Czytaj książkę: «Mujeres que escriben»

Czcionka:

Mujeres que escriben

Edición de María Paz Cuevas*

@mariapazescritora

* Periodista, escritora y profesora de narrativa, María Paz Cuevas (alias Pepa Valenzuela) realiza talleres de escritura autobiográfica desde 2014. Este libro recopila los mejores textos escritos por más de 80 de las mujeres que pasaron por esta instancia.

MUJERES QUE ESCRIBEN

Edición María Paz Cuevas

@mariapazescritora

© Edición de María Paz Cuevas

© Pehoé Ediciones

Ilustración de portada: Virginia Acosta

@virgi222

Primera edición, marzo de 2021

ISBN Edición digital: 978-956-9946-93-6

Diagramación digital: ebooks Patagonia www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com

Le agradecemos que haya adquirido una edición original de este libro. Al hacerlo, apoya al editor, estimulando la creatividad y permitiendo que más libros sean producidos y que estén al alcance de un público mayor. La reproducción total o parcial de este libro queda prohibida, salvo que se cuente con la autorización por escrito de los titulares de los derechos.

Índice de contenido

Prólogo

I. CONSTELACIONES FAMILIARES Padres

Guacha, Alexandra Cornejo

Quechito, Alejandra Fuentes

A mi padre, Carla Carvacho

Domo Arigato, Alicia Bilbao

Despedir a mi papá, Lorena Canihuán

Resiliencia, Jocelyn France

Que él estuviera aquí, Violeta Díaz

Acantilado, Alejandra Novo

Tres sorbos de cerzeza, Soledad Brinck

Todas fuimos niñas

Olor a fritura, Geraldine Cáceres

Vacaciones de verano, Isabel Tuñón

La casita en la pradera, Noelia Zuñiga

La niña y los cachorros, Rosita Meneses

La niña con más suerte en el mundo, Ángela Rojas

Abuelos

Para Arturo, Fernanda Carrera Pérez

Mi persona favorita, Daniela Jofré Pezoa

Elsa Luz, Karen Fernández

La Lilia Eloísa, Fernanda Allende

Ancestras, Monserrat Ovalle

Las regalonas, Carla Hernández Pérez

Mi tata, Natalia Guerrero

María Chavarría es yumbelina, Paulina Saavedra

Ser mamá

El huracán en camino, Sandra Vilchez

Esta es la historia de mi hijo mayor, Emelina Díaz

Un puntito en la pantalla, Pamela Villarroel

Mi vida junto a Alein, Maggie Serrano

Mi golondrina, Ximena Inostroza

Una hija robada, Marcela Paz Bustamante

II. MOMENTOS INOLVIDABLES

La fiesta del río, Bettina González

El sol escondido en el mar, Cynthia San Martin

Esperar en la fila, Marina Pérez

Autorretrato, Victoria Valenzuela

Claudita, Alejandra Cuevas

Seguir el instinto, Javiera Rossel

Madrina, Jazmin Kassis

Hasta ese día, Aulis Beckdorf-Tornero

Los restos del cuerpo, Vilma Aguirre

III. LABERINTOS PERSONALES Cuerpos y almas

Respira, Victoria Rodríguez

Tarde de quincho, Ángela Arancibia

La consulta 405, Camila Orellana

Doce segundos de oscuridad, Elisa Ibañez

TLP, Alicia Ramírez

El Mono, Claudia Palma

Vivir con miedo, Bianca Candia

La llamada del 42, Alicia Violán

Experimentos vitales

Mujer reloj, Camila Zapata

El futuro es ahora, Camila De Luca

Retazos de una casa vacía, Anilei Godoy Reyes

La pieza de la que jamás salí, María Belén Medina

Deporte para valientes, Catalina Romero

Mirar el eclipse, Leyla Abdul Malak

Es hora de manifestar, Luna Elizalde

La Comadre, Paula Ruiz

La vida me cambió el día que me quise, M. Miró

Soñarme distinta, Mirentxu Jiménez Cabrera

Emigrar a mi país, Nicole Vigouroux

Felicidad, Francesca Scott

La guerrera huilliche, Pamela Castillo Silva

No digas te amo, María José Garrido

La exiliada del sur, Schlomit Matus

De oruga a mariposa, Rossana Flores

El día después, Sonia Pereira

El estallido personal, Klaudia González

Florecer cual bunganvilia, Carolina Ruiz

Jueves de verano, Constanza Rivera

#TeBuscamosContxi, Javiera Briones

IV. Y QUÉ ES AMOR

Mala droga, Patricia Navarrete

Relato corto de un camino largo, Camila Pradenas

El piso 16, Camila Silva

Casi ocho años, Carla Borlone

Plumífero, Ema Ruiz

El chico encantador, Fernanda Abarzúa

Medio limón, Francisca Rojo

Si me hubieses permitido quererte, Fernanda Peña

Simplemente Pelao, Loreto León

El eterno retorno, Fernanda Torres

Cuando nos volvamos a encontrar, Mara Ferreira

Fármacos en la Batuta, Paula Araya

Igor, Paulina Basso Farias

Hola Jhon, Carolina Soto

El Guagua y yo, Romina Cargioli

El encuentro, Tatiana Larredonda

Bajo las estrella de El Cajón, Valentina Silva

Sagrado Corazón, Valeria Barahona

Para nuestra querida amiga Sandra Vilchez de la Victoria.

Prólogo

Las mujeres escribimos juntas

Por María Paz Cuevas / @mariapazescritora

Escribir es un ejercicio solitario. Es una práctica profunda que requiere concentración y silencio, algo extraño para este mundo, pero no para el mío. Desde niña, estuve acostumbrada a esto. Fui una hija única que dibujaba, leía mucho y que, al crecer, hizo de la escritura su oficio. Fue una gran fortuna. Y a la vez, una gran paradoja: elegí ser periodista para conocer el mundo y a sus habitantes, pero al ser una periodista que escribía, me di cuenta de que tarde o temprano tenía que volver a la soledad de una práctica que además toma bastante tiempo: horas, días, a veces semanas completas.

Así fue como buen día de 2014 no quise sentirme tan sola en esto de escribir. Y como una estrategia de autoacompañamiento, invité a otros a hacerlo conmigo. Hice un aviso muy artesanal en power point, lo publiqué por las pocas redes que existían entonces y de pronto, éramos ocho leyendo y escribiendo en la terraza del edificio céntrico donde vivo. En esa oportunidad fuimos siete mujeres, un solo hombre. Seguí dando talleres de autobiografía y no ficción con regularidad y esa proporción se mantuvo: siempre llegaron más mujeres que hombres. Creo que puedo contar con una sola mano a los valientes que llegaron a este espacio en siete años. Todos eran hombres especiales: abiertos, con ganas de aprender y habían pasado por experiencias particulares. Podría decir que tenían una masculinidad cultivada. Esos poquitos hombres fueron los regalones del taller, el chiche de sus compañeras y de esta profesora. Fue hermoso tenerlos en ese espacio: de alguna manera eran testimonios de un cambio de paradigma, ejemplos vivos del comienzo del fin del patriarcado.

Pero en general, el espacio del taller fue ocupado mayoritariamente por nosotras, las mujeres. Iba a escribir aquí que no sabía por qué, pero no es así. Si sé por qué fuimos más mujeres: nosotras estamos acostumbradas a reunirnos y contarnos historias. Hablamos. Pedimos consejos. Damos consejos. Nos escuchamos. Tenemos la costumbre ancestral de estar juntas y conversar sobre lo que nos pasa. Somos, en esencia, narradoras. Nos contamos cosas, pero no cualquier cosa. Narramos sobre nuestros dolores, nuestros problemas, nuestros obstáculos y desafíos. Desanudamos nuestros ovillos sentimentales. Hablamos sobre nuestras emociones y lo que estamos viviendo. Nos interesa entrar en esos misterios. Narramos acerca de las profundidades de la existencia. Narramos la vida. Por eso después de un par de años, ése fue el nombre que le puse al taller de autobiografía: Narrar La Vida. Más tarde cambió a Mujeres que Escriben que, a la larga, es lo mismo: las que llegaron aquí a narrar la vida son casi puras mujeres. No fue un acto de exclusión, simplemente ocurrió así.

Hay cosas que suceden en el taller para las cuales las palabras se me vuelven poquita cosa. ¡Poquita cosa! Y eso que yo amo las palabras de este idioma precioso que es el español. Pero sí. Lo que pasa en el taller es algo difícil de describir. Compartimos experiencias, historias de vida. Nos escuchamos en silencio. Nos respetamos. Lloramos y reímos. Nos damos cuenta de que no estamos solas. Nos hacemos compañía. Entendemos nuestra historia y el porqué de sus procesos. Sanamos pedacitos de nuestra historia. Y también suceden muchos milagros, literales y metafóricos. Pero lo más bello que sucede es que en muy poquito tiempo un grupo de mujeres desconocidas se convierten en una tribu.

En los casi siete años que llevo dando este taller ininterrumpidamente han pasado más de cien mujeres de distintas edades, actividades, orígenes, razas, creencias y experiencias de vida. Todas, dispuestas a acoger a la otra, sin juicio, con cariño y respeto. Todas dispuestas a compartir sus experiencias e historias de vida más profundas con honestidad. Al final de cada ciclo siempre nos vamos con la sensación de que este grupo de mujeres que antes eran unas completas desconocidas, nos terminamos conociendo más de la una y de la otra que la propia familia, la pareja o los amigos del mundo exterior. Escribir la vida es también un ejercicio de sumergirse y profundizar, algo para lo cual no hay mucho tiempo y espacio en nuestra vida cotidiana.

Cuando les pregunto qué fue para ellas el taller, la mayoría responde que fue un regalo. Pero el regalo en realidad ha sido para mí: a veces no puedo creer la suerte de haber invocado a tantas diosas a mi propia casa. ¡Y pensar que todo partió con un afiche horrendo de powerpoint! No saben lo agradecida que estoy con cada una de las hermosas mujeres que han pasado por el taller. Me han llenado de amor, ternura y sabiduría. Me han reconciliado con mi lado femenino. Me han sanado también a mí.

El libro que ahora ustedes tienen en sus manos es un tesoro. Un diario de vida íntimo y colectivo de más de 80 mujeres chilenas y algunas extranjeras que aquí narran sobre padres, familia, hijos, abuelos. También sobre el sexo y las relaciones de pareja, laberintos personales y momentos inolvidables de la vida. En una época en la que la causa feminista ha vuelto a cobrar fuerza, este libro es una joya. Una llave que abre la puerta hacia el mundo interior de nosotras, las mujeres. Aquí están nuestros amores, nuestros deseos, nuestros dolores, nuestros miedos, nuestras luces y nuestros aprendizajes. Aquí está nuestro testimonio de vida. Aquí está lo que somos y lo que sentimos. Todo en primera persona. Escrito por cada una, por todas, para todas y por qué no, para todos aquellos que nos quieran leer, escuchar y conocer de verdad.

Todo lo que aquí recaudemos, irá para llevar la experiencia de este espacio a otros grupos de mujeres que lo puedan necesitar. Porque así somos las tribus de mujeres: colaboramos con otras para que también puedan formar tribus.

Gracias por leer.

Esperamos que disfruten este viaje de Mujeres que Escriben.

I. Constelaciones familiares
Padres

Guacha

Por Alexandra Cornejo

A veces me sentía guacha, tanto de madre como de padre. Y no es que haya perdido a mis padres, al contrario. Ellos aún viven y siempre se preocuparon/preocupan mucho por mí. De mi salud, porque paso enferma, de mis estudios y de que me encuentre bien. Pero creo que se les olvidó algo. Algo así como un cariñito, un te quiero, un te amo.

Me sentía guacha de amor. De niña no lo notaba tanto, hasta que a los quince conocí a la Java, una amiga, y a su mamá. Sobre todo, a su mamá. Una tarde de septiembre fui a buscar a la Java a su depa, y no pongo departamento, porque en la villa San Luis de Maipú, más conocida como la San Lucho, no hay de esos. Bueno, la fui a buscar para callejear por ahí, su mamá salió a saludarme y a despedirse de su hija proclamando un fuerte: “chao, te amo”.

Bajamos por las escaleras estropeadas de los depas, y mientras caminábamos por esa calle llena de hoyos para tomar la 401, micro que recorre todo Maipú hasta más allá de Plaza Italia, pensaba en la escena que acababa de presenciar. Nunca había visto y oído a alguien que le dijera te amo a su hija cuando esta se dirigía a callejear. Sentí que callejear se convertía en algo muy especial.

Para mí, los abrazos solo eran para los cumpleaños, las navidades y los años nuevo, nada más. No me abrazaban porque si nomás. Y los te amo nunca los oí. En ese momento, cuando conocí los te amo de la mamá de la Java, sentí un vacío como de cariño. Y me preguntaba por qué las cosas eran así, por qué la Java podía recibir cariñitos y te amos en grandes cantidades y yo no.

Me costó entender el poco afecto que me demostraban mis padres. Lo entendí cuando comprendí sus historias, sus vivencias, sus carencias. Tanto la Eli, mi mamá, como el Eduardo, mi papá, fueron muy pobres cuando chicos. Vivían en Lo Prado, y quizás era tanta la pobreza que no había tiempo para el cariño, no sé.

Ellos vivían a una distancia de tres cuadras cuando se conocieron. A los dos los unía la misma calle llamada Isla Decepción. Qué brígido decirle a alguien juntémonos en Isla decepción. Es como si desde el comienzo algo fuera a salir mal, alguien fuera a salir mal.

Mi padre decepcionó a mi madre antes de que naciera mi hermana mayor. No sé si mi mamá lo perdonó, pero llevan 27 años casados, y hace dos, se volvieron a casar para celebrar las bodas de plata.

Ellos dicen que lo hicieron para celebrar a lo grande, con plata. Su primer matrimonio fue chico, pobretón. Se casaron junto con mi tía Mónica para que saliera todo más barato. Por lo que entiendo la decisión de su segundo ritual. Más íntimo, con más cotillón y hasta con fotógrafo.

Tanto la Eli y el Eduardo, recurrentemente hablan de su niñez y la pobreza que tuvieron que enfrentar. De las sopas de pan, del pan con aceite y del pan solo. Exprimían hasta el último recurso gastronómico que el pan tuviera. También hablan de sus padres y del pobre cariño que les demostraban.

Mi padre siempre cuenta que la primera vez que mi Tata le dio un beso, fue cuando se casó a los 26 años. Él sí que debe haber sentido esa falta de cariño de la que yo hablo. Por otro lado, mi madre, cuenta que mi abuela era muy estricta. Cuando mi madre llegaba del colegio, debía hacer el aseo de toda la casa, porque mi abuela era madre soltera y trabajaba todo el día. Si algo no quedaba bien, venían los retos, los golpes, nunca los abrazos.

Creo que tanto mis padres como yo nos sentimos guachos de amor. Quizás por eso les cuesta demostrar su cariño. Sin embargo, he aprendido a identificar cuando muestran sus abrazos y sus te amo.

