Czytaj książkę: «Como en una canción de amor»

Lucky está en la cima de su carrera, pero ¿es realmente feliz?
La noche de su último show en Asia no puede dormir y, a pesar de haber tomado píldoras para relajarse, decide burlar a sus guardias y escabullirse fuera del hotel en búsqueda del mayor objeto de sus deseos:
Una hamburguesa.
Jack es un paparazi talentoso que trabaja en secreto o su familia lo mataría. No está seguro de qué camino seguir en la vida, pero sí sabe que no quiere ir a la universidad y acabar siendo un banquero aburrido como su padre.
Cuando se cuela en un hotel de lujo tras una exclusiva, no espera encontrarse con una chiquilla en pantuflas que parece ebria y desorientada, y solo clama por una hamburguesa.
La nobleza lo obliga a quedarse con ella y cuidarla hasta que recupere la consciencia. Pero pronto descubre que aquella muchacha es nada menos que Lucky, la famosa estrella del K-pop. Entonces tiene la oportunidad de su vida: si logra pasar todo el día con ella, conseguirá una gran historia y un gran ascenso.
Pero ¿sería capaz de hacer algo así?
Con muchas risas, aventuras y mentiras, Lucky y Jack viven un día romántico de ensueño en Hong Kong, que les hará cuestionárselo todo. Empezando por sí mismos y sus sueños.
ARGENTINA

VREditorasYA

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MÉXICO

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En memoria de mi abuela Swan Hee Goo, quien me mostró por primera vez los romances en blanco y negro.
Y para Christopher, que me mostró lo realmente verdadero.
She went, ever singing,
In murmurs as soft as sleep;
The Earth seemed to love her,
And Heaven smiled above her,
As she lingered towards
the deep.
—por John Keats Percy Bysshe Shelley,
“Arethusa” .

VIERNES


Capítulo uno
LUCKY
Cuando tu rostro es reconocido en todo un continente, no hay lugar para errores.
En especial, sobre el escenario.
Miré a los fans, que gritaban sin parar; las luces me enceguecían y el sonido de mi propia voz se perdía en mi auricular. El clamor constante hacía que me resultara imposible oírme a mí misma.
Una vez, durante una presentación, cuando me arrojé de cuerpo entero a los brazos en alto de mi bailarín, el micrófono inalámbrico se enredó en mi cabello, y la voz se me quebró en el momento más dramático de mi hit “Heartbeat”.
Fue lo más visto en Asia. Había videos en internet que repetían una y otra y otra vez el incidente. Algunos hasta habían sido intervenidos e incluían conejitos animados y efectos de sonido. Uno de mis favoritos era el que tenía una especie de panel animado de vidrio que se hacía añicos en el momento exacto en que mi voz se quebraba. Estaba tan bien logrado que me reía cada vez que lo veía.
A mi sello discográfico no le pareció nada gracioso, desde ya. Lo vieron como una falla, una imperfección en quien era su estrella perfecta.
Esa falla era justamente en lo que estaba pensando mientras estaba de pie en el escenario en Hong Kong, la última parada en mi gira por Asia.
Había algo en la vibración del aire, en la ola de emoción que llenaba los espacios entre mi lugar en el escenario y mi público. Esa era la razón por la que yo hacía todo esto. Lo que fuera que hubiese sentido días o incluso segundos antes de salir al escenario, como el terror a arruinarlo todo una vez más, desaparecía en el instante en que la energía del público se deslizaba por debajo de mi piel y se me metía a la fuerza en el torrente sanguíneo.
Una adoración feroz por ósmosis.
Mis botas plateadas estaban plantadas firmes sobre el suelo. Las piernas bien separadas. Los pies doloridos, como ya era costumbre. Tenía esta pesadilla recurrente en la que mis botas me perseguían por un estacionamiento en círculos infinitos. Mis representantes habían insistido en que usara las mismas botas cada vez que actuaba. Eran mi sello distintivo. Botas ajustadas por encima de la rodilla.
Yo soy alta. Casi un metro ochenta. Una giganta en Seúl. Pero, para ellos, nunca era “demasiado alta”.
Mientras bailaba de memoria la coreografía de “Heartbeat”, ignoré el dolor que se expandía hacia todo mi cuerpo desde las puntas de los dedos de los pies, pasando por mi pequeño short siempre demasiado ajustado, y hasta los largos mechones de la peluca rosada que se me pegaban a ambos lados del rostro cubierto en sudor.
Podría hacer esta coreografía con los ojos vendados… y con las dos piernas rotas. Había hecho esto cientos de veces. Llegado un punto, mi cuerpo se movía solo, como si estuviera en piloto automático. Tan en piloto automático que, a veces, cuando terminaba de cantar “Heartbeat”, mi cabeza quedaba colgando en un ángulo un poco incómodo (porque así terminaba la coreografía), y entonces parpadeaba unas tres veces y me preguntaba dónde había estado en esos últimos tres minutos y veinticuatro segundos.
Cuando mi cuerpo se apoderaba de mí de esa forma, sabía que había hecho mi trabajo. Mi premio era la precisión absoluta con la que ejecutaba mi presentación.
Y hoy no había sido la excepción. Terminé la canción y miré a mi público. Los gritos de los fans me atravesaban mientras que mi cuerpo volvía a la realidad.
Por fin esta gira había terminado.
Ya en el backstage, me rodearon decenas de personas: la maquilladora, la estilista y el jefe de seguridad. Me desplomé en una silla mientras alguien ajustaba mi peluca y alguien más colocaba papeles secantes sobre mi rostro.
–No me quites este brillo en la piel –le pedí a Lonni, mi maquilladora.
Lonni apretó los labios.
–Tienes diecisiete años. No necesitas una piel más brillosa. Una fuga de aceite no cuenta como “brillo”.
¿Qué podía yo a hacer? Dejé que siguiera secando mi piel grasosa de adolescente.
Los bailarines llegaron también adonde yo estaba. Un grupo de hombres y mujeres en trajes idénticos, negros y sexis. Salté de mi silla (Lonni también dio un salto, pero del susto) y me incliné hacia adelante.
–¡Sugohaess-eoyo! –les dije mientras que los saludaba con una reverencia–. Thank you so much –siempre me aseguraba de agradecerles en coreano y en inglés, porque los bailarines venían de todas partes del mundo.
Ellos sufrían conmigo cada una de las prácticas y jamás obtenían nada de la gloria que yo recibía. Mi aprecio era genuino, pero también era algo que todos de alguna manera esperaban que demostrara. Las estrellas del K-pop siempre debían ser amables y atentas.
Ellos me devolvieron la reverencia y me agradecieron también, todos cubiertos en sudor y visiblemente agotados.
–Arrasaste allí fuera, Lucky –dijo uno de los bailarines, Jin–. Casi hasta pudiste seguirme el ritmo.
Me sonrojé. Jin era lindo. También estaba algo fuera de mi alcance, como la mayoría de los muchachos en mi vida.
–Algún día caeré con más gracia en ese último paso, lo prometo –dije con una risita nerviosa. Todos se retiraron. Volverían juntos al hotel. Los vi marcharse con un poco de envidia. ¿Se quedarían charlando y pasando el rato en alguna de las habitaciones, comiendo ramen todos juntos?
No importaba. Mis pies iban a deshacerse hasta convertirse en polvo. Volví a echarme sobre la silla.
Una mano me palmeó el hombro.
–Ey, para ti también. Sugohaess-eo –era la asistente de mi representante, Ji-Yeon. Ella siempre me decía que había hecho un buen trabajo después de cada show; era una especie de orgullosa aunque austera hermana mayor. Era joven y pequeña, su rostro con mejillas redondas estaba enmarcado con un fleco recto y gafas enormes. Pequeña, sí, pero era una planta eléctrica que siempre hacía que todo funcionara.
Chequeó algo en su teléfono, que siempre llevaba en la misma mano.
–Tendremos un encuentro con los fanáticos de aproximadamente una hora. Asegúrate de tomar agua.
–¿Qué? ¿Un encuentro con los fans? –había dejado de hacer eso hacía unos años. Los encuentros con los fans eran más que nada para las bandas que recién comenzaban. Una vez que alcanzabas un cierto nivel en tu carrera, todo aquello se volvía más difícil de controlar.
–Sí. Es tu último show de la gira, así que pensamos que sería una buena oportunidad para hacer una foto final.
Me pasó una botella de agua.
–¿Estás diciéndome que tendré que quedarme aquí una hora más? –dije, esforzándome por mantener la calma.
–Será rápido. Entrarán y saldrán. ¿No quieres hacerlo? –me preguntó Ji-Yeon por encima de sus gafas.
No seas holgazana, Lucky.
–Lo haré, está perfecto.
–Muy bien. Ahora vamos a sacarte este traje, te daremos algo más cómodo para tu encuentro con los fans –dijo Ji-Yeon con una mueca de nariz, haciendo que sus gafas se movieran para arriba y para abajo sobre su rostro pálido–. Excepto las botas, por supuesto. Deberás tenerlas puestas para la foto.
Por supuesto.
Unos minutos más tarde, estaba sentada detrás de una mesa, firmando álbumes, afiches y lo que fuera que los seguidores hubieran traído consigo. Y, aunque hacía unos minutos había deseado poder estar ya metida en la cama, la emoción de los fans me recargó con una energía que se sentía muy familiar y que extrañaba. La interacción con ellos no había sido mucha en el último tiempo.
–¿Podemos sacarnos una foto? –miré a la muchacha con frenos y el cabello bien corto y estaba a punto de decirle que sí cuando el guardaespaldas a cargo, Ren Chang, se paró frente a mí y negó con la cabeza.
Intenté pedirle perdón a la chica con la mirada antes de que el siguiente fan se acercara con un afiche para que le firmara.
Al comienzo, hubiera deseado darles un abrazo a todos y hablar con todas y cada una de las personas que habían esperado para verme. Pero, con cada segundo que pasaba, los rostros se volvían más y más borrosos a causa de mi cansancio. Batallé contra el instinto de dar respuestas preparadas e inexpresivas.
–Gracias por venir –le dije con una sonrisa al hombre mientras le firmaba su afiche con un marcador.
Él asintió con la cabeza, aunque no hizo contacto visual conmigo. Pero su mano tomó la mía cuando le estaba devolviendo el afiche, y entonces se me acercó. Podía oler lo que había comido; sentí el calor de su cuerpo. Sin perder una milésima de segundo, Ren lo empujó hacia atrás con mano firme. Otra vez, sonreí para disculparme, aunque debo admitir que no me gustó nada. La mayoría de mis fans varones eran adorables pero, algunos de ellos, excesivamente entusiastas, solían acercárseme con una intensidad que me asustaba. En esos momentos, aun así debía actuar amable y gentil. Siempre agradecida.
La fila de gente se terminó y yo me puse de pie y saludé con una mano y con varias reverencias a los fans que sollozaban y gritaban mi nombre. Estallaron cuando saludé con el signo de la paz y entonces mi gente me sacó de allí por la puerta de atrás.
Apenas puse un pie en la acera, los fans y los paparazi estaban esperándome. Los flashes de las cámaras, las voces que gritaban mi nombre, un chapuzón de humanidad. Ren y otros guardaespaldas me encerraron en un círculo cual membrana de protección. Cuando la gente los empujaba, la fuerza hacía que el círculo ondulara mientras que avanzábamos por el callejón angosto hasta la camioneta.
–¡Lucky, te amo! –gritó una muchacha. Mi instinto fue mirar en dirección hacia donde había venido la voz y decir “¡gracias!”, pero hacer eso habría dado lugar a muchos más gritos y muchos más “gracias”. Había aprendido mi lección hacía tiempo.
Así que bajé la cabeza, concentrando mi mirada en los pies de Ren, que iba delante de mí. Con los ojos fijos en sus pasos firmes, mi corazón se desaceleró y pude tranquilizarme. Me gustaba tener algo en qué concentrarme. De lo contrario, pasaría directo a un estado de pánico, sintiéndome atrapada, aplastada por un millón de personas que querían un trozo de mí.
Mis guardias de seguridad desaceleraron la marcha y yo levanté la vista: la camioneta estaba cerca, pero los fans bloqueaban la puerta. La policía ya había llegado y la energía se volvía más y más intensa. Era ese momento de locura sobre el que absolutamente nadie tenía control, donde hombres adultos con brazos fornidos luchaban contra niñitas adolescentes con la mirada llena de ilusión, y yo lo observaba todo sin poder hacer nada mientras que aquellas niñitas se trepaban salvajes sobre los guardias.
Mi corazón se volvió a acelerar, me sudaban las palmas de las manos, y una ola de náuseas se apoderó de mí.
–No te alejes –dijo Ren en voz muy baja, estirando su enorme brazo contra mi torso para protegerme.
–¿Crees que tengo opción? –le pregunté. Tenía la voz ronca. Estaba molesta con Ren, aunque sin razón.
–Podrían pisotearte –me respondió tranquilo. Ren tenía la edad de mi padre pero la preparación física de cualquier participante de las Olimpíadas. Y el sentido de humor de una galleta sin sal.
No me alejé… Y luego, pude sentir una ráfaga de aire fresco que atravesó el círculo, rompiendo la muralla de cuerpos que me rodeaba.
Mi corazón latió normal y levanté el rostro para ver la silueta de Hong Kong en el horizonte. Brilló solo para mí durante una milésima de segundo antes de que me empujaran dentro de la camioneta.
Lo primero que hice fue quitarme las botas.

