Czytaj książkę: «En tiempos oblicuos»
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ISBN: 978-84-1114-344-8
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A los amores rotos que tanto me enseñaron.
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…yo te buscaba y llegaste,
y has refrescado mi alma que ardía de ausencias.
Safo.
Prólogo
Misterios literarios verdaderos
J. Ignacio Díez
¿Puede una novela rendir homenaje a las series televisivas —con tan mala prensa en el terreno literario— para, a partir de los juncos que tejen una trama de esas que no dejan respiro al lector (o al espectador), crear una obra sustancialmente distinta… y mejor? En tiempos oblicuos (Kaderim), de María del Pilar Couceiro, contesta de manera muy positiva, con una sabia utilización de los resortes en una sinuosa intriga de amores que no es posible abandonar hasta que nos quedamos excluidos en su conclusión. Ya sabemos, a estas alturas, que el lector y la lectora deben disfrutar de los libros, que una buena parte del encanto de la lectura radica en esa adicción gozosa que los buenos narradores saben alimentar, sin que eso suponga renunciar a otros valores, tan literarios como el placer de una buena trama.
Sin necesidad de ponerse estupendo, cualquier lector empedernido no ignora que adentrarse en una novela es viajar para volver transformado. Sufrir con los protagonistas y alegrarse cuando lo hacen, identificarse con ellos (que a menudo son una pareja, no solo en el sentido numérico), es uno de los ingredientes más clásicos de un relato. Pero también las novelas «enseñan», y no solo las decimonónicas con su pasión por las «lecciones de cosas». El aprendizaje al que el lector se somete es mucho más efectivo cuando se aprende de manera divertida, sin sentir, como quiere la versión más popular. Cuando, junto a una narración intrigante, a una enseñanza tan compleja como alejada de esa tentación del autoritarismo (o de la pesadez, que tanto y tan bien se asocia con los docentes) el autor o la autora disfruta poniendo patas arriba los códigos bien conocidos de un género, el resultado es de lo más gratificante. De la trama no diré nada, pues no debo, pero de las «armas» literarias que la autora despliega con una fuerza tan particular como efectiva quizá merezca la pena adelantar algo.
El lugar y el tiempo son las dos coordenadas fundamentales para incardinar una historia y los tiempos oblicuos de esta historia ocurren en la Turquía actual, un país lejano para los españoles y que como tal se debate entre las imágenes positivas y negativas. En el mundo literario hispano, al menos desde el aún anónimo diálogo renacentista Viaje de Turquía, las diferencias culturales y religiosas han sido con frecuencia motivo para una fascinación que no está nada reñida con un cierto temor. Pero la televisión y algún escritor muy vendido en las ferias del libro han hecho de las pasiones turcas un paisaje mucho más modernamente conocido, aunque también los vuelos de bajo coste han encogido el mundo o acercado los lugares distantes y con ello también han disuelto reticencias seculares. El presente, o el pasado muy próximo, es el momento elegido para dibujar una Turquía moderna, parecida en muchos aspectos a eso que tan pomposamente se llama «Occidente», e inferior y superior en otros, quizá para sorpresa de los más incautos, pero no de los más viajados o leídos. Lejos de los relatos que abusan de localizaciones exóticas para prevalerse de una supuesta superioridad «occidental», María del Pilar Couceiro sorprende por el conseguido intento de trasladar con toda naturalidad al lector español a Esmirna y Estambul (o Izmir e Istanbul), destinos reales, vividos, tan próximos en cuanto al sentido de la historia se refiere como Madrid (o Barcelona, si hubiera que buscar una correspondencia al doblete, aunque En tiempos oblicuos no resulta necesario).
En los dominios turcos, tan cerca y tan lejos, una española, Elena de la Gándara, con todo el bagaje de esa extraña profesión que es la enseñanza, y más si la literatura es su materia, debe impartir un curso en una universidad del Egeo. Desde la Filología, y en concreto desde la poesía, Elena, ya un tanto agée (aunque eso siempre es opinable) y que sigue muy en forma en todos los sentidos, no solo da clases de doctorado (el placer que alguna reforma nos arrebató, ay, hace tiempo), sino que con su sabiduría vital (pues dispone de esa doble universidad que tan pocos alcanzan, la académica y «la de la vida», e incluso también la de la variante escasísima que aportan algunos familiares, como aquí la tita Geli) consigue ver y hacer ver lo que otros ni siquiera pueden descifrar sobre sí mismos («he tenido que sentir cómo me siento para entender cómo me sentía antes»). Pero, además, Elena es escritora (la literatura y la docencia son «mi ancla de salvación») y su acercamiento a la realidad se realiza desde la ficción, en una búsqueda que en esta ocasión resulta más fértil que nunca.
¿De dónde obtienen la inspiración, o las ideas (si somos un poco descreídos para expresarnos con el elevado lenguaje del romanticismo), los escritores? Elena quiere basarse en personas reales para componer sus personajes novelescos. La transmutación no es desde luego desconocida en los reinos de la escritura, pero la peripecia para hallar al elegido sí lo es. Y eso se combina con un triple punto de vista de lo más atractivo. Tres narradores afinan su visión dentro de En tiempos oblicuos (Kaderim) para crear un fino rompecabezas que solo encaja al final, una técnica que puede recordar la de las novelas policíacas pero también la de las telenovelas, turcas o no. Los tres narradores tienen buena memoria y al menos uno, Elena, disfruta mucho con las conversaciones, un verdadero arte, con sus tiempos, sus complementos (casi siempre un buen café con algo más), sus preguntas y, en suma, su organización (lo que no supone envaramiento alguno, sino buena cabeza y algunas estrategias comunicativas —como diría un pedante— para llegar, personaje y autora, a donde saben que quieren llegar). Hay mucho diálogo, suelto, ágil, con un ingenio que desprende un savoir faire que se disfruta mucho («a veces es decepcionante tener razón»). Los tres narradores son capaces de retener frases enteras, del mismo modo que lo hace un lector que se deje llevar tanto por el argumento como por la alada conversación que lo sostiene.
En tierras de la novela es importante no descuidar ese tesoro frágil que es la verosimilitud y En tiempos oblicuos (Kaderim) se comienza y se continúa con distintos y necesarios detalles sobre la distancia de los dos idiomas, español y turco, y sobre las capacidades de los protagonistas para dominar o al menos hacerse entender en ellas. La novela está salpicada de expresiones turcas y de giros coloquiales en español (a veces con explicación, pero no siempre), lo que no solo contribuye a fijar un ambiente creíble, sino que también permite comprobar que una filóloga, como un hipotético homólogo masculino, siempre está de servicio o, más propiamente, que no puede desligarse de esa nunca satisfecha pasión por el lenguaje. Por cierto, los nombres propios, comenzando por el que aparece entre paréntesis en el doble título, están cargados de significado.
Quizá estoy en lo cierto si afirmo que el amor es el componente esencial de casi todas las viejas series, al menos antes del aluvión que ha barrido los largometrajes en favor de esa visión parcelada de una historia, prolongable hasta donde la audiencia decida en un número indefinido de «temporadas». Las telenovelas clásicas se centran en el amor, inicialmente muy imposible, y esa nota está en el origen de la novela llamada bizantina o griega, cuando los futuros amantes tienen que sortear todo tipo de obstáculos. Tradicionalmente los roles masculinos y femeninos no solo estaban muy marcados porque durante siglos parte del encanto de estas historias radicaba precisamente en las diferencias del amor heterosexual, sino porque desde un punto de vista más técnico casi toda novela suponía un diálogo à deux. Que el hombre llevara el papel dirigente y en la mujer se concentraran todos los tópicos de una sentimentalidad eruptiva dependía mucho del grado de evolución de la sociedad. María del Pilar Couceiro, y no es sorprendente, ha dado también aquí otra vuelta de tuerca al asunto («No sé si el amor mueve el mundo, Eli, pero sí lo conmueve») al convertir a Elena en el punto central no de la intriga necesariamente pero sí de la sabiduría, del acierto y de una muy deseable seguridad (aunque a veces la procesión vaya por donde suele: «yo sentía que estaba pensando a gritos inaudibles»). Se enlazan así algunos de los hilos que he ido mencionando pues la profesora y escritora, la filóloga vitalista, la amante de Grecia y que descubre Turquía (que es muy históricamente griega, aunque no suela decirse por ahí) está lejos de los viejos estereotipos. Por eso, en ese conseguido equilibrio de los protagonistas, él, Rashid, tampoco se corresponde con los clichés y se convierte en un hombre sensible (y no creo que haga falta explicar que sin ningún menoscabo de su masculinidad, pues este concepto tan discutido y cuestionado hoy no tiene una sola forma de ser en el mundo), justo y que incluso, con sus años a cuestas, se ruboriza cuando hace falta.
Del mismo modo que la autora invierte los tópicos y crea protagonistas de un indudable atractivo sin caer en proclamas o soflamas de ningún tipo sobre los roles sexuales o genéricos, que en una novela sonarían a monserga, del mismo modo, decía, con la misma elegancia, y acierto de un desarrollo natural de personalidades muy creíbles («porque toda literatura es realista, ya que parte de la imaginación real de un creador real»), se acerca también a algunas de las preocupaciones más modernas y lo hace ¡en Turquía! Los occidentales tienden a pensar que ellos viven en el mejor de los mundos posibles y suelen fácilmente mirar por encima del hombro otras culturas supuestamente (y a veces realmente) más conservadoras. ¿Gais y «trans» en Estambul? Pues sí… Y también ancianos e incluso empreñadores compulsivos que carecen de sentimientos no digamos ya de algún tipo de ética, pues las sociedades modernas o con tintes modernos no son monopolio de las democracias en un mundo globalizado. Desde la literatura esa riqueza de personajes no solo recoge y remodela la actualidad de los cambios sociales sino que, sobre todo, se integra admirablemente en una trama absorbente a la que ayuda a avanzar de un modo muy apreciable.
En el discurrir de En tiempos oblicuos (Kaderim) hay una mujer, profesora y culta (los dos términos no siempre van de la mano en el mundo real), viajera, escritora, curiosa que, además de dar clase sobre la excelsa poesía española de los Siglos de Oro, además de conocer y admirar la Grecia clásica, además de empezar a explorar algunas expresiones del para mí impenetrable idioma turco, tiene que enfrentarse a una investigación nada habitual, compleja, con la sabiduría que dan los libros y la propia vida para componer, con la ayuda de otros dos narradores, un relato donde el argumento, como en las mejores novelas, está muy presente, con sus vueltas y cambios, a los que María del Pilar Couceiro añade otros nudos, como el que une la ficción con (como diría un rancio prologuista) la realidad, aunque también esa ficción coquetea con su prima en primer grado y de peor nombre, la metaliteratura («todo está escrito y que solo los estilos cambian. Ese es el reto de la literatura en general y de la poesía, en particular, a través de los siglos»), para rendir un homenaje muy inteligente a la cultura popular, la de las series turcas, y trascenderla de forma divertida y apasionada.
