Czytaj książkę: «Amor y tequila»
Índice de contenido
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO
CAPÍTULO VEINTISÉIS
CAPÍTULO VEINTISIETE
CAPÍTULO VEINTIOCHO
CAPÍTULO VEINTINUEVE
CAPÍTULO TREINTA
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
EPÍLOGO
Nota de la autora
Agradecimientos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Amor y tequila
©2020 María José Vela
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
Fotografía de cubierta: Shutterstock
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1.ª edición: septiembre 2020
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2020: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
A Gonzalo, mi amor y mi tequila.
CAPÍTULO UNO
Es curioso cómo, en los peores momentos, aquello que odias puede convertirse en tu única salvación. A Sara no le gustaba conducir y, sin embargo, hacía meses que no perdía la oportunidad de hacerlo. Y es que así, con las manos en el volante y la mirada fija en la carretera, nadie podía pedirle que preparara un biberón, que realizara una craneotomía de urgencia o que hiciera el amor. Cuando conducía, solo cuando conducía, el mundo parecía detenerse y darle una tregua. Por eso, aquella mañana no dudó en hacerse con las llaves del monovolumen para ir al aeropuerto. No le importó la cara de sorpresa que puso Juan ni tampoco el hecho de que fueran mal de tiempo. Porque iban mal. Muy mal.
Para evitar mirar el reloj otra vez y estresarse más que un camaleón en un parque de bolas, Sara echó un vistazo por el retrovisor. Mala idea. Juan intentaba dormir apoyado en la silla de la pequeña Loreto, su bebé de veinte meses. Estaban cogidos de la mano y, por cómo fruncían el ceño, hundiendo algo más la ceja derecha que la izquierda, seguían disgustados.
Sara emitió un largo suspiro, directo desde su pecho. Estaba cansada. Preparar un viaje como aquel en tiempo récord no había sido nada fácil. Y eso que su destino era Cancún, un paraíso del Caribe mexicano donde puedes vivir experiencias trepidantes, como ponerte hasta arriba de micheladas y tacos al pastor,[1] bailar en el Coco Bongo hasta morir o, si eres idiota, perder la virginidad.
Pero el de Sara no era un viaje de placer, no. Se trataba más bien de una aventura improvisada, una desgracia en toda regla, una pesadilla dantesca que se desató cuando Cayetana, su hermana pequeña, la llamó en plena noche para anunciar: «Álvaro ha muerto».
Ante semejante drama, Sara no dudó en prometerle que irían a verla lo antes posible. De nada sirvió la insistencia de Juan en recordarle aquella tontería sin importancia de que llevaban trece años sin dirigirse la palabra ni enviarse una postal por Navidad.
No, no había sido fácil organizar un viaje así. Ni siquiera le habían hecho a la niña el pa… sa… por… te…
—Juan, ¿puedes mirar en mi bolso si llevo el pasaporte, por favor? —preguntó Sara.
Juan buscó la mirada de Sara en el retrovisor y, aunque no la encontró, pudo sentir su nerviosismo.
—¿Dónde lo tienes?
—Mira en el bolsillo interior.
—Aquí solo está el de Loreto.
—¿Puedes buscarlo donde sea, por favor? —lo instó Sara, el corazón a mil por hora.
Tras adentrarse en las profundidades del inmenso bolso de su mujer, donde encontró un tanga medio mojado que olía a suavizante, un estetoscopio y hasta un tubo pegajoso de pomada para hemorroides, Juan sentenció:
—No está.
Sara se revolvió nerviosa. Quiso tragar saliva, pero tenía la boca seca. Miró el reloj. Iban con el tiempo tan justo que dar la vuelta y volver a casa para buscar el pasaporte ya no era una opción. Si hubieran salido a la hora prevista… Pero fue imposible. Juan se empeñó en despertar a Loreto, una decisión absurda tratándose de un bebé que no dormía nunca más de cuatro horas seguidas. Y a ella no le gustó, claro. El desconcierto inicial de verse obligada a dejar de dormir, dio paso a un tremendo llanto del que tuvo que hacerse cargo Sara mientras le preparaba un biberón y recogía algunas prendas del tendedero que terminó metiendo arrugadas en su bolso. Nada parecía consolar a la pequeña, ni siquiera Po, el perrito de peluche marrón que siempre la acompañaba. Solo cuando tuvo que concentrar toda su energía en hacer algo de suma importancia (una caca bien grande), el llanto cesó.
Sara la llevó a la habitación, le quitó el pañal y se dio cuenta del desastre. Cuantos pañales y toallitas tenían en casa estaban repartidos entre las maletas y la mochila de la niña, y todo, absolutamente todo, se lo había llevado Juan al monovolumen sin preguntar. Sara lo llamó al móvil, pero como todo el mundo sabe, los garajes subterráneos se diseñan a propósito para que no haya cobertura. Lo intentó una vez más y otra y otra… No pudo localizarlo hasta que apareció por la puerta, nervioso porque su mujer no bajaba con la niña. Juan tuvo que correr de vuelta al coche a por toallitas y un maldito pañal y así, con media hora de retraso, consiguieron salir de casa.
—Sara, no puedo creerlo, ¿se te ha olvidado el pasaporte? —balbuceó Juan desde el asiento de atrás.
—Creo que sí.
—Hay que ir a la comisaría y no tenemos tiempo.
—Calla, déjame pensar…
—¿En qué, Sara? Sin pasaporte no puedes volar a México. Tenemos que ir a la comisaría del aeropuerto a para ver si te hacen uno provisional —insistió Juan.
Como si de las trompetas del Apocalipsis se tratara, los altavoces del monovolumen comenzaron a sonar con desesperación. Era una llamada de Loreto, la amiga de Sara responsable de que su hija se llamara así.
—Dime, Lore —contestó Sara, casi sin voz.
—¿Se puede saber dónde estáis? Os estamos esperando.
—Estamos llegando, pero tenemos un problema. Me he dejado el pasaporte en casa —dijo Sara.
Un tenso silencio se formó a ambos lados de la línea.
—¿Me estáis vacilando?
—¡No! —gritaron Sara y Juan a la vez.
—Vale. A ver, no os pongáis nerviosos.
—Hay que ir a la comisaría —dijo Juan.
—Sí, eso me suena. A Abi le pasó algo parecido hace poco. Ella sabe qué hay que hacer, os la paso.
Abi y Loreto, las amigas de Sara, habían quedado con ellos en el aeropuerto para hacerse cargo del monovolumen. Así no tendrían que pagar un dineral de parking si su estancia en Cancún se alargaba más de lo previsto.
—Sara, tranquila, en la comisaría de policía de la T4 pueden hacerte un pasaporte provisional. Creo recordar que está en un extremo de la terminal —dijo Abi, cuya torpeza habitual la había convertido en una experta en solucionar situaciones tan extraordinarias, que podría sobrevivir hasta en Gilead, la república de El cuento de la criada.
—Abi, ¿podéis buscarlo en internet y confirmármelo, por favor? —suplicó Sara.
—Sí, espera, Loreto lo está mirando. Pongo el altavoz.
Aunque solo tardaron unos segundos en consultarlo, dentro del monovolumen parecieron horas.
—La comisaría está al final de la zona de salidas y está abierta —confirmó Loreto—. ¿A qué hora tenéis que embarcar?
—A las nueve, tenemos menos de dos horas. ¿Crees que nos dará tiempo?
—De sobra. Id hasta el fondo de la terminal, nosotras vamos para allá.
Con los nervios de punta, llegaron al aeropuerto. Sara siguió con suma atención las señales para no equivocarse de camino, solo le faltaba aparecer en la terminal equivocada. En cuanto enfiló el carril habilitado para dejar pasajeros, no le costó mucho identificar a sus amigas. Abi trataba de compensar sus problemas de estatura saltando para llamar su atención. Loreto, sin embargo, no necesitaba moverse. Le bastaba su estilo gótico, sus piercings y sus tatuajes para que la reconocieran.
Sara detuvo el coche frente a ellas y, antes de que pudiera tirar del freno de mano, Loreto saltó al asiento del copiloto y empezó a dar instrucciones precisas:
—Sara, ve con Abi. Ya tenemos localizada la comisaría. Juan, tú y yo vamos a dejar el coche en el aparcamiento por si todo sale mal y no podéis viajar.
—¡Leto! —gritó el bebé, que se alegraba de ver a su siniestra tocaya.
—¡Hola, Mini Yo! ¡Te vas a México! —exclamó Loreto.
Con el alma llena de esperanza y el corazón a punto de explotar, Sara salió del coche y corrió junto a Abi hacia la comisaría. Una vez allí, fueron directas hacia un hombre uniformado que guardaba la puerta y que bien podría haberse llamado Goliat.
—Buenos días, ¿qué desean? —las saludó con una enorme sonrisa.
—Hola —jadeó Sara—. Tengo que coger un vuelo a Cancún, en México, y no tengo mi pasaporte. Además, voy con una niña pequeña. ¿Puede ayudarme?
—¿A qué hora tiene que embarcar?
—A las nueve.
El agente Goliat miró su reloj y torció el gesto.
—Los compañeros que realizan estos trámites no llegan hasta las ocho.
—¿Hasta las ocho? Eso es casi una hora y no tengo una hora, ¡voy con un bebé! —protestó Sara.
—Señora, es lo que hay. Siéntese ahí y espere —ordenó Goliat, con una templanza envidiable hasta para un monje budista.
—Sara, tranquila, yo me quedo esperando. Tú ve a ese fotomatón de ahí y hazte unas fotos. Te las van a pedir —dijo Abi.
—Buena idea —confirmó el agente Goliat, que miraba a Abi con inusitada atención—. Me suena mucho su cara, ¿la conozco de algo?
Abi sonrió emocionada y le dedicó una coqueta caída de ojos.
—Sí, puede ser, presento las noticias de madrugada del Canal 12 —dijo apartándose el pelo de la cara como si fuera una celebrity.
Goliat entornó los ojos y ladeó la cabeza.
—¿Canal 12? Ni siquiera sabía que existía.
—Vaya por Dios… —suspiró Abi, de vuelta al anonimato.
—Pero estoy seguro de que la conozco… ¡Ya sé! Usted estuvo aquí hace poco. ¡Es la periodista que se desmayó!
Una repentina y sospechosa tensión se apoderó de todos los músculos de Abi.
—¿Cuándo te desmayaste? —preguntó Sara, extrañada por no conocer esa historia.
—¿No te acuerdas? Te lo conté, tonta. Iba a París con un compañero para hacer un reportaje y me dejé el DNI en la oficina. Me enviaron aquí y, con los nervios, me desmayé —mintió Abi.
Mintió, sí, porque en realidad no se desmayó. Tan solo simuló un desvanecimiento para que la atendieran antes que a nadie y, aunque se salió con la suya, ahora ese policía podría descubrir el engaño si Sara no dejaba de mirarla con cara de sospecha.
—Sara… ¡Las fotos! —dijo Abi.
Con los nervios de nuevo en el estómago, Sara fue hacia el fotomatón que había a unos pocos metros. Abrió las cortinas y se sentó en la banqueta. La cabina era agobiante, demasiado pequeña para su metro ochenta de estatura. Al ver su aspecto en el reflejo de la pantalla, sacó de su bolso el tubo de pomada para hemorroides y se aplicó a pequeños toques una buena cantidad bajo el párpado inferior. Era un ritual más que otra cosa, porque hacía meses que ese truco ya no funcionaba. Enderezó la espalda y se dio cuenta de que su cabeza se salía de los límites de la foto. Se levantó y bajó la altura del asiento dándole vueltas hasta que llegó al tope. Volvió a sentarse y compuso un poco sus rebeldes rizos dorados. Siguió las instrucciones que vio en la pantalla y…
Tres.
Dos.
Uno.
¡Flash!
Listo. Las fotos estarían en un minuto.
Sara apoyó la espalda contra la pared de la cabina y suspiró. Pensó en el fotomatón que contrataron para los invitados el día de su boda con Juan, esa de la que no pudieron disfrutar porque rompió aguas en el altar. «Yo os declaro marido y mujer. Como es evidente que ya has besado a la novia antes, ¡llévatela ahora mismo al hospital! Ya os besaréis más tarde», dijo el sacerdote.
Sara sonrió al recordar aquella deliciosa locura de casarse embarazada, pero su sonrisa se tornó triste cuando una pregunta que llevaba ignorando mucho tiempo afloró con fuerza:
«Si hubiéramos esperado a que naciera Loreto, ¿nos habríamos casado?».
[1]. Michelada: bebida creada por los dioses que se prepara con cerveza, salsa picante, zumo de limón y sal. Tacos al pastor: tortilla de maíz con carne adobada aliñada con cilantro, cebolla y piña. La combinación de ambos puede tener efectos secundarios irreversibles, como alcanzar el éxtasis, ver la luz o sentir la más absoluta felicidad. (N. de la A.)
