Creo que estuvo confundida todo el rato, como si dijera: «¿Qué pasa aquí?».
Se apartó demasiado pronto o demasiado tarde, depende de cómo quieras verlo. Trató de esquivarnos y Mathias trató de esquivarla a ella, y los dos se fueron hacia el mismo lado. Bueno..., espera un momento. Creo que él intentó esquivarla. Quiero creerlo. Porque si no es así, significa que cuando dio el volantazo estaba..., ya sabes, intentándolo.
Cuando la embistió, ella se elevó en el aire y se estrelló contra el parabrisas con tanta fuerza que lo agrietó, y entonces desapareció y Mathias frenó en seco y cuando derrapamos la parte trasera de la camioneta chocó contra una de las viejas lápidas. La que se partió por la mitad, ¿te acuerdas? Le hicisteis un montón de fotos y salió en los periódicos, y la gente empezó a decir que el asesinato había sido no sé qué ritual satánico, pero no, en serio, lo único que pasó es que la caja de la camioneta chocó contra la lápida cuando derrapamos.
Hubo un momento en que todo se quedó silencioso. Supersilencioso. Creo que ni siquiera respirábamos. Lo único que yo hacía era mirar el capó a través del parabrisas y estaba más rojo que antes, y yo sabía que era sangre, pero era casi como si se hubieran mezclado. Como si la sangre formara parte del dibujo del gato. Como si siempre hubiera estado allí.
Empecé a bajar de la camioneta para ir a ayudarla, ¿vale? Mathias también bajó. Cass se quedó dentro un poco más. Vi el sitio en el que había caído Jackie y entonces lo vi a él también. Ian Kelly. Entonces no sabía su nombre, claro. Era un tío y nada más. Estaba en el camino, detrás de nosotros, pero, como habíamos llegado tan rápido, seguro que habíamos pasado a su lado y ni lo habíamos visto. No me extraña. Íbamos superrápido, directos hacia el amanecer.
Estaba un poco más arriba. Quieto, mirando. El cuerpo de Jackie estaba entre nosotros. Era como un pulso, ¿sabes? Y entonces empezó a gritar. Gritó: «¿Qué coño estáis haciendo?», y yo pensé que era rarísimo, que no era la pregunta adecuada, porque ya había pasado, ¿sabes? No era algo que estuviera, no sé, sucediendo. No era algo que pudiéramos parar.
Empezó a dirigirse hacia nosotros. No corría, solo caminaba. Mathias también empezó a moverse y me fijé en que llevaba algo en la mano. Una barra o un tubo o algo así. Caminaban el uno hacia el otro y Jackie seguía entre los dos, había sangre por todas partes. Cass ya había bajado de la camioneta y yo me sentía como si estuviera paralizada. No quería acercarme a la sangre. El tío siguió caminando hacia nosotros, no sé, como si estuviera en estado de shock o algo parecido.
Estaban casi junto al cuerpo cuando Mathias le dio con el tubo. Lo golpeó una sola vez, justo en la cabeza, y el tío ni siquiera tuvo tiempo de levantar una mano. Recuerdo el ruido del golpe. Como un puño que se clava en una pared de pladur. Una pared de pladur todavía húmedo.
Y entonces grité. Aún estaba gritando cuando Mathias se volvió y me miró, y entonces dejé de gritar enseguida. Por la forma en que me miraba... supe que era capaz de matarme.
Volvió hacia donde estábamos nosotras y nos dijo que lo ayudáramos a subirlos a la camioneta. Sé que todo el mundo me dirá: «¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no le dijiste que no, por qué no echaste a correr, por qué no llamaste a la policía?». Pero nadie sabe la forma en que nos estaba mirando. O hacíamos lo que nos decía o nos mataba. Estaba clarísimo. Esa era nuestra elección.
Solo recuerdo a medias haberlos levantado. Mathias subió a la camioneta, dio marcha atrás y sacó de la caja unas lonas. Bueno, no eran lonas, eran plásticos de esos que se usan para tapar ventanas rotas. Y entonces los..., eh, perdona. Necesito un momento. Perdona.
Los... bueno... digamos que... doblamos los cuerpos. Y los envolvimos. Yo intenté no mirar. Mathias nos gritaba para que nos diéramos prisa antes de que llegara alguien. O sea, estábamos en un viejo cementerio que no se ve desde la carretera y eran como las seis de la mañana... ¿Quién iba a venir? Fue entonces cuando me pregunté por primera vez qué estaban haciendo allí aquellos dos. Y a aquellas horas de la mañana. Pero luego, claro, salió todo en la tele. Y me sentí aún peor al saber por qué habían ido al cementerio. Quiero decir, que era muy romántico, ¿no? Yo nunca he salido con un tío capaz de levantarse tan temprano para hacer algo así. Joder, ni siquiera he salido nunca con un tío así.
Los metimos en la caja de la camioneta y Mathias nos dijo que volviéramos a subir. Creo que ni Cass ni yo llegamos a decir una sola palabra. Yo no podía parar de llorar. Hasta me costaba respirar. Lo único que sabía era que tenía que hacer todo lo que dijera Mathias hasta que aquello terminara. Lo que más miedo me daba era él. Si te soy sincera, ni siquiera había pensado aún en vosotros. No podía pensar en nada que no fuera aquel pequeño tramo de carretera. Mi mundo se había reducido a eso. El mundo había desaparecido y solo existían aquella carretera y la camioneta y Mathias. Era lo único que quedaba.
Sé que nadie lo entenderá.
Cass le preguntó adónde iba y él dijo que teníamos que esconderlos. Se alejó de allí exactamente como si supiera adónde quería ir. Conducía rápido, pero no de la misma manera que antes. Controlaba y se quedaba en su carril. Dijo que nos íbamos a deshacer de ellos y que luego nos largaríamos y limpiaríamos la camioneta con lejía. Y que si alguna de las dos se lo contaba a alguien, nos mataría. Aquella fue la primera vez que lo dijo, pero no nos impactó mucho porque ya lo habíamos entendido antes. Yo, por lo menos.
Nos llevó de nuevo a la casa a orillas del estanque. Condujo la camioneta justo hasta el agua, al mismo sitio en el que poco antes había estado buscando las llaves.
Cuando yo las había encontrado en el contacto.
La sacamos primero a ella. No le pude ver mucho la cara porque había demasiada sangre. Mathias usó cinta adhesiva plateada para sujetar alrededor del cuerpo algunos de los tubos que llevaba en la caja de la camioneta. Para que se hundiera. Cuando me di cuenta de que los íbamos a arrojar al agua, pensé que era una decisión estúpida. Porque si hubiéramos caminado unos cincuenta metros o así desde el sitio en el que la habíamos atropellado, en el cementerio, habríamos llegado a las llanuras mareales. Y la marea, además, estaba alta, no habríamos tenido que caminar mucho. Y entonces la corriente... se los habría llevado. Hasta el océano. A menos que alguien los recogiera con una trampa langostera o algo parecido, nadie los encontraría jamás. Si lo hubiéramos hecho así, yo podría contarte exactamente lo que pasó y aun así jamás los encontraríais. Pero no, a Mathias le entró el pánico y los alejamos del océano para llevarlos a un estanque. Si lo piensas bien, fue una estupidez. Y, además, los metió en la camioneta. Eso tampoco le habría hecho falta. Le habría bastado con arrastrarlos hasta las llanuras mareales y dejar que la corriente se ocupara del resto.
Pero no, volvimos hasta la casa de veraneo y el estanque. Nos metimos en el agua hasta que a mí me llegó al cuello y Mathias se alejó nadando un poco más y arrastró el cuerpo hasta la plataforma. Y entonces la soltó. Se hundió bastante rápido. Recuerdo que se veía un poco de sangre en el agua, pero enseguida desapareció.
Y entonces volvimos a buscar al tío.
Ya lo habíamos sacado de la camioneta cuando nos dimos cuenta de que aún se movía. Diría que yo fui la primera en notarlo, pero no quise creerlo. Y entonces miré... Recuerdo que, cuando miré hacia su cabeza, vi que el plástico se deshinchaba y volvía a hincharse y luego se deshinchaba otra vez. Y comprendí que respiraba. O, por lo menos, intentaba respirar.
Y entonces Cass dijo: «Joder». Eso fue lo único que dijo, «Joder».
Y Mathias lo apuñaló. Yo ni siquiera lo había visto sacar el cuchillo. Solo lo vi inclinarse sobre el cuerpo y apuñalarlo a través del plástico, justo donde debía de estar el corazón.
Me entró el pánico. Mathias se incorporó otra vez, me miró y me tendió el cuchillo. Yo me aparté de un salto porque, no sé, pensaba que me iba a pinchar a mí. A matarme. Y dijo con voz calmada... Nunca olvidaré el tono sereno de su voz, como si estuviera explicando las reglas de un juego. Dijo: «Ahora tenéis que hacerlo vosotras también. Porque estamos juntos en esto».
Estaba esperando mi reacción, pero Cass cogió el cuchillo. No... no vaciló. Le clavó el cuchillo y ya está. Para entonces ya ni se movía. Y el plástico, justo encima de la boca, tampoco se movía.
Cass me tendió el cuchillo. Me miró y dijo: «Kimmy, tenemos que darnos prisa». Mathias nos estaba mirando. Yo no cogí el cuchillo, y él dijo: «O lo haces o te vas al agua con ellos. Tú decides, Kimmy».
Así que..., eh..., cogí el cuchillo y se me cayó, porque estaba temblando muchísimo. Me puse a gatas, empuñé el cuchillo, se lo clavé y me alejé arrastrándome. Mathias volvió a coger el cuchillo y me dijo que no se lo había clavado bastante fuerte. Que volviera a hacerlo.
Y volví a hacerlo.
Lo llevamos hasta el agua. De la misma manera, en el mismo sitio. Yo avancé hasta que el agua me llegó al cuello, pero solo mido metro y medio, y entonces Mathias lo arrastró a nado puede que unos tres metros más. Están allí, entre la plataforma y el embarcadero. Más cerca de la plataforma. Los encontraréis allí, no sé a qué profundidad. Pero no están muy hondo. Allí solo hay aguas oscuras, es un lugar solitario.
Los encontraréis fácilmente.
Mathias nos llevó de vuelta a mi coche. Durante todo el trayecto no hizo más que darnos instrucciones, qué hacer con la ropa, cómo lavar la ducha con lejía y cómo limpiar con trapos empapados en lejía todo lo que tocáramos. Y también nos amenazó, juró que nos mataría si hablábamos con alguien y que se enteraría enseguida si íbamos a la poli y que le daba igual ir a la cárcel, que antes de entrar tendría tiempo suficiente para matarnos. Repetía una y otra vez lo mismo: lo que teníamos que hacer y lo que nos haría él a nosotras si no lo escuchábamos.
Del resto, no sé nada. Lo que hizo después y lo que ocurrió con la camioneta, no lo sé. Ni siquiera me atrevo a imaginarlo, da igual las veces que me lo preguntes.
Pero así es como ocurrió.
¿Ya podemos parar?
2
Rob Barrett era la única persona que estaba en la sala con Kimberly Crepeaux, una mujer de apenas metro cincuenta y cuarenta y cinco kilos que, en el momento de confesar su participación en los asesinatos de Jackie Pelletier e Ian Kelly, tenía solo veintidós años, aunque también cinco arrestos y una hija.
Los demás investigadores seguían una grabación en directo y, en cuanto Kimberly se marchó, uno de ellos se reunió con Barrett. El teniente Don Johansson, de la policía estatal de Maine, era diez años mayor que Barrett y había trabajado en más casos de homicidio que él —o, mejor dicho, había trabajado en casos de homicidio—, pero cuando entró en la sala lo hizo con los ojos desorbitados.
—Hostia puta —dijo como si no pudiera creerse lo que acababa de ver y escuchar.
Llevaban meses hablando con Kimberly y nadie esperaba que confesara precisamente ese día.
—Se lo has sacado —dijo Johansson, al tiempo que se sentaba—. Has conseguido sacárselo.
Barrett se limitó a asentir. Seguía sentado en su silla, pero la adrenalina le había desbocado el corazón y se sentía físicamente exhausto, como si estuviera en los vestuarios después de jugar una final. Durante los últimos veinte minutos se había esforzado por mantener el rostro impasible y el cuerpo inmóvil, temeroso de que cualquier cambio pudiera interrumpir el relato de Kimberly. Hacía mucho que estaba convencido de que ella sabía la verdad y de que quería confesar, pero, aun así, no estaba preparado para lo que acababa de escuchar.
—Ha sido la tarjeta —dijo Johansson contemplando a Barrett con cierta incredulidad—. Así es como la has pillado. ¿Cómo coño se te ha ocurrido sacar lo de la tarjeta?
La tarjeta seguía sobre la mesa. Barrett la cogió con cuidado. Estaba hecha de papel cartoncillo doblado y en ella aparecía dibujada una tosca cruz bajo un arcoíris. En el interior, una Kimberly Crepeaux de once años firmaba en azul un mensaje escrito con rotulador mágico de color rosa: «Tu mamá era muy buena y tenías mucha suerte de tenerla y siento que se haya ido, pero no olvides que aún te queda tu papá y que también es muy bueno».
Barrett había encontrado una referencia a la tarjeta hecha a mano en la lista de posesiones que habían elaborado los investigadores encargados de registrar el domicilio de Jackie Pelletier tras su desaparición, y le había preguntado al padre si podía echarle un vistazo. Nadie había entendido para qué la quería. La tarjeta, como había dicho la misma Kimberly, no tenía absolutamente nada que ver con los espantosos sucesos ocurridos más de una década más tarde.
Y, sin embargo, era la tarjeta la que finalmente había conseguido que hablara.
—Establecía una relación entre ellas —le dijo a Johansson, mientras contemplaba el infantil dibujo del arcoíris sobre la cruz—. Que Kimberly supiera que Jackie había conservado la tarjeta establecía entre ellas la clase de relación que Kimberly no quería admitir. Se me ocurrió que, si conseguía que Kimberly viera así a Jackie, si conseguía que pensara en lo que habían compartido, tal vez me contara algo por fin. —Soltó un largo suspiro y movió la cabeza de un lado a otro—. Pero te juro que no me esperaba lo que ha contado.
Johansson asintió, se frotó la mandíbula con una mano y luego, mientras desviaba la mirada, dijo:
—¿Crees que es verdad?
—Joder, sí, creo que es verdad.
A Barrett casi le sorprendió la pregunta. Johansson había escuchado exactamente lo mismo que él, incluso había visto la cara de Kimberly en la grabación mientras contaba la historia, así que Barrett no entendía que aún pudiera albergar dudas.
—Solo digo que Kimmy no es precisamente famosa por su sinceridad —aclaró Johansson.
—Acaba de confesar un asesinato, Don. No es que nos haya dado un soplo sobre alguien.
—Muchas personas han confesado asesinatos que en realidad no cometieron.
—Y yo lo sé mejor que nadie. Me dedico a eso. Me he pasado diez años investigando el tema y dando clases.
—Sí, sí, eso ya lo sé.
Barrett sintió una punzada de rabia. Lo habían enviado desde el departamento del FBI en Boston precisamente porque Johansson y su equipo no habían hecho ningún avance a la hora de conseguir que Kimberly Crepeaux hablara, pese a que se había implicado a sí misma en varias conversaciones con amigos o conocidos.Y ahora que Barrett había obtenido por fin la confesión, Johansson no parecía muy dispuesto a creerla. Desde la llegada de Barrett se habían producido roces entre ambos y Barrett lo entendía —a ningún poli local le gusta tener a un federal pegado a los talones—, pero le parecía increíble que Johansson pudiera oponer resistencia precisamente ese día.
—El equipo de buzos esclarecerá la verdad —dijo Barrett esforzándose por emplear un tono neutral—. Si miente, el estanque estará vacío. Si no, los encontraremos allí abajo. Así que vamos a organizar un equipo de búsqueda.
—Vale. Pero tendré que informar a Colleen, claro.
Colleen Davis era la fiscal.
—Y a las familias —añadió Barrett.
Le pareció que Johansson se estremecía un poco.
—Es tu confesión —dijo Johansson—. Eres tú el que finalmente la ha conseguido, así que te dejaré que la compartas con ellos.
Como si fuera un privilegio y no una carga.
—Gracias —respondió Barrett.
Si Johansson captó el sarcasmo, no lo dio a entender. Estaba contemplando la silla en la que se había sentado Kimberly Crepeaux como si la joven aún siguiera allí. Sacudió la cabeza de un lado a otro.
—Me sorprende que fuera Mathias —dijo—. ¿Kimmy? Seguro. Cass Odom también, que en paz descanse su alma atormentada. No me cuesta nada creer que las dos estuvieran implicadas. Pero Mathias Burke... Lo que ha contado no encaja con el hombre que yo conozco. Ni con el hombre que todo el mundo conoce por aquí. —Sacudió la cabeza una vez más y luego se puso en pie—. Pondré al día a Colleen y luego reuniré a los buzos. Supongo que por la mañana ya lo sabremos, ¿no?
—Sí —dijo Barrett, que aún tenía en la mano la tarjeta de papel carboncillo—. Supongo que sí.
Johansson le dio una palmada en el hombro.
—Buen trabajo, Barrett.Acabas de cerrar un caso. Es el primero, ¿no?
¿Era una pregunta o un recordatorio?
—Es el primero, sí —admitió Barrett.
El policía de más edad asintió y lo felicitó una vez más por su buen trabajo, antes de abandonar la sala para poner al día a la fiscal y reunir el equipo de buzos.Y entonces Rob Barrett se quedó allí solo, con la vieja tarjeta entre las manos, una tarjeta escrita por una niña de once años a otra niña de once años cuyo cuerpo ayudaría más tarde a envolver en plástico y sumergir en unas aguas tan oscuras como solitarias.
«Tengo que decírselo a los padres», pensó, y de repente deseó que Johansson estuviera allí, porque no le habría importado pasarle de nuevo la pelota en aquella cuestión. Aunque ello significara tener que lamerle el culo y alabar su experiencia superior.