Cuando me llevan a urgencias porque me dio bronquitis o porque me esguincé el tobillo. Cuando mi mamá me compra champiñones y me los corta y refrigera para que no se pudran. Cuando mi papá me reta si ando con alergia, para que me tome mis pastillas. Cuando salgo y mi mamá constantemente me está preguntado con quién estoy y si estoy bien. Cuando me compran probióticos para no enfermarme. Y claro, son más cosas.

Hace algunos años, cuatro diría yo, cada vez que salgo a alguna parte, con mi mamá y mi papá nos despedimos de besito. Mi papá de la nada llega y me abraza. A veces no estoy preparada para esos abrazos espontáneos, creo que tengo poca experiencia en eso. Pero de a poco, con pequeños avances, tanto yo como mis padres nos preparamos para esos abrazos, esos te amo, o esos te quiero que se darán con el tiempo.

A mis papás no se les olvidaron los cariñitos ni los te amo. Siempre estuvieron ahí. Sólo que los demuestran de otra forma. Tal como a ellos se los demostraban con esas sopas de pan, que me decían que igual quedaban buenas. Si alguien puede condimentar bien una sopa de pan, debe querer mucho a la otra persona.

Ahora ya no me siento tan guacha de amor.

Quechito

Por Alejandra Fuentes

Laura Lucrecia Estelvina, Quechito, Señora Lucre, mamma, mamita linda. Eres todo eso y más.

Naciste en Valparaíso por los años treinta, no daré fecha exacta porque no te gusta decir tu edad, te parece una falta de respeto que te lo pregunten. “Uno nunca debe decir la edad, sino responder: “¡qué edad cree que tengo y listo!” Tan vanidosa que eres, mamita.

Tu mamá te tuvo a los quince años y por eso prácticamente te crió tu abuelita, a quien siempre dices que le debes todo y que te enseñó todo lo que sabes. Tu papá era marino y siempre lo has recordado con cariño y nostalgia, aun cuando después de separarse de tu mamá, nunca más lo volviste a ver. Esa ausencia te marcó y cada cierto tiempo te preguntas qué fue de él, pero no con resentimiento o rabia, sino como añorando haberlo tenido más cerca.

Tenías doce años cuando murió tu abuelita y la pena caló tan hondo en ti que te enfermaste de neumonía. Vestiste de luto por un año y por eso, desde entonces, odias el color negro. A partir de ese momento, tuviste que hacerte adulta porque tu mamá salía a trabajar y tú quedabas a cargo de tu hermana menor y de atender al marido de tu mamá, personaje al que no me referiré porque no merece un segundo de atención por miserable. Tampoco puedo dar mayores detalles porque nunca nos contaste mucho qué cosas pasaron exactamente, sólo sabíamos que bastaba mencionar el nombre de este individuo para que te descompusieras. Nos quedaba claro que era un ser detestable y no había más que preguntar.

Cuando creciste y te hiciste lola empezaste a trabajar como modista. Te hacías la permanente y te veías tan linda que atraías las miradas de los chicos del barrio Ecuador. Entre ellos, Guido, mi papá. Pero eras tan seria y formal que él no se atrevía a hablarte. Hasta que un día te habló. Poco a poco empezaron a conocerse y terminaron pololeando. Fue una larga relación que tuvo sus interrupciones por lo parrandero de mi papá. Hasta que un día, aburrida de la situación de tu casa, donde tu mamá te delegaba la crianza de tu hermana y donde debías soportar a tu padrastro, te fuiste a trabajar lejos, a Vitacura, como empleada en una casa. No le contaste a nadie dónde estarías porque querías empezar una nueva vida, alejada de los problemas de tu familia. ¡Qué valiente mamita! Puro coraje.

Sin embargo, Guido estaba flechado por ti y no iba a descansar hasta encontrarte. Les rogó a tus amigas del barrio que le dijeran dónde estabas y ellas se apiadaron de este pobre hombre enamorado y le contaron, rompiendo la promesa que te habían hecho de guardar el secreto.

En ese momento, se fraguó tu destino, Quechito. Porque desde que Guido te encontró y te pidió matrimonio, comenzaste un camino sin retorno. En ese minuto, empezaste a sembrar la semilla y a desarrollar lo que es y siempre ha sido tu vocación: la maternidad. Tu corazón se expandió hasta el infinito y fuiste capaz de criar y formar seis mujeres y cuidar un marido que te veneran.

Laurita querida, naciste para ser madre. Sin que nadie te enseñara o dijera cómo hacerlo, sólo guiada por el instinto y el cariño, creaste un hogar, una familia, un refugio donde todas las asperezas y sinsabores de la vida se olvidan y pierden importancia.

Siempre estabas preocupada de que hubiera un rico almuerzo, con legumbres, frutas, verduras. Pendiente de que para los cumpleaños, el festejado tuviera su torta favorita y tejiendo todos los chalecos necesarios para capear el frío. Y si alguien estaba con dolor de cabeza, allá partías a poner los parches de papas en la frente. ¿Resfríos? Limonada con limón y juguito de naranja natural. Todos los viernes había pie de limón o kuchen para empezar bien el fin de semana. Al acercarse Navidad, sacabas la máquina de coser y empezaban las pruebas para los vestidos de fin de año. Nada se te escapaba, Quechito querida.

Tu amor maternal incluso se ha expandido a otras personas que te quieren y admiran, como yernos, vecinos, amigos, primos. Tienes la capacidad innata de acoger y dar cariño. Para qué hablar de tu nietos que te adoran y te dan tanta alegría. Siempre dices que nunca pensaste que podrías verlos tan grandes. Te maravilla verlos hacerse adultos.

Mamita, a veces me pregunto si seré capaz de agradecerte todo lo que me diste. Perdóname por haber sido rebelde en la adolescencia y cuestionar tus decisiones, por desafiarte y ser irrespetuosa en ciertos momentos, la juventud y la impulsividad a veces me llevaron a darte dolores de cabeza.

Desde un tiempo a esta parte, una de mis preocupaciones es hacer todo lo posible por darte alegría y bienestar. Te llevo flores y cositas ricas para comer, te hago masajes para esos huesitos que tanto te hacen sufrir y que a veces te traicionan. Yo sé que estás cansada de sentir dolor y de ver que tu cuerpo ya no te acompaña para hacer el sinfín de cosas que siempre hiciste. Ten paciencia y déjate querer. Queremos cuidarte y regalonearte. Tú eres el alma de esta familia y haremos todo por y para ti.

A mi padre

Por Carla Carvacho

Tuve la suerte de pasar mi niñez en una casa muy grande. Aprovechaba los frutos de variados árboles, crecí con distintos animalitos y gozaba con los juegos más maravillosos que mi padre fabricaba para mí en su taller. El taller estaba al fondo de nuestra casa. El olor a la pintura, la madera recién cortada y la luz de la soldadura en mi ventana al dormir, forman parte de mis recuerdos de pequeña. Sí, tuve la bendición de contar con su presencia a diario.

A él le encantaba ver mi expresión con cada una de sus creaciones. Cuando era Navidad, me preguntaba: “¿Te gustó el regalo del Viejo Pascuero?”. Y yo le contestaba: “¡sí!, me gustó lo que construiste con los maestros”. Recuerdo con cariño esa carroza de madera, era como las de esas películas del oeste, dirigida por mi hermano y yo.

Tengo muchos recuerdos de almuerzos familiares, asados, paseos, vacaciones con toda la familia de mi madre en el sur junto al río, atardeceres en los campos, y ese sabor de la comida recién preparada en cocinas a leña. De adolescente, salíamos a acampar, cazar y pescar. Aunque me asustaba un poco el agua, siempre fui su fiel compañera en cada aventura. Estoy muy agradecida del contacto a la naturaleza que él me enseñó con la energía que tenía para organizar cuanto viaje y locura pasaba por su mente. Debo confesar que él era un poco irresponsable: vivía el presente sin mucha planificación. Si en los negocios le iba bien, él llegaba a casa con un bote y después, al poco tiempo, lo tenía que vender. Esa era la parte difícil para mi madre porque no siempre fueron tiempos buenos. Un día ella llegó a casa y no había leche para mí ni nada de comer. Tuvo que vender la lavadora para comprar alimentos. Yo no me percataba mucho de esos detalles. Tuve una infancia inmensamente feliz gracias a él.

Su niñez no fue nada fácil. Cuando faltaban dos años para terminar el colegio, su padre falleció, lo que lo obligó a dejar sus estudios y comenzar a trabajar. Vivía con su madre, de descendencia inglesa, y sus tres hermanos: Alfredo, Olga y Patricio. Mi padre jamás tuvo la experiencia de ser “tío”, ninguno de sus tres hermanos tuvo hijos.

Durante su vida desarrolló diferentes oficios; fue camionero, bombero, trabajó en las refinerías de pescado del norte, tuvo un local donde vendía discos de vinilos, fue músico y muchas cosas más. Él inventó en este país la primera máquina para jugar en forma masiva la Polla Gol. Mi padre era un genio, un inventor, un soñador sin límites.

Amaba la música. De adolescente, en lugar de salir los fines de semana con sus amigos, se quedaba en casa escuchando óperas, más adelante, ya de adulto formó su grupo musical en Iquique con sus amigos de siempre: se llamaban Los Bingos. Aún tengo sus vinilos, son mi tesoro. Jamás olvidaré esas tardes, juntos en el living de la casa, él con su guitarra en las manos y yo sentada en el suelo, sobre la alfombra, tratando de seguir sus melodías. Me miraba fijamente, con sus grandes ojos color esmeralda y sus infinitas arrugas.

De su primer matrimonio, nacieron Ricardo y María Eugenia. Yo la adoraba a ella, pero era una relación muy particular porque teníamos mucha diferencia de edad. Cuando llegaban de visita a casa, yo les decía: “¡Hola tíos!”. “¡Como que tía, soy tu hermana!”, me respondía ella. Más adelante, mi hermano Ricardo ayudaría a mi padre a terminar sus estudios. Del segundo matrimonio nació mi hermano Carlos, él era más cercano. Vivió un tiempo con nosotros, pero fue muy difícil educarlo, porque mi hermano en reiteradas ocasiones abandonaba sus estudios. Eso siempre fue una preocupación para mi padre, finalmente, terminaron trabajando juntos. Siempre recordaré las travesuras de mi hermano. Su segunda esposa estudió enfermería y tenía una compañera que se llamaba Vicky: mi tía. Así se conocieron, ella le presentó a mi madre. Cuando yo nací, mi padre ya tenía 52 años, pero la historia familiar, no termina ahí: luego de 4 años nació mi hermana Claudia. Ojalá yo tenga su misma vitalidad a esa edad, ojalá mantenga esa ilusión, de un mañana sin preocupaciones, siempre en el presente, siempre con una sonrisa bonachona.

Cuando ingresé a la Universidad mis padres se separaron: la relación no daba para más y me costó muchísimo asumirlo. Como si no fuera suficiente en ese mismo periodo, la Empresa de mi padre quebró y nos embargaron la casa. Durante un largo tiempo, vivimos sin electrodomésticos, ¿se imaginan una vida así? Lo cotidiano se hace difícil, el día a día, ya no es tan simple. Sin embargo, nunca experimenté rabia ni lo culpé por todo lo ocurrido. Al contrario, me daba una pena profunda ver a mi padre luego de años de sacrificios, buenos momentos y entrega incondicional, ¡salía por la puerta de mi casa sin nada! No tenía dónde ir, estaba solo.

Estuvo un tiempo viviendo con sus hermanos Olga y Alfredo, pero era una vida vacía, el panorama consistía en sentarse en la cama con un cigarrillo a ver televisión. Ése no era mi padre. Al poco tiempo se fue a vivir a Iquique a encontrarse con sus amigos de juventud. Se las arregló para entrar a trabajar a la Municipalidad y por esas casualidades mágicas de la vida, la empresa donde yo trabajaba se adjudicó la construcción de la Tienda Paris de Iquique. Así sin planificarlo y después de 7 años, volvimos a estar juntos: fue nuestro reencuentro, fueron meses donde compartimos los tres, mi padre, yo y Ricardo, mi marido. Mi vida era perfecta entonces, me gustaba cocinar para él, disfrutaba de su compañía, y recién ahí dimensioné sus días de soledad en el norte. ¿Cuántas veces necesitó de nuestra ayuda y no estuvimos? Pero él no se quejaba, eso no estaba en su esencia. Terminado el proyecto nos fuimos a trabajar a Valdivia, mi padre tuvo que dejar el departamento que arrendábamos porque quedó sin trabajo y fue acogido por una de sus amigas en su casa, en una población en Alto Hospicio. Pero él era feliz, solo necesitaba un poco de compañía.

Mi padre sufría de diabetes, tenía muy comprometido su tobillo y lo trasladamos a Santiago para su cirugía. No se quiso quedar en Santiago para su recuperación y retornó a Iquique. Con el paso del tiempo, descuidó su medicación y su segunda cirugía fue muy invasiva. Producto de ello sufrió un infarto. Estuvo en riesgo vital y fueron días de angustia, pero a sus 82 años se recuperó y lo dieron de alta. A las pocas semanas tuvo una descompensación y no salió mas de ese Hospital. Desperté ese día sábado a las 5 AM, me volví a dormir y a los pocos minutos recibí una llamada de mi hermano mayor que decía: “El papá se ha ido”. Aún lo extraño, aún me duele su partida, pero está anclado en mi corazón, en cada uno de los recuerdos que atesoro en mi alma.

Mi nombre es Carla, como mi padre, Carlos.

Domo Arigato

Por Alicia Bilbao

Mi mamá, Simona, se miraba frente al espejo, mientras se probaba su sencillo pero hermoso vestido de novia de color nácar y mangas amplias que llegaban hasta los tres cuartos de sus brazos delgados. Era largo, ajustado al cuerpo, elaborado con una delicada y suave tela parecida a la seda, confeccionado por mi abuela, que también se llama Simona, costurera de oficio. Parecía que llevaba un fino camisón de dormir sobre su figura pequeña que la hacía lucir muy elegante. El color del vestido contrastaba con su tez morena. Una flor confeccionada con la misma tela adornaba su cabello liso, lacio, largo, de color negro azabache.

Mi abuela estaba sentada junto a ella, con su cajita de alfileres, para hacer los últimos ajustes al vestido.

– Hija, si no quieres, no te cases, no es tu obligación, aún estás a tiempo de arrepentirte – le decía ella.

– Me casaré mañana, mamá, pase lo que pase.

– Esta siempre será tu casa, te queremos. Tu papá no quiere que te vayas, tus hermanos tampoco.

– Ya está todo listo mamá, todo arreglado. Bernardo me espera, me casaré.