Capítulo dos
JACK
Escuché al presidente del Construction Bank de Hong Kong explayarse sobre trimestres pasados o algo igual de aburrido hasta que mis ojos comenzaron a lagrimear y a arder. Los ojos humanos no se hicieron para mirar fijamente una sola cosa durante tanto tiempo. Observé la hora en mi teléfono. Dios mío. ¿Habían pasado treinta minutos? ¡Treinta minutos! ¿Cuánto tiempo podía pasarse una persona hablando de estas cosas?
–Papá –murmuré, golpeándolo apenas con el codo.
Con sus ojos negros fijos en el hombre que disertaba sobre el escenario, mi padre no respondió. Su mandíbula pronunciada no se movía y su cabello meticulosamente peinado combinaba con el cuello blanco y almidonado de su camisa. Estaba sentado derecho en su silla, una silla poco cómoda cubierta de una tela de satén color crema.
Lo molesté con el dedo hasta que finalmente me miró, con exasperación y el ceño fruncido.
–¿Qué sucede? –dijo en voz baja.
–¿En qué momento esto se volverá divertido? –le pregunté también en voz baja.
–Niño, ¿en verdad creíste que una cena aniversario de un banco sería divertida en algún momento? –respondió con una risotada muda.
Tenía razón. Observé el salón del hotel, repleto de bancarios comiendo escalopes en sus ropas formales. Tal vez esta fuera la noche de viernes más aburrida de toda mi vida.
–Bueno, creí que al menos la comida sería buena.
–Al menos es gratis –me miró fijo–. Debes quedarte.
Suspiré y me eché hacia atrás contra el respaldo de la silla, sonriendo a las demás personas en nuestra mesa, que ya habían comenzado a mirarnos.
–¿Sabes? Cuando hablé de tomarme un año sabático, tenía otra cosa en mente. Un año con viajes de mochila y menos salones formales –le dije.
–Bromeas –y pude ver que sonreía de lado.
Cuando anuncié que me tomaría un año sabático en lugar de seguir estudiando, mis padres estuvieron de acuerdo… solo si comenzaba a trabajar como pasante en el banco de mi padre el otoño siguiente a mi graduación de la secundaria. Pero ya era octubre y este trabajo me estaba matando de aburrimiento.
El hombre sobre el escenario terminó por fin su discurso, y todos aplaudieron educadamente. ¡Gracias al Señor! La gente se apresuró a llegar a la mesa de postres, y yo mismo estaba a punto de ponerme de pie e ir a buscar algo cuando mi padre me detuvo.
–Jack, hay algunas personas que quiero que conozcas –dijo mientras les hacía señas para que se acercaran, y luego me dedicó una mirada fría de advertencia–. Esta pasantía no se trata de hacer las cosas por inercia, sino de trabajar en red. Algunas de estas personas tienen grandes conexiones con las mejores universidades de los Estados Unidos.
Genial. Me coloqué mi sonrisa más congraciante. Era una buena sonrisa. Una mujer alta y asiática con lápiz de labios rojo estiró la mano para saludarme.
–¡Jack! Nos alegra tanto que hayas podido venir al evento de esta noche. Es señal de la iniciativa que tienes.
–Gracias, Caroline –respondí. Sus cejas se levantaron automáticamente; se la veía gratamente sorprendida: yo era muy bueno recordando nombres–. Pero seamos honestos, estoy aquí por el pastel.
Caroline echó la cabeza para atrás y se rio, y su compañero hizo lo mismo. Era un hombre hindú, fornido y de traje costoso. Nikhil, si recordaba correctamente.
–No dejes de probar el tiramisú –dijo Nikhil con su acento británico–. Y entonces, ¿estás disfrutando de tu año sabático? Yo tengo grandes recuerdos del mío. Anduve de mochilero por Europa y todo eso.
Miré a mi padre con intención. ¿Lo ves? El hombre salió de viaje. ¡Eso es algo que sí me interesaría hacer!
–Oh, ha sido fantástico hasta ahora –respondí en cambio–. Creo que hay mucho que se puede aprender fuera de la universidad, y tengo el privilegio de estar haciendo justamente eso –fue una indirecta muy obvia que estoy seguro de que mi padre entendió.
Nikhil chasqueó los dedos.
–¡Ah! ¡Tengo una pregunta sobre cámaras, Jack!
–¿Ah, sí?
–Sí, te he visto en la oficina con esa enorme que tienes –dijo–. Te gustan las cámaras, ¿no es así? Necesito una recomendación.
Mi padre giró para mirarme y la tensión me trepó por la espalda.
–Claro, ¿qué tipo de cámara estás buscando?
Nikhil procedió a describir lo que quería, y yo intenté conservar una expresión neutral. Sí, sabía una cosa o dos sobre cámaras; me había maravillado la fotografía durante años, desde que obtuve mi primera cámara de verdad una Navidad. Era una Canon Rebel que llevaba literalmente a todos lados. Hasta donde mis padres sabían, era solo un hobby. Lo dejaron bien en claro cuando intenté indagar un poco más sobre programas de Arte. Habían reaccionado con un escepticismo extremo, obligándome a inclinarme por programas de Negocios o Ingeniería.
Eso había sido lo que había matado mi entusiasmo por la universidad. La razón por la que había pedido un año sabático. La idea de estudiar Negocios o algo que no fuera Fotografía me hizo entrar en pánico.
Lo que era muy importante, pero no le dije a mis padres, era lo siguiente: no estaba seguro de querer ir a la universidad. Era algo que se sentía muy lejano ahora. Tan lejano que no sabía si alguna vez sería parte de mi vida. Había visto a dónde llevaba: a una fiesta aburrida con tiramisú donde no puedes quitarte tu traje de etiqueta.
Miré a mi padre, también vestido de traje. Esta no era la vida que él quería tampoco. Mi padre había estudiado Escritura creativa en la universidad. Hasta tenía una maestría en Bellas Artes. Pero la vida y las circunstancias lo habían traído hasta aquí.
Luego de darle algunas recomendaciones sobre cámaras a Nikhil, la conversación viró hacia temas financieros, así que yo opté por dirigirme a la mesa de dulces. Todo se veía poco tentador. El cuello de mi camisa me estaba sofocando, y el ruido constante en el salón era ensordecedor. Un temor existencial me acompañaba en cada segundo allí dentro. Sentía que el tiempo pasaba, que mis células envejecían. Respiré profundo. En mi mente, solo podía pensar en cómo iba a salir de allí. ¿Me sentiría enfermo tal vez? Mi padre era un germofóbico. Tal vez pudiera funcionar.
Volví a mi mesa, me senté junto a mi padre y tosí tan fuerte que él se echó hacia atrás.
–No me siento muy bien –fingí con mi mejor voz de enfermo.
–Eso es porque vives desabrigado –se quejó él–. ¿Tienes calefacción en esa choza tuya?
Mis padres odiaban mi apartamento en Sheung Wan. Tan pronto como me gradué de la escuela, me había mudado con prácticamente nada de dinero, y mi hogar actual era prueba de ello. Mientras que el vecindario donde vivía con mis padres era uno de casas costosas, yo había elegido uno de esos edificios de apartamentos sin elevador que eran diminutos y solían estar ubicados sobre los frentes de tiendas que vendían cosas como pescado seco o hierbas medicinales. Sin embargo, era considerada un área emergente, por lo que seguía siendo más de lo que podía pagar por mi cuenta, así que me busqué un compañero de cuarto… en un apartamento con una sola habitación. Era realmente estresante. Mis padres se habían rehusado a ayudarme; y yo, de todas formas, prefería morir de hambre antes que pedirles ayuda. No sabía cuánto tiempo más iba a soportar la situación y estaba haciendo todo lo que estaba a mi alcance para evitar convertirme en el fracasado que mis padres esperaban que fuera.
–Sí que tenemos –mentí con facilidad–. Cómo sea, me está empezando a doler la garganta también.
Papá me dedicó una mirada penetrante.
–¿Crees que enfermándote te librarás de esto?
Aspiré con la nariz… porque en verdad sentí la necesidad de hacerlo.
–¿Por qué haría algo así? Sabes lo mucho que me emociona mi primer banquete del banco y… eso.
Mientras que el escepticismo se alineaba en su rostro, pude sentir su fobia hacia los gérmenes superando su sensor paternal.
–Muy bien. Esto ya se está terminando de todos modos. Ve a casa y descansa. ¿Necesitas que tu madre te envíe algo de comida?
La victoria más sencilla de la historia mundial.
–No, estaré bien. Puedo comprar algo de arroz congee en la tienda de la esquina.
Justo antes de salirme del salón en dirección al lobby del elegantísimo hotel, le oí murmurar muy por lo bajo algo sobre que el porridge coreano era mejor que el arroz congee.
Mi familia no era de Hong Kong. Mis padres habían emigrado a los Estados Unidos desde Corea cuando ambos eran unos niños, y yo nací y crecí en Los Ángeles. Y luego, hacía ya un año, mi padre recibió esta oferta tan tentadora del banco que no pudo rechazar. Hong Kong es la capital financiera y bancaria de Asia.
Siempre se trataba del dinero. Mi padre había dejado de lado sus sueños de escribir la “gran novela norteamericana” cuando la familia de mi madre lo presionó para que consiguiera un “trabajo de verdad”. Eso fue lo que lo condujo hasta el banco; y luego tuvo hijos, lo que lo atrincheró aún más en el mundo bancario. Y así fue cómo llegamos hasta aquí.
Dos porteros abrieron las puertas dobles para mí y yo los saludé a ambos con una reverencia antes de salir. Miré la fachada del hotel desde afuera; una elegante y vertiginosa torre de vidrio rodeada de otros rascacielos, muchos ya encendidos con luces rosadas o verdes. Una leve niebla se había asentado, dándole a todo una sensación de ensueño, casi futurística. Me froté los brazos para darme calor por encima de la chaqueta. Sentía demasiado frío para la temperatura que había afuera. El calor del verano solía durar hasta bien entrado el invierno por estos lados.
Al comienzo, extrañaba tanto mi casa que creí que iba a morir. Ahora ya me había comenzado a encariñar con Hong Kong. A veces sucede que vas a un lugar nuevo y resulta que se siente extrañamente familiar, como si en algún momento de tu existencia tú ya hubieras estado allí, como en un sueño.
No es que quiera romantizar la idea ni nada.
Caminé por el sendero de entrada de vehículos del hotel. Había coches de lujo esperando en fila, y uno de ellos casi me atropella. Un Escalade color negro que frenó de repente frente a la puerta de entrada. Los muchachos del valet se apresuraron a abrir la puerta trasera del coche, y de él descendió un hombre blanco de gafas oscuras y cabello rojo rabioso.
Lo reconocí de inmediato. Era Teddy Slade, una estrella de acción norteamericana. Diablos, ¿estaba parando en este hotel? Un sexto sentido que me decía que alguien estaba a punto de hacer algo prohibido o incorrecto hizo que lo siguiera hasta el lobby. Él se dirigió directamente hacia el elevador, cuyas puertas alguien estaba manteniendo abiertas para él.
Una mujer con gafas negras y un tapado oscuro entró justo después que él.
La mujer tenía el perfil distintivo de la superestrella de Hong Kong, Celeste Jiang. No podía creerlo. De inmediato, le envié un mensaje a Trevor Nakamura:
Estoy viendo a Teddy Slade en el Skyloft Hotel en este instante. Celeste Jiang está con él.
Trevor era el editor general del sitio web más grande y ruin de todo Hong Kong: Rumours.
Y yo trabajaba para él.
Me respondió de inmediato.
Todos han intentado capturar este momento. ¿Puedes tomarles una foto?
Durante los últimos cuatro meses, había estado trabajando con Trevor, consiguiéndole fotografías siempre que podía. Mis padres, claro, no tenían idea.
Le respondí.
Sí, puedo.
Luego, miré los números mientras el elevador avanzaba. No se detuvieron hasta llegar al penthouse del edificio.
Los tengo.
Recibí una calurosa bienvenida cuando llegué a la recepción. Los hoteles elegantes tratan bien a todos porque uno nunca sabe a quién le está hablando en realidad. Podría haber sido el hijo de Jackie Chan.
–Buenas noches, señor. ¿Cómo puedo ayudarlo? –una jovencita muy educada con un leve acento fue quien me recibió. La evalué. Sabía que en hoteles como este no dejaban ingresar a las personas que no eran huéspedes. Había una razón por la que las celebridades siempre lo elegían. Era un hotel pequeño y el personal probablemente reconocía a la mayoría de las personas que allí se alojaban. La discreción lo era todo.
Le regalé una veloz sonrisa encantadora y me apresuré a leer su nombre en el broche que llevaba en la chaqueta.
–Hola, Jessica. Me encontraré con un amigo que se hospeda aquí en este hotel. ¿Crees que puedo quedarme por aquí mientras lo espero? –le sostuve la mirada, tal vez por un segundo más de lo permitido.
Se sonrojó y me devolvió la sonrisa.
–Ah, sí, claro. El lobby junto a los elevadores será mejor. Así su amigo podrá verlo apenas baje.
–Gracias, Jessica –toqué con mi mano su antebrazo para acompañar mi agradecimiento y me dirigí al lobby. Convencido de que Jessica seguía mirándome, me senté en uno de los confortables sillones de terciopelo azul oscuro y saqué mi teléfono, como si estuviese enviando un mensaje de texto a mi amigo. En realidad, estaba buscando algo de información sobre el hotel. ¿Habría más de una habitación en el piso del penthouse?
Sí. Había dos. Fácil.
Esperé unos segundos antes de volver a mirar a Jessica, que ya estaba ocupada atendiendo a otro huésped. Estudié el lobby rápidamente. Luces bajas y muebles elegantes. Y flores. Muchos arreglos de flores.
Sonó el timbre del elevador, y yo levanté la mirada. Una pareja con acento australiano descendió y una mujer asiática con bufanda ingresó. Yo me puse de pie, me apresuré a tomar uno de los arreglos florales en una de las mesitas de café y me metí en el elevador detrás de ella, asegurándome de quedar ubicado en una de las esquinas.
El ramo era más grande de lo que me había parecido que era en la mesa, y casi aplasto a la mujer asiática con él. Ni siquiera podía verla. Espiando por entre las flores, llegué a ver el número “17” encenderse cuando ella colocó su tarjeta sobre el sensor.
Claro. Cada huésped tenía una estúpida tarjeta magnética para poder seleccionar su piso.
–Demonios, no llego a tomar mi tarjeta con esta monstruosidad que me han encargado entregar –dije en un acento británico–. ¿Le importaría presionar el botón para el penthouse?
La mujer largó un suspiro y luego la oí pasar nuevamente su tarjeta y presionar el botón para el penthouse.
–Muchísimas gracias –dije detrás de los anturios y las hojas. La mujer no respondió.
Usted tranquila, señora. A quién le importa si acaba de dejar entrar en el hotel a la versión coreana de Charles Manson, ¿verdad?
La mujer se bajó en su piso, y yo respiré aliviado.
–Buenas noches –le dije mientras ella descendía. Tampoco respondió, y las puertas se cerraron detrás de ella–. No voy a extrañarla.
El elevador siguió avanzando sin parar hasta llegar al piso del penthouse.
Había llegado el momento de conseguir esa foto.