Porque la verdad era que Barrett no tenía experiencia. A sus treinta y cuatro años, no era especialmente joven para ser agente del FBI, pero había empezado tarde: se había pasado más de una década en la universidad antes de convertirse en agente de la ley. Solo llevaba nueve meses en el FBI y su experiencia en casos de homicidio era cero. Tampoco era tan extraño, pues los agentes del FBI no solían ocuparse de casos de homicidio, excepto en contadas y famosas excepciones: asesinos en serie y perfiles psicológicos. Lo que el FBI ofrecía a los detectives de homicidios era, técnicamente, asistencia.
Rob Barrett había ofrecido voluntariamente su asistencia en aquel caso. Le había costado un poco convencer a su superiora en Boston, la agente especial Roxanne Donovan, de que podía prescindir de un joven agente como él y enviarlo al Maine profundo, pero Barrett contaba con unos cuantos puntos a su favor. Primero, una de las víctimas era el hijo de un destacado abogado de Washington D. C., y este quería ayuda del FBI. Segundo, la especialidad de Barrett eran las confesiones y la policía estatal no había conseguido dar siquiera con un testigo potencial. Y, por si eso fuera poco, Barrett poseía lo que él denominaba una especie de «familiaridad» con Port Hope.
En el fondo, sospechaba, los dos últimos elementos no importaban tanto como el primero. Los Kelly eran muy influyentes en D. C. y estaban furiosos por la lentitud de la investigación. Cuando Barrett había ido a ver a Roxanne para exponerle sus argumentos, lo había hecho a sabiendas de que ella ya estaba recibiendo presiones de Washington para que su oficina colaborara en la investigación. Durante su discurso, pues, Barrett había pasado de puntillas sobre su verdadero interés y su historia —o sea, «familiaridad»— con Maine.
—No he visto ninguna referencia a esa zona en tu currículum —le había dicho Roxanne mientras pasaba las páginas de un documento que probablemente contenía más información acerca de la vida de Barrett de la que a él le hubiera gustado.
—Solo era en verano, con mi abuelo.
—Pero ¿has pasado tiempo en Port Hope?
Sí. Había pasado tiempo en Port Hope. Se había enamorado en Port Hope: del mar, de los bosques y, con el tiempo, de una chica, claro. Y todo aquello había ocurrido bajo la sombra de un hombre al cual los habitantes de Port Hope recordaban mucho mejor que a su nieto. Ray Barrett ya llevaba años bajo tierra, pero en Port Hope aún quedaban los suficientes espejos resquebrajados y hombres con cicatrices como para que nadie lo hubiera olvidado.Y de unos y otros todavía podían encontrarse ejemplos en el Harpoon, el bar en el que Kimberly Crepeaux supuestamente había revelado que sabía algo acerca del caso Pelletier y Kelly. El bar que, en otros tiempos, había regentado el abuelo de Rob.
Roxanne Donovan había vaticinado que lo necesitarían en Maine «durante una o dos semanas».
Desde entonces ya habían transcurrido dos meses. Kimberly Crepeaux no había confesado fácilmente, pero cuando por fin se había desmoronado, les había ofrecido un relato completo.
Y ahora le tocaba a Barrett compartir todos aquellos detalles con los familiares de las víctimas.
3
Eran familias muy distintas. Mientras que Howard Pelletier conservaba pacientemente la esperanza, George y Amy Kelly no habían hecho más que machacar con llamadas diarias, críticas y sugerencias. La familia de George llevaba tres generaciones veraneando en Maine, pero el verano anterior George y Amy se habían marchado de vacaciones al extranjero, por lo que Ian había ido solo a Port Hope. Durante un tiempo tras la desaparición de Ian y Kelly, el retiro veraniego de los Kelly se había convertido en una especie de campamento base para la investigación. Luego las pistas se habían enfriado y su hijo seguía sin aparecer. George y Amy Kelly habían regresado al sur, pero habían seguido llamando.
Barrett marcó el número de los Kelly en Virginia. La mayoría de las conversaciones las había mantenido con Amy, aunque George siempre estaba al teléfono, escuchando. Por lo general, se mostraba tan afectado que no podía hablar, así que terminaba por dejar su línea en silencio y limitarse a escuchar. Les gustaban las videoconferencias y, en un intento de enfocar el homicidio de su hijo como si fuera un asunto de trabajo, George recibía las llamadas en su despacho, donde podía sentarse a su mesa y dar la espalda a las librerías repletas de fotos de Ian jugando a tenis, de Ian jugando al fútbol, de Ian con un diploma.
De Ian sonriendo. Siempre con aquella sonrisa deslumbrante.
Ese día, Barrett usó el manos libres pero no la videollamada mientras relataba la confesión de Kimberly Crepeaux.
—¿Estás seguro? —le preguntó Amy. Pero antes de que Barrett tuviera tiempo de responder, añadió—: Claro que estás seguro.
Amy y George eran abogados, y habían investigado a Barrett como si ellos mismos le estuvieran asignando la investigación, en lugar de aceptarlo desde el FBI. Ellos, mejor que nadie, sabían que era un experto en confesiones: en obtener confesiones verdaderas y detectar las falsas. Así que cuando Barrett les dijo que había averiguado la verdad, supieron que debían creerlo.
Al mismo tiempo, sin embargo, parecía que les costaba aceptar la participación de Mathias Burke.
George y Amy conocían a Mathias desde mucho antes de que se convirtiera en sospechoso del asesinato de su hijo. Durante tres veranos lo habían contratado como encargado de mantenimiento y jardinero de su casa de veraneo en la costa. Amy se había resistido a creer las primeras acusaciones y había dicho que confiaba en su instinto, que Mathias Burke era de fiar.
Y no era la única que había expresado esa opinión. Los Burke llevaban generaciones en el pueblo y Mathias era, para Port Hope, una fuente de orgullo. A la edad de ocho años ya arrancaba malas hierbas y recogía hojas en su barrio; a los diez cortaba el césped; a los dieciséis se compró la primera camioneta con remolque y empezó a ponerles las cosas difíciles a los profesionales del mantenimiento. Solo tenía veintinueve años, pero era el dueño de una empresa de servicios de mantenimiento que operaba en tres condados y daba trabajo a una docena de personas. Se ocupaba de jardines, reformas, instalación de sistemas de alarma, pavimentación y transporte de basuras. Burke satisfacía cualquier necesidad que pudieran tener los veraneantes, o buscaba a alguien de confianza para el trabajo. Su reputación solía resumirse en una única palabra: ambicioso.
A Barrett le había costado bastante convencer a todo el mundo de que la ambición no impedía que un hombre condujera como un loco mientras estaba colocado y borracho.
La implicación de Kimberly Crepeaux había sido más fácil de vender. Su familia poseía un largo historial de delitos menores en una zona en la que los índices de delincuencia eran casi inexistentes. Y aún eran más famosos por sus problemas con el alcohol. Kimberly —o Kimmy, como la conocía todo el mundo en Port Hope— había pasado del alcohol a la heroína, salto cualitativo que se había reflejado también en su índice de arrestos. Había arrojado sospechas sobre sí misma al decir a ciertos conocidos, estando borracha, que la policía no estaba ni remotamente cerca de la verdad del caso, o al afirmar —sin que nadie se lo preguntara— que ella era inocente y que no sabía nada sobre los hechos.
Cuando Barrett había empezado a interrogarla, la principal teoría de la policía era que se trataba de un accidente que había terminado en ocultación de los cadáveres, y por lo que se comentaba en el mundillo de la heroína, parecía que las drogas tenían algo que ver con los hechos. En realidad, la horrenda historia que Kimberly le había relatado solo contenía una sorpresa: la identidad del hombre que iba al volante, el hombre que había empuñado un tubo y un cuchillo y había convertido un posible homicidio sin premeditación en un escalofriante doble asesinato.
Ese no era el Mathias Burke al que se consideraba en la península un dechado de virtudes.
Después de relatarles la historia que había contado Kimberly Crepeaux, Barrett les dijo a Amy y a George lo que aún le faltaba.
—No tengo la camioneta.
La camioneta era lo primero que Kimberly les había ofrecido. Aunque inicialmente mantenía que solo era un rumor y, desde luego, nada que ella hubiera visto con sus propios ojos, la había descrito con demasiado detalle y la había relacionado con Mathias. Al principio, había parecido una pista prometedora: Mathias Burke poseía nueve vehículos, ya fueran suyos o de su empresa de mantenimiento, desde pick-ups normales a camionetas diésel con cabina doble, pasando por quitanieves. Por desgracia, ninguno de ellos encajaba ni remotamente con la descripción de Kimberly y ningún otro testigo recordaba haberlo visto con una camioneta de esas características. La mayoría dijeron que era imposible. A Mathias Burke le gustaban los coches bonitos, le decía todo el mundo a Barrett. Una camioneta Dodge Dakota hecha polvo, con un dibujo extraño en el capó, no era su estilo.
Pero ahora Kimberly se reafirmaba en su historia, les dijo Barrett a los Kelly, y el único testigo estaba muerto: Cass Odom había muerto de sobredosis tres días después de que Jackie e Ian desaparecieran.
George Kelly habló por primera vez en varios minutos.
—Pero no necesitas la camioneta si ya tienes una confesión y un... —dijo, pero hizo una pausa antes de proseguir—: cuerpo.
—No para detenerlo, pero sí que la necesitaré para procesarlo —explicó Barrett.
La idea de un juicio le pareció intimidante, pues en aquel momento su caso se sustentaba sobre los huesudos hombros de una temblorosa testigo.
—Estoy convencido de que para entonces ya la tendrás.
—Sí.
Se produjo otra pausa y después habló Amy.
—O sea, que mañana lo sabremos. Cuando el equipo de buzos lo encuentre, sabremos qué le ocurrió realmente a Ian.
—Mañana sabremos más, sí. Os llamaré en cuanto el equipo de buzos tenga resultados.
«¿Resultados?». Todos sabían qué estaban buscando: el cadáver de Ian.
Con una voz vacía y lejana, Amy pronunció las inevitables palabras: le agradecía a Barrett su tiempo y su trabajo.
No supo qué decir. Acababa de comunicar a unos padres que a su hijo lo habían golpeado con un tubo, lo habían envuelto en plástico mientras aún respiraba, lo habían apuñalado y lo habían arrojado al agua.
«De nada».
Había empezado la llamada expresando su solidaridad y diciéndoles lo mucho que odiaba tener que darles la noticia, pero no quería reiterar demasiado aquella idea porque corría el riesgo de que sonara hueca. Así, respondió a la gratitud de Amy limitándose a repetir que los llamaría en cuanto tuviera noticias del equipo de buzos.
Aunque los buzos ni siquiera habían entrado aún en el agua, la conversación parecía definitiva. Barrett, sin embargo, sabía que no era así: la confesión era, en realidad, un nuevo comienzo. Luego llegarían los cadáveres y después los juicios, y la familia Kelly tendría que estar en la sala frente a Kimberly Crepeaux y Mathias Burke. Tendrían que ver fotografías, escuchar a los forenses, observar los punteros señalando los huesos de su hijo y oír el testimonio de los acusados.
«Recuerdo que, cuando miré hacia su cabeza, vi que el plástico se deshinchaba y volvía a hincharse y luego se deshinchaba otra vez. Y comprendí que respiraba. O, por lo menos, intentaba respirar».
No, para George y Amy Kelly aquello estaba muy lejos de ser el final de la horrenda historia.
Tras haber hecho llegar al estado de Virginia la noticia de la confesión, Barrett colgó el teléfono y condujo hacia la costa de Maine. No había ningún ferri a Little Spruce Island, pero conocía a un lugareño que lo llevaría hasta allí.
Quería contarle en persona al padre de Jackie Pelletier la verdad sobre la muerte de su hija.
4
Barrett llegó a Little Spruce Island una hora antes del atardecer. La bahía estaba tranquila y el agua en calma; cuando bajó de la lancha en el embarcadero, oyó el sonido de un martillo y se encogió, porque sabía de dónde venía.
Howard Pelletier estaba terminando el estudio de su hija.
Howard era un langostero de tercera generación, pero después de que su esposa, Patricia, muriera en accidente de coche durante una tormenta de nieve en un mes de marzo, cuando la hija de ambos tenía once años, sus días en el mar pasaron a un segundo plano. Y también todo lo demás, excepto Jackie.
Las historias que Barrett había oído contar sobre Howard y Jackie eran muchísimas, y todas entrañables: que a Howard le había costado muchísimo aprender a hacer colas de caballo y trenzas, que cada día la llevaba al colegio de la mano, que salía a pescar durante el otoño y el invierno para poder pasar más tiempo con ella durante el verano, aunque tuviera que sacrificar un dinero y un tiempo más seguros por una estación caracterizada por fuertes vendavales y olas que arrojaban hielo a cubierta... Se dedicaba a la carpintería en verano y volvía al mar cuando Jackie volvía al colegio. Cuidar de ella había sido el único objetivo de sus días, pero entonces Jackie llegó a la adolescencia y, de repente, empezó a ocuparse de su padre tanto como él se ocupaba de ella. A los quince años se apuntó a clases de cocina en Camden y al poco empezó a encargarse de todas las comidas para que su atareadísimo padre tuviera una cosa menos que hacer. Cuando Jackie iba a sexto, su padre la enviaba a clase con el pelo recogido en una torpe trenza francesa; tres años más tarde, ella lo enviaba de vuelta al mar con exquisitos bocadillos cuyos ingredientes Howard ni siquiera sabía pronunciar. Padre e hija, unidos por la tragedia, se habían convertido en el testimonio de la capacidad de recuperación. Decir que los habitantes de Port Hope se preocupaban por los Pelletier era un eufemismo: los adoraban. Y se hablaba siempre de los dos, como si fueran las dos mitades de un todo: Howard y Jackie, Jackie y Howard.
Algunos creían que Jackie había decidido no ir a la universidad porque le daba miedo dejar solo a su padre. Aspiraba a ser artista y, si bien sus notas siempre habían sido extraordinarias, no había presentado solicitud en ninguna universidad. La familia de Howard tenía una vieja casita en Little Spruce y Jackie se había enamorado de la isla. Al terminar el instituto, se había ido a vivir a la casita. Todas las mañanas cogía el ferri a tierra firme para ir a trabajar en una tienda de comestibles y, en verano, se pasaba los fines de semana trabajando en una marisquería. Durante la temporada turística, Jackie trabajaba sesenta horas semanales y, a todo el que estuviera dispuesto a escuchar, le contaba para qué estaba ahorrando: un estudio elevado que quería construir junto a la vieja casita familiar de la isla, algo lo suficientemente alto como para ofrecerle unas inmejorables vistas del puerto y de los amaneceres que iluminan la costa de Maine.
Howard Pelletier había empezado a construir el estudio cinco días después de que Jackie desapareciera.
«Cuando vuelva a casa —solía decir—, esto la ayudará. Sea lo que lo sea lo que le ha ocurrido, este lugar la ayudará a olvidarlo».
Cuanto más tiempo seguía desaparecida su hija, más intrincado se volvía el diseño del estudio. Howard rehízo el tejado original para poner más claraboyas y añadió un sofá cama en lo alto de la escalera («Por si le apetece echarse una siestecita ahí arriba, ¿no? Un rinconcito para cuando necesite descansar»). Todo el mundo entendió la progresiva complejidad del estudio.
Howard no podía parar.
Si paraba, significaba que ella jamás volvería a casa.
Rob Barrett se quedó largo rato en el embarcadero del pequeño muelle de Little Spruce Island, escuchando el sonido del martillo, antes de empezar a subir la colina.
Howard sonrió al ver acercarse a Barrett.
—Agente Barrett, ¿cómo estás? —dijo al tiempo que cruzaba la puerta abierta y le tendía una mano.
Medía aproximadamente metro sesenta y era casi un palmo más bajo que Barrett, pero tenía un cuerpo musculoso y fornido. A sus cincuenta, era más fuerte que muchos veinteañeros.
—Llámame Rob.
Era una especie de ritual entre ellos, lo mismo que las sonrisas y los apretones de manos.
—Te llamaré Rob cuando te jubiles. Hasta entonces, sigues siendo un agente, ¿no?
Antes de que Barrett tuviera tiempo de responder, Howard le hizo una seña con la mano para que lo siguiera al interior, que olía a madera limpia y serrín. Estaba iluminado por focos sujetos con abrazaderas a los montantes de las paredes.
—Como ves, he hecho algunos cambios —dijo.
Barrett se fijó entonces en que la escalera había desaparecido. Howard había dedicado muchas gélidas tardes de invierno a darles un acabado satinado a los peldaños, aplicando capa tras capa de un precioso e intenso color arce. Ahora ya no estaban.
—Se me ocurrió —dijo Howard— que ella siempre comparaba el estudio que quería con un faro o una casa en el árbol, ¿sabes? Quería estar muy alto, tener la sensación de estar en un sitio mágico. Esas fueron sus palabras.Y tal y como yo lo veo, ¿qué tiene de mágico subir por una escalera recta? Pero si es una escalera curva, en espiral, entonces sí que es como si te dirigieras a un sitio especial. O sea, como si no estuvieras subiendo sin más, como si estuvieras... ¿cuál es la palabra que busco? Como si estuvieras...
Hizo un gesto amplio con una mano pequeña y robusta, trazando un lento arco desde su cintura hasta la altura de los ojos.
—Ascendiendo —remachó Barrett, y a Howard Pelletier se le iluminó la mirada.
—Ajá —dijo utilizando el acento norteño de su infancia—. Ascendiendo. Ajá, esa es la palabra. En cuanto la tenga montada verás lo que quiero decir. Cuando suba ahí arriba, se sentirá como si estuviera ascendiendo.
—Howard, tengo noticias —dijo Barrett.
En el curtido rostro de Howard apareció el primer destello de miedo, pero parpadeó con fuerza y lo disimuló.A aquellas alturas, ya se le daba muy bien. Mientras que George y Kelly habían ido perdiendo la esperanza a medida que pasaban las semanas y no se tenían noticias, a Howard Pelletier esas semanas le habían concedido tiempo para cimentar su fe en el improbable regreso de Jackie y para buscar en internet historias de otras personas desaparecidas que, al cabo de los años, se habían reunido de nuevo con sus seres queridos. Barrett conocía todas aquellas historias porque Howard solía compartirlas con él.