CAPÍTULO DOS
Juan cruzó la puerta de la T4 con todos los bártulos en un carro que se torcía a la derecha.
—Tenía que tocarme a mí el carro roto —murmuró.
—Eso pasa porque has cargado todo el peso en el mismo lado. Espera… —dijo Loreto, soltando por un momento la silla donde llevaba a su pequeña tocaya.
—Déjalo, Lore, da igual. Con todo lo que tenemos por delante el carro es lo de menos.
—Oye, ¿estás bien?
—No. Estoy muy preocupado por este viaje. Pienso en todo lo que Sara sufrió por culpa de Cayetana y no entiendo por qué tenemos que ir a verla.
—Pues no sé, Juan, yo no tengo hermanos, pero supongo que Sara querrá reconciliarse con ella. Antes estaban muy unidas.
—Sí, pero cuando Sara la necesitó de verdad, Cayetana la dejó sola. No ha dado señales de vida en trece años y me preocupa que, después de todo eso, con una simple llamada, consiga que crucemos medio mundo para ir a verla. Y tengo miedo, Lore, porque no quiero ver sufrir a mi mujer.
Loreto lo miró pensativa, buscando con desesperación un argumento que pudiera consolarlo, pero no lo encontró.
—Vamos, ahí está la comisaría.
—Esa es otra. Tú conoces a Sara desde que erais niñas y sabes lo organizada que es. ¿Alguna vez la has visto cometer un error tan grande como dejarse el pasaporte en casa?
—La verdad es que no pero, Juan, puede pasarle a cualquiera.
—Ya lo sé, Loreto, pero la cuestión es que le ha pasado a ella porque, desde que habló con su hermana, está como ausente. Te juro que no entiendo qué le pasa.
—Le pasa que está cansada, Juan —dijo Loreto.
—No es solo eso, Lore. Yo también estoy cansado, porque no duermo y trabajo como un animal, pero aun así me he acordado de traer el puto pasaporte —dijo Juan, ajeno al hecho de que, dentro de ese fotomatón junto al que pasaban, estaba su mujer escuchándolo todo.
Juan y las dos Loretos dieron un respingo al oír el chasquido metálico de la cortina cuando se abrió con violencia. Sara apareció tras ella, dio unos pasos al frente y se encaró a su marido. La tensión del momento era tan grande que Loreto decidió alejarse a la voz de:
—Vámonos, Mini Yo. Se avecina tormenta y tu padre tiene cara de pararrayos.
Al verse solo ante el peligro, Juan sostuvo la mirada de Sara y levantó el mentón, pero no pudo evitar el movimiento de la nuez, que subía y bajaba por la garganta como si fuera un yoyó.
—No sabía que esto fuera una competición, Juan, pero está bien, juguemos —dijo Sara—. Tú has traído tu pasaporte y a mí se me olvidó el mío. OK. Seguimos. ¿Quién compró los billetes?
—Tú —dijo él, con voz trémula.
—¿Quién hizo la maleta de Loreto?
—Tú.
—¿Quién la llevó a sacarse su primer pasaporte?
—Tú, pero…
—¿Quién fue al banco a por pesos mexicanos?
—Sara…
—¿Quién se encargó de hablar con los del seguro médico por si nos pasa algo?
—Sara, si me dejas hablar….
—No, Juan, ya has hablado bastante, pero ¿por qué en lugar de echarme en cara el único fallo que he cometido, no te preguntas por qué el pasaporte se me olvidó a mí y no a ti?
—Sara, te estás pasando. ¿Quién se queda con Loreto veinticuatro horas seguidas cuando tú estás de guardia?
Sara se cruzó de brazos, alzó una ceja y contestó:
—Tu madre.
—Mi madre solo viene un rato para que yo pueda trabajar. Te recuerdo que soy autónomo, que no tengo vacaciones y que sigo sin entender por qué tenemos que hacer este viaje.
—Chicos… —los interrumpió Abi, apareciendo de la nada.
—Pues si tanto te cuesta entenderlo, no haber venido, Juan. Yo no te lo pedí —dijo Sara.
—¿Es que querías irte sola?
—Chicos…
—No, pero habría sido todo tan sencillo que no se me habría olvidado el pasaporte.
—Chicos, parad…
—Abi, ¡cállate! —gritaron los dos a la vez.
—Es que el policía os está llamando.
Sara giró la cabeza y vio al agente Goliat haciéndole señas. Con la sangre hirviendo en sus venas, tomó las instantáneas que el fotomatón había escupido hacía un buen rato y se acercó al agente.
—Hoy está de suerte. Mi compañero ha venido temprano y ha accedido a atenderla. Pase al primer despacho, la está esperando —dijo Goliat.
—Genial, gracias.
Sara se asomó a la puerta. Un policía muy atractivo, de los que provocan ganas de cometer un delito para que te detenga, la esperaba en una mesa. A pesar de su estado de nervios, Sara intentó sonreír. Cuando tu destino está en manos de otra persona, es mejor ser simpática. Sin embargo, el agente la miró con cara de no haberse tomado aún su primer café del día.
—Siéntese —refunfuñó.
—Buenos días —dijo Sara.
—¿Qué ha ocurrido?
—Tengo un vuelo a Cancún. Embarco a las nueve y me he dejado el pasaporte en casa —dijo. El rostro del policía permaneció impasible. Era como si esperara oír algo más, por eso Sara añadió todo lo que se le fue ocurriendo—: Por favor… Gracias… Lo siento…
—¿También ha olvidado su DNI?
—No, eso no.
—Entonces muéstremelo —dijo el agente de malos modos.
Sara buscó en su cartera y le entregó el DNI. El policía le puso delante un formulario y le indicó con una mueca que lo rellenara. Sara obedeció. Estaba tan alterada que le temblaba el pulso, algo que no le había ocurrido nunca, ni siquiera el día que abrió su primer cráneo en un quirófano.
—Listo —murmuró con timidez—. Ah, y aquí están las fotos. Me las he hecho mientras lo esperaba.
—No le harán falta —anunció el policía con rudeza—. Hace menos de un año que renovó su DNI, de modo que utilizaremos la foto que tenemos en nuestro archivo. Suerte para usted, está muy desmejorada.
Sara lo miró unos instantes sin saber cómo reaccionar a tan cruel observación.
—Tengo poco tiempo y duermo mal —dijo, desconcertada.
—¿Me enseña el billete, por favor?
Sara se lanzó a buscar en su bolso los papeles con todo lo relativo al viaje. Con el revoltijo de cosas que llevaba y la histeria con la que Juan había buscado su pasaporte, salieron húmedos y más arrugados que el codo de una momia. Le dio tanta vergüenza mostrárselos, que sintió la necesidad de explicarse:
—Lo siento, voy a Cancún con mi familia por un problema personal y solo he tenido unos días para prepararlo todo. Han sido tantas cosas que…
—¿No van de vacaciones? —la cortó el policía.
—No.
—¿Negocios?
—Tampoco.
—Entonces, ¿cuál es la urgencia?
—Mi cuñado ha muerto.
—Vaya, lo siento —lamentó el agente, cambiando de pronto su actitud.
—Gracias.
—Viajan para repatriar el cadáver, ¿verdad?
—No, no, él vive allí.
—Vivía —la corrigió el policía.
—Sí, bueno, él vivía allí. Trabajaba en Cancún para una cadena de hoteles americana.
—O sea, que van al entierro.
—No, ya lo incineraron —explicó Sara.
—Entonces, ¿para qué van?
—Mi hermana tiene que cumplir una promesa y nos ha pedido que la acompañemos. Al parecer, tiene que tirar la urna de mi cuñado en un cenote. Es una especie de lago subterráneo que… —Sara se detuvo sorprendida al darse cuenta de que el policía la miraba como si estuviera frente al último capítulo de Juego de Tronos.
—Continúe, por favor —dijo, con sumo interés.
—Es un lugar muy especial para la cultura maya y, al parecer, para mi hermana y su difunto esposo también, aunque no sé muy bien el motivo. El caso es que nosotros somos la única familia que tiene y debemos estar con ella por mucho que mi marido insista en lo contrario.
—¿No tienen más familia? —preguntó el agente, mirándola de soslayo, como si de pronto desconfiara.
—Bueno, ella tiene un hijo, pero nada más.
—¿No tienen más hermanos?
—No. Solo somos nosotras dos.
—¿Y sus padres?
—Murieron en un accidente de tráfico.
—Vaya, lo siento.
—Gracias.
—Eso debió unirlas mucho.
—En realidad terminó de separarnos. Hace trece años que no la veo y, francamente, por eso este viaje es todavía más difícil —reconoció Sara.
El policía la miró con lástima unos instantes. Después dio una palmada en la mesa que retumbó por todo el despacho y afirmó con rotundidad:
—Vamos, tiene que tomar ese vuelo y recuperar a su hermana. La familia provoca los peores quebraderos de cabeza, pero hay que apoyarla siempre.
Terminó de teclear en su ordenador, le pidió a Sara que pusiera sus dedos en un cristal del que salía una luz roja y, treinta euros más tarde, un flamante pasaporte salió de la impresora que tenía a su lado.
—Tenga. Es un pasaporte provisional que caduca en un año. Recuerde renovarlo cuando regrese —le advirtió a Sara.
—Gracias, de verdad.
—Buen viaje, y dígale a su hermana que la acompaño en el sentimiento.
—Sí, se lo diré.
Sara agarró su bolso y salió del despacho a toda prisa. Abi, Juan y las dos Loretos la esperaban impacientes a unos metros. En cuanto Sara alzó la mano para mostrarles su pasaporte, todos echaron a correr hacia el control de seguridad.
CAPÍTULO TRES
No llevaban ni media hora de vuelo y Juan ya se había quedado dormido. Sara, con la pequeña Loreto en brazos, lo observaba en silencio. Aunque todavía era un hombre atractivo, en los últimos meses parecía haber envejecido diez años. Empezaban a asomar las primeras canas, siempre tenía ojeras y estaba tan delgado que su fabulosa mandíbula inferior cada vez se marcaba más. Sara pensó que era lo normal porque tenían una niña pequeña que dormía menos que el chófer de Drácula, pero ¿a quién quería engañar? La niña no era lo único que le quitaba el sueño a Juan. Tenía que haber algo más y Sara pensaba, sabía, más bien, que eran las consecuencias de forzar las cosas. Porque todo en la vida de Sara y Juan había sido forzado.
Se conocieron en un fiesta que Abi organizó en el Stupen’Dance, el bar donde habían pasado los mejores momentos de su juventud. Sara esperaba en la barra a que le sirvieran un ron con Coca-Cola cuando Loreto apareció de la nada envuelta en su aura gótica. La cogió del brazo y la arrastró por todo el local hasta colocarla frente a Juan. Sin más preámbulos, dijo:
—Este es Juan, un compañero del imbécil del novio de Abi. Juan, mi amiga Sara. No te dejes engañar por su aspecto de rubia impresionante e insustancial. Acaba de terminar Medicina y está haciendo el MIR.
Hechas las presentaciones y haciendo gala de lo poco que le gustaba perder el tiempo, Loreto se marchó y los dejó a solas. Sara y Juan se miraron con timidez y mucho, muchísimo recelo. Juan estaba más que harto de su don para atraer mujeres tan deslumbrantes como vacías, y a Sara le habían roto el corazón tantas veces, que cuando empezó a latir de nuevo por Juan, a eso de las tres de la mañana, se asustó.
—Chicas, me encuentro mal, ¿podéis acompañarme al baño? —les pidió a Loreto y a Abi.
Tras despejarse un poco, reconoció ese cóctel de ron, Coca-Cola y mariposas en el estómago que nunca antes le había traído nada bueno, de modo que decidió huir cual Cenicienta experimentada que sabe que el cuento acabará mal. Prefería mil veces quedarse con el recuerdo intacto de la forma en que Juan la había llevado de la mano hasta un lugar apartado para escuchar mejor lo que le estaba contando, que arriesgarse a descubrir que era un hombre tan malvado como todos los demás. Sin embargo, no pudo escapar.
Cuando Sara salió del baño y enfiló las escaleras del local para irse a casa, su cuerpo se paralizó. Juan la estaba esperando en el primer escalón, mirándola como si fuera una preciosa burbuja que podría estallar en cualquier momento. Aún seguirían en aquella escalera, mirándose como dos líneas paralelas que fluyen destinadas a no tocarse, de no haber sido porque Loreto les dio el empujón definitivo, literalmente. Al percatarse de la situación y volviendo a hacer gala de lo poco que le gustaba perder el tiempo, empujó a Sara con la fuerza justa para que cayera escaleras abajo, directa a los brazos de Juan. Fue así como se dieron su primer beso, un momento divertido y bonito, pero forzado. Como todo lo que vino después.
Juan solía preguntarle a Sara por qué insistía en vivir en un piso de estudiantes desordenado, bullicioso y sucio.
—Me gusta —contestaba ella.