Aunque contestó con tono seguro, en su interior mi mamá sabía que a partir del día siguiente su futuro era incierto. La duda se apoderó de ella, pero decidió seguir adelante. Su vida cambiaría del cielo a la tierra, literalmente, su mundo quedaría “patas para arriba”. Luego de casarse por la iglesia, partiría en un vuelo directo al otro lado del mundo, a Japón. No iba de luna de miel, sino a encontrarse con el novio para vivir allí por tres años, mientras él estudiaba para obtener su máster en Ingeniería Química. La Universidad donde se habían conocido mientras él era su profesor ayudante en el Laboratorio de Operaciones Unitarias lo había becado para que obtuviera su postgrado.

Para emprender esta valiente aventura, Simona renunciaba por tres años a su familia, amigos, su barrio del paradero veintiuno de la Gran Avenida y a sus estudios universitarios que ya habría finalizado si no hubiera sido por una profesora amargada que se ensañó con ella y que se empecinó en hacerla repetir el curso. Al tercer intento, Simona se dio por vencida, autoconvenciéndose de que no tenía pasta de científica y decidió abandonar la carrera de Bioquímica, aunque era brillante a juicio de la mayoría de sus profesores y compañeros. Excepto, claro, por la profesora de Genética Molecular de Eucariontes.

Esa noche, Simona no pegó un ojo, invadida por una mezcla de ansiedad, felicidad, miedo y angustia.

“Me casaré”, se dijo. “¿No es eso lo que todas las mujeres queremos?”.

A la mañana siguiente, José, mi abuelito, comerciante, padre cariñoso, pero con episodios violentos a causa de su alcoholismo, tocó la puerta del dormitorio de mi mamá.

“¿Estás lista hija? Debemos irnos”.

Partieron en auto hacia la iglesia del colegio San Marcos de Macul mi mamá, sus padres y sus dos sobreprotectores hermanos, Osvaldo y Camilo. Mi abuelito José salió primero del auto para ayudar a bajar a la novia, que en ese momento sollozaba desconsolada. Una vez de pie en la entrada de la iglesia, colgada del brazo de su padre, Simona divisó el altar y al cura que la casaría ante los ojos de Dios y la liberaría del pecado del concubinato. Vio a su madre, parada a su derecha, y al otro lado, a sus futuros suegros. María Gregoria era una señora elegante, amistosa, pero un poco arribista. La típica suegra “Nuera lo que yo quería para mi hijo”. A su lado estaba su marido Bernardo, contador de profesión, católico dogmático, tal como educó a su hijo. Como el novio estaba ausente en esta bizarra ceremonia, él, mi abuelo Bernardo, haría de “novio”.

Caminando por el pasillo del brazo de su papá, mi mamá, la hermosa y joven novia, lloraba. No de emoción ni alegría, sino de pena, de profunda pena. Al llegar al altar, mi madre se ubicó en medio de sus padres, y los padres de mi padre, mientras escuchaba parlotear al cura que varios años después oficiaría mi propio bautizo:

“Que..dos her.. nos, … hemos reu…. hoy para ….brar el sa…do matri..nio de Sim..y Ber…do”.

Una vez acabada la ceremonia, nadie lanzó arroz. Solo hubo abrazos y felicitaciones sinceras, afectuosas, pero no alegres. Fotografía de rigor y de vuelta a la casa para terminar la maleta, recoger los documentos y emprender camino al aeropuerto.

La despedida fue triste y apurada. Ningún Barahona Santibañez había tomado antes jamás un avión, ni emprendido en su vida un viaje tan exótico. Ninguno se había alejado de la familia por tanto tiempo. Al aeropuerto llegaron a despedir a mi mamá todos los Barahona: la tía Gina, la amargada; la Inés, la amorosa madrina; las solteronas Irma y Lila; el tío Pascual, el facho, y el tío Ramón, el lacho; la prima Elia, que siempre amó en secreto a mi papá y envidiaba profundamente a mi mamá; la Ale, la cahuinera, que en ese tiempo era solo una niña; el Enzo, el primo regalón y tiro al aire; y el Jorge, el otro primo regalón, el cojo, recién graduado de Medicina.

Los Gutiérrez, en cambio, que vivían en un barrio más acomodado, y que ya habían visitado el aeropuerto de Santiago en variadas ocasiones, se limitaron a despedirse en la iglesia, y desear muy buen viaje a la nueva esposa, y enviarle saludos al nuevo recién casado.

De camino a Japón, Simona casi no sintió el vuelo de treinta horas porque la noche anterior no había pegado un ojo, y porque el matrimonio sin novio de cuerpo presente y el llanto la habían dejado agotada. Pero una vez que aterrizó, el nerviosismo superó al cansancio.

Mi mamá bajó del avión confundida y perdida. Decidió seguir a la masa en busca de su maleta. De japonés no sabía absolutamente nada. Cuando por fin se disponía a pasar por policía internacional, un oficial nipón, delgado y diminuto, pero atemorizante, le gritó en su idioma incomprensible, lo que días después entendería como: “Acompáñeme, sus papeles no cumplen con la normativa para ingresar al país del sol naciente, usted está detenida”. Luego de horas de reclusión sin entender nada, mi papá, Bernardo, el mateo, estudiante brillante, becario orgulloso, guardián de la moral y las buenas costumbres y flamante recién casado, se las apañó para que la policía nipona liberara a su joven y agotada esposa.

Una vez juntos, después de un discreto beso y un apretado abrazo, mi mamá olvidó la pena, la sensación de soledad, las dudas, el cansancio, el miedo. Por fin pudo disfrutar por unos minutos del gran paso que había dado en su vida.

Caminaron hacia la estación de trenes, ubicada en el subterráneo del mismo aeropuerto moderno de Tokio, y viajaron en tren bala, espectacularmente moderno para cualquier nacido en Chile en los años cincuenta, hasta Fukuoka, la ciudad provinciana donde residían los becarios latinoamericanos de la Universidad de Kiushi.

El barrio era sencillo pero hermoso. Las casitas era todas iguales, de material liviano, pequeñas, de arquitectura típica japonesa. Cada espacio estaba muy bien pensado para colocar cada uno de los muebles y enseres. No había espacio para la improvisación. Cada vez que mi mamá intentaba ser “creativa”, una vecina nipona cruzaba la calle para explicarle que esa no era la ubicación adecuada para el refrigerador, la mesa, la cama, que en realidad era un Tatami, un colchón liviano tendido en el suelo, sin catre.

El primer año transcurrió tranquilo, aburrido. Mientras mi papá pasaba sus días en la Universidad, mi mamá intentaba apañárselas con la soledad en un país extraño. Trabajó como modelo para una clase de pintura, aunque siempre posaba vestida, porque se negaba a desnudarse en público.

Hasta que un día mi madre no soportó más la soledad. Pastillas anticonceptivas por el inodoro, a la mierda el miedo de mi padre a la inestabilidad económica, Simona estaba decidida a ser madre.

Y en ese contexto nací yo. Llegué el mundo en un país extranjero, desconocido, a llenar los días de soledad de mi mamá y los días de estrés de mi papá. Mis primeras palabras fueron una mezcla entre español y japonés. Jugaba mucho con otros niños hijos de becarios chilenos y latinoamericanos y también con niños japoneses.

Tuve la fortuna de gozar de la atención exclusiva de mi madre durante mi primer año de vida y del sistema de salud del primer mundo. Hasta entrada mi adultez, nunca tuve una enfermedad grave y rara vez caí en cama. Además, gocé de la chochera de ser el primer retoño de mi padre, que en su juventud disfrutó a concho su paternidad. Tenemos álbumes de fotos llenos de mi padre junto a mí, recién nacida, en paseos familiares a Okinawa, la isla paradisiaca de los japoneses.

Después de Japón, partimos unos meses a vivir a Barcelona con Eliana, hermanastra de mi abuela, su marido Alberto, el catalán, y sus tres hijos. Ahí aprendí a caminar, tirando de la cola del Toby, el perro de mis tíos. Cuando tenía un año y medio, volvimos a Chile. El día en que aterrizamos, mi abuela paterna se coló por el control policial del aeropuerto, me agarró en abrazos y partió conmigo hacia afuera, donde estaba todo el resto de la familia, que había ido a recibirnos. Yo lloraba, porque no entendía nada, ni conocía a esas personas, que eran muchas. Dos familias con muchos tíos y primos, de la que finalmente terminé formando parte activa.

A medida que fui creciendo, fui construyendo este relato en mi cabeza, con versiones de distintas personas, en las que aparecían nuevos detalles. El resto del rompecabezas, lo armé con las fotografías familiares. Cuando falta una pieza, simplemente uso la imaginación.

A veces pienso, ¿de dónde mi filosofía de vida, mi veta rebelde, mi negativa a tener un matrimonio convencional, mis ganas de huir, de viajar, y mi apego a la familia? ¿Por qué siempre pienso distinto a los demás, porqué razono de otra manera?

Creo que la respuesta está en este recuerdo construido con recuerdos ajenos.

Despedir a mi papá

Por Lorena Canihuán

Lo había visto a fines de noviembre. Estaba contento y orgulloso, como todos nosotros: la Fran, mi sobrina-hija, terminaba el colegio llevándose todos los premios posibles.

Fue un viaje corto, sólo para acompañar a mi Fran, celebrar y ver a la familia. Pero volvimos en enero, con ánimo de vacaciones y más tiempo. Apenas llegamos, me di cuenta de que algo no andaba bien: habían pasado unas semanas y mi papá había bajado mucho de peso. Estaba feliz de vernos, como siempre, pero me preocupé y le sugerí ir al doctor. Se negó un par de veces, pero fuimos igual, a la consulta de un doctor viejo, conocido, de esos que les inspiran confianza a los mayores y que nos había operado de algo a todos en la familia.

Le hablé de la pérdida de peso y dijo que podía ser la diabetes u otra cosa. Le dije que me preocupaba esa “otra cosa” y él, muy lúcido, le pidió hacerse los exámenes justos. El diagnóstico: cáncer. Tenía un tumor enorme pegado al hígado y no había nada que pudiera hacerse, salvo cuidarlo y mantener el dolor a raya.

Fueron las peores vacaciones de mi vida, yendo y viniendo de consultas y laboratorios. Lo peor, es que él no entendió el diagnóstico: el doctor hablaba en marciano para él, que el carcinoma y la carcinomatosis. Mi papá era un viejo sabio, pero no había terminado ni la enseñanza básica. Su sabiduría venía de la vida, de la necesidad, de la infinita bondad y ejemplo de la mujer que lo crió aun no habiéndolo parido. Pero la vida no le había enseñado lo que era un carcinoma y salió de la consulta sin saber lo que tenía. Un amigo médico me dijo: “tranquila, la oncóloga le va a decir”, pero la oncóloga Auge no lo vería sino hasta marzo.

Mientras, hacíamos arreglos para que mi hijo Vicente y yo pudiéramos quedarnos más tiempo con él. Llamé al colegio, donde me dijeron lo que necesitaba oír: que en la vida hay prioridades y que el colegio era lo menos importante para Vicente en ese momento, que acompañara a su Tata, atesorara cada momento con él y que volviera cuando se pudiera. Fue un rayo de sol entre tanta oscuridad, como también lo fue la compañía de mi familia, la que comparte mi sangre y la que no. Los que me escucharon cuando pude hablar y los que sólo apretaron mi mano cuando el llanto no me dejaba articular una sola palabra.

En medio de todo, la Fran se matriculó en la Universidad y todo era un ir y venir de Osorno a Valdivia buscándole casa. Nos sirvió para salir y despejarnos un poco.

Había visitas todos los días en la casa. Era terrible escuchar cuando le preguntaban a mi papá qué era lo que tenía y él decía: “No sé, la Lolita es la que habla con los doctores, pero no me dice nada. Ella debe saber”.

Y así, durmiendo con un ojo abierto y uno cerrado durante dos meses, llegó el 11 de marzo. Ese día lo veía la oncóloga y ahí estaba mi viejo, sentado con dos de sus hijos a cada lado. Supongo que sospechó que algo pasaba porque nunca habíamos estado los cuatro con él en una visita al médico. Entramos mi hermana y yo para acompañarlo en la consulta. Habíamos hablado antes con la enfermera, que es la hermana de un buen amigo mío, y le pedimos que le explicaran con claridad cuál era su diagnóstico.

Una vez en la consulta, la doctora revisó la carpeta con exámenes y empezó a hablar del famoso carcinoma. La enfermera la interrumpió y le dijo que el paciente (mi viejito amado) necesitaba saber claramente qué era lo que tenía, así que la doctora, entendiendo el mensaje, le dijo: “Don José, usted tiene cáncer”. La expresión y el color que tomó la cara de mi papá eran indescriptibles. Se quedó en silencio unos segundos y dijo: “Pero con los remedios que usted me va a dar, yo me voy a sanar, ¿cierto?”

– No. Nosotros solo le vamos a ayudar a manejar el dolor.

Mi hermana y yo rompimos en llanto y ya no escuché nada más. Era una mezcla de rabia, impotencia y la más absoluta desolación. El rostro de mi viejo estaba desencajado y en un minuto había envejecido 20 años. Luego de eso, me encontré escuchando indicaciones de dosis de medicamentos y rutinas de alimentación.

Cuando salí de la consulta, lo vi rodeado por mis hermanos. Todos lo abrazaban.

Desde ese día, mi viejito empezó a apagarse rápido. Creo que se rindió en el instante en que la doctora dijo “no”. Vicente vivía únicamente para agradarlo: recogía las hojas del patio, lo tomaba de la mano y lo llevaba a la ventana para que viera que él mantenía las cosas en orden. Cuando íbamos al supermercado, se aseguraba de llevarle algún queso de esos fuertes que a ambos le gustaban tanto. De hecho, eso fue lo último que comió: una galletita con queso azul. Solamente por hacer feliz a su nieto, estoy segura.

Viajamos a Santiago porque creímos que era prudente hacer acto de presencia en el colegio, pero mi hermana me llamó a los pocos días de haber llegado. Tenía que volver porque mi papá agonizaba, según le había informado la enfermera. Volví sola. Pasé buena parte del miércoles 16 de abril en el hospital, hablando con el personal médico, pidiendo instrucciones para cuando llegara el momento y recogiendo suministros para enfrentar el fin de semana santo. Me fui a la casa con un gran cargamento de suero, bajadas, jeringas y morfina. Mi hermana y yo pasamos la noche velando su sueño, que estuvo cargado de quejidos y alucinaciones en las que nos protegía a ambas de algo que sólo él veía.

El jueves no me separé de él. Tomaba sus manos tibias como tratando de guardar su calor y le susurraba al oído que se fuera tranquilo, que había hecho todo bien y que todos éramos felices gracias a él. No pensé que sería capaz de desprenderme de mi egoísmo y pedirle que se fuera, pero ahí estaba, despidiéndome de mi héroe.

En la noche, le dije a mi hermana que durmiera un poco. Increíblemente yo no me sentía cansada, pero sí tenía mucho frío así que después de la dosis de morfina de las 2:00 am fui a recostarme un rato. Desperté sobresaltada a las 4:00 y fui a verlo; su corazón se había detenido para siempre la madrugada del Viernes Santo. En ese instante, no sentí pena. No sé bien lo que sentí. Ahora que lo pienso creo que no sabía ni dónde estaba.

