Czytaj książkę: «Tierra nueva»



Escobar Velásquez, Mario, 1928-2007
Tierra nueva / Mario Escobar Velásquez. -- Medellín: Editorial EAFIT, Sílaba
Editores, Hilo de Plata, 2019
294 p. ; 22 cm. -- (Biblioteca Mario Escobar Velásquez)
ISBN 978-958-5530-09-6
1. Novela colombiana. I. Tít. II. Serie
C863 cd 23 ed.
E746
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
Tierra nueva
Primera edición: septiembre de 2019
© Herederos Mario Escobar Velásquez
© Editorial EAFIT
© Diseño de la Biblioteca: Editorial EAFIT
© Sílaba editores
© Hilo de Plata Editores
© Prólogo de Emma Lucía Ardila
ISBN: 978-958-5530-09-6
Editoras: Claudia Ivonne Giraldo, Lucía Donadío y Janeth Posada
Diseño: Alina Giraldo Yepes
Correción de textos: Rubelio López
Diagramación: Julián Posada
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Nota de las editoras
El estilo de Mario Escobar Velásquez, su manera muy personal de apropiarse del idioma hasta el punto de pasar sobre normas y academias, es también la huella de su espíritu que fue rebelde siempre, que nunca se atuvo a convenciones y monsergas. Leerlo es como oírlo hablar y hasta respirar. Va a la caza del lenguaje, lo apresa y libera para habitarlo en un juego que respetamos por lúcido, coherente, arriesgado. Por eso las correcciones fueron las mínimas.
Nos enorgullece y alegra poder ofrecer esta primera edición de Tierra nueva tal como su autor la pensó, corrigió y dejó guardada en una carpeta entre sus cosas, para que se abriera hoy a nuevos lectores, a quienes quieran adentrarse no solo en las lindes de Urabá, sino también en las del lenguaje.
Contenido
Presentación
Tierra nueva
Capítulo primero
Capítulo segundo
Capítulo tercero
Capítulo cuarto
Capítulo quinto
Capítulo sexto
Capítulo séptimo
Capítulo octavo
Capítulo noveno
Capítulo décimo
Capítulo decimoprimero
Capítulo decimosegundo
Capítulo decimotercero
Capítulo decimocuarto
Capítulo decimoquinto
Capítulo decimosexto
Capítulo decimoséptimo
Capítulo decimoctavo
Capítulo decimonoveno
Capítulo vigésimo
Presentación
La Biblioteca Mario Escobar Velásquez surgió gracias a la iniciativa de la Editorial EAFIT y de la Fundación Mario Escobar Velásquez en respuesta al viejo deseo de amigos y editoriales cercanos de publicar la obra completa de este autor. Luego se unieron al proyecto Hilo de Plata y Sílaba Editores. Fue así como en 2017 salieron a la luz los cuatro primeros libros de una colección que abarcará toda su obra: Gentes y hechos de la aviación en Colombia, inédito hasta entonces; Un hombre llamado Todero (Plaza y Janés, 1980, 1ª. ed.); Cuando pase el ánima sola (Plaza y Janés, 1979, 1ª. ed.) y Canto rodado (Planeta, 1991 1ª. ed.).
Esta alianza afortunada continúa con la publicación de la novela Tierra nueva, un trabajo de reescritura que Mario realizó sobre su obra Relatos de Urabá, inicialmente publicada por la Editorial EAFIT en el año 2005, y que da cuenta de las vivencias del autor durante su memoriosa permanencia en esa región.
El cambio obedece a una decisión tomada por Mario, quien acostumbraba empastar y rotular él mismo sus libros inéditos, con el fin de poder empezar un proyecto nuevo y dejar el anterior completamente listo. Fue así como sus herederos lo encontraron rotulado como Tierra nueva y sus distintas partes estructuradas como una novela. Aparte de esto, las variaciones son mínimas, porque, en cuanto al contenido, no hay ninguna y el orden es prácticamente el mismo, solo un capítulo aparece en un lugar distinto.
Posiblemente Mario entendió que este conjunto de cuentos (porque es cierto que cada uno de ellos tiene una estructura cerrada para merecer esta clasificación) estaba a su vez unificado y entramado para constituir una unidad mayor. Ello se puede afirmar a partir de varios elementos: la presencia de los chilapos –apelativo con el que se conoce a los campesinos mestizos provenientes del departamento de Córdoba–; un narrador en primera persona, oriundo de un ámbito urbano, en este caso Medellín, que en realidad es el protagonista de todo el libro, muy bien caracterizado; amén de la aparición de personajes muy sólidos, que una vez presentados en algún capítulo, reaparecen luego en otros, de tal manera que conforman una trama unificada; y, finalmente, un solo escenario en donde se desarrolla la historia. La suma de estos aspectos confirma lo acertado de la decisión de Mario Escobar y permite una lectura desde una perspectiva completamente distinta.
Reencontramos al escritor ya conocido en otros libros suyos como En las lindes del bosque e Historias de animales; aparecen de nuevo sus dotes de observador minucioso y su talento descriptivo, capaces de retratar de manera inolvidable a las gentes, a los animales y el paisaje del Urabá de mediados del siglo xx.
El lenguaje de Mario Escobar, con sus modos tan propios, se pega al lector como las caricias de Rufo, el gato del personaje, con sus lengüetazos y acercamientos, que también marcan. Un estilo que permite identificar sus textos sin necesidad de leer quién es el autor. Por eso, como en todos sus escritos, en esta novela se halla, además del interés que suscitan las historias que capítulo a capítulo conforman la trama del libro, el placer estético que produce la lectura de cada página, trabajada, pulimentada sin afanes, con los términos precisos y con momentos poéticos muy logrados.
A pesar de la distancia física que existe entre una propiedad y la otra, a los chilapos los une la común procedencia y un motivo central: la tierra. Todos ellos han dejado su hogar en busca de un lugar de promisión en donde todavía es posible tumbar monte y apostar cuanto se tiene con el fin de establecerse como amos de sí mismos.
Por su parte, el narrador es un ser de rasgos paradójicos y múltiples, pues aunque parece que todo lo sabe, lo ve y lo puede, al mismo tiempo se humaniza, se conmueve a fondo y reconoce en otros unas habilidades que admira y envidia. En otras ocasiones es un maestro: enseña, explica, indaga e itera; es entonces un personaje que emprende el ejercicio, no solo de contar, sino de comprender las razones íntimas de los personajes; de explicar y explicarse el mundo y cuanto lo rodea. Y se pregunta, sobre todo, cuanto parece obvio, pero que no escapa a quien como él, con ansia golosa, quiere escudriñar y beber de la vida. También se torna en mero aprendiz en tierra nueva y establece relaciones de cercanía con los otros personajes, con respeto y admiración. Lo mismo sucede con los animales, a quienes sigue y escudriña por horas para entenderlos, maravillarse y aprender de ellos.
El protagonista se vale de dos recursos para introducirse en la intimidad de los otros colonos: ser uno más con ellos, con relaciones de amistad y camaradería, por un lado, y por el otro, ser consejero, confidente, auxiliador y apoyo en situaciones críticas gracias a una superioridad inevitable, que los demás también reconocen en él, proveniente de su educación y su origen urbano. Esto le permite mostrar los hechos desde una doble perspectiva, cercana y distante a la vez. Cercana, por las relaciones que establece con los colonos y distante, por el contraste cultural existente; útiles ambas para caracterizar sólidamente a los personajes, apreciar la raigambre de los distintos seres humanos que allí viven, sus usos y costumbres, las maneras de percibir la vida, de valorar la libertad, la tierra y , en fin, dar cuenta de su universo. Con ellos interactúa la naturaleza como un actor más, vilipendiada en la mayoría de los casos, pero también con una fuerza que impone maneras y actitudes.
El tiempo de contar sucede a posteriori, con la mirada de quien vivió y dejó un lugar amado por razones muy propias y de peso. Es este libro un periplo de quien va, descubre, conoce y regresa, convencido de que lo suyo no va más con devastar y apropiarse. No juzga, no acusa, entiende y respeta. Pero se aparta.
Queda de todas maneras el sabor de lo inevitable, esto se lee entre líneas; de la actitud de un colono que llega impelido por la necesidad, por el hambre, por la injusticia de patrones que los expoliaron, y por ello decide salir en busca de sus propios modos de subsistencia. Resiste y se impone a la naturaleza en una lucha en donde solo importa conseguir con qué alimentarse para sobrevivir y aliviar carencias sin reparos, sin cuidar del medio ambiente, ni ningún otro razonamiento parecido. Imposible este tipo de reflexiones para quien carece de proteínas y todo cuanto camina y es comible se caza sin reatos de conciencia. Tampoco los árboles se respetan, porque de lo que se trata es de tumbar monte para ampliar la tierra, para poseer más de ese poco que se consiguió a fuerza de hacha y que se ambiciona. Todo esto se denuncia en la novela, pero no con ánimo acusatorio sino con una fatalidad que deja en el lector un sabor amargo ante lo inevitable y la visión de un mundo paradisíaco que se nos escapa de las manos…
Emma Lucía Ardila Jaramillo
Tierra nueva
Capítulo primero
En una de esas tardes tan calurosas y somnolientas de Urabá en las cuales no sopla ni una onza de viento, con dos muchachones que me servían de ayudantes en las labores de la finca, me encontraba desgranando maíz del de una cosecha ya lejana. Habían permanecido las mazorcas guardadas por sus capachos, y colgadas en ristras del techo y de las paredes del depósito, que era amplio.
Las hojas secas de las envolturas estaban tostadas como palimpsestos, y los granos duros como municiones. Las envolturas crujían sus sequedades cuando se las apretaba. Restos de los filamentos, o “barbas”, se deshacían como polvo y hacían estornudar. Guardado, el maíz había esperado la escasez en el mercado, y ahora que tenía buen precio lo había vendido.
Uno de los dos jayanes que me acompañaban en la faena había comentado hacía poco que las necesidades no saben hacer buenos negocios, y que por eso el maíz que él cosechó por el tiempo del mío había rendido muy poco más que el precio de las semillas que lo originaron, añadido de los jornales empleados. Que esa cosecha casi había sido pérdida. Que ellos hubieran querido haber hecho lo que yo hice, pero que Necesidad (la nombró con mayúscula, como a un ser) los había acosado a la venta.
Añadió:
—Por eso, por no tener tratos con Necesidad, es que los ricos no pierden sino el alma.
Lo dijo jocoseriamente, añadiendo:
—No me haga caso. Es que yo soy muy cansón.
Yo no le había hecho caso.
No es que yo fuera rico. Pero si se me comparaban los medios míos con los de las gentes de la región, en donde las necesidades hacían de las suyas, sí que lo era en verdad. Carencias no tenía yo, y ellos sí, a montón.
Afuera el calor chirriaba en las hojas de los árboles, y se me hacía que las enroscaba. Y en las hierbas, cuyas legiones de lanzas delgadas pardeaban. Y en los estacones, secos como la sed, apretujadas las fibras, y en los alambres recalentados de las cercas.
Habituada, la piel de los jayanes estaba seca. Pero la mía chorreaba. Yo tenía cercano un galón con agua apenas azucarada y con limón profuso, y bebía pensando que la sed es medio infierno que quiere crecer hasta infierno completo. Ellos habían rechazado el vaso lleno que les ofrecía, y uno se permitía fumar. Pero afuera. A mí el olor del tabaco quemándose me entra por las narices como ácido.
A pesar de que creía tener duras las manos, cuya piel era capaz de aguantar a un toro en el extremo de una soga, y que manejaban riendas de caballos ariscos y reacios, y canaletes en el río cercano, ya me ardían como si las hubiera tenido metidas en cal viva. Pero las de esos dos eran corindones con dedos. A pesar de que desgranaban a más del doble de la velocidad que yo podía usar, parecían no sentirlas. Yo creo que esas manos les dolían a los granos de maíz, y a los palos endurecidos que hacían de cabo de los azadones, y a los mangos de las hachas y a las sogas y a los canaletes y a la empuñadura de las rulas.
Salí a meter a las mías en agua, para apagarles los ardores. A la sombra, en un balde, con forma de vasija, calcándola, estaba más ligeramente fría que el ambiente. Pensé entonces que el agua era más proteica que Proteo: no solamente era el líquido usual, sino también pedrusco helado, vapor, niebla, nieve, nube. Pero que además se adaptaba perfectamente a cualquier vasija o cauce. Yo vivía pensando cosas como esa.
Miré el río, muy lleno de sí mismo. Ya llevaba en sí las lluvias de más adelante. El río era aguas caminantes que buscaban a la madre, que es la mar. Fulgían, como el vidrio, y los destellos llegaban como dardos y me herían las retinas. Deseé algún viento que llegara desentumeciendo a las hojas de los árboles y a las lanzas del pasto, y pensé en dónde era que se acostaba ese gandul, sesteando.
Entrenados, los ojos percibieron por el rabillo un movimiento lontano, y cuando volteé para verificar pude ver que por el terraplén del caño, todavía como a quinientos metros, venían unos a trancos apresurados. Dos llevaban sobre los hombros una recia vara larga de la cual pendía una hamaca, y a los lados iban otros varios. Pude ver que, como a cada doscientos metros, uno de los varios se iba hacia el carguero del frente, y otro hacia el de atrás, y que con mucha habilidad y sin suspender los trancos recibían la vara en los hombros, acunándola. Y empecé a oír la especie de arrullo apagado que, para dar un compás acelerado a la marcha, emitía cada una de las gargantas que venían. Un poco como la tos seca de un tambor bien acompasado.
Los dos que desgranaban la dureza de los granos habían oído también el pujido como de tambor, y habían salido con el sombrero sobre las testas anchas, de pelos lisos como agua llovida. Sabían de qué se trataba, y se unirían a la comitiva. Se unirían, como todo el que oyera el “uh, uh”. Cada uno sabría que era una emergencia y que mientras más hombros hubiera para sostener la vara y más piernas firmes para llevarla, más ligero se llegaría al pueblo con quien necesitara de cuidados.
Uno de los dos jayanes, el sobrenombrado Pelos, largo-alto junco caminante, flexible, me dijo:
—Es Merlinda. Está desde hace dos días puje que puje bregando a parir. La comadrona dijo que si para hoy al mediodía no se había aliviado, la sacaran. Ahí viene.
Pensé en el espacio tirado en los caminos que nos separaban de Chigorodó: unos catorce kilómetros. Siete de ellos por entre la selva, y atravesando unos pocos claros que el hacha de los colonos había abierto. Y aunque el tizón del verano había empezado ya a arder, habíamos tenido lluvias hasta la semana anterior y el lodo de la selva estaba en el peor de sus humores, que es uno pegajoso, chupador de pies y de botas, el malhumor que adopta cuando empieza a endurecer. Cuando la bota se hundía a cada paso, costaba despegarla. Cuando salía dejaba escapar un sonido obsceno, algo así como un beso de cíclope, estruendoso. Eso hacía difíciles los pasos, que a veces resbalaban. Entonces a uno le parecía que la tierra le asía el empeine y que tiraba para darle un estrellón.
Eran las dos de la tarde. Le dije, sabedor de esos miles de metros:
—Llegarán como a las seis.
—¡Qué va! A las cuatro estaremos en el hospital. Adelántenos unos pesos para gaseosas. Allá sí que tendremos sed al llegar.