Pero era mentira. Sara necesitaba ruido, desorden, broncas… Lo que fuera con tal de no detenerse a pensar. Se había mudado a ese lugar infernal al poco tiempo de morir sus padres en aquel accidente horrible. Pudo haberse quedado en su casa, claro, pero no fue capaz de afrontar la soledad rodeada de tantos recuerdos tristes. El peor de todos, sin duda, el eco de las palabras de Cayetana, su hermana pequeña, anunciando que no podía abandonar México para ir a consolarla:
—Sarita, no puedo ir a España —dijo con una rotundidad aplastante, casi cruel.
—Caye, te lo pido por favor. Lo estoy pasando fatal —imploró Sara, deshecha en lágrimas.
—Lo sé, y yo también estoy muy triste, pero no puedo ir a verte. Mi hijo solo tiene seis meses y acaban de ascender a Álvaro. Tiene mucho trabajo y no puede hacerse cargo del niño.
—¿Y si buscas a alguien con quien dejarlo?
—No puedo, le estoy dando el pecho. Lo siento, Sarita. Apóyate en tus amigas y piensa que te quiero y que estoy aquí para lo que necesites. Lo sabes, ¿verdad?
Sara tardó mucho tiempo en contarle todo aquello a Juan. No es fácil compartir lo que se siente al perder en un instante a todos los miembros de tu familia, los vivos y los muertos.
—¿Cuántos años tenías cuando murieron? —le preguntó Juan.
—Acababa de cumplir veintidós.
—O sea, que no habías terminado la carrera.
—No.
—¿Cómo pudiste terminarla? ¿Tenían un seguro de vida o algo así?
—Ojalá —suspiró Sara, con una sonrisa triste—. Dejaron algo de dinero ahorrado, pero con eso apenas pude pagar los impuestos y el entierro. Tuve que vender el coche de mis padres y un montón de cosas más. Y ponerme a trabajar, claro.
Juan la miró pensativo.
—¿Por qué no vendiste su casa?
—Porque la mitad es de mi hermana. Ella no vino al entierro pero su marido sí mandó a un abogado con un poder para firmar la aceptación de la herencia.
—¿Nunca te ha propuesto venderla, alquilarla o hacer algo con ella?
—No, y dudo mucho que llegue a hacerlo. Cayetana puede ser una desconsiderada, pero te aseguro que el dinero es lo último que le interesa.
Juan permaneció en silencio y Sara sonrió aliviada, pensando que por fin su novio había comprendido por qué vivía como lo hacía y no hablaba del pasado. Pero Juan no estaba pensando en nada de eso. Estaba sintiendo, por primera vez, una profunda admiración por Sara, por eso no dudó en decir:
—Vamos.
—¿Adónde?
—A por tus cosas.
—¿Por qué?
—Porque te vienes a vivir conmigo.
—Pero, Juan, tu apartamento es muy pequeño.
—Mejor. Así no nos costará llenarlo de buenos recuerdos —dijo él con ternura.
En ese momento empezó lo que Sara consideraba la época más feliz de su vida. Entre sus guardias en el hospital y los viajes de Juan, que por aquel entonces trabajaba en una consultoría internacional, pasaban mucho tiempo separados; pero Sara no se sentía sola porque, como bien había vaticinado Juan, en aquel apartamento minúsculo fueron atesorando recuerdos maravillosos, como el del día que Juan llegó a casa con una gran noticia:
—Sara, voy a dejar la consultoría.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Estoy harto de viajar a todas horas, sobre todo ahora que te tengo a ti.
—Pero si lo dejas, ¿qué vas a hacer?
—Voy a montar una asesoría por mi cuenta. Ya tengo un par de clientes que se vienen conmigo y conseguiré muchos más. Seguiré trabajando como un animal, pero esta vez será solo para nosotros y no pararé hasta que puedas dejar de hacer guardias. Casi no te veo, Sara, y lo odio. Odio todo aquello que te aparta de mí. Sara… ¿Estás llorando?
Sí, Sara estaba llorando. Había pasado tanto tiempo anhelando que alguien, más allá de sus amigas, se preocupara de verdad por ella, que la emoción la desbordó. Era como volver a tener una familia y eso, después de que la suya desapareciera de la noche a la mañana sin dejar rastro, le pareció un regalo. Juan la abrazó, limpió cada lágrima a base de caricias y consiguió que el momento fuera mágico, apasionado y chisporroteante. Tan mágico, apasionado y chisporroteante, que Sara se quedó embarazada.
Aunque nunca habían hablado de tener hijos, ambos acogieron la noticia con ilusión. Sin embargo, ninguno de los dos se acordó de plantear si debían dar un paso más en su relación. O, tal vez, no quisieron. Juan pensaba que estaban bien así y Sara no quería forzar las cosas. Pero las forzaron. En el cuarto mes de embarazo, Sara tuvo un fallo renal que las llevó, a ella y al bebé, directas a quirófano. Por suerte todo salió bien, pero Juan se asustó de verdad y, en la misma cama de hospital le entregó con torpeza un anillo tan caro que hasta Gollum habría renunciado a él. Puede que el escenario no fuera el más romántico del mundo, pero para Sara fue un momento precioso.
Juan no quiso esperar al nacimiento del bebé para celebrar su amor por todo lo alto, y así fue como, en la semana treinta y seis de embarazo, Sara rompió aguas frente al mismísimo altar y tuvieron que salir corriendo al hospital.
—¿Nos vamos de luna de miel? —preguntó Sara con picardía esa misma noche, con Loreto recién nacida en sus brazos.
Juan sonrió feliz.
—En cuanto crezca un poco nos iremos los tres donde tú quieras.
Jamás volvieron a hablar del tema. ¡Fue imposible! Loreto se despertaba cada dos o tres horas pidiendo atención con un llanto desesperado, algo habitual en los dos o tres primeros meses de vida, pero llegado el quinto y el sexto, empezaba a ser preocupante.
—No duerme más de cuatro horas, ¡eso no puede ser normal! —explotó Juan un día, en la consulta de un antiguo compañero de universidad de Sara que parecía disfrutar con su desesperación porque siempre había estado enamorado de ella.
—Os ha tocado un bebé que no duerme, eso es todo. Mientras siga ganando peso y creciendo a buen ritmo, no hay ningún problema.
Juan pidió una segunda opinión y también una tercera, pero no consiguió que les recetaran nada nuevo, solo una buena dosis de amor y mucha paciencia. Dos remedios de los que ambos iban cada vez más escasos.
—¿Qué nos está pasando, Juan? —murmuró Sara en el avión, casi sin querer.
Juan cambió de postura en su asiento al oírla, pero siguió durmiendo como un gusano de seda en su capullo. Loreto, sin embargo, se inquietó en sus brazos. Se revolvió tanto que tiró a Po, su perrito de peluche, al suelo. Sara se inclinó para alcanzarlo y se lo dio, pero era demasiado tarde. Loreto ya se había espabilado del todo.
Con el fin de evitar que despertara a su padre, Sara buscó la cartera en su inmenso bolso. Loreto se entretenía mucho jugando con las tarjetas de crédito. Como tardaba en encontrarla, decidió sacar lo primero con lo que tropezó, su pasaporte provisional y las fotos que, al final, no había necesitado. La niña lo agarró todo con sus manitas y, cuando Sara comprobó que la mujer cansada y descuidada que la miraba desde la tira del fotomatón nada tenía que ver con la rubia despampanante que aparecía en su pasaporte, entendió que el policía guapo no pretendía ofenderla cuando le dijo aquello de: «Suerte para usted, está muy desmejorada». Solo había dicho la verdad, una verdad flagrante hasta para un bebé de veinte meses.
—¿Mamá? —preguntó Loreto con su lengüita de trapo, señalando la foto del pasaporte.
—Sí, esa era mamá —susurró Sara.
—No, no, no, no —aseguró la pequeña riendo, y volvió a preguntar incrédula—: ¿Mamá?
Sara le dio un beso en la frente para evitar que el juego se convirtiera en un bucle interminable. Apoyó la cabeza en su asiento y la giró para observar a Juan. Sí, ambos parecían haber envejecido una década en tan solo unos meses pero, ¿acaso era eso posible?
«Claro que es posible», pensó Sara con tristeza. «Es lo mismo que les ocurrió a papá y mamá cuando Caye se fue a México y decidió no regresar».
CAPÍTULO CUATRO
Todo comenzó con uno de tantos viajes exóticos que Cayetana hacía cuando era joven, vegetariana, activista de causas perdidas y todo aquello que pudiera molestar a su padre. Llevaba semanas recorriendo Centroamérica cuando llegó a Tulum, en plena Rivera Maya.
—Tulum es increíble, Sarita. Es un lugar mágico donde te puede pasar de todo —le explicó a su hermana en una de sus escasas llamadas de teléfono.
Sara sonrió al comprobar que la tendencia natural de su hermana a la exageración se mantenía intacta, aunque aquella vez, no exageraba. Tulum resultó ser un lugar mágico de verdad donde todo era posible, como que Cayetana encontrara a su alma gemela, un tal Álvaro, y que decidieran casare a los tres días de conocerse. Tenía apenas veinte años.
El padre de Sara montó en cólera cuando se enteró de la noticia. Estaba tan enfadado que fue hasta México con el firme propósito de anular la boda y traer a Cayetana de vuelta, pero ni él ni sus abogados ni su determinación pudieron hacer nada contra de la magia de Tulum.
No volvieron a tener noticias de Cayetana hasta un año más tarde, cuando llamó a casa para contarles que ahora vivía en Cancún y, así de pasada, algún detallito más sin importancia:
—Cancún es un elogio al capitalismo, pero el mar es increíble y aquí hay mucho trabajo para Álvaro. De algo tenemos que vivir, ¿no? Además, en quince días nacerá mi bebé.
La noticia cayó como una bomba, sobre todo porque pretendía dar a luz a su hijo en su propia casa; y Sara decidió ir a verla, aunque para ello tuviera que enfrentarse, por primera vez en su vida, a su padre:
—Papá, somos su familia y tenemos que apoyarla.
—Ese es el problema, Sara, que como siempre la hemos apoyado, nunca ha tenido que asumir las consecuencias de sus actos —protestó su padre—. ¿Tienes idea de lo que tu madre y yo hemos gastado en multas, fianzas y abogados cada vez que tu hermana se manifestaba desnuda en las plazas de toros, se encadenaba a los árboles o saboteaba el Congreso de los Diputados? Decenas de miles de euros, Sara. ¿Y cómo nos lo agradece? Largándose con el primer cantamañanas que encuentra dispuesto a seguirle la corriente.
—Pero dice que va a tener a su hijo en casa, papá. ¿Tienes idea del riesgo que corre?
—Es su decisión y, por tanto, su problema.
—Papá, entiéndelo. Yo soy médica y puedo ayudarla.
—Aún no, Sara, te quedan dos años de carrera y el MIR.
—Sí, pero puedo asistir un parto. Así, si no consigo convencerla de que vaya a un hospital, al menos podré ayudarla.
—Sara, te lo prohíbo.
—¿Por qué?
—Porque esto es precisamente lo que busca tu hermana, que vayamos a sacarla del apuro.
—Tener un hijo es más que un apuro, papá. Lo siento, pero voy a ir verla.
—¿Con qué dinero, Sara? —la retó su padre, harto de discutir.
—Con el que yo le voy a dar. —La voz de Sol, la madre de Sara, sonó contundente por todo el salón y colapsó el aire con su tristeza.
El padre de Sara se giró hacia ella sorprendido. Su rostro pasó de la sorpresa al enfado y, finalmente, a la derrota. Fue entonces cuando Sara se dio cuenta de cuánto había envejecido en tan poco tiempo.
—Está bien. Haced lo que queráis, pero una cosa os pido: No os llaméis a engaño. Cayetana solo piensa en sí misma, y nosotros, su familia, no le importamos nada —sentenció.
Tres días más tarde, Sara llegó al aeropuerto de Cancún, donde su cuñado Álvaro la esperaba con una enorme sonrisa y su nombre dibujado en un cartel. Era uno de esos chicos tan encantadores y amables que al final terminan provocando desconfianza. Guio a Sara por el aeropuerto hasta una furgoneta llena de turistas que tenía que repartir por varios hoteles de la cadena de resorts americana para la que trabajaba.
—Esto es algo provisional —le dijo a Sara—. Muy pronto conseguiré algo mejor. Así podré cuidar a Cayetana como se merece. Como a una reina.
—Álvaro, si hay alguien en este mundo que no quiere ser una reina, esa es mi hermana —le advirtió Sara.
—Sí, ¿verdad? Es tan auténtica… —suspiró Álvaro con una sonrisa que hubiera encogido el corazón de cualquiera, pero que a Sara le provocó un escalofrío.