Mi mamá nos ordenó vestirlo y empezamos a avisar a mis hermanos y familiares más cercanos. Mi hermano y yo hicimos los trámites en el hospital y la funeraria. A las 6 y media de la mañana estaba escogiendo la urna de mi padre. Lo recuerdo ahora y aún me cuesta creerlo. Siempre que me imaginé en esa situación, yo figuraba llorando, incapaz de abrir los ojos y aceptar la realidad.

Al velatorio y funeral asistieron cientos de personas. Todas con un sentimiento genuino de tristeza. Nadie fue por cumplir, lo sé. Era como si se hubiera ido el patriarca de la comunidad y creo que así era.

Después del funeral me desplomé al fin. Mi cuerpo dejó de responder y terminé tomando medicamentos. Aun hoy, tres años después, no he terminado de levantarme y lo extraño y lo necesito como el primer día. Estoy segura de que este vacío debe ser parte de la definición de la palabra huérfano.

Resiliencia

Por Jocelyn France

Mis padres son del sur, crecieron en la novena región, en el campo, en territorio indígena, aunque ellos no lo eran. Crecieron bebiendo agua de vertiente, alimentándose de las verduras de la huerta, el pan del trigo que la familia cosechaba y la carne de los animales que criaban. Suena lindo y muy orgánico, pero en el campo no existía la electricidad, ni almacenes cercanos donde comprar lo que faltaba. Los hijos eran mano de obra, la mujer había nacido para cocinar y criar a los niños que nacían sin pausa. Mi abuela tuvo 11 hijos, algunos murieron en el parto o al poco tiempo de vida. Aunque la partera y mi abuela hacía un buen trabajo, a veces no era suficiente. Mi mamá fue la segunda hija, por lo tanto, creció cuidando a sus hermanos y haciendo labores del hogar y del campo. Iba a la escuela y era la mejor del curso. Su nombre es Sucy.

Varios cerros más arriba estaba la familia de mi padre, de apellido France. La historia dice que llegaron arrancando en barco de la Segunda Guerra Mundial: atracaron en el puerto de Talcahuano desde Europa. Mi abuelo paterno era inquilino: trabajaba en un fundo a cambio de tener el derecho de vivir dentro de un pedazo de tierra y vivir de lo que cosechaba allí. Mi abuela paterna murió cuando mi papá tenía 8 años, eran 6 hermanos y no iban a la escuela, solo ayudaban en la casa y en las labores del fundo. Mi papá creció trabajando en el campo, por eso ahora hace todo lo que se proponga. Nunca recibió cariño, no sabe lo que es eso, su nombre es Alfredo.

Un día un amigo de la familia visitó la casa de campo de mi mamá en vacaciones desde Santiago y le dijo a mi abuelo que quería traerse a su hija favorita a la capital para que estudiara ya que veía que era muy inteligente y que le iba bien en el colegio. Con mucha pena, todos aceptaron y mi mamá se vino con 14 años a Santiago con la esperanza de las oportunidades que la educación y la ciudad le podían ofrecer. Pasó el tiempo y este amigo de la familia, nunca llevó a mi mamá a la escuela: la tenía encerrada en la casa, de nana, haciendo todas las cosas. Mi mamá era muy joven para escapar de esta realidad y con esfuerzo sabía leer y escribir. Pasaron los años hasta que pudo salir a trabajar, igual de nana, pero al menos por un sueldo.

Cuando se vino a Santiago ya pololeaba con mi papá, aunque nunca se habían dado un beso. Pololearon por carta hasta que un día mi mamá juntó el dinero suficiente para ir al campo y traerse a mi papá con ella hasta Santiago. Se casaron. A los 25 años mi mamá me tuvo a mí y entonces dejó de trabajar. Mi papá era el sostén del hogar, trabajaba de operario en Anasac, arrendaban una pieza hasta que mi mamá consiguió un subsidio habitacional. Cuando llegó al SERVIU en el año 85, había una larga fila. Mi mamá llegó aún de noche y se encontró con un familiar muy lejano que le cedió su lugar: así conseguimos la casa propia en La Cisterna, donde crecimos mis tres hermanos y yo.

Tuvimos una vida muy precaria, vivimos la falta de oportunidades y de educación en carne propia. Aunque nunca pasamos hambre ni frío, y teníamos vacaciones todos los años en el sur, nuestra vida fue muy humilde. Recuerdo haber pasado un día del niño en el mall Parque Arauco porque mi papá era guardia de seguridad de una tienda, y así podíamos jugar con los juguetes en exhibición sin que el guardia nos lo impidiera.

Pasaron los años y crecí. A los 18 tras salir de un colegio comercial como contador tuve la oportunidad de trabajar en un banco donde me quedé por cinco años mientras estudiaba psicología en vespertino. Me titulé y hoy trabajo como profesional. Soy resiliente por naturaleza como mi madre, y capaz de hacer lo que me proponga, como mi padre. En un momento de la vida decidí que no quería ser más pobre y doy la batalla con mi esfuerzo. Trabajo a diario, me siento orgullosa de mí porque todo me ha costado más ser mujer, no tener redes de poder ni venir de un colegio de renombre. No ha sido fácil, sin embargo, siento que una varita mágica siempre me ha traído suerte y me ha dado oportunidades.

Mis papás estuvieron casados 25 años. Hoy están divorciados y no se hablan. Hoy quiere vender la casa donde crecimos, la del subsidio, donde aún vive mi mamá.

¿Se acuerdan que les conté que él no sabe lo que es el cariño? No es malo, solo que no sabe como se hace eso de amar y cuidar de otro.

Que él estuviera aquí

Por Violeta Díaz

So, so you think you can tell heaven from hell, blue skies from pain Can you tell a green field from a cold steel rail? A smile from a veil? Do you think you can tell?

(Pink Floyd – Wish you Were Here)

Una vez me contaron que, siendo yo una recién nacida, me encontraba durmiendo y él fue a verme. Resulta que yo tenía los pies puestos de una manera muy particular – un pie metido entre los dedos del otro - lo mismo que hacía él al dormir. Dicen que cuando lo vio, se puso a llorar. Imagino que ese fue el momento cuando olvidó que quería que su primer retoño fuera hombre, para nombrarlo igual que a él, y se enamoró de nuevo. No por nada me cantaba “Mi niña bonita” de Lucho Barrios cuando yo era pequeña.

A harta gente le he escuchado decir que es inevitable tener un hijo preferido. No sé si será verdad o no – no soy mamá ni quiero serlo -, pero en el caso de mi familia lo es. Si bien la relación de mis padres con cada uno era buena, mi madre tenía más afinidad con mi hermano, y bueno, él la tenía conmigo.

Y sí, con él me refiero a mi padre. El que me cantaba canciones como la que ya mencioné, o “La Abejita” de Mazapán, o “It’s Now or Never” de Elvis. Con quien escuchábamos “Here, There and Everywhere”, de The Beatles y la bailábamos abrazados. A quien yo llamaba cuando iba al baño para que fuera a limpiarme, e inventaba toda una ceremonia para ello con diálogos de lo más rimbombantes, los cuales yo replicaba feliz. El que me contaba las historias del Pato Cappuccino y el Pescadito Fish. El que me hablaba en inglés. El que impulsaba mi veta artística y me dejaba contar chistes de Condorito o imitar a la gente cuando llegaban visitas a la casa.

El que llevó, cuando yo tenía 4 años, un computador a la casa, gracias al cual conocí DOS y aprendí que “manzana” en inglés es “apple”, que “gallo” en inglés es “rooster”, que 2 + 1 es 3 y que 5 – 5 es 0. El que me decía que no estudiara lo mismo que él, porque quería que yo decidiera mi carrera por gusto y no por seguir sus pasos.

El que escucha la radio Futuro desde que empezó, y que al hacerlo me abrió las puertas de ese paraíso auditivo que es el rock. De su mano, conocí a The Beatles, a The Mamas & The Papas, a Pink Floyd, a Deep Purple, a Led Zeppelin, a The Rolling Stones. El que me hacía escuchar la misma canción de Yes una y otra vez, para que descubriéramos que no solo era una, sino 5 canciones que convivían maravillosamente. El que, cuando íbamos en el auto y empezaba a sonar una canción, se daba vuelta y me preguntaba de improviso “¿Quién es?”. Si yo no sabía responderle, se lamentaba todo melodramático y reclamaba que cómo era posible, que tanta educación musical para nada. El que era plenamente consciente de las prohibiciones religiosas en aquellos terrenos, pero que igual no más escuchaba “Enter Sandman” de Metallica para callado porque pucha que es bueno ese tema, fíjate cómo empieza la guitarra, es tan profunda que parece bajo. El que se raya con una canción en particular y la escucha a cada rato a todo volumen y la canta y le da como caja, hasta que se le pasa y después se raya con otra.

El ser más mateo e inteligente que he conocido. Todo un ratón de biblioteca oye, qué señor más bueno para acumular libros y devorárselos uno tras uno. El que me presentó las comedias de Molière, las obras de Antón Chéjov y los cuentos de Isaac Asimov. El que siempre está estudiando, porque en esto de la computación no te puedes quedar atrás. El que misteriosamente está siempre al día con todas las series, todas las películas, todos los juegos de estrategia. El que, apenas sale un aparato nuevo, se lo compra porque alguna gracia tiene que tener. El que, después de un rato quebrándose el cráneo frente al computador, se levanta y dice: “Necesito un rato de cine arte” y va y se pone una de Steven Seagal o Chuck Norris. El que, cada vez que van visitas a la casa, comparte un rato y después se va a meter a su oficina y no vuelve, por más que mi mamá se enoje y reclame que ya se fue a encuevar este gallo otra vez. Pensar que yo la apoyaba pensando que qué mala onda esto de no compartir con las visitas: ahora hago lo mismo cuando la gente me aburre y necesito mi madriguera de vuelta.

El que escuchaba mis llantos y quejas de adolescente, y todo pragmático me explicaba que “adolescente” viene de “adolecer”, o sea que esos años son dolorosos y hay que vivirlos no más. El que sufría conmigo cuando me sacaba alguna mala nota en la U y me decía no importa, yo pasé todos mis ramos y seguro tú también. El que habla poco, pero cuando habla deja la cagada. Asertivo a más no poder, con dos frases bien puestas y sus ojotes bien abiertos es capaz de dejarte K.O. El que parezco perseguir cada vez que me gusta alguien, porque no por nada me atraen los hombres más bien callados y herméticos.

El que sería el más bacán del mundo, si no fuera por esa religión de porquería que me lo quitó. El que me echó de su casa porque se la estaba “ensuciando”. El que, según me contaron, lloraba a sollozos porque la niña de sus ojos le salió rebelde. El que, desde que me fui, no me habló nunca más – con solo un par de excepciones-, porque claro, hay que respetar la decisión de la hija expulsada y no hincharla para que vuelva, pero también hay que dejar de hablarle porque tiene que darse cuenta de que está en un error. Si La Organización lo dice es por algo, no ves que ellos representan a Dios y Dios sabe lo mejor para nosotros, así que hay que obedecer. El que me miró fijo con esos ojazos y me dijo que no le importaba que yo lo hiciera sufrir, pero que no me iba a perdonar ver a su mujer así de triste por mi culpa.

El que, así y todo, aceptó mi invitación a ver a Roger Waters en vivo porque recién me habían pagado la práctica y si tenía que ir con alguien, era con él. El que, sin saber que yo lo escuchaba, le decía a mi mamá que cuando sonó “Wish You Were Here” pensaba en mí, y en las ganas que tenía de que yo estuviera allí con él en el otro lado de la vereda. El que apareció en mi mente cuando, 10 años después, David Gilmour vino a Chile, tocó esa misma canción y yo la canté a todo pulmón llorando como Magdalena. Fue ahí cuando supe que esa sería su canción, la que escucho cada Día del Padre mientras veo Facebook con puras fotos de los papás de mis amigos y pienso en que no tengo fotos actuales de él. La que escucho en estos momentos, mientras escribo estas palabras y por supuesto, lloro. Porque recién ahora vengo a caer en cuenta de que llevo un tercio de mi vida sin él, de que ha sido tremendamente difícil escribir y recordar porque se siente todo tan lejano a estas alturas. Es como si los recuerdos se me escaparan y yo tratara de atraparlos para construir una figura incompleta e invertebrada de alguien que ya no está, no porque no puede, sino porque no quiere. Porque su ausencia es, por lejos, la que más me duele. Porque, cada vez que voy a un concierto de rock, miro a mi lado y pienso en que pucha que le gustaría estar viendo lo que veo, pucha que disfrutaría estas canciones, porque fue él el que me enseñó a gozarlas.

Tal como dice la canción: cómo desearía que él estuviera aquí.

Acantilado

Por Alejandra Novo

14 de febrero de 2015. Ese día volví a sentir angustia, desesperación, rabia y miedo. No podía respirar, solo quería que él me abrazara, me contuviese, me amara. Pero él no estaba, nunca lo estuvo y jamás lo iba a estar. Me dejé envolver por las mariposas y él llegó violento a desarmarme. Estaba hipnotizada por su aroma, dulcemente sometida a su carne, mientras él me tomaba casi a la fuerza. Pensaba que podía gozarlo y no salir lastimada. Pero el amor me enloqueció. Volví a sufrir. Mi ego creía que estaba superado. Me dije: “He conseguido estar bien, sin necesitar estar embobada por un hombre”. Pero me estrellé contra el piso. Aparecieron miles de preguntas. “No soy suficiente, no soy lo que él quiere, no soy buena, nunca me eligen. Si ni mi madre lo hizo, cómo esperar ser una opción para otra persona”. Comenzó el flagelo otra vez con más fuerza. Se destruyó el castillo creado a mi alrededor.

De donde viene todo este vacío. La carencia gritó. La culpa me sacudió. “Soy incapaz de hacer que alguien se enamore de mí. Hay tantas minas pencas o más trancada que yo e igual tienen pareja, entonces qué pasa en conmigo”, me preguntaba. La respuesta apareció entre tanta amigoterapia y conversaciones que tuve. Desde que tengo memoria el abandono me persigue y no me deja amarme. Siempre lo he sentido como un tremendo hoyo en mi corazón, por más que lo intento sigue ahí: abierto como un saco sin fondo.

Me había cansado. La única salida posible era enfrentar lo que en mi cabeza rondaba hacía años. Debo conocerla, debo preguntarle por qué.

Al otro día, busqué a mi mamita. Le expliqué lo que sentía y lo que había decidido.

Cuando nací, mi madre fue a buscarme al hospital y la enfermera la dejó sola con mi ficha clínica. Ahí leyó su nombre: “María Juana González Muñoz”. El lugar donde residía: “Doñihue”. Encontró una carta mal escrita. Era casi de una analfabeta. En ella explicaba que, debido a sus ataques de epilepsia y otros motivos, me daba en adopción. Mi mamita me contó esta historia hace 10 años. “Por si me pasa algo”, dijo.