Capítulo tres
LUCKY
–¿De verdad tenemos que ver esto ahora? –pregunté mirando a mi representante.
Los ojos de Joseph Yim estaban fijos en los míos.
–Aparecerás en The Later Tonight Show en tres días. Si es que todavía hay algo que puedas mejorar, debemos saberlo ahora. ¿No crees?
Vestía camisa azul claro, ajustada y prolijamente metida en sus pantalones azul marino. Con sus pómulos marcados y los ojos de acero, Joseph se veía imponente. Todavía no tenía treinta años, pero era una especie de niño prodigio salido de una escena típica de K-pop. Muchos de los singles número uno en el Top 100 del K-Pop venían de su empresa. La gente decía que tenía un jaeneung, o un don. El don de saber quién podía convertirse en una gran estrella. Y, en este momento, su gran proyecto era yo.
Si todo salía de acuerdo al plan, en unos pocos días no solo sería la reina del K-pop. También una estrella del pop internacional. The Later Tonight Show me abriría las puertas en los Estados Unidos.
Estados Unidos. La codiciada cima. No muchos artistas de K-pop habían logrado conquistarla. El K-pop estaba ganando popularidad por allí sin lugar a dudas, pero todavía ninguna cantante femenina de K-pop había llegado a estar en el ranking de canciones más reproducidas junto con Beyoncé o Taylor Swift.
En ese mismísimo momento, yo era la estrella. Mi nombre no decepcionaba. Joseph me consideraba su amuleto de la suerte. Nada de cuartetos ni quintetos de niñitas modelos que bailaban en sincronía y entonaban exuberantes harmonías, ni tampoco nada de atractivos muchachos de cabellos perfectamente arreglados moviéndose cual gimnastas al ritmo de un rap.
Esa era yo. Lucky, la de un solo nombre. Lucky, la de la voz angelada que había hecho que los ojos de Joseph se llenaran de lágrimas cuando audicioné por primera vez. Lucky, la del rostro pequeño y “natural” y ojos grandes que ya había lanzado mil productos de belleza. Lucky, la de la altura perfecta, que la hacía resaltar por encima de las otras muchachas. Lucky, la de los movimientos femeninos y precisos que jamás se equivocaba. Lucky, la del inglés perfecto.
Estaba encerrada en una botella, y el sello discográfico había colocado en mí todas sus esperanzas y sus sueños norteamericanos.
Sin presiones.
Unas horas después del concierto, Joseph y Ji-Yeon seguían en mi habitación del hotel, con una laptop abierta colocada sobre la mesa de café de mármol. Joseph quería revisar mi última actuación día.
Podría irme a la cama. Ya había llegado lo suficientemente lejos en mi carrera y ahora tenía más libertad que la que había tenido en el pasado. Pero sus miradas expectantes inflaban aún más el globo de la presión que sentía dentro.
–Sí, claro. Hagámoslo –dije con una sonrisa incómoda.
Con un toque en la barra espaciadora, Ji-Yeon dio inicio al video.
Desde mi posición reclinada en el sofá afelpado, me vi en la pantalla saltar, girar, dar vueltas en el escenario. Mis manos siempre moviéndose ondulantes cerca del rostro mientras cantaba. Mi voz se sentía algo metálica desde los parlantes de la vieja computadora.
Vimos el material completo, de principio a fin. Estaba tan cansada que apenas podía prestar atención; pestañaba para mantenerme despierta. De pronto, la imagen de mí misma en la pantalla se transformó en una hamburguesa danzante.
Mmm… Una hamburguesa.
La presentación había salido perfecta. Una mínima explosión de confeti se disparó sobre mi cabeza con muy poca gracia. La incapacidad de alegrarme por el resultado me hizo sentir culpable, así que acomodé mi posición y enderecé la espalda.
El video terminó, y Joseph aplaudió.
–Buena chica –dijo con una sonrisa enorme–. Esto es lo que nos dice que vas a lograrlo. Eres confiable.
¡Confiable! Eso sí que es música para los oídos de un artista. Fingí toser y me llevé el puño a la boca para ahogar y tapar la explosión de risa que me iba trepando por la garganta.
Joseph enderezó la cabeza.
–Tengo una idea.
Ay, Dios, otra idea, no.
–¿Por qué no miramos tu primera presentación de “Heartbeat” para compararla con la de hoy? –me sonrió–. Reproduciremos los dos al mismo tiempo para ver cuánto has avanzado.
–Bueno, esta es mi idea de un viernes por la noche a todo trapo –declaré.
A pesar de que Joseph y Ji-Yeon hablaban inglés fluido, noté que no habían entendido mi sarcasmo.
Ji-Yeon se arrodilló y sacó una tablet para colocar junto a la laptop. Luego, buscó el video en YouTube hasta que lo encontró.
El video tenía dos años. Mi cabello lucía un tinte color café y lo llevaba corto y ondulado. Ese mismo corte sería luego imitado por miles de adolescentes justo después de que la actuación saliera al aire. Las primeras tres notas señalaban el comienzo de la canción, y la cámara descendió por mis ondas, mis caderas, y siguió descendiendo y descendiendo. Llevaba unas botas negras y sin tacón. Esas botas sí me gustaban.
A medida que avanzaba la canción, noté que me estaba inclinando hacia adelante sentada en el sofá hasta que quedé literalmente en el borde de mi asiento. No pude evitar notar lo amplio de mi sonrisa, el optimismo en mis pasos, el brillo en mis ojos. Cuando volví a fijarme en la actuación de hoy, que iba en simultáneo, lo que vi en mis ojos fue un vacío. Dos charcos oscuros de nada misma. Me quedé mirando fijo a la Lucky de dos años atrás.
A los trece años, luego de audicionar en el estudio de L. A. para el sello discográfico del que ahora soy estrella, me mudé de Los Ángeles a Seúl, sola y a seis mil millas de mi familia, y me enviaron a una especie de campamento de entrenamiento. Mis representantes esperaron un par de años para la cirugía estética. Querían darme un aspecto natural. La cirugía de doble párpado se había transformado en algo tan común en Corea del Sur que era extraño que una estrella pop no la tuviera. Y luego, una discreta cirugía de nariz. Lo que la gente solía llamar el “combo K-pop”.
Fui parte del grupo musical de mujeres Hard Candy por dos años antes de ser lanzada al estrellato. Mis representantes me quitaron del grupo y me convirtieron en una solista. En un abrir y cerrar de ojos, vencí en todos los rankings, todos mis shows tenían localidades agotadas, gané todos los premios que pude ganar. Y una de las claves de mi éxito había sido la falta de escándalos. Ni una foto de mí bebiendo alcohol. Ni un novio. Ni aires de grandeza.
Yo siempre fui humilde, graciosa y reservada.
Perfecta.
Los medios amaban eso de mí. Me trataban como una especie de princesa; mis fans me protegían con uñas y dientes. Las historias que uno podía oír sobre mí siempre se concentraban en mis buenas acciones y mi éxito. En ese orden. Porque mi música no era particularmente diferente. Por el contrario, era la mejor versión de lo que siempre era popular: pegadizo, animado y combinado con baladas dulces y enternecedoras.
–¿Ves eso? –dijo Joseph, señalando a la vieja Lucky–. Aquí arruinaste el paso. Eso jamás lo harías ahora. Deberías estar orgullosa de lo mucho que has mejorado.
No estaba orgullosa. Me sentía incómoda. Recordé a la vieja Lucky. La alegría durante mis presentaciones, lo emocionada que me sentía antes de cada show, cada sesión fotográfica, cada lanzamiento. En aquel entonces, me había sentido una verdadera artista por la mera alegría de amar lo que estaba haciendo. Por tener la posibilidad de hacerlo, y punto.
Creía que todavía sentía la alegría de estar sobre el escenario, pero ver a la vieja Lucky junto a la actual Lucky hacía que el contraste fuese demasiado obvio.
Dios mío.
No había punto de comparación con la antigua Lucky.

Capítulo cuatro
JACK
Mientras lidiaba con el peso del arreglo floral que tenía el tamaño de un San Bernardo, saqué mi teléfono y avancé por el pasillo; el sonido de mis pasos amortiguado por la alfombra mullida.
Busqué rápidamente a Teddy Slade: la película que estaba filmando aquí en Hong Kong se llamaba Endless Night. Esquivé un aparador elegante en el pasillo mientras iba leyendo la lista del elenco y el equipo de producción. Clavé los ojos en un nombre.
Bien, había dos habitaciones en este piso. Tenía un cincuenta y cincuenta de posibilidades. Si no era una habitación, sería la otra. Me quedé de pie frente a la primera puerta y respiré profundo. Bajé las flores y me quité la chaqueta. La hice un bollo y la arrojé en el pasillo. Luego, escondí mi teléfono en el centro de las flores.
Mi camisa blanca estaba arrugada y desaliñada, pero me la metí en los pantalones negros y rogué para que el arreglo de flores mutante me cubriera. No pude hacer nada con el calzado.
Volví a cargar las pesadas flores en mis brazos y llamé a la puerta. Tres golpes fuertes y seguros. La sangre se me subía a la cabeza, la adrenalina de siempre me invadía.
Cuatro meses atrás, me había infiltrado en una fiesta VIP para impresionar a la muchacha que tanto me gustaba, Courtney. Estábamos en un restaurante y vi que estaban subiendo a algunas celebrities por las escaleras.
–Ay, moriría por estar allí –dijo Courtney casi sin aliento mientras me apretaba el brazo. Algo del hombre cavernícola en mí salió a la superficie y acepté el desafío.
Usando algunos nombres de contacto falsos, nos llevé al primer piso, y luego encontré la manera de que Courtney llegara lo suficientemente cerca de sus actores favoritos y tomara algunas fotografías.
Una mano me detuvo en mitad de una de esas fotos. Cuando me di vuelta, perdí la cabeza. Un tipo asiático de cabello largo me miraba con expresión astuta.
–Niño, ¿cómo llegaste hasta aquí? –yo estaba listo para mentir y salir corriendo, cuando él me sonrió–. Sé que te colaste.
Algo sobre esa sonrisa me relajó.
–Ah, ¿sí?
Él asintió con la cabeza.
–¿Y si pagara por esas fotos? –me dijo.
Desde aquel día, trabajo para Trevor. Últimamente, las asignaciones estaban siendo más y más frecuentes. Estaba comenzando a ganarme su confianza. No era el trabajo de mis sueños, pero sabía que el dinero que haría con él dependería de la cantidad de trabajo que tomara. De alguna manera, este trabajo requería de mis habilidades fotográficas. Se suponía que debía capturar a las celebridades en ese momento en el que justamente no quieren ser fotografiadas.
Unos segundos después de llamar a la puerta, oí el movimiento del otro lado.
–¿Quién es? –una voz masculina.
–Tengo flores de Matthew Diaz –era el productor ejecutivo de Endless Night, según lo que había leído en internet. Hablé exagerando el acento asiático. Cuanto menos palabras intercambiáramos, mejor.
Del otro lado de la puerta, hubo un intercambio de palabras en voz baja. Los brazos ya los sentía cansados de tanto sostener aquella monstruosidad de ramo. Vamos, sé confiado y un poco estúpido, Teddy.
La puerta se abrió, y allí estaba Teddy Slade en toda su gloria. El cabello rojizo desaliñado y un pecho peludo que asomaba por debajo de una bata apenas atada a la cintura. Era más bajo que yo, pero más robusto, igual que aquel hombre que él interpretaba e intimidaba criminales en la pantalla.
–¿Flores de Matt? –preguntó Teddy, con una mano apoyada en la manija de la puerta, obstaculizando mi vista del interior del penthouse. Llegué a oír algo de música. Saxofones. ¿En serio?
Esperaba alguna toma rápida de algún tipo de evidencia física: zapatos de mujer que luego pudiera rastrear en alguna foto de algún evento. Cualquier cosa. Pero primero tenía que poder ingresar.
–Sí, señor. Por favor, coloque esto sobre una superficie segura –le dije, adelantando un paso como para cruzar la puerta. Mi acento era ofensivo incluso para mis propios oídos, pero sabía que Teddy no lo pensaría dos veces. La mayoría de los occidentales que visitaban Hong Kong me hablaban lento y fuerte en inglés, asumiendo que apenas podría comprenderlos. Esta conjetura hacía que la gente bajara la guardia y me subestimara.
–Permítame, yo me encargo –dijo Teddy, alzando los brazos para que le entregase las flores.
–Señor, no. Esto es muy delicado y pesado. Unas flores muy exóticas de una antigua selva. Se dañará.
Lo esquivé y avancé, casi arrojándolo al suelo con las flores gigantes. No sabía a dónde estaba yendo; buscaba algún lugar para el armatoste. Como era de esperar, el penthouse era enorme, con una pared llena de ventanas desde las que se admiraba la imponente ciudad de fondo. Cuando giré para colocar las flores sobre una mesa, casi me caigo de boca al ver a Celeste Jiang sentada en un sillón. Vestida en una camiseta que definitivamente no era de su talle, bebiendo un vaso de agua. Glamorosa, serena y extremadamente hot.
Diablos, esto era mejor de lo que podría haberme imaginado. Metí la mano por entre las flores hasta dar con el teléfono. Tenía unos cinco segundos antes de que el gesto se volviera algo extraño.
Teddy caminaba detrás de mí. Cuando levanté la vista, vi mi propio reflejo en un espejo enorme. También reflejado en el espejo estaban Teddy Slade, de pie junto a las flores y Celeste Jiang sentada en el sofá.
Llegué a sacar unas cuantas fotos.
–Bien, ya es hora de que te marches –dijo Teddy, irritado de repente. Miré a Celeste antes de marcharme; estaba pasmada.
Guardé el teléfono en el bolsillo y Celeste me miró. Sus ojos pesados se posaron en mi mano. Me había visto.
–Sabes que podrías arruinar muchas vidas con esa foto, ¿no es así? –su expresión era neutral; las palabras las decía con voz suave y pausada.
Por un momento, permanecí congelado. Ya me habían gritado, y perseguido por la calle, pero esta era la primera vez que alguien me miraba a los ojos y me decía algo de forma tan directa y serena. ¿Me estaría pidiendo que no publicara la foto?
Pero, para ese entonces, ya tenía a Teddy encima de mí, y salí disparado de la habitación.
–Que tengan muy buenas noches. Señor, señora.
La puerta se cerró con violencia, y mi corazón latía tan fuerte que tenía la sensación de que se me había subido hasta a los mismísimos oídos. Levanté mi chaqueta del suelo y salí corriendo hasta los elevadores.
Fueron ustedes quienes arruinaron sus propias vidas, Celeste.