Tras repartir a todos los turistas, Álvaro llevó a Sara a su casa. Como era de esperar, vivían en una casucha de mala muerte en Cancún pueblo, lejos del lujo y el glamur de los hoteles, pero contra todo pronóstico, estaba limpia y ordenada. Cayetana salió a recibirlos descalza, con los brazos abiertos y su larga melena rubia cayendo libre y salvaje hasta la cintura. Seguía como siempre, salvo por la inmensa barriga de embarazada y por el precioso vestido blanco bordado con flores de cien colores que llevaba puesto.
—Caye, esto es muy bonito —le dijo Sara después de abrazarla.
—¿Te gusta? Es el vestido típico de Yucatán. ¡Tengo millones! Los hago en casa y después los vendo en la playa. Al principio me los compraban en una tienda de un centro comercial muy pijo, pero cuando vi que cobraban a las clientas diez veces más de lo que me pagaban a mí, les insinué amablemente que fueran a burlarse de otra.
—¿Amablemente? ¿Eso significa que te esposaron? —dijo Sara, riéndose.
—Solo un poco, pero ¿qué más da? Mira, he hecho uno para ti y otro para mamá.
—Son muy bonitos —reconoció Sara, sorprendida de que su hermana tuviera algo parecido a un trabajo y de que se mostrara generosa con su madre.
Estuvieron hablando toda la noche. Cayetana le contó a Sara lo feliz que se sentía viviendo en Cancún, lo estupendo que era Álvaro y lo maravilloso que era estar embarazada:
—Las mujeres somos diosas, Sarita. Cuando estés embarazada lo entenderás.
Pero lo mejor del viaje de Sara llegó cuando, unos días más tarde, Álvaro la despertó en plena noche.
—¿Qué pasa?
—Ven, por favor, Cayetana se encuentra mal.
Sara se levantó corriendo y fue hasta la habitación de su hermana.
—Álvaro, ¿para qué la despiertas? Ya te dije que son gases. No tendría que haberme comido el quinto taco de carnitas[2] —dijo Cayetana.
Nada más tocar su barriga, Sara confirmó que no se trataba de gases, sino de contracciones.
—Las tienes cada diez minutos, Caye, tu bebé está en camino. Vamos a un hospital.
—Sarita, ya lo hemos hablado. No quiero ir a un hospital. No estoy enferma, solo voy a tener un bebé y no quiero que nazca en un quirófano frío y cargado de mal karma.
Sara miró a Álvaro con preocupación. Necesitaba ayuda para convencerla.
—Caye, mi reina, estoy preocupado por ti. No quiero que te duela —dijo él.
Cayetana tomó entonces la cara de su marido entre sus manos con suma ternura.
—Cariño, ¿cómo me va a doler traer al mundo a un hijo tuyo? ¡Es imposible! Además, estoy segura de que los dolores del parto no son más que un oscuro plan de la industria farmacéutica para vendernos anestesi… ¡Ahhh! —gritó de pronto, con el rostro crispado y las uñas clavadas en la cara de Álvaro.
Una contracción, una de las que duelen de verdad, tiró por los suelos cuantas teorías alternativas había urdido Cayetana sobre el hecho de alumbrar a un hijo.
—Álvaro, ¡tenemos que irnos ya! —gritó Sara, mientras lo ayudaba a liberar su cara de las manos de Cayetana, que se aferraban a ella con la fuerza de un jaguar enloquecido.
—Voy… Voy a por la camioneta —dijo Álvaro, con la cara llena de arañazos.
Cuatro horas más tarde, en el paritorio, Cayetana gritaba con todas sus fuerzas y un insólito acento mexicano:
—¡Mátenme, hijos de la chingada! ¡Mátenme de una vez!
Aunque nada más llegar al hospital suplicó que le pusieran anestesia parcial, general o incluso que le dieran un golpe en la cabeza para no sentir dolor, la torpeza del joven anestesista (o puede que algún oscuro plan de la industria farmacéutica en su contra) provocó que no le hiciera efecto a tiempo.
—Ayúdenla a empujar, ¡ahora! —ordenó el médico.
—Vamos, Caye. Una, dos y tres —dijo Sara, apretándole la mano.
Cayetana infló los carrillos, apretó los ojos muy fuerte y se concentró en realizar un abdominal que le hizo ver las estrellas.
—¡Esto duele mucho! —gritó.
—Doña Cayetana, otro poquito y ya, de veras. ¡Empújele! —insistió el doctor.
—¡Que me duele! ¡Chingao!
—Caye, mi reina, no grites así, ¿qué va a pensar el doctor? —suplicó Álvaro, cada vez más avergonzado.
Cayetana se dejó caer sobre la cama, miró a su marido y gritó llena de ira:
—Que piense lo que le dé la gana, Álvaro, ¡pero que saque a este niño de mi cuerpo ya!
—Ándele, doña Cayetana, aproveche que está enojada y empuje —propuso el doctor, con fingido entusiasmo.
Cayetana se incorporó ligeramente sobre los codos para así establecer, por encima de su barriga y entre sus piernas, contacto visual con el doctor.
—¡Empujaré cuando me dé la rechingada ganaaa! —vociferó, con tal fuerza, que de pronto todo cambió.
Un chasquido acuoso dio paso a un silencio inquietante que rompió el llanto de un niño de más de cuatro kilos tras inspirar su primera bocanada de aire caribeño.
—Enhorabuena, es un varón —anunció el doctor.
—¡Sí! —gritó Álvaro con los puños en alto y un evidente subidón de testosterona.
—Caye, ya está —anunció Sara.
—¿El qué? ¿Qué pasó? ¿Por qué no me duele?
—Nuestro hijo, ya está aquí, mi reina —dijo Álvaro, y antes de que Cayetana pudiera reaccionar, la matrona dejó un bulto nervioso sobre su pecho.
—¡Álvaro! ¡Es igual que tú! —exclamó Cayetana.
—Sí, se parece a mí, ¿verdad?
—Es precioso, Caye. ¿Cómo lo vais a llamar? —preguntó Sara.
—Kin —dijo Cayetana, y al ver que la cara de su hermana se convertía en un signo de interrogación, le explicó—: Significa sol en maya.
—¿Sol? ¿Como mamá?
—Sí, como mamá. Después de todo lo que le he hecho sufrir… Iremos a verla en cuanto podamos. ¿Verdad, Álvaro?
—Claro que sí, mi reina —contestó él, y selló su promesa con un beso en los labios.
Sara regresó a España orgullosa de poder demostrar a sus padres que su hermana había sentado cabeza. Tenía un trabajo, era feliz y, a su manera, los quería.
—Ojalá tengas razón —dijo su padre.
Pero no la tenía. Cayetana lo demostró seis meses más tarde, cuando sus padres murieron y no hizo el menor esfuerzo por viajar a España para acompañar a Sara. Una faena que, sin embargo, trece años más tarde no le impidió tener la desfachatez de llamarla para comunicarle que su marido había muerto y pedirle que viajara a Cancún para acompañarla en tan duro momento.
—¿Auriculares? —preguntó la azafata en el avión.
Sara los aceptó sonriendo. Juan seguía dormido y Loreto necesitaba algo nuevo para entretenerse.
—¿Eto? —dijo la pequeña, señalando el paquetito que tenía su madre en la mano.
—Son para ti —le susurró Sara al oído.
La pequeña agarró los auriculares, miró a su madre y sonrió. Era su forma de dar las gracias. Sara le devolvió la sonrisa y pensó que, tal vez, la gratitud fuera un sentimiento natural para todo ser humano que algunas personas, como Cayetana, decidían ignorar. ¿Y cuál era entonces el sentido de ese viaje que, además de complicado, con toda probabilidad resultaría inútil? La respuesta brotó de lo más profundo de su corazón cuando miró por la ventanilla y observó el cielo:
«Puede que Cayetana solo piense en sí misma, papá, pero es lo único que me queda de vosotros. Por eso la necesito».
[2]. Carnitas: carne de cerdo cocida a fuego lento en cazuela de cobre. Existen muchas formas de prepararlas y las más famosas son las de Quiroga o Santa Clara de Cobre, en Michoacán, pero también las de cualquier puesto callejero de Xochimilco, en Ciudad de México, te llevarán al cielo. (N. de la A.)
CAPÍTULO CINCO
Tras diez horas de vuelo, Sara y Juan llegaron al aeropuerto de Cancún. Había mucha gente, hacía demasiado calor para la ropa que llevaban y las maletas tardaban en salir, pero Sara no pensaba en nada de eso. Plantada frente a la cinta de equipajes, no dejaba de preguntarse qué aspecto tendría Cayetana. Por más que intentaba imaginársela con trece años más, solo venía a su mente el último recuerdo que tenía de ella, diciéndole adiós descalza con su bebé en brazos.
«Seguro que está preciosa», pensó Sara con cierta envidia.
Los pocos días que pasó con su hermana en Cancún tras el parto, fueron suficientes para comprobar que Kin era un bebé tranquilo, de los que duermen durante horas y hay que despertar para darles de comer. Además, los planes de Cayetana consistían en criarlo en casa, rodeado de amor por la naturaleza, libertad y vestidos bordados de flores. Una vida tranquila que, a buen seguro, la habría convertido en una de esas hippies alegres y de rostro sereno que conducen una Volskwagen desvencijada con el símbolo de la paz pintado a brochazos. Claro que… Cayetana no tenía carné de conducir. ¿Sería capaz de ir a buscarlos atravesando la zona hotelera de Cancún en un carro tirado por mulas?
—Sara, ¡la silla! —gritó Juan, de pronto.
Sara dio un respingo. Estaba tan distraída que la silla de Loreto pasó por delante de ella sobre la cinta de equipajes. Trató de alcanzarla, pero le resultó imposible. Había demasiada gente con maletas a su alrededor y no pudo esquivarlas porque llevaba a Loreto en brazos. Se quedó contemplando impotente cómo se alejaba la silla sin darse cuenta de que Juan, cargado con la mochila de los pañales de Loreto y las dos maletas que acababa de recoger, la miraba preocupado. De algún modo, en aquel momento tuvo la certeza de que el reencuentro de Sara con Cayetana, la terminaría apartando de él.
Una vuelta de cinta más tarde, cuando por fin tenían todas sus cosas amontonadas en un carro y a Loreto en su silla, se dirigieron a la salida. Al ver el gentío que esperaba impaciente a los pasajeros, el corazón de Sara se aceleró. La mayoría eran personas mostrando un cartel con nombres en todos los idiomas: miss Fletcher, mademoiselle Dumont, señor Vela… A Sara se le encogió el estómago. Trece años atrás, Álvaro la estaba esperando allí mismo con uno de esos carteles frente a su pecho. Y ahora estaba muerto.
—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Juan.
—No lo sé, no la veo —dijo Sara.
Buscó entre el gentío un vestido blanco de flores y una melena rubia, pero no encontró nada parecido, y los pasajeros que iban saliendo tras ellos los obligaban a avanzar, algunos sin ninguna consideración.
—¡Ay! —chilló Sara.
Un hombre que guiaba a un grupo de japoneses le golpeó el tobillo con un carro en el que llevaba equipaje suficiente como para vestir a todo Tokio durante décadas.
—Ay, esquiusmi —dijo el hombre, en un inglés tan musical como rústico.
—No pasa nada —dijo Sara, masajeando su tobillo.
—Híjole, pensé que era usted gringa. Como es tan alta y tan güera…[3]
—¿Perdón? —preguntó Sara, sin comprender ni una palabra.
—Nada, güerita. Con permiso —dijo el asesino de tobillos, casi cantando, y se alejó despreocupado con sus japoneses, que se movieron tras él con la misma coordinación que un banco de sardinas.
Sara levantó la tela de su vaquero para ver su tobillo. Tenía la piel arañada y empezaba a sangrar. Juan se acercó a ella, le puso la mano en la cintura y le preguntó con ternura:
—¿Estás bien?
Puede que fueran los nervios, el cansancio o el calor. La cuestión es que Sara se incorporó y se giró hacia Juan con el firme propósito de abrazarlo y decirle que sí, que estaba bien, y que siempre lo estaría mientras siguieran juntos. Pero no lo hizo. Una imagen insólita, increíble, casi grosera, llamó su atención antes siquiera de que pudiera establecer contacto visual con su marido. Una imagen que provocó que Sara no dudara en soltar la silla de Loreto ni en apartar a Juan de un empujón para dar unos pasos adelante y observarla con suma atención.
A tan solo unos metros, en un rincón apartado, una hermosa mujer trataba de esconder su impaciencia tras unas oscuras gafas de sol. Era una mujer bellísima y sofisticada, de esas que llaman la atención con su sola presencia pero que, además, cargan su outfit de exclusividad. Llevaba su melena rubia recogida en una original trenza de raíz que desvelaba un cuello esbelto y una piel sedosa, ligeramente bronceada. Su vestido, negro y sin mangas, tenía un corte tan exquisito que habría hecho parecer una princesa incluso a Jason Momoa. Se ceñía a su cuerpo con elegancia y llegaba hasta la altura justa para descubrir unas rodillas firmes y unas piernas de escándalo, en parte gracias a unos finísimos zapatos de tacón que hacían juego con un bolsito que la mujer llevaba en el brazo con el estilo de una diosa.