Se los di, mientras que le añadía:
—A las cuatro, ni a caballo.
—Nosotros iremos más rápidos que un caballo.
Tal vez fuera cierto. Ya llegaban los de la hamaca, muy rápidos. Pelos me dijo como despedida:
—A Chigorodó llegaremos como treinta. De aquí para adelante se nos juntará mucha gente.
Pero irían unos diez, que no habían parado. Le grité:
—Tráigame la prensa.
En Chigorodó, en la agencia, me la juntaban. Como estaba en la finca, a veces hasta un mes entero, la prensa me desatrasaba de calamidades de la nación y del mundo.
Me hizo una seña con la cabeza, asintiendo. Con el otro, recibió la vara sobre los hombros, rápida y eficazmente, él y el otro marcando el mismo tranco apresurado que les tamborileaban los “uh,uh”. La hamaca casi no bamboleaba. En el fondo de ella se marcaba una mancha húmeda, roja, de mal agüero. La parturienta iba enteramente cubierta de una colcha feamente rosada. Pensé que iría como en un horno portátil, asándose al vapor.
Vi que lejos, a la vera del pastizal que ya lindaba con la selva, esperaba Mañe, como le decían a Manuel, mi mayordomo. Lo vi que se unía, que me hacía una seña con la mano indicándome la obligatoriedad de ir. Los vi que empequeñecían paulatinos, y que vueltos pulgarcitos, fueron entrando al monte. Por un rato seguí oyendo, amortiguado, al tambor ronco del “uh, uh”. Y entonces supe que sí llegarían a las cuatro de la tarde, y me pareció de maravilla la solidaridad de esos mocetones, y la eficacia del medio empleado en la emergencia. Supe que el tambor de dos sílabas marcaba el paso, pero que también llamaba. Todo joven que lo oía se apresuraba a salirle al encuentro. Me entré pensando que Necesidad tiene inventos muy eficaces. Ese sería nuevo solamente para mí. Su maquinaria estaba funcionando muy sincrónica, bien aceitada. Debería tener años de uso. Subí a mi estudio, admirado.
Al rato la perra, que siempre estaba a mi lado, pero que dejaba afuera las orejas, patrullando, recogió con ellas algún rumor porque gruñó quedamente, a tiempo que giraba, apuntando con el hocico la dirección de venida de lo que fuera que llegaba.
Salí al balcón, a otear. No es que hubiera nada qué temer, pero siempre fui desconfiado. Desconfiado, y curioso. Vi, a unos cien metros, que llegaba el paso tartajoso de El Judío. Traía ropa y botas de las que usaba para ir al pueblo, medio decentes. Por allí solía ir con ropas llenas de chirlos y remiendos. Tenía El Judío, a toda hora, una mirada torva que me gustaba menos que un vómito, huidiza, de traidor, más torcida que su pata. El apodo que le tenían era peyorativo, porque indicaba que él tenía todas las malas virtudes de un mercachifle: avidez del dinero ajeno, malas mañas para lograrlo, cuando lo lograba, lo cual no era escaso, y un humor ácido como estómago de ulceroso. También le decían “Mercader”, con el nombre que tenían igual para un bejuco espinoso del cual era dificilísimo desprenderse, y doloroso, si lograba hincar una de sus uñas corvas, y luego las demás. De él decían que se las pasaba meditando en alguno, pesándolo, conociéndolo para poder engañarlo, y que acababa lográndolo.
Me estuve viéndolo venir. Con él, y nunca más con ninguno otro, yo sentía el impulso de dispararle con el .38 a la jeta, como lo hacía con cada una de las culebras mapanás con que me topaba en los potreros enmalezados, o en el monte. Me regodeaba pensándolo aparando reculadamente la bala, y enviándole otra. El mismo impulso que sentía hacia la miserable criatura arrastrada, capaz de causar tantísimos males, algunos peores que la muerte misma.
El Judío-Mercader era el suegro de Merlinda, la parturienta atorada que iba ya camino del hospital, colgando como un nido de oropéndola.
Escupí, como escupiéndolo. Eso de la escupa se lo aprendí a él mismo, que tampoco se gustaba. Alguna vez en que me había camuflado entre los matorrales de una laguna esperando poder fotografiar una babilla muy recelosa, lo vi de pronto parado al otro lado, mirándose en el espejo azul, caído. Yo mismo veía la imagen suya, invertida. De pronto la imagen de arriba escupió a la de abajo. La saliva espesa, abundante, abrió en el agua mansa la magia de los círculos concéntricos que desdibujaban la figura húmeda, de pata estevada también. A poco el agua se recompuso. Él, antes de irse, hundió cuanto pudo la punta de la bota en la tierra fácil, y aventó terrones. Ahora los círculos fueron más numerosos, y dispersos se interferían bellamente. Antes de que la imagen se recompusiera, él se alejó, dejando caer insultantes las palabras “viejo pendejo”.
No creo que haya tenido otro motivo para haber desviado su camino, que el de verse. Y no se gustó.
Ese era el que venía. Cuando estuvo a mi altura, saludó:
—Buenas tardes, patrón. Ahí está usted, todo parido.
Lo dijo porque en el hombro se me apretujaba la bola peluda de un mono tití, todavía mamón, que había rescatado de las manos de alguno que osó dispararle a la madre. Era un bebé, no medía mucho más de doce centímetros, y requería de los mismos cuidados. Con un gotero me había improvisado, poniéndole un trapito en la punta, el remedo de una teta de tití. Y él chupaba.
La frase del Mercader había sido brusca como una pedrada, y peyorativa. Me estaba diciendo “hembra”, y “mamá”. Yo sabía también decir de esas cosas, si es que era necesario, y le repliqué:
—Es que yo no soy de esa clase de hijueputas que dejan morir a los animales, como algunos de por acá.
Él entendió que el hijueputazo era para él, porque yo lo había reconvenido hacía poco por el perro suyo, cuyas costillas parecían las rejas de una celda de seguridad.
La respuesta fue mascullada. Él añadió, calmo:
—¿Se le ofrece algo para el pueblo?
La pregunta era de la cortesía casi obligada en la región, en donde se carecía de tantas cosas. A más, era una agachada suya. Como esos perros que solo muerden a traición, El Mercachifle se aminoraba si se le enfrentaba. Pero cuando podía, daba dos o tres tarascadas, en ristra. En una vez cuando esperaba que yo acabara de prepararme el almuerzo para contratar con él la siembra de un maíz, me había dicho cuando vio que echaba al agua para la sopa una cucharada de aliños en polvo, y unos caldos de gallina en cubos:
—Lo que usted cocina es a base de químicas.
Lo había dicho como asqueado.
Ahora era un martes, y eran más de las dos de la tarde. La gente de por allí, sin excepción, salía en sábados o domingos, y temprano.
—No, gracias. Ya encargué el que me trajeran la prensa, con Pelos.
Y le pregunté, con descaro:
—¿A qué sale usted?
Con descaro, según mis modos. Allá no era descarada la pregunta. Querer saber ese tipo de cosas de los demás era tolerado, y las preguntas se hacían. Él contestó:
—Me quedé muy preocupado por lo de Merlinda, y no me aguanté. Así es que voy a ver en qué puedo ayudar.
El pasmo se me atoró en la garganta, como un feto, y no me dejó parir más preguntas. ¿Cómo era eso de que El Judío se preocupara por alguien, y quisiera ayudar? ¿Que tomara el largo camino trabajoso por hacerlas de samaritano? Me parecía totalmente imposible. Él solamente atendía a sus propios intereses, torcidos los más como su pata. Si me lo hubieran dicho, si no lo hubiera oído yo con mis propias orejotas, no lo creería jamás.
Lo vi irse, gagueando el paso con su pata torcida. Una imagen del Mal, él, sin gracia, achaparrada, y me tomó una desazón atroz con sabores putrefactos, que nacía del no entender. No pude, y no.
Casi a las cuatro la perra oyó primero, como siempre, las charlas y las cancioncillas tarareadas, como viniendo del pueblo, y las indicó girando el hocico en esa dirección. Asomé al balcón y los vi saliendo del monte, despacieando ahora, dos con la hamaca, reída la boca, y creciendo su estatura con lentitud en su venida. Pararon a mi frente con mucha algazara, y yo descendí. Cada uno quería contar que, ya casi en la carretera, Merlinda gritó que “ya está, ya está”, y que se destapó de la colcha que la horneaba, y que entre las largas piernas lindas tenía el revoltijo de muchachito y placenta, y que como el primero se negara a respirar lo metieron con placenta y todo en las negras aguas frías de un caño que estaba a la mano, y que ahí sí respiró y gritó, tirando gotas que se le entraron con el aire, estornudadas. Y que todos se rieron, la madre incluso, de ese estornudo de mosquito.
Se enfrentaron entonces al problema de amarrar el ombligo, para desunirlo de la placenta. Alguno lo resolvió desanudándose la cabuya con la cual se ayudaba a sostener los pantalones, y sacó uno de los cordones que la formaban, y lo trenzó bien, finito, y lo utilizaron. Y como ninguno había llevado machete ni navaja, El Pichón aprestó los dientes estupendos y poniendo entre ellos el cordón umbilical lo cortó a la altura deseada. Todo un poco primitivo, pero la eficiencia no dejaba de ir con el grupo. Cuando pude ver el amarre que le habían hecho al cordón me reí un poco, lastimosamente, porque el nudo abultaba demasiado. Me dijeron que no importaba, porque no tardaría más de ocho días en caerse.
El bebé parecía sanote. No lo habían bañado en forma, y parecía engrasado, con tal cual lampo de sangre por el pelo o el cuello. Uno podía creer que en la cabeza tenía pelo como para dos, flechudo. Miraba a todo, descubriéndolo, y se negaba a chupar de la teta henchida, de areola y pezón morados, que Merlinda se empeñaba en que sujetara con los labios. Ella traía en la piel marchita, y en los mechones de la cabeza, pegotudos de sudor, escritas las horas difíciles que tuvo durante tres días. Costaba creer, así mirada, así escrita de sufrimientos y rayada de gritos, que fuera la misma moza garrida que en muchas veces vio uno pasar, deslizada, algo ambiguo en ella, pero bello, de entre jaguar y serpiente, el paso deslizado suavecito entre una indecisión del paso y el vuelo. Algo así también con sus maneras: a ratos uno creía ver en ella cosas en putrefacción, hediondas, que no lograba precisar. Se quedaba indeciso entre pensarla buena o mala.
Añadieron que a la placenta, grasosa y estorbosa, no tuvieron con qué enterrarla. Y como tampoco querían cargarla de vuelta, algo así como un asco respetuoso se los impedía, la tiraron, sin más, en un rastrojo. Pelos, que se había retardado, me contó después que había visto a un perro muy entretenido masticándola. A un perro voraz, que miraba receloso en toda dirección, con miedos de que algún otro garoso saliera a disputarle la presea impensada. Alguna especie de extrañeza debió vérseme, porque añadió:
—La barriga de un perro también entierra. Tal vez un poquito más demoradamente. Usted siempre está pensando en cómo no se puede hacer las cosas. Pero hay muchas maneras, a más de las suyas. Y, total, los perros de por acá nunca comen bastante.
A la mancha húmeda y roja de la hamaca la había reemplazado otra mayor, más bermeja. La parida me dijo:
—Deme una gaseosa. Usted siempre mantiene. Vengo seca como yesca.
Le traje una botella y un vaso, pero ella chupó directo de la botella, con una avidez suprema. Le pregunté:
—¿Quiere más?
Dijo que sí, que gracias, y acabó apurando tres botellas. Una sed así me gusta para calmarla. Ella comentó:
—Me era como la sed del diablo.
Alguno, que al parecer no la miraba bien, enderezó:
—¡De diabla!
Todos rieron con risas grandotas, desparramadas. Pero ella no. Ella frunció los ojos que tenían trazos rojizos del llanto pasado, y torció un poco la boca. Miró al guasón como apuñalándolo. El comentario no le gustó. Solamente en muy después entendí el porqué de la corrección. Después contó que su marido, El Pichón, demoraría en llegar. Que fue a Chigorodó por algunas cosas. Que no me extrañara de que no estuviera.
Los demás, que también tenían seca la garganta, se habían acercado a la caneca que recogía el agua de la lluvia, y repusieron el líquido que los sudores habían evaporado. Buches grandes que al bajar abultaban la garganta como un puño bajando.
Iban a seguir, cuando recordé algo, y los detuve. Subí por el costal, lleno hasta el tope de retales, y apretujado al máximo, que me había traído de Medellín. Porque había oído y visto a la mujercita del mayordomo que a la modista que le tomaba las medidas para confeccionarle un traje le decía de guardarle “hasta el último retal”. La otra dijo:
—Sí, ya sé. Son para Merlinda, o para Fela.
Yo soy muy curioso. Siempre he querido saber los “para qué”, y los “cómos” y los “por qué”. Anduve pensando de qué pudiera servirle “hasta el último retalito” de un traje de tela barata a una de las dos citadas, y no pude dar con la razón. Así es que cuando la que iría a estrenar subió a barrer le pregunté. Contestó, sonreída:
—¿No ha podido saber, verdad? Con lo que a usted le gusta saberlo todo. Me lo imagino pensándolo. Pero no logrará acertar, así es que le diré que Fela y Merlinda van a parir. Y entonces todas las mujeres de la región guardamos los retales. Cuando las visitemos de cortesía, después del parto, se los llevaremos. Ellas los usarán como pañales. Así se evitan el comprar pañales y estarlos lavando, que es lo peor. ¿Cómo le parece?
—¡Es lindísimo!
Añadió:
—Pero ahora la cosa está tan mala, con la escasez de trabajo para los hombres, que casi ninguna mujer puede estrenar. Así es que los retales serán pocos.
Había olvidado el asunto. Pero lo recordé cuando, en la ciudad, acompañé a mi señora a la modistería. Allá, con las costuras, trabajaban cuatro, y vi que tiraban los pedazos sobrantes de las telas a la basura. Rogué que me los recogieran, si les llevaba un costal.
—Por supuesto —dijo la modista—. Pero ¿para qué le sirven? Le conté de las barrigas de Merlinda y de Fela, y del empleo de los retales, y se admiró. Le pareció bellísimo el asunto, como a mí. Me dijo:
—Tráigame el costal. En quince días se lo lleno, bien apretado. Yo lo había traído, en mi última venida. Lo saqué arrastrado, porque pesaba, y se lo entregué a un amigo de El Pichón, diciéndole a Merlinda del contenido. La cara se le puso a radiar sonrisas, tal que yo le hubiera regalado una ternera. Supo decir:
—Con lo que hay ahí alcanza hasta para Fela. Partiré con ella. Ahora los retales están escasos.
Se fueron. Muy al rato sentí de nuevo que la perra avisaba, y el hocico puntudo señalaba el camino de venida de Chigorodó. Pero no asomé mis narices: sabía que era El Judío-Mercachifle. No quería verlo. Llegaba solo: ni los otros lo querían, ni él quería a nadie. Desde arriba lo execré y lo insulté mentalmente.