Así que, en ese momento, al escuchar la promesa de noticias, se limpió las manos en los pantalones y asintió con entusiasmo.
—¡Bien, bien! ¿Una pista de verdad, esta vez?
A Barrett le costó encontrar la voz y, cuando finalmente habló, tuvo la sensación de que sus palabras procedían de algún lugar muy muy lejano situado tras él.
—Una confesión.
Howard se sentó despacio. Fue dejándose caer hasta llegar al suelo y se sentó como un niño, con las piernas extendidas delante del cuerpo y la cabeza inclinada. Cogió un montoncito de serrín y cerró el puño para estrujarlo. Y entonces dijo:
—Cuéntame.
Así que Barrett contó la historia por segunda vez aquel día. Se la contó a Howard Pelletier, mientras el hombre seguía sentado en el suelo que él mismo había colocado en el edificio de la escalera desaparecida. Howard no habló. Se limitó a mecer un poco el cuerpo mientras abría y cerraba sus manos pequeñas y musculosas, compactando montoncitos de serrín que luego lanzaba con desgana hacia la puerta, como alguien que arroja piedras a un estanque.
—Puede que haya mentido —susurró, una vez que Barrett hubo terminado—. ¿Una historia así viniendo de una chica así? Kimmy Crepeaux no sabría distinguir una palabra sincera ni aunque la tuviera delante de las mismísimas narices.
—Puede que esté mintiendo —dijo Barrett—. Y ojalá sea así. Lo sabremos mañana cuando los buzos busquen en el estanque. Pero tienes que estar preparado, Howard.
El hombre había cerrado los ojos al oír a Barrett decir «buzos».
—¿Cuándo bajarán? —preguntó sin abrirlos.
—Con las primeras luces. Habrían ido hoy mismo, pero no queríamos que los buzos se quedaran sin luz natural. En cuanto dé comienzo la búsqueda, la gente empezará a hablar y la prensa no tardará en aparecer. Queremos blindar el lugar de los hechos y que los buzos dispongan de tiempo.
Howard sacudió la cabeza de un lado a otro y abrió los ojos.
—Esa historia es una chorrada —dijo—. Esa Crepeaux seguro que saca algo de todo esto, ¿no? Tiene otros juicios pendientes. Tú mismo me lo dijiste. ¿Le habéis ofrecido un trato para librarse de los otros cargos?
—Eso no me corresponde a mí. Es decisión de la fiscal.
—Ya, pero le habéis ofrecido un trato, ¿no? Quiero que me digas la verdad.
Barrett asintió.
—Ahí lo tienes —dijo Howard—. No los encontraréis. Os ha contado un rollo para salir de los otros líos en los que está metida. Lamento que tengáis que investigar todas esas mentiras.
—Solo quería que lo supieras por mí —repitió Barrett.
—No los encontraréis —dijo Howard.
Y entonces llegaron las lágrimas. Se las secó como si le hubieran brotado por error, pero llegaron más y finalmente se rindió y lloró, en silencio pero desconsoladamente. Barrett se sentó sobre el serrín, a su lado, y esperó. Se quedaron los dos allí sentados durante largo tiempo y no hablaron ni siquiera cuando cesaron las lágrimas de Howard. Finalmente, Howard empezó a respirar más despacio.
—¿Han detenido a Mathias Burke? —susurró.
—Todavía no. La fiscal quiere tener primero los... —dijo Barrett, pero se interrumpió antes de decir «cuerpos»—, las pruebas. Está bajo vigilancia, eso sí. Espero que a mediodía ya esté entre rejas.
Howard asintió. Continuaba mirando al frente, más allá de la puerta aún abierta, hacia los acantilados rocosos, los pinos y el sol del atardecer: el paisaje que tanto amaba su hija.
—Sabes que fui yo quien le enseñó el viejo cementerio, ¿no? —explicó—. Te lo conté.
—Sí.
—La llevé allí arriba cuando, no sé, debía de estar en sexto curso. Le enseñé a poner un papel sobre una de aquellas viejas lápidas y a calcarla con carboncillo... —dijo mientras imitaba con las manos el movimiento circular del calco—. Resucitaban. Los nombres, quiero decir. Jackie decía que era algo muy especial. Pero no en el sentido en que lo habría dicho cualquier otro crío, como si fuera un truco de magia, sino especial porque representaba una vida. Especial porque nos permitía conocer sus nombres y pronunciarlos en voz alta para que no se... olvidaran.
El pecho le subía y bajaba de forma irregular, como si intentara controlar la respiración.
—Así que, ajá, yo le enseñé el cementerio.
—Le encantaba ese sitio —dijo Barrett— porque tú se lo enseñaste. Ni se te ocurra pensar en cualquier...
—Sé lo que pienso —cortó Howard—. No hace falta que me digas lo que debo pensar.
Se quedaron allí sentados, en el serrín, y Barrett se estrujó la mente en busca en algo que decir para que Howard se sintiera menos solo. ¿Qué podía decirle a un hombre viudo que había criado a su hija y la había visto convertirse en una joven hermosa e inteligente? ¿Qué le podía decir?
«¿Sabías que el año pasado se produjeron dieciséis mil asesinatos en este país? —podía decirle—. Más de un cuarto de millón de personas han muerto asesinadas en este país desde el día en que nació tu hija, Howard. No te sientas aislado en tu dolor. No estás solo. A lo largo de la vida de Jackie, han muerto asesinadas suficientes personas como para poblar cinco veces la ciudad de Portland, Maine. Te aseguro que no estás solo».
Howard se secó la boca. Se le había pegado serrín a la cara, aún húmeda por las lágrimas.
—Será mejor que termine el trabajo mientras aún hay luz —dijo—. Y tú... llámame mañana. Cuando...
No pudo terminar y Barrett tampoco lo animó a intentarlo.
—Te llamaré —aseguró.
Supo que había llegado el momento de irse y cruzó la puerta abierta. El viento había aumentado y el olor a mar era más intenso; ya solo quedaba una estrecha franja de luz carmesí, fina y brillante como una vena abierta, que resistía el avance de la oscuridad. Tras él, las luces de obra proyectaban un crudo resplandor blanco en el interior del estudio aún no terminado de Jackie Pelletier, allí donde su padre había arrancado la escalera para construir algo que resultara más mágico.
«Ascendiendo. Ajá, esa es la palabra».
Barrett bajó de nuevo la colina. El lugareño que lo había llevado hasta allí, un langostero retirado que se llamaba Brooks y que conocía de toda la vida a la familia Pelletier, aguardaba pacientemente en su lancha. No le había preguntado a Barrett por qué quería que lo llevara ese día a Little Spruce. Nunca preguntaba. Pero cuando Barrett subió a bordo lo observó con atención y, antes de arrancar el motor, abrió un compartimento de almacenaje, cogió una botella de Jack Daniel’s y se la pasó a Barrett sin decir palabra.
Hasta ese día nunca le había ofrecido un trago.
—Sí —dijo Barrett—. Gracias.
Destapó la botella, bebió un largo trago y luego trató de devolvérsela. El viejo langostero negó con la cabeza.
—Quédatela —dijo, y puso en marcha el motor.
Barrett soltó amarras y se sentó, con la mirada fija en la casita de la colina y el nuevo edificio que se alzaba justo al lado.
—Ascendiendo —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Brooks.
—Nada —respondió Barrett—. Estaba hablando solo.
Bebió otro trago y volvió la cara hacia el viento.
5
El estanque en el que supuestamente se hallaban los cuerpos de Jackie Pelletier e Ian Kelly era, en realidad, una superficie de unas ocho hectáreas junto a la cual solo había tres casas de veraneo. El resto de la orilla estaba formado por marismas que se extendían hasta los pinos. En el centro, el estanque tenía aproximadamente seis metros de profundidad. Entre el embarcadero y la plataforma, no debía de superar los tres metros.
Pero, como había dicho Kimberly Crepeaux, allí solo había aguas oscuras, era un lugar solitario.
Mientras empezaba a salir el sol, Barrett permaneció en la orilla con Don Johansson observando los preparativos del equipo de buzos. Habían llegado también algunos agentes de la policía local, pero los buzos pertenecían al Servicio Forestal de Maine. Los integrantes de aquel cuerpo de agentes de rescate estaban acostumbrados a recuperar cadáveres de estanques, ríos y océanos. En más de una ocasión, hasta habían tenido que atravesar el hielo para hacer su trabajo.
Ese día, sin embargo, el aire era cálido ya al amanecer y olía a agujas de pino y musgo. Mientras contemplaba el sol, que empezaba a asomar por encima de la línea de pinos, Barrett recordó las palabras que Kimberly Crepeaux había usado para describir la reacción de Burke ante aquel día de septiembre inusualmente caluroso: «Como si ese día el sol calentara solo para él, como si fuera alguien que busca pelea».
Barrett estaba agotado y sabía que Don también debía de estarlo. Ninguno de los dos había dormido. Tras volver de Little Spruce Island, Barrett había acudido directamente a una reunión con la policía estatal, la policía del condado y la fiscal en la que se había elaborado un plan conjunto para la búsqueda de los cadáveres, la detención de Mathias Burke y la manera de afrontar las preguntas de la prensa. Cuando terminaron, eran ya las tres de la madrugada y se habían quedado en la comisaría bebiendo café y hablando sobre nada en concreto. Los dos estaban absortos en sus pensamientos acerca de lo que había ocurrido y de cómo acabaría.
Al amanecer, se dirigieron al estanque.
En ese momento, después de que Clyde Cohen, el agente responsable del equipo de buzos, diera luz verde a la operación, Barrett dijo:
—Es hora de que vuelvan a casa.
Observó a los buzos desaparecer, uno tras otro, bajo el agua.
«Descendiendo».
Cuando los buzos volvieran a salir, la investigación habría concluido. Cuando ascendieran, todo habría terminado.
Esperaba que todo fuera más rápido. Los buzos seguían bajo el agua y los minutos iban pasando. El sol fue trazando un arco hasta darle directamente en los ojos a Barrett. Trató de no mirar el reloj. Johansson consultaba el suyo una y otra vez, pero no decía nada.
Pese a que llevaba gafas oscuras y una gorra de béisbol para protegerse los ojos, Barrett parpadeó, deslumbrado por la luz del sol que se reflejaba en la superficie del estanque. El olor del agua y de los pinos le recordó otros estanques de Maine a los que iba a pescar con su abuelo. Salían en un pequeño bote con un motor fueraborda de diez caballos y usaban cucharillas Rapala y Red Devil para pescar percas y lucios entre las algas de la orilla. Su abuelo bebía y hablaba, por lo general, sobre el ejército o sobre la hombría o sobre por qué su hijo —el padre de Barrett— era el perfecto ejemplo de una cultura de blandengues. «El profesor», se burlaba. Siempre llamaba así al padre de Barrett. «La puta filosofía, ¿me tomas el pelo? Déjame que te hable de los hombres honrados que han muerto por culpa de la puta filosofía, Robby».
Doce años después del funeral de su padre y diez después del de su abuelo —Ray había sobrevivido a su hijo; en realidad, Ray había sobrevivido a casi todo el mundo, pese a la bebida, el tabaco y el veneno que destilaba—, el olor del estanque de Maine trasladó a Barrett de vuelta a aquellas excursiones de pesca. El olfato era, según se decía, el sentido más estrechamente vinculado a la memoria, pero ese día no era para recordar el pasado. Ese día era para seguir avanzando; resultaría trágico y doloroso, sí, pero al menos las cosas avanzarían. Y rápido. El agua no era lo bastante profunda como para ocultar los cuerpos durante mucho tiempo.
«No los encontraréis».
Barrett giró el reloj en la muñeca de modo que la esfera mirara hacia dentro y él no pudiera ver las agujas.
Ya era casi mediodía cuando el agente al mando del equipo de buzos le dijo a Barrett que no habían encontrado nada en un radio de cien metros en torno a la plataforma.
—¿Estás seguro? Pensaba que habías dicho que la visibilidad era muy mala ahí abajo.
—Y lo es, pero no hay mucha profundidad. Básicamente, hemos estado peinando el fondo, hasta el último metro cuadrado. No están en esta ensenada. Estoy segurísimo.
—Puede que bajando a más profundidad —dijo Barrett, pero empezaba a sentirse inquieto porque Kimberly Crepeaux había especificado muy claramente el lugar—. Les pusieron peso, pero tal vez no fuera suficiente. A lo mejor se han movido de sitio.
—¿Sin corriente?
Barrett miró al responsable de los buzos.
—Bajad a más profundidad —dijo—. Están ahí abajo.
Los buzos bajaron a más profundidad. Hacia las dos, estaban en el centro del estanque. La noticia de la búsqueda se había filtrado y ya habían empezado a llegar los primeros espectadores. Johansson convocó a más agentes para contener a los curiosos y cortar la carretera. Entonces llegó un helicóptero de la televisión y filmó las repetidas subidas a la superficie de los buzos, siempre con las manos vacías. Hacía mucho calor y Barrett tenía la boca muy seca.
—Los encontrarán —afirmó sin dirigirse a nadie en particular.
A las cuatro, los buzos habían rastreado el fondo hasta la orilla opuesta y no habían encontrado nada excepto botellas de cerveza, señuelos de pesca y una matrícula de Louisiana oxidada.
—«Llegó con la corriente del Golfo... desde las aguas del sur» —dijo el buzo, al tiempo que arrojaba la matrícula a la tela de plástico que se había colocado para recoger cualquier objeto con un posible valor probatorio.
El buzo sonrió, pero Barrett no le devolvió la sonrisa.
—¿No eres fan de Tiburón, Barrett?
—Hoy no. —Barrett se humedeció los labios con la lengua y se caló un poco más la gorra de béisbol. El resplandor del sol era implacable—. ¿Ni tubos ni piezas metálicas?
—Muchas piezas metálicas si contamos lengüetas de latas de cerveza y anzuelos Rapala. Pero nada de mayor tamaño —dijo el buzo, negando con la cabeza—. El fondo está bastante limpio. En los estanques como este encontramos toda clase de mierda: neveras, puertas de coche... Joder, hasta coches enteros. Este fondo está sorprendentemente limpio.
Barrett asintió y luego trató de parecer impasible. El buzo se colocó bien la máscara y la boquilla y se sumergió de nuevo. El helicóptero de la televisión dio otra pasada y las palas proyectaron temblorosas sombras en la superficie reluciente y centelleante del estanque.
—Dijiste que todas las partes de la historia encajaban —le dijo Johansson a Barrett en voz baja.
Sonó a acusación más que a pregunta.
—Y es verdad. Todas las paradas que hicieron. Ya lo sabes, reconstruiste la misma ruta.
—Todas las paradas antes de esta encajan. Pero esta también es muy importante, ¿no?
—Estaba diciendo la verdad —insistió Barrett—. He pasado mucho tiempo hablando con ella, Don, y estoy seguro de que no mintió en esto.
—Sí, soy consciente del tiempo que le has dedicado a las historias de Kimmy —dijo Johansson y, de nuevo, Barrett captó el tono de acusación.
A Johansson le costaba creer cualquier cosa que pudiera ofrecerles Kimberly Crepeaux. «No quiero que mi caso dependa de una soplona de la cárcel», había afirmado Johansson. Y Barrett le había respondido que no sería necesario porque tendrían los cadáveres.
Encontrar los cadáveres, cerrar el caso.
Barrett se alejó de él y empezó a recorrer la orilla; observó las algas y el agua, que fluía hacia el sur. Y luego le hizo una seña a Johansson para que se acercara.
—El agente al mando de los buzos se equivoca —dijo—. Sí que hay corriente en el estanque.
Johansson arqueó una ceja mientras apartaba la mirada de Barrett y la dirigía hacia la superficie espejeante del agua, tan perfecta que no se veía ni una sola onda.
—¿Tú crees?
—Se alimenta de los riachuelos. El agua entra por el norte y sale por el sur. Vamos a echar un vistazo al extremo sur.
Caminaron trabajosamente por el terreno cenagoso. Las botas se les hundían medio palmo y luego volvían a subir con una especie de chapoteo. Había mosquitos y moscas negras por todas partes. A ras de suelo todo parecía una batalla contra el barro y los bichos, el dolor en los músculos y el calor. Por encima de sus cabezas, sin embargo, todo parecía sugerente y hermoso, el aire olía a pino y el cielo era de un azul cobalto. La idea de que esos dos mundos estuvieran unidos resultaba absurda.
En el extremo sur del estanque había una berma que se había levantado en el suelo y luego se había allanado con gravilla. Aquel estanque lo había construido un hombre cuya intención era urbanizar la zona y construir casas de veraneo, pero el terreno no era adecuado para edificar. Permanecía húmedo durante demasiado tiempo y, a la postre, más que un estanque lo que había creado era una marisma.
Don Johansson y uno de los agentes midieron la profundidad del agua al otro lado de la berma, donde el agua fluía hacia el arroyo.
—Cuarenta centímetros —dijo el agente al tiempo que apartaba de un manotazo un mosquito que se estaba dando un atracón en su cuello. Le quedó una mancha de sangre en la piel—. Es imposible que la corriente del agua pudiera empujar un cadáver por aquí, ni siquiera en el hipotético caso de que no le hubieran puesto peso.
—Fue un invierno lluvioso —sugirió Barrett—. En diciembre llovió mucho, ¿no? Y luego también llovió después del deshielo. Seguro que por entonces era más profundo.
El agente observó a Barrett y luego desvió la mirada.
—Agente Barrett, ni siquiera con niveles máximos de crecida habría suficiente corriente para arrastrar un cuerpo desde aquella ensenada, cruzar todo el estanque y pasar por aquí.
Barrett contempló la corriente que fluía al otro lado de la berma: centelleaba bajo el sol y discurría melodiosamente entre las rocas. A la mayoría de las personas les habría parecido un sonido hermoso y, la mayoría de los días, Barrett les habría dado la razón, pero en aquel momento el suave borboteo del agua le parecía una risita burlona.