—No puede ser —murmuró Sara, plantada entre la multitud como una fría estatua.
Y, como si hubiera distinguido una voz familiar entre el guirigay que reinaba en el aeropuerto, la mujer elegante se giró hacia ella, deslizó sus gafas hasta la punta de su nariz con un movimiento más que estudiado y, durante un breve instante, sonrió.
Aunque nada tenía que ver con la preciosa hippy jovial y serena que Sara se había imaginado, esa mujer era, sin duda, Cayetana. Su rebelde y transgresora hermana pequeña.
—¡Sarita! —exclamó, corriendo a lanzarse en sus brazos.
—Caye… —dijo Sara con dificultad. Oír su voz llamándola así, Sarita, y sentir su cuerpo aferrándose al suyo, fue como volver a estar en casa después de vivir una pesadilla de trece años.
—No sabes cuánto te he echado de menos, Sarita. Me haces tanta falta… Y después de lo mal que me porté contigo… No lo puedo creer… ¿Podrás perdonarme? —preguntó Cayetana mientras la abrazaba.
Sara no supo qué responder. Eran tantas emociones y estaba tan sorprendida, que solo acertó a decir:
—Siento mucho lo de Álvaro.
Cayetana deshizo su abrazo y, cabizbaja, rozó su nariz con un pañuelito blanco de tela que había sacado de la nada.
—Lo sé, Sarita, gracias. Le caíste tan bien…
Como siempre y a pesar de todo, Sara sintió la imperiosa necesidad de hacer algo para distraer a su hermana y evitar que llorara.
—Mira, Caye, este es mi marido —dijo cuando tomó su brazo para conducirla hasta el lugar donde se encontraban Juan y Loreto.
Cayetana se recompuso y, sin quitarse las gafas, le dio a Juan un corto, frío y pretencioso abrazo.
—Juan, encantada de conocerte.
—Igualmente —contestó él a duras penas, ocupado en disimular su sorpresa.
Su cuñada era, sin duda, la mujer más hermosa que había visto jamás. Pero el motivo de su asombro era el enorme parecido que guardaba con Sara. Tener a Cayetana delante era como estar frente a una versión pro de aquella joven fabulosa que conoció en una fiesta y de la que se enamoró al instante. La mujer a la que había jurado amar siempre y con la que apenas había hecho el amor desde que se convirtió en madre.
—Qué suerte has tenido con Sarita, Juan. Es tan lista… ¡Toda una doctora! ¡Neuróloga ni más ni menos! Tú serás cirujano plástico como poco, ¿no? —dijo Cayetana, como quien resuelve una sencilla ecuación de primer grado.
—No… Yo… Soy economista —aclaró Juan, sin comprender la relación y con un ligero escozor en su ego que decidió ignorar por el bien de su autoestima.
Cayetana lo miró de arriba abajo con suma atención y, por la mueca que se dibujó en sus labios, estaba claro que esperaba algo más.
—Y esta es Loreto —anunció Sara orgullosa, señalando la silla donde la pequeña permanecía tranquila, centrada solo en abrazar al harapiento Po.
—¡Oh! ¡Mi vida! ¡Es preciosa! Pero ¿qué le pasa? ¿Está enferma? —preguntó Cayetana.
—No, ¿por qué?
—Como va así, en pijamita y toda despeinada…
—Sí, bueno, en realidad es su ropa interior. Le hemos quitado lo que llevaba puesto para que no tuviera calor —se excusó Juan, sin entender muy bien por qué.
—Caye, ¿ese de ahí es Kin? —preguntó Sara.
—Sí. Está enorme, ¿verdad?
Cayetana hizo una seña discreta a un muchacho alto y desgarbado que caminó hacia ellos esforzándose por tapar, con un largo flequillo rubio, su incipiente acné. Llevaba bermudas, polo negro y era más que evidente que se sentía incómodo vestido así. Tras él, caminaba un hombre regordete de sonrisa amistosa cuya piel morena hacía destacar una guayabera blanquísima.
—Kin, te presento a nuestra familia.
—Mucho gusto —dijo el muchacho, extendiendo su mano hacia Juan y dándole un tímido beso a Sara.
—Te acompaño en el sentimiento —dijo Juan.
—Gracias —musitó el joven que, acto seguido, pulsó con disimulo los botones laterales de su teléfono hasta que una música estridente salió velada de los auriculares inalámbricos que parecían soldados a sus orejas.
Cayetana lo miró disgustada y, justo cuando parecía que iba a reprenderlo, alguien irrumpió en la conversación con la clara intención de evitarlo:
—Permítanme que me presente. Soy Celso Pérez, el chófer de doña Cayetana. A sus órdenes —dijo el hombre gordito de sonrisa amistosa y guayabera blanquísima.
—Sí, perdón —dijo Cayetana—. Celso, le presento a mi hermana, la doctora Sara Arcaute, y a su esposo, el doctor Juan…
—González —se apresuró a decir él, cuando se hizo evidente que su cuñada no conocía su apellido.
—¿González qué más? —preguntó Cayetana.
—García.
—¿García qué más?
—Solo García, nada más.
Tras unos breves segundos de confusión, Cayetana reaccionó:
—¡Oh! Disculpa, supuse que al ser tan común, al menos sería un apellido compuesto.
—No, lo siento —dijo Juan, tratando de encajar ese nuevo ataque a su ego.
—Bueno, no importa. Permitidme que os aclare que Celso no es solo nuestro chófer, es una persona muy querida y de total confianza que estará a vuestra disposición. ¿Verdad, Celso?
—Sí, doña Cayetana, cómo no —dijo el chófer, y como si quisiera confirmar su buena actitud, se dirigió a Juan—: Permítame, yo me encargo de su equipaje.
—Tranquilo, no es necesario.
—Sí, permítame, por favor.
Juan desistió al darse cuenta de la actitud nerviosa de Celso y lo que le pareció un gesto de disgusto en el rostro de Cayetana cuando propuso:
—¿Nos vamos? Me imagino que querréis cambiaros de ropa.
—Sí, lo cierto es que sí —dijo Sara, al darse cuenta de que la chaqueta que llevaba atada a la cintura, estaba llena de pelotillas.
—Síganme, por favor, el carro esta por acá —dijo Celso.
—¿Cabremos todos en un coche? Si es necesario, podemos coger un taxi —dijo Juan.
Cayetana se puso muy tensa y lo miró con gesto serio, sobre todo cuando vio a Celso darse la vuelta para disimular que le entraba la risa.
—Aquí no se cogen las cosas, Juan. Aquí se toman o se agarran —explicó con severidad y un ligero rubor en sus mejillas.
—Es verdad, lo siento —murmuró avergonzado. Con todo lo que había viajado, ¿cómo había podido olvidar la erótica connotación del verbo coger?
—No se preocupe, doctor, el carro de doña Cayetana tiene ocho asientos, cabemos todos —dijo Celso, el rostro congestionado de tanto aguantarse la risa—. Síganme, por favor.
Cayetana y Kin lo siguieron en silencio. Sara y Juan se miraron, «agarraron», que no «cogieron», la silla de Loreto, y fueron tras ellos.
Caminaron en silencio por el aeropuerto hasta que cruzaron la puerta de salida. Una vez fuera, los recibió una brisa cálida y una larga fila de palmeras que se alzaban despeluchadas hacia un cielo azul increíble.
—¿Qué es ese ruido tan molesto? —preguntó Cayetana, deteniéndose de pronto.
Todos la miraron sin comprender, hasta que Sara se dio cuenta de que se refería al chirrido metálico que hacía la silla de Loreto.
—Es esta rueda de aquí, tenemos que ponerle aceite —explicó.
—¡Oh! Tranquila, Celso se encargará después —dijo Cayetana, y reemprendió la marcha despreocupada.
Sara la miró perpleja, preguntándose de qué material sería el palo que se había implantado en la columna para caminar tan recta con semejantes tacones. ¿Madera? ¿Hierro? ¿Acero blindado como el que rodeaba ese inmenso todoterreno cuyo portón trasero se abrió en cuanto Celso se acercó a él?
—Esto es… Es… ¿Es un Karlmann King? —preguntó Juan.
—Sí, es un Karlmann —dijo Celso.
—Alucino…
—Fue el último capricho de Álvaro —murmuró Cayetana, con su pañuelito en la nariz.
Celso chasqueó la lengua con pesar y, visiblemente apenado, comenzó a meter todo en el maletero.
—Sara, ¿me ayudas a sacar a Loreto de la silla? —dijo Juan, con un tono que dejaba claro que no necesitaba ayuda, pero sí decirle algo.
—¿Qué pasa? —susurró Sara, inclinada sobre la pequeña para soltarla.
—¿A qué se dedicaba Álvaro?
—Lo último que supe es que era el chófer del dueño del hotel en el que trabajaba.
—Imposible —bufó Juan—. ¿Tienes idea de lo que vale este coche?
—¡Shhh! Te van a oír —lo regañó Sara, pero cuando Celso abrió la puerta del Karlmann y vio su interior, comprendió la reacción de su marido.
Ella no entendía mucho de coches, pero estaba claro que aquel era la máxima expresión del lujo. Seis asientos de piel, tan suave que parecía de bebé delfín, aparecían dispuestos unos frente a otros formando una especie de salón al que no le faltaba detalle. Hasta tenía una sillita en la que podrían llevar a Loreto.
—Y yo pensando en carros tirados por mulas… —dijo Sara.
—¿Decías algo, Sarita?
—No, nada. Es que… ¿Y esta silla?
—La mandé comprar esta mañana para tu bebé. Espero que le sirva —dijo Cayetana.
—¿De verdad hiciste eso?
—¡Claro! Quiero que vuestra visita a Cancún sea lo más agradable posible, Sarita. Es lo menos que puedo hacer para daros las gracias por haber venido a acompañarnos, ¿no crees?
Sara no supo qué decir ni qué pensar. No podía creer que, en los escasos diez minutos que llevaban juntas, Cayetana le hubiera pedido perdón y que ahora le diera las gracias. Su corazón clamaba por creerla, pero no era la primera vez que la engañaba y no podía bajar la guardia.
Aún no.
[3]. Güero/ra: persona de piel clara y cabello rubio. (N. de la A.)
CAPÍTULO SEIS
Cuando ya estaban todos acomodados y la pequeña Loreto atada en su sillita nueva, el Karlmann se puso en marcha y salió del aeropuerto para tomar la carretera de Cancún-Chetumal, que los llevaría casi directos al Boulevard Kukulkán, la gran avenida que cruza la zona hotelera de Cancún. Cayetana tocó con cariño la rodilla de Kin y le quitó uno de sus auriculares.
—Kin, basta de música, por favor. Sarita y Juan son tus tíos, habla con ellos —le dijo.
El joven alargó la mano para que le devolviera su auricular, se lo colocó de nuevo y bajó un poco la música, al menos lo suficiente como para que no se escuchara desde la otra punta de Cancún.
Sara esperó en vano que su hermana hiciera caso de sus propias palabras y que dejara de comportarse como una pija estirada para volver a ser ella misma. Pero no lo hizo. Se acomodó en su asiento con la espalda muy recta, cruzó las piernas en una pose sofisticada y se quitó sus oscuras gafas de sol. Fue entonces cuando Juan empezó a sospechar. Los ojos de Cayetana eran verdes, como los de Sara, pero de un tono mucho más intenso, y estaban enmarcados por unas pestañas infinitas y una piel tersa en la que no había ni una imperfección. Costaba creer que esa mujer tuviera solo un año menos que Sara, pero también que acabara de quedarse viuda. Si bien estaba claro que Cayetana no era feliz, su mirada no reflejaba tristeza, sino un misterioso recelo cuyo motivo Juan tendría que descubrir para proteger a Sara.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Cayetana.
—Bien, pero casi perdemos el vuelo. Sara se dejó el pasaporte en casa y tuvimos que ir a la comisaría del aeropuerto para que le hicieran otro. Por suerte, todo quedó en un susto, ¿verdad, cariño? —dijo Juan, enlazando sus dedos con los de su mujer. Mostrarse encantador era lo primero que tenía que hacer para ganarse la confianza de su cuñada.
Sara se giró hacia él con la duda en la cara. No entendió el motivo de esa nueva y edulcorada actitud hasta que vio la enorme sonrisa que Juan le dedicó a su hermana. ¿Quería impresionarla? Bueno, al fin y al cabo, Cayetana estaba tremenda y tenía un coche alucinante, de modo que decidió seguirle la corriente.
—Sí, fue increíble. Gracias a la actitud positiva de Juan, salimos de ese infierno. No sé qué habría hecho sin su apoyo —dijo Sara y, después, apachurró los dedos de Juan entre los suyos hasta que le arrancó un lamento en forma de «¡Ay!».