Aún me agencié y llevé a la región otros dos costalados de retales. Fela, a los pocos días del parto de oropéndola de su amiga, parió normalmente, y los retazos se requerían en cantidad acá y allá. Las dos se admiraron de que en los costales llegaran pedazos “tan grandes”. Eso, según sus modos del ahorro. A esos “tan grandes” no los utilizaron como pañales, sino que, industriosas, fabricaron camisillas y pantaloncitos para sus pedazos de carne parida. En más de una vez, cada una, por separado, se refirió ante mí de esos “retales tan grandes”. La admiración por el despilfarro de otras se les atragantaba y no les pasaba. Y agradecían, iterando, enviándome platos de los que estimaban mejores de los de su repertorio alimenticio, pero que, salvo el pescado frito, yo desechaba luego sin que el mayordomo o su mujer lo percibieran, porque eran ajenos a mi gusto. Pero al pescado que yo mismo me agenciaba no conseguía nunca darle el tueste exquisito que ellas sí.
Pelos y el otro se reincorporaron a su labor de desgranar el maíz, pero yo me fui al piso superior y me enfrasqué en la tarea aburridora de las cuentas de la finca. De ella, era lo único que no me gustaba. Entre sumas y multiplicaciones estuve oyéndoles por un rato la cháchara sobre las incidencias de la tarde, pero luego callaron y solo oía de vez en cuando el puño de maíz que caía en el costal. Era como unas milésimas de sonido, muy igual a un susurro que apenas se capta.
Casi a las seis de la tarde sentí que, cautelosos, unos pies descalzos subían la escalera. Como la perra no daba señales de inquietud miré sin cautelas la entrada de Pelos. Me dijo, baja la voz:
—Venga a ver a la abuela de todas las mapanás del mundo: está entrando por entre dos tablas desunidas, y casi no cabe.
Por ahí mismo habían entrado otras tres, antes. Cada uno de los de la casa, cuando tenía que entrar al depósito, lo hacía con el máximo de precauciones, porque se podía topar con la jeta pavorosa de la culebra mortal. Los ratones venían desde el monte en procura del maíz que yo almacenaba, y tras de su rastro venían las culebras. Era casi increíble la capacidad de la lengua bífida de la culebra para captar husmos de ratón en la senda que seguían ellos. La caminaba igual, y entraba al depósito por donde ellos. Cuando la culebra entraba se enrollaba en algún rincón propicio, y, en la noche, cuando ya todo dormía, uno oía de pronto el chillido del ratón capturado, y el alboroto pequeño que la serpiente alzaba cuando se enroscaba sobre su presa para depositarle muchas babas que le facilitaran el paso del cadáver por su garganta. Uno entonces maldecía quedamente, se ponía el pantalón, y las botas altas, gruesas, y le echaba mano a la carabina y a la poderosa linterna de cinco tacos, y bajaba las escalas, quejumbrosas ellas de desajustes y quejumbroso uno de esas tareas inopinadas.
Había intentado cazar a las ratas, con una carabina del .22. No solamente porque me hacían daños considerables en el maíz, y lo empuercaban, sino porque afinaban la rapidez y la precisión del disparo. Pero en esa inextricable trabazón de mazorcas era imposible verlas. Para el desespero, uno apenas oía los crujidos de su paso contra los capachos, o a los dientes durísimos contra el grano. A más, juraría que se habían adaptado con el pelaje a la color gris con lampos blancuzcos de los capachos, capaces ellas y su inteligencia de esas mimetizaciones. Si se inmovilizaban, el ojo perdía su eficacia.
Abajo me esperaba el mayordomo, que también sabía oír, y él recibía la linterna, y juntos entrábamos al depósito, el potente dedo de luz esculcando cada espacio. Cuando daba con la culebra brillaban los dos ojos rojizos, opacados como brasas parvas entre rescoldos. A veces los de la rata muerta brillaban más. Entre esos dos rojos opacos uno ponía la mira, y disparaba, y luego veía cómo tan lentamente se desenroscaba la soga de la serpiente, que había estado íntegra anudada en torno de la rata.
El mayordomo la maldecía, y uno también, y él la tomaba por detrás de la garganta, no fuera que le quedaran alientos y se diera vuelta. Era, claro, una precaución aparentemente inútil, pero nada hay inútil contra una serpiente venenosa. Se la sacaba al patio y se la colgaba de uno de los alambres del cercado, porque al día siguiente yo me haría con sus colmillos. De ellos colecté como medio centenar.
A las seis de la mañana empezaban las gallinetas y las gallinas su alboroto, cuando descubrían a la culebra colgada: cada una de las aves sabía de su enemiga. Cacareos y silbos se oían, y arriba yo me reía porque esos anuncios me gustaban.
Bajé, carabina en mano, despacio para evitar vibraciones muy fuertes que la madera le transmitiría a la culebra, y asomé al depósito. Ciertamente, la culebra era enorme. Tenía poco más de la cabeza adentro. Su cuerpo grueso copaba la rendija, y la lengua entraba y salía repetida de la jeta horrible, preguntándole al aire cosas que él le contaba: que allí olía a personas sudadas, a maíz reseco, a costales nuevos y a trasegar de ratas y ratones. Se cuidaba, la cabezona. Trataba de ver con sus ojos miopes, queriendo captar algún movimiento, alguna sombra desplazada. Pero el jayán quedado, inmóvil en su asiento, con la rula en la mano. El hombre parecía una estatua de sí mismo recién inaugurada.
Yo creo que lo que detenía a la sierpe en su avance hacia adentro era la mirada de ese muchachón. Yo creo que la sentía, como yo soy capaz de sentir la de alguna persona, cuando se me fija.
Miré al jayán desde la puerta, sin entrar: finas gotas de sudor le marcaban el labio superior. No eran de miedo, no: eran de alerta. Él sabía, como yo, la potencialidad maligna que estaba encima de la lengua que seguía entrando y saliendo.
Muy despacio alcé la carabina y puse en línea las miras: las puse justo en la garganta, porque no quería dañar la cabeza y con ella los colmillos. Sabía desde ya que serían los más grandes que nunca tendría, y los apreciaba a priori. Sentí, unido a la detonación, el golpe de la bala contra la reseca y dura madera del tablón, de una pulgada de grueso, cuando atravesó la garganta. La gran culebra dejó caer la cabeza, con la lengua afuera. De pronto la recogió, a la lengua, y ella misma empezó a deslizarse hacia adentro. Yo sabía que era arrastrada de su peso, pero el jayán dio hacia la puerta un salto admirable, sin que el corpachón hubiera acabado de caer. Después se burlaba de sí mismo, y de su miedosa agilidad. Laxo, el cuerpo grueso tenía algunas sacudidas, que cesaron pronto.
Le abrí el ojo a una soga y lo pasé hasta el cuello, roto, y halé hacia el corredor. El animal pesaba. Afuera, a la luz ya difusa le abrí la jeta y con el cuchillo saqué desde atrás los colmillos y los presioné hacia arriba. Soltaron un chorro largo de un líquido ambarino. Letal, cada gota. Me dio un escalofrío: la culebra almacenaba más de una docena de muertes de cuerpos grandes, hombres o vacas, o perros. Cuando la bolsa de arriba estuvo vacía, seguí empujando los colmillos, uno a la vez, para desprenderlos. Cuando estuvieron afuera examiné la fosa que dejaron, y sí, allá, contra el paladar, marfileaba otro par de colmillos del mismo tamaño que los anteriores. A esos dio más trabajo extraerlos.
Mañe, el mayordomo, dijo:
—¿Qué está trayendo a esas asquerosas? Antes no llegaban hasta acá.
—Las ratas, y los ratones —le dije—. Y a estos, el maíz. La culebra les sigue el rastro, como un perro de caza el de un venado.
—Dios Santo: si es eso, el peligro ha estado por todas partes. Cagarrutas de esos animales se ven doquiera. En la cocina, sobre los anaqueles, debajo de estos bancos.
—Acá no hay un solo metro cuadrado de tierra sin peligro. No digo solamente de la casa.
Yo señalaba hacia toda extensión del más allá de las pajas del techo. Le añadí:
—Dios le dio ojos: úselos. Y en las horas oscuras, redoble el cuidado. Eso debe saberlo usted tan bien como yo.
—Así es. Pero voy a respirar muy tranquilo cuando embarquen todo ese maíz.
Extendida, la culebra parecía un madero, grueso, esperando el hacha que lo haría leña. Bajé el metro, y la medí: tenía un metro con noventa y ocho centímetros. Yo sabía que eran capaces, con los años, de llegar a los dos metros y medio, pero nunca vi a ninguna de esa talla tatarabuela. Que en antes no es que escasearan, pero que las habían acabado. Que demoraban mucho en crecer hasta ese tamaño de cable grueso. Suaves, las escamas eran una delicia al pasar las manos por ellas, tersas como el anca de una novilla nueva y bien tenida. Le di orden a Mañe de que la desnudara de la piel, y de que la estacara. Cumplió la orden con rapidez y facilidad. Desnuda, la carne parecía un poco vagamente a la de pescado. Pelos me dijo:
—¿Se come?
—Sí. Yo también voy a freírme unos trozos.
Era una carne dura, magra totalmente, y recordaba en vaguedad a la carne de la cola de las babillas, a pescado del que no es muy gustoso.
Eso bastó para que todos se animaran, y sin muchos ascos la destriparon y tasajearon. Carne no era lo que sobraba por allá. Como se carecía de energía eléctrica, la poca que se traía debía ser salada y acababa siendo ella misma casi salmuera. De todos modos no duraba más de dos días. En el resto de la semana se completaba con huevos, o con pescado, si lo había. Pero esto era solo en el verano ya recio, cuando las aguas del río habían bajado casi totalmente hasta el cauce apenas pedregoso, y entonces se las oía canturreando contra las guijas, en sus frotes. Entonces el agua era blanquecina más que transparente, no sé por qué. Cuando el río iba pleno no se daba la pesca.
Antes de irse Pelos buscaba su rula, con la cual había cortado rodajas del cuerpo cilíndrico y extendido de la criatura que se arrastraba. Al parecer alguno la había tomado, y ahora no la hallaba. Estaba impaciente con el mayordomo, su hermano: debió ser él quien la cogió y puso mal. Le dije que se fuera sin ella, que qué más daba. Que no imaginaba para qué la cargaba: yo nunca le había visto dar un golpe con ella, tan afilada. Y antes de que él me respondiera, una imagen mental me retrató vívido lo que sería la representación fiel de un chilapo: uno que a toda hora va con una rula desnuda en la mano derecha. Sería imposible imaginar a uno sin ella.
Me respondió:
—La dejaré, pero cuando el tigre deje las uñas, y los colmillos. Por acá todavía ronda el tigre, y no sería raro encontrarse con él. Si anda de mal genio, y a veces anda así, es mejor tener la rula. Y cuando también la mapaná deje las puyas de la boca, las que tiene para poner el veneno que le deja mal la vida a uno. Acabamos de matar una, y nos la vamos a comer. Pero yo no tengo un aparato como ese suyo, el que usó hace nada. Y para la mapaná me vale la rula, muy efectivamente: un voleo y le aviento la cabezota. Y la dejaré cuando también el bejuco ese lleno de espinas que no larga a ninguno cuando lo ha engarzado, el llamado mercader, las deje. Cuando me agarra me basta un rulazo para zafarme. Si no me las vería mal. Y cuando en el monte no haya ramas que me atajen. Y cuando en la casa haya a toda hora leña cortada. Y cuando a un racimo de plátanos no haya que bajarlo de un machetazo. Todas esas cosas que le dije son cosas potentes. La rula es mi potencia. Usted tampoco deja el revólver, ni para orinar: esa es la potencia suya. Entonces no me pida que deje lo que es la prolongación de mi brazo.
Se sentó a esperar la prolongación de su brazo…
Pero yo me fui hacia la orilla del río, y me recliné en uno de los troncos acostados que se estrenaban en la pudrición, para camuflarme, a esperar el paso, que no tardaría ya, de las garcitas bueyeras. Las describiré diciendo que es como si hubieran tomado a una garza normal, de las que por albas Andrés Eloy Blanco apellidó novias del río, y que en las márgenes de caños y esteros parecen mirarse a sí mismas narcisamente, pero que están es pescando, y la hubieran reducido a un tercio, y la hubieran alejado de las aguas. El nombre de garzas también se redujo al tercio, y quedaron en garcitas. Dicen que su país de origen está en África, y que no hay otra especie, salvo la humana, que se haya difundido tanto y tan rápido por el orbe, copando a todos los climas, desde el húmedo y caliente de Urabá, hasta el frío de Manizales. A mí me parecía una suerte para mis ojos y mis dichas el que estén en Urabá-Darién. Allá el verde abunda tanto en todos los tonos, que la blancura de esas aves destaca y descansa los ojos. Son blancas, sí, de toda blancura, salvo el amarillo claro de las patas y de los picos. Caen de sus pernoctaderos a los pastizales, y van detrás o a un lado de la res que come. La res, esa mole que avanza a mordiscos, mueve de sus encames a grillos y a lagartijas, a arañas, a otras sabandijas de las hierbas, y entonces la garcilla que acaparó el movimiento dispara el pico que no falla y engulle y embucha. Su estómago disuelve corazas, quitinas, pieles duras, huesos, uñas, dientes. Las parvadas de garcillas se reparten los rebaños: no más de una de ellas por res. Si uno retira los rebaños de un potrero, lo extrañan. Esperan por él, impacientes, sobre los postes del alambrado o sobre los árboles que haya. Cuando se convencen del traslado alzan un vuelo de inspección, hasta hallarlo: al que buscan, al rebaño “suyo”. Los otros están ya utilizados. Como a cada rebaño le caen las justas, cada una tiene asegurada la pitanza que requiere. Uno creyera que hay acuerdos logrados y respetados. Uno cree que no pueden vivir sin el ganado, porque no se les ve sino junto a él. Las garcillas son un pueblo sociable en grado sumo, y lo demuestran: si se reparten en grupitos por lo de los afanes estomacales, viajan leguas en las tardes para compartir el dormidero. Pasando embellecen, largos flecos blancos que cubren kilómetros, como un hilo de nube y viajero. Y cuando pululan en un árbol lo embellecen. A unos pocos árboles caen todas las miles de una región. Los árboles a que llegan se ven a lo lejos como florecidos del más puro algodón cardado, casi irreales en su maravilla, como si fueran un paraíso albo para los puros de alma. Las tardes de Urabá son más hermosas si uno tiene tierras sobre las cuales las garcillas desfilan hacia sus dormideros. Pasan por centenas, pero no es que formen nubes, sino cadenas inmensas que son casi un riachuelo de leche por el aire. Como las garzas mayores, son mudas. O muditas, como gustéis. Eso, o que usan poquísimo la voz. Su pasar en las tardes dura tal vez una media hora, la última con luz, y ese alborear cintilante la hace la más bella del día, guirnaldeando.
Capítulo segundo
Cuando Rufo, el gato, dejó de estar por la primera vez, me inquieté mucho por su suerte. Como le temía a la acción de las serpientes, que abundaban, estuve por dos días escudriñando el cielo por si había descensos de la gallinazada, que le caía hasta a un sapo al que hinchara la muerte.
Pero como no hubo nada de esos revoloteos negros, creí en la acción de un predador mayor, como la zorra roja. O en su muerte en plena selva, cuyo ramaje no es capaz de transparentar ni la vista excelente de los zamuros.
Cuando, tres días después, lo vi lengüeteando la leche, en ese su primer regreso, algo me hinchó el pecho, entre alegre y doloroso. Querer está siempre untado de aflicciones. Me fui hasta él para decírselo, mientras que con la aspereza de mis manotas le alborotaba la pelambre. Él me decía cosas calladas de mucho cariño entre varones.
A poco vi en el patio los ochenta centímetros de una mapaná adulta. Todos ellos se tostaban a la resolana brava que empezaba desde las diez, y tenían mínimas crepitaciones al calentarse y al encogerse por la deshidratación.
—La trajo el gato —me dijo el mayordomo cuando fui a examinarla, muy receloso yo. Esa cuerda cuadriculada empacaba en dos colmillos de una pulgada a la muerte cierta. A nada le temía yo por allá, pero a la serpiente sí, y muchísimo.
Cuando estuve cierto de que no alentaba, la alcé para examinarla: un mordisco decisivo en la parte delgada con que el cuerpo se unía a la cabeza era lo culpable del desaliento.
—No puede ser —dije—. ¿Por qué iría el gato a enfrentarse a una mapaná? ¿Cómo iría a poder con ella?
—Pueden —contestó el mayordomo—. Los gatos pueden. Los gatos son como las brujas. Tienen poderes. Suelte a uno en un monte cerrado, y se las vale. Suelte al perro mejor, y si no da con una salida hacia su casa, y la sigue, se muere de hambre. A mí los gatos siempre me dan miedos. En los ojos se les ve que todavía son fieras.
—¿Cómo supo que la trajo él?
—Lo vi venir con ella: la traía bien aferrada, del pescuezo. Le colgaba, arrastrando. Para no pisarla y enredarse caminaba un poco sesgado, ese demonio.
Yo me fui a la silla de la pensadera. El mayordomo la llamaba así porque en ella me estaba, el magín trajinando problemas e interrogantes. Horas, a veces, pareciendo mirar para los potreros, pero en realidad mirándome cosas adentradas. Mirándome cosas pasadas. Yendo del brazo con gentes muertas, con ellas por días muertos, amándolas como en antes las había amado. O buscándome maneras de hacer más provechoso el porvenir: yo quería escribir novelas.
Pensaba en la improbabilidad de lo que me dijera el mayordomo: cuando la dispara, la jeta de la culebra va casi invisible, veloz como un dardo. Bastaba con una sola punción de esos colmillos huecos para que hasta la mejor máquina de vida se desbarajustara y empezara a ir mal. Capaz una arrastrada criatura de ese tamaño, y de uno aun menor, de matar a un buey. Ágil como un látigo, no iría a dejar así como así que el gato le pusiera el filo de los colmillos en el apretón mortal. Porque, además, cuando llevan esa talla, son la agresividad misma. Debe ser cosa de edades no muy maduras, porque las mapanás viejas, esas talludas de dos metros y más, son calmas: casi hay que provocarlas para que ataquen.
No pude entenderlo.
Rufo había subido hasta el balcón en donde yo tenía la silla, y después de hacerme muchos amorosos roces con el cuerpo, arqueándose, roces que la cola prolongaba delgados, me asperjó con sus marcas de orines antes de tirarse a la lasitud del sueño, en unas sombras.
Esporádicamente aparecieron luego otras culebras en el patio, con el mordisco bravo en el cuello.
—Primero las ahoga, metiéndoles el rabo por la boca. Es en después que las muerde —me decía el mayordomo—. ¡Ese gato es un demonio!
Pero ya sabía bien sabido que sus palabras eran sopladas por el folclor, y nunca por la realidad. Si el gato las mataba, era que sabía hacerlo, pero era imposible que la cola le fuera el instrumento. Por saberle los cómos a esos encuentros yo hubiera pagado un precio muy alto.
En la silla de la pensadera yo recordé la secuencia que me hizo dueño de gata y gato: yo había sostenido con mucho convencimiento que los ratones tenían tanto derecho a sus vidas pequeñas como yo a la mía. Y por eso les toleraba que se entraran a la casa desde sus caminos de hierba y que corretearan por ella sus grisuras tibias. Me parecían bellos. Me gustaba verlos cómo, adosados a las paredes, se deslizaban como sombras del país de Liliput.
Eran dos, al inicio. Ese bergante del macho estaba enamorado de ella. Le arrimaba a ponerle encima las zarpas delanteras, y a meterle el hocico en el cuello atrapándole sabrosuras de olores. Pero ella se cansaba a veces de tanta obsecuencia y se lo sacudía de un amago de puñetazo de la garra.
Pronto fueron cuatro. Los dos pequeños como bolitas de felpa inexperta. Iban en fila india, y parecían una flexible culebra derretida, fluyendo. Y pronto los orines de los cuatro empezaron a sentirse, agudos como agujas fétidas. A más, empecé a ver por todas partes sus cagarrutas. A centenas. Parecían granos de arroz, por la forma, apenas si abultados un poco, y totalmente sin olor que yo percibiera. Y eso me pareció la gran virtud.
Entonces llamé a la señora que limpiaba, una gran negra de dientes profusos y blancos que yo le envidiaba, y le ordené que removiera todo para librarlo de cagarrutas y de olores agudos y fétidos.
A poco la casa olía fuertemente a hospital, tan generosamente había trajinado la negra con una untura olorosa a pinares abiertos. Cuando le dije de lo mucho que eso me alegraba me contestó:
—No es para tanto. Si no los destierra, a esos que usted llama “bolitas de felpa gris, rodando”, en dos o tres días se volverá a las mismas. Ahora me voy al pueblo: cuando venga le traigo una gata, joven. En cuanto la huelan se irán a vivir afuera, como antes. Y no volverán. Ellos saben qué les conviene, y qué no.
En la tardecita llamaron desde la puerta abierta. Era la negra de los envidiados dientes profusos. Traía acunada a la gata en los brazos. La puso en el suelo que olía todavía a pinares desparramados, y dijo:
—Con ella tiene para librarse de esos cagones. A la noche no quedará ni uno solo.
Puse en un platillo unas onzas de leche, y piqué unas tiras de carne, que le puse debajo del lavaplatos. Comió sin afanes, con una exquisita pulcritud, como si en toda su vida, y no ahora apenas, hubiera comido del mejor de los jamones. Después se puso, prolija, a asearse las garras, lamiéndolas. Y puesto que era de muy rápidas entendederas, y supiera que ya era mía, o yo suyo —esto quizá lo más seguro— se fue al cojín que yo tenía debajo del escritorio y se enroscó para dormirse de una. En ese cojín yo, que me descalzaba cuando escribía, ponía los pies.
La gata no era de clase. En el árbol de su ancestro deberían conjuntarse muchas razas. Era fruto de cruces a la bartola, porque cuando, en el apremio del celo, una gata llama por compañero, no está poniendo condiciones: se aparea, urgida de su entraña, con el primero que llegue por el camino que sus llamadas abren. Era una zanquilarga, de cuerpo más que alargado. Me parecía uno de esos gatos salvajes que raramente son vistos, que parecen ir en zancos, y que por eso son tan rápidos en sus carreras. Era, en cambio, todo un carácter. Malgeniada y arisca, muy parca en manifestar su amor, aunque le gustaba infinitamente que la acariciaran. Sabía recibir, no dar. Pero cuando, en una de sus raras efusiones se me frotaba, era retelindo: como ver florecer a las orquídeas, que a veces se tardan años, pero que por esperadas son de maravilla.
—Una sola condición le pongo —siguió la negra—. Consígale un macho en cuanto se encele. Por acá no hay ninguno: a estas gentes no les gustan los gatos. Entonces no va a tener a quien llamar. Y eso es lo malo: la vida sola no es vida.
—¿Lo dice por usted misma? —le riposté siendo un poco sádico. El negro suyo había salido un domingo de hacía ya más de tres meses, dizque por el mercado, y no había vuelto.
—Por mí misma lo digo: esa cama mía para mi sola me parece más ancha que toda la extensión del monte, más fría que la piedra. Por eso me voy a ir a donde pueda encontrar un compañero. Tampoco yo lo encuentro por acá. Ya le tengo rotos a la almohada, de morderla. Eso no es bueno.
A poco de haberse ido la negra, la gata se enceló. Con seguridad que en esa región cimarrona en que estábamos no habría en tres leguas a la redonda otro gato, macho o hembra. Habitada por chilapos, es decir campesinos venidos del departamento de Córdoba, que no suelen amar a sus animales. A los perros los toleran, y mal, porque guardan la casa anunciando la llegada de gentes, cosa muy útil en esas soledades. Al perro lo saben fiel. Lo saben que ama, porque lo manifiesta con ojos y cola. Pero al gato, tan independiente, no suelen tenerlo y lo tildan de “desagradecido”. No lo es. Independiente sí es. Sabe bien valerse por sí mismo, sin esperar a que nadie le tenga que dar la comida, como al perro. Y si no está bien atendido, se manda a mudar, a veces cimarroneándose, y acabando si es del caso con las polladas y las gallinas de quien no supo atenderlo.
En esa vez de su primer celo la gata supo conmoverme con sus llamadas por un macho que le fecundara los huevecillos internos. Se ubicó a quince o veinte metros de la casa, y llamaba imperiosa. Uno podía entender que estaba ordenando al macho que la oyera a que viniera de inmediato.
Pero en parte ninguna de kilómetros alrededor había otro oído gatuno que recogiera mandatos.
Viéndola, y oyéndola. En esas estuve todo el día. Yo no podía esclarecer si esa entraña enardecida que la hacía ir y venir impaciente ordenando venidas con maullidos gritados sentía amor o furia. Los ojos de un oro colérico fungían como para una batalla, y la cola tocaba los flancos enjutos como un lento látigo que pudiera agilizarse para castigar. Parecía un jaguar bravo, pero mínimo y enharinado.
A la noche fue peor, la urgencia mordiéndole los órganos. Llamaba y llamaba a todos los espacios vacíos de gatos, y su voz enronquecía.
Ya en la mañana, y para otro día, lo que tenía era ruegos. La voz había perdido la arrogancia de la orden y había encontrado en las ausencias la queja. Se quejaba rogando. Rogaba quejándose. La súplica, ¡cómo no!, me entristecía más que su orgullo. Desatendida, humillada, imploraba con una voz más que buena traductora de emociones.
Para la tarde supo aporrear más mi sensibilidad: se puso, loca, a seducir a un matojo. Se le frotaba, ella gata derritiéndose en ternuras, mientras que un ronroneo suavísimo se le oía en la rosada caverna de la garganta. Como una gata líquida, elástica, múltiple, ubicua, resbalosa, se ofrecía. Y cuando yo mismo sonrojaba de esa vehemencia tan expresiva, ella se le tendía unos centímetros más adelante y le reculaba hasta tocarlo, incitándolo a la suplicosa cópula imposible. Pero el matojo no sabía.
¡Cómo, de verdad, yo quise ser gato!
Entonces, todo arrepentido, recordé la promesa que le había hecho a la negra ampulosa de dientes, y sus palabras sobre la anchurosa extensión de las camas solas, de los espacios sin gatos.
Para el día tercero de su celo estaba ronca en toda la plenitud de su ronquez y triste. Apenas se la oía a metros. Se había tendido al socaire del impasible matojo y gemía su humillada soledad. Gemía la pavorosa soledad del lugarejo.
Tardó dos o tres días más en sosegarse, en recuperar trabajosamente el porte de gata linda y rica, siendo como en antes. Como si no hubiera tenido ansias que la habían encendido. Como si para las entrañas suyas no hubiera cambios que la obligaran a rogarle a matojos. Como si en la desvergüenza mayor no hubiera tirado el orgullo para suplicarle impúdica a los aires todos que hicieran que la oyeran.
Digo que siendo como en antes, es decir una orgullosa nata. Quizá el orgullo no sea otra cosa que egoísmo: la gata era capaz de recibir sacos de caricias, pero no daba. O muy poco. Cuando se acercaba a donde yo estuviera iba ordenando que se la amara, todo debiéndosele a priori. Como amar es dar, no recibir, exactamente según mis códigos, yo la ponía sobre mi regazo y la acariciaba. Amar, como dar, se paga a sí mismo. Le sobaba la limpia pelambre hasta que sentía pequeñísimas descargas de la electricidad estática, ella en goces inefables y yo contento. A veces, muy pocas, soltaba algunos ronroneos satisfechos.
Mandé a buscar un gato, en donde estuviera, para no tener que soportar en otra vez las angustias de la carne gatuna urgida. Trajeron a un gato fundamentalmente distinto a la Rufa. En todo. Aunque no es que fuera pequeño, ni liviano, se asentaba sobre patas cortas. Al lado de la gata, que me pareció siempre como si fuera en zancos, se veía bajo. Y no imponía el deber de amarlo, sino que aprendía a dar el amor. Lo manifestaba de muchos modos: el más refinado de ellos asperjándome con sus orines, marcándome con gotitas nimias cuando empezó a considerarme propiedad suya. Así es que me marcaba como marcaba las lindes de la casa, para que cualquier improbable gato merodeador supiera de su dueñez, si venía.
El marcamiento ocurría cuando yo estaba sentado en el corredor, mirando lo que pasaba en el amplio entorno del más allá de las pajas, o pensando cosas de los personajes de mis libros como ellos las pensarían, para ser ellos. El gato, luego de mucho ronquido de amor varonil, de mucho frotamiento de sus lomos contra mi piel desnuda, en las piernas, que yo le correspondía rascándolo detrás de las orejas, alzaba la cola y me tiraba calientes las gotitas. Significaban “esto es mío”.
Después yo bajaba hasta el pozo y con dos o tres baldados frescos, que siempre eran agradables, borraba la amorosa impronta.
Nada más llegar, salido de un costal ignominioso, Rufo supo cómo se las gastaba la gata. A él la mujercita de abajo le había embadurnado las patas con manteca. Eso le molestaba, y le gustaba: se las lamía. El teorema decía que, ocupado en la limpieza, que además le tendría buen sabor, no pensaría en marcharse y así se adehesaría. Eso le hicieron por cuatro a cinco días, en los cuales estuvo lame que lame, muy empeñado.
En el primero de los días, metido debajo del penumbroso fogón de abajo, silencioso, ocupado en lamidos continuos, no fue visto por la gata hasta tarde, cuando bajó. Nada más verlo se erizó entera como el lomo de un puercoespín, y bufaba y escupía lo que supongo insultos suyos. Luego se le fue acercando, marchando de lado, y cuando le estuvo cerca disparó traicionera la garra cruel. El gato la recibió en el belfo superior, que fue desgarrado. Con un gemido se metió entre el hacinamiento de leños.
De ahí lo saqué con la pelambre llena de cenizas, cuando me lo contaron. Subí con él, y aunque vi el estropicio inútil, no tenía manera de unir los bordes cortados. Así es que le expliqué la necesidad del desinfectante que le apliqué. Aunque el estremecerse de su cuerpo me contó del ardor, el gato se estuvo quieto.
Cuando la pérfida gata me vio acariciarlo vino a frotárseme en la pierna y a ronronear, como si de veras me quisiera. Pero yo sabía que ella solamente sabía amarse a sí misma.
Cuando la zajadura sanó quedó un boquete en la línea del belfo, que dejaba afuera el colmillo de ese lado. Eso le daba a Rufo un aire de malandrín armado, ostentoso, que estaba lejos de ser su verdadero talante. Un aire de matón estrenando faca, y mostrándola.
La gata demostró a su próximo encelamiento unas dotes muy curiosas: por lo pronto la insaciabilidad de su entraña. Al contrario de lo que yo sabía de sus congéneres, que se daban por satisfechas a la realización de una sola cópula en cada estación del celo, Rufa urgía al macho en dos o tres veces al día. Y si bien en la vez inicial se entregaba desvergonzada con unos maullidos que no parecían de gozo sino de asesinato que sufría, para la segunda y demás se volvía cruel e imperiosamente exigente: el gato tenía que servirla, pero además que soportar la garra sádica que le caía con púas mal intencionadas de hacer daños.
Para el segundo de los días del celo, el gato, que no es que fuera muy rijoso, prefería dormir. Se despatarraba en alguna sombra propicia y dormía sus excesos del día y de la noche anteriores, plácido, subiendo y bajando en un ritmo lento el pecho respirador, y el colmillo asomando por entre el belfo como un puñalito desenvainado.
La gata lo buscaba. Cuando daba con él se estaba un rato observándolo a distancia, y en los charcos de amarillo cruel de sus ojos una expresión que siempre me pareció burlona, y en la larga cola un bamboleo tan pausado como el de un péndulo. Entonces se le iba despaciosa, tan precavida de ruidos como si fuera de cacería, pausada, elegante el largo cuerpo sobre las almohadillas rosadas de sus patas, hasta dar junto al yacente. Alzaba una de las garras, desnudos los pinchos duros, y tirándola halaba cuando daba con la piel pelambrosa del gato.
Rufo se alzaba como para pelear, agredido de chuzos que sabían hacerse sentir, pelado hasta el otro colmillo. Pero cambiaba de un segundo para el otro, y se desdormía más, porque lo envolvía el efluvio de la gata. Como muchas más garras de atracción, el olor lo aferraba: el olor de la hembra para darse, aromas del sexo desparramados. Soltando un gañido de placer se volvía mimos envolventes, él girando alrededor de ella, él embriagándose de esa fragancia que lo enloquecía, la cola en altos vaivenes. Ella se echaba, y él —cara pícara— teniendo complacencias hasta en el temblor de los bigotes, se le ponía encima, y parecían una sola esfinge tendida, pero con dos cabezas, todo el ardor de la cópula con ellos como el vasto calor de un arenal.
Esa gata era extraordinaria: daría para días y días de eso. Pero Rufo no. A los dos sabía que no estaba para más, pero que ella seguiría urgiéndolo, y se perdía como cualquier marido ahíto de su esposa. Al monte se iba, creo, porque los pastizales son siempre demasiado calientes, y no volvía sino hasta cuatro o cinco días después, cuando la entraña de la gata se había des-ardido. Había en ello una muestra de razonamientos claros, que a mí me maravillaban.
Cuando Rufo desaparecía la gata lo buscaba, furiosa, con un aire de contarle a las cosas todas “déjenme que encuentre a ese bodoque, para que sepa”.
Rufo volvía, socarrón, como un marido tarambana. Como uno de esos mariditos mansos cuya picardía toda consiste en meterse solos al cine, y se iba derecho al tazón de leche o de suero, que les mantenía lleno. Bebía mucho, él regodeándose en el gusto de volver a tener, y se tendía a dormir, espernancado, ahora sí en paz. Su vuelta me alegraba siempre: él trayéndose a sí mismo de la ausencia, y con él la flema, el cariño sincero, su porte que yo amaba.
Fue al tiempo que le supe las habilidosas maneras al gato, por los días tediosos de la lluvia. En ese una garúa empecinada había tenido en grises al aire, y casi frío el ámbito, y cuando escampó, ya casi occidentándose el sol, unos haces de luz enclenques dieron en el pastizal, y Rufo se fue a aprovecharlos.
No había acabado de tenderse cuando lo vi saltando en el aire, a una altura a la cual no lo hubiera creído capaz a partir de la inmovilidad, y caer a cosa de un metro más allá, todo erizado el pelo en los desbarajustes que lo hacían ver casi del tamaño doble.
Creí que iría a emprender carrera, pero se estuvo ahí como una gran bola de pelo, atento, oyendo. Después, como la lentitud misma, fue avanzando por centímetros el metro del salto, muy voraces los ojos hacia el suelo, interrogando. Uno adivinaba en sus músculos retorcidos una resortada tensión. Cuando estuvo a unos cuarenta centímetros de su centro de mirar, que yo pensé de inmediato como una culebra, se detuvo. Puso en el suelo, aculado, el final de su cuerpo, pero —estirados— los miembros delanteros le mantenían alta la cabeza: la cola, inquieta, tensa, trazando sobre el suelo en una y otra vez un semicírculo.
Yo bajé con cautelas la escalera crujimentosa. Afuera iría a desarrollarse un drama de muerte, eterno como la vida, y yo quería verlo. Jamás pensé que iría a ser tan afortunado. Bajé lento porque yo sabía que cualquiera cosa brusca que ejecutara distraería a los comprometidos.
La corraleja, con sus altas varas recias, me sería un observatorio excelente, y cercano a los contendores, y hacia ella fui caminando silencioso como una sombra, suave cada pie al posarse. Ledo y lento trepé las varas.
Tardé en verla, a la culebra. Enroscada sobre sí misma, en el ápice del rosquete la chata cabeza miraba al gato con sus ojos de lodo frío. Las cuadrículas de la piel la disfrazaban muy bien contra las hierbas.
El gato se desaculó, y avanzó un poco. La chata cabeza se alzó, presta a dispararse. Pero Rufo mantuvo la distancia. De pronto lanzó una garra rápida, y a su extremo las púas. Era, claramente, un amagar. El golpe no podría llegar, corto para eso el brazo armado.
La culebra disparó la cabeza, adelante la jeta destapando los colmillos. Tan rápida ella como la garra, retardada apenas en una fracción de segundo. La culebra reaccionaba bien, de entrada.
El gato amagó en otra vez, y la cabeza ripostó. Era un juego de mucho peligro para el gato. Los dos alcances interseccionaban, y si él fallaba en su velocidad de centella iría a topar con las jeringas mortales. La serpiente entendió muy pronto la táctica, porque en dos ocasiones disparó anticipada la cabeza, y al menor movimiento de la garra que se alzaba sin dispararse. Pero eso era lo que el gato buscaba con las fintas.
De pronto el gato saltó hacia arriba, y la cabeza salió a lo que creyó un encuentro, segurísima de sí y de la eficacia letal de sus espolones huecos. El gato avanzó circunferenciando, y saltó en otra vez, hacia lo alto, y en otra vez fuera de alcance. Así circundó a la serpiente sin alterar el radio que los separaba.
Me era evidente que el felino empleaba un táctica que tenía conocida a la perfección. Pero ¿cuándo la aprendió, y cómo? Era joven, y venía de un pueblo en donde esos largos bichos mortales, escaqueados, arrastrados, temibles, poderosos, no existían. Y entonces entendí por primera vez en la vida, a pesar de que lo había estudiado con detenimiento, la eficacia de los genes, la sabiduría acumulada en esos espacios inimaginablemente pequeños, que cada especie transmite a sus descendientes. Cien millones de gatos anteriores a Rufo habían ido diseñando la técnica al par que la aprendían, y se la habían entregado a mi gato amado. Los triunfadores: los que fallaron nunca transmitieron nada. Una técnica que requeriría de más de un libro para ser dicha con palabras estaba completa en el mecanismo minúsculo de los genes: Rufo era todos sus antecesores. Saberlo me plugo como cien caricias de la mujer amada, pero también y contrariamente me dolió como cien bofetones: porque él y la sierpe, dos opuestos, irían como en otra de las miles de veces en que la lucha se había dado, a recomenzarla.
Volví a mirar: antes no veía, viendo cosas interiores: a cada salto la cabeza facetada avanzaba a matar, armada de los punzones huecos, pero en cada vez fallaba: el gato estaba mejor diseñado para las fintas, más elásticos sus músculos, mejores sus reflejos. Porque el gato cazaba valido de los músculos, pero la culebra cazaba emboscada: nunca persiguió.
La culebra varió de táctica: como una cuerda escaqueada empezó a desenrollarse y a avanzar en procura del elusivo, pero este reculó un poco, lo suficiente para anular el avance que le tuvieron, y sin dejar de saltar y de tirar una garra u otra.
Yo había entendido hacía ratos la técnica del felino: era la misma de las aves comedoras de serpientes: avanzaban un ala y con la punta de las plumas remeras acosaban al reptil. Este, de tanto dar con los colmillos contra las plumas, perdía el veneno. Cuando no tenía más, y estaba entonces desarmado y cansado, el serpentario ponía sobre el cuello la pata dura, y con el pico filudo como un escalpelo quebraba la larga columna vertebral.
Pero el serpentario estaba mejor protegido para su oficio. Sus largas patas coriáceas eran impenetrables a los colmillos. Y el colchón de plumas del cuerpo hacía casi que imposible la llegada de las púas a la carne.
Pero a Rufo nada lo protegía, sino su habilidad heredada. Y, a más, y tan importante, y sabido de la técnica del gato, el físico de la culebra, que no fue diseñada para combatir: su sangre fría que no tenía tantas reservas de energía como la caliente del gato. Estructurada para atacar en una sola vez, desde el acecho, y mortal cuando daban las agujas en el blanco, la culebra no sabía de lides. La eficiencia demoledora del veneno que los colmillos inyectaban al hundirse la libraba de las justas. Las contiendas largas le eran siempre ajenas. No estaba diseñada ni siquiera para resistir ataques.
Por eso iba cansándose, muy rápidamente. Ahora la ahilada cabeza no iba invisible como una flecha potente, sino que enlentecía en la fatiga de un resorte de metal cansado. Era ya la cabeza una raya visible en el aire, cuando se lanzaba. Un trazo tardo.
Más tarda en cada vez, más visible la raya del movimiento. Entonces la serpiente intentó la huida: se alargó en todos sus centímetros como una soga mínima, y reptó. Parecía un poco de agua desleída, un agua enferma de lodos, ocres reptando la fuga.
El gato la adelantó, lateral. Ahora, seguro de la lentitud de la sierpe, y cierto él de tener la misma velocidad de cuando empezó la justa, sacaba de las garras las púas duras y golpeaba con ellas la cabeza reptante, y punzaba. Y en la pulida continuidad de las escamas brotaban escoriaciones. Golpes sin piedad, destinados a la demolición, que dañaban con una sapiencia torva.
El ofidio buscó, atontado, otro irse por otro lado. Ya no atacaba, incapaz. Pero ahí estaba más la garra cruel. Entonces el enlentecer fue lo máximo: soga quieta ella, la garra la caía continua como una lluvia de clavos. Las puntas la desmoronaban.
Cuando Rufo estuvo cierto de la incapacidad de su enemigo, que era un enemigo de todo en la región, cayó alígero para el mordisco. En la cuerda escamada hubo un agitarse casi imperceptible. Cuando el gato alzó la cabeza, largando a la sierpe, había ya en la cuerda un ángulo que casi la partía.
Todavía, con las garras, la hurgaba, buscando alentares. Pero ya no los había.
El gato se alejó un poco y se puso en otra vez sobre sus ancas. Alzó la garra con la cual golpeó en más veces, y la lamió muy aplicadamente como si se hubiera untado de una manteca de victoria. Después se puso a oír: volteaba los finos radares de sus orejas hacia un lado y otro, hasta que se quedó con ellas quietas en una dirección. Yo, con la mirada, caminé esa dirección, y vi lejana a la perra que al tranco llegaba de una de sus correrías.
El gato se paró. Se acercó a la soga vencida y asiéndola por donde estaba el mordisco y caminando de lado para no pisarla, se caminó hasta la casa los cincuenta metros. La dejó en la mojada limpieza del patio. Es lo que había hecho en otras ocasiones. La noche subía apilando paños negros.
Yo había sudado lo bastante, sin saberlo. Lo noté cuando de cada gotita se apoderó un frío como una púa.
Cuando la perra entraba al patio vio a la culebra. Saltó ágil hacia un lado un salto largo, y sin olfatearla siquiera y claramente medrosa trepó las escalas con apresuramientos. Las uñas deberían rascar en la madera, como siempre, pero no las oí. Fue así como me di cuenta de que me había desligado de todo, salvo del drama. Me forcé a meterme en otra vez dentro de mí.
A poco llegó el mayordomo. Olían a caballo él y el caballo.
Dio una mirada al despojo: lo orilló sin decir nada. Cuando hubo colgado la silla de su clavo alto, se fue por la serpiente. La pateó primero para asegurarse de su muerte, él muy desconfiado. Después la alzó de la cabeza, apretando la quijada contra el paladar, lo mejor para evitar alentares tardíos, y se fue con ella para tirarla al río, largo cementerio viajero. Ahora estaba escaso de aguas porque apenas iba a comenzar el invierno, y contra las guijas del fondo yo lo oía, cuando estaba en su orilla, que escribía su frase larga. Cuando volvió me dijo:
—¿Lo vio cuando la traía, ahora sí? Es lo que usted quería.
—Sí. Y fue mejor, porque lo vi matándola.
Quiso que se lo contara, y narré escuetamente. Dijo:
—Sí. Es un demonio. Nos libra de otros.
Rufo había tomado suero del tazón, y subió tras de mí, no engreído. Como si esas luchas del matar o el morir le fueran cosa de todos los días.
—Eres un tipo muy interesante —le dije—. Cuídate de las más grandes.
Se lo decía porque una sierpe de más de un metro es ya una máquina de matar muy poderosa, capaz, cuando el cuello no le da, de lanzarse a sí misma, toda entera, en un salto de más de un metro, adelante los colmillos, letales en el mal oficio de clavarse y de inyectar.
Rufo no podía entenderme.
Solo entonces empecé a estar dentro de mí, porque estaba percibiendo a los sonidos en otra vez. Mientras que la justa duró no oí nada. O eso me parece, ahora. Quizá los sonidos del viento mueve-ramas siguieron estando, pero no para mí. Y los chillidos de los pájaros, desde el bosque. Y el bramar de los terneros recogidos. Nada oí mientras que estuve viendo a la muerte llegando, y el corazón casi se paraba como un lebrato con miedo.
El entorno mío de siempre era sonidos, cercanos el bosque y el río. Tardado volvía a sentirlos. Cuando el drama se daba no los percibía: yo era todo ojos. Pero ahora me asombraba un poco, por adecuado al momento, el grito potente de un gran pájaro, al que llamaban como sonaba su grito: “ya’cabó”. Así lo iba diciendo, alejándose: como si él también hubiera estado presenciando hasta el final, y lo dijera ahora.
Me puse a mirar despacio a ese demonio, que, aculado, enfilaba las orejas hasta el monte para que él le contara cosas. Por entonces yo estaba leyendo a Schopenhauer, que me influenciaba harto, y me pensaba, con él y con los genes, que en ese gato estaban todos los gatos que habían sido. Los de los faraones, milenios atrás. Los de Nerón. Los de Popea. Los de un general chino que perdió una batalla por asistir de parto a su gata preferida, y después por eso la vida, y todos los de las innumerables solteronas del amplio mundo. Yo mismo era lo mismo, y era todos los que hubo antes de mí y me transmitieron su vida, y me dio un friecillo que me hizo endurecer las tetillas, del espanto. Eso era demasiado.
Pero Rufo sí que era un demonio único. No sabía nadie de otro gato que se trajera al patio de su casa esa clase de preseas derruidas, como para decir “miren”.
No fui yo quien dio con Rufo muerto, meses después, sino el mayordomo, y no tan lejos de la casa. Si no le bajaron las aves negras, que yo hubiera detectado, fue porque murió a cubierto, bajo unos matojos muy densos. Pero el mayordomo, que tenía un oído exquisito, que igual envidiaba yo como envidiaba los dientes de la negra, estuvo sintiendo en una mañana el bordoneo sordo de esas grandes moscardas azules que depositan sus huevos en los cadáveres, y se acercó a investigar. Vino a darme la noticia:
—Allá está el gato, muerto. Perdió una. La que se pierde en las que él andaba. Siempre hay una que se pierde. Nadie ha ganado en todos los revolcones.
Fui a verlo, un dogal asfixiante a mi cuello. Estaba pavorosamente hinchado de la cabeza. Tanto que la hinchazón le hizo de vaina al colmillo destapado, y ya no se le veía como a la faca mostrada por uno de costumbres averiadas.
Apartando la pelambre di con las punciones de los colmillos: estaban en el cuello, y la separación que tenían indicaba el tamaño de la cabeza que los usaba: esa culebra era con seguridad una tatarabuela. Me fui por la escopeta, que cargué con cartuchos de posta menuda, y con mucho rencor, y con el mayordomo, usando pértigas, estuvimos removiendo matojos y troncos caídos. Pero fue en vano.
Sólo entonces recogí al vencido guerrero. El mayordomo lo había dicho como era: se acababa por dar con la cara agria de la derrota. Le tomé uno de los párpados para verle el ojo, y estaba opacado como un oro enfermo, un oro envenenado.
—El Derrotado Capitán —pensé.
Me fui con él al río, y cada paso me apilaba tristezas adentro. Ya no era verano, y desbordaba. Lo puse encima: se lo succionó el largo cementerio viajero, desapareciéndolo. Ya no era, sino que había sido. Ahora era río. Después sería peces, o caimán.
La ausencia del gato se notaba demasiado, algo faltándome de continuo.
Una ausencia tan pequeña, llenándolo todo, desperdigada, ubicua, dolorosa.
Dos o tres días después el del olor a caballo me dijo:
—Si pudiera llorar, se atristaría menos. Así es como hacen las mujeres, que vuelven lágrimas a las penas.
—¿Es que se me nota tanto?
—Sí se le nota. Y su tristeza me da tristeza.
—Me hace mucha falta. No creí que iría a ser tanta. Pero es una buena muerte, esa. Él hacía lo que le gustaba hacer. Pero no es tristeza por él. Lo mío es otra cosa.
Se puso confianzudo como nunca, y preguntó:
—¿Qué es, si me permite?
Lo miré con detenimiento: el color oscuro de ese bejuco, la majagua, jineteándole la piel. La pelambre inculta, revolcada bajo la gorra. La nariz chata. Los ojos inteligentes. Tal vez entendiera.
—Es lo inútil de algunas cosas: en el mundo sigue habiendo mapanáes. Ni cien mil Rufos acabarían con ellas. También ellas matan gatos, pero los gatos no se acaban. Lo que hay es esa lucha, durando.
Entonces se atrevió a ponerme la mano en el hombro. Eso me pareció bonito.
Capítulo tercero
Cuando, de muchacho, el nativo del departamento de Córdoba, al cual en Urabá llaman “chilapo”, deja la casa huido, cosa que es la mar de común, dice que “se pisa”.
Cuando, ya de otra edad cualquiera, se va a la francesa de alguna otra parte, sin despedidas, de afán, por malos modos suyos o ajenos, por algún muertecito de mala suerte que se hizo, o por algún hijo ocasional del cual no quiere responsabilizarse, también “se pisa”.
Siempre me gustó el término: equivale a fuga, a ida de a pie poniéndolo sobre la sombra propia, que es una silueta a tinta china que precede, o se arrastra seguidora.
El que va a poner sus pies sobre la sombra escoge bien la hora: de tardecita, para caminar entera la noche y ser logrero de distancias. Entonces, si va hacia el oriente, su sombra lo anticipa larga, y el yéndose la camina, atrás occidentándose el sol.
O, si de mañanita, “porque al que madruga Dios le ayuda” y el sol asoma apenas cuando el de la llanura, el yéndose, va hacia el occidente, camina también sobre la oscura silueta que adelanta los caminos.
Por el medio día el viandante también pone pies en el acurruque oscuro. La sombra se agazapa abajo de su verticalidad, miedosa del sol tan alto: apenas un pañuelo negro, tirado abajo. Apenas un charco de sombras, nada más que un punto ancho.
“Pisarse” sabe y suena a tierras dejadas de prisa. A muerto que no hay que pagar. A mujer sin adiós dado, ni recibido de ella. Atrás se queda lo vivido, y adelante está todo el no se sabe de todo el albur. Atrás lo vivido-gastado. Adelante la vida para usar. Escribo lo anterior recordando a uno.
Se le llamará todavía “Pelos”, si es que alienta en alguna parte. Es un nombre propio casi, más verdadero que el nombre con el cual lo crismaron. Cuando un sobrenombre pega es porque el que lo mereció no quedó bien bautizado, y que el nombre asperjado de agua bendita no le convenía. En el sumario en donde se le nombra debe aparecer poco más que su nombre y el del muerto, y el cómo y el cuándo de la muerte, pero dudo el que aparezca el porqué de ella. Además, el sumario prescribió hace ratos, entre ofensas del polvo y cagarrutas de moscas, y en la quietud de anaquel de un juzgado de pueblo. El sucedido es una muestra del cómo hacerse justicia expedita, que es el modo de esas tierras bajas de Urabá, en donde la justicia cojea y cojea, pero que no llega. La justicia oficial, digo.
Pelos no trabajaba conmigo más que esporádicamente en la hacienda de ganados que yo tenía sobre el río León. Si el trabajo no le resultaba conmigo se las apañaba como podía. Cuando el suceso de que me ocuparé, tumbaba montes para un contratista de por ahí cerca.
Pelos era alto, y delgado, junco caminando con gracia. La fuerza, empero, se le veía como el traje, pero eso no era demasiada gracia porque por allá se le veía a todos. Lo más notorio suyo eran los ojos: miraban firmes a toda hora, con una firmeza de riel.
Pero como su hermano mayor sí trabajaba conmigo en permanencia, el del nombre crinado venía en algunas tardes a comer con él, y en los fines de semana a quedarse. Si abría la mano se veía en ella a un pueblo de callos. A veces contaba de lo que hacía, parte él de una cuadrilla que desbarataba montes cicloneando hachazos. Atrás de Pelos y de la cuadrilla quedaba la tumbazón. Adelante seguía el monte profuso. Contaba que las hachas golpeaban el día entero, desde que apenas se veía en dónde debería caer el filo experto, hasta que en la tarde tampoco se veía. Caían las hachas sobre la robustez vetusta de los troncos. Y que, tajándolos, las hachas les podían. Que sabían caer alborotando quejas. Que levantaban truenos al desplomarse acostados, y que si por afuera eran grises, o negros, la madera de adentro tenía blancura de dientes: al morir el árbol reía albamente. Y perfumaba: casi toda esa sangre vegetal aroma al derramarse.
Pelos había contratado con el contratista principal el derribe de un sector, y este le daba en cada sábado lo mínimo, so capa de que —sin parrandas— Pelos estuviera temprano en cada lunes, y en cada día siguiente, en el degolladero de árboles. Pelos derribaba con el hacha, raíz de ella la mano. Lo hacía así porque carecía de una motosierra, que era su anhelo y su meta. Si se piensa que un árbol de los ordinarios mide como término medio un metro de diámetro, se supondrá los múltiples hachazos que hay que descargarle para que el gigante se desplome. Pero su mano, raíz del hacha, no se cansaba, y descargaba esos miles de golpes desde que el cielo de la noche empezaba a palidecer, hasta que volvía a tener tonos negros. La ronca voz de los hachazos retumbaba el día entero, sin cansancio, con un ritmo regular. Apenas dejaba de oírse cuando el chillido ominoso de maderas reventadas indicaba que el árbol iba a desplomarse. Pero apenas el estruendo que la caída causaba se extinguía, el hacha reempezaba su canción de filo que llevaba la muerte.
Es así como Pelos acumuló, retenido del contratista, que era un mulato perdonavidas y torpemente bulloso, una suma muy importante.
Cuando el degüello vegetal terminó, el contratista, al recibirle al chilapo el derribe, prometió pagarle en el sábado siguiente en esa cantina grande que Chigorodó tiene, y que se llama “La Pesebrera”. Así la pusieron cuando no había carros ni carreteras, y afuera tenía talanqueras para amarrar los caballos, y bebederos, y pesebres para granos.
En esa noche oí, en pocas palabras, lo que Pelos haría con el dinero: iría a comprarse, ¡al fin!, una motosierra que le multiplicaría el trabajo. Y, si le alcanzaba, él creía que sí, una de esas grabadoras ampulosas de luces con intermitencias de guiños. A más, Pelos, para los amigos, ¡y para sí!, se compraría una borrachera de varios días, tres por lo menos, para paliar la larga abstinencia: tres, casi eternos, porque sus miles de pesos alcanzarían también. No se la darían en una cantina, costosa y peligrosa, sino que para la casa de alguno llevarían botellas y botellas.
Al sábado el mulato estuvo rudo y regañón. No había cobrado, decía con cara de pantomimo, pero era claro que en el bolsillo del pantalón los billetes abultaban hasta hacer colina. No había que acosar, añadía. Al sábado siguiente pagaría.
Un negro con cara de marimonda (el mono ese inteligente, que tiene pelambre de carbón, cara de rasgos esculpidos en cera de la negra, brazos largos como ramas, cola prensil), que era el segundo del contratista, regañó a Pelos: un muchacho de 24 años tendría que ser más respetuoso con los mayores. No se cobraba diciendo “págueme”, sino diciendo “por favor, págueme”. No se exigía, no.
Pelos era de poquísimas palabras. Las que tenía no le alcanzaban ni para decir de su ira, para denostar la injusticia, para rebatir al negro. De esas palabras no tenía. Pero una doble culebrita brillante bailaba cóleras en el fondo de los ojos negros. Una indiscreta culebrita de luz, doble, sincrónica, que decía muchas cosas para quien supiera oírlas. Reuniendo las pocas palabras que sí tenía, dijo su veracidad con una voz seca como las piedras en el verano:
—Yo no soy de los para engañar. Lo espero el sábado, como lo más. Lo mejor para los dos es que me pague lo que me debe.
El otro, con su jactancia ebria hizo un gesto burlón. Señaló hacia un bolso de mano en el cual era fácil captar la pesantez de la pistola.
En la esquina de más abajo, esperando, estaba el hermano de Pelos, Mañe, mi mayordomo. Este le descargó:
—No creo que le pague. Se está bebiendo sus hachazos.
Y a él también, en el fondo de los ojos bravos, le bailaba doble la culebrita de la ira, cárdena.
Porque Mañe tenía la misma sangre caliente, y las mismas poquitas palabras ahorradas, y le dolía lo mismo que al hermano la befa dura del no pago. También conocía bien los usos de la región. Por eso aconsejó:
—Compremos dos cuchillos. Nos cobramos con ellos, ¡ya!
Pelos lo pensó. Dijo:
—Esperemos al otro sábado. Usted sabe como yo que los líos son muy cansones.
Y después añadió, como un corolario absurdo:
—Uno con ganas de cerveza, y sin su plata.
En esa semana, que se hizo larga para todos los que sabíamos, con un sábado que parecía empecinado en no llegar, Pelos estuvo limpiándome un potrero. Al sábado madrugó a salir por un caminito que iba por entre los árboles enormes de la selva primigenia. Los árboles ancianos, que subían como desmesuradas llamaradas verdes y que hacían, hasta en los medios días duros del tizón del verano, unas penumbras frescas abajo de donde alzaban sus moles. La selva en la madrugada olía a verde y a tiempo antiguo. La solemnidad del monte tenía gustos a milenios.
Pero en ese sábado el contratista no puso sus malas mañas en Chigorodó. Pelos anduvo averiguándolo en la mañana entera, hasta que supo que el hombre estaba bebiendo en Turbo, con el negro. Quien se lo dijo, le agregó:
—Si mucho, y en mucho tiempo, logrará sacarle la mitad de lo que le debe. Sacarla de a pocos pesos en cada vez. Ese es así, con mañas aprendidas del mismo Satanás.
Pelos no comentó nada, añejo ahorrador de palabras. Y se contuvo a sí mismo para ir a Turbo, hasta tan lejos: para eso no le alcanzaba el dinero. Y, además y sobre todo, Turbo no era el lugar para enfrentarlo: allá, si llegara a pasar algo, él desconocía los caminos todos.
Se pisó, pensaba, mientras que acurrucado junto al puente que daba entrada a la población, vigilaba las entradas sin puertas de la cantina que no cerraba nunca, y a las gentes que salían de los vehículos llegados. Con una navaja afilaba un palito. Con la espera, el rencor.
Pero no vino. Tarde ya se acogió donde un amigo. Adentros suyos la vida se le ardía en furias.
Al domingo, cuando arreglaba para irse a la finca en donde desmontaba potreros, a las diez de la mañana que es la hora de mayor movimiento en el pueblo, vino alguien a decirle que allá, en La Pesebrera, estaba el hombre.
Pelos preguntó que si bebiendo, y le dijeron que no. Entonces de entre el desendurecimiento de la boca sacó una casi sonrisa, y dijo:
—Entonces sí va a pagarme.
Se arregló en yáes, y salió.
Sin esperar a que le hablara, cuando lo vio, el de la bolsa con pesanteces le dijo:
—Anduve revisando cuentas: no le debo nada.
Y señalando al negro de cara de marimonda:
—Este es mi testigo de que le pagué.
El de la cara de cera afirmó, poniéndose la mano al pecho:
—Soy testigo.
El chilapo no dijo nada. Salió por la puerta más cercana al puente. Cuando dio con este orilló por el río hasta dar con una de las callejas transversales, y en una prendería dejó el reloj por lo primero que le ofrecieron: no iba de negocios.
En una venta callejera compró un cuchillo grueso, y, sin que se lo envolvieran, guardado por la manga de la camisa y la cacha perdida en la mano, entró en otra vez a la cantina por la puerta más alejada del puente, no por la carrera sino por la calle.
Quizá no había corrido ni un cuarto de hora. El café reventaba, lleno como un forúnculo. El aire estaba pleno de voces muchas, y de nubecitas de humo. Pelos caminó atrás de uno grande que iba al baño, y cuando el contratista volvió a verlo estaba teniendo adentro de la mitad del pecho cerdoso todo el cuchillo que le entregaron con la fuerza de un hachazo.
En donde un cuchillo termina su desnudez y empieza la cacha se hace un ángulo recto: también entró. Pelos no pudo sacar el cuchillo para írsele como la luz al testigo falso, cacha que quería quedarse y resbalaba.
El acuchillado se alzó, mirándose al pecho. Cuando vio el cuchillo quiso también arrancarlo, olvidado de revólver en la cartera. Tampoco pudo. Cuando entendió que la muerte estaba entrada por razón de unos miles de pesos robados…
—… Hizo feote —dijo Pelos, que ya estaba en la puerta por donde entró.
La cara de cera negra del negro había alcanzado el color de la ceniza, y seguía aclarando. El ánima no le dio para erguirse: de pronto tuvo el culo tan pesado como una pirámide.
Los que hacían la apretazón de forúnculo en la cantina demoraron más de un minuto en resolver los feos que hacía el del cuchillo en el pecho, queriendo sacárselo. Resolvieron el intríngulis cuando vieron la sangre saliendo, tan mostradora de sí. Mientras resolvían habían callado, mucha sorpresa mirando los feos. Después alzaron gritería de la que se oye a las cuadras cuando el tenido del cuchillo se desgajó como una rama hasta el suelo, a tener pataleos leves.
Los de la apretazón de divieso ni siquiera habían visto a Pelos. El chilapo iba ya una cuadra abajo, caminando despacioso como había salido.
—… Porque correr es mostrarse.
Mucho más abajo del cuartel de la policía topó con su hermano, que subía con un primo. Les dijo sin parar:
—¡Pisarse!
Sin preguntas tontolas siguieron con él. Adelante pararon a uno de esos inacabables jeeps de pasajeros con los resortes reforzados, que por allá llaman “chivas”, y en él se fueron hasta donde la carretera agoniza en potreros.
A poco estuvieron en el monte cerrado, sin afanes, él contando con palabras ahorradas de las que siempre tuvo así, y no pidiendo demasiadas explicaciones los otros, que lo entendían entendiéndose. Despacio, porque hasta el monte no iría nunca la policía. Jamás iba, desde eso de las emboscadas.
Pelos se quejaba:
—… Iba a traérmele la cartera para cobrarme con el revólver…
Caminó otra cuadra, y acabó para siempre con los comentarios:
—… Pero el cuchillo que no salía, primero. Y los feos que hizo, después.
En la finca me dijo Mañe, el hermano de Pelos mientras que me entregaba la prensa que yo le encargaba recogerme cuando él salía, luego de contarme en muy pocas palabras todo lo de antes:
—Nos vamos a pisar.
Ellos dos, y tres primos. Las venganzas por allá, en esa tierra ardida, se dan en cumplimiento hasta el límite de primos. Cualquiera puede pagar por otro, sin saber qué está pagando cuando el chorro de municiones le da por la espalda. Como yo le dije no entenderlo, el mayordomo en despedida agregó:
—Usted no es de acá, y por eso es que no entiende. No podrá entenderlo. A eso hay que mamarlo de la teta y tomarlo con el agua de panela, y yo sí que lo sé. Acá no se olvida nunca. Con el clima tan caliente uno vuelve a ofuscarse cuando el calor aprieta y la venganza no se ha tomado. Cuando hay alguno sin pagar lo que debe.
(Cuando alguno está inulto —pensé—. La palabra era demasiado rara para decirla por allá, así es que la dije para mí mismo).
Hicimos en compañía las cuentas de lo que debería pagarle, y cuando fui a extender el cheque hizo que dedujera algo así como una tercera parte. Me dijo:
—Désela mañana a mi mujer. Nosotros nos vamos a la noche.
La mujer era muy pulida para ser chilapa. Tenía una osamenta frágil. Los hombros estrechos, y delicadas las manos. No servía, como las chilapas, para partir la leña y para cargarla. Ni para agenciarse un racimo, y traerlo. Vivía, por eso, muy compuesta. A la primera mirada que se le daba se veía lo que primaba: estaba hecha para gozarla como mujer: así sería un acierto. Pero como ama de casa en un claro del monte, alejado del pueblo, lo mejor sería no recargarla. Igual sería en las penurias, pensé como las razones del que se iría.
Pero él dio otras, sorpresivas:
—Es prima hermana del muerto.
—¡No iría a delatarlo a usted, ni así! —protesté.
—Queriendo no, nunca. Sin querer, puede que sí.
—¿Cómo es eso?
—Querrá saber de la mamá, cuando haga días de no saber. Querrá que sepan de ella: y es así como, no queriendo, lo traicionan a uno.
—Ese es un riesgo chico. Se puede controlar, creo.
—No. Cuando la apuesta es mi cuero o el de mi hermano, no corro riesgos.
—¿Es que ya no la quiere?
—Sí la quiero.
—¿Cuánto hace que está con usted?
—Como tres años. Y ella me quiere. Pero el que anda en las que voy a andar es encontrado por la mujer. Además, ella no está hecha para sufrir.
—Eso es lo que va a hacer.
—Sí, pero es otra cosa. ¿No ve?
Yo no veía.
Él bajó, sin más despedidas, a empacar las cosas. Cuando ella empacaba lo propio, él le dijo:
—Deje. Usted se queda. Con el patrón le dejé alguna cosa.
Salió hacia el oriente, con los otros, y las sombras les caminaban adelante.
En el silencio estruendoso que siguió yo oía caer raspando las voces ásperas de las guacamayas que iban hacia su nido, volando en un arco iris de plumas. Se llamaban y tenían cuentos entre sí. Pasaban lentas, como brasas rojas. Como brasas azules. Como brasas amarillas.
Esperaba, de abajo, sollozos crecidos. Pero solo oía al silencio.
Noche ya oí los desalientos del paso, subiendo. Me dijo desde la puerta, atrás de ella, y enmarcándola, el colorido opulento del ocaso:
—Por caridad, déjeme esa botella de licor que tiene. Me la descuenta. Es que ya no puedo.
Era de brandy, y yo la guardaba para cuando el respirar se me cansaba.
—Eso no la ayuda.
—Sí ayuda.
Saqué en un frasco lo poco que el respirar cansado pedía para descansarse, si iba a ser en esa noche su fatiga, y le di el mucho resto.
Dijo:
—Perdone.
Bajó, arrastrando pasos, muy chica para lo que la estaba estrujando la inmensa región boscosa, con claros de pasto como ojos verdes.
Lo malo era que me contagiaba.
Me metí debajo del mosquitero, a leer. Tuve que poner mucho empeño en captar lo que las letras tenían encerrado, y, cuando al fin pude, supe como en otras veces que se estaba mejor en el mundo de las letras que en este puerco en el que estaba.
Leí, a porfías de dormirme en cuanto acabara la vela. No había oído nada más desde abajo.
Cuando apagué, percibí en el techo luces que se movían. Entraban como gotas por las grandes hendiduras del piso de tablas desunidas, cayendo hacia arriba. Me asomé a la ventana y vi que la puerta de abajo tiraba claridad al patio.
Estaba mitad en el suelo, y mitad en la cama. Mitad vestida, y mitad no. Se había quitado la blusa y el brasier, pero no alcanzó a sacarse la falda. A un lado el camisón de dormir. Los pechos lindos también estaban borrachos, y tambalearon después, un poco, cuando la sacudí. No tanto como cuando ella pilaba el arroz, y bailaban zarabandas de picos rosados, muy armónicas. No pude no estarme mirándolos un rato largo. Tuve que regañar a la mano que quería ir hacia ellos y untárselos. Atraían, como los abismos, pero sin miedos. A la luz del mechón, que temblaba como epiléptico, esos pechos insurgentes tenían brillos como de níquel, en las partes en que sudaban. Un hilo de saliva, seco, estaba como una raya del labio hacia abajo, ceniciento. Repugnaba en los rasgos pulidos. La cara de hueso: tan pálida. En la terrazón del suelo la botella, sin una gota. En la repisa pobretona el mechón de petróleo, capaz de arder toda la noche: y en la cara, en los senos fastuosos, y en las piernas largas como caminos, los zancudos festinándola.
Pensando que las mujeres que lloran eran mejores porque la pena les dura menos, escurrida con las lágrimas, la subí a la cama. Pesaba, inerte y desmadejada. Le puse encima del cuerpo, como una cúpula, el mosquitero, y apagué el mechón y cerré la puerta.
Y arriba, luego, durante toda la noche, me comieron los zancudos del desvelo.
Alta la mañana subió por lo que no necesitaba: fósforos. Se había desrayado de la cara la saliva. Pensé que se había mirado al espejo: eso inevitable para toda mujer en toda circunstancia.
Antes la había oído en la huerta, tirando babazas del estómago.
Le entregué el cheque. Firmó el recibo.
Dijo:
—No sé qué hacer. No tengo a dónde ir.
—Su marido habló de la mamá de usted.
—Sí. Vive en Dabeiba. No necesito ir hasta allá para saber que no van a recibirme con ellos.
—¿Por qué no? Usted no tiene culpas.
—No tengo. Sin tener, él me dejó. Ni siquiera me dijo adiós: yo soy de la familia del muerto. Él nos parte: es como una valla.
—Es espantoso. Pero hasta ahí entiendo. Mal entiendo, pero algo.
—Mi mamá vive arrimada en casa de la hermana: la mamá del muerto. Vive con mis primos, hermanos del muerto, ese asqueroso. Pero yo soy de la familia del que lo mató.
Se quedó callada.
Yo no hablaba. ¿Qué iba a decirle, por Dios?
Supe del estallido interno controlado, porque apenas si alzó la voz:
—Tenía que matarlo, al hijueputa. No podía dejarse robar, ¿cierto? Por acá la ley es esa.
Y después:
—¿Ahora sí está entendiendo?
Yo no necesitaba contestar. Estaba aprendiendo de esa ley dura, que sacrifica a inocentes. Implacable, inexorable, injusta. Necesaria, tal vez, en esa tierra en donde ni la policía, ni el ejército, salen de patrulla, y se están en los cuarteles, desprotegiendo a todo el mundo. Una ley para hombres que no pueden dejarse tragar de las injusticias.
Ella siguió, luego de una pausa en la cual tragó de su saliva, que a mí me supo amarga en mi garganta:
—Déjeme estar abajo, unos días, mientras que consigue mayordomo. No le estorbaré.
—Quédese.
Ordeñaba las vacas. Hacía quesitos. A ordeñar detestaba yo. Por mí, a la leche que se la tomaran los terneros si no había quién la sacara de las ubres. El olor vacuno me repugnaba, y me repugnaba lo mantecoso del pelaje, y una teta de esas en la mano me repugnaba. Y ella encerraba a los becerros. Pero lo más del tiempo se la pasaba en el barrancón del río, mirando al agua, que la llamaba. Oyéndole las voces fluyendo que le decían de una entraña líquida en donde todo se olvida con la respiración ausente. Miraba, nada más, haciéndole caso a sus miedos, y no a sus ganas.
A veces se me insinuaba, muy sutil y compuesta, con discreción. Subía y preguntaba:
—¿Qué escribe tanto? Esa máquina no descansa.
¿Cómo explicárselo?
Facundo Fecundo, que tenía unos ojos gavilanescos para ver el interior de las almas, le leyó la suya. Me dijo un día:
—Esa mujer lo que quiere es quedarse con usted. Cójala. Es linda. Es jovencita. Usted está solo. La mujer que tiene en Medellín no se le viene, como me ha dicho. La necesita. La cama de uno solo es muy ancha. Es muy fría. Las noches de las camas para uno solo son muy largas.
Todo eso era cierto. También yo estaba sabiendo que quería quedarse conmigo. Pero yo sabía que no me quería a mí, sino al cobijo, a la seguridad de un techo y un plato, al amparo para el desamparo. Y sabía desde hacía mucho que las cosas así no marchan. A más, yo tenía alguna especie de fidelidad con Mañe: había sido casi mi amigo, ¿no? Y uno no toma a la mujer del amigo. Así es que le contesté:
—No. No se puede.
Él me miró, sin entenderme. Yo no iría a explicarle nada. A mí no me gusta explicar lo mío. Él me dijo:
—Usted tiene cosas de bobito. Y no se me vaya a enojar, porque es así.
Así era, tal vez.
Me dijo:
—Dígame al menos por qué no la coge.
—Usted sabe que las cosas se me están desbaratando por acá. Tal vez tenga que irme pronto. Y, entonces, ¿qué hago con ella? No puedo llevármela.
—La deja. Mañe la dejó.
—Yo no soy Mañe.
Cuando ella subía a preguntar qué escribía yo tanto, y yo no sabía explicárselo, se ponía a mirar por una de las ventanas. Tal vez esperaba una seña. Yo sabía que no veía hacia afuera, sino hacia atrás, hacia otros días: o se veía, el aire caliente de afuera un espejo. De espejo para verse el desamparado, cuando necesita. Para verse sirve cualquier cosa en la cual se pongan los ojos, que no ven a la cosa. El desamparado se mira es a sí mismo, puesto un poco lejos.
Callada, mirando. Yo le veía el trazo firme de la cadera, la curva dura del seno, las piernas largas como caminos, los brazos con su empinada cuesta hacia las caricias del pecho. Yo quería decirle algo, pero enmudecía.
Callada vio venir al mayordomo en oferta. Callada oyó los arreglos. Callada las instrucciones que daba yo. Callada nos vio ir a caballo a recorrer la finca.
Se había ido, callada, cuando volvimos. En el rodillo de la máquina de escribir hallé, sobre la página que yo llevaba mediada, estas pocas palabras: “Adiós, arisco, y gracias”. Pude imaginarla buscando cada letra, despacio, en el teclado. Imaginarla pulsándola. Imaginarla yéndose en derrota.
Anduvo doliéndome por un tiempo, y a mi dolor yo le gritaba que no había razón para dolerse. Pero el dolor no me oía. Yo peleaba conmigo mismo, dividido: una parte mía me estrujaba diciéndome que debí tomarla. La otra que hice bien no haciéndolo. Nunca se pusieron de acuerdo las partes. Y si quiero contiendas de esas me basta con recordarla, desnudos los pechos y brillantes y hermosos y rotundos, como estaban cuando se emborrachó. No la vi más. A veces, apenas, en el recuerdo.
A los quince días de eso, yendo yo por el extremo más norteño de la finca, cercano a donde vivía antes Pelos, ¿de quién oigo el silbidito, saliendo del monte, sino el suyo? Creí que mis orejotas me engañaban: no podría ser él. Pero cuando paré el paso y miré hacia el sotobosque, a él lo veo saliendo sonreído como en una tragedia. Algún orgullo amargo con él, oloroso a Caínes. Una como tristeza alegre, que yo no sé definir. Tal vez habiendo yo blandido el cuchillo, y habiéndolo clavado, lo entendiera. Tal vez si yo hubiera pensado lo que él pensó cuando iba detrás del grandote, hacia el pecho velludo como de cerdo, y ladrón. Tal vez. Pero en ese momento, y en todos los de después, Pelos me era inentendible. En la mano traía una rula nueva (el machete ancho y largo y pesado que es de uso en la región), con el filo nuevecito y muy trabajado, brillando como de plata pulida. Pensé que con ese filo, y buena fuerza, uno sería capaz de decapitar de un solo golpe a una novilla robusta.
Se me acercó y me dijo:
—¿Creyó que me estaban imitando el silbido, no?
En la boca no le retozaba, como antes, la gracia joven. Esa boca había envejecido, y se había acibarado. Yo pensé en un segundo, fúlgido como un relámpago, que tal vez fuera mejor no tomar venganzas. Que clavar un cuchillo en un pecho cerdoso era de algún modo clavarse otro en las honduras más hondas del alma.
Me contó cosas, con sus palabras de ahorro: que estaba poniéndose de señuelo porque había sabido que el negro cara de marimonda, negra como la cera, se había ofrecido de asesino para vengar al mulato. Y que ese marimondo ridículo había estado recorriendo el caño cercano a la casa de Pelos, como un payaso, metido debajo de una lona en el fondo de una canoa que otro negro manejaba. Pasaban en cuatro o cinco veces al día, orillando, despaciosos. Todo el mundo sabía ya quién era el tapado, y qué buscaba. Se reían. Era comedia. Si ese hubiera estado dispuesto a disparar habría bajado hace ratos. Se reían: cuando ese se ofreció no sabía lo difícil que es disparar. Se reían más: una cosa es imaginarse de héroe, y otra, tan distinta, llegar a serlo.
Pelos se había estado aguantando la vergüenza de irse a donde mí, a que yo le viera los ojos que habían orientado al cuchillo, pero ahora quería pedirme que le prestara mi escopeta. Así él acribillaría al negro, y le cobraría las zalemas que tuvo para con el muerto y los falsos testimonios que estuvo dispuesto a emitir. Pero, sobre todo, se cobraría su deuda: el negro andaba con la escopeta del mulato, una muy buena de dos cañones. A él todos esos megahachazos tributados para el derribe le dolían sin convertirse en dineros. Era por dinero que los había disparado. Añadió:
—Deberán bajar dentro de un rato. Venga conmigo y siéntese a la orilla del caño. Podrá reírse.
Me senté, a la sombra copiosa de un almendro. Pelos se sumergió, literalmente, entre una mata muy espesa de yerba elefante. A poco se oyó el rumor de un motor que venía despacio, y la canoa desfiló cercana. Sí: en el fondo, tapado, se veía muy discernible el bulto de una persona y la punta de una escopeta de dos ojos oscuros que levantaba la lona. Pude ver cómo se movía la lona, y con una discreción de hipopótamo se alzaba una esquinita y alguno me escrutaba. Lo que ese negro tenía era miedo de que Pelos estuviera por ahí, de verlo. Imagino ahora que si lo hubiera visto sentado a mi lado no hubiera sido capaz de alzar el arma.
Escupí hacia el caño, muy ostentosamente. Me dieron ganas de enfilar el cañón de mi pistola y acribillarlo: por comediante pésimo. Una burda parodia de asesino, con cara de mico negro. Allá en esa tierra ardida todo el mundo era tan valiente como le era dable. De necesidad cada uno tenía que serlo. Pero ninguno fanfarroneaba. Y, menos, ninguno alzaba comedias pueriles.
Cuando la canoa estuvo a unos diez metros, rebasada, Pelos se alzó con un brazo extendido simulando el cañón de otra escopeta, y con el otro apretó en dos veces un gatillo imaginario. Le oí, entre la lengua y el velo palatino los dos “pau, pau” que emitió, como el gañido quedo de un gato-tigre. Cuando la canoa se perdió atrás de un recodo salió del todo y me dijo:
—¿Ve qué tan fácil sería?
Sería muy fácil, si no estuvieran mis reatos de conciencia. A mi pesar, porque algo me impulsaba a ayudarlo, le dije que no.
Él dijo:
—Yo sabía que me diría no. Por eso no fui hasta su casa. Pero cuando lo vi a usted creí que tal vez…
Le iteré que no, que yo no era capaz.
Anduvo haciendo cuanta gestión pudo para hacerse con una escopeta alquilada. Pero en toda la región boscosa solo estaba la mía. Era una región de colonización, y la gente apenas se instalaba. Había que conseguir primero la vaca, para alimentar los críos que abundaban, luego de construir el rancho y de sembrar las cosechas. Y luego al caballo para sacar al pueblo los productos, y entrar lo mercado. Lo tercero que estaba en el orden de prioridades, cuando ya se había satisfecho lo de vaca y caballo, era la escopeta. Es decir un lujo, inasible como el brillo de una estrella. Los más de todos no llegaban ni siquiera a conseguirse la vaca. Los más de todos se quedaban con el rancho, y los críos tomaban agua de arroz con azúcar en los teteros hechos con botellas de cerveza, y una teta de caucho comprada baratona. La leche de vaca era una ilusión.
Cuando a Pelos le avisaron que habían cambiado al negro, por bobo, y que le habían dado a otro la escopeta y el encargo, entonces sí que se pisó, y ligerito.
Capítulo cuarto
Merlinda, ya lo dije, era la mujer de El Pichón, desde siete años antes. Ella y su marido vivían con el suegro, en una casa estrecha, que alojaba igual a tres de los hijos de entre diez y doce años de El Mercader, que había enviudado.
El sobrenombre de “El Pichón” era malicioso, y se refería a su incurable afición por las mujeres, especialmente las casadas de varios años de ejercer el matrimonio, con las cuales se enredaba en asuntos fálicos. Él sabía muchas cosas de ese estado, y entre ellas que una mujer recién casada todavía adora a su maridito. Las casadas no le significaban compromiso, ni obligaciones, sino riesgos, y a estos estaba dispuesto a enfrentarlos. De él se decía, a medias voces, que visitaba cuando menos a media docena, cuando el marido de la de visita de turno estaba en el pueblo en bregas de mercado.
Los muchachones de la región, venidos todos del departamento de Córdoba, en donde el deporte preferido es el béisbol, habían fundado un equipo, con sede en “El Pueblo”, en donde la cancha les servía para ese deporte, así hubiera sido habilitada por uno de los ganaderos como de fútbol. El Pueblo era la agrupación mayor de casas en todo el territorio de colonización, desde el Caño Tortugal hasta la carretera que iba a Chigorodó: muchos miles de hectáreas. El Pueblo contaba con cuatro casas, dispersas. Las dos más cercanas estaban a cinco cuadras la una de la otra. Y una hacía de tienda de abarrotes, en donde no se encontraba sino lo indispensable: panela, sal, harina, jabones, y poco más. Nunca un paquete de galletas, nunca un kilo de fríjoles. Era una tienda pobretona, para pobres.
Allá, en ese culo del mundo que era el Caño Tortugal, entre peones y tumbadores de montes, entre vaqueros y colectores de leches de vacas en corralejas inmundas para construir quesos que mal olían, se había conformado un equipo de béisbol. Hasta uniforme se agenciaron, y a mí me tocó comprarlo en Medellín, prefabricado. Después de que se los habilitó a las medidas de cada uno, lo estrenaron llenos de una especie de beatitud que no se les dio nunca más. Lo conformaron para dirimir, con equipos de lugares “vecinos”, a veces de leguas de distancia, triunfos y derrotas fáciles, sin glorias arduas ni penas que duraran. Competían por la alegría de competir, por el goce del huelgo, por encontrar las risas y los gritos y los abrazos y los comentarios, cosas esas y todas escasas para ellos.
El Pichón era el pitcher del equipo. No es que los jayanes y los mocetones y los vaqueros no supieran gargantear “pitcher”, así con “t” y con “r”. Sí sabían. A la palabra le variaron letras con tijeretazos de malicia, porque “Pichón” definía exactamente al jayán mujeriego, y para él no hubiera podido darse con un calificativo mejor, ni para el acto de tener los frutos venturos que el forzudo obtenía de mujeres de kilómetros a la redonda. Él Adonis para ellas, montaraz él y ellas montaraces. Él deseado, buscado, suspirado por ellas, esperado y aceptado y tenido. ¡Y colmado!
Hacía muchos años que yo había dejado de dispararle a los animales, por cazarlos únicamente, o para comerlos. Y había cambiado el gatillo de la carabina por el disparador de una cámara de fotografía. Ahora “cazaba” a los animales con ella. Este tipo de cacería requería muchísimas mayores habilidades que las necesarias para dar muerte al animal, porque exigía la cercanía. Si bien el teleobjetivo de que mis medios me munían me daba un alcance mayor en unos veinte metros al usual de la cámara, tenía con todo que estar casi tocando a “la presa”, lo cual no ocurría con la carabina, que me dio en sus tiempos alcances de ciento cincuenta metros, y a veces de más. Es cierto que mis experiencias de cazador, que eran dilatadas, me permitían moverme en el monte relativamente silencioso, y que había aprendido a usar de los vientos yendo en su contra para que mis husmos no me delataran. Pero para las fotos tuve que aprender técnicas nuevas: ya no iba yo a los animales, sino que dejaba que ellos me vinieran, apostado ordinariamente junto a los bebederos, aprovechando las sequías del verano.
Y, por ello, yo frecuentador usual del monte, me topaba a menudo con El Pichón, que iba o venía de donde alguno de sus “cueros”, es decir una joven mujer, o no tan joven. Como casi todos los chilapos usan por sábana una piel de res, lo que tienen debajo del cuerpo como adehala recibe igual el nombre de cuero. No es peyorativo, sino más bien cariñoso el mote.
Porque El Pichón no iba o venía sino por dentro del monte, si de ir por el cuero se trataba. Leguas, a veces. A mí se me hacía que en las circunvoluciones del cerebro tenía muy bien montada una brújula, porque, sin caminos ningunos, él era capaz de dar con un rancho de cuarenta metros cuadrados en una apertura de una hectárea, a cinco kilómetros del punto de arranque.
No es nada fácil. El monte es terriblemente monótono. Un sitio es igual a millones de ellos. Y lo que es más, es variable. Un árbol que se desploma por su peso o herido por el rayo altera la topografía, e impide ir en línea recta. Lo mismo los caños, tan usuales: para vadearlos hay que recorrer trechos largos que tampoco permiten la derechura. Un caño que se abre, lo cual es usual, o que se cierra, o un cambio del recorrido del río, que también es usual, aunque menos, distorsiona todo. Una apertura dejada en barbecho vuelve a su estado natural en poco tiempo, y así.
Pero El Pichón no se equivocaba.
Tampoco yo, la verdad, aunque mis recorridos eran mínimos en comparación con los suyos: cuando más uno o dos kilómetros monte adentro.
En más de una vez conversamos acerca de las razones que tenía para ir a sus contubernios por entre el monte, no usando los caminos. Me dijo:
—Los caminos son unos chismosos, si uno sabe oír con los ojos. Cuentan del paso de todo el que pasa. Yo conozco, creo, a todas las botas de los que viven por acá, y les sé el cuándo dejan su huella en el barro o en el polvo. Y como las botas no andan solas sino que llevan dentro al pie del dueño, yo sé quién vino, o fue. Y como yo, todos. Y por eso, si en el camino de entrada a una casa quedan marcadas mis pisadas, el marido no va a dejar de preguntarse: “¿Y a qué vino El Pichón?”. Y esas preguntas no son nada saludables ni para mí, ni para la dueña de la casa.
Tampoco para el dueño de la casa, “el dueño” de la mujer, pensé yo.
Siguió:
—Yo llego a buscar lo que deseo, mi alegría y a veces mis desgracias, por entre el monte, por la parte en que la cocina le da frente. No entro al patio: silbo, con mis silbiditos que son conocidos, que imitan el de un pájaro. Y si la de la cocina está interesada, sale al monte. En él, en alguna parte seca, yo he recogido hojas: muchas hojas. Hago una especie de cama, seca, que huele bien. Las hojas caídas tienen buen olor si están secas. Ensaye las narices y lo sabrá: huelen a madera seca, que es el mismo buen olor. Y nos estamos un tiempo, haciendo lo que el cuerpo de ella y el mío quieren: cosas muy sabrosas, como usted tiene que saber. Y cuando ella debe volver a sus oficios, le preparo un viaje de ramas secas: no es asunto bueno el que llegue vacía, si es que el marido vino antes de lo esperado y tenga que preguntarse qué hacía ella fuera de casa. Y luego deshago la cama de hojas. Las disperso. La cama de hojas también puede chismosear si se la encuentra. Y entonces me vuelvo, silbando, pero empiezo a silbar apenas desde el punto en que no se me pueda oír. Y no es un silbo muy duro: suave, apenas como para mí. Porque vuelvo siempre contento. A mí esas cosas, con su poquito de peligro, me gustan mucho.
Casi siempre después de una de esas conversaciones, y del paso de alguno por el camino de enfrente, yo me iba a mirar las pisadas, a tratar de que me hablaran, a oírlas con los ojos como El Pichón decía. Pero para mí eran mudas, o me eran sordos mis ojos. A las únicas que podía identificar siempre sin temor a errar era a las del Mercader. Porque, antes de la huella del pie izquierdo, había una raya ancha del arrastre de la punta de la bota antes de que asentara la suela.
A veces yo sorprendía a El Pichón, en el monte, si es que yo estaba quieto. Lo que en el monte delata principalmente es el movimiento. Eso lo sabe todo animal montaraz, y lo sabe todo el que va detrás de los montunos. A los sonidos se puede amordazarlos para que no salgan, y cada paso puede ser controlado si se pone cuidado en el asentamiento del pie. Aún los olores se pueden controlar un poco si uno va bien bañado y con ropas del día. Y, si es que va de cacería, si se mueve en contra de los vientos, y no con ellos. Pero lo que se mueve se delata, necesariamente, para el ojo entrenado. En el monte todo lo que se traslada está vivo, sin excepción.
Empero, nadie nunca pudo afirmar que El Pichón fuera el amante de esta o de aquella. Lo sospechaban. Lo intuían, con esa intuición sabia de los conglomerados. Porque El Pichón en esos asuntos sofaldados era el silencio mismo. A las jactancias las ignoraba. A las palabras triunfadoras se las ahorraba, como todo Casanova. Se cuidaba hasta de los caminos trillados, como ya dije. Sus rumbos de ir a los ranchos ajenos eran rumbos de por entre el monte cuajado, caminos del uso del tigre y del pecari, solitarios, huraños, caminos que ellos se hacían para sí solos, y también para El Pichón, sin que lo supieran. Pero El Pichón era asimismo el hacedor de los suyos, en donde los encuentros indiscretos no se daban nunca. Caminos hojarascosos que no guardaban jamás escrita en su lomo la huella de unas botas, legibles por algún marido o papá. Porque, es sabido, las huellas cuentan cosas doctas: como las de quién pasó, y cuándo, y hacia dónde. El Pichón, a los caminos comunales, de vecinos, a las veredas de entrada a las casas, las dejaba limpias de sus jacillas. De ellas se guardaba porque sabían lengüilarguiar.
Como a sus fuerzas, que eran amplias y ágiles y demasiadas, a esa capacidad suya de ir por entre el monte cuajado sin errar el rumbo para ir a dar en algún rancho lejano como llevado por la culebra de un camino pintado en la tierra, pero inexistente, yo se la sabía envidiar. Porque en el bosque no hay puntos de referencia. Cada árbol se parece a sí mismo y es igual a los demás. Quien quiera caminar la selva debe tener los caminos imaginarios grabados en el cerebro como si fueran de verdad, y a más una brújula interna, de esas que no se adquieren en los almacenes. Se nace con ella, o no. Yo la tenía, si bien menos eficaz que la suya. Él más recto para ir, más seguro, más rápido. Lo sé, porque con él anduve montes, demarcándolos, y esa superioridad supo demostrarla, callada, sin alardes.
Darmowy fragment się skończył.