Entonces buscamos en la guía telefónica. Encontramos un hermano. No sabían nada de ella hacía años. Según él, vivía en San Fernando con dos hijas.

Viernes, crisis. Sábado, contacto inicial. Domingo, respuesta: el martes a las 5 de la tarde.

17 de febrero de 2015. Tenía muy asumida en mi decisión. Sentía que iba a realizar un trámite. No me hice expectativas, ya intentarlo era un gran paso. Llegamos con mi madre y mi mejor amigo Jaime. Mi madre estaba muy nerviosa y se arregló mucho. Jaime me preguntó si iba a un matrimonio. Nos reímos en el trayecto y llegamos a buscar al conocido de mi mamá, el tío Ojito. Llegamos a la casa y afuera nos recibió un señor mayor con su esposa y otra mujer más joven. Me pregunté quiénes eran. Ahí me empecé a urgir. Me calmé rápido. Al fin y al cabo, solo era un trámite.

Era hombre era el hermano mayor de mi mamá. Eran 11 hermanos y María Juana era una de las menores. Estaban enterados de que había tenido una hija y contó que la veía en ocasiones. De joven se desaparecía y era media loca. No tenían mucho contacto familiar. Pero sabía que vivía con una pareja menor en un pueblito cercano llamado Salsipuedes. La otra opción era que estaba en San Fernando cuidando a su ex marido que estaba agonizando por un cáncer. También allí vivían sus dos hijas. Solo quedaba ir a Salsipuedes. Dije de inmediato: Vamos. Quería salir del cacho luego. El famoso pueblo quedaba a 40 minutos de ahí, pero me pareció mucho más. En la camioneta iba mi madre, Jaime, el hombre, su señora, otra tía solterona llamada Purita, que se fue pelando todo el camino a mi progenitora, y yo.

Llegamos a un lugar humilde, de campo. Yo me quedé en el auto y los demás se bajaron. Jaime me miró y me dijo: “Mira para atrás”. Giré la cabeza, puse mis ojos en esa mujer y solo pensé: “Qué fea es”. Sentí rechazo, asco. Era un ser demacrado, decadente, víctima y bastante diferente a cualquier cosa que me hubiese imaginado. Igual se parecía a mí. La observé de lejos. Traté de buscar empatía, algo dentro de mí. Nada. La señora del hombre la acercó al auto. “Te traje una sorpresa, conoces a esta niña”. Casi me dio un ataque. Yo quería que fuese lo menos invasivo posible y ojalá le dieran la opción de decidir si quería o conocerme o no. Menos mal que Jaime atinó y la sacó rápido de ahí. Nos fuimos a conversar los tres. Ella no cachó nada. Solo balbuceaba y lloriqueaba. Contaba que sus hijas la habían echado del hospital, que ella estaba arrepentida, que solo quería cuidar a su ex marido, que los golpes, que estaba sola, que nadie la quería. La tratamos de tranquilizar un poco.

De a poco, Jaime le habló de mí. Cuando se dio cuenta quién era yo, su rostro cambió. Entró en shock y volvió a lloriquear. Que le quitaron la guagua, que yo era su sangre, que le habían dicho que una matrona había adoptado a su hija. Le dije que yo no pretendía juzgarla ni reclamarle nada. Llamé a mi mamá y las presenté. “Gracias por darme la oportunidad de tener la mejor mamá del mundo”, le dije.

Nunca me miró a los ojos, no preguntó mi nombre. Entramos a su casa y conocí a su pareja. Mi madre le pidió unas plantas y empezaron a hablar otros temas. Mientras yo recorría el terreno con Jaime y le dije: “Ella no me abandonó, no tiene la capacidad de ser madre. De la que me salvé”. Sentí alivio y entendí muchas cosas. Asimilé años de preguntas con solo mirarla. No le pregunté el porqué, esa preguntaba sobraba. No deseo volver a verla, solo es el ser que me engendró. Tengo cosas de ella, es indudable. Debo aceptarlas y seguir adelante, sabiendo que mi madre es inteligente, bella y yo la elegí. Mi madre se llama María Eujenia.

Tres sorbos de cerveza

Por Soledad Brinck

Con los años he llegado a la conclusión que a la gente que no le gusta la cerveza es porque no sabe tomarla. Parto con lo básico, tiene que estar bien helada. Nunca se toma de la botella porque uno se llena del gas y se pierde el sabor. Mucho más crimen es tomarla de la lata porque el metal altera el sabor. Debe servirse en vaso, ojalá de boca ancha con un poco de espuma. Se debe tomar a tragos largos para que en la boca quede el sabor y no la amargura. Mi papá me enseñó todo esto cuando tenía alrededor de 16 años y los tres primeros tragos de cada una de mis cervezas son un recuerdo y a la vez un homenaje para él.

Mi papá murió un 27 de abril del año 2012. Múltiples infartos cerebrales no fueron capaces de quitarle la vida durante 7 años, pero el cáncer se lo llevó rápidamente en solo algunos meses. Fue un lluvioso viernes de un fin de semana largo. Sabíamos que partiría en cuestión de horas, así que el jueves cuando fui a verlo le ofrecí a mi mamá quedarme a dormir por si me necesitaba durante la noche. Mi papá estaba en un estado de sopor, semi inconsciente. Esa noche, le pude dar un yogurt, con los ojos cerrados, pero apenas abría la boca. Lo último que comió se lo di yo, el cierre perfecto del ciclo de la vida. Es viernes mi mamá me despertó temprano y angustiada: la noche había sido mala, mi papá estaba inquieto y el desenlace era inminente.

La doctora de paliativos llegó temprano, le puso un suero y le dio un calmante para que partiera más tranquilo. Cuando la fui a dejar a la puerta me dijo:

– Estamos en las últimas horas

– Mi hermana viaja hoy de Estados Unidos, llega mañana temprano – contesté

– No va a alcanzar a llegar, lo lamento.

La lluvia no paraba, caía incesantemente y con mucha fuerza. Era temprano y las calles ya se veían inundadas. Al poco rato apareció mi hermano y ahí nos quedamos los tres – mi mamá, mi hermano y yo – viendo caer esta lluvia torrencial. Solo ahí noté que en los pisos altos de los departamentos la lluvia no se oye, solo se ve. Había un silencio profundo, pero no incómodo. Solo quedaba esperar. Me tendí a su lado y empecé a hacerle cariño en el brazo como a él tanto le gustaba. Mi cabeza se llenó de recuerdos.

Mi papá era pediatra y trabajó durante 35 años en el Calvo Mackenna. Era hepatólogo, una especialidad difícil, especialmente hace algunas décadas cuando en Chile todavía no se hacían trasplantes de hígado. Muchos de los pequeños pacientes de mi papá estaban irremediablemente condenados a muerte. Convivir con este dolor de manera constante no es fácil. Lo hablamos tantas veces. Creo que mi papá se volvió agnóstico en parte por eso. “Cómo creer en un Dios que permite tanto dolor”, le oí decir algunas veces.

Soy la menor de tres hermanos, así que, aunque ellos no les guste reconocerlo, siempre fui la regalona. Durante las vacaciones era habitual que yo lo acompañara al hospital, un lugar para mí maravilloso. No veía las carencias, solo veía a mi papá transformarse en superhéroe sin capa pero con delantal. Siempre andaba impecable. Verlo atender a sus pacientes era como si sus superpoderes se desplegaran, qué manejo de los niños y de los adultos, normalmente eran padres aterrados que no entendían mucho. Todo partía siempre con algo de magia, pequeños trucos que distraían a los niños y que hacían más fácil su tarea de examinarlos. Se sacaba un pollito imaginario del bolsillo, hacía como si se quebrara la nariz o se sacara el dedo gordo. Todos trucos que sus pacientes conocían de memoria sin embargo, igual que yo, disfrutaban verlos nuevamente. Al salir de cada sala venía una lección simple, sin grandes discursos: “Te fijaste como a pesar de todo sonríe” o “viste lo preocupada que estaba la mamá” o bien “fíjate como aquí la gente vive con lo mínimo”. La privilegiada burbuja en la que nosotros vivíamos era una preocupación para mi papá.

Uno de sus hábitos preferidos era preguntarles a las mamás de sus pacientes qué le prepararían de almuerzo si alguna vez lo invitaran a su casa. Se sorprendía con las distintas y variadas respuestas y sentía que en ese plato de comida había admiración, amor y entrega. Una cazuela o un pastel de choclo eran las respuestas que más se repetían. “Tanto, en un simple plato de comida, Solcito”.

Muchas veces también lo acompañaba a su consulta privada en las tardes. Ahí atendía a pacientes más privilegiados, con enfermedades más sencillas y realidades mucho más fáciles. Sin embargo, hoy veo que el trato que mi papá le daba a esos dos mundos tan distintos era exactamente el mismo. Para mí, la consulta tenía un atractivo: los regalos de los visitadores médicos, esos pequeños tesoros muchas veces inservibles que para mí eran invaluables. Lápices, huinchas de medir, un vaso plástico, gomas de borrar. Reliquias que llegaban a un lugar secreto e importante en mi espacio privado.

Camino a casa muchas veces había que hacer visitas a domicilio, ese era sin duda mi momento preferido. Mi papá se manejaba por todo Santiago mejor que un taxista con años de circo. Conocía todas las calles, los atajos, los edificios y los monumentos y oírlo hablar casi sin parar era una verdadera clase de historia. Sin pontificar, mi papá estaba siempre tratando de enseñar. “Preocúpate de no necesitar muchas cosas”, le oí decir infinitas veces de manera tan simple. Solo con los años he entendido lo potente del mensaje. Lector constante, aprendiz eterno, era un hombre hambriento de saber y conocer más.

Cuando me casé, nuestra relación cambió: él me abrió su mundo privado, de adulto, como si al casarme estuviera a su mismo nivel. Se hizo cercano a mi marido, lo quería y respetaba mucho, fue como un segundo padre para él. Cuando nos convertimos en padres, sus consejos fueron enormes. Nos ayudó a enfrentarnos al desafío sin miedo ni angustia, entendiendo que la paternidad es la entrega más profunda, más constante, más bonita y a ratos, agotadora. “No descuides tu matrimonio, es importante que la pareja siga siendo pareja”. Que el pediatra de mis hijos fuera mi papá fue un tesoro para nosotros.

La genética hace un trabajo impactante al momento de heredar ciertas cosas. Más allá de obviedad de lo físico, me impacta el ADN en los caracteres o los gustos. Mi viejo y yo éramos en muchas cosas como dos gotas de agua. Desde el gusto por la cerveza hasta la agudeza del carácter obsesivo. No hay espacio para hacer las cosas a medias, el compromiso es completo siempre, aunque eso pueda ser molesto para quienes están cerca. La verdad, le duela a quien le duela. “Más vale ponerse colorado una vez que rosado mil veces”, decía él. Para mi papá no existían las medias tintas, o es correcto o no lo es. Tajante.

Heredó de su padre el amor por los viajes. Antes de cambiar el auto, prefería viajar. Antes de tener lujos, viajar. Antes de ropa fina o cara, viajar. Ahorrar para viajar. Viajar, siempre viajar. La historia que más me repitió sus últimas semanas de vida fue cuando sus padres lo invitaron a Nueva York siendo él estudiante de medicina. Cuando lo llamaron pensó que lo querían retar por algo y se encontró con la sorpresa de la invitación. Se dio una vuelta de carnero de felicidad sobre la cama. La historia la repetía exactamente igual una y otra vez. Sin embargo, yo seguía disfrutando de ella como si fuera la primera vez.

El amor de mi papa por Nueva York fue a primera vista: su movimiento, ruido, su multiculturalidad lo fascinaron desde el primer minuto. Cada vez que pudo, volvió. Lamentablemente no pudo muchas veces. Desde chica me habló de este mágico lugar con cada detalle. El Empire State, Park Avenue, el ir y venir de la gente, la Iglesia de San Patricio, en fin, en mi cabeza yo había visitado la ciudad mil veces y sentía conocerla al detalle. Tenía 24 años cuando fui la primera vez y tuve la sensación de volver a casa. El enamoramiento fue instantáneo y no sé cuántas veces lo llamé desde teléfonos públicos para contarle lo que había visitado durante el día. Él gozaba con mis viajes igual como yo lo hacía con los suyos. Trato de ir a Nueva York todos los años porque es por lejos el lugar donde lo siento más presente. Sé que camina a mi lado y se impresiona con la ciudad como si fuera la primera vez que la vemos juntos.

También hay cosas que no heredé. Su fascinación por jardinear, un momento que creo que disfrutaba especialmente porque estaba solo y tranquilo. Lo veo de rodillas plantando petunias, sacando malezas, regando y conversando horas con el jardinero, que era su gran amigo. En los inolvidables veraneos en el sur a mediados de los 70, salir a caminar con mi papá era absolutamente fascinante. Conocía los nombres de cada árbol, cada pájaro, su canto y sus hábitos. También conocía cada fruto – “mira, prueba esto, es maqui, te va a gustar” – y así volvía yo toda morada a la cabaña, con la ropa inmunda, pero dichosa. Durante la semana mi mamá se hacía cargo de nosotros y mi papá trabajaba de sol a sombra, pero los fines de semana eran de él. Siempre un panorama, subir el cerro, ir a los juegos o simplemente recorrer el centro de Santiago, que era uno de sus paseos preferidos.

Mi papá fue un hombre de pocos amigos. Tenía un carácter fuerte e intereses muy específicos, creo que la vida social francamente le aburría. Con él los temas eran limitados, viajes, naturaleza, arte o guerras. Recuerdos tardes enteras oyéndolo hablar sin parar del desembarco de Normandía, de las estrategias exitosas de Hitler para apoderarse de casi toda Europa o del brutal ataque japonés a Pearl Harbour. Un par de años después de su muerte visité junto a mi marido y mis hijos la zona del desembarco. Partimos en donde empezó todo, el Point du Hoc. Están los hoyos del bombardeo nocturno, algunos bunkers alemanes a medio destruir y otros completamente intactos. Mi marido tuvo el cariñoso gesto de quedarse atrás con los niños para que yo pudiera recorrer ese lugar de la mano de mi padre. Entré a un bunker donde se veía la inmensidad del mar y se podía sentir la historia. Ahí le hablé, le dije cuanto lo extrañaba y cuanto le agradecía todo lo que me había enseñado, con sus palabras y su ejemplo. Puse una foto de ambos mirando a la playa de Normandia. Nunca olvidaré ese día.