—Oh, Sarita, ¡lo siento de verdad! Siento tanto que tuvieras que pasar un mal rato por mi culpa… —dijo Cayetana, realmente afligida.
Sara la miró preocupada. Definitivamente su hermana se había convertido en otra persona y semejante giro no podía ser sino el resultado de un gran sufrimiento.
—Caye, ¿cómo estás? —le preguntó, mirándola directamente a los ojos.
Cayetana volvió a esconderse tras sus oscuras gafas de sol y, pañuelito de tela en mano, murmuró:
—Fue todo tan horrible, Sarita… Mr. Thomas organizó una excursión en su yate para ir a la isla de Cozumel. A varios de sus invitados se les antojó bucear, y como Álvaro era un experto buceador, le pidieron que los acompañara. Nadie se explica por qué se separó del grupo ni tampoco qué pudo pasar si el mar estaba tranquilo, pero…
Cayetana interrumpió su discurso, momento que Sara y Juan aprovecharon para, discretamente, admirar la belleza que los rodeaba. Parecía extraño que, en un lugar así, tuviera cabida un desconsuelo tan grande como el que apenas dejaba hablar a Cayetana.
—Lo siento, Caye —dijo Sara, aun sabiendo que sus palabras serían inútiles.
—Tardaron cinco días en encontrar su cuerpo, Sarita —continuó Cayetana— y eso que en el yate de Mr. Thomas iba gente del gobierno que respaldó la búsqueda.
—Caye, ¿quién es Mr. Thomas? —preguntó Sara.
—Percival Thomas, el propietario de los Percival Resorts, la cadena de hoteles de lujo más grande de todo el Caribe y una de las más importantes del mundo. ¿No habéis oído hablar de él? Es una persona muy conocida.
—¿Algo así como un Hilton? —preguntó Juan.
—Sí, pero con mucha más clase.
—¿Has dicho clase? —preguntó Sara, sorprendida por que una expresión así pudiera salir de boca de su hermana.
—Sí, Sarita. Él y su esposa, Linda, tienen una de las mayores fortunas del mundo y, sin embargo, son encantadores. No os imagináis lo bien que se están portando con nosotros, ¿verdad, Kin?
—Sí —balbuceó el muchacho, sin levantar la vista.
—La verdad es que no es de extrañar —continuó Cayetana, que parecía más animada por poder utilizar un cierto deje de pretencioso orgullo—. Álvaro le salvó la vida a Mr. Thomas. Fue hace mucho tiempo, cuando todavía andaba con la camioneta cargando turistas por los resorts. Mr. Thomas se quedó sin chófer de la noche a la mañana y necesitaba ir a supervisar las obras de un hotel que estaba construyendo en Playa del Carmen. Cuando venían de regreso, los asaltaron dos hombres armados. Álvaro se enfrentó a ellos y evitó que secuestraran a Mr. Thomas o algo peor. Como premio, lo nombró su chófer personal, pero Mr. Thomas enseguida se dio cuenta de que Álvaro era muy inteligente y terminó siendo su mano derecha y el director del Grand Percival Cancún Resort, el hotel más importante de todo el Caribe.
—Entonces consiguió su sueño —dijo Sara.
—¿Qué sueño?
—El de conseguir un trabajo mejor para convertirte en una reina.
Kin se revolvió nervioso en su asiento y subió el volumen de sus auriculares al máximo, como si quisiera acallar su conciencia. Al percibirlo, Cayetana se apresuró a buscar por la ventanilla algo que le permitiera correr una cortina de humo sobre su actitud. Y lo encontró:
—Ya llegamos. Bienvenidos a nuestra casa.
A través de los cristales del Karlmann, Sara y Juan vieron cómo se abría ante ellos una descomunal puerta de hierro que bien podría guardar todos los secretos del Área 54. Un gran letrero dorado con letras de trazo elegante anunciaba: Villa Cayetana.
—¡Alucino! —exclamó Juan.
Rodeada de palmeras y plantas tropicales, Villa Cayetana resultó ser una increíble mansión que se alzaba ostentosa y moderna sobre una pequeña loma a orillas del mar, a las afueras de la zona hotelera. Celso dirigió el Karlmann por un camino que parecía recién asfaltado y que llegaba hasta el pie de unas escaleras donde tres mujeres, ataviadas con vestido negro, delantal y cofia blancas, esperaban órdenes con las manos recogidas a la espalda. Junto a ellas, un hombre con pantalón y guayabera blancos no parecía tener intención de separarse de su walkie-talkie.
Una de las mujeres, la que parecía llevar la voz cantante, se apresuró a abrir la puerta de coche:
—Buenas tardes, doña Cayetana —saludó.
—Buenas tardes, Wendoline. ¿Está todo listo?
—Sí, señora, cómo no. Todo listo.
Cayetana se quedó de pie junto al coche hasta que bajaron los demás.
—Queridos —dijo en tono firme, refiriéndose a las tres mujeres y al hombre—. Aunque nos falta Marcial, nuestro vigilante del turno de noche, quiero presentarles a todos a mi hermana, la doctora Sara Arcaute, a su hija Loreto y a su esposo, el doctor Juan González García.
—Y dale con el doctor… —murmuró Juan. México no era uno de esos países en los que te cuelgan el «doctor» de premio en cuanto sales de la universidad. Si su cuñada insistía en llamarlo así era porque, claramente, consideraba que no estaba a la altura de Sara.
—Vienen desde España para acompañarnos en estos días. Confío en que todos ustedes los atenderán como se merecen, ¿verdad? —concluyó la gran dictadora ante su pequeño ejército, marcando al máximo un nuevo y sofisticado acento mexicano.
—Sí, doña Cayetana —contestaron todos al unísono.
—Gracias.
Acto seguido, el ejército rompió filas. El hombre del walkie-talkie y una de las mujeres se apresuraron a ayudar a Celso con el equipaje, mientras la mujer más joven se acercó a la pequeña Loreto:
—Yo me encargo de la niña, doctora. Soy Carmen, la nana —se presentó.
—Gracias, pero no hace fal… ta —balbuceó Sara, al ver que Loreto soltaba su mano para irse con la sonriente Carmen así, sin mirar atrás.
Sara y Juan se quedaron desconcertados, como si les acabaran de quitar el único nexo que los mantenía unidos. Si al menos hubieran tenido algo que hacer podrían haber disimulado su desazón, pero el ejército de Cayetana estaba programado para quitarles de encima hasta la tarea más simple, y todos subían las escaleras cargados con sus bártulos, incluida la mochila de la niña y el inmenso bolso de Sara.
—Wendoline, le dije que no me pusiera más ofrendas en el jardín —dijo Cayetana con severidad, mientras señalaba con el dedo un rincón en el que alguien había escondido, sin mucho éxito, una suerte de cruz sobre la que parecían haber volcado un montón de basura.
—Sí, señora, perdóneme, pero es que… Es por los aluxes… —aseguró Wendoline, frotándose las manos nerviosa.
Cayetana la miró enfadada.
—¿Cuántas veces hemos hablado de este tema, Wendoline?
—Muchas, señora, pero es que… Ahora sí le aseguro que andan por aquí. ¡Puedo sentirlos!
El rostro de Cayetana pasó del enfado a la preocupación. Levantó un momento sus gafas de sol y dejó que su mirada se perdiera unos instantes en el mar. Después, sentenció:
—Está bien, deje su ofrenda, pero me la esconde mejor.
—Gracias, doña Cayetana. Ya verá que los aluxes se lo van a agradecer con su protección.
—¿Qué es eso de los aluxes? —preguntó Sara.
—Son duendes mayas —dijo Cayetana.
—Más bien son seres del inframundo, doctora, y hay que cuidarlos porque son bien traviesos —explicó Wendoline—. Fíjese que uno de los puentes por los que pasaron ahorita viniendo del aeropuerto, el puente de Nizuc, se cayó hasta tres veces cuando lo estaban construyendo. Los ingenieros no entendían por qué se les caía a cada rato, hasta que alguien vio que lo estaban haciendo junto a las ruinas de un poblado maya que podía estar protegido por los aluxes. Tuvieron que hacerles una ceremonia y pedirles permiso para construir el puente y ya no se volvió a caer nunca. Hasta les colocaron una casita como ofrenda.
—Es una leyenda muy bonita, Wendoline —dijo Sara.
—No, si no es leyenda, doctora, es cierto —aseguró Wendoline, con tal desconcierto por la incredulidad de Sara, que Cayetana tuvo que intervenir:
—En Cancún viven muchos descendientes directos de los mayas, como Wendoline. Son muy fieles a sus creencias.
—¿Eso de ahí es un sujetador? —preguntó Juan, que se había agachado junto a la ofrenda.
—Disculpe, doctor, no lo entendí.
—Se refiere al brasier, Wendoline —aclaró Cayetana.
—Ah, sí, es un brasier para las niñas alux, que son muy presumidas. Y a los niños les puse su tabaco y un vasito de tequila —explicó Wendoline.
—¿Tabaco y tequila? Estos aluxes sí que saben montárselo bien —dijo Juan en un tono guasón que no le hizo gracia a nadie, y menos, a su cuñada.
—Vamos, me imagino que tendréis hambre —dijo Cayetana.
Cuando Sara y Juan entraron en la mansión, se quedaron tan impresionados que no supieron qué decir. Una pared de cristal les dio la bienvenida con una maravillosa vista al Caribe, un mar de colores imposibles que hacía juego con cada uno de los objetos que adornaban el inmenso salón de Cayetana, como la alfombra color turquesa, un cuadro abstracto pintado en tonos celestes y una urna azul marino colocada en una especie de pedestal en el centro de la estancia.
Cayetana fue directa hacia allí, se colocó junto a la urna y anunció con voz temblorosa:
—Aquí está Álvaro.
Sara y Juan se miraron sin saber muy bien qué hacer. ¿Deberían saludarlo? ¿Hablarle? ¿Decirle que lo sentían?
Kin, que había ido a cambiarse de ropa y ahora llevaba un bañador y una camiseta desgastada, pasó junto a ellos en ese momento. Se quedó un instante mirando la urna con los puños apretados y fue a sentarse con los brazos cruzados en el sofá de cuero blanco y al menos diez plazas que llenaba el salón. Su madre lo miró apenada, pero también con ese recelo que Juan había detectado y que parecía acompañarla siempre.
—Es una urna preciosa, Caye. Estoy segura de que a Álvaro le habría gustado mucho —dijo Sara.
—Lo sé. Es de lapislázuli, su piedra favorita. Me costó una fortuna —dijo Cayetana, con el pañuelito en la nariz y un elegante giro de cabeza que no trataba sino de esconder lo que sentía.
A Sara se le arrugó el estómago al verla así. Por eso buscó con desesperación algo que alabar para distraerla, algo como, por ejemplo, esa barrita de oro rematada a ambos lados con dos bolitas de cristal que descansaba al pie de la urna.
—Y este adorno tan bonito, ¿qué es? —preguntó.
Al oír la pregunta, Kin subió el volumen de sus auriculares hasta tal punto, que todos pudieron escuchar a Drake con la misma claridad que si lo tuvieran cantando en directo en el salón. Cayetana lo miró disgustada y Sara decidió distraerla instando a su marido a acercarse a la urna:
—Mira, Juan. Mira qué preciosidad.
Juan se acercó al pedestal. Observó el adorno entornando los ojos y giró la cabeza a un lado y a otro.
—Es muy bonito, sí.
—¿Qué es? —preguntó Sara.
Cayetana cerró los ojos y, tras un largo suspiro, les explicó:
—Es el apadravya de Álvaro. Es una pieza de oro hecha a mano y los botones son diamantes puros.
—Perdona, Caye, ¿qué dices que es? Un apa… ¿qué?
—apadravya.
—¿Es un amuleto maya o algo así? —preguntó Sara.
Juan tomó la pequeña joya entre sus dedos y, con la arrogancia que otorga el desconocimiento más profundo, la esgrimió ante su mujer y dijo:
—Un amuleto… Sara, no seas tonta. Es un pisacorbatas.
Cayetana dejó que Juan contemplara, admirara y acariciara la joya a placer. Después, sin ningún pudor y con toda malicia, lo sacó de su error:
—No es un pisacorbatas, Juan, es el piercing genital de mi difunto esposo.
El rostro de Juan pasó de la arrogancia al repelús en un nanosegundo, el mismo tiempo que tardó en lanzar la joya de nuevo a su sitio y en limpiarse los dedos disimuladamente contra su pantalón.
—¡¿Qué?! —gritó Sara, con los ojos abiertos como platos y cara de haber mordido un limón.
—Sara, por favor, eres doctora. Seguro que no es el primer piercing genital que ves —dijo Cayetana.
—Sí, pero… Caye, ¡por Dios! Todo tan elegante y… Un piercing genital… ¿Cómo…? ¿Por qué…? ¿¿Para qué??