J. Ignacio Díez
(Universidad Complutense)
Incipit
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Cada vez más cerca de la séptima década de mi vida, recuerdo a menudo las palabras que tita Geli, mi tía Ángela, me decía en alguna de tantas conversaciones que comenzando por temas intrascendentes e incluso frívolos, iban adentrándose primero en los recuerdos de su vida, tan rica en aconteceres; después en sus sentires más ocultos; finalmente, en el vuelco, con cierto aire de filosofía, con el que cerraba la conversación: «Nena, ya tengo noventa y seis años, pero Angelita, la niña Geli sigue aquí dentro, intacta». E intacta seguía cuando la tita, ya centenaria, perfectamente lúcida y de la manera más plácida, nos dejó, aunque su legado de amor se quedó en nuestra memoria para siempre.
Nunca tuvo la vida fácil, pero era una luchadora nata y siempre decía que, ante un envite del Destino, sólo hay dos opciones: meterse debajo de la cama o plantar cara. Cuando alguno de sus cuatro sobrinos —todos la adorábamos— le iba a llorar desgracias, ella nos paraba en seco: «Calma, calma. Primero tomaremos café, con unas pastitas riquísimas que tengo aquí, y luego… Ya me lo contarás despacio».
Después venía la confidencia que ella escuchaba con atención, sin interrumpir y según el hábil sistema de dejar hablar. Entonces, tras un silencio que se hacía interminable, la tita iniciaba un comentario generalizado, haciendo ver que lo que ocurría no era nuevo, sino algo repetido en la mayoría de las vidas y en todo tiempo, y que a los problemas había que mirarlos siempre de frente, sin miedo, porque tarde o temprano, más bien temprano, o se solucionaban o se pasaban de moda. Y solía concluir su discurso con una recomendación: «Escúchame, Elena Rosalía. Quiérete a ti misma, mímate y no esperes a que te mimen los demás. Después de un disgusto, vete a la peluquería, o al cine, o cómprate un vestido. Y sobre todo, nunca te lleves a la cama los disgustos. Si has de desayunarte un marrón, cénate un bombón».
Siempre intenté seguir sus pautas y aunque no soy tan valiente como ella, no dejo de intentarlo cuando las cosas se ponen de perfil. A veces lo consigo, aunque otras muchas no. Pero no se puede ganar siempre.
I. Izmir
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Me llamo Elena de la Gándara, Eli para mis íntimos. Para mis respetuosos alumnos de Literatura Renacentista, procedentes del norte de Europa, de América y, sobre todo, de Oriente, soy la Doctora de la Gándara; para los de mi Facultad española, fui simplemente y durante muchos años profe, Elena y de tú. Sólo una persona en el mundo, mi tita Geli, utilizaba siempre mi doble nombre: «Elena Rosalía».
Desde que oficialmente tuve la oportunidad de acceder a la prejubilación, al cumplir los sesenta, el Destino, quizá apiadado por los duros años docentes transcurridos, me permitió el salto internacional a través de Seminarios, Congresos y hasta algún período prolongado, semanas e incluso meses, en algunas universidades que, si bien no eran en su mayor parte de primer nivel mundial, sí ofrecían el atractivo del pequeño lugar investigador, con pocos alumnos y con profesores lejos del relumbrón académico pero de probada honestidad profesional. El contraste de estas clases respecto a las convencionales de Grado en España era abismal, tanto por los horarios como por los contenidos, por lo que mi vocación docente pudo permanecer intacta, pero sin el agobio de los sucesivos Planes de Estudio oficiales, demasiadas veces completamente desatinados.
A través de un contacto procedente de un Seminario impartido en la prestigiosa Universidad de Rochester, en Nueva York, había recibido la proposición de dar un Máster sobre lírica española de los Siglos de Oro, durante diez semanas, en la Filoloji Fakültesi Ispanyol Bölümü1 de la Ege Üniversitesi, la Universidad del Egeo, en Esmirna, Izmir2 para los turcos. Mi amor por todo lo relacionado con la cultura griega me llevó a aceptar la invitación casi sin pensarlo. ¡El suroeste de Asia Menor, nada menos!, la patria de Hesíodo, el origen, la cuna de la mayor parte de los antiguos mitos clásicos.
Conocí Istanbul de joven en un acelerado viaje de cuatro días, con el tiempo justo para las visitas turísticas ineludibles: Santa Sofía; Mezquita Azul; Murallas; Alberca; Palacio Topkapi; Torre Gálata; Gran Bazar… sin que faltara el consabido trayecto en barco por el Bósforo, en zigzag Europa-Asia-Europa, pero sólo Istanbul, así que la oportunidad de dos meses y pico en la zona más griega de Turquía me cautivó desde el primer instante. Podría visitar Éfeso, Antioquía, Pérgamo, Nicea, Tarso, ¡Troya! Incluso sería posible, algún fin de semana, viajar a cualquiera de las cercanas islitas del Dodecaneso, por ejemplo Patmos, y ver allí el Monasterio de San Juan y la Gruta donde la tradición sitúa el inicio de la Revelación de Dios, lo que luego sería el Libro del Apocalipsis. Además, y para mi mayor satisfacción, dispondría de suficiente tiempo para la vía creadora, porque el horario de mis clases, tres horas de lunes a jueves, me dejaba libres las tardes y el fin de semana completo. Todo ello para que el influjo de Oriente en forma de poemas, cuentos, o incluso después de bastantes años sin intentar abordar el género, la que quizá podría ser mi cuarta novela, me ofreciera argumentos, entornos e incluso personajes con suficiente fuerza narrativa o poética.
Lo que no pude imaginar entonces es que aquel peregrinaje académico-literario me iba a conducir también a una experiencia desconocida, intensa y completamente fuera de proyecto, sobre todo cuando acababa de darle la vuelta al sexenio y mis planes a nivel emocional se centraban en poder vivir con calma y de la manera más digna posible, lo que, independientemente de su duración, era, en palabras de Baroja, la última vuelta del camino.
Mi historia sentimental comenzó muy pronto, apenas tenía ocho años y, naturalmente, siendo ya por entonces una compulsiva lectora, con un personaje de ficción como meta, lo que no fue obstáculo para que aquello permaneciera con una intensidad constante, navegando a través de mis sueños de niña. ¿Cómo era posible que al final, en curva fenomenológica, como una espiral que gira sobre sí misma, mi vida llegara a encontrarse en circunstancias paralelas? Aquel amor de infancia se prolongó hasta la adolescencia; éste, cuyos inicios nacieron también a partir de ficciones, será evidentemente el último, por pura cronología, y aunque el Destino nunca garantiza nada, tal vez ¡inşallah!3, este surco emotivo pueda permanecer en mí, como un tesoro oculto, hasta el final.
Comencé, pues, a preparar aquel viaje con mucha ilusión. El inicio de mis clases en la Ege Üniversitesi estaba previsto para la segunda quincena de octubre y pensé que estaría bien marchar a Turquía algunos días antes de ir a Izmir para visitar de nuevo Istanbul, esta vez sin prisas, saboreando la ciudad lejos de los agobios del turismo convencional. Me atraía especialmente sentarme en alguno de los innumerables pequeños cafés, donde podías permanecer durante horas viendo pasar la bulliciosa vida estambulí por delante, lejos de las miradas torvas de los camareros occidentales cuando pretendes alargar el tiempo con una sola consumición delante. Por supuesto, no tenía ni idea de turco y mi inglés siempre fue bastante frágil, pero en la antigua Constantinopla, como también sucede en mi querida Atenas, «huelen» las nacionalidades, y, sobre todo en sitios públicos, puede sorprenderte agradablemente que alguien se dirija a ti en español. De todos modos, unas semanas antes de mi partida me metí en una página web de ésas de «Aprenda mientras duerme», para al menos familiarizarme con las frases más elementales y la gramática más básica de la lengua turca que, en aquellos momentos, me parecía la más enrevesada del mundo.
En principio, sólo pretendía pasar tres o, como mucho, cuatro días en Istanbul, pero dado que era temporada baja, encontré una estupenda oferta: diez días en un hotel de tres estrellas, en pleno centro, por 350 liras turcas la noche (unos 35 euros), incluido además el desayuno. ¡Diez días! Podría aprenderme la ciudad de memoria. Después, en el tren de alta velocidad, recorrería los cuatrocientos setenta y ocho kilómetros hasta Izmir en poco más de tres horas. Lo gestioné sin pensármelo.
Sólo más tarde recapacité en que quizá diez días era demasiado tiempo para andar yo sola por Istanbul donde, después de todo, no conocía a nadie, y empecé a dudar de mi acelerada decisión. A punto estaba de anular la reserva, cuando me vino a la memoria un episodio que sucedió en la Universidad de Rochester, durante el Seminario de Lírica española. Allí conocí a Fairuz.
La profesora Fairuz impartía traducción directa e inversa inglés-turco. Era una mujer muy bella, de unos cuarenta años, y en aquellos momentos con un embarazo casi a término. Destacaban en ella su elegancia y buen gusto que, junto a sus modales exquisitos, denotaban una posición social de primer nivel y una educación elitista. Lo que llamaba la atención, teniendo en cuenta todo lo anterior, era el velo de tristeza que había en su mirada y que se afirmaba en el leve arco descendente de las comisuras de sus labios. Apenas hablaba con nadie si no era para saludar o despedirse, siempre, eso sí, con toda cortesía.
La constante búsqueda de rasgos susceptibles de desarrollar en un personaje literario hace que, cuando el presunto autor, autora en este caso, encuentra en el mundo real alguien que se escapa de los prototipos trillados, se le disparen todas las alarmas, y aquella mujer ofrecía a priori un punto de partida para la elaboración de una figura sugerente en la línea de los perdedores, un tipo de personajes que me atraía especialmente aunque por entonces aún no conocía ni su entorno ni sus circunstancias. Habría seguido elucubrando fantasías poéticas sobre ella si un episodio fortuito no diera al traste con mis ensoñaciones, echándome encima, de golpe, el conocimiento de su realidad, una realidad extraña, dolorosa y de muy difícil solución.
En un intervalo entre clases, vagaba yo por el hermoso campus de la Universidad de Rochester, cuando, al pasar por delante de una pequeña glorieta, de ésas que invitan al encuentro furtivo, escuché unos sollozos entrecortados, violentos. Me acerqué alarmada y allí estaba Fairuz, sola, doblada sobre sí misma y deshecha en llanto.
—¡Profesora Fairuz! ¿Qué le ocurre, se siente mal? —Pensé en un posible problema con el parto que se adivinaba cercano—. ¿Aviso a alguien? ¿Quiere que la lleve a la enfermería?
Ella negaba reiterada y vivamente con la cabeza. Cuando pudo articular palabra, sólo repetía: «Perdón, perdón. No es nada, estoy bien», pero los sollozos seguían incontrolables.
Entonces recurrí a una de esas estrategias de la comunicación que no suelen fallar en estos casos.
—Señora Fairuz4, intente serenarse y escúcheme, por favor. Apenas la conozco ni usted a mí. Dentro de tres días acaba mi Seminario y regresaré a España, mi país. Por experiencia, sé que volcar un problema sobre alguien desconocido funciona a menudo. Funciona porque supone un desahogo, en la confianza de que usted no queda comprometida ni por amistad ni por familia. Cuénteme. Lo más seguro es que por mi parte, no pueda hacer mucho por ayudarla, pero es posible que usted quede más calmada. En su estado no es bueno un disgusto como el que tiene en este momento, ni para usted ni para ese niño a punto de nacer, según creo.
Y Fairuz me lo contó todo.
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El hotel era sencillo, muy limpio y acogedor. Además de hallarse en una zona muy céntrica de Istanbul, su mayor privilegio eran las vistas, directamente sobre el Cuerno de Oro. En recepción todo el mundo hablaba español, así que mis pobres frases en turco, con un acento delator, obtuvieron desde el principio respuestas en mi lengua. Fue una suerte que, al llegar del aeropuerto, estaba iniciándose el atardecer y ya instalada en mi habitación del sexto piso, aún tuve tiempo suficiente para contemplar la espléndida puesta de sol de aquel otoño reciente. No era la primera vez que veía un ocaso en la hermosa ciudad, aunque en el viaje de treinta años atrás, mi vida era otra y mis vivencias infinitamente más triviales, aunque con la insensatez propia de los años jóvenes, yo creía saberlo todo.
Pensé en salir a cenar a algún sitio de los alrededores, pero estaba cansada por el trajín y las emociones del viaje, así que pedí que me subieran una cena ligera a la habitación. Claro que el cansancio era sólo físico y aún quedaba tiempo, si me animaba a salir, para sentarme a tomar un delicioso café turco y ver pasar, sin prisas, el bullicio, el movimiento y los múltiples sonidos de una ciudad tan viva.
Finalmente no me decidí, aunque aún podía cerrar mi primer día en el país haciendo alguna videollamada a España sin resultar inoportuna, ya que allí era una hora menos. Pero en aquel momento me vino a la memoria la profesora Fairuz. ¿Qué sería de ella? Después de aquel encuentro en Rochester, sólo la vi una vez, al despedirme de los colegas universitarios. Entonces me comentó brevemente que, estando próxima a dar a luz, iba a regresar a Istanbul muy pronto, y me apuntó sus señas, su mail y su número de móvil. Pensé que no sería correcto hacer una llamada a esas horas, al fin y al cabo, no había vínculos, fuera de aquel momento en el que volcó en una casi desconocida las causas de aquella amargura que tanto me había asustado. Entonces descubrí que aquel episodio, que durante más de un año había postergado de mi recuerdo, volvía ahora con un fuerte deseo de conocer su desenlace. Así que, tras unos momentos de vacilación, envié a Fairuz un whatsapp, en términos corteses, para decirle que estaba en Istanbul y que iba a pasar aquí unos cuantos días.
La respuesta fue instantánea: «¿Cuándo nos vemos?».
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El resto de la semana pasó como una exhalación. Todavía no podía explicarme a mí misma cómo, después del encuentro con Fairuz y de su detallada relación del estado de las cosas, me había metido yo sola en un enredo de tal calibre, detrás de mi manía de buscar personajes raros para elaborar mis cuentecillos o, palabras mayores, para sumergirme en el complicado mundo de otra novela más, cuando mis propósitos al respecto habían sido, desde bastante tiempo atrás, los de abandonar la narrativa definitivamente, para centrarme en mi mayor vocación literaria, la poesía.
Mi sorpresa había sido grande cuando, tras citarnos para comer juntas en el Hotel Carlton, Fairuz me recibió con su mejor sonrisa, un cálido abrazo y una frase que me conmovió: «Gracias, Elena. Nunca, nunca olvidaré lo que hiciste por mí en Rochester».
Poco rastro quedaba de la mujer vencida que conocí un año atrás. Aquella tristeza de sus ojos se había convertido en una mirada dura, metálica, y el rictus de su boca ofrecía ahora una línea firme y apretada. La cabeza levantada, con un punto de altivez, suponía un fuerte contraste comparado con la imagen de desvalimiento que yo recordaba. Era evidente desde luego que seguía siendo una figura golpeada por el destino pero aquella herida quedaba superada por su dignidad personal. Ahora era madre y su hijo estaba por encima de todo lo demás, desplazando hacia cauces más ligados al sentimiento de la Especie el amor incontrolado que sintiera por un hombre, concretamente por quien hasta época reciente fuera su marido y también el destructor de una felicidad que ella había creído poseer. Me dijo que su propósito inmediato era regresar a Nueva York cuanto antes y que quería dejar atrás una historia de amor llena de amargura para educar a su hijo en la certeza de que si tuvo un padre alguna vez, éste había muerto para ella y, por tanto, también para el niño.
Se alegró mucho cuando le conté lo de mis inminentes clases en la Ege Üniversitesi en Izmir y alabó, creo que por pura condescendencia, mis humildes progresos en la lengua turca. Después me puso al tanto de todo lo sucedido desde que ella y su marido, si es que realmente aún lo era desde el punto de vista legal, lo que en aquel momento ofrecía bastantes dudas, regresaron a Istanbul. La «puesta al día» se prolongó hasta bien entrada la tarde. Las explicaciones de Fairuz conformaban una segunda parte de su primera relación, un año antes, en absoluta coherencia, como si fuera un Capítulo II que, eso sí, tenía suficientes puntos añadidos de inverosimilitud como para ser directamente arrojado a la papelera si caía en manos de cualquier editor competente. Y a mí, como escritora, lo inverosímil no me servía, pero lo verdadero tampoco. Fairuz era verdadera, y mi primera idea de personaje de ficción que sobre ella concebí en Rochester, antes de conocer su realidad, quedaba completamente invalidada, tanto por la contundencia de los hechos descritos como por el vínculo afectivo que desde aquel segundo encuentro nos unió.
Sin embargo, en aquella segunda parte de su historia aparecía, de manera colateral, un dato aislado, una figura en segundo plano que, sin apenas contenido argumental, presentaba todos los rasgos y el atractivo de un personaje perdedor. Y otra vez se me dispararon las alertas, con la ventaja de que ahora no había relación posible, como ocurrió en Rochester con Fairuz, al fin y al cabo, compañera de Facultad, aunque sólo hubiera sido durante una quincena. Volví a tener presente que mi calendario de clases en Izmir me permitía suficiente tiempo libre para cultivar la vertiente creadora, de manera que decidí dedicar los días restantes de mi estancia en Istanbul a la búsqueda de aquel dato solitario, a ver si ahora podía encontrar por fin un personaje con atractivo susceptible de posteriores elaboraciones literarias.
Así que yo, que debería estar disfrutando de momentos de asueto en una de las ciudades más bellas del mundo, antes de sumergirme en la explicación de la poesía española a un grupo de doctorandos esmirnios, ocupaba mi tiempo en plan Sherlock Holmes, detrás de un hombre desconocido al que, a partir de la referencia sesgada por parte de Fairuz, llevaba días investigando. Sólo sabía su nombre, Rashid, su papel en la historia, como actual novio o pareja de quien resultaba ser la primera esposa del marido de Fairuz —una mujer llamada Neylam—, y sus señas, una pequeña plaza perdida entre el bullicio de la zona posterior de Gálata, donde aquel hombre regentaba un local de ésos tan frecuentes en el país, una cafetería llamada Kaderim, cuya traducción iba a resultar premonitoria. «Mi destino».
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La placita en cuestión formaba una especie de hemiciclo, con una serie de establecimientos, casi todos de escasas dimensiones, dedicados a distintos menesteres, aunque la mayoría eran modestas tiendas de souvenirs, lejos de las ostentosas de la zona más turística. Sólo el Kaderim y un comercio contiguo de tejidos, cuyo nombre no podía ser más neutro, Kumaşlar —telas—, eran los dos locales más grandes y de mayor calidad, si bien tampoco parecían ser muy espaciosos, al menos desde fuera, aunque delante del Café, ocupando como una tercera parte del espacio exterior, había cinco mesitas con sus sillas correspondientes. Opuesta al hemiciclo, una calle más bien estrecha y cortada en sus extremos, con una serie de edificios-vivienda, de tres o cuatro alturas cada uno de ellos y con un minúsculo jardín delantero independiente. Me fijé que en el inmueble que estaba justo perpendicular a la cafetería objeto de mi estudio, dos personas a quienes apenas se podía distinguir, pues en aquella primera incursión por la zona ya había oscurecido, ocupaban dos sillas del jardincito, con aspecto de estar allí para ver pasar la vida por delante, sin otro propósito.
Y como aquella segunda conversación con Fairuz me había dejado tan intrigada, mis expectativas literarias me decían a gritos que allí, en aquel entorno, tenía un posible argumento para desarrollar un relato de actualidad sobre bases bien fundamentadas, ahora que en todo Occidente las series de televisión de origen turco, con sus argumentos tantas veces inverosímiles, sus personajes estrambóticos y sus situaciones disparatadas estaban arrasando, tras «destronar» a las venezolanas que en los años noventa reinaban en los televisores de todo el Planeta. Tal vez, a partir de los escasos datos de mi ya buena amiga, acababa de dar con un filón que me permitiera recabar materiales para escribir en serio, desde una narrativa de cierta calidad cuyo destino quizá no estaría en primeros anaqueles, pero sí podría ofrecer perspectivas que incluso llegaran a alcanzar un resultado editorial satisfactorio.
La diferencia entre un psiquiatra, un detective y un filólogo es siempre el arco de los tiempos. Al psiquiatra-psicólogo le interesa bucear en el pasado del paciente para localizar el origen de una patología; el detective se mueve en hechos puntuales y sus pesquisas giran alrededor de lo inmediato, en aras de una certidumbre eficaz, pero el filólogo… El filólogo, gracias a la literatura, posee el bagaje de los sentimientos y de las acciones de todos los matices del espíritu y el comportamiento humanos. Desde Homero, desde Gilgamesh, desde Lao Tsé, todo, absolutamente todo está escrito y descrito, lejos del despectivo comentario de «eso son cosas de libros», porque toda literatura es realista, ya que parte de la imaginación real de un creador real.
La investigación, a partir del relato de Fairuz, me llevó casi una semana. Siguiendo las huellas de quienes habían contribuido a una situación complicada, verdadera pero absurda en su mayor parte, no tardé demasiado en constatar hechos y comprobar datos. Mi cuaderno de notas estaba a punto de estallar y los archivos de voz del móvil habían reducido a mínimos el espacio disponible. Todo ello con el riesgo añadido de que al recopilar tanta información, terminase por confundir ideas y conceptos, con lo que la elaboración de un relato coherente podría correr serio peligro.
Mi último día en Istanbul amaneció lluvioso, y sobre el Cuerno de Oro, la niebla se mantuvo baja durante toda la mañana. Al día siguiente subiría al Tren de Alta Velocidad, con destino a Izmir, para permanecer allí casi hasta Navidades, impartiendo poesía del Siglo de Oro a los alumnos de Máster en español. Así que tenía que tomar una decisión para esa misma tarde, jugándome no sabía exactamente qué, o bien olvidar la rocambolesca historia de Fairuz, pero sabía que dar de lado todo aquello, a estas alturas, y con toda la información acumulada, ya era imposible para mí. Me había metido hasta el cuello, y como generalmente prefiero arrepentirme de los hechos y no de las omisiones, metí en el bolso la última edición de mis Poemas Griegos y me dirigí hacia el pequeño conglomerado de calles del trasgálata, decidida a entrar en el Café Kaderim y dispuesta a hablar con un hombre desconocido, del que, paradójicamente, ya conocía tantas cosas en tan pocos días, gracias a una firme voluntad de indagación, y, todo hay que decirlo, no poca suerte añadida.
Estaba empezando a oscurecer. La lluvia y lo desapacible del día tenían la zona despejada. Las mesitas exteriores del Kaderim estaban, lógicamente, vacías, y a través de los cristales de la puerta también pude comprobar que en el interior tampoco había clientes en aquel momento. Delante de la entrada todavía tuve unos momentos de duda.
¿En qué clase de laberinto me iba a meter?
Finalmente, me decidí, respiré profundamente y entré en Mi destino.
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Los aromas entremezclados de los tés, los cafés y la pastelería conformaban una simbiosis grata, lógica y caótica a la vez. La decoración interior era de una sencillez casi espartana pero la armonía de los colores, en gamas ocres, así como el original diseño de mostrador y mobiliario revelaban la mano de un decorador hábil que había sabido combinar lo clásico con elementos de vanguardia. Un detalle ponía una nota de continuidad, enlazando con el aspecto que pudo tener el Café antes de la reforma que se adivinaba reciente. En un lateral, cerca del mostrador, podía verse la fotografía de un hombre mayor, de aspecto elegante y mirada serena, que por la forma de vestir parecía remitir a los últimos años ochenta, y cuyo parecido con el hombre objeto de mi interés saltaba a la vista.
El señor Rashid estaba solo. Al verme, salió de detrás del mostrador y, con un expresivo movimiento de brazos, señaló las mesitas vacías.
—Tünaydin, hanim. Hoşgeldiniz5.
—Teşekkür ederim, tünaydin, efendim6.
Me senté en una mesita que, algo apartada del resto, ocupaba una especie de ábside, y pasé directamente al español.
—Un café, por favor. Sin azúcar.
—¡Ah, ispanyola! Perdón, española quiero decir. —Su sonrisa amable no encubría un ligero estremecimiento que no dejó de llamarme la atención—. Yo… conozco España y su idioma bastante bien, su país es muy hermoso, hanim.
—Muchas gracias, efendim.
—Viví un año en Madrid, con una Beca Erasmus, en la Escuela de Arquitectura, y diez meses más por mi cuenta. Algo de trabajo y mucho estudio.
Uno de los datos que yo tenía sobre ese hombre, a propósito de su laconismo, acababa de caerse por tierra, reafirmándose en sus siguientes frases.
—Recuerdo cuánto me gustaba leer en castellano y, sobre todo, la poesía. Yo admiro su poesía. Bécquer, Juan Ramón, Federico… Hubo un tiempo en que yo… leía mucho.
Sólo en España y en círculos literarios se dice Juan Ramón a secas al hablar de Juan Ramón Jiménez y Federico al aludir a Federico García Lorca, lo que indicaba en aquel hombre una familiaridad no sólo con la lengua sino también un notable dominio de la lectura y el argot entre profesionales y aficionados entendidos.
—Lo sé, lo sé, efendim Rashid. Y sé también que su conocimiento del español es bastante más que aceptable.
—¿Lo sabe? ¿Usted me conoce? ¡Conoce mi nombre! ¿Tal vez nos vimos en Madrid? ¡Hace tantos años…!
—No, señor Rashid. Nunca nos hemos visto.
—¿Entonces?
—Efendim Rashid, sé que esto le va a sonar raro, pero hasta hace diez días yo no tenía ni la menor idea de que usted existiera. —Permanecía de pie, mirándome sorprendido—. Por favor, ¿querrá sentarse un momento conmigo? Quisiera comentarle algo… Algunas, varias cosas, si usted me lo permite y tiene tiempo. Con esta lluvia, hoy no parece haber mucho trabajo.
—Desde luego que sí, será un placer hablar con usted, hanim. Pero antes, su café y permítame, invita la Casa.
Era la primera vez que veía al señor Rashid de cerca, y tanto lo esmerado de su aspecto, con una impecable barba de tres días, una manicura cuidadosa, una indumentaria sencilla pero elegante y una discretísima fragancia, todo ello en contraste con la tristeza de sus ojos, me recordaba a la Fairuz de Rochester, creando sensaciones simultáneas de atractivo y compasión, y que, tras las averiguaciones precedentes, certificaban la condición de víctimas del destino de ambos. Y es que las heridas del amor siempre ofrecen aspectos similares.
Se dirigió al pequeño mostrador y, un par de minutos después, venía con dos tazas humeantes y un platito de tarak tatlisi, las deliciosas galletitas turcas. Se sentó frente a mí en silencio, curioso.
En aquel momento deseé que o me tragara la tierra o estar exactamente a cuatrocientos setenta y ocho kilómetros de allí. ¿Qué diablos hacía yo en Istanbul, cuando mi destino era Esmirna, Izmir, su Facultad de Filología en la hermosa zona universitaria del Egeo, mi mar, mi sueño griego? Y en cambio, allí estaba, en una zona semiescondida de una de las ciudades más hermosas del mundo, cara a cara con alguien real cuya biografía llevaba rastreando desde hacía más de una semana, en aras ¿de qué?, metiéndome en terrenos resbaladizos, sólo por la obsesión, la manía de buscar un personaje con entidad narrativa. ¿O acaso era algo más? ¿Acaso mis buceos por la historia personal de aquel hombre desembocaban en un sentido elemental de la justicia, más allá de proyectos literarios? De cualquier modo, ¿a mí qué me iba en ello? Tal vez porque al intentar protegerlo a él, me estaba protegiendo a mí misma de heridas del pasado no del todo sanadas. Pero la suerte estaba echada. Alea iacta est.
—Efendim Rashid, le ruego que me permita hablar unos minutos antes de echarme de su Café a patadas…
—¿Cómo dice, hanim? Echarla yo, ¡y de una manera tan fea!
Bebí unos sorbos de café, de ese delicioso café turco.
—Perdóneme usted, sólo es una forma coloquial de decirlo, ya sé que es incapaz de cualquier tipo de violencia. Pero le pido que si llega un momento en el que quiera que deje de hablar y que salga de su establecimiento para no volver a saber de mí nunca más, lo entenderé.
—No comprendo bien, hanim…, señora… ¿Cómo se llama?
—Elena. Elena de la Gándara.
—Hanim Elena, no la entiendo. ¿Por qué iba yo a echarla de aquí?, ¿cómo podría ser tan descortés con un cliente que, además, viene de España? ¡No puede imaginar los hermosos recuerdos que guardo de su país!
—Está claro que es usted un perfecto caballero, lo sé. Sin embargo… En fin, vamos allá.
De nuevo di unos sorbos a la taza de café, reuniendo fuerzas.
—Sé…, sé que en estos momentos usted tiene el corazón roto...
—¿Perdón?
—…y que mis palabras pueden rompérselo todavía más, si ello fuera posible, así que le pido disculpas por anticipado y voy a ir directamente al caso. Señor Rashid…, efendim Rashid —respiré profundamente, erguí el cuerpo y lo miré directo a los ojos—, la señora Neylam no lo quiere. No lo ha querido nunca.
En su rostro se pintó la más viva sorpresa y noté que la respiración se le cortaba. Parecía querer decir algo, pero sólo me miró lleno de perplejidad.
—Permita que me explique. No lo quiere y me doy cuenta de lo rotundo que suena, pero verá, es que tampoco quiere a su marido, o… su ex marido, o lo que sea. Tampoco siente amor ni gratitud hacia sus padres adoptivos, los que la acogieron cuando quedó sin los suyos, siendo niña.
Bebí un par de sorbos más de café, mientras Rashid permanecía con los ojos fijos en mí y la angustia se iba reflejando por momentos en su rostro.
—Aún le diré más, ni siquiera quiere a su hija. La pone siempre de parapeto para no comprometerse afectivamente con nadie, la utiliza para protegerse ella misma en un absoluto y programado chantaje emocional. No quiere a nadie porque es incapaz de querer a nadie.
Se levantó rápidamente, con gesto crispado. Pensé que en aquel momento iba a decirme, no sabía si de manera educada o a gritos, que saliera de allí, pero no lo hizo sino que, tras unos segundos de vacilación, volvió a sentarse. Serenó su gesto, confirmando mis informaciones acerca de su autocontrol, y tomó aire.
—Disculpe, hanim Elena. Según usted, hace diez días no sabía quién era yo y ahora dice que me conoce y que conoce a la señora Neylam, que es mi amiga, y habla de ella con palabras muy duras, muy injustas, que la ofenden a ella y también me ofenden a mí.
—Vuelvo a rogarle que me perdone y que, por favor, me permita continuar. Pues sí, la conozco. Y le diré algo, ella no es su amiga.
—¿De qué la conoce, de qué me conoce a mí?
—Repito, la conozco, señor Rashid. La conozco porque representa lo que en mi profesión, que es la filología, la literatura, llamamos personaje prototípico, es decir, esperable, dadas las circunstancias que lo rodean. ¿Cómo lo explicaré? Se puede encontrar en cualquier Manual de Primero de Psicología, primer cuatrimestre. Efendim Rashid, ¿sabe de quién estamos hablando?, de una niña de once años que sufrió en vivo, aterrorizada, el accidente que les costó la vida a sus padres; que permaneció horas atrapada en el coche, gravemente herida, junto a los cadáveres; que pasó meses en una Institución, hasta que una familia, buena gente, pero sencilla, la recoge en custodia y hace por ella lo que está en su mano, que no es demasiado, ya que ni siquiera pudo permitirse pagarle una buena educación secundaria y mucho menos la Universidad.
—Pero ¿de dónde saca usted esos detalles que yo mismo ignoro?
—Permítame seguir. Esa niña, sola, perdida y traumatizada, si en un momento dado se encuentra con otro niño descuidado, sin padre conocido, abandonado por una madre sumergida en el mundo de la droga, una madre que constantemente entra y sale de la cárcel, esos dos niños maltratados por el destino se aglutinan, se adhieren, se anexan en busca de un escudo protector frente al mundo. Solos frente al resto del mundo, encerrados en un estrecho círculo gregario en el que nadie tiene cabida excepto ellos mismos o sus derivaciones directas, los hijos. La hija, en este caso.
Rashid permanecía en silencio, prácticamente inmóvil, con tan sólo unos imperceptibles movimientos pausados, pero llenos de expresividad en las manos y en los ojos, que ahora miraban al suelo.
—Ahí el amor no tiene espacio, señor Rashid. Lo que hay es dependencia, miedo, miedo a los demás, miedo a la vida. De manera que, si uno de los dos, por lo que sea, desaparece o falta, el otro se envuelve en una armadura impenetrable, se llena de recursos de defensa, entre ellos el victimismo, uno de los pretextos más peligrosos frente a los seres sensibles, y sabe perfectamente con quién utilizarlo, que siempre será alguien generoso, solícito, justo y honesto. Alguien con el corazón limpio, incapaz de ver en otros la malicia que él no tiene, alguien bueno, que esté también en una situación vulnerable, hija de circunstancias personales adversas, como… tal vez un padre áspero, una madre inválida, un matrimonio fracasado, una vocación abandonada, etcétera. Y, como consecuencia, soledad.
—¡Usted está contándome mi propia historia! No siga hablando así, por favor, o al menos, dígame qué quiere decir con sus palabras. No es por el idioma, yo…, yo las entiendo todas pero lo que no comprendo es su razón, su… objetivo. Necesito que me explique su significado y le ruego encarecidamente que me diga por qué esto le interesa tanto.
Aunque tenía noticia del buen conocimiento del español de aquel hombre, la soltura de su discurso realmente me sorprendía muchísimo. Una palabra, un adverbio tan elaborado como encarecidamente no pertenece a un nivel medio, ni siquiera en la lengua materna.
—Déjeme seguir hasta el final, se lo ruego, señor Rashid. La misericordia hace que ese alguien, decente y generoso, se convierta en protector. La señora Neylam tiene en usted un aliado de penurias y, hasta que reapareció su exmarido, y perdone la dureza de estas frases, un posible sustituto de pareja para ella y de padre para su hija. Usted lleva cerca de dos años actuando como refugio, incluso como sustento material, si hace falta. Y desde la compasión, desde el sentido de la justicia, desde su propia necesidad de afecto y su soledad, usted se enamora.
—¿También sabe eso?
—Y la premisa del amor es que es ciego, como tan sabiamente lo pintaron los antiguos mitos griegos, y además de ciego, se alimenta de una enorme falacia llamada esperanza.
Rashid frunció el ceño, e inclinando el cuerpo hacia adelante, preguntó:
—¿Cómo que la esperanza es una falacia? No entiendo. Falacia, en español, era algo malo, negativo, creo recordar.
Cada nueva intervención de aquel hombre me sorprendía más, ahora la familiaridad con una palabra tan rebuscada como falacia, pero esto me sirvió en aquellos momentos, para sacar mi vena docente, discurso en el que me sentía mucho más segura.
—Me consta que usted es, o al menos era, un gran lector. ¿Recuerda el mito de Pandora? Los dioses le entregaron en custodia el arca en la que estaban encerrados todos los males.
—Recuerdo el mito. Pandora no pudo resistir la curiosidad y la abrió, y las desgracias salieron y se extendieron por el mundo.
—Al darse cuenta, la cerró rápidamente, pero ya se habían escapado todos los males. Sólo quedó dentro la esperanza.
—Entonces, según eso, la esperanza también sería un mal… —Rashid hablaba como para sí mismo, en un susurro.
—Es… una carencia. Si tienes esperanza, es que no tienes nada, solamente la perspectiva de tenerlo. La esperanza además es traicionera, se nutre de ráfagas, de instantes capturados a los que te agarras como al fuego. Esa sonrisa, esa mirada furtiva, ese leve roce de una mano que nos estremece y que queremos interpretar como perspectiva de algo que se multiplicará en cualquier momento. Ese momento nunca llega pero vives alerta, en el anhelo de que pueda llegar. Y si no sucede, eres desgraciado, y si esa situación se reitera en el tiempo, como ocurre la mayor parte de las veces, aún más desgraciado, ante la indiferencia del Cielo y el silencio de la Tierra.
Después de pronunciarla, me di cuenta de que esta última frase era casi un verso, pero no sé por qué, me salió con toda naturalidad. Los cafés estaban fríos. Empezaba a cerrar la noche.
—Rashid —abandoné el efendim expresamente—, no soporto la idea de ver sufrir a un hombre bueno por quien no lo merece. Usted es bueno, como decía un poeta de mi tierra, en el buen sentido de la palabra, porque hay demasiada gente buena por omisión, gente que no hace el mal de manera directa, pero que con esa omisión, muchas veces lo puede causar. Hay muy pocas personas que realmente hagan el bien, y usted, Rashid, usted es de las buenas personas en activo, usted hace el bien todos los días. Lo sé, puede creerme, estoy bien informada.
—Por favor, hanim Elena… Yo…
—Pero su bondad no excluye su inteligencia, y por todo lo que he podido conocer sobre usted, estoy segura de que, aun con el corazón roto, aun con el alma quebrada por la tristeza, todo esto que le estoy diciendo… usted también lo sabe. Repito, lo sabe o me hubiera pedido que me fuera hace ya mucho rato. Lo sabe sin querer saberlo, lo sabe desde el fondo de su herida, desde las miradas de compasión de la gente del barrio, desde el encono hacia su padre cuando éste se lo echa en cara porque, a pesar de las formas desabridas y de su carácter hosco, es su padre y lo quiere, quiere a su único hijo e intenta protegerlo, a su especial manera, desde luego.
Se levantó. Dio unos pasos erráticos a lo largo del local. Luego fue al mostrador, poniéndose detrás como si buscara un refugio y apoyó las manos en él, fijando la mirada en un punto indefinido. Yo me levanté, a mi vez, acercándome, y ambos quedamos cara a cara, separados por la repisa, en silencio durante varios segundos.
—Deje que le haga una sugerencia y me iré. Ya no lo molestaré más.
Rashid me miraba con una mezcla de matices que iban desde la confusión a la angustia, pero era evidente que estaba claramente prendido de cada una de mis frases, como si quisiera grabarlas todas en su memoria. Y para mi sorpresa, a pesar de lo áspero de mis palabras, en ningún momento capté rechazo o negación. Lo que sí resultaba indudable es que tenía delante de mí a un hombre que se había dejado vencer por la vida, infinitamente triste, y que a pesar de su alta formación cultural, no tuvo fuerzas para luchar contra un destino desfavorable y se había dejado caer en un pozo de pesimismo del que no era capaz de salir.
—Sé que en estos momentos y dadas las circunstancias, no será fácil, pero busque un pretexto para hablar con la señora Neylam, a solas, sin testigos. Hágale una pregunta directa, una pregunta de ésas a las que solamente se puede contestar con un sí o con un no. Pregúntele: «Neylam, ¿tú me quieres?».
—Eso ya se lo dije varias veces.
—No. Le dijo que la quería usted, pero no se lo preguntó directamente a ella, ¿me equivoco?
Rashid negó con la cabeza.
—Créame, Rashid, hágale esa pregunta, inténtelo. Y ojalá me equivoque, verá cómo ella no le dice que no lo quiere, pero tampoco le va a decir que sí. Probablemente le dará una respuesta sesgada, ambigua, una evasiva al cabo. Puede que incluso se enfade con usted porque no le parezca el momento adecuado, tal y como están las cosas ahora mismo.
—Suponiendo que tenga parte de razón, y permítame que aún lo ponga en duda, ¿qué piensa que debería hacer yo, hanim Elena? —Sostuvo mi mirada y pude percibir que en aquel alma afligida todavía quedaban algunos vestigios de voluntad y arrojo.
—Entonces, si ella no le responde directamente, hágale una segunda pregunta, también con sólo las dos únicas posibilidades de sí o no. Pregúntele: «Neylam, ¿tú a mí me deseas?». Y antes de que responda, añada esto: «¿Deseas mis abrazos?, ¿mis besos?, ¿mi cuerpo? ¿Quieres hacer el amor conmigo?».
—¿Qué… dice? Yo… No puedo decirle eso, hanim.
—Sí que puede. Podrá, estoy segura.
—No, imposible, imposible.
—Puede y lo hará. Sé que lo hará porque piense que la alternativa serían meses, años, quizá toda una vida esperando que suceda un milagro, un milagro que no va a suceder y usted lo sabe, insisto. Y permítame que añada algo, desde una experiencia de trabajo que llevo haciendo toda mi vida. Las hadas, los dioses, son un hermoso recurso literario, pero nada más. Mientras tanto, usted agotará sus días en la impotencia, en la negrura, en la negación de sí mismo. No lo permita, Rashid, no deje que, cuando dentro de muchos años, ¡inşallah!, llegue su final, se arrepienta no de lo que hizo sino de lo que dejó de hacer.
Hubo un silencio largo. Di la vuelta, recogí mi chubasquero y dejé encima de la mesita el libro de poemas.
—Gracias por escucharme, gracias por no echarme de mala manera, después de todo lo que le acabo de decir, después de invadir su intimidad de un modo tan contundente y hablar con un discurso que sé que mucho tiene de violento, aunque espero no haber caído en la descortesía. Soy plenamente consciente de ello, créame, así que de nuevo le pido perdón, Rashid, sinceramente. Perdóneme, por favor. Entiendo que no querrá volver a saber nada de mí, nunca más…
Él respiraba con fatiga. Movió las manos, era evidente que quería decir algo, pero en aquel momento no le salían las palabras.
—… pero si algún día usted quisiera, decidiera continuar esta conversación —que casi había sido un monólogo—, sé que sabrá cómo y dónde encontrarme.
Fui hacia la puerta. Antes de abrirla, me giré hacia él por última vez.
—Y una cosa más, efendim Rashid, la última. No olvide que todas las historias de amor son historias de fantasmas. Barış seninle olsun7.
Salí del Café. Ya en la placita, lejana y como envuelta en un suspiro, me llegó la respuesta.
—Ve ayrıca seninle8, hanim Elena.
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Cuando Elena de la Gándara salió del Kaderim, quedé unos momentos en la misma postura, apoyado en el mostrador. Luego, de una manera mecánica, fui a la entrada y cerré con llave, apagando a continuación todas las luces. Después me senté en la misma mesita donde había estado aquella mujer tan sorprendente e imposible de definir. Con la cabeza entre las manos, no podía pensar, no podía sentir, estaba como flotando en una indeterminación absoluta. Las palabras de aquella desconocida parecían bailar en mi interior, ordenadas o caóticas alternativamente, pero sin desaparecer. Debió de pasar bastante tiempo porque cuando por fin levanté la vista, ya era noche cerrada y la lluvia arreciaba con tal fuerza que apenas podía distinguirse la plaza a través de los cristales. Entonces advertí que alguien daba unos golpes en la puerta. Era Kerem. A nadie más le hubiera respondido, excepto al mejor de mis amigos.
—¿Qué pasa, Rashid? ¿Qué haces aquí encerrado y a oscuras?
—Nada... Acabo de cerrar.
—¿Tan temprano? Si sólo son las ocho. Oye, mírame, ¿qué te ocurre? ¡Estás desencajado! ¿Otro disgusto con tu padre?
—No, no.
—¿O es que tu señora Neylam ha vuelto a clavarte un cuchillo por la espalda otra vez?
—¿Por qué dices eso?
—Por nada, perdona. Si cierras ahora, ¿por qué no vamos a cenar a la taberna del señor Eymen? Seguro que te vendrá bien comer algo y creo que también beber otro más algo.
Asentí con la cabeza. Ya íbamos a salir, cuando advertí el libro sobre la mesita.
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Mientras mi amigo terminaba de contarme el extraño suceso con la mujer desconocida, yo sentía primero confusión y luego enfado, pero una sensación se destacaba sobre todas: la vergüenza. Acababa de ser consciente de la responsabilidad que con Rashid había dejado de lado por un mal entendido sentido de la discreción y la lealtad. Es bien sabido que cuanto más áspera es la verdad, más amigo es quien te la dice, y según avanzaba el relato de lo sucedido esa tarde en el Kaderim, yo iba bajando los ojos, incapaz de sostener la mirada de quien era prácticamente mi hermano. Ante mi silencio, Rashid preguntó qué pensaba del caso, si tenía algo que juzgar de aquello y qué sentía.
—No sé qué pensar y por tanto no puedo juzgar nada, pero lo que de verdad siento, Rashid, es vergüenza. Muchísima vergüenza.
—¿Vergüenza tú, Kerem? ¿Por qué?
—Porque tiene que venir una mujer a la que no conoces de nada, y encima, extranjera, para decirte lo que yo, tu amigo desde siempre, nunca tuve el valor de decirte.
Se quedó mirándome estupefacto.
—¿Tú estás de acuerdo con esta mujer? ¿Tú sabías…, pensabas todo eso?
—Rashid…, a ver cómo te lo digo. Todo el barrio lo sabe y todo el mundo lo piensa.
—¿Qué?
—Todos, desde el principio.
—¿Y por qué nadie habla?
—Nadie habla por un mal entendido sentido de protección hacia ti. Eres una buena persona, alguien a quien la gente aprecia y respeta, la mayoría te conocen desde niño, y por no hacerte más daño, resulta que te lo estamos haciendo todos. Además, ¿nos hubieses creído?, ¿crees a tu padre, el único que te lo dice todos los días? No, sólo te cabreas con él porque no traga a Neylam. Te diré una cosa, en realidad no la traga nadie pero cuando el marido se largó por las buenas, sentían lástima de ella y de la niña, y la situación por la que pasaron tanto tiempo, pero ahora que ese malnacido ha vuelto, si te fijas, nadie le dirige la palabra a ninguno de los dos.
—Me había dado cuenta y sí, pensé que era precisamente por él.
—Pero dime ¿qué sabes de esa mujer española tan… especial?
—Parece una persona culta y elegante, con frases y gestos muy firmes y que mira de frente con cierta arrogancia. No sé de ella nada en absoluto, Kerem, excepto su nombre, y que escribe. Dejó este libro de poemas al marcharse y ésta debe de ser su firma.
—Entonces vamos a buscarla en Internet. ¿Cómo se llama?
—Elena de la Gándara.
—Voy a ver. Espera…
Busqué en la Red con el móvil. Casi inmediatamente varias páginas remitieron al nombre propuesto.
—Rashid, aquí está. ¡Aman Tanrım, Tanrim!9, es una eminencia, ¡menudo currículum!
Le tendí el móvil. Rashid lo tomó y empezó a leer, mientras la sorpresa iba reflejándose en su cara. La mujer en cuestión era al parecer una eminente profesora de literatura, escritora, filóloga, con un montón de artículos científicos publicados y varios premios de poesía y narrativa. Rashid se quedó pensando un buen rato.
—Entonces es una intelectual, una persona destacada. Siendo así, ¿cómo es posible que esta mujer sepa tanto de mi vida? ¿Por qué le intereso hasta el punto de venir hasta aquí, a decirme todo lo que te acabo de contar?
—Tú sabrás. ¿Cómo quieres que lo sepa yo?
—Cuando se fue, me dijo que si alguna vez quería continuar la conversación, sabría dónde y cómo encontrarla. Claro está que se refería a Internet. Bien, ya sabemos quién es, pero ¿dónde está?, ¿aquí?, ¿vive en Istanbul?
—Dame el móvil. A ver… Profesora Elena de la Gándara…, el currículum… Mira, aquí está. «Próximas actividades». Ege Üniversitesi, Filoloji Fakültesi10, en Izmir. Está impartiendo un Máster… Lírica española de los Siglos de Oro.
—Ahora me explico algunas cosas. Aludió a varias obras literarias.
—¿Qué significa Lírica española de los Siglos de Oro? Tú seguro que lo sabes, hablas español perfectamente, no como yo que sólo lo estudié dos meses, por acompañarte a la Escuela Estatal, antes de irte a España.
—Es poesía, poesía española de los siglos dieciséis y diecisiete. Cuando vivía en Madrid, aunque yo estudiaba en la Escuela de Arquitectura, asistí a varios Seminarios de literatura que organizaba la Universidad en distintas sedes. Eran muy interesantes y ya sabes que a mí siempre me gustó mucho leer, y la poesía en particular, me apasiona…, o me apasionaba. Cuando volví a Istanbul después de los Cursos de Doctorado, me traje montones de libros de versos en español y no sé cuántas veces los leí, hasta que pasó lo de mi mujer, luego, lo de mi abuelo, luego, lo de mi madre… Una cosa detrás de otra, y dejé de leer, dejé de hacer un montón de cosas, tú lo sabes. Estaba enfadado con el mundo y abandoné todas mis aficiones, abandoné la cultura, me quedé aquí, oxidándome en este barrio.
—Y esa profesora, esa tal Elena de la Gándara, precisamente una española, viene y te da una serie de explicaciones como si te conociera de años, vamos, que te cuenta tu vida.
—Y de paso, mi circunstancia. Me estoy acordando de un filósofo también español que decía algo así.
—Lo que está claro es que no dejas de darle vueltas al asunto porque quizá en el fondo estás de acuerdo con ella, sobre todo en lo que se refiere a Neylam. ¿No te parece?
—¿Piensas que creo todo lo que dice?
—La crees, Rashid, la crees o no tendríamos esta conversación.
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¡Madrid!
Habían pasado casi treinta años desde aquella etapa de mi vida, probablemente la más feliz que nunca tuve. Al elegir destinos posibles para mi solicitud de una Beca Erasmus, no se me pasó por la cabeza España, hasta que büyükbabam11 me lo sugirió: «Son más de quinientos millones de habitantes de este mundo los que hablan español. En inglés ya te defiendes bien y no sabes aún las posibilidades de tu vida futura, de tu trabajo. Saber español te posibilita no sólo España sino prácticamente toda América. Eres muy joven, Rashid, tienes curiosidad e inteligencia. Yo ya no viviré mucho tiempo, no te quedes aquí. Márchate, conoce mundo, no te conformes con una vida convencional, si puedes evitarlo».
Y seguí sus consejos. Frente a la rebeldía con mis padres, lo que decía büyükbabam siempre me parecía bien, así que el verano anterior a mi partida me matriculé en la Escuela Estatal de Idiomas para hacer un curso intensivo de español. La lengua, y sobre todo la literatura, me captaron desde el primer momento, y tenía presente otro de los consejos de büyükbabam: «Recuerda que un idioma ha de servir para algo más que para defenderse. Hay que entrar en su esencia, hay que conseguir pensar y soñar con él y en él, hay que amarlo».
Luego vino el viaje; la Escuela de Arquitectura en la Complutense de Madrid; los compañeros de piso, en Argüelles; los amigos, las juergas estudiantiles, aunque yo siempre era «el tímido oficial». Incluso Esther, aquella chica pelirroja con la que durante algunos meses viví un pequeño affaire, sin excesivos romanticismos, pero de la que guardo un grato recuerdo. La oportunidad de conocer otras ciudades como la luminosa Barcelona; Salamanca, toda ella arte puro; la mágica Granada o Toledo, la milenaria capital de las tres culturas.
Al terminar la Beca, yo quería quedarme en Madrid otro curso más. Büyükbabam, como siempre, defendió mi causa ante mis padres, pero aunque nunca me faltó una pequeña cantidad mensual para lo imprescindible, la condición fue que, si quería permanecer más tiempo en el país, tenía que buscar algún tipo de trabajo. Y así fue, y durante mi segundo año en Madrid trabajaba los fines de semana en El Corte Inglés, los grandes almacenes españoles. Todo esto pasaba por mi cabeza una y otra vez aquella noche, al revivir el enigmático suceso de la tarde.
Antes de acostarme, hojeé el libro de poemas que había quedado sobre la mesita del Kaderim.
Canta, rapsoda, canta.
Canta la historia inversa,
los muertos esparcidos que aún alientan
invadiendo tus noches,
las viejas certidumbres de nostalgia,
las dudas nuevas,
si es que alguna quedaba por mostrarse.
Canta la indiferencia de tus frases,
la sonrisa encubierta de tu trato,
la alegría fingida, la fortaleza inútil.
Al filo de las horas, ya sestea la Muerte
que ataca con un tajo al pensamiento,
partiéndolo, sin giro de retorno,
en dos mitades irreconciliables.
El alto lirismo de aquellos versos se confundía con las rotundas palabras de Elena de la Gándara, que golpeaban con insistencia en mi memoria, como si quisieran grabarse a fuego y, de alguna manera, yo intuía que las derivaciones de aquel encuentro no iban a quedarse en un episodio puntual.
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Algunos días después, vi pasar a Neylam por delante del Kaderim. Ni siquiera me miró. Estuve a punto de llamarla pero en aquel momento había varios clientes tanto en las mesas exteriores como dentro del Café, y no me pareció oportuno. Para entonces ya había transcurrido tiempo suficiente desde el extraño encuentro con Elena de la Gándara como para poner un poco en orden el cúmulo de recuerdos de aquella tarde, sobre todo después de varias noches en las que apenas pude dormir, dándole vueltas a la cabeza, rememorando cada frase. Casualmente, aquel mismo día, al caer la tarde, Neylam volvió a pasar por la plaza. Me armé de valor, salí del Kaderim y la llamé.
—Buenas tardes, Neylam.
—Buenas tardes.
—Oye, ¿podría hablar un momento contigo?
—Es que en casa me están esperando.
—Cinco minutos. Por favor.
—Está bien, dime.
—Aquí fuera no, pasa.
—Ya te digo que tengo prisa.
—Tres minutos. Menos.
Entró finalmente. Miraba a todos lados pero no a mí y se la notaba visiblemente incómoda. Aún no sé de dónde saqué las fuerzas, pero estaba decidido a preguntar y, sobre todo, sabía que tenía que hacerlo. La conduje a la mesita apartada, la misma que la profesora española había ocupado días atrás. Nos sentamos y, sorprendiéndome a mí mismo, lancé la pregunta sin preámbulos.
—Neylam… ¿Tú me quieres o, al menos, me has querido alguna vez?
—¿Qué dices? ¿Por qué me preguntas eso ahora?
—Lo único que te pido es que simplemente me digas sí o no.
—Rashid, me parece que éste no es el momento. —Se levantó con precipitación—. Lo siento, de verdad que me tengo que ir.
—Espera, sólo otra cosa.
—Venga, pero rápido.
Respiré hondo. Era un verdadero esfuerzo continuar, pero por segunda vez, para mi propio asombro, la pregunta, las preguntas, salieron encadenadas.
—¿Tú… me deseas, Neylam?, ¿desearías abrazarme, besarme?, ¿sueñas conmigo, con mi cuerpo?, ¿deseas…, quieres hacer el amor conmigo?
Ahora sí me miró directamente. Con sorpresa, con terror, con ira. Casi diría que con un punto de odio.
—¿Cómo puedes…, cómo se te ocurre preguntarme eso? Me estás ofendiendo, Rashid. ¿Qué ha pasado con tu buena educación? No puedo creer que me hagas unas preguntas así. Es… ¡No pienso responderte!
Se dio la vuelta y salió apresuradamente del Kaderim.
«Quizá no lo sabes, pero ya me has respondido», murmuré para mí.
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Días más tarde, volví a ver pasar a Neylam, esta vez acompañada de su marido que, como siempre, me lanzó una mirada asesina. Iban cogidos de la mano, como cualquier pareja llena de armonía. Noté que ella me observaba de través, con un punto de acero en sus ojos que no recordaba haber visto antes, o que quizá nunca advertí hasta ese momento. Pasaron por delante del Kaderim y se perdieron al doblar la esquina. Instintivamente, me llevé la mano al corazón como si intentara buscar algo perdido, algo que debería estar allí pero que no conseguía encontrar. Sin embargo, lo más extraño fue que después de unos instantes de sorpresa, comprobé que aquella visión no me produjo ningún tipo de sentimientos como los que habría esperado. Ni desconcierto, ni incertidumbre, ni estupefacción. Y en ese momento me vino a la memoria una de las frases de Elena de la Gándara: «Usted también lo sabe».
¿Qué estaba ocurriendo dentro de mí? ¿Dónde se ocultaba aquella obsesión que me había poseído durante casi dos años?, ¿cómo era posible que la mujer a la que creo o creía amar sobre todas las cosas no me suscitara en aquel momento ninguna reacción emotiva?
¡Pero el amor no puede morirse de repente!
La convulsión creada por las palabras de Elena de la Gándara, su certera profecía sobre las respuestas de Neylam a aquellas preguntas que tanto me había costado hacerle recalaba en un caos interno con el que no sabía bien qué hacer y que aún no era capaz de juzgar en su estricta medida.
¡Aman Tanrım, Tanrim! ¿Qué me pasa, qué estoy haciendo aquí? Es como si de pronto todo se desvaneciera. La plaza, la calle, el barrio, la gente, como si estando aquí físicamente, una proyección de mí estuviera flotando por otro lugar y yo no acabara de encontrarla para devolverla a mi interior y ser otra vez, después de tanto tiempo, una persona, un ser, ¡inşallah!, feliz. Había creído estar a punto de lograrlo con el cultivo de un sentimiento alentador, igual que un jardinero cuidadoso que mima sus parterres, y cuando parecía que el Destino abría una ventana, entra un agente externo que barre de un manotazo cualquier perspectiva, llega una racha que disemina todo, dejándote vacías las manos y, como había dicho aquella mujer tan imposible de calificar, el corazón roto.
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El comportamiento de Rashid los días siguientes a nuestra conversación en la taberna del señor Eymen me tenía confuso. Él siempre había sido una persona ordenada, cumplidor de sus obligaciones, muy cuidadoso de su aspecto externo, dado su trabajo cara al público, y sujeto a una rutina invariable, aunque cuando estaba solo, yo, que tan bien lo conocía, me daba cuenta de su desgana ante la vida y de su falta de ilusiones que se revelaba en aquel casi imperceptible punto de tristeza de sus ojos. Todo aquello parecía haber desaparecido casi por completo durante los meses de relación con Neylam, pero cuando el marido de ella volvió al barrio, de manera tan repentina como al desaparecer dos años atrás, mi amigo cayó de nuevo en un estado vital de mera rutina, si bien a partir de aquel regreso, su aparente apatía anterior se veía intensificada por un desconsuelo que saltaba a la vista.
Sin embargo, desde la visita de aquella profesora española, se le veía distraído y hasta cierto punto, desordenado. Ni siquiera se enfadaba tanto como antes con el señor Ibrahim, su padre, y cuando éste hacía o decía alguno de sus disparates, Rashid se limitaba a darse la vuelta y alejarse, evitando así la discusión. La situación me llevó al máximo punto de extrañeza cuando un lunes, por un problema doméstico puntual, llegué tarde al Kaderim, muy preocupado porque era el día que Rashid iba a por suministros y a gestionar pedidos, y aunque el señor Ibrahim, a pesar de sus casi ochenta y cinco años, se las arreglaba muy bien con la clientela, yo no quería que se quedara solo con el joven ayudante que servía las mesas.
Al llegar, encontré a mi amigo atendiendo tranquilamente a los clientes, sin el menor signo de preocupación.
—¡Perdóname Rashid!, siento mucho el retraso, luego te lo explico. Ya puedes irte.
—¿A dónde? —preguntó extrañado.
—¿Cómo que a dónde? Es lunes.
—¿Lunes? Ni me había dado cuenta. Lo siento, ya me voy.
Salió rápidamente y yo me quedé pasmado. ¿Rashid olvidando un quehacer que llevaba haciendo durante casi treinta años, sin faltar jamás, aunque estuviera enfermo?
Cuando regresó, cerca del mediodía, y aprovechando que, por ser hora de comer, en el Kaderim apenas había clientes, lo tomé del brazo y me lo llevé a la mesita apartada del fondo.
—¿Pasa algo, Kerem?
—Dímelo tú. ¿Qué te pasa a ti?
Bajó la cabeza. Después de unos instantes, me miró con decisión, una decisión que yo no recordaba haber visto en muchos años.
—Te diré lo que pasa. Tengo que ir.
—¿A dónde?
—A Izmir.
—¿A Izmir? ¡No me digas que vas a buscar a esa profesora española!
—Tengo que ir, Kerem. Tengo que hablar otra vez con ella, con Elena de la Gándara. Necesito preguntarle… no sé, no tengo ni idea. Cosas, un montón de cosas, y seguro que no sabré cómo empezar, pero si no lo hago, si no voy, me quedaré para siempre con demasiadas cuestiones sin respuesta, y no puedo, no voy a poder soportarlo. De pronto es como si algo se me hubiera despertado, no sé dónde ni sé por qué, pero lo siento aquí dentro y está lleno de fuerza. Me acaban de caer encima casi treinta años vacíos y estoy asustado.
—¿Y te vas a ir a Izmir, así de pronto? Tú no conoces esa zona.
—¿Podrías hacerte cargo tú solo del Kaderim por un par de días? El chaval de las mañanas todavía es muy joven, pero seguro que mi padre os echa una mano, ya sabes que conoce a todo el mundo.
—Por supuesto, pero…
—Y otra cosa, si no es un problema para ti. Mi coche, el pobre, está ya para pocos trotes…
—No pasa nada, llévate el mío. ¿Cuándo te irías?
—Había pensado irme el domingo. Por la autopista calculo unas seis horas, algo más si paro en algún sitio. Hace mucho que no conduzco tantos kilómetros seguidos y prefiero no correr, así que saldré por la mañana. Haré noche allí, iré el lunes a la Ege Üniversitesi y buscaré a esa mujer. He encontrado en la página web de la Filoloji Fakültesi sus días y horas de clase, de lunes a jueves, a partir de las diez de la mañana.
—A ver, Rashid, piensa un poco. Entiendo lo que quieres, sé lo que buscas y yo voy a apoyarte sin dudarlo en todo lo que pueda servirte para encontrar esas respuestas que necesitas. Pero escúchame, por favor, ¿cómo sabes si esa mujer va a recibirte como si nada? ¿Conoces algo de su vida? Me refiero a su vida personal, porque ella está claro que a ti sí te conoce. Por lo que sea, está al tanto de tu situación, pero tú de ella sólo tienes su faceta pública, no sabes nada de su entorno ni de su carácter. Puedes llevarte un chasco enorme después del esfuerzo y el gasto del viaje. Presentarte allí de pronto no te da garantías de que no te quedes plantado y sin saber qué hacer porque ni siquiera te mire.
—Kerem, ¿quieres saber algo? No me preguntes porque no sabría qué responderte, y el primer sorprendido soy yo mismo, pero por extraño que te parezca, yo… confío en esa mujer.
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Después de un viaje bastante más agotador de lo que había pensado, llegué a Izmir cuando la mayoría de establecimientos estaban cerrando. Tuve el tiempo justo para cenar algo en una pequeña taberna, antes de entrar en un hotel cercano, con buen aspecto, y pedir una habitación para dos noches. Hacía mucho tiempo que no conducía tantas horas seguidas, durante tantos kilómetros, y estaba tan cansado que caí dormido casi inmediatamente, pero no tuve suerte. Mi sueño fue intermitente y agitado, por lo que a la mañana siguiente el cansancio del viaje era prácticamente el mismo.
Sin embargo ese viaje tenía una meta, así que desayuné, fui al coche, conecté el GPS con dirección a la zona universitaria de Izmir y me encaminé hacia el objetivo propuesto. Sorteando un tráfico casi tan difícil como el de Istanbul, y tras un par de direcciones equívocas, llegué a la Ege Üniversitesi. Dentro del recinto, al menos sí estaban bien señalizadas las facultades: Filoloji Fakültesi. Ispanyol Bölümü. Estacioné el coche, entré en el edificio y pregunté a la conserje por la doctora de la Gándara. Me indicó el aula, advirtiéndome que, si pensaba entrar, lo hiciera en silencio y por la puerta posterior para no interrumpir la clase, que había comenzado puntualmente diez minutos antes.
El aula era bastante grande, con los asientos dispuestos en gradas, la mayoría vacíos. En las primeras filas habría unos veinte alumnos. Entré con sigilo y me senté atrás, donde apenas llegaba la luz, ya que los focos más intensos sólo iluminaban la tarima de la profesora y los primeros escaños donde se sentaban los estudiantes. Luego la luz se atenuaba y la parte posterior del aula estaba prácticamente a oscuras, por lo que pensé que no sería fácil, desde abajo, distinguir a alguien sentado en la última fila.
En el proyector podía verse un mapa de España. La profesora estaba señalando un punto concreto, Salamanca. Un raudal de gratos recuerdos vino a mi memoria. Conocí la hermosa ciudad castellana en un viaje de fin de semana, con mi grupo de compañeros de Erasmus. Pude admirar allí las espectaculares catedrales; las callecitas empedradas que remitían a época medieval; las maravillosas fachadas platerescas de San Esteban y de la Universidad, una de las primeras de Europa que en pocos años celebraría sus ocho siglos de creación; la Plaza Mayor, un prodigio de la arquitectura barroca, que además era un hervidero de gentes, de cafeterías y de bullicio estudiantil. Aquello era la VIDA con mayúsculas.
Elena de la Gándara estaba hablando acerca de un poeta que yo desconocía y que, al parecer, había estudiado en la universidad salmantina hacía más de cuatro siglos. Un religioso, un fraile reformista a quien su estado eclesiástico no le impidió, según la profesora explicaba, ser el autor de tres de los más hermosos poemas de amor de la lengua española.
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—Nació en Fontiveros, un pueblo de la provincia de Ávila limítrofe con Salamanca, como pueden ver ustedes en el mapa. Se llamaba Juan de Yepes y Álvarez, aunque es más conocido por su nombre en religión, Juan de la Cruz. La Iglesia Católica lo declaró Santo en 1726. San Juan es el representante más destacado de la poesía mística española, compañero de Teresa de Jesús, otra mística, en este caso más desde la prosa. Ambos llevaron a cabo la reforma de la Orden Carmelita y ambos sufrieron la persecución de la Iglesia de la época por sus avanzadas y heterodoxas ideas, pero además, a Juan de Yepes sus acciones le valieron denuncias de sus propios compañeros y, como consecuencia, meses de cárcel, como también le sucedió a otro místico contemporáneo, precisamente un catedrático de la universidad salmantina y un poeta excelso, Fray Luis de León, del que hablaremos dentro de dos días. Nada hay más desolador que la traición por parte de aquellos a quienes un día consideraste tus amigos.
Una de las alumnas, que ya se había destacado en mis clases anteriores, levantó la mano.
—Profesora, discúlpeme. No me queda muy claro lo que explicó el otro día, acerca de la mística cristiana.
—Gracias por preguntar. Les resumiré brevemente lo que hablábamos en la clase anterior porque me interesa que les quede claro. La mística es un tipo de situación espiritual a la que se llega por un estado de unión del alma humana con lo Sagrado durante la existencia terrenal. Se da en muchas religiones, tanto monoteístas como politeístas, y se identifica por un grado máximo de perfección y conocimiento. Aquí en Turquía, tienen ustedes una de las manifestaciones más sugestivas, los Derviches giróvagos, emparentados con la mística sufí, que utilizan la danza como medio para alcanzar el éxtasis religioso, en una actitud indiferente a los bienes materiales.
Entre el grupo de alumnos se produjo un cruce de miradas y asentimientos que indicaban la familiaridad con el comentario sobre sus tradiciones más arraigadas.
—Pues bien, dentro de la mística cristiana hay tres grados o vías que conducen a la perfección del espíritu. La vía purgativa, en la que el alma se purifica de sus vicios y sus pecados mediante la penitencia y la oración; la iluminativa, que consiste en que, una vez purificada, el alma se ilumina al someterse total, única y completamente a la voluntad de Dios; y la unitiva, que se produce cuando el alma se une a Dios de manera absoluta, como en simbiosis, lo que la encamina hacia el estado de éxtasis que anula los sentidos. ¿Me siguen?
Hubo gestos mayoritarios de asentimiento.
—A este tercer punto sólo pueden llegar los elegidos y es muy difícil describirlo porque se trata de una vivencia inefable, es decir, imposible de describir con palabras. Esta vía unitiva supone el grado máximo de un alma perfeccionada por la Gracia, el punto más alto de la experiencia de una unión directa con Dios por medio de visiones y sensaciones, no sólo espirituales, sino físicas, ¿entienden? ¡Físicas! Miren.
En la pantalla proyecté la impactante imagen de Teresa de Jesús cincelada por Bernini, en la que un ángel está a punto de atravesarla con una lanza, mientras la Santa parece al borde del desmayo, en una de las representaciones más conturbadoras de la escultura barroca.
—Gian Lorenzo Bernini esculpió en mármol esta figura de Santa Teresa en el momento cumbre del éxtasis. Miren bien su cara. Ese gesto podría ser el equivalente de la agonía, una antesala de la muerte, pero también sugiere el goce físico, incluso el clímax sexual. Recuerden esta imagen porque ahora vamos a analizar el primero de los tres poemas de San Juan, según el Programa del Curso, la Llama de amor viva, y dense cuenta de que ya el título es suficientemente expresivo. Espero que todos lo hayan leído de la manera que les sugerí. Ya conocen el procedimiento, un poema hay que leerlo, y después…
—Leerlo —respondió toda la clase a la vez.
—¿Y después?
—Leerlo. —Hubo risas generales.
—Nunca, nunca se conformen con una primera lectura. Cada nueva lectura abre una ventana distinta, sugiere nuevas formas de pensar, y, tratándose de poesía, distintas maneras de sentir. ¿Cuántas veces escuchan una canción que les gusta? ¿Una? No. Se pasan días, a veces meses, oyéndola y cantándola. Pues con la poesía, si queremos penetrar lo más posible en su contenido, debe hacerse lo mismo. Leerla, leerla y leerla.
Abrí el texto en el proyector.
¡Oh, llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh, cauterio suave!
¡Oh, regalada llaga!
¡Oh, mano blanda! ¡Oh, toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh, lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
—Desde el punto de vista estructural, ya ven que son cuatro estrofas de seis versos que combinan los de siete sílabas o heptasílabos con dos endecasílabos, es decir, de once sílabas, en los versos tres y seis, lo que conforma la estrofa llamada Lira, muy generalizada en los poetas renacentistas y que recordarán que ya tuvimos ocasión de ver la semana pasada en Garcilaso de la Vega y sus compañeros de generación. Pero no es necesario detenerse en esto porque lo pueden encontrar ustedes en cualquier Manual. Lo que me interesa es penetrar en el contenido.
—Eso es lo más difícil, profesora. Yo no he conseguido saber qué es lo que realmente quiere decir el poeta —dijo un alumno.
La poesía, no lo olviden, es el punto más alto de la libertad creadora, aunque esa misma libertad no es posible sin el conocimiento profundo de la técnica y la retórica, ya lo verán en Luis de Góngora, dentro de dos semanas. Para entender el mensaje de este poema concreto, hay que plantearse las cinco cuestiones que les mencioné la semana pasada. ¿Las recuerdan?
Más o menos desordenadamente, la mayoría de los alumnos fue desgranando: quién; dónde; cuándo; cómo; por qué.
—Muy bien. Lo primero que aquí quiero destacar es el cuándo. ¿Y cuándo se producen todas esas sensaciones descritas por el poeta? No, no en el siglo XVI, están sucediendo ahora. Éste es un poema de presente absoluto, un poema de instante, y no solamente por el uso de los tiempos verbales: hieres, eres, quieres, rompe, sabe…, etcétera, sino por el ámbito de inmediatez que rodea el texto. No narra algo pasado, vive en el momento.
Continué desgranando algunos de los infinitos matices del poema, la retórica precisa que ayudaba a mover y conmover por medio del oxímoron, tiernamente hieres, cauterio suave, regalada llaga; los expresivos y eficaces usos de la exclamación, ¡Oh, llama!, ¡Oh, cauterio! Y, finalmente, la intensa estrofa final, que ofrecía una estampa casi cinematográfica del momento del éxtasis amoroso.
…y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
Desde el principio y mientras hablaba, sin necesidad siquiera de levantar la vista, había advertido la discreta presencia, al fondo del aula, de Rashid y su actitud atenta a cada una de mis palabras.
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Concluida la clase, los alumnos se despidieron de mí hasta el día siguiente mientras salían del aula en animada conversación. Yo me quedé ordenando libros y material mientras con el rabillo del ojo miraba cómo Rashid bajaba silenciosamente por las gradas, hasta llegar junto a mi mesa.
—Günaydin12, buenos días, doctora de la Gándara.
—Hoşgeldiniz13. Bienvenido, Rashid.
—Yo, hanim Elena…, yo en realidad no sé muy bien qué puedo decirle después de su impresionante explicación de ese poeta, al que desconocía. Ante todo, le pido disculpas por presentarme así, en su clase, sin avisar y sin pedir permiso. Yo…
—¿Tienes hambre?
—¿Perdón?
—Te invito a comer. Supongo que conoces bien Izmir.
—Pues no. Nunca estuve en el sur de mi país. Ésta es la primera vez y la verdad es que me avergüenza reconocerlo.
Salimos del aula. Los alumnos que aún quedaban en el pasillo me hicieron alegres ademanes de despedida. Iba a dejar la cartera en el suelo para ponerme la chaqueta, pero Rashid se adelantó, cogiendo el portafolios con una mano y ayudándome con la otra.
Aunque tanto mis palabras como mis gestos pretendían ser cortésmente naturales, la presencia de aquel hombre, al que no esperaba ni por asomo, no sólo me había sorprendido sino emocionado, porque suponía una respuesta tácita al encuentro de doce días atrás, en Istanbul.
En el campus, la luz otoñal reverberaba en el envés de las hojas de los árboles, todavía verdes en parte, aunque en el suelo ya se veían atisbos de la inmediata alfombra ocre que las hojas secas estaban a punto de formar. Finales de octubre. Las caras de los jóvenes estudiantes todavía guardaban algunos restos del bronceado estival pero, sobre todo, aún no reflejaban el cansancio y el hastío con el que era frecuente encontrarse a partir del segundo cuatrimestre.
—Rashid, si nunca has estado en Izmir, permíteme que te lleve a un restaurante muy especial que conozco.
—Por supuesto, hanim Elena. Estoy a su disposición.
—Queda un poco lejos, pero…
—Tengo el coche ahí mismo, en el estacionamiento de la Facultad. Es aquel gris del fondo.
—Déjalo ahí, nadie lo va a tocar. Iremos en taxi y así no hay problemas de aparcamiento.
Solicité un taxi por el móvil, ya que Izmir aún no tenía servicio de Uber, como en Istanbul. A continuación, llamé al restaurante.
—Ya su, Iannis, ti kanis? Ime Elena. Parakaló, prorite na kánete krátisi pros trapeziú ya dío, se mía apó tis petontas probolís? Ne, se deka leptá. Sas efjaristó.14
—¿También hablas griego? —Rashid había comenzado a tutearme.
—Me defiendo bastante bien, desde luego mucho mejor que con el turco que sólo hace algo más de dos meses que empecé a estudiar, aunque no le dedico todo el tiempo que debería. Es que vamos a comer en una taberna griega porque… Perdón, no pretendo meterme en asuntos políticos, ya sé que eres de Turquía, así que espero que no te molestes conmigo, pero esto es Grecia…, Izmir, la antigua Smyrne, que significa mirra, la especia, y por no mencionar el mismísimo nombre de tu ciudad natal, Istanbul, Stin poli15, que también es absolutamente griego.
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El restaurante, fundado a finales del siglo XIX, estaba en un privilegiado lugar a las afueras de Izmir. Se caracterizaba, entre otras cosas, por sus exquisitos platos de origen cretense, pero lo más destacado era la ubicación, prácticamente en voladizo sobre el mar Egeo. Yo lo descubrí a los dos días de llegar a la ciudad por recomendación del Decano, que estaba al tanto de mis querencias, y el hecho de hablar el griego moderno con bastante nivel hizo que enseguida intimara con Iannis, el dueño, heredero de una larga tradición familiar. Desde entonces, a pesar de llevar en Izmir solamente once días, ya había comido allí tres veces, lo que para un griego resulta muy gratificante, por eso Iannis ya me consideraba parroquiana habitual, razón suficiente para que, a pesar del aviso tan a última hora, tuviera reservada para nosotros en la terraza una de las mesas mejor situadas, con una panorámica del acantilado sobre el mar difícilmente superable. Rashid se apoyó en la barandilla impresionado, y permaneció allí, en silencio, varios minutos.
Darmowy fragment się skończył.