Capítulo cinco
LUCKY
–Irás derecho a la cama esta noche. Tienes solo un día para practicar antes de nuestro vuelo a Los Ángeles –protestó Ji-Yeon mientras ordenaba un poco la habitación. Joseph ya se había retirado a descansar, y yo me estaba poniendo el pijama.
–Sí, sí –le dije, mientras me colocaba los pantalones.
–No te quejes –sentenció Ji-Yeon.
–Está bien. Pero ¿puedo comer algo al menos? –el estómago me hacía ruido. Debido al programa tan agitado del tour, había estado comiendo solo barras de cereal y agua de coco todo el día.
Ji-Yeon se apoyó contra una pared y achicó los ojos mientras consideraba su respuesta. ¡Estaba pensando en si yo podía comer o no! Finalmente, asintió con la cabeza.
–Bien, creo que recuerdo haber visto algunos jugos y unas ensaladas en el menú.
No llegué a responderle porque el dibujo de una hamburguesa estaba danzando encima de su rostro. Hubiera matado por ir a un local de hamburguesas en ese mismísimo instante. A veces extrañaba Los Ángeles. Empujé las ganas por entre los recovecos de mis costillas, como siempre hacía. Si dejaba que las ganas se apoderaran de mí, entonces jamás podría seguir haciendo esto. Extrañar, como tantas otras cosas, era un lujo que no podía darme en ese momento. Iba a tener que lidiar con el sentimiento más tarde. Siempre más tarde.
Ji-Yeon ordenó la comida, y luego se apareció en el pasillo para avisarle a Ren que pronto alguien extraño llegaría con el servicio de habitación. Ren solía quedarse junto a mi puerta toda la noche. Había más guardias de seguridad en el lobby y en el coche también, por las dudas.
Podía parecer algo exagerado, excepto cuando una vez uno de mis fans sasaeng (súper fans que rozan el acoso) estaba esperándome en la parte trasera de mi coche.
El skyline de Hong Kong se veía colorido y dramático y prácticamente invadía mi habitación de hotel; la pared de puras ventanas me hacía sentir como si estuviese flotando en el cielo. Los edificios eran enormes y estaban tan cerca unos de otros que parecían piezas de papel y luces de neón superpuestas. Cuando me acerqué más a las ventanas, Ji-Yeon cerró las cortinas bruscamente, marcando el final de tan romántico instante. A pesar de estar tan cansada que podría haber dormido unos cien años, la antigua ansiedad nocturna se impuso.
De niña, odiaba el anochecer y los rituales inminentes de la hora de irse a la cama: lavarse los dientes, colocarse el pijama, apagar las luces. Una sensación de terror me perseguía a medida que el día se acercaba a su final.
–Aquí tienes –Ji-Yeon colocó un pequeño plato junto a mi mesa de luz. Dos pastillas para dormir y un Ativan. Las pastillas eran las estándar, las que todos tomaban. Pero el Ativan… Eso era top-secret. Las enfermedades mentales seguían siendo tabú en Corea del Sur y, si alguien descubría que yo estaba tomando medicación para manejar la ansiedad, bueno, entonces…
La princesa adicta del K-pop
La prensa coreana me comería viva. El resto de Asia seguiría sus pasos. Y luego mi carrera colapsaría, como una estrella que cedía finalmente ante la gravedad.
Al tomarlas, mis largas uñas rasparon el plato. Las coloqué sobre la palma de la mano, y las tragué con un poco de agua.
Después de armar mi cena, que consistía en un mix de verdes con un aderezo liviano de aceite de oliva y una guarnición de almendras, Ji-Yeon se dirigió a su habitación y me dejó sola. Aunque codiciaba mi privacidad, también tenía problemas para conciliar el sueño estando sola. La compañía de Ji-Yeon era reconfortante y era una de las pocas cartas de diva que solía utilizar.
Pero esta noche me inquietaba mi inminente debut norteamericano. Necesitaba un poco más de ayuda que la de siempre.
Hice a un lado mi ensalada y llamé a mi madre por FaceTime. Era muy temprano para ellos, pero no se quejaron. Mis padres siempre se hacían un tiempo para mis llamadas, porque no eran muchas mientras estaba de gira y pasaba mucho tiempo entre una y otra.
El teléfono sonó tres veces y mi madre atendió. La pantalla quedo oscura y borrosa durante unos segundos antes de que se ajustara a su rostro, los ojos separados de la nariz, los mechones de cabello ondulado enmarcándole el rostro suave.
Me estudió a través de la pantalla.
–¿Sucede algo? –ese era el típico saludo de mi madre.
–Hola, Umma. No, todo está bien. Solo llamaba –dije con la voz ahogada. Habían pasado tres semanas desde la última vez que habíamos hablado. Ver y oír la voz de mi madre me quitó de inmediato la seguridad de estrella del pop. Era yo misma otra vez.
El rostro de mi padre también apareció en la pantalla, y ella quedó hecha a un lado. Él se colocó las gafas para verme mejor; su cabello se veía desaliñado.
–¡Ah! ¿Qué haces aún despierta? –mi padre siempre se veía como un profesor loco en una escuela de hechiceros.
–Son apenas las diez –dije, riendo, observando a mis padres disputarse el espacio en la pantalla–. ¿Te desperté?
Mi mamá hizo un gesto con la mano, como pidiéndome que no exagere.
–A mí no. Yo me despierto más temprano que tu padre ahora.
–¿Ah, sí? ¿En qué mundo? –dijo mi padre, mezclando algo de coreano y de inglés, como siempre hacía–. Tal vez esta semana, porque…
–Está mirando esa cosa llamada Juego de tronos –interrumpió mi madre–. No sé cómo puede ver eso antes de irse a dormir. Es horrible –dijo encogiéndose de hombros.
–¿De verdad estás viendo eso? –le pregunté sorprendida–. Padre, eso es muy violento. Además, ¿llegas a entender el argumento?
Mi madre lanzó una risotada y mi padre se levantó las gafas, nervioso.
–Bueno, bueno, está bien, parece que tu padre ahora es un babo.
La palabra coreana para “tonto” jamás fallaba, siempre me hacía reír.
–No, eso no es cierto –protesté–. Tiene demasiados personajes y es un mundo de fantasía complicado –dejé de hablar cuando una explosión de color blanco y ojos negros cubrió la pantalla de repente. Era Fern, la perra pomerania de mis padres. Todo fue caos durante unos segundos mientras mi madre intentaba sujetarla en brazos para tomar una selfie. Su nariz contra la cámara me hizo reír; y luego oí una voz que se quejaba en el fondo.
–Dios mío, ¿por qué tienen que hacer tanto ruido tan temprano?
Ah, el tono inconfundible de una irritada niñita de quince años.
–Tu hermana está al teléfono, ¡di hola! –dijo mi padre mientras movía el teléfono para que yo llegara a ver el rostro de mi hermana. Era como el mío, pero no. Sus mejillas eran más regordetas, la boca era más grande, los ojos eran más grandes.
–Hola, Vivian –le dije.
–Hola –saludó en voz baja–. Odio FaceTime.
–¿Qué anduviste haciendo hoy? –le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
–Nada –Vivian no solía mirarme a los ojos demasiado, pero llegué a ver cómo su mirada se detenía en mi rostro unos instantes–. ¿Te hiciste microblading?
Pasé mi dedo índice por mis cejas naturales.
–No.
–Se ven extrañas.
Nada como una hermana menor para bajarte el ánimo.
Mis padres intercedieron, hablando de sus planes para el fin de semana. La normalidad de todo el asunto se sentía muy bien. Al fin una conversación fuera de mi trabajo, mis horarios, mis fans.
Cuando bostecé, mi madre frunció el ceño.
–Deberías ir a la cama ahora mismo. Has tenido una larga gira, y ahora debes prepararte para The Later Tonight Show, ¿no es así?
Asentí con la cabeza.
–Sí. El lunes. Irán a verme, ¿verdad? –estarían esperándome en el camarín luego de la grabación.
–¡Por supuesto! –dijo mi padre–. Nos aseguraremos de que comas bien para que luego tengas mucha energía.
Las expresiones de preocupación en sus rostros me destrozaron el corazón una vez más. Traté de mostrarles mi mejor sonrisa.
–No se preocupen. He comido muy bien en esta gira. Muchos dumplings y noodles y esas cosas.
Los dos asintieron con la cabeza, encantados de oír mi comentario. Pero les estaba mintiendo, claro. Una de las tantas mentiras que debía decir para dejar a mis padres tranquilos. Si sabían lo poco que había estado comiendo y durmiendo… Bueno, no podría estar haciendo esto. Sabía de los sacrificios que mi familia estaba haciendo para traerme hasta aquí. Lo mínimo que podía hacer era hacer que no se preocuparan por mí.
Cortamos la comunicación y sentí que mi ánimo se desplomaba todavía más. ¿O acaso serían las píldoras para dormir? Sentía las extremidades pesadas, pero mi mente no paraba de funcionar. Me metí en la cama sin siquiera lavarme el rostro ni los dientes. El cubrecama blanco prácticamente me devoró; las sábanas lujosas se apoyaron sobre mi pijama, frescas y acogedoras. Estaba bien abrigada, un hábito que había adoptado viviendo en Corea.
La primera noche en el campamento de entrenamiento, me había ido a dormir con un top y mis interiores, y las otras niñas se burlaron de mí incluso terminado el verano. Vamos, niñas, ¡es solo ropa interior! O, como yo las llamaba, ppanseuh, la palabra que usaban mis padres para las prendas íntimas. Una cosa más que me dejaba en ridículo. Aparentemente, esa era una palabra japonesa muy antigua que solo las abuelas utilizaban. Los niños bien decían “panties”, como en inglés. Pero a mí esa palabra me ponía nerviosa. Y nadie dormía solo en “panties”.
Saben, mis botas me molestaban todo el tiempo últimamente. Era como si alguien gritara: “¡No dejen que Lucky use zapatos sin tacón, Dios no lo permita! ¡Mide un metro setenta! ¡ESO… SIGNIFICA… MUY… ALTA!”.
Cuando pensé en mayúsculas, las pastillas ya estaban surtiendo efecto. Di vueltas en la cama, golpeé la almohada unas cuantas veces. No sé si era el hambre que tenía o qué, pero no podía dormirme. Tenía que levantarme temprano para practicar. No podía hacer un papelón en The Later Tonight Show. No, señor.
Mmm… Hamburguesas.
Ese era el problema. Seguía tan hambrienta como antes. Me deshice de mis sábanas y abrí la maleta. Me dejé la camiseta térmica puesta, pero me quité los pantalones del pijama y los cambié por unos jeans negros rasgados. También tomé mi gorra favorita de béisbol (una de color verde oliva que no llamaría jamás la atención). Mi peluca rosada estaba siendo custodiada por Ji-Yeon y ya lejos de mi cuero cabelludo… gracias a Dios. Así que me coloqué un tapado color beige claro y busqué mi calzado, pero no lo encontré por ningún lado.
–Nota para mí misma –murmuré–. Alguien me está robando los zapatos –busqué las pantuflas blancas del hotel debajo de la cama. Eso sería más que suficiente.
Estaba a punto de abrir la puerta y salir cuando recordé quién estaba allí fuera. ¡REN! Di un golpe a la puerta con el puño y caí de rodillas.
Luego, me enderecé. Mi cabello volvió a su posición. Yo era inteligente. Todo el mundo lo decía, incluso si solo era porque a mi sello discográfico se le había ocurrido decir que yo había estudiado en Harvard.
Ja… ja… ja.
Sí, está bien, había hecho el intento de ingresar en Harvard en mis épocas de almuerzos a base de patatas y mientras aprendía a hacer piruetas en el sentido contrario de las agujas del reloj.
Vamos. Piensa, Lucky, piensa.
Luego de un segundo, golpeé la puerta suavemente.
–¿Ren? –dije en una voz patética y suave.
–¿Sí? ¿Te encuentras bien? –la voz de Ren retumbó del otro lado de la puerta.
–Nada muy importante, pero… Ji-Yeon está durmiendo ya, y necesito una medicación. Es para mis calambres menstruales.
Pude sentir el asco a través de la pesada puerta.
–Lo siento –agregué con voz dulce.
–¿Qué es exactamente lo que necesitas? –preguntó, haciéndose el fuerte.
–Midol. O su equivalente chino. Diles para qué es, y ellos sabrán qué darte.
Lo oí refunfuñar por lo bajo y esperé a que el sonido de sus pasos pesados desapareciera. Unos segundos después, abrí la puerta y espié el pasillo. Estaba en el piso de los penthouses porque necesitaba privacidad, así que no había una sola alma a la vista.
Cerré la puerta suavemente, y me apresuré a avanzar por el pasillo. Corrí, marché, y luego volví a correr. ¿Cuál sería la mejor manera de escaparse sigilosamente?
Los elevadores estaban al final del pasillo, había uno abierto y esperándome. Corrí hasta llegar al interior y presioné el botón “1”. Me relajé apenas un instante, porque luego una mano apareció de la nada y detuvo el cierre de las puertas. Maldición. Di un paso para atrás y me ubiqué en el rincón, ocultando mi rostro.
–Gracias –dijo la voz masculina. Levanté la vista. Era un muchacho joven y asiático con una chaqueta en la mano. Me apretujé aún más contra el rincón para quedar lo más lejos posible de él, pero no me estaba prestando atención a mí.
El tipo sonreía y observaba todo con una especie de orgullo. Luego se quitó la camisa de dentro del pantalón y se despeinó el cabello.
Quería mirarlo. Era un muchacho raro. Raro, pero lindo. Con un cabello increíble. Alto. Hombros anchos y brazos largos. Pero con una vibra muy extraña, sin duda; una especie de euforia maníaca. Cuando lo oí reírse por lo bajo, me apreté aún más contra la pared del elevador. Loco.
Intenté calmar mi corazón acelerado, rogando que no se nos unieran más personas. Por suerte, así fue. Recién volví a respirar cuando el elevador se detuvo en el primer piso.
Cuando salí, estaba en un pasillo alfombrado, pero no era el lobby. Miré el elevador por si me había confundido.
–Si buscas la planta baja, ese sería el nivel “G” –dijo el muchacho desde dentro, apenas levantando la vista de su teléfono.
Con todo el orgullo que pude recuperar en ese instante, mentí.
–No, aquí venía –y me fui. Es verdad que no sabía dónde diablos estaba. Ni tampoco recordé que llevaba pantuflas.
Hoteles. Yo sabía de hoteles. Iría hasta el lobby y preguntaría lisa y llanamente dónde conseguir las mejores hamburguesas. Así que busqué las escaleras y bajé otro piso.
¡Qué fácil fue! ¡Lo logré! Festejé mientras nadie estaba mirando. Esto es demasiado sencillo para ti. Recuerda aquella semana que dormiste solo ocho horas en total y debiste ser hospitalizada por deshidratación luego de los MTV Asia Awards. Esto de fugarse no tiene nada de especial si lo comparas.
El lobby se veía impecable y simple. Mis representantes siempre me anotaban en hoteles boutique bien discretos, con la esperanza de que fueran mejores escondites que las grandes cadenas.
Dos de mis guardias de seguridad hablaban ávidamente con el aparcacoches y no me vieron cuando me detuve frente al mostrador de la recepción porque me ubiqué estratégicamente junto a una maceta con una pequeña palmera.
–Hola –saludé con la que esperaba que sonara como una voz normal y relajada–. ¿Podrían indicarme en dónde encontrar la mejor hamburguesa sin tener que ir demasiado lejos?
Uno de los jovencitos detrás del mostrador sonrió, atento.
–Claro, señorita. Hay un restaurante al estilo norteamericano en el centro comercial que está conectado a este hotel –su cabeza giró en la dirección de la puerta, pero luego me miró otra vez y supe que me había reconocido.
Maldición. La gente podía reconocerme incluso sin el cabello rosado. Me ajusté la gorra.
–Muchas gracias –le dije cuando ya me había dado vuelta para irme.
Avancé y crucé las puertas dobles de vidrio en dirección al centro comercial.
Los centros comerciales en Hong Kong eran cosa seria. Este era gigante, un laberinto infinito de vidrio y granito gris, con muchos niveles y dispositivos de iluminación esculturales que brillaban por doquier.
Me quedé quieta en el lugar. Estaba rodeada de gente. Y la mayoría era gente joven. ¿Qué era lo que hacían todos tan tarde en el centro comercial? Miré a mi alrededor y descubrí algunos bares y unos restaurantes elegantes que seguían abiertos. Una ciudad que nunca dormía.
Y no sabía si eran las pastillas para la ansiedad o qué, pero el pánico usual que le seguía a mi exposición ante las grandes multitudes no se hizo presente esta vez.
Quizás fuera también porque aún seguía viendo hamburguesas danzantes en mi mente. Por lo que seguí caminando, con la cabeza gacha y el cuello del tapado bien alto. ¿Se vería sospechoso? Me sentía como la maldita Pantera Rosa.
Llegué a un mapa del centro comercial y me detuve a mirarlo. ¿Qué diablos era aquello? Todo era digital. Toqué la pantalla varias veces, pero tanto pensar en cómo descifrar esa cosa iba a derretirme el cerebro.
Bien, Lucky. Sigue tu olfato. Sí, gran plan. Tenía una nariz muy sensible.
El centro comercial era infinito. Caminé y caminé, pasando por decenas de tiendas de lujo. Y restaurantes de lujo. Pero no había nada que prometiera una buena y grasienta hamburguesa. Unos minutos más tarde, terminé cerca de unas escaleras mecánicas que llevaban a la estación del metro. Pasear por un centro comercial en Hong Kong mientras luchas contra la medicación para el sueño y la ansiedad había sido una idea muy torpe. Me sentía atontada y de pronto todo se volvió borroso.
Tan ocupada en orientarme estaba que no llegué a ver al grupo enorme de personas que salía de la estación antes de que me llevara por delante.
Preocupada por no ser reconocida, seguí caminando con todos ellos hasta que sentí el aire fresco dándome de lleno en el rostro.
Cuando las personas se dispersaron, me encontré parada en las calles de Hong Kong.
Sola, en las calles de Hong Kong.

Capítulo seis
JACK
¿Han visto esa escena de Harry Potter en la que viaja en ese autobús de varios pisos que corre como loco por Londres?
Los autobuses de Hong Kong se le parecen bastante.
Sentado en el segundo nivel del autobús de doble piso (uno de los remanentes culturales de la historia colonial británica en Hong Kong), podía ver las calles serpenteantes del Distrito Central llenas de gente. Después de todo, era un viernes por la noche.
Toda Hong Kong es bastante grande. Su territorio se divide entre la Isla de Hong Kong, la península de Kowloon, los Nuevos Territorios y algunas islas más pequeñas. Kowloon se encuentra cruzando el puerto Victoria desde la isla y está conectada a la China continental. Pero yo vivía en la Isla de Hong Kong, y el autobús nos llevaba ahora por el Distrito Central, el centro económico y financiero de la ciudad ubicado en la parte norte de la isla, cerca del agua. El Distrito Central estaba repleto de rascacielos y altísimas torres de apartamentos y muy cerca de los puntos turísticos más importantes.
En Asia, existía esta especie de electricidad del futuro en todos lados. Y algo de todo eso me hacía sentir más vivo. Además, en una ciudad tan enorme como esta, había espacio infinito para la improvisación, para la reinvención. Era el opuesto de crecer en los suburbios del sur de California, por ejemplo, donde parecía haber un solo camino para todos, donde las actividades nocturnas se limitaban a plazas comerciales pequeñas, cines y teatros. Donde, incluso con un amplio paisaje a tu alrededor, te sentías atrapado.
Yo amaba el autobús por muchas razones, y ahora mismo era un buen lugar para trabajar. Le estaba pasando las fotos a Trevor. Habían salido muy bien. Incluso con la luz tan baja y con las hojas del arreglo floral colgando por todos lados, se podía ver a Teddy y a Celeste en una misma habitación de hotel, y juntos. En todas las fotos, también salía la silueta de un tipo que se inclinaba sobre un enorme arreglo floral. Había intervenido apenas los tonos para poder identificar mejor sus rostros y dejar mi imagen más en la penumbra. Estas fotos serían mi gran paga.
Seguía oyendo las palabras de Celeste en mi cabeza mientras repasaba las fotos. Podrías arruinar muchas vidas. Unos meses atrás, ese comentario sí me habría molestado. Se me hubiera enterrado bajo la piel y eso me habría hecho odiar lo que estaba haciendo. Pero docenas de encuentros con celebridades más tarde (donde los había visto envueltos en una aventura amorosa, o tratando de mala manera al personal, haciendo berrinches, gritándoles a sus niños), yo ya había superado esa etapa. Para mí esto era solo mi trabajo. Eso era todo. Nada personal. Es el precio de la fama, Celeste.
De inmediato recibí un texto. Era de Trevor, que me respondía:
Buen trabajo. Uno más de estos y recibirás una posición de tiempo completo.
¿Tiempo completo? Me senté derecho en mi asiento tapizado. Sabía que a Trevor le había estado gustando mi trabajo, pero esto era algo nuevo. Una nueva oportunidad. Me daría algo para hacer en lugar de tener que ir a la universidad. Incluso si mis padres se enteraban, bueno, ahora podría solventar mis gastos yo solo. No iba a tener que lidiar con su decepción respecto de mis decisiones en la vida ni con sus esperanzas de que terminara estudiando Negocios o Ingeniería. El hecho de que mis padres hubieran elegido estabilidad en lugar de cosas más excitantes no significaba que yo debiera hacer lo mismo.
El autobús frenó de golpe. Cuando levanté la vista y miré por la ventanilla, me di cuenta de que había hecho el recorrido completo. Estaba de vuelta cerca del hotel. Miré mi teléfono. Todavía no eran las once de la noche, aún tenía tiempo para encontrarme con algún amigo y tomar algo. La edad legal para poder beber alcohol en Hong Kong es dieciocho, lo que me había hecho explotar la cabeza de la emoción cuando me mudé aquí.
Le mandé un mensaje a mi compañero de cuarto, Charlie Yu.
¿Tienes tiempo para ir a tomar algo?
Respondió un minuto después.
CLARO. En una hora, cuando me pueda tomar mi “horario de almuerzo” 
Cuando su tío se jubiló, Charlie heredó su profesión de taxista y su clásico Toyota rojo. Los taxis eran una institución en Hong Kong y Charlie trabajaba de noche. Solía tomarse descansos extendidos para beber cerveza conmigo.
Qué bien. Tengo algo enorme para Trevor. YO INVITO LAS CERVEZAS.
Charlie respondió:
VENGA ESE DINERO.
Sacudí la cabeza y sonreí. Charlie y yo siempre estábamos necesitando dinero. Las quejas sobre nuestros trabajos y la falta de dinero llenaban nuestro apartamento mientras jugábamos videojuegos y comíamos ramen. Era nuestra fuente principal de convivencia.
Le respondí:
Siempre. $$$ Déjame elegir un lugar y te vuelvo a escribir.
Asegúrate de que sea un lugar con muchachas dentro. No como ese último bar repleto de machos extraños que olían a pescadores retirados.
Aquel bar había estado muy bien, muchas gracias. Pero a él le fascinaban las chicas y siempre se las arreglaba para demostrar cierto encanto cuando coqueteaba con ellas. Además, se veía como el chico malo que te pasaría a buscar en un scooter para luego llevarte lejos de tus estrictos padres.
Le estaba respondiendo el mensaje cuando alguien pasó a mi lado y me golpeó. Era una muchacha; venía tambaleándose por el pasillo. Bien hecho, borrachita. Volví a concentrarme en mi mensaje de texto cuando la oí gruñir fastidiada y luego un “Baegopa jughaeso!”. Levanté la vista de la pantalla. Era la versión coreana de “¡Tengo tanta hambre que podría morir!”.
Cuando miré detrás de mí, pude ver a la muchacha borracha en un asiento, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y con los ojos cerrados.
¿Por qué me resultaba tan familiar?
Llevaba una gorra verde y el cabello largo; el rostro no se le veía muy bien. Ah, era la misma muchacha que me había cruzado en el elevador del hotel minutos antes. Cuando le miré los pies, las pantuflas del hotel me lo confirmaron.
La muchacha del hotel que había dejado en claro que no quería que le hablase porque prácticamente se había dejado absorber por las paredes del elevador.
Así que volví a mirar al frente, muy a pesar de mi curiosidad. No quería parecer un loco mirón cuando aquella niñita rica que venía de su propio penthouse en un hotel seguramente quería que la dejaran en paz.
Pero seguía murmurando cosas. En inglés y en coreano. ¿Sería norteamericana?
Las otras personas en el autobús también la estaban mirando, pero nadie hizo nada.
Volví a mirar hacia adelante. No te involucres, Jack. No necesita tu ayuda.
Una a una, las personas fueron descendiendo del autobús, y la muchacha se quedó. Cuando me di vuelta para mirarla una vez más, ya estaba prácticamente desmayada en su sueño, con la boca apenas abierta.
Como no podía ver bien su rostro, no me quedaba claro cuántos años podría tener, pero se la veía más o menos de mi edad o tal vez un poco más joven.
Y era mitad coreana y mitad norteamericana. O eso supuse. Sé que sonará irracional, pero sentí una especie de obligación de cuidar de mi propia gente allí en Hong Kong. Esto no era para nada lo que tenía en mente cuando dije que quería celebrar esta noche. Ya podía oír a Charlie, un diablo en miniatura sobre mi hombro, alentándome. Es muuuuuy bonita, diría con su voz chillona.
Me puse de pie y caminé hasta su asiento, los movimientos del autobús me hacían tambalear.
–Eh… ¿hola?
No movió un solo pelo. La visera de la gorra le escondía el rostro.
–Disculpe –hice una pausa–. ¿Señorita? –bueno, esa era la primera vez que había llamado así a alguien.
Nuevamente no hubo ningún movimiento ni nada que me dijera que ella sabía que yo estaba allí. Me incliné hacia adelante y con un dedo sobre su hombro la llamé. Nada. La sacudí apenas un poco más fuerte. Movió la cabeza, pero eso fue todo.
–Ya –dije levantando la voz, esperando que mi informal saludo coreano la despertara. Fue un poco descortés, pero una medida desesperada. Vi que retorcía los labios. Algo estaba comenzando a registrar. Y luego murmuró otra vez su “Baegopa”. Seguía con hambre.
Era muy malo hablando coreano, así que cambié al inglés.
–Si te levantas, podrás comer.
Mis ojos se clavaron en sus labios, que eran muy bonitos sin lugar a dudas. Se veían muy rosados, como si se los hubiese maquillado más temprano. El labio superior era más mullido que el inferior.
Ey, deja de mirarle la boca a una muchacha borracha.
Me senté en el asiento junto a ella, esperando encontrar su teléfono en algún lado y poder llamar a alguien para que viniera a buscarla. Busqué con la mirada en los bolsillos de su abrigo. Y justo en ese instante, ella cambió de posición y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
La caída fue lenta. Exuberante casi. Su chaqueta rozó la mía y su hombro dio contra mi brazo. Su cabeza aterrizó justo en mi hombro y ella suspiró. Su cabello largo sobre mi brazo; los mechones sedosos y oscuros tocaron mis nudillos.
Guau.
Salte de esta, Jack. Con mucho cuidado, le corrí la cabeza y estaba a punto de empujarla para el lado de la ventanilla cuando se despertó.
–Hola –sus ojos soñolientos se encontraron con los míos.
Era la primera vez que podía verle bien el rostro y debí aclararme la garganta ante la electricidad que emanaba.
–Hola… Hola, ¿cómo estás? Te habías quedado dormida y estaba intentando despertarte.
Pestañeó y miró a su alrededor.
–¿Dónde estoy?
–El autobús… Eh… ¿Hong Kong? –no tenía idea de cuán perdida estaba.
Sus ojos registraron los asientos, las ventanillas, la ciudad, y luego a mí.
–Ah… Ahh… Oh, oh –dijo, y luego se echó a reír–. Santa María, ¡estoy en problemas! –su expresión me resultó tan anticuada y extraña que me desconcertó. ¿Era norteamericana acaso?
–¿Necesitas ayuda para llegar a algún lugar? –le pregunté, con mucho cuidado de no cruzar la línea de lo amable y pasar a sonar demasiado entusiasta.
Negó con la cabeza.
–No, estoy bien. ¡Estoy OK! –Con una mano, hizo el símbolo de OK y se encerró el ojo con él. Algo sobre ese movimiento me resultó familiar. Luego se rio otra vez y yo volví a sentirme obligado a asegurarme de que estuviese a salvo.
–¿Estás segura?
–Estoy segura de estar segura –dijo con un hipo. Ah, niña… Un hipo. Parecía uno de esos ratones de dibujitos animados que ha bebido demasiado. El autobús se detuvo y ella se levantó tan rápido que yo me caí de trasero al suelo–. ¡Esta es mi parada! –exclamó, levantando el dedo índice en el aire.
Se apresuró a llegar a la puerta en esas ridículas pantuflas de hotel y yo la seguí.
La sostuve del brazo antes de que descendiera por las diminutas escaleras.
–Te ayudaré de todos modos. Estas escaleras son muy empinadas.
–No hay problema –dijo encogiéndose de hombros. Noté que, al hablar, sonaba como una especie de vaquero; estiraba las vocales. Eso me provocó una sonrisa. ¿Se estaría burlando de mí?
Apenas logramos descender las escaleras y el conductor ni siquiera nos vio cuando caímos a la calle. Miré a mi alrededor. Aterrizamos en el medio de la zona de bares, justamente donde había planeado encontrarme con Charlie.
Los ojos de la muchacha se volvieron enormes apenas logró asimilar dónde estábamos. Había personas y carteles de luces brillantes por todos lados. Esta zona estaba ubicada en una colina, por lo que las calles eran bien empinadas de un lado y del otro, y había decenas de bares y cafés para elegir.
–Creo que encontraré una buena hamburguesa por aquí.
–¿Una hamburguesa? –le pregunté. Se la veía alerta. El sueño en el que había estado sumida ya era cosa del pasado.
–Euh –respondió en coreano, asintiendo con la cabeza–. Tengo hambre.
–Lo entendí –le dije con una sonrisa–. Bueno, no sé dónde podrías conseguir una por aquí.
–¿A dónde estás yendo tú? –de repente, toda su atención se posó en mí. Sentí una ráfaga de calor recorriéndome por dentro. Era como tener un rayo de sol eterno dándome de frente… Agradable, pero un poco demasiado intenso.
Hice una pausa e incliné la cabeza a un lado para poder mirarla bien. Hacía un instante, parecía borracha y fuera de sí; y ahora se la veía raramente sobria.
–¿Por qué? ¿Quieres venir? –ese tono de coqueteo fue casi instintivo y me arrepentí un segundo después.
Ella inclinó la cabeza hacia el mismo lado que yo había inclinado la mía. Precisamente, como un paso de baile. Me apuntó con su delicado dedo.
–Sí. Llévame contigo.

Capítulo siete
LUCKY
El muchacho guapo se veía sorprendido.
Fue agradable sorprenderlo con la guardia tan baja. Tener un momento de descaro. Ahora que estaba afuera, en las calles transitadas en la noche de Hong Kong, rodeada de gente joven que solo buscaba diversión… Bueno, yo quería lo mismo.
No podía siquiera recordar la última vez que había ido a algún lado sin Ren, sin supervisión. No solo jamás me había escapado de esta manera, sino que jamás había sentido el deseo de hacerlo.
Pero lo hice. Esta noche resultaba algo más que ir por una hamburguesa. Existía la posibilidad de que me fuera imposible pasar desapercibida tras mi presentación en Estados Unidos. El poco anonimato que me quedaba pronto se volvería aún más ínfimo.
Levanté la vista, observé los edificios y las luces y sentí que una brisa fresca me rozaba las mejillas. Cerré los ojos por un instante. Sí. Quería aunque fuera un poquito de aquella libertad que todos los demás tenían. No sería codiciosa, promesa. Una pizca de esa libertad sería más que suficiente.
El chico no pareció reconocer quién era yo, lo que era purrrrfecto. Iba a poder salir con un muchacho como cualquier otra chica haría. Esa simple idea me llenó de energía, a pesar del efecto soñoliento de las pastillas que ya me había tomado.
Además, había algo sobre este chico. Algo más allá de su nivel de belleza, que ya era de otro mundo. Aunque había estado profundamente dormida la mayor parte del trayecto en el autobús, aún podía recordar la comodidad inexplicable que sentí cuando abrí los ojos y vi su rostro preocupado observándome. La proximidad entre extraños solía hacerme retroceder, colocar una barrera. Pero la calidez en sus ojos me había tranquilizado. Detrás de ellos, había preocupación y no curiosidad.
No tenía por qué ayudarme. Sostuvo mi brazo para que no me cayera de boca en esas escaleras. Y no tenía que sonreír ante cada cosa que yo decía, como si le resultase infinitamente divertida.
Claro, seguramente creía que estaba borracha.
–¿Cuántos años tienes?
Su pregunta salió de la nada. Lo miré.
–Tengo veintiuno.
Él se rio, una risa rápida y afilada.
–Claro, sí… Y yo… Yo soy el fantasma de Steve Jobs.
Sarcasmo. Sonreí, complacida, resistiendo golpearnos en la nariz.
–Un gusto en conocerte, fantasma de Steve Jobs. Eres mucho más coreano en la vida real.
El fantasma de Steve Jobs se pasó una mano por su cabello sedoso, los dedos largos e inesperadamente elegantes. Mis ojos siguieron esos dedos.
–Ey, ¿cómo supiste? –me preguntó.
–Hablaste en coreano antes –recordé su “ya” mientras intentaba despertarme. Creí que estaba soñando cuando lo oí–. Y también… tu rostro –pasé mis manos frente a su rostro como para clarificar mi idea.
Hizo una mueca, pero fue una buena.
–Bueno, supongo que tu edad no importará de todos modos. Nadie te pide documentación por estos lados.
Incluso en mi estado, me daba cuenta de que él no sabía si llevarme consigo o no. ¿En qué universo un chico dudaría de salir con Lucky?
Todo sobre esta noche era tan distinto. Tan fresco. Me sentía atraída.
El fantasma de Steve Jobs respiró profundo antes de proseguir:
–Está bien. Sígueme. ¿Estás segura de que quieres beber algo? Ya te ves bastante ebria –comenzó a caminar y yo debí apresurar el paso para alcanzarlo. La superficie de las calles empedradas me lastimaba los pies a través de las delgadísimas suelas de mis pantuflas.
–¡No estoy ebria! ¿Cómo te atreves? –protesté mientras asimilaba a dónde estábamos yendo. Caminábamos en subida y los bares y restaurantes tenían todas las ventanas y todas las puertas abiertas.
Las personas se sentaban en bancos bajos de plástico mientras comían noodles, o estaban paradas en los bares mientras bebían cerveza, o encimados en la calle mientras fumaban. Había tanto que mirar, oír y oler. Era una sobrecarga de sentidos, pero no era desagradable. Todo lo contrario.
Me quedé un poco atrás, y el pobre tuvo que esperarme. Se detuvo frente a unos escalones empinados, con las manos sobre sus caderas.
–Muy bien, no estás ebria. Pero llevas pantuflas del hotel… en público.
–No me juzgues –le dije. Divisé a una pareja besándose en un rincón oscuro mientras avanzábamos. ¡Qué bien! Aparté los ojos, lo juro–. ¿Cuál es tu nombre de verdad? –se lo pregunté al mismo tiempo en que pisé mi propia pantufla y casi me voy de boca contra el empedrado, pero el fantasma de Steve Jobs me atrapó justo a tiempo.
Aún no me había soltado cuando levanté la vista. Volví a ver esa preocupación en su mirada. Y volví a notar lo innegablemente atractivo que era.
–Jack –respondió.
No estaba tan mal si un muchacho guapo me salvaba de una caída. Se sintió como si hubiera sido en cámara lenta. Me aferré a sus manos por un segundo, disfrutando de esa sensación un rato más.
–¿Tu nombre es Jack? –mi rostro estaba muy cerca de él.
Abrió grandes sus ojos oscuros y luego parpadeó.
–Sí…
–Eso es… como un nombre falso –le dije entre risas–. Como el de algún reportero desenfadado en una película de Katharine Hepburn.
Jack me ayudó a ponerme de pie.
–Sí… Claro… ¿Eres norteamericana?
–¡Sí, lo soy! –me sorprendió por completo que lo notara. A veces mi inglés se oía algo oxidado y esta interacción con Jack había sido probablemente todo el inglés que había hablado en los últimos meses. Solía usar una mezcla de coreano e inglés con mis representantes; y luego coreano con prácticamente todos los demás–. ¿Tú también lo eres?
Jack comenzó a caminar otra vez. Apenas llegué a escucharlo cuando me respondió.
–Sí. Yo soy de California.
Cállate. Me detuve de pronto y jadeé tan fuerte para recuperar el aliento que algunas personas que estaban allí se me quedaron mirando.
–¡Yo también soy de California!
Más personas se pararon a mirarme. Algunos se rieron disimuladamente. Incluso en aquel estado de mente confundida, se me ocurrió que el hecho de que la gente me estuviese mirando no era algo bueno. Años de celebridad estaban impresos en lo más profundo de mí. Corrí hasta alcanzar a Jack nuevamente; bajé la gorra y mantuve mi rostro escondido cerca de su hombro.
–¿Cuál es tu nombre? –me preguntó él a mí.
¿Mi nombre? Casi se me escapó, pero me detuve justo a tiempo. La imagen de una nariz perruna en la pantalla de mi teléfono se me vino a la mente.
–Fern –solté abruptamente.
–¿Fern? –no parecía muy convencido con mi respuesta.
–Sí. Soy Fern. Ese es mi nombre, Jack –lo miré a los ojos–. Ey, Jack. Tú también eres alto.
Volvió a sonreír y me miró desde arriba.
–Eso creo. Somos californianos y altos.
–Debe ser la leche que tomamos en California. Las vacas más felices viven en California –entoné la voz para imitar la de algún anunciante publicitario.
–¿Y cuál es tu historia? –me preguntó mientras aún se reía de mi chiste–. ¿Por qué estás aquí en Hong Kong?
No respondí. Estábamos subiendo una escalera mecánica que tenía en el pasamanos luces de colores. Reconocí el lugar.
–Espera. ¡Conozco este lugar! –me sostuve del pasamanos y alargué el cuello para ver lo que estaba delante de nosotros. Las escaleras seguían subiendo, cubiertas por encima de un techo curvo de vidrio, atravesando el centro del barrio de calles empinadas, y daba la sensación de que seguirían subiendo hasta salirse de la atmósfera. Las luces eran diferentes en cada nivel. Violeta. Verde. Rojo.
Tomé a Jack de la manga.
–¡Ah, sí! ¡Ya sé! ¡Chungking Express!
Él frunció el ceño, confundido.
–¿El qué?
–¿Estás bromeando? –grité–. ¿No conoces Chungking Express? ¡Es mi película favorita de Wong Kar-wai!
–¡Ah! –Jack finalmente comprendió a qué me refería–. Sí, jamás he visto ninguna de sus películas.
Fingí querer tirarme por las escaleras.
–¿Visitas Hong Kong y tienes el tupé de no haber visto jamás ninguna de sus películas?
–No estoy visitando. Yo vivo aquí.
–¡Peor todavía! –le dije, llevándome una mano con la palma abierta a la frente–. Necesitas educarte. Ese hombre es Hong Kong.
Nos bajamos en el nivel violeta y subimos a la escalera mecánica con las luces verdes. Jack me sujetó por la espalda suavemente hasta que se aseguró de que yo estaba a salvo y bien sujeta al pasamos.
–¿Me estás dando un mansplaining sobre cine de Hong Kong, Fern?
Las luces, las vistas de la ciudad, la familiaridad del lugar me llenaban de sensaciones vibrantes.
–Bueno, no. Es físicamente imposible que te dé un mansplaining ya que no soy hombre.
Su sonrisa indefinida se volvió una enorme. La sonrisa más brillante que jamás había visto. Casi tuve que quitarle los ojos de encima. De pronto, me había puesto nerviosa.
–Tienes razón –me dijo. Algo le brilló en los ojos, una especie de alerta que no había estado allí antes.
–Sus películas son mágicas –agregué, pero él no respondió. Seguía mirándome con esa nueva expresión de curiosidad plantada en el rostro.
Nos quedamos en silencio por el resto del recorrido. Cuando descendimos de la escalera, registré el momento en mi memoria y me prometí jamás olvidarlo. Saborearlo.
Jack me condujo por más callejones y calles, y yo me sentí como si fuera mi propio doble, un cachorrito a quien alguien había sacado a pasear en un lugar nuevo. Quería husmear en cada rincón, investigarlo todo, pero Jack seguía avanzando.
Y luego oí la música. Trompetas y piano, y bajo. Era jazz. Me detuve.
–Ah, quiero entrar allí.
Jack se dio media vuelta, con las manos en los bolsillos.
–Ey… ¡Ey! ¡Fern!
Pero yo ya estaba caminando en dirección al bar. Mi cuerpo, poseído por la música.

Capítulo ocho
JACK
¿Cómo fue que, de repente, me había convertido en el niñero de una chiquilla ebria y en pantuflas… que además se llamaba Fern?
Se había metido en un bar muy popular con algunos expatriados occidentales. La luz allí dentro era muy tenue, y el lugar estaba decorado con artefactos industriales de enorme tamaño. Cada mesa tenía un bol repleto de figurines de animales. Podías tocarlos pero no podías llevarte ninguno. Mala suerte, karma, o algo así. También había algunas mariposas muertas (reales) que colgaban del techo en unas cuerdas. Era el lugar más extravagante que Fern podría haber elegido esta noche.
La seguí hasta adentro. Con la cabeza rocié las cortinas que colgaban en la puerta de entrada. Mis ojos se ajustaron a la oscuridad mientras que la música que provenía de la banda de jazz tocando en vivo llenaba el lugar.
Fern estaba en el medio del salón, embelesada por todo aquello que la rodeaba. Se había llevado las manos contra el pecho, su cuerpo se iba moviendo al compás de la música.
Sí, estaba de niñero esta noche, pero estaría mintiendo si dijera que no lo estaba disfrutando. Esa muchacha estaba completamente loca y probablemente estuviera drogada o borracha, pero aun así…
Juro que tenía momentos de lucidez que me dejaban perplejo. Me desafiaba. Me mantenía con los pies en la tierra.
Mientras la observaba disfrutar de la música, sentí que algo me arrastraba. Caí tan fácil… Charlie siempre cantaba este antiguo rap cuando estaba conmigo. “I am not a player, I just crush a lot”. No soy un jugador, solo me enamoro mucho.
Eso era cierto. Caía rápido y fuerte. Pero luego esa sensación desaparecía tan rápido como había llegado. Jamás había tenido una novia de verdad. Pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Quedarme en una relación tan solo para conservar un sentido de la responsabilidad? ¿Sería eso justo para las chicas con las que salía? El punto del amor era sentirlo de verdad, que fuera tan fuerte que uno necesitara a la otra persona, como si estuvieras siendo atraído por una fuerza sobrenatural.
Y, en este momento, esa fuerza me llevaba hacia ella. Pero era una muchacha que muy probablemente estuviera borracha, por lo que esta interacción estaba comenzando a sentirse un tanto cuestionable.
Le llamé la atención con un golpecito con el hombro.
–Ey, Fern. Hay lugares mejores que este donde no habrá tanto idiota dando vueltas.
Sus ojos jamás dejaron de mirar a los músicos que estaban actuando sobre el pequeño escenario en el rincón del bar.
–No, ¡quedémonos aquí un poco más! –gritó para que pudiera escucharla por encima de la música. El bajista pareció escucharla y levantó la mirada. Le guiñó el ojo. Ella dio un pequeño salto, toda embelesada.
Amigo, por favor.
En su emoción, Fern tenía algo que yo no podía reconocer del todo.
Dios mío… ¿Y si se acababa de enterar de que le quedaban pocos días de vida? Volví a mirar sus pantuflas. ¿Eran del hotel o de un hospital? Espera, no. Yo ya la había visto en el hotel. Ese hotel tan elegante. Seguramente era rica o algo así.
Pero la gente rica también se muere.
Mis ojos la recorrieron… comenzando por su gorra de béisbol hasta las pantuflas. ¿Se veía bien?
¿Qué ocultaba? Tenía esta sensación de que había algo que ella no quería que yo ni nadie supiéramos.
La música terminó y Fern aplaudió con ganas, saltaba entusiasmada. Como una niñita. Su emoción era contagiosa y yo también sonreí cuando me miró.
–Ah, así que ahora a ti también te gusta –me provocó.
Quise devolverle la broma, pero el bajista caminó hacia nosotros antes de que yo pudiera decir algo. La banda se había bajado del escenario para tomarse un descanso. Más de cerca, el bajista también parecía mitad asiático y mitad blanco. Y definitivamente un galán.
–Hola, ¿quieres venir con nosotros a tomar algo? –preguntó con un acento sudamericano, suave y fluido. A mí ni siquiera me miró.
Vamos, amigo. Miré a Fern, esperando que rechazara aquel espanto. Su pausa duró una eternidad.

Capítulo nueve
LUCKY
Jack y el guapísimo bajista de las pestañas infinitas y sonrisa de comercial de pasta de dientes me miraban, expectantes.
La música había despertado algo en mí. A pesar de que acababa de terminar con mi gira por quince ciudades, aún me emocionaba ver músicos en vivo. La manera en que luego se reunían y recobraban energías todos juntos, saludándose y comunicándose sin hablarse. Un lenguaje sin palabras.
Me recordaba a mí y a cómo me sentía cuando yo misma había sido una fan más. La pura euforia de ir a un concierto.
Quiero que la gente sienta lo que la música me hace sentir.
Eso era lo que pensaba cuando tenía apenas doce años.
De repente, comencé a tener sueño otra vez, y mi cabeza se sentía más confundida que antes. Los miré a los dos, que esperaban a que yo hiciera o dijera algo.
La noche era joven.
Y yo tenía hambre.

Capítulo diez
JACK
Los ojos de Fern fueron desde el rostro cincelado del bajista, por encima de sus mangas arremangadas de su camisa negra, bajaron por sus pantalones Oxford también negros. El tipo se veía bien, entendido. Si quería quedarse allí y pasar el rato con él, yo no tendría ningún problema.
Supongo.
Maldición. Seguía convencido de que estaba borracha, y no estaba seguro de que aquel tipo fuera alguien de confiar.
Me preguntaba qué podía hacer con este molesto instinto gallardo, y tampoco sabía si a Fern le agradaría, pero luego ella me miró a mí, como consultándome. Algo esa acción sutil, ese diminuto gesto, me atrapó.
–Claro, pero ¿puede venir mi amigo Jack también? –le preguntó al bajista.
El tipo apenas me miro.
–Supongo…
Bien, gracias, amigo. Te agradezco la emoción.
Nos condujo hasta donde estaba un grupo de personas sentadas en bancos esparcidos alrededor de una mesa baja cubierta de bebidas.
–Vamos, muchachos, hagamos algo de lugar para…
El bajista miró a Fern.
–Fern. ¡Y Jack! –dijo Fern, con una mano en mi hombro. Me palmeó fuerte. Demasiado fuerte.
Todas aquellas personas de etnias, edades y géneros diferentes asintieron con las cabezas a modo de saludo. Era el saludo distante de los hípsters de Hong Kong.
Fern se desplomó en uno de los banquillos y me acercó uno para que me sentara junto a ella. El bajista se sentó del otro lado y le hizo señas a un mesero para que se acercara.
–Yo tomaré un gin tonic –dijo, con su voz toda autoritaria y suave a la vez. Luego, miró a Fern con una sonrisa–. ¿Tú qué quieres, cariño?
Tranquilo, Rhett Butler.
–Una hamburguesa –dijo ella de inmediato, y apoyó ambas manos sobre sus muslos.
Él no pudo evitar largar una risotada.
–¿Y qué vas a beber?
Ah, no. Golpeé el suelo con el zapato. No quería tomar decisiones por ella, pero otra bebida no parecía una buena idea. Quería irme de este bar, lejos de este nido de serpientes pretenciosas.
Fern seguía leyendo el menú con atención y miraba todas las fotos de comida.
–No venden hamburguesas aquí.
El mesero le dedicó una falsa sonrisa debajo de su bigote.
–No tenemos hamburguesas, no. Solo snacks y postres.
–Postre. Ah, eso sí que es música para mis oídos.
Bajé la vista para evitar reírme. Sus palabras y frases a la antigua siempre aparecían en los momentos menos esperados.
Luego de una nueva revisada al menú, Fern se dirigió de nuevo al mesero.
–Ordenaré el sundae, por favor.
El señor McJazz revoleó los ojos y levantó el mentón para indicarle al mesero que podía retirarse.
Los músicos sí que eran los peores.
Se puso a hablar con Fern, y yo aproveché para mirar mi teléfono. Charlie me estaba escribiendo y me preguntaba por nuestro encuentro.
Ah… Eso. Creo que conocí a una muchacha y ahora está por comer helado.
La respuesta de Charlie llegó de inmediato.
¿Qué?
Y luego:
¿Por qué está comiendo helado? Olvídalo. Olvídate de que existo y disfruta tu noche, hermano.
Nadie se entusiasmaba más con estas cosas que Charlie. Le gustaba ser el mujeriego, pero estaba bastante seguro de que era un romántico por dentro. Volví a meter el teléfono en el bolsillo y miré a Fern y al muchacho otra vez. Él le estaba hablando al oído.
Ni que hubiese tanto ruido aquí, amigo.
El sundae llegó y Fern se lo devoró como si no hubiese probado bocado en días. O semanas.
–Guau –dije–. Ahora se te congelará el cerebro.
Hizo una pausa para mirarme antes de fruncir la frente, señal inequívoca de que yo no había mentido.
–Auch –se tocó la frente y hasta se sacó la gorra en un gesto instintivo. No estaba bien reírse de su sufrimiento, pero no pude evitarlo. Ella también comenzó a reírse. Le había quedado crema batida en el mentón.
Al parecer al señor McJazz no le agradó mucho ese momento entre su conquista y yo y se le acercó nuevamente, con la mejilla rozando la suya.
–Eso se ve bien. ¿Puedo probar un poco?
Dios bendiga a Fern, porque le pasó una cuchara.
–¿Por qué no?
Él miró la cuchara por un segundo.
–¿Y si tú me das?
Qué asco. Me tensé, mi paciencia ya se estaba acabando.
Fern largó un eructo en lugar de una respuesta, y él se echó para atrás.
No pude evitar la carcajada, y luego me puse de pie.
–Después de esto, creo que necesitamos salir de aquí.
Ella se puso de pie para seguirme.
–Está bien. ¡Adiós! –saludó a todos con un movimiento de la mano. McJazz también se puso de pie y la tomó del brazo. Dios mío. ¿Iba a tener que pelear con ese grandulón?
–¿Por qué dejas que este tipo te arrastre consigo? –le preguntó mientras me lanzaba una mirada aniquiladora–. ¿Es tu hermano o algo?
Fern le miró la mano y se liberó de su garra. Tuvo que hacer fuerza. Lo golpeó en la mano para que se le alejara.
–No, no es mi hermano. Y tú necesitas calmarte. Eres bastante viejo para mí.
Muy bien, ahora esto ya estaba pasando de gracioso a cosa seria.
–Fern –le dije, tomándola del brazo, pero luego retiré mi mano.
Ella dio media vuelta y me golpeó en el medio del pecho. Duro.
–¿Jack? Tú eres lindo, pero necesitas relajarte.
¿Yo era lindo?
Luego golpeó a McJazz en la pantorrilla, aunque no con mucha fuerza.
–Y tú necesitas dejar de arrastrarte.
Maldición. La expresión en el rostro de McJazz no tuvo precio. Pero la diversión duró poco. Cuando volví a ver a Fern, estaba de pie, intentando conservar el equilibro e intentando alcanzar una de las mariposas que colgaban del techo.
¡Nooooo!
Atrapó una, que se salió de su cuerda, y fue como si alguien hubiese apagado la vida del bar. Todo se quedó en silencio.
Mierda.
Fern no se dio cuenta. Por el contrario, sostenía la mariposa entre ambos dedos y la examinaba con gran placer.
Me acerqué a ella, esperando que nadie de los que trabajaban allí la hubiera visto. Había una regla muy estricta en este bar: si tocabas una de las mariposas, te echaban a la calle. Lo sabía porque lo había hecho una vez en el pasado.
El guardia de seguridad la alcanzó antes que yo.
–Señorita, debe salir de aquí.
Fern se llevó la mariposa a la nariz.
–¿Las mataron a propósito? ¿Para exponerlas aquí para nuestra diversión? ¿Como si fuéramos bárbaros? –su tono era un poco acusador y otro poco curioso.
El guardia le bajó la mano.
–¿Señorita, cuántos años tiene?
–¿Qué importa? ¡Quiero hablar con el gerente del lugar! –alzó la mano para atrapar otra mariposa.
Yo la detuve.
–¡Fern! ¡Debemos salir de aquí!
El hombre me miró.
–¿Usted se hará responsable por haber traído a una menor aquí?
Todos en el bar nos estaban mirando. Genial. Puse mi cara de “¿quién? ¿yo?” y levanté ambas manos.
–Señor, por favor. Disculpe a mi hermana –por lo bajo, escuché a McJazz decir un “lo sabía”. Apreté los dientes, pero conservé la sonrisa–. Ella no está bien. Mire sus zapatos.
El guardia miró para abajo, pero su expresión no cambió. Mientras él se concentraba en sus pies, Fern tomó otra mariposa. La gente exclamó al verla y el tipo volvió a levantar la mirada.
–Se terminó. Llamaré a la policía.
De repente, Fern se inclinó hacia adelante y empujó al hombre.
–¿No crees que estás exagerando? –arrastró esas últimas palabras, sus ojos volvían a cerrarse.
Así que hice lo único que podía hacer. La acerqué a mí de un tirón y le hablé al oído.
–Corramos –sugerí.

Capítulo once
LUCKY
El chico guapo que se llamaba Jack me llevaba de la mano y juntos íbamos corriendo por la calle.
Debí usar toda mi concentración para no tropezarme con mis propias pantuflas. Mientras avanzábamos cuesta abajo por la calle empinada y llena de gente lo observé. Miraba fijo hacia adelante, y apretaba fuerte mi mano.
¿Quién era? ¿Por qué confiaba en él? Un minuto, ¿confiaba en él?
De repente, nada de esto me pareció una buena idea. Todas mis nociones de que era una noche maravillosa que pasaría a la historia se volvieron cenizas mientras luchaba por mantenerle el ritmo. Me dolían los pies.
En el mismo instante en que salí a la calle, debería haber regresado al hotel. Ni al centro comercial siquiera. Debería haberme limitado a comer mi hamburguesa prohibida y haberlo declarado el acto mayor de rebeldía en esta gira.
Pero no. Había salido a la calle… ¡y había montado el autobús! Era tan arriesgado, tan tonto, tan…
Cuando doblamos la esquina, me eché a reír, sabiendo que se vería repentino y extraño.
Sí. Todo esto era una mala idea. Y aun así, era de algún modo sexi.
Jack me miró, sorprendido por mi risotada.
Cuando nuestros ojos coincidieron, dejé de reírme.
Era demasiado lindo, y yo estaba demasiado adormecida.
Finalmente, luego de girar otra esquina y llegar a un callejón, nos detuvimos. Jack me hizo señas de que me quedara contra la pared de ladrillos, todo tan furtivo y pensado.
Sí, qué buena idea estar en un callejón con un completo extraño, Lucky.
Nos llevó un segundo recuperar el aliento, y luego Jack se estiró por encima de mí para espiar qué pasaba del otro lado de la esquina. Ah. Respiré profundo. Sé que es algo espeluznante decirlo, pero olía muy bien. A jabón y un poco a sudor.
–Bueno, creo que estamos a salvo –dijo, sin notar que yo lo estaba oliendo.
Sonreí.
–Yo estoy a salvo. Tú estás a salvo. ¿De qué estamos a salvo?
Jack se puso serio.
–Casi te corren de un bar y probablemente habrías terminado tras las rejas. En un país extranjero –estaba que echaba humo. De hecho, toda su apariencia se veía bastante acalorada, como una especie de Heathcliff mezclado con drama coreano.
–¿Cómo sabes que soy extranjera? –literalmente hipé la última palabra.
Él negó con la cabeza, pasándose esa preciosa mano por ese precioso cabello una vez más.
–¿Qué? Ya hablamos al respecto. Tú eres de los Estados Unidos.
–¡Ja! Eso es lo que tú piensas. Yo vivo en Corea.
Los ojos de Jack se pasearon por todo mi rostro rápidamente, aunque no sin interés. Tenía una manera de mirarme muy profunda. Me otorgó toda su atención. Lo que me provocó un calor extraño aunque para nada desagradable.
–Supongo que puedo ver eso ahora. Tienes la vibra de Corea –me dijo.
–Tú también, pero no me ves hablando de ello –le grité. Dios mío, gritar sí que se sentía bien. No lo hacía muy a menudo.
–¿Qué? –dijo, con ojos grandes e incrédulos–. Está bien, olvídalo. Tú no… No sabes lo que dices. Para nada. Permíteme que te devuelva a donde deberías estar.
Un escalofrío me estremeció el cuerpo entero. Por algún milagro, había logrado escaparme de Ren Chang, el mejor guardaespaldas de Asia, y ahora no quería regresar. La libertad había sido tan corta. No había sido suficiente.
–¡No!
Jack estaba perdiendo la paciencia.
–Vamos, estás ebria. Esto no es seguro.
–¿Cómo te atreves? –le clavé mi dedo índice en el pecho–. ¡Yo no bebo!
–Muy bien. No bebes –su expresión era de una exasperante paciencia, como si estuviese lidiando con una niñita petulante–. No te preocupes. Buscaremos un coche –dijo mientras sacaba el teléfono.
Otra vez, el pánico.
–¡No puedo regresar! ¡Por favor!
Jack levantó la cabeza y me miró preocupado.
–¿Por qué? ¿Qué sucede?
Y aunque yo sabía que esas palabras venían de una preocupación que no me merecía, mis ojos se llenaron de lágrimas. Así, de la nada. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien, más allá de mis padres, me había preguntado qué me sucedía? Era la pregunta que me hacían cuando me veían triste o preocupada. O cuando lloraba. Era la pregunta que me hacían las personas que realmente me conocían y realmente se preocupaban por mí.
Era sencillo sonar feliz y relajado en una llamada a través de FaceTime, o a través de mensajes de texto.
Pero pronto podría ver a mi familia en la vida real. El dinero que ganaría sería mucho mejor, y podría hacer traer a toda mi familia en un avión para verme. A pesar de tener dos álbumes éxito en ventas, mi contrato aún le daba mucho de mis ingresos al sello discográfico.
Así era como se hacía y como siempre se había hecho. Se suponía que debía ser agradecida por la fama que había logrado, por haber llegado a la cima en un campo por demás competitivo. ¿Ser una ídola? Hasta hacía muy poco, eso había sido suficiente.
Pero algo había cambiado. ¿Habría sido cuando miré ese video en mi habitación de hotel? Ahora sabía que algo faltaba. Solo que no estaba segura de qué era. Y ahora mismo, esta noche, con este muchacho, había podido ignorar todo eso, había podido olvidar que mis sueños ya alcanzados ya no me llenaban el alma.
Tenía las mejillas mojadas y las extensiones de mis pestañas se estaban despegando. Jack volvió a meter su teléfono en el bolsillo de sus jeans.
–Ey… Ey, no llores –se aseguró de mantener distancia, pero yo sentí su calidez de todos modos.
La sensación que había sentido con este muchacho desde que nos conocimos era de protección. Él me protegía, aunque no había razón para que lo hiciera. Era por eso que lo había seguido por un callejón oscuro.
De repente, me sentí muy, muy cansada. Y avergonzada. No estaba comportándome como siempre. Era un verdadero desastre. Y este muchacho estaba pasando demasiado tiempo conmigo y todo iba a filtrarse y llegaría a la prensa.
Intenté secarme los ojos con las mangas térmicas que se asomaban por debajo de mi abrigo y arrastré con ellas unos mocos también. Ay, Dios, ¿qué acababa de hacer?
Mis ojos se posaron en él. Jack, que sería más alto que yo solo si llevara tacones altos. Intentó desviar su mirada, pero ya era demasiado tarde.
–¡Viste mi komul! –bramé. Ciertas palabras, como “moco”, siempre serían primero en coreano, sin importar qué.
Jack tosió mientras intentaba contener su risa.
–¡No, no es así!
–¡Sí, sí que lo viste! –di vuelta la cara, contra la pared. El ladrillo me raspó la mejilla, pero no me importó.
–¡Lo juro! –dijo detrás de mí.
Con mi frente presionada contra la pared fría y la oscuridad, sentí que los párpados se me cerraban. Y así cedí al cansancio.

Capítulo doce
JACK
¿Saben qué es difícil? Cargar a un ser humano sobre la espalda. En especial, cuando está profundamente dormido.
Cambié mi peso de un pie al otro y Fern se quejó entre sueños. Lamento mucho la incomodidad, ¡monstruo sobre mi espalda!
Si esta chica fuese famosa, algún paparazi como yo debería tomar una foto de este momento.
¿Cómo es que mi noche se convirtió en esto? ¿De estar preocupado por una muchachita que se había quedado dormida en el autobús a cargarla sobre la espalda hasta su casa? No a su casa, no. A la mía.
No tenía ningún tipo de identificación encima. Sospechaba que se estaba alojando en el mismo hotel que Teddy Slade, donde la había visto la primera vez, en el elevador; pero llevar a una muchacha borracha hasta el lobby sin saber nada sobre ella no era una buena idea. Y, además, no iba a plantar un pie de nuevo en ese lugar luego de lo de más temprano. Celeste Jiang sabía lo que había hecho, y no quería arriesgarme.
Ya había buscado en sus bolsillos más temprano, esperando encontrar un teléfono y entonces así poder llamar a alguien para que viniera a buscarla. Pero no había encontrado nada.
Era como si la chica hubiese caído del cielo.
Para cuando llegué al complejo donde se encontraba mi apartamento, creí que iba a morir del cansancio. Sentía algo así como sangre brotándome de los ojos. La bajé lo más delicadamente que pude. Cayó sobre el suelo de granito de la entrada. La tienda de hierbas medicinales que estaba en la planta baja del edificio estaba cerrada porque era de noche y la persiana estaba baja, claro, pero el aroma aún podía olerse desde donde estábamos. Ingresé el código para poder entrar en el edificio. Cuando la puerta se destrabó, la abrí con un solo pie y me encargué de Fern, haciendo que colocara su brazo alrededor de mi cuello y volviendo a levantarla.
¿Por qué vivía en un edificio sin elevadores? Todas las decisiones en la vida que me habían conducido a este momento resonaban en mi cabeza como el montaje de una película para castigarme, y maldije cada una de ellas.
Cuando finalmente llegamos al cuarto piso, yo estaba jadeando y la parte superior de mi cuerpo estaba acalambrada y me dolía. Apoyé la espalda contra la pared, intenté encontrar la llave en mi bolsillo; pero Fern, que también había quedado con su espalda apoyada contra la pared a mi lado, cayó deslizándose hacia abajo.
Dejé que se quedara sentada un segundo más mientras destrababa la puerta. Tomé un zapato de la entrada, una de esas pantuflas caseras de goma de Charlie, y la usé para frenar la puerta y dejarla abierta.
Fern se parecía a un fideo largo de esos que uno encontraría en un plato de ramen, completamente encorvada; sus pies apuntando en dos direcciones diferentes, como la Bruja Mala del Este.
Luego de algunos intentos para moverla, ya estaba sudando. Jesús, ¿por qué esta niña era tan difícil de mover? Finalmente la tomé por debajo de las axilas y la arrastré hasta la sala. Si alguien me hubiese visto, habría creído que acababa de matarla y ahora intentaba esconder el cuerpo.
Apoyé su cabeza contra el sofá, donde quedó acostada.
–Ay, mi Dios –dije mirando al techo, pasándome ambas manos por el rostro. Había tantas cosas que podían salir mal.
Uno, si Fern despertaba y no sabía dónde estaba y se asustaba al verme, saldría corriendo y yo quedaría como algún loquito que seguramente la había drogado en el bar antes de llevarla a su casa. Dos, si la mujer que me alquilaba el apartamento se enteraba de esto por alguna razón, estoy seguro de que sería golpeado a muerte con un zapato.
Respiré profundo. Bien, está todo bien. Mantén la cabeza en alto, Jack. Tú te destacas en las crisis, ¿no es así? Esto es lo tuyo. Puedes hacerlo.
Me arremangué y apoyé algunas cosas contra la puerta de entrada para bloquearla. En caso de que la dueña del apartamento decidiera visitarme de sorpresa durante la noche, cosa que no sería la primera vez. La pobre sufría de insomnio y se aburría con facilidad. Miré a Fern para ver si el sonido la había despertado.
Con la cabeza echada hacia adelante y las piernas separadas cual muñeca de trapo, no había manera de que algo fuera a despertarla.
Tomé una almohada y una manta de mi habitación y las dejé en el sofá.
Al quedarme allí, observándola en el sofá de falso cuero que se desarmaba de tan antiguo, me sentí culpable. Tal vez debería llevarla hasta la cama. Yo debía dormir en el sofá, ¿o no?
Si tan solo Charlie me viera. De hecho, hasta compartíamos la cama… Cambiábamos cada dos semanas; mientras uno dormía en la cama, el otro dormía en el sofá. Los dos teníamos nuestro propio juego de sábanas y las cambiábamos todas las semanas. Era algo salido del Lejano Oeste, pero funcionaba.
¿Qué diría él si supiera que esta extraña dormía en nuestra cama?
Fern estaba oficialmente despatarrada, con la cabeza casi tocándole las rodillas.
Era hora de moverla.
Cerré los ojos, preparando mis músculos para lo que seguía.
El pie de Fern golpeó mi pantorrilla en el trayecto hasta la cama. Luego de observarla por un segundo, esas tontas pantuflas seguían molestándome. Levanté uno de sus pies y le saqué la pantufla. Hice todo lo posible para no tocarla demasiado, así que me apresuré a sacar la otra pantufla también. Las puntas de mis dedos apenas la rozaban.
Fern largó un sonido extraño, todavía dormida, y me detuve en seco. Dos segundos después, siguió roncando.
Apreté los dientes con frustración. Iba a tener un ataque al corazón por culpa de esta personita.
De pronto, levantó el brazo y se lo acomodó por encima del rostro, y la gorra se le salió por completo.
Por fin tuve una vista completa.
Llevaba puesto muchísimo maquillaje, casi como si hubiera estado maquillada para algún evento especial; lo que era bastante extraño dado que había andado por ahí descalza o al menos en esas pantuflas de hotel. Pero el resto de su persona… La camiseta de mangas largas y los jeans… Se veía bastante normal.
¿Qué estaría haciendo aquí?
Fuera lo que fuera, la estaba mirando demasiado, así que eventualmente coloqué la manta sobre ella y apagué la lámpara que estaba sobre la mesa de luz.
Miré mi teléfono en la oscuridad para ver la hora. La luz de la pantalla bañaba la habitación en una luz fría y azul. Me sentía un asesino serial. Era tarde, ya pasada la medianoche. Charlie solía salir del trabajo a las siete de la mañana, por lo que no había manera de que fuera a irrumpir en el medio de la noche.
O al menos eso esperaba.
Luego de lavar los platos, me metí en mi improvisada cama en el sofá mientras podía oír a Fern roncar en la habitación contigua. Un millón de pensamientos corrieron por mi mente y supe de inmediato que iba a resultarme imposible dormir.
¿Y si se despertaba antes de que yo lo hiciera y enloquecía?
¿Y si enloquecía y gritaba tanto que algún vecino o, peor aún, la dueña del apartamento, decidía venir a ver qué sucedía?
¿Y si enloquecía, gritaba, y alguien llamaba a la policía?
Todas las posibilidades terminaban conmigo en alguna cárcel de Hong Kong y una especie de leyenda urbana en Reddit.
Como no podía dormir, me quedé mirando el teléfono, pasando de una red social a otra casi que como en piloto automático.
Mientras paseaba por Twitter, saltó una imagen que me llamó la atención.
Era una cuenta de un comediante que seguía… y era sobre su próxima aparición en The Later Tonight Show. La imagen en su publicación mostraba el rostro del comediante junto a otra persona.
Una estrella pop coreana.
Su nombre era “Lucky”, y Lucky actuaría en el mismo show en solo un par de noches. Recién llegada de su tour por Asia.
Ay.
Dios.
Mío.
Cabello rosado y largo ondulando sobre un rostro radiante, mejillas redondas, ojos grandes y una enorme sonrisa.
No podía creerlo. Era ella. Era Fern.
De hecho, también la reconocí en el sitio de Rumours, donde también mencionaban su gira. Pero, sin el cabello rosa, no era tan reconocible para alguien que no sabía casi nada del K-pop.
Okey.
Okey. Así que tenía a una estrella del K-pop durmiendo en mi cama en ese mismo instante.
No, no en mi cama. ¡En la cama que compartía con mi compañero de piso! Claro, porque eso lo hacía sonar mejor.
Me apresuré a llegar a la habitación y me arrodillé junto al borde de la cama. Sin hacer un solo ruido, incliné la cabeza hacia un costado para tener una mejor visión de su rostro. La iluminé con la pantalla del teléfono.
Suspiré. No había dudas. Era ella.
Muy bien, Jack. Tranquilo. Conserva la calma. No es para tanto. Nadie tiene que enterarse de que HAS SECUESTRADO A UNA ESTRELLA DEL K-POP.
Tardé dos segundos en googlear “Lucky + K-pop” y encontré un sinfín de links e imágenes. Sus videos musicales, presentaciones en vivo, fanpages. Y fotos de paparazi: Lucky cubriéndose el rostro mientras descendía de un avión en el aeropuerto de Hong Kong. Luego fotos de Lucky en concierto hoy mismo, Lucky bailando y cantando en un catsuit corto y ajustado con botas plateadas de tacones superaltos.
Boquiabierto, me apoyé contra la cama. El colchón se sacudió, pero ella no movió un solo músculo. Necesitaba conectar estas fotos con la muchacha borracha sobre mi cama, cuyos mocos se me habían pegado en el hombro mientras la cargaba. ¿Por qué estaba sola en la calle? ¿Habría alguien buscándola?
Intensifiqué mi búsqueda de Google y descubrí que iba a participar del The Later Tonight Show el próximo lunes. Me paseé por un sitio de noticias sobre K-pop y encontré un artículo que decía que esta actuación sería su debut en los Estados Unidos y que había grandes expectativas. Aparentemente, esta actuación la lanzaría al estrellato en aquel país.
Sabiendo lo poco que sabía sobre el K-pop, sabía que no era sencillo darse a conocer en países occidentales. ¿Se volvería famosa en los Estados Unidos? ¿Estaba solo en mi apartamento con una potencial mega superestrella?
Darmowy fragment się skończył.