Cayetana observó a su atónita hermana sin inmutarse y, tras otro largo suspiro, explicó con una sensualidad fuera de lo común:
—Sarita… No tienes ni idea de los momentos de placer que he vivido con esta joya dentro de mí.
Un gruñido de rabia llenó el salón. Era Kin, que se puso en pie con violencia y se marchó enfadado. Había tenido la mala suerte de que su madre dijera aquello justo en el momento en que su lista de Spotify saltaba de una canción a otra.
Cayetana observó pensativa la marcha de Kin, ajena al estupor de su hermana y a la mirada que Juan alternaba entre el apadravya y el cuerpo escultural de su cuñada. Era tan evidente lo que se estaba imaginando, que Sara tuvo que darle un golpe en el hombro para que cerrara la maldita boca.
—¿Comemos? —preguntó Cayetana, despreocupada.
CAPÍTULO SIETE
Wendoline y el resto de asistentes de Cayetana tenían dispuesto un sinfín de coloridos manjares en una inmensa terraza con vistas al mar. El verde del guacamole, el rojo pasión del agua de Jamaica [4] o el mostaza de esa salsa que iba con manual de instrucciones: «Doctores, tengan cuidado porque se pueden enchilar»…[5] Todo componía una orgía cromática en una mesa en la que no faltaba detalle, más bien sobraban unas cuantas cosas como, por ejemplo, lujo, ostentación y un cubierto.
—¿Esperamos a alguien más? —preguntó Juan.
Al parecer, también sobraban las palabras. Wendoline apareció en la terraza con la urna de lapislázuli y la colocó con solemnidad en la mesa, frente al sitio vacío. La mala suerte quiso que también, en ese momento, apareciera María con un montón de tortillas de maíz envueltas en una servilleta.
El olor a maíz caliente y un silencio difícil de asimilar se apoderaron de todo. Hasta el mar parecía haber detenido su infinito susurro en señal de respeto.
—Wendoline, ¿puede traerme una agüita especial, de esas que usted me prepara, por favor? —suplicó Cayetana, con la voz temblorosa y sin dejar de mirar la urna.
Kin levantó la vista y observó a su madre nervioso. Algo lo atormentaba y Juan pensó que rescatarlo de sus pensamientos sería una buena táctica para ganarse su confianza y, de paso, la de su madre:
—Kin, ¿cuánto mides? Eres muy alto para tener trece años, ¿no?
—Casi un metro ochenta.
—Está en el equipo de básquet del club —dijo Cayetana, orgullosa.
—Sí, pero no me gusta.
Kin no pronunció ni una palabra más en lo que duró la comida. En parte por culpa de su madre, que se encargó de que la conversación versara sobre temas tan apasionantes como los huracanes (que para combatirlos, Álvaro había mandando instalar en toda la casa unos cristales anticiclón que costaron una fortuna), la educación de los hijos (que para Álvaro era lo mejor en lo que se podía invertir sesenta mil dólares al año) o los barcos (que a Álvaro le gustaban tanto, que se compró uno y le construyó su propio embarcadero).
Hizo tal alarde de poderío económico que Sara temió la reacción de Juan. Su asesoría no terminaba de arrancar y no saber en qué se estaba equivocando lo tenía amargado. Oír hablar de millones como si el dinero cayera del cielo, podía terminar de hundirlo. Sin embargo, Juan no dejó de mostrar un sano asombro durante toda la conversación, hasta que metió la pata:
—Pues tienes suerte de que tu marido fuera tan espléndido, Cayetana. Se gastaría mucho dinero en contratar un seguro de vida para que puedas mantener todo esto, ¿no?
Cayetana se puso pálida y Sara se apresuró a tomar la mano de Juan y a apretarla con fuerza a modo de advertencia.
—Juan… —dijo en tono musical.
—¿Qué pasa, Sara? —preguntó él, sonriendo.
—Que podrías ser un poco más discreto, ¿no te parece, cariño?
—No sé por qué lo dices, cariño.
—Porque no se preguntan esas cosas, Juan.
—Solo mostraba interés por la situación de Cayetana y de Kin, Sara. Creía que estábamos en familia.
—Y lo estamos, pero una cosa es tener confianza y otra hacer preguntas indiscretas, mi amo.
El cruce de reproches almibarados, dolorosos apretones de mano y sonrisas falsas fue in crescendo hasta el punto en que Kin se apartó el flequillo de la cara para contemplar bien a sus tíos y, cuando ya se mascaba la tragedia, Carmen y Wendoline aparecieron en la terraza con la pequeña Loreto.
—Disculpen. Doctora, la niña ya comió y se portó muy bien —dijo la nana. —¿Quiere que la ayude a dormir la siesta?
—¡¡¡No!!! —gritaron Sara y Juan al mismo tiempo.
Todos, hasta Álvaro en su urna, dieron un brinco del susto.
—Lo siento —se disculpó Sara—. Es que si duerme la siesta se pasa la noche en vela. No duerme muy bien. Por cierto, ¿dónde está Po?
—¿No lo tenías tú? —preguntó Juan, nervioso.
—No, yo no lo tengo —dijo Sara.
—¿Lo traía en el coche?
—Sí, pero cuando se bajó lo llevaba en la mano.
—¿Estás segura?
—Creo que sí.
Cuando ya parecía que Sara y Juan estaban a punto de sufrir un ataque de ansiedad conyugal, Carmen sacó el perrito de peluche del bolsillo de su delantal y preguntó:
—¿Este es Po?
Sara y Juan respiraron aliviados.
—Sí, menos mal —bufó Juan.
—Carmen, Po es el muñeco de apego de Loreto. Sin él, es incapaz de dormirse, por eso es tan importante que no lo pierda. Sería una tragedia —explicó Sara.
—Juan… Sarita… Sois tan exagerados… —dijo Cayetana—. Os aseguro que en tres días Loreto dormirá toda la noche de un tirón. Confiad en Carmen, es la mejor nana del mundo.
—Favor que usted me hace, señora, gracias.
—Doña Cayetana —dijo Wendoline—, don Dimitri no deja llamarla al celular. ¿Quiere que le diga algo?
—No, Wendoline. Ya lo llamaré cuando todo haya pasado.
—¿No lo avisaste del funeral? —preguntó Kin, extrañado.
Cayetana negó con la cabeza y, para poner fin a la conversación, se dirigió a Sara y a Juan:
—Bueno, me imagino que estaréis agotados. ¿Por qué no vais a descansar?
—A mí me vendría muy bien —dijo Juan—. Estoy muerto.
—Wendoline, acompañe a los doctores a su cuarto para que descansen y pídale a María que les lleve un agua de pepino —dijo Cayetana.
—Sí, señora, cómo no. ¿Y para usted?
—A mí tráigame otra agüita especial. Tengo que hacer unas llamadas para terminar de organizar el funeral.
—Claro, señora. Doctores, por favor… —Wendoline les indicó con un gesto de la mano hacia cual de los distintos pasillos que salían del salón tenían que dirigirse.
—Ve tú, Juan. Yo me quedo con Loreto acompañando a Cayetana —propuso Sara.
—Sarita, ve con tu esposo. Lo mejor es que durmáis ahora y que después os acostéis temprano. Así, mañana, para el funeral de Álvaro, ya estaréis acostumbrados al cambio de hora. Será una ceremonia sencilla, pero habrá mucha gente importante que quiero que conozcáis —dijo Cayetana.
Sara y Juan se miraron sin saber qué hacer. Estaban cansados y necesitaban hablar a solas pero, sin Loreto de por medio, todo resultaba muy extraño.
—Está bien, pero si pasa cualquier cosa avísame, por favor —suplicó Sara.
—Tranquila, ¡no pasará nada!
Ahora sí, Wendoline los guio por un largo pasillo hasta la que sería su habitación, una estancia enorme donde María, la otra empleada, terminaba de deshacer el equipaje.
—¿Vamos a dormir aquí? —preguntó Juan, asombrado.
La habitación tenía una cama king size, baño y, cómo no, vistas al mar. Y no le faltaba detalle, hasta había una camita preparada para la pequeña Loreto.
—María, tráigales a los doctores un agua de pepino —le pidió Wendoline.
—Ahorita mismo. Permiso.
—Wendoline, esto no es necesario, de verdad —dijo Sara, al ver su ropa, la de la niña y la de Juan perfectamente colocada en el armario.
—Son órdenes de doña Cayetana, doctora.
Sara entornó los ojos. Con un gesto de complicidad, le dio un codazo a Wendoline con picardía y le preguntó:
—Es una jefa insufrible, ¿verdad?
Wendoline negó con la cabeza y trató de sonreír, pero su expresión se tornó triste.
—No, doctora, cómo cree. Doña Cayetana es muy buena con nosotros y la queremos mucho. No más que… —Como si se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de hablar demasiado, Wendoline cortó la frase, murmuró un «permiso» casi inaudible y desapareció.
Sara se giró hacia su marido:
—¿Has visto eso?
—Sí, todo es muy raro —dijo Juan.
—Ni te imaginas. Te juro que no reconozco a mi hermana.
—No es solo tu hermana, es todo. Los empleados, la actitud de Kin, no digamos el piercing genital… Además, ¿tú crees que un director de hotel puede mantener este tren de vida?
—Bueno, es un hotel de lujo y ya escuchaste lo que dijo Caye. Álvaro no solo dirigía el hotel, también era la mano derecha de su jefe.
—Que no, Sara, que no es posible. Aquí hay algo raro y no me gusta —insistió Juan, torciendo el gesto.
—¿Qué quieres decir?
—Que tengo la sensación de que tu cuñado no era trigo limpio. Mira…
Juan sacó su móvil del bolsillo, desbloqueó la pantalla y se lo mostró. Al verlo, Sara se lo arrebató y se sentó en la cama con la boca abierta y el ceño fruncido.
—¿Esto es verdad? —preguntó, atónita.
—Sí, Sara. El coche en el que nos han traído del aeropuerto cuesta un millón y medio de euros. Y no tengo ni idea de cómo se cotiza el metro cuadrado en Cancún, pero esta casa tiene que costar un dineral, con cristales anticiclón o sin ellos. Además, tienen a tres mujeres, dos guardias de seguridad y un chófer contratados para atender a una familia de solo tres personas. ¿De verdad crees que todo eso puede salir de un sueldo?
Sara le devolvió el móvil y contestó:
—No. Está claro que no. Tiene que haber algo más.
—Sí, y la clave está en ese Dimitri al que tu hermana no quiere atender por teléfono.
—¿Quién crees que puede ser?
—No se trata de «quién», Sara, sino de «qué» —dijo Juan—. Estoy convencido de que es un mafioso ruso.
[4]. Infusión que se prepara con el cáliz de la flor del hibisco. Se aconseja tomarla muy fría y, a ser posible, rodeado de personas con buena vibra. (N. de la A.)
[5]. Cuando una persona toma algo tan picante que le arde la boca y le lloran los ojos, se «enchila». Pero el mérito de enchilar no es exclusivo de los chiles, también existen personas con la innata capacidad de enchilar a cualquiera. (N. de la A.)
CAPÍTULO OCHO
Dos horas más tarde, Sara despertó con la sensación de haber dormido tanto, que no sabía si mirar el reloj o el calendario maya.
—¿Juan? —llamó angustiada.
Nadie contestó.
Se levantó de inmediato, se puso un vestido playero, recuperó sus deportivas y salió de la habitación impulsada por ese eterno sentimiento de culpa que sentía desde que había sido mamá. Salió de su cuarto y fue dando trompicones de un lado del pasillo al otro, hasta llegar a un jardín interior que no le sonaba haber visto antes.
—Doctora, la sala está por allá —dijo una voz musical detrás de ella. Era María, la joven que había ordenado su ropa.
—Ah, lo siento. Gracias. Esta casa es tan grande…
En el inmenso salón, encontró a Cayetana recostada en un sillón Chesterfield chaise longue que parecía hecho a medida para hacerla parecer una diosa, a pesar de la bolsa de hielos que sujetaba con elegancia sobre su cabeza.
—Caye, ¿te encuentras bien?
—Sí, Sarita, no te preocupes. Últimamente tengo jaquecas pero ya me tomé una pastilla —le explicó—. ¿Qué tal tu siesta?
—Bien. ¿Dónde están Loreto y Juan?
—Ven, Sarita, siéntate aquí a mi lado —dijo su hermana, incorporándose para dar unas palmadas en el sillón.
—Caye, dame solo un segundo. Voy a ver a Loreto y estoy contigo, de verdad.
Cayetana se puso en pie y enredó su brazo con el de su hermana. Se apoyó en ella muy fuerte, como si temiera caerse, y la llevó hasta una ventana desde la que pudo ver una piscina infinity en la que Juan se estaba bañando con Loreto. La sujetaba con delicadeza y la sumergía a poquitos en el agua mientras ella se reía sin parar. Carmen, la nana, los observaba sonriente desde el bordillo con Po en una mano y una toalla en la otra.