—Seguid buscando —dijo—. Yo me voy a ver a Kimberly.
6
El día después de que se descubriera el cadáver de Cass Odom, Kimberly Crepeaux se había sentado al volante de su coche con una botella abierta de vodka y había conducido en dirección contraria por una calle de sentido único, cerca de la comisaría de policía. Cuando la policía había conseguido finalmente obligarla a parar, Kimberly no se había molestado en ocultar la bolsa de plástico llena de pastillas que llevaba a plena vista en el asiento del pasajero. Su nivel de alcohol en sangre era de un modesto 0,10, ligeramente por encima del límite legal y, desde luego, insuficiente como para alterar su percepción hasta el punto de no molestarse siquiera en intentar ocultar las drogas.
—Creo que querías que te arrestaran —le había dicho Barrett la primera vez que habían hablado.
Ella había hecho un gesto de impaciencia.
En ese momento, dos funcionarios de prisiones entraron en la sala de interrogatorios con Kimberly, le quitaron las esposas y se marcharon. Era menuda como una niña, apenas metro y medio —aunque ella insistía en que medía metro sesenta, igual que insistía en que Barrett la llamara Kimberly, pese a que todo el mundo la llamaba Kimmy— y cuarenta y cinco kilos de peso. El uniforme naranja de la cárcel le iba grande y se le formaban bolsas y pliegues en todas partes. Llevaba el pelo rubio justo por debajo de las orejas, en un corte desenfadado que aún realzaba más la expresión aniñada del rostro, sus pecas y sus ojos intensamente verdes. Era madre de una niña cuya custodia inmediatamente había solicitado la abuela de Kimberly, quien justificó ante Barrett su decisión con unos ojos como platos y un cigarrillo colgando entre los labios. «¿Que por qué quiero quitarle a la pequeña? Jefe, ya has visto a Kimmy».
Cuando Kimberly entró en la sala, Barrett se puso en pie con un gesto de ensayada cortesía. Si uno quería averiguar la verdad, debía mostrar respeto desde el principio. Fomentar la conversación, no exigirla. El objetivo era que el sospechoso se sintiera cómodo al hablar, no engañado ni coaccionado. Y las personas se sentían comprendidas cuando el interlocutor no interrumpía, mantenía el contacto visual y escuchaba más que hablaba.Y cuando alguien se sentía comprendido, tendía a hablar más.
Otra regla: nunca había que sentarse enfrente del sospechoso, es decir, al otro lado de la mesa o escritorio. En algunos casos funcionaban como dinámicas de poder, pero en todos los casos implicaban la presencia de objetos reales colocados entre interrogador e interrogado. Barrett no quería barreras, así que retiró una de las sillas de plástico rojo para Kimberly y se aseguró de que ella fuera la primera en sentarse, como si se tratara de su invitada. Los pequeños gestos de respeto como ese siempre eran importantes. Y luego, una vez que Kimmy se hubo sentado, Barrett cogió su silla y rodeó con ella la mesa de manera que ambos estuvieran en el mismo lado, sin nada que los separara. Se sentó con una postura correcta: no con la pose erguida de un militar, pero tampoco repantigado, porque eso podría indicar desinterés o dominio, y se inclinó de forma casi imperceptible hacia delante, hacia ella, hacia la fuente de las palabras que le interesaban. Después intentó despejar la mente para escuchar aquellas palabras. Intentó ahuyentar las imágenes de los buzos que emergían del estanque con las manos vacías y la expresión del rostro de Johansson mientras consultaba su reloj una y otra vez.
—¿Ya ha terminado todo? —preguntó Kimberly.
Casi de inmediato, Barrett notó que iba a perder los estribos y tuvo que controlarse. «Respira más despacio, habla más despacio». Más despacio significaba siempre mejor. Física de las emociones: era más fácil mantener el control a setenta kilómetros por hora que a ciento cincuenta.
Pero siempre había placas de hielo, claro.
Barrett dejó pasar unos cuantos segundos, contemplando aquella placa de hielo en concreto que tenía delante, y finalmente dijo:
—No ha terminado todo. Para que todo termine, antes tengo que encontrar los cadáveres.
Kimberly ya había adquirido la palidez propia de la cárcel, pero en aquel momento palideció un tono más y las pecas destacaron en marcado contraste.
—¿De qué estás hablando?
—¿Dónde están los cadáveres? —le preguntó Barrett.
—Están justo donde te dije. En el estanque, entre el embarcadero y la plataforma.
—No, no están.
Kimberly se quedó boquiabierta.
—No los habréis visto —dijo al poco—, el agua es muy oscura. A lo mejor los dejó más cerca de la plataforma. O puede que el agua los empujará más allá.
«Chorradas —quiso decirle—. Basta ya de mentir». Sin embargo, se limitó a respirar más despacio, mantuvo un tono sereno y la miró a los ojos.
—Los buzos llevan desde el amanecer en el estanque —dijo—. Allí no hay ningún cadáver, Kimberly.
Durante todas las conversaciones que habían mantenido, Kimberly Crepeaux había adoptado una actitud en general estoica. Estaba lo bastante familiarizada con los interrogatorios policiales como para no ponerse nerviosa de inmediato y, por otro lado, le gustaba dar una imagen de solícita colaboradora en la investigación, de servicial ciudadana, de jugadora de equipo. Pero a medida que Barrett iba enfocando sus preguntas hacia las alusiones de Kimberly a una noche de borrachera con Mathias Burke y Cass Odom, la joven había empezado a mostrar una reacción ligeramente más emotiva, aunque ni siquiera entonces había sido manifiesta. Evitaba el contacto visual, hacía chascar las uñas, contemplaba el techo, jugueteaba con el pelo... Discretos gestos de nerviosismo. Pero jamás, ni siquiera durante la confesión, se había mostrado asustada.
Y ahora estaba temblando. Al principio era poca cosa, un leve temblor de la mano derecha sobre la mesa. Como si quisiera detenerlo, Kimberly unió ambas manos y se las colocó sobre el regazo. Pero el temblor se le fue extendiendo hacia los hombros y luego también le empezó a temblar la barbilla.
—Cambió los cadáveres de sitio —soltó al fin.
—¿Mathias?
—Claro. Eso es lo que hizo. Tiene que haber sido así, ¿no?
—¿Mathias fue hasta allí, se sumergió más de tres metros, encontró los cadáveres envueltos en plástico y tubos, los subió a la superficie, los cargó en un vehículo y se los llevó a otro sitio?
—A lo mejor usó cuerdas o algo, ¿no? ¿Cómo quieres que lo sepa? ¡La última vez que los vi estaban justo donde te dije! ¡Se estaban hundiendo en aquel estanque, delante de la ensenada, entre el embarcadero y la plataforma! ¡Están allí abajo y no los habéis visto!
Nunca antes le había gritado a Barrett. Se había mostrado grosera, había hecho bromas, llorado, provocado y coqueteado. Había probado suerte con todas las tácticas..., pero nunca le había gritado.
Barrett se fijó en la mandíbula temblorosa de Kimberly y en sus manos, tan retorcidas sobre el regazo que las venas que tantas veces se había pinchado se le marcaban como hilos azules bajo la piel, y pensó que estaba diciendo la verdad.
—¿Dónde está la camioneta? —preguntó—. Si eso es lo que ocurrió, si cambió de sitio los cadáveres, entonces tengo que dar un giro. Necesito pruebas. Y la camioneta me servirá para empezar. Rastros de sangre. Eso es...
—¡No sé dónde está la camioneta!
—Entonces estamos otra vez al principio. ¿Kimberly? Sin los cadáveres, tu confesión no vale nada. Mathias contratará a abogados que desmontarán tu historia y luego se volverán hacia el jurado y dirán: «Si estuviera contando la verdad, la policía habría encontrado los cadáveres». Y el jurado estará de acuerdo.
—Mathias los cambió de sitio.
—Esa es una posibilidad bastante difícil de creer —repuso Barrett—. Pongamos que me crea tu historia, ya fue una puñetera suerte que no os viera nadie cuando los arrojasteis al agua. ¿Y ahora dices que alguien volvió, los encontró, los sacó a la superficie y los cambió de sitio sin que nadie lo viera? Eso no me lo trago.
Barrett esperaba que ella insistiera en que lo que había dicho era la pura verdad, pero Kimberly se limitó a bajar la mirada antes de decir:
—O sea, que seguirá en la calle, ¿no? Si yo salgo en libertad condicional, ¿Mathias estará en la calle?
—Claro que estará en la calle —respondió Barrett—. ¿Crees que puedo detenerlo basándome en una confesión hecha desde la cárcel que además me obliga a explicar, sin ninguna prueba física, cómo han podido desaparecer dos cadáveres?
Barrett percibió, en el centro de la garganta de Kimberly, un latido extraño y desbocado cuando ella tragó saliva y se humedeció los labios.
—Entonces no quiero la condicional —susurró.
—¿Qué?
—A estas alturas, ya debe de saber que he hablado. Si él sigue en la calle..., entonces no quiero salir.
Se produjo un silencio de varios segundos. A Kimberly volvió a latirle la garganta; tragó saliva otra vez; el temblor se intensificó.
«Está fingiendo», pensó. Y entonces dejó a un lado su ensayada técnica y recurrió a una táctica que nunca recomendaba: la amenazó.
—Déjate de teatro, Kimberly. Eres una pésima jugadora de póquer. Y en cuanto salgas, cometerás un error. Así que..., ¿sabes qué voy a hacer después de salir de esta habitación? Me voy a reunir con la fiscal y con el juez y les voy a pedir que te echen de aquí de una patada. Vuelve a tu casa, a tus copas y tus drogas, que nosotros nos quedaremos esperando a que cometas el próximo error. Y, entonces, tú y yo podremos volver a intentarlo.
Kimberly Crepeaux observó a Barrett con los ojos bañados en lágrimas y dijo:
—No puedes sacarme de la cárcel y ya está, las cosas no funcionan así.
—Funcionan como a mí me da la gana si tengo un doble homicidio por resolver. Me encargaré de que mañana mismo te vayas a casita. Así tú y Mathias podréis reuniros, trabajar en vuestra historia y pulir un poco las mentiras.
A Kimberly le latió la garganta una vez más mientras observaba a Barrett. Luego se dobló sobre sí misma, en la silla de plástico rojo, y vomitó en el suelo de baldosas.
Barrett se puso en pie de un salto, perplejo. Kimberly tosió y sacudió la cabeza para hacer caer el hilillo de saliva que le colgaba del labio. Barrett se arrodilló junto a ella y le apoyó una mano en la minúscula espalda, que subía y bajaba de forma irregular.
—Solo tienes que decirme la verdad —dijo—. Si lo haces, podré ayudarte.
—Ya lo he hecho —jadeó Kimberly Crepeaux, con la cabeza inclinada sobre el charco de vómito de las baldosas—. Ya te he contado cómo ocurrió.
7
Salió de la prisión de mal humor, con los pensamientos divididos entre la angustiada expresión de sinceridad que había visto en el rostro de Kimberly y el recuerdo de los buzos al subir a la superficie con las manos vacías. Cuando llegó a su coche, apoyó la mano en la puerta con la esperanza de que el tacto del metal lo ayudara a serenarse. «Calma, Barrett. Respira. La gente la caga cuando se precipita. Nadie te está presionando. Eres tú el que presiona, no el que siente la presión».
No tardó en tranquilizarse. Su padre poseía un talento especial para encontrar la calma emocional en mitad de una corriente tumultuosa y era esa una capacidad que sacaba de quicio al abuelo de Barrett, porque lo único que este conocía era la corriente.
«Me ha hervido la sangre», así explicaba Ray Barrett sus arranques, como si perder completamente el autocontrol fuera algo natural, algo como el colesterol fluctuante, tan habitual como comprensible.
Glenn Barrett había enseñado a su hijo a detenerse e imaginar la rabia como si fuera un libro, convertir cada momento que lo enfureciera en una página y luego imaginarse a sí mismo pasando lentamente esas páginas, revisándolas antes de cerrar el libro y devolverlo a la estantería.
Así, Barrett se detuvo unos instantes en cada página. Le hervía la sangre y eso no le iba a resultar de utilidad en la próxima parada.
Había llegado el momento de hacerle una visita a Mathias Burke.
Mathias solo tenía diez años cuando conoció a Barrett. Barrett tenía catorce y estaba en Port Hope pasando las vacaciones de verano. Había dedicado casi todo el verano a pescar caballas desde el muelle del astillero y a encerrarse en la pequeña biblioteca pública para devorar todos los libros que tenían de John D. MacDonald y Dean Koontz. Cualquier sitio era mejor que el deprimente apartamento que estaba encima del bar de su abuelo.
Mathias solía deambular por allí, pero Rob nunca le había prestado mucha atención debido a la diferencia de edad que los separaba. Mathias no era para él una fuente de amistad ni de competitividad, de amenaza ni de envidia, las únicas cuestiones que importaban en el mundo de jóvenes adolescentes de El señor de las moscas. Sí despertaba, en cambio, su curiosidad: era muy joven, y demasiado menudo para su edad, pero siempre estaba trabajando. Cortaba el césped, arrancaba las malas hierbas de los parterres de flores, limpiaba ventanas... Anunciaba sus servicios y hasta había transformado un viejo carrito en una especie de remolque con plataforma para poder engancharlo a su bici y transportar el cortacésped.
Fue el carrito-remolque lo que llamó la atención a Ray Barrett, cosa que a la postre condujo al primer encuentro entre Rob y Mathias.
—Mira a ese puñetero crío —le había dicho Ray una calurosa tarde de julio en que no soplaba ni una gota de brisa que pudiera ahuyentar los mosquitos.
Ray le había pedido ayuda a Rob para rellenar y encender las antorchas de citronella que bordeaban el pequeño balcón del apartamento, encima del bar. Abajo en la calle, Mathias estaba descargando un voluminoso cortacésped en el jardín de Tom Gleason, un dentista de Massachusetts que pasaba en Port Hope los fines de semana y las vacaciones de verano. Mathias no parecía molesto por la nube de mosquitos que lo seguían a todas partes.
—Su padre es un inútil de mierda que gasta más dinero en mi bar que en su familia, pero ese crío... —dijo Ray, mientras señalaba a Mathias inclinando un poco la botella de cerveza—. Ha construido un puto remolque para arrastrar el cortacésped, ¿lo ves? Ese crío llegará lejos en la vida. Ya trabaja más duro que muchos de los hombres de hoy en día. Como ese cerdo de Tom Gleason, que no es capaz ni de cortar su propio césped.
Para entonces, Rob ya sabía cómo acabaría la cosa: en una crítica mordaz de su padre, primero, y luego del propio Rob.
Ray, sin embargo, lo sorprendió. Se saltó el consabido sermón sobre el blandengue de su hijo y el aún más blandengue de su nieto y dijo:
—Baja a ayudarlo, Robby.
—No querrá repartir el dinero —replicó Rob.
Ray se volvió hacia él y lo fulminó con la mirada.
—¿He dicho yo algo de aceptar su dinero? He dicho que bajes a ayudarlo. Y nada más.
Y bajaron al ruinoso cobertizo en el que Ray guardaba un viejo cortacésped. En algún momento, a Rob se le ocurrió pensar que su abuelo no se molestaba en cortar el césped de su casa y, en cambio, se permitía burlarse de quienes tomaban la misma decisión. Sin embargo, se abstuvo de hacer comentarios y permaneció en silencio, rojo de rabia y vergüenza mientras empujaba el viejo cortacésped Toro en dirección a Mathias. Su abuelo lo seguía de cerca, con una cerveza recién abierta en la mano.
—Mathias, este es Robby, mi nieto —gritó Ray—. Te va a echar una mano porque le hace falta aprender lo que es trabajar honradamente. No le pagues ni un centavo, ¿me oyes? Solo enséñale lo que es tener que mover el culo de vez en cuando.
Aquel crío de ojos oscuros y piel curtida por el sol observó a Ray Barrett sin el miedo que muchos hombres hechos y derechos le mostraban en los bares.
—Sí, señor Barrett. Pero no necesito ayuda.
—Ya sé que tú no. Pero él sí. —Ray le ofreció a Mathias un billete de cinco dólares—. Esto por aguantar a mi nieto.
Mathias negó con la cabeza.
—Ya me han pagado por cortar este césped, señor —dijo.
Una mirada de admiración cruzó el rostro de Ray Barrett, la clase de mirada que normalmente reservaba para jugadores de fútbol americano y boxeadores.
—Esto —le dijo a Rob— es lo que te hace falta aprender.
Se guardó el billete de cinco dólares en el bolsillo y Rob sintió curiosidad al ver a aquel raquítico muchacho entornar los ojos como si acabara de descubrir algo importante —pero no sorprendente— acerca de Ray.
Ray los dejó solos y se alejó maldiciendo y espantando mosquitos a manotazos. Sin dignarse siquiera a dirigirle una mirada a Rob, Mathias Burke puso en marcha el cortacésped, lo empujó con la fuerza de sus enjutos hombros y siguió con su trabajo. Rob estaba furioso porque todo aquello le parecía indignante; tener que estar en Port Hope con su abuelo ya era bastante malo, pero ahora encima tenía que trabajar gratis a pleno sol con un crío que ni siquiera iba a quinto. Presa de la rabia, empujó demasiado rápido el cortacésped y las cuchillas romas cortaron franjas irregulares en la hierba alta. Un poco más arriba, en la calle, un par de chicas que debían de tener casi la misma edad que él vendían limonada en un tenderete delante de la iglesia metodista. Las oyó reír y se preguntó si se estarían burlando de él.
Siguió cortando el césped y maldijo a su padre por enviarlo a Port Hope, maldijo a su abuelo por seguir existiendo y maldijo a los mosquitos que se estaban dando un atracón con él. Estaba absorto en su farisaica rabia cuando Tom Gleason salió de la casa y le gritó.
—¡Gira el puto cortacésped! ¡Te vas a cargar el coche! ¡Mira!
Rob había estado segando con la expulsión del cortacésped orientada hacia el camino de entrada. Como resultado, las puertas de un reluciente Cadillac con matrícula de Massachusetts habían quedado cubiertas de hierba.