Mi papá no era perfecto. Tenía un carácter difícil, muchos le tenían miedo, especialmente nuestros amigos. Se veía serio y distante, pero bastaba pasar una tarde con él para darse cuenta de que esa distancia era su viaje a su mundo interior. La realidad era que estaba cansado, trabajaba demasiado y eso lo ponía de mal humor, pero también estaba siempre de ánimo para una broma. Nunca lo vi salir del baño de manera normal: siempre salía como si alguien lo estuviera empujando, miraba para atrás con cara de “qué te pasa” y seguía. A veces estaba yo ahí, a veces mi mamá o a veces no había nadie, él siempre salía igual. Muchas veces nos hacía reír burlándose de otros, eso con los años me avergüenza un poco. Le molestaba la gente que pudiendo ser culta era ignorante, le molestaba la gente gorda, no solo por un tema estético sino también de salud. Mi papá era intolerante y a pesar de eso yo lo adoraba.

Sus consejos, a veces duros, a ratos impertinentes pero siempre asertivos me acompañan a cada momento. Cuando yo hablaba de más, cosa que pasa de manera frecuente, el me decía sarcásticamente: “nunca pierdas la oportunidad de quedarte callada”. Era su forma de decirme que oyera más de lo que hablaba. Sus palabras me dan vuelta en la cabeza todo el tiempo. Cuando me embaracé por primera vez se dedicó sutilmente a aconsejarme en el arte de ser mamá primeriza. “Es un trabajo al que te tienes que dedicar 100% las primeras semanas, pero no siempre será así, paciencia y descansa cuando puedas”. Después supe por otro lado, también aconsejaba a mi marido.

Los últimos respiros de mi padre ese viernes de mayo me traen de vuelta. Ha pasado el mediodía y sigue lloviendo muy fuerte. Sus inhalaciones son entrecortadas, dificultosas. Yo sigo tendida a su lado, tomo su mano tratando de decirle que no está solo. Mi mamá se acerca por el otro lado y le hace cariño en el pelo. Mi hermano se pone a sus pies. Estamos todos tranquilos, aunque falta mi hermana, eso nos angustia, pero ya no hay tiempo para remediarlo. Mi papá exhala por última vez y en ese mismo momento mi hermana me llama al celular: “El papá acaba de morir”, le digo. Mi hermana me corta el teléfono, después sabré que se lloró sin parar durante mucho rato.

Después de comprobar con su propio estetoscopio que su corazón dejó de latir, nos abrazamos los tres, sin angustia, pero con pena, sin llanto, pero con mucha emoción. Rompo el silencio:

– Tenemos que elegir la canción

– ¿Que canción? ¿De qué hablas? – pregunta mi mamá

– Mamá, el papá me pidió mil veces que cuando el ataúd fuera bajando le pusiéramos algo de Frank Sinatra – le dije con delicadeza, entendiendo que para mi mamá era un momento terrible.

– A mí también me lo pidió – dijo mi hermano muy despacio, casi susurrando.

Así fue como despedimos a la única persona que jamás pretendí cambiar, que siempre acepté tal y como era, con sus tremendas virtudes y algunos aparatosos defectos. Un hombre al que amé y admiré sin condiciones. El ataúd empezó a bajar tapado de flores que sus nietos pusieron delicadamente. Empezó a sonar “I’ve got you under my skin”.

Han pasado casi 7 años y siento que la elección de la canción fue perfecta.

Mi papá habitará por siempre bajo mi piel.

Todas fuimos niñas

Olor a fritura

Por Geraldine Cáceres

Sentada sobre el mesón del bar, miro cómo mi abuelo prepara una malta con harina. En realidad, es agua con azúcar y harina, un clásico que les regala a mis primas y a mí de vez en cuando. Mientras balanceo las piernas golpeando levemente la vitrina, veo desde lo alto los escasos clientes, la inmensidad del lugar y el dragón gigante pintado al fondo, la antesala para ingresar al restaurante.

Mi abuelo es parecido a un Viejo Pascuero: guarda regalos escondidos en un cajón gigante detrás del mesón. Cuando sea más grande podré abrirlo sola y le robaré dulces, unos poquitos no más, para que no se dé cuenta. Hoy espero al vendedor de dulces que, cual hombre del western, entrará por la puerta batiente del restaurante e instalará la bandeja que lleva colgada en sus hombros. Mi abuelo elegirá muchos dulces que luego nos repartirá. Aquel señor es mudo, pero se llevan bien los dos, él después de entregar se toma una copita y sigue su camino. A mí me agrada, como la mayoría de los clientes de mi abuelo. Algunos me hacen reír, dicen cosas como: “qué grande estás” o “la negrita bonita” y yo los miro nomás cómo toman su caña de pipeño. Algunos repiten, otros se quedan todo el día con una en la mano y conversan con mi abuelo, le cuentan su vida, lloran, se emborrachan, se van tristes, vuelven al otro día.

Mientras balanceo las piernas, llega el “Tate Callao”. Ese es su nombre, por lo menos el conocido. Es un viejo de unos cien años, eso creo mirando sus infinitas arrugas. Viste de impecable terno, aunque él está un poco sucio, delgado y pequeñito. Es jubilado de ferrocarriles y sus hijos lo abandonaron hace años. Es alcohólico, me ha dicho mi abuela, quien después lo manda con una caja de leche de vuelta a casa. Su alcoholismo, imagino, no lo deja hablar y ha generado una serie de movimientos involuntarios con los cuales se comunica. “¡Como estai!”, le grita mi abuelo y él comienza a hacer una serie de gestos con sus manos que interpreto como “muy bien”. Creo que en su juventud tuvo unos ojos azules increíbles, que ahora se ven desteñidos, llorosos y muchas veces solitarios. La cañita sobre el mesón y los 200 pesos que deja al lado, es su rutina diaria. Me mira desde su puesto y levanta su mano con el dedito para arriba. Yo le sonrío y lo más probable es que le muestro la paleta que me falta entre mis dientes.

La malta con harina es el mejor invento de mi abuelo. Miro cómo sus manos baten la cuchara de palo con sus dedos chuecos, (Yo tengo mis dedos meñiques chuecos, igual que él. Es una herencia que llevo con orgullo) los cientos de cicatrices por los cortes y su concentración. Lo prueba y me pasa el vaso, por fin voy a disfrutar de este brebaje que me hace sentir una borrachita más.

La hora de almuerzo es caótica en el restaurante y no me queda más que ir al fondo, pasar una pequeña puerta y llegar al patio donde más allá, está la casa de mis primas Paulina y Pamela. Si están de buen humor (a veces son un poco extrañas porque a veces quieren jugar y otras no) podríamos hacer una casita con las cajas de bebidas, si no, tendré que jugar con los cinco perros de mi abuela: la Pindi, la Chica, la Chola, el Toby y la Lulú. También podría ir al subterráneo a cachurear, pero dependerá de que una de mis primas también quiera. Me da miedo ir sola. Una vez fui, era un sábado y estaba aburrida. Corrí con dificultad las tablas y bajé. Era lo más parecido a una película de terror que había visto: el frío me recibió a la entrada. Mientras bajaba las escaleras, se hacía más intenso. Mi preocupación eran las arañas (debía pensar que no era espacio para arañas, sí para ratones). Cuando llegué al final, miraba constantemente hacía arriba por si alguien sin querer volvía a poner las tablas en su lugar. Ahí yo iba a quedar atrapada para siempre, con un arsenal de antigüedades, garrafas de vinos, botellas con cosas raras, cajas de todo tipo, mucho polvo y suciedad. No pude terminar mi recorrido, tuve miedo y me devolví corriendo con la sensación de que alguien tomaría mis piernas y me llevaría al más allá. Del frío inmenso, pasé al sudor incontrolable.

Deambulo por el patio pensando en los juguetes que quedaron en casa. Me dejo lengüetear por la Luli y espero que me llamen para almorzar. De vez en cuando mi abuelo pasa por el patio y cuando me ve, me invita a conocer sus nuevos inventos: una malla para hacer charqui o peor, una trampa de ratones. Lo observo curiosa. Lo quiero tanto que lo abrazo: sé que en unos años morirá y ya no lo veré nunca más.

La hora peak es la locura misma y es mejor quedarme en el patio mientras todo pasa. Allí escucho los gritos de mi abuela anunciando que la cazuela está servida o retando a la garzona de turno porque es muy lenta para atender y no sirve. A veces las veo salir al patio a llorar. Cuando me ven me dicen: “Su abuelita es muy cruel, Gerita, muy cruel”. Yo les digo que no lloren, que no la tomen en cuenta y se entran porque el restaurant está lleno. Mi mamá también anda por ahí, se encarga de ordenar los pedidos y de apurar a mi abuela, pero ellas pelean constantemente y todo es un alboroto. Siempre pasa algo terrible: una cazuela que nunca se sirvió, una chuleta que llegó fría o un pescado añejo. Mi papá, mientras, está en la caja y se paga y vigila que todo sea cobrado y nadie haga perro muerto. Pero pasa: siempre hay uno que esconde una cerveza o que se hace el tonto y se va sin pagar. Mi papá se enoja y dice: “Ya lo tengo cachao, cuando vuelva lo voy a echar”.

Mientras juego con los perros, mi mamá me llama a almorzar y me dice que pida rápido ahora que hay menos gente. Mi abuela me pregunta qué quiero de almuerzo y le pregunto si tiene arroz quemado. Mi mamá se enoja, dice que me hace mal, pero de lejos miro a la María, la cocinera, que me muestra los restos de una olla quemadita. Yo le hago un gesto para que me lo guarde. Comeré un puchero seco: arroz, papa y carne, o sea, una cazuela sin caldo. Si es día de colegio, comeré en cinco minutos y me iré corriendo, pero antes me voy a perfumar bien para intentar eliminar el olor de fritura de mi uniforme. Pero el olor no se va, se queda impregnado, no solo en mi ropa, también en mi pelo y en mi piel. Y me sigue, día y noche, hasta que un día se cierra la cortina y paso sin querer por fuera y ya no hay más olor a fritura.

Vacaciones de verano

Por Isabel Tuñón

Tenía 8 años y era tiempo de Navidad. Yo le había pedido al viejito Pascuero una muñeca Marilú que en ese tiempo eran como las Barbies de mis hijas.

Medía más o menos 40 centímetros, tenía las piernas y los brazos articulados, el pelo rubio y lleno de rulitos como una peluca. Su cara era como de porcelana, tenía los ojos azules y las pestañas largas. Su vestido era de color rojo, tenía el talle cortado a la cintura y de ahí, una falda recogida. De la cintura salía un lazo para amarrar atrás. Sus mangas eran aglobadas y tanto en estas como en todo el contorno de la falda, iban dos corridas de una huincha blanca en zigzag. El cuello era redondo y blanco. Como se decía en esa época, cuello bebé.

Sus zapatos eran blancos como ballerinas con correa al tobillo y zoquetes blancos. Además, traía un vestido de fiesta rosado con una florcita en la cintura como adorno.

Mi sorpresa fue maravillosa ya que mi madre no solo se ocupó del regalo, sino que también le encargó a la señora del lado de mi casa, la costurera del barrio, que me hiciera un vestido igual a mí, así es que imagínense la escena.

Yo era muy vergonzosa, me ponía roja con mucha facilidad y pienso que más de alguna vez la sufrí al ir por la vida como muñeca viva.

Augusto, mi hermano dos años menor, había pedido un auto comandancia (no sé porque este nombre) y le llegó su auto, también rojo, a pedales y con un volante. Yo le rogaba que me lo prestara para tirarme por el patio de mi casa. Vivíamos en una casa quinta antigua, no crean que por esto éramos ricos, era el esfuerzo de mi querida y estricta mamá.

Mi hermana menor, Marisol, tenía 4 años y la verdad no me acuerdo lo que pidió o le trajeron, ya que ella no le escribía cartas al Viejito. Yo conducía los juegos con ellos. Augusto hacía de papá, pero lo más divertido es que él siempre fue el tío: hoy creo que él, cómo era mi hermano, no podía estar casado conmigo y menos tener hijos.

A un costado de la casa existían tres piezas unidas entre sí y ahí jugábamos: yo hacía comidas y el aseo, o sea era la perfecta dueña de casa, que ese era el modelo que yo veía con las mamás de mis amigas, puesto que la mía trabajaba en una oficina y salía en la mañana a las 8 de la mañana, volvía al mediodía y luego partía a las 2 de la tarde. Su regreso junto con mi papá a la casa era como a las 8 de la tarde, por lo tanto mi querida nana Julia, a quien la llamábamos Tulita (porque yo cuando chica no podía decirle Julia) ya estaba a punto de acostarnos a esa hora, salvo en vacaciones.

Esas vacaciones eran muy esperadas porque nos juntábamos con los vecinos de enfrente: Lilian, mi amiga y compañera de colegio, Adrián, hermano de ella y compañero de mi hermano. Ya a estas alturas de mis recuerdos, las mujeres ya teníamos unos doce años, eran nuestras primeras incursiones en el Metrópoli, pasábamos tardes enteras jugando a eso. No teníamos celulares, nintendos, instagram o youtube.

Mi mamá nos dejaba tareas todos los días: debíamos hacer copias o dibujar y nos traía premios: los primeros lápices de pasta – y yo creo que de ahí que ahora me gustan y tengo azules, rojos y negros. Mi marca favorita es Pilot.

Augusto fue arquitecto, era bueno para dibujar y pienso que de ahí nació su vocación, ya que cuando salió del colegio no tuvo indecisión para elegir carrera. Fue el único con título universitario. Mi mamá era capaz de dejar de comer para comprarle sus materiales de las maquetas.

Se vienen a mis recuerdos, esa vez que jugábamos a los indios y prisioneros. Era divertido para mí, pero terrible para mi hermana Marisol. La sentábamos al pie de la taza del baño, que era grande y amplio, y nosotros corríamos por la casa, entrabamos por la puerta principal y salíamos por la cocina al patio dando como cinco vueltas y después la rescatábamos. Ahí estaba ella, igual como la habíamos dejado.

Cuando más grande y comentábamos estos recuerdos, ella tenía un poco de resentimiento. Una vez me dijo: “yo me acuerdo que a mí siempre me arreglaban lo que tú ya no te ponías”. Eso me dio pena, porque antes que ella falleciera me di cuenta, del sufrimiento que ella llevó a cuestas por otros problemas que nunca comentó, empezó a acumular mucho dolor y explotó con un cáncer fulminante.

Algo fantástico sucedió cuando un verano llegó a nuestra casa una hielera: fue como tener el primer refrigerador. Esto sucedió porque mi tía Chela, hermana de mi papá, se había comprado su primer refrigerador y nos envió a nosotros su hielera.

Se encargaban 2 barras de hielo, las venían a dejar en esos triciclos conducidos por un hombre. Estas barras se colocaban abajo en un receptáculo y así teníamos nuestra leche con plátanos heladita, porque también mi mamá se encalilló con una jugüera. Realmente ese fue un gran verano. Mi primer refrigerador lo tuve cuando me casé: fue un Mademsa.

Pienso que siempre quise ser mamá y dueña de casa, pero resulta paradójico que a mis hijas pocas veces les di de regalo cosas relacionadas con este tema, porque deseaba que fueran independientes de un sostenedor de hogar. Tuve que ser mantenida por mucho tiempo, pero cuando me separé, empecé a trabajar y hacer varias cosas para cubrir mis necesidades.