—¿Lo ves? Están en la alberca pasándola padre, como dicen aquí. Deja de preocuparte y siéntate conmigo. Quiero preguntarte algo —dijo Cayetana.
Aunque se moría de ganas por ir con Juan y Loreto, Sara se dejó arrastrar por su hermana hasta el sofá de diez plazas.
—Señora, ¿a qué hora quiere que sirvamos la cena? —preguntó Wendoline desde una esquina del salón.
—A la de siempre, Wendoline, aunque puede que lleguemos tarde. La doctora Sara y yo nos vamos de shopping —anunció Cayetana.
—¿Nos vamos de shopping? —preguntó Sara.
—¡Sí! —exclamó Cayetana, con fingido entusiasmo—. ¿Hace cuánto que no nos vamos de compras juntas?
—Caye, tú y yo nunca…
—Wendoline, por favor, dígale a Celso que esté preparado —la interrumpió su hermana con firmeza.
—Sí, señora. Con permiso.
—Pase —contestó Cayetana.
—¡Pase! Así que hay que decir eso cuando te dicen «con permiso» —dijo Sara.
Aunque Cayetana asintió sonriendo, se dio cuenta de que tenía que explicarles varios aspectos de la etiqueta mexicana a su hermana y a su vulgar marido antes de presentarlos en sociedad. Pero antes debía tratar un asunto muy importante con ella:
—Sarita, estoy preocupada por ti.
—¿Por qué?
—Siempre has sido una niña preciosa y te veo muy desmejorada. ¿Va todo bien?
—Sí, claro. Al menos todo lo bien que puede ir cuando eres madre, trabajas en un hospital con guardias interminables y tu bebé no duerme nada.
—¿Entonces? ¿Qué le pasa a la niña?
—Nada. Está perfectamente, pero no conseguimos que duerma y eso nos está pasando factura.
—¿Y no tienes nana?
—No.
—¿Y por qué no contratas una? ¿O dos? Yo llegué a tener tres para cuidar a Kin cuando estaba malito. Una por la mañana, una por la tarde y otra por la noche —dijo Cayetana, como si su proposición estuviera al alcance de cualquiera.
—Caye, ¿tienes idea de lo que puede costar eso en España?
—Sarita, estoy segura de que te lo puedes permitir. Eres una doctora muy importante, ¡se te tiene que notar! Y si no, pídeselo a Juan. ¿A qué se dedica?
—Tiene una asesoría fiscal. Está empezando y le está costando mucho sacarla adelante —dijo Sara.
—Pues que se esfuerce más o que haga otra cosa para que no tengas que trabajar tanto. Si no le van bien sus negocios puedo presentarle a mucha gente influyente aquí. Podrían darle trabajo.
Juan apareció en el salón con la pequeña Loreto envuelta en una toalla. Por suerte para su malherido ego, no llegó a escuchar la conversación. Sara se levantó del sofá y fue hacia ellos con una gran sonrisa.
—¡Hola! Os he visto por la ventana. ¿Quién se ha bañado en la piscina por primera vez? —preguntó a la pequeña, que sonrió y balbuceó cosas ininteligibles, como si quisiera explicarle a su madre lo que acababa de vivir.
—Has dormido bien, ¿verdad? —preguntó Juan, recordando la placidez del rostro de Sara cuando cayó rendida nada más poner la cabeza en la almohada.
—Sí, lo siento. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
Juan sonrió.
—No, no ha pasado nada, es que se nota que has descansado. Estás muy guapa.
El rostro de Sara se iluminó. Él sí que estaba guapo cuando se quitaba esa pátina de preocupación que siempre llevaba consigo. Se acercó a él para darle un beso muy breve, de esos que saben tan bien porque resumen todo el amor que uno siente; pero tal como explota una burbuja cuando la intentas atrapar, el momento se rompió.
—Precisamente estábamos hablando de eso, Juan —dijo Cayetana desde el sofá—. Tienes que contratar a una nana para Sarita. O dos.
La pátina de preocupación volvió a enturbiar el rostro de Juan.
—Voy a cambiar a la niña —murmuró, tratando de simular que no había oído nada.
—Yo me encargo, doctor, no se preocupe —dijo Carmen.
—Sí, Juan, vuelve a la piscina o sal a la playa y relájate un poco. Sarita y yo volvemos en un par de horas—dijo Cayetana.
—¿Adónde vais?
—Caye quiere ir de compras —dijo Sara—. ¿Quieres venir?
—No, no importa. Ve tú e intenta averiguar algo sobre Dimitri —le susurró Juan al oído cuando, por fin, le dio un beso.
Dos horas más tarde, lo único que Sara había descubierto era el verdadero propósito de la tarde de shopping: que ella y Juan fueran correctamente vestidos durante su estancia en Cancún, en especial al funeral de Álvaro.
Fielmente acompañadas por Celso, que caminaba tras ellas cargado de bolsas, como si fuera la versión con guayabera de Pretty Woman, Cayetana y Sara se recorrieron todo el Luxury Avenue, uno de los centros comerciales más exclusivos de Cancún.
—Caye, esto tiene que ser carísimo —dijo Sara en cada tienda en la que su hermana le compró algo.
—Hace trece años que no te veo, Sarita, deja que te mime.
Con este argumento, Cayetana le compró a Sara un vestido en Gucci y unos zapatos en Jimmy Choo con bolso a juego, además de un traje para Juan en Versace y un sinfín de cosas más. Todas exclusivísimas, elegantísimas y… de color negro. Bastaba con que Sara se acercara a algo para que Cayetana sacara su tarjeta y pagara, hasta que…
—Disculpe, doña Cayetana, qué pena, pero su tarjeta salió rechazada —susurró con discreción la dependienta de Baby Dior, la tienda en la que entraron porque Cayetana vio en el escaparate un vestidito negro con lunares blancos que era perfecto para que la pequeña Loreto fuera de luto también.
—¡Oh! Se me habrá estropeado, la uso tanto… —dijo Cayetana, mientras buscaba otra tarjeta en su cartera.
—No, Caye, esto lo pago yo —dijo Sara.
—De ninguna manera —se opuso Cayetana, pero su hermana fue más rápida y la dependienta ya había pasado la tarjeta de Sara por el datáfono—. Sarita, qué desobediente eres. En cuanto lleguemos a casa te lo pago.
—No te preocupes.
En ese momento, el teléfono de Cayetana comenzó a sonar. Lo sacó de su bolso y Sara alcanzó a ver un nombre nuevo: Fabio.
—Discúlpame, Sarita, tengo que contestar. Te espero fuera con Celso —dijo Cayetana.
—Sí, tranquila.
La dependienta tardó una eternidad en terminar de cobrarle a Sara. El datáfono se había quedado sin papel y tuvo que abrirlo para cambiar el rollo. Cuando por fin le dieron su bolsa y el ticket de trescientos dólares que haría que Juan pusiera el grito en el cielo, Sara enfiló el pasillo de la tienda hasta la salida. Cayetana y Celso estaban frente a la puerta y ella seguía hablando por teléfono, por eso no se fijó en las tres mujeres que entraron en la tienda mirándola de soslayo.
—¿Ya vieron quién era? —preguntó una, justo cuando se cruzaban con Sara.
—Sí. Pinche engreída… ¡Y todavía no fue el funeral de Álvaro! No puedo creer que esté aquí —contestó otra.
—Como quien dice todavía lo están cafeteando[6] y Cayetana ya hace su vida como si nada.
—Con razón Álvaro decía que ya no era feliz.
—El pobrecito a lo mejor hasta se suicidó por no aguantarla, ¿se imaginan?
Las tres mujeres estallaron en carcajadas, una reacción tan cruel que hizo que Sara acelerara el paso. No tenía ni idea de qué relación podían tener esas tres mujeres con su hermana, pero lo mejor era que no las viera.
—¿Nos vamos? —le dijo a Celso.
—Sí, doctora, en cuanto doña Cayetana cuelgue.
Sara miró hacia la tienda. Una de las mujeres parecía estar preguntando algo a una dependienta. Cuando esta negó con la cabeza, la mujer sonrió y se dispuso a salir con sus amigas.
—Hasta mañana, Fabio. Y gracias por todo —dijo Cayetana, con un ligero temblor en su voz.
Sara la tomó del brazo antes de que pudiera guardar su móvil en el bolso y tiró de ella con prisa:
—Caye, ¿nos vamos? Estoy cansada —dijo, pero ya no había escapatoria. Las tres mujeres malvadas se toparon de frente con ellas.
—¡Cayetana, querida! —dijo una, dándole un abrazo.
—Mi vida, ¿cómo estás? —dijo otra.
—Te acompaño en el sentimiento —murmuró la tercera después de darle un beso.
—Gracias —dijo Cayetana, con la espalda más recta que nunca y el pañuelito en la nariz—. Les presento a mi hermana, la doctora Sara Arcaute. Sarita, son unas amigas muy queridas.
Las tres mujeres sonrieron, pero su sonrisa se congeló cuando Sara les dijo:
—Ya las conozco, Caye, y son encantadoras. Lo sé porque acabo de cruzarme con ellas en la tienda y justo estaban hablando de Álvaro y de ti. Se nota que te tienen aprecio.
Aprovechando que el teléfono de Cayetana volvió a sonar, y aunque esta vez no contestó porque se trataba del misterioso Dimitri, las mujeres malvadas se despidieron prometiendo no faltar al funeral de Álvaro.
Cuando llegaron a casa, Cayetana le pidió a Sara que la acompañara a su habitación. Una vez allí, la llevó hasta un rincón en el que colgaba un cuadro horrible que representaba a un hombre desnudo con algo brillante adornando su orgullo masculino.
—¿Ese es… Álvaro? —preguntó Sara, sin saber si mirar o no.
Cayetana no contestó. Se quedó observando el cuadro en silencio y, después, lo descolgó. Una pequeña caja fuerte quedó al descubierto. Cayetana marcó la combinación con habilidad y sacó de ella un montón de billetes de cien dólares.
—Toma, Sarita, lo que te debo del vestidito de Loreto.
—Caye, no hace falta y además, no deberías abrir tu caja fuerte delante de nadie.
—Sarita, no seas boba. Eres mi hermana. Si no confío en ti, ¿en quién? Vamos, nos estarán esperando para cenar. Wendoline ha hecho ceviche acapulqueño[7] y tienes que probarlo. Es lo máximo.
La cena estaba servida en un comedor en el que, de nuevo, sobraba un cubierto. Wendoline esperó a que todos estuvieran sentados para ir en busca de la urna de Álvaro y colocarla en el sitio vacío.
—Gracias, Wendoline. ¿Me trae una pastilla para la jaqueca y otra agüita especial, por favor?
—Caye, ¿has ido al médico por lo de tus jaquecas? —le preguntó Sara preocupada.
—Sí, tranquila. Son los nervios por todo lo que estamos viviendo estos días, pero se me pasa con la pastilla.
—Y con el agüita —murmuró Kin.
Su madre lo miró enfadada.
—¿Qué tal vuestra tarde de compras? —preguntó Juan.
—Cayetana nos ha comprado un montón de cosas y no me ha dejado comprarle nada a Kin —dijo Sara.
El joven levantó la vista y sonrió a su tía con timidez.
—Disculpe, señora, la llama don Fabio desde la plantación —interrumpió Wendoline.
—¿Don Fabio? ¿A estas horas? —se extrañó Cayetana.
—Sí, señora. Dice que es urgente.
—Está bien. Con permiso —murmuró Cayetana, levantándose de la mesa con un brillo en los ojos que Sara no le había visto hasta entonces.
Sara y Juan se miraron en silencio. A la tarea de averiguar si ese misterioso Dimitri era un miembro de la mafia rusa, se le sumaba la de averiguar quién era Fabio y qué era eso de la plantación.
—Kin, ¿qué quieres ser de mayor? —preguntó Juan.
—No sé.
—¿Qué te gusta hacer?
—Me gustan los coches.
—Pues tienes uno muy bonito.
—Sí, es el que nos quedó cuando mi papá vendió el negocio de alquiler de coches de lujo para comprar la plantación.
Juan levantó las cejas complacido. Quedó demostrado que un director de hotel no podía llevar semejante nivel de vida y el tema del coche de más de un millón y medio de euros estaba resuelto.
—¿Y de qué es la plantación? —se interesó Sara.
—De agave.
—¿De qué?
—Agave. Es como un cactus.
—¿Un cactus? ¿Y qué se saca de ahí?
Kin miró de reojo el vaso que Wendoline traía en ese momento con el agüita especial que siempre le pedía Cayetana y contestó a media voz:
—Tequila.
[6]. Cafetear: velar a un muerto. (N. de la A.)
[7]. Ceviche de pescado marinado en limón y sal, tomate, cebolla, aceitunas y kétchup, Según la receta se le puede añadir camarones (gambas), cilantro, chile de árbol, aguacate… No hay nada mejor para superar la resaca. (N. de la A.)
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