—Como vea alguna rayada en la pintura, iré a hablar con vuestras familias —advirtió Tom, al tiempo que pasaba la mano por las puertas.
—Yo lavaré el coche —dijo Mathias Burke, cosa que sorprendió a Rob tanto como a Tom Gleason—. Lavaré todo el lateral —añadió Mathias, que había apagado su cortacésped y se había acercado a ellos—. Quedará perfecto. Se lo prometo, señor.
Tom Gleason lo miró y parpadeó.
—Vale, pero como tenga alguna abolladura, llamaré a tu padre para que venga.
—Quedará perfecto —repitió Mathias.
Tom Gleason gruñó algo y luego entró de nuevo en la casa. Rob se volvió hacia Mathias.
—Lo siento —dijo, y lo sentía de verdad.
El otro chico, sin embargo, lo ignoró. Cruzó el jardín, encontró una manguera enrollada en un lado de la casa de Tom Gleason, abrió el agua, arrastró la manguera hasta el coche y roció el lateral. Rob corrió al cobertizo de su abuelo y encontró un trapo y un viejo bote de cera Turtle.Aplicó la cera después de que Mathias hubiera eliminado la hierba con agua y el Cadillac no tardó en volver a relucir.
Fue entonces cuando Mathias le dirigió la palabra a Rob por primera vez.
—Vigila la casa y dime si sale.
—¿Qué?
—Tú vigila y ya está, ¿vale?
Mathias se sacó del bolsillo una herramienta multiusos Leatherman. Probó la puerta del conductor, descubrió que estaba abierta y accionó la palanca del maletero. Luego cerró la puerta, se dirigió a la parte trasera del coche y se inclinó sobre el portaequipajes.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Rob.
Mathias no respondió. Había levantado la tela que cubría el maletero, desde la parte posterior, y estaba utilizando el destornillador de la Leatherman. Se desplazó rápidamente del lado izquierdo del portaequipajes al derecho, con la cabeza inclinada y sin dejar de mover hábilmente sus pequeñas manos. Rob comprendió que estaba aflojando las luces traseras y empezó a sonreír.
—Eh —dijo—, qué gran idea. A lo mejor paran a ese imbécil y le ponen una multa.
Mathias cerró el maletero y respondió:
—Tú mantén la boca cerrada, gallina.
Rob se lo quedó mirando. Aquel crío raquítico apenas le llegaba a los hombros.
—¿Qué me has llamado?
—Gallina —repitió tranquilamente Mathias con una voz suave y algo aguda que la pubertad aún no había cambiado—. Mantén la boca cerrada y no me molestes. Me da igual lo que diga el borracho de tu abuelo, mantente alejado de mí, gallina.
Al principio, Rob estaba más sorprendido que enfadado, pero eso no tardó en cambiar.
—Vuelve a llamarme gallina y te parto la nariz.
Por primera y única vez, Mathias sonrió.
—Eso solo te traería problemas.
Rob lo fulminó con la mirada, pero se dio cuenta de que Mathias no se equivocaba. Rob tendría muchos problemas si le pegaba a aquel crío. La noticia acabaría por llegarle a su abuelo y, en cuanto este se enterara de que su nieto le había pegado a un crío que abultaba la mitad que él, no habría en todo Texas hebilla de cinturón lo bastante grande como para zurrarle en el culo a Rob. Muy a su pesar, Rob tuvo que admitir que estaba impresionado: aquel chaval sabía exactamente lo que podía conseguir y por qué.
Mathias apartó la mirada y se concentró de nuevo en el jardín de Tom Gleason. En sus ojos apareció una mirada distante y pensativa a la vez, la clase de expresión que Rob estaba acostumbrado a ver en el rostro de su padre cuando anotaba ideas para alguna conferencia o leía algún libro.
—Ha metido al perro en casa —dijo Mathias—. Como sabía que yo iba a cortar el césped, lo ha metido en casa. Lástima, esa sí que habría sido una buena manera de darle por culo. Su mujer quiere mucho a ese perro. Seguramente más que a él.
La mujer de Tom Gleason tenía un perrito blanco de pelo suave y sedoso que se pasaba el día soltando unos ladridos estridentes que taladraban el cerebro. El perro solía estar fuera, atado con una correa, y lo único que hacía era correr como un histérico en círculos, ladrando sin descanso.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué le daría por culo? —preguntó Rob.
Se sintió un tanto inquieto, había algo en la expresión pensativa de aquel crío que lo hacía parecer mayor de lo que era, pero no precisamente de un modo positivo.
—No estoy hablando contigo. Lárgate de aquí antes de que le diga al borracho de tu abuelo que me estás haciendo perder dinero.
«Pégale —pensó Rob—. Total, este fin de semana te van a zurrar igualmente por algo, aunque aún no sepas por qué, así por lo menos te lo tendrás merecido».
Pero no le pegó. Se dijo a sí mismo —y a Mathias— que se estaba conteniendo por la diferencia de edad y por la diferencia de tamaño, que no pensaba rebajarse a pelear con un crío.
Pero la realidad era que no le gustaba la mirada de aquel chaval.
Aquella noche, Tom Gleason volvió a sacar el perro, que empezó a correr y a ladrar, a correr y a ladrar. Ray Barrett maldijo al perro y maldijo a Tom. Al día siguiente, todo estaba muy silencioso, y luego la tarde y la noche también fueron muy silenciosas. Al día siguiente, Barbara Gleason se presentó en el bar, con los ojos llorosos, y preguntó si alguien había visto a su pequeño Pippa, que al parecer había conseguido soltarse de su correa y había desaparecido.
Rob no dijo nada en aquel momento, pero no pudo quitarse a Mathias de la cabeza.
«Lástima, esa sí que habría sido una buena manera de darle por culo. Su mujer quiere mucho a ese perro. Seguramente más que a él».
Por la tarde, Rob se acercó a casa de los Gleason y les preguntó si tenían una foto del perro.
—Se me ha ocurrido que podría colgar unos cuantos carteles —dijo.
Barbara Gleason se lo agradeció y le dio una foto. Rob se fue entonces a la oficina de correos, el único lugar —que él supiera— que disponía de una fotocopiadora en Port Hope, y pagó cincuenta fotocopias. Las colgó por todo el pueblo, grapándolas a postes telefónicos y árboles, y se guardó cinco. Y esas las llevó a casa de los Burke.
Mathias salió de casa al ver a Rob, que en ese momento estaba grapando uno de los carteles al buzón de los Burke. Mathias se acercó, observó el cartel y no dijo nada. Su expresión era neutra y la mirada de sus ojos, vacía.
—¿Te has llevado tú al perro? —le preguntó Rob.
—Claro que no.
—Pues yo creo que sí.
—Eso es una chorrada —dijo Mathias, pero en sus ojos apareció un débil centelleo, casi la expresión de alguien que está contando un chiste y se lo estropean—. Aprecio a esa familia. Y ellos a mí. Trabajo bien para ellos y ellos me pagan. ¿Por qué iba a hacerles algo así? Además, el señor Gleason solo te gritó a ti el otro día. Si alguien le ha hecho algo a ese perro, yo lo primero que haría sería preguntarte a ti. Pero no me voy a chivar. Tú sigue buscando. Si lo encuentras, te convertirás en un héroe.
Y entonces se dirigió de nuevo hacia la casa. Rob se quedó allí, siguiéndolo con la mirada. Luego se acercó a la puerta de la casa, grapó otro cartel y se fue.
Los Gleason se quedaron en Port Hope toda la semana: recorrieron las calles llamando a su perro y pidieron a los vecinos que por favor, por favor, los avisaran si veían a Pippa. Pero nadie los llamó. Rob no llegó a saber si alguien había vuelto a ver al perro.
Veinte años después de aquel incidente, Rob escuchaba de nuevo el nombre de Mathias Burke vinculado a un delito.Y, en esa ocasión, tenía más motivos que los demás para dar credibilidad a las palabras de Kimberly Crepeaux.
No tenía ninguna duda de que Mathias era, como todo el mundo decía, ambicioso. Había dedicado mucho tiempo a pensar en el origen de la ambición de Mathias y en la silenciosa oscuridad que parecía fluir de él.
Mientras los buzos buscaban en el estanque, Mathias había estado sometido a vigilancia y, cuando Barrett fue a por él, estaba trabajando en una casa de Rockland.
—¿Vamos a detenerlo? —preguntó, entusiasmado, el subinspector del operativo de vigilancia a Barrett cuando este se acercó al coche.
Era un joven musculoso que tenía pinta de vivir en la sala de pesas del gimnasio.
—Aún no —dijo Barrett.
—¿No han encontrado nada en el estanque? He estado esperando, pero...
—Sube la ventanilla, ¿quieres? Has aparcado demasiado cerca de la casa.
—Ni siquiera se ha asomado a echar un vistazo.
—Pues no le demos motivos —dijo Barrett, antes de dejar allí al subinspector y alejarse calle arriba.
Mathias estaba trabajando en una casa con vistas al puerto. Debía de tener más de ciento cincuenta años y, en sus tiempos, debía de haber sido una espléndida mansión colonial de tres plantas, pero ahora ofrecía el aspecto de un vigoroso anciano aquejado de dolores crónicos: seguía en pie, pero con problemas y no por demasiado tiempo. Barrett vio a Mathias a través de la ventana delantera. Estaba instalando un andamio a lo largo de una inmensa pared de yeso agrietado y los suelos estaban cubiertos de telas salpicadas de pintura. Levantó la mirada cuando Barrett llamó al cristal con los nudillos y no mostró ni rabia ni preocupación; se limitó a levantar un dedo para indicar que enseguida iba. Terminó de apretar un tornillo, bajó la llave de trinquete, se limpió las manos en los vaqueros y luego se dirigió tranquilamente a la puerta.
—Agente especial Barrett —dijo—. Siempre es una agradable sorpresa, tío. Una sorpresa especial.
Era bastantes centímetros más bajo que Barrett, que pasaba de metro ochenta y cinco, y probablemente pesaba diez kilos menos, pero poseía el cuerpo nervudo propio de quien lleva toda la vida trabajando. Su padre había sido un tipo corpulento, aunque buena parte de su peso lo debía a la cerveza.
—Siento interrumpirte, Mathias —dijo Barrett—, pero tengo una nueva pregunta.
Mathias le dedicó una amplia sonrisa.
—Siempre una más. Tienes que mejorar un poco la memoria, agente especial. Parece que siempre se te olvidan las preguntas.
Mathias Burke poseía dos personalidades y se le daba muy bien pasar de la una a la otra. Podía ser brillante, educado en el hablar y encantador. Pero si lo deseaba, también podía ser duro e intimidante. Algunos tipos se hacían los duros delante de la poli porque no querían parecer asustados, y luego había otros —pocos— que no se asustaban en absoluto. La confianza en sí mismo de Mathias Burke no era una fachada.
—¿Cass estuvo alguna vez tras el volante de tu camioneta cuando fuisteis al estanque? —preguntó.
Barrett no tenía ningún motivo para hacer aquella pregunta, excepto estudiar la reacción. A aquellas alturas, Mathias sabía muy bien que Barrett estaba siguiendo pistas sobre él y las dos mujeres. Pero no podía saber aún lo de la confesión y Barrett se moría de ganas de ver su reacción cuando le hablara del estanque.
Mathias no perdió la sonrisa. Se apoyó en el marco de la puerta, contempló a Barrett con una mirada risueña y luego dijo:
—Ella no, solo la cabeza. De eso sí me acuerdo. Detrás del volante o debajo del volante, según se mire. Durante cinco o diez minutos. Bueno, yo había estado bebiendo, así que a lo mejor fueron quince. Ya sabes lo que quiero decir, tío —dijo guiñándole un ojo.
Les había costado cierto tiempo establecer aquella relación. La primera vez que Barrett lo había interrogado, Mathias se había comportado igual que ante las personas para las que trabajaba: educado, tranquilo y reflexivo. Más tarde, sin embargo, había dejado caer una parte de la máscara y entonces su forma de hablar había cambiado: de la ensayada cortesía había pasado al lenguaje profano y vulgar. «Esto es lo que querías, ¿no? —le había preguntado—. ¿Esta es la basura blanca que estabas buscando?». Nunca se enfadaba. Cuanto más se acercaba Barrett, más parecía divertirse Mathias.
—Bueno, ¿cuál es la última teoría? —preguntó—. ¿Que Cass conducía la camioneta? Esa sí que es buena. O sea, entiendo que se te están acabando las ideas, pero esta me favorece a mí, ¿no? ¿Crees que la estaba encubriendo a ella? Claro. Dirijo una empresa con catorce empleados, llevamos más de cien casas, mis ingresos aumentan año tras año y mis horas libres disminuyen año tras año, mi negocio progresa mientras los demás se hunden, pero puse todo eso en peligro por una puta drogata muerta. En tu opinión, lo que estoy haciendo es... ¿proteger su reputación? La has clavado, tío. No quería que la gente pensara mal de santa Cass, pobrecilla. Buen trabajo.
—¿Y Kimberly? —preguntó Barrett—. ¿Condujo ella la camioneta en algún momento?
—Kimmy no sabe conducir un coche con marchas —dijo Mathias.
A Mathias le encantaba lanzar aquellos globos y nunca se trataba de errores. Afirmaba un hecho consciente de que cualquier detective de homicidios se le echaría encima —«¿Cómo sabes que la camioneta tenía marchas si, supuestamente, nunca estuviste en ella?»—, y luego, en función de su estado de ánimo, fingía no recordar por qué había hecho tal afirmación o se dedicaba a tomarle el pelo a su interlocutor.
Pero, ese día, Barrett no estaba dispuesto a dejarse tomar el pelo. Asintió mirando a Mathias como si este acabara de decir algo muy profundo, y luego afirmó:
—Mañana ya habremos encontrado los cadáveres.
—No sabes cómo me alegro de oír eso.
Guardaron silencio durante un segundo, estudiándose el uno al otro, hasta que Barrett dijo:
—¿Te acuerdas de Tom Gleason?
—Claro, el dentista de Boston. Un auténtico capullo. Pagaba tarde y nunca daba propina. Oye, ¿has ido últimamente al Harpoon?
—Ni me he acercado.
—Lástima. No es lo que era, pero pensaba que querrías dejarte caer por allí algún día. Por los viejos tiempos. Para presentar tus respetos y esas cosas.
—No es ni un cementerio ni una iglesia, Mathias.
—¿Ah, no? —dijo Mathias. Frunció el ceño e inclinó la cabeza a uno y otro lado, como si no estuviera completamente de acuerdo—. La verdad es que no hay mucha gente por aquí que eche de menos a tu abuelo, pero yo sí. Me encantaría saber qué diría acerca de tu trabajo.
—A mí me interesa más saber lo que dirá el jurado.
—Cuando estaba borracho era un idiota, pero cuando estaba sobrio era bastante listo —prosiguió Mathias, como si Barrett ni siquiera hubiera hablado—. Por lo menos, sabía distinguir a los mentirosos. Aun estando como una cuba, ni siquiera él se habría tragado una historia tejida por esa imbécil de Kimmy Crepeaux.
Barrett asintió y dio media vuelta para marcharse.
—No te vayas muy lejos, Mathias. Te voy a necesitar pronto.
—Aún no he huido de ti, ¿verdad? Dile a tu chico, el que está ahí en la calle, que vuelva a bajar las ventanillas. Hace demasiado calor para estar vigilando a alguien desde un coche cerrado. No quiero que ese pobre capullo se muera de un golpe de calor y lo sumen a mi lista de cadáveres.
Barrett trató de no mostrar su frustración al saber que Mathias había descubierto el coche de vigilancia. Bajó los escalones del porche sin hacer comentario alguno y se dirigió a la calle. Había cruzado el jardín y estaba de nuevo en la acera cuando Mathias Burke lo llamó.
—Buena suerte, Barrett. No te mojes los pies.
Barrett no le concedió la satisfacción de volverse, pero el comentario le hizo estremecerse y a Mathias no se le escapó.
La risa sorda de Mathias persiguió a Barrett calle abajo.
8
—La gente lleva todo el puto día hablando de los buzos —dijo Johansson después de escuchar el relato de Barrett sobre su encuentro con Mathias Burke y las palabras de despedida que le había dedicado—. A estas horas, el rumor ya ha corrido por todo el pueblo. Alguien le habrá llamado, o le habrán enviado un mensaje o lo habrá visto en Facebook, a saber. No es ningún secreto dónde estamos buscando.
—Ya lo sé —dijo Barrett—, pero también sé que es el sitio correcto.
—¿Sí? Eso se lo dices a ellos.
Johansson, en un gesto de exasperación, señaló con una mano a los buzos, que estaban limpiando el equipo.Ya casi anochecía. El helicóptero de la tele, llegado desde Boston, ya se había marchado y la mayoría de los espectadores se habían rendido. Dos de los buzos, exhaustos, se habían sentado en la orilla, donde se dedicaban a apartar los mosquitos a manotazos y a lanzar desagradables miradas a Barrett. No los culpaba, había sido un día largo y atroz, y sus esfuerzos no habían dado ningún fruto.
—No cuadra con Mathias —dijo Johansson—. Ya solo lo de las drogas no se lo cree nadie. No hemos interrogado ni a una sola persona que recuerde haberlo visto drogarse o que haya oído decir que se droga.
—Kimberly no me está mintiendo.
—No te está mintiendo esta vez, querrás decir.
Barrett tuvo que asentir con un gesto. Kimberly les había contado unas cuantas mentiras antes de decidirse a confesar.
—Bueno, ¿y Kimmy te ha hablado de algún sitio nuevo en el que podamos buscar? —preguntó Johansson—. ¿Algún árbol al que subir, quizá?
Barrett ignoró el sarcasmo y dijo:
—Dile a Clyde que venga, por favor.
Clyde Cohen era el agente que estaba al mando del equipo de buzos y también había supervisado las búsquedas de Jackie Pelletier e Ian Kelly desde el día de su desaparición. Ese día y ese sitio iban supuestamente a convertirse en la culminación de muchas horas de trabajo tan infructuoso como agotador.