Otro verano formidable fue cuando mi tía Chela y su marido mi tío Alejandro vinieron a veranear con nosotros: ellos vivían en una casa del Cerro Alegre en Valparaíso. Para ayudar un poco a mis papás, arrendaron las piezas que usábamos para jugar.

Nuestra tía era la única hermana de mi Pito (así le decíamos a mi papá). Era mayor, pero siempre nos decía que era menor (súper coqueta) y muy diferente de mi papá: ella era morena de ojos grandes, vivaces, y mi Pito rubio, blanco casi transparente, pero como era bueno para el copete, siempre estaba coloradito. Ambos eran muy buenos anfitriones, les gustaba juntarse a comer y conversar, nos visitaban casi todos los domingos, con las típicas empanadas y tallarines preparados por mi Tulita y la infaltable leche asada, el postre predilecto de mi Pito.

Ese verano mi tía Chela nos organizó para formar una banda, con todas las ollas que teníamos en la cocina. Esa fue la batería, yo tenía un xilófono súper sonoro y me encantaba tocarlo, además tenía un piano de cola de juguete.

Ensayábamos durante el día y el penúltimo día que ellos estarían en casa, hicimos el show para presentarlo a mis papás cuando llegaron del trabajo. También estaba la Tulita. Lo pasábamos chancho, como se dice ahora.

Esa etapa de mi vida fue muy feliz.

Mucho de esto marcó mi futuro y he tenido que hacer mucho trabajo interior para crecer.

La casita en la pradera

Por Noelia Zuñiga

El sol estaba en lo alto del cielo y mi mamá aprovechaba de lavar la ropa mientras pensaba que jugábamos en silencio. Gran error. La primera vez que sentí celos tenía alrededor de dos años y medio. Estábamos con mi hermana Natalia, recién terminando de controlar esfínter y según nos cuenta mi mamá, teníamos un lenguaje único. Un código secreto, que sólo nosotras podíamos saber. Aquella tarde, nos decidimos de una vez por todas a terminar con la molestia que nos aquejaba: nuestra hermanita de quince días de nacida, Elizabeth. Nos acercamos a la cama matrimonial cual ángel de la muerte y tomamos de los brazos y las piernas a la pequeñita. No alcanzamos a cruzar un metro cuando mi mamá, sospechosa, nos encontró.

– ¿Dónde llevan a la guagüita? –, nos dijo con tranquilidad en su voz, aunque según ella, estaba con los nervios de punta.

– Vamos a tirarla al pozo porque no la queremos – respondió una de nosotras. En nuestra villa antes de tener alcantarillado, nos abastecíamos de agua por medio de pozos de las napas subterráneas. Mi mamá tomó en brazos a mi hermanita Elizabeth y la devolvió a su camita. A nosotras nos reprendió y desde ese día no despegaba los ojos de nosotras.

Recuerdo a mi mamá muy joven, casi una niña. Nos contaba cosas entretenidas y nos dejaba ver películas hasta bien tarde los fines de semana. Siempre pensé que era la mamá más linda del mundo. Tenía un olor exquisito, jabón mezclado con tabaco. Recuerdo sentir sus manos un poco ásperas por el cloro, que me acariciaban la cara y podía sentir su aroma. Cada vez que siento el olor del tabaco, me acuerdo de ella. Vivíamos en una casita de madera, muy al estilo “casita en la pradera”, rodeadas de campo y mucha vegetación. Era como un paraíso. Allí inventábamos los juegos más entretenidos que puedo recordar y jugábamos todas las tardes con los patos y gallinas que mis padres criaban, aunque no éramos las niñas más animalistas. Una vez se me ocurrió una idea genial. Amarrar en uno de nuestros triciclos, la pata de una de las gallinas para hacerla correr. Nos gustaba mucho verlas correr, nos provocaba risa. A mi brillante idea se sumaron mis hermanas. Entre dos afirmaron a la pobre gallina mientras que yo, le amarraba la pata con un trocito de tela que habíamos robado a mi mamá. Cuando por fin estaba bien sujeta, mi hermana Natalia fue la primera en subirse al triciclo y pedalear. Claramente la gallina comenzó a correr. Luego nos fuimos turnando para subirnos al triciclo, y la afligida gallina ya no corría, se dejaba arrastrar por nosotras. Nos reímos como locas, hasta que mi mamá nos pilló. Nos fuimos de castigo y al parecer la pobre gallinita no resistió tanto movimiento, así que mi mamá nos hizo un caldo de gallina para cenar.

La vida en el campo era muy entretenida. Lo que más me gustaba de vivir así, era pasearnos por los sitios frente a nuestra villa que eran campos de verdad. Mi papá nos llevaba como si fuera lo más normal, porque mientras él vendía sus empanadas a los trabajadores del campo, nosotras corríamos entre los yuyos que brillaban con la luz del sol. Eran tan altos que nos podíamos perder entre sus flores. Mi papá siempre nos contaba que los yuyos eran comestibles, pero nunca nos preparó su tan especial sopita de yuyo.

Correr en medio del pastizal era vivir una experiencia extrema. Siempre hacíamos competencias de quién llegaba más rápido al sauce llorón, que estaba a la orilla de un riachuelo. Para atravesarlo, teníamos que pasar por un trozo de madera a modo de puente, pero una tarde de otoño, para mi mala suerte, el puente no funcionó y se dio vuelta. Me caí al riachuelo y quedé empapada de pies a cabeza. Mis hermanas se afirmaban la guata de la risa mientras yo lloraba porque no podía caminar con los zapatos llenos de agua. Al llegar a la casa, me esperaba el llamado de atención de mi mamá, mientras le reclamaba a mi papá “por qué no cuidaba mejor a las niñas”. Luego al anochecer mi papá se acercaba a nuestras camas y nos contaba cuentos y nos cantaba canciones para hacernos dormir.

Recuerdo que mi papá era muy alto y entretenido. Una vez nos quiso tomar una foto con un caballo. Estábamos vestidas con unos vestiditos cortitos de color amarillo y mi papá nos decía “acérquense más”. Y yo miraba hacia atrás con pánico de que el caballo estuviera de mal humor y posiblemente nos fuera a patear. “Acérquense más, si no les va a hacer nada”, nos volvió a gritar, mientras lo veía alejarse más y más, para tomar una foto panorámica. “Ya, sonrían”, nos gritó. Y sonreímos. Menos mi hermana Natalia, que quedó inmortalizada para la posteridad con cara de pavor. Al menos tenía una aliada en mi miedo a los caballos.

Al poco tiempo, nuestros padres se separaron y nosotras tuvimos que emigrar al campo de una tía. Allí se acabaron las risas, se acabaron los juegos locos, los baños de lodo, las subidas a los árboles, los juegos a lo Tarzán. Desde el día en que nos fuimos de nuestra casita en la pradera, supimos que nuestra infancia había terminado. Esos fueron los años más tristes y dolorosos que he tenido que vivir por miedo a pensar que estábamos huérfanas ya que nuestros papás jamás nos visitaban.

Con el paso del tiempo y la llegada de la adultez pude entender todo el infortunio que tuvimos que vivir, siendo tan chicas por causa del alcoholismo de mi papá y la poca valentía de mi mamá. Hoy no los juzgo. No tenían idea de cómo ser padres, aprendieron de mis abuelos, que tampoco sabían ser padres. Y la educación que recibí me ayudó a comprender que a veces la vida no es del color del sol, calentito y brillante. Hoy miro a mis padres y les agradezco infinitas veces los años maravillosos que estuvieron presentes en nuestra infancia. Porque sin eso, sin esa divina primera infancia, no sería la persona que ahora soy.

La niña y los cachorros

Por Rosa Meneses

Jamás me puse a pensar cómo veía el mundo cuando era niña. Solo vivía y veía.

Tengo recuerdos como relámpagos: cómo mi madre de crianza lloraba, y yo también, por lo que le decía mi padrino: que buscaría una mujer más

joven por algo que, según él, ella había hecho mal. Como yo lloraba a grito pelado, él le decía que me hiciera callar.

Recuerdo que yo estaba muy conectada con la tierra. Plantaba frutillas, cebollas y verduras con mi madre de crianza, Elda Correa. Me entretenía buscando lombrices para la pesca de mi padrino. No sentía rechazo hacia ella: me gustaban porque eran suaves, de colores distintos y de cuerpo transparente. Al mirarlas al sol, podía ver su sangre, eso me llamaba la atención.

A veces jugaba con mis amigos a la pelota, a la cuerda, al luche, a la escondida. Pero no siempre se daba. La mayor parte del tiempo lo pasaba en la casa. Mis mejores amigos eran los perritos: teníamos una pareja de perros perdigueros que acompañaban a mi padrino a cazar perdices y conejos. Él los mataba y los perros adiestrados le traían su presa. La perrita se llamaba Mosca y el perrito Cazador y cuando se apareaban ella daba a luz entre 8 a 9 cachorros.

Cuando los cachorros nacían, sentía algo muy especial: verlos tan pequeñitos y con ese olor de recién nacido me gustaba mucho. Cada vez que entraba a una casa, sabía que había un cachorro recién nacido por su aroma suave, puro, me encantaba. Una vez cuando la Mosca le daba de mamar a sus cachorros, me nació la curiosidad de beber de su leche. Fui a buscar una cucharita, tomé su pezón, lo apreté con cuidado y salieron unas gotas y yo bebé. Me gustó su leche. No le hice asco. La Mosca me permitía hacerlo así es que tomé varias veces.

Me encantaban los cachorros. Me colocaba un poncho de lana, iba al cuarto donde estaban, me sentaba y los tomaba uno por uno. Les daba besos y los dejaba en mi poncho. Así me quedaba horas mirándolos, junto con su olor especial.

Cuando crecieron, jugaba con ellos. Yo me escondía detrás de un cerro de tierra y cuando el líder no podía encontrarme se ponía aullar. Entonces le hacia una señal para ser encontrada. Cuando me encontraban, me lamían y me hacían cosquillas. Verlos contentos, saltando por todos lados, me hacía feliz.

Los momentos más fuertes eran cuando traían cabritos vivos. Yo me encariñaba con ellos, pero mi padrino los mataba para hacer cocimientos. Cuando yo veía que iban a sacrificarlos, corría a pedirle a la virgen de Fátima que detuviera la muerte del cabrito. Al ver que mi petición no era escuchada, me invadía una gran tristeza. Así pasaron los años, viendo la realidad de la vida.

Un episodio que recuerdo fue cuando quedaba un solo cachorro en la casa, a los demás los habían regalado. Vinieron mis padres y hermanas a visitarme y mis padrinos les regalaron el último cachorro. Yo me puse a llorar a grito pelado de nuevo. Cuando los fuimos a dejar al paradero del bus, a unas tres cuadras de la casa, yo llevaba al cachorro en brazos. En el paradero, me senté con él y lo protegí con el cuerpo. Lloraba tanto que decidieron dejarlo conmigo.

Qué recuerdos. Agradezco infinitamente visitar a mi niña interior que sigue con todas sus emociones intactas.

La niña con más suerte del mundo

Por Ángela Rojas

No creo que exista en el mundo una niña con más suerte que yo.

Me levanto cada mañana, me pongo mi mañanita y voy a saludar a mis papás. De seguro me van a pedir que vaya a despertar a mi hermano para que tomemos desayuno en la Matadero Palma, como llamamos a la cama matrimonial. Mi mamá siempre nos lee un par de hojas de Sin Familia y después mi papá, un poco de Martín Fierro. Espero que nunca se terminen esos libros porque de verdad no sé qué podrían leernos después.

Tengo permiso para abrir el clóset del papá y meterme donde quiera, menos arriba, porque arriba está el revólver y es muy peligroso, aunque el papá me dijo que cuando grande me iba a enseñar a usarlo. El otro día me enseñó a desarmar la Winchester y apuntar. No puedo disparar porque para eso tengo que ir al campo con él y cuando van, se levantan demasiado temprano. Aparte, cuando nos quedamos con mi mamá, vamos a comer comida china y al Errols a arrendar películas.

Me metí al closet y saque las botas de las siete leguas, que son como les digo yo a las botas de mi papá. Él no las usa porque dice que son mías. Con ellas puedo correr por todos lados sin romperme los pies y como me quedan grandes son fáciles de sacar.

Tengo la suerte tremenda de tener un jardín solo para mí. Al fondo del patio hay un muro y ahí, una puerta que hicimos con el papá. A ese lugar no entra el jardinero, porque es mío. Tengo mi habitación sobre el níspero, mi laboratorio de plantas en el rosal en flor (la mamá se enojó cuando lo vio, pero no pudo retarme). Tengo dos nogales que me alimentan durante el día, un maqui que me maquillaje y terror al mismo tiempo, el almendro de don Vicente, mi vecino, que dulcemente me dio permiso para engancharlo hacia mi patio porque mi gallina se pasa por sus ramas y le deja huevos a doña Eli, su esposa. Tengo el naranjo con las naranjas más ricas, un caqui que detesto, mi plantación de toronjil cuyano y al fondo, en una esquina, el bendito membrillo. Y digo bendito porque estoy segura que está sobre la tumba de la Quintrala.

En el patio de atrás, como le llamamos, juego todos los días, invierno o verano. Ahí tengo mis gallinas, mi fabrica de arte rupestre y un cementerio de mascotas. En el patio del medio disfrutamos todos, y hoy, como es domingo, vamos a poner la parrilla debajo del limón y vamos a hacer un asado. Me encanta cuando hacemos asados en el pasto. Atrás, debajo del parrón, tenemos una parrilla con mesa y terraza, pero cuando estamos los cuatro, nos gusta usar la parrilla chica y sentarnos en el pasto. Aparte, cuando estamos los cuatro, mi papá compra carne rica y butifarra que me va dando por trocitos mientras se hace la carne.

Me gusta acompañar al papi al Unimarc, porque desde que se quemó, instalaron una carpa y es el supermercado más entretenido que exista. Aunque me gusta más cuando vamos a los Ciervos, porque ahí venden ostras y el señor que las abre es mi amigo y siempre me regala. Siempre que salimos los dos me compra algo para el camino y no le contamos a mi hermano, para que sea un secreto. A la vuelta, aprovechamos de ir a la ferretería: el papá me está haciendo un escritorio y necesitamos algunas piezas que nos faltan. Aparte me dijo que me iba a enseñar a encolarlas para ponerlas en la prensa.

Mi hermano está en la pieza jugando computador y mi papá, iluso, pensaba que tendría el carbón puesto. Rápidamente armamos el fuego. Mi mama hizo ensalada de fideos, que es la que más me gusta. Después de almuerzo mis papás se van a dormir y nos quedamos jugando con el Miguel, hace tiempo que queríamos hacer experimentos con una viga que tenemos para jugar. La vamos a poner en sobre una piedra y como él pesa más, va a saltar en un extremo para que yo salga volando. Lo vimos en los dibujos animados.