—¿Qué pasa, Barrett? —preguntó Clyde.
Tenía la cara manchada de sudor y restos de sangre allí donde lo habían picado los mosquitos. Llevaba todo el día trabajando sin quejarse y Barrett sabía que podría seguir trabajando mil días más sin quejarse.
—Quiero drenarlo —anunció Barrett.
Durante un buen rato no se oyó más sonido que el incesante zumbido de los mosquitos.
—¿Drenar el estanque? —dijo Clyde.
Su acento convirtió la última palabra en «estanco», o tal vez fuera la incredulidad lo que volvió espesa su pronunciación.
—Sí.
Clyde parpadeó.
—Con todos los respetos, si los cuerpos estuvieran bajo esas aguas, a estas horas ya los habríamos encontrado. El estanque no es lo bastante profundo ni oscuro como para esconderlos.
—Puede que no estemos buscando cadáveres —dijo Barrett—. Yo sigo deseando encontrarlos, pero que no los hayamos encontrado aún no significa que no pueda haber pruebas ahí abajo. Quiero ver el fondo de esa ensenada. Quiero verlo seco.
—¿Por qué?
—Para tener una idea de cómo los cambiaron de sitio.
Don Johansson se limitó a contemplar el cielo y Clyde Cohen, el suelo.
—Tampoco hay tanta agua —continuó Barrett— y ese viejo dique se aguanta con celo, por así decirlo. Podemos abrir una brecha fácilmente y debería vaciarse bastante rápido. Por lo menos, la ensenada. Y entonces podremos verlo con más claridad.
—No podemos abrir una brecha en el dique y ya está —dijo Clyde—. ¿Una propiedad a orillas del estanque y encima en el estado de Maine? ¿Sabes cuántas autorizaciones tendríamos que pedir? Mecachis en la mar, sería un lío.
Para tratarse de Clyde Cohen, «mecachis en la mar» era lenguaje muy vulgar.
—Te ayudaré a conseguirlas —dijo Barrett—. Pondré a trabajar a los abogados de los federales.
Clyde se frotó los ojos.
—Necesitaremos un estudio de impacto ambiental antes de que nos dejen meter una pala ahí dentro, por no hablar ya de una excavadora.
—Pues consíguelo —dijo Barrett.
Notó una mano en el hombro, se volvió y vio que Don Johansson tiraba de él para apartarlo de Clyde. De la orilla del agua. Barrett lo siguió y, cuando ya se habían alejado colina arriba lo suficiente como para que nadie pudiera oírlos, Johansson le habló claramente.
—Lo siento, Barrett. Nadie quería más que yo que esto fuera cierto. Lo sabes. Pero no lo es. Kimmy te ha soltado, o nos ha soltado, otra mentira. Puede que algún día consigas que te diga la verdad, pero no vale la pena seguir con esta historia.
—No miente —dijo Barrett—. Los cadáveres estuvieron aquí en algún momento. Si ya no están, es porque Mathias los cambió de sitio. Y si los cambió de sitio, probablemente el fondo estará removido. Puede que se dejara allí abajo algo que nos resulte de utilidad, algo que los buzos no pueden ver. Uno de los tubos, un trozo de plástico. Restos de huesos.
Johansson no dijo nada.
—Lo vamos a drenar —concluyó Barrett—.Y encontraremos algo. Me juego mi reputación a que sí, Don. Me juego mi carrera a que encontraremos algo.
—Creo que en ese sentido no vas a tener mucha elección —dijo Johansson muy despacio.
9
Después de marcharse del estanque, Barrett, que solo veinticuatro horas antes se había reunido con la fiscal y había acordado que no se efectuaría ninguna detención hasta que se encontraran los cadáveres, se reunió de nuevo con ella y le dijo que había llegado el momento de efectuar una detención.
Colleen Davis, la fiscal, sometida a la misma presión pública que la policía por no haber conseguido aún cerrar el caso, dijo que apoyaría que se presentaran cargos, pero que más les valía encontrar algo en aquel estanque. De lo contrario, la cosa acabaría en una detención breve.
Roxanne Donovan no se mostró tan entusiasta.
—Hasta el más tonto de los abogados defensores se daría un festín con la tal Crepeaux —le dijo a Barrett cuando hablaron por teléfono—. A menos que encuentres pruebas físicas, solo estás preparando el terreno para una sentencia absolutoria.
—Las encontraré —aseguró Barrett—. Con tu apoyo, las encontraré.
Roxanne era una mujer inteligente y dura, famosa por proteger a sus agentes sobre el terreno ante la presión pública o política..., siempre y cuando creyera en ellos.
—¿De verdad piensas que allí abajo hay algo que los buzos no han encontrado?
—Los cadáveres estaban en ese estanque —dijo Barrett—, y eso significa que, o bien siguen allí, o alguien se los ha llevado. La ensenada está vacía, pero buena parte del agua es más bien una ciénaga o marisma. Además, hay una corriente en el estanque. Tiene que haber pruebas ahí abajo. Pero ¿sabes qué más ocurrirá si drenamos el estanque? Que Mathias se desmoronará. Cuando le dejen ver la tele en la cárcel de Knox County, ponga las noticias y vea cómo va bajando el nivel del agua en el estanque, sabrá que lo tenemos. Entonces sabrá que lo tenemos.
Mientras explicaba los motivos por los que había pedido drenar el estanque, se dio cuenta de que las audaces palabras que había pronunciado ante Johansson estaban dejando de ser una posibilidad para convertirse en una realidad. Se estaba jugando su carrera.
—No sé si puedo conseguirlo —le dijo Roxanne—. Y, desde luego, quiero que el equipo de buzos dé otra pasada antes de intentarlo siquiera. Espero que ese sitio no sea una completa pérdida de tiempo, Barrett.
—¿Me van a despedir si lo es? —preguntó medio en broma.
Roxanne le respondió en el mismo tono.
—En el FBI casi nunca despedimos a los agentes —dijo—. Solo los enterramos.
Howard Pelletier había llamado a Barrett diecinueve veces desde el mediodía. Barrett había ignorado las llamadas, a la espera de que los buzos hicieran lo que él consideraba un inevitable hallazgo. Cuando Howard llamó por vigésima vez, Barrett iba de camino a detener a Mathias y la búsqueda se había aplazado por falta de luz. Esta vez respondió, aunque en realidad deseaba no hacerlo.
—¿Lo vais a detener? —preguntó Howard—. Eso es lo que ha dicho Colleen.
—Sí.
—¿Y podéis hacerlo aunque no hayáis encontrado nada?
—La confesión justifica la orden de detención. Las pruebas que sin duda encontraremos se encargarán del resto.
—¿Sigues creyendo en la historia de Kimmy?
—La confesión ha sido un paso determinante y ojalá las pruebas la hubieran confirmado de inmediato, pero ahora la fiscal puede...
—No es eso lo que te estoy preguntando —dijo Howard—. No te pregunto por los próximos pasos, ni por la ley ni nada de todo eso. Solo te pregunto qué crees tú.
—Creo que ponerle un poco de presión será útil. Y creo que tenemos que...
—¿Crees que él mató a mi hija? —gritó Howard.
Su angustia convirtió la última palabra en un espantoso aullido: «hiiiiijaaa».
—Sí —dijo Barrett—. Creo que él mató a Jackie y no descansaré hasta que pueda probarlo.
—Pero, si no han encontrado nada, es que Kimmy ha mentido. Tiene que haber mentido.
—No ha mentido —repuso Barrett. Se dio cuenta de que ahí, al defender la ausencia de pruebas, se estaba arriesgando mucho. Esa era, precisamente, la clase de mala práctica detectivesca que llevaba más de una década estudiando—. Lo que quiero decir es que creo que al menos ha contado parte de la verdad —matizó débilmente.
—Mathias sabe lo que ocurrió —dijo Howard.
Aquella afirmación suponía un claro cambio respecto a la resistencia que había opuesto el día anterior. Barrett esperaba más bien que Howard se alegrara al conocer la noticia de que en el estanque no había nada, porque eso lo ayudaría a mantener viva su angustiosa esperanza. Pero, en lugar de eso, Howard había aceptado la validez de la historia de Kimberly.
«Porque confiaba en ti. Porque tú le dijiste que crees en la historia de Kimmy y él te creyó a ti. Así que más vale que sea verdad, joder».
—Haz que lo acusen de los asesinatos —dijo Howard Pelletier— y entonces lo pondrás contra las cuerdas y el muy hijo de puta se desmoronará. Sé que lo harás.
—Sí —dijo Barrett—, lo haré.
Mathias Burke fue arrestado a las nueve de la noche. Don Johansson se encargó de llevar a cabo la detención, mientras Barrett observaba desde el jardín. En la calle, tras una barrera levantada a toda prisa, había un equipo de televisión. Mathias habló con tranquilidad, se mostró cordial y educado. Su expresión era adusta, pero no parecía asustado. Un periodista televisivo de Portland le gritó una pregunta mientras Burke y Johansson cruzaban el jardín en dirección al coche patrulla de Johansson.
—¡Mathias! ¿Algún comentario?
Johansson siguió guiándolo hacia delante, pero Mathias se volvió y miró hacia el intenso resplandor de los focos sin parecer en absoluto molesto por ellos. Ni siquiera parpadeó cuando le enfocaron el rostro. «Las luces del veredicto», solía llamarlas uno de los antiguos profesores de Barrett.
—Lamento mucho que las familias Pelletier y Kelly tengan que pasar por todo esto —dijo Mathias—. Se merecen algo mejor.
El periodista televisivo gritó otra pregunta, pero Mathias se limitó a bajar la cabeza y echó a andar hacia el coche patrulla. Johansson le abrió la puerta, le apoyó una mano en la cabeza para ayudarlo a subir al asiento trasero y, por último, cerró la puerta. Parecía más pendiente de las cámaras que el propio Mathias o, por lo menos, más preocupado. Rodeó apresuradamente el coche patrulla, con la cabeza gacha, y Barrett, al observarlo, pensó: «No cree que hayamos detenido al tipo adecuado».
Mathias se negó a contestar a cualquier pregunta sobre la confesión de Kimberly Crepeaux y también a someterse al polígrafo. Con una voz serena y pausada, reiteró una y otra vez su derecho a un abogado.
—Tendrás un abogado —le prometió Barrett—. Pero hay algo por lo que siento curiosidad: ¿por qué no has dicho «soy inocente» o «yo no lo hice»? No te he oído decir ni una vez «yo no lo hice».
—Quisiera un abogado ahora —dijo Mathias.
—Y yo quisiera una respuesta. ¿Por qué no me miras a los ojos y dices «yo no lo hice»?
Mathias miró a Barrett a los ojos y respondió:
—Porque las pruebas lo dirán por mí. ¿La imbécil de Kimmy Crepeaux, Barrett? ¿De verdad te la has creído? —dijo sacudiendo la cabeza—. Buena suerte, tío.Yo no estoy preocupado, tú sí deberías estarlo.
Y así terminó el diálogo de Mathias con la policía. Se reunió con un abogado, pero no ofreció declaración alguna. De cara al público, el acusado mantuvo un silencio absoluto. Kimberly Crepeaux sí realizó una declaración: le dijo al mundo que se ratificaba en su confesión, expresó su deseo de declarar contra Mathias Burke y pidió perdón a las familias por su participación en los asesinatos.
Aunque eran muy pocos los que lo sabían, Barrett se encontraba en una situación que no le era desconocida: estaba en Port Hope, Maine, con una firme intuición de la verdad y ninguna prueba que la respaldara. La única diferencia era que, en esta ocasión, su familia no estaba implicada.
10
Rob Barrett tenía ocho años cuando encontró a su propia madre muerta en el hogar familiar.
Bajó del autobús escolar y entró por la puerta delantera, pensando que era raro que su madre no estuviera allí esperándolo con la puerta abierta. Su abuelo había estado de visita durante el fin de semana, pero se había marchado aquella misma mañana, y Rob ansiaba la paz restaurada que solía llegar cuando su abuelo se marchaba. Cada vez que iba a visitarlos, Ray Barrett traía tensiones consigo.
La casa estaba en silencio y su madre no respondió cuando Rob la llamó. Se quedó junto al umbral, inquieto, y pronto se dio cuenta de que solo se escuchaba un sonido. Un goteo lento pero constante. El plic plic del agua al caer sobre la piedra.
Cruzó la cocina y se dirigió a la puerta que daba a la escalera de la bodega y allí le pareció que el ruido era más fuerte. Abrió la puerta y vio a su madre con los pies orientados hacia él y la cabeza hacia el suelo agrietado de piedra caliza. Las gotas de agua que caían lentamente desde una cañería, justo encima de ella, se diluían en el charco de sangre que se había formado debajo de su cráneo.
La policía llegó a la casa antes que el padre de Rob y la versión inicial acabó convirtiéndose también en la oficial: un trágico accidente.
Las tres plantas de la casa que se encontraban por encima del nivel del suelo estaban en perfectas condiciones, pues se habían reformado con gran esmero, pero nadie había tocado aquella bodega desde 1883: aún conservaba los escalones toscamente tallados, estaba llena de peligrosas aristas y la iluminación era escasa.
Y luego estaba la cañería que perdía, claro. Ese había sido el problema. O el «factor determinante» —como lo habían denominado en el informe final— que le daba sentido a la historia. Cuando el agua se acumulaba sobre la piedra oscura, los problemas no tardaban en llegar. Eso lo sabía todo el mundo.
Excepto una persona, un teniente de la policía universitaria a quien inquietaba aquella cañería que perdía.
Después de que todo el mundo se marchara, él volvió. Quería sacar más fotos de la bodega, quería nuevas mediciones, quería colocar luces potentes en aquella cañería. Quería hacer unas cuantas preguntas más. El traumatizado padre de Rob lo recibió, le ofreció café y habló largamente con él. Eso ocurrió dos veces antes de que el abuelo de Barrett se enterase.
Y entonces se desató la tormenta.
En lugar de coger el teléfono y llamar, Ray Barrett condujo tres horas desde Port Hope y se presentó en casa de su hijo. Rob se escondió arriba y oyó a su abuelo gritarle a su padre: «¿Es que no sabes lo que está pasando? ¡Ese hijo de puta cree que fuiste tú! Ese pichafloja aspirante a poli que seguramente no ha tenido que sacar el arma en toda su carrera se ha cansado de perseguir a críos borrachos con carné falso y ahora quiere resolver un asesinato como los polis de verdad. ¿Cómo es posible que no lo veas? ¿Cómo es que yo soy el único que ve las cosas en esta puta familia?».
Y, a modo de respuesta, la voz del padre de Barrett flotaba, apagada y sosegada, tratando de restarle importancia al tema. No había nada de qué preocuparse, ¿verdad? A menos que se hubiera tratado realmente de un asesinato, a menos que existiera un culpable, ¿qué motivos de preocupación podía haber?
«No sé cómo funciona ese cerebro tuyo —repetía el abuelo de Barrett una y otra vez—. ¿Cómo es que he criado a un hijo que piensa tan poco como tú? ¡Y eso que te pagan por pensar!».
El abuelo de Barrett decidió quedarse en la casa y se dedicó a explicar a vecinos y amigos que lo hacía por su nieto, que se quedaría allí hasta que el niño estuviera mejor. Sin embargo, no interactuaba mucho con su nieto. Durante aquellos días se limitó a estar solo, bebiendo y esperando.
La siguiente vez que el teniente se dejó caer por allí, lo recibió el abuelo de Barrett. No le gritó. Empezó a hablarle en un tono de voz bajo y cuando lo alzó, levantó más el timbre que el volumen, como si la voz resonara dentro de su amplio pecho. Barrett siempre había deseado ser capaz de emular aquella voz, aquel tono bajo que, sin embargo, decía claramente: «Será mejor que te apartes de mi camino». Y la gente obedecía.
El teniente también lo hizo. Con el tiempo. Hizo falta una visita del abuelo de Rob a la comisaría de la policía universitaria, acompañado por un abogado. Rob y su padre se quedaron en casa viendo dibujos en la tele y jugando al ajedrez durante horas, una partida tras otra. Su padre sonreía y reía, pero no habló mucho. Cuando se convenció de que Rob estaba hipnotizado con la tele, fue a la cocina a limpiar los restos de la última visita de Ray, sin darse cuenta de que Rob lo estaba observando. Fue contando las latas de cerveza mientras las recogía y las metía en una bolsa, contó hasta la última lata de cerveza y luego se dirigió a la puerta de la bodega, la abrió y contempló durante largo rato los viejos escalones de piedra caliza. No encendió la luz, se limitó a contemplar la oscuridad. Finalmente, cerró la puerta, llevó las latas al exterior y las metió en el contenedor de reciclaje. El contenedor de reciclaje ahora estaba fuera; antes, lo guardaban en la bodega.
Y entonces bajó a la bodega y cerró la puerta. Tras unos pocos minutos de silencio, Rob se levantó y la abrió despacio. Su padre estaba de pie junto al viejo banco de trabajo, no muy lejos del pie de la escalera. Era el mismo banco de trabajo al que Rob tenía prohibido acercarse, pues todo lo que había sobre él estaba viejo y oxidado. La Central del Tétanos, lo llamaba su madre.
Su padre le estaba dando vueltas a la herramienta que tenía entre las manos y la contemplaba como si no supiera muy bien para qué servía. La herramienta en cuestión tenía el mango rojo y brillante y parecía una especie de híbrido entre llave inglesa y tornillo de banco. Rob estaba a punto de llamar a su padre y preguntarle por aquella herramienta cuando su padre se movió y, justo entonces, la única bombilla que colgaba sobre el pie de la escalera le iluminó el rostro de pleno. Su expresión le resultó completamente desconocida a su hijo: era una máscara de profunda rabia, de odio.
Rob cerró suavemente la puerta. Diez minutos más tarde, su padre volvió a subir. Lucía de nuevo su sonrisa ligeramente distante y dijo en un tono bajo y cordial:
—¿Jugamos otra?
Aún seguían jugando al ajedrez cuando volvió Ray Barrett, se llevó a su hijo a la cocina y le comunicó que su encuentro con el jefe de la policía universitaria había sido un éxito, que no habría más hostigamiento ni más chorradas. Alardeó de lo hábil que había sido al recurrir a la astucia y las amenazas, y no mencionó en ningún momento al abogado, como si el pobre solo hubiera ido para escuchar... o tal vez para estudiar.
Glenn Barrett no dijo ni una sola palabra durante aquel relato. Se limitó a permanecer sentado observando a su padre como si fuera la primera vez que lo veía. Cuando Ray terminó por fin de narrar su victoria, se dirigió al salón para despedirse del pequeño Robby. Volvería al cabo de uno o dos días, le dijo, y entonces jugarían al fútbol americano.
Transcurrieron ocho meses antes de que volvieran a verlo.
A partir de entonces, siempre fue padre e hijo o nieto y abuelo; nunca volvieron a estar los tres juntos.A Rob se lo pasaban de uno a otro durante los veranos como si fuera el testigo en una carrera de relevos.
Rob jamás le preguntó nada a su padre acerca de la bodega. Pocos días después de que su abuelo se marchara, Rob bajó a buscar la extraña herramienta del mango rojo, pero no la encontró. Se mudaron tres meses más tarde a una casa más moderna que no poseía lo que su madre denominaba el «encanto especial» de las casas coloniales restauradas, pero tenía mucha luz y carecía de sótano.
Rob siempre había querido preguntarle a su padre por aquel día, por la forma en que había contado las latas de cerveza y contemplado aquella extraña herramienta, que, como Rob averiguó más tarde, era un cortatubos. Pero nunca reunió el valor para hacerlo. Siempre habría un momento mejor, al parecer.
La última vez que Rob habló con su padre fue la mañana después de su vigésimo primer cumpleaños. Rob tenía una resaca considerable; habían hablado brevemente por teléfono y Rob había escuchado la habitual risa queda de su padre, quien le había dicho que le enviaría una tarjeta con algo de dinero y le había recomendado que comprara suficientes reservas de Excedrin.
La tarjeta llegó al día siguiente. Barrett llamó a su padre, pero no lo encontró y se le olvidó volver a llamar durante varios días.
Estaba jugando un partidillo de baloncesto delante de su apartamento cuando apareció su abuelo y le contó lo del ataque al corazón. Era uno de los primeros fines de semana cálidos de la primavera y Glenn Barrett se había animado a limpiar el cobertizo, tarea que tenía pendiente desde hacía años. El vecino de al lado lo había encontrado tendido entre viejas mesas de cartas, sillas de jardín y juguetes, como si hubiera estado preparando una venta de garaje y hubiera decidido venderse a sí mismo con el resto de los trastos.
Tras él, el suelo en otros tiempos inmundo del cobertizo estaba aspirado, barrido y fregado; las tablas de madera aún estaban húmedas y en el aire flotaba todavía el olor del jabón para suelos Murphy. Había seguido limpiando todo hasta el mismísimo final.
Barrett pensó en ese simbolismo quizá más de lo debido.
Estaba en tercer año de carrera y se había especializado en psicología e historia a la vez. Tenía pensado entrar en la facultad de derecho, pero también se había alistado en el ROTC, el Cuerpo de Entrenamiento para Oficiales de la Reserva. Siempre, y en todo, Rob se debatía entre dos fuerzas que competían entre sí, la de Ray Barrett y la de Glenn Barrett. El discreto potencial para el combate que le proporcionaba el ROTC era suficiente para silenciar a su abuelo, mientras que la idea de un Rob rodeado de libros abiertos en la facultad de derecho era suficiente para hacer sonreír a su padre.
Nunca le dijo a ninguno de los dos que si se había decantado por psicología era porque su madre también había elegido esa especialidad.
Justo antes de que Barrett empezara el último año, la universidad inició un nuevo programa dirigido a cadetes para crear su propio departamento policial y Barrett se apuntó de inmediato. El programa incluía cursos adicionales de justicia penal que retrasarían su licenciatura, pero también suponía pasar muchas horas junto a hombres armados, así que el abuelo de Barrett aceptó la noticia a regañadientes. Barrett no descubrió hasta más tarde que el director del programa era el mismo teniente que había visitado su casa en los días posteriores a la tragedia, el mismo que había sacado fotografías de la cañería de la bodega. Se llamaba Ed Medlock y Barrett se propuso convertirlo en su mentor.
La teoría de Medlock, cuando Barrett consiguió finalmente que accediera a compartirla con él, era que Ray se había dejado llevar por su mal genio, como había ocurrido en más de una ocasión, y había golpeado a su nuera. Al darse cuenta de lo que había hecho, Ray había roto la cañería que estaba encima de la escalera. Los escalones eran de piedra, muy toscos, y la iluminación de la bodega escasa. Si se añadía una cañería que perdía agua... Bien, lo raro sería no sufrir una desgraciada caída.
Ed Medlock estaba convencido de que la rotura de la cañería no era fruto del deterioro natural, pues había encontrado muescas y arañazos recientes en el cobre, justo en el lugar por el que supuestamente se había roto. En honor de Ray, sin embargo, tenía que admitir que los daños estaban ocultos bajo cinta de sellado y la cinta tenía una capa de grasa, de manera que los primeros agentes que habían acudido al lugar de los hechos solo habían visto una reparación antigua que con el tiempo había cedido. Medlock fue el único que se molestó en retirar la cinta para ver qué había debajo.
El consejo que le dio a Rob fue que lo dejara correr. A aquellas alturas, ningún fiscal querría saber nada del caso. No sin una confesión.
Fue esa última frase la que reorientó la carrera de Rob o, mejor dicho, toda su vida. Barrett no precipitó las cosas, más bien se dedicó a analizarlas. Solo cuando se consideró lo bastante experto en el arte de los interrogatorios, solo cuando creyó saber cómo aplicar la psicología de la influencia y la lógica, regresó finalmente a Port Hope para enfrentarse a su abuelo.
Ray Barrett lo escuchó y luego se echó a llorar. Rob jamás había visto llorar a su abuelo, ni siquiera había imaginado que eso fuera posible. Ray estaba sentado en el viejo sillón del apartamento que tenía encima del bar y le resbalaban lágrimas por las mejillas, y Rob, sentado frente a él, lo observaba y pensaba: «Bien, hijo de puta».
Y entonces Ray encendió uno de sus cigarrillos Camel sin filtro y le relató otra historia.
Ray le contó que su padre, Glenn, lo había llamado aquel día presa de un ataque de pánico, que le había suplicado ayuda y que, cuando Ray finalmente había llegado, la madre de Rob ya estaba muerta. Su padre admitió que le había pegado. Que ella se había caído y se había golpeado en la cabeza con los escalones. Habían estado discutiendo, le contó Ray, por culpa de una aventurilla que Glenn había tenido con una secretaria de departamento.
—Me llamó para que yo arreglara las cosas, Robby —le dijo Ray—. Y eso hice. La cañería, la cinta, las manchas de grasa en la cinta... Tu amiguito el poli tiene razón en todo eso. Lo que no sabe es quién la mató. Lo que hice... ¿está bien? No. Pero estaba protegiendo a mi hijo. Y a mi nieto.
Para entonces, las lágrimas habían desaparecido y Ray había empezado a recuperar en parte su proverbial ira.
—Recuerda a quién llamó tu padre cuando estaba en apuros —dijo Ray—. Es lo que siempre he querido que seas. La clase de persona a la que la gente llama cuando está en apuros.
Rob se puso en pie, le dijo a su abuelo que era un mentiroso hijo de puta y le prometió que la policía no tardaría en ir a buscarlo. Luego se marchó.
La policía nunca fue a buscar a Ray. Rob no los llamó. No existía ninguna prueba que pudiera poner en tela de juicio la versión de los hechos que su abuelo le había contado. Pensó que tarde o temprano lo pillaría, pensó que tarde o temprano aquel anciano se vendría abajo y contaría la verdad.
Y entonces, una mañana de principios de diciembre, sonó el teléfono de Rob y la policía le dijo que habían encontrado a su abuelo dentro de su coche, en los bosques del centro de Maine. Iba conduciendo de noche durante una tormenta de nieve cuando, al parecer, se había salido de la carretera y había chocado contra los árboles. Habían transcurrido varias horas antes de que alguien descubriera el accidente y, para entonces, Ray había muerto debido a una hemorragia interna y al frío. En el bolsillo de la chaqueta llevaba una petaca de bourbon medio vacía y quedaban dos cervezas de un paquete de seis.
Al parecer, nadie sabía por qué había salido de Port Hope en plena noche y en plena tormenta de nieve. Nadie sabía adónde se dirigía, aunque algunas personas comentaron que iba conduciendo en dirección al Hammel College, en el sur de Maine. La facultad en la que estudiaba su nieto.
Fuera lo que fuera lo que se proponía decirle a su nieto, se lo había llevado a la tumba.
11
La residencia oficial de Barrett durante el transcurso de la investigación había sido una habitación de hotel en Port Hope, pero no había pasado allí muchas noches, ni tampoco fue allí después de salir de la cárcel tras el arresto de Mathias Burke. En lugar de eso, se dirigió hacia Camden, al norte.
Camden era una ciudad excepcionalmente bonita incluso para la Midcoast de Maine, con un idílico puerto rodeado de boscosas montañas, calles en pendiente flanqueadas por casas de ladrillo y aceras que seguían el curso del río Megunticook a través de una serie de cascadas escalonadas que en otros tiempos habían proporcionado electricidad a los molinos y, por tanto, también a la ciudad.
Esa noche, sin embargo, Barrett no sentía el menor interés por la belleza de Camden. Pasó junto al puerto y aparcó frente a la biblioteca, que se alzaba como uno de los principales atractivos de la ciudad; se trataba de una bonita y espaciosa construcción edificada en los terrenos cedidos por la familia de un antiguo magnate del mundo editorial. Barrett no bajó del coche, se limitó a observar un velero que estaba anclado en la bahía, en busca de alguna luz a bordo. El velero estaba a oscuras, así que Barrett se alejó del puerto para cruzar de nuevo la ciudad. Dejó atrás la vieja fábrica papelera y se dirigió a las colinas cercanas. Si Liz Street no estaba trabajando en su velero, entonces debía de estar en casa.
Liz tenía quince años cuando Barrett la conoció, casi dos décadas atrás, y era el objeto del deseo de muchos de los chicos del pueblo. Rob solo disponía de dos ventajas respecto a los demás, pero eran determinantes: era de fuera, es decir, era alguien distinto en aquella pequeña ciudad; y tenía carné de conducir. Antes de conocer a Liz, Barrett nunca había querido pasar mucho tiempo con su abuelo en Maine, menos aún volver una vez cumplida la pena anual de pasar el verano bajo su custodia, pero el hecho de enamorarse había tenido el curioso efecto de conseguir que lo insoportable se convirtiera en poco más que una insignificante molestia.
Barrett había regresado a Maine para estudiar con Liz en el Hammel College, una pequeña facultad de artes liberales en la que había dado clase su padre.
Maine unió a Liz y a Barrett, y Maine los separó. Cuando era adolescente, Barrett comprendía el amor que Liz sentía por aquellas tierras, pero también creía que aquella devoción no duraría mucho. Sí, Liz había dicho que no quería vivir en ningún otro sitio, que se quedaría para siempre en Maine excepto cuando hiciera largos viajes en barco, pero a los dieciséis años todo el mundo decía esas cosas con mucho convencimiento. «Viviré aquí, trabajaré allí, seré esto o lo otro». Y luego se topaban con la realidad.
En ese sentido, Barrett había subestimado a Liz Street y, a la postre, ambos habían salido heridos. Decir que le había roto el corazón hubiera resultado un tanto arrogante; a los pocos meses de separarse, ella ya estaba saliendo con otro y se había casado y separado antes de que él entrara en Quantico. Barrett había tenido una breve relación que había terminado cuando le habían comunicado su primer destino: Little Rock, Arkansas, no encajaba en la visión de futuro de su prometida. Por tanto, se había ido solo y, cuando había pedido el traslado a la división de Boston, se había prometido a sí mismo que no tenía nada que ver con el hecho de que Liz Street estuviera a solo tres horas de coche de allí.
Había aguantado dos semanas antes de emprender su primer viaje al norte.
Liz vivía de nuevo en Camden, trabajaba como periodista en el modesto periódico local y gastaba casi todo lo que ganaba en restaurar un viejo pero precioso velero de madera. El plan de vida que a los dieciséis le había ofrecido a su joven novio no era, pues, ninguna broma.
Dieciocho años más tarde, cuando el novio en cuestión volvió, ella lo recibió con cautela. No hacía mucho que se había divorciado y parecía reacia a iniciar una nueva relación, por no hablar ya de retomar una historia de otros tiempos. Su exmarido había dejado un precioso restaurante, perfectamente reformado pero jamás abierto, en el centro mismo de Camden —Liz pasaba por delante todos los días— y se había largado a Florida, donde una mujer mucho más adinerada que Liz lo estaba ayudando a convertir en realidad su sueño de abrir un local de tapas y cócteles de autor junto al mar.
Ella y Rob se pusieron torpemente al día y se rieron de viejos recuerdos, como suelen hacer quienes comparten un pasado. Tras aquella primera visita, Liz había prometido acercarse algún día a Boston, pero no lo había hecho. Con la excusa de hacer alguna excursión, Barrett había vuelto de nuevo a Camden al ver que ella no bajaba al sur. Sin embargo, había acabado en el puerto, admirando el nuevo barco de Liz. La joven le mostró las cartas de navegación de la ruta que había elegido para su periplo de seis meses, le habló de las escalas previstas y de todos los preparativos. Lo tenía todo decidido, excepto la fecha de salida. Barrett la ayudó a lijar capas de salitre de la cubierta y entonces el sol se ocultó tras el monte Battie y una luna increíblemente grande y teñida de rojo iluminó la bahía. Abrieron una botella de vino e hicieron el amor por primera vez en casi una década.
Una última vez por los viejos tiempos, se dijeron por la mañana, mientras tomaban café en lugar de vino y el sexo a la luz de la luna ya era un recuerdo; el movimiento acompasado de sus cuerpos, al ritmo del vaivén del velero, se les antojó como algo muy lejano, no como algo que había ocurrido apenas unas horas antes. Había sido un reencuentro, no una reconciliación. Los dos estuvieron de acuerdo en que ese era el enfoque adecuado, el único enfoque posible.
Pero como suele ocurrir con un enfoque adecuado, que es el único posible, no mantuvieron ese rumbo mucho tiempo y ya llevaban cuatro meses inmersos en la incómoda situación de verse sin hablar del futuro.
Barrett se había enterado de las desapariciones de Jackie Pelletier e Ian Kelly a través de Liz y también se había enterado a través de ella de los rumores según los cuales una chica del pueblo, que estaba en la cárcel por otros delitos, se había convertido en el objeto de interrogatorios que no habían conducido a ninguna parte. Todo aquello le había parecido muy interesante, pero más se lo había parecido aún el origen de aquellos rumores: un bar de Port Hope llamado Harpoon.
«Estoy un poco familiarizado con el sitio», le había dicho a Roxanne Donovan.
Después del día que había tenido, Barrett estaba agotado y aturdido cuando llegó a la casita que Liz tenía en el valle del río Megunticook. A la luz de la luna, el sinuoso camino de entrada serpenteaba ante él como una cinta plateada.
Liz estaba sentada en el porche.
—Un día largo —le dijo.
—Sí.
Liz observó el rostro de Barrett en la oscuridad.
—¿Tienes suficiente para mantenerlo en la cárcel?
—Tengo una confesión.
—De Kimmy. No de Mathias.
Barrett se pasó una mano por el rostro y se apoyó en la barandilla. Soplaba una brisa fresca y limpia, procedente de la bahía, que traía consigo el olor del mar. Por encima de ellos, el cielo seguía igual de despejado que durante el resto del día, pero al menos el implacable sol ya se había ocultado, lo cual le proporcionaba cierto consuelo. La gente solía entender que se tardara bastante en encontrar algo a oscuras.
—Creo que se desmoronará —dijo Barrett—. Creo que encontraremos algo en ese estanque y entre eso y unas cuantas noches en la cárcel con la amenaza de cargos por doble homicidio, empezará a hablar. Puede que culpe a Kimberly o a Cass. Es capaz de inventarse cualquier historia.
—Pero hasta ahora, no ha contado ninguna.
—No. No ha contado nada. Solo ha pedido un abogado.
—Por aquí la gente no se traga la historia de Kimmy —dijo—. Ni lo de las drogas, ni lo de que estuviera tan furioso, ni siquiera que estuviera con esas dos chicas. Dicen que no encaja con él, que él no es así.
Barrett se echó hacia atrás y contempló las estrellas. El cielo nocturno estaba tan despejado que se distinguían los luminosos brochazos de pintor que formaban la Vía Láctea. Barrett se preguntó qué aspecto tendría el cielo desde Little Spruce Island.
—Dice que le gustaría saber qué habría dicho mi abuelo sobre el tema.
Liz se movió casi imperceptiblemente en la oscuridad.
—No puedes entrar en eso, Rob. No puedes relacionar una cosa con la otra.
—Y no lo hago. Mi abuelo no tiene nada que ver con mi trabajo.
Pero Liz sabía que no era del todo cierto, claro. Era de las pocas personas que comprendían el estrecho vínculo que existía entre Ray Barrett y el trabajo de su nieto.
—¿Qué credibilidad te merece Kimberly Crepeaux? —preguntó Barrett.
Liz no respondió de inmediato y a Barrett le gustó, porque significaba que lo estaba pensando bien. Lo que no le gustó mucho fue la respuesta.
—Casi ninguna.
—Es la opinión general de la comunidad.
—Es una cuentista —dijo Liz—. O una mentirosa, por decirlo más claramente.
Barrett, que aún seguía contemplando el cielo, asintió. Luego se apartó de la barandilla y se dirigió a la puerta, al tiempo que sacaba las llaves del bolsillo.
—En eso tienes razón —dijo—, pero ¿sabes qué? Hasta los mentirosos dicen la verdad alguna vez.
—Claro —respondió Liz—.Y también los relojes estropeados dan bien la hora dos veces al día. Pero ¿has pillado a Kimmy en el momento adecuado, Rob?
—Sí.
Liz asintió, pero sin mirar a Barrett.
—Vamos adentro —dijo.
Barrett la siguió. Ella ya había cenado, pero vio sobre la isla de la cocina un plato limpio y una copa vacía de vino, como si lo hubiera estado esperando. Una invitación tácita que parecía definir la forma en que ella enfocaba aquella relación renovada. «Cógete una silla, si quieres». Estaba muy guapa bajo aquella luz tenue; su pelo rubio y sus ojos azules resplandecían, mientras que su cuerpo esbelto y su confianza de persona madura contrastaban con un rostro increíblemente parecido al de la muchacha a la que había conocido tantos años atrás.
Liz sirvió un poco de cabernet en la copa de Barrett y él trató de ignorar la etiqueta del vino: THE PRISONER. Siempre le había gustado ese vino, pero deseó que Liz hubiera elegido otro para esa noche.
—¿Quieres contármelo? —le preguntó Liz.
—Quiero —dijo Barrett, y era cierto.
Quería contarle que Amy Kelly le había dado las gracias, explicarle el gesto que había hecho Howard Pelletier con la mano mientras describía la escalera ascendente que aguardaba el regreso de su hija y decirle que a Kimberly le latía la garganta justo antes de vomitar. Pero no podía, porque ella era periodista.
—Pero no puedes —concluyó—. Dejamos nuestros trabajos en la puerta. Vale, cambiemos de tema.
El problema de su relación no era que Liz no comprendiera la situación, sino que la comprendía demasiado bien.
Era la reportera estrella del periódico local tanto por su talento como por su ética profesional, pero también porque al parecer conocía a todo el mundo en los puertos de todas y cada una de las localidades de la Midcoast de Maine. Y cuando se conocían los puertos, se conocían las ciudades. Desde pescadores itinerantes hasta multimillonarios aficionados a la vela, desde camareros hasta banqueros, todos interactuaban a su manera con el puerto y, al parecer, todo el mundo estaba dispuesto a hablar con ella. Y el motivo es que Liz era como ellos, era parte de aquel lugar; su asombrosa belleza quedaba compensada por los arañazos y magulladuras de sus manos, resultado de las horas que dedicaba a diario a trabajar en el velero. Por allí todo el mundo recordaba con cariño a su padre, cuya muerte —había desaparecido en el mar— Liz había conmemorado en la frase tatuada que partía de la clavícula y se le veía en el cuello cuando llevaba el pelo recogido.
—No pasa nada —dijo Barrett, pero de repente se odió a sí mismo por haber ido allí aquella noche.
No tendría que estar allí bebiendo vino con su amante cuando Howard estaba solo en Little Spruce Island, cuando Amy y George estaban en Virginia llorando la muerte de su hijo. ¿Acaso no estaba obligado a compartir ni que fuera en parte el dolor de esas personas o, por lo menos, a centrarse en ese dolor?
—Quizá será mejor que esta noche me quede en el hotel —dijo.
—Relájate, Rob. No voy a interrogarte.
Barrett movió la cabeza de un lado a otro.
—No es eso, Liz. Es solo que... —Dejó la copa de vino—. Lo siento, tengo que irme.
Estaba a punto de llegar a la puerta cuando Liz lo alcanzó. Lo sujetó por los bíceps con una fuerza delicada que, de inmediato, lo hizo sentirse inseguro; deseaba a Liz tanto como deseaba concentrarse en el día que acababa de vivir y en el día que tenía por delante. Se quedó inmóvil, con la mano en el pomo de la puerta, mientras ella le rodeaba el pecho con los brazos y le hablaba al oído. Escuchó su voz suave y percibió su aliento cálido.
—Quédate. Te dejaré en paz, no te haré preguntas. Esta noche.
«Esta noche». Ese era su mantra. Había sido él el primero en sugerirlo, como si fuera una salvaguardia contra el pensamiento pragmático, un compromiso de veinticuatro horas y nada más, sin riesgos. Lógicamente, aquel «esta noche» podía alargarse meses o años. No había necesidad de mirar hacia el horizonte a menos que uno quisiera hacerlo.
—He contado a tres personas cómo murieron sus hijos —dijo sin volverse— y no he sido capaz de probarlo. ¿Se supone que ahora me tengo que tomar tranquilamente una copa, cenar y esperar a ver qué ocurre a continuación?
Liz lo soltó, lo rodeó y se colocó frente a él, de manera que se tocaban el pecho. Inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Las pruebas llegarán —dijo.
Él asintió en silencio.
Barrett no durmió mucho. Veinte minutos, tal vez treinta, y se desveló en plena oscuridad. El cuerpo cálido de Liz estaba junto al suyo. Respiraba despacio y de forma regular; cada vez que exhalaba el aire le rozaba el brazo a Barrett con un pecho, que se alejaba al inspirar de nuevo.
«Recuerdo que, cuando miré hacia su cabeza, vi que el plástico se deshinchaba y volvía a hincharse y luego se deshinchaba otra vez. Y comprendí que respiraba. O, por lo menos, intentaba respirar».
Se levantó sigilosamente y se vistió a la luz de la luna. Liz se movió, pero no se despertó. La observó dormir durante unos instantes, preguntándose cómo los detectives de homicidios podían afrontar noches como aquella una y otra vez. ¿Cómo podían mantener el equilibrio entre sus propias vidas, sus propias necesidades, y la carga que suponía ocuparse como era debido de las víctimas y de las personas a las que dejaban atrás?
Cerrar aquel caso era el éxito en el mundo real que Roxanne Donovan le había prometido. Gracias a aquel caso, Rob Barrett —el licenciado en derecho con un doctorado en justicia penal y un máster en psicología— saldría de las aulas y se enfrentaría al día a día del investigador. Un doble homicidio resuelto. Era lo que deseaba, lo que ansiaba.
Pero ¿qué coño hacía uno mientras esperaba a que saliera el sol?
Eso no se lo habían enseñado, no había ninguna tesis sobre ese tema. A falta de consejos o experiencia, bajó la escalera en la quietud de la noche, abrió una cerveza y se sentó a revisar el expediente de un caso que ya se sabía de memoria.
12
La mañana anterior al día de su muerte, Jackie Pelletier e Ian Kelly ya sabían que esa noche iban a ir a un cementerio.
Habían acordado encontrarse en un lugar que para ellos era romántico y que los lugareños conocían como Orchard Cemetery. Jackie llevaba años pintando el viejo cementerio y su momento preferido era el amanecer. El dueño del restaurante en el que trabajaba como camarera había colgado en su local uno de los paisajes que había pintado Jackie; era precisamente ese cuadro el que había fascinado a Ian Kelly una noche de junio, cuando había entrado en el restaurante a comer un sándwich de abadejo y tomar una cerveza durante un descanso en las prácticas veraniegas que estaba realizando en un centro de derecho ambiental. El encargado lo había visto admirando el cuadro y le había presentado a la mujer menuda y de ojos asombrosamente oscuros que lo había pintado.
A partir de ese momento, todo había ido muy deprisa, como se supone que debe ser con los amores de verano. Puesto que Ian tenía que regresar a Virginia en septiembre y Jackie no tenía la menor intención de dejar su querida isla, se suponía que la cosa no iba a pasar de un ligue.
Sin embargo, los dos se habían dado cuenta enseguida de que tal vez aquella relación fuera algo más que una chispa.Y a Ian, por lo menos, le daba miedo la idea.
En un correo electrónico, le dijo a un amigo de Charlottesville:
Le he hablado a mi madre de esa chica. Nunca le he hablado a mi madre de ninguna chica, jamás, y ahora, cuando no ha pasado ni una semana desde que conozco a Jackie, ¿hago una llamada internacional para hablar de ella con mi madre? Dame algún consejo sabio, dime que los amores de verano nunca duran, ¿vale?
Al releer aquellas palabras la noche después de haber dirigido el equipo de búsqueda para recuperar los cadáveres de Ian y Jackie, Barrett tuvo la inquietante sensación que suele producirse al contemplar las últimas palabras de un muerto. Los vivos sentían la extraña necesidad de creer que los muertos habían intuido problemas en el aire antes de que les afectaran a ellos. Barrett pensaba que era una reacción casi primitiva, un deseo desesperado de creer que la precognición existía y que las tragedias eran evitables si uno estaba atento. En el caso de Ian y Jackie, sin embargo, no hacía falta buscar nada que sirviera para anunciar la tragedia: su relación había empezado con la imagen de una tumba.
Correos electrónicos, mensajes de texto y entrevistas a testigos servían para reconstruir la línea temporal de la historia de Ian y Jackie; los documentos siempre hacían que Barrett se sintiera como una especie de voyeur, porque los dos jóvenes siempre habían hablado entre ellos —y con los demás— de una forma muy íntima prácticamente desde el principio.
El 15 de junio, Jackie a una amiga que se había ido a estudiar a una universidad de Florida:
Dos semanas con él y me siento capaz de decir algo inconcebible: he
pensado en la posibilidad de dejar la isla por él. Es una locura, y te
prometo que no lo haré, pero ¿no te parece positivo que se me haya
pasado por la cabeza esa idea? Marcharme de aquí me resulta into-
lerable, pero que él se marche sin mí me parece aún peor. Quiero las
dos cosas. Lo quiero todo, todo el tiempo. ¿Te parece muy egoísta?
Ja, ja, ja. El 19 de junio, Ian a su compañero de habitación:
Estoy aquí sentado en la terraza contemplando el océano y pensando en ella, y me doy cuenta de que esta casa está vacía casi todo el año y de que siempre hay tiempo para terminar la carrera de derecho, ¿qué daño puede hacer un año sabático? No consigo quitarme esa idea de la cabeza. Y tampoco puedo decirle a ella en qué estoy pensando. Mejor manera de estropear las cosas: decir te quiero en la primera cita... o proponer dejar la facultad de derecho por ella durante el primer mes.Vente a Maine y hazme entrar en razón. Saldremos de fiesta e iremos a pescar, te lo prometo.
El 12 de julio, Jackie a su amiga de Florida:
Cinco viernes, cinco paseos al amanecer. ¿Quién hace algo así? O sea, en serio, dejando a un lado los libros de Nicholas Sparks, ¿qué chico hace algo así?
El 12 de julio, Ian a su compañero de habitación:
Perdidamente... enamorado... de ella. Estoy sentenciado.
En agosto, ya habían hecho planes. Ian volvería a Virginia y terminaría el primer trimestre del segundo año de derecho, Jackie iría a pasar con él largas temporadas durante octubre y noviembre, y en diciembre, Ian volvería al norte y pediría el traslado a la Universidad de Maine.
El compañero de habitación de Ian se opuso rotundamente a ese plan. Ian le respondió en un tono educado pero firme.
Sé que tienes razón. La facultad de derecho de la Universidad de Virginia estará siempre entre las 10 mejores y la de la Universidad de Maine estará siempre entre... las 200 mejores. ¡Gracias por enviarme las estadísticas! Ja. Podría empezar una discusión y decirte que quiero especializarme en derecho medioambiental y que, en ese sector, Maine es mucho más atractivo de lo que crees. Podría argumentarte que las estadísticas sobre las facultades de derecho son una chorrada. Podría decirte muchas cosas, pero, sinceramente, ni siquiera tengo la energía suficiente como para preocuparme por todo eso. Soy más feliz aquí de lo que jamás he sido en Charlottesville, soy más feliz en un día con Jackie de lo que jamás he sido en dos años con Sarah, y no creo que las estadísticas, ni las clasificaciones ni los análisis deban decidir mi elección. La vida es breve, el amor es excepcional y el tiempo, fácil de perder.
Había escrito esa frase exactamente tres semanas antes de morir.
«La vida es breve, el amor es excepcional y el tiempo, fácil de perder».
Barrett leyó aquella frase y las palabras de Ian empezaron a mezclarse con las de Kimberly Crepeaux.
«Recuerdo que, cuando miré hacia su cabeza, vi que el plástico se deshinchaba y volvía a hincharse y luego se deshinchaba otra vez. Y comprendí que respiraba. O, por lo menos, intentaba respirar».
Consultó su reloj: las tres de la madrugada.
A las tres de la madrugada del 10 de septiembre, Ian Kelly estaba en su coche, probablemente cruzando la frontera estatal y pagando el peaje en York. Debía de haber salido a las cinco de la tarde con la intención de conducir toda la noche para poder reunirse con Jackie Pelletier y su querido Orchard Cemetery al amanecer. Cuando la policía registró su coche, encontraron la multa por exceso de velocidad que le había puesto un agente de la policía estatal de Massachusetts. Exactamente a las 02:37 de la madrugada, Ian se dirigía al norte a ciento treinta y cinco kilómetros por hora en un tramo donde el límite era ciento diez. Sin duda, había reducido la velocidad después de la multa y había llegado un poco tarde. El sol ya estaba encima del agua y Jackie ya paseaba entre las tumbas.
Cuando Ian la había visto aquella mañana, ya estaba muerta, según el relato de los hechos que había ofrecido Kimberly Crepeaux. El lugar en el que Jackie había sido atropellada estaba justo por debajo de una pequeña elevación, lo cual significaba que Ian no podía haberla visto hasta llegar a lo alto de la loma.
«Estaba un poco más arriba. Quieto, mirando. El cuerpo de Jackie estaba entre nosotros. Era como un pulso».
Si había recuperado el conocimiento en la camioneta, quizá la hubiera visto por última vez. La habría visto a través de un plástico lechoso y una capa de sangre, mientras la camioneta que los llevaba daba tumbos por los caminos rurales. Si estaba lo bastante lúcido como para darse cuenta de todo eso, entonces la última mirada a su amor excepcional debía de haberse producido cuando aquellos tres desconocidos descargaban el cuerpo de Jackie de la camioneta y la llevaban hacia un estanque solitario cuyas aguas eran oscuras.
«Yo ni siquiera lo había visto sacar el cuchillo. Solo lo vi inclinarse sobre el cuerpo y apuñalarlo a través del plástico, justo donde debía de estar el corazón».
La vida era breve, el amor era poco común y el tiempo, fácil de perder.
Barrett cerró los viejos correos electrónicos, vació la cerveza en el fregadero y volvió a su silla, esta vez con la grabadora digital en la que conservaba el archivo de audio con la confesión de Kimberly, así como el resto de las conversaciones.
En la época en la que creía que tal vez acabara quedándose en la academia, se había concentrado en las técnicas de entrevista e interrogatorio y, especialmente, en las confesiones falsas. Había llegado en el momento ideal, pues las nuevas tecnologías sobre el terreno y en los tribunales estaban obligando a los cuerpos policiales a cambiar de métodos. Algunos grupos como el Proyecto Inocencia estaban sacando a la luz condenas injustas con una facilidad asombrosa, y, si bien las pruebas de ADN solían ser elementos cruciales a la hora de ganar esos casos, lo preocupante era que las falsas confesiones explicaban cada vez con más frecuencia por qué razón un inocente había acabado entre rejas. De las primeras doscientas cincuenta personas que el Proyecto Inocencia había exonerado mediante pruebas de ADN, un asombroso 16 % había confesado en algún momento crímenes que no había cometido.
Si se analizaba la formación que seguían los detectives, sin embargo, esa cifra ya no parecía tan asombrosa. Durante décadas, los cuerpos policiales habían enseñado técnicas que se aproximaban más a la intimidación que al interrogatorio y que se centraban en la comunicación no verbal durante las entrevistas a los sospechosos. Tanto los agentes novatos como los detectives veteranos acudían a cursos en los que se les animaba a visionar confesiones con el sonido desactivado, de manera que fueran puliendo su capacidad para detectar una mentira sin escuchar lo que se decía.
Barrett había dedicado su tesis a los riesgos de la técnica Reid, uno de los métodos de interrogación que se enseñaban habitualmente. Luego había escrito varios artículos académicos y le habían pedido que testificara en varios juicios en calidad de experto en testigos. Su testimonio había convencido siempre al jurado porque el vacío entre lo que el público esperaba y lo que la policía ofrecía era, en muchos casos, sorprendente. En una era de iPhones y nubes en la red, los principales cuerpos de investigación del país llevaban mucho tiempo negándose a grabar los interrogatorios y pedían a los tribunales que confiaran en notas manuscritas y en lo que pudieran recordar los agentes. A medida que aumentaban los jurados que se oponían a todo esto y también las falsas confesiones que llegaban a los titulares de la prensa y los informativos vespertinos, los fiscales y los jueces empezaron a exigir un cambio. Y así, el Departamento de Justicia publicó en 2014 la obligatoriedad de grabar los interrogatorios; no obstante, la medida se encontró con una amarga resistencia.
El razonamiento de Barrett era que la forma en que una historia se iba modelando tenía una importancia primordial y que las palabras exactas eran fundamentales. Que había que prestar más atención a lo que el sospechoso decía y preocuparse menos por si se arrancaba pelusillas de la camisa o miraba hacia arriba y hacia la izquierda mientras hablaba. La cruzada de Barrett era puramente académica, por lo que no esperaba que su trabajo despertara el interés del FBI, pero un día recibió una llamada de una agente llamada Roxanne Donovan. Formaba parte de una comisión interna de revisión y quería comentar algunas de sus ideas. Mantuvieron una conversación agradable, aunque polémica en algunos momentos, y cuando ella le dijo que quizá le iría bien pasar algún tiempo con los hombres y mujeres encargados de obtener confesiones en la práctica, no lo estaba en absoluto animando a solicitar su entrada en la academia del FBI.
Aquella conversación, sin embargo, había plantado una semilla. O alimentado una semilla ya plantada, pues la curiosidad de Barrett sobre el trabajo policial se remontaba a mucho tiempo atrás y a un ámbito más personal.
En ese momento, sentado con los pies en alto y los ojos cerrados, Barrett reprodujo una vez más la confesión de Kimberly Crepeaux con el aire de quien se relaja al escuchar su canción favorita.
«Que sea la verdad —pensó mientras el particular acento de Kimberly lo sumergía de nuevo en el sangriento viaje—. Que sea la verdad».
Darmowy fragment się skończył.