Decidimos que vamos a ir a Los Portales a comprar dulces. El Miguel tenía unas monedas guardadas y yo le robé unas de la camioneta al papá. Como somos chicos no nos dejan tener llaves de la casa, así que tenemos que saltar por el portón. Siempre salta el Miguel primero y después yo, para que me ataje si me caigo: me da miedo romperme los dientes. No le avisamos a la mamá porque de seguro no nos va a dar permiso y para qué, si debe creer que estamos en el patio de atrás.

Resulta que al Miguel se le ocurrió ir al Unimarc a comprar, y tuve que acompañarlo. Mi mamá siempre dice que tenemos que andar juntos. Cuando venimos de vuelta, vemos unos pies que se asomaban detrás de uno de los arbustos de las canchas de tenis. El señor del quiosco de la esquina nos para y nos dice que es un muerto. El Miguel quiere ir a ver al muerto, pero a mí me da miedo. ¿Y si se nos pega su espíritu y se queda en la casa? Me basta y me sobra vivir con el alma de la Quintrala.

Al final nos vamos corriendo, menos mal que el Miguel entendió que me da miedo. Nos saltamos la reja y el Beno, nuestro perro, nos está esperando. Nos sentamos los tres a compartir los dulces que trajimos. Ya se hace tarde, el experimento con la viga tendrá que ser mañana, después del colegio, si alcanzamos a volver con luz de día.

Antes de cerrar el convento, como dice mi mamá cuando cerramos los ventanales, me subo al techo. Casi había olvidado que tenía que ir a buscar material para mi cerámica de arte rupestre. El próximo fin de semana es el cumpleaños de mi mamá y en historia vimos unas cosas que de seguro van a ser fáciles de hacer. Necesito tierra de la que se junta en la canaleta, seguro que es la misma que usaban los indígenas: le voy a hacer un jarro pato a mi mamá. Espero que esta vez mis artesanías no se rompan.

Los domingos nos encerramos temprano. Antes que anochezca ya estamos con pijama y esperando en la cocina que mi mamá termine de calentar la carne que quedó del almuerzo. Hoy nos dieron permiso para quedarnos hasta tarde, porque en la tele vamos a ver Lo que el Viento Se Llevó. Terminamos de tomar once y empieza una de las partes que me encanta del día. Mi mamá ve mi cara de angustia y me deja ir corriendo a la pieza, abro la ventana y escucho cómo Don Vicente toca el piano y doña Eli canta con su voz de ángel. Como cada vez que los escucho cantar, me trepo por la reja de mi ventana y los saludo. Ellos siempre cantan, son tan fanáticos que mi mamá me contó que Don Vicente va a cantar a las misas vestido de huaso. Misa a la chilena le dicen, como la misa importante a la que va el Presidente.

Como vamos a ver los grandes eventos, mi papá nos dijo que nos iba a leer un cuento especial esta noche. Todas las noches nos cuenta un cuento de Edgar Allan Poe, pero hoy nos lee un cuento de terror de un tipo de nombre chino. Igual no me dio mucho miedo.

Nos acostamos todos en la Matadero Palma. El Oliver, el gato de la mamá, está a sus pies y al Beno, le dieron permiso para que se acostara en la entrada de la pieza. Un poco antes de que empiece la película nos preguntan si queremos ir a la playa el próximo fin de semana. Con el griterío y la emoción se rompe un larguero de la cama y quedamos en el suelo. Con el papá tenemos que ir a buscar unos ladrillos y mientras mi mamá llama a la tía María para decirle que vamos a ir a pasar la Semana Santa a la casa en la playa. Empieza la película y no entiendo muy bien por qué estamos poniendo alambres en la cama. No nos dejaron subirnos, pero mi mamá nos arma una cama mágica en el suelo. De su velador, saca un papel dorado y nos da un cuadrito de chocolate a cada uno. Mientras, en la tele, Scarlett O´ Hara pone a Dios como testigo que jamás va a volver a pasar hambre.

Abuelos

Para Arturo

Por Fernanda Carrera Pérez

– Tengo miedo–.

– ¿De qué tiene miedo?

– De no volver a la casa.

– Tranquilo, ¡no piense tonteras!

– No me quiero morir todavía.

– ¡Ay! Si no se va a morir, todo estará bien.

Sostuve tu mano hasta que te subieron a esa ambulancia. Te acompañé en todo momento junto a la camilla traspasándote toda la tranquilidad posible, mientras realmente moría de miedo por dentro. Yo, una niña de 13 años estaba calmándote a ti, un hombre “hecho y derecho” mientras trataba de ignorar todo ese terror que sentía.

La verdad es que cumplí con parte de mi promesa. Tú sí volviste a casa, pero nada volvió a estar bien. Desde que tuvimos ese breve intercambio de palabras y un torbellino de emociones a través de nuestras miradas, nada volvió a ser lo mismo. Un mes después y tras varios lapsus que nos devolvían la esperanza de que todo estaría bien, nos dejaste.

Y digo nos dejaste porque así lo sentí por mucho tiempo: no entendía realmente lo que significaba la muerte. Estaba furiosa, me dejaste el año en que me licenciaba de octavo básico y tenía todo pensado para nuestro vals. Estaba furiosa, porque eras mi cómplice y me sentí completamente sola cuando partiste. Estaba furiosa, porque cuando abriste los ojos para tomar ese último aliento de vida, escogiste el minuto en el que fui a buscar agua y no estuve presente. ¿Por qué no me esperaste? Por muchos años estuve furiosa con la vida, con Dios y contigo. Sólo el tiempo me ha permitido entender.

Cuando te fuiste (o te llevaron) seguí visualizándote por mucho tiempo en el marco de mi puerta todas las mañanas. Sentía el crujido de la manilla y veía tu silueta saludándome con tu buenos días, que nunca fue con palabras, sino con un gesto: la mano recta en tu frente, como si fueras un soldado que saluda a su superior. Con eso siempre me hiciste sentir importante, la única de la casa que tenía ese saludo especial, la regalona.

Lo mismo me pasó con el sonido que hacías al rozar tu pie derecho en la madera roñosa del living. No sé por qué arrastrabas una patita. Como crecí con esa imagen nunca me lo pregunté y ahora que lo pienso nunca supe qué te paso. Pero para mí era tierno que emitieras ese sonido al caminar. Ese sonido llegó a ocupar el silencio después de tu partida. Claro, supongo que solo estaba en mi mente, ¿o no? Vivía de esa ilusión. Eras tan ceñido a la rutina que las diferentes horas del día me iban recordando tu ausencia. Incluso la peineta sobre tu velador, la lámpara que nunca más volvió a encenderse y los bototos cafés perfectamente puestos en el suelo a los pies de la cama que fueron juntando polvo. Todo eso me iba recordando constantemente la verdad de que ya no estabas.

¿Te acuerdas que todos los domingos lustrabas mis zapatos del colegio? Me enseñaste a hacerlo tan prolijamente como un lustrabotas. Aprendí de niña. ¡Y adivina qué! Nunca dejé de hacerlo. Hasta la última semana de clases cuando ya estaba en cuarto medio, todos los domingos, lustraba mis zapatos. Y aunque los primeros domingos de los primeros años lo hacía entre lágrimas y mucha rabia, después terminé haciéndolo con una gran sonrisa, porque tú me lo enseñaste. Gracias.

Gracias por esa banca que construimos juntos en la vereda afuera de la casa: eran dos troncos y una plancha de madera. La ubicamos debajo del almendro para que nos llegara el fresco en la tarde y la pintamos de rojo porque yo quería. Pasábamos tardes enteras de verano comiendo fruta allí.

¿Y sabes lo que más recuerdo de esas tardes en la banca? El juego. Cada recambio de veraneantes nos preparábamos para nuestro sagrado ritual que inventaste tú para que yo aprendiera a contar y a identificar los colores. Nos sentábamos a mirar la Ruta 5 y yo tenía que identificar los colores de los autos. Cuando era más grande, elegía un color y tú otro; cada uno contaba cuántos autos del color elegido pasaban en diez minutos. Curiosamente siempre ganaba yo. Para muchos debe ser una estupidez, pero yo siempre recuerdo lo mismo cada verano hasta el día de hoy.

Esa banca también tiene algo que me marcó para siempre y no alcancé a pedirte perdón. En esa época en que uno se cree grande, la embarré. No quise hacerte daño, pero lo hice. Tus ojos se llenaron de lágrimas al oír mis duras palabras, pero esbozaste una leve sonrisa, tal vez de desconcierto. Fue un arrebato y nunca me lo perdonaré. Quizás, ni siquiera te acuerdas de esto, pero yo lo he cargado desde entonces.

Como todas las tardes en esa banca. me esperabas a que yo llegara del colegio. Un día no llegué sola y me dio vergüenza que me estuvieses esperando como si yo fuera una niña, aunque ahora sé que sí, era tú niña. Te miré enojada y te dije con una voz golpeada: “¡Ya no soy una niña! No tiene que esperarme acá afuera todos los días”. Me di la media vuelta y me fui. Perdóname. Me recrimino cada vez que me acuerdo de eso por haberlo hecho.

Me entregaste todo siempre con mucha paciencia y sabiduría. Y lo vi recién cuando partiste, cuando era tarde, muy tarde. Hoy atesoro los recuerdos porque es lo único que me queda y aunque mi mayor miedo era olvidarte, cada año que pasa voy recordando nuevas cosas.

Eras mi abuelo en el árbol genealógico, pero en verdad siempre fuiste y serás mi único padre. El que me crió, el que estuvo y el que me enseñó muchísimas cosas. La enfermedad que finalmente arrebató tu vida tenía que ver con tu corazón. El doctor siempre dijo que tu corazón crecía sin parar y era muy grande. Y sí, tu manera incondicional de amar sólo podía provenir de un corazón tan grande como el tuyo. Te amo, papito Arturo.

Mi persona favorita

Por Daniela Jofré Pezoa

A lo lejos se escuchaba un tango y una voz ronca y carrasposa interpretando la canción. Me quedaba con los ojos cerrados, pero atenta a la voz que se acercaba cada vez más hasta que la escuchaba en mi oído. Me hacía la dormida, esperaba el beso en la frente para que él me despertara. Sus manos grandes comenzaban a sacarme carcajadas con un cosquilleo cariñoso.

– Buenos días. ¿Cómo amaneció mi niñita?

Lo abrazaba fuerte y le decía: “Súper bien” con una sonrisa de oreja a oreja. Eran mis días favoritos, mis días más felices. “¡Ya! A levantarse, que nos vamos a la feria”, me decía él. Ahí toda la pereza desaparecía y me levantaba de un salto.

Mientras me metía al baño, seguía el tango y él lo seguía cantando. Lo escuchaba bailar y reírse. El ruido de los platos de cocina. El chirrear del aceite esperando los huevos que mi abuela preparaba. El olor a pan tostado traspasaba las delgadas paredes para despertar mi hambre. Una leche con naranja me esperaba en la mesa. Era la favorita de los dos.

Y comenzaba la conversa sobre qué se debía comprar. Sacaba su lápiz del bolsillo derecho de su camisa y una hoja toda arrugada para hacer la lista. Bromeaba con mi abuela y yo me reía. Ellos eran muy felices, ellos realmente se amaban.

Antes de partir, comenzaba el ritual. Mi abuela buscaba el carro de la feria, de esos metálicos, con una bolsa de tela de cebolla cuadrillé. Mientras, él se peinaba los 6 o 7 pelos que le quedaban frente al espejo. Yo lo miraba desde la puerta del baño y él me hacía muecas. Limpiaba sus lentes, se arreglaba la camisa, se apretaba bien el cinturón y se rociaba con la típica colonia Agua de Pino. Yo lo miraba y pensaba: “Por qué se arregla tanto si sólo vamos a la feria”. Pero él era vanidoso, siempre andaba muy bien cuidado.

Se despedía de mi abuela con un beso y un abrazo apretado y partíamos a la feria. Nos subíamos al auto. El era taxista y tenía un Lada que yo amaba porque era el único auto al que podía subirme libremente y lo encontraba enorme. Era como el auto familiar: siempre nos llevaba a todas, a mi abuela, a mi mamá y a nosotras cuatro. Siempre estaba limpio y con olor a pino. Ahora me doy cuenta que era fanático de ese olor.

Partíamos la ruta y siempre, pero siempre, había alguien a quien había que “tirar por ahí”. Que la vecina, que el amigo, que el conocido. Era increíblemente sociable, conocía a todo el mundo. Siempre le tocaba la bocina a “alguien” que iba por ahí, o sacaba medio cuerpo por la ventana para saludar a “otro” alguien. Era querendón, amigo de sus amigos, siempre voluntarioso y solidario. Bueno para la conversa y para la risa.

Llegábamos a la feria, y lo primero que hacía era comprarme un helado de frutilla en cono. Como conocía al heladero, siempre me daba una bolita adicional. Y comenzaba la caminata. Me agarraba de la mano y no me la soltaba nunca. Sentía que con él nada podía pasarme. Me sentía libre de miedos. Era tan alto y tan fuerte que en realidad estaba protegida.

Paseábamos por la feria, comprando todo lo que mi abuelita nos había indicado. Y caminábamos y nos reíamos porque molestaba a la gente. A veces sus “caseros” le tiraban tallas y él se las respondía a todo grito, eso me daba mucha risa. Y me conversaba de todo un poco. A veces se ponía serio y me hablaba sobre la vida, sobre lo importante que era estudiar. Me hacía ejercicios mentales de matemáticas mientras caminábamos. Me decía que era muy inteligente y que nada debía impedirme llegar a la Universidad, menos los “pololos”. Ese día me compró un cuaderno. Era uno topísimo y yo estaba feliz. Era de tamaño oficio con tapa dura y doble espiral, nunca había tenido uno de esos. Me dijo que ese cuaderno debía ocuparlo en la Universidad. Yo tenía solo 10 años.

Aun tengo el cuaderno. Lo encontré cuando estaba embalando mis cosas para irme a vivir sola por primera vez. Era de esas personas que todo el mundo quiere. Mi abuela siempre me cuenta que tenía millones de amigos y que le gustaba mucho la parranda. Les gustaba disfrutar de la música y compartir con la gente. Me dice que él era mágico, que siempre tenía la solución para que todo se arreglara. Era alegre, esforzado, muy trabajador y tremendamente cariñoso. Era el abuelo más bacán de la vida. Me enseñó sobre el amor, la bondad, lo importante que es vivir la vida desde la vereda del positivismo. Siempre decía que todo iba a estar bien. Siempre nos cuidó y nos acompañó hasta el final. Mis meses más felices fueron cuando viví con él.

Siempre está en mis recuerdos. Siempre me acompaña. A veces siento que me toma de la mano, como cuando íbamos a la feria. A veces siento su olor cuando escucho tango. Es hasta ahora mi persona favorita.

Darmowy fragment się skończył.

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
330 str.
ISBN:
9789569